ST 98 (2010) 793-804

SIGUE

COMO

DIOS: Todopoderoso.

De todos los poderes de Dios al «Todo-poder» de Dios
Miren Junkal GUEVARA LLAGUNO, RJM*

La confesión de Dios como todopoderoso vive, probablemente, una de sus horas más bajas1. Unos la evitan porque la referencia al poder les sugiere abuso, dominio, control; y así, por ejemplo en la liturgia, prefieren sustituir la invocación «todopoderoso» por «misericordioso». Otros, desconcertados y escandalizados incluso, no saben cómo dar razón de un Dios al que llamamos «todopoderoso» y que no es capaz de neutralizar el poderoso efecto del mal2. Algunos, los más cultivados teológicamente, refieren el poder de Dios en la kenosis y hablan del «Dios todo-amoroso», y otros, con Brotes de Olivo, cantan: «Hazme entender, mi Señor, por qué tu ser sobre todo nombre ha renunciado al poder, y optas ser pequeño y pobre»3. Muchos, todavía hoy, entienden el «todo-poder» de Dios como el de los héroes de los comics. Y así, en el año 2000, Morgan Freeman y Jim Carrey protagonizaron una come-

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Profesora de Teología en la Facultad de Teología de Granada. <junkalguevara@yahoo.es>. Sal Terrae ha dedicado al menos dos artículos a la cuestión del poder de Dios. Curiosamente, uno de ellos abría un número dedicado a los «artículos difíciles del Credo»: cf, L.M. ARMENDÁRIZ, «Creo en Dios Padre Todopoderoso. Tres formas de la omnipotencia divina»: Sal Terrae 87 (1998) 363-375. «El mal hace cuestionarse [a propósito de Dios], o bien su bondad, ya que parece tolerar que la existencia sea aplastada, o bien su omnipotencia, puesto que el mal parece más fuerte que Dios»: M. NEUSCH, El enigma del mal, Sal Terrae, Santander 2010, 10. De muy recomendable lectura. Otro de los artículos dedicados a esta cuestión, a pesar de su título («El poder de Dios desde la debilidad»), recogía una precisión del autor que decía: «Yo no soy partidario de evitar este atributo de la omnipotencia a Dios fiándolo todo a su debilidad. Un dios sin poder no es realmente Dios. No tiene capacidad para salvar». Cf. A. CORDOVILLA, Sal Terrae 95 (2007) 609-623.
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dia que en español se tituló «Como Dios» (Bruce almighty [Bruce todopoderoso]), en la que Bruce (Carrey), reportero de televisión descontento de casi todo, arremetía contra Dios (Freeman) cuando todo se torcía en su vida, y recibía de este –que se presentaba como «el creador del cielo y la tierra, el alfa y omega, soy Dios...»– trabajo, «mi trabajo», para lo cual le concedía «todos mis poderes; úsalos del modo que quieras», un Dios que se iba incluso de vacaciones «porque tengo sustituto». Pero la confesión de Dios como «todopoderoso» constituye el artículo primero del Credo desde Nicea, que proclama: «Creo en Dios Padre todopoderoso». ¿Cómo podemos los cristianos seguir invocando y «dando razón de nuestra fe» (1 Pe 3,15) en un Dios todopoderoso? Como en las máquinas y los ordenadores, me permito invitar a los lectores a «resetear», apagar por un momento el mundo de nuestras ideas de Dios y volver al principio, al origen de esta afirmación central de nuestra fe. Volvamos a los cristianos de las primeras generaciones, que quisieron que en el frontispicio de su confesión de fe se esculpiera la creencia en su «todo-poder»4. 1. La afirmación: «Creo en Dios Padre todopoderoso» En la Biblia, Todopoderoso se formula en hebreo con dos términos: šaDDäy, utilizado frecuentemente en Job, aunque también aparece en otros textos, y cübä´ôt, muy utilizado en los profetas Amós, Zacarías, Malaquías y Jeremías. La lengua griega lo traduce con el término pantokrátor. En el Antiguo Testamento, en una forma u otra, «todopoderoso» es una afirmación que con frecuencia se hace de Dios (más de 250 veces), y aunque sigue siendo hoy un término muy discutido entre los especialistas5, generalmente refiere la acción creadora o salvífica de Dios, expresa su poder soberano como rey de Israel y, en
4. 5. Así lo sugieren muchos; interesante la reivindicación desde la teología feminista: A. DERMIENCE, La question féminine et l’Église catholique: approches biblique, historique, théologique, P.I.E. Peter Lang S.A., Bruxelles 2008. S. VAN DER WOUDE, «šaDDäy», en (C. Jenni – C. Westermann [eds.]) Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, II, Cristiandad, Madrid 1985, 627-639.

