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El Nuevo Milenio Mexicano 73

LA DOCTRINA BUSH DEL ATAQUE


PREVENTIVO

Pascual García Alba Iduñate*

INTRODUCCIÓN

La justificación de la guerra en Irak fue la pretendida posesión, por ese


país, de armas de destrucción masiva, que supuestamente constituían una
amenaza real y significativa para el mundo. Después de la guerra, la
discusión se centró en si realmente Irak poseía armas de destrucción masiva.
De esa forma, quienes justifican la guerra preventiva parecen haber ganado
buena parte del debate, gracias a la manipulación de la información y de los
mensajes en los medios de comunicación, pues lograron desviar la discusión
pública al terreno particular que les conviene, evitando el análisis desde
una perspectiva más general. Esa perspectiva debiera ir más allá del asunto
particular de Irak, y enfocarse en la ausencia o no de justificación de las
guerras preventivas, decididas unilateralmente por quienes detentan el pode-
río militar. En realidad y por el contrario de lo que ha sido resaltado ante
la opinión pública, el punto principal del debate no debiera ser el de que
si Irak poseía o no armas de destrucción masiva, sino el de las condiciones
bajo las que se justifica ir a la guerra. Los llamados “neo-cons”, un grupo
de radicales de derecha que se encuentran entre los más cercanos colabo-
radores de George W. Bush, han avanzado una “nueva” doctrina que
equivale, en los hechos, a que las guerras justas son las que emprendan los
EUA. Pero vayamos por partes.

*
Profesor-Investigador del Departamento de Economía de la UAM-Azcapotzalco. Es tam-
bién comisionado en la Comisión Federal de Competencia. Las opiniones aquí expresadas
son responsabilidad única del autor.
74 La doctrina Bush del ataque preventivo

1. LA GUERRA JUSTA

Tradicionalmente se ha considerado que las guerras justas son las que


se pelean en defensa propia. Pero ahora los neo-cons de Estados
Unidos y sus simpatizantes en el resto del mundo, sostienen que tal
concepto es demasiado restrictivo en un planeta en que, debido a los
cambios tecnológicos en los armamentos, diversos gobiernos irresponsa-
bles y agresivos (rogue countries, les llaman los neo-cons estadounidenses)
o grupos terroristas con recursos y protegidos por esos gobiernos (como
Al-Qaeda de Osama Bin Laden, de quien dicen los neo-cons, sin prueba
concreta alguna, que tenía relaciones con Saddam Hussein), pudie-
ran con facilidad obtener armas de destrucción masiva: nucleares, químicas
o biológicas. En esas condiciones, esperar a que los gobiernos u organi-
zaciones terroristas ataquen sería, nos dicen, suicida. Para cuando los
Estados Unidos u otro país respondiera a un ataque terrorista con
armas de destrucción masiva, el daño causado con esas armas sería ya
devastador e irreversible. (A propósito y sólo como referencia al margen,
la capacidad de destrucción de Irak en la guerra, si así se le puede
llamar al alevoso e innecesario ataque norteamericano e inglés contra ese
país, fue tan insignificante, que las principales bajas de los aliados
intervencionistas se debieron a accidentes y al fuego amigo, como le
llamaron a que por error americanos o ingleses dispararan contra sus
propias tropas. También son mucho mayores las bajas que se siguieron
registrando como consecuencia de la resistencia iraquí a la ocupación,
que las de la guerra propiamente dicha).
Por el peligro de que las armas de destrucción masiva sean así
utilizadas, dicen los neo-cons, se justifican los ataque preventivos,
no obstante la oposición no sólo de los gobiernos sino de la pobla-
ción en general de casi todos los países del mundo. Sin embargo,
algo hay de atendible en el argumento de los promotores de los
ataques preventivos. Si Osama Bin Laden pudiera, por ejemplo,
detonar una bomba atómica contra un objetivo norteamericano, o de
otro país occidental, muy probablemente lo haría. De ahí que sea no
sólo justificable sino casi necesario, para la seguridad del mundo,
prevenir situaciones de riesgo como ésa, mediante el uso de la fuerza
militar si es preciso.
El punto es el de quién va a decidir si tal situación de apremio
para la seguridad mundial es real, o un simple pretexto de los pode-
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rosos para atacar a quienes difieren de ellos, o se oponen a sus


intereses. Si la decisión se deja al que ejerce la fuerza, estaríamos de
regreso al mundo incivilizado de la ley del más fuerte. De ahí que el
ejercicio de la fuerza para prevenir daños mayores deba estar regulado
por el derecho internacional. Por ello ahora la doctrina aceptada por
casi todos los países, y que ha sido arbitrariamente rechazada por los
EUA y aláteres en el mundo, a la defensa propia añade el consen-
timiento de la comunidad internacional, como justificante de una
guerra.
Es decir que, según la ortodoxia del derecho internacional, una
guerra legítima depende de que se cumpla al menos uno de los dos
supuestos siguientes:

a) La guerra sea emprendida en defensa propia ante el ataque real o


inminente de algún enemigo.
b) La guerra sea sancionada por un organismo internacional con
autoridad legítima para ello, en especial el Consejo de Seguridad
de la Organización de las Naciones Unidas.

Este doble esquema de legitimación de la guerra logra dos propó-


sitos. Por un lado, responde a la preocupación de que el mundo pudiera
ser demasiado pasivo ante la amenaza de que algún país, encabezado
por un régimen irresponsable o alguna organización terrorista, emprenda
un ataque sorpresivo con armas de destrucción masiva contra quien se le
dé la gana. Por el otro, impide que la decisión de la guerra preventiva
quede al arbitrio de un solo país, que invariablemente tenderá a ser un
país que se sienta más poderoso que la víctima de su ataque. En este
esquema, no sólo las guerras preventivas podrían en principio justificar-
se. La comunidad internacional podría promover guerras para, por
ejemplo, evitar genocidios por parte de gobiernos tiránicos, en contra de
sus propias poblaciones.

2. EL CONCEPTO DE GUERRA PREVENTIVA

La justificación ética de la guerra defensiva, en oposición a la preven-


tiva, es casi tan vieja como la conciencia misma del mundo moderno. Si
bien es cierto que en el pasado se ha considerado que el ataque
“preventivo” puede justificarse, bajo el rubro de autodefensa, ante ata-
76 La doctrina Bush del ataque preventivo

ques inminentes que requieren de una respuesta rápida, ese no es el


caso de la doctrina del ataque preventivo de Bush. Si alguien apunta a
otra persona con una pistola con el propósito de causarle daño, esa
persona podría intentar disparar antes que su atacante, y cualquier
tribunal del mundo reconocería su acción como defensa propia. Pero la
doctrina de la prevención va mucho más allá, pues como lo señala Falk
(2001: 273):

La prevención, en contraste, justifica atacar primero –no en una


crisis, como lo hizo Israel sobre la base de una justificación plausible, si
bien no del todo convincente, cuando tropas árabes enemigas se juntaron
masivamente en sus fronteras después de desechar la presencia de tropas
de paz de la ONU; sino sobre la base de intenciones oscuras, de preten-
didos vínculos con grupos terroristas, supuestos planes y proyectos de
adquirir armas de destrucción masiva, y anticipaciones de posibles daños
futuros. Es una doctrina sin límites, sin ninguna sujeción ante las Nacio-
nes Unidas o al derecho internacional, sin ninguna dependencia del juicio
colectivo de gobiernos responsables y, lo que es peor, sin ninguna demos-
tración convincente de su necesidad.

En su obra Sobre la ley de la guerra y la paz, publicada por


primera vez en 1625, Hugo Grotius (1995), afirma que es legítimo
“matar a quien se prepara a matar”. Un siglo después, Emmerich de
Vattel (1975) argumentó, en La ley de las naciones, que “una nación
tiene el derecho de resistir el daño que otra nación le busque infringir,
y usar la fuerza contra el agresor. Puede incluso anticiparse a los
planes de otros”. Pero “debe ser cuidadosa de no actuar bajo sospe-
chas vagas o dudosas, de otra manera corre el riesgo de convertirse en
la parte agresora”. En el caso de la doctrina de Bush no se cumple el
supuesto de defensa propia ante un ataque inminente del enemigo,
que justifique el ataque preventivo, sino que es producto de un afán de
los halcones de la administración de Bush de afirmar ante el mundo
el poderío militar norteamericanos y su voluntad de actuar contra
quienes desafíen a Estados Unidos. Como lo señalara el senador
norteamericano Robert Byrd (2001: 482) en vísperas del alevoso
ataque contra Irak:
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Esta nación está a punto de embarcarse en la primera prueba de


una doctrina revolucionaria, aplicada de manera extraordinaria en un
tiempo desafortunado. La doctrina de la prevención –la idea de que los
Estados Unidos (u otro país) pueden legítimamente atacar a alguna
nación que no está amenazándolos inminentemente, pero pudiera
amenazarlos en el futuro- constituye un giro radical de la idea tradicio-
nal de la autodefensa. Aparece como contravención de la ley internacional
y de la Carta de las Naciones Unidas. Y está siendo probada en una
etapa de terrorismo mundial, haciendo que muchos países alrededor del
globo se pregunten si estarán pronto en nuestra lista de países a ser
atacados –o en la lista de algún otro país. Altos funcionarios de la
administración se han negado a renunciar al uso de armas nucleares
cuando discuten un posible ataque contra Irak. ¿Qué podría haber más
desestabilizador y tonto que esta incertidumbre, particularmente en un
mundo donde la globalización ha unido los vitales intereses económicos
y de seguridad de muchas naciones? Hay grandes fracturas emergiendo
en nuestras viejas alianzas, y las intenciones de los Estados Unidos de
pronto son objeto de dañinas especulaciones mundiales. El
antiamericanismo sobre la base de desconfianza, desinformación, sospe-
cha, y una retórica alarmante de los líderes de Estados Unidos está
destruyendo la una vez sólida alianza contra el terrorismo global que
apareció después del 11 de septiembre.

Más adelante en su discurso, el senador Byrd (2003: 483-4)


señala también, al respecto del unilateralismo norteamericano:

Llamar a jefes de estado pigmeos, etiquetar a países enteros como


diabólicos, denigrar a poderosos aliados europeos como irrelevantes –este
tipo de insensibilidades no le hace ningún bien a nuestra gran nación.
Podemos tener un masivo poder militar, pero no podemos pelear solos
una guerra contra el terrorismo global. Necesitamos la colaboración y la
amistad de nuestros tradicionales aliados y de nuestros nuevos amigos, a
los que podemos atraer con nuestra amistad y con nuestra riqueza.
Nuestra sorprendente maquinaria militar nos será de poca utilidad si
sufrimos otro devastador ataque en nuestro territorio que dañe severamen-
te nuestra economía. Nuestro poder militar está ya sobrecargado. Y
necesitaremos el apoyo creciente de esas naciones que pueden ofrecer
tropas, no sólo firmar cartas echándonos porras.
78 La doctrina Bush del ataque preventivo

3. ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LA GUERRA


PREVENTIVA

Ya hacia finales del siglo XIX, Bismarck había llamado la atención sobre
lo absurdo de las doctrinas del ataque preventivo, a las que atinadamente
calificó de “suicidio por miedo a la muerte”. Desdichadamente, Bismarck
fue desplazado y sucedido por otros líderes más agresivos, que estuvieron
en dos ocasiones a punto de provocar la muerte del estado alemán (Betts,
2003). Antes de George W. Bush, varios presidentes de los EUA y
otros personajes de Norteamérica habían desechado explícitamente la
doctrina del ataque preventivo. Schell (2001: 506-26) cita diversos
antecedentes. En 1953, el presidente Dwight Eisenhower, cuando le
presentaron planes para iniciar una guerra preventiva para desarmar a
la Unión Soviética de Stalin, respondió:

Todos nosotros hemos oído este concepto de la “guerra preventiva”


desde los primeros días de Hitler. Yo recuerdo que esa fue quizá la
primera vez que lo oí. En estos días y tiempos […] yo no creo en tal
cosa; y, francamente, yo ni siquiera me dignaría a escuchar a nadie que
seriamente viniera a hablarme de ello.

El ministro de la Suprema Corte de los EUA, Robert Jackson, que


fungió como fiscal norteamericano en los juicios de Nuremberg, dijo en
su declaración inicial de posiciones:

Nuestra postura es la de que cualesquiera que sean los agravios que


una nación pueda tener, sin importar qué tan objetable el estatus quo en
que se encuentre, la guerra agresiva es un medio ilegal para arreglar esos
agravios o para alterar esas condiciones.

La idea del ataque preventivo no es tan radical ni tan revolucionaria


como lo supone el senador Byrd, en los párrafos citados arriba. Dos meses
después del bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki, el general Leslie
Groves, quien había sido el supervisor por parte del Pentágono del Proyecto
Manhattan para desarrollar la bomba nuclear dijo:

Si fuéramos verdaderamente realistas en vez de idealistas, como pa-


rece que lo somos, no permitiríamos que ninguna potencia extranjera con
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la que no estuviéramos firmemente aliados, y en la cual no tuviéramos una


confianza absoluta, fabricara o poseyera armas atómicas. Si tal país
comenzara a construir una capacidad para fabricar armas atómicas, noso-
tros destruiríamos esa capacidad antes de que hubiera progresado tanto
como para convertirse en una amenaza para nosotros.

