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LA DOCTRINA BUSH DEL ATAQUE PREVENTIVO

Pascual García Alba Iduñate*

INTRODUCCIÓN La justificación de la guerra en Irak fue la pretendida posesión, por ese país, de armas de destrucción masiva, que supuestamente constituían una amenaza real y significativa para el mundo. Después de la guerra, la discusión se centró en si realmente Irak poseía armas de destrucción masiva. De esa forma, quienes justifican la guerra preventiva parecen haber ganado buena parte del debate, gracias a la manipulación de la información y de los mensajes en los medios de comunicación, pues lograron desviar la discusión pública al terreno particular que les conviene, evitando el análisis desde una perspectiva más general. Esa perspectiva debiera ir más allá del asunto particular de Irak, y enfocarse en la ausencia o no de justificación de las guerras preventivas, decididas unilateralmente por quienes detentan el poderío militar. En realidad y por el contrario de lo que ha sido resaltado ante la opinión pública, el punto principal del debate no debiera ser el de que si Irak poseía o no armas de destrucción masiva, sino el de las condiciones bajo las que se justifica ir a la guerra. Los llamados “neo-cons”, un grupo de radicales de derecha que se encuentran entre los más cercanos colaboradores de George W. Bush, han avanzado una “nueva” doctrina que equivale, en los hechos, a que las guerras justas son las que emprendan los EUA. Pero vayamos por partes.
Profesor-Investigador del Departamento de Economía de la UAM-Azcapotzalco. Es también comisionado en la Comisión Federal de Competencia. Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad única del autor.
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74 1. LA GUERRA JUSTA

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Tradicionalmente se ha considerado que las guerras justas son las que se pelean en defensa propia. Pero ahora los neo-cons de Estados Unidos y sus simpatizantes en el resto del mundo, sostienen que tal concepto es demasiado restrictivo en un planeta en que, debido a los cambios tecnológicos en los armamentos, diversos gobiernos irresponsables y agresivos (rogue countries, les llaman los neo-cons estadounidenses) o grupos terroristas con recursos y protegidos por esos gobiernos (como Al-Qaeda de Osama Bin Laden, de quien dicen los neo-cons, sin prueba concreta alguna, que tenía relaciones con Saddam Hussein), pudieran con facilidad obtener armas de destrucción masiva: nucleares, químicas o biológicas. En esas condiciones, esperar a que los gobiernos u organizaciones terroristas ataquen sería, nos dicen, suicida. Para cuando los Estados Unidos u otro país respondiera a un ataque terrorista con armas de destrucción masiva, el daño causado con esas armas sería ya devastador e irreversible. (A propósito y sólo como referencia al margen, la capacidad de destrucción de Irak en la guerra, si así se le puede llamar al alevoso e innecesario ataque norteamericano e inglés contra ese país, fue tan insignificante, que las principales bajas de los aliados intervencionistas se debieron a accidentes y al fuego amigo, como le llamaron a que por error americanos o ingleses dispararan contra sus propias tropas. También son mucho mayores las bajas que se siguieron registrando como consecuencia de la resistencia iraquí a la ocupación, que las de la guerra propiamente dicha). Por el peligro de que las armas de destrucción masiva sean así utilizadas, dicen los neo-cons, se justifican los ataque preventivos, no obstante la oposición no sólo de los gobiernos sino de la población en general de casi todos los países del mundo. Sin embargo, algo hay de atendible en el argumento de los promotores de los ataques preventivos. Si Osama Bin Laden pudiera, por ejemplo, detonar una bomba atómica contra un objetivo norteamericano, o de otro país occidental, muy probablemente lo haría. De ahí que sea no sólo justificable sino casi necesario, para la seguridad del mundo, prevenir situaciones de riesgo como ésa, mediante el uso de la fuerza militar si es preciso. El punto es el de quién va a decidir si tal situación de apremio para la seguridad mundial es real, o un simple pretexto de los pode-

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rosos para atacar a quienes difieren de ellos, o se oponen a sus intereses. Si la decisión se deja al que ejerce la fuerza, estaríamos de regreso al mundo incivilizado de la ley del más fuerte. De ahí que el ejercicio de la fuerza para prevenir daños mayores deba estar regulado por el derecho internacional. Por ello ahora la doctrina aceptada por casi todos los países, y que ha sido arbitrariamente rechazada por los EUA y aláteres en el mundo, a la defensa propia añade el consentimiento de la comunidad internacional, como justificante de una guerra. Es decir que, según la ortodoxia del derecho internacional, una guerra legítima depende de que se cumpla al menos uno de los dos supuestos siguientes: a) La guerra sea emprendida en defensa propia ante el ataque real o inminente de algún enemigo. b) La guerra sea sancionada por un organismo internacional con autoridad legítima para ello, en especial el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. Este doble esquema de legitimación de la guerra logra dos propósitos. Por un lado, responde a la preocupación de que el mundo pudiera ser demasiado pasivo ante la amenaza de que algún país, encabezado por un régimen irresponsable o alguna organización terrorista, emprenda un ataque sorpresivo con armas de destrucción masiva contra quien se le dé la gana. Por el otro, impide que la decisión de la guerra preventiva quede al arbitrio de un solo país, que invariablemente tenderá a ser un país que se sienta más poderoso que la víctima de su ataque. En este esquema, no sólo las guerras preventivas podrían en principio justificarse. La comunidad internacional podría promover guerras para, por ejemplo, evitar genocidios por parte de gobiernos tiránicos, en contra de sus propias poblaciones. 2. EL CONCEPTO DE GUERRA PREVENTIVA La justificación ética de la guerra defensiva, en oposición a la preventiva, es casi tan vieja como la conciencia misma del mundo moderno. Si bien es cierto que en el pasado se ha considerado que el ataque “preventivo” puede justificarse, bajo el rubro de autodefensa, ante ata-

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ques inminentes que requieren de una respuesta rápida, ese no es el caso de la doctrina del ataque preventivo de Bush. Si alguien apunta a otra persona con una pistola con el propósito de causarle daño, esa persona podría intentar disparar antes que su atacante, y cualquier tribunal del mundo reconocería su acción como defensa propia. Pero la doctrina de la prevención va mucho más allá, pues como lo señala Falk (2001: 273):
La prevención, en contraste, justifica atacar primero –no en una crisis, como lo hizo Israel sobre la base de una justificación plausible, si bien no del todo convincente, cuando tropas árabes enemigas se juntaron masivamente en sus fronteras después de desechar la presencia de tropas de paz de la ONU; sino sobre la base de intenciones oscuras, de pretendidos vínculos con grupos terroristas, supuestos planes y proyectos de adquirir armas de destrucción masiva, y anticipaciones de posibles daños futuros. Es una doctrina sin límites, sin ninguna sujeción ante las Naciones Unidas o al derecho internacional, sin ninguna dependencia del juicio colectivo de gobiernos responsables y, lo que es peor, sin ninguna demostración convincente de su necesidad.

En su obra Sobre la ley de la guerra y la paz, publicada por primera vez en 1625, Hugo Grotius (1995), afirma que es legítimo “matar a quien se prepara a matar”. Un siglo después, Emmerich de Vattel (1975) argumentó, en La ley de las naciones, que “una nación tiene el derecho de resistir el daño que otra nación le busque infringir, y usar la fuerza contra el agresor. Puede incluso anticiparse a los planes de otros”. Pero “debe ser cuidadosa de no actuar bajo sospechas vagas o dudosas, de otra manera corre el riesgo de convertirse en la parte agresora”. En el caso de la doctrina de Bush no se cumple el supuesto de defensa propia ante un ataque inminente del enemigo, que justifique el ataque preventivo, sino que es producto de un afán de los halcones de la administración de Bush de afirmar ante el mundo el poderío militar norteamericanos y su voluntad de actuar contra quienes desafíen a Estados Unidos. Como lo señalara el senador norteamericano Robert Byrd (2001: 482) en vísperas del alevoso ataque contra Irak:

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Esta nación está a punto de embarcarse en la primera prueba de una doctrina revolucionaria, aplicada de manera extraordinaria en un tiempo desafortunado. La doctrina de la prevención –la idea de que los Estados Unidos (u otro país) pueden legítimamente atacar a alguna nación que no está amenazándolos inminentemente, pero pudiera amenazarlos en el futuro- constituye un giro radical de la idea tradicional de la autodefensa. Aparece como contravención de la ley internacional y de la Carta de las Naciones Unidas. Y está siendo probada en una etapa de terrorismo mundial, haciendo que muchos países alrededor del globo se pregunten si estarán pronto en nuestra lista de países a ser atacados –o en la lista de algún otro país. Altos funcionarios de la administración se han negado a renunciar al uso de armas nucleares cuando discuten un posible ataque contra Irak. ¿Qué podría haber más desestabilizador y tonto que esta incertidumbre, particularmente en un mundo donde la globalización ha unido los vitales intereses económicos y de seguridad de muchas naciones? Hay grandes fracturas emergiendo en nuestras viejas alianzas, y las intenciones de los Estados Unidos de pronto son objeto de dañinas especulaciones mundiales. El antiamericanismo sobre la base de desconfianza, desinformación, sospecha, y una retórica alarmante de los líderes de Estados Unidos está destruyendo la una vez sólida alianza contra el terrorismo global que apareció después del 11 de septiembre.

Más adelante en su discurso, el senador Byrd (2003: 483-4) señala también, al respecto del unilateralismo norteamericano:
Llamar a jefes de estado pigmeos, etiquetar a países enteros como diabólicos, denigrar a poderosos aliados europeos como irrelevantes –este tipo de insensibilidades no le hace ningún bien a nuestra gran nación. Podemos tener un masivo poder militar, pero no podemos pelear solos una guerra contra el terrorismo global. Necesitamos la colaboración y la amistad de nuestros tradicionales aliados y de nuestros nuevos amigos, a los que podemos atraer con nuestra amistad y con nuestra riqueza. Nuestra sorprendente maquinaria militar nos será de poca utilidad si sufrimos otro devastador ataque en nuestro territorio que dañe severamente nuestra economía. Nuestro poder militar está ya sobrecargado. Y necesitaremos el apoyo creciente de esas naciones que pueden ofrecer tropas, no sólo firmar cartas echándonos porras.

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3. ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LA GUERRA PREVENTIVA Ya hacia finales del siglo XIX, Bismarck había llamado la atención sobre lo absurdo de las doctrinas del ataque preventivo, a las que atinadamente calificó de “suicidio por miedo a la muerte”. Desdichadamente, Bismarck fue desplazado y sucedido por otros líderes más agresivos, que estuvieron en dos ocasiones a punto de provocar la muerte del estado alemán (Betts, 2003). Antes de George W. Bush, varios presidentes de los EUA y otros personajes de Norteamérica habían desechado explícitamente la doctrina del ataque preventivo. Schell (2001: 506-26) cita diversos antecedentes. En 1953, el presidente Dwight Eisenhower, cuando le presentaron planes para iniciar una guerra preventiva para desarmar a la Unión Soviética de Stalin, respondió:
Todos nosotros hemos oído este concepto de la “guerra preventiva” desde los primeros días de Hitler. Yo recuerdo que esa fue quizá la primera vez que lo oí. En estos días y tiempos […] yo no creo en tal cosa; y, francamente, yo ni siquiera me dignaría a escuchar a nadie que seriamente viniera a hablarme de ello.

El ministro de la Suprema Corte de los EUA, Robert Jackson, que fungió como fiscal norteamericano en los juicios de Nuremberg, dijo en su declaración inicial de posiciones:
Nuestra postura es la de que cualesquiera que sean los agravios que una nación pueda tener, sin importar qué tan objetable el estatus quo en que se encuentre, la guerra agresiva es un medio ilegal para arreglar esos agravios o para alterar esas condiciones.

La idea del ataque preventivo no es tan radical ni tan revolucionaria como lo supone el senador Byrd, en los párrafos citados arriba. Dos meses después del bombardeo nuclear de Hiroshima y Nagasaki, el general Leslie Groves, quien había sido el supervisor por parte del Pentágono del Proyecto Manhattan para desarrollar la bomba nuclear dijo:
Si fuéramos verdaderamente realistas en vez de idealistas, como parece que lo somos, no permitiríamos que ninguna potencia extranjera con

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la que no estuviéramos firmemente aliados, y en la cual no tuviéramos una confianza absoluta, fabricara o poseyera armas atómicas. Si tal país comenzara a construir una capacidad para fabricar armas atómicas, nosotros destruiríamos esa capacidad antes de que hubiera progresado tanto como para convertirse en una amenaza para nosotros.

