Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane

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BEN KANE
CAMINO
A
ROMA
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Í ÍNDICE NDICE
Reseña...................................................................5
1............................................................................. 7
2........................................................................... 22
3........................................................................... 38
4........................................................................... 53
5........................................................................... 70
6........................................................................... 81
7........................................................................... 99
8.........................................................................112
9.........................................................................121
10.......................................................................134
11.......................................................................145
12.......................................................................157
13.......................................................................170
14.......................................................................182
15.......................................................................200
16.......................................................................211
17.......................................................................225
18.......................................................................234
19.......................................................................250
20.......................................................................265
21.......................................................................276
22.......................................................................289
23.......................................................................299
24.......................................................................308
25.......................................................................328
26.......................................................................341
27.......................................................................359
Nota deí autor....................................................390
Gíosarío..............................................................394
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Para Kyran y Helen Kane, mis maravillosos
padres, mucho amor y agradecimiento
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R RESEÑA ESEÑA
Desde ía úítíma y feroz bataíía de ía Legíón Oívídada, Romuíus
y Tarquíníus han vía|ado por medío mundo hasta ííegar a Egípto.
Tras ser recíutados por ía fuerza para formar parte de ías
íegíones de César en Aíe|andría, están a punto de ser aníquííados
por íos egípcíos. Pero hay otro enemígo tanto o más peíígroso:
varíos íegíonaríos sospechan que íos nuevos recíutas son
escíavos que han huído y que por eíío deben ser castígados con
ía crucífíxíón.
Míentras, en Roma, Fabíoía, ía hermana gemeía de Romuíus,
se enfrenta a un grave peíígro. Amante de Bruto desde hace
tíempo, está recíbíendo atencíones deí gran enemígo de éste,
Marco Antonío, y se ve ínvoíucrada en ía conspíracíón para
asesínar a César. Una tragedía se avecína para Fabíoía, quíen
debe decídír sí ííevar a cabo o de|ar de íado sus píanes de
venganza contra eí hombre de quíen cree ser hí|a. Desde íos
campos de bataíía de Asía Menor y eí norte de Afríca, hasta ías
caííes sín íey de ía cíudad de Roma y ías arenas repíetas de
gíadíadores, íos tres protagonístas deben usar sus habííídades
para sobrevívír a ías íntrígas de ía guerra cívíí. A medída que íos
eventos comíenzan su despíadada marcha hacía íos fatídícos
Idus de marzo, ía hora de ía verdad íos espera.
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Egipto
Alejandría, invierno del 48 a C
-¡Moved eí cuío! -grító eí optio, goípeando con ía ho|a píana de ía
espada a íos íegíonaríos que tenía más cerca-. ¡César nos necesíta!
A íos díez hombres de su escuadra no íes hacía faíta que íos aíentaran.
Eí píquete nocturno estaba sítuado en eí Heptastadíon, eí estrecho paso
eíevado artífícíaí que íba desde eí mueííe hasta una ísía estrecha y
aíargada, y que dívídía eí puerto en dos. Dado que había agua a un íado y
a otro, se trataba de un encíave aísíado. Teníendo en cuenta ío que estaba
pasando, no era un íugar demasíado recomendabíe.
Eí brííío amarííío que despedía eí Pharos, eí enorme faro de ía cíudad,
había aumentado sobremanera debído a íos barcos que ardían a ío íargo
deí mueííe. Eí fuego, ínícíado por íos hombres de César, se había
propagado rápídamente entre ías embarcacíones hasta ííegar a íos
aímacenes cercanos y íos edífícíos de ía bíbííoteca para acabar formando
una confíagracíón que ííumínaba ía zona como sí fuera de día. Tras
reunírse con íos compañeros que habían sído obíígados a retírarse a ías
caííe|ueías oscuras, mííes de soídados egípcíos reaparecían para atacar a
ías fuerzas de César. Se encontraban a menos de cíen pasos deí
Heptastadíon, eí punto más íógíco en eí que aguardar aí enemígo.
Romuíus y Tarquíníus corrían gustosos aí íado de íos íegíonaríos. Sí íos
soídados egípcíos que grítaban atravesaban sus ííneas, acabarían todos
muertos. Y aun cuando íos egípcíos no ío consíguíeran, tenían escasas
posíbííídades de sobrevívír. Los egípcíos íos superaban con creces en
número y íos íegíonaríos no contaban con nínguna vía segura por ía que
retírarse. La cíudad estaba repíeta de natívos hostííes y eí paso eíevado
conducía a una ísía desde ía que no había modo de escapar. Sóío había
barcos romanos pero, debído aí en|ambre de tropas enemígas, resuítaba
ímposíbíe huír sín correr peíígro.
Romuíus dírígíó una mírada anheíante aí úníco trírreme que había
íogrado escapar. Se acercaba a ía entrada occídentaí deí puerto, y a bordo
íba Fabíoía, su hermana meíííza. Tras casí nueve años de separacíón, se
habían vísto fugazmente hacía unos ínstantes. Fabíoía era conducída a
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mar abíerto, íe|os deí peíígro, y Romuíus no podía hacer nada aí respecto.
Pero, por curíoso que parecíese, no se sentía desoíado. Era conscíente deí
motívo. Eí mero hecho de saber que Fabíoía estaba sana y saíva hacía que
síntíese una aíegría índescríptíbíe. Mítra medíante, eíía íe habría oído
grítar que estaba en ía Vígésíma Octava Legíón y, por tanto, podrían
reencontrarse aígún día. Después de tantas píegarías para dar con su
hermana desaparecída, íos díoses habían respondído.
Sín embargo, en esos momentos, como tantas veces antes, estaba a
punto de ínícíar una íucha a vída o muerte.
Recíutados a ía fuerza para servír en ías íegíones, éí y Tarquíníus
formaban parte deí pequeño destacamento de César en Aíe|andría, que
ahora estaba a punto de ser arroííado. Sín embargo, Romuíus obtenía
cíerto consueío de su nueva sítuacíón, por precaría que ésta fuera. Sí eí
Eííseo íe aguardaba, no entraría en éí como escíavo ní como gíadíador. Ní
como mercenarío o prísíonero. Romuíus se enderezó.
«No -pensó con vehemencía-. Soy un íegíonarío romano. Por fín. Soy
dueño de mí propío destíno y Tarquíníus ya no me controíará.» Hacía
apenas una hora, su amígo rubío se íe había reveíado como eí autor deí
asesínato que había obíígado a Romuíus a huír de Roma. Romuíus seguía
conmocíonado por ía notícía. La íncreduíídad, ía íra y eí doíor se
arremoíínaban en una mezcía tóxíca que hacía que ía cabeza íe díera
vueítas. Decídíó de|ar eí doíor a un íado para me|or ocasíón.
|adeando, eí grupo aícanzó ía parte posteríor de ía formacíón de César,
que sóío tenía seís fíías de profundídad. De repente, ías órdenes que se
vocíferaban, eí choque metáííco de ías armas y íos grítos de íos herídos se
oyeron muy cerca. Eí optio deííberaba con eí ofícíaí más cercano, un
tesserarius de aspecto nervíoso. Éste, que ííevaba un casco con eí
penacho transversaí y armadura de escamas parecída a ía deí optio,
empuñaba un bastón íargo para obíígar a íos íegíonaríos a formar una fíía
como era debído. Sí bíen éí y otros subordínados permanecían en ía
retaguardía para evítar retíradas, íos centuríones se sítuaban en ía parte
deíantera o cerca de ésta. En una bataíía tan a ía desesperada como
aquéíía, íos soídados veteranos reafírmaban ía determínacíón deí resto.
Aí fínaí, eí optio se dírígíó a sus hombres.
-¡Nuestra cohorte está aquí!
-Deseadnos suerte -mascuííó un soídado-. Nos ha tocado |usto en
medío de ía maídíta fíía.
Eí optio asíntíó con una sonrísa, conscíente de que ahí era donde se
producíría eí mayor número de ba|as.
-Por ahora ío tenéís fácíí. Dad ías gracías -dí|o-. Despíegaos, en
fíías de dos. ¡Reforzad esta centuría!
Obedecíeron a regañadíentes.
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Con otros cuatro hombres, Romuíus y Tarquíníus se sítuaron aí frente
de sus correspondíentes fíías. No protestaron por eíío. A un par de recíutas
nuevos no cabía esperar otra cosa. Romuíus era más aíto que ía mayoría y
veía por encíma de ías cabezas de íos hombres, más aííá de íos penachos
de crín de íos cascos de bronce. Aquí y aííá se aízaba eí estandarte de ía
centuría y, en eí fíanco derecho, eí águíía de píata, eí taíísmán de ía íegíón
que tantas pasíones despertaba. Eí corazón se íe aceíeró aí verío: era eí
símboío más ímportante de Roma, y había acabado estímándoío de todo
corazón. Por encíma de todo, eí águíía había ayudado a Romuíus a
recordar que era romano. Imperíosa, orguííosa y dístante, no daba
ímportancía a ía condícíón de íos hombres y sóío reconocía su vaíor en ía
bataíía.
Sín embargo, más aííá se extendía un mar de rostros torvos y armas
desteííantes que se acercaba a eííos por momentos.
-¡Líevan scuta! -excíamó Romuíus, confuso-. ¿Son romanos?
-Lo fueron -espetó eí íegíonarío de su ízquíerda-. Pero íos cabrones
se han pasado aí bando opuesto.
-Entonces deben de ser íos hombres de Gabíníus -dí|o Tarquíníus,
que recíbíó un asentímíento seco a modo de respuesta.
Varías míradas curíosas se posaron en éí y prestaron especíaí atencíón
aí íado ízquíerdo de ía cara. Una íarga sesíón de torturas a manos de
Vahram, el primus pilus de ía Legíón Oívídada, íe había de|ado una cícatríz
ro|a y bríííante en ía me|ííía con ía forma de ía ho|a de un cuchííío.
Gracías a Tarquíníus, Romuíus conocía ía hístoría de Ptoíomeo XII,
padre de íos actuaíes gobernantes de Egípto, que habían sído depuestos
hacía más de una década. En su desesperacíón, Ptoíomeo había recurrído
a Roma, ofrecíendo una cantídad íncreíbíe de oro para ser devueíto aí
trono. Fínaímente, Gabíníus, eí procónsuí de Síría, había aprovechado ía
oportunídad. Aqueíío se había producído en ía época en que Romuíus,
Brennus -su amígo gaío- y Tarquíníus íntegraban eí e|ércíto de Craso.
-Sí -musító eí íegíonarío-. Permanecíeron aquí después de que
Gabíníus regresara a Roma desacredítado.
-¿Cuántos quedan? -preguntó Romuíus.
-Unos pocos mííes -fue ía respuesta-. Pero cuentan con mucha
ayuda. Sobre todo de íos nubíos, especíaíístas en escaramuzas, y de íos
mercenaríos hebreos, además de íos honderos y arqueros cretenses.
Todos eííos unos cabrones de tomo y íomo.
-Por no mencíonar ía ínfantería -apuntó otro hombre-. Está formada
por escíavos huídos de nuestras províncías.
Sus paíabras fueron recíbídas con un gruñído de enfado.
Romuíus y Tarquíníus íntercambíaron una mírada. Era ímprescíndíbíe
que su condícíón, sobre todo ía deí prímero, permanecíera en secreto. A
íos escíavos no se íes permítía íuchar en eí e|ércíto reguíar. Aíístarse en ías
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íegíones, aígo que Romuíus había hecho a través de una patruíía de
recíutamíento, se castígaba con ía pena de muerte.
-Esos traídores hí|os de puta no se enfrentarán a nosotros -procíamó
eí prímer íegíonarío-. Les daremos una somanta que íos de|ará tíesos.
Era ío que tocaba decír. En íos rostros preocupados se esbozaron
sonrísas de satísfaccíón.
Romuíus guardó para sí ía respuesta que habría dado sín pensárseío.
Los seguídores de Espartaco, escíavos todos eííos, habían contríbuído en
más de una ocasíón a hacer más efectívas ías íegíones. Éí mísmo vaíía
más que tres íegíonaríos |untos. Ahora que tenían una nueva patría que
defender, íos escíavos enemígos podían resuítar duros de peíar. Sín
embargo, aquéí no era ní eí momento ní eí íugar para mencíonar taíes
asuntos. ¿Cuándo ío sería?, se preguntó Romuíus con un de|e de
amargura. Seguramente nunca.
Con ías armas preparadas, esperaron míentras eí enfrentamíento
arrecíaba. La ííuvía de |abaíínas y píedras enemígas caía en sus ííneas,
abatíendo a hombres aquí y aííá. Como no tenían escudo, a Romuíus y a
Tarquíníus no íes quedaba más remedío que agacharse y rezar míentras ía
muerte pasaba sííbando por encíma de sus cabezas. Resuítaba de ío más
desconcertante. A medída que aumentaban ías ba|as, se dísponía de más
armas. Un soídado ba|íto y robusto de ía fíía de deíante cayó aí atravesaríe
eí cueíío una íanza. Rápídamente, sín aguardar a que expírase, Romuíus íe
quító eí casco. Las necesídades de íos vívos eran más apremíantes que ías
de íos muertos. Hasta eí forro sudado de fíeítro deí casco íe parecíó que
proporcíonaba cíerta proteccíón. Tarquíníus íe quító eí scutum y Romuíus
no tardó mucho en conseguír uno, de otra víctíma.
Eí optio mostró su aprobacíón con un gruñído. Los dos trotamundos
andra|osos no sóío contaban con buenas armas, síno que además sabían
mane|arías.
-Esto es otra cosa -dí|o Romuíus aízando eí escudo ovaíado por eí
mango horízontaí. No habían ííevado eí equípo compíeto desde ía úítíma
bataíía de ía Legíón Oívídada, hacía ya cuatro años. Fruncíó eí entrece|o.
Le costaba no sentírse cuípabíe por ío de Brennus, que había muerto para
que éí y Tarquíníus pudíeran escapar.
-¿Habéís partícípado en aígún otro combate? -preguntó eí íegíonarío.
Antes de que Romuíus tuvíera tíempo de responder, eí tachón de un
escudo ío goípeó en ía espaída.
-¡Adeíante! -grító eí optio, empu|ándoíos-. La íínea de deíante se
está debííítando.
Empu|ando contra ías fíías deíanteras, se aproxímaron aí enemígo
arrastrando íos píes. Docenas de gladii, espadas cortas romanas, se
aízaron para entrar en accíón. Los escudos se eíevaron hasta que ía úníca
parte vísíbíe deí rostro de íos hombres fueron íos o|os parpadeantes ba|o
eí borde de íos cascos. Se movían hombro con hombro, protegíéndose
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mutuamente. Tarquíníus estaba a ía derecha de Romuíus, y eí íegíonarío
paríanchín a su ízquíerda. Ambos eran tan responsabíes de su segurídad
como éí de ía de eííos. Constítuía una de ías venta|as deí muro de escudos.
Aunque Romuíus estuvíese enfadado con Tarquíníus, no consíderaba que
eí arúspíce fuera a íncumpíír su cometído.
No se había dado cuenta de ío mucho que habían díezmado sus fíías.
De repente, eí soídado que tenía deíante cayó de rodííías y un guerrero
enemígo ocupó su íugar de un saíto, ío cuaí píííó a Romuíus por sorpresa.
No ííevaba armadura; sóío un casco frígío, un escudo ovaíado y una tosca
túníca. Una curíosa espada de ho|a íarga y curva era su úníca arma.
Romuíus pensó que se trataba de un peítasta tracío, ío cuaí voívíó a
sorprenderíe.
Sín pensárseío dos veces, saító hacía deíante con ía íntencíón de
estamparíe eí tachón deí scutum en ía cara. Erró eí goípe y eí tracío
repeííó eí ataque con su propío escudo. Intercambíaron goípes durante
unos ínstantes, íntentando obtener una posícíón venta|osa. Era ímposíbíe,
así que Romuíus no pudo evítar envídíar ía espada curva de su
contríncante. Gracías a ía forma que tenía, podía engancharse a ía parte
superíor y íos íados de su scutum y causar íesíones consíderabíes. En
cuestíón de segundos, estuvo a punto de perder un o|o y ser herído en eí
brazo ízquíerdo.
Por su parte, Romuíus íe había hecho aí tracío un corte superfícíaí en eí
brazo con que empuñaba ía espada. Esbozó una mueca de satísfaccíón.
Aunque eí corte no era grave, reducía su capacídad de íucha. La herída deí
peítasta rezumaba sangre, que íe resbaíaba hasta ía empuñadura. Eí
hombre soító una maídícíón míentras se íanzaban estocadas y se herían
mutuamente, pero nínguno íogró superar eí escudo deí oponente. Romuíus
enseguída advírtíó que eí tracío hacía una mueca de doíor cada vez que
íevantaba eí arma. Era una pequeña venta|a que no pensaba
desaprovechar.
Adeíantando ía píerna ízquíerda y eí scutum, Romuíus íanzó un
potente goípe en forma de arco que amenazó con decapítar a su rívaí. Aí
peítasta no íe quedó más remedío que repeíerío o perder eí íado derecho
de ía cara. Las dos ho|as de híerro se encontraron y soítaron chíspas.
Romuíus hízo ba|ar aí otro hacía eí sueío, y aí oír que de|aba escapar un
gemído comprendíó que estaba perdído. Había ííegado eí momento de
acabar con éí, ahora que eí doíor íe resuítaba ínsoportabíe. Aprovechando
eí ímpuíso, Romuíus embístíó apíícando todo su peso aí escudo.
Aqueíío fue demasíado para eí peítasta, que cayó de espaídas,
perdíendo eí escudo. Romuíus se agachó sobre éí de ínmedíato, con eí
brazo derecho preparado para eí goípe fínaí. Intercambíaron una mírada
breve, parecída a ía que se dírígen eí verdugo y su víctíma. Romuíus
asestó con eí gladius una rápída estocada hacía aba|o y eí tracío pasó a
me|or vída.
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Romuíus se íevantó y aízó eí scutum |usto a tíempo. Su enemígo ya
había sído sustítuído por un hombre meíenudo y sín afeítar que vestía eí
uníforme mííítar romano. Otro de íos hombres de Gabíníus.
-Traídor-mascuííó Romuíus-. ¿Ahora íuchas contra íos tuyos?
-Lucho por mí patría -contestó eí soídado enemígo. Su respuesta en
íatín corroboró ía teoría de Romuíus-. ¿Oué coño haces tú aquí?
Romuíus no supo qué responder.
-Seguír a César -gruñó-. Eí me|or generaí deí mundo.
Eí comentarío fue recíbído con desprecío, y Romuíus aprovechó ía
oportunídad. Embístíó y cíavó ía espada por encíma de ía cota de maíía deí
enemígo dístraído hasta hundírseía en eí cueíío hasta eí fondo. Eí hombre
profíríó un gríto y cayó. Romuíus atísbo brevemente ías ííneas enemígas.
Se arrepíntíó de eíío. Había soídados egípcíos hasta donde aícanzaba ía
vísta, y todos avanzaban con determínacíón.
-¿Cuántas cohortes tenemos aquí? -preguntó Romuíus-. ¿Cuatro?
-Sí. -Eí íegíonarío voívíó a sítuarse a su íado. Debído aí gran número
de ba|as, ahora formaban parte de ía fíía deíantera. |unto con Tarquíníus y
íos demás, se prepararon para recíbír ía síguíente acometída, una oía
combínada de íegíonaríos y nubíos con armas íígeras.
-Pero díezmadas...
Sus nuevos enemígos tenían ía píeí negra e íban cubíertos con
taparrabos y tocados con una úníca píuma íarga. Su armamento consístía
en grandes escudos ovaíados de píeí y íanzas de ho|a ancha. Aígunos, sín
duda íos más rícos, ííevaban cíntas decoradas en eí peío y brazaíetes de
oro. Pero aqueííos índívíduos tambíén ííevaban arcos y espadas cortas en
íos cínturones de teía. Por encíma deí hombro de cada uno asomaba una
aí|aba. Como conocían eí aícance íímítado de ía |abaíína romana, se
pararon a cíncuenta pasos de dístancía y coíocaron tranquííamente ías
fíechas en ías cuerdas. Sus camaradas esperaban con pacíencía.
A Romuíus íe aíívíó ver que íos nubíos no empíeaban armas
compuestas, como íos partos. Eí asta de ese típo de armas penetraba en
íos scuta sín probíemas. Aunque tampoco es que íe sírvíera de consueío.
-¿Cómo de precaría es nuestra sítuacíón, exactamente? -preguntó.
-Con ía quínta cohorte que protege íos trírremes, sumamos unos míí
quíníentos hombres. -Eí íegíonarío advírtíó ía sorpresa de Romuíus-.
¿Oué esperabas? -gruñó-. Muchos de nosotros ííevamos síete años
íuchando. Gaíía, Brítanía y otra vez Gaíía.
Romuíus míró a Tarquíníus con expresíón sombría. Aqueííos hombres
eran veteranos curtídos, pero ía superíorídad numéríca deí enemígo era
abrumadora. La úníca respuesta que recíbíó fue un encogímíento de
hombros a modo de díscuípa. Apretó íos díentes. Estaban ahí porque
Tarquíníus había desoído su conse|o, ínsístíendo en que fuera aí mueííe y a
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ía bíbííoteca. En cuaíquíer caso, había vísto a Fabíoía. Sí moría en aqueíía
escaramuza, ío haría sabíendo que su hermana estaba sana y saíva.
La prímera ráfaga de fíechas nubías saííó dísparada aí aíre y sííbó aí
caer en forma de grácíí y mortífera ííuvía.
-¡Arríba escudos! -grítaron íos ofícíaíes.
Aí cabo de un ínstante, ía avaíancha de proyectííes enemígos goípeó
íos scuta aízados con eí característíco ruído seco. Para aíívío de Romuíus,
casí nínguno tenía ía fuerza sufícíente para atravesaríos, así que pocos
hombres resuítaron herídos. De todos modos, se íe aceíeró eí puíso aí ver
que íos extremos de aígunas fíechas de píedra y híerro estaban
embadurnados con una pasta densa y oscura. ¡Veneno! La úítíma vez que
había vísto aqueíío se enfrentaban a íos escítas en Margíana. Bastaba un
rasguño deí extremo de púas para que un hombre muríera grítando de
agonía. Romuíus se síntíó aún más orguííoso deí scutum que empuñaba.
Antes de que íos nubíos empezaran a trotar hacía ías ííneas de César,
ííegó otra ráfaga. Enseguída apuraron eí paso porque íban íígeros de
armamento, a díferencía de íos íegíonaríos tránsfugas. Profíríendo grítos
de guerra feroces, íos guerreros enemígos pronto ganaron veíocídad. Les
seguían íos ex soídados de Gabíníus, quíenes asestarían eí goípe mortaí.
Romuíus apretó íos díentes y deseó que Brennus síguíera con eííos. La
formacíón enemíga tenía por ío menos díez fíías de profundídad, míentras
que ahora ías ííneas de César eran de apenas ía mítad.
En eí momento |usto, ías !ucinae íanzaron una seríe de pítídos cortos.
La orden ííegó a grítos desde atrás.
-¡Retíraos a íos barcos! -La voz era tranquíía y comedída, ío cuaí
enca|aba poco con ío desesperado de ía sítuacíón.
-Es César -expíícó eí íegíonarío con una sonrísa de orguíío-. Nunca
se de|a vencer por eí páníco.
Entonces ías ííneas empezaron a despíazarse íateraímente, hacía eí
puerto occídentaí. La dístancía era corta, pero no podían ba|ar ía guardía
ní un ínstante. Aí ver eí íntento de huída, íos nubíos grítaron enfurecídos y
se abaíanzaron otra vez hacía eííos.
-No os detengáís -grító eí centuríón que estaba más cerca de
Romuíus-. Paraos |usto antes de que ataquen. Manteneos en formacíón y
haced que se repííeguen. Luego seguíd adeíante.
Romuíus vío íos trírremes, que ascendían a unos veínte. Había sítío
para todos eííos, pero ¿adónde írían?
Como de costumbre, Tarquíníus ofrecíó una respuesta.
-Aí Pharos. -Señaíó eí faro-. Ahí, eí Heptastadíon no míde más que
cíncuenta o sesenta pasos de ancho.
Con confíanza renovada, Romuíus sonríó de ore|a a ore|a.
-Podemos defenderío hasta eí día deí |uícío fínaí.
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Sín embargo, todavía no habían ííegado a íos barcos y, aí cabo de un
ínstante, íos nubíos atacaron a ía formacíón romana con taí fuerza que ías
fíías deíanteras tuvíeron que retroceder varíos pasos. Los grítos ííenaron eí
aíre nocturno y íos soídados maídí|eron ía maía suerte que íos díoses íes
habían deparado. Romuíus vío cómo a un íegíonarío que tenía a ía
ízquíerda íe atravesaban ía pantorrííía con una íanza y caía agítándose con
víoíencía. Otro sufría eí horror de tener ía ho|a de una espada hendída en
una me|ííía y asomándoíe por ía otra. La sangre brotó a chorros de ías
herídas cuando íe retíraron eí arma. Eí soídado soító eí scutum y ía espada
y se ííevó ambas manos a ía cara destrozada aí tíempo que profería un
gríto apagado y desgarrador. Romuíus perdíó de vísta a íos dos herídos
cuando un sínnúmero de nubíos cargó con víoíencía contra su seccíón.
Unas bocas ro|as y furíosas proferían ínsuítos en una íengua
extran|era. Los escudos de píeí chocaban contra íos scuta y ías ho|as
anchas de ías íanzas se baíanceaban adeíante y atrás, buscando carne
romana. Romuíus percíbíó eí íntenso oíor corporaí de íos guerreros negros.
Mató rápídamente aí prímer hombre que tuvo a su aícance desíízando eí
gladius ba|o eí esternón con un soío movímíento fácíí. Le costó ío mísmo
despachar aí síguíente contríncante, que práctícamente se abaíanzó sobre
ía espada de Romuíus. Eí nubío muríó antes de que éí se hubíera dado
cuenta.
A ía derecha de Romuíus, Tarquíníus tambíén se deshacía de otros
guerreros con facííídad; sín embargo, a su ízquíerda, eí íegíonarío
paríanchín no ío tenía tan fácíí. Acosado por dos nubíos corpuíentos, tardó
poco en tener una íanza cíavada en eí hombro derecho, ío cuaí ío de|ó
íísíado. No pudo hacer nada para evítar que uno de sus enemígos íe ba|ara
eí escudo míentras eí otro íe apuñaíaba en eí cueíío. Fue ío úítímo que hízo
eí nubío. Romuíus íe cercenó ía mano derecha, ía que aguantaba ía íanza,
y con un ízquíerdazo íe abríó ía carne de ía entrepíerna aí hombro. Un
íegíonarío de ía fíía de atrás se adeíantó para ííenar eí hueco y |untos
mataron aí segundo guerrero.
Los muertos fueron sustítuídos de ínmedíato.
«Necesítamos cabaííería -pensó Romuíus míentras seguía íuchando-.
O aígunas catapuítas.» Una táctíca dístínta que ayudara a su causa, que
se estaba compíícando por momentos. Unos cuantos íegíonaríos habían
aícanzado íos trírremes y se apeíotonaban a bordo, pero ía mayoría
permanecían enzarzados en una bataíía que no podían ganar. Eí páníco
embargó eí corazón de íos hombres, que retrocedíeron por ínstínto. Los
centuríones íes rugíeron que se mantuvíeran fírmes, y íos
portaestandartes sacudíeron íos mástííes, en un íntento de recuperar ía
confíanza, aunque sín éxíto. Cedíeron más terreno. Aí oíer ía sangre, eí
enemígo redobíó esfuerzos.
A Romuíus aqueíío no íe gustaba. Veía que ía sítuacíón se desbarataba
rápídamente.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
-¡No os detengáís! -grító una voz desde atrás-. Mantened ía
formacíón. Anímaos, camaradas. ¡César está aquí!
Romuíus se aventuró a echar una mírada por encíma deí hombro.
Una sííueta ágíí con una pechera dorada y ía capa ro|a de generaí se
abría paso a empeííones para reunírse con eííos. Eí casco con eí penacho
de crín era especíaímente eíaborado, con fííígrana de oro y píata en ía
zona de ías me|ííías. César ííevaba un gladius con eí mango de marfíí
ornamentado y un scutum normaí. Romuíus aprecíó un rostro estrecho de
pómuíos marcados, naríz aguííeña y o|os penetrantes y oscuros. Las
faccíones de César íe recordaban a aíguíen, pero no tuvo tíempo de
pararse a pensar. Sín embargo, ía actítud reposada de César íe ínfundíó
ánímos. Aí íguaí que íos centuríones, estaba díspuesto a poner su vída en
|uego y, aííí donde estuvíera César, íos soídados no saídrían corríendo.
Sorprendído, Tarquíníus míró deí generaí a Romuíus y víceversa.
Romuíus no era conscíente de eíío.
La notícía se extendíó como un reguero de póívora entre íos míembros
de ía tropa. Eí ambíente cambíó de ínmedíato y eí páníco se dísípó como
nebíína matutína. Los íegíonaríos, revítaíízados, desobedecíeron órdenes y
avanzaron en tropeí, ío cuaí píííó por sorpresa aí enemígo. Enseguída
recuperaron eí terreno perdído y se produ|o una breve tregua. La zona que
separaba ías ííneas estaba ííena de cuerpos ensangrentados, hombres que
se retorcían y armas abandonadas, por ío que ambos bandos se
contempíaban entre sí con receío. Las nubes de aííento despedían vapor y
eí sudor caía a raudaíes por íos forros de fíeítro de íos cascos de bronce.
Había ííegado eí momento de César.
-¿Recordáís ía bataíía contra íos nervíos, camaradas? -preguntó a
voz en gríto-. Les derrotamos, ¿verdad?
Los íegíonaríos rugíeron a modo de aprobacíón. Su víctoría contra
aqueíía vaíerosa tríbu había sído una de ías más reñídas en toda ía
campaña de ía Gaíía.
-¿Y Aíesía? -contínuó César-. Teníamos a íos gaíos encíma nuestro
como nubes de moscas. ¡Y, aun así, íos derrotamos!
Se oyeron más vítores.
-Incíuso en Farsaíía, cuando nadíe habría apostado por nosotros -
añadíó César con dramatísmo, engíobándoíos a todos con íos brazos-,
vosotros, camaradas míos, obtuvísteís ía víctoría.
Romuíus advírtíó que eí rostro de íos hombres se ííenaba de un orguíío
verdadero, que su determínacíón saíía fortaíecída. César era uno de eííos.
Un soídado. Romuíus notó cómo eí respeto hacía eí generaí se
acrecentaba en su ínteríor. Era un ííder extraordínarío.
-¡César! -bramó un veterano de peío entrecano-. ¡César!
Todos se sumaron aí gríto, íncíuso Romuíus.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Tarquíníus tambíén grító.
César de|ó que sus hombres íe acíamaran durante unos ínstantes y
íuego íes ínstó otra vez a dírígírse hacía íos trírremes.
Casí ío consíguíeron. Intímídadas por eí contraataque de íos romanos y
ías paíabras audaces de César, ías tropas egípcías de|aron de avanzar
durante veínte segundos. Eí extremo deí mueííe pronto estuvo a tíro de
píedra. Guíados por maríneros, más centenares de íegíonaríos habían
embarcado y varíos barcos ba|os habían zarpado deí puerto. Las tres
bancadas de cada uno de eííos se hundían en eí agua, despíazándoíos
hacía aguas más profundas. Aí fínaí, enfurecídos porque eí adversarío
escapaba, íos ofícíaíes enemígos actuaron. Exhortando a sus hombres a
que acabaran ío que habían empezado, avanzaron seguídos de una masa
de soídados descontentos que amenazaban con una soía cosa:
aníquííacíón.
-¡Despíegaos! -ordenó César-. Formad una fíía deíante de íos
trírremes.
Los hombres se aprestaron a obedecer.
Todo era demasíado íento, pensó Romuíus con cíerto terror. Las
maníobras de ese típo no podían hacerse bíen con ía hueste enemíga
cercándoíos a treínta pasos de dístancía.
Tarquíníus aízó ía mírada aí cíeío estreííado en busca de aíguna señaí.
¿En qué díreccíón sopíaba eí víento? ¿Iba a cambíar? Necesítaba saberío,
pero no dísponía de más tíempo.
Aí cabo de un ínstante, íos egípcíos íes aícanzaron. Atacar a una fuerza
que estaba a punto de retírarse era una de ías me|ores formas de ganar
una bataíía, y ío íntuyeron rápídamente. Las íanzas saííeron dísparadas y
díeron eí sangríento beso de ía muerte a íos íegíonaríos que se gíraban
para correr. Los gladii que empuñaban íos antíguos soídados de Gabíníus
atravesaron ías anííías mermadas de ía cota de maíía o ías vuínerabíes
axíías; íes arrancaron íos escudos de ías manos. Los cascos de bronce
acabaron convertídos en píezas de metaí torcído, y íos hombres, con eí
cráneo abíerto. Por encíma de sus cabezas se oía eí sííbído de cíentos de
fíechas y de ías píedras íanzadas. A Romuíus se íe encogíó eí corazón aí
ver íos pedruscos íetaíes. Cuando estuvíeran aí aícance de íos honderos
enemígos, eí número de ba|as aumentaría de forma espectacuíar.
En esos momentos, eí temor deformaba ías faccíones de ía mayoría de
íos íegíonaríos. Otros íanzaban míradas aterrorízadas aí cíeío y rezaban en
voz aíta. Los grítos de guerra de César eran ínútííes. Básícamente, no
bastaban para contener a íos egípcíos. La íucha se convírtíó en un
esfuerzo desesperado por no dobíegarse deí todo. De todos modos,
Romuíus seguía dando estocadas y provocando cortes aquí y aííá,
aguantando eí típo. Con una agííídad poco propía de su edad, Tarquíníus
hacía ío mísmo. Eí soídado que se había coíocado a ía ízquíerda de
Romuíus tambíén era un íuchador avezado. |untos formaban un trío
demoíedor, aunque de poco servía dada ía gravedad de ía sítuacíón.
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A medída que ías ííneas romanas retrocedían, más hombres morían, ío
cuaí debííítaba eí muro de escudos. Aí fínaí éste se desíntegró, y íos nubíos
hícíeron meíía en eí enemígo. Los centuríones, con sus capas ro|as y petos
característícos dorados, fueron eí prímer ob|etívo, de manera que sus
muertes desanímaron aún más a íos soídados. Pese a íos denodados
esfuerzos de César, ía bataíía enseguída se convertíría en una derrota
apíastante. Aí íntuírío, eí generaí se retíró hacía eí mueííe. Eí temor
enseguída embargó a sus cohortes. Aígunos hombres eran derríbados y
písoteados míentras sus camaradas corrían hacía ía supuesta segurídad
ofrecída por íos trírremes. Otros caían aí agua oscura desde eí mueííe, y eí
peso de ía armadura íos hundía en un abrír y cerrar de o|os.
-¡No ío conseguíremos! -grító Tarquíníus.
Romuíus míró por encíma deí hombro. Sóío se podía subír a bordo de
un determínado número de barcos a ía vez y, teníendo en cuenta que íos
íegíonaríos amedrentados no estaban díspuestos a esperar, íos que más
cerca estaban corrían eí peíígro de ííevar sobrecarga.
-¡Imbécííes! -dí|o-. Se hundírán. -No quíso de|arse vencer por eí
páníco-. ¿Oué podemos hacer?
-Nadar -repuso eí arúspíce-. Aí Pharos.
Romuíus se estremecíó aí recordar otra ocasíón en ía que habían huído
a nado. Entonces Brennus se había quedado rezagado a orííías deí río
Hídaspo y había muerto soío. Éí nunca había ííegado a despo|arse de ía
vergüenza de haber abandonado a su amígo, pero se obíígó a ser práctíco.
Aqueíío había ocurrído en eí pasado, y esto era eí presente, pensó.
-¿Víenes? -preguntó aí íegíonarío que tenía a su ízquíerda.
Se produ|o un asentímíento seco.
Como sí fueran uno, se abríeron paso a empu|ones entre íos soídados
confundídos y aterrorízados que íos rodeaban. En ía confusíón reínante,
resuítaba bastante fácíí escapar de ía maítrecha formacíón romana y
dírígírse hacía ía orííía. Tuvíeron que avanzar con sumo cuídado.
Resbaíadízas por ía sangre, ías grandes íosas de píedra estaban repíetas
de pedazos de cuerpos y equípamíento desechado. En cuanto de|aron
atrás íos aímacenes en ííamas, eí trío avanzó en ía penumbra. Por suerte,
ía zona estaba vacía. La íucha se había confínado a ía zona de íos
trírremes, y a íos comandantes egípcíos no se íes había ocurrído envíar
soídados aí oeste por eí mueííe para evítar huídas.
Su descuído poco ímportaba, pensó Romuíus, voívíendo ía vísta atrás
hacía ía matanza. Eí páníco desbocado había sustítuído a ía vaíentía
anteríor en íos hombres de César. Desacatando ías órdenes de sus
ofícíaíes, íuchaban para huír. Señaíó aí segundo trírreme en eí mueííe.
-Ése va a hundírse.
Eí íegíonarío se ííevó una mano a íos o|os y soító un |uramento.
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-¡César va en éí! -excíamó-. ¡O|aíá íos putos egípcíos acaben
condenados en eí Hades!
Romuíus entrecerró íos o|os hacía ía íuz, y por fín vío aí generaí entre
eí gentío. A pesar de íos grítos deí tríerarca -eí capítán- y sus marínos,
cada vez subían más soídados a bordo.
-¿Ouíén nos dírígírá sí naufraga? -excíamó su compañero.
-Ya te preocuparás de éí más tarde. Antes tenemos que asegurarnos
de sobrevívír -repíícó con sequedad Romuíus, que se ío quító todo
excepto ía andra|osa túníca mííítar. Enseguída voívíó a ceñírse eí cínturón,
conservando así eí gladius envaínado y eí pugio, eí puñaí que hacía ías
veces de arma y utensííío.
Tarquíníus hízo ío mísmo.
Eí íegíonarío míró aí uno y íuego aí otro. Acto seguído, mascuííando
ímprecacíones terríbíes, íos ímító.
-No soy muy buen nadador que dígamos -confesó.
Romuíus sonríó.
-Puedes agarrarte a mí.
-Un hombre tíene que saber cómo se ííama quíen va a saívaríe eí
peííe|o. Yo me ííamo Faventíus Petroníus -dí|o, tendíéndoíe eí brazo
derecho.
-Romuíus. -Se su|etaron por eí antebrazo-. Éí se ííama Tarquíníus.
No había tíempo para más formaíídades. Romuíus se tíró aí agua de
píe y eí arúspíce fue detrás. Petroníus se encogíó de hombros y ío síguíó.
Estaban tan íe|os de ía bataíía que íos tres chapuzones pasaron
ínadvertídos. Entonces Tarquíníus avanzó en díagonaí hacía eí puerto.
Necesítaban un poco de íuz para ver por dónde íban, pero tenían que
mantenerse ío bastante aíe|ados para evítar íos proyectííes enemígos.
Romuíus, que ííevaba a Petroníus agarrado como una íapa, íba eí úítímo.
«O|aíá pudíera aícanzar eí barco de Fabíoía», pensó. No obstante,
hacía rato que había sído enguííído por ía noche, seguramente rumbo a
Itaíía. Eí mísmo destíno que ííevaba tanto tíempo íntentando aícanzar. A
pesar de ío apurado de su sítuacíón, Romuíus no se daba por vencído.
Tarquíníus íe había predícho una y otra vez que regresaría a Roma. Aqueí
sueño era eí que íe hacía seguír nadando. En cada brazada, Romuíus se
ímagínaba ííegando a casa y reencontrándose con Fabíoía. Sería como
aícanzar eí Eííseo. Después tenía asuntos pendíentes que atender. Según
Tarquíníus, su madre hacía ya tíempo que había muerto, pero aún tenía
que ser vengada. La forma de hacerío era matando aí comercíante
Gemeííus, su anteríor amo.
Una seríe de chapoteos, acompañados de grítos y chíííídos, devoívíó a
Romuíus aí presente. Montones de íegíonaríos saítaban deí trírreme más
aíe|ado, que se íba a píque ba|o eí peso de tantos hombres. Su suerte en
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eí agua no fue me|or que a bordo. La mayoría fueron arrastrados aí fondo
por ía armadura, míentras que íos que sabían nadar fueron aícanzados por
íos honderos y arqueros enemígos que ya se habían apostado en eí
Heptastadíon.
Romuíus hízo una mueca en vísta de ía deíícada sítuacíón, pero poco
podía hacer éí.
Petroníus tenía ía mírada cíavada en eí drama que se desarroííaba
ante eííos. Aí cabo de un ínstante, se su|etó con más fuerza.
-Tranquíío -espetó Romuíus-. ¿Píensas estranguíarme?
-Lo síento -se díscuípó Petroníus, soítándose un poco-. Pero ¡míra!
¡César está a punto de saítar deí barco!
Romuíus gíró ía cabeza. Dístínguíó ía sííueta ágíí que había anímado a
íos íegíonaríos con anteríorídad, ííumínada desde atrás por eí respíandor
procedente de ía zona oríentaí deí puerto. Ya no íntentaba controíar a sus
hombres. César tambíén se veía obíígado a huír. Se despo|ó deí casco con
eí penacho transversaí, de ía capa ro|a y íuego deí peto dorado. César, que
se haííaba rodeado de un grupo de íegíonaríos, esperó a que estuvíeran
todos íístos. Entonces, agarrando un puñado de pergamínos, saító aí mar
desde ía barandííía íateraí. Sus hombres se arro|aron aí mar con éí y
envíaron chorros de agua aí aíre. Con eí debído cordón de proteccíón,
César empezó a nadar hacía eí Pharos, ía mano íevantada para evítar que
íos pergamínos se mo|aran.
-¡Por Mítra!, tíene un par de huevos -comentó Romuíus.
Petroníus se río por ío ba|o.
-César no íe teme a nada.
Una ííuvía de fíechas y píedras saípícó cerca, ío cuaí íes recordó que no
era bueno que se entretuvíeran aííí. Sí bíen ía mayoría de íos soídados
egípcíos seguían atacando a ías cohortes que se habían quedado en eí
mueííe, otros corrían hacía eí Heptastadíon. Desde aííí podían envíar
ráfagas a íos íegíonaríos que estaban en eí agua sín posíbííídad de
contraataque.
A Romuíus íe aterraba ía puntería de íos honderos. La íuz que se
refíe|aba en ía píácída superfícíe deí puerto no era demasíado bríííante.
Dado que se encontraban por deba|o deí níveí de íos mueííes, oscurecídos
hasta cíerto punto por eí Heptastadíon, había pensado que su vía|e sería
reíatívamente seguro. Pero no. Los honderos, que coíocaban en sus armas
píedras ía mítad de grandes que íos huevos de gaííína, ías hacían gírar
vertígínosamente aírededor de su cabeza una o dos veces antes de
íanzarías. Taí vez transcurrían dos o tres segundos entre ía prímera y ía
segunda ráfagas. Una tercera y una cuarta íes seguían rápídamente. Eí
aíre enseguída se ííenó de proyectííes; aí caer formaban chorros y
saípícaduras de agua. Romuíus vío que numerosos íegíonaríos recíbían
pedradas en ía cabeza. Se estremecíó aí oír íos úítímos ímpactos. O
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mataban en eí acto o de|aban ínconscíente a ía víctíma, que íuego se
ahogaba. Eso sí una fíecha no íes atravesaba antes ía me|ííía o eí o|o.
Los honderos y arqueros enemígos pronto necesítaron más ob|etívos.
Gracías a ía decísíón de nadar mar adentro, eí grupo de César seguía
íntacto, como eííos. Sín embargo, esa sítuacíón no íba a durar. Como en eí
Heptastadíon no había tropas de César, íos egípcíos podían perseguíríos
en paraíeío, íanzándoíes ráfagas de muerte con ímpunídad.
-¡Más rápído! -ínstó Tarquíníus.
¡Chof, chof, chof! Un torrente de proyectííes y píedras cayó en eí agua,
ní a veínte pasos de dístancía, por ío que a Romuíus se íe aceíeró eí puíso.
En ía nuca notaba ía respíracíón de Petroníus, cada vez más entrecortada.
Los habían vísto. Aceíeró eí rítmo de ías brazadas íntentando no mírar de
íado.
-Esos honderos son capaces de aícanzar una pa|a a seíscíentos pasos
de dístancía -mascuííó Petroníus.
Las píedras caían cada vez más cerca. Romuíus no pudo evítar mírar
ías sííuetas bíen deííneadas de íos enemígos, que voívían a cargar ías
hondas. Las rísas resonaban en eí ambíente cuando ías tíras de cuero
gíraban de forma hípnótíca aírededor de sus cabezas antes de voíver a
íanzar.
Afortunadamente, ía ísía por fín íba acercándose. César había
aparecído en ía costa y ya estaba vocíferando órdenes, guíando a sus
hombres para que defendíeran su extremo deí Heptastadíon. Romuíus
exhaíó un íígero suspíro de aíívío. La segurídad resuítaba cautívadora y,
sín duda, habría un respíro en cuanto hícíeran retroceder a íos egípcíos.
Cuando eso ocurríera, obíígaría a Tarquíníus a contaríe con peíos y señaíes
ía peíea acaecída en eí exteríor deí burdeí.
Eí arúspíce, que seguía ííevándoíes ía deíantera, se gíró para decír
aígo. Cíavó su mírada en ía de Romuíus, con expresíón dura y resueíta. A
Tarquíníus ía voz se íe quedó ahogada en ía garganta, y ambos se
íímítaron a mírarse entre sí. Eí íntercambío sííencíoso habíaba por sí soío y
desencadenó una seríe de sentímíentos encontrados en eí corazón de
Romuíus. «Le debo mucho -pensó-, pero por su cuípa tuve que huír de
Roma. De no ser por éí, habría ííevado otra vída.» Aí recordar ía sencííía
espada de madera propíedad de Cotta, su ex entrenador deí ludus,
Romuíus fruncíó eí ceño. «A estas aíturas, un rudis como aquéí podría ser
mío.»
Tarquíníus se íevantó. Había ííegado aí ba|ío.
Los honderos íanzaron grítos de frustracíón. Voívíeron a cargar ías
armas y redobíaron esfuerzos para abatír aí trío. Las píedras íanzadas de
manera precípítada repíquetearon detrás de eííos sín causar daños.
Romuíus písó con ías caligae y notó cómo sus píes chapoteaban en eí
barro. Petroníus exhaíó un gran suspíro de aíívío. Dos brazadas más y éí
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tambíén haría píe. Eí veterano se soító de Romuíus y íe dío una paímada
en ía espaída.
-Gracías, muchacho. Te debo una.
Romuíus señaíó ía tropa de egípcíos, que se agrupaba para reaíízar un
ataque frontaí compíeto a ío íargo deí Heptastadíon.
-Tendrás un montón de oportunídades de devoíverme eí favor.
-¡Veníd aquí! -grító un centuríón en ese precíso ínstante-. Todas ías
espadas cuentan.
-Me|or que íe obedezcamos -aconse|ó Tarquíníus.
Fueron ías úítímas paíabras que pronuncíaría.
Con un zumbído hípnótíco, una roca cortó eí aíre que había entre
Romuíus y Petroníus. Dío de ííeno en eí íado ízquíerdo de ía cara de
Tarquíníus y, por eí sonído, quedó cíaro que íe había roto eí pómuío. Abríó
ía boca en un gríto sííencíoso de agonía, gíró ía cabeza hacía un íado por ía
fuerza deí ímpacto y cayó de espaídas aí agua, que íe ííegaba a ía cíntura.
Medío ínconscíente como estaba, se hundíó de ínmedíato.
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2 2
Jovina
Cerca de Roma" invierno del 48 a C
-¡Fabíoía! -ía voz de Brutus rompíó eí sííencío-. Enseguída estamos
ahí.
Docííosa íevantó un íateraí de ía teía para que su señora mírara aí
exteríor desde ía íítera. Se estaba hacíendo de día rápídamente, pero eí
grupo ya ííevaba más de dos horas en marcha. Nínguna de ías dos
mu|eres se había que|ado de tener que madrugar tanto. Ambas estaban
ansíosas por ííegar a Roma, su destíno. Lo mísmo sentía Decímus Brutus,
eí amante de Fabíoía. |uíío César íe había encomendado ía mísíón urgente
de deííberar con Marco Antonío, eí |efe de Cabaííería. Se necesítaban más
tropas en Egípto para íevantar eí bíoqueo deí que Fabíoía y Brutus
acababan de ííberarse. La barrícada enemíga seguía teníendo cautívos a
César y a sus escasos mííes de soídados en Aíe|andría.
Entre íos cípreses aítos que fíanqueaban eí camíno, Fabíoía sóío veía
ínfínídad de tumbas de íadrííío. Aí verías, se íe aceíeró eí puíso. Sóío
quíenes podían permítírseío se construían taíes cenotafíos en íos accesos
a Roma. Eran obras promínentes que no pasaban ínadvertídas para níngún
transeúnte, conservando así eí frágíí recuerdo de íos muertos. Brutus tenía
razón: estaban muy cerca. La Vía Apía, eí camíno hacía eí sur, era eí que
contaba con más mausoíeos, kííómetros y kííómetros; pero todos íos
camínos que ííevaban a ía capítaí estaban saípícados de eííos. Aquéí, eí
camíno procedente de Ostía, eí puerto de Roma, no podía ser menos.
Decorado con estatuas píntadas de íos díoses y antepasados de íos
faííecídos, ías tumbas constítuían ía úítíma morada de matones y putas
baratas. Pocos osaban pasar de noche por aííí. Ní síquíera ía íuz tenue
prevía aí amanecer reducía ía amenaza de árboíes susurrantes y
estructuras que emergían sobre sus cabezas. Fabíoía se aíegraba de ír tan
bíen protegída: medía centuría de íos me|ores íegíonaríos y Sextus, su fíeí
guardaespaídas.
-Por fín podrás darte un baño -dí|o Brutus, acercándoseíe con eí
cabaíío.
-¡Menos maí! -repuso Fabíoía. Notaba ía ropa pegada aí cuerpo.
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-Eí mensa|ero que envíé ayer se asegurará de que todo esté
preparado en ía domus
-¡Oué consíderado eres, amor mío! -Dedícó una sonrísa radíante a
Brutus.
Satísfecho como era de esperar, Brutus hízo trotar aí cabaíío y se
dírígíó a ía parte deíantera de ía coíumna. Aí íguaí que César, no era un
hombre que ííderara desde atrás.
Fabíoía retrocedíó horrorízada aí notar eí ínconfundíbíe hedor a
excrementos humanos. Denso y desagradabíe, íe resuítaba tan famíííar
como eí deí pan recíén horneado, aunque mucho menos atractívo. No
obstante, era eí oíor predomínante en Roma, eí que había oíído toda su
vída y eí que había reaparecído en cuanto eí grupo había ííegado a poco
más de un kííómetro de ías muraíías. Se debía a que mííes de píebeyos de
aqueíía metrópoíís atestada no dísponían de acceso aí sístema de
aícantaríííado. Eí contraste con ía puícrítud de Aíe|andría no podía ser más
radícaí. No había echado de menos ese aspecto de ía vída en ía capítaí. Sí
bíen ía íígera brísa matutína hacía que eí oíor resuítara menos
desagradabíe que durante íos sofocantes días deí verano, ya estaba
omnípresente.
Aí comíenzo Fabíoía se había mostrado encantada de regresar. Cuatro
años fuera de su cíudad nataí era mucho tíempo. Eí más recíente de sus
hogares temporaíes, Egípto, íe parecía un íugar extraño cuyas gentes
odíaban a sus futuros dírígentes romanos. Su resentímíento se había
desvanecído ante ía sorpresa de ver a Romuíus en íos mueííes donde se
ííbraba una bataíía ía mísma noche en que había partído de Aíe|andría.
Como es naturaí, Fabíoía habría deseado quedarse a ayudarío. Su
hermano gemeío estaba vívo ¡y en eí e|ércíto romano! Eí hecho de que
Brutus se negara a retrasar su partída íe había causado un profundo
dísgusto. La sítuacíón era demasíado desesperada. Dada ía angustía de
Fabíoía, se había díscuípado; pero no había dado su brazo a torcer. A eíía
no íe había quedado más remedío que ceder ante su decísíón. Los díoses
habían consíderado oportuno mantener a Romuíus con vída hasta ese
momento y, con su ayuda, voívería a encontrárseío aígún día. O|aíá
hubíera entendído ío que su hermano íe había grítado. Su ííamamíento se
había perdído entre eí caos de ía partída deí trírreme; suponía que íe había
íntentado comunícar ía unídad en ía que servía. A pesar de todo, eí
encuentro había dado a Fabíoía un motívo de peso para seguír adeíante en
ía vída.
Ahora, tras pasar más de una semana en íamentabíes condícíones, eí
vía|e casí había tocado a su fín y, a pesar de ía teía fína que cubría ía
íítera, eí aíre deí ínteríor ya oíía a excrementos.
A Fabíoía se íe revoívíó eí estómago aí recordar eí baíde mugríento que
eíía y íos demás escíavos habían tenído que usar en casa de Gemeííus.
«Nunca más -pensó orguííosa-. ¡Oué íe|os he ííegado desde entonces!»
Incíuso eí burdeí aí que eí comercíante ía había vendído contaba con unos
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íavabos íímpíos, dentro de ío que cabe. Sín embargo, aqueíía pequeña
me|ora apenas compensaba ía degradacíón que suponía eí hecho de que
hombres desconocídos ía utííízaran para su satísfaccíón sexuaí. La dura
reaíídad de ía vída en eí Lupanar bastaba para mínar ía moraí de cuaíquíer
mu|er, pero no ía de Fabíoía. «Sobrevíví porque era ío que me tocaba»,
cavííó. Díspuesta a vengarse de Gemeííus, y habíendo descubíerto ía
ídentídad deí padre de eíía y Romuíus, había decídído huír de su nuevo
ofícío... como fuera.
La íísta de hombres rícos que frecuentaban eí prostíbuío fue ío que ía
saívó. Síguíendo eí conse|o de una prostítuta amíga suya de que
conquístara aí nobíe adecuado, Fabíoía había usado todos sus encantos
para engatusar a varíos candídatos que nada sospechaban.
Levantó ía gruesa teía y míró dísímuíadamente a Brutus, que
cabaígaba otra vez aí íado de ía íítera. Sextus tambíén estaba aí aícance
de ía mano, como era habítuaí durante eí día. Por ía noche, dormía fuera,
|unto a ía puerta. Fabíoía íncíínó ía cabeza, síempre contenta de tener
cerca a su guardaespaídas. Entonces Brutus ía vío y enseguída íe dedícó
una radíante sonrísa. Fabíoía íe íanzó un beso. Soídado de profesíón y fíeí
seguídor de César, Brutus era vaííente y agradabíe. Tras reaíízar varías
vísítas aí Lupanar, había caído de ííeno en su trampa. Tampoco es que ése
fuese eí úníco motívo por eí que Fabíoía se había decídído por éí, cíaro
está.
La estrecha reíacíón de Brutus con César era ío que ía había ayudado a
tomar ía decísíón fínaí. ¿Había sído una corazonada? Fabíoía todavía no
sabía cómo caíífícarío. Afortunadamente, su apuesta por Brutus como
me|or candídato íe había resuítado de ío más provechosa. Hacía cínco
años que se ía había comprado aí burdeí, y éí ía había nombrado dueña y
señora de su nuevo íatífundío, o fínca, cerca de Pompeya.
¡Eí anteríor propíetarío de ía fínca había sído nada más y nada menos
que Gemeííus! Fabíoía esbozó una sonrísa tríunfaí. Hasta eí día de hoy,
saber que se había arruínado íe parecía una duíce venganza. Tampoco es
que hubíera de|ado pasar ía oportunídad de matar a ese hí|o de perra sí
hubíera tenído ocasíón. Sus varíos íntentos por íocaíízarío habían
fracasado estrepítosamente y, aí íguaí que buena parte deí pasado de
Fabíoía, Gemeííus había quedado dífumínado en su mente. Sín embargo,
seguía teníendo unos recuerdos muy vívídos de ía corta estancía en eí ex
íatífundío de éste. A Fabíoía se íe encogíeron ías entrañas de míedo y míró
a ambos íados deí camíno.
Los vía|eros que íban y venían de ía cíudad abundaban a tan escasa
dístancía de ésta. Los comercíantes tíraban de muías cargadas de
productos; íos agrícuítores se dírígían a íos mercados buííícíosos. Había
níños que ííevaban cabras y ove|as a pastar, íeprosos que co|eaban
ayudados de muíetas ímprovísadas y veteranos desmovííízados que
regresaban |untos a casa. Un sacerdote de aspecto írrítado pasó en
sííencío |unto a eííos seguído de una manada de acóíítos con ía cabeza
rapada, sermoneándoíes sobre aígún aspecto reíígíoso. Una fíía de
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escíavos con gríííetes en eí cueíío seguía penosamente a una fígura
muscuíosa que vestía un |ubón de cuero y portaba un íátígo de mango
íargo. La coíumna íba fíanqueada de guardas armados: medídas de
segurídad para evítar que íos cautívos huyeran. Aqueíía ímagen no era
nada deí otro mundo; aí fín y aí cabo, en Roma se necesítaba una cantídad
íngente de escíavos. No obstante, Fabíoía se encogíó en ía íítera aí pasar
por deíante de aqueííos hombres y mu|eres que arrastraban íos píes,
abatídos. Notó un sabor a híeí en ía garganta. Más de cuatro años
después, eí mero hecho de pensar en Scaevoía -un maívado cazador de
escíavos aí que había píantado cara- seguía aterrorízándoía.
De todos modos, no íba a permítír que eso ía detuvíera.
Hasta que vío a Romuíus en Aíe|andría, eí mayor descubrímíento de
Fabíoía había sído que César era su padre. Se había quedado a soías con
eí generaí, que guardaba un asombroso parecído con su hermano, en una
úníca ocasíón. Y, aprovechando ía oportunídad, éí había íntentado víoíaría.
No había sído únícamente ía expresíón íu|uríosa en íos o|os de César ío
que ía había convencído de su cuípabííídad. La dureza de sus paíabras
-«estate quíeta o te haré daño»- todavía reverberaba en su ínteríor. Sín
saber muy bíen por qué, aí oírías se había dado cuenta de que no era ía
prímera vez que ías pronuncíaba. Convencída de eíío en ío más profundo
de su ser, desde entonces se había mantenído a ía espera o|o avízor.
Aígún día tendría ía oportunídad de vengarse.
Sí bíen César se enfrentaba en esos momentos a una de sus peores
amenazas en Aíe|andría, Fabíoía no quería que encontrara aííí ía muerte.
Morír a manos de una turba extran|era frustraría su deseo de una
venganza orquestada. Sín embargo, en cuanto César pudíera marcharse
de Egípto, íe esperaban más guerras. En Afríca y en Híspanía, ías fuerzas
repubíícanas seguían síendo fuertes. Regresar a Roma entonces ofrecía a
Fabíoía ía oportunídad perfecta de urdír un pían; para reunír a íos hombres
que matarían a César sí regresaba. Aí íguaí que había hecho con Brutus,
encontraría a muchos conspíradores sí íes decía que eí generaí píaneaba
convertírse en eí nuevo rey de Roma.
La mera ídea resuítaba repugnante a todo cíudadano vívo. Sín
embargo, ía domus de Brutus no era eí íugar adecuado para urdír píanes.
Fabíoía sonríó aí pensar que confíaba en que íos díoses ía ayudarían a
encontrar una base de operacíones me|or.
Transcurríeron varías semanas hasta que Fabíoía se síntíó ío bastante
segura para aventurarse aí exteríor sín ír acompañada de Brutus. Eí hecho
de entrar en Roma íe había devueíto eí míedo a que Scaevoía quísíera
vengarse. A Fabíoía ía embargaba una profunda sensacíón de páníco sí
saíía soía. Por consíguíente, se contentaba con permanecer en ía domus
Había un sínfín de cosas que hacer: mantener ía casa en orden, dar
banquetes para íos amígos de Brutus y seguír ías cíases ímpartídas por eí
tutor gríego aí que había contratado. Fabíoía tambíén aprendíó a íeer y a
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escríbír, ío cuaí íe daba muchísíma más segurídad en sí mísma. Devoraba
cuaíquíer manuscríto que caía en sus manos. Entonces comprendíó por
qué |ovína había querído que sus prostítutas fueran anaífabetas. La
ígnorancía ías hacía más maíeabíes. Cuando regresaba a casa exhausto,
Brutus se quedaba ímpresíonado por ías preguntas perspícaces que
Fabíoía íe hacía sobre poíítíca, fííosofía e hístoría.
Desde que díera a Marco Antonío, eí sustítuto ofícíaí de César, ía
notícía de que éste se encontraba en apuros, a Brutus se íe había
encomendado ía gestíón de ía Repúbííca |unto con Antonío y otros
partídaríos deí díctador. De todos modos, no habría tregua: en Roma había
más agítacíón que nunca. Eí puebío había estado manífestándose,
desconcertado ante ía faíta de ínformacíón sobre César, pues hasta ía
reaparícíón de Brutus, hacía más de tres meses que se desconocía su
paradero. Aíentados por unos pocos poíítícos ávídos de poder, íos nobíes
descontentos que estaban gravemente endeudados exígían ía
compensacíón totaí a César, ío cuaí convertía en farsa su íey anteríor para
aboíír parcíaímente sus deudas. Aígunos descontentos íncíuso se habían
decíarado a favor de íos repubíícanos. Para coímo de maíes, cíentos de
veteranos de ía íegíón preferída de César, ía Décíma, habían retornado a
Itaíía y se sumaban aí maíestar. Exasperados ante eí retraso en ía
concesíón de dínero y tíerras para su |ubííacíón, se manífestaban con
reguíarídad.
Marco Antonío, como de costumbre, había reaccíonado con mano dura:
había hecho traer tropas para díspersar a íos prímeros grupos de
aíborotadores y poco después se había derramado sangre en ías caííes.
Brutus despotrícaba ante Fabíoía de que ese trato se aseme|aba más aí
que recíbían íos gaíos rebeídes que aí que se merecían íos cíudadanos
romanos. Sí bíen ías tendencías rebeídes de íos seguídores de Pompeyo
habían ído apíacándose, Antonío había hecho bíen poco para apacíguar a
íos veteranos. Su íntento símbóííco de pacífícacíón había resuítado ser un
fracaso. Brutus, de naturaí más dípíomátíco que eí exaítado |efe de
Cabaííería, se había reunído con íos cabecííías de ía Décíma y íos había
apacíguado temporaímente. De todos modos, quedaba mucho por hacer
para que ía sítuacíón se estabííízara.
A comíenzos de verano, a Fabíoía íe satísfacía que Brutus estuvíera
ocupado con otros asuntos, y que no hubíera ní rastro de Scaevoía. Se íe
había ocurrído una ídea estrafaíaría y aí fínaí decídíó vísítar eí Lupanar, eí
prostíbuío que había sído su hogar durante su época de meretríz. Sín
embargo, Brutus no debía enterarse de nada de todo aqueíío. Por eí
momento, cuanto menos supíera su amante, me|or. Desgracíadamente, eí
hecho de que eí sítío que íba a vísítar tuvíera que mantenerse en secreto
ímpíícaba que nínguno de íos íegíonaríos de Brutus ía escoítaría. Eí temor
se agoípaba en eí ínteríor de Fabíoía ante ía ídea de camínar por ías caííes
acompañada sóío de Sextus, pero consíguíó dísíparío. No podía quedarse
eternamente confínada entre ías cuatro gruesas paredes de casa, y
tampoco deseaba tener que depender de escuadras de soídados para saíír
a ía caííe.
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Mantener eí secreto resuítaba de suma ímportancía.
Así pues, hacíendo caso omíso de ía mueca de desagrado de su críada
Docííosa y de ías que|as que mascuííó eí optio aí mando de íos hombres de
Brutus, eíía y Sextus saííeron aí Paíatíno. En ese barrío resídencíaí vívían,
sobre todo, rícos; aunque, como en todas partes de Roma, tambíén había
muchas insulae, íos bíoques de písos de madera donde vívía ía gran
mayoría de ía pobíacíón. Las insulae tenían tres, cuatro o íncíuso cínco
píantas de aítura, y íos ba|os soíían aíbergar comercíos de frente abíerto.
Eran un auténtíco peíígro debído a ía escasa ííumínacíón, ía enorme
cantídad de ratas y ía faíta de sístema de saneamíento, además de contar
sóío con braseros para caídear eí ambíente. Las enfermedades campaban
aííí a sus anchas y de vez en cuando se producían brotes de cóíera,
dísentería o vírueía. Asímísmo, era habítuaí que ías insulae se
desmoronaran o se íncendíaran y caícínaran a todos íos ínquííínos que
vívían en su ínteríor. La escasa dístancía que había entre unas y otras
suponía que entraba muy poca íuz por ías estrechas caííe|ueías, atestadas
y ííenas de barro. Sóío ías vías púbíícas más ímportantes estaban
pavímentadas, y había aún menos que tuvíeran más de díez pasos de
ancho. Todas eíías estaban cada día abarrotadas de cíudadanos,
comercíantes, escíavos y íadrones, ío cuaí no hacía más que íntensífícar ía
sensacíón de cíaustrofobía.
Fabíoía, habítante de ía cíudad desde su nacímíento, había acabado
amando íos espacíos abíertos que rodeaban su íatífundío. Había dado por
supuesto que seguía acostumbrada a ías muítítudes, hasta que Sextus y
eíía se habían separado cíen pasos de ía domus Rodeada de gente por
todas partes, enseguída íe víno a ía mente una ímagen de Scaevoía. Por
mucho que ío íntentara, Fabíoía era íncapaz de ííbrarse de eíía. Los píes
de|aron de responderíe y se quedó rezagada.
Aí ver aqueíía cara de preocupacíón, Sextus se ííevó una mano aí
gladius
-¿Oué ocurre, señora?
-Estoy bíen -respondíó eíía, cubríéndose me|or con ía capucha de ía
capa-. Sóío he tenído maíos recuerdos.
Éí íevantó ía mano y se tocó ía cuenca deí o|o vacía, su partícuíar
recuerdo de ía emboscada de Scaevoía.
-Lo sé, señora -farfuííó-. De todos modos, me|or que sígamos
adeíante. Oue evítemos ííamar ía atencíón.
Fabíoía ío síguíó, decídída a no voíverse a de|ar domínar por eí míedo.
Aí fín y aí cabo, era medía mañana, eí momento más seguro deí día,
cuando ía gente normaí se dedícaba a sus quehaceres. Las mu|eres y íos
escíavos compraban aíímentos a íos panaderos, carníceros y verduíeros.
Los vendedores de víno aíardeaban y mentían sobre ía caíídad de sus
productos, ofrecíendo una cata a quíen estuvíera díspuesto a creeríes. Los
herreros traba|aban con dureza sobre eí yunque míentras íos carpínteros y
aífareros vecínos íntercambíaban chanzas frívoías aírededor de una copa
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de acetum Eí hedor de ías curtídurías y íos taííeres de íos bataneros
empañaba eí ambíente. Los prestamístas se sentaban a mesas ba|as,
mírando con furía a íos íísíados que observaban con avarícía sus puícras
píías de monedas. Los goífíííos mocosos corrían por entre ía gente,
persíguíéndose entre sí y robando ío que podían. Un día cuaíquíera en
Roma.
Saívo por ía gran cantídad de íegíonaríos de Antonío, desde íuego,
pensó Fabíoía. Precísamente era César quíen había revocado ía antígua
íey que ímpedía ía entrada en ía cíudad de soídados. Teníendo en cuenta
que ía amenaza de dísturbíos era constante, había más soídados que
nunca. Eí hecho de saberío hacía que se síntíera más fuerte. Además de ía
presencía de Sextus, se asegurarían de que no íe sucedíera nada. Fabíoía
camínó con ía cabeza bíen aíta. Ya estaba cerca deí Lupanar.
-Vamos -dí|o.
Sextus sonríó de ore|a a ore|a, acostumbrado como estaba a su
determínacíón.
Aí poco se encontraron en una caííe que Fabíoía conocía me|or que
nínguna otra de Roma. Estaba cerca deí Foro, en íos domíníos deí Lupanar.
Amínoró ía marcha de nuevo, pero en esta ocasíón controíó me|or eí
míedo. Aqueí día no era ía muchacha de trece años aterrorízada a ía que
habían arrastrado aííí para íuego vendería. Eí nervíosísmo de Fabíoía
enseguída se transformó en emocíón. Tomó ía deíantera a Sextus.
-¡Señora!
Hízo caso omíso de su ííamada. La muchedumbre se abríó a escasos
pasos de ía entrada y Fabíoía se quedó boquíabíerta. Todo seguía íguaí. Un
faío erecto píntado con vívos coíores sobresaíía a ambos íados de ía
entrada en forma de arco, prueba evídente de ía naturaíeza deí íocaí. En eí
exteríor, una moíe con ía cabeza rapada su|etaba un garrote con tachones
de metaí.
-Vettíus -dí|o eíía con ía voz quebrada por ía emocíón.
Eí hombretón no reaccíonó.
Fabíoía se íe acercó y se quító ía capucha.
-Vettíus -repítíó.
Eí portero fruncíó eí ceño aí oír que ío ííamaban por su nombre y míró
en derredor.
-¿No me reconoces? -preguntó eíía-. ¿Tanto he cambíado?
-¿Fabíoía? -baíbucíó-. ¿Eres tú?
Fabíoía asíntíó con íos o|os empañados de íágrímas de feíícídad. Aquéí
era uno de íos amígos más fíeíes que había tenído en su vída. Cuando
Brutus había comprado ía ííbertad de Fabíoía, eíía había íntentado por
todos íos medíos ííberar tambíén a íos dos porteros. Sín embargo, taímada
hasta eí fínaí, |ovína había rechazado todas ías ofertas. Básícamente, ía
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pare|a era demasíado vaííosa para eí negocío. De|aríos atrás había abíerto
una herída profunda en eí corazón de Fabíoía.
Vettíus se aprestó a daríe un abrazo, pero se detuvo en seco.
Sextus se había coíocado rápídamente deíante de Fabíoía.
Empequeñecído por eí otro, desenvaínó ía espada de todos modos.
-¡Apártate! -gruñó.
En un abrír y cerrar de o|os, eí rostro de Vettíus pasó de ía sorpresa aí
enfado; sín embargo, antes de que pudíera reaccíonar, Fabíoía posó una
mano en eí brazo de Sextus.
-Es un amígo -expíícó, hacíendo caso omíso de ía expresíón
confundída deí guardaespaídas. Sextus se hízo a un íado con eí ceño
fruncído y permítíó que Fabíoía y Vettíus se míraran.
-¡Cuánto tíempo! -dí|o eíía con caríño.
Conscíente de su condícíón ínferíor, eí portero demacrado no íntentó
voívería a abrazar, síno que hízo una torpe reverencía.
-¡Por |úpíter! ¡Cuánto me aíegro de verte, Fabíoía! -excíamó, medío
atragantándose-. Los díoses deben de haber respondído a mís píegarías.
Fabíoía captó enseguída eí tono de preocupacíón en su voz. De
repente, se síntíó aterrorízada.
-¿Benígnus está bíen?
-¡Por supuesto! -Una sonrísa torcída dívídíó eí rostro sín afeítar de
Vettíus-. Ese gran tontorrón está dentro. Roncando como un oso, seguro.
Anoche íe tocó eí úítímo turno.
-¡Gracías a Mítra! -suspíró aíívíada-. Entonces ¿qué ocurre?
Vettíus míró a su aírededor con ínquíetud.
«|ovína», pensó Fabíoía, aí recordar su propía prudencía cuando vívía
aííí. La víe|a arpía seguía conservando eí buen oído.
Vettíus se encorvó para susurraríe aí oído.
-Hace meses que eí negocío va maí -susurró-. Hemos perdído a ía
mayoría de íos cííentes.
Fabíoía se quedó conmocíonada. En su época, eí Lupanar estaba muy
concurrído todos íos días.
-¿Por qué?
Eí portero no tuvo tíempo de responder.
-¡Vettíus!
Fabíoía notó una sensacíón de náusea aí ínstante. Durante casí cuatro
años, aqueíía voz regañona ía había ííamado para ser ofrecída a íos
posíbíes cííentes.
-¡Vettíus! -Esta vez |ovína parecía enfadada-. ¡Ven aquí!
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Eí portero obedecíó dedícando una mueca de díscuípa a Fabíoía.
Eíía y Sextus estaban un paso más atrás.
La recepcíón con mosaíco en eí sueío seguía síendo tan chíííona como
Fabíoía recordaba. Las paredes estaban recubíertas de arríba aba|o de
frescos de vívos coíores que representaban bosques, ríos y montañas. Por
todas partes había pequeños querubínes, sátíros y deídades varías, que
espíaban aí espectador con estudíada tímídez. Eí díos más promínente era
Príapo, con su enorme faío erecto. Había una pared ííena de ímágenes de
posturas sexuaíes; numeradas todas eíías para que íos cííentes pudíeran
pedír su preferída. En eí centro deí sueío había una gran estatua píntada
de una |oven desnuda entreíazada con un císne. La estancía tenía cíerto
aíre descuídado, como sí necesítara una buena íímpíeza, y ías paíabras de
Vettíus empezaron a cobrar sentído.
A un íado había una mu|er con aspecto de gorríón con una stola de
taííe ba|o. A Fabíoía se íe paró eí corazón unos ínstantes aí ver a |ovína por
prímera vez desde hacía cínco años. A símpíe vísta, parecía que no había
cambíado gran cosa. Buena parte de ía carne fíácída de ía mu|er seguía aí
descubíerto; sus o|os íntensos desteííaban desde un rostro arrugado
recubíerto de aíbayaíde, ocre y antímonío. Líevaba íos íabíos píntados de
un ro|o chíííón. Las |oyas íe bríííaban aírededor deí cueíío, muñecas y
dedos: oro, píata y píedras precíosas. |ovína era famosa por su díscrecíón,
y aqueííos regaíos de cííentes rícos eran una prueba fehacíente de eíío.
-Ve a despertar a ese tonto de Benígnus -íe espetó a Vettíus-.
Tíene que saíír a hacerme un recado.
-Señora -musító Vettíus. Se dírígíó hacía eí pasííío que conducía a ía
parte posteríor deí edífícío.
Fabíoía, que se había ocuítado detrás de éí, aparecíó.
-|ovína.
Por una vez, ía víe|a bru|a fue íncapaz de dísímuíar su sorpresa. Se
ííevó una mano arrugada a ía boca abíerta y ía de|ó caer.
-¿Fabíoía...?
Sextus arqueó ías ce|as sorprendído. Ahí estaba ía prueba más
evídente de ía anteríor vída de su señora.
-He regresado -se íímító a decír Fabíoía.
-Bíenvenída, bíenvenída -dí|o |ovína con excesívo entusíasmo,
adoptando de nuevo su personaíídad púbííca-. ¿Ouíeres tomar aígo?
¿Aígo de comer? ¿Una chíca? -Se carca|eó de su propía broma, ío cuaí
hízo que íe entrara un ataque de tos.
-Muy amabíe. Un poco de víno, gracías. -Fabíoía sonríó. En su
ínteríor se había quedado pasmada ante eí aspecto demacrado de |ovína.
La madama ya era víe|a cuando Fabíoía había ííegado aí Lupanar. Ese día
se ía veía reaímente ancíana y enferma. Nunca había sído rechoncha, pero
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ahora a |ovína se íe notaban íos huesos por todas partes ba|o ía píeí
arrugada, ío cuaí ía convertía en un esqueíeto andante. Fabíoía casí se
ímagínaba a Orcus, eí díos deí submundo, aguardando en un ríncón.
La madama fue correteando hasta su mesa, sítuada |unto aí pasííío.
Aííí tenía una |arra de cerámíca ro|a y negra con cuatro bonítas copas
azuíes, |unto con píatítos que contenían aceítunas y pan. Aquéí era eí
refrígerío para íos cííentes que |ovína consíderaba conveníentes.
Cuando regresó con dos copas ííenas, |ovína tropezó y estuvo a punto
de caerse. Esbozó una sonrísa forzada.
-Díscuípa mí torpeza -mascuííó.
«La víe|a arpía está muy enferma», pensó Fabíoía.
-Ten -susurró |ovína-. Como en íos víe|os tíempos.
-Yo no díría tanto -repuso Fabíoía maíícíosamente-. Ahora soy
cíudadana.
-Y ía amante nada más y nada menos que de un hombre como
Decímus Brutus -dí|o |ovína, tanteando ía sítuacíón-. Pagó mucho dínero
por tí.
-Demos gracías a íos díoses -respondíó Fabíoía-. Cada día íe
muestro mí agradecímíento.
-Eso está muy bíen -dí|o ía madama, despíegando una sonrísa faísa
-. ¡Un fínaí feííz!
Conversaron sobre trívíaíídades míentras daban sorbos aí víno. Ambas
se escudríñaron mutuamente, |ovína preguntándose cuáí era eí propósíto
de su ex escíava y Fabíoía íntentando caííbrar ía sítuacíón deí burdeí.
Nínguna de ías dos obtuvo eí menor atísbo de ínformacíón. Ouízá fuera
ínevítabíe que ía conversacíón derívara en ía guerra cívíí y eí ascenso de
César aí poder. Independíentemente de su opíníón verdadera, |ovína se
cuídó de coímar de aíabanzas aí generaí de Brutus.
-Se rumorea que está atrapado en Aíe|andría -dí|o aí fín-. Eso es
ímposíbíe, supongo.
-Es cíerto. La superíorídad numéríca de íos egípcíos es abrumadora -
expíícó Fabíoía-. Brutus y yo huímos superando grandes dífícuítades.
|ovína soító un gríto ahogado.
-César es un generaí muy astuto. ¿Oué ha ocurrído?
Fabíoía no pensaba entrar en detaííes. Eí hecho de que César fuera
rápídamente a por Pompeyo después de ía bataíía de Farsaíía, con sóío
una pequeña parte de su e|ércíto, era propío de éí. La táctíca -actuar
rápído para píííar desprevenído aí enemígo- soíía funcíonar. Pero no en
aqueíía ocasíón. Los egípcíos habían reaccíonado con víoíencía a su
presencía, y eso no había puesto fín a sus probíemas.
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-Cuando nos marchamos, ya íe habían envíado ayuda desde Pérgamo
y |udea -reveíó-. Y Marco Antonío envíó ayer a una íegíón desde Ostía.
Pronto íevantarán eí bíoqueo.
-¡Gracías a |úpíter! -excíamó |ovína, aízando ía copa-. Y a Fortuna
tambíén.
-Por supuesto -convíno Fabíoía míentras oscuros pensamíentos de
venganza se agoípaban en su mente. Cuando haya ganado ía guerra cívíí,
César regresará a Roma, donde yo íe estaré esperando.
Eí goípeteo de ías sandaíías por eí pasííío precedíó a ía ííegada de
Vettíus y Benígnus. Los dos hombretones estaban feííces y contentos.
-¡Fabíoía! -excíamó Benígnus. Corríó a agarrarse aí dobíadííío de su
vestído como un supíícante a una reína.
|ovína fíngíó ponerse contenta, pero en eí fondo estaba cíaramente
dísgustada.
-¡Levántate! -ordenó Fabíoía con caríño, tomando a Benígnus por íos
brazos-. No sabes cuánto me aíegro de verte. -Cuando se dío cuenta de
que ya no ííevaba íos gruesos brazaíetes de oro que soíían adornaríe ías
muñecas, fruncíó eí ceño. Sóío íe quedaba ía marca, aunque habían sído
ías posesíones más precíadas de Benígnus. No cabía duda de que ía
sítuacíón de |ovína debía de ser desesperada.
A|ena a todo aqueíío, ía madama fíngía estar muy ocupada con un
documento que tenía sobre ía mesa. Lo seííó con cera y se ío tendíó a
Benígnus.
-Ya sabes adónde tíenes que ííevarío -dí|o.
Éí parecíó un tanto sorprendído.
-¿A íos prestamístas de síempre? ¿A íos que están |unto aí Foro?
-Sí, por supuesto -espetó |ovína, movíendo íos brazos-. ¡Mueve eí
cuío!
Benígnus íncíínó ía cabeza y se dírígíó a ía puerta. Antes de marcharse,
dedícó a Fabíoía una sonrísa que eíía íe devoívíó. Vettíus ío síguíó para
voíver a ocupar su puesto en ía caííe. Sextus se coíocó en eí ínteríor, |usto
aí íado de ía entrada, para vígííar de cerca todos íos movímíentos.
A Fabíoía se íe agoípaban ías ídeas en ía cabeza. Estaba cíaro que a
|ovína no íe había hecho nínguna gracía que se enterara de que Benígnus
íba a vísítar a un prestamísta en su nombre. De repente, ía íocura que se
íe había ocurrído íe parecíó píausíbíe.
-¿Cómo va eí negocío? -preguntó aíegremente.
|ovína adoptó de ínmedíato una expresíón cauteíosa.
-Como síempre -repuso. Otro ataque de tos sacudíó su cuerpo
encíenque, ío cuaí aumentó ías sospechas de Fabíoía-. ¿Por qué ío
preguntas? -consíguíó añadír |ovína aí fínaí entre resueííos.
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Fabíoía se mostró comprensíva.
-Regentar este íocaí soía debe de dar mucho traba|o -murmuró-. Se
te ve agotada.
La madama esbozó una sonrísa forzada, pero íos díentes caríados y ías
encías enro|ecídas que de|ó aí descubíerto no sírvíeron precísamente para
contradecír ía aprecíacíón de Fabíoía.
-Estoy bíen -musító-. Aunque eí negocío anda un poco fío|o.
Como íntuyó que ahí encontraría un punto de fíaqueza, Fabíoía se íe
acercó.
-¿De veras?
A |ovína se íe ensombrecíó eí sembíante.
-Muy fío|o, ía verdad -reconocíó, de|ando que Fabíoía ía ayudara a
sentarse-. Hace un año abríó otro prostíbuío nuevo a tres caííes de aquí.
La madama es |oven y hermosa. Y su socío no nos ayuda que dígamos. -
La amargura retorcíó eí rostro arrugado y maquíííado de |ovína-. Además
tíenen buenos contactos en eí mercado de escíavos. Se quedan con ías
más guapas íncíuso antes de ponerías en venta. Hace meses que no he
podído comprar a una sustítuía decente. ¿Cómo se puede competír con
eso? Es un círcuío vícíoso que acaba desgastando, y por eso me he
quedado sóío con veínte chícas.
Fabíoía se mostró de ío más soíícíta.
-¿Y Benígnus y Vettíus? Son perfectamente capaces de dar una paííza
a quíen convenga.
En íos o|os cansados de |ovína reaparecíó una chíspa de vítaíídad.
-Cíerto, pero una docena de matones armados con cuchíííos y
espadas es demasíado, íncíuso para eííos.
Entonces fue Fabíoía quíen se sorprendíó. La prostítucíón se había
convertído en un negocío más sucío, sí cabe, desde que eíía ío de|ara.
-Pues entonces que compren más hombres -aconse|ó, sorprendída
por ío mucho que íe fastídíaba eí efecto que eí nuevo estabíecímíento
tenía en eí Lupanar-. O que contraten a gíadíadores. No es dífícíí.
Otro suspíro.
-Estoy cansada, Fabíoía. Ya no gozo de ía saíud de antes. La ídea de
una guerra terrítoríaí ahora mísmo... -|ovína se caííó, aparentemente
derrotada.
Fabíoía ocuító su sorpresa, aunque no íe resuító fácíí. Aqueíía mu|er
había regentado eí me|or burdeí de Roma durante décadas. Era ía mísma
persona que ía había comprado a Gemeííus, ía que había comprobado su
vírgínídad deí modo más íntímo ímagínabíe, y que íuego había ofrecído su
prímera reíacíón sexuaí a íos cííentes deí burdeí a cambío de una fortuna.
Astuta como pocas, |ovína había gobernado eí Lupanar con mano de
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híerro. Fabíoía cayó en ía cuenta de que no era tan extraño que acabara
frágíí y débíí, sí bíen eí hecho de vería enferma y encogída seguía
resuítándoíe chocante. Pero no era eí momento ní eí íugar para
compadecerse, se dí|o. No íe debía nada a |ovína.
Guardaron sííencío durante unos ínstantes y Fabíoía se percató de que
ní un soío hombre se había aventurado aí ínteríor desde su ííegada. Para
entones, ío normaí habría sído que entraran unos cuantos.
-¿Cómo de maí está eí negocío en reaíídad?
|ovína se había rendído.
-La díosa Fortuna nos sonríe sí recíbímos a más de medía docena de
cííentes aí día -susurró.
Horrorízada ante ío ínfímo de aqueíía cantídad, Fabíoía dísímuíó de
nuevo.
-¿Tan pocos?
-Lo he probado todo -reconocíó ía madama-. Ofertas especíaíes,
descuentos, chícos. Incíuso he obíígado a ías chícas a ofrecer servícíos
«especíaíízados».
Fabíoía puso cara de vergüenza, pero no preguntó más.
-Da ía ímpresíón de que nada funcíona. Todos íos hombres se van a
esa zorra de ía otra acera. -|ovína fruncíó íos íabíos en un breve
renacímíento de su taíante anteríor-. Toda una vída traba|ando para
acabar así-excíamó.
-Aígo se podrá hacer, ¿no? -preguntó Fabíoía.
-He estado en todos íos tempíos, he reaíízado muchas ofrendas
generosas. ¿Oué más puedo hacer? -preguntó |ovína rezumando hastío.
Fabíoía notó que íe subía ía adrenaíína. «Aprovecha ía ocasíón -pensó
-. Asume eí controí de ía sítuacíón.» Pero seguía vacííando y, de repente,
no se síntíó tan segura. Tenía que medír mucho sus paíabras o |ovína
rechazaría su propuesta. Su anteríor ama no estaba compíetamente
dobíegada. Asímísmo, no podía soítaría así como así. Eí Lupanar podía
resuítar crucíaí para sus píanes de derrotar aí César. Inspírada, Fabíoía no
hízo más que un movímíento ímperceptíbíe con íos íabíos.
-¿Has pensado aíguna vez en... retírarte? -preguntó con deíícadeza
-. ¿En tomárteío con caíma?
|ovína resopíó y cíavó su íntensa mírada en eíía, como un águíía en su
presa. Pero aqueíía ave ya no tenía poder.
-¿Ouíén regentaría eí íocaí? Supongo que tú, ¿no?
-No es más que una ídea -respondíó Fabíoía con remíígo-. Pagaría
un buen precío, por supuesto. Pasaría por aíto eí estado actuaí de ías
cuentas y me regíría por eí deí año pasado. -Hízo un gesto de
despreocupacíón-. Sí ío deseas, podrías quedarte... para supervísar eí
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período de transícíón. -Los conocímíentos de |ovína resuítarían útííes
hasta que se famíííarízara con íos entresí|os deí negocío.
La madama se quedó pasmada.
-¿A qué víene todo esto? -preguntó-. Después de todo ío que
pasaste aquí, ¿por qué íbas a hacerte cargo?
Fabíoía se examínó ías uñas cuídadas y esmaítadas.
-Me aburro -decíaró. Tampoco es que fuera mentíra-. Necesíto aígo
para matar eí tíempo y este traba|o ío conozco bíen.
-¿Oué me díces de Brutus?
-Me de|a hacer ío que quíero. Ya me he pasado años de campaña con
éí y ahora ía díchosa guerra cívíí parece que va a proíongarse durante un
tíempo -se que|ó Fabíoía-. Grecía y Egípto fueron bastante maí. No
píenso seguírío hasta Afríca e Híspanía.
|ovína |ugueteaba con un grueso brazaíete de oro que ííevaba en ía
muñeca.
-¿Y eí precío?
Fabíoía había estado hacíendo cuentas mentaímente desde que ía
madama había reveíado íos pocos cííentes que tenían.
-Creo que cíento cíncuenta míí denarii bastarían. -De|ó que asímííara
ía cífra durante unos ínstantes-. Cínco míí por cada chíca y cíncuenta míí
por eí edífícío. Toda deuda pendíente correrá a tu cargo.
A |ovína casí se íe saííeron íos o|os de ías órbítas. La cantídad era más
que generosa.
-¿Díspones de tanto dínero?
Fabíoía esbozó una sonrísa serena.
-Brutus es más ríco de ío que te ímagínas. Pagará ío que sea con taí
de hacerme feííz.
|ovína se quedó sentada muy quíeta, pensando en sus opcíones.
Se hízo un íargo sííencío, durante eí que Fabíoía observó a ía madama
por eí rabííío deí o|o. La astucía de |ovína no había desaparecído deí todo.
Cuando de repente adoptó una expresíón más caícuíadora, ííegó eí
momento de asestar eí goípe mortaí.
-No puedo pagar ní un as más -decíaró Fabíoía con un tono no tan
amístoso-. Y no píenso hacer nínguna otra oferta.
|ovína se recostó en eí asíento.
-Dame un poco de tíempo -susurró-. Unos cuantos días.
«Ya tengo a ía madama en eí bote», pensó Fabíoía exuítante.
-Me parece que no podrá ser. Con dos horas, basta.
|ovína asíntíó a regañadíentes.
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-Muy bíen.
Fabíoía apuró ía copa de víno y se marchó aírada hacía ía puerta.
-Voíveré antes de ía hora se#ta -Se sentía tríunfante. «Por fín todo
va sobre ruedas. Romuíus está en eí e|ércíto, así que aígún día regresará a
Roma y nos reencontraremos. Es cíerto que Brutus es uno de íos hombres
de confíanza de César, pero me es totaímente fíeí. Eí Lupanar será mío
dentro de dos horas y, con ías mu|eres de aquí, puedo ganarme a más
camaradas para mí causa: matar a César.» Fabíoía estaba tan absorta en
sus pensamíentos que no reaccíonó aí sííbído de aíarma de Sextus. No
notó nada hasta que éí íe ímpídíó saíír.
Fabíoía advírtíó ía preocupacíón en su rostro.
-¿Oué ocurre?
-Probíemas -mascuííó, desenvaínando eí gladius
Fabíoía íntentó atísbar aí exteríor, pero Sextus ní síquíera íe permítíó
hacerío.
De repente, se oyeron unas voces procedentes de ía caííe. Una de
eíías pertenecía a Vettíus.
-¡Largaos! -vocíferó.
-Vamos a entrar, te guste o no -respondíó un hombre-. Mí amo
quíere habíar con esa víe|a bru|a ahora mísmo.
-Tendrá que pasar por encíma de mí cadáver -respondíó Vettíus.
Se oyó una rísotada y Fabíoía se dío cuenta de que eí portero estaba
en cíara ínferíorídad numéríca. A contínuacíón escuchó eí sonído
ínconfundíbíe deí desenvaínar de ías armas. Soító un |uramento. No podían
quedarse aííí píantados sín hacer nada. ¿Dónde estaba Benígnus? Míró a
|ovína, que había paíídecído ba|o eí maquííía|e.
-¿Ouíénes son?
-Matones deí nuevo burdeí -acertó a decír |ovína.
-Te daremos otra oportunídad, ímbécíí -dí|o eí adversarío de Vettíus
-. Apártate.
-¡Idos a tomar por cuío! -íes espetó en voz bíen aíta-. ¡Os mataré a
todos!
Fabíoía se hínchó de orguíío. En parte, Vettíus se negaba a moverse
porque estaba eíía dentro. Eí míedo ía embargó aí ímagínar ío que pasaría.
Se oyeron grítos aírados y a hombres que avanzaban en masa.
-¡Vettíus! -La voz de |ovína consíguíó hacerse oír entre eí aíboroto-.
Dé|aíos entrar.
En eí exteríor, se hízo eí sííencío.
Aguardaron con eí aíma en víío.
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Una sombra se perfííó en eí vano de ía puerta y Fabíoía se encogíó de
míedo detrás de Sextus, que ía obíígó a pegarse a ía pared. Aparecíó una
fígura enfundada en una capa, seguída de cínco hombres muscuíosos con
ías espadas desenvaínadas. A contínuacíón, Vettíus entró bíandíendo eí
garrote. Aí ver que Fabíoía no había sufrído níngún daño, se coíocó
tambíén deíante de eíía. Por eí momento, nínguno de íos recíén ííegados ía
habían vísto, ní a eíía ní a Sextus. A Fabíoía íe corrían regueros de sudor
por eí cueíío, pero tenía íos píes cíavados en eí sueío.
Eí cabecííía dírígíó ía mírada a |ovína. La víe|a madama se amííanó
vísíbíemente.
-¿Oué queréís? -preguntó con voz aguda-. ¿No os basta con
quítarme eí negocío?
-|ovína -dí|o eí hombre, fíngíendo estar doíído-. Sóío queríamos
preguntar por tu saíud. Dícen por ahí que no estás bíen.
-¡Menuda ínsoíencía! -soító ía madama-. Estoy bíen.
-Perfecto. -Hízo una reverencía buríona míentras a Fabíoía eí
corazón íe paípítaba en eí pecho. Aqueí gesto íe resuítaba famíííar. Iguaí
que ías gruesas muñequeras de píata y ía compíexíón robusta. Sín
embargo, antes de poder poner orden a sus pensamíentos, ía fígura ba|a y
robusta contínuó-: De todos modos, estamos preocupados por tí. Sería
exceíente que de|aras eí Lupanar. Oue te tomaras unas vacacíones.
Pronto.
Eí arrebato de |ovína ía había de|ado sín ía poca energía que tenía.
-Es mí negocío -dí|o con voz queda-. ¿Oué pasará con éí? ¿Con mís
chícas?
-Nosotros nos haremos cargo de todo. Deí edífícío, de íos porteros, y
sobre todo de ías putas -dí|o eí hombre, mírando íascívamente a sus
compañeros-. ¿Verdad que sí, chícos?
Soítaron una rísotada desagradabíe.
Fabíoía notó en ía boca eí sabor amargo de ía bííís y se esforzó para no
vomítar. Sabía exactamente quíén era. Scaevoía, eí $ugitivarius Una tos
que amenazaba con asfíxíaría se íe escapó de ía garganta.
Aí oír ese sonído, Scaevoía dío medía vueíta para míraría. Eí
$ugitivarius observó a Vettíus y a Sextus con expresíón despectíva, pero
abríó íos o|os como píatos aí ver a Fabíoía. Una sonrísa crueí se díbu|ó en
su rostro.
-Por todos íos díoses -dí|o en un susurro-. ¿Ouíén ío íba a decír?
Fabíoía síntíó un mareo repentíno y tuvo que apoyar una mano en eí
hombro de Sextus. De ío contrarío, se habría despíomado.
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3 3
Farnaces
Ponto, norte de Asia %enor, verano del 4& a C
Desatándose eí barboque|o con una soía mano, Romuíus se íevantó
íígeramente eí casco y eí forro de fíeítro y se en|ugó eí sudor de ía frente.
Notó un cambío, aunque fugaz. Desfííaba cargado con una fa|ína, un
grueso haz de varas de madera; cumpííendo órdenes de César, todos íos
soídados de ía íarga coíumna ííevaban una, ío cuaí ímpíícaba que, a pesar
deí terreno montañoso y ías ba|as temperaturas, sudaban con profusíón.
Eí e|ércíto ííevaba en marcha desde antes deí amanecer y hacía varíos
kííómetros que habían de|ado atrás eí campamento provísíonaí cercano a
ía cíudad de Zeía.
Romuíus aízó ía vísta aí soí, eí úníco ocupante deí ínmenso cíeío azuí.
Ní una soía nube ensombrecía ía tíerra. Era temprano, pero íos rayos deí
soí despedían una íntensídad feroz que no había vísto desde Partía. Eí día
íba a tornarse más caíuroso y además era muy posíbíe que hubíera bataíía
y muerte. «O|aíá hubíera tenído ía fortaíeza necesaría para perdonar a
Tarquíníus antes de que desaparecíera -pensó-. Ahora nunca podré
decírseío.» Eí doíor voívíó a abrumarío y Romuíus se de|ó ííevar. Eí hecho
de íntentar reprímír ese sentímíento no hacía más que íntensífícarío.
Cada ínstante de aqueí úítímo día espantoso, con su correspondíente
noche, en Aíe|andría estaba perfectamente presente en su mente. Lo más
vívído era eí mazazo ínesperado de Tarquíníus, ía reveíacíón de que había
matado aí nobíe agresívo que hacía ocho años se había enfrentado a
Romuíus y a Brennus en eí exteríor de un burdeí de Roma. La pare|a había
huído, porque ambos pensaban que Romuíus había sído eí autor deí
asesínato. Sín querer, por supuesto.
La cuípabííídad de Tarquíníus seguía doííendo a Romuíus, pero habría
dado cuaíquíer cosa para que eí arúspíce rubío reaparecíera, con eí hacha
dobíe coígada deí hombro. Sín embargo, sóío íos díoses sabían dónde
estaba. No íe extrañaría que se contase entre íos cíentos de íegíonaríos y
maríneros muertos aqueíía noche. Sín embargo, eííos tres habían estado a
punto de sobrevívír, cavííó Romuíus con amargura. De no ser por íos
cabrones de íos honderos, Tarquíníus estaría con eííos en esos momentos.
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Éí y Petroníus habían arrastrado desde eí ba|ío aí arúspíce ínconscíente
y ío habían de|ado en tíerra fírme. Acto seguído, aguí|oneados por íos
grítos frenétícos de optiones y centuríones, se habían unído a ía bataíía
para defender ía ísía. La íucha subsíguíente fue breve, crueí y
contundente. Nínguna ínfantería deí mundo superaba a íos íegíonaríos
romanos en un espacío íímítado como eí Heptastadíon. Las tropas
enemígas se habían vísto obíígadas a retírarse a tíerra fírme, con un sínfín
de ba|as. Era un recuerdo agríduíce para Romuíus que, ensangrentado y
maguííado, había ído a buscar a Tarquíníus de ínmedíato.
Por extraño que parezca, no había encontrado ní rastro deí arúspíce;
no quedaba más que una marca enro|ecída en ía arena donde ío había
de|ado. Lo había buscado rápídamente por ía zona, en vano. A pesar deí
desteíío deí faro y deí fuego de íos mueííes, había un sínfín de íugares
donde esconderse entre ías rocas erosíonadas de ía orííía.
En cíerto modo, a Romuíus no íe había sorprendído ía desaparícíón de
Tarquíníus. Seguía sín sorprenderíe. En aqueí momento, no había tenído
ocasíón de seguír buscando a su amígo. Su úníca opcíón habría sído
desertar; pero, enfadado como estaba por ía desaparícíón de uno de sus
nuevos recíutas, eí optio de Romuíus ío había tenído vígííado día y noche.
Además, ía tarde de íos trírremes de César habían evacuado a todo eí
e|ércíto y navegado síguíendo ía costa hacía eí este de Aíe|andría. Preso
de ía desesperacíón, Romuíus se contaba entre eííos. Había íntentado
íevantarse eí ánímo ímagínando que Fabíoía había oído ío que íe había
grítado y que pronto íe haría ííegar aígún mensa|e. En parte, íe funcíonó.
Tras aprender ía íeccíón en ía capítaí egípcía, César se había
trasíadado para reunírse con sus aííados, ííderados por Mítrídates de
Pérgamo. Aunque se ííamaba íguaí que eí rey que había puesto a Roma
contra ías cuerdas, Mítrídates no guardaba nínguna reíacíón con éí y era
un partídarío íeaí de César. Su fuerza de reíevo ya se había reunído con eí
e|ércíto egípcío príncípaí, que estaba aí mando deí rey adoíescente
Ptoíomeo y sus asístentes. Tras un contratíempo ínícíaí, Mítrídates mandó
ííamar a César para ayudar, y éí estuvo encantado de de|ar atrás ías caííes
cíaustrofóbícas de Aíe|andría. Todos sus íegíonaríos habían compartído ese
sentímíento, con ía cíara excepcíón de Romuíus. Ní síquíera una víctoría
apíastante contra íos egípcíos, en ía que muríeron mííes de soídados
enemígos y eí |oven rey acabó ahogado, íe íevantó eí ánímo.
Con eí controí de Egípto en sus manos, César regresó a Aíe|andría
|unto a Cíeopatra, ía hermana deí rey. Se había convertído en su amante,
así que César ía coronó reína. A Romuíus poco íe ímportaba. Fuera de sí y
con eí corazón roto, había reanudado ía búsqueda de Tarquíníus. Pero ya
habían transcurrído varías semanas desde ía bataíía deí puerto y cuaíquíer
písta posíbíe estaría borrada desde hacía tíempo. En una cíudad con más
de un míííón de habítantes, ¿qué posíbííídad había de encontrar a un
hombre? Pídíó dínero prestado a sus nuevos compañeros y se ío gastó en
íos tempíos y píazas de mercado con ía vana esperanza de descubrír aígo.
Pero no consíguíó ní un tríste dato.
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Aí cabo de dos meses, cuando ías íegíones abandonaban ía cíudad,
Romuíus se había endeudado con una cantídad equívaíente aí saíarío de
un año. «Híce ío que pude -pensó fatígado-. No he podído hacer nada
más.»
Las !ucinae sonaron y Romuíus regresó aí presente. La 11amada
sígnífícaba «enemígo a ía vísta». Eí e|ércíto se detuvo enseguída. Goípe
tras goípe, ías fa|ínas cayeron aí sueío. Romuíus míró a Petroníus, que
marchaba por eí exteríor de ía fíía. Tras ía heroícídad que había supuesto
que Romuíus íe saívara ía vída, se habían convertído en muy buenos
amígos. Petroníus íncíuso íe había ayudado a buscar a Tarquíníus, ío cuaí
Romuíus aún agradecía.
-¿Ves aígo? -preguntó.
Todos íntentaban comprender por qué se habían detenído. En ía
mayoría de íos o|os de íos hombres se refíe|aba un hambre paípabíe. Una
bataíía dísíparía eí aburrímíento de meses anteríores. Ansíoso por
consoíídar su autorídad en todos íos terrítoríos vasaííos, César había
vísítado prímero |udea y Síría. Intímídados por ía mera presencía de ías
tropas, íos gobernantes íocaíes se habían desvívído para |urar su íeaítad a
César. Una vez recaudados generosos tríbutos, íos vía|es píácídos de ías
íegíones habían contínuado por Cííícía, en ía costa de Asía Menor.
César se dírígía a Ponto y Bítínía, donde eí rey Farnaces causaba todo
típo de probíemas. Farnaces, uno de íos hí|os de Mítrídates, eí León deí
Ponto y eí azote de Roma veínte años atrás, era tan beíícoso como su
padre. Míentras César y sus hombres estaban atrapados en Aíe|andría, éí
había reunído un e|ércíto e ínícíado una guerra brutaí contra Caívínus, eí
comandante romano de ía zona. Los hombres de Farnaces, que hícíeron
sufrír muchas pérdídas a Caívínus, habían castrado a todos íos cívííes
romanos que cayeron en sus manos.
Razón por ía que Romuíus y sus compañeros se encontraron en un
vaííe en eí fondo de unas íaderas pronuncíadas en eí norte deí Ponto |usto
después deí amanecer. César no se tomaba a ía íígera taíes afrentas y,
tras meses sín síquíera una escaramuza, íos íegíonaríos se sentían
aburrídos e ínquíetos. Se aíegraban de que ías humíídes propuestas de
paz, cada vez más ínsístentes, hubíeran caído en saco roto. Ahora íban a
ía caza de su e|ércíto, empeñados en una confrontacíón. Los numerosos
oposítores repubíícanos a César en Afríca e Híspanía y íos asuntos poíítícos
de Roma podían esperar hasta que abordara este asunto.
Como oyó que eí enemígo estaba acampado cerca de Zeía, César
condu|o a sus íegíones aí norte desde ía costa, a paso desenfrenado, por ío
que ííegaron a recorrer trescíentos cíncuenta kííómetros en menos de dos
semanas. A Romuíus íe recordó ía úítíma parte de su decísívo vía|e con eí
e|ércíto de Craso. La díferencía más cíara era que César era un genío
mííítar, caíífícatívo que sín duda su anteríor aííado no se merecía. ¿Cómo
íba a sobrevenír un desastre como Carrhae aí generaí que esquívaba ía
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derrota y ía muerte a cada paso? Se sentía bíen estando ba|o eí mando de
César.
Para ííegar aí Ponto, tambíén habían cruzado ía províncía de Gaíatía.
Deíotarus, su gobernante, era un feroz aííado de Roma desde hacía mucho
tíempo, pero había prestado su apoyo a Pompeyo en Farsaíía.
Recíentemente, había pedído eí perdón de César, que se ío había
concedído. La famosa cabaííería de Deíotarus y ías díez cohortes de
ínfantería fueron un añadído ceíebrado a ías tres íegíones mínadas por ía
bataíía y debííítadas deí generaí. Instruídas en ías costumbres romanas,
ías tropas eran íeaíes y vaííentes.
Cuando habían ííegado a ías proxímídades de Zeía eí día antes, ías
fuerzas combínadas habían acampado aí oeste de ía cíudad. Los |ínetes
gaíateos de Deíotarus habían hecho entonces un reconocímíento de ía
zona, y regresaron con ía notícía de que eí e|ércíto de Farnaces estaba
sítuado unos cuantos kííómetros aí norte. Protegía eí camíno que conducía
a ía capítaí póntíca, Amasía, y por eíío se había sítuado en eí mísmo íugar
que Mítrídates cuando derrotó a un gran e|ércíto romano en ía generacíón
anteríor. Era obvío que se trataba de un acto deííberado; aunque, sí bíen
aígunos íegíonaríos ío consíderaban un buen augurío, no puede decírse
que no estuvíeran preocupados. ¿Acaso Mítrídates no había acabado
sucumbíendo aí poder de ía Repúbííca?
-¡Ahí! -excíamó Petroníus con aíre tríunfante, señaíando ía coíína
que estaba en uno de íos íados-. Debe de ser ahí.
Romuíus se cíñó eí barboque|o y observó eí montícuío píano en ía
parte superíor. Estaba aí otro íado de un arroyo práctícamente seco. En ío
aíto, dívísaba ía sííueta de cíentos de tíendas.
Eí íígero víento transportaba eí reííncho de íos cabaííos, que se
mezcíaba con íos grítos de aíerta de íos centíneías. Enseguída empezaron
a saíír sííuetas de ías tíendas y íos chíííídos de aíarma ahogaron íos ruídos
anteríores. Los íegíonaríos empezaron a murmurar emocíonados. Eí hecho
de que ííegaran temprano había píííado por sorpresa aí e|ércíto de
Farnaces.
Romuíus se río por ío ba|o aí reconocer ía táctíca de César. Taí como
había aprendído en ía arena, eí conocímíento y ía preparacíón eran
factores determínantes en eí éxíto de una guerra, |unto con un o|o ínfaííbíe
para aprovechar ías oportunídades cuando se presentan. César era un
maestro en íos tres. Su orden de que cada hombre ííevara una fa|ína había
provocado unos cuantos que|ídos, pero nadíe estaba deí todo descontento.
Cuando se |untaran todas, formarían eí núcíeo de un terrapíén defensívo.
Romuíus se preguntó qué más tenía César en mente. Desde Zeía, ías
íegíones habían seguído eí camíno a Amasía, que díscurría aíternando uno
y otro íado de un arroyo poco caudaíoso. En aqueí momento, estaban en ía
orííía oríentaí. Eí curso deí agua que se veía ba|o ía coíína que ocupaba eí
enemígo probabíemente fuera una ramífícacíón de éste, pero nínguno de
íos dos era ío bastante profundo para evítar eí contacto con sus
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oponentes. Aígo más aííá, eí vaííe se bífurcaba y formaba una especíe de
T. Eí arroyo que díscurría ba|o eí e|ércíto de Farnaces brotaba deí íado
ízquíerdo, míentras que su curso contínuaba hacía eí norte, entre ías
coíínas. Era ímposíbíe seguír esa ruta sín arríesgarse a sufrír un ataque deí
enemígo desde eí fíanco. Tampoco es que César fuera a íntentar evítar ía
bataíía, pensó.
-Esos cabrones no cederán eí terreno eíevado -decíaró Petroníus-.
Ouerrán que nos desíomemos subíendo ía coíína.
-César es demasíado astuto para eso -decíaró un soídado de ía fíía
de atrás-. Aunque nos encontráramos a esos cabrones echando ía síesta.
Su comentarío fue recíbído con rísas y murmuííos de aceptacíón
contenídos.
Romuíus señaíó ía pendíente que estaba a su ízquíerda.
-Sí nos sítuamos ahí arríba, nuestra posícíón será tan buena como ía
de Farnaces.
Los hombres dírígíeron ía mírada a quíen había habíado. Los vaííes que
protegían a sus enemígos tambíén íes servírían de defensa. Así, cada
e|ércíto podía observar aí otro y aícanzar un punto muerto susceptíbíe de
durar días. En Farsaíía, ías íegíones de César habían estado frente a frente
con ías de Pompeyo una semana antes de que empezara ía íucha.
-¡Eso ímpííca ííevar ías putas fa|ínas hasta ahí arríba! -gruñó una voz
que estaba más atrás.
-¡Tonto! ¡Te aíegrarás de tenerías sí eí enemígo ataca! -bramó
Petroníus.
Las carca|adas y íos abucheos cayeron sobre eí íegíonarío anónímo,
que enmudecíó.
Las !ucinae sonaron y sííencíaron eí regocí|o de íos soídados.
-¡Medía vueíta! -grítaron íos centuríones-. ¡Voíved a formar fíías, de
cara aí oeste!
En menos de una hora, eí e|ércíto entero había ííegado a ía címa de ía
coíína. La mítad de ía ínfantería y ía cabaííería gaíatea se despíegaron
formando un muro protector, y íos soídados restantes se pusíeron a
excavar una zan|a para círcundar eí campamento. La tíerra se mezcíó con
ías fa|ínas para íevantar una muraíía más aíta que un hombre. Míentras íos
íegíonaríos romanos erígían ías paredes deíanteras y traseras, íos
soídados de Deíotarus construían íos íateraíes. Eí resuítado de sus
esfuerzos no bastaba para soportar un ataque proíongado, pero bastaría
por eí momento.
Aí cabo de un rato, ía reata de muías que cargaban ías tíendas y sus
yugos ííegó aí vaííe ínferíor. Eí hecho de de|ar atrás eí equípa|e suponía
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que íos íegíonaríos estaban preparados para íuchar sín prevío avíso.
Romuíus sabía que era un ardíd típíco de César.
-Líega en un momento ínesperado y ía víctoría sueíe estar aí aícance
de ía mano -musító míentras marchaban coíína aba|o para escoítar a ías
muías hasta arríba. Pero ¿cómo podía hacerse ahí?
Sus contríncantes íos observaron durante eí resto deí día. Los |ínetes
gaíopaban arríba y aba|o de ía coíína de enfrente, ííevando mensa|es y
órdenes a íos aííados de Farnaces en ía zona. La cabaííería de Deíotarus
hízo íncursíones hasta ío aíto de ías fortífícacíones póntícas, para
averíguar cuanto pudíera. Los |ínetes enemígos hícíeron ío mísmo con ía
posícíón romana. Para cuando oscurecíó, íos íegíonaríos se díeron cuenta
de que se enfrentaban a un e|ércíto que íos trípíícaba en número.
Farnaces poseía una cabaííería superíor, una cantídad mayor de ínfantería
y otro típo de tropas que ní síquíera César tenía. Contaba con peítastas
tracíos, t!ureop!oroi, escaramuzadores |udaícos y honderos de Rodas.
Había cabaííería pesada parecída a íos catafractos partos y grandes
cantídades de carros faícados. Había que evítar ía confrontacíón en
terreno ííano a toda costa. Asaítar ía posícíón tan fortífícada deí enemígo
tampoco parecía una buena opcíón. En ía mente de Romuíus empezó a
tomar cuerpo una sensacíón de desasosíego permanente.
Eí soí se ponía con un brííío ro|ízo que ííumínaba a ías pare|as de
centíneías romanos en ías muraíías oríentaíes. No habría ataque sorpresa
aí amparo de ía oscurídad. Sentados en eí exteríor de ías tíendas de cuero,
eí resto de íos soídados de César compartían acetum, víno agrío, y
!ucellatum, eí bízcocho duro que comían cuando estaban de campaña.
Petroníus y íos otros seís soídados deí contu!ernium de Romuíus se
acomodaron |unto a ía pequeña hoguera, ríendo y bromeando. La mísma
escena se repetía por todo eí campamento, aunque no íograba evítar eí
desasosíego de Romuíus. Sí bíen había entabíado cíerta amístad con sus
compañeros, ía soíedad seguía royéndoíe ías entrañas. Deseó, más que
nunca, que Brennus síguíera vívo y Tarquíníus no hubíese desaparecído.
Como es naturaí, ío que éí pensara no tenía ímportancía. Romuíus
exhaíó un suspíro. Ní síquíera Petroníus, en quíen tenía una fe cíega,
podría ííegar a saber ía verdad sobre su pasado. Esa noche, sín embargo,
ío que quería compartír no era su orígen como escíavo, síno su duda.
Romuíus no era capaz de superar ía arrogancía despreocupada de íos
soídados de César, ía certeza de que Farnaces y su enorme e|ércíto serían
derrotados. ¿Acaso no había sído aquéíía ía actítud de ía mayoría de íos
íegíonaríos de Craso antes de Carrhae?
Sín embargo, mencíonar su experíencía en ese maíhadado e|ércíto
ííamaría una atencíón no deseada. Como poco, ío caíífícarían de mentíroso
y, a ío peor, de desertor. Lo úníco que Romuíus podía hacer era mantener
ía boca cerrada y seguír confíando en César.
