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Memoria de elefante Carlos Meléndez 2 de octubre del 2013. México D.F.

Miles de manifestantes, en su mayoría universitarios, conmemoraron el 45 aniversario de la matanza de Tlatelolco, donde desaparecieron decenas de integrantes del movimiento estudiantil a manos del gobierno priísta. Hoy, con el PRI nuevamente en el poder, las expresiones callejeras recapitulan la caducidad del camino autoritario y represivo del siglo XX mexicano. 5 de octubre del 2013. Santiago de Chile. Las principales candidatas presidenciales rememoraron los 25 años del plebiscito que determinara la salida del dictador Augusto Pinochet. Michelle Bachelet resaltó que su coalición se mantiene “en el lado de la democracia y no de la dictadura”. Evelyn Matthei, su rival, sostuvo que los militares fueron llevados al gobierno por la ciudadanía, dada la mala administración que los antecedió. Este aniversario coincide con el debate por los 40 años del golpe militar que ha remarcado las hondas diferencias entre los chilenos. 3 de octubre del 2013. Lima. Declaraciones del presidente Ollanta Humala sabotean el diálogo con la oposición. Su gobierno afronta serias denuncias sobre una de sus políticas sociales “bandera”: QaliWarma. Mineros ilegales toman la vía Interoceánica buscando torcer el brazo al Ejecutivo. Solo un par de columnistas y unos tuiteros recuerdan que, 45 años atrás, el general Juan Velasco dirigió el golpe militar que cambiara profundamente al país. ¿Por qué en unas sociedades la memoria histórica es activa en la política y en otras no? En nuestro país, la fabricación de la memoria histórica en Perú se caracteriza por el dominio y cortoplacismo selectivo de la izquierda (“veinte años no es nada”) y la dejadez anti-política de la derecha. Lo cual lleva a sesgos reveladores. Por ejemplo, Juan Velasco (1968-1975) y Alberto Fujimori (1990-2000) gobernaron de tal manera que dividieron al país, o al menos a su clase política. La interpretación de los legados de sus gobiernos -no casualmente autoritarios- son materia de disputa simplista. Mientras los detractores del velasquismo caen en un discurso economicista y resentido, los del fujimorismo tratan de darle un marco intelectual aunque impostado. Los que enfatizan la perversidad del fujimorismo, y lo llaman “dictadura”, etiquetan al velasquismo como un “gobierno revolucionario”. Los que señalan la ineficiencia del reformismo velasquista, agradecen el pragmatismo anti-institucional neoliberal de los noventas. La ligereza de ambos discursos deslegitima cualquier intento sensato por construir una historia política capaz de asentarse en el ciudadano promedio, como sucede en México y Chile.

La memoria histórica no es un milagro que brota en las plazas. Es una acción política de las élites por justificar –con razón y pasión- aquel fracaso colectivo que llamamos “país subdesarrollado” (ya sea por la reforma agraria o el neoliberalismo autoritario). Por eso, prefiero sociedades encaradas políticamente (y dirigidas) que sociedades de espaldas a sí mismas, sumidas en la mediocridad e inconsistencia de las narrativas propuestas por sus “consciencias nacionales”. Postergar la acumulación paquidérmica de la historia sin digerir resulta suicida. El elefante tiene cuatro patas y una memoria que te aplasta. Publicado en El Comercio, 8 de octubre de 2013.