Alcira Claudia Saldaña

Nacida el 1 de octubre de 1955 en Buenos Aires, donde actualmente reside. Con su profesión de médica ha visto y oído historias de todo color. Recorre la Argentina porque le gusta, reflexiona si puede, no colecciona nada en especial y si puede no cocina. Ahora escribe cuentos.

El botón del tomate

Después de rondar el mundo por más de medio siglo y saltar de pibes asombrados a trabajadores empedernidos. Tras haber mamado el deber, sufrido los miedos por el futuro y cargado la rutina en la bolsa del supermercado, una mañana el espejo de un bar nos preguntó porque habíamos dejado de jugar. Y… por todo eso, dijimos. El espejo nos dijo que no eran suficientes coartadas. Entonces jugamos a escribir. Reímos, discutimos y amamos mientras se gestaba El botón del tomate. Organizamos el libro en grupos de cuentos según su carácter: Para chuparse el dedo: cuentos sabrosos que no encajan en ninguna parte. Para rascarse el higo: cuentos divertidos para los ratos de ocio. Para el diván: cuentos perceptivos. Para tomar la teta: cuentos eróticos. Para mirar del otro lado del mostrador: cuentos críticos. Antifábulas: famosas fábulas aggiornadas por la práctica. Pusimos en los cuentos harina y agua y un pellizco de sal que teníamos. Buscamos más sal. La seguiremos buscando.

Alcira C. Saldaña Alberto E. Parra

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CUENTOS ADULTOS

Alberto E. Parra Nacido el 9 de julio de 1950 en la provincia de Almería en España. Argentino por adopción. Vivió su infancia en la provincia cordobesa argentina y actualmente reside en Buenos Aires. Recorre los lugares más recónditos del país con su profesión de ingeniero, colecciona estampillas de todo el mundo y cocina cualquier guiso que se le pida. Ahora también escribe cuentos y novelas.

Editorial Despeñadero Buenos Aires Argentina

Alcira C. Saldaña Alberto E. Parra

Colección Escritores Argentinos

Editorial Despeñadero
Guayaquil 160 PB A 1424 BUENOS AIRES TEL: 11 4903 4533 editorialdespenadero@yahoo.com.ar

Colección Escritores Argentinos
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El Botón del Tomate
Alcira C. Saldaña Alberto E. Parra

Primera Edición Octubre 2004

ISBN : 987 21713-0-0

Fecha de catalogación: 27-09-04 Saldaña, Alcira Claudia El botón del tomate : cuentos adultos / Alcira Claudia Saldaña y Alberto E. Parra. 1a .ed. Buenos Aires : Despeñadero, 2004. 160 p. ; 20x14 cm.- (Escritores argentinos) ISBN 987-21713-0-0

Libro de Edición Argentina Printed in Argentina Todos los derechos reservados
Los personajes, las acciones y situaciones que se narran en los cuentos incluidos en este libro son ficticios. Cualquier semejanza con personas y hechos de existencia real es pura coincidencia. Estan prohibidas y penadas por la ley la reproducción y la difusión totales o parciales de esta obra, en cualquier forma, por medio mecánicos o electrónicos, inclusive por fotocopia, grabación magnetofónica y cualquier otro sistema de almacenamiento de información, sin el previo consentimiento escrito del editor.

El botón del tomate
Cuentos adultos

El botón del tomate / Cuentos adultos

PRÓLOGO
“Llegó un momento en que no podíamos decir de quién era cada historia”. Expresar esto es no saber cuáles son los verdaderos límites de la propia subjetividad. Alcira Saldaña y Alberto Parra son una expresión acabada de semejante locura. Y en ellos la afirmación no es retórica, es la clara constatación de un hecho. Alcira Saldaña y Alberto Parra no pueden ser más diferentes. Pero los une el compromiso sensible de vivir juntos la madurez con el esplendor y el riesgo de la juventud, con la sensualidad sin pudores que se desborda tanto en su presencia como en su obra y con el ineludible compromiso social desde posiciones lo bastante distintas como para que el conflicto no se apague. Tal vez en la aceptación del conflicto y en las diferencias inevitables, aún las más desoladoras y explosivas, esté la validez de este libro. Una energía canalizada a cualquier costo, más allá de las modas y del estruendo de los balbuceos efectistas que acompañan la época. Sí me comprometo, sí me juego, sí ofrezco un blanco enorme. No me queda más remedio. No se trata de buscar la muerte, se trata de vivir y de que eso signifique algo que valga la pena. Pueden escribir desde el absurdo, desde el erotismo que roza a la pornografía o desde la ternura, desde el humor o desde lo lírico o desde lo social en su forma más clásica. Ni más ni menos que la vida tomada como un juego con reglas que se inventan en cada historia. La pasión que no se rinde en muchos argentinos. Emilio Matei

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PARA CHUPARSE EL DEDO

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El Cajón
A Alberto E. Parra

obre la mesa habían acostado al viejo. - Le puse el traje y el pañuelo e' seda - dijo la vieja acariciándole la cabeza. El hijo tonto cebaba mate. De la cocina trajeron unos platos con bizcochos y los pusieron sobre la mesa, al lado del muerto. A los pies había una botella de ginebra y unos vasitos para el que quisiera tomar. Los vecinos que se habían acercado al velorio, hablaban en voz baja. - La putita no le dejó ni pal' cajón - decía una mujer. - No lo esquilaba sola, andaba en yunta con el padre Flavio contestó otra. - El viejo que iba a saber, si ni pisaba la iglesia. - Se las daba de socialista. Cuando llegó el cura, le dejó un rosario a la vieja y quiso bendecir al finado. - ¡Fuera! - le gritó el tonto y lo empujó hasta la calle. El cajón no llegó. Al viejo lo enterraron en el campo con el rosario en la mano.

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La máquina
arece una ciudad abandonada, dijo Juan cuando volvió a la fábrica. Abrió el portón oxidado y al caminar por el acceso vacío, descubrió flores amarillas entre los pastizales y las cortó. Andaba sin trabajo, a no ser por que vendía alguna cosita en los trenes. Un vecino le dijo que en las últimas noches había visto luces en la fábrica. - Fue como una guerra - dijo al ver los vidrios rotos de las ventanas. La puerta estaba sujeta por una cadena. La desató y entró. El piso estaba mojado. - Buen día - dijo y escuchó la hojalata abandonada sacudida por el viento. Levantó una chapa y se lastimó con el borde - La put… se quejó y se chupó el dedo. Las paredes y la cartelera al costado de la puerta estaban cubiertas de moho. Limpió la cartelera con las manos. - Primer día de pago 5 de enero - leyó en un anuncio. En otro aviso estaba pegada la foto de los muchachos festejando el año nuevo. - ¡Sandoval y el Negro Sosa! - dijo y le pareció oírlos: pasame un mate Juancito que hoy no viene El Perro. Arrancó la foto y la guardó en el bolsillo. Fue hasta la sala donde estaban las máquinas. En un rincón había cartones apilados y colchones rotos. De la plegadora colgaban calzoncillos. La prensa tenía pegada la foto de una mujer desnuda. Se acercó a la guillotina y le rascó la superficie oxidada. El óxido se le mezcló con el moho de las manos. Se tocó la frente. Las manos sucias le mancharon la cara. Dejó las flores amarillas en el suelo y pisó el pedal. Un cable pelado hizo contacto con la máquina. La corriente le atravesó el cuerpo. A la máquina la desconectaron los cartoneros que vivían en la fábrica. Sobre el cuerpo de Juan pusieron las flores amarillas y lo taparon con una chapa.

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El sapo, el mamboretá y la iguana
riel, el sapo, abrió la boca. Era media noche en la selva misionera. Bajo la única luz encendida en las cercanías de San Ignacio, sobre una rama, se posó el mamboretá. - Ni pienses en comerme - dijo el mamboretá al sapo. - Sos un bicho fiero y olés a estiércol- contestó el sapo y tragó una garrapata gorda que andaba por el suelo. La boca se le llenó de sangre. La iguana que iba hacia el río, torció la cabeza para tragar las gotas de sangre que habían saltado por el aire. La puerta de la casa hizo ruido al abrirse. El sapo saltó hacia la oscuridad y la iguana quedó inmóvil relamiéndose. Ana con su panza de siete meses, salió de la casa. Se secó con las manos la transpiración del cuello, se acarició los senos duros y se sentó al borde del cañaveral con las piernas abiertas. La luz del farol le iluminó la entrepierna sudada. La iguana le miró la bombacha. - ¡Basta, vuelvo a Buenos Aires! - exclamó Ana. - Aguantesé, m' hija - dijo el sapo saliendo de la sombra - así es la selva. - Usted, porque se mete - contestó Ana juntando las piernas. Comenzó a lloviznar. - Señora, debe quedarse aquí con su hombre. Quiroga tiene que escribir sobre nosotros - explicó el sapo. El mamboretá se paró en la rodilla de Ana. Ella al espantarlo le arrancó una pata. - Aña membui, mujer Anaconda - gritó el mamboretá. Salió de la casa un chico descalzo, corrió hacia Ana y se le abrazó a las piernas. - Mamá, me duele- tenía el tobillo y el pie derecho hinchados. - Mirá el sapo - le dijo ella - ¿No es Ariel? El chico le pegó una patada al sapo que fue a caer desmayado en medio del cañaveral. Quiroga salió de la casa y sin decir nada llevó a madre e hijo arrastrando hacia la casa. - Bestia, no me toques - repetía ella.

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- Mujer, estás loca - gritaba él. - La mujer - dijo el sapo volviendo en si - no sabe lo que quiere. - La mujer es forastera - dijo rengueando el mamboretá - y el gurí sale a ella. - ¡Traicioneros! - gritó el sapo y se tragó al mamboretá. - Están haciendo demasiado alboroto - se quejó la iguana y se tragó al sapo.

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Las madres
lor a tormenta. Hay una mancha negra entre las basuras al fondo de la casa. Es una araña Lobo. Lleva en su lomo el capullo con los huevos fecundados. Clorinda se sienta en una sillita de mimbre al fondo de la casa. Los dolores la hacen transpirar. Su hombre ha ido a levantar la cosecha del maíz. Una mariposa se acerca a la araña. La araña salta y la sujeta. No se detiene hasta haberle succionado los jugos. Envuelve los restos de la mariposa con seda y la arrastra hasta un lugar oscuro. Clorinda se levanta y se moja la cabeza con el agua del balde que está al lado del galpón. La araña con las patas encogidas y el cuerpo pegado al piso examina la tierra al ras. Un zumbido le llama la atención. Son dos avispas negras y amarillas que buscan la grieta de una madera tirada en el suelo. Una avispa roja se posa en la tierra y cava ansiosa un hoyo con las alas plegadas. Es una máquina excavadora. Clorinda tiene una fuerte contracción, se agacha sobre la tierra y por entre sus piernas comienza a caer un líquido transparente. La avispa roja excava el hoyo. La araña está al acecho. Cuando de los colmillos le caen gotas de veneno, levanta las patas delanteras y se afirma en las de atrás. La avispa levanta vuelo aunque no ha concluido de cavar. La araña se repliega. Las avispas negras y amarillas están desovando en la grieta del tirante de madera. Es una tarea que no pueden interrumpir. La araña las descubre. El salto es preciso. Envenena a las dos. Clorinda hace fuerza. Por entre las piernas está asomando la cabeza. La avispa roja vuelve a la tierra para terminar el agujero y después vuela hasta el techo del galpón. Los huevos en su interior comienzan el camino del nacimiento. La araña descansa. El capullo sobre su espalda empieza a palpitar. Camina hacia la claridad para romper la envoltura.
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La avispa se lanza para arremeter contra la araña y clavarle el aguijón. Tiene una sola oportunidad. Si el combate se dilata morirá sin remedio. La cabeza sale y tras de ella avanza el cuerpo. Clorinda queda sosteniendo al hijo sobre el suelo. Espera. La araña ve a la avispa, levanta cuatro patas y le eyecta gotas de veneno que no la alcanzan. El capullo de la araña late. El aguijón de la avispa mete el líquido paralizante en el cuerpo de la araña que lanza un gemido y queda aletargada. Clorinda tira del cordón y la placenta sale. Corta el cordón con los dientes y hace un nudo. La avispa arrastra a la araña hasta el hoyo, le desova en el abdomen y muere después. Clorinda está exhausta boca arriba. Apoya al bebé sobre su panza. Las larvas de la avispa se alimentan de la araña. La araña está muriendo y el capullo no ha sido abierto. Las crías de la araña no nacerán. Clorinda pone al hijo en su pecho y le da de mamar.

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Mi primer cigarrillo
e distraje mientras esperaba el turno para jugar la bola de billar. El gallego acodado sobre el mostrador miraba un punto fijo y el mozo se rascaba con una mano la cabeza y se metía los dedos de la otra mano en la nariz. Un moscardón, adentro la campana de vidrio de la fiambrera, luchaba por salir. Estaba por dar el golpe sobre la bola blanca cuando entraron dos chicas. - Mirá eso - le dije a Jorge. El gallego se alisó el pelo y el mozo se puso de pie. Jorge dejó el taco sobre el paño y me dio un manotazo en el hombro. Las chicas se sentaron en una mesa junto a la ventana. Dejamos de jugar y nos sentamos cerca de ellas. El mozo les tomó el pedido. - Dos Cocas - dijo después en el mostrador. El gallego lustró la bandeja con el trapo rejilla. Puso las dos coca colas sobre la bandeja. Jorge me tocó una mano. A la primera mirada avanzamos para el levante me dijo. La rubia levantó la vista. La miré con cara de galán. Ella sonrió. - Está con vos - me dijo Jorge. - No sé - le contesté. La otra chica, en una complicada ceremonia, acomodaba la camisa bajo la pollera. Sonó un altoparlante en la calle. Miré por la ventana. Desde un furgón, una voz descascarada anunciaba la presencia del circo. Dos hombres vestidos con pantalones ajustados y blusas con lentejuelas hacían malabares. En una jaula un tigre flaco se paseaba inquieto y en otra, tres monos con las caras arrugadas hacían morisquetas. El payaso y un domador de bigotes grandes que llevaba el látigo en la mano, cerraban el desfile. Eché un vistazo a la rubia. Miraba la calle. - Miráme a mi - dije en voz baja. Jorge pidió una cerveza. - Era hora de que pidieran algo - nos dijo el mozo.

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Unos chicos perseguían al payaso pidiéndole entradas. La caravana del circo se alejaba. El mozo nos trajo la cerveza con un platito lleno de maníes. La rubia vino hacia mí con un cigarrillo en la mano y me pidió fuego. - No, disculpáme, no tengo - le dije balbuceando. - Gracias igual - me contestó. El mozo le prendió el cigarrillo. - Hoy mismo empiezo a fumar - me dije. Con las últimas monedas que me quedaban salí a comprar un atado de Clifton y una caja de fósforos de cera. Cuando entré al bar, las chicas me miraron. Les guiñé un ojo. Me senté, abrí el paquete y con el cigarrillo entre los dientes prendí el fósforo. La cabeza del fósforo se desprendió encendida y fue a parar dentro del vaso de la rubia. Jorge largó una carcajada. Crucé las piernas y pité el primer cigarrillo sin tragar el humo. La rubia me sonrió. Se me dio, pensé. Jorge me dio tal palmada de aliento en la espalda que me hizo tragar el humo. Me atacó una tos incontrolable. Cuando me repuse las chicas se habían ido y los que estaban en el bar se retorcían de risa. Salí a ventilar la bronca. - Imbécil. Una y mil veces imbécil - maldije al cruzar la puerta del bar. En el potrero de la esquina me quedé mirando como se armaba el circo. Tres tipos paleaban tierra. Otros bajaban cachivaches del camión. El tigre dormía en la jaula y los monos se peleaban por una banana. Los chicos se mantenían firmes pidiendo entradas al que parecía ser el dueño. El domador y los trapecistas mateaban sentados en una tarima. Escuché el maullido de un gato. Creí que pedía comida.

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Mameluco
l hombre de mameluco tiró el trapo y se fue. Los expertos quedaron reunidos. - Es perezoso - dijo el de pelo cano. Pasó el dedo por el borde de la ventana y comprobó que tenía tierra. Desplegó un plano del cerebro del hombre de mameluco y lo extendió sobre la mesa. Los expertos se levantaron de las butacas y los cables que los unían al Gran Cerebro se tensaron. En el plano señalaron la mancha negra adonde confluían todas las líneas. Cada uno apoyó el dedo en la mancha. - Casco colimado - sentenció el Gran Cerebro. - Necesita el casco colimado - repitieron todos a coro. - Y también un trapo - dijo el canoso y todos le palmearon el hombro. Tomó un aparatito con pantalla de cristal líquido, apretó los botones verdes y la imagen del hombre de mameluco apareció en la pantalla. Dos Protos Verdes lo habían agarrado de los brazos y lo subían a una camioneta Ya lo están trayendo. En la reunión una muchacha de uniforme repartía trapos blancos a los presentes. Cuando entró el del mameluco arrastrado por los Protos Verdes, todos agitaron los trapos. El de mameluco se avergonzó. Lo sentaron en un banquillo en el centro de la sala. - La ventana tenía tierra - le informó el del pelo cano señalándole el borde de la ventana. - Te van a colimar - expresó en un gesto mudo el que era más amigo de mameluco. - Mameluco usted me defraudó - dijo el canoso. El de mameluco no decía nada. - Casco colimado - repitieron todos. El hombre del mameluco se arrancó los tiradores y los botones saltaron. - Es tarde para arrepentirse - concluyó el canoso. Los Protos Verdes pusieron a Mameluco en la camilla y lo llevaron por los pasadizos del edificio hasta la Sala del Escalpelo. Lo acostaron en la plataforma que acoplaba al
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Túnel de Encastre y lo ajustaron con mangueras de caucho. En la mesada, colocaron el plano del cerebro junto a los cuatro cascos colimadores. La superficie metálica de los cuatro cascos estaba cubierta de orificios rodeados de arabescos. Entró el Ilustre de guardapolvo blanco y eligió el casco con arabescos amarillos. - Empecemos por el de rayo más fino - dijo. La Escuadradora transportó el casco hasta el extremo del túnel y lo encastró en la cabeza de Mameluco. El Ilustre apretó el botón amarillo del comando y por los orificios del casco salieron rayos amarillos. Mameluco tuvo dos convulsiones. El Ilustre comprobó en el plano que los rayos habían directo a la mancha negra del cerebro. Cuando Mameluco quedó inmóvil, la mancha negra se transformó en blanca. - Listo - dijo el Ilustre. Los Protos Verdes llevaron a Mameluco hasta la sala de reuniones y lo pararon en el centro. Mameluco fue directo al trapo y limpió la ventana. El auditorio aplaudió. - Excelente remisión - dijo el Gran Cerebro. La muchacha de uniforme repartió café y masas para todos.

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Blusa roja
egro, cabeza, che, vení para acá, andá para allá, eran algunas de las formas curiosas que tomaba su nombre. Faustino no, de cualquier modo él siempre se daba cuenta. Señor, don, patrón, ya lo hago, señora, ya lo hice, eran las maneras de dirigirse a los otros, a los que no miraba a los ojos. Faustino salía todas las mañanas del rancho. Un rancho de ladrillos sin revocar y de ventanas pintadas de azul. Caminaba despacio, sin dejar huellas, por el laberinto de calles de la villa hasta el asfalto. Cruzaba y llegaba al almacén. Desde la puerta preguntaba si había algo. Cuando el almacenero le decía que si, entraba, pagaba y retiraba la correspondencia. A la noche, al volver, daba dos vueltas alrededor de la casilla y sacaba la llave de la caja de herramientas. Llego lunes 20. Miriam, decía el telegrama de esa mañana. La sonrisa de Faustino no fue advertida por el almacenero, ni por el chofer del colectivo, ni por la señora que le pagó la reparación de la reja. A la tarde, en el mercado, una vendedora le ofreció una blusa roja y la compró. En la casa terminó de armar la cama y puso el colchón. Colgó junto a la imagen de Cristo un mapa del Chaco. Limpió el aparador y acomodó la cocina. El sábado fue a buscar el televisor y el domingo terminó de colocar los azulejos del baño. El lunes 20 se levantó con el sol, calentó un poco de agua y se aseó en el fuentón. Se puso el pantalón de vestir y la camisa blanca, los zapatos y el cinto nuevo. Tenía la cabeza erguida y el pelo negro bien peinado. Los vecinos no lo reconocieron. No es el mismo, dijeron algunos. El andar, sobre todo el andar. Hoy es lunes, el domingo fue ayer, decían otros. Volvió al mediodía y sin saber porqué se paró en la puerta del almacén. Había algo.

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Miriam tuvo un varón, muy enferma. Esther, decía el telegrama. Apretó el papel y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Los que lo vieron entrar a la casa no dudaron de quien era. En la Iglesia del barrio, el Cura regaló la blusa roja a una humilde mujer.

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El último billete
engo a bañarme - dijo el viejo Rufino a la sobrina. - Entre tío, ya le preparo el baño ¿Está de fiesta? - No, tengo que ir al médico. Rufino estuvo una hora en la ducha. La sobrina pensó que algo le había pasado y mandó al hijo a ver. El muchacho salió del baño sonriendo. Cuando Rufino terminó de vestirse, sacó de una bolsita de supermercado, un moñito rojo y se lo puso cerrando el cuello de la camisa. Sujetó los pantalones con tiradores y salió del baño. Se despidió de la sobrina y se fue. No fue al médico, se detuvo en el Locutorio, buscó un número de teléfono en el cuadernito que llevaba en la bolsa de supermercado y llamó. - En que puedo servirlo caballero - dijo en tono sensual la mujer que atendió. - ¿Quisiera saber si Paula está libre esta noche? - Caballero, Paula esta disponible a partir de las diez de la noche. - Dígale que Rufino la espera. La telefonista le pidió la dirección. Volvió a la casa. Puso la cama contra la pared, repasó la mesita, el armario desvencijado y la repisa. Calentó agua en el anafe y preparó un té. Se quedó sentado con el té servido mirando la campanilla del timbre. A las nueve tomó el té frío y sintió el dolor en el pecho. El timbre lo escuchó a las diez. Se apoyó con dificultad en la mesita para levantarse y el moñito rojo del cuello se torció. Con el brazo arrastró la taza. La taza cayó al piso pero no la levantó. Cuando estaba yendo hacia la puerta volvió a sonar el timbre. - ¿Cómo está? - preguntó al abrir. - Muy bien ¿Y usted? - contestó Paula. - Bien - dijo él - tenga cuidado que hay baldosas flojas. Se acomodó el moñito rojo. - ¿Quiere tomar algo? - preguntó y se acercó al anafe. Uno de los tiradores se le deslizó por el hombro. Lo volvió a poner en su lugar. - Bueno, un té - dijo Paula y se sentó cruzando las piernas Página 21

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Abuelo ¿Ya funciona la radio? - Si, ahora la prendo. - Deje que yo lo hago. El locutor anunciaba un tango de D'Arienzo. - Me gusta el tango ¿Tiene un cigarrillo? - preguntó él. - Son rubios - dijo Paula y sacó de su bolso un atado que sacudió, hasta que un cigarrillo sobresalió de los demás. - Fumaba negros - dijo él y esperó a que ella le diera fuegome gusta el tango. Pitó despacio. Cuando terminó, Paula le pidió la colilla para apagarla en la suela de la sandalia. Poniéndose de pie sin esfuerzo, Rufino caminó hasta el armario y abrió el cajón del que sacó el billete. Se lo dio. - Lo que sobra quédeselo de propina. - No hay apuro - dijo ella y guardó el billete en su cartera. - ¿Quiere brindar? - tomó de la repisa dos vasos y una botella de vino tinto. - ¿Por qué vamos a brindar? - preguntó Paula mientras él descorchaba la botella. - Por usted. Después del brindis, Paula se desnudó con naturalidad. Rufino la vio acostarse y se acostó vestido. - Quédese mañana - murmuró acurrucado en el pecho de Paula. A la mañana caminaron por la plaza. Rufino sintió la puntada en el pecho y se sujetó del brazo de Paula. Volvieron a la casa. Ella le pidió que descansara y le puso bajo la lengua la pastilla que él le indicó. Cuando lo vio dormido fue al almacén a comprar algo para comer. De regreso prendió la radio y puso música melódica. Esperó a que Rufino despertara. Cuando se levantó merendaron. - Hacía mucho tiempo que no comía sardinas con manteca dijo él. Tomaron el resto de vino tinto que había quedado de la noche anterior y se quedaron en silencio. A Paula le pareció que Rufino se había dormido. Quiso despertarlo y le tocó el hombro con suavidad. El viejo no se movió. Paula se paró y fue a buscar la cartera para irse. Cuando llegó a la puerta volvió. Arrastró a Rufino hasta la cama, le acomodó los tiradores y le arregló el moñito. Puso en la radio la audición de tango y se fue sin hacer ruido.
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Carne de llama
na sopa y un vaso de vino - le pidió la colla al mozo. Sofocada, en otra mesa del comedor de la casa de adobe, cambié el rollo a la cámara de fotos. Las fotografías para la revista me habían llevado más tiempo de lo pensado y para colmo el auto de alquiler recalentó. Era mediodía y estaba varada en Purmamarca. El encantador pueblito de la Puna se estaba convirtiendo en un horno para mis sesos. El mozo, un muchacho que parecía tonto, le trajo la sopa y el vino. Mientras la colla bajaba la cabeza para tomar, le saqué una foto. - No quiere carne de llama - dijo mirándome. Me sorprendió. - Tengo también cabrito. Pero le recomiendo la llama. Es especial para los turistas. - ¿Usted cría las llamas? - dije por decir algo. Me sentía incómoda. - Si. Soy de Abra Pampa y una vez por semana recorro la quebrada en colectivo para vender. Nos quedamos en silencio. Yo ya quería estar en casa y todavía tendría que manejar hasta Jujuy y desde allí viajar más de dos horas en avión ¿Natalia se habría levantado a tiempo para ir al profesorado? La colla tomaba la sopa acompañada con pan. - Puede preguntarle a cualquiera la calidad de mi carne. Todos me conocen, me llamo Verónica - me dijo. Se alisó la amplia pollera de lana de colores y pidió otro vaso de vino. Me sequé la transpiración. ¿Y Aníbal? ¿Habría cambiado ya la computadora? - Verónica. ¿Tiene hijos? - Si. Uno estudia computación y la otra está en el profesorado de Educación Física en Tucumán ¿Y usted? Quedé boquiabierta. - Lo mismo pero en Buenos Aires. Ella había terminado la sopa, llamó al mozo y pidió la cuenta. Se levantó la pollera y de entre las enaguas sacó de un bolsito
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dos billetes y pagó. - Mi marido está sin trabajo desde que los yanquis vinieron y cerraron la mina Aguilar - me dijo parada para irse. No quise decirle que a mi marido se le había fundido la fábrica. - Que tenga buen día - saludó y se fue. Tomé una sopa y un vaso de vino. Cuando salí, saqué fotos al cerro de siete colores y fui caminando hasta la esquina. - Conocés a Verónica - le pregunté al changuito que me paró para pedirme unas monedas. - Ha de estar en el Internet. Entré al locutorio. Verónica se hacía escribir un mail por la encargada del local. - Le estoy escribiendo a mi hija - me dijo cuando me vio. Faltaba un rato para que el auto se enfriara. Me senté en la computadora de al lado y quise escribir un mail a mis hijos. El servidor no entraba. La encargada me ayudó.

