Universidad Andina Simón Bolívar

Área de Estudios Sociales y Globales

DE LA UNIVERSIDAD FUNCIONAL A LA UNIVERSIDAD DE LA RAZON

Arturo Villavicencio

Septiembre, 2013

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CONTENIDO
Prefacio I Introducción Ciudad del Conocimiento: un proyecto en duda Contenido del estudio II Ciencia, desarrollo tecnológico y universidad ¿Es la tecnología ciencia aplicada? Investigación básica e innovación Las aglomeraciones tecnológicas III El modelo Yachay Un currículo tradicional ¿Hacia un taylorismo académico? Un modelo de investigación elitista y burocratizado De la invención a la producción IV El capitalismo académico Interacción universidad – sociedad El conocimiento como mercancía La universidad de excelencia Privatización del conocimiento V Repensando la universidad Formación e innovación Enseñanza e investigación La universidad de la razón Referencias 36 37 38 44 29 31 32 33 20 22 23 25 12 13 18 6 8 4

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“La ilusión de la modernización es uno de los combustibles más preciosos que mueve el actual estado de optimismo de la sociedad ecuatoriana. Y a ese estado de deslumbramiento hay que alimentarlo no solo con el crecimiento económico y obra pública, sino también con golpes de efecto que deslumbren y mantengan viva la llama del entusiasmo”1

“Si es que los visionarios hipermodernistas son parte de estados autoritarios y su poder no está limitado por instituciones liberales sólidas y por una sociedad civil robusta, sus acciones pueden devenir en catástrofes.”2

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M. Pallares: El fraude de Pegaso y su gran éxito mediático. El Comercio29.04.13 de la Torre, 2013

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PREFACIO
Por diversas razones, ya sea porque se prevé una declinación gradual de las reservas de petróleo y con ello una parte importante de ingresos para el Estado, o porque una economía sustentada en los ingresos petroleros ha dado lugar a una economía rentista, o por una mezcla de ambas, existe en la sociedad ecuatoriana un consenso sobre la necesidad de superar el modelo económico primario-exportador e iniciar nuevos patrones de crecimiento que conduzcan al país hacia trayectorias de un desarrollo sostenible. Reconociendo que el desarrollo tecnológico y con él el conocimiento científico están en el centro de la dinámica actual de las economías, el Gobierno ha propuesto el mega-proyecto Ciudad del Conocimiento como la estrategia de desarrollo del conocimiento científico y tecnológico para la transformación de la economía del país.
La “Ciudad del Conocimiento”, comprende la creación de la primera urbe planificada del país, que contendrá a la Universidad Científico Experimental del Ecuador, centros e institutos públicos de investigación, atracción de inversión extranjera de alta tecnología y el asentamiento de diversas instituciones y organismos públicos y privados relacionados con la economía del conocimiento. Todo ello, apoyado por Corea del Sur, país que implementó –en los sesenta- mediante la focalización de políticas públicas e inversiones estatales dirigidas hacia la creación de condiciones propicias para el crecimiento industrial y tecnológico coreano una nueva economía basada en el conocimiento.” (Yachay (a), 2013)

En los documentos que justifican la creación de la Universidad de Investigación de Tecnología Experimental Yachay, “el vértice conceptual y logístico de la Ciudad del Conocimiento”, el o la lectora podrá encontrar expresiones de espesa densidad intelectual, bajo una acrobacia conceptual expresada con una lógica sorprendente:
“En términos generales, la temática tradicional [de la universidad ecuatoriana] ha estado viciada por un despojado total de vinculación y articulación con el interés nacional. … [El sistema universitario ecuatoriano] históricamente ha presentado una inserción regional y global baja, ha vivido replegado sobre sí mismo, ha conocido una tasa de innovación académica y pedagógica tenue [sic] y ha demostrado una vocación de insertarse predominantemente en la estructura de poder nacional y en un circuito económico dependiente y subalterno del mercado mundial y regional” (Yachay (b), 2013).

Con el mismo tono y para excitar el optimismo y mantener viva la llama del entusiasmo, el documento añade:
“[La universidad Yachay] pretende que la experiencia educativa, social, política, investigativa, científica y tecnológica se difunda en la sociedad ecuatoriana como una herramienta de transformación del paradigma productivo y económico y como fuerza motriz de cambio en las políticas macroeconómicas, microeconómicas y sociales del Ecuador” (Yachay (b), 2013.

Y, por supuesto, no podía faltar la visión hipermodernista de este grandioso proyecto:
[Yachay] será un dispositivo [sic] para transformar la relación compleja existente entre el sistema universitario, el tejido empresarial, la diseminación del saber académico y científico, la incorporación de los profesionales recién egresados a la vida profesional y económica, y la transformación del tejido productivo; en última instancia, permitirá la modificación radical del modelo de acumulación y del modo de regulación de la economía ecuatoriana.” (Yachay (b), 2013)

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Si no estuvieran en juego toda una expectativa de cambio del modelo de acumulación económica, el futuro de la universidad ecuatoriana y una billonaria inversión, frases como las citadas podrían hasta ser ignoradas. Desafortunadamente, el “proyecto nacional más importante de los últimos cien años” encuentra su justificación y razón de ser en una serie de supuestos y narrativas simplistas, opiniones ingenuas y expectativas fuera del sentido común como lo sintetizan las citas anteriores. Es alrededor de estas narrativas que se construye un imaginario tecnológico, presentado como la solución milagrosa para todos los problemas: desde la transformación del sistema universitario hasta un nuevo modelo social, pasando, por supuesto, por el de constituirse en el motor y catalizador de un nuevo patrón de desarrollismo moderno que, en esencia, sigue las pautas y esquemas de paradigmas que han alcanzado sus límites. Los temas de ciencia, tecnología e innovación, con notables excepciones (SENACYT, 2003), han estado prácticamente ausentes en las políticas públicas y en las preocupaciones de la academia ecuatoriana. Es únicamente a partir de los últimos años que la atención en el desarrollo científico-tecnológico pasa a un primer plano en la acción del Gobierno con la puesta en marcha de una ambiciosa iniciativa. Sin embargo, con un sentido de urgencia y de premura por recuperar un tiempo perdido y con la necesidad de crear expectativas que ‘mantengan viva la llama del entusiasmo’, se está diseñando una política pública sobre la base de mitos y percepciones que escapan del sentido común. A pesar del voluntarismo y decisión política, no se puede ignorar los ritmos de procesos orgánicos, de evolución, que emergen y que por consiguiente, no siempre pueden ser impuestos y controlados desde arriba. Como estos temas son nuevos en las esferas de planificación y decisión gubernamentales, existe una dosis de confusión sobre la aplicación y efectividad de herramientas e instrumentos de política; ofuscación que pone en riesgo una oportunidad histórica de sentar bases sólidas para una trayectoria de innovación sostenible del aparato productivo del país.

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I INTRODUCCION
El papel del de la ciencia y la tecnología en el proceso de desarrollo económico ha concitado un extenso debate y discusión en círculos políticos y académicos. Muchos gobiernos han formulado o se encuentran frente a la tarea de formular políticas tendientes a valorar la ciencia y la tecnología como puntales para el desarrollo. La exitosa experiencia de algunos países, especialmente los asiáticos, han colocado este tema como prioritario en las agendas y los planes de gobierno. Las estrategias propuestas abarcan un amplio abanico de instrumentos de políticas, desde la creación de entornos favorables para la inversión y desarrollo de actividades productivas con alto valor agregado (conocimiento), minimizando la intervención directa del estado, hasta la creación y gestión de polos o aglomeraciones productivas de alta tecnología destinadas a convertirse en el motor de crecimiento de un nuevo estilo de desarrollo. Esta preocupación por la ciencia y la tecnología ha puesto a la universidad a repensar sus relaciones con la esfera productiva y a cuestionar su papel en el desarrollo tecnológico de la sociedad. Sin embargo, más allá de las discusiones académicas y políticas, existe un amplio consenso sobre el hecho de que el cambio tecnológico, articulado a varios niveles de agregación del cambio organizacional, constituyen las principales fuerzas motrices de un proceso histórico de cambio estructural en el más amplio sentido y que se traduce en un continuo aumento de los niveles de vida.

Ciudad del Conocimiento: un proyecto en duda
La apuesta tecnológica de la política del Gobierno en el campo de la ciencia y la tecnología posiciona a la Universidad de Investigación de Tecnología Experimental Yachay en “el corazón de la Ciudad del Conocimiento”. El objetivo consiste que esta universidad se constituya en el eje que articule toda una estrategia de transformación y de ‘cambio de la matriz productiva’ en un proceso de transición de una economía primario–exportadora hacia una economía del bioconocimiento y de la información. Esta nueva visión desproporcionada de la universidad tiene lugar en un mundo donde la combinación y las sinergias de la nanotecnología, la ingeniería genética, las ciencias de la información y las ciencias cognitivas, es decir lo que se ha denominado las ‘tecnologías convergentes’, marcan la dinámica del desarrollo científico – tecnológico. Es alrededor del futuro desarrollo de estas tecnologías convergentes en la Ciudad del Conocimiento que el discurso oficial ha ido estructurando imaginarios socio-técnicos, proyecciones y repertorios culturales, bajo la promesa de que estos imaginarios tecnológicos conducirán a desencadenar nuevos procesos productivos que permitirán transformar la estructura productiva del país, abriendo de esta manera las puertas hacia la sociedad del buen vivir. Una mezcla de mesianismo y tecnocracia se conjugan en este nuevo paradigma de refundación de la sociedad ecuatoriana. La promesa redentora consiste en vender la idea de una ciudad-región de alrededor de 40 mil habitantes, “con la más moderna infraestructura para el desarrollo de investigaciones aplicadas”, concebida como un “eco-sistema planificado de innovación tecnológica y de negocios donde se combinan las mejores ideas, talento humano e infraestructura de punta”, que generarán las aplicaciones científicas de nivel mundial necesarias para alcanzar el buen vivir, y destinada a constituirse en el “más importante HUB [sic] de conocimiento de América Latina en producción de tecnología aplicada”. Es en este entorno donde

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una elite científica-tecnológica-empresarial, con niveles salariales de primer mundo (y probablemente con atractivas ventajas fiscales), alejada del desorden y la contaminación del resto de aglomeraciones urbanas del país, sin tener que convivir con una pobreza moralmente obscena y socialmente explosiva y disfrutando de un paisaje y clima idílicos será la que descubra los tesoros ocultos de nuestra biodiversidad y los conviertan en productos medicinales y de consumo destinados también a un primer mundo ávido de longevidad (Villavicencio, 2013). Una suerte de tecnopopulismo (de la Torre, 2013), bajo el cual se pretende conjugar la racionalidad instrumental de la ciencia y la tecnología con una euforia casi caricaturesca de redención y de cambio, es la ideología que justifica y mueve la política de desarrollo científico tecnológico del Gobierno. Estos mitos son presentados bajo un velo simplificador de códigos científicos y técnicos, cuya repetición y circulación aumentan la tendencia hacia la reducción y convergencia del discurso sobre las bondades de esta política de desarrollo tecnológico. En otras palabras, las mismas imágenes y argumentos, la repetición continua de los mismos clichés, las referencias a las mismas estadísticas contribuyen a la construcción y simplificación del mensaje, frecuentemente internalizado y reproducido por los expertos y agentes de decisión. El papel asignado a esta futura institución de educación superior va más allá de los márgenes de su potencial impacto directo en el desarrollo de este futuro polo tecnológico y de las expectativas creadas a su alrededor. En el marco de la reforma universitaria en marcha, la idea detrás de este proyecto educativo es diseñar un nuevo tipo de institución superior que sirva de modelo de referencia para las universidades del país. Los objetivos y justificación de esta universidad están claramente expresados en los documentos oficiales:
“Se trata de crear una institución de educación superior que constituye uno de los cuatro proyectos motrices del nuevo modelo universitario ecuatoriano que debe conformarse en los próximos años y que transformara drásticamente la oferta, el funcionamiento y la organización de la universidad del país y su articulación con la sociedad y la economía 1 ecuatoriana” (Yachay (b), 2013)

Si el papel de la nueva universidad está claro, los objetivos y contenido del nuevo modelo universitario ecuatoriano son menos explícitos y hasta difusos en el discurso oficial. Algunas tendencias sobresalientes y preocupantes de este nuevo modelo han sido analizadas (Villavicencio, 2013); sin embargo persisten algunos interrogantes, especialmente en torno a las tareas asignadas a la universidad ecuatoriana dentro del nuevo modelo. En un contexto más amplio, las preguntas que se plantean se refieren a los mecanismos a través de los cuales se espera que la universidad contribuya directamente al cambio del modelo de acumulación económica; cuáles son los desafíos que enfrenta la universidad ante la urgente necesidad de impulsar un proceso de innovación tecnológica y sobre todo, qué tipo de sistema universitario sería el más indicado para responder a estas exigencias. Los retos que plantean a las instituciones de educación superior estas interrogantes son enormes, teniendo en cuenta que la investigación científica y tecnológica en el país no ha logrado aún consolidarse en procesos robustos, sustentados en dinámicas solidas institucionales y organizativas. En el mejor de los casos, como señalaba el Informe de Evaluación de la Educación Superior (CONEA, 2009), el país cuenta con una investigación incipiente, escasamente institucionalizada, de carácter unidisciplinario y hasta unipersonal.

