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Julio Terrazas Sandoval, C.SS.R.

Cardenal. Valle Grande, Santa Cruz, Bolivia. Arzobispo de Santa Cruz. Presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana. Presidente del Departamento de Justicia y Solidaridad en el CELAM.

Con las debidas licencias eclesiásticas.

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Julio Terrazas Sandoval, C.SS.R.

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Diseño de carátula:

Luisa Fernanda Vélez

Diagramación:

Doris Andrade B.

Impresión:

Impreso en Colombia - Printed in Colombia

Presentación

El Cardenal Julio Terrazas, Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia, reflexionó para nosotros sobre el hermoso tema de Aparecida:

Los Obispos discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote, y nos presenta la figura del Obispo en

cada una de las Iglesias particulares: es clara su vocación y su misión, porque él es el santificador,

el maestro de la fe y el pastor.

Nos recuerda que Aparecida pide también a los obispos que experimenten ellos primero el

encuentro personal con Jesús, principio de todo discipulado.

El Papa ya dijo su palabra clarividente en la Pas- tores Gregis, pero Aparecida nos pide ahora a los obispos darle un nuevo impulso a la Evangeliza- ción, con actitudes pastorales nuevas y con una clara y definida conversión pastoral.

Papel fundamental van a desempeñar, en efecto,

en la Misión Continental los obispos, ya sea

como miembros de las Conferencias Episcopa-

les, ya sea como pastores de su respectiva Iglesia

particular.

+ Víctor Sánchez Espinosa

Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México Secretario General del CELAM

Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

introducción

N o es fácil hablar del acontecimiento Apa- recida. Se ha escrito mucho al respecto

y se ha hablado a veces demasiado. De una

cosa estoy totalmente convencido y creo que es obligatorio resaltarlo entre las mil y una

experiencias vividas durante la Conferencia de los Obispos en esos días de gracia, y es el ambiente de colegialidad y fraternidad episcopal, ambiente de búsqueda y oración,

de transparencia y apertura a Dios.

Diría que este espíritu ha sido como el “pre- texto” que ha marcado la toma de conciencia de la situación que vive el continente y la Igle- sia con sus luces y sombras, con las búsque- das y esperanzas de nuestro pueblo, amasa- das con frecuencia por la pobreza y el dolor,

para llegar al “contexto” de una Iglesia que se quiere reafirmar con el sello de su identidad como Iglesia abierta al mundo y a la escucha de la Palabra para ser discípula y misionera.

Durante esos días la presencia y la palabra

del Santo Padre el Papa Benedicto XVI en

su discurso inaugural nos animaron a abrir “nuevos caminos y proyectos pastorales creativos” sobre todo a ser forjadores de “estructuras justas” promoviendo “la cultura de la vida”, de “la justicia y la verdad”.

En Aparecida reconocimos el embate de los

grandes problemas que sufre hoy el conti- nente: la globalización, el neo liberalismo, la influencia de las nuevas tecnologías, la des- igualdad socioeconómica, el debilitamiento de la fe y la incoherencia cristiana en la vida, el paso de muchos católicos a otras confe- siones o sectas religiosas, junto a la pérdida de sentido de pertenencia a la Iglesia, el indiferentismo religioso, o la disminución

de vocaciones y los numerosos abandonos de ministros ordenados.

Frente a todos estos desafíos nuestra Con- ferencia, animada por el Espíritu Santo, ha querido delinear una propuesta operativa con tres grandes dimensiones: redefini - ción de su identidad, conversión pastoral y renovación de las estructuras con fuerte dimensión misionera, y de modo especial

Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

hacer de la Iglesia una comunidad de “discí- pulos-misioneros” para anunciar y encarnar el Evangelio en la diversidad cultural y social de nuestros países en esta hora de cambio.

Hablar de discipulado-misión, es hablar de centralidad y de dimensión constitutiva de la Iglesia. Ayer como hoy Jesús sigue llamando y enviando, y el seguimiento es la actitud básica que puede vivirse en diferentes for- mas en la comunidad eclesial. Hoy, más que en otros tiempos, este seguimiento implica

un estilo nuevo de vida en medio de la socie-

dad. El Papa nos decía que

Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (Hch 4,12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro (DA 146).