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Tejido
sómbrese de su cutis. Póngase Essence, leche de pepinos, decía la locutora de la radio recalcando las palabras. Se tocó las arrugas de la cara con la punta de los dedos y volvió a tejer. El ovillo tomaba la forma del primer nieto. Es grandote este chico. Levantó el pulóver observándolo contra la ventana. Entraba una luz tenue. Por el potrero caminaba un hombre que escapaba de la lluvia. Nena, no lo mirés, le había dicho su madre. Ella lo miró y bailó. Era Carnaval. No llevaba máscara y él tampoco. Bailaron un tango sobre el papel picado y las serpentinas, entre ellos corrían los chicos del barrio. Un poco más de luz, dijo su madre. Prendieron un farol. No, que bailen más separados, la madre extendió los brazos señalándolos. El pulóver crecía. Buscó lana azul para hacer una guarda. Estaba viuda cuando tuvo al tercer hijo. Ahora vendría bien una guarda color café. Al primero lo había reconocido muerto en la morgue judicial. El policía le había dicho que había intentado huir, que distribuía propaganda subversiva. Mamá estoy bien, no te preocupés, fue la carta del segundo. Lo imaginó caminando solo las calles de alguna ciudad extraña. Voy a tejer esta guarda en punto cruz. Sacó los puntos de las agujas. Tiró de la lana y deshizo tres filas. El tercero le mostró el título de Bachiller y un día después se fue. Uno a uno volvió a colgar los puntos y los tejió en punto cruz. La lluvia había pasado. Volvió a mirar el tejido colgado de las agujas. Ahora solo falta tejer el elástico. Cuando llegaron el pulóver estaba listo. La nuera solo balbuceaba algunas palabras en español. El nieto le sonreía tratando de decir su nombre. A ella también le costaba pronunciar el nombre de él. El pulóver le quedó bien. Cuando venga tu hermano le voy a contar la linda familia que tenés, le dijo una semana después al segundo al despedirlo en el Aeropuerto. Volvió a la casa y empezó a tejer un pulóver más grande.

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PARA RASCARSE EL HIGO

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Sandokán
“¿Y Singal, el más valiente y audaz pirata de la Malasia? ¡Atravesado el pecho por una bala de espingarda cayó a mi lado! ¿Y Sangau, el León de las Romades? ¡Yo lo vi! ¡Cayó a mi lado con un casco de metralla en la cabeza! ¡Muertos! ¡Muertos todos mis valientes! ¡Pero les vengaremos!...” EMILIO SALGARI

l galpón olía a pescado. Tres changarines sentados en el piso hablaban entre ellos. Otro, cruzado de brazos y apoyado en una pila de cajones, conversaba con un camionero. - ¡Che, pata e' palo! ¿Aprendiste a hablar? - le gritó uno de los changarines al que estaba apoyado en los cajones. - Dejá de, de, de joder. - ¡Garnacha, contále al hombre la vez que te quisiste levantar a Martita! - remató, socarrón, el changarín. - ¿Por qué te llaman así? - preguntó el camionero. - Po, po, por mi viejo. - ¡Debería mamarse lindo tu viejo! - No, no, no sé, no me acuerdo. - Te estaba jodiendo. - No, no, no hay problema. - ¿Sabés leer? - Sí, sí. - Ayer hice un flete y me quedó algo en el mionca - el hombre se subió a la cabina del camión y bajó con un libro de tapas amarillas. - ¡Tomá! - ¿Pa' qué? - ¿No sabés para que sirve un libro? - Y si, es pa', pa' leer. - ¡Garnacha no te hagás el boludo! ¡Vení a laburar! - gritó el changarín. - ¡Ya, ya voy! Garnacha, con el libro bajo el brazo, agradeció al camionero y enfiló para el cuarto donde vivía, al fondo del terreno detrás del galpón. La pieza tenía un ventanuco y una puerta por la que apenas podía pasar.
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Por la tarde Garnacha toleró la mirada habitual, indiferente de los empleados y las últimas cachadas del día de sus compañeros, antes de cerrar el portón del depósito. Después caminó por dentro del galpón y apagó las luces. Preparó la cena en la pieza y luego salió al aire libre para sentarse en una silla desvencijada y apoyar las piernas sobre dos cajones. Hacía calor. Se quedó dormido con la cabeza tendida hacia atrás y la boca abierta. Un moscardón se le metió hasta la garganta despertándolo de golpe. Escupió hasta cansarse. Entró a la pieza golpeándose la cabeza en el marco de la puerta. Transpiraba. Prendió la luz y vio sobre la mesa el libro de tapas amarillas. Curioseó la imagen de Sandokán. Abrió el libro y se puso a leer en voz alta. - ¡Se, se, señor Yáñez, por aquel agu, agujero de, de, allí abajo ve, ve, veo brillar una luz! Ya, ya, ya la he visto, Sam, Sam… bi, bi, glio… gliong. Se, se, será algún nao - suspendió la lectura - ¿Qué, que es un, un nao? - se preguntó. Leyó cinco páginas tendido en el catre y se durmió. Treinta noches estuvo leyendo. Por temor a las burlas no hablaba del libro con los otros changarines. Esperaba el momento de cerrar el portón y apagar las luces para encerrase en su pieza, comer algo y empezar a leer. Releía los pasajes donde Sandokan se mostraba temerario y audaz. Amanecía el Jueves Santo. El depósito estaba repleto de pescado. En la dársena, cinco camiones esperaban ser cargados. Los changarines en fila se pasaban los cajones. Garnacha ubicado sobre el camión los recibía y se los tiraba al que acomodaba la carga. - ¡Tirá bien! ¡Mové el culo! ¡Avisale al muerto que va otro! ¡Dale lenteja! - escuchaba Garnacha mientras los cajones pasaban por sus manos. - ¡Activad los fuegos! Si los ingleses llegan a tiempo, les haremos pagar caro este golpe de mano - escuchó a Sandokán. - ¡Tirame la caja boludo! La orden del inglés enfureció a Sandokán. El pirata, sin responder a la ofensa, se lanzó hasta el arcón donde guardaba la cimitarra con empuñadura de oro.
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- ¿Qué hacé con ese pescao? ¡Cagaste un cajón! Garnacha, con el pescado en la mano derecha, miró los camiones. - ¡Mil diablos! ¿De dónde han salido esos navíos? ¡Yáñez! ¡Manda que pongan la proa al Norte! - ¿Que idioma habla este gil? - preguntó sorprendido el que estaba arriba del camión. Garnacha agarró una loneta del piso del camión. Sandokan se envolvió en la bandera roja estampada con la cabeza de Tigre y dio un salto para caer revolcándose en la playa de Labuán. - ¡Al ataque mis Tigres de Mompracem! ¡Muerte a los ingleses! - aulló Sandokan mientras intentaba hundir la cimitarra en el cuerpo de un inglés. - ¡Que hacé, 'tas en pedo!- gritó el changarín sorteando los golpes del pescado. - ¿Qué hago? ¡Deseo matar dos pájaros de un tiro! contestó el pirata con una sonrisa misteriosa y siguió atacando al enemigo. - ¡Parenlo! - pidió a viva voz el que seleccionaba los cajones. Entonces el changarín que estaba arriba del camión saltó al piso para sujetar a Garnacha, que revolviéndose, pudo desprenderse justo a tiempo para eludir una piedra. La piedra dió de lleno en una pila de cajones. - ¡Rengo de mierda! - chilló el que había tirado la piedra. Sandokán examinó la playa. De sus ojos escapaban relámpagos y sus labios furiosamente contraídos mostraban la felina dentadura, en tanto la musculatura vibraba como al contacto de una descarga eléctrica. - ¡Yañez! ¿Qué hacen los ingleses en Labuan? - exclamó y descubrió un arpón oxidado junto a una palmera. Soltó la cimitarra y lanzándose sobre la arena agarró el hierro. Con notable agilidad se puso de pie para sacudirlo a modo de sable. - ¡Guarda con el caño! - advirtió el que había sido tumbado al suelo. Sandokán descargó un golpe seco sobre la cabeza de un inglés. - Yañez, he aquí la primera víctima - dijo deteniéndose un instante junto al hombre que sangraba.
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- ¿Qué hiciste animal? - chilló el que estaba refugiado detrás del camión. - ¡A vuestros sitios de combate! ¡Demostremos cómo saben morir los Tigres de la Malasia! Sandokán, con dificultad, pateando los brazos que intentaban detenerlo, se trepó a la nave. Una vez arriba levantó la mano indicando a su tripulación que lo siguiera. La transpiración le cubría el cuerpo. Sintió un golpe en la pierna coja y cayó, pesado, sobre los cajones. Soltó el caño. Cuatro hombres se abalanzaron sobre él. Lo inmovilizaron y lo arrastraron hasta el borde del furgón para empujarlo hasta que cayó al pavimento. Garnacha atinó a girar para quedar tendido boca arriba. Atontado miró las caras de los que lo rodeaban. Un changarín lo escupió y el otro le dio un puntapié en las costillas. Un extraño le pateó la cintura y otro alejó a los agresores. La sirena policial se escuchó en el depósito. - Bellacos,volveré por ustedes - murmuró Sandokán desde el suelo.

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La tía de Raúl
a jubilación de la tía me va a alcanzar justo para pagar la cuota del cero - dijo Raúl. - ¿No tenés otra tía para mí? - contestó el amigo. Raúl sonrió y se despidió. Fue a la casa de la tía. Ella lo recibió en la mesa del patio bajo la parra de uva chinche, con un té medicinal y unos bizcochos. - Raulito no te pongas en gastos para mi cumpleaños. Que voy a festejar, si de la familia solo me quedan Paco y vos y la última amiga se me murió la semana pasada. Yo tampoco voy a durar mucho. - Son ochenta y cinco años tía. No es un gasto para mí comprar unos sanguchitos y una torta ¿Y Paco como anda? dijo Raúl mirando de soslayo la hora. - Parece un chico de doce años - respondió la tía. - Pero ya debe estar por cumplir cuarenta ¿No? - Ya los cumplió ¿Y sabés lo que me pidió de regalo? Un avioncito para armar. Tiene una colección completa y dice que algún día va a ser piloto ¿Que querés? Es el hijo de la vejez. Raúl empezó a inquietarse, quería ir al grano. Hacía semanas que venía convenciendo a la tía de su proyecto y pretendía una respuesta. - ¿Y que decidiste con lo de Rolando? - le preguntó sirviéndose una taza de té. - Raulito, vos tenés que arreglar todo. - Mirá Raúl - decía Rolando - no se cómo agenciarme el terreno. Los impuestos no los voy a pagar. Rolando, un albañil de cincuenta años hablaba con Raúl mientras tomaban mate bajo el sauce, junto a la casilla de chapa. - Lo que no te conviene es hacer quilombo con la Municipalidad. Yo tengo algo mejor para vos, si sale, vamo y vamo - ¿Qué es? - Un casorio. Te tenés que casar. - ¿Con quien?
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- Con mi tía. - ¿Y está buena? - Cobra como dos lucas de jubilación y en cualquier momento crepa. - ¿Está enferma? - Tiene ochenta y cinco pirulos. - ¿Qué? - No hay que dejar que se pierda la pensión ¡No se la vamos a regalar al Estado! - Eso nunca - respondió Rolando. - Venite al cumpleaños de la vieja el sábado - Raúl sacó de una bolsa de supermercado un traje y una camisa - Hay que plancharlos un poco - se desprendió la corbata - Te la presto, cuidala y andá a eso de las siete, sabés que los viejos se acuestan temprano. El sábado la tía estaba de peluquería y se había puesto un broche de piedras ambarinas en la solapa del vestido azul. Rolando apareció engominado a las siete en punto. - Rolando, mi tía - los presentó Raúl. - Un gusto señora - Rolando le dio la mano y la tía le dio un beso en la mejilla. - Si va a ser mi esposo tenemos que tener más confianza. - Si señora. Comieron los sándwiches bajo la parra adornada con guirnaldas de papel crepé y tomaron vino dulce. Paco miraba desde un rincón. Raúl puso un valsecito criollo en el viejo combinado. - Lo único que le pido - dijo la tía al oído de Rolando mientras bailaban - es que cuide bien de Paco.

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Asamblea
irafas. - ¡Presentes! - Cebras. - ¡Presentes! En un claro de la selva africana, el Búho tomaba lista a los animales. Cuando terminó de nombrar a los que tenía en la planilla, escuchó la voz del Yaguareté. - ¡No me nombraste ché! - ¿Usted como se llama? - Yaguareté. El Búho hojeó la planilla. - No tengo a ningún Yaguareté en la lista - señaló tajante. - Ando de visita - respondió el yaguareté desde una rama. - Esto es una asamblea del reino, no se permiten extranjeros. - ¡Chamigo! En Corrientes no somos tan vuelteros. El incidente mantenía en silencio al resto de los animales. Las hormigas salieron del hormiguero para oír la discusión. Ninguno se animaba a intervenir. Sentían próxima la presencia del León. - ¡Se tiene que ir de esta asamblea! - repitió el Búho abanicando las hojas. - ¡Cuando se me den las bolas me voy a ir! - gritó el Yaguareté. La Leona llegó seguida por tres cachorros y se recostó debajo de un árbol. Miró de soslayo al Yaguareté y al Búho que todavía seguía moviendo las hojas. Los cachorros se arremolinaron bajo el vientre de la madre para amamantarse. El León apareció un momento después caminando regio con la cabeza erguida y luciendo la melena impecable. Se paró delante de la Leona. Algunos animales tragaron saliva. - ¿Sucede algo? - preguntó el León al Búho con la vista perdida en el follaje. El Búho hizo una reverencia. Acomodó las hojas y señalando al Yaguareté contestó: - Ése sujeto quiere quedarse y no debe participar de la asamblea si no ha sido invitado.
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- ¡Pajarón alcahuete! - insultó el Yaguareté al Búho y se dio cuenta que la Leona lo estaba observando - ¡Disculpe doña! El chimpancé rió. El León levantó la vista para examinar al Yaguareté y con el tono distante y autoritario con el que solía dirigirse a sus vasallos le dijo: - Le ordeno que se vaya de aquí. - Vení y sacame ¡Gato con peluca! - el Yaguareté, parándose, desafió al monarca . Nadie enfrentaba al León. Los animales no envidiaban lo que le tocaría en suerte al provocador. La Leona semidormida, abrió los ojos y los cerró. - No tengo necesidad de ensuciarme con un chapucero - el León mantuvo la compostura seguro de su poder. - ¡Te cagaste en las patas! ¡Maricón! - el Yaguareté, sonriendo, subió la apuesta. Un súbito estremecimiento recorrió la asamblea. Los elefantes, impasibles pero atentos a lo que ocurría, levantaron las trompas. - ¿Cómo se atreve a ultrajar al León? Si el pájaro Do Do desapareció después de haberle dicho que tenía una lagaña en el ojo - dijo el chimpancé a un elefante. - Majestad, no debe permitir semejante agravio - el Búho le cuchicheó en la oreja al León. El León giró y dio la espalda al revoltoso. - ¡Sos una gallina! - vociferó el Yaguareté. La tensión llegó al límite. Los animales, en silencio, se alejaron del árbol donde el Yaguareté había vuelto a recostarse en una rama. El León caminó hasta el hormiguero. Una hormiga grande con uniforme verde de vivos amarillos salió del hoyo acompañada por su estado mayor. - ¿Señor? - dijo la hormiga y con gesto marcial se cuadró frente al León. Sus compañeras hicieron lo mismo. - Mariscal - dijo el León a la hormiga señalando al Yaguareté ese intruso ha desafiado a la corona y debe ser aniquilado. - Si su majestad - el Mariscal y su séquito volvieron al agujero. - Querido ¿Por qué no dominas tus impulsos? - dijo la Leona a su consorte. El León no respondió. - Vení solito - desafió el Yaguareté.
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De pronto miles de hormigas salieron del hormiguero en tropel y llegaron a la base del árbol. Formaron un aro negro que se fue engrosando con el aporte de otros hormigueros. - ¡A la mierda! - exclamó el Yaguareté mirando la mancha que crecía para atacarlo. Afiló las uñas en la rama y sin perder de vista al León volvió a agredirlo - Además de maricón sos un patotero. El chimpancé volteó la cabeza para escuchar un silbido que llegaba desde el suelo. Una cobra negra había fijado la vista en el extranjero. Las hormigas subían por el tronco. El León miraba imperturbable la ofensiva. Un elefante se desprendió de su grupo y sacudiendo el suelo con sus pisadas se paró en el centro del claro. - No hay porque aniquilar al que te ha ofendido por culpa de un burócrata. Detén el ataque - el elefante con serenidad le decía al León lo que muchos pensaban y no se aventuraban a manifestar. - No me digas lo que tengo que hacer por el bien de la selva respondió el León sin darle importancia al elefante. Las hormigas seguían avanzando. El Yaguareté escaló hasta la última rama que podía sostenerlo. - Ya basta querido - demandó la Leona. - ¿Qué ocurre? ¿Estáis todos confabulados en contra mío? Estoy obligado a hacer lo que le conviene al reino - el León se mantenía firme. - Lo que le conviene a usted majestad - acotó el chimpancé que se había sentado delante de las patas del elefante. - ¿Cómo osas decirme tal cosa? Acaso no sabes quien manda aquí - espetó el León al chimpancé dándole un zarpazo que el mono logró esquivar. - Usted no manda, usted debe gobernar - el chimpancé temblando, le gritó al León. - Si llego a bajar te rapo - gritó el Yaguareté desde lo alto. El Yaguareté, acosado por las primeras hormigas que le picaban las patas, brincó para caer sobre otra rama. En tres saltos llegó al suelo y trepó a otro árbol. - Después te toca a vos - el Yaguareté con el lomo erizado amenazó al León. La demostración del forastero dejó boquiabiertos a los
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animales. El León rugió furioso y con los ojos inflamados gritó: - ¡Cobras aquí! El bramido se escuchó en toda la selva. Los animales abandonaron en estampida el claro. El elefante volvió al río, el chimpancé se colgó de una rama y la Leona les ordenó a los cachorros que se subieran a su lomo. El Yaguareté no se movió. El León dijo entre dientes: - La selva es mía. - Te ves ridículo - se escuchó decir a la Leona. - Tú, mala madre, cierra la boca - el León contestó enardecido a su compañera. El Yaguareté, irritado por la ofensa dirigida a la Leona, bajó del árbol para lanzarse a la carrera y plantarse de cara al León. - ¡Añá membuí! ¡Me cansaste ché! - Imbécil, no sabes con quien te enfrentas - el León gruñó mostrando los colmillos y le lanzó un mazazo. - ¡Le erraste! El León asestó otro zarpazo. El Yaguareté lo esquivó y en un rodeo veloz se metió entre las patas traseras del León y gritó: - ¡Te voy a masticar las creadillas! Las cobras llegaron. - Maten a éste… - el León no terminó de dar la orden y lanzó un tremendo grito de dolor. Ninguna cobra intervino. Cuando el Yaguareté salió de abajo del cuerpo del León se dio cuenta de la presencia de las serpientes. - ¡Puta! Parecen yararás con alas - exclamó mirando el enjambre de cobras. La cobra más grande reptó hasta quedar frente a él. - Has matado al León. Serás nuestro rey - le anunció. - ¡Estás borracha chamiga! Este tipo todavía está vivo. Los animales se acercaron y rodearon al León en silencio. El Búho permaneció escondido. A pedido del Yaguareté dos pájaros tijera le cortaron la melena al León. Los animales se taparon la boca para disimular la risa y una iguana sorda

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Bombero
omé la leche apurado para llegar al potrero. Terminé el tazón y salí corriendo. No podía estar ausente en el momento en que se armaban los equipos. - Pan, queso, pan, queso. Chala y Nariz, enfrentados unos metros avanzaban uno hacia otro. Daban los pasos apoyando talón contra punta. Cuando Chala tocó con los “championes” la punta del botín de Nariz, tuvo el privilegio de empezar a elegir jugadores. - Al Toti - señaló el Chala. Toti era el crack. - Pocho - Nariz, eligió al único que podía rivalizar con Toti. Los demás fueron elegidos de acuerdo a su calidad de patadura. Pasaban y se colocaban atrás de los electores. Quedé en el equipo de Chala. - Juguemos sin arquero - dijo Nariz cuando se dio cuenta que su equipo tenía cinco jugadores y el otro seis. - Mala suerte - dijo Chala con malicia. Fijaron los límites de la cancha marcando una línea en la tierra con la punta de una rama. Chala acomodó dos ladrillos a modo de arco y me mandó de arquero. No quería ser arquero. El partido empezó con un pase del Toti al Chala. Gritábamos cada vez que uno tenía la pelota de goma en los pies. El Pocho me hizo un caño y metió el primer gol. - ¡Que haces pibe! ¡Aviváte! - me gritó el Chala. Bajé la cabeza con bronca y saqué la pelota tirando al medio. Esperaba que el Toti metiera el gol del empate. No lo hizo. Quedaba poca luz. El picado llegaba al final. El primer gol gana, convinimos. El Chala barrió a un atacante. - ¡Penal! ¡Penal! - gritó uno. - ¡Ma que penal ni penal! - negó el Chala. Negamos todos. - Fuera del área - tanteé. - ¿Qué área? - me gritó Naríz metiéndome los cinco dedos sobre la cara. - Vale tiro libre, estaba lejos del arco - apuntó uno de mi equipo.
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- Es penal - concluyó firme Pocho. - Ufa che, con penal no vale - dijo Chala resignado. Este no me lo van a hacer. Estaba tenso. No sabía quién iba a patear. Si patea el Gordo lo atajo. El que dio el paso adelante fue Tucu. Era medio tronco para la gambeta, pero tenía el zapatazo de un caballo. Tomé coraje. ¡Vamos Tucu! ¡Dale Tucu!, lo alentaban. El Tucu se paró, levantó la pelota y la escupió. Estoy agazapado. Giro la cabeza y veo los ladrillos que tengo a los costados. Mido el arco. Observo los movimientos de Tucu. Abro los brazos, separo las piernas y me afirmo al piso casi de rodillas, listo para saltar. El Tucu toma carrera y en dos zancadas le pega a la pelota un puntapié fulminante. La pelota silva. Choca con mi mano ubicada en el lugar justo. El rebote le cayó al Toti. Eludió dos rivales. Corrió hasta el arco contrario y metió el gol. Ganamos. El Chala me levantó en andas. No tuvo que esforzarse. Yo era el más chico. Al día siguiente en la escuela la maestra me preguntó: - ¿Qué querés ser cuando seas grande? - Bombero - le respondí. A mi viejo le hubiera dicho otra cosa.

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Efrits
s la hora - pensó. Abdul, el prometido, entró a la tienda en el desierto. Se quitó el fino calzado y hundió las manos en la jofaina para volcarse agua tibia sobre la cara. - Alá te haga sufrir el doble de lo que sufro yo - murmuró recordando a su padr, el Sultán de Bagdad. Extendió la alfombra. Se arrodilló orientando el cuerpo en dirección a La Meca e invocó al Altísimo besando el suelo. Cuando terminó la oración se acostó sobre los almohadones y estiró las piernas. Entre los dedos de los pies descalzos, observó como descendía el sol sobre el horizonte. La noche era fría. Abdul tuvo que acostarse entre los sirvientes apretujados unos contra otros. Al amo, la sola idea de compartir una noche con los siervos, le había provocado un ataque de arcadas. Los preciosos cortes de telas de la India y de la China no sirvieron esa noche para abrigarse. Abdul no durmió bien. - Alá concédeme la voluntad para llegar a destino y líbrame de más privaciones - oró besando la tierra al despuntar el alba. El eunuco Hassan le acercó una fuente de plata con dátiles y salpicó con gotas de azahar el torso descubierto de su señor. Abdul ordenó que se desparramaran pétalos de flores en la tienda. Con buen humor mostró el grueso anillo de oro que lucía en el dedo medio de la mano derecha, para que nadie se olvidara de quién era él. Hassan, en su condición de favorito de Abdul, dio la orden de partida. A media tarde llegaron al oasis Al Haddar, último paño verde antes de llegar a la Ciudad. La princesa Fahima había amanecido feliz luego de la revelación que tuvo durante la noche: dos Efrits, musulmanes y creyentes, ponían frente a sus ojos el velo azul bordado con brillantes, que usaría la noche de bodas. Era un buen augurio. La gente de la Ciudad esperaba la boda real con esperanza después de largos años de infortunio. Para la ocasión se
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entregaron uniformes, lanzas y alfanjes nuevos a los defensores del reino. Los pasteleros elaboraron golosinas. Las callejuelas del zoco fueron liberadas de basuras y trastos y las paredes fueron pintadas de blanco. El nazareno Jeremías cosía con ahínco y esmero la vestimenta del Emir. Tenía dos días para terminar el encargo bajo amenaza de ser azotado en el Palacio Real. Nunca antes le habían dado semejante responsabilidad. A Jeremías no le provocaba temor la confección del traje, sino el poco tiempo que le quedaba para terminarlo. Sobre la mesa tenía las telas, las agujas e hilos que el Sultán de Bagdad había hecho llegar como obsequio al Emir. - ¿Por qué no me han traído antes todo esto? - decía Jeremías. La esposa, tan cristiana como él, lo acompañaba en su aflicción dándole ánimos. Le servía agua, pan y arroz, mientras él cosía el magnífico encargo. El sastre trabajó la primera noche sin descanso. A la mañana se quedó dormido sobre el molde de tela sosteniendo la fina aguja de oro. Una ráfaga movió la cortina que separaba el taller del dormitorio. La aguja se le escapó de entre los dedos y dio dos vueltas en el aire. El hilo azul persiguió al ojal hasta que se metió dentro de él. La punta de un sedal verde fue en su auxilio metiéndose por el agujero. La aguja recién fue liberada cuando terminó todas las costuras. En el patio central del palacio, la princesa Fahima caminó hacia la fuente. En dos días tendría frente a si al hombre a quién serviría toda la vida, muchas cosas bellas le habían contado sobre Abdul. Dispuesta a beber, se soltó los velos que le cubrían la cara y se miró en la fuente. No vio su imagen. Observó las ondulaciones provocadas por el goteo. Tapó con la mano el manantial y la superficie quedó lisa como un espejo, tampoco pudo encontrarse. Asustada corrió arecluirse en la alcoba. Lloraba y cada gota que caía de sus ojos se transformaba en una mariposa. Un vapor celeste convirtió el agua de la fuente en un manantial de miel donde abrevaron las mariposas multicolores. El rostro de la princesa quedó grabado en el agua.

