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Hallazgo de una poesía marginada:

El tema del corazón de Durandarte


DIEGO CATALÁN
Arte poética del romancero oral, 2ª parte cap. I

Síntesis de:
An t o n i o Solan o Cazo r l a
Un i v e r si tat de Valèn c i a
Ma y o del 2000
Hallaz g o de una poesía marg i n a d a:
El tema del corazó n de Dura n d a r te

[En este capítulo Diego Catalán selecciona los romances viejos "O Belerma, o
Belerma" y "Muerto yaze (queda) Durandarte" e investiga sobre los procesos de
transmisión, selección de contenidos y pervivencia de los mismos hasta nuestros días]

Antes de entrar en materia de Romancero, Diego Catalán nos ofrece un generoso


pasaje de la segunda parte del Quijote [en realidad ofrece algunos fragmentos que
nosotros hemos completado]:
Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunté si fue verdad lo que en el
mundo de acá arriba se contaba, que él había sacado de la mitad del pecho, con una
pequeña daga, el corazón de su grande amigo Durandarte y llevádole a la Señora
Belerma, como él se lo mandó al punto de su muerte. Respondióme que en todo decían
verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más
agudo que una lezna.
-Debía de ser -dijo a este punto Sancho- el tal puñal de Ramón de Hoces, el sevillano.
-No sé -prosiguió don Quijote-; pero no sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces
fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta
averiguación no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contexto de la historia.
-Así es -respondió el primo-: prosiga vuestra merced, señor don Quijote; que le escucho
con el mayor gusto del mundo.
-No con menor lo cuento yo -respondió don Quijote-; y así, digo que el venerable
Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresquísima
sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol, con gran maestría
fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce, ni de
mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne
y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo peluda y nervosa,
señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del corazón; y antes que
preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: «-
Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de
su tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a otros muchos y muchas,
Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es
que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto más que el diablo. El
cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá andando los tiempos, que no
están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira es que sé, tan cierto como
ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis brazos, y que después de
muerto le saqué el corazón con mis propias manos; y en verdad que debía de pesar dos
libras, porque, según los naturales, el que tiene mayor corazón es dotado de mayor
valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y que realmente murió este
caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si estuviese
vivo?» Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran voz, dijo:

«-¡Oh, mi primo Montesinos!


Lo postrero que os rogaba,
Que cuando yo fuere muerto,
Y mi ánima arrancada,
Que llevéis mi corazón

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Adonde Belerma estaba,
Sacándomele del pecho,
Ya con puñal, ya con daga.»

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el lastimado caballero,


y, con lágrimas en los ojos, le dijo: «-Ya, señor Durandarte, carísimo primo mío, ya hice
lo que me mandastes en el aciago día de nuestra pérdida: yo os saqué el corazón lo
mejor que pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le limpié con un
pañizuelo de puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos primero puesto
en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y
limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberos andado en las entrañas; y, por más
señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo de Roncesvalles eché un
poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos,
amojamado, a la presencia de la señora Belerma; a la cual, con vos, y conmigo, y con
Guadiana vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, y
con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio
Merlín ha muchos años (...)
Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo
vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su
turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz
algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los
descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas
peladas almendras; traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo que pude
divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome
Montesinos como toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y de
Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última, que traía el
corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus doncellas
cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor decir,
lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su primo; y que si me
había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama, era la causa las malas
noches y peores días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver en sus
grandes ojeras y en su color quebradiza. «-Y no toma ocasión su amarillez y sus ojeras
de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun
años, que no le tiene ni asoma por sus puertas; sino del dolor que siente su corazón por
el que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de
su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire y
brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos contornos, y aun en todo
el mundo.» Quijote, 2ª parte, cap.XXIII

Cervantes, con la mordacidad que luce en su genial obra, rescata uno de los
grandes temas del romancero medieval europeo: el corazón de Durandarte. Lo rescata y
lo convierte en carne amojamada, es decir, clausura lapidariamente el tópico del
enamorado que enajena su corazón en aras de su amada.
Según la leyenda, Durandarte, herido de muerte en un lance caballeresco, pide a
su primo Montesinos que arranque su corazón al morir y se lo entregue a su amada
Belerma, una petición a la que el esforzado Montesinos no se puede negar.
El Romancero del siglo XV había desarrollado esta leyenda en forma de relato
con un gran éxito, conociendo no menos de ocho glosas diferentes hacia mediados del
XVI.
¡O Belerma, o Belerma, por mi mal fuyste engendrada!
¡Siete años te serví, que de ti no alcancé nada,
y agora que me querías muero yo en esta batalla!
No me pesa de mi muerte, aunque temprano me llama
mas sólo por que de verte y de servirte dexava.
Señor primo Montesinos, lo postrero que os rogava,
que cuando yo fuere muerto y mi ánima arrancada,
vos llevéys el coraçón adonde Belerma estava,

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y servilda de mi parte, como de vos se esperava,
y traeréys le a la memoria dos vezes cada semana
y diréysle que se acuerde quán cara que me costara
(....)