Esa propuesta del general Groves nunca fue considerada seriamente por el presidente Truman y, hasta antes de Bush hijo, había sido desechada por cada subsiguiente gobernante de los EUA. Ya cité la posición de Eisenhower al respecto. La política exterior de este presidente se basó en la contención del comunismo mediante acuerdos regionales, como la OTAN, y la extensión de bases militares en torno de la Unión Soviética. En 1956, sorprendió a aliados y enemigos al oponerse a la guerra del canal de Suez, lanzada por Gran Bretaña, Francia e Israel, por no ser una guerra defensiva contra Egipto, a pesar de las alegadas provocaciones asociadas con las posiciones anti-israelitas y anti-occidentales de Nasser. Schell recuerda que en 1961, durante la crisis de Berlín, algunos asesores de Kennedy hicieron el sorpresivo descubrimiento de que el poderío nuclear soviético no era tan fuerte como parecía, y que la Unión Soviética era más vulnerable militarmente de lo que hasta entonces se había pensado. Ellos propusieron entonces un ataque preventivo para desarmar a los soviéticos. Cuando se lo comentaron al consejero en jefe de la Casa Blanca, Ted Sorensen, éste les gritó: “¡Ustedes están locos! No debiéramos permitir que gentes como ustedes anduvieran por aquí.” Un antecedente más cercano es el del padre de George W. Bush, el expresidente de los EUA George H. W. Bush (véase Bookman, 2002). Después de que los EUA habían concluido con éxito la Guerra del Golfo, para desalojar a los iraquíes que habían invadido Kuwait, un grupo de halcones del Departamento de Defensa comenzó a diseñar una estrategia de ataque preventivo para la política de seguridad de los EUA. Al igual que la actual estrategia de seguridad del joven Bush, ese documento contenía la visión de unos EUA como coloso dominador del mundo, imponiendo su voluntad y manteniendo la paz mundial a través de su poderío militar y económico. Cuando la versión final del documento fue conocida por el público, atrajo tales críticas que fue rápidamente retirado y repudiado por el primer presidente Bush. Cabe recordar que en ese entonces el actual vicepresidente

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Dick Cheney era secretario de la defensa, y Paul Wolfowitz, quien supervisó la elaboración del documento, y es hoy subsecretario del actual secretario de defensa Donald Rumsfeld, era subsecretario de política del Pentágono. Tomasky (2003: 36) resume los puntos principales de ese documento de la defensa, llamado Defence Planning Guidance. Según él los cuatro puntos principales de este documento que finalmente fue rechazado por la administración del padre de George W. Bush eran: a) El principal objetivo de los EUA será el de mantenerse como la única superpotencia mundial, impidiendo, por cualquier medio necesario, el surgimiento de cualquier rival de significancia. b) El mantenimiento de esa preeminencia requerirá que los Estados Unidos actúen en defensa de sus intereses propios, aun a costa de los intereses de la comunidad internacional. c) Por lo tanto, los EUA deberán rechazar el internacionalismo colectivo –las alianzas permanentes (la OTAN exceptuada parcialmente) serían despreciadas, y las futuras coaliciones consistirían de formaciones ad hoc, a menudo sin durar más allá de la crisis confrontada. d) Finalmente, el mantenimiento de este orden mundial posiblemente requerirá la acción preventiva en diversos frentes, por una variedad de razones: una defensa de Polonia y Lituania de un ataque ruso; intervenciones en pequeña escala en Panamá y las Filipinas; invasiones para detener la proliferación de armas de destrucción masiva en lugares como Corea del Norte e Irak. Estos halcones esperaron pacientemente una década, para que el nerviosismo entre los norteamericanos, proveniente de los ataques del 11 de septiembre, creara las condiciones propicias que les permitieran salirse finalmente con la suya, con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de George W. Bush en septiembre del 2002, documento que recogió su propuesta antigua. Ya antes, en 1998, le habían presentado al entonces presidente de los EUA, William Clinton, en una carta abierta, la propuesta de que el gobierno norteamericano implementara una estrategia para deponer a Saddam, y que de pasada insistía en la cuestión del supuesto derecho de los EUA para lanzar ataques preventivos. Decían en esa misiva (Project for the New American Century, 1998: 200):

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Nosotros le urgimos a que articule este propósito, y que su administración preste atención a la implementación de una estrategia para remover del poder al régimen de Saddam Hussein. Esto requiere una interacción completa de esfuerzos diplomáticos, políticos y militares. Si bien estamos perfectamente conscientes de los peligros y dificultades para la implementación de esta estrategia, creemos que los peligros de no implementarla son mucho mayores. Creemos que los Estados Unidos tienen la autoridad bajo las resoluciones existentes de la ONU para tomar los pasos necesarios, incluyendo acciones militares, para proteger nuestros intereses vitales en el Golfo. Pero de cualquier manera, la política de los Estados Unidos no puede continuar siendo paralizada por una equivocada insistencia en la unanimidad en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La carta fue firmada por el grupo autodenominado Project for the New American Century, una organización de prominentes halcones neoconservadores, entre los que destacan diversos personajes que fueron prominentes durante las administraciones republicanas de Ronald Reagan y de Bush padre, y que en la administración de Bush hijo llegaron a desempeñar una influencia casi sin paralelo. Destacan en especial Donald Rumsfeld, Richard Perle, William Kristol y Paul Wolfowitz. Su organización declara tener como propósito: “promover el liderazgo global de los Estados Unidos de América”. Las presiones de los halcones no cayeron en oídos sordos. El entonces presidente Clinton, algunos meses después de la publicación de la carta, promulgaba la “Irak Liberation Act of 1998” (Congress of the United States of America, 1998), que en su sección 3 a la letra señalaba: “Deberá ser la política de los Estados Unidos apoyar esfuerzos para remover al régimen encabezado por Saddam Hussein del poder en Irak y promover la emergencia de un gobierno democrático para remplazar a ese régimen.” En 1993, Clinton ordenó un bombardeo preventivo contra Irak, por el supuesto atentado de agentes iraquíes contra el expresidente Bush padre, en una visita por Kuwait, que a la postre resultó ser una aparente mentira de las patentemente corruptas fuerzas de seguridad kuwaitíes (Hersh, 1993). Pero como lo ha señalado la que fuera secretaria de estado con Clinton, Madeleine Albright (2003), el ataque preventivo siempre ha estado en el arsenal de respuestas de Estados Unidos, para ser utilizado en situaciones excepcionales. Lo novedoso con George hijo es que lo ha

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enunciado como la parte central de su política de seguridad y defensa, con lo que según Albright ha irritado a los aliados norteamericanos y ha debilitado a los EUA. George W. Bush comenzó su presidencia en el 2001 con la idea de mantener un perfil bajo de su administración en los asuntos internacionales. Es cierto que los halcones militaristas fueron incorporados desde el comienzo como parte de su gabinete, pero tal parece que ello fue más bien para tener contentos a los conservadores republicanos que lo habían apoyado en su campaña por la presidencia. Antes del ataque terrorista de septiembre de 2001, nunca les hizo mucho caso. Pero después de esos ataques todo cambió, más por incapacidad e ineptitud que por diseño, ante el pasmo de no saber bien a bien qué hacer, y la fuerte presión de los ciudadanos norteamericanos porque se hiciera algo. También, como veremos más delante, influyó la escasa legitimidad con la que Bush llegó a la presidencia de los EUA. Luego del ataque exitoso a Afganistán, que elevó la popularidad de Bush ante el electorado norteamericano, éste se engolosinó, y comenzó a suscribir las ideas extremistas e irresponsables de sus asesores neo-conservadores. Schell, en el trabajo que comenté arriba (Schell, 2003: 512), escribe, respecto de la idea de la guerra preventiva y demás aspectos de la política de seguridad de Bush:
¿Cómo ha sucedido que el presidente Bush revivió e implementó esta idea que había sido enterrada y desechada desde hacía mucho? Nosotros sabemos la respuesta. El punto de arranque fue el 11 de septiembre. El tema de la “guerra al terror” incluyó desde el comienzo el propósito de atacar preventivamente, utilizando la fuerza militar. Pieza por pieza, se construyó un puente desde el objetivo de capturar a Osama Bin Laden, al de frenar la proliferación (de armas de destrucción masiva), sobre una base global. Primero vino la idea de declarar culpables a regímenes enteros en la guerra al terror, luego la idea del “cambio de régimen” (comenzando por Afganistán), luego la prevención, luego la más amplia afirmación de la dominancia en el ámbito global. Gradualmente, el tema más importante de la actualidad –el creciente peligro de las armas de destrucción masiva- fue subsumido como una especie de apéndice en la guerra contra el terror. Cuando el proceso maduró, el resultado fue el de un plan de Groves aumentado –una idea irresponsable e impracticable cuando fue concebida, cuando sólo una potencia nuclear hostil estaba en prospecto (la Unión Soviética); y más ahora, cuando en el mundo de hoy

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existen nueve potencias nucleares (si se cuenta a Corea del Norte) y muchos otros países más tienen la capacidad de producir armas nucleares.

4. VIGENCIA DE LA CONTENCIÓN Y LA DISUASIÓN EN EL MUNDO ACTUAL Con la proliferación de armas nucleares, así como otras armas de destrucción masiva, la guerra entre países que posean esas armas y sean capaces de utilizarlas efectivamente el uno contra el otro no puede ser la manera de resolver sus problemas. Schell (2003) cita a los dos hombres cuyo trabajo fundamental en física tuvo quizá más que ver que el de cualesquiera otros dos científicos, con el desarrollo de la bomba atómica. En 1945, el gran físico nuclear danés, Niels Bohr, dijo simplemente en palabras cuya verdad ha sido confirmada por los cincuenta años de experiencia en la era nuclear: “Estamos en una nueva situación completamente diferente que no puede ser resuelta mediante la guerra.” Por su parte Einstein señaló algo similar cuando en 1947 aseveró que: “Este poder básico del universo no puede ser acomodado en el caduco concepto de los nacionalismos estrechos. Porque no hay secreto y no hay defensa; no hay posibilidad de control excepto a través de la comprensión creciente y de la insistencia de los pueblos del mundo”. Durante las décadas de la Guerra Fría, la disuasión entre ambas potencias –la entonces Unión Soviética y los EUA- fue eficaz para evitar el holocausto nuclear que tanto fue temido por muchos. Simplemente las dos potencias mundiales de entonces sabían que aun si ganaran la guerra nuclear total, las pérdidas serían extensas. Una hazaña como la de Pirro, cuando dijo, “otra victoria de esas y estamos liquidados,” sólo que aquí no habría que esperar una segunda ocasión para que se produjera la liquidación de potencias y quizá de civilizaciones enteras. El cálculo racional, más que un instinto pacificador, fue lo que durante la Guerra Fría impidió la confrontación nuclear entre las dos potencias. Pero hete aquí que en el actual mundo unipolar, dicen los del partido de la guerra de Bush, la disuasión y la contención, que tan eficaces fueron en el pasado, ya no funcionan. El propio Bush (2003: 269), en un discurso pronunciado en la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point, dijo:

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Los más graves peligros yacen en esta peligrosa interacción de radicalismo y tecnología. Cuando la difusión de armas químicas, biológicas y nucleares, sucede junto con la adquisición de tecnología de misiles –cuando eso ocurre, aun los estados débiles y pequeños grupos podrían obtener un poder catastrófico para golpear a las grandes naciones. Nuestros enemigos han declarado precisamente estas intenciones, y han sido descubiertos en la búsqueda de estas armas terribles. Ellos quieren la capacidad de chantajearnos, o de lastimarnos, o de lastimar a nuestros amigos –y nosotros nos opondremos a ellos con todo nuestro poder. Por mucho del siglo pasado, la defensa de Norte América durante la Guerra Fría se basó en las doctrinas de disuasión y contención. En algunos casos, esas estrategias siguen funcionando. Pero nuevas amenazas requieren nuevas ideas. La disuasión –la promesa de represalia masiva contra naciones- nada significa contra redes terroristas en la sombra, sin nación o ciudadanos que defender. La contención no es posible cuando dictadores desquiciados y con armas de destrucción masiva pueden arrojar esas armas mediante misiles o dárselas secretamente a grupos terroristas.

Estos razonamientos muestran claramente la confusión mental de Bush y de sus consejeros. Respecto a la imposibilidad de disuadir o contener a los grupos terroristas, tienen toda la razón. Pero son precisamente las características de esos grupos –la de moverse en las sombras por todo el mundo y la de no tener naciones ni poblaciones que defender- y que los vuelven incontenibles y no susceptibles de disuasión, las que también los vuelven inmunes contra las guerras, preventivas o no. Las guerras se hacen contra países y contra ejércitos, no contra cosas como el terrorismo. Sólo como eufemismo se habla de guerra contra el terror, como se hace cuando se habla de guerra a la ignorancia o a las drogas (Roth, 2004). Estados Unidos y sus aliados fueron a la guerra a Afganistán a combatir el terror, efectivamente derrotaron al gobierno fundamentalista de ese país, pero no destruyeron al terrorismo, ni capturaron a Osama Bin Laden. La guerra contra el terror requiere una eficaz conjunción de labores de policía, de inteligencia y de coordinación internacional, entre otras cosas, pero no necesariamente una guerra contra países. Esa lógica torcida de declarar guerras por confusión en los objetivos es tan absurda, como si Estados Unidos se declarara la guerra a sí

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mismo porque en el combate a las drogas ha descubierto que muchos narcotraficantes y muchos drogadictos son norteamericanos y operan en su territorio. Las múltiples tareas que se ha fijado Bush en su guerra contra el terror, justificar ataques preventivos, amenazar a enemigos y a amigos que no se plieguen a todo lo que los Estados Unidos quieren, combatir la proliferación de armas de destrucción masiva, aplicar medidas de seguridad interna que violan sin necesidad los derechos humanos de sus ciudadanos y de extranjeros, promover cambios de régimen; parecen estar distrayendo de lo que en realidad es o debiera ser la guerra contra el terror: una tarea eminentemente policiaca, de inteligencia, y de cooperación internacional. Como lo señala Ullman (2002: 242-3):
La respuesta de Bush aún no se ha enfocado de lleno en las causas del extremismo (un término más apropiado para entender el terrorismo). Tampoco ha explorado plenamente las consecuencias de cualquier política de prevención, sin importar qué tan justificada pueda parecer. Y, al lidiar con los medios para eliminar acciones terroristas, su definición de un “eje del mal” ha añadido la prevención de armas de destrucción masiva como un objetivo clave. La cuestión, sin embargo, es la de si Corea del Norte, Irán o Irak pondrían esas armas a disposición de los terroristas. La prudencia sugeriría que cualquier probabilidad de tal diseminación sería demasiada. Pero en otro sentido, los objetivos adicionales pueden fácilmente diluir el principal esfuerzo contra el terrorismo, especialmente si el cambio de regímenes se convierte en el próximo objetivo.