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Es en este contexto, poco auspicioso para un salto de la magnitud que se propone el Gobierno, que el proyecto de levantar un polo tecnológico en Ibarra, conjuntamente con las reformas en marcha al sistema de educación superior, permiten dilucidar una estrategia peligrosa de reforma universitaria. De acuerdo al proyecto gubernamental,
“[la Universidad] Yachay constituye uno de los vértices conceptuales, logísticos y de desarrollo de una Ciudad del Conocimiento que alberga, simultáneamente, el tejido empresarial avanzado y entornos investigativos de alto nivel, dotados de un proyecto para convertir la actividad científica y la tecnología aplicada en proyectos empresariales cuya acumulación provoque transformaciones en la matriz productiva y en el modelo acumulativo.” (Yachay (b), 2013)

A parte de la cuestionable viabilidad del proyecto Ciudad del conocimiento2, un tema que aquí nos preocupa es su impacto sobre sobre el futuro de la universidad ecuatoriana. El modelo de universidad apunta hacia la implantación de un estándar universitario de carácter instrumental, productivista, de corte empresarial, funcional al mercado y a las políticas de crecimiento económico. Esta tendencia vendría acompañada por una creciente opacidad de los límites del conocimiento como un bien público o como un producto capitalizado al servicio de actividades de lucro. En otras palabras, el sistema universitario, como se discute más adelante, estaría avanzando hacia una suerte de capitalismo académico que implicaría una revisión de la misión misma de la universidad y de su relación con su entorno social. Entonces, no se trata simplemente de priorizar las carreras universitarias y sus mallas curriculares como respuesta a las nuevas exigencias de un supuesto mercado emergente alrededor de las tecnologías de punta; tampoco se trata de un problema limitado a la adecuación de las estructuras académicas para ajustarse a las modalidades de gestión de una universidad de excelencia y de clase mundial. El problema que se plantea es más de fondo y tiene que ver con el porvenir de la universidad ecuatoriana y en general, con el futuro de la universidad en la llamada sociedad del conocimiento. Como no es posible exigir este modelo a más de sesenta universidades del país (incluidas aquellas de próxima creación), se ha optado por introducir una tipología jerárquica, piramidal, entre las instituciones de educación superior; categorización que fragmenta y discrimina todo el sistema universitario (Villavicencio, 2013). El tope de la pirámide corresponde a la universidad de investigación (la universidad de Yachay); una universidad de corte científico, enfocada a la investigación y desarrollo de alta tecnología, en estrecha alianza con la industria y generadora de patentes e innovaciones para el mercado. Indudablemente no todas las universidades podrán calificarse en esta categoría, pero su objetivo, por cierto legítimo, será aspirar a la membrecía de este club exclusivo de instituciones. De ahí que, independientemente de los resultados que se obtengan, el futuro de la educación superior del país estará marcado por aquellos objetivos de universidad emprendedora, universidad empresarial, universidad de patentes es decir, la idea una universidad práctica, comprometida a resolver problemas concretos, a desarrollar tecnologías útiles, a promover la generación de nuevos conocimientos y su traducción inmediata en soluciones tecnológicas para su comercialización en el mercado.

Contenido
El presente trabajo aporta elementos para un amplio debate sobre las políticas de ciencia y tecnología y el papel de la universidad en el desarrollo tecnológico del país. No se trata de un

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documento de investigación teórica ni de un análisis de la situación de la ciencia y tecnología en el país con miras a proponer enunciados prescriptivos sobre lo que debería ser una política de ciencia y tecnología. El objetivo es más modesto y el mensaje claro y sin ambigüedad: sobre la base de nuevos desarrollos conceptuales y enfoques metodológicos, el presente análisis muestra que la estrategia de desarrollo científico-tecnológico emprendida por el Gobierno se sustenta en una peligrosa mezcla de equívocos y confusión sobre las complejas interrelaciones universidad – tecnología-economía. Esta confusión está haciendo perder las perspectivas históricas, el sentido de orientación y una oportunidad, quizá única, para sentar bases sólidas de un desarrollo tecnológico articulado a un sistema universitario de pertinencia y calidad. La estrategia planteada por el Gobierno es inapropiada e inviable. A lo largo del presente trabajo se hace referencia a la política y/o estrategia del Gobierno sobre ciencia y tecnología. En realidad se trata de un exceso de lenguaje, porque hasta el presente no existe un documento oficial que defina de manera coherente y con claridad los objetivos, las líneas estratégicas, las prioridades y metas en materia de ciencia y tecnología. Han transcurrido cerca de siete años desde que los temas de ciencia y tecnología, como ejes de cambio de la economía del país, fueron introducidos en la agenda de Gobierno; sin embargo, no se dispone de un diagnóstico, por elemental que este sea, que justifique la racionalidad del gasto en acciones dispersas y de dudosa efectividad (becas al exterior, contratación de expertos extranjeros), incluyendo la creación de una universidad que, además de debilitar el sistema de educación superior, muy poco o nada aportará al desarrollo del país. Recién en los últimos meses se ha empezado con la tarea de “construir indicadores que permitan generar análisis, establecer estrategias y formular políticas públicas”. La perspectiva bajo la cual la innovación tecnológica tiene como punto de partida la investigación básica es la hipótesis central de la estrategia gubernamental en su visión de desarrollo tecnológico. Una discusión sobre la inexactitud de esta hipótesis es el tema desarrollado en la sección siguiente, cuyo contenido analiza desde diferentes ángulos aquella idea intuitiva de la industria como receptora final de los descubrimientos de laboratorios de investigación, en un proceso secuencial. Es alrededor de este modelo lineal ciencia – tecnología que se ha conceptualizado la Universidad Yachay como eje articulador del proyecto Ciudad del Conocimiento. En qué medida este modelo está conduciendo a configurar un modelo de investigación universitaria elitista y burocratizado y sobre todo una idea de universidad funcional a la producción y al mercado es el tópico abordado en la Sección 3. Desde una perspectiva más amplia, la Sección 4 aborda el tema de las relaciones entre universidad y sociedad y en particular, el mundo productivo y empresarial. Este debate adquiere relevancia en el proceso de reformas por el que actualmente atraviesa el sistema de educación superior del país, ya que la visión de la universidad como un agente importante del circuito económico no se limita a la universidad Yachay, sino que se presenta como el modelo a seguir por toda la universidad ecuatoriana. Enfoques recientes sobre los procesos de generación y transmisión del conocimiento, las tendencias a convertir el conocimiento en una mercancía y por consiguiente, el peligro de su privatización, son los tópicos que plantea esta sección. El presente trabajo concluye con una discusión sobre el papel de la universidad en la esfera económica y en la sociedad. Se sostiene en el documento que la función básica de la universidad es la enseñanza y que la investigación llevada a cabo por las instituciones de 9

educación superior es esencialmente un insumo para la enseñanza. El acoplamiento enseñanza – investigación permite a la universidad formar graduados que entiendan, a un nivel relativamente profundo, tecnologías, procesos, fenómenos que luego pueden ser puestos en práctica en el mundo productivo. Sin embargo, la capacitación y entrenamiento de profesionales para aumentar la eficiencia de las empresas no es exactamente un bien público. Estas funciones podrían, en principio, ser internalizadas ya sea por los graduados que podrían financiar el costo de su educación con sus ingresos futuros o, por las empresas como una inversión a ser recuperada con las ganancias de sus innovaciones. Surge entonces la pregunta: ¿Cuál es el bien público que provee la universidad y que justifica su financiamiento por parte del estado? La respuesta y conclusión del presente análisis no admite ambigüedad: la función de la universidad consiste en formar profesionales en una misma tradición cultural, bajo una visión compartida de sus raíces sociales y culturales de tal manera que puedan insertarse satisfactoriamente en la sociedad y promover sus objetivos. La universidad, como repositorio de la cultura, como un elemento sustancial de cohesión social y de construcción de la idea de comunidad, crea un bien público que no es apropiable por agentes individuales o grupos de agentes socio-económicos.

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II CIENCIA, DESARROLLO TECNOLOGICO Y UNIVERSIDAD
El papel que se pretende asignar a la universidad, de acuerdo a la estrategia de desarrollo científico – tecnológico del Gobierno, parte de aquella idea persistente y recurrente en la sabiduría convencional según la cual la innovación es el resultado de la tecnología aplicada, la que a su vez es el resultado de la investigación científica llevada a cabo en las universidades. El Plan Nacional del Buen Vivir expresa claramente esta idea al afirmar que “la investigación que se realiza en las universidades debe transformarse en uno de los puntales de la transformación de la economía primario exportadora”. Esta concepción de la función de la investigación universitaria en el desarrollo tecnológico es recurrente en el discurso oficial y sustenta la acción programática de varias instituciones gubernamentales. Así, por ejemplo, la Agenda para la Transformación Productiva (MCPEC, 2010) considera como el puntal de la estrategia de innovación tecnológica para la diversificación productiva del país a la investigación básica, como claramente lo expresa el diagrama a continuación (Grafico 1).

Investigación aplicada

Investigación básica

Generación de conocimiento aplicado

Política publica

Desarrollo productivo y riqueza

Desarrollo tecnológico

Innovación tecnológica

Gráfico 1. “ El círculo virtuoso de la investigación, desarrollo e innovación”
Fuente: MCPEC, 2010

El supuesto de que la investigación básica provee el fundamento para la tecnología, la que a su vez provee el conocimiento de base para la innovación que luego se convierte en un bien comercial constituye la justificación misma para la creación de la universidad Yachay. En efecto, la estrategia es clara: una universidad de investigación de tecnología experimental que, conjuntamente con diez y siete institutos públicos de investigación, tendrán como tarea descubrir los tesoros ocultos en nuestra biodiversidad para analizarlos y codificarlos como conocimiento científico que, explotado por empresas de alta tecnología, resultará en el desarrollo de nuevos productos cuya difusión y comercialización permitirán la transformación de la matriz productiva. Esta concepción de la relación ciencia-tecnología es errada o, en el mejor de los casos, inexacta y se trata de una generalización de casos aislados que tuvieron su explicación en contextos históricos y sociales y que constituyen la excepción y no la regla como se discute más adelante Esta visión resulta errada o por lo menos incompleta (Arthur, 2009; Fagerberg, 2006; Cowan, 2006; Ruttan, 2001; Rosenberg, 1992).

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¿Es la tecnología ciencia aplicada?
Tradicionalmente se distinguen dos tipos de investigación: la investigación básica o fundamental y la investigación aplicada o desarrollo tecnológico (Foray, 2000). La primera categoría está enfocada a la producción del conocimiento de base que permite una comprensión fundamental de las leyes de la naturaleza o la sociedad. La segunda se enfoca a la producción del conocimiento que facilita la resolución de problemas prácticos3. El debate sobre si la tecnología o ingeniería debe ser entendida como ciencia aplicada o si esta última tiene una epistemología y procedimientos independientes de las ciencias naturales, aunque sujeta a las mismas leyes naturales, ha sido objeto de amplio debate en los círculos académicos (Arthur, 2009; Ruttan, 2001; Foray, 2000; Rosenberg, 1992). Existe un amplio consenso, especialmente en la academia, sobre el desarrollo de la tecnología como un proceso autosuficiente y más aún, se considera que es la tecnología la que a menudo crea los fundamentos de la ciencia. Sin embargo, la visión opuesta según la cual la innovación tecnológica es proceso secuencial y unidireccional donde cada una de las etapas investigación básica – ciencia aplicada – desarrollo tecnológico alimenta a la siguiente (el modelo lineal ciencia – tecnología) aún persiste, sobre todo en círculos políticos y centros de decisión. Las bases históricas e intelectuales para la fijación en el modelo lineal ciencia - tecnología tiene sus raíces en lo que Ruttan (2001) califica como la “ideología o dogma de la política científica post segunda guerra mundial”. Señala este autor que el éxito incuestionable del desarrollo tecnológico militar, sustentado en la investigación científica, dio lugar a la ortodoxia según la cual la tecnología es simplemente ciencia aplicada: la ciencia básica provee la teoría mientras la ciencia aplicada usa el conocimiento en el diseño y desarrollo de una nueva tecnología. Este modelo lineal parte de la idea no cuestionada de que el conocimiento que sustenta la producción industrial es definido por principios que son esencialmente científicos, principios que de una u otra manera son transferidos desde el ámbito de la investigación científica a la industria (Kline et al., 1986). Se trata de un proceso de transferencia puramente secuencial: del descubrimiento al desarrollo de ingeniería, a la creación de un nuevo producto y finalmente a su difusión y comercialización. El modelo lineal de innovación ignora, o por lo menos minimiza una serie de problemas interrelacionados y generaliza una cadena de causación que ha tenido lugar únicamente para un reducido número de casos. En efecto, este paradigma presenta dos aspectos problemáticos. Primero, resulta difícil encontrar evidencias que muestren la investigación básica como motor directo de la invención de productos. El láser y el nylon son las dos excepciones más citadas (Rosenberg 1982) a las que se agrega la biotecnología (aunque discutible como se señala más adelante), disciplina donde se ha producido un dramático acortamiento entre los descubrimientos científicos y sus aplicaciones comerciales. Estos casos son la excepción y no la regla (Arthur, 2009). En segundo término, es muy fácil encontrar ejemplos en donde la mayoría de las innovaciones en una rama industrial poco a nada tienen que ver con la aplicación directa del conocimiento científico (Cowan, 2006). Al respecto, Niklas Luhmann (2007) señala:
“Hoy día existe consenso acerca de que la evolución de las adquisiciones técnicas no puede explicarse simplemente como adquisición de la ciencia. Por una parte, están implicados muchos otros factores, en especial los económicos y, por otra, la ciencia frecuentemente –si no es que en la mayoría de los casos- no es capaz de declarar como pueden resolverse problemas técnicos

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específicos. Con frecuencia se encuentra el caso contrario: campos de investigación científica se ponen en marcha por los desarrollos tecnológicos –producción de acero: metalurgia; computadoras: ciencias de la computación, lo cual no significa subestimar la aportación del saber científicamente elaborado”.

