Cuento original de Kiam Leveau

El baile de las hadas
Lima, Perú - Noviembre 2013
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previo con la autora.

Elibelly era una bella hada de cabellos tan rojos como los
pétalos de las rosas, alas suaves y delicadas como la seda,
ojos verdes al igual que las hojas en primavera y labios que
siempre mostraban una agradable sonrisa.

Elibelly vivía en el reino de las hadas, un lugar maravilloso,
repleto de árboles frutales y flores hermosas, que cubrían
cada parte de aquella mágica tierra

El reino de las hadas era gobernado por la reina Alía y el
rey César, quienes cada año organizaban un baile, una gran
fiesta que duraba desde el alba hasta el anochecer. Y en esta
ocasión, no solo celebrarían la llegada de la primavera, sino
también, el cumpleaños número doce de la linda princesa
Margarita.

Elibelly asistiría al baile por primera vez y estaba
muy emocionada, ya que el baile era una oportunidad
perfecta para conocer a su hada especial. Sus padres se
habían conocido ahí, y aquella romántica historia le gustó
tanto, que la pequeña hada deseaba que sucediese lo mismo
con ella. Elibelly era una niña aun, pero su corazón anhelaba
conocer aquella felicidad que la compañía de su hada
especial podría darle.

Faltaban dos días para que se realizara la gran fiesta y todas
las hadas estaban muy atareadas. Unas colocaban coloridos
adornos, otras preparaban dulces y pasteles, haciendo que el
aroma a vainilla y crema de leche se esparciera por todo el
reino. ¡Olía realmente delicioso! Y, como todas las hadas
colaboraban para la fiesta, los padres de Elibelly no fueron la
excepción. Ellos fueron a llevar flores al castillo, el lugar más
maravilloso del reino según Elibelly. El castillo deslumbraba

como un diamante y cuando el sol se ponía, parecía como si
sus paredes hubieran absorbido la luz solar. Porque, a pesar
de la oscuridad de la noche, el castillo seguía brillando con
un fulgor que parecía jamás apagarse. Los padres de la
pequeña la llevaron con ellos al palacio. Elibelly estaba muy
feliz y después de ayudarlos a colocar aquellas hermosas y
grandes flores, tuvo permiso para salir a jugar por los
alrededores. La pequeña se entretuvo con unas mariposas de
colores y luego se encontró con sus amigas, cuyos padres
también estaban trabajando en el castillo. Las niñas se
reunieron en el jardín y empezaron a hablar del baile. Todas
estaban muy emocionadas por asistir aquella noche y
comentaban acerca de los bonitos vestidos que sus madres
les confeccionaban para la ocasión.

Elibelly ya podía verse a sí misma con aquel vestido hecho
de pétalos de rosa y con sus zapatitos del mismo material.

Llevaría el cabello suelto y una pequeña tiara de flores
muy pequeñitas. Su madre era muy buena costurera y no
solo estaba haciendo su traje, sino también, el de algunas
hadas que vivían cerca de su casa y habían ido a buscarla
para contratar sus servicios. La pequeña hada estaba
soñando despierta cuando en eso, un comentario la hizo
reaccionar y regresar a la realidad. Elibelly se sorprendió
mucho cuando sus amigas le dijeron que todas las hadas
tenían que llevar un acompañante. El primer baile era muy
especial e importante, y no podían asistir solas la primera
vez. Alguien debía escoltarlas hasta la fiesta.

- ¡Yo iré con Juan! – dijo una de sus amigas.

- Pienso decírselo a Carlos – murmuró otra niña.

- Quizás podría ir con mi amigo de la infancia - empezó a
decir una niña de cabellos rubios, pero fue interrumpida por
una linda jovencita de de ojos pardos. - ¿Con quién vas a ir
Elibelly? ¡Todas nos morimos de la curiosidad! ¡Eres la única
que no ha dicho nada! ¿Acaso no te emociona el baile?

Elibelly no pudo responder. La pregunta la había tomado
por sorpresa. La jovencita permaneció en silencio, pensativa,
mientras sus amigas volvían a comentar acerca de la fiesta al
no obtener respuesta alguna.

Cuando regresó a casa, Elibelly habló con sus padres acerca
del baile, ellos le dijeron que no debía preocuparse tanto por
eso. Aun era muy joven y de seguro el próximo año o el
siguiente encontraría a alguien que la acompañase, o si
deseaba, su padre podría escoltarla. Sin embargo, la niña se
quedó pensativa, era la primera vez que asistiría a la fiesta de

la primavera en el castillo y quería tener un bonito recuerdo,
quizás no encontraría a su hada especial pero, podría bailar
con alguien que le agradase. Ella se puso a pensar y pensar,
pero, no había nadie con quien deseara ir a este magnífico
evento. Esto hizo que se sintiera un poco triste y más al
recordar que todas sus amigas ya habían decidido a quien
invitarían.

