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El Frente para la Victoria es una fuerza política comprometida con la construcción de una sociedad democrática, plural y con justicia social. En su concepción, la política constituye la herramienta fundamental para la transformación social. Por ello, confiere al Estado una responsabilidad indelegable en la articulación de los equilibrios sociales a fin de conciliar el crecimiento económico y la equidad social, con una matriz productiva diversificada en la que el trabajo digno constituya el elemento clave de un desarrollo humano integral.
L o s c a m i n o s d e l d e s a r r o l l o : u n p a í s c o n c r e c i m i e n t o e c o n ó m i c o e i n c l u s i ó n s o c i a l

Se cumple una década de la llegada al gobierno del Frente para la Victoria. El balance es más que positivo. En forma progresiva y consecuente, hemos podido revertir muchos de los aspectos más nocivos del legado neoliberal. La Argentina de los ’90, signada por la decadencia económica, por el deterioro en las condiciones de vida de nuestra población y por la profunda crisis de representación política, ha dejado paso a una economía pujante, a una sociedad inclusiva e integrada, y a una revalorización de la política como herramienta fundamental del cambio social. La Argentina actual, en definitiva, ha logrado instaurar finalmente un sendero de desarrollo autónomo e inclusivo para los 40 millones de argentinos. Hoy, nos encontramos ante un doble desafío: defender los logros obtenidos y profundizar el camino recorrido. Para lo primero, se trata de comprender que las modificaciones estructurales acaecidas en nuestra sociedad en la última década han significado, ante todo, una ampliación en las fronteras de nuestra democracia. La creación de empleo, la difusión de diversos mecanismos de protección social, el respeto irrestricto a la voluntad popular expresada en las urnas, la ampliación de derechos civiles, la mejora en todos los indicadores sociales, han generado que millones de personas puedan salir de su condición de excluidos y ser reconocidos como sujetos de derechos. Para lo segundo, el Congreso de la Nación, en tanto espacio de representación de los intereses del pueblo y de las provincias, es el ámbito natural de generación de leyes que contribuyan a profundizar la actual senda de justicia, equidad y reparación histórica. En línea con estos objetivos, nace la necesidad imperiosa de tener plena conciencia de los ejes fundamentales sobre los que se ha basado este proyecto político. Solo así es posible lograr su consolidación en el tiempo.
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(Cristina Fernández de Kirchner, 25 de mayo de 2013)
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El arribo de gobiernos populares, en la mayoría de los países de la región a principios del nuevo siglo, tuvo como uno de sus rasgos característicos el desplazamiento del paradigma neoliberal de las esferas públicas nacionales. En nuestro país en particular, el proyecto político iniciado el 25 de mayo de 2003 bajo la presidencia de Néstor Kirchner y actualmente liderado por la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, se define principalmente por la revalorización de la política como instrumento esencial de construcción de una sociedad más democrática y justa. Los diez años de gestión han permitido evidenciar el compromiso irrenunciable del proyecto nacional con la voluntad popular, incluso en aquellas situaciones donde los sectores concentrados de poder fáctico han presentado feroces obstáculos a medidas claramente inclusivas. Es en este proceso y bajo este proyecto que la política logró recobrar su verdadera esencia, al escapar del confinamiento auto-referencial en el que se encontraba recluida durante los tiempos neoliberales, y adquirir nuevamente su carácter de herramienta fundamental de redistribución del poder político, social, económico y cultural. Las expresiones más elocuentes de esta nueva concepción de la política se manifiestan en una progresiva y continua expansión de derechos de los sectores más vulnerables junto a la incorporación de nuevos argentinos como sujetos de ciudadanía. En este sentido, la masiva participación de los jóvenes en la arena política representa un fiel reflejo de ello así como un resultado conscientemente buscado por nuestra gestión. Con miras al objetivo democratizador, el proyecto nacional concibe dos senderos específicos y profundamente entrelazados: la participación masiva y comprometida de la ciudadanía en la cosa pública y la reconstrucción del Estado como agente de desarrollo. Desde esta óptica, el Estado debe continuar adquiriendo en nuestro país un papel estratégico, robusteciendo y modernizando su estructura organizativa y funcional, y constituyendo a su vez a la ciudadanía como protagonista y destinataria principal de las políticas públicas. El rol de la política es imprescindible para la democratización de las distintas esferas de la sociedad. En este sentido, el Frente para la Victoria continuará trabajando políticamente en toda iniciativa vinculada a la expansión de derechos. Tal como sucedió con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que habilita más voces; con la ley de Democratización de la Representación Política, la Democracia y la Equidad Electoral que brinda mayor transparencia, fortalece el rol de los partidos políticos y democratiza sus estructuras internas; con la habilitación del voto para los jóvenes entre 16 y 18 años; con el matrimonio igualitario; con la democratización del Poder Judicial.