Todo esto golpea el espíritu. Por ello con

humildad, pero con la conciencia de pas- tores nos hemos hecho en Aparecida esta pregunta ¿Cómo vivimos nosotros Obispos esta dimensión de ser discípulos y misione-

Introducción

ros? A este respecto vienen a la memoria las

palabras de Agustín de Hipona:

Acuérdate que estás más arriba no por-

que seas el primero. Haz como el dueño de la vid que construye una torre para

poder ver mejor la viña

Acuérdate que

... eres siervo de los siervos de Dios.

Se me ha pedido que asuma la metodología del Documento: ver, juzgar y actuar, que ha sido una de las grandes reafirmaciones de

Aparecida y del compartir entre todos. Antes de hacer un análisis de la realidad, los obispos

asumimos la ya tradicional manera de leer

la historia y la realidad en América Latina.

Este método implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su Pala-

bra revelada y el contacto vivificante de los Sacramentos, a fin de que, en la vida cotidiana, veamos la realidad que nos circunda a la luz de su providencia, la juz- guemos según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento universal de salvación, en la propagación del reino de Dios, que se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el Cielo (DA 19).

10 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

I

el Proyecto de Jesús

  • C ada Iglesia, cada comunidad tienen una historia y un caminar diferente. Son los

pasos que se van dando los que configuran la fisonomía, el talante y el estilo de ser y

vivir la fe y los que marcan la pastoral y el modo de llevar adelante su misión, en este

caso el Proyecto de Jesús: el anuncio del

Evangelio del Reino de la vida. Al hablar de la Iglesia tendré que hacerlo desde mi experiencia concreta en la Iglesia de Santa

Cruz de la Sierra, que ha sido confiada a mi

cuidado pastoral, situada en el oriente de Bolivia, ocupa la parte de llanos tropicales

en contraste con el altiplano de Los Andes y los grandes valles de la zona central. Su potencial y desarrollo económico, está atrayendo en las últimas décadas una gran población del resto del país.

La acción evangelizadora de la Iglesia tiene una larga historia desde los comienzos de su ser como Diócesis. Como primeros intentos de evangelización podemos señalar la presencia de misioneros con los grupos originarios reunidos en la gran familia Tupi-guaraní, de donde se desprenden los Guarayos, Sirionós, Ayoreos y otros.

Así mismo tuvo un impacto decisivo el contacto de estas culturas originarias con las misiones Jesuíticas, Mercedarias o Fran- ciscanas, estas últimas impulsadas desde

Tarija y Tarata a través de los colegios de

Propaganda Fidei, donde se conjugaron los valores de la cultura autóctona y los valores del Evangelio.

En las últimas décadas está la influencia cultural de los grupos migratorios internos,

especialmente los del altiplano y valles,

los cuales, al mantener vivas sus tradicio- nes y costumbres, hacen más complejo el

panorama cultural y religioso. Hoy en día, también en Santa Cruz irrumpen con gran

fuerza las culturas modernas con sus luces y

sombras, en la que predominan los modelos europeos o de otros países desarrollados,

12 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

debido al influjo de los medios de comuni- cación social.

Esta compleja realidad se presenta con toda

la riqueza cultural y la herencia espiritual de

nuestros pueblos, pero a la vez con los retos

que nos interpelan, a nivel social y cultural, por la situación de pobreza tanto material como moral que viven muchos hermanos, la dificultad de integración de las distintas culturas y la pérdida de identidad cultural

especialmente en las nuevas generaciones y, a nivel eclesial, por la falta de agentes

de pastoral y de vocaciones nativas, por el

abandono de la Iglesia de parte de muchos católicos. Sin embargo y es bueno resaltarlo, desde su nacimiento en 1506 la Iglesia de Santa Cruz ha sido una Iglesia misionera, abierta, acogedora y ha dado origen a nuevas Iglesias y vicariatos misionales.