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muchos casos, constituye su nombre propio. En el Nuevo Testamento, sin embargo, es un término poco frecuente: aparece una vez en Pablo (2 Co 6, 18) y nueve en el Apocalipsis (1,8; 4,8; 11,17; 15,3; 16,7.14; 19,3.15; 21,22), porque para referirse a Dios los autores del NT privilegian otros títulos, muy especialmente el de «Padre». Pero la fórmula del Credo, «Padre todopoderoso», no es bíblica. Aparece por primera vez en El martirio de Policarpo6, obra de autoría incierta de mediados del siglo II, y su uso se generaliza en los autores posteriores y se consolida al incorporarse al Credo del Concilio de Nicea (325). Por esa razón, es posible que, volviendo al esfuerzo catequético de los Padres de la Iglesia y a la voluntad integradora de Nicea, podamos encontrar las claves para interpretar el significado que ya entonces se creyó necesario exponer a propósito del poder omnipotente de Dios. Los autores del Credo tomaron la decisión de unir la omnipotencia y la paternidad de Dios, y desde ese momento la una se interpreta por la otra. Así lo entendió Orígenes7 a finales del siglo II, y así lo han entendido también en nuestro tiempo autores como K. Barth8 o J.L. Ruiz de la Peña9. Es del Padre de quien se dice «todopoderoso»; es en su ser Padre como Dios muestra su condición de pantokrátor. El término, entonces, conviene interpretarlo, de entrada, desde el hecho de que Dios engendra y llama a la existencia. Posiblemente por esta razón, el artículo segundo del Credo confiesa: «Creador del cielo y de la tierra». Dios, pues, no ha renunciado al poder, lo cual no significa que experimente el «embriagador perfume del poder» de que habla el protagonista de Rapsodia gourmet10. Que Dios sea «todopoderoso» tiene

