VI/ABC

ABC
,50 julio-1988
Valera y Rubén Darío
T
ENGO delante la primera
edición, de 1899, de la
primera serie de las Car-
tas americanas, por don Juan
Valera, como se dice respetuo-
samente en la portada. Son car-
tas de 1888, hace exactamente
un siglo. Entre ellas dos, del 22
y el 29 de octubre, dirigidas «a
don Rubén Darío», bajo el título
Azul... Es bien sabido que estas
dos cartas, publicadas en Bue-
nos Aires, hicieron repentina-
mente famoso a Rubén Darío,
Lo cual es interesante por varias
razones. La primera, que el libro
acababa de publicarse, ese mis-
mo año, y a pesar de ello ya lo
había leído Valera con suma
atencióny escrito sobre él; la se-
gunda, que existía entonces eso
que se llama «prestigio», y bastó
un comentario de Valera para
dar la fama a un autor nicara-
güense de veintiún años; la ter-
cera, y quizá la más importante,
que ese prestigio no era automá-
tico, fundado en mecanismos de
publicidad, sino debido a que
Valera llevaba casi medio siglo
escribiendo cosas inteligentes.
«Todo libro que desde Améri-
ca llega a mis manos -dice Va-
lera- excita mi interés y despier-
ta mi curiosidad; pero ninguno
hasta hoy la ha despertado tan
viva como el de usted, no bien
comencé a leerle.» Añade Valera
que tardó más de una semana
en ello, porque le dio mala espi-
na el título, Azul... Recordaba el
dicho de Víctor Hugo, L'art c'est
l'azur, y aunque no dijera bleu
no estaba inclinado a aceptarlo.
Sospechó Valera que Rubén fue-
se «un Víctor Huguito», y por
eso tardó en empezar a leerlo.
Pero a continuación añade:
«No bien le he leído, he for-
mado muy diferente concepto.
Usted es usted: con gran fondo
de originalidad, y de originalidad
muy extraña. Si el libro, impreso
en Valparaíso en este año de
1888, no estuviese en muy buen
castellano, lo mismo pudiera ser
de un autor francés, que de un
italiano, que de un turco o de un
griego. El libro está impregnado
de espíritu cosmopolita. Hasta el
nombre y apellido del autor, ver-
daderos o contrahechos y fingi-
dos, hacen que el cosmopolitis-
mo resalte más. Rubén es judai-
co, y persa es Darío: de suerte
que, por los nombres, no parece
sino que usted quiere ser o es
de todos los países, castas y tri-
bus.»
V
ALERA encuentra que el
breve libro está lleno de.,
cosas y escrito muy con-
cisamente; se conoce -dice que
el autor es muy joven, que no
puede tener más de veinticinco
años, pero que «los ha aprove-
chado maravillosamente». Sabe
con amor la literatura griega anti-
gua, y de todo lo moderno euro-
peo, no exclusivamente, pero sí
principalmente, a través de libros
franceses. Tanto es así, que Va-
lera imaginó que el autor, nacido
en Nicaragua, había vivido seis o
siete años en París «con artis-
tas, literatos, sabios y mujeres
alegres de por allá», y que todo
lo había aprendido empíricamen-
te y de viva voz. Ha sabido con
sorpresa que Rubén no ha salido
de Nicaragua sino para ir a Chi-
le, un par de años.
Esta asimilación de lo francés,
y a través de ello de tantas co-
sas más, le parece asombroso,
inconcebible en un español pe-
ninsular. «Todos tenemos un
fondo de españolismo que nadie
nos arranca ni a veinticinco tiro-
nes.» Y da muchos ejemplos de
«afrancesados» o «anglizados»
que siguieron siendo de lo más
castizo. Y el lenguaje de Rubén
Darío, a pesar de todo, persiste
español, legítimo y de buena ley,
y «si no tiene usted carácter na-
cional, posee carácter indivi-
dual».
Esto es lo más interesante, la
clave de la interpretación que
Valera hace de Rubén, y que
contrasta con las vigencias ac-
tuales de la crítica literaria, que
están esterilizando, si no me
equivoco, la comprensión de
toda obra creadora.