Esa propuesta del general Groves nunca fue considerada seriamente


por el presidente Truman y, hasta antes de Bush hijo, había sido
desechada por cada subsiguiente gobernante de los EUA. Ya cité la
posición de Eisenhower al respecto. La política exterior de este presi-
dente se basó en la contención del comunismo mediante acuerdos regionales,
como la OTAN, y la extensión de bases militares en torno de la Unión
Soviética. En 1956, sorprendió a aliados y enemigos al oponerse a la
guerra del canal de Suez, lanzada por Gran Bretaña, Francia e Israel,
por no ser una guerra defensiva contra Egipto, a pesar de las alegadas
provocaciones asociadas con las posiciones anti-israelitas y anti-occi-
dentales de Nasser.
Schell recuerda que en 1961, durante la crisis de Berlín, algunos
asesores de Kennedy hicieron el sorpresivo descubrimiento de que el
poderío nuclear soviético no era tan fuerte como parecía, y que la Unión
Soviética era más vulnerable militarmente de lo que hasta entonces se
había pensado. Ellos propusieron entonces un ataque preventivo para
desarmar a los soviéticos. Cuando se lo comentaron al consejero en jefe
de la Casa Blanca, Ted Sorensen, éste les gritó: “¡Ustedes están locos!
No debiéramos permitir que gentes como ustedes anduvieran por aquí.”
Un antecedente más cercano es el del padre de George W. Bush,
el expresidente de los EUA George H. W. Bush (véase Bookman,
2002). Después de que los EUA habían concluido con éxito la
Guerra del Golfo, para desalojar a los iraquíes que habían invadido
Kuwait, un grupo de halcones del Departamento de Defensa comenzó
a diseñar una estrategia de ataque preventivo para la política de
seguridad de los EUA. Al igual que la actual estrategia de seguridad
del joven Bush, ese documento contenía la visión de unos EUA como
coloso dominador del mundo, imponiendo su voluntad y manteniendo
la paz mundial a través de su poderío militar y económico. Cuando la
versión final del documento fue conocida por el público, atrajo tales
críticas que fue rápidamente retirado y repudiado por el primer pre-
sidente Bush. Cabe recordar que en ese entonces el actual vicepresidente
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Dick Cheney era secretario de la defensa, y Paul Wolfowitz, quien


supervisó la elaboración del documento, y es hoy subsecretario del
actual secretario de defensa Donald Rumsfeld, era subsecretario de
política del Pentágono.
Tomasky (2003: 36) resume los puntos principales de ese docu-
mento de la defensa, llamado Defence Planning Guidance. Según él los
cuatro puntos principales de este documento que finalmente fue recha-
zado por la administración del padre de George W. Bush eran:

a) El principal objetivo de los EUA será el de mantenerse como la


única superpotencia mundial, impidiendo, por cualquier medio ne-
cesario, el surgimiento de cualquier rival de significancia.
b) El mantenimiento de esa preeminencia requerirá que los Estados
Unidos actúen en defensa de sus intereses propios, aun a costa de
los intereses de la comunidad internacional.
c) Por lo tanto, los EUA deberán rechazar el internacionalismo colec-
tivo –las alianzas permanentes (la OTAN exceptuada parcialmente)
serían despreciadas, y las futuras coaliciones consistirían de formacio-
nes ad hoc, a menudo sin durar más allá de la crisis confrontada.
d) Finalmente, el mantenimiento de este orden mundial posiblemente
requerirá la acción preventiva en diversos frentes, por una variedad
de razones: una defensa de Polonia y Lituania de un ataque ruso;
intervenciones en pequeña escala en Panamá y las Filipinas; inva-
siones para detener la proliferación de armas de destrucción masiva
en lugares como Corea del Norte e Irak.

Estos halcones esperaron pacientemente una década, para que el


nerviosismo entre los norteamericanos, proveniente de los ataques del 11
de septiembre, creara las condiciones propicias que les permitieran
salirse finalmente con la suya, con la publicación de la Estrategia de
Seguridad Nacional de George W. Bush en septiembre del 2002,
documento que recogió su propuesta antigua. Ya antes, en 1998, le
habían presentado al entonces presidente de los EUA, William Clinton,
en una carta abierta, la propuesta de que el gobierno norteamericano
implementara una estrategia para deponer a Saddam, y que de pasada
insistía en la cuestión del supuesto derecho de los EUA para lanzar
ataques preventivos. Decían en esa misiva (Project for the New American
Century, 1998: 200):
El Nuevo Milenio Mexicano 81

Nosotros le urgimos a que articule este propósito, y que su administra-


ción preste atención a la implementación de una estrategia para remover del
poder al régimen de Saddam Hussein. Esto requiere una interacción com-
pleta de esfuerzos diplomáticos, políticos y militares. Si bien estamos
perfectamente conscientes de los peligros y dificultades para la implementa-
ción de esta estrategia, creemos que los peligros de no implementarla son
mucho mayores. Creemos que los Estados Unidos tienen la autoridad bajo
las resoluciones existentes de la ONU para tomar los pasos necesarios,
incluyendo acciones militares, para proteger nuestros intereses vitales en el
Golfo. Pero de cualquier manera, la política de los Estados Unidos no
puede continuar siendo paralizada por una equivocada insistencia en la
unanimidad en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La carta fue firmada por el grupo autodenominado Project for the


New American Century, una organización de prominentes halcones
neoconservadores, entre los que destacan diversos personajes que fueron
prominentes durante las administraciones republicanas de Ronald
Reagan y de Bush padre, y que en la administración de Bush hijo llegaron
a desempeñar una influencia casi sin paralelo. Destacan en especial
Donald Rumsfeld, Richard Perle, William Kristol y Paul Wolfowitz.
Su organización declara tener como propósito: “promover el liderazgo
global de los Estados Unidos de América”.
Las presiones de los halcones no cayeron en oídos sordos. El
entonces presidente Clinton, algunos meses después de la publicación de
la carta, promulgaba la “Irak Liberation Act of 1998” (Congress of the
United States of America, 1998), que en su sección 3 a la letra
señalaba: “Deberá ser la política de los Estados Unidos apoyar esfuer-
zos para remover al régimen encabezado por Saddam Hussein del
poder en Irak y promover la emergencia de un gobierno democrático
para remplazar a ese régimen.” En 1993, Clinton ordenó un bombar-
deo preventivo contra Irak, por el supuesto atentado de agentes iraquíes
contra el expresidente Bush padre, en una visita por Kuwait, que a la
postre resultó ser una aparente mentira de las patentemente corruptas
fuerzas de seguridad kuwaitíes (Hersh, 1993).
Pero como lo ha señalado la que fuera secretaria de estado con
Clinton, Madeleine Albright (2003), el ataque preventivo siempre ha
estado en el arsenal de respuestas de Estados Unidos, para ser utilizado
en situaciones excepcionales. Lo novedoso con George hijo es que lo ha
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enunciado como la parte central de su política de seguridad y defensa,


con lo que según Albright ha irritado a los aliados norteamericanos y ha
debilitado a los EUA.
George W. Bush comenzó su presidencia en el 2001 con la idea de
mantener un perfil bajo de su administración en los asuntos internacio-
nales. Es cierto que los halcones militaristas fueron incorporados desde
el comienzo como parte de su gabinete, pero tal parece que ello fue más
bien para tener contentos a los conservadores republicanos que lo habían
apoyado en su campaña por la presidencia. Antes del ataque terrorista
de septiembre de 2001, nunca les hizo mucho caso. Pero después de
esos ataques todo cambió, más por incapacidad e ineptitud que por
diseño, ante el pasmo de no saber bien a bien qué hacer, y la fuerte
presión de los ciudadanos norteamericanos porque se hiciera algo.
También, como veremos más delante, influyó la escasa legitimidad con
la que Bush llegó a la presidencia de los EUA. Luego del ataque exitoso
a Afganistán, que elevó la popularidad de Bush ante el electorado nor-
teamericano, éste se engolosinó, y comenzó a suscribir las ideas extremistas
e irresponsables de sus asesores neo-conservadores. Schell, en el trabajo que
comenté arriba (Schell, 2003: 512), escribe, respecto de la idea de la guerra
preventiva y demás aspectos de la política de seguridad de Bush:

¿Cómo ha sucedido que el presidente Bush revivió e implementó esta


idea que había sido enterrada y desechada desde hacía mucho? Nosotros
sabemos la respuesta. El punto de arranque fue el 11 de septiembre. El
tema de la “guerra al terror” incluyó desde el comienzo el propósito de
atacar preventivamente, utilizando la fuerza militar. Pieza por pieza, se
construyó un puente desde el objetivo de capturar a Osama Bin Laden,
al de frenar la proliferación (de armas de destrucción masiva), sobre una
base global. Primero vino la idea de declarar culpables a regímenes
enteros en la guerra al terror, luego la idea del “cambio de régimen”
(comenzando por Afganistán), luego la prevención, luego la más amplia
afirmación de la dominancia en el ámbito global. Gradualmente, el tema
más importante de la actualidad –el creciente peligro de las armas de
destrucción masiva- fue subsumido como una especie de apéndice en la
guerra contra el terror. Cuando el proceso maduró, el resultado fue el de un
plan de Groves aumentado –una idea irresponsable e impracticable
cuando fue concebida, cuando sólo una potencia nuclear hostil estaba en
prospecto (la Unión Soviética); y más ahora, cuando en el mundo de hoy
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existen nueve potencias nucleares (si se cuenta a Corea del Norte) y


muchos otros países más tienen la capacidad de producir armas nucleares.

4. VIGENCIA DE LA CONTENCIÓN Y LA DISUASIÓN


EN EL MUNDO ACTUAL

Con la proliferación de armas nucleares, así como otras armas de destruc-


ción masiva, la guerra entre países que posean esas armas y sean capaces
de utilizarlas efectivamente el uno contra el otro no puede ser la manera
de resolver sus problemas. Schell (2003) cita a los dos hombres cuyo
trabajo fundamental en física tuvo quizá más que ver que el de cuales-
quiera otros dos científicos, con el desarrollo de la bomba atómica. En
1945, el gran físico nuclear danés, Niels Bohr, dijo simplemente en
palabras cuya verdad ha sido confirmada por los cincuenta años de
experiencia en la era nuclear: “Estamos en una nueva situación comple-
tamente diferente que no puede ser resuelta mediante la guerra.” Por su
parte Einstein señaló algo similar cuando en 1947 aseveró que: “Este
poder básico del universo no puede ser acomodado en el caduco concepto
de los nacionalismos estrechos. Porque no hay secreto y no hay defensa;
no hay posibilidad de control excepto a través de la comprensión creciente
y de la insistencia de los pueblos del mundo”.
Durante las décadas de la Guerra Fría, la disuasión entre ambas
potencias –la entonces Unión Soviética y los EUA- fue eficaz para
evitar el holocausto nuclear que tanto fue temido por muchos. Simple-
mente las dos potencias mundiales de entonces sabían que aun si
ganaran la guerra nuclear total, las pérdidas serían extensas. Una
hazaña como la de Pirro, cuando dijo, “otra victoria de esas y estamos
liquidados,” sólo que aquí no habría que esperar una segunda ocasión
para que se produjera la liquidación de potencias y quizá de civilizacio-
nes enteras. El cálculo racional, más que un instinto pacificador, fue lo
que durante la Guerra Fría impidió la confrontación nuclear entre las
dos potencias.
Pero hete aquí que en el actual mundo unipolar, dicen los del
partido de la guerra de Bush, la disuasión y la contención, que tan
eficaces fueron en el pasado, ya no funcionan. El propio Bush (2003:
269), en un discurso pronunciado en la Academia Militar de los
Estados Unidos en West Point, dijo:
84 La doctrina Bush del ataque preventivo

Los más graves peligros yacen en esta peligrosa interacción de


radicalismo y tecnología. Cuando la difusión de armas químicas, bioló-
gicas y nucleares, sucede junto con la adquisición de tecnología de misiles
–cuando eso ocurre, aun los estados débiles y pequeños grupos podrían
obtener un poder catastrófico para golpear a las grandes naciones. Nues-
tros enemigos han declarado precisamente estas intenciones, y han sido
descubiertos en la búsqueda de estas armas terribles. Ellos quieren la
capacidad de chantajearnos, o de lastimarnos, o de lastimar a nuestros
amigos –y nosotros nos opondremos a ellos con todo nuestro poder.
Por mucho del siglo pasado, la defensa de Norte América durante
la Guerra Fría se basó en las doctrinas de disuasión y contención. En
algunos casos, esas estrategias siguen funcionando. Pero nuevas amena-
zas requieren nuevas ideas. La disuasión –la promesa de represalia
masiva contra naciones- nada significa contra redes terroristas en la
sombra, sin nación o ciudadanos que defender. La contención no es
posible cuando dictadores desquiciados y con armas de destrucción
masiva pueden arrojar esas armas mediante misiles o dárselas secre-
tamente a grupos terroristas.

Estos razonamientos muestran claramente la confusión mental de


Bush y de sus consejeros. Respecto a la imposibilidad de disuadir o
contener a los grupos terroristas, tienen toda la razón. Pero son preci-
samente las características de esos grupos –la de moverse en las sombras
por todo el mundo y la de no tener naciones ni poblaciones que
defender- y que los vuelven incontenibles y no susceptibles de disuasión,
las que también los vuelven inmunes contra las guerras, preventivas o
no. Las guerras se hacen contra países y contra ejércitos, no contra cosas
como el terrorismo. Sólo como eufemismo se habla de guerra contra el
terror, como se hace cuando se habla de guerra a la ignorancia o a las
drogas (Roth, 2004).
Estados Unidos y sus aliados fueron a la guerra a Afganistán a
combatir el terror, efectivamente derrotaron al gobierno fundamentalista
de ese país, pero no destruyeron al terrorismo, ni capturaron a Osama
Bin Laden. La guerra contra el terror requiere una eficaz conjunción
de labores de policía, de inteligencia y de coordinación internacional,
entre otras cosas, pero no necesariamente una guerra contra países.
Esa lógica torcida de declarar guerras por confusión en los objetivos es
tan absurda, como si Estados Unidos se declarara la guerra a sí
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mismo porque en el combate a las drogas ha descubierto que muchos


narcotraficantes y muchos drogadictos son norteamericanos y operan
en su territorio.
Las múltiples tareas que se ha fijado Bush en su guerra contra el
terror, justificar ataques preventivos, amenazar a enemigos y a amigos
que no se plieguen a todo lo que los Estados Unidos quieren, combatir
la proliferación de armas de destrucción masiva, aplicar medidas de
seguridad interna que violan sin necesidad los derechos humanos de sus
ciudadanos y de extranjeros, promover cambios de régimen; parecen
estar distrayendo de lo que en realidad es o debiera ser la guerra contra
el terror: una tarea eminentemente policiaca, de inteligencia, y de coo-
peración internacional. Como lo señala Ullman (2002: 242-3):

La respuesta de Bush aún no se ha enfocado de lleno en las causas


del extremismo (un término más apropiado para entender el terrorismo).
Tampoco ha explorado plenamente las consecuencias de cualquier política
de prevención, sin importar qué tan justificada pueda parecer. Y, al lidiar
con los medios para eliminar acciones terroristas, su definición de un “eje
del mal” ha añadido la prevención de armas de destrucción masiva como
un objetivo clave. La cuestión, sin embargo, es la de si Corea del Norte,
Irán o Irak pondrían esas armas a disposición de los terroristas. La
prudencia sugeriría que cualquier probabilidad de tal diseminación sería
demasiada. Pero en otro sentido, los objetivos adicionales pueden fácil-
mente diluir el principal esfuerzo contra el terrorismo, especialmente si el
cambio de regímenes se convierte en el próximo objetivo.

