IV Jorndas Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea, Bs. As. 2013.

Eje temático: Conflicto y estrategias de resistencia Victor Pablo Pignatiello (Estudiante de Ciencia Política – UBA)

Una nueva clase popular: los pueblos originarios y la refundación del Estado Nacional

“¿Quién conoce caballero entre nosotros que haga alarde de ser indio neto? ¿Quién casaría a su hermana o a su hija con un infanzón de la Araucanía, y no mil veces con un zapatero inglés?” Juan Bautista Alberdi, “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”

La nueva Constitución “bolivariana” de Venezuela del año 1999 atiende la necesidad de la incorporación de los pueblos originarios al Estado. Les otorga derechos y confiere obligaciones como ciudadanos venezolanos, respetando por un lado sus derechos adquiridos como poblaciones pre existentes al prever en su artículo 120 un protocolo de acción en el aprovechamiento de “recursos naturales en hábitats indígenas”, y a la vez incorporándolos a la Nación, confiriéndoles, en su artículo 126, el deber de 1 salvaguardar la integridad y la soberanía nacional . La idea de refundación del Estado Nacional conocido hasta hoy, atraviesa las fronteras entre los países latinoamericanos del Siglo XXI, de gobiernos progresistas que se iniciaron con Venezuela en 1999 a partir de la llegada del presidente Chávez. Esa refundación, que en algunos casos viene de la mano de la reforma constitucional, tiene un efecto de reparación histórica hacia la población indígena largamente postergada desde el punto de vista de su condición de sujetos de derecho. Sin embargo, esta inclusión no se ha dado sin dificultad. En muchos de estos países se han generado extensos debates y problemas nuevos en las sociedades.

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Constitución bolivariana de Venezuela, capítulo VIII, “De los Derechos de los pueblos indígenas”.

Esta preocupación por la incorporación de los pueblos originarios, históricamente marginados de los proyectos nacionales, presenta varios desafíos a estas sociedades en permanente debate. Una primera aproximación al escenario permite ver dos aspectos que abren nuevos problemas a ser considerados. El primero es el de la propiedad de la tierra y de los recursos naturales. La nueva Constitución de Ecuador del año 2008, que otorga una extensa lista de derechos y garantías a las comunidades, pueblos y nacionalidades indígenas, en su capítulo cuarto prevé indemnizaciones por los perjuicios “sociales, culturales y ambientales” producidos por la explotación de los recursos naturales por parte del Estado. Dice, entre otras cosas, este capítulo: “Las comunidades, pueblos, y nacionalidades indígenas, el pueblo afroecuatoriano, el pueblo montubio, y las comunas, forman parte del Estado ecuatoriano único e indivisible”. Es decir que el Estado ecuatoriano, al igual que el boliviano, se reconoce como plurinacional. La Constitución ecuatoriana introduce también una curiosidad en su capítulo séptimo “Derechos de la naturaleza”, al dotar de derechos a la Madre Tierra o Pacha Mama. Dice en su artículo 71: “La naturaleza o Pacha Mama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones, y procesos evolutivos”. Es decir que esta constitución no sólo reconoce derechos a los pueblos originarios, sino que intenta también hablarles en su propio lenguaje. Por su parte, Bolivia, que se constituye a través de su Carta Magna como un Estado plurinacional, reconoce la existencia pre colonial de las naciones y pueblos indígenas y el dominio ancestral sobre sus 2 territorios . Dice la Constitución boliviana en su preámbulo: “El pueblo boliviano, de composición plural, desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y territorio, y con la memoria de nuestros mártires, construimos un nuevo Estado”. Aquí se hace manifiesta la idea refundacio nal. Ahora veamos que las nuevas constituciones, sin embargo, no han podido evitar aún la lógica del conflicto entre Estado Nacional y comunidad originaria por el tema de la tierra: En Ecuador, el enfrentamiento se ha producido por la explotación minera y el consecuente e inevitable impacto ambiental. En ese país hermano, la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía ecuatoriana, se opone a la extracción minera y pide que el gobierno consulte a las poblaciones afectadas, cosa que está prevista (la consulta antes de la definición de políticas que afecten territorios indígenas) en la propia constitución nacional de Ecuador. Pasemos a Bolivia, donde la conflictividad comenzó con el trazado de una ruta nacional que atraviesa el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis). Vemos aquí como, paradójicamente o no, los mismos gobiernos que otorgan nuevos derechos a los pueblos originarios, son los que sufren, por