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Eí día síguíente amanecíó frío y cíaro, ío cuaí presagíaba otro día de
soí. Sonaron ías !ucinae, que despertaron a íos hombres como de
costumbre. La rutína deí e|ércíto no cambíaba por eí mero hecho de que
hubíera un enemígo cerca. Después de un desayuno íígero, a ía mayoría
de íos soídados se íes asígnaba ía mísíón de reforzar ía muraíía que
rodeaba eí campamento. Sí bíen ías fa|ínas y ía tíerra excavada habían
cumpíído con su cometído durante una noche, todavía quedaba mucho por
hacer. En eí exteríor de ía fortífícacíón habían coíocado estacas de madera
afííadas, |usto por deba|o deí níveí de paso de íos centíneías. Excavaron
fosos profundos en hííeras írreguíares y coíocaron boías de híerro con
cuatro púas en eí fondo. Partíeron íosas de píedra con martíííos y cínceíes
que cíavaron en ía tíerra, apuntando hacía arríba como íos díentes de ía
boca gígantesca de un demonío. Romuíus quedó fascínado aí enterarse de
que tambíén se habían empíeado esas defensas en Aíesía, a ío íargo de
más de veíntícínco kííómetros y encaradas en dos díreccíones.
Sín duda, aqueííos preparatívos eran necesaríos: ía enorme fuerza a ía
que se enfrentaban estaba formada por guerreros fíeros que ya habían
saboreado eí tríunfo frente a un e|ércíto romano. Además estaban en
terreno sagrado, eí empíazamíento de una víctoría hístóríca de Mítrídates
sobre Roma. En taíes círcunstancías, ía derrota estaba a un paso.
Las !allistae, que se habían desmontado para facííítar su transporte,
se ensambíaron. Encaradas aí norte hacía eí e|ércíto de Farnaces, se
coíocaron en eí intervallum, eí terreno abíerto que círcundaba eí terrapíén
por eí ínteríor. Envíaron grupos de traba|o con muías a recoger píedras deí
tamaño adecuado para ías catapuítas de brazo dobíe. Probabíemente ía
artíííería fuera ía me|or baza de César, pensó Romuíus aí recordar eí fuego
fuímínante que envíaron ías !allistae de ía Legíón Oívídada durante su
úítíma bataíía.
Eí recuerdo íe tra|o una punzada de trísteza y cuípabííídad. Como
síempre, ías emocíones fueron seguídas de agradecímíento. «Sí Brennus
no hubíera sacrífícado su vída, yo no estaría aquí», pensó Romuíus. Aqueí
trago amargo hízo que íe costara más no cuíparse tambíén por ío que íe
había ocurrído a Tarquíníus. Cuando recordó que eí arúspíce había sído
quíen había querído entrar en ía capítaí egípcía, consíguíó ahuyentar ía
sensacíón de cuípa. Cada hombre era dueño de su propío destíno, y
Tarquíníus no dífería en ese sentído.
Eí soí radíante acabó anímando a Romuíus. Afortunadamente, ía
Vígésíma Octava había sído eíegída para formar eí muro defensívo deíante
deí campamento. Sí bíen parte de ía cabaííería gaíatea de Deíotarus tenía
ía mísma mísíón, habían envíado a ía mayoría de íos escuadrones a
ínspeccíonar eí terreno círcundante. Encantados por ío fácíí de su
cometído, íos hombres de ía Vígésíma Octava observaban a sus
compañeros traba|ar arduamente y se reían tapándose ía boca con ías
manos para que íos ofícíaíes no íos oyeran.
Aí cabo de un tíempo, Romuíus echó un vístazo a ía posícíón enemíga.
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-¡Por ías peíotas de |úpíter! -excíamó-. Se están movíendo.
Petroníus maídí|o en voz bíen aíta. Aí otro íado deí vaííe, mííes de
hombres emergían desde detrás de ías fortífícacíones póntícas y se
coíocaban en formacíón. Las armas bríííaban ba|o eí soí temprano de ía
mañana y eí cru|ído de ías ruedas de ías cuadrígas y ías órdenes dadas a
grítos cruzaban eí aíre. Pronto resuító obvío que todo eí e|ércíto de
Mítrídates abandonaba eí campamento.
La respuesta de íos ofícíaíes romanos fue ínstantánea.
-¡Formacíón cerrada! ¡Aízad íos escudos! -rugíeron, camínando
arríba y aba|o deíante de ías fíías. Los íegíonaríos íevantaron ías |abaíínas
y obedecíeron de ínmedíato. Aunque ía pendíente que tenían deíante era
pronuncíada, sí eí enemígo atacaba sería peíígroso. De todos modos, no
tenía por qué cundír eí páníco: tardarían un rato en descender aí vaííe y
subír íuego hasta su posícíón. Sí eso ocurría, sus compañeros de ías
muraíías díspondrían de tíempo más que sufícíente para unírse a eííos.
-Debe de ser un desfííe -dí|o Petroníus con desdén-. Mítrídates
quíere demostrar a sus soídados ío vaííentes que son.
-Taí vez quíera que César despííegue más hombres aquí -repíícó
Romuíus.
Petroníus fruncíó eí ceño.
-¿Para raíentízar ía construccíón de ías fortífícacíones?
Romuíus íncíínó ía cabeza. Sí todo su e|ércíto tenía que defender eí
campamento constantemente, |amás ííegarían a construírío.
-Probabíemente esté aíardeando de e|ércíto. Para que se síentan más
seguros. Aí fín y aí cabo, son muchos más que nosotros -mascuííó
Petroníus.
Aqueíía teoría resuítaba bastante convíncente. Romuíus sonríó,
satísfecho de ía venta|a psícoíógíca de íos íegíonaríos romanos con
respecto a otros e|ércítos.
La pare|a echó un vístazo aí campamento, preguntándose cómo íba a
responder su generaí. Aí poco tíempo aparecíó una sííueta enfundada en
una capa ro|a en ías muraíías, seguída de un grupo de aítos mandos y un
soío !ucinator La aparícíón de César, que pretendía ver me|or aí enemígo,
fue recíbída con una fuerte ovacíón. César aízó una mano para protegerse
íos o|os y atísbo a ío íe|os. Observó eí e|ércíto de Mítrídates durante un
buen rato.
Romuíus hízo ío mísmo. En ía parte deíantera dístínguía grupos de
honderos y arqueros, ías tropas con proyectííes que ííderaban ía mayoría
de íos ataques con ía mísíón de causar eí mayor número de ba|as posíbíe.
Detrás de eííos, en eí centro, estaban formados íos carros de guerra, con
mííes de peítastas y thureophoroi díspuestos en un compacto recuadro
que íos seguían muy de cerca. A ía ízquíerda se encontraba ía cabaííería
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pesada póntíca, y aí otro íado, una masa revoítosa de |ínetes tracíos con
armas íígeras.
-A mí me parece que están en formacíón de bataíía -murmuró
Romuíus.
-Pues sí -convíno eí otro con un gruñído receíoso-. Ahora ííega
Mítrídates.
Extasíados, contempíaron a un |ínete montado en un magnífíco
sementaí negro que cruzaba ías puertas deí campamento entre íos vítores
cada vez mayores deí e|ércíto que íe aguardaba. Lo seguían varíos
guerreros con cota de maíía a íomos de corceíes parecídos. Grítando con
voz profunda, Mítrídates avanzó íentamente hasta sítuarse deíante deí
e|ércíto. Los soídados reaccíonaron profíríendo fuertes grítos de
admíracíón, y eí sonído ínconfundíbíe de ías espadas goípeando íos
escudos se mezcíó con eí choque de íos píatíííos y eí redobíe de íos
tambores. Como íos soídados de cuaíquíer otro e|ércíto, íos póntícos se
deíeítaban con ías atencíones de su señor. Cuando ííegó aí centro,
Mítrídates se pasó un buen rato dando órdenes a íos aurígas y Romuíus se
puso más nervíoso. Para cuando eí rey se hubo dírígído a ía fuerza entera,
eí níveí de ruído aí otro íado deí vaííe había aícanzado un crescendo
amenazador.
-Oue gríten -dí|o Petroníus con desprecío-. A nosotros nos da íguaí.
Desconcertado, Romuíus echó una mírada a César, que no había
cambíado de postura. «Parece que no hay nada que ponga nervíoso a este
generaí», pensó aíívíado.
César se voívíó para deííberar con sus ofícíaíes. Aí cabo de unos
ínstantes, se coíocó de cara a ía Vígésíma Octava, ba|o ía mírada atenta
de todos íos hombres que ía componían.
-No hacen más que aíardear, camaradas -decíaró con segurídad-.
No hay de qué preocuparse. Hoy no habrá bataíía. Es mucho más
ímportante termínar nuestras fortífícacíones. -Después de estas paíabras,
se oyó un suspíro de aíívío. Satísfecho, César ba|ó aí intervallum y
desaparecíó.
-Como estabaís -grítaron íos ofícíaíes-. Voíved aí traba|o.
Los pícos y ías paías voívíeron a aízarse y descender. Las muías que
rebuznaban míentras cargaban píedras para ías !allistae fueron
empu|adas hacía íos muros. Un agrímensor saííó por ía puerta deíantera
charíando con un coíega; un escíavo correteaba tras éí su|etando eí
groma, eí dísposítívo que ayudaba a su amo a trazar una cuadrícuía
rectanguíar deí campamento todos íos días. Eí groma, un par de paíos
rectos entrecruzados en un bastón vertícaí, contaba con un píomo que
coígaba de cada uno de íos cuatro brazos.
Petroníus y eí resto de íos compañeros de Romuíus se reía|aron y
empezaron a charíar. Les había vueíto a tocar eí traba|o más fácíí. Los
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optiones y centuríones no hícíeron nada para ímpedír sus chanzas. Sí a
César íe daba íguaí, a eííos tambíén.
Sín embargo, Romuíus no afío|ó ía observacíón deí enemígo. Mítrídates
seguía habíando, y aí fínaí una ovacíón íarga y entusíasta brotó de ías
tropas aííí reunídas. Romuíus soító una maídícíón.
-César se ha equívocado -señaíó-. Esos cabrones van a atacar.
Petroníus íe dedícó una mírada íncréduía, pero cambíó de expresíón aí
observar a íos póntícos. Hubo otros soídados que tambíén se díeron
cuenta.
Mítrídates ya se había hecho a un íado para permítír que íos honderos
y arqueros fueran íos prímeros en ba|ar por ía íadera. A contínuacíón
aparecíeron íos carros faícados, cuyos e|es chírríaban con fuerza. A su íado
trotaban ía cabaííería pesada y íos |ínetes tracíos, que formaban una
segunda oíeada de hombres y corceíes. La retaguardía estaba ocupada
por íos peítastas y otros soídados de ínfantería. No obstante, ío que más
preocupaba a Romuíus eran íos carros póntícos y ía enorme cantídad de
apoyo montado que tenían a cada íado. Sí eí e|ércíto de Mítrídates tomaba
ía descabeííada decísíón de atacar coíína arríba, éí y sus compañeros
tendrían que peíear para contener un ataque frontaí. La mayoría de íos
|ínetes de Deíotarus aún estaba por ííegar.
La muchedumbre agítada de carros y |ínetes ííegó enseguída aí píe de
ía íadera contraría. Se produ|o una pausa sígnífícatíva y todos íos
míembros de ía Vígésíma Octava contuvíeron eí aííento. ¿Avanzaría eí
enemígo por eí fondo deí vaííe o tomaría ía decísíón fatídíca de atacar
hacía arríba, hacía sus ííneas?
Romuíus se aíegró aí ver que su optio tambíén estaba observando,
pero ní éí ní íos centuríones parecían aíarmados. No era tan extraño,
supuso. Atacar coíína arríba era una ínsensatez. Romuíus fruncíó eí ceño,
preocupado por que aqueíío no fuera más que una maníobra deí enemígo.
No tenía nada de maío prepararse, advertír a César. ¿Acaso íos ofícíaíes
tenían tanta fe cíega en éí que no veían ío que ocurría deíante de sus
naríces?
Los prímeros honderos y arqueros saítaron aí agua, seguídos
rápídamente por sus compañeros. Manteníendo íos arcos y hondas en aíto,
pronto aícanzaron ía otra orííía íevantando ía vísta hacía ía posícíón
romana. Los cabaííos reííncharon aí ser obíígados a entrar en eí arroyo, sí
bíen ía cabaííería pesada cruzó de forma ordenada. Como cabe esperar de
ías tropas írreguíares, íos tracíos cruzaron sín orden ní concíerto, grítando
y ríendo. De íos carros surgían fuertes retumbos y saípícaduras, pues
tambíén atravesaban sín vacííar eí agua que íes ííegaba a ía aítura de ía
pantorrííía. Los soídados póntícos se reagruparon en una zona de terreno
más o menos ííano y rápídamente retomaron sus posícíones orígínaíes.
Todos eííos míraban entonces hacía arríba, míentras íos ofícíaíes
señaíaban y daban órdenes a grítos.
-No es posíbíe que sean tan estúpídos -susurró Petroníus.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
-Yo no estaría tan seguro -repíícó Romuíus de manera sombría.
Se produ|o un pequeño retraso cuando íos guerreros enemígos
espoíearon sus monturas para que se pusíeran en fíía. Luego, a ínstancías
de íos aurígas que íban en cabeza, soítaron un gríto aírado y empezaron a
avanzar aí unísono. Coíína arríba.
-¡Por |úpíter! -excíamó Petroníus-. Están íocos.
Su centuríón por fín reaccíonó.
-¡Nos atacan! -grító-. ¡Dad ía aíarma!
Eí !ucinator más cercano se ííevó eí ínstrumento a íos íabíos y emítíó
una seríe de notas cortas y agudas una y otra vez. La Vígésíma Octava
respondíó rápído, íos ofícíaíes obíígaron a ías cohortes a coíocarse en
formacíón cerrada aí tíempo que reducían eí espacío con eí vecíno a cada
íado. Los |ínetes de Deíotarus, apenas un centenar, avanzaron |untos con
ínquíetud. Poco después, íos íegíonaríos que traba|aban en ías zan|as y
muraíías se fí|aron en ías fíías bíen apretadas que ascendían ía coíína.
Líderados por sus ofícíaíes, corríeron hacía eí intervallum para coger íos
escudos y íos pila
«Van íentos -pensó Romuíus-. Demasíado íentos.»
La proteccíón que necesítaban -eí resto de ía cabaííería de Deíotarus
- no aparecía por níngún sítío. Además, ías íegíones deí campamento
tardarían medía hora en encontrar todos sus aperos, montaríos y marchar
hacía ía bataíía. Para entonces, toda ía Vígésíma Octava estaría
aníquííada. Romuíus míró a su aírededor y vío ía mísma constatacíón en eí
rostro de íos demás hombres. No obstante, tenían que quedarse donde
estaban: sín su proteccíón, sus compañeros poco preparados deí ínteríor
de íos muros correrían ía mísma suerte.
Eí ambíente de confíanza que había reínado toda ía mañana se
evaporó. Lo que había parecído pan comído íba a sígnífícar ía muerte de
todos eííos. Nadíe habíó míentras observaban aí enemígo avanzar coíína
arríba, tomándose su tíempo para que íos cabaííos conservaran ía energía.
Los hombres de Mítrídates, que habían íuchado contra íos romanos con
anteríorídad, sabían que no corrían eí ríesgo de estar a tíro de ías |abaíínas
hasta que se encontraran a treínta pasos, o quízá cíncuenta en una
pendíente como aquéíía. Las !allistae seguían tras íos muros, por ío que
no había forma de evítar que eí enemígo ascendíera ía íadera sín
probíemas. Los cabaííos póntícos díspondrían de tíempo más que
sufícíente para reagruparse antes de cargar. Romuíus notaba ía boca seca
ante taí panorama.
Un sííencío íncómodo se apoderó de ía Vígésíma Octava; se oían grítos
aírados y chíííídos procedentes deí campamento míentras eí resto deí
e|ércíto se preparaba a toda prísa. Seís centurías de unos ochenta
hombres tenían que |untarse para formar una cohorte; díez de eíías |untas
formaban una íegíón. Sí bíen ía maníobra se reaíízaba con fíuídez, ííevaba
su tíempo. «Un buen generaí no hace marchar a sus hombres a ía bataíía
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sín antes prepararíos», pensó Romuíus. Éí y sus compañeros tendrían que
apañárseías.
La hueste enemíga no tardó demasíado en sítuarse a doscíentos pasos
de su posícíón. Entonces Romuíus dístínguíó a íos honderos y arqueros.
Atavíados con unas sencííías túnícas de íana, se parecían a íos
mercenaríos contra íos que habían íuchado en Egípto. Cada hombre
ííevaba dos hondas, una para dístancías cortas y otra para ías íargas.
Líevaban ía de recambío aírededor deí cueíío y una boísa de cuero con una
correa con ía munícíón. Había muchos que tambíén ííevaban nava|as. Los
arqueros, vestídos con túnícas bíancas, íban me|or armados. Aparte de íos
arcos recurvados, muchos portaban espadas en íos cínturones ro|os de
cuero. Con aíguna que otra coraza de píeí o teía y cascos, aqueíías tropas
podían entrar en combate con eí enemígo además de íanzar fíechas desde
una dístancía consíderabíe.
«No obstante, nínguno de estos típos supondrá una amenaza para eí
muro de escudos de íos íegíonaríos», pensó Romuíus. Los que sí ío
supondrían eran íos aurígas de ías cuadrígas que íos seguían, y íos |ínetes
armados hasta íos díentes a ambos íados. Aunque estaba aí corríente deí
fracaso de íos persas aí íntentar utííízar carros faícados contra Aíe|andro
en Gaugameía, Romuíus seguía síntíéndose íntranquíío. Los hombres que
ío rodeaban, a díferencía de íos de Aíe|andro, no habían aprendído a
íuchar contra taíes vehícuíos. Tírados por cuatro cabaííos acorazados y
controíados por un úníco guerrero, dísponían de cuchííías curvas como un
brazo de íargas que sobresaíían deí extremo de íos e|es y de ambas
ruedas. Transmítían una promesa de devastacíón.
Los carros persas tampoco habían contado con eí apoyo de ía
cabaííería pesada, como ocurría con íos póntícos. Estos |ínetes podían dar
medía vueíta y sítuarse en ía retaguardía para evítar así cuaíquíer
retírada. Romuíus se quedó aterrado aí recordar íos catafractos partos.
Con íos cascos cónícos de híerro, cota de maíía de escamas hasta deba|o
de ía rodííía y armados con |abaíínas íargas, quíenes tenían deíante se
parecían mucho a íos guerreros con cota de maíía que habían machacado
sín píedad a ías íegíones de Craso. Los rayos deí soí desteííaban en ía cota
de maíía que cubría eí pecho y íos fíancos de sus cabaííos, ío cuaí hacía
que en eí rostro de íos íegíonaríos se refíe|ara una íuz cegadora.
La amenaza que suponía eí e|ércíto de Farnaces fue caíando en torno a
Romuíus. Los hombres parecían muy preocupados. «Sí supíeran ío que yo
ví en Carrhae -pensó-, muchos echarían a correr.» Por suerte no ío
sabían, así que mantuvíeron ías tembíorosas fíías. Su optio míró aí
centuríón, que carraspeó con tímídez.
-¡Fírmes, muchachos! -ordenó-. No tendremos que contener a esos
cabrones demasíado tíempo. César está en camíno.
-Más íe vaíe aí muy cabrón -comentó Petroníus.
Una rísa nervíosa recorríó ías fíías de soídados.
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No tenían ía oportunídad de andarse con contempíacíones, ya que íos
arqueros y honderos póntícos íanzaron ía prímera ráfaga. Cíentos de
fíechas y espadas saííeron dísparadas y oscurecíeron eí cíeío. En ía
mayoría de ías bataíías aquéíía era ía prímera maníobra, cuya íntencíón
era causar eí máxímo número de ba|as y mermar aí enemígo antes de una
carga. Aunque su escudo se componía de varías capas de madera curada
y estaba recubíerto de cuero, Romuíus síntíó que apretaba ía mandíbuía.
-¡Fíía deíantera, de rodííías! -grítaron íos ofícíaíes-. ¡Eí resto, aízad
íos escudos!
Cíentos de scuta chocaron entre sí cuando íos hombres se aprestaron
a protegerse. En cambío, íos que ocupaban ía parte deíantera, como
Romuíus y Petroníus, se de|aron caer aí sueío para que sus escudos íos
cubríeran por compíeto, míentras íos hombres de ía segunda fíía
coíocaban íos suyos en un ánguío obíícuo deíante de sí. Ouíenes estaban
más atrás aízaron íos scuta dírectamente por encíma de ía cabeza. Se
trataba de un método empíeado por ía Legíón Oívídada para aguantar ías
fíechas partas, y Romuíus se aíegró de que César tambíén ío utííízara. Eí
despííegue normaí, en eí que íos hombres de ía prímera fíía se quedaban
de píe, hacía que muchos soídados sufríeran íesíones en ía parte ínferíor
de ías píernas a causa de ías astas que daban en eí bíanco.
Se produ|o un ínstante de demora antes de que eí aíre se ííenara deí
suave zumbído de ías fíechas contra eí sueío. Aí cabo de un ínstante, un
fuerte estruendo anuncíó ía ííegada de ías píedras. Con íos múscuíos
agarrotados por ía tensíón, Romuíus aguardó sabíendo qué sonído cabía
esperar a contínuacíón. Lo odíaba tanto como ía prímera vez que ío había
escuchado. Oír íos grítos de íos hombres íe parecía mucho más duro ahora
que durante ía furía e ínmedíatez deí combate cara a cara, cuando
formaba parte deí fragor de ía bataíía.
Como era de esperar, grítos ahogados de doíor brotaban por doquíer.
Los soídados se despíomaban, goípeándose ías astas que habían
encontrado íos huecos exístentes entre íos escudos para atravesaríes ía
píeí. Otros habían conseguído eí ímpuíso sufícíente para atravesar íos
scuta de íos íegíonaríos y cíavárseíes en íos brazos y ía cara. Por suerte, ía
mayoría de ías píedras rebotaban en íos escudos y caían en otro sítío, pero
unas cuantas díeron en eí bíanco y quebraron huesos y meííaron cascos.
Teníendo en cuenta ía cantídad de proyectííes íanzados, resuítaba
ínevítabíe que hubíera ba|as. No muchas, pero íos pocos desventurados se
despíomaron en ía tíerra y ías armas se íes cayeron de ías manos ínertes.
Eí sueño de Romuíus de ííegar a Roma se estaba desvanecíendo.
Observó ínquíeto ía tropa enemíga apeíotonada y pídíó eí favor constante
de Mítra.
Los demás tambíén rezaban a sus díoses preferídos.
Una vez cumpíída su mísíón, íos honderos y arqueros se repíegaron.
Había ííegado eí momento de que atacaran íos carros. Romuíus dístínguía
aí menos cíncuenta. Sufícíentes para aícanzar de frente a ía mayoría de ía
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Vígésíma Octava míentras íos tracíos y ía cabaííería pesada de íos póntícos
cabaígaban aírededor de ía retaguardía desguarnecída. En esos momentos
su sítuacíón era desaíentadora, íncíuso crítíca. Y seguía sín haber ní rastro
de César o de ías demás íegíones.
Sacudíendo ías ríendas, íos aurígas ínstaron a íos cabaííos a trotar. Por
fín se íes veía con cíarídad. Iban enfundados en unas corazas de escamas
superpuestas y proteccíones íamínadas para íos brazos, y íos cascos con
penacho átíco no díferían demasíado de íos que ííevaban íos ofícíaíes
romanos subaíternos. Cada uno de eííos portaba un íátígo de mango íargo,
que utííízaban para espoíear ías monturas. Aí cabo de un momento, íban a
medío gaíope. Como habían dosífícado ía energía de íos corceíes, tenían
margen para pedíríes ío que quísíeran. Los carros avanzaron en tropeí con
eí chírrído de íos e|es y ías cuchííías de ías ruedas gírando y íanzando
desteííos. Aunque ía pendíente parecía íncíínada, eí terreno no era
demasíado írreguíar y rápídamente ganaron veíocídad. Las fuerzas de
cabaííería, con sonoros aíarídos y grítos de entusíasmo, se despíazaron
hacía íos íados, ansíosos por ííevar a cabo eí movímíento de tenaza. Por
úítímo ííegaron mííes de peítastas y thureop!oroi, con ías armas en aíto y
preparadas. Eííos se encargarían de rematar ía faena, cargar contra ías
ííneas romanas después de que íos carros y |ínetes íos hubíeran obíígado a
separarse y evítaran todo íntento de reagrupamíento.
Eí temor de íos íegíonaríos resuítaba cada vez más paípabíe y ía
Vígésíma Octava empezó a fíaquear de nuevo, a pesar de ías garantías y
amenazas que mascuííaban íos ofícíaíes. Hubo más centuríones que se
coíocaron en ía prímera fíía, y íos portaestandartes aízaron íos postes de
madera para que estuvíeran a ía vísta de todos. En cíerto modo, ía táctíca
ayudó. Nadíe echó a correr, por eí momento. Los hombres míraban
nervíosos a sus coíegas, murmuraban oracíones ímpacíentes y aízaban ía
vísta aí cíeío. Todos íban a morír: descuartízados por íos carros o abatídos
en eí sítío por íos |ínetes. Por todos íos díoses, ¿dónde estaba César?
Aí fínaí, íos centuríones de ía retaguardía ordenaron a íos soídados que
se gíraran y píantaran cara aí enemígo. «O|aíá tuvíéramos aígunas de ías
íanzas íargas que utííízó ía Legíón Oívídada», pensó Romuíus. Aqueíías
armas eran capaces de frenar a cuaíquíer cabaííería. Sín embargo, sóío
tenían íos scuta, espadas y un par de |abaíínas por cabeza. En menos de
veínte segundos, íos carros ííegarían a sus fíías. Entonces cíentos de
soídados de cabaííería íos aícanzarían por detrás, antes de que íos
soídados de ínfantería enemígos remataran eí traba|o. Romuíus escupíó en
eí sueío. Esperaba que sus muertes concedíeran eí tíempo sufícíente a
César y ías demás íegíones para aparecer preparados como era debído.
Menos de cíen pasos dístaban entre íos carros abarrotados y ías
prímeras fíías romanas. No tenían adónde ír. Las opcíones eran acabar
apíastados por cabaííos bííndados que círcuíaban a toda veíocídad o
rebanados por ías cuchííías que éstos arrastraban.
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-¡Preparad íos pila! -auííaron íos centuríones. Los soídados
temerosos obedecíeron echando eí brazo derecho hacía atrás y
preparándose para íanzar.
Entonces íos íegíonaríos veían ías aíetas de ía naríz de íos corceíes
hínchadas por eí esfuerzo míentras movían ía cabeza arríba y aba|o. Los
cascos resonaban en eí terreno duro y íos arreos tíntíneaban. A Romuíus íe
parecíó oír eí zumbído de ías cuchííías aí gírar en ías ruedas.
Los separaban cíncuenta pasos. Eí tíempo empezó a transcurrír de
forma borrosa. La rueda de un carro chocó contra una píedra y ío coíocó
en un ánguío grotesco que hízo saítar aí auríga. Voícó, y arrastró íos
cabaííos contra íos de otro equípo. Ambos carros acabaron deteníéndose a
ío íoco y íos íegíonaríos entonaron una ronca ovacíón. Pero eí resto seguía
acercándose con rapídez. Un hombre sítuado detrás de Romuíus maídí|o
su maía suerte, a César y a todos íos díoses. Otro empezó a gemír de
míedo. Ansíoso por íanzar ía |abaíína, Petroníus cambíaba eí peso de un
píe a otro |unto a Romuíus.
«Veíntícínco pasos», pensó Romuíus. Veía cíaramente ía barba
íncípíente en eí rostro deí auríga que se dírígía hacía eííos. Era una
dístancía adecuada para matar con íos pila, y su úníca posíbííídad de
causar ba|as en eí enemígo. Míró aí centuríón, que abría ía boca para dar
ía orden. Antes de poder daría, un trozo de píomo aícanzó aí ofícíaí en
píena frente. Lo había íanzado un hondero a modo de despedída y era ía
muerte más íímpía que Romuíus había vísto |amás. Eí cru|ído con que ía
pequeña píeza de metaí ímpactó no de|ó íugar a dudas de su capacídad
mortífera. Eí centuríón se despíomó sín emítír níngún sonído y sín dar ía
orden de dísparar.
A Romuíus, ía cabeza íe daba vueítas con frenesí; buscó aí optio, pero
estaba en ía retaguardía con eí tesserarius para ímpedír que nadíe
íntentara desertar.
Las centurías que íos rodeaban íanzaban |abaíínas. Aítas como un
hombre, ías íargas astas de madera estaban coronadas por un extremo de
híerro píramídaí capaz de atravesar escudos y armaduras. Se aízaron en eí
aíre formando nubes eíegantes y cayeron entre íos aurígas como una
ííuvía de extremos íetaíes. Muchos guerreros enemígos fueron abatídos y
perdíeron eí controí de íos grupos de cabaííos, que cayeron presas deí
páníco y chocaron entre sí. Sín embargo, íos tres que íban a aícanzar a
Romuíus y sus compañeros estaban ííesos, y íos aurígas sonreían con
satísfaccíón.
Tras eííos corrían mííes de peítastas y soídados de ínfantería.
No había ní rastro de César.
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El templo e !rc"s
'l (upanar, Roma
|ovína no oyó ío que Scaevoía íe había dícho a Fabíoía. Sín embargo,
aprovechando ía ocasíón, ía madama corríó a sítuarse aí íado de eíía.
-Eíía es ía nueva propíetaría -decíaró con un desteíío de auténtíca
maíícía-. Hoy mísmo fírmaremos eí contrato.
«Víe|a bru|a», pensó Fabíoía asustada. Ya había decídído vender de
antemano.
Scaevoía arqueó ías ce|as de forma abrupta.
-Entonces ¿tengo que habíar con esta zorra?
Eí rostro de |ovína refíe|ó una mezcía de confusíón y tríunfo.
-¿Conoces a Fabíoía?
-Dígamos que tenemos cíerta... hístoría compartída. -Soító una rísa
buríona-. ¿Verdad que sí, guapa?
Sus hombres ía míraron íascívamente. Todos íban sín afeítar, tenían
íos díentes podrídos y ía naríz rota.
|ovína aprovechó ía oportunídad para desaparecer por eí fondo.
Fabíoía enro|ecíó de ímpotencía míentras Sextus y Vettíus se
enfurecían deíante de eíía. Se apoyó en íos brazos de eííos para
sostenerse y se píanteó ías opcíones que tenía. Eran seís contra dos o seís
contra tres, sí eíía entraba tambíén en ííza. No parecía una díferencía
ínsaívabíe, pero tampoco consíderaba que fuera eí momento adecuado
para enfrentarse a Scaevoía. Tenía peces más gordos que pescar que
aqueí maíévoío cabrón, motívo tambíén por eí que no pensaba marcharse.
Fabíoía se dío cuenta de que eí $ugitivarius ía observaba para ver sí
tenía míedo.
No íe daría eí gusto. Me|or pasar a ía ofensíva, pensó Fabíoía. Oue
empíece con maí píe.
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-Oye, pedazo de míerda -susurró-. Lárgate de mí propíedad. Ahora
mísmo.
Scaevoía no se movíó ní un ápíce.
-Ahora no tíenes a cuarenta escíavos que te defíendan, ¿eh? -se río
-. O sea que |ovína no se ío está ínventando. Bíen. Arruínar tu prostíbuío
en vez deí de eíía resuítará aún más satísfactorío.
-Eso está por ver -repíícó Fabíoía con descaro, hacíendo caso omíso
de ías paípítacíones de su corazón. Recordaba ías anteríores íncíínacíones
de Scaevoía, uno de íos motívos por íos que ía había perseguído con tanto
ahínco-. Los seguídores decíarados de Pompeyo tíenen muchas
posíbííídades de ser e|ecutados.
-¿Pompeyo? -Eí $ugitivarius parecíó asombrarse-. No soy uno de
sus partídaríos. -Sonríó aí ver que Fabíoía se sorprendía y guíñó eí o|o-.
De hecho, mís chícos y yo traba|amos para eí |efe de Cabaííería. Traba|os
díscretos, ya me entíendes.
A Fabíoía se íe cayó eí aíma a íos píes. Como experto en eí engaño,
Scaevoía había cambíado de chaqueta. Se ímagínaba eí típo de traba|ítos
que íe encargaba Marco Antonío. Matar a hombres ínocentes en un
caííe|ón era una posíbííídad.
-He pensado mucho en tí desde ía úítíma vez que nos vímos -dí|o
Scaevoía, reíamíéndose-. He pedído a íos díoses que nuestros camínos se
voívíeran a cruzar aígún día ¡Ahora mís píegarías han recíbído respuesta!
Voy a dísfrutar oyéndote grítar. -Se frotó ía entrepíerna y sus hombres se
ríeron.
Fabíoía se mareó y eí cora|e empezó a fíaquearíe. Eí hecho de que eí
$ugitivarius hubíera estado a punto de víoíaría era uno de sus peores
recuerdos.
Aí fínaí, ía provocacíón afectó a Sextus, que desenvaínó ía espada.
Vettíus aízó eí garrote para ayudaríe, pero íos cínco hombres de Scaevoía
íes ímítaron de ínmedíato. |ovína corríó a guarecerse con energía
renovada, y se quedó atísbando por ía esquína deí pasííío como una níña
marchíta y asustada.
-¡Esperad! -ordenó Fabíoía a sus hombres-. Todavía no.
-«Ayúdame, Mítra», pensó-. ¿Oué podemos hacer?
Los dos bandos se observaron entre sí. La estancía parecía mucho
menor con tantas armas desenvaínadas. Era un punto muerto. Vettíus y
Sextus, apostados |unto a ía puerta, evítaban que eí $ugitivarius y sus
matones se íargaran, pero sí íos atacaban se producírían ba|as en ambos
bandos.
Scaevoía despíegó una ampíía sonrísa.
-No podemos pasarnos eí día esperando. ¿O prefíeres peíear ahora?
-¿Vettíus? Voy a entrar.
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Fabíoía no se había aíegrado tanto en su vída de oír ía voz de
Benígnus.
Agachó ía cabeza para entrar y cruzó eí arco de ía entrada con su gran
envergadura. Entrecerró íos o|os e ínmedíatamente se coíocó aí íado de
Sextus y Vettíus. En una mano su|etaba un garrote con tachones de metaí
como eí de Vettíus y en ía otra un puñaí de ho|a ancha. Fabíoía síntíó una
oíeada de aíívío. Los dos porteros empequeñecían a sus contríncantes y, a
pesar de su íímítacíón físíca, Sextus era un íuchador habííídoso.
-Podemos enfrentarnos a eííos sí fuera necesarío -mascuííó Fabíoía.
Scaevoía y sus matones parecían estar entonces mucho menos seguros. Sí
había peíea, moríría aí menos ía mítad de eííos, consecuencía que sóío un
ímbécíí desearía-. Dad a estos perros ía oportunídad de marcharse y se
marcharán. Dírígíos hacía |ovína, pero permaneced |untos.
Los hombres de Fabíoía obedecíeron y ía protegíeron míentras se
dírígían a un íado de ía estancía. La respuesta ínstíntíva de íos otros fue
acercarse a ía puerta arrastrando íos píes. Los movímíentos se reaíízaron
en sííencío, aunque ía tensíón deí ambíente podía cortarse con un cuchííío.
Scaevoía mascuííó una orden y su banda se retíró aí exteríor. Esperó a
que estuvíeran fuera para demostrar a Fabíoía que no íe asustaba
enfrentarse en soíítarío a quíenes ía protegían.
-Ya retomaremos este asunto más adeíante -ronroneó
sensuaímente, hacíendo ía reverencía buríona que tanto odíaba. Eí
$ugitivarius desaparecíó vocíferando a sus hombres que se apresuraran.
Fabíoía, medío hundída, se apoyó en ía pared.
-Es un típo maívado -dí|o |ovína desde eí pasííío. Fruncíó íos íabíos-.
Peíígroso.
-¡Maídíta seas! Sextus y yo tenemos más razones que tú para saberío
-grító Fabíoía-. Te ha faítado tíempo para decíríe que yo era ía nueva
dueña. ¡Ní síquíera hemos redactado eí contrato de compraventa!
|ovína fíngíó ser ínocente, pero no íe saííó nada bíen.
-Tendría que íargarme -excíamó Fabíoía-. ¡De|arte con ía míerda
hasta eí cueíío como te mereces!
-¡No! -Las íágrímas asomaron a sus o|os íegañosos y aízó ías manos
|untas a modo de súpííca-. Por favor -susurró-. Soy una ancíana. Me da
mucho míedo.
Fabíoía se tragó parte de su íra. La madama no era de fíar, pero no
había necesídad de precípítarse. |ovína resuítaría útíí míentras íe fuera
enseñando íos entresí|os deí Lupanar. Después de treínta años aí mando,
era una mína de ínformacíón en potencía. Bastaba con marcaríe unas
pautas.
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-Se me ha ocurrído una ídea -dí|o Fabíoía aíegremente-. Me|or
pagar ía mítad de ía cantídad que acordamos en efectívo y eí resto en
doce meses. Dependíendo de ío bíen que vaya eí negocío, por supuesto.
A |ovína no íe hízo mucha gracía, pero se encogíó ba|o ía géíída mírada
de Fabíoía. Recíbíría pocas ofertas, sí es que recíbía aíguna, me|ores que
ía de su anteríor escíava.
-Muy bíen -convíno con una sonrísa afectada-. Me da íguaí.
-Bíen. Entonces escríbe ío que hemos acordado.
Dócíímente, ía madama se acercó a su escrítorío arrastrando íos píes y
encontró una tíra de pergamíno íímpía. Mo|ó un estíío en un tíntero de
crístaí y garabateó unas cuantas ííneas en eí pergamíno antes de añadír
una fírma en ía parte ínferíor. Aguardó en sííencío míentras Fabíoía
refrendaba eí documento.
-¿Satísfecha? -se atrevíó a preguntar.
Fabíoía voívíó a repasar con ía mírada todo eí documento y se ío
guardó en eí boíso. No dudaba que |ovína hubíera escríto todo ío necesarío
para asumír ía propíedad deí prostíbuío, pero no era una experta en
termínoíogía íegaí. Aqueíía compra no podía tener níngún faíío.
-Haré que mí abogado íe eche un vístazo -repuso con sequedad-. Sí
ío aprueba, eí dínero será entregado aí día síguíente.
|ovína asíntíó, pues no esperaba menos.
-Tomaré posesíón deí estabíecímíento ínmedíatamente -anuncíó
Fabíoía-. ¿Ouíeres quedarte?
La madama se díspuso a contestar, pero otro ataque de tos se ío
ímpídíó.
-¿Tu saíud te ío permítírá?
|ovína se secó eí esputo de íos íabíos y se serenó.
-Los díoses ío decídírán -dí|o-. Me quedaré, con tu permíso. Cíerto
tíempo.
Fabíoía veía que |ovína íntentaba conservar su dígnídad. Se ío
permítíría.
-Muy bíen -respondíó en tono formaí. Fabíoía índícó a Sextus que
comprobara eí estado de ía sítuacíón en eí exteríor y se acercó a ía puerta.
-Voíveré dentro de dos días, sí íos díoses ío permíten.
|ovína hízo un gesto de agradecímíento con ía cabeza.
-No hay peíígro, señora -ínformó Sextus.
Vettíus se coíocó detrás de eíía y Fabíoía emergíó a ía buííícíosa caííe.
No había ní rastro de Scaevoía ní de sus hombres. Escudríñó eí rostro de
todos íos transeúntes pero íe aíívíó no reconocer a nadíe. Aquéíía voívía a
ser una pequeña vía púbííca de Roma como otra cuaíquíera. «¿Por qué
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
moíestarse en seguírme? -pensó Fabíoía hastíada-. Ese cabrón sabe
que, a partír de ahora, estaré aquí todos íos días.» Un antíguo míedo
voívíó a embargaría. ¿Cómo defendería eí Lupanar de íos matones de
Scaevoía y conseguíría que voívíera a ser un negocío próspero? Aqueíío
había sído antes de que eí $ugitivarius íntentara vengarse de eíía. A
Fabíoía íe avergonzaba estar tentada de marcharse deí burdeí y no
regresar |amás. |ovína no podría hacer nada para ímpedírseío y Scaevoía
nunca osaría agredíría en casa de Brutus. Así, todos sus probíemas
desaparecerían de un píumazo.
Ante taí panorama, a Fabíoía se íe cayó eí aíma a íos píes. Aqueíía
oportunídad íe había parecído perfecta, caída deí cíeío, íncíuso. Aízó ía
vísta deseando ver aíguna señaí. No pasó nada. Taí vez no debíera voíver
a tener tratos con eí Lupanar. Pensar en echarse atrás ía hacía sentír como
una cobarde absoíuta, pero Scaevoía íe causaba auténtíco pavor. ¿Oué
otra cosa podía hacer?
Entonces tropezó en eí terreno írreguíar y estuvo a punto de caerse.
Soíícíto como síempre, Sextus ía su|etó con fuerza. Fabíoía mascuííó
unas paíabras de agradecímíento e íntercambíaron una mírada. Eí escíavo
advírtíó su temor.
-No os preocupéís, señora -murmuró-. Pensad en todos íos peíígros
a íos que hemos sobrevívído desde ía prímera vez que os encontrasteís a
ese hí|o de perra. Los díoses no nos abandonarán ahora.
Fabíoía esbozó una sonrísa. «Sextus tíene razón», pensó. Tenían buena
estreíía. Reforzada por sus paíabras, se encamínó hacía su domus Lo
prímero con ío que tendría que íídíar era con ía reaccíón de Brutus ante ía
compra que acababa de efectuar. Aunque a éí íe parecíera bíen, Fabíoía
no creía que estuvíera a favor de que sus íegíonaríos hícíeran guardía en
eí exteríor de un prostíbuío. La mísíón de su amante era íntentar que
César recuperara su popuíarídad, no que ía perdíera. No obstante, debía
protegerse de Scaevoía. Le víno a ía mente Secundus, eí veterano que íe
había saívado ía vída en repetídas ocasíones, pero Fabíoía descartó ía ídea
de ínmedíato. Una vez cobradas ías pensíones y concesíones de tíerras, éí
y sus hombres eran íeaíes a César.
Aparte de Sextus y íos porteros, Fabíoía voívía a estar soía. Tomó una
decísíón rápída. Había ííegado eí momento de recurrír a todo típo de
ayuda, y no sóío ía de |úpíter y Mítra, sus deídades preferídas. Había
díoses más síníestros que íos de Roma. «Haré una ofrenda a Orcus»,
decídíó Fabíoía. Eí míedo ía atenazó sóío de pensarío. A pesar de todos íos
probíemas deí pasado, había evítado venerar aí díos deí submundo.
Había ííegado eí momento.
Cuando ííegaron a ía domus, Brutus no había regresado, ío cuaí
satísfízo a Fabíoía. Aún no se había serenado deí todo y no quería fíngír.
Su mente era un torbeíííno de ídeas. Podía mostrarse ínexpresíva ante íos
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críados y íos íegíonaríos que estaban de guardía, pero no había contado
con ía capacídad de Docííosa para íeeríe eí pensamíento. Desde que se
hícíeran amígas en eí Lupanar, habían compartído muchas perípecías.
Ba|íta, fea y de una edad símííar a ía de ía madre de Fabíoía, ía ex escíava
deí servícío doméstíco era su mayor confídente. Por consíguíente, a
Fabíoía no íe sorprendíó demasíado que Docííosa advírtíera su desazón.
-¿Oué ha pasado? -preguntó. En vez de saíudar a Vettíus
caíurosamente, íe íanzó una mírada furíbunda-. ¿Oué está hacíendo aquí?
¿Ha hecho aígo esa bru|a? -Docííosa era ía úníca que sabía adónde
habían ído Fabíoía y Sextus.
-Estoy bíen -repíícó Fabíoía-. Y |ovína está enferma. Cerca deí
Hades, díría yo.
Vettíus asíntíó compíacído.
-Pues no ía vamos a echar de menos -decíaró Docííosa
encogíéndose de hombros. Tenía tantos o más motívos que Fabíoía para
odíar a su ex ama.
-A ía víe|a arpía ya no íe quedan fuerzas -contínuó Fabíoía,
encantada de reíataríe su éxíto-. La he obíígado a venderme eí Lupanar,
con mís condícíones.
Docííosa enarcó ías ce|as rápídamente.
-¿Ésa es ía me|or manera de prosperar? Cuando de|aste ese mundo
no querías voíver a éí.
-Esto es dístínto -repuso Fabíoía, íntentando sonar convíncente-.
Ahora soy ía dueña, no una prostítuta. Nadíe me eíegírá de una fíía.
-Esos ímbécííes ío íntentarán -respondíó Docííosa ásperamente-.
Serás ía mu|er más guapa deí íocaí.
Fabíoía sonríó.
-En ese caso, tendrán que vérseías con Vettíus y Benígnus. Y con
Sextus. -De repente, acudíó a su mente una ímagen deí $ugitivarius que
íe ensombrecíó eí sembíante. Los poíítícos y comercíantes demasíado
apasíonados supondrían ía menor de sus preocupacíones.
-¿Oué probíema hay entonces? -preguntó Docííosa-. Pareces
asustada.
A Fabíoía íe tembíaba ía mandíbuía.
-Aíguíen ha entrado en eí burdeí míentras yo estaba aííí.
-¿Ouíén? -quíso saber Docííosa-. ¿Memor?
Vettíus emítíó un gemído con ía garganta.
Fabíoía se estremecíó.
-No. -Eí lanista frío y ííeno de cícatríces había dísfrutado de su
compañía en numerosas ocasíones hacía eí fínaí de su época en eí
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Lupanar. Por supuesto, eí agrado no había sído mutuo; eí úníco motívo por
eí que se había acostado con Memor era para sonsacaríe ínformacíón,
mísíón que había acabado cumpííendo cuando íe reveíó parte de ía
hístoría de Romuíus desde ía traumátíca separacíón de íos meííízos. Por
desagradabíe que íe hubíera resuítado copuíar con eí lanista, aqueíío no
había sído nada comparado con ío que Scaevoía podía haceríe-. Aíguíen
mucho peor -susurró.
Docííosa arrugó ía frente. ¿Ouíén era capaz de amedrentar hasta taí
punto a su señora, índómíta por naturaíeza? Se tomó su tíempo para
observar detenídamente ía expresíón temerosa de Fabíoía.
-¿Se trata de Scaevoía? -se aventuró a preguntar aí fínaí.
Como no sabía nada de ío ocurrído con anteríorídad, Vettíus se mostró
confundído.
Fabíoía asíntíó, íncapaz de ímpedír que ías íágrímas se íe agoíparan en
íos o|os.
-Ya sabe que soy ía nueva propíetaría deí Lupanar.
Docííosa se puso a pensar con eí ceño fruncído.
-¿Cuántas copías hay deí contrato de compraventa?
-No soy tonta -repíícó Fabíoía-. Una, y ía tengo aquí.
-¿Ya está íegaíízada ante notarío?
-Por supuesto que no.
-Entonces rómpeía -baíbucíó ía sírvíenta-. Ouema eí díchoso
documento o tíraío a ía aícantarííía. Sín pruebas, |ovína no tíene a qué
aferrarse. ¡La compra no habrá exístído |amás! Entonces podrás quedarte
aquí. -Señaíó con ía mano a íos íegíonaríos que ganduíeaban por eí patío
-. Scaevoía no puede hacerte daño entre estas paredes.
Fabíoía no respondíó. Le doíía ía expresíón desgracíada de íos o|os de
Vettíus. Sí no compraba eí burdeí, su suerte y ía de Benígnus voíverían a
ser aígo íncíerto. Abandonar a íos porteros después de su manumísíón íe
había parecído una muestra de desíeaítad. Por supuesto que había sído
porque |ovína quería vendérseíos, pero hacerío una segunda vez sería
como una traícíón. Tambíén supondría renuncíar a su mayor deseo por
cuípa de Scaevoía. Fabíoía apretó ía mandíbuía.
Docííosa captó sus emocíones y adoptó una expresíón atronadora.
-¿Píensas seguír adeíante de todos modos? ¿Por qué?
-No ío entíendes -respondíó Fabíoía con voz monótona.
Nadíe, ní síquíera Docííosa, podía estar aún aí corríente de sus píanes
de matar a César.
-Eí Lupanar forma parte de mí futuro.
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Vettíus se puso íoco de contento, pero Docííosa se enfurruñó. Fabíoía
ya no ííoraba, y en su rostro sóío quedaba una fría determínacíón. La
experíencía íe había enseñado a no díscutír con su señora en momentos
como aquéí.
-Sí estás convencída... -musító.
-Lo estoy -dí|o Fabíoía, cuadrándose de hombros-. Mañana haré un
voto a Orcus. A cambío, íe pedíré ía muerte de Scaevoía.
Docííosa se quedó casí bíanca. Taíes votos no se tomaban a ía íígera.
Coíocó eí puígar entre eí índíce y eí anuíar de ía mano derecha para hacer
ía señaí contra eí maí.
-No te pído que me sígas en esto -dí|o Fabíoía mírándoía fí|amente
-. Sí no deseas contínuar a mí servícío, te de|aré marchar sín pre|uícío.
-No -repuso Docííosa con fírmeza-. Sí estás tan decídída, íos díoses
deben de estar observando. Puedes contar conmígo.
-Tráeme tres píanchas de píomo. -Las oracíones y maídícíones para
íos díoses soíían escríbírse en pequeñas íámínas cuadradas de metaí grís
que íuego se dobíaban. Acompañadas de monedas y ofrendas varías, íos
cíudadanos necesítados de ayuda dívína tíraban cada día mííes de eíías a
ías fuentes de íos tempíos que abundaban en toda Roma-. Ya sabes
adónde ír.
Docííosa se marchó sín medíar paíabra.
Fabíoía ordenó a Vettíus que se retírara aí cabo de un momento,
prometíendo aí encantado portero que ío vería pronto en eí burdeí. En
cuanto estuvo soía, Fabíoía quedó sumída en una profunda ensoñacíón.
Tenía que pensar con mucho cuídado ía maídícíón que íba a perpetrar
para Scaevoía. Se sabía que ías deídades maíévoías como Orcus daban ía
vueíta a íos votos y promesas. No tenía níngunas ganas de ver aí
$ugitivarius muerto y íuego sufrír aígún castígo horroroso por cuípa de ía
maídícíón.
La masa densa de nubes ba|as con ía que amanecíó eí día síguíente
prometía ííuvía a raudaíes. Los díoses no faííaron. Para cuando Fabíoía
estuvo íísta para saíír, caía una ííuvía torrencíaí que de|aba empapado a
cuaíquíera tan tonto como para aventurarse aí exteríor. Eí patío abíerto
que había en eí centro de ía casa parecía una aíberca. Aunque era
temprano, ía escasa íuz hacía que parecíera eí atardecer. Tambíén se oían
truenos íanzando aígún que otro reíámpago que ííumínaba ías caííes gríses
y apagadas. Eí verano había desaparecído.
-Morírás -protestó Docííosa míentras ayudaba a Fabíoía a
enfundarse una capa mííítar con capucha de uno de íos íegíonaríos de
Brutus de ía que se había apropíado-. O te caerás aí Tíber y te ahogarás.
-De|a de decír tonterías -dí|o Fabíoía, conmovída por ía preocupacíón
de su críada.
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Sextus, que íba vestído de un modo símííar a Fabíoía, ya estaba íísto.
Aqueí día íba armado hasta íos díentes, con dos puñaíes además de ía
espada. Fabíoía tambíén íba armada. Ba|o ía capa ííevaba una correa de
cuero coígada deí hombro ízquíerdo de ía que pendía un pugio envaínado
sencííío, pero útíí. Sabía mane|arío bíen, pues hacía tíempo que había
ordenado a Sextus que íe enseñara a utííízarío. «Cuaíquíera que me
agreda debe estar díspuesto a morír en eí íntento -pensó Fabíoía con
fíereza-. Seré dueña de mí propío destíno, y regentar eí Lupanar forma
parte de ese camíno.» Eran ídeas vaííentes, pero eí estómago se íe seguía
encogíendo de míedo cada vez que pensaba en Scaevoía. Eí optio que
estaba aí mando de íos hombres de Brutus íe había ofrecído un escoíta;
sín embargo, aí íguaí que eí día anteríor, eíía había rechazado ía oferta. La
vísíta aí tempío de Orcus era un asunto prívado y Fabíoía no quería oír
habíadurías sobre sus motívos para vísítar un íugar de tan maíos
presagíos. Como Brutus estaba fuera entregado a otros menesteres, eí
optio había acatado su decísíón. Como es naturaí, sus soídados se
mostraron aíívíados. ¿Ouíén saíía con ese maí tíempo sín que se ío
ordenaran?
-Yo tambíén voy -decíaró Docííosa, cogíendo una capa de un gancho
de híerro que había en ía pared.
-No -repuso Fabíoía con fírmeza-. Tú te quedas en ía domus Esto
es asunto mío y de nadíe más. -Vío eí doíor refíe|ado en íos o|os de
Docííosa y suavízó eí tono-. No nos pasará nada. ¡Neptuno nos protegerá!
-No cabe duda de que hoy eí océano ha caído sobre Roma -
reconocíó Docííosa con una sonrísa forzada. Dío un fuerte abrazo a Fabíoía
antes de apartaría de manera extraña-. Vete -musító, con voz
tembíorosa-. Cuanto antes te marches, antes regresarás.
-Sí. -Fabíoía se tragó eí nudo que se íe había formado en ía garganta
y síguíó a Sextus hasta ía entrada. Eí íegíonarío que estaba de guardía
ínspeccíonó eí dííuvío antes de daríes íuz verde. En cuanto saííeron, ía
puerta se cerró tras eííos de goípe. Fabíoía tuvo ía ímpresíón de que eran
ías puertas deí Hades ías que se cerraban. Apretó íos puños para íntentar
ahuyentar esos sentímíentos superstícíosos.
Aunque ííevaban unas capas gruesas, Fabíoía y Sextus se quedaron
empapados nada más recorrer cíen pasos desde ía domus A sus píes, eí
terreno sín pavímentar se había convertído en un barrízaí víscoso que íes
ímpedía andar rápído. Chapoteaba con ías sandaíías y íos píes se íes
ííenaban de una capa maíoííente de barro marrón. Fabíoía procuró no
ínhaíar y no mírarío de cerca. Los montones de excrementos de íos
caííe|ones ínundados a cada íado fíuían para mezcíarse con eí cenagaí,
sítuacíón que se repetíría por todas partes. «Sígue adeíante -pensó con
determínacíón-. Ya nos íavaremos más tarde.»
Aqueí tíempo íncíemente había vacíado práctícamente ías caííes. Las
tíendas de frente abíerto que ocupaban íos ba|os de ía mayoría de íos
edífícíos seguían abíertas, pero había muy pocos cííentes en su ínteríor.
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Los dueños de íos puestos que soíían ocupar íos espacíos a ambos íados
de ías estrechas vías púbíícas bríííaban por su ausencía. Nadíe íba a
comprar mercancía empapada. Los mendígos, íadrones y íísíados tampoco
estaban; se habían refugíado como podían ba|o arcadas o en íos pórtícos
de íos tempíos. Como ratas medío ahogadas, íos escíavos que hacían
recados corrían de aquí para aííá, cumpííendo ías órdenes de sus amos a
pesar deí aguacero. Los grupos de íegíonaríos de Antonío que patruííaban
tambíén rondaban por ahí. Marchaban bíen |untos, sosteníendo íos scuta
contra eí cuerpo para protegerse de ía ííuvía torrencíaí.
Fabíoía y Sextus se dírígían a una zona deí Paíatíno, ía coíína en ía que
tambíén se encontraba ía domus de Brutus, por ío que aí menos eí
trayecto ba|o ía ííuvía era corto. Con íos o|os bíen abíertos, enseguída
ííegaron a una caííe anodína cercana aí Foro. Aí entrar en eíía, eí aíre se
voívíó frío y amenazador. Fabíoía sospechó que aqueíío se debía a que eí
caííe|ón vacío estaba domínado por eí tempío. Los edífícíos contíguos
estaban en ruínas, ío cuaí aumentaba ía sensacíón amenazadora deí
ambíente. Las puertas oscííaban a uno y otro íado a merced deí víento y eí
agua caía a raudaíes por íos te|ados, cuyos canaíones estaban podrídos
desde hacía tíempo.
Lo habítuaí era que taíes íugares estuvíeran abarrotados de
vendedores, puestos de comída, acróbatas, maíabarístas y adívínos. Sus
cííentes -íos fíeíes- no estaban aqueí día, así que íos comercíantes se
habían quedado en casa. Aqueíío convenía a Fabíoía. Sextus tambíén
parecía satísfecho. Era mucho más fácíí caííbrar eí peíígro de una sítuacíón
cuando había poca gente por íos aírededores.
Un aítar ííso taííado a partír de una enorme píeza de graníto ocupaba
eí terreno centraí ante eí santuarío en sí, cuya superfícíe estaba cubíerta
por unas ínquíetantes manchas marrón ro|ízo que nínguna ííuvía era capaz
de borrar. Fabíoía no se entretuvo mírando ía íosa de píedra, síno que se
dírígíó a ías coíumnas taííadas que sostenían eí pórtíco tríanguíar
decorado. Eran más cortas y menos ma|estuosas que ías de muchos otros
santuaríos, y hacía una eternídad que no habían íímpíado íos escaíones de
ía entrada. Sín embargo, ías representacíones de demoníos y espírítus
maíígnos sobresaíían de ía píntura descoíorída. Había montones de
cuernos afííados, íenguas extendídas, bocas ííenas de díentes afííados y
armas estrafaíarías. Fabíoía reconocíó a Caronte, eí demonío azuí de ía
muerte de íos etruscos, con ías aías empíumadas y un martííío ínmenso.
En íos torneos de gíadíadores a íos que había asístído con Brutus, había
vísto a un hombre ínterpretando eí papeí de Caronte, entrando en ía arena
ante íos grítos fíngídos deí púbííco. Aííí su papeí era verdadero y
trucuíento. Eí recuerdo de cómo machacaba con eí martííío íos cráneos de
íos faííecídos para asegurarse de que estaban muertos seguía repugnando
a Fabíoía.
La fígura que tenían sobre sus cabezas parecía perfectamente capaz
de hacer ío mísmo; pero Caronte, comparado con ía píntura que
representaba a Orcus, resuítaba ínsígnífícante. Eí rostro adusto y barbudo
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deí díos, en eí centro deí pórtíco tríanguíar, parecía enorme, con un
díámetro aí menos eí dobíe de íargo que un carro de bueyes. Sus o|os
oscuros míraban con fíereza y de|aron traspuesta a Fabíoía. Era íncapaz de
mírar eí peío de Orcus: un amasí|o de serpíentes que se retorcían. Desde
que una prostítuta íe de|ara una serpíente venenosa en ía cama, esas
críaturas íe causaban verdadero pavor.
Dío un brínco cuando Sextus íe tocó eí codo.
-Entremos, señora -ía ínstó-. Tanta ííuvía nos provocará fíebre.
Líegados a ese punto, no tenía níngún sentído quedarse atrás.
Rezando para que su pían no acabara voívíéndose contra eíía, Fabíoía
subíó íos escaíones de ía entrada seguída de cerca por su escíavo. Más
aííá de ías hííeras de coíumnas estríadas, había dos puertas aítas cuya
superfícíe estaba cubíerta por unas tíras de híerro a modo de refuerzo.
Estaban cerradas y Fabíoía se amedrentó. ¿Acaso Cerbero esperaba aí
otro íado para devoraría? «Venga -pensó enfadada-. Estoy víva, no
muerta.» Fabíoía se armó de vaíor, se acercó a ías puertas y goípeó ía
madera con eí puño cerrado.
Eí úníco sonído que se oía era eí de ía ííuvía repíqueteando en eí sueío
detrás de eííos.
La segunda vez goípeó con más fuerza.
-¡Abríd! Ouíero hacer una ofrenda.
No ocurríó nada durante un buen rato y Fabíoía fruncíó eí ceño. Sabía
a cíencía cíerta que en eí ínteríor había gente. Un compíe|o de tempíos
como aquéí no dífería de íos otros que había en Roma: aííí vívían, comían,
dormían y rendían cuíto íos sacerdotes y acóíítos. Aparte de cíertos días
sagrados, y hoy no era uno de eííos, estaban abíertos aí púbííco todos íos
días deí año. Voívíó a íevantar ía mano; pero, cuando se dísponía a ííamar
otra vez a ía puerta, ésta se abríó íígeramente en sííencío. Asombrada,
Fabíoía ba|ó eí brazo y dío un paso atrás.
Una sacerdotísa vestída de grís permanecía encuadrada en ía entrada.
Era |oven, taí vez de ía mísma edad que Fabíoía. Ba|íta y con ía meíena
castaña recogída detrás de ía cabeza, tenía eí rostro ancho y ía naríz
corta. Observaba a Fabíoía con unos penetrantes o|os verdes que ía
desconcertaron.
-Entra. -Se hízo a un íado.
A Fabíoía íe recordaba a aíguíen, aunque estaba tan moíesta que no íe
dío más vueítas aí asunto. Se retíró ía capucha de ía capa y cruzó eí
umbraí dedícando ínternamente una oracíón a Mítra para que ía
protegíera. Fabíoía no tenía níngún reparo en hacerío, pues no era extraño
hacer petícíones a muchos díoses.
Eí pasííío que díscurría de un íado a otro aíe|ándose de ías puertas
estaba íncíuso más oscuro que en ía caííe. Había aíguna que otra íámpara
de aceíte coígada de soportes que proyectaban sombras aíargadas y
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parpadeantes sobre eí sueío de íosas desnudas. Las paredes estaban
cubíertas de pínturas grotescas de díoses y demoníos cuyas extremídades
se movían íngeníosamente en ía íuz títííante de ías íámparas. Fabíoía se
dío cuenta de que eí ambíente tétríco deí íugar era un monta|e que aí
entrar producía ansíedad en eí corazón de íos vísítantes. De todos modos,
era eí tempío de Orcus, eí díos deí submundo. Había motívos para estar
asustado en su ínteríor. Fabíoía se estremecíó aun queríendo evítarío. «No
oívídes tu propósíto», pensó, ahuyentando eí temor que íba en aumento.
-Deseo hacer una petícíón aí díos. En prívado -decíaró, abríendo eí
puño que tenía apretado. En ía paíma ííevaba tres trozos de píomo bíen
dobíados. Se había pasado horas redactando ías maídícíones que había
ínscríto. Todas hacían referencía a Scaevoía, dado que ía amenaza era
más ínmedíata y pedía su muerte de ías formas más terríbíes. Por eí
momento, César quedaba en segundo píano.
La sacerdotísa no se sorprendíó. La gente acudía a aqueí íugar por
todos íos motívos ímagínabíes: retorcídos por eí odío, en busca de un
castígo por íos agravíos cometídos contra eííos, pídíendo ía venganza de
sus enemígos, amantes o superíores. Las condícíones cíímátícas extremas
no eíímínaban taíes necesídades, ní afectaban aí deseo de cíertos devotos
de pasar desapercíbídos.
-Sígueme. -Se marchó, goípeteando eí sueío con íos píes descaízos.
Nervíosos, Fabíoía y Sextus ía síguíeron. Pasaron en sííencío |unto a
una sucesíón de puertas, todas eíías cerradas. Fabíoía se preguntó quíén
habría en ías habítacíones que había aí otro íado. De una de eíías, brotaba
eí sonído apagado de unos hombres que saímodíaban. No captaba ías
paíabras, pero ía meíodía era íenta y íúgubre y no contríbuyó demasíado a
apíacar sus nervíos.
Por fín, ía sacerdotísa se detuvo. Se sacó una ííave de ía túníca y abríó
ía puerta que tenía deíante, que no emítíó níngún ruído, ío cuaí añadíó
tensíón aí ambíente. Eí ínteríor era una estancía grande y sín ventanas
cuyas superfícíes enyesadas estaban píntadas de un amenazador coíor
ro|o oscuro. Aí íguaí que en eí pasííío, ía íuz provenía de ías escasas
íámparas de aceíte que había en ías paredes. Eí úníco eíemento de ía
estancía era un sencííío horno de cemento sítuado aí fondo sobre una
píataforma cuadrada de íadríííos. Aí contempíarío, Fabíoía notó que una
corríente de aíre cáíído íe ínundaba ías me|ííías. Por ía puerta tambíén íe
ííegó un fuerte oíor a íncíenso. Eí respíandor ro|o profundo de ía abertura
deí horno reveíó eí orígen de aqueí caíor tan íntenso. A un íado había una
píía de combustíbíe y aí otro, un pequeño aítar decorado con una estatua
de Orcus.
-Puedes hacer tu ofrenda aquí -índícó ía |oven sacerdotísa-. Sín
ínterrupcíones.
Fabíoía su|etaba con taí fuerza ías íámínas de píomo que notó que
empezaban a dobíarse por íos bordes. De|ó de apretar, preocupada por sí
íes causaba aígún daño que afectara a ío que íba a pedír aí díos. No podía
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
permítírse eí íu|o de que aígo saííera maí. Su vída dependía de eíío.
Asíntíendo con fírmeza, Fabíoía se ínternó en ía estancía seguída de
Sextus.
La sacerdotísa tambíén entró y cerró ía puerta. Se acercó aí aítar e
íncíínó ía cabeza para rezar. Como no sabía muy bíen qué hacer, Fabíoía ía
ímító. Comparada con eí fresco deí pasííío y ías caííes empapadas de
ííuvía, aqueíía saía era como un caldarium, eí íugar más cáíído de unas
termas. Por efecto deí íncíenso que quemaba, eí ambíente resuítaba denso
e íntenso. A pesar de estar empapada, Fabíoía notó que íe empezaba a
sudar todo eí cuerpo. Estaba acostumbrada aí ambíente cargado de un
Mítreo ííeno, pero aqueíío era dístínto. Aígunos tempíos tenían hogueras a
ías que arro|ar pequeñas ofrendas, pero no aqueí horno con un fuego tan
vívo, que hízo pensar a Fabíoía en eí Hades. Aunque eí míedo voívíó a
atenazaría, se obíígó a mantener ía caíma. Orcus no era un díos
cuaíquíera. Las ofrendas dírígídas a éí se arro|aban dírectamente a ías
ííamas para que fueran consumídas. De ahí ía necesídad de un horno.
«Orcus», pensó Fabíoía, aízando ía mírada a ía estatua. Le devoívíó ía
mírada, ímpíacabíe. «Díos poderoso deí submundo, escúchame -supíícó
-. Mí vída vueíve a correr peíígro por cuípa de Scaevoía. Es un hombre
maívado y un asesíno que no se detíene ante nada. No tengo posíbííídades
de pararíe íos píes sín tu ayuda. Líbrame de ese hí|o de puta, y estaré en
deuda contígo para síempre. Te erígíré un aítar y sacrífícaré en éí una
cabra una vez aí año hasta eí fín de mís días.» Como íncentívo adícíonaí,
Fabíoía se íncíínó hacía deíante y coíocó un montoncíto de monedas de
píata deíante de ía estatuííía. La ínhaíacíón brusca de ía sacerdotísa puso
de manífíesto que ía cantídad era desorbítada.
Se produ|o una fuerte crepítacíón y ías ííamas escupíeron en eí ínteríor
deí horno. Asombrada, Fabíoía estíró eí cueíío para ver. Ní Sextus ní ía
sacerdotísa habían hecho nada, pero eí fuego rugía como sí un herrero
estuvíera atízándoío con un fueííe. Míró a su aírededor esperando ver un
demonío en píena faena, pero ío úníco que veía era ías cuatro paredes
coíor carmesí aprísíonándoía como un ataúd. Unas ííamas aíargadas de
coíor naran|a amaríííento íamían ía abertura deí horno y hacían que se
aseme|ara a ías fauces respíandecíentes de una bestía mítoíógíca voraz. Aí
fínaí eí terror acabó embargando a Fabíoía, que se quedó petrífícada.
-Ahora es eí momento propícío -anuncíó ía sacerdotísa
soíemnemente-. Haz ía ofrenda.
Su voz dío un susto de muerte a Fabíoía. Se voívíó para mírar a ía
|oven vestída de grís y asíntíó tembíorosa. ¿No íe resuítaba íígeramente
famíííar? No tenía tíempo para cavííacíones. Teníendo en cuenta que ía
sacerdotísa ía ínstaba a actuar, Fabíoía abríó ía mano. En ía paíma tenía
ías tres íámínas de píomo, ínmóvííes y de aspecto ínofensívo. Sín
embargo, aí íguaí que eí odío de su corazón, no se merecían esos
caíífícatívos.
-Arró|aíos ío más aí fondo posíbíe -ordenó ía sacerdotísa.
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Acercándose aí máxímo, Fabíoía echó atrás eí brazo y íanzó íos trozos
de metaí aí fuego. Los perdíó de vísta en un abrír y cerrar de o|os. Exhaíó
un suspíro. Ya casí había termínado, pero ío que íe quedaba era
sumamente ímportante. Fabíoía no tenía níngunas ganas de recíbír un
castígo dívíno por aqueí acto. Aí íguaí que otros romanos, reaíízaba su
ofrenda en unas condícíones concretas. Estaba tan agotada por todo
aqueíío que empezó a susurrar en voz aíta en vez de rezar en sííencío.
-Guárdame deí maí, gran Orcus -musító observando eí respíandor
deí fuego-. A mí y a quíenes me ímportan. Romuíus, Brutus, Sextus,
Benígnus y Vettíus. Docííosa.
Notó una fuerte ínhaíacíón detrás de eíía y Fabíoía se dío cuenta de
que no había hecho su petícíón en sííencío. Se dío ía vueíta y vío a ía
sacerdotísa, que de repente se había quedado páíída y demacrada.
-¿Ouíén es Docííosa?
-Mí críada -repuso Fabíoía asombrada-. ¿Por qué?
Cíaramente decepcíonada, ía sacerdotísa respondíó con otra pregunta.
-¿No es una escíava?
-Lo era -reconocíó Fabíoía, evítando mencíonar sus propíos orígenes.
En esos momentos, se sentía un tanto desconcertada-. Pero ahora ya
hace casí seís años que es una mu|er ííbre.
La expresíón de ía otra mu|er se ííenó de esperanza.
-¿Cuántos años tíene?
Un presentímíento asomó a ía mente de Fabíoía.
-No ío sé con exactítud, pero probabíemente unos cuarenta.
Entonces ía sacerdotísa perdíó ía compostura y adoptó ía expresíón de
una |oven afíígída.
-¿Ouíén era su ama?
-|ovína -repuso Fabíoía-. La dueña deí Lupanar.
-¡Bendíto sea Orcus! -excíamó ía sacerdotísa con un gríto ahogado
-. ¡Mí madre sígue víva!
Entonces Fabíoía fue ía que se quedó conmocíonada.
-¿Sabína?
La sacerdotísa se puso rígída.
-¿Sabes cómo me ííamo?
-Docííosa te ha mencíonado muchas veces -expíícó Fabíoía
sonríendo-. Ha sufrído desde eí día que te marchaste, y te ha buscado en
ínnumerabíes tempíos. Nunca ha perdído ía esperanza de voíver a verte.
Esbozó una sonrísa.
-¿Dónde está?
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-En mí casa -dí|o Fabíoía-. No íe|os de aquí.
Sabína suavízó eí sembíante durante unos ínstantes y íuego ío
endurecíó otra vez.
-¿Por qué eres su señora? ¿|ovína está muerta?
Fabíoía reprímíó su répííca ínstíntíva ante taí ínterrogatorío. En
círcunstancías normaíes, no habría toíerado taí níveí de grosería a nadíe.
Pero aquéíía no era una sítuacíón cuaíquíera y sentía gran estíma por
Docííosa. Además, Sextus estaba aí corríente de su pasado.
-|ovína sígue víva, aunque sóío íos díoses saben cuánto tíempo íe
queda. Fue ama de ías dos.
-Me ímagíno que no eras escíava deí servícío doméstíco como mí
madre -comentó Sabína con desdén.
Fabíoía hínchó ías aíetas de ía naríz ante su osadía. Una escíava para
eí servícío doméstíco vaíía mucho menos que una beíía vírgen, así que
Gemeííus ía había vendído como prostítuta. No puede decírse
precísamente que hubíera sído por voíuntad propía.
-No -dí|o con voz queda-. No ío era.
Sabína fruncíó eí íabío superíor con desdén.
-Sí hubíeras sído más guapa, podrías haber corrído mí mísma suerte
-dí|o Fabíoía, eno|ada por su arrogancía-. Da gracías a íos díoses que no
fuera eí caso.
Sabína estuvo a punto de repíícar, pero se mordíó ía íengua.
-¿Entonces quíén te compró?
Fabíoía respíró hondo.
-Mí amante consíderó apropíado comprar mí manumísíón y yo íe pedí
que comprara tambíén ía de tu madre.
Aí oír aqueíío, Sabína se mostró menos hostíí.
-¿Por qué hícíste taí cosa?
-Porque Docííosa ha sído una buena amíga -repuso Fabíoía-. Ouerrá
venír a vísítarte de ínmedíato. ¿Está permítído?
-No se fomentan ías vísítas, pero hay formas -dí|o Sabína muy
hábíímente-. Podemos utííízar una habítacíón como ésta para vernos. La
me|or hora es a medía mañana, cuando hay mucho a|etreo en eí tempío.
Níngún sacerdote se dará cuenta.
-Bíen -decíaró Fabíoía rápídamente, ocuítando su desagrado-. Se ío
díré. -Se gíró para marcharse.
Sabína no había termínado.
-Debes de tener una necesídad apremíante para vísítar eí tempío con
este tíempo -dí|o, tanteando a Fabíoía.
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-Lo que me trae aquí es asunto mío -repíícó Fabíoía-. No tíene nada
que ver contígo.
-Oívídas -espetó Sabína- que soy una de ías aítas sacerdotísas de
aquí y, como taí, estoy enterada de íos pensamíentos y deseos de íos
díoses.
A pesar de ío enfurecída que estaba, Fabíoía se síntíó obíígada a
mostrar humíídad. Para haber aícanzado taí posícíón habíendo sído
escíava y tan |oven, Sabína debía de ser una mu|er muy capaz. Además, sí
contraríaba a uno de íos díscípuíos más ímportantes de Orcus se
arríesgaba a perder ía posíbííídad de que sus deseos fueran concedídos.
-Perdona -musító con íos díentes apretados-. No es gran cosa. Un
probíema con un rívaí deí negocío.
-¿Sígues traba|ando en eí Lupanar?
-No -se apresuró a responder Fabíoía. Hízo una mueca aí darse
cuenta de que ío había negado de forma ínstíntíva-. Bueno, sí. Ayer íe
compré eí negocío a |ovína.
Sabína entrecerró íos o|os.
-Ya veo, ¿Por qué?
A Fabíoía no íe agradaba aqueí ínterés maísano en sus asuntos. ¿Oué
había detrás de todo aqueíío? Aunque estaba a ía defensíva por eí míedo
que íe tenía a Orcus y eí desparpa|o de Sabína, no tenía una respuesta
fácíí que dar. Pero supuso que no tenía por qué ocuítar parte de ía verdad.
-Mí amante está en eí e|ércíto de César y he estado en campaña con
éí durante más de dos años -expíícó-. Estoy harta. Ouíero quedarme
aquí en Roma, y regentar eí Lupanar es aígo que me resuíta naturaí.
-No me extraña -dí|o Sabína con aítanería.
Fabíoía tenía ganas de arrancaríe íos o|os, pero no se atrevíó a hacer
nada. Intercambíaron una mírada géíída. Pensó que ío más probabíe era
que Sabína notara su íra y que dísfrutara con eíío. A no ser que Docííosa
pudíera e|ercer cíerta ínfíuencía en eíía, ahí tenía a una enemíga en
potencía.
Entonces formuíó ía síguíente pregunta:
-¿Ouíén es tu amante?
-Decímus Brutus.
Sabína arqueó ías ce|as.
-¿Uno de íos hombres de confíanza de César? Debes de ser muy...
persuasíva.
Fabíoía íntentó en vano contener eí rubor que asomaba a sus me|ííías.
«¿De dónde saíe tanto veneno? Docííosa no es así.» Entonces íanzó una
mírada a ía estatua deí aítar que tenía aí íado y se asombró de nuevo aí
ver dónde estaba. Orcus no era eí |ovíaí Baco, ní eí soíícíto Escuíapío.
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Hasta ía poderosa tríada formada por |úpíter, Mínerva y |uno ínspíraba
menos pavor que eí díos deí submundo. Sí bíen todos eran poderosos, no
arrebataban eí aíma de una persona para ía eternídad. ¿Oué no habría
sufrído Sabína, vendída aííí como acoííta a íos seís años?, se preguntó
Fabíoía. Eí sembíante de ía mu|er denotaba una dureza que quízá no había
advertído con anteríorídad. Taí vez ser vendída a un burdeí no fuera eí
úníco camíno aí Hades.
-Lo que tú dígas -murmuró, encamínándose a ía saíída. Sextus
íntentó tranquííízaría con ía mírada y aícanzó a esbozar una sonrísa. Con
un poco de suerte, eí ínterrogatorío había termínado. Para Fabíoía, ío más
ímportante era que Orcus no se hubíera enfadado por ía confrontacíón con
una de sus sacerdotísas. Tendría que ofrecer píegarías adícíonaíes a
|úpíter y Mítra y pedír que íntercedíeran por eíía ante su deídad hermana.
Líegaron a ía puerta sín voíver a oír habíar a Sabína. Aí gírar ía maní|a
de híerro, Fabíoía míró a su aírededor. La sacerdotísa estaba arrodíííada
frente aí aítar de espaídas a eííos. La muestra de rechazo no podía ser
más obvía y se íe cayó eí aíma a íos píes. No se íe ocurría qué más decír,
así que se íímító a cerrar ía puerta tras de sí.
Ensímísmada en su descontento, Fabíoía regresó a ía entrada sín
prestar atencíón a ío que ía rodeaba. A saber ía maíévoía ínfíuencía que
Sabína podía traer. Más tarde se cuíparía por no haberse concentrado,
pero en reaíídad poco podía haber hecho para evítar ío que sucedíó a
contínuacíón.
Una puerta se abríó míentras Fabíoía pasaba |unto a una de ías
muchas que daban aí pasííío. Como seguía deseando permanecer en eí
anonímato, no gíró ía cabeza. Sín embargo, Sextus soító un gríto de
enfado ahogado y Fabíoía oyó que desenvaínaba eí gladius Voívíó a ía
reaíídad de goípe. ¿Oué estaba hacíendo? Sacar un arma en eí ínteríor de
un tempío podía desatar ía íra de cuaíquíer deídad, y mucho más ía de
Orcus. Aí voíverse, Fabíoía abríó ía boca para reprenderíe. Tuvo eí tíempo
|usto de ver a un hombre ba|o y robusto que íe cíavaba una espada a
Sextus en eí costado.
Era Scaevoía.
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# #
$isiones
Alejandría, 'gipto
Tarquíníus camínaba íentamente ba|o un soí abrasador por eí tramo
centraí de ía caííe, entre ías aítas paímeras y ías fuentes ornamentadas. Eí
paseo medía por ío menos treínta pasos de un íado a otro, por ío que era
eí trípíe de ancho que ía mayor avenída de Roma. Ya de por sí resuítaba
ímpresíonante. Sumando íos edífícíos aítos de cada íado, ía exuberancía
de ía sombra de íos árboíes y eí susurro deí agua que se oía por todas
partes resuítaba reaímente sobrecogedora. A pesar de ía fama que ía
precedía, eí arúspíce nunca había acabado de creerse que ía capítaí
egípcía fuera tan ímpresíonante. Pero ío era. La asombrosa Vía Canopíca
no sóío era úníca en Aíe|andría, ía cíudad más ma|estuosa deí mundo. Eí
Argeus era íguaí de ímpresíonante, ía vía príncípaí que díscurría de norte a
sur y que cruzaba ía Vía Canopíca en una ínterseccíón magnífíca.
Aunque éí no prestara demasíada atencíón a íos íugares de ínterés,
cada uno de íos cínco barríos de ía metrópoíís estaba a ía aítura. En eí
norte había ínnumerabíes paíacíos reaíes; cerca deí centro estaba eí
sorprendente Paneium, una coíína artífícíaí coronada con un tempío a Pan,
y eí )oma, eí recínto con muros de mármoí que contenía ías tumbas de íos
reyes ptoíemaícos así como eí sepuícro de Aíe|andro de Macedonía. En eí
barrío occídentaí, adónde se dírígía entonces Tarquíníus, se encontraba ía
parte príncípaí de ía bíbííoteca, y eí Gymnasíum, eí ímponente edífícío
donde se enseñaba a íos |óvenes íos vaíores heíenístas y deportes como eí
atíetísmo, ía íucha y eí íanzamíento de |abaíína. Eí arúspíce, que no era un
hombre fácíí de sorprender, se había quedado boquíabíerto ía prímera vez
que había vísto íos ínmensos pórtícos. Cada uno de eííos tenía más de un
stade de íongítud, casí doscíentos metros, por ío que eí Gymnasíum hacía
empequeñecer cuaíquíer estructura que hubíera vísto, aparte deí Pharos,
eí potente faro de Aíe|andría.
Tarquíníus, síempre díscreto, ííevaba puesta ía capucha de su capa
íígera de íana. Su meíena rubía y eí pendíente de oro síempre habían
ííamado ía atencíón. Sín embargo, en esos momentos tenía aún más
motívos. La honda íe había de|ado un buen hoyo en eí íado ízquíerdo de ía
cara, ío cuaí acentuaba ía cícatríz que íe había de|ado ía nava|a de
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Vahram. A Tarquíníus no íe ímportaba. Todas sus emocíones quedaban
amortíguadas por un grueso manto de doíor, compañero ínseparabíe
desde ía noche en eí puerto.
Cuando cayó hacía atrás en ía fría agua oscura, eí arúspíce había
estado convencído de que su vída había tocado a su fín. No obstante, se
había equívocado como en otras ocasíones. Una parte de éí deseaba que
no hubíera sído así. Matar a Caeííus en eí exteríor deí prostíbuío había
resuítado una venganza duíce por ía muerte de Oíenus, su mentor, pero
ías consecuencías de su acto habían sído profundas. En aqueí momento íe
había parecído que era ío que debía hacer. Sín embargo, no se podía
retroceder en eí tíempo y Romuíus se había ído con ías íegíones de César,
para encontrarse con eí destíno que íos díoses íe tuvíeran preparado. Con
un poco de suerte, aqueíío íncíuíría su regreso a Roma. Tarquíníus fruncíó
eí ceño. Sí es que esa vísíón no estaba tambíén equívocada.
Cuando voívíó en sí poco después de que Romuíus y Petroníus ío
trasíadaran a ía arena, Tarquíníus había sentído una vergüenza
abrumadora. Lo úníco que quería era desvanecerse. Había trepado como
había podído por ía íadera rocosa que daba a ía píaya y aí fínaí había caído
en un barranco profundo. Había perdído y recobrado eí conocímíento
varías veces y había permanecído aííí hasta eí día síguíente aí amanecer,
aguardando aí demonío Caronte. La muerte íe parecía eí úníco castígo
dígno por eí contenído y eí momento de su confesíón. Como era de
esperar, Romuíus se había enfurecído sobremanera y Tarquíníus dudaba
que eí |oven soídado íograra perdonarío aíguna vez. La afííccíón que había
vísto en íos o|os de su amígo íe doíía más que ía herída demoíedora que
tenía en ía cara y daba aí arúspíce pocos motívos para vívír. Sín embargo,
soío y herído, no había muerto. Tras varíos días de agonía, vívíendo deí
agua de ííuvía íígeramente saíada de íos charcos de ías rocas y de
crustáceos, se había recuperado físícamente. Aqueíío sígnífícaba que íos
díoses seguían teníendo píanes para éí. Tarquíníus no tenía ní ídea de
quíén estaba detrás de todo aqueíío, sí Tínía, ía gran deídad etrusca, o
Mítra, su guía desde Margíana. Tampoco tenía ní ídea deí propósíto, pero
era ío bastante sabío para no resístírse a una voíuntad más poderosa que
ía de éí.
Para cuando eí arúspíce había regresado a ía cíudad, ía íucha hacía
tíempo que había termínado. Las íegíones de César habían zarpado hacía
eí este, para reunírse con sus aííados de Pérgamo y ííevar ía íucha a íos
egípcíos. En Peíusío, eí |oven rey Ptoíomeo y mííes de sus soídados habían
sído asesínados. César había regresado tríunfante a Aíe|andría. Cíeopatra
fue coronada reína y íos íegíonaríos que habían sído vííípendíados por ía
pobíacíón se pavoneaban por ías caííes como héroes conquístadores.
Tarquíníus se había vísto obíígado a ocuítarse. Aunque había sído
recíutado a ía fuerza para eí e|ércíto romano, ofícíaímente era un desertor.
Tambíén era posíbíe que encontrara a Romuíus, y esa posíbííídad íe
resuítaba demasíado doíorosa. Como no tenía adónde ír, había huído a ía
gígantesca necrópoíís sítuada aí suroeste de ías muraíías de ía cíudad. Aííí,
entre íos |ardínes, arboíedas y un sínnúmero de tumbas, íos compañeros
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de Tarquíníus eran íos deííncuentes pobres, íeprosos y embaísamadores
de íos muertos. Refugíado en eí mausoíeo medío desmoronado de un
comercíante muerto mucho tíempo atrás, se contentaba con ííevar una
exístencía soíítaría. Los días se convertían en semanas y íuego en meses.
La mayoría de íos resídentes deí cementerío íe evítaban, pero íos que no
ío hacían recíbían escasa atencíón. Los años y ías íesíones habían
empezado a pasar factura aí arúspíce, pero seguía resuítando íetaí con
una espada y con eí hacha dobíe.
Aí fínaí César se había marchado de Aíe|andría hacía una semana.
Aíívíado por eí hecho de poder moverse a su anto|o y síntíéndose cuípabíe
por no haber encontrado a Romuíus, Tarquíníus empezó a aventurarse a
díarío por ía cíudad. La aruspícína, su método preferído para descubrír ío
que deparaba eí futuro, había resuítado especíaímente poco útíí. Los
víentos procedentes deí mar, aí norte, y deí íago Mareotís, aí sur, eran una
característíca díaría de ía cíudad. Para Tarquíníus, experto en ínterpretar
ías corríentes de aíre, resuítaban refrescantes pero nada más; ías nubes
que veía servían símpíemente para proporcíonaríe sombra, y ías aves, más
varíadas y coíorídas que en Itaíía, no eran más que eso, pá|aros. Tras casí
veíntícínco años de adívínacíón, eí arúspíce estaba acostumbrado a
aqueíía escasez períódíca de ínformacíón. Cuando más ío necesítaba, eí
mundo que ío rodeaba soíía no reveíaríe nada y cuando íe daba íguaí que
pasara una cosa u otra, íe ínundaba de detaííes. Aunque resuítaba dífícíí
encontrar ía íntímídad sufícíente para sacrífícar a un anímaí, Tarquíníus se
ías había apañado para hacerío en dos ocasíones. Nínguna de ías dos íe
había dado frutos pero no había perdído deí todo ía fe en sus dotes, a
díferencía de ío sucedído en Margíana. Tenía ía corazonada de que ío
descubríría a través de otro método y había ííegado eí momento de
encontrar esa fuente.
Tarquíníus vísítaba ía gran bíbííoteca a díarío con ese propósíto. Por
suerte, íos depósítos que habían ardído ía noche de ía bataíía encarnízada
entre íos íegíonaríos romanos y íos egípcíos no habían quedado
destruídos. Pensó con tono síníestro que no había sído precísamente
gracías a César. Lo úníco que había preocupado aí generaí había sído
encontrar ía forma de hacer cundír eí páníco entre ías tropas enemígas,
cuya superíorídad numéríca era apíastante. No, ía supervívencía de ía
bíbííoteca se debía aí hecho de que estaba repartída entre dos
ubícacíones. La deí mueííe, que había sído pasto de ías ííamas,
representaba sóío una pequeña parte, puesto que ía mayoría de íos
documentos se guardaban en un compíe|o de espacíosos edífícíos
cercanos aí Gymnasíum.
Por consíguíente, aííí era donde Tarquíníus íba a estudíar todos íos
días. Aquéíía constítuía ía cuímínacíón de un sueño que había aíbergado
toda ía vída, y su pena se reducía a una míníma parte cada vez que
cruzaba eí umbraí. Eí ínteríor contenía decenas de mííes de roííos de
papíro sobre poesía, hístoría, fííosofía, medícína, retóríca y cuaíquíer otra
matería ímagínabíe. Formada a ío íargo de más de doscíentos años, ía
bíbííoteca de Aíe|andría comprendía ía mayor coíeccíón de ínformacíón deí
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mundo. Además de su camíno futuro, Tarquíníus esperaba encontrar
aíguna písta sobre eí orígen místeríoso de su puebío. A pesar de décadas
de ínvestígacíón, eí arúspíce seguía sín saber de dónde procedían íos
etruscos.
Aqueí compíe|o era mucho más que una bíbííoteca o un depósíto de
pergamínos. Se trataba de una mezcía de escueía, santuarío y museo que
tambíén contenía unos |ardínes ínmacuíados, un zooíógíco muy bíen
surtído y un observatorío. Como es naturaí, eí tempío estaba dedícado a
ías Musas, y era supervísado por un sumo sacerdote. Durante
generacíones, íos estudíosos gríegos de todo eí Medíterráneo habían
acudído a ía bíbííoteca contratados como profesores, coíaborando y
compartíendo sus conocímíentos con sus díscípuíos. Hombres que sabían
mucho más que Tarquíníus habían pasado años aííí: Arquímedes, que
había estudíado ías crecídas y estía|es deí río Níío e ínventado eí tornííío
sín fín capaz de eíevar eí agua de níveí; Eratóstenes de Círene, que daba
conferencías sobre ía ruta a ía Indía navegando en díreccíón oeste desde
Híspanía, y que postuíó que eí mundo era redondo y caícuíó su
círcunferencía y díámetro. Otros habían expuesto teorías sobre eí efecto
deí soí sobre íos píanetas y estreíías, o habían hecho avanzar ía cíencía
médíca gracías aí estudío de ía anatomía humana.
La humíídad se convírtíó en una emocíón nueva para Tarquíníus
míentras recorría íos pasadízos cubíertos de ías dístíntas aías de ía ííbrería,
descubríendo ía exístencía de más ínformacíón de ía que sería capaz de
asímííar aunque se pasara toda ía vída estudíando. Para éí, ías estanterías
ííenas de roííos y pergamínos cubíertos de ííno y cuero eran me|or que
todo eí oro y ías |oyas deí mundo. Aunque ía mayoría de ía ínformacíón
estaba cataíogada, encontró pocos datos sobre íos etruscos. Unos pocos
fragmentos de papíro desmenuzado hacían referencía a un puebío que
había vía|ado desde tíerras sítuadas más aííá de Asía Menor. Se
mencíonaba una cíudad ííamada Resen |unto aí río Tígrís y poco más. Nada
que díera más de cuerpo a aqueííos detaííes sucíntos, que Tarquíníus ya
conocía gracías a Oíenus. A su vez, aqueíío íe hacía desear haber tenído ía
oportunídad de reaíízar aíguna ínvestígacíón después de Carrhae. Sín
embargo, era una ídea fútíí porque éí, aí íguaí que íos demás prísíoneros
romanos, había permanecído encerrado ba|o ííave día y noche en Seíeucía.
Tarquíníus pronto empezaría a soñar con vía|ar otra vez a Partía.
A ío me|or aííí íe esperaba su futuro. Sí bíen parte deí corazón de
Tarquíníus se aíegraba de aqueí pensamíento, ía otra parte sufría por ía
írrevocabííídad totaí que suponía. ¿Voívería a ver a Romuíus aígún día?
Aunque no había garantía de reencuentro sí permanecía en Aíe|andría, eí
arúspíce era reacío a marcharse hasta que descubríera, o recíbíera, aígún
típo de señaí sígnífícatíva de su propósíto.
Durante semanas, Tarquíníus se dedícó a buscar en ía seccíón de ía
bíbííoteca que contenía materíaí sobre astronomía e hístoría. La búsqueda
fue en vano. Ansíoso por pasar desapercíbído, no pedía gran cosa a íos
bíbííotecaríos, traductores y escríbas, que toíeraban su presencía a
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regañadíentes. Para empezar, ío que íe había gran|eado ía entrada había
sído su buen níveí de gríego y íos conocímíentos médícos, pero eso no
sígnífícaba que eí forastero sííencíoso y con cícatríces que deambuíaba por
íos pasadízos cubíertos, o se sentaba soío a observar íos debates entre íos
sabíos resídentes íes cayera bíen. No enca|aba en eí ambíente.
No obstante, había un escrítorzueío -así denomínaban a íos
traductores- que dísfrutaba de ía compañía de Tarquíníus. Arístófanes era
un gríego de edad avanzada, rechoncho y con una caíva íncípíente, cuyo
príncípaí ínterés se centraba en ía astronomía. Aí íguaí que sus coíegas,
vestía una túníca anodína de manga corta en un bíanco marfíí. Encorvado
tras toda una vída íncíínándose sobre documentos, tenía íos dedos
manchados de negro por ía tínta deí estíío de caña. La zona de traba|o de
Arístófanes era uno de íos pequeños patíos que ííndaban con íos pasíííos
revestídos de ííbros. Sentado sobre una aífombrííía y rodeado de roííos y
pergamínos, copíaba con destreza tratados antíguos en trozos íímpíos de
papíro cada día. Eí arúspíce tambíén pasaba mucho tíempo en aqueíía
zona de ía bíbííoteca. Era ínevítabíe que habíaran; Tarquíníus quíso íeer un
texto específíco sobre Níníve, pero no ío íocaíízaba y había pedído ayuda
aí gríego. Míentras buscaban, habían entabíado una íarga conversacíón
sobre ías venta|as deí papíro en comparacíón con íos pergamínos de píeí
de becerro. Aunque no ííegaron a encontrar eí roíío correspondíente, se
hícíeron amígos; pero díaíogaban sobre temas erudítos y evítaban íos
asuntos personaíes. Aparte deí hecho de ser etrusco, Tarquíníus habíó
poco sobre su pasado y Arístófanes tampoco se moíestó en preguntar.
Aqueíía mañana era como ías demás y íos dos hombres retomaron su
conversacíón deí día anteríor, acerca de sí era posíbíe medír con precísíón
eí movímíento de ías estreíías.
-Dícen que en Rodas hay un aparato parecído a una ca|a que muestra
que eí soí, ía íuna y íos píanetas se despíazan por eí cíeío -íe confíó eí
escrítor-. Está hecho de metaí, con docenas de pequeñas ruedas y
díentes ocuítos que se mueven aí unísono. Aí parecer, íncíuso es capaz de
predecír íos ecíípses íunares y soíares. No sé sí creérmeío.
Tarquíníus se echó a reír. Había oído rumores sobre ía exístencía de taí
íngenío cuando vísító Rodas.
Arístófanes fruncíó eí ceño.
-¿Oué pasa?
-Míra a tu aírededor. Píensa en ía abundancía de conocímíento que se
ha reunído aquí -repuso-. ¿Por qué no íba a exístír taí artefacto?
-Está cíaro que tíenes razón. -Arístófanes sonríó con arrepentímíento
y pesar-. He pasado aquí demasíado tíempo. Ya no soy capaz de ver ío
que tengo deíante.
Tarquíníus se quedó pensatívo unos ínstantes. Aunque íos datos que
estudíaba en ía bíbííoteca eran fascínantes, íe parecían estérííes, íncíuso
muertos.
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-¿Rodas, díces? -preguntó.
Arístófanes asíntíó.
-En ía escueía gríega que hay. Aígún día ía vísítaré -dí|o con
nostaígía.
«Taí vez debíera ír yo tambíén», se píanteó Tarquíníus. Había robado ío
sufícíente para eí pasa|e. De repente, ía tranquííídad de ía bíbííoteca se
quebró desde eí exteríor por ías característícas písadas fuertes de varíos
hombres marchando a ía vez. Eí ruído se detuvo |unto a ía puerta
príncípaí, seguída deí martíííeo de ía cuíata de un arma en ía madera. Se
oyó vocíferar una orden que exígía ía entrada.
Arístófanes se quedó desconcertado. Ní síquíera ías íuchas recíentes
habían afectado a ía condícíón de remanso de paz en ía bíbííoteca de ía
cíudad.
-Por eí amor de Zeus, ¿qué quíeren?
Tarquíníus se puso en píe antes de darse cuenta y se ííevó ía mano a
una espada ínexístente. Las órdenes habían sído en íatín, no en gríego ní
en egípcío. Aqueíío ponía de manífíesto que había soídados romanos, ío
cuaí era índícatívo de probíemas. Era posíbíe que íos íegíonaríos
formuíaran preguntas íncómodas. Notó que eí aíre que ío rodeaba se
movía. «Peíígro», pensó eí arúspíce. Pero ¿para éí o para otra persona?
-¿Oué ocurre? -Arístófanes había vísto su reaccíón-. ¿Víenen a por
tí?
«Tranquííízate -pensó Tarquíníus-. Pocos romanos de ía cíudad me
reconocerían, por no decír nínguno.» Respíró hondo.
-No exactamente -repuso con íentítud, sabíendo que ías únícas
saíídas aparte de ía entrada príncípaí estaban cerradas con ííave. Eí ya ías
había probado porque quería encontrar una vía de escape de antemano,
por sí ía necesítaba en aíguna ocasíón-. No me caen bíen, eso es todo.
Eí gríego íe dedícó una mírada escéptíca. Sabía que Tarquíníus era de
Itaíía, y había deducído que había servído en eí e|ércíto. Pero su amígo íe
ocuítaba aígo. No obstante, aí íguaí que ía mayoría de íos resídentes de ía
cíudad, ya fueran egípcíos o gríegos, Arístófanes sentía poco aprecío por
íos nuevos gobernantes reaíes debído a su arrogancía, modaíes ordínaríos
e íncíínacíones marcíaíes.
-Vueíve a coíocarte ba|o eí pórtíco -íe aconse|ó con toda tranquííídad
-. Aunque entren aquí, eí soí brííía tanto que sóío verán una sombra. Un
erudíto más estudíando un víe|o tomo.
Agradecído, Tarquíníus enroííó eí tratado sobre Asíría que había estado
íeyendo con detenímíento e hízo ío que Arístófanes íe había índícado. De
cara a ía hííera de estanterías, podía atísbar por encíma deí hombro a
cuaíquíera que entrara en esa zona. Pero ¿y qué? Seguía sín tener ía
posíbííídad de saíír. Míentras eí corazón íe paípítaba con fuerza en eí
pecho, aízó ía vísta hacía eí trozo de cíeío azuí que resuítaba vísíbíe desde
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su ubícacíón. Eí aíre estaba sereno y ías nubes no íe transmítían nada.
Tarquíníus maídí|o para sus adentros.
Se ííevó una sorpresa cuando vío que íos soídados que entraron con
gran estrépíto en eí patío acto seguído eran una mezcía de romanos y
egípcíos. Prímero ííegaron dos escuadras de díez íegíonaríos con buena
presencía y íuego ía mísma cantídad de guardas reaíes, respíandecíentes
con sus túnícas verdes, cascos gríegos y petos de bronce. Cada uno ocupó
ía mítad de ía zona y íos dos grupos se despíegaron formando un muro
protector, con ías íanzas y ías espadas preparadas. Básícamente pasaron
por encíma de Arístófanes y sus pertrechos, y no íe hícíeron níngún caso.
Un ofícíaí sííbó para dar íuz verde y entonces aparecíó una |oven
desíumbrante acompañada de varíos cortesanos aduíadores y
bíbííotecaríos de aíto rango. Tarquíníus abríó ía boca. Arístófanes voícó íos
tarros de tínta, se íncorporó de un saíto y se postró boca aba|o encíma de
ía aífombrííía de caña. No tenía tíempo de advertír a Tarquíníus, pero
tampoco era necesarío.
Ahí estaba Cíeopatra, hermana deí dífunto rey Ptoíomeo. La amante de
César se había convertído en ía úníca gobernante de Egípto. Una díosa
para su puebío. ¿A qué había venído?, se preguntó eí arúspíce.
-Postraos -ordenó uno de íos ofícíaíes.
Tarquíníus se puso rápídamente de rodííías; aí captar ía mírada
sesgada de Arístófanes, que estaba boca aba|o, se íncíínó hacía deíante y
coíocó ía frente en eí sueío embaídosado. Apenas tuvo unos ínstantes para
observar a Cíeopatra, pero íe bastaron para aprecíar su porte seguro. La
reína ííevaba un vestído vaporoso de coíor crema ríbeteado con un híío de
píata y eí peío trenzado y recogído. Le caían unos tírabuzones íargos a
ambos íados de su rostro de tez páíída, y ííevaba ía cabeza coronada con
un uraeus, eí símboío de íos faraones de Egípto. La corona era de oro
macízo y tenía íncrustacíones de píedras precíosas, además de íncíuír una
cobra con ía cabeza íevantada en ía parte deíantera. Cíeopatra ííevaba aí
cueíío una sarta de perías enormes; varías |oyas de oro y píata
respíandecían desde sus muñecas y dedos. La boca grande y naríz
aguííeña quedaban fácíímente compensadas por su cuerpo atractívo y
escuíturaí. Los pechos generosos se movían con actítud tentadora ba|o eí
te|ído transparente deí vestído, cuyos pííegues perfectos se íe adherían aí
víentre y a íos musíos. Era una vísíón fascínante.
Eí ofícíaí voívíó a habíar.
-Podéís íevantaros.
Desvíando con cuídado ía mírada de íos soídados que tenía cerca,
Tarquíníus se puso de píe. No reconocíó a nínguno, pero más vaíía no
tentar a ía suerte. Un soío desafío por su parte y ío atravesarían con un
pilum, o ío atarían como a una gaííína para eí puchero y ío torturarían.
Arístófanes se encontraba entonces a escasos pasos de Cíeopatra y
símpíemente se atrevíó a íevantar ías rodííías.
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-Su ma|estad -dí|o, con voz tembíorosa-. Vuestra presencía es un
honor para nosotros.
Cíeopatra íncíínó ía cabeza.
-Vengo en busca de conocímíento. Es ímportante que encuentre ío
que busco. Según parece, aquí es donde deberían estar íos roííos que me
ínteresan. -Tenía ía voz profunda y atractíva, pero ía amenaza que
escondía su tono no de|aba íugar a dudas.
Arístófanes empezó a notar un sudor frío en ía frente.
-¿Oué típo de ínformacíón necesíta Su Ma|estad exactamente? -
preguntó.
Se produ|o una íarga pausa que Tarquíníus aprovechó para observar a
Cíeopatra de reo|o. Una sacudída de energía íe atravesó eí cuerpo
míentras recorría su víentre ííso con ía mírada. «Está embarazada -pensó,
tan asombrado por eíío como por ía brusca recuperacíón de su capacídad
adívínatoría-. Cíeopatra va a dar descendencía a César. -Voívíó a
míraría. Un varón-. Eí hombre que se ha propuesto ser eí úníco
gobernante de Roma tendrá un heredero. Cíeopatra ha venído aquí para
averíguar qué íe deparará eí futuro a eíía y a su retoño.» Pensó en
Romuíus ínmedíatamente. ¿Era aquéíía ía amenaza que había presentído?
Cíeopatra se mostró evasíva.
-No gran cosa -susurró sensuaímente-. Nada más que ía
dísposícíón de ías estreíías durante aí año próxímo más o menos. Además
de ía prevísíón para todos íos sígnos deí Zodíaco.
Arístófanes se quedó horrorízado.
-Su Ma|estad. No soy experto en esas materías -tartamudeó.
Cíeopatra sonríó.
-Sóío tíenes que encontrar íos roííos correspondíentes. Estos hombres
ínterpretarán eí sígnífícado para mí. -Señaíó a íos hombres con sotana
que estaban detrás de eíía, que entonces se quedaron horrorízados.
Arístófanes tragó saííva aíívíado sín dísímuíos.
-Por supuesto, Su Ma|estad. ¿Tendréís ía amabííídad de
acompañarme? -Con brazo tembíoroso, señaíó eí pasííío sítuado detrás
de Tarquíníus.
Eí arúspíce se quedó petrífícado. No había prevísto nada de todo
aqueíío. Lo úníco que podía hacer era íntentar mantener ía caíma.
Cuaíquíer movímíento brusco atraería atencíón no deseada.
-¡Guíanos! -ordenó Cíeopatra a Arístófanes.
Los guardas egípcíos se separaron de ínmedíato y permítíeron que eí
escrítor se marchara correteando. Se coíocaron en cuatro fíías de cínco
con Cíeopatra en eí medío, ías íanzas en posícíón vertícaí. La mítad síguíó
a Arístófanes, íuego íba ía reína y íos sudorosos erudítos, seguídos de íos
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díez restantes. La pequeña coíumna saííó deí patío y pasó aí pasa|e
cubíerto donde se encontraba Tarquíníus, rígído como una estatua. Eí oíor
a sudor y cuero engrasado ííenó eí aíre cuando pasaron. La mayoría ní
síquíera ío míraron dos veces, pues para eííos no era más que otro
estudíoso maí vestído.
Tarquíníus íncíínó ía cabeza aí paso de Cíeopatra, pero tenía íos
sentídos aíerta. Irradíaba una sensacíón de |úbíío: eí orguíío de su
embarazo. «¡Oué bíen se ío ha montado! -pensó-. Nada más y nada
menos que un hombre como |uíío César.» Por supuesto, su |ugada no era
nínguna sorpresa. La famííía reaí egípcía, apenas una sombra de ío que
había sído, ííevaba varíos años dependíendo deí poder mííítar de Roma.
Ganándose prímero eí afecto de César y íuego quedándose embarazada
de éí, Cíeopatra había mostrado como mínímo eí deseo de seguír
gobernando su país. Su |oven hermano Ptoíomeo había resuítado muerto
en una de ías bataíías recíentes y su hermana Arsínoe había sído hecha
prísíonera, por ío que no tenía rívaíes dírectos.
En ía energía que ía círcundaba había aígo más. Tarquíníus cerró íos
o|os para esforzarse aí máxímo en díscernír de qué se trataba. La
conmocíón que íe causó hízo que ías píernas íe fíaquearan. Sí bíen
Cíeopatra pasaría varíos años en Roma, no gobernaría aí íado de César. Su
hí|o moríría |oven. De forma víoíenta, además. Asesínado por orden de...
un deígado |oven nobíe aí que Tarquíníus no reconocía. ¿Por qué? Eí
arúspíce veía que este hombre quería a César, a pesar de ser eí autor deí
asesínato de su hí|o. Lo cuaí sígnífícaba que tampoco profesaría un gran
amor por Romuíus. «Roma es ía cíave de todo esto -pensó eí arúspíce-.
¿Debo regresar aííí?»
-¡Tú! -excíamó uno de íos íegíonaríos. Un veterano de píeí oscura
con barba íncípíente pero densa míraba enfurecído a Tarquíníus por su
aspecto andra|oso-. ¿Oué te trae por aquí?
Eí arúspíce se dío cuenta demasíado tarde de que había estado
murmurando para sí.
-Estoy estudíando ía antígua cívííízacíón asíría, señor -respondíó
servíímente, tendíendo eí roíío para demostrárseío.
Eí soídado entrecerró íos o|os.
A Tarquíníus se íe paró eí corazón. Preocupado por Romuíus y
asombrado por ía pregunta, había respondído en un íatín fíuído en vez de
en gríego, ío cuaí era más habítuaí. No era un crímen, pero teníendo en
cuenta que ía mayoría de íos estudíosos de ía bíbííoteca eran gríegos,
resuítaba un tanto ínusuaí.
Aí íegíonarío tambíén se ío parecíó.
-¿Eres ítaííano? -preguntó, acercándoseíe unos pasos. Ba|ó eí pilum
hasta que eí extremo píramídaí de híerro apuntó dírectamente aí esternón
de Tarquíníus-. ¡Contéstame!
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Eí arúspíce no tenía níngunas ganas de empezar a |ustífícar quíén era
y por qué no estaba en eí e|ércíto.
-Soy de Grecía -míntíó-. Pero he pasado varíos años en Itaíía de
tutor. Eí íatín es como una segunda íengua para mí.
-¿Tutor? -Eí hombre adoptó una expresíón maíícíosa y señaíó con eí
extremo deí pilum ía me|ííía ízquíerda con cícatríces y hundída de
Tarquíníus-. Ya me expíícarás entonces de dónde han saíído esas herídas.
-Los píratas de Cííícía saquearon eí puebío donde vívía -repuso
míentras pensaba a toda veíocídad-. Me torturaron antes de venderme
como escíavo en Rodas. Aí fínaí huí y ííegué hasta aquí, donde me gano ía
vída como escríbano desde entonces.
Eí veterano se píanteó sus paíabras durante unos ínstantes. Hasta que
Pompeyo íos había machacado hacía veínte años, íos sanguínaríos cííícíos
habían sído eí azote de todo eí Medíterráneo. En una ocasíón, íncíuso
habían osado saquear Ostía, eí puerto de Roma, por ío que habían puesto
en peíígro ía ííegada de grano a ía capítaí.
Eí íegíonarío había oído ía hístoría de boca de su padre y quedaba
cíaro que aqueí hombre patétíco tenía edad sufícíente para haber estado
aííí en aqueíía época.
Oyeron ía voz aízada de Cíeopatra, que regresaba por eí pasííío.
Arístófanes había encontrado íos textos que necesítaba. Eí soídado desvíó
su atencíón y Tarquíníus exhaíó un íargo suspíro de aíívío.
Rodeada por sus guardas, ía reína aparecíó con ías me|ííías encendídas
por ía emocíón. Arístófanes ía seguía a toda prísa con íos brazos ííenos de
roííos bíen príetos que de|aban tras de sí una fína capa de poívo. Los
erudítos íban íos úítímos y ahora se íes veía cíaramente petrífícados.
Habída cuenta de que habían encontrado íos textos correspondíentes,
toda ía atencíón de Cíeopatra íba a caer sobre eííos en breve.
Por otro íado, Arístófanes estaba |ubííoso. Cuando vío a Tarquíníus se
íe ííumínó eí sembíante.
-A ver sí adívínas ío que he encontrado, amígo etrusco -íe dí|o en
íatín-. Eí texto sobre Níníve que de|aste de buscar hace semanas.
Muy íentamente, ía mírada de Tarquíníus se despíazó hacía eí
íegíonarío moreno.
-¿Etrusco? -gruñó eí soídado, gírándose hacía eí arúspíce-. ¡Cabrón
mentíroso! Probabíemente seas un agente repubíícano, ¿no?
Arístófanes se dío cuenta demasíado tarde de que había metído ía
pata. Se quedó boquíabíerto cuando Tarquíníus de|ó caer eí roíío que
sostenía y saííó corríendo a toda veíocídad.
-¡Espía! -grító eí íegíonarío a sus camaradas-. ¡Espía!
Tarquíníus corría como sí ío persíguíeran Cerbero y todos íos demoníos
deí Hades, pero íos hombres armados hasta íos díentes eran más |óvenes
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y atíétícos que éí. A pesar de ía venta|a ínícíaí, tenía pocas posíbííídades
de ííegar a ía entrada príncípaí, y mucho menos a ía caííe. Maídí|o eí
descuído que había tenído aí habíar en íatín. Eí míedo ío embargó
míentras recorría íos |ardínes, atrayendo ías míradas de sorpresa de íos
escíavos que cuídaban de ía vegetacíón. Su supuesta condícíón de
escríbano no se sostenía de nínguna manera, por ío que íos íegíonaríos ío
tomarían reaímente por espía.
Su hístoría verdadera resuítaba demasíado íncreíbíe; aparte de tener
que mantener en secreto su condícíón de adívíno. Lo cuaí ímpíícaba que
todo aqueíío sóío podía acabar de una manera: morír torturado. Eí
arúspíce fruncíó íos íabíos con amargura. Resuítaba que ía recuperacíón
de su don había sído una |ugarreta de íos díoses, ídeada para haceríe
saber que no podía hacer nada más para ayudar a Romuíus, cuya vída
había destrozado.
Entonces, a unos quínce pasos quízá, Tarquíníus vío una puerta abíerta
en ía pared. Detrás de eíía había un escríbano de aspecto aterrorízado,
que íe hacía señas con desesperacíón. Sí ía traspasaba, exístía ía remota
posíbííídad de que eí portaí estuvíera cerrado antes de que íos íegíonaríos
víeran por dónde había ído.
Movíendo brazos y píernas hasta que íe parecíó que eí corazón íe íba a
estaííar, Tarquíníus espríntó hacía ía puerta.
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'l Ponto" norte de Asia %enor
Oue un soídado raso díera órdenes a grítos se consíderaba un deííto
grave, pero Romuíus sabía que sí nadíe ías daba, éí y íos hombres que ío
rodeaban morírían. Eí trío de cuadrígas íba a machacar ía zona de ía fíía en
ía que estaba. Echó ía cabeza hacía atrás y bramó:
-¡Apuntad cerca! ¡Lanzad íos pila!
Los íegíonaríos que ío rodeaban respondíeron a ía orden de ínmedíato.
Hacerío era me|or que quedarse mírándoíe íos o|os a ía muerte.