Hoy la Iglesia está animada con grandes

proyecciones mediante: Asambleas Pastora- les, la Visita Pastoral y los Planes Pastorales

quinquenales con el objetivo de

impulsar en comunión y corresponsabili- dad eclesial, la Nueva Evangelización del

Pueblo de Dios que peregrina en Santa Cruz, asumiendo el espíritu y los com- promisos del II Sínodo Arquidiocesano (1997-2001), para que el encuentro con Jesucristo vivo, sea fuente de vida y espe- ranza para todos, especialmente anime nuestras comunidades a un renovado empeño en la construcción del Reino de Dios.

La gran preocupación de nuestra Iglesia, y digo nuestra, porque todos tanto laicos como presbíteros, vida religiosa y laicos

estamos involucrados en promover el sen-

tido de pertenencia a la Iglesia, para que los

bautizados no sólo se sientan católicos sino sobre todo discípulos y misioneros, partici- pando corresponsablemente en la vida de la comunidad.

Esta mirada se repite con mayores di-

mensiones en las iglesias locales de este

continente.

14 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

II

Vocación de Pastores

2.1. Santificar

A parecida reafirma que, desde el proyecto del Padre, el obispo tiene una vocación

y a la vez una misión muy específica. Es una

vocación que no la ejercemos en solitarios, estamos llamados sí a promover la caridad y santidad de los fieles (A 187) pero en comunión con el Papa:

bajo su autoridad, con fe y esperanza, hemos aceptado la vocación de servir al Pueblo de Dios, conforme al corazón de Cristo Buen Pastor. Junto con todos los fíe- les y en virtud del bautismo, somos, ante todo, discípulos y miembros del pueblo de Dios (DA 186).

“Nuestra vocación se injerta en el agua del

Bautismo para beber los frutos de la Pascua

y desde la experiencia del resucitado ser pri- mero discípulos, cristianos, para luego ser

pastores. Termina el número de Aparecida

citando la ya conocida frase de San Agustín:

“con ustedes, cristiano; para ustedes obispo” (DA 186). La cercanía y el caminar al lado del pueblo, nos invita a contagiar a Jesucristo

para reflejar al Señor en su modo de pen- sar, de sentir, de hablar y de comprome- terse en medio de los hombres. En síntesis, los obispos hemos de ser testigos cercanos y gozosos de Jesucristo Buen Pastor,

para que el pueblo de Dios crezca en la gracia

mediante los sacramentos presididos por nosotros mismos y por los demás ministros

ordenados (DA 187).

2.2. Maestro de la fe

Una de las urgencias que el mundo de hoy

necesita es ser portadores de buenas noti-

cias. Vivimos en el mundo de la comunica-

ción, de los Mas Media con las tecnologías más sofisticadas, sin embargo el hombre

de hoy se siente trastornado, desorientado y confundido por tantos mensajes falsos

y contradictorios que cada día le llegan

1 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

de todas partes. Frente a las palabras que

se las lleva el viento se alza la Palabra de Dios,

Se hace, pues, necesario proponer a los

fieles la Palabra de Dios como don del

Padre para el encuentro con Jesucristo

vivo, camino de auténtica conversión y de renovada comunión y solidaridad ... Por esto la importancia de una pastoral bíblica, entendida como “animación bíblica de la pastoral”, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la Palabra, de comunión con Jesús u oración con la palabra y de evangelización incul- turada o de proclamación de la Palabra

(DA 248).

En este sentido tiene plena actualidad la afir- mación de que: “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”.

Es mucho más que conocer la Palabra y difundir el estudio de la Sagradas Escrituras,

es inculturar la Palabra en todos los ámbitos

de nuestra pastoral, de nuestros grupos, de

las estructuras de nuestras comunidades para pensar y actuar desde la Palabra de Dios.

2.3. Ministerio del pastoreo

Junto al servicio de la Palabra está el minis- terio del pastoreo, gobernar para ser ins- trumentos y animadores de la comunión, abiertos para acoger, dispuestos a discernir los carismas y creando vínculos de unidad, “hacer de la Iglesia, una casa y escuela de comunión” (NMI 43). Palabras del Papa Juan Pablo II que recoge el Documento y que suponen un cambio del concepto que muchos tienen de la Iglesia y de los pastores. Por eso Aparecida nos advierte y exhorta

con fuerza:

Como padres y centro de unidad, nos esforzamos por presentar al mundo un rostro de la Iglesia en la cual todos se sientan acogidos como en su propia casa. Para todo el Pueblo de Dios, en especial para los presbíteros, buscamos ser padres, amigos y hermanos, siempre abiertos al diálogo (DA l88).