La cita anterior conduce a abordar el tema de la complejidad sistémica del desarrollo tecnológico. Ciencia y tecnología interactúan a través de múltiples lazos de retroalimentación que tienen lugar a diferentes niveles y en diferentes etapas del proceso de innovación. Este proceso no se crea sino que evoluciona de manera orgánica. Como lo señala Arthur (2009), la ciencia es necesaria para observar y explicar fenómenos naturales y sus principios, provee los medios para analizar sus efectos y la comprensión necesaria para trabajar con ellos; en otras palabras, las teorías resultantes de la investigación básica permiten predecir el comportamiento de esos efectos y proveen los métodos para su explotación y uso. Al mismo tiempo, la ciencia se construye a partir de la tecnología, o mejor dicho, de sus tecnologías mediante el uso de instrumentos, métodos y experimentos que ella desarrolla. En otras palabras, la evolución de la tecnología tiene una estructura autopoiética (Maturana y Varela, 1987; Luhman, 1995; Mingers, 1996): cada tecnología contribuye al desarrollo del resto de tecnologías de tal manera que, en conjunto, la tecnología se crea ella misma (Arthur, 2009). Pero no es solamente el hecho de que la ciencia ha producido más explicaciones y mejores predicciones de los resultados de los fenómenos y sus efectos la razón por la cual la ciencia se convirtió desde inicios del siglo pasado en uno de los motores del desarrollo tecnológico. La razón se explica por el hecho de que las familias de los fenómenos y sus efectos que empezaron a ser explotados (electricidad, química, y electrónica y biotecnología, más recientemente) actuaban en una escala o en un mundo no accesible directamente a la observación humana sin la ayuda de los métodos e instrumentos de la ciencia (Arthur, 2009). Sin embargo, esto no significa que la ciencia revela nuevos efectos y la tecnología los explota o, en otras palabras, que la ciencia descubre y la tecnología aplica. Como lo señala este autor, “es ingenuo a firmar que la tecnología es ciencia aplicada. Resulta más correcto afirmar que la tecnología se construye a partir de la ciencia y de su propia experiencia”. Estas dos co-evolucionan en una relación simbiótica o en un círculo de causalidad: la tecnología se construye a partir de fenómenos desenterrados y codificados por la ciencia e igualmente, la ciencia se construye a partir de la experimentación y métodos de la tecnología. Esta construcción tiene lugar en un procesos embrollado, caracterizado como una ingeniería heterogenea (Law, 1987; citado en Grin et al. 2010), donde la creatividad y el bricolage son los elementos fundamentales (Grin et al., 2010).

Investigación básica e innovación
A pesar de ausencia de fundamentos teóricos y empíricos y por tanto de su cuestionamiento, el modelo lineal ciencia - tecnología continuar teniendo cierta aceptación tanto ciertos círculos académicos como en centros de decisión política y persiste en la discusión sobre políticas y estrategias nacionales de innovación y desarrollo tecnológico (Hirsch-Kreinsen et al. 2003). El Gobierno, con su proyecto Ciudad del Conocimiento, se ha convertido en uno de los fervientes adeptos de este modelo que pudo haber tenido cierta validez en un contexto social específico y bajo una circunstancia histórica concreta, pero que resulta anacrónico con el desarrollo tecnológico actual e incongruente con los objetivos y posibilidades del país.

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El papel de la universidad Yachay en la estrategia de desarrollo tecnológico y de transformación productiva planteada por el Gobierno se enmarca claramente dentro de este modelo (Yachay (a), 2013):
“ [Yachay] integra un modelo de ciudad que articula el conocimiento científico desarrollado en la universidad, la investigación generada en los Institutos Públicos de Investigación, y el desarrollo de negocios a través de ideas emprendedoras que tendrán como fin el mercado.” “Esta universidad [Yachay] articula un proyecto de transformación social y política que apunta a redefinir la matriz productiva ecuatoriana y el modelo de acumulación de la economía y la sociedad del país.”

De acuerdo a esta visión, el papel de la universidad es claro: llevar cabo la investigación básica y, de esta manera, proveer el conocimiento fundacional, la información e instrumentación sobre cuya base el resto del edificio de la innovación es construido. En términos de bien público, el papel es también claro. El conocimiento es un bien público de tal manera que, siendo la I&D, de todo el conocimiento el más ampliamente aplicado, su oferta estaría limitada por el mercado. Problemas de extensibilidad y apropiación disuadiría a las empresas la producción de este tipo de conocimiento; por consiguiente, dada su importancia para todo el sistema resulta mejor que este sea producido públicamente aunque luego sea gradualmente privatizado y comercializado por agentes privados. Bajo este modelo simplista, el papel de los diferentes actores está claramente determinado y las implicaciones para su financiamiento definidas. En la medida que se avanza de la I&D básico hacia la difusión de los bienes, los resultados van siendo cada vez más apropiables por el mercado y por lo tanto, la necesidad de financiamiento público disminuye. Sin embargo, existe una creciente evidencia “que ni todas las innovaciones tienen su fuente en los resultados alcanzados por los científicos en sus proyectos de investigación, ni todos los conocimientos básicos producidos en los laboratorios, potencialmente aplicables a la resolución de problemas prácticos de la industria, llegan a ser efectivamente transferidos” (Albornoz, 2010). El modelo de difusión social del conocimiento es más complejo que una simple línea entre emisores y receptores, o entre centros productores de conocimiento científico y usuarios. Al analizar las relaciones del sistema de investigación de las universidades estadounidenses con el aparato productivo, Mazzoleni y Nelson (2009) advierten que este tema amerita atención por el hecho de que “en las mentes de muchos cientistas y políticos de los países en desarrollo el sistema universitario y de investigación de este país es visto como el modelo a ser imitado”. Destacan estos autores que a menudo, esta visión está asociada con una concepción distorsionada de la contribución de la investigación universitaria al avance tecnológico en la industria y señalan el peligro de que estas ideas puedan conducir a la promoción de sistemas de investigación en la dirección equivocada en los países en desarrollo (una advertencia muy oportuna que debería llamar a una reflexión seria a las autoridades nacionales). Cohen (2002; citado en Mowery et al. 2010) muestra que en la mayoría de las industrias, los resultados de la investigación universitaria desempeñan, en el mejor de los casos, un papel muy secundario en desencadenar nuevos proyectos industriales de investigación y desarrollo. Esta conclusión es corroborada por Mazzoleni y Nelson (2009) al afirmar que otra de las ideas erradas sobre la manera como las universidades contribuyen a la innovación tecnológica es suponer que la investigación llevada a cabo por estas instituciones es la fuente de invenciones embrionarias o del 14

desarrollo de prototipos que luego son comercializados por la industria. Existe un amplio consenso (Hirsch-Kreinsen et al. 2003; Ruttan, 2001, Lundvall, 2007, Kim y Nelson, 2000) en aceptar que el estímulo para la innovación proviene sobre todos de los usuarios o se origina en la necesidad de corregir debilidades o deficiencias en los procesos productivos. Aun en el campo de la industrias farmacéutica y electrónica, (Nelson, 2004), donde la sabiduría convencional asume que la investigación universitaria es la creadora de prototipos, es ante todo la instrumentación y técnicas desarrolladas en los procesos de investigación los factores que contribuyen a la innovación tecnológica en la industria (Cockburn, 2006). De igual manera en otros campos tecnológicos e industriales, la investigación universitaria ha contribuido ocasionalmente a invenciones relevantes, pero la regla ha sido y es que la mayoría de invenciones comerciales significativas se han originado fuera de la investigación académica (Mowery y Sampat, 2010; Mazzoleni y Nelson, 2009; Cockburn, 2006). Esta observación también sería válida para la biotecnología, otra de las áreas del conocimiento donde se tiende a exagerar el papel de la investigación de las universidades en los avances comerciales. Sin embargo, existen serios cuestionamientos al respecto. Por ejemplo, Cowan (2006) se pregunta ¿porque las empresas no contratan profesores universitarios (con salarios muy superiores a los de la academia) y no llevan a cabo la investigación en casa? Este autor deja planteado el interrogante sobre si lo que realmente están comprando las empresas de biotecnología a las universidades es conocimiento o si las universidades están siendo utilizadas para dar una apariencia de independencia en la investigación y de esta manera protegerse de los reguladores y al mismo tiempo ganar aceptación social. En definitiva, las industrias, salvo muy raras excepciones, utilizan principios científicos abstractos como punto de partida para aplicaciones comerciales. Para la mayoría de las industrias, las patentes y licencias que involucran invenciones originadas en las universidades o laboratorios públicos son de muy escasa utilidad comparadas con publicaciones, conferencias e interacciones informales con investigadores universitarios y consultoría (Mazzoleni y Nelson, 2009; Cohen, 2002). A pesar de la escasa evidencia, las políticas enfocadas a fortalecer los lazos entre las universidades y la industria parten de la premisa que las universidades soportan la innovación de la industria a través de patentes para su futura comercialización. La difusión a nivel mundial de esta idea de comercialización tecnológica ilustra un fenómeno que ha recibido escasa atención en la literatura sobre innovación: el esfuerzo de los países por imitar instrumentos de política de otros países y tratar de aplicarlos en un contexto diferente. Como lo señala Lundvall (2010), la historia, la dependencia de trayectorias pasadas (path-dependence) y tradiciones institucionales dificultan enormemente esta emulación. La preocupación de muchos países del mundo por asignar a la universidad un papel cada vez más activo como agente de crecimiento económico se inscribe, en gran medida, en la tendencia de vincular la actividad de las universidades con el mundo de la producción y que adquirió fuerza en los Estados Unidos y luego en el resto del mundo con la promulgación del Acta Bayh-Dole (Mowery y Sampat, 2006). Esta regulación, expedida por el Congreso estadounidense en 1980, autorizó a las instituciones e investigadores de proyectos financiados con fondos federales patentar los resultados de las investigaciones y conceder licencias a terceros para el uso de las patentes. La promulgación de esta regulación significó un cambio de política hacia el afianzamiento de los derechos de propiedad intelectual. Implícitamente se asumió que la

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restricción en la diseminación de los resultados de los proyectos de I&D aumentaría su eficiencia promoviendo su comercialización. Mowery y Sampat (2006) muestran que la tasa de crecimiento de la relación entre el número de patentes y el gasto de las universidades en investigación ha permanecido prácticamente constante durante el periodo 1963 – 1993, lo que sugiere, según estos autores, la ausencia de quiebres estructurales en la tendencia de la propensión de las universidades hacia las patentes a raíz de la regulación Bayh-Dole. Los autores señalan un cambio importante en la estructura del portafolio de patentes de las universidades con un incremento significativo en la rama de la biomedicina. Ellos advierten que este dinamismo ha estado más bien motivado por los dramáticos avances en esta rama a lo largo de las décadas de los sesenta y setentas, así como a los fuertes intereses comerciales en los resultados de este campo de investigación. En la misma línea señalan la falta de evidencia sobre los efectos positivos de la mencionada regulación más allá de un claro crecimiento del número de patentes y licencias por parte de las universidades, aunque esto no significa que estas hayan sido comercializadas de manera más eficiente y rápida. Al respecto, conviene tener en cuenta que las patentes se refieren a invenciones y no a innovaciones y son usadas de manera más intensivas en ciertas industrias que en otras (Lundvall, 2010). Más aun, el requerimiento global en boga asociado a las patentes implica que innovaciones y adaptaciones menores, que constituyen el grueso de la actividad innovadora a nivel mundial, no son consideradas como patentes simplemente porque no son patentables (Fagerberg y Srholec, 2009). Señalan estos autores que para países alejados de la frontera tecnológica, la mayor parte de sus actividades de innovación no serían reconocidas como tales. Por el contrario, un efecto negativo potencial de la fiebre de patentes y licencias, incluyendo las provenientes de la investigación universitaria, ha sido el riesgo constante de debilitar el compromiso de los investigadores hacia una ‘ciencia abierta’ conduciendo a secretismos, demoras, y retención de información (Mowery y Sampat, 2006; Lundvall, 2010). En principio, la capacidad de una industria para generar o absorber innovaciones tecnológicas emana de departamentos especializados de investigación, gestión, diseño, aseguramiento de la calidad que son prácticamente inexistentes o, en el mejor de los casos rudimentarios, en empresas, especialmente medianas y pequeñas aun de los países avanzados. El tamaño de las empresas, como sucede con las pequeñas y medianas empresas (Pymes), no les permite dedicar ni gastos ni personal en actividades de investigación y desarrollo (I&D). El conocimiento práctico para estas empresas es el conocimiento, funcional, eficiente, estrechamente conectado con la experiencia diaria y los procesos de aprendizaje en el trabajo (learning by doing) o aprendizaje en el uso (learning by using). En el proceso de producción, “las tecnologías ya en uso se someten a prueba para ver cómo se pueden mejorar, y las utilizadas por rivales y competidores se reconstruyen y analizan; las tecnologías potenciales substitutas se evalúan” (Hirsch-Kreinsen et al. 2003). Es de esta manera como las empresas construyen su capacidad de absorción e innovación tecnológica. En el caso del Ecuador, hay que empezar por reconocer que se trata de una economía poco diversificada, con un sector productivo e industrial escasamente integrado, de encadenamientos productivos sumamente débiles y con una base incipiente en cuanto a desarrollo tecnológico. Los niveles de especialización e interacción entre las empresas son bajos. La producción doméstica de bienes intermedios y bienes de capital prácticamente inexistente, lo 16