Pero salvo en casos excepcionales, de países muy débiles que nece-


sitan del apoyo de grupos terroristas para mantenerse en el poder, como
pudo haberlo sido el gobierno de los talibanes en Afganistán, los
gobiernos tienen en general pocos incentivos para pasar las armas de
destrucción masiva a grupos terroristas. Incluso en el reciente caso de Pa-
kistán, se sabe que sus científicos nucleares pasaron secretos a algunos
gobiernos, y aunque se sospecha que también se los pudieron haber
pasados a terroristas, ello no es tan claro, y además éstos tienen menos
posibilidades de llevarlos a la práctica, con el desarrollo y fabricación de
las armas correspondientes. En el caso de Saddam los norteamericanos
argumentaron que tenía ligas con Al-Qaeda, cuando era sabido por
todos que eran enemigos. Al atacarlo, las probabilidades de que se
86 La doctrina Bush del ataque preventivo

tornaran aliados ocasionales creció. El ataque preventivo entonces au-


menta los peligros que dice combatir.
Los países que tienen armas de destrucción masivas no tienen
incentivos para promover que otros las tengan también, en especial
grupos terroristas. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética siempre
fue reticente a cooperar con China para que este país desarrollara sus
armas nucleares, a pesar de ser, al menos en teoría, su aliado comunista.
La utilidad de poseer armas de destrucción masiva depende de que
otros no las tengan, o de que no estén dispuestos a usarlas. Esto último
sería especialmente difícil de suponer en el caso de grupos terroristas.
Entonces, países como el anterior Irak de Saddam, tienen incentivos
demasiado escasos como para colaborar con la adquisición de armas
de destrucción masiva por parte de grupos terroristas, pues lo más proba-
ble es que esos grupos las usaran, antes que contra nadie, contra los
regímenes en esos países. Antes de la guerra para deponer a Saddam,
Mearsheimer y Walt (2003: 422) escribieron:

La falta de evidencia de alguna genuina conexión entre Saddam y Al-


Qaeda no es sorprendente porque las relaciones entre Saddam y Al-Qaeda
han sido pobres en el pasado. Osama Bin Laden es un fundamentalista
radical (como Khomeini), y detesta a los líderes seglares como Saddam.
Similarmente, Saddam ha reprimido consistentemente los movimientos fun-
damentalistas dentro de Irak. Dada esta historia de enemistad, es improbable
que el dictador iraquí le diera armas nucleares a Al-Qaeda.
La intensa presión americana, por supuesto, podría forzar la unión
de estos aliados improbables, de la misma manera como Estados Unidos
y la Rusia comunista se volvieron aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Aun así sería improbable que Saddam compartiera su más valioso arma-
mento con Al-Qaeda, por desconfianza de que fuera utilizado de manera
que pusiera en peligro su propia supervivencia. Durante la Guerra Fría,
los Estados Unidos no compartieron toda su experiencia en armas de
destrucción masiva con sus propios aliados, y la Unión Soviética se negó
a dar armas nucleares a China, a pesar de sus simpatías ideológicas y de
repetidas peticiones chinas. No hay evidencia de que Saddam actuaría
de manera diferente.

El argumento de que la disuasión no trabaja ya contra países es


claramente falso e insostenible. Una diferencia entre los grupos terroris-
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tas y los países, es que éstos tienen un domicilio para devoluciones.


Estados Unidos atacó a Irak, pero no a Corea del Norte, precisamente
porque fue disuadido, hasta ahora, de atacar a este último país, por su
capacidad de hacer daño a Corea del Sur, y a las tropas americanas ahí
apostadas. Nadie cuestiona que Estados Unidos y Corea de Sur pue-
den sin duda derrotar a Corea del Norte. Pero se calcula que podrían
morir 500 mil personas, entre civiles y militares surcoreanos y militares
norteamericanos apostados en Corea del Sur. Aún después de la gue-
rra, cuando se demostró que Saddam no representaba peligro importante
alguno para los EUA, Bush siguió manteniendo que el ataque preven-
tivo fue necesario porque Saddam está loco, y la disuasión o la contención
no operan contra los locos.
Pero como lo han señalado diversos analistas, la creencia de que el
comportamiento pasado de Saddam mostraba que no podía ser conte-
nido descansaba en una lógica falsa y en una historia distorsionada.
Saddam fue siempre bastante racional, lo que no le quita lo cruel
(Mearsheimer y Walt, 2003). Se lanzó a una guerra contra Irán porque
se sintió amenazado por la agresividad del nuevo gobierno fundamentalista
de ese país, y juzgó correctamente que los Estados Unidos lo apoyarían,
por sus diferencias de entonces con Irán, al grado de incluso haberle
provisto de los conocimientos y materiales necesarios con que produjo
armas químicas, así como el silencio cómplice cuando decidió utilizarlas.
Su principal error fue invadir Kuwait, pero el mismo Estados Unidos le
hizo pensar que se mantendría al margen, cuando la embajadora nor-
teamericana en Irak, April Glaspie, le manifestó a Saddam el 25 de
julio de 1990, que nosotros –los EUA- “no tenemos opinión sobre los
conflictos entre árabes, como el desacuerdo de ustedes con Kuwait
respecto de sus fronteras”.
En ese entonces, Irak estaba financieramente quebrado por su gue-
rra con Irán, y la opción de hacerse del petróleo kuwaití parecía un
riesgo bien calculado de su parte. Finalmente, se ha dicho que el haber
expulsado a los inspectores de armas de la ONU, cuando no tenía armas
de destrucción masiva, es prueba de su locura. Se trata de un argumen-
to extraño de los partidarios de la guerra. Si no tenía armas de destrucción
masiva no había que disuadirlo de usarlas. Por otro lado, la expul-
sión fue racional, como respuesta a la Ley de Liberación de Irak
promulgada ese año de 1998, por el presidente Clinton. Si no reaccio-
naba hubiera perdido fuerza y apoyos entre los mismos iraquíes.
88 La doctrina Bush del ataque preventivo

Sin embargo, diversos partidarios de la guerra no son tan escépticos


como Bush respecto de la eficacia de la disuasión. Por ejemplo, dos de
los más reconocidos miembros de los neo-conservadores, han manifes-
tado (Kaplan y Kristol, 2003: 212):

Una América fuerte, capaz de desplegar su fuerza rápidamente y con


efectos devastadores en regiones importantes del mundo haría menos
probable que los amenazadores de la estabilidad regional intentaran alte-
rar el estatus quo en su favor. Podría incluso disuadir a tales amenazadores
de incurrir en costosos esfuerzos para armarse en primer lugar. En sentido
contrario, una América cuya voluntad de proyectar su fuerza estuviera en
duda, sólo puede promover tales amenazas. El mensaje que deberíamos
estar mandando a nuestros enemigos potenciales es: “Ni siquiera te
atrevas a pensarlo”. Esta clase de disuasión ofrece la mejor receta para
una paz duradera; es mucho más barata que las guerras que seguirían si
fallamos en la construcción de tal capacidad.

Lo anterior no implica que los autores neo-conservadores citados


condenen la guerra preventiva. Para ellos sería un complemento de la
disuasión, pues mostraría la disponibilidad de Estados Unidos
para responder a los retos que les lancen sus enemigos. No sólo, según esta
lógica, para disuadir a los enemigos hay que tener los cuchillos afilados,
sino también de repente usarlos. Lo extraño es que para Bush, es la
ineficacia de la disuasión y la contención en el mundo de hoy la que
justifica su doctrina del ataque preventivo. También la principal asesora
de Bush en materia de seguridad (Condoleezza Rice) manifestó antes
del 11 de septiembre –y por tanto antes de que Bush y ella misma se
manifestaran contra el uso de la disuasión en el caso de Irak-, que era
la disuasión y no la guerra el camino adecuado para enfrentar a Saddam.
Escriben Mearsheimer y Walt (2003: 421), respeto de este giro de 180
grados en la posición de la consejera Rice:

Irónicamente, algunos de los funcionarios que ahora abogan por la


guerra solían reconocer que Saddam no tenía la capacidad para emplear
armas nucleares con propósitos ofensivos. En el número de enero/febrero
de 2000 de Foreign Affairs, la consejera de seguridad nacional Rice
describió cómo deberían reaccionar los Estados Unidos si Irak adquiriera
armas de destrucción masiva. “La primera línea de defensa,” escribió ella,
El Nuevo Milenio Mexicano 89

“debiera ser una clara y clásica declaración de disuasión –si ellos adquie-
ren armas de destrucción masiva, sus armas serán inútiles porque cualquier
intento de usarlas les traerá la destrucción de su nación.” Si ella creía que
las armas de Irak serían inútiles en 2000, ¿por qué piensa ahora que
Saddam debe ser depuesto antes de que las obtenga? Y además, ¿por
qué piensa ahora ella que un arsenal de armas nucleares le permitiría a
Saddam chantajear a la comunidad internacional entera, cuando ella ni
siquiera mencionó esta posibilidad en 2000?

Creo que la respuesta a estas preguntas que se hacen los autores


citados es clara. Como lo discuto en otra sección, los neo-conservadores
han dado muestras de carecer de un sentido moral, más allá de sus
arengas individualistas, y de que sí son persistentes en cuanto a defender
sus intereses. En el 2000 Bush no había emitido sus grandes diseños de
reformar, o más bien de destruir, el derecho internacional. Cuando
lo hizo, la pobre Condoleezza o apechugaba o se iba. Aunque a los
realistas norteamericanos –y en esto el moralista de Bush se cuece
aparte de la mayoría de sus colaboradores-, la cuestión moral en lo
relativo a las estrategias de prevención, disuasión y contención no parece
demasiado relevante, sino a lo mucho un efecto de segundo orden como
lo ha dicho la propia Condoleezza Rice; termino esta sección con una
cita moralista de Richard Falk (2002: 274):

Lo que está en juego con la prevención, con relación a la imagina-


ción de un “eje del mal”, es más oculto y siniestro. Lo que temen en
Washington, me temo, no son las acciones agresivas de estos países sino
el que su adquisición de armas de destrucción masiva pueda darles poder
de disuasión respecto de los Estados Unidos y otras naciones. Desde el
fin de la Guerra Fría los Estados Unidos se han dado el lujo de no ser
disuadidos por nadie en la política mundial. Es esta circunstancia la que
hace al unilateralismo de Bush particularmente preocupante para otros
países, y debe ser entendido con relación a las intenciones del Pentágono,
contenidas en un reporte filtrado el pasado diciembre, de aumentar el
apoyo de sus acciones en el uso de armas nucleares, en una variedad de
circunstancias estratégicas. En West Point, Bush declaró que “nuestros
enemigos han sido descubiertos tratando de adquirir estas armas terri-
bles”. Nunca se les ocurre a nuestros líderes que estas armas no son
menos terribles en las manos de los Estados Unidos, especialmente cuan-
90 La doctrina Bush del ataque preventivo

do su uso está contemplado como una opción política sensible. Hay cada
razón para que otros teman que cuando los Estados Unidos no puedan
ser disuadidos por alguien más, otra vez se vean sujetos a la “tentación de
Hiroshima”, de amenazar con el uso, o de usar tales armas, en ausencia
de cualquier prospecto de que alguien le conteste en especie.

5. LA SANCIÓN INTERNACIONAL EN LA
LEGITIMIDAD DE LA GUERRA

La parte que es un tanto problemática en el esquema todavía vigente,


a pesar de Bush y compañía, de la guerra justa (en defensa propia o
con sanción internacional) es la de la sanción de la comunidad mun-
dial a la guerra, preventiva o no. Ello se debe a que la representatividad
mundial es generalmente asumida por organizaciones cuya legitimi-
dad es a veces cuestionable y casi siempre limitada. Más aún, a veces se
recurre a una organización para que sancione una guerra, a veces
a otra. La guerra de los Balcanes contó con la sanción de la OTAN,
en vez de la de la ONU. Quizá ello se justificaba por el carácter
regional del conflicto y la concentración de los riesgos sobre Europa.
En términos más pragmáticos, la explicación es quizá la de que Rusia
probablemente hubiera hecho uso de su derecho de veto en el Consejo
de Seguridad de la ONU. Sin embargo, es esta última institución la
que tiene el mandato más claro de la comunidad internacional para
actuar en este aspecto.
Contra la legitimidad del Consejo de Seguridad de la ONU en estos
menesteres, se han levantado diversos argumentos con una buena dosis
de validez. En especial se argumenta la escasa representatividad del
órgano, en el que sólo participan cinco miembros permanentes (China,
Francia, la Federación Rusa, el Reino Unido y los EUA) y diez
temporales, elegidos periódicamente por todos los estados miembros y
que forman parte del consejo durante dos años; y que el derecho de veto
de cualquiera de los miembros permanentes impida la toma de decisiones
necesarias, aunque cuenten con el respaldo de la mayoría, incluso de
casi unanimidad, salvo por el país del veto. Esto último es especialmente
problemático cuando alguno de los miembros permanentes, o alguno de
sus aliados, es la parte que debe ser objeto de la acción preventiva o
punitiva. Por ejemplo, Estados Unidos veta todas las resoluciones que
afecten a Israel.
El Nuevo Milenio Mexicano 91

Otros argumentos que usualmente se erigen contra el Consejo pa-


recen menos válidos. A veces se señala que tienen demasiado peso países
con poca fuerza en la economía mundial, y que para que las decisiones
del Consejo tuvieran mayor probabilidad de ser atendidas, el voto
debiera ser proporcional a alguna variable correlacionada con el
poder real de las naciones, como por ejemplo el PIB de cada país. Esto
recuerda las discusiones que se daban al inicio o en los antecedentes
de las democracias modernas, cuando se discutía si sólo se debiera
conceder el sufragio a quienes fueran propietarios, alfabetos o varones.
Quizá en el futuro el derecho internacional siga el derrotero de las
constituciones nacionales, en las que cada cabeza cuenta igual, y el
voto de los organismos nacionales sea en proporción a la población,
sin distingos entre débiles y poderosos. No hay razón por la que desde
un punto de vista ético el ideal de que todos sean iguales ante el
derecho, la ley o el poder, sin importar su fuerza o su riqueza, se
circunscriba sólo al ámbito nacional.
Cualesquiera que sean la composición y las reglas ideales de un
organismo como el Consejo de Seguridad, no cabe duda que son por el
momento, y lo serán por mucho tiempo, irrealizables, no obstante las
iniciativas de Kofi Annan. Pero los defectos de este organismo
deben inspirar su mejoramiento, que necesariamente deberá ser paulatino,
si no se quiere poner en riesgo la posibilidad misma de que exista un
organismo más o menos representativo de la voluntad internacional. Aquí
como en pocos casos se cumple con tanta claridad el dicho aquél de que
lo perfecto es enemigo de lo bueno. Las críticas de que no hay organis-
mos suficientemente representativos de la comunidad mundial, o de que
en la práctica han sido más o menos irrelevantes son, la mayoría de las
veces, del todo certeras. Pero en un mundo en que el poder hegemónico
lo ejerce una sola potencia, es urgente fortalecer lo que se tiene. El
Consejo de Seguridad como árbitro de las guerras preventivas será
siempre una mejor opción que la de que la única gran potencia super-
viviente de la guerra fría se arrogue el poder de decidir por el mundo,
sin consultar o ignorando, cuando le convenga, a los demás países.
Han sido precisamente los EUA uno de los países que más han
criticado y en ocasiones opuesto resistencia y hasta boicoteado al Con-
sejo de Seguridad. Es el país que en los últimos años ha ejercido más
veces el veto como miembro permanente de esa institución. Ha ejercido
presiones para que los demás países voten de acuerdo con sus intereses,
92 La doctrina Bush del ataque preventivo