Sobran las palabras y comentarios y quizás

faltan los hechos. Es importante auscultar lo

que piensan los presbíteros, pero también

los fíeles acerca de nuestra cercanía y de la

veracidad de nuestra palabra.

1 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

Llevar adelante esta triple función sacerdo- tal exige al pastor una profunda convicción

personal y pastoral para poder hacer un

auténtico análisis de la realidad y de los grandes retos que tenemos como Pastores

del Pueblo de Dios. De modo particular, nos

dice Aparecida que el Obispo es experto en espiritualidad, lo que supone experiencia

de encuentro con Cristo, tiempos fuertes de

oración y dialogo constante con el Maestro, estar con quien sabemos nos ama y sobre todo poner en Él nuestra confianza y nuestra vida de tal manera que podamos decir con Pablo “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

No podemos olvidar que el obispo es principio y constructor de la unidad de

su Iglesia particular y santifícador de su

pueblo, testigo de esperanza y padre de

los fíeles, especialmente de los pobres, y

que su principal tarea es ser maestro de la

fe, anunciador de la Palabra de Dios y la administración de los sacramentos, como servidores de la grey (DA l89).

III

la noVedad del eVangelio

E sta realidad compleja y los grandes retos que vivimos en el continente nos

mueven, a saber leer y orientar la vida de

nuestras comunidades por los verdaderos

caminos que lleven a una vida en plenitud.

Frente a tanto desconcierto, a propuestas

fáciles y derroteros que no sabemos hacia

donde quieren llevar

La Iglesia está llamada a repensar pro-

fundamente y relanzar con fidelidad y

audacia su misión en las nuevas circuns-

tancias latinoamericanas y mundiales ...

se trata de confirmar, renovar y revita-

lizar la novedad del Evangelio

...

desde

un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros ( DA 11).

Discípulos-misioneros, hombres y mujeres

convencidos y enamorados, fascinados por

el Evangelio, tal como los quería el Señor, tal como los necesita la Iglesia y el mundo hoy. Sabemos que aquella primera experiencia de los primeros discípulos, es irrepetible así

como se dio, con la llamada, el encuentro y la

invitación a dejarlo todo que Jesús les hizo, “para estar con Él y para enviarles a predi- car” (Me 3, 14). Ellos comparten la vida de Jesús, andan en condición de pobres, sobre todo participan de la misión de dar vida y actúan fiados en la Palabra del Maestro.

Aparecida profundiza esta experiencia e

invita especialmente a nosotros pastores a

dejarnos interpelar y a experimentar, con

mucha humildad, todo el proceso para tener

un encuentro personal con Jesús, principio

de todo discipulado. No hay discípulo si no

hay un encuentro con Cristo:

En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás:

“¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una pro- puesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien

22 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

tanto amó al mundo que dio a su Hijo

único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16). Esta es la vida eterna: “que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3). La fe en Jesús como el Hijo del Padre es la puerta de entrada a la Vida. Los discípulos de Jesús confesa- mos nuestra fe con las palabras de Pedro:

“Tus palabras dan Vida eterna”. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). (DA 101).

Es el comienzo de una vida nueva, una vida penetrada y recreada por la persona de Jesús

en el modo de pensar, sentir y vivir que nos

lleva también a nosotros obispos, por un

camino insospechado y un proceso de for-

mación, siguiendo las huellas de Jesús, por donde Él nos quiere llevar: una vida según el Espíritu. En Aparecida encontramos en

muchas páginas una doctrina orientadora sobre la presencia y la acción del Espíritu en la Iglesia y en cada uno de sus miembros.

Es el

Espíritu vivificador, alma y vida de la

Iglesia

que ha sido derramado en

... nuestros corazones, gime e intercede

por nosotros y nos fortalece con sus dones en nuestro camino de discípulos y misioneros (DA 23).