que deja a las empresas la opción de conformarse con insumos de baja calidad o importar. Como resultado, las cadenas de valor son cortas e incompletas. Por consiguiente, la integración entre las empresas, uno de los factores de aprendizaje tecnológico en los países desarrollados, es muy débil o inexistente. En esas circunstancias, una estrategia de desarrollo tecnológico sustentada en la creación ramas industriales o empresas de tecnología de punta (biotecnología, nanotecnología) necesariamente presenta remotas posibilidades de concretarse en un modelo de desarrollo inclusivo, equilibrado y sobre todo, sostenible. El resultado previsible, en el mejor de los casos, conducirá a introducir una peligrosa brecha tecnológica en el sistema productivo nacional: por un lado se tendría una gran mayoría de industrias, incluidas micro y pequeñas empresas del sector informal, con niveles de productividad muy bajos y hasta precarios y por otro, un escaso grupo de empresas dinámicas, de alta productividad y conectadas a la globalización. En este punto, resulta de interés mencionar la experiencia de los países del este de Asia, cuya imitación, especialmente el caso del Corea del Sur, está en el tope de la agenda de la política de desarrollo tecnológico del Gobierno. Al analizar el papel que han desempañado las universidades y los institutos públicos de investigación como impulsores del desarrollo económico de Asia, Mathews y Mei-Chih (2007) afirman sin ambigüedad que “las economías de Asia oriental nunca consideraron a las universidades como agentes de innovación, al menos no durante su medio siglo de actualización acelerada”. Más aun, según estos autores, el acelerado desarrollo tecnológico de estos países no se sustentó en la investigación científica fundamental sino que se enfocó estrictamente en identificar y evaluar tecnologías disponibles. Destacan estos autores:
“las universidades hicieron un papel muy especial en el desarrollo de Asia oriental, no de impulsores de innovación, como se aprecia comúnmente en Occidente, sino de moldeadores de formación de capital humano. Durante ese medio siglo, las universidades estuvieron a la vanguardia capacitando a una generación tras otra de graduados altamente calificados y tecnológicamente sofisticados, que podían emplearse con éxito en empresas locales en busca de ingresar a industrias globales, corporaciones multinacionales y también –y no en menor medida– a instituciones que dirigen el desarrollo industrial de la economía. El fundamento de este papel representado por las universidades y politécnicos recién establecidos fue la tasa creciente y sostenida de alfabetización y aprendizaje aritmético adulto, que hacia el año 2000 estaba aproximándose al 100% en países como la República de Corea y es una de las más altas del mundo.” (Mathews y Mei-Chih, 2007)

Si algunos de los elementos de la experiencia de los países del este asiático pueden servir de lección al resto de países en desarrollo y, en especial al Ecuador, es precisamente el papel que desempeñaron las universidades e institutos de investigación en el ‘despegue’ de estos países. No fueron las universidades ni sus centros de investigación los motores de la innovación tecnológica, sino las políticas y estrategias diseñadas por instituciones con una visión clara de objetivos y con un personal altamente calificado (¡) las que condujeron y conducen los procesos de convergencia tecnológica. Tomando como ejemplo el MITI en Japón, el resto de países establecieron instituciones como el Instituto de Investigación en Tecnología Industrial (ITRI, Taiwán) o el Ministerio de Ciencia y Tecnología – MOST en Corea del Sur, que actuaron como agencias de captura de tecnología y gerentes de divulgación tecnológica, buscando el exterior las tecnologías requeridas por las empresas locales y formando capacidades en esas tecnologías (Kim y Nelson, 2000; Mathews y Mei-Chih, 2007). Estas agencias trabajaron estrechamente con empresas locales, catalizando sus capacidades para convertirse en participantes sofisticados por derecho

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propio, impulsaron el desarrollo de la capacidad innovadora nacional y, en forma gradual, pasaron de la condición de actualización e imitación a la de desarrollo propio y rápida innovación.

Las aglomeraciones (clusters) tecnológicas
En muchos países, las políticas por aumentar los retornos económicos de la inversión pública en las universidades se han orientado a estimular la creación de aglomeraciones o ‘clusters’ tecnológicos regionales de empresas innovativas alrededor de estas instituciones. La idea consiste en estimular el desarrollo económico regional y de aglomeración a través de la creación de redes de empresas encargadas de la explotación y comercialización de la investigación y el desarrollo tecnológico originado en las universidades. Estas políticas son motivadas, en parte, por el desarrollo de clusters de alta tecnología en los Estados Unidos, especialmente el ‘Silicon Valley’ en California y, en menor grado, la ‘Route 128’ en el área de Boston y el ‘Research Triangle’ en Carolina del Norte. A pesar del éxito alcanzado por estos clusters, escasa evidencia soporta el argumento de que la presencia de universidades de alguna manera es el origen del desarrollo regional de aglomeraciones de alta tecnología y, aun menor evidencia soporta el argumento de que las políticas de innovación de los gobiernos son efectivas en la creación de dichas aglomeraciones. Evidentemente que la presencia de universidades y centros de investigación constituye un elemento importante, pero los factores críticos que han primado en el proceso de emergencia y posterior consolidación de los tecnopolos o milieux de innovación son otros. Al estudiar el fenómeno de emergencia y posterior consolidación de ‘polos tecnológicos de innovación’, Castells (1996) señala que, además de la concentración espacial de centros de educación superior e investigación, la presencia de compañías de tecnología avanzada, de cadenas productivas, de una red de proveedores de bienes y servicios auxiliares, de circuitos financieros y de negocios de riesgo como ingredientes indispensables para el desarrollo de sinergias innovadoras y productivas. En el caso del Silicon Valley, anota este autor, habría que añadir hasta la ideología de la contra-cultura de los años sesenta la que motivó a jóvenes emprendedores a establecer sus propias empresas al margen de las grandes corporaciones tecnológicas de la época. Tampoco puede ignorarse que los centros de innovación tecnológica en los Estados Unidos no se habrían desarrollado sin el generoso financiamiento y protección de mercados por parte del Gobierno de los Estados Unidos, muy preocupado en esa época por recuperar la superioridad tecnológica sobre la Unión Soviética. En particular, como lo señala Leslie (2000), el masivo aumento del gasto en defensa a partir de 1945 jugó un papel catalítico en la formación de empresas de alta tecnología en la zona de Santa Clara, California. Así, fue el estado y no la universidad ni el emprendedor innovativo en su garaje el iniciador de la revolución informática (Castells, 1996). En resumen, fue, por una parte, la interface entre los macro-programas de investigación y el desarrollo de extensos mercados, promovidos ambos por el estado, y por otra, la innovación descentralizada estimulada por la cultura de creatividad personal y los modelos de emprendimiento personal los factores determinantes en el desarrollo de ‘clusters’ tecnológicos como el Silicon Valley. Las observaciones anteriores resultarían aquí superfluas si no fuese por la importancia dada en la concepción y diseño de la universidad Yachay al modelo de la universidad de Stanford y 18

el supuesto papel que este centro universitario desempeñó y desempeña en la formación de la aglomeración tecnológica en el área de San Francisco en California4. Nuevamente, la tentación de imitar otras experiencias y modelos, sin tener en cuenta su pertinencia y aplicación a otros contextos está presente en el proyecto Ciudad del Conocimiento: “Al igual que Stanford, la Universidad Yachay se constituirá en el eje fundamental del parque industrial y tecnológico de la ciudad del conocimiento Yachay” (Yachay (b), 2013). Al estudiar la dinámica de los polos de innovación tecnológica, en particular el caso del ´Silicon Valley´, se pregunta Castells (1996) si este patrón social, cultural y espacial de innovación puede ser extrapolado al resto del mundo. Señala este autor que luego de varios años en visitas y análisis de los principales centros científicos tecnológicos del planeta, uno de los descubrimientos más sorprendentes fue comprobar que, fuera de los USA, estos centros están localizados en las grandes áreas metropolitanas. Como señala este autor, la fortaleza cultural y empresarial de las metrópolis hace de ellas el entorno privilegiado para la innovación tecnológica, rompiendo el mito de la irrelevancia del espacio que en la Era de la Información”.5 La relación entre la investigación universitaria y la emergencia de aglomeraciones de alta tecnología es mucho más compleja que la simple correlación entre la presencia de empresas de alta tecnología y universidades de investigación en un espacio geográfico. La experiencia estadounidense sugiere que la emergencia de dichas aglomeraciones responde más a contingencias, depende de trayectorias históricas (path-dependence) y, sobre todo, de la presencia de un conjunto de políticas de soporte (intencionales o no) y por consiguiente, tiene poco que ver con la investigación universitaria o la promoción de interrelaciones universidad – industria (Lundvall, 2010). La iniciativa de desarrollar un parque científico-tecnológico en Urcuqui alrededor de una ‘universidad de clase mundial’ como motor del cambio de la matriz productiva sufre de las mismas deficiencias de esfuerzos recientes en otros países, incluidos los países de la OECD, por estimular la interacción entre universidad e industria; es decir, la falta de atención a las instituciones de soporte, una fascinación por ‘historias exitosas’ en otros contextos, con escasa atención a la sistemática evidencia de los efectos causales de dichas políticas y, una visión estrecha de comercialización de la investigación universitaria. Por último, es necesario acentuar que el proyecto Ciudad del Conocimiento nada aporta a disminuir la situación de pobreza e inequidad que afecta al país; por el contrario, proyecta a acentuarlos. Ya la globalización se caracteriza por una asimetría fundamental entre los países, en términos de sus niveles de integración, potencial competitivo y participación en los beneficios del crecimiento económico. Por consiguiente, la concentración de recursos, dinamismo y riqueza en una zona al interior de un país tiende a exacerbar dicha asimetría. Se estaría propiciando un proceso peligroso de segmentación caracterizado por una creciente desigualdad y exclusión social: por un lado, un sector económico altamente dinámico, altamente selectivo y altamente excluyente, en el mejor de los casos, una especie de enclave o gueto tecnológico y por otro, el grueso de la economía nacional desconectado de este proceso de acumulación con lógicas sociales y económicas distintas.

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III EL MODELO YACHAY
En este punto cabe preguntarse sobre el aporte que significa la universidad Yachay para el sistema de educación superior del país. El discurso oficial habla insistentemente sobre el ‘modelo Yachay’ (Yachay (b), 2013):
“la exposición del profesorado y del alumnado al «modelo Yachay» provocará una radical puesta en tela de juicio de las actuales modalidades de transmisión del conocimiento características de la universidad ecuatoriana”

y, en una forma un tanto confusa, agrega que
“desde el punto de vista microsocial, Yachay tendrá un efecto directo sobre las practicas académicas del actual modelo universitario, el cual funcionara por osmosis [?] respecto al resto del sistema” (Yachay (a), 2013).

Cabría esperar entonces un proyecto universitario innovador, estructurado de manera coherente, que supere métodos y enfoques tradicionales en la enseñanza, empezando por las ciencias básicas, con una orientación transdisciplinaria que trascienda los estrechos límites de del currículo tradicional y, sobre todo, orientado a un proceso de aprendizaje basado en problemas.