lo que socava la ya de por sí endeble legitimidad de dicho Consejo. Estas


presiones van desde amenazas de represalias económicas y financieras
hacia quienes votan libremente en su contra, hasta simplemente ignorar
al organismo y enfrentarlo con hechos consumados.
En el caso de la guerra contra Irak, quedó claramente de manifiesto
que Estados Unidos consideran a los organismos internacionales sólo
cuando pueden serviles como comparsa, y los ignoran o atacan cuando
pretenden actuar libremente. Primero quisieron que el Consejo aprobara
la guerra, y montaron en cólera cuando se enteraron de que al menos
dos países con derecho a veto se opondrían (Francia y Rusia.) Luego
quisieron forzar un voto aunque no fuera formalmente válido, al enfren-
tar el veto de esos países, pero con la intención de lograr una mayoría
simple en el consejo, que según ellos les daría legitimidad ante el
mundo. Cuando vieron que tampoco lograrían esa mayoría simple,
gracias a la posición de países como Chile y México, que aguantaron las
presiones, simplemente decidieron actuar sin acudir de nuevo a ese
organismo, argumentando que era innecesario, mediante interpretaciones
por demás falaces de decisiones previas del propio Consejo.
Esta actitud de los EUA contra los organismos internacionales,
cuando actúan con independencia de sus intereses, no es nueva ni se
orienta sólo contra el Consejo de Seguridad de la ONU. Estados
Unidos lleva décadas de haberse auto excluido de la UNESCO, porque
según ellos, ese organismo de las Naciones Unidas para promover la
educación, y cuyas decisiones se toman por votación, es una instancia de
promoción de valores socialistas y antiliberales, que se oponen a los
ideales libertarios de la democracia y el capitalismo norteamericanos.
Un caso realmente ridículo es el de la posición de ese país en lo relativo
a la Corte Penal Internacional. Por un lado dicen estar a favor de ese
organismo en formación, pero por el otro insisten en que sus soldados
sean inmunes a las acusaciones ante esa corte por delitos de guerra.
Como la mayoría de los países no está de acuerdo con esa salve-
dad absurda, los EUA se han dedicado a firmar acuerdos con países
en lo individual, mediante los cuales esos países se comprometen a no
poner, en su caso, a disposición de esa Corte, soldados americanos
que pudieran encontrarse en su territorio. A los que no firman les
retiran el apoyo militar, lo que les es contraproducente, pues ese apoyo
sirve sobretodo a los norteamericanos. Lo dan para que diversos
países combatan guerrillas o grupos terroristas, lo que está entre las
El Nuevo Milenio Mexicano 93

prioridades de los propios norteamericanos, o bien para el combate a


las drogas, mediante el cual les pasan a otros la responsabilidad de
combatir las “malas” adicciones de sus ciudadanos, cada vez más
dependientes de las drogas.
Esas presiones contra países soberanos son insostenibles, pues de
persistir se revertirían contra los propios Estados Unidos, y lo único que
muestran es que al gigante le dan pataletas. Desdichadamente a algunos
les entra miedo y se pliegan. Pero Estados Unidos no puede reñir con
el mundo. Su capitalismo depende de la globalización. El libre comercio
que pregona por todas partes no puede florecer en un ambiente de
tensiones políticas permanentes. Las guerras contra el terrorismo y el
narcotráfico no pueden prosperar sin la participación de todos los paí-
ses. Aunque no le guste, si alguien necesita de los organismos
internacionales para actuar con eficacia en el mundo, es precisamente
Estados Unidos: puede actuar aquí y allá como bravucón, pero no
puede hacerlo siempre. Necesita de la legitimidad internacional que sólo
pueden brindarle esos organismos, de otra suerte la oposición a sus
actuaciones será cada vez mayor y el costo de llevarlas a cabo también.
Ni siquiera la única gran potencia del mundo, con todo su poder y
toda su tecnología, tiene los recursos para resolver todo por la fuerza. El
que haya escogido a Irak y no a otros países, como Corea del Norte por
ahora, para realizar su demostración de poderío y señalar a los países
del mundo lo que les puede esperar si se interponen en su camino, es
más bien una prueba de que su poder, aunque enorme, no es ilimitado.
De entre sus enemigos en boga, escogió al más débil. Aun así, el costo
fiscal y los efectos negativos de la guerra sobre la economía norteame-
ricana han sido significativos. Estos costos se elevarían considerablemente
si decidieran actuar militarmente y de forma simultánea contra todos los
países que considera enemigos de sus intereses.
Pero sería iluso pretender que, habida cuenta de las deficiencias de
los organismos internacionales, la potencia más poderosa, la única su-
perpotencia restante, se limitara a seguir al pie de la letra unas reglas
mal diseñadas. Incluso la mayoría de los países no estarían de acuerdo
con la resultante pasividad de Estados Unidos ante situaciones que
pueden requerir su intervención en beneficio de la comunidad interna-
cional, como pudo haberlo sido su actuación en los Balcanes. El mundo
vería con simpatía una intervención norteamericana que tuviera la anuencia
de todos los países del mundo excepto, por poner un ejemplo extremo,
94 La doctrina Bush del ataque preventivo

la de un solo país, pero con derecho de veto en el Consejo de Seguri-


dad. Pero si quiere Estados Unidos mantener un liderazgo moral en el
mundo, podrá y deberá a veces torcer un poco las normas, pero no los
principios que fundamentan la ley internacional.
En especial, deberá asegurar la anuencia de la mayoría de los
países, en vez de menospreciar, como lo han pretendido Bush y com-
pañía, a la opinión mundial y a las organizaciones internacionales.
Incluso para ser eficaz en su acción, no puede seguir sosteniendo que
tendrán coaliciones cambiantes de acuerdo a sus intereses, también
cambiantes, y que un país hoy amigo se convierta en enemigo sólo por
no estar en un punto particular de acuerdo con la potencia hegemónica,
como les acaba de suceder a Francia y a Alemania con lo de la
guerra contra Irak. Lo único que lograrán así es el debilitar la fuerza de sus
alianzas para cuestiones realmente fundamentales para ellos, en las que
comparten posiciones e ideologías más con países como Francia y Ale-
mania que con Pakistán, por poner un ejemplo.
Madeleine Albright (2003: 9), quien fuera secretaria de estado en
la administración de Clinton, dijo respecto de las relaciones con Europa,
algo que no habría razón para no aplicarlo, en lo esencial, al resto del
mundo:

El reto para los Estados Unidos, sin embargo, es el de un marco


de decisión para Europa que la mayoría de Europa pueda adoptar con
dignidad (si bien no necesariamente Francia.) Para ayudar en esta
misión, la OTAN debiera ser utilizada en Afganistán (donde finalmente
ha ganado un papel pero dos años después del 11 de septiembre) y en
Irak, donde su participación pudiera aliviar la presión sobre las alta-
mente tensionadas fuerzas norteamericanas. La administración de Bush
debería dar la bienvenida entusiasta a los esfuerzos europeos por desa-
rrollar una capacidad independiente de respuesta rápida, especialmente
para conducir operaciones de pacificación y para responder a emergen-
cias humanitarias. Cuando los europeos efectúan tareas importantes,
como los alemanes y los turcos en Afganistán durante el año pasa-
do, merecen ser congratulados, a pesar de diferencias sobre temas menores.
Más aun, los europeos debieran ser invitados, no dirigidos, a trabajar
cercanamente con Washington en los retos más difíciles, incluyendo el
representado por el programa nuclear de Irán. Quizá por encima de
todo, los europeos deben ser tratados como adultos. Si tienen diferen-
El Nuevo Milenio Mexicano 95

cias con Estados Unidos, esas diferencias debieran ser consideradas


seriamente, no desechadas como señales de debilidad (o vejez) o
equivalentes a traición. Washington necesita recordar que “aliados” y
“satélites” son cosas claramente diferentes.

6. LA INFLUENCIA DE LOS NEO-CONS

Desde antes de que Osama Bin Laden se volviera famoso, las organi-
zaciones más conservadoras de la derecha norteamericana, dentro de su
programa para hacer avanzar su paradigma reaccionario no sólo en
Estados Unidos sino en todo el mundo, proponían que Estados Unidos
operara, en la escena internacional, ignorando a las Naciones Unidas,
organización a la que siempre han criticado y menospreciado. Entre las
acciones que habría que tomar, según esas organizaciones, está la de
castigar a los países “mal portados”, según los Estados Unidos mismos
los definan. Estas organizaciones suelen utilizar para la promoción de
sus doctrinas, la figura de los conocidos como think tanks de derecha.
Con la llegada de George W. Bush a la presidencia de su país, y sobre
todo después del 11 de septiembre del 2001, estas organizaciones
vieron incrementada su influencia.
A pesar de su nombre, estos grupos se dedican más a difundir
ideología que a hacer avanzar el conocimiento. Sólo hay que ver las
declaraciones de objetivos que ellos mismos se fijan. En ningún caso se
proponen hacer avanzar la investigación académica en sí, sino en su
caso, utilizarla para impulsar un programa definido ex ante. Al grado
tal, que catalogan de izquierdistas a otros think tanks con una propuesta
más académica, como sería por ejemplo, la Brookings Institution. Suelen
considerar que los departamentos de estudios sociales, políticos o econó-
micos de las universidades norteamericanas, no son sino guaridas de
socialistas, que pretenden destruir las libertades de ese país, promovien-
do el crecimiento del gobierno, defendiendo el cobro de impuestos,
proponiendo políticas liberales, entre otros pecados en contra de la
ideología individualista a ultranza que les motiva y apasiona, al grado
de ver como enemigos irreconciliables a quienes piensan diferente, y a
los que hay que combatir, con la fuerza del odiado estado si es nece-
sario. Defender a los intereses privados es para ellos la única función
válida del gobierno, sobre todo tratándose de los intereses de los grandes
conglomerados económicos.
96 La doctrina Bush del ataque preventivo

De esos grupos nutrió Bush a su equipo de trabajo. Según The


Economist (Febrero 15-21, 2003):

Donald Rumsfeld y Condoleezza Rice son veteranos de la Institución


Hoover. Dick Cheney y su esposa mantienen relaciones duraderas con el
American Enterprise Institute (AEI). Elaine Chao, secretaria de trabajo,
es alumna de Heritage. El gabinete de política de la defensa era encabe-
zado hasta hace poco por Richard Perle, el halcón mayor del AEI, y un
cuarto de los miembros de ese gabinete salieron de la Institución Hoover.
Cientos de empleados de nivel más bajo de la administración, formaron
sus capacidades en ese tipo de instituciones. Si la gente hace la política,
dice el jefe de la Heritage Foundation, entonces esas organizaciones, lo
dice con orgullo, se están convirtiendo en el gabinete en la sombra de los
Estados Unidos.

Dentro de este selecto grupo, Colin Powell parece moderado, no


obstante su historial de oponerse a los recortes del gasto en defensa para
aumentar el gasto social, o de que los homosexuales participen en el
ejército de su país, por no hablar de su completa rendición ante sus
compañeros de gabinete más radicales en lo relativo a la guerra contra
Irak.
De los mencionados, el anterior jefe del gabinete de defensa, Richard
Perle, debió dejar su cargo como jefe, aunque sigue siendo parte de
dicho gabinete, debido a que su asociación con empresas que son
proveedoras de armamento al ejército norteamericano, y que han obte-
nido contratos bajo circunstancias sospechosas, lo volvía vulnerable. Pero
él no es el único. Bush ha dado a empresas amigas de su administración
contratos para la reconstrucción de la infraestructura petrolera y de otro
tipo en Irak, de manera discrecional, sin que hubiera licitación previa.
El caso más escandaloso es el de la empresa Halliburton, de la
que Dick Cheney era, hasta pasar a desempeñar el cargo de vicepre-
sidente del gobierno de Bush, el principal directivo.
Lo anterior es muestra de que la falta de escrúpulos de la derecha
suele no conocer límites, cuando de hacer negocios se trata. Además de
fanática, agresiva y violenta, suele ser corrupta. Por ahora el pueblo
norteamericano, después del trauma del 11 de septiembre de 2001 y de
la euforia de sus victorias en Afganistán e Irak, no parece prestarle
demasiada importancia a estos “detalles”. Por menos que eso, en otras
El Nuevo Milenio Mexicano 97

circunstancias más normales, defenestraron a Richard Nixon. La pre-


gunta obligada es la de cuándo se aplacarán los ánimos en Norteamérica,
para que su sistema electoral funcione de nuevo como un sistema de
contrapesos similar al que en el pasado le ha funcionado. La reciente
caída de popularidad de Bush en las encuestas parece indicar que las
aguas se apaciguan en Norteamérica. Al momento de escribir estas
líneas (febrero de 2004), es difícil saber si Bush podrá reelegirse, pero
el que las encuestas entre los norteamericanos lo pongan en duda es
un elemento esperanzador.
Lo dicho respecto del dogmatismo y extremismo conservador de la
administración de Bush puede parecer una exageración. Ojalá lo fuera,
pero no lo es. La reseña de una reunión de conservadores hace poco
más de un año en Arlington, Virginia, en la que Cheney, el vicepresi-
dente de Estados Unidos, fue el orador principal, da muestra del
talante de estos grupos que han logrado infiltrarse a la administración
del gobierno norteamericano, especialmente con la llegada de Bush. La
reunión fue convocada por la Conferencia de Acción Política Conserva-
dora, la CPAC por sus siglas en inglés. Según esa reseña (The
Economist, Febrero 8-14, 2003), los asistentes a esta reunión, enca-
bezada por el vicepresidente de Estados Unidos, manifestaron su odio
contra el establishment liberal; los burócratas que gastan improductivamente
el dinero de la gente; los profesores liberales que corrompen a la
juventud con ideas marxistas y de cómo ser homosexual; y contra los
pacifistas que quieren minar la voluntad nacional de autodefensa. Las
intervenciones llevaron títulos como: “Islam, ¿religión de paz?”; o “Mi-
tos, mentiras y terror: la creciente amenaza del ambientalismo radical”.
Llevaban camisetas con leyendas como “Da una oportunidad a la
guerra”; portaban distintivos con consignas como la de “Combate al
crimen: a balazos”; o “Muslim=Terrorista”; entre otras gracejadas que
aparentemente hicieron feliz a Cheney.
Mucho se ha hablado del unilateralismo como amenaza a la convi-
vencia de las naciones en el nuevo orden internacional. Pero hoy, con la
actitud belicosa de Bush, hay otro aspecto que no hay que pasar por
alto. El de una agenda derechista que Bush y sus colaboradores le
quieren recetar no sólo a Estados Unidos, sino al mundo. Como dice
Packer (2003): “Los conservadores de hoy no tienen un concepto del
bien público, ellos ven a los americanos como inversionistas y consumi-
dores, no como ciudadanos”, pero, “Entre otras cosas, el 11 de septiembre
98 La doctrina Bush del ataque preventivo

recordó a los americanos que ellos necesitan un gobierno: dentro de las


torres, los empleados públicos subían y los privados bajaban”.
El oponerse a la doctrina de la guerra preventiva tiene también, hoy
por hoy, esa dimensión: la de oponerse a un grupo fundamentalista,
radical, dogmático y reaccionario. En su lenguaje mesiánico y fanático
religioso, los mensajes de Bush se parecen a los de cualquier ayatola
fanatizado. Mientras el primero promete derrotar al eje del mal, los
otros juran destruir al gran Satán. Bush conjura a Dios tras sus desig-
nios, los fundamentalistas a Alá. Por algo dicen que los extremos se
juntan. Por algo también el distanciamiento entre los gobernantes actua-
les norteamericanos y sus más liberales contrapartes en la Europa a la
que el fanático de Donald Rumsfeld, no se cansa de llamar, despecti-
vamente, la vieja Europa.