El evangelio es de una belleza incalculable

cuando nos ponemos a considerar el espacio

que Jesús dedica a los suyos, en primer lugar, para llamarles “¿Qué buscan?” (Jn 1,38). Ante el desconcierto de los discípulos que se

sienten como descubiertos, Jesús les invita a

vivir la experiencia “Vengan y lo verán” (Jn

1, 39). Luego comenzará otra etapa, “a sus propios discípulos se los explicaba todo en privado” (Me 4,32), más larga, más perso- nalizada, de una intimidad sin precedentes,

dura en algunos momentos por la terquedad y la incapacidad de comprensión. Les ense- ñará a descubrir los misterios del Reino, el estilo y modo de vida que tiene que carac- terizar al grupo de sus seguidores: pobreza, sencillez, cruz, persecución, disponibilidad, generosidad a toda prueba.

Después de los momentos de intimidad (Me 6, 30-31) y de seguimiento por los caminos

polvorientos el mismo Jesús les lanza a

la misión: “Convocando a los doce les dio

autoridad y poder sobre los demonios y para

24 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

curar enfermedades; y les envió a proclamar el Reino de Dios y a curar” (Le 9, 1-2) Desde entonces los discípulos de Jesús y quienes se han sentido cautivados por el Evangelio han

ido recorriendo caminos y abriendo horizon-

tes a la humanidad para cumplir el mandato

que Jesús Resucitado diera a los discípulos:

Se me ha concedido plena autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bau- tícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo (Mt 28, 18-20).

El Concilio Vaticano II en su tarea de espe-

cificar las funciones que cada uno cumple dentro del cuerpo de la Iglesia define con

claridad cual es la misión de los pastores

del Pueblo de Dios

Los obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de

la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quién le envió

(LG 20).

Cumplir esta vocación y misión no es ni mucho menos un privilegio sino una respon- sabilidad, la de ser discípulos-misioneros, el discipulado hace misioneros y la misión confirma y enriquece al discípulo.

En esa misma línea de la interrelación que existe discipulado y misión el Papa Juan Pablo II en su bella carta Pastores Gregis nos dijo:

Precisamente por eso el Obispo, cuando enseña, al mismo tiempo santifica y gobierna el Pueblo de Dios; mientras santifica, también enseña y gobierna; cuando gobierna, enseña y santifica. San Agustín define la totalidad de este ministerio episcopal como amoris offi- cium. Esto da la seguridad de que en la Iglesia nunca faltará la caridad pastoral de Jesucristo (PG 9).

El Obispo por su consagración recibe la triple potestad de santificar, enseñar y

gobernar pero siendo el primer discípulo y el primer misionero, impregnado del mismo

amor y las mismas actitudes del Maestro

para evangelizar al pueblo de Dios dando

2 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

así testimonio, con sencillez y fortaleza, del

mensaje de esperanza y de vida.

Pablo VI dirigiéndose a los Obispos en la bellísima carta misionera Evangelii Nun - tiandi nos decía:

Lo que constituye la singularidad de nuestro servicio sacerdotal, lo que da

unidad profunda a la infinidad de tareas

que nos solicitan a lo largo de la jornada

y de la vida, lo que confiere a nuestras actitudes una nota específica, es preci- samente esta finalidad presente en toda

acción nuestra: “Anunciar el Evangelio de Dios” (EN 68).

Hoy la Iglesia en América Latina ante el

fenómeno de la globalización, del neolibera- lismo y la sociedad de consumo, se ha visto

sorprendida por la pérdida de los valores

morales y cristianos. Estas y otras razones, con un fuerte debilitamiento de la fe, ha generado nuevas pobrezas y nuevos despla- zados sociales, por ello se siente impelida a salir en defensa de la vida en plenitud:

Fijamos nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los migrantes, las

víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de perso- nas y secuestros, desaparecidos, enfermos

de HIV y de enfermedades endémicas, tóxico-dependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la

prostitución, pornografía y violencia o

del trabajo infantil, mujeres maltrata -

das, víctimas de la exclusión y del tráfico

para la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/as, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las perso-

nas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afro americanos, campesinos sin tierra y los mineros

(DA 402).

