Teódulo López Meléndez

UNA INTERROGACIÓN ILIMITADA
(Tercera Lectura del nuevo milenio)

Tercera lectura del nuevo milenio La incertidumbre sobre Atlas
El hombre de inicios del siglo XXI está sembrado en la incertidumbre. El paso de la primera década ha sembrado, aún más, la incredulidad, la perplejidad y la ausencia. No tiene que ver sólo con que hemos vivido la primera gran crisis económica, si bien admitamos que la fractura sistémica de lo económico ha contribuido grandemente con su secuela de aumento de la pobreza, del hambre, del desempleo y de la insolidaridad. La incertidumbre se hunde más adentro en la medida en que la vida como repetición limita la posibilidad de otras maneras. Las luchas hacia una nueva realidad – admitámoslo- parecen convertirse en una rueda trancada por objetos lanzados a su paso. El hombre parece no encontrar mundo, esto es, siente el agotamiento de la posibilidad de decisión, lo que significa la ausencia de la capacidad de reordenar, de autoconcretarse, de llegar a alguna parte, más cuando el lugar de arribo al que pudiera aspirarse se ve como sumergido en nebulosas y cada día se limita más a la supervivencia cotidiana, o en lo primitivo de las carencias o en el hedonismo adormecedor. Si bien la incertidumbre ontológica o la incertidumbre social o la incertidumbre económica pueden ser citadas como permanentes compañeras de viaje, ahora, en el fin de esta primera década de un nuevo milenio, como hacía muchísimo tiempo no sucedía, nos encontramos frente a un hombre herido de ausencia de perspectivas y sin estímulos para enfrentar su desnudez. La soledad frente al futuro parece maniatarlo. Los grandes proyectos quedaron atrás y son mirados con una sonrisa picaresca que expresa aturdimiento, desolación y hasta burla por haberlos concebido. Algunos analistas hablan de un “miedo a la vida”. La globalización encuentra su legitimidad en la simple existencia del proceso, mientras vemos a una Europa vacilante incapaz de darse las formas más avanzadas de su unión. Mientras tanto el Estado-nación vive su crisis y los viejos factores de cohesión se desmoronan. Tanto como los hechos históricos puntuales que nos tocó vivir a finales del siglo XX, la evaporación de los supuestamente homogéneos cuerpos de doctrinas (ideologías) ha lanzado al vacío a importantes grupos carentes ahora del envoltorio protector, sin que un sano pragmatismo con ideas o de ideas termine por involucrarse en la conducción hacia una meta. La verdad se ha hecho, cada vez más, el viejo concepto nietzscheano. El pragmatismo no puede ser leído como negación de lo utópico, más bien como el desatar de una imaginación sin carriles, entubamiento o corsés de ortodoxia. El pragmatismo con ideas que reclamo como motor alterno al movimiento humano lo concibo como un desafío novedoso al hombre como sujeto y actor de la cultura, como aquel –como tantas veces se ha dicho- que se empeña en dejar huella. La nanotecnología y la robótica en general, el apoltronamiento frente a la pantalla, la

inmovilidad del trayecto pueden conducirnos a grandes cambios físicos, es cierto, pero en lo humano sigue sembrándose el único interés posible. En la política conseguimos uno de los factores claves de la incertidumbre del hombre posmoderno. La política de la modernidad se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia, dejando el vacío presente que no logra llenar la globalización ni sus manifestaciones parciales de integraciones regionales. El poder, por su parte, se ha hecho vacuo, es decir, inútil arrastrando consigo a las luchas por obtenerlo, como es lógico en todo proceso de degradación. Ya el hombre no mira a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar. Si bien la globalización presenta un salto –uno como el tránsito de las sociedades agrícolas a las urbanas- carece del envoltorio de las ideas convirtiéndose en praxis realizada. El hombre de esta primera década del nuevo milenio ha vivido de espasmos o de convulsiones sin conseguir un nuevo envoltorio protector, a pesar del resurgimiento de lo local como nuevo ámbito que suministra un mínimo de preservación. Aún así, la destrucción de los viejos hábitats cuidadores de envoltorio contribuye a la incertidumbre, tanto la ausencia de protector envolvente como la ausencia de desafíos emocionantes. Ya he dicho de la ruptura del tiempoespacio y de la desaparición de la distancia como elementos inmovilizadores a la par que suministradores de soledad y aislamiento y el hombre solo vive las consecuencias atormentadoras de la falta de los enlaces sociales, ahora reducidos al mínimo, como el pequeño grupo de amigos o la pequeña red de intereses comunes compartidos. Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente, todo bajo la paradoja de un futuro que nos alcanzó con sus innovaciones tecnológicas de comunicación que hoy se han convertido en nuevos símbolos de status. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del hombre, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora. La globalización presenta el desafío también como global, como uno que excede a razas, geografías, pobreza o riqueza, nacionalidades o religiones. Una unión paradójica – podemos admitirlo- o una unión desigual o una unión de grandes contradicciones y de conflictos a los cuales no debemos temer. Los envoltorios protectores se diluyeron cual bolsas de plástico biodegradable. Las soluciones a las interrogantes se evaporaron. El hombre perplejo e incierto ahora ha descubierto que lo creado no era un eternum sino una contingencia histórica, un momento –tanto como puede concebirse un momento en la historia humana- y que en consecuencia se traslada al pasado. El peligro inminente es un nuevo poder totalitario que se aproveche de la incertidumbre. El peligro inminente es la pérdida de la voluntad de un hombre que preferiría dejarse dirigir antes que desafiar de nuevo al pensamiento. El deterioro de lo social-político refuerza pues al hombre posmoderno en la incertidumbre. El depositario mismo y real del poder se ha hecho indefinible. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de autoescondite. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. El hampa desatada –también un fenómeno global, aunque en algunas partes cohacedora del necesario temor para el desarrollo de una revoluciónincrementa de manera notable la inseguridad general que hemos llamado incertidumbre. Asistimos, entonces y como parte de la ruleta, con factores que siembran incertidumbre en procura de una legitimación falsa. Las acciones colectivas se tornan cada día más

difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en los meses recientes. Las fábricas de incertidumbre son las nuevas grandes industrias sin chimeneas del mundo posmoderno del siglo XXI y que, en esta primera década, se nos han mostrado tan contaminantes como las peores que aún están con vida y produciendo el calentamiento global. Estas fábricas de incertidumbre son las responsables del enfriamiento global del hombre.

El letargo del transeúnte El hombre de esta primera década de un nuevo milenio luce cansado y pesimista, sumido en un despropósito hacia un mundo que no le da respuestas, que no le tranquiliza, sino que, por el contrario, lo sume en un conflicto que le anega en un profundo deterioro intelectual y cultural. La creación de una nueva realidad se le asemeja a una especie de misión irrealizable para la cual alega carecer de fuerzas. La palabra solución parece haberse escapado como un errante cuerpo celeste no sometido a gravitación alguna. Ya pensar en las salidas posibles se le antoja un derroche innecesario de tiempo, una característica baldía de su antepasado de los tiempos históricos terminados. Algunos pensadores están llamando a este tiempo en el que estamos uno entre paréntesis. Los conflictos forman parte connatural de lo humano, pero el hombre siempre tuvo la intención de comprenderlos y de ejercer sobre ellos toda la fuerza que permitiera transformarlos. Hoy mira la realidad con cansancio y el pesimismo se establece como un pesado herraje que impide el poder transformador de la cultura. El nuevo paradigma capaz de despertarlo no se asoma o la hace impotente para sacarlo de las tragedias históricas que lo sumieron en el letargo. Quizás el hombre posmoderno piense que el conocimiento que ya tiene de la historia es suficiente para autocondenarse. Es una particular ataraxía que sustituye con imperturbabilidad la condición alerta. Los sucesos aislados de muerte y destrucción de las décadas siguientes al segundo gran conflicto armado quizás lo ratifiquen en la inmovilidad, al igual que la falta de salida que en los días presentes se muestran como repetición de la impotencia. Es paradójico ver como el crecimiento de la tecnología que ha hecho más fácil para una parte del mundo el transcurrir del transeúnte se muestra insuficiente, aún en el caso de los avances médicos que garantizan una vida más prolongada. Mientras tanto la pobreza se mantiene en niveles de alarma y la violencia se hace ya un fenómeno global, mientras el suicidio alcanza cifras que muestran una determinación de cortar la vida como si se tratase de un pesado fardo. No puede así terminar la mirada sobre el hombre bajo el alegato de que lo hemos estudiado hasta la saciedad. Debemos volver a preguntarnos porque se ha alejado de su papel de descifrador de enigmas. La insatisfacción con lo existente parece haber perdido su capacidad de motorizar el eterno viaje hacia el conocimiento. El hombre ha perdido la fuerza para imponer la sumisión de la realidad al orden simbólico. Esto es, el hombre ha dejado de interrogarse y no me refiero en exclusividad a la especulación filosófica sino a la pérdida global de una estructura reflexiva. El cansancio ha alcanzado hasta el comprenderse a sí mismo. Esto es, parecemos presididos por una renuncia a la necesidad básica de sentido. En otras palabras, nunca como ahora el hombre ha dejado de saber lo que es. El hombre es alguien que llega a ser. El hombre no es un simple marchante hacia su propia finitud. Sin embargo, ahora parece sembrado melancólico en un presente

abrumador negativo que se le asemeja a un fin de camino, olvidando su condición de ser que se trasciende a sí mismo. Quizás el hombre posmoderno sufre una pérdida del sentido de autoposesión que lo ha llevado a ver reducida su condición impredecible, esto es, no se siente libre. A pesar de estar sumido en un individualismo hedonista es como un prisionero de lo vivido por su especie en el fracaso. La modernidad le dijo que el saber era la búsqueda de la utilidad, esto es, ya saber no era sabiduría. Que entender el mundo ya no era comprenderlo, sino saber como funcionaba. La modernidad sembró, pues, al hombre en la convicción de la explicación científica. Lo experimentado por la ciencia era lo verdadero. El otro elemento sembrado fue la razón que bien pudiéramos traducir como un progreso ilimitado. De golpee el hombre posmoderno se encontró sin fundamento de unidad, especialmente si consideramos la fragilización progresiva de la hipótesis de Dios y la pérdida de religiosidad. En suma, los planteamientos reduccionistas cumplieron su tarea, reducir a lo conocido, la totalidad a lo observable. He aquí el origen del desasosiego del transeúnte humano. Cuando la vía de acceso a la realidad se hizo única, paralelamente la transformación de la realidad se hizo mecánica y eso es un desorden, lo que podríamos hacer equivaler a una ausencia de novedad mediante el atosigamiento de las novedades tecnológicas. Al convertir lo demás en fantasías improbables el hombre fue desdibujado, en un ser predecible, en una realidad moldeable. Es la crisis final de la modernidad lo que nos atosiga en un mundo posmoderno indefinido. La enfermedad del economicismo pervive, pero inclusive la crisis reciente del modelo especulativo de un mercado descontrolado indica una fractura evidente de la interpretación materialista única. La materia misma ha estado sometida a una observación implacable por la física cuántica que nos habla simplemente de “perturbaciones variables”. Descifrar el ADN ha dejado sin efecto una explicación materialista conforme al reduccionismo genético. El hombre debe retomar el misterio. Quizás el misterio es lo esencial olvidado. La cultura se ha teñido de banalidad. Es por ello que insisto de manera frecuente en la palabra “reinvención” como sustitutivo de desencanto. La falta de sentido y la reclusión hacen este pensamiento débil que es la enfermedad fundamental de este tiempo de paréntesis. Lo nuevo será inevitable, si es que seguimos manteniendo la confianza en el hombre, pero lo nuevo es urgente por la vía de la restitución del centro y la superación de la imagen. Existe un problema del hombre o una consideración del hombre como problema que debe ser enfrentado. Es el reto o desafío para el cual debemos despertar al transeúnte.

Cinismo y nihilismo, las palabras de otros sentidos No se podría hablar en el siglo XXI de un rebrote del cinismo tal como nació en Grecia en los siglos IV y III a.C ni como se desarrolló en Roma Alejandría y Constantinopla desde el siglo I hasta el V. El hombre del siglo XXI no anda tomando como modelo a la naturaleza ni a los animales ni se arrastra como Diógenes mordiendo a quienes le molestan. Tampoco pretende sembrarse en una rigurosidad física y mental como desafío frente a una sociedad alienada. No obstante, cuando uno mira al mundo de hoy las palabras cinismo y cínico acuden de inmediato. Ambas palabras tampoco responden a acepciones insertas en los diccionarios actuales. Las usamos como algo parecido a desprecio o a cansancio, a obstinación de un mundo donde se han agotado las cosas por averiguar y donde el acontecer se ha hecho repetición y rutina. El punto para entenderlo se encuentra cuando se coloca como los dos polos a Diógenes y a Sloterdijk desde la visión de Crítica de la razón cínica del filósofo alemán, para muchos la obra cumbre del cinismo contemporáneo. Es seguramente Sloterdjik el que nos da el sentido perdido de cinismo y cínico. Y es, quizás, traducible como “enfermo de la época” y encuentra expresión en el rechazo a las utopías desprestigiadas y a una sociedad que he descrito como una de repetición insoportable, amén de un desencanto estético-político obvio. Este de hoy es titulado por Sloterdijk “falsa conciencia ilustrada”, enlazando, a mi entender, al cinismo clásico con un nihilismo del siglo XXI, uno donde, al mismo tiempo, se condena la fatiga nihilista. Si nihilismo es negación de la realidad sustancial (nihil: nada) –y obviando su variedad caracterizada, así como otros colaterales (léase excepticismo radical, negacionismo, etc.)- creo que encontramos el mismo problema, una palabra “nihilismo” que no responde a todas las concepciones filosóficas que se le han dado y que toma una acepción contemporánea que tampoco se encuentra en los diccionarios. Si la vida humana no tiene significado o valor superior conforme a la concepción de registro, el hombre contemporáneo está en otra parte, en una de entrega a valores que no tienen trascendencia ni esencia, de manera que no hay una negativa, sino una aceptación de un territorio donde la palabra “libertad” ha perdido sentido. En el campo filosófico Heidegger nos había dicho que nihilismo era el estado en que no quedaba nada del Ser en sí y que el Ser pasaba a convertirse en un mero valor. De esta manera hay una vinculación con este siglo XXI, puesto que el hombre de hoy es un valor, uno que elimina falsamente la duda y la desorientación. Nietzsche nos recuerda la voluntad de poder erigida sobre la responsabilidad de la muerte de Dios. Sin embargo, creo que la explicación sigue en Heidegger cuando habla del nihilismo como estado psicológico, por cuanto este sobreviene. Utilizamos, pues, la simple expresión, para denotar que el hombre del siglo XXI se siente realmente nada dentro de la maquinaria englobadora de la producción y del consumo, de los mecanismos que llevaron a este estado letal de abandono y resignación. «Huésped inquietante» llamó Nietzsche al nihilismo, uno que surgió de la razón y de la técnica, sólo que ambas no nos regalaron el mundo perfecto que se anunciaba. Si los valores supremos desvalorizados es lo que caracteriza al nihilismo, entendemos entonces que vivimos en una sociedad nihilista. Para Nietzche, el nihilismo supone la perdida de todos los valores y esa, sin duda, es una buena definición de la sociedad actual. ¿Hemos sido capaces de organizar una sociedad nihilista cuyos valores hemos asumido como superiores cuando no lo son? ¿Cómo definir a este hombre? ¿Es este un hombre a la deriva que ha abandonado el pensamiento, al mismo tiempo que se ha

sumado el esquema de la resignación dejando de lado todo pensamiento sobre sí mismo? Al leer a Sloterdijk encontramos un desmontaje total, una disolución en nihil, la reducción de la totalidad a agua que se escapa entre los dedos de la mano. ¿Es el filósofo alemán el gran nihilista de nuestro tiempo o es acaso la encarnación más perfecta de la filosofía cínica? ¿O es el filósofo que encartó perfectamente ambas palabras perdidas en su Crítica de la Razón Cínica y que tuvo suprema expresión literaria en Esferas? Sloterdijk es un gran escritor, quién puede dudarlo, uno que ha contado con excelentes traductores. La acotación es válida porque la lectura nos dice que todo es cultura y si todo es cultura todo es creación del hombre. Resurge, a mi entender, un Sloterdijk humanista sembrándonos en otra paradoja: un humanista cínico. Quizás este sea un tiempo de paradojas, el tiempo de un hombre sin trascendencia al que se desprecia por tal motivo, pero sobre el cual se guarda una última ilusión, la de su retorno, aunque tal vez lo que tendremos tenga pocas similitudes con el que conocimos y se nos aparezca delante el producto de la genética transformado en un ensamble. Mientras tanto, al reconocer la inanidad del hombre, se hace filosofía haciendo literatura. El lenguaje está evolucionando hacia la nada, en sentido heideggeriano, pero aún los oficiantes estamos buscando la acepción.

La falta de morada
El destierro de los hábitos de apariencia humanística es el acontecimiento lógico principal de nuestro tiempo, un acontecimiento ante el que es inútil buscar refugio en argumentos de buena voluntad. Peter Sloterdijk

La expresión “falta de morada” es de Heidegger cuando en “Carta sobre el humanismo” definió así el rasgo ontológico sobresaliente del hombre contemporáneo. Es precisamente en una “enrancia” a la manera heideggeriana donde está el hombre. Gianni Vattimo llamó “pensamiento débil” a la característica nihilista del hombre posmoderno. Ante la ausencia de un pensamiento que hable de la verdad y de la totalidad (“fuerte”) se ha alzado uno que rechaza las legitimaciones omnicomprensivas (“débil”). De allí el sufrimiento del hombre posmoderno vendría simplemente de que no es todavía lo suficientemente nihilista, porque tiene nostalgia de lo perdido y no está aún habituado a la disolución del Ser, marca de este tiempo, de manera que el hombre se asegura de poder vivir con semiverdades y sin fundamentos. Deberemos recurrir a un paradigma de complejidad tal como lo definía Edgar Morin, para pasar a una lógica contraria a la inmovilidad y hacer despertar al hombre. Estamos envueltos en conceptos estáticos, el hombre ha dejado de conceptualizar de manera compleja. La visión totalizadora que superara las contradicciones humanas –esto es, la utopía- ya permanece colgada en el perchero. La protesta de la subjetividad por esta vía se destotalizó, aunque la falta de respuestas provoca en pleno siglo XXI algunas escatologías totalitarias de cierre completo de lo social y la reacción conservadora de negativa de la posibilidad de cambio de lo establecido. El ser humano se muestra escindido. Se hace pesimista y desinteresado, como si nadase en una antiutopía, la de una absoluta soledad frente a sí mismo. Los envoltorios protectores se deshacen, como el Estado-nación, impotente ante los problemas singulares que se han hecho universales. Frente a ello, la carencia es la de un pensamiento complejo, uno que bien podríamos llamar disutópico, abierto a la emergencia. Los viejos paradigmas están agotados, tomando paradigma hasta en su acepción clásica de esquema formal en que se organizan las palabras nominales y verbales. Basta oír para comprobar que estamos en lo que podemos con exactitud denominar un mundo viejo. Ello, a pesar de vivir en un mundo de cambios acelerados, generalmente producidos o introducidos por los gadjes tecnológicos. Quizás estos cambios lo sean de mera transición, lo que quiere decir que están impregnados de los mismos conceptos de lo anterior. El sentido mismo de la realidad se hace así borroso, sobre todo se hace borrosa la cotidianeidad, donde hábitats psicológicos fundamentales se ven alterados, como el trabajo, la alimentación y hasta el aspecto sanitario, como hemos comprobado con la reciente pandemia de gripe. Tal vez resulte exagerado decir que vivimos un

cambio gatopardiano, donde sólo se insertan chips tecnológicos para continuar existiendo en lo existente. Seguimos viviendo sembrados en la trayectoria de lo pasado, una que conduce a ninguna parte. Hasta la forma de pensar sigue siendo la misma, en una especie de parálisis cerebral que nos impide comprender que debemos generar nuevos paradigmas que puedan producir una transformación de la realidad inmediata. El hombre se queda sin los amarres del pasado y sin una definición del porvenir. Es una auténtica contracción del futuro definido en la especulación ficcional desde el ángulo tecnológico, pero absolutamente vacío sobre la perspectiva del futuro del hombre. Ante la intemperie el hombre está tendiendo a sumirse en la simplicidad. Es necesario producir un desgajamiento de los viejos paradigmas, o para decirlo en otras palabras, se hace indispensable el brote de una nueva cultura, una que he llamado de la comunicación en sustitución de la de la información, prevaleciente en la Era Industrial terminada, con la cual también terminaron las formas políticas democráticas ancladas en los viejos paradigmas. Existe un mundo pasado y otro que no termina por definirse. Quizás la única distancia que sobrevive es esta. Ella se manifiesta en el lenguaje, uno sembrado de denominadores de sujetos tecnológicos novedosos pero, al mismo tiempo, lleno de esquemas mentales anclados en el pasado. El lenguaje que se habla por parte de quienes ejercen la dirección en diversos ángulos del quehacer social suena como si proviniese de una dimensión equivocada. Podemos admitir que se asoman ya las primeras formas de una sociedad comunicada, pero, por ahora, no hacen otra cosa que ratificarnos en una transición indefinida. La ruptura es mayor entre quienes ejercen la dirección. Los llamados dirigentes consideran que mantener su condición los ancla en los viejos modos y en las viejas maneras. Son incapaces de ejercer liderazgo planteándose la asunción de nuevas formas y, menos aún, son capaces de convertirse en agentes productivos de los nuevos paradigmas. Perviven en la limitación para idear. Así, la información que generan es esteotipada y sin significado para una población cansada y harta de escuchar la repetición. Es más, consideran que la información que transmiten debe ser manipuladora convirtiéndose en una apariencia maquillada provocando la sordera generalizada. Los llamados dirigentes desentusiasman y aumentan los temores antes que contenerlos. Las sacudidas se suceden unas tras otras. Las anteriores convicciones lucen desgastadas, perdida toda su capacidad explicativa y de protección. La expresión sobre el deterioro de las instituciones se ha hecho lugar común, pero las que muestran debilidad extrema son las políticas, incluidas las llamadas intermedias que cumplían el rol de puente entre el poder y la comunidad. De manera que las viejas formas jurídicas se han deshilachado y los intermediarios han perdido toda capacidad de dar excitabilidad y coherencia, así como han perdido los viejos instrumentos de coercibilidad, lo que ha llevado a los medios a procurar alzarse como los nuevos controladores. Las llamadas instituciones muestran una incapacidad manifiesta para transformarse, más aún, no es transformación lo que requieren. Frente a un nuevo paradigma cultural, aún en pañales, su rompimiento con la realidad es visible, pues pertenecen a paradigmas

superados, parten de la base de una inmovilidad que les es consubstancial. El hombre regido por la institución desaparece, se ha aislado de ella. Ahora se forman las redes, o las llamadas “tribus urbanas”, una comunicación incipiente sustituye a la información unidireccional de la institución que implantaba formas de comportamiento. Esta red de redes en formación continúa, desgajada, es cierto, tanto de las instituciones como del porvenir, pero el desconocimiento de la vieja autoridad lo siembra al mismo tiempo en el desconcierto y en la rebelión contra la vieja fuente de poder que hablaba. Al futuro no se le pueden dar formas inmóviles. Al futuro se le da forma ejerciendo el pensamiento bajo la convicción de una voluntad instituyente en permanente movimiento. Es mediante el pensamiento complejo que se puede afrontar el laberinto propia del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el cabalgar fuera de dogmatismos. No todo es desconocido, conocemos, al menos, de la existencia de la crisis, de los cambios que se suceden en la periferia del hombre, de su incertidumbre y sobre ello pensamos. Digamos que el pensamiento sobre el por venir es esencial para evitar una situación de catástrofe de lo humano. Debemos admitir de entrada que hay un cambio generalizado de paradigmas No puede pretenderse la aparición de un nuevo cuerpo de doctrina infalible y totalizante, una especie de renacimiento de las ideologías. La sociedad de la comunicación que habrá de venir es un cambio de paradigma en sí misma. Sobre ella se alzará la nueva realidad. Sin obviar el peligro totalitario de control de la pantalla-ojo, el rompimiento de la unidireccionalidad de los medios que pone en entredicho la noción de receptor indefenso y la continua tesis de control del mercado producida por la reciente crisis, debe empujar al pensamiento a la siembra de nuevas concepciones democráticas. Esto es, la tarea de los pensadores de hoy no es entregar un diseño de sociedad del futuro, sino crear las ideas para que el hombre comunicado protagonice. No se puede hacer a la manera de los viejos ideólogos que diseñaban una nueva realidad utópica. Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que ejerciendo el poder instituyente cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática. Ahora bien, debemos marchar hacia la construcción de la nueva realidad. La nueva realidad se gesta como consecuencia de la acción de una serie de elementos preexistentes, de la concurrencia de circunstancias fortuitas y, finalmente, los que salen o se suceden de la nada. Estos últimos son resultantes de sistemas que se autoorganizan. Como en el caso de los senderos que se bifurcan, la nueva realidad puede ser una u otra. En cualquier caso es menester la generación de elementos nuevos inexistentes previamente. A esto me refiero cuando llamo la atención del pensamiento. Mientras más elementos novedosos se inserten en la realidad que enfrenta bifurcaciones más posibilidades habrá de una realidad flexible que preservará el estado alcanzado, pero que seguirá consciente de utilizarlo para nuevos saltos cualitativos. Esto es, el líder es más un facilitador que un artífice, permitiendo así la preservación de la libertad. Es evidente que si influenciamos el advenimiento de una nueva realidad es porque percibimos síntomas en el presente que no nos gustan y pensamos que el mantenimiento

de las tendencias pueden conducir a resultados catastróficos. Como ya la utopía no puede ser el incentivo es menester repensar al hombre inerte para que ejerza la reflexión sobre las ideas que han sido lanzadas al ruedo y crea en la posibilidad de su realización. La tarea comienza con la descripción de las taras del presente, con un llamado a la rehumanización, con el análisis puntual de las consecuencias posibles y con una acción que conlleve a su adopción y práctica. Un proceso como el que describimos en sumamente dificultoso en una sociedad de la información, donde nadie garantiza que el poder massmediático se plegue a los cambios, siendo lo lógico que procure conservar lo existente. La actual tecnología facilita el interlineado y la formación de redes. No basta, claro está, que el significado haya llegado al destinatario, es menester perseverar y verificar su grado de modelación sobre la realidad. Es cierto, no obstante, que la tecnología está haciendo posible un proceso de comunicación que veremos en todo su desarrollo en los próximos años, lo que permitirá las respuestas mentales y afectivas propicias. El hecho mismo de la comunicación aumenta los parámetros de la libertad. En la comunicación, para decirlo de otra manera, se encuentra la materialización de la nueva realidad. No se trata de cantar loas a los artefactos tecnológicos de la instantaneidad, sino de aseverar que ellos han producido un cambio cualitativo en los contenidos de la comunicación. Como también lo he dicho en otra parte, la comunicación amansa al “yo”, hace que la gente comience a descubrir lo social, que reaparezca lo social como interés colectivo. Algunos ensayistas han llamado a esta sociedad democrática que he descrito como instituyente, y en permanente movimiento, una “sociedad de transformación”. Está basada, obviamente, sobre la auto-organización, una donde la interacción cumple su papel de mejorar mediante una toma de conciencia. Esto es, mediante la absorción del valor de las relaciones simbióticas, lo que implica un cambio de valores. El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales que, con toda lógica en los procesos humanos, serán descartados ab inicio por el entorno institucionalizado. El derribo de los dogmas no es un proceso fácil ni veloz, pero el aporte de las nuevas tecnologías del intercambio comunicacional será un desencadenador clave. La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos. Nuevos paradigmas requieren, generan o adoptan nuevos actores. Cuando los nuevos prendan en la conciencia entraremos en un “encargo a la multitud”. Los nuevos paradigmas comienzan a bullir en la lingüística, en la geografía y en la comunicación, sólo por nombrar algunas áreas. Deben aparecer también en el campo de la política y recuperar la subjetividad de lo humano.

