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INTERVENCIÓN DEL PRESIDENTE DE ASTURIAS, JAVIER FERNÁNDEZ, EN LA INAUGURACIÓN DE LA CONFERENCIA POLÍTICA

Gracias, compañeras y compañeros. Tiene razón Susana. Hoy, ahora, ahora mismo, hay mucha, hay muchísima gente pendiente de nosotros en España. Los que quieren preservar el derecho universal a la salud, quienes piensan que las pensiones deben evolucionar al mismo ritmo que la riqueza nacional, los que están hartos de esta cruzada contra la lo común, lo colectivo y lo social. Todos esos miran, están mirando hacia nosotros. Los que no aceptan que nadie interfiera en la libertad de una mujer para ser madre. Quienes quieren que la escuela sea exactamente eso: escuela para educar ciudadanos y no para formar patriotas ni creyentes. Los que quieren terminar con los paraísos fiscales -empezando por el de aquí, por el paraíso fiscal del interior- miran hacia nosotros. También miran todos aquellos que piensan que un país sólo se respeta a si mismo si respeta a sus mayores, a sus enfermos, si no acepta que sus jóvenes no tengan ni trabajo ni sueldos. Todas esas personas confían, quieren confiar en nosotros. Todos esos hombres y mujeres que ahora ya saben que lo que tienen delante de sus ojos es la voluntad de cambiar España conforme a un proyecto ideológico profundamente reaccionario apoyándose en una mayoría absoluta. Todos esos, os aseguro, esperan, confían, miran hacia nosotros. Pero, ¿quiénes somos nosotros? ¿Quiénes somos para que tanta gente en España piense que podemos abrir una brecha en el fatalismo, para que piensen que podemos hacer que una vez más el futuro y la esperanza vuelvan a rimar? Porque cualquier reflexión que hagamos sobre lo que nos vincula y las obligaciones que nos debemos nos remite a preguntarnos quiénes somos. Y nosotros somos más que unos militantes, que unas siglas, que una organización.