Un currículo tradicional
La simpleza y hasta la ligereza de las premisas que sustentan la creación de esta nueva universidad obligan a puntualizaciones que ante todo sirven de ejemplo para llamar la atención sobre las bases deleznables que sustentan todo un proyecto destinado a ‘transformar la educación superior y la economía del país’. Empezando por los principios de “Generación de Conocimiento Interdisciplinario y Educación Integral” del modelo educativo Yachay (Yachay (b), 2013), el modelo curricular y pedagógico establece como punto de partida el “aprendizaje basado en fundamentos”:
“Conceptualmente, el aprendizaje basado en fundamentos es el proceso de adquisición del conocimiento esencial para la dinámica científica e ingenieril. Además dota al estudiante de habilidades para el razonamiento lógico y la abstracción. Estas capacidades son requeridas para comprender los dilemas fundamentales que están detrás de cada fenómeno natural. A la vez que se articulan al desarrollo de innovación científico tecnológica para generar un impacto social. El aprendizaje basado en fundamentos se enfoca en tres tipos de enseñanza: 1. Fundamentos de las ciencias básicas (ej. Física, Química, Biología, Matemática) 2. Fundamentos de las Áreas de Concentración (ej. Química Orgánica, Biología Celular, Matemática Aplicada) 3. Fundamentos de la Ingeniería (ej. Mecánica de Fluidos, Mecánica de Solidos, Mecánica del Continuo).”(Yachay (b), 2013)

A parte de la curiosa argumentación en el párrafo citado, cabe preguntarse si este descubrimiento sui-generis del aprendizaje basado en fundamentos no es sino el mismo que han venido aplicando por más de cincuenta años las escuelas politécnicas y facultades de ingeniería de las universidades en la estructura de sus mallas curriculares que, empezando por las ciencias básicas, introducen gradualmente al estudiante en la profundización y aplicación del conocimiento fundamental.6

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En cuanto a los contenidos, las mallas curriculares de las carreras de la universidad Yachay (Yachay (b), 2013) sorprenden por su orientación teórica que, sin lugar a dudas aumentan el bagaje de información científica de los estudiantes, pero difícilmente lo capacitan para un ejercicio profesional práctico adaptado a las condiciones y requerimientos del país. Es poco probable que la industria nacional pueda absorber egresados con un perfil de investigadores científicos y una formación orientada quizá a las necesidades de grandes laboratorios científicos de universidades de elite y centros de investigación y desarrollo de grandes corporaciones transnacionales. Lo que si resulta muy probable es que los licenciados e ingenieros egresados de la universidad dispongan de conocimientos razonables en mecánica cuántica, variable compleja o epistemología de la ciencia, pero sean incapaces de gestionar procesos termodinámicos de eficiencia energética en procesos productivos, por ejemplo. Parecería que el objetivo de esta universidad es el de aislar a los estudiantes en un campus bucólico y exponerlos durante cuatro o cinco años a una enseñanza en el margen estrecho de una formación disciplinaria alejada del contexto y problemática nacionales. Nuevamente es necesario insistir aquí que no es la investigación científica en la frontera del conocimiento el factor determinante de los procesos de innovación en una economía; es el conocimiento funcional, eficiente, estrechamente conectado con la experiencia diaria, uno de los elementos esenciales para la incorporación de los avances tecnológicos en los procesos productivos. En este sentido, se puede advertir una peligrosa incongruencia entre los contenidos de la enseñanza que se propone la universidad y los patrones de especialización e interacción profesional requeridos para aumentar los niveles de productividad y competitividad de la economía. Refiriéndose al papel de la investigación de las universidades en el contexto de los sistemas nacionales de innovación, Mazzoleni y Nelson (2009) señalan que no es la investigación fundamental el factor que mueve la innovación tecnológica, sino la investigación pragmática, orientada a la solución de problemas (problem-oriented research) y altamente sensitiva a las necesidades del entorno social y productivo. Esta última característica reviste especial importancia en áreas (agricultura, medicina) donde no es posible copiar tecnologías y prácticas de países situados en la frontera tecnológica, sino que resulta indispensable desarrollar tecnologías adaptadas a las condiciones locales. Una observación adicional respecto al programa curricular y de investigación. En primer lugar, llama la atención la visión tradicional y se podría afirmar, hasta obsoleta, en el enfoque de algunas áreas de enseñanza. Por ejemplo, las nuevas teorías sobre dinámica no lineal (caos), complejidad y sistemas que han revolucionado los contenidos y métodos de enseñanza de las matemáticas y que resultan fundamentales para la comprensión de la dinámica de procesos, están ausentes del contenido del currículo académico. El enfoque sistémico del proceso de aprendizaje, sobre el que reiterativamente se insiste en el ‘modelo académico’, se diluye en una estructura curricular altamente reduccionista. En segundo término, no puede pasarse por alto el ‘análisis de la situación de las industrias en el Ecuador’ que sirve como marco de referencia para un programa de investigación en las cinco áreas de generación del conocimiento en la universidad. Resulta difícil aceptar que un documento académico por excelencia, como es el concepto, objetivos y justificación para la creación de una universidad, y más aún, de una universidad de excelencia y clase mundial, pueda sustentarse en análisis y argumentos como los referidos en la nota. 7, 8

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En conclusión, la creación de la universidad Yachay no solamente implica una duplicación de la oferta académica existente sino, un debilitamiento del sistema universitario que con seguridad será afectado por la limitación de recursos, especialmente aquellos destinados a labores de investigación. Esta observación nos lleva a una interrogante más de fondo: ¿por qué la insistencia en invertir en el corto plazo más de 600 millones de dólares9 en una nueva universidad técnica si el país cuenta al menos con dos escuelas politécnicas, sólidamente establecidas, formadoras de los cuadros técnicos nacionales y con una calidad académica demostrada y reconocida? ¿No sería menos oneroso y más efectivo invertir en ampliar y modernizar la infraestructura de estas instituciones, incluyendo la dotación de equipos, laboratorios y bibliotecas de tal manera que puedan continuar en el mejoramiento continuo de su calidad académica? En definitiva, ¿Por qué desconocer todo un acervo intelectual y cultural acumulado a lo largo de muchas décadas y lanzarse a experimentos inciertos trasplantados desde otras experiencias? La universidad ecuatoriana y la sociedad requieren una explicación.

¿Hacia un taylorismo académico?
El modelo secuencial ciencia básica – ciencia aplicada – desarrollo tecnológico que subyace en la concepción y diseño de la Ciudad del Conocimiento y que fue discutido al inicio de la presente sección, encuentra su expresión más nítida en la manera como está estructurada la universidad (Gráfico 2).De acuerdo al organigrama, el proceso de innovación tecnológica es segmentado en etapas, con tareas específicas asignadas a departamentos o unidades, cada una encargada de la respectiva ejecución secuencial10.

Gráfico 2. Estructura del área de investigación de la universidad Yachay
Fuente: Yachay (b), 2013

El modelo Yachay refleja una visión típicamente lineal y determinista de abordar los problemas. Según esta visión, cualquier totalidad o sistema puede ser descompuesto en elementos simples que son estudiados y analizados en forma separada, las soluciones que se proponen son parciales y aisladas del contexto y luego se reconstituye el todo como agregación de las partes. Bajo este esquema, el Centro de Ciencias Fundamentales seria la unidad de enfocada al estudio de las leyes elementales que explican el comportamiento de los fenómenos, este conocimiento básico es codificado y transferido a un Centro de Ciencias Aplicadas encargado de transponer este conocimiento en prototipos y buscar aplicaciones para ser desarrolladas a una

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escala comercial por el Centro de Innovación Tecnológica. En otras palabras, se plantea un modelo de investigación ilusorio, más cercano a un modelo de ciencia-ficción que al quehacer investigativo de una universidad y que refleja un profundo desconocimiento de toda la praxis de la investigación científica. Asistimos entonces, a una visión taylorista, quizá en su versión actualizada de taylorismo digital (Brown et al., 2011). Se trata de una concepción del investigador funcional a una cadena de montaje, que empieza en una etapa de investigación básica y de laboratorio y termina con la transferencia de un producto al mercado. Así como el taylorismo tuvo se origen en la aplicación de métodos científicos de orientación positivista y mecanicista al estudio de la relación entre el obrero y las técnicas modernas de producción industrial, el modelo Yachay implica un proceso de organización en la gestión del conocimiento secuencial en la que los investigadores y docentes, a través de su especialización y habilidades, van añadiendo conocimiento y por lo tanto, valor a un producto final. Entonces se tendría una escala de gradación en las tareas de investigación: desde el investigador puro, recluido en el Centro de Ciencias Fundamentales hasta el ingeniero puro que transfiere el conocimiento codificado a la industria.11 Como se ha insistido a lo largo del presente trabajo, además de la concepción errada de este enfoque de la investigación, el desarrollo tecnológico demuestra que la vieja división entre investigación fundamental y aplicada prácticamente ha desaparecido y con ello, la distinción funcional entre universidades, institutos públicos y laboratorios privados de investigación (Meek, 2003). Yachay requiere revisar urgentemente su estructura académica y de investigación.

Un modelo elitista y burocratizado
Todo este modelo de hacer ciencia está configurando a una estructura burocratizada de la investigación y desarrollo tecnológico. El proyecto tecnológico del Gobierno se proyecta sobre la base de una estructura jerarquizada de la investigación: en el tope de la pirámide, una “universidad de clase mundial” que se constituirá en “el corazón de la Ciudad del Conocimiento”; en el nivel inferior, diecisiete institutos públicos de investigación que en alianza con empresas de alta tecnología [por crearse] serán los encargados del desarrollo tecnológico y comercialización de las invenciones. En la periferia de este esquema estarían las universidades y escuelas politécnicas, cuya investigación estaría delimitada por el papel secundario asignado por instancias burocráticas superiores y condicionada por los magros recursos a los que eventualmente podrían acceder (Grafico 3 (a)). En lugar de crear un pool nacional de conocimiento, con una división consensuada en áreas y actividades de investigación que permita explotar la expertise acumulada por departamentos y centros de investigación de la universidad ecuatoriana, buscando cooperación y complementaridad, se propone un esquema que, en el mejor de los casos, llevará a una fragmentación del sistema universitario, a la duplicación y competencia por recursos y a una calidad y utilidad dudosas de los resultados. Dicho esquema, cuestionado en muchos países, parte de la creencia de que es necesario aislar las funciones científicas de la universidad de sus funciones sociales, equiparando las primeras con una elite y las segundas con una educación de masas (Nowotny et al., 2001). De ahí la tendencia a separar investigación, en la que la universidad de elite desempeña el papel protagónico, mientras el resto de universidades se limitaría a la

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formación de profesionales para el mercado laboral; es decir, una suerte de agencias concesionadas para la profesionalización (Villavicencio, 2012). Nuevamente, la emulación de otras experiencias con seguridad resultará en imitaciones de segunda clase (Meek, 2003). Al respecto señala Lundvall (2007), casi todos los países del Sur y del Este han establecido universidades inspiradas en modelos de universidades de excelencia occidentales, sin considerar que el contexto que ellas operan es fundamentalmente diferente en forma y contenido al de las universidades que pretenden imitar
(a) Modelo Yachay (b) Sistema Nacional de Innovación
Normas, regulaciones, financiamiento, servicios Industrias alta tecnología

Sistema productivo

U
U U

CTN CNT CTN

E
Institutos Públicos de investigación

Yachay
II G

E E

E

E

Universidades politécnicas

II

Universidades, politécnicas (U); Gobierno, institutos públicos (G); Industrias, empresas (E); Corporaciones transnacionales (CNT)

Grafico 3. Dos modelos de investigación – tecnología e innovación

Esta estructura se presenta bastante alejada de la idea de un sistema nacional de innovación. El desarrollo y fortalecimiento de este sistema requiere la construcción de vínculos, patrones de interdependencia e interacción entre empresas (incluidas aquellas vinculadas a la inversión externa), instituciones (incluidas las instituciones financieras), universidades, agencias gubernamentales; es decir toda una constelación de agentes sociales cuyos interese confluyen en el ascenso hacia niveles superiores de desarrollo tecnológico, innovación y aumento de productividad (Grafico 3 (b)). Por último, es necesario insistir nuevamente en que una política orientada a incentivar un proceso de innovación no puede enfocarse únicamente a la dimensión investigación-desarrollo, privilegiando un segmento de los actores (laboratorios y centros de investigación) bajo expectativas de que este segmento se constituya en el elemento central de un proceso de innovación. Es la articulación equilibrada entre todos los actores el objetivo último que debe orientar las políticas de innovación y desarrollo tecnológico. Para ello es necesario entender como las diferentes categorías de conocimiento y tecnología son creadas y aplicadas a lo largo del proceso de innovación. Es necesario tener presente que diferentes sectores de la economía y de la sociedad utilizan diferentes combinaciones de conocimiento y tecnologías locales y globales y es a través de la práctica que el proceso de aprendizaje y por supuesto de innovación, emerge. En este punto no es posible pasar por alto el peligro de control de la investigación. Según la lógica de este proceso, todo parece indicar que la determinación de la agenda de investigación 24

científica, la definición de relevancias y el establecimiento de metodologías y ritmos de investigación, y por supuesto, la asignación de recursos, estarían supeditados, bajo las directrices gubernamentales a esquemas de un conocimiento dirigido y organizativamente jerárquico12. Estos esquemas no siempre resultan positivos para un quehacer abierto, transparente y democrático de la ciencia y el conocimiento. Al contrario, en esas circunstancias ciencia y conocimiento pueden ser fácilmente instrumentalizados para decisiones que justifiquen determinados intereses (Villavicencio, 2013)

De la invención a la producción
Aun bajo la hipótesis de que la investigación básica pueda desembocar directamente en aplicaciones industriales, existen múltiples razones para el cuestionamiento de una relación efectiva entre estas dos instancias. Estas razones tienen que ver con dos problemas relacionados con la complejidad de la base tecnológica del conocimiento (Mowery et al., 2010): la incertidumbre de los resultados y el desfase considerable de tiempo entre los hallazgos de la investigación y su incorporación en las ciencias aplicadas. La capacidad incorporar una invención científica en un sistema de producción implica la integración o articulación de diferentes modalidades de conocimiento, habilidades y competencias. Estos elementos no se desarrollan automáticamente y generalmente requieren la solución de problemas mucho más complejos que la invención científica inicial (Hirsch-Kreinsen et al., 2003). Más aun, los largos retrasos entre invención e innovación tienen que ver con el hecho de que, en muchos casos, las condiciones de producción y comercialización no están presentes al momento de la invención ya sea por la falta de necesidad del producto o por la imposibilidad de producirlo y/o comercializarlo debido a la ausencia de insumos básicos o factores complementarios (Fagerberg, 2006). Estos retrasos son aún más notorios en el campo de la medicina y farmacéutica, donde el lapso de tiempo que transcurre entre la invención de un nuevo producto, su periodo de experimentación y prueba y la concesión de licencias para su comercialización puede extenderse más allá de una década. A esto se agrega los inmensos costos de desarrollo y toda una serie de factores que han llevado a la industria farmacéutica a “una crisis de productividad” (Cockburn, 2006). Y es que las invenciones tecnológicas son típicamente primitivas al momento de su nacimiento; su performance es generalmente pobre comparada con las tecnologías existentes o con su efectividad futura; los costos iniciales de producción son muy elevados y las tasas de adopción inciertas (Gráfico 4), lo que inevitablemente implica altos riesgos en las inversiones para su desarrollo (Rosenberg et al. 1994). Estos elementos son suficientes para llamar a una reflexión sobre efectividad de una política pública que implica la asignación de ingentes recursos en un proyecto cuyos resultados son inciertos y, en el mejor de los casos, pueden producir limitados réditos únicamente en el largo plazo. Resulta utópico pensar que un centro de desarrollo científico, confinado en un estrecho margen de acción e influencia, pueda tener en el corto plazo un impacto significativo en el sistema productivo del país y lo que es más urgente, aliviar la situación de pobreza y desempleo que difícilmente pueden esperar resultados aleatorios de un experimento caro y dudoso. A pesar de la escasa información sobre el proyecto Ciudad del Conocimiento, el monto de los recursos necesarios y su potencial impacto sobre la economía nacional no guardan relación con el grado de incertidumbre de los réditos que se esperaría obtener13. Una inversión de tal magnitud de ninguna 25

manera puede ser considerada como marginal y por lo tanto no es oportuno, de ninguna manera, comprometer un volumen tan grande de recursos en un proyecto cuyos resultados directos y posibles externalidades son altamente cuestionables e inciertos. Hay que tener siempre presente que “en cualquier punto del tiempo los espacios de lo científicamente concebible y lo tecnológicamente posible son mucho más amplios que los espacios de lo económicamente viable o lo socialmente aceptable” (Pérez, 2004).