Apuntes para una democracia del siglo XXI

La mediocridad política de América Latina La orfandad intelectual-política de América Latina es el verdadero fantasma que recorre el continente. No hay estadistas, no hay ideas, no hay pensamiento, sólo regreso a los duendes sesentosos y a la luz por excepción. Ya he intentado la frase de rigor, esto es, con excepciones que confirman la regla, pues hay que admitir que todavía hay algunos países que parecen países y algunos gobernantes que parecen tales, a menos que alguno nos engañe como en el famoso cuento de la literatura venezolana “El diente roto”. Si bien este continente nunca fue prolijo en producir ideas políticas propias, al menos tuvimos, en períodos más afortunados, gente culta, gente que leía, gente formada, gente que miraba a la política con mirada larga y por encima de la inmediatez. Hay que admitir también que se formularon ideas y alguno que otro lanzó concepciones jurídicas o de organización del Estado que merecían tales nombres. Se inició un proceso masivo de educación de los pueblos que hoy no encontramos como si se hubiese evaporado en la masificación privilegiada por encima de la calidad. Tenemos un continente cansado que acepta ideas trogloditas, racistas de signo contrario a los que pudiéramos aceptar existieron o existen, viejas enfermedades que Europa vivió en toda su plenitud, como dos especialmente dañinas, el nacionalismo y el populismo. Tenemos grandes masas de población proclives a la demagogia, a la ausencia total de criterio sobre lo que debe ser un gobierno y viejos problemas heredados que perviven con tal fuerza que podría llegar a pensarse jamás fueron enfrentados con políticas acordes a la modernidad o al simple sentido común. El imperio de la demagogia es algo que pervive como una enfermedad incurable. A veces no logra entenderse la tradición de error de algunos países que, al contrario de la mayoría, puede uno admitir tienen un grado cultural más alto y que estaban destinados a alcanzar los primeros lugares en el orden mundial. La única explicación parece centrarse en que tuvieron una caída populista que sembró la decadencia como una peste insuperable. Si bien buena parte de la población subyace en la ignorancia política, en la falta de criterio político, hay que admitir que la élite intelectual se subyugó en el medrar y en la fatalidad del alcohol o de la protección gubernamental. Ya no se pensó, menos sobre la organización social y sobre las formas políticas. La praxis del poder pareció convertirlo todo en una especialización en la triquiñuela matando de raíz la acepción de estadista, es decir, de aquel que ve más allá de lo presente para hurgar en las consecuencias de los procesos a largo plazo o en los resultados de programas implementados sin desmayo en procura de una felicidad alcanzada en los límites de lo posible. El comportamiento de la gran mayoría de los gobernantes de América Latina es producto de la incultura y de la falta de visión. Las viejas formas políticas democráticas

entran en crisis por su ineficacia, sobrevienen las dictaduras militares bajo el convencimiento de ser más efectivas, renace la democracia anquilosada, los pueblos vuelven a cansarse y entonces llegan a la trágica conclusión de ser clientes de un Estado que debe proporcionar todo, en lugar de ejecutar políticas que permitan atacar la pobreza y lograr estadios más altos de educación y bienestar. El populismo entra en escena bajo la premisa de “yo amo al pueblo” o el nacionalismo estúpido –no hay uno que no lo sea- revive el envoltorio de la “patria”, en un baño de pasado donde sólo se reivindican las gestas de guerra de los cruentos procesos independentistas. Este parece un continente condenado a que se le endilguen “décadas perdidas”. El oportunismo grasiento hace de las suyas. No se toman decisiones sobre la base de construcción de futuro sino sobre la pantomima escandalosa de los intereses particulares, del pequeño haber, de la conservación del poder a cualquier costo, mientras parte de la población se marcha hipnotizada detrás del flautista que garantiza a quienes marchen los regalos que el Estado dispendioso está dispuesto a repartir para que el amor del gobernante sea pagado con el amor del pueblo. América Latina ha perdido toda racionalidad. No existe una concepción de empuje hacia delante, sino que, o se busca en el pasado una remodelación o vestiduras nuevas para ocultar el engaño, o se proclama una doctrina mesiánica de que el gobernante proveerá, o se comete todo tipo de locuras y desplantes en la piedra de los sacrificios de la escasa herencia conceptual, o se rompen todos los nortes y se empantanan todas las antenas confundiendo locura e irreverencia con una transformación a todas luces falsa, a menos que se admita que la nueva ley que impera en este continente es la de la destrucción sin nada que construir hacia un modelo de desarrollo sostenido, de desarrollo que implica lo humano. La observación de la política latinoamericana equivale a detenerse en un circo de aprovechadores, de corruptos, de maliciosos especialistas en ejecutar pequeñas raposerías. Hay excepciones, ya lo he dicho, no sólo por cumplir con la omisión del pecado de una generalización total, aunque tengamos que admitir que algunos son babosos y oportunistas, lo que demora un juicio fatal porque tal babosería y oportunismo lo ejecutan –al menos es lo que percibimos a distancia- en el beneficio de sus intereses nacionales y en la ambición hegemónica sobre el continente. La miseria intelectual-política de América Latina va a producir otra oleada de cambios de este carrusel que se repite girando sobre sí mismo. Si bien hay una tradición universal de desoír a los pensadores, en este continente es una norma consagrada, sobre todo porque hay muy pocos a los cuales oír. Este continente parece atado a gruesos soportes enterrados en la vastedad. No es capaz de despegar, de liberarse, de intentar el vuelo alto. Lo que sabemos es que semejantes situaciones traen movimientos telúricos, mientras algunos soñamos que sean de un signo distinto, que sean para bien, que sean de la escogencia de un camino sobre el cual nos mantengamos con persistencia en procura de la redención de estas poblaciones aniquiladas por la inoperancia y la verborrea. No solamente lo denunciamos, ponemos todos nuestros esfuerzos, dentro de nuestras limitaciones, para darle un marco teórico a discutir, bajo la convicción de la lentitud sempiterna de las ideas y de la muralla impenetrable de la pequeñez que señorea a las clases dirigentes de este continente.

Resulta profundamente desagradable y de efectos perniciosos de desánimo ver el comportamiento de quienes son gobernantes en este continente, de quienes fungen a diversos niveles como dirigentes en este continente, de las expresiones que uno oye y ve en este continente. Aún así, se contribuye a combatir esta baja intensidad diciéndolo, repitiéndolo, restregándolo en una especie de exorcismo y machacando ideas para que, si bien se hacen humo, haya en el aire un distante olor distinto.

Una interrogación ilimitada Debemos marchar hacia la conformación de un clima cultural distinto, de un medio ambiente externo que permita el acceso de los ciudadanos a la enseñanza y a la práctica de una cultura de principios. Estamos inmersos en una cultura política inmóvil que nos ha robado la capacidad de decisión. Debemos desintoxicar a la sociedad venezolana y liberarla de tabúes y estereotipos y darnos cuenta exacta de cual es nuestro pasado y cual nuestro presente. Así aprenderemos cabalmente cuales son las causas de la pobreza y el subdesarrollo en un país de inmensa riqueza petrolera. Digamos que existe una base psicológica de la democracia. Se ha llegado a definir la cultura democrática como la orientación psicológica hacia objetivos sociales. Esto es, la cultura política es la interiorización de la democracia y la orientación hacia el bien común. Es lo que se ha denominado también la conformación de un carácter nacional democrático. Aquí la democracia ha sido violentada sin que una opinión mayoritaria haya reclamado sobre la violación de los límites de legitimidad del gobierno; hemos visto a la gente, por el contrario, aclamando la verborrea violatoria. La democracia es una cultura de la responsabilidad colectiva en lo que sucede, con todo lo que implica como solidaridad y respeto. La democracia debe ser considerada como un sistema cultural y en ella va incluida la conciencia de que la democracia es una línea de fuga que usamos para construir la justicia, admitiendo las palabras democracia y dificultad como sinónimas. Si vamos a analizar la cultura democrática hay que analizar el contexto en que se produce esa cultura dejando de lado la idea de limitarse a los laterales pues es a la sociedad misma donde debe irse. Es decir, a los conceptos de pertenencia y ciudadanía, con obligaciones y derechos, a la revalorización de la cultura como conciencia crítica. La democracia reposa sobre la autonomía humana y la cultura es un componente esencial de la complejidad de lo social-histórico. Lo que tenemos ahora es “un ascenso de la insignificancia” para decirlo con palabras de Cornelius Castoriadis (La crisis de la sociedad moderna, Transformación social y creación cultural, etc.) encarnada en despolitización, alienación, vaciamiento de los valores y un rechazo creciente de la sociedad a la idea de que se puede cambiar a sí misma. En resumen, de lo que somos testigos es de una desocialización sucedida artificialmente por los massmedias. Una democracia del siglo XXI tiene que tener necesariamente a una sociedad capaz de interrogarse sobre su destino en un movimiento sin fin. Esa nueva cultura democrática presenta una dimensión imperceptible, pero real, de una voluntad social que crea las instituciones. Hay que romper el encierro del sentido y restaurarle a la sociedad y al individuo la posibilidad de crearlo, mediante una interrogación ilimitada. Debemos ver hasta donde los sujetos sociales se dan cuenta de lo que pasa. La cultura política cambia en la medida en que los ciudadanos descubran nuevas relaciones entre el entorno inmediato y el devenir social. En otras palabras, en el momento en que descubran lo social. Algunos han llamado esta mirada de compromiso una percepción de la “ecología política general” lo que debe generar un movimiento energético comprensivo. Para que ello suceda el cuerpo social debe estar informado y ello significa que pueda contextualizar con antecedentes propios y extraños, pasados y presentes. Si no posee la información no podrá actuar o actuar mal. La democracia del siglo XX se caracterizó por una información mínima suficiente apenas para actuar en lo individual. Si volteamos el parapeto y echamos la base para que el cuerpo social busque por sí mismo la información tendremos sujetos activos. El primer paso es el contacto entre los

diversos actores sociales, lo que va configurando una cultura de la comunicación, una donde no necesitan de esa información como único alimento, sino que comienzan a necesitar del otro, lo que los hace mirar al mundo como una interconexión de redes. La comunicación con el otro reduce la importancia del yo. Si la información proviene exclusivamente de los entes dirigidos habrá una cultura de la información (necesidad de estar informado) y no una cultura de la comunicación (la necesidad de obtener del otro información). La existencia de una cultura de la información, sea en el grado que sea, siembra el autoritarismo. La existencia de una cultura de la comunicación siembra la libertad. Si avanzamos hacia lo que podríamos denominar una “sociedad comunicada” es evidente que esa sociedad se autogobierna aún usando los canales democráticos rígidos conocidos y puede autotransformarse. Es evidente que una democracia del siglo XXI requiere de individuos y grupos sociales distintos de los que actuaron en la democracia del siglo XX. No se trata de una utopía o de una irracionalidad. Se trata, simplemente, de evitar que las energías se gasten en el refuerzo a una estructura jerarquizada y autoritaria no-participativa y de conseguir un salto de una sociedad que sólo busca información a una que busca la conformación de una voluntad alternativa lograda mediante la consecución de cambios en la forma social impuestos por un comportamiento colectivo. Se obtendrían así más libertad y más movimiento. No se trata de una especie de conversión moral de la población para que se haga mejor, implementada por el Estado bajo una ética democrática. Se trata de una generación de convergencias en un tejido social en permanente consolidación. A los intelectuales nos toca plantear el trasfondo teórico al combatir un individualismo utilitarista, y por tanto egoísta, para sustituirlo por una socialización democrática. Debemos concluir que la democracia es un proceso sin término. En cada fase del avance la cultura política juega un papel fundamental que permite autogenerarse y autoreproducirse. La democracia sólo es posible cuando se tiene la exacta dimensión de una cultura democrática. Debemos educarnos en una cultura de la comunicación democrática o volveremos al drama shakesperiano: Bruto grita al pueblo que ya es libre porque César ha muerto para que el pueblo le responda “Te haremos César”.

Un nuevo paradigma del poder
Los analistas que se han ocupado del poder lo instituyen como esencial a la cohesión humana. Es potestas y auctoritas. Se le puede identificar con fuerza o con autoridad. No obstante hay un paradigma premoderno del poder y otro atribuible al siglo XVIII. Esto es, ya el poder no controla por infundir miedo sino a través de instituciones de gobierno. Se ejerce por la vía jurídica, por la vía de la conciencia social o por la vía de la imposición histórica. Poder significa, desde Max Weber, imponer la propia voluntad, aún contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento. Quizás de aquí provenga el cruce de los conceptos de poder y dominación. El poder para los marxistas es atribuible a la capacidad de una clase social de realizar diferentes objetivos específicos. Hanna Arend consideraba opuestos violencia y poder. El ejercicio del poder se ha hecho así inherentemente conflictivo. Este concepto de poder se ha hecho ineficaz. Arend le dio su toque cuando lo llamó la capacidad de actuar concertadamente. Es lo que otros autores han llamado “poder con”. Lo que debemos derruir es el poder como “poder sobre”. Foucault habla de una convocatoria más bien a una serie indefinida de distribuciones horizontales de poder. La crisis de las instituciones obsoletas pueden conducir al extremo del horizontalismo absoluto, pero está claro que la falta total de organización no funciona, lo que puede replantear épocas autoritarias en respuesta al desorden. A su vez, el desprecio justificado por los dirigentes puede plantear la aparición de lo que se ha dado en llamar “el poder de la referencia social”, una no perteneciente a quien la tiene sino a la gente que la otorga o la quita. No podemos extender el concepto de poder de la modernidad a la posmodernidad por un razón muy sencilla: el hombre no es sólo un depositario de derechos sino un “empoderador” que gestiona. Foucault es el contemporáneo más próximo que se ha ocupado del poder. Ya hemos visto como habla de “distribuciones horizontales”. En efecto, el poder vertical es resistido por una red de redes en la era presente de lo tecnológico que coadyuga a la sustitución de una sociedad informada por una sociedad comunicada. La identidad entre poder y dominación ha llevado a este dañino paradigma del poder como “poder sobre”. Los rasgos del poder desafiado por una cultura que llama al intelecto a “empoderarse” en imbricación con los demás del devenir histórico apunta ahora al nuevo paradigma del poder como “poder hacer”, uno que podemos definir como el poder como un derecho de creación.

El aprendizaje de deletrear el alfabeto
Hay que aprender a deletrear el alfabeto, a conocer cada letra en todas sus posibilidades, a formar sílabas y de allí pasar a las oraciones. Analfabeta no es sólo quien no sabe leer y escribir, analfabeta es el incoherente. Hablo de política, claro está. La forma es tan importante como el contenido. En muchas ocasiones la exploración de la forma se sobrepone a la realidad aparente. Quien no maneja la forma entierra pilares en lo inconsistente. Una de las formas sustentables de la política es hacerla capaz de generar realidad. Hay que notar que la agencia publicitaria que se dedica a asesinar la política es porque está descontenta con ella y quien está descontento con la política en verdad está descontento con todo, incluyéndose a sí mismo. Lo real no puede separarse de la forma. Cuando algo resiste a la mirada de quien quiere transformar o sustituir hay que aprender a superar la capacidad de resistencia que opone y ello pasa por sembrar de manera tal que las posibilidades se hagan muchas. Para ello se requiere creatividad, porque cuando se riegan formas creativas se multiplican las opciones y las alternativas. La creatividad no puede calificarse como una excelente forma de defensa, porque la creatividad se convierte en un cuchillo que corta el analfabetismo, lo paraliza y le quita la iniciativa. Lo que vivimos en Venezuela se asemeja cada día más a una manifestación de fidelidad a la miseria. Esta realidad tiene variantes psico-sociales y políticas. Este régimen se encontró un país naturalmente propenso a ser hipnotizado, es más, se encontró con un país que quería ser hipnotizado. La protección que sobre él habían ejercido los gobiernos democráticos se había resquebrajado, diluido y evaporado. El gran padre es, en la historia universal, el que restituye, el que venga, el que tiende su manto asistencialista mediante el cambio de nombre de todo y con la cobija verbal arropa y da calor. Toda la escenografía converge a la creación del ambiente de ilusión, siendo el teatro “Teresa Carreño” el ejemplo más claro y preciso: ese espacio ha sido convertido en la gran sala de ópera de la revolución. Lo que quiero decir es que, ante la incapacidad de construir sus propios escenarios, el proceso-cambia-nombres se apodera del espacio de lo anterior porque ese espacio ya forma parte de la imago colectiva y con banderas y el uso monótono de un color transfiere a la masa la sensación episódica de una aventura revolucionaria de la cual bien vale la pena formar parte. Los códigos son simples, primitivos diríamos, dado que se recurre más que al uso de las viejas maneras de los fascismos del siglo XX a un ejercicio propio de lo tribal, en el sentido de hacer entender a la gente que hay un nuevo manto protector que para ser adquirido sólo requiere pertenencia, llámese militancia. La mejor prueba de este aserto es la constante afirmación de que ser rico es malo: con esta afirmación lo que se quiere es retrotraer a la población venezolana a unos supuestos fundamentos del ser humano, a un supuesto estado de carencia de las originarias construcciones humanas. Esto es, estamos ante planteamientos que nos remiten a trasnochos que ya ni siquiera pertenecen al siglo XIX sino que van más atrás, a los orígenes mismos de la investigación sociológica cuando comienza a analizar la agrupación de los hombres en sociedad. Se quiere organizar este país sobre la base de una solidaridad primitiva y para ello se le advierte a los objetivos del experimento que allí en el horizonte hay una preñez de peligros que sólo el gran organizador puede conjurar con “camisas rojas”, con discursos que mantienen a raya a los monstruos que se asoman. Este país se convierte, entonces, en una tribu apretujada de gente asustada-emocionada-ilusionada que cree haber encontrado la protección requerida.

Para combatir este brote de sociología primaria se debe aprender a deletrear el alfabeto. Hay que comenzar por explorar los caminos de la posibilidad frente a los caminos de la realidad. Si quienes resisten no tienen el planteamiento adecuado es porque el estado mismo del país genera su discurso. Así, quienes resisten, no pueden tener la seguridad de convertirse en la nueva opinión dominante sustitutiva de la protección otorgada por el piache que administra alimentación, seguridad en la esperanza, (aunque no en la práctica cotidiana), convencimiento de que los monstruos viejos no volverán ni nuevos monstruos procederán a liquidar la ilusión. Terminamos conviviendo con el régimen co-hipócritamente y co-histéricamente. El discurso, la forma, va pues a contracorriente del medio, la realidad. Hemos regresado tanto que uno nota el brote de los viejos conceptos para oponérselo al rebrote de lo antiguo disfrazado con adjetivos supuestos de este siglo. Si aquél habla de una especie de refundación de un ismo, desde el otro lado se recurre a viejos preceptos del siglo XIX como si la teoría social no hubiese evolucionado, es más, como si no estuviera en la obligación de evolucionar. Si en este análisis, que no sabe deletrear el alfabeto, esto es izquierda, pues lo lógico de oponerle es derecha. Si este dice que la propiedad es mala el discurso de quienes resisten responden reotorgándole valor absoluto al mercado. La paradoja de este planteamiento de regreso a lo cuasi-tribal está, en primer lugar, en que arrastra a su oponente a la misma atmósfera mental y, en segundo lugar, lo que constituye lo más grande del ángulo paradójico, es que hace imposible el regreso al pasado que se pregona desde ambas partes. He allí el encierro en un alfabeto con cuyos elementos no se sabe construir frases y conceptos: no hay códigos sustitutivos, nadie sabe lo que es el mañana, nadie tiene el manejo de lo que política se llama “los tiempos”, nadie logra articular frases, la forma, para hacerle entender a un país cohabitante con un espasmo de retorno temporal y espacial, que la palabra futuro aún se conserva en el diccionario y en el campo de las posibilidades. Si nadie sabe deletrear esta palabra, el pueblo está y estará con la nueva ópera que se canta desde el escenario robado del “Teresa Carreño” y desde el patio de la Academia Militar. Hay que aprender a deletrear el alfabeto.

La desventura del lenguaje
A un país se le deben dar respuestas respetuosas. En el lenguaje está la importancia clave. No se trata de que yo sea un escritor: cualquier psicólogo social podría dar una extensa explicación sobre la conexión entre pensamiento y lenguaje o entre estructura mental y expresión lingüística. Cuando el lenguaje se desvirtúa toda la psiquis colectiva se desmorona. Cuando ya lo que se dice carece absolutamente de importancia se ha llegado al extremo de la barbarie, al hombre primitivo, al mantenimiento de los lazos sociales basados exclusivamente en la alimentación, en la satisfacción de las necesidades primarias y elementales, como los pueblos de la edad de piedra. Cuando se llega a estos extremos el pensamiento no pasa sino por la sobrevivencia, por los rasgos elementales, se pierde toda conexión racional, prevalece el instinto, desaparece toda posibilidad de estructuración de conceptos. Ya no cabe, siquiera, la queja ante la falta de imaginación. Pretender imaginación está resultando absurdo. La capacidad de imaginar está perdida porque el interior lo que recoge del exterior es basura. No se puede imaginar porque ya no se piensa. Venezuela sigue siendo un conjunto pero uno que carece de ideas. No me refiero a sesudos trabajos de pensamiento que conformen un cuerpo. Ya ni siquiera logramos imaginar y pensar la cotidianeidad. La cotidianeidad se ha tornado abrumadora. El diario trajín es uno de ofensas contra el raciocinio de la gente venezolana. Llega el momento del bloqueo psicológico, del encierro en la familia y en los propios intereses. Ya no se quiere oír más, ya no se quiere pensar. El irrespeto continuo, la dicotomía absurda, el maniqueísmo llevado al grado de doctrina de Estado, convierte a un país en un rebaño, pero con una advertencia, uno que pasa por una rebelión subyacente, en estado de letargo momentáneo. La praxis política no se destaca de esta anonimia. Pero es que la falta de imaginación, la imposibilidad de romper el enclaustramiento maniqueo y sesgado, es lo que caracteriza a la política venezolana de hoy. El gobierno carece de explicaciones y cae en los absurdos y en un estereotipo inadmisible. La oposición carece de ideas y convierte una lucha por la democracia en un torneo de banalidades, en una repetición constante del mismo ataque ya inocuo e intrascendente. En medio, y mirando, está la población venezolana, una perpleja y acogotada, una que no oye nada, una que piensa que ya no hay destino colectivo, que todo está perdido. Es un deber inaplazable ir al rescate del lenguaje. No pidamos peras al olmo, no esperemos que desde la mediocridad gubernamental provenga semejante e impensable cambio. Debe venir de quienes discrepamos del gobierno y debe venir, fundamentalmente, de la población misma en un acto de reacción de quien está en situación de extrema presión. Allí hay una buena manera de iniciar el combate democrático de otra manera: rechazar las expresiones burdas, reflejar en todas partes y de todos los modos una condena al estereotipo y al desprecio hacia los venezolanos y su inteligencia por parte de los repetidores de simplismos y de pequeñeces mentales. Las grandes batallas comienzan por cosas aparentemente simples y cuando cada ciudadano se alce desde sus derechos y desde su dignidad a rechazar las repuestas condenables comenzaremos a crear una sociedad capaz de corregir los entuertos de la historia.

La inmensa campana de aire envenenado
Venezuela se ha convertido en una agencia de publicidad. Lo que prevalece es el decorado, la forma de vender el producto, la repetición de la “cuña” publicitaria. El producto que se vende es la revolución bolivariana-socialista-endógenaindoamericanana. Así se ha construido sobre el territorio nacional una inmensa campana de plástico. Hemos pasado a ser un espacio cerrado, uno donde no hay circulación del aire, uno donde las exhalaciones van viciando lo que respiramos. Nos hemos convertido en plástico con un escenario de cartón piedra y anime. Vivimos inmersos en la repetición constante de esta publicidad por parte de un gobierno que no gobierna sino que se vende. Esta campana es impermeable, no permite la circulación del aire, la entrada de aire renovador; en verdad hemos llegado a un punto donde no tenemos exterior, lo que tenemos sobre esta campana son ventanas pintadas con escenas de exterior. Los publicistas dibujan sobre el plástico. Todo lo damos por supuesto, lo que implica una tarea descomunal que no es otra que la de reinventar lo supuesto. Los venezolanos miramos los dibujos y no nos hemos dado cuenta que son dibujos, que esto no es más que una campana. La normalidad no es otra cosa que el envenenamiento progresivo con el aire contaminado que se presenta como no renovable. Lo supuesto se ha establecido con todo su peso y los organismos que somos nos movemos en una cámara lenta impuesta por el estupor del aire contaminado. Carecemos de la capacidad de reinventar lo supuesto y, en consecuencia, languidecemos en la falta de imaginación, en la ausencia de pensamiento, en la imposibilidad de un esfuerzo por perforar la burbuja en procura de aire fresco, en la incapacidad aplastante de negarnos a dar por ciertos los dibujos simuladores de lo real exterior. En este país lo que se requiere es insuflar aire a la burbuja aprisionante para que los cerebros se despierten y dejen de creer en escenas publicitarias. Lo que se requiere es una demostración de que el aire se puede sanear so pena de encerrarnos cada uno en una campana más pequeña dentro de la campana grande a conservar los últimos restos del absolutamente necesario oxígeno para sobrevivir. Hay que soplar desde la apatía y el silencio para hacerle saber a la campana de plástico que su resistencia no es inviolable. A la campana-campaña publicitaria llamada revolución bolivariana-socialista-endógenaindoamericana, y todos los adjetivos que esta agencia de publicidad inventa todos los días, hay que oponerle explicación. La explicación rompe lo implícito, recupera para el análisis lo que se ha dado por supuesto, bombea aire a la revelación de lo que nos hace falta para liberarnos es una bocanada de aire fresco y sustitutivo. Atontados como andamos por la falta de oxígeno, por el envenenamiento del aire de la campana donde estamos encerrados, caemos en la rutina del horror, de uno permanente, del cual se nutre esta agencia de publicidad para mantenernos melancólicos a la espera de la muerte. Explicar significa hacer entender al paciente melancólico la causa de su melancolía, hacerle entender que se hipnotiza con el aire viciado, que es necesario hacer brotar la creatividad desde los restos de energía y que es necesario reinventar, redescubrir, reformular. Alguien aseguró alguna vez que patria no es otra cosa que el lugar donde estamos bien. Si estamos mal no tenemos patria. Este aire perverso está diseñado, publicitariamente, para matar la política, porque la política es un invento de los hombres para poder vivir en paz. Lo que este aire envenenado ya ha logrado es matarla y sin política lo que haremos en los estertores será dar cabezazos sobre las paredes de plástico

de esta campana. Hay que reinventar la política, hay que combatir a la agencia publicitaria que la ha desterrado, a la agencia asesina de política, mientras lo que vemos es exactamente lo contrario, la práctica conforme al guión de aire envenenado, a los fanfarrones repetidores de lo supuesto, a la falsificación de palabras de quienes no tienen capacidad ninguna para soplar aire fresco dentro de esta cámara mortal donde hay que recrear las condiciones de la vida.