7. LAS CONTRIBUCIONES DE BUSH

Ese es el mundo ultraderechista de los neo-cons que han ideado la


doctrina del ataque preventivo (sin la sanción internacional, por supues-
to). Bush no era miembro explícito de esa especie de cofradía. Pero
ciertamente desde el 11 de septiembre del 2001 goza de sus simpatías
incondicionales, en una relación de sentimientos correspondidos. Bush
merece ser reconocido como el principal proponente y fundador de
dicha doctrina. Ello no obstante de que no parece haberla adoptado
desde el principio de su administración, y de que algunos elementos de
la doctrina del ataque preventivo unilateral fueron adoptados desde la
administración de Clinton, en un documento del Consejo de Seguridad
Nacional; y de que, además, el bombardeo ordenado por el mismo
Clinton contra instalaciones aparentemente para fabricar armas de des-
trucción masiva en Irak, se efectuó bajo la justificación de esa doctrina.
Pero ha sido Bush el que ha llevado esa doctrina claramente a la
práctica, al ir a la guerra en Irak, en contra de la voluntad expresa de
la mayoría de los países del mundo, con lo que explícitamente
rechazó la doctrina tradicional de la guerra justa.
Pero Bush no se quedó ahí, sino que ha puesto su grano de arena
en la definición conceptual de la nueva doctrina. En la medida que el
ataque preventivo contra Irak perdió credibilidad, al constatarse que,
tuviera o no ese país armas de destrucción masiva, éstas nunca repre-
sentaron un peligro inminente contra Estados Unidos, Bush enfiló sus
El Nuevo Milenio Mexicano 99

baterías a justificar la guerra en la necesidad de destituir a un malévolo


y demoníaco tirano como Saddam Hussein, que abusaba de su propio
pueblo (su lenguaje no se distingue en tono al de los fanáticos religiosos
que combate). Lo extraño es que el mismo Bush llegó a la presidencia
del gobierno norteamericano bajo la promesa de no involucrar a su país
en pleitos en los que no estuviera en juego la seguridad de la nación.
Hasta antes del 11 de septiembre se mantuvo al margen de la
mediación en el conflicto entre palestinos y árabes, que tanto ocupó y
preocupó a su antecesor en la presidencia de Estados Unidos. Pero lo
más extraño es que los neo-cons, que ahora lo apoyan en todo lo que
hace y dice, siempre habían rechazado y criticado el que Estados
Unidos se vieran involucrados en lo que llaman national building,
término con el que designan a cualquier intervención norteamericana
para deponer tiranos, proteger derechos humanos de extranjeros y otras
causas que no tengan que ver con la protección de los intereses norte-
americanos directos. Pero así son de inconsistentes y convenencieras las
derechas en todo el mundo. Discuten como si creyeran en los principios
que dicen defender, pero los traicionan a la primera oportunidad cuando
así conviene a sus intereses. En este caso, su verdadera intención parece
haber sido mostrar la supremacía militar norteamericana y minar la
autoridad de los organismos internacionales, a los que detestan, en
especial a las Naciones Unidas, y así lo dicen en cuanto panfleto al
respecto sus think tanks relacionados publican.
Los antecedentes lejanos y recientes de Estados Unidos apoyando
tiranos o deponiendo gobiernos democráticamente electos cuando así ha
convenido a sus intereses son tan frecuentes, que no es necesario men-
cionarlos para mostrar que la justificación de la guerra que se sacó Bush
de la manga, huele más a cinismo que a una verdadera argumentación
política y ética. Además que deja en el aire la razón por la que se
escogió a Irak y no a otros países con igual o peor record de violación
a los derechos humanos en sus propios territorios. Quizá para simular
algo de esa falta de congruencia, ahora Estados Unidos se están
involucrando más en causas diversas en el mundo: en Palestina y en
Liberia, por ejemplo. Pero si quisieran corregir las injusticias en el
mundo, deponiendo por la fuerza a cuanto tirano existe, no les van a
alcanzar ni su poderío militar ni sus recursos económicos.
Otra contribución directa de Bush al cuerpo de “principios” a los
que con certeza se les pone su nombre: Doctrina Bush, es el de que su
100 La doctrina Bush del ataque preventivo

gobierno se arrogue el derecho de calificar y castigar, como enemigos, a


todos aquellos que no se pongan de su lado en cuanta confrontación,
militar o política, emprendan Estados Unidos; o peor aun, que apoyen
o simpaticen con sus enemigos. Esta posición la enunció claramente
desde la destrucción de las torres gemelas en Nueva York, cuando
amenazó con tratar como enemigos a los que se interpusieran en el
camino de su país en la guerra contra el terrorismo.
A nadie ha atacado militarmente Bush por el simple motivo de
simpatizar con sus enemigos. Pero ha utilizado toda suerte de amena-
zas y sanciones económicas para intentar corregir a los que no entienden
que el American Way es el único camino correcto. Arriba mencioné las
sanciones a los que no firman acuerdos para minar a la Corte Penal
Internacional, como ejemplo. A México se le hizo saber que el trato de
amigo cercano se terminó, por no haberlo apoyado en el Consejo
de Seguridad de la ONU. Aunque la verdad sea que después del inicio
de su guerra contra el terrorismo, el asunto dejó de ser conside-
rado como prioritario, y que lo volverían a incluir en su agenda
cuando lo consideraran conveniente. (Recientemente, a principios del
2004, Bush presentó un proyecto de ley al Congreso de Estados
Unidos, que ofrece la nacionalización a quienes lleven más de tres
años trabajando en aquel país y que ha halagado al gobierno mexi-
cano, en su objetivo de mejorar las condiciones de los emigrantes de
México hacia el país del Norte; y ha ofrecido de nueva cuenta su
amistad al presidente Vicente Fox).
De esa manera, paso a pasito, lo que era, en la concepción teórica
de los think tanks de derecha, una nueva doctrina de la intervención
militar, que justificaba el ataque preventivo sin consentimiento interna-
cional y condenaba el national building, se convirtió, bajo la inspiración
de Bush y bajo la acción de su gobierno, en una peligrosa posición que
sostiene:

a) Son legítimas las guerras que emprenda Estados Unidos para


prevenir que gobiernos irresponsables, según los califique el propio
Estados Unidos, se hagan de armas de destrucción masiva.
b) Son legítimas las guerras que emprenda Estados Unidos contra
aquellos tiranos que incurran en su desagrado. Sólo a este país
corresponde definir quiénes son los malos que merecen tal trata-
miento.
El Nuevo Milenio Mexicano 101

c) Las guerras legítimas no requieren la sanción favorable de organis-


mo internacional alguno, en especial, del Consejo de Seguridad de
las Naciones Unidas, en los que algunos odiosos y envidiosos,
como los franceses, tienen demasiada ingerencia.
d) Estados Unidos considerará enemigos a los amigos, aunque sean
ocasionales, de sus enemigos; así como a los que lo obstaculicen en
sus enfrentamientos contra sus enemigos. Las sanciones podrán ir
desde la descortesía de no recibir a sus mandatarios en el rancho
privado de Bush, hasta retirarles la “ayuda” militar o imponerles
alguna sanción económica.

Esta teoría como tal no tiene mayor mérito intelectual, pero será
un referente forzado para cualquiera que se dedique a estudiar el tema
de las guerras. Ella es, sin duda, una hazaña asombrosa para alguien
como Bush, padre por adopción de tal teoría, y por mayoría de mérito
en su promoción en la práctica y en su enunciación explícita en
algunos aspectos. Lo sorprendente es que el propio Bush reconoce su
escasa preparación intelectual. Él mismo cuenta que pasó por la
Universidad de Yale como por una competencia de beber alcohol.
Cuando se le pregunta si también consumía drogas, se niega a res-
ponder, lo que equivale casi a un reconocimiento. Su afición alcohólica
con exclusión casi de cualquier otro interés continuó durante muchos
años, hasta que ya bastante mayorcito se encontró con un pastor de
una secta religiosa militante que lo reformó. Desde entonces se dedicó
a la política con un fervor religioso. Habla de política como quien
predica el Bien divino. Habla de sus enemigos como representantes
del Mal (recuérdese su categorización de Corea, Irán e Irak como el
eje del Mal).
Una cuestión un tanto paradójica es que Bush, con todo y su
agresiva posición a favor de la guerra, cuando en principio pudo, de
joven, haber participado en una, la rehuyó, aparentemente. En efecto,
parecen haber indicios de que cuando pudo haber sido reclutado como
soldado para la guerra de Vietnam, se inscribió en las guardias nacionales
de Texas y utilizó la influencia paterna, ya entonces un reconocido
político republicano, para evitar ser enviado a ese conflicto. No sólo eso. Ni
uno sólo de los halcones guerreristas en su gabinete que le acompañan
en su fanatismo a favor de la guerra, ha participado en guerra alguna.
Como lo señaló en su momento Fallows (2002: 536):
102 La doctrina Bush del ataque preventivo

La figura militar más experimentada del gabinete de Bush, Colin


Powell, ha sido caracterizada como “titubeante”, por su obvia incomo-
didad con una aventura que no apoyan la mayoría de los aliados. Sus
instintos ilustran la sociología general del debate sobre Irak. Como regla,
los más insistentes promotores del ataque preventivo dentro del gobierno
y en la prensa, ni habían servido en el ejército ni vivido en países árabes.
Los militares veteranos estuvieron generalmente en contra de la gue-
rra. Por ejemplo, Paul Wolfowitz, el secretario auxiliar de defensa y líder
intelectual del partido de la guerra dentro del gobierno, era un estudiante
de programas de postgrado durante los sesenta. En sentido opuesto,
Richard Armitage, su escéptico contraparte en el Departamento de Es-
tado y aliado de Powell en su petición de que se ejerza algo de
moderación, es un graduado de la Academia Naval, que sirvió tres
períodos en Vietnam.

No sólo el ser evasores del servicio militar distingue a estos persona-


jes, como Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld o Dick Cheney. No obstante
su limitada visión intelectual y analítica, su capacidad de porfiar los ha
llevado con Bush a alturas que quizá ni ellos mismos sospechaban.
Supieron estar en los lugares adecuados para hacer avanzar sus posicio-
nes doctrinarias. Tienen un gran sentido de la política, en la connotación
mala de la palabra, o como se dice en México, de la “grilla”. Dice
Lemann (2002: 287):

Una razón por la que los halcones son tan interesantes es la de


que parecen romper todas las reglas y salirse con la suya. El
mundo de la política exterior se enorgullece de mantener un consenso
bipartidista, de manera que ubicarse fuera del consenso debiera, teórica-
mente, suprimir cualquier influencia. Pero los halcones han desafiado
el consenso por treinta años, desde que se opusieron a la política de
detente con la Unión Soviética durante la administración de Nixon, y
ahora tienen más influencia que nunca. El presidente Bush, se supone,
insiste en una absoluta fidelidad personal, y en que se guarden
internamente todos los debates, pero los halcones tienen objetivos que van
más allá de la reelección; ellos anuncian o filtran posiciones antes que
Bush (Paul Wolfowitz, el secretario auxiliar de defensa, declaró a
menos de una semana después del 11 de septiembre, que Estados
Unidos “terminarían con los estados que apoyan el terrorismo”), y su
El Nuevo Milenio Mexicano 103

círculo incluye gente que se portó mal durante la campaña del 2000, como
William Bristol, el editor del The Weekly Standard, que apoyó a John
McCain. La actitud de Washington hacia los halcones parece ser de
desaprobación mezclada con admiración oculta. Tienen una actitud
que usualmente vuelve imposible mantenerse en los puestos, y sin embargo
han conquistado altas posiciones y las han mantenido. Su persistencia
operacional y su arrojo intelectual les da una influencia desproporcio-
nada –el origen de casi todas las declaraciones doctrinales de Bush del
último año puede ser claramente relacionado con los halcones.

Por supuesto que poder no es sinónimo de razón. La posición de


los neoconservadores tiene poco mérito intelectual, si es que tiene algu-
no. Sus argumentaciones son ampliamente reconocidas en el medio
académico norteamericano como poco sólidas. Esta superficialidad no
escapa incluso a algunos editorialistas. Recientemente David Frum y
Richard Perle (2003), dos de los más reconocidos ideólogos de los
neoconservadores, publicaron un libro en defensa de sus doctrinas. Vale
la pena reproducir algunos de los puntos hechos en uno de los comen-
tarios, aparecido en un medio que siempre estuvo a favor de la guerra
en Irak y continúa defendiendo el concepto del ataque preventivo enar-
bolado por la administración de Bush (The Economist, 10-16 de junio
de 2004):

La ambición no es un pecado en un libro. Ni tampoco, el cielo lo


sabe, lo es la brevedad. Pero un libro de menos de 300 páginas que se
propone reorganizar el sistema norteamericano y el mundo entero, está
condenado a saltarse detalles importantes. Las relaciones de Norteamé-
rica con las Naciones Unidas son tratadas en siete rápidas páginas; las
relaciones con Rusia en menos de tres. Esto hace que el lector se
pregunte si la audacia de la agenda neoconservadora está fincada –como
ellos mismos la ven- en un pensamiento claro, lenguaje plano y coraje
moral, o si nace de un irresponsable desprecio por la complejidad, de las
zonas grises o de la posibilidad de consecuencias no buscadas.

Ciertamente este libro contiene un lenguaje directo. Ninguna con-


templación por parte del señor Perle y del señor Frum para con la
sensibilidad de los musulmanes: Norteamérica, ellos alegan, está en guerra
con una rama radical del Islam que busca destruir la civilización occiden-
104 La doctrina Bush del ataque preventivo

tal. Este enemigo no consiste solamente de un pequeño grupo de cons-


piradores, puesto que el pequeño grupo goza de una amplia simpatía
popular y está apoyado por una diversidad de estados malportados,
incluyendo aliados, en teoría, de Norteamérica como Arabia Saudita.
Aun concediendo que el cercano oriente puede ser complicado, los autores
no quieren complicaciones que nublen la gran película. “Los extremistas
religiosos y los militantes seglares; los sunnis y los shiitas; los comunistas
y los fascistas –en el Medio Este, estas categorías se mezclan unas con
otras. Todas derraman del mismo manantial enorme de ira incendiaria. Y
todas tienen el mismo blanco: los Estados Unidos”.