«El bienaventurado Policarpo, habiendo recibido el martirio en Esmirna con los de Filadelfia [...] glorifica al Dios y Padre Todopoderoso» (XIX). 7. Peri Archon I, 2,10: «Es por su Hijo como el Padre es pantocrátor». 8. «Cada una de estas palabras interpreta la otra: el Padre es la Omnipotencia, y la Omnipotencia es el Padre»: K. BARTH, Esbozo de dogmática, Sal Terrae, Santander 2000, 57. 9. J.L. RUIZ DE LA PEÑA, Teología de la creación, Sal Terrae, Santander 1988, 125. 10. «La repentina oleada de adrenalina que irradia todo el cuerpo desencadena la armonía de los gestos y borra todo cansancio, toda realidad que no se someta a los designios del placer, ese éxtasis del poderío sin freno, cuando ya no hay que combatir, sino solo gozar de lo que se ha conquistado, saboreando hasta el infinito la ebriedad de suscitar temor»: M. BARBERY, Rapsodia gourmet, Seix Barral, Barcelona 2010, 9-10.
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que ver con su condición de creador y dador de vida y, particularmente, con el Hijo. Entonces, contemplando todo lo creado y a Jesús, podremos desgranar el significado de esa condición de todopoderoso que el Credo de los cristianos afirma de su Dios. No en vano, los autores hablan de la creación en Cristo como «gramática» del amor de Dios11. Propongo, por tanto, que rastreemos en Jesús en cuanto gramática el modo de ser Dios «todopoderoso»; y propongo que lo hagamos volviendo de nuevo al origen, a los textos de la Iglesia más antigua, la que decidió formular la confesión del «todo-poder» de Dios unido a su condición de «Padre». Para ello, propongo también que nuestra reflexión, como la de los primitivos cristianos, la conduzcan la Escritura y la oración litúrgica. 2. Contra los superhéroes Los responsables de las comunidades fundadas por Pablo tuvieron que enfrentarse muy pronto a predicadores que, denostando el poder del Dios de Jesús, anunciaban la existencia de una serie de «tronos, dominaciones, principados, potestades» (Col 1,16), superseres que, según la creencia popular, incidían en los asuntos de las gentes e incluso en el devenir de la historia. Para hacerles frente presentaron y propusieron la encarnación del Hijo de Dios como «gramática» del poder de Dios, que se manifiesta en su capacidad de crear y engendrar: «Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, y todo fue creado por medio de Él y para Él» (Col 1,15-16). Si toda gramática es una exposición de elementos, reglas y usos, la encarnación nos sirve precisamente para comprender los elementos, las claves y los contenidos del poder de Dios que se manifiesta en la creación. Vamos a ver, pues, qué nos enseña la Encarnación sobre el «todo-poder» de Dios. Pero vamos a situarla en el marco de la teología de la creación considerada brevemente, comenzando por su texto programático, el que todos conocemos bien porque es el texto con el que comienza la Biblia: Gn 1,1-2,3.
11. A. CORDOVILLA, Gramática de la encarnación: la creación en Cristo en la teología de K. Rahner y H.U. von Balhtasar, Universidad Pontificia Comillas, Madrid 2004.
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Hay en este texto tres cosas que siempre me gusta considerar: el silencio inicial, la primera palabra y la tarea encomendada al hombre de mantener la «tensión creadora». A diferencia de otros relatos mesopotámicos12 que iluminaron al autor bíblico, y de las herejías a las que tuvo que enfrentarse la primitiva Iglesia13, en las que las conversaciones de los dioses en su mundo revelaban la necesidad de estos de crear una humanidad a su servicio, los relatos de creación de la Biblia empiezan siempre en silencio, no se oye nada... Una vez introducidos en ese silencio, envueltos en él, escuchamos en Gn 1 la primera palabra: «¡Hágase la luz!». Esa primera criatura, la luz, nos permite iluminar el silencio, ver sus lados y esquinas, su contenido; porque, no por ser silencio está vacío... Es más, este silencio inicial de la creación está, precisamente, cien por cien lleno de Dios. En ese silencio iluminado podemos escuchar las palabras creadoras que Dios va pronunciando. Y he aquí que, cuando las palabras han culminado, el hombre y la mujer escuchan una palabra dirigida ahora a ellos: «¡Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gn 1,28). Atención, porque esa primera palabra que Dios les dirige les compromete precisamente a ser colaboradores privilegiados de la creación, a mantener esa «tensión generadora de vida». No explicita una necesidad o urgencia egoísta, sino el gozo de encontrar colaboradores en la ilusionante tarea de dar y multiplicar la vida. Si ahora leemos con detenimiento los primeros capítulos del evangelio de Lucas, notamos también cómo en el ambiente de la encarnación y el nacimiento de Jesús el silencio, la primera palabra y la tarea vuelven a tener un papel destacado. En el silencio de un día del sexto mes, el ángel entra donde está María (Lc 1,26); en silencio rumia ella