En definitiva, continuaremos promoviendo iniciativas que amplíen aún más los derechos, incluyendo a todos los sectores y dando voz a las minorías que sufran algún nivel de exclusión. La década ganada es, en definitiva, el logro colectivo de una fuerza y un pueblo que resituaron la política colocándola al servicio de la ciudadanía y que trabajaron y seguirán trabajando, todos los días de cada año, por la consolidación de un país con desarrollo e inclusión social.
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La década ganada es también un resultado de la modificación estructural en la concepción económica que reinaba en el país. El neoliberalismo imperante en los años noventa había instalado como idea hegemónica que la economía era un saber técnico, y que su administración debía estar a cargo de unos pocos especialistas. Desde 2003, por el contrario, la reconstitución de las capacidades estatales ha conllevado una reversión de dicho paradigma, fundamentalmente porque la política se convirtió en el verdadero eje ordenador de las relaciones sociales. En tal sentido, no postulamos la defensa de un modelo económico. Promovemos el sustento a los lineamientos generales de política económica que han permitido alcanzar diversos objetivos políticos, sociales y culturales. La fórmula implementada es conocida: el crecimiento económico como correlato indispensable de la inclusión social. Para ello, el Estado ha tenido un rol clave para garantizar que fueran los sectores más humildes los principales beneficiarios de la expansión material que ha experimento nuestro país en los últimos años. Ante todo, la Argentina ha tomado la decisión desde 2003 de revertir el sesgo hacia la especulación financiera predominante durante los años ’90. En su lugar, este proyecto político volvió a poner a la producción y a la industria como ejes centrales de la actividad económica. Para ello, apostó desde un principio a incrementar el poder adquisitivo de los sectores populares, robusteciendo y ampliando el mercado interno como mecanismo lubricante de nuestras fuerzas productivas. Junto a ello, y no menos importante, tomó la decisión de mantener un tipo de cambio competitivo, incentivando no solo la capacidad exportadora sino también generando un marco adecuado para el resurgir de nuestra industria. Otro de los pilares en esta década ha sido la política de desendeudamiento externo. Desde mediados de los años setenta, un verdadero círculo vicioso se había erigido en torno a las obligaciones financieras del país: el crecimiento exponencial de la deuda externa exigía continuos y crecientes ajustes fiscales y sociales. La firme voluntad política de Néstor Kirchner ha permitido revertir este perverso mecanismo. El

precepto fundamental, no pagar deuda externa a costa de la miseria de los argentinos, se ha cumplido fielmente. Así, la deuda pública total pasó de 166% del PBI en 2002 al 41% en la actualidad, y el Estado recuperó su autonomía para tomar decisiones soberanas en sintonía con las necesidades populares. Este proceso ha demostrado, además, una resistencia inédita frente a los cambios en el escenario internacional. Hemos podido sobrellevar con éxito las adversas condiciones por las que atraviesan las economías centrales, sumidas en una gigantesca crisis acaso tan sólo comparable con la del crack de 1929. En tal sentido, es digno destacar nuevamente la actuación del Estado nacional, que ha tenido la determinación necesaria para impulsar una batería de políticas anti-cíclicas que permitieron preservar las fuentes de trabajo. De esta forma, ha quedado claro que la bonanza económica no es mero viento de cola. Al respecto, cabe agregar que en similares condiciones de comercio internacional, según la CEPAL, la Argentina ha sido el único país en la región que no ha caído en la tentación de primarizar su economía Los ejes señalados en materia económica han sido verdaderas políticas de Estado. La tarea, en adelante, consiste en profundizar el sendero transitado, teniendo plena conciencia, además, de la necesidad de defender lo ya obtenido. En este sentido, seguiremos apostando por un proyecto de país de base industrialista: apostamos a duplicar el PBI industrial en 2020 y a incrementar nuestros saldos exportables. En un mundo cada vez más competitivo, nuestra estrategia será continuar apostando por el desarrollo tecnológico y la investigación. El desarrollo de estas capacidades permitirá aprovechar las condiciones propicias que depara el alza sostenida en los precios de las materias primas, en las que Argentina cuenta con ventajas comparativas. Así, en aras de continuar con la expansión de la agroindustria, nuestra sólida posición en materia de biotecnología y genética debe ser reforzada en los próximos años, pues ello es lo que permitirá imprimir mayor valor agregado a los bienes primarios, y de tal forma, insertar de forma sustentable a nuestro país en el comercio internacional. El fomento a la actividad productiva, sea agraria o industrial, debe ser acompañada con una firme política de preservación del medio ambiente, la bio-diversidad y el desarrollo sustentable. Asimismo, apostamos por sostener y profundizar la estrategia de diversificación de nuestra matriz productiva, favoreciendo una mayor complejidad en nuestro tejido productivo y dando protección e impulso a las economías regionales. La Argentina debe preservar en materia económica el carácter federal que asegura nuestra Constitución. El crecimiento de todas y cada una de nuestras provincias y regiones es el verdadero fundamento de nuestro progreso como nación. Particular esfuerzo haremos también en continuar con la política de promoción a las pequeñas y medianas empresas, una importante fuente de generación de empleo y de innovación productiva. Facilitar el acceso al crédito, otorgar beneficios impositivos y subsidios a la producción, viabilizar el acceso a los canales de exportación, son mecanismos esenciales para que estos sectores puedan competir en pie de igualdad con los actores económicos de mayor peso.