Elibelly no pudo dormir bien en su cama de pétalos de
flores, y a la mañana siguiente, pidió permiso a sus padres
para salir a pasear por los alrededores. Las hadas solo
hablaban del baile y esto hacía que la tristeza aumentase por
momentos. El hada de cabellos rojos se sentó sobre un gran
hongo para descansar un rato, sabía que sus padres tenían
razón, pero el primer baile era tan importante para ella que
no podía pensar en otra cosa.

De repente, escuchó un suave gemido y sollozos no
muy lejos de donde estaba. Elibelly pensó que era el viento,
pero, pronto lo escuchó de nuevo y poniéndose de pie, voló
entre las plantas para buscar al dueño de aquellos lamentos.

Al principio no pudo divisar nada, tuvo que elevarse más
para ver entre el césped y las flores. Estuvo buscando por
algunos minutos pero, al no ver a nadie se dispuso a regresar
a casa. No obstante, en esos momentos, pudo ver una
cabecita rubia que se movía lentamente entre el césped,
como si fuese una pequeña flor siendo sometida por el
viento. Elibelly bajó en silencio para no asustarla y espió
detrás de unas setas. Lo que vio la dejó sorprendida. Se
trataba de una chiquilla de cabellos rubios y ojos dorados,
llevaba un vestido hecho de pétalos de rosa color blanco y
estaba descalza. La niña lloraba por la pérdida de uno de sus

zapatitos y con una mano se sobaba los ojos para limpiarse
las lágrimas.

Elibelly jamás la había visto y quedó deslumbrada por su
hermosa imagen, quizás se trataba de una de las hadas del
pueblo vecino, que había venido por el baile. No lo sabía,
pero, paso a paso fue acercándose a ella, hasta que el hada de
ojos color miel se dio cuenta de su presencia.

- Hola, ¿qué te sucede? ¿Por qué lloras? – preguntó Elibelly
con una sonrisa amable.

- Salí a jugar y mientras volaba se me cayó un zapato, mi
mamá se va a molestar mucho conmigo.

- Puedo ayudarte a buscarlo.

- ¿En verdad?

- Claro que sí.

- ¡Muchas gracias! – respondió más calmada y animada la
niña. Ambas hadas se pusieron a buscar el zapatito entre la
maleza, hallándolo mucho rato después. La niña se puso
muy feliz y por primera vez desde que la encontró, le sonrió
alegremente. Ahora, con ambos zapatitos en sus pies, pudo
ir a jugar con Elibelly, y las niñas disfrutaron de una tarde
maravillosa junto al lago.

Las hadas se divirtieron mucho pero, al ocultarse el sol, la
niña le dijo que tenía que regresar a casa. Elibelly no deseaba
que se marchase aun, rápidamente tomó su mano antes que
pudiera elevarse al cielo.

- ¿Irás al baile en el castillo?

- Claro que sí.

- Espero encontrarte de nuevo, y ahora regresa con cuidado
a tu casa.

- ¡Me gustó mucho conocerte! ¡Espero volver a jugar
contigo! – dijo la niña con una sonrisa de felicidad. Aunque,
por dentro, también quería permanecer más tiempo con su
nueva amiga, pero debía regresar a casa o sus padres se
preocuparían mucho.

Y cuando la chica se fue, Elibelly se dio cuenta que no le
había preguntado su nombre. Pero, a pesar de ello, el hada
de ojos verdes se sintió muy animada aquella tarde. Regresó
a casa, ayudó a su mamá con los quehaceres y luego a la hora

de la cena estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Sus padres
sabían que algo muy bueno le había sucedido pero no le
preguntaron nada por temor a interrumpir sus pensamientos
felices.

Aquella noche Elibelly soñó con aquella linda chica, ambas
se encontraban en el baile y al momento de elegir parejas,
ella se acercaba hasta la jovencita de cabellos rubios y la
invitaba a bailar. Podía escuchar su hermosa voz y su risa
cuando iban de un lado al otro del salón. Elibelly disfrutó
tanto aquello, que al despertar, se sintió triste al darse cuenta
que solo había sido un sueño. Todo aquel día estuvo muy
callada y no quiso salir a jugar con sus amigas. El hada de
ojos como el sol, había hecho que algo sucediese dentro de
ella, en su corazón exactamente, podía sentir como se
aceleraba cuando pensaba en ella y más cuando recordaba
aquel hermoso sueño. Elibelly estaba tan distraída, que no

escuchó en dos ocasiones los llamados de su madre para
bajar a almorzar.