De hábitos y comportamientos de una sociedad en crisis
Es normal conseguirse una cajera de supermercado que mire a un cliente, modesto comprador de lo indispensable, con odio. Es posible conseguirse una cajera de supermercado que le diga a uno que ha tenido un pésimo día pues la han insultado varias veces. Es un pequeño tipo de nuestra cotidianeidad para ejemplificar una conducta. Se ha establecido un patrón de comportamiento, el del odio social, el de la violencia, el de la mentira, el del desprecio, el de un individualismo patológico que, para poner un ejemplo aparentemente secundario, no soporta fracciones de segundo para tocar la corneta del auto sin importarle nada más. El cerebro humano funciona sobre la base de reconocer patrones y esos que tenemos están siendo copiados hasta un nivel insoportable. Se está uniformando el comportamiento sobre los patrones deleznables. Y se hacen hábito. La experiencia cotidiana se estructura y a su vez estructura a la sociedad, esta que vivimos marcada por los rasgos descritos. Podríamos decir que tenemos una “cultura del desvarío”. Esta es la verdadera revolución cultural del régimen que padecemos. Nuestra manera de vivir en este mundo social es el del mundo social. Reproducimos, así, el estado de violencia, de desprecio, de mentira y de cerco. Esta es ya la manera de vivir de los venezolanos. La revolución ha tenido éxito en el cambio tan ansiado del comportamiento social. Ya somos otros. Ahora somos un capital social disminuido. La educación se está rediseñando para reforzar estos nuevos contravalores. Por otro lado tenemos la convicción de la derrota, sobre la base de la abstención en el actuar, porque, según el módulo implantado, nada podemos hacer sino adaptarnos. Dentro de esta sociedad reconformada se está haciendo inviable el ejercicio democrático, no se le considera forma de expresión lógica; como bien lo decía el proyecto de reforma constitucional, no se expresará el poder popular por vía de elecciones. En otras palabras, se nos amenazaba con dejar de ser votantes –asunto ratificado por la abstención que encuentra así explicación psicológica (a otra parte no se puede ir a buscar)- y hemos dejado de exigir formas más abiertas y completas de participación, puesto que el Estado está a punto de determinar en que consiste, una, obviamente, determinada por el caudillo. El Estado se yergue, no ya como garante, sino como “padre” que ordena y manda. No hacer es el nuevo hábito, pero lo compensamos con reflejos amenazando con las acciones más violentas, mientras acusamos, al que se mueve sobre la lógica, de colaborar con la nueva estructura de hábitos y comportamientos impuesta por la revolución de los contravalores. Los principios esenciales han sido trastocados y ya no funcionamos derivando de ellos, ahora actuamos sobre los parámetros del régimen. De manera que si trasladamos a términos de política actual la palabra “colaboracionistas”, lo son –qué duda cabe- los que han adoptado los hábitos y comportamientos de quienes consideran sus adversarios. Esto es, en este lamentable país de hoy el cuerpo social copió los signos del invasor nacido de su propio seno. Es posible cambiar la subjetividad humana, para bien o para mal, y para cambiarla hacia algunos valores de lo que ha sido la venezolanidad, más la suma de cese del egoísmo, de la implantación de la solidaridad social y del abandono de teorías ancianas como de teorías trasnochadas, es necesaria la multiplicación de la voz de la inteligencia hoy adormecida y echada en una hamaca. Por ejemplo, el hábito del crecimiento ha sido cambiado por el hábito de la supervivencia. El hábito de la

tolerancia ha sido cambiado por el hábito de la agresión. El hábito de no rendirse ha sido cambiado por el hábito de perorar palabras insultantes y anunciar violencia. Es obvio que la conformación de hábitos y comportamientos depende tanto del exterior como del interior. El exterior lo conocemos en todas sus taras, pero el interior nos está mostrado una profunda fragilidad psicológica, una falta de densidad, una vulnerabilidad total, una falta impresionante de consistencia en el prototipo venezolano. Sin un mundo interior propicio no se internalizaría el mundo exterior despreciable. Ni se produciría este círculo de personas con los nuevos hábitos y comportamientos constituyéndose en la sociedad devaluada. En consecuencia, es necesario explicar e introducir una idea nueva. Si no logramos hacerlo, si nos limitamos a repetir el rechazo sin proponer alternativa, respetando la raíz en lo viejo reciente que aquí se llama democracia y libertad, no habrá nunca la posibilidad de una reacción colectiva de verdadera resistencia, palabra que uso en su justa dimensión, no en el de una acción política estrafalaria. Ya lo dije hace tiempo: esto implica un nuevo lenguaje, para empezar. Es obvia la necesidad de diseñar un futuro. Con estos hábitos y estos comportamientos, si permitimos que se establezcan endurecidos, esto es, que seamos una sociedad totalitaria sin capacidad de resistencia, no se podrá luego modificar nada, a no ser desde el final que siempre llega y el reinicio desde el vacío. Si cada quien no se autoanaliza y mira lo que hace a diario en la vida cotidiana y se examina en sus reacciones frente a nuestro actual drama, no tendremos inteligencia produciendo el porvenir ni liderazgos emergentes que puedan conducirnos hacia la reconstrucción de nuestro interior y de nuestro exterior. Esta adaptación a los hábitos de crisis impone este comportamiento que se está haciendo natural en definición de una normalidad enferma. Así como el cuerpo se calienta, produce fiebre, como advertencia de que los anticuerpos han comenzado a funcionar y el organismo se defiende, así sería indispensable que esta sociedad nuestra en disolución en la disolución sintiera conciencia de que el cuerpo social es la suma de cada uno de nosotros y si cada uno de nosotros se ha intoxicado uno a uno deberemos desintoxicarnos. Sucede, a veces, que los pueblos despiertan. El nuestro parece caracterizado por la autoflagelación y sus respuestas, a lo largo de la historia, se han tardado tanto que siempre terminamos volviendo a empezar, dejando sobre el piso el tiempo perdido y generaciones destruidas.

De las ideas de lento avance
Si en algo he sido cuidadoso es en aunar al planteamiento crítico la propuesta conceptual. He desarrollado un corpus de ideas que he denominado “Democracia del siglo XXI”, donde he ido desde la organización horizontal de las sociedades intermedias hasta la concepción misma de la política, desde la consideración del Derecho como forma celular que encarna los cambios de justicia social hasta los planteamientos de una economía inclusiva. Tampoco he faltado a lo estratégico y lo táctico sobre la coyuntura sociopolítica que ahora padecemos. Sobre ambas aristas debo decir que nadie me ha hecho caso, aunque a veces noto alguna influencia mínima ejercida por mis ideas. A mis artículos en web he sumado el libro y así buena parte de mis consideraciones sobre la democracia, el asunto medular a mi modo de ver, está recogido en “El último texto (Segunda lectura del nuevo milenio)” (Editorial Ala de cuervo, 2006). Atiendo así, con este primer párrafo, las angustias de algunos lectores. Al parecer han leído mis textos críticos y no mis textos conceptuales. Amén del cuerpo teórico he dejado clara, en cada ocasión, mi postura sobre la coyuntura específica y a cada error detectado he recordado lo que dije al respecto. Los lectores deben entender que soy solamente alguien que escribe, no pretendo el ejercicio de liderazgo alguno, cumplo – apenas- lo que considero un deber ético y una obligación moral: escribir sobre mi país. Y lo he hecho profusamente, sin ahorrar tiempo. Sobre el cuerpo conceptual quizás alguien algún día se interese, puesto que sé de la lentitud del paso de las ideas. Sobre los asuntos estratégicos y tácticos me preocupa algo más que nadie me haga caso, pues quizás si al menos se hubiesen molestado en darle una mirada a lo que he planteado es posible que el agregado de esta óptica hubiese contribuido en algo a enrumbar mejor la lucha. Comparto plenamente la posición de los lectores que me escriben: estamos hartos de diagnósticos, pero más de planteamientos descabellados y sin ningún asidero en la realidad. El país exige un diseño sobre su destino, un corpus conceptual sobre lo que queremos que sea, un proyecto nacional. He sido yo quien ha repetido un millar de veces que sin ese mapa conceptual de Venezuela será imposible enfrentar a lo que tenemos como oferta en estos momentos. Algunos dicen que primero tenemos que salir de esto, lo que es un craso error. Otros cometen una peor equivocación, el invocar el capitalismo como contraoferta, cuando está claro que la única posibilidad es avanzar hacia una sociedad que si bien respete cosas básicas como el derecho a la propiedad también se abra, progresista y progresivamente, hacia el logro de nuevas formas que garanticen la justicia y la paz social. Por ello he denominado a mi modesto bloque de ideas “Democracia del siglo XXI” y he dicho, para que nadie me haga caso, que frente a “socialismo del siglo XXI” lo único a oponer es “democracia del siglo XXI”. Me he definido como un pragmático con ideas y conceptos, uno muy distinto a otro pragmatismo que ronda por allí y que de lo único que quiere ocuparse es como salir del gobierno. Para salir del gobierno hay que tener una propuesta sustitutiva, en primer lugar, y una estrategia definida, en segundo lugar. Lo que sucede es que no existe ninguna de las dos y una buena parte de los venezolanos –a buena hora y por fincomienza a molestarse con los habladores de pendejadas. A quienes me dicen que quieren verme en televisión les respondo que eso no será posible, no soy “entrevistado predilecto”. Internet resolvió problemas de monopolio informativo y la prueba la acabamos de ver en Birmania donde cinco blogs han mantenido informado al mundo y ni siquiera el cierre de esa vía por parte de la dictadura militar ha cortado la

comunicación, puesto que la tecnología ha conseguido la manera de saltar sobre el bloqueo. La sociedad venezolana de hoy paga un alto precio en mediocridad y falta de criterio político. Ya las causas las hemos abordado suficientemente. He, por ello, llamado a la inteligencia a reaccionar, a esa escondida en provincia y en la vida privada, a una que instituyó en su mente un desprecio irracional por la política. No culpen, estimados lectores que me escriben, a la falta de dirigentes buena parte de nuestros males. Plantéense más bien que clase de sociedad es esta que no es capaz de generarlos y pregúntense que clase de comportamiento deben adoptar para producir un salto cualitativo y una reapreciación de la más digna de las actividades: la participación activa en la conformación del destino colectivo.

La “deselección”
Una de las enfermedades más graves que ha heredado la democracia es la del cansancio de los electores. Las elecciones, una de las formas de expresión democrática, se han convertido en “deselecciones”. He seguido con atención el lenguaje de los candidatos presidenciales que han participado en todos los últimos procesos en América Latina y sólo he encontrado una repetición angustiante. No quiero decir que los electores ya no concurran a las urnas, no se trata de un crecimiento puro y simple de la abstención, se trata de que los electores no van a elegir sino a “deselegir”. Una de las formas patentes de esta “deselección” es la inclinación por la novedad. Candidatos o grupos “nuevos” tienden a hacerse con los votos. No es, pues, una inclinación hacia la izquierda o hacia la derecha lo que caracteriza los procesos eleccionarios en nuestro continente; se trata de inclinación hacia la “novedad”, se trata de “deselección” sustituyendo a elección. La desconfianza preside a los electores. Una fundada en la repetición de las ofertas incumplidas, una tolerable, admisible y comprensible. Otra más peligrosa, una dañina, una que ve en el voto un esfuerzo perdido o una inutilidad, una que atenta contra las bases mismas de la democracia. La ola de la democracia continental siempre ha tenido inclinaciones hacia un lado u otro, pero ahora no se trata de elegir a quien conduzca los destinos de cada país, ahora se trata de no elegir a alguien. Entre nosotros la democracia ha bajado de la línea horizontal de las mediciones hacia terreno negativo. Ello ha conducido a un rebrote del populismo, mal entendido por los “entrevistados predilectos” de la televisión que lo consideran unas ofertas vacías, sin contenido. Eso no es populismo, eso es demagogia. El populismo es otra cosa, una apelación a una masa endiosada a quien se proclama como la suprema instancia y a la cual, al menos en teoría, se le otorgan todos los privilegios. No pretendo entrar en disquisiciones sobre concepto de pueblo o de nación, prefiero quedarme en que el populismo otorga una peligrosa especie de “patente de corso” a una mayoría circunstancial, lo que conduce al más feroz totalitarismo. Rosanvallon lo ha dicho meridianamente: el populismo es una forma patológica de la dimensión de la desconfianza. El populismo conduce al totalitarismo, pues el poder omnímodo no requiere de ratificaciones, a no ser espurias. La desconfianza transformada en “deselección” elimina la raíz de la convivencia, pues la mayoría siempre tiene la razón, lo que es inexacto y aberrante. Los regímenes de este tipo se limitan a guardar las apariencias en un mundo absolutamente hipócrita y dominado por los intercambios comerciales. A Europa –la gran prostituta- le bastarán algunos signos exteriores de democracia para avalar a cualquier gobierno que le permita hacer negocios. Es obvio que los derechos humanos son los que más sufren con este brote populista y con estas “democracias” de signo negativo que resultan de la “deselección”. Para seguir utilizando la terminología de Rosanvallon podríamos decir que una buena desconfianza le hace bien a la democracia. Una mala la sepulta. He allí uno de los puntos cruciales a ser analizados por una teorización adecuada de lo que debe ser una democracia del siglo XXI. El liderazgo continental sigue repitiendo el lenguaje de la democracia del siglo XX y, en muchos casos, un lenguaje cuartelario que apunta hasta el siglo XIX. No se trata de ponerle adjetivos a la democracia, pues bastantes ya le han endilgado. Se trata de reconceptualizarla. Y ello implica desde considerar lo que es una elección hasta la forma misma de expresar la voluntad colectiva. La enfermedad del populismo producirá más víctimas que la gripe aviar y aún nadie ha lanzado al mercado

un antídoto. Por una razón muy simple que recuerda la argumentación de los medios radioeléctricos; estos aseguran que les dan a los televidentes lo que quieren, lo que da “rating”; los políticos en campaña electoral piensan que hay que decirle al pueblo lo que quiere oír. Ambas son flagrantes aberraciones. Se ha dado como un hecho que un candidato conceptual, que hable con seriedad, sin demagogia y con la verdad en la mano, simplemente no tiene chance de ganar. Una programación televisiva de alta factura habituará a los televidentes a la calidad y una campaña electoral manejada con conceptos, aunque se expliquen con sencillez, deberá elevar la calidad decisoria de los electores empujándolos a elegir y no a “deselegir”. El concepto mismo de liderazgo está en entredicho. Sin entrar en disquisiciones sociológicas de lo que es un líder, quizás podamos decir que también este se ha convertido en un concepto que está por debajo de la línea de flotación, en el terreno de lo negativo. En Venezuela, por ejemplo, hasta hace poco había un solo líder, uno que se llama Hugo Chávez, y lo es de la desconfianza mala, de la “deselección”, del populismo patológico. Los demás son malas copias, imitadores de segunda. Brillaba por su ausencia el líder de la desconfianza buena, de la elección, de la normalidad psicológica de un pueblo que decide sus asuntos en colectivo con pleno respeto por los electores agotados y que se deciden a aplicar los principios de exigencia. Si algún adjetivo admite la democracia es el de civil, una democracia civil, un líder de la democracia civil, pues hay que hacerle entender a los ciudadanos que si pretenden ser tales deben actuar cotidianamente sobre la sociedad de la que forman parte y no limitarse a ir de mala o buena gana a votar el día de las elecciones. Esa condición de ciudadanos, de toma de conciencia del hábitat propio, dio, por ejemplos, excelentes resultados en ciudades como Nueva York (caso específico de la tolerancia cero) o en Bogotá (reducción del delito de manera considerable). Una cosa son los políticos que hacen política para ser elegidos o para dirigir y otra es la política que los ciudadanos deben hacer todos los días. Por ello he insistido hasta la saciedad en el concepto mismo de política en una democracia del siglo XXI. El proceso de salida del siglo XX hacia el XXI estamos lejos de percibirlo los venezolanos, pues más bien padecemos brotes atávicos decimonónicos. En alguna otra ocasión he dicho que los siglos no comienzan cuando dice el tiempo ni terminan cuando dice el tiempo. En términos globales aún no sabemos cuando terminó el XX y cuando comenzó el XXI. Es posible que el XX terminó con la llegada del hombre a la luna. A lo mejor alguien sostendrá que el XXI comenzó con el desciframiento del código genético. En términos venezolanos el XX comenzó -conforme a la acertada expresión de Mariano Picón Salas- en 1936. Comenzará el siglo XXI entre nosotros, sólo que no sabemos cuando.

La política de las ideas y la democracia como estancia
La política no puede funcionar sin ideas. En buena parte es una ciencia de las ideas, como lo asoman Fitoussy y Rosanvallon. Así, la política no puede ser una acción que busca el poder y no más. Ni una administración desconsiderada de la normalidad. La política sin ideas es una actividad bastarda. La política, en consecuencia, es invención. Cuando deja de serlo sobreviene el cansancio y se asoman las espaldas de los elementos sociales. La organización social del hombre no nació como la vida ni crece como las plantas. La política que carece de empuje proveedor de consistencia es una futilidad. Dado que las formas políticas son invención del hombre no puede desgajarse de la política la capacidad renovadora. Bien se dice que el pueblo no existe, lo crea la política. De esta manera hay que decir que la principal actividad de lo político es dar sentido y toda democracia pasa a ser un proceso ininterrumpido de transformación. De esta manera la política y la democracia, es decir, la acción y sus resultados, no pueden ser otra cosa que inserción constante de nuevas opciones o, dicho en otras palabras, ampliación permanente de la libertad. Tenemos, pues, que volver a leer lo político sacándolo del cansancio, del aburrimiento y, sobre todo, de un conservadurismo que brota ante las ideas y ante la esencia misma de lo político y de la democracia, puesto que todo lo establecido siempre resiste las ideas innovadoras. En La nueva era de las desigualdades, Jean Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon, nos recuerdan que es a través de la política que se constituye el vínculo social. Si no enfrentamos este proceso creativo la política pasa a ser inepta para explicar las desigualdades que crecieron paralelas a la libertad y se convierte en algo deleznable para el común de la gente que nunca podrá entender lo que es ejercicio de la ciudadanía. Continuar pensando que la democracia es como es, que la justicia se administra como se administra, que las instituciones son como son y no pueden ser de otra manera, equivale a un corsé al pensamiento y a la esencia misma de los conceptos política y democracia. Otra cosa que debemos aceptar es la política como conflicto y los conflictos como expresión del animus político. Y a la democracia como capaz de administrar los conflictos mediante una renovación permanente. Una cosa son las instituciones básicas, aptas para administrar el control de estabilización, y otra la permanente manifestación de ideas que amplían los espacios hasta una libertad transformadora. Está claro que las llamadas instituciones y los intermediarios sociales ya no responden a las exigencias de los tiempos y, por tanto, hay que buscar nuevos mecanismos. Sin ideas insuflando ciudadanía no puede haber ciudadanos. Esos no ciudadanos generarán formas perversas de poder. Habría que estar atentos a las formas no convencionales de organización social que se manifiestan en estos tiempos y verificar el alimento libre que reciben, así como el abono para que florezcan. Nunca fueron multitudes las que produjeron las ideas. De vez en cuando aparece algún dirigente político –y es lo que ha ocasionado esta reflexión- que toma la idea de un pensador. Ocurrió en el debate de los precandidatos socialistas a la presidencia de Francia. Segolène Royal, debatiendo con Fabius y Strauss-Kahn, propuso la instauración en Francia de los llamados jurados de ciudadanos, idea que está en el libro de Pierre Rosanvallon La contre-démocratie. No mencionó la fuente, pero los periodistas franceses se lanzaron, al día siguiente, sobre Rosanvallon. Prensa, radio y televisión querían saber lo que pensaba el profesor y este, discretamente, dijo que no le importaba que sus ideas fueran asumidas por candidatos presidenciales, pero que mencionaran la fuente. Dos hechos resaltan: la influencia del

pensamiento sobre la política, la presencia de una figura, Segolène Royal, que planteó en su país la innovación propia de lo que debe ser una democracia del siglo XXI y la atención e información de la prensa que ante una idea de un pensador asumida por un político encuentran la esencia de un debate y destacan a más no poder lo que debe ser la esencia de un periodismo de estos tiempos. A remarcar un político que siembra ideas, y no tiene prurito en tomarlas de los pensadores, no como entre nosotros, territorio de la mediocridad donde se evita a los pensadores y al pensamiento, donde nada se dice de la democracia del siglo XXI donde la política debe ser acción de modelaje y la democracia el campo ideal de los cambios.

Economía social Cerrarse en la defensa exclusiva y excluyente de una economía de mercado no puede considerarse más que como una excentricidad económica. Equivale al desconocimiento de la necesidad de abrir posibilidades a nuevas formas que, organizadas al margen de la simple acumulación de capital, permitan una organización ciudadana autogestionaria de producción, distribución y consumo de bienes y servicios. No se plantea un ataque a la propiedad privada, la que viene respetada con las sujeciones jurídicas archiconocidas. Se trata de abrir la puerta a alternativas de asociaciones ciudadanas donde el trabajo común es el capital y donde los beneficios se reparten con sentido igualitario. Podríamos decir que la economía social es una forma expedita de crear ciudadanía pues la solidaridad está presente en la base misma del planteamiento. Esto es, el planteamiento de libre asociación para el beneficio común colocado por encima de un interior espíritu competitivo. Es claro que la economía social está dirigida a satisfacer necesidades básicas como alimentación, salud, vivienda, educación y conocimiento. La economía social no puede ser excluyente, como se pretende al tratar de utilizarla como alternativa a la propiedad privada, sino un espacio en el cual convive pacíficamente con ella. Es un orden que se contrapone tanto al capitalismo puro como a la planificación socialista, uno centrado en el hombre. Es una forma de propiedad privada sobre el principio de la cogestión y debe tener perfecto derecho al beneficio y al crecimiento de la empresa social, dentro de los parámetros del bien común. Debe moverse en un orden económico de libertad con la vigilancia de un Estado fundamentado en lo social del derecho y bajo la ética de una doctrina de promoción social. La economía social no es una invención reciente. Ocupa un espacio empleador importante en Europa, así como un espacio productivo relevante. Las autoridades europeas realizan permanentemente conferencias sobre el tema siempre poniendo de relieve su vocación de inserción e, inclusive, su utilidad frente a la presente crisis económica, dada su alta capacidad de empleo sustentable. De manera que mirarla con recelo es una muestra de ceguera de una ortodoxia neoliberal al margen de los tiempos. Así tenemos como en España la economía social, con criterios variables, es reconocida y se le reconoce la calidad de una de las fuentes de empleo más estable. En Francia se consideran parte de ella a las mutualidades, a las cooperativas, a las asociaciones y a las fundaciones. En Bélgica existe El Consejo Valón de Economía Social. En Inglaterra se manejan varios conceptos bajo la denominación común de social economy, tales como conceptos de “sector no lucrativo” o de “sector voluntario”. La Unión Europea mantiene activo el Comité Económico y Social y edita textos sobre el tema con gran frecuencia. En nuestro continente, en un país como Canadá, se le reconoce y se le estudia. Con variantes aquí y allá, podemos decir que se reconocen como dentro de la economía social empresas democráticas donde una persona tiene un voto y con distribución de

beneficios no relacionada con el capital aportado por cada socio; a las cooperativas, como a las sociedades laborales; a las sociedades agrarias e, incluso, a empresas mercantiles que controlan los agentes de la economía social; tanto a las cajas de ahorro como a las mutualidades de seguros y de previsión social. Se le llama sector voluntario, tercer sector solidario, economía solidaria o de iniciativa social, a esta realidad social que está entre la economía capitalista y aquella pública. Lo es, al partir de una democratización del poder de decisión, al establecer una primacía del hombre y del trabajo en el reparto de las ganancias, la dotación de patrimonios colectivos o el de una no distribución de beneficios, dado que su propósito central es el del servicio a sus miembros y a la colectividad. Esto es, las bases son democracia, interés social y justicia distributiva. La economía social es, pues, una forma de hacer economía en que se realza lo positivo de lo social dentro de lo económico y financiero. En otras palabras, en el momento en que en lo económico se parte del contexto humano. Si se analiza la llamada “economía informal” en que viven millones de personas en América Latina se encuentra una impresionante cifra en activos que quizás demuestre que la pobreza es más que todo un problema de ineficiencia social y que un paso clave está en convertir estos activos en productivos. El Estado no puede ser una especie de compañía de seguros que se ocupa de la seguridad, de la asistencia sanitaria y de la construcción de grandes obras públicas, para comenzar a ser mirado más desde el ángulo social, esto es, como un generador de valor social. Ya lo he dicho en otra parte: la economía y la política no pueden separarse y el desorden de la injusticia es producto de una subordinación de la política a la economía. Es necesario lograr una coexistencia de todos los actores dentro de una economía plural donde esté la social como un enclave respetado de resolución del conflicto socioeconómico. No habrá desarrollo que merezca tal nombre si los actores del modelo capitalista latinoamericano se empeñan en bloquear los modelos financieros alternativos. El papel del Estado, en este caso específico, es el de la inversión estimulante, mediante políticas financieras y tributarias, y la concentración de los esfuerzos en proyectos productivos. El objetivo es el desarrollo de una socieconomía en que no hay escisión de los agentes económicos de sus identidades sociales y menos del mundo simbólico que llamamos cultura. Si hablamos de socieconomía es porque esta debe producir sociedad y no sólo utilidades. El listado puede ser grande: cooperativas, servicios personales solidarios, ahorros hacia el crédito social, formación e investigación continuas, asociaciones de productores autónomos, redes de ayuda mutua, organizaciones de trueque, etc. La organización social se manifiesta, en numerosas ocasiones, por necesidades específicas que brotan al calor de la vida misma y que no son reducibles a un mero elenco. Ni una lógica capitalista ni un Estado socialista planificador a ultranza pueden no mirar con suspicacia lo que es la economía social, lo que quiere decir que ni una política asistencialista ni un Estado que roba atribuciones a los ciudadanos mirarán con buenos ojos una socieconomía. El principio de convergencia sólo puede encontrarse en una democracia con calidad humana, la que hemos denominado una democracia del siglo XXI.

Lo que hay que reconsiderar, en última instancia, son los conceptos mismos de ciudadanía y de calidad democrática. Lo que ahora debemos plantearnos en la base misma de la pirámide política es de nuevo a los seres humanos y, por supuesto, dada la crisis planetaria de sustentabilidad, la relación con su entorno. Ambas fueron echadas al saco del olvido con lentitud pero sin pausas. Insisto en el efecto pernicioso del rompimiento de lo económico con lo político y, por esa vía, con lo ético. La economía debemos volver a colocarla entre las Ciencias Humanas y no como dependiente de las Ciencias Exactas. El problema, sea dicho, como lo repito en mi texto sobre la mediocridad política de América Latina, es plantearnos una inteligencia en un ámbito superior. Es menester instituir una lógica cooperativa en medio de una lógica exclusivamente competitiva. Los problemas ya no son los que dieron origen a una lógica capitalista implacable. Le economía fue convertida en una religión, esto es, ocuparnos de ella era ocuparnos de todo, falsificación que nos ha conducido al cuadro que denota la precariedad de gruesas poblaciones humanas. Cuando oigo hablar de sociedad civil pienso siempre en que avanzamos, más bien, hacia una sociedad poscivil. Prefiero que comencemos a hablar de una sociedad cívica, donde todos y cada uno asuma sus responsabilidades y entre ellas la que aquí hemos abordado, la perentoriedad de una socieconomía.

La economía bajo la primacía de la democracia
La política perdió, entre tantas cosas, el control de la economía. No me refiero al Estado o a su intervencionismo a ultranza en los procesos económicos. Me refiero a que la democracia dejó de ser el gobierno del pueblo para pasar a ser un sistema en el que los mercados funcionen con libertad. La alteración del orden sí afecta al producto, puesto que si el mercado se convierte en el mecanismo superior de regulación social deja de ser la democracia precondición del mercado. Ello afecta la capacidad para la toma de decisiones, de manera que la democracia se desdibuja y pasa a ser un añadido del mercado. El traslado de las competencias es obvio. Hayeck ha llegado a los extremos de autorizar una violación del orden democrático para salvaguardar el orden del mercado. Para decirlo de otra manera, los precios se sobreponen a los votos. El individualismo se exacerba puesto que sería posible disfrutar de libertad personal sin libertad política. Es necesario regular el mercado. El Estado no puede renunciar jamás a su poder de redistribución de la riqueza. El Estado no puede perder la capacidad de proporcionar a la parte débil de la población los recursos que el mercado le niega. Digamos que la situación se plantea a la inversa: sin democracia y sin política no puede haber capitalismo. Es en el campo de la política donde deben definirse las condiciones del intercambio o, en otras palabras, la política es el espacio donde se perfecciona el orden económico, pues debe resolver las claves del reparto. El asunto es la satisfacción material de las necesidades humanas. Podríamos decir que no hay identidad entre democracia y economía de mercado, lo que hay es un conflicto a resolver, uno más en la larga lista de la democracia. El alejamiento entre política y economía cercena la capacidad de iniciativa de la ciudadanía en un terreno vital, pues toca sus condiciones materiales de existencia. Hay que incentivar los mecanismos de autogestión y cogestión, la influencia ciudadana en la determinación del gasto público y en la formulación de las políticas públicas. Debemos decir que hay que construir una convivencia articulada entre democracia y economía, creando formas específicas de distribución de la riqueza. Es cierto que economía y política tienden a desconocerse, por la sencilla razón de que la economía tiende a la obtención de una ganancia individual mientras la política debe procurar los intereses colectivos. Hay que lograr una convivencia entre el mercado y la democracia. He aquí el punto focal. Se han intentado muchas formas de lograr esta convivencia. Las diferencias son obvias, entre el capitalismo japonés, el francés o el alemán. Cada uno responde a características de diverso tipo. Hay que tomar en cuenta dos elementos: el primero, la forma en que los intereses comunes son expresados en las instituciones del Estado y, segundo, la forma en que las instituciones del Estado –y de la política- se ocupa de los intereses comunes. Finalmente, cómo pueden comprometerse en un acuerdo de entendimiento los pobres que nada tienen. De manera que hay tres asuntos fundamentales: integración social o democracia inclusiva -como la llama Takis Fotopoulos- la redistribución de la riqueza y la creación de empleo. De manera que se trata –como ya se han estudiado en seminarios por toda América Latina- de cómo construir democracia por medio de oportunidades económicas renovadas, de las relaciones entre democracia y estabilidad macroeconómica. Es evidente que del estado de la política dependerán elementos como el macroeconómico, el productivo y el social.