Grado de madurez y potencial penetración

Costo
Expansión del potencial innovativo y del mercado Madurez y saturación del mercado

Elevados costos de investigación Y desarrollo

Desarrollo inicial de nuevos productos e industrias

Tiempo

Gráfico 4. Los ciclos de las tecnologías

En este punto resulta útil recordar nuevamente a la experiencia de los países de Asia del este, cuyo éxito en alcanzar altos niveles de desarrollo tecnológico e industrialización nada tuvo que ver con la presencia de universidades de categoría mundial o de laboratorios de investigación al borde del conocimiento. Como lo señala Hobday (2011), estos países tuvieron que pasar por un largo proceso de aprendizaje, de más de tres décadas, empezando por operaciones de simple ensamblaje mecánico, donde la fuente de tecnología provenía de la firma misma, de los clientes externos y de los suministradores de la tecnología antes que de los institutos públicos de investigación o de las universidades. El proceso de innovación fue netamente incremental y no radical, señala el mencionado autor. Entonces, “no se trata de grandes descubrimientos sino de enfocarse a la solución de problemas específicos que van apareciendo en la medida que se avanza en el proceso de profundización tecnológica. A lo largo de este proceso, no se puede fijar agendas de investigación de tipo top-down” (Genatios y Lafuente, 2010). Bradenius et al. (2009) muy oportunamente nos recuerdan que la idea de una universidad directamente comprometida en una interacción directa con grupos externos de interés no es, de ninguna manera nueva. En los Estados Unidos, muchas universidades (land-grant universities) fueron creadas bajo el enfoque de la investigación y enseñanza de ciencias agrícolas y practicas mecánicas (Donoghue, 2008). En América Latina el Movimiento de la Reforma Universitaria de 1918 ya encarnó la idea de una tercera misión de la universidad a través de la extensión universitaria. Contrariamente a la idea de la universidad empresarial que busca interacciones con la industria en la solución de problemas de corto plazo y orientados al mercado, la extensión universitaria buscaba interacciones directas con la sociedad mediante una acción comprometida 26

con mejorar las condiciones de vida en una sociedad desigual y fragmentada. Es probable que un mínimo de atención sobre la experiencia estadounidense y una (re)lectura del significado y papel histórico de la extensión universitaria aporten ideas frescas y oportunas para rectificar en lugar de la imitación automática de otros modelos que con seguridad conducirán a replicas caricaturescas.

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IV EL CAPITALISMO ACADEMICO
Si la idea Yachay fuese un proyecto limitado a la construcción de un polo tecnológico alrededor de una universidad de clase mundial, el tema sería, y en realidad lo es, de suma preocupación para la sociedad. Están en juego ingentes recursos en un proyecto sin ningún sustento, excluyente desde todo punto de vista (social, productivo, tecnológico, académico), con escasos o nulos aportes para el desarrollo nacional y, en el mejor de los casos con la perspectiva de convertirse en una ‘zona económica especial’ de maquila de segunda generación, con el peligro de derivar, siguiendo la lógica del modelo endógeno de crecimiento, en una suerte de ciudad charter (Romer, 2010). Pero la preocupación, en particular para la academia ecuatoriana, va más allá. El papel de la universidad Yachay no se circunscribe únicamente a su interacción con la Ciudad del Conocimiento, sino que esta universidad está planteada como el modelo que debe seguir la universidad ecuatoriana en su proceso de transformación. La “Justificación conceptual y ética” (Yachay (b), 2013) para la creación de la universidad manifiesta que:
“Respecto al sistema de educación superior ecuatoriano, la Universidad de Investigación de Tecnología Experimental Yachay funcionará también como una matriz de transformación indirecta de sus ritmos y lógicas, porque su modelo educativo pedagógico y relacional con el sector productivo e investigador, con la sociedad y con el sector empresarial, sienta pautas diferenciales y radicalmente novedosas respecto al modelo de universidad ecuatoriana tradicional. Esta Universidad es un elemento crucial para el Sistema de Educación Superior ecuatoriano porque propone, en la práctica un modelo de universidad altamente adecuado para la sociedad del conocimiento en la que viven los ciudadanos y lo hace mejorando sustancialmente la mera renovación de una propuesta académica, ya que: 1. Integra un modelo de ciudad que articula el conocimiento científico desarrollado en la universidad, la investigación generada en los Institutos Públicos de Investigación, y el desarrollo de negocios a través de ideas emprendedoras que tendrán como fin el mercado. 2. Esta universidad articula un proyecto de transformación social y política que apunta a redefinir la matriz productiva ecuatoriana y el modelo de acumulación de la economía y la sociedad del país.”(subrayados del autor)

Nos encontramos entonces, frente a un proyecto de transformación de la universidad que se plantea como objetivo un tipo de universidad funcional a un proyecto político, a los negocios y al mercado, productora de recursos humanos y conocimientos directamente relevantes para la esfera productiva y la cultura emprendedora. Bajo una concepción, calificada por algunos autores (Tuunainen, 2002) como la agenda del neo-liberalismo en la educación superior, la política universitaria del Gobierno no escapa de las tendencias recientes sobre la redefinición del papel de la universidad en la sociedad y resumidas claramente por una influyente publicación en los términos siguientes:
“A lo largo del siglo XX, la ciencia y la democracia han sido las principales fuerzas que han moldeado la universidad. Actualmente, un nuevo conjunto de ideas, que tendrán un fuerte impacto en la estructura y en el espíritu de la universidad, empiezan a ganar la atención tanto entre los académicos como entre los políticos. Agrupadas vagamente bajo la denominación de ‘la sociedad del conocimiento’ o algunas veces ‘economía del conocimiento’, estas ideas presentan a la universidad no solamente como la creadora del conocimiento, la formadora de mentes jóvenes y la transmisora de la cultura, sino esencialmente como el mayor agente de crecimiento económico: la fábrica del conocimiento, como si fuera el centro de la economía del conocimiento. En esta economía, aquella en la que las ideas y la habilidad para su manipulación cuentan más que los factores tradicionales de su creación, la universidad se

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presenta como un bien cada vez más útil. Ella representa no solamente el laboratorio de investigación y desarrollo de una nación, sino como el mecanismo a través del cual un país incrementa su ‘capital humano’ para competir en la economía global.” (The Economist 1997).

El debate sobre las relaciones entre la universidad y la sociedad, concretamente la esfera productiva e industria, de ninguna manera es una novedad. Donaghue (2008), en su análisis acerca de la amenaza que la creciente cultura corporativista de la educación superior presenta a sus valores fundamentales, empieza por notar que la hostilidad del mundo corporativista hacia la universidad estadounidense (en particular) es una historia de una data de más de un siglo y hace un recuento de cómo el “el vocabulario opresivo del mundo empresarial de eficiencia, utilidad y productividad” ha ido ganado terreno , primero en reducido número de universidades, hasta convertirse en el lenguaje dominante del mundo académico. No se trata, por consiguiente, de una crisis que ronda las aulas de las universidades y que exige inmediatas y dramáticas soluciones; tampoco se trata de un proceso inexorable y, como lo señalan Slaughter y Rhoades (2004), este puede ser resistido, o mejor dicho, procesos alternativos pueden y deben ser imaginados.

Interacción universidad - sociedad
En los últimos años, las interacciones entre universidad y su entorno han sido objeto de amplio debate. Diferentes enfoques y modelos han sido propuestos; cada uno sugiere perspectivas interesantes de las cuales se derivan respuestas concretas para adecuar la universidad a las nuevas demandas de la sociedad del conocimiento y la información. Por la influencia que están teniendo en el mundo académico, dos modelos ameritan una breve mención: el modelo de la Triple Hélice y el modelo conocido como el Modo 2. El Modelo biológico de innovación de la Triple Hélice, propuesto por Etzkowitz y Leydesdorff (1995), parte de las tradicionales formas de diferenciación entre la universidad, industria y gobierno y, en el marco de una perspectiva evolutiva, muestra como las relaciones entre estos subsistemas son moldeadas por acción de una comunicación reflexiva. Este amoldamiento reflexivo de las relaciones estructurales y contingentes entre estos tres actores puede hacerse más intensivo en conocimiento en la medida que los actores mejoran sus competencias reflexivas y comunicativas. Así, el modelo tiene en cuenta la creciente influencia del sector conocimiento en relación con la política e infraestructura económica de la sociedad (Leydesdorff, 2003). Las relaciones universidad-industria-gobierno proveen una infraestructura reticular para los sistemas de innovación basados en el conocimiento. La infraestructura organiza los flujos dinámicos de información entre estos tres nodos, generándose una entropía negativa que da lugar a procesos de auto-organización que pueden estabilizarse en una superposición de comunicaciones que funciona como un híper-ciclo (Leydesdorff, 2006). De esta manera, este proceso acumulativo, cíclico y transformador en el que las tres hélices (universidad, gobierno e industria) se entrelazan, da lugar a una superposición de redes que producen transformaciones internas en cada una de ellas, así como relaciones auto-organizativas de mutua interdependencia. Un círculo virtuoso de innovación tecnológica tiene entonces lugar. La crítica más significa al modelo de la triple hélice (Slaughter, 2004; Brundenius et al., 2009) es su enfoque estrecho en la organización de la investigación y las relaciones universidad industria como esferas organizacionales separadas, minimizando el proceso de aprendizaje que vincula investigación con tecnología e ignorando la importancia de este proceso basado en hacer – 29

usar – interactuar (doing-using- interacting). El hecho de que la ciencia y el conocimiento codificado son cada vez más importantes para un creciente número de empresas en diferentes ramas de la industria, incluidas las de baja intensidad tecnológica, no implica que el aprendizaje basado en la experiencia y el conocimiento tácito sean menos importantes para la innovación. Un doble enfoque es imprescindible, donde la atención esté centrada no solamente en la infraestructura de la ciencia, sino también, y quizá más relevante aun, en las instituciones y organizaciones que soportan la construcción de competencias en los mercados de trabajo, educación y experiencia práctica (Brundenius et al., 2009) La transformación que está ocurriendo en la estructura disciplinar y organización de la universidad tradicional como resultado de una nueva forma de generación y difusión del conocimiento es el sujeto de la tesis, el Modo 2 de hacer ciencia, que ha tenido una importante repercusión en los círculos académicos. Según los autores de este enfoque (Gibbons, 2000; Nowotny et al, 2001), se trata de un modo emergente en la generación del conocimiento: transdisciplinario, organizado en formas no jerárquicas (heterarjicas) transitorias, socialmente responsable y reflexivo. La investigación es llevada a cabo en un contexto de aplicación, es decir, las necesidades sociales tienen un impacto directo en la generación del conocimiento desde la fase temprana de los proyectos de investigación. Por el contrario, el Modo 1, el modelo tradicional, corresponde al modo de generación del conocimiento producido en contextos disciplinarios autónomos, con escasas relaciones entre la investigación y su aplicación social, bajo una clara demarcación entre la universidad y la industria y llevada a cabo por investigadores autónomos en términos de la selección de los tópicos de investigación y de los problemas a ser tratados. Según los autores referidos, el Modo 2 se encuentra en ascenso; no reemplaza al Modo 1 sino que lo está desplazando. Por el momento, ambos coexisten, sin embargo la tendencia permite avizorar la preeminencia del primero no solamente en el quehacer científico sino en la transformación de la sociedad. Uno de los conceptos clave usado por los autores para explicar la transición del Modo 1 al Modo 2 es el de la ‘contextualización del conocimiento’ que se refiere a la mutua interpenetración entre el conocimiento científico y su contexto social. La relación entre ciencia y sociedad se torna reflexiva, lo que significa que no solamente la ciencia ‘habla a la sociedad’ como siempre ha sucedido, sino que la sociedad ahora le responde. En términos simples, es a esta ‘comunicación reversa’ que los autores se refieren al hablar de contextualización del conocimiento. (Nowotny et al., 2001; Tuunaimen, 2002). De acuerdo a los autores del modelo, esta contextualización ha ido deslizándose hacia el núcleo mismo de la ciencia mientras, al mismo tiempo, la ciencia ha ido proyectándose hacia afuera. Este fenómeno ha tenido lugar a través de varios mecanismos como una intensificación de las relaciones universidad – industria, programas nacionales de I&D o el creciente trabajo de consultoría realizado por académicos. De esta manera, los bordes entre la ciencia y sociedad se tornan cada vez más difusos, volviéndose difícil distinguir claramente los límites entre ellas. La transición entre estos dos modos de generación del conocimiento trae consigo un cambio radical en las tradicionales estructuras de la universidad. Se rompen los anacrónicos esquemas de división entre las disciplinas para dar paso a nuevas estructuras que buscan legitimarse e institucionalizarse. Al interior de la universidad aparecen nuevos circuitos de gestión y comercialización del conocimiento, donde de centros de transferencia de tecnología, las 30

