Riqueza y pobreza

Un día, un padre de familia rica y muy acomodada, llevó a su hijo de viaje al campo, con el firme propósito de que el joven valorara lo afortunado que era de poder gozar de tal posición, y se sintiera orgulloso de él. Estuvieron fuera todo el fin de semana, y se alojaron en una granja con gente campesina muy humilde. Al finalizar el viaje, de regreso ya a casa, el padre preguntó a su hijo: - “¿Qué te pareció la experiencia?” - “Buena”, contestó el hijo con la mirada puesta en la distancia. - "¿Te diste cuenta de lo pobre que puede llegar a ser la gente?" - “Sí, papá” - “¿Y qué aprendiste, pues?", insistió el padre. - “Muchas cosas, papá…que nosotros tenemos un perro y ellos tienen cuatro… nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la mitad del jardín… y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay pececitos y otras bellezas… que nosotros tenemos lámparas importadas para alumbrar nuestro jardín, mientras que ellos se alumbran con las estrellas y la luna… que nuestro patio llega hasta la cerca, y el de ellos abarca el horizonte… que nosotros compramos nuestra comida... ellos siembran y cosechan la de ellos… nosotros cocinamos en cocina eléctrica... ellos, todo lo que comen tiene ese glorioso sabor d el fogón de leña… para protegernos, nosotros vivimos rodeados por un muro, con alarmas… ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos… nosotros vivimos conectados al móvil, al ordenador y al televisor... ellos, en cambio, están conectados a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a sus labores agrícolas… tú y mamá tenéis que trabajar tanto que casi nunca os veo… ellos tienen tiempo para hablar y convivir cada día en familia…" Al terminar el hijo el relato, el padre se quedó mudo. Entonces, su hijo añadió: - "¡Gracias papá, por haberme enseñado lo pobres que somos, y lo ricos que podemos llegar a ser!"

El honrado leñador
Habia una vez un pobre leñador que regresaba a su casa despues de una jornada de duro trabajo. Al cruzar un puentecillo sobre el rio, se le cayo el hacha al agua. Entonces empezo a lamentarse tristemente: ¿Como me ganare el sustento ahora que no tengo hacha? Al instante ¡oh, maravilla! Una bella ninfa aparecia sobre las aguas y dijo al leñador: Espera, buen hombre: traere tu hacha. Se hundio en la corriente y poco despues reaparecia con un hacha de oro entre las manos. El leñador dijo que aquella no era la suya. Por segunda vez se sumergió la ninfa, para reaparecer despues con otra hacha de plata. Tampoco es la mia dijo el afligido leñador. Por tercera vez la ninfa busco bajo el agua. Al reaparecer llevaba un hacha de hierro. ¡Oh gracias, gracias! ¡Esa es la mia! Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la pobreza a la mentira y te mereces un premio.

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Se aseguró de que cada uno recibiera su parte y tuviera comida para cierto tiempo. Las caravanas de tres de aquellos ricos coincidieron durante su viaje. comentaban su poca decencia y su falta de solidaridad. Y eso. Y hay otros. ¿Quién te ha alimentado de tan buena manera. Los otros ricos. y los repartió sin quedarse nada entre las gentes del campo. amigo perro? Mi amo. durmiendo tras haber comido bastante. y dan mucho de algo que vale mucho más que el dinero: su tiempo. ¿Y quién te tiene así? Mi amo. pues veía que el dinero de poco les serviría. . aunque da sólo para que se vea lo mucho que dan. sin siquiera detenerse. Era tal su situación. Luego de hacerme trabajar todos los días cuidando a las ovejas. entregó a aquellos hombres toda su comida y bebida. así que tomó todo el oro y las joyas que llevaba en sus carros. se le acercó. El perro abrió lentamente los ojos. Pero te ves cansado… ¿Y qué es eso tan pesado que llevas atado a tu cuello? Un collar. y se dirigía a ayudar a luchar a la aldea contra la pobreza. ¡Aún estamos a tiempo de cambiar al grupo bueno! El lobo y el perro Basado en la fábula de Esopo. Otros. también generosos. se cruzaron con el tercer rico. Moraleja: Vale más el duro trabajo en libertad. y quedándose lo justo para llegar a su destino. los mejores. que eran muchas. pero sólo para sentirse mejor por haber obrado bien. herramientas y sacos de distintas semillas y grano. A pesar de estar tan bien alimentado. ni dan de forma ostentosa. y no quieren saber nada de quien lo recibe. paró con todos sus sirvientes. aceleró y pasó de largo. que ocurrió hace tanto. y todas muy intensas. al ver su desesperada situación. al ver aquella pobreza. El tercero.. y aquellas pesadas cadenas me sujetan al árbol. Pero tres días después. su ilusión y sus vidas. El segundo rico. que provocó distintas reacciones a cada uno de ellos. pero sus carros habían cambiado el oro y las mercancías por aperos de labranza. ¡Qué suerte tenemos los lobos! ¡Ojalá nunca suframos semejante destino! Prefiero luchar por mi alimento antes que renunciar de tal forma a mi libertad. A todos ellos deseó la mejor de las suertes. Seguía caminando rápido. había mucha tristeza en sus ojos. Menos mal que allí habían estado ellos para ayudar a aquellos pobres.. seguimos viéndolo hoy. que el placer en esclavitud. Se encuentra un lobo salvaje con un corpulento perro encadenado a un árbol. que viajaba ahora en la dirección opuesta. El lobo extrañado por el pesado collar que cargaba el perro sobre su cuello. mientras iban juntos por el camino. donde sólo algunos ricos podían vivir sin problemas. tratan de ayudar realmente a quienes les rodean. a quienes no les importa mucho lo que piense el resto de generosos. Hay gente generosa. pero se preocupan de verdad por mejorar la vida de aquellos a quienes ayudan. Llega la noche y me da bastante comida. El primer rico no pudo soportar ver aquello. y se despidió.Un alto en el camino En un lejano país hubo una vez una época de gran pobreza. y partió. y juntos llegaron a una aldea donde la pobreza era extrema.