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La Ciudad dormía. Omar, el jefe de la guarnición, hacía cumplir las órdenes del Emir: permanecer alertas a toda hora y actuar sin temor ante cualquier incidente que pudiera enturbiar la fiesta. El viento del norte trajo una brisa fresca. Los soldados sintieron alivio. De pronto, las ráfagas se transformaron en lenguas de fuego. Omar y sus hombres apenas pudieron avisarse. Los de las murallas altas levantaron en vano las lanzas, tratando de lacerar las llamas. Los soldados rezaron. Omar corrió hacia la Mezquita y subió al almuacín. Desde allí anunció las cinco llamadas para la oración. Cayeron las primeras gotas. La tormenta fue de la misma proporción que las llamas. Los elementos luchaban sobre el fondo negro. Las lenguas de fuego se retorcían a cada estocada del agua, rugiendo como animales heridos. Al final de la pelea aparecieron la luna y las estrellas como si nada hubiera ocurrido. Omar salió de la Mezquita y se rindió al profeta al pisar el suelo seco. A la mañana informó al Emir de lo ocurrido. Abdul prefería detenerse por la noche. Avanzaba de día en una litera con dosel colocada a horcajadas entre los caballos de tiro. Cuando llegaron al oasis Al Haddar, hombres y mujeres agradecieron al profeta la buena ventura de encontrarse bajo las palmeras, junto a la laguna. Abdul y el eunuco se refrescaron desnudos lejos de los otros. Entre tanto el campamento fue armado para pasar la noche. Habían sido selladas con hojas de palma todos los resquicios de las tiendas, para evitar que pasara el aire frío. El eunuco Hassan durmió con Abdul. Lo despertó con las primeras luces. Abdul tuvo una buena noche. Si marchaban a buen ritmo, al atardecer estarían frente a las murallas de la Ciudad. El día de la víspera de la boda los comerciantes prepararon desde temprano las mesas, los utensilios y las mercancías. Los sirvientes y esclavos de la familia real estaban atareados en los preparativos de la fiesta.

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Después del mediodía, Omar y dos guardias fueron hasta la sastrería. Uno golpeó a la puerta. Jeremías abrió. Llevaba en las manos el delicado traje del Emir. No recordaba como había hecho para terminar su labor. Los soldados hicieron un gesto de aprobación y se retiraron con el traje. El sastre recibió una hora después por medio de un mensajero, la invitación para presentarse al día siguiente por la tarde en el Alcázar. El ofrecimiento lo inquietó. - El traje no fue del agrado del Emir, me azotará - le dijo a su mujer, acongojado. La esposa lo alentó diciéndole que quizás era para recompensarlo. - No debería preocuparme tanto, mi esposa tiene razón, el Emir no puede rechazar esa maravilla. La gente salió a las calles al terminar la última oración del día. Cuchicheaban sobre la bondad del Emir. No hablaron de las desgracias pasadas. Nadie usó la mano izquierda ni siquiera para tomar una taza de agua. Muchos colgaron ristras de ajo contra el mal de ojo y otros fueron hasta el cementerio para impedir que las álgolas se alimentaran esa noche. Miraron el cielo esperando que los Efrits, bondadosos y creyentes, se unieran a su alegría. Desde lo alto de una colina un hombre montado en un caballo blanco observó las murallas de la Ciudad. Galopó hasta la entrada. Los guardias dieron el alerta. Para los soldados, el joven cabalgando solitario por el desierto no podía ser otroque el príncipe consorte. Una vez que el jinete pasó bajo el arco de la entrada lo saludaron con reverencias. Tres soldados lo acompañaron hasta la estancia del Emir. En el trayecto los habitantes se arremolinaron a su alrededor y lo saludaron con las manos en el pecho agachando la cabeza. Nadie conocía el rostro de Abdul. No hubo nada que impidiera que el joven Mahamud se hiciera pasar por el prometido de la princesa Fahima. El Emir y su sequito saludaron al recién llegado con afecto. En la sala principal, el falso Abdul, se inclinó ante el emocionado anciano. Terminada la ceremonia se sentaron en círculo sobre cojines. Trece sirvientes llegaron con bandejas llenas de manjares.
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La sala principal del Palacio estaba rodeada por columnas rematadas en arcos ojivales. La luz se difundía en la penumbra. Podía escucharse el rumor del agua corriendo detrás de las paredes. Fahima se enteró por una doncella, de la presencia del prometido. Se acercó a una de las entradas de la sala y detrás del pesado cortinado observó, sin ser vista, al que creía su futuro esposo. La belleza del hombre la deslumbró. Olvidó lo ocurrido en la fuente la tarde anterior. No sintió temor. Mahamud era un hábil charlatán y pasó sin inconvenientes la prueba. Con aventuras e historias de caza entretuvo a los presentes. El Emir dio por terminada la reunión y ordenó a dos eunucos que acompañaran a su futuro yerno hasta el dormitorio, en el ala norte del Palacio. Si Abdul era un zángano que disfrutaba de sus privilegios, Mahamud era un bandido inteligente y hábil. Se enteró de la historia de la boda en una ciudad cercana y decidió llegar un día antes para planear la fechoría. El sinvergüenza tenía buen porte. Los ojos negros y grandes habían deslumbrado a más de una doncella y su forma carismática y amable era bien recibida por los hombres. Luego de un día de marcha sofocante, la caravana de Abdul llegaba a la Ciudad. El eunuco Hassan apeándose de su mula se acercó a la entrada y cruzó unas palabras con el guardia. Volvió hasta donde se encontraba Abdul. Le dijo que sólo permitían el paso a aquellos creyentes que tuviesen una fuerte razón para entrar en la ciudad, en caso contrario les destinarían un lugar donde pasar la noche fuera de la muralla. Al enterarse de esta novedad, Abdul de mal humor bajó de la litera. Solicitó a viva voz a los cuatro centinelas que dejaran entrar al futuro príncipe y los amenazó. El portalfanje a cargo no le creyó una palabra a Abdul. Los sirvientes miraban con temor. Sabían muy bien la poca paciencia que solían tener los soldados. Uno de los guardias apoyó la punta de la lanza sobre el pecho del irascible Abdul, con intención de traspasarle el cuerpo. El príncipe lanzó un grito y levantó los brazos. Un fuerte hipo se apoderó de él. Viendo que las cosas Podían empeorar Hassan fue al rescate. Tomó al amo por la cintura y lo cobijó. Abdul lloró su mala suerte en el hombro del Negro. Odiaba casarse y el desierto, odiaba la incomodidad.
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Una mujer que caminaba con destino a la mezquita observó el espectáculo y se acercó hasta el lugar donde Abdul abrazaba a Hassan. Habló al oído del negro mientras el amo gemía. El eunuco informó al príncipe que la extraña era la hechicera Abriza. Abdul rogó a la bruja que realizara un prodigio. Pidió que lo enviara de vuelta a Bagdad junto con Hassan. La maga le negó el pedido. - Solo los Efrits pueden hacer que los creyentes viajen por el aire - le dijo. Abriza, astuta y ambiciosa, le propuso a Abdul convertirlo en un animal que atravesara la Medina y llegara al Alcázar a cambio de cien monedas de oro. Abdul se horrorizó. No se veía como perro, gato o cabra. No aguantaría ser un cuadrúpedo. Hassan se ofreció para la misión. Nadie mejor que él para desentrañar el motivo que les impedía entrar apalacio. Abdul lo besó. La bruja pidió al negro que escogiera un animal. - Conviérteme en un cuervo - solicitó Hassan. Con un misterioso lenguaje, tocando la cabeza del negro con la mano derecha, Abriza realizó el hechizo. Frente a la vista de todos, apareció un cuervo graznando con voz destemplada. Abriza pidió entonces cincuenta monedas para transformar a otro hombre en el guardián de Hassan. Abdul conmocionado por el sortilegio, llamó al mejor hombre del séquito, Malik. Entonces Abriza conjuró a Malik convirtiéndolo en un gran halcón gris de alas blancas. Antes de partir la hechicera les advirtió que sólo podrían recuperar sus cuerpos cuando regresaran trayendo noticias. El cuervo y el halcón alzaron vuelo. Un arquero les disparó cuando los pájaros aparecieron sobre el palacio. La flecha dio en el corazón del cuervo que cayó a los pies del guardián convertido en un hombre negro. - Alá me iluminó - dijo sorprendido el arquero. El halcón voló hasta el descansillo de una ventana y desde allí vio el cuerpo de Hassan llevado por cuatro guardias hasta un pozo donde lo tiraron y lo cubrieron con tierra. Un sirviente de Fahima atrapó al distraído halcón con una redecilla y lo encerró en una jaula de oro. Una nube negra pasó sobre la ciudad. Abriza presagió la muerte de Hassan y quiso revivirlo. Elevó una frase, pero algo
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extraño lo impidió. La tardanza de los pájaros emisarios preocupó a Abdul. Tuvo un mal presentimiento. Bajo amenaza de no pagarle, obligó a la bruja a hablar. Ella mintió para ganar tiempo. Le dijo que Hassan había caído prisionero. Abdul maldijo una y mil veces su destino. Cayó de rodillas y golpeó el suelo con los puños. Rogó que Alá se apiadara y le permitiera recuperar al amado negro. El jefe de la guardia llegó cuando el príncipe se arrodillaba frente al centinela. Un soldado le informó lo ocurrido. Omar pidió a Abdul que repitiera la historia, luego de lo cual le dijo que un prometido de la princesa ya estaba en la Ciudad desde el mediodía. Abdul no dio crédito a sus oídos. Un impostor había tomado su lugar. Omar le ordenó que esa noche acampara allí. Por la mañana sería llevado ante el visir para que dijera su verdad. Era mandato de todo buen creyente decir la verdad. Abdul, satisfecho, no se preocupó de volver a pasar una noche a la intemperie. Dentro del Palacio se hacían los últimos arreglos para engalanar patios, salas y alcobas. Los fastos de la ceremonia serían cantados por los poetas de todo el Islam. Mahamud instalado en su recámara ordenó que le trajeran ropas y adornos, comida y bebida. Pidió a un eunuco que le enviara una esclava y se quedó con tres. Pasó la tarde disfrutando. En la habitación de Fahima, la princesa y dos doncellas hablaban de la belleza de Mahamud. Fahima tomó de las manos a una de sus acompañantes mientras la otra le alisaba el pelo. Los perfumes rezumaban de botellas multicolores. Un sirviente se presentó en la habitación llevando la jaula de oro con el halcón gris de alas blancas. Fahima miró con dulzura al halcón prisionero. Abrió la jaula y tomó al ave entre sus manos. De los ojos del halcón brotaron lágrimas. - Quién necesite de mí por su dolor, quien quiera que sea, recibirá el calor de mis palabras. Alá sabe de mi bondad. El más grande me ilumina para darte la paz que tu alma necesita - recitó Fahima. Las palabras de Fahima rompieron en parte el hechizo y el halcón comenzó a hablar:
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- ¡Oh! Princesa alabada seas por la gloria del profeta. Él te ha hecho hermosa. Que nunca nadie traicione tu buen corazón Malik por boca del halcón contó la razón de su desgracia Sabrás princesa que he sido hecho halcón por voluntad del príncipe Abdul. El hermoso rostro de la princesa se turbó. El embrujado continuó: - Tu futuro esposo llegó a la Ciudad por la tarde pero no le dejaron entrar. Una hechicera convirtió a dos de sus hombres en aves para llegar hasta aquí y descubrir la causa. A uno lo atravesó una flecha en pleno vuelo. Yo fui capturado para ser tu obsequio. - No es posible que sea cierto, el príncipe Abdul está junto a mi padre - dijo la princesa. - Deja que me cerciore princesa. Volaré sin ser visto y volveré para decirte si es tu prometido es el que está con el Emir. - Calma mi aflicción buen halcón. Vuela y dime la verdad ordenó la princesa. Las voces de los hombres reunidos en el patio central del palacio llegaban con nitidez hasta el halcón que observaba desde un alero. - ¿Que has visto? - preguntó con ansiedad Fahima cuando el halcón regresó. - Ninguna de las personas que están con tu padre es el príncipe Abdul. Abriza se estremeció al darse cuenta de que alguien había tenido suficiente poder para destruir su magia. Había fallado dos veces, no podría tolerar una tercera. Deshizo el hechizo sobre Malik. En el momento en que el halcón nombró a Abdul volvió a la forma humana. Las tres mujeres quedaron sorprendidas al al contemplar al apuesto Malik. - Debes irte pronto de aquí. Si la guardia te descubre serás degollado - le dijo la princesa. - Que Alá guíe tus pasos, sólo tu sabes mi secreto hermosa Fahima - contestó Malik y salió del aposento. Malik se lanzó a la carrera por una galería. Atravesó la ventana de un salto y cayó dentro de un estanque. Un guardia lo vio y puso a los demás en alerta. Era buscado en todo el palacio. Salió del Alcazar sorteando la vigilancia y se acercó a una tienda iluminada en la ciudad.
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- Por la gloria del altísimo buen hombre, si eres creyente déjame entrar a tu casa. Me persiguen por una causa injusta Malik habló fatigado. - ¿Quien eres? - Si me ayudas te contaré mi historia, déjame entrar. - Esta casa esta bendecida por la Virgen. Si entras a ella deberás respetar mi fe - replicó en voz baja el hombre. - Alá el más grande, ha dicho a través del profeta que no harás violencia a los hombres por causa de la fe. Recíbeme y ayúdame. Tu Dios te lo agradecerá nazareno. La puerta se abrió. Malik entró, momentos antes de que los guardias aparecieran. - Te doy las gracias por tu buena acción - dijo. - Corre peligro mi vida si te encuentran aquí - contestó Jeremías - Ven, te esconderé en mi tienda bajo algunos cortes de tela. Por la mañana desde el minarete, el almuecín llamó a oración. Malik se arrodilló y elevó sus plegarias. Jeremías y la esposa lo atendieron mientras permaneció en la tienda. El sastre le confeccionó un manto para que disimulara su ropa. Le dieron leche y frutas de desayuno. Malik se despidió del nazareno prometiendo recompensarlo por su noble gesto. El visir era un hombre sabio. Esperó que Abdul terminara su relato y dijo: - Veo que pareces noble. Si lo que dices es cierto tendrás tu premio. Espera que haga algunas diligencias - y se retiró de la sala. Abdul percibió que se terminarían sus penas. Esperaría y cuando la situación se aclarase, se vengaría de los que le habían hecho sufrir tanto. Fahima durmió mal. Pensaba en el relato del halcón y recordaba los ojos de Mahamud. Su corazón se alejó del impostor y se acercó al valeroso Malik. Mahamud se sentía en el mejor de los mundos. Por la tarde se convertiría en príncipe. Mucho más de lo había imaginado. El Emir despachó por la mañana cuestiones de gobierno. Cuando el visir le solicitó audiencia, le dijo que no quería dispensarle atención a nada que no fuera la boda de su hija.
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A la tarde el nazareno fue recibido en palacio. El visir, el jefe de la guardia y diez portalfanjes estaban presentes cuando el Emir mostró orgulloso, el fino traje que el sastre había hecho. - Aunque Alá el más grande no anide en tu corazón - dijo el noble - pagaré con cien monedas de oro tu labor. El nazareno de rodillas y con la cabeza gacha se alivió y agradeció la recompensa. - Y ahora buen sastre ¿Quieres decir algo a tu Emir? Jeremías recordó a Malik y su increíble historia. Si la callaba cometería un acto horroroso a los ojos de Dios. Suplicó que fueran castigados él y su familia si lo que iba a decir no era cierto. - Habla con la verdad en tu corazón nazareno - le dijo el soberano. Jeremías se apaciguó y con palabras claras contó en detalle lo que había escuchado de la boca de Malik. El soberano ordenó sin vacilar: - Buscad al farsante y traédmelo. Traed también a Abdul y al fugitivo Malik. Los guardias buscaron a Malik por la ciudad. Los habitantes fueron enterándose de lo que ocurría. El pastelero le avisó a un oficial que había visto un extranjero caminando con destino incierto. En pocos minutos Malik fue encontrado, rodeado y llevado junto a Mahamud y Abdul al palacio. Abdul reconoció a Malik. Mahamud rogaba que no se hicieran realidad sus peores pensamientos. Fuertemente custodiados entraron a la gran sala de audiencias. El Emir esperó que los reos se arrodillaran. Abdul se resistía a postrarse, una oportuna punta de lanza apoyada sobre su espalda, lo convenció. - Un noble no debe arrodillarse para hablar salvo frente al altísimo - dijo Abdul un momento antes de caer de rodillas. - Levántate. Recuerda que te ahorcaré si mientes - contestó el Emir. - Mi verdad puede ser atestiguada por uno de los presentes Abdul hablaba con la voz aflautada. - ¿Quién es ése hombre? - preguntó el Emir. - Malik, el desposeído que ha viajado conmigo desde Bagdad - afirmó el príncipe. - Tú, Malik, dinos si eso es verdad.
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- Es verdad Su Majestad, pero no soy un desposeído, soy el Sultán de Alhima, la ciudad que una maldición borró de la faz de la tierra. - Levántate y cuéntanos tu historia - dijo el soberano. El Sultán de Alhima se puso de pie y relató los días desde que salió de Bagdad en el séquito de Abdul. Cuando terminó de hablar el Emir dijo: - Que Alá sea contigo. Creo en tus palabras. Serás recibido de acuerdo a tu rango. Aséate y pon tu cuerpo a descansar, te veré mas tarde. El Emir se dirigió a Mahamud: - Tú, mentiroso y ladrón, serás decapitado antes de que se ponga el sol. El desgraciado aún de rodillas rogó por su vida. Abdul, de pie con los brazos cruzados, esperó que el llanto del sentenciado terminara y mirando al soberano pidió por la vida del oportunista descubierto. Propuso tomarlo como esclavo en reemplazo de Hassan. Prometió que él mismo lo mataría ante la menor falta. El Emir quedó perplejo ante tan inusual solicitud. Pensó durante unos minutos y concedió el pedido con la condición de anular el contrato matrimonial. Abdul accedió de inmediato. Malik al quedar libre corrió a la alcoba de la princesa. - Ven, si quieres disfrutar de los jardines, ven y mira. Tu corazón olvidará las penas a la vista de las flores que me visten - dijo la Princesa. - Voy a ti, debes quedarte entre las gotas frescas del rocío respondió Malik. - Ya podemos retirarnos a nuestro mundo. Sígueme, la luna esta cerca, llegaremos en un suspiro. - Voy contigo hemos cumplido nuestros deseos. Así hablaron los Efrits, musulmanes y creyentes.

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Allá lejos
ecesito alejarme para dar un nombre diferente a las cosas - dijo la vieja Grace en el té canasta. Alice, Paty y Jimmy la miraron distraídos y siguieron con la jugada. Grace no asistió a la reunión del Rotary el domingo y fue a la Reserva Ecológica de la costanera. Sentada al borde del río oyó el alboroto de los pájaros que bajaban a tomar agua. Country cry, escribió en su libretita. Al anochecer fue al centro. Entró a un bar y ordenó un té con un tostado. Decía siempre que una cena light era fundamental para conservar la lucidez y la sensibilidad. Abrió un cuento de Abel Rodríguez para acompañarse durante la frugal cena. - Una leche - oyó en el oído derecho. Leyó: No puedes como los demás sentirte alegre, aunque desearías gritar igual que ellos. - Una leche - repitió el chico. La voz impertinente le hizo abandonar la lectura. El pibe tendría unos ocho años, la cara sucia con moco y la nariz roja por el frío. - Una leche. La vieja Grace le dio una moneda. - Señora, cuando compre la leche se la voy a mostrar. - Hacé lo que quieras, la moneda es tuya - dijo ella y siguió con la lectura. Cuando leyó: Vas rozándote con los que no conoces, te manosean y hasta te tratan como a las bestias, levantó la vista y miró por la ventana. El chico, en la vereda, sacaba del changuito repleto de cartones el envase de leche. Se lo mostró. Ella le hizo un gesto de aprobación y lo llamó para que se acercara. - ¿Cuál es tu nombre de pila? - le preguntó. El chico no quiso contestar o no entendió. - Te llamas Richard, no lo olvides. - Gracias señora por ponerme un nombre nuevo - contestó el chico. De allí en más el cartonero se llamaría Richard.
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La patrona
atrón se me hizo tarde - dijo el muchacho cuando llegó a la fonda. Cargaba en los brazos un bebé que al entrar arrojó el chupete y se puso a llorar. El patrón era un viejo que escupía mientras hablaba. Le faltaban los dientes y en la comisura de los labios se le juntaba una baba blanca y espesa que salpicaba cada vez que pronunciaba la pe. - Deje al pibe y póngase a limpiar - le ordenó al muchacho. La patrona al escuchar el llanto se acercó levantando polvo del piso de tierra. - Al fin - exclamó. Tomó al chico en los brazos y sentada en una banqueta junto al mostrador lo prendió al pecho. - Vieja chiflada jugás a la mamá para no hacer lo que tenés que hacer - protestó el viejo y la tironeó de los pelos - Andá a buscar el pedido a lo del Cholo. El bebé había dejado de llorar. Ella lo puso en el canasto del pan y salió con el canasto a la calle. En la furgoneta lo acomodó en el asiento de atrás y partió hacia la ciudad. El viejo se sentó a tomar vino y el muchacho a lavar el pilón de vasos acumulados en la pileta. - A ver cuando te conseguís una mujer - le dijo el viejo Pareces un marica cargando con ese pibe. El muchacho estaba limpiando el mostrador. - Hace falta plata para mantener una mujer - le contestó. El viejo terminó la botella de tinto y abrió otra. La patrona pasó por la puerta del almacén de Don Cholo. No se detuvo, siguió hasta la ciudad y estacionó lejos del centro. Antes de bajar se tiznó la cara con un trozo de carbón que llevaba en la guantera y se cambió los zapatos por unas alpargatas rotas. Con el bebé en los brazos caminó varias cuadras hasta llegar a la zona concurrida y se paró en un semáforo. - Una monedita por el amor de Dios - pidió en la ventanilla de un auto. Siguió pidiendo hasta entrada la tarde. Cuando el bebe volvió
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a llorar le dio la teta sentada en un zaguán. - Si no fuera por vos - le dijo y lo besó en la frente. Compró una cerveza fría y la tomó en la furgoneta. En el camino de regreso paró en el almacén. Antes de bajar se limpió la cara. - Vengo por el pedido - le dijo al dependiente. - Ya está preparado doña. En este paquetito está el lápiz de labio que me encargó. ¿Se lo anoto en la cuenta? - preguntó el joven. - Eso lo pago yo - dijo la patrona y guardó el paquetito en el corpiño. Le cargaron el pedido en la furgoneta. Estaba oscuro cuando llegó a la fonda. El muchacho había terminado de trabajar y esperaba en la puerta. Entró los cajones de bebida y las bolsas de las compras. - Chau, Doña - le dijo el muchacho y le tocó los pechos. Ella le dio al bebé. - Hasta luego - dijo la patrona y le acarició la cara al muchacho. A la noche el viejo sentado en la mesa charlaba con los parroquianos mientras la patrona con los labios pintados de rojo despachaba bebidas en el mostrador. Después de varios vasos de vino el viejo quedó adormilado. Entonces la patrona fue hacia la puerta. - Todavía se conserva buena moza la patrona - dijo un cliente cuando la vio salir. - El viejo es un miserable pero ella se las rebusca - murmuró otro. La patrona abrió la furgoneta y se sentó en el asiento de adelante. Cuando prendió y apagó varias veces las luces, apareció en la oscuridad el muchacho del bebé y subió avehículo. En la fonda continuaron tomando hasta que alguien pidió por la patrona. El viejo seguía durmiendo cuando ella entró. Tenía los labios despintados y el escote abierto. Al pasar hacia el mostrador fue golpeando con gracia los hombros de los parroquianos. - Lo que tiene de bueno la patrona son las tetas - gritó un cliente. Levantaron los vasos y brindaron a su salud.
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El hijo de Horacio
l viejo caminó hasta el extremo de la piscina. Estiró los brazos, juntó los pies y se tiró al agua de cabeza con un estilo perfecto. - ¿Quién es? - pregunté sorprendido. - El hijo de Horacio - me dijeron. Cuando fui para el vestuario, los amigos lo esperaban con una tortita y una vela para festejarle los noventa años. Después del festejo se engominó el pelo y se fue tarareando un tango. No lo volví a ver esa semana y eso que fui todos los días como me había recomendado el médico. Pero conocí a Horacio, un viejito de noventa y tres años. Me lo señalaron cuando estaba haciendo la plancha en los tres metros. Esperé a que saliera del agua. - Que bien nada, abuelo - le dije. - Abuelo, las pelotas - me respondió. Se puso la toalla alrededor de la cintura y se fue al vestuario. Me quedé nadando. No me gusta la natación, pero el médico me la había recomendado junto con una lista de pastillas, dieta y controles semanales de presión. Cuando fui al vestuario, Horacio se estaba vistiendo. - Disculpe si lo ofendí - le dije. - No es nada, m' hijo. Abrí el armario y saqué la ropa. Me acordé de que era la hora de la pastilla de las ocho y la tomé. - ¿Qué está haciendo? - me preguntó el viejo. - Tomando los remedios. Horacio meneó la cabeza. - Esta juventud de ahora - exclamó mientras se iba fumando un habano. Yo no podía fumar, me empeoraba el dolor de estómago que de por si tenía en el último tiempo. Es por los remedios me decían los muchachos del club. Gastritis, me dijo el médico y me mandó una serie de estudios espantosos. Después de los estudios me agregó medicación. Me sentí mejor del estómago pero me vino gripe.
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Le bajaron las defensas, me informó el médico. Son los remedios que tomás, me dijeron los del club. No quise volver a la pileta para que no me dijeran más nada de los remedios. Tenía miedo de tomar el colectivo por si chocaba y de pasar bajo un balcón por si se caía una maceta. Pánico, dijo el médico y me dio nuevos remedios. No quería matarme pero el vacío me daba miedo y a la vez me atraía. Me tiré por el balcón de casa. Por suerte no morí. Estuve unas semanas internado en el hospital por fracturas. Los de la pileta me vinieron a visitar. - Amigo. Búsquese un amor - me dijo el hijo de Horacio. No volví a caminar. Quedé en casa jubilado por invalidez, con una pensión mínima y al cuidado de una vieja enfermera que aún me asiste. Es una tipa jodida. Tendría que conseguir otra pero no se cuantos trámites hay que hacer para cambiarla. Del club no supe más nada hasta hoy, cuando recibí la llamada de uno de los muchachos. Dijo que seguramente me interesaría ir al entierro de Horacio y del Hijo de Horacio. - ¡Pobres viejos!- dije apenado - ¿Qué les pasó? Andaban los dos detrás de una minita del club y se retaron a un duelo de armas. Los dos tuvieron perfecta puntería. Fue un espectáculo. Antes del reto se hicieron tomar un video donde dejaron saludos para todos, incluso para vos ¿Qué es de tu vida?