Pero salvo en casos excepcionales, de países muy débiles que necesitan del apoyo de grupos terroristas para mantenerse en el poder, como pudo haberlo sido el gobierno de los talibanes en Afganistán, los gobiernos tienen en general pocos incentivos para pasar las armas de destrucción masiva a grupos terroristas. Incluso en el reciente caso de Pakistán, se sabe que sus científicos nucleares pasaron secretos a algunos gobiernos, y aunque se sospecha que también se los pudieron haber pasados a terroristas, ello no es tan claro, y además éstos tienen menos posibilidades de llevarlos a la práctica, con el desarrollo y fabricación de las armas correspondientes. En el caso de Saddam los norteamericanos argumentaron que tenía ligas con Al-Qaeda, cuando era sabido por todos que eran enemigos. Al atacarlo, las probabilidades de que se

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tornaran aliados ocasionales creció. El ataque preventivo entonces aumenta los peligros que dice combatir. Los países que tienen armas de destrucción masivas no tienen incentivos para promover que otros las tengan también, en especial grupos terroristas. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética siempre fue reticente a cooperar con China para que este país desarrollara sus armas nucleares, a pesar de ser, al menos en teoría, su aliado comunista. La utilidad de poseer armas de destrucción masiva depende de que otros no las tengan, o de que no estén dispuestos a usarlas. Esto último sería especialmente difícil de suponer en el caso de grupos terroristas. Entonces, países como el anterior Irak de Saddam, tienen incentivos demasiado escasos como para colaborar con la adquisición de armas de destrucción masiva por parte de grupos terroristas, pues lo más probable es que esos grupos las usaran, antes que contra nadie, contra los regímenes en esos países. Antes de la guerra para deponer a Saddam, Mearsheimer y Walt (2003: 422) escribieron:
La falta de evidencia de alguna genuina conexión entre Saddam y AlQaeda no es sorprendente porque las relaciones entre Saddam y Al-Qaeda han sido pobres en el pasado. Osama Bin Laden es un fundamentalista radical (como Khomeini), y detesta a los líderes seglares como Saddam. Similarmente, Saddam ha reprimido consistentemente los movimientos fundamentalistas dentro de Irak. Dada esta historia de enemistad, es improbable que el dictador iraquí le diera armas nucleares a Al-Qaeda. La intensa presión americana, por supuesto, podría forzar la unión de estos aliados improbables, de la misma manera como Estados Unidos y la Rusia comunista se volvieron aliados en la Segunda Guerra Mundial. Aun así sería improbable que Saddam compartiera su más valioso armamento con Al-Qaeda, por desconfianza de que fuera utilizado de manera que pusiera en peligro su propia supervivencia. Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos no compartieron toda su experiencia en armas de destrucción masiva con sus propios aliados, y la Unión Soviética se negó a dar armas nucleares a China, a pesar de sus simpatías ideológicas y de repetidas peticiones chinas. No hay evidencia de que Saddam actuaría de manera diferente.

El argumento de que la disuasión no trabaja ya contra países es claramente falso e insostenible. Una diferencia entre los grupos terroris-

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tas y los países, es que éstos tienen un domicilio para devoluciones. Estados Unidos atacó a Irak, pero no a Corea del Norte, precisamente porque fue disuadido, hasta ahora, de atacar a este último país, por su capacidad de hacer daño a Corea del Sur, y a las tropas americanas ahí apostadas. Nadie cuestiona que Estados Unidos y Corea de Sur pueden sin duda derrotar a Corea del Norte. Pero se calcula que podrían morir 500 mil personas, entre civiles y militares surcoreanos y militares norteamericanos apostados en Corea del Sur. Aún después de la guerra, cuando se demostró que Saddam no representaba peligro importante alguno para los EUA, Bush siguió manteniendo que el ataque preventivo fue necesario porque Saddam está loco, y la disuasión o la contención no operan contra los locos. Pero como lo han señalado diversos analistas, la creencia de que el comportamiento pasado de Saddam mostraba que no podía ser contenido descansaba en una lógica falsa y en una historia distorsionada. Saddam fue siempre bastante racional, lo que no le quita lo cruel (Mearsheimer y Walt, 2003). Se lanzó a una guerra contra Irán porque se sintió amenazado por la agresividad del nuevo gobierno fundamentalista de ese país, y juzgó correctamente que los Estados Unidos lo apoyarían, por sus diferencias de entonces con Irán, al grado de incluso haberle provisto de los conocimientos y materiales necesarios con que produjo armas químicas, así como el silencio cómplice cuando decidió utilizarlas. Su principal error fue invadir Kuwait, pero el mismo Estados Unidos le hizo pensar que se mantendría al margen, cuando la embajadora norteamericana en Irak, April Glaspie, le manifestó a Saddam el 25 de julio de 1990, que nosotros –los EUA- “no tenemos opinión sobre los conflictos entre árabes, como el desacuerdo de ustedes con Kuwait respecto de sus fronteras”. En ese entonces, Irak estaba financieramente quebrado por su guerra con Irán, y la opción de hacerse del petróleo kuwaití parecía un riesgo bien calculado de su parte. Finalmente, se ha dicho que el haber expulsado a los inspectores de armas de la ONU, cuando no tenía armas de destrucción masiva, es prueba de su locura. Se trata de un argumento extraño de los partidarios de la guerra. Si no tenía armas de destrucción masiva no había que disuadirlo de usarlas. Por otro lado, la expulsión fue racional, como respuesta a la Ley de Liberación de Irak promulgada ese año de 1998, por el presidente Clinton. Si no reaccionaba hubiera perdido fuerza y apoyos entre los mismos iraquíes.

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Sin embargo, diversos partidarios de la guerra no son tan escépticos como Bush respecto de la eficacia de la disuasión. Por ejemplo, dos de los más reconocidos miembros de los neo-conservadores, han manifestado (Kaplan y Kristol, 2003: 212):
Una América fuerte, capaz de desplegar su fuerza rápidamente y con efectos devastadores en regiones importantes del mundo haría menos probable que los amenazadores de la estabilidad regional intentaran alterar el estatus quo en su favor. Podría incluso disuadir a tales amenazadores de incurrir en costosos esfuerzos para armarse en primer lugar. En sentido contrario, una América cuya voluntad de proyectar su fuerza estuviera en duda, sólo puede promover tales amenazas. El mensaje que deberíamos estar mandando a nuestros enemigos potenciales es: “Ni siquiera te atrevas a pensarlo”. Esta clase de disuasión ofrece la mejor receta para una paz duradera; es mucho más barata que las guerras que seguirían si fallamos en la construcción de tal capacidad.

Lo anterior no implica que los autores neo-conservadores citados condenen la guerra preventiva. Para ellos sería un complemento de la disuasión, pues mostraría la disponibilidad de Estados Unidos para responder a los retos que les lancen sus enemigos. No sólo, según esta lógica, para disuadir a los enemigos hay que tener los cuchillos afilados, sino también de repente usarlos. Lo extraño es que para Bush, es la ineficacia de la disuasión y la contención en el mundo de hoy la que justifica su doctrina del ataque preventivo. También la principal asesora de Bush en materia de seguridad (Condoleezza Rice) manifestó antes del 11 de septiembre –y por tanto antes de que Bush y ella misma se manifestaran contra el uso de la disuasión en el caso de Irak-, que era la disuasión y no la guerra el camino adecuado para enfrentar a Saddam. Escriben Mearsheimer y Walt (2003: 421), respeto de este giro de 180 grados en la posición de la consejera Rice:
Irónicamente, algunos de los funcionarios que ahora abogan por la guerra solían reconocer que Saddam no tenía la capacidad para emplear armas nucleares con propósitos ofensivos. En el número de enero/febrero de 2000 de Foreign Affairs, la consejera de seguridad nacional Rice describió cómo deberían reaccionar los Estados Unidos si Irak adquiriera armas de destrucción masiva. “La primera línea de defensa,” escribió ella,

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“debiera ser una clara y clásica declaración de disuasión –si ellos adquieren armas de destrucción masiva, sus armas serán inútiles porque cualquier intento de usarlas les traerá la destrucción de su nación.” Si ella creía que las armas de Irak serían inútiles en 2000, ¿por qué piensa ahora que Saddam debe ser depuesto antes de que las obtenga? Y además, ¿por qué piensa ahora ella que un arsenal de armas nucleares le permitiría a Saddam chantajear a la comunidad internacional entera, cuando ella ni siquiera mencionó esta posibilidad en 2000?

Creo que la respuesta a estas preguntas que se hacen los autores citados es clara. Como lo discuto en otra sección, los neo-conservadores han dado muestras de carecer de un sentido moral, más allá de sus arengas individualistas, y de que sí son persistentes en cuanto a defender sus intereses. En el 2000 Bush no había emitido sus grandes diseños de reformar, o más bien de destruir, el derecho internacional. Cuando lo hizo, la pobre Condoleezza o apechugaba o se iba. Aunque a los realistas norteamericanos –y en esto el moralista de Bush se cuece aparte de la mayoría de sus colaboradores-, la cuestión moral en lo relativo a las estrategias de prevención, disuasión y contención no parece demasiado relevante, sino a lo mucho un efecto de segundo orden como lo ha dicho la propia Condoleezza Rice; termino esta sección con una cita moralista de Richard Falk (2002: 274):
Lo que está en juego con la prevención, con relación a la imaginación de un “eje del mal”, es más oculto y siniestro. Lo que temen en Washington, me temo, no son las acciones agresivas de estos países sino el que su adquisición de armas de destrucción masiva pueda darles poder de disuasión respecto de los Estados Unidos y otras naciones. Desde el fin de la Guerra Fría los Estados Unidos se han dado el lujo de no ser disuadidos por nadie en la política mundial. Es esta circunstancia la que hace al unilateralismo de Bush particularmente preocupante para otros países, y debe ser entendido con relación a las intenciones del Pentágono, contenidas en un reporte filtrado el pasado diciembre, de aumentar el apoyo de sus acciones en el uso de armas nucleares, en una variedad de circunstancias estratégicas. En West Point, Bush declaró que “nuestros enemigos han sido descubiertos tratando de adquirir estas armas terribles”. Nunca se les ocurre a nuestros líderes que estas armas no son menos terribles en las manos de los Estados Unidos, especialmente cuan-

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do su uso está contemplado como una opción política sensible. Hay cada razón para que otros teman que cuando los Estados Unidos no puedan ser disuadidos por alguien más, otra vez se vean sujetos a la “tentación de Hiroshima”, de amenazar con el uso, o de usar tales armas, en ausencia de cualquier prospecto de que alguien le conteste en especie.

5. LA SANCIÓN INTERNACIONAL EN LA LEGITIMIDAD DE LA GUERRA La parte que es un tanto problemática en el esquema todavía vigente, a pesar de Bush y compañía, de la guerra justa (en defensa propia o con sanción internacional) es la de la sanción de la comunidad mundial a la guerra, preventiva o no. Ello se debe a que la representatividad mundial es generalmente asumida por organizaciones cuya legitimidad es a veces cuestionable y casi siempre limitada. Más aún, a veces se recurre a una organización para que sancione una guerra, a veces a otra. La guerra de los Balcanes contó con la sanción de la OTAN, en vez de la de la ONU. Quizá ello se justificaba por el carácter regional del conflicto y la concentración de los riesgos sobre Europa. En términos más pragmáticos, la explicación es quizá la de que Rusia probablemente hubiera hecho uso de su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, es esta última institución la que tiene el mandato más claro de la comunidad internacional para actuar en este aspecto. Contra la legitimidad del Consejo de Seguridad de la ONU en estos menesteres, se han levantado diversos argumentos con una buena dosis de validez. En especial se argumenta la escasa representatividad del órgano, en el que sólo participan cinco miembros permanentes (China, Francia, la Federación Rusa, el Reino Unido y los EUA) y diez temporales, elegidos periódicamente por todos los estados miembros y que forman parte del consejo durante dos años; y que el derecho de veto de cualquiera de los miembros permanentes impida la toma de decisiones necesarias, aunque cuenten con el respaldo de la mayoría, incluso de casi unanimidad, salvo por el país del veto. Esto último es especialmente problemático cuando alguno de los miembros permanentes, o alguno de sus aliados, es la parte que debe ser objeto de la acción preventiva o punitiva. Por ejemplo, Estados Unidos veta todas las resoluciones que afecten a Israel.

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Otros argumentos que usualmente se erigen contra el Consejo parecen menos válidos. A veces se señala que tienen demasiado peso países con poca fuerza en la economía mundial, y que para que las decisiones del Consejo tuvieran mayor probabilidad de ser atendidas, el voto debiera ser proporcional a alguna variable correlacionada con el poder real de las naciones, como por ejemplo el PIB de cada país. Esto recuerda las discusiones que se daban al inicio o en los antecedentes de las democracias modernas, cuando se discutía si sólo se debiera conceder el sufragio a quienes fueran propietarios, alfabetos o varones. Quizá en el futuro el derecho internacional siga el derrotero de las constituciones nacionales, en las que cada cabeza cuenta igual, y el voto de los organismos nacionales sea en proporción a la población, sin distingos entre débiles y poderosos. No hay razón por la que desde un punto de vista ético el ideal de que todos sean iguales ante el derecho, la ley o el poder, sin importar su fuerza o su riqueza, se circunscriba sólo al ámbito nacional. Cualesquiera que sean la composición y las reglas ideales de un organismo como el Consejo de Seguridad, no cabe duda que son por el momento, y lo serán por mucho tiempo, irrealizables, no obstante las iniciativas de Kofi Annan. Pero los defectos de este organismo deben inspirar su mejoramiento, que necesariamente deberá ser paulatino, si no se quiere poner en riesgo la posibilidad misma de que exista un organismo más o menos representativo de la voluntad internacional. Aquí como en pocos casos se cumple con tanta claridad el dicho aquél de que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Las críticas de que no hay organismos suficientemente representativos de la comunidad mundial, o de que en la práctica han sido más o menos irrelevantes son, la mayoría de las veces, del todo certeras. Pero en un mundo en que el poder hegemónico lo ejerce una sola potencia, es urgente fortalecer lo que se tiene. El Consejo de Seguridad como árbitro de las guerras preventivas será siempre una mejor opción que la de que la única gran potencia superviviente de la guerra fría se arrogue el poder de decidir por el mundo, sin consultar o ignorando, cuando le convenga, a los demás países. Han sido precisamente los EUA uno de los países que más han criticado y en ocasiones opuesto resistencia y hasta boicoteado al Consejo de Seguridad. Es el país que en los últimos años ha ejercido más veces el veto como miembro permanente de esa institución. Ha ejercido presiones para que los demás países voten de acuerdo con sus intereses,