Reaparece el concepto básico: la economía debe estar sujeta a la política. Si bien es cierto, como lo dijo Joseph Stiglitz- premio Nobel de Economía 2001- que "no existe un único conjunto de políticas dominantes que dé por resultado un óptimo de Pareto, es decir, uno que haga que todas las personas estén en mejor situación que si se hubiera aplicado cualquier otra política", es obvio que el objetivo de una buena política económica–democrática es mantener un equilibrio entre objetivos encontrados. De allí la otra conclusión obvia: la ciudadanía debe participar en las decisiones económicas, como debe participar en las decisiones propiamente políticas. Debemos acotar, entonces, que democracia es la extensión de igualdad jurídica o, en otras palabras, implica el ejercicio de la ciudadanía civil, política y social, de la cual la economía no está excluida. Creo que todo puede enmarcarse en el concepto de ciudadanía. La visión tiene que ser paralela; democracia y ciudadanía como dos líneas que marchan juntas. No olvidemos que el concepto de igualdad jurídica está asociado al surgimiento del capitalismo moderno. La disputa entre igualdad social y derecho de propiedad se resuelve mediante el uso de principios jurídicos como la expropiación para fines de utilidad pública y el mantenimiento de medidas sociales redistributivas que atacan la desigualdad producida por el mercado. De esta manera, en una democracia del siglo XXI la equidad social debe ser vista como expresión fundamental de los propósitos colectivos y, por tanto, de la cohesión social. Es obvio que la admisión del concepto y su declaración a rango constitucional no garantiza su cumplimiento. No olvidemos la contrapartida que debe el cuerpo social que adquiere responsabilidades y obligaciones. Sin ello estaríamos ante un caso flagrante de populismo. Y una de esas contrapartidas, aparte de producir, es la de participar en lo político. Estos elementos constituyen en sí y per se lo que denominamos desarrollo. Para decirlo más claramente, el proceso económico debe estar sujeto al logro de los objetivos sociales. Lo que se ha denominado “Estado de bienestar” tiene infinitas variantes. En este sentido la palabra endógeno es consecuente con estas ideas. Este desarrollo tiene que tener origen interno. No podemos seguir viendo “economía de mercado” e intervencionismo estatal como antagonistas. El establecimiento de reglas macroeconómicas claras no es contrario al crecimiento democrático. Ni podemos permitir la caída en un populismo económico, entendiendo este último como la generación de prosperidad transitoria o el uso de promesas de bienestar social como instrumento de movilización de masas. Hay que garantizar la propiedad, una distribución equitativa de los ingresos, el proyecto social gubernamental y el funcionamiento del mercado y, obviamente, el manejo de los inevitables conflictos. Así como hay que corregir las fallas del mercado hay que corregir las fallas del gobierno (clientelismo, corrupción, despilfarro) y ello sólo se puede lograr mediante la creación de una alta densidad institucional democrática diseñada sobre la bases de la responsabilidad ciudadana. Siempre encontramos lo mismo: la crisis se debe a la sustracción de contenidos básicos a la política. No puede lograrse el desarrollo social sin incidir sobre el mercado. Yochai Benkler (profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale (EE.UU.) utiliza con acierto la expresión “economía política del procomún”. Para él, procomún son espacios en que se puede practicar una libertad respecto a las restricciones que se aceptan normalmente como precondiciones necesarias al funcionamiento de los mercados, lo que no significa que sean espacios anárquicos. Significa que se pueden usar recursos gobernados por tipos de restricciones diferentes a las impuestas por el derecho de propiedad. “El procomún es un tipo particular de ordenación institucional para gobernar el uso y la disposición de los recursos. Su característica prominente, que la define en contraposición a la propiedad, es que ninguna persona individual tiene un control exclusivo sobre el uso y la disposición de

cualquier recurso particular. En cambio, los recursos gobernados por procomún pueden ser usados por, o estar a disposición de, cualquiera que forme parte de un cierto número de personas (más o menos bien definido), bajo unas reglas que pueden abarcar desde `todo vale´ a reglas formales finamente articuladas y cuyo respeto se impone con efectividad”. Lo que propone es la posibilidad de existencia de propiedad común en un régimen de sostenibilidad y con mayor eficiencia que los regimenes de propiedad privada. Para él la web es un caso ejemplar de procomún. Allí podemos encontrar infinidad de organizaciones sin fines de lucro que utilizan Internet para proporcionar información e intercambio. “Permite el desarrollo de un papel sustancialmente más expansivo tanto para la producción no orientada al mercado como para la producción radicalmente descentralizada”. Benkler cree posible una transición desde una sociedad de consumidores pasivos que compra lo que vende un pequeño número de productores comerciales hacia una sociedad en la que todos puedan hablar a todos y convertirse en participantes activos. Esta tesis tiene perfecta concordancia con la que sostiene Takis Fotopoulos analizando la crisis de la democracia como el efecto de una concentración de poder. Propone como solución una democracia inclusiva. En mi criterio es precisamente lo que debemos hacer en los términos de la relación que describo: marchar hacia una economía inclusiva. Fotopoulos (editor de la revista “Democracy&Nature y profesor de la Universidad de North London, aunque griego de nacimiento) presenta su proyecto como uno de modificación de la sociedad a todos los niveles, en el sentido de que la gente pueda autodeterminarse, lo que implica la existencia de una democracia económica. Si bien no comparto algunas ideas del profesor Fotopoulos sí me gusta el contexto general inclusivo, específicamente el tema de la democracia a nivel social o microsocial (lugar de trabajo, hogar, centro educativo), no como espacio anárquico de falsa igualdad, sino como la expresión básica del ejercicio democrático pleno. Para Fotopoulos el asunto es buscar un sistema que garantice las necesidades básicas y, al mismo tiempo, garantice la libertad de elección propia del mercado. De este planteamiento lo que me interesa es la idea de la construcción de instituciones alternativas y la expectativa de una transición que mantenga ambos elementos con vida. A Fotopoulos sus ideas se le van de las manos –creo- pero es innegable que su aporte –compartido a medias- es interesante en la búsqueda de posibilidades de construcción de una sociedad más equilibrada. Se pueden utilizar expresiones diversas -“economía social” o “economía con rostro humano”, por ejemplo- pero el punto focal es que una democracia del siglo XXI no puede estar divorciada de los resultados económicos, en el sentido de la consecución de una justicia social mediante la redistribución de la riqueza y que la política contiene en sí a lo económico, no lo económico a lo político, lo que quiere decir que la democracia asume la búsqueda del nuevo equilibrio y niega la preponderancia del mercado reasumiendo su función de condición esencial para el desarrollo de una economía al servicio del hombre.

Del trueque hay que hablar en serio Lo del trueque planteado por el presidente Chávez no se puede despachar con acusaciones de regreso al paleolítico. En verdad por doquier se multiplican nuevas formas que genéricamente han sido llamadas de “economía solidaria”. Buscan la inserción social, la autogestión y la democracia. Se trata de una búsqueda común para problemas comunes y se le concibe como un paso adelante en el desarrollo del cooperativismo y como una nueva concepción del trabajo, incluyendo una lógica empresarial que para nada resulta contradictoria. Su propia dinámica interna ciñe estas organizaciones a lo local, aunque tienden a expandirse, inclusive a nivel global con una dinámica altamente interesante. Tienden a dos manifestaciones de independencia: del gobierno y del capital. La crisis monetaria del país sureño llevó a la aparición del trueque como medio de cubrir las necesidades básicas. Ante la imposibilidad de un consumo tradicional el trueque permitió, mediante la participación activa, una nueva formación de los precios. Tomando la palabra de Alvin Toffler en La tercera ola comenzaron a llamarse prosumidores. Este sistema paralelo de consumo ha sido adoptado en diversas partes. Las presiones por una “remonetización” no faltan, pero la experiencia está allí y no puede despacharse alegremente. La reaparición del truque o asociacionismo ha ingresado pues en la lista de grandes temas de la economía moderna. Detrás del exitoso experimento argentino de prosumidores que ellos llamaron de “prosumidores urbanos” estaba también la inspiración del economista Silvio Gessel autor de La economía natural, donde plantea el tema de la oxidación de la moneda. Como lo dicen sus fundadores en el Club del Trueque se consigue de todo: alpargatas, zapatos, alimentos, ropa, perfumes, lámparas, cuadros, una torta de cumpleaños, servicios de albañilería o plomería, médicos, psicólogos, odontólogos, controladores de plagas, toallas femeninas. Estos clubes funcionan por acumulación de créditos, una cuasi-moneda. En otras partes este sistema de trueque revaluado funciona mediante los “bancos de tiempo”. La unidad de intercambio es la hora. Se ofrecen los bienes y servicios y se pide a cambio lo que se necesita y ello incluye desde recoger a unos niños en la escuela o hasta reparar una instalación eléctrica. Se pagan con un talonario de tiempo. Es obvio que el sistema repotencia la solidaridad. Estos sistemas funcionan también en Inglaterra con el llamado Timebanks, en Estados Unidos con el Timedollar, en Japón con el Time Dollar Network Japan y en Cataluña con Bancdeltemps, sólo para mencionar algunos ejemplos. Asociaciones de acción comunitaria pululan por todas partes, muchísimas de ellas en el seno del capitalismo norteamericano. La situación ha escapado de las acciones de los consumidores y muchas empresas están aplicando el trueque, los llamados trueques empresariales donde, obviamente, no se intercambia dinero sino servicios. Según la Internacional Reciprocal Trade Association sólo en 2004 el 15 por ciento del total del comercio internacional fue hecho vía trueque. Este asociacionismo resuelve problemas de corto alcance, pero resulta efectivo. Queda así entronizado el concepto de “economía de solidaridad”, una para materializarla en sus diversas fases de producción, distribución, consumo y acumulación. Una que va, por igual, contra el estatismo y contra el capitalismo puro y simple. Es evidente que predominan el factor trabajo y el factor solidaridad. En el fondo es el uso del mercado en otros términos, hasta el punto de que quizás deberíamos hablar de “reformulación del mercado”. Está fundada, obviamente, sobre “dimensiones no

monetarias”, es decir, sobre el vilipendiado trueque, lo que lleva a lo que se ha dado en llamar “personalización del intercambio”, una fundada sobre la plataforma de la inserción. No tiene limitaciones en cuanto a arropar bajo sus normas conceptuales desde el cooperativismo clásico hasta las experiencias comunitarias. Los conceptos en la ciencia económica, como en todas las demás, no pueden echarse al desprecio. Los términos abundan, desde “nueva microeconomía” hasta “economía alternativa”. Allí están y son discutidos. El dinero plástico o electrónico asume cada día más lo que antes representaba el dinero real. Tarjetas de crédito y de débito, cheques, transacciones vías Internet, transferencias de todo tipo. La lectura de cualquier texto sobre la historia del dinero nos demuestra que nunca ha habido maneras excluyentes y que el dinero ha convivido con diversas formas para el intercambio de bienes y servicios. Es así como el dinero electrónico nos plantea la existencia de una economía digital en la que sería absurdo negar la posibilidad de existencia a otras formas de intercambio, tal el trueque practicado hoy en día a nivel global. El dinero ha evolucionado gracias a Internet que resolvió la necesidad de velocidad de los intercambios hasta el punto de que podemos visualizar un mundo donde el dinero será electrónico y no material. Podemos leer esto como la desaparición de los medios de pago tradicionales. Entonces, ¿qué alarma causa que el dinero sea sustituido en la escala en que el trueque ha reaparecido como forma de economía solidaria? La expresión viene del libro del mismo título escrito sobre la experiencia argentina por Carlos De sanzo, Horacio Covas y Heloísa Primavera. El premio Nobel de la Paz al banquero de los pobres indica, entre otras muchas cosas, la aparición de un nuevo concepto del crédito, clave en el trueque renacido. Si se entra a la página del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo puede encontrar referencias claves sobre el tema. Este sector de economía social que, como hemos dicho incluye todas las formas posibles, encuentra en el truque un mecanismo de realización, uno más, no el único. Los teóricos de esta realidad lo llaman mercado sin capitalismo. Si lo vemos bien es un mercado, sin lugar a dudas, sólo que no es capitalista. Uno de los argumentos fundamentales que se manejan para su implementación es la falta de trabajo asalariado disponible permitiendo este tipo de asociaciones la inclusión social mediante redes de solidaridad, producción y oferta de bienes y servicios dentro de la misma comunidad de intercambios. El trueque ha reaparecido en el seno de la economía de hoy. Es objeto de estudio en buena parte de las facultades de economía del mundo entero. La bibliografía sobre el tema se multiplica. Sectores de izquierda lo asimilan al “socialismo del siglo XXI” y si hay sectores que lo consideran troglodita pues los promotores de ese planteamiento se apropiarán del concepto y de la práctica. Es, en realidad, una expresión social que busca nuevas formas de economía, de intercambio de bienes y servicios, una forma inclusiva que debe ser analizada y estudiada por quienes patrocinamos una justicia social bajo la égida de la democracia en lo que debe ser una economía humana para una democracia del siglo XXI.

El desarrollo pleno del Estado Social de Derecho
Si no hay Estado de Derecho no existe democracia, dado que ese Estado de Derecho excede a un simple conjunto de normas constitucionales y legales, pues involucra a todos los ciudadanos, no sólo a parlamentarios que legislan o a políticos que gobiernan. La existencia del Estado de Derecho se mide en el funcionamiento de las instituciones y en la praxis política cotidiana. El Estado de Derecho suministra la libertad para el libre juego de pensamiento y acciones y debe permitir las modificaciones y cambio que el proceso social requiera. El Estado de Derecho excede el campo de lo jurídico para tocar el terreno de la moral, pues existen derechos naturales inalienables. Así comprendido podemos hablar de un Estado Social de Derecho, pues comprende los derechos sociales de los cuales la población ciudadana es titular. Es obvia, entonces, la relación entre derecho y política. El derecho emana de la voluntad de los ciudadanos y el gobierno, expresión de esa voluntad ciudadana, está limitado en su acción por los derechos que esa voluntad encarna. El logro del bien común es el objetivo genérico del derecho. El Estado de Derecho de origen liberal procuraba sólo la protección de los llamados “derechos negativos” (protección a la persona y a la propiedad) y negaba los “derechos positivos” (promoción de la persona, rompimiento de la pobreza, ataque a la desigualdad económica). Si bien la democracia es una forma jurídica específica no puede limitarse a garantizar la alternabilidad en el poder de las diversas expresiones políticas, sino que debe avanzar en la institucionalización de principios y valores de justicia social distributiva. El derecho, para decirlo claramente, es un fenómeno politizado pues dependerá del consenso alcanzado en democracia. En otras palabras los derechos sociales deben ser incorporados a los fundamentos del orden estatal mismo. Es esto lo que se llama Estado Social de Derecho y es lo que una democracia del siglo XXI debe profundizar permitiendo que se plasmen en las conductas políticas democráticas de todos los días la mutabilidad y los desafíos relativos al bien común. Para ello debe crear canales donde fluyan las voluntades y se encaucen los procesos de desarrollo de las personas que constituyen todas el entramado democrático. Se requiere, pues, de una cultura política de la legalidad vista como la convicción de que no basta la existencia de un Estado de Derecho para que pueda hablarse de una sociedad justa, pero la sociedad justa sólo es perseguible en un Estado de Derecho. Al igual que debemos admitir que es en democracia donde se puede proceder a distribuir la riqueza social. La democracia está hecha de los materiales sociales que componen la sociedad dicha democrática. Las normas jurídicas no son legítimas sólo por su origen, fundamentalmente lo deben ser por sus efectos. El asunto es, pues, el, papel del derecho (Rule of law) en la fundación y regulación de la democracia. La Constitución es el consenso sobre una concepción de la vida colectiva. En muchas partes no existe un compromiso hacia las reglas del juego democrático encarnado en el derecho, ni por parte de las poblaciones ni por parte de las autoridades. El Estado de Derecho implica principios morales, jurídicos y políticos que deben tener eco en las decisiones judiciales que fomenten el respeto a las reglas fundamentales del juego político. Cuando no se puede intervenir para modificar los esquemas de iniquidad no estamos ante un real Estado de Derecho. Lo que hemos tenido no han sido democracias representativas sino democracias delegativas. Es indispensable entonces cerrar la brecha entre el orden jurídico formal y las formas y prácticas de la realidad. Hay que revalorizar el papel del derecho y de la legalidad haciendo reales los derechos fundamentales. Esto que

podríamos llamar reinstalación del Estado de Derecho pasa por la modificación de la cultura política que necesariamente debe traducirse en mejores leyes e instituciones. Hemos tenido la mala costumbre de rellenar las constituciones de enunciados imposibles ampliando así la brecha entre realidad social y texto jurídico sin que hayamos hecho el esfuerzo de hacer subir desde el cuerpo social las nuevas formas y permitiendo el alzamiento de un autoritarismo constitucional. No olvidemos que los jueces deben ser la línea entre gobierno y ciudadanos. Toda dominación política se ejerce bajo la forma de derecho y ello explica que hayamos dado como obviamente inseparables a derecho y política, pero como pertenecientes a diversas disciplinas. Ha sido Jürgen Habermas (La teoría de la acción comunicativa, Facticidad y validez, Escritos sobre moralidad y eticidad, entre otros) el que insistido en un nexo interno y conceptual entre Estado de Derecho y democracia. Hay que plantearse las formas de desarrollo de un discurso práctico en la acción política que cree condiciones sociales aptas mediante la institucionalización del discurso ético asumiendo el derecho los desafíos planteados a la política en el ámbito cultural y socio-político. Este es el nexo estrecho, dado que la complejidad social ha sometido a presión a los regímenes democráticos. Hay una “pluralización de las formas de vida y una individualización de las biografías” que imponen una multiplicación de tareas y roles sociales por lo que hay que liberarse de vinculaciones institucionales demasiado estrechas. Así surge el planteamiento de una democracia deliberativa. El ciudadano deja de ser un sujeto que simplemente expresa preferencias (por ejemplo electorales) para pasar a ser considerado un agente activo en la construcción del proceso político mediante la modificación del agotado concepto de opinión pública que pasa a ser una deliberativa. Habermas examina el concepto de “esfera pública” planteando todas las taras que ya hemos enumerado en otras partes, tales como massmedia definidos por el marketing, partidos degenerados, etc. para llegar a plantearse una solución que denomina “la racionalización del ejercicio de la autoridad política y social”, lo que no es posible en la democracia tal como la hemos conocido. Se plantea entonces una posibilidad de dominación de tipo racional, la posibilidad de reconstituir un principio regulativo que restituya a la razón en su dimensión ilustrada, la posibilidad de un entendimiento que se encuentra en la estructura de la interacción que los seres humanos poseen para solucionar sus conflictos. El derecho estuvo sustentado en fundamentaciones religiosas o metafísicas, ya no, por lo que hay que buscar nuevas formas de legitimación para el derecho positivo, dado que este no es una mera administración institucionalizada sino un control que busca resolver los conflictos sociales en procura de un eventual consenso. Habermas comenzó por plantearse un neocontractualismo, la ética de la compasión y la ética del discurso. Sin detenernos aquí es obvio que las normas jurídicas son medios para obtener consecuencias o resultados políticos. La legitimidad de este derecho positivo no se funda sólo en la moral sino también en la racionalidad de los procedimientos jurídicos, tanto de fundamentación como de aplicación. Entran en escena así las leyes electorales y los procedimientos legislativos, pero aún insuficientes pues así está en el juego solo una pequeña porción de la vida pública. Se dirige Habermas a plantear una racionalidad procedimental de tipo ético, tema de desarrollo indispensable para la conformación de la idea de una democracia del siglo XXI. Es evidente que el derecho y la política deben procurar la reconstitución de una integración social rota por las diferencias mediante un complejo proceso de mediación social que pasa por las tensiones entre “hechos y normas” o entre “facticidad y validez”. Partiendo del derecho y de su relación con la democracia habría que concluir, como ya lo he asomado en trabajos anteriores, que la democracia es permanente autoprofundización.

Habermas acepta que las condiciones económicas y políticas pueden ser controladas en la misma medida en que se fortalecen las expresiones de una razón comunicativa, el espacio público, una política que contempla la deliberación participativa de los ciudadanos, más allá de la lógica instrumental o estratégica (propia de los subsistemas dinero y poder); sin embargo, es necesaria una intersubjetividad comunicativa no mediatizada opuesta a la lógica que prima en los dos subsistemas que amenazan con colonizarlo: el sistema económico y el político. En Teoría de la acción comunicativa (1981) asoma que el derecho puede tener el rol de aparecer como la mediación que cataliza las manifestaciones o reclamaciones ético/morales y políticas. Esto es, el derecho y la democracia se manejan en un nuevo paradigma de derecho fundado en el principio de la discusión Una cosa es el Estado de Bienestar (seguridad social, tributación progresiva, políticas fiscales y monetarias, etc.) y otra cosa el Estado Social de Derecho. El primero implica conceptos de política económica y social, pero el segundo implica una forma sucesora del Estado Liberal de Derecho, lo que de ninguna manera implica una contradicción sin salida. El primero es un conjunto de políticas para imponer correctivos a las injusticias generadas en el sistema capitalista. El segundo implica la imposición de una dirección al proceso histórico, esto es, el avance en la búsqueda de la equidad social, la protección de los débiles económicos y, por supuesto, generar riqueza por medio del desarrollo integral, pues para que haya que repartir hay que producir. De esta manera el propósito fundamental del Estado es perfeccionar la democracia, entendida también en sus aspectos jurídico y económico. Esto implica, a mi entender, una reformulación general de principios y una nueva concepción de los derechos fundamentales. Así, he insistido en que la teoría aceptada de que la soberanía radica en el pueblo debe ser cambiada por otra que implique su residencia en el hombre que la ejerce a través del pueblo. Esto evitaría la más feroz de las dictaduras, la ejercida por la mayoría, y colocaría a los derechos humanos en el primer plano de la teoría y de la acción. El Estado Social de Derecho al incentivar la organización social crea nuevos intermediarios entre el poder y la sociedad. Esa organización constituye poder político que se incorpora, de facto, al grupo de división constitucional de poderes. Ello implica la consagración legal de la descentralización, pues facilita la inclusión y el control; la sujeción del mercado al bien común y la inclusión de lo privado en el atributo del Estado sobre lo público de manera que este ámbito se convierta en un terreno de intereacción sobre propuestas y decisiones donde el Estado pierde el monopolio. Desarrollar en todos los ámbitos y a plenitud el Estado Social de Derecho es una de las preocupaciones fundamentales que deberá tener una democracia del siglo XXI.

La renovación general del concepto democrático
No podemos seguir considerando a la democracia como algo establecido sobre la que ya no hay nada que decir. Elecciones, Estado de Derecho, independencia de los poderes, respeto y tolerancia, todo eso sí, pero el fardo ya no aguanta más. Hay que renovar todos los conceptos, desde la economía hasta el derecho mismo, desde la concepción de la política hasta el criterio sobre los liderazgos, desde lo que se considera un partido y la determinación de su rol social hasta la organización horizontal de los ciudadanos, desde la participación permanente hasta una inclusión social progresiva y acelerada. Hay gente que se empeña en hacer política con los mismos instrumentos y las mismas declaraciones falsas. Hay gente que funciona con gríngolas, sobre todo en este país nuestro. La democracia es invención, construcción permanente, proceso inacabado, desafío a la imaginación y al talento. Los que juegan y juzgan con sus moldes atávicos sembrados en el interior de sus cerebros periclitados son los peores enemigos de la democracia. La falta de empuje hacia delante tiene consecuencias serias, si lo sabremos los venezolanos. Aquí nos caracterizamos por un lenguaje rancio, podrido y repugnante. El planteamiento teórico y conceptual sobre la democracia lo hemos asumido en Venezuela unos pocos contados con los dedos de una mano y sobran dedos. Ningún político ha tomado las ideas hacia la práctica, lo que sí sucedió en Francia. Lo que Ségolène Royal planteó no tiene nada que ver con un socialismo del siglo XXI. Lo que la señora Royal dijo se refiere a una democracia del siglo XXI, para lo cual se ha nutrido de lo pensadores excepcionales que tiene su país. Es necesario que la nación genere un nuevo tejido político y nuevos líderes. La democracia pierde, se diluye, tiende a desaparecer entre nosotros, no sólo por las manifestaciones demenciales del gobierno. Si la democracia se evapora entre nosotros – y más allá, el país mismo se evapora- es porque los políticos que tenemos dan vergüenza, son de una mediocridad inestimable, son los restos balbuceantes de alguna enfermedad tropical peligrosa y destructiva. Aquí tenemos que aprender a construir una democracia y ese empeño va a ser doloroso y largo. Mientras no aparezca un liderazgo que se pueda llamar tal, un empuje inteligente hacia la renovación de los planteamientos, un aire fresco que entusiasme y nos lleve a la lucha democrática con ímpetu y emoción, nos seguirán ordenando “salten, salten” y saltaremos, como saltaban aquellos payasos escondidos en una cajita de madera, para lo que bastaba apretar un botón.

