Relaciones entre macropolítica y micropolítica; Aproximación a una política de la experimentación a partir del pensamiento de Gilles Deleuze Cristian Fernández

Ramírez (U. de Chile) Este trabajo intentara indagar la posibilidad de encauzar una lectura posible, a partir del pensamiento de Gilles Deleuze en conjunto con Félix Guattari, que tenga presente los múltiples procesos de subjetivación que se dan en las diversas relaciones denominadas por ambos como macropolítica y micropolítica. Podríamos decir que nuestra lectura es una tentativa que se circunscribe en la reflexión del problema de lo político. Dentro del panorama actual del capitalismo a escala mundial; sobre sus configuraciones, dinámicas y devenires. Una política que estrechamente se vea entrelazada con las lógicas de un encuadre totalizador. Recurrimos entonces a la necesidad de repensar las diversas relaciones que se dan en el complejo entrelazamiento e imbricación de ambos planos. Ello principalmente, por la insuficiencia que se deriva de perspectivas anteriores. Si bien ellas han manifestado su preocupación, y han dado herramientas críticas y efectivas para pensar tales problemas en sus contextos respectivos, para nosotros ahora situados bajo la rúbrica del actual panorama del capitalismo mundial, se tornan insuficientes. Hoy en día a escala geopolítica, encontramos sucesivamente centros y periferias, “Nortes” y “Sures”, “Este” y “Oeste”, que se enlazan haciendo proliferar múltiples formas de poder y dominación. Formas que proliferan y se encarnan en seres desechables, tanto en la periferia como en el corazón de los centros más prósperos. Así vemos que todo se complejiza enormemente, en una maquinaria que avanza integrando y reduciendo elementos heterogéneos. Nuevamente nos encontramos con los desafíos que fueron parte de diversos movimientos revolucionarios e históricos. Sin embargo, la cuestión central ahora trata de saber cómo experimentar, como unirse en luchas sociales y políticas que no se resuman ni agoten en la perspectiva de una toma de poder organizada. Se trata de vislumbrar por cuáles alianzas inesperadas podríamos avanzar. Cuáles son sus posibles rupturas e irrupciones. Ello siempre en función si queremos constituir conjuntos de

intensidad, articulados por sus diferencias. Capaces de romper el aparente equilibrio que se da entre las diversas zonas geopolíticas imbricadas. Se despliega así una verdadera cartografía. Un diagramatismo que exhibe un vasto abanico de dinámicas colectivas e individuales concretas. Verdaderas vacuolas que permiten resistencias diversas y dispersas en el espacio y en el tiempo; formas sociales, cívicas, culturales, ecológicas, de género, en vistas de enfrentar la lógica de la maquinaria del capitalismo. Es en este sentido que la lucha se hace propia de una multiplicidad capaz de creaciones colectivas. Todo un devenir-menor. Tal y como lo nombran ambos pensadores que caracterizan lo político. Siempre como la concreción de un proceso inmerso en la posibilidad abierta a un porvenir construido en conjunto. Caracterizado por el acontecimiento y la singularidad de sus elementos constitutivos. En razón de una multiplicidad de movimientos capaces de abrir el presente al futuro. Lo político por tanto será definido en una primera instancia como una modificación y creación continua. Una experimentación activa que dé cuenta de las cartografías que registran sus movimientos, relaciones, dinámicas y devenires. Más allá de las formas de representación de la modernidad, lo político se muestra y sitúa como una práctica concreta, en un más acá inmanente. En un espacio de resistencia delimitado e identificado transversalmente en las diversas creaciones colectivas. Se evidencia un nuevo universalismo ahora irruptivo, un nuevo devenir minoritario universal que escapa en su especificidad de una pura reflexión que no se vea comprometida con las luchas que hoy se manifiestan en todos los poros de la sociedad, “estos procesos sólo valen en la medida en que, al realizarse, escapen al mismo tiempo de los saberes constituidos y de los poderes dominantes (…) acontecimientos que no se pueden explicar por los estados de cosas que los suscitan o en los que desembocan” (Deleuze, 1999, p. 275276). Esto dará cuenta del gran polimorfismo de formas de vida que se sitúan en lo político y en lo social, y que en un estado permanente de intermitencia, no prescriben ni prefiguran sus modos de acción. Pues no están dadas, sino más bien abren siempre nuevos campos posibles capaces de actualizar una nueva sensibilidad y nuevas potencialidades de vida.