unidades de emprendimientos o las oficinas de gestión de patentes pasan a ocupar un sitio preponderante, mientras las facultades y departamentos, supeditados a los primeros, se limitan a la enseñanza. Se produce así un proceso de des-institucionalización que golpea a la universidad y donde los límites entre lo interno y lo externo pierden el sentido entre la universidad y sociedad (Didrksson, 2006). Aunque las tesis planteadas tanto por el modelo de la Triple Hélice como el Modo 2 de generación del conocimiento constituyen avances importantes en la comprensión de las relaciones entre universidad y sociedad, estas han sido objeto de un fuerte cuestionamiento. Empezando por la ambigüedad de los planteamientos hasta el uso de acrónimos y un lenguaje pegajoso (catchwords) para caracterizar fenómenos de larga data (Weingart, 1997). Más aun, los discursos relacionados a estos modelos parecerían, como lo anota Tuunainen (2002) formar parte de una agenda política neo-liberal. Acerca del significado y trascendencia de este discurso en países como el Ecuador, Didriksson (2006) señala muy oportunamente que “las posibilidades de inversión hacia una expansión y transformación de los sistemas de educación superior y aun para el desarrollo de grandes e importantes proyectos de investigación, en la perspectiva de conformar un sector poderoso de conocimientos sustentado en el Modo 2, son muy escasas para la región [América Latina], a no ser que ello ocurra dentro de casos específicos y nichos reducidos de crecimiento sostenido. Lo que aparece en tendencia, es que mientras en otros países y regiones se está avanzando de forma decidida en la inversión y el crecimiento de bases estructurales alrededor de los conocimientos y de una nueva economía, en América Latina se profundizan las brechas entre las capacidades tecnológicas mínimas y la cantidad y calidad de las instituciones, que forman las bases de formación de investigadores y del personal para sustentar un modo de producción de conocimientos”.

El conocimiento como mercancía
Desde una perspectiva más amplia y global que la visión limitada de los modelos anteriores, la Teoría del Capitalismo Académico (Slaughter y Rhoades, 2004) aborda el proceso de integración de la universidad en la economía de la información. Si bien el tema sobre el papel del conocimiento en la nueva economía ha sido objeto de extensivos análisis, netamente los trabajos de Castells (1996), la novedad de esta teoría consiste en enfocar directamente el papel de la universidad en este nuevo contexto. Como señalan sus autores, si en la sociedad de la información el conocimiento es la materia prima que se convierte en productos, procesos o servicios y, teniendo en cuenta que la universidad es la principal fuente de conocimiento, entonces es necesario una re-evaluación de las relaciones entre las instituciones de educación superior y la sociedad. Con una precisión admirable en su predicción, Lyotard (1979) analizó la naturaleza cambiante del conocimiento en las sociedades capitalistas avanzadas en los siguientes términos:
“El conocimiento es y será producido para se r vendido, es y será consumido para ser valorado en una nueva producción: en ambos casos, el objetivo es el intercambio. El conocimiento deja de ser un fin en sí mismo, pierde su ‘valor de uso’.”

Añade Lyotard:

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“No es difícil imaginar que el conocimiento, en lugar de su valor ‘formativo’ o de su
importancia política (administrativa, diplomática, militar) sea puesto en circulación según las mismas redes que la moneda; la distinción pertinente no será más entre conocimiento e ignorancia, sino, como en el caso de la moneda, entre ‘conocimiento de pago’ y ‘conocimiento de inversión’; es decir, conocimientos intercambiados en el marco del mantenimiento de la vida cotidiana (reconstitución de la fuerza de trabajo, sobrevivencia), versus fondos de conocimiento para optimizar el desempeño de un proyecto.”

Una vez que se acepta al conocimiento como un producto (commodity) a ser comercializado, las universidades se convierten en sujetos de los rudos protocolos del mercado. Los principios permanentes de verdad y rigor intelectual son rápidamente reemplazados por aquellos de efectividad del costo y utilidad y las leyes del mercado son sistemáticamente aplicadas. La investigación tiene lugar únicamente si conduce a la creación de nuevos productos y los cursos o carreras que no son funcionales al desarrollo de habilidades para el mercado de trabajo son considerados como una pérdida de tiempo y recursos (Bertelsen, 2004). Este proceso es mediado por el Gobierno, que pasa a convertirse en la interface entre el capital y el conocimiento: “La Senescyt aborda la creación de esta universidad [Yachay] con toda la legitimidad que le confiere el ser el organismo dotado de la mejor posición estratégica para comprender, seguir y animar el pulso de esta serie de campos interrelacionados que median entre el conocimiento y la producción” (Yachay (b), 2013). Esto explica la tendencia de la política pública de la educación superior a priorizar el ‘núcleo’ del negocio (“la generación de conocimientos científicos y tecnológicos que eleven la eficiencia productiva”) y restringir las actividades ‘periféricas’ (ciencias sociales y humanisticas) y, es en este contexto, donde el financiamiento de la educación superior y la investigación se convierte en una decisión de inversión basada en objetivos de producción. La ‘comodificación’ del conocimiento, y por consiguiente de la educación superior, al servicio del mercado esta revolucionado completamente la vida universitaria, desde su imagen institucional, hasta la administración, la docencia y el currículo (Slaughter y Rhodes, 2004; Bertelsen, 2004). Las categorías de productividad, eficiencia y logro competitivo, no la erudición o la inteligencia son los valores bajo los cuales se pretende guiar el mundo académico. La aparición de nuevos circuitos de generación y circulación de un conocimiento práctico y funcional afectan y son reflejados en el trabajo de los docentes. La competencia crea la necesidad de estándares uniformes, una métrica que sirve para valorar la diversidad del trabajo intelectual. Las preocupaciones por esos estándares de desempeño, ya sea el doctorado, la publicación de monografías o artículos (cada vez más irrelevantes) están dando lugar a una cultura académica muy peculiar. Así, en un viraje irónico, los docentes que se consideran ellos mismos como intelectuales autónomos, encuentran que su trabajo, debido a la constante evaluación y dirigismo, tiende a la conformidad y a la estandarización. Como sutilmente lo señala Donoghue (2008), el profesor universitario no se extinguirá per se, él será absorbido en categorías más amplias de profesionales y servidores públicos. Estos rasgos están ya presentes en los cambios que se están produciendo en la academia ecuatoriana (Villavicencio, 2013).

La universidad de excelencia
Obligada a vender su imagen y posicionar la universidad ante el sistema universitario nacional y ante la sociedad en general, los proponentes de la universidad Yachay no han podido 32

escapar al lenguaje vacío del mundo de los negocios que ha penetrado en la academia (Slaughter y Rhodes, 2004; Donoghue, 2008; Bertelson, 2004). Así, por ejemplo, verdaderamente llama la atención que toda la propuesta de la nueva universidad (Yachay (b), 2013), sea justificada bajo el objetivo de la creación de una “universidad de excelencia”14 y el reiterativo énfasis de este término en los documentos de soporte para la creación de esta universidad precisa algunas puntualizaciones. De acuerdo al documento citado, excelencia es un valor, excelencia es una doctrina, excelencia es una propiedad del entorno de trabajo15; en otras palabras, excelencia carece de significado y sentido. El término es invocado precisamente para desviar la atención sobre cuestiones relativas a la calidad y pertinencia de la universidad Yachay en particular y, de la educación superior en general. Tratándose de una universidad de clase mundial, conceptualizada y estructurada bajo modelos de otras universidades que se pretende imitar, se explica entonces la necesidad evitar referencias a pertinencia y calidad, sencillamente porque no se puede hablar de calidad de la educación universitaria en abstracto, apátrida y desraizada de realidades concretas que le dan contenido y forma (Villavicencio 2012). La calidad y su dimensión esencial, pertinencia, siempre responden a realidades concretas, situadas y datadas y por consiguiente, son las dimensiones históricas, sociales y políticas concretas y el sentido de responsabilidad social las que dan contenido y significado a la calidad y pertinencia de la educación superior (Dias Sobrinho, 2008). Por supuesto, estas características resultan difíciles de referenciar para una universidad de clase mundial. La insistencia en el uso del término universidad excelencia para suplir el vacío en el contenido del proyecto Yachay corrobora la observación de Readings (1996), quien sostiene que “como un principio integrador, excelencia tiene la singular ventaja de no significar nada o, para ponerlo en términos más precisos, es no-referencial”. Añade este autor, “la necesidad de excelencia es algo en lo todos estamos de acuerdo; y todos estamos de acuerdo porque no es una ideología en el sentido de que carece de referencia externa o de contenido interno . … Como una unidad no referencial de valor, completamente interna al sistema, excelencia indica nada más que un momento de auto reflexión de la tecnología. Todo lo que el sistema requiere es que la actividad tenga lugar y, la noción vacía de excelencia se refiere nada más que a una óptima relación input/output en materia de información.” El atractivo del termino excelencia señala el hecho de que no existe una idea de universidad o, mejor dicho, que la idea de universidad ha perdido su contenido. En el mejor de los casos, excelencia permite a la universidad explicarse ella misma únicamente en términos de la estructura administrativa de una corporación. En este caso, “el análisis de la Universidad como un aparato Ideológico del Estado, en los términos de Althusser, deja de ser apropiado, ya que la universidad no es más un arma ideológica del estado-nación, sino una corporación burocrática autónoma” (Readings, 1996).

Privatización del conocimiento
En las circunstancias actuales, para la academia ecuatoriana las ideas de un capitalismo académico resultan de mayor relevancia simplemente porque abordan un tema de fondo, no siempre reconocido en el debate, aquel del conocimiento visto cada vez menos como un bien 33

público y más como una ‘commodity’ capitalizada al servicio de actividades de lucro. De acuerdo a sus autores (Slaughter y Rhoades, 2004), el capitalismo académico no se trata de un proceso en el que la universidad es subvertida por actores externos (aunque en el caso ecuatoriano el Gobierno está patrocinando esa visión), sino más bien de un proceso en el que un grupo de actores, profesores, estudiantes y administradores de la universidad, utilizan una variedad de recursos del estado para la creación de nuevos circuitos del conocimiento que vinculan las instituciones de educación superior con la nueva economía. Esto no quiere decir que las universidades aspiren a convertirse en empresas privadas; al contrario, ellas buscan mantener su estatus de instituciones sin fines de lucro, pero al mismo tiempo incursionando en el sector privado del mercado. Por lo tanto, la tendencia del capitalismo académico no se dirige hacia la ‘privatización’ de las instituciones de educación superior sino que significa la redefinición de un espacio público y la reubicación de las actividades académicas y de investigación en este nuevo espacio. Esta fuera de los objetivos del presente trabajo entrar en una discusión acerca de la Teoría del Capitalismo Académico. Lo que aquí interesa es destacar ciertas características que coincidentemente subyacen de manera implícita en el discurso gubernamental y que de alguna manera están latentes, sino emergiendo, en la universidad ecuatoriana. Necesariamente hay que empezar por uno de sus rasgos más preocupantes del capitalismo académico que consiste en una creciente opacidad de los límites entre el régimen del conocimiento como un bien público y el régimen del conocimiento como un producto comercial. Esta tendencia se inscribe en la lógica neo-liberal de sacrificar el bienestar de la ciudadanía como un todo y de promocionar a los individuos como actores económicos (Tuunainen, 2002). Es bajo esta lógica que se crean circuitos tanto internos (al interior de las universidades) como mixtos (con participación externa) para la transformación de ese conocimiento, un bien público, en un producto útil para la sociedad, necesariamente destinado a entrar en los circuitos, esta vez comerciales. Este proceso implica simultáneamente una redefinición del espacio público en la academia. El financiamiento del estado a la educación superior persiste con la particularidad de que estos dineros son reasignados para el subsidio de diferentes actividades, áreas de trabajo y salarios de profesionales orientados a la esfera privada. De esta manera, el conocimiento es construido como un bien privado, valorado por crear un flujo de productos de alta tecnología que generan ganancias en la medida que estos fluyen a través de los mercados. Esta subvención a actividades netamente comerciales encuentra su justificación en la desgastada idea de la filtración de los beneficios a toda la sociedad: la alianza universidad – industria acelera el crecimiento económico que resulta en beneficio de toda la sociedad. El papel tradicional tripartito de la enseñanza, investigación y servicios es alterado, con una emergente preferencia por la investigación útil susceptible de apropiación. La experiencia ha demostrado que cuando el conocimiento es apropiado, su circulación es menos fluida (Donoghue, 2008; Meek, 2003; Slaughter y Rhoades, 2004). Para muchas universidades el principal objetivo de la investigación está centrado en la biotecnología. Sin embargo, es altamente improbable que todas las universidades tengan éxito en este campo; la competencia es muy intensa y como la experiencia ha demostrado (Mowery y Sampat 2010), el capitalismo académico no ha sido muy exitoso en el mundo de los negocios y más bien, en muchos casos, conduce a prácticas y resultados no deseables. En su lugar sugieren estos autores, las universidades deberían descubrir nichos distintivos que podrían ser explotados sobre la base de sus fortalezas o de su ubicación 34

geográfica. Una iniciativa semejante implicaría no solamente la inversión en ciencias sino también en ciencias sociales y humanidades, integrando de manera interdisciplinaria senderos que de forma creativa acorten las brechas que dividen los campos científicos y el resto de la universidad. Se trata, de todos modos, de una solución temporal o una forma de ‘second best’ que atenúa el problema pero está lejos de resolverlo. Las implicaciones del capitalismo académico para el futuro de la universidad es un tópico que todavía no está claro. Al igual que existen varias formas de capitalismo, el capitalismo académico no puede dejarse a la deriva de las fuerzas del mercado. Surge la pregunta si se trata de una suerte de determinismo bajo una trayectoria única e ineludible o si existen grados de libertad para imaginar y trabajar sobre alternativas que conduzcan a una suerte de reinvención de la universidad.