Los aliados circunstanciales o la imposibilidad de un paso atrás
Las batallas son paralelas y con vasos comunicantes, nunca excluyentes. Tenemos un asunto político coyuntural y un asunto de igual o mayor trascendencia: la lucha contra un despotismo de cuño maquillado y la necesidad de construir un país. Debemos entender que construir un país se integra a la batalla coyuntural: mientras formemos más ciudadanos y establezcamos nuevas pautas de comportamiento social más se debilitará el régimen al que nos oponemos. No podemos plantearnos primero salir del régimen y luego comenzar la construcción. Debemos hacer ambas cosas a la vez. Si miramos a la gesta de 1928 podremos encontrar una lucha contra la tiranía gomecista y la siembra de una democracia donde las mujeres votaran, al igual que los analfabetas, una donde los gobernantes fueran electos por votación popular y no designados a dedo por quienes ejercían el poder. Fue precisamente los planteamientos de construcción de un país distinto lo que dio solidez a la lucha contra Gómez. La generación del 28 no se planteó que el asunto era salir del dictador, sino que el asunto fundamental eran las formas políticas que habrían de sustituir a lo existente. Los movimientos de resistencia a un régimen autoritario no pueden sobrevivir sobre la base de restaurar lo que existía antes del mismo. Después del régimen totalitario, especialmente si se disfraza de revolución, no se puede volver atrás. De manera que el planteamiento de restituir la democracia en contraparte de este aborto militarista es uno absolutamente vacío y carente de fuerza como para dar al traste con la intentona recurrente de perpetuar una dictadura. La lucha contra la coyuntura implica un paso adelante, una oferta de establecimiento de una nueva realidad. No puede existir una democracia sustitutiva del actual engendro si la política no es rescatada como valor fundamental. No puede existir una democracia sustitutiva del actual engendro si no recolocamos el valor de las ideas como pináculo y eje de todo un movimiento giratorio. Debemos admitir que ahora tenemos un país muy diferente al que teníamos antes de comenzar este período histórico que terminará. La sacudida ha permitido un despertar generalizado hacia la participación y el interés en los asuntos públicos. El tercer escenario es, pues, la construcción de organizaciones de participación política con carácter horizontal, lo que significa una sacudida total sobre las llamadas instituciones intermedias que sirven de vasos comunicantes entre el poder y la población. El cuarto escenario no puede limitarse a una reforma del poder judicial que le devuelva su independencia, sino un proceso de cambio aún mayor, pues implica una reformulación del concepto jurídico hacia el establecimiento de un Estado Social de Derecho que excede, con creces, a una mera preocupación asistencialista. El quinto escenario pasa por una reformulación de la teoría económica limitada a los problemas tradicionales de esta ciencia (equilibrio macroeconómico, control de inflación, políticas monetarias, etc.) para ir más allá y llegar hasta una reformulación del mercado, a la posibilidad de coexistencia de variadas formas de propiedad y al diseño de una economía inclusiva, de una que me he permitido definir como subordinada a la política y no a la inversa como hasta ahora, en que la política ha estado subordinada a la economía. Es lo que denominado una democracia del siglo XXI, una sustitutiva de aquella que se agotó en el corazón y en las mentes de los pueblos por su manifiesta incapacidad, por sus tortuosos vicios, por las corruptelas ahora maximizadas en el régimen que la

reemplazó. Es así como una lucha centrada sobre la restitución de lo extinto se hace banal ante el poder comunicacional y represivo de lo que debemos sustituir. Si paralelamente al combate contra el régimen no decimos con que lo sustituiremos esta pelea se eternizará y nos encontraremos, cuando llegue su final, ante un vacío pavoroso que arropó a nuestros grandes ensayistas del pasado dejándoles como voces en el desierto. Leo expresiones como “ex-país” o “territorio de mineros” para referirse a lo que tenemos. Una de las razones que las explican es que nos ha faltado el tiempo para pensar y la mirada lejana y muchas veces despectiva con que hemos castigado a los constructores de país, siempre ocupados los venezolanos a tiempo completo en salir del régimen que nos acogota y siempre sin tiempo para reflexionar sobre el porvenir. Si vamos al análisis histórico nos encontraremos que todo gran movimiento renovador y trascendente se basó sobre un cúmulo de ideas que inflamaron las banderas de la libertad e hicieron posible, paralelamente, la caída del régimen y la apertura hacia el futuro. En la lucha contra el presente tenemos de aliados a los representantes y herederos del pasado. En alguno de mis textos definí la unidad “como nociva para la salud”; lo que quería significar era que en la batalla que libramos tenemos aliados provisionales y circunstanciales. Debemos, es cierto, hacer posible el cambio para que se manifiesten, al igual que deberán manifestarse los que saldrán, pero algo que debemos tener claro es que la democracia debe ser restituida para derrotarlos. No podemos permitirnos encauzar nuestra lucha hacia el retorno de los yiddies, por lo que, paralelamente, debemos saber que los aliados circunstanciales no son más que eso, aliados circunstanciales, y que es fundamental, imperioso, absolutamente imprescindible dar aquí, en este momento, la batalla de las ideas. Vamos hacia una democracia del siglo XXI, clara y precisa, transparente y cristalina, una donde a punta de ideas y acción combinadas derrotaremos las viejas expresiones y las expresiones enlodadas. Seguramente gritaremos, junto a los aliados circunstanciales, “libertad”, pero debemos recordar lo que para ellos esa palabra significaba y significa (manipulación, poder ejercido en la trastienda, arreglos impúdicos, conculcación a quienes no coinciden con sus intereses económicos, etc.). Para nosotros, los que debemos hacer la oferta sustitutiva, “libertad” significa fin de privilegios, claridad y participación, justicia social e inclusión, en suma, una república de ciudadanos ejerciendo una democracia del siglo XXI.

Salvamento en el naufragio
Hay que iniciar una operación de salvamento de los principios. Hay que rescatarlos de las fauces voraces que los han prostituido. Los principios correctos deben ser rápidamente reivindicados. Hay que organizar con toda rapidez la operación de salvamento antes que la nave se hunda y pretenda llevarse al fondo del océano los planteamientos correctos, de tanto haberlos degenerado, de tanto haberlos utilizado incorrectamente, de tanto haberlos extrapolado hacia la locura. Los básicos de la libertad y de la democracia, entendidos no como parabas hechos de granito, sino como un proceso permanente de vuelo hacia la justicia y la equidad. Hay que revalorizar los principios de una economía social inclusiva, con diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente. Hay que sacar a flote al Derecho, entendido como una construcción jurídica que procura una conformación social para la equidad. Hay que poner sobre el salvavidas la concepción de ciudadano que interviene y participa y recurre a toda forma de organización para hacer sentir su voz. Tenemos que utilizar agua y jabón para devolver su transparencia prístina a todo lo verdadero que ha sido enlodado con el menjurje de la equivocación, del pasticcio ideológico mal asimilado, de la arrogancia unipersonal elevada a calidad de dogma. Hay que salvar la idea del cooperativismo, principio y norma universal, ahora señalado como generador de empresas que tienen aspiraciones capitalistas de obtener ganancias y que, por ende, deben entrar en proceso regresivo. Hay que reivindicar al cooperativismo, como forma de asociación de ciudadanos en procura de objetivos comunes de producción y de consumo. Hay que decirles a los cooperativistas que el propósito de ahogarlos no responde sino a una confusión mental del permanente confundido mental y que la democracia del siglo XXI los rescatará conforme a las normas correctas, que los apoyará y los estimulará sin establecerle esos límites odiosos de cero obtención de ganancias. Hay que advertirle rápidamente a aquellos a quienes han llamado demagógica y genéricamente “pueblo” que serán elevados a una mejor condición, a la de poder ciudadano que vigila, controla y castiga o premia las acciones de sus gobernantes. Hay que aclararles que podrán participar sin ponerse camisas de algún color determinado, hay que suministrarles la explicación razonada de que los demagogos que gritan “pueblo” no saben nada de la creación de una República de Ciudadanos, que ser ciudadanos implica un cúmulo de responsabilidades y decisiones compartidas. Es la hora de aclarar meridianamente que aquí no hay vuelta atrás, que aquí se construirá una televisión pública sobre las bases del respeto, del equilibrio y del sentido de Estado. Es menester llamar a la república a que infle los salvavidas para que algunas cosas que se han dicho bajo el manto de la arrogancia y del ataque contra la libertad vuelvan a ser colocadas en su justa dimensión. Hay que reformular la división políticoterritorial sobre la base de una concepción sustentable de desarrollo. Hay que buscar papel lija para quitarle a los conceptos toda la herrumbre decimonónica. Hay que devolver el respeto a la majestad presidencial, cambiar los discursos por obra tangible. Hay que devolver a Bolívar a donde siempre estuvo, en el corazón de los venezolanos, quitándole la esquizofrenia y la utilización indebida. Hay que aprender a leer la realidad histórica y darnos cuenta que tuvimos hombres de carne y hueso que al lado de gestas heroicas cometieron errores, como es el caso de Páez. Hay que educar para la amplitud, para la comprensión de lo que fuimos, somos y seremos. Hay que llamar a todos los equipos de rescate. La limpieza general de

mutilaciones, equívocos, extrapolaciones, minestrones ideológicos y corrupción de ideas apropiadas, deberá ser tarea de todos. Hay que aprestar los útiles de limpieza, devolver el brillo a las ideas, deslastrarlas de este óxido maligno que levanta estatuas de cien metros, que compra sistemas de misiles antiaéreos, que se lanza a adquirir la producción de coca, que sueña con aviones no tripulados. Galimatías como “la dictadura de la democracia verdadera” deben ser echadas al barril de los elementos tóxicos para ser sustituidas por pensamiento transparente conductor hacia una democracia de ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos. De allí la confusión, de allí el desasosiego, de toda esta amalgama de delirios oficiales y de opositores disfrazados, de allí sólo puede brotar la desesperanza. Este país parece un burdel; haría falta un Toulouse-Lautrec para que pinte los rostros pintarrajeados, para que refleje la decadencia, para que deje testimonio de esta hora menguada. Hay que comprar toneles de cloro, coletos, esponjas de metal y espátulas, para desinfectar, para raspar, para desintoxicar el piso de esta república. O se produce una reacción colectiva frente a los desatinos y frente a las impudicias o nos iremos consumiendo bajo un alzheimer colectivo. Hay que iniciar una operación de salvamento, urgente, acelerada, de emergencia, antes que esta mezcla fatídica de locura y bolsería nos convierta en óxido insalvable en las profundidades de la corrosión y de lo inaccesible.

La insoportable contraofensiva ideológica
Siempre había pensado que capitalista era una persona acaudalada que coopera con su capital en uno o más negocios, pero conforme a una contraofensiva ideológica, palmariamente inepta, capitalista es quien se opone a Chávez. Uno lee al columnista “A” y se oye recordar que fulano de tal no defendió al capitalismo en su discurso. Vaya pretensión. Cuando uno va al columnista “B”, pero también al “C”, al “D”, y seguramente hasta agotar el alfabeto, se encuentra que frente al socialismo del siglo XXI (endógeno, petrolero, indoamericano, etc.) lo que hay que oponer es una defensa cerrada del capitalismo. Más allá, uno escucha al profesor que proclama a los cuatro vientos que uno de sus propósitos de vida es lograr la eliminación de los estudios de marxismo en todas las facultades de economía y donde quiera se estudien las ideas de los siglos pasados. Ay, los conversos. Mientras el único razonamiento “ideológico” que estos Dartagnanes opongan a los desvaríos del régimen sea capitalismo, la batalla será ganada por el marketing que nos dice que la palabra ideática que envuelve al régimen es “solidaridad”, “amor al pueblo”, “pasión por los pobres”. No soy marxista, no soy socialista, no soy socialcristiano, no soy socialdemócrata, no soy liberal, no soy comunista. Terminó la era de los cuadros cerrados de pensamiento, terminó la era de los “libritos” a los cuales ajustarse, se canceló la era de las ideologías, los manuales se pusieron amarillos e inservibles. Soy un pragmático que cree que en cada país debe hacerse lo que conviene a los intereses del pueblo que se gobierna. Lo aprendí hace muchos años en Buenos Aires con John Kenneth Galbraith: “Si conviene nacionalizar se nacionaliza, si conviene privatizar se privatiza”. El rechazo a las doctrinas proclamadas o a las ideologías muertas, no excluye para nada el pensar, el conceptuar, el formarse un propio cuadro de pensamiento que oriente en la vida pública a la cual se quiere servir. He dicho que uno de los puntos fundamentales que debe estudiarse es el del sistema político por el agotamiento práctico y teórico que muestra la democracia. He ido sobre ella y he puesto sobre el tapete ideas para una “democracia del siglo XXI” (organización social, reformulación de las sociedades intermedias, renovación total del concepto de política). A mí nadie me venga a decir que frente al “socialismo” proclamado, y para ser un leal disidente del régimen venezolano, hay que salir en defensa a ultranza del mercado. El mercado debe ser reformulado, he escrito, y he dicho como. Frente a las pretensiones “socializantes” he manifestado que no se puede salir a proclamar las virtudes de la propiedad privada y no más, puesto que es necesario admitir que frente a una propiedad privada que debe ser respetada, debe admitirse la existencia de otros tipos de propiedad que ayuden con rapidez a la inclusión y a la justicia social. Frente a las reformas constitucionales y demás hierbas es absurdo pararse a decir que los viejos principios liberales del capitalismo protestante son la panacea, puesto que he descrito una capacidad de adaptación del marco jurídico para conformar un Estado Social de Derecho. Todo planteamiento –por lo demás- de defensa llana y lisa del capitalismo para supuestamente confrontar a este enramaje teorizante con que se nos pretende envolver es una soberana idiotez, porque frente a esta operación de marketing el “socialismo” siempre será más simpático que el capitalismo. Más aún, frente a la realidad que transitamos no tendrá ningún chance una postura de derecha para sustituir a la de falsa izquierda que se nos lanza. Lo repito: sólo una postura pragmática de reconversión social, de avanzada social, de justicia social, es lo que puede ofrecerse válidamente

como alternativa. ¿Propiedad privada? Sí, pero conviviendo con otros tipos de propiedad. ¿Mercado? Sí, pero reformulado conforme a exigencias perentorias que he descrito con claridad cuando he escrito sobre una economía inclusiva donde formas alternas convivan con las formas capitalistas. ¿Pastiche? No, aprendizaje en las realidades políticas y sociales de nuestro tiempo. Es posible construir una sociedad donde las prácticas de la libre empresa convivan pacíficamente con organizaciones comunitarias que actúen fuera del mercado. Los extremistas no lo entienden ni lo entenderán nunca. Para ellos hay que gritar “capitalismo” para no estar de acuerdo con Chávez. Yo estoy en desacuerdo con Chávez sin andar pegando gritos a favor del sacrosanto “dejar hacer, dejar pasar”. Cuando era joven, feliz e indocumentado –para usar una expresión del Gabo- y vagaba por Inglaterra, decidí ir a Westminster a visitar a los poetas y a todos los ilustres y no tan ilustres que viven allí con sus huesos venerados. Sin embargo, era necesario subir hasta la tumba de Shakespeare en Stratford-upon-Avon porque allí sus coterráneos escribieron una maldición a quien se atreviera a tocar esos restos, de manera que nunca podrán ser trasladados a Westminster. Frente a Shakespeare constaté que estaba vivo, pero algo me faltaba y era la tumba de Marx en Highgate Cementery in North London. Hasta allí me dirigí para reflexionar un poco ante los huesos del viejo alemán. “Karl, eres un clásico -le dije- y tú sabes lo que es un clásico”. No habrá otro Lenin desde la cresta de la ola bolchevique. El marxismo sigue siendo un universal y atractivo cuerpo de pensamiento y uno de los más útiles para el conocimiento del conjunto de relaciones sociales, aunque existan categorías marxistas evidentemente inútiles. “Todos hemos recibido alguna influencia de ti – le dije- pero ya no lo notamos porque forma parte de la cotidianeidad”. Eso es un clásico, insisto. Estudiar a Marx es hacerse de cultura porque su pensamiento es herencia cultural del hombre. Aplicar a Marx sobre las realidades del siglo XXI es una absoluta extravagancia. Ahora que recuerdo aquel viaje me provoca decirle al alemán barbudo que “más estúpidos son los que quieren eliminarlo de los estudios universitarios o que gritan capitalismo para oponérsele, cuando ya no hay necesidad de oponérsele a no ser en algunos doctores Frankenstein que andan creando monstruos”. Para infinidad de gente el pensamiento no evoluciona, no se hace simple y complejo al mismo tiempo, no se renueva, no brilla con nuevas proyecciones y maravillosos hallazgos. Por eso la democracia languidece y algunos trasnochados quieren sacar al viejo Marx de su tumba, donde bien muerto está. Y, además, déjenme decírselos, profundamente feliz de estarlo y de ser un clásico de la cultura del hombre.

La invasión de la teatralidad
Paradójicamente la palabra griega Theatrón que ha dado lugar a nuestra palabra teatro se refiere al lugar donde se da el espectáculo, no al espectáculo mismo. Si mantuviésemos esa derivación tendríamos que decir que los actores somos quienes vemos el teatro, no quienes actúan. No obstante, la Venezuela de hoy es un teatro con unos actores que encajan a la perfección en el sentido actual de la palabra. Teatro es el espectáculo y teatro el lugar donde se escenifica. Así, tenemos al actor que se presenta solo a las puertas del palacio a desafiar al príncipe con una carta y tenemos al jurista que se inventa una interpretación para descubrir lo que nadie -válgame Dios- había sido capaz de entrever. Cuando alguien se inventa un personaje es un actor. La paranoia hoy es calificada, creo, simplemente como un trastorno delirante. Este venezolano es un teatro desordenado, uno donde hay dos espectáculos a la vez, que se entreveran ciertamente, pero se supone que esto es una república y no un teatro. Ahora bien, afirmar que esto es una república puede resultar una afirmación sujeta a duda. Si tengo un hueco fiscal por mi dispendio pues invento un nuevo impuesto, dado que la distribución del producto debe ir a calmar a algún sector que protesta, más cubrir lo que he derrochado y lo que me mantiene en el poder: un reparto que desconoce todas las reglas de la economía moderna. Así no se sostuvo ni el Imperio Romano, a pesar de sus legiones, y baste para ello mirar alguna hambruna que azotó a Roma. Si nadie ha dado con el argumento, yo jurista y no precisamente romano, -del lugar donde se ordenaron los códigos gracias a un emperador sabio- me invento una interpretación extensiva, como chicle pues, y saco de la manga el aseverar que si para derogar leyes se requiere una participación ciudadana de mayoría, pues la reforma constitucional se irá al fondo si simplemente nos abstenemos. Olvida el actor que semejante interpretación, tratándose de un texto planteado como reforma, necesitaría de un Senado romano absolutamente dócil y amenazado por los cuchillos largos, para ser admitido, aunque tal vez cabría observar que tal estiraje es simple argumento retórico que no tiene base ni en la más audaz de las interpretaciones teatrales. Este país de espectadores aplaude a rabiar. Panem et circenses, cabría decir, sólo que el pan está por desaparecer. Un manejo de la economía a voluntad de quien desconoce los principios básicos de esta ciencia y que mueve los hijos para complacer sus políticas insanas, lleva a inflación y a parálisis. La falta de pan ha sido causa del trastoque de mucho gobierno en la historia de la humanidad. Muchos espectadores del teatro se han lanzado sobre los actores porque los gruñidos de sus estómagos le han impedido seguir riéndose. En el medioevo y en los inicios del renacimiento lanzaban frutas y verduras sobre los malos actores que no sabían interpretar sus papeles de juristas y de políticos con pretensiones de liderazgo. Tal vez por ello los italianos inventaron la Commedia, para tomarse un poco las cosas a lo bufón y marcharse rápidamente con su música a otra parte, sólo que la palabra evolucionó hasta llegar al poema y elevarla el Dante a la sublimidad. No era fácil el público que miraba a Shakespeare. Hay públicos de públicos. Hoy se habla de comedia ligera para referirse a esos culebrones semi-humorísticos o de baja ralea a que ha sido reducido el teatro en Venezuela. Tal vez la expresión sea aplicable a esta degradación monumental que, no se sabe porqué causa, sigue llamándose política nacional. La palabra política no merecía esta desagradable suerte. Y el público de este teatro se divide entre quienes deliran con el bochorno que se ejecuta sobre las tablas, entre quienes bostezan y se aseguran que las puertas están bien cerradas y quienes se suman a los actores produciendo el efecto de

integrar los espectadores a la actuación, vieja aspiración de algún dramaturgo innovador. No hay la menor duda: este país es un teatro. Hay actores de todo tipo, como el que ve “desestabilización” por todas partes y se llena la boca con la palabra Estado – aún no repuesto de la inmensa sorpresa que le causa estar en el poder-, el que se dedica horas y horas a inventar el argumento que nadie ha entrevisto (este pretende el honorable título de “original”), el que cree que basta un discurso emotivo y grandilocuente para alzarse sobre las masas hambrientas de alguien que le cante la canción del final anticipado. Aquí no se puede seguir actuando. Esto no puede seguir siendo un teatro en su sentido más devaluado. La única manera de que esto comience de nuevo a parecer una república es que los espectadores dejen de serlo y dejen de gritar sandeces en el circo y se alcen a construir su propio destino, a procurarse dirigentes con sentido de Estado, a luchar por instituciones que garanticen el imperio del Derecho y no el imperio de la sorna. La única manera es que la gente se levante de las butacas y señale al bufón de turno y le diga que aquí queremos estadistas y no actuación. Aquí lo que se necesita es el abandono del bochorno y dejar a los bufones desnudos y solos en medio de la calle. Este país tiene que tomar la decisión de seguir echado en una butaca de espectador rascándose la barriga o hacerse protagonista de su propio destino. Quizás como en aquella famosa anécdota de nuestra historia, indebidamente edulcorada y falseada, donde se gritó a los que huían “Vuelvan carajos”.

La historia del general que venció a los dioses
En el año de 2100 el historiador Herodoto contó las aventuras y desventuras de una lejana provincia de América Latina. Contó de un general que sabía de la batalla y marchó donde el oráculo a preguntar sobre su destino. El oráculo respondió: “Los dioses han fijado la fecha de tu muerte”. Herodoto escribió dos versiones del hecho, pues pensaba, con un tal Pereira, –personaje de una novela del siglo XX que preveía las notas fúnebres - que siempre había que tener listos los dos posibles desenlaces. Según la primera, el general fijó la batalla para la fecha de su muerte y, en efecto, cumplió con el destino impuesto por los dioses. En la segunda versión, Herodoto revela que el general suspendió la batalla, ordenó a sus tropas permanecer en el campamento, instruyó para que en esa fecha sólo se libraran escaramuzas menores y decidió que daría la batalla en la siguiente calenda. Cuando el general se levantó y vio a su estado mayor reunido en torno suyo comprendió que vivía y levantándose con fuerza proclamó: “He vencido a los dioses”. Esopo escribió una versión de esta historia, a la manera de fábula, claro está. Podemos encontrar más detalles de la misma en cualquier servidor web. Como buen fabulador, Esopo relata que en verdad el oráculo no habló a un general, sino a un estado mayor confuso de oficiales menores que se debatían entre votar entre ellos para tomar una decisión y que la ambición predominaba en cada uno, puesto que, independientemente de la votación, alguno ya había decidido ir a la batalla en el día prefijado. Según esta increíble versión, cuando la voluntad de los dioses se había cumplido y yacían por tierra los oficiales descuidados, se alzó una voz proclamando: “Daremos la batalla en la siguiente calenda, apenas hemos perdido parte del flanco derecho”. Como la ironía y el doble sentido, aparte del propósito pedagógico, es algo muy común a la fábula, no a los cuentos menores que según Plinio El Grande era lo que prevalecía en aquellos tiempos, hay que buscar la tercera versión y es precisamente en este último autor donde la encontramos. Para Plinio (mejor conocido como El Viejo) el oráculo no era, en verdad, un personaje solitario refugiado en el desierto. Para él el oráculo era un coro –en la mejor tradición de la tragedia griega- formado por todo el pueblo que aquellos dirigentes pretendían llevar al final anticipado. Plinio precisa que aquel pueblo clamaba porque la batalla se diera no en fecha de muerte sino en fecha de vida. El pueblo era superior a sus comandos, es evidente, y proclamaba que los dioses eran unos bromistas muy serios, esto es, que efectivamente habían fijado una fecha para los incautos con la esperanza de que los comunes mortales burlaran la trampa y sobrevivieran para la verdadera batalla, puesto que la diosa Justicia había hecho una apuesta con la diosa Discordia sobre el futuro de aquella lejana provincia de América Latina. Para evitar las iras de algún historiador de los tiempos aquí relatados y que se molesta mucho conmigo cuando hago observaciones sobre los historiadores, para él impertinentes, he procurado buscar evidencias tangibles sobre lo realmente ocurrido. He encontrado en ese tiempo testimonios de confusión, de enredos inexplicables, de carencias de visión y, por ello, he decidido ir a la historia comparada. Como es público y notorio, una de mis lecturas preferidas es la de la historia de Roma, específicamente (como dicen las licenciadas de la televisión) el que corresponde a la república. Allí me encontré con el caso de un general dedicado a la siembra, y a la siega claro está, del trigo. Un día lo visitaron los “notables” para decirle que la amenaza era tal que debía ponerse al frente. El general-agricultor se puso los aperos de guerra y salvó a Roma.

Una vez cumplida su misión regreso a su finca del Lazio y dejó claro que el poder le importaba un pepino, por no decir un haz de trigo. Cincinatto se llamaba y sin él Roma hubiese muerto antes de tiempo. Pero como mi especialidad es procurar la ira de mis amigos, relato que algunos se molestan porque en mi libro Por el país del hombre (Primera lectura del nuevo milenio) digo que la última noticia realmente importante fue la caída de Constantinopla. Les he dicho que es propio de los intelectuales tales afirmaciones y he relatado que, después de publicado mi libro, escuché, estupefacto, que el gran intelectual colombiano Álvaro Mutis decía lo mismo en un programa de televisión. He leído todas y cada una de las crónicas que se escribieron sobre ese hecho y que, por supuesto, tardaron meses en llegar a los ojos de los pasmados lectores que comenzaron así a comprender que la faz del planeta Tierra había cambiado para siempre. Lo sé por las crónicas de la época y también por Isaac Asimov quien relata maravillosamente lo sucedido. Allí encuentro las reflexiones de Heraclio: la primera condición para salvar a un pueblo es que ese pueblo quiera ser salvado y preguntarse, de primero, porqué ese pueblo se entregó.