Las minorías o el devenir-menor:

Nosotros lo que intentaremos hacer para referirnos a las diversas relaciones que surgen entre macropolítica y micropolítica. Será la apuesta de considerar centralmente, y como matriz para el desarrollo de nuestro trabajo, el problema de las minorías. Y a partir de ello, intentar obtener una cierta aproximación a lo que podría ser llamado una política de la experimentación, desde del pensamiento de Gilles Deleuze. Nosotros concordamos que la preocupación y la cuestión de las minorías, o lo menor, afecta profundamente el pensamiento político de Gilles Deleuze. Pues es ahí, en su propio devenir-menor, donde observamos que lo político se vuelve esencialmente problemático implicando múltiples y diferentes sentidos. Esto último lo consideraremos específicamente según las diferentes implicancias que atañen aquí propiamente a lo político. Es decir desde este punto de partida, tendremos a la vista la idea de considerar distintas formas y conceptualizaciones que ayuden a pensar una pluralidad radical e irreductible subyacente a toda práctica política. Como también, respaldar que estas nuevas formas ayuden a redefinir las relaciones imbricadas y enmarañadas, que confluyen y se constituyen según las dinámicas y estatutos propios que las fuerzas sociales expresan y componen. De este modo, leer una cierta política que atraviesa a las minorías, será también el ejercicio de pensar, considerar y practicar una cierta «cartografía» o «diagramática» deleuziana-guattariana que dé cuenta de estas dinámicas. Un doble movimiento indisociable. “La práctica no es posterior al establecimiento de los términos y de sus relaciones, sino que participa activamente en el trazado de las líneas, afronta los mismos peligros y las mismas variaciones que ellas” (Deleuze y Guattari, 2002, p.207). Se trata de una complejización constante para un nuevo vértigo filosófico que ahora se hace presente en la propia acción política. Ejercicio que a su vez inaugure una redefinición de aquellas fuerzas que permanecían reducidas en la coyuntura de lo “mayoritario”. Como también, y unido a ello, una práctica teórica que sufra e implique concretamente efectos concretos que intervengan en el cuerpo político-social.

“La noción de minoría, con sus referencias musicales, literarias, lingüísticas, pero también jurídicas, políticas, es una noción muy compleja” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 107). Cuando mencionamos el problema de las minorías o lo menor, junto con Deleuze y Guattari, no hacemos mención a que tal problemática se reduzca a una pura consideración cosificada o reificada del fenómeno. Debemos por ello tener en cuenta que las minorías no las consideraremos como meros objetos contiguos de una reflexión instrumentalizada. No se consideran como objetos para una producción de conocimiento relativo posible tanto a un carácter histórico como sociológico. Más bien, y siguiendo los pasos de la reflexión dada por ambos autores, la cuestión de las minorías concierne más bien a un proceso, a líneas y posiciones. Procesos capaces de inaugurar una transformación creadora en lo establecido. Líneas que dan estatuto y a su vez condicionan en gran medida las dinámicas políticas actuales. Y posiciones u estrategias que a su vez conciernen a prácticas pluralistas y colectivas. El hecho que no consideremos esencialmente a las minorías como una mera reducción a «objetos» de estudio, tanto para la reflexión histórica como sociológica. No significa que tales procesos, que encarnan y encabezan las minorías, puedan ser remitidos y referidos a su vez, tanto a la irrupción de una cierta temporalidad histórica, como a ciertas coordenadas sociológicas. “Por supuesto, las minorías son estados objetivamente definibles, estados de lengua, de etnia, de sexo, con sus territorialidades de ghetto; pero también deben ser consideradas como gérmenes, cristales de devenir, que sólo son válidos si desencadenan movimientos incontrolados y desterritorializaciones de la media o de la mayoría” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 108). En ello vemos también, que ahí se juega su gran dinamismo y sus estrategias. Estrategias que se gestan al interior de territorios ya establecidos, concernientes incluso a una cierta estructura política-jurídica y administrativa. Logrando componer desde allí vectores de intensidad, fuga, velocidad, tensión, resistencia y creación. “Una vez más, esto no quiere decir que la lucha al nivel de los axiomas carezca de importancia; al contrario, es determinantes (a los niveles más diferentes, lucha de las mujeres por el voto, el aborto, el empleo; lucha de las regiones por la autonomía; lucha del Tercer Mundo; lucha de las masas y de las minorías oprimidas en las regiones del Este o del Oeste…). Pero, también,

siempre hay un signo que demuestra que esas luchas son el índice de otro combate coexistente” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 474)  Lo menor y la crítica al liberalismo político:

Dentro de este primer avistamiento, observamos aquello que caracteriza positivamente el proceso que las minorías encabezan. Esto se muestra ante todo como un ejercicio de fractura. Ejercicio que implica constantemente movimientos que descentran los diferentes sistemas de “asignación” y “significación”. Normativos y engarzados a coordenadas semióticas (en contenidos de todo tipo) siempre dominantes, fijas y estables. Lo menor y las minorías son figuras de desterritorialización que trastocan, y ponen en cuestión un cierto conjunto normativo. “Por eso hay que distinguir: lo mayoritario como sistema homogéneo y constante, las minorías como subsistemas, y lo minoritario como devenir potencial y creado, creativo” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 108). Lo “mayoritario” o bien la “mayoría”, se define por aquella instancia que determina la inscripción social de las prácticas, los gestos y las conductas de una pluralidad y subjetividad humana. Éstas son individualizadas, representadas y reconocidas en patrones y normas homogéneas, que permiten la asignación e identificación a una cierta escala jerarquizada y hegemónica de conjunto. Aquí ya se nota la distinción que Deleuze y Guattari hacen de «lo mayor» y «lo menor». Pues lo primero, sólo será reconocido en la medida en que se vislumbre y aprecie una constante hegemónica; capaz de reproducirse permanentemente en sus determinaciones y funciones homogeneízantes. De modo que cualquier determinación distinta de la constante será considerada como minoritaria, independientemente de su naturaleza o de la cantidad numérica que comporten sus miembros. Así según ambos autores se afirma una instancia de poder y dominación por medio de la evaluación y el juicio, pues la “mayoría implica una constante, de expresión o de contenido, como un metro-patrón con relación al cual se evalúa (…) La mayoría supone un estado de poder y de dominación y no a la inversa” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 107). Creemos que con este acercamiento a la distinción que hacen Deleuze y Guattari de lo menor y de lo mayor, alejamos inmediatamente el primer término de una mera articulación

y determinación de intereses y reivindicaciones reconocidas por el Estado, el mercado o por las instituciones. Lo menor, se diferencia así de tener por finalidad una intención que se agote en un puro reconocimiento y asimilación que afecta atributivamente tanto a grupos como a personas individuales o de diversa naturaleza. Asimismo el énfasis por lo menor dado por Deleuze y Guattari, se muestra fuera y externamente del marco teórico y práctico configurado por el discurso liberal. Lo menor, fuera del frenético énfasis del los principios liberales que resguardan soberbiamente el valor de la libertad individual y los derechos humanos. Crea una condición, necesariamente en tensión con estos principios liberales que estriban y conciernen a los inviolables derechos de propiedad, a las omnicomprehensivas virtudes del mercado, y a los peligros que nos llevaría el poder interferir o atentar con su lógica. Es decir, con la configuración política que conlleva el proceso de lo menor, podríamos constituir prácticas que hagan frente, en nuestros días, al sentido común imperante de las sociedades de corte liberales-democráticas. Haciendo una pequeña reconstrucción de la crítica que Deleuze y Guattari realizan al discurso neo-liberal y de la democracia actual. Observamos que gran parte de su fuerza impulsora, concebida dentro de los desarrollos y patrones políticos e históricos, se constituye en una serie de formas que buscan diluir y estabilizar temporalmente, mediante simples negociaciones, las fuerzas políticas creativas y constitutivas de las sociedades. Estableciendo así una crítica a las ideas que tal programa conlleva e implica. Una crítica a la concepción de una naturaleza humana universal. A la concepción de un canon universal de racionalidad, que por medio de ella podríamos acceder a una verdad universal incondicional. A nuestro juicio, lo que desaparece con tales principios es la propia posibilidad de una forma legítima de expresión de las resistencias, que puedan alzarse contra las relaciones de poder dominantes. Esta visualización a nuestro juicio abre muchas posibilidades interesantes, pues se muestra como la eventualidad misma de formar una irreductible coexistencia pluralista humana, capaz de asir y concebir la proliferación permanente de espacios y tiempos, para una singular multiplicidad que circunscribe lo