Los pobres serán siempre el termómetro donde se mida la fidelidad y la coherencia

entre palabra y vida, al mensaje de Jesús, pri-

mero porque Jesús siendo rico se hizo pobre, después porque “cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25 40). Aparecida tiene afirmaciones muy comprometedoras para toda la Iglesia: “En la defensa de los derechos de los excluidos se juega la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo” (DA 257). El Papa en

2 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

su Discurso inaugural es más contundente todavía, cuando afirma que:

El discípulo, fundamentado en la roca de

la Palabra de Dios, se siente impulsado

a llevar la Buena Nueva de la salvación

a sus hermanos ...

y que la opción por los

pobres está implícita en la fe cristológica

(DI 3).

Esta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana (DA 146). La vida alcanza su plenitud en el anuncio

de Cristo a todos los hombres, pero esta

evangelización “incluye la opción por los pobres, la promoción humana integral y una auténtica liberación cristiana (DA 147). Ya el Papa en su Discurso inaugural había

insistido en la necesidad de una catequesis social (DI n; cf. 505) y había afirmado que “la opción por los pobres está implícita en la fe cristológica” (DI n 3; cf. DA 392). Aparecida, que en la primera parte había descrito con crudeza la dramática situación de pobreza

injusta del continente y los nuevos rostros de pobreza (DA 65), en la tercera parte nos

proponen que la Iglesia se abra al Reino de Dios y a la promoción de la dignidad humana (capítulo 8, 380-430).

Aparecida desarrolla ampliamente esta

dimensión social del compromiso cristiano,

al servicio de una vida plena para todos (DA

358). Por esto renueva la opción preferen- cial por los pobres y excluidos (DA 391- 398) y propone una pastoral social para la

promoción humana integral (DA 399-405), con una preocupación especial por algunos rostros que más duelen: los que viven en las calles de las grandes ciudades (DA 407-410), migrantes (DA 411-416), enfermos (DA 417-421), adicto-dependientes (DA 422- 426), detenidos en cárceles (DA 427-430). La Iglesia ha de ser “abogada de la Justicia,

defensora de los pobres, ante las intolera-

bles desigualdades sociales y económicas que claman al cielo”( DA 395).

Frente a la privatización de la fe, Aparecida

insiste en el compromiso social, en especial

de los laicos, para que actúen en el mundo de la política, de la realidad social, de la economía, de la cultura, de las ciencias, de

los medios de comunicación (DA 174, 371,

30 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

403, 406, 508). Sólo una fe coherente con la praxis de la justicia al servicio de la vida

superará el actual divorcio entre la fe y la vida.

Vivir la espiritualidad del seguimiento de Jesús desde Aparecida, nos exige a nosotros

pastores entrar en la dinámica del Buen Samaritano y asumir su estilo de vida para

acercarnos a los que sufren, para generar una sociedad sin excluidos acogiendo a los pequeños y a los pobres y buscando la libe- ración integral de todos. Como seguidores de Jesús debemos hoy más que nunca dejar- nos guiar y animar por el Espíritu y

hacer propia la pasión de Jesús por el

Padre y el Reino: anunciar la Buena

Nueva a los pobres, curar a los enfermos,

consolar a los tristes, liberar a los cauti-

vos y anunciar a todos el año de gracia

del Señor (cf. Le 4,18-19) (DA 152).

IV

nueVo imPulso a la eVangelización

Q uizás lo más difícil y comprometido sean las respuestas que como pastores

tenemos que dar en el momento presente a

los grandes retos de hoy que hemos identi- ficado en Aparecida;

Se abre paso un nuevo período de la his-

toria con desafíos y exigencias, caracte-

rizado por el desconcierto generalizado

que se propaga por nuevas turbulencias

sociales y políticas, por la difusión de

una cultura lejana y hostil a la tradi -

ción cristiana, por la emergencia de

variadas ofertas religiosas, que tratan

de responder, a su manera, a la sed de

Dios que manifiestan nuestros pueblos

(DA 10).

Ante este panorama, el Papa Benedicto XVI, hablando de las anteriores Conferencias,

afirmaba en su discurso inaugural:

Con el mismo espíritu que las animó, los

pastores quieren dar ahora un nuevo

impulso a la evangelización, a fin de que

estos pueblos sigan creciendo y madu-

rando en su fe, para ser luz del mundo y

testigos de Jesucristo con su propia vida

(DI 2; DA 16).