O: 7%
«Lo primero que se nota -es-
cribe Valera- es que está usted
saturado de toda la más flaman-
te literatura francesa. «Y enume-
ra quince autores, a título de
ejemplo. Pero añade: «Y usted
no imitaba ninguno: ni es usted
romántico, ni naturalista, ni neu-
rótico, ni decadente, nj simbólico,
ni parnasiano. Usted lo ha re-
vuelto todo: lo ha puesto a cocer
en el alambique de su cerebro, y
ha sacado de ello una pura quin-
ta esencia.»
E
STO es lo decisivo: Ru-
bén no imita a ninguno
de esos autores; los po-
see a todos, los ha puesto a co-
cer en el alambique de su cere-
bro para sacar su quinta esen-
cia, que. es original. Claro que
para ello es menester poseer
ese alambique, y los críticos y
eruditos que no lo tienen no con-
ciben que nadie pueda contar
con esa posibilidad.
Por eso se limitan a la investi-
gación de las «fuentes». Van a
buscar en la obra de Rubén Da-
río o de quien sea, algo que se
«parezca» a una frase, un verso
o una idea escritos por alguien
antes - a veces resulta que des-
pués, como aquel francés que
decía de Ortega que no estaba
mal, pero añadía: «il trotte derié-
re Sartre».
Cuando alguien es creador,
cuando alguien piensa y escribe
desde sí mismo, conoce muchas
cosas - si no, es un primitivo—,
pero su obra no viene de cada
una de ellas, sino de un amplio
trozo de cultura, acaso de la cul-,
tura universal. Esa es su fuente,
el manantialdel que se nutre
para ser él mismo, para hacer
una obra irreductible a todos tos
«elementos» que los eruditos
descubren y analizan.
Es algo parecido - y el pareci-
do es absolutamente esencial-
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a lo que es la deferencia entre lo
que es un niño, un hombre o
una mujer que nace, y quién. Lo
primero se deriva no sólo del pa-
dre y de la madre, sino de los
abuelos, de torte ios antepasa-
dos hasta Adán y Eva; y también
del oxígeno, el nitrógeno, el hi-
drógeno, el carbono, el calcio y
todos los demás elementos que
entran en la composición del or-
ganismo. Lo segundo es absolu-
tamente irreductible al resto de
la creación, y al mismo Creador.
Es una realidad única, nueva, in-
sustituible.
, Esto es lo que sucede, en el
mundo de la cultura, con toda
obra creadora, original. No es
que no tenga antecedentes: los
tiene innumerables; pero no es
reflejo de ellos, de ninguno de
ellos aisladamente, sino que el
autor, con todo io que ha encon-
trado, ha hecho algo que hasta
él era inexistente, algo que se ha
añadido a la realidad anterior y
la ha aumentado: es lo que quie-
re decir literalmente la palabra
autor.
Y
esto es lo que significa-
ba, a los veintiún años,
Rubén Darío, lo que Va-
lera supo ver perspicazmente, y
dijo con ejemplar generosidad.
Dice muchísimas cosas más
- de algunas de ellas hablé hace
muchos años, en un ensayo titu-
lado «Rubén Darío: un tema y-,
un temple literario»-; algunas
orientadoras, críticas; en algún
caso, simplificadoras, como traté
de mostrar.
Al final de fa segunda Carta,
Valera hace un reparo que es
más bien un consejo al joven
poeta. Ha sido indulgente, hasta
elogioso, con e! galicismo mental
de Rubén. «Con todo -añade-,
yo aplaudiría muchísimo más, si
con esa ilustración francesa que
en usted hay se combinase la in-
glesa, la alemana, ia italiana, ¿y
por qué no la española también?
Al cabo, el árboí de nuestra cien-
cia no ha envejecido tanto que
aún no pueda prestar jugo, ni
sus ramas son tan cortas que no
puedan retoñar como mugrones
del otro, lado del Atlántico.»
Valera no conocía más que
Azul... No sabía que Rubén ha-
bía seguido ya su consejo: el
cuarenta por ciento de los versos
de Rubén son anteriores -por lo
general, bastante malos-; y son
reflejo directo de los poetas es-
pañoles, sobre todo de Zorrilla.
Todo eso era la capa básica que
recibió a los franceses dentro del
alambique creador.
Julián MARÍAS
de la Real Academia Española
ABC (Madrid) - 30/07/1988, Página 50
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