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Somos una tradición, una historia, una cultura de partido. Somos lealtades que están aquí, incrustadas en la memoria. Nosotros somos, y dejadme que lo diga con orgullo, el Partido Socialista Obrero Español. Eso somos nosotros. Y es un nosotros abierto a otros huéspedes, a otras gentes porque somos un partido obrero, socialista y federal, y también un partido de cambio, de transformación. Somos un partido de gobierno, y decir gobierno implica decir mayorías, unas mayorías en la que deben estar incluidos esos pequeños empresarios, esos profesionales, esas clases medias urbanas, toda esa gente progresista que no es obrera ni socialista ni federal. El arma más poderosa y más potente de un partido así es una narración que le dé a la gente identidad. Una identidad que sirva para que sepan quiénes somos, de dónde venimos y, sobre todo, a dónde van con nosotros. Y decir nosotros es afirmar que también hay otros. No es un antagonismo concreto, pero sí una raya, una frontera. Porque si la gente vota, pero no decide; si mete la papeleta, pero no elige; si creen que pueden cambiar los gobiernos, pero no las políticas, entonces el “nosotros” no nombra una realidad, sino una nada. No sería una esperanza, sino una frustración. Y por eso es tan importante nuestra identidad. Nuestra identidad política, social, nacional y económica. Económica, sí, porque corre el rumor de que no hay diferencias, de que no hay posibilidad de elección democrática en economía porque manda el mercado. Pero ni el tiempo que vivimos, que es el tiempo global del mercado, está en conflicto con el tiempo político de la democracia, ni el mercado es una realidad antisocial. El mercado no es bueno ni malo, no emite juicios. Si alguien quiere comprar sexo o vender droga o un riñón, el mercado lo provee. Es el Estado el que tiene que autorizarlo o prohibirlo o regularlo, y nosotros ponemos límites porque nos preguntamos cuestiones como dónde debe mandar el dinero, cuáles son los bienes que no se pueden vender ni comprar. Porque una casa que se subasta, que se la quede el que más puje, pero un corazón para un trasplante, no. Los corazones no pueden estar en relación con el nivel de renta. La salud, la educación, la naturaleza... ¿cuál es el sentido moral de esos bienes? Digo moral porque hay bienes morales, bienes cívicos que cambian su naturaleza, que se transforman, que se convierten en otra cosa cuando se someten al tráfico mercantil.
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El amor que se vende no es amor, y la amistad que se paga no es amistad. La educación y la salud que se venden no son derechos. Porque ni el amor ni la educación ni los derechos se pueden vender ni comprar. Y eso no es cualquier diferencia, porque según pensemos de una u otra manera hablaremos de una economía de mercado o de una sociedad de mercado. Y una economía de mercado es un instrumento, una herramienta; una sociedad de mercado, no: una sociedad de mercado es una manera de vivir. Dejemos claro que no hay oposición entre lo económico y lo social, y que un mercado no es un promotor de la desigualdad, porque el problema no son los mercados, sino los no-mercados: los de las barreras de entrada, los de la información asimétrica, los de las estructuras en oligopolio, los de los mercados imperfectos que se pretenden autorregular, que pretenden que se gobiernen por encima del interés general. Esos son los problemas. Y el mercado financiero es uno de ellos, y eso fue lo que nos llevó a la crisis, y entonces dijimos -yo mismo y otros muchos socialistas- que el problema está en la codicia y en la avaricia. Si hay que hablar de las pasiones que anidan en el corazón y las entrañas de las personas, de acuerdo, háblese. Pero que lo hagan los moralistas y los curas. Nosotros tenemos que hablar de las ideas, porque fueron las ideas las que nos trajeron a esto. No era economía, era ideología, y hay un mercado, el mercado de las ideas, que dista mucho de ser perfectamente competitivo, pero aún lo es, y de ahí el conflicto entre los partidarios de que el mercado se autorregule y no aparezca el Estado y quienes creemos que el Estado debe ser más que juez y gendarme y debe regular esos mercados; el conflicto entre los que quieren mercados libres y quienes queremos mercados para que la gente sea libre. Esa es la batalla ideológica de nuestro tiempo y la que hay que dar. Ésa es. Y tenemos una idea de país, hay que tenerla, porque no se pueden pensar las políticas si antes no has pensado ese país. Escucho muchas veces: tendremos el país que podamos pagarnos. ¡Hombre, claro! pero no es bueno un país sólo porque podamos pagarlo, lo que debemos es preguntarnos qué país queremos ser y trabajar para llegar a serlo y ver la manera de pagarlo. Pero un país es también una identidad y una pertenencia y una nación, y los socialistas tenemos una idea de nación. Para nosotros no es una esencia que viene del Pleistoceno, un país no es
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un mineral ni un mandato de los visigodos. Un país es un devenir histórico que ha cristalizado en un espacio público de ciudadanía, de ciudadanos libres, iguales y ciudadanos partidarios de una sociedad laical, de valores públicos y respeto a las conciencias privadas. Eso es para nosotros un país. Yo pertenezco a una generación a la que la España de los símbolos, los signos y las banderas nos importa menos que la de los hombres y mujeres que trabajan, estudian, que llora o que ríen en ella. Nos gustan la caja única de la Seguridad Social, el Fondo de Compensación Interterritorial, que son símbolos menos poéticos, lo reconozco, sí, que no son una España tan heroica, tan épica, pero sí de una España mucho más integradora, mucho más igual, mucho más fraterna y mucho más solidaria. Ésa es nuestra España. Somos menos partidarios de las identidades fuertes que de las identidades múltiples, yo vengo de una tierra en que las identidades se suman, no se restan, pero en un mundo cosmopolita, nosotros construimos nuestra identidad nosotros elegimos nuestra identidad. Yo elijo la mía, he elegido ser español, asturiano, socialista porque yo como vosotros, soy un puzle, un mosaico de cosas diversas y sumadas, y no soy lo que otros nacionalistas quieran que seamos, no somos lo que otros quieren que seamos, porque en el imaginario socialista, la nación de los socialistas, nunca puede haber un extranjero interior, porque nosotros queremos, porque nos gusta y mucho, vivir con todos esos extraños que comparten con nosotros nuestra nación. Ésa es la idea de España de los socialistas. A veces nos dicen: Es que habéis cambiado mucho. Yo recuerdo a un compañero muy querido que siempre decía: no hemos cambiado ni en las convicciones, ni en los principios, ni en las lealtades, pero todos los que plantean cuestiones demasiado tajantes durante demasiado tiempo es que no se han enterado que el mundo está vivo, gracias a una metamorfosis permanente. Así lo decía Luis Martínez Noval. Y no sólo hemos cambiado, también nos hemos equivocado. Hasta no hace mucho creíamos en el profeso lineal, en ese progreso armónico que envuelve todos los progresos parciales. Resulta que el económico y el tecnológico están, pero el político y el social hace tiempo que no están, creíamos en el futuro como promesa y ahora vemos que el futuro es una página en blanco y que no hay frontera más hermética que el día de mañana. Que todo es más frágil de lo que pensábamos y otros decidieron hace ya tiempo que se ha acabado la historia, que éste es el puerto de llegada de todos los viajes y que mañana sólo es otro nombre de hoy.

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Nosotros no, porque los que nacimos en un país y nos hicimos plenamente adultos en otro, sabemos que no hay destinos prefijados de antemano, sabemos, como Machado, que no están ni el mañana ni el ayer escritos. Nacimos en un país atrasado, autárquico, pobre, dictatorial y nos hicimos plenamente adultos en uno abierto, cosmopolita, moderno y democrático. Y hoy ese país, ese país está desarrollado y a la vez, devastado. Sumido en la discordia, cargado de deudas, sin pulso cívico. Pero tenemos infinitamente más medios que entonces y muchos mejores hombres y mujeres con más capacidad. Y tenemos el recuerdo de lo que hicimos no hace tanto. Hoy hemos venido aquí a decir que queremos liderar ese país, hemos venido a decir que queremos crear empleo, rescatar el estado social y devolver la esperanza, porque la esperanza es lo que nos vincula con el futuro. La vida, la vida, la vida misma tiene la estructura de la esperanza, y porque ya lo hicimos, hace años y no damos cuerda al recuerdo, no vivimos del pasado, pero lo hicimos porque entonces, como ahora, había quien sólo era capaz de dar realidad desnuda, áspera, sin esperanza. Daban realidad sin esperanza y otros, como ahora, proponían esperanza sin realidad. Nosotros dimos las dos cosas, esperanza y realidad, y vamos a hacerlo otra vez y vamos a hacerlo, ¿sabéis por qué? Porque si no fuéramos capaces, entonces, nosotros, los de entonces, es que ya no somos los mismos, y eso no puede ser porque somos el Partido Socialista Obrero Español. Gracias, compañeros.

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