No buscaba compasión. Cada tarde. entraban y salían del almacén como si el niño fuese una parte de la construcción. Sentía que. El aroma del pan recién horneado era el perfume más exquisito que jamás hubiese olido. no sufría demasiado la indiferencia de la gente. Caramelos blandos. Por eso el niño camina todos los días al almacén. una bocanada de aire fresco que aspiraba con desesperación tarde a tarde. La gente lo conocía. volvía casi ebrio de aromas y sensaciones. muchos menos. tenía el cabello largo y una mirada de otra edad. mucho menos el espectáculo maravillo que representaban los caramelos y chupetines. Era delgado. Por el otro le resultaba doloroso pensar en el contraste de su realidad con aquella que dejaba tras el vaivén de la puerta de madera. no así el hambre. Una danza que el niño no podía bailar. Tal vez algún día. texturas. no se comparaba con el de ninguna flor. La vida tenía que ser mucho más. verduras. La cocina de su humilde vivienda no conocía cómo danzaban las verduras y las frutas. frutos. la apariencia ajada de las almendras. en muchos sentidos. sabores y colores. era en cierto modo partícipe de una fiesta a la que nunca había sido invitado. pero la mayoría hacía de cuenta que no. “La pobreza incomoda” pensaba el pequeño con la madurez propia de quien no puede darse el lujo de tener infancia. que era inútil entrar pues no le venderían sin dinero. una familia pobre y casi siempre. Cada tarde. Lo recibía una vivienda humilde. sólo era superado por el de las galletas dulces que también se cocinaban y vendían. que él no podía comprar nada. Cierto era que el camino de ida le parecía más corto. con el alma satisfecha. quizás en el futuro traspasara la puerta de madera y entrara a otra vida en la cual pudiera saborear una realidad más dulce. panes. Pocos. Por un lado. podía pasar horas mirando los colores y formas de los caramelos dentro de los grandes frasco de vidrios. Caminaba más de una hora. La ansiedad de llegar hacía que no notara la distancia. En su hogar no había aroma a pan ni a galletas. no iba al almacén precisamente en busca de sobras y compasión. en todos los sentidos. pero el regreso… el regreso era diferente. Como transportado a otro mundo (y en realidad así era). Quesos. galletas. Le parecían finísimas perlas de color oscuro que habían escapado caprichosas de un collar. observaba cada movimiento que se producía en el comercio. Sentir ese aroma era viajar a otro lugar donde nada podría ser malo El niño miraba cómo el dueño atendía con esmero a cada persona y se detenía en cada movimiento que éste hacía. buscaba algo mucho más grande que una limosna. al menos parado junto a la puerta de madera. chupetines en forma de bastón. todo a su alcance. Tenía una necesidad infinita de aromas y sabores. pero no le importaba. De todos modos. iba por mucho más. cuando el sol se ponía tímido. todo tan lejos… Era una fiesta mirar esa danza de aromas. el pequeño se quedaba parado al costado de la puerta de madera mirando cómo la gente entraba y salía acompañada por el vaivén de esa misma puerta que parecía decirle que no. el niño regresaba por la nochecita a su hogar. La sencillez de su vestimenta se engañaba perfectamente con las paredes blancas y rústicas contra las cuales se apoyaba. Y las golosinas…. ni la dureza de las avellanas. ni dulces. Todos los días. picante o salada y con aroma de café y pan recién horneado. Aun así. No le importaba el ceño fruncido de las nueces. ni sobras. no faltaba jamás a esa especie de cita con otra vida. pero que disfrutaba como espectador. . duros. muy pocos se detenían a hablar con él y menos. el mismo plato de comida. el niño imaginaba que otra vida podía haber para él.La otra vida Todas las tardes. el niño emprendía el largo camino a su casa. Miraba los cestos de mimbre llenos de frutas secas. No podía ni quería pensar que el mundo sólo fuese un plato diario de polenta y mate cocido. dulces. Cuando cada día el sol cedía paso a la luna. un universo maravilloso. le ofrecían algo de comer. tampoco quesos. ni cómo coqueteaba el chocolate con el café. el pequeño se paraba junto a la puerta del gran almacén del pueblo.