Finalmente concluye la reseña:

George Bush ha sido acusado de dejar que su política exterior sea


manejada por superhalcones como el señor Perle. Algo de superficial
optimismo acerca de la capacidad norteamericana para corregir todos los
desaguisados del mundo, por la fuerza si es necesario, ha influido en la
política. Y sin embargo este libro muestra los límites de su influencia. Sus
autores no parecen reconocer que el poder que Norteamérica tiene en-
frenta restricciones. El señor Bush, después de Irak, parece haber
aprendido algo de esto. Él, probablemente, no cree que la guerra contra
el terror pueda ser el único elemento organizador de la política norte-
americana –incluso al punto de determinar qué actitud tomar respecto de
las relaciones de Inglaterra con Europa. El presidente encuentra conve-
niente el posar como líder de una nación completamente involucrada
desde el 11 de septiembre en una guerra total análoga a la guerra contra
Hitler. Los neoconservadores realmente lo creen.

El que Bush haya asumido una actitud de alto riesgo, como fue la
de entregar la política de defensa a un grupo de acelerados doctrinarios,
ante las presiones que le significaron los ataques terroristas del 11 de
septiembre, puede deberse al menos parcialmente a la escasa legitimidad
de su presidencia. Un gobernante con legitimidad limitada suele asumir
actitudes de alto riesgo para justificarse ante su ciudadanía. Es algo
similar a lo que pasa a las empresas cuando enfrentan la probabilidad
de quiebra, que tienden a asumir riesgos excesivos para intentar salvarse
a como dé lugar. Hasta hace poco, el presentarse ante los norteameri-
canos como el presidente de la guerra, firme para defender la seguridad
El Nuevo Milenio Mexicano 105

de los ciudadanos amenazados por enemigos peligrosos, le había rendido


frutos. Aunque como lo mencioné, la estrategia parece debilitarse a
medida que se avecinan las elecciones.
Como quiera que sea, los acontecimientos y la agresiva respuesta de
Bush hicieron que a los norteamericanos se les olvidara el sospechoso
origen de su victoria en las elecciones del 2000. En efecto, su contrin-
cante demócrata Al Gore obtuvo más votos individuales que él. Pero en
Estados Unidos la elección la gana quien tenga más votos electorales,
los cuales corresponden a los estados. Todos los votos electorales de un
estado se van al que obtenga la mayoría en las votaciones en ese esta-
do, independientemente de si es una mayoría unánime o de un solo voto.
Pero el problema realmente serio fue el de que el resultado se definió
con los votos electorales de la Florida, donde es gobernador Jeb Bush,
el hermano de George W. El conteo de los votos en ese estado terminó
por darle la victoria a Bush por 537 votos. La Suprema Corte de
Florida, dominada por demócratas, mandó que se recontaran los votos.
Ante la apelación de los republicanos, la Suprema Corte de los EUA,
dominada por los republicanos, revocó la decisión de la corte local, a
pesar que el respeto a las decisiones locales ha sido una bandera de los
jueces republicanos.
Hoy sabemos que de haberse continuado con el recuento de votos en
Florida, Al Gore, y no George Bush, sería el presidente de los Estados
Unidos. Dice Howard Zinn (2003: 468-9):

La Suprema Corte se dividió de acuerdo a líneas ideológicas. Los


cinco jueces conservadores (Rehnquist, Scalia, Thomas, Kennedy,
O’Connor), a pesar de la usual posición conservadora de no interferencia
con los estados, revocaron la decisión de la Suprema Corte de Justicia de
Florida y prohibieron más conteos de votos. Dijeron que el recuento
violaba el requerimiento constitucional de “protección igualitaria ante la
ley”, porque había diferentes estándares en diferentes condados de Florida
para el conteo de votos.

Los cuatro jueces liberales (Stevens, Gisburg, Breyer, Souter) ar-


gumentaron que la Corte no tenía derecho de interferir con las
interpretaciones de la ley estatal de la Suprema Corte de Justicia de
Florida. Breyer y Souter incluso argumentaron que si el problema era el
de una falla en la uniformidad de estándares en el conteo, la solución
106 La doctrina Bush del ataque preventivo

era entonces que hubiera una nueva elección en Florida con estándares
uniformes.

El hecho de que la Suprema Corte se hubiera negado a cualquier


reconsideración de las elecciones, significó que estaba decidida a que su
candidato favorito, Bush, se convirtiera en presidente. El ministro Stevens
lo señaló con algo de amargura, en su reporte minoritario: “Aunque
posiblemente nunca sabremos con completa certeza la identidad del gana-
dor de la elección presidencial de este año, la identidad del perdedor es
perfectamente clara. Es la confianza de la nación en el juez como guar-
dián del estado de derecho.”

8. LA GUERRA EN IRAK SE LLEVÓ ALGO MÁS


QUE A SADDAM

Después de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, el


gobierno norteamericano ha introducido diversas reformas para incre-
mentar la eficacia de sus fuerzas del orden contra el terrorismo, dentro
del territorio de su país. Así, se introdujo la Ley Patriota (Patriot Act)
y se adoptaron diversas reformas para permitir la detención de ciudada-
nos acusados de ligas con el terrorismo, sin acceso a un abogado y sin
plazo para que se les acuse formalmente; o el espionaje telefónico o de
otro tipo, sin que el afectado pueda alegar violación a sus derechos. Este
tipo de acciones ha sido aplicado a los detenidos en Guantánamo,
quienes llevan dos años recluidos sin acusación formal alguna. Pero
también algunos civiles norteamericanos, detenidos en territorio estado-
unidense, han sido sujetos a esos tratos.
Los norteamericanos a lo largo de su historia han sido proclives a
limitar las libertades y a perseguir a los disidentes cuando se sienten
amenazados, por algo o alguien; sea o no real la supuesta amena-
za. Alan Brinkley (2003) hace un recuento de los últimos cien años.
Algunas de las acciones tomadas el siglo pasado atentaron fuertemen-
te contra las libertades en un país que se precia de ser el más libre
del mundo. Durante la Primera Guerra Mundial se emitieron la “Ley de
Sedición” y la “Ley de Espionaje.” Al amparo de estas disposiciones
se prohibió del correo el material sedicioso, incluyendo cualquier cosa
que criticara al gobierno. La Ley de Sedición hizo una ofensa criminal de
cualquier lenguaje o acción que atacara al gobierno de Estados Unidos,
El Nuevo Milenio Mexicano 107

la bandera, o los uniformes del ejército o la marina. Bajo esta ley, el


gobierno se dio a la tarea de suprimir asociaciones políticas y organiza-
ciones laborales. Pero los principales objetivos de la persecución fueron
los norteamericanos de ascendencia alemana.
Después de la guerra, lo que se conoció como el Miedo Rojo fue
supuestamente una reacción a la amenaza bolchevique. El resultado
fue que se persiguió a sindicalistas y a intelectuales considerados de
izquierda, esfuerzos en los que destacaron el procurador general Mitchell
Palmer y el entonces joven prometedor J. Edgar Hoover. En la
Segunda Guerra, las reacciones no fueron muy distintas. En ese
entonces destacó el confinamiento de ciudadanos norteamericano de
ascendencia japonesa en campos de concentración dentro de los Esta-
dos Unidos. Después vino el McCartismo para perseguir a los críticos
del sistema americano, en lo que fue una anticomunista cacería de
brujas. Pero en los sesenta surgió un fuerte movimiento en defensa de los
derechos civiles, que había hecho que los viejos días de las liber-
tades coartadas parecieran cosa del pasado. Si bien la Ley Patriótica
de Bush parece palidecer ante otros golpes a las libertades en Estados
Unidos, su significancia proviene de que surge cuando esas violaciones
a las libertades parecían cosas del pasado. También de que como la
guerra al terror no tiene una finalización clara, nadie sabe cuándo esas
restricciones serán levantadas.
Después de los ataques terroristas, pocos dudan que el gobierno
de Norteamérica tenga la justificación para endurecer sus leyes y
acciones contra el terrorismo. Lo criticable es la absoluta discreciona-
lidad con que conduce su guerra contra el terrorismo, violando las
garantías esenciales de sus propios ciudadanos y de los del resto del
mundo. Además, la guerra contra Irak ha puesto mayor presión contra
la libertad de opinión de los norteamericanos, ahora también por parte
de sus propios conciudadanos, motivados por las campañas aleccionadoras
de las empresas privadas de comunicación, que así buscan congratu-
larse con el gobierno. En lo que sigue daré algunos ejemplos de los
casos más sonados.
El primero es el de Natalie Maines, una simpática y agraciada
jovencita norteamericana. Difícilmente alcanzaba los 20 años de edad
cuando sucedieron los hechos que narro. Hasta ese entonces el éxito le
sonreía como voz principal del grupo las Dixie Chicks, de música típica
norteamericana. Sus canciones, si bien algo picantes, difícilmente po-
108 La doctrina Bush del ataque preventivo

drían acarrearle problemas políticos. Pero hete ahí que cuando estaba a
punto de estallar la guerra contra Irak, en un concierto fuera de Estados
Unidos se le ocurrió decir que se avergonzaba de que Bush fuera su
presidente, por haber determinado hacerle la guerra a un país indefenso
como Irak. Quizá por su corta edad, pensó que el paraíso de la
democracia que sin duda le contaron en la escuela que era Estados
Unidos, era de verdad. Que no tendría por qué temer represalia alguna
por expresar con libertad sus puntos de vista. Al fin de cuentas ella es
americana, y no la ciudadana de un país bajo la férula de un sátrapa
tirano, como Irak antes de que los americanos lo salvaran, a fuerza de
bombardeos y tanques de guerra, del déspota Hussein.
Error craso. El establishment se movió rápido para instrumentar un
boicot contra esta traidora. A través de los medios, en especial la
televisión, se orquestó que los patrióticos norteamericanos dejaran de
comprar los subversivos discos de las Dixie Chicks. Rápidamente las
ventas de la música de este grupo se desplomaron, poniendo en peligro
lo que hasta entonces había sido un gran éxito comercial. Hacía unas
semanas, estas peligrosas adolescentes habían ganado un Grammy, lo
que se considera la mayor hazaña musical en el país de las barras y las
estrellas. Es decir, cayeron las niñas desde muy alto, por la ingenuidad
de su lideresa, que creyó que era ciudadana de un país tolerante, que
nunca le haría algo tan poco americano, como castigarla por la expre-
sión de sus opiniones. Lo anterior me recuerda el boicot, en los 60, de
los norteamericanos en contra de los Beatles, porque John Lennon dijo
que eran más famosos que Jesús, y que los frenó temporalmente en su
entonces carrera arrolladora al máximo estrellato de la música pop.
Ojalá las Chicks también lograran sobreponerse, pero no parece que
será el caso.
Este es sólo un ejemplo de muchos. Las cadenas de televisión
americanas, además de presentar una visión pro Bush burdamente sesgada
en toda la cobertura de la guerra, se dedicaron a incitar a su público
contra quienes se expresaron en algún momento en contra. Entre ellos,
diversos actores de cine y televisión, los que experimentaron, como las
Chicks, un declive al menos temporal en sus carreras artísticas. A veces
parecía que las televisoras competían en su encono contra la disidencia.
Hubo casos extremos. Recuerdo a una reportera de la cadena Fox de
noticias, con un claro aspecto de asiática que, quizá por eso, quería
demostrar que en su celo patriótico y conservador podría ser tan radical
El Nuevo Milenio Mexicano 109

o más que cualquier patriótico y conservador norteamericano anglosajón.


Para ello presentó una lista de quiénes a su juicio tendrían que pagar
las consecuencias por no haber sido lo suficientemente solidarios con
Bush. Todo iba aparentemente bien, hasta que se le ocurrió señalar
entre los malditos nada menos que a Colin Powell, por haber estorbado
como paloma que es, dijo, los esfuerzos de los preclaros patriotas, como
el secretario de defensa Donald Rumsfeld. El conductor del programa,
que hasta entonces había festejado todas las ocurrencias e incitaciones
agresivas de su reportera, sintió que se había pasado de la raya, y tuvo
que intervenir en defensa de Powell.
Otro caso es el de Jeremy Glick, que fue narrado por Rampton y
Stauber (2003). El padre de Jeremy pereció en el ataque terrorista al
World Trade Center. El 24 de febrero, Jeremy fue entrevistado por Bill
O’Reilly, conductor del programa The O’Reilly Factor, del canal
de televisión The Fox News Network. A diferencia de O’Reilly, Glick se
opuso a la guerra en Irak y se unió a manifestaciones contrarias a ella.
Durante la entrevista, O’Reilly se dedicó a regañar a Glick por su falta
de patriotismo y de respeto a su padre muerto. Cada vez que Glick
quería responder, lo interrumpía calificándolo de traidor y desvergonza-
do. En un momento le dijo que no le decía todo lo que se merecía
porque a lo mejor su madre los estaba viendo, y por respeto al padre
muerto en los actos terroristas. Cuando Glick se decidió a hablar
ignorando las interrupciones del conductor, éste dio instrucciones a los
técnicos del programa de que le desconectaran el micrófono.
Uno esperaría que al día siguiente lloverían la correspondencia y los
comentarios condenando una tan burda violación a lo más fundamental
de la ética profesional y a la imparcialidad de los medios. Efectivamente
llovieron los comentarios, pero de felicitación a O’Reilly. La tónica
queda reflejada por el siguiente comentario: “Su familia nunca sabrá lo
afortunado que fue de que sólo era O’Reilly mandándole que se callara.
Hubiéramos sido yo o mi esposo, América hubiera sido testigo de un
asesinato al aire, y pocos jurados nos hubieran condenado”.
Sheldon y Rampton también consignan que las cadenas de televi-
sión negaron la compra de espacios de publicidad a los grupos pacifistas,
incluso MTV. El presidente de la cadena CBS explicó esta negativa
diciendo: “nosotros creemos que una discusión informada de esos temas
se da en nuestra programación noticiosa”. James Graham de MTV
explicó: “nosotros no aceptamos publicidad en defensa de puntos de
110 La doctrina Bush del ataque preventivo

vista, porque nos abriría a aceptar cualquier punto de vista sobre


cualquier tema”. Mientras los expertos y los think tanks favorables a la
guerra tuvieron acceso fácil a los talk shows, se necesitaron las protestas
de millones de personas alrededor del mundo el 15 de febrero de 2003,
para que las difusoras prestaran mayor atención a la existencia de un
numeroso y profundo movimiento a favor de la paz. Aun entonces, la
cobertura consistió de tomas por las cámaras de las multitudes y de
gente ondeando banderas, pero sin presentar los razonamientos de los
opositores de la guerra.
Una organización que hace un seguimiento de la imparcialidad de
los medios, FAIR, efectuó un estudio (citado por Moore, 2003: 77-78),
de las emisiones vespertinas de noticias de las seis redes norteamericanas
de televisión, durante tres semanas, comenzando el 20 de marzo de
2003, el día siguiente al del inicio del bombardeo sobre Irak. El estudio
examinó la afiliación y los puntos de vista de 1,660 fuentes que apare-
cieron ante las cámaras hablando sobre cuestiones relacionadas con Irak.
Los resultados fueron poco sorprendentes:

a) Los televidentes tuvieron probabilidades de ver a una fuente favo-


rable a la guerra contra Irak, 25 veces mayores que las de ver una
fuente desfavorable.
b) Las fuentes militares recibieron una cobertura dos veces más fre-
cuente que las civiles.
c) Sólo cuatro por ciento de las fuentes que aparecieron durante las
tres semanas, estaba afiliada a alguna universidad, centros de in-
vestigación u organizaciones no gubernamentales.
d) De un total de 840 fuentes norteamericanas que habían sido o eran
oficiales americanos, sólo tres fueron identificadas como opuestas a
la guerra.
e) Las pocas apariciones de personas opuestas a la guerra fueron
consistentemente limitadas a una sola oración, y generalmente se
trataba de participantes no identificados en entrevistas callejeras. Ni
una sola de las seis programaciones televisivas estudiadas condujo
una sola entrevista a fondo con alguien opuesto a la guerra.