político. Se abren de tal modo, nuevas experimentaciones y producciones de vida, que a su vez exigen, un nuevo modo de asir los fenómenos y acciones relativos a ellas. Así también las minorías o lo menor no debe ser comprendido como término peyorativo. Pues tal prejuicio se entronca a criterios de jerarquías perfectibles. Lo menor no remite a un empobrecimiento y menos a una degradación precaria. Sino que bajo la condición de múltiples efectos, producidos por diferentes variaciones y diversificaciones, por movimiento y migraciones geográficas, por relaciones de fuerzas sociales, por desplazamientos, acontece como parte del proceso que constantemente desestabiliza los equilibrios geopolíticos globales. De tal forma, ellas se encuentran lejos de una reducción que pueda llegar a confundirlas con las luchas de minorías nacionales que sólo busquen una reconciliación con la forma-Estado. Ni tampoco es posible integrarlas a único sentido histórico que se imponga por un reconocimiento de identidad nacional. La politización que hace surgir el devenir-menor, es la de hacer minorizar las constantes normativas de una mayoría, por variaciones o desvíos no codificados por el sistema imperante. Así tal proceso no es posible de actualizar, sino mediante una apropiación práctica de esos procesos. Por tanto se forja de una forma totalmente transversal e intempestiva. Siempre por una conjunción colectiva y creativa. Por medio de disposiciones aptas para la experimentación, para el sobrevuelo de sus potencialidades de transformación. Esto no quiere decir que se vean escindidas, no comprometidas y no vinculadas a las luchas en la cotidianidad contra lo intolerable, donde “lo intolerable ya no es una injusticia suprema, sino el estado permanente de una banalidad cotidiana” (Deleuze, 1987, p. 227). Teniendo en cuenta las exigencias presentes de las diferentes luchas contra la dominación y a la vez manteniéndose lejos de la pura afirmación de derechos e intereses. Ellas como movimientos menores, son capaces de doblegar y modificar las propias instituciones que los rigen “más que las representaciones, han sido las creaciones colectivas” (Deleuze, 1999, 265), las que han arribado tal tarea. Vemos así que todo devenir-menor, se muestra cumpliendo una función decisiva en la formación de una nueva conciencia colectiva. Nuevos procesos de subjetivación y enunciación colectiva inexistente, incesantes e inciertos.  Sobre la nueva revolución o un nuevo movimiento mundial:

“No hay devenir mayoritario, mayoría nunca es un devenir. El devenir siempre es minoritario” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 108) Finalmente podemos decir, que en lo relativo a las relaciones entre macropolítica y micropolítica, teniendo a la vista siempre a las minorías como referente y uno de sus lugares de diagnóstico de las problemáticas actuales. Logramos puntualizar que este tratamiento explícitamente político, se formula en la determinación que hacen de la situación vigente. “Nuestra época deviene la época de las minorías” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 473). Así tales fenómenos que irrumpen en la actualidad, y que por sí mismo ya generan una cierta crítica a los modelos políticos y económicos preponderantes, logran ser leídos desde distintos lugares. Como por ejemplo se da la idea del surgimiento o emergencia de una nueva conciencia universal, un devenir minoritario universal. Tal idea refleja la disposición de buscar y responder los diferentes problemas teóricos y políticos que se presentan en la coyuntura que estamos inmersos. En efecto, pensamos que sólo y únicamente partiendo de ese punto de referencia coyuntural, podemos identificar una actual proliferación de conjuntos minoritarios no numerables, que se presentan como indicadores de un resurgimiento de un movimiento revolucionario a gran escala, “por todas partes encontramos las premisas de un movimiento mundial: las minorías recrean fenómenos “nacionalitarios” que los Estados-naciones se habían encargado de controlar y de ahogar” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 473). De esta manera situados en el surgimiento y multiplicación de las luchas minoritarias, podemos nombrar como antecedente histórico que ellas han encarnado a juicio de Deleuze y Guattari la conciencia de clase; la conciencia universal del proletariado. El proletariado según el esquema marxista, impulsado a realizar transformaciones y cambios revolucionarios por la lucha de clases, como organización y composición distinta a las formas de control y dominación, se mostraba capaz de doblegar y atravesar la axiomática misma del capital. Pues ella rompe con una cadena ininterrumpida de representaciones, que forman parte del sistema numerable y asignable de cambio y equivalencia propia del capitalismo. “La minoría es el devenir de todo el mundo, su devenir potencial en tanto que se desvía del modelo” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 108). Asimismo haciendo referencia a tales potencias menores que encarnan las minorías ambos autores