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Es en el terreno social en el que la década ganada adquiere todo su sentido. No solamente tal calificativo sirve para evaluar lo alcanzado hasta la actualidad. Contribuye, además, a delinear las tareas que demanda el futuro. En tal sentido, las conquistas y derechos sociales obtenidos no pueden perderse. Es tarea de todos los argentinos que nuestro país no vuelva a repetir los errores del pasado. Cabe recordar que en el año 2003 el 54% de nuestros compatriotas eran pobres y un 27,7% se encontraba en estado de indigencia. En el término de una década, dichos guarismos se han modificado radicalmente: la pobreza está en el orden del 6,5% y la indigencia en el 1,7%. Ello, vale la pena insistir, no es producto de una casualidad histórica. Se trata de los beneficios concretos producidos por este proyecto político, al poner como objetivos prioritarios el crecimiento productivo, el fortalecimiento industrial y la generación de empleo. En tal sentido, desde 2003 la creación de empleo y la mejora en el poder adquisitivo de los trabajadores han sido los vectores fundamentales de una política social integral, que concibe el empleo digno como el instrumento más eficaz para construir una sociedad justa, inclusiva y equitativa. En el término de una década, se han generado más de 5 millones de puestos de trabajo, el salario mínimo de los trabajadores creció un 1338%, y se ha reducido el trabajo informal al nivel más bajo de las últimas cuatro décadas. Esta mejora en los indicadores sociales, que nos hace llevar a la práctica la vieja bandera justicialista del reparto igualitario (50 y 50) del producto entre trabajadores y empresarios, no solo contribuye a sentar un piso de equidad social, sino también confiere dinamismo y vitalidad a la economía, asegurando un ciclo virtuoso con eje en la demanda y en el consumo. Conscientes además de que uno de los legados más nefastos del neoliberalismo ha sido la emergencia de núcleos duros de pobreza, hemos emprendido en estos diez años activas políticas de asistencia y protección social y trasferencia directa de ingresos. Dentro de una pluralidad de medidas que se han tomado en esta temática, sobresale, por su naturaleza y magnitud, la Asignación Universal por Hijo, cuyos efectos

se hacen sentir no solo en el plano estrictamente económico, sino también en materia educativa y de salud. Continuar trabajando en la reducción de la pobreza y de toda forma de exclusión social será uno de los objetivos prioritarios de nuestra fuerza política. Para integrar en el sistema a sectores de la población que han sido marginados por las políticas neoliberales regresivas, es preciso continuar optimizando la intervención social del Estado con políticas que mejoren aún más la distribución de la renta. Por tal motivo, un aparato público fuerte y activo, receptivo de las demandas ciudadanas, es una herramienta imprescindible. El Frente para la Victoria gobierna para los 40 millones de argentinos y argentinas sin asumir un lugar de neutralidad: sus políticas se orientan a preservar los intereses de los trabajadores y los sectores más vulnerables de la sociedad. En este marco, los desafíos de la actualidad apuntan a defender todo lo conquistado en materia de política social en esta década y a seguir profundizando el camino de la justicia social.

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Asistimos a una época de profundas transformaciones en el mapa global. La clásica distinción entre países centrales y periféricos se revela anacrónica y la estrategia de inserción internacional a través del libremercado resulta obsoleta. En este contexto de distribución de las relaciones de poder internacionales, nuestra fuerza política considera a América Latina como un actor de gran relevancia en el concierto de naciones. Por ello, apuesta a la integración y consolidación de la región en tanto actor global. No solo por su potencialidad económica y la riqueza de sus recursos naturales Latinoamérica es un espacio de creciente importancia en el siglo XXI. También lo es por los procesos democráticos y de respeto por los derechos humanos que la atraviesan. La década ganada da cuenta de esta visión del mundo, en la que Argentina ha jugado un rol sustantivo tanto en la consolidación del Mercosur (afianzando su estructura institucional y su articulación económica) como en la construcción de la Unasur (espacio político que permite profundizar los lazos regionales). El Frente Para la Victoria concibe a América Latina como el ámbito natural de actuación internacional de la Argentina. En ella, la apuesta por la integración y el desarrollo regional es a la vez un incentivo para la prosperidad nacional y un reaseguro de su autonomía y soberanía respecto de potencias internacionales. La consolidación de la Patria Grande latinoamericana, fruto de los esfuerzos de los gobiernos populares de la última década, nos ha permitido superar la etapa de “relaciones carnales” que provocó tanto la disgregación regional como la subordinación hacia los centros de poder. Un bloque regional fuerte y cohesionado se presenta como la política más eficaz para evitar una vuelta a aquel pasado. La elección de Néstor Kirchner como primer Secretario General de la Unasur ha dejado un testimonio incuestionable del papel desempeñado por la Argentina en tal sentido. Esta política en favor de la integración regional implica redefinir los términos de