12. Enuma Elis, poema mesopotámico del segundo milenio a.C. (III, 134-142); Poema de Gilgamesh, poema sumerio de la primera mitad del segundo milenio a.C. (III, 190). 13. «Escogen textos de las Escrituras tratando de convencer a los escuchas, mostrando que nuestro Señor anunció a otro Padre distinto del Creador del universo, el cual, como hemos expuesto, blasfemando impíamente dicen ellos que sería fruto de la penuria» (IRENEO DE LYON, Adversus Haereses, I, 19,1). «Fue creado por Dios libre y señor de sí, destinado a ser rey de todos los seres del cosmos. Este mundo creado, preparado por Dios antes de plasmar al hombre, fue entregado al hombre como territorio propio con todos los bienes que contenía» (ID., Epideixis 11).
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qué significaba aquel saludo (Lc 1,29); en silencio, a la hora del parto, nace Jesús (Lc 2,6). Teodoro de Ancira, en el siglo III, dirá: «El Señor de todas las cosas apareció en forma de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le escapase espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre en el Imperio; escogió una oscura aldea para ver la luz; fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia más absoluta para lograr en silencio, al modo de un cazador, apresar a los hombres y, así, salvarlos»14. La primera palabra del ángel –«alégrate, llena de gracia» (Lc 1,28)– y la primera palabra de María –«¿Cómo será posible? (Lc 1,34)– se adentran en el misterio de la comunicación de Dios al hombre, la gracia, que nos desconcierta, sorprende, «descoloca». La primera palabra después del nacimiento se dice a los pastores: «¡No temáis!» (Lc 2,10) y, me parece, condensa perfectamente la actitud de los hombres ante ese misterio de comunicación de Dios con los hombres que ilumina el silencio y permite reconocer cómo este está preñado de vida, y de una vida que se da para ser comunicada, desbordada, contagiada... La encarnación revela, pues, en primer lugar, el poder de todo un Dios que habita el silencio, llenándolo cien por cien; que pronuncia una palabra que, haciéndolo fecundo, lo ilumina; y que encomienda a la humanidad la tarea de aliarse con él en ese seguir derrochando y desbordando vida. Los superseres que confundían a los colosenses, héroes de los comics haciendo cosas raras –«volar, doblar barras de hierro, pegar puñetazos a cien malvados»15– o el Dios que confía sus poderes a Bruce Nolan –el protagonista de Como Dios– se dedican a hacer cosas raras, resultan hasta ridículos delante del Dios todopoderoso por su dinámica creadora y su capacidad para contagiar vida e incorporar a la humanidad «en esa fuerza de vivir humanamente las diferentes situaciones de la existencia, incluidos el sufrimiento y la muerte»16.

14. TEODOTO DE ANCIRA, Lección de Navidad, Homilía I en la Navidad del Señor. 15. G. GARRETT, La fe de los superhéroes, Sal Terrae, Santander 1909, 58. 16. M. NEUSCH, El enigma del mal, Sal Terrae, Santander 2010, 108.
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3. El evangelio a favor del poder Los exegetas suelen llamar al evangelio de Lucas «el evangelio de los pobres»17, pero en él, curiosamente, vamos a contemplar a Jesús en su condición de Hijo alabando al Padre por ser todopoderoso. Hay un texto en este evangelio que transmite una oración de Jesús al Padre: «En aquella misma hora Él se regocijó mucho en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado”» (Lc 10,21). Los setenta y dos discípulos (símbolo de la condición universal de la Iglesia) regresan entusiasmados de su primera experiencia apostólica (Lc 10,1-13) y le cuentan a Jesús –ingenuos incluso: «Señor, en tu nombre hasta los demonios se nos sometían» (Lc 10, 17)– lo que han vivido. Después de escucharlos, Jesús lee el testimonio de los discípulos como expresión del amor del Padre y, en ese ambiente de gozo e intimidad, lo invoca como «Señor de cielo y tierra», en íntima conexión con la experiencia del Dios «todopoderoso» del Antiguo Testamento. La confesión la ha provocado la lectura que los discípulos han hecho de su experiencia como apóstoles, y lo que Jesús discierne es que el Padre «ha revelado estas cosas a los niños». Ahora bien, ¿qué son estas cosas que «El Señor de cielo y tierra» ha revelado a los discípulos y que han sacudido tan intensamente a Jesús? Los comentaristas sugieren18: «estas cosas» son las que Jesús anunció que ocurrirían cuando los envió (Lc 10,1-13): que la mies es mucha y los obreros pocos; que los enviaba como ovejas en medio de lobos; que podían no ser acogidos en las casas y ciudades por las que pasaran; que tenían que curar a los enfermos y anunciarles el Reino...; y que, con todo y a pesar de todo, «ha llegado el reinado de Dios» (Lc 1,11). Es decir, que la soberanía, el reinado, el «todo-poder» de Dios pasan por la pobreza, la persecución y la debilidad. El testimonio de