Una sociedad instituyente
La sociedad venezolana tiene un poder que no parece saber tiene. La sociedad venezolana parece no haber aprendido a rescatar lo que es suyo. La sociedad venezolana es víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no evolucionó hacia formas superiores. La sociedad venezolana se acostumbró a delegar y se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder. Atenuantes tiene esta sociedad postrada, como las manipulaciones y engañifitas a que fue sometida, pero eso no la justifica. La sociedad venezolana se acostumbró a esperar al líder providencial, a esperar instrucciones, a depender de las degeneradas estructuras que de instituciones intermediarias pasaron a ser collar de hierro para la obediencia. La sociedad venezolana se convirtió en un corderillo manso dispuesta a ser “políticamente correcta” para permanecer en los resquicios de lo permitido y de lo tolerable. Fue así como la sociedad venezolana se convirtió en lo que es hoy, una sociedad instituida sobre bases endebles y sobre mecanismos degenerados. La praxis política cotidiana sólo sirvió para alimentar oligarquías partidistas, para crear gremios y organizaciones de diverso tipo encerrados en sus intereses particulares. Así, la sociedad venezolana delegó todo, desde la capacidad de pensar por sí misma hasta la administración de sus intereses globales. La sociedad venezolana se hizo indiferente, se convirtió en una expresión limitada al chiste y a la burla, al desprecio exterior hacia las élites, pero una zángana incapaz de protagonizar una rebelión en la granja. El gobierno que vino como consecuencia lógica de un cansancio interior y de un derrumbe de lo ya insostenible, contó con la anuencia de esas élites de lo caído, pretendidamente gatopardianas, que soñaron que todo cambiaba para que nada cambiara. Sólo que nunca se leyeron El gatopardo de Lampedusa y jamás se dieron cuenta que había en el texto del príncipe siciliano mucho más que la cita trillada que es lo único que se conoce de esa novela. La sociedad instituyente debe exigir e imponer un sistema de partidos abiertos, no más que redes sociales que permiten el flujo de la voluntad ciudadana. La sociedad instituyente se debe manifestar en las encuestas imponiendo candidatos que no necesariamente provengan de las horcas partidistas, para ello basta señalar a los mejores, si logran verlos. La sociedad instituyente debe dejar atrás el fantasma del pasado que la ciega y pedir y practicar más democracia. La sociedad instituyente debe aprender a decidir, atreviéndose. La sociedad instituyente debe ejercer la ciudadanía, acabando con las hegemonías de otros que deciden por nosotros y dando pasos firmes y contundentes hacia el poder ciudadano (qué sepan quienes salgan electos que no se les confirió el poder, que el poder sigue en nuestras manos y somos nosotros los que mandamos, no ellos). Demos pasos, como sociedad instituyente, hacia una superación de la democracia representativa para convertirla en una democracia del siglo XXI en la cual se practica la libertad como ejercicio cotidiano de injerencia. En otras palabras, trastocar lo que ha sido hasta ahora la relación entre sociedad e instituciones. La sociedad instituyente debe ser imaginativa y conseguirse las formas y los métodos. La sociedad instituyente debe transformar la realidad. La democracia tiene que pasar a ser la encarnación de esa posibilidad. Sólo lo puede lograr una sociedad instituyente que es mucho más que una recipiendaria del poder original, pues lo que tiene que ser es un cuerpo vivo, uno capaz de generar antídotos y anticuerpos, medicina y curas,

transformación y cambio. Hágase la sociedad venezolana una sociedad instituyente, para lo cual no se necesitan elecciones ni candidatos (esto es apenas una expresión parcial) y cambie por sí misma su destino. II Consideramos como democrático a un gobierno -en cuanto se refiere a su comportamiento- que abre espacios para la discusión y para el diálogo, que busca acuerdos y consenso, que respeta a las instituciones y procura un entendimiento global entre todos los sectores de la sociedad. Sin embargo los gobiernos democráticos así considerados tienen un límite en este comportamiento propio de las democracias representativas. Un cuestionamiento profundo es rechazado por alterar lo establecido y las instituciones apenas reciben un rasguño que le permiten continuar su camino de manera autónoma en relación al cuerpo social. Estas instituciones dialogantes de la democracia representativa son lo que denominamos burocracia. Frente a este anquilosamiento se alza lo que hemos dado en llamar poder instituyente. En el caso venezolano la pregunta es si la sociedad puede constituirse como tal, en primer lugar frente a un poder autoritario con deseos de perpetuarse y frente a una organización opositora que comienza a desarrollar las mismas características del pasado y que dieron lugar a lo segundo. Este poder instituyente debe estar en capacidad de pasar por encima de lo instituido y producir otro cuerpo social con características derivadas del planteamiento teórico que la llevó a insurgir. En otras palabras, deben poder pasar sobre el poder, no sólo el que encarna el gobierno, sino las propias formas que la sociedad instituida ha generado y que la mantienen inerme. En otras palabras, la sociedad instituyente debe servir para crear nuevas formas y no una repetición de lo existente. En el caso venezolano tenemos una sociedad instituida de características endebles, bajo la presión de las instituciones secuestradas por el régimen “revolucionario” y cuyas decisiones de resistencia están en manos de partidos débiles que se reproducen en los vicios tradicionales de las organizaciones partidistas desaparecidas y que en el fondo no hacen otra cosa que indicar una vuelta al pasado, a las instituciones de la democracia representativa con diálogo, consenso y acuerdos, sin alterar para nada la esencia de lo instituido. Seguramente debemos ir hasta Cornelius Castoriadis para dilucidar que detrás de todo poder explícito está un imaginario no localizable de un poder instituyente. Así, se recuerda que los griegos, cuando inventaron la democracia trágica, acotaron que nadie debe decirnos como pensar y en el ágora se fue a discutir sobre la Polis en un proceso autoreflexivo. De allí Castoriadis: “Un sujeto que se da a sí mismo reflexivamente, sus leyes de ser. Por lo tanto la autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social”. Ahora bien, de la democracia griega hasta la democracia representativa han pasado muchas consideraciones teóricas, hasta nuestros días cuando se habla de una democracia participativa. En otras palabras, la política ha desaparecido, en el sentido de la existencia de ciudadanos libres que permanentemente cuestionan reflexivamente las instituciones y a la sociedad instituida misma. Castoriadis juega con los artículos para asegurar que lo político ha sustituido a la política. En el caso venezolano el dominio sigue en el campo de los partidos (unos aún tambaleantes, pero que están reproduciendo las condiciones del dominio). Así, anuncian los acuerdos para ir unidos a las elecciones o se enfrascan en las peleas interpartidistas por la dominación de alguno de ellos. Esto es, son ágoras vacías que siguen dominando a la sociedad instituida donde no brota el

ímpetu instituyente. Épimélia es una palabra que implica el cuidado de uno mismo y que da origen a la política, con el artículo “la”, para respetar las variantes conceptuales de Castoriadis. La libertad propia de la política ha sido exterminada, porque lo que se nos impone es como “pertenecer”. Ahora bien, esta persona que piensa es un producto social. La sociedad hace a la persona, pero esta persona no puede olvidar que tiene un poder instituyente capaz de modificar, a su vez, a la sociedad. La persona (y estoy usando la palabra en el sentido del humanismo cristiano) se manifiesta en el campo socio-histórico propiamente dicho (la acción) y en la psiquis. Se nos ha metido en esa psiquis que resulta imposible un cambio dentro de ella que conlleve a una acción. Es cierto que las acciones de la sociedad instituyente no se dan a través de una acción radical visible. Nos toca, a quienes pensamos, señalar, hacer notar, que la participación impuesta en una heteronomía instituida, impide la personalización de la persona, pero que es posible la alteración del mundo social por un proceso lento de imposiciones por parte de una sociedad trasvasada de instituida a instituyente. La posibilidad pasa por la creación de articulaciones, no muy vistosas, es decir, mediante un despliegue de la sociedad sometida a un proceso de imaginación que cambie las significaciones produciendo así la alteración que conlleve a un cambio sociohistórico (acción). He allí la necesidad de un nuevo lenguaje, la creación de nuevos paradigmas que siguen pasando por lo social y por la psiquis. Partimos, necesariamente, de la convicción de que las cosas como están no funcionan y deben ser cambiadas (psiquis) y para ello debe ofrecerse otro tipo de sentido. La segunda (social) es hacer notar que la persona puede lograrlo sin tener un poder explícito (control de massmedia, un partido, o cualquier otra de las instituciones que tradicionalmente han sido depositarios del poder). Hay que insinuar una alteración de lo procedimental instituido. Se trata de producir un desplazamiento de la aceptación pasiva hacia un campo de creación sustitutiva. He puesto como ejemplo la no aceptación de los partidos verticales y su sustitución por una red social que permita el flujo de la voluntad ciudadana. Apagar, disminuir, ocultar y frustrar el espíritu instituyente es una de las causas fundamentales de que los venezolanos vivamos lo que vivimos. Ahora tenemos al nuevo poder instituido tratando de crear un imaginario alterado al que no se le opone uno de liberación, en el sentido de soltar las posibilidades creativas del cuerpo social. En realidad lo único que se argumenta en su contra es la vuelta a la paz, a la tolerancia, al diálogo, manteniendo incólumes las viejas instituciones fracasadas. Alguien argumentó que siempre hay un porvenir por hacer. Sobre ese porvenir las sociedades se inclinan o por preservar lo instituido o por soltar las amarras de lo posible. En Venezuela debemos buscar nuevos significados derivados de nuevos significantes. Si este gobierno que padecemos continúa impertérrito su camino es porque los factores que lo sostienen se mantienen fieles a una legitimidad imaginaria. Esto no quiere decir que por ello no lo sacan con violencia (procedimiento que condeno, soy enemigo rotundo de los golpes militares), sino que por ello tragan grueso frente a sus desplantes y barbaridades. La explicación está en una sociedad instituyente constreñida, sin capacidad de poner sobre el tapete la respuesta al futuro. Este gobierno que los venezolanos padecemos es ya un fracaso, no sólo por su incapacidad manifiesta por enfrentar los problemas básicos de la población, sino por su total desbarrancamiento en el esfuerzo por imponer un imaginario. Ya los griegos sabían que no podrá haber una persona que valga sin una polis que valga, y este gobierno con su trasnochado socialismo del siglo XXI ha convertido la polis en una pocilga. Pese al anuncio de que en Venezuela había una “revolución” lo cierto es que vivimos en lo instituido y, por si fuera poco, en un instituido aún más degenerado. Lo religioso

(Chávez parece un pastor protestante norteamericano) ha sido un factor determinante del fracaso. Este gobierno ha negado lo instituyente imaginario y ha tomado el camino de un imaginario instituido. Se está basando en una legitimidad de la dominación, lo que hace imposible la transformación de la psiquis y su proyección hacia lo concreto histórico-social. La transformación comienza cuando el cuerpo social pone en tela de juicio lo existente (así, este gobierno es lo conservado, lo que hay que cambiar) y suplanta el imaginario ofrecido. Se requiere la aparición de una persona con su concepción del Ser en la política (lo que podríamos aceptar como el “hombre nuevo”, uno que nunca sale del intento de cambiarlo con la frase “ser rico es malo”), uno que se decide a hacer y a instituir. El asunto radica en que domesticar al venezolano –gobierno de Chávez- no es posible. El planteamiento correcto es inducir que la vida humana no es repetición, y muchos menos de los enclaves políticos, y encontrar de nuevo en la reflexión y en la deliberación un nuevo sentido. No estamos hablando de una “revelación” súbita sino de la creación de un nuevo imaginario social. Así, sin llenarse de ideas y pensamiento sobre el futuro por hacer no será posible cambiar lo existente. Este gobierno venezolano pone en duda todos los días su razón de ser y ello es condición a nuestro alcance para edificar el nuevo paradigma. La posibilidad instituyente está oculta en el colectivo anónimo. De esta manera hay que olvidar la terminología clásica. El máximo valor no es un Poder Constituyente. Lo es un Poder Instituyente, lo que no quiere decir que no se institucionalice lo instituyente, para luego ser cuestionado por la nueva emersión de lo instituyente. La democracia es, pues, cambio continuo. Todo proceso de este tipo transcurre –es obvio- en una circunstancia histórica concreta. En la nuestra, en la de los venezolanos de hoy, no podemos temer a lo incierto del futuro. Lo instituyente no es calificable a priori como bueno o malo. Es la hora de construir el futuro y si la construcción va saliendo defectuosa, pues corregimos. Ello es posible en una democracia viva. Imposible en un régimen que impone. La democracia del siglo XXI que concibo es, entonces, una permanente puesta al día.

La democracia congelada
La democracia venezolana se congeló sobre una panela de constituido. La COPRE fue apenas un picahielo incapaz de penetrar el grosor y la fortaleza del endurecimiento. La democracia se hizo una insuficiencia permitiendo esta agresión contra la dignidad encarnada por un Teniente Coronel que gobierna a la mejor manera del siglo XIX. La sociedad instituida por esos años de democracia posdictadura se endureció sepultando la voluntad instituyente de la sociedad. Este régimen actual es el típico caso mencionado por Regis Debray de una revolución que le cambia el nombre a todo y hace una fiesta en cada ocasión, pero, más allá, es una perturbación que prostituye y frustra la participación, convirtiéndose así en un apéndice de lo instituido con anterioridad a sí mismo. Es así, por ejemplo, exacto al modelo todo “para el Estado” en boga hasta los alrededores o inicios de los años 80, hasta que Carlos Andrés Pérez comenzó a desarrollar la tesis de “todo para el mercado”. La ciudadanía que dejó de destruir el período democrático ha sido objeto de un voraz consumisión bajo este régimen. Lo que aparentemente era una democracia consolidada mostró sus pies de barro con este retorno a un estatismo exacerbado que ve “terroristas ideológicos” en todo quien se le opone. Así murió –y sigue muerto e pesar de las farsas- el espíritu instituyente de una sociedad que languidece. Lo instituido –de lo cual Chávez es un representante pertinazhace teóricamente imposible la ruptura de una lógica y el mantenimiento consecuente de un cascarón vacío que otra cosa no son las perspectivas de una posibilidad democrática real. Una sociedad instituyente es aquella cuyo verdadero fin es ella misma, siendo el Estado, la democracia y todas las instituciones simples medios. Ahora bien, dentro de esta sociedad instituida que reproduce a las instituciones la única posibilidad es plantearse trascenderlas y ello pasa por una toma de decisión. Hasta tal punto debe estarse sobre lo instituido que la sociedad misma debe ser revertida en un proceso instituyente. El Estado de Derecho es así un simple tránsito y el Estado Social de Derecho -aún en su concepción más avanzada- un simple trecho en procura de lo que la ciencia jurídicopolítica comienza a llamar Estado democrático avanzado o postsocial. Vivimos una época en que la política dejó de ser espacio de redención para convertirse en una imposibilidad frustrante. He repetido cientos de veces que el pensamiento y la política se divorciaron, convirtiéndose la segunda en un giro lamentable sobre lo instituido. En el caso venezolano he citado la llamada “plataforma ideológica” de Un Nuevo Tiempo como el ejemplo más patético del lugar común. La política pasó a ser la administración de lo instituido despojándose de toda carga, incluso de aquella vieja concepción que la definía como “el arte de lo posible”. De allí a que los idiotas miren con sonrisas burlonas a todo el que piensa sobre la democracia considerándolo un “loco” que anda inventando fórmulas abstractas. Encontramos que quienes anuncian prácticas de “democracia representativa” la transforman en verdad en una situación deliberativa intrascendente incapaz de incidir con modificaciones sobre lo instituido. Lo representativo ha dejado prácticamente de existir al constituirse en un mecanismo conservador de lo existente y al no encarnar una voluntad expresada desde la fuente instituyente y lo llamado “participativo” ha sido convertido en una farsa que obtiene resultados exactamente contrarios a los necesarios.

El actual gobierno, por ejemplo, es particularmente corrupto porque encarna a la perfección la mercantilización de la política que criticó al período llamado democrático y que ha llevado al paroxismo. Es necesaria la tensión modificadora que produce una sociedad en afán instituyente. Nos hemos planteado cambios institucionales y no cambios estructurales que son los propicios para el logro de la equidad social. De allí que ante la revolución verborreica del actual régimen venezolano la llamada oposición aparece como una avanzada restituyente de lo que ya este régimen destruyó, amén de prostituir los nuevos conceptos que deberán ser metidos en una lavadora con detergente. Hay que construir una ciudadanía y no tenemos tiempo como para andar proclamando que se requerirían 20 o 30 años de un proceso educativo profundo. Ya tenemos en el país factores capaces de convertirse en actores sociales para invertir los términos. Es lo que he denominado las “élites inteligentes” que mayoritariamente se mueven en el interior del país y no en su capital. Sin embargo, esas élites se mueven entre el cinismo y el nihilismo, como he analizado en otro texto, y que aquí puede llamarse pasividad consumista o administración estricta de los intereses particulares. Hacerlas despertar hacia una autodeterminación ciudadana constituiría el quid del asunto y no la larga espera de formación poblacional masiva. Pasa por hacerlas interpelar y crear así una tensión. Ello implica innovación originada en un profundo discernimiento. Esto es, lo que llamo “élites inteligentes” deben poder ser convertidas en activistas en procura de la inclusión y del reconocimiento de derechos aún no reconocidos. He señalado el caso concreto de dos pelafustanes que dicen se van a reunir para decidir la unidad de la oposición en torno a las elecciones regionales. Se trata de la ruptura de una lógica instituida e impositiva que mantiene en vigencia un acuerdo social básico absolutamente inepto para atender a las necesidades políticas inmediatas de superación de un régimen autoritario e impide el poder arrollador de una sociedad instituyente. Ello implica una nueva ética política que hará posible la erupción de una nueva cultura política que posibilitará –entonces sí- el largo período de educación masiva en la formación de ciudadanos. Algo muy contrario al asistencialismo del estado, un perverso mecanismo que no hace ciudadanos sino aciudadanos. Cuando se fragmenta, se cambia la historia, se procuran eliminar hechos y nombres y se enseña que la movilización colectiva es inocua, se corroe el poder instituyente del cuerpo social. La sociedad venezolana actual está en fase negativa. La protesta es una simple pérdida de paciencia y la lectura de columnistas que insultan al gobierno un simple ejercicio de catarsis. Es lo que intentamos hacer: procurarnos algunos ciudadanos, ya dueños de esta condición, para comenzar a generar una cultura política esencialmente nueva. Ello pasa por hacer comprender que Chávez al pretender una liberación lo que hace es imponer una dominación. Cuando Chávez sale el 24 de junio a defender las “instituciones” está transitando de revolucionario a conservador. Las “instituciones” que Chávez salió a defender carecen de lógica liberadora; son apenas instrumentos de dominación. Ni respetan el Estado de Derecho ni avanzan hacia un proceso de transformación. Sólo mantienen el status quo abusivo. Es decir, están en una situación conservadora extrema. Lo que pretendo al hablar de ciudadanía instituyente no se refiere a un mito fundante. Me refiero a un agente (al agente) que impulsa permanentemente una democratización inclusiva donde no puede estar legalizado, por ejemplo, el abuso del Contralor Russian. De manera que esta oposición que el país rechaza –entre otras razones porque lo único que busca es la restitución de instituciones del pasado- está a años luz de la necesidad

actual de la república, esto es, nada de considerar a la institucionalidad como razón de ser sino de la implementación de una nueva lógica de la política. La política de resolución de conflictos y de armonización de intereses se basaba en el respeto estricto al orden legal vigente como única posibilidad política de mantenimiento democrático. Después del revolcón que hemos sufrido ese contexto de política está marchito, por la sencilla razón de que no hay instituciones (Chávez las inventa para justificar las inhabilitaciones). Ahora bien, sin instituciones no se puede vivir en democracia. La paradoja es fácilmente soluble, puesto que al estar encerrados (como estamos) en la “sin salida” (repito que ya he hablado suficientemente de nihilismo y cinismo del siglo XXI) va a encontrarse inevitablemente con una reacción frente al sometimiento, una que también de manera inevitable va a estar marcada por una concepción de la política absolutamente distinta de esta que practican entre nosotros tanto gobierno como oposición. Hay, pues, esperanza, porque de la nueva ética saldrá racionalidad en la nueva construcción. Ello provendrá de la toma de conciencia de una necesaria recuperación (no del pasado, en ningún caso), sino del sentido. El país que las “élites inteligentes” deberán liderar es uno en lucha contra las distorsiones, una basada en una lógica alternativa. Pasa porque los ciudadanos tomen como nueva norma de conducta la no delegación, lo que a su vez implica la asunción del papel redefinidor lo que la hace responsable en primer grado.

Diez ángulos para diez años 1.-Lenguaje
Cualquier psicólogo social podría dar una extensa explicación sobre la conexión entre pensamiento y lenguaje o entre estructura mental y expresión lingüística. Cuando el lenguaje se desvirtúa toda la psiquis colectiva se desmorona. Cuando ya lo que se dice carece absolutamente de importancia se ha llegado al extremo de la barbarie, al hombre primitivo, al mantenimiento de los lazos sociales basados exclusivamente en la alimentación, en la satisfacción de las necesidades primarias y elementales, como los pueblos de la edad de piedra. Cuando se llega a estos extremos el pensamiento no pasa sino por la sobrevivencia, por los rasgos elementales, se pierde toda conexión racional, prevalece el instinto, desaparece toda posibilidad de estructuración de conceptos. El irrespeto continuo, la dicotomía absurda, el maniqueísmo llevado al grado de doctrina de Estado, convierte a un país en un rebaño, pero con una advertencia, uno que pasa por una rebelión subyacente, en estado de letargo momentáneo. La praxis política no se destaca de esta anonimia. Pero es que la falta de imaginación, la imposibilidad de romper el enclaustramiento maniqueo y sesgado, es lo que caracteriza a la Venezuela de hoy. Hay que aprender a deletrear el alfabeto, a conocer cada letra en todas sus posibilidades, a formar sílabas y de allí pasar a las oraciones. Analfabeta no es sólo quien no sabe leer y escribir, analfabeta es el incoherente. Hablo de política, claro está. La forma es tan importante como el contenido. En muchas ocasiones la exploración de la forma se sobrepone a la realidad aparente. Quien no maneja la forma entierra pilares en lo inconsistente. Una de las formas sustentables de la política es hacerla capaz de generar realidad. Lo real no puede separarse de la forma. Cuando algo resiste a la mirada de quien quiere transformar o sustituir hay que aprender a superar la capacidad de resistencia que opone y ello pasa por sembrar de manera tal que las posibilidades se hagan muchas. Para ello se requiere creatividad, porque cuando se riegan formas creativas se multiplican las opciones y las alternativas. Lo que vivimos en Venezuela se asemeja cada día más a una manifestación de fidelidad a la miseria. Esta realidad tiene variantes psicosociales y políticas. Este régimen se encontró un país naturalmente propenso a ser hipnotizado, es más, se encontró con un país que quería ser hipnotizado. La protección que sobre él habían ejercido los gobiernos democráticos se había resquebrajado, diluido y evaporado. El gran padre es, en la historia universal, el que restituye, el que venga, el que tiende su manto asistencialista mediante el cambio de nombre de todo y con la cobija verbal arropa y da calor. Toda la escenografía converge a la creación del ambiente de ilusión, siendo el teatro “Teresa Carreño” el ejemplo más claro y preciso: ese espacio ha sido convertido en la gran sala de ópera de la revolución. Lo que quiero decir es que, ante la incapacidad de construir sus propios escenarios, el proceso-cambia-nombres se apodera del espacio de lo anterior porque ese espacio ya forma parte de la imago colectiva y con banderas y el uso monótono de un color transfiere a la masa la sensación episódica de una aventura revolucionaria de la cual bien vale la pena formar parte. Los códigos son simples, primitivos diríamos, dado que se recurre más que al uso de las viejas maneras de los fascismos del siglo XX a un ejercicio propio de lo tribal, en el sentido de hacer entender a la gente que hay un nuevo manto protector que para ser adquirido sólo requiere pertenencia, llámese militancia. La mejor prueba de este aserto es la constante

afirmación de que ser rico es malo: con esta afirmación lo que se quiere es retrotraer a la población venezolana a unos supuestos fundamentos del ser humano, a un supuesto estado de carencia de las originarias construcciones humanas. Esto es, estamos ante planteamientos que nos remiten a trasnochos que ya ni siquiera pertenecen al siglo XIX sino que van más atrás, a los orígenes mismos de la investigación sociológica cuando comienza a analizar la agrupación de los hombres en sociedad. Se quiere organizar este país sobre la base de una solidaridad primitiva y para ello se le advierte a los objetivos del experimento que allí en el horizonte hay una preñez de peligros que sólo el gran organizador puede conjurar con “camisas rojas”, con discursos que mantienen a raya a los monstruos que se asoman. Este país se convierte, entonces, en una tribu apretujada de gente asustada-emocionada-ilusionada que cree haber encontrado la protección requerida. La paradoja de este planteamiento de regreso a lo cuasitribal está, en primer lugar, en que arrastra a su oponente a la misma atmósfera mental y, en segundo lugar, lo que constituye lo más grande del ángulo paradójico, es que hace imposible el regreso al pasado que se pregona desde ambas partes. He allí el encierro en un alfabeto con cuyos elementos no se sabe construir frases y conceptos: no hay códigos sustitutivos, nadie sabe lo que es el mañana, nadie tiene el manejo de lo que política se llama “los tiempos”, nadie logra articular frases, la forma, para hacerle entender a un país cohabitante con un espasmo de retorno temporal y espacial, que la palabra futuro aún se conserva en el diccionario y en el campo de las posibilidades.

2.-Mentira
Hemos llegado a la disolución del lenguaje en el pozo séptico de la mentira. El país está mudo porque la palabra es apenas un ruido estrambótico, un extraño sonido gutural que nada significa ni nada pretende, a no ser eso mismo, ruido. Parecemos una sociedad que involuciona tan aceleradamente que reduce sus formas de expresión a los signos más elementales y a los murmullos inarticulados. Podríamos exagerar diciendo que nuestro retroceso es tan pronunciado que pronto intentaremos los mensajes indispensables mediante movimientos de las manos señalando objetos o tal vez con movimientos insonoros de los labios que cual pico abultado señala aquello que antes identificábamos con palabras. Estamos reduciendo el proceso lógico de la mente a pocas frases aún articuladas como latiguillos, como por ejemplo, “eso es culpa del imperio”. El empobrecimiento del lenguaje ha llegado a los extremos de cortar la articulación que solíamos llamar pensamiento. Ya no hilvanamos frases, ya no identificamos sujetos con palabras, ahora soltamos sonidos que no provienen de un trabajo cerebral de producción de ideas. No, ahora simplemente se dice eso es “terrorismo mediático”. Así, el país ha ido perdiendo la capacidad de pensar. “Pensamiento” es quizás, y no más, esa planta herbácea de la familia de las violáceas. Imaginar y discurrir ya no es la acepción de la palabra “pensamiento”. O tal vez, en una olvidada acepción, pensar no es más que echar pienso a los animales. Este país, entonces, carece de pensamiento en las acepciones generalmente aceptadas para reducirse a algunas antiguas en desuso, pero más grave aún, ya carece de la palabra que es la expresión sonora de ese antiguo proceso que hilvanaba con coherencia lo que en otro tiempo se llamaban ideas. La verborrea no es muestra del uso del idioma. La verborrea es comprobación de la imbecilización de la vida diaria de una sociedad que se ha quedado sin expresión. Hemos sido agredidos de tal manera que “pensar” no es más que echar alimento a los “animales” desde los puertos abarrotados por una agricultura de petrodólares, lo que se

denomina en este particular lenguaje de una sociedad sin palabras, “seguridad alimentaria”. En el terreno de la política, uno donde las ideas son elementales para evitar que esta actividad sea algo más que un macho vencedor que organiza la manada, es donde la pobreza del lenguaje –más que pobreza, esta desaparición del lenguaje- nos muestra a un país subsumido en el silencio, uno donde todo está por decir y que, paradójicamente, parece que no tiene nada que decir. La banalidad es la forma de expresión “vincente”. Nadie dice nada, en el sentido de que la expresión tenga coherencia, lógica o propósito (en el sentido de que se busca un objetivo adecuado u oportuno), pues jamás podemos considerar como tal el abochornamiento en la pérdida de la expresión. Si la palabra (o mejor, su sustituto) es utilizada como ingrediente para fosilizar, para envolver momias, para endurecer la muerte bajo el cuidado de vendas, podemos afirmar que este país ha sido convertido en un cadáver curtido. Nos han convertido este país en un amontonamiento de hierbas paralizantes donde estas han perdido hasta el aroma, pues mientras camino por la parroquia donde vivo es el olor a basura descompuesta lo predominante, tan descompuesta como el remedo de lenguaje que nos va quedando hasta que definitivamente entremos sólo a producir chillidos. La expresión y el pensamiento van de la mano. Un país que no piensa no puede superar sus conflictos del momento. Se convierte en un país mudo, como somos ahora, uno que asiste impávido a las barbaridades guturales, sin capacidad de reacción, paralizado y entretenido en la pérdida del lenguaje, pérdida que contribuye a la “felicidad” de la inconciencia, como un autista que mantiene un pararrayo que detiene los sonidos molestos. No, ya no hay palabras en este país. Ya este país perdió el lenguaje. El país no puede hablar porque perdió el pensamiento. Terminaremos de ser autistas cuando se aplique en la educación el nuevo pensum. Entonces aprenderán nuestros niños que hay lagunas históricas, que hay grandes períodos de nuestra historia que no existieron, se internalizará en nuestros niños que la historia es una invención, que no es más que ficción entretejida en la verborrea –que es silencio- del poder enclaustrado.

3.-Atmósfera
Venezuela se ha convertido en una agencia de publicidad. Lo que prevalece es el decorado, la forma de vender el producto, la repetición de la “cuña” publicitaria. El producto que se vende es la revolución bolivariana-socialista-endógenaindoamericanana. Así se ha construido sobre el territorio nacional una inmensa campana de plástico. Hemos pasado a ser un espacio cerrado, uno donde no hay circulación del aire, uno donde las exhalaciones van viciando lo que respiramos. Nos hemos convertido en plástico con un escenario de cartón piedra y anime. Vivimos inmersos en la repetición constante de esta publicidad por parte de un gobierno que no gobierna sino que se vende. Esta campana es impermeable, no permite la circulación del aire, la entrada de aire renovador; en verdad hemos llegado a un punto donde no tenemos exterior, lo que tenemos sobre esta campana son ventanas pintadas con escenas de exterior. Los publicistas dibujan sobre el plástico. Todo lo damos por supuesto, lo que implica una tarea descomunal que no es otra que la de reinventar lo supuesto. Los venezolanos miramos los dibujos y no nos hemos dado cuenta que son dibujos, que esto no es más que una campana. La normalidad no es otra cosa que el envenenamiento progresivo con el aire contaminado que se presenta como no renovable. Lo supuesto se ha establecido con todo su peso y los organismos que somos nos movemos en una cámara lenta

impuesta por el estupor del aire contaminado. Carecemos de la capacidad de reinventar lo supuesto y, en consecuencia, languidecemos en la falta de imaginación, en la ausencia de pensamiento, en la imposibilidad de un esfuerzo por perforar la burbuja en procura de aire fresco, en la incapacidad aplastante de negarnos a dar por ciertos los dibujos simuladores de lo real exterior. Atontados como andamos por la falta de oxígeno, por el envenenamiento del aire de la campana donde estamos encerrados, caemos en la rutina del horror, de uno permanente. Explicar significa hacer entender al paciente melancólico la causa de su melancolía, hacerle entender que se hipnotiza con el aire viciado, que es necesario hacer brotar la creatividad desde los restos de energía y que es necesario reinventar, redescubrir, reformular.