2 Nueva Constitución política del Estado plurinacional de Bolivia, capítulo I “modelo de Estado”, artículo 2.

decirlo de algún modo, el ejercicio de esos mismos derechos por parte los pueblos beneficiados. Los casos de Ecuador y de Bolivia son gráficos porque, en ambos, lo que se pide al Estado es que las poblaciones afectadas deben ser consultadas. El gobierno boliviano, por su parte, granjeo este conflicto accediendo a la dichosa consulta el pasado año 2012, el resultado de la misma fue en beneficio de la postura del gobierno, aunque todavía, aún después de ese resultado, una parte de la población originaria, que se ve afectada por la construcción de la ruta, se mantiene contraria a la iniciativa y cuestiona la legitimidad de la consulta efectuada. En nuestro país, Argentina, el conflicto se produce sobre todo por la siembra y el agro-negocio que impulsa el desalojo, a sangre y fuego, de campesinos e indígenas productores. En una nota del año 2010, en página12, titulada “Otra campaña del desierto, ahora por la soja”, el periodista Darío Aranda ya contabilizaba 164 conflictos de tierras y ambientales, producto de la instalación de un modelo agropecuario conocido por todos nosotros. En 2013 podemos decir que, lamentablemente, son conocidos los asesinatos de campesinos e indígenas, algunos de los cuales eran miembros del MOCASE. Pero la problemática también sucede en Chile, dónde el presidente Piñera había propuesto una reforma constitucional “urgente” que permitieraa reconocer a los pueblos originarios, los que reclaman por restitución territorial y derechos políticos. El caso trasandino demuestra que el diferente signo político del gobierno en el Estado, con respecto a las anteriores naciones mencionadas, poco tiene que ver con estos conflictos. El quid de la cuestión es la cultura de la resistencia y la conservación a la que se vieron y se ven obligados los pueblos originarios, el enfrentamiento con la idea del desarrollo y la pretensión industrialista de los Estados. Lo que ocurre, desde mi punto de vista, es que se trata de un conflicto histórico. Lo demuestra el caso chileno, por ejemplo, que vive la conflictividad con Piñera en el gobierno, pero que no lo pudo evitar con la propia concertación: El gobierno de Michelle Bachelet vio explotar el conflicto cuando la líder Mapuche Patricia Troncoso, a través de una huelga de hambre, logró visibilizar el mismo conflicto de siempre, que sólo desaparece cuando se lo oculta. La responsabilidad del ocultamiento no es sólo del Estado, ni sólo de los grupos económicos con intereses puestos en los territorios indígenas. Es también de una población que ante el originario se encuentra perdida porque existe un problema sin solución; la del reconocimiento o no de su condición de “pueblo”, ¿Puede coexistir más de un pueblo dentro del territorio de un Estado? Este artículo intenta dar una mirada sobre esta cuestión. Pero dijimos que hay un segundo aspecto que es de carácter cultural, y se refiere a los usos y costumbres que puedan reñirse con la legalidad ya establecida por los códigos de las democracias burguesas. Sobre este aspecto podríamos mencionar un caso a modo de ejemplo. En el año 2007, en Salta, José Fabián Ruiz, miembro de la comunidad Wichí Lapacho Mocho, llegaba a juicio en el máximo tribunal de justicia de esa provincia, por haber mantenido relaciones sexuales con su hija de 9 años. Ruiz anteriormente había sido sobreseído, alegando que las relaciones sexuales incestuosas a temprana edad se corresponden con una práctica cultural aceptada hacia el interior de la comunidad. En este último aspecto, se pone de manifiesto que más allá de la intención de un juez por darle una conclusión al problema por vías de un fallo condenatorio, los criterios de la justicia burguesa para el tratamiento de estos conflictos muchas veces no coinciden: En Bariloche, en el año 2002, un hombre mapuche que tuvo hijos con sus dos hijastras, menores de edad, había sido absuelto en nombre de la diversidad cultural.

Me gustaría plantear aquí, si, muchas veces, en nombre de la “diversidad cultural”, esta conducta que podríamos llamar “relativista cultural”, no niega el proceso histórico de más de 500 años, que llevó a los pueblos originarios a estar resistiendo hoy en las tierras que les pertenecen ancestralmente, pero que ahora insertas en el contexto del Estado Nación, y a resistir a la vez en sus prácticas culturales, pero que ahora chocan permanentemente con la cultura occidental. Dicho de otro modo. Por estar, los pueblos originarios, ya legalmente reconocidos como ciudadanos, el problema para ellos pasa a ser la posibilidad del ejercicio pleno de sus derechos, problema que comparten con los sectores populares en general. La idea y la práctica de la refundación de los Estados regionales actuales va de la mano de la idea y la práctica - más general de estos gobiernos - de la ampliación de derechos para sectores postergados, dentro de los cuales están incluidos los pueblos indígenas. El desafío indígena plantea el problema particular de la imposibilidad de pensar en un cambio “hacia atrás”, así como los revolucionarios mexicanos pensaron alguna vez, a principio s del siglo XX, en una revolución que devolviera a los campesinos a tiempos pasados, libres de los brazos del Estado nacional en plena expansión: “en 1910 (…) muchas regiones permanecían relativamente fuera del alcance del brazo del gobierno central (…), la autoridad porfiriana se extendió más allá y seguramente más que en cualquiera otra desde la época de los virreyes (…), fomentó las protestas y las rebeliones, en especial en las comunidades que hasta 3 entonces no estaban familiarizadas con la opresión del gobierno centralizado” .

Conclusión: Tanto el Estado como la sociedad en su conjunto (también los pueblos originarios) deben reconocer que las comunidades indígenas se desarrollan en un contexto determinado (la Nación burguesa), y deben reconocer también que aquello es producto de toda una historia compleja (la conquista y colonización, la independencia criolla y la conformación de los Estados Nación, la expansión de los mismos y el genocidio de las poblaciones pre-coloniales). Desconocer esto, es en definitiva, negarle al pueblo indígena, ahora como sector popular de un Estado que reconoce sus derechos, aspirar a mejorar su calidad de vida. Se trata de incorporar sin “desindigenizar”, pero reconociendo los cambios producidos. Los debates que surjan de los nuevos problemas que enfrentarán estas sociedades deben contar con la participación de todos los sectores implicados y darse en un marco amplio y plural que el propio Estado tiene el deber de propiciar y garantizar.

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Alan Knight, “Caudillos y campesinos en la revolución mexicana” cap II, pp 34.

Bibliografía . Constitución bolivariana de Venezuela, 1999 .Constitución política del Ecuador, 2008 .Nueva Constitución política del Estado Plurinacional de Bolivia, 2007 .knight Alan, Caudillos y campesinos en la revolución mexicana, México, F.C.E, 1985

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