dicen: “pero, si son revolucionarias, es porque implican un movimiento más profundo que pone en tela de juicio la axiomática mundial. La potencia de minoría, de particularidad, encuentra su figura o su conciencia universal en el proletariado” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 475). Vemos que este acercamiento a la conciencia universal del proletariado, se muestra como una forma de ejemplificar, de situar, de problematizar y revestir la emergencia de estos nuevos fenómenos y conflictos sociales. Sin embargo si bien existe una aproximación a esta forma de conciencia universal, capaz de expresar un cierto devenir minoritario de todo el mundo (retomando las palabras de Deleuze y Guattari en su tratamiento de las minorías), se alejan ambos términos de una total correspondencia. Pues más bien lo que tratan, es una prolongación de los problemas y dificultades que tal forma ya patentaba. Se busca por ello complejizar sus coordenadas y transformar sus modos de realización. “Hay una figura universal de la conciencia minoritaria, como devenir de todo el mundo, y es ese devenir el que es creación. Pero no se consigue adquiriendo la mayoría. Esa figura es precisamente la variación continua, como una amplitud que no cesa de desbordar por exceso y por defecto el umbral representativo del patrón mayoritario” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 108) Debemos mencionar entonces que el alejamiento a una total identificación con la conciencia del proletariado que exhibe el marxismo, se da en la medida en que la clase proletaria actualmente ha sido definida por un estatuto ya adquirido, por un patrón mayoritario, dentro de la axiomática general del capital. “Incluso el marxismo ha traducido casi siempre la hegemonía desde el punto de vista del obrero nacional, cualificado, macho y de más de treinta y cinco años” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 107). La conciencia del proletariado ha devenido como parte del capital. Se ha hecho parte de una mayoría a partir de sí como «capital variable» y que no escapa al plan global del capitalismo. Es necesario entonces reformular la determinación de las luchas y el conflicto, no ya por sus contradicciones, sino como la promoción de composiciones que no pasan por la economía capitalista ni por el aparato de la forma-Estado. Así las minorías o el devenir menor surgen como una nueva forma irreductible a todo campo político y social, pues “erigiendo la figura de una conciencia universal minoritaria, uno se dirige a potencias de devenir que pertenecen a otro dominio que el del Poder y la Dominación” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 108). Esto nos lleva a una nueva cartografía, que muestra nuevas y variadas líneas en mutua

implicación y coexistencia. Una nueva cartografía, que por sus líneas de fuga devela un recorrido no anticipado ni programado de los conflictos y las luchas en el intersticio de las relaciones e interacciones sociales. “Por eso un campo social no se define tanto por sus conflictos y sus contradicciones como por las líneas de fuga que la atraviesan (…) un mismo plano de consistencia en el que actúan las presuposiciones recíprocas y las inserciones mutuas” (Deleuze y Guattari, 2002, p. 94). Así lo político se muestra como una experimentación activa, que busca las condiciones de emergencia de lo nuevo. La cuestión ya no trata del puro reconocimiento, o mediación de nosotros mismo a un género inmóvil y común de las cosas. Sino que alcanzadas estas micro-dinámicas se vivencia un proceso dinámico de constitución productiva. Entendido de forma inherente a una política de la resistencia y de destrucción paulatina del poder y la dominación. Se muestran puntos de inflexión que ponen en cuestión la legitimidad misma de la realidad política del Estado y de un defectuoso concepto de lo político, que había quedado sometido y reducido a una mera actividad de asignar avenencias, según intereses susceptibles de una solución racional. Se logra así minar los principios constitutivos de la normatividad imperante. Y con ello se ha devuelto e inaugurando la repetición de un encuentro con lo que todavía no podemos determinar. Encuentro con nuevos fenómenos que nos exigen volver a pensar y experimentar la sociedad como una multiplicidad y una pluralidad abierta e irreductible.

Referencias bibliográficas:
Deleuze, Gilles. 1999. Conversaciones. Valencia: Pre-Textos Deleuze, Gilles 1987. La Imagen-Tiempo; estudios sobre el cine II. Barcelona: Paidós Deleuze, Gilles. 1987. Foucault. Barcelona: Paidós Studio Deleuze, Gilles – Guattari, Félix 1998. El Anti-Edipo. Barcelona: Paidós Deleuze, Gilles – Guattari, Félix 2002. Mil Mesetas. Valencia: Pre-Textos Deleuze, Gilles – Guattari, Félix 1983. Kafka; por una literatura menor. México: Ed. Era Deleuze, Gilles – Parnet, Claire 1980. Diálogos. Valencia: Pre-Textos Mengue, Philippe 2008. Deleuze o el sistema de lo múltiple. Buenos Aires: Las Cuarenta