Los casos concretos de sesgo noticioso pueden multiplicarse casi


indefinidamente. Por ello mejor reproduzco unas líneas del libro de
Moore (2003: 78) citado arriba:
El Nuevo Milenio Mexicano 111

En algunos casos los reporteros admitieron libremente su sorpren-


dente falta de objetividad. El estudio de FAIR cita al conductor Dan
Rather de CBS durante una aparición con Larry King de CNN: “Mira,
yo soy un americano. Yo nunca he tratado de engañar a nadie posando
como internacionalista o algo por el estilo. Y cuando mi país está en
guerra, yo quiero que mi país gane, cualquiera que sea la definición de
‘ganar’. Ahora, yo no puedo argumentar, y no argumento, que esto es
cobertura sin prejuicios. Acerca de esto yo estoy prejuiciado”.

Durante las tres semanas del periodo bajo estudio, FAIR encontró
sólo una manifestación en contra de la guerra, en CBS Evening News de
Rather. Fue hecha en los Academy Awards, hablando acerca de la
“guerra ficticia” desatada por nuestro “ficticio presidente”.

En Fox News, Neil Cavuto dijo al aire, en respuesta a un crítico:


“No hay nada malo con tomar partido aquí [...] Tú no ves diferencia
entre un gobierno que oprime a su pueblo y otro que no, pero yo sí”.

Paul Krugman (2003), ha comparado la actuación de los medios


de comunicación norteamericanos durante la guerra contra Irak, con
la de la televisora inglesa BBC, que es propiedad del gobierno
británico. Mientras que los medios norteamericanos mostraron una
unidad casi completa detrás de su líder Bush, los norteamericanos
que preferían una visión más balanceada, sintonizaban las estaciones
de la gubernamental BBC. La BBC se mantuvo al margen de las
posiciones de su gobierno, no obstante el apoyo completo y a fondo
que el gobierno de Blair le brindó a Bush. Algunos dirían, como el
juez Hutton, que la BBC fue incluso más allá de lo debido en cuanto
criticar al gobierno de Blair. El punto a resaltar aquí, sin embargo,
es el de cómo fue posible que una empresa de medios gubernamental
mantuviera una línea más independiente que las empresas privadas,
que al menos en teoría son realmente independientes. Krugman tiene
la respuesta:

¿Qué puede explicar esta paradoja? Puede tener algo que ver con el
síndrome de China. No, no el que involucra reactores nucleares, sino el exhibido
por la News Corporation de Rupert Murdoch cuando tuvo que lidiar con
el gobierno de la República Popular.
112 La doctrina Bush del ataque preventivo

En Estados Unidos, el imperio de medios del señor Murdoch –que


incluye Fox News y el The New York Post- es conocido por su patrio-
tismo ondeante de banderas. Pero todo ese patriotismo no le impidió,
como lo señaló un artículo de Fortune, “alcahuetear al represivo régimen
chino, con tal de poder introducir su programación en ese vasto merca-
do”. La alcahueteada incluyó el eliminar el servicio mundial de la BBC
–el cual difunde noticias que el gobierno chino no quiere que se
diseminen- de su programación vía satélite, y la cancelación por parte de
su empresa de publicaciones, de un libro crítico del régimen chino.

¿Puede algo como esto suceder en Estados Unidos? Por supuesto


que sí. A través de sus decisiones de política –especialmente, pero no
sólo, de las decisiones que involucran a los medios– el gobierno puede
recompensar empresas que lo agradan, y castigar a las que no. Esto da a
las redes privadas un incentivo para buscar congraciarse con los que están
en el poder. Pero como no son propiedad gubernamental, no están sujetas
al escrutinio al que está la BBC, la que debe cuidarse de no parecer una
herramienta del partido en el poder. Por ello no debemos sorprendernos
de que la televisión “independiente” de Norteamérica sea más deferente
hacia los que ocupan el poder, que los sistemas estatales de Gran Bretaña
o –para dar otro ejemplo- de Israel.

Como lo mencioné arriba, se podrá argumentar que por razones de


seguridad, se justifican las restricciones a la libertad de expresión duran-
te las guerras. Pero en su aventura por Irak, la seguridad de Estados
Unidos jamás estuvo amenazada. El máximo peligro que enfrentaron los
soldados americanos en Irak fue el daño que se pudieron haber causado
ellos mismos. Durante la duración de la guerra propiamente dicha, la
mayoría de las bajas entre los aliados se debió a accidentes y a las
muertes causadas por el “fuego amigo”; como eufemísticamente llamó el
Estado Mayor de las tropas americanas al error en que incurrieron
repetidamente de disparar contra ellas mismas.
No va por ahí la explicación. Hay una campaña de la ultraderecha
para silenciar a los opositores de su abanderado, Bush hijo. Sólo hay
que cotejar lo que ocurre con lo que eran sus planes desde antes de
llegar al poder. Como lo señalé arriba, la mayoría de los halcones que
participan en el gabinete de Bush, provienen de grupos de fanáticos
derechistas que por lo menos desde los setenta hicieron públicas sus
El Nuevo Milenio Mexicano 113

intenciones de pugnar, entre otras cosas, porque los Estados Unidos se


fueran a la guerra contra los países “malcriados” (rogue countries),
haciendo de ser preciso a un lado a las Naciones Unidas; entre otros
propósitos, como los que considero más abajo.
Una de las transgresiones más patéticas contra la libertad de expre-
sión fue la de la cadena de televisión NBC, cuando corrió a su corresponsal
Peter Arnett, por haber concedido una entrevista a la televisión iraquí,
en compensación por las que a su vez ellos le habían facilitado con
diversos actores políticos iraquíes. Pero más que este hecho vergonzoso
para una nación que se supone faro de la libertad en el mundo (al
menos ellos dicen que a defender la libertad fueron a guerrear en Irak),
lo que me interesa es una anécdota que, en su primer artículo, ahora
como periodista del Daily Mirror, Arnett relató acerca de sus experien-
cias en la guerra de Vietnam. Cuenta que los norvietnamitas habían
recuperado un poblado que estaba en manos de los americanos, y
tenían rodeada a la guarnición americana en su cuartel dentro del
poblado, y a punto de liquidarla. El asediado comandante americano
pidió un bombardeo urgente del poblado a la aviación americana, la
que rápidamente liquidó a todos los soldados del Vietcong, junto con
la población civil y la mitad de las propias fuerzas americanas dentro del
poblado. Cuando Arnett preguntó al comandante qué había pasado,
éste respondió: “para salvar a la población tuvimos que destruirla”.

9. LA DEMOCRATIZACIÓN DE IRAK
Y LA SEGURIDAD MUNDIAL

Para el tamaño de la empresa, hay que conceder que americanos e


ingleses causaron pocas bajas civiles y en general la destrucción de
infraestructura no fue mayor. Pero muchas otras cosas sí destruyó el
empecinamiento de Bush en hacer una guerra que pocos querían, por
motivos que luego fueron distintos a los inicialmente planteados. Des-
truyó, para empezar, la esperanza de que en un mundo ahora unipolar
el derecho internacional y no el capricho del más fuerte fuera la norma.
Alienó a sus más cercanos aliados, de los que un entorno globaliza-
do, como el que la economía norteamericana encabeza, no puede prescindir
para asegurar el progreso del mundo, incluyendo el de los Estados
Unidos. Destruyó el orgullo de los árabes, lo que los hará más reticentes
a lo que venga de Occidente. Si piensa que su travesura iraquí facilitará
114 La doctrina Bush del ataque preventivo

como dice la democratización de los países del medio oriente, más vale
que se olvide del asunto. A menos que cuando habla de promover
la democracia en la región, esté pensando en imponerla, como en Irak, a
fuerza de bombardeos e invasiones. En efecto, como en la anécdota de
Arnett, Bush promueve la democracia asesinándola antes de que exista.
Esto de que, de entre todos los países de la tierra, sea Estados
Unidos el que ande instituyendo democracias por el mundo con la
fuerza de las armas, tiene sus ambigüedades. Estados Unidos también,
y no sólo en un pasado remoto, se ha dedicado a destituir líderes
democráticamente electos y a apoyar dictadores. Por otro lado, si pien-
san que el fomento de la democracia es parte de su política de seguridad
que busca la destrucción de las armas de destrucción masiva, debieran
pensar qué harían si un Irak democrático decidiera democráticamente
fabricar esas armas: de los nueve países que tienen armas nucleares (si
contamos a Corea del Norte), seis son democracias (Estados Unidos,
Gran Bretaña, Francia, Israel, Rusia y la India.) La idea de que las
democracias no hacen la guerra a otras democracias podría volverse un
fiasco, sobre todo considerando que las armas de mayor potencial para
la destrucción masiva están bajo este tipo de regímenes. Además una
democracia de hoy puede no serlo mañana.
Hay algo de profundamente antidemocrático en la imposición de
democracias por la fuerza. Sobre todo cuando el esfuerzo es apoyado
por gobiernos sin el respaldo de sus poblaciones. En Italia y España,
por ejemplo, mientras sus gobiernos apoyaban la guerra de Estados
Unidos contra Irak, 90% de sus poblaciones la rechazaba. Sin embar-
go, para la administración de Bush, este gesto antidemocrático los hacía
amigos admirables. Asimismo, se puede uno preguntar qué clase de
democracia quieren los norteamericanos imponerle a Irak y al resto de los
árabes y musulmanes, ¿la de Estados Unidos que cada vez persigue más
los intereses de una plutocracia que los de la mayoría? Ya vimos como
el poder judicial de ese país parece también haberse pervertido, en
especial con la sanción de la sospechosa victoria electoral de Bush.
Pero es un hecho ya viejo, que con el tiempo sólo empeora, que un
candidato a un puesto popular en Norteamérica que no esté respalda-
do por el dinero de las grandes empresas, tiene escasas oportunidades
de triunfo. Que Washington se especializa en el lobby, mediante el
cual se intercambian favores de los legisladores por contribuciones para
las campañas políticas.
El Nuevo Milenio Mexicano 115

Pero más allá está la cuestión de si Irak realmente puede o quiere


convertirse en una democracia al estilo occidental. No basta con que
Bush (2003b: 558) repita que sí una y otra vez en discursos estentóreos,
como el que pronunció, en vísperas de la guerra norteamericana contra
Irak, en la cena anual del American Enterprise Institute, y del cual
extraigo dos párrafos:

Hubo un tiempo cuando muchos afirmaban que las culturas de Japón


y Alemania eran incapaces de sostener valores democráticos. Bien, pues
se equivocaron. Algunos dicen ahora lo mismo de Irak. Están equivoca-
dos también. La nación iraquí, con su orgullosa herencia, recursos
abundantes y población capacitada y educada, es completamente capaz de
moverse hacia la democracia y de vivir en libertad.

Es presuntuoso e insultante sugerir que una región entera del mundo


–o una quinta parte de la humanidad que es musulmana- de alguna
manera no ha sido tocada por las más básicas aspiraciones del hombre.
Las culturas humanas pueden ser muy diferentes. Y sin embargo, el
corazón humano desea las mismas cosas buenas, en toda la tierra. En
nuestro anhelo de seguridad ante una opresión asfixiante, los seres huma-
nos son iguales. En nuestro anhelo de proteger a nuestros hijos y
brindarles una vida mejor, todos somos iguales. Por estas razones fun-
damentales, libertad y democracia tendrán siempre y en todo lugar un
atractivo mayor que los slogans del odio y las tácticas del terror.

Como en casi todos sus discursos, a Bush le salió su instinto de


predicador religioso. Su dizque realismo pocas veces aparece. Pero la
emotividad no importa, sino los hechos. No hay nada en la cultura iraquí
que haga suponer que los iraquíes adoptarán una democracia a la ame-
ricana. Cuando los norteamericanos dejen que ellos decidan, supuestamente
a finales del 2004, lo más probable es que se decidan por un régimen con
fuertes tintes clericales, como el de Irán. Todo lo de que los atacaron para
hacerles el bien parece más hipocresía que otra cosa. Bush y compañía
seguramente no ignoran que, como lo señalara Huntington (1997), hoy
por hoy el comportamiento de las personas fuera del mundo occidental es
motivado, fundamentalmente, por cuestiones milenarias de la civilización a
la que pertenecen, incluyendo la religión, como para que cambien con los
discursos cursis de George W. Bush.
116 La doctrina Bush del ataque preventivo

Estados Unidos atacó a Irak, a pesar de que todas las razones


esgrimidas para atacarlo –armas de destrucción masiva, peligrosidad,
vínculos con el terrorismo, ausencia de democracia, etc.– parecían ser
mucho más aplicables a otros países, como por ejemplo Corea del
Norte. Incluso Pakistán, que recientemente ha reconocido que el prin-
cipal científico de su programa nuclear había pasado secretos nucleares
a Corea del Norte y a Libia, se fue sin sanción alguna por los
norteamericanos, cuando por menos que eso atacaron a Irak. Lo más
sospechoso es que desde antes de la guerra con Irak, se sabía de la
proliferación de tecnología nuclear por parte de altos funcionarios
paquistanos. Shell (2003: 510) escribió el 3 de marzo, es decir, dos
semanas antes de que iniciara el bombardeo sobre Irak, que:

Ha resultado que la fuente de información y tecnología para el


programa de uranio de Corea del Norte fue el fiel aliado de América en
la guerra contra el terrorismo, Pakistán, el cual recibió a cambio tecnolo-
gía de misiles de Corea. El “padre” de la bomba paquistana, Ayub
Qadeer Khan, ha visitado Corea del Norte trece veces. Este es el mismo
Pakistán cuyo científico nuclear Sultán Bashiruddin Mahood visitó a
Osama Bin Laden en Afganistán pocos meses antes del 11 de septiem-
bre, y cuyo establecimiento nuclear aún ahora continúa plagado de
fundamentalistas islámicos. La BBC ha reportado que la red de Al-
Qaeda ha tenido éxito en una ocasión en la fabricación de una “bomba
sucia” (lo que puede explicar la declaración de Osama Bin Laden de que
posee bombas nucleares), y Pakistán es la fuente más probable de los
materiales involucrados, aunque Rusia también es candidato. Pakistán, en
breve, ha mostrado ser el más peligroso proliferador del mundo, habiendo
él mismo adquirido armas nucleares recientemente, y pasado la tecnología
a un estado y, posiblemente, a un grupo terrorista.