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lo que socava la ya de por sí endeble legitimidad de dicho Consejo. Estas presiones van desde amenazas de represalias económicas y financieras hacia quienes votan libremente en su contra, hasta simplemente ignorar al organismo y enfrentarlo con hechos consumados. En el caso de la guerra contra Irak, quedó claramente de manifiesto que Estados Unidos consideran a los organismos internacionales sólo cuando pueden serviles como comparsa, y los ignoran o atacan cuando pretenden actuar libremente. Primero quisieron que el Consejo aprobara la guerra, y montaron en cólera cuando se enteraron de que al menos dos países con derecho a veto se opondrían (Francia y Rusia.) Luego quisieron forzar un voto aunque no fuera formalmente válido, al enfrentar el veto de esos países, pero con la intención de lograr una mayoría simple en el consejo, que según ellos les daría legitimidad ante el mundo. Cuando vieron que tampoco lograrían esa mayoría simple, gracias a la posición de países como Chile y México, que aguantaron las presiones, simplemente decidieron actuar sin acudir de nuevo a ese organismo, argumentando que era innecesario, mediante interpretaciones por demás falaces de decisiones previas del propio Consejo. Esta actitud de los EUA contra los organismos internacionales, cuando actúan con independencia de sus intereses, no es nueva ni se orienta sólo contra el Consejo de Seguridad de la ONU. Estados Unidos lleva décadas de haberse auto excluido de la UNESCO, porque según ellos, ese organismo de las Naciones Unidas para promover la educación, y cuyas decisiones se toman por votación, es una instancia de promoción de valores socialistas y antiliberales, que se oponen a los ideales libertarios de la democracia y el capitalismo norteamericanos. Un caso realmente ridículo es el de la posición de ese país en lo relativo a la Corte Penal Internacional. Por un lado dicen estar a favor de ese organismo en formación, pero por el otro insisten en que sus soldados sean inmunes a las acusaciones ante esa corte por delitos de guerra. Como la mayoría de los países no está de acuerdo con esa salvedad absurda, los EUA se han dedicado a firmar acuerdos con países en lo individual, mediante los cuales esos países se comprometen a no poner, en su caso, a disposición de esa Corte, soldados americanos que pudieran encontrarse en su territorio. A los que no firman les retiran el apoyo militar, lo que les es contraproducente, pues ese apoyo sirve sobretodo a los norteamericanos. Lo dan para que diversos países combatan guerrillas o grupos terroristas, lo que está entre las

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prioridades de los propios norteamericanos, o bien para el combate a las drogas, mediante el cual les pasan a otros la responsabilidad de combatir las “malas” adicciones de sus ciudadanos, cada vez más dependientes de las drogas. Esas presiones contra países soberanos son insostenibles, pues de persistir se revertirían contra los propios Estados Unidos, y lo único que muestran es que al gigante le dan pataletas. Desdichadamente a algunos les entra miedo y se pliegan. Pero Estados Unidos no puede reñir con el mundo. Su capitalismo depende de la globalización. El libre comercio que pregona por todas partes no puede florecer en un ambiente de tensiones políticas permanentes. Las guerras contra el terrorismo y el narcotráfico no pueden prosperar sin la participación de todos los países. Aunque no le guste, si alguien necesita de los organismos internacionales para actuar con eficacia en el mundo, es precisamente Estados Unidos: puede actuar aquí y allá como bravucón, pero no puede hacerlo siempre. Necesita de la legitimidad internacional que sólo pueden brindarle esos organismos, de otra suerte la oposición a sus actuaciones será cada vez mayor y el costo de llevarlas a cabo también. Ni siquiera la única gran potencia del mundo, con todo su poder y toda su tecnología, tiene los recursos para resolver todo por la fuerza. El que haya escogido a Irak y no a otros países, como Corea del Norte por ahora, para realizar su demostración de poderío y señalar a los países del mundo lo que les puede esperar si se interponen en su camino, es más bien una prueba de que su poder, aunque enorme, no es ilimitado. De entre sus enemigos en boga, escogió al más débil. Aun así, el costo fiscal y los efectos negativos de la guerra sobre la economía norteamericana han sido significativos. Estos costos se elevarían considerablemente si decidieran actuar militarmente y de forma simultánea contra todos los países que considera enemigos de sus intereses. Pero sería iluso pretender que, habida cuenta de las deficiencias de los organismos internacionales, la potencia más poderosa, la única superpotencia restante, se limitara a seguir al pie de la letra unas reglas mal diseñadas. Incluso la mayoría de los países no estarían de acuerdo con la resultante pasividad de Estados Unidos ante situaciones que pueden requerir su intervención en beneficio de la comunidad internacional, como pudo haberlo sido su actuación en los Balcanes. El mundo vería con simpatía una intervención norteamericana que tuviera la anuencia de todos los países del mundo excepto, por poner un ejemplo extremo,

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la de un solo país, pero con derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Pero si quiere Estados Unidos mantener un liderazgo moral en el mundo, podrá y deberá a veces torcer un poco las normas, pero no los principios que fundamentan la ley internacional. En especial, deberá asegurar la anuencia de la mayoría de los países, en vez de menospreciar, como lo han pretendido Bush y compañía, a la opinión mundial y a las organizaciones internacionales. Incluso para ser eficaz en su acción, no puede seguir sosteniendo que tendrán coaliciones cambiantes de acuerdo a sus intereses, también cambiantes, y que un país hoy amigo se convierta en enemigo sólo por no estar en un punto particular de acuerdo con la potencia hegemónica, como les acaba de suceder a Francia y a Alemania con lo de la guerra contra Irak. Lo único que lograrán así es el debilitar la fuerza de sus alianzas para cuestiones realmente fundamentales para ellos, en las que comparten posiciones e ideologías más con países como Francia y Alemania que con Pakistán, por poner un ejemplo. Madeleine Albright (2003: 9), quien fuera secretaria de estado en la administración de Clinton, dijo respecto de las relaciones con Europa, algo que no habría razón para no aplicarlo, en lo esencial, al resto del mundo:
El reto para los Estados Unidos, sin embargo, es el de un marco de decisión para Europa que la mayoría de Europa pueda adoptar con dignidad (si bien no necesariamente Francia.) Para ayudar en esta misión, la OTAN debiera ser utilizada en Afganistán (donde finalmente ha ganado un papel pero dos años después del 11 de septiembre) y en Irak, donde su participación pudiera aliviar la presión sobre las altamente tensionadas fuerzas norteamericanas. La administración de Bush debería dar la bienvenida entusiasta a los esfuerzos europeos por desarrollar una capacidad independiente de respuesta rápida, especialmente para conducir operaciones de pacificación y para responder a emergencias humanitarias. Cuando los europeos efectúan tareas importantes, como los alemanes y los turcos en Afganistán durante el año pasado, merecen ser congratulados, a pesar de diferencias sobre temas menores. Más aun, los europeos debieran ser invitados, no dirigidos, a trabajar cercanamente con Washington en los retos más difíciles, incluyendo el representado por el programa nuclear de Irán. Quizá por encima de todo, los europeos deben ser tratados como adultos. Si tienen diferen-

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cias con Estados Unidos, esas diferencias debieran ser consideradas seriamente, no desechadas como señales de debilidad (o vejez) o equivalentes a traición. Washington necesita recordar que “aliados” y “satélites” son cosas claramente diferentes.

6. LA INFLUENCIA DE LOS NEO-CONS Desde antes de que Osama Bin Laden se volviera famoso, las organizaciones más conservadoras de la derecha norteamericana, dentro de su programa para hacer avanzar su paradigma reaccionario no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo, proponían que Estados Unidos operara, en la escena internacional, ignorando a las Naciones Unidas, organización a la que siempre han criticado y menospreciado. Entre las acciones que habría que tomar, según esas organizaciones, está la de castigar a los países “mal portados”, según los Estados Unidos mismos los definan. Estas organizaciones suelen utilizar para la promoción de sus doctrinas, la figura de los conocidos como think tanks de derecha. Con la llegada de George W. Bush a la presidencia de su país, y sobre todo después del 11 de septiembre del 2001, estas organizaciones vieron incrementada su influencia. A pesar de su nombre, estos grupos se dedican más a difundir ideología que a hacer avanzar el conocimiento. Sólo hay que ver las declaraciones de objetivos que ellos mismos se fijan. En ningún caso se proponen hacer avanzar la investigación académica en sí, sino en su caso, utilizarla para impulsar un programa definido ex ante. Al grado tal, que catalogan de izquierdistas a otros think tanks con una propuesta más académica, como sería por ejemplo, la Brookings Institution. Suelen considerar que los departamentos de estudios sociales, políticos o económicos de las universidades norteamericanas, no son sino guaridas de socialistas, que pretenden destruir las libertades de ese país, promoviendo el crecimiento del gobierno, defendiendo el cobro de impuestos, proponiendo políticas liberales, entre otros pecados en contra de la ideología individualista a ultranza que les motiva y apasiona, al grado de ver como enemigos irreconciliables a quienes piensan diferente, y a los que hay que combatir, con la fuerza del odiado estado si es necesario. Defender a los intereses privados es para ellos la única función válida del gobierno, sobre todo tratándose de los intereses de los grandes conglomerados económicos.

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De esos grupos nutrió Bush a su equipo de trabajo. Según The Economist (Febrero 15-21, 2003):
Donald Rumsfeld y Condoleezza Rice son veteranos de la Institución Hoover. Dick Cheney y su esposa mantienen relaciones duraderas con el American Enterprise Institute (AEI). Elaine Chao, secretaria de trabajo, es alumna de Heritage. El gabinete de política de la defensa era encabezado hasta hace poco por Richard Perle, el halcón mayor del AEI, y un cuarto de los miembros de ese gabinete salieron de la Institución Hoover. Cientos de empleados de nivel más bajo de la administración, formaron sus capacidades en ese tipo de instituciones. Si la gente hace la política, dice el jefe de la Heritage Foundation, entonces esas organizaciones, lo dice con orgullo, se están convirtiendo en el gabinete en la sombra de los Estados Unidos.

Dentro de este selecto grupo, Colin Powell parece moderado, no obstante su historial de oponerse a los recortes del gasto en defensa para aumentar el gasto social, o de que los homosexuales participen en el ejército de su país, por no hablar de su completa rendición ante sus compañeros de gabinete más radicales en lo relativo a la guerra contra Irak. De los mencionados, el anterior jefe del gabinete de defensa, Richard Perle, debió dejar su cargo como jefe, aunque sigue siendo parte de dicho gabinete, debido a que su asociación con empresas que son proveedoras de armamento al ejército norteamericano, y que han obtenido contratos bajo circunstancias sospechosas, lo volvía vulnerable. Pero él no es el único. Bush ha dado a empresas amigas de su administración contratos para la reconstrucción de la infraestructura petrolera y de otro tipo en Irak, de manera discrecional, sin que hubiera licitación previa. El caso más escandaloso es el de la empresa Halliburton, de la que Dick Cheney era, hasta pasar a desempeñar el cargo de vicepresidente del gobierno de Bush, el principal directivo. Lo anterior es muestra de que la falta de escrúpulos de la derecha suele no conocer límites, cuando de hacer negocios se trata. Además de fanática, agresiva y violenta, suele ser corrupta. Por ahora el pueblo norteamericano, después del trauma del 11 de septiembre de 2001 y de la euforia de sus victorias en Afganistán e Irak, no parece prestarle demasiada importancia a estos “detalles”. Por menos que eso, en otras

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circunstancias más normales, defenestraron a Richard Nixon. La pregunta obligada es la de cuándo se aplacarán los ánimos en Norteamérica, para que su sistema electoral funcione de nuevo como un sistema de contrapesos similar al que en el pasado le ha funcionado. La reciente caída de popularidad de Bush en las encuestas parece indicar que las aguas se apaciguan en Norteamérica. Al momento de escribir estas líneas (febrero de 2004), es difícil saber si Bush podrá reelegirse, pero el que las encuestas entre los norteamericanos lo pongan en duda es un elemento esperanzador. Lo dicho respecto del dogmatismo y extremismo conservador de la administración de Bush puede parecer una exageración. Ojalá lo fuera, pero no lo es. La reseña de una reunión de conservadores hace poco más de un año en Arlington, Virginia, en la que Cheney, el vicepresidente de Estados Unidos, fue el orador principal, da muestra del talante de estos grupos que han logrado infiltrarse a la administración del gobierno norteamericano, especialmente con la llegada de Bush. La reunión fue convocada por la Conferencia de Acción Política Conservadora, la CPAC por sus siglas en inglés. Según esa reseña (The Economist, Febrero 8-14, 2003), los asistentes a esta reunión, encabezada por el vicepresidente de Estados Unidos, manifestaron su odio contra el establishment liberal; los burócratas que gastan improductivamente el dinero de la gente; los profesores liberales que corrompen a la juventud con ideas marxistas y de cómo ser homosexual; y contra los pacifistas que quieren minar la voluntad nacional de autodefensa. Las intervenciones llevaron títulos como: “Islam, ¿religión de paz?”; o “Mitos, mentiras y terror: la creciente amenaza del ambientalismo radical”. Llevaban camisetas con leyendas como “Da una oportunidad a la guerra”; portaban distintivos con consignas como la de “Combate al crimen: a balazos”; o “Muslim=Terrorista”; entre otras gracejadas que aparentemente hicieron feliz a Cheney. Mucho se ha hablado del unilateralismo como amenaza a la convivencia de las naciones en el nuevo orden internacional. Pero hoy, con la actitud belicosa de Bush, hay otro aspecto que no hay que pasar por alto. El de una agenda derechista que Bush y sus colaboradores le quieren recetar no sólo a Estados Unidos, sino al mundo. Como dice Packer (2003): “Los conservadores de hoy no tienen un concepto del bien público, ellos ven a los americanos como inversionistas y consumidores, no como ciudadanos”, pero, “Entre otras cosas, el 11 de septiembre