17. C. STUHLMÜLLER, «El evangelio de San Lucas», en (R.E. Brown – J.A. Fitzmyer – R.E. Murphy [eds.]) Comentario bíblico San Jerónimo, Cristiandad, Madrid 1972, 300. 18. J.B. GREEN, The Gospel of Luke, The New International Commentary of the New Testament, Wm. B. Eerdmans Publishing Company, Grand Rapids (MI) 1997, 420-424.
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los discípulos, el gozo y entusiasmo con que regresan, provoca en Jesús la confesión del poder y la soberanía de Dios (el todopoder). Y en su conversación con los discípulos quiere completar esta enseñanza: «Os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, escuchar lo que vosotros escucháis y no lo escucharon» (Lc 10,24). Es decir, si han podido ver y escuchar «estas cosas», no ha sido como consecuencia de su perspicacia o su valía, sino de haberse hecho niños. Pero, además, esta oración de Jesús la ha incluido Lucas justo antes de la parábola del samaritano, en la que «para heredar la vida eterna» (Lc 10,25) se recomienda a los discípulos una manera de caminar por la vida que se distingue por salir del centro a la periferia (de Jerusalén a Jericó), advertir la presencia de los abandonados en el camino y cargar con la mala suerte de estos para sanarla... La oración de Jesús se convierte también en gramática del «todopoder» de Dios y nos revela nuevos perfiles de lo que eso significa: una vida que sale de sí y se revela a quienes, en principio, no tienen cualidades para reconocerla, mostrando su fortaleza, su capacidad de entusiasmar y comprometer, y generando más vida, más presencia de Dios y más «vida eterna» en la pobreza, la debilidad y el conflicto. San Pablo, contemplando no ya a los discípulos, sino directamente a Jesús, a la gramática de la encarnación, descubrirá el «todo-poder» de Dios en acción y dejará en su carta a los Filipenses una oración, ahora, de la comunidad primitiva que es una increíble descripción del Dios todopoderoso:
«Aunque era de naturaleza divina, no se aferró al hecho de ser igual a Dios, sino que se despojó de lo que le era más propio y tomó naturaleza de siervo. Nació como un hombre, y al presentarse como hombre se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz» (Flp 2,6-8).