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El celular
ola ¿Ya estás lista? - Si. - Te estoy esperando abajo. Ella se apresuró a cerrar el bolso y bajó. Desayunaron en el bar de la esquina. - Te llevo pero no voy a poder quedarme - dijo Antonio Tengo que reunirme con mi socio. - Seguro que te quedás por tu mujer. - Lucía, no hinches. Para vos es fácil, tu marido siempre está de viaje, me gustaría que tuvieras un quilombo como el mío. Adrede, Antonio pulsó una tecla del celular. Le preguntó cosas y ella contestó. Hizo unos chistes y ella rió. Pagaron y partieron. Cuando llegaron al hotel de Baradero, Antonio bajó el equipaje. - Buenos días - los recibió la señora gorda. - Buen día. Soy la señora Lucía Parma, reservé una pieza por el fin de semana. La mujer revisó los papeles. - La pieza es para uno - dijo y los miró por encima de los anteojos. - Yo no me voy a quedar - aclaró Antonio - Soy el chofer de la señora, subo con ella para alcanzarle las valijas - Lucía sonrió. - La habitación es la ciento uno - señaló la gorda mirando con desconfianza. Subieron por la escalera. La habitación tenía la cama pegada a la pared y la ventana abierta. Se besaron. Él le sacó la ropa. - Sacáte los pantalones, va a ser más cómodo - balbuceó ella. - No hace falta. Antonio se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones hasta los tobillos. - Me gusta boca abajo - dijo Lucía y se puso de espaldas. Una voz áspera desde un parlante pasó anunciando verdura fresca. Cambiaron varias veces de posición y terminaron los dos agitados mirando el techo
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- Vamos a comer algo - dijo Antonio y subió los pantalones. Salieron del hotel acomodándose el pelo con las manos. Cuando llegaron al auto él manoteó el cinturón. - No tengo el celular ¿Lo habré dejado en el auto? Lo buscaron por el interior del vehículo y no lo encontraron. - ¿Se habrá caído en la pieza? - preguntó Antonio - Si no lo encuentro me voy a tener que ir. - Subo a buscarlo soy una especialista en encontrar cosas dijo Lucía. Subió, revisó la habitación y volvió - No está arriba. - Tengo que comunicarme con mi socio. - Comamos algo y después te vas. - No puedo. Te llevo hasta el restaurante y me voy. En la costanera bajaron del auto a sacar una foto y se apoyaron en la baranda que da al Paraná. Él la abrazó. Se quedaron un rato en silencio mirando el río. Después volvieron al auto y fueron al restaurante. - ¿Seguro que no vas a bajar? Es un ratito nada más. - No, me voy. - ¡Entonces chau! - Lucía bajó y dio un portazo. Él se fue. Lucía comió pejerrey y tomó una copa de vino blanco en el restaurante. - Tráigame la cuenta - pidió al mozo. El mozo volvió con la boleta y se la dio rozándole la mano. - ¿Está sola? - Si. - Es extraño que una mujer como usted ande sola. Lucía le hizo un gesto de complicidad, pagó y se fue. Iba subiendo la cuesta de la calle que llega al centro cuando la alcanzó el mozo llevando la bicicleta con una mano. - Si necesita algo, me llamo Eduardo - dijo y le extendió un papel - es mi número de celular. - Gracias - Lucía guardó el papel y se despidió. Caminó hacia el hotel. La tarde y el calor se prestaban para una siesta. Subió a la habitación, cerró la ventana y se desvistió. Sacó la colcha y antes de tirarse en la cama descubrió una luz intermitente entre la cama y la pared. Se acercó para ver. - ¡El celular! Se vistió y salió a mandarle un mail a Antonio para contarle que lo había encontrado.
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- Voy a tener que comprar otro celular ¡El día que llueva sopa, voy a estar con un tenedor! - dijo Antonio de regreso. Llegó a la casa. - Antonio - lo increpó la esposa - llamó tu socio, dijo que estuvo tratando de ubicarte en el celular y no contestabas ¿No me dijiste que ibas a encontrarte con él? - Perdí el celular. - ¿Dónde estuviste? - Fui a una reunión de trabajo. - ¡Y te tengo que creer! - gritó la mujer - Si querés comer algo, te lo preparás. Lucía revisó varias veces los mail esperando uno de Antonio, pero no recibió respuesta. Volvió a Buenos Aires el lunes a la noche. A la terminal de ómnibus la fue a buscar el esposo que ya había regresado del viaje. - ¿Qué se te dio por ir afuera? - preguntó el marido. - Estaba aburrida. Siguieron en silencio hasta la casa. Cuando llegaron él la agarró de un brazo y la llevó hasta el contestador del teléfono. - Es tu risa y estás con un tipo - le dijo. Lucía no entendía nada. Le pareció oír lo que habían hablado con Antonio en el desayuno antes de ir a Baradero. - No se, se habrá ligado. - No te hagas la boluda - dijo él y le dio un cachetazo. El martes Lucía estaba en la casa cuando recibió el llamado de Antonio. - Antonio, encontré tu celular. - Que bueno. - Se cayó al costado de la cama. Te dije que te sacaras los pantalones. - Se me armó un lío con mi mujer ¿Y a vos no te pasó nada? preguntó suspicaz Antonio. - Un desastre, se grabó en el contestador lo que hablamos antes de viajar. No se como fue. Mi marido lo escuchó y me dio un cachetazo. - ¿Viste que no es tan fácil ser independiente? - Parece que lo estuvieras gozando - Lucía cortó. Se arregló el pelo mientras buscaba el bolso que había llevado a Baradero. Encontró el teléfono del mozo y lo llamó.
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Torino Blanco
olvió a pararse frente al Torino blanco. - ¡Es una máquina! - le dijo el vendedor. Caminó hasta un tapial, se agachó, sacó de la media el dinero de la indemnización y volvió a la agencia. - Jefe, se lleva un autazo - el vendedor le palmeó la espalda. Al llegar a la esquina de la casa hizo un rebaje. El Torino coleó y bramó. Los vecinos se asomaron para ver. Cuando estacionó, los hombres de la cuadra se acercaron. Estuvieron con la cabeza metida debajo del capot hasta que la esposa salió a buscarlo. - ¿Y ahora que? - le dijo él. - ¿Cómo vamos a mantener este mamotreto? - preguntó ella. - ¡No me jodás! Entraron a la casa. Los pibes se peleaban. La suegra gritaba avisando que la comida estaba lista y que quería a todos sentados a la mesa. - Está sin trabajo y se mete a comprar un auto ¡Usted no tiene vergüenza! - le recriminó la vieja. Él no contestó. Se fue dando un portazo. Volvió a la noche con la plata. Había vendido el auto. A la mañana no lo encontraron y tampoco estaban los billetes en el jarrón.

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Cuenta
Son nueve, me dijo. Son ocho, contesté. No creo, hasta hace unos minutos eran nueve. Volvamos a contar, me insistió. Ya conté varias veces y son ocho, sin embargo te voy a dar el gusto, mirá mis dedos y vas a darte cuenta que son ocho y conté: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Ves que son ocho, le dije. Falta uno y vos no lo ves, me dijo ¿Cuento de nuevo? Le pregunté. No, ahora voy a contar yo, me dijo. Contó pausadamente y contó nueve. Estás equivocado, volvé a contar, dije. Y volvió a contar y le dio nueve. Imposible, son ocho y ya no más. Me cansé. Puede explicarse, me dijo. Si vos ves ocho y yo nueve, puede explicarse. Contemos juntos, dijo. Uno, dos. No, no cuento más, son ocho y listo, no quiero escucharte, le dije. Toquémoslos juntos entonces. Los tocamos. Toqué ocho y él nueve. No hay nada que explicar, son ocho, me planté. Cuando se fue y volví a contar, conté nueve.

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PARA EL DIVÁN

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El espejo
l hombre sube los escalones de piedra de la antigua mansión y llama. Nadie contesta. Entra. - ¿Hay alguien aquí? La casa tiene los ventanales cerrados y el empapelado roto. Sube la escalera de mármol blanco y su silbido es lo único que se oye. En el primer piso se detiene frente a las puertas cerradas de las habitaciones. Abre una puerta y entra. Una mujer está sentada en el centro de la pieza vacía. - ¿Usted ha venido a arreglar las paredes? - pregunta la mujer - Si. - ¿Ve el espejo? - No, está muy oscuro - el hombre abre la ventana. Ve el sol por encima de la alameda. La luz ilumina a la mujer. Está sentada en un sillón y reposa los brazos sobre el vestido gris que llega hasta el suelo. - ¿Vio el espejo? - insiste la mujer. - ¿Dónde está? - Debajo del lienzo blanco. El hombre ve el lienzo en la pared y lo descorre. En el espejo se refleja la mujer. Está desnuda. - Estás desnuda - dice el hombre. - Tengo sed - dice en el espejo la mujer desnuda. - Traeré agua. Cuando el hombre vuelve, la habitación está vacía. Una gata gris está escapando por la ventana.

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Ada
s la cuarta pizza que pido y todavía estoy sin comer exclamó Ada, furiosa. Los actores las habían comido. Ada se quedaría sin comer porque comenzada la función tendría que asistir a los comediantes, alcanzarles las prendas, ayudar con el maquillaje y acomodar las cosas que se fueran dejando de usar. - ¡Son unos groseros! - gritó mientras se alejaba rengueando por detrás de los telones. Los muchachos se miraron y rieron entre ellos. Ada volvió un rato más tarde. - Dejame que te ayude con esos pantalones - le dijo a uno. Él la dejó hacer mientras jugueteaba con una de las actrices. Ada se desplazó con torpeza y empujó a la actriz. - Que te pasa vieja ¿Estás borracha? le dijo la muchacha. Ada no contestó. Buscó la cartera, sacó una píldora y la tragó sin agua. Decía que si algo le aumentaba el dolor de cabeza era la cantinela de las comedias musicales. Se puso algodones en los oídos. - Cuando yo actuaba la música era otra cosa - no se cansaba de repetir. - No podés haber actuado nunca vieja bruja - dijo por lo bajo uno del elenco. Cuando el espectáculo terminó, Ada recogió todo, barrió el piso y colgó en perchas el vestuario. - No se lo que harían sin mi. Son unos malcriados refunfuñaba por el teatro vacío. Cuando salió, llovía. Caminó hacia a la pensión. Un auto la arrolló en una esquina. - Vieja loca - dijo el forense de la morgue judicial cuando le descubrió, debajo del vestido, la diminuta malla con lentejuelas.

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Jacinta
staba loca la maestra, decía hielo ¡Si se dice yelo! Jacinta recuerda cuando iba a la escuela porque le duele la panza como a la mañana cuando con nada en el estómago formaba frente a la bandera. Ahora está agachada limpiando los inodoros de la fábrica y vuelca el detergente azul sobre la loza blanca. Le parece una bandera. - Señorita maestra, mamá dice que el gauchito Gil sacaba cosas a los ricos para dárselas a los pobres. - Olvídese de toda esa pavada que le dicen en casa y aprenda lo que le enseño yo - había dicho la maestra dándole una palmada en la cabeza. Jacinta se golpea con la mano negra la cabeza negra. - Siempre fui la misma cabezota Saca del lavatorio un manojo de pelos y lo pone en un papel de diario. Había dejado la escuela y empezó a limpiar la fábrica cuando tenía once años. Tiene trece y sigue ahí. Jacinta tiene que baldear pero no puede por el dolor de panza. Deja el balde con lavandina en el suelo, se baja la bombacha y se sienta en el inodoro. Está mareada por el dolor. Le vienen ganas de hacer fuerza. Apoya una mano en el palo del secador y la otra en la pared. Aprieta los labios para no gritar. Siente como algo le cae entre las piernas. Ve una cosa gelatinosa y redonda en el inodoro. - Se mueve adentro. Jacinta mira la cosa hasta que no se mueve más. La saca y la pone junto a los pelos sobre el papel de diario. Hace un bollo y lo tira en la bolsa negra donde se junta la basura. - M'hija que mala cara tiene - le dice la madre en cuanto la ve entrar a la casa - Tome unos yuyos que la van a sanar. Jacinta no cree mucho en el poder de los yuyos. - Mama cuando algún día tenga un hijo voy a hacer que no deje la escuela.

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La creación
o estoy de buen ánimo y no creo que vaya a tenerlo, a menos que te quedes. Parado en el medio de la pieza con las acuarelas en la mano, la vio tomar el bolso, un par de libros y dar un portazo. La buscó mirando por la ventana. Las palomas, desde sus refugios en el techo del Banco Provincia, bajaban a la vereda porque un pibe les estaba tirando galletas cortadas en pedazos. Tengo la boca seca. Enjuagó un vaso y tomó agua de la canilla. Se sentó en el rincón del caballete frente a un papel en blanco. Esbozó una mujer. Le dibujó un pan en la mano. Por la vereda del Banco Provincia apareció una mujer llevando un pan en la mano. La mujer cortó en trozos el pan y se lo dio a las palomas. Dibujó entre las manos de la mujer una caja de acuarelas. La mujer de la vereda caminó hasta la esquina y tiró unas acuarelas a la alcantarilla.

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Sorpresa
ero si allí estaba la foto de Lucía - exclamó mirando el portarretrato vacío apoyado sobre el hogar. No sabía a quien decirle que lo habían echado del trabajo. Fue al dormitorio de Lucía y lo sorprendió no encontrar la casita de juguete, ni las muñecas, ni sus vestiditos. Faltaban las copas que había ganado la hija haciendo gimnasia. ¡Alguien se llevó todo! ¿Habrá sido la señora de la limpieza? ¿Quizás el hombre que había instalado el cable? Un desconocido era lo más probable ¿O quien sabe el muchacho que había visto una vez con Lucía? Miró con más atención el dormitorio ¿Y el empapelado rosa y el acolchado con ositos? Todo estaba cambiado. La pared pintada de azul tenía pegados graffiti y fotos de hombres. Se recostó en el sofá del comedor y quedó dormido. A la madrugada lo despertó el forcejeo en la puerta de calle y el ruido de llaves ¡El ladrón! De un salto se escondió detrás de la puerta y desde allí vio entrar a Lucía con un hombre. Les salió al encuentro. - Qué raro papá ¿Qué haces en casa? - le dijo Lucía y se metió en su cuarto.

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Mascotas
a niña, entusiasmada con la fila irregular de hormigas en movimiento, se agachó y con un ojo casi tocando el suelo observó el tumulto que salía y entraba por la boca del hormiguero. Reía cuando alguna se ladeaba a causa de la carga. En su habitación tenía una botella de boca grande en la que guardaba cientos de hormigas. Era una masa negra compacta y palpitante. Esa noche, cuando los golpes secos, los llantos y los gemidos le llegaron desde la habitación de sus padres, machacó hojas tiernas y las metió en la botella. Hundió un dedo y acarició a sus mascotas hasta que se hizo silencio en la casa. Miles de patas y cientos de ojos la acompañaron. Durmió abrazada a la Reina. Cuando despertó no tenía lágrimas.

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Las brujas
svaldo se mudó a la casa de Susana. A los pocos días ella encontró una corona de gladiolos desteñidos y calas en la vereda, frente a la puerta de la casa. La corona estaba manchada de tierra. - Fue ella - exclamó Susana - Es tierra de cementerio. La piel de víbora y la sopa verde aparecieron después. Hubo llamadas anónimas de madrugada y muñequitos de paño ahorcados con hilos de seda. Susana hizo cruces de sal en la cocina y prendió una vela en cada habitación. - Osvaldo, hace años que no salimos de vacaciones. Me la paso encerrada en la casa. Ni siquiera se te ocurre llevarme a cenar. Era la cantinela que repetía Susana todas las noches. - ¿Sabés lo que me gustaría? Tener un espacio verde para que juegue la perra. ¿No pensás contestarme? Bien que cuando te viniste huyendo de esa bruja, prometiste que pronto tendríamos una casa más grande. Si, ya se. Vas a decir que las cosas no salieron, que la situación del país. Ya lo sé. Todo eso lo sé. Hace cinco años que discutimos por lo mismo. Mirá tu hermano como supo hacer dinero. Osvaldo empezó con dolores y después dejó de caminar. Al final dejó de hablar. - A mi me toca todo lo peor. Encima no tengo para gastar en médicos - le decía Susana a la perra cuando sonó el teléfono. - Te llamo porque me enteré que Osvaldo está muy mal. Olvidemos los antiguos odios. Ahora tenemos que ser un equipo ¿Entendés? Era ella. Susana iba a cortar cuando pensó que su ayuda facilitaría las cosas. Todo pasó en pocos días. Ella preparaba la sopa verde y Susana se la daba a Osvaldo en enema. En los ratos de espera tomaban mate y charlaban en el patio. - Siempre fue tacaño - dijo Susana. - Conmigo no - dijo ella mostrando la medalla de oro que le colgaba del cuello - pero era muy mentiroso.
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- En los últimos tiempos no se le paraba. - Eso habrá sido con vos. Susana la agarró de los pelos y ella le trabó las piernas. Cayeron y se revolcaron por el piso. Ella mandó una maldición y Susana le escupió la cara. Cuando sintieron los ruidos de la diarrea de Osvaldo se soltaron y se pusieron de acuerdo. - Pero era manso - dijo Susana. - Y a veces dulce - agregó ella - Que muera en paz. Cuando Osvaldo murió las dos lo velaron con una humilde corona de calas y gladiolos desteñidos.

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El secreto
e senté en un banco y miré los relojes de la torre ¿Cuándo me trajeron a Finmarken? Desde mi llegada no había visto a los chicos reír ni llorar. Algunos estaban parados tras los cercos de alambre mirando el horizonte y otros caminaban con la cabeza gacha. Nadie había querido decirme porque al oeste había barracas con chimeneas, tampoco porque las flores silvestres se marchitaban y solo había perros mastines y ratas. Este es un lugar que va a figurar en los mapas recién cuando haya pasado la mitad del siglo, me había dicho un viejo. Después se fue con otros hacia las barracas y no lo volví a ver. - ¿Sabe como funcionan los relojes de la torre? - me preguntó el muchacho que se sentó al lado mío. El muchacho tenía el cuerpo consumido y la letra omega tatuada en la frente. - No se. Supongo que como todos los relojes. - Es un secreto. Si lo quiere saber lo tendré que tatuar. Dudé. Pero me dejé dibujar la letra Omega en la frente. - El reloj de la derecha mide el tiempo desde que existe Finnmarken - dijo e hizo una pausa. - ¿Y el otro? - pregunté con curiosidad. - ¿Está seguro de que quiere saberlo? Asentí con la cabeza. - El otro descuenta el tiempo que nos queda hasta el final y continuó - Hoy es día de gracia. En pocas horas se juntarán los viejos y sus hijos frente a la torre, los que han sido citados para hoy. Esperarán las campanadas de los relojes y cuando den las doce se arrodillarán y al unísono comenzarán a rezar durante una hora. Al terminar la oración caminarán hasta el borde de la ciudad y entrarán a las barracas. Después las chimeneas comenzarán a humear. - ¿Y que les pasará? - Será su hora - dijo y después me señaló la frente - Usted está citado para el próximo día de gracia.

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La mirada
stás cansada. Tenés el estómago vacío y la cabeza hueca. Te ves adentro de la cabeza. Hay una lista de ocho a veinte. El paciente habla. En tu cabeza hay fechas. Querés salir corriendo y la lapicera se te va del renglón. Números de mañana y del mes que viene. Es dos mil uno y escribís dos mil cinco. Estás llegando al final. Pasa el último. Es una vieja con cara de tierra que te da la mano. La mano es deforme. Se sienta y te habla. Dolores, oís. Te duele el estómago y el vacío de la cabeza. Le pedís que se acueste en la camilla. Te parás. La vieja está acostada y tiene medias marrones. Están rotas. Te hace acordar a alguien. Le bajás las medias rotas. Tiene ojos en las piernas. Están abiertos. Los párpados bajan y los ojos se cierran. Los ojos se abren y te miran. No querés que te miren. Te hacen acordar a alguien. Subís las medias marrones. Vos querés recordar de quien son los ojos ¡Son los ojos de mi madre!

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Pitadas
ame un Marlboro - pidió Goyo al quiosquero de Boedo y Estados Unidos y lanzó una escupida que alcanzó el cordón. - No tengo. - Bueno… Camel. - Tampoco me queda. Todavía no llegó el repartidor. - Bueno, tirame cualquier mierda que se fume. Al dar la primera pitada se acordó de su hermano. Estaban los dos esperando el informe médico del viejo en el pasillo del Hospital Español. Había prendido un pucho. - Goyo ¿Te parece momento para fumar? ¿Querés seguir el camino del viejo? - Metete en tus cosas y dejame en paz. Si me quiero matar me mato. Goyo no había pegado un ojo en toda la noche y tenía náuseas con olor a alcohol. Los algodones que había tocado para frotar al viejo los sentía como fibras entre los dientes. - Hoy me voy a quedar - le había dicho a su hermano - vos ya llevás cuatro noches sin dormir. - Dejá Goyo, si pasa algo te vas a cagar todo, además yo se manejar al viejo mucho mejor que vos. - Te dije que me quedo. Y se quedó pensando en hablar con el viejo, pero el viejo pasó la noche dormido por la morfina y él frotándole las piernas con algodones embebidos en alcohol. En un momento el padre abrió los ojos y dijo: - ¡Que difícil! - ¿Qué difícil que? - le preguntó Goyo. - ¡Morir!- murmuró el viejo y quedaron mirándose sin decir nada. Goyo ahora andaba fumando por la avenida Boedo. - ¿Tenés fuego? - le preguntó un pibe que juntaba en un changuito cosas de la basura. Tenía los labios azules y guantes de goma en las manos. Goyo le dio fuego y recordó al viejo sentenciándolo: ¡Vas a terminar siendo un ciruja!
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Caminó hasta el bar Dante. - Cacho, un cortado con un par de medialunas - dijo desde la puerta. - ¿Cómo andás Goyo? ¿Y tu viejo? - Está jodido. - ¿Es por el pucho, no? Goyo no lo oyó. Se sentó y se puso a escribir versos en una servilleta. Cuando salió para tomar el colectivo hacia el Hospital le sonó el celular. Su padre había muerto. El hermano le dijo que volviera a la casa, que se diera una buena ducha y se quedara tranquilo porque todo estaba arreglado. - ¿Qué es lo que está arreglado? - dijo Goyo, pero el hermano había cortado. Prendió un cigarrillo. El pibe del changuito le volvió a pedir fuego. Goyo le miró los labios azules y le dijo: - Murió mi viejo. El chico le palmeó el hombro con los guantes de goma y siguió revolviendo la basura.