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recordó a los americanos que ellos necesitan un gobierno: dentro de las torres, los empleados públicos subían y los privados bajaban”. El oponerse a la doctrina de la guerra preventiva tiene también, hoy por hoy, esa dimensión: la de oponerse a un grupo fundamentalista, radical, dogmático y reaccionario. En su lenguaje mesiánico y fanático religioso, los mensajes de Bush se parecen a los de cualquier ayatola fanatizado. Mientras el primero promete derrotar al eje del mal, los otros juran destruir al gran Satán. Bush conjura a Dios tras sus designios, los fundamentalistas a Alá. Por algo dicen que los extremos se juntan. Por algo también el distanciamiento entre los gobernantes actuales norteamericanos y sus más liberales contrapartes en la Europa a la que el fanático de Donald Rumsfeld, no se cansa de llamar, despectivamente, la vieja Europa. 7. LAS CONTRIBUCIONES DE BUSH Ese es el mundo ultraderechista de los neo-cons que han ideado la doctrina del ataque preventivo (sin la sanción internacional, por supuesto). Bush no era miembro explícito de esa especie de cofradía. Pero ciertamente desde el 11 de septiembre del 2001 goza de sus simpatías incondicionales, en una relación de sentimientos correspondidos. Bush merece ser reconocido como el principal proponente y fundador de dicha doctrina. Ello no obstante de que no parece haberla adoptado desde el principio de su administración, y de que algunos elementos de la doctrina del ataque preventivo unilateral fueron adoptados desde la administración de Clinton, en un documento del Consejo de Seguridad Nacional; y de que, además, el bombardeo ordenado por el mismo Clinton contra instalaciones aparentemente para fabricar armas de destrucción masiva en Irak, se efectuó bajo la justificación de esa doctrina. Pero ha sido Bush el que ha llevado esa doctrina claramente a la práctica, al ir a la guerra en Irak, en contra de la voluntad expresa de la mayoría de los países del mundo, con lo que explícitamente rechazó la doctrina tradicional de la guerra justa. Pero Bush no se quedó ahí, sino que ha puesto su grano de arena en la definición conceptual de la nueva doctrina. En la medida que el ataque preventivo contra Irak perdió credibilidad, al constatarse que, tuviera o no ese país armas de destrucción masiva, éstas nunca representaron un peligro inminente contra Estados Unidos, Bush enfiló sus

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baterías a justificar la guerra en la necesidad de destituir a un malévolo y demoníaco tirano como Saddam Hussein, que abusaba de su propio pueblo (su lenguaje no se distingue en tono al de los fanáticos religiosos que combate). Lo extraño es que el mismo Bush llegó a la presidencia del gobierno norteamericano bajo la promesa de no involucrar a su país en pleitos en los que no estuviera en juego la seguridad de la nación. Hasta antes del 11 de septiembre se mantuvo al margen de la mediación en el conflicto entre palestinos y árabes, que tanto ocupó y preocupó a su antecesor en la presidencia de Estados Unidos. Pero lo más extraño es que los neo-cons, que ahora lo apoyan en todo lo que hace y dice, siempre habían rechazado y criticado el que Estados Unidos se vieran involucrados en lo que llaman national building, término con el que designan a cualquier intervención norteamericana para deponer tiranos, proteger derechos humanos de extranjeros y otras causas que no tengan que ver con la protección de los intereses norteamericanos directos. Pero así son de inconsistentes y convenencieras las derechas en todo el mundo. Discuten como si creyeran en los principios que dicen defender, pero los traicionan a la primera oportunidad cuando así conviene a sus intereses. En este caso, su verdadera intención parece haber sido mostrar la supremacía militar norteamericana y minar la autoridad de los organismos internacionales, a los que detestan, en especial a las Naciones Unidas, y así lo dicen en cuanto panfleto al respecto sus think tanks relacionados publican. Los antecedentes lejanos y recientes de Estados Unidos apoyando tiranos o deponiendo gobiernos democráticamente electos cuando así ha convenido a sus intereses son tan frecuentes, que no es necesario mencionarlos para mostrar que la justificación de la guerra que se sacó Bush de la manga, huele más a cinismo que a una verdadera argumentación política y ética. Además que deja en el aire la razón por la que se escogió a Irak y no a otros países con igual o peor record de violación a los derechos humanos en sus propios territorios. Quizá para simular algo de esa falta de congruencia, ahora Estados Unidos se están involucrando más en causas diversas en el mundo: en Palestina y en Liberia, por ejemplo. Pero si quisieran corregir las injusticias en el mundo, deponiendo por la fuerza a cuanto tirano existe, no les van a alcanzar ni su poderío militar ni sus recursos económicos. Otra contribución directa de Bush al cuerpo de “principios” a los que con certeza se les pone su nombre: Doctrina Bush, es el de que su

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gobierno se arrogue el derecho de calificar y castigar, como enemigos, a todos aquellos que no se pongan de su lado en cuanta confrontación, militar o política, emprendan Estados Unidos; o peor aun, que apoyen o simpaticen con sus enemigos. Esta posición la enunció claramente desde la destrucción de las torres gemelas en Nueva York, cuando amenazó con tratar como enemigos a los que se interpusieran en el camino de su país en la guerra contra el terrorismo. A nadie ha atacado militarmente Bush por el simple motivo de simpatizar con sus enemigos. Pero ha utilizado toda suerte de amenazas y sanciones económicas para intentar corregir a los que no entienden que el American Way es el único camino correcto. Arriba mencioné las sanciones a los que no firman acuerdos para minar a la Corte Penal Internacional, como ejemplo. A México se le hizo saber que el trato de amigo cercano se terminó, por no haberlo apoyado en el Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque la verdad sea que después del inicio de su guerra contra el terrorismo, el asunto dejó de ser considerado como prioritario, y que lo volverían a incluir en su agenda cuando lo consideraran conveniente. (Recientemente, a principios del 2004, Bush presentó un proyecto de ley al Congreso de Estados Unidos, que ofrece la nacionalización a quienes lleven más de tres años trabajando en aquel país y que ha halagado al gobierno mexicano, en su objetivo de mejorar las condiciones de los emigrantes de México hacia el país del Norte; y ha ofrecido de nueva cuenta su amistad al presidente Vicente Fox). De esa manera, paso a pasito, lo que era, en la concepción teórica de los think tanks de derecha, una nueva doctrina de la intervención militar, que justificaba el ataque preventivo sin consentimiento internacional y condenaba el national building, se convirtió, bajo la inspiración de Bush y bajo la acción de su gobierno, en una peligrosa posición que sostiene: a) Son legítimas las guerras que emprenda Estados Unidos para prevenir que gobiernos irresponsables, según los califique el propio Estados Unidos, se hagan de armas de destrucción masiva. b) Son legítimas las guerras que emprenda Estados Unidos contra aquellos tiranos que incurran en su desagrado. Sólo a este país corresponde definir quiénes son los malos que merecen tal tratamiento.

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Las guerras legítimas no requieren la sanción favorable de organismo internacional alguno, en especial, del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en los que algunos odiosos y envidiosos, como los franceses, tienen demasiada ingerencia. d) Estados Unidos considerará enemigos a los amigos, aunque sean ocasionales, de sus enemigos; así como a los que lo obstaculicen en sus enfrentamientos contra sus enemigos. Las sanciones podrán ir desde la descortesía de no recibir a sus mandatarios en el rancho privado de Bush, hasta retirarles la “ayuda” militar o imponerles alguna sanción económica. Esta teoría como tal no tiene mayor mérito intelectual, pero será un referente forzado para cualquiera que se dedique a estudiar el tema de las guerras. Ella es, sin duda, una hazaña asombrosa para alguien como Bush, padre por adopción de tal teoría, y por mayoría de mérito en su promoción en la práctica y en su enunciación explícita en algunos aspectos. Lo sorprendente es que el propio Bush reconoce su escasa preparación intelectual. Él mismo cuenta que pasó por la Universidad de Yale como por una competencia de beber alcohol. Cuando se le pregunta si también consumía drogas, se niega a responder, lo que equivale casi a un reconocimiento. Su afición alcohólica con exclusión casi de cualquier otro interés continuó durante muchos años, hasta que ya bastante mayorcito se encontró con un pastor de una secta religiosa militante que lo reformó. Desde entonces se dedicó a la política con un fervor religioso. Habla de política como quien predica el Bien divino. Habla de sus enemigos como representantes del Mal (recuérdese su categorización de Corea, Irán e Irak como el eje del Mal). Una cuestión un tanto paradójica es que Bush, con todo y su agresiva posición a favor de la guerra, cuando en principio pudo, de joven, haber participado en una, la rehuyó, aparentemente. En efecto, parecen haber indicios de que cuando pudo haber sido reclutado como soldado para la guerra de Vietnam, se inscribió en las guardias nacionales de Texas y utilizó la influencia paterna, ya entonces un reconocido político republicano, para evitar ser enviado a ese conflicto. No sólo eso. Ni uno sólo de los halcones guerreristas en su gabinete que le acompañan en su fanatismo a favor de la guerra, ha participado en guerra alguna. Como lo señaló en su momento Fallows (2002: 536):

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La figura militar más experimentada del gabinete de Bush, Colin Powell, ha sido caracterizada como “titubeante”, por su obvia incomodidad con una aventura que no apoyan la mayoría de los aliados. Sus instintos ilustran la sociología general del debate sobre Irak. Como regla, los más insistentes promotores del ataque preventivo dentro del gobierno y en la prensa, ni habían servido en el ejército ni vivido en países árabes. Los militares veteranos estuvieron generalmente en contra de la guerra. Por ejemplo, Paul Wolfowitz, el secretario auxiliar de defensa y líder intelectual del partido de la guerra dentro del gobierno, era un estudiante de programas de postgrado durante los sesenta. En sentido opuesto, Richard Armitage, su escéptico contraparte en el Departamento de Estado y aliado de Powell en su petición de que se ejerza algo de moderación, es un graduado de la Academia Naval, que sirvió tres períodos en Vietnam.

No sólo el ser evasores del servicio militar distingue a estos personajes, como Paul Wolfowitz, Donald Rumsfeld o Dick Cheney. No obstante su limitada visión intelectual y analítica, su capacidad de porfiar los ha llevado con Bush a alturas que quizá ni ellos mismos sospechaban. Supieron estar en los lugares adecuados para hacer avanzar sus posiciones doctrinarias. Tienen un gran sentido de la política, en la connotación mala de la palabra, o como se dice en México, de la “grilla”. Dice Lemann (2002: 287):
Una razón por la que los halcones son tan interesantes es la de que parecen romper todas las reglas y salirse con la suya. El mundo de la política exterior se enorgullece de mantener un consenso bipartidista, de manera que ubicarse fuera del consenso debiera, teóricamente, suprimir cualquier influencia. Pero los halcones han desafiado el consenso por treinta años, desde que se opusieron a la política de detente con la Unión Soviética durante la administración de Nixon, y ahora tienen más influencia que nunca. El presidente Bush, se supone, insiste en una absoluta fidelidad personal, y en que se guarden internamente todos los debates, pero los halcones tienen objetivos que van más allá de la reelección; ellos anuncian o filtran posiciones antes que Bush (Paul Wolfowitz, el secretario auxiliar de defensa, declaró a menos de una semana después del 11 de septiembre, que Estados Unidos “terminarían con los estados que apoyan el terrorismo”), y su

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círculo incluye gente que se portó mal durante la campaña del 2000, como William Bristol, el editor del The Weekly Standard, que apoyó a John McCain. La actitud de Washington hacia los halcones parece ser de desaprobación mezclada con admiración oculta. Tienen una actitud que usualmente vuelve imposible mantenerse en los puestos, y sin embargo han conquistado altas posiciones y las han mantenido. Su persistencia operacional y su arrojo intelectual les da una influencia desproporcionada –el origen de casi todas las declaraciones doctrinales de Bush del último año puede ser claramente relacionado con los halcones.

Por supuesto que poder no es sinónimo de razón. La posición de los neoconservadores tiene poco mérito intelectual, si es que tiene alguno. Sus argumentaciones son ampliamente reconocidas en el medio académico norteamericano como poco sólidas. Esta superficialidad no escapa incluso a algunos editorialistas. Recientemente David Frum y Richard Perle (2003), dos de los más reconocidos ideólogos de los neoconservadores, publicaron un libro en defensa de sus doctrinas. Vale la pena reproducir algunos de los puntos hechos en uno de los comentarios, aparecido en un medio que siempre estuvo a favor de la guerra en Irak y continúa defendiendo el concepto del ataque preventivo enarbolado por la administración de Bush (The Economist, 10-16 de junio de 2004):
La ambición no es un pecado en un libro. Ni tampoco, el cielo lo sabe, lo es la brevedad. Pero un libro de menos de 300 páginas que se propone reorganizar el sistema norteamericano y el mundo entero, está condenado a saltarse detalles importantes. Las relaciones de Norteamérica con las Naciones Unidas son tratadas en siete rápidas páginas; las relaciones con Rusia en menos de tres. Esto hace que el lector se pregunte si la audacia de la agenda neoconservadora está fincada –como ellos mismos la ven- en un pensamiento claro, lenguaje plano y coraje moral, o si nace de un irresponsable desprecio por la complejidad, de las zonas grises o de la posibilidad de consecuencias no buscadas. Ciertamente este libro contiene un lenguaje directo. Ninguna contemplación por parte del señor Perle y del señor Frum para con la sensibilidad de los musulmanes: Norteamérica, ellos alegan, está en guerra con una rama radical del Islam que busca destruir la civilización occiden-

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tal. Este enemigo no consiste solamente de un pequeño grupo de conspiradores, puesto que el pequeño grupo goza de una amplia simpatía popular y está apoyado por una diversidad de estados malportados, incluyendo aliados, en teoría, de Norteamérica como Arabia Saudita. Aun concediendo que el cercano oriente puede ser complicado, los autores no quieren complicaciones que nublen la gran película. “Los extremistas religiosos y los militantes seglares; los sunnis y los shiitas; los comunistas y los fascistas –en el Medio Este, estas categorías se mezclan unas con otras. Todas derraman del mismo manantial enorme de ira incendiaria. Y todas tienen el mismo blanco: los Estados Unidos”.