En febrero del 2004, la proliferación de tecnología nuclear desde


Pakistán, se convirtió en una noticia en todos los medios de comunica-
ción del mundo, la cual involucró sin lugar a dudas a Ayub Qadeer
Khan, mismo que fue obligado por el gobierno paquistano a pedir
perdón públicamente, pero sir recibir castigo alguno. Lo relevante de la
cita anterior es el que ya todo esto se sabía desde antes del ataque
contra Irak. No cabe sino preguntarse por qué se atacó a Irak y no a
Corea del Norte o a Pakistán, a pesar de que de acuerdo con las
El Nuevo Milenio Mexicano 117

razones dadas para atacar al primero eran más válidas para atacar antes
a cualquiera de los otros dos. Tampoco cabe el argumentar el uso que
hizo Hussein de armas químicas, y quizá también biológicas, contra Irán
y contra su propia población. El desarrollo de esas armas se hizo con el
apoyo y con materiales procedentes de Estados Unidos, y fueron utili-
zadas con su complicidad.
En aquellos tiempos los norteamericanos consideraban a Hussein su
amigo, que peleaba contra su principal enemigo de entonces, Irán, que
había tolerado y promovido la toma de rehenes norteamericanos en la
embajada estadounidense en Teherán. Todo esto se cocinó durante las
administraciones republicanas de Reagan y de Bush padre, cuando
ocupaban puestos claves en la defensa los mismos halcones que son
ahora miembros prominentes de la administración de Bush hijo, en
especial, pero no únicamente, Donald Rumsfeld y Dick Cheney. El
primero fue personalmente a Irak a ofrecer el apoyo de Estados Unidos
a Hussein, cuando éste acababa de utilizar armas químicas matando
quizá a cientos de miles de personas (véase Wass, 1990, y Hiltermann,
2003).
Pero si a Irak lo atacaron, teniendo menos méritos que Corea del
Norte o Pakistán, debe haber una razón distinta de las alegadas por sus
agresores. La más obvia es que, a diferencia de Pakistán y Corea del
Norte, Irak tiene petróleo. De ser el caso, todo lo demás, lo de llevar la
democracia a ese país, y lo de suprimir un peligro para el mundo, lo del
ataque preventivo, y las demás cosas que argumentaron, serían sólo un
parapeto para cubrir la verdad, la de que Estados Unidos interviene en
otros países para defender sus intereses más materiales, no los valores
del discurso de Bush. Los elementos cuadran. La producción de petró-
leo tocará techo en unos quince años, con lo que la producción empezará
a decrecer en términos absolutos, al tiempo que la demanda seguirá en
aumento (Rifkin, 2002). Los precios aumentarán aceleradamente.
Según el reporte de una comisión sobre energía, encabezada por el
vicepresidente Cheney, hacia la mitad del siglo, alrededor del sesenta
por ciento de las exportaciones de petróleo provendrá del Golfo Pérsico.
El papel de Irak en la oferta será entonces muy importante. En la
actualidad tiene las segundas reservas más grandes del mundo, y como
por las sanciones y las guerras, ha dejado de producir y explorar, se
supone que para cuando el mundo se vuelva de nuevo dependiente del
petróleo del Cercano Oriente, Irak podría desplazar a Arabia Saudita
118 La doctrina Bush del ataque preventivo

como el principal productor mundial (Renner, 2001). Por supuesto que


ésta es sólo una conjetura, pero con mucho mayor racionalidad que las
obvias patrañas de Bush y sus compañeros del partido de la guerra y
del ataque preventivo, de que invaden países para salvarlos. Al interés
material de Estados Unidos se unió una teoría imperialista de la guerra,
que de pronto les dio una influencia inesperada a sus proponentes.
Estados Unidos tiene ideales y tiene intereses, pero si los dos entran
en conflicto, no cabe duda a favor de cuales se inclinaría la política de
Estados Unidos. Como lo expresara de manera bastante descarnada la
consejera de Seguridad Nacional de George W. Bush, Condoleezza
Rice (2000: 47):

El poder importa. Tanto el ejercicio del poder de los Estados Unidos


como la habilidad de otros para ejercerlo. Y sin embargo muchos en los
Estados Unidos se sienten (siempre se han sentido) incómodos con las no-
ciones de política del poder, grandes poderes, y balances de poder. En una
forma extrema, esta incomodidad lleva, como reflejo, a preferir en su lugar
normas y leyes internacionales, y la creencia de que el apoyo de muchas
naciones –o mejor, de instituciones como la ONU– es esencial para un
legítimo ejercicio del poder. El “interés nacional” es remplazado por los
“intereses humanitarios” o los intereses de “la comunidad internacional” La
creencia de que los Estados Unidos ejerce legítimamente el poder solamente
cuando lo ejerce en beneficio de alguien más estaba profundamente enraizada
en el pensamiento wilsoniano, y hay fuertes ecos de ello en la administración
de Clinton. Para enfatizar, no hay nada malo con hacer cosas que benefi-
cien a la humanidad, pero ello es, en un sentido, un efecto de segundo
orden. La persecución del interés nacional de América creará condiciones
que promuevan la libertad, los mercados y la paz [...].

Como para el caso de Madeleine Albright, que reconoce que


Estados Unidos nunca se ha parado en escrúpulos cuando ha consi-
derado conveniente para sus intereses, el atacar sin más a cualquier
país, pero considera inconveniente que se haga explícito y se considere
al ataque preventivo como la piedra angular de la política de seguri-
dad americana, aquí se puede decir algo semejante respecto de
Condoleezza. Así como ya sabíamos que el ataque preventivo lo han
usado siempre que les conviene, también ya sabíamos que al ejercer su
poder los estadounidenses anteponen sus propios intereses a los de la
El Nuevo Milenio Mexicano 119

humanidad en su conjunto. ¿Pero qué necesidad hay de que se lo


restrieguen al mundo? ¿Por qué en vez de presumirlo no se lo callan?
La administración de los neo-conservadores, además de abusiva es
arrogante, impertinente y desagradable. No parecen saber de buenos
modales y costumbres. Y si deciden ser honestos, pues que lo sean
siempre y no anden diciendo que son los adalides de las causas
mundiales, como cuando señalan, después que aparentemente se
les cayó el parapeto de las supuestas armas de destrucción masiva, que
para salvar a Irak fueron a matar iraquíes. El problema en México es,
como lo veremos en la última sección, que los defensores en nuestro
medio de los valores norteamericanos no parecen darse cuenta de la
naturaleza del juego de ellos, en especial, pero no únicamente, cuando
se trata de la administración de Bush.

10. LA DERECHA LO QUIERE TODO

Los defensores de Bush en países tropicales (y que como él cojean por


la derecha), nos dicen que es ingenuidad achacar la posición de Bush
a una teoría de la conspiración, y que antes de los ataques terroristas la
actual administración norteamericana mostró poco entusiasmo por
involucrarse en problemas de política exterior. Lo primero que se les
puede responder es que la ingenuidad es más bien de ellos mismos. Los
documentos en los que los grupos de derecha, de los que forman parte
los miembros más conspicuos de la administración de Bush proponían,
desde hace un par de décadas, lo que finalmente hizo esa administra-
ción, no son secretos, están publicados junto con el apoyo explícito del
grupo de los halcones que hace y deshace en el gabinete.
Se necesita ser muy ingenuo para pensar que esos ejercicios ideoló-
gicos se hicieron sólo por diversión, y que quienes los hicieron, y quienes
los suscribieron, no los tomaban en serio. El que al principio de la
administración de Bush no consideraran conveniente empujar su agenda
internacional intervencionista no era porque se les había olvidado, sino
porque dadas las condiciones (entre ellas la posición de entonces del
mismo Bush), prefirieron poner primero el énfasis en los aspectos do-
mésticos de su agenda conservadora: alcanzar su sueño dorado de
achicar el gobierno, reduciéndolo al Departamento de Defensa y a
actuar como policía, en especial para proteger los intereses de las
grandes empresas privadas.
120 La doctrina Bush del ataque preventivo

Los acontecimientos de septiembre les dieron la oportunidad de actuar


en ambos frentes simultáneamente. A quienes se oponen a sus proyectos en
el congreso (reducir impuestos y aumentar el gasto en defensa, aunque se
dispare el déficit) les aplican el mismo procedimiento que a las Dixie
Chicks. Como muchos me podrían tildar de exagerado, prefiero citar lo
que al respecto dice la revista inglesa The Economist, a la que nadie
podría acusar de izquierdista o populista, y que ha estado incondicional-
mente del lado de Bush y de Blair durante todo el asunto de la guerra en
Irak. En su ejemplar de abril 5-11 del año pasado, al preguntarse por qué
las políticas de Bush tienen poca oposición entre los representantes repu-
blicanos que pudieran imponer algo de moderación a las irresponsables
políticas fiscales de la administración, dice:

¿Qué es lo que explica la timidez de los moderados? El liderazgo del


partido juega un papel importante. La maquinaria republicana en el
Capitolio es una de las más efectivas en décadas. La Casa Blanca, tam-
bién, tiene una reputación formidable de no perdonar, o de no olvidar,
la disensión. Desde los que se dedican al lobby hasta los congresistas, la
impresión general es que no se puede cruzar al “equipo Bush” sin correr
graves peligros. El miedo a los oponentes en las votaciones internas
también silencia a los moderados, particularmente desde que los activistas
conservadores fundaron el Club para el Crecimiento, un grupo político
cuyo objetivo explícito es apoyar a candidatos conservadores que favorez-
can la supresión de impuestos, para que se opongan a los moderados en
las elecciones primarias republicanas.

A este respecto quisiera llamar la atención a un paralelismo inquie-


tante. Antes lo usual era que la derecha acusara a la izquierda de
irresponsabilidad fiscal. Ahora con el desvanecimiento de la izquierda,
la ultraderecha norteamericana parece tomar una posición de irrespon-
sabilidad fiscal como la de que antes acusaba a sus rivales. No importa
el déficit si sirve para reducir la ingerencia del estado mediante menores
impuestos. Sí importa si es reflejo del gasto social, el que como todo
intervencionismo con el libre juego de las fuerzas del mercado, debe ser
combatido. No así si el gasto fortalece la fuerza militar para defender el
paraíso de la libre empresa.
Es decir, como antes la izquierda proponía gastos sociales deficitarios,
para avanzar su agenda, ahora la ultraderecha nos dice que no importa
El Nuevo Milenio Mexicano 121

el déficit público si es reflejo de medidas para impulsar su programa


conservador. Una vez más, los extremos se juntan. Pero al menos la
izquierda buscaba atender rezagos sociales. Los objetivos de la dere-
cha son casi completamente egoístas. Pero Bush es una ave rara. Ha
incrementado los gastos del programa de atención a la salud de los
ancianos, cosa que antes no pudieron lograr los demócratas, por la
oposición de los republicanos, sin que su popularidad dentro de su
partido haya bajado apreciablemente. La guerra construye fidelidades
difíciles de destruir. Al mismo tiempo, la aparente maniobra podría
ganarle votos demócratas en su intento de reelección, que hoy por hoy
parece ser lo que más le preocupa.

A MANERA DE CONCLUSIÓN: UNA LECCIÓN PARA


LOS APRENDICES DE MAQUIAVELO EN MÉXICO

Si maquiavélico es alguien astuto y carente de principios, que suele


ser eficaz para hacer avanzar sus intereses, sobre la ventaja que le da
precisamente el no tener que detenerse ante principios que le frena-
rían en su búsqueda de poder; entonces Maquiavelo no era maquiavélico.
Es cierto que aconsejaba a los príncipes el que, en aras
de conservar y fortalecer su poder, no se detuvieran ante el engaño,
la traición y la mentira. Pero también es cierto que nunca fue
bueno para avanzar en su carrera al servicio de los gobernantes.
Casi siempre le ganaban las “grillas” quienes decían defender prin-
cipios. De ahí una lección que nunca aprendió Maquiavelo ni sus
discípulos: un verdadero maquiavélico nunca dice que lo es, de la
misma manera que un ladrón no se presenta como tal, pues todos
protegerían de inmediato su bolsillo.
Ante la doctrina Bush, algunos mexicanos, especialmente de los
sectores empresarial y financiero, propusieron que México adoptara una
posición basada en la realpolitik. México, dijeron, poco puede hacer
para oponerse a los Estados Unidos. Mejor tratar de sacar ventaja,
aliándonos con ellos, aunque vaya en contra de nuestros principios, si
con ello avanzamos nuestros intereses. Como buenos maquiavélicos, esos
personajes del dinero cuidan sus intereses, cuando dicen que defienden
los de México. Un empresario mexicano del acero, por ejemplo, habló
de apoyar a Estados Unidos en su guerra contra Irak, para proteger los
empleos asociados a las exportaciones a ese país, cuando su empresa y
122 La doctrina Bush del ataque preventivo

sus ganancias dependen en grado extremo del acceso al mercado norte-


americano.
Pero el poderoso al que no se opone resistencia alguna, después
exige –como derecho de pernada- la sumisión incondicional. Como
dicen luego: “el que por su gusto es buey, hasta la coyunda lame”. La
realpolitik sólo beneficia a la larga a los poderosos. A los demás, más
nos vale, cuando sea viable, hacer frente común en nuestra defensa, para
moderar los arranques del poderoso.
Arriba señalé cómo a los Estados Unidos, por poderosos que sean,
no les conviene pelearse con todo el mundo. A la larga, es un país que
defiende intereses, más que principios. A Chile no le impidió, su
oposición a la guerra en Irak en el Consejo de Seguridad de las Na-
ciones Unidas, que se firmara su acuerdo de libre comercio con los
Estados Unidos, sólo por mencionar un caso relacionado con los temas
de este artículo. Arriba también mencioné que, no obstante las amena-
zas, la administración de Bush ha vuelto a incorporar en su agenda el
asunto de los inmigrantes mexicanos.
Pero más allá de consideraciones estratégicas de conveniencia inme-
diata, hay que reconocer que el avance mediato de la humanidad se
basa en la construcción de normas y principios respetados por los
diversos miembros de una sociedad. Si en el ámbito de cada nación se
fustiga a quienes lesionan los derechos de otros, en especial su libertad
de expresión, la congruencia implica que ello se defienda también, como
principio, de esos de los que hacen mofa nuestros fracasados aprendices
de Maquiavelo, en el terreno internacional. Hacia allá debe tender el
mundo, si aspira a un futuro en el que el derecho y la razón priven
sobre la ley del más fuerte, misma que de tiempo en tiempo, como ahora
con la doctrina Bush, amenaza con llevarnos a una lamentable regresión
en el avance de la civilización.

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