Elibelly buscó a la niña dorada en varias ocasiones durante
los días que restaban para la fiesta. Pero, no la encontró por
ningún lado. Preguntó a sus amigas y vecinos si habían visto
a una chica con sus características, pero, las respuestas eran
siempre negativas. Por eso, se resignó en su búsqueda y se
aferró a su última esperanza, verla en el baile del castillo.

El día de la gran fiesta llegó. Las puertas del castillo estaban
abiertas de par en par, recibiendo a todas las hadas que
lucían muy elegantes para la ocasión. Elibelly, ataviada con el
bello vestido que combinaba con su cabello, estaba nerviosa
cuando llegó junto a sus padres. Pero, la ansiedad
desapareció cuando se encontró con sus amigas y ellas le
hicieron señas para que entraran todas juntas. Si bien se

sentía un poco desanimada al ver a las parejas de las chicas,
respiró profundamente y se prometió a sí misma que aquella
noche sería muy especial.

Todo estaba realmente hermoso y no estaba bien sentirse
triste. La ceremonia empezó con la aparición de la familia
real. La reina Alía y el rey César, quienes anunciaron que su
pequeña hija sería presentada antes del primer baile de la
noche. Mientras tanto, las hadas disfrutaron de la música y
de la comida que estaba servida sobre una larga mesa.

Elibelly permaneció con sus amigas charlando y riendo.
Hasta el momento todo estaba saliendo muy bien. Pero,
tiempo después, se anunció que el primer baile daría
comienzo en menos de diez minutos. Elibelly se alejó del
grupo sin decir nada y se apoyó contra uno de los pilares que
estaban en la entrada del castillo. Toda su alegría se había

esfumado por completo, y por más que intentó pensar en
otra cosa, no pudo evitar que unas lágrimas cayesen por sus
mejillas al sentirse sola.

Estaba contemplando las estrellas y esperando el momento
en que el primer baile terminase, cuando en eso, vio a
alguien acercarse hasta ella. Elibelly pensó que se trataba de
alguna de sus amigas que había ido a buscarla, pero ¡oh
sorpresa! era la niña de cabellos y ojos dorados como el sol.
No supo que decir, su corazón empezó a latir tan rápido que
sus palabras se enredaron y al final se quedó en silencio. La
niña llevaba un vestido de seda color rosa y una pequeña
corona brillante en su cabeza.

- Eres la princesa Margarita – dijo sorprendida Elibelly,
sintiéndose más nerviosa que antes.

- Perdona si no te dije quien era. Pero me sentí tan feliz
contigo que no quise malograr el momento. Después de ese
día he pensado mucho en ti y solo quería volver a verte –
dijo tímidamente la princesa.

- También me pasó lo mismo, nunca me había sentido así –
respondió Elibelly dándose cuenta que la niña sentía lo
mismo que ella. – Ya es la hora del primer baile, tus padres
deben estar buscándote – terminó por decir, recordando que
la fiesta era en honor de la princesa y de seguro muchos
desearían bailar con ella.

- Lo sé pero, antes vine a buscar a mi pareja. ¿Quisieras
acompañarme? – preguntó la pequeña hada son una sonrisa

- ¿Yo? – dijo Elibelly totalmente sorprendida y muy
nerviosa. Las palabras salían con esfuerzo de sus labios.

- Quiero que Elibelly sea mi hada especial y mi pareja de esta
noche. ¿Lo serás?, ¿bailarás conmigo?

- ¡Claro que sí! ¡Será todo un honor! – respondió Elibelly
alegremente. No podía creerlo, ¿acaso estaba soñando de
nuevo? No, ¡esto era real!

Ambas entraron al castillo. Las dos se divirtieron mucho
después de la presentación de la princesa, y bailaron hasta el
cansancio.

Lo que comenzó con una amistad se volvió en algo más
fuerte conforme pasó el tiempo. Y años después, Elibelly
recordaba aquella fiesta con alegría al igual que sus padres.
Su sueño se había hecho realidad, no solo tuvo una hermosa
pareja de baile, también encontró sin querer a su hada

especial. Un hada que la amaba con todo su corazón, al igual
que ella.

Las chicas compartían aquel bello sentimiento llamado
“amor”.

La princesa Margarita y Elibelly ahora vivían juntas en el
palacio, unidas por aquel amor inocente que nació una tarde,
cuando se encontraron por primera vez.

~* FIN *~

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