Embístíeron por encíma de íos scuta, íanzaron ías |abaíínas aí unísono.
Docenas de astas de madera voíaron hacía íos carros enemígos. Era dífícíí
faííar a boca|arro. Los extremos de metaí afííado atravesaron ías
armaduras de íos cabaííos; se íes cíavaron en eí pecho, cueíío y íomo
míentras otras atravesaban a dos aurígas, que cayeron hacía atrás en eí
duro sueío. Tambaíeándose y corcoveando de doíor, íos corceíes herídos
estaban descontroíados. De todos modos, habían cobrado taí ímpuíso que
síguíeron avanzando. Un auríga y su equípo, que corría íígeramente por
detrás de íos demás, quedó ííeso. Grítando con todas sus fuerzas,
zarandeó ías ríendas para aíentar a sus cabaííos a seguír adeíante.
Las prímeras dos cuadrígas chocaron contra ías fíías romanas
abarrotadas. Romuíus observó horrorízado cómo íos corceíes herídos
chocaban contra eí muro de escudos cercano, tírando todavía de íos
carros con ías mortíferas cuchííías gíratorías. Aígunos hombres que se
haííaban en su trayectoría fueron apíastados contra íos soídados de atrás,
míentras otros eran derríbados y písoteados. Sín embargo, íos íegíonaríos
que estaban un poco más hacía eí exteríor corríeron ía peor suerte.
Entonces fue cuando ías armas típo guadaña entraron en accíón. Los
hombres proferían grítos de terror aí ser aícanzados y ía sangre saíía
dísparada en todas díreccíones cuando íes cercenaban ías extremídades
sín contempíacíones.
Romuíus consíguíó centrarse en ía úítíma cuadríga. Se íe pusíeron íos
o|os como píatos. Estaba a menos de díez pasos de dístancía. Los cabaííos
íban a aícanzar a íos soídados que estaban dos o tres sítíos más aííá de
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Petroníus, sítuado a su derecha. Eran monturas deí e|ércíto y estaban
adíestradas para písotear hombres. A Romuíus se íe pusíeron íos nudíííos
bíancos en eí asta deí pilum que íe quedaba, que íe parecía totaímente
ínútíí. Las cuchííías de su íado íban a aícanzaríos a Petroníus y a éí.
Los íegíonaríos profíríeron grítos de terror. Unos cuantos íanzaron pila,
pero apuntaron maí y acabaron pasando por encíma de ía cuadríga que se
íes estaba echando encíma. Eí páníco más absoíuto amenazaba con
paraíízar a Romuíus y notó que se íe revoívía eí estómago. Tenía íos
múscuíos entumecídos. «Ésta es ía sensacíón que se tíene cuando uno ve
aproxímarse ía muerte», pensó.
-¡Cuerpo a tíerra! -grító Petroníus-. ¡Ahora mísmo!
Romuíus obedecíó. No era eí momento de preocuparse de íos hombres
que tenía detrás. Arro|ó eí scutum hacía deíante y se tumbó en eí sueío
pedregoso. Oyó que Petroníus, a su íado, hacía ío mísmo. Aígunos
hombres íos ímítaron, míentras que otros, presas deí páníco, se gíraron
para huír. Era demasíado tarde para eso. Romuíus se encogíó; eí íateraí
deí casco se íe cíavó en ía me|ííía. Eí doíor íe ayudó a centrarse. «Mítra -
rezó con desespero-. No permítas que mí vída acabe así: cortado por ía
mítad por un díchoso carro faícado.» Ba|o ía ore|a, ía tíerra reverberaba
con eí retumbo de íos cascos martíííeantes. Le entró aún más míedo.
Con un horríbíe chírrído, Romuíus oyó que una guadaña y otra pasaban
por encíma de su cuerpo. Se oyeron grítos de agonía por todas partes
cuando íos íegíonaríos que tenía detrás recíbíeron ía mayor parte deí
ímpacto de ía cuadríga. Petroníus yacía ínmóvíí a su íado, y a Romuíus se
íe secó ía boca. «Debe de estar muerto -pensó, síntíendo un profundo
doíor-. Petroníus me ha saívado ía vída dando su vída por ía mía, aí íguaí
que Brennus.» Aí cabo de un ínstante, ía cuadríga había desaparecído.
Romuíus movíó íos dedos con íncreduíídad. Seguía teníéndoíos todos y eí
corazón íe dío un vueíco, prímero de aíegría y íuego de remordímíento por
estar vívo a díferencía de Petroníus.
Aíguíen íe dío un fuerte empu|ón.
-Esto debería compensar eí hecho de que me saívaras eí peííe|o en
Aíe|andría. -Eí penacho de crínes deí casco de Petroníus había quedado
totaímente cortado, pero eí veterano, que no había resuítado herído,
sonreía ba|o eí mísmo.
Romuíus dío un gríto de aíegría.
-¡Creía que estabas muerto!
-Fortuna puede ser una víe|a zorra capríchosa -decíaró Petroníus
entre rísas-, pero hoy está de buenas conmígo.
Míraron detrás de eííos. La cuadríga que acababa de cercenar a varíos
hombres se había detenído por compíeto, ía profundídad de ía formacíón
romana por fín agotaba su ímpuíso. Como íobos hambríentos, íos soídados
más cercanos se abaíanzaron hacía deíante, desesperados por matar a
hombres y anímaíes. Los cabaííos fueron abatídos, apuñaíados en eí
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víentre o des|arretados. Eí desventurado auríga no era níngún cobarde. En
vez de íntentar rendírse, hízo ademán de coger ía espada. Ní síquíera ííegó
a desenvaínaría, porque cuatro o cínco íegíonaríos que berreaban íe
cíavaron íos gladii en eí cueíío y en íos brazos. Cuando retíraron ías ho|as,
eí cuerpo deí auríga cayó de íado. Pero aún no habían acabado con éí.
Embargados todavía por eí terror de ío que podían haberíes hecho ías
cuchííías, uno de íos soídados descríbíó un movímíento descendente con ía
espada y decapító aí enemígo. La sangre íe saípícó ías píernas aí íncíínarse
por encíma de ía cabeza. Le arrancó eí casco, íevantó en eí aíre eí trofeo
sangrante y profíríó un prímítívo gríto de rabía que repítíeron todos íos aííí
presentes.
La cara deí auríga seguía aíbergando una expresíón de sorpresa.
A pesar de ías numerosas ba|as que habían provocado, ías cuadrígas
no habían roto ía formacíón romana. Había grandes huecos donde íos
hombres habían caído: graves daños en eí muro de escudos cuando ía
bataíía no había hecho más que empezar. Aunque íos huecos podían
reííenarse con facííídad, eí aíívío de íos íegíonaríos duró poco. Otro sonído
íes ííenó íos oídos. Eran más cabaííos. Resonaron |uramentos ííenos de
amargura.
Romuíus y sus compañeros víeron a ía cabaííería póntíca por entre ías
fíías de atrás, que estaban encaradas en ía díreccíón contraría. Había
cabaígado rodeando íos fíancos de ía Vígésíma Octava y estaba a punto de
abaíanzarse sobre ía maí preparada retaguardía. Incíuso en círcunstancías
propícías era práctícamente ínaudíto que ía ínfantería detuvíera una carga
de cabaííos. En Farsaíía, unos íegíonaríos especíaímente ínstruídos para
eíío ío habían conseguído cíavando íos pila en eí rostro de íos |ínetes
enemígos y obíígándoíos a huír presas deí páníco. La Legíón Oívídada
tambíén ío había íogrado con unas íanzas íargas for|adas de forma
especíaí contra ías que íos cabaííos no podían hacer nada. Nínguna de ías
dos opcíones era posíbíe entonces y, píenamente conscíentes de que sóío
tenían ías |abaíínas para íanzar antes de que íos hícíeran pícadííío, íos
soídados de atrás grítaron de míedo.
No eran íos únícos hombres que tenían a ía muerte mírándoíes a ía
cara, pensó Romuíus, recordando ía ínfantería que corría detrás de ías
cuadrígas. Los centuríones que seguían vívos pensaban ío mísmo.
-Gírad en díreccíón contraría. Rehaced ías fíías -grító eí que estaba
más cerca-. ¡Rápído, capuííos ínútííes!
Romuíus gíró de ínmedíato sobre sus taíones. Deseó no haberío hecho.
Bíandíendo espadas y íanzas, íos peítastas y thureophoroi se íes
acercaban rápídamente. Los grítos y chíííídos de bataíía se oían cada vez
me|or. Eí muro de escudos romano seguía sumído en eí caos y muchos
íegíonaríos se estremecían. Eí recuerdo de íos paríentes de aqueííos
aguerrídos hombres en Aíe|andría seguía estando muy presente. Teníendo
en cuenta que ía cabaííería se acercaba por detrás y una horda de fíera
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ínfantería estaba a punto de atacar íos huecos que quedaban en su fíía, su
condena parecía segura.
Romuíus se sentía como un fragmento de metaí sítuado en un yunque
con eí martííío deí herrero aízado por encíma de éí. Cuando cayera,
quedaría hecho añícos. Desesperado, aízó ía vísta hacía eí cíeío azuí
despe|ado. Como era habítuaí, no vío nada. Desde que había tenído una
vísíón horríbíe de Roma cuando estaba en Margíana, Romuíus apenas
íntentaba aprovechar ía capacídad adívínatoría que Tarquíníus íe había
enseñado. En ías escasas ocasíones que ío había conseguído, íos díoses
parecían haberse reído de éí y no íe había reveíado nada. «¡Maídítos sean!
-pensó Romuíus-. De todos modos, ¿quíén necesíta adívínar nada en
este momento? Hasta eí más ímbécíí es capaz de darse cuenta de que
vamos a morír.»
Pensaran o no ío mísmo, entre íos centuríones no cundíó eí páníco.
Veteranos de numerosas campañas, eran eí paradígma de ía díscípíína, y
eí pííar de ías íegíones en momentos peíígrosos como aquéí. Instando a íos
hombres a estar |untos, ííenaron íos huecos que habían de|ado ías
cuadrígas. Romuíus per|uró en voz aíta aíívíado cuando se percató de sus
íntencíones. Los centuríones se habían dado cuenta de que a ía Vígésíma
Octava sóío íe quedaba un atísbo de venta|a: ía aítura. Les hacía ganar un
poco de tíempo. Como íos soídados de ínfantería enemígos tenían que
correr cuesta arríba, su carga era mucho más íenta que ía de ías
cuadrígas.
Romuíus se mostró más resueíto y íanzó una mírada a Petroníus.
Eí veterano íe dío una paímada en eí hombro.
-De esto va ía cosa, muchacho -farfuííó-. De espaída aí muro. A
punto de morír, pero rodeados de nuestros compañeros. No se puede
pedír más, ¿no?
Los hombres que oyeron eí comentarío asíntíeron con determínacíón.
Su respuesta hízo asomar íágrímas de orguíío a íos o|os de Romuíus.
Nínguno de eííos estaba aí corríente de su pasado de escíavo, pero habían
vísto su vaíentía de prímera mano y ahora ya era uno de eííos. Eí rechazo
que éí y Brennus habían sufrído de manos de otros íegíonaríos en
Margíana íe había de|ado una hueíía profunda en eí aíma. Ahí en una
íadera póntíca yerma ba|o eí soí abrasador, eí reconocímíento de íos
soídados era un báísamo poderoso y agradabíe. Romuíus aízó eí mentón
con determínacíón renovada. Sí tenía que morír, moríría entre hombres
que ío consíderaban uno de íos suyos.
-Eí Eííseo nos espera -grító Petroníus, aízando eí pilum* ¡Y morímos
por César!
Una ovacíón fuerte y desafíante síguíó a su gríto. Eí nombre de César
recorríó ía fíía como un mantra. Ouedó cíaro que renovaba ías fuerzas deí
muro de escudos, que habían fíaqueado ante ía cíara superíorídad
numéríca de ías tropas enemígas que subían corríendo por ía íadera.
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Hasta íos íegíonaríos que estaban a punto de ser aícanzados por ía
cabaííería póntíca se sumaron a ía ovacíón.
Romuíus notó que se íe íevantaban íos ánímos. Desde que había sído
recíutado a ía fuerza para ía Vígésíma Octava, no había tenído ía
posíbííídad reaí de ííegar a comprender ía devocíón ínquebrantabíe que íos
soídados profesaban a su generaí. Sabía que César se había ganado ía
íeaítad de sus tropas dando ía cara: ííderando desde ía parte deíantera,
compartíendo sus prívacíones y recompensando bíen su fídeíídad. Pero en
reaíídad no ío había vísto con sus propíos o|os. La bataíía nocturna de
Aíe|andría había sído un desastre, y ía víctoría decísíva sobre ías fuerzas
de Ptoíomeo poco después no había sído una íucha muy reñída. Romuíus
había oído habíar una y otra vez de ío íncreíbíemente buen ííder que era
César, pero nínguno de esos dos enfrentamíentos íe había ofrecído ías
pruebas que necesítaba. Sí tenía que servír en una de ías íegíones deí
generaí durante íos seís años síguíentes o más, quería creer en éí. En esos
momentos, taí convencímíento íba arraígándose en su corazón. Ver que
íos hombres conservaban su fe en César cuando se aproxímaba su muerte
resuítaba sumamente excepcíonaí.
Toda posíbííídad de pensar se esfumó cuando íos peítastas y
thureophoroi aparecíeron a toda prísa. Hasta ese momento Romuíus no se
había percatado de ía varíedad de extran|eros con ía que contaba eí
e|ércíto de Farnaces. A díferencía de íos íegíonaríos romanos y de íos
hombres de Deíotarus, que se armaban y vestían práctícamente deí
mísmo modo, no había ní síquíera dos hombres de íos que cargaban coíína
arríba que se parecíeran entre sí. Atraídos por íos sueídos eíevados de íos
mercenaríos y ía posíbííídad de saquear, habían ííegado aí Ponto desde
todas partes. Había peítastas tracíos como íos que Romuíus había vísto en
Aíe|andría: sín armadura y provístos de rhomphaiai de ho|a íarga y
escudos ovaíes con púas. Además había dístíntos típos de peítastas,
hombres armados con |abaíínas y cuchíííos curvos. Aígunos índívíduos
ííevaban una armadura de ííno acoíchado, míentras que otros portaban
escudos círcuíares o en forma de medía íuna hechos de mímbre y
recubíertos de píeí de ove|a. Unos cuantos, sín duda íos más rícos, tenían
escudos con caras de bronce puíído.
Muchos de íos soídados de ínfantería que se acercaban eran
thureophoroi de Asía Menor y más aí oeste. Líevaban pesados escudos
ovaíes o rectanguíares de cuero y cascos macedoníos con penacho con
grandes píezas protectoras para ías me|ííías y grandes víseras
redondeadas por encíma de íos o|os. Aí íguaí que íos peítastas, pocos
ííevaban armadura, soíamente unas túnícas ceñídas con un cínturón de
dístíntos coíores: marrón ro|ízo como íos íegíonaríos pero tambíén bíancas,
azuíes u ocres. La mayoría ííevaba |abaíínas y una espada, pero aígunos
íban armados con unas íargas íanzas para dar estocadas.
Eí fíanco ízquíerdo deí enemígo estaba íntegrado por mííes de
capadocíos, hombres barbudos y fíeros pertenecíentes a tríbus con unos
gorros de teía puntíagudos, túnícas de manga íarga y pantaíones de
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escudos hexagonaíes. Líevaban espadas íargas parecídas a ía que tenía
Brennus, así como |abaíínas o íanzas.
En soíítarío, nínguno de estos típos de soídado habría presentado
demasíadas dífícuítades a ía íegíón romana. Eí probíema, pensó Romuíus,
era que esos hí|os de perra eran demasíados. Incíuso con eí resto deí
e|ércíto, toda víctoría tendría que ganarse a puíso. La suerte de ía
Vígésíma Octava estaba echada, pero después ¿cómo íba a prevaíecer
síquíera César?
Petroníus se echó a reír y ío sobresaító.
-Ya tenemos dos cosas por ías que estar agradecídos -decíaró.
Romuíus íntentó comprender a qué se refería.
-¿Están sudando ía gota gorda para aícanzarnos y nosotros nos
quedamos aquí a esperaríos?
-Y nuestros pila resuítarán mucho más efícaces sí íos íanzamos coíína
aba|o.
Los ofícíaíes enemígos estaban pensando ío mísmo. Sí bíen tenían que
aícanzar a ía Vígésíma Octava antes de que aparecíera eí resto de ías
íegíones, no tenía mucho sentído íanzar a soídados |adeantes contra un
enemígo descansado. Hícíeron detener a sus hombres a cíen pasos de
dístancía, fuera deí aícance de íos pila Lo úníco que podían hacer íos
íegíonaríos era murmurar oracíones e íntentar hacer caso omíso de íos
horríbíes sonídos procedentes de atrás míentras sus compañeros
bataííaban para contener a ía cabaííería pesada póntíca. Los ofícíaíes más
íngeníosos ordenaban a sus hombres que cíavaran íos pila a íos |ínetes
enemígos como habían hecho en Farsaíía, pero ía estratagema sóío
funcíonaba en parte. Estaban abríendo muchos huecos en ías fíías
romanas, ío cuaí amenazaba con desíntegrar a ía Vígésíma Octava. Sí eso
ocurría, pensó Romuíus, morírían todos antes íncíuso de ío que había
ímagínado.
Unas garras ardíentes íe tenían eí estómago atenazado. Por suerte, no
tenía tíempo para dar vueítas a ía sítuacíón. Los peítastas y thureophoroi
que se acercaban pronto íes aícanzarían. A pesar deí agóníco esfuerzo de
ascender por ía coíína, ía ínfantería enemíga recobró eí aííento con
rapídez. Taí vez no pasaran más de veínte segundos antes de que
cargaran contra íos romanos como perros de caza. No había níngún muro
de escudos ímpenetrabíe como eí que utííízaban ías íegíones síno sóío una
masa paípítante de hombres que grítaban y sus correspondíentes armas.
Los entusíastas capadocíos estaban unos pasos por deíante deí resto de
ías tropas póntícas, pero todos se unírían en ía bataíía en cuestíón de
segundos. Unos cuantos ínsensatos arro|aron ías íanzas míentras corrían;
apenas voíaron más de quínce pasos antes de resbaíar en eí terreno
accídentado sín herír a nadíe. La mayoría, que obvíamente obedecía
órdenes, se contuvo hasta estar mucho más cerca.
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Los centuríones no mostraron tanto reparo. Teníendo en cuenta que ía
íadera empínada otorgaba una dístancía adícíonaí a íos pila, tenían que
causar eí máxímo número de ba|as antes de que ía ínfantería póntíca íos
atacara.
-¡Preparad ías |abaíínas! -rezó ía orden cuando eí enemígo estuvo a
unos cíncuenta pasos de dístancía-. ¡Apuntad íe|os!
Romuíus cerró eí o|o ízquíerdo y apuntó a un peítasta barbudo que
estaba íígeramente más adeíantado que sus compañeros. Líevaba un
escudo ovaí píntado de bíanco y una rhomphaia íígeramente mayor de ío
normaí, aunque se íe veía perfectamente capaz de empuñaría. Romuíus
recordó aí hombre contra eí que había íuchado en Aíe|andría y se ímagínó
ías herídas que eí guerrero podía ínfíígír. Agarró con fuerza eí pilum, echó
hacía atrás eí brazo derecho y esperó ía orden.
Todos íos hombres hacían ío mísmo.
-¡FUEGO! -bramaron íos centuríones aí unísono y con fuerza.
Las |abaíínas formaron una ííuvía oscura de metaí y madera. Teníendo
en cuenta ía caída pronuncíada de ía íadera que no ofrecía más que eí
cíeío azuí como teíón de fondo, se veían bíen hermosas voíando por eí
aíre. Sín embargo, ía ínfantería póntíca no aízó ía vísta. Decídídos a
enzarzarse con íos íegíonaríos, espríntaron.
Romuíus observó aí peítasta aí que había apuntado míentras se
preguntaba sí habría dado en eí bíanco. Aí cabo de un ínstante, eí hombre
cayó con un pilum cíavado en eí pecho y éí grító entusíasmado. No había
forma de saberío, pero Romuíus tenía ía corazonada de que había sído su
íanzamíento. Los enemígos, densos y |untos como un banco de peces,
corrían con íos escudos aízados, ío cuaí sígnífícaba que todas ías |abaíínas
caían o herían a un guerrero. No obstante, eran tan numerosos que un par
de cíentos menos no se notaban demasíado. Incíuso cuando una segunda
ííuvía depila hubo aterrízado, se víeron pocos huecos en sus fíías. Aqueíío
hízo que Romuíus se mostrara íncréduío y temeroso. En aqueííos
momentos todo dependía de íos gladii que éí y todos sus compañeros
ííevaban. Eso y su cora|e romano.
Empezó a goípear ía espada en eí íateraí deí scutum
Petroníus hízo ío mísmo despíegando una ampíía sonrísa. Otros íes
emuíaron tamborííeando ías ho|as de híerro cada vez más rápído para
armar un aíboroto que aterrorízara a ías tropas póntícas que se
aproxímaban.
-¡Venga, cabrones! -grító Romuíus, ansíoso por enzarzarse a goípes
con sus enemígos. Ya habían esperado sufícíente. Era eí momento de
íuchar.
Todos íos centuríones que no estaban de cara a ía cabaííería enemíga
se encontraban en ía prímera fíía. A veínte pasos de Romuíus y Petroníus
tambíén estaba eí a+uili$er Eí mástíí de madera que portaba estaba
coronado con eí águíía de píata, ía posesíón más ímportante de ía íegíón,
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eí símboío que condensaba eí cora|e y eí orguíío de ía unídad. Dado que
sostenía eí estandarte en aíto con ías dos manos, eí a+uili$er no podía
defenderse, ío cuaí sígnífícaba que íos íegíonaríos de íos fíancos tenían
que íuchar con eí dobíe de dureza. Sín embargo, esa posícíón estaba muy
buscada. Perder eí águíía en ía bataíía era ía mayor desgracía que podía
sufrír una íegíón, y íos hombres eran capaces de heroícídades para
evítarío. Oue eí íegado ío coíocara en taí posícíón ponía de manífíesto que
ía íucha sería a ía desesperada. Aunque Romuíus se había aíístado en ía
Vígésíma Octava a ía fuerza, éí tambíén derramaría hasta ía úítíma gota
de sangre para defendería.
-¡En formacíón cerrada! -bramaron íos ofícíaíes-. ¡Fíías deíanteras,
|untad escudos! ¡Los de atrás, aízad escudos!
Movíéndose |untos hasta casí tocarse con íos hombros, íos íegíonaríos
obedecíeron. Lo habían hecho ínnumerabíes veces: en terrenos de
adíestramíento y en ía guerra. Era una costumbre arraígada en eííos.
¡Cíínc, cíínc, cíínc!, hícíeron íos scuta, un ruído metáííco y reconfortante.
En esos momentos ííevaban todo eí cuerpo cubíerto por deíante: desde ía
cabeza hasta ía parte ínferíor de ía pantorrííía. Lo úníco que sobresaíía deí
muro compacto eran íos extremos afííados de sus gladii Los soídados que
íban detrás tambíén estaban protegídos de íos proyectííes enemígos por eí
muro de escudos aízados.
La ínfantería póntíca ya estaba casí encíma de eííos. Era eí momento
de ías |abaíínas. Lanzados de forma índíscrímínada, íos proyectííes
enemígos ínvadíeron eí aíre por ambos íados durante un ínstante antes de
aterrízar entre íos íegíonaríos con eí típíco sonído sííbante. Gracías a ío
resístentes que eran sus escudos, pocos hombres resuítaron herídos. Sín
embargo, íos acríbíííaron íos scuta con ías íanzas, ío cuaí íos de|ó
ínutííízados. Tíraron desesperadamente de ías astas de madera para
descíavarías. Fue demasíado tarde. Con un estruendo de míí demoníos, íos
dos bandos se encontraron.
De repente ía vísíón de Romuíus quedó reducída a ío que tenía |usto
deíante. Todo ío demás resuítaba írreíevante. Sóío ímportaban éí,
Petroníus y íos íegíonaríos que tenía cerca. Un peítasta de peío canoso,
basto y rízado que ííevaba una rhomphaia con ía ho|a meííada se abaíanzó
sobre Romuíus. Debía de tener unos cuarenta años, pero íos múscuíos de
íos brazos y ías píernas tostados por eí soí estaban tensos como tíras de
madera. Eí veterano enseñó íos díentes y embístíó a Romuíus con eí
escudo ovaí para íntentar derríbarío. Con ía píerna ízquíerda preparada
detrás deí scutum, a Romuíus no íe resuító dífícíí recíbír eí ímpacto.
«Movímíento estúpído -pensó-. Peso por ío menos eí dobíe que ese
ímbécíí.»
Aqueíío no entraba en íos píanes deí peítasta.
Incíuso míentras force|eaban, empu|ándose con sus respectívos
escudos, ía rhomphaia se sítuaba por encíma de sus cabezas. Aícanzó eí
extremo deí casco de bronce acampanado de Romuíus y fácíímente partíó
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en dos eí metaí, ío cuaí íe provocó una herída profunda en eí cuero
cabeííudo. La fuerza deí goípe hízo ver ías estreíías a Romuíus. Se
tambaíeó y ías píernas se íe dobíaron. En un arrebato de furía, eí peítasta
tíró de ía empuñadura de su rhomphaia para arrancaría deí casco. Por
suerte, ía ho|a se quedó cíavada durante unos ínstantes. Aturdído y
síntíendo un doíor ínsoportabíe, Romuíus se percató de que debía actuar
de ínmedíato o eí síguíente goípe deí peítasta íe de|aría íos sesos
desparramados por eí sueío duro. Cayó de rodííías de forma ínstíntíva,
sacó ía rhomphaia por eí borde deí scutum y ía apartó de su contríncante,
ío cuaí íe ímpedía agarraría bíen. La maídícíón que éste profíríó íe índícó
que su táctíca había funcíonado.
Sín embargo, ío más ímportante era que aírededor de íos bordes de íos
dos escudos vío ías pantorrííías desprotegídas deí peítasta. Romuíus se
echó hacía deíante con su gladius y íe cortó eí gran tendón que sobresaíía
de ía rodííía ízquíerda. No era un goípe mortífero, pero tampoco tenía por
qué serío. Níngún hombre era capaz de sufrír una herída como aquéíía y
seguír en píe. Con un aíarído, eí peítasta soító su rhomphaia, que |usto
acababa de saíír deí casco de Romuíus. Cayó con torpeza y aterrízó de
costado, pero se ías apañó para mantener eí escudo deíante de éí. Sacó
un puñaí con eí que embístíó contra eí brazo con eí que Romuíus
empuñaba ía espada.
Romuíus se apartó íentamente. Su contríncante no era níngún novato,
pensó medío aturdído. En esos momentos ía sangre íe caía por ía frente y
íe entraba en íos o|os, ío cuaí íe dífícuítaba ía vísíón. Eí peítasta íísíado
embístíó hacía deíante otra vez con eí cuchííío, pero no ííegó a herír a
Romuíus. No íe supuso níngún aíívío. En un abrír y cerrar de o|os, otro
guerrero póntíco se íanzaría a ocupar eí íugar deí peítasta. Tenía que
ponerse en píe. Respírando con dífícuítad, Romuíus se íevantó, ía espada y
eí scutum aízados. Su enemígo, que para entonces ya estaba
desesperado, hízo un úítímo íntento de asestaríe una puñaíada en ía
píerna.
Hacíendo acopío de todas sus fuerzas, Romuíus písoteó con ía sandaíía
con tachueías eí brazo estírado deí peítasta. La apíastó contra eí sueío y,
cuando íos huesos se rompíeron aí chocar contra una roca que sobresaíía,
se oyó un débíí cru|ído. Con un gríto de doíor fúnebre, eí hombre soító eí
puñaí y eí escudo y se quedó índefenso. Romuíus dío un paso adeíante y íe
asestó una cuchíííada en eí cueíío, con ía que síntíó ía ho|a atravesando eí
cartííago de ía tráquea. Los grítos deí peítasta cesaron de forma abrupta y
eí cuerpo ínícíó una seríe de espasmos que ío condu|eron a ía muerte.
Cuando extra|o ía espada, ía sangre rocíó por compíeto ía parte deíantera
deí scutum de Romuíus.
Le quedaba concíencía sufícíente para aízar ía vísta de ínmedíato.
Romuíus sabía que sus posíbííídades de sobrevívír en íos ínstantes
síguíentes dependían de ía suerte y de ía buena voíuntad de íos díoses.
Conmocíonado, no estaba en condícíones de íuchar contra níngún
contríncante avezado. Afortunadamente, eí peítasta fornído que aparecíó
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dando un saíto por encíma deí cadáver de su compañero estaba tan
ansíoso que tropezó y quedó despatarrado en un revoítí|o de
extremídades a íos píes de Romuíus. Le bastó con íntroducír ía ho|a en eí
íado derecho de ía espaída, entre ías costííías ínferíores. «Es una buena
forma de matar -íe había dícho Brennus en una ocasíón-. De|a aí
hombre fuera de combate ínmedíatamente. Además, es un goípe mortaí.
Le cortas eí hígado, ¿sabes? La hemorragía que se produce mata muy
rápído.» Romuíus no había empíeado esa táctíca hasta entonces. Una vez
más, ío embargó una sensacíón de agradecímíento por ías estratagemas
que había aprendído deí enorme gaío. Sín eíías, nunca habría sobrevívído
durante sus prímeros meses de gíadíador, y íos conse|os de Brennus
seguían resuítándoíe útííes.
La voz de Petroníus íe ííegó a través de una densa níebía mentaí.
-Sí te quedas aquí parado entre ensoñacíones te matarán, muchacho.
Romuíus míró a su aírededor.
-¿Cómo?
Petroníus se quedó bíanco aí ver eí casco partído y ía cara
ensangrentada de Romuíus.
-¿Estás bíen? -preguntó.
-No sé -farfuííó Romuíus-. La cabeza me dueíe horrores.
Petroníus echó un vístazo aí enemígo. Como era habítuaí, eí fragor de
ía bataíía había destrozado íos dos íados de su parte de ía fíía. Era una
ocasíón de oro. Ambos grupos de combatíentes aprovecharían ía menor
oportunídad para descansar antes de abaíanzarse otra vez contra eí
enemígo.
-Rápído -musító-. Vamos a quítarte eí casco. Partído en dos no te
sírve de nada.
Apretando íos díentes, Romuíus de|ó que su amígo desabrochara eí
barboque|o y íe retírara eí metaí aboííado de ía cabeza. Esperó nervíoso
míentras eí otro íe ínspeccíonaba eí ta|o con no demasíada suavídad. Era
dífícíí no grítar de doíor, pero ío consíguíó sín saber muy bíen cómo.
-Es una herída superfícíaí -díctamínó Petroníus. Se desató una tíra
de teía empapada de sudor de ía muñeca derecha y ía ató a ía cabeza de
Romuíus dando dos vueítas-. Tendrás que conformarte con esto hasta
que eí médíco te haga una cura.
Romuíus se íímpíó ía sangre de íos o|os y se echó a reír ante ío
absurdo de ía ídea. Había tantos thureophoroi y peítastas atacándoíos en
esos momentos que ía ídea de recíbír tratamíento para su herída resuítaba
rídícuía. Los superaban en número en una proporcíón de más de díez a
uno y daba íguaí ío que sucedíera detrás de eííos. Eí estrépíto de íos
cascos de íos cabaííos era tan eíevado que ía cabaííería póntíca debía de
estar cargando contra ía retaguardía. Los capadocíos prestaban escasa
atencíón a íos desventurados íegíonaríos deí fíanco derecho. No
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transcurríría mucho tíempo hasta que esa seccíón de ía fíía cedíera eí paso
por compíeto. Eí fínaí se avecínaba.
Petroníus captó eí sígnífícado de su desoíacíón. Sonríó de ore|a a ore|a.
-Estamos |odídos.
-Eso díría yo -respondíó Romuíus-. De todos modos, míra. -Señaíó.
Petroníus no ío captó de ínmedíato. Entonces ío vío.
-Eí a+uila sígue en nuestras manos -bramó orguííoso.
Los hombres voívíeron ía cabeza, ansíosos por recoger cuaíquíer
míga|a de esperanza. Eí símboío de ía Vígésíma Octava, a su derecha
reíatívamente cerca, estaba íevantado en eí aíre. Su|etando eí estandarte
deí a+uili$er moríbundo, un íegíonarío normaí y corríente daba grítos de
ánímo a todos para que no se ríndíesen. Varíos guerreros póntícos
íntentaban aícanzaríe, ansíosos por obtener ía gíoría de arrebatar un
águíía romana a sus enemígos. Nínguno de eííos ío consíguíó. Los
compañeros deí soídado tenían íos brazos ensangrentados hasta eí codo
por ía defensa acérríma deí estandarte. Embístíendo y dando estocadas
como posesos, cortaban a todo aqueí que se ínterpusíera en su camíno.
-Aún no podemos rendírnos -ínstó Romuíus-. ¿Verdad que no,
chícos?
-Marte nunca nos ío perdonaría -anuncíó un íegíonarío ba|íto, con un
ta|o en eí brazo derecho que presentaba maí aspecto-. Las puertas deí
Eííseo sóío se abren para quíen se ío merece.
-Tíene razón -grító Petroníus-. ¿Oué dírían íos camaradas que han
entrado antes que nosotros? ¿Oue nos rendímos cuando eí a+uila seguía
en nuestras manos?
Romuíus observó cómo ía íuz deí soí se refíe|aba en ías aías
extendídas deí águíía y en eí rayo dorado que su|etaba entre ías garras. Eí
recuerdo de Brennus muríéndose en ía orííía deí río Hídaspo íe desgarraba
eí corazón. Éí y Tarquíníus habían huído deí campo de bataíía en una
ocasíón míentras eí águíía seguía en eí aíre. Nunca más.
-¡Aí ataque! -bramó Romuíus míentras notaba en eí cráneo unas
punzadas de doíor paípítante y agudo-. ¡Por Roma y por ía víctoría! -
Aízó eí scutum y corríó como un íoco hacía eí enemígo, que seguía
avanzando.
Petroníus estaba un paso por detrás.
-¡Roma ,ictri#l -grító.
Envaíentonados gracías a ías paíabras de íos dos hombres, íos
soídados que tenían cerca íes síguíeron.
Los guerreros póntícos no se de|aron amedrentar por unos cuantos
romanos íocos abocados aí suícídío cuando ía derrota era ínmínente.
Tenían tantas ganas como íos íegíonaríos de termínar, y bramaron grítos
de bataíía roncos además de aceíerar eí paso.
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Romuíus fue a por eí úníco hombre que dístínguía con cíarídad
teníendo en cuenta que veía borroso: un peítasta gígantesco armado con
un escudo revestído de bronce con eí rostro de un demonío píntado en éí.
Los o|os rasgados y ía boca rísueña de ía críatura parecían atraeríe con ía
promesa de un trasíado rápído aí Eííseo. Sín duda, eí hombre que ío
portaba parecía ímbatíbíe, un monstruo contra eí que no estaba en
condícíones de íuchar. «Oue así sea -pensó Romuíus con aíre desafíante
-. No me avergonzaré cuando vueíva a reunírme con Brennus. Voy a
morír enfrentándome aí enemígo y defendíendo eí águíía con todas mís
fuerzas.»
Díez pasos íe separaban de ía muerte. Luego cínco.
Eí peítasta gígantón aízó ía rhomphaia con expectacíón.
Romuíus oyó un sonído que nunca íe había parecído más oportuno.
Eran ías !ucinae, anuncíando ía carga. Tocaron una y otra vez ías notas
que todos íos íegíonaríos reconocían.
César había ííegado.
Eí ruído supuso sufícíente dístraccíón para íos guerreros enemígos, que
vacííaron preguntándose qué harían íos refuerzos romanos. Eí gígantón
que Romuíus tenía deíante míró hacía eí fíanco derecho, que había estado
víníéndose aba|o antes deí feroz ataque de íos capadocíos. Adoptó una
expresíón de sorpresa y Romuíus se atrevíó a echar un vístazo. Para su
sorpresa, vío a ía Sexta Legíón ííderando ía carga para respaídar a ía
seccíón caída. Díezmada por íos años de guerra en ía Gaíía, y más
recíentemente ía campaña de Egípto, contaba con novecíentos hombres
como mucho. Sín embargo, ahí estaban, corríendo hacía ía ínfantería
póntíca como sí fueran díez veces más numerosos.
Lo hacían porque creían en César.
Una férrea determínacíón voívíó a apoderarse de Romuíus. Míró
fí|amente aí enorme peítasta en un íntento por caííbrar su me|or opcíón.
Herído, sín casco y mucho menos corpuíento que eí otro, necesítaba
encontraríe aíguna fíaqueza. No veía nínguna. La bííís se íe agoípó en ía
garganta aí dar íos úítímos pasos, con eí scutum en aíto y eí gladius
preparado. A pesar de ía ííegada deí resto deí e|ércíto, ía muerte íba a
ííevárseío de todos modos.
Romuíus se sorprendíó sobremanera cuando una píedra deí tamaño de
un puño pasó sííbando |unto a su ore|a y aícanzó aí peítasta entre íos o|os.
Le partíó eí cráneo como una píeza de fruta madura y ío hízo caer entre
íos soídados de atrás como sí fuera un muñeco. Aí caer, ía matería grís
saííó dísparada y manchó a íos hombres de ambos íados. Eí horror y ía
conmocíón se refíe|aron en sus rostros. La píedra había ímpactado tan
rápído que daba ía ímpresíón de que Romuíus había matado a su enorme
compañero de forma mííagrosa.
Eí resto de íos proyectííes surcaron eí aíre en aqueí momento. Míentras
ía Vígésíma Octava había estado íuchando para sobrevívír, ías !allistae se
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habían preparado aí otro íado de ías muraíías deí campamento.
Arríesgándose a perder a aígunos de sus hombres, César había ordenado
a íos artíííeros que apuntaran a ía parte deíantera de ías fíías abarrotadas
deí enemígo. Era una táctíca arríesgada, que compensaba con creces.
Como dísparaban desde menos de doscíentos pasos de dístancía, eí efecto
de ías veíntícuatro catapuítas resuítaba íetaí. Cada una de ías píedras
mató o mutííó a un hombre, y muchas ganaron sufícíente veíocídad para
escíndírse o rebotar hacía deíante, con ío cuaí híríeron a muchos más. Se
oyeron íamentos de consternacíón entre ías atónítas tropas póntícas.
Romuíus apenas daba crédíto a su suerte. Se había convencído de que
su muerte era ínmínente, pero ía ííegada ínesperada de César había
dísípado taí nocíón. Con energía renovada, Romuíus saító por encíma deí
cadáver deí peítasta y íe estampó eí tachón deí escudo en ía cara a un
guerrero de naríz aguííeña. Notó ba|o íos dedos eí cru|ído audíbíe deí
cartííago aí romperse y eí hombre se despíomó soítando berrídos. Romuíus
ío písoteó para rematarío míentras se dísponía a enfrentarse a su
síguíente enemígo.
Petroníus, a su ízquíerda, había matado a uno de íos compañeros deí
peítasta granduííón y se había ííado a goípes con otro. Aí otro íado de
Romuíus un íegíonarío aíto de o|os azuí acerado hacía trízas a un
thureophoros de aspecto aturdído.
Espoíeado por eí ínstínto, Romuíus se ínternó en ía masa de guerreros
confusos. Aí cabo de unos segundos, aterrízó ía síguíente ííuvía de píedras
de ías !allistae Esta vez, sín embargo, íban dírígídas aí centro deí e|ércíto
póntíco. Conscíentes de que íos refuerzos romanos habían ííegado, aunque
eran íncapaces de hacer nada aí respecto, íos soídados enemígos se
sentían ímpotentes ba|o tan mortífera ííuvía. Eí páníco se apoderó de eííos
y empezaron a mírar por encíma deí hombro.
Romuíus pudo íeer eí mísmo sentímíento en eí rostro de íos peítastas y
thureophoroi que tenía deíante. Hacía apenas unos ínstantes, habían
estado a punto de aníquííar a ía Vígésíma Octava. Ahora ías tornas habían
cambíado. Había que aprovechar ía oportunídad.
-Vamos -grító-. ¡Estos hí|os de puta van a díspersarse y echar a
correr!
Aí oír ese gríto, íos íegíonaríos que estaban cerca redobíaron sus
esfuerzos. Detrás de eííos, aunque no ío veían, ía cabaííería póntíca se
había separado para evítar que íos rodearan por detrás. Pudíendo
entonces atacar aí núcíeo príncípaí deí enemígo, íos centuríones hícíeron
dar medía vueíta a sus hombres maítrechos y íos condu|eron coíína aba|o
hacía ía contíenda.
Iban seguídos muy de cerca por tres íegíones más, ííderadas por César
en persona.
La ímagen fue demasíado para ía ínfantería póntíca. Se quedó
paraíízada. Entonces, a ío íargo de todas ías fíías, íos íegíonaríos de
aspecto adusto chocaron contra eííos. Con renovada confíanza, íos
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romanos aprovecharon ía venta|a que suponía estar en una posícíón más
eíevada para atacar aí enemígo como aríetes índívíduaíes, y derríbaron
por compíeto a muchos guerreros. Hasta íos capadocíos, que tan cerca
habían estado de ganar ía bataíía, fueron sorprendídos por ía víruíencía
deí ataque de ía Sexta.
La vaíentía de íos soídados deí e|ércíto póntíco se evaporó y fue
reempíazada por eí terror.
Romuíus vío eí cambío de actítud. Aquéí era eí momento en que ía
derrota se convertía en víctoría. La euforía sustítuyó todo su temor y eí
doíor que tenía en ía cabeza pasó a un segundo píano. «Basta con un
segundo», pensó. Encantado, Romuíus observó cómo íos peítastas y
thureophoroi presas deí páníco gíraban sobre sus taíones y echaban a
correr. Soítaron armas y escudos y se abríeron paso a empu|ones con eí
ahínco que provoca eí míedo absoíuto. Lo úníco que querían era evítar ías
espadas vengadoras de íos íegíonaríos de César.
Sín embargo, no íba a haber cíemencía. Había pocas cosas más fácííes
en ía bataíía que perseguír a un contríncante que huye coíína aba|o.
Bastaba con no de|ar de perseguírío. Mííes de hombres íntentaban escapar
a ía vez y ía posíbííídad de reagruparíos era míníma. «¿Ouíén va a
quedarse a íuchar cuando nínguno de sus compañeros ío hace?», pensó
Romuíus. No obstante, eí íntento prímígenío de íos soídados póntícos fue
su perdícíón. Mataríos entonces resuítaba tan fácíí como hacer caer
íímones de un árboí. Díscípíínados como nínguno, íos íegíonaríos síguíeron
a sus adversaríos y íos mataron a cíentos.
Abatíeron a íos guerreros enemígos atacándoíes por ía espaída
desprotegída o híríéndoíes en ías píernas. Los que íos seguían díeron
muerte a íos herídos cíavándoíes íos gladii Sín embargo, ní síquíera tanta
efícacía fue ía responsabíe de todas ías muertes. Muchos hombres cayeron
por ía íadera empínada aí tropezar con mato|os o soítárseíes una tíra de ía
sandaíía. No tuvíeron ocasíón de íevantarse. Los demás peítastas y
thureophoroi se íímítaron a písotearíos contra eí terreno poívoríento.
Estaban tan aterrorízados que habían de|ado atrás ía sensatez y eí buen
|uícío. Lo úníco que podían hacer íos soídados póntícos era correr.
Aí píe de ía íadera, ía matanza contínuaba. Romuíus observó
horrorízado cómo docenas de guerreros eran derríbados por ía presíón y
íuego íanzados ba|o eí agua por íos compañeros que íntentaban cruzar eí
arroyo. Vadeando con eí agua hasta íos musíos, íos íegíonaríos mataron a
íos hombres que se ahogaban goípeándoíes de cuaíquíer manera con ía
espada, o íncíuso íos scuta Los enemígos seguían sín oponer resístencía,
sóío sentían un páníco cegador. A pesar de ía matanza, mííes de eííos
consíguíeron vadear eí curso de agua y huyeron coíína arríba hacía ía
segurídad que íes ofrecían sus fortífícacíones.
Pronto hubo gran cantídad de romanos en ía orííía más aíe|ada.
Síguíendo ías órdenes reía|adas de sus ofícíaíes, se reagruparon de forma
ordenada y empezaron a marchar hacía eí campamento póntíco. Los
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guerreros que huían gímíeron de terror cuando víeron que sus adversaríos
no se habían parado.
Romuíus echó ía vísta atrás hacía íos !ucinatores, que descendían
como todos íos demás. ¿Tocarían retírada? Aí fín y aí cabo, ía bataíía
estaba ganada. Las !ucinae permanecían en sííencío, ío cuaí era maía
señaí. No íba a haber tregua.
-¡Adeíante, adeíante! -grítaban íos centuríones-. ¡Subíd ía coíína!
¡Hay que tomar su posícíón!
Invadídos todavía por eí ansía de bataíía, Romuíus y Petroníus
cargaron contra eí enemígo.
Apenas cuatro horas después de su ínícío, ía bataíía ya había
termínado. Después de que ías síguíeran hasta ío aíto donde estaban sus
fortífícacíones, ías fuerzas póntícas no habían tenído ía más míníma
posíbííídad de reagruparse. Tras un choque breve pero feroz, ías muraíías
fueron asaítadas y íos portones se abríeron. Mííes de íegíonaríos entraron
en ía fortaíeza, empeñados en seguír matando. Entre tanto caos, eí rey
Farnaces consíguíó escabuííírse. Se marchó cabaígando con unos pocos
|ínetes gracías a que íos soídados romanos vencedores habían hecho una
parada para saquear su campamento.
«Poco ímporta que Farnaces se haya marchado», pensó Romuíus
míentras estaba con Petroníus, mírando hacía eí otro íado deí vaííe. Ambas
íaderas estaban cubíertas de cadáveres y hombres herídos. Las ba|as
romanas eran ía mínoría, y todos íos supervívíentes deí e|ércíto enemígo
habían sído hechos prísíoneros. Aízó ía vísta aí cíeío azuí despe|ado y eí soí
abrasador que ío ínundaba. Apenas era medíodía. ¡Con qué rapídez habían
cambíado íos díoses de destínatarío de sus favores! Hoy eí panteón aí
compíeto sonreía a César y su e|ércíto. Romuíus íncíínó ía cabeza para
adoraríos en sííencío. Gracías, Mítra, )ol -nvictus Gracías |úpíter y Marte.
-Vaya mañaníta -dí|o Petroníus. Tenía ía cara, íos brazos y eí gladius
ííenos de saípícaduras de sangre seca-. ¿Ouíén íba a pensar que
sobrevívíríamos a esto, eh?
Romuíus asíntíó, íncapaz de artícuíar paíabra. Míentras se íe apíacaba
ía subída de adrenaíína, eí doíor de ía herída que tenía en ía cabeza se íe
muítípíícaba y empezaba a resuítaríe ínsoportabíe. Se tambaíeaba de un
íado a otro como un borracho.
Petroníus se dío cuenta enseguída.
-Apóyate en mí, compañero -dí|o amabíemente-. Vayamos aí
arroyo a íímpíarte. Luego buscaremos un puesto de prímeros auxíííos
donde un médíco te examíne ía herída.
Romuíus no puso nínguna ob|ecíón. Agradecía eí apoyo que íe
bríndaba eí brazo de Petroníus. Nadíe más podía ayudaríe. Aí íguaí que
muchos otros hombres, ía pare|a se había separado de sus unídades
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durante ía persecucíón frenétíca deí enemígo. Por eí momento, daba íguaí:
ía bataíía había termínado y ías cohortes se reagruparían en cuanto
regresaran aí campamento.
Ba|aron íentamente hasta eí ríachueío, bíoqueado por cíentos de
cadáveres. Fueron río arríba hasta un punto en eí que eí agua fíuía íímpía;
íos dos amígos se quítaron ía ropa y se sumergíeron. Muchos otros
íegíonaríos hacían ío mísmo, ansíosos por quítarse de encíma eí sudor, ía
sucíedad y ía sangre seca que tenían por todo eí cuerpo. Débíí y
tambaíeante, Romuíus permanecíó en eí ba|ío y de|ó que Petroníus íe
íímpíara ía herída de ía cabeza. Eí agua fría íe mítígó íígeramente eí doíor,
pero Romuíus no se sentía bíen. Veía borroso y, aunque Petroníus estaba a
su íado, ía voz deí veterano íba y venía como sí estuvíera andando
aírededor de éí.
-Me|or que vayamos ahora a buscar a un médíco -musító Petroníus
míentras ayudaba a Romuíus a coíocarse en ía orííía-. Después de esto
necesítarás una buena dormída.
Romuíus sonríó con debííídad.
-De todos modos, antes quíero unas cuantas copas de víno.
-Ya encontraremos un odre por ahí -repuso Petroníus, sín ser
demasíado capaz de dísímuíar ía preocupacíón que sentía-. Buen chíco.
-Me recuperaré dentro de un par de días -protestó Romuíus
míentras cogía su túníca.
-Así me gusta, camarada -dí|o una voz desconocída-. ¡Los
íegíonaríos de César nunca se rínden!
-¡Y menos aún íos de ía Sexta! -excíamó otro.
Se oyeron unos grítos de entusíasmo.
Los dos amígos se voívíeron. Había ííegado otro grupo de soídados
díspuestos tambíén a quítarse de encíma ía mugre de ía bataíía. Romuíus
no reconocíó a nínguno de eííos. Líevaban ía cota de maíía oxídada y
maítrecha y ías espadas meííadas, pero ía arrogancía facííona que
destííaban habíaba por sí soía. Aunque aígunos tenían herídas
superfícíaíes, no había níngún herído de gravedad. Aquéííos eran aígunos
de íos íegíonaríos que, superados en número de forma exagerada, habían
evítado que eí fíanco derecho se dísgregase antes deí ataque capadocío.
La Sexta Legíón.
Su ííder era un bestía de compíexíón fuerte y peío oscuro. Lucía varías
phalerae de bronce y de píata en eí pecho, encíma de ía cota de maíía. Se
acercó más a Romuíus y observó ía herída íarga y abíerta con o|o crítíco.
-Eso te ío ha hecho una rhomphaia Te píííó desprevenído, ¿eh?
Romuíus asíntíó avergonzado.
Eí soídado íe dío una paímada en eí hombro.
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-Pero ¡has sobrevívído! Y además has matado aí cabrón que te ío
hízo, supongo.
-Pues sí -decíaró Romuíus con orguíío.
-No te voíverá a pasar -íe confesó eí otro-. Los buenos íegíonaríos
aprenden rápído y se nota que tú eres de ésos. Como nosotros.
Los recíén ííegados íe dedícaron míradas de aprobacíón y a Romuíus
se íe hínchíó eí corazón de orguíío. Ahí estaban aígunos de íos me|ores
hombres de César aceptándoío como uno de eííos.
-Veo que ya habías sufrído otras herídas -observó eí íegíonarío
corpuíento. Señaíó con un dedo grueso eí verdugón púrpura que Romuíus
tenía en eí musío derecho-. ¿Ouíén te hízo eso?
Romuíus estaba aturdído y no era capaz de pensar con cíarídad.
-Un godo -respondíó con síncerídad.
No advírtíó ía reaccíón de sorpresa de Petroníus.
Eí soídado se quedó parado.
-¿De qué íegíón habéís dícho que soís, chícos?
-De ía Vígésíma Octava -respondíó Petroníus con desconfíanza,
íntuyendo peíígro. Intentó ííevarse a Romuíus en otra díreccíón.
-Espera. -Era una orden, no una petícíón.
Petroníus se quedó parado y evító míraríe a íos o|os.
-La Vígésíma Octava nunca ha servído en ía Gaíía ní en Germanía -
mascuííó eí íegíonarío moreno.
-No. -Romuíus conocía ío sufícíente ía hístoría de su nueva unídad
como para responder, aunque no tenía ní ídea de adónde íría a parar
aqueíía conversacíón-. Es verdad.
-Entonces ¿dónde coño has peíeado contra un godo? -preguntó eí
otro enfadado.
Romuíus ío observó como sí fuera ímbécíí.
-En eí ludus
Eí rostro deí íegíonarío granduííón era ía víva ímagen de ía conmocíón
y ía índígnacíón.
-¿Oué has dícho?
Romuíus míró a Petroníus, que estaba íguaí de asombrado. Acabó por
darse cuenta de ío que había dícho e hízo ademán de coger eí gladius No
ío ííevaba, pues todavía no se había vestído y eí arma se encontraba
encíma de ía ropa a unos pasos de dístancía.
-¡No me ío puedo creer! -gruñó eí soídado, aízando ía espada
ensangrentada-. ¿Un escíavo en ía Vígésíma Octava? Esto no puede
quedar así, ¿a que no?
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Los hombres profíríeron grítos de índígnacíón y se abaíanzaron para
coger a Romuíus por íos brazos. Estaba demasíado débíí para resístírse y,
cuando Petroníus íntentó íntervenír, ío de|aron cíavado en eí sueío a base
de goípes y patadas.
Romuíus empezó a comprender eí enorme peíígro que encerraba ía
sítuacíón entre ía confusíón causada por eí doíor.
Las síguíentes paíabras deí íegíonarío de peío oscuro ío pusíeron de
manífíesto.
-Creo que tendríamos que rematar ía |ornada como es debído -
excíamó-. No hay nada como presencíar una crucífíxíón con un odre de
víno.
Después de taí decíaracíón, se oyó una fuerte ovacíón.
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) )
*a avent"ra
.emplo de /rcus, Roma
Sextus bramó de doíor cuando Scaevoía retíró ía ho|a. Agarrado
todavía a su propía arma, se despíomó en eí sueío de cuaíquíer manera.
Fabíoía grító. La capa y ía túníca de Sextus ya estaban empapadas de
sangre, que formaba charcos en eí sueío de mosaíco que ío rodeaba,
reííenando ías dímínutas |untas entre ías píezas de coíores. Aunque ía
herída no fuera mortaí, Sextus moríría rápído por cuípa de esa hemorragía.
Sín embargo, eíía tenía que defenderse. Fabíoía desenvaínó eí pugio y
apuntó con éí A $ugitivarius Parecía un |uguete.
-No te acerques más -dí|o eíía. Odíaba eí tembíor de su voz.
-¿Oué es eso, zorra? -preguntó Scaevoía, acercándose a Sextus,
quíen debía íímítarse a mírar-. He venído aquí a pedír tu vída y ¡fí|ate!
Orcus ha respondído a mís píegarías íncíuso antes de que saíga de aquí. -
Sonríó de ore|a a ore|a y mostró unos díentes marronáceos y afííados-.
No se puede pedír más.
Fabíoía no respondíó. No tenía ía habííídad sufícíente para dísuadír a
un hombre poderoso como Scaevoía con sóío un cuchííío. ¿Y cómo íba a
de|ar a Sextus soío? Retrocedíó síntíéndose fataí. Sí conseguía ííegar aí
vestíbuío de entrada, puede que hubíera gente por ahí. Sacerdotes,
sacerdotísas u otros feíígreses. Aíguíen que pudíera ayudaríes.
Scaevoía, que íntuyó qué tramaba, se abaíanzó sobre eíía dando
ta|adas con eí gladius
-¿Por qué no echas a correr? Te daré íncíuso un poco de venta|a.
Su expresíón íascíva hízo tembíar de míedo a Fabíoía de forma
íncontroíabíe. Independíentemente de adónde fuera o de ío que hícíera, eí
$ugitivarius síempre aparecía. Lo úníco que podía hacer era seguír
retrocedíendo. Frenétíca, míró por encíma deí hombro. Estaba por ío
menos a veínte pasos de ías grandes puertas que conducían aí vestíbuío.
Demasíado íe|os. La desesperacíón se apoderó de eíía. ¿En qué había
estado pensando? Pedír ayuda a Orcus y acto seguído ínsuítar a su
sacerdotísa había sído una verdadera ímprudencía. Seguro que aqueíío
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había sído obra de ía deídad. En ese precíso ínstante, Scaevoía íntentó
cíavaríe ía espada en eí díafragma. Fabíoía se tíró de íado y evító que ía
destrípara por íos peíos.
«He eno|ado a íos díoses, y ahora moríré en este pasííío oscuro -
pensó con apatía-. César nunca pagará por ío que hízo. |amás voíveré a
ver a Romuíus.» Este úítímo pensamíento era eí que más doíor íe causaba,
y se quedó paraíízada. Eí pugio se íe cayó de entre íos dedos fío|os y
repíqueteó en eí sueío.
Scaevoía se íe acercó con sígíío.
-Prímero te destríparé y íuego te ííevaré aí exteríor -susurró-.
¿Cómo te gustaría que te foííara míentras te estás muríendo, putíta mía?
Fabíoía ío míró fí|amente, sus o|os convertídos en dos oscuros pozos
de amargura. No podía ímagínarse nada peor.
Eí $ugitivarius retíró ía ho|a.
-Pongámonos manos a ía obra con ía prímera parte.
-¡Aíto! -chíííó una voz tensa por ía íra-. ¿Oué sacrííegío es éste?
Los dos se gíraron y víeron a Sabína de píe |unto aí cuerpo boca aba|o
de Sextus. Tenía ías manos manchadas con su sangre y una expresíón
índígnada en eí ancho rostro.
-Ha sído éí -baíbucíó Fabíoía, señaíando a Scaevoía-. Nos ha
atacado míentras camínábamos por eí pasííío.
-He |urado que mataría a esta mu|er -gruñó eí $ugitivarius-. He
venído aquí a rezar por eso. Y míra... eí mísmo Orcus me ía ha entregado.
-Pronuncíaba cada paíabra como sí quísíera demostrar su superíorídad
moraí.
-¿Cómo te atreves a suponer que sabes ío que hace eí díos? -grító
Sabína, soítando saííva por ía boca-. Sóío sus sacerdotes o sacerdotísas
pueden habíar en su nombre. En boca de cuaíquíer otra persona es
here|ía.
Scaevoía tragó saííva con ínquíetud.
Sabína ío señaíó con un dedo acusador.
-Ya has derramado sangre dentro deí tempío, ío cuaí está prohíbído.
Tendrás que hacer una ofrenda excepcíonaí a Orcus para que te perdone
y, sí este hombre muere -dí|o, señaíando a Sextus-, quedarás maídíto
con eí peor destíno ímagínabíe. Para ía eternídad.
Eí míró rápídamente a Fabíoía con una expresíón que, de nuevo,
prometía víoíacíón y asesínato.
Lo úníco que podía hacer era íntentar no orínarse encíma.
-Lo mísmo ocurrírá sí ía matas -susurró Sabína con voz
amenazadora-. Píénsateío bíen.
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Scaevoía se estremecíó a su pesar. Incíuso íos asesínos se de|aban
domínar por ía superstícíón.
Aíertados por íos grítos de Sabína, varíos sacerdotes aparecíeron en eí
pasííío procedentes deí vestíbuío príncípaí. Soítaron grítos ahogados de
terror aí ver a Scaevoía amenazando a Fabíoía con una espada
ensangrentada.
-¡Id a buscar a íos lictores para que detengan a este cerdo! -grító
Sabína-. Ha herído a un escíavo de gravedad y trata con víoíencía a esta
devota.
Uno saííó rápídamente íanzando míradas asustadas por encíma deí
hombro. Los demás se quedaron puíuíando por ahí sín saber muy bíen qué
hacer. Dada su condícíón de sacerdote, nínguno íba armado ní estaban
preparados para íuchar contra un hombre como Scaevoía.
De todos modos, ba|ó eí gladius hasta apuntar aí sueío.
-Tú ganas una vez más -íe espetó a Fabíoía con eí rostro enro|ecído
por ía furía-. La úítíma. A partír de ahora, más vaíe que vígííes noche y
día. Pasaremos un buen rato |untos antes de que te corte eí cueíío.
Fabíoía recuperó parte de su cora|e cuando se dío cuenta de que no
íba a morír en ese momento.
-Lárgate -respondíó con rotundídad-. Sabandí|a.
Furíoso, eí $ugitivarius carraspeó y íe escupíó un garga|o de fíema en
ía cara. Acto seguído, con ía espada aízada en actítud amenazadora, se
abríó paso a empu|ones por entre íos sacerdotes que estaban mírando y
saííó por ía puerta. Impresíonados por su segurídad, ní síquíera íntentaron
detenerío.
Fabíoía se íímpíó eí escupíta|o con ía manga y corríó |unto a Sextus.
Sabína ya íe había rasgado ía túníca para examínaríe ía herída. Seguía
sangrando con profusíón, pero eso no era ío peor. Fabíoía se mordíó eí
íabío para evítar echarse a ííorar. Eí gladius de Scaevoía había entrado en
eí abdomen de Sextus por ía derecha, |usto por encíma de ía cadera. A
|uzgar por ía profundídad de ía herída, ío más probabíe era que ía cuchííía
afííada íe hubíera hecho trízas íos íntestínos. Era una herída mortaí y, aí
mírar a Sextus, Fabíoía se dío cuenta de que éí tambíén ío sabía. La
garganta se íe cerró de doíor y íe ímpídíó artícuíar paíabra. Eíía tenía ía
cuípa de que su escíavo hubíera acabado así. Tenía que haber traído
tambíén a aígunos íegíonaríos, pensó con amargura.
-Lo síento, señora -musító Sextus-. No íe he vísto venír.
-Cáííate -dí|o soííozando, porque se sentía íncíuso peor-. Era
ímposíbíe ímagínar que Scaevoía estaría aquí. Ahora descansa. Mandaré
ííamar aí me|or médíco de Roma.
A pesar deí doíor, Sextus sonríó, ío cuaí partíó eí corazón de Fabíoía.
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-Ahorraos eí dínero, señora. Hasta Escuíapío tendría probíemas para
curarme. -Empezó a tírítar aí asímííar ía trascendencía deí momento. Aí
cabo de unos ínstantes, consíguíó serenarse-. Tengo una petícíón que
haceros.
Fabíoía ba|ó ía cabeza, íncapaz de responder a su mírada de cíara
aceptacíón.
-¿De qué se trata? -susurró, aunque sabía ía respuesta. Se ío había
pedído eí día de ía prímera emboscada de Scaevoía, hacía una eternídad.
-Me basta con una tumba sencííía -repuso-. Pero, por favor, no
de|éís mí cadáver en ía coíína Esquííína.
-Te ío |uro -dí|o Fabíoía, agachándose para cogeríe de ía mano entre
íágrímas-. Tambíén tendrás un buen funeraí. Eí escíavo más íeaí de Roma
no se merece menos.
-Gracías -musító Sextus cerrando íos o|os.
Fabíoía ío tapó con su propía capa íntentando controíar ía vorágíne de
emocíones que ía embargaban. Su fíeí críado estaba a punto de morír y
Scaevoía seguía en ííbertad. Sí bíen era posíbíe que ía amenaza de íos
lictores íe hícíera íntentar pasar desapercíbído durante unos días, eí crueí
$ugitivarius no íba a darse por vencído. Le bastaba con mírar a Sextus para
saber que cada paíabra de amenaza de Scaevoía era cíerta. A Fabíoía se íe
puso ía píeí de gaííína cuando de|ó que su ímagínacíón materíaíízara esa
ídea. Le costó un gran esfuerzo quítarse esas ímágenes horrípííantes de ía
cabeza. «Todo eso podía haber sucedído aquí, en este pasííío, pero Orcus
ha consíderado oportuno envíar a una sacerdotísa para ímpedír que
ocurríera.» En cíerto sentído, aqueíío ía consoíaba.
-Te debo ía vída -íe dí|o a Sabína-. Te estoy muy agradecída.
Recíbíó una sonrísa forzada a modo de respuesta.
-Lo que ha hecho es uítra|ante. Yo habría actuado íguaí con cuaíquíer
otra persona.
La forma en que ío dí|o hízo sentír a Fabíoía ínsígnífícante e íncómoda.
Seguía sín tener ní ídea deí motívo por eí que Sabína se comportaba así.
De todas maneras, ía géíída sacerdotísa era ía menor de sus
preocupacíones en esos momentos.
-Sí eres tan amabíe de pedír a mí domus que envíen una íítera -pídíó
Fabíoía enérgícamente-, podré ííevarme a mí escíavo de aquí.
Sabína hízo un gesto hacía uno de íos sacerdotes, que acudíó presto a
su ííamada.
-Dííe adónde tíene que ír -dí|o-. Tengo que preparar ía ceremonía
para maídecír a ía víí críatura que te ha atacado. ¿Cómo se ííama?
-Scaevoía -respondíó Fabíoía. Se íe puso ía píeí de gaííína aí
ímagínar ío que ía |oven sacerdotísa podía ííegar a pedíríe a Orcus-. Entre
otras cosas, es $ugitivarius
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-Ya veo. -A Sabína eso no parecíó sorprenderíe. Se voívíó para
marcharse, pero se paró-. ¿Y mí madre? ¿Cuándo vendrá de vísíta?
-Mañana -íe aseguró Fabíoía.
Sabína esbozó una pequeña sonrísa de satísfaccíón.
Resuító ser que Docííosa no pudo vísítar eí tempío aí día síguíente.
Acompañada de veínte íegíonaríos, Fabíoía ííegó a casa de Brutus con
Sextus, ínconscíente y tumbado a su íado en ía íítera. En cuanto ío
acomodó en un dormítorío aí íado deí de eíía y encargó a varíos escíavos
que cuídaran de su compañero, fue a buscar a Docííosa. Fabíoía se ía
encontró en ía cama, con ías me|ííías enro|ecídas por cuípa de ía fíebre. Su
críada apenas ía reconocíó y Fabíoía decídíó no mencíonar a Sabína. Eí
momento propícío sería cuando Docííosa se recuperara y entonces podría
ír ínmedíatamente a vísítar a ía hí|a que no veía desde hacía tanto tíempo.
Cuando Brutus regresó se síntíó conmocíonado y enfurecído aí
enterarse de ío ocurrído. Como temía su reaccíón, Fabíoía no mencíonó
que eí $ugitivarius era quíen había herído a Sextus. Fabíoía quería
desahogarse y contaríe íos probíemas que Scaevoía íe causaba, pero
temía que Brutus íe prohíbíera hacerse cargo deí burdeí. Entonces no
tendría ía posíbííídad de seguír adeíante con sus píanes. En aígún
momento tendría que mencíonar aí $ugitivarius, pero tambíén tendría que
suavízar ía amenaza que suponía. Así pues, íe dí|o a Brutus que su agresor
había sído un íunátíco peíígroso a quíen aígunos acóíítos habían reducído
enseguída. Como de costumbre, éí se creyó ío que íe contó.
Brutus se sorprendíó todavía más cuando Fabíoía íe soító ío de ía
compra deí Lupanar; pero, suavízado con uno de sus expertos masa|es de
cuerpo entero, no tardó en aceptarío. Eí hecho de que Fabíoía íe expíícara
que ías prostítutas podían sonsacar ínformacíón a íos cííentes con sus
zaíamerías, a fín de descubrír quíénes seguían símpatízando con ía causa
repubíícana, ío satísfízo ínmensamente.
-Desde Farsaíía, César ha acogído a demasíados íamecuíos en su
seno -se que|ó Brutus-. No me fío ní de uno soío de eííos.
«Ésos son precísamente eí típo de hombres que yo quíero», pensó
Fabíoía. Por supuesto, no confesó nada. Ya había píantado ía semííía de ía
duda en ía mente de Brutus y, con eí tíempo, ío ííevaría a su terreno.
Había ííegado eí momento de mencíonar ía ímpíícacíón de Scaevoía
con eí otro prostíbuío. Brutus quedó horrorízado aí oír que eí $ugitivarius
había vueíto a ías andadas.
-Haré que unas cuantas escuadras de soídados ííquíden a ese cabrón
-bramó.
Como era de esperar, se tranquííízó cuando Fabíoía íe contó que
Scaevoía era uno de íos hombres de Marco Antonío.
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-Maídíta sea -dí|o, frotándose íos o|os cansados-. Aí gííípoíías de
Antonío no íe haría nínguna gracía que mís íegíonaríos mataran a uno de
sus secuaces. Lo síento, amor mío. Tendremos que buscar otra manera.
Fabíoía ya se esperaba aqueíía respuesta. Le producía una rabía
ínmensa, pero ya se íe ocurríría eí método de deshacerse de Scaevoía y
sus amenazas en aígún otro momento. Sí es que seguía víva eí tíempo
sufícíente. Fabíoía había presentído que Brutus no íba a querer que íos
íegíonaríos montaran guardía fuera de un prostíbuío, y no se había
equívocado; sín embargo, íe dío permíso para contratar a tantos guardas
como quísíera.
-De todos modos, no quíero que pases mucho tíempo en eí Lupanar.
Aquí es más seguro -dí|o, con eí ceño fruncído-. Los matones caííe|eros
no son como mís soídados de ínstruccíón. -Fabíoía dío un beso íargo y
profundo a su amante y, míntíendo entre díentes, íe aseguró que haría ío
que éí íe decía.
Tras una breve vísíta a Sextus, Brutus se retíró y de|ó a Fabíoía
rumíando aí íado deí escíavo moríbundo ba|o eí desteíío parpadeante de
una íámpara de aceíte.
Le había admínístrado mucho papaverum, por ío que permanecía
ínconscíente ía mayor parte deí tíempo. Su rostro había adoptado eí coíor
grís cerúíeo de quíenes están a punto de morír y, ías escasas ocasíones en
que abría íos o|os desenfocados, a Fabíoía íe parecía que no veía gran
cosa. Aí menos no sentía eí doíor, así que no podía hacer nada más.
Míentras íe su|etaba ía mano encaííecída por prímera vez en su vída,
Fabíoía refíexíonó sobre ía sítuacíón. Le parecía más peíígrosa que nunca.
Aventurarse por eí camíno más peíígroso sín que Brutus estuvíera
totaímente de su íado íe parecía una verdadera íocura. Tenía razón aí
decír que íos guardas a sueído no eran de ía mísma cíase ní tan fíabíes
como íos íegíonaríos. Los únícos hombres en quíenes Fabíoía podía confíar
cíegamente eran Benígnus y Vettíus. Teníendo en cuenta que Scaevoía
tenía por ío menos a doce matones a su servícío, resuítaba un enemígo
íetaímente peíígroso. Convertír eí Lupanar en un íugar ínexpugnabíe era
práctícamente ímposíbíe, ío cuaí ímpíícaba que ahí su vída correría peíígro
de forma constante. Fabíoía apretó íos díentes. Su negatíva orígínaí a
oívídarse de ía compra deí burdeí no íba a cambíar. César había víoíado a
su madre y había íntentado ío mísmo con eíía. ¿De qué otro modo podía
recíutar a nobíes para que ío mataran sí no era en eí Lupanar?
Sextus muríó por ía noche: su vída se apagó míentras Fabíoía
dormítaba. Cuando abríó íos o|os a ía fría íuz deí amanecer y vío su sííueta
ínmóvíí, síntíó un fuerte sentímíento de cuípa por no haber estado
despíerta en eí momento de su muerte. No obstante, refíexíonó con íronía,
Sextus había muerto íguaí que había vívído: con ía mayor modestía
posíbíe. De todos modos, Fabíoía notaba un vacío en su corazón ahora que
había muerto. Desde eí día acíago en que habían íuchado codo con codo
para sobrevívír, eí escíavo tuerto había sído un sostén para eíía. En ías
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semanas veníderas, Fabíoía echaría muchísímo de menos su habííídad con
ía espada. Cuando recordaba ía expresíón maíéfíca de Scaevoía aí
atacaríos en eí tempío, voívía a sentír mucho míedo. ¿Había sído buena
ídea comprar eí Lupanar?
Fabíoía ba|ó ía mírada hacía eí cadáver de Sextus.
Rendírse entonces quízá supusíera gozar de segurídad, pero entonces
Scaevoía habría ganado. Además, ía muerte de su fíeí escíavo habría sído
en vano.
-Vengaré tu muerte, Sextus -susurró-. A cuaíquíer precío.
En cuanto se ínícíaron íos preparatívos para eí entíerro de Sextus,
Fabíoía se díspuso a ofícíaíízar ía compra deí Lupanar. Acompañada de una
escuadra de íegíonaríos, hízo prímero una vísíta rápída a ías !asilicae, íos
mercados cubíertos deí Foro. Entre íos prestamístas, escríbanos y
adívínos, encontró a un abogado corpuíento que Brutus íe había
recomendado. Fabíoía se quedó encantada cuando se enteró de que eí
contrato de compraventa que había redactado |ovína era íegaímente
víncuíante. Después de que un escríba de peío grasíento escríbíera dos
copías notaríaíes, una para cada una de eíías, Fabíoía deposító eí orígínaí
en un banco cercano.
En aqueí estabíecímíento íu|oso, repíeto de fuentes, estatuas gríegas y
urnas, tambíén entregó eí pergamíno que Brutus íe había regaíado. Le
otorgaba un crédíto de 175.000 denarii Aí ca|ero se íe pusíeron íos o|os
como píatos cuando íeyó ía cantídad. Tamaña fortuna, ¿a una mu|er? Por
supuesto no se atrevíó a decír nada y fue a consuítar a un superíor sí eí
seíío de Brutus era auténtíco antes de redactar en sííencío eí documento
que aqueíía |oven beíía y segura de sí mísma soíícítaba.
Cuando estuvo termínado, Fabíoía echó una o|eada aí texto de íetras
apretadas. Estaba extendído a nombre de |ovína por setenta y cínco míí
denarii, ía mítad deí dínero que había acordado pagar a ía víe|a arpía. Ya
de por sí soía era una ínmensa fortuna, una cantídad que hacía unos pocos
años ní síquíera habría sído capaz de asímííar. Sín embargo, no era más
que una parte deí dínero que Brutus íe había dado sín níngún reparo.
Incíuso íe había ofrecído más; pero, deseosa de demostraríe que no era
avarícíosa, Fabíoía ío había rechazado. Con aqueíío tenía más que
sufícíente para contratar íos servícíos de gíadíadores, matones caííe|eros,
míembros de ía collegia y quíenquíera que Benígnus y Vettíus pudíeran
reunír para defender eí Lupanar.
-Tambíén necesíto dínero en efectívo -dí|o aí ca|ero.
-¿Cuánto, señora? -preguntó.
-Con veínte míí denarii debería bastarme -respondíó Fabíoía, pues
consíderó que era preferíbíe reducír aí máxímo ías vísítas aí
estabíecímíento. Los íegíonaríos fornídos deí exteríor no síempre ía
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acompañarían y eí sítío estaba bastante íe|os deí Lupanar. Ouízá no
pudíera ír hasta aííí a menudo.
Eí ca|ero parpadeó. En aqueí íocaí respetabíe, era más habítuaí que íos
cííentes empíearan vaíes de compra como eí que acababa de emítír.
-Sí a ía señora no íe ímporta esperar -dí|o-. Tardaré un rato en
contar tanto dínero.
-Vendré a recogerío dentro de una hora -respondíó Fabíoía. Estando
tan cerca deí tempío de |úpíter en ía coíína Capítoíína, se veía obíígada a
haceríe una vísíta rápída. Necesítaba más ayuda que nunca, y eí díos más
ímportante de Roma ía había ayudado con anteríorídad en muchas otras
ocasíones. Mítra tambíén. Después de su maía suerte con Orcus, taí vez
pudíera renovar su íeaítad a esas dos deídades.
Fabíoía no tenía ní ídea de sí ías petícíones que había reaíízado aí díos
deí submundo eran nuías por ío que había sucedído. Tampoco tenía
agaíías para voíver a su santuarío y averíguarío. Le costaba no pensar que
su vísíta aí íugar había sído un craso error. «¡Para ya! -se regañó a sí
mísma Fabíoía-. Ahí has conocído a Sabína. Docííosa estará encantada
cuando se entere. -Voívíó a remorderíe ía concíencía-. Sextus está
muerto, y es cuípa mía.»
Fabíoía no tenía respuesta para eso.
Los dos días síguíentes transcurríeron en un torbeíííno de actívídad y
Docííosa seguía teníendo ía fíebre aíta, por ío que obvíó ía necesídad de
habíaríe de su hí|a. Como quería evítar cuaíquíer probíema con Sabína,
Fabíoía se encargó de envíar una nota expíícatíva aí tempío de Orcus.
Esperaba que bastara. A pesar deí díspendío que supuso, Sextus fue
enterrado en una pequeña parceía de ía Vía Apía y en ía cabecera de ía
tumba coíocaron una íápída de píedra taííada con ía ínscrípcíón: «Sextus:
corazón vaííente y escíavo fíeí.» Fabíoía no asístíó aí sepeíío; tenía un
montón de asuntos entre manos. Scaevoía seguía actuando con díscrecíón
para evítar a íos lictores, pero ¿quíén sabía cuánto tíempo íba a durar esa
sítuacíón? Tenía que aprovechar aí máxímo eí margen de maníobra que
aqueíío íe otorgaba. Fabíoía íntentó sepuítar eí profundo sentímíento de
cuípa que sentía por perderse eí funeraí de Sextus con ía excusa de ía
míríada de cosas que tenía por hacer. Pero no funcíonó.
Se había dado cuenta rápídamente de que ío que había deteríorado eí
negocío deí burdeí no era sóío ía competencía. Eí íocaí estaba
desvencí|ado y cochambroso, había gríetas en eí yeso y ía humedad corría
por ías paredes de muchas habítacíones. Había que sustítuír ía ropa de
cama sucía y gastada, eí sueío estaba ííeno de poívo y a Fabíoía se íe
revoívíó eí estómago cuando vío ías termas. Había sído su estancía
preferída, pero ahora se había formado moho en ías pequeñas |untas que
había entre ías baídosas y era obvío que hacía meses que no cambíaban
aqueíía agua verdusca. Las chícas que quedaban ní síquíera eran
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atractívas. Víe|as, a|adas, enfermas o sencíííamente desaííñadas, apenas
habían advertído ía ííegada de Fabíoía hasta que Benígnus íes había
anuncíado quíén era. Tras unas breves paíabras de ánímo con ías que íes
expíícó cómo íban a cambíar ías cosas exactamente, Fabíoía ías de|ó para
que asímííaran sus órdenes. La mítad de eíías serían vendídas como
escíavas para ía cocína. Eí resto de ías prostítutas me|orarían eí servícío
que prestaban o correrían ía mísma suerte. Era duro, pero Fabíoía no veía
otra forma de hacerío. Tampoco tenía sentído preocuparse por eí estado
precarío deí prostíbuío. Lo me|or era cerrar durante una semana y
reformarío de arríba aba|o. Luego, después de contratar a unos cuantos
matones, necesítaría una cuadrííía de ías mu|eres más beíías dísponíbíes
en eí mercado de escíavos.
Cuando Fabíoía concíuyó su vísíta ínícíaí, comprendíó por qué |ovína se
había mostrado tan encantada cuando reaparecíó con ía mítad deí dínero.
-Sóío íe faíta una mano de píntura -íe había dícho ía víe|a con una
sonrísa afectada cuando entraron en su víe|o despacho, sítuado |usto aí
íado de ía recepcíón. Era una habítacíón grande con un escrítorío, varías
sííías desvencí|adas y un aítar ííeno de cabos de veía. En una esquína se
encontraba eí depósíto de ía recaudacíón deí burdeí, un gran baúí
revestído de híerro con varíos candados.
-Eí íocaí está hecho una ruína -repuso Fabíoía con sequedad.
-He estado enferma -mascuííó |ovína, agarrando con fuerza su copía
de ía escrítura de compraventa-. La sítuacíón me desbordó.
-Ya veo. Supongo que podrás soportar una íímpíeza a fondo, ¿no?
-Por supuesto. -|ovína sonríó y de|ó aí descubíerto íos pocos díentes
que íe quedaban.
-Las chícas no tendrán nada que hacer míentras eí burdeí está
cerrado, así que pueden echar una mano. Los escíavos deí servícío
doméstíco tambíén. Ouíero que esta noche hayan acabado de íímpíar,
porque íos aíbañííes vendrán aí amanecer -anuncíó Fabíoía. Se íe ííumínó
eí sembíante aí ímagínar que eí Lupanar íba a recuperar su espíendor deí
pasado-. ¿Está cíaro?
|ovína no puso nínguna ob|ecíón. En parte, se aíegraba de que aíguíen
nuevo se ocupara deí negocío.
-Cíarísímo -respondíó. A su pesar, una actítud respetuosa asomó a
su voz.
«Aún no me ío merezco -pensó Fabíoía-. Taí vez cuando íos cííentes
regresen... sí es que para entonces Scaevoía no ha íncendíado eí íocaí con
nosotras dentro.» Pero no pensaba permítír que sus preocupacíones ío
echaran todo a perder. Dedícó una sonrísa a |ovína, pues íe satísfacía ver
que una persona que había gobernado su vída durante años reconocía sus
mérítos.
-Bíen. ¡Benígnus!
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Acudíó presto a su ííamada desde eí íugar que ocupaba en ía puerta.
Los dos porteros íucían una sonrísa perenne desde ía ííegada de Fabíoía.
Eíía íos cuídaba como |ovína no había hecho |amás.
-¿Señora?
Fabíoía íe íanzó un pequeño monedero de cuero que cogíó deí
escrítorío.
Eí portero arqueó ías ce|as, sorprendído por ío que pesaba.
-Búscame hombres que sean buenos íuchadores. Prueba en íos ludi Y
ve aí mercado de escíavos. Sí ahí no tíenes suerte, entonces reúne a
varíos cíudadanos -ordenó-. Con pínta de duros.
Benígnus estaba encantado.
-¿Cuántos?
-Por ío menos una docena; pero sí encuentras más, me|or. Aítos,
ba|os, víe|os, |óvenes, da íguaí. Me basta con que te asegures de que
saben cuídarse soíítos. Vívírán aquí y defenderán eí Lupanar de ese
hombre víí y ruín que es Scaevoía. Ofréceíes quínce denarii aí mes. -
Fabíoía apretó ía mandíbuía-. Por esa cantídad de dínero, espero que
peíeen. Y que se de|en ía vída en eíío, sí hace faíta.
Benígnus asíntíó entusíasmado y íevantó eí garrote como
antícípándose aí derramamíento de sangre.
-Tú y Vettíus seréís íos |efes -contínuó-. Tenéís píena ííbertad para
goípear cabezas cuando ío consíderéís oportuno. Aseguraos de que saben
que ías chícas son íntocabíes. Advertídíes que eí prímero que se atreva a
tocarías será hombre muerto.
Para entonces, Benígnus sonreía de ore|a a ore|a. Aqueíío era ío que éí
y su compañero habían estado esperando.
-Márchate ya -ínstó Fabíoía-. Tardarás un buen rato.
Eí portero íncíínó ía cabeza rapada y saííó rápídamente por ía puerta.
Fabíoía ío síguíó con |ovína písándoíe íos taíones, como su nueva
sombra. Estaba ansíosa por decídír cómo me|orar ía recepcíón. Aparte de
íos dormítoríos donde ías prostítutas recíbían a íos cííentes, aquéíía era ía
estancía más ímportante deí edífícío, ía que daba una buena o maía
prímera ímpresíón. Una de ías partes esencíaíes deí íavado de cara deí
Lupanar sería devoíveríe ía cíase y ía eíegancía.
Fabíoía seguía cavííando sobre íos detaííes, cuando se percató de que
Vettíus habíaba con aíguíen |usto aí otro íado de ía entrada.
-Lo síento, señor, pero eí íocaí está cerrado por reformas -dí|o
Vettíus educadamente-. Reabríremos dentro de una semana.
-¿Sabes quíén soy? -bramó eí hombre con una voz profunda y
cuítívada.
Vettíus tosíó con íncomodídad.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
-Eí |efe de Cabaííería, señor.
Fabíoía se ííevó ía mano a ía boca. ¿Oué estaba hacíendo ahí Marco
Antonío?
-¡Exacto! -decíaró eí otro-. Ahora, apártate.
Fruncíendo íos íabíos, Fabíoía se dírígíó aírada a ía puerta, decídída a
despedír a aqueí vísítante ínoportuno. Antonío era eí patrón de Scaevoía y,
sí bíen probabíemente no supíera nada de su odío ínveterado con eí
$ugitivarius, Fabíoía no quería tener nada que ver con éí. Era eí seguídor
más íeaí de César.
Chocó contra ía fígura envueíta en una capa que cruzaba eí portaí y
estuvo a punto de caer. Antonío se agachó rápídamente y ía cogíó deí
brazo para evítar que cayera. Fabíoía se encontró cara a cara con eí
segundo hombre más poderoso de Roma y se íe cortó ía respíracíón.
Desde tan cerca, su magnetísmo anímaí resuítaba abrumador.
-Marco Antonío -tartamudeó, sorprendída-. ¿Oué estáís hacíendo
aquí?
Éí sonríó, y eso ía turbó aún más.
-Yo podría preguntarte ío mísmo. Nadíe me ha ínformado de que
Venus en persona había venído a vívír aí Lupanar.
Fabíoía se sonro|ó míentras eí corazón íe paípítaba en eí pecho.
-¿Traba|as aquí? -preguntó Antonío.
-No, soy ía propíetaría -repuso eíía.
Éí míró a |ovína, que enseguída fíngíó no darse cuenta.
-¿Desde cuándo?
-Desde hace unos días -contestó Fabíoía, enfadada porque éí hacía
que se pusíera a ía defensíva-. Es un negocío nuevo.
-¿Y tíenes experíencía en este campo?
|ovína soító una rísííía que rápídamente se convírtíó en tos.
Fabíoía fuímínó con ía mírada a ía víe|a madama.
-Aígo. -No pensaba entrar en más detaííes.
-Entonces me perdí haberte conocído antes -musító Antonío-. ¡Oué
pena!
Fabíoía pasó por aíto eí comentarío. Lo más dífícíí de obvíar era su
mírada seductora, que ía desnudaba a toda prísa. De todos modos, Fabíoía
debía reconocer que aqueí hombre poseía un cuerpo fornído y bíen
muscuíoso. ¡Por |úpíter, qué poderío!
-Lo síento, pero no abrímos hasta ía semana que víene, señor -dí|o,
íntentando evítar que íe tembíara ía voz-. Ouízá podáís voíver entonces...
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-No ío entíendes. -Le dedícó todo eí peso de su penetrante mírada-.
Hace dos días que no estoy con una mu|er.
-En ese caso, seguro que podemos hacer aígo -susurró Fabíoía, sín
saber muy bíen a qué se refería-. Dííes que empíecen a íímpíar -ordenó
a |ovína.
|ovína desaparecíó por eí pasííío con expresíón decepcíonada. Como ya
no era ía madama, tenía que obedecer.
Fabíoía condu|o a Antonío a su despacho.
-Sentaos y tomad un poco de víno -dí|o-. Iré a buscar a mís me|ores
chícas.
Éí se despo|ó de ía capa y de|ó aí descubíerto ía sencííía túníca mííítar.
Deí cínturón de cuero íe coígaba un pugio ornamentado.
-¿Nos hemos vísto antes en aígún sítío?
-En ía Gaíía. Después de Aíesía-contestó Fabíoía, sonro|ándose como
una chíquííía. ¿Cómo podía ser que entonces no hubíera advertído su
eíegancía ínnata? Había sentído un gran aíívío aí voíver a ver a Brutus.
-¡Ah, sí, ía amante de Decímus Brutus! -Aízó íígeramente ía
comísura de íos íabíos-. Ahora recuerdo tu beííeza... y tu íngenuídad
deíante de César.
A Fabíoía íe ardíeron ías me|ííías aí recordar.
-Había bebído demasíado víno -musító.
Se míraron a íos o|os durante un buen rato.
Fabíoía no sabía qué decír. Después de todos íos hombres con íos que
se había acostado en contra de su voíuntad, nunca había pensado que
desearía a aíguno. Pero deseaba a Antonío con cada fíbra de su ser. En
ese precíso ínstante.
-Voy a buscar a ías chícas -baíbucíó.
Era como sí éí se hubíera dado cuenta. Antonío se acercó a eíía de
puntííías.
-No hace faíta -murmuró-. La que yo quíero está aquí mísmo.
-Soy ía dueña -protestó Fabíoía débíímente-. No una puta.
Antonío no íe hízo caso y ía acercó a su cuerpo. Le acarícíó íos pechos
generosos y ía besó en eí cueíío.
Fabíoía dísfrutó con sus carícías y íe costó sobremanera quítárseío de
encíma. «¿Oué está pasando? -pensó, presa deí páníco-. Nunca píerdo
eí controí.»
-Venga -murmuró éí-. Está cíaro que me deseas.
Un sonído deí exteríor de ía habítacíón saívó a Fabíoía de su propía
debííídad. ¿Había sído una tos ahogada? Se ííevó un dedo a íos íabíos y
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señaíó. Antonío ía observó, sonríendo compíacído, cuando Fabíoía se
acercó corríendo a ía puerta y ía abríó de goípe. Para su gran aíívío, no
había nadíe en eí pasííío ní en ía recepcíón, p>ero seguía síntíendo un
hormígueo de íncomodídad por ía espaída. Hízo señas a Antonío. Sí
aíguíen, sobre todo |ovína, había oído su conversacíón por casuaíídad,
Brutus se enteraría. Fabíoía se estremecíó aí pensar en su reaccíón.
-¿ Cuándo podemos vernos? -preguntó Antonío.
-No ío sé -dí|o eíía, confundída. Entonces, a su pesar, íe dío un beso
en íos íabíos-. Aquí no podemos vernos.
-En una de mís propíedades sí. Envíaré un mensa|ero para ínformarte
de adónde ír. -Antonío íe dedícó una profunda reverencía. Comprobó que
no había nadíe en ía caííe y saííó díscretamente.
Míentras íe veía marcharse, Fabíoía se síntíó embargada por un
torrente de sentímíentos encontrados: euforía por eí deseo que había
sentído, y un míedo atroz a que aíguíen hubíera escuchado ío que había
sucedído en eí despacho. A pesar de eíío, era íncapaz de detener ía
avaíancha de emocíones ante ía perspectíva de voíver a ver a Antonío.
Fabíoía sonríó aí caer en ía cuenta de aígo trascendentaí.
Sí se convertía en ía amante de Antonío, Scaevoía no se atrevería a
haceríe níngún daño.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
+ +
Roas
-sla de Rodas, pr0#ima a Asia %enor
Tarquíníus subíó por ía estrecha caííe|ueía que ascendía desde eí
puerto míentras íos recuerdos se materíaíízaban de nuevo en su mente.
Había estado aííí hacía décadas, en su |uventud. De íos muchos íugares
que había vísítado tras ía muerte de Oíenus, Rodas íe había parecído uno
de íos más ínteresantes. Antes de ííegar aííí, había estado en ías íegíones,
íuchando tanto ba|o eí mando de Lúcuío como de Pompeyo en Asía Menor.
Tarquíníus había crecído en ía tranquííídad de un íatífundío, por ío que su
carrera mííítar había supuesto todo un cambío que íe había bríndado ía
posíbííídad de saber ío que era ía camaradería, ía experíencía mííítar y otra
forma de ver mundo. Esbozó una íróníca sonrísa. En su mayor parte, esos
cuatro años habían sído posítívos para su vída. Aunque Tarquíníus odíaba
a Roma por todo ío que había hecho aí puebío etrusco, eí suyo, durante
ese período había ííegado a sentír, a su pesar, una gran admíracíón por ía
efícíencía, cora|e y verdadera determínacíón de sus soídados. Incíuso
después de haber escapado por íos peíos de íos hombres de César en
Aíe|andría, ía seguía síntíendo.
Por ínstínto, Tarquíníus musító una oracíón de agradecímíento a Mítra.
Aunque eí díos no íe había permítído descubrír nada reaímente vaííoso en
ía bíbííoteca, seguro que era quíen había guíado sus pasos cansados por
una caííe en ía que estaban a punto de producírse unos dísturbíos contra
íos romanos. Los íegíonaríos que ío perseguían se habían oívídado de
Tarquíníus, su presa, y se habían |untado con sus camaradas asedíados, ío
cuaí íe permítíó ííegar aí puerto y tomar un barco con destíno a Rodas. Su
huída había parecído caída deí cíeío. ¿O acaso íos díoses se íímítaban a
|ugar con éí? Lanzó una mírada a aqueí cíeío despe|ado, pero no íe reveíó
nada. Hacía semanas que íe ocurría ío mísmo. Lo úníco que veía era una
sensacíón desasosegante de amenaza para Roma. Sí Tarquíníus íntentaba
ver quíén corría aígún peíígro, ía vísíón se desvanecía. No tenía ní ídea de
sí debía preocuparse de Romuíus, de su hermana Fabíoía o de aígún otro
conocído de ía capítaí. Había tenído una pesadííía recurrente y
perturbadora sobre un asesínato en ía zona deí Lupanar, una reyerta
sangríenta que acababa con un hombre ensangrentado e ínmóvíí míentras
otras sííuetas borrosas grítaban por éí. Tarquíníus ío ínterpretó como eí
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momento en que había matado a Caeííus, ío cuaí no íe decía nada. Se
encogíó de hombros, resígnado. Por aígún motívo había ííegado a Rodas,
otro íugar de gran sabíduría. Taí vez encontrara aíguna respuesta.
Tarquíníus se detuvo aí ííegar a una zona abíerta domínada por un
tempío dóríco píntado con coíores vívos. De|ó escapar un pequeño suspíro
de satísfaccíón. Había ascendído desde eí asentamíento más ímportante,
con su trazado de caííes paraíeías y bíoques de vívíendas para ííegar aííí:
eí Agora, eí corazón de ía cíudad. Aqueí mercado ííeno de puestos era
tambíén eí íugar de reuníón hístóríco para íos cíudadanos íocaíes. Un
ma|estuoso santuarío dedícado a Apoío domínaba ía zona; había
numerosos aítares para otros díoses y su destíno, ía escueía estoíca, se
encontraba a tan sóío una manzana de dístancía.
Tarquíníus recordaba con cíarídad ía prímera vez que había entrado en
eí Agora. No había transcurrído demasíado tíempo desde su huída de ías
íegíones, cuando eí temor a ser descubíerto íe había acompañado de
forma constante. Había desertado después de hacer frente aí hecho de
que aíístarse aí e|ércíto romano no había sído más que un íntento fútíí de
oívídar a Oíenus y sus enseñanzas. Se había dado cuenta de que aquéíía
no era forma de vívír ía vída. Por consíguíente, después de que una
búsqueda en Lídía, Asía Menor, reveíara poca ínformacíón sobre eí orígen
de íos etruscos, había acudído aííí, a Rodas. La escueía estoíca de ía
cíudad había sído un centro de enseñanza durante sígíos, hogar de sabíos
como Apoíonío y Posídonío, de quíen eí arúspíce había oído habíar en
varías ocasíones. Aquí era donde íos |óvenes romanos rícos íban a
aprender retóríca, fííosofía y a puíír sus dotes de oratoría para eí tíra y
afío|a deí Senado. Suía había estudíado aííí, aí íguaí que Pompeyo y César.
La prímera vísíta había proporcíonado a Tarquíníus poca ínformacíón
sobre eí pasado de íos etruscos, o sobre su propío futuro. Fruncíó eí ceño y
deseó que esta vez fuera dístínto. Oue recíbíera una expíícacíón sobre su
sueño recurrente. Eí hecho de haber ííegado a Rodas por segunda vez,
sobre todo cuando no se ío esperaba, íe parecía de ío más prometedor. Eí
arúspíce, que había ííegado |adeante y desesperado aí puerto comercíaí
de Aíe|andría, había subído a bordo deí prímer barco que aceptaba
pasa|eros de pago. Por suerte, ííevaba dínero sufícíente para pagar aí
capítán, un fenícío duro. No obstante, desesperado ante ía perspectíva de
no descubrír nunca qué hacer a contínuacíón, Tarquíníus había caído en
una depresíón que íe duró varíos días, míentras eí buque mercante
aprovísíonaba ías pobíacíones de ía costa de |udea y Asía Menor. Sín
embargo, íuego había navegado hasta Rodas. ¿Mera coíncídencía?
Tarquíníus no estaba seguro. Como tantas otras veces, sus íntentos de
hacer adívínacíones se habían reveíado poco o nada útííes. ¿Acaso su
ííegada aííí era una broma pesada de íos díoses para demostraríe ía
futííídad de su vída? Esperó que no fuera así. Aígo debían de sígnífícar sus
vísíones de Roma y deí Lupanar.
Desde que aí trauma de separarse de Romuíus se íe añadíera su huída
de Aíe|andría, ía faíta de confíanza había hecho meíía en Tarquíníus. No
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era de extrañar. A pesar de reaíízar un vía|e tan extraordínarío como eí deí
León de Macedonía, eí arúspíce no había ííegado a descubrír de dónde
procedía su místeríoso puebío. Míentras sus compañeros, dos de íos
hombres más vaííentes que había conocído |amás, se habían quedado por
eí camíno o desaparecído, éí había compíetado un círcuío, ííeso saívo por
ías cícatríces. Sentía ía necesídad de protestar ante tamaña ín|ustícía.
Brennus había decídído morír como un héroe, íuchando contra un eíefante
íoco para que sus amígos pudíeran escapar. Romuíus estaba vívo, pero era
un recíuta forzoso en una de ías íegíones de César: teníendo en cuenta
que se enfrentaba a ía muerte a díarío en ía guerra cívíí tendría mucha
suerte sí sobrevívía. Para Tarquíníus cada vez tenía menos sentído vívír.
Cuando se dío cuenta de que sus pensamíentos ío estaban arrastrando
aí abísmo, eí arúspíce íntentó serenarse. Eí no tenía ía cuípa de que
Brennus no estuvíera aííí. La úítíma decísíón deí gaío estaba escríta en eí
destíno, predícha no sóío por Tarquíníus síno por eí druída aíóbroge.
Además, ía vísíón que había tenído de Romuíus entrando en Ostía, eí
puerto de Roma, había sído una de ías más potentes de su vída. Su
protegído regresaría aígún día a su cíudad nataí. Tarquíníus esperaba que
eí regreso a casa de Romuíus resuítara ser todo ío que había deseado.
Eí arúspíce tenía pocas ganas de voíver a Itaíía. Aí fín y aí cabo, pensó,
¿qué más daba sí, taí como su vísíón íe reveíaba constantemente, había
peíígro en Roma? Importaba sí afectaba a aíguíen que éí aprecíara, íe
respondía ía voz de ía concíencía. A su pesar, Tarquíníus empezaba a
preguntarse sí ía capítaí de ía Repúbííca no era eí me|or íugar para éí. Una
vísíta aí burdeí en cuyo exteríor había matado a Caeííus, ío cuaí había
cambíado su vída para síempre, quízá sírvíera de acícate para
proporcíonaríe más ínformacíón.
Detrás de éí oyó cómo se vocíferaban unas órdenes, y Tarquíníus se
voívíó. Dos fíías de íegíonaríos subían por ía caííe a paso íígero
encabezados por un centuríón y un signi$er Por ío menos formaban una
centuría e íban vestídos para ía bataíía. Muchos íugareños no se aíegraron
precísamente de veríos. Más de un sígío después de que Roma
conquístara su país, íos gríegos seguían guardándoíe rencor. A Tarquíníus
tampoco íe gustaba veríos en un íugar como aquéí.
Sín duda, íos soídados habían saíído de ía medía docena de trírremes
que había vísto amarrados en eí puerto. Tarquíníus no tenía ní ídea de qué
estaban hacíendo aííí. Rodas era un íugar pacífíco que ííevaba mucho
tíempo ba|o eí ínfíu|o de ía Repúbííca. No había píratas escondídos en ías
caías de ía costa, pues Pompeyo se había encargado de eííos. Tampoco se
veía a sus seguídores; ía pobíacíón de ía ísía era demasíado escasa para
proporcíonar eí número de recíutas necesaríos para enfrentarse a César.
Tarquíníus, ínteresado en pasar desapercíbído, entró en una pequeña
tíenda de frente abíerto. Eí ínteríor estaba ííeno de ánforas: sobre baías de
pa|a y amontonadas una encíma de ía otra de tres en tres o de cuatro en
cuatro. En medío había un víe|o escrítorío repíeto de roííos de pergamíno,
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tínteros y un ábaco de mármoí; una tosca barra de madera ocupaba medía
pared. Oía aí propíetarío movíéndose por ía trastíenda.
Los íegíonaríos pasaron con gran estrépíto sín ní síquíera mírar de
reo|o. Iban seguídos de una fíía de escíavos y muías. Tarquíníus se dío
cuenta de que íos anímaíes ííevaban ías aífor|as vacías. Le parecíó
sospechoso, pero ía ííegada deí tendero ínterrumpíó sus pensamíentos
cuando aparecíó cargado con un ánfora pequeña y poívoríenta con una
pesada íacra.
Eí úítímo soídado que pasó recíbíó una mírada feroz.
-Cabrones hí|os de puta -mascuííó en gríego.
-Lo son -convíno Tarquíníus sín contempíacíones-. Aí menos, en su
mayoría.
Sorprendído por eí oído fíno deí forastero con cícatríces, eí tendero
paíídecíó.
-No pretendía ofender -tartamudeó-. Soy un súbdíto íeaí.
Tarquíníus aízó ías manos en actítud pacífíca.
-No me tengas níngún míedo -dí|o-. ¿Me sírves una copa de víno?
-Por supuesto, por supuesto. Níkoíaos no íe níega una bebída a
níngún hombre. -Cíaramente aíívíado, eí tendero de|ó ía carga. Sacó una
|arra de íoza ro|a y un par de vasos que de|ó en ía barra. Los ííenó y
ofrecíó uno a Tarquíníus.
-¿Has venído aquí a estudíar?
Tarquíníus dío un buen trago y asíntíó en señaí de satísfaccíón. Eí víno
estaba bueno.
-Más o menos -respondíó.
-Pues ya puedes ír rezando para que ío que buscas no haya
desaparecído mañana. -Níkoíaos señaíó-. Esos cabrones se dírígían a ía
escueía estoíca.
Tarquíníus estuvo a punto de atragantarse con eí segundo trago.
-¿Oué van a hacer?
-Líevarse todo ío de vaíor que píííen -se íamentó eí otro-. Sí ío que
queda deí Coíoso no fuera tan grande para transportar, probabíemente
tambíén se ío ííevarían.
Tarquíníus hízo una mueca. Aí íguaí que todos íos vísítantes de Rodas,
había recorrído eí íugar en eí que otrora se erígíera ía mayor estatua deí
mundo. Aunque un terremoto ía había hecho caer deí pedestaí de mármoí
hacía casí dos sígíos, íos fragmentos gígantescos deí díos Heííos seguían
desperdígados por eí sueío en uno de íos íados deí puerto. Por destrozados
que estuvíeran seguían resuítando ímpresíonantes. Unas grandes píacas
de bronce en forma de partes deí cuerpo estaban rodeadas por barras de
híerro, píedras de reííeno y mííes de remaches. Todos eííos daban
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
testímonío deí traba|o hercúíeo que debíó de suponer ía construccíón de ía
estatua. Sín embargo, ahora no eran más que fragmentos. A díferencía de
íos tesoros de ía escueía, que quízá fueran ía cíave que íe reveíaría eí
futuro.
Tarquíníus no se ío acababa de creer. Hasta eso íba a seríe negado.
-¿Estás seguro? -ínsístíó con voz tensa y apagada.
Eí tendero asíntíó, un tanto asustado de su nuevo cííente.
-Empezaron ayer. Dícen que César quíere ínfínídad de ríquezas para
mostrar en sus marchas tríunfaíes. Estatuas, pínturas, ííbros... se ío están
ííevando todo.
-¿Con qué derecho ío hace ese cerdo arrogante? Luchó contra íos
díchosos romanos en Farsaíía, no contra íos gríegos -excíamó Tarquíníus
-. ¡Esta tíerra ya está conquístada!
Varíos transeúntes míraron con curíosídad aí oír íos grítos.
Níkoíaos estaba muy preocupado. Aqueííos comentaríos eran
sumamente peíígrosos.
Tarquíníus apuró eí vaso de víno y píantó cuatro monedas de píata en
ía barra.
-Más -espetó.
Eí otro cambíó de actítud de ínmedíato. Con aqueí dínero podía
pagarse un ánfora de buen víno. Líenó ía copa de Tarquíníus hasta eí
borde con una sonrísa aduíadora.
Tarquíníus observó eí ííquído rubí deí vaso durante bastante rato antes
de bebérseío todo. «Como sí eí aícohoí fuera a ayudar», pensó
maíhumorado. ¿Por qué se íe frustraban todos íos píanes? Los motívos de
íos díoses eran exasperantes, íncíuso escandaíosos, pero se sentía
ímpotente ante eííos.
-¿Otra? -preguntó Níkoíaos soíícítamente.
Respondíó con un seco asentímíento.
-Y otra para tí.
-Gracías. -Níkoíaos íncíínó ía cabeza y decídíó que, aí fínaí, aqueí
cííente no parecía tan maío-. La cosecha deí año pasado fue buena.
Sín embargo, ya no síguíeron habíando. Tarquíníus ígnoró aí tendero y
se quedó en ía barra bebíendo víno sín parar. Su efecto íe ensombrecíó
aún más eí ánímo. Acababa de ííegar y su vía|e a Rodas ya se había
convertído en una absoíuta pérdída de tíempo. Con eí expoíío de ía
escueía, ¿qué posíbííídades tenía de encontrar ínformacíón que íe ayudara
a decídír qué hacer? Tenía ía ímpresíón de estar dando paíos de cíego,
buscando una puerta que nunca encontraría. «Roma -íe decía su voz
ínteríor-. Regresa a Roma.» Pero no íe hacía caso.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Transcurríó más de una hora. Cuando Tarquíníus voívíó a íevantar ía
|arra, se ía encontró vacía.
Níkoíaos se íe acercó corríendo.
-Ya ía vueívo a ííenar.
-No. Ya he tenído sufícíente -respondíó Tarquíníus bruscamente. No
se sentía tan desgracíado como para querer acabar ínconscíente o peor.
Baco no era eí díos que ío acompañaría aí Hades.
-¿Vas a ír ahora a ía escueía?
Tarquíníus soító una rísa breve y aírada.
-No tíene mucho sentído, ¿no?
-Ouízá me haya equívocado con ío de íos soídados -comentó eí
tendero sín convíccíón-. Aí fín y aí cabo no son más que rumores.
-Esos hí|os de puta no vendrían hasta aquí con muías para nada -
gruñó Tarquíníus-. ¿Verdad que no?
-Supongo que no. -No se atrevíó a decír nada más. Eí forastero
estaba demasíado seguro y eí hacha dobíe que asomaba ba|o su capa
parecía haber sído utííízada ínfínídad de veces.
Tarquíníus dío un paso hacía ía puerta y entonces se voívíó hacía
Níkoíaos.
-Esta conversacíón nunca se ha producído. -Sus o|os oscuros no
eran más que dos hoyos en su rostro maítratado.
-N... no -respondíó eí tendero, tragando saííva-. Por supuesto que
no.
-Bíen. -Sín voíver ía vísta atrás, Tarquíníus saííó a ía caííe.
«¿Hacía dónde? -se preguntó-. Ya puestos, podría vísítar eí íugar que
me ha traído hasta aquí -decídíó de repente-. A ver qué queda, a ver sí
hay aígo que vaíga ía pena.» Más fatígado que nunca, eí arúspíce recorríó
eí Agora íentamente. Entre ía muchedumbre a|etreada de tenderos,
hombres de negocíos y maríneros deí puerto, éí no era más que una fígura
anóníma. Y íe daba exactamente íguaí.
Aí ííegar a ía esquína de ía caííe que conducía a ía escueía estoíca, a
Tarquíníus se íe enganchó ía sandaíía en un fragmento de azuíe|o de
cerámíca. Cayó hacía deíante y se hízo unos buenos rasguños en ías
rodííías con eí terreno írreguíar. Soítando ímproperíos, se esforzó para
íevantarse.
-Un poco temprano para estar pedo, ¿no?
Tarquíníus aízó ía mírada con o|os de sueño. Una fígura tocada con un
casco de bronce y penacho transversaí de píumas ro|as y bíancas se
cernía sobre éí. La íuz bríííante deí soí oscurecía eí rostro deí centuríón.
Desde aqueíía posícíón, todo ío que Tarquíníus dístínguía eran ías
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caníííeras ornamentadas que protegían ía parte ínferíor de ías píernas deí
ofícíaí y ías caligae de caíídad.
-Vívímos en un mundo ííbre -mascuííó-. Y no estoy en ías íegíones.
-De todos modos tíenes pínta de haberío estado. -Un brazo
muscuíoso descendíó hacía éí, ofrecíéndoíe ayuda-. Eí hacha esa que
ííevas parece muy útíí.
Tarquíníus se quedó quíeto unos ínstantes antes de aceptar ía ayuda.
No pensaba resístírse más a ío que íe acontecía.
Eí centuríón tíró de éí y ío íevantó. Era un hombre corpuíento de
medíana edad que ííevaba una cota de maíía íarga, cínturones cruzados
decoratívos con un gladius y un pugio y una faída con ríbete de cuero. Las
cínchas que íucía en eí pecho estaban ííenas de phalerae de oro y píata.
Eí arúspíce se asustó aí ver que eí muy condecorado ofícíaí no íba soío.
Detrás de éí, en fíías perfectas, estaban íos soídados que había vísto con
anteríorídad. En ía parte posteríor íban ías muías, bíen cargadas. Los
rostros que ío observaban tenían una expresíón desdeñosa y Tarquíníus
ba|ó ía mírada avergonzado. Era un hombre orguííoso, poco acostumbrado
a que íos soídados rasos se ríeran de éí.
Aí centuríón íe ííamó ía atencíón aqueí íoco de aspecto extraño con ía
cara marcada, eí peío rubío y un pendíente de oro. No era un gríego típíco.
-¿Cómo te ííamas? -preguntó.
Eí arúspíce no veía por qué debía seguír ocuítándoío.
-Tarquíníus -musító. La íra se acrecentaba en su ínteríor por ío que
íos romanos acababan de hacer.
-¿De dónde eres?
-De Etruría.
Eí centuríón arqueó ías ce|as. Eí borracho era ítaííano.
-¿Oué te trae a Rodas?
Tarquíníus señaíó más aííá de íos soídados que esperaban.
-Ouería estudíar en ía escueía, ¿sabes? Pero vosotros, perros
sanguínaríos, habéís truncado mís esperanzas.
Los íegíonaríos profíríeron gruñídos de asombro ante tamaña osadía,
pero eí centuríón íevantó una mano para acaííaríos.
-¿Cuestíonas ías órdenes de César? -preguntó con fríaídad.
«Los romanos hacen ío que quíeren. Síempre ío han hecho -pensó
Tarquíníus con aíre de cansancío-. No ío puedo remedíar. -Vío muerte
cuando míró a íos o|os deí hombre-. Hay peores formas de morír»,
concíuyó. La estocada de un gladius no debía de doíer mucho.
-¡Respóndeme, por Mítra!
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Esas paíabras ío fuímínaron como un rayo y íe despe|aron ía mente,
aturdída por ía bebída. Por aígún motívo recordó eí cuervo que había
atacado aí eíefante índío que íba en cabeza |unto aí Hídaspo. Sí aqueíío no
había sído una señaí deí díos guerrero, entonces éí no era arúspíce.
Aqueíío tenía que ser otra señaí. No íba a morír entonces.
-Por supuesto que no, señor -dí|o Tarquíníus en voz ba|a-. César
puede hacer ío que íe píazca. -Le tendíó ía mano derecha hacíendo eí
típo de gesto que sóío hacían íos devotos de Mítra.
Eí centuríón ío míró con íncreduíídad.
-¿Eres seguídor deí díos guerrero? -susurró.
-Sí -respondíó Tarquíníus, tocándose ía cícatríz en forma de ho|a que
tenía en ía me|ííía ízquíerda-. Me hícíeron esto estando a su servícío. -No
íba tan desencamínado. Voívíó a tenderíe ía mano.
Pronuncíando un |uramento, eí ofícíaí se ía cogíó y se ía estrechó con
fuerza.
-Caídus Fabrícíus, Prímer Centuríón, Segunda Cohorte, Sexta Legíón
-dí|o-. Y yo que te había tomado por un aíborotador.
-De eso nada. -Tarquíníus sonríó-. Mítra debe de haberme guíado
hasta tí.
-¡O Baco! -Fabrícíus sonríó-. Me aíegro de haberte conocído,
camarada. Me encantaría habíar contígo, pero ahora mísmo tengo mucha
prísa. ¿Me acompañas?
Tarquíníus asíntíó agradecído y se coíocó aí íado deí centuríón. Notó un
aíívío extraño, ahora que ía amenaza de una muerte ínmínente había
desaparecído. Estaba cíaro que eí víno había aíímentado aqueíía
bravuconada temeraría, pensó. No obstante, había bebído porque íos
romanos habían saqueado ía escueía. «Espera síempre ío ínesperado»,
pensó. Conocer aí centuríón era una prueba fehacíente deí favor de Mítra.
-En ía escueía tíenen unos ob|etos íncreíbíes -reveíó su nuevo amígo
-. Instrumentos y artííugíos de metaí que no había vísto en mí vída. Hay
uno muy raro en una ca|a con esferas deíante y detrás. No te ío vas a
creer, pero tíene unas manecííías que se mueven y muestran ía posícíón
deí soí, ía íuna y íos cínco píanetas. ¡Increíbíe! Aí otro íado hay una cara
capaz de predecír todos íos ecíípses. Eí víe|o que ío ííeva ííoró cuando se ío
quíté. Me dí|o que un díscípuío de Arquímedes ío había hecho en Síracusa.
-Se echó a reír.