Finalmente concluye la reseña:
George Bush ha sido acusado de dejar que su política exterior sea manejada por superhalcones como el señor Perle. Algo de superficial optimismo acerca de la capacidad norteamericana para corregir todos los desaguisados del mundo, por la fuerza si es necesario, ha influido en la política. Y sin embargo este libro muestra los límites de su influencia. Sus autores no parecen reconocer que el poder que Norteamérica tiene enfrenta restricciones. El señor Bush, después de Irak, parece haber aprendido algo de esto. Él, probablemente, no cree que la guerra contra el terror pueda ser el único elemento organizador de la política norteamericana –incluso al punto de determinar qué actitud tomar respecto de las relaciones de Inglaterra con Europa. El presidente encuentra conveniente el posar como líder de una nación completamente involucrada desde el 11 de septiembre en una guerra total análoga a la guerra contra Hitler. Los neoconservadores realmente lo creen.

El que Bush haya asumido una actitud de alto riesgo, como fue la de entregar la política de defensa a un grupo de acelerados doctrinarios, ante las presiones que le significaron los ataques terroristas del 11 de septiembre, puede deberse al menos parcialmente a la escasa legitimidad de su presidencia. Un gobernante con legitimidad limitada suele asumir actitudes de alto riesgo para justificarse ante su ciudadanía. Es algo similar a lo que pasa a las empresas cuando enfrentan la probabilidad de quiebra, que tienden a asumir riesgos excesivos para intentar salvarse a como dé lugar. Hasta hace poco, el presentarse ante los norteamericanos como el presidente de la guerra, firme para defender la seguridad

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de los ciudadanos amenazados por enemigos peligrosos, le había rendido frutos. Aunque como lo mencioné, la estrategia parece debilitarse a medida que se avecinan las elecciones. Como quiera que sea, los acontecimientos y la agresiva respuesta de Bush hicieron que a los norteamericanos se les olvidara el sospechoso origen de su victoria en las elecciones del 2000. En efecto, su contrincante demócrata Al Gore obtuvo más votos individuales que él. Pero en Estados Unidos la elección la gana quien tenga más votos electorales, los cuales corresponden a los estados. Todos los votos electorales de un estado se van al que obtenga la mayoría en las votaciones en ese estado, independientemente de si es una mayoría unánime o de un solo voto. Pero el problema realmente serio fue el de que el resultado se definió con los votos electorales de la Florida, donde es gobernador Jeb Bush, el hermano de George W. El conteo de los votos en ese estado terminó por darle la victoria a Bush por 537 votos. La Suprema Corte de Florida, dominada por demócratas, mandó que se recontaran los votos. Ante la apelación de los republicanos, la Suprema Corte de los EUA, dominada por los republicanos, revocó la decisión de la corte local, a pesar que el respeto a las decisiones locales ha sido una bandera de los jueces republicanos. Hoy sabemos que de haberse continuado con el recuento de votos en Florida, Al Gore, y no George Bush, sería el presidente de los Estados Unidos. Dice Howard Zinn (2003: 468-9):
La Suprema Corte se dividió de acuerdo a líneas ideológicas. Los cinco jueces conservadores (Rehnquist, Scalia, Thomas, Kennedy, O’Connor), a pesar de la usual posición conservadora de no interferencia con los estados, revocaron la decisión de la Suprema Corte de Justicia de Florida y prohibieron más conteos de votos. Dijeron que el recuento violaba el requerimiento constitucional de “protección igualitaria ante la ley”, porque había diferentes estándares en diferentes condados de Florida para el conteo de votos. Los cuatro jueces liberales (Stevens, Gisburg, Breyer, Souter) argumentaron que la Corte no tenía derecho de interferir con las interpretaciones de la ley estatal de la Suprema Corte de Justicia de Florida. Breyer y Souter incluso argumentaron que si el problema era el de una falla en la uniformidad de estándares en el conteo, la solución

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era entonces que hubiera una nueva elección en Florida con estándares uniformes. El hecho de que la Suprema Corte se hubiera negado a cualquier reconsideración de las elecciones, significó que estaba decidida a que su candidato favorito, Bush, se convirtiera en presidente. El ministro Stevens lo señaló con algo de amargura, en su reporte minoritario: “Aunque posiblemente nunca sabremos con completa certeza la identidad del ganador de la elección presidencial de este año, la identidad del perdedor es perfectamente clara. Es la confianza de la nación en el juez como guardián del estado de derecho.”

8. LA GUERRA EN IRAK SE LLEVÓ ALGO MÁS QUE A SADDAM Después de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York, el gobierno norteamericano ha introducido diversas reformas para incrementar la eficacia de sus fuerzas del orden contra el terrorismo, dentro del territorio de su país. Así, se introdujo la Ley Patriota (Patriot Act) y se adoptaron diversas reformas para permitir la detención de ciudadanos acusados de ligas con el terrorismo, sin acceso a un abogado y sin plazo para que se les acuse formalmente; o el espionaje telefónico o de otro tipo, sin que el afectado pueda alegar violación a sus derechos. Este tipo de acciones ha sido aplicado a los detenidos en Guantánamo, quienes llevan dos años recluidos sin acusación formal alguna. Pero también algunos civiles norteamericanos, detenidos en territorio estadounidense, han sido sujetos a esos tratos. Los norteamericanos a lo largo de su historia han sido proclives a limitar las libertades y a perseguir a los disidentes cuando se sienten amenazados, por algo o alguien; sea o no real la supuesta amenaza. Alan Brinkley (2003) hace un recuento de los últimos cien años. Algunas de las acciones tomadas el siglo pasado atentaron fuertemente contra las libertades en un país que se precia de ser el más libre del mundo. Durante la Primera Guerra Mundial se emitieron la “Ley de Sedición” y la “Ley de Espionaje.” Al amparo de estas disposiciones se prohibió del correo el material sedicioso, incluyendo cualquier cosa que criticara al gobierno. La Ley de Sedición hizo una ofensa criminal de cualquier lenguaje o acción que atacara al gobierno de Estados Unidos,

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la bandera, o los uniformes del ejército o la marina. Bajo esta ley, el gobierno se dio a la tarea de suprimir asociaciones políticas y organizaciones laborales. Pero los principales objetivos de la persecución fueron los norteamericanos de ascendencia alemana. Después de la guerra, lo que se conoció como el Miedo Rojo fue supuestamente una reacción a la amenaza bolchevique. El resultado fue que se persiguió a sindicalistas y a intelectuales considerados de izquierda, esfuerzos en los que destacaron el procurador general Mitchell Palmer y el entonces joven prometedor J. Edgar Hoover. En la Segunda Guerra, las reacciones no fueron muy distintas. En ese entonces destacó el confinamiento de ciudadanos norteamericano de ascendencia japonesa en campos de concentración dentro de los Estados Unidos. Después vino el McCartismo para perseguir a los críticos del sistema americano, en lo que fue una anticomunista cacería de brujas. Pero en los sesenta surgió un fuerte movimiento en defensa de los derechos civiles, que había hecho que los viejos días de las libertades coartadas parecieran cosa del pasado. Si bien la Ley Patriótica de Bush parece palidecer ante otros golpes a las libertades en Estados Unidos, su significancia proviene de que surge cuando esas violaciones a las libertades parecían cosas del pasado. También de que como la guerra al terror no tiene una finalización clara, nadie sabe cuándo esas restricciones serán levantadas. Después de los ataques terroristas, pocos dudan que el gobierno de Norteamérica tenga la justificación para endurecer sus leyes y acciones contra el terrorismo. Lo criticable es la absoluta discrecionalidad con que conduce su guerra contra el terrorismo, violando las garantías esenciales de sus propios ciudadanos y de los del resto del mundo. Además, la guerra contra Irak ha puesto mayor presión contra la libertad de opinión de los norteamericanos, ahora también por parte de sus propios conciudadanos, motivados por las campañas aleccionadoras de las empresas privadas de comunicación, que así buscan congratularse con el gobierno. En lo que sigue daré algunos ejemplos de los casos más sonados. El primero es el de Natalie Maines, una simpática y agraciada jovencita norteamericana. Difícilmente alcanzaba los 20 años de edad cuando sucedieron los hechos que narro. Hasta ese entonces el éxito le sonreía como voz principal del grupo las Dixie Chicks, de música típica norteamericana. Sus canciones, si bien algo picantes, difícilmente po-

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drían acarrearle problemas políticos. Pero hete ahí que cuando estaba a punto de estallar la guerra contra Irak, en un concierto fuera de Estados Unidos se le ocurrió decir que se avergonzaba de que Bush fuera su presidente, por haber determinado hacerle la guerra a un país indefenso como Irak. Quizá por su corta edad, pensó que el paraíso de la democracia que sin duda le contaron en la escuela que era Estados Unidos, era de verdad. Que no tendría por qué temer represalia alguna por expresar con libertad sus puntos de vista. Al fin de cuentas ella es americana, y no la ciudadana de un país bajo la férula de un sátrapa tirano, como Irak antes de que los americanos lo salvaran, a fuerza de bombardeos y tanques de guerra, del déspota Hussein. Error craso. El establishment se movió rápido para instrumentar un boicot contra esta traidora. A través de los medios, en especial la televisión, se orquestó que los patrióticos norteamericanos dejaran de comprar los subversivos discos de las Dixie Chicks. Rápidamente las ventas de la música de este grupo se desplomaron, poniendo en peligro lo que hasta entonces había sido un gran éxito comercial. Hacía unas semanas, estas peligrosas adolescentes habían ganado un Grammy, lo que se considera la mayor hazaña musical en el país de las barras y las estrellas. Es decir, cayeron las niñas desde muy alto, por la ingenuidad de su lideresa, que creyó que era ciudadana de un país tolerante, que nunca le haría algo tan poco americano, como castigarla por la expresión de sus opiniones. Lo anterior me recuerda el boicot, en los 60, de los norteamericanos en contra de los Beatles, porque John Lennon dijo que eran más famosos que Jesús, y que los frenó temporalmente en su entonces carrera arrolladora al máximo estrellato de la música pop. Ojalá las Chicks también lograran sobreponerse, pero no parece que será el caso. Este es sólo un ejemplo de muchos. Las cadenas de televisión americanas, además de presentar una visión pro Bush burdamente sesgada en toda la cobertura de la guerra, se dedicaron a incitar a su público contra quienes se expresaron en algún momento en contra. Entre ellos, diversos actores de cine y televisión, los que experimentaron, como las Chicks, un declive al menos temporal en sus carreras artísticas. A veces parecía que las televisoras competían en su encono contra la disidencia. Hubo casos extremos. Recuerdo a una reportera de la cadena Fox de noticias, con un claro aspecto de asiática que, quizá por eso, quería demostrar que en su celo patriótico y conservador podría ser tan radical

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o más que cualquier patriótico y conservador norteamericano anglosajón. Para ello presentó una lista de quiénes a su juicio tendrían que pagar las consecuencias por no haber sido lo suficientemente solidarios con Bush. Todo iba aparentemente bien, hasta que se le ocurrió señalar entre los malditos nada menos que a Colin Powell, por haber estorbado como paloma que es, dijo, los esfuerzos de los preclaros patriotas, como el secretario de defensa Donald Rumsfeld. El conductor del programa, que hasta entonces había festejado todas las ocurrencias e incitaciones agresivas de su reportera, sintió que se había pasado de la raya, y tuvo que intervenir en defensa de Powell. Otro caso es el de Jeremy Glick, que fue narrado por Rampton y Stauber (2003). El padre de Jeremy pereció en el ataque terrorista al World Trade Center. El 24 de febrero, Jeremy fue entrevistado por Bill O’Reilly, conductor del programa The O’Reilly Factor, del canal de televisión The Fox News Network. A diferencia de O’Reilly, Glick se opuso a la guerra en Irak y se unió a manifestaciones contrarias a ella. Durante la entrevista, O’Reilly se dedicó a regañar a Glick por su falta de patriotismo y de respeto a su padre muerto. Cada vez que Glick quería responder, lo interrumpía calificándolo de traidor y desvergonzado. En un momento le dijo que no le decía todo lo que se merecía porque a lo mejor su madre los estaba viendo, y por respeto al padre muerto en los actos terroristas. Cuando Glick se decidió a hablar ignorando las interrupciones del conductor, éste dio instrucciones a los técnicos del programa de que le desconectaran el micrófono. Uno esperaría que al día siguiente lloverían la correspondencia y los comentarios condenando una tan burda violación a lo más fundamental de la ética profesional y a la imparcialidad de los medios. Efectivamente llovieron los comentarios, pero de felicitación a O’Reilly. La tónica queda reflejada por el siguiente comentario: “Su familia nunca sabrá lo afortunado que fue de que sólo era O’Reilly mandándole que se callara. Hubiéramos sido yo o mi esposo, América hubiera sido testigo de un asesinato al aire, y pocos jurados nos hubieran condenado”. Sheldon y Rampton también consignan que las cadenas de televisión negaron la compra de espacios de publicidad a los grupos pacifistas, incluso MTV. El presidente de la cadena CBS explicó esta negativa diciendo: “nosotros creemos que una discusión informada de esos temas se da en nuestra programación noticiosa”. James Graham de MTV explicó: “nosotros no aceptamos publicidad en defensa de puntos de

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vista, porque nos abriría a aceptar cualquier punto de vista sobre cualquier tema”. Mientras los expertos y los think tanks favorables a la guerra tuvieron acceso fácil a los talk shows, se necesitaron las protestas de millones de personas alrededor del mundo el 15 de febrero de 2003, para que las difusoras prestaran mayor atención a la existencia de un numeroso y profundo movimiento a favor de la paz. Aun entonces, la cobertura consistió de tomas por las cámaras de las multitudes y de gente ondeando banderas, pero sin presentar los razonamientos de los opositores de la guerra. Una organización que hace un seguimiento de la imparcialidad de los medios, FAIR, efectuó un estudio (citado por Moore, 2003: 77-78), de las emisiones vespertinas de noticias de las seis redes norteamericanas de televisión, durante tres semanas, comenzando el 20 de marzo de 2003, el día siguiente al del inicio del bombardeo sobre Irak. El estudio examinó la afiliación y los puntos de vista de 1,660 fuentes que aparecieron ante las cámaras hablando sobre cuestiones relacionadas con Irak. Los resultados fueron poco sorprendentes: a) Los televidentes tuvieron probabilidades de ver a una fuente favorable a la guerra contra Irak, 25 veces mayores que las de ver una fuente desfavorable. b) Las fuentes militares recibieron una cobertura dos veces más frecuente que las civiles. c) Sólo cuatro por ciento de las fuentes que aparecieron durante las tres semanas, estaba afiliada a alguna universidad, centros de investigación u organizaciones no gubernamentales. d) De un total de 840 fuentes norteamericanas que habían sido o eran oficiales americanos, sólo tres fueron identificadas como opuestas a la guerra. e) Las pocas apariciones de personas opuestas a la guerra fueron consistentemente limitadas a una sola oración, y generalmente se trataba de participantes no identificados en entrevistas callejeras. Ni una sola de las seis programaciones televisivas estudiadas condujo una sola entrevista a fondo con alguien opuesto a la guerra. Los casos concretos de sesgo noticioso pueden multiplicarse casi indefinidamente. Por ello mejor reproduzco unas líneas del libro de Moore (2003: 78) citado arriba:

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En algunos casos los reporteros admitieron libremente su sorprendente falta de objetividad. El estudio de FAIR cita al conductor Dan Rather de CBS durante una aparición con Larry King de CNN: “Mira, yo soy un americano. Yo nunca he tratado de engañar a nadie posando como internacionalista o algo por el estilo. Y cuando mi país está en guerra, yo quiero que mi país gane, cualquiera que sea la definición de ‘ganar’. Ahora, yo no puedo argumentar, y no argumento, que esto es cobertura sin prejuicios. Acerca de esto yo estoy prejuiciado”. Durante las tres semanas del periodo bajo estudio, FAIR encontró sólo una manifestación en contra de la guerra, en CBS Evening News de Rather. Fue hecha en los Academy Awards, hablando acerca de la “guerra ficticia” desatada por nuestro “ficticio presidente”. En Fox News, Neil Cavuto dijo al aire, en respuesta a un crítico: “No hay nada malo con tomar partido aquí [...] Tú no ves diferencia entre un gobierno que oprime a su pueblo y otro que no, pero yo sí”.