No podemos ser indiferentes ante estos

grandes retos, menos aún acobardarnos:

lo que nos define no son las circunstancias adversas ni las barreras que tenemos por

delante, y menos aún las propias diferencias

internas. Lo que nos apremia es mostrar

la capacidad y la audacia para promover

dentro de las comunidades la formación de discípulos y misioneros.

Aquí está el reto fundamental que afron-

tamos: mostrar la capacidad de la Iglesia

para promover y formar discípulos y

misioneros que respondan a la vocación

recibida y comuniquen por doquier, por

desborde de gratitud y alegría, el don

34 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

del encuentro con Jesucristo. No tenemos

otro tesoro que éste (DA 14).

Se da por supuesto que la primera exigencia, que nosotros como pastores y todo el Pueblo de Dios tiene que estar convencido, es que

lo que nos define es la vida, el mensaje, la

enseñanza y el misterio de Jesús de Nazareth

para poder llegar a tener un encuentro per- sonal con Él. Lo hemos dicho, todo discípulo y misionero tiene que estar cimentado sobre

el encuentro con Jesucristo fuente de vida plena.

Como pastores también tenemos que tener

inventiva y ser audaces promotores de

nuevas iniciativas que dinamicen la vida de nuestras Iglesias y entusiasmen con ardor a nuestros agentes de pastoral. Así como

Aparecida señala cinco aspectos del proceso

para la formación de discípulos, yo señalaría

algunas, entre las muchas respuestas que el

mundo y nuestro pueblo necesitan:

4.1. Nuevas actitudes pastorales para implementar la Iniciación Cristiana

Algo que constatamos con mucha claridad es la urgencia de formación en todas las

etapas de la vida cristiana. Se da una gran desinformación cristiana, lo que lleva a una vida de fe raquítica y mediocre. Muchos

de nuestros hermanos viven su bautismo

y actúan no por convicción personal sino

por costumbre, tradición e imitación, por- que así lo hacen todos y desde siempre.

Pedro instaba a los primeros cristianos a

estar “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza” (1Pr 3,15).

La iniciación cristiana da la posibilidad

de un aprendizaje gradual en el conoci-

miento, amor y seguimiento de Jesucristo.

Así, forja la identidad cristiana con las

convicciones fundamentales y acompaña

la búsqueda del sentido de la vida. Es

necesario asumir la dinámica catequé-

tiea de la iniciación cristiana. Una comu-

nidad que asume la iniciación cristiana

renueva su vida comunitaria y despierta

su carácter misionero (DA 291).

La fe es respuesta y opción personal, nace en el Bautismo, pero tiene que ser fortalecida

por la práctica de los sacramentos y por la

profundización de los misterios de Dios.

3 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

4.2. Conversión pastoral

Se trata de escuchar lo que el Espíritu dice hoy

a la Iglesia. Ya no vale una fe anodina o aceptada por herencia familiar; porque no se sostiene

en una cultura individualista y relativista.

No resistiría a los embates del tiempo una

fe católica reducida a bagaje, a elenco de

algunas normas y prohibiciones, a prácti-

cas de devoción fragmentadas, a adhesio-

nes selectivas y parciales de las verdades

de la fe, a una participación ocasional

en algunos sacramentos, a la repetición

de principios doctrinales, a moralismos

blandos o crispados que no convierten la

vida de los bautizados (DA 12).

Hoy el hombre, también en nuestro conti- nente, debe poder dar respuestas persona-

les, adultas y con identificación propia.

Como pastores tenemos que saber detectar

y escuchar lo que busca la humanidad, lo que necesita el hombre de hoy, pues podríamos ser unos pésimos médicos al hacer un tra- tamiento al paciente y recetarle unas medi-

cinas que no necesita. Esta es la auténtica conversión a la que estamos llamados:

Obispos, presbíteros, diáconos permanen-

tes, consagrados y consagradas, laicos y

laicas, estamos llamados a asumir una

actitud de permanente conversión pasto-

ral, que implica escuchar con atención y

discernir “lo que el Espíritu está diciendo

a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los

signos de los tiempos en los que Dios se

manifiesta (DA 366).