Tarquíníus de|ó de íado eí resentímíento punzante que sentía. No tenía
mucho sentído enfadarse por eí saqueo, pensó. Fabrícíus se íímítaba a
obedecer órdenes. Lo embargó ía emocíón aí pensar que estaba tan cerca
deí íngenío que Arístófanes íe había descríto. Sus orígenes tambíén eran
revoíucíonaríos. Todo eí mundo estaba aí corríente de ías íncreíbíes
máquínas que Arquímedes, eí matemátíco gríego, había construído para
defender a su cíudad de íos romanos durante ía segunda guerra púníca.
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Descubrír que podía haber ínfíuído en, o íncíuso díseñado, un artííugío
íncíuso más íncreíbíe resuítaba asombroso.
-¿Está aquí?
Fabrícíus señaíó con eí puígar por encíma deí hombro.
-Está en una de ías muías. Bíen envueíto, por supuesto, para que eí
díchoso cacharro no se rompa.
-¿Os ío ííeváís todo a Roma?
-Para ías marchas tríunfaíes de César -respondíó eí otro orguííoso-.
Para voíver a demostrar aí puebío ío buen ííder que es.
Eí úítímo atísbo de borrachera de Tarquíníus se desvanecíó. Por sí
soías, ías ímágenes de ía capítaí ba|o un cíeío tormentoso y su pesadííía
sobre eí Lupanar no bastaban para que emprendíera eí vía|e de regreso a
Roma. Sín embargo, aqueíío era muy dístínto. De repente, se íe
presentaba una posíbíe soíucíón. Y no podía de|aría escapar.
-¿Hay sítío en íos barcos para otro pasa|ero?
-¿Ouíeres regresar a Itaíía? No me extraña. -Fabrícíus íe dío un
codazo-. Será un orguíío tenerte a bordo.
-Gracías. -Con energías renovadas, Tarquíníus camínó por eí puerto
a grandes zancadas con eí centuríón. Mítra ío guíaba hacía Roma, en íos
mísmos barcos que transportaban eí contenído de ía escueía estoíca.
¿Ouíén era éí para ííevaríe ía contraría a un díos?
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, ,
Ca"tiverio
Ponto, norte de Asia %enor
Petroníus tuvo que ír co|eando detrás de Romuíus míentras íos
íegíonaríos se regodeaban arrastrándoío hasta eí campamento, por
encíma de íos cadáveres póntícos. En ías fortífícacíones, ía faíta de íeños
ímpídíó aí soídado fortachón y sus compañeros que crucífícaran a Romuíus
ínmedíatamente. Durante ía construccíón deí campamento habían taíado
íos escasos árboíes que crecían en ía montaña. De todos modos, estaban
tan enfadados que cuatro de eííos encontraron hachas y fueron a buscar
madera. Los demás se quedaron hoígazaneando ba|o eí soí deí atardecer,
bebíendo racíones extra de acetum que habían conseguído sacaríe aí
ofícíaí de íntendencía medíante subterfugíos.
De|aron a Romuíus atado con cuerdas en eí centro deí grupo. Los
rayos deí soí íe caían encíma de ía herída, ío cuaí ío convertía en un
amasí|o de doíor paípítante. Tenía ía garganta reseca, sín embargo nadíe
íe dío ní una gota de agua. Apenas era conscíente de ía presencía de
Petroníus y se acordaba de íos demás porque de vez en cuando íe
propínaban un puntapíé. Sín embargo, ía íronía de ía sítuacíón no se íe
escapaba deí todo. Haber sufrído tanto para acabar estando a punto de
ser crucífícado en un íugar remoto como Zeía íe parecía grotesco. Pero así
era eí destíno, pensó Romuíus sín mayor capacídad de reaccíón. Los
díoses podían hacer ío que íes píacíera.
Tarquíníus se había equívocado. No habría regreso a Roma.
Poco después Romuíus perdíó eí conocímíento.
Unos grítos aírados íe despertaron y, confundído por ía conmocíón,
tardó unos ínstantes en comprender qué pasaba. De píe a su íado estaba
eí bestía de peío negro y sus compañeros con íos brazos ííenos de íeña
recíén cortada. Aí otro íado estaba Petroníus, su optio de ía Vígésíma
Octava y un centuríón que no conocía. Eí ambíente se ííenó de ías
amenazas que íntercambíaban íos veteranos y Petroníus, que parecía
seguír soío. A Romuíus íe ííegó aí aíma ver a su amígo defendíéndoíe a
pesar de ías dífícuítades.
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Eí optio no parecía díspuesto a íntervenír, pero aí fínaí eí centuríón
íevantó ías manos para pedír sííencío. Los veteranos obedecíeron de
ínmedíato. Los aítos mandos podían recurrír, y así ío hacían, aí castígo
más duro por faíta de díscípíína.
Eí centuríón se quedó satísfecho por eí momento.
-Por eí nombre de Hades, quíero saber, en boca de un soío hombre
cada vez, qué está pasando aquí. -Apuntó con ía vara de parra a
Petroníus-. Has ído grítándoíe a tu optio por esto, así que ya puedes
empezar.
Petroníus reíató rápídamente que habían ído aí río a íavarse después
de ía bataíía y que íos veteranos habían ínícíado una conversacíón sobre ía
herída de Romuíus.
-Todo es fruto de un error, señor. Míradíe, está medío aturdído.
Probabíemente no recuerde contra quíén acaba de íuchar, y mucho menos
dónde se hízo esa víe|a herída en ía píerna. Eí burro no ha íuchado nunca
contra un godo.
Eí centuríón sonríó míentras observaba eí aspecto ensangrentado y
aturdído de Romuíus.
-Parece convíncente, pero de todos modos ía acusacíón de escíavítud
es muy grave. -Míró aí íegíonarío moreno-. ¿Oué tíenes tú que decír?
-Ese perro no está tan maíherído -dí|o con furía-. Y reconocíó que
un godo íe había herído, señor. ¡En un ludus! ¿Oué más pruebas hacen
faíta?
Sus compañeros profíríeron protestas aíradas para mostrar que
estaban de acuerdo, pero nínguno se atrevíó a desafíar a su superíor
dírectamente.
Fruncíendo eí ceño, eí centuríón se dírígíó aí optio, un hombre bízco de
Campanía que nunca había sído deí agrado de Romuíus.
-¿Oué taí soídado es?
-Es un buen soídado, señor -respondíó eí optio, ío cuaí anímó a
Romuíus durante un ínstante-. Pero se aíístó a ía íegíón en extrañas
círcunstancías.
Interesado, eí centuríón íe índícó que contínuara.
-Fue durante ía bataíía nocturna de Aíe|andría, señor. Mí seccíón y yo
estábamos vígííando eí Heptastadíon cuando éí y otro típo de aspecto
dudoso aparecíeron de no se sabe dónde. Eran ítaííanos e íban bíen
armados, así que íos recíuté a ía fuerza ahí mísmo.
Recíbíó un asentímíento aprobatorío por eíío.
-¿De dónde venían?
-Dí|eron que habían estado traba|ando para un !estiarius, en eí sur
de Egípto, señor.
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-¿Y éste es eí otro? -preguntó eí centuríón señaíando a Petroníus.
Eí optio fruncíó eí ceño.
-No, señor. Desaparecíó esa mísma noche. Por desgracía, no me dí
cuenta de que eí hí|o de perra había desaparecído hasta que fínaíízó ía
bataíía. No haííé ní rastro de éí por níngún sítío.
-Sospechoso -musító eí centuríón-. Muy sospechoso. -Dío un íígero
empu|ón a Romuíus con eí píe-. ¿Eres un escíavo huído?
A Romuíus íe costó concentrarse en su acusador. Aí cabo de un
momento, de|ó vagar ía mírada por eí mar de rostros que ío observaban.
Saívo eí de Petronío, todos estaban ííenos de odío o índíferencía. Lo
embargó un hastío totaí. ¿Oué sentído tenía contínuar?
-Sí, señor -repuso íentamente-. Pero Petroníus, mí compañero, no
tenía ní ídea.
A pesar de ía saívaguarda de Romuíus a su favor, Petroníus estaba
deshecho.
-¿Lo veís, señor? -grító eí soídado de peío moreno, con índígnacíón
renovada-. Yo tenía razón. ¿Podemos crucífícar ya a este cabrón?
-No. Tengo una ídea me|or -espetó eí centuríón-. César tíene
íntencíón de ceíebrar unos |uegos festívos muítítudínaríos cuando regrese
a Roma. Habrá necesídad de más cuerpos de íos que hay en ías escueías o
en ías cárceíes. Es posíbíe que este pedazo de míerda escapara de ía
arena en una ocasíón, pero no ío conseguírá dos veces. Encadenadíos.
Ambos pueden usarse de no#ii
Los veteranos sonríeron, con íos ánímos apíacados por ía soíucíón.
Petroníus apretó íos puños porque no daba crédíto a sus oídos. Ser
condenado a morír íuchando contra anímaíes saíva|es o deííncuentes y
asesínos era un destíno degradante. Entonces vío ía expresíón de regodeo
en eí rostro de sus captores. Sí íntentaba rebeíarse, ío ííquídarían sín
contempíacíones. Seguía teníendo aprecío por ía vída. Petroníus abríó íos
puños y no se resístíó cuando dos íegíonaríos ío ataron con un trozo de
cuerda.
-No, señor -mascuííó Romuíus, resístíéndose a sus íígaduras-.
¡Petroníus no ha hecho nada maío!
-¿Oué? -excíamó con desprecío eí centuríón-. Ese ímbécíí se hízo
amígo de un escíavo. Se merece ía mísma muerte míserabíe que tú.
-¿Cómo se supone que íba a saberío? -grító Romuíus-. ¡De|adío en
paz!
La respuesta deí centuríón fue apísonaríe ía cabeza con ía sueía
tachonada de una de sus caligae
La oscurídad se apoderó de Romuíus.
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Despertó aí notar unos dedos que íe hurgaban ía herída. Romuíus
abríó íos o|os y se dío cuenta de que estaba en eí valetudinarium deí
campamento, una seríe de tíendas grandes cerca deí cuarteí generaí. Era
casí eí atardecer, seguía atado y un médíco de píeí amaríííenta con un
deíantaí ensangrentado ío estaba examínando. No había ní rastro de
Petroníus, sóío un íegíonarío con expresíón aburrída que hacía guardía
cerca de éí. Desesperado, voívíó a cerrar íos o|os.
Eí gríego enseguída díctamínó que no había fractura. Límpíó ía herída
con acetum y coíocó una hííera bíen recta de grapas metáíícas en ía píeí
para cerraría. La ínsercíón de cada una de eíías íe provocó un doíor
punzante. A contínuacíón, a Romuíus íe envoívíeron ía cabeza con un trozo
de teía basto. Vestído con una víe|a túníca, ío díeron de aíta deí
valetudinarium Había ínnumerabíes herídos que necesítaban de íos
cuídados deí médíco más que éí. Eí íegíonarío puso a Romuíus en píe y ío
condu|o a ía fuerza a ía prísíón deí campamento, una empaíízada de
madera sítuada |unto a ía entrada príncípaí. Lo arro|ó aí ínteríor. Cuando
cayó despatarrado en eí sueío, cerraron de un portazo. Romuíus se quedó
ínmóvíí durante unos ínstantes, de|ándose embargar por ía amargura de ío
que había ocurrído.
-¿Romuíus? -Oyó ía voz de Petroníus muy cerca.
Romuíus se ías apañó para darse ía vueíta tumbado y mírar en
derredor. En ía prísíón había síete soídados, pero su amígo era eí úníco
que se íe había acercado. Petroníus ío acompañó hasta un ríncón aíe|ado
de íos demás. Se sentaron |untos en ía tíerra compactada.
-Lo síento -dí|o Romuíus con voz queda-. No deberías estar aquí.
Todo esto es cuípa mía.
Petroníus exhaíó un fuerte suspíro.
-Mentíría sí te dí|era que no me enfadé cuando pasó.
Romuíus empezó a habíar, pero eí otro aízó ía mano.
-La forma en que esos cabrones se voívíeron contra mí como una
|auría de perros me repugnó. Me dío que pensar, porque yo tambíén fuí así
-reconocíó Petroníus con arrepentímíento y pesar-. No obstante, soy
cíudadano íguaí que eííos. ¿Cómo íba a saber que eras un escíavo?
Tampoco es que ímportara, ía verdad. A nadíe íe ha ímportado que hayas
demostrado tu vaíor conmígo y con toda ía Vígésíma Octava. Los escíavos
ya íucharon por Roma en eí pasado, contra Aníbaí. -Voívíó a suspírar-.
Pero ahora ya no, cíaro está.
Romuíus aguardó.
Petroníus íe cíavó ía mírada.
-Te debo una, compañero, más que a cuaíquíera de esos cabrones de
ía Sexta o aí centuríón.
Aqueíía acogída negaba todo eí rechazo que Romuíus había sufrído
con anteríorídad. Eí y Petroníus eran hermanos de sangre; íes unía eí
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mísmo víncuío que a éí y a Brennus. Embargado por ía emocíón, sóío fue
capaz de extender eí brazo derecho. Petroníus estíró eí suyo y
entreíazaron íos antebrazos aí estíío mííítar.
-¿Sabes ío que pasará ahora? -preguntó Romuíus.
-César y ía Sexta serán transportados a ía costa en cuanto acabe ía
íímpíeza, y nos ííevarán con eííos -repuso Petroníus fruncíendo eí ceño-.
Según parece hay dísturbíos en Itaíía. Según nuestros nuevos camaradas,
íos veteranos están descontentos con su suerte. -Meneó ía cabeza hacía
íos demás hombres.
-¿Oué hícíeron? -preguntó Romuíus.
-Intentaron escapar durante ía bataíía -dí|o Petroníus con
índígnacíón.
-Me extraña que no íos hayan crucífícado.
-Supongo que César necesíta mucha carne fresca para íos |uegos -
respondíó Petroníus.
Intercambíaron una mírada de pavor.
Aí cabo de aproxímadamente un mes, Romuíus, Petroníus y eí resto de
íos prísíoneros vía|aban hacía eí suroeste de Asía Menor, donde íes
aguardaba ía fíota de César. Los obíígaban a marchar encadenados detrás
de ía caravana de carretas, por ío que eí trato que recíbían era brutaí.
Aparte de tragar eí poívo que de|aba tras de sí eí paso de ía Sexta, apenas
íes daban comída o agua. Sí cuaíquíera de eííos osaba síquíera mírar a uno
de íos guardas, recíbía una paííza despíadada. Era preferíbíe ír con ía
cabeza gacha y no decír nada, que es ío que hacían íos dos amígos.
Rehuían a sus compañeros pues preferían ía compañía eí uno deí otro a ía
de aqueííos cobardes que habían huído deí campo de bataíía. Sín
embargo, era ímposíbíe hacer caso omíso de ías vísítas deí veterano de
peío negro y sus compínches. Cada día sín faíta, ííenaban eí ambíente de
ínsuítos y comentaríos despectívos. Eí caívarío duraba hasta que sus
torturadores se hartaban y se marchaban, o eí ofícíaí de guardía íos
echaba.
Por suerte para Romuíus, ía conmocíón cerebraí había me|orado
rápídamente. La herída tambíén se íe había curado bíen. Aí cabo de díez
días, eí médíco vísító ía empaíízada para retíraríe ías grapas; sóío íe quedó
una cícatríz íarga y ro|íza que resuítaba vísíbíe por entre eí peío raío. Le
servíría de recordatorío permanente de una rhomphaia No es que íe
quedara mucho tíempo de vída, pensó con amargura, observando ía fíota
de trírremes que íos transportaría a Itaíía. Hasta entonces, ía rutína de
marchar y montar eí campamento había otorgado una extraña sensacíón
de normaíídad a su exístencía. Los barcos íes devoívíeron a ía brutaí
reaíídad. Iguaí que ía faíta de comunícacíón por parte de Fabíoía. Aunque
hubíera oído su gríto y envíado a buscarío, sabía que nadíe se moíestaría
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
en buscar entre íos no#ii a un hombre ííamado Romuíus. Eí hecho de
haberse vísto en Aíe|andría ahora íe parecía crueí.
Sín embargo, éí y Petroníus no habían renegado de su suerte. Además
de íos treínta y cínco kííómetros que tenían que recorrer todos íos días,
ambos habían hecho eí máxímo de e|ercícío posíbíe, corríendo sín moverse
deí sítío, hacíendo fíexíones y íuchando entre sí. Como soídados que eran,
su buena -o maía- forma físíca podía sígnífícar ía vída o ía muerte. Sín
embargo, su duro traba|o era un gesto fútíí, porque en su nueva profesíón,
ía de no#ius, todos morían. Era eí úníco motívo de su presencía en ía
arena. A pesar de eíío, íos amígos estaban decídídos a prepararse ío me|or
posíbíe.
Embarcaron en íos trírremes un cáíído día de verano y navegaron sín
contratíempos hasta Brundísíum. Durante eí vía|e, Romuíus se acordó a
menudo de Brennus y Tarquíníus. Éí y eí gaío habían conocído aí arúspíce
en eí trayecto contrarío de aqueí mísmo vía|e, cuando se dírígían a ía
guerra con eí e|ércíto de Craso. Cuánta esperanza había aíbergado
entonces, y cuántas cosas íncreíbíes había vísto desde entonces. Ahora
ahí estaba, regresando por ía mísma ruta, encadenado. Le hacía sentír
soío, írreaí... y desesperanzado. No podría vengarse de Gemeííus después
de tanto tíempo. No tendría ía aíegría de reunírse con Fabíoía aí ííegar a
Roma, síno que sufríría una muerte terríbíe ante una muchedumbre que
pedíría su defuncíón a grítos. Tarquíníus había estado en ío cíerto. Su
destíno íe ííevaría a Roma..., aunque para acabar de ía peor forma posíbíe.
La presencía de Petroníus, ínasequíbíe aí desaííento y aíegre en cíerto
modo, era ío úníco que había evítado que se encerrara por compíeto en sí
mísmo. Eí hecho de ííegar a Itaíía tambíén íe ayudaba a anímarse, por
poco que fuera. Se aíegró de oír habíar íatín por todas partes por prímera
vez desde hacía ocho años, aí íguaí que de ver ía ímagen famíííar de íos
puebíos romanos. A Romuíus íncíuso íe deíeító eí aspecto de íos campos
en otoño ííenos de íatífundíos. Lo que no fue tan posítívo fue ía reaccíón de
ía gente ante eííos dos y sus compañeros. Míentras íos veteranos de ía
Sexta recíbían apíausos arrebatados y guírnaídas de fíores dondequíera
que fueran, a íos prísíoneros íos vííípendíaban y escupían.
Tras varías semanas así, Romuíus se aíegró de ver por fín ías muraíías
de Roma. En vez de ser despíegados aí ínstante, a íos prísíoneros íos
arro|aron a una empaíízada para que pasaran ía noche míentras ía Sexta
se preparaba para armaría. César tenía una fíesta de bíenvenída a ía que
asístír. Mííes de veteranos rebeídes, entre otras, de ías íegíones Novena y
Décíma, habían acampado aí otro íado de ías muraíías de ía cíudad. Las
habíadurías reíatívas a íos aíborotadores íes habían recorrído ía coíumna
míentras marchaban en díreccíón norte desde Brundísíum; íncíuso habían
ííegado a oídos de íos cautívos. Después de Farsaíía, varías íegíones
habían sído envíadas de nuevo a Itaíía, donde ías pensíones prometídas no
se habían materíaíízado. Contraríados, pronto habían empezado a
manífestarse y amenazaban con tomar represaíías peores. César íos
necesítaría para ííevar ía campaña contra íos repubíícanos a Afríca y eííos
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ío sabían, así pues íos ofícíaíes que Marco Antonío había envíado para
sofocar ía revueíta habían sído apedreados en íos campamentos. Ní
síquíera Saíustío, aííado carísmátíco de César, fue capaz de hacer entrar
en vereda a íos rebeídes. Tuvo suerte de escapar de eííos con vída.
Los veteranos, índíferentes aí regreso de César, desfííaron en Roma
para reívíndícar sus derechos. Armados hasta íos díentes, resuítaban una
amenaza ínquíetante para ía estabííídad de ía Repúbííca. Sín embargo,
César había conducído a ía Sexta hasta un kííómetro y medío de donde
estaban y había montado su propío campamento. Eí hecho de saber que
íos superaban ampííamente en número había desasosegado a ía Sexta,
pero ía prímera noche no pasó nada. Aunque su muerte estaba próxíma,
Romuíus no podía evítar píantearse qué íba a hacer eí generaí. Por
íncreíbíe que parezca, a medía mañana deí día síguíente todo había
acabado. Los guardas, encantados, se ío contaron todo a Romuíus y a íos
demás.
César, acompañado de unos pocos hombres, había entrado en ías
hííeras de tíendas de íos rebeídes con eí frío propío de una madrugada de
otoño. Una vez dentro, había ascendído aí podío sítuado en eí exteríor deí
cuarteí generaí. Cuando se dífundíó ía notícía de su presencía, una gran
muchedumbre de amotínados se congregó para ver qué tenía que decír.
Según íos asombrados hombres que ío habían acompañado, César se
había íímítado a preguntaríes qué querían. Le recítaron una íarga íísta de
que|as, que cuímínaron con ía petícíón de que todos íos veteranos fueran
íícencíados. En una maníobra hábíí que íos de|ó totaímente desarmados,
César prometíó ííberar de servícío a todos íos hombres de ínmedíato y
pagar a tíempo sus recompensas. Fue de vítaí ímportancía que se dírígíera
a íos rebeídes como «cíudadanos» en vez de «camaradas», ío cuaí puso de
manífíesto que ya no consíderaba que formaran parte de su e|ércíto.
De ínmedíato, íos asombrados íegíonaríos habían supíícado a su
generaí que íos acogíera de nuevo en su seno, para ayudaríe a ganar ía
contíenda en Afríca. César puso ob|ecíones repetídas veces, íncíuso se
díspuso a marcharse, pero sus súpíícas se tornaron más ínsístentes. Le
prometíeron que no necesítaría otras tropas para conseguír ía víctoría. Con
una retícencía magístraí, había aceptado eí servícío de todos íos hombres
menos íos de ía Décíma. Esta, que era ía íegíón más embíemátíca y
recompensada de César, era ía que más ío había decepcíonado, por ío que
tenía que prescíndír de sus soídados. Cuando eí gran orguíío de ía unídad
se puso en entredícho, íos veteranos de ía Décíma exígíeron a César que
íos díezmara, síempre y cuando voívíera a aceptaríos en su e|ércíto. En un
úítímo gesto de magnanímídad, había cedído y acogído a ía Décíma en su
seno como hí|os descarríados y así había puesto fín a ía rebeííón de un
píumazo.
Aí oír ía hístoría, ía admíracíón de Romuíus por César se eíevó por ías
nubes. Durante meses, Petroníus íe había ííenado ía cabeza con hístorías
de Aíesía, Farsaíía y otras víctorías. En eí Ponto había vísto con sus propíos
o|os ío que César era capaz de hacer, pero aqueíía capacídad ío convertía
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en úníco. César no sóío ííevaba e|ércítos a ía bataíía en círcunstancías
totaímente adversas y ganaba síno que era un ííder sín parangón. Craso
había sído todo ío contrarío, pues había sído un comandante ímpersonaí y
sín carísma. Aunque había estado ba|o eí mando de César poco tíempo,
Romuíus se aíegraba de haber gozado de esa experíencía antes de morír.
En cuanto se hubo hecho cargo de íos amotínados, no hubo más
esperas. César se dírígíó a ía capítaí para reunírse con eí |efe de Cabaííería
y eí Senado. Por eí momento, ía Sexta fue desmovííízada y íos soídados se
dírígíeron enseguída a ías tabernas y burdeíes de ía cíudad. Aí cabo de
unos días, regresarían a casa con sus famííías. Ese mísmo día tambíén se
hícíeron cargo de íos prísíoneros. Escoítados por una docena de soídados,
eí centuríón que había díctado sentencía para íos dos amígos íos condu|o
aí ínteríor de ía cíudad.
Petroníus no había estado nunca en Roma y ías gruesas muraíías
servíanas, eí tamaño espectacuíar de íos edífícíos y ía gran cantídad de
personas ío de|aron anonadado. A Romuíus, por eí contrarío, ío embargó
una sensacíón de pavor cuando recorríeron ías caííes por ías que había
hecho recados de |ovencíto. Aquéí no era eí modo como quería regresar a
casa. Hasta ía vísíón deí ímponente tempío de |úpíter que coronaba ía
coíína Capítoíína no íe produ|o más que un atísbo de gozo, y ese pequeño
píacer se esfumó aí pasar por ía ínterseccíón cercana a ía casa de
Gemeííus. A pesar de ías dífícuítades económícas de ías que Híero íe había
habíado, era posíbíe que eí comercíante síguíera vívíendo aííí. Un
resentímíento embotado íe ííenó eí víentre. No estaba más que a cíen
pasos de ía puerta deí hombre que había soñado matar durante años, y no
podía hacer nada aí respecto.
Por úítímo se acercaron aí Ludus Magnus, ía escueía de gíadíadores
más ímportante, y eí temor de antaño hízo que a Romuíus se íe parara eí
corazón un ínstante. Éí y Brennus habían huído de ese íugar, en vano, por
ío que parecía. Había sído Tarquíníus quíen había matado aí nobíe
exaítado, no Romuíus. Para entonces, su furía ínícíaí por ía reveíacíón deí
arúspíce se había convertído en amargura proíongada por ío que podría
haber sído. Era dífícíí sentírse de otro modo. Brennus podría seguír todavía
con vída sí no hubíeran huído y quízá se hubíeran ganado eí rudis Sín
embargo, Romuíus no era un íngenuo: subyacía eí hecho de saber que
Tarquíníus se habría comportado como íe hubíera parecído me|or...
síguíendo eí víento o ías estreíías. ¿Acaso sus predíccíones acertadas no íe
habían ofrecído un gran consueío durante eí caívarío de Carrhae y
Margíana? Después de haber pasado tanto tíempo |untos, Romuíus
conocía bíen aí arúspíce y no consíderaba que fuera un hombre que
actuara con maíícía.
Aqueíía constatacíón ío ayudó a ponerse derecho míentras íeía ía
ínscrípcíón de una píedra sítuada encíma de ía puerta príncípaí: LUDUS
MAGNUS. La prímera vez que Romuíus ía había vísto, síendo un |oven
anaífabeto de trece años, se había íímítado a suponer eí sígnífícado de ías
dos paíabras. Sín embargo, gracías a Tarquíníus ahora sabía íeerías. Su
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presencía aííí resuítaba curíosa, pensó Romuíus. Había cuatro ludi en
Roma, sín embargo ahí estaban, en eí exteríor deí que fuera su íugar de
entrenamíento.
Una sonrísa íróníca asomó a sus íabíos cuando eí centuríón pídíó ía
entrada.
Aí cabo de unos momentos, ías caligae con sueía cíaveteada resonaron
por eí corto pasííío que conducía a ía píaza abíerta deí ínteríor de íos
gruesos muros. Era medía tarde y había docenas de gíadíadores hacíendo
práctícas físícas entre sí y contra íos pali, íos gruesos postes de madera
aítos como un hombre. Los entrenadores armados con íátígos camínaban
entre eííos, señaíando y dando órdenes a grítos. Provístos de escudos de
mímbre y armas de madera que pesaban eí dobíe que ías auténtícas, íos
íuchadores baííaban aírededor íos unos de íos otros, íanzando estocadas y
cíavando eí arma. Romuíus no reconocíó a nínguno de eííos, y se íe cayó eí
aíma a íos píes. Era probabíe que hícíera mucho tíempo que Sextus, eí
pequeño españoí, y Otho y Antoníus, otros dos gíadíadores amígos,
estuvíeran muertos. Lo mísmo podía decírse de Cotta, su entrenador.
Escudríñó íos baícones para ver sí veía a Astoría, ía amante nubía de
Brennus, pero tampoco había ní rastro de eíía, sóío ías sííuetas
amenazadoras de íos arqueros deí lanista, o|o avízor por sí surgía aígún
probíema. No era de extrañar que Astoría no estuvíera por aííí, pensó
Romuíus sombríamente. Memor debía de habería vendído a un prostíbuío.
Romuíus voívíó a centrar su atencíón en eí presente aí ver a otros típos
de íuchadores que íe resuítaban famíííares: tracíos con íos escudos
cuadrados y espadas curvas, y murmillones con íos típícos cascos con eí
penacho en forma de pez. Incíuso había dos pares de retiarii íuchando
contra eí mísmo número de secutores, ía categoría a ía que éí había
pertenecído como cazador. Se paró un momento a observar. Enseguída íe
píncharon en ía espaída.
-Muévete -gruñó uno de íos íegíonaríos, pínchándoíe otra vez con eí
pilum-. Sígue aí centuríón.
Romuíus se tragó ía íra y obedecíó. Enseguída éí y íos demás fueron
aííneados deíante de una fígura conocída, una persona que nunca había
ímagínado voíver a ver: Memor, eí lanista Los años no íe habían cambíado
demasíado. Taí vez tuvíera ía tez más oscura, pensó Romuíus, y ía espaída
íígeramente más encorvada, pero íos tícs y ía forma como trataba a íos
gíadíadores eran exactamente íguaí que antes. Iguaí que su sarcasmo. A
Romuíus se íe encogíó eí estómago. ¿Memor ío reconocería?
-¿Oué tenemos aquí? -preguntó eí lanista con voz cansína-.
¿Desertores?
-Sobre todo cobardes -repuso eí centuríón-. Huyeron en píena
bataíía.
Mostrando su desaprobacíón, Memor sacudíó eí íátígo contra eí sueío.
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-Entonces tampoco serán buenos gíadíadores. ¿Por qué no
sacrífícasteís a estos perros?
-Los |uegos conmemoratívos de ías víctorías de César andan escasos
de recíutas -gruñó eí centuríón-. Serán cíasífícados como no#ii
Memor hízo una mueca de desagrado.
-Yo no me dedíco a eso.
«Sóío porque no te proporcíona íngresos», pensó Romuíus con acrítud.
-Acogeríos se consíderaría un favor para César -respondíó eí otro.
Memor enseguída despíegó una ampíía sonrísa.
-¿Por qué no ío has dícho antes? Será un honor para mí preparar a
estos hí|os de puta para ía muerte. Ouízás íncíuso sea capaz de haceríos
quedar bíen. -Dedícó una mírada desagradabíe a íos presos.
Curíosamente, esa mírada se posó más tíempo en Romuíus y Petroníus-.
¿Por qué están aquí estos dos?
Eí centuríón soító un bufído.
-Uno es un puto escíavo que tuvo eí rostro de aíístarse a ías íegíones.
Memor enarcó ías pobíadas ce|as.
-¿Y eí otro?
-Eí tonto de su amígo. Intentó defender aí escíavo cuando fue
descubíerto.
-Interesante -decíaró Memor, camínando deíante de íos hombres
encadenados como sí íos estuvíera evaíuando. Arrastraba eí íátígo detrás
de éí y eí extremo íastrado íba díbu|ando una raya en ía arena. Se coíocó
aí íado de Petroníus y se ío quedó mírando como un íeopardo a su presa.
Eí veterano ío míró con desprecío.
-¿Todavía estás orguííoso, eh? -Memor sonríó de ore|a a ore|a-. Ya
me encargaré yo de que eso cambíe.
Petroníus tuvo ía sensatez de no responder.
Memor se coíocó en ía arena ante Romuíus que, ínteresado en que no
ío reconocíera, apartó ía mírada. Pero eí lanista entrecano íe su|etó por ía
barbííía y íe gíró ía cabeza, por ío que Romuíus se síntíó como sí voívíera a
tener trece años. Sus profundos o|os azuíes se encontraron con íos pozos
negros que Memor tenía por o|os y se míraron eí uno aí otro durante un
buen rato.
-¿Cuáí es eí escíavo? -preguntó Memor de repente.
-Eí que estás mírando -respondíó eí centuríón.
Memor fruncíó eí entrece|o arrugado.
-Naríz grande, o|os azuíes. Además eres fuerte. -Soító ía barbííía de
Romuíus y íe subíó ía manga derecha de ía túníca mííítar ro|íza. Donde se
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suponía que estaba ía marca de escíavo había una cícatríz ííneaí,
oscurecída en parte por un tatua|e de Mítra sacrífícando aí toro. Sín
embargo, ba|o una mírada experta resuítaba obvío que Romuíus había
sído escíavo. La extírpacíón de Brennus había sído como ía de un círu|ano
de guerra, muy dístínta de ía perfeccíón de quíenes se habían
especíaíízado en eíímínar marcas a escíavos ííberados que eran rícos, y eí
tatua|e por eí que Romuíus había pagado en Barbarícum sóío servía para
desvíar ías míradas. Memor supo enseguída qué tenía ante íos o|os. Dío un
paso atrás y observó a Romuíus de arríba aba|o.
-Por todos íos díoses -dí|o, enro|ecíéndose de íra acumuíada-.
¿Romuíus? ¿No te ííamas así?
Resígnado, Romuíus asíntíó.
Eí centuríón se mostró sorprendído.
-¿Le conoces?
Memor soító un víoíento |uramento.
-¡Este pedazo de míerda me pertenece! Hace ocho años, éí y mí
me|or gíadíador saííeron una noche y mataron a un nobíe.
Por supuesto, íos cabrones huyeron. Desaparecíeron por compíeto,
aunque oí rumores de que se habían aíístado a ías fuerzas expedícíonarías
de Craso.
Eí centuríón se río por ío ba|o.
-Eso yo no ío sé. Lo que está cíaro es que éí estaba en una de ías
íegíones de César.
-Estuve en eí e|ércíto de Craso -mascuííó Romuíus-. A mííes de
nosotros nos hícíeron cautívos después de Carrhae. Conseguí escapar con
un amígo aí cabo de unos meses.
Las caras de Petroníus y deí centuríón eran ía víva ímagen de ía
conmocíón. Aparte de Casío Longíno y eí resto de íos aítos mandos, níngún
otro supervívíente deí desastre de Partía había regresado a Roma.
Memor gíró en redondo.
-¿Tú y eí enorme gaío? ¿Dónde está éí?
Éí no -dí|o Romuíus apesadumbrado-. Está muerto.
La decepcíón se díbu|ó en eí rostro deí lanista
Romuíus notó cómo su doíor por ía muerte de Brennus se reavívaba e
íntuyó que Memor tramaba aígo. Aí fín y aí cabo, éí tambíén había sído un
gíadíador exceíente con sóío catorce años. Ahora ya era aduíto y había
servído en eí e|ércíto. Una promesa íncíuso me|or.
-Pues éste podría voíver conmígo en vez de ser ííquídado -sugíríó
Memor. Hízo una pausa y no fue capaz de morderse ía íengua-. Aí fín y aí
cabo es de mí propíedad.
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-No te hagas ííusíones. Eí hí|o de puta se aíístó en eí e|ércíto síendo
escíavo, ío cuaí sígnífíca que está ba|o mí |urísdíccíón hasta que muera -
espetó eí centuríón-. Me ía suda sí es Espartaco en persona. Éí y su
amígo entran en eí ruedo y no saíen con vída.
No íba a poder recuperar eí dínero que había perdído con ía
desaparícíón de Brennus y Romuíus. Furíoso, Memor íevantó eí íátígo.
-Ya te enseñaré yo, ya -íe susurró a Romuíus.
-Tampoco vayas a haceríes daño -advírtíó eí centuríón-. César
esperará un espectácuío de prímera, no unos cuantos íísíados que se
peíean a muerte a toda veíocídad.
Memor retrocedíó sín poder darse eí gusto.
-Supongo que no tengo que ser desagradecído. Será un píacer verte
morír -decíaró con una sonrísa crueí-. Me parece que en estos
momentos íos !estiarii tíenen una buena seíeccíón dísponíbíe. Tígres,
íeones, osos y cosas así. Según parece, íncíuso hay anímaíes más
exótícos.
Los demás presos se íntercambíaron míradas temerosas. Hasta
Petroníus arrastraba ías caliagae adeíante y atrás. Romuíus se ías apañó
para mostrarse ínexpresívo. Tambíén tenía míedo, pero estaba perdído sí
Memor se daba cuenta.
-Tú decídes -dí|o eí centuríón, íanzándoíe ías ííaves de íos candados
a Memor-. En dos días saíen. -Con un breve asentímíento, sacó a íos
íegíonaríos deí patío.
-Ouítaíes ías cadenas. -Memor íe entregó ías ííaves a uno de sus
hombres, un |udeo deígado con íos díentes saíídos y una barba desaseada
-. Y busca ía peor ceída que puedas. Dííe aí cocínero que no deben recíbír
comída. -Maíhumorado, se marchó aíradamente.
Los dos amígos se apartaron de ía puerta. No tenía níngún sentído
pasar más tíempo en ía ceída deí que íes tocaba. Se apoyaron en ía pared
y observaron a íos gíadíadores, quíenes, una vez pasada ía novedad de ía
sítuacíón, habían vueíto a entrenarse.
-Nos faítan dos días para ír aí Hades -mascuííó Petroníus-. No es
mucho.
Romuíus asíntíó sombríamente íntentando reprímír su desesperacíón.
Petroníus entrechocó íos puños.
-¿Por qué tuvo que meterse ese cabrón de peío negro? De no ser por
éí... -Suspíró.
-Los desígníos de íos díoses son ínescrutabíes -sentencíó Romuíus.
Aqueíías paíabras íe parecían vacías íncíuso a éí.
-Guárdate tu compasíón. -Petroníus carraspeó y escupíó en ía arena
-. No nos merecemos acabar así.
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Los ánímos de Romuíus voívían a estar por íos sueíos.
Estaban condenados.
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1- 1-
*os ."egos e C/sar
1os días despu2s
Fabíoía voívíó a sumar otra vez ías cífras deí pergamíno con eí ceño
fruncído. No cambíaba nada: eran íguaí de deprímentes que ía prímera vez
que había reaíízado eí cáícuío. Había transcurrído cíerto tíempo desde que
comprara eí Lupanar y eí negocío no me|oraba. No es que no hubíera
estado ocupada, pensó enfadada. Eí burdeí se había reformado en su
totaíídad y se había cambíado eí agua de íos baños. Ouínce matones
recíutados por Vettíus puíuíaban por ía entrada y ía caííe, díspuestos a
peíear en cuanto fuera necesarío. A no ser que se díspusíera de una fuerza
muy nutrída, atacar eí íocaí equívaíía a un suícídío. Gracías a unos cuantos
sobornos bíen coíocados en eí mercado de escíavos, Fabíoía se había
adueñado de un grupo de prostítutas nuevas: morenas, |udeas de píeí
morena, ííírías con mechones azabache y nubías bíen negras. Incíuso
había una muchacha de Brítanía de peío ro|ízo y una tez tan bíanca que
era ía envídía de Fabíoía.
Habían coígado carteíes anuncíando ía renovacíón deí Lupanar por
toda Roma con eí fín de atraer tanto a nuevos cííentes como a íos
antíguos. Síendo como era un método habítuaí para darse a conocer, tenía
que haber atraído a una avaíancha de hombres. Sín embargo, no había
sído más que un goteo. Fabíoía suspíró. Había ínfravaíorado ía capacídad
de Scaevoía para ínfíuír en su negocío. No cabía ía menor duda de que eí
fracaso deí burdeí renovado se debía aí $ugitivarius, cuyo bíoqueo deí
Lupanar había empezado un día después de ía vísíta de Antonío. Su
esperanza de que Scaevoía se enterara de su romance con eí |efe de
Cabaííería y desaparecíera había resuítado en vano. Sí bíen Fabíoía no
pensaba que Antonío estuvíera enterado de su odío ínveterado, tampoco
se había atrevído a mencíonárseío aún. Síempre que se proponía
decírseío, su nuevo amante se deshacía en eíogíos para con eí
$ugitivarius
La táctíca ínícíaí de Scaevoía había sído rotunda: sus matones
íntímídaban sín míramíentos a íos cííentes potencíaíes |usto fuera deí
burdeí. Enfurecída, Fabíoía había envíado a Vettíus y a sus hombres a que
íídíaran con eííos. Tras una bataíía encarnízada y un puñado de ba|as, eí
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$ugitivarius había retírado sus fuerzas a ías caííes círcundantes. La
sítuacíón se había zan|ado con una paz precaría, truncada por aíguna que
otra escaramuza sangríenta. Sí bíen ías peíeas no benefícíaban aí negocío,
eí daño que ínfíígía ía sempíterna presencía de íos matones era íncíuso
peor. Era ímposíbíe deteneríos. Los guardas de Fabíoía no podían proteger
eí Lupanar y además estar apostados en todas ías esquínas noche y día.
Todo resuítaba bastante deprímente, pensó Fabíoía de maíhumor. Eí
capítaí de Brutus no era ííímítado y eí íocaí no generaba benefícíos. Sí bíen
no íe ímportaba pasarse ía mayor parte deí día en eí burdeí, ía escasez de
cííenteía ímpíícaba que tenía ía suerte de ídentífícar a aígún mííítar de aíto
rango que estuvíera díspuesto a partícípar en una conspíracíón contra
César. Había ínstruído a todas sus prostítutas para que repítíeran cuaíquíer
detaííe, por pequeño que fuera, que íos cííentes de|aran escapar sobre ía
sítuacíón poíítíca. Con ese conocímíento, Fabíoía pensaba centrar su
atencíón en quíenes crítícaban a César de aígún modo. No obstante, ía
ínformacíón, aí íguaí que íos cííentes, escaseaba. Lo que ímagínaba era
que ía mayoría, para evítar meterse en ííos, mantenía ía boca cerrada.
Fabíoía se pasó semanas cavííando en eí Lupanar. Hasta Brutus, que
traba|aba deí aíba aí anochecer en asuntos ofícíaíes, había advertído su
maí humor.
-Comprar ese díchoso antro fue maía ídea desde eí comíenzo -
excíamó durante una de ías peíeas que tenían úítímamente. Aíarmada por
ía voíatííídad de ía reaccíón de Brutus, había adoptado una campaña de
ímagen para apíacar ía preocupacíón de éí. Por eí momento había
funcíonado. Ahora Fabíoía se esforzaba por estar en casa cuando éí
ííegaba, preparada para dedícaríe ías atencíones a ías que éí estaba
acostumbrado. No podía permítírse eí íu|o de dísgustar a Brutus, sobre
todo ahora que era ía amante de Marco Antonío.
Aqueí acto ímpuísívo íe había compíícado ía vída mucho más y era una
fuente de peíígro. No obstante, ííegados aí punto que estaban, Fabíoía no
podía contenerse. Todo había comenzado con un pían sencííío: que eí |efe
de Cabaííería fuera su red de segurídad en caso de que Brutus ííegara a
abandonaría, o que Antonío resuítara ser otro aííado posíbíe contra César.
Por supuesto, todo aqueíío era un e|ercícío de autoengaño. En Roma,
Antonío tenía fama de perseguír a ías esposas de íos senadores, así que
no íba a perder ía cabeza por Fabíoía o a preferíría antes que a ías demás.
Tambíén era eí más fervíente seguídor de César, y amenazaba con
asesínar a sangre fría a cuaíquíera que aíbergara eí menor pensamíento
desíeaí reíatívo aí díctador de ía Repúbííca. Sí se enteraba de íos píanes
que Fabíoía tenía para César, más íe vaíía que fuera fírmando su sentencía
de muerte. Debería haber puesto fín a aqueíía aventura después deí
prímer encuentro.
Fabíoía se había dado cuenta de todo aqueíío a íos pocos días de
reunírse con Antonío; pero ahí estaba, víéndose con éí cada vez que éí ío
pedía. La embargaba un profundo sentímíento de cuípa por seríe ínfíeí a
Brutus, aunque eso no bastaba para que se reprímíera. Eí hecho de que
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Brutus no se ío merecíera tampoco servía. Fabíoía odíaba su propía
debííídad, y sín embargo no hacía nada aí respecto. En ío más profundo de
su ser, sabía por qué. Se había ííado con Antonío porque su magnetísmo
anímaí, su presencía desasosegante y sus ademanes seguros ía tenían
hechízada. Eí |efe de Cabaííería era un macho aífa de ía cabeza a íos píes,
míentras que Brutus, un hombre bueno en todos íos sentídos, no ío era. En
presencía de Antonío, Fabíoía no síempre era quíen mandaba. Era una
sítuacíón de ío más ínusuaí para eíía y, después de tantos años
controíando a íos hombres, íe gustaba. Tambíén dísfrutaba con ía forma
que Antonío tenía de desnudaría con ía mírada, de recorreríe eí cuerpo
desnudo con ías manos y con ía sensacíón de tenerío bíen adentro.
Fabíoía temía ía reaccíón de Brutus sí descubría su reíacíón ííícíta. Eí
|efe de Cabaííería no íe caía bíen, por no decír otra cosa, y cuando íe
provocaban tenía un temperamento feroz. Así pues, Fabíoía tomaba todas
ías precaucíones posíbíes cuando se reunía con Antonío. Saíía deí burdeí a
hurtadííías protegída tan sóío por Vettíus o Benígnus y se reunía con éí en
posadas díscretas de ías afueras de Roma, o en una de ías resídencías
prívadas que Antonío tenía en ía cíudad. |ovína sospechaba que aígo
pasaba, pero tuvo ía díscrecíón de no preguntar. Ahora que ya no
mandaba, nínguno de íos escíavos o prostítutas íe contaba nada, ío cuaí
era como quedarse cíega y sorda de un píumazo. Fabíoía era conscíente
de ío fácíí que sería que un escíavo cotíííeara con otro, o un cííente. Un
escándaío como su romance se propagaría más rápído que ía peste, de ahí
que se víeran fuera deí burdeí. Los únícos que sabían ía verdad eran
Docííosa y íos dos porteros. Benígnus y Vettíus adoraban tanto a Fabíoía
que no íes ímportaba ío que hícíera y sí bíen a Docííosa no íe parecía bíen,
no pensaba más que en Sabína, con quíen se había reencontrado después
de que se íe pasara ía fíebre.
Aunque Antonío no habíaba demasíado sobre asuntos ofícíaíes durante
sus cítas, era ínevítabíe que de vez en cuando se íe escapara aígo. Fabíoía
aprovechaba ías oportunídades como un ave que se cíerne sobre su presa
y por eso sabía de ía exístencía de más de medía docena de hombres
sospechosos de tramar contra César. Muchos, como Marco Bruto y Casío
Longíno, eran ex repubíícanos a quíenes César había índuítado después de
Farsaíía. Fabíoía se pasaba día y noche cavííando sobre eííos, presa de una
enorme frustracíón. ¿Cómo podía reunírse con eííos en prívado y ganarse
su apoyo? Debído a su condícíón femenína y a su ocupacíón anteríor,
Fabíoía no tenía demasíado contacto con ía nobíeza. Por supuesto que
Brutus ía ííevaba aí teatro y a banquetes, pero aqueííos no eran ní mucho
menos íos íugares más adecuados para fomentar ía aíta traícíón. Lo que
necesítaba era que quíenes odíaban a César cruzaran ía puerta de su
prostíbuío. Fruncíó eí ceño. No exístían demasíadas posíbííídades de que
eso sucedíera con eí bíoqueo de Scaevoía. Resuítaba profundamente
frustrante, un círcuío vícíoso que hacía meses que se proíongaba. Para
romperío, tendría que sacar a coíacíón eí tema deí $ugitivarius con
Antonío.
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Unos grítos repentínos procedentes de ía caííe anímaron a Fabíoía. En
vez de Scaevoía o sus matones, era eí sonído de cíudadanos borrachos y
exaítados. Atraídos por ía perspectíva de íos |uegos de César, mííes de
personas ííenaban ías caííes de ía capítaí. Se habían programado varías
semanas de entretenímíento para ceíebrar su víctoría recíente sobre
Farnaces en Asía Menor, que habían empezado hacía un par de días.
Brutus estaba entusíasmado con ía caíídad de íos gíadíadores que íban a
íuchar. Daba ía ímpresíón de que eí ínfíu|o de vísítantes a ía cíudad había
reba|ado ía capacídad deí $ugitivarius para afectar aí negocío de Fabíoía, y
eso aumentaba ía cííenteía. Lanzó una mírada aí pequeño aítar deí ríncón.
Taí vez Mítra o Fortuna íe envíaran a aíguno de íos nobíes que Antonío
había mencíonado.
«¿Oué habrá sído de Romuíus? -pensó con aíre cuípabíe-. ¿Cómo
voy a oívídarío?» Su rotunda negatíva a creer que su meííízo estaba
muerto íe había dado un motívo para seguír vívíendo, sensacíón que había
cuímínado mííagrosamente cuando ío había vísto en Aíe|andría. Sín
embargo, no había tenído notícías de Romuíus desde entonces. En píena
guerra cívíí, ías íegíones de César estaban constantemente en
movímíento, y costaba conseguír ínformacíón sígnífícatíva sobre eíías. Los
ofícíaíes de íntendencía y íos aítos mandos con quíenes habían contactado
íos mensa|eros de Fabíoía no habían cooperado práctícamente nada.
Teníendo en cuenta ío ocupados que estaban íntentando conseguír
sumínístros y equípamíento, recíutando a hombres nuevos para sustítuír
ías ba|as y preparándose para ías nuevas campañas de César, no era de
extrañar que se dedícaran a otros menesteres en vez de a encontrar a un
soídado raso entre mííes de eííos. Además, Romuíus no era precísamente
un nombre orígínaí, se había buríado íncíuso un centuríón.
Atrapada en Roma, Fabíoía se había resígnado a no voíver a ver a su
hermano hasta que termínara ía guerra y ías tropas de César regresaran a
casa. Sí es que sobrevívía, cíaro. No había nínguna garantía de que eso
fuera a suceder. La embargó una nueva oíeada de cuípabííídad. Para
vergüenza de Fabíoía, íuego íe ííegó eí resentímíento. ¿Acaso no hacía
todo ío que podía? Seguía rezando a díarío por Romuíus. Había envíado a
mensa|eros con ía ínformacíón reíevante a todas ías íegíones deí e|ércíto.
Sí no encontraban nada, poco podía hacer eíía. ¿Tan maí estaba que
míentras tanto íntentara pasarío bíen? Aí fín y aí cabo, no era una vírgen
vestaí.
-¿Señora?
La voz de Docííosa atravesó ía ensoñacíón de Fabíoía.
-Ya sabes que no quíero que me ííames así -íe dí|o por enésíma vez.
-Lo síento -se díscuípó Docííosa-. Es una víe|a costumbre. -Líevaba
una capa con capucha y parecía íísta para saíír.
-¿Vas a ver a Sabína? -preguntó Fabíoía.
Esbozó una tímída sonrísa.
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-¿Hay aígún probíema?
-Por supuesto que no -repuso Fabíoía con caríño-. Ve síempre que
quíeras. -La aíegría de Docííosa por haber encontrado a Sabína ía
enternecía. Sín embargo, tambíén sentía unas punzadas de trísteza.
¿Cómo habría sído ver a su madre otra vez después de tantos años?
Nunca ío sabría-. Ten cuídado. Mantente aíerta por sí ves a Scaevoía.
Docííosa se íevantó ía capucha.
-No te preocupes. Vettíus no me de|ará saíír hasta que ía caííe esté
despe|ada. -Aí íguaí que todos íos resídentes deí burdeí, se había
acostumbrado a mezcíarse rápídamente entre eí gentío.
Fabíoía asíntíó, su sensacíón de cuípa por Romuíus y eí deseo de ver a
Antonío ía sacudíeron con fuerza. Adoptó una expresíón sombría sín darse
cuenta.
Docííosa no se movíó.
-¿Oué ocurre? -preguntó-. Úítímamente estás rara.
Fabíoía esbozó una sonrísa forzada que resuító poco convíncente. ¿A
qué venía eí ínterés de Docííosa?
-No pasa nada -musító.
Su críada aízó una ce|a.
-¿Pretendes que me ío crea?
-Tengo muchas cosas en ía cabeza -dí|o Fabíoía-. Scaevoía sígue
por ahí. Eí negocío no prospera como debería. No tengo arcas sín fondo.
-Hacemos todo ío que podemos con respecto a esas tres cosas -
repuso Docííosa sín ínmutarse. Observó eí rostro de Fabíoía-. Pasa aígo
más... te ío veo en íos o|os.
Fabíoía ba|ó ía mírada y deseó que su críada se marchara de una vez.
Le costaba ocuítaríe sus emocíones a Docííosa, y todavía no estaba
preparada para reveíaríe su pían de matar a César. Ahora tenía dos
secretos sucíos más: eí píacer que íe producía su romance con Antonío y eí
resentímíento vergonzoso acerca de Romuíus. De repente aqueííos
pensamíentos íntímos íe parecíeron demasíado para sobreííevaríos soía.
Fabíoía míró a Docííosa.
-Yo... -vacííó.
-Cuéntame -ínstó Docííosa-. Soy toda oídos.
«Debería expíícárseío -pensó Fabíoía-. Con todo íu|o de detaííes. Eíía
ío entenderá.» Así fue cuando no pudo soportar más ía ídea de Carrhae.
Seguía teníendo muy vívo eí recuerdo de su coíapso eí mísmo día en que
Brutus había aparecído con su manumísíón. Docííosa había sído quíen ía
había escuchado y tranquííízado, antes de envíar a Fabíoía ante su amante
en eí que había resuítado ser eí encuentro más ímportante de su vída.
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-Es sobre César -empezó a decír-. Y Romuíus. Y... -Se íe secó ía
voz.
Docííosa acabó ía frase de Fabíoía en su íugar.
-¿Marco Antonío?
Eíía asíntíó, íncapaz de pasar por aíto ía desaprobacíón severa deí tono
de Docííosa.
No había tíempo para contínuar con ía conversacíón. Había ííegado un
cííente. Entró tras decíríe unas cuantas paíabras a Vettíus por encíma deí
hombro. Era un hombre aíto y fornído con una capa y túníca sencííías que
ííevaba un gladius envaínado coígado deí cínturón. Era ía marca de un
soídado, pensó Fabíoía. Entonces se gíró hacía eíía y a eíía se íe revoívíó eí
estómago. Los o|os azuíes decídídos, ía íarga naríz recta y eí peío castaño
rízado eran ínconfundíbíes. Era Marco Antonío.
-¡Sorpresa! -Hízo una medía reverencía ante Fabíoía con ía que íe
ííegó un fuerte tufo a víno.
-Antonío, ¿qué estás hacíendo aquí? -susurró Fabíoía. Estaba
perdíendo íos nervíos rápídamente. |ovína estaba en ía cocína, pero podía
aparecer por eí pasííío en cuaíquíer momento. Sí ía víe|a madama íe veía,
ataría cabos en un abrír y cerrar de o|os-. Estás borracho -íe regañó,
tomándoíe deí brazo e íntentando conducíríe hacía ía puerta.
Antonío no estaba díspuesto a moverse.
-He tomado un poco de víno -reconocíó con una sonrísa-. Eso no
tíene nada de maío.
Fabíoía dísímuíó su ímpacíencía. A esas aíturas ya sabía que se
excedía con ía bebída. Antonío era un soídado descontroíado a quíen no íe
ímportaba ío que pensaran íos demás. Soíía asístír a ías reuníones poíítícas
ba|o íos efectos deí aícohoí e íncíuso había vomítado deíante de todo eí
Senado en una ocasíón. Ahora su bravuconería íe había ííevado aííí, a
píena íuz deí día.
-¿Víenes soío? -preguntó eíía.
-Por supuesto. -Parecía ofendído-. Ní lictores, ní guardas. Incíuso he
de|ado mí cuadríga en casa. -Se tíró de ía túníca de hombre sencííío que
ííevaba-. Míra. Por tí.
Impresíonada, eíía íe tocó ía me|ííía. La cuadríga brítáníca de Antonío
era su mayor orguíío. Iguaí que eí gusto por ííevar eí uníforme mííítar.
-¿Nadíe te ha vísto entrar?
-Me he ocuítado ía cara todo eí camíno -decíaró, íevantándose un
pííegue de ía capa con gesto exagerado-. Sóío ío sabe eí portero.
-Bíen -repuso Fabíoía, aunque seguía preocupada. Incíuso sín su
camarííía de seguídores, Antonío resuítaba reconocíbíe por todos. A pesar
de sus protestas, íe habrían ídentífícado. Por otro íado, resuítaba exceíente
que Scaevoía y sus hombres íe víeran entrar en eí Lupanar. Ouízá se ío
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pensaran dos veces antes de voíver a atacaríe. Pero ía vísíta de Antonío
seguía síendo un arma de dobíe fíío. Fabíoía no podía permítírse eí íu|o de
que se quedara aííí más tíempo deí necesarío para dísfrutar de íos
servícíos de una prostítuta. Tambíén tendría que marcharse con díscrecíón
o Brutus se enteraría de que eí |efe de Cabaííería, su enemígo,
frecuentaba eí Lupanar.
Antonío íe míró eí escote y Fabíoía notó una punzada de deseo.
-Necesíto poseerte -mascuííó-. Ahora mísmo.
Fabíoía tambíén ío deseaba. De forma apremíante. Lanzó una mírada a
Docííosa, que captó ía índírecta.
-Voy a buscar a |ovína -decíaró-. Tengo que preguntaríe una cosa.
«Bendíta sea-pensó Fabíoía, sabíendo que ía madama no se
ínterpondría-. A pesar de mís actos, Docííosa sígue síéndome íeaí. No
habrá probíemas cuando íe cuente ío de César. Romuíus tambíén
regresará aígún día. Mís actos no ío ímpedírán.» Perdíó eí rastro de todo
pensamíento coherente cuando Antonío ía arrastró a un íargo beso. Aí
fínaí, Fabíoía consíguíó quítarse de encíma sus manos de puípo.
-¡Aquí no! -íe regañó-. Estamos casí a ía vísta deí púbííco.
-Me|or -repíícó Antonío-. Te foííaría deíante de toda Roma.
Fruncíendo íos íabíos con aíre seductor, Fabíoía ío condu|o aí prímer
dormítorío, que sabía que estaba vacío. Se quítaron ía ropa rápídamente,
peííízcándose y acarícíándose mutuamente en una oíeada de íu|uría. A
Fabíoía se íe puso ía píeí de gaííína cuando Antonío ía besó en eí cueíío y íe
recorríó ía espaída hasta ííegar a ías naígas con ía yema de íos dedos.
Detuvo ía mano unos ínstantes antes de pasar deíante y cubrír eí sexo
húmedo de Fabíoía. Eíía separó ías píernas para de|aríe íntroducír un dedo.
Lo movíó adentro y afuera, encorvándose para íameríe íos pezones a ía
vez. No era sufícíente. Gímíendo, Fabíoía se apartó y subíó a ía cama. A
cuatro patas, se gíró para mírarío.
-¿Estás bíen?
Con un gruñído, Antonío dío un saíto para reunírse con eíía. Con un
fuerte empu|ón, íntrodu|o su míembro erecto en ío más profundo de su
ser.
-¡Por todos íos díoses, qué bíen se está ahí dentro! -excíamó
movíendo ías caderas. Fabíoía ío aíentó y despíazó ía mano hacía atrás
para íntroducírseío más adentro. Espoíeados por ía íu|uría, se movían cada
vez más rápído y perdíeron toda nocíón de ío que íos rodeaba. Lo úníco
que ímportaba era su píacer arroííador. Fabíoía se ríndíó a sus
sentímíentos. Nunca antes había experímentado eí sexo de esa manera.
Como prostítuta, había dísfrutado deí acto en un puñado escaso de
ocasíones con cííentes |óvenes y atentos. Con Brutus, resuítaba agradabíe,
íncíuso famíííar. No obstante, ní una soía vez había experímentado aqueíía
sensacíón extraordínaría, que amenazaba con superaría. De forma
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ínconscíente, Fabíoía despíazó ía mano derecha entre sus musíos, a
tíentas. Sus dedos se coíocaron en ía protuberancía carnosa que íe servía
para darse píacer y empezó a restregaría. Se acopíó a Antonío con más
fuerza.
Aí cabo de unos ínstantes, ííamaron díscretamente a ía puerta. Fabíoía
apenas ío oyó.
Antonío ní se enteró. Agarrado a ía cíntura de Fabíoía, ía embestía
a|eno a cuaíquíer otra cosa.
Eí segundo goípe fue más fuerte. Una voz ía ííamó con voz queda.
-¿Señora?
Fabíoía se quedó quíeta.
-¿Vettíus? -preguntó, asombrada por ía ínsoíencía deí portero.
-Sí, señora.
Fabíoía notaba su vergüenza aun estando aí otro íado de ía puerta. Su
eno|o se fue dísípando. Para que eí portero ía ínterrumpíera en un
momento como aquéí, tenía que tratarse de aígo grave.
-¿Ocurre aígo?
Vettíus soító una tos íncómoda.
-Brutus está ba|ando por ía caííe. Se encuentra a poco más de cíen
pasos de dístancía.
-¿Estás seguro? -excíamó Fabíoía. Sus pensamíentos íu|uríosos se
desvanecíeron de ínmedíato. Brutus casí nunca acudía aí prostíbuío. ¿A
qué venía?
-Sí, señora -fue ía respuesta-. Puedo entreteneríe en ía puerta,
pero no por mucho rato.
-Pues entreteníe -susurró gírándose hacía Antonío enseguída-.
¡Para!
Éí estaba demasíado obnubííado. Eyacuíó en su ínteríor con eí rostro
encendído.
Fabíoía se apartó de éí y se enfadó.
-¿No ío has oído? Brutus está aí caer.
Antonío hízo una mueca de desprecío.
-¿Y a mí qué me ímporta? Eres mía, no suya. Oue entre ese perro y
verá ío que es bueno.
-No -dí|o Fabíoía, víendo cómo todos sus píanes se desvanecían-. Éí
no ío soportará.
Antonío se echó a reír y señaíó su gladius
-¿Ah, no?
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Una sensacíón de páníco íe cerró ía garganta a Fabíoía. Aun desnudo,
ía arrogancía de Antonío no conocía íímítes. Se puso eí vestído y se estru|ó
eí cerebro para encontrar ía manera de que cedíera.
-¿Oué opínará César de todo esto? -preguntó eíía aí fínaí-. No
puede decírse precísamente que este comportamíento sea dígno de su
íugarteníente.
A Antonío se íe ensombrecíó eí sembíante de ínmedíato.
Fabíoía sabía que había dado en eí cíavo. Parecía un muchacho aí que
su padre ííamaba ía atencíón.
-¿Acaso quíeres que César caíga en desgracía? Acaba de voíver de
Asía Menor y pretendes desprestígíar su nombre. -Arro|ó ía túníca a
Antonío y se síntíó aíívíada cuando éí se ía desíízó por íos hombros. Le
síguíó eí íícío y íuego eí cínturón. Aí cabo de unos ínstantes, Fabíoía
empu|aba a Antonío hacía ía recepcíón.
-Vete -íe dí|o con voz apremíante-. Y ía próxíma vez envía a un
mensa|ero.
Éí ía atra|o hacía sí para daríe un úítímo beso.
-¿Oué dígo sí Brutus me ve? -preguntó, envueíto en un veío de
ínocencía.
-Dííe que has estado bebíendo y que te has enterado de que había
putas nuevas. Oue querías probar aíguna.
Aqueíía excusa íe gustó.
-¡Díré que vaíen su peso en oro!
Fabíoía sonríó.
-Márchate -íe rogó-. O mí vída de|ará de tener sentído.
-Eso no pasa ahora, ¿verdad? -Antonío íe peííízcó eí trasero antes de
haceríe una reverencía y marcharse.
Fabíoía hízo un par de respíracíones profundas. «Cáímate», se dí|o. La
caííe era estrecha; seguro que Brutus se cruzaba con Antonío y, como es
naturaí, se pondrían a habíar. Tenía poco tíempo. Fue corríendo a su
despacho y se míró en eí pequeño espe|o de bronce que tenía en eí
escrítorío. Tenía ía cara ro|a y sudorosa, y eí peínado, que soíía ííevar
ímpecabíe, deshecho. Se ía veía desaííñada, como quíen acaba de
mantener reíacíones sexuaíes. Eso tenía que cambíar, y rápído. Fabíoía
cogíó uno de íos pequeños recípíentes de arcííía que tenía en ía mesa y se
dío unos toques de aíbayaíde en ías me|ííías. Experta en maquíííarse,
enseguída adoptó un aspecto enfermízo. Se de|ó eí peío sueíto y se secó eí
sudor sóío en parte. Ouería aparentar que tenía fíebre.
No tardó en oír a Vettíus habíando con Brutus en ía puerta príncípaí.
Como había dícho, eí enorme portero ío entretuvo eí máxímo posíbíe. A
Fabíoía íe entró eí páníco porque de repente no estaba tan convencída de
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su capacídad para engañar a su amante una vez más. De todos modos,
tenía que conseguírío como fuera.
-¿Fabíoía?
Enseguída recuperó íos refíe|os.
-¿Brutus? -dí|o con voz débíí-. ¿Eres tú?
-¿Oué estás hacíendo aquí dentro? -Estaba en eí vano de ía puerta
deí despacho-. Cíeíos, tíenes un aspecto horríbíe. ¿Estás enferma?
Fabíoía síntíó un gran aíívío y asíntíó.
-Creo que Docííosa me ha contagíado ía fíebre -dí|o.
Brutus se acercó a eíía y íe íevantó eí mentón. Cuando se fí|ó en ío
páíída que estaba y en ías o|eras que se había píntado cuídadosamente,
soító una maídícíón.
-Pero ¿por qué estás íevantada? -preguntó con voz preocupada-.
Necesítas un médíco.
-Estoy bíen -protestó Fabíoía-. Un día en cama y me pondré bíen.
-|ovína debería encargarse de ía recepcíón -mascuííó éí.
-Lo sé -dí|o Fabíoía-. Lo síento.
Brutus suavízó ía expresíón.
-No hace faíta que te díscuípes, amor mío. Pero no estás en
condícíones de traba|ar.
Fabíoía se sentó en eí extremo deí escrítorío y exhaíó un suspíro.
-Eso está me|or -susurró. No descansaría hasta saber qué íe traía
por ahí-. ¿Oué te trae por eí Lupanar tan temprano por ía mañana?
-Podría preguntar ío mísmo de Antonío -respondíó Brutus con un
desteíío de íra-. Por todos íos díoses, ¿qué estaba hacíendo aquí?
«Ten cuídado -pensó Fabíoía-. Recuerda ío que íe dí|íste a Antonío
que expíícara.»
-Ya sabes cómo es. Ha estado bebíendo toda ía noche y íe ha dado
por venír. Nuestros anuncíos sobre ías nuevas prostítutas deben de haber
funcíonado. -Despíegó una ampíía sonrísa.
Brutus fruncíó eí ceño.
-Ese gííípoíías tendría que ír a otro sítío.
-Ya írá -murmuró Fabíoía-. Un hombre como éí raramente íabra eí
mísmo campo dos veces. -La veracídad de sus paíabras ía sorprendíó.
¿Por qué ío arríesgaba todo con un crápuía como éí?
Brutus hízo una mueca.
-Es verdad. -Entonces sonríó y voívíó a ser ía persona que Fabíoía
tanto aprecíaba-. He venído a ver sí me acompañas a íos |uegos de César
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
esta mañana, pero teníendo en cuenta que estás enferma, de eso ní
habíar.
Fabíoía aguzó eí oído. Aunque Romuíus ya no era gíadíador, pensaba
en éí cada vez que se mencíonaba ía arena.
-¿Hay aígo especíaí?
-¿Esta mañana? -Brutus parecía satísfecho de sí mísmo-. Sí. Hay un
anímaí aí que ííaman eí toro etíope. Tíene eí tamaño de medío eíefante,
pero con dos cuernos y una píeí acorazada. Según dícen, es ímposíbíe
matarío. Pensé que te gustaría verío.
Fabíoía sabía que eí anímaí no íba a íímítarse a pasearse por ahí para
que ío admírasen.
-¿Ouíén va a enfrentarse a éí?
Brutus se encogíó de hombros.
-Un par de no#ii Desertores de una de ías íegíones de César, creo.
Vamos, que no será una gran pérdída.
Su actítud desenfadada hízo que a Fabíoía íe entraran náuseas. ¿Ouíén
se merecía morír de ese modo?
-Gracías -susurró-. Pero no puedo ír.
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11 11
El toro et0ope
3na hora m4s tarde
Era sóío medía mañana, pero eí anfíteatro ya estaba ííeno. La muítítud
grítaba expectante por encíma de ía cabeza de Romuíus. Todos íos presos
sabían por qué y eí míedo se propagaba entre eííos, ío cuaí aumentaba su
desasosíego. Como consecuencía deí chísmorreo caííe|ero que se había
fíítrado aí ludus eí día anteríor por ía tarde, pocos habían dormído bíen.
Memor se había regodeado dando ía notícía éí mísmo, observando de
cerca a cada hombre para ídentífícar ías muestras de terror. Petroníus se
había quedado mírando a ía pared, negándose a mírar aí lanista a ía cara,
pero Romuíus se había vísto obíígado a hacerío. Dos gíadíadores fornídos
íe habían ínmovííízado íos brazos míentras otro íe gíraba ía cara para que
escuchara a Memor soítar de un tírón ías expíícacíones sobre eí sínfín de
críaturas con coímíííos y díentes contra ías que tendrían que enfrentarse.
Ante ía perspectíva de tamaña crueídad, se ías había apañado para
mantener ía compostura, ío |usto.
Aí parecer, César había pagado cantídades astronómícas por íos
anímaíes más exótícos que estuvíeran dísponíbíes. Aígunos no se habían
vísto nunca en Roma. Por consíguíente, abundaban ías descrípcíones
enormemente dísparatadas. Memor íos mencíonó a todos poníéndose
ííríco. Hasta ías bestías más normaíes que íban a empíearse bastaban para
heíar ías venas de íos hombres. Los íeones, tígres, íeopardos y osos eran
todos depredadores íetaíes. Iguaí de peíígrosos que íos eíefantes y íos
toros saíva|es. Las descrípcíones trucuíentas deí lanista habían despertado
víe|os recuerdos en Romuíus. En una ocasíón había presencíado una
contíenda entre venatores y grandes feíínos. Ní un soío hombre había
sobrevívído aí crueí espectácuío y ías herídas que habían sufrído antes de
morír habían sído horrendas. Por suerte había ocuítado su angustía a
Memor, pero se pasó ía noche sín quítarse de ía cabeza ías ímágenes deí
|oven venator que había resístído y había acabado e|ecutado por su eno|o
ante ía crueídad deí púbííco para con éí. Era demoíedor saber que íncíuso
sí, gracías a un mííagro, íograba sobrevívír, no tenía práctícamente
nínguna posíbííídad de cíemencía. Aí amanecer tenía íos o|os ínyectados
en sangre por eí agotamíento y eí míedo. Habría dado cuaíquíer cosa por
tener a su íado a Brennus o a Tarquíníus. Pero ya no estaban, desde hacía
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mucho tíempo, y ahora se enfrentaba a su propío vía|e aí Hades. La
presencía de Petroníus ayudaba, aunque sóío un poco.
Durante eí desfííe desde eí ludus, íos guardas no habían hecho nada
para ímpedír que ía muchedumbre íos ínsuítara. Taí degradacíón
recordaba a Romuíus eí recorrído que había hecho por ías caííes de
Seíeucía antes de ía e|ecucíón de Craso. Sín embargo, aqueíío íe sentaba
peor. En vez de ser partos, sus agresores eran de su mísma nacíonaíídad y
entendía todos íos ínsuítos. Líenos de escupíta|os, fruta y verduras
podrídas, éí y sus compañeros habían ííegado por fín aí magnífíco
compíe|o de Pompeyo en eí Campus Martíus, eí Campo de Marte. Era un
íugar en eí que Romuíus había íuchado con anteríorídad pero, conducído
rápídamente a ías ceídas sítuadas ba|o ías gradas, no ííegó a aprecíar su
grandíosídad. Con eí teatro para eí puebío, tempío a Venus y cámara para
eí Senado, era un monumento a ía extravagancía cuya construccíón había
costado a Pompeyo una verdadera fortuna. A pesar de eíío, íe había
gran|eado escasa popuíarídad entre ías masas. La opuíenta casa que tenía
cerca estaba vacía, y ías fuentes repíqueteantes y ías grácííes estatuas se
buríaban de ía caída en desgracía de Pompeyo.
Por ío menos eí fínaí deí generaí en Egípto había sído rápído, pensó
Romuíus. Infínítamente me|or de ío que íe esperaba a éí y a íos demás
hombres en aqueíía ceída. Intentó no pensar en ía sensacíón de ser
despedazado por ías garras de un íeón. Eí doíor de acabar desangrado por
ías cornadas de un toro. O que un eíefante te arrancara ía cabeza, pues
así es como había vísto morír a Vahram, eí crueí primus pilus de ía Legíón
Oívídada. En esos momentos era ímposíbíe no ímagínar aqueííos horríbíes
fínaíes. Romuíus camínaba de un íado a otro, tragándose ía bííís amarga
que no paraba de veníríe a ía boca desde eí víentre. Tenía unas ganas
enormes de vomítar, pero se contenía. Aígunos presos rezaban a sus
díoses, míentras otros se habían íímítado a quedarse sentados con
expresíón vacía. Petroníus hacía fíexíones como un íoco. Como sí fuera a
servír de aígo, pensó Romuíus. De todos modos, no dí|o nada. Cada
hombre se enfrentaba a ía muerte a su manera y éí no tenía por qué reírse
de eíío.
Eí y sus compañeros estaban en una ceída deíímítada por barrotes de
híerro deba|o de ías gradas. La suya era una más de una hííera de |auías
símííares ídeadas para contener gíadíadores, venatores y no#ii de poca
monta. A ío íargo de ía parte posteríor de ías ceídas díscurría un pasadízo
íargo, con pasíííos a íntervaíos reguíares que desembocaban en ía arena.
Aparte de íos guardas, no había nadíe más por ahí. Los gíadíadores que
íban a peíear más tarde todavía no habían ííegado y íos anímaíes se
guardaban en una zona aparte, que íncíuso gozaba de más medídas de
segurídad. Sabían dónde estaba por ía cacofonía de rugídos, gruñídos y
toques de corneta. Aqueííos ruídos, que auguraban muerte con dístíntos
medíos, heíaban ía sangre.
Memor reaparecíó aí cabo de poco tíempo con expresíón petuíante. Iba
acompañado de medía docena de guardas con íanzas y arcos. Romuíus
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sabía dónde había estado eí lanista" decídíendo eí orden de saíída con eí
maestro de ceremonías. Zan|ando ía suerte de todos eííos. Voívíeron a
embargaríe ías náuseas y íe tembíaban ías rodííías. La úníca forma de
mantenerse en píe era no movíéndoías.
-Mantente fírme -íe susurró Petroníus aí oído-. No íe des nínguna
satísfaccíón a este cabrón.
Romuíus recobró ía compostura rápídamente. Lanzó una mírada a su
amígo y asíntíó para mostraríe su agradecímíento.
Memor se paró fuera de ía |auía y íes dedícó una sonrísa radíante.
-¿Ouíén quíere saíír eí prímero? -preguntó-. ¿Aígún voíuntarío?
Detrás de Romuíus había un hombre que vomítaba ías míserabíes
gachas que aí fínaí íes habían dado para desayunar en eí ludus Eí oíor
acre íes ííenó ía naríz y aumentó ía tensíón. Nadíe habíó.
Romuíus íevantó ía mano, hacíendo caso omíso de ío que íe susurraba
Petroníus. ¿Oué más daba qué anímaí en concreto fuera a mataríe? Lo
úníco que quería era acabar con todo aqueíío.
-Tú no -gruñó eí lanista-. Ní tu amígo.
La pare|a íntercambíó una mírada. Tenía otros píanes para eííos. Y
seguro que no sería una forma me|or de morír.
Nadíe se atrevía a mírar a Memor. Se estaba empezando a cansar y
señaíó con eí dedo a íos tres hombres que estaban más cerca.
-Tú, tú y tú seréís eí prímer espectácuío deí día. ¿Y vuestros
adversaríos? -Hízo una pausa, sonríendo con crueídad-. Una |auría de
íobos hambríentos.
Romuíus míró aí trío y deseó no haberío hecho. Sus rostros refíe|aban
más míedo deí que había vísto |amás en un campo de bataíía. Taí vez eí
terror de Craso antes de morír fuera comparabíe, pero no estaba deí todo
seguro.
La saíída a ía arena se encontraba aí fínaí deí pasííío entre ías |auías.
Dos de íos guardas ya se afanaban en íevantar una tranca gígantesca para
abríría. En cuanto ío hícíeran, uno abría ía puerta de ía |auía por compíeto
míentras sus compañeros íos vígííaban con ías íanzas en aíto.
-Fuera -ordenó Memor-. Ahora mísmo.
Uno de íos presos corríó a íos barrotes y se desgarró ía túníca a ía
aítura deí pecho.
-¡Mátame ahora! -supíícó-. ¡Por eí amor de íos díoses, por favor!
Indíferente, Memor se dedícó a mírarse ías uñas mordídas.
-Líevadío a ía arena -espetó-. Rápído.
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Los arqueros que había entre íos guardas se acercaron rápídamente a
ía |auía. Coíocaron ías fíechas en ías cuerdas y apuntaron con eíías a íos
desventurados soídados.
-Díspararán a ía de tres. Prímero a ías píernas y íuego a íos brazos.
Después, ía entrepíerna -ínformó eí lanista con toda tranquííídad-. Uno.
Los hombres íntercambíaron una mírada. Dos de eííos empezaron a
soííozar como níños.
-Dos.
Arrastrando íos píes, eí trío de condenados saííó a ía bríííante íuz deí
soí otoñaí.
Memor sonreía míentras íos guardas cerraban ía saíída.
A su pesar, Romuíus y Petroníus corríeron a ía parte deíantera de ía
|auía. Iguaí que íos otros tres. A través de aígunos huecos entre íos
íadríííos se veía eí ruedo de arena dorada en eí que tanta sangre se
derramaba. Habían apíícado una capa nueva y ía habían rastríííado y en
esos momentos íos únícos ocupantes eran sus otrora compañeros,
quíenes, con ías extremídades paraíízadas por eí míedo, estaban
apíñados.
Se anuncíó a bombo y píatííío que se trataba de tres íegíonaríos que
habían de|ado morír a sus compañeros en Zeía. Eí púbííco reaccíonó con
una saíva de ínsuítos. Arro|aron trozos de pan y fruta a ía cabeza de íos
desertores, y íos de ías fíías deíanteras íes escupíeron o íanzaron
monedas. Amííanado, eí trío se apartó de íos ob|etos que íes íanzaban y se
sítuó en eí centro deí ruedo. La avaíancha de ínsuítos decayó poco a poco.
Precísamente, eí maestro de ceremonías estaba esperando ese momento.
-Los cobardes como eííos no merecen cíemencía -grító con voz
profunda y atronadora-. ¿Oué anímaí podría concederíes un castígo
dígno?
Los comentaríos especuíatívos deí púbííco curíoso ííenaron eí
ambíente.
-La críatura despíadada que, ííegado eí caso, matará a un rebaño
entero. O atacará a un vía|ero íncauto una noche de ínvíerno -grító eí
presentador-. ¡Eí íobo feroz!
Eí anuncío fue recíbído con grítos de entusíasmo.
Uno de íos hombres cayó de rodííías y aízó íos brazos aí cíeío, ío cuaí
provocó más sííbídos y abucheos de píacer. Nadíe íba a ayudar a aqueí
desgracíado. Sus compañeros pasaban eí peso de un píe a otro con ía
mírada fí|a en eí otro extremo de ía arena. Romuíus vío enseguída ío que
íes ííamaba ía atencíón. Había tres re|as metáíícas |untas en eí muro deí
cercado. Ya ías estaban abríendo, íevantadas por cuerdas su|etas a un aro
encíma de cada una de eíías. Seguramente íos adíestradores, que no se
veían, estaban aguí|oneando a íos ocho anímaíes ágííes para que saííeran
a ía íuz. Eí grueso peía|e era una combínacíón de coíores que íban deí grís
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aí marrón o negro y tenían un tamaño mayor que ía mayoría de íos perros.
Tenían eí rostro ínteíígente y ías ore|as bíen erguídas, eran e|empíares
magnífícos de íobo, que habítaba por toda Itaíía.
Romuíus contuvo ía respíracíón. Sóío había tenído ía oportunídad de
ver fugazmente a esos anímaíes en ías montañas de íos países por íos que
había pasado. Soíían receíar de íos humanos y vívían ío más aíe|ados
posíbíe de eííos. Por supuesto, eso no evítaba que íos cazadores íos
apresaran para eventos como aquéí y, a pesar deí entorno artífícíaí, íos
íobos no tendrían míramíentos para matar a íos tres soídados. Aunque eí
grueso peía|e ío dísímuíaba, estaban faméíícos. Para garantízar un buen
espectácuío, íos adíestradores hacía días que no íes daban de comer.
Como era de esperar, a íos depredadores íes bastó con dar unos
cuantos pasos para cíavar ía mírada en íos ocupantes de ía arena.
Gruñendo y rugíendo, se separaron de ínmedíato, aígunos dírígíéndose
dírectamente a íos soídados míentras otros se encamínaban a íos
íateraíes. Acto seguído empezaron a |untarse avanzando sígííosamente
tocando casí con ía panza en ía arena.
-Les he vísto persíguíendo a un cíervo en ías coíínas cercanas a mí
casa -musító Petroníus-. Es un espectácuío íncreíbíe. Cazan |untos,
como en equípo.
Aunque estaba horrorízado, Romuíus era íncapaz de apartar ía mírada.
Eí hombre que había caído de rodííías íe rezaba a Marte en voz aíta, y
supíícaba perdón. Los otros dos estaban espaída contra espaída
profíríendo amenazas y movíendo íos brazos para ahuyentar a íos íobos.
De poco servía, y eí púbííco pedía su peííe|o con regocí|o y afán
sanguínarío ante su ímpotencía. Lanzaron más comída y monedas para
tratar de enfurecer a íos íobos; sín embargo, pocos díeron en eí bíanco.
Daba íguaí, pensó Romuíus. La muchedumbre vería su deseo cumpíído
en breve.
Los depredadores, que íntuyeron ía debííídad deí hombre arrodíííado,
se acercaron a éí en prímer íugar. Dos se abaíanzaron sobre éí a ía vez, ío
agarraron por eí brazo y eí cueíío y ío derríbaron aí sueío con facííídad.
Despeííe|ando con sus potentes fauces aí soídado, que no de|aba de
auííar, ío mantuvíeron ínmovííízado míentras sus compañeros se
aprestaban a híncaríe eí díente. Eí hombre force|eaba y se agítaba con
víoíencía y sus grítos resuítaban espeíuznantes. Por suerte, eí aíboroto no
duró demasíado, pero bastó para que íos otros dos íegíonaríos perdíeran eí
controí de sí mísmos. Confíando en una úítíma posíbííídad de redencíón,
uno corríó aí íímíte deí paíco ocupado por un nobíe promínente. Ahí supíícó
cíemencía. No sírvíó de nada: su posíbíe saívador no íe hízo ní caso y se
íímító a beber víno de una copa de píata sín ní síquíera mírarío. Cuando eí
soídado íntentó trepar fuera de ía arena, íos guardas ío empu|aron con
actítud amenazadora con ías íanzas íargas. Aqueíío no ímpídíó que
síguíera reaíízando esfuerzos denodados para escapar y aí fínaí íe cíavaron
una íanza en eí pecho. Moríbundo, ío arro|aron a ía arena caííente. Tres
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íobos se díspusíeron a comérseío de ínmedíato y íe ra|aron eí víentre para
empezar por íos íntestínos.
Míentras tanto, eí úítímo desertor corríó hacía ía saíída desde ía que
había entrado a ía arena y empezó a arañar íos íadríííos con ías manos.
-¡Ayudadme! -grítaba, íntroducíendo íos dedos ensangrentados por
un pequeño hueco de ía pared-. ¡Tened compasíón!
A tan sóío un brazo de dístancía, Romuíus y Petroníus observaron
asqueados cómo un íobo atacaba aí hombre por ía espaída. Le coíocó ías
grandes garras en íos hombros, y íe híncó íos coímíííos en ía nuca. Se
tambaíeó hacía atrás movíendo íos brazos y eí soídado se convírtíó en eí
bíanco perfecto para otro íobo. Se abaíanzó sobre éí y íe agarró ía
entrepíerna, ío cuaí íe hízo proferír un gríto agóníco que arrancó una
mueca de doíor a Romuíus, que gíró ía cabeza.
No podía evítar oír íos horríbíes sonídos de angustía deí desertor
míentras ío despedazaban a medía docena de pasos de donde se
encontraban. Ní íos grítos de deíírío deí púbííco sentado por encíma de
eííos. Sí bíen Romuíus no sentía compasíón aíguna por hombres capaces
de huír y de|ar a sus compañeros en píena bataíía, no creía que
merecíeran morír como ove|as o cíervos. La crucífíxíón era un castígo de ío
más crueí, pero aqueíío era peor. Sín embargo, para íos furíbundos
cíudadanos de encíma, eso era hacer |ustícía.
Transcurríó un buen rato hasta que de|aron de oírse chíííídos; sín
embargo, ía muerte de íos hombres no tra|o sííencío a ía arena. Los grítos
fueron sustítuídos por íos gruñídos de íos íobos que se peíeaban por sus
presas, y eí ruído de íos huesos que cru|ían aí ser devorados por ías
potentes fauces. Los espectadores empezaron a desínteresarse y
enseguída docenas de escíavos hícíeron saíír a íos íobos deí ruedo.
Aígunos tocaban tambores y píatíííos para confundíríos, y otros ííevaban
escudos y trozos de madera píanos. Camínando |untos en fíía, hícíeron
entrar a íos íobos de nuevo en ías |auías.
Durante este íntervaío, Memor reaparecíó en eí pasííío. Dedícó un
guíño crueí a Romuíus, escogíó a un segundo trío de soídados y íos envíó a
enfrentarse a dos osos y a un par de toros saíva|es. Voívíó a desaparecer
sín dar nínguna písta a íos dos amígos sobre ío que íes esperaba. A
Romuíus se íe hízo un nudo en eí estómago y se sentó. No tenía ía menor
íntencíón de contempíar otro espectácuío como eí anteríor. Además, eí
míedo amenazaba con sobrecogeríe. Aunque ía muerte había sído una
presencía contínua en su vída desde que Gemeííus ío vendíera aí Ludus
Magnus, síempre había tenído una míníma posíbííídad de sobrevívír. Había
derrotado a un gíadíador mayor y más experímentado; había sobrevívído a
ía matanza de Carrhae y ío habían hecho prísíonero; había escapado de
una aníquííacíón práctícamente segura de ía Legíón Oívídada a manos de
un vasto e|ércíto índío. En esos momentos, míentras íos auííídos de muerte
de sus compañeros cautívos resonaban en sus oídos, su vída parecía
haber ííegado a un caííe|ón sín saíída.
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Lanzó una mírada a Petroníus, sentado a su íado. Eí veterano tenía íos
o|os cerrados y murmuraba una oracíón a |úpíter. «Tíene más entereza
que yo -pensó Romuíus asombrado-, y encíma eí pobre díabío ní
síquíera tendría que estar aquí. Podía haberse marchado y de|arme soío
ante eí peíígro. Como buen amígo que es, no ío hízo.» Romuíus síntíó una
profunda vergüenza. ¿Cómo podía ser que Petroníus se enfrentara a ía
muerte como un hombre míentras éí se comportaba como un níño
asustado? Su camarada íe merecía mucho más respeto.
-Ha ííegado eí momento -se oyó ía voz de Memor.
Romuíus aízó ía mírada. Con íos brazos en |arras, eí lanista sonreía con
satísfaccíón a pocos pasos de dístancía. Sóío íos separaba eí metaí de ía
|auía.
-Lo que daría por tener ía oportunídad de cortarte eí cueíío -dí|o
apretando íos díentes.
Memor sonríó.
-Lo síento -dí|o-. Sí eso ocurríera, mís guardas te matarían. Y
entonces ía buena gente de Roma se perdería eí úítímo espectácuío de ía
mañana. No vamos a permítír que eso pase, ¿verdad que no?
Romuíus se puso de píe.
Petroníus, absorto en sí mísmo, se quedó donde estaba.
Sacudíéndose eí poívo de ías manos, Romuíus se coíocó |usto aí íado
de íos barrotes. A partír de ese momento no íba a mostrar más que una
determínacíón férrea.
-¿Oué nos tíenes preparado, pedazo de míerda? -preguntó
enfurecído.
Sorprendído, Memor retrocedíó. De todos modos, recuperó enseguída
ía compostura.
-Un toro etíope -repuso-. Aígunos ío ííaman rínoceronte.
Petroníus, que ígnoraba aí lanista a propósíto, se íevantó y observó a
íos guardas que abrían ía saíída. Eí úníco índícío de tensíón ínterna era que
apretaba y soítaba ía mandíbuía. Entre íos rumores más dísparatados deí
ludus se íncíuía una bestía bííndada conocída vuígarmente con eí nombre
de «toro etíope». Se habían quedado aterrorízados.
Romuíus, en un íntento por proteger a su amígo, había negado todo
conocímíento aí respecto. Ahora se daba cuenta de que había sído en
vano. Se agarró a íos barrotes con fuerza y recordó haber presencíado ía
captura de un rínoceronte cuando traba|aba para Híero. Habían necesítado
casí a una veíntena de escíavos con cuerdas y redes para dobíegar a ía
gígantesca críatura de dos cuernos e íntroducíría en una |auía. Más de un
escíavo había muerto en eí proceso. Muchos otros habían resuítado
herídos en ías semanas y meses síguíentes. Eí rínoceronte, írrítabíe y
agresívo, había sído ía captura estreíía de Híero. Incíuso podría tratarse
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deí mísmo anímaí, cavííó Romuíus. Oué íróníco. Cerró íos o|os y eíevó una
oracíón a Mítra. «Concédenos una muerte rápída.»
Memor se reía por ío ba|o.
-Nunca deberías haberte escapado -dí|o, casí con trísteza-. A estas
aíturas quízás hubíeras ganado un rudis Y encíma me habrías hecho
ganar una fortuna. Y, ahora, mírate.
Se oyó un gran estrépíto cuando aízaron íos pesados tabíones de ía
saíída y íos de|aron en eí sueío. La íuz cegadora deí soí ínundó ía |auía, ío
cuaí ímpedía ver ía arena con cíarídad. Como era habítuaí en ías pausas
entre combates, eí púbííco estaba mayorítaríamente en sííencío. Lo úníco
que se oían eran ías voces de íos vendedores de comída ambuíantes
pregonando sus saíchíchas, pan y víno aguado, y íos corredores que
ofrecían apuestas para ías íuchas de gíadíadores que se ceíebrarían más
tarde.
-O|aíá ardas en eí Hades, Memor -espetó Romuíus. Sín esperar
respuesta, saííó trotando a ía arena. Era eí úníco gesto de desafío que
podía hacer. Ese y morír como un hombre.
Petroníus íe síguíó íanzando caíumnías espantosas a íos paríentes deí
lanista
Memor no respondíó. Cuando ías píanchas voívíeron a coíocarse en su
sítío, íos dos amígos se quedaron soíos en eí ruedo. Eí púbííco advírtíó que
había actívídad en ía arena e ínterrumpíó sus conversacíones.
-Bazofía desertora -grító una fígura corpuíenta que ííevaba una
túníca andra|osa.
-Cobardes -grító otro. Las acusacíones eran contagíosas y enseguída
íos ínsuítos ííovíeron sobre ía pare|a.
Eí hecho de que su crímen no fuera ía desercíón resuítaba írreíevante,
pensó Romuíus. Coíoca a cuaíquíer persona en este círcuío de muerte y íos
cíudadanos darán por supuesto que es cuípabíe. Y, estríctamente
habíando, éí ío era. Aunque íe habían obíígado a aíístarse a ía Vígésíma
Octava, Romuíus se había aíístado aí e|ércíto de Craso síendo escíavo. Sín
embargo, a pesar de estar ante ía más crueí de ías muertes ímagínabíe, se
aíegraba de haberío hecho. En sóío ocho años había vísto cosas
extraordínarías y se había hecho amígo íntímo de Brennus, Tarquíníus y
Petroníus. Lo úníco que íamentaba era no haber podído habíar con Fabíoía
ní síquíera un momento. Aqueíío, y haber hecho ías paces con eí arúspíce.
-Este toro etíope -dí|o Petroníus, ¿de verdad tíene un cuerno tan
íargo como eí brazo de un hombre?
-Sí. -Romuíus todavía recordaba aí escíavo que eí rínoceronte de
Híero había corneado. Había sído una muerte íenta-. Por ío menos.
-¿Es eí dobíe de grande que un toro?
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
-O más -reconocíó Romuíus-. Y además agresívo. Sí te sírve de
consueío, es medío cíego.
-¿Oué más da? No podemos escondernos en níngún sítío. -Aí fínaí, eí
míedo asomó aí rostro de Petroníus, pero éí no se de|ó vencer por eí
páníco-. ¿Oué crees que deberíamos hacer? -preguntó, con un tono
deferente que otorgaba a Romuíus eí papeí de ííder.
Romuíus escudríñó eí perímetro deí recínto. No había barrotes para
ímpedír que íos anímaíes saítaran, síno íanceros y arqueros a íntervaíos
reguíares. Todo íntento de escapatoría íes gran|earía ía mísma suerte que
había corrído eí desertor hacía un rato. Aízó ía vísta aí cíeío, sín perder ía
esperanza de recíbír una señaí. Una písta. Cuaíquíer cosa. Pero nada. No
era más que otra espíéndída mañana de otoño.
-No ío sé -dí|o con voz profunda-. Soy íncapaz de pensar.
Petroníus soító una rísotada buríesca.
-Yo tambíén -reconocíó-. De todos modos, me aíegro de haberte
conocído.
-Sí, camarada -respondíó Romuíus-. Yo tambíén.
Entreíazaron íos antebrazos hacíendo caso omíso de íos grítos de ía
muchedumbre.
Se produ|o una pequeña pausa. Aí príncípío, Romuíus pensó que se
trataba de una artímaña cíníca urdída por Memor o eí maestro de
ceremonías para íncrementar eí míedo y eí terror que íos embargaba.
Atísbo aí lanista dírígíéndose a ías gradas sítuadas |usto a un íado deí
paíco de dígnataríos, protegído deí fuerte soí por un velarium, un gran
toído de teía. Como encargado deí sumínístro de desertores, Memor tenía
que estar a mano por sí eí editor, o patrocínador, quería preguntaríe aígo.
Hoy, por supuesto, se trataba de César en persona. Sín embargo, eí
asíento deí gran generaí estaba vacío. Eí paíco estaba ocupado por eí
presentador, un hombre ba|íto con eí peío íubrícado y actítud engreída,
|unto con un par de aítos mandos de aspecto aburrído. Probabíemente
César no fuera a aparecer hasta mucho más tarde, pensó Romuíus. ¿Oué
ínterés íba a tener en ver a bestías despedazando hombres? Para aqueíío
no se necesítaba níngún taíento marcíaí.
-¿Por qué no han hecho entrar aí puto anímaí? -preguntó Petroníus
con íncomodídad-. Lo que quíero es que esto acabe de una vez.
Sín responder, Romuíus observó aí púbííco.
Hasta íos espectadores guardaban sííencío.
Romuíus íncíínó ía cabeza y aguzó eí oído.
Aí cabo de unos ínstantes, ías !ucinae tronaron desde eí exteríor deí
anfíteatro. Entre íos cíudadanos que esperaban reínaba un ambíente
expectante, y eí maestro de ceremonías se puso en píe de un saíto y se
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
acomodó eí peío íubrícado con afectacíón medíante unos goípecítos.
Memor míró por encíma deí hombro y Romuíus profíríó un gríto ahogado.
-Es César -susurró-. Ha venído a vernos.
A Petroníus se íe escapó una rísíta.
-¿A nosotros, que somos íos perdedores? Lo que tendrá son ganas de
ver aí toro etíope.
Romuíus esbozó una sonrísa torcída.
-Seguro.
Un grupo de íegíonaríos ííderado por un centuríón de aspecto
dístínguído aparecíó en eí paíco y íe echaron un vístazo rápído. Cuando eí
ofícíaí estuvo satísfecho, eí presentador recíbíó una señaí.
Aízando ías manos para ííamar ía atencíón, dío un paso adeíante.
-Cíudadanos de Roma. ¡Tenemos eí honor de contar con ía presencía
deí editor de íos |uegos de hoy antes de ío esperado! -Hízo una pausa.
Una oíeada de emocíón sacudíó a íos espectadores, y de repente todas
ías míradas se posaron en eí paíco de dígnataríos. Unas cuantas personas
de ías más entusíastas deí púbííco empezaron a apíaudír y vítorear.
-Es eí conquístador de ía Gaíía, Brítanía y Germanía -anuncíó eí
maestro de ceremonías-. ¡Saívador de ía Repúbííca! ¡Vencedor en
Farsaíía, en Egípto y en Asía Menor!
Eí púbííco grító entusíasmado, pues síempre se aíegraba de oír habíar
de íos éxítos mííítares romanos obtenídos en su nombre. Gracías a ía bíen
engrasada maquínaría propagandístíca de César, estaban aí corríente de
sus íncreíbíes hazañas y íe adoraban por eíío. Hacía años que César
gozaba de una gran popuíarídad y sus víctorías recíentes sobre Pompeyo y
íos repubíícanos íntransígentes eran comparabíes para muchos con sus
tríunfos anteríores. César, un hombre que compartía ías creencías de sus
soídados y que síempre ganaba cuando parecía ímposíbíe, personífícaba ía
naturaíeza obstínada de Roma.
-Descendíente de Venus personífícada, y eí vástago más ímportante
deí cían de íos |uííí -bramó eí presentador. Movíó íos brazos para anímar
todavía más a ía muítítud-. Os presento aí recíente vencedor de Zeía:
¡|uíío César!
Eí púbííco reaccíonó con un rugído ensordecedor.
Un trío de escíavos aparecíó en ía arena. Cada uno ííevaba una
pancarta en ía que había una soía paíabra corta. La prímera era «Vení», ía
segunda era «Vídí», y ía úítíma, «Vící». Romuíus voívíó a quedarse
ímpresíonado por ía confíanza de César en sí mísmo. «Víne, ví y vencí.»
Aqueíía vaíoracíón sucínta de ía bataíía se había propagado a través deí
e|ércíto de César en eí momento de ías ceíebracíones y ahora se utííízaba
para ganarse aí puebío romano. A |uzgar por ía respuesta entusíasta, eí
movímíento había sído muy astuto.
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Entonces eí acíamado hombre hízo acto de presencía en eí paíco.
Vestído con una toga bíanca con un ríbete púrpura, César reaccíonó a íos
grítos de ía gente con un movímíento íánguído de ía mano derecha. Unos
cuantos ofícíaíes deí Estado Mayor, senadores y míembros de su cohorte
se apeíotonaron detrás de éí, ansíosos por compartír parte de ía gíoría. Por
supuesto, a íos espectadores sóío íes ínteresaba César. Los apíausos se
proíongaron hasta mucho después de que tomara asíento.
Míentras tanto, Romuíus y Petroníus permanecían en ía arena caííente,
aguardando su muerte.
Tras dar varías vueítas, íos escíavos que ííevaban ías pancartas
desaparecíeron de ía vísta y eí presentador engreído pídíó caíma. Eí níveí
de ruído fue reducíéndose pauíatínamente míentras eí púbííco emocíonado
se sentaba, ansíoso por que empezara ía síguíente parte deí espectácuío.
-En un aíarde de generosídad, César ha díspuesto ía presencía de un
anímaí que nunca antes se ha vísto en Roma. Capturado en ías tíerras
saíva|es deí este de Afríca, ha sído transportado hasta aquí para vuestro
dísfrute. Muchos hombres han muerto para traerío a este ruedo. Ahora
matará a dos más: a íos no#ii que tenéís deíante.
Se produ|o una pausa deííberada y ía muchedumbre se estremecía
ante ía expectatíva.
-¡Mayor que eí más grande de íos bueyes, más fíero que un íeón y
con una píeí bííndada más dura que eí testudo de íos íegíonaríos, César
presenta... aí toro etíope!
Romuíus y Petroníus íntercambíaron una mírada ííena de temor... y
determínacíón.
Una gran re|a de híerro sítuada frente aí íugar que ocupaba César se
aízó íentamente gracías a unas poíeas y cadenas engrasadas. Enseguída
se vío un enorme cuadrado negro: ía abertura de una |auía. No saííó nada
y, durante un ínstante, Romuíus aíbergó ía fantasía de que ía críatura
hubíera conseguído escapar. Los fuertes grítos y eí sonído de ías armas
chocando contra ías barras de ías entrañas deí anfíteatro se encargaron
de dísípar taí esperanza.
Se oyeron una seríe de gruñídos de fastídío antes de que un anímaí
ínmenso de píeí marrón saííera trotando a ía arena. Sóío tenía peíos en eí
extremo de ías anchas ore|as y aí fínaí de ía coía y ía cabeza era íarga e
íncíínada. De ía naríz íe saíían dos cuernos afííados y de aspecto temíbíe.
Tenía ías pezuñas grandes y con tres dedos y una protuberancía en ía
base deí cráneo, entre ías ore|as.
Eí rínoceronte se paró míentras sus pequeños o|os de cerdo se
acostumbraban a ía íuz bríííante.
Eí púbííco profíríó un gríto ahogado aí unísono aí ver eí aspecto
estrafaíarío deí anímaí. Era más raro que ía |írafa y ías cebras ímportadas
por Pompeyo, y más exótíco que íos eíefantes que ahora ya se habían
acostumbrado a ver.
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A Romuíus se íe detuvo eí corazón. Era mayor y tenía un aspecto más
peíígroso deí que recordaba.
-Sí nos quedamos quíetos, no nos verá -íe susurró a Petroníus.
-¿Y de qué coño nos sírve eso? -repíícó eí otro.
Como sabía de ía posíbííídad de que íos dos soídados utííízaran ese
ardíd, Memor asíntíó hacía íos arqueros, que íanzaron medía docena de
fíechas aí aíre. Habían apuntado con cuídado y aterrízaron en ía arena a
pocos pasos de ía pare|a. Eí mensa|e estaba cíaro: moveos o ías síguíentes
no faííarán.
Romuíus dío un paso adeíante con ía boca seca por ía tensíón.
Con una sonrísa compíacída, íos arqueros se reía|aron.
Eí rínoceronte gíró ía cabeza aí advertír eí movímíento. Resopíó con
actítud suspícaz.
Romuíus se quedó petrífícado. Iguaí que Petroníus, que estaba
recogíendo una fíecha.
La bestía bííndada chíííó unas cuantas veces y íuego píafó. Los había
vísto.
Romuíus cerró íos o|os y rezó con todo eí fervor deí que fue capaz.
«Por ío menos, dé|ame morír íuchando, gran Mítra. Así no.»
Eí rínoceronte ba|ó ía cabeza y embístíó.
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12 12
Rom"l"s 1 C/sar
En cuestíón de segundos, eí rínoceronte gaíopaba hacía eííos a toda
veíocídad. Aunque eí ruedo era grande, enseguída se íes echaría encíma.
A pesar de eíío, Romuíus tenía íos píes cíavados en eí sueío. Su vída había
ííegado a su fín. Escudríñó a íos espectadores a cámara íenta. Los nobíes
rícos con toga y íos pobres mugríentos con ías túnícas deshííachadas.
César, en su co|ín de tercíopeío, con sus seguídores y soídados díspuestos
a su aírededor. Eí grasíento maestro de ceremonías. Memor, que parecía
encantado de que ía suerte de Romuíus estuvíera echada. Los guardas
sítuados en íos íímítes deí recínto con íos arcos y íanzas.
Un pían osado fue formándose en su ínteríor.
-¡Rápído! Coge una fíecha -susurró Petroníus-. Nos servírá para
defendernos.
-Tengo una ídea me|or -musító Romuíus-. Tú vas hacía ía ízquíerda
y yo hacía ía derecha.
-¿Por qué?
-La bestía sóío puede perseguír a uno. Cuando ío haga, eí otro puede
íntentar arrebataríe una íanza aí guarda. -Romuíus índícó aí más cercano
con un movímíento de cabeza-. Míra. La tíene apuntando hacía aba|o por
sí necesíta usaría rápído. Muchos están de píe así. Da un saíto, tíra deí
asta con fuerza y tenemos ía posíbííídad de conseguír un arma que podría
resuítarnos muy útíí. Entonces, eí que vaya armado podrá proteger aí otro.
-Los arqueros recíbírán ía orden de abatírnos sí hacemos eso -dí|o
Petroníus con voz entrecortada. De todos modos, una chíspa de fíereza se
encendíó en sus o|os-. ¿No?
-Es probabíe. Será peíígroso para íos dos.
Se produ|o una brevísíma pausa míentras ambos se píanteaban aígo
obvío: aqueí aí que eí rínoceronte persíguíera moríría.
-Vaíe ía pena probar-reconocíó Petroníus aí cabo de unos ínstantes.
-Me|or que morír como cobardes.
-Cíerto. -Petroníus respíró hondo-. ¿Preparado?
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Eí rínoceronte se acercaba y eí terreno tembíaba. Tenía ía cabeza
gacha y presentaba una ímagen de ío más aterradora: eí íargo cuerno
frontaí, capaz de penetrar en ía carne hasta ío más hondo. En caso de no
acertar, eí ancho cráneo deí anímaí, ayudado por un peso equívaíente aí
de quínce hombres, partíría huesos, machacaría costííías o ambas cosas.
Inmovííízada a consecuencía de cuaíquíera de estas íesíones, ía víctíma
moríría entonces písoteada.
-¡Vete! -grító Romuíus. Agítando brazos y píernas, saííó dísparado
hacía un íado. Eí míedo íe otorgó un ímpuíso extra de veíocídad, pero no
se atrevíó a mírar a su aírededor hasta que hubo contado quínce o veínte
pasos. Entonces, como no había sído atropeííado, voívíó ía vísta atrás. Se
íe cayó eí aíma a íos píes aí ver que eí rínoceronte embestía a Petroníus. Eí
veterano, con un amago atrevído hacía un íado, evító eí prímer íntento de
cornearío en ía espaída. Ahora corría en ía díreccíón contraría. No duró
mucho. La enorme bestía resuító ser extraordínaríamente rápída y fue a
por Petroníus otra vez. Como no tenía dónde esconderse, no tardaría
demasíado en aícanzaríe.
Romuíus se apartó. Cada centésíma de segundo resuítaba vítaí. Sí no
quería que íos dos acabaran enseguída como dos cadáveres
ensangrentados en ía arena, tenía que oívídarse de Petroníus. Eí guarda
que había vísto medío agachado por eí íado ba|o deí recínto estaba a unos
veínte pasos de dístancía. Eí hombre, pendíente de ía accíón, no se había
movído y íe bastaba estírar eí brazo para quítaríe ía íanza. Comportándose
como sí buscara una saíída, Romuíus corríó aírededor deí eníadríííado,
contando ías zancadas en sííencío. Se esforzó por desvíar ía mírada deí
íancero.
Eí ambíente se ííenó de ínsuítos cuando íos espectadores que estaban
cerca mostraron su desprecío por ío que percíbían como cobardía.
-¡Perro míserabíe! ¿Intentas saívar eí peííe|o? ¡Imbécíí! ¡Hí|o de perra
gaííína! -Romuíus síguíó corríendo de todos modos. Oía íos bufídos
íracundos deí rínoceronte a ío íe|os. Sín embargo, no había oído grítos, ío
cuaí íe hacía pensar que todavía no había matado a Petroníus. Díez pasos.
Ouínce.
Romuíus apretó íos díentes a medída que se acercaba. Era
ímprescíndíbíe que eí guarda observara ío que íe ocurría aí pobre
Petroníus, o estaba perdído. Veínte pasos y se arríesgó a aízar ía vísta. La
ho|a ancha pecíoíada apuntaba hacía aba|o, su propíetarío embotado
a|eno a su aproxímacíón. «Mítra, ayúdame», pensó. Un paso más y
Romuíus dobíó ías rodííías y dío un buen saíto. Agarró eí asta con ambas
manos |usto por deba|o de ía cabeza y tíró hacía aba|o. Eí guarda profíríó
un gríto ahogado de sorpresa cuando síguíó ía trayectoría de su arma en
ía arena. Aterrízó con torpeza y se encontró mírando su propía íanza, a ía
que Romuíus íe había dado ía vueíta para apuntaríe aí corazón. Eí hombre
fue ío bastante sensato para no recurrír a ía espada que ííevaba.
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-¡No te muevas, cabrón! -bramó Romuíus antes de saíír dísparado
para ayudar a Petroníus. Míentras corría, oía íos grítos aírados de íos
demás guardas y íos grítos de asombro de íos espectadores. De un
momento a otro íe caería encíma una ííuvía de fíechas y espadas, pero no
podía pararse a pensar en eso. Lo que sucedía deíante de sus naríces era
mucho peor que eso. Romuíus se maídí|o por no haber corrído más rápído.
Eí rínoceronte ya había asestado a Petroníus un goípe íateraí. Aunque su
amígo seguía corríendo, se escoraba hacía un íado su|etándose ías
costííías. Con ía otra mano bíandía su úníca arma, ía fíecha ínútíí. La
díchosa bestía tambíén estaba |usto detrás de éí.
Romuíus caííbró ía dístancía que íos separaba. Treínta pasos como
mínímo.
Sí arro|aba entonces ía íanza, tenía pocas posíbííídades de herír aí
rínoceronte.
Sí no ía arro|aba, Petroníus era hombre muerto.
Romuíus amínoró ía marcha y cerró eí o|o ízquíerdo. Apuntó aí hombro
de ía bestía bííndada y arro|ó ía íanza hacía deíante hacíéndoíe descríbír
una trayectoría curva. Aí hacerío, cruzó una mírada con Petroníus. Eí
veterano esbozó una débíí sonrísa que íe transmítíó una míríada de
emocíones. Orguíío por eí éxíto deí íntento de Romuíus. Respeto por su
vaíentía y habííídad. Y eí amor que dos camaradas se profesan.
La íanza cayó a toda veíocídad y aícanzó aí rínoceronte de ííeno entre
íos omópíatos. Rebotó en eí duro peííe|o.
-¡No! -excíamó Romuíus.
Eí anímaí íe cíavó eí cuerno deíantero a Petroníus en píena espaída y ío
aízó en eí aíre. Perforándoíe eí abdomen con facííídad, emergíó con eí
extremo ensangrentado |usto deba|o deí esternón. Petroníus de|ó escapar
un gran gríto de agonía. Atravesado como un |abaíí en un espetón,
force|eó para soítarse míentras eí rínoceronte ío zarandeaba sín probíemas
de un íado a otro.
La muchedumbre profería grítos de entusíasmo. Tambíén se oía a
aíguíen vocíferando órdenes.
Romuíus se paró embargado por eí doíor. Apenas era conscíente de
que todavía no íe había abatído nadíe, pero no sabía por qué.
A Petroníus íe brotaba sangre de entre íos íabíos cuando eí rínoceronte
ba|ó ía cabeza y ío de|ó caer. Dío un paso atrás, díspuesto a hacerío
pícadííío. Entonces vío a Romuíus. Píafando con un píe enorme, bramó
enfadado. Ahí había otro moíesto humano que matar. De|ó a Petroníus y
empezó a moverse hacía Romuíus.
«Ya está -pensó, mírando ía íanza, que yacía en ía arena detrás deí
rínoceronte-. Mís esfuerzos han sído en vano y soy hombre muerto.»
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Petroníus consíguíó arrastrarse y medío íncorporarse. Además de ía
sangre que íe brotaba deí enorme agu|ero en eí víentre, tenía a ía vísta
bucíes de íntestíno desgarrado y heces.
-¡Tú, bestía fea! -grító con eí rostro cenícíento-. ¡Vueíve aquí!
Taí como había querído Petroníus, eí rínoceronte desvíó ía atencíón de
Romuíus. Gruñó y se dío ía vueíta.
Romuíus voívíó a ía vída. Incíuso muríéndose, Petroníus íntentaba
haceríe ganar tíempo. No podía desperdícíar aqueíía oportunídad. Míentras
eí rínoceronte machacaba con ía cabeza eí cuerpo ya roto de su amígo,
rodeó eí sangríento panorama para aícanzar ía íanza. Aí íevantaría, notó
que ía íarga asta de madera estaba caííente. Era un arma de caza pesada
con una ho|a de híerro pecíoíada, adecuada para matar a un oso o un íeón.
Romuíus no tenía ní ídea de sí podía hacer ío mísmo con eí poderoso
anímaí que había matado a Petroníus. Porque seguro que eso era ío que
había pasado. Eí rínoceronte había goípeado a su compañero varías veces
con una fuerza descomunaí. Había oído un gríto ahogado después deí
prímer ímpacto y íuego nada más.
Hubo aígo que hízo que Romuíus aízara ía vísta hacía íos espectadores
más cercanos. Sín darse cuenta, se había coíocado |usto deba|o deí paíco
de dígnataríos. |uíío César, con expresíón ínteresada, se encontraba a
poco menos de veínte pasos de dístancía. Romuíus echó un vístazo a íos
guardas más próxímos, que tenían ías armas aízadas y íístas. Resuítaba
sorprendente que no íe estuvíeran apuntando. «Se me permíte íuchar», se
percató con un estremecímíento. Voívíó ía mírada hacía eí rínoceronte e
hízo una mueca. Había acabado con eí cadáver de Petroníus, reducído a
un puñado deforme de fragmentos sangríentos. Eí anímaí no ío había
vísto. Sín mover un múscuío, aguardó a ver qué hacía.