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Tía Elena
a, ¿nos pasás una ensaladera? Estábamos jugando en el patio del limonero. Preparábamos comidita para las muñecas con las flores de las macetas de tía Elena. - Porque no van a ver si llueve - gritó tía Elena desde la ventana de la cocina que daba al patio. - Ma ¿Qué decis, si no llueve? Prestanos una ensaladera. Tía Elena nos miró por entre los vidrios oblicuos de la ventana y vino corriendo con el repasador en la mano. - Desgraciadas ¿Qué están haciendo con mis plantas? gritaba y nos corría tirando latigazos al aire con el repasador. Nosotras trepamos al limonero. Tía Elena se agarraba el pecho y tiraba repasadorzazos al tronco. - Me van a matar con los líos que hacen. Ya vas a ver con tu padre - dijo y se puso a acomodar las macetas. Esa noche mi tío le dio una tremenda paliza a mi prima y no la dejó salir a jugar ni al día siguiente ni por muchos días más. Después llegó el frío y mi prima se enfermó. Por un tiempo no quisieron que nos viéramos hasta que me dieron permiso y fui a visitarla. - Ves lo que les pasa a los chicos que se portan mal - me dijo tía Elena. Me asomé a la puerta del dormitorio. Mi prima estaba acostada. Tenía enormes manchones rojos en la cara. Creí que se iba a morir y que seguramente yo también. Cuando mi prima estuvo mejor me llamó para ir a jugar al patio. - Mirá esa hormiga - me dijo empujando con una rama la hormiga negra y grande que trataba de subir al limonero. La hormiga cayó al piso y luego volvió a subir al tronco. Entonces mi prima rabiosa entró a la casa y volvió con un frasco de jarabe. - Es el remedio que toma mamá - me dijo. Abrió el frasco y echó el jarabe encima de la hormiga. La hormiga tambaleó y cayó. Esta vez no volvió a levantarse. - Se murió - dijo - Vamos a enterrarla.
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Miró alrededor del patio y señaló la maceta del gomero. El gomero era la planta preferida de tía Elena. - Ya vengo - dijo mi prima y se metió en la casa. Volvió con una palita y el costurero de tía Elena. Buscó dos ramas y las ató con el hilo negro que encontró en el costurero. - Esta es la cruz. Vos vas a llevarla en la procesión. - ¿Qué procesión? - le pregunté. No me contestó. Estaba ocupada cavando en la tierra de la maceta. - Y ahora el cajón - dijo y puso a la hormiga en la cajita del jarabe. Hicimos una fila india. Yo adelante con la cruz y ella atrás con el cajón de la hormiga. - Es la muerte de la E - repetía mi prima mientras caminábamos dando vueltas al patio. Dimos dos vueltas y nos paramos frente a la maceta del gomero. Enterramos a la hormiga y pusimos la cruz clavada en la tierra. - ¿Qué hacen? - gritó mi tía desde adentro y se nos acercó con el repasador en la mano. - Es la muerte de la E - dijo mi prima. - ¿De la E? - dijo tía Elena y nos dio repasadorzazos en las piernas. Tía Elena murió unos días después. Los médicos no supieron explicar la causa. Creo que cayó muerta mientras arreglaba la tierra de la maceta del gomero.

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Tango bravo
na mujer sola camina entre el cordón y los frentes de las casas color tierra cansados de ver pasar mujeres solas. Un hombre solo, parado en la esquina, prende un cigarrillo imaginando lo que pasará en los próximos segundos de su vida. Cita furtiva entre los únicos que podían encontrarse en ese lugar y en ese momento. Una melodía cubre las glicinas y los patios, se mete por los oídos sin permiso y sacude el alma. Arrabal con música. Luna de pasiones detonadas por la letra. Lanzas de fuego. Traición oculta. La colilla, pisada con calma, ve desde el suelo la hoja de acero que atraviesa silenciosa el aire. La mujer cae sobre el pecho en el que jamás debió recostarse.

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PARA TOMAR LA TETA

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El romance de Manuel
l tomate le pegó en la mejilla. Unas semillas le cayeron en el ojo y empezaron a brotar. El Pardo Manuel no estaba preparado para convertirse en almácigo. De un manotazo arrancó las plantitas que comenzaban a crecer con vigor. Una, sin embargo, astuta como ninguna, le quedó enroscada en el oído izquierdo. Manuel quedó patitieso con el cuerpo escultural de la plantita. Ella sabía, porqué se ponía en contacto con las neuronas del Pardo, cuales eran las imágenes que le gustaban: tenía que ponerse gorda. No tardó en dar a luz a Carmela, una tomatita graciosa y apasionada. - ¡Hija mía! ¡Que culpa voy a tener! - dijo Manuel mirando el botón de la tomatita, donde los pliegues de la piel se concentraban ¡Mamucha! repetía con lágrimas en los ojos. A medida que Carmela crecía, el Pardo se excitaba. Una noche no pudo más. - ¡Nena, te necesito en otro lado! Y ahí nomás Manuel ensartó a Carmela con un tenedor de dientes romos. El resto de la planta se sacudió. Para sorpresa del Pardo la tomatita gozó con la pinchadura. - Tan bruto no soy- se dijo - algo conozco a las minas. - ¡Papi me diste con un caño! - Carmela disfrutó como no lo había hecho con aquél rancio poroto en su adolescencia. Lo que no vio Manuel es que la tomatita se estaba haciendo puré, deslizándosele por todo su cuerpo. Éxtasis, placer y bloqueo cerebral fueron las sensaciones del Pardo cuando el viscoso y tibio puré le inundó la bragueta. Ya repuesto, Manuel descorchó una botella de rubio Champagne y los tres, relajados, brindaron por la cosecha de tomates.

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Código
egra, a las 12 en el local 51. Venite con la batita roja. Ella cortó el teléfono y se tiró un rato en la cama. Se la pasó dando vueltas desnuda hasta que se hizo la hora. Se puso la bata roja y salió. Estaba oscuro. Al entrar a la galería, fue derecho hacia la tienda del fondo. Entró y dejó caer la bata. Él la manoseó. Ella volvió a la cama. Él se fue, después de poner en una bolsa algunas prendas y los billetes que encontró en la caja.

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Aroma de jabones
ermosa, a mí lo que menos me importa es comer. Vamos a lo de tu abuela. ¿Conseguiste la llave? La muchachita saca del portafolio un manojo de llaves. - Hice una copia y después las volví a guardar en el placard para que mamá no se diera cuenta - dice desabrochándose el uniforme. - Sos una diosa. Él la abraza y los dos caminan hasta la casona vieja. Al entrar les llega el olor húmedo de la casa desocupada. No prenden la luz, se iluminan con el encendedor para subir la escalera. - Tengo miedo - dice la muchacha. - Siempre se tiene miedo la primera vez. En el primer piso entran al dormitorio. La ventana no tiene cortinas. Una luz tenue ilumina la cama. Sobre el acolchado viejo de gobelinos están los atados de ropa y los paquetes de jabones, puestos allí desde que se vendió el ropero de la abuela muerta. Él le saca el uniforme y la vuelca sobre la cama. Le lame los pechos con olor a jabones viejos. - Mi abuela me quería mucho. - Como yo, preciosa. Él se baja los pantalones y ella cierra los ojos. - Relajate - le dice él - es como un helado de crema. Él le toma la mano y la lleva a su pene. - Así, mové la mano de arriba hacia abajo - murmura guiándole la mano. Ella abre los ojos. - ¿Así? - Muy bien ¿Ves como crece? Ella se estira para besarle los labios. - Ahora metételo en la boca. Ella saca el chicle que tiene en la boca, lo pega en la palma de su mano y empieza a chupar. - ¿Así está bien? - Muy bien, muy bien.
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Se visten. La muchachita acomoda en el mismo orden en que estaban sobre la cama, los atados de ropa y los jabones. Vuelve a ponerse el chicle en la boca y guarda un paquete de jabones en su portafolio. Los dos bajan y cierran la casa. - Nos vemos nena - la despide en la puerta y le regala un chocolate. Ella se va a la casa. Abre el portafolio y en una hoja de carpeta escribe “Mi primer amor”. Con la hoja envuelve el paquete de jabones. Lo huele gustosa y lo guarda entre la ropa del placard. - Gabriela, ponete a hacer los deberes - le grita la madre desde la cocina. - Mamá ¿Cómo es hacer el amor? La madre se asoma a la puerta de la cocina extrañada, con las manos llenas de detergente. - Con tu padre era como chupar un clavo. - Nunca chupé un clavo - dice Gabriela sentada a la mesa del comedor y abre la carpeta para hacer la tarea. La madre va hacia el dormitorio y busca algo en el placard. - Este placard apesta - grita - el mismo olor a mierda que hay en casa de la abuela. A ver si lo limpiás. - Bueno, ma. Gabriela termina los deberes y se pone a mirar en la televisión una novela de amor.

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La pasión de la doncella
lla no sabía que cosa le traería el azul del cielo, un águila guerrera, audaz se eleva en vuelo triunfal. Perdón, fue un lapsus. Continúo. El azul fascinaba sus sentidos - el narrador, sentado en una sillita de mimbre en el medio del escenario, aclaró la garganta. - ¡Bueno ché! Pará de decir pavadas y contá la historia - dijo un borracho desde la mesa. - Gente impaciente. Ya va, ya va, tengo que pensar un poco. Ya sigo. - Déjelo que piense, el pobre está transpirando - dijo la muchacha de pollera corta y cruzó las piernas. - Gracias, señorita, es usted muy amable. - De nada señor, yo lo espero - la muchacha se subió la pollera con una mano. - Gracias nuevamente señorita. - ¡Má que gracias ni gracias!, yo pagué la entrada y quiero oír la historia - se quejó el borracho. - Cállese de una buena vez, yo también quiero oírla, pero tenga paciencia - dijo la muchacha. - ¿Paciencia? Paciencia es lo que me sobra. Yo vine a escuchar una historia y hasta ahora ando por el azul del cielo. - Ya empiezo, ruego a ustedes la mayor atención ¡Por favor! siguió el narrador mirando las piernas de la señorita. El boliche quedó a media luz, se habían quemado tres bombillas. - Mejor que empiece - dijo el borracho en tono amenazante. - Usted le corta la inspiración - se quejó la muchacha. - La que te estás inspirando sos vos. - ¡No me tutee! No le he dado mi confianza - dijo la muchacha y se abrió el escote. - Tenés razón, yo tenía confianza en mi mujer y se piantó con el plomero. - En el cielo había una esperanza - continuó el narrador - La dulce doncella Margarita tenía una verruga marrón, una enorme verruga marrón en la nalga derecha y esperaba un milagro que la hiciera desaparecer.
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- ¿Qué tiene que ver la verruga marrón con el cielo azul? - Es la parábola de la esperanza señor - aclaró el narrador y continuó - El milagro se produjo cuando apareció ante la doncella Margarita, un agricultor de Kamchatka arrastrando un zapallo de 150 kilos. - Que hermoso relato, me hace soñar. No se detenga - la muchacha se subió más la pollera. - Acá están todos piantados ¡Donde viste un zapallo de 150 kilos! - Si hubiera vivido en Kamchatka lo sabría. - ¿Todo es tan grande en Kamchatka? - dijo la muchacha. - Hasta los repollos son enormes - contestó el narrador. - Me encantan los repollos, siga por favor. - El agricultor de Kamchatka bajó de un carro tirado por cisnes negros y con una reverencia le reveló a la doncella que cortaría una feta del enorme zapallo y lo aplicaría sobre la verruga. - ¡Hermano! ¿Por qué no te dejás de joder? - el borracho se estaba poniendo violento. - ¡Usted es una persona sin sentimientos! El narrador miró la bombacha de la señorita y continuó. - Entonces siguiendo los deseos del agricultor, la dulce doncella puso la nalga al alcance de la mano sanadora del hombre. - ¡Y el tipo se la puso! ¿Qué mano ni que mano? - ¡Procáz y con poca imaginación! No le de importancia narrador y continúe con el cuento - la muchacha tenía medio pecho afuera del escote. - Y desenvainando un enorme puñal… - ¿Ahora le dicen puñal? - Cortó un trozo de zapallo y con mucho cuidado lo acercó a la verruga. - Siga, siga, por favor - con las dos manos la muchacha se acariciaba la entrepierna. - Te está haciendo el bocho ¿No te avivás nena? - El trozo de zapallo curó la verruga, como curan los dolores los amores renacidos - terminó el narrador y pidió aplausos. - Hermoso. ¡He vuelto a tener ilusiones! - la muchacha se levantó y besó al narrador. - Y yo acá, plantado como un repollo - concluyó el borracho.
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Lola
abía visto a Lola en el brindis de curso de la Cátedra y la perdió de vista cuando pronunció el discurso. Quedó caliente. Una noche imaginando el pelo negro de Lola se miró los brazos y no se vio las manos. Tomó el listado de la cátedra, buscó el teléfono de Lola y la llamó. No habló, la escuchó y esperó a que ella cortara. Se masturbó. Marcó otra vez el número y cuando ella atendió, le dijo que estaba enfermo y le dio su dirección. Lola esperaba esa llamada. Se puso un vestido liviano que le ajustaba la cintura y marcaba las caderas. Dejó desabrochados los botones a la altura del escote. Cuando llegó, él abrió la puerta. - No tenía a quien llamar. Tengo fiebre. Lola le dio un beso en la mejilla y entró. Se sacó los zapatos, desprendió todos los botones del vestido y se le acercó. Él murmuró: - Me harías un té. Lola se sacó el vestido, se arrodilló frente a él y le abrió la bragueta. - Lola Gutiérrez, desaprobada - dijo el profesor mirando la lista del examen. - Pero profesor, creí que… - balbuceó Lola.

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En el pasillo
lguien nos presentó en la fiesta. Yo no tenía ganas de tanto ruido y vos te quedaste callado hasta que me invitaste a salir a la calle a tomar aire. Caminamos eligiendo las baldosas para pisar. En un traspié se me rompió el zapato. Dijiste que tu casa estaba cerca y que allí lo podías arreglar. Fuimos a tu casa. Subimos la escalera de madera raída. Jugamos a imaginar toda clase de figuras con las manchas de humedad de las paredes hasta que llegamos al segundo piso. Allí abriste una puerta y me invitaste a pasar con una reverencia. La pieza, la cocina y el baño estaban alineados. Daban a un pasillo que tenía una mampara de vidrios verdes y rojos. Me quedé en el pasillo con el zapato en la mano y vos fuiste a buscar los clavos y el martillo ¡Qué diría Carlos si supiera esto! Viniste y te di el zapato, pero no agarraste el zapato, me abrazaste y me besaste a mí. Con Carlos habíamos madurado distinto. Eso era. La mamá nos dio el departamento para casarnos, pero yo quería otra cosa. El zapato se me cayó de las manos. Vos con un gesto osado tiraste el martillo y los clavos al piso y me alzaste contra los vidrios de la mampara. Oímos una guitarra que sonaba en algún departamento y te pusiste a tararear adentro de mi boca. Él me había regalado una cajita de música, la mamá la había elegido para mí. Me abriste la blusa y me acariciaste los pechos. Cinco años de novios y cuando le dije que era momento, me dijo que lo iba a pensar. Mirá que nunca… Me dijiste que estaba todo bien y me desgarraste la bombacha. Te bajaste los pantalones y te abriste la bragueta, te rodeé con las piernas la cadera y te abracé por el cuello.

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Escarabajos
arcela sentada en el sofá de la sala se mira en un espejo de mano. La luz le resalta las raíces blancas del pelo. - Mañana mismo voy a la peluquería. Él cruza la sala por delante de ella y se sienta en el escritorio debajo de la ventana. - Sabés que algunos escarabajos parecen excremento de pájaro - dice inspeccionando con la lupa su colección de escarabajos. Ella tira el espejo al piso. - Los escarabajos tigre pueden correr más de medio metro en un segundo - dice él mirando un escarabajo de colores iridiscentes. Marcela se levanta del sofá y va hasta el escritorio. De espaldas a él, se agacha hacia delante y se sube la pollera. La trusa de encaje negro le modela las nalgas redondas y firmes. - Existen más de trescientas cincuenta mil especies de escarabajos - dice él. Ella deja caer la pollera y se quita la blusa. Se acerca a él y le pasa la lengua por la cara y el cuello. – Si no fuera por los escarabajos el mundo no sería el mismo. Marcela se va irritada. Va a la cocina y saca de la heladera una torta de miel y nueces. Corta una porción y la come en tres bocados con una cuchara de sopa. Se sirve otra porción y la lleva a la sala. Él ya no está en el escritorio. Ella se sienta sobre la alfombra y lee una historieta de El Loco Chávez. Estuviste muy seductor. Y vos Laura, vas a matar a más de uno. ¿Perdón interrumpo? No, me estaba yendo. Soy un admirador tuyo. Sos una diva. Bueno, que suenen los violines. ¡Estuviste divina! Cuidado que puede quedar alguien en los camarines. A Marcela se le desliza una gota de saliva por la comisura de los labios. Es que no aguanto más, nena. ¿Laura, necesitás algo? ¡Oh! ¿Quién es usted? Laura vestite. Marcela traga la saliva que se le acumula en la garganta. - ¿Sabés adonde está mi agenda? - pregunta él desde la
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Marcela no contesta. Se sienta en el sillón del escritorio y abre las piernas. - ¡No agarrés los bichos! Él se acerca gritando con los brazos abiertos. Le pone las manos en el cuello y le presiona la garganta. Ella contiene la respiración. Cuando él se aleja y el aire le llega a los pulmones, Marcela tiene el orgasmo.

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Tamaño
aramba. No esperaba esto Sir Lucas. - Lady Arthur, debería saber que las sorpresas son parte de la vida. - ¡Es el tamaño lo que me asombra! - El tamaño no es lo esencial. Mucho me temo que usted no ha sabido de éstos menesteres desde hace tiempo, Lady Arthur. - Tiene usted razón, desde la muerte de mi amada esposa no me han puesto ni una inyección intramuscular. - Para mi es un excelso placer colocarla, Lady Arthur. - Que maneras tiene usted. - ¡Aprendidas con los Hermanos del Campo! Si usted viese como tratan a las cabras allí, no se sorprendería, Lady Arthur. - ¿No tenían asnos, tal vez? - Los asnos estaban a disposición del prior, lejos de mi vista, Lady Arthur. - Dígame ¿Cuántas personas han pasado por sus manos? - Alguien como usted no debería preguntar ciertas cosas. - ¿No me lo dirá? - Bueno, si insiste le diré: unos mil quinientos, sin contar a mis familiares. - Sir Lucas. ¡Qué barbaridad! ¿Tantos? - ¡Soy un caballero! Jamás me niego a atender a quien me lo pida. - Volvamos a lo nuestro, Sir Lucas. Por favor, sea usted sensible y suave. - Dese la vuelta, Lady Arthur. - ¿Tan pronto? ¡No pensé qué...! - Lady Arthur, creí oír que me había pedido que se la pusiera. - ¡Es verdad!, pero me asusta un poco el tamaño. - No debe preocuparse por eso, el ungüento de grasa de foca evitará el dolor. - Me encanta como usted me persuade, Sir Lucas. - Es mi obligación, Lady Arthur. - ¡Póngala ya! Se lo ruego.
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-

Es inevitable ponerla. Que calor que da, Sir Lucas. ¡Así es! La pócima es ardiente. Muy ardiente. Si, Lady Arthur. ¿Ha terminado? Completamente. ¿Cuándo volverá? Esperaré su retorno, Sir Lucas. ¡Ha sido un verdadero placer! Lady Arthur.

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El Bautismo
ra mi primera salida a un boliche. Estaba nervioso. Me senté con Amalia en el sillón y la abracé. Nos besamos. ¡Jhon Lee Hoocker! Gritó Amalia. Se levantó, me agarró de la mano y me llevó hasta la pista de baile. La excitación no se me había ido y el bulto era evidente ¡Estoy al palo! Le dije. No es momento, me contestó. Traté de bailar sin mover la cadera hacia delante pero una amiga de Amalia vio el bulto y riéndose, me empujó. Me sacudí hacia adelante y apoyé a un tipo grandote. El grandote se dio vuelta y miró el bulto. Me agarró del cuello con una mano que parecía la de un oso ¿Sos marica vos? Me preguntó sin soltarme el cuello. Los que estaban alrededor nos miraron. La erección seguía. Amalia estaba del otro lado de la pista cuando el oso me soltó y caí de espaldas. Me levanté y salí del boliche tapándome el bulto con las manos ¿Te duele? Me preguntó un canillita que bajaba de una camioneta los diarios del domingo. No, me agarré la mano con la puerta. A diez cuadras por Rivadavia hay un hospital, me dijo. En el Hospital alguien me va a bajar esto, pensé. Cuando vi el Hospital me metí en la Guardia. Un médico de guardapolvo blanco se me acercó ¿Qué tenés? Me preguntó. Yo seguía con las manos cubriéndome el bulto. Vamos pibe, entrá al consultorio. Me pidió que me acostara boca arriba en la camilla. Sacate las manos de ahí y bajate los pantalones. Contuve todo lo que pude mis intestinos, pero no pude evitar que se me escapara un gas. Estás cagado, con el pito no se jode, me dijo serio el médico. Entró al consultorio un hombre sin guardapolvo. Flor de carpa, dijo. Sacate los calzoncillos, me ordenó el médico. Me los saqué. Linda cosita, me dijo, te la vamos a tener que tratar con Pedomicina o mejor, esperá, vamos a resolver esto en ateneo. El médico y el hombre sin guardapolvo salieron. La transpiración me corría por el cuello. Cuando volvió el médico me dijo: Quedate quietito que en un rato lo arreglamos, va a venir una especialista, la doctora Toronja con el escalopesto. Me la van a cortar, pensé. Para tranquilizarme el médico me convidó una pastilla de menta. No sentí el gusto a menta. Me agarré el pito
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con la mano. Largá que te vas a poner peor, la paja no es como el trigo. Temblé cuando saqué la mano. No podía sacarme de la cabeza que la Doctora Toronja me lo iba a cortar con el coso ese. El médico se sentó a mirar una revista. Una viejita se asomó a la puerta, abrió la boca para decir algo y se quedó mirando. Abuela, esto no es para usted, dijo el Médico. La vieja no se quería mover. Me puse colorado. El médico salió para acompañar a la vieja. La doctora entró al consultorio. Era linda y muy joven. Sacó del bolsillo de la chaquetilla una regla y se me acercó. Puso la regla al lado del pito, midió y anotó en un cuaderno. Tengo que medir cada media hora para ver como va, dijo y se fue. A la media hora, la doctora volvió a medirme el pito. Después de cinco mediciones apareció Amalia. El canillita le había dicho donde podía encontrarme. Me dijo que lo sentía mucho, que todo había terminado. Cuando se fue, por la puerta entreabierta, vi que la estaba esperando el oso y que los dos se iban abrazados. El pito bajó de golpe. Por lo menos aquí me cuidan, pensé. Esperaba que volviera la doctora, pero nadie vino hasta que salió el sol. Entonces entró un médico viejo y me dijo que me fuera. Me estaba yendo cuando oí risas en la pieza de al lado. Me quedé mirando. Debía ser la habitación de los médicos de guardia porque estaban todos reunidos. Justo la doctora salió disgustada. Desde adentro uno de los médicos le decía en voz alta: ¡Flaca, no te calentés, fue un chiste, todos pasamos por el bautismo cuando empezamos a hacer guardia! Cuando pasó al lado mío bajó la vista.

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La misa
oco antes del mediodía fueron llegando a la iglesia las antiguas compañeras. El encuentro había sido programado con misa seguida de almuerzo. Después de los abrazos y los recuerdos, las monjas les indicaron que debían entrar todas al mismo tiempo y en silencio. Entraron en silencio y en silencio se acomodaron en los bancos una al lado de la otra. Cuando empezaron las risitas cómplices y los comentarios en voz baja, la madre superiora celosa de todos los detalles, las aplacó rápidamente con un poderoso chistido. Estela y Nora habían quedado una al lado de la otra. Por casualidad, porque nunca en la escuela habían estado una al lado de la otra. Empezó la misa. Todas escuchaban, se arrodillaban o repetían las letanías según se diera el caso. Estela y Nora también escuchaban y repetían, pero cuando llegó el momento de arrodillarse, por torpeza o descuido rozaron sus piernas y se dieron cuenta que se habían tocado porque tuvieron una agitación inesperada. La misa continuó con cánticos y terminó con la fila de todas frente al altar. En la fila, Nora quedó detrás de Estela. Estela esperó para avanzar y Nora se le apoyó en la espalda. Todas recibieron la hostia y la bendición que les dio el padre. El banquete se hizo en un salón. Las mesas eran para cinco o seis personas. Nora y Estela se sentaron juntas. La madre superiora desde la mesa principal agradeció a Dios por los alimentos y todas agradecieron desde sus lugares. Trajeron el primer plato, jamón crudo con palmitos. Nora buscó debajo de la mesa la pierna de Estela y la acarició por sobre la media de nylon. Tres mujeres tocando violín, chelo y flauta dulce interpretaban música de cámara desde la tarima que estaba al fondo del salón. El segundo plato fue pollo con una salsa especial y papas. Nora rasgó con los dedos la media de nylon de Estela y le pasó la mano por la piel. Las demás reían y se tiraban trozos de pan como solían hacer en el comedor de la escuela. Nora alcanzó la entrepierna, removió sus dedos por

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los vellos del pubis y avanzó. Antes de que llegara el postre, Nora y Estela fueron al baño. La madre superiora esperó a que volvieran para dar su emotivo discurso mientras se repartía el helado. Después saludó a las presentes y dio por terminada la fiesta. Nora fue la primera en levantarse e irse. Estela se quedó para acompañar, como siempre lo hacía, a la madre superiora.

