La Hipocresía de los Mexicanos

Cuando se toca el tema de inmigración; de trabajar, vivir y ser parte de un país ajeno al país de origen, México es de los principales interesados en el tema, puesto que son ellos los que se enfilan a los peligros de cruzar fronteras de manera ilegal en los números más altos. Al declarar los países que reciben mayor cantidad de inmigrantes, es decir, Estados Unidos, la Unión Europea y Australia, siempre hay una especie de tensión de parte de los inmigrantes de Europa del Este, latinos, africanos y asiáticos, puesto que se sienten marginados, excluidos, y con mucha razón, puesto que en varios casos, las declaraciones sobre la inmigración son bastante lejanas a lo que le gustaría oír a la población que lo ha sacrificado todo, por una simple oportunidad de mejor vida. Fenómenos como la globalización han logrado algo antes no pensado en el fútbol, para bien o para mal, de acuerdo a quien trate el tema. Hoy día son cada vez más la cantidad de jugadores naturalizados que juegan en la selección nacional; es decir, son jugadores no nacidos en el país los que visten la camisa nacional y defienden a capa y espada a su nuevo hogar en el campo de juego. Esto se ha visto bastante en Europa, en casos como el de Alemania, con Klose, Podolski, Odonkor, Asamoah, Kuranyi, etc.; España con Senna; Italia con Camoranesi y Perrotta; y por supuesto liderando esta nueva moda, por tildarle cualquier término casual, se encuentra Francia, importando de todo el mundo que solía ser Francés talento que se ha vuelto indispensable en el curso del desarrollo del juego en ese país. Dudo mucho que Zinedine Zidane haya logrado el éxito que logró jugando para su natal Argelia. O Claude Makelele defendiendo los colores del Congo, o incluso Florent Malouda en la selección de Guyana. Más allá de los países europeos hay casos excepcionales en cuanto su simbolismo en este tema. Estados Unidos cuenta con Pablo Mastroeni, un jugador clave para la selección norteamericana nacido en Argentina. Lo impactante de todo esto, no es que haya selecciones con jugadores extranjeros, sino la reacción de ciertos países al momento de incluirse un naturalizado. Y es acá donde encaja la descriptiva de hipócrita en el contexto de la inmigración y el fútbol. Desde la llegada de Sven Göran Eriksson (algo suficientemente paradójico en este tema) a la selección mexicana, este país ha recibido un toque de pensamiento primer mundista en lo referente a los naturalizados. Con una perspicacia bastante poco común en tierras de habla hispana, Eriksson dio a entender que si se puede contar con jugadores que, a pesar de no haber nacido en México, son legalmente ciudadanos mexicanos, puesto que cumplen con todos los requisitos, pues que bienvenidos sean. El objetivo de la selección nacional, sea cual sea, es lograr el mayor éxito posible, porque en cierta forma, es la última forma de librar batallas en nombre de la patria. Sobre el nacionalismo y el fútbol se hablará en un mejor momento. Estando en cualquier otro campo laboral, los mexicanos hubiesen visto a estos “extranjeros” (que no son ni tan foráneos como se les tilda, puesto que hacen vida de manera legal en el país) como una especie de oportunidad para ir hacia delante, crecer, conocer y hasta aprender de estas personas no mexicanas. Incluso en sus clubes de fútbol se les considera como fichas no indispensables, pero sí necesarias dentro del esquema de juego; de otra forma Eriksson no los hubiese siquiera considerado para vestir los colores del Tri. Es ahora cuando Estados Unidos, uno de los países más criticados en el mundo por sus políticas migratorias puede echarse a reír y restregar en cara lo difícil que puede ser

tocar este tema. Es paradójico como un país puede pedir más derechos y menos deberes para ciudadanos legales e ilegales en el vecino del norte, pero estar a punto de entrar en conflicto consigo mismo cuando el director técnico de la selección ha convocado a un par de jugadores naturalizados. El fútbol es un trabajo tan válido como ser abogado, doctor o ingeniero, y es ahí donde ese vano patriotismo juega con la mente de los mexicanos. Esta cruda realidad que acaban de descubrir los mexicanos; la realidad de que “en verdad no juegan tan bien al fútbol como ellos siempre lo han creído y por eso necesitan extranjeros” choca enormemente con el nacionalismo mexicano, uno de los más férreos del mundo. En cuanto a orgullo, poco tienen que envidiarle a los Estados Unidos, fieles a su creencia de que el mundo es su patio; pero en el fútbol ser patriota no paga. Quizás venda más entradas a los partidos, pero no garantiza resultados. Es lamentable y hasta cómico, en una manera poco ortodoxa, la reacción de los mexicanos con este tema. Así como todos lamentan el trabajo innecesario que tienen que pasar sus compatriotas en el exterior para poder comer al menos, tienen que sentirse igual con sus inmigrantes también. Al fin y al cabo, la gente no se va de un lugar por puro capricho, sino por insatisfacción, falta de oportunidades, o mejores opciones afuera. Su reacción puede resumirse a un simple “cuando son los míos los que sufren es incorrecto, pero cuando son los extranjeros, es lo justo”. Y no los culpo. Todos los que creemos en una selección nacional de solo nacionales nos duele aceptar que así sea, pero si esos jugadores tienen los méritos y la capacidad de jugar al nivel de ser convocados, pues que así sea. Todos en el fondo queremos lo mejor para nuestro país, de ahí el hecho que nos preocupemos tanto por temas tan triviales como este de jugadores extranjeros; pero la concepción de correcto que tenemos simplemente varía en el de otras personas, quienes son más capaces de tomar las decisiones que se toman. ¿Qué hubiese sido Francia en los noventa y principios de esta década sin Zidane? ¿O Alemania sin Klose, Podolski, entre otros? Meras selecciones de alto vuelo, pero con menor calidad, que es lo que estos brillantes hombres han aportado a sus respectivas selecciones. Vuoso y Augusto tienen los mismos derechos que los tuvo Jorge Campos, Sánchez o incluso Blanco. Que hayan nacido en otra parte para nada pesa, si en verdad están dispuestos a defender los colores de México. Y si falla la selección nacional, lo más probable es que se acuda al nacionalismo para buscar excusas y ellos lleven las de perder, cuando en verdad la culpa la tiene el otro extranjero, del cual nadie se quejó al ser contratado, Eriksson.