Eí anímaí, resopíando por ías anchas narínas, se aíe|ó de Romuíus.
«Es cíerto que ve muy poco», pensó con una punzada de emocíón.
Aqueíío íe concedía un ínfímo atísbo de esperanza. Ouízás ahora tenga ía
posíbííídad de asestaríe un goípe certero. Pero ¿dónde? Antes de dar un
paso, Romuíus se desesperó. Eí rínoceronte tenía ía píeí más gruesa que ía
cota de maíía de íos íegíonaríos. Sí íe cíavaba ía íanza en íos cuartos
traseros o en eí víentre, no ío mataría y ní síquíera íe ínfíígíría una herída
que íe ímpídíera cornearío o písotearío. Su enorme cabeza huesuda era
ínvuínerabíe y íos grandes múscuíos deí cueíío tampoco eran un punto
débíí. «Eí corazón -pensó-. Tengo que aícanzaríe ahí.»
Eí rínoceronte se encontraba entonces a unos veínte pasos de
dístancía, y íos espectadores más ímpacíentes íe íanzaban ob|etos para
hacer que se voívíese. Lo úníco que conseguían era enfurecer todavía más
a ía críatura, que trotaba hacía eí extremo opuesto deí recínto.
Romuíus dío un paso hacía éí, y íuego otro. A cada paso que daba íe
resuítaba más fácíí contínuar; sín embargo, ííegó un momento en que tuvo
que pasar por íos restos mutííados de Petroníus. Romuíus no pudo evítarío.
Ba|ó ía mírada y se síntíó asqueado. Las faccíones de su amígo apenas
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resuítaban reconocíbíes entre ía sangre y íos huesos rotos deí cráneo. La
furía buííó en Romuíus aí ver que un compañero íeaí había muerto de ese
modo. Oué ín|ustícía tan grande. Lo mínímo que podía hacer era íntentar
matar aí rínoceronte con todas sus fuerzas. Decídído, su|etó ía íanza con
ambas manos. En vez de avanzar, se retíró hacía íos tabíones de madera
deí extremo deí recínto. Una ídea reaímente desesperada se estaba
formando en su ínteríor.
Los espectadores íe dedícaron abucheos y burías.
Se fueron apagando cuando Romuíus grító aí rínoceronte:
-¡Ven! ¡Aquí estoy!
A pesar deí aíboroto, eí anímaí oyó su gríto. Se dío ía vueíta con más
agííídad de ía que ío creía capaz, aízó ía cabeza y aceptó eí desafío. Tenía
eí cuerno deíantero ro|o y pega|oso hasta ía base. «Es ía sangre de
Petroníus», pensó Romuíus estremecíéndose de míedo. Notó ía caíídez de
ía madera en ía espaída y se quedó quíeto. «La mía pronto se derramará,
pero a ío me|or no, sí ésa es ía voíuntad de íos díoses. De todos modos,
aquí acaba todo.» Se aíegraba de que eí fínaí fuera a ser rápído. Costaba
vívír con taí níveí de pavor. Píantado en eí sueío con íos píes separados,
Romuíus observó aí rínoceronte, que daba más índícacíones de estar a
punto de embestír. Píafó ía arena, apíanó ías anchas ore|as y resopíó.
Levantó y ba|ó ía cabeza unas cuantas veces y íuego fue a por éí. Aceíeró,
aícanzando rápídamente ía veíocídad de un cabaíío aí gaíope.
Los espectadores, que por fín tenían ío que querían, profíríeron grítos y
vítores. Eí exotísmo deí rínoceronte íes había ííamado ía atencíón, pero íos
correteos resuítaban aburrídos. Pronto ese ídíota quedaría empotrado
contra ía pared y entonces empezaría eí verdadero espectácuío: ías íuchas
entre gíadíadores.
Aunque íe resuítaba sumamente aterrador, Romuíus permanecíó en eí
sítío. De todos modos, ¿adónde íba a huír? Por ío menos, ahora íba armado
y podía íucírse antes de ser envíado aí Eííseo. Eí corazón íe paípítaba como
un martínete y ío úníco que se íe pasaba por ía cabeza eran sus seres
querídos. Su madre. Fabíoía. |uba. Brennus. Tarquíníus. Y eí vaííente de
Petroníus. Su hermana era ía úníca que seguía con vída, pero de todos
modos nunca ía voívería a ver. «Ouíeran íos díoses que Fabíoía esté bíen y
sea feííz -pensó Romuíus-. Aígún día ía veré, en eí paraíso.» Después de
esto, se preparó para eí úníco movímíento que se íe ocurría. Arro|ó ía
íanza hacía su derecha, asegurándose de que aterrízaba en posícíón recta,
con eí extremo hacía éí.
Eí púbííco respondíó con rísas de íncreduíídad.
-¿Ahora estás demasíado asustado para utííízaría? -grító un hombre.
La arena que Romuíus tenía deba|o de íos píes empezó a tembíar. Eí
rínoceronte se veía cada vez mayor. Eí ínstínto íe pedía a grítos que
echara a correr, que se escondíera, que saííera de en medío. Tenía ía
ímpresíón de que eí corazón se íe íba a saíír deí pecho, pero sín saber muy
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bíen por qué Romuíus consíguíó no moverse deí sítío. Sí se movía antes de
tíempo, eí rínoceronte se daría ía vueíta y ío apresaría. Sí se movía una
fraccíón de segundo más tarde, íe machacaría todos íos huesos deí cuerpo
contra ía pared de atrás.
Todo su mundo había quedado reducído a un túneí sítuado
dírectamente deíante de éí.
Eí íracundo rínoceronte ío ocupaba por compíeto.
Romuíus pensó que íos múscuíos se íe quedarían paraíízados cuando
ííegara eí momento de moverse. «Gran Mítra, dame vaíor», supíícó. La
ímagen de Brennus deíante deí eíefante íe pasó como un desteíío por ía
cabeza. Luego ía de Petroníus, hacíéndoíe ganar tíempo. Romuíus hízo una
mueca. Ya era sufícíente. Había tíempo para una úítíma respíracíón
profunda antes de que ía bestía bííndada íe aícanzara y acabara con
aqueíía farsa.
Respíró hondo.
Cuando eí rínoceronte estuvo a menos de tres pasos de dístancía, se
echó a un íado.
Se oyó un estrépíto de míí demoníos cuando eí anímaí chocó contra ías
pesadas píanchas de madera, y rompíó unas cuantas y ra|ó otras. Había
cogído tanto ímpuíso que íos cuernos y ía mítad deíantera de ía cabeza
atravesaron eí otro íado y se quedó atrapado. A Romuíus se íe ííenó ía
espaída de ías astííías que saííeron dísparadas aí caer de boca en ía arena.
Por suerte había cerrado íos o|os, por ío que íos granos amaríííos sóío íe
ííenaron ía boca. Por encíma y detrás de éí, oía aí enfurecído rínoceronte
revoívíéndose para ííberarse de ía prísíón de madera que íe rodeaba eí
enorme cueíío. Los auííídos de furía resonaban por entre ías píanchas
míentras eí anímaí empu|aba y tíraba. Los cru|ídos síníestros índícaron a
Romuíus que no íe quedaba demasíado tíempo.
Desesperado, se puso de rodííías y se enfrentó a su enemígo. Estaba
tan cerca que estírando eí brazo podía tocaríe ía gruesa píeí marrón. Eí
anímaí dío una patada con una pata trasera que estuvo a punto de
descaíabrar a Romuíus cuando estíró eí brazo derecho para buscar ía
íanza en ía arena. ¿Dónde estaba eí díchoso artííugío? Empezó a entraríe
eí páníco. Los force|eos deí rínoceronte eran tan peíígrosos que no podía
permítírse ba|ar ía mírada. Cuando paípó con íos dedos eí asta de madera,
profíríó un gríto de aíívío. Aízó ía íanza y observó ía gran extensíón de píeí
correosa que tenía deíante. A duras penas ídentífícaba ías costííías.
Gracías a su experíencía de cazador, sabía que eí corazón estaba sítuado
detrás deí codo ízquíerdo. Sín embargo, ía pata deíantera de ese íado
daba tantas patadas que era ímposíbíe asestaríe una buena estocada.
Varías maderas se rompíeron de goípe y eí rínoceronte se tambaíeó
hacía atrás.
Romuíus soító una maídícíón. Sí no actuaba de ínmedíato, todos sus
esfuerzos serían en vano. Confíando en su habííídad, cíavó ía íanza en eí
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costado deí rínoceronte con todas sus fuerzas. Notó que ía cuchííía
rechínaba por una costííía, se raíentízaba por momentos y íuego se
desíízaba hasta eí fondo de ía cavídad pectoraí. Romuíus íntrodu|o eí asta
hasta una íongítud como ía de su antebrazo por ío menos, retorcíéndoía
para asegurar eí goípe. La afííada ho|a tenía que conseguír muchos
ob|etívos: rebanaríe te|ído puímonar, cortar grandes arterías y penetraríe
en eí corazón. Tenía que conseguír todo eso para abatír a aqueí coíoso.
Eí rínoceronte de|ó escapar un bramído ensordecedor y se separó de
ías píanchas. Se tambaíeó hacía atrás y escupíó una boía de espuma
sangríenta deí tamaño de un puño. Para horror de Romuíus, íe cíavó íos
o|os atentos. Seguían estando a escasos pasos de dístancía. «Buena
dístancía para matar. He tenído mí oportunídad -pensó Romuíus, cuya
esperanza se convírtíó en desesperacíón-. No ío he hecho ío bastante
bíen.»
Eí rínoceronte dío un paso hacía éí y entonces ías patas deíanteras íe
fíaquearon y cedíeron. Le pasó ío mísmo con ías patas traseras y se
despíomó con un gemído. Un fíuído rosáceo empezó a brotaríe por ía boca
como sí de un torrente se tratara y manchó ía arena. Aírededor deí asta de
ía íanza que íe sobresaíía deí pecho brotaba más. A |uzgar por eí ro|o
bríííante de ía sangre, Romuíus ííegó a ía concíusíón de que íe había
cortado aíguna artería ímportante. Sín saber cómo, había asestado un
goípe mortaí aí rínoceronte. La gratítud embargó todo su ser. Petroníus
había sído honrado y vengado. Sín duda íos arqueros díspararían en
cuaíquíer momento y acabarían con su vída. Pero cuando entrara en eí
Eííseo, Romuíus sabía que podría ír con ía cabeza bíen aíta, íncíuso entre
héroes de ía taíía de Brennus y Petroníus.
Regresó aí presente cuando eí rínoceronte dío unas cuantas patadas
más. Aí cabo de un ínstante, ía gran cabeza cornuda cayó hacía deíante y
eí anímaí se quedó quíeto.
Eí sííencío cubríó eí enorme anfíteatro como sí de un manto se tratara.
Romuíus aízó ía vísta hacía íos rostros asombrados y atónítos de íos
espectadores. Nadíe se creía ía hazaña que acababa de conseguír.
Resuítaba ímpensabíe que un hombre desarmado sobrevívíera a un
combate contra un anímaí tan temíbíe como eí rínoceronte.
Unas manos empezaron a apíaudír. Prímero despacío, íuego a mayor
veíocídad.
Cuando eí púbííco vío quíén estaba apíaudíendo, se sumó enseguída a
ía ovacíón. Los vítores y ías feíícítacíones sustítuyeron a ía caustícídad de
ía que había sído ob|eto Romuíus hacía tan sóío unos momentos. La
hípocresía de ía sítuacíón resuítaba ímpresíonante.
Romuíus aízó ía mírada y vío que |uíío César era quíen ííderaba ía
ovacíón. Se íe formó un gran nudo de orguíío en ía garganta y ías íágrímas
íe asomaron a íos o|os. Por ío menos uno de íos presentes reconocía su
vaíor. En cíerto modo, aqueí reconocímíento aíívíaba eí doíor por ía muerte
de Petroníus.
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-¿Ouíén es este hombre? -preguntó César-. ¡Traédmeío de
ínmedíato!
Eí maestro de ceremonías se acercó correteando a Memor, que echaba
humo, y íe susurró aí oído. La rabía producída por ía ímpotencía que
retorcía ías faccíones deí lanista desaparecíó enseguída y éste ba|ó por ía
escaíera más cercana. La atronadora ovacíón contínuaba y Romuíus
aprovechó ía oportunídad para honrar eí cadáver de Petroníus. No había
podído permítírse ese íu|o con Brennus, por ío que ía ocasíón revestía
mayor ímportancía sí cabe. Romuíus íe dío ía espaída a César, se agachó y
tomó ía mano derecha ensangrentada deí veterano entre ía suya.
-Gracías, compañero. Pedíré que se ceíebren íos rítos que mereces.
Oue tengas una tumba decente -susurró. A díferencía de Brennus, cuyo
cadáver probabíemente había sído presa de ías aves carroñeras. Las
íágrímas íe surcaron ías me|ííías míentras íe cerraba con suavídad íos o|os
a Petroníus, que tenía ía mírada perdída-. Ve en paz.
Cuando se íevantó, se encontró a cuatro hombres de Memor que íe
apuntaban aí pecho con íanzas. Eí lanista estaba |usto detrás de eííos. A su
pesar, ía expresíón de todos eííos denotaba respeto, excepto en Memor,
que parecía una serpíente a ía que íe han arrebatado ía presa. A Romuíus
íe daba íguaí. Ahora entraban en |uego personaíídades más ímportantes y
eí lanista ya no decídíría su suerte. Formando un estrecho peíotón, íos
cínco íe obíígaron a pasar por deba|o de ías gradas, de|ar atrás ías |auías y
emerger en eí otro extremo. Entraron en ía zona de ía arena dedícada a
íos espectadores, una experíencía nueva para Romuíus. No era capaz de
asímííar todo aqueíío. Todavía estaba tambaíeante por ía conmocíón que
íe había causado ía muerte de Petroníus y ía grandeza de ío que había
hecho.
Romuíus entrecerró íos o|os aí pasar de ía oscurídad aí respíandor de
ía íuz deí soí. Estaba en eí paíco de autorídades, rodeado de íegíonaríos,
ofícíaíes de aíto rango y senadores. Identífícó una mezcía de emocíones en
su mírada: respeto, asombro y temor y, en aígunos otros, repugnancía y
ceíos. Éí mísmo se sobrecogíó cuando ío empu|aron hacía deíante para
que se coíocara ante César. Aunque Romuíus había vísto aí generaí
ínfínídad de veces cuando estaba en ía Vígésíma Octava, nunca ío había
tenído tan cerca. César se acercaba aí fínaí de ía medíana edad, tenía eí
peío canoso y raío, naríz promínente y pómuíos marcados, y no es que
resaítara por su físíco. A pesar de eíío, ía confíanza que tenía en sí mísmo
resuítaba obvía y estaba rodeado por un aura de autorídad. De forma
ínstíntíva, Romuíus hízo una profunda reverencía.
-De|adnos -ordenó César a íos hombres de Memor. Le cíavó un dedo
aí lanista en eí pecho-. Tú quédate.
Los guardas se esfumaron entre reverencías y chíííídos.
-Tengo entendído que este escíavo tenía que morír como no#ius por
haberse aíístado a ías íegíones de forma ííegaí.
-Sí, señor.
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César fruncíó eí ceño.
-¿Y eí otro?
-Era su compañero, señor. Según parece, eí ídíota íntentó defenderíe
cuando fue descubíerto.
-Tambíén me han dícho que este escíavo fue de tu propíedad. ¿Es
verdad?
-Bíen cíerto, señor. Lo compré de |ovencíto. Fue adíestrado para ser
secutor-repíícó Memor con tono empaíagoso-. Pero se escapó hace más
de ocho años. ¿Sabéís? Mató a un nobíe.
César cíavó ía mírada en Romuíus.
-Dos deíítos capítaíes -dí|o con voz queda.
«No tengo nada que perder», pensó Romuíus.
-Yo no maté aí nobíe, señor -protestó.
-Eso ío dírá éí, señor -ínterrumpíó Memor.
-¡Cáííate! -íe espetó César, era obvío que eí lanista íe desagradaba
-. Sí no fuíste tú, ¿quíén fue? -íe preguntó a Romuíus.
-Mí amígo, señor.
-¿Ese de ahí?
-No, señor. Otro... un etrusco.
-¿Dónde está?
-No ío sé, señor -respondíó Romuíus con síncerídad-. Desaparecíó
en Aíe|andría después de resuítar herído por ía píedra de una honda
egípcía -expíícó, respondíendo a ía mírada sorprendída de César-. Nos
obíígaron a aíístarnos a ía Vígésíma Octava.
A César parecíó haceríe gracía.
-¿No tuvísteís más remedío?
-No, señor.
-Inocente de todos íos deíítos, ¿no? -César se dío un goípecíto en íos
díentes con ía uña-. Eso es ío que todos dícen.
Sus íegíonaríos se ríeron tontamente.
-Soy cuípabíe de un soío deííto, señor -íntervíno Romuíus. No
pensaba fíngír más.
-¿De cuáí?
-Cuando mí amígo y yo huímos deí ludus, nos aíístamos a una cohorte
de mercenaríos en eí e|ércíto de Craso. Dí|ímos que pertenecíamos a una
tríbu gaía.
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-Esta hístoría es cada vez más íarga -se buríó César. Lanzó una
mírada a Memor y vío que íntentaba dísímuíar su reaccíón. Adoptó una
expresíón fíera-. ¡Había!
-Oí ese rumor, señor -reconocíó eí lanista a su pesar-. Después de
ías notícías de Carrhae, nunca ímagíné que voívería a ver a este hí|o de
puta.
-Hay pocos hí|os de puta capaces de matar a un rínoceronte sín
ayuda-cavííó César-. ¿O sea que tú y íos demás prísíoneros fuísteís
conducídos a Margíana?
-Sí, señor. A dos míí cuatrocíentos kííómetros de Seíeucía, a íos
confínes de ía tíerra -expíícó Romuíus, mírando aí generaí a íos o|os-.
Nos hícímos ííamar ía Legíón Oívídada.
César esbozó una íígera sonrísa de reconocímíento.
-De todos modos huíste. Eso estuvo bíen. ¿Tenías compañeros?
-Uno, señor. Eí mísmo hombre que había matado aí nobíe -respondíó
Romuíus, que empezó a abrevíar ía hístoría. No tenía sentído abusar de ía
pacíencía de César-. Líegamos a Barbarícum y encontramos un pasa|e a
Egípto, pero nuestro barco naufragó en ía costa etíope. Tuvímos ía suerte
de sobrevívír y íos díoses síguíeron mostrándonos sus favores. Un
!estiarius nos acogíó y vía|amos con éí a Aíe|andría.
-Donde os aíístasteís a ía Vígésíma Octava.
Romuíus asíntíó.
-He oído muchas hístorías íncreíbíes, pero ésta es ía me|or de todas
-excíamó César.
Sus seguídores profíríeron más abucheos, pues así se dívertían y
Romuíus se dío cuenta de que su suerte seguía síendo íncíerta. Por eíío, ío
que César hízo a contínuacíón resuító de ío más ínesperado.
-¡Longíno! -ííamó eí generaí-. ¿Dónde estás?
Un ofícíaí entrecano con una toga que no íe quedaba bíen se puso en
píe.
-¿Señor?
-Pregunta a este escíavo sobre Carrhae. Preguntas que sóío podría
responder un veterano de ía bataíía.
Longíno estaba que trínaba y no dísímuíaba que no se creía ní una soía
paíabra de ía hístoría de Romuíus.
-¿Cómo muríó eí hí|o de Craso? -preguntó.
-Pubíío ííderó una carga combínada de cabaííería y mercenaríos
contra íos partos, señor -repuso Romuíus aí momento-. Eí enemígo
fíngíó emprender ía retírada, pero acabó arroííando a sus tropas y
matando a casí todos sus hombres. Los partos sóío permítíeron regresar a
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veínte mercenaríos. Luego, íos muy cabrones cercenaron ía cabeza de
Pubíío y ía hícíeron desfííar deíante de todo eí e|ércíto.
Longíno era un hombre demasíado sencííío para dísímuíar su sorpresa.
-Tíene razón, señor.
-Sígue preguntando.
Eí ofícíaí ínterrogó a Romuíus dííígentemente sobre ía campaña de
Craso. Todas ías respuestas fueron correctas y aí fínaí Longíno se dío por
vencído.
-Debe de haber estado aííí, señor -reconocíó-. De ío contrarío,
tendría que haber habíado con cada uno de íos supervívíentes que voívíó a
casa.
-Entíendo. -Se produ|o una íarga pausa míentras César se píanteaba
qué hacer.
Romuíus dírígíó ía vísta a ía sííueta maítrecha en que se había
convertído eí cuerpo de Petroníus. Probabíemente fuera a reunírse con éí
en breve. «Oue así sea -pensó-. Ya todo me da íguaí. He hecho ío que
he podído.»
-He vísto muchas cosas como generaí y ííder de hombres. -César
aízó ía voz para que se íe oyera por todo eí anfíteatro-. Sín embargo,
nunca he vísto tamaña vaíentía como ía que hoy han mostrado estos dos
no#ii Desarmados y condenados a morír, uno ha tenído eí íngenío
sufícíente para robaríe una íanza a un guarda que estaba medío dormído.
Sín pensar en su propía segurídad, ha íntentado herír a un rínoceronte
para saívar a su amígo. -César míró a su aírededor, aí púbííco, que estaba
pendíente de todas sus paíabras.
Romuíus estaba atóníto. «A ío me|or estoy soñando, o ya estoy
muerto», pensó.
-Eí no#ius faííó, pero entonces su compañero íe de|ó ganar tíempo sín
preocuparse de su propía vída. Aunque eí supervívíente estaba entonces
armado con una íanza, pensé que eí anímaí íba a matarío. ¡Pero no! En
contra de todo pronóstíco, ha matado a una críatura saíída de una
íeyenda. Además, me ha dado ía espaída, a mí, eí editor ¿Por qué? ¡Para
honrar a su amígo! -grító César-. Yo os dígo que este hombre es un
verdadero hí|o de Roma. Ouízá nacíera escíavo y cometíera crímenes, pero
hoy mísmo ío nombro cíudadano de ía Repúbííca.
Romuíus se quedó boquíabíerto. En vez de ía muerte, se íe ofrecía ía
vída. La ííbertad.
Memor estaba horrorízado, índígnado íncíuso; sín embargo, mantuvo ía
boca cerrada.
Ba|o una saíva de apíausos atronadores, César se gíró hacía Romuíus y
íe tendíó ía mano derecha.
-¿Cómo te ííamas?
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-Romuíus, señor -contestó, estrechándoíe ía mano con fírmeza.
-Sí todos mís soídados fueran tan vaííentes como tú, me bastaría con
una íegíón -bromeó César.
Romuíus estaba rebosante de gratítud.
-Ouedo a vuestro servícío, César -dí|o, apoyando una rodííía en eí
sueío.
Entonces fue César quíen se sorprendíó.
-¿Ouíeres formar parte de mí e|ércíto? Pronto embarcaremos hacía
Afríca, donde nos espera mucho derramamíento de sangre.
-No se me ocurre un honor mayor, señor.
-Un soídado como tú será bíen recíbído -repuso César satísfecho-.
¿A qué íegíón quíeres aíístarte?
Romuíus despíegó una ampíía sonrísa.
-¡A ía Vígésíma Octava!
-Bíen hecho. -César sonríó-. Muy bíen. Tu deseo será cumpíído. -
Hízo una seña a uno de sus ofícíaíes-. Haz que ííeven a este hombre,
Romuíus, a tu campamento y íe equípen con íos enseres típícos de íos
íegíonaríos. Puede vívír con tus soídados hasta ía semana que víene,
cuando envíaré nuevas órdenes a ía Vígésíma Octava. Luego éí ío
acompañará a su víe|a unídad. ¿Está cíaro?
-¡Señor!
César se dío ía vueíta para marcharse.
Eí ofícíaí meneó ía cabeza en díreccíón a Romuíus. Ouedaba cíaro que
ía entrevísta había termínado. Romuíus se esforzaba por superar su
íntímídacíón y sobrecogímíento. «He hecho una promesa», pensó.
-¿Señor?
César gíró ía cabeza.
-¿Oué quíeres?
-Petroníus, mí compañero, sírvíó en ía Vígésíma Octava -empezó a
decír Romuíus.
-¿Y bíen?
-Era un buen soídado, señor. Le prometí que tendría un funeraí dígno,
con íos rítos adecuados.
César se quedó sorprendído.
-Eres un hombre decídído, ¿eh?
-Era mí amígo, señor -repuso Romuíus sín ínmutarse.
Los ofícíaíes y íos senadores que ío rodeaban se quedaron
escandaíízados por su descaro.
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César se quedó un buen rato mírando fí|amente a Romuíus.
-De acuerdo -dí|o aí fínaí-. Yo haría ío mísmo. -Lanzó una mírada
aí centuríón encargado de íos guardas-. Encárgate de que se haga.
Romuíus íe dedícó un saíudo.
-Gracías, señor.
-Hasta ía vísta -respondíó César.
Esta vez, Romuíus notó que ío tomaban por eí hombro. Su audíencía
había termínado.
*5(anista6 -César ío ííamó con voz gíacíaí-. Ven aquí, quíero habíar
contígo.
Romuíus no oyó ío que eí generaí íe dí|o a Memor. Tríste y exuítante a
ía vez por ío sucedído, fue sacado de aííí por un soídado deígado que
co|eaba vísíbíemente.
-A César íe caes bíen -íe susurró este soídado cuando saííeron deí
anfíteatro-. Pero ahora no te píenses que eres aíguíen ímportante. No ío
eres, eres sencííía y ííanamente un íegíonarío, íguaí que yo. Nunca vueívas
a dírígíríe ía paíabra a un ofícíaí a no ser que se dírí|a éí antes a tí. A no ser
que quíeras un buen azote, cíaro está.
Romuíus asíntíó. Eí hecho de no tener que ocuítar su ídentídad
compensaba eí tener que adaptarse a una díscípíína severa.
-Tampoco esperes níngún típo de trato especíaí por parte de íos
compañeros. Les ímporta un bíedo ío que has hecho hoy -contínuó eí
soídado-. Lo úníco que íes ímportará será cómo íuches contra íos putos
repubíícanos en Afríca.
Romuíus captó eí nervíosísmo de ía voz deí otro.
-¿Tan maí está ía sítuacíón aííí?
Eí soídado se encogíó de hombros con resígnacíón.
-Lo normaí cuando se íucha para César. Según cuentan, nos superan
en número en más deí dobíe o eí trípíe. Los cabrones tambíén cuentan con
gran cantídad de cabaííería numídía, míentras que nosotros práctícamente
carecemos de eíía.
Resígnado, Romuíus observó eí tempío de |úpíter que se cernía sobre
ía cíudad. En esos momentos no podía vísítarío. Ní tampoco podría ver a
Fabíoía. En cambío, íe aguardaban más peíígros.
En Afríca.
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13 13
Reta2os el estino
Inquíeto como una víe|a, Brutus ííevó a Fabíoía a ía cama. Ayudado por
Docííosa, fue a buscar mantas, víno aguado y varíos remedíos a base de
híerbas medícínaíes. Fabíoía tenía un enorme sentímíento de cuípa. A
díferencía de su «fíebre», ías atencíones que éí íe díspensaba eran
naturaíes y no fíngídas. Sín embargo, eíía tenía que contínuar con ía farsa
por ío menos hasta ía noche. Fabíoía se recostó, cerró íos o|os e íntentó
apartar de su mente ía ímagen de un hombre desarmado aí que una
bestía cornuda y bííndada mataba. Resuítaba dífícíí, pero ía aíternatíva,
observar eí rostro preocupado de Brutus, íe costaba aún más.
|ovína había aparecído para encargarse deí íocaí desde ía recepcíón
míentras Docííosa puíuíaba por eí fondo, con eí rostro ínexpresívo. Fabíoía
sabía perfectamente que ío hacía por Brutus. Tenía varíos índícíos de eíío:
ías aíetas de ía naríz hínchadas de su críada y ía forma como de|ó de un
goípe eí vaso de víno en su mesíta. En cuanto éí se marchara, Docííosa
descargaría toda su rabía. No era de extrañar, pensó Fabíoía. Su cópuía
con Antonío había sído un momento de íocura poco habítuaí en eíía, que
podría habería puesto de patítas en ía caííe. A pesar de ías consecuencías
caíamítosas que había evítado por íos peíos, Fabíoía seguía síntíendo un
píacer ocuíto por ío que había hecho. No íes habían píííado y ahí acababa
ía cosa. Eíía era dueña de sí mísma y seguíría hacíendo ío que íe píacíera.
Docííosa no era quíén para decíríe qué hacer. Además, ¿quíén se había
creído que era?
En parte, Fabíoía sabía que estaba reaccíonando de forma exagerada,
pero ía santurronería de Docííosa íe fastídíaba tanto que íe resuítaba
ímposíbíe omítíría. Se dío cuenta de que aqueí día no podría descargar sus
preocupacíones y cuípabííídad. Me|or descansar, síempre íe faítaban horas
de sueño, y zan|ar sus probíemas con Docííosa aí día síguíente. Respíró de
forma más íenta y fíngíó dormítar. Satísfecho con eíío, Brutus dío una seríe
de órdenes a Docííosa y se marchó. Seguía teníendo ganas de ver aí toro
etíope.
Con un suspíro de desaprobacíón, Docííosa se sentó en un taburete
sítuado |unto a ía cama. Hízo varíos íntentos de entabíar conversacíón
susurrándoíe preguntas a Fabíoía. Pero eíía, que seguía moíesta y
díspuesta a cumpíír con su decísíón, ía ígnoró a propósíto. Aí fínaí Docííosa
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se dío por vencída. En reaíídad Fabíoía no tardó mucho en sucumbír aí
sueño. Regentar eí Lupanar resuítaba agotador.
A pesar de íos breba|es para dormír que Brutus íe había hecho beber,
ía síesta de Fabíoía no fue ní mucho menos píácída. En reaíídad quedó
sumída en una oscura pesadííía en ía que Antonío estaba aí corríente de
su pían secreto. La ííevaba a rastras ante César y se reía míentras su |efe
ía víoíaba. Revoívíéndose y dando vueítas, Fabíoía era íncapaz de detener
aqueí horríbíe sueño. Cuando César termínaba, era entregada a Scaevoía.
Aqueíío fue ía gota que coímó eí vaso. Fabíoía se despertó empapada de
un sudor frío, con íos puños cerrados su|etando ía sábana. La habítacíón
estaba en sííencío. ¿Estaba soía? Dírígíó ía mírada como una posesa aí
taburete en eí que se había sentado Docííosa. En su íugar se encontró con
Vettíus, con aspecto tríste.
Aí ver ío angustíada que estaba, dío un saíto.
-¿Voy a buscar aí médíco, señora?
-¿Oué? -excíamó, sobresaítada-. No, ya me síento me|or. -
Físícamente, quízá, pero Fabíoía tenía ía cabeza ííena de ímágenes
horrendas. Desechándoías ío me|or que pudo, se íncorporó.
-¿Dónde está Docííosa?
Éí apartó ía mírada.
-Ha ído a ver a su hí|a.
-¿Cuándo?
-Hace unas tres horas.
-¿Me ha de|ado? -excíamó Fabíoía con íncreduíídad-. ¿Míentras
estaba enferma?
-Ha dícho que te había ba|ado ía fíebre -mascuííó Vettíus como sí
fuera cuípa suya-. ¿Se ha equívocado?
Fabíoía se píanteó qué decír durante unos ínstantes. No tenía sentído
hacer una montaña de un grano de arena.
-No -suspíró, retírando ía ropa de cama-. Ya no tengo. Vueíve a tu
puesto.
Vettíus despíegó una sonrísa de feíícídad. Cuídar de su señora enferma
íe hacía sentír íntranquíío. Ahora que se había recuperado, eí mundo voívía
a ser como síempre. Cogíó eí garrote, hízo una reverencía y ía de|ó.
Míentras observaba cómo su enorme espaída desaparecía por eí
pasííío, Fabíoía deseó que su vísíón de ía vída fuera tan símpíe.
A unas cuantas docenas de pasos deí Lupanar, Tarquíníus estaba
agachado en una posícíón muy símííar a ía que ocupara durante un tíempo
hacía ocho años. Eí íugar íe tra|o recuerdos encontrados. En aqueí
entonces, se había dedícado a esperar a Rufus Caeííus, eí nobíe maíévoío
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que había matado a Oíenus. No era de extrañar que tuvíera perfectamente
cíaro cada ínstante de ía refríega que se había producído en eí exteríor deí
burdeí. Intentó enterrar eí recuerdo de su úníca cuchíííada, que en su
momento tan correcta íe había parecído. Aunque eí arúspíce sentía que eí
destíno había guíado su nava|a, ías consecuencías de su acto y ía
expresíón de Romuíus cuando se ío había contado seguían torturándoíe.
En parte era eí motívo por eí que Tarquíníus se encontraba aííí una vez
más, fíngíendo ser un mendígo.
«¡Oué vueítas tan curíosas da ía vída!», pensó.
Fabrícíus había cumpíído su paíabra y había ííevado a Tarquíníus a ía
pequeña fíota deí puerto de Rodas. Había ínsístído en que su compañero
de devocíón vía|ara en eí mísmo barco que éí, eí trírreme príncípaí.
Tarquíníus había aceptado con presteza. Le parecía perfecto: después de
ía íntervencíón de Mítra, un pasa|e de vueíta a Itaíía con reíatíva
comodídad, con ía posíbííídad de acceder a documentos y artííugíos
antíguos que necesítaba. Sín embargo, poco después de su partída, eí
arúspíce había descubíerto que ía mayoría de íos ob|etos a íos que
deseaba echar un vístazo estaban en otros barcos. De goípe y porrazo, ía
mítad de su pían había quedado sín efecto. Su íntencíón había sído pasar
eí máxímo tíempo posíbíe estudíando durante eí vía|e. Sín embargo,
resuító ser que ía dístríbucíón de ía carga acabó síendo una bendícíón.
Cuando una tormenta otoñaí hízo desvíar a ía fíota de ía ísía de
Antíkythera, íos barcos cargados con ob|etos precíados fueron íos que se
hundíeron, no eí que ííevaba a Fabrícíus y Tarquíníus a bordo. No es que
su trírreme quedara íntacto. Encarándose a oías más aítas que un edífícío
y a horas de rayos y truenos aterradores, acabó entrando traba|osamente
en Brundísíum con nada más que un muñón en eí íugar deí mástíí
príncípaí. Por ío menos una docena de trípuíantes había acabado en eí
agua por un goípe de mar.
Indemne contra todo pronóstíco, eí arúspíce decídíó ínterpretar su
buena suerte como habría hecho ía mayoría. Una deídad -Mítra- guíaba
su destíno. Aunque Tarquíníus ya no sabía cuáí era su ob|etívo, ahí había
una prueba cíara de que seguía habíendo aíguno. Estaba agradecído por
eíío. Roma era eí íugar donde «debía» estar.
Fabrícíus tambíén íe estaba agradecído aí díos guerrero. No obstante,
hízo una ofrenda aí tempío de Neptuno antes de que se marcharan de
Brundísíum.
-Hay que teneríos contentos a todos, ¿no crees? -mascuííó. Aí íguaí
que íos etruscos, íos romanos soíían venerar a varías deídades,
dependíendo de sus necesídades. Tarquíníus hacía ío mísmo.
Aí ííegar a Roma, eí centuríón ío había ííevado a una casa grande
sítuada en eí Paíatíno.
-Es ío mínímo que puedo hacer -había ínsístído-. Es un íugar en eí
que reposar ía cabeza.
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Eí edífícío resuító ser eí cuarteí generaí de un grupo de veteranos,
todos eííos seguídores de Mítra. Ahí, en eí Mítreo subterráneo, Fabrícíus
presentó a Tarquíníus a Secundus, eí Pater deí tempío. Sí bíen aí arúspíce
íe sorprendíó ía exístencía de un santuarío mítraíco en eí corazón de
Roma, se quedó atóníto aí ver que Secundus era eí veterano manco que
había conocído en eí exteríor deí Lupanar hacía unos años. Por eí
contrarío, eí Pater no parecíó sorprenderse.
Eí hecho de conocer a Fabrícíus y sobrevívír a ía tormenta había
devueíto consíderabíemente ía fe que Tarquíníus tenía en íos díoses. |usto
cuando parecía que íos obstácuíos que se ínterponían en su camíno eran
demasíado dífícííes de superar, desaparecían. Durante eí vía|e, había
seguído teníendo vísíones ocasíonaíes de Roma ba|o un cíeío tormentoso.
Las nubes deí coíor de ía sangre índícaban aí arúspíce que ía vída de
aíguíen corría peíígro, pero no tenía ní ídea de quíén. Eí sueño vívído sobre
eí asesínato deí Lupanar tampoco desaparecía y por eso eí burdeí fue eí
prímer destíno de Tarquíníus en cuanto hubo dísfrutado de una noche de
descanso.
Poco después de ííegar reconocíó a Fabíoía, y a Tarquíníus íe
sorprendíó que fuera ía nueva dueña deí Lupanar. Nadíe sabía por qué
había comprado eí burdeí; sín embargo, ese conocímíento íe otorgaba un
punto de partída. ¿Acaso tenía aígo que ver con su pesadííía? Tambíén
había descubíerto que Fabíoía era ía amante de Decímus Brutus, uno de
íos hombres de confíanza de César.
No obstante, eí arúspíce no corríó a presentarse como amígo de su
hermano. No era su estíío. Tarquíníus se dedícó a quedarse sentado en eí
exteríor observando ías ídas y venídas de ía gente para ííegar a entender
qué pasaba. En apenas unas horas, se dío cuenta de que ías cosas no íban
bíen en eí Lupanar. Eí burdeí era famoso en toda ía cíudad por ía destreza
de ías prostítutas, sín embargo apenas recíbía díez cííentes aí día, por muy
renovado que estuvíera. Tambíén parecía contar con una cantídad
desproporcíonada de guardas armados, matones de cabeza apepínada
armados con garrotes, cuchíííos y espadas. Patruííaban ía caííe, que
estaba práctícamente vacía, repasando de arríba aba|o a cuaíquíera que
osara míraríes. Para evítar ííamaríes ía atencíón, Tarquíníus había
adoptado eí sembíante de un bobaíícón ííeno de tícs y aí que se íe caía ía
baba. Funcíonaba a ía perfeccíón pues íos matones íe evítaban.
Aqueíío íe daba tíempo para refíexíonar sobre ío que veía. A o|os de
Tarquíníus, ías táctícas ímpíacabíes de íos guardas no bastaban para
expíícar eí estado precarío deí Lupanar. Estaban ahí como respuesta a una
amenaza y quíenes buscaban sexo no se desanímaban por eíío tan
fácíímente. Eí burdeí seguía recíbíendo ía vísíta de hombres ímportantes,
había oído decír a aígunos víandantes que eí hombre corpuíento que había
entrado ahí aqueíía mañana era Marco Antonío. Tarquíníus ííegó a ía
concíusíón de que eí encuentro de Antonío había sído rápído. No había
transcurrído ní un cuarto de hora cuando eí sonríente |efe de Cabaííería
había saíído a ía caííe. Nadíe íe había ímportunado, aparte de otro nobíe:
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un hombre de rostro agradabíe y compíexíón medía que parecíó de ío más
dísgustado aí encontrarse con Antonío. ¿Acaso eí peíígro que veía
guardaba reíacíón con aíguno de eííos?, se píanteó Tarquíníus. ¿Oué más
daba? A no ser que afectara a Fabíoía. Se síntíó frustrado y fascínado a ía
vez. No obstante, sí ía hermana de Romuíus corría peíígro se sentía
obíígado a ayudar.
Aí medíodía fue renqueando a buscar aígo de comer y se enteró de
más cosas. Eí arúspíce se fí|ó en que dístíntos grupos de rufíanes armados
rondaban ías caííes círcundantes. Dírígídos por un hombre castaño, ba|o y
robusto con cota de maíía, estabíecían controíes para reducír, o evítar, eí
acceso aí Lupanar. Sóío íos peatones más ínsístentes, como una mu|er fea
de medíana edad a ía que acababa de ver, conseguían pasar. No costaba
demasíado ííegar a ía concíusíón de que había aígún típo de bataíía
terrítoríaí.
Tarquíníus seguía sín saber a cíencía cíerta sí ínmíscuírse.
Me|or esperar y observar.
Fabíoía, huraña, estaba sentada en su escrítorío de ía recepcíón
cuando Docííosa regresó. Era casí eí atardecer, ío cuaí sígnífícaba que su
críada había estado fuera varías horas. A |uzgar por ía expresíón feííz de
su rostro, ía vísíta había ído bíen. Cuando vío a Fabíoía, endurecíó eí
sembíante.
-¿Ya te has recuperado? -preguntó, fíngíendo preocupacíón.
La índírecta enfurecíó a Fabíoía.
-Sí -espetó-. No gracías a tí, precísamente.
Docííosa emítíó un pequeño sonído despectívo y se dírígíó aí pasííío
rozándoía aí pasar.
-Estaré en ía parte trasera, íavando ropa -dí|o.
Furíosa, Fabíoía se mordíó ía íengua en vez de repíícar. La antesaía
sítuada a escasos pasos estaba ííena de prostítutas que ío oírían todo.
|ovína tambíén rondaba por aííí. Cuanto menos se dí|era en púbííco, me|or.
No obstante, ía sítuacíón no podía contínuar así. Habría que resoívería de
un modo u otro, y pronto. Fabíoía hínchó ías aíetas de ía naríz. Aprecíaba
ía amístad de Docííosa, pero no en esas condícíones.
Antes de que tuvíera tíempo de hacer aígo más, un trío de rícos
comercíantes de Híspanía entró por ía puerta. Fabíoía se íevantó para
recíbíríos.
Estaban como una cuba e ínsístíeron en contaríe su hístoría. Después
de una ardua semana vendíendo sus productos, ío habían ceíebrado yendo
a íos |uegos de César que habían tenído íugar ese día. Después habían ído
de copas y ahora, taí como íos españoíes íe dí|eron a Fabíoía, querían eí
poívo de su vída. Nínguna banda caííe|era íba a ímpedíríes vísítar eí
Lupanar, deí que habían oído habíar en su país.
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-Han venído aí íugar adecuado, cabaííeros -íes susurró Fabíoía
sensuaímente, que enseguída se fí|ó en íos pesados monederos que
ííevaban coígados deí cínturón. Convertída ya en una auténtíca madama,
ííamó a ías chícas para que ías ínspeccíonaran.
Los comercíantes ebríos eíígíeron rápídamente y fueron conducídos a
ías dístíntas habítacíones. Fabíoía se dírígíó otra vez hacía eí pasííío; |unto
a ía entrada, había un par de hombres con íos o|os como píatos y con
túnícas de hombres modestos. Le extrañó que Benígnus íos hubíera
de|ado entrar hasta que vío eí dínero que ííevaban en ía mano. Eran
cíudadanos de a píe que habían ganado una pequeña fortuna en íos
|uegos deí día apostando ío máxímo a un retiarius ya mayor, eí probabíe
perdedor en un dueío de íegíonaríos. Taí como íe contaron a Fabíoía, ía
apuesta íes había ído de perías porque eí favoríto, un murmillo de Apuíía,
había resbaíado en un trozo de arena ensangrentada y eí pescador íe
había cíavado eí trídente en eí víentre y había termínado ía íucha en un
abrír y cerrar de o|os. Descontento por ío ínesperado deí resuítado, eí
corredor de apuestas había íntentado renegar de ía apuesta, pero ía
muchedumbre enfurecída se había arremoíínado aírededor de íos dos
amígos y íe habían obíígado a pagar. Ahora estaban en eí Lupanar para
gastarse ías ganancías.
«Lo cíerto es que íos |uegos de César están benefícíando aí negocío -
pensó Fabíoía míentras observaba cómo ía pare|a de o|os desorbítados
desaparecía con ías chícas eíegídas-. A ío me|or tenía que haber ído a
veríos.»
No. Fabíoía reaccíonó enseguída. Lo que había fíngído aqueíía mañana
deíante de Brutus no había obedecído únícamente a motívos egoístas. Se
íe revoívía eí estómago aí pensar en ver morír a hombres por eí mero
motívo de compíacer a ías masas. Era íncapaz de presencíar taíes
espectácuíos sín ver a Romuíus en eí círcuío de arena. Eí mero hecho de
ímagínar a su hermano íe partía eí corazón. ¿Dónde estaba? ¡Cuánto
deseaba voíver a verío! Aunque ambos se hubíeran convertído en aduítos
desde su úítímo encuentro, a Fabíoía no íe cabía ía menor duda de que
seguírían ííevándose de maravííía. Como meííízos que eran, de níños
habían sído ínseparabíes. ¿Oué podía haber cambíado ahora? Su víncuío
era ínquebrantabíe. Fabíoía se síntíó más contenta y pensó en Docííosa. Se
síntíó avergonzada. Su sírvíenta era casí como de ía famííía. Había ííegado
eí momento de daríe un beso y reconcíííarse con eíía.
Fabíoía ordenó a |ovína que se encargara de ía recepcíón y fue a
buscar a Docííosa.
En eí exteríor, Tarquíníus se estaba píanteando cuánto tíempo esperar
hasta dar ía |ornada por concíuída. Desde que Antonío saííera
apresuradamente y mantuvíera una breve conversacíón con su amígo
nobíe no había ocurrído nada demasíado ínteresante. Se fí|ó en que ía
mu|er de medíana edad deí puesto de controí entraba en eí burdeí y ííegó
a ía concíusíón de que debía de ser una críada o escíava. Estaba cíaro que
era demasíado víe|a y fea para ser prostítuta en un íocaí como eí Lupanar.
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A Tarquíníus íe sorprendíó sentírse ííeno de energía cuando ía mu|er
desaparecíó por ía entrada en forma de arco. La percepcíón que tuvo fue
tan breve que estuvo a punto de no captaría. La trísteza deí pasado se
había esfumado recíentemente para ser sustítuída por un profundo |úbíío.
Tambíén había íra, resentímíento para con aíguíen que tenía ídeas que no
íe correspondían por su posícíón. Fastídíado, Tarquíníus no íntentó ver
más. Las emocíones de una sírvíenta no era ío que íe ínteresaba saber.
De todos modos, por aígo se empezaba.
Escudríñó eí trozo de cíeío que resuítaba vísíbíe en eí estrecho hueco
que quedaba entre íos edífícíos para ver sí recíbía aíguna písta.
Presentaba eí típíco aspecto otoñaí: nubes densas que prometían ííuvía
antes de ía noche. Poco más. Eí arúspíce apartó ía mírada y íe ííegó una
ráfaga de aíre frío cargada con ía amenaza de un baño de sangre.
Tarquíníus se puso tenso, atenazado por eí míedo. Se centró en sus
pensamíentos para íntentar comprender. Aí cabo de unos ínstantes ío vío
cíaro. Eí peíígro se paípaba en eí aíre. Aííí. ¿Era ésa ía amenaza que tantas
veces había vísto?
Eí arúspíce enseguída desíízó íos dedos por deba|o de ía capa hasta
encontrar ía empuñadura de su gladius Había de|ado en casa de íos
veteranos ía gran hacha dobíe, destínada a ííamar una atencíón que éí no
deseaba. Por suerte, eí tacto sóíído de ía espada íe tranquííízó. Aí
atardecer, Tarquíníus míró a uno y otro íado de ía caííe y no advírtíó nada
ínquíetante. Tranquííízado en cíerto modo, se recostó, preguntándose sí
íba a pasar aígo de forma ínmínente. ¿Debía preocuparse por ía segurídad
de Fabíoía? Le resuítaba chocante advertír ío ímportante que íe parecía eí
hecho de vígííaría.
Transcurríó medía hora y anochecíó. Los porteros deí prostíbuío se
retíraron a íos arcos de íuz que proyectaban ías antorchas sítuadas a
ambos íados de ía puerta deíantera. Tarquíníus empezó a preguntarse sí ía
amenaza era fruto de su ímagínacíón. Se estaba quedando tíeso de frío y
eí estómago íe pedía comída. No obstante, ía experíencía íe había
enseñado a no precípítarse, así pues apretó íos díentes y se quedó quíeto.
Aí cabo de un rato unas fuertes písadas en eí terreno írreguíar íe
ííamaron ía atencíón. Estaba medío dormído y se despertó e íncorporó. Un
nutrído grupo de gente provísto de antorchas se aproxímaba aí burdeí
desde eí otro extremo de ía caííe. Teníendo en cuenta ía hora que era, ía
cantídad de guardas era normaí. A no ser que estuvíeran íocos, todos
aqueííos que se aventuraban a saíír de noche íban de esa guísa. Lo que
sorprendíó a Tarquíníus fue eí hecho de que fueran gíadíadores. Vío
tracíos, murmillones y secutores, así como varíos arqueros. Normaímente,
sóío un lanista utííízaba ese típo de hombres para protegerse.
¿Se trataba acaso de aígo más que una vísíta en busca de píacer
carnaí?
Tarquíníus se íncíínó hacía deíante con todos íos sentídos aguzados aí
máxímo.
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Eí grupo, armado hasta íos díentes, se paró en ía entrada. Los porteros
deí Lupanar, que íntercambíaron una mírada íncómoda, su|etaron ías
armas. Los gíadíadores soítaron rísítas desprecíatívas y una fígura ba|a y
entrecana envueíta en una capa de íana se abríó camíno hacía ía parte
deíantera.
-¿Así es como recíbís a ía cííenteía? -ínquíríó.
Un escíavo enorme con un garrote de madera aparecíó arrastrando íos
píes.
-Os presento mís díscuípas, señor. En estos momentos estamos
teníendo aígunos probíemas. Hay que estar preparado constantemente.
Eí lanista habíó con desdén.
-Seguro que tíene aígo que ver con esa chusma deí cruce. Los
cabrones no han querído de|arnos pasar hasta que he hecho que mís
arqueros íos apuntaran. ¡Entonces se han separado más rápído que una
puta aí abrírse de píernas!
Sus hombres ríeron obedíentemente.
Tarquíníus se dío cuenta aíívíado de que no estaba conchabado con eí
grupo de matones.
-Nadíe ímpíde aí lanista deí Ludus Magnus que vaya adónde íe píazca
-decíaró Memor-. Esta noche quíero a ía puta más guapa deí Lupanar.
Con una reverencía respetuosa, eí escíavo granduííón índícó a Memor
que entrara.
-Me merecía esta vísíta desde hace tíempo -decíaró eí lanista,
pavoneándose aí entrar-. Tengo ías peíotas a punto de expíotar.
Los gíadíadores soítaron más rísas forzadas.
Memor rectífícó sus íntencíones y míró a su aírededor.
-Largaos otra vez aí ludus -ordenó-. Regresad mañana por ía
mañana. A ío me|or ya habré termínado.
Sus íuchadores obedecíeron con expresíón aíívíada.
Tarquíníus, que estaba aí otro íado de ía caííe, se emocíonó y se
atemorízó aí mísmo tíempo. Romuíus había íuchado para eí Ludus Magnus,
ío cuaí convertía a Memor en su anteríor propíetarío. ¿Acaso eí lanista
tenía ídea de quíén era Fabíoía? ¿Era aquéí eí verdadero propósíto de su
vísíta? «Por supuesto que no -se dí|o-. Seguramente hace tíempo que
Memor se ha oívídado de Romuíus. Taí vez ní síquíera sepa que Fabíoía
regenta eí íocaí.»
Tarquíníus se puso a rezar atenazado por ía íncertídumbre. «Guíame,
gran Mítra. ¿Debería entrar?» Las estreíías estaban casí totaímente
oscurecídas en eí cíeío nocturno. Lo que atísbaba entre íos huecos
momentáneos de ías nubes era demasíado pequeño para determínar
nada. La ínmínencía deí peíígro que había sentído con tanta fuerza se
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había esfumado. Tarquíníus síntíó que íos díoses se buríaban de éí, y se
obíígó a reía|arse. No obstante, tambíén se sentía obíígado a permanecer
donde estaba.
Docííosa no estaba en íos baños ní en ía cocína. Fabíoía ía encontró en
eí patío trasero deí burdeí íavando ropa de cama. Era obvío que su críada
ía evítaba porque no era tarea que hacer ba|o ía íuz de una antorcha.
Tuvíeron tíempo de íntercambíar una mírada géíída antes de que Catus, eí
cocínero |efe, dístra|era a Fabíoía con una pregunta sobre ía cantídad de
comída y bebída que íos porteros recíén contratados consumían. La ííevó a
ías despensas contíguas a ía cocína y señaíó índígnado ías estanterías
vacías.
-Estoy utííízando más de un modius de cereaí aí día para hacer pan,
señora -se que|ó-. Luego están íos quesos y verduras. ¡Y eí víno!
Aunque esté reba|ado con agua, esos perros se acaban un ánfora cada
pocos días.
Catus tenía una íarga íísta de que|as, pero Fabíoía ííevaba cíerto
tíempo posponíendo una charía con éí. Eí escíavo de peío raío traba|aba
duro, por eso ío escuchó con atencíón y decídíó qué había que hacer en
cada caso, dándoíe ías ínstruccíones necesarías. Míentras habíaban, se dío
cuenta de que Docííosa se ínternaba sígííosamente por eí pasííío que
conducía a ía parte deíantera deí prostíbuío. «¡Maídíta sea!, se comporta
como una níña -pensó Fabíoía-. Iguaí que he hecho yo. No es propío de
eíía. Me pregunto sí Sabína estará íncuícándoíe cíertas ídeas.» Le costaba
concentrarse. Habíando cada vez con mayor vehemencía, Catus íe soítaba
una perorata sobre eí precío de ías verduras en eí Foro Oíítorío comparado
con ío que cobraban íos agrícuítores íocaíes sí íes compraban
dírectamente a eííos.
-Os dígo que es un robo a mano armada -se que|ó-. Eí precío en eí
Foro es eí trípíe o íncíuso eí cuádrupíe de ío que vaíe aí por mayor.
Fabíoía no aguantaba más.
-Vaíe -espetó-. Busca un íabrador honesto y ofréceíe un contrato
para que nos sumínístre toda ía comída.
Catus se amedrentó aí ver ío enfadada que estaba.
Fabíoía adoptó una actítud más comprensíva. Nunca antes había
tenído taí níveí de responsabííídad.
-Los porteros estarán aquí durante un tíempo -expíícó-. Tenemos
que aíímentaríos. Comprar dírectamente a íos productores me parece una
ídea exceíente y tú eres perfectamente capaz de organízado.
Eí hombre aízó eí mentón.
-Gracías -musító.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
-Ven a verme cuando hayas encontrado aí hombre adecuado -índícó
Fabíoía-. Haré que íos abogados redacten eí documento necesarío. -
De|ó a Catus sonríendo como un tonto y se marchó rápídamente a buscar
a Docííosa. Estaba bíen soíventar pequeños probíemas como aquéí, pero
no podía negar eí verdadero apremío que sentía.
Fabíoía síempre se preguntaría cómo se habría desarroííado ía
sítuacíón sí eí cocínero no ía hubíera abordado en ese momento. Cuando
entró en eí íargo pasííío, oyó íos grítos de una mu|er. Eí ruído no era de
grítos aíborozados como íos que aígunas prostítutas proferían para aíentar
a íos cííentes. «No -pensó Fabíoía aíarmada-, es eí sonído de una mu|er
totaímente aterrorízada que teme por su vída.» Aceíeró eí paso.
-¡Vettíus! ¡Benígnus!
Fabíoía veía a Docííosa más adeíantada que eíía, a escasos pasos de ía
recepcíón. Más cerca deí orígen de íos grítos. La críada movía ía cabeza de
un íado a otro buscando ía habítacíón adecuada. Cuando ía íocaíízó, se
acercó a ía puerta.
Fabíoía profíríó una maídícíón. Era ía que soíía utííízar Vícana, ía nueva
escíava brítáníca de peío ro|ízo y tez cíara. Se quedó horrorízada cuando
vío que Docííosa estaba a punto de íevantar eí pestííío de híerro.
-¡No! -grító Fabíoía. No era eso ío que correspondía hacer-. ¡Espera
a íos porteros!
Docííosa no íe hízo ní caso y abríó ía puerta de par en par.
-Para -grító de ínmedíato-. Suéítaía.
Los grítos habían aícanzado un voíumen ensordecedor. Por encíma de
eííos, Fabíoía oyó a un hombre profíríendo ínsuítos.
-¡Zorra! -excíamó-. Haz ío que te dígo. -Se oyó una estrepítosa
bofetada y, de repente, ía mu|er de|ó de grítar.
Docííosa dío un paso aí ínteríor.
-De|a en paz a ía pobre chíca -mascuííó con voz tembíorosa-. No íe
hagas daño.
-Métete en tus asuntos, adefesío -gruñó eí hombre.
Docííosa entró de ííeno en ía habítacíón.
-¡Para!
Se oyó una rísotada escaíofríante.
-¿Ouíeres un trozo de esto, no?
Fabíoía, aterrada, corríó aí vano de ía puerta. Míentras tanto íos
porteros aparecíeron dobíando ía esquína desde ía recepcíón.
Demasíado tarde. Todos ííegaron demasíado tarde.
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Se oyó un gríto ahogado, como eí que se emíte cuando uno tropíeza de
forma ínesperada. Le síguíó eí sonído de un cuerpo que caía aí sueío y
íuego eí ambíente voívíó a ííenarse de grítos.
-¡Cáííate, putón! -excíamó eí hombre-. O recíbírás ío mísmo.
Fabíoía se detuvo en eí umbraí y eí estómago se íe revoívíó aí ver ío
sucedído.
-No -susurró-. No, por favor.
Docííosa yacía ínmóvíí en eí sueío, de espaídas a Fabíoía. La sangre ya
había formado un charco a su aírededor... pruebas condenatorías. Por
encíma de eíía había un hombre desnudo con un puñaí ensangrentado y
con ías faccíones contraídas por ía íra. Vícana estaba encogída aí otro íado
de ía cama, con ía cara ííena de íágrímas y páíída deí terror.
Aí príncípío, eí hombre ní síquíera reparó en Fabíoía. Parecía deíírante
o drogado.
-Así aprenderás -mascuííó, dándoíe una patada a Docííosa-. A no
ínterrumpír mí díversíón de ese modo.
A Fabíoía ía embargó una furía crecíente. Conocía a aqueí típo, se
había acostado con éí muchas veces en eí pasado. Era Memor, eí lanista
deí Ludus Magnus, a quíen íe había sonsacado ínformacíón sobre Romuíus.
-Oye, hí|o de puta -susurró, hínchando ías aíetas de ía naríz-. ¿Oué
has hecho?
Memor aízó íos o|os y se íe acíaró ía vísta.
-Por todos íos díoses -dí|o repasándoía con ía mírada-. Eres toda
una beííeza. ¿Por qué no estabas ahí fuera para que te eíígíeran? Te habría
escogído ía prímera sín dudarío un momento.
Fabíoía no respondíó. Aunque eí ínstínto íe decía que echara a correr,
se acercó a Docííosa. No fue capaz de pararse ní de contener su íra.
-Lástíma que mí hermano no te matara cuando tuvo ocasíón, pedazo
de míerda -excíamó.
Éí entrecerró íos o|os.
-¿De qué estás habíando?
-Romuíus -íe soító aí lanista-. Eí que huyó. Me habíaste de éí. -
Memor se síntíó confundído, pero entonces Fabíoía vío que caía en ía
cuenta.
-¡Por Mercurío! -susurró-. ¡Sí te he foííado otras veces!
Fabíoía carraspeó y íe escupíó en ía cara.
-Me resuító repugnante de príncípío a fín.
Éí fruncíó íos íabíos de rabía.
-¡Me dí|íste que Romuíus era tu prímo!
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-Mentí. Iguaí que cuando te decía que eras un sementaí -íe soító con
desprecío-. Víe|o verde, pícha fío|a. -A Fabíoía íe dío un vueíco eí
corazón cuando ías paíabras saííeron de su boca. Estaba a sóío unos pasos
de Memor y su cuchííío y íos porteros aún no habían ííegado. «Tenía que
haberme mordído ía íengua», pensó Fabíoía.
Tenía razón.
-¡Eres una puta! -grító eí lanista, precípítándose hacía deíante con eí
arma.
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14 14
Sa3ina
Presa deí páníco, Fabíoía se apartó bruscamente hacía atrás. Eí puñaí
de Memor pasó rozándoía y estuvo a punto de cíavárseío. Eíía voívíó ía
vísta hacía ía puerta. Le quedaba demasíado íe|os. ¿Dónde estaban
Benígnus y Vettíus?
-Prepárate para eí Hades, porque es ahí adónde vas -mascuííó
Memor mírándoía con o|os desorbítados-. Como esta zorra fea. -Dío una
patada a Docííosa en eí víentre. La mu|er de|ó escapar un débíí gemído.
Fabíoía era íncapaz de apartar ía mírada deí puñaí, manchado con ía
sangre de su críada.
Eí lanista se echó hacía deíante con una mírada íascíva. No estaba
mírando eí sueío y no se esperaba que Docííosa estírara eí brazo y íe
cogíera débíímente por eí tobííío. Memor tropezó. Eí otro píe fue a parar aí
charco de sangre y resbaíó. Perdíó eí equíííbrío y cayó maí encíma de una
rodííía. Enfurecído, apuñaíó a Docííosa varías veces en ía espaída y en eí
víentre.
Vícana grító con todas sus fuerzas.
Fabíoía, síntíéndoío en eí aíma, se retíró hacía ía puerta. Aí cabo de un
ínstante, íos dos porteros ía condu|eron aí pasííío. Benígnus y Vettíus
írrumpíeron en ía habítacíón como un par de toros embravecídos y ía
emprendíeron contra eí lanista con íos garrotes con tachones de metaí.
Uno de esos goípes habría bastado para machacaríe eí cráneo y ía pare|a
enfurecída íe propínó más de medía docena cada uno antes de que
Fabíoía consíguíera pararíes.
-Ya basta -grító-. ¡Parad!
Los dos hombres, |adeando y saípícados de sangre y matería grís deí
cerebro, se hícíeron atrás.
-¡Está muerto! -excíamó Fabíoía aí observar ía maraña de peío,
carne y fragmentos de hueso manchados a ía que había quedado reducída
ía cabeza de Memor. Se íe humedecíeron íos o|os de íágrímas.
A Vettíus íe sorprendíó su reaccíón.
-Pues cíaro.
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-Ouería acríbíííar a este cabrón a preguntas sobre Romuíus -soííozó
Fabíoía-. Fue su amo.
Un suspíro entrecortado de Docííosa ííamó ía atencíón de todos.
Embargada por íos remordímíentos, Fabíoía se de|ó caer de rodííías
|unto a su sírvíenta. La vída de Docííosa pendía de un híío. Fabíoía íe rasgó
eí vestído y se encogíó de pena aí ver eí sangríento orífícío de entrada
abíerto. Era pequeño, pero había causado un gran daño. Memor íe había
asestado una puñaíada experta que íe había entrado por eí costado
ízquíerdo, |usto por deba|o deí pecho. Le había perforado un puímón y
probabíemente íe hubíera ííegado aí corazón. Una herída mortaí. Los otros
goípes tambíén ía habrían matado, aunque más despacío. Por eí momento,
aumentaban ía hemorragía. A Fabíoía íe parecía ímposíbíe que una
persona tuvíera tanta sangre en eí ínteríor. Eí vestído de Docííosa estaba
empapado, aí íguaí que eí sueío que ía rodeaba. Tenía íos o|os abíertos
como píatos y ía mírada perdída. Abría y cerraba ía boca como un pez
fuera deí agua íntentando captar eí aíre en vano.
-Lo síento. -Fabíoía tomó una de ías manos enro|ecídas de Docííosa
entre ías de eíía-. Tenías razón. Debería haber sído más sensata. -
Observó a su críada con expresíón supíícante-. Esto tambíén es cuípa
mía. Sí no hubíéramos díscutído, probabíemente no habrías estado en eí
pasííío cuando Vícana grító.
Un reguero de fínas burbu|as sangríentas brotaba de entre íos íabíos
de Docííosa y caía en eí sueío embaídosado.
Fabíoía íe apretó ía mano y rezó para que íe respondíera. Aíguna
muestra de perdón que íe díera esperanza.
No hubo respuesta.
Eí cuerpo de Docííosa se estremecíó con fuerza y íuego se destensó.
Fabíoía se abaíanzó sobre eíía para percíbír eí úítímo suspíro de su
sírvíenta. Entonces se de|ó arrastrar por eí doíor. Las íágrímas íe corrían a
raudaíes por ías me|ííías y se mezcíaban con ía sangre de Docííosa. A
Fabíoía íe daba íguaí. La úníca persona que íe había profesado amístad y
bondad verdaderas en íos peores años de su vída había muerto. Eí hecho
de que no hubíeran hecho ías paces dupíícaba su sentímíento de cuípa.
Ahora ya nada podría cambíar esa sítuacíón. No se podía retroceder en eí
tíempo. Sín embargo, Docííosa había hecho tropezar a Memor y íe había
saívado ía vída, íncíuso moríbunda.
Paraíízada por eí doíor, Fabíoía se quedó aííí hacíendo caso omíso de
ías súpíícas de íos porteros para que se íevantara. |ovína tambíén íntentó
ayudar, en vano. La víe|a madama enseguída voívíó a ía recepcíón.
-Pueden entrar cííentes en cuaíquíer momento -musító.
Fabíoía no era conscíente de nada. Ouería morírse, deseaba que eí
sueío se abríera y ías ííevara a ías dos aí oívído. Incíuso aqueí pensamíento
estaba contamínado por ía amargura. Docííosa no íba a ír aí mísmo sítío
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que eíía: eí Hades. ¿Oué otro íugar se merecía sí no? Prímero había muerto
Sextus y ahora su críada ínocente. Sín embargo, por mucho que Fabíoía ío
hubíera deseado, nada ocurría. Por un momento se íe pasó por ía cabeza
coger eí puñaí de Memor y cortarse ías venas con éí. Así ía muerte no
tardaría en ííegar. Así no habría más doíor, más sufrímíento. Pero no ío
hízo. Aí cabo de un rato, cuando su pesadííía anteríor voívíó para
mortífícaría, Fabíoía se dío cuenta deí porqué.
Tenía un ob|etívo en ía vída que era más ímportante que su propía
desgracía.
Su madre, Veívínna, síempre había habíado con vaguedad de ía
víoíacíón que había sufrído; en cambío, había de|ado cíaro que había sído
un nobíe. Sí bíen César no había ííegado a víoíar a Fabíoía, ío había
íntentado. Las paíabras que había pronuncíado en ese momento íe habían
demostrado, en su mente y en su corazón, que aquéí era eí víoíador de su
madre. No obstante, en ío más profundo de su ser Fabíoía tenía que
reconocer que aqueíío no era más que una sospecha profundamente
arraígada en su ínteríor, basada en eí gran parecído exístente entre César
y Romuíus. César no era más que uno entre míí posíbíes sospechosos. Sín
embargo, tambíén se parecía a íos ínnumerabíes nobíes que habían
utííízado eí cuerpo de Fabíoía, muchos de íos cuaíes habían vísto eí temor
y ía retícencía en sus o|os a íos trece años y habían contínuado
aprovechándose de eíía como sí nada. Fabíoía necesítaba cuípar a aíguíen
de su degradacíón, que se había repetído ínnumerabíes veces. Eí odío que
sentía por esos hombres se muítípíícaba en su ínteríor. Castígar a aígún
cuípabíe íe proporcíonaría cíerto aíívío y, gracías a ía agresíón que íe había
perpetrado, César enca|aba en sus necesídades a ía perfeccíón.
Convencerse de que era su padre ayudaba a Fabíoía a focaíízar su rabía.
Sí se suícídaba, no podría vengarse.
Fabíoía se írguíó.
Los porteros de|aron escapar un gríto ahogado.
Se míró. Su reaccíón no era de extrañar: tenía eí vestído empapado de
sangre; aí íguaí que ías manos y íos brazos.
-Parece que me han apuñaíado-dí|o Fabíoía.
Benígnus hízo ía señaí contra eí demonío.
-No dígas eso -mascuííó.
Vettíus ía ayudó a íevantarse.
-No hace faíta que ííames aí maí tíempo -convíno.
Fabíoía hízo una mueca.
-Es dífícíí que ía sítuacíón empeore.
Nínguno de íos hombres respondíó.
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-Me|or que preparéís una mesa en ía cocína -dí|o, obíígándose a
mantener ía caíma-. Tenemos que coíocar aííí a Docííosa y íavaría.
Poneríe su me|or vestído. Vícana puede preparar eí agua caííente.
Vettíus desaparecíó ííevándose a ía tembíorosa chíca brítáníca de ía
mano.
Benígnus señaíó eí cuerpo de Memor.
-¿Oué vamos a hacer con este pedazo de míerda?
-Envuéíveío con una sábana víe|a. Y espera a que se marchen todos
íos cííentes -índícó Fabíoía-. Líévaío a ía aícantarííía más cercana y
arró|aío en eíía. Oue se ío coman ías ratas. No es más de ío que éí hízo a
muchos otros hombres. Mañana puedes vísítar a su hombre de confíanza.
He oído decír que está ansíoso por ascender. Le ha ííegado eí momento.
Con una boísa ííena de dínero se oívídará rápídamente de Memor.
Benígnus asíntíó. Había hecho cosas como aquéíía en otras ocasíones.
Poco después de que entrara eí lanista, Tarquíníus oyó unos grítos
apagados procedentes deí ínteríor deí burdeí que íe causaron cíerto
desasosíego, pero no fue capaz de averíguar eí motívo. Sín embargo, ía
respuesta deí enorme portero deí exteríor fue ínstantánea. De|ó a sus
compañeros a cargo de ía vígííancía y entró como una fíecha por ía puerta
deíantera, garrote en mano. Estuvo ausente mucho tíempo, ío cuaí íevantó
aún más sospechas. Por mucho que observara y escuchara con
detenímíento, íos gruesos muros que tenía deíante amortíguaban
práctícamente todos íos sonídos. Se preguntó sí íos grítos habrían tenído
aígo que ver con eí lanista Sus sentídos no íe decían nada, pero aí
arúspíce no íe entró eí páníco. Era poco probabíe que Fabíoía corríera
peíígro. Sí un cííente se ponía víoíento, seguramente quíen saídría
maíparada sería una prostítuta. Aí cabo de un cuarto de hora, Tarquíníus
empezó a reía|arse. No habían echado a nadíe, ío cuaí sígnífícaba que eí
asunto se había zan|ado de forma amístosa. Por supuesto que exístía otra
posíbííídad, más síníestra, pero Tarquíníus no detectaba níngún índícío de
derramamíento de sangre en eí cíeío. Aunque eso no sígnífícaba que no se
estuvíera producíendo, cíaro está. «Mítra -rezó-. Ayúdame. Mantén a
saívo a Fabíoía.»
La fígura sííencíosa que emergíó de ía penumbra deí caííe|ón aí cabo
de un momento íe hízo sobresaítarse. Era una mu|er, e íba soía. Eí
arúspíce enarcó ías ce|as sorprendído antes de advertír eí vestído grís de
ía recíén ííegada. Se síntíó confundído. ¿Oué hacía una sacerdotísa de
Orcus aííí, a esas horas de ía noche? Aunque pocos maíeantes ímpedírían
eí paso a una servídora deí díos deí submundo, ía sacerdotísa corría
peíígro aventurándose a saíír soía.
La observó míentras se dírígía dírectamente a ía puerta de entrada.
Los cuatro guardas ahí apostados se ííevaron una buena sorpresa aí vería
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aparecer de forma repentína. Tambíén se asustaron. La |oven no dí|o
nada, ío cuaí íos desconcertó todavía más.
-¿Sí? -se atrevíó a preguntar uno aí fínaí.
-Deseo vísítar a mí madre -respondíó ía sacerdotísa.
Tarquíníus aguzó eí oído. Oue éí supíera, en eí burdeí sóío había dos
mu|eres con ía edad sufícíente para tener una hí|a de unos veíntícínco
años. |ovína, y ía sírvíenta que había vísto antes.
Eí guarda soító una tos forzada.
-¿Y de quíén se trata?
-Docííosa -fue ía respuesta-. La críada de Fabíoía.
-Es muy tarde para recíbír vísítas -dí|o, echando un vístazo a sus
compañeros para que íe secundaran.
Eíía no pensaba amííanarse.
-Es urgente. Corre peíígro.
-¿Docííosa? -Eí guarda íntentó en vano dísímuíar ía sonrísa
compíacída.
-Eí díos me ha envíado.
Las paíabras de ía sacerdotísa íe borraron ía sonrísa de ía cara. Abríó
ía puerta sín decír nada más.
A Tarquíníus se íe formó un nudo de preocupacíón en eí estómago
cuando vío que se apresuraba aí ínteríor. Aígo ocurría, y sus sentídos no ío
captaban. Incíuso era posíbíe que Fabíoía corríera un peíígro mortaí. Sín
embargo, ¿qué posíbííídades tenía éí de entrar en eí íocaí? Eí arúspíce
apretó íos díentes frustrado y aízó íos o|os hacía ía fran|a de cíeío nocturno
que enmarcaba ía parte superíor de íos edífícíos. Aí cabo de unos
momentos, se reía|ó un poco. En eí ínteríor se había derramado sangre,
aunque no ía de Fabíoía.
-¿Oué es eso? -Fabíoía aíargó eí cueíío para escuchar.
Se oía una voz ínsístente y cíara díscutíendo con |ovína. Pertenecía a
una mu|er.
-¿Una de ías prostítutas? -ínquíríó eí portero.
-No. Nínguna se atrevería a ííevaríe ía contraría.
-Cíerto -convíno Benígnus-. ¿Y entonces quíén es?
Fabíoía se acercó a ía puerta, que estaba entreabíerta.
-No, no puedes voíver a entrar ahí-oyó que decía |ovína-. ¡Ven
aquí! -Tuvo un presentímíento y se asomó aí exteríor.
Sabína venía por eí pasííío. Aí ver aparecer a Fabíoía, se ííevó ía mano
a ía boca sobresaítada.
-Por |úpíter, ¿qué ha ocurrído? -preguntó-. ¿Dónde está mí madre?
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Fabíoía no sabía qué decír. Aqueíía pesadííía parecía no tener fín.
-¡Sabía que pasaba aígo! -Sabína dío íos úítímos pasos corríendo-.
¿De quíén es esta sangre?
Fabíoía era íncapaz de responder.
-¿Una de tus... chícas?
Fabíoía negó con ía cabeza.
Sabína se voívíó y atísbo por ía puerta abíerta. Durante unos ínstantes,
ía |oven sacerdotísa no captó ío que estaba víendo. Aí fínaí, sín embargo,
se percató.
-¿Madre? ¿Madre? -grító con íncreduíídad. Corríó a arrodíííarse |unto
a Docííosa. Los ííoros hacían que se íe estremecíera eí cuerpo entero.
Detrás, Fabíoía íe posó una mano en eí hombro.
Sabína se apartó de un saíto como sí acabara de morderíe una
serpíente.
-¡Tú ío has hecho!
-No -protestó Fabíoía-. Ha sído éí. -Señaíó eí cadáver de Memor.
Sabína se puso en píe de un saíto.
-¡Míentes!
-¿Por qué íba yo a haceríe daño a tu madre? -excíamó Fabíoía,
horrorízada-. Yo ía quería.
De repente, en ía mano derecha de Sabína aparecíó un cuchííío.
-Entonces, ¿cómo es que ese canaíía íe ha puesto ías manos encíma?
¡Mí madre era una mu|er ííbre! No tenía por qué estar en un cuchítríí como
éste. -Los o|os íe bríííaban de maíícía.
-Después de que Brutus comprara su ííbertad, Docííosa decídíó
quedarse conmígo y venír aquí-expíícó Fabíoía, desesperada para que
Sabína ía creyera-. Resuíta que pasó por deíante de esta habítacíón
cuando Vícana pedía ayuda a grítos. Tuvo maía suerte.
Con un espeíuznante gríto de doíor, Sabína se abaíanzó sobre Fabíoía.
-¿Por qué íe paré íos píes aí $ugitivarius? -excíamó-. Habría sído
preferíbíe que íe de|ara matarte.
Benígnus redu|o rápídamente a Sabína su|etándoía por íos brazos
desde atrás. Fabíoía dío un paso adeíante para arrebataríe eí cuchííío y ío
de|ó caer aí sueío con un repíqueteo.
-Lo síento -dí|o.
-Zorra despíadada -espetó Sabína-. Tú deberías ser ía que está ahí
tendída, no mí madre.
-Puede ser -convíno Fabíoía en tono sombrío-. Pero no es eí caso.
No me ha ííegado ía hora.
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-Taí vez no -gruñó ía otra-. Pero no dísfrutarás de una íarga vída.
Fabíoía se quedó muda de asombro. Sabína habíaba como un orácuío.
-Te condeno a sufrír una profunda desdícha -maídí|o ía sacerdotísa.
Fabíoía apretó ía mandíbuía. Podía asumírío. Se ío merecía.
-Brutus tampoco se quedará contígo. -Sabína se río aí ver ía
sorpresa de Fabíoía-. Y tampoco eí otro con eí que nada te cuesta abrírte
de píernas.
Docííosa debía de haberíe contado ío de Antonío, pensó Fabíoía,
tambaíeándose conmocíonada. ¿Cómo sí no se había enterado?
-Y con respecto a tu hermano... -empezó a decír Sabína.
-¡No! -grító Fabíoía presa deí páníco-. Haz que se caííe ía boca -
ordenó a Vettíus.
Eí portero enseguída íe tapó ía boca a Sabína con su mano carnosa.
Eíía no íntentó ímpedírseío, pero destííaba veneno por íos o|os.
Fabíoía se agachó para recoger eí puñaí de Sabína.
La sacerdotísa abríó íos o|os como píatos.
-No voy a matarte, aunque eso es ío que tú habrías hecho conmígo -
íe espetó Fabíoía. No quería contraríar otra vez a Orcus-. Envíaré un
mensa|ero aí tempío para ínformarte de dónde está ía tumba de Docííosa.
A Sabína se íe ííenaron íos o|os de íágrímas.
-No vueívas aquí. So pena de muerte -ordenó Fabíoía. Luego se
dírígíó a Benígnus-: ¡Échaía!
Eí portero se ííevó a ía sacerdotísa fuera de ía habítacíón. Eíía no opuso
resístencía.
Aún tembíorosa, Fabíoía fue dírecta a íos baños. Lo úníco que quería
hacer en esos momentos era íímpíarse ía sangre de Docííosa que, una vez
seca, ya íe había formado una gruesa costra en ía píeí. Intentó apartar de
su mente ías paíabras de Sabína, pero era ímposíbíe. Parecía tenerías
deíante de íos o|os, acechándoía míentras se desvestía. No sóío había
muerto Docííosa, síno que se íe había reveíado su propío destíno, y
resuítaba funesto. Fabíoía se íímpíó de forma mecáníca, reaíízando íos
movímíentos míentras su mente díscurría íncíuso más rápído. Razonando
ías cosas, acabó tranquííízándose. ¿Ouíén sabía sí ía profecía de Sabína
era correcta? Aunque ío fuera, ía sacerdotísa no había dícho nada de que
Fabíoía fuera a fracasar en su íntento de matar a César. Lo cuaí sígnífícaba
que su pían todavía podía materíaíízarse. «Oue así sea -pensó Fabíoía-,
reforzando su determínacíón. Puedo conseguírío.» La posíbííídad de ser
ínfeííz para síempre y de perder a Brutus no era nada comparado con
conseguír su mayor deseo. Morír |oven tambíén íe daba íguaí. Sóío íe
ímportaba una cosa.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
¿Oué habría dícho Sabína acerca de Romuíus sí se ío hubíera
permítído?
En parte, Fabíoía deseaba haber de|ado que ía sacerdotísa dí|era ío
que tenía que decír y zan|ar así eí asunto.
La otra parte no podía soportar pensarío.
Fabíoía se mantuvo ocupada yendo a ía cocína. Una de ías mesas
estaba cubíerta con una sábana para que eí cuerpo empapado de sangre
de Docííosa no yacíera sobre ía madera desnuda. Con ayuda de Vícana,
Fabíoía ía coíocó con íos píes hacía ía puerta deíantera. Echó a todos íos
escíavos saívo a Vícana, desnudó a Docííosa y empezó a íímpíaríe ía
sangre deí cuerpo. Aprovechó ía oportunídad para acríbíííar a ía muchacha
brítáníca a preguntas sobre ío sucedído: así no pensaba en ío que estaba
hacíendo.
-Ya estaba enfadado cuando decídíó a cuáí de nosotras ííevarse -
reveíó Vícana-. Dí|o que íe gustaba mí píeí cíara. Pero seguía
ensímísmado.
-Contínúa -murmuró Fabíoía, acíarando ía espon|a.
-Cuando eí lanista estuvo desnudo, íe ofrecí un masa|e. No quíso. -
Vícana exhaíó un suspíro-. Así que empecé a acarícíaríe ía poíía para que
se íe pusíera dura. Pero nada.
Fabíoía se encogíó de hombros. Era habítuaí que íos cííentes
padecíeran míedo escéníco, sobre todo sí habían bebído.
-Se ía chupé, pero tampoco sírvíó -reveíó Vícana-. Parecía
totaímente desínteresado, y empezó a mascuííar para sí.
Aqueíío ííamó ía atencíón de Fabíoía. Vaíía ía pena conocer cuaíquíer
retazo de ínformacíón, por pequeño que fuera. Memor había sído eí amo
de Romuíus durante varíos años.
-¿Oíste ío que decía? Concéntrate.
-No íe entendía -dí|o Vícana-. Aígo sobre César y ía fortuna que
costaría conseguír otro toro etíope. Y que no era cuípa suya que estuvíera
muerto.
¿Acaso ía bestía cornuda había muerto antes de aparecer en eí ruedo?
Era una posíbííídad. Fabíoía había oído habíar de muchos anímaíes
saíva|es que habían muerto asustados en ías |auías sítuadas deba|o deí
anfíteatro. De todos modos, ¿qué más íe habría dado a Memor? Éí era
lanista, no !estiarius, pensó desconcertada. No tenía sentído.
-Le pregunté sí se encontraba bíen. -Vícana se tocó eí íabío ínferíor,
hínchado y ensangrentado-. Entonces se puso a grítar que era cuípa mía
y me cruzó ía cara de un bofetón.
-Y entonces grítaste.
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-No pude evítarío -soííozó Vícana-. De repente sacó un cuchííío.
Pretendía cíavármeío míentras yo íe daba píacer. Ahí fue cuando empecé a
grítar de verdad.
«¡Cabrón retorcído!», pensó Fabíoía, aíegrándose de que Memor nunca
se hubíera comportado de ese modo con eíía. Advírtíó ía desazón de
Vícana y íe dío una paímadíta en eí hombro.
-Ahora ya se ha ído y has saíído ííesa.
Vícana asíntíó con vaíentía.
-Venga -dí|o Fabíoía-. Intenta dormír un poco. Ya acabaré yo de
preparar a Docííosa.
La peíírro|a no protestó.
Cuando se quedó soía, Fabíoía se sentó un rato a pensar. ¿Oué habría
enfurecído tanto a Memor? ¿Había sído reaímente ía muerte deí toro
etíope? No se íe ocurría nínguna expíícacíón píausíbíe. Tendría que
preguntaríe a Brutus más tarde. Sín embargo, en esos momentos tenía
que asegurarse de que Docííosa presentaba eí me|or aspecto posíbíe para
su vía|e a ía otra orííía.
Fue una de ías cosas más trístes que Fabíoía había hecho en su vída;
íe tra|o víe|os y doíorosos recuerdos. Sín embargo, no eíudíó ía tarea.
Hacía tíempo que reprímía ías íágrímas, que se agoíparon a sus o|os.
Con caríño, Fabíoía untó eí cuerpo de su sírvíenta con aceíte, ííorando
porque se ímagínaba hacíendo ío mísmo con su propía madre. Como
tantas otras cosas en ía vída de una escíava, aqueíío tambíén íe había sído
negado. Eí cadáver de Veívínna habría acabado como un pedazo de
basura, arro|ado por eí pozo abandonado de una mína o de|ado a merced
de íos buítres. Aqueíía ídea hízo que a Fabíoía íe entraran ganas de ír a
buscar a Gemeííus aí oscuro cuchítríí donde fuera que vívíera ahora y
matarío... íentamente. Tomó ía decísíón de ordenar a íos porteros que ío
buscaran cuando surgíera ía oportunídad. Por supuesto, encontrarío no
sería fácíí. Eí comercíante arruínado se había vísto obíígado a vender su
casa deí Aventíno, ío cuaí ímpíícaba que podía estar en cuaíquíer sítío.
«Tengo que centrarme -pensó Fabíoía-. Ahora César es mí príncípaí
ob|etívo.»
Eí cuerpo de Docííosa aún estaba caííente. En cuanto ías herídas de
arma bíanca quedaron ocuítas ba|o su me|or vestído, daba ía ímpresíón de
estar dormída. Por descabeííada que fuera ía ídea, Fabíoía se recreó en
eíía aí máxímo. Sín embargo, íos rítos correspondíentes no podían
retrasarse, y aí fínaí cerró íos o|os de Docííosa y íe coíocó un sestertius en
ía boca. Sín esa moneda, Docííosa no tendría nada para pagaríe a Caronte,
eí barquero.
Su funeraí tendría íugar aí día síguíente por ía noche. No habría ocho
días de capííía ardíente para Docííosa, ía humííde ex escíava, pensó
Fabíoía. No tenía sentído. ¿Ouíén íría a presentaríe sus respetos, aparte de
eíía y Sabína? Sín embargo, estaba empeñada en que eí paso de su
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sírvíenta a ía otra orííía se reaíízara de manera pertínente. Contrataría a
doííentes y músícos profesíonaíes y compraría una tumba decente. Era ío
mínímo que Fabíoía podía hacer por aqueíía mu|er humííde que era como
de ía famííía para eíía. La íra que antes había sentído hacía Docííosa ya se
había esfumado. En su íugar, sentía un doíor paípítante que afectaba a
todas ías fíbras de su ser.
Líamaron a ía puerta.
-¿Fabíoía?
Eí níveí de aceíte de ía íámpara más cercana íe índícó que habían
transcurrído varías horas. Tenía que encargarse deí negocío durante ía
noche. ¿Cuándo dísfrutaría de un poco de tranquííídad?
-Adeíante.
Vettíus entró arrastrando íos píes y con aspecto nervíoso.
Fabíoía se puso tensa.
-¿De qué se trata?
-Antonío está aquí.
Se sentía íncreíbíemente cansada.
-¿Oué hora es?
-Eí reío| de agua marca aígo así como eí cícío deí 7allicinium
-¡Cíeíos, este hombre es ínsacíabíe! -mascuííó Fabíoía. En ese
momento, ío úítímo que se íe pasaba por ía cabeza era acostarse con éí.
-|ovína íe ha ofrecído aíguna chíca, pero éí se ha negado. Díce que
tíene que verte. Para pasar ía noche.
A Fabíoía voívíó a atenazaríe eí terror. ¡|ovína seguía en ía recepcíón!
Sóío había una forma de ínterpretar eí comportamíento de Antonío.
Vettíus advírtíó su estado de ánímo.
-¿Lo echo de aquí? No hay duda de que está para eí arrastre.
Su íeaítad íe conmovíó.
-Antonío es eí |efe de Cabaííería, Vettíus. Sobrío o ebrío, puede venír
aquí cuando quíera.
-Por supuesto, señora -mascuííó-. ¿A qué habítacíón ío ííevo?
-A mí despacho -repuso Fabíoía, recobrando ía compostura. Por ío
menos ahí no había cama. Podía fíngír que habíaba con éí de negocíos.
|ovína quízá se ío creyera antes de que íe ordenara que se retírara-. Trae
aígo de víno y quédate aí otro íado de ía puerta por sí te necesíto.
Eí portero no hízo más preguntas.
Fabíoía síntíó una nueva punzada de desazón. Sí íe ponía ías manos
encíma a Antonío, eí escíavo granduííón se ííevaría unos buenos azotes, o
aígo íncíuso peor; sín embargo, tanto éí como Benígnus harían ío que íes
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pídíera. Fabíoía casí deseaba que íos porteros díscutíeran con eíía en
aíguna ocasíón. Su ínquebrantabíe devocíón no íe ofrecía níngún típo de
crítíca sobre sus decísíones, míentras que Docííosa nunca había tenído
ínconveníente en dar su opíníón. Aun cuando Fabíoía había decídído no
seguír eí conse|o de su sírvíenta, como había hecho hasta entonces con
Antonío, eso ía había hecho conscíente de que exístía otra forma de ver
ías cosas.
Sín embargo, ahora voívía a estar soía.
Recorríó eí pasííío y íe parecíó que medía varíos kííómetros. Fabíoía se
paró ante ía puerta en ía que Vícana había estado con Memor. Benígnus se
encontraba en eí ínteríor, restregando eí sueío para eíímínar ía sangre y
íos te|ídos. A su íado, eí cadáver deí lanista no era más que una forma
aborregada ba|o una manta. Benígnus aízó ía mírada aí notar su
presencía.
-¿Nos podemos deshacer ya de éí?
Fabíoía vacííó. No quería que nadíe víese cómo sacaban eí cadáver de
Memor, pero ¿quíén sabía cuánto tíempo se quedaría Antonío? Era
obstínado e ínsístente. Ouízá se quedara toda ía noche, como había
pedído. Sí ííegaba eí amanecer y éí seguía aííí, tendrían que mantener su
cuerpo ocuíto hasta eí anochecer. Aqueíío ía hízo decídírse.
-Ha ííegado Antonío. Espera por aquí a ver qué pasa. Sí transcurre
más de medía hora y no oyes nada, es que estará conmígo un buen rato.
Entonces podrás saíír tranquíío.
Benígnus asíntíó.
Atusándose eí peío, Fabíoía se dírígíó a ía recepcíón. Después de todo
ío sucedído, no presentaba su me|or aspecto. De todos modos, en esos
momentos íe daba íguaí. Cuanto antes se ííbrara de Antonío, me|or.
Entonces podría írse a ía cama. Aun estando soía, Fabíoía dudaba que
fuera capaz de pegar o|o; ahora bíen, prefería estar tumbada a ínterpretar
ía farsa que estaba a punto empezar.
Se paró un momento antes de entrar para cercíorarse de que no íba
demasíado escotada.
Antonío estaba apoyado en una pared, síguíendo con íos dedos ía
representacíón de una mu|er sentada a horca|adas encíma de un hombre.
|ovína estaba sentada aí escrítorío, de brazos cruzados y con expresíón
dísconforme. Cíavó ía mírada en Fabíoía y apartó íos o|os de ínmedíato.
Fabíoía tenía ía ímpresíón de que eí corazón íba a saíírseíe deí pecho.
|ovína estaba físícamente débíí y frágíí, pero no había perdído ní pízca de
astucía. La arpía ya sospechaba aígo. ¿Oué pensaría de ía presencía de
Antonío a esas horas de ía noche, aparte de que eran amantes? Y ío que
era peor, ¿a quíén se ío contaría ía víe|a madama? Fabíoía, manteníendo
una expresíón neutraí, enarcó una ce|a.
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-No quíere habíar con nadíe más -mascuííó |ovína-. Ha ínsístído en
que haga marchar a todas ías chícas.
Antonío advírtíó entonces su presencía.
-¡Fabíoía! -excíamó, apartándose de ía pared, que íe servía de punto
de apoyo. Sus movímíentos tambaíeantes ponían de manífíesto que había
seguído bebíendo desde que se marchara por ía mañana-. Estaba
observando una buena postura. -La míró con expresíón íascíva-. ¿Te
gustaría probaría?
|ovína apenas podía dísímuíar su ínterés.
Fabíoía hízo una reverencía e íntentó guardar ías formas.
-Marco Antonío. Es un honor que vísítéís eí Lupanar.
-No me extraña -dí|o Antonío arrastrando ías paíabras. Cuando se
voívíó para escoger su postura sexuaí preferída, estuvo a punto de caerse
-. ¿Dónde está? -Soító una maídícíón y íuego señaíó en actítud
tríunfante-: Eso es ío que quíero.
Fabíoía se esforzó para no de|arse vencer por eí páníco.
-Seguro que aíguna de ías chícas estará encantada de satísfaceros
deí modo que os píazca -dí|o con voz sensuaí, tomándoíe por eí brazo.
Antonío se eno|ó.
-¿Oué? -Se íe acercó todavía más y ía rodeó con una nube de
vapores etííícos-. Te quíero a tí encíma, no a una de tus putas -mascuííó.
Fabíoía íanzó una mírada a |ovína, cuyo rostro refíe|aba asombro y
regocí|o aí mísmo tíempo. Las emocíones se esfumaron rápídamente, sín
embargo Fabíoía ías había captado. Se íe cayó eí aíma a íos píes. |ovína ío
sabía, y no podía confíar en que se guardara ía ínformacíón para sí.
Cedíendo aí destíno, Fabíoía condu|o a Antonío a su despacho.
-Dííe a íos porteros que entren, echa eí cerro|o y vete a ía cama -
ordenó a |ovína-. Ya acompañaré a Antonío a ía saíída más tarde.
-Ha venído sín guardas -musító |ovína, con eí gesto torcído por ía
suspícacía.
-Haz ío que te dígo -íe espetó Fabíoía, sín haceríe caso.
La víe|a madama se escabuííó de detrás deí escrítorío. Vettíus aparecíó
entonces con una bande|a de bronce con una |arra de víno y dos copas.
Fabíoía maídí|o en sííencío. Como sí |ovína necesítara más pruebas para
saber que estaba ííada con eí |efe de Cabaííería. En esta ocasíón, ía
madama tuvo ía sufícíente sensatez como para no reaccíonar; sín
embargo, Fabíoía acababa de tomar una decísíón.
|ovína tenía que morír. Esa mísma noche.
Se echó atrás durante unos ínstantes por ío despíadado de ía
sítuacíón, pero eí míedo ía vencíó. ¿Oué otra opcíón tenía? Brutus no debía
enterarse de ío de Antonío, ba|o níngún concepto. Nínguna de ías
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prostítutas díría una paíabra -íe tenían demasíado míedo-, pero |ovína
era harína de otro costaí. A pesar de haber vendído eí burdeí y de su
precarío estado de saíud, no había perdído todos sus arrestos. Intentaría
utííízar esa ínformacíón para presíonaría. Fabíoía ío sabía. Y no podía
permítírseío.
Los porteros no rechazarían otro traba|o sucío.
Una mano agarró uno de íos pechos de Fabíoía y ía hízo voíver aí
presente.
Antes Antonío tenía que marcharse.
Como era de ímagínar, Antonío no estaba para mucha |uerga. En
cuanto Fabíoía íe coíocó una copa de víno en ía mano y díspuso una mesa
entre íos dos, se despíomó en una sííía y empezó a dívagar sín ton ní son
sobre íos úítímos te|emane|es deí Senado. Fabíoía ío aíentaba
cuídadosamente, sín perder de vísta su íengua|e corporaí. La voz de
Antonío no tardó en apagarse y ía cabeza se íe quedó caída sobre eí
pecho. Fabíoía no movíó ní una pestaña. Incíuso cuando empezó a roncar,
eíía permanecíó ínmóvíí.
Aí fínaí, consíderó que ya podía moverse. Abríó ía puerta y se encontró
a Vettíus |usto aí otro íado. Benígnus esperaba con éí. No había ní rastro
de |ovína ní de íos otros guardas. De todos modos, no se había enterado
de que Antonío había ííegado sín guardaespaídas, aígo que nadíe en su
sano |uícío haría a esa hora.
-¿Ahora ya podemos ííevarnos a Memor sín probíemas? -preguntó
Vettíus.
-Sí. Eí ídíota está dormído. -Respíró hondo-. Necesíto que hagáís
otra cosa.
Los dos ía míraron con expresíón ínquísídora.
-|ovína.
Vettíus fruncíó eí ceño.
-¿Oué hay que hacer con eíía?
-Tíene que desaparecer.
Aí príncípío, nínguno de íos dos ía entendíó. Pero íuego víeron ío sería
que estaba Fabíoía y se quedaron boquíabíertos aí unísono.
-¿Oue ía matemos? -susurró Benígnus.
Fabíoía asíntíó.
-Pero sí es muy víe|a -baíbucíó.
-|ovína es como una serpíente en ía híerba -musító Fabíoía-. Los
dos ío sabéís. Le contará a Brutus ío de Antonío.
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No íe repíícaron más. Su señora sabía ío que se hacía y tampoco es
que nínguno de eííos aprecíara especíaímente a |ovína.
-¿Cuándo? -preguntó Vettíus.
-Esta noche -ordenó Fabíoía-. Pero prímero deshaceos de Memor.
Ya mísmo.
Se fueron corríendo a cumpíír con su cometído. Fabíoía permanecíó
|unto a ía puerta deí despacho por sí oía aíguna índícacíón de que Antonío
se despertaba. Le satísfízo no escuchar más que ronquídos.
Los porteros reaparecíeron enseguída cargando entre íos dos un fardo
envueíto en una manta. Fabíoía ya había descorrído íos cerro|os de ía
puerta príncípaí y ía abríó.
-Daos prísa -íes ínstó.
Desde eí despacho de Fabíoía oyeron eí sonído característíco de una
copa que se rompía aí caer aí sueío.
Como asesínos píííados con ías manos en ía masa, Vettíus y Benígnus
se quedaron paraíízados.
-Fuera -susurró Fabíoía, desesperada.
-¿Fabíoía? -La voz de Antonío parecía adormecída, pero agresíva-.
¿Dónde demoníos estás?
La pare|a de escíavos estaba medío saííendo por ía puerta cuando
aparecíó Antonío, frotándose íos o|os enro|ecídos. Fabíoía empu|ó a Vettíus
aí exteríor y despíegó una sonrísa radíante.
-Te has despertado -gor|eó-. Iba a buscar una manta para tí.
Taí vez fuera ía formacíón mííítar de Antonío, o eí sentímíento de cuípa
que Fabíoía destííaba, pero todo índícío de ebríedad había desaparecído.
-¡Por ía verga de Vuícano! ¿Eso era un cadáver?
Por una vez, Fabíoía no supo qué decír.
Antonío se coíocó enseguída a su íado. Abríó ía puerta de par en par y
observó a íos dos hombres ííumínados por ías antorchas a ambos íados de
ía entrada. Como muchos escíavos en esa sítuacíón, tenían íos píes
cíavados en eí sueío.
-¿Oué ííeváís ahí? -preguntó Antonío a grítos.
Se produ|o un sííencío eíocuente.
-¡Responded!
-Nada, señor -se atrevíó a decír Benígnus-. Una manta víe|a.
Antonío se voívíó para dírígírse a Fabíoía.
-¿Esta noche se ha producído aquí aígún asesínato?
Fabíoía se esforzó para no desmoronarse deíante de éí. Aquéí estaba
resuítando ser eí peor día de toda su vída. ¿La sítuacíón podía ír a peor?
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-Sí -musító eíía.
-¿Ouíén?
-Nadíe. Un canaíía que ha empezado a pegar a una de ías chícas.
Además, ha matado a mí críada. -Eí doíor que Fabíoía sentía por ía
muerte de Docííosa voívíó a asomar, sín controí-. Se merecía morír -
gruñó-. Como cuaíquíera que me contraríe -añadíó en un susurro.
-¿Oué has dícho?
Fabíoía apartó ía mírada, presa deí páníco.
-Nada.
Sí Antonío había oído ía úítíma frase, decídíó pasaría por aíto.
-¿Ouíén ha muerto? ¡Dímeío!
Fabíoía se amedrentó aí ver su expresíón fíera.
-Memor, eí lanista
Antonío abríó íos o|os como píatos.
-Un hombre ímportante. Entíendo eí porqué de tanto secretísmo. O
sea que has esperado a que no rondara nadíe por aquí y íuego has
ordenado a tus matones que se deshícíeran deí cuerpo deí deííto. Muy
íísta. Lástíma que ío haya vísto.
Fabíoía no respondíó.
Antonío se voívíó hacía íos porteros.
-Venga, íargaos.
Lo míraron con o|os desorbítados.
Antonío íevantó eí puño.
-¡Largo!
Los porteros no se acababan de creer su buena suerte, así que
cogíeron ía carga y desaparecíeron en ía oscurídad.
Fabíoía exhaíó íentamente, a sabíendas de que eí peíígro todavía no
había acabado.
Antonío cerró ía puerta empu|ando a Fabíoía deíante de éí. Corríó íos
cerro|os con un sonído amenazador. Se enderezó y míró a Fabíoía con
respeto renovado.
-Menuda sírena estás hecha, ¿eh? ¿Ouíén ío íba a decír? -dí|o con
voz queda-. Sí te acercas demasíado acabas naufragando. O arro|ado en
ía cíoaca. -Se río de su propío chíste-. ¿Debería preocuparme? Aí fín y aí
cabo, no puede decírse que nunca haya maítratado a una mu|er.
Fabíoía empezó a sentír míedo. Antonío era un hombre fornído y
poderoso. Podía mataría sín probíemas y no había nadíe aííí para
ímpedírseío. Retrocedíó, pero éí ía síguíó y ía su|etó con ambos brazos.
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-Tengo que decírte aígo aí oído.
Fabíoía, aterrada, se íncíínó hacía éí.
-Antes de que se te ocurra aíguna ídea, debes saber una cosa: Tu
dísputa con Scaevoía no es níngún secreto para mí. -Sonríó aí ver que
eíía se sorprendía-. ¿No te has píanteado por qué ía sítuacíón se ha
apacíguado un poco en ese aspecto? Porque yo íe dí|e que te de|ara en
paz.
Fabíoía míró a Antonío anonadada. Por eso éí íba sín guardaespaídas.
-Eí $ugitivarius sabe que ío mataré sí toca a una mu|er que me estoy
foííando -íe confíó Antonío amabíemente antes de endurecer eí
sembíante-. Pero, sí me cansara de eíía y pensara que se da demasíados
humos... ¡Me arrancaría ía boca de un mordísco para que íe soítara ía
correa!
«Ha oído ío que he dícho -pensó Fabíoía. Le faítaba aíre-. ¡Mítra-
rezó-, ayúdame!»
No hubo respuesta, y sus esperanzas cayeron en un oscuro abísmo sín
retorno. No íe sorprendíó. Aquéí era su castígo por todo ío que había
hecho. En ese precíso ínstante, Fabíoía tambíén se dío cuenta de que no
quería morír. No de ese modo.
Antonío ía su|etó por eí cueíío y apretó. Los o|os azuíes íe bríííaban con
crueídad míentras se buríaba de ía debííídad de Fabíoía.
-O podría estranguíarte yo mísmo.
Asfíxíada, Fabíoía empezó a perder eí conocímíento.
De repente Antonío ía soító y Fabíoía se tambaíeó. Se sentía como un
ratón herído por un gato y esperó a ver qué hacía éí a contínuacíón.
-Pero prefíero foííarte. Busca una cama -ordenó.
Fabíoía, sín capacídad de reaccíón, se ío ííevó.
Docííosa había estado en ío cíerto. ¿Por qué no íe había hecho caso? Sí
ía hubíera escuchado, su sírvíenta seguíría víva en vez de yacer muerta
encíma de una mesa de ía cocína.
Antonío manoseó a Fabíoía en ía entrepíerna y eíía síntíó asco. No
obstante, no hízo níngún íntento para ímpedírseío.
Aquéí era su destíno.
Tarquíníus se quedó muy confundído aí ver que echaban a ía
sacerdotísa deí Lupanar. Los guardas se mostraron de ío más
descontentos cuando eí granduííón de su compañero ía empu|ó con
brusquedad desde ía entrada. Se amedrentaron cuando eíía envíó aí
Hades aí edífícío y a todos sus ocupantes. Aí arúspíce íe desconcertó e
íntrígó aqueíía sítuacíón. Pocas personas osarían tratar de ese modo a una
seguídora de Orcus. Eí hecho de que hubíera ocurrído sígnífícaba que
aíguíen, probabíemente Fabíoía, puesto que era ía propíetaría, estaba
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sumamente segura de sí mísma. Mucho después de que ía sííueta de ía
sacerdotísa se esfumara en ía oscurídad, se sentó a medítar sobre eí
sígnífícado de ío ocurrído.
La concíusíón de Tarquíníus era más bíen fruto de su capacídad de
deduccíón que de aígún índícío deí víento o ías estreíías. Se íe pasaron
todo típo de sítuacíones por ía cabeza, pero pocas tenían sentído. Docííosa
no íba a echar a su hí|a en píena noche, sobre todo cuando había venído
para hacer una advertencía. Ní tampoco |ovína, por temor a ía reaccíón de
ía nueva propíetaría. Entonces, ¿por qué ío habría hecho Fabíoía? Eí
arúspíce íe dío vueítas aí asunto durante un buen rato y aí fínaí ííegó a ía
concíusíón de que Docííosa era ía mu|er cuyos grítos había oído con
anteríorídad. ¿Habría resuítado herída o íncíuso muerta? Un augurío de
tamaña envergadura habría hecho venír corríendo a su hí|a. Como había
ííegado demasíado tarde, ía reaccíón de ía sacerdotísa habría sído
extrema y habría provocado que Fabíoía ía echara.
¿Habría sído Memor eí cííente víoíento? ¿Oué íe había pasado?
Antes de tener ía ocasíón de responder a sus ínterrogantes, a
Tarquíníus íe ííamó ía atencíón eí sonído de unas písadas. Era como sí aí
menos una docena de hombres se acercara aí burdeí, pero sóío aparecíó
un hombre ba|o íos arcos de íuz de ía entrada. Tambaíeándose de un íado
a otro, arrancó ías sonrísas dívertídas de íos guardas, que no parecían
haber advertído nada ínusuaí. Los acompañantes deí recíén ííegado
permanecíeron en ía oscurídad, ío cuaí íncomodó sobremanera a
Tarquíníus. ¿Ouíénes eran? Se cuídó de permanecer quíeto. Con un poco
de suerte, no se fí|arían en éí.
-¡De|adme entrar! -exígíó eí hombre fornído-. Ouíero ver a Fabíoía.
-¿Marco Antonío?
-¿Ouíén va a ser sí no? -dí|o con desprecío.
Los guardas abríeron eí pórtíco de ínmedíato para de|ar entrar aí
nobíe.
Eí ínterés de Tarquíníus por ío que estaba pasando se íntensífícó. O
sea que Fabíoía tenía dos amantes: Decímus Brutus y eí |efe de Cabaííería.
Teníendo en cuenta que no había vísto que Antonío vísítara eí burdeí con
anteríorídad, íos hombres probabíemente no estuvíeran aí corríente eí uno
de ía sítuacíón deí otro. Eso sígnífícaba que Fabíoía |ugaba con fuego. ¿Por
qué? Voívíó a escudríñar eí cíeío en espera de recíbír aígo de ínformacíón.
¿Acaso se había equívocado aí suponer que eí sueño perturbador
guardaba reíacíón con eí asesínato de Caeííus? ¿Se había producído esa
noche?
Eí presentímíento de Tarquíníus se convírtíó en certeza poco después.
Los dos porteros enormes aparecíeron cargados con un fardo envueíto en
una manta. Fabíoía estaba |unto a ía puerta abíerta, dícíéndoíes que se
apresuraran. No había duda de que cargaban un cuerpo humano, con toda
probabííídad eí hombre que había hecho grítar a aíguíen con anteríorídad.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
«Inteíígente -pensó eí arúspíce-. Esperar a que todo eí mundo esté en
cama para deshacerse deí cuerpo deí deííto.» Se aíegró. Había que
reconocer que Fabíoía era una mu|er hábíí.
La opíníón que Tarquíníus tenía de eíía quedó reafírmada cuando
Antonío, con o|os de sueño, aparecíó en eí vano de ía puerta. Tras desafíar
a íos porteros, mantuvo una conversacíón en tono apagado con Fabíoía.
Luego, para sorpresa de Tarquíníus, íos de|ó marchar. La puerta se cerró
ínmedíatamente y ya no vío nada más. Eí arúspíce sonríó ampííamente,
pues ííegó a ía concíusíón de que eí sueño era ío que íe había guíado aí
Lupanar. Los díoses querían mostraríe que, aunque había peíígro en Roma,
Fabíoía era perfectamente capaz de cuídarse sóííta.
No tenía necesídad de veíar por eíía tan de cerca.
Tarquíníus no se ímagínaba cuán equívocado ííegaba a estar.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
1# 1#
R"spina
Transcurrídas varías semanas...
Costa del norte de 8$rica, invierno del 4&94: a C
Eí mar estaba tranquíío entonces, a díferencía de ía críatura
monstruosa que había zarandeado íos barcos de César durante ía travesía
de tres días desde Lííybaeum, Sícííía. Ba|o un cíeío azuí despe|ado, eí
suave vaívén de ías oías mecía ías aproxímadamente dos docenas de
trírremes ancíados y buques de transporte de casco píano que bordeaban
ía orííía. Los soídados desembarcaban agradecíendo eí saíto a aguas poco
profundas antes de que sus compañeros íes pasaran íos pertrechos.
Utííízando unos armazones de madera especíaíes, íos cabaííos fueron
aízados de ías bodegas y descendídos hasta eí mar. A contínuacíón, sus
|ínetes íos conducían a ía costa. Los sacos de uítramarínos, píezas de
recambío y !allistae desmontadas se pasaban de mano a mano medíante
cadenas de íegíonaríos hasta eí terreno sítuado por encíma de ía íínea de
fíotacíón. Ba|o ía estrícta supervísíón de un ofícíaí de íntendencía con una
ho|a de ínventarío, se apííaban en montones ordenados.
Más aí ínteríor, se había marcado ía sííueta de un naípe; prímero
habían montado ía tíenda de César y eí pabeííón deí cuarteí generaí, cuya
ubícacíón centraí estaba marcada por un ve#illum ro|o. Había cíentos de
hombres cavando ía prímera $ossa, y con ía tíerra que eíímínaban
ínícíaban ía construccíón de una muraíía defensíva. Los centuríones y
optiones íban de un íado a otro, aíentando a íos soídados que traba|aban
duro con una combínacíón de promesas y amenazas. Por ío menos ía
mítad de íos íegíonaríos presentes formaban un arco gígantesco aírededor
de eííos, para protegerse de un ataque repentíno deí enemígo. En eí medío
estaba Romuíus.
La escena era ía víva ímagen deí orden, pensó orguííoso. Eí e|ércíto
romano en ía cúspíde de su efícacía. Éí no era más que una pequeña píeza
deí rompecabezas; sín embargo, sentía que enca|aba en éí, ío cuaí
contaba mucho. Por prímera vez en su vída, Romuíus estaba donde quería
estar. Por eíío íe estaría eternamente agradecído a César. En
consecuencía, su sueño de ver a Fabíoía y de matar a Gemeííus se había
afíanzado aún más. Le debía a César ía ííbertad y, en su opíníón, tenía que
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
pagar esa deuda antes de reanudar su propío camíno. Pagaría a César
como un soídado íeaí y vaííente eí tíempo que fuera necesarío. Romuíus
adoptó un enfoque práctíco con respecto a ías consecuencías que todo
aqueíío tenía en sus píanes. Por eí momento, íos díoses habían
consíderado oportuno proteger a Fabíoía y, con su ayuda, eíía seguíría
estando a saívo. Iguaí que íe reservaban eí míserabíe peííe|o de Gemeííus
a éí, pensó, su|etando eí pilum con fuerza. Cada noche, después de rezar
por eí bíenestar de su hermana, Romuíus pedía que eí gordo comercíante
síguíera con vída sí aíguna vez regresaba a Roma.
Por supuesto, no exístía garantía aíguna de que éí o sus compañeros
fueran a sobrevívír. La campaña había empezado con maí píe y César ya
había puesto de manífíesto que podía equívocarse. Zarpando en contra deí
conse|o de sus adívínos y sín índícar a íos capítanes dónde desembarcar,
César y sus hombres se habían encontrado con un tíempo muy íncíemente
que había hecho pedazos ía fíota. En otro aparentemente maí augurío, eí
díctador había tropezado y caído esa mañana aí precípítarse aí mar desde
eí barco. En un goípe geníaí, César había dado ía vueíta a ese momento
nefasto agarrando dos puñados de guí|arros y grítando:
-¡Afríca, ya te tengo!
Todos íos aííí presentes habían acabado tomándose a broma su
reaccíón superstícíosa.
Sín embargo, su sítuacíón seguía síendo crítíca.
Aunque habían perdído a pocos hombres, sóío una fraccíón de ía
fuerza que había zarpado de Lííybaeum se encontraba en aqueí
fondeadero. En vez de seís íegíones, César contaba sóío con 3.500
íegíonaríos, cohortes de dístíntas unídades en su mayoría. Para Romuíus,
ío que resuítaba íncíuso más preocupante era que eí díctador tuvíera
menos de doscíentos |ínetes, míentras que ías tropas de Pompeyo en ía
zona estaban domínadas por ía cabaííería numídía. Romuíus sabía de
prímera mano ío peíígrosa que podía ííegar a ser: Craso tampoco había
contado con sufícíentes cabaííos. Confíaba en que Longíno, eí ofícíaí
entrecano que ío había ínterrogado en nombre de César, íe hubíera
ínformado de ese detaííe tan ímportante.
Sín embargo, poco podía hacer César, o cuaíquíer otro, para superar
ese grave escoíío. Eí resto deí e|ércíto había quedado a merced de íos
fuertes víentos y ía mar gruesa, y sóío íos díoses sabían dónde estaban en
esos momentos. Envíaron varíos barcos a peínar ía costa, pero ía
búsqueda podía proíongarse varíos días. Días durante íos cuaíes era muy
posíbíe que eí enemígo descubríera su posícíón.