inserción internacional, generando alianzas con nuevos actores estratégicos. En ese marco, bajo un paradigma de inter-relaciones Sur-Sur, apuntamos a fortalecer los lazos de amistad e intercambio comercial con los países de África y de Asia, ampliando el horizonte que contribuya a formar parte de un orden mundial más justo. A su vez, advertimos que el mundo se ha vuelto esencialmente multilateral en los asuntos internacionales. Atrás ha quedado la época en que países hegemónicos dictaban unilateralmente las reglas de juego global. En este marco, consideramos necesario reformar el entramado institucional internacional, tributario de relaciones de fuerza pasadas y que poco reflejan la nueva dinámica mundial. Propiciamos cambios, entonces, en las instituciones financieras internacionales, no solo por la necesidad de que se adapten al nuevo mapa global sino también porque, dada sus coresponsabilidades en la actual crisis económica mundial, resulta un imperativo de nuestro tiempo transformarlas para que no continúen contribuyendo a estas crisis. Organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio deben adoptar una nueva institucionalidad más democrática e inclusiva, respetuosa de los intereses de los países emergentes, preocupada por el desarrollo industrial y tecnológico antes que por la especulación financiera, que tantos daños sociales ha traído. Esta postura será también, tal como ha venido siendo hasta ahora, la adoptada en los foros internacionales, como el G-77 y el G-20. Es en esos foros internacionales donde hemos llevado y continuaremos llevando, siempre por vías pacíficas, nuestro legítimo reclamo por las Islas Malvinas. La reivindicación imprescriptible de nuestra soberanía sobre las islas debe constituirse en una política de Estado. En este sentido continuaremos impulsando la exigencia del diálogo y la negociación con Gran Bretaña, conforme lo dictado por el derecho internacional. Insistir por la titularidad de las islas es tanto una obligación de nuestro mandato histórico como una necesidad geopolítica, dada la relevancia estratégica que representan las Malvinas en términos de recursos naturales y de proyección sobre la Antártida. El apoyo recibido por nuestros hermanos latinoamericanos y por un conjunto amplio de países de todo el mundo indica que éste es el camino correcto para lograr la recuperación de las islas. Ese legítimo reclamo también fue impulsado en la Organización de Naciones Unidas. En ese ámbito se ha trabajado por un nuevo equilibrio institucional capaz de reflejar las transformaciones acaecidas en las últimas décadas en materia de relaciones internacionales. En esta última década, la Argentina ha reforzado su rol de líder regional, tendiendo nuevos puentes en el mundo y reafirmando su inserción global a partir de su compromiso con la democracia y los derechos humanos. Este fenómeno se ha plasmado en la designación de nuestro país como miembro del Consejo de Seguridad de la ONU para el bienio 2013-2014. Pero, allí, nuestras convicciones no claudicarán: continuaremos exigiendo una reforma de dicho consejo orientado a una mayor representatividad y pluralidad geográfica de los miembros integrantes. La creciente participación de nuestro país en el proceso de toma de decisiones implica a su vez una fuerte responsabilidad. En tanto líder en tecnología nuclear, la Argentina defenderá irrestrictamente su utilización para fines pacíficos y productivos.

En materia de terrorismo internacional, nuestro pasado reciente nos obliga a seguir tomando medidas para erradicar esta problemática, denunciando en los espacios regionales y multilaterales la complejidad y relevancia de este flagelo. La agenda sobre cambio climático y calentamiento global continuará en la cima de nuestras prioridades, conscientes de que la cuestión ambiental y el desarrollo de los países emergentes deben ser dos banderas complementarias y no mutuamente excluyentes. Los fundamentos de la política exterior del Frente para la Victoria apuntan a proyectar en el ámbito externo las líneas centrales del proceso político iniciado en la Argentina en 2003. Nos moviliza un profundo espíritu de igualdad, democracia y libertad, que hemos impulsado y continuaremos impulsando en el orden internacional. Tales valores han erigido a Latinoamérica como una zona de paz y respeto por los derechos humanos, aspirando a proyectarlos a un mundo cada vez menos receptivo de recetas impuestas unilateralmente y más necesitado de un esfuerzo coordinado y comprometido del conjunto de países.