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pasaba camino al río. La rubia salió del hotel. Parecía agitada y llevaba el calzoncillo del profesor en la mano. - ¿Vieron al profesor? - preguntó a los pescadores. - Fue para el lado del río - contestó el más joven. La rubia sacudiendo el calzoncillo corrió en búsqueda del profesor. - Debe ser la mejor alumna - dijo el pescador viejo al joven. El profesor fue hasta la costanera. Sobre los árboles de la orilla de enfrente, los pájaros blancos se acomodaban en las ramas para pasar la noche. - Hojas manchadas de blanco - exclamó señalando la copa de los árboles - ¿Usted hizo eso? - preguntó a un hombre que tomaba mate con bizcochos apoyado en la baranda. - No maestro, son pájaros. - Es maravilloso como la cosmogonía de la naturaleza encuentra siempre los recursos necesarios para sorprendernos - dijo el profesor levantando ambos brazos al cielo. - ¿Quiere un bizcocho? - No ingiero alimentos fuera de hora - dijo y se despidió. Vio la feria de productos regionales y entró. En ese momento, la rubia llegaba a la costanera, la morocha salía del hotel con el pantalón en la mano y la pelirroja buscaba la camisa debajo de la cama. El profesor se paró frente a un puesto de la feria y señaló con el puntero un gran mate con la bombilla de plata labrada que resaltaba de los demás. La pelirroja salió del hotel con la camisa flameando en la mano. Las tres señoritas se dirigieron hacia la feria. - Me llevo este mate - dijo el profesor y lo agarró. - No está en venta. Es mi mate - respondió el artesano. - No sea mentecato. La tierra en sus expresiones seculares genera símbolos concretos para que los hombres se afinquen en ella - concluyó el profesor acariciándose la barbilla. El vendedor le arrancó el mate de las manos. Los artesanos que estaban cerca se arrimaron para ver. Las tres señoritas llegaron a la feria y vieron al profesor rodeado de personas. El guardia de prefectura entró a la feria.
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El Profesor
ezclados en la cama el profesor rozaba los pezones de la morocha con una mano y metía la otra entre las nalgas de la pelirroja. La rubia echada sobre él, le besaba el cuello. - Terminó el recreo - dijo el profesor - Me voy a dar una vuelta. - No irá a salir así - le dijo la pelirroja. - Llevaré el puntero - contestó el profesor y se puso de pie. Tomó el puntero, dio tres golpecitos en el marco de la puerta y salió de la habitación. La pelirroja, la rubia y la morocha quedaron en la pieza vistiéndose. El profesor había salido desnudo. En el estar del hotel se paró frente a un cuadro en tonos pastel y lo señaló con el puntero. - Alumno ¿Usted diría que los frutos en esta naturaleza muerta, representan la oquedad del alma? - Disculpe, no tuve tiempo de preparar la lección de pintura contestó el recepcionista con la mirada fija en el cuadro. El profesor le puso un cero en el aire y salió a la calle. En la vereda dos hombres con cañas de pescar en las manos discutían acalorados. El profesor dio un golpe en la pared con el puntero. - Silencio - les dijo. Los hombres se callaron. - ¿Se pescan anguilas en el río Gualeguaychú? - preguntó apuntándoles. Los hombres se miraron entre ellos. El más joven titubeando contestó. - Aquí hay dorados y pejerreyes. - ¿No les parece que las monarquías decimonónicas ya han desaparecido, al menos en el agua? - dijo enojado y apoyó el puntero en el pecho del viejo. El viejo agachó la cabeza. - Perdón profesor, no entendí - contestó. El profesor dio un golpe en la cabeza de cada pescador y se alejó. Atardecía. El guardia de prefectura no lo vio cuando
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- ¡Profesor, está desnudo! Póngase esto - gritó la señorita rubia. Todos miraron a las señoritas que llevaban los calzoncillos, el pantalón y la camisa en las manos. Todos miraron al profesor. El artesano le regaló el mate y el guardia se lo llevó esposado.

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PARA ESPIAR DEL OTRO LADO DEL MOSTRADOR

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La muerte de Donald
ey Mickey. Tenemos un problema - dijo Donald abriendo la puerta de la Oficina del boss. El ratón que estaba seleccionando conejitas de Play Boy en un dossier, levantó la cabeza de mala gana, movió la nariz como si oliera sopa de pepinos y sacando la vista de la amante de Roger Rabbit en topless, preguntó: - ¿Qué problema? - Disminuyen las ventas en la cadena de porno-tiendas de la costa Este. Donald no sabía que la noticia ya estaba en conocimiento del jefe. - Además de ser un pato idiota, estás desinformado - dijo Mickey con la soberbia del que se sabe el número uno. - Ya llegará tu hora sucia rata de albañal - masculló Donald. Pluto entró al despacho. Traía en la boca una bandeja con tres montañitas de polvo blanco y un canuto de marfil. Mickey tomó la bandeja. - ¡Muéstrame la nariz! - dijo Mickey a su mascota. Pluto con una sonrisa boba obedeció la orden. - Viciosos - pensó el Pato. - ¡Te has soplado dos veces! Vete de aquí, ratero - exclamó con dureza Mickey. Pluto no tardó un suspiro en salir. El Ratón se sacó el guante de la mano derecha y extendió un dedo hasta la bandeja. Aplicó el polvo en la nariz y al punto de aspirarlo gruñó con furia: - Este negocio es una maldición, estoy rodeado de inútiles. - ¿Y si viniera Minnie? - preguntó Donald desde un rincón. Mickey, que obtenía suculentas rentas por el alquiler de su novia a los magnates petroleros alojados en el Waldorf Astoria, chilló con desprecio: - ¿Qué dices insensato? No entiendo cómo alguien de tu familia ha podido llegar a Millonario. - Porqué es un bastardo como tú - quiso contestar el Pato pero se calló la boca. Donald con semblante torvo se quedó de pie. Seguía haciendo el trabajo de guiñapo desde que Mickey había ganado la
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disputa por el estrellato en la Disney durante las primeras décadas del siglo veinte, para colmo no lograba afianzar la relación con su novia Daisy que lo amenazaba con irse a vivir con Pepe Grillo si abandonaba el trabajo. La dulce patita solía dormir la siesta con los sobrinos de Donald y se enfurecía cuando él rezongaba por la condición vil a la que estaba sometido. El Ratón aspiró la segunda porción de polvo y se acercó al video fono. - ¿Linda qué noticias tienes de Colombia? - preguntó Mickey más sosegado a Betty Boop. - Bugs Bunny, el Gato Silvestre y Twitty se han pasado de bando. Traman un complot con los narcos para apoderarse de Disney World. - ¿Qué hay del bigotudo Sam y de Linterna Verde? - Sam debe estar todavía en La Habana. No hubo noticias de él después de que lo encontraron en el Tropicana Club hablando mal de Fidel. Linterna Verde llegó a Bagdad para ponerse a las órdenes de Al-Qaeda ¿Quiere hablar con él? - le comunicó prestamente la secretaria. - No, gracias preciosa, dale mis respetos al viejo Bin. - Mickey apagó la pantallita y miró fríamente a Donald. - Ves tonto ¡Esos son problemas! - Si patrón - asintió el Pato mientras se ponía la casaca militar y maldecía en voz baja. - ¿Donde demonios está Batman? Tendría que haber llegado hace diez minutos - gruñó el Ratón después de aspirar el tercer montón de polvo blanco. - Está en el Motel Actor's Five con Robin - contestó Donald masticando tabaco. Mickey lanzó un insulto mientras apretaba el botón del video fono. - ¡Betty comunícame con el Buffete de Perry Mason! Dile a ése inútil que es urgente. - ¿Qué piensas hacer? - preguntó Donald. - ¡A ti que te importa! - fue la destemplada contestación. Betty avisó a Mickey que la video conferencia estaba lista. En la pantalla apareció el famoso abogado en silla de ruedas, acunando una botella de Bourbon. Detrás, el Capitán Kirk, sentado en un sillón de piel de leopardo, dialogaba con Spok
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que estaba colgado del cielorraso boca abajo y se tapaba las orejas con las manos. - Escúchame bien abogado, tienes que ejecutar la hipoteca de la Baticueva ¿Me entiendes? - Mickey no permitiría que un murciélago se burlara de él. - ¡Hic! Me paro y lo hago jefe - Perry le mandó un beso al Ratón. Spok se descolgó para poner sobre el escritorio un ajedrez en cuatro dimensiones. El Capitán Kirk lamía un comando de la nave Enterprise. - Así han quedado por trabajar bajo tus suelas - murmuró Donald con la bola de tabaco aún en la boca. - Betty llama a Duffy ¡Que venga ya mismo! Mickey necesitaba cambiar de estrategia. Sabía que el resto de los superhéroes andaban ocupados resolviendo asuntos encomendados por The President. Si no actuaba pronto las acciones de la Disney Corporation caerían por debajo de la Warner. Los Japoneses, con Godzilla y los Porno Dibujos a la cabeza desesperaban por comprar Gulf + Western, sin contar con que los sucios amarillos ya tenían en su poder a la Universal. El imperio parecía temblar bajo las patas del Ratón. Donald se rió por lo bajo pensando en el convenio secreto que había hecho con los cabecillas de la Mitsubishi y la Sony; parirían un cartel de negocios donde Mickey tendría que ir a rendir cuentas. Cuando la arriesgada maniobra se concretara, tendría a su enemigo mordiendo el polvo para aplastarlo como a un gusano. Duffy entró a la oficina con un impermeable Inglés, llevaba las Solapas levantadas y fumaba una pipa de hueso de búfalo emulando a Sherlock Holmes. Donald que tenía una micro cámara entre sus plumas se quedó detrás para filmar lo que el tonto Duffy escribiera en la Lap Top I. B. M. - Escúchame bien - el ratón instruía a Duffy - quiero que vayas a Tokio en una misión especial. Haz que te acompañen Speddy Gonzalez, la Pantera Rosa y Blancanieves. Usa a la chica de anzuelo con el C. E. O. de Sony, ella tiene experiencia en convencer hombrecillos - Duffy afirmaba con entusiasmo,sin sacar la vista del teclado de su P. C. - infiltra al pequeño Roedor en el edificio de la Mitsubishi para que registre los movimientos del Directorio.
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Donald tuvo escalofríos. Mickey, que se había detenido un instante para mirar al Pato de modo indiferente, siguió diciéndole a Duffy: - La Pantera te contactará con el jefe la Yacuza; entrégale el sobre que te dará Betty y pídele que se ponga de acuerdo con Lucky Luciano. Yo me ocuparé del resto ¡Ahora vete! Tienes un Boeing esperándote en Santa Mónica. Duffy no tuvo necesidad de decir una palabra. Salió del despacho mascando chicles con gusto a flores de rúcula. Mickey se arrellanó en su sillón. Tenía que pensar. Automáticamente la sala se oscureció para que la luz no lastimara sus pupilas. Donald alimentando su rencor se dijo: - Ésta es mi última oportunidad. Y viendo que el número uno cerraba los ojos, se acercó por detrás de la figura apenas iluminada que despedía aroma a queso francés. Donald tembló al sacar de la chaqueta una jeringa con sangre infectada con el virus del Ébola. - Muerte lenta pero segura. Deliró el Pato como tantas veces lo había hecho y levantó la mano izquierda para asestar el golpe final. Su sombra, sin que él se diera cuenta, le agarró la mano. - Rata maldita, sufrirás en carne propia mi desquite - dijo abriendo la boca con una mueca siniestra. La sombra retuvo en el aire la mano de Donald hasta que el Negro Pete le vació el cargador de una ametralladora Uzi en la espalda. Mickey, aturdido, se sacudió para dar un salto y alejarse del sillón. Al ver el cuerpo sangrante de Donald no se inmutó. - Así pagan sus cuentas los perdedores - dijo Mickey apoyado en el escritorio antes de encender un cigarro Cohiba. - ¡Pato imbécil! - dijo Pete de pie soplando el caño de la Uzi y escupiendo sobre el cadáver de Donald - Eras tan idiota que no te diste cuenta que Mickey era mi enemigo y ahora me da de comer. Betty Boop entró al despacho. Puso los restos de Donald en una bolsa verde y la envió al depósito de basura. Antes de salir limpió el piso con un estropajo.
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La llave del Mundo
on extranjeros - dijo Damián. - No, vienen del otro lado de la vía - le explicó el hermano. - Por eso, te digo que son de otro país. - ¿Y con eso que? - Que no me gustan. Desde un agujero de la medianera Damián y el hermano vieron como los vecinos nuevos cortaban a máquina el pastizal y plantaban canteros con flores. - ¿Dónde vamos a jugar al fútbol ahora? - se quejó Damián dando un tremendo puntapié a la pelota. Vieron a los vecinos construir la casa sobre el galpón ruinoso donde guardaban sus cacharros: el arpón, la rata embalsamada y los cigarros que de tanto en tanto le sacaban al abuelo. Los vecinos venían los fines de semana a ver como andaba la obra. - Esos vehículos están en mi terreno - dijo el vecino al padre de Damián volteando la cabeza hacia los tres autos destartalados que estaban sobre el parque. - ¿Y? - respondió el padre con un palillo entre los dientes. - Me los tiene que sacar. - Mire jefe, no tengo donde meterlos. - Va a tener que encontrarles un lugar. - Hace una punta de años que los pongo ahí. - Si están allí el domingo que viene, llamo a la policía. Cuando el vecino se fue, Damián escuchó decir al padre: - Estos tipos recién llegan y ya están jodiendo ¡Cómo para bodrios con la cana estoy yo! El padre sacó los autos durante la semana con dos muchachotes que lo ayudaron por unos pesos. Anduvo varios días en cama con dolor de cintura. Cuando la casa estuvo terminada, los vecinos vinieron con un camión de mudanza. Bajaron un montón de canastos, muebles de algarrobo, cortinas floreadas y cuatro arañas de hierro.
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- ¿Todo eso necesitan para estar solo los domingos? Damián estaba furioso. Los vecinos tenían dos chicos. Cuando llegaban ponían música y jugaban al fútbol. Un domingo invitaron a Damián y al hermano a jugar. Después del partido tomaron café con leche sentados en los sillones. Damián vio una enorme llave de madera con ribetes dorados colgada de la pared. - ¡Es la llave del mundo! - exclamó. En el verano los vecinos faltaron varios domingos. Una noche en que la casa estaba vacía Damián y el hermano entraron al terreno. En una mata de flores encontraron el antiguo arpón. Con el arpón forzaron la puerta del fondo de la casa y entraron. Damián fue derecho hacia la llave y la descolgó subiéndose a una silla. - Llevátela ¿Mirá el walkman? - dijo el hermano. - Y agarrateló - contestó Damian. - Me llevo también la lata de Nesquik. Cuando se estaban yendo por entre las rendijas de la persiana entró una luz intermitente. - ¡La cana! - gritaron los chicos y salieron de la casa. Un policía dio la voz de alto y una luz iluminó las dos sombras largas sobre la medianera. Se escuchó un disparo y Damián cayó al pasto. Cuando retiraron el cuerpo abrazaba la llave contra el pecho.

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El atentado
oy la veo - dijo Ana triunfante saliendo de la casilla a orillas del Riachuelo. - ¡Tonta, mujer tenías que ser! - gritó desde adentro el marido. Ana no oyó. Con la chalina se cubrió las llagas de la cara y tomó el colectivo. Bajó en Avenida de Mayo al 800, frente al Ministerio de Trabajo y Previsión. Una hilera de mujeres y chicos harapientos doblaba la esquina. Ana se puso en la cola. - Son mis grasitas - comentaba Eva en la sala de recepción del Ministerio mientras atendía a la gente y besaba a todos. Después de varias horas Ana llegó adonde estaba Evita y se descubrió la cara. Alguien de la comitiva preguntó al doctor qué podían ser las lesiones. Allí siempre había un médico a mano. - Pueden ser varias cosas, incluso una sífilis avanzada - dijo el médico. El que había preguntado quiso retener a Eva pero ella se desprendió del brazo y besó a Ana en las llagas. Ana murió en un accidente el 26 de julio de 1952. Un auto la había arrollado a pocos metros del presidente Perón. No apareció en los diarios. Para los que la conocían fue una fatalidad porque el marido manejaba el auto que la atropelló. Esa misma noche murió Eva de cáncer. Llovía cuando miles de personas de luto salieron a la calle. El que anunciaba el suceso por radio Nacional dijo “Está llorando hasta Dios”. Una semana antes del accidente Ana había ido a la casa donde Eva estaba muriendo. Había simulado ser una enfermera. No fue descubierta por la custodia. En la habitación de Eva les pidió a los familiares que salieran, diciéndoles que tenía que aplicarle un calmante. Cuando estuvo a solas con ella se acercó a la cama y le habló al oído. - ¿Como sabés que lo van a matar? - preguntó Evita saliendo del sopor. - No importa como señora. Pero sé como puedo evitarlo había dicho Ana.
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Eva sudaba. Ana le secó la frente con el pañuelo blanco que había sobre la mesita de luz y volvió a hablarle al oído. - ¿Te jugarías así la vida por él? - le preguntó Eva emocionada. - Usted lo ama. Lo haré por usted. - Estaré con vos Negrita - dijo Eva y le agarró las manos. Las dos mujeres quedaron largo rato mirándose.

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La esquina
l sábado a las seis de la mañana, en la esquina de Ramón Falcón y Lacarra donde está la Terminal de colectivos de la línea cinco, el sereno se despereza en el cuartito del fondo del depósito. Agarra el balde y los trapos y se pone a limpiar los colectivos. - Pacha ¿Estás ahí? - dice al subir a uno de los colectivos. Encuentra debajo del último asiento, a la perra amamantando tres cachorros. - Pacha no me dijiste que ya era la fecha. A la noche sale del cuartito peinado a la gomina. Lleva un cachorro envuelto en un pulóver. Cierra el portón de dos hojas del depósito, dobla la esquina y entra al Cabaret Charo, en el mismo terreno de la Terminal. - ¿Cómo andás Pedrito? ¿Querés un trago? - lo recibe una copera. - Bueno, Mabel - dice Pedro y prende un cigarrillo. Mabel con el vestido rojo ajustado apenas se distingue bajo las lámparas rojas del local. - No fumés papi, te va a hacer mal - le dice ella. Detrás de la vitrina, el espejo iluminado refleja las botellas de licor. El barman sirve un vaso de Whisky barato para Pedro. Mabel toma un vaso con té frío. - Mirá lo que te traje - dice Pedro. - ¡Qué linda! Es una hembrita - dice Mabel y levanta la perrita a la altura de sus ojos - Te vas a llamar Charito. - Mabel espero a que termines y nos vamos para la pieza - le dice Pedro. La música tropical suena desde el parlante colgado del techo y los hombres esperan a las coperas en las mesas. Mabel le deja la cachorrita a Pedro y se acerca a un cliente. Ya es madrugada cuando van a la piecita del fondo de la Terminal. Se abrazan en el colchón que Pedro tiene en el piso y se quedan dormidos. Charito duerme con ellos. - Venite a vivir acá - le dice Pedro una noche - Voy a comprar una cama grande.

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Mabel deja la pensión y se instala en la piecita. Lleva allí su equipaje: una valija con ropa de noche y una bolsa con sus cosas: un vaso, un plato y una cuchara, los cuadritos pintados a mano y el centro de mesa de plata que le dejó la madre antes de morir. La vida es cómoda entonces. Pedro limpia los colectivos a la mañana bien temprano, mientras Mabel duerme. Al mediodía la despierta para comer. Muchas veces prepara guiso y si no tiene tiempo comen sándwiches. A la tarde Mabel limpia la piecita y se alista para el trabajo en el cabaret. Después de cinco años de estar juntos, Pedro tiene ganas de progresar para llevarla a Mabel a una casa. Busca trabajo por la zona y consigue un puesto de empleado por la tarde en el bazar Floresta, sobre avenida Rivadavia. - ¿Porque no dejás el cabaret? En el bazar necesitan una empleada. - Ni se que hay que hacer - dice Mabel. - Atender clientes Mabel, eso ya lo sabés. Mabel deja el cabaret. Después de trabajar unos meses en el bazar, el dueño les ofrece que se queden en la casa que hay en el fondo. Se mudan allí. Ahora en las dos piezas pueden armar una casa decente. La mañana está fresca. Mabel y Pedro miran la cuadrilla de albañiles que están tapiando la puerta del cabaret de la esquina de Lacarra y Ramón Falcón. Mabel tiene a Charito en brazos. - ¡Están cerrando todo! - le dice Pedro. - ¿Qué habrá pasado? - pregunta Mabel. - Andá a saber, ahora está lleno de policías. Un agente de policía se les acerca. - Circulen por favor. - Estamos mirando - dice Mabel. Un patrullero sale por el portón de dos hojas y se detiene en la esquina. - Se tienen que retirar - ordena el policía. - ¿Por qué? ¿Es delito mirar? - pregunta Mabel provocativa. - Vamos Mabel - dice Pedro. - Hacele caso a tu amiguito - dice amenazante el policía con
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la mano puesta sobre la pistola. - No es ningún amiguito ¡Es mi marido! Dos hombres armados bajan del patrullero. Arrancan a Charito de los brazos de Mabel y se la dan a Pedro. A empujones meten a Mabel dentro del automóvil y se la llevan. En la Comisaría la tiran en el calabozo. Pedro se queda paralizado con Charito en brazos. No entiende lo que pasó. Cuando se recupera, corre hasta la Comisaría y pregunta por Mabel al oficial de turno. - Aquí estuvo, pero fue trasladada. - ¿Adónde? - dice desesperado. - No le puedo dar esa información porque no la tengo. Se la llevó el ejército y… no le conviene venir acá. Pedro se va. No sabe adonde ir a preguntar por Mabel. Esa noche mira los noticieros en televisión mientras Charito, recostada en sus piernas, le lame las manos. - Tengo ganas de ir al baño - dice Mabel y grita agarrada de los barrotes - ¡Baño! Un policía abre la reja. - Salí. - ¿Cuándo me van a largar? - Preguntale al Juez. Mabel, acompañada por el policía, va hasta el baño. Cuando se agacha, la puerta se abre de golpe. - ¡Así que vos sos la guacha subversiva! - le grita el hombre que pateó la puerta. Mabel cae sentada sobre la letrina. El hombre tiene una manopla de hierro en la mano izquierda. - ¿Qué? - dice atónita Mabel tratando de pararse. El hombre la golpea con la manopla. Mabel se desmaya. Cuando despierta está tirada en el piso y tiene la cara cubierta de sangre. - Levantate turra. Vamos a trasladarte - dice el hombre. - Ya tiene número - dice otro. Le vendan los ojos, la esposan y la amordazan. La sacan de la comisaría en el asiento trasero de un auto. Se detienen camino a Ezeiza cerca del Puente Doce.
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- Estamos repletos - dice fastidiado el guardia que los recibe en la playa de estacionamiento delante de un portón de doble hoja de acero. - Ésta tiene número - dice el hombre de la manopla. El guardia le saca a Mabel las esposas y la mordaza. - No se te ocurra mirar - le ordena. - Tengo sed - dice Mabel. - Ya te vas a ahogar, no te apurés. La tiran en un calabozo sobre un catre. El guardia le saca la venda de los ojos y se va. Mabel parpadea en la oscuridad. Escucha gritos y tiros. Una mano le toca el brazo. - Te vas a acostumbrar, es la peor hora - le dice la mujer que está tendida en el piso. - ¿Dónde estamos? - balbucea Mabel. - En El Banco. No me preguntés donde queda. Mabel no sabe cuanto tiempo pasa. Inconsciente, golpeada, violada, picaneada. No sabe. - Turra, te vas al Olimpo - le dice un guardia y la tira en la celda. - Al menos no te engordaron. Podés salvarte - le dice por lo bajo una compañera con los labios hinchados. - Tenés que bañarte. Desnudate - le ordena el guardia que entra a buscarla. Mabel se saca la ropa y camina hasta las duchas. Los guardias custodian a otras tres mujeres que se están bañando. Uno de ellos la agarra por atrás y se frota. La viola y la golpea una y otra vez. Escucha gritos. A las otras tres mujeres también las están violando. A la tarde Mabel, desnuda e inconciente, es tirada en el catre. Cuando despierta baja la mano para acariciar a la compañera. No está en el piso. Las cuatro mujeres son trasladadas a medianoche. Esposadas y encapuchadas las meten en el depósito de Ramón Falcón y Lacarra por la puerta de dos hojas. Adentro les sacan las capuchas y las esposas. Mabel ve a su izquierda la imagen de la Virgen y hace la señal de la cruz. - En este lugar van a aprender a amar a la patria - les anuncia un oficial - quiero que decidan si van a colaborar denunciando
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a los subversivos que siguen jodiendo por ahí afuera. Las llevan a los calabozos. Mabel siente sin saber donde está, que conoce el lugar. Hay un olor allí que le recuerda vagamente a Charito. Le duele el cuerpo. - Despertate - le grita uno y le da una bofetada. La llevan a la rastra hasta una oficina. - Ponela en la parrilla a ver si entiende - ordena el que está sentado en el escritorio. - No, por favor - ruega Mabel - no me lastimen más. Seis meses después de la detención de Mabel, Pedro pasa una noche por la esquina de Ramón Falcón y Lacarra. Lleva a Charito con él. Mira el edificio tapiado del cabaret. Las ventanas ojivales de la Terminal están tapadas con mampostería. Alguien le dijo que en el antiguo depósito de colectivos han hecho una cárcel para guerrilleros. Chismes de las viejas del barrio, piensa. La perra se le escapa y se para bajo la puerta tapiada de Charo. - Charito vení - grita Pedro. La perra no hace caso y se escabulle por la puerta de dos hojas cuando sale un policía. Pasa bajo la imagen de la Virgen y sigue corriendo. Cruza el estacionamiento. Mabel la encuentra cuando sale del baño y da un grito de alegría. Charito le salta a los brazos. La mujer que limpia el pasillo deja de pasar la escoba para mirar. Un guardia de uniforme verde ve como Mabel besa a Charito. Camina golpeando los tacos de los borceguíes en el piso. Saca el arma, la empuña y pone el dedo índice sobre el gatillo apurando el paso. - Charito - repite Mabel besando a la perra. El guardia se abalanza sobre Charito. La agarra de las patas traseras. La levanta en el aire y le pega un tiro en la cabeza. La mujer que limpia el pasillo da vuelta la cara para no mirar.