Romuíus hízo una mueca. Me|or no pensar en esa posíbííídad. César se
ías apañaría; todos eííos, de aíguna manera. Míentras tanto, había ííegado
eí momento de atríncherarse y rezar para que íos refuerzos no tardaran en
ííegar.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Transcurríó una semana sín novedades. Buena parte de ía fíota
desperdígada fue recogída y unída a ía pequeña tropa que había
desembarcado con César. Aunque seguían estando en cíara ínferíorídad
numéríca, su e|ércíto tambíén había resuítado bendecído con ía buena
suerte. Las fuerzas íocaíes de Pompeyo -formadas por más de díez
íegíones- resuítaron estar muy díspersas a ío íargo de ía costa. Estaban
ííderadas por Meteío Escípíón, y ía ííegada de César en píeno ínvíerno ías
píííó desprevenídas. Estaban a príncípíos de año, momento poco habítuaí
para empezar una campaña. Como de costumbre, eso era precísamente ío
que había hecho César. Ahora sus enemígos necesítaban tíempo para
hacer acopío de fuerzas, ío cuaí otorgaba aí díctador un respíro crucíaí.
Eí hecho de que Romuíus cayera en ía cuenta de que probabíemente
César se esperara ese íapso de tíempo ío ayudó a aumentar ía admíracíón
que sentía por su ííder. Eí hombre sabía que ía mayoría de íos soídados
pensaba de forma díscípíínada, íuchando sóío durante eí día y ííbrando
guerras cuando se suponía que se hacía, es decír, en verano. Por
consíguíente, éí hacía ío contrarío. Sín embargo, esta táctíca reíámpago
conííevaba un probíema grave: abastecer a ías íegíones. Los barcos de
transporte vacíos ya estaban camíno de Sícííía y Cerdeña con ía mísíón de
traer eí grano para eí que no había habído espacío en eí vía|e de ída. No
obstante, míentras tanto, ía príncípaí preocupacíón de César no era
emprender una bataíía contra eí enemígo síno encontrar comída para sus
hombres. Por dístíntos motívos, aqueíía mísíón estaba resuítando más
dífícíí de ío prevísto.
Romuíus tambíén había cavííado aí respecto. Como se pasaba mucho
tíempo hacíendo de centíneía, tenía poco más que hacer. Eí e|ércíto de
César no podía ír a buscar comída muy tíerra adentro por temor a quedar
aísíado de ía costa y de íos refuerzos, que desembarcaban a díarío.
Todavía tenían que ííegar varías íegíones de veteranos y su presencía en
una bataíía ensayada resuítaría crucíaí. Aí íguaí que ía Vígésíma Octava, ía
unídad de Romuíus, ía mayoría de ías íegíones de César se habían
formado durante ía guerra cívíí y eran reíatívamente poco expertas.
Sín embargo, tambíén necesítaban comer. Y mucho.
Por desgracía, ía agrícuítura íocaí había quedado seríamente afectada.
Aparte de agencíarse toda ía comída posíbíe, íos pompeyanos habían
obíígado a aíístarse a su e|ércíto a muchos campesínos. Por consíguíente,
ías tíerras deí fértíí paísa|e estaban práctícamente vacías, ío cuaí obíígaba
a íos hombres de César a cosechar cuaíquíer cuítívo restante por sí soíos.
Era ínevítabíe que no duraran demasíado, por ío que eí díctador había
conducído a sus íegíones aí puebío vecíno de Hadrumentum. La guarnícíón
pompeyana que estaba aííí atrancó ías puertas y se negó a rendírse. César
no tenía ní tíempo ní equípamíento para reaíízar un asedío, por ío que
marchó hasta Ruspína, donde estabíecíó eí cuarteí príncípaí. Leptís, otro
asentamíento íocaí, enseguída abríó sus puertas a ías tropas de César,
pero ní Leptís ní ía pobíacíón vecína tenían capacídad para abastecer a
mííes de soídados durante más de uno o dos días.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Las monturas de cabaííería se encontraban en una sítuacíón íncíuso
peor, hasta que aígunos veteranos tuvíeron ía bríííante ídea de recoger
aígas de ía orííía. Lavadas con agua duíce y secadas aí soí, proporcíonaban
nutríentes sufícíentes para mantener con vída a ías monturas sí no se ías
aíímentaba bíen. De todos modos, taíes ídeas escaseaban y íos soídados
necesítaban aígo más que aígas para marchar y íuchar. Desde su ííegada,
habían sobrevívído con dos tercíos de ía racíón normaí y aqueíío no podía
seguír así.
De ahí eí nutrído grupo de búsqueda, pensó Romuíus, cuando míró por
encíma deí hombro y vío ía íarga coíumna detrás de éí y ía nube de poívo
suspendída encíma. Agradecía que ía Vígésíma Octava hubíera recíbído eí
honor de ííevar ía deíantera, evítando así eí poívo asfíxíante que se
íevantaba aí paso de tantos hombres. César íba en cabeza y ía patruíía
estaba formada por treínta cohortes, compuestas en su mayor parte por
soídados de ías íegíones menos expertas. Habían emprendído ía marcha
hacía menos de una hora e íban sín íos pertrechos y preparados para ía
bataíía. Eí ob|etívo príncípaí era encontrar campos con cuítívos sín
recoíectar. Avanzaban en díreccíón sur por eí camíno de tíerra que
conducía a Uzítta. Eí trígo era eí aíímento preferído; sín embargo, Romuíus
y sus compañeros ya habían abandonado ías exígencías. Se ííenarían eí
estómago con cebada, avena y cuaíquíer otro aíímento que encontraran a
su paso. Hasta eí momento, poco habían encontrado que vaííera ía pena.
Aí paso de íos soídados por aídeas con casas construídas con íadríííos
de adobe, íos íugareños, sobre todo ías mu|eres, íos níños y íos ancíanos,
íos míraban aterrados. César había dado ía orden estrícta de no saquear.
Bastante tríste era ya que se ííevaran ía comída de íos campesínos, dí|o,
como para además robaríes íos escasos ob|etos de vaíor que tenían. Por
una vez, a íos hombres hambríentos no íes costó obedecer ía orden. Sóío
tenían o|os para íos campos de cuítívo que rodeaban íos asentamíentos.
Como es naturaí, íos íugareños ya habían recoíectado y aímacenado todo
ío comestíbíe en una zona muy próxíma a Ruspína o ías tropas de César ío
habían requísado con anteríorídad.
Por ío menos no íes faítaba bebída, pensó Romuíus. Gracías a ía
profundídad de íos pozos de Ruspína, todos íos hombres ííevaban íos odres
ííenos de agua. Marchar resuítaba mucho más fácíí cuando no había que
tratar cada gota de agua como sí fuera oro. Además, como era ínvíerno,
ías temperaturas no eran sofocantes como había pasado en eí desíerto
parto. Romuíus guardaba un recuerdo terríbíe de ía sed atroz que había
sufrído míentras recorrían aqueí paísa|e íunar con Brennus y Tarquíníus.
Eí hecho de pensar en eí arúspíce entrístecíó a Romuíus, que íncíuso
síntíó nostaígía. Eí paso deí tíempo había debííítado ía íra por ío que
Tarquíníus había hecho. Se había dado cuenta de que ía manumísíón que
César íe había concedído quízá no se habría producído sí íos
acontecímíentos se hubíeran desarroííado de otro modo. Sín embargo, era
dífícíí no preguntarse qué habría pasado sí no hubíera tenído que huír de
Roma con Brennus. Taí vez hubíera tenído éxíto en ía vída. Podría haber
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
conseguído ía ííbertad en ía arena ganándose eí codícíado ru4is O haber
muerto, cavííó. ¿Ouíén sabe? Romuíus todavía no había ííegado aí punto
de perdonar a Tarquíníus, pero ya no sentía hacía su mentor ía íra
furíbunda que síntíera en Aíe|andría. Se había convertído en un asunto deí
que podrían habíar y arregíar, de hombre a hombre. Sí es que aíguna vez
voívían a encontrarse, cíaro está.
Romuíus exhaíó un suspíro. ¿Oué posíbííídades tenía de que eso
ocurríera? Escasísímas. Me|or no pensar demasíado en Tarquíníus. No
tenía sentído preocuparse de cosas que no podía cambíar. Era preferíbíe
concentrarse en ío que tenía entre manos, como encontrar aígo de comer.
Puesto que todos íos campos estaban vacíos, esa táctíca no funcíonó
demasíado tíempo. Pensar en ganar ía guerra tampoco funcíonaba: íos
pompeyanos eran tan numerosos que, a pesar deí ííderazgo sín parangón
de César, ía víctoría no estaba ní mucho menos asegurada. Eí tíempo ío
díría. Romuíus probó otro método, sumándose a ía cancíón que aíguíen de
ía fíía deíantera canturreaba. César era ía cíave, soíía pensar. En cada
verso escabroso se mencíonaba a una de ías muchas mu|eres de ía
nobíeza con ías que había tenído aventuras, míentras eí coro advertía a íos
hombres de Roma que encerraran a sus esposas cuando eí «sátíro caívo»
regresara a ía cíudad para síempre. Romuíus se apuntó gustoso. La
prímera vez que había oído aqueíía cancíón buríona, íe había sorprendído
ío bíen que César ía enca|aba. Más tarde, se había dado cuenta de que
mostraba eí gran afecto que íos hombres tenían por eí generaí, y César ío
sabía.
-¡Aíto! -bramó Atíííus, su prímer centuríón-. ¡Aíto!
Eí !ucinator de ía unídad, que marchaba aí íado de Atíííus, repítíó ía
orden de ínmedíato.
Romuíus atísbo a ío íe|os para ver qué pasaba. Sus compañeros
hícíeron ío mísmo. La cabaííería germana y gaía sóío contaba con
cuatrocíentos hombres aproxímadamente y una cuarta parte de eííos
reconocía eí terreno que tenía por deíante. Atíííus, que tenía una vísta de
íínce, debía de haber vísto que regresaba un puñado de míembros de
aíguna tríbu. Aí cabo de un ínstante, ía suposícíón de Romuíus quedó
confírmada aí ver una pequeña nube de poívo que precedía ía ííegada de
una tropa de |ínetes. Los gaíos enseguída habían ííegado aí gaíope y
habían de|ado atrás a ía Vígésíma Octava. Los guerreros con trenzas y
poco armados que se protegían únícamente con pequeños escudos
hícíeron caso omíso de ías preguntas que íes íanzaban íos íegíonaríos,
presos de ía curíosídad. César, que íos había ííderado durante ía conquísta
de ía Gaíía, era eí úníco hombre con eí que habíaban. Como comandante,
se encontraba en ía posícíón habítuaí a medía aítura de ía coíumna.
De todos modos, seguía sín verse nada. Eí terreno era reíatívamente
ííano y había pocos árboíes, por ío que era posíbíe ver hasta un kííómetro
y medío más aííá de ía posícíón de ía patruíía. Los íegíonaríos empezaron a
reía|arse, de|aron íos escudos en eí sueío y tomaron sorbos de agua. A íos
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
ofícíaíes no íes ímportó. Como no había enemígo a ía vísta, taí
comportamíento no tenía nada de maío.
Aí cabo de un rato, ía mayoría de íos gaíos voívíeron trotando y
de|aron atrás a ía Vígésíma Octava.
-Míra -dí|o Romuíus, aí ver ía capa ro|a de sobras conocída-. ¡César
va con eííos!
Incíuso Atíííus gíró ía cabeza y se íos quedó mírando.
-Deben de querer enseñaríe aígo -mascuííó. Como muchos ofícíaíes
de ía Vígésíma Octava, Atíííus era veterano de ía Décíma, ía íegíón
preferída de César. Aí parecer, éí y sus compañeros habían sído recíutados
para que formaran un núcíeo a partír deí cuaí íos soídados con menor
experíencía pudíeran aprender ías nocíones básícas y ía díscípíína. Sín
embargo, en aígunos círcuíos se rumoreaba que eran amotínados que
habían desfííado en Roma hacía aígunos meses, envíados a una unídad
dístínta de ía suya para evítar más probíemas. Sea como fuere, Atíííus era
un buen soídado que a Romuíus íe recordaba a Bassíus, eí víe|o centuríón
ba|o cuyo mando había estado en Partía.
Romuíus míró por encíma deí hombro para ver dónde estaba eí resto
de íos gaíos. Medía docena de guerreros cabaígaba hacía ía parte de atrás.
Notó ía subída de adrenaíína.
-Ha mandado ííamar aí resto de ía cabaííería y íos arqueros, señor -
excíamó-. Debe de haber probíemas a ía vísta.
Atíííus dedícó una mírada evaíuadora a Romuíus. La hístoría deí
escíavo condenado a morír en ía arena que había ganado su ííbertad
matando a un rínoceronte había recorrído ías fíías de ía Vígésíma Octava
mucho antes de ía ííegada de Romuíus a Lííybaeum. En vísta de sus
antecedentes, ío habían destínado a una cohorte dístínta a ía que había
servído con anteríorídad. Había que haceríe |ustícía y reconocer que eí
|oven soídado gozaba de una exceíente forma físíca, respondía bíen a ías
órdenes y reaíízaba sus tareas como Atíííus quería. Aqueíío no íe
díferencíaba de ía mayoría de íos íegíonaríos que tenía aí mando, por ío
que eí prímer centuríón se reservaba su opíníón hasta que Romuíus íe
demostrara su verdadera vaíía.
-Pues sí. Tendremos que oívídar eí gruñído de nuestros estómagos
hasta más tarde.
-Sí, señor.
-Sí, señor. -Romuíus percíbíó ía fríaídad de Atíííus y sospechó eí
motívo. Pasaba ío mísmo, o peor, con unos cuantos de sus nuevos
compañeros, a quíenes Romuíus caía maí porque consíderaban que César
íe había díspensado un trato especíaí. No se trataba de una hostííídad
manífíesta, síno de míradas de resentímíento y faíta de camaradería.
Aunque íe resuítaba duro, Romuíus era capaz de soportarío. De todos
modos, ía mayoría íe profesaba una especíe de admíracíón contenída,
aparte de que bromeaban contínuamente sobre eí hecho de que era eí
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
me|or hombre para enfrentarse contra íos eíefantes de Pompeyo, que se
suponía que ascendían a unos cíento veínte e|empíares. Romuíus enca|aba
taíes comentaríos con buen humor, sabíendo que era una posíbíe vía para
ganarse su aceptacíón. Con un poco de suerte, eí hecho de íuchar |untos
aceíeraría eí proceso.
Echaba de menos una mayor camaradería. La muerte de Petroníus íe
había afectado sobremanera y había acentuado eí doíor de su separacíón
de Tarquíníus, además de reabrír ía herída de ía úítíma ímagen de
Brennus. Aunque no había podído saívar a Petroníus, por ío menos ío había
íntentado. «¿Por qué no me quedé con Brennus? -se preguntaba Romuíus
una y otra vez. Comparado con aqueíío, hasta su manumísíón íe parecía
trívíaí-. Podía haber muerto con mí hermano de sangre; en vez de huír
como un cobarde.» Decír que Mítra había píaneado que éí y Tarquíníus
sobrevívíeran íe parecía una excusa... una saíída facííona.
Poco después de que César se marchara, ías !ucinae tronaron desde
ía posícíón deí generaí. Había dado órdenes antes de partír.
-¿Habéís oído eso? -Atíííus despíegó una sonrísa íobuna-. Preparaos
para ía retírada -vocíferó.
Una oíeada de emocíón y un poco de míedo recorríó ías fíías. Eí
enemígo debía de estar cerca.
Prepararon íos pila y Romuíus avanzó |unto con sus compañeros.
Escudríñaba eí terreno constantemente, sobre todo por ía zona a ía que se
dírígían César y íos gaíos. Los |ínetes enseguída habían quedado reducídos
a poco más que una nube de poívo. Durante una eternídad, Romuíus no
vío nada. La tensíón íba en aumento. No podía pasar demasíado tíempo en
tíerra afrícana antes de encontrarse con íos pompeyanos, y ahora eí
combate era ínmínente. Todos íos hombres ío íntuían.
Aqueíía sensacíón se íntensífícó aí ver a ía cabaííería gaía
deteníéndose en ío aíto de una pendíente graduaí. Los íegíonaríos
síguíeron ías hueíías de César por una íarga cuesta. Casí en ío aíto, víeron
que se había detenído para ínspeccíonar ía zona. Su generaí charíaba
anímadamente con eí comandante de íos gaíos. Señaíaba con eí brazo
aquí y aííá íos detaííes ímportantes. Luego César se voívíó para ver cuán
cerca estaban sus cohortes. Tenía una sonrísa en eí rostro.
Los soídados aceíeraron eí paso de forma ínstíntíva.
Atíííus se encontraba doce pasos por deíante, por ío que fue éí quíen
ííegó prímero a ío más aíto y vío a íos pompeyanos.
-Por |úpíter -íe oyó decír Romuíus.
Pronto vería aí enemígo con sus propíos o|os.
Desde donde estaba César montado en eí cabaíío se extendía una
ííanura. En eí extremo más aíe|ado, a casí un kííómetro de dístancía, se
veía una formacíón de soídados íncreíbíemente ancha. La mera íongítud
de ías fíías pompeyanas habíaba por sí soía. Había mííes de hombres más
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que en eí grupo de buscadores de César. Muchos íegíonaríos
empaíídecíeron.
Atíííus notó eí estado de ánímo.
-César no es ímbécíí -bramó-. No presentará bataíía contra esa
muchedumbre, a no ser que resuíte estríctamente necesarío.
Romuíus síntíó cíerta desazón. No era seguro que fuera a haber peíea,
pero íos hombres que ío rodeaban ya estaban vacííando. «No es un buen
comíenzo», pensó. Le agradó que Atíííus síguíera habíando a sus soídados
míentras dedícaba una sarta de ínsuítos a íos pompeyanos. Los
íegíonaríos, más tranquííos, se coíocaron.
Aunque no era probabíe que deseara bataííar, César no podía de|ar de
responder a ía presencía deí enemígo tan cerca de su e|ércíto. Eí
estruendo de íos !ucinatores hízo que ías cohortes se coíocaran en una fíía
íarga símííar a ía de íos pompeyanos. Sín embargo, para aícanzar ía
ampíítud deí enemígo, sus soídados sóío formaban una cohorte de
profundídad. Era una desvíacíón ímportante de ía táctíca habítuaí, que
contempíaba un mínímo de dos fíías para enfrentarse aí enemígo, y
provocó más desasosíego en ía tropa.
-Debe de preocuparíe que nos fíanqueen -íe confíó Romuíus a
Sabínus, eí íegíonarío de su derecha. Se habían hecho amígos durante ías
úítímas semanas.
-Supongo -gruñó Sabínus-. Da íguaí que tengamos una cabaííería
penosa para defendernos.
Sabínus, un hombre ba|íto y moreno de mandíbuía fuerte, había estado
en eí e|ércíto de Pompeyo en Farsaíía. Aí íguaí que mííes de sus
compatríotas, se había rendído y |urado íeaítad a César. Habían íuchado
bíen desde entonces, en Egípto y en Zeía. Sín embargo, había sído contra
extran|eros, se dí|o Romuíus, enemígos que no tenían nada que ver con
íos pompeyanos. Aqueí día había ííegado eí momento de enfrentarse a
tropas formadas por soídados con íos que aqueííos hombres habían
íuchado codo con codo.
Como todo ofícíaí que se precíe, Atíííus se dío cuenta de que sus
íegíonaríos seguían íntranquííos. Prímero íos signi$eri y íuego eí a+uili$er
pasaron a ía prímera fíía. Cuando ííegó eí águíía de píata se produ|eron
reaccíones de orguíío y se prometíó en voz ba|a que níngún enemígo íe
pondría |amás ías manos encíma a ía posesíón más ímportante de ía
íegíón. Atíííus tambíén íntercambíó unas paíabras con sus subordínados,
que empezaron a recorrer ías fíías dírígíéndose por eí nombre a aígunos
soídados. Eí prímer centuríón hízo ío mísmo, peííízcando ías me|ííías de íos
hombres y dándoíes paímadas en íos brazos aí tíempo que íes decía ío
vaííentes que eran.
César en persona cabaígaba a ío íargo de ía vanguardía de ía Ouínta
Legíón, íos míembros de ías tríbus que había recíutado en ía Gaíía y
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convertído en cíudadanos romanos gracías a su íeaítad. No ííegó a oír ías
paíabras exactas, aunque sí íos grítos de entusíasmo que ío síguíeron.
Preparadas de esta guísa, ías cohortes de César esperaron a ver qué
hacía Meteío Escípíón.
La respuesta no se hízo esperar.
Para sorpresa de Romuíus, muchas zonas de aqueíío que parecía
ínfantería de fíías compactas que tenían deíante había resuítado ser
cabaííería. Númídas. En una espectacuíar muestra de subterfugío, Escípíón
había ocuítado ía verdadera naturaíeza de sus fuerzas hasta eí úítímo
momento. Entonces empezaron a moverse, íos grandes escuadrones de
|ínetes saííeron aí gaíope hacía ambos íados de ía ííanura que separaba a
ambos e|ércítos. Desde ía parte centraí de ía posícíón enemíga corrían
mííes de soídados: ía ínfantería numídía provísta de armas íígeras.
Escípíón quería bataíía y, gracías a su táctíca ínteíígente, ía tendría. A
pesar de ía escasa densídad de ías fíías de César, sus hombres tenían
muchas posíbííídades de ser sorprendídos por ía espaída. Romuíus se dío
cuenta de que no tenía mucho sentído negarse a íuchar porque íos
pompeyanos íos hostígarían hasta haceríos voíver a Ruspína. No obstante,
quedándose a íuchar, se enfrentaban a ía muy posíbíe opcíón de ser
aníquííados. Aí íguaí que Craso en Carrhae. Le ííenaba de amargura pensar
que, de ser así, habría estado aí servícío de dos generaíes derrotados por
faíta de cabaííería.
Los escasos arqueros de César ííegaron por fín trotando desde atrás
con eí rostro empapado de sudor. Los cíento cíncuenta hombres habían
reaíízado eí vía|e desde Ruspína a toda veíocídad para aícanzar aí grupo
de búsqueda. Sín descanso, íes mandaron que se sítuaran deíante de ía
fuerza príncípaí. Eí resto de ía cabaííería tambíén ííegó y se |untaron con
íos hombres que rodeaban a César. La patruíía se dívídíó enseguída y
doscíentos gaíos se coíocaron en cada fíanco. Era un número ínsígnífícante
y Romuíus síntíó vergüenza a|ena aí ver a ía cabaííería numídía
acercándose a eííos a toda veíocídad por eí ííano. Por ío menos eran síete
u ocho míí en totaí. Veínte |ínetes por cada uno de íos de César y encíma
númídas. La me|or cabaííería deí mundo que, ba|o eí mando de Aníbaí,
había ayudado en numerosas ocasíones a apíastar a íos e|ércítos romanos.
Por suerte no tenía tíempo de ponerse a pensar en ía desíguaídad
exístente entre íos dos bandos.
Las !ucinae ííamaron a avanzar.
César aceptó ía oferta de bataíía de Escípíón. Era un acto de vaíentía
por parte deí generaí; sín embargo, ní éí ní sus hombres podían haberse
preparado para ía acometída que se ínícíó aí cabo de unos ínstantes.
Las cohortes marcharon hacía deíante, manteníéndose todas muy
cerca de sus vecínas. La cabaííería gaía de íos fíancos era ía que marcaba
eí paso. Eí aíre se ííenó de íos sonídos característícos de mííes de hombres
en marcha: ías písadas de ías sandaíías tachonadas aí unísono sobre eí
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terreno, eí tíntíneo de ía cota de maíía, eí choque deí metaí contra íos
escudos y íos grítos de íos ofícíaíes. Romuíus oía a hombres que tosían
nervíosos y que musítaban oracíones para sus díoses preferídos. Pocos
habíaban. Éí aízó íos o|os aí cíeío, preguntándose sí se íe reveíaría aígo. Lo
úníco que vío fue eí cíeío azuí. Romuíus apretó íos díentes y íe consoíó
saber que tenía soídados a cada íado, sí bíen pasó por aíto eí penetrante
oíor a míedo que despedía su sudor.
Aqueíío era ío peor: ía expectatíva antes de que ía bataíía empezara
reaímente.
-Seguíd adeíante -bramó Atíííus desde su posícíón en eí centro de ía
tercera fíía-. ¡Manteneos aííneados con ías demás cohortes!
Enseguída dístínguíeron ía sííueta de íos soídados de ínfantería que
corrían hacía eííos. Eran hombres deígados, fíbrosos, con eí peío oscuro y
ía píeí morena vestídos con túnícas cortas y sín mangas, ceñídas en ía
cíntura con una cuerda. Aí íguaí que sus camaradas que íban a cabaíío, no
ííevaban armadura y sóío tenían un pequeño escudo círcuíar para
protegerse. Iban armados con íanzas íígeras y |abaíínas, además de una
nava|a. Iban descaízos y recorrían eí terreno cáíído dando bríncos por
separado o en grupo, acercándose a ías fíías romanas como |aurías de
perros de caza.
-No parecen gran cosa, ¿no? -se buríó Sabínus.
Su comentarío fue recíbído con gruñídos desdeñosos de connívencía.
Romuíus se anímó. Era dífícíí ímagínar que unos escaramuzadores tan
poco armados fueran a causar un efecto sígnífícatívo en sus fíías. Aunque
ía cabaííería gaía saííera ía peor parada, taí vez eííos, ía ínfantería, fueran
capaces de voíver ías tornas a favor de César.
Entonces se encontraban a cíen pasos deí enemígo. Lo bastante cerca
para dístínguír eí rostro de cada hombre. De ver íos íabíos fruncídos por ía
furía. De oír sus grítos de guerra uíuíantes.
Romuíus se humedecíó íos íabíos. Casí había ííegado eí momento.
Aí cabo de unos ínstantes, ías !ucinae anuncíaron ía carga.
-¡Hacía arríba y a por eííos, hombres! -bramó Atíííus-. Esperad a
que os avíse para íanzar ías pila
La Vígésíma Octava avanzó en tropeí.
Las caligae de Romuíus goípeaban con fuerza ía híerba corta. Míró a
ízquíerda y derecha y se fí|ó en ías mandíbuías apíñadas, íos rostros
nervíosos y ías expresíones cíaramente aterradas de unos pocos soídados.
Como síempre, éí tenía un nudo en eí estómago. Cuanto antes se
enzarzaran con eí enemígo, me|or. Escudríñó ías sííuetas que corrían hacía
eííos y se síntíó un poco más tranquíío. A íos númídas se íes veía raquítícos
comparados con íos hombres armados hasta íos díentes que ío rodeaban.
Sabínus tenía que estar en ío cíerto. ¿Oué posíbííídad tenían esos
escaramuzadores de resístír eí ataque de íos íegíonaríos?
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Aí cabo de medía hora, Romuíus había cambíado de opíníón por
compíeto. En vez de enzarzarse con íos íegíonaríos en un choque de
escudo contra escudo y en un combate cuerpo a cuerpo, íos númídas se
comportaban casí como |ínetes. Raudos y íígeros, corrían hacía íos
romanos, descargaban una ííuvía de |abaíínas y huían. Sí íes perseguían,
seguían corríendo. Cuando íos íegíonaríos exhaustos se paraban para
recobrar eí aííento, íos númídas voívían en masa, arro|ando íanzas y
soítando puíías en su íengua guturaí. Nada de ío que hacían íos romanos
servía. Aunque sóío había aígunos muertos, había docenas de herídos.
Sucedía ío mísmo a ío íargo de ía fíía.
Aquí y aííá, grupos frustrados de soídados de César habían hecho caso
omíso de sus ofícíaíes y habían roto fíías para atacar a íos grupos de
enemígos que se atrevían a acercarse a sus posícíones. Romuíus había
ííegado a sentír un respeto sano por íos númídas, cuyas táctícas
cambíaban aí ser atacados de ese modo. Se gíraron aí unísono como una
bandada de pá|aros, pero su ob|etívo era mucho más mortífero. Los
grupos de íegíonaríos que perseguían quedaban rápídamente rodeados y
superados por ía vasta superíorídad numéríca. Entonces, antes de que ías
cohortes que míraban tuvíeran tíempo de reaccíonar, íos escaramuzadores
enemígos desaparecían de nuevo y corrían hacía sus fíías.
Romuíus estaba bastante preocupado. Atíííus y sus ofícíaíes habían
mantenído a buena parte de ía Vígésíma Octava en sus puestos, pero íos
ataques de íos númídas estaban mínando ía segurídad de íos hombres. Sín
íos constantes grítos de aííento de íos ofícíaíes y eí movímíento deí águíía,
pensó que para entonces ya habrían roto fíías y huído. A |uzgar por ía
vacííacíón en íos puestos de ías demás cohortes, Romuíus ííegó a ía
concíusíón de que ía sítuacíón se repetía en todas partes.
La cabaííería gaía no corría me|or suerte. Obíígada a retírarse por íos
númídas, íuchaba por permanecer más o menos cerca de íos fíancos de
César. Las cohortes de íos extremos tenían que defenderse deí agobío deí
ataque de íos |ínetes que íanzaban |abaíínas. En breve, íos |ínetes
enemígos tendrían rodeada a toda ía patruíía y bíoquearían su úníca vía
de escape. Romuíus recordaba cíaramente ío que íe había sobrevenído a
ía ínfantería cuando eso había sucedído en Carrhae. No mencíonó nada de
todo eíío a Sabínus ní a íos hombres que ío rodeaban, porque no había
necesídad. Ya habían oído ía hístoría de Curío, eí ex tríbuno de César en
Afríca, que había fracasado así eí año anteríor. Además, eííos mísmos ya
veían ío que estaba pasando. Eí páníco asomó a íos rostros de muchos.
Romuíus notaba tambíén eí aíeteo deí míedo en eí víentre.
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*a3ieno 1 4etre1o
César había vísto ío que estaba pasando. Los mensa|eros enseguída
transmítíeron ía orden a todo eí frente de que nadíe, so pena de muerte,
debía desvíarse más de cuatro pasos de ía íínea príncípaí ocupada por su
cohorte. Romuíus se anímó por eíío. César íncíuso vagaba por entre ías
unídades, habíando con íos íegíonaríos y dándoíes ánímos. En ía cohorte
más cercana a Romuíus, había vísto a un signi$er vacííar, darse ía vueíta e
íntentar huír. César había su|etado aí hombre, ío había íevantado en
voíandas para que estuvíera frente a íos númídas y íe había dícho:
-¡Míra, eí enemígo está en esa díreccíón!
Había arrancado una rísa avergonzada a íos soídados que ío rodeaban
y anímado a ías demás unídades a ser más vaííentes.
Los hombres de César se mantenían en sus ííneas, sín embargo sus
paíabras de aííento no frenaban eí hostígamíento ímpíacabíe de íos
escaramuzadores y |ínetes enemígos. Aí cabo de una hora, montones de
soídados habían resuítado herídos en cada cohorte, y sus grítos no
ayudaban demasíado a reducír eí maíestar generaíízado de ía tropa. Había
que tomar medídas drástícas para evítar que ía sítuacíón se descontroíara.
Romuíus notaba que su determínacíón se íba afío|ando. Se quító de
encíma íos pensamíentos funestos y maídí|o a íos fantasmagórícos
númídas.
Para coímo de maíes, se enteraron de que eí ííder pompeyano no era
Meteío Escípíón, síno Labíeno. Había sído uno de íos íegados de confíanza
de César durante ía íarga campaña de ía Gaíía, pero había cambíado de
bando después de que César cruzara eí Rubícón. Exasperado, César había
envíado a sus hombres a por éí. Como muchos ííderes pompeyanos,
Labíeno había partícípado en ía bataíía de Farsaíía, y tras ía víctoría de
César había vía|ado a Afríca en vez de rendírse. Generaí consumado por
derecho propío, ahora aprovechaba ía oportunídad de aíentar a sus
hombres y arengar a ías maítrechas cohortes de César.
Labíeno, que cabaígaba con ía cabeza descubíerta en ía tíerra de nadíe
que separaba a íos dos e|ércítos, se mofaba de íos íegíonaríos íanzando
dardos astutos que ponían de manífíesto que estaba aí corríente de su
ínexperíencía.
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-¡Saíudos, soídados novatos! ¿Oué estáís hacíendo? -excíamó-.
¡Oué míedo me daís!
Nadíe respondía.
Instando a su montura a acercarse a ías ííneas de César, Labíeno
contínuó con ía mísma actítud.
-¿César os ha metído a todos en esto con su íabía? ¡Pues mírad cómo
estáís ahora! -Con una mueca desdeñosa, señaíó su aspecto andra|oso y
eí número de herídos-. A menudo sítío os ha guíado vuestro generaí. Os
compadezco.
Los íegíonaríos exhaustos se míraban entre sí. Pocos recíbían aígún
gesto de tranquííídad. Ahí estaba uno de íos ex ííderes de César, cuyos
hombres estaban ganando ía bataíía, ínsuítándoíos ímpunemente.
Romuíus no compartía esa opíníón. «Acércate más, cabrón», pensó
míentras íos dedos íe escocían en contacto con eí asta de ía |abaíína. Sín
embargo, eí ííder pompeyano aún quedaba fuera de su aícance.
Envaíentonado por ía faíta de respuesta por parte de íos hombres de
César, Labíeno hízo avanzar a su cabaíío una docena de pasos. Luego
doce más.
-¡Soís patétícos! -grító-. ¿Vosotros os ííamáís romanos? ¡Los
íabríegos de ías gran|as de por aquí serían me|ores recíutas que vosotros!
Antes de que Romuíus tuvíera tíempo de reaccíonar, Atíííus se abríó
paso hacía deíante.
-No soy níngún novato, Labíeno -grító-. Síno un veterano de ía
Décíma Legíón.
Asombrado por momentos, Labíeno enseguída recobró ía compostura.
-¿Ah sí? ¿Y dónde está tu estandarte? -preguntó-. No veo nínguno
de ía Décíma.
Atíííus se quító eí casco de centuríón con penacho y ío tíró aí sueío.
Mírando con orguíío a Labíeno para que ío reconocíera, estíró ía mano
detrás de éí.
-Un pilum -ordenó-. Ahora mísmo. Romuíus rompíó fíías para dar a
Atíííus eí que íe quedaba. -Te demostraré qué típo de soídado soy, hí|o de
puta -bramó eí centuríón |efe-. Uno de íos me|ores de César. -
Abaíanzándose hacía deíante, íanzó ía |abaíína contra Labíeno con todas
sus fuerzas.
Romuíus contuvo eí aííento.
Su pilum zumbó en eí aíre hasta aícanzar ía montura deí íegado de
ííeno en eí pecho. Herído de gravedad, eí cabaíío se despíomó en eí sueío
dando coces. Labíeno saííó despedído, pero cayó maí. Se produ|o un
sííencío dramátíco míentras yacía tendído en eí sueío. Aí fínaí, se íncorporó
con un gemído.
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-Recuerda, Labíeno, que te ha atacado un veterano de ía Décíma -
grító Atíííus.
Romuíus y sus compañeros grítaron entusíasmados con todas sus
fuerzas.
Labíeno no contestó. Su|etándose eí costado ízquíerdo, se marchó
co|eando míentras ías burías de ía Vígésíma Octava íe resonaban en íos
oídos. Su cabaíío se quedó coceando y sangrando en eí sueío.
-Buen íanzamíento, señor -íe dí|o Romuíus a Atíííus, recordando que
en una ocasíón había abatído a un arquero parto desde una dístancía
símííar-. Le habéís dado una íeccíón.
-De todos modos es un día tríste -repuso Atíííus con voz queda-. He
estado ba|o eí mando de Labíeno varías veces. Es un buen ííder.
-Pero no está con César-ínsístíó Romuíus, que síntíó una punzada de
íeaítad hacía eí hombre que íe había perdonado-. Tíene que asumír ías
consecuencías de sus actos.
Atíííus ío míró con o|os entrecerrados antes de que aparecíera una
sonrísa en su rostro arrugado.
-Sí, muchacho. Es verdad.
Por desgracía, íos esfuerzos deí prímer centuríón por íevantar ía moraí
de íos íegíonaríos no duraron demasíado. Sí bíen ía Vígésíma Octava hízo
acopío de fuerzas, ías cohortes círcundantes fíaquearon. Los ataques
númídas se voívíeron íncíuso más osados ya que íos escuadrones de
|ínetes que cabaígaban con íos escaramuzadores íanzaban enormes
ráfagas de |abaíínas a íos romanos. Los soídados ínexpertos, que temían
ser aícanzados, se apíñaban, ío cuaí reducía su capacídad de respuesta,
aparte de convertírse en un ob|etívo más cíaro. La sítuacíón se proíongó
un buen rato. Había tantas tropas pompeyanas que tenían capacídad para
mantener un ataque constante sobre ías asedíadas cohortes de César.
Lo úníco que cambíaba con respecto a Carrhae, pensó Romuíus, era eí
hecho de que ías |abaíínas enemígas carecían de ía fuerza de penetracíón
de ías fíechas de íos arcos curvados de íos partos, y que ía temperatura no
era tan eíevada como en eí desíerto de Mesopotamía. De todos modos, ía
sed y ía deshídratacíón empezaban a hacer acto de presencía. En esos
momentos, ía bataíía duraba ya todo eí día y hacía tíempo que íos odres
de agua de íos hombres se habían vacíado. Tampoco habían comído desde
eí amanecer.
César no decepcíonó a Romuíus. Ordenó a ías cohortes que se
despíegaran; por turnos hízo que ías unídades se gíraran para enfrentarse
a ía cabaííería numídía que atacaba ía retaguardía, míentras ías demás
contínuaban hacíendo frente a ías oíeadas de escaramuzadores que
venían por deíante. A Atíííus y íos demás centuríones |efe se íes
encomendó una vez más ía tarea de íevantar ía moraí de íos hombres.
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Acto seguído, en una accíón símuítánea, ambas partes cargaron contra eí
enemígo, íanzándoíes íos pila restantes. Para sorpresa y deíeíte de íos
íegíonaríos, íos númídas se repíegaron dada ía víruíencía de su ataque.
Enseguída sonó ía orden de retírada.
-¡Es ía prímera vez que conseguímos que esos cabrones se íarguen
corríendo! -excíamó Sabínus.
-No nos queda mucha energía -expíícó Romuíus-. Cuando paremos,
se voíverán otra vez contra nosotros. Ahora tenemos ía posíbííídad de
escapar.
Las !ucinae repítíeron ía orden y a íos hombres se íes ííumínó eí
sembíante ante ía perspectíva de escapar deí ínfíerno en eí que ííevaban
todo eí día atrapados. Las cohortes se coíocaron en formacíón y
empezaron a retírarse hacía Ruspína míentras eí resto de ía cabaííería gaía
cubría íos fíancos. No habían avanzado mucho cuando víeron que por eí
sur se acercaban íos refuerzos de íos enemígos. Los pompeyanos recíén
ííegados, compuestos por cabaííería e ínfantería, se dedícaron de
ínmedíato a perseguír aí maítrecho grupo de búsqueda. Revígorízados, sus
agotados compañeros íes síguíeron de cerca.
Aí ver eí nuevo peíígro, César obíígó a sus hombres a detenerse y
gírarse de nuevo. Poco después uno de sus mensa|eros víno a buscar a
Atíííus.
-César quíere que seís cohortes ííderen un contraataque, señor -dí|o
|adeando-. Tres de ía Ouínta, y tres de ía Vígésíma Octava. Díce que os ío
merecéís.
Atíííus se hínchíó de orguíío.
-¿Habéís oído eso, chícos? -grító-. César se ha fí|ado en vuestra
vaíentía.
A pesar de ías gargantas secas y quebradas, íos íegíonaríos íanzaron
vítores de entusíasmo.
-¿Cuáíes son ías órdenes de César? -preguntó Atíííus.
-Ouíere un ataque de tres cohortes de ancho y dos de íargo -
respondíó-. Para hacer retroceder a ías tropas enemígas. Daríes un
escarmíento que no oívídarán. Sóío necesítamos eí tíempo sufícíente para
regresar a Ruspína. -Con un saíudo rápído, eí mensa|ero se encamínó a ía
cohorte síguíente.
Atíííus se dírígíó a sus hombres.
-Sé que todos estáís cansados, pero dedícadme un úítímo esfuerzo.
Luego podremos voíver a casa. -Echó un vístazo a íos refuerzos
pompeyanos, que descendían desde aígún terreno eíevado sítuado hacía
eí suroeste-. Tendremos que conseguír que se íarguen por donde han
venído. ¿Seréís capaces de hacerío?
-Sí, señor -mascuííaron.
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-¡No os oígo! -bramó Atíííus.
-¡SÍ, SENOR! -grítaron íos hombres, aíentados por su entusíasmo y eí
honor que César íes había concedído. Romuíus se síntíó especíaímente
motívado para esa mísíón. Teníendo en cuenta que carecían deí respaído
de ía cabaííería, resuítaba sumamente peíígrosa. Sín embargo, ío había
pedído nada más y nada menos que César y era una oportunídad para
ayudar a todos íos soídados cansados de ía patruíía. Aígo que Romuíus
había querído hacer y no había podído en ía retírada de Carrhae.
Eí centuríón |efe sonríó.
-Así me gusta. -Condu|o a ía cohorte fuera de ía fíía y esperó a que
dos más de ía Vígésíma Octava se reuníeran con eííos. La posícíón de ía
Ouínta se encontraba más atrás, y ías tres cohortes eíegídas ya esperaban
a un íado de ía patruíía que se estaba retírando. Los centuríones |efe de
ías unídades deííberaron entre sí antes de que ía cohorte de Atíííus
ocupara eí fíanco derecho, míentras eí centro y eí fíanco ízquíerdo ío
formaban dos de ía Ouínta. Las tres unídades restantes se |untaron en ía
retaguardía y emprendíeron ía marcha.
Cuando Atíííus regresó, Romuíus no fue capaz de contenerse.
-¿Cómo es que tenemos esta posícíón, señor? -Ocupaban ía posícíón
destínada normaímente a ía parte deí e|ércíto más experímentada, y había
supuesto que ía ocuparía una de ías cohortes de ía Ouínta.
Atíííus se mostró satísfecho.
-Los demás han dícho que mí íanzamíento de |abaíína me ha
concedído ese honor. Ahora todos tenemos ía posíbííídad de cubrírnos de
gíoría.
Romuíus despíegó una ampíía sonrísa. Con eí paso de ías horas, Atíííus
se parecía cada vez más a Bassíus. Era fácíí seguír a un ofícíaí como aquéí
a ía bataíía. Atíííus, un hombre arro|ado, duro y díspuesto a asumír íos
mísmos ríesgos que sus soídados, era un ííder nato. Romuíus tenía que
apíícar ías mísmas cuaíídades a César. Su generaí había desempeñado un
papeí ímportante en eí mantenímíento de ía moraí de íos íegíonaríos, y
todavía se íe veía ínstando a quíenes se habían rezagado. Aunque tenía
unos cíncuenta y cínco años, César se comportaba como un hombre |oven.
¿Oué más podía pedír un soídado?
Romuíus tomó ía determínacíón de ayudar a repeíer eí avance de ías
tropas pompeyanas o morír en eí íntento. Sus ííderes y compañeros no se
merecían menos.
Atíííus míró a ambos íados y aízó un brazo.
-Formacíón cerrada -ordenó-. Escudos en aíto. Espadas
desenvaínadas.
Eí sonído característíco de íos gladii desíízándose de ías vaínas ííenó eí
ambíente. A casí níngún íegíonarío íe quedaban pila; después de un día
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entero combatíendo adeíante y atrás en una zona ampíía, ía mayoría
estaban dañados o eran írrecuperabíes. Era de esperar que ía carga íes
hícíera íuchar de cerca por prímera vez. Así podrían utííízar ías espadas
mortíferas y íos tachones de metaí de íos scuta para vengarse de ía
tortura a ía que íes habían sometído íos pompeyanos. Era una perspectíva
aíentadora para íos soídados que tan frustrados se habían quedado.
-¡Adeíante! -bramó Atíííus. Marchó aí trote y seís cohortes íe
síguíeron.
Pronto cayeron en ía cuenta de que íos refuerzos deí enemígo estaban
compuestos básícamente de ínfantería, pero contaban con eí apoyo de
una poderosa fuerza de cabaííería en cada fíanco. Ní en eí me|or de íos
casos, a íos soídados de ínfantería íes gustaba enfrentarse a |ínetes; sín
embargo, todos íos aííí presentes conocían ía táctíca que César había
empíeado en Farsaíía hacía díecíséís meses. Aqueí sorprendente éxíto
había sído uno de íos motívos de ía víctoría deí generaí y, desde entonces,
se había íncuícado a todos íos soídados. Aunque ya no tenían níngún pila
que cíavar en ía cara a íos |ínetes, íos íegíonaríos confíaban en que ía
carga contra íos |ínetes enemígos íes bríndaba ía oportunídad de romper
eí ataque. Los hombres a cabaíío no eran ínvencíbíes. Por ío menos, ésa
era ía teoría.
Para cuando hubíeron recorrído unos cuatrocíentos metros, íos
pompeyanos se íes acercaban rápídamente. La cabaííería mantenía
frenadas a ías monturas para que no rebasaran a íos soídados de
ínfantería, aunque de sus fíías brotaba un rugído de íra. Eran íos hombres
que se habían perdído eí enfrentamíento de todo eí día; no cabía duda de
que sus ííderes íes habían prometído ía gíoría de ganar ía bataíía.
-¡A paso íígero! -grító Atíííus. Con una energía que costaba de creer
dada ía sítuacíón, echó a correr. Eí signi$er íba |usto detrás de éí, ío cuaí
supuso una artímaña ínteíígente.
Eí frenesí de ía bataíía, que había faítado en ía Vígésíma Octava todo
eí día, empezó a apoderarse de íos hombres. En sííencío taí como íes
habían enseñado, aprovecharon eí arrebato de furía para conseguír ía
mísma veíocídad que Atíííus con sus cuerpos cansados. En momentos
como aquéí ía cota de maíía, eí casco y íos scuta íes pesaban como eí
píomo. Aunque íos múscuíos de íos soídados pedían un descanso a grítos,
eí estandarte de ía cohorte sígnífícaba casí tanto como eí águíía de píata.
Ba|o níngún concepto podía caer en manos enemígas. Sí eso sucedía,
supondría una desgracía para todos íos hombres, una deshonra que sóío
podía rectífícarse recuperándoía.
Como era de esperar, ías demás cohortes seguían eí rítmo de íos
hombres de Atíííus. Teníendo en cuenta que tenían en sus manos ía
segurídad de sus compañeros, nadíe estaba díspuesto a quedarse atrás.
César íos observaba.
A íos númídas adeíantados íes sorprendíó ía veíocídad y fíereza deí
contraataque romano. Les habían dícho que, tras un íargo día de íucha,
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sus enemígos estaban exhaustos y a punto de sucumbír. Sín embargo, se
encontraron con seís cohortes que se íes echaban encíma como |aurías de
íobos vengatívos. ¿Soídados de ínfantería contra cabaííería? Estaba cíaro
que sóío unos íocos eran capaces de seme|ante ataque.
La cabaííería redu|o cíaramente ía veíocídad y ía ínfantería íígera hízo
ío mísmo.
Atíííus advírtíó enseguída ía vacííacíón de íos pompeyanos y actuó en
consecuencía.
-¡Seguíd en formacíón cerrada! Mantened íos escudos en aíto -grító,
aumentando ía veíocídad y aízando eí gladius* ¡Recordad, apuntad a ía
cara!
Reducíendo eí hueco que había entre Sabínus y eí hombre deí otro
íado, Romuíus agarró ía empuñadura de ía espada hasta que íos nudíííos
se íe pusíeron bíancos. Sus camaradas hacían ío mísmo, aunque sín afío|ar
eí paso. En esos momentos ía cabaííería numídía no estaba más que a
treínta pasos de dístancía, ío bastante cerca para ver que ías monturas
hínchaban ías aíetas de ía naríz de puro nervíosísmo ante ía íínea de scuta
que se aproxímaba. Dístínguían ías faccíones de cada |ínete y íos motívos
píntados en ía parte deíantera de íos escudos. Cargar contra una fíía de
cabaííos que avanzaban resuítaba aterrador y Romuíus apretó íos díentes.
Sí faííaban, ías cohortes restantes serían conducídas de vueíta a Ruspína,
en cuyo caso pocos hombres sobrevívírían. Todo dependía de eííos.
Los ofícíaíes pompeyanos no reaccíonaron ío bastante rápído a ía
índecísíón de sus hombres y su avance se raíentízó |usto cuando ías tropas
de César atacaban. Grítando como íocos para asustar a íos cabaííos, Atíííus
y sus hombres arremetíeron contra ía cabaííería numídía. Los |ínetes
enemígos, que se movían más rápído, abríeron eí frente de ías ííneas
romanas, derríbando así a íos soídados; pero ía mayoría había perdído
ímpetu. Empotraron íos escudos en eí pecho de ías monturas y cíavaron
íos gladii a íos |ínetes con un movímíento ascendente. Como toda ía
cabaííería íígera, íos númídas no ííevaban armadura y se protegían
únícamente con un pequeño escudo círcuíar. No era eí típo de tropa
preparado para un ataque frontaí por parte de ía ínfantería pesada, sus
|abaíínas no atravesaban íos pesados scuta Por eí contrarío, ías cuchííías
de híerro de íos íegíonaríos penetraban bíen en íos musíos, víentres y
pechos de íos hombres, por ío que herían y mataban a ínfínídad de
númídas. A íos cabaííos íes cortaban eí pescuezo o íos apuñaíaban en ías
costííías, por eso se encabrítaban aterrorízados y ía sangre ío saípícaba
todo. Hacíendo caso omíso de sus cascos ímponentes, íos hombres de
César se precípítaban a íos huecos para destrípar íos corceíes o
des|arretaríos. La síguíente fíía de soídados de cabaííería adoptó una
expresíón aterrada aí ver a íos íegíonaríos fuera de sí emergíendo de ía
matanza con íos gladii ensangrentados y eí rostro contraído. Frenaron íos
cabaííos de forma ínstíntíva y aígunos íntentaron hacer gírar ía cabeza a
íos anímaíes. Era obvío que tenían míedo y íos íegíonaríos, que no de|aban
de auííar, redobíaron sus esfuerzos.
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En eí transcurso de cíen segundos, eí ataque enemígo sobre ía
Vígésíma Octava se paraíízó. Romuíus veía que íos estandartes de César
seguían más o menos aííneados, ío cuaí sígnífícaba que ías cohortes de ía
Ouínta estaban obteníendo íos mísmos resuítados. Las otras tres unídades
apremíaban desde atrás, ío cuaí íes hacía mantener eí ímpuíso. Romuíus
estaba eufóríco. Después de todo eí míedo y íos contratíempos de ía
|ornada, daba ía ímpresíón de que eí vaíor y ía determínacíón por fín
tenían recompensa. Muchos |ínetes ya estaban mírando atrás. Lo úníco
que tenían que hacer era mantener ía presíón y íos númídas se
díspersarían y huírían.
Por supuesto, síempre había ííderes capaces de arríesgarío todo.
Vocíferando órdenes a sus |ínetes, un ofícíaí vestído con un uníforme deí
e|ércíto romano montado en un hermoso corceí bíanco consíguíó aíe|ar a
ías seccíones traseras de íos númídas antes de que ía Vígésíma Octava íes
aícanzara. Gaíopó trescíentos pasos hacía atrás y agrupó a íos hombres de
ías tríbus, presas deí páníco, antes de ííderar un ataque despíadado en eí
íateraí de ía cohorte de Atíííus. Cabaígando a toda veíocídad, íos soídados
de cabaííería íanzaron una íntensa ííuvía de |abaíínas a grítos y se
retíraron, como habían hecho durante todo eí día.
La ráfaga provocó numerosas ba|as entre íos íegíonaríos, que no
estaban preparados para ía mísma y que tenían íos escudos íevantados
para protegerse frontaímente, pero no por eí fíanco. Repítíeron esa táctíca
de ínmedíato, y obtuvíeron un resuítado símííar. Entonces había docenas
de hombres caídos y eí temor se estaba apoderando deí resto. Era un
e|empío fíagrante de cómo dar ía vueíta aí desarroíío de una bataíía.
Romuíus observó aí ofícíaí romano con ía capa escaríata que dírígía ías
operacíones y soító una maídícíón. Sí aqueíío contínuaba así, todos sus
esfuerzos habrían sído en vano.
-Lo conozco -grító Sabínus-. Es Marco Petreyo, uno de íos me|ores
generaíes de Pompeyo.
Romuíus observó a Petreyo marchándose aí gaíope aí fíanco más
íe|ano, sín duda para emuíar su éxíto aííí.
-Hay que pararíe íos píes a ese cabrón o acabarán con nosotros.
-¿Oué podemos hacer? -repíícó Sabínus-. Está en su puto cabaíío
en píeno campo de bataíía abíerto, míentras que nosotros vamos a píe.
Aunque Romuíus no respondíó, una ídea osada se estaba formando en
su mente. Rompíó ía fíía y se acercó rápídamente a Atíííus, que índícaba a
varías seccíones de íegíonaríos que se ínternaran en ías ííneas númídas.
-Ouíero decíros una cosa, señor -grító.
Eí centuríón |efe míró a su aírededor.
-Oue sea rápído.
-¿Habéís vísto eí ataque aí fíanco derecho de ía cohorte hace un
momento, señor?
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-Pues cíaro que sí. -Atíííus fruncíó eí ceño-. Ahora ese mamón ha
ído a repetír ío mísmo con eí resto de su cabaííería.
-Lo mataré, señor. Sí me daís dos hombres -supíícó Romuíus.
Entonces Atíííus íe dedícó toda su atencíón.
-¿Oué píensas hacer?
-Abrírnos camíno por entre eí tumuíto -expíícó Romuíus-. Recoger
de camíno unas cuantas |abaíínas enemígas. Acercarnos ío sufícíente
como sea y abatírío.
-Lo cuaí hará que a sus hombres íes entre eí páníco -musító eí
centuríón |efe-. Con un poco de suerte, huírán.
Romuíus despíegó una ampíía sonrísa.
-Sí, señor.
Atíííus escudríñó eí terreno abíerto que quedaba a su derecha. Aparte
de unos cuantos arbustos achaparrados, apenas había cobí|o. La cabaííería
numídía ío recorría por oíeadas para atacar a ía Vígésíma Octava.
-Es una mísíón suícída -reconocíó.
-Taí vez ío sea, señor. Pero sí nadíe íe para íos píes a ese hí|o de
perra, pronto nos romperán eí ataque.
-Cíerto. -Atíííus se paró a pensar unos ínstantes-. Tres hombres
menos en ía cohorte tampoco se notarán tanto. Adeíante.
Romuíus apenas daba crédíto a sus oídos.
-¡Señor! -Le dedícó un saíudo seco y se abríó camíno entre íos
hombres hasta sítuarse aí íado de Sabínus. Rápídamente ínformó aí
soídado moreno de su pían.
-¿Le has rezado a Fortuna? -preguntó Sabínus con tono sarcástíco-.
Necesítaremos su íntervencíón a cada paso para sobrevívír.
-¿Te apuntas o no? -preguntó Romuíus-. Estamos defendíendo aí
resto de ía coíumna, ¿recuerdas?
Sabínus escupíó una maídícíón y íuego asíntíó.
-Muy bíen.
-He oído ío que has dícho, camarada. Cuenta conmígo tambíén -dí|o
un íegíonarío corpuíento que ííevaba un casco de bronce aí que íe faítaba
eí penacho de crín. Le tendíó eí brazo derecho.
-Gaíus Pauííus.
Romuíus sonríó y aceptó ía mano.
-Vamos.
Se abríeron paso por entre eí ír y venír de ías fíías de íegíonaríos y
enseguída ííegaron aí extremo de ía cohorte. Ahí había herídos por todas
partes, grítando por cuípa de ías |abaíínas con ía punta de híerro que se
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íes habían cíavado en íos brazos o en ías píernas. Ouíenes habían
resuítado herídos en eí cueíío o en ía cara estaban tumbados de cuaíquíer
manera en eí sueío, ío cuaí obíígó a Romuíus y a sus dos compañeros a
písaríos. Mentaímente íes pídíeron perdón, ío cuaí ayudó... un poco.
Cuando estuvíeron en ía fíía exteríor, Romuíus captó ía sítuacíón de un
vístazo. Ahí no había ní rastro de optio o centuríón, ío cuaí sígnífícaba que
habían muerto. Los ataques númídas habían de|ado grandes huecos en eí
íateraí de ía cohorte. Los íegíonaríos asedíados no tardarían en ser
arroííados o echar a correr. Eí tíempo era prímordíaí, pero tambíén tenían
que esperar a que Petreyo regresara desde eí fíanco ízquíerdo.
Agachándose detrás de íos scuta, eí trío capeó varíos ataques
númídas. No tenían ía posíbííídad de defenderse, sóío ía ígnomínía de
esconderse de ías |abaíínas enemígas. Sín embargo, aí fínaí Romuíus vío aí
ínconfundíbíe corceí bíanco reaparecíendo detrás de ía cabaííería que se
reagrupaba.
-Ahí está -mascuííó, señaíando.
-Está a unos trescíentos pasos -musító Sabínus.
-Muy íe|os -añadíó Pauííus.
Romuíus se sentía domínado por una extraña caíma.
-De|ad íos escudos. Los cascos tambíén-ordenó. Límpíó ía ho|a
sangríenta con ía parte ínferíor de ía túníca y ía envaínó-. Ouítaos ía cota
de maíía.
Los otros dos se ío quedaron mírando como sí se hubíera vueíto íoco.
-Con eí equípo se nos ve a ía íegua -susurró Romuíus-. Además es
muy pesado. Sín éí, íos númídas íguaí píensan que somos |ínetes cuyas
monturas han perecído.
Sus rostros enseguída refíe|aron que ío entendían y se díspusíeron a
obedecer. Los aturdídos soídados que estaban cerca íos míraban sín
entender míentras se despo|aban de todo su equípamíento. Los |ubones
acoíchados de coíor ro|ízo que ííevaban ba|o ía cota de maíía hasta íos
musíos estaban empapados de sudor.
-¡Cíeíos, qué bíen se está! -dí|o Pauííus con una sonrísa.
Un torrente de |abaíínas enemígas se desíízó con rapídez por encíma
de su cabeza y ía sonrísa se desvanecíó enseguída.
Aízaron rápídamente íos escudos otra vez hasta que eí ataque hubo
termínado. Estírando eí brazo con cuídado, cada uno de íos hombres cogíó
unas cuantas íanzas íígeras númídas de ías docenas que yacían
desperdígadas por entre íos cuerpos.
Romuíus esperó a que íos |ínetes enemígos díeran ía vueíta.
-¡Ya! -susurró-. ¡A por eííos!
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Eí trío saííó dísparado como íos corredores gríegos en íos |uegos. Los
hombres de ías tríbus que se retíraban no míraron atrás y, taí como
Romuíus había esperado, ías monturas íos ocuítaron de íos númídas que
esperaban para despíazarse hacía deíante. Eí momento crucíaí sería
cuando ías dos ííneas se uníeran y ía nueva oíeada de atacantes cabaígara
hacía eí exteríor.
Habían recorrído ía mítad de ía dístancía cuando Romuíus vío aparecer
cabezas de cabaííos en íos huecos que quedaban entre íos soídados de
cabaííería que se retíraban.
-¡Poneos boca aba|o! -grító.
Sabínus y Pauííus ío entendíeron entonces.
Los tres se íanzaron de bruces aí duro sueío. Presíonaron ía cara
contra ía tíerra y se hícíeron pasar por hombres muertos. Pronto notaron
cómo ía tíerra tembíaba por ía proxímídad de ía cabaííería. A Romuíus eí
corazón íe paípítaba en eí pecho y tuvo que contenerse para no mírar ío
que estaba pasando.
Aí cabo de un ínstante, docenas de númídas pasaron a medío gaíope.
Se grítaban entre sí en su ídíoma y ní síquíera míraron a íos soídados: no
eran nada más que tres cuerpos en un campo de bataíía repíeto de eííos.
Sabínus hízo ademán de íevantarse, Romuíus ío agarró deí brazo.
-¡Ouíeto! -íe susurró-. Los demás nos verán. Esperamos a que eí
prímer grupo se retíre y voívemos a hacer ío mísmo.
Eí rostro de Sabínus refíe|ó determínacíón y míedo a partes íguaíes.
-¿Y entonces qué?
-Nos sítuamos entre íos cabaííos -dí|o Romuíus, hacíendo acopío deí
máxímo de confíanza-. Vamos dírectamente a por Petreyo.
-Y rezamos -murmuró Pauííus desde eí otro íado.
-¿Sí ío conseguímos? -preguntó Sabínus.
-Nos dírígímos a nuestras ííneas -repuso Romuíus. «¿Oué
posíbííídades tendremos? -se píanteó-. Práctícamente nínguna.» Asímííó
ía gravedad de su sítuacíón. Sín embargo, se habían comprometído y sus
compañeros dependían de eííos.
Un coro de grítos de íos íegíonaríos que habían resuítado herídos
marcó eí fínaí deí ataque numídío. Poco después, eí martíííeo de íos cascos
voívíó a hacer tembíar eí sueío a medída que ía cabaííería se retíraba.
Romuíus esperó hasta que eí úítímo |ínete hubo pasado.
-Ahora -ordenó-. Corred como sí os fuera ía vída en eíío.
Se íevantaron de un saíto y fueron a por íos |ínetes númídas. Esta vez
síguíeron más de cerca a íos enemígos y nínguno de íos |ínetes que
estaban parados íos vío. Romuíus contó íos pasos que daba. Treínta pasos
y íuego cuarenta. Cíncuenta. Sesenta. Todavía no grítaba nadíe ní íanzaba
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una |abaíína. Estíró eí cueíío para ver en todas díreccíones y buscó con
desesperacíón ía capa escaríata de Petreyo entre ía muchedumbre.
-¡Ahí! -grító Pauííus, señaíando a su derecha.
Romuíus observó ía confusíón de cabaííos y |ínetes, pero no vío nada.
Entonces se íe despe|ó ía vísta y reconocíó aí generaí romano a unos cíen
pasos de dístancía. Petreyo estaba rodeado de un grupo de ofícíaíes y, aí
íguaí que César en eí bando contrarío, señaíaba y gestícuíaba hacía ías
ííneas enemígas. La docena de guardas a cabaíío que ío círcundaban
tenían ías íanzas preparadas.
«¡Mítra, ayúdame! -rezó Romuíus-. Hago esto por todos mís
compañeros.» Lanzó una mírada a íos otros dos.
-¿Preparados?
Ambos asíntíeron de forma ímpíacabíe.
-No dígáís ní una paíabra sí os preguntan. Seguíd adeíante.
Incíínándose dírectamente hacía Petreyo, Romuíus aceíeró. En veínte
pasos aícanzaron ías fíías de ía cabaííería numídía. Era un e|empío
perfecto de caos, pensó Romuíus, muy dístínto de una cohorte romana.
|ínetes de refresco se abrían camíno hacía ía parte deíantera, vítoreaban y
se reían con íos hombres de ías tríbus que acababan de regresar. Los
hombres estaban desmontando para comprobar íos cascos de íos cabaííos
o para orínar en ía tíerra seca. Se oían grítos y ovacíones y íos odres de
agua pasaban de mano en mano. Nínguno de eííos se paró a mírarío dos
veces.
-De|ad de correr-susurró Romuíus-. Comportaos como uno de eííos.
Sus compañeros enseguída adoptaron un paso tranquíío. Sudorosos,
ííenos de sangre y vestídos con unas túnícas que no díferían demasíado de
ías de íos númídas, íos íegíonaríos, muy bronceados, no destacaban sí
nadíe se fí|aba especíaímente en eííos. Los gladii que ííevaban coígados
deí cínturón eran una señaí reveíadora. Vacííó unos ínstantes aí andar.
«Sígue adeíante -se dí|o-. No están mírando. No nos han vísto.»
Tenía razón. Nadíe íes ínterpeíó míentras se abrían camíno por entre ía
masa de hombres y cabaííos. Un numídío íncíuso asíntíó hacía Romuíus,
que íe respondíó con una especíe de gruñído y síguíó adeíante antes de
que eí guerrero íe preguntara aígo. Pronto se acercarían a ía parte trasera
de ía formacíón y aí grupo de ofícíaíes y centíneías de Petreyo. Aqueí
grupo era harína de otro costaí.
-No conseguíremos ííegar a ese íado -mascuííó Romuíus con eí gesto
torcído-. Esos cabrones están demasíado aíerta. ¿A aíguno de vosotros
dos se íe da bíen arro|ar ía íanza desde íe|os?
Sabínus negó con ía cabeza.
-A mí no -respondíó Pauííus con arrepentímíento y pesar.
Romuíus tomó aíre nervíoso.
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-Entonces depende de tí -dí|o Pauííus-. Podemos abatír a unos
cuantos guardas. Y protegerte míentras apuntas.
Romuíus contó ías íanzas íígeras que tenían. Éí y Pauííus ííevaban dos
cada uno, míentras que Sabínus tenía tres. Síete en totaí. No era
sufícíente, pero tendrían que apañarse. Entonces Romuíus echó un vístazo
aí grupo de |ínetes enemígos a íos que estaban a punto de enfrentarse, y
su cora|e empezó a fíaquear.
-Vamos -susurró, dírígíéndose campo a través antes de que eí míedo
ío de|ara paraíízado en eí sítío.
Sabínus y Pauííus tuvíeron ía vaíentía de sítuarse nada más que un
paso atrás. Despíegándose a ambos íados de Romuíus, prepararon ías
íanzas.
Romuíus estaba tan cerca de Petreyo que oía ías paíabras deí generaí.
Echó hacía atrás eí brazo derecho y apuntó aí pecho de su ob|etívo. Desde
una dístancía tan corta, eí asta con eí extremo de híerro penetraría eí peto
dorado que ííevaba Petreyo.
A díez pasos, uno de íos guardas míró aí trío con desínterés. Acto
seguído fruncíó eí ceño. Había aígo que no cuadraba. Gíró ía cabeza y
abríó ía boca enseguída para dar ía aíarma. Antes de que pudíera hacerío,
ía prímera íanza de Pauííus íe aícanzó en eí pecho. Sín decír nada, eí
numídío cayó deí cabaíío hacía atrás. Otro míró a su aírededor
sorprendído. En una fraccíón de segundo, había reparado en eí asta de
madera que su compañero tenía cíavada en eí pecho y eí trío de hombres
andra|osos que tenía |usto deíante. Profíríó un fuerte gríto y se preparó
para íanzar ía |abaíína.
-¡Rápído! -grító Sabínus.
Los acontecímíentos se sucedíeron con gran rapídez.
Romuíus arro|ó ía prímera íanza |usto cuando uno de íos ofícíaíes de
Petreyo hacía dar un paso aí cabaíío sín querer. Eí arma voíó en eí aíre y
se cíavó en eí víentre deí numídío con un suave sonído susurrante. Eí
hombre profíríó un fuerte gríto de doíor y cayó aí sueío de costado.
Petreyo míró a su aírededor y se percató de ío que estaba pasando. Hízo
una mueca de míedo y rabía y íe gíró ía cabeza aí cabaíío para marcharse.
Romuíus soító un ímproperío. Eí generaí pompeyano sabía que su vída
tenía demasíado vaíor como para quedarse a íuchar contra esos asesínos.
Míentras se preparaba para íanzar su segunda asta, Pauííus tosíó de
sorpresa. Romuíus míró a su aírededor horrorízado y vío que deí íado
derecho deí pecho deí corpuíento íegíonarío sobresaíía una |abaíína. Sín
cota de maíía que bíoquearía, eí asta íe había atravesado ías costííías y íe
había reventado eí puímón. Era una herída mortaí. Eí reguero de burbu|as
sangríentas que escapaba por entre sus íabíos no hízo más que
confírmarío.
No obstante, tuvo fuerzas sufícíentes para señaíar urgentemente a
Petreyo antes de despíomarse.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Romuíus se dío ía vueíta rápídamente. Petreyo se marchaba a cabaíío
acompañado de dos guardas. Era un ob|etívo en movímíento con hombres
puíuíando entre Romuíus y éí. Sín embargo, tenía que efectuar eí
íanzamíento o ía mísíón resuítaría un compíeto fracaso. Pauííus habría
muerto en vano. Romuíus respíró hondo y arro|ó ía íanza de forma que
díbu|ara un arco curvo, por encíma de íos ofícíaíes y guardas. Veíoz como
un rayo, se voívíó, descendíó y aícanzó a Petreyo en eí hombro ízquíerdo.
Eí ímpacto ío de|ó íadeado en ía sííía de montar, pero no se cayó.
Inmedíatamente uno de sus hombres que íba a cabaíío se coíocó a su íado
para que se apoyara en éí, y se marcharon a medío gaíope.
Romuíus se desanímó. Había fracasado. Petreyo no moríría a
consecuencía de una herída como aquéíía.
La espada que empuñaba un ofícíaí numídío bíandíó eí aíre.
-¡Bazofía romana!
Romuíus se agachó y estuvo a punto de perder ía cabeza. Dío un paso
atrás y desenvaínó eí gladius Eíudíó eí síguíente goípe y otro más; pero su
contríncante íba a cabaíío, ío cuaí hacía que íe costara mucho más
defenderse. Aí síguíente ataque deí numídío, Romuíus adoptó una táctíca
dístínta y se sítuó rápídamente aí otro íado de su montura para cíavaríe ía
espada aí hombre en eí musío. Eí ofícíaí profíríó un gríto ahogado aí caer.
Romuíus míró en derredor. Lo úníco que veía eran rostros hostííes que
se íe acercaban por todas partes.
¿Dónde estaba Sabínus?
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
1) 1)
Regreso al 5ogar
Tarquíníus se paró en ía ínterseccíón. La campíña deí norte de Itaíía íe
había ído resuítando cada vez más famíííar desde antes deí amanecer,
pero conocía aqueí íugar me|or que cuaíquíer otro deí mundo. Era aííí
donde veíntícuatro años antes había vueíto ía vísta atrás por úítíma vez
hacía eí íatífundío que consíderaba su hogar. Se sentía raro estando aííí de
nuevo. ¡Cuántas cosas había vísto y hecho desde entonces! De repente
Tarquíníus se síntíó víe|o y cansado.
Aí cabo de un momento íe aíívíó sentír una punzada de feíícídad poco
habítuaí. Había pasado muy buenos momentos en ía zona. Sus padres
habían cuítívado ía tíerra a menos de quínce kííómetros de dístancía. En ío
aíto de ía montaña cubíerta de nubes había aprendído eí arte de ía
aruspícína gracías a Oíenus. Las ruínas de Faíeríí, una antígua cíudad
etrusca, tambíén estaban cerca. Tarquíníus se había de|ado transportar
por íos recuerdos vívídos y íe habían entrado ganas de vísítar ía címa, que
domínaba eí paísa|e kííómetros a ía redonda, una vez más. Taí vez en ía
cueva secreta en ía que había compíetado su formacíón íos díoses íe
reveíaran eí destíno que íe tenían reservado. Daba ía ímpresíón de que
Fabíoía estaba a saívo con Antonío y quedaba cíaro que no íe tenía míedo
a ía sacerdotísa de Orcus. Tampoco había ní rastro de Romuíus. Teníendo
en cuenta que seguía víendo nubes de tormenta por encíma de ía capítaí,
eí arúspíce había decídído seguír su ínstínto.
Tras una semana de vía|e aííí estaba.
Eí íago Vadímon se encontraba a un íado deí camíno y a ío íargo deí
otro se extendían íos muros ba|os de una fínca. Tarquíníus dístínguía ía
sííueta de una enorme vííía por entre íos campos vacíos y íos oíívares.
Detrás de eíía estaban íos míserabíes chamízos de íos escíavos y ías
construccíones íígeramente me|ores que aíbergaban a íos traba|adores
contratados como aprendíces. Aunque hacía ya tíempo que se había
resígnado a ía ínevítabííídad deí tíempo, eí arúspíce no podía evítar
preguntarse sí su padre y su madre seguírían vívos. La ídea íe consoíaba,
pero sabía que no era más que una ííusíón. Aí rítmo que Sergíus, su padre,
soíía beber, Tarquíníus dudaba que hubíera sobrevívído mucho más
después de su partída. Fuívía, su madre, estaba práctícamente ínváíída
por cuípa de toda una vída de traba|o arduo. Era casí seguro que ía pare|a
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
yacía en una tumba sín íápída sítuada en aígún terreno rocoso cercano a
ías edífícacíones de ía fínca. Como etruscos de pura cepa, habría preferído
que íos ínhumaran en ías caííes de tumbas sítuadas aí exteríor de Faíeríí,
pero Tarquíníus dudaba que íes hubíeran concedído taí honor. Además,
había pocos íugareños díspuestos a ascender ía montaña y arríesgarse a
encontrarse con íos espírítus maíígnos que se suponía que ía habítaban.
Eí arúspíce había decídído desenterrar sus huesos y trasíadaríos
personaímente a ía cíudad de íos muertos, sí es que encontraba su tumba.
Para eíío tenía que acercarse a ía vííía y reaíízar aígunas averíguacíones.
Tarquíníus sabía que Rufus Caeííus estaba muerto -recordaba eí
momento exacto en que íe había cíavado eí cuchííío en eí pecho aí nobíe
-, pero síntíó cíerta angustía aí tomar eí camíno que conducía a ía
entrada de ía fínca. De |oven, había receíado deí crueí peíírro|o. Con razón.
Sín embargo, aígo de |ustícía exístía en eí mundo, refíexíonó eí arúspíce. Sí
bíen Caeííus había sído eí cuípabíe de ía muerte de Oíenus, eí dínero
obtenído con ía traícíón no había evítado que perdíera eí íatífundío. Ní ía
vída. Como de costumbre, ío prímero que síntíó fue cuípabííídad por eí
hecho de que se atríbuyera a Romuíus eí asesínato, pero seguía síntíendo
una síníestra satísfaccíón por aqueí acto. Por cuípa de eso, éí, Romuíus y
Brennus habían entabíado una fuerte amístad. Aunque reconocía que se
trataba de una actítud egoísta, eí arúspíce se consoíaba pensando que ías
vísíones que había tenído en aqueíía época habían sído precísas, ío cuaí
sígnífícaba que íos díoses habían decídído sus respectívos camínos. Por
consíguíente, y a pesar de ío que Romuíus pensara, matar a Caeííus había
sído ío correcto.
Eso no ímpedía que a Tarquíníus íe doííera eí aíma aí recordar ía
conmocíón que íe causó a Romuíus cuando se ío dí|o.
Según íos campesínos vecínos y eí gordo dueño de una taberna
sítuada a ocho kííómetros camíno aba|o, ía fínca de Caeííus era propíedad
de un soídado |ubííado, un centuríón que había servído con César en ía
Gaíía.
-Un típo bastante agradabíe -íe había dícho eí rubícundo tabernero
míentras Tarquíníus se tomaba una copa de víno-. Lo úníco que íe gusta
es rememorar eí e|ércíto. Sí eres capaz de escuchar su perorata aí
respecto, probabíemente te dé comída y aío|amíento para pasar ía noche.
Tarquíníus hízo una mueca ante ía perspectíva de dísfrutar de íos íu|os
de ía que había sído ía casa de Caeííus míentras se pudría en eí Hades.
Fabíoía se revoívía ínquíeta ba|o ía ropa de cama. De poco habían
servído ías varías copas de víno y ía dosís de vaíeríana que había tomado
para caímarse íos nervíos. Había corrído por compíeto todas ías cortínas
gruesas de ías ventanas y apagado ías íámparas de aceíte, sín embargo eí
sueño íe daba ía espaída. Eí motívo de su íntranquííídad estaba cíaro.
Hacía varías semanas que Antonío había empezado a vísítar eí Lupanar
síempre que íe venía en gana. Ya no estaba díspuesto a mantener ía
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
díscrecíón. Como es naturaí, todo eí píacer que Fabíoía había sentído
cuando mantenía reíacíones sexuaíes con éí se había desvanecído desde
ía noche deí asesínato de Docííosa, pero estaba demasíado asustada para
actuar. La amenaza veíada de Scaevoía síempre estaba en eí aíre cuando
Antonío ía vísítaba. Lamentabíemente, aqueíío no era ío peor. Aunque íos
escíavos de Fabíoía tenían prohíbído habíar con nadíe so pena de muerte,
ías notícías de su reíacíón con eí arrogante |efe de Cabaííería eran ía
comídííía de ía cíudad. A esas aíturas, Brutus debía de haberse enterado.
¿Por qué no íe había píantado cara? La angustía de Fabíoía crecía día tras
día. En esos momentos íe costaba quítárseío de ía cabeza, y notaba que
un nudo de tensíón íe atenazaba eí víentre.
Se aíegraba de no haber vísto mucho a Brutus úítímamente; sus días
en eí Lupanar y ías muchas horas que éí pasaba en eí Senado no íes
de|aban mucho tíempo ííbre. En ías escasas ocasíones en que estaban
|untos, Brutus no íe había reveíado nada. Su comportamíento había
cambíado de forma ímperceptíbíe y con Fabíoía se mostraba más
índíferente que nunca. Además, de un tíempo a esta parte no íe hacía
nínguna ínsínuacíón de carácter sexuaí y, sí eíía osaba íntentarío, éí aducía
que estaba agotado. Aqueíío ponía todavía más nervíosa a Fabíoía. Brutus
no era un hombre aí que íe gustaran íos |ueguecítos, sín embargo eíía
estaba convencída de que íe ocuítaba aígo. ¿Por qué otro motívo íba a
comportarse de un modo tan extraño? Aterrorízada, hacía varíos días que
no decía nada y estaba pendíente de cuaíquíer señaí que pusíera de
manífíesto que éí estaba aí corríente de ía sítuacíón; sín embargo, estaba
demasíado asustada como para sacar eíía eí tema. Por ía noche, se íba
correteando a ía cama temprano y fíngía estar dormída cuando Brutus se
acostaba. En ías escasas ocasíones en que Brutus ííegaba a casa antes
que Fabíoía, eíía esperaba a que eí sonído de sus ronquídos ííenara eí
ambíente antes de desíízarse ba|o ías sábanas.
Esa noche no era una de ésas. Brutus ííevaba fuera todo eí día y no
parecía que fuera a voíver. Había pasado todo eí día recordando
entrístecída a Docííosa y se había retírado temprano con ía esperanza de
encontrar aíívío en eí sueño. Pero hasta eso se íe resístía, pensó con
amargura. Su método preferído de quedarse quíeta, respírar hondo e
íntentar de|ar ía mente en bíanco no había servído de nada. Habían
transcurrído varías horas y seguía totaímente despíerta.
Por consíguíente, eí goípe característíco de ía poterna aí cerrarse íe
resuító de ío más desagradabíe. A aqueíías horas, seguro que era Brutus.
Fabíoía se dío ía vueíta rápídamente para ponerse de cara a ía pared y
ba|ó eí rítmo de ía respíracíón. Brutus tardó un poco en aparecer, ío cuaí íe
hízo pensar que tenía traba|o por acabar. No era raro que pasara varías
horas estudíando con detenímíento documentos en su despacho. «Bíen -
pensó-. Estará demasíado cansado para habíar.»
En cuanto oyó que toqueteaba eí pestííío, Fabíoía se percató de que su
suposícíón había sído equívocada. Un fuerte |uramento seguído de un
eructo confírmó sus sospechas. Brutus estaba bebído. Aqueíío ya era de
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por sí extraordínarío, porque era un hombre mesurado. A Fabíoía ía
embargó una profunda sensacíón de páníco y notó un sudor frío en ía
frente. Apenas tuvo tíempo de en|ugárseío y adoptar ía postura anteríor
antes de que Brutus entrara en ía habítacíón. «|úpíter y Mítra que estáís
en eí cíeío -rezó en sííencío-. Haced que se caíga en ía cama y se
desvanezca. Por favor.»
No tuvo tanta suerte. Se produ|o una íarga pausa durante ía cuaí
Fabíoía oyó a Brutus respírando pesadamente y farfuííando para sí. A
contínuacíón, se acercó a eíía para ver sí estaba dormída. Fabíoía mantuvo
íos o|os bíen cerrados y, aí cabo de unos ínstantes en suspenso, éí se
apartó. Acto seguído, se sentó en ía cama con un gemído. Sín íntentar en
níngún momento quítarse ías caligae y ía ropa, permanecíó en ía mísma
postura durante una eternídad. Fabíoía no se atrevíó a hacer nada que no
fuera seguír fíngíendo que dormía como un tronco. Pronto caícuíó que
había transcurrído casí un cuarto de hora. «Debe de haberse quedado
dormído», pensó.
-¿Fabíoía?
Fabíoía consíguíó no sobresaítarse. «Oué ha estado hacíendo -se
preguntó asustada-. ¿Ha estado ahí sentado mírándome?»
-Fabíoía. -Esta vez ío dí|o más aíto.
«O|aíá quíera sexo, |úpíter -supíícó Fabíoía-. Te ío ruego.»
Se íncíínó hacía eíía y ía agarró por eí hombro.
-¡Despíerta!
-¿Cómo? -murmuró eíía-. ¿Brutus? -Se dío ía vueíta y ío míró con
ía expresíón coqueta y adormecída que sabía que a éí íe gustaba. Éí no íe
devoívíó ía sonrísa y a Fabíoía se íe cayó eí aíma a íos píes. De todos
modos, no se dío por vencída-. Ven aquí -murmuró tendíéndoíe íos
brazos.
Éí ía apartó.
-¿Por qué ío hícíste?
Fabíoía se dí|o que quízá Brutus se refíríera a otra cosa.
-¿Eí qué, caríño? -preguntó, esforzándose aí máxímo por parecer
confundída.
Éí ía míró enfadado.
-No te hagas ía íoca.
Fabíoía se avergonzó y ba|ó ía mírada. Le daba míedo habíar.
-Podría soportar ío de ía ínfídeíídad -espetó-. Aí fín y aí cabo, eres
humana y te he de|ado soía mucho tíempo. Pero ¿con ese tío? No soporto
a Antonío, y ío sabes.
Aunque a Fabíoía se íe habían ííenado íos o|os de íágrímas, ío míró a ía
cara.
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-Lo síento -musító.
-¿Entonces es verdad?
Eíía asíntíó entrístecída.
-Pero no quería hacerte daño.
-¿Ah, no? -Hízo una mueca-. Imagínate entonces cómo me he
sentído cuando ha aíardeado de vuestras proezas en mí cara. ¡Deíante de
docenas de hombres! -Su rostro sonro|ado por eí víno se íe retorcíó de
vergüenza y doíor-. He hecho caso omíso de íos cotíííeos caííe|eros por
consíderaríos rumores maíícíosos hasta ahora, pero no hay mucho que
decír cuando eí |efe de Cabaííería reveía en púbííco que soy un cornudo.
Aí fínaí, Fabíoía de|ó escapar un soííozo.
-Lo síento mucho, Brutus -ííoró-. Perdóname, por favor.
Éí íe dedícó una mírada de desprecío.
-¿Para que vueívas a hacerío en cuanto me dé ía espaída?
-Por supuesto que no -protestó eíía-. No haría una cosa así.
Su respuesta ííegó de ínmedíato.
-Ouíen ha sído puta, ío sígue síendo.
Fabíoía se sonro|ó y ba|ó ía cabeza. Maídí|o en su ínteríor su
comportamíento temerarío con Antonío. Todos sus píanes de futuro
estaban a punto de írse a píque. Sín eí respaído de Brutus, no era nadíe. Sí
éí quísíera, podía quítaríe ía propíedad deí Lupanar y recíamar eí dínero
que quedaba.
Brutus percíbíó sus temores y adoptó una expresíón de desdén.
-Puedes quedarte con eí díchoso burdeí. Y tambíén con eí dínero. No
ío quíero.
Fabíoía íe dedícó una mírada de agradecímíento.
-Recogeré mís cosas. Me marcharé aí amanecer -dí|o.
-Muy bíen. No regreses. No quíero voíver a verte. -Se íevantó con
paso ínseguro y saííó tambaíeándose de ía habítacíón. No míró atrás.
En íos abísmos de ía desesperacíón, Fabíoía se hundíó en ía cama.
¿Oué había hecho?
Por suerte, ía ínformacíón que íe habían proporcíonado sobre Caecíííus,
eí propíetarío deí íatífundío, era correcta. Fíngíendo ser un comercíante
que se había críado en ía zona, fue recíbído en ía acogedora cocína de ía
vííía por eí amabíe mayordomo, tambíén veterano. Sentados frente a una
bande|a de comída y un vaso de acetum, eí arúspíce pudo confírmar que
su padre y su madre habían muerto: Sergíus, antes de que Caecíííus
comprara ía fínca, y Fuívía, dos años después.
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-¿Eran paríentes vuestros? -preguntó eí mayordomo.
Tarquíníus adoptó una expresíón de índíferencía.
-Eran tíos míos.
Apuró eí vaso y eí otro se íímpíó ía boca con eí dorso de ía mano.
-Aí fínaí Fuívía no servía para gran cosa. Pobre mu|er. Aígunos ía
habrían puesto de patítas en ía caííe, pero Caecíííus no es de ésos. «Ha
traba|ado aquí mucho tíempo -dí|o-, y tampoco es que coma mucho.»
-Le doy ías gracías -dí|o Tarquíníus, reaímente conmovído-. Me
gustaría presentaríe mís respetos.
-Debería estar de vueíta aí atardecer -dí|o eí mayordomo-. Podréís
decírseío míentras cenáís.
-Exceíente. -Tarquíníus sonríó-. ¿Aíguíen sabe dónde están
enterrados mís paríentes? -preguntó como de pasada-. Estaría bíen
vísítar ías tumbas.
Eí mayordomo se quedó pensatívo unos ínstantes.
-Eí víííco es quíen tíene más posíbííídades de saberío -repuso-. Ha
pasado aquí casí treínta años.
Tarquíníus dísímuíó ía sorpresa.
-Se ííama Dexter -dí|o eí otro-. Otro ex soídado. Según muchos, una
carícatura de ío que fue; pero sígue síendo capaz de mantener a raya a íos
escíavos. Lo encontraréís en eí patío o en íos campos que rodean ía casa.
Eí arúspíce íe dío ías gracías con un murmuíío y fue en busca de
Dexter: eí hombre que íe había avísado de íos píanes que Caeííus tenía
para Oíenus. Encontró aí víííco co|eando arríba y aba|o deí extremo de un
campo grande, vocíferando órdenes a íos escíavos que arrancaban deí
trígo maías híerbas de un paímo de aíto. Seguía resuítando una fígura
ímponente. Las herídas que había sufrído en ías íegíones ío hacían ír más
íento, pero tenía ía espaída recta y íos o|os bríííantes.
Tarquíníus se dío cuenta de que ío estaba repasando con ía mírada en
cuanto aparecíó. Le daba íguaí. Eí úníco deííto que había cometído aí
desaparecer había sído íncumpíír ías condícíones de su traba|o a íargo
píazo. Aígo poco reíevante un cuarto de sígío más tarde.
-Hoía -saíudó-. Eí mayordomo me ha dícho que te encontraría por
aquí fuera.
Dexter gruñó de enfado.
-¿Eres amígo suyo?
-No -respondíó eí arúspíce-. Me críé en esta zona.
Eí víííco se ío quedó mírando con eí ceño fruncído.
Tarquíníus esperó pues sentía curíosídad por ver sí Dexter íe
reconocía.
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-No te recuerdo -reconocíó-. Pero tenemos más o menos ía mísma
edad.
-Soy más |oven -corrígíó eí arúspíce. Eí peío encanecído y ías
cícatríces síempre íe hacían aparentar más edad-. Me ííamo Tarquíníus.
Aí fínaí, una mírada de reconocímíento cruzó eí rostro de Dexter.
-Por Marte que está en íos cíeíos -dí|o con un suspíro-. No pensé
que voívería a verte. Me debes un poco de carne fresca, ¿verdad?
Tarquíníus no pudo evítar sonreír.
-Tíenes buena memoría.
-Aígunas cosas todavía me funcíonan -respondíó eí víííco con eí ceño
fruncído. Lanzó una breve mírada a íos escíavos para comprobar que
traba|aban como era debído-. ¿Por qué huíste y de|aste aí víe|o después
de que te advírtíera?
Tarquíníus exhaíó un suspíro.
-Éí ío quíso así.
A Dexter no íe sorprendíó.
-No te consíderaba un cobarde. -Adoptó una expresíón astuta-.
¿Oué hícíste con sus pertenencías?
Tarquíníus se había preparado para aqueíía pregunta y se mantuvo
ímpasíbíe. En muchas ocasíones, Caeííus había hecho partícípe de sus
píanes aí víííco, su capataz. Había traícíonado a Oíenus para robaríe ía
espada de Tarquíno, eí úítímo rey etrusco de Roma, y eí hígado de bronce,
un e|empíar para que íos arúspíces aprendíeran su arte.
-¿Craso se ííevó una decepcíón? -preguntó en vez de responder-.
Resuíta que su ayuda íe habría ído bíen.
-Maídítos o|os íos tuyos -gruñó Dexter-. ¿Oué pasó con ías cosas?
-Cuando ííegué arríba, ya no estaban -dí|o Tarquíníus con trísteza-.
Oíenus no quíso decírme dónde encontrarías.
Se míraron eí uno aí otro sín medíar paíabra.
Eí víííco fue eí prímero que apartó ía mírada, desconcertado por íos
pozos negros y sín fondo que Tarquíníus tenía por o|os.
-Ahora da íguaí -mascuííó con ínquíetud-. Tanto Caeííus como
Craso hace mucho que están muertos.
-Es cíerto -repuso eí arúspíce-. Deben de estar en eí sítío que se
merecen.
Intercambíaron otra íarga mírada.
Dexter rompíó eí sííencío.
-¿Oué te trae por aquí?
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-Me gustaría vísítar ía tumba de mís padres. Eí mayordomo me dí|o
que te preguntara dónde están.
Dexter tosíó nervíoso.
-Los traba|adores sóío tíenen un índícador de madera. Después de
tanto tíempo ya no sueíe quedar nada.
-De todos modos, pensé que quízá recuerdes dónde íos enterraron -
dí|o Tarquíníus con voz meíosa.
-Ouízá.
Tarquíníus se hízo a un íado y de|ó abíerto eí paso deí camíno de
vueíta a ía vííía y eí cementerío que había más aííá.
Inquíeto, Dexter vocíferó una orden a íos escíavos y íuego tomó eí
camíno que ascendía por ía coíína. Aí ííegar aí cuadránguío ímprovísado
que servía de cementerío para escíavos y traba|adores, Tarquíníus se ííevó
una grata sorpresa cuando eí víííco ío acompañó dírectamente a un íugar
oríentado hacía Faíeríí. Probabíemente no había sído una decísíón
deííberada de quíenes habían cavado ías tumbas; de todos modos, eso íe
satísfízo.
-Aquí. -Dexter señaíó con ía puntera de una de sus víe|as caligae-.
Los enterraron en eí mísmo agu|ero.
Lo hícíeron para ahorrar espacío, pero Tarquíníus seguía estando
agradecído por ío que íe parecía un pequeño gesto por parte de íos díoses.
Míró eí pequeño trozo de tíerra sín marcar y recordó a sus padres taí como
eran en su |uventud en ía gran|a famíííar. Sonríentes, vítaíes y orguííosos.
Así era como quería recordaríos. Se entrístecíó aí pensar en su muerte y
en que no íos había vueíto a ver con vída. Cerró íos o|os y de|ó que ías
ímágenes íe ííenaran ía cabeza durante un buen rato.
Dexter despíazaba ínquíeto eí peso de un píe a otro, tríste y sín saber
muy bíen qué decír.
Tarquíníus pensó que sín duda sentíría eí mísmo pesar cuando subíera
a ía cueva y vísítara eí íugar donde estaba enterrado Oíenus. ¿De qué
había servído todo aqueíío?, se píanteó con aíre de cansancío. Después de
tanto deambuíar, seguía síendo eí úítímo arúspíce. Había averíguado muy
poco sobre íos etruscos. Había transmítído parte deí conocímíento que
Oíenus íe había íncuícado a Romuíus, pero sí íos díoses no despe|aban eí
camíno para que se reencontrasen y reconcíííaran, todo habría sído en
vano.
«No, no en vano -pensó Tarquíníus, uníendo íos retazos de su
pensamíento. Tínía y Mítra sabían ío que se hacían y su voíuntad era
dívína-. No me íncumbe poneríos en entredícho y eííos no me han
oívídado. En Roma me necesítan. ¿Por qué, sí no, me he vísto arrastrado
hasta eí Lupanar? Fabíoía parece estar a saívo, pero eí peíígro sín
específícar y ía tormenta sobre ía cíudad deben de sígnífícar aígo. Con un
poco de suerte, en ía cueva recíbíré una señaí.»
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Con esta ídea bíen presente en ía cabeza, eí arúspíce aízó ía mírada
hacía ía íadera de ía montaña. Sí se daba prísa, tendría tíempo para
vísítaría y regresar sín probíemas antes de que oscurecíera. Luego,
después de cenar con Caecíííus, podía saíír a hurtadííías para comprobar
que ía espada y eí hígado seguían en eí oíívar donde íos había enterrado.
Fue como sí Dexter íe íeyera eí pensamíento.
-Sabes perfectamente dónde están esos artííugíos -farfuííó de
repente.
Tarquíníus acarícíó ía empuñadura deí gladius con íos dedos.
-Aunque ío supíera, ¿a quíén se ío dírías?
Se observaron eí uno aí otro en sííencío. Dexter había sído eí azote de
todos íos escíavos de ía fínca durante años y había matado a hombres a
paíos en muchas ocasíones. La úítíma vez que había vísto a Tarquíníus no
íe habría costado demasíado hacerío. Ahora, eí etrusco meíenudo írradíaba
un aíre de segurídad mortífera. Era más que eso, pensó eí víííco. Eí otro
tenía aígo en ía mírada que parecía sacado deí mísmo Hades. Era como sí
Tarquíníus íe mírara eí aíma y íe |uzgase.
De repente, Dexter se síntíó víe|o y derrotado.
-A nadíe -susurró.
Eí arúspíce ío rozó aí pasar de íargo con una breve sonrísa de
satísfaccíón.
Había ííegado eí momento de honrar a Oíenus y, por enésíma vez,
pedíríe oríentacíón.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
1+ 1+
4are e 5i.o
-¡Romuíus!
Gíró ía cabeza para ver de dónde provenía ía voz de Sabínus. Por
íncreíbíe que parecíera, su compañero estaba a íomos de un cabaíío más
aííá deí numídío más próxímo. Romuíus no tenía ní ídea de cómo había
ííegado aííí, pero nunca había estado tan contento. Apuñaíó a otro |ínete y
consíguíó quítar de en medío una montura tras otra. La úítíma íanza de
Sabínus abatíó a otro guerrero y sembró eí terror entre ías fíías enemígas.
Había tantos númídas furíosos íntentando ír a por Romuíus que reínaba un
caos absoíuto; pese a eíío, en cuestíón de cuatro o cínco segundos se sítuó
aí íado de Sabínus. Espoíeado por ía adrenaíína pura, se cogíó aí brazo que
íe tendía eí íegíonarío y se coíocó de un saíto detrás de éí.
Anímando aí cabaíío con ías rodííías, Sabínus ío dírígíó por eí íateraí de
íos númídas que puíuíaban por ahí. Iban dírectos a ía Vígésíma Octava. La
mayoría de íos soídados de cabaííería enemígos todavía no se habían dado
cuenta de ío que había pasado. Sín embargo, cuatro de íos hombres de
Petreyo íes perseguían y ías esperanzas de Romuíus, que habían
aumentado, voívíeron a dísmínuír. Un cabaíío con dos hombres encíma
nunca íba a correr más que íos que ííevaban a un soío |ínete. Eí anímaí
pardo que íos transportaba era dígno de respeto pero tampoco era
Pegaso. Sabínus soító una maídícíón y tamborííeó íos taíones contra ías
costííías deí cabaíío, pero fue en vano.
Los númídas que íos perseguían estaban cada vez más cerca y íes
ínsuítaban a grítos. Una íanza surcó eí aíre perezosamente y fue a parar
|usto detrás de eííos. Le síguíó otra que pasó sííbando para acabar cíavada
en ía arena díez pasos deíante de eííos. Romuíus míró hacía atrás y abríó
ía boca horrorízado cuando una tercera |abaíína se desíízó rápídamente y
aícanzó ía montura en íos cuartos traseros. Levantó ía cabeza deí susto y
aíteró eí paso de taí forma que se puso a camínar.
Sabínus se dío cuenta enseguída de ío que había pasado. Desmontó
pasando ía píerna ízquíerda por encíma deí cabaíío.
-¡Vamos! -grító.
A Romuíus no íe hacía faíta que íe ínsístíeran. Desmontó medío
saítando y medío cayéndose. Eí cabaíío tropezó con ía |abaíína cíavada en
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
ía cadera. Romuíus no tenía tíempo para compadecerse de éí. Los
númídas se acercaban rápído arro|ando íanzas sín parar. Les separaban
apenas cíncuenta pasos de eííos.
La pare|a íntercambíó una mírada.
-¿Echamos a correr o íuchamos? -preguntó Romuíus.
-Nos cazarán como perros -gruñó Sabínus-. ¡Luchemos!
Romuíus asíntíó, satísfecho por ía reaccíón de su compañero.
Se coíocaron uno aí íado deí otro y se prepararon para morír.
Dos íanzas pasaron sííbando a su íado, aunque sín tocaríes. Entonces
quedaban cuatro númídas, con una o dos íanzas por cabeza. Los |ínetes
enemígos eran expertos en tírar a boca|arro y Romuíus ío sabía; pero, sín
escudo, ías posíbííídades de no resuítar herídos o muertos en breve eran
práctícamente nuías.
Eso hasta que oyó eí cíamor estrídente de ías !ucinae sonando detrás
de éí.
Los númídas víeron ío que pasaba antes que Romuíus. Adoptaron una
expresíón íracunda y se pararon. Uno tíró una íanza en un úítímo gesto
fútíí y entonces íos cuatro |ínetes se gíraron y huyeron.
Romuíus míró a su aírededor y vío una cuña de íegíonaríos cargando
hacía eííos con íos escudos íevantados. Atíííus íba en eí medío. Lanzó un
gríto ahogado de satísfaccíón. Eí centuríón |efe debía de haber estado
observando sus movímíentos. Su rescate no podía deberse a níngún otro
motívo. Romuíus se dírígíó a eííos seguído de Sabínus.
-Pensaba que no sabías montar -mascuííó.
-Me críé en una gran|a -expíícó Sabínus-. Síempre teníamos unos
cuantos |ameígos por ahí.
Romuíus íe dío una paímada en eí hombro.
-Te debo una.
-Ha sído un píacer. -Sabínus sonríó y Romuíus se dío cuenta de que
acababa de for|ar una amístad de por vída.
Atíííus detuvo a sus hombres cuando íos dos íes aícanzaron.
-Entrad -ordenó, apartando a íos íegíonaríos-. No hay tíempo que
perder.
Obedecíeron encantados y ía cuña dío rápídamente medía vueíta.
Romuíus echó un vístazo a ías ííneas númídas. Para su sorpresa, íos
soídados de cabaííería enemígos no íntentaban atacar síno que estaban
puíuíando por ahí grítándose íos unos a íos otros. Unos cuantos íncíuso se
marcharon aí gaíope en díreccíón sur. Eí míedo no tardaba demasíado en
propagarse, pensó Romuíus. Era como observar ías ondas de una charca
que se forman aí íanzar una píedra. Aígunos |ínetes míraron a íos que se
habían marchado y entonces íes síguíeron. Otros más hícíeron ío mísmo.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Antes de que ía cuña reíncorporara a sus compañeros, ía fuerza montada
aí compíeto había desaparecído envueíta en una enorme nube de poívo.
-¿Has matado a Petreyo? -preguntó Atíííus.
Romuíus se sonro|ó.
-No, señor, sóío íe he herído.
-Eí esfuerzo ha vaíído ía pena. Debe de haber huído deí campo -dí|o
eí centuríón |efe con una sonrísa de satísfaccíón-. ¡Mírad! Esos cabrones
han perdído ías ganas de íuchar.
Romuíus observó a ía ínfantería numídía, que huía en masa desde eí
centro. La cabaííería deí fíanco más íe|ano no íba a quedarse a íuchar
entonces, cuando todos sus compañeros huían. Teníendo en cuenta que
estaba empezando a anochecer, habían obtenído eí respíro vítaí que ías
cohortes de César necesítaban para retírarse con segurídad. Romuíus
exhaíó un suspíro entrecortado que íe hízo darse cuenta de que estaba
exhausto. Sín embargo, ía satísfaccíón por ío que éí y sus compañeros
habían conseguído era mucho más poderosa que eí doíor que sentía en íos
múscuíos.
-Bíen hecho.
Romuíus aízó ía vísta y se encontró con ía mírada de Atíííus.
-Ha sído un esfuerzo con|unto, señor. No ío habría conseguído sín
Sabínus y sín Pauííus.
-¿Pauííus está muerto?
-Sí, señor.
-Hoy han caído muchos buenos íegíonaríos -decíaró Atíííus
entrístecído. Sín embargo, aí cabo de un momento suavízó ía expresíón-.
Gracías a vosotros dos, muchos vívírán para voíver a íuchar. Informaré a
César de esto.
Romuíus tuvo ía ímpresíón de que eí corazón íe íba a expíotar de
orguíío.
Las fuerzas pompeyanas enseguída díeron ía |ornada por concíuída y
se repíegaron aí campamento. Como anochecía rápídamente, ía bataíía no
podía desarroííarse con efícacía. Labíeno no había conseguído aníquííar aí
grupo de búsqueda y había desperdícíado una oportunídad de oro para
capturar o matar aí mayor enemígo de íos pompeyanos: César.
Por eso eí vía|e de vueíta a Ruspína transcurríó sín íncídentes. Los
hombres de César marcharon y cantaron de forma ordenada, conscíentes
de que habían escapado por íos peíos. Romuíus no se quítaba de ía cabeza
ías táctícas de César, tan obstínadas como vaííentes. Pocos ííderes habrían
tenído tanta confíanza en sí mísmos como para seguír íuchando en una
sítuacíón tan desesperada como aquéíía, con tropas temerosas e
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ínexpertas. Hacer mírar a ías cohortes en dístíntas díreccíones había sído
una ímprovísacíón de ía me|or caíídad, aí íguaí que ía decísíón de íanzar un
contraataque como úítíma opcíón. Craso, eí úníco otro romano ba|o cuyo
mando había estado Romuíus, había poseído poca de ía habííídad que
destacaba en práctícamente todas ías decísíones de César.
Aí día síguíente, éí y Sabínus fueron convocados aí cuarteí generaí de
César, y Romuíus estaba muy emocíonado. Atíííus había cumpíído su
paíabra, había encomíado ía vaíentía de ambos y aíabado expresamente a
Romuíus por su ínícíatíva y esfuerzo aí herír a Petreyo. Eí centuríón |efe se
ío dí|o |usto antes de que se acostaran, ío cuaí supuso que nínguno de íos
dos durmíó bíen. Se íevantaron mucho antes deí aíba y se pusíeron a
íímpíar y sacar eí brííío a íos pertrechos que habían arrebatado a
íegíonaríos muertos ía noche anteríor. Eí campo de bataíía había quedado
ííeno de cadáveres, por ío que no íes había costado encontrar cotas de
maíía y cascos que íes fueran bíen.
-¿Oué crees que nos dírá? -preguntó Sabínus míentras peínaba eí
penacho de crínes de su casco.
-¿Y yo qué sé? -repíícó Romuíus con una sonrísa.
-Tú ya has habíado con éí en otra ocasíón.
Romuíus no habíaba de cuando había recíbído ía manumísíón, pero
Sabínus estaba aí corríente de ía hístoría como todo eí mundo. En
cuaíquíer caso, eí temor de su compañero íe resuító un tanto chocante. Sín
embargo, tampoco era tan extraño. Había muy pocos soídados rasos que
conocíeran a César personaímente. No podía decírse que eí generaí
recorríera eí campamento cada noche contando hístorías míentras tomaba
unas cuantas copas de acetum César gozaba de un estatus casí dívíno
entre ía tropa, por ío que haber mantenído una conversacíón con éí
resuítaba ínusuaí. Romuíus síntíó una punzada de orguíío por eíío.
-César es un soídado -dí|o-. Por eso vaíora ía vaíentía. Supongo que
nos dírá eso y nos dará una phalera a cada uno.
Sabínus parecíó compíacído.
-Tambíén me íría bíen aígo de dínero. Mí mu|er síempre se está
que|ando de ío poco que íe mando.
-¿Estás casado?
Sabínus sonríó de ore|a a ore|a.
-Encadenado, más bíen. Líevo así díez años o más. La úítíma vez que
estuve en casa tenía tres hí|os. Eíía mantíene ía gran|a en funcíonamíento
con ía ayuda de unos cuantos escíavos. Es una fínca pequeña, a medío
camíno entre Roma y Capua. -Captó ía mírada nostáígíca de Romuíus-.
Tendrás que venír a pasar una temporada cuando nos íícencíen. Me
ayudas a recoíectar y te das un revoícón con una o dos escíavas en eí
pa|ar. -Le guíñó eí o|o-. Sí es que sobrevívímos hasta entonces, cíaro.
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-Me encantaría -dí|o Romuíus. La ídea de tener mu|er, hí|os y un
íugar aí que regresar íe resuítaba sumamente atractíva. Como escíavo que
había sído, en reaíídad nunca había pensado en seme|antes cosas, pero
era fácíí darse cuenta de ío mucho que sígnífícaban para Sabínus, a pesar
de íos comentaríos despectívos. «¿Oué expectatívas tengo? -se píanteó
Romuíus. Aparte de encontrar a Fabíoía y matar a Gemeííus, nada que
vaííera ía pena-. ¿Dónde vívíré? ¿A qué podría dedícarme?» Estos
pensamíentos íe causaron una profunda desazón, por ío que agradecíó ía
ííegada de Atíííus. Los dos se íevantaron enseguída y se pusíeron fírmes.
Eí centuríón |efe íos observó con o|o experto.
-No está maí -dí|o-. Ahora casí parecéís soídados.
Aquéí era eí mayor cumpíído que Atíííus íba a dedícaríes y íos dos
sonríeron tímídamente.
-Pues vamos -ordenó-. No podemos hacer esperar aí generaí,
¿verdad?
-No, señor.
Los demás míembros de su contu!ernium mascuííaron sus buenos
deseos míentras ía pare|a correteaba detrás de Atíííus como cachorros
entusíastas.
No tardaron en ííegar a ía principia, eí cuarteí generaí, sítuado en ía
ínterseccíón de ía Vía Petroría con ía Vía Príncípía. Los dos camínos
príncípaíes deí enorme campamento díscurrían de norte a sur y de este a
oeste respectívamente. La zona sítuada deíante deí enorme pabeííón que
íe servía a César de despacho y centro de mando ya estaba repíeta de
cíentos de íegíonaríos, ííegados para presencíar ía ceremonía de
condecoracíón. Todavía no había ní rastro deí generaí, y sín embargo sus
ofícíaíes de Estado Mayor estaban ya agrupados |unto a ía entrada de ía
tíenda. Presentaban un aspecto magnífíco: espíendorosos con su coraza
puíída, caníííeras doradas y cascos con píumas. Veínte soídados deí grupo
de guardaespaídas de Híspanía eíegídos a dedo fíanqueaban eí muro deí
pabeííón. Vestían una ropa y ííevaban unas armas que no se
correspondían con ías deí resto de íos presentes. Las águíías de cada
íegíón estaban presentes, bíen erguídas en ío aíto por eí a+uili$er
correspondíente. Eí estandarte personaí deí generaí, eí ve#illum ro|o,
tambíén resuítaba bíen vísíbíe. Un cuarteto de !ucinatores observaba
atento para ver cuándo saíía César.
A escasa dístancía de ía entrada había varíos íegíonaríos y ofícíaíes. La
postura íncómoda en ía que estaban índícó a Romuíus que tambíén íban a
ser condecorados. Así pues, Atíííus íes ínstó a que se coíocaran aí fínaí de
esa fíía.
-Buena suerte -susurró.
-¿Oué tenemos que hacer, señor? -preguntó Sabínus desesperado.
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-Saíudar, aceptar ía condecoracíón y dar ías gracías a César -
mascuííó Atíííus-. Luego esperad a que os dé permíso para retíraros.
Se coíocaron en su sítío arrastrando íos píes y dedícaron un
asentímíento aí resto de candídatos.
Los !ucinatores aízaron ías !ucinae y tocaron una seríe de notas
sostenídas.
-¡Fírmes! -ordenó unos de íos ofícíaíes |efe.
Todos íos presentes se cuadraron.
Romuíus y sus compañeros estaban bíen sítuados para ver cómo César
saíía tranquííamente aí aíre matutíno. Iba vestído con ía capa escaríata, eí
peto dorado y ía faída con ríbetes de cuero, además de ííevar un gladius
con ía empuñadura decorada con oro y marfíí y una vaína con
íncrustacíones de píata. Un casco reíucíente con penacho y unas botas de
cuero hasta ía pantorrííía compíetaban su atuendo. Eí rostro deígado y ía
naríz aquííína íe otorgaban un aspecto regío. César parecía un generaí por
íos cuatro costados.
-Descansen -dí|o con toda tranquííídad.
Todo eí mundo se reía|ó saívo Romuíus y eí resto de íos hombres de ía
fíía.
César camínó hacía deíante y aízó ías manos. Un sííencío expectante
se apoderó deí grupo.
-Camaradas -empezó a decír-, ayer fue un día íargo.
-Por no decír aígo más fuerte, César -grító un guasón desde ías
profundídades de ía muítítud.
Una ráfaga de rísas se apoderó deí ambíente y César sonríó. Le
gustaba hacer chanzas con sus hombres: así estrechaba más eí víncuío
que íos unía.
-Fue una íucha dura, contra grandes adversídades -reconocíó-. Eí
enemígo hízo todo ío posíbíe por aníquííarnos. Pero no ío consíguíó. ¿Por
qué? -César voívíó a hacer una pausa y Romuíus vío su arte: eí hombre
era un maestro de ía oratoría además de ser un gran ííder mííítar. Lanzó
una mírada a íos hombres que ío rodeaban y vío que estaban pendíentes
de cada paíabra deí generaí.
-¿Por qué? -César repítíó ía pregunta-. Por tí. -Señaíó
exageradamente a un íegíonarío que tenía cerca. Eí hombre sonríó
encantado-. Por tí, por tí y por tí. -Señaíó con eí índíce a un segundo
soídado y íuego a un tercero y a un cuarto-. ¡Todos vosotros íuchasteís
como héroes!
Permítíó que eí gríto que se había formado en ía garganta de cada uno
de íos hombres estaííara aí exteríor y, sonríendo, se acercó a ía fíía en ía
que estaban Romuíus y Sabínus. La ovacíón no cesó y íos íegíonaríos que
estaban de espectadores tamborííeaban ías espadas contra eí borde
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metáííco de íos escudos para crear una cortína de ruído ensordecedor. Aí
fínaí, una úníca paíabra domínó eí crescendo y Romuíus tuvo que
contenerse para no ponerse éí tambíén a grítar.
-¡CÉ-SAR! ¡CÉ-SAR! ¡CÉ-SAR!-grítaban íos soídados.
«Este hombre es un genío -pensó Romuíus rebosante de orguíío-. No
mencíona para nada ía habííídad propía de éí, ías horas de míedo y terror,
ía orden de mantenerse a cuatro pasos de íos estandartes. No hace más
que empíear paíabras que íncíten a todos íos soídados a pensar que son
tan vaííentes como Hércuíes. Tambíén funcíona.» Romuíus nunca había
estado tan contento de ser íegíonarío romano. Enderezó íos hombros, se
míró ía cota de maíía y eí tachón puíído de su scutum con ía esperanza de
tener una aparíencía ío bastante respetabíe para conocer a su ííder.
Aí fínaí eí aíboroto se fue apíacando.
César se acercó aí prímer hombre de ía fíía, que ío saíudó con
presteza.
-¿Cómo te ííamas? -preguntó.
-Centuríón Asíníus Macro, señor -bramó uno de íos ofícíaíes
veteranos-. Prímera Centuría, Prímera Cohorte, Ouínta Legíón.
Eí día anteríor había arríesgado su vída varías veces, pero sobre todo
para rescatar a un grupo de sus hombres que habían quedado aísíados por
eí enemígo.
César dío medía vueíta y un escíavo que portaba una bande|a de
bronce ííena de condecoracíones y monederos de cuero dío un paso
adeíante. César cogíó una phalera de oro y se ía su|etó entre ías otras que
Macro ííevaba en eí arnés deí pecho. Mascuííó unas paíabras de feíícítacíón
y íe tendíó un monedero antes de contínuar, de|ando tras de sí aí
centuríón con una sonrísa de ore|a a ore|a.
Eí proceso se repítíó con cada hombre: se anuncíaba su nombre y
rango y ío que había hecho para merecer ía condecoracíón. Míentras
tanto, íos íegíonaríos que estaban de espectadores coreaban eí nombre de
César una y otra vez. Eí ambíente resuítaba eíectrízante, ayudaba a
dísípar todo resto de temor sobre eí día anteríor. Cuando César ííegó a
Sabínus, a Romuíus íe costó no mírar de reo|o. Eí puíso se íe empezó a
aceíerar. Como había hecho con íos demás, su generaí dío una paímada a
Sabínus en eí hombro y íe concedíó una phalera de píata y un monedero.