Pertenecen al romancero viejo la versión que nos ofrece Diego Catalán,


conocida como "O Belerma, o Belerma" y otra similar que comienza "Muerto yaze
(queda) Durandarte. A éstas se le van añadiendo con el curso de los años nuevos
episodios: el acto de extracción del corazón por parte de Montesinos, el paño para
limpiar el obsequio, la daga, etc, de los que, como hemos visto, sacará buen provecho
Cervantes para burla de versificadores. Y no fue el único en burlarse de estas efusivas
muestras de amor más allá de la muerte. Góngora, en 1582, escribe un malicioso
romance en que los pares de Francia aparecen ridiculizados, y en el que también aparece
la preciada prenda de amor:
Diez años vivió Belerma con el coraçón difunto
que le dexó en testamento aquel francés boquirrubio
(...)
Bolved luego a Montesinos esse coraçón que os truxo
y embiadle a preguntar si por gavilán os tuvo

Así queda demostrada la popularidad del tema del corazón de Durandarte, al


menos hasta comienzos del XVII. Diego Catalán pasa a continuación a mostranos como
la vigencia de esta leyenda ha quedado plasmada en romances orales hasta la década de
los ochenta del siglo XX, tal y como han recogido los investigadores del Seminario
Menéndez Pidal. En esos años la recogida de testimonios orales en la montaña asturiana
dio como fruto el hallazgo de romances cuyo tema era la entrega del corazón de
Durandarte.
Con las explicaciones oportunas sobre la indagación de estos cazadores de
romances, Catalán transcribe completo uno de ellos:
Caminaba Montesinos por una verde montaña,
con el fusilín al hombro como aquel que va de caza,
y encontrara un hombre muerto en par de una verde faya.
No conoce el caballero por mucho que lo repara,
que le conturban la vista las cintas de la elada.
Le levantó el sombrero y le descubrió la cara.
-¡Oh mi amigo Montesinos, mal nos fue en esta batalla,
que mataron a Guarín, capitán de nuestra escuadra!
Me sacas el corazón por la más pequeña llaga,
lo llevas al Paraíso, a donde Guillerma estaba.-
Guillerma estaba en Paraíso de doncellas enrodeada.
-¡Ay triste de mí, cautiva ay triste de mí, cautada,
ay triste de mí, aburrida, algún mal se me acercaba;
ahí viene Montesinos embozado en una capa!-
Lo primero que pregunta: -Tu primo ¿cómo quedaba?-
mi primo quedaba muerto, en par de una verde faya.
Aquí traigo el corazón, yo mismo yele sacara,
y al mismo tiempo te traigo esta siguiente palabra:
Que el que muerto te lo umbia, vivo no te lo negara.-
Al oír esta palabra, Guillerma cae desmayada.
Ni con vino ni con agua no fueron a recordarla.

En esta misma zona de los "conqueiros", constituida por cuatro aldeas, Sisterna
El Bao, Tablado y Corralín, se encontraron variantes del mismo romance, a veces
incluso dentro de la misma familia de informantes.