Paul Krugman (2003), ha comparado la actuación de los medios de comunicación norteamericanos durante la guerra contra Irak, con la de la televisora inglesa BBC, que es propiedad del gobierno británico. Mientras que los medios norteamericanos mostraron una unidad casi completa detrás de su líder Bush, los norteamericanos que preferían una visión más balanceada, sintonizaban las estaciones de la gubernamental BBC. La BBC se mantuvo al margen de las posiciones de su gobierno, no obstante el apoyo completo y a fondo que el gobierno de Blair le brindó a Bush. Algunos dirían, como el juez Hutton, que la BBC fue incluso más allá de lo debido en cuanto criticar al gobierno de Blair. El punto a resaltar aquí, sin embargo, es el de cómo fue posible que una empresa de medios gubernamental mantuviera una línea más independiente que las empresas privadas, que al menos en teoría son realmente independientes. Krugman tiene la respuesta:
¿Qué puede explicar esta paradoja? Puede tener algo que ver con el síndrome de China. No, no el que involucra reactores nucleares, sino el exhibido por la News Corporation de Rupert Murdoch cuando tuvo que lidiar con el gobierno de la República Popular.

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En Estados Unidos, el imperio de medios del señor Murdoch –que incluye Fox News y el The New York Post- es conocido por su patriotismo ondeante de banderas. Pero todo ese patriotismo no le impidió, como lo señaló un artículo de Fortune, “alcahuetear al represivo régimen chino, con tal de poder introducir su programación en ese vasto mercado”. La alcahueteada incluyó el eliminar el servicio mundial de la BBC –el cual difunde noticias que el gobierno chino no quiere que se diseminen- de su programación vía satélite, y la cancelación por parte de su empresa de publicaciones, de un libro crítico del régimen chino. ¿Puede algo como esto suceder en Estados Unidos? Por supuesto que sí. A través de sus decisiones de política –especialmente, pero no sólo, de las decisiones que involucran a los medios– el gobierno puede recompensar empresas que lo agradan, y castigar a las que no. Esto da a las redes privadas un incentivo para buscar congraciarse con los que están en el poder. Pero como no son propiedad gubernamental, no están sujetas al escrutinio al que está la BBC, la que debe cuidarse de no parecer una herramienta del partido en el poder. Por ello no debemos sorprendernos de que la televisión “independiente” de Norteamérica sea más deferente hacia los que ocupan el poder, que los sistemas estatales de Gran Bretaña o –para dar otro ejemplo- de Israel.

Como lo mencioné arriba, se podrá argumentar que por razones de seguridad, se justifican las restricciones a la libertad de expresión durante las guerras. Pero en su aventura por Irak, la seguridad de Estados Unidos jamás estuvo amenazada. El máximo peligro que enfrentaron los soldados americanos en Irak fue el daño que se pudieron haber causado ellos mismos. Durante la duración de la guerra propiamente dicha, la mayoría de las bajas entre los aliados se debió a accidentes y a las muertes causadas por el “fuego amigo”; como eufemísticamente llamó el Estado Mayor de las tropas americanas al error en que incurrieron repetidamente de disparar contra ellas mismas. No va por ahí la explicación. Hay una campaña de la ultraderecha para silenciar a los opositores de su abanderado, Bush hijo. Sólo hay que cotejar lo que ocurre con lo que eran sus planes desde antes de llegar al poder. Como lo señalé arriba, la mayoría de los halcones que participan en el gabinete de Bush, provienen de grupos de fanáticos derechistas que por lo menos desde los setenta hicieron públicas sus

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intenciones de pugnar, entre otras cosas, porque los Estados Unidos se fueran a la guerra contra los países “malcriados” (rogue countries), haciendo de ser preciso a un lado a las Naciones Unidas; entre otros propósitos, como los que considero más abajo. Una de las transgresiones más patéticas contra la libertad de expresión fue la de la cadena de televisión NBC, cuando corrió a su corresponsal Peter Arnett, por haber concedido una entrevista a la televisión iraquí, en compensación por las que a su vez ellos le habían facilitado con diversos actores políticos iraquíes. Pero más que este hecho vergonzoso para una nación que se supone faro de la libertad en el mundo (al menos ellos dicen que a defender la libertad fueron a guerrear en Irak), lo que me interesa es una anécdota que, en su primer artículo, ahora como periodista del Daily Mirror, Arnett relató acerca de sus experiencias en la guerra de Vietnam. Cuenta que los norvietnamitas habían recuperado un poblado que estaba en manos de los americanos, y tenían rodeada a la guarnición americana en su cuartel dentro del poblado, y a punto de liquidarla. El asediado comandante americano pidió un bombardeo urgente del poblado a la aviación americana, la que rápidamente liquidó a todos los soldados del Vietcong, junto con la población civil y la mitad de las propias fuerzas americanas dentro del poblado. Cuando Arnett preguntó al comandante qué había pasado, éste respondió: “para salvar a la población tuvimos que destruirla”. 9. LA DEMOCRATIZACIÓN DE IRAK Y LA SEGURIDAD MUNDIAL Para el tamaño de la empresa, hay que conceder que americanos e ingleses causaron pocas bajas civiles y en general la destrucción de infraestructura no fue mayor. Pero muchas otras cosas sí destruyó el empecinamiento de Bush en hacer una guerra que pocos querían, por motivos que luego fueron distintos a los inicialmente planteados. Destruyó, para empezar, la esperanza de que en un mundo ahora unipolar el derecho internacional y no el capricho del más fuerte fuera la norma. Alienó a sus más cercanos aliados, de los que un entorno globalizado, como el que la economía norteamericana encabeza, no puede prescindir para asegurar el progreso del mundo, incluyendo el de los Estados Unidos. Destruyó el orgullo de los árabes, lo que los hará más reticentes a lo que venga de Occidente. Si piensa que su travesura iraquí facilitará

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como dice la democratización de los países del medio oriente, más vale que se olvide del asunto. A menos que cuando habla de promover la democracia en la región, esté pensando en imponerla, como en Irak, a fuerza de bombardeos e invasiones. En efecto, como en la anécdota de Arnett, Bush promueve la democracia asesinándola antes de que exista. Esto de que, de entre todos los países de la tierra, sea Estados Unidos el que ande instituyendo democracias por el mundo con la fuerza de las armas, tiene sus ambigüedades. Estados Unidos también, y no sólo en un pasado remoto, se ha dedicado a destituir líderes democráticamente electos y a apoyar dictadores. Por otro lado, si piensan que el fomento de la democracia es parte de su política de seguridad que busca la destrucción de las armas de destrucción masiva, debieran pensar qué harían si un Irak democrático decidiera democráticamente fabricar esas armas: de los nueve países que tienen armas nucleares (si contamos a Corea del Norte), seis son democracias (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Israel, Rusia y la India.) La idea de que las democracias no hacen la guerra a otras democracias podría volverse un fiasco, sobre todo considerando que las armas de mayor potencial para la destrucción masiva están bajo este tipo de regímenes. Además una democracia de hoy puede no serlo mañana. Hay algo de profundamente antidemocrático en la imposición de democracias por la fuerza. Sobre todo cuando el esfuerzo es apoyado por gobiernos sin el respaldo de sus poblaciones. En Italia y España, por ejemplo, mientras sus gobiernos apoyaban la guerra de Estados Unidos contra Irak, 90% de sus poblaciones la rechazaba. Sin embargo, para la administración de Bush, este gesto antidemocrático los hacía amigos admirables. Asimismo, se puede uno preguntar qué clase de democracia quieren los norteamericanos imponerle a Irak y al resto de los árabes y musulmanes, ¿la de Estados Unidos que cada vez persigue más los intereses de una plutocracia que los de la mayoría? Ya vimos como el poder judicial de ese país parece también haberse pervertido, en especial con la sanción de la sospechosa victoria electoral de Bush. Pero es un hecho ya viejo, que con el tiempo sólo empeora, que un candidato a un puesto popular en Norteamérica que no esté respaldado por el dinero de las grandes empresas, tiene escasas oportunidades de triunfo. Que Washington se especializa en el lobby, mediante el cual se intercambian favores de los legisladores por contribuciones para las campañas políticas.

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Pero más allá está la cuestión de si Irak realmente puede o quiere convertirse en una democracia al estilo occidental. No basta con que Bush (2003b: 558) repita que sí una y otra vez en discursos estentóreos, como el que pronunció, en vísperas de la guerra norteamericana contra Irak, en la cena anual del American Enterprise Institute, y del cual extraigo dos párrafos:
Hubo un tiempo cuando muchos afirmaban que las culturas de Japón y Alemania eran incapaces de sostener valores democráticos. Bien, pues se equivocaron. Algunos dicen ahora lo mismo de Irak. Están equivocados también. La nación iraquí, con su orgullosa herencia, recursos abundantes y población capacitada y educada, es completamente capaz de moverse hacia la democracia y de vivir en libertad. Es presuntuoso e insultante sugerir que una región entera del mundo –o una quinta parte de la humanidad que es musulmana- de alguna manera no ha sido tocada por las más básicas aspiraciones del hombre. Las culturas humanas pueden ser muy diferentes. Y sin embargo, el corazón humano desea las mismas cosas buenas, en toda la tierra. En nuestro anhelo de seguridad ante una opresión asfixiante, los seres humanos son iguales. En nuestro anhelo de proteger a nuestros hijos y brindarles una vida mejor, todos somos iguales. Por estas razones fundamentales, libertad y democracia tendrán siempre y en todo lugar un atractivo mayor que los slogans del odio y las tácticas del terror.

Como en casi todos sus discursos, a Bush le salió su instinto de predicador religioso. Su dizque realismo pocas veces aparece. Pero la emotividad no importa, sino los hechos. No hay nada en la cultura iraquí que haga suponer que los iraquíes adoptarán una democracia a la americana. Cuando los norteamericanos dejen que ellos decidan, supuestamente a finales del 2004, lo más probable es que se decidan por un régimen con fuertes tintes clericales, como el de Irán. Todo lo de que los atacaron para hacerles el bien parece más hipocresía que otra cosa. Bush y compañía seguramente no ignoran que, como lo señalara Huntington (1997), hoy por hoy el comportamiento de las personas fuera del mundo occidental es motivado, fundamentalmente, por cuestiones milenarias de la civilización a la que pertenecen, incluyendo la religión, como para que cambien con los discursos cursis de George W. Bush.

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Estados Unidos atacó a Irak, a pesar de que todas las razones esgrimidas para atacarlo –armas de destrucción masiva, peligrosidad, vínculos con el terrorismo, ausencia de democracia, etc.– parecían ser mucho más aplicables a otros países, como por ejemplo Corea del Norte. Incluso Pakistán, que recientemente ha reconocido que el principal científico de su programa nuclear había pasado secretos nucleares a Corea del Norte y a Libia, se fue sin sanción alguna por los norteamericanos, cuando por menos que eso atacaron a Irak. Lo más sospechoso es que desde antes de la guerra con Irak, se sabía de la proliferación de tecnología nuclear por parte de altos funcionarios paquistanos. Shell (2003: 510) escribió el 3 de marzo, es decir, dos semanas antes de que iniciara el bombardeo sobre Irak, que:
Ha resultado que la fuente de información y tecnología para el programa de uranio de Corea del Norte fue el fiel aliado de América en la guerra contra el terrorismo, Pakistán, el cual recibió a cambio tecnología de misiles de Corea. El “padre” de la bomba paquistana, Ayub Qadeer Khan, ha visitado Corea del Norte trece veces. Este es el mismo Pakistán cuyo científico nuclear Sultán Bashiruddin Mahood visitó a Osama Bin Laden en Afganistán pocos meses antes del 11 de septiembre, y cuyo establecimiento nuclear aún ahora continúa plagado de fundamentalistas islámicos. La BBC ha reportado que la red de AlQaeda ha tenido éxito en una ocasión en la fabricación de una “bomba sucia” (lo que puede explicar la declaración de Osama Bin Laden de que posee bombas nucleares), y Pakistán es la fuente más probable de los materiales involucrados, aunque Rusia también es candidato. Pakistán, en breve, ha mostrado ser el más peligroso proliferador del mundo, habiendo él mismo adquirido armas nucleares recientemente, y pasado la tecnología a un estado y, posiblemente, a un grupo terrorista.