4.-Mimetismo
Parecemos vivir en un tiempo atemporal, valga la magnífica paradoja, magnífica sólo como paradoja, puesto que como realidad es muestra de una inconsciencia profunda. Venezuela parece sumida en una profunda incapacidad para ser de este tiempo. No hacemos cosa distinta de retroceder. Es siempre hacia atrás que marchamos y todos los esfuerzos de contemporaneidad parecen caer en un pozo sin fondo donde se deslizan ad eternum. Hay algo que hala a este país hacia el pasado. No pretendo explicaciones de psicología social, sólo constato. Nuestra incapacidad para ser de este tiempo se debe a que no tenemos herramientas para ser de este tiempo. Nos lleva a olvidarnos de lo que conseguimos como país y así regresar al pasado. Pareciera que nos sentimos cómodos en el pasado. Nuestros impulsos son hacia atrás, a las viejas consignas, a los viejos procederes, al mimetismo psicopático, a recomenzar todo imitando lo que sucedió. Rosanvallon menciona a Marat para ejemplificar una imagen biliosa del mundo. Esto que nos hala hacia el pasado, esta incapacidad manifiesta de caminar hacia delante, este gatear hacia atrás como hacen algunos bebés, implica una carencia intelectual, conceptual, de pensamiento, simplemente abismal. Se nota en el lenguaje, el primer punto a analizar si se quiere un diagnóstico. Hablamos mal, en todas partes y a todos los niveles, hablamos con el tono de la ignorancia. El liderazgo que aparece repite consignas de hace 40 años. El gobierno que tenemos sólo quiere parecerse al pasado. Esta república desanda, retrocede, recula, repite. Esta república marcha hacia cuando no era república. Volvemos a ser una posibilidad de república, una harto teórica, harto eventual, harto soñada por los primeros intelectuales que decidieron abordar el tema de esta nación y de su camino. Nos están poniendo en un volver a reconstruir la civilidad y en el camino de retomar el viejo tema de civilización y barbarie.

.-Extravío
La sociedad venezolana anda mal, en sus modos de comportarse, en sus modos de expresión política, en su lenguaje, en sus reacciones. Los venezolanos padecemos de una especie de regeneración de genes totalitarios. Parecemos querer exterminar al diferente. El lenguaje político es una competencia de banalidades. Este país ha sido reducido al rasero. Ese igualitarismo venezolano aparentemente provechoso y dañino en muchos aspectos, nos ha puesto a todos, o a casi todos porque las excepciones son virtudes, a hablar el mismo lenguaje de abajo, del sótano de la historia, del pasado. Montarse sobre aquél de quien queremos salir sólo se puede mediante el uso y la implementación del lenguaje del futuro, de los planteamientos del

por venir, de la oferta creativa lanzada hacia formas innovadoras de gobierno y al estímulo de formas inventoras de cultura. Entendemos el afán por salir, pero sólo anotamos que no basta ese afán, si queremos que no se produzca un retorno y si queremos ir hacia las fuentes reales de este período de nuestra historia para secarlas y evitar que el interregno sea breve e ilusorio. Y hacia donde debemos ir es hacia los extravíos de la sociedad venezolana, sobre los mitos, traumas y resabios aparentemente insertados en su propia cadena de ADN. Esta sociedad presenta resquebrajaduras serias que el resabio ha aprovechado, ensanchado, estimulado y llevado a doctrina de estado. Esta sociedad es egoísta, presenta herencias atávicas, no ha sabido asumir el reto de ciudadanía política que la aparición del brote decimonónico le ha impuesto. Es por ello que no ha generado los líderes necesarios y es por ello que se debate de fracaso en fracaso. Sin criterio político reproduce situaciones, se deja manipular impunemente, vive de la quema de adrenalina en la hoguera de la inutilidad. La aberración política que vivimos está sembrada, con profundas raíces, en un extravío nacional, en una pérdida de brújula, en unas enfermedades sociales profundas. La inseguridad proviene de un asomo de revolución que ha estimulado al hampa con sus desplantes, pero el hampa –sintiéndose liberada- actúa para demostrar patéticamente que actúa porque ese asomo que le permitió salir a flote es imposible, falso y maniqueo. Mencionado el ejemplo del hampa basta mirar hacia la pequeña turba que ataca las caminatas del oponente. En una campaña electoral se dice que el hecho de que el candidato no oficialista camine por una barriada es una provocación. Sólo tal planteamiento bastaría para indicar la perversión a la que hemos arribado. Podríamos elencar sin fin, pero el asunto a destacar que es todas las aberraciones son posibles porque estaban latentes en la sociedad venezolana. Nuestro mestizaje, elogiado por Uslar Pietri con muchísima razón, está pereciendo a punto de colapso. Detesto esa palabra “polarización” que los inteligentes maestros de evitar guerras civiles y todo tipo de conflictos sociales, usan como latiguillo. Mestizaje no lo es sólo de razas, sino, fundamentalmente, de culturas, de estilos de vida, de mitos y leyendas, de comidas, de estructuras mentales. Es ese mestizaje enriquecedor el que se rompe ante nuestros ojos. Lo que está aquí sembrado es un fundamentalismo, uno donde las culturas y las estructuras mentales se separan, lo que indica un proceso disolutivo que hay que detener so penar de pagar con destrucción. Es necesario un esfuerzo de reintegración sobre nuestras virtudes impulsadas con un proceso regenerativo del lenguaje, de las actitudes, del liderazgo, de los planteamientos, de ese innumerable concepto que denominamos cultura.

6.-Cultura
Los “invitados predilectos” repiten ideas del pasado, obsoletas, periclitadas. He escuchado, a quien pretendía convencer a la gente de votar, el argumento de que la política se les meterá igual en la casa y que no intenten una escapatoria. La política, así vista, es algo desagradable de lo cual se huye. El planteamiento es al revés, la política debe salir de las casas e impregnar el entorno. Cuando esto suceda tendremos una república de ciudadanos. La insistencia sobre la política como algo desdeñable está inserta en la psiquis de estos “predilectos” que copan los programas de opinión televisados. Esto escapa al territorio de la anécdota para pasar a ser una perversión, dado que implica una población desarticulada y sin capacidad de vigilancia sobre la esfera pública, aparte de una concepción desdeñosa que ha permitido el desleimiento de la representación y el crecimiento pasmoso de la indiferencia por la democracia.

Argumentos como este confirman la existencia de una “cultura política” vacua, absolutamente al margen de estos tiempos, deformada y deformante. Limita la política a los profesionales de la actividad y reduce toda ingerencia ciudadana al acto de votar. Esta concepción encarna el pasado, reproduce todos los vicios que debemos eliminar para avanzar hacia una democracia del siglo XXI. La actividad ciudadana debe estar centrada en numerosos puntos de alarma que se encienden produciendo una cadena de reacciones. La vigilancia ciudadana sobre la representación ejercida debe pasar a ser algo tan natural como lo fue en el pasado –al menos para una parte de la población- el estar informados. Esta nueva mirada que he denominado “cultura de la comunicación” no equivale a un estado hipersensible ni de permanente conflicto, sino a uno introyectado en un cuerpo vivo. Mientras los viejos conceptos mantengan el control absoluto de la política, una divorciada de los intereses colectivos, ajena a todo control de vigilancia ciudadana, una que le permite actuar a sus anchas como dueños y señores de una actividad que les ha sido conferida por delegación del cuerpo social, no saldremos de la crisis. Frente a estos repetidores de oficio hay que plantear, como respuesta contundente, lo que bien podríamos llamar una reapropiación de la política por parte de los ciudadanos. Ello conduciría, qué duda cabe, a un elevamiento de la calidad del debate público, al surgimiento de un contrapoder que oponer a quienes ejercen el control de las instituciones del Estado. Hay que cambiar el desprestigiado concepto de “opinión pública” por el de “atención pública”, pues esta última implica un estado permanente de vigilancia, lo que no significa, como he dicho antes, un estado de exaltación generalizada y permanente, sino de tranquila y consuetudinaria acción de la ciudadanía. Sólo con una cultura de la comunicación reemplazando a una cultura de la información será posible meter en cintura a estos “dirigentes” prevalidos del poder massmediático. Si recordamos el viejo concepto del permanente esfuerzo ciudadano frente al poder, habrá que decir que los medios son un poder tremendamente usurpador, tanto como el viejo poder encarnado en el gobierno que ejerce de ejecutor teórico de los designios del estado y, en consecuencia, hay que resistirlos. Hay que crear nuevos “campos de historicidad”, para utilizar palabras de Alain Touraine. Ello implica abandonar viejos temas que los “invitados predilectos” insisten en poner sobre el tapete evitando una discusión seria sobre los nuevos modos de ser del cuerpo social. Ello implica formas innovadoras de movilización de recursos para afrontar los abusos de poder, sea de los gobernantes formales o de los informales representados por los medio radioeléctricos alzados por encima de los ciudadanos. Los medios deben ser instrumentos para expresar con mayor alcance las acciones contraloras ejercidas por el cuerpo social. Si los medios ejercen una función pública deben estar bajo la observación de los ciudadanos al igual que los poderes del Estado. En otras palabras, los medios deben ser órganos de la “atención pública”, es decir, deben tener sobre sí a ciudadanos vigilantes. Es este el contrapeso requerido, el equilibrio necesario.

7.-Militarismo
La celebración de un desfile militar para conmemorar un intento de golpe de Estado es ya, en sí, una afrenta. Reservistas gritando “Patria, socialismo o muerte” y la colocación en las puertas de los cuarteles de letreros con esa consigna, tal como lo demuestra la

fotografía publicada por un diario nacional, nos hace ver que la Fuerza Armada Nacional es tratada no como tal, sino constreñida a ser el ejército de una facción en el poder, o tal vez deberíamos decir de una “falange” en el poder, o quizás deberíamos decir de un “fascio” en el poder. La colocación, por vez primera desde Pérez Jiménez, de la banda tricolor presidencial sobre un uniforme militar elimina toda duda sobre esta realidad. Leo Hitler, del historiador inglés Ian Kershaw. ¿Desfile militar para celebrar un golpe fallido? Hitler lo hacía cada año para “gloria” del fracasado de 1923. Leo en el libro de Kershaw como, desesperados, los militares alemanes se miraban los unos a los otros y argumentaban “el pueblo está con Hitler”, para volver a la parálisis total y a la resignación, aún a sabiendas de que el camino que seguían conducía a la destrucción de Alemania. Este libro del historiador inglés es el mejor ensayo que he leído sobre la locura colectiva, de cómo se dejaron pasar “pequeñas violaciones” en aras de la reconstrucción de la grandeza alemana, de cómo se recurrió a la “vista gorda” ante los “éxitos” de Hitler, perdonándole así sus desvaríos. Leo aquí como la oposición al régimen fue aplastada hasta convertirla en nada, proceso que comenzó con la Ley Habilitante que Hitler hizo aprobarse en 1933 con el nombre de “Ley para la protección del Pueblo y el Estado”, bajo el argumento de que era necesaria la rapidez para avanzar con la revolución nacionalsocialista. Estas más de 2.500 páginas del Hitler de Ian Kershaw, originalmente publicado en inglés en el 2000 y en español en el 2002, demuestran como 60 años después de la tragedia alemana aún faltaba mucho por decir. Especial interés revisten las contradicciones internas del régimen nazi, las pugnas por la obtención de cuotas de poder, las oportunidades desperdiciadas por los hitlerianos para desembarazarse de Hitler. Cuando un régimen acumula tanto poder y se centra en la figura de un caudillo, toca a las propias fuerzas internas tomar decisiones. Lo que hay que recordar es que esas fuerzas internas existen. Con la lectura de Kershaw uno se da cuenta que el poder totalitario no es una roca indestructible como aparentemente luce. Las conspiraciones estaban al orden del día y, una de las cosas más interesantes, a pesar de la SS, Hitler no se enteró, ni siquiera que el propio Jefe del Estado Mayor, el fiel seguidor, era el líder de una de ellas. Las implosiones vienen de la estructura misma del poder totalitario, implosiones siempre vivas y al borde de encenderse. Los éxitos sin disparar (Austria, los Sudetes) mantuvieron al Führer en el prestigio. Después los militares alemanes tuvieron que pelear y las docenas de conspiraciones para derrocar a Hitler se fueron disipando. Militar en guerra no conspira, a menos que la guerra conduzca al suicidio. Las contradicciones, los apetitos desatados, los deseos de poner término a la situación indeseable, no son visibles en el poder totalitario. Este parece, hacia fuera, una roca inconmovible, pero adentro es una jaula donde las pasiones siempre están al rojo vivo. Es, al menos, lo que uno concluye leyendo Hitler de Ian Kershaw.

8.-Mito
Los elementos que se acumulan en un sumario político no desaparecen, más bien establecen vinculaciones entre ellos como si una correa trasmisora imitara los procesos biológicos. Nada de lo que ha sucedido ha sido absorbido inocuamente. Todo toma su tiempo, desde la formación de una estructura endurecida hasta la aparición de la fiebre como manifestación de enfermedad. Este país ha crecido desmesuradamente sin que se tomaran precauciones en ningún campo para atender a los nuevos requerimientos. La vialidad está colapsada, la

asistencia hospitalaria igual, la prestación de servicios elementales como el de la basura igual. Nadie ha planificado, por ejemplo, el crecimiento urbano y a cualquier parte de este país que uno vaya no encuentra otra cosa que caos. Hechos políticos más desidia en la ausencia de planificación conforman este cuadro que bien podríamos llamar la Venezuela caótica. La Venezuela caótica es un cuerpo enfermo y tras la apariencia de normalidad, prefabricada incluso por quienes se refugian en los límites de sus propios intereses, yace una enfermedad que nadie diagnostica y muchos menos somete a tratamiento. La enfermedad se ha ido desarrollando de manera lenta, acelerada por momentos por acciones concretas de parte del gobierno, acciones que, en alguna ocasión, califiqué como una sucesión ininterrumpida de pequeños golpes de Estado. Mirar el país como una totalidad es un ejercicio de pensamiento ausente. Pocos se dedican, aquí y allá, a determinar algunos síntomas o a señalar algunas ulceraciones. El cuerpo social revienta en múltiples protestas, aisladas las unas de las otras, que son aplacadas como casos puntuales, como si en el fondo no tuvieran relación entre sí. La respuesta que se encuentra frente a tantas muestras sintomáticas es la del mito consolatorio. El llamado al optimismo, a la fe, a la convicción de que se hace lo posible, es una especie de rosario cantado por quienes carecen, en primer lugar, de visión lo suficientemente profunda y, en segundo lugar, de capacidad para diagnosticar y responder ante un país al que no entienden y ante el cual se comportan como si la transformación hacia la enfermedad no existiese y ante el cual son absolutamente ineptos para introducirse con un monitoreo agudo y efectivo. Las células de este cuerpo comienzan, así, a tomar el comportamiento que la enfermedad les impone. La hinchazón de este cuerpo es ignorada y los tristes protagonistas de estos sucesos llamados historia presente que vivimos brillan por su ausencia en cuanto a centrarse en los elementos que podrían descongestionar las tupidas vías respiratorias de la república. Nada pasa en vano. La desmemoria colectiva no es suficiente para incluir en la nada la cadena de hechos que vivimos y estamos viviendo. Vamos, por lo tanto, hacia las consecuencias. Cualquier estudioso de los procesos sociales que no estuviese imbuido por los hechos políticos contingentes y lograse mirar un poco más allá, tendría que concluir que la metástasis está cerca. Hay un ingrediente tranquilizante, una pastilla para los nervios llamada elecciones a cada rato, un aplacamiento del dolor de cabeza que siempre se produce ante el llamado a las urnas electorales, pero se olvida que el efecto de los químicos es limitado en el tiempo y que cuando pasa reaparecen los dolores de manera ilimitada. Se olvida, por ejemplo, que el “Caracazo” se produjo pocas semanas después de unas elecciones donde se había producido un cambio de poder tal como se producía en esa época y que el cuerpo social enfermo no concedió ningún tiempo al nuevo gobierno para enfrentar los males. Hemos estado viviendo durante una década una ruptura vertical entre partidarios y adversarios del gobierno. Esta ruptura bien podría ser sustituida por una horizontal, una que no distinguiría entre partidarios y adversarios, una que quedaría superada por un retorno a una identidad reconstruida sobre los intereses comunes. El elemento determinante bien puede localizarse en la ineptitud obvia de los dirigentes de ambos bandos. Escuchar a los dirigentes del partido oficialista, a los altos funcionarios del gobierno o a quienes ejercen como sus voceros extraoficiales en los medios de comunicación del Estado transformados en apéndices radioeléctricos de una secta, conlleva a concluir que los preside una ignorancia patética. No saben gobernar, no saben dirigir, dependen exclusivamente de la voz del caudillo que dicta dicterios (cacofonía intencional de mi parte), hasta llegar a una especie de ingenuidad patética resultante de

una incapacidad abisal. Al mismo tiempo se escucha a los dirigentes opositores (más grave aún, se les ve) en una absoluta incoherencia que no tiene nada que ver con unidad o no unidad, que tiene que ver con una mediocridad rampante, con una incultura profunda, con una separación radical del tiempo que vivimos, con una ausencia total de pensamiento, inmersos en una manera de actuar que no tiene parentesco ninguno con una idea ni con una visión de la nación que todavía conformamos. El país está en malas manos y el país se está dando cuenta. Y el país no va a distinguir entre quienes están con una fractura vertical que todos los estudios indican cansa ya hasta la obstinación. Ahora el conflicto conyugal se traslada a otro escenario, a la de un país conjugado abajo que mirará hacia arriba y dirá que el marido no le sirve y el marido se llama dirigentes, de todos los signos y colores. El reventón podrá transformarse en brote anárquico y ante este cuadro de república enferma donde no es posible tomar previsiones es bastante probable que ello sea lo que suceda. Si es así, entonces sí que viviremos una revolución.

9.-Falsificación
Hay que iniciar una operación de salvamento de los principios. Hay que rescatarlos de las fauces voraces que los han prostituido. Los principios correctos deben ser rápidamente reivindicados. Hay que organizar con toda rapidez la operación de salvamento antes que la nave se hunda y pretenda llevarse al fondo del océano los planteamientos correctos, de tanto haberlos degenerado, de tanto haberlos utilizado incorrectamente, de tanto haberlos extrapolado hacia la locura. Los básicos de la libertad y de la democracia, entendidos no como parabas hechos de granito, sino como un proceso permanente de vuelo hacia la justicia y la equidad. Hay que revalorizar los principios de una economía social inclusiva, con diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente. Hay que sacar a flote al Derecho, entendido como una construcción jurídica que procura una conformación social para la equidad. Hay que poner sobre el salvavidas la concepción de ciudadano que interviene y participa y recurre a toda forma de organización para hacer sentir su voz. Tenemos que utilizar agua y jabón para devolver su transparencia prístina a todo lo verdadero que ha sido enlodado con el menjurje de la equivocación, del pasticcio ideológico mal asimilado, de la arrogancia unipersonal elevada a calidad de dogma. Hay que salvar la idea del cooperativismo, principio y norma universal, ahora señalado como generador de empresas que tienen aspiraciones capitalistas de obtener ganancias y que, por ende, deben entrar en proceso regresivo. Hay que reivindicar al cooperativismo, como forma de asociación de ciudadanos en procura de objetivos comunes de producción y de consumo. Hay que advertirle rápidamente a aquellos a quienes han llamado demagógica y genéricamente “pueblo” que serán elevados a una mejor condición, a la de poder ciudadano que vigila, controla y castiga o premia las acciones de sus gobernantes. Hay que aclararles que podrán participar sin ponerse camisas de algún color determinado, hay que suministrarles la explicación razonada de que los demagogos que gritan “pueblo” no saben nada de la creación de una República de Ciudadanos, que ser ciudadanos implica un cúmulo de responsabilidades y decisiones compartidas. Es la hora de aclarar meridianamente que aquí no hay vuelta atrás, que aquí se construirá una televisión pública sobre las bases del respeto, del equilibrio y del sentido de Estado. Es menester llamar a la república a que infle los salvavidas para que algunas cosas que se han dicho bajo el manto de la arrogancia y del ataque contra la libertad vuelvan a ser colocadas en su justa dimensión. Hay que reformular la división político-

territorial sobre la base de una concepción sustentable de desarrollo. Hay que buscar papel lija para quitarle a los conceptos toda la herrumbre decimonónica. Hay que devolver el respeto a la majestad presidencial, cambiar los discursos por obra tangible. Hay que devolver a Bolívar a donde siempre estuvo, en el corazón de los venezolanos, quitándole la esquizofrenia y la utilización indebida. Hay que educar para la amplitud, para la comprensión de lo que fuimos, somos y seremos. Hay que llamar a todos los equipos de rescate. La limpieza general de mutilaciones, equívocos, extrapolaciones, minestrones ideológicos y corrupción de ideas apropiadas, deberá ser tarea de todos. Hay que aprestar los útiles de limpieza, devolver el brillo a las ideas, deslastrarlas de este óxido maligno que levanta estatuas de cien metros, que compra sistemas de misiles antiaéreos, que se lanza a adquirir la producción de coca, que sueña con aviones no tripulados. Galimatías como “la dictadura de la democracia verdadera” deben ser echadas al barril de los elementos tóxicos para ser sustituidas por pensamiento transparente conductor hacia una democracia de ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos. De allí la confusión, de allí el desasosiego, de toda esta amalgama de delirios oficiales y de opositores disfrazados, de allí sólo puede brotar la desesperanza. Este país parece un burdel; haría falta un Toulouse-Lautrec para que pinte los rostros pintarrajeados, para que refleje la decadencia, para que deje testimonio de esta hora menguada. Hay que comprar toneles de cloro, coletos, esponjas de metal y espátulas, para desinfectar, para raspar, para desintoxicar el piso de esta república. O se produce una reacción colectiva frente a los desatinos y frente a las impudicias o nos iremos consumiendo bajo un alzheimer colectivo. Hay que iniciar una operación de salvamento, urgente, acelerada, de emergencia, antes que esta mezcla fatídica de locura y bolsería nos convierta en óxido insalvable en las profundidades de la corrosión y de lo inaccesible.

10.-Moral
La verdadera revolución es la voz moral. El populismo es una asunción de un modo radical para lograr la homogeneidad sobre lo imaginario. La posibilidad de un gobierno omnisciente no cabe en el siglo XXI. Muchos políticos creen que entienden a la gente cuando ofrecen soluciones concretas a los problemas concretos. El verdadero político es el que hace el mundo inteligible para el pueblo, esto es, el que le suministra las herramientas para actuar con eficacia sobre lo ya entendido. El populismo debe ser combatido con la siembra de la comprensión llevada al grado de un estado de alerta. La legitimidad electoral y la legitimidad social pueden contrastarse o encontrarse. La manera de encontrar la segunda excede al simple hecho de buscar el voto en una campaña electoral plena de promesas, generalmente demagógicas. Buscando la segunda suele encontrarse la primera. El planteamiento inteligible que produce efectos previos mejora notablemente la capacidad de escogencia. La masificada propaganda en nada podría modificar una asunción previa ganada en una democracia de cercanía generada por los líderes verdaderos que en ese proceso electoral buscan la voluntad mayoritaria del pueblo. No se puede combatir demagogia con demagogia. El proceso de crear lucidez y pertenencia es ajeno a las palabras altisonantes y mentirosas. El proceso de repetición demagógica por parte de dos o más adversarios en una contienda por el voto conduce a soliviantar un individualismo feroz que se traduce en apostar a la mayor oferta engañosa. El vencedor, naturalmente, será el que ejerce el poder.

Uno de los dramas de nuestro continente es el abandono de la seriedad pedagógica, de la proximidad a los ciudadanos quienes son, en primer lugar seres pensantes, para ser, en segundo plano, sólo en segundo plano, electores. Si seguimos con esta plaga de activistas de la política, mentirosos y demagogos, se mantendrá el punto en que la gente prefiere a quien menor desconfianza le produce, pues ninguno le produce confianza. Así la legitimidad del poder y la legitimidad del ejercicio democrático estarán afincadas sobre un barro extremadamente frágil y, lo más grave, la democracia se derrumbará por efecto directo de todos, de los que ejercen el poder y de quienes pretenden sustituirlo. Terminará así la era de las elecciones y de la libertad, terminará así la democracia, matada en una acción conjunta por quienes no entendieron la necesidad de hacerle comprender el mundo al pueblo, de hacérselo inteligible, de hacerlo producir una acción consecuencial de posesión de los instrumentos para cambiar el entorno, de los cuales el principal es la conciencia.

CROCIVERBA Addio a Luciano
“Ópera” es una palabra italiana que significa obra. Ya llamaban así los italianos a las que se presentaban en el siglo XV. La historia es larga, con momentos puntuales, como el que marcó Monteverdi en el siglo XVII, no sé si en su Cremona natal. Rossini, Bellini, Donizetti, Puccini, Verdi, nombres que hacen de esta “Ópera” algo italiano, sin desconocer, claro está, la irrupción de Haydn y Mozart y lo que podríamos llamar el wagnerismo, sin olvidar que fue Francia el segundo país en popularizar el género. El único lugar de Europa donde he escuchado Ópera ha sido en Italia, no he tenido la suerte de ir a otros lugares con ese propósito. Recuerdos fabulosos y otros tristes. Una Ópera en verano en las Termas de Caracalla en el corazón de Roma; un Donizetti en ese templo que es el Teatro San Carlos de Nápoles, un Verdi perdido en el Teatro de la Ópera de Roma por el simple detalle de no conseguir donde estacionar el auto; una “Aída” con mi hijo mayor para entonces de siete años por lo que todos me condenaron pues opinaban que se quedaría dormido cuando el resultado fue un niño con los ojos abiertos al máximo y expectante durante todo el bel canto; un retardo de avión que impidió un acceso a La Scala de Milano, un inolvidable concierto de Carrera en la Festa dell´Unitá del Partido Comunista. Admiración por los tres grandes tenores que tuvieron el tupé de llevar la Ópera a las grandes masas, en una operación condenada por los puristas quienes pensaban que sacarla de los grandes escenarios era una especie de sacrilegio y alabada por quienes pensaron que ponerla al alcance de todos era una maravilla. Creo haber visto en televisión casi todos los conciertos que dieron. Plácido Domingo y Carrera eran muy diferentes. Carrera parecía que no llegaba, pero lo hacía. Aún así, me permitía hablar de Pavarotti simplemente como Luciano. Durante un tiempo me lo tomé tan en serio que Luciano era parte de la cotidianeidad. Insistía en que quería oírlo en La Scala cantando “Otelo”, hasta que un pacienzudo amigo explicó a este ignorante que eso era imposible, que Pavarotti no estaba hecho para ese papel, que me conformara con ver esa terrible Ópera de celos y venganzas con Plácido Domingo y, servicial y con buenos deseos, se puso a buscar fechas y escenarios. Es curioso que siendo yo el único larense absolutamente “sordo” –como nos llaman allí a quienes no sabemos distinguir una nota de otra- siempre me haya sentido a gusto en la Ópera. Jamás debe admitirse –y todavía me irrita cuando lo oigo- que la Ópera es una pieza de museo. Cómo puede serlo una pieza musical que revive conforme al director, que toma nuevos ímpetus con la escenografía, que vuelve a nacer por la voz de un tenor, de un barítono, de una mezzosoprano. Si bien soy absolutamente “sordo” si oigo un aria cantada por María Callas sé de quien se trata; su voz era única, inconfundible. Al igual que la del gran Luciano. Como tuve la suerte de vivir en Nápoles –y de hacerme fanático de las canciones napolitanas- cuando Luciano las cantaba me parecía que estaba rugiendo el Vesubio. Jamás escuché una versión de O Sole Mio como la de Pavarotti. En la época de Caruso también habían tres gran tenores, pero en mi desmemoria no puedo recordar los nombres de los otros dos. A pesar de la escasa técnica de sonido de la época de Caruso

uno puede admirarlo, inclusive en algunas filmaciones. Era simplemente un monstruo. Era histriónico, porque un cantante de Ópera es también un actor. Pavarotti lo era menos. Las comparaciones van a venir, siempre odiosas, y comenzarán los críticos a preguntarse sobre la grandeza de tantos y tantos espectaculares tenores. Creo que es tan inútil como comparar los grandes de la literatura en procura de estatura y trascendencia. Al que escuchamos, al que vimos, al que vivimos, fue a este grande hombre llamado Luciano Pavarotti, uno que marcó el tiempo de la indispensable música, uno que estuvo en la Catedral de Modena, de frac y de pañuelo en la mano, esperando el momento de ser enterrado para encontrar la inmortalidad. Uno que recordaremos mientras vivamos, hasta un necio escritor de esta provincia llamada Venezuela, uno empeñado en imposibles como el de despertar de una conciencia nacional guiada por una inteligencia rediviva, uno que no distingue una nota musical de otra, uno que sólo puede escuchar a los grandes maestros imaginando una pareja que danza para sustituir visualmente su absoluta incultura en la música. Aún así –con un libreto en la mano, ya que aunque hayamos visto una Ópera varias veces nunca nos recordamos la trama- hemos seguido, simplemente moviendo los labios, la maravillosa voz de Andrea Bocelli para cantarle Panis Angelicus a unos de los escasos hombres que logró emocionarnos en estos tiempos oscuros.