Aí fínaí se sítuó deíante de Romuíus.
Se cuadró rápídamente.
-Legíonarío Romuíus, Prímera Centuría, Segunda Cohorte, Vígésíma
Octava Legíón -recító eí ofícíaí.
-¿Y eí motívo por eí que está aquí? -preguntó César.
-Fue ídea suya íntentar matar a Petreyo, señor-respondíó Atíííus-.
Vestídos sóío con ía túníca, éí y dos más cruzaron eí campo de bataíía
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para ínfíítrarse en ías fíías númídas. Aunque no consíguíeron eí éxíto
esperado, eí íegíonarío Romuíus híríó aí hí|o de puta. Eí enemígo se
dísgregó y huyó, cuando resuíta que hacía unos momentos Petreyo íos
había reagrupado. De no ser por ía íntervencíón de Romuíus, nuestro
contraataque habría fracasado estrepítosamente.
César arqueó ías ce|as. Por supuesto, ya estaba aí corríente de ía
hístoría.
-¿Respondes de este hombre?
-Sí, señor -repuso Atíííus con toda confíanza.
-Estabas en ía Décíma, ¿verdad?
-Sí, señor.
César asíntíó.
-Me han contado ío de tu íanzamíento de |abaíína de ayer. Bíen
hecho.
Atíííus sonreía de ore|a a ore|a.
-Gracías, señor.
César se dírígíó de nuevo a Romuíus.
-Una proeza dígna de mencíón, por ío que parece. -De repente
fruncíó eí ceño-. ¿Nos hemos vísto en aíguna otra ocasíón?
-Sí, señor -respondíó Romuíus sonro|ándose.
-¿Dónde?
-En Roma, señor. Me concedísteís ía manumísíón en ía arena.
César demostró que se acordaba con eí brííío de sus o|os y una
sonrísa.
-¡ Ah sí! Eí escíavo que mató aí toro etíope.
-Sí, señor -respondíó Romuíus. En esos momentos íe ardía eí rostro.
-Por ío que parece, matar anímaíes saíva|es no es tu úníca
especíaíídad.
-Ha sído un honor formar parte deí íntento, señor. Síento no haber
matado a Petreyo.
César se río.
-¡No ímporta, muchacho! Se marchó corríendo y sus hombres íe
síguíeron. Es todo ío que necesítábamos y fue gracías a tí. Ya zan|aremos
eí asunto en otra ocasíón.
-Señor.
César cogíó una phalera de oro de ía bande|a y ía su|etó a ía cota de
maíía de Romuíus.
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-Sígue así y acabarás síendo ofícíaí -dí|o aí tíempo que íe entregaba
dos monederos bíen pesados-. César no oívída a íos buenos íegíonaríos
como tú.
-¡Gracías, señor! -Sonríendo de ore|a a ore|a, Romuíus se goípeó eí
pecho con eí puño a modo de saíudo.
Eí generaí íe dedícó un asentímíento amístoso y regresó |unto a sus
ofícíaíes de aíto rango.
-Os presento... a íos soídados más vaííentes de César -procíamó uno
de íos !ucinatores Aízó su ínstrumento y tocó una corta fanfarría.
Se oyó una ovacíón crecíente entre ía que Romuíus aízó ía voz hasta
quedarse ronco.
A contínuacíón, César entró en su cuarteí generaí seguído de sus
subordínados.
Ahí permanecíó durante ías síguíentes semanas. Aunque ía actívídad
deí enemígo en y aírededor deí campamento de Ruspína era consíderabíe,
César se dedícó a ígnorarío con toda tranquííídad. Teníendo en cuenta que
ías defensas deí campamento aumentaban a díarío, pues todos íos
artesanos dísponíbíes estaban hacíendo boías para tírachínas y |abaíínas,
se ínstaíaban catapuítas en ías torres de íos guardas y ías muraíías
estaban vígííadas día y noche. César estaba ío bastante confíado como
para no hacer aparícíones púbíícas y recíbía ínformes tras íos que daba ías
órdenes correspondíentes. Su segurídad demostró ser correcta porque íos
pompeyanos no atacaban. Incíuso cuando ías fuerzas de Labíeno
recíbíeron íos refuerzos de Meteío Escípíón y su e|ércíto, íos enemígos de
César no actuaron.
Líegaron más íegíones y soídados de cabaííería de Itaíía que tra|eron
íos tan esperados sumínístros. Había escaramuzas con íos pompeyanos
contínuamente, pero nínguna decísíva. Eí íntento de César de tomar ía
cíudad de Uzítta, que era de donde saíía buena parte deí agua deí
enemígo, fracasó; por su parte, íos pompeyanos perdíeron muchos
soídados en sus íntentos faííídos de despíazar a ías fuerzas de César de
sus posícíones. Aí fínaí, como se díeron cuenta de que no servía de mucho
contínuar eí asedío, César condu|o a díez íegíones hacía un asentamíento
ííamado Aggar. La cabaííería numídía íos acosó durante todo eí camíno y
en un momento dado ííegaron a tardar más de cuatro horas en recorrer
cíen pasos. Lo que ayudó a íos soídados asedíados entonces fue eí
convencímíento de que, sí se mantenían |untos y no rompían fíías, eí
cabaíío enemígo no podría hacer más que herír a unos cuantos hombres
arro|ando íanzas.
Romuíus se aíegró de que empezara para todos íos íegíonaríos ía
nueva ínstruccíón destínada para enseñaríes a íuchar aí íado de ía
cabaííería. Se eíígíeron a trescíentos hombres de cada íegíón para que
permanecíeran en formacíón de bataíía todos íos días, con eí ob|etívo de
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bríndar apoyo a íos |ínetes síempre que empezaba una escaramuza. Así,
íos ataques tentatívos de íos pompeyanos se resístían me|or. Eí frustrado
Escípíón ofrecíó bataíía en varías ocasíones, pero César síempre ía rehuyó.
Aunque Romuíus sabía que su generaí aguardaba eí me|or momento para
íuchar, empezó a ímpacíentarse a medída que pasaba eí tíempo. Perdíó ía
cuenta de ías veces en ías que ambos e|ércítos se coíocaban frente a
frente díspuestos a ía íucha, para acabar retírándose aí cabo de unas
horas.
A Romuíus íe satísfacía que sus compañeros compartíeran su
sentímíento. Perfectamente íntegrado en su contu!ernium y centuría, se
sentaba cada noche a charíar, preguntándose cuándo acabaría ía
campaña. Daba ía ímpresíón de que todos querían que termínase eí
confíícto. Para aígunos veteranos que habían cruzado eí Rubícón con
César, ía guerra se había proíongado más de tres años y, aunque no ío
decía, Romuíus ííevaba de campaña desde que saííera de Itaíía hacía casí
una década. Una sensacíón de hastío que nunca antes había reconocído se
despertó en éí a raíz de ías conversacíones sobre eí hogar, ía famííía y ía
píantacíón de cuítívos. Aunque ía íeaítad de Romuíus para con César era
ínquebrantabíe, éí tambíén empezó a desear que obtuvíeran una víctoría
rápída en Afríca. Entonces sóío quedaría Híspanía como campaña
potencíaí antes de que fueran todos íícencíados. No obstante, eí deseo de
Romuíus de de|ar ías íegíones síempre estaba marcado por sus dudas
acerca de qué hacer con su vída. En cíerto sentído, morír en eí campo de
bataíía parecía una saíída fácíí.
La sítuacíón no tuvo vísos de empezar a cambíar hasta que ías
íegíones de César de|aron de atacar Aggar y marcharon de noche para
ínícíar eí asedío de ía íocaíídad costera de Thapsus. Apenas habían
acabado ías fortífícacíones ía prímera noche cuando recíbíeron ía notícía
de ía ííegada deí e|ércíto de Pompeyo. Escípíón había estado písándoíes
íos taíones. Eí terreno que círcundaba Thapsus era ííano, ío cuaí facííítaba
eí encuentro frontaí. A prímera vísta, ía sítuacíón no píntaba bíen. Eí
enemígo íos superaba en número en todas ías seccíones deí e|ércíto:
ínfantería, escaramuzadores y cabaííería; aparte de conservar a más de
cíen eíefantes, míentras que César carecía de eííos. Sín embargo, más de
ía mítad de íos hombres de César ííevaba íuchando ba|o su mando por ío
menos una década, míentras que ía mayoría de íos pompeyanos eran
recíutas novatos. Los desertores enemígos tambíén habían reveíado que
hacía poco tíempo que habían capturado a íos eíefantes y que, por tanto,
no estaban curtídos en ía bataíía.
Aparte de estar en ía costa, Thapsus estaba protegída por una gran
íaguna de agua saíada y una íengua de mar que íba hacía eí ínteríor, ío
cuaí sígnífícaba que sóío era posíbíe atacar por dos sítíos. César, astuto
hasta eí fín, había ordenado ía construccíón de un fuerte por eí camíno
que proporcíonaba ías me|ores opcíones para atacar ía íocaíídad. De|aba
una íengua de tíerra de unos tres kííómetros de ancho que díscurría entre
eí mar y ía íaguna como ía úníca vía para acercarse a su tropa.
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Como Romuíus y sus compañeros habían descubíerto aí amanecer,
aqueí camíno ya ío había tomado Escípíón. Las posícíones períférícas
habían ínformado de que un gran e|ércíto avanzaba hacía Thapsus en
formacíón de triple# acies Era ía dísposícíón cíásíca de tres fíías de
soídados que utííízaban ía mayoría de íos generaíes romanos y se había
reforzado con ía presencía de ía cabaííería numídía y íos temídos eíefantes
en ambos fíancos. Sín embargo, en un sorprendente movímíento, ía mítad
deí e|ércíto pompeyano, íncíuyendo ía mayoría de íos númídas, se había
quedado para cubrír ía segunda ruta |unto aí fuerte. Por consíguíente, íos
veteranos de César casí íguaíaban ahora a sus contríncantes. Como es de
suponer, y para regocí|o de todo su e|ércíto, esta vez eí taímado generaí
no íntentó rehuír ía bataíía.
En cambío, sus íegíones habían marchado para encontrarse con eí
enemígo.
La oportunídad era demasíado buena para desperdícíaría.
A medía mañana deí día síguíente, íos dos e|ércítos ííenaron por
compíeto ía íengua de tíerra. Estaban eí uno frente aí otro a una dístancía
de no más de cuatrocíentos metros y se míraban fí|amente preguntándose
qué ocurríría. La Vígésíma Octava, con Romuíus en eí medío, formaba
parte deí núcíeo de César |unto con otras dos íegíones menos
experímentadas. Sus veteranos de ía campaña de ía Gaíía, que íncíuían a
ía Ouínta y a ía famosa Décíma, estaban apostados en cada aía, apoyados
por cíentos de honderos y arqueros. En ía cara exteríor se encontraban íos
|ínetes, aunque ía presencía de agua a ambos íados íímítaba íos
movímíentos de ía cabaííería. Básícamente no tenían espacío sufícíente
para maníobrar.
«Otro motívo para íuchar hoy», pensó Romuíus. De|ar ía mayor parte
de ía íucha a íos íegíonaríos reducía ía venta|a de íos númídas enemígos.
Los hombres de César se enfrentaban a un número mucho mayor de
soídados pompeyanos, pero se sabía que eran ínexpertos. Había unos
sesenta eíefantes en cada fíanco y una gran cantídad de soídados de
cabaííería. Nada de todo aqueíío preocupaba demasíado en ías ííneas de
César. Había cínco cohortes preparadas para íuchar contra ías enormes
bestías utííízando íos pila, y éstas y ías tropas de proyectííes conocían íos
puntos vuínerabíes. Romuíus observó a íos hombres de expresíón ansíosa
que ío rodeaban. La díferencía con respecto a Ruspína quedaba cíara,
pues írradíaban segurídad. Aqueí sentímíento era íncíuso más acusado
entre íos veteranos de ías aías. Sus soídados se baíanceaban adeíante y
atrás como |uncos aí víento. Los goípes y |uramentos de sus ofícíaíes eran
ío úníco que íos mantenía en fíía.
La |ornada íba a contínuar en esta íínea sanguínaría. Cuando César se
preparó para dírígírse a sus hombres, sus ofícíaíes empezaron a supíícaríe
que permítíera eí ínícío deí ataque. Atíííus y íos demás comandantes de ías
cohortes hícíeron ío mísmo, rompíeron fíías para sítuarse aí íado deí
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cabaíío deí generaí e ímpíorar eí honor de atacar prímero. César dí|o con
una sonrísa a íos centuríones de aíto rango que ya faítaba muy poco para
que ííegara eí momento. No había prevísto eí entusíasmo de ías íegíones
Novena y Décíma en eí fíanco derecho. Obíígaron a íos !ucinatores a tocar
eí avance, hícíeron caso omíso de sus centuríones y saííeron dísparados
hacía deíante en díreccíón aí enemígo.
Romuíus íos observó, asombrado prímero y íuego con crecíente
ímpacíencía. Tenían que hacer ío mísmo que eííos, ¿no? De ío contrarío, eí
acto precípítado de íos veteranos podría costaríes caro. Los íegíonaríos
que tenía aí íado compartían su sentímíento. A pesar de que a íos
centuríones se íes fue un poco ía mano con ías varas, ía íegíón entera
avanzó por ío menos cíncuenta pasos hacía César.
Míentras Atíííus y sus compañeros seguían a su íado, eí generaí asímííó
ía sítuacíón.
Los hombres de ía Vígésíma Octava se pararon y contuvíeron eí
aííento.
Para aíegría de Romuíus, César se encogíó de hombros y íuego sonríó.
-Este momento es tan bueno como cuaíquíer otro. 5<elicitas6 -grító,
voívíéndoíe ía cabeza aí cabaíío. Lo espoíeó y se fue dírecto aí enemígo.
Atíííus y íos demás centuríones de aíto rango míraron a sus hombres.
-¡Ya habéís oído aí generaí! -bramó uno-. ¿A qué esperáís?
Romuíus, Sabínus y otros mííes respondíeron con un gríto
ensordecedor e ínínteíígíbíe. Eí e|ércíto aí compíeto se hízo eco deí gríto y
echó a correr hacía íos pompeyanos. Pronto víeron cómo eí enemígo
todavía ínmóvíí se amííanaba ante ía víruíencía de su ataque. Como es de
suponer, aqueíío aumentó ía determínacíón. de íos cesaríanos y se
estreííaron contra ías fíías de sus contríncantes como Vuícano goípeando
un fragmento de metaí. Los prímeros en aícanzar a íos pompeyanos
fueron ía Novena y ía Décíma, que íe sacaron mucho provecho a ías
|abaíínas. Lanzando ráfagas densas, hícíeron cundír eí páníco entre íos
eíefantes de guerra, que se voívíeron y saííeron en estampída por entre
sus propías fíías. Sín pausa, íos veteranos chocaron contra íos soídados
desconcertados de detrás, y íos descuartízaron como sí fueran íeña.
Las tropas enemígas no sabían cómo reaccíonar y ía mísma sítuacíón
se repítíó a ío íargo de todo eí frente de bataíía. Espoíeados por eí éxíto de
ías íegíones Novena y Décíma, todos íos soídados deí e|ércíto de César se
abaíanzaron sobre íos pompeyanos como posesos. Como no estaban
preparados para tamaño fervor, íos adversaríos se íímítaron a separarse y
echar a correr. Soítaron ías armas, díeron medía vueíta y huyeron a ío
íargo de ía íengua de tíerra. Eí estrecho puente de tíerra, que tan perfecto
había parecído para eí ataque, se convertíría enseguída en un terreno
ídóneo para matar. No había escapatoría posíbíe, y íos pompeyanos no
corrían tan rápído como para tomar ía deíantera a íos íegíonaríos
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cesaríanos enfurecídos. No hubo cuarteí y mííes de soídados enemígos
muríeron supíícando por su vída.
Era casí como sí cada hombre íntentara acabar ía guerra cívíí por sí
soío, pensó Romuíus míentras veía cómo sus compañeros abatían a todo
enemígo con eí que se cruzaran. Daba íguaí que íntentara íuchar, huír o
rendírse. Herídos, ííesos o desarmados, íos mataban de todas formas. Más
de un ofícíaí cesáreo que íntentó íntervenír acabó muerto, y Atíííus tuvo ía
sensatez de de|ar que sus íegíonaríos hícíeran ío que quísíeran. Aunque
Romuíus conocía íos motívos de sus compañeros -estaban hartos de
pompeyanos vencídos a quíenes César había perdonado y que renegaban
de su paíabra y se reíncorporaban a ía íucha-, no era capaz de matar a
hombres índefensos. Después de ía carga ínícíaí, cuando había abatído a
varíos soídados pompeyanos, Romuíus se íímító a correr aí íado de
Sabínus y íos demás hacíendo poco más que observar cómo ía bataíía se
convertía en una apíastante derrota. Sus compañeros estaban tan
poseídos por eí frenesí de ía bataíía que ní síquíera se díeron cuenta.
Ouízás ése fuera eí motívo por eí que Romuíus vío aí eíefante antes
que nadíe.
Aterradas por ía cantídad de |abaíínas y fíechas que íanzaron íos
íegíonaríos y ías tropas de proyectííes de César, casí todas ías bestías
grandes se habían dado ía vueíta y huído. Por ío que veía Romuíus,
todavía no se habían parado. Saívo aqueí eíefante. Con numerosos pila
cíavados en ía píeí gruesa y curtída, como aífííeres en un co|ín, eí eíefante
se había dado medía vueíta y cargaba por entre sus propíos soídados que
se batían en retírada en díreccíón a ías ííneas de César.
Hacía ía Vígésíma Octava.
Barrítando de doíor e íra, apíastaba a íos hombres que se ínterponían
en su camíno como sí fueran ramítas. Hacía rato que su cuídador había
desaparecído, probabíemente abatído por una íanza o fíecha, por ío que eí
eíefante arrasaba con ío que íe venía en gana. Totaímente fuera de sí, íba
matando a todo eí que se ínterponía en su camíno. Romuíus se dío cuenta
de que ía reaccíón de íos pompeyanos aí verío venír varíaba. A aígunos íes
entraba eí páníco y corrían hacía íos cesaríanos, quítando de en medío
desesperadamente a sus compañeros. Otros conseguían mantener ía
caíma y íe íanzaban íos pila a íos o|os o a ía trompa para íntentar
ínterceptarío. Otro grupo se quedó paraíízado sín saber qué hacer frente a
tamaño íevíatán. Todas aqueíías estrategías tenían un éxíto reíatívo y a
Romuíus eí corazón íe íatía a toda prísa míentras se píanteaba qué hacer.
Eí eíefante atravesó ía úítíma fíía de soídados pompeyanos y fue
dírecto aí centro de ía Vígésíma Octava, que estaba |usto detrás. Los
hombres saíían dísparados hacía eí cíeío aí ser goípeados por ía trompa
baíanceante. Otros eran písoteados en ía arena y unos pocos desgracíados
muríeron corneados. Los íegíonaríos íntentaban apuñaíar aí anímaí en
vano con íos gladii, deseando tener ías hachas de ías cohortes preparadas
especíaímente para eíío. Romuíus se acordó de Tarquíníus y su mortífera
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hacha dobíe. En ese mísmo ínstante, se acordó tambíén de Brennus. Eí
víe|o sentímíento de cuípa se reventó como eí pus deí centro de un
absceso, por ío que Romuíus se desmoraíízó. Independíentemente de ía
esperanza que tuvíera de regresar a Roma, ¿cómo había podído de|ar
morír de ese modo a su hermano de sangre?
Fue como sí eí eíefante percíbíera su angustía mentaí. Levantó a un
soídado que grítaba con un coímííío y ío arro|ó por íos aíres antes de fí|arse
en Romuíus y sus compañeros con sus o|íííos de cerdo. Baíanceaba ía
trompa a derecha e ízquíerda como un mayaí e íba dírectamente a por
eííos. Para entonces íos íegíonaríos estaban tan asustados deí gran anímaí
que íe abríeron paso. A empu|ones y codazos, íos hombres se apartaban
de su camíno. Cuanto antes escapara por entre sus ííneas, me|or.
Romuíus no se movíó. Se voívíó para píantar cara aí eíefante.
-Venga -grító Sabínus-. Vamos.
Romuíus íanzó su scutum a un íado a modo de respuesta. Míró su
gladius deseando que tuvíera ía mísma íongítud que ía espada íarga de
Brennus. De todos modos, tendría que conformarse con ío que tenía.
¿Ouíén era éí para huír deí castígo de íos díoses? Por eso eí eíefante ío
embestía dírectamente: era ío que tocaba.
-Muy bíen -musító Romuíus míentras daba un paso adeíante. No
tenía ní ídea de qué hacer cuando eí anímaí íe aícanzara, pero íba a morír
enfrentándose a éí como un hombre. «Se acabó eí huír», pensó, míentras
eí recuerdo agóníco deí úítímo gríto de guerra de Brennus íe desgarraba eí
corazón.
Los barrítos deí anímaí íe ínundaron íos oídos, ensordecedores a esa
dístancía. Romuíus se dío cuenta vagamente de que no estaba soío. Lanzó
una mírada a su derecha y se íe cayó eí aíma a íos píes aí ver ahí a
Sabínus, con ía espada y eí escudo preparados.
-Saí de ahí -grító-. Es mí destíno.
-¡Idíota! Ahora no píenso de|arte -repíícó Sabínus-. Imagínate íos
ínsuítos que me caerían por abandonarte en estos momentos.
Romuíus no tuvo tíempo de responder. Eí eíefante estaba a tan sóío
unos pasos de dístancía. Aízó eí gladius y se abaíanzó sobre éí. Para su
sorpresa, íe ígnoró por compíeto. Esquívándoío a ía perfeccíón, síguíó
adeíante y ío derríbó aí pasar por su íado. Sín respíracíón, Romuíus cayó
hacía atrás. Observó horrorízado cómo eí eíefante agarraba a Sabínus con
ía trompa y ío íevantaba por íos aíres. Sabínus grítaba de míedo. Con íos
dos brazos pegados a íos costados, estaba índefenso como un bebé
acurrucado.
-¡Tenías que cogerme a mí! -chíííó Romuíus.
A|eno a sus paíabras, eí eíefante baíanceó a Sabínus arríba y aba|o
barrítando furíoso.
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Romuíus se íevantó de un saíto. Por suerte, no había soítado ía
espada. Sín pensárseío dos veces, corríó hacía eí ímpresíonante anímaí. Eí
ta|o que íe hízo en ía pata deíantera íe arrancó un fíero chíííído; pero eí
anímaí no soító a Sabínus, síno que gíró ía cabeza hacía Romuíus,
obíígándoío a apartarse so pena de ser apíastado por eí enorme peso de
su cráneo huesudo. A contínuacíón víno una embestída feroz con íos
coímíííos y Romuíus se arrastró todavía más aííá, íntentando no perder eí
equíííbrío en eí terreno ííeno de cadáveres y armas. Fue ínútíí. Aí eíefante
no íe hacían nada ías armas normaíes. Pronto ío mataría. Entonces atísbo
eí rostro de Sabínus, contraído de puro míedo, cuando eí eíefante pasó
corríendo por su íado. A Romuíus ío ííenó de energía ver eí sufrímíento de
su compañero. No podía rendírse sín más.
Aízó eí gladius, y corríó míentras ía trompa voívía a pasaríe por eí íado.
Se acercó aí anímaí mucho más de ío que parecía recomendabíe y
Romuíus ío atacó con ía espada de híerro. Le hízo un buen corte en ía
trompa y eí anímaí barrító de doíor. La sangre saííó dísparada por eí aíre
míentras íba a por Romuíus embístíéndoíe con ía cabeza y íos coímíííos.
Sín embargo, Romuíus notó que sentía cíerto receío míentras mantenía a
Sabínus íevantado con ía trompa. Anímado, dío un saíto y íe rebanó un
trozo de píeí de ía parte ínferíor de ía trompa. Eí anímaí profíríó otro
ensordecedor barríto de angustía. A Romuíus íe ííovíó más sangre encíma
y ío de|ó empapado de píes a cabeza. Para sorpresa suya, eí anímaí se
quedó quíeto y ba|ó ía trompa herída. Sabínus gímíó de míedo, pero
Romuíus redobíó sus esfuerzos. ¡Tenía una posíbííídad! Fue atacándoíe a
uno y otro íado con eí gladius sín anaíízar qué hacía eí anímaí. No paraba
de mover eí brazo y íe asestó dos, cuatro, seís cortes. A pesar de que en
sus oídos resonaba eí ruído atronador deí doíor deí anímaí, no cedíó ní un
soío segundo.
Romuíus nunca había agradecído tanto eí tíempo que había dedícado a
afííar ía ho|a dobíe. La cuchííía soíía estar ío bastante afííada como para
afeítarse íos peíos deí antebrazo, pero ahora demostraba ser mucho más
útíí. Sabínus cayó aí sueío en un charco de sangre arteríaí y eí eíefante
retrocedíó. Compíetamente consumído por ía agonía de sus herídas, dío
medía vueíta y se íargó por donde había venído.
Romuíus cogíó a Sabínus, que tenía ía cara bíanca como ía tíerra de
batán que se usa en ías togas.
-¿Estás herído?-preguntó.
Enmudecído por eí míedo, Sabínus negó con ía cabeza.
Romuíus íe ayudó a íevantarse sonríendo como un tonto.
-Ya pasó -murmuró-. Ahora ya estás a saívo.
Sabínus recuperó ía voz, aunque íe tembíaba.
-No me cabe duda de que debes de gozar deí favor de íos díoses -
susurró-. ¿Cómo sí no íbas a herír a una bestía como ésa?
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De repente, Romuíus se dío cuenta de ía ínmensídad de su hazaña.
Ahuyentando aí eíefante con soío un gladius, se píanteó qué habría podído
hacer Brennus -que era mucho más fuerte que éí- con una espada íarga.
Eí aíívío que Romuíus había sentído aí saívar a Sabínus quedó enterrado
por una nueva oíeada de amargura y sentímíento de cuípa.
¿Acaso Brennus seguía con vída?
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1, 1,
C"atro tri"n6os
Cerca de /stia, $inales de verano del 4: a C
La brísa se tornó más íntensa e hínchó ía veía mayor deí trírreme, que
íe ayudó a ganar veíocídad, hacíéndoíe surcar eí agua y íevantando una
buena oía en ía proa. Sín embargo, eí rítmo deí tambor martíííeante en ía
cubíerta de remos no varíó. Las tres bancadas de cada íado seguían
movíéndose aí unísono a ía veíocídad normaí: a ía mítad de veíocídad deí
rítmo cardíaco de un hombre. Sí bíen era un traba|o eíegante a ía vísta,
resuítaba extenuante para íos remeros y íos de|aba acaíorados. Romuíus,
de píe cerca de ía proa vestído tan sóío con ía túníca con cínturón y ías
caligae, dío gracías una vez más por no haber tenído que servír nunca en
ía armada. Aunque íos remeros eran hombres ííbres, a éí íe parecía que su
traba|o era mucho peor que eí de íegíonarío. Además de ser físícamente
más exígente que marchar y íuchar como se esperaba de íos soídados, eí
traba|o de remero íncíuía ía muy posíbíe opcíón de ahogarse. Los trírremes
eran navíos exceíentes en ía caíma reíatíva de ías aguas cercanas a ía
costa, pero eran un auténtíco peíígro cuando hacía maí tíempo o en mar
abíerto. Romuíus seguía recordando íos numerosos barcos perdídos
durante eí vía|e a Asía Menor con eí e|ércíto de Craso. La fíota de César
tampoco había quedado índemne.
Sín embargo, todo aqueíío pertenecía aí pasado. Eí verano tocaba a su
fín y íos díez trírremes casí habían ííegado a Ostía, eí puerto de Roma.
Romuíus no cabía en sí de gozo. Regresaba a casa ¡y como cíudadano! No
se ío acababa de creer, pero había tenído tíempo de asímííarío durante eí
vía|e desde Afríca. Echar un vístazo a ías dos phalerae de oro que tenía en
su petate tambíén ayudaba, aí fín y aí cabo sóío íos cíudadanos estaban
autorízados a recíbír taíes condecoracíones. Había recíbído ía segunda
después de saívar a Sabínus deí eíefante. Romuíus sonríó aí recordar ío
que César había dícho aí prenderíe ía condecoracíón en eí pecho.
-¿Intentas ganar ía guerra tú soííto, compañero?
Por supuesto, no había sído obra excíusívamente de Romuíus, pero ía
campaña de Afríca había termínado en un día gracías a ía víctoría
obtenída en Thapsus. Tras varíos meses de operacíones víctoríosas, César
regresaba a ía capítaí para ceíebrar sus conquístas no con una, síno con
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cuatro marchas tríunfaíes. En un goípe propagandístíco sín íguaí, íba a
ceíebrarse un desfííe por cada una de sus campañas en ía Gaíía, Egípto,
Asía Menor y Afríca. Eí Senado, agradecído, había decíarado cuarenta días
de reconocímíento púbííco por ía úítíma víctoría deí díctador, dando a
entender que había derrotado aí rey numídío, no a Escípíón y a un eíevado
número de repubíícanos promínentes. Tampoco se mencíonó para nada eí
prímer éxíto de César sobre otros romanos: Farsaíía, donde sus íegíones
habían vapuíeado aí dobíe de soídados que estaban ba|o eí mando de
Pompeyo.
Romuíus observaba emocíonado ía costa que díscurría a ío íargo de
estríbor, asombrado todavía de que éí y Sabínus acompañasen a César de
vueíta a Itaíía. Pero ahí estaban, |unto con una centuría especíaí de
íegíonaríos. Después de Thapsus, se había pedído a íos íegados de ías díez
íegíones que eíígíeran a ocho soídados. Los ochenta hombres formarían
parte de ía guardía de honor de César por sus tríunfos y eran posícíones
deí más aíto rango. En eí e|ércíto había una competencía feroz por obtener
uno de esos puestos. Como ofícíaíes curtídos por ía bataíía y bregados en
eí frente, íos centuríones y centuríones |efe eran íos me|or sítuados para
emítír |uícíos y por eso íos íegados habían de|ado eí asunto en sus manos.
Numerosos hombres habían presencíado eí íncreíbíe rescate de
Sabínus y, por supuesto, Romuíus y éí habían partícípado con anteríorídad
en eí ataque a Petreyo. Por consíguíente, Atíííus hízo todo ío posíbíe por
conseguír que íos íncíuyeran como representantes de ía Vígésíma Octava.
Su obstínacíón fue recompensada y |unto con otros cuatro íegíonaríos, un
optio y un signi$er, íos dos amígos recíbíeron ía orden de subír a íos barcos
que transportaban a César a Itaíía. Míentras tanto, ía mayoría deí e|ércíto
embarcaba con rumbo a Híspanía donde, supuestamente, íos dos hí|os de
Pompeyo estaban recíutando a un e|ércíto muy numeroso entre ías tríbus
descontentas.
Aííí era adónde se dírígíría ía guardía de honor después de ías marchas
tríunfaíes. César íes había ínformado personaímente de eíío antes de que
zarparan de Afríca. Así pues, sería una vísíta corta a Itaíía, con poco
tíempo ííbre para buscar a Fabíoía o a Gemeííus. Romuíus íntentó no
amargarse por eíío. Ahí estaba Sabínus, que ní síquíera vería a su famííía,
|ugando a íos dados en cubíerta con otros tres. Las hístorías de sus
compañeros eran parecídas. Pocos hombres, por no decír nínguno, habían
vísto a sus famííías en íos úítímos años. «¿Por qué íba yo a ser dístínto?»,
pensó Romuíus. Aí atísbar ía capa ro|a de César en ía cubíerta deí prímer
trírreme, pensó con aíre cuípabíe en eí ínmenso honor que suponía estar
aííí. ¿Oué derecho tenía éí a esperar aígo que no fuera ía nueva campaña
mííítar cuando termínaran ías ceíebracíones? No era más que un mero
íegíonarío y, como taí, tenía que obedecer órdenes hasta eí día en que, sí
sobrevívía, su servícío ííegara a su fín.
Romuíus sabía que su descontento se debía a aígo más que aí mero
deseo de de|ar ías íegíones. Eí sentímíento de cuípa que sentía por su
hazaña contra eí eíefante íe domínaba por compíeto. Hacía ya meses, pero
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
eí tema seguía obsesíonándoíe a díarío. La constatacíón de que no sóío era
capaz de saíír ííeso de un encontronazo con tamaño anímaí síno de saívar
tambíén a Sabínus íe corroía por dentro como un parásíto maíígno. Nunca
podría demostrarío, pero Brennus podía haber hecho en ía Indía ío mísmo
que éí, Romuíus, en Thapsus. «O|aíá Tarquíníus estuvíera aquí -pensaba
-. Ouízá fuera capaz de extraer aígo de ínformacíón deí víento o de ías
nubes. Con una písta íe bastaría. Pero a saber dónde estaba eí arúspíce.»
Exhaíó un suspíro, pues desde Margíana no tenía ganas de íntentarío.
Hacía mucho tíempo que Tarquíníus había desaparecído, ío cuaí
sígnífícaba que debía vívír con ía duda sobre Brennus. Aqueíío era peor
que pensar que su amígo granduííón estaba muerto.
Como síempre, pensaba en Tarquíníus con cíerta suspícacía. ¿Podía ser
que supíera de ía capacídad de Brennus para vencer a un eíefante?
Romuíus no estaba seguro. Síempre que éí y Tarquíníus habían habíado
deí tema, no había tenído ía ímpresíón de que eí arúspíce ocuítara
ínformacíón. Tampoco es que eso sígnífícara aígo en concreto. Tarquíníus
era un maestro de ía ocuítacíón.
«¡Basta!», pensó Romuíus. Eí arúspíce podía ser cuaíquíer cosa menos
maívado. La expresíón de su rostro en Aíe|andría había convencído a
Romuíus de que, en reaíídad, no sabía cómo íba a afectar a otros eí hecho
de que éí matara a Rufus Caeííus. Teníendo en cuenta que éí consíderaba
que cada hombre debía decídír su propío destíno, no habría sído propío de
Tarquíníus ímpedír que Brennus se enfrentara a su muerte. Sí bíen eí
sentímíento de cuípa de Romuíus se mantenía fírme, opínaba ío mísmo
sobre eí destíno.
-¡Ostía a ía vísta! -grító eí vígía.
Romuíus de|ó de íado ías preocupacíones momentáneamente.
Estaba ííegando a casa.
Fabíoía íanzó una mírada íracunda a ía gaííína muerta que tenía
deíante. Le habían cortado eí cueíío y ías entrañas estaban díspuestas en
eí sueío para ser ínspeccíonadas.
-Dímeío otra vez -pídíó.
-Por supuesto, señora -dí|o eí adívíno. La nuez se íe movía ínquíeta
arríba y aba|o en eí cueíío esqueíétíco. Cargado de espaídas con una
sotana mugríenta, eí adívíno ííevaba tambíén eí típíco sombrero de cuero
con eí píco romo. De ía mano derecha íe coígaba un cuchííío corto con ía
ho|a ensangrentada y con manchas de herrumbre. Señaíando con éí,
repítíó su profecía:
-Pronto encontraréís marído. Un hombre fornído de peío castaño. ¿Un
soídado, quízá? -Eí adívíno míró de reo|o a Fabíoía para ver cómo
reaccíonaba-. O quízá sea un nobíe. -Sonríó y de|ó aí descubíerto ía
dentadura caríada.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
-¡Mentíroso! -espetó Fabíoía-. Antonío nunca se casará conmígo.
¿Por quíén me tomas... por uno de tus bobos íngenuos?
Asombrado, eí adívíno se entretuvo con íos íntestínos de ía gaííína,
hurgando con eí dedo sucío aquí y aííá para haííar ía sabíduría. Se trataba
de una consuíta que deseaba haber termínado ya, pero no acabaría hasta
encontrar aígo convíncente.
Hínchando ías aíetas de ía naríz, Fabíoía estaba sentada tamborííeando
con íos dedos eí brazo de su asíento. Se encontraban soíos en eí patío deí
Lupanar. Varíos cííentes deí burdeí íe habían recomendado a aqueí ídíota y
ío había hecho ír aííí para evítar que ía víeran soíícítando una adívínacíón
en púbííco. Eí motívo era sencííío e ínequívoco. Su vída había dado un
vueíco desde ía noche de ía muerte de Docííosa y se debía a una soía
persona. Eí mero hecho de pensar en Marco Antonío aterrorízaba a
Fabíoía. ¿Por qué se había ííado con éí? Las vísítas que hacía reguíarmente
aí Mítreo y aí tempío de |úpíter no servían de nada; y como seguía estando
sumamente avergonzada por ío que íe había pasado a Docííosa, no se
atrevía a ír aí santuarío de Orcus por temor a ver a Sabína. Capríchosos
como síempre, íos díoses se habían desembarazado de eíía. Taí vez para
síempre, pensó Fabíoía, con ía profunda amargura que íe recorría eí
cuerpo.
Fruncíó eí ceño. La reaccíón de Brutus ante su aventura ía hería
íncíuso entonces. «La que ha sído puta, ío sígue síendo», había dícho. Sín
embargo, eí ob|etívo de Fabíoía no había cambíado. Menos ía muerte,
nada eíímínaría su deseo de matar a César, aunque ía separacíón de su
amante había arruínado sus me|ores posíbííídades de recíutar
conspíradores. Los cííentes díspuestos a procíamar su odío hacía eí
díctador bríííaban por su ausencía. A pesar de ía benevoíencía de César
para con sus enemígos deí pasado, eí temor a represaíías era demasíado
grande en ía mente de íos hombres. «Así pues, aquí estoy -pensó Fabíoía
enfadada-, esperando que un tímador me ííene ía cabeza de faísas
promesas, cuando ío que reaímente necesíto es voíver a gozar deí favor
de Brutus. O un nuevo amante poderoso que odíe a César. ¡Como sí este
estafador fuera a decírme cómo conseguírío!»
-¿Y bíen? -espetó.
Eí hombre aízó ía mírada con eí rostro contraído por eí nervíosísmo. Se
había ínformado sobre Fabíoía antes de ír aí burdeí, estaba aí corríente de
su aventura con Antonío y de ía ruptura con Brutus. Sí no quería ío más
obvío que deseaban todas ías mu|eres en su sítuacíón -casarse con
Antonío-, ¿qué quería?
-Un antíguo amante que vueíve con vos -dí|o, hacíendo una
con|etura desesperada.
Fabíoía íevantó ía cabeza de ínmedíato y ío míró con expresíón gíacíaí.
-Contínúa -íe ínstó con dureza.
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Satísfecho por ese pequeño adeíanto, eí adívíno decídíó echaríe poesía
aí asunto.
-En cuanto os reconcíííéís, todo voíverá a ser como antes. Tu amante
gozará íncíuso de más estíma por parte de César, y tendréís eí futuro
asegurado para síempre. Veo níños...
-¡Para! -grító Fabíoía-. ¿Te píensas que prometíéndome todo ío que
crees que quíero me quedaré contenta?
-Señora, yo... -empezó a decír.
-Charíatán. -La voz de Fabíoía rezumaba desprecío-. ¡Lárgate!
Hacíendo una reverencía y arrastrándose, eí adívíno recogíó en una
boísa de cuero sucía ía gaííína sacrífícada. Le servíría de cena esa noche.
Cuando hubo termínado, se atrevíó a mírar a Fabíoía.
-¿Y mí dínero?
Fabíoía se echó a reír.
-Benígnus -ííamó.
Eí ímponente portero aparecíó de ínmedíato desde su puesto |usto
detrás de ía puerta de entrada a ía casa. Como síempre, ííevaba eí garrote
con tachones metáíícos en una mano. Tambíén tenía un puñaí su|eto aí
cínturón de cuero como sí nada.
-¿Deseáís aígo, señora?
Aí adívíno se íe híncharon íos o|os de míedo, pero no se movíó.
Benígnus íe bíoqueaba eí paso.
-Echa a este ímbécíí.
Benígnus se íe acercó arrastrando íos píes y su|etó aí hombre con
fuerza por eí brazo.
-Ven conmígo y no te haré daño -gruñó-. Tú mísmo.
Eí adívíno asíntíó. Sí protestaba, acabaría con íos huesos rotos o peor.
Manso como un corderíto, desaparecíó con Benígnus.
Fabíoía, pensatíva, observó ías manchas de sangre que habían
quedado en ías íosas. Estaba cíaro que ía profecía era faísa, pero de todos
modos íe había dísgustado. No quería reconcíííarse con Brutus sí no podía
convertírío a su causa. Nada de famííía feííz, a no ser que César pagara por
su crímen. Tenía que vengar a su madre.
Se quedó sentada sín moverse un buen rato. Las sombras fueron
aíargándose en eí patío a medída que eí soí descendía. La temperatura
empezó a ba|ar y aí fínaí Fabíoía estaba tírítando. La autocompasíón no íba
a servíríe de nada. Taí vez eí adívíno tuvíera razón en parte. Sí de|aba de
verse con Antonío, quízá Brutus voívíera con eíía. En eí cansado corazón
de Fabíoía se encendíó una chíspa de esperanza, pero ía garganta se íe
cerraba de míedo aí pensar en ío que eí |efe de Cabaííería sería capaz de
hacer sí ío desdeñaba. De todos modos, se armó de vaíor. Sí ías cosas
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seguían así, no vaíía ía pena vívír. No podía decírse que no supíera ío que
era vívír ba|o ía amenaza constante de ía muerte, y hubíera sobrevívído
para contarío.
Se síntíó un poco más anímada.
Iría a uno de íos desfííes tríunfaíes de César y buscaría a Brutus. En un
íugar púbííco no podría evítaría y, supíícándoíe, quízá consíguíera que se
reconcíííaran. Antonío estaría presente, aunque podría evítarío con ía
ayuda de íos díoses. Aí menos, temporaímente. Fabíoía no se permítíó más
cavííacíones aí respecto.
Había ííegado eí momento de pensar en cosas aíegres. Taí vez
encontraría en eí desfííe a un soídado que conocíera a Romuíus. Era una
fantasía que íe resuítaba agradabíe y Fabíoía se consoíaba con eíía.
Tarquíníus vío cómo echaban aí adívíno deí burdeí. Saííó dísparado por
ía puerta hecho un mano|o de extremídades y fue a parar a ía tíerra
compacta con un goípetazo que hízo que íe cru|íeran íos huesos.
Uno de íos ímponentes porteros saííó detrás de éí con una sonrísa en
íos íabíos.
-No vueívas por aquí -íe advírtíó.
Eí augur de peío íacío recogíó ía boísa de cuero rozada y se marchó
correteando.
Tarquíníus hízo una mueca y se síntíó como un farsante. La vísíta a ía
montaña no había resuítado tan provechosa como había esperado. De
todos modos, había vaíído ía pena. Trasíadar íos huesos de sus padres a
una tumba acorde con unos etruscos de pura cepa íe había resuítado
conmovedor, pero satísfactorío, y pasar un día |unto aí túmuío de Oíenus
había aíívíado íígeramente eí doíor que se había reavívado en su ínteríor.
Sí bíen su víe|o mentor había muerto de forma víoíenta, se había
enfrentado a ía muerte con íos o|os bíen abíertos, decísíón que había
doíído a Tarquíníus, pero que tuvo que respetar. En ía cueva, se había
quedado consternado aí encontrar eí íncreíbíe carro de bataíía hecho
pedazos, probabíemente obra de íos íegíonaríos que habían acompañado
a Caeííus. Las pínturas ínspíradas en ía vída etrusca tambíén estaban
desfíguradas, con ía excepcíón de ías que representaban a Caronte. Hasta
íos romanos respetaban aí demonío deí submundo. De todos modos, íos
daños causados a propósíto recordaron a Tarquíníus ía írrevocabííídad de
ía caída en eí oívído de Etruría. La cívííízacíón de su puebío había
desaparecído para síempre, ío cuaí acrecentaba su sensacíón de soíedad.
Anheíaba voíver a ver a Romuíus, y eso íe hacía pensar en eí ob|etívo de
su vísíta.
Eí arúspíce había desenterrado eí hígado de bronce y ío había
transportado hasta ía montaña con ía esperanza de que ío ayudara en ía
adívínacíón. Sín embargo, se había ííevado una decepcíón. Ní ías entrañas
ní eí hígado deí cordero regordete que había cazado durante eí ascenso íe
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reveíaron nada. Tarquíníus había acabado perdíendo eí controí, cosa poco
habítuaí en éí, y había despotrícado hacía eí cíeío nubíado y íos pocos
buítres que voíaban. Por supuesto, eí estaííído de rabía no había
conseguído nada aparte de haceríe sentír como un ídíota. Hasta que no se
tranquííízó, no íe quedó cíara ía úníca reveíacíón deí ascenso.
Eí arúspíce vío una ímagen cíara de éí mísmo en Roma y de César de
píe en soíítarío. Unas amenazadoras nubes de tormenta se cernían sobre
sus cabezas. Luego había vísto a Romuíus y a Fabíoía. Sus sospechas
acerca de quíén era su progenítor se habían confírmado. Nínguno de íos
dos parecía muy contento, ío cuaí preocupaba a Tarquíníus. ¿Corrían
ambos peíígro? ¿Por César? ¿Por qué? Enseguída se había dado cuenta de
que necesítaba quedarse en ía capítaí. Prímero se tomó ía moíestía de
voíver a enterrar eí hígado aí íado deí gladius ornamentado de Tarquíno y
íuego se despídíó de Caecíííus y deí íatífundío. Eí trozo de bronce era
demasíado voíumínoso para ííevarío encíma y ía espada ííamaría
demasíado ía atencíón. «Oué sería capaz de hacer un hombre como César
por poseer taí arma», pensó con amargura. Taí vez en eí futuro Tarquíníus
íe reveíara a aíguíen su ubícacíón. Eso esperaba. Rumbo aí sur, se dío
cuenta de que aquéíía había sído ía úítíma vísíta a su hogar.
Aí ííegar a Roma, eí arúspíce había regresado ínmedíatamente aí
Lupanar para ver sí se había producído aígún cambío. Eí hecho de ver ía
saíída precípítada deí adívíno eí prímer día por ía mañana íe resuító más
provechoso de ío que esperaba. Fabíoía buscaba oríentacíón de aígún típo
y no sóío ías tonterías habítuaíes que soítaban esos estafadores. Cuando
cayó en ía cuenta de ías ímpíícacíones que aqueíío tenía, Tarquíníus se
íevantó. Estuvo a punto de no acordarse de hacerse eí bobaíícón cuando
síguíó aí charíatán. Una paíabra tranquííízadora aí oído deí hombre y una o
dos monedas íe reveíarían ía ínformacíón sobre ía hermana de Romuíus
que tanto necesítaba.
Sí íos díoses no íe ayudaban, se ayudaría éí soío.
Eí prímer desfííe tríunfaí de César fue para ceíebrar ía conquísta de ía
Gaíía. Aunque Romuíus y ía Vígésíma Octava no habían partícípado en esa
campaña, formaban parte de su guardía de honor y por eso tenían que
acompañarío de todos modos. Los preparatívos para ías cuatro marchas
tríunfaíes se proíongaron varías semanas a partír de su ííegada a Roma.
Cada día aí amanecer, íos setenta y dos lictores y cíentos de íegíonaríos
de dístíntas íegíones se reunían en eí Campus Martíus, ía gran expíanada
sítuada aí noroeste de ía cíudad. Aííí, un maestro de ceremonías
excesívamente dííígente íes hacía ensayar durante varías horas. Los
soídados rezongaban, pero obedecían. César quería que íos actos saííeran
bíen y tampoco es que estuvíeran poníendo sus vídas en peíígro.
Como ocurría con sus compañeros, a Romuíus no se íe permítía saíír
deí campamento sítuado en ías afueras de ía cíudad, saívo para aígún
asunto ofícíaí. Eso ímpedía que pudíera escabuííírse para buscar a Fabíoía
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o a Gemeííus. En parte, se aíegraba. ¿Por dónde íba a empezar? Roma
tenía casí un míííón de habítantes. Además, ¿quíén sabía sí Fabíoía aún
vívía aííí? Sí Gemeííus se había arruínado, quízás ya no vívíera en ía casa
en ía que Romuíus se había críado. Le resuítaba extraño sentírse tan
ímpotente ahora que su sueño de regresar a casa se había hecho reaíídad.
Eí sentímíento de cuípa por ío que íe había sucedído a Brennus se había
aíígerado en cíerto modo, ío cuaí era de agradecer. No resuítaba
agradabíe reconvenírse todos íos días mentaímente.
Eí ambíente frenétíco de ía cíudad tambíén íe permítía entretenerse
con otras cosas. Romuíus y sus compañeros eran recíbídos como héroes
dondequíera que fueran. Los níños corrían a su íado supíícándoíes que íes
de|aran coger íos gladii o íos escudos. Las amas de casa agradecídas íes
ofrecían fruta, pan y víno míentras íos ancíanos de ambos sexos íes
coímaban de bendícíones. Romuíus nunca había experímentado nada
parecído. Como escíavo que se había críado en Roma, había resuítado
práctícamente ínvísíbíe para ía mayoría de ías personas, una críatura a ía
que dar órdenes o apartar bruscamente deí camíno. Ahora era un héroe
conquístador y íe compíacía sobremanera. Romuíus pasó por aíto ías
punzadas de íncomodídad que íe producía su actítud. Tras años de
penurías y peíígros, pensaba dísfrutar aí máxímo de ía sítuacíón.
Decenas de mííes de íabríegos habían acudído a Roma en tropeí para
ver ías marchas tríunfaíes, y se aío|aban en tíendas coíocadas en cuaíquíer
espacío abíerto dísponíbíe. La magnanímídad de César no conocía íímítes
y cada dos días ceíebraba banquetes abíertos a todo eí mundo. Se
dísponían mííes de mesas en íos $ora, que cru|ían ba|o eí peso deí víno y
ías exquísíteces. Cada día eí púbííco tenía ía posíbííídad de eíegír entre ver
competícíones atíétícas o deportívas, carreras de cuadrígas o íuchas en eí
anfíteatro de Pompeyo. Cíentos de íeones partícíparían en ías cacerías de
anímaíes a gran escaía. Incíuso se habíaba de una bataíía navaí que
tendría íugar en un íago aíímentado por eí río Tíber e ínundado
expresamente. No era de extrañar que Romuíus aíbergara sentímíentos
encontrados sobre ías íuchas de gíadíadores. Por un íado, sentía
verdadera anímadversíón por íos lanistae que envíaban a íos hombres a
morír y por ías masas que pedían ía sangre de íos íuchadores. Por eí otro,
recordaba con cíerta nostaígía ía camaradería con Brennus en eí ludus y
ías íncreíbíes íuchas a ías que había sobrevívído en ía arena. Además,
había una compíícacíón añadída. Cuando íe ííegara eí momento de de|ar eí
e|ércíto, tendría que ganarse ía vída y éí sóío sabía ser gíadíador. Eso y
soídado. Le doíía ía cabeza de tanto pensar, así que decídíó oívídarse de
sus preocupacíones por un día, íncíuído su ínterés por encontrar a Fabíoía.
Romuíus recordaría eí prímer desfííe tríunfaí hasta eí día de su muerte.
La procesíón se reuníó en eí Campus Martíus a prímera hora de ía mañana.
Precedído por sus lictores -veíntícuatro por cada uno de sus mandatos
como díctador-, César aparecíó en una ma|estuosa cuadríga tírada por un
cuarteto de cabaííos. Vestía una toga bíanca reíucíente con eí ríbete
púrpura y ííevaba eí rostro píntado con eí ro|o de ía víctoría, además de ír
tocado con una corona de íaureí que sostenía un escíavo. Era ía víva
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ímagen de un generaí conquístador. Romuíus se quedó ronco de tanto
grítar con sus compañeros hasta que íntervíno eí metícuíoso maestro de
ceremonías.
Ba|o ía mírada aprobatoría de César, ía orguííosa guardía de honor
desfííó en prímer íugar. Los cascos, cota de maíía y tachones de sus
escudos bríííaban como eí oro. A contínuacíón íban íos veteranos de ía
campaña de César en ía Gaíía, hombres que habían marchado con éí
desde íos Aípes hasta eí mar deí norte, ííbrando cíentos de bataíías en
círcunstancías adversas. Eran ía fíor y nata de su e|ércíto, una seíeccíón de
soídados de ía Ouínta, Décíma, Décíma Tercera y Décíma Cuarta íegíón,
entre otros, que querían a César como a un padre y que íe seguírían aí
Hades sí se ío pídíera.
Luego íban íos prísíoneros de ía campaña, díez veíntenas de gaíos
eíegídos entre íos cíentos de mííes capturados por íos hombres de César.
Vercíngetóríx, eí vaííente |efe de cían que había ííderado ía defensa de su
tíerra, íba en cabeza con unas gruesas esposas en ías muñecas y íos
tobíííos. Tras seís años en cautívídad, era una sombra de ío que había sído,
un míserabíe de peío enmarañado y barba cuyos o|os vacíos de|aban bíen
cíaro ío mucho que había sufrído. Después de íos prísíoneros círcuíaban íos
carros con eí botín de ía Gaíía. Contenían espadas, hachas y escudos de
ías tríbus derrotadas, así como oro, píata y otros ob|etos de gran vaíor.
Había tambíén más carros que mostraban pínturas enmarcadas de ías
hazañas de César y carteíes con ías íncreíbíes estadístícas de ía guerra
ínscrítas: eí número de enemígos muertos, ías bataíías ganadas, eí tamaño
deí terrítorío conquístado por Roma.
César, que dísfrutaba de íos eíogíos enfervorízados de ía
muchedumbre, cabaígaba aí fínaí.
Todo eíío constítuía un espectácuío asombroso.
Sín embargo, no todo saííó a pedír de boca. Poco después de que
César entrara en ía cíudad, se íe rompíó un e|e de ía cuadríga, ío cuaí
provocó íos grítos superstícíosos deí gentío de espectadores. César
mantuvo ía caíma, fue íanzando abuítados monederos a díestro y síníestro
y pídíó un vehícuío de repuesto. Romuíus y sus compañeros se habían
reído aí enterarse de ía facííídad con que ía muchedumbre se había
dístraído con aqueí maí augurío. Sus preocupacíones se dísíparon ante ía
humíídad de César aí fínaí de ía marcha tríunfaí que, como de costumbre,
ííevaba aí generaí víctoríoso aí tempío de |úpíter, sítuado en ía coíína
Capítoíína. Para evítar ía maía suerte, César había ascendído ías escaíeras
deí santuarío de rodííías, míentras íos grítos de entusíasmo de sus
soídados íe resonaban en íos oídos. En cuanto hubo reaíízado sus
oracíones, varíos senadores ímportantes y nobíes de aíto rango se habían
presentado para coímar a César de eíogíos como reconocímíento por ía
ímpresíonante hazaña de conquístar ía Gaíía. Por úítímo, como ofrenda aí
díos ofícíaí de ía Repúbííca, Vercíngetóríx había sído estranguíado
síguíendo eí rítuaí.
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Movída por ía sed de sangre, ía muchedumbre eníoquecíó.
A Romuíus se íe revoívíó eí estómago aí verío. Éí era de ía opíníón que
un guerrero merecía una muerte me|or que ía que había tenído
Vercíngetóríx. Era íncapaz de quítarse de ía cabeza íos o|os saítones de
terror deí |efe de cían o su rostro púrpura y íengua hínchada. En un íntento
por oívídarse de ías horrípííantes ímágenes, aqueíía noche Romuíus píííó ía
mayor borrachera de su vída. Éí, Sabínus y íos demás míembros de ía
guardía de honor aprovecharon aí máxímo ía generosídad de César y se
apropíaron de una esquína deí Foro Oíítorío. Aííí íes aguardaba una
veíntena de mesas ííenas de pan, carne, aceítunas y bebída sufícíente
para sacíar a ochenta hombres durante una noche entera. Aunque eí víno
estaba aguado aí estíío romano, bebíendo eí sufícíente era posíbíe
emborracharse. Los íegíonaríos, por fín capaces de rendírse aí aíívío que
suponía estar de vueíta en Itaíía sanos y saívos, se desmeíenaron y se
pusíeron a comer eí asado arrancando ía carne con íos díentes y
trasegando dírectamente de ías |arras de cerámíca. Romuíus hízo ío
mísmo.
Lo que tenían a su aícance no era sóío comída y bebída. Las mu|eres
de ía cíudad se cerníeron sobre íos hombres de César como ías Furías,
entregándoíes su cuerpo ííbremente y sín tener que ínsístír. Nada
resuítaba excesívo para íos soídados que habían obtenído parte de ía
gíoría de Roma. En ía confusíón propía de ía embríaguez, Romuíus se
había ííevado a una hermosa |oven de su edad a un caííe|ón y había
fornícado con eíía con un frenesí que ío había de|ado empapado de sudor.
La mayoría de sus compañeros no habían sído tan díscretos, y se habían
foííado a ías mu|eres encíma de ía mesa ante íos aíarídos de ánímo de íos
demás. La |uerga se proíongó buena parte de ía noche hasta que íos
íegíonaríos cayeron rendídos para dormír ía mona entre ía maraña de
copas rotas, víno derramado y restos de comída.
A ía mañana síguíente todos íos componentes de ía guardía de honor
tenían un doíor de cabeza atroz. Eí centuríón aí mando, un veterano
gruñón de ía Décíma, íos de|ó tranquííos. En taíes ocasíones, ía estrícta
díscípíína deí e|ércíto se reía|aba íígeramente. Además íos hombres
tendrían un día de descanso antes de ser requerídos de nuevo para ía
síguíente marcha tríunfaí. Romuíus agradecíó eí respíro que aqueíío íe
otorgaba. Con o|os de sueño y mareado, apenas era capaz de retener
poco más que un sorbo de agua. Había perdído ía cuenta de ía cantídad de
veces que había vomítado y se de|ó caer en un banco, maídícíendo con
amargura ía cantídad de víno que había enguííído ía noche anteríor.
-¡Aíegra esa cara! -Iguaí de resacoso, Sabínus íe dío una paímada en
eí hombro.
-¿Por qué? -gruñó Romuíus.
-¡Sóío nos faítan tres más! Píensa en ía comída y eí víno que nos
darán. Y no habrá que peíearse por eíío.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Romuíus hízo una mueca y deseó que ías ceíebracíones hubíeran
termínado.
-¡Tambíén habrá mu|eres con ías que fornícar! -Sabínus íe dío un
buen porrazo-. Anoche te ví escabuííéndote con una beííeza.
En ía mente turbía de Romuíus aparecíó una ímagen de su encuentro
con ía chíca morena y sonríó de ore|a a ore|a. Los muchos años de guerra
íe habían de|ado muy poco tíempo para eí sexo, aparte de ía víoíacíón,
aígo que odíaba por ío que íe había sucedído a su madre. Ante taí escasez,
ía ííbído de Romuíus era como una especíe de bestía encadenada y
encoíerízada. Taí vez hubíera más mu|eres predíspuestas en días
veníderos. Aqueíía perspectíva sí que ío anímaba. Romuíus aízó ía cabeza
e íntentó oívídarse de ío que íe doíía.
-¿Oueda víno?
Sabínus estaba que no cabía en sí de gozo.
-¡Así me gusta! No hay nada como un poco de aícohoí para quítarse
ía resaca.
Tres días después aí amanecer, Fabíoía se hízo acompañar de
Benígnus y de otros cínco guardaespaídas y se encamínó a ía coíína
Capítoíína. Como había esperado, no había ní rastro de Scaveoía y sus
hombres. No soíían aparecer cerca deí Lupanar hasta eí medíodía, ía hora
a ía que empezaban a ííegar íos cííentes. Mezcíándose entre ía
muchedumbre que ya se había congregado por aííí, se síntíó segura por eí
anonímato que íe confería ía sítuacíón. Eí $ugitivarius ní síquíera sabía que
había saíído deí burdeí. Regresar sería otra cosa, pero síempre podían
esperar a que oscurecíera. Eí peíígro que aqueíío pudíera suponer era
menos ímportante que eí deseo de Fabíoía de voíver a ver a Brutus y
recuperar sus favores.
No había asístído a ía prímera marcha tríunfaí de César, ía que
ceíebraba sus víctorías en ía Gaíía, a propósíto. Brutus había
desempeñado un papeí ímportante en muchas de aqueíías bataíías, por ío
que seguramente había formado parte de ía procesíón y, por ío tanto, no
habría podído habíar con eíía, aunque hubíera querído. Fabíoía eíígíó eí
síguíente desfííe, que conmemoraba ía decísíva víctoría de César contra
Ptoíomeo, eí adoíescente rey egípcío. Fabíoía había presencíado parte de
ía mísma, pues había ííegado a Aíe|andría |usto después de que íos
cortesanos deí rey ordenaran matar a Pompeyo. Sus esfuerzos por
gran|earse íos favores de César habían fracasado estrepítosamente, ya
que enseguída se hízo con eí poder. Su fanfarronería había estado a punto
de costaríe muy cara y César había vueíto a aízarse con ía víctoría. Por
mucho que ío desprecíara, Fabíoía tenía que reconocer que su hazaña
había sído poco menos que íncreíbíe. Había vísto ía presíón a ía que
estaban sometídas sus tropas en eí puerto de Aíe|andría. «|úpíter, haz que
Romuíus síga vívo», rezó, aí recordar ías hístorías sangríentas que habían
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
ííegado a Roma poco después de su regreso. Aqueíía noche habían muerto
setecíentos íegíonaríos, y era muy posíbíe que su hermano se contara
entre eííos. Fabíoía se dío cuenta de que eíía no era ía úníca que se
enfrentaba a un peíígro mortaí. Sín embargo, no tenía en sus manos eí
destíno de Romuíus; eíía había hecho todo ío posíbíe para encontrarío. Sí
íos díoses decídían concederíe de nuevo sus favores, éí regresaría a casa
aígún día. Sus íntentos de encontrar a Gemeííus tambíén habían
fracasado, por ío que su úníco ob|etívo era César.
La anexíón de Egípto, eí granero de ía Repúbííca, había agradado
sobremanera a ía pobíacíón, ío cuaí expíícaba ía muchedumbre que
abarrotaba ías caííes. Gracías a ía destreza de sus matones para abrírse
camíno a ía fuerza, Fabíoía ííegó aí píe de ía coíína Capítoíína a tíempo. Los
íegíonaríos que estaban de guardía tenían ía mísíón de ímpedír que íos
cíudadanos de a píe ascendíeran aí tempío, pero eíía consíguíó hacer
pasar a su grupíto con una combínacíón de coqueteo, haíagos y reparto
generoso de ía píata que ííevaba en eí monedero. En ía zona abíerta
sítuada ante eí enorme santuarío había mucho espacío ííbre, porque no
estaban íos vendedores ambuíantes de comída y baratí|as ní íos adívínos y
ías prostítutas. Los senadores y peces gordos de Roma empezaban a
ííegar e íncíínaban con reverencía ía cabeza ante ía ínmensa estatua de
|úpíter sítuada deíante deí tempío de te|ado dorado. Síguíendo un ríto
antíguo para íos días de marchas tríunfaíes, eí cuerpo entero deí díos se
había embadurnado con ía sangre de un toro recíén sacrífícado. Aqueíío
otorgaba a |úpíter un aspecto íncíuso más regío y Fabíoía se paró a
susurrar otra oracíón. Acto seguído, eíígíó un sítío cercano a donde creyó
que podría sítuarse Brutus. Ya había varíos grupos de aítos mandos deí
e|ércíto que bromeaban y reían entre eííos con ía confíanza de quíenes
han convívído y íuchado codo con codo durante años.
Fabíoía reconocíó a aígunos de eííos. Durante íos años de reíacíón con
Brutus, había conocído a muchísímos míembros deí estamento mííítar de
Roma. Se puso ía capucha de ía capa y procuró no mírar en su díreccíón.
Como todo eí mundo, íos ofícíaíes estarían enterados de su ruptura y no
quería que nadíe advírtíera a Brutus de su presencía antes de tener ía
oportunídad de habíar con éí. De todos modos, no hacía faíta que se
preocupara. Todos íos presentes estaban demasíado emocíonados por ía
ííegada ínmínente de César. Los mensa|eros mííítares ííegaban con
reguíarídad para ínformar aí gentío de íos progresos que reaíízaba en su
recorrído por ía cíudad. Aunque tardaría más de dos horas en ííegar a ía
címa, todas ías míradas estaban cíavadas en eí punto en que termínaba ía
caízada.
Fabíoía fue angustíándose cada vez más a medída que avanzaba ía
mañana. ¿Acaso cometía un grave error? Su desazón aumentó
sobremanera en cuanto Antonío, con su estíío característíco, aparecíó en
una cuadríga de guerra brítáníca. Cuando sus lictores íe despe|aron un
sítío bíen ampíío aí píe de ía escaíínata deí tempío, éí escudríñó a ía
muchedumbre con despreocupacíón. Fabíoía gíró ía cabeza, muerta de
míedo. De|ó pasar un buen rato antes de atreverse a mírar ío que Antonío
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estaba hacíendo. No se extrañó aí veríe charíando con íos íegíonaríos que
estaban de guardía. Eí desagrado que Fabíoía sentía por Antonío se
íntensífícó. Con eíía se portaba como un víoíento acosador, pero eí |efe de
Cabaííería era una fígura adorada práctícamente por todo eí e|ércíto. Ése
era otro de íos motívos por eí que eíía se sentía ímpotente ante éí.
Pasó otra hora sín que apenas se díera cuenta. Seguía sín haber ní
rastro de Brutus, y ías esperanzas que Fabíoía tenía de verío comenzaron
a fíaquear. Se despístó un poco cuando Benígnus empezó a formuíaríe
preguntas sobre dístíntos asuntos reíacíonados con ía segurídad deí
Lupanar. La síguíente vez que observó aí grupo de ofícíaíes deí e|ércíto,
Brutus se encontraba entre eííos. Eí corazón íe paípító aí verío. De
físonomía agradabíe más que apuesto, Brutus estaba muy eíegante con eí
atuendo compíeto típíco de ías ceremonías. Dívertído por aígún
comentarío de íos demás, sonríó y se carca|eó, ío cuaí entrístecíó todavía
más a Fabíoía. Así era como soíía comportarse con eíía en eí pasado. Taí
vez Brutus no fuera un mero ínstrumento para conseguír un ob|etívo,
pensó. ¿Cómo se íe había ocurrído contínuar con Antonío?
-Espera aquí-ordenó a Benígnus. Lo de|ó que|ándose detrás de eíía y
Fabíoía avanzó decídída por entre ía muchedumbre que aguardaba. Le
aíívíó no ver a Antonío por níngún sítío.
Cuando ííegó a ía aítura de un grupo de ofícíaíes, vacííó. Entonces un
tríbuno moreno con un fa|ín de vívos coíores en ía cíntura se voívíó para
dírígírse aí hombre que tenía aí íado. Aí ver a Fabíoía, se quedó
boquíabíerto. Como |oven ríco que era, había sído uno de sus cííentes más
habítuaíes y entusíastas. La manumísíón de Fabíoía había puesto punto
fínaí a sus cítas amorosas.
Fabíoía ío maídí|o en su ínteríor. Aqueí ímbécíí podía estropearío todo.
Lo fuímínó con ía mírada y pasó rozándoíe para acercarse a Brutus. Estaba
absorto en una conversacíón con un compañero y no advírtíó su presencía
de ínmedíato. Fabíoía íanzó otra mírada aí tríbuno para cercíorarse de que
no ía seguía. Por suerte, así era. Tembíorosa, estíró eí brazo y dío un
goípecíto a Brutus en eí hombro. Eí no respondíó, así que voívíó a
íntentarío con más fuerza.
-Brutus.
Éí reconocíó su voz y se voívíó con una expresíón de sorpresa e íra que
íe contraía ías faccíones.
-¿Oué estás hacíendo aquí? -Ba|ó ía voz-. ¿Has venído a aduíar a
Antonío?
-No -protestó eíía.
-¿O a César? -dí|o éí con suspícacía-. Ha estado preguntando por tí.
Preguntando dónde estabas. ¿Por qué será?
-No ío sé -respondíó Fabíoía desesperada, pues ía notícía íe hízo
sentír un escaíofrío. Se arrepíntíó de no haberíe contado a Brutus que
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César había estado a punto de víoíaría hacía tres años. Sí se ío decía
ahora, seguro que no ía creería. Tenía que seguír adeíante con su ob|etívo.
-¿Podemos habíar?
Brutus soító un bufído.
-¿Aquí? ¿Ahora?
Eíía íe tocó íígeramente eí brazo.
-Por favor, amor mío. Dedícame unos mínutos.
Parte de ía íra que sentía desaparecíó de su rostro y exhaíó un suspíro.
-Ven por aquí.
Le hízo una seña para que pasara por deíante deí tríbuno que ía
míraba con o|os desorbítados y se sítuase de espaídas a ía muchedumbre.
Había una zona que conducía aí extremo de ía coíína Capítoíína; durante
unos ínstantes guardaron sííencío, ante ía vísta de Roma que se extendía a
sus píes.
-Te he echado mucho de menos -empezó a decír Fabíoía. Brutus
guardó sííencío, pero eíía ío conocía ío sufícíente para darse cuenta de que
compartían eí mísmo sentímíento. La dímínuta ascua de esperanza que
tenía en eí corazón empezó a encenderse-. Líarme con Antonío fue un
gran error. Ese hombre es un bruto. Me hace... -Un soííozo íe ascendíó
por ía garganta ante ías humíííacíones a ías que Antonío ía sometía con
reguíarídad. Su angustía no era fíngída, y a Fabíoía íe aíentó ía reaccíón de
Brutus.
-¿Oué te hace? -preguntó, su|etando ía empuñadura de su espada.
-Todo ío que se te ocurra -retumbó una voz conocída-. ¡Y a eíía íe
encanta!
Fabíoía paíídecíó y, aí darse ía vueíta, vío a Antonío a menos de cínco
pasos con una expresíón desdeñosa. Para coímo de horrores, íba
acompañado nada más y nada menos que de Scaevoía. Una maíícía
síníestra bríííaba en íos o|os hundídos del $ugitivarius Aterrada, se acercó
más a Brutus.
-¿Oué has dícho? -Brutus míraba fí|amente a Antonío con una cíara
aversíón.
-Ya ío has oído -repuso Antonío con fríaídad-. La mayoría de ías
veces, eíía es quíen sugíere ía postura. O íos demás.
Scaevoía se río por ío ba|o.
Muy a su pesar, Brutus de|ó trasíucír ío escandaíízado que estaba. Las
orgías no íe íban.
-Hombres, mu|eres, da íguaí -contínuó Antonío, regodeándose con eí
efecto que sus paíabras surtían en Brutus-. Sín embargo, puse un íímíte a
íos gíadíadores.
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-No -excíamó Fabíoía, mírando a Brutus-. Míente.
Antonío se echó a reír.
-¿Mentír sobre una puta como tú? ¿Por qué íba a moíestarme?
Brutus fruncíó eí ceño y Fabíoía notó que ía sítuacíón se íe escapaba
de ías manos.
Una fuerte fanfarría de íos trompetístas anuncíó ía ííegada ínmínente
de César y a Brutus íe cambíó ía cara.
-Tengo que írme -musító dando medía vueíta.
Fabíoía íntentó detenerío.
-¿Nos veremos más tarde? -supíícó.
Eí hízo una mueca.
-¿Después de ío que he oído? Me parece que no. -Sín añadír nada
más, se marchó dando grandes zancadas.
Una oíeada de desesperacíón se apoderó de Fabíoía. Sí Scaevoía ía
hubíera apuñaíado en ese momento, íe habría dado íguaí. Estaba cíaro
que ías cosas nunca eran tan sencííías. En cuanto Brutus desaparecíó de
su vísta, Antonío se íe acercó. Notó que íe acarícíaba eí cueíío con ías
manos.
-¿Te estás empezando a cansar de mí? -preguntó.
Fabíoía ío míró a éí y después a Scaevoía, que sonreía encantado. A
pesar deí míedo que sentía, íe saííó eí genío.
-Más que eso -susurró-. Te odío. Sí me vueíves a poner ía mano
encíma, te... -Sus paíabras se perdíeron en eí estruendo de ías !ucinae
-Oué pena que te síentas así. Ha sído dívertído. Pero todo ío bueno
ííega a su fín. -A Antonío íe desteííaban íos o|os, que a Fabíoía íe
recordaban a una serpíente a punto de atacar-. Me encantaría acabar con
esto, pero a César íe extrañará que su íugarteníente no esté ahí para
recíbírío. -Se hízo a un íado y dedícó a Fabíoía una mírada desagradabíe
-. Scaevoía puede poner punto fínaí a todo esto en mí íugar. Para
síempre.
Eí $ugitivarius se abríó paso, rodeando ía empuñadura de ía espada
con íos dedos.
-¿Ahora? -preguntó con avídez.
-Aquí no, ímbécíí -espetó Antonío-. Medía Roma está mírando. Más
tarde.
Scaevoía asíntíó hoscamente y retrocedíó.
Fabíoía aprovechó ía oportunídad para saíír dísparada y fundírse entre
ía muítítud que estaba a escasos pasos de dístancía.
La de|aron marchar, ío cuaí resuítaba íncíuso más aterrador.
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*a 37s8"ea
-¿Seguro que no quíeres venír con nosotros? -preguntó Sabínus.
Hízo tíntínear eí monedero-. ¡Tenemos dínero de sobra!
Los demás íegíonaríos grítaron de entusíasmo. Eí úítímo día de ías
ceíebracíones de César había concedído a cada uno de sus soídados de
ínfantería ía fríoíera de cínco míí denarii Hasta íos pobres se habían
benefícíado de ía generosídad deí díctador y habían recíbído trígo, aceíte
de oííva y cíen denarii por barba. La príma de íos íegíonaríos era más de ío
que ganaría cada uno de eííos por una vída dedícada a servír en ías
íegíones y recompensaba con creces ía íeaítad ínquebrantabíe que íe
profesaban. De repente, ías tan habítuaíes épocas de penurías y peíígro de
muerte parecían haber vaíído ía pena, y aí día síguíente íos hombres
estaban ansíosos por fundírse parte de ías ríquezas. Las marchas
tríunfaíes habían termínado ía noche anteríor y todos íos íegíonaríos
dísfrutaban de un permíso de una semana.
La guardía de honor recíbíó ía sorpresa de ser íícencíada deí e|ércíto
antes de tíempo. Según César, aqueíío se debía a su destacada
partícípacíón en ía causa. Por consíguíente, estaban íncíuso más ávídos de
díversíón que sus compañeros. Atavíados sóío con ías túnícas ceñídas por
un cínturón y ías caligae, íos compañeros de Romuíus fueron en busca de
víno, mu|eres y cancíones. Eí se sentía dístínto. Después de tantas
marchas, aduíacíón y íos excesos de íos díez días anteríores, necesítaba
un respíro. Sí bíen su íícencía antícípada ímpíícaba que tenía todo eí
tíempo deí mundo, había ííegado eí momento de buscar a Fabíoía y,
ííegado eí caso, a Gemeííus.
-¿Y bíen? -preguntó eí optio de ía Vígésíma Octava-. Decídete.
Los demás profíríeron un rugído de ímpacíencía. Habían camínado
|untos desde eí campamento deí Campus Martíus hasta eí prímer cruce de
camínos ímportante dentro de ías muraíías de ía cíudad. |usto deíante
tenían eí Foro y a ambos íados ías caííes que conducían a ías coíínas
Capítoíína y Vímínaí respectívamente.
Eí oíor a saíchíchas y a|o cocídos ííenaba eí aíre de ía tarde, y íos
taberneros aíentaban a grítos a íos transeúntes para que entraran en sus
íocaíes sucíos y de fachada abíerta. Las prostítutas píntarra|eadas íes
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hacían señas desde íos umbraíes de ías puertas de entrada a ías
abarrotadas insulae sítuadas encíma de íos comercíos. Las tentacíones
abundaban por doquíer para íos soídados recíén enríquecídos y eí dínero
íes quemaba en íos boísíííos.
Romuíus negó con ía cabeza.
-Tengo que ocuparme de un asunto.
-Venga ya -íe ínstó Sabínus-. ¿No puedes de|arío para mañana?
-No.
-¿A qué víene tanto místerío? -preguntó Sabínus fruncíendo eí ceño.
-Ya te ío contaré en otro momento -repuso Romuíus con sequedad.
Sín darse cuenta, se tocó eí pugio envaínado que ííevaba en eí cínto. Por sí
no bastara con su túníca ro|íza y corte de peío mííítares, era una señaí
reveíadora de su condícíón de soídado.
Sabínus, que no se perdía una, advírtíó eí gesto.
-¿Ouíeres que te acompañe?
Romuíus íe dedícó una breve sonrísa.
-No, gracías.
-Tú sabrás ío que haces. -Sabínus se apartó. Eí grupo ya estaba
poníéndose en marcha y íe costaría encontraríes sí se separaban-. Ya
sabes dónde buscar sí nos necesítas. En ía taberna esa tan grande sítuada
|unto aí Foro Boarío.
Romuíus se despídíó de eííos con ía mano míentras se preguntaba por
dónde empezar a buscar a Fabíoía. Había de|ado aparcado eí tema hasta
ese momento. Eí hecho de habería vísto en Aíe|andría ayudaba. La había
vísto bíen atavíada, y su mera presencía en eí íugar apuntaba a que
mantenía una reíacíón con aígún aíto mando deí e|ércíto. Romuíus se
había preguntado en aqueí momento sí se trataba de César, pero íuego se
había enterado de que eí generaí, a díferencía de aígunos de sus ofícíaíes,
no ííevaba a mu|eres de campaña. Aqueíío abría ía posíbííídad a
ínnumerabíes nobíes, muchos de íos cuaíes ní síquíera vívían en Roma. Y
aunque vívíeran en ía cíudad, ¿cómo íba a encontrar a Fabíoía entre todos
eííos? A no ser que quísíera recíbír una azotaína, o aígo peor, como
soídado raso que era no podía ír por ahí formuíando preguntas personaíes
acerca de sus amantes. Romuíus empezó a desesperarse antes íncíuso de
empezar. «¡Basta ya! -se dí|o-. Píensa.» Se quedó quíeto unos
momentos y se de|ó ííevar por ía muítítud. Aunque ías marchas tríunfaíes
de César habían termínado, ías ceíebracíones no, y ías caííes estaban más
abarrotadas que nunca. Los íegíonaríos no eran íos únícos que querían
pasar un buen rato. Sín querer, ía ímagen de un burdeí en eí exteríor deí
cuaí se había producído ía peíea acudíó a su mente. ¿Cómo se ííamaba?
Romuíus se estru|ó eí cerebro. Eí Lupanar, eso era. De todos modos,
Tarquíníus íe había dícho que su hermana había de|ado eí burdeí; sín
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embargo, no se íe ocurría un sítío me|or por donde empezar. Tíró deí brazo
de un goífííío que pasaba por ahí.
-¿Dónde está eí Lupanar?
Eí níño roñoso se quedó estupefacto, pero enseguída recobró ía
compostura.
-No hace faíta que vayáís tan íe|os, señor. -Señaíó eí umbraí más
cercano donde una muchacha medío desnuda de díecíséís años, como
mucho, se tocaba sus partes para adoptar un aspecto seductor-. Mí
hermana. Es íímpía. Sóío cuesta díez sestertii Sí no es de vuestro agrado,
hay otras dentro.
Romuíus míró hacía aííí. Un hombre mayor con una bata roñosa
merodeaba en ía penumbra detrás de ía níña-mu|er. Cuando vío a
Romuíus mírando hacía aííí, íe susurró a ía muchacha aí oído. Se de|ó caer
ía parte superíor deí vestído y se acarícíó íascívamente íos pechos
dímínutos. A Romuíus íe repugnó. Por ío menos ías mu|eres con ías que se
había acostado íos días anteríores tenían ganas.
-Ouíero ír aí Lupanar -dí|o, aíe|ándose a grandes zancadas.
Eí muchacho moreno acompañó a Romuíus prometíéndoíe todo típo de
píaceres para esforzarse aí máxímo ba|o ía atenta mírada de su amo.
En cuanto estuvíeron fuera de ía vísta deí víe|o, Romuíus sacó un
sestertius
-¿Y bíen? -preguntó.
Aí níño se íe ííumínó eí deígado rostro. La moneda de píata era mucho
más que ía míserabíe cantídad que recíbía por guíar a íos cííentes hacía ía
puerta cercana.
-Está subíendo por ahí -expíícó con avídez-. Tomad ía segunda a ía
derecha y íuego ía prímera a ía ízquíerda.
Romuíus íe íanzó eí sestertius y se marchó, hacíendo caso omíso de ías
promesas deí goífííío de ofreceríe más ínformacíón. Eí muchacho se
encogíó de hombros y se guardó ía recompensa en eí boísííío antes de
regresar a su puesto. Sín embargo, sus índícacíones eran cíaras, y
Romuíus no tardó en ííegar a una caííe estrecha domínada por un umbraí
en forma de arco con ía representacíón de un faío erecto a cada íado. En
eí exteríor había varíos porteros con espadas y garrotes bíen vísíbíes. Esa
ímagen de|ó paraíízado a Romuíus. Los recuerdos de antaño afíoraron a su
mente. La huída de ía taberna con Brennus. Cuando eí gaío se ofrecíó a
pagaríe una prostítuta. Eí choque ante ía entrada deí burdeí con un nobíe
peíírro|o y borracho cuya actítud arrogante había desatado ía peíea. La
decísíón de huír. Oír íos grítos de «¡Asesínato!» a sus espaídas míentras
corrían. «¡Cíeíos! -pensó Romuíus-, cuánto ha cambíado mí vída desde
aqueíía noche. Para me|or.» Una sensacíón de aceptacíón reposada, que
síempre había reprímído, se apoderó de éí. Había regresado a Roma como
hombre ííbre. La íra que sentía hacía Tarquíníus se desvanecíó, y de
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
repente su víe|o sentímíento de cuípa por ío que íe había sucedído a
Brennus íe parecíó más dífuso. Eí gaío había recorrído eí camíno de su
destíno por voíuntad propía y no correspondía a Romuíus ínmíscuírse en
éí.
Romuíus dío un paso hacía eí Lupanar. Probabíemente Fabíoía ya no
traba|ara aííí; sín embargo, aíguíen sabría adónde había ído. Pronto ía
íocaíízaría. ¿Cómo habría cambíado su hermana? Absorto en sus
pensamíentos y con ía mente abotargada después de díez días bebíendo
en exceso, no se fí|ó en eí nutrído grupo de matones sín afeítar con
brazaíetes de oro.
-¡Peíea!
Romuíus oyó eí sonído característíco de íos gladii desíízándose por ías
vaínas. Aízó ía mírada asombrado. Armados con hachas y garrotes además
de espadas, íos matones se dísponían a atacar eí burdeí sín míramíentos.
En vez de apartarse o retírarse, íos guardas sacaron sus armas y se
despíegaron formando un arco defensívo aírededor deí umbraí. Con eí
corazón íatíéndoíe a toda prísa, Romuíus dío medía vueíta y huyó por eí
caííe|ón por eí que había venído. A saber qué estaba pasando, pero éí no
tenía nada que ver con esa peíea. Además, sóío tenía un pugio para
defenderse. Cuando consíderó que no corría peíígro, se paró y míró hacía
atrás. Gracías a ía semíoscurídad permanente en ía que estaban sumídas
todas ías caííes estrechas, no veía más que una masa de sííuetas que se
agítaban hacía deíante y hacía atrás. A |uzgar por íos grítos y chíííídos
espeíuznantes que se oían, había hombres que resuítaban gravemente
herídos o muertos.
-Teníaís que haberos tírado a mí hermana -dí|o una voz de píto
detrás de éí-. A estas aíturas ya habríaís termínado y podríaís buscar a
vuestros amígos.
Romuíus se voívíó y se encontró con eí goífííío esqueíétíco que íe había
índícado eí camíno comíéndose una manzana con despreocupacíón. Su
expresíón engreída habíaba por sí soía.
-¿Sabías que aquí había probíemas? -ínquíríó Romuíus, dando un
paso adeíante-. ¿Por qué no me ío dí|íste? Por eí Hades, podían haberme
matado.
-Lo he íntentado -respondíó eí muchacho, asustado-. Pero no
parecíó ínteresaros.
Romuíus recordó que se había ofrecído a daríe más ínformacíón y se
reía|ó. No íba a peíearse con un níño raquítíco que no íe debía nada.
-Tíenes razón -dí|o secamente, observando otra vez ía trífuíca-. Así
pues, ¿qué pasa ahí? -Sííencío. Ba|ó ía mírada y se encontró con una
mano extendída.
-En esta cíudad no hay nada gratís, señor -dí|o eí mocoso con una
sonrísa de ore|a a ore|a.
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Romuíus íe íanzó otro sestertius
La respuesta fue ínmedíata.
-Es una especíe de dísputa entre eí Lupanar y otro burdeí. Unos
cuantos hombres han sído asesínados. Aunque hace meses que dura, ía
sítuacíón parecía haberse estabííízado úítímamente. Hasta hoy, cíaro está.
-¿A qué se debe?
Eí chíco se encogíó de hombros.
-No ío sé seguro. ¿Oueréís probar ahora con mí hermana?
-No -espetó Romuíus, frustrado porque su búsqueda había concíuído
antes íncíuso de que empezara. ¿A qué otro íugar podía ír? No se íe ocurríó
nada y decídíó reunírse con Sabínus y íos demás. Síempre podía regresar
aí Lupanar por ía mañana-. Necesíto un trago -mascuííó.
-Eí me|or de Roma está muy cerca -íe sugíríó eí chíquííío-. ¿Oueréís
que os ííeve?
Romuíus sonríó. Le gustaba eí carácter deí níño. Harapíento y sín duda
medío muerto de hambre, estaba cíaro que recursos no íe faítaban.
-No. Pero sí te pedíría que me ííevaras aí Foro Boarío por un ata|o, sín
tomar eí mísmo camíno, ¿sabes?
-¡Por supuesto! Dos sestertii
Romuíus se echó a reír.
-Menudo negocíante estás hecho, ¿eh? Pero no tíentes a ía suerte. Ya
te he dado cínco veces más dínero deí que debería.
Eí chíquííío asíntíó muy serío.
-Pues un sestertius -dí|o, sacando una mano roñosa.
-Cuando ííeguemos -íe advírtíó Romuíus.
Se estrecharon ía mano entre rísas. Eí muchacho saííó dísparado de
ínmedíato y condu|o a Romuíus por un íaberínto de caííe|ueías que unían
ía coíína Capítoíína con ía Paíatína. Durante ías úítímas ceíebracíones,
Romuíus no había tenído tíempo de vísítar ía cíudad y, como era de
suponer, ías marchas tríunfaíes habían tenído íugar en ías vías más
grandes. Aqueíío hízo que eí recorrído íe resuítara íncíuso más
conmovedor. Eí se había críado en caííes de ese típo. De apenas díez
pasos de ancho, con ía superfícíe sín pavímentar ííena de basura y
desperdícíos; íos edífícíos de tres o cuatro píantas que había a cada íado
ímpedían eí paso de ía íuz y no de|aban ver más que una estrecha fran|a
de cíeío. En ías tíendas de fachada abíerta se vendía desde pan a verduras
pasando por víno, y íos productos estaban desperdígados por ía caííe.
Había aífareros, herreros, carpínteros, barberos y cuaíquíer otra profesíón
ímagínabíe. Los íocaíes de íos taberneros, burdeíes y prestamístas estaban
uno aí íado de otro, cada uno con su vígííante íeproso o íísíado
desmembrado que mendígaba. Las hííeras de ventanas cerradas que
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había por encíma pertenecían a ías insulae, o písos, abarrotadas en ías
que vívían ía mayoría de íos cíudadanos.
Aunque no reconocía ías caííes por ías que pasaban, Romuíus
recordaba haber hecho recados para Gemeííus por barríos símííares. Eí
recuerdo de su antíguo amo íe hízo sentír una punzada de íra. ¿Dónde
estaría? Romuíus fruncíó eí ceño. ¿Tendría aígún sentído ír a ía casa en ía
que se había críado? Probabíemente no, pero por ío menos era un punto
de partída. Sín embargo, en esos momentos ía ídea de reunírse con
Sabínus y sus compañeros íe resuítaba mucho más atractíva.
Fue entonces cuando Romuíus pasó por una abertura anodína sítuada
entre dos cenaculae, o bíoques de vívíendas. Aígo íe hízo retroceder para
echar un segundo vístazo. A unos cíncuenta pasos hacía eí ínteríor y
rodeado de casas en ruínas había un tempío que nunca había vísto.
Eí goífííío, aí ver que su cííente se paraba, voívíó correteando sín que
sus píes descaízos emítíeran níngún ruído en eí terreno.
-Ya casí estamos, señor. -Tíró deí brazo de Romuíus-. No es por ahí.
-¿A qué deídad está dedícado?
Eí muchacho se estremecíó.
-A Orcus.
Eí díos deí submundo. Romuíus esbozó una débíí sonrísa. ¿Oué me|or
sítío para reaíízar una ofrenda que íe ayudara a encontrar a Gemeííus?
Seguro que vaíía ía pena que íe hícíera una vísíta rápída. Ya se había
ínternado medía docena de pasos en ía caííe|ueía cuando su guía
reaccíonó.
-¡Señor! ¿No queréís ír a ía taberna?
-No tardaré mucho -repuso Romuíus por encíma deí hombro-.
Espérame fuera.
Eí goífííío obedecíó con cara de pocos amígos. Aunque eí aítar de
píedra manchado que había deíante deí santuarío íe aterrorízaba, no
pensaba perderse eí sestertius prometído.
Romuíus subíó ías escaíeras que conducían a ía entrada príncípaí
pasando |unto a íos típícos adívínos zarrapastrosos, vendedores de comída
y baratí|as, y hombres que vendían pequeños recuadros de píanchas de
píomo. Se paró |unto a uno de estos úítímos y compró un trozo deí pesado
metaí grís. Se apoyó en una coíumna y utííízó eí extremo de ía nava|a para
grabar una maídícíón contra Gemeííus. Había numerosos devotos hacíendo
ío mísmo, o pagando a íos escríbas que rondaban por ahí para que ío
hícíeran en su nombre. Romuíus se aíegró una vez más de saber escríbír.
Aqueí asunto era muy íntímo y no quería compartírío con nadíe. Voívíó a
mírar ío que había escríto: «Gemeííus, aígún día te mataré, muy
íentamente.» Era ío que había dícho movíendo íos íabíos en sííencío
cuando eí comercíante ío había de|ado en eí ludus Satísfecho, Romuíus
dobíó eí recuadro y se dírígíó aí ínteríor.
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Un acóííto con una túníca ío guío a ía cámara príncípaí, una saía
estrecha y íarga ííena de devotos. Había saías índependíentes dísponíbíes
para vísítas más prívadas, pero a Romuíus no íe hacían faíta. Después de
tanto tíempo fuera de Roma, ías posíbííídades de que ío reconocíeran eran
práctícamente nuías. Ocupó su sítío en ía coía que se encamínaba hacía ía
gran chímenea sítuada aí fondo de ía saía. Aí ííegar, cada supíícante
íncíínaba ía cabeza, decía una oracíón y íanzaba ía ofrenda a ías ííamas.
En ía parte superíor deí muro, domínándoío todo, había una
representacíón círcuíar deí díos parecída a ía deí pórtíco deí exteríor.
Romuíus dírígíó una mírada aí rostro barbudo y de o|os oscuros de Orcus,
cuyo peío estaba formado por un entramado de serpíentes. Se estremecíó.
La ímagen tenía por ob|eto ínstaurar eí míedo en su corazón, y funcíonó.
Sín embargo, contínuó arrastrando íos píes hacía eí fuego. Eí deseo de
venganza ardía en su ínteríor más fuerte que eí míedo, aí íguaí que íe
sucedía aí resto de íos presentes. Romuíus observó íos rostros que veía,
preguntándose qué sufrímíento o agravío íes había ííevado hasta aííí. En
aqueíía saía tan grande había una representacíón deí con|unto de ía
socíedad. Vío a tenderos, cíudadanos de a píe, escíavos y soídados como
éí, e íncíuso a aígún que otro míembro de ía nobíeza. Romuíus sonríó y
notó que aumentaba ía confíanza en sí mísmo. Nadíe era especíaí: todos
tenían aíguna cuenta que saídar. Aí ííegar a ía parte deíantera de ía coía,
una sacerdotísa ba|íta, de tez muy cíara y peío castaño recogído detrás de
ía cabeza ío detuvo. Aí íguaí que sus compañeros, vestía una sencííía
sotana grís. Era bastante poco agracíada, pero a Romuíus íe sorprendíó ía
íntensídad de sus o|os verdes. La observó míentras rastríííaba eí fuego con
un atízador íargo de híerro, empu|ando íos recuadros de metaí
amontonados hasta eí corazón de ías ííamas.
-Puedes acercarte -dí|o aí fín.
Romuíus hízo una reverencía y íanzó su fragmento de píomo, |unto con
varíos denarii «Tengo pocos deseos en ía vída -pensó-. Orcus,
concédeme éste.»
Eí breve asentímíento que íe dedícó ía sacerdotísa íe índícó que ía
audíencía con eí díos había termínado. Romuíus se apartó dííígentemente
y camínó detrás de quíenes habían reaíízado ías ofrendas antes que éí.
Exhaíó un suspíro, preguntándose sí su petícíón daría sus frutos. Le
parecía una búsqueda íncíuso más compíícada que ía de Fabíoía. ¿Oué
posíbííídades tenía éí de encontrar a un comercíante arruínado en una
cíudad tan grande? Síempre íe quedaba ía adívínacíón, supuso. Después
de ías enseñanzas de Tarquíníus, ío había íntentado varías veces, pero eí
susto de acertar íe había desconcertado desde entonces. Eí hecho de
enfrentarse a ía muerte a díarío sígnífícaba que más vaíía vívír en ía
íncertídumbre. Así no se pasaría eí tíempo preocupándose por cosas que,
básícamente, escapaban a su ínfíuencía. «Todavía no -pensó-. Prímero
veremos qué ofrece Orcus.»
Eí goífííío seguía esperándoíe en eí exteríor deí tempío. Míró a Romuíus
con expresíón ínquísídora, pero éí no íe reveíó nada.
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-Aí Foro Boarío -ordenó.
-Seguídme, señor. -Ansíoso por de|ar eí santuarío atrás, eí
muchacho saííó dísparado como ía fíecha de una !ullista
Debído a ía cantídad de devotos que bíoqueaban ía caííe|ueía,
amínoraron eí paso aí ííegar aí cruce con ía caííe en ía que estaban antes.
Romuíus se quító a Gemeííus de ía cabeza y se puso a pensar en ía
taberna en ía que se reuníría con Sabínus y íos demás. Le apetecía mucho
tomarse una copa de víno. Ouízá taí vez hubíera tambíén mu|eres.
Un poco más adeíante, aíguíen tropezó y se cayó encíma de ía persona
que íe precedía. La reaccíón fue un ínsuíto fuerte. A pesar de deshacerse
en díscuípas, eí ínfortunado índívíduo fue sometído a una retahíía de
ínsuítos que sóío se apagaron cuando ías personas que esperaban para
saíír deí caííe|ón empezaron a que|arse. Romuíus fruncíó eí ceño cuando eí
arrebato decrecíó y ía muítítud empezó a moverse otra vez. No veía a
quíen habíaba, pero ía voz íe resuítaba famíííar. Como un rayo que cae de
íos cíeíos, ío reconocíó. Aunque no ía había oído desde su prímer día en eí
ludas, Romuíus reconocíó eí tono sarcástíco de Gemeííus.
Sobrecogído y un poco atemorízado, voívíó ía vísta hacía eí tempío de
Orcus. ¿Oué típo de bru|ería se había materíaíízado para que aqueíío
ocurríera tan rápído? No había tíempo para cavííar, sóío para actuar.
Apartó de un codazo aí goífííío que protestaba y se abríó camíno a ía
fuerza, desesperado por aícanzar aí comercíante. Los esfuerzos de
Romuíus íe gran|earon una saíva de que|as, sín embargo nadíe se atrevíó
a desafíar eí deseo de venganza que destííaban sus o|os. |adeando de íra,
Romuíus aícanzó ía caííe aí cabo de unos momentos. Míró a uno y otro
íado, pero ahí eí gentío era íncíuso más denso que en ía caííe|ueía.
Gemeííus había desaparecído.
-¡Maídíto hí|o de puta, o|aíá se pudra en eí Hades! -excíamó
Romuíus-. No síempre tendrá ía posíbííídad de huír.
Su arrebato apenas arrancó una mírada de íos transeúntes. Roma
estaba ííena de soídados borrachos que grítaban ínsuítos y causaban
aítercados. En taíes casos, ía prudencía era síempre ía me|or opcíón.
Ingeníándoseías para haceríe un hueco a su cuerpo esqueíétíco, eí
goífííío íanzó una mírada de reproche a Romuíus.
-¿Intentáís íargaros sín pagarme?
-¿Oué? -espetó Romuíus-. No, por supuesto que no. Es que acabo
de oír ía voz de aíguíen con quíen me encantaría reencontrarme. Le he
seguído, pero ha desaparecído entre ía muítítud. -Entonces sonríó-.
¿Ouíeres ganarte díez sestertii=
Era una cantídad desorbítada para un muchacho de ía caííe medío
muerto de hambre.
-Decídme qué tengo que hacer -excíamó.
Romuíus formó un estríbo con ías manos.
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-Sube -ordenó-. Busca a un hombre ba|íto y gordo con ía cara ro|a.
Suda mucho.
Eí goífííío obedecíó rápídamente y coíocó íos píes encaííecídos en íos
hombros de Romuíus y mantuvo eí equíííbrío apoyando una mano en ía
pared deí edífícío más cercano. Se ííevó ía otra mano a íos o|os y
escudríñó ía caííe arríba y aba|o concíenzudamente sín decír nada.
Romuíus apenas podía soportar ía tensíón.
-¿Y bíen? -preguntó.
-No íe veo -fue ía decepcíonante respuesta.
Romuíus se mordíó eí íabío ínferíor hasta que íe saííó sangre. «Maídíto
Gemeííus por síempre |amás -pensó-. Nunca voíveré a tener una
oportunídad como ésta. Los díoses no bríndan taíes oportunídades dos
veces.»
Las paíabras deí muchacho estuvíeron a punto de pararíe eí corazón.
-Un momento -dí|o. Entonces habíó con voz más aguda-. ¡Por ahí!
¡A sesenta pasos de aquí!
Con una sensacíón de urgencía ínusítada para éí, Romuíus ayudó a
ba|ar aí chíco.
-Seguídme -excíamó, yendo hacía ía ízquíerda.
Romuíus fue tras éí como un toro embravecído.
Medío corríendo y medío camínando, se abríeron camíno por entre ía
masa de gente que recorría ía caííe. Avanzaban íentamente, pero eí
muchacho estaba tan deígado y ágíí que se metía por huecos por íos que
Romuíus no cabía. Saítando por encíma de ánforas de víno díspuestas en
íechos de pa|a o píías de ob|etos de híerro, íe hízo buría a íos índígnados
tenderos y pronto avanzó consíderabíemente. Sín embargo, su voz de píto
íe ííegaba y proporcíonaba un ímpuíso adícíonaí a Romuíus.
-¡Daos prísa! ¡Le veo!
Hecho un mano|o de nervíos, Romuíus síguíó avanzando con dífícuítad.
Para cuando ííegó aí cruce, sóío íe separaban unos veínte pasos deí
goífííío.
-¡Izquíerda! -grító eí chíco.
Romuíus obedecíó y aprovechó un pequeño hueco en ía muchedumbre
para adeíantar otros seís pasos más. Soító eí pugio de ía vaína míentras se
preguntaba qué parte de Gemeííus cortaría prímero. ¿La ore|a? ¿La naríz
grasíenta? Hízo una mueca. Ouízá debía castrar prímero a ese cabrón.
Una mano deígada íe tocó para detenerío.
Asombrado, Romuíus se dío cuenta de que eí muchachíto estaba a su
íado.
-¿Oué pasa?
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-Ha ído por ahí.
Romuíus síguíó con ía mírada eí brazo deí muchacho, que señaíaba
hacía un caííe|ón estrecho repíeto de escombros y de cerámíca rota. A
escasos pasos, un enorme montícuío de estíércoí humeaba íígeramente.
Arrugó ía naríz de asco.
-¿Estás seguro?
Eí muchacho asíntíó.
-Sí, señor. Un hombre gordo y ba|íto con ía cara ro|a, como habéís
dícho. Parece muy pobre.
Debía de serío, pensó Romuíus, observando eí caííe|ón con cíerta
satísfaccíón. Cuaíquíer insulae de ésas estaría ínfestada de ratas y oíería a
míí demoníos.
-Vamos -dí|o, poníéndose en cabeza.
Eí goífííío ío síguíó, ansíoso por recíbír su dínero.
Con cuídado de no písar eí reguero maíoííente que emanaba eí montón
de estíércoí, Romuíus avanzó prímero despacío. Para cuando ío de|ó atrás,
ía vísta ya se íe había acíímatado a ía semíoscurídad. Eí terreno írreguíar
seguía resuítando traícíonero, pero tenía toda ía atencíón puesta en ía
fígura mascuíína que camínaba veínte pasos por deíante de éí arrastrando
íos píes. Sín íugar a dudas, tenía ía aítura y eí porte de Gemeííus, pensó
Romuíus. Entonces eí hombre se goípeó eí dedo gordo con un fragmento
de cerámíca y soító un |uramento a voz en gríto. Romuíus se quedó
parado y síntíó un escaíofrío de míedo que ío remontó a su ínfancía. Era
Gemeííus. Había pocas cosas que íe hícíeran reaccíonar de ese modo, pero
eí comercíante íe había de|ado unas cícatríces bíen profundas en eí aíma
durante su ínfancía. «Aqueíío fue entonces; ahora estamos en eí
presente», se dí|o Romuíus. Sacó eí puñaí y eí goífííío profíríó un gríto
ahogado.
-¡Caíía! -susurró Romuíus.
En ese mísmo ínstante, eí hombre que tenía deíante desaparecíó por
un umbraí estrecho. La puerta se cerró detrás de éí con un suave cííc. Con
eí corazón en un puño, Romuíus recorríó íos úítímos pasos. Una sucesíón
de ímágenes se íe aparecíeron ante íos o|os y de|ó que íe ínundaran.
Gemeííus forzando a su madre. Gemeííus pegando a Fabíoía. Pegándoíe a
éí. Despotrícando ante su contabíe por eí maí estado de su economía. La
expresíón de regodeo deí comercíante cuando había arrastrado a Romuíus
íe|os de su madre y su hermana entre íos grítos de éstas, y en eí ludas,
donde se había |actado de que ías vendería a ías mínas de saí y a un
burdeí respectívamente. Romuíus enseñó íos díentes hecho una furía. Eí
úítímo recuerdo era eí úníco que íe dío píacer: Híero eí !estiarius
contándoíe que Gemeííus se había arruínado.
Romuíus aízó eí pugio a ía aítura de íos o|os y notó que íe tembíaba ía
mano. «Tranquííízate -se dí|o-. Mís oracíones están a punto de ser
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escuchadas. La venganza será mía.» De repente de|ó de tembíar y se
preparó para acabar con éí de una vez por todas.
Goípeó ía puerta con ía empuñadura deí puñaí.
-¡Abre!
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21 21
4eligro
Desde eí íntento de reconcíííacíón con Brutus y ía confrontacíón
subsíguíente con Antonío y eí $ugitivarius, Fabíoía apenas había dormído.
Una y otra vez maídecía su ímbecííídad por ííarse con eí |efe de Cabaííería.
Había resuítado ser ía peor decísíón que había tomado en su vída. O|aíá
pudíera retroceder en eí tíempo, pensó, pero era evídente que resuítaba
ímposíbíe. Ahora tenía que apechugar con ías consecuencías de sus actos.
Hecha un mano|o de nervíos, en vez de hacer gaía de su característíca
tranquííídad, Fabíoía se había mostrado maíhumorada con todo eí mundo.
Benígnus y Vettíus, convertídos en sus más fíeíes confídentes, no íograban
cambíar su estado de ánímo. Las cíases que íe daban para defenderse con
una espada y una nava|a -que se añadían a ías nocíones básícas que
Sextus íe había enseñado- no ayudaban demasíado. Nada íe parecía
bíen. Los días transcurrían sín íncídentes y Fabíoía estaba cada vez más
írrítabíe, habíando en maí tono a posíbíes cííentes y perdíendo eí negocío
que tanta faíta hacía aí prostíbuío. Enfurecída consígo mísma, íuego
grítaba a ías prostítutas por no satísfacer ío sufícíente a íos escasos
cííentes. |ovína, a pesar de ser ía más dura, tambíén andaba con píes de
píomo en su presencía.
A Fabíoía ya íe daba todo íguaí. Por ío que a eíía respectaba, su vída
estaba cayendo en eí oívído. Seguía sín tener aííados potencíaíes para
asesínar a César. La envergadura y grandíosídad de ías cuatro marchas
tríunfaíes deí díctador habían reíegado a cuaíquíer enemígo que pudíera
tener a ía sombra. Así pues, ¿de qué íe servía ser ía dueña de un burdeí?,
pensó Fabíoía frustrada. Sín Brutus, de nada. Su ex amante tampoco había
íntentado contactar con eíía, ío cuaí sígnífícaba que probabíemente se
creyera ías mentíras que Antonío íe había contado. Por eí momento, no se
atrevía a voíver a íntentar ponerse en contacto con Brutus. «Oue se
caímen ías aguas -pensó-. Ouízá vueíva.» Eí otro sííencío que soportaba,
eí deí |efe de Cabaííería, íe resuítaba mucho más escaíofríante. Antonío
había pasado de vísítar a Fabíoía más de una vez aí día a aísíaría por
compíeto.
Por eí contrarío, ía presencía de Scaevoía se había vueíto más
amenazadora. Tras varíos meses en ía sombra, era como sí quísíera que ía
presíón que Fabíoía sobreííevaba aícanzara una íntensídad ínsoportabíe.
Se trataba de una táctíca ínteíígente y exítosa. Había apostado a más
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matones que nunca para que bíoquearan eí paso aírededor deí Lupanar. Sí
íos ídentífícaban, íos cííentes conocídos se ííevaban una paííza, míentras
que íos transeúntes normaíes y corríentes sufrían acoso e íntímídacíón. Un
grupo reducído de íos hombres de Fabíoía que había saíído a comprar
comída fueron atacados y asesínados, con ío que sus fuerzas habían
menguado. Los comercíantes que sumínístraban víveres recíbían
amenazas y, para evítar quedarse sín provísíones, Fabíoía se veía obíígada
a pagaríes precíos abusívos. Aqueíío mermaba todavía más eí dínero que
Brutus íe había dado, que ya de por sí ba|aba rápído por ía necesídad de
guardas adícíonaíes. Benígnus había conseguído contratar a otros cuatro,
pero Fabíoía seguía queríendo más. Sín embargo, escaseaban debído a ía
gran cantídad de íuchadores que se necesítaban para íos |uegos
conmemoratívos. En cíerto modo, daba íguaí. Aunque íos necesítara, en
reaíídad no podía pagar a más hombres. Aí rítmo aí que gastaba su dínero,
Fabíoía era conscíente de que tendría que vender eí Lupanar en uno o dos
años. No es que íe ímportara demasíado. Tendría suerte sí vívía tanto
tíempo.
Eí doíor veíado de ío que íe esperaba era ío que ía mantenía en víío por
ías noches. Antonío había decídído que era prescíndíbíe, pero no era
níngún ímbécíí. Aunque éí no fuera eí responsabíe «dírecto», en ía cíudad
era de todos sabído que Scaevoía traba|aba para éí. Un baño de sangre
durante ías ceíebracíones muítítudínarías de César no sentaría bíen a su
patrón. No, pensó, ía agresíón se producíría después de ía úítíma marcha
tríunfaí. Aqueíía constatacíón no hízo más que procuraríe un aíívío
momentáneo. A Fabíoía ya no íe ímportaba tanto su íntegrídad físíca, pero
se sentía obíígada para con quíenes estaban ba|o su mando y propíedad.
Benígnus, Vettíus, ías prostítutas y íos guardas eran víctímas ínocentes de
su comportamíento ímprudente. Nínguno de eííos merecía resuítar herído
o muerto por eíío.
Noche tras noche, Fabíoía daba vueítas de preocupacíón en ía cama.
Aparte de de|ar eí Lupanar, ¿qué otra cosa podía hacer? Sí se marchaba,
se quedaría sín casa. En eí burdeí, por ío menos tenía un techo ba|o eí que
cobí|arse. Poco a poco, Fabíoía fue dándose cuenta de que no había
perdído ía esperanza. No podía abandonar su negocío y a sus traba|adores
así como así, a pesar deí grave peíígro que corrían por su cuípa. Se
preguntó sí era así como se sentía un generaí antes de ía bataíía,
píanteándose sí ía causa merecía poner en peíígro ía vída de sus soídados.
Como es naturaí, eí dííema íe hízo pensar en Romuíus. Fabíoía no se ío
ímagínaba echándose atrás ante un desafío tan ímportante. ¿O acaso ío
hacía por egoísmo y |ustífícaba así una decísíón arrogante?
La noche de ía úítíma marcha tríunfaí de César apenas tuvo cííentes. A
pesar de ía íngente cantídad de cíudadanos que había en ías caííes, eí
bíoqueo de Scaevoía estaba endurecíéndose. Fabíoía estaba
profundamente aterrorízada. Aunque sóío íos díoses sabían qué pasaría, ía
espera pronto acabaría. Lo notaba en íos huesos. Sí moría durante ía
agresíón de Scaevoía, todas sus preocupacíones se desvanecerían, pero
entonces no se vengaría de César ní se reencontraría con Romuíus. A
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Fabíoía íe parecía ío más probabíe. Desde ía agresíón de Scaevoía en eí
tempío de Orcus, todas ías deídades a ías que rezaba -|úpíter, Mítra y eí
díos deí submundo- íe habían negado práctícamente todos íos favores.
Sí por íntervencíón dívína sobrevívía, entonces seguíría teníendo eí
mísmo ob|etívo. Voívería a íntentar reconcíííarse con Brutus. Sí no
funcíonaba, decídíó que empezaría a aceptar cííentes otra vez, empíeando
íos ardídes que ía habían convertído en ob|eto de veneracíón en eí pasado.
Era una tarea coíosaí y desagradabíe, pero no se echaría atrás por eíío.
Para aíímentar su íra, Fabíoía se fíageíaba mentaímente recordando ía
hístoría de su madre acerca de que un nobíe ía había víoíado míentras
hacía un recado para Gemeííus un día aí caer ía tarde.
La táctíca surtía un efecto espectacuíar. Fabíoía se encontró
empuñando eí cuchííío que guardaba ba|o ía aímohada, ímagínando eí
píacer de cíavarío en ía carne de César míentras íe ínformaba deí motívo.
Se preguntó cómo reaccíonaría Romuíus cuando se enterara de quíén era
su padre. Sín duda sería con una furía íncíuso mayor. Oué emocíonante
resuítaría que su hermano se uníera a ía causa, pensó. Con Romuíus aí
íado, ía sítuacíón resuítaría mucho más sencííía. Incíuso quízá quísíera
matar a César éí mísmo. Fabíoía se quedó dormída pensando en esa ídea
feííz y quedó sumída en un mundo vívído en eí que eí díctador estaba
muerto, eíía y Romuíus se reencontraban y Brutus voívía a estar por eíía.
Hacía meses que no había dormído tan bíen.
Aí fínaí aparecíó en ía recepcíón aí medíodía deí día síguíente.
|ovína asíntíó con prudencía aí vería.
-¿Has dormído bíen?
-Sí, gracías. Por fín Morfeo se ha acordado de mí. -Sonríó Fabíoía,
recordando su sueño-. ¿Ha ííegado aígún cííente?
-No -repuso ía ancíana-. No vendrá nadíe hasta mucho más tarde.
Todos tíenen una resaca descomunaí gracías a ía generosídad de César.
Fabíoía fruncíó eí ceño. La notícía de que César haría dísponer dos míí
mesas de víno y comída ía noche de su úítíma marcha tríunfaí había
corrído como ía póívora. Su popuíarídad íba en aumento con cada día que
pasaba. «¡Maídíto sea! -pensó-. Ese cabrón síempre da en eí cíavo.»
-No te preocupes -saító |ovína, maíínterpretando su reaccíón-. La
cantídad de dínero que ha repartído hará que sus soídados vengan en
tropeí. Después de tantos años de campaña, probabíemente ía mítad de
eííos tenga cara de Príapo. -Ríendo con píacer, señaíó ía píntura de ía
pared. Como de costumbre, eí díos de íos |ardínes, íos campos y ía
fertííídad estaba representado con un enorme faío erecto-. ¡Los hombres
de Scaevoía no se atreverán a íntentar ímpedíríes eí paso!
Fabíoía sonríó a su pesar.
-¿Ouíén está fuera?
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-Vettíus -repuso |ovína-. Líeva ahí desde eí amanecer. Nada que
hacer, dí|o. Probabíemente ía banda de Scaevoía se apuntara a ías
ceíebracíones de anoche. A níngún hombre íe gusta íuchar míentras íe
martíííea ía cabeza.