“Escudriñar los signos de los tiempos”, es el gran reto que nos dejó el Vaticano II lo que supone fe, sensibilidad, finura espiritual, docilidad al Espíritu y mucha humildad.

4.3. Fortalecer la identidad católica

Los desafíos que plantea la situación de la sociedad en América Latina y El Caribe requieren una identidad católica más per- sonal y fundamentada. El fortalecimiento de esta identidad tiene que pasar necesa- riamente por una catequesis adecuada y sólida que promueva una adhesión personal

y comunitaria a Cristo, sobre todo en los más

débiles en la fe. Es una tarea que incumbe a toda la comunidad de discípulos pero, de manera especial, a quienes, como obispos, hemos sido llamados a servir a la Iglesia,

3 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

pastoreándola, conduciéndola al encuen - tro con Jesús y enseñándole a vivir todo

lo que nos ha mandado (cf. Mt. 28, 19-20; DA 297).

4.4. Llamados a ejercer el discernimiento de los carismas

Uno de los fenómenos de manifestaciones religiosas en los últimos tiempos han sido y son la inmensa riqueza de carismas que el Espíritu ha suscitado en la vida de la Iglesia. Riqueza que se puede convertir en confusio- nismo o en protagonismo de iluminados.

Siempre la Iglesia, en este sentido, ha sido

muy prudente para no dejarse llevar por esnobismos o, por el contrario, de no frenar

el soplo de renovación que impulsa el Espí- ritu y que hace que el Evangelio de Jesús se

siga encamando en las nuevas urgencias que

vive nuestro mundo.

Mientras más se multiplique la riqueza de

los carismas, más están llamados los obis-

pos a ejercer el discernimiento pastoral

para favorecer la necesaria integración

de los movimientos en la vida diocesana,

apreciando la riqueza de su experiencia

comunitaria, formativa y misionera

(DA 313).

4.5. Acompañar a los constructores de la sociedad para formar las conciencias

Los obispos reunidos en la V Conferencia

queremos acompañar a los constructo-

res de la sociedad, ya que es la vocación

fundamental de la Iglesia en este sector,

formar las conciencias, ser abogada de

la justicia y de la verdad, y educar en las

virtudes individuales y políticas. Quere-

mos llamar al sentido de responsabilidad

de los laicos para que estén presentes en

la vida pública, y más en concreto “en la

formación de los consensos necesarios

y en la oposición contra las injusticias”

(DA 508).

40 Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote

conclusión

Q uisiera terminar esta reflexión con algunas de las aspiraciones que el Santo

Padre el Papa Benedicto XVI nos sugería en el mensaje final de Aparecida y que las hacíamos nuestras los obispos.

Creemos y Esperamos:

  • Ser una Iglesia viva, fiel y creíble que se alimenta de la Palabra.

  • Vivir nuestro ser cristiano con alegría y convicción como discípulos-misioneros.

  • Formar comunidades vivas que alimen- ten la fe e impulsen la acción misionera.

  • Mantener con renovado esfuerzo la opción evangélica por los pobres.

  • Hacer de este continente un modelo de reconciliación, de justicia y de paz, para pasar del continente de la esperanza a ser continente del amor.

Índice

Presentación .........................................................................

5

Introducción ..........................................................................

7

I.

El Proyecto de Jesús

11

II.

Vocación de Pastores

.......................................

15

  • 2.1. Santificar ................................................................

15

  • 2.2. Maestro de la fe ...................................................

16

  • 2.3. Ministerio del pastoreo ...................................

18

III. La Novedad del Evangelio

21

IV. Nuevo Impulso a la Evangelización

33

 
  • 4.1. Nuevas actitudes pastorales para implementar la Iniciación Cristiana ...........

35

  • 4.2. Conversión pastoral ..........................................

37

  • 4.3. Fortalecer la identidad católica ...................

38

  • 4.4. Llamados a ejercer el discernimiento

de los carismas ....................................................

39

  • 4.5. Acompañar a los constructores de la sociedad para formar las conciencias .......

40