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Vacas
l doctor González, reconocido diputado nacional, impulsó la ley que establecía la superficie libre y obligatoria que debían tener los campos de pastoreo. Su objetivo: optimizar la producción ganadera. Necesitaba que los productores entendieran la nueva legislación. Sin olvidar que la gente del campo aportaba un buen caudal de votos, citó a los representantes de los campesinos a su despacho. Los hombres acudieron con preocupación. - Señores, gracias por su presencia - dijo el doctor González vamos al grano. Ahora podrán poner más vacas en los campos, cumpliendo con la ley. - ¿Cómo hizo señor diputado? - preguntó un bajito con pañuelo al cuello. - Antes de informarles, les haré un cálculo. Los hombres prestaron atención con respeto. - Por favor traten de responder las preguntas que les iré haciendo ¿Cuál es el largo de la cola de una vaca? - Digamos que metro y medio majomenos contestó el bajito de pañuelo. - Consideremos un metro ¿Y qué diámetro tiene la cola de una vaca? - seguía el doctor González. - ¿Diámetro? ¿Eso qué es? - se sorprendió el petiso. - No seas animal - dijo otro - Mire señor diputado, el diámetro de la cola ha de ser de unos tres centímetros en el principio y se va achicando hasta el plumero que tiene en la punta de la cola. - Entonces - el diputado simuló un profundo pensamiento La cola de la vaca, en promedio, mide un metro de largo por tres centímetros de diámetro. Por último ¿Cuanto pesa una vaca? - Cerca de 300 kilos, pa' las vacas grandes - volvió a aventurar el petiso. - Veamos - el diputado tomó una máquina de calcular, bajaba la cabeza y la levantaba para dar los resultados - teniendo en cuenta que una vaca tiene un volumen de 1,5 metros
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cúbicos y la cola tiene 0,001 metros cúbicos podemos entonces disminuir - sacaba números de la pantalla - en 0,001 metros cúbicos el volumen de cada animal si se le corta la cola. Esta hipótesis, es decir, cortar la cola de vacas y toros permitirá ocupar menos hectáreas del campo. De esta manera por cada 1500 vacas tendremos - hizo la pausa para ver el visor - Una vaca más - levantó el dedo para que todos vieran el uno - Pero hay mejores noticias todavía, si la población total de cabezas es de cincuenta millones - miró los números - es posible importar 33.333 vacas, haciéndolas comer en los mismos terrenos. Muchos campesinos se rascaron la cabeza. El del pañuelo preguntó. - Si además de cortarle el rabo ¿Les rebanamos las orejas? Alguna vaquita más podemos poner. - Veo que usted ha tomado con seriedad y responsabilidad mi propuesta. La ley fue promulgada, publicada y puesta en funcionamiento. Al cabo de unos meses resultaba extraño ver las vacas sin cola. Las moscas empezaron a proliferar, las vacas no tenían como espantarlas. Las alimañas se hacían robustas. Por la picazón, vacas y toros cambiaron el comportamiento. Dejaron de acostarse a la sombra. Al sol al menos se calmaba el cosquilleo insoportable que se daba particularmente en el traste. Aprendieron a restregar las nalgas sobre el pasto, los músculos se les endurecieron. A muchas vacas se les aplastaban las ubres. Las tetas se deformaron y no se pudo hacer más el ordeñe mecánico, había que hacerlo a mano. Disminuyó la calidad y cantidad de carne y leche que se producía en el país. Uruguay se convirtió en el proveedor de la comida nacional. La leche tuvo que ser importada desde Chile. Los pocos carniceros que quedaron en pie, los zapateros remendones y los vascos de la Cooperativa Arrayua con la cara cubierta con pasamontañas, hicieron grandes manifestaciones en la plaza de los Dos Congresos. El diputado González recibió por ésa época un pedido de audiencia de parte de la Sociedad de Grandes Propietarios de
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Campos y Haciendas. Se extrañó pues los terratenientes no habían objetado la ley porque obtenían beneficios con la importación de carne y leche - Pero mijito, tengo problemas con la familia. Mi nieta quiere leche natural por las mañanas y la barcina no la tiene - decía un viejo estanciero sirviéndose un exquisito licor italiano. - Mi esposa es Arquitecta y reprocha que las vacas sin cola no son estéticas - atestiguó un joven ganadero. - Eso no es nada - intervino uno con un traje de corte inglés los toros están confundidos, como tienen el culo al aire, más de una vez reciben un estiletazo de otro toro. Mis toros son muy machos, ché. - Señores, calma - decía el diputado - Veré que puedo hacer. Diez días después el Doctor González brilló con un encendido discurso en el parlamento a favor de una nueva ley que autorizaba la liquidación total del ganado nacional, rifle sanitario por medio y permitía el ingreso de ganado con cola desde otros lugares de la tierra, siempre y cuando los importadores accedieran al crédito internacional para no disminuir los escasos dineros públicos. - Esta ley pide al pueblo un mínimo sacrificio para superar el álgido momento que vive nuestro amado país. Estamos en

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El Héroe
A Alcira Saldaña

a espada rasgó el aire. El golpe fue certero pero el Dragón Ladino contrajo el vientre y el acero de la Honorable no le atravesó la piel. Con los dientes apretados y la mano firme Vincengertorix se alejó dando un soberbio salto mortal hacia atrás. Al filo del barranco, a espaldas del Héroe, los nueve tentáculos de la Hidra Mendieta se retorcían buscándole las piernas para amarrarlo. Los cuervos y los buitres volaban en círculo palpitando el desenlace. Ese mediodía habría carroña de sobra. De pronto sonó una sirena lejana. Habían dado las doce. Las dos bestias y Vincengertorix abandonaron la gresca para cobijarse bajo la sombra de un viejo roble. Desplegaron sobre el pasto un mantelito a cuadros blancos y rojos, abrieron sus petates y sacaron la vianda. La Hidra se encargó de distribuir el almuerzo. El Dragón calentó la sopa con un suspiro y Vincengertorix sirvió las bebidas sin alcohol. - ¿Deseas la sal? - preguntó el Dragón Ladino a la Hidra Mendieta. - ¡Hablame en criollo! Estoy hasta los cuellos del castellano neutro. - Se nos pega, parecemos una traducción hecha en Miami Vincengertorix se llevaba a la boca una croqueta de arroz. - Tenés razón Mendieta, pero que querés, es como dice Vicente: se te pega. Una brisa suave refrescaba el lugar. El hombre y los monstruos reposaban. Vincengertorix esperó a tomar un trago de bebida fresca para ponerse de pie y dándose vuelta miró a los compañeros de almuerzo. - ¡Estoy harto de trabajar de Héroe! - dijo como una confesión - capaz que los tengo que liquidar a los dos ¿Y para qué? Para que los de la Aldea puedan ir a plantar frijoles, perdón,porotos, sin que ustedes los asusten. - ¡A mi no me importa! Si me amasijás me regenero rápido respondió la Hidra tomando un trago de Amargo Serrano.
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- ¡Por mi no te hagás problemas! Me pianto a otra comarca y no molesto por acá - dijo Ladino mientras se limpiaba los dientes con una ramita. - ¿En serio? - Vincengertorix sonrió - Arreglamos entonces - y dirigiéndose a la Hidra continuó entusiasmado - hago como que te degüello, digamos, tres tentáculos y los dejamos tirados por ahí. Es por los Cuervos, sabés, son unos alcahuetes - mirando al Dragón Ladino terminó la idea - con respecto a vos simulo que te pego un planazo en la nariz y te vas volando para el sur, todos te van a ver y listo el pollo terminó con el plan y los tres quedaron conformes. De regreso a la Aldea el Héroe fue aclamado por la multitud. Una vez terminados los festejos Vincengertorix caminó hasta su vivienda. Subió la colina, cruzó el río, saludó al paso a los confiados aldeanos y saltó una cerca de piedra. No poder sacarse la piel de cordero que le hacía transpirar la entrepierna, ni desprenderse del correaje donde estaba enganchada la espada y del cinto de cuero del que colgaban un cuchillo de caza, un par de boleadoras y un lazo, le provocaron un cansancio extra. Cuando al fin abrió la pesada puerta de madera y piedra de la morada escuchó la voz cristalina de su compañera. - Viejo, llegaste justo, tenés que ir al Súper. Necesito papitas fritas. - ¡Porque no te...! - sin concluir la frase el Héroe se fue a dar una ducha. A los diez minutos la mujer golpeaba el marco de la puerta con los nudillos. - ¿Estas ahí? - Si Griselda - contestó bufando el Héroe. - Vienen a cenar mis padres y vos sabés. - Si, si, les tenés que servir un Vermouth. Flor de choborra tu papá. Ya salgo. Vincengertorix, cubierto por una mínima toallita atada a la cintura hizo su aparición en el corredor. El físico sabiamente trabajado, de piernas musculosas, espalda ancha y cintura angosta, el pelo largo y renegrido bajando en bucles enmarcándole la cara firme y resaltando el color verde agua de sus ojos, podía hacer desparramar de gozo a cualquier muchacha casadera.
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además un tarrito de mayonesa - le pidió la esposa. El magno cortejo se detuvo en la entrada de la vivienda. El Mayoral bajó para abrir las puertas fileteadas del carruaje y los lacayos acomodaron en el piso dos alfombritas sobre las que pisarían los nobles. - Padre, Madre, que alegría tenerlos por aquí - Griselda se acercó alegremente a sus progenitores. Vincengertorix tuvo que bajar la cerviz cuando el Rey lo saludó. Los Reyes entraron a la morada del Héroe y la Princesa. La mesa estaba servida con platitos y cazuelas. Los envases de Gancia, Cinzano y el Sifón Drago habían quedado a la diestra del Héroe. - ¿Cómo anda el trabajo? preguntó el Rey a Vicengertorix. - Como siempre - el Héroe no pensaba darle precisiones a su benefactor. - Desde que te he dado la mano de mi hija no has cambiado mucho. - ¿Qué quiere jefe? Tampoco las cosas cambiaron mucho por el reino. - ¿Que dices? - No, nada. - ¡Soy tu Rey! y ahora te exijo que me lo digas. Era una orden real. Vincengertorix no podía negarse a hablar. - Sabe que pasa ¡Hay que andar peleando todo el día! El sueldo no es bueno. No debería quejarme si uno ve a otros, pero no me alcanza. - ¡Usa el crédito de la Princesa! - dijo el Rey. - ¡No patrón! Me gusta ganarme mi plata - el Héroe volvió a llenar el vaso del Rey - pero el trabajo es insalubre. Cuando no me llaman para salvar a una dama, tengo que rescatar a un heredero de las fauces de un Tigre ¿Vio? Además: que el Gimnasio, que afilar la espada, que mantener la ropa. Me parece que voy a renunciar. Tengo visto un terrenito. Me voy a dedicar a plantar nabos. La cena terminó y cuando se quedaron solos, Griselda se quejó por lo que tendría que limpiar al día siguiente. Antes de acostarse El Héroe se sentó un rato en silencio para mirar una película de tiros. En la cama la mujer se durmió en pocos minutos. Vicente prendió un cigarrillo después de apagar la luz.
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Un encuentro insospechado
ue una tarde de otoño en setiembre de 1760. Immanuel Kant * por entonces tenía 36 años. Era un hombre bajo, silencioso y modesto. Acostumbraba a salir todas las tardes a la misma hora a dar un paseo por la avenida de los Tilos hasta llegar a la plaza. Respetaba tal exactitud para todos sus actos que los vecinos ponían el reloj en hora cuando él salía de su casa a las tres y media de la tarde. Immanuel filosofaba hasta para ponerse los calcetines. Su madre lo había formado en la severidad de las creencias religiosas y su vida se desenvolvía en el rigor del deber por sobre todas las cosas. Esa tarde las nubes grises y los relámpagos presagiaban tormenta. Immanuel salió de todos modos con su sobretodo y su bastón. Y porque correspondía se dirigió a la plaza. Caminaba por los senderos cubiertos de hojas secas cuando se le cruzó una dama que apurada tropezó. En la caída el vestido de la joven se levantó dejando al descubierto sus piernas. La muchacha, ruborizada, se compuso y siguió su camino. Immanuel no levantó la vista. A pocos metros junto a un árbol retorcido y seco un joven presenciaba la escena. - Pero querido caballero ¿Puede usted decirme donde tiene puestos los ojos y los cojones? - preguntó el joven mientras se tomaba con ambas manos los testículos. Immanuel levantó la vista y cubriéndose la boca con un pañuelo dijo: - Caballero, no suelo hablar mientras camino. Es mejor el silencio que un resfriado. - Se puede sacar partido de un encuentro inesperado ¡Cuántos bribones nos sirven de ejemplo! - dijo el joven. - Mi camino está trazado y nadie puede interrumpirlo. - La soberbia solo genera ingratos. - Le pido que me disculpe - y haciendo un gesto de cortesía Immanuel emprendió nuevamente su camino. Pero el joven que era ante todo terco y adoraba los escándalos, continuó en voz alta.
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- Caballero, es posible avanzar independientemente de la experiencia. Hay verdades absolutas que no dependen de ella, como las matemáticas. Podremos concebir que un día el sol no salga pero jamás dos por dos va a ser otra cosa que cuatro. - ¿Y a quien le va a importar el cuatro el día en que el sol no salga? No niego su razonamiento pero es abstracto. Yo le hablo de la vida, de nuestros cuerpos y nuestras fantasías. Esa niña reprimida hubiera merecido por lo menos una mirada hacia sus frescas carnes. Concretamente a su culo - dijo el joven mientras posaba la mirada en el trasero de Immanuel. - ¡Por Dios, señor! - ¡No me nombre a ese granujilla demente que maldice a los que no creen en él! - La existencia de Dios debe ser tomada como principio de lo moral - replicó Immanuel. - Dios es el fruto del temor de unos y de la debilidad de otros. Pero yo le estoy hablando de abandonar nuestros sentidos al placer, el único Dios que gobierna nuestra existencia ¿Usted jamás a tenido una amante? - Tengo la fortuna de ser amante de la metafísica aunque mi amada se ha mostrado hasta ahora bastante esquiva conmigo. - Su virtud no es más que una quimera y su culto seguramente lo lleva a perpetuas inmolaciones y rebeliones contra los instintos y las inspiraciones. Tome nota: para educar a una mujer hay que aclararle que su mejor posición es acostarse boca abajo, con las nalgas bien separadas para que el miembro del instructor pueda hundirse con comodidad. Hay que explicarle que no hay placer sin sufrimiento. Es preferible experimentarlo que contarlo, caballero ¿Lo ha probado? - No, pero coincido con usted en que la felicidad es buscar laperfección aunque nos acarree dolor. Un relámpago iluminó la plaza y la mirada de ambos hombres se encontraron. - ¿A que se dedica usted? - preguntó el joven. - Soy maestro - dijo Immanuel. - Yo también. Y usted coincidirá conmigo en que, lo que
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deseamos, es formar hombres y mujeres libres, que no serán felices si admiten como causa de lo que no comprenden algo más incomprensible aún: Dios. La incertidumbre respecto de Dios, hace que el hombre tenga miedo y cuando se tiene miedo se deja de razonar. La religión es la cuna del despotismo. - En gran medida - murmuró Immanuel afectado por una conmoción que ya se venía gestando en él desde hacia tiempo - en gran medida la religión es usada para el oscurantismo y la opresión. Se oyó un trueno y se desató la tormenta. Por la esquina asomó Lampe, el viejo sirviente de Immanuel, trayendo un paraguas bajo el brazo. - Señor, le he traído su paraguas. Sería conveniente que usted regresara - dijo Lampe dirigiéndose a su amo. - Es cierto. Me despido de usted caballero ¿Cuál es su nombre? - preguntó Immanuel dirigiéndose al joven. - Donatien Alphonse François, Marqués de Sade** a sus órdenes. Ambos hombres se despidieron. Se sabe que Kant, sumergido hasta entonces en la religión de la mañana a la noche, comenzó a experimentar por aquellos tiempos una reacción que lo mantuvo lejos de la Iglesia y cuando en sus últimos años hacía el acostumbrado paseo a la plaza, solía pararse junto al árbol retorcido y seco, esbozaba una sonrisa y con las manos hacia un gesto en los pantalones a la altura de la bragueta.

*Kant, Immanuel: filósofo alemán (1724 - 1804). Se han señalado dos períodos en su filosofía: Hasta 1760 Período Precrítico. Luego Período Crítico de la Razón Pura y Práctica, época en la también hace una severa crítica a la religión y a la iglesia **Marqués de Sade Escritor francés (1740 - 1814). Nacido en el seno de una familia aristocrática, se había entrenado en una escuela de caballería. No creía en los poderes establecidos: el Rey y la Iglesia. Su carrera militar lo llevó a participar en la campaña de Prusia y es probable que por esa razón, estuviera aquella tarde en esa plaza.

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La inauguración
n este acto queda inaugurado el subte - la Alcaldesa desató las cintas. El Obispo bendijo la estación y rezó un padrenuestro. Los invitados acompañaron el acto. El subte hizo el viaje inaugural. El recorrido era corto. Tres estaciones separadas por cuatro calles cada una. El tumulto que subía desde el suelo asustó a los habitantes del pueblo. - ¿Para que queremos un subte en Las Espigas? - preguntaba la gente. Las lámparas titilaron y las ventanas se cerraron al paso del metro. Las mujeres devotas rezaban en los altares hogareños y los hombres que estaban en la calle corrían a guarecerse espantados. El Obispo y la Alcaldesa, los agentes de policía y los bomberos procuraban calmar a los que encontraban a su paso. La construcción del subte había comenzado seis años atrás. - Para que querrán una excavación tan profunda y semejantes muros de hormigón - preguntaba uno de los ingenieros enviados a supervisar la obra. - Para justificar todo el material que compraron y los errores de cálculo - decía otro. La tienda de Don Cosme, la casa de la maestra y el bar del pueblo se desmoronaron durante la construcción. En otras casas aparecieron grietas y filtraciones. Milena, la checoslovaca dueña del bar, pidió que le pagaran los daños en efectivo cuando se enteró, por su amistad con uno de los ingenieros, lo que decía el contrato. El dinero nunca le llegó. Un año después de iniciada la construcción, los trabajos fueron suspendidos por causas desconocidas. La gente con mucho esfuerzo pudo reconstruir las casas. Un día trajeron vagones de la Primera Guerra Mundial y terminaron las obras en un santiamén. La tarde de la inauguración Juan entró al bar del pueblo.

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limpiaba el mostrador. Dos parroquianos jugaban una partida de dominó. Juan se sentó en un taburete y apoyó las cosas en el mostrador. - Un Ron con limón, por favor. - Ya - dijo Milena mirando con fastidio los objetos. - ¿Molestan? - preguntó Juan. - De verdad que si - respondió seca la mujer. - En ese caso los sacaré. Juan bajó los bultos al piso y comenzó a beber. - Ella es siempre así - gritó uno de los que jugaban al dominó. - Chico, no hay problema - acompañó el otro. Juan no respondió, miró a los jugadores y sonrió de lado. De un trago terminó la copa. - Oye mujer, tráeme otra, doble esta vez. - Ya. La mañana del día de la inauguración Juan había llegado tarde a la radio. El empleado le alcanzó el Diario del Sur. Leyó los títulos de primera plana: Cinco estudiantes se han perdido en el monte. Llega Papaito Jiménez. El Gobernador recibe la orden al mérito. Mayor control en la frontera. Hojeó la segunda y la tercera página. Antes de cerrar el periódico, en la quinta página había un aviso en letra chica: Hoy se pone en funcionamiento el Primer Metro de la zona sur. Por la tarde en Las Espigas, el señor Obispo y la señora Alcaldesa presidirán la ceremonia de inauguración... - Un subte en un pueblito del sur ¿Quién va a leer esto? preguntó en voz alta - Nadie - contestó. Salió de la oficina con el diario en la mano. Fue al despacho del Interventor de la radio, pero no había llegado. El Gerente y su secretaria tampoco. Se dirigió a la locutora. - ¿Tienes algo sobre la inauguración del subte en Las Espigas? - Hasta ahora no veo nada de eso. - ¿No deberías leer esta noticia? - Juan le mostró el recuadro. - Si el Gerente no la señaló no la leeré. A veces pasan cosas que no se dicen por la radio ¡No soy yo la que decide! contestó la locutora.
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Juan se fue y volvió al rato. La locutora esperaba la salida al aire. Juan vio que la lámpara roja no se había encendido aún. - Hablé con el Gerente por teléfono - mintió Juan - y dijo que se ha olvidado de incluir la noticia. Tienes que leer el recuadro del periódico. - ¿Estás seguro? - Claro mujer, acabo de hablar con él - Juan le entregó el recorte - A mi me mandó a la ceremonia. Voy al baño y salgo para allí. - ¿Ya tienes que ponerte a escuchar la radio? - preguntó la secretaria al Gerente, mientras se ponía el corpiño. - Las noticias están en primer lugar - contestó el Gerente afeitándose en el baño. Cuando en la radio la locutora terminó de anunciar: Hoy se pone en funcionamiento el primer metro del sur en Las Espigas, el Gerente soltó la máquina de afeitar. La sangre brotaba de su barbilla. Dos minutos más tarde sonó el teléfono. - ¿Quien ha sido el idiota? - le gritó el Interventor. Cuando Juan salió del baño, el Gerente ya había avisado a la radio que estaba despedido. - ¿Y tú a qué te dedicas? - preguntó Milena a Juan mientras le servía el quinto Ron. - Era periodista - dijo Juan y miró el escote de Milena. - ¿Cómo que eras? - Sencillo chica, me han echado del trabajo. - Ya. El escote de Milena era atractivo. - Tú no eres fácil de tragar - dijo Milena. - No siempre amiga. Dame otro vaso. - Ya. Juan se acercó a la máquina pasadiscos y puso una moneda. Sonó una canción romántica. - Pon una rumba - gritó uno de los que jugaba al dominó. - ¡A callar!- dijo Milena disgustada por la música. - De haberlo sabido no gastaba mi dinero - dijo Juan a media boca.
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- Estás dando la vuelta. Tómate un café oscuro. Es gratis. No quiero borrachos en mi negocio - dijo Milena. - ¿Borracho yo? - Toma el café y no digas nada. - Voy al baño - Juan se levantó tambaleando. Milena reconocía a los hombres sin necesidad de cuentos chinos. Esa tarde invitó a Juan a la casa. Juan confirmó que después de todo vivir en su país no era tan malo.

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Investigación
esde que Aristóteles comenzó a hacer las primeras clasificaciones de los animales o aún antes, desde que las especies mamíferas evolucionaron hasta los rumiantes actuales, se comenzó a observar que la cantidad de horas en el día dedicadas a la obtención e ingestión del alimento constituían un porcentaje significativo de la actividad animal. En el año 1997 el investigador Esteban Brownie se propuso establecer las causas de ese proceso. Para ello compró una estancia en las cercanías de Rauch en la provincia de Buenos Aires y una cantidad de novillos. Se hizo construir un casco de estancia y contrató un peón para que se ocupara de las tareas de mantenimiento de la casa y de los animales. Le llevó varios meses diseñar un protocolo de estudio que pudiera, en forma objetiva, analizar la conducta animal. Finalmente después de arduas búsquedas bibliográficas y cálculos matemáticos encontró la fórmula adecuada. No es mi interés en la actual presentación ahondar en los procedimientos científicos sino en los resultados obtenidos por el Dr. Brownie. La observación sistemática y el cuidadoso registro de datos pudieron demostrar que el tiempo promedio ocupado en la alimentación estaba en el orden del 55,6 %. En los animales más jóvenes era de alrededor del 47,5 % y en los de edad más avanzada era del 58,8 %. Sin embargo esto no aclaraba las causas y motivaciones que llevaban al animal a esta conducta. No fue sino luego de pasar varios meses de tediosa subsistencia en el lugar cuando Brownie hizo su gran descubrimiento. Fue una noche mientras comía. De pronto salió corriendo y gritando ¡Eureka! Había encontrado en su propio proceder las causas del proceso. Por cierto desde su llegada al campo había aumentado de peso significativamente. Estaba tan aburrido que su mayor distracción era ingerir alimentos. Esto le proporcionó la hipótesis: comen por aburrimiento.
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Establecida esta premisa retomó sus investigaciones randomizando a las vacas en dos grupos, uno siguió sus costumbres, al otro le proporcionó toda clase de diversiones: campos con obstáculos, sorpresas, regalos, caricias, videos algo subidos de tono, visitas guiadas y teatralización. Como resultado obtuvo en este último grupo las vacas más flacas de todo el país. Su hipótesis pudo ser confirmada y al mismo tiempo le sirvió para dejar todo y comenzar a dedicarse a una cantidad de actividades recreativas que había postergado desde hacía varios años.

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El misterioso doctor Barry
octor Barry lleguemos hasta aquí, no más. Es la mañana del 16 de junio de 1828 en Inglaterra. El doctor Barry se acerca al pabellón de leprosos acompañado por su enfermero asistente. - Tendrá que curarles las lesiones - indica Barry al enfermero. - General, es arriesgado. Este espectáculo es repugnante. - Le prohíbo expresarse así. En la penumbra del pabellón, un hombre extiende su mano sin dedos. Tiene la cara desfigurada y las piernas cubiertas por vendas húmedas. El doctor Barry le toma la mano con suavidad y le dice: - Señor de inmediato vendremos a cambiarle sus vendajes - y acercándose le murmura - Su esposa y su hija están bien. He conseguido ubicarlas con una familia que se ocupará de ellas. Ya le traeré noticias. Nadie sabe que el Dr. James Miranda Steuart Barry es una mujer. Es la sobrina del artista James Barry. Los otros dos apellidos los tomó de grandes amigos de su tío: el patriota venezolano Francisco de Miranda y el sabio David Steuart Erskine que la apoyó en su carrera médica. A él le escribe en una oportunidad: Mi estimado David: Aquí en Malta me encuentro bien. Estoy investigando una línea de vegetales que podrían ser útiles para el tratamiento de la sífilis. Ese mal que aqueja a tantos de mis soldados. Sería grato que pudiera darme algún consejo sobre esas plantas. Le envío unas muestras para estudio. En la batalla de Trinidad he sufrido varias heridas. Por suerte no de gravedad. Lo peligroso es que me han descubierto dos soldados, pero prometieron guardar el secreto. Lo mantendré al tanto. Dr. Inspector General James Barry - Es un excéntrico. Usa una espada enorme para su estatura comenta un soldado.
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- ¿Y su vocecita? - dice otro que tiene una cicatriz en la frente. - Ayer se ofendió no se porque razón. Cuando nos vio formados al sol discutió con el comandante. Le dijo que era un procedimiento insano. - ¡Cállate, allí viene! - Soldados - dice Barry - se requiere vuestra presencia en enfermería. - ¡Si mi General! - contesta el de la cicatriz simulando una voz afeminada. - ¡Es usted un necio! - le replica crudamente Barry - Si utiliza ese tono para burlarse de mí, debe saber que lo valioso de un hombre es su saber y su capacidad de acción, no las particularidades físicas que tenga. Lo espero en el patio de armas. A ver si logra manejar su espada con la misma sutileza que su lengua. - Disculpe mi General, no he querido ofenderlo. Años más tarde Barry es transferido a Canadá como Inspector General de Hospitales. Allí permanece hasta 1859 en que enfermo debe regresar a Londres. - ¡Doctor Mc Kinnon! - lo llama atónita la enfermera - ¡Por favor, acérquese a ver esto! El doctor toma el pulso a Barry y no lo encuentra. Le cierra los párpados con respeto y dice: - El doctor James Miranda Steuart Barry honorable Inspector General de Hospitales del valeroso ejército británico ha muerto. ¡Ha sido un gran hombre! - ¡Doctor revíselo, haga el favor! - insiste la enfermera. Ante el reclamo de la asistente el doctor Mc Kinnon destapa el cadáver desnudo y tibio de Barry.