Notemos que el «todo-poder» en Jesús lo descubre Pablo en la asunción de la condición humana, en el olvido de sí por la obediencia al Padre y en la aceptación hasta el final de una vida que le entusiasmó, pero que estuvo trenzada de conflicto y dificultad hasta el final; una dificultad de la que Jesús no escapó, sino que aceptó, y por esa razón no lo destruyó, sino que «Dios lo ensalzó y le concedió un nombre sobre todo nombre» (Flp 2,9).
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Jesús no se aferró desesperadamente a su condición de Dios ni se quedó «encantado» con ser «Señor de cielo y tierra», sino que se hizo también hombre, y hombre en condición de siervo. De ese modo, el «todo-poder» de Dios se convierte por Jesús en fuerza de transformación de la realidad, porque Dios no solo no hace dejación del «todopoder», sino que le confiere un sentido revolucionario: sin «dejarnos de la mano», pone su «todo-poder» junto a nuestra condición humana para vivir entre nosotros como siervo. El cielo sigue siendo su morada, pero ha puesto su tienda en la tierra, y su mano todopoderosa toma nuestra realidad, apasionante, pero también conflictiva, difícil y azarosa, y nos fortalece, nos entusiasma y nos convierte en dadores de vida. En la oración, de Jesús y de la Iglesia, tanto en Lucas como en Pablo, Dios se alaba todopoderoso por mostrarse «Señor del cielo y de la tierra» (Lc 10,21) en lo desconcertante, pobre y conflictivo. Más aún, por haber elegido a los discípulos-niños como continuadores de la misión del Hijo, que, en lugar de quedarse considerando esa revelación en abstracto, ha configurado toda su vida a imagen del Padre todopoderoso, lanzándose a la experiencia de sentir el gozo de hacer su voluntad, esa que «te ha parecido mejor» (Lc 10,21). 4. La iglesia por el super-poder En la noche santa de la Pascua, la tradición romana, al menos desde el siglo IV, canta una oración de alabanza, el Exultet, que todavía hoy es pieza fundamental –pregón– de nuestra celebración de la Vigilia Pascual. Desde los primeros siglos, la comunidad cristiana canta con gozo, en medio de la noche, el misterio central de su fe: la Pascua de Cristo. De nuevo en silencio, esta vez en medio de la noche, una luz, la que enciende la resurrección de Cristo, sirve a modo de gramática e ilumina, aclara, revela el sentido del «todo-poder» de Dios que ha vencido a la muerte: «Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo». Hay dos textos en el evangelio de Juan que, me parece, nos permiten acercarnos a la Pascua de Jesús como signo no solo del «todo-poder» de Dios que se ha manifestado, como ya hemos visto, en la vida del Hijo, sino también de lo que me atrevo a llamar el «super-poder» de Dios que se manifiesta en la Resurrección.
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El primer texto figura al comienzo del relato del lavatorio de los pies (Jn 13). El narrador hace una especie de lectura global de la vida de Jesús y dice: «Jesús sabía que le había llegado la hora de dejar este mundo para ir a reunirse con el Padre. Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin» (v. 1). Reconoce que el amor ha sido la clave desde la que interpretar toda la vida de Jesús, e interpreta la muerte, cuya hora ha llegado, como la expresión extrema del amor, la recapitulación, el broche final. (¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!). Y rubrica esa intuición con el relato del lavatorio de los pies, un gesto transgresor –«Pedro dijo: “¡Jamás permitiré que me laves los pies!”» (v.8)–, resumen perfecto del estilo de ser Hijo de Jesús; gramática del «todo-poder» de Dios, situado esta vez, no ya junto a los siervos, sino a los pies de los siervos, y haciendo saltar por los aires de una manera definitiva cualquier identificación del poder con la fuerza, el dominio o la violencia. Al final del discurso sobre el «buen pastor», con el que Jesús se identifica porque «da la vida por las ovejas» (v. 11), encontramos el segundo texto: «Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente. Tengo autoridad para darla y autoridad para recuperarla» (Jn 10,18). Ahora es Jesús quien interpreta su muerte, la que ya atisba, como un gesto de amor y servicio radical a aquellos junto a los que se ha situado por no haberse aferrado a su condición de Dios. Pero el texto aporta a ese hecho, del que ya hemos hablado, dos nuevas claves de comprensión. La primera apunta a que la muerte que ya intuye no es consecuencia de la mala suerte, de una serie de conjuras, de estar en el lugar equivocado... La muerte es la consecuencia inevitable, la expresión del máximo compromiso de Jesús al situarse en la condición humana desde la perspectiva de los siervos. Nadie le roba la vida; Él la da, como a lo largo de toda su vida, voluntariamente, en un gesto de suprema libertad. Esa suprema libertad de Jesús, que no se reserva –tampoco al final– la vida, es una nueva expresión del «todo-poder» de Dios que se revela en el Hijo. A Dios tampoco en la muerte del Hijo se le van las cosas de las manos. Precisamente en la liberalidad de la muerte del Hijo se agota, se destila el mejor sabor del «todo-poder» de Dios: «¡Qué incomparable ternura y caridad! Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!». La segunda clave, que completa esta primera, dirige la mirada a una muerte que puede recuperarse, una muerte que no tiene la última