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Según Diego Catalán, estas versiones proceden sin duda de aquellos romances
del XVI, de "O Belerma, o Belerma" que ya vimos arriba, o de su recreación "Muerto
yaze (queda) Durandarte". Las coincidencias son más numerosas que los añadidos
posteriores, tanto en el argumento como en la composición y distribución de los versos.
Además de en el romancero viejo, estas manifestaciones actuales de la "manda"
de Durandarte encuentran elementos comunes en romances literarios de comienzos del
Romancero nuevo, como por ejemplo en el Romancero historiado de Lucas Rodríguez,
publicado hacia 1580.
La mezcla de elementos del romancero nuevo con los del viejo hace sospechar al
investigador de la existencia de un mediador entre la narración tradicional y los
romances conservados hoy día. El minucioso rastreo de fuentes permite identificar a
este intermediario como Damián López de Tortajada, "editor" de la Floresta de varios
romances sacados de las historias de los hechos famosos de los doze Pares de Francia
aora nuevamente corregidos, de 1652, cuya primera edición dataría de 1646. Tortajada
revisó la obra de Lucas Rodríguez, desechando y añadiendo elementos, y siempre con la
vista atenta a las versiones ya citadas de los romances viejos. El resultado se
corresponde asombrosamente con los romances recogidos en la montaña asturiana.
A pesar de la evolución documentada de estos romances, en la indagación
surgen ciertas dudas al respecto: cómo se pasa de los ciento veintiséis versos de la
versión de Tortajada a los veintidós de la asturiana; cómo llegó a esas escondidas aldeas
el ciclo narrativo de Tortajada; y por último, por qué les interesaba a los "conqueiros",
artesanos y mercaderes ambulantes, mantener viva esa tradición oral.
Para contestar a estas preguntas Diego Catalán se vale de otro ejemplo de
pervivencia del "asunto Durandarte". En 1916 Manuel Manrique de Lara descubrió en
Sevilla a un portador de romancero de amplio repertorio: Juan José Niño. En uno de los
romances de tradición andaluza se hallan estos versos:
Las campanas de París están tocando a alba
Entró el noble Montesinos, entró de noche en la batalla
(...)
Él ha escuchado una voz parece que le llamaba
-Primo, primo Montesinos, mal nos fue en esta batalla
(...)
Asín que me veas muerto, muerto que no tenga habla,
por este lado siniestro, con esta pequeña daga,
me sacas el corazón y se lo entregas a mi dama
y me das sepultura al pie de ese árbol de haya
(...)

El romance coincide también por igual con la versión de Tortajada, con lo que
parece existir una tradición gitano-andaluza análoga a la de las aldeas "conqueiras".
Esta hipótesis se refuerza con el hecho de que en numerosas coplas gitanas aparece de
nuevo el corazón de Durandarte en distintas versiones:
Yo m'había acercadito a él a ver si era Pare de Francia
y era un primito mío, aquel que yo más estimaba.
(...)
Y me dijo: -Primo, párteme tres costillas
y me sacas el corazón y se lo entrega' a Gironarda
--------
-Baje usted, buena señora, que yo le traigo grandes novedades:
aquí le traigo el corazoncito de mi primito de mis carnes.

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Esto, según nuestro investigador, demuestra que la difusión de los romances se
llevó a cabo mediante transmisores de regiones variadas, y que la evolución de los
ciclos tradicionales siguió un proceso de integracion diverso según las zonas
particulares, lo que se plasma en una selección temática y formal diferenciada.
Contestadas las dos primeras cuestiones planteadas, queda por resolver la última
pregunta que Diego Catalán se hacía: el interés del recitador por mantener vivo el tema
del corazón de Durandarte. Según su hipótesis, hemos de considerar que "los romances
que hoy se cantan no son fósiles de un sistema de pensar y sentir ajeno e
incomprensible" para los portadores de esa tradición. Parece evidente que existe un
contenido simbólico que hace que el romance cobre sentido dentro de la comunidad en
la que se conserva.
Para ejemplificar estas aserciones se vale del romance de El prisionero:
Que por mayo era, por mayo, quando faze las calores,
quando los enamorados van servir a sus amores,
(quando canta la calandria y responde el ruyseñor)
sino yo, triste cuitado, que yago en estas prisiones,
que non sé quándo es de día, nin sé quándo es de noche,
sino por una avezilla que me cantava all alvor,
matómela un ballestero, de Dios aya el galardón,

El éxito del romance en los siglos XV y XVI se explicaría por la facilidad de


atribuir valor simbólico a aquella prisión, y así lo apreciaron los numerosos glosadores,
que no dudaron en identificarse con un "yo" cautivo de amor.
El romance se mantiene vivo con el paso de los siglos en las comunidades
urbanas sefardíes. Sin embargo la tradición más extendida ha reducido el romance a dos
motivos: la descripción primaveral y sus efectos en la naturaleza y la sociedad, y la
comunicación del preso con el exterior mediante el canto de las aves. Así pues, el valor
simbólico de la prisión se mantiene vigente aún con el paso de los siglos, y las versiones
que se conservan actualmente han adaptado las formas del romance para expresar esos
valores eternos.

[Apreciamos un gran esfuerzo por parte de Diego Catalán en el concienzudo


rastreo de las fuentes de transmisión de los romances escogidos. Sin embargo creemos
que las tres cuestiones que plantea a mitad del artículo (selección de contenidos,
difusión y pervivencia) no se resuelven con la eficacia con que verifica la transmisión.
La ejemplificación con el romance del prisionero queda un poco desgajada del resto del
artículo, que por lo demás resulta bastante interesante.]

Antonio Solano Cazorla


Universitat de València, mayo del 2000