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Terroristas
l Presidente tomó asiento en el Salón Oval y abrió la carpeta "Top Secret WH" donde estaba escondida la revista de Peter Pan. Collin, el Secretario de Estado, sentado en un sillón repasaba el Informe del día sobre Seguridad Nacional. - ¿Georgie has visto esto? - preguntó Collin. - ¿A que te refieres amigo? - contestó el Presidente guiñando un ojo. - Desde Argentina ha salido un cargamento de limones hacia Canadá. Los expertos de la CIA sospechan que se trata de bioterrorismo. - ¿Terrorismo? - el Presidente se tocó el sombrero tejano. - ¡Irak! ¡Bin Laden! - dijo Collin chasqueando los dedos frente a los ojos del Presidente. El Presidente dejó la carpeta y se apuró a sacar de un cajón del escritorio la pistola de agua. Apuntó a Collin y apretó el gatillo. - Georgie deja ya de joder con los juguetes - dijo Collin secándose la cara. - ¿Porque no me dejas jugar con mis juguetes? - preguntó el Presidente haciendo pucheros y tirando la pistola al suelo. - Bueno, bueno, si quieres jugar aprieta alguno de los botoncitos rojos que tienes en el escritorio. El Presidente dio unos saltitos palmeándose la barriga. Se puso un dedo en la boca y eligió un botón. - ¡Este! - exclamó sonriente y apretó el botón. En la enorme pantalla de la pared, apareció un misil Tomahawk saliendo desde un destructor que navegaba por el Golfo Pérsico. El Presidente se quedó mirando la pantalla. - ¡Ves Georgie que lindo es! Mira como corre ese hombrecito con turbante ¿Lo ves? - Collin sacó del bolsillo de la chaqueta una banderita y la agitó. - Y esa mujer con el niñito parece apurada ¡Que lindo! - el Presidente señalaba con el dedo. Collin entonó Good Bless América. El Presidente, emocionado, lo acompañó en las estrofas finales.
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- Georgie, tenemos que tratar el asunto del bio-terrorismo dijo Collin pasándose el pañuelo por un ojo. - Dime de que se trata - el Presidente se reclinó hacia atrás en el sillón. - Al cargamento de limones lo transporta un barco Chileno y ahora está cerca de New Jersey. Algo tenemos que hacer. - ¿Que dijiste sobre el barco? - Que es de Chile. - ¿Es muy picante? - No Georgie, Chile es un país de Sudamérica y Argentina también. - Tú me mareas Collin ¿De quien son esos países? - Son nuestros. - ¡Ah! ¿Y si son nuestros de que te preocupas? - Si, son nuestros, pero hay hombres malos por allí también. - ¿Terroristas? - al Presidente le temblaron los labios. - No, pero pueden serlo. - Entonces voy a apretar el botón. - No, no y no. Lo vamos a resolver con la Guardia Costera - No, no y no, voy a usar el botón. Dime cual. - Llamaré al Almirante afirmó Collin. - Está bien - dijo el Presidente frunciendo la nariz. Collin pidió la video conferencia con el Jefe de la Flota. - Almirante, tengo informes de la CIA sobre un barco chileno, con tripulación alemana y bandera de las Islas Marshall que lleva un cargamento bio-terrorista proveniente de Argentina. Tiene que requisarlo e informarme minuto a minuto. - Si señor - respondió el Almirante desde la pantalla. Collin dio vuelta la cabeza y no vio al Presidente. - Georgie, Georgie ¿Dónde estas? Salió a la carrera y le preguntó a una secretaria. - Señor Collin, el Presidente ha ido a la Sala de Mando. - ¡No! - exclamó Collin y siguió corriendo hasta la Sala de Mando. Abrió la puerta de un golpe. - Prrrrrrr, ratatataataa, boom ¡Iupiii, iupiii! - gritaba el Presidente manipulando dos joystiks al mismo tiempo. - ¡Georgie, ya mismo te vuelves a tu oficina! ¡Y que sea la última vez que vienes aquí sin mi permiso! - ¡Al barquito no le hice nada! - dijo el Presidente con lágrimas en los ojos. - Ya basta Georgie, ya basta. Eres muy desobediente.
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Volvieron al Salón Oval. Collin leyó los telegramas que acababan de llegar. - Mira lo que has hecho. Hundiste doce portaaviones rusos, borraste del mapa a Nairobi, destruiste el Sambódromo de Rio de Janeiro y ¡Mejor no sigo! Eres un chico muy malo. - ¿Pasó algo en La Florida? - ¡No! - respondió enojado Collin. - ¡Uf, menos mal! Si no mi hermano me mata. La pantalla se encendió. El Almirante pidió permiso para hablar. - Diga Almirante - dijo Collin. - Señor, nuestros hombres, luego de hacer los estudios de ADN, rayos beta, radiación de ultrafrecuencia y PCR, no descubrieron nada raro en el cargamento del barco. - ¡Destruya esa amenaza! América está en peligro - ordenó Collin. - ¡Si señor! - respondió el Almirante. El Presidente abrió la carpeta "Top Secret WH" y simuló que leía. La revista de Peter Pan estaba al revés. - ¿Y si no pueden destruirlo? - preguntó el Presidente mientras se mordía las uñas. - Cuando terminen nos mostrarán como lo lograron. - ¿Y si nos mienten? - Un americano nunca miente - Collin se puso serio. - Beno, juguemos a la batalla naval - dijo apaciguado el Presidente. Jugaron hasta que el Almirante volvió a aparecer en la pantalla. - ¡Misión cumplida! - dijo con orgullo. - ¡Bravo Almirante! Mañana venga para la Casa Blanca que le pongo una estrellita de colores en el saco - El Presidente se entusiasmó. - ¡Si señor! - exclamó el Almirante hinchando el pecho y haciendo la venia. - Muéstrenos el procedimiento Almirante - ordenó Collin. En la pantalla, dos poderosas grúas sacaban del barco cinco contenedores y los depositaban en el muelle. Diez hombres con escafandras y trajes antivirus abrían las trabas. Un millón de limones tucumanos eran incinerados en una barbacoa de dimensiones gigantescas.
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El programa
e masajeo las piernas - le dijo Beatriz a Severo. - No voy a poder ni extrañarte - murmuró Severo que sufría dolores insoportables. - No seas así - se quejó ella y le acercó el vaso de agua con la bombilla de plástico. Le levantó la cabeza para que pudiera beber. - Vi tantas veces la muerte y siempre me preguntaba como iba a ser cuando me tocara a mí. Sabés que sos muy linda. Me gusta tu pelo. Los dos callaron. Sabían que quedaba poco para el final. - No pude darte ni un hijo dijo desolada Beatriz. - Está haciendo frío - dijo Severo. - Te traigo unas mantas - dijo ella y fue a buscar al ropero las frazadas del invierno anterior. En abril todavía los días eran cálidos. El reloj dio cinco campanadas. Por la ventana entró el olor a lluvia. - ¿Sevi? Mi amor - lo llamó cuando volvió con las mantas. Él tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortado. Cuando Beatriz le tomó la mano, él abrió los ojos y dijo algo que ella no oyó. Beatriz se acostó a su lado y lo acarició hasta aún después de que él dejara de respirar. - Perdimos un amigo entrañable y lo que es peor, un eximio profesional comprometido con el Hospital y su gente - fue el final del discurso del colega que habló en el funeral. Más de cincuenta personas entre familiares y empleados del Hospital asistieron. Un grupo de médicos narraba anécdotas del muerto y Marcela, una empleada de compras se desmayó cuando Beatriz tiró tierra sobre el cajón. - El juicio quedó suspendido - le explicó el abogado a Beatriz una semana después. - No entiendo ¿Hasta cuando suspendido? Si está muerto. - Señora, es una figura legal.

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- Severo, esta es la oportunidad - le dijo el gremialista. - No me jodás - dijo Severo. - Necesitamos gente como vos. Si los honestos y capaces no se meten, nunca vamos a llegar a nada - insistió el gremialista mientras tomaban un café en el bar del Hospital - No hay gasas ni equipos para hacer análisis. - No se. Hay muchas presiones en esos puestos y sabés que yo no transo con nadie. - ¡Vos podés viejo! - No me dorés la píldora. Lo que querés es sacarte el problema de encima y que no se deschave que el Director dejó todo para el carajo y se las tomó. Sabemos los negociados que tiene ¿Y qué hace la gremial para destapar la olla? - ¡Mirá que sos un tipo jodido! Estaban sentados a la barra. El ruido de la máquina de café y los comentarios de los partidos del domingo les hicieron levantar la voz. - Bueno, dejame pensarlo - dijo Kusta. - No hay tiempo para pensar. - ¡Che, no se peleen! - intervino Pepe, parado del otro lado de la barra y haciendo equilibrio con dos café cortados - ¡Está todo bien! Ayer ganó San Lorenzo ¡Hay que festejar! - Es cierto Pepe - dijo el gremialista y dirigiéndose a Kusta agregó - Pensalo, mañana hablamos. Severo Kusta asumió la dirección. Sentado frente a la pantalla de la computadora le explicaba a un colega: - Aquí todo es confuso. Nadie deja claro lo que se compra, porqué y a quien. Si preguntás te dicen que es muy complejo. Creo que podemos deshacer la trenza con un buen programa de computación. Estoy trabajando en eso. - Severo sos un lírico - le dijo el colega - No desarmás la corrupción así no más. - Sevi otra vez te quedaste trabajando en el Hospital ¿No pensás en nosotros? - le dijo Beatriz una noche. - Sabés que lo que estoy haciendo es importante. Es una oportunidad única - dijo Severo y se sintió agitado.
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- Hermosa, cuerpo es lo que me sobra, vos lo sabés. Severo le acarició los pechos y esforzó una sonrisa. No se sentía bien. - No te hagas el machito. Todo tiene un límite. Necesito que nos riamos también, no se, de alguna tontería. Eso también es importante. - Si querés te cuento un chiste de gallegos. El Director volvió. - Cata, avisale al de Insumos Flukselén que se presente esta vuelta - decía el Director a la jefa de Farmacia - Ya arreglé el asunto como siempre, pero llamá para que no se les pase la fecha. - Ya lo llamo Doc. - Lo tuyo ya está. Quedate tranquila. Ah, Cata, ojo con Marcela. - ¿Quién? - La morocha de Compras, la que anda muchas veces ayudando a Kusta. Se está metiendo demasiado, pregunta y averigua cosas. Me parece que es zurdita. - A mi lo que me revienta es como Kusta nos vino a complicar todo. - Dejalo, que se lo crea - dijo el Director. - A mi me jode - se quejó Cata. - No armés quilombo y no te olvides de llamar a Flukselén concluyó el Director. A fin de año la situación en el Hospital se volvió crítica. La estafa del Director era vox populi. Se hizo una asamblea que logró separarlo del cargo aunque pasó a ocupar un puesto más importante en otro nivel del gobierno. Vino un nuevo Director. - Este plan que hizo Kusta está bueno pero no se entiende - se quejaba Perla, una empleada de Farmacia. - Perla - le dijo Cata - tratá de acostumbrarte si no querés tener problemas, sabés lo jodido que es Kusta. Me pregunto que hay detrás del programa que hizo, huele mal. - A Kusta lo conocemos todos. Es un loco de la computación pero el pobre ni auto tiene y se pasa la vida metido acá.
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- Nunca se sabe. Tampoco es de fiar Marcela, la que le hace gamba - dijo Cata. - ¿Te parece? - respondió Perla sin entender. Perla estaba siempre de mal humor. Militaba en un partido opositor al gobierno y no dudó en hacer la denuncia, cuando vio que en Compras se había adjudicado una oferta de algodón, por un precio mayor al que se vendía en el supermercado. - Flaco, no sabés la que te tengo - contó Perla a un compañero de partido - En el hospi, se mandaron una grossa, no se quienes estarán prendidos. - Contame. - Se aprobó una licitación por un precio increíble. Frené todo. Eran unos paquetes de algodón. Pero no es el hecho. - Seguí, me viene bárbaro para la campaña - le dijo el compañero de partido. - No se nada más. - Hacé vos la denuncia, que yo la sigo y nos anotamos un poroto. Al Hospital llegó la notificación del juicio caratulado como “Incumplimiento de los deberes de funcionario público”. Quedó involucrado el nuevo Director, el doctor Kusta y Marcela de Compras. El juicio circuló por los medios y aunque aún no se había demostrado nada, ya figuraban en varios matutinos, escrachados, los nombres de los supuestos delincuentes. - Cata, estoy arrepentida. - ¿De qué Perla? - Yo hice la denuncia pero me parece que la gente que cayó no tiene nada que ver. - ¿Que sabés? Vos estuviste bien. La justicia aclarará las cosas. - Sevi, no puede ser que esto nos esté pasando. - Quedate tranquila Beatriz, nosotros sabemos la verdad. No puede pasar nada malo. - Es mejor que busques un buen abogado. - ¿Para qué? - ¿Cómo para qué? No te das cuenta.
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- Jamás me llevé un peso. Mi plan era técnico, un programa de computación. - Lo se ¿Pero crees que lo técnico es inofensivo? Los jodés a ellos y ellos te van a joder a vos. - La denuncia no viene de ellos. - Aunque no venga de ellos, no hay duda de que le van a dar manija. Hay que pagar un buen abogado. - No tenemos un mango. Además los abogados lo único que saben es embarrar la cancha. Yo me voy a defender solo, con la verdad. Las pruebas que se fueron aportando complicaron la situación de Kusta. Se descubrió que varias de las firmas que se habían presentado a licitación eran falsas y se pensó que Kusta era el jefe de la banda. - ¿El doctor Mendibarren? - dijo Beatriz al entrar con Severo al despacho del abogado. - Si señores, un gusto - dijo Mendibarren estrechándoles la mano. - Aquí traemos todos los papeles que nos pidió - dijo Beatriz sacando una gruesa carpeta con la información. - ¡Ajá! Correcto - dijo Mendibarren mientras hojeaba la carpeta. - Usted sabe doctor que él solo hizo un plan técnico - dijo Beatriz. - Pero hay que poder demostrar que no tiene nada que ver con coimas y retornos. En algunos testimonios se dieron datos que pueden hacer sospechar de él como el cerebro de la banda. - ¿Que banda? ¿Qué testimonio? - dijo Beatriz desesperada. - El de una tal Catalina Robles, la jefa de Farmacia ¿Había alguna enemistad con su esposo? - No que yo sepa ¿Severo, estás oyendo? Decí algo. Severo no respondió. - Tiene que ayudarnos - imploró Beatriz al abogado. Kusta seguía callado hasta que dijo: - No entiendo bien de que se me acusa. Mi plan era justamente para que todo fuera más transparente. - Señor Kusta aquí no se trata de buenas intenciones, sino de que hay una denuncia y usted debe demostrar su inocencia.
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- Entiendo - dijo Kusta. Se sintió cansado. Beatriz arregló con Mendibarren los honorarios y quedó en una cita para la semana siguiente. - Severo, vamos a tener que pedir un préstamo para bancar esto. Beatriz terminaba de lavar los platos cuando sonó el teléfono. - Buenas noches ¿Con la casa de Severo Kusta? Habla Perla Losas. - ¿Qué quiere? contestó Beatriz. - Hablar con usted. Yo no pensé que esto iba a terminar así. - Esto no terminó ¿Y sabe lo que pienso? Que el plan de Severo afectó a unos cuantos. Quizás también a usted. - Yo jamás participé de nada raro. La llamo porque me sorprendió la declaración de Catalina, mi jefa. Se tiró contra Kusta. - ¿No será ella la que está metida en algo? - No se, pero cuando le preguntaron si sabía sobre las empresas falsas, tartamudeó. Voy a intentar averiguar algo continuó Perla - me parece injusto lo que le pasó a Severo. Beatriz se sintió reconfortada. La denunciante llamaba para ofrecer ayuda. No estaba todo perdido. - Estoy agradecida por su llamada - dijo Beatriz. Una semana después circuló la novedad en el Hospital: Perla, la de farmacia, había muerto. - Perla fue una boluda, desde que hizo la denuncia se quedó mal - le decía Cata al ex Director en un bar cercano al Hospital. - ¿De que le valió tanta sensibilidad al cuete? Está muerta y el proceso sigue. De esta no se salvan ni Kusta, ni Marcela decía el ex Director. - Pero podemos caer nosotros. Acordate que está el tema de las empresas truchas. - Quedate tranquila Cata, eso ya está arreglado. Cuando se enteró de la muerte de Perla, la desazón de Beatriz no tuvo límite. Faltaban seis meses para el juicio oral y el abogado no les daba muchas esperanzas.

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En marzo Severo empezó con dolores y todo sucedió en un mes. La enfermedad, los estudios, la cirugía inútil. “Está todo tomado” le anunció el médico a Beatriz después de la operación. “No hay nada que hacer”. - Estoy cagado - dijo Severo a los colegas que lo vinieron a visitar. Habían pasado seis meses de la muerte de Severo, cuando Beatriz recibió una llamada. - Necesito verla dijo la mujer que llamó. Beatriz dijo que no estaba de ánimo para recibir a nadie. La mujer insistió. Se oía el llanto de un bebé. - Severo hubiera querido que usted fuera la madre de Sevi. Quiero que lo conozca - dijo la mujer. - ¿Quién habla? preguntó Beatriz. - Marcela una compañera de su esposo en el Hospital.

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ANTIFÁBULAS

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La Zorra y las uvas

a Zorra hambrienta contemplaba cierta tarde, unos tentadores racimos de uvas muy maduras, que colgaban graciosos de una elevada parra. Pretendió entonces llegar hasta los racimos dando saltos. Luego, como la técnica del salto no le daba provecho, intentó a hacer piruetas para alcanzarlos. Cada vez que emprendía un nuevo brinco acicateada por el hambre, mejoraba la cabriola anterior. Saltaba y saltaba pero a las uvas no llegaba. De pronto se dio cuenta que le agradaba su silueta dando vueltas por el aire y tuvo la ilusión de convertirse en una bailarina Un promotor de espectáculos que pasaba por allí, vio a la Zorra mientras ella perfeccionaba las acrobacias y se le acercó para preguntarle si estaba dispuesta a realizar tan magnificas contorsiones en un escenario. La Zorra aceptó la propuesta. Hoy actúa una vez a la semana en un importante teatro de la ciudad. Con lo que recauda suele comprar miles de racimos de uvas, que le son entregados puntualmente por Federal Express.

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Moraleja: Siempre que puedas dedícate a ti mismo. Las uvas, como las brevas, caen al suelo cuando están maduras.

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El Pastor y el Lobo
na tarde el Pastor se encontró con el Lobo en una caverna , lejos de los campos de pastoreo. El Lobo se había adelantado unos minutos a la llegada del Pastor. - Nunca llegas tarde - dijo el Pastor - Tu me conoces - respondió el Lobo - ¡Ya lo creo! - exclamó el Pastor, sacando a su vez un par de monedas de oro de su bolsillo y dándoselas a su amigo. - ¿Dos monedas? ¡Nada más! - el Lobo preguntó con tono de congoja. - Ya nadie nos cree, las regalías del cuento han ido disminuyendo. - ¿Y las ovejas? - preguntó el Lobo. - Se han ido después de que les negué una mayor participación en las ganancias. - ¡Tendría que haberme comido a algunas! - aulló el Lobo. - ¡Son unas desagradecidas! Pero no te amargues, después de todo hemos vivido bastante bien todos estos años. - Fue bueno mientras duró ¿Y ahora qué haremos? - el Lobo estaba preocupado. - He estado pensando que poco sabemos hacer, además de mentir - dijo el Pastor pasándose la mano por la barbilla. - ¡Es verdad! - afirmó el Lobo guardándose las dos monedas. - Por lo tanto, sigamos adelante ¡Tengo una idea! - el Pastor le explicó al Lobo lo que había pensado. La primera edición del libro “The Magician Shepherd and the Fat Wolf” fue traducida a varios idiomas. En el texto se cuentan las divertidas andanzas de un Mago Pastor y su inseparable compañero, el Lobo Comilón, que salen a cabalgar por el mundo montados en un vellocino de oro, desperdigando el bien a troche y moche. Moraleja: Una mentira es pródiga cuando permite disfrutar de los derechos de autor.

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El Ruiseñor y el Halcón
na mañana se presentó el Halcón en el nido del Ruiseñor con intenciones asesinas. El Ruiseñor le rogó que no dañara a sus pichonzuelos. - Si cantas bien haré lo que me pides - respondió el Halcón cuidándose de parecer sincero. - Cantaré para complacerte - dijo el Ruiseñor y aclaró su garganta. Comenzó entonces el Ruiseñor a gorjear una melodía con tonos tan maravillosos que un Cazador, de pie junto al tronco del árbol, bajó la escopeta con la que apuntaba al Halcón distraído con los trinos del pajarillo. Una vez que el Ruiseñor hubo concluido su canción, el Halcón le dijo: - Ven a mi nido, te ruego que cantes para mis crías. El Cazador no volvió a levantar el arma y salió del bosque canturreando lo que había escuchado, luego tiró la escopeta al río.

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Moraleja: A los violentos muéstrales la belleza, no podrán contra ella.

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El Tordo y la Golondrina
l joven Tordo que vivía en el jardín de una casa rica, hizo estrecha amistad con la Golondrina que estaba de paso por el lugar. La Golondrina, aprovechando la ingenuidad del Tordo, se comportaba con extrema gentileza, a tal punto, que logró engatusar al jovenzuelo. De esta manera compartió con el joven Tordo la comida, el lecho y las bondades de la casa. La amistad interesada de la Golondrina no había sido descubierta por el Tordo hasta la tarde que confesó a su madre: - No hay amiga, madre mía, como la que yo me he echado esta primavera. La madre, una vieja Torda viuda, al borde del soponcio le dijo a su vez: - Lo que no hay, es un hijo tan tonto como tú ¿No piensas, infeliz, que cuando llegue el frío ella se marchará a retozar con los suyos, a las calientes tierras de donde procede? El joven Tordo, luego de haber meditado, le replicó a su madre: - Entonces seré feliz hasta que llegue el invierno.

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Moraleja: Si encuentras una fuente de felicidad bebe de ella hasta saciar tu sed.

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La Cigarra y la Hormiga
A la reserva Ecológica de la Ciudad de Buenos Aires

Durante los rigores del invierno, cuando los granos de trigo suelen humedecerse, la Hormiga secaba al sol las mieses recogidas con esfuerzo y sacrificio durante el verano. Satisfecha, la Hormiga contaba los granos y se decía “llegará la primavera y no pasaré necesidades, luego, en el verano, volveré a juntar trigo”. La Cigarra, que casualmente pasaba frente al hormiguero, al ver la fruición con que la hormiga observaba sus granitos, se paró curiosa, junto a ella. - Dime Hormiguita para que quieres tantos granitos de trigo preguntó la Cigarra sacándose los lentes de sol Gucci y alisándose el tapado de piel de leopardo. - Este es el fruto de mi trabajo y no pasaré hambre durante el invierno - la Hormiguita miró desafiante a la Cigarra ¡Supongo que no pretenderás que te dé de comer! - remató ásperamente. - Nunca he comido trigo en granitos. Si te parece, podrías darme un poco para probar. - Yo sabía que una perezosa como tú, que te has pasado el verano cantando, ahora, en la inclemencia del invierno, vendrías hasta mi casa a pedirme de comer - la Hormiga, influenciada por la vieja historia, comenzó a reírse, saboreando placenteramente la posesión de sus granitos ¡Pues no! No te daré de comer... ¡Aprende la lección de una buena vez! - remató acaparando con sus patitas todo el trigo que pudo. - Era curiosidad conocer el sabor del trigo en crudo - dijo tímidamente la Cigarra. - ¡Vete de aquí indolente! Vuelve cuando hayas comprendido que el holgazán y descuidado siempre se halla menesteroso y necesitado. - ¡Que carácter! Me voy antes que despegue mi avión. - ¿Avión? ¿Cómo harás tú para subirte a un avión? - preguntó incrédula la Hormiga.
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- Es una linda historia. El Puchi, un político amigo al que le gusta mucho como canto, me ha invitado a pasar el verano en las Islas Griegas. El tampoco soporta el frío en estas latitudes. - ¿Vas a Grecia? - los ojos de la Hormiga se asemejaron al dos de oros. - Si, si lo deseas puedo traerte un souvenir. El Puchi es muy generoso. - No, gracias, pero quisiera que lleves un mensaje de mi parte. - Dime Hormiguita a quien le quieres enviar un mensaje. - ¡A Esopo! Si lo llegás a ver dile que se vaya a la c... de su madre.

Moraleja: Acopiar trigo no te garantiza un veraneo en las Islas Griegas.

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ÍNDICE
Prólogo PARA CHUPARSE EL DEDO El cajón La máquina El sapo, el mamboretá y la iguana Las madres Mi primer cigarrillo Mameluco Blusa roja El último billete Carne de llama Tejido PARA RASCARSE EL HIGO Sandokan La tía de Raúl Asamblea Bombero Efrits Allá lejos La patrona El hijo de Horacio El celular Torino blanco Cuenta PARA EL DIVAN El espejo Ada Jacinta La creación Sorpresa Mascotas La brujas El secreto La mirada Pitadas Tía Elena Tango bravo página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página página 05 07 09 10 11 13 15 17 19 21 23 25 27 29 33 35 39 41 52 53 55 57 60 61 63 65 66 67 68 69 70 71 73 74 75 77 79

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PARA TOMAR LA TETA 81 El romance de Manuel Código Aroma de Jabones La pasión de una doncella Lola En el pasillo Escarabajos Tamaño El bautismo La misa El profesor

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PARA ESPIAR DEL OTRO LADO DEL MOSTRADOR 103 La muerte de Donald página La llave del mundo página El atentado página La esquina página Vacas página El Héroe página Un encuentro insospechado página La inauguración página Investigación página El misterioso doctor Barry página Terroristas página El programa página ANTIFABULAS La Zorra y las uvas El Pastor y el Lobo El Ruiseñor y el Halcón página página página página

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