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palabra, una muerte que puede suscitar vida. Jesús encara la muerte con la confianza plena en el poder de Dios para triunfar sobre ella, para sacar de ella toda y la mejor vida. Notemos que Jesús ni se refiere a recuperar la vida anterior ni sitúa el triunfo sobre la muerte como un proceso natural. Él tiene autoridad para recuperarla; sólo Él, porque «se hizo obediente hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz. 9Por eso, Dios lo exaltó al más alto honor y le dio el más excelente de todos los nombres». Así, la Iglesia, en el pregón de las fiestas de Pascua, canta: «Rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo». La Resurrección, por tanto, se convierte también en enseñanza –gramática– privilegiada del «todo-poder» de Dios, del «poder sobre todo poder», del superpoder, porque asume hasta el final la condición humana, su condición débil y finita por la amenaza de la muerte, y vuelve a suscitar vida allí donde la muerte ha pretendido pronunciar la última palabra. También en el silencio, ahora el de la muerte, esa muerte que nos deja sin palabras, la palabra la pronuncia el Dios todopoderoso, y escuchamos nuestro nombre («¡María!»: Jn 20,16), se neutralizan nuestros miedos («¡No temáis!»: Mt 28,5), se serena nuestra inquietud («¡Paz a vosotros!»: Jn 20,19) y se impulsa nuestro entusiasmo apostólico («¡Id y haced discípulos míos entre todos los pueblos!»: Mt 28,19). Pero, sobre todo, se muestra ya con todo esplendor y claridad el Dios todopoderoso, que «no es un Dios de muertos, sino de vivos, pues para Él todos viven» (Lc 20,38). 5. Sigue como Dios Al comenzar este artículo reconocíamos que la confesión «Dios todopoderoso» seguía siendo todavía hoy uno de los artículos difíciles del Credo. Volviendo a la Iglesia primitiva, que asoció la omnipotencia a la paternidad, hemos vuelto la mirada a la vida de Jesús, del Hijo, como si de una gramática se tratase, para encontrar claves y reglas que nos permitan comprender qué significa confesar el «todo-poder» y, sobre todo, cómo seguimos necesitándolo así: todopoderoso. Tres trazos de la vida de Jesús –encarnación, oración y resurrección– nos han guiado en esa búsqueda, y dos jalones de nuestra Tradición –la Escritura y la oración litúrgica– nos han proporcionado elementos de reflexión.
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¿Qué sabemos, al final de nuestro recorrido, de Dios como todopoderoso? – Sabemos que los superhéroes, con sus capas, sus pócimas y sus poderes para defenderse del dolor, el conflicto y la muerte, no toman la vida con las dos manos, sino que la viven «a la defensiva», en una pelea constante, intentando sortear y evitar la inevitable finitud, el mortal pecado. – Sabemos que los poderosos que se imponen por el abuso y la fuerza no consiguen mucho más que aterrorizar a aquellos a quienes oprimen. Sabemos que el poder sólo es fecundo cuando se ejerce sin evitar a quienes, como los niños, incomodan, cuestionan y desestabilizan. – Sabemos que solo el «todo-poder» de la encarnación, con todos sus resortes –«misterio de la encarnación que se despliega en el misterio del Viernes santo y del día de Pascua», dirá K. Barth–, es el verdadero significado de nuestra fe en Dios todopoderoso. Necesitamos el «todo-poder» de Dios: – Queremos beber el agua de la vida también con sus impurezas. – Queremos encarnar su misterio en todas las dimensiones de nuestra condición humana. – Queremos creer que el mal, el dolor y la muerte que vemos y experimentamos no imponen su poder por la fuerza, sino que el amor de Dios en la Pascua recupera la vida para siempre. – Queremos saber ejercer el poder y atrevernos «a todo aquello de los que podemos salir responsables ante Dios, que puede desafiar incluso a otro poder superior para aceptar también la destrucción como victoria»19. El director de «Como Dios», T. Shadyac, continuó la serie unos años después con otra comedia titulada «Sigo como Dios». Como cristianos, también nosotros seguimos queriendo que Dios siga como Dios: todopoderoso.

19. K. RAHNER, «Teología del poder», en Escritos de Teología, IV, Cristiandad, Madrid 20024, 468.
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