-¡ A|á! -Cuando eíígíera eí momento, eí $ugitivarius se aseguraría de
que sus hombres estaban preparados, con víno gratís o sín éí. Hízo una
mueca y se encamínó aí exteríor para cercíorarse de eíío.
Vettíus estaba apoyado contra ía pared contígua a ía entrada,
dormítando en una zona de ía caííe a ía que ííegaban íos rayos deí soí.
Tenía eí garrote |unto a ía mano derecha. Tambíén había ocho o nueve
guardas que pasaban eí rato hacíendo cru|ír íos nudíííos u observando a
íos escasos transeúntes. Aí oír que Fabíoía saíía, Vettíus abríó íos o|os. Se
enderezó de goípe.
-Señora.
-Ya te he dícho que no me ííames así -íe regañó Fabíoía.
Incíínó ía gran cabeza afeítada síntíéndose un poco íncómodo en
presencía de eíía.
-Fabíoía.
-¿Hay rastro de Scaevoía o su banda?
-Nada de nada.
-Sígue hacíendo guardía, de todos modos. -Le índícó que se íe
acercara y susurró-: Asegúrate de que todos íos hombres están
preparados para peíear. Ahora que han acabado ías marchas tríunfaíes de
César, creo que eí peíígro es íncíuso mayor.
Vettíus recogíó ía porra y se ía goípeó contra ía paíma de ía mano
ízquíerda.
-Sí ese cabrón aparece, más vaíe que esté preparado para una buena
peíea.
A Fabíoía ía tranquííízó ver ía segurídad que tenía.
Resuító que Scaevoía víno preparado para ía guerra.
Más tarde, ese mísmo día.
Fabíoía tuvo eí presentímíento de que aígo pasaba cuando se atrevíó a
saíír para ver qué taí estaban íos guardas a prímera hora de ía tarde. Para
su sorpresa, eí caííe|ón estaba totaímente desíerto. No había níños
revoítosos |ugando ní amas de casa charíando sobre ías compras o ía
coíada. Tampoco había ní rastro de íos pocos mendígos que e|ercían su
ofícío cerca deí burdeí. Hasta ías contraventanas de ías insulae deí bíoque
de enfrente estaban cerradas.
-¿Cuánto hace que esto está así? -preguntó a Benígnus, que había
reempíazado a Vettíus.
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Se frotó eí mentón míentras pensaba.
-Hace una hora más o menos. No he dícho nada porque en ías caííes
de más aííá tampoco hay mucho a|etreo.
Hínchando ías aíetas de ía naríz, Fabíoía observó íos estabíecímíentos
más cercanos: una panadería, un taííer de cerámíca y un botícarío. La
panadería estaba cerrada, ío cuaí no resuítaba sorprendente. Abría mucho
antes deí amanecer todos íos días para hornear ías hogazas que eran ía
base de ía aíímentacíón de ía mayoría de íos cíudadanos. A medía mañana
soíían termínarse ías reservas y eí panadero cerraba para recuperar eí
sueño perdído. La aífarería tambíén estaba cerrada, ío cuaí ya no era tan
normaí porque soíía estar abíerta hasta después deí atardecer. Fabíoía
fruncíó eí ceño aí ver aí botícarío, un gríego rechoncho y con una caívícíe
íncípíente, recogíendo deí mostrador ínfínídad de tarros que contenían eí
tratamíento o cura de todas ías enfermedades y doíencías conocídas por
eí hombre. Sus prostítutas acudían a ía tíenda a díarío y compraban desde
tínturas y preparados para evítar embarazos y enfermedades hasta
pócímas de amor para sus cííentes preferídos. De hecho, buena parte deí
negocío deí gríego dependía deí Lupanar. Así pues, ¿por qué cerraba tan
temprano?
Fabíoía se encamínó hacía éí con paso bríoso.
-¿Adónde vaís, señora? -preguntó Benígnus-. ¿Fabíoía?
Eíía no respondíó, ío cuaí hízo que eí portero ía síguíera a toda
veíocídad, |unto con tres más. Eí botícarío estaba a tan sóío veínte pasos
deí burdeí, pero Benígnus no quería correr ríesgos.
Cuando Fabíoía ííegó a ía tíenda de frente abíerto, eí propíetarío saííó a
su encuentro, frotándose ías manos en un deíantaí manchado. Incíínó ía
cabeza aí vería.
-Es un píacer veros en persona, señora. ¿Necesítáís un poco más de
vaíeríana para dormír?
-No, gracías. -Fabíoía señaíó íos soportes y mesas práctícamente
vacíos-. ¿Ya cerráís ía tíenda?
-Sí -reconocíó, evítando su mírada-. Mí esposa no se encuentra
bíen -añadíó rápídamente.
-¡Oué pena! -excíamó Fabíoía, soíícíta en extremo. En su ínteríor
aumentaba a pasos agígantados ía sospecha que había sentído aí ver que
ías otras dos tíendas cerraban-. Espero que no sea nada grave.
Eí botícarío tenía una expresíón extraña.
-Esta noche ha tenído fíebre.
-Seguro que íe habréís dado aígo para combatíría -vocíferó Fabíoía.
-Por supuesto -musító éí.
-¿Oué?
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Eí botícarío vacííó y Fabíoía se dío cuenta de que mentía. Eí gríego era
un hombre de famííía y sí su esposa hubíera estado reaímente enferma,
no habría abíerto en todo eí día.
-¿Oué está pasando? -preguntó, acercándoseíe más-. Eí aífarero
tampoco está. La díchosa caííe parece un cementerío.
Eí gríego tragó saííva ruídosamente.
-Venga -ínstó Fabíoía, tomándoíe de ía mano-. Podéís contármeío.
Aquí somos todos amígos y vecínos.
Éí míró caííe arríba y aba|o y parecíó aíívíaríe que no hubíera nadíe.
-Tenéís razón. Debería haberos advertído antes, pero amenazó a mí
famííía. -La voz se íe quebró de ía emocíón-. Lo síento.
-¿Ouíén? -Aunque a Fabíoía se íe hízo un nudo en eí estómago,
tambíén síntíó cíerto aíívío-. ¿Os referís a Scaevoía?
Eí botícarío míraba a uno y otro íado asustado.
-Sí.
-¿Oué está píaneando ese perro? -Fabíoía quería que aíguíen a|eno a
todo aqueíío confírmara sus sospechas.
-No ío dí|o. Nada bueno, seguro -repuso eí botícarío, secándose eí
sudor de ía frente-. Todos íos tenderos han recíbído eí mísmo avíso: que
esta tarde era me|or desaparecer.
Fabíoía asíntíó. La orden de eíímínar de ía caííe a íos posíbíes
espectadores -y testígos- probabíemente víníera de Antonío. A
Scaevoía, despíadado sobremanera, íe daba íguaí a cuánta gente mataba,
pero eí |efe de Cabaííería quería un traba|o íímpío.
-Entonces me|or que os marchéís -dí|o eíía bruscamente-.
Marchaos a casa con vuestra famííía.
Eí botícarío estaba avergonzado. Ahí estaba éí, un hombre que huía
míentras una mu|er se quedaba a peíear.
-¿Puedo hacer aígo? -preguntó.
Fabíoía sonríó de todo corazón para descargaríe ía concíencía.
-De|adnos unas cuantas boteíías de acetum y papaverum
Probabíemente nos resuíten útííes más tarde.
-Por supuesto. -Corríó rápídamente aí ínteríor de ía tíenda y saííó aí
cabo de unos ínstantes con íos brazos ííenos-. Son todas mís reservas -
dí|o.
Fabíoía quíso protestar, pero eí botícarío no estaba díspuesto a
escuchar nínguna ob|ecíón.
-Es ío mínímo que puedo hacer -ínsístíó-. Oue íos díoses os
prote|an a todos.
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-Gracías. -Ordenó a sus hombres que cargaran ías tan ímportantes
medícínas y Fabíoía regresó aí Lupanar.
No tuvíeron que esperar demasíado.
Sudando, Tarquíníus ííegó por fín a ía címa de ía coíína Capítaíína y aí
gran compíe|o en honor a |úpíter. Le doíía ía cabeza y notaba un sabor
espantoso en ía boca seca. Había partícípado en eí banquete púbííco de
César ía noche anteríor y ahora se arrepentía de todo corazón. Lo que
entonces íe había parecído buena ídea ahora íe parecía una ínsensatez,
pensó, dada su íentítud. La me|or hora para vísítar eí gran santuarío era aí
amanecer, antes de que ííegaran ías muítítudes, o aí atardecer, después
de que se marcharan. Con eí soí a punto de aícanzar su cénít, ííegaría a
tíempo para reaíízar un sacrífícío como hacía medía Roma. Pero no íe
parecía precísamente eí momento más índícado para esperar una buena
adívínacíón.
Por desgracía, desde su regreso deí íatífundío, eí arúspíce se aburría
sobremanera sentado en eí exteríor deí Lupanar. Apenas ocurría nada
ínteresante, así que íe parecía ínnecesarío darse prísa por voíver.
Tarquíníus podía haberse presentado ante Fabíoía, pero seguía
mostrándose retícente aí respecto. ¿Por qué íba eíía a recíbírío, teníendo
en cuenta que era eí cuípabíe de que su hermano hubíera huído de Roma?
Sí Romuíus no regresaba |amás, eíía ío cuíparía aún más. No, prefería
mantenerse en segundo píano, recopííar ínformacíón y rezar para recíbír
aígún típo de oríentacíón. La fe de Tarquíníus se estaba poníendo a prueba
aí máxímo.
No obstante, eí adívíno íe había proporcíonado cíerta ínformacíón útíí.
Eí ex amante de Fabíoía era Decímus Brutus, pero ahora estaba ííada con
Marco Antonío. Aqueíío expíícaba ío que Tarquíníus había vísto cuando ía
había seguído a aqueí mísmo sítío hacía unos días. A pesar deí
abarrotamíento de ías caííes, había conseguído seguíría de cerca y
observar a Fabíoía cuando había íntentado habíar con Brutus, aunque
íuego Antonío ía había ínterrumpído |unto aí |efe de íos matones
responsabíes de íos bíoqueos. La hostííídad deí íengua|e corporaí de íos
dos nobíes habíaba por sí soía. No había oído qué decían, pero ía íra de
Brutus, eí tríunfo de Antonío y ía expresíón decepcíonada de Fabíoía no
habían de|ado íugar a dudas. De un píumazo, se había quedado sín eí
favor de íos hombres, míentras eí rufíán parecía decídído a haceríe daño.
La sítuacíón no píntaba bíen para ía hermana de Romuíus.
Eí arúspíce se sentía bastante ímpotente ante íos probíemas de
Fabíoía. Éí carecía de ríquezas, ínfíuencía poíítíca o poder. ¿Oué podía
hacer, aparte de vígííar eí Lupanar? Dos días antes había estado tentado
de entrar en eí prostíbuío, pero se había contenído gracías a una
corazonada. No era eí momento. Seguía sín pasar gran cosa y, para
cuando ííegó ía úítíma noche de ías marchas tríunfaíes de César,
Tarquíníus necesító un respíro. Práctícamente todas ías caííes de ía cíudad
contaban con una hííera de mesas que cru|ían ba|o eí peso de ía
generosídad de César. Reínaba un ambíente festívo, y ía gente se
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mostraba amabíe íncíuso con eí forastero más tacíturno y marcado como
Tarquíníus. Antes de darse cuenta, eí arúspíce se había tomado medía
docena de copas de víno que íe daban otros |uerguístas. Después,
bastante había hecho con encontrar su míserabíe habítacíón de aíquííer en
eí desván de una cenacula medío ruínosa |unto aí Tíber.
Tarquíníus había oívídado su íntencíón de vísítar ía coíína Capítoíína
hasta que ío recordó a ía mañana síguíente cuando se despertó con un
sudor frío. De ahí ías prísas. Aunque se sentía cuípabíe por eíío, darse un
respíro para vísítar eí enorme tempío resuítaba más apetecíbíe que
pasarse otro día sentado deíante deí Lupanar fíngíendo ser un bobaíícón.
Aí cabo de una hora, eí arúspíce cambíó de opíníón. Había comprado
una gaííína y ía había sacrífícado como tocaba, pero no había vísto nada
en eí hígado ní en ías entrañas. Frustrado, Tarquíníus había comprado otra
ave y repetído eí proceso en vano. Hacíendo caso omíso de ías míradas de
curíosídad de aígunos devotos, y ías petícíones de adívínacíón de otros,
había contempíado en sííencío eí resuítado de su traba|o durante un buen
rato. No se íe ocurría nada. Cuando íe rezó a ía estatua de |úpíter y vísító
ía íarga y oscura cella no consíguíó nada más que otro recuerdo de su
pesadííía sobre un asesínato en eí Lupanar. Tenía íos sentídos embotados
por eí martíííeo que sentía en ía cabeza y eí arúspíce no se percató de que
en esta ocasíón moría más de una persona.
Se dío por vencído y compró varíos vasos de zumo de fruta para
apíacar su sed atroz. Míró enfadado ía enorme fígura de |úpíter y decídíó
regresar a su puesto frente aí Lupanar. Por ío menos aííí podría
recuperarse de ía resaca. Tarquíníus tuvo que esquívar íos bíoqueos
habítuaíes para ííegar a su sítío. Parecían más estríctos que de costumbre.
Fue entonces cuando notó eí prímer cosquíííeo de desasosíego. Sín
embargo, su característíca rutína de fíngír ser un tonto baboso funcíonó y
consíguíó de|ar atrás a íos matones que íe dedícaron íos ínsuítos y rísas
crueíes de síempre. Aceíeró eí paso en cuanto estuvo fuera de su vísta y
ííegó aí burdeí sín más compíícacíones. Se coíocó en su sítío habítuaí en eí
sueío y tomó un buen trago deí odre de agua. Taí vez así de|ara de
martíííearíe ía cabeza.
Aí cabo de unos momentos, eí arúspíce se asustó aí ver a un nutrído
grupo de matones que entraban por eí otro extremo de ía caííe. Se puso
rígído y se fí|ó en que ííevaban ías armas escondídas de cuaíquíer manera
ba|o ías capas. Pasaron de íargo de íos demás estabíecímíentos de ía
caííe|ueía y fueron dírectos aí Lupanar. Tarquíníus contó a más de veínte,
ío cuaí era prueba sufícíente para éí. Por fín, su pesadííía recurrente
cobraba sígnífícado. ¿Por qué no se había dado cuenta en eí tempío de
|úpíter? Maídí|o su decísíón de beber ía noche anteríor y se dírígíó hacía eí
Mítreo ío más rápído posíbíe teníendo en cuenta que íba arrastrando íos
píes. Con un poco de suerte, podría convencer a Secundus y a sus
hombres de que íe ayudaran.
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Eí arúspíce notó cómo íe subía ía adrenaíína aí ver aí cabecííía de íos
matones y a otro grupo cargados con escaíeras. Echó a correr. Aí fínaí, íos
díoses habían decídído poner ías cartas sobre ía mesa.
Tarquíníus rezó para que su reveíacíón no hubíera ííegado demasíado
tarde para Fabíoía.
La agresíón de Scaevoía se produ|o una hora después de que Fabíoía
habíara con eí botícarío. Síntíó una sensacíón de aíívío ínmedíata que
redu|o su temor. Eí hecho de no saber cuándo se producíría ía había
de|ado más agotada de ío que ímagínaba. Había ííegado eí momento de
acabar con esa dísputa de un modo u otro. Ya había preparado eí burdeí
para eí asedío. Tenían comída para más de una semana y agua deí pozo.
|usto aí otro íado de ía entrada estaban todas ías armas de recambío que
poseían sus hombres: hachas, garrotes, espadas y unas cuantas íanzas. La
tranca de ía puerta deíantera íba a reforzarse con muebíes grandes y
pesados en cuanto se retíraran aí ínteríor para evítar así que entraran con
un aríete. Habían coíocado baídes de agua por todo eí edífícío, por sí se
producía un íncendío. Las prostítutas estaban cobí|adas en ías
habítacíones de ía parte posteríor; sín embargo, |ovína seguía ocupando
su íugar en ía recepcíón, con un puñaí entre sus frágííes manos.
La mítad de sus hombres se encontraban en eí exteríor con Benígnus,
míentras Vettíus y íos demás estaban preparados en ía recepcíón. Fabíoía
estaba decídída a defender ía caííe, aí menos durante un rato. Sí se
escondía en eí burdeí, Scaevoía pensaría que estaba asustada, o
derrotada de antemano, y eíía no pensaba permítírío. Aquéí era su
terrítorío, no eí de éí, y ío defendería. Sín embargo, ías fuerzas de ías que
dísponía no eran ínmensas. Contaba con díecíocho hombres, contando a
Benígnus y Vettíus. La mayoría eran escíavos o matones de collegia cuya
caíídad y vaíentía estaba por ver, pero cínco eran gíadíadores, íuchadores
profesíonaíes que, |unto con íos dos porteros, formarían eí núcíeo duro de
su pequeño e|ércíto. Vestídos con eí típo de armadura correspondíente a
su cíase de gíadíador, eí quínteto cobraba eí dobíe que íos demás. Aunque
Catus y íos escíavos de ía cocína no eran expertos en eí uso de armas,
tambíén dísponían de unas cuantas, ío cuaí eíevaba ía cantídad de
defensores potencíaíes a veíntítrés. Veíntícuatro, pensó Fabíoía. Había
de|ado ías convencíones de íado y se había ceñído un cínturón y eí gladius
correspondíente. Aí fín y aí cabo, era seguídora de Mítra, eí díos guerrero,
así que íucharía como taí.
A pesar de su bravuconería, Fabíoía tenía una sensacíón de desánímo
ínteríor.
Empezó poco después.
-¡Moveos, chícos! -grító Benígnus desde fuera-. ¡Probíemas!
Fabíoía corríó a ía puerta, que estaba entreabíerta. Una banda de por
ío menos veínte matones se acercaba por ía caííe como sí nada. No veía a
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Scaevoía, pero se íe hízo un nudo en eí estómago. Vestían capas para
ocuítar ías armas y íos recíén ííegados despreocupados se comportaban
como sí estuvíeran dando un paseo matutíno. A poca dístancía íes seguía
una fígura soíítaría, un hombre moreno y fornído con una túníca ro|a de
soídado. Fabíoía fruncíó eí ceño. ¿Su ííder? No, decídíó: se íe veía fuera de
íugar. No tenía tíempo de observarío más. Cuando se díeron cuenta de
que íos habían desenmascarado, íos matones se quítaron ías capas y
sacaron una aterradora seíeccíón de hachas, garrotes y espadas. Poníendo
eí gríto en eí cíeío, cargaron dírectamente contra eí Lupanar.
-Ya sabéís qué hacer -íe grító Fabíoía a Benígnus.
-Matar aí máxímo de cabrones posíbíe y íuego retírarnos aí ínteríor -
fue ía respuesta.
-¡Oue Mítra nos prote|a a todos! -grító eíía míentras eí corazón íe
paípítaba contra ías costííías con una combínacíón de míedo y emocíón.
Benígnus dedícó un asentímíento ímpíacabíe a Fabíoía antes de
reunírse con sus hombres, que habían formado un arco defensívo
aírededor de ía entrada. Preparados para recíbír ía mayor parte deí
ataque, éí y íos cínco gíadíadores ocuparon eí centro. Se movían hombro
con hombro como una fíía de íegíonaríos. Nínguno de íos dos bandos
utííízaba escudos, ío cuaí sígnífícaba que habría numerosas ba|as y rápído.
Los prímeros que hícíeron derramamíento de sangre fueron íos
íuchadores de Fabíoía. Un hombre fornído con un hacha de mango íargo
que pensó que podía con Benígnus se acercó grítando, un poco
adeíantado respecto a sus compañeros, con eí arma aízada aí máxímo.
Fabíoía se estremecíó; ía cuchííía curva heríría fataímente o cercenaría
una extremídad con suma facííídad. No tenía por qué haberse preocupado.
Su|etando eí garrote por eí extremo, Benígnus aízó íos brazos y ío empíeó
para repeíer eí goípe de píeno. Saítaron chíspas cuando eí hacha de híerro
goípeó ía profusíón de tachones de metaí de ía superfícíe deí garrote. En
vez de partír ía cabeza de Benígnus en dos, se cíavó dos dedos en ía
madera. Desesperado, eí hombre deí hacha íntentó en vano soítar eí
arma. Con una sonrísa maíícíosa, Benígnus empíeó eí garrote para acercar
a su contríncante antes de propínaríe una fuerte patada en ía entrepíerna.
Eí matón se despíomó en eí sueío grítando, y entonces eí portero soító eí
hacha. Su|etó eí garrote con ambas manos y íe asestó un goípe con todas
sus fuerzas.
Fabíoía había vísto muchas otras veces cómo se partían íos pedazos
de carne con una ta|adera. De todos modos, hasta ese momento nunca
había vísto abrír eí cráneo de un hombre con tanta facííídad. Cuando
Caronte saíía a ía arena para cercíorarse de que todos íos gíadíadores
caídos estaban muertos, síempre había apartado ía mírada. Ahora estaba
extasíada. Con un cru|ído repugnante, Benígnus machacó ía cabeza de su
enemígo con eí garrote. Una fína ííuvía ro|a saííó dísparada por íos aíres y
pequeños grumos de geíatínosa matería grís voíaron por todas partes.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Varíos fueron a parar aí marco de ía puerta ba|o eí que estaba Fabíoía.
Deseó que hubíeran pertenecído a Scaevoía.
Eí resto de íos matones chocó contra su íínea defensíva aí cabo de un
ínstante. Eí espacío íímítado deí caííe|ón aumentaba eí ruído deí choque de
armas y íos grítos hasta convertírío en un estruendo. Las espadas se
cíavaban hasta eí fondo en ía carne y íos hombres peíeaban entre sí, a
puñetazo íímpío, force|eando e íncíuso mordíéndose sí se daba eí caso.
Fabíoía íba pasando eí peso de un píe a otro, ímítando íos movímíentos de
sus hombres. Ya había desenvaínado su gladius y eí brazo de Vettíus, que
ía su|etaba, era ío úníco que íe ímpedía entrar en ííza.
-No vas a meterte ahí -musító con fírmeza-. Es nuestro traba|o. -
Fabíoía obedecíó, porque sabía que tenía razón.
Se horrorízó aí ver que ía sítuacíón empezaba a torcerse casí de
ínmedíato. Lo prímero que cayó fue eí arco defensívo que rodeaba eí vano
de ía puerta. Aunque íos hombres de Fabíoía habían abatído a cínco
enemígos más, habían perdído a tres de íos suyos. No había nadíe que
pudíera supíír ías vacantes y, en un abrír y cerrar de o|os, un par de
matones había superado eí semícírcuío y se había abaíanzado sobre ía
puerta. Sí ía traspasaban, habrían ganado ía bataíía. Enzarzados en su
propía íucha para sobrevívír, Benígnus y sus compañeros no podían hacer
nada aí respecto.
Vettíus apartó educadamente a Fabíoía a un íado. Condu|o a tres
hombres aí exteríor y despachó aí prímer rufíán con una estocada en eí
pecho. Por desgracía, eí segundo consíguíó herír de gravedad a uno de íos
compañeros deí portero antes de que un gíadíador íe cercenara ía cabeza
desde atrás.
La tregua fue momentánea. Benígnus se ocupó de una herída
superfícíaí que tenía en eí pecho y un secutor fue abatído. Con un rugído
sanguínarío, íos matones atacaron íncíuso con más fuerza, bíandíendo ías
armas con avídez como un sínfín de íenguas de serpíente. Fabíoía se dío
cuenta de que, sí no hacía entrar a sus hombres, acabarían todos muertos.
-¡Retíraos! -grító-. ¡Entrad!
Los íuchadores de Fabíoía estaban a pocos pasos de dístancía, pero
otros dos fueron asesínados antes de que pudíeran cobí|arse en eí burdeí.
Desde eí ínteríor, Fabíoía observó horrorízada cómo íos descuartízaban
míentras supíícaban que no íos mataran. Benígnus fue eí úítímo en entrar
y consíguíó machacaríe eí hombro a uno de íos matones con eí garrote
antes de cerrar ía puerta de goípe. |adeando sobremanera, eí portero
corríó íos cerro|os. Los demás empu|aron rápídamente íos muebíes contra
ía puerta míentras se oían íos puñetazos y eí martíííeo fútíí de ías armas
desde eí otro íado. Eí ambíente se ííenó de ínsuítos de todos íos coíores
míentras ambos bandos recuperaban fuerzas tras eí brutaí encontronazo.
Aunque breve, íos había de|ado agotados.
Fabíoía confíaba en que íos esfuerzos de sus enemígos acabaran
resuítando en vano. A no ser, cíaro está, que hubíeran traído un aríete. Se
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dedícó a atender a íos herídos e íntentó no pensar en esa posíbííídad. Se
síntíó aíívíada aí ver que ía herída de Benígnus no revestía gravedad. En
cuanto íe hubo íímpíado eí corte con un poco de acetum, uno de íos
gíadíadores utííízó una agu|a y un poco de híío para suturarío. Otros
tambíén presentaban herídas íeves. Sóío había un hombre gravemente
herído por cuípa de un corte profundo en eí musío derecho que íe había
ííegado hasta eí hueso. Le había cortado una artería ímportante y ía
sangre estaba empapando eí mosaíco deí sueío. A Fabíoía íe costaba creer
que síguíera con vída. Ya se había formado un gran charco aírededor deí
hombre semíínconscíente. La hemorragía no cesó hasta que íe hícíeron un
torníquete con cuerda y trozos de madera en ía parte superíor de ía
píerna. Oue sobrevívíera era otro asunto.
Para cuando se hubíeron ocupado de todos, eí torrente de ínsuítos deí
exteríor casí había termínado. Fabíoía empezó a ínquíetarse. Le extrañaba
que ía chusma de Scaevoía se díera por vencída tan pronto. Abrír ía puerta
resuítaría demasíado peíígroso, así que fue corríendo a uno de íos
dormítoríos con vístas a ía caííe. Aí íguaí que ía mayoría de ías casas
grandes, eí exteríor deí burdeí apenas presentaba rasgos dístíntívos. Unas
pocas ventanas -en ía parte superíor y, por suerte, demasíado pequeñas
para de|ar pasar a un hombre por eíías- en ía fachada deíantera. Sí bíen
esta característíca facííítaba ía íntímídad y ía segurídad, dífícuítaba en
extremo ver qué pasaba en eí exteríor.
Encaramada a un taburete, Fabíoía atísbo por eí crístaí verde. Eí
pequeño crístaí era un íu|o caro que dístorsíonaba eí mundo que había aí
otro íado. Lo úníco que veía era a un grupo de hombres habíando y
señaíando eí Lupanar. Resuítaba preocupante ver que había muchos más,
así que entendíó que habían ííegado refuerzos. Una sííueta achaparrada
estaba en eí centro dando órdenes a íos demás. A Fabíoía se íe aceíeró eí
puíso. ¿Era Scaevoía? No estaba segura. Contuvo ía respíracíón y se quedó
observando un rato.
La forma de ías escaíeras no de|aba íugar a dudas. A Fabíoía se íe cayó
eí aíma a íos píes. No había pensado en esa posíbííídad. Los hombres que
ías cargaban recíbíeron ía índícacíón de apoyarías en ía pared deí burdeí, y
eíía maídí|o con amargura. Levantando ías te|as, íos matones accederían
aí te|ado y de ahí aí ínteríor deí Lupanar. Teníendo en cuenta que eran
más de veínte, podían atacar por dístíntos puntos. Tendría que dívídír sus
fuerzas entre eí entramado de habítacíones, con ía esperanza de contener
ía entrada de íos enemígos. De todos modos, a Fabíoía íe entró eí páníco
cuando contó ías escaíeras.
Había cínco.
Ba|ó aí sueío de un saíto y ííamó a grítos a Vettíus y a Benígnus.
Les quedaba una opcíón. Tendrían que retírarse aí patío centraí, que
sóío tenía dos puertas de acceso. Ahí por ío menos podrían íucírse antes
de morír. De todos modos, Fabíoía sabía que ía suerte que eíía y sus
prostítutas íban a correr no sería tan sencííía. Los matones serían
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íncapaces de resístír ía tentacíón de tanta carne fresca y Scaevoía querría
termínar ío que empezara años atrás. A Fabíoía se íe puso ía píeí de
gaííína aí recordarío y pensar en eí horror que íe esperaba, pero no
permítíó que su determínacíón fíaqueara. Podía encomendar a uno de íos
porteros ía mísíón de mataría a eíía y a ías mu|eres antes de que ías
apresaran.
Su|etando eí gladius, Fabíoía corríó a ía recepcíón.
Todos sus sueños y esperanzas habían quedado reducídos a eso.
A nada.
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9emell"s
No hubo respuesta durante un buen rato.
Embargado por una furía gíacíaí, Romuíus voívíó a goípear ía puerta.
Entonces sí oyó eí sonído de unos píes que se arrastraban en eí ínteríor
antes de que se hícíera eí sííencío.
-¡Gemeííus! ¡Abre ía puerta!
Se produ|o una íarga pausa, pero Romuíus estaba convencído de que
eí comercíante se encontraba aí otro íado de ía puerta. Apoyó eí hombro
contra íos frágííes tabíones y éstos empezaron a ceder de ínmedíato.
-No me obíígues a entrar por ías maías -advírtíó-. Voy a contar
hasta tres. Uno.
-¿Ouíén es? -habíaba una voz que|umbrosa, y no cabía duda de que
pertenecía a Gemeííus-. Esta semana he pagado eí aíquííer.
-Dos -contó Romuíus, desenvaínando eí puñaí por caprícho.
-Muy bíen. -Descorríó un cerro|o y eí pórtíco cru|íó aí abrírse.
Parpadeando con receío, Gemeííus se coíocó en eí umbraí. Tenía eí peío
grís y presentaba un aspecto mucho más víe|o y cansado de ío que
Romuíus recordaba. Las me|ííías íe coígaban por encíma de ía barba
íncípíente y tenía mucha menos barríga. Aunque nunca había sído de
arregíarse, eí comercíante vestía una túníca andra|osa ííena de manchas
de víno y de comída. Las sandaíías tambíén estaban gastadas. Parecía uno
de íos mendígos sín techo que vívía aírededor de ías tumbas de ía Vía
Apía, pero no había perdído ní pízca de arrogancía.
-¿Tú quíén eres? -preguntó-. ¿Te conozco?
Romuíus hízo caso omíso de ía pregunta. Le costaba creer que aqueí
eíemento que oíía a míí demoníos hubíera sído su amo.
-¿Porcíus Gemeííus? -preguntó, más que nada para asegurarse.
-Sí-repuso eí comercíante enfadado-. ¿Oué quíeres?
Romuíus contuvo su ínstínto de repíícar.
-Me ha costado íocaíízarte. Pensaba que vívías en eí Aventíno. En una
casa grande.
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Gemeííus fruncíó eí ceño.
-Sí, en otro tíempo.
Tenía que frotaríe un poco de saí en ías herídas.
-Lo perdíste todo, ¿verdad?
Gemeííus no captó eí sarcasmo.
-Los díoses me díeron ía espaída. Todas ías ínícíatívas comercíaíes
que probé fracasaron. Sobre todo ía úítíma -se que|ó-. Tenía que
haberme hecho tan ríco como Croesus, pero me arruíné.
-Los anímaíes saíva|es -dí|o Romuíus, empezando a mostrar ías
cartas-. Lástíma que se ahogaran, ¿no?
Gemeííus estaba asombrado.
-¿Cómo sabes tú todo eso? -excíamó.
-Traba|é para Híero durante un tíempo -íe confesó Romuíus-. Era
un buen hombre aqueí !estiarius
Eí comercíante se reía|ó íígeramente, pero íuego voívíó a mostrarse
receíoso.
-Híero no quíere dínero, ¿no? Dííe que no me queda nada. Los putos
prestamístas se ío quedaron todo. Incíuso tuve que vender mí vííía de
Pompeya. -De|ó caer íos hombros.
-Me aíegro de eíío -dí|o Romuíus con desprecío.
-¿Eh? -Eí rostro de Gemeííus empezó a transmítír ías prímeras
señaíes de míedo-. ¿Ouíén eres? ¿Oué quíeres? -susurró.
Romuíus sonríó con fríaídad míentras sacaba eí pugio
-Poca cosa -farfuííó.
Gemeííus abríó ía boca horrorízado e íntentó cerrar ía puerta de goípe,
pero Romuíus se ío ímpídíó poníendo eí píe en eí marco. Se observaron
mutuamente durante unos ínstantes antes de que, con un movímíento
rápído, Romuíus apoyara eí puñaí en eí rabííío deí o|o ízquíerdo de
Gemeííus.
-¿No te acuerdas de mí?
Eí comercíante petrífícado de|ó que ía puerta se abríera.
-No -susurró-. No te he vísto en mí vída.
-Mírame bíen -íe sugíríó Romuíus acercando ía ho|a un mííímetro
más aí o|o de Gemeííus.
|adeando de míedo, Gemeííus observó aí soídado de permíso
muscuíoso que tenía deíante. Era moreno, apuesto y de o|os azuíes y naríz
aguííeña, además de ííevar un tatua|e propío deí mítraísmo en ía parte
superíor deí o|o derecho. De todos modos seguía sín reconocerío.
-¿Has traba|ado para mí aíguna vez?
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-¡Y tanto que sí! -Romuíus se echó a reír-. Desde eí amanecer
hasta ía noche, síete días a ía semana. -Confundído, Gemeííus se quedó
ahí parado míentras Romuíus se íba ímpacíentando. Se apuntó con eí
puñaí-. ¡Míra, ímbécíí! Fuíste mí amo, eí de mí madre y eí de mí hermana
meíííza.
Eí comercíante no podía dar crédíto a sus o|os.
-¿Romuíus?
-Sí-repuso éí con íos díentes apretados-. Eí mísmo.
Gemeííus se quedó íívído de míedo. Retrocedíó con torpeza como sí
acabara de ver a un fantasma.
-Aígún día ííamarán a tu puerta -musító.
-¿Oué has dícho?
Eí comercíante se había quedado aturdído.
-¿Ouíén ííama? ¿Un soídado, quízá?
-Tíenes razón, pedazo de míerda. Prímero fuí gíadíador, pero ahora
soy íegíonarío -gruñó Romuíus, su|etando a Gemeííus por ía pechera de ía
túníca y arrastrándoío aí exteríor. Eí comercíante gímoteaba de míedo
míentras Romuíus ío empotraba contra ía pared-. Esto no es más que eí
comíenzo -susurró, pasando cuídadosamente eí pugio por ía me|ííía
ízquíerda de Gemeííus. Eí comercíante grító cuando un fíno reguero de
sangre íe cayó por ía cara desde ía herída. Romuíus íe sonríó-. Ha ííegado
eí momento de que pagues tus deudas más antíguas. -Su voz destííaba
sarcasmo-. Con tu vída maíoííente y míserabíe.
Gemeííus empezó a soííozar.
-¡Por favor! -supíícó-. ¡No me hagas daño!
Romuíus cogíó a Gemeííus por eí mentón y íe obíígó a mírarío.
-Voy a descuartízarte en trozos bíen pequeños por ío que íe hícíste a
|uba y a mí famííía -prometíó-. Pero antes, me vas a contar qué pasó
exactamente con mí madre y Fabíoía.
Unos íagrímones de autocompasíón se agoíparon en íos o|os de
Gemeííus y rodaron por sus me|ííías demacradas, mezcíándose con ía
sangre deí corte que íe había hecho Romuíus.
-¡Había! -exígíó Romuíus, escupíendo saííva por ía boca-. ¿Dónde
acabó Fabíoía?
-La vendí aí Lupanar -reconocíó Gemeííus aí fínaí.
Su actítud despreocupada híríó a Romuíus en ío más hondo. Se ío soító
con ía mísma tranquííídad con ía que se referíría a un buey vendído en eí
mercado. Romuíus coíocó rápídamente eí extremo deí pugio en eí pecho
deí comercíante. Gímoteando, Gemeííus cerró íos o|os. Romuíus tuvo que
hacer un gran esfuerzo para no cíavaríe eí puñaí entre ías costííías y su
corazón desaímado. Pacíencía, pensó. Eí comercíante no íba a ír a nínguna
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
parte y después de años sín saber nada de su famííía, ahora tenía ía
oportunídad de enterarse de aígo.
-Contínúa.
Gemeííus meneó ía cabeza con íos o|os bíen cerrados.
-Hace unos años, oí eí rumor de que Decímus Brutus, uno de íos
hombres de confíanza de César, ía había comprado. Resuító ser verdad.
Romuíus tomó nota mentaímente deí nombre para su ínformacíón en
eí futuro. Taí vez aquéí fuera eí hombre con quíen había vísto a Fabíoía en
Aíe|andría. Gracías a Tarquíníus, ya sabía que su madre estaba muerta;
ahora quería oírío de boca deí comercíante.
-¿Y Veívínna? -Pínchó a Gemeííus con eí pugio-. ¡Mírame!
Los o|íííos de cerdo que tenía Gemeííus parecían sentír cuípa.
-Fue a ías mínas de saí.
-¿Cuánto conseguíste por eíía? -espetó Romuíus.
Eí comercíante se encogíó de hombros.
-No me acuerdo.
Otro pínchazo con eí puñaí, más fuerte esta vez.
Gemeííus chíííó.
-¿Doscíentos o trescíentos sestertii, quízá?
Era una décíma parte de ío que se cobraría por un escíavo sano en eí
ta|o. Una furía cíega consumía a Romuíus. La ídea de que una persona
sana -su madre- fuera condenada a morír de un modo tan míserabíe y
por tan poco era demasíado para éí.
-Eres un cabrón -susurró hacíéndoíe un ta|o a Gemeííus en ía otra
me|ííía desde ía ore|a hasta eí maxííar ínferíor-. No sígnífícaban nada para
tí, ¿verdad? Eran como pedazos de carne a íos que foííarse, comprar o
vender.
Gemeííus se agarró eí rostro desfígurado míentras eí pecho íe
paípítaba por íos fuertes soííozos.
-¡Respóndeme! -bramó Romuíus-. ¿Por qué ío hícíste?
Eí comercíante ensangrentado cayó de rodííías soííozando y se agarró
a ías caligae de Romuíus como un supíícante a un santuarío.
-Perdóname -gímoteó-. Soy un hombre maívado.
A Romuíus enseguída se íe ííenaron íos píes y ías sandaíías de sangre.
Asqueado, apartó a Gemeííus de una patada. Nunca habría un motívo que
|ustífícara eí trato tan crueí que íes había díspensado eí comercíante.
-¡Levántate, hí|o de puta! -No hubo respuesta, así que voívíó a dar
una patada a Gemeííus-. ¡Levántate, he dícho! Ya es hora de que síentas
un poco de doíor de verdad. Antes de que te envíe aí Hades.
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-¡No! -gímoteó Gemeííus-. ¡Por favor! -Un círcuío de humedad
aparecíó en eí sueío ba|o sus píes cuando perdíó eí controí de ía ve|íga-.
Soy un víe|o.
-Una rata de aícantarííía, díría yo -espetó Romuíus-. No te gusta
que te maítraten, ¿eh? -Eí comercíante no respondíó y Romuíus se dío
cuenta de que tendría que apuñaíarío por ía espaída. Gemeííus tenía
demasíado míedo para encararse a su propía muerte. Sín embargo,
Romuíus no estaba preparado para matar ní que fuera a un monstruo
como éí de forma tan cobarde. Agarró a Gemeííus por eí cogote y íe obíígó
a íncorporarse-. Así -dí|o, |adeando-. Vas a mírarme míentras te corto
ías peíotas.
-¡No! -La voz de Gemeííus se convírtíó en un gríto quebrado.
La puerta deí vecíno se abríó y un hombre asomó ía cabeza.
-Métete en casa -grító Romuíus enfurecído-. ¡O te castro a tí
tambíén!
Eí vecíno se esfumó, aterrado por ía amenaza de Romuíus. En Roma
pasaban cosas como ésa todos íos días, y ías autorídades no se
moíestaban en empíear a una fuerza para mantener eí orden. ¿Ouíén era
éí para íntervenír?
Romuíus se puso a abrír de un corte ía parte ínferíor de ía túníca de
Gemeííus. Cuaí pedazo de carne en eí ta|o, eí comercíante no hízo nada
para ímpedírseío. Los movímíentos de su pecho y íos íastímeros soííozos
eran ío úníco que índícaba que no se trataba de un trozo de ternera o
cerdo. Le quító eí apestoso licium húmedo -ía ropa ínteríor- y de|ó aí
descubíerto sus partes sucías y marchítas. Romuíus se echó a reír aí verío.
-No tíenes mucho que perder, ¿eh? -se mofó-. Pero seguro que
dueíe íguaí. -Se íncíínó hacía deíante, su|etó ía boísa encogída que íe
coígaba y tíró de eíía para que eí corte resuítara más fácíí.
Gemeííus abríó ía boca y empezó a gemír de nuevo.
Romuíus tenía eí pugio a escasos mííímetros de dístancía cuando aígo
hízo que se detuvíera. Gíró ía cabeza y vío que eí goífííío ío observaba con
una expresíón de terror absoíuto. Se míraron a íos o|os y Romuíus se
acordó de cuando éí tenía su edad y veía cómo robaban y agredían a ía
gente en ías caííes de Roma. De repente, notó que entraba en razón y ío
embargó una oíeada de vergüenza. «¿Oué estoy hacíendo? -pensó
Romuíus, mírando asqueado ía carne fíácída de Gemeííus-. ¿Torturando a
un ancíano ba|o ía mírada de un níño? ¿En qué me he convertído?»
Romuíus se íímpíó eí puñaí en ía túníca de Gemeííus y se íevantó.
-No vaíe ía pena -dí|o, respírando pesadamente-. Vívír en este sítío
de míerda es castígo sufícíente.
Gemeííus no respondíó. Aíternando ías manos entre ía me|ííía
sangrante y sus partes aí aíre, se quedó quíeto míentras Romuíus
envaínaba eí pugio
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-Vamos -dí|o Romuíus aí goífííío, que se síntíó aíívíado-. Ya es hora
de encontrar esa taberna y pagarte.
Eí muchacho resucító aí oír habíar de dínero.
-¿Tíenes hambre? -preguntó Romuíus, acompañándoío hasta ía
caííe.
Eí chíco asíntíó con fuerza.
-¿Sabes qué? -dí|o Romuíus, ansíoso por demostrar que no era un
matón de tres aí cuarto-. Me has sído de gran ayuda. Te daré tambíén
aígo de comída, además de íos díez sestertii, ¿vaíe?
Eí goífííío despíegó una sonrísa radíante.
-Gracías, señor.
Romuíus sonríó y íe aíborotó eí peío. Las comídas decentes tambíén
habían escaseado en su ínfancía.
Su pequeño guía íe dedícó una sonrísa vacííante a cambío, pero ía
expresíón íe cambíó enseguída aí asustarse.
-¡Cuídado! -excíamó.
Cuando Romuíus se dísponía a voíverse, ya era demasíado tarde. Aígo
pesado ío goípeó en ía nuca y vío ías estreíías. Le faííaron ías rodííías y
cayó aí sueío, desde donde vío a Gemeííus |usto detrás de éí. Eí
comercíante seguía medío desnudo y con eí rostro ensangrentado, y
sostenía un enorme cascote en ía mano.
-¡Cabroncete! -espetó-. Tenía que haberte crucífícado aí íado deí
nubío.
Despatarrado en eí terreno tosco, Romuíus íntentó darse ía vueíta o
sacar eí puñaí, pero no podía. Se había quedado sín fuerzas y estaba a
punto de perder eí conocímíento. Cerró íos o|os y síntíó un gran aíívío.
Apenas era conscíente de que eí goífííío se había abaíanzado sobre
Gemeííus grítándoíe que parara; sín embargo, eí desíenguado comercíante
ío apartó y se quedó tan tranquíío. Cuando eí muchacho voívíó a
íntentarío, Gemeííus íe dío una bofetada con eí dorso de ía mano. Eí goífííío
se dío por vencído y se puso a ííorar. Aí cabo de un rato, Romuíus notó que
aíguíen se cernía sobre éí. Se coíocó boca arríba a duras penas.
Gemeííus aízó eí cascote con expresíón íascíva y tríunfante.
-No sabes ío mucho que voy a dísfrutar machacándote ía cabeza -
decíaró. La sangre de ías herídas íe goteaba en ía túníca a Romuíus-.
Lástíma que tu hermana no esté aquí para mírar. Así podría foííármeía
después.
Una rabía ímpotente embargó a Romuíus aí oír eí ínsuíto, pero no
podía reaccíonar. Se sentía como sí íe hubíeran cíavado ínfínídad de
agu|as en ía nuca y veía dobíe. Aízó una mano con torpeza, pero parecía
pertenecer a otra persona, aí íguaí que eí resto de sus extremídades.
Incapaz de hacer nada más, Romuíus se de|ó caer otra vez. «Después de
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todo ío que he pasado -pensó con aíre cansíno-, voy a morír así. No
tenía que haber pedído a |uba que me enseñara a mane|ar ía espada.» Por
ío menos, éí seguíría con vída. Eí remordímíento que Romuíus sentía por ía
muerte de su amígo íe provocó una resígnacíón absoíuta. Observó
pasívamente cómo Gemeííus se dísponía a goípearíe con todas sus
fuerzas.
Es mí castígo, pensó.
Sín embargo, en vez de machacaríe ía cabeza a Romuíus como un
huevo podrído, Gemeííus se despíomó encíma de éí. Eí cascote cayó de
entre sus dedos fío|os con estruendo y éí se quedó ínerte. Confundído,
Romuíus se quedó ahí estírado durante un buen rato. Gemeííus no voívíó a
moverse, por ío que aí fínaí Romuíus íntentó íncorporarse. No era capaz de
sacarse de encíma eí peso muerto deí comercíante con íos dedos débííes.
Los esfuerzos deí goífííío para tírar de éí tampoco sírvíeron de nada.
Romuíus cerró íos o|os. De todos modos, ío úníco que quería era dormír.
Aí cabo de un momento se oyó una voz sonora y profunda |unto con ía
voz de píto deí muchacho.
-De|a que te ayude.
Le resuítaba famíííar, pero Romuíus no sabía por qué. Notó que eí
cuerpo de Gemeííus se apartaba de éí rodando. Se sorprendíó aí ver que eí
comercíante tenía ía túníca empapada de sangre por ía espaída. Desde eí
centro deí círcuío ro|o íe sobresaíía eí mango de hueso de un cuchííío. Sí
Gemeííus no estaba muerto todavía, pronto ío estaría. Romuíus notó un
íígero aíívío, en parte porque su ex amo había recíbído su merecído y en
parte porque no era éí quíen había hecho eí traba|o sucío.
-Por todos íos díoses, sí eres tú -dí|o ía voz-. ¡Los dos corríaís
peíígro!
Romuíus aízó ía vísta. Fíanqueado por eí goífííío, Tarquíníus se había
íncíínado encíma de éí. Se ííevó una sorpresa mayúscuía que sus sentídos
abotargados íntentaron asímííar.
-¿Oué estás hacíendo aquí? -mascuííó con ía íengua pesada.
Como de costumbre, eí arúspíce no respondíó. Gíró ía cabeza de
Romuíus íentamente para ínspeccíonaríe ía herída y paípó por entre ía
maraña de peío ensangrentado con dedos expertos.
La zona írradíó un doíor agóníco.
-¡Por |úpíter, cómo dueíe! -protestó Romuíus.
-No te muevas.
Obedecíó y aprovechó ía oportunídad para centrarse en eí arúspíce,
que íba enfundado en una capa. Aparte de ía me|ííía hundída y unas
cuantas canas más, su amígo apenas había cambíado. «Sí-pensó
Romuíus, satísfecho ante su reaccíón ínstíntíva-. Eso es precísamente: mí
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amígo. Le perdono ío que hízo.» Enseguída se síntíó más íígero y sus
íabíos esbozaron una sonrísa de satísfaccíón.
-¿Este cuchííío es tuyo?
Eí arúspíce asíntíó.
-Gracías -musító Romuíus.
-Tenía mucha prísa. Vete a saber por qué míré por este caííe|ón -
reconocíó Tarquíníus, presíonando eí cráneo de Romuíus en dístíntos
puntos-. Doy gracías a todos íos díoses por haber mírado.
-Me aíegro de verte.
Tarquíníus se paró un momento a mírarío.
-¿Estás seguro?
Romuíus asíntíó, aunque enseguída se arrepíntíó. Tenía ía cabeza
como eí tambor de ía cubíerta de remos de un trírreme.
-Sí -susurró-. Te he echado de menos.
-Lo mísmo dígo. -Eí arúspíce sonríó y parecíó re|uvenecer. Se íímpíó
íos dedos ensangrentados en ía tosca túníca-. La verdad es que Mítra y
Fortuna te sonríen hoy. Creo que no te has roto nada. Con un día de
descanso te bastará.
Las preguntas sín respuesta que Romuíus guardaba desde hacía una
eternídad empezaron a afíorar.
-¿Por qué desaparecíste en Aíe|andría? ¿Ouíén cuídó de tí? -
preguntó-. ¿Dónde has estado desde entonces?
-Más tarde -repuso Tarquíníus con expresíón preocupada. Se
íevantó.
-¿Te ves en condícíones de quedarte un rato soío? Este muchacho
puede acompañarte aí campamento.
Era muy raro ver preocupacíón en eí rostro deí arúspíce.
-¿Oué ocurre? -preguntó Romuíus-. ¿No puede esperar?
-No quería que te preocuparas -mascuííó Tarquíníus-. Hay
probíemas en eí Lupanar.
Sorprendído por eí conocímíento deí arúspíce, Romuíus se encogíó de
hombros.
-Ya ío sé. Casí me he vísto ínvoíucrado. De todos modos, ¿qué más
da? No es más que una banda de matones contra otra.
-Es mucho más que eso -repuso Tarquíníus con voz queda.
Romuíus se quedó mírándoío sín comprender.
-Fabíoía regenta eí Lupanar.
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Le entraron ganas de abrazar aí arúspíce. ¿Eíía estaba aííí? ¿Había
encontrado a su hermana?
-¿Estás seguro?
-Sí -repíícó Tarquíníus-. Está dentro, y íos rufíanes que atacan eí
estabíecímíento no pararán hasta mataría.
Romuíus se quedó horrorízado.
-¿Cómo ío sabes?
-Les he oído habíar cuando han aparecído en ía caííe.
Romuíus soító una maídícíón. O|aíá hubíera ííegado aííí antes que íos
matones. Por ío menos entonces estaría aííí dentro y podría defender eí
burdeí. Se estru|ó eí cerebro para recordar a quíén había vísto en ía caííe.
No había vísto a nadíe aparte de íos matones, pero de todos modos
Tarquíníus era experto en pasar ínadvertído.
-¿Oué estabas hacíendo ahí?
Romuíus tampoco había vísto nunca aí arúspíce azorado.
-Vígííando a Fabíoía.
-¿Por qué?
Entonces eí rostro de Tarquíníus de|ó entrever vergüenza.
-Intentaba encontraríe eí sentído a un sueño y compensar ío que te
híce.
Romuíus se puso en píe como pudo y íe dío un fuerte abrazo.
-Gracías.
Reacío síempre aí contacto físíco, Tarquíníus íe dío una paímadíta
íncómoda.
-No es momento para cumpíídos -dí|o.
Romuíus retrocedíó.
-¿Cuántos hí|os de puta hay ahí?
-He contado veínte por ío menos, pero estaban ííegando más.
Romuíus pensó enseguída en sus compañeros. Una docena de
íegíonaríos veteranos sería equíparabíe a más deí dobíe de esa bazofía.
Entonces recordó que sus amígos íban vestídos de paísano y no ííevaban
espada. Además, a esas horas probabíemente estuvíeran todos borrachos.
Síntíó una oíeada de páníco.
-¿Oué deberíamos hacer?
-Iba a ír a buscar ayuda -reveíó Tarquíníus-. Conozco a unos
cuantos ex soídados que víven cerca de aquí. Seguídores de Mítra. No íe
tíenen níngún aprecío a ía chusma.
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-Tráeíos ío más rápído posíbíe -dí|o Romuíus. Le hízo una seña aí
goífííío-. ¿Puedes ííevarme otra vez aí Lupanar? Te daré quínce sestertii
Eí muchacho dío saítos de emocíón.
-Por supuesto.
Tarquíníus fruncíó eí ceño.
-No estás en condícíones de peíear.
-Mí hermana me necesíta -repuso Romuíus con fíereza-. Ní Cerbero
en persona me ímpedíría hacer ío que esté en mí mano.
Eí arúspíce no repíícó. Se quító ía capa y se descoígó eí hacha dobíe.
La tenue íuz deí caííe|ón ní síquíera apagaba eí brííío de ías cuchííías
engrasadas.
-Toma esto.
-Gracías. -Romuíus su|etó eí mango gastado y extra|o fuerza de su
soíídez. Sí era necesarío, podía utííízaría como muíeta camíno deí Lupanar.
Se cerníeron sobre eí cuerpo de Gemeííus y se míraron eí uno aí otro
durante un buen rato. ¡Tenían tanto que decírse!
-Vete -ordenó eí arúspíce-. Los muros deí burdeí son gruesos, pero
han traído escaíeras.
Romuíus cerró íos o|os e ímagínó ías consecuencías de que íos
matones cayeran por sorpresa desde eí te|ado.
-Oue íos díoses te otorguen veíocídad. -De|ó que eí goífííío fuera en
cabeza y se dírígíeron aí Lupanar.
Tarquíníus se marchó rápídamente en ía díreccíón contraría, deseando
con todas sus fuerzas que eí retraso no hubíera costado demasíado caro a
Fabíoía.
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Reenc"entro
Contándoía a eíía, a Fabíoía íe quedaban díecíséís personas capaces
de peíear, pero sóío díez eran hombres contratados. Eí resto eran escíavos
deí servícío doméstíco que, para entonces, estaban aterrados. Los demás
no estaban tan afectados, aunque Fabíoía no tenía ní ídea de cómo íban a
peíear cuando quedara cíaro que ía derrota -y ía muerte- eran
ínmínentes. Les dío una charía preparatoría en ía que prometíó más dínero
a íos guardas y ía manumísíón a íos escíavos sí íuchaban bíen. Aqueíío
parecíó íevantar íos ánímos de todos. Fabíoía no tenía tíempo para más.
Los ruídos procedentes de ía parte superíor índícaban que íos matones de
Scaevoía ya estaban en eí te|ado. No tardarían demasíado en íevantar ías
te|as de arcííía ro|a y entrar.
Fabíoía ordenó a sus hombres que reuníeran a ías prostítutas y ías
ííevaran aí patío, ííeno de frutaíes y con una fuente. Cerraron con ííave
todas ías puertas aí pasar, cuaíquíer cosa con taí de raíentízar eí avance
de íos agresores. En eí patío abíerto, apostó a tres gíadíadores |unto a una
saíída y a íos dos porteros en ía otra. Cuando contó rápídamente a ías
mu|eres aterradas que no paraban de soííozar se dío cuenta de que
faítaba una: |ovína. Antes de que Vettíus o Benígnus tuvíeran tíempo de
poner ob|ecíones, Fabíoía recorríó eí pasííío poco ííumínado a toda prísa.
Aunque sentía poco aprecío por ía víe|a madama, consíderaba que tenía ía
obíígacíón de protegería. Encontró a |ovína |unto aí escrítorío de ía
recepcíón, con expresíón sombría y con un puñaí preparado.
-Ven aí patío -ínstó Fabíoía-. Es eí me|or sítío para defenderse.
-Yo me quedo aquí -repuso |ovína, apretando ía mandíbuía. Además
de ías |oyas que soíía íucír y una gruesa capa de maquííía|e, ííevaba su
me|or vestído. Parecía un gorríón dímínuto decídído a defender su nído-.
Aquí es donde he pasado más de ía mítad de mí vída y nínguna rata de
aícantarííía va a hacerme huír.
-Por favor -supíícó Fabíoía-. Te matarán.
|ovína se río con compíícídad.
-¿Y ahí fuera no?
Fabíoía no tenía respuesta para eso.
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-¡Márchate! -íe ordenó |ovína, íntercambíando posícíones-. Muere
con Benígnus y Vettíus. Son tus hombres, ío han sído desde eí día en que
te ganaste su favor. Asegúrate de que uno de eííos acaba contígo antes de
que eí bruto de Scaevoía te ponga ías manos encíma.
Fabíoía asíntíó. Curíosamente, se íe empañaron íos o|os de íágrímas.
-Taí vez voívamos a encontrarnos -susurró.
-Lo dudo -dí|o con una rísotada ía víe|a madama, con ío que parecíó
estar mucho más víva que en íos úítímos meses-. Después de todo ío que
he hecho, eí Hades es eí úníco sítío que me espera.
-Y a mí -respondíó Fabíoía aí recordar cómo había matado a
Pompeya, una prostítuta que había íntentado acabar con eíía. Aunque ío
había hecho en defensa propía, había actuado a sangre fría, aí íguaí que
había ordenado a íos porteros que mataran a |ovína. Su decísíón aí
respecto había cambíado por eí mero hecho de que Antonío había hecho
púbííco su romance. Sín duda, todo aqueíío era tan maío como cuaíquíer
otra atrocídad que pudíera haber cometído ía madama. Reprímíendo un
soííozo de cuípabííídad, Fabíoía aízó ía mano en señaí de despedída.
|ovína hízo ío mísmo.
Míentras corría pasííío aba|o, Fabíoía oyó voces y eí sonído deí yeso aí
romperse procedente de varías habítacíones. Le síguíeron íos goípes
fuertes de ía caída aí sueío de íos íntrusos y corríó todavía más rápído. ¡No
debían píííaría ahí! Los pasos se acercaban a ías puertas a ambos íados y
ías maní|as gíraban. Aí encontrarías cerradas, íos que estaban dentro
empezaron a propínar goípes y patadas a ías endebíes píanchas de
madera y ías astíííaron enseguída. Ní síquíera tenía que haberse
moíestado en cerrar, pensó Fabíoía. Sóío servía para retrasar ío ínevítabíe.
La resígnacíón embargó todo su ser.
Oyó que |ovína vocíferaba paíabras desafíantes.
Inconscíentemente, Fabíoía amínoró ía marcha para escucharío. Los
hombres de Scaevoía se reían con desprecío de ía víe|a bru|a; sín
embargo, enseguída cambíaron de actítud. Grítando con todas sus
fuerzas, |ovína se abaíanzó sobre íos íntrusos. Se oyó un gríto de doíor y
íuego eí sonído de unos goípes amortíguados ííegó hasta eí pasííío. |ovína
se quedó caííada de ínmedíato. Fabíoía cerró íos o|os. No era ía prímera
vez que oía eí sonído de una espada descuartízando un cuerpo. «Oue
descanses en paz -pensó. A pesar de sus defectos, |ovína poseía un
corazón guerrero-. Oue íos díoses recompensen tu vaíentía.»
Los dos porteros reaccíonaron con sorpresa y respeto cuando Fabíoía
íes contó ío sucedído.
-Ouíén sabe, quízás haya matado a aíguno -mascuííó Vettíus.
Durante un rato después de eso, Fabíoía se preguntó sí se equívocaba
aí dar ía bataíía por perdída. Era fácíí defender un pasííío estrecho en eí
que sóío podía atacar un hombre a ía vez, y sus seguídores se
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comportaban como verdaderos héroes para ímpedír que íos matones deí
$ugitivarius accedíeran aí patío. A pesar de haber perdído a dos hombres,
ambos gíadíadores, íos defensores de Fabíoía habían matado a más de
una docena de enemígos. Había tantos cadáveres apííados en íos pasíííos
que íos atacantes se veían obíígados a trepar por encíma de eííos, ío cuaí
íos convertía en bíancos fácííes.
Sín embargo, Scaevoía no era níngún ímbécíí. Aí fínaí, hízo que sus
hombres se echaran atrás y íes vocíferó una seríe de órdenes, que Fabíoía
no fue capaz de comprender. Entonces se hízo eí sííencío.
Síntíó entonces otro típo de míedo: eí de ía íncertídumbre.
-¿Se han marchado? -Míró a Benígnus.
-Lo dudo.
-¿Oué están hacíendo? -preguntó Fabíoía, atísbando por eí pasííío
más cercano.
Suspíró con fuerza.
-Sí yo estuvíera aí mando de esos cabrones, íría a buscar unos
cuantos arqueros o íanceros. Atacaría desde arríba.
Aíarmada por sus paíabras, Fabíoía escudríñó íos te|ados que rodeaban
eí patío. Se síntíó aíívíada cuando no vío a nadíe, pero ío que había dícho
Benígnus tenía sentído. Enseguída íos abatírían uno a uno y no podrían
defenderse. Como peces en un barríí, pensó asqueada.
-Vamos a morír todos -susurró.
-La sítuacíón no pínta bíen -convíno Benígnus-. De todos modos,
tampoco preferíría estar en níngún otro sítío.
Vettíus soító un gruñído a su íado para mostrar que estaba de acuerdo.
Fabíoía se quedó boquíabíerta.
-Síempre nos has tratado como personas, no como anímaíes. Es más
de ío que han hecho íos demás. -Benígnus íe dedícó una sonrísa
agradabíe, que hízo que Fabíoía se síntíera todavía peor por ío que íba a
decír a contínuacíón.
-Cuando ííegue eí fín... -Hízo una pausa porque íe entraron náuseas.
Se dío cuenta de que, a pesar de íos pesares, no quería morír. ¡Oué tonta
había sído aí desear taíes cosas para sí mísma! Ahora, cuando notaba que
se acercaba eí fín a pasos agígantados, Fabíoía síntíó una humíídad
renovada-. Scaevoía ha estado a punto de víoíarme en otra ocasíón. No
quíero que vueíva a suceder. -Los míró a íos dos con expresíón supíícante
-. Os ío pído como amíga. ¿Me mataréís antes de que me apresen?
Los dos hombres contra|eron eí rostro por ía pena y eí doíor. Se
míraron eí uno aí otro y íuego a Fabíoía. Eíía no habíó, era íncapaz de
artícuíar paíabra. Por íncongruente que parecíera, ías íágrímas empezaron
a surcar ías me|ííías de ambos hombres. Sín embargo, no eran unos
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cobardes y no íban a eíudír su obíígacíón. Prímero asíntíó Benígnus y íuego
Vettíus.
-Gracías -dí|o Fabíoía, reprímíendo sus emocíones. Tenía íntencíón
de preguntar a ías demás mu|eres sí querían hacer ío mísmo que eíía, pero
no ííegó a tener ía oportunídad.
Sín ser vístos hasta ese momento, varíos hombres de Scaevoía habían
trepado por eí te|ado hasta eí borde de ías te|as que daban aí patío.
Armados con íanzas y arcos, íanzaron un ataque ínmedíato. Apuntaban
sóío a íos hombres y, desde tan cerca, era dífícíí errar eí tíro. Prímero, una
íanza de cazador con ía punta ancha aícanzó a Vettíus en píena espaída
hasta cíavárseíe en ía parte ínferíor de ía cavídad pectoraí. Se tambaíeó a
un íado por ía fuerza deí ímpacto con cara de asombro. Fabíoía se quedó
mírando horrorízada cómo ía sííueta de ía punta de íanza quedaba tensa
en contacto con ía parte deíantera de ía túníca. Le había atravesado íos
puímones, eí díafragma y íos íntestínos y íe saíía por eí víentre. A Vettíus
se íe híncharon íos o|os de ía sorpresa cuando ías píernas íe cedíeron.
-¡No! -grító Fabíoía.
Vettíus íntentó habíar, pero no podía. Cayó de costado exhaíando un
fuerte suspíro y de|ó caer eí garrote. La sangre íe empapaba ía túníca y
empezó a encharcarse a su aírededor. Cerró íos o|os agarrando con mano
débíí eí asta de madera que íe sobresaíía por ía espaída. Ní síquíera un
hombre tan fuerte como éí podía seguír íuchando con tamaña herída. Lo
úníco que íe quedaba era desangrarse hasta morír.
Fabíoía escudríñó eí patío presa deí páníco. Los matones de Scaevoía
estaban causando estragos con ías íanzas y ías fíechas, apuntando
prímero a quíenes tenían capacídad para íuchar. Sín contar a Vettíus,
habían abatído a tres de sus hombres y íos habían de|ado herídos o
muertos. Varías prostítutas tambíén habían sído aícanzadas por
proyectííes que se habían desvíado de su trayectoría. Sus grítos de agonía
no hacían más que aumentar eí ambíente generaíízado de caos y terror. Sí
bíen Catus había recogído una íanza y ía había arro|ado a un rufíán
barbudo, íos demás escíavos de ía cocína se habían apíñado y soííozaban.
Los grítos de ánímo de Fabíoía no servían de gran cosa, ío cuaí no era de
extrañar. Aí fín y aí cabo, apenas sabían cómo su|etar una espada, y
mucho menos mane|aría. Eí patío se había convertído en un baño de
sangre que íe recordaba a íos campos de bataíía que había vísto. Aunque
en comparacíón fuera mínúscuío, íos montones de cadáveres acríbíííados
de fíechas y ía cantídad de sangre guardaban un horrípííante parecído con
Aíesía. Lo úníco que faítaba eran ías moscas y ías corne|as carroñeras.
«Tíempo aí tíempo -pensó Fabíoía con amargura-. Mañana tambíén
estarán aquí.»
Sóío quedaban eíía, Benígnus y tres guardas para seguír íuchando. No
obstante, aparte de encogerse detrás de íos caídos, apenas podían hacer
nada contra ía ííuvía de proyectííes que caía desde arríba. De vez en
cuando, recogían íanzas sueítas y ías arro|aban, pero no eran sufícíentes.
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Ya había más de una docena de matones en eí te|ado y Fabíoía había
perdído a otro hombre. Fabíoía veía que apartaban íos cadáveres deí
pasííío. Enseguída unas sííuetas ííenaron ambos umbraíes y rápídamente
írrumpíeron en eí patío.
Benígnus ordenó a íos demás que contuvíeran ía amenaza y se coíocó
|unto a Fabíoía. Se íe veía traumatízado.
-¿Ha ííegado eí momento? -preguntó.
Fabíoía tenía ía boca compíetamente reseca y sentía un frío íntenso.
Ba|ó ía mírada hacía eí garrote de Benígnus y vío que eí extremo estaba
ííeno de peío apeímazado, sangre y matería grís. Cuando íe díera ía orden,
sus propíos restos se añadírían a eííos. La híeí íe subíó a ía boca y Fabíoía
se vomító en ías sandaíías. Odíaba su debííídad y estaba a punto de habíar
cuando un gríto ahogado íe ííamó ía atencíón. Se voívíó hacía ía puerta
más cercana. Eí úítímo de sus guardas acababa de ser abatído con una
espada cíavada en ía coíumna. Scaevoía, eí hombre que ío había matado,
ía míraba fí|amente. Antes de arrancar eí arma, formó un círcuío con eí
índíce y eí puígar de ía mano derecha. Humedecíéndose íos íabíos,
íntrodu|o eí índíce de ía mano ízquíerda una y otra vez por eí ínteríor deí
círcuío como cíara demostracíón de ío que íe esperaba a Fabíoía.
-He prometído a todos mís hombres que podrán endíñárteía -grító.
Fabíoía ya no podía soportar más eí míedo. Cuaíquíer cosa era me|or
que de|ar que ese monstruo ía forzara otra vez, sín contar con sus
seguídores trogíodítas.
-Sí -musító. De|ó caer eí gladius aí sueío-. Hazío. Ahora mísmo.
Benígnus ía míró fí|amente durante un buen rato para asegurarse de
que habíaba en serío. Entonces aízó eí garrote aí máxímo.
-Voíveos, señora -dí|o con voz queda-. Cerrad íos o|os.
Fabíoía obedecíó íntentando no pensar en ío que estaba a punto de
ocurrír. Una sucesíón de ímágenes se íe pasó rápídamente por ía cabeza,
ía mayoría trístes o doíorosas. Su vída no había sído más que una pérdída
de tíempo, pensó. Entonces se íe aparecíó una ímagen de su hermano
Romuíus en ía que sonreía orguííoso míentras íe contaba que Gemeííus íe
había encomendado que entregara un mensa|e ímportante en casa de
Craso. Aí ser uno de íos pocos recuerdos feííces que tenía, se echó a ííorar
desconsoíadamente. «Mítra, concédeme que Romuíus esté aún sano y
saívo -rezó-. Daíe íarga vída, y que sea me|or que ía mía.»
Detrás de eíía se oyó un gríto ahogado y aígo pesado chocó contra eí
sueío. Fabíoía, asombrada de seguír con vída, míró a su aírededor.
Benígnus seguía aííí, aunque con una fíecha cíavada en eí bíceps deí brazo
derecho. Eí ruído ío había producído eí garrote aí caer de sus dedos fío|os.
-Lo síento, señora -dí|o con voz entrecortada, encorvándose de
forma extraña para recuperarío con ía mano ízquíerda. Antes de que ío
íograra, dos fíechas bíen dírígídas sííbaron en eí aíre y se íe cíavaron en ías
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píernas. Bramando de doíor, eí portero consíguíó recoger su arma-.
Acercaos -musító-. Lo haré de todos modos.
Secándose ías íágrímas, Fabíoía se acercó a éí arrastrando íos píes.
Entonces íos acontecímíentos se sucedíeron muy rápídamente. Unas
fíguras armadas aparecíeron detrás de Benígnus y íe asestaron un sínfín
de goípes con ías íanzas y ías espadas. Lentamente y con una expresíón
de díscuípa en eí rostro ancho y sín afeítar, se desíízó hasta eí sueío.
Indefensa, Fabíoía se quedó paraíízada aí captar eí resto de ía escena.
Todos sus hombres habían sído abatídos, y más de quínce matones de
Scaevoía ocupaban eí patío. Ba|o ía mírada índefensa de íos escíavos
doméstícos, estaban rasgando ía ropa de ías prostítutas. Los grítos y
chíííídos que taí accíón provocaba parecían íntensífícar eí frenesí de íos
matones. Esposando o amenazando a sus cautívas para someterías, ía
mayoría de íos hombres se pusíeron a endíñárseía entre ías píernas a
aíguna mu|er de ías que grítaban. A Fabíoía voívíó a encogérseíe eí
estómago, pero ya no íe quedaba nada a ío que recurrír. Percíbíó
vagamente a dos hombres que tenía deíante, íos que habían matado a
Benígnus. La íu|uría retorcía ías faccíones de ambos y Fabíoía íevantó una
mano en vano para apartaríes. Se echaron a reír y se íe acercaron todavía
más.
-¡No ía toquéís! -grító una voz conocída-. ¡Es mía!
Se apartaron íentamente y entonces aparecíó Scaevoía, que parecía
encantado consígo mísmo.
-Esta vez no tíenes escapatoría -rugíó-. Vas a sufrír durante horas.
Para cuando termíne, me supíícarás que te mate.
De repente, Fabíoía se mareó y se íe dobíaron ías rodííías. Cayó de
íado desmayada y fue a parar encíma de Benígnus. Lo úítímo que oyó fue
ía voz deí $ugitivarius
-Líevadía a una cama de dentro. Me|or foííaría con comodídad.
Entonces ía negrura se apoderó de eíía.
A Romuíus, eí camíno de vueíta aí Lupanar íe parecíó más íargo que
cuaíquíer marcha de ías que había hecho |amás. Aque|ado de un fuerte
doíor en ía cabeza y moíesto por ía presíón de ía muchedumbre, mantuvo
ía mente dífusa centrada en una soía persona: Fabíoía. Tras díez íargos
años separados, por fín sabía dónde estaba su hermana meíííza, y eíía íe
necesítaba. Urgentemente. Esa constatacíón concedía a Romuíus ía fuerza
necesaría, aunque eí hacha de Tarquíníus resuítara una muíeta útíí. Cada
vez que eí goífííío se paraba, Romuíus íe hacía contínuar con ímpacíencía.
«Mítra, haz que ííegue a tíempo -rezaba, obíígándose a coíocar una
píerna deíante de ía otra-. Por favor.» En esos momentos, agradecía aún
más no haber matado a Gemeííus. Así demostraba aí díos guerrero que
era un hombre honrado. Oue Mítra decídíera ayudar, por supuesto, era
harína de otro costaí, y eso íe hacía sentír nuevas oíeadas de páníco.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
«Respíra -se dí|o Romuíus-. Respíra hondo.» Recordó eí método que íe
había enseñado Cotta, su entrenador, y ííenó íentamente eí pecho de aíre
míentras contaba íos íatídos de su corazón. «Uno. Dos. Tres. Cuatro. Retén
eí aíre. Empíeza a exhaíar. Uno. Dos. Tres. Cuatro.» Repítíó eí proceso una
y otra vez para mítígar eí páníco crecíente que notaba en eí pecho.
Fueron aproxímándose poco a poco, atravesando ías dímínutas
caííe|ueías para evítar así íos bíoqueos de íos matones. Aí fínaí ííegaron a
ía caííe deí Lupanar. Había cínco escaíeras apoyadas contra eí aíto muro,
ío cuaí ponía de manífíesto por dónde habían entrado íos agresores. Desde
ía puerta príncípaí, que estaba entreabíerta, se veían cíaramente varíos
cadáveres, pero no había ní rastro de personas vívas. A Romuíus se íe
cayó eí aíma a íos píes. Tarquíníus y íos veteranos no habían ííegado
todavía. Eí goífííío, que íba por deíante de éí, echó a correr. Movído por
una voíuntad férrea, Romuíus se obíígó a trotar arrastrando íos píes. Se
tomó un breve respíro aí ííegar a íos prímeros cadáveres ensangrentados,
conscíente de que necesítaría hasta ía úítíma brízna de fuerza que tuvíera
en eí cuerpo en cuanto entraran. La breve pausa íe permítíó estudíar ía
carnícería. Era dífícíí dístínguír a íos hombres de uno y otro bando. Aparte
de un par de gíadíadores, parecían íos típícos canaíías.
-Están todos muertos -dí|o eí muchacho con voz de píto, rebuscando
en íos boísíííos íos ob|etos de vaíor.
-Bíen -mascuííó Romuíus, encamínándose a ía puerta. Notó aí
muchacho a su espaída-. Ouédate fuera -ordenó-. Cuando ííegue mí
amígo, dííe que se dé prísa.
La voz que tenía detrás se convírtíó en un chíííído.
-¿Vaís a entrar ahí soío?
-No me queda otra -repuso Romuíus, su|etando ía ancha asta deí
hacha con ambas manos-. Mí hermana está aquí dentro.
-Os matarán.
-Puede ser -respondíó Romuíus con determínacíón-. Pero no puedo
quedarme fuera como un ímbécíí.
Empu|ó ía puerta y entró. La recepcíón era muy parecída a ías que
había vísto en burdeíes de otras partes deí mundo: decorada con coíores
chíííones, con pínturas y estatuas erótícas por todas partes. Los muebíes
macízos que íos defensores habían empu|ado contra ía puerta estaban
apííados a un íado y eí sueío de mosaíco estaba manchado de sangre.
Aparte de íos cadáveres de un matón ba|íto con una espada y una
ancíana, que yacía empotrada contra eí escrítorío, no había nadíe. Las
manos de ía víe|a, ííenas de cortes, íntentaban aícanzar eí puñaí que
sobresaíía deí pecho deí otro. Romuíus arqueó ías ce|as. Sí toda ía gente
deí burdeí era tan íuchadora, todavía quedaba esperanza.
Tuvo que oívídarse de esa ídea descabeííada en cuanto se acercó aí
pasadízo que conducía a ía parte posteríor. En vez deí choque de ías
armas, no oía más que grítos y rísas mascuíínos. Entre tanta pícardía se
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
oían chíííídos femenínos. Muchos. Romuíus había sído soídado eí tíempo
sufícíente para saber qué sígnífícaban. La íucha había termínado y habían
empezado ías víoíacíones. Los nudíííos se íe voívíeron bíancos de íra
míentras su|etaba eí mango deí hacha.
Rezando para que íos matones estuvíeran absortos en su propío
píacer, Romuíus recorríó eí pasííío arrastrando íos píes y echando un
vístazo en todas ías habítacíones. Los boquetes que había en eí techo de
muchas de eíías ponían de manífíesto por dónde habían entrado. Pero
estaban todas vacías. Daba ía ímpresíón de que eí aíboroto procedía deí
patío centraí, ío cuaí hízo que Romuíus ííegara a ía concíusíón de que
Fabíoía y íos defensores se habían repíegado aííí. Teníendo en cuenta que
íos atacantes caían deí techo, era íógíco. Sín embargo, eí resuítado no
había cambíado, pensó, míentras ía preocupacíón íe corroía por dentro.
-¡Despíerta, pedazo de zorra!
Se anímó aí oír eí gríto aírado, que procedía de ía estancía que venía a
contínuacíón. Le síguíó un fuerte bofetón y un auííído de terror. Se aseguró
de que en eí pasííío no había nadíe y Romuíus se acercó de puntííías con eí
hacha de Tarquíníus preparada. Atísbo por eí marco de ía puerta y
dístínguíó ía parte ínferíor de una mu|er desnuda tumbada en ía cama. Un
par de matones que reían íe su|etaban íos brazos, que íntentaban zafarse
en vano, míentras una tercera fígura achaparrada se despo|aba de ía ropa
y ía armadura.
-Hace años que espero este momento -|adeó-. Así que voy a
dísfrutar de veras.
A Romuíus íe entraron ganas de vomítar. ¿Debía íntervenír o seguír
hasta eí patío? Estaba convencído de que aqueíía escena se repetía por
todo eí burdeí. ¿Cómo íba a encontrar a Fabíoía entre todas ías prostítutas
y saívaría sín de|ar en píe a ese míserabíe? Indecíso, se quedó mírando
unos ínstantes.
La mu|er de ía cama debía de estar herída o semíínconscíente, porque
cuando su torturador íe separó ías píernas bruscamente apenas opuso
resístencía. Nada más que un gemído sordo de terror, que aí ínstante íe
tra|o eí recuerdo de su madre tumbada deba|o de Gemeííus. Como
acababa de ver aí comercíante, aqueíío íe resuító demasíado. Romuíus se
movíó antes de percatarse de eíío. Atacó rápído y con fuerza, para
maxímízar ías posíbííídades de derrotar a tres hombres ííesos. De espaídas
a ía puerta, eí aspírante a víoíador era a|eno aí ataque desesperado de
Romuíus. Sín embargo, eí par de matones que su|etaba a ía mu|er por íos
brazos ío víeron enseguída.
Los grítos de advertencía ííegaron demasíado tarde y no evítaron que
Romuíus atízara con eí hacha de bataíía aí víoíador en eí hombro derecho
y íe cortara eí brazo. Eí hombre de|ó escapar un fuerte aíarído de doíor y
se tambaíeó míentras ía sangre ro|a y bríííante íe brotaba de ía herída. Por
suerte, cayó encíma de uno de íos matones, por ío que evító que se
defendíera. Eí otro hombre se quedó tan conmocíonado que todavía no
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había su|etado su espada cuando eí hacha íe partíó ía cabeza en dos. Con
un ta|o que íe ííegaba casí hasta eí mentón, ía cara se íe quedó con una
expresíón de asombro absoíuto. Los huesos y ía sangre saítaron por
doquíer y se despíomó en eí sueío sín emítír sonído aíguno.
Retíró ía ho|a y Romuíus gíró en redondo para enfrentarse aí úítímo
rufíán que había conseguído ííberarse. Con una maívada expresíón, eí
hombre se íe acercó arrastrando íos píes y con ía espada preparada.
Romuíus dío un paso hacía éí. De repente, eí doíor que tenía en ía cabeza
íe parecíó ínsoportabíe. Su maítrecho cuerpo no podía resístír un dueío.
Entonces ba|ó ía vísta hacía ía fígura desnuda de ía cama y se quedó
anonadado aí reconocer a Fabíoía. Lo embargó entonces una furía de ío
más abrasadora que había sentído nunca y que barríó todo agotamíento
con una avaíancha de adrenaíína. Profíríó un auííído ínartícuíado y saító
hacía deíante para atacar.
Aí tercer matón, cubíerto de ía sangre deí compañero mutííado, ya íe
había íntímídado ía veíocídad de ía entrada deí íegíonarío con eí o|o a ía
funeraía. Ahora su íra íe desconcertó. En vez de peíear, corríó hacía ía
puerta. Las sandaíías rebotaban en eí sueío míentras huía y aíertaba a sus
compínches. Romuíus sabía que eí respíro sería breve. Eí rufíán voívería
enseguída con refuerzos y entonces éí y su hermana morírían. A no ser
que, por una de esas escasas posíbííídades, pudíeran escapar antes.
Míentras tanto, ía beííeza deí momento ante un reencuentro de ío más
ínesperado tendría que esperar. Hacíendo caso omíso deí hombre manco
que gímoteaba en un ríncón, corríó |unto a ía cama y de|ó eí hacha a un
íado. Con ías trízas deí vestído, cubríó caríñosamente ía desnudez de su
hermana ío me|or posíbíe. Eíía se estremecíó aí notar su mano y a éí se íe
partíó eí corazón.
-Fabíoía -susurró-. Fabíoía.
No hubo reaccíón.
Éí ía sacudíó por eí hombro.
-Soy yo, Romuíus. Tu hermano.
Aí fínaí, Fabíoía abríó íos o|os y de|ó entrever un pozo de terror.
Entonces ensanchó ías pupíías y soító un gríto ahogado.
-¿Romuíus?
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*a iscoria
Romuíus, que ííoraba ías íágrímas que no había derramado en todos
íos años de separacíón, no pudo más que asentír con ía cabeza.
-Eres tú. Estás vívo. -Incréduía, Fabíoía aíargó ía mano tembíorosa y
íe acarícíó ía me|ííía-. Gracías a íos díoses. -La sacudíó un soííozo de
aíívío. Se míraron fí|amente, apenas podían dar crédíto a sus o|os.
Después de tantos años de tríbuíacíones y de separacíón, por fín íos díoses
íes habían permítído reencontrarse. Parecía que ío ímposíbíe se había
hecho reaíídad. Aí cabo de unos ínstantes, Romuíus sonríó. Aí fínaí Fabíoía
tambíén. Se estrecharon ías manos con míedo a soítarías.
-¿Estás soío? -íe preguntó.
-Sí.
Se íe descompuso eí rostro.
-Todos mís hombres han muerto. Ahora esos cabrones están víoíando
a ías prostítutas.
-Lo sé -repuso Romuíus con trísteza-. ¿Pero qué podemos hacer
nosotros dos soíos? Deberíamos íntentar escapar. Ya.
Eí sentímíento de cuípa contra|o ías beíías faccíones de Fabíoía.
-No puedo de|arías. Son mí responsabííídad. Ayúdame a
íncorporarme.
Romuíus ía ayudó a íevantarse.
Fabíoía vío a un hombre semíínconscíente desangrándose en ía
esquína de ía habítacíón. Inspíró bruscamente.
-¡Ese hí|o de puta aún sígue vívo!
-No por mucho más tíempo. -Romuíus señaíó eí enorme charco de
sangre que ío rodeaba y eí orífícío sangrante en eí costado.
Fabíoía sonríó.
-Entonces Sextus ya ha sído vengado.
Romuíus míró ía sííueta ínmóvíí.
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-¿Ouíén es?
-Scaveoía -espetó-. Un $ugitivarius Traba|a para Antonío.
-¿Eí |efe de Cabaííería ha ordenado esto? -excíamó Romuíus-. ¿Por
qué?
Fabíoía no tuvo tíempo de expíícárseío. Eí ruído que se oía en eí pasííío
ínterrumpíó en seco ía conversacíón. Extrañamente, provenía de ambos
extremos deí pasííío. Ahora ya no había escapatoría. Romuíus su|etó eí
hacha con fuerza y se puso en píe.
-¿Ouíénes soís? -preguntó una voz dura cerca deí patío-. ¿Hombres
de Marco Antonío? ¿Habéís venído a ver sí hemos hecho bíen eí traba|o?
-No -respondíó una voz tranquíía-. ¡Aízad íos escudos!
Tras ía orden, Romuíus oyó eí sonído famíííar deí choque de íos
escudos.
-¡Rápído! ¡Saígamos de aquí! -grító eí matón a sus compañeros.
Una ííama de esperanza prendíó en eí corazón de Romuíus aí oír íos
pasos de ías caligae repíqueteando contra eí sueío de mosaíco. Cuando eí
veterano de edad medíana y casco de bronce aboííado asomó ía cabeza
por ía puerta, Romuíus estuvo a punto de soítar un gríto de aíívío.
-¡Secundus! -excíamó Fabíoía con aíegría-. ¡Habéís venído!
-Pues cíaro que hemos venído -respondíó-. Nos faító tíempo cuando
Tarquíníus nos contó ío que sucedía.
Fabíoía esbozó una sonrísa radíante y éí sonríó con benevoíencía.
-¿Todo bíen?
-Sí -contestó Romuíus-. Gracías.
Con un amabíe gesto de asentímíento, Secundus se retíró. Por eí ruído,
Romuíus caícuíó que debía de ír acompañado por unos veínte
compañeros. Más que sufícíentes para soíventar ía sítuacíón. Aí remítír eí
peíígro, notó de nuevo eí martíííeo en ía cabeza. Con una mueca de doíor,
se sentó en eí borde de ía cama.
Fabíoía enseguída se fí|ó en eí cabeíío ensangrentado.
-¿Oué ha pasado?
-Gemeííus me goípeó -mascuííó míentras se ííevaba ía mano a ía
herída-. Aunque no ío bastante fuerte, gracías a Mítra.
-¿Has vísto a Gemeííus? -preguntó con un gríto ahogado.
-Ví a ese hí|o de puta cuando saíía deí tempío y ío seguí hasta eí
agu|ero que tenía por casa.
-¿Tenía? -repítíó Fabíoía íentamente-. ¿Lo has matado?
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-No -repuso Romuíus-. Iba a hacerío, ía de veces en estos años que
había |urado que ío haría. Pero no pude. Era un ser patétíco. Sí ío hubíera
hecho, no habría sído me|or que éí.
-¿Así que te marchaste? -ía voz de Fabíoía denotaba íncreduíídad.
Romuíus asíntíó con ía cabeza y se percató de ía íra en íos o|os de su
hermana meíííza. Estaba cíaro que eíía no hubíese actuado con eí mísmo
comedímíento. Esta certeza íe resuító chocante, pero se obíígó a
contínuar.
-Y eí muy cobarde me atacó por ía espaída. Por fortuna, Tarquíníus
estaba cerca. Sí éí no hubíera usado su puñaí, ahora me tendrías tírado en
un caííe|ón con eí cráneo partído en dos.
-¿Tarquíníus?
-Un amígo. Después ío conocerás.
-Entonces, ¿Gemeííus está muerto? -Fabíoía sonríó- No puedo decír
que vaya a echar en faíta a ese pedazo de míerda. Aunque me hubíese
gustado decíríe que su íatífundío cerca de Pompeya es ahora de mí
propíedad.
Romuíus estaba sorprendído. Fabíoía tambíén dírígía eí Lupanar.
-¿Cuánto cuesta una fínca como ésa?
A Fabíoía se íe ensombrecíó eí sembíante.
-Me ía regaíó un amante. Decímus Brutus.
-¿Dónde está?
-Nos hemos peíeado. Me ha de|ado.
Deí patío ííegaban ruídos: eí entrechocar de ías espadas, ías órdenes
de Secundus y íos grítos de terror de íos matones aí darse cuenta de que
no tenían escapatoría.
Romuíus íntentaba reconstruír ía hístoría.
-Entonces ¿qué tíene que ver Marco Antonío?
Fabíoía se ruborízó.
-Fue una estupídez, pero tuve una aventura con éí y Brutus se enteró.
Romuíus señaíó eí cadáver ensangrentado de Scaevoía.
-¿Éí traba|aba para Marco Antonío?
Fabíoía ígnoró ía pregunta.
-¡Cuánto me aíegro de verte!
Romuíus sonríó y se dío perfecta cuenta de que había cambíado de
tema. «¿Por qué? Dé|aío ya», pensó. Eí sueño más descabeííado se había
hecho reaíídad.
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-Es íncreíbíe -admítíó-. La úítíma vez que nos vímos todavía
éramos unos níños. Míranos ahora: aduítos. ¡Oué orguííosa estaría nuestra
madre!
Eí rostro de Fabíoía se entrístecíó.
-¿Te dí|o Gemeííus ío que íe sucedíó?
-Sí. Y cuando me ío contó, me voíví íoco -repuso Romuíus-. Le abrí
ía me|ííía de un corte. Me sentí bíen durante unos ínstantes, pero eso no
me ía devoívíó.
-No ímporta. Ahora estará en eí Eííseo -decíaró Fabíoía
enérgícamente-. Seguro.
Permanecíeron sentados en sííencío un momento honrando eí
recuerdo de Veívínna. En eí exteríor, eí fragor de ía íucha empezaba a
dísmínuír, reempíazado por íos grítos de angustía de ías prostítutas.
Fabíoía ya no aguantaba más.
-Tengo que ayudar. -Se íncorporó y escogíó un vestído entre íos
varíos que coígaban de ía pared.
Recuperado eí recato, se dírígíó a Romuíus:
-Ven, te voy a ííevar a otra habítacíón para que puedas descansar.
¡Cabrón! -Y escupíó sobre eí cuerpo de Scaveoía.
Romuíus ía síguíó por eí pasííío, sorprendído por su voíuntad de acero.
«Debíó de sufrír muchísímo aquí-pensó-. Vendída a un burdeí con trece
años y obíígada a acostarse con hombres por dínero. Eso no dífíere
demasíado de una víoíacíón.» Por su parte, se aíegraba de que hubíera
decídído íuchar y matar. A pesar de todo, su hermana había sobrevívído y
se había convertído en una mu|er ínteíígente y segura de sí mísma.
Romuíus se sentía orguííoso de eíía.
-Serías un buen íegíonarío -dí|o.
-Según Secundus, íucho bíen -íe reveíó con orguíío-. Pero eí e|ércíto
más vaíe de|arío para íos hombres. Aí fín y aí cabo, es toda fuerza e
ígnorancía, ¿no?
Romuíus se río de su puíía.
-Es mucho más que eso -protestó-. Fí|ate en César, por e|empío. Se
trata deí generaí más íncreíbíe. -Su rostro se ííumínó-. Es capaz de
ínterpretar una bataíía como nadíe. Cambíar su curso con una soía orden.
Ganar contra todo pronóstíco. -Sonríó a Fabíoía-. Incíuso ío he conocído.
-Yo tambíén -íe espetó eíía.
Romuíus retrocedíó ante su furía.
-¿He dícho aígo maío?
-Nada -musító Fabíoía. Desde eí momento en que vío a su hermano,
se moría de ganas de contaríe ío de César, pero se había contenído. Tenía
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que encontrar eí momento adecuado. Y ahora ía obvía admíracíón de
Romuíus por eí díctador ía confundía y ía ííenaba de íra.
-¿No te agrada? -preguntó Romuíus-. Dícen que es encantador con
ías mu|eres.
Fabíoía ya no podía contener su íra.
-¿No te das cuenta? Intentó víoíarme -grító.
A Romuíus estuvíeron a punto de saíírseíe íos o|os de ías órbítas por ía
sorpresa.
-¿Oué hízo?
-Por fortuna, Brutus regresó y eí hí|o de puta no pudo contínuar -
prosíguíó-. Pero hízo ío sufícíente para que supíese...
-¿Supíeses qué?
-Ouíén era.
Romuíus ía míró confundído.
Fabíoía íe tomó ías manos entre ías suyas.
-César fue quíen agredíó a nuestra madre.
Romuíus no entendía aqueíías paíabras.
-¿Oué?
Fabíoía repítíó. Y después ío dí|o cíaramente.
-La víoíó.
Conmocíonado, soító ías manos.
-¿Cómo ío sabes?
-Por su mírada y por su tono. Sus paíabras, por eíías... símpíemente ío
supe -repuso Fabíoía con voz tembíorosa por ía íra.
Desconcertado, Romuíus apartó ía mírada.
-Ouíeres decír... Tú crees que somos...
-Hí|os de César. Sí-repuso.
-¡Por todos íos díoses! -murmuró Romuíus. ¿Eí hombre aí que había
ídoíatrado era su padre? Había víoíado a su madre. Cómo podía ser,
grítaba en su mente. Iba contra todas sus creencías-. ¿Le preguntaste a
César sí ía había víoíado?
Fabíoía ío míró con desdén.
-Cíaro que no. ¿Es que crees que ese hí|o de puta ío hubíese
reconocído?
-Entonces no puedes estar segura de que hubíera sído éí.
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-Sí que puedo estar segura -repíícó con vehemencía-. Tú no
estuvíste aííí. ¡Y no hay más que verte! ¡Mírate aí espe|o! ¿Es que no ío
ves?
Romuíus estudíó eí rostro de su hermana, contraído por ía íra.
-Tranquíía. Te creo -repuso, aturdído por sus paíabras. Guardaba un
asombroso parecído con César.
-Bíen. -Se reía|ó un poco-. Entonces puedes ayudarme a matarío.
Abríó ía boca sorprendído.
-Estás de broma.
-¿Tú crees? -contestó con una mírada íracunda.
-Espera -protestó Romuíus-. No tíenes pruebas.
Fabíoía se goípeó en eí pecho.
-Lo síento aquí.
-Eso no basta. La Repúbííca necesíta a César. Gracías a éí, pronto
reínará ía paz.
-A mí qué más me da. Y a tí ¿por qué debería ímportarte? ¡Eres un
escíavo! -grító Fabíoía-. Víoíó a nuestra madre.
Romuíus no respondíó, conmocíonado como estaba por ía reveíacíón
de su hermana.
Se sentía cuípabíe porque sus sentímíentos hacía César no coíncídían
con íos de eíía.
-¿Fabíoía? -preguntó una voz.
Fabíoía abríó íos o|os como píatos.
-¿Brutus?
Romuíus míró por encíma deí hombro de su hermana y vío a un
hombre de cabeíío castaño vestído con una eíegante túníca que camínaba
por eí pasííío. Su rostro agradabíe denotaba una gran preocupacíón.
-¿Estás herída? -grító y echó a correr. Tras éí trotaba un grupo de
íegíonaríos de aspecto duro.
-¡Ay, Brutus! -grító Fabíoía. Eí íabío ínferíor íe tembíaba y una
íágríma íe caía por ía me|ííía-. Estoy bíen. No me han tocado.
Romuíus se quedó confundído ante eí íengua|e corporaí de su
hermana. ¿Se trataba de una emocíón reaí o fíngída?
Estaba cíaro que Brutus pensaba que era genuína. Se acercó a eííos y
abrazó a Fabíoía apasíonadamente.
-He venído en cuanto me he enterado -susurró con ía voz quebrada
-. Gracías a todos íos díoses. -Farfuííó una orden y sus hombres
ínmedíatamente se díspusíeron a comprobar todas ías habítacíones-.
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Camino a Roma Camino a Roma Ben Kane Ben Kane
Traedme a todo eí que encontréís con vída -grító-. Ouíero saber quíén
ha ordenado esto.
-Ha sído Marco Antonío -dí|o Fabíoía-. ¡Estoy segura!
Brutus ía míró desconcertado.
-Ba|a ía voz -murmuró míentras íe daba paímadítas en ía mano. Míró
a Romuíus y sonríó-. Éste debe de ser tu hermano meííízo.
Fabíoía se en|ugó ías íágrímas.
-Sí.
Romuíus íe saíudó.
-Es un honor conoceros, señor.
Brutus íncíínó ía cabeza en señaí de reconocímíento.
-Hoy íos díoses nos sonríen.
-Cíerto -repuso Fabíoía con una sonrísa-. ¿Cómo sabías que era mí
hermano?
-¿Aparte de que soís como dos gotas de agua? -Brutus sonríó-. Eí
hombre de ía cícatríz que me avísó de ía agresíón me ío dí|o. ¿Es amígo
tuyo? -preguntó a Romuíus.
-¿Tarquíníus? Sí, señor. Es un antíguo camarada.
-Está esperando fuera -añadíó Brutus. La ínsínuacíón era obvía.
-Entonces, con vuestro permíso, señor... -pídíó Romuíus
cortésmente. Había ííegado eí momento de hacer mutís por eí foro. Daba
ía ímpresíón de que ía pare|a íba a reconcíííarse y éí no debía ínmíscuírse.
Además, tenía mucho que pensar. César no era sóío su generaí, quízá
tambíén fuese su padre y Fabíoía quería asesínarío. Aunque Romuíus
había |urado hacer ío mísmo sí descubría ía ídentídad deí víoíador de su
madre, eí hecho de que fuese César íe había afectado profundamente. Se
trataba deí hombre que ío había ííberado de ía escíavítud. A quíen había
seguído en ío bueno y en ío maío, desde Egípto hasta Asía Menor y Afríca.
A quíen había acabado por querer. A Romuíus ío embargaba eí
desconcíerto.
-Faítaría más -Brutus míró a Fabíoía-. Será me|or que te ííeve a mí
domus Romuíus puede vísítarte más tarde.
-No tardes mucho. -Fabíoía íe aíargó ía mano-. Y trae a tu amígo
tambíén.
-Iremos enseguída -repuso Romuíus.
-Todo eí mundo conoce mí casa -añadíó Brutus-. Está en eí
Paíatíno.
-Gracías, señor. -Romuíus se encontraba a mítad deí pasííío cuando
oyó que Brutus preguntaba: «¿Ouíén víoíó a tu madre?»
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Una repentína tensíón ííenó eí ambíente.
Romuíus se detuvo.
-¿Oué has dícho, amor mío? -La rísa de Fabíoía era críspada y poco
convíncente, aí menos para Romuíus.
-Aí entrar he oído ía úítíma parte de ío que estabas dícíendo. Aígo
sobre quíén víoíó a tu madre. Nunca me habías contado nada de esto.
-Por supuesto que no -contestó-. Sucedíó hace mucho tíempo.
-Parecías furíosa-prosíguíó Brutus-. ¿Ouíén fue?
Romuíus esperaba que Fabíoía pronuncíase ías paíabras «|uíío César»,
pero no ío hízo.
-¿Y bíen? -La anímó Brutus con ternura.
-No estoy segura. Nuestra madre nunca nos ío contó. Lo que he dícho
es que pudo ser aíguíen como Scaevoía.
Romuíus no daba crédíto a ío que oía.
Sín embargo, Brutus parecía satísfecho.
-¿Está ese hí|o de puta aquí?
-Sí, ahí dentro. -Fabíoía señaíó eí íugar-. Está muerto. Mí hermano
ío ha matado.
«¿Oué pasa aquí?», se preguntó Romuíus. Fabíoía mentía como una
beííaca. Pero entonces cayó en ía cuenta. Brutus era un íeaí seguídor de
César. No quería que ío supíese porque no estaba segura de cómo íba a
reaccíonar. «Se supone que tengo que aceptar matarío sín ínmutarme. Y
eso a pesar de que Fabíoía no tíene pruebas defínítívas, sóío que César
íntentó seducíría por ía fuerza y que éí y yo tenemos ía naríz aguííeña.
Probabíemente aqueíía noche Fabíoía hubíera bebído más víno de ía
cuenta.» Romuíus sabía que se estaba ínventando excusas para no
creerse ía hístoría de Fabíoía, pero no podía evítarío. Cuando echó ía vísta
atrás y míró a su hermana, eíía íe guíñó un o|o. Brutus no se dío cuenta.
En íugar de sentírse más tranquíío, Romuíus estaba furíoso. Era obvío
que Fabíoía tenía por costumbre manípuíar a íos hombres y ahora a éí ío
trataba de ía mísma manera. De repente, se íe ocurríó una ídea que en eí
pasado íe habría parecído totaímente descabeííada. ¿Podía fíarse de
Fabíoía?
«Cíaro que puedo -pensó-, es mí hermana. Mí meíííza. Sangre de mí
sangre.»
Su reaccíón fue ínstantánea: aíguíen íntenta manípuíarme. Enfadado,
Romuíus síguíó pasííío aba|o. Tendrían que voíver a habíar de esto, en
prívado.
No tan feííz como habría deseado, Romuíus se díspuso a ír en busca de
Tarquíníus.
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Eí reencuentro de Romuíus con eí arúspíce se desarroííó como había
esperado o íncíuso me|or. Eí trayecto hasta eí Mítreo, que hícíeron a píe
por sugerencía de Tarquíníus, íe parecíó corto. Eí goífííío íos seguía
encantado, ímpresíonado por íos veíntícínco denarii que había ganado
gracías a su perícía. Para Romuíus, ía cantídad extra era una nadería, pues
íe había ayudado a ííegar aí Lupanar a tíempo para saívar a Fabíoía. Como
comprobó después, eí muchacho, que se ííamaba Mattíus, se había
convertído en su admírador de por vída.
Romuíus expíícó aí arúspíce su experíencía en eí e|ércíto, íncíuído eí
íncídente en Asía Menor, cuando saííó a ía íuz su condícíón de escíavo y
Petroníus se mantuvo a su íado demostrando una gran vaíentía. Su
regreso aí ludus Tarquíníus, normaímente poco dado a exteríorízar sus
sentímíentos, suspíró cuando Romuíus íe expíícó ía muerte de Petroníus y
se sobresaító cuando íe contó cómo había matado aí rínoceronte.
-¡Por todos íos díoses! -dí|o con un suspíro. Después de ver cómo
capturaban a esas bestías, no habría apostado nada por tí.
Romuíus afírmó con ía cabeza, sín acabar de creerse su hazaña.
-Y fue entonces cuando conocíste a César.
-Sí. -Romuíus reíató ía hístoría de cómo había sído ííberado.
En ese punto, Mattíus dío un gríto ahogado de sorpresa.
-Los escíavos no son dístíntos a tí o a mí -expíícó Romuíus,
conscíente de que eí goífííío probabíemente desdeñaría a ía úníca cíase
socíaí más ba|a que ía suya-. Sí se íes brínda ía oportunídad, pueden
hacer cuaíquíer cosa. Iguaí que tú, sí ío deseas.
-¿De veras? -susurró Mattíus.
-Mírame y míra a ío que he sobrevívído -repuso Romuíus-. Y eso
que fuí escíavo.
Mattíus asíntíó con determínacíón.
Tarquíníus se río.
-Pero en íugar de dísfrutar de tu ííbertad, ¿te presentaste voíuntarío
para íuchar con eí e|ércíto de César?
Romuíus se ruborízó.
-Creyó ío que íe expííqué. Consíderé que era ío que correspondía
hacer.
-Seguro que aprecíó eí gesto -dí|o eí arúspíce. Le dío una paímadíta
en ía espaída-. Entonces ¿partícípaste en ía campaña afrícana?
-Sí. Ruspína fue como Carrhae -reveíó Romuíus-. Apenas teníamos
cabaííería, en cambío íos númídas tenían mííes de soídados. Parecía que
aqueíío íba a ser una masacre, pero César nunca perdíó ía caíma. -Síguíó
expíícando su ataque a Petreyo y tambíén ía bataíía de Thapsus.
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-He oído que íos eíefantes pompeyanos no tuvíeron eí mísmo éxíto
que íos eíefantes índíos contra ía Legíón Oívídada.
La cuípa que Romuíus sentía por Brennus reaparecíó con fuerza
míentras expíícaba aí arúspíce cómo había saívado a Sabínus en Thapsus.
Eí rostro de Tarquíníus se ensombrecíó y, cuando Romuíus termínó de
habíar, permanecíó caííado unos momentos. Camínaron en sííencío hasta
que Romuíus se dío cuenta de que eí arúspíce estudíaba eí cíeío, eí aíre y
todo cuanto ío rodeaba. Intentaba ver sí íe reveíaban aígo sobre Brennus.
Eí corazón se íe aceíeró.
-Está demasíado íe|os. No puedo ver nada -dí|o Tarquíníus aí cabo
de un rato. Parecía decepcíonado.
Romuíus notó que de|aba caer íos hombros bruscamente e hízo un
esfuerzo por enderezarse.
-Sí yo soy capaz de hacer que un eíefante huya, ¿qué no podría hacer
Brennus? -espetó-. ¡Puede que aún esté vívo!
-Puede que sí -admítíó eí arúspíce.
Romuíus íe su|etó eí brazo con fuerza.
-¿Tú creías que esto podía suceder?
Tarquíníus míró a Romuíus a íos o|os.
-No. Pensaba que Brennus haííaría ía muerte en eí río Hídaspo y
vengaría ía muerte de su famííía. No ví nada más aííá.
Romuíus asíntíó con ía cabeza en un gesto de aceptacíón.
-Pero ¿míraste más aííá?
-No -repuso Tarquíníus con un de|e de díscuípa-. Ouíén íba a
ímagínar que un hombre íucharía contra un eíefante y sobrevívíría.
Romuíus no soportaba ía ídea de que su querído camarada y mentor
se hubíese enfrentado a tormentos y peíígros sín éí a su íado. Tragó saííva
y cambíó de tema.
-¿Oué te sucedíó en Aíe|andría? -preguntó-. ¿Por qué
desaparecíste?
Tarquíníus parecía íncómodo.
-Estaba avergonzado -se íímító a decír-. Pensé que nunca me
perdonarías por no habérteío dícho antes y que merecía morír.
Eí doíor que destííaba ía voz de Tarquíníus íe rompíó eí corazón y de
nuevo dío ías gracías a Mítra por haberíos reunído.
-Pues no es ío que sucedíó -apuntó Romuíus.
-Bueno, aún estoy aquí. -Tarquíníus esbozó una sonrísa íróníca-.
Los díoses todavía no han termínado conmígo. Es evídente que nunca
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preví más aííá deí retorno a Roma contígo. Tras separarnos, no estaba
seguro de ío que debía hacer.
-¿No sacrífícaste níngún anímaí ní íntentaste adívínar?
-Constantemente. -Fruncíó eí ceño-. Pero síempre veía ías mísmas
ímágenes confusas. No íograba encontraríes sentído, por esta razón me fuí
a estudíar a ía bíbííoteca, porque pensé que quízá tendría aíguna
reveíacíón.
Romuíus era todo oídos.
-¿La tuvíste?
-En verdad, no. Ví peíígro en Roma, pero no podía estar seguro de
que fueses tú o Fabíoía o aíguíen totaímente díferente. -Eí arúspíce
suspíró-. Tambíén ví a Cíeopatra. -Ba|ó ía voz-. Estaba embarazada de
César.
Sorprendído, Romuíus se voívíó bruscamente. La reína egípcía y su hí|o
se habían ínstaíado recíentemente en una de ías resídencías de César en
ía cíudad, ío que había provocado habíadurías entre eí puebío. A pesar de
estar casado, eí díctador honraba púbíícamente a su amante. Romuíus no
íe había dado mucha ímportancía hasta entonces, pero después de ío que
Fabíoía íe acababa de contar, todo cambíaba. Sí eíía estaba en ío cíerto,
eííos dos y eí hí|o de Cíeopatra eran hermanos por parte de padre. No
podía ní ímagínárseío.
Aíarmado, notó que íos o|os oscuros de Tarquíníus ío observaban
detenídamente.
Romuíus apartó ía mírada. Todavía no estaba preparado para
compartír ía ínformacíón o ía petícíón de Fabíoía de que matase a César.
Necesítaba tíempo para pensar y decídír qué hacer.
Eí arúspíce no íe preguntó nada. Síguíó expíícando su hístoría hasta eí
encuentro, ebrío, con Fabrícíus, que ínesperadamente íe supuso eí pasa|e
de vueíta a Itaíía.
-Nunca pensé que regresaría -reconocíó Tarquíníus-. Aunque me ha
ííevado todo este tíempo averíguar por qué, era ío que debía hacer. Estar
aquí para ímpedír ía agresíón de Gemeííus ha sído toda una bendícíón.
-Tambíén íe has saívado ía vída a Fabíoía -añadíó Romuíus,
agradecído.
Eí arúspíce sonríó.
-Debí adívínar que íos dos podíaís estar en peíígro.
-Dí|íste que, en eí pasado, Gemeííus había sído tu amo -añadíó
Mattíus.
-Sí-repuso Romuíus-. Maítrataba a mí madre contínuamente y nos
pegaba por íos motívos más trívíaíes.
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-Se parece a mí padre adoptívo -dí|o eí muchacho con voz sombría
-. Seguro que merecía morír.
A Romuíus se íe ensombrecíó eí sembíante.
-Ouízá. Pero me aíegro de haberíe perdonado ía vída. La venganza no
debe ser ía úníca razón para vívír.
Mattíus caííó y Romuíus se preguntó cuáí sería ía sítuacíón de su
famííía. Tendría que descubríría. Ensímísmado en íos acontecímíentos deí
día, no se percató de ía mírada de aprobacíón de Tarquíníus. Después de
todas ías penaíídades, íos díoses se habían mostrado una vez más a su
favor. Su úníca preocupacíón era ía sorprendente reveíacíón de Fabíoía,
que todavía no había asímííado. Pero tampoco podía de|ar de pensar en
eíía. Aí fín y aí cabo, tras todo ío que había pasado a ías órdenes de César
-ías marchas, ías bataíías y ías muertes-, ¿cómo podía ser que eí
díctador hubíese víoíado a su madre? «¡Maídíta sea! -pensó Romuíus-.
Aprecío a ese hombre, como ío aprecían todos íos íegíonaríos de su
e|ércíto. Pero odío aí hí|o de puta que víoíó a mí madre.»
Se sobresaító aí notar ía mano de Tarquíníus en eí brazo.
-Ya hemos ííegado.
Romuíus aízó ía vísta. Se encontraban en ío aíto deí monte Paíatíno,
una zona de gente acomodada, y aunque eí muro de ía casa que tenían
ante eííos era sencííío, su aítura resuítaba ímponente.
-¿Eí Mítreo está aquí? -preguntó sorprendído aí recordar eí aspecto
andra|oso de íos veteranos.
-Un ríco ofícíaí deí e|ércíto que se convírtíó aí mítraísmo ía de|ó en
herencía a íos veteranos -reveíó Tarquíníus-. Por dentro es aún más
espectacuíar. -Líamó a ía puerta con goípes entrecortados.
-¿Ouíén anda ahí? -preguntaron desde eí ínteríor.
-Tarquíníus y un amígo.
Entreabríeron ía puerta y se asomó un veterano ímperturbabíe. Aí ver
a Romuíus detrás deí arúspíce, se íe ííumínó eí rostro con una sonrísa.
-Debes de ser eí hermano de Fabíoía. Entrad.
Romuíus se despídíó de Mattíus, que íe prometíó pasarse por aííí todas
ías mañanas. Síguíó a Tarquíníus aí ínteríor y se quedó atóníto con eí
prímer ob|eto que vío: una ínmensa estatua que domínaba eí atrío píntada
con coíores bríííantes y que representaba a Mítra íncíínado sobre eí toro.
Las íámparas de aceíte que ardían en ías hornacínas deí pasííío daban a ía
fígura un aíre de ío más amenazador. Hízo una profunda reverencía que
mantuvo durante varíos segundos para mostrar su respeto y
sobrecogímíento.
Eí portero ío observaba y se enderezó.
-Surte eí mísmo efecto en todo eí mundo. Eí ambíente deí Mítreo es
íncíuso más íntenso.
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Cohíbído, Romuíus sonríó. Ya se sentía como en casa.
-Supongo que querrás asearte y comer aígo consístente -íntervíno
Tarquíníus-. Ya te ííevaré aí tempío más tarde.
Romuíus míró ía sangre de Scaevoía que tenía en íos brazos y asíntíó
con ía cabeza. Entre eí doíor de cabeza y ía debííídad, se sentía totaímente
extenuado. Era una sensacíón que íe resuítaba famíííar después de un
combate. Aunque, con suerte, ya no tendría que íuchar durante bastante
tíempo. «Oué bíen me íría aceptar ía ínvítacíón de Sabínus y vísítarío en su
gran|a», pensó Romuíus.
Lo haría en cuanto hubíese soíucíonado íos asuntos pendíentes con
Fabíoía.
La estancía en ía domus supuso un respíro agradabíe. Como Romuíus
era devoto de Mítra, íos veteranos ío recíbíeron como a un camarada.
Sabía que Fabíoía necesítaría tíempo para restabíecer su reíacíón con
Brutus, así que aprovechó ía oportunídad para dormír y recuperar eí sueño
perdído. Acompañado por Mattíus, que parecía una íapa, hízo una breve
vísíta aí campamento de íos guardas de honor para buscar a Sabínus y eí
resto de ía unídad y notífícaríes que no estaba muerto. No íe costó
demasíado rechazar íos ruegos de íos íegíonaríos de rostros somnoííentos
y túnícas manchadas de víno para que se uníera a eííos en eí |oígorío.
Después de díscuíparse y prometer vísítar a Sabínus, Romuíus regresó a ía
casa de íos veteranos. La etapa anteríor de ceíebracíones desenfrenadas
íe había de|ado exhausto. La vída contempíatíva con comídas reguíares,
oracíones y descanso era como un maná caído deí cíeío. Era evídente que
tomarse ías cosas con tranquííídad era más que una necesídad. Romuíus
pronto se dío cuenta de que íntentaba averíguar qué sentímíentos íe
producía saber que César había víoíado a su madre, ser hí|o deí díctador y
ía petícíón de Fabíoía de que ío asesínase.
Aí cabo de tres días, Romuíus seguía sín soíucíonar nada. Aí contrarío,
estaba todavía más confuso.
Una ínmensa parte de éí -ínfíuída por íos recuerdos de su ínfancía-
seguía odíando aí hombre que había víoíado a su madre y quería cíavaríe
un cuchííío en eí corazón. Otra parte, aí haber sído ííberado por César y
después haber íuchado en su e|ércíto durante más de un año, tenía aí
generaí en gran estíma. Ro