En febrero del 2004, la proliferación de tecnología nuclear desde Pakistán, se convirtió en una noticia en todos los medios de comunicación del mundo, la cual involucró sin lugar a dudas a Ayub Qadeer Khan, mismo que fue obligado por el gobierno paquistano a pedir perdón públicamente, pero sir recibir castigo alguno. Lo relevante de la cita anterior es el que ya todo esto se sabía desde antes del ataque contra Irak. No cabe sino preguntarse por qué se atacó a Irak y no a Corea del Norte o a Pakistán, a pesar de que de acuerdo con las

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razones dadas para atacar al primero eran más válidas para atacar antes a cualquiera de los otros dos. Tampoco cabe el argumentar el uso que hizo Hussein de armas químicas, y quizá también biológicas, contra Irán y contra su propia población. El desarrollo de esas armas se hizo con el apoyo y con materiales procedentes de Estados Unidos, y fueron utilizadas con su complicidad. En aquellos tiempos los norteamericanos consideraban a Hussein su amigo, que peleaba contra su principal enemigo de entonces, Irán, que había tolerado y promovido la toma de rehenes norteamericanos en la embajada estadounidense en Teherán. Todo esto se cocinó durante las administraciones republicanas de Reagan y de Bush padre, cuando ocupaban puestos claves en la defensa los mismos halcones que son ahora miembros prominentes de la administración de Bush hijo, en especial, pero no únicamente, Donald Rumsfeld y Dick Cheney. El primero fue personalmente a Irak a ofrecer el apoyo de Estados Unidos a Hussein, cuando éste acababa de utilizar armas químicas matando quizá a cientos de miles de personas (véase Wass, 1990, y Hiltermann, 2003). Pero si a Irak lo atacaron, teniendo menos méritos que Corea del Norte o Pakistán, debe haber una razón distinta de las alegadas por sus agresores. La más obvia es que, a diferencia de Pakistán y Corea del Norte, Irak tiene petróleo. De ser el caso, todo lo demás, lo de llevar la democracia a ese país, y lo de suprimir un peligro para el mundo, lo del ataque preventivo, y las demás cosas que argumentaron, serían sólo un parapeto para cubrir la verdad, la de que Estados Unidos interviene en otros países para defender sus intereses más materiales, no los valores del discurso de Bush. Los elementos cuadran. La producción de petróleo tocará techo en unos quince años, con lo que la producción empezará a decrecer en términos absolutos, al tiempo que la demanda seguirá en aumento (Rifkin, 2002). Los precios aumentarán aceleradamente. Según el reporte de una comisión sobre energía, encabezada por el vicepresidente Cheney, hacia la mitad del siglo, alrededor del sesenta por ciento de las exportaciones de petróleo provendrá del Golfo Pérsico. El papel de Irak en la oferta será entonces muy importante. En la actualidad tiene las segundas reservas más grandes del mundo, y como por las sanciones y las guerras, ha dejado de producir y explorar, se supone que para cuando el mundo se vuelva de nuevo dependiente del petróleo del Cercano Oriente, Irak podría desplazar a Arabia Saudita

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como el principal productor mundial (Renner, 2001). Por supuesto que ésta es sólo una conjetura, pero con mucho mayor racionalidad que las obvias patrañas de Bush y sus compañeros del partido de la guerra y del ataque preventivo, de que invaden países para salvarlos. Al interés material de Estados Unidos se unió una teoría imperialista de la guerra, que de pronto les dio una influencia inesperada a sus proponentes. Estados Unidos tiene ideales y tiene intereses, pero si los dos entran en conflicto, no cabe duda a favor de cuales se inclinaría la política de Estados Unidos. Como lo expresara de manera bastante descarnada la consejera de Seguridad Nacional de George W. Bush, Condoleezza Rice (2000: 47):
El poder importa. Tanto el ejercicio del poder de los Estados Unidos como la habilidad de otros para ejercerlo. Y sin embargo muchos en los Estados Unidos se sienten (siempre se han sentido) incómodos con las nociones de política del poder, grandes poderes, y balances de poder. En una forma extrema, esta incomodidad lleva, como reflejo, a preferir en su lugar normas y leyes internacionales, y la creencia de que el apoyo de muchas naciones –o mejor, de instituciones como la ONU– es esencial para un legítimo ejercicio del poder. El “interés nacional” es remplazado por los “intereses humanitarios” o los intereses de “la comunidad internacional” La creencia de que los Estados Unidos ejerce legítimamente el poder solamente cuando lo ejerce en beneficio de alguien más estaba profundamente enraizada en el pensamiento wilsoniano, y hay fuertes ecos de ello en la administración de Clinton. Para enfatizar, no hay nada malo con hacer cosas que beneficien a la humanidad, pero ello es, en un sentido, un efecto de segundo orden. La persecución del interés nacional de América creará condiciones que promuevan la libertad, los mercados y la paz [...].

Como para el caso de Madeleine Albright, que reconoce que Estados Unidos nunca se ha parado en escrúpulos cuando ha considerado conveniente para sus intereses, el atacar sin más a cualquier país, pero considera inconveniente que se haga explícito y se considere al ataque preventivo como la piedra angular de la política de seguridad americana, aquí se puede decir algo semejante respecto de Condoleezza. Así como ya sabíamos que el ataque preventivo lo han usado siempre que les conviene, también ya sabíamos que al ejercer su poder los estadounidenses anteponen sus propios intereses a los de la

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humanidad en su conjunto. ¿Pero qué necesidad hay de que se lo restrieguen al mundo? ¿Por qué en vez de presumirlo no se lo callan? La administración de los neo-conservadores, además de abusiva es arrogante, impertinente y desagradable. No parecen saber de buenos modales y costumbres. Y si deciden ser honestos, pues que lo sean siempre y no anden diciendo que son los adalides de las causas mundiales, como cuando señalan, después que aparentemente se les cayó el parapeto de las supuestas armas de destrucción masiva, que para salvar a Irak fueron a matar iraquíes. El problema en México es, como lo veremos en la última sección, que los defensores en nuestro medio de los valores norteamericanos no parecen darse cuenta de la naturaleza del juego de ellos, en especial, pero no únicamente, cuando se trata de la administración de Bush. 10. LA DERECHA LO QUIERE TODO Los defensores de Bush en países tropicales (y que como él cojean por la derecha), nos dicen que es ingenuidad achacar la posición de Bush a una teoría de la conspiración, y que antes de los ataques terroristas la actual administración norteamericana mostró poco entusiasmo por involucrarse en problemas de política exterior. Lo primero que se les puede responder es que la ingenuidad es más bien de ellos mismos. Los documentos en los que los grupos de derecha, de los que forman parte los miembros más conspicuos de la administración de Bush proponían, desde hace un par de décadas, lo que finalmente hizo esa administración, no son secretos, están publicados junto con el apoyo explícito del grupo de los halcones que hace y deshace en el gabinete. Se necesita ser muy ingenuo para pensar que esos ejercicios ideológicos se hicieron sólo por diversión, y que quienes los hicieron, y quienes los suscribieron, no los tomaban en serio. El que al principio de la administración de Bush no consideraran conveniente empujar su agenda internacional intervencionista no era porque se les había olvidado, sino porque dadas las condiciones (entre ellas la posición de entonces del mismo Bush), prefirieron poner primero el énfasis en los aspectos domésticos de su agenda conservadora: alcanzar su sueño dorado de achicar el gobierno, reduciéndolo al Departamento de Defensa y a actuar como policía, en especial para proteger los intereses de las grandes empresas privadas.

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Los acontecimientos de septiembre les dieron la oportunidad de actuar en ambos frentes simultáneamente. A quienes se oponen a sus proyectos en el congreso (reducir impuestos y aumentar el gasto en defensa, aunque se dispare el déficit) les aplican el mismo procedimiento que a las Dixie Chicks. Como muchos me podrían tildar de exagerado, prefiero citar lo que al respecto dice la revista inglesa The Economist, a la que nadie podría acusar de izquierdista o populista, y que ha estado incondicionalmente del lado de Bush y de Blair durante todo el asunto de la guerra en Irak. En su ejemplar de abril 5-11 del año pasado, al preguntarse por qué las políticas de Bush tienen poca oposición entre los representantes republicanos que pudieran imponer algo de moderación a las irresponsables políticas fiscales de la administración, dice:
¿Qué es lo que explica la timidez de los moderados? El liderazgo del partido juega un papel importante. La maquinaria republicana en el Capitolio es una de las más efectivas en décadas. La Casa Blanca, también, tiene una reputación formidable de no perdonar, o de no olvidar, la disensión. Desde los que se dedican al lobby hasta los congresistas, la impresión general es que no se puede cruzar al “equipo Bush” sin correr graves peligros. El miedo a los oponentes en las votaciones internas también silencia a los moderados, particularmente desde que los activistas conservadores fundaron el Club para el Crecimiento, un grupo político cuyo objetivo explícito es apoyar a candidatos conservadores que favorezcan la supresión de impuestos, para que se opongan a los moderados en las elecciones primarias republicanas.

A este respecto quisiera llamar la atención a un paralelismo inquietante. Antes lo usual era que la derecha acusara a la izquierda de irresponsabilidad fiscal. Ahora con el desvanecimiento de la izquierda, la ultraderecha norteamericana parece tomar una posición de irresponsabilidad fiscal como la de que antes acusaba a sus rivales. No importa el déficit si sirve para reducir la ingerencia del estado mediante menores impuestos. Sí importa si es reflejo del gasto social, el que como todo intervencionismo con el libre juego de las fuerzas del mercado, debe ser combatido. No así si el gasto fortalece la fuerza militar para defender el paraíso de la libre empresa. Es decir, como antes la izquierda proponía gastos sociales deficitarios, para avanzar su agenda, ahora la ultraderecha nos dice que no importa

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el déficit público si es reflejo de medidas para impulsar su programa conservador. Una vez más, los extremos se juntan. Pero al menos la izquierda buscaba atender rezagos sociales. Los objetivos de la derecha son casi completamente egoístas. Pero Bush es una ave rara. Ha incrementado los gastos del programa de atención a la salud de los ancianos, cosa que antes no pudieron lograr los demócratas, por la oposición de los republicanos, sin que su popularidad dentro de su partido haya bajado apreciablemente. La guerra construye fidelidades difíciles de destruir. Al mismo tiempo, la aparente maniobra podría ganarle votos demócratas en su intento de reelección, que hoy por hoy parece ser lo que más le preocupa. A MANERA DE CONCLUSIÓN: UNA LECCIÓN PARA LOS APRENDICES DE MAQUIAVELO EN MÉXICO Si maquiavélico es alguien astuto y carente de principios, que suele ser eficaz para hacer avanzar sus intereses, sobre la ventaja que le da precisamente el no tener que detenerse ante principios que le frenarían en su búsqueda de poder; entonces Maquiavelo no era maquiavélico. Es cierto que aconsejaba a los príncipes el que, en aras de conservar y fortalecer su poder, no se detuvieran ante el engaño, la traición y la mentira. Pero también es cierto que nunca fue bueno para avanzar en su carrera al servicio de los gobernantes. Casi siempre le ganaban las “grillas” quienes decían defender principios. De ahí una lección que nunca aprendió Maquiavelo ni sus discípulos: un verdadero maquiavélico nunca dice que lo es, de la misma manera que un ladrón no se presenta como tal, pues todos protegerían de inmediato su bolsillo. Ante la doctrina Bush, algunos mexicanos, especialmente de los sectores empresarial y financiero, propusieron que México adoptara una posición basada en la realpolitik. México, dijeron, poco puede hacer para oponerse a los Estados Unidos. Mejor tratar de sacar ventaja, aliándonos con ellos, aunque vaya en contra de nuestros principios, si con ello avanzamos nuestros intereses. Como buenos maquiavélicos, esos personajes del dinero cuidan sus intereses, cuando dicen que defienden los de México. Un empresario mexicano del acero, por ejemplo, habló de apoyar a Estados Unidos en su guerra contra Irak, para proteger los empleos asociados a las exportaciones a ese país, cuando su empresa y

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sus ganancias dependen en grado extremo del acceso al mercado norteamericano. Pero el poderoso al que no se opone resistencia alguna, después exige –como derecho de pernada- la sumisión incondicional. Como dicen luego: “el que por su gusto es buey, hasta la coyunda lame”. La realpolitik sólo beneficia a la larga a los poderosos. A los demás, más nos vale, cuando sea viable, hacer frente común en nuestra defensa, para moderar los arranques del poderoso. Arriba señalé cómo a los Estados Unidos, por poderosos que sean, no les conviene pelearse con todo el mundo. A la larga, es un país que defiende intereses, más que principios. A Chile no le impidió, su oposición a la guerra en Irak en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que se firmara su acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos, sólo por mencionar un caso relacionado con los temas de este artículo. Arriba también mencioné que, no obstante las amenazas, la administración de Bush ha vuelto a incorporar en su agenda el asunto de los inmigrantes mexicanos. Pero más allá de consideraciones estratégicas de conveniencia inmediata, hay que reconocer que el avance mediato de la humanidad se basa en la construcción de normas y principios respetados por los diversos miembros de una sociedad. Si en el ámbito de cada nación se fustiga a quienes lesionan los derechos de otros, en especial su libertad de expresión, la congruencia implica que ello se defienda también, como principio, de esos de los que hacen mofa nuestros fracasados aprendices de Maquiavelo, en el terreno internacional. Hacia allá debe tender el mundo, si aspira a un futuro en el que el derecho y la razón priven sobre la ley del más fuerte, misma que de tiempo en tiempo, como ahora con la doctrina Bush, amenaza con llevarnos a una lamentable regresión en el avance de la civilización. BIBLIOGRAFÍA Albright, Madeleine K. 2003 “Bridges, bombs, or bluster” en Foreign Affairs, septiembreoctubre. Betts, Richard K. 2003 “Suicide from fear of death” en Foreign Affairs, enero-febrero.

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