El generalísimo Miranda en el extremo de una barra
En estos días cargo a Denzil Romero en el recuerdo. Debe ser por alguna frase del generalísimo Miranda o tal vez por La carujada, en cualquier caso por el afecto. Ahora recuerdo a Denzil sentado en el extremo de una barra. Apenas me vio me hizo señas imperativas de sentarme a su lado, abrió una carpeta, sacó un montón de papeles y me leyó la introducción a su texto Tonatio Castilán o un tal dios sol, una de las cosas más bellas que he oído, y después leído, en mi vida. ¿Será que otra vez me leyó la entrada a Códice del Nuevo Mundo? He leído completo a Denzil, pero también a Miranda. Cada letra que el generalísimo escribió ha pasado por mis ojos y lo cargo en la mente a propósito de la presente situación venezolana. A mi me parece que esta divagación mental en que ando me está conduciendo al Dr. José María Vargas. Uno anda recordando a la cantidad de hombres ilustres que hemos tenido ante la abundancia de Carujos que dominan la presente escena. Ahora caigo, el cumpleaños de Denzil es el 24 de julio. Los amores de Denzil con Miranda se explican, aquel hombre lo era desde la esfera de la universalidad y llegaba a un erotismo que era la fuente primigenia de la escritura de Romero, como bien queda constancia en los abordajes a Catalina y a Manuelita Sáenz. Con Denzil no recuerdo haber hablado nunca de política, a no ser una grata conversación en Mérida sobre una supuesta tendencia fascista de Giuseppe Ungaretti sobre la cual el amigo me interrogaba, a lo que contesté que era el único poeta que recordaba había tenido un programa de televisión al retorno de la democracia en la Europa posfascista, un programa que los italianos mayores recuerdan y que vi después en videos ante mi interés en el asunto. Aquella voz ronca que salía de un rostro duro envuelto en una melena blanca constituía un espectáculo inolvidable. El gran poeta hablaba a su pueblo desde la poesía, la suya y la ajena, se comprometía con la palabra, como debe hacer un hombre cuyo oficio es el lenguaje. Melena blanca la de Ungaretti quien suministró a la Italia destruida la base de recomponerse sobre la voz de un poeta, voz que reunía a todo un país en torno al televisor. Melena blanca la de Denzil, quien no tuvo pelos en la lengua para decir la suya sobre la historia y sus personajes, recreando y creando desde la imaginación que es la única realidad posible. Melena blanca la de Miranda, moviéndose en la cultura y en los libros, entre las mujeres que enseñan mucho, haciendo suyas las revoluciones de su tiempo e imprimiéndoles su vasta cultura. Cuán lejos estamos de la Venezuela posible. Uno recuerda a Unamuno, “este es el templo del saber y yo su supremo sacerdote”, uno de los desafíos más grandes que la inteligencia ha lanzado sobre la brutalidad de las armas. Roberto Alifano, secretario de Borges y aún director de la revista “Proa”, fundada por el gran ciego que de ciego no tenía nada, me regaló en su última visita a Caracas un CD con la voz del magnífico rector de Salamanca. Se lo di a mi hijo mayor para que lo escuche hasta el cansancio. Este país requiere el lanzamiento de un desafío. Ese desafío debe ser profundamente inteligente y administrado con la fuerza de un estratega. Con el poeta y embajador Martiniano Bracho Sierra fuimos en Buenos Aires a hablar con el general retirado que era la autoridad máxima de la Antártida. De tanto hablar el general cedió y nos dijo que tenía un galpón vacío y que podíamos poner allí la base “Simón Bolívar” para establecer un centro venezolano de investigaciones. La tentadora oferta fue transmitida al titular del MRE para entonces, quien seguramente pensó que se trataba de algo

descabellado y eliminó la posibilidad de un plumazo. Allí, en el hielo, hay docenas de científicos investigando y estudiando, muchos de los cuales son tropicales. El desprecio por lo nuevo, por la propuesta nueva, por el mensaje innovador ha sido ta norma. El desoír la voz del ensayista o del intelectual es la norma. Castro Leyva murió en pésima hora, cuando comenzaba a alzarse como la conciencia intelectual. Hemos escuchado de nuevo su discurso televisado y creemos que uno que debe ser retransmitido es el de Arturo Uslar Pietri cuando se retiró del Senado. Allí está el listado de males y las consecuencias de las enfermedades. El viejo “Pizarrón” de Uslar languideció en su permanente reclamo, en su alerta sobre la riqueza petrolera, en su mensaje de entrar en una democracia moderna y eficiente. El país requiere el abandono de la inopia, un mensaje fuerte que destranque los engranajes de una sociedad que languidece. De uno que deje de lado la repetición inconsciente de los cobros políticos, para entrar a descubrir el abanico de posibilidades. El país requiere salir de la politiquería banal, de lo menudo, de las idioteces, para trazar una estrategia que salte sobre las circunstancias adversas y se empine en un propósito. Denzil deberá excusarme que lo haya mezclado con esta reflexión sobre este país inerme y con la frase de Miranda, que bien traducida al presente deberá decir “pendejadas, pendejadas, pendejadas, este país no es más que pendejadas”. En mi descargo digo que no tengo la culpa, la tiene el propio Denzil quien se ha aparecido en mi memoria apuntándome con su dedo mocho y blandiendo su melena blanca para ordenarme, “siéntate ahí y escribe, comienza con mi nombre”.

Con Scorza
Manuel Scorza estaba delante de mí, sentado en primera fila, con sus ojos fijos y una sonrisa burlona. Leía yo la ponencia del Ministro de Estado para la Cultura de Venezuela en el Primer Congreso de Escritores de Lengua Española en Las Palmas de Gran Canarias. El ministro tenía compromisos en Madrid y me dejó a mí, su segundo de abordo, la tarea. Todos nos decían, con cierto dejo de burla, y creo que de envidia, “vinieron con Ministro de Cultura”. América del Sur estaba plagada de dictaduras militares y para los colegas vernos con un alto funcionario resultaba incomprensible. La situación motivó que tomara la palabra en la plenaria del día siguiente y pronunciara un discurso sobre los intelectuales en la democracia. Un fuerte aplauso fue la respuesta a mis palabras –las de un escritor de un país que estaba albergando a miles de refugiados que huían de las dictaduras militares, ente los cuales muchos escritores- lo que indicaba que habían entendido, pero, sin embargo, lo que no olvido era la atención y seriedad con que Bryce Echenique seguía mi intervención desde su puesto de directivo del evento. En aquel año de 1981 y en aquella ocasión –la única en que compartí con Scorza- los venezolanos estábamos ebrios de democracia. Habíamos derrocado a nuestra última dictadura en 1958, teníamos a un presidente (Luis Herrera Campins) que situaba a la cultura entre sus prioridades y que se hacía acompañar a casi todos los actos oficiales por Fernando Paz Castillo, seguramente el poeta vivo más representativo en aquel entonces, como muestra de su respeto por los creadores literarios. Hablábamos de ello ya más reposados en las vecindades de la piscina, hasta que Severo Sarduy decidió desnudarse y darse un chapuzón. Como en toda reunión de escritores que se merezcan tal nombre bebíamos unos tragos después de la plenaria y hablábamos a voluntad. La “operación salvamento” de Severo tomó unos minutos, para dejar paso al miedo a los aviones, a la expulsión de México, a la vida en París, a los procesos de Redobles por Rancas. Yo era un joven que aún no había desarrollado su obra literaria. La estrella venezolana era Adriano González León, que con su País portátil –recién muerto, Adriano quiero decir, no mi país que cada vez se hace más portátil- se anotaba como el gran representante venezolano en el boom. Manuel habló de su aversión por los movimientos guerrilleros, considerándolos inútiles, de la mentalidad campesina poco proclive a dar apoyo a esos intentos, de su posición de izquierda, de sus vinculaciones de amistad en París con los movimientos trotskistas lo que le llevó a ser padrino de la boda del “Che” Guevara, por la esposa del flamante revolucionario se entiende. Se quejó de la foto de aquella unión, donde él aparecía claro, y del daño que, en su opinión, le había hecho. Su vinculación al mundo campesino e indígena es obvia. Basta leer sus libros, pero de allí a ese calificativo de indigenista que algunos críticos le han endilgado hay un abismo. Scorza es Perú, en el sentido de que no puede abandonar (¿por qué habría de hacerlo?) los mitos ancestrales para incubarlos con la historia reciente. El joven lector de español en la escuela Normal Superior de Saint-Cloud, el que había huido de la dictadura de Odría, llevaba en sí toda la herencia con la que un peruano brillante podría cargar. Veamos El Jinete Insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La Tumba del Relámpago y no encontraremos a otra cosa que al poeta que siempre fue. Toda literatura es poesía, habría que recordar para entender a este Scorza que parte de la realidad social para internarse en la creación poética. Basta buscar las vinculaciones

entre el poemario El vals de los reptiles y la novela Redoble por Rancas. En Garabombo, el invisible va a la parodia neopicarezca. Con La danza inmóvil se produce la ruptura. Allí están las contradicciones del escritor de izquierda ante una que parece hundirse en la repetición de los errores y de las estrategias fracasadas y que busca nuevos caminos. Surge el recuerdo de París (fundamental en muchos aspectos en su obra) y el enfrentamiento del escritor consigo mismo y con su trabajo. En el pequeño hotel La Coupole trato de imaginarlo a medida que las horas avanzan. Ya no hay extrañeza por un escritor latinoamericano que anda con su Ministro de Cultura. Mientras miro su rostro cordial y duro, trato de imaginarlo allí, debatiéndose con sus fantasmas, Sus ojos se han hecho transparentes, ya no hay reservas, trato de penetrar en su intimidad, en sus antojos. No sé si bebe licor o agua, pero allí está. Es La danza inmóvil y no Redoble por Rancas lo que tengo en la mente. Es la inmersión en el posmodernismo como nueva respuesta lo que me atrae, la lectura de los pensadores franceses, la transformación de aquel hombre hacia nuevas vías sin dejar de ser lo que genéricamente se ha denominado en nuestro continente un escritor de izquierda. Quiero la reflexión existencial de un escritor enfrentado a lo que ha sido, a lo que ha escrito. Nos altera el comentario de alguien que llega en el sentido de que Severo quiere volver a la mesa y tratan de mantenerlo en su habitación. Termina la noche. Está una joven colombiana demasiado bella, que se roba la atención. Es un nuevo día en Las Palmas de Gran Canaria y hay que almorzar a la orilla del mar con un grupo donde debe estar la chica colombiana que estudia en Madrid. No sé nada de Scorza. Pasa Galeano que saluda displicente. Mi amigo el historiador venezolano Vinicio Romero Martínez (también recién fallecido, parece que estamos en la edad de la muerte) provoca a la muchacha que se declara virgen. A voz de cuello grito que …su nombre… es virgen. Nadie se da por enterado. O hay demasiados escritores a la orilla del mar o demasiados turistas o los canarios están conscientes de que hay un congreso de escritores y que puede esperarse cualquier cosa. Tengo en el pensamiento a Scorza. Bajo el sopor del vino y del mediodía, pero ahora al poeta. Las imprecaciones, el primer poemario publicado en México refleja los dolores del exilio: Los trenes me llevaban, entraban a las tumbas, cruzaban los infiernos, mas mi corazón salía de los hornos tiritando. El vals de los reptiles lo terminó en la habitación del pequeño hotel parisino, en lo que podríamos llamar su segundo exilio: Brisas eran mis cabellos, tifones mis cejas. Miro a la chica colombiana y recuerdo de Los adioses: Yo veía las cosas más sencillas volverse misteriosas cuando Ella las tocaba. Las estrellas de la noche ¿quién sino Ella las sembraba?

Nació el 9 de setiembre de 1928. Ahora que me piden este texto para conmemorar el 80 aniversario de su nacimiento saco cuentas y compruebo que cuando lo encontré tenía 53 años. Y digo con Desengaños del mago: Yo vivía en una torre que custodiaban tardes de susurrantes collares. Yo acechaba a las caravanas que, al caer los crepúsculos, entraban en los patios polvorientas de azul. Yo jamás dormí. Y pienso que jamás durmió Quizás debería parafrasearlo y titular esta breve nota sin pretensiones Requiem por un gentilhombre. Pero no, prefiero protestar por las comparaciones que se hacen cuando un hombre o una mujer escriben novela y poesía y comienzan a preguntarse en que género era mejor. Prefiero decir que sólo una vez –y por breves días- estuve con él. Prefiero decir que no puedo asegurar que Manuel Scorza fue mi amigo, creo que no, creo que simplemente fue un encuentro afortunado de los que se suceden en un congreso de escritores. De lo que sí estoy seguro es que cuando me llegó la noticia del accidente del avión de Avianca aquel fatídico 28 de noviembre de 1983 sentí un profundo dolor, la pérdida de alguien muy cercano a mi afecto. Pensé que lo había perdido apenas dos años después de conocerlo. A él, al escritor que se la pasaba viajando y que tenía pánico por los aviones. Digo lo que pensé: estos benditos escritores peruanos saben de que se van a morir y cuando, y me repetí mirando una placa que me regaló la comunidad peruana de mi ciudad natal de Barquisimeto por una intervención en un aniversario de Vallejo: Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París —y no me corro— tal vez un jueves, como es hoy, de otoño. Y me digo que en realidad fueron dos veces con Scorza: cuando nació para mí el hombre (al escritor y al poeta ya los cargaba) y cuando el hombre se cayó del cielo (el poeta y el escritor siguen allí).

Breve noticia sobre Eugenio Montale
Eugenio Montale nació en Génova el 12 de octubre de 1896. El padre era un rico comerciante. Un pésimo estado de salud le hace interrumpir los estudios a corta edad y sólo la ayuda de su hermana Mariana, una especie de “ángel guardián” que lo acompañará parte de su vida, lo logra reinsertar en la vida normal. Eugenio quiere ser cantante lírico y así, paralelamente a sus estudios normales, recibe clases de canto. Esta afición a la música la encontraremos como una no despreciable influencia en sus primeros poemas. Prácticamente solo aprende inglés, español y francés. Es un lector empedernido, devora a Rousseau, Constant, Baudelaire, Mallarmé, Valéry, Cervantes, Manzoni y filósofos como Croce y Bergson. Llega a su primer libro, Ossi di seppia, de mano de la lectura de sus contemporáneos de la década precedente, Pascoli, Gozzano, Saba, Palazzeschi, Marinetti, Ungaretti, Campana. Aparece, pues, el primer libro de quien será llamado por Pietro Pancrazi (“Scrittori d’oggi”. Laterza, 1946) “un poeta físico y metafísico”. Un ensayo publicado por el mismo Montale en estos años nos da la clave. Dice que el estilo, el famoso estilo total creado por los poetas de la ilustre última triada (se refiere a los tres más populares del momento) está enfermo de furores jacobinos, de superhombrismo, mesianismo y otras enfermedades. En tiempos que parecen contraseñados por la inmediata utilización de la cultura, de la polémica y de la diatriba, Montale piensa que el estilo no puede venir de otra parte sino de los buenos hábitos. Veinte años después, hablando del primer libro, agregará que su propósito era que su palabra fuese más adherente que la de los otros poetas. Pero, ¿más adherente a qué? Montale confiesa que le parecía vivir dentro de una campana de vidrio, aunque, al mismo tiempo, se sentía vecino a cualquier cosa de esencial; un velo sutil era todo lo que le separaba de ello. La expresión absoluta buscada sería, entonces, la ruptura de ese velo, una explosión que pusiera fin al engaño del mundo como representación. Aún así, veía este objetivo como inalcanzable, al tiempo que sentía esta voluntad de adhesión como musical y no pragmática. En suma, Montale lo que quería era tomar por el cuello la elocuencia de la vieja lengua áulica, tal vez con el riesgo de una contraelocuencia. No hay duda que lo mejor de Ossi di seppia está en la sequedad lapidaria de algunas sentencias y en una subjetividad que rompe todo esquema realista. Con Le occasioni desarrollará una sugestión cósmica, una objetivación profunda mediante la aproximación a un tiempo histórico amenazante y, claro está, una búsqueda desesperada de la salvación. La figura emblemática, aquel “tú”, más los animales que aparecen en abundancia, serán capaces de salvarlo. Finisterre es publicado en Suiza, no podía serlo en Italia dada la antipatía de Montale por el fascismo. Este folleto se convertirá después en la primera parte de La bufera e altro. La tensión poética adquiere aquí niveles altísimos. La desesperación de la guerra se combate en nombre de la criatura amada que lo salva. De la oscuridad emergen figuras que vuelan teniendo como fondo el conflicto. Montale recoge sus ensayos publicados por años en “Il Corriere della Sera” en dos libros, Farfalla di Dinard y Auto da fe. Allí podemos encontrar sus escritos políticos, su tormentosa relación con el fascismo, con la literatura, su inmensa soledad y una muy interesante reflexión sobre la cultura en la sociedad tecnológica: sobretodo, se nos presenta a plenitud el escritor en absoluta armonía con su propio tiempo y con el mundo en general, el Montale que no

entiende la oferta de crédito de la mayor parte de sus compatriotas al régimen y, en fin, que hace de esta “desarmonía” una propia condición existencial. Los numerosos viajes los recoge en Fuori di casa. Ya en la fama el Presidente Saragat lo designa Senador Vitalicio, lo que pone freno a sus permanentes angustias económicas, le permite dedicarse más a la poesía y reducir sus colaboraciones periodísticas. En 1963 muere Mosca, su inseparable compañera. Cinco meses después Montale escribe el poema Xenia, después convertido en una serie en memoria de la mujer muerta. Los primeros 14 son recogidos en un libro, otros 14 vendrán después bajo el título Altri Xenia, poemas todos que van a parar a Satura, un Montale nuevo y diverso, como coincide toda la crítica. Textos cortos en un diálogo de ultratumba, corrosivos, donde pulveriza los objetos simbólicos tan apreciados en sus libros anteriores. Diario del ‘71 e del ‘72, que bien puede definirse como la última estación montaliana, es un hurgar en un universo en continua modificación. En 1975 le otorgan el premio Nobel. Salen de las prensas Quaderno di traduzioni y en revistas algunos poemas inéditos. Montale contó en vida, y no se diga desde el momento de su desaparición física, con un gran éxito en el exterior. Sus poemas han sido traducidos al francés, alemán, español, sueco, griego, inglés, rumano, húngaro, serbocroata, turco y otros. La crítica se ha ocupado, igualmente, de su obra en manera abundante. Entre los italianos cabe mencionar a Sergio Antonielli, Giorgio Barberi, Piero Bigongiani, Roberto Canturi, Carlos Bo, Arnaldo Bocelli, Pietro Bonfiglioli, Umberto Carpi, Gianfranco Contini, Giuseppe De Robertis, Giansiro Ferrata, Marco Furti, Claudio Marabini, Mario Forti, Pier Paolo Pasolini, Edoardo Sanguineti, Elio Vittorini y Giacomo Zazzarella, entre muchos otros. Fuera de su patria merece ser destacado el crítico hindú R.S. Ahluwalia. Montale tradujo a Steimbeck, Cervantes, Melville, Dorothy Parker, Fitzgerald, O’Neill, Hawthorne, Shakespeare, Pound, Nicolás Guillén, Eliot y otros. Al entrar al análisis de sus libros es imprescindible referirse al discurso que pronunció con motivo de la entrega del premio Nobel. Allí resalta la vinculación de la poesía con la música y al sonido como la verdadera materia de la poesía. La poesía se hace lentamente visual, explica, porque pinta imágenes, pero aún así sigue siendo musical, reune dos artes en una sola. Reflexiona sobre la tecnología y revela la existencia de dos poesías, una de consumo inmediato que se muere apenas se expresa y otra que tranquila dormirá sus años para despertar un día, si es que tiene la fuerza para hacerlo. El arte es siempre para todos y para ninguno. La poesía sobrevivirá - afirma - al mundo tecnológico. En Ossi di seppia vemos como una árida desolación camina los poemas y la naturaleza toma colores encendidos y encantados. Una cansada sensualidad se internaliza en el ánimo. El poema se torna escabroso, triste, produciendo la sensación de que el poeta ha demolido la materia. Hay una profunda reflexión que se mueve como una ola que se empina en las palabras escabrosas y se distiende después en una pincelada. La bufera e altro nos ofrece un mundo instantáneo de esperanza, una ambigüedad que algunos críticos han llamado “realismo existencial”. En un mundo sin futuro, los hombres no son más autónomos que las sombras; los muertos, depositarios del pasado, representan la plenitud de la vida. Satura está caracterizado por un cambio de trasfondo y objetos, por lo tanto de lenguaje. Hay un cambio en relación con las cosas vivientes, seres humanos y animales (no olvidemos la pasión del poeta por estos últimos). Se trata casi de un “diario poético”, aunque la expresión sea polémica. No olvidemos que en Satura están incluidos los poemas de Xenia, dedicados a la esposa muerta y escritos entre 1964 y 1967.

Un cambio se veía claro, surgía una tendencia a “narrar”, tal vez a la manera de Farfalla di Dinard. La crítica italiana, no obstante, ha preferido siempre hablar de “diario” para referirse a estos textos montalianos. El propio poeta hizo notar que entre los tres primeros libros y éste habían pasado algunos años dedicados al periodismo. Montale aseguró, al momento de la aparición del libro, que esta poesía tendía a la prosa al mismo tiempo que la rechazaba. Xenia está escrito en un permanente “tú”, en un “yo” hacia un “tú”, perdidos ambos en el vacío universal. Satura tiene una estructura musical; los motivos entran en diversas claves, se desarrollan y se abrazan. Por momentos, es cierto, aflora el periodista, pero uno que participa también de la música. Los antiguos temas asoman la cara en algún recoveco del poema. En este libro hay menos uniformidad temática, o como lo dijo el propio Montale, “una dimensión musical diversa”. En Diario del 71 y del 72 Montale da la impresión inicial de desorganización, de un simple ordenamiento cronológico, pero poco a poco se descubre que la organización subyace a la manera montaliana. Estos poemas están plagados de expresiones de la conversación común. Está aquí el lenguaje contemporáneo, anónimo, presente con todas sus banalidades familiares pero también con floraciones cultas. Muchas veces el lenguaje de Montale es un metalenguaje, un discurso sobre la lengua. En Quaderno di quattro anni la aproximación a la prosa es más fuerte, tampoco la poesía de Montale había alcanzado antes tal grado de libertad frente a los juegos fónicos o a las exquisiteces estilísticas. Alfredo Guilcani (En “Autunno del Novecento”, Feltrinelli, 1984) encuentra un “violento elogio de la locura y un cortejar a la crueldad”. Cree, al mismo tiempo, que hay en este libro extrañas vibraciones que apuntan a lo oscuro. Si Ossi di seppia es un viaje a través de los modelos más válidos de la tradición poética italiana (Carducci, Pascoli, D’Annunzio), Le occasioni es el perfeccionamiento de los instrumentos técnicos; La bufera e altro marca la irrupción violenta de la realidad histórica; ese mal de vivir que la crítica ha señalado en Montale desde sus primeros poemas, toma cuerpo en la historia, realizándose. Los últimos libros, como hemos dicho, se caracterizan por la tendencia al “diario”. En “I limoni” se canta a los limones por contraste con los poetas que sólo hablan de plantas de nombres raros; un evidente rechazo a la poesía académica, pero el poema sigue cargado de matafísica. En un elemento común se deposita una gran ansia de descubrir una respuesta al deseo de vivir. La tendencia a la narración está ya en el primer poema del primer libro. Al mismo tiempo que manifiesta rechazo, Montale recupera elementos estilísticos de la tradición; ese “escúchame” conque se abre, dirigido a un mudo interlocutor, será recurrente en toda su poesía. Del mismo Ossi di seppia vale destacar “Non chiederci la parola”, una auténtica definición existencial de toda una generación, como lo observa Marchese. En la negatividad, “hoy sólo podemos decirte/aquello que no somos/aquello que no queremos”, se resume la tesis montaliana de que no se pueden dar más mensajes, fórmulas, seguridad o certezas, sino sílabas que expresan una convicción, la de la caída de toda posibilidad de consuelo. El mensaje está en versos que declaran la imposibilidad de mensaje. Ossi di seppia es el principio ético de toda una generación, el refutar todo optimismo consolatorio, el revelar la conciencia del “mal de vivir” que en muchos se traducirá en un antifascismo militante. Algunos poemas de Le occasioni muestran nuevas sobreimpresiones en la memoria; el poeta se pregunta si en realidad los sucesos fueron como los relata y se declara imposibilitado de recuperar el pasado. Letra a letra, poema a poema, se constata la erosión del tiempo sobre los sentimientos y sobre la memoria. No hay manera efectiva de defender los recuerdos, una especie de neblina oculta los rostros y los hechos del pasado. En “Dora Markus” se funden en un retrato de mujer todas las tendencias montalianas, el silencio, la indiferencia, la inquietud. En la segunda parte del poema hay

una referencia histórica: la vecindad de las tinieblas sobre Europa. Dora es, prácticamente, inevitabilidad e impotencia, “.pero es tarde, siempre más tarde”. En los poemas de La bufera e altro hay una evidente referencia histórico-política, pero vinculada a la trágica condición existencial del hombre y el mal histórico es presentado como una epifanía. Los poemas son casi un balance de la conducta del poeta, una verificación de los principios que lo han guiado, ahora dirigiéndose a una mujer a la que ratifica el sentido desencantado del vivir. En Satura reflexiona sobre el sentido de la historia y sobre el lenguaje. Está allí “Xenia”, poemas discursivos y coloquiales que “leen” la realidad y nos dejan un sabor de sabiduría. El último Montale es reflexivo, el poeta que pide a los amigos hacer una gran hoguera con todos sus libros, el que pide olvido proclamando que la tranquilidad de los poetas sólo es perturbada por el recuerdo. Para finalizar es necesario hacer referencia al Montale prosista. Dos libros famosos, Farfalla di Dinard (artículos en Il Corriere della Sera) y Corriere d’informazione. En ambos libros hay numerosos elementos autobiográficos donde se puede seguir a Montale desde la infancia, sus estudios de canto y su fructífera y dramática pasantía por Florencia. El poeta no es muy dado a las confidencias, pero, aún así, podemos ver en la tela de la nostalgia algunos duros juicios sobre los pueblos de la infancia y la adolescencia, las mujeres aparecen agresivas y soportadas con estoicismo, casi como si la idealización en la poesía fuese un contrapeso al fastidio por la feminidad terrenal. El poeta hace auténticos estudios de la tipología humana, camina el sendero del hedonismo y hasta nos muestra sus aficiones gastronómicas. Cesare Segre ha hecho un estudio comparativo entre la poesía y la prosa, remarcando cada lugar y cada motivación. Otro texto destacable es Fuori di casa, un libro de viajes lleno de juicios literarios y artísticos. También hay que mencionar Auto da fe, Nel nostro tempo, Sulla poesia y su intercambio de cartas con Italo Svevo y Salvatore Quasimodo. Finalmente, Diario postumo, los textos entregados amorosamente en sobres cerrados a la poeta Annalisa Cima y editados en su totalidad en 1996.

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