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V REPENSANDO LA UNIVERSIDAD
Si la universidad es parte del sistema nacional de innovación y si la investigación que realiza la universidad desempeña, en el mejor de los casos, un papel secundario en el desarrollo nuevos productos de aplicaciones productivas, la pregunta obvia es: ¿Cuál es su función dentro de este sistema? La respuesta inmediata e incuestionable es: la universidad provee graduados altamente entrenados con las competencias necesarias para desempeñar las múltiples funciones que demanda una sociedad moderna. La pregunta complementaria surge automáticamente: ¿Y cuál es el papel de la investigación que debe llevar a cabo la universidad? Las respuestas a estos interrogantes son discutidas a continuación.

Formación e innovación
Al analizar los mecanismos a través de los cuales las personas con educación universitaria contribuyen en mayor proporción al crecimiento económico que las personas con niveles inferiores de educación, Lundvall (2007) señala que la contribución de las primeras se da través de dos mecanismos: en primer lugar, mediante el cumplimiento de sus actividades de manera más eficiente que el promedio de trabajadores y, en segundo término, porque las personas con nivel universitario demuestran ser más competentes cuando se trata de explotar nuevas oportunidades tecnológicas y de la gestión de la inestabilidad que implica el cambio tecnológico. Este último elemento es determinante en la intensidad y direccionamiento de los procesos de innovación. En efecto, la noción de economía del conocimiento antes que un uso más intensivo del conocimiento, tiene que ver, sobre todo, con la rapidez de obsolescencia del conocimiento. Es este fenómeno de obsolescencia que exige un constante proceso de aprendizaje tecnológico y organizacional de las empresas y una constante actualización de su personal. Entonces, es en este entorno de cambio y desequilibrio continuos que el aporte de los profesionales universitarios se revela indispensable para asegurar estabilidad y gestionar el cambio (Lundvall, 2007). Quizá uno de los problemas serios que confronta la educación superior en muchos países en desarrollo es la escasa demanda de profesionales debido a un sistema nacional de innovación en estancamiento y no lo contrario, como generalmente se asume (Ludvall, 2007; Rodrik, 2007; Prichett, 2001). En efecto, el desarrollo tecnológico, y la innovación en general, está limitado no desde el lado de la oferta de profesionales sino desde el lado de la demanda del sector productivo (Rodrik, 2007). Señala este autor, que no son la falta de científicos e ingenieros o la ausencia de laboratorios de investigación y desarrollo los factores que restringen las innovaciones necesarias para la reestructuración de las economías de estos países. Así, por ejemplo, en el caso ecuatoriano, no sería la falta de ingenieros en biotecnología o nanotecnología la causa para que no se haya dado un desarrollo industrial alrededor de estas nuevas tecnologías. La razón, según los autores citados, habría que buscarla en la debilidad de un sistema de innovación que ha sido insuficiente para generar un dinamismo productivo para la diversificación económica hacia nuevas ramas y actividades industriales. Esta observación lleva a la conclusión última que la tasa de retorno de la inversión en educación superior esta positivamente correlacionada con la tasa del progreso técnico. Así, países 36

con altas tasas de desempleo profesional reflejan economías con escaso dinamismo tecnológico. Pritchett (2001) en un comprensivo análisis sobre la los resultados económicos de la inversión en educación superior en varios países concluye que los retornos marginales decrecen rápidamente en la medida que la oferta de trabajo altamente calificado enfrenta una escasa demanda de graduados universitarios. De ahí que un parte nada despreciable de esta inversión termine beneficiando a los países desarrollados y a las corporaciones transnacionales a través del fenómeno de ‘exportación de profesionales’. Lundvall (2007) es más explícito al respecto: “el establecimiento de universidades de elite siempre resultará en un drenaje de cerebros por lo menos en la medida que la demanda doméstica del conocimiento de punta permanezca limitada.” Este es un aspecto que no puede ser pasado por alto en el diseño y en los contenidos de la universidad Yachay16.

Enseñanza e investigación
La formación de capital humano responde únicamente de manera parcial a la pregunta, formulada al inicio de esta sección, respecto al papel de la universidad dentro de un sistema nacional de innovación. La segunda parte de la pregunta también es obvia: ¿y cuál es el papel de las actividades de investigación de la universidad? Este tema ha sido escasamente analizado en los círculos académicos y generalmente se asume, como parte de la sabiduría convencional, la idea de la investigación universitaria como la base para el desarrollo tecnológico de una sociedad. Es decir, nuevamente la secuencia investigación básica – ingeniería – tecnología, el modelo lineal, es la respuesta que surge espontáneamente. Sin embargo, la explicación es diferente. Sostiene Cowan (2006)17 que el verdadero impacto de la investigación sobre los sistemas de innovación se da a través de la enseñanza. Anteriormente se abordó la relación entre investigación y desarrollo tecnológico y se enfatizó que la primera sigue la evolución del segundo. (Rosenberg, 1982). La investigación básica sirve para proveer explicaciones de fenómenos y, por consiguiente de productos o bienes, que ya están siendo explotados y usados en la práctica. Por lo tanto, la dirección de la ciencia o investigación básica es fuertemente afectada por la existencia de productos y procesos tecnológicos (Arthur, 2009). Bajo esta perspectiva, el proceso de investigación básica puede verse como un proceso equivalente al de codificación del conocimiento (Foray, 2000). Mediante este proceso de codificación, un fenómeno o proceso es descrito de una manera compacta y reproducible, de tal manera que sus aspectos fundamentales son retenidos y las características o propiedades secundarias son dejadas aparte. En un campo completamente nuevo, el proceso de codificación involucra el desarrollo de un nuevo vocabulario, modelos y lenguaje que permiten la descripción del fenómeno. El objeto de codificación en el proceso de investigación consiste en identificar y establecer la estructura causal del fenómeno estudiado y cómo la idea de causalidad se conecta con la idea de control o manipulación. Así, la comprensión de las causas de un fenómeno tiene por objetivo la identificación de mecanismos y procesos que permitan controlarlo. El interés central de un sistema de innovación consiste explotar los modelos de causalidad que permiten el control de procesos y tecnologías con en el fin de poder replicarlos a una escala significativa y poder incorporarlos en el sistema productivo (Cowan, 2006).

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Aquí conviene señalar que una parte importante de este proceso de codificación del conocimiento está dada por los métodos de la ingeniería en reversa o ingeniería inversa (reverse engineering), un método de análisis tecnológico cuyo objetivo consiste en establecer los procesos de diseño y operación de tecnologías específicas. Como método de investigación, la ingeniería en reversa implica un proceso de aprendizaje constructivo y efectivo sobre los fundamentos científicos de una tecnología, los principios de su funcionamiento, la manera de su diseño y construcción. Este es el aporte fundamental de la universidad al desarrollo tecnológico de un país. No se debe olvidar que la ingeniería en reversa cumplió y sigue cumpliendo un papel muy importante en el desarrollo tecnológico de las países del este de Asia. Una vez que un fenómeno ha sido entendido y una vez que el modelo que lo explica ha sido construido y codificado, este puede ser enseñado. Entonces, el papel de la investigación básica en los procesos de innovación es el de un insumo para la enseñanza. Esto permite a las universidades formar graduados que entiendan, a un nivel relativamente profundo, tecnologías, fenómenos, procesos que ya han sido observados o creados; en otras palabras, entender ahora las innovaciones de ayer (Cowan, 2006). Los graduados deben entender estos fenómenos o procesos no solamente de la manera pragmática que interesa a los empresarios (la acción X tiene un efecto Y que puede ser aplicado en una mayor productividad o en un mejor producto) sino, sobre todo, entender porque X produce Y. Por lo tanto, el objetivo de la enseñanza no consiste en enseñar cómo convertir Y en mayores ganancias (con un pequeño refinamiento este teorema se puede convertir en un producto) y, precisamente, en esto radica la diferencia entre un científico y un empresario: los científicos son motivados por ‘fenómenos interesantes’, mientras los empresarios por ‘oportunidades interesantes de mercado’ (Cowan, 2006). Estas observaciones constituyen una razón fundamental para cuestionar aquella visión según la cual las universidades pueden ser una fuente de conocimiento directamente aplicable por los innovadores. El papel fundamental de las universidades consiste en acoplar la investigación con la enseñanza y, es a través de la enseñanza que la investigación universitaria adquiere sentido y posterior aplicación práctica. De ahí que estas dos actividades no pueden disociarse sino que deben verse como un ejercicio complejo y totalizador englobado en el antiguo y útil concepto de catedra universitaria (Arcos, 2012)18. La tendencia a aislar las funciones científicas y de investigación de la enseñanza y por consiguiente, de la función social de la universidad y confinar estas actividades a una elite científica (la universidad Yachay) únicamente puede conducir un sistema de educación superior fragmentado, excluyente y de dudosa calidad y pertinencia.

La universidad de la razón (a manera de conclusión)
Las respuestas a la pregunta anterior pueden enfocarse desde múltiples aristas. Si partimos desde un razonamiento estrictamente económico, debemos empezar por preguntarnos la razón por la cual el estado tiene la obligación de financiar la universidad pública. Evidentemente, que la razón más simple para la existencia de universidades financiadas con fondos públicos es que éstas proveen alguna forma de bien público. Si todos los ‘productos’ de la universidad fueran susceptibles de alguna forma de apropiación o acaparamiento privado, no habría necesidad de fondos públicos. Pero entonces, ¿qué clase de bienes públicos provee la universidad que no puedan ser proporcionados por otros medios?

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Como actores claves de un sistema de innovación, las universidades proveen el ‘capital humano’ especializado que la industria y el sistema productivo requieren para su funcionamiento y constante renovación; ellas proveen la instrumentación necesaria para avanzar en el proceso de desarrollo tecnológico e innovación y, en principio, pueden contribuir con invenciones que deben ser patentadas como mecanismo de transferencia de tecnología hacia el aparato productivo. Estas serían las funciones primordiales de la universidad y su contribución al desarrollo económico y al avance de los procesos de innovación. Sin embargo, la transferencia de tecnología vía el sistema de patentes no es, por definición, un bien público. De igual manera, la formación de capacidades podría ser internalizada por los estudiantes quienes podrían financiar su capacitación y entrenamiento en escuelas vocacionales mediante sus ingresos futuros. En la misma línea de razonamiento, la investigación también podría internalizada por las empresas con la perspectiva de recuperar los costos vía comercialización de sus innovaciones. Y ¿dónde queda el bien público si la enseñanza y la investigación pueden ser suministradas mediante circuitos comerciales y sus resultados apropiados por determinados agentes económicos? (Cowan, 2006) Se podría argumentar que las universidades están interrelacionadas de diferentes maneras con otras entidades del sistema social y económico y seguramente contribuyen de otras formas al bienestar de la sociedad. Por ejemplo, la promoción de la movilidad social como un mecanismo de redistribución del ingreso justificaría el financiamiento público de la enseñanza superior; sin embargo, en este caso no se requeriría de universidades sino simplemente de escuelas vocacionales que perfectamente podrían cumplir esta función. También podría justificarse el financiamiento público de la universidad sobre la base de principios de eficiencia económica. Al sostener que la universidad es parte del sistema innovación, implícitamente estamos afirmando que la universidad tiene un papel económico y por lo tanto su financiamiento puede justificarse por razones de eficiencia. El desarrollo tecnológico, y en general los procesos de innovación, generan externalidades cuyos beneficios sociales son mayores que los beneficios que puede alcanzar una empresa a nivel individual. Por consiguiente, el nivel de inversión privada tiende a ser insuficiente desde el punto de vista social y de ahí la necesidad de intervención del estado para corregir esta ineficiencia y alcanzar niveles óptimos de inversión en investigación y desarrollo. Esta perspectiva corresponde a una visión de la universidad como un agente generador de prosperidad con las aulas y laboratorios como centros de creación directa de riqueza susceptible de multiplicarse y filtrarse a través del aparato productivo, beneficiando de esta manera a toda la sociedad. Pero, la desgastada idea de la filtración, el mecanismo de la mano invisible, uno de los soportes más preciados de la ideología neoliberal, no tiene asidero. Tampoco puede considerarse un bien público los resultados de la investigación, ya sea en forma de patentes o licencias, financiada con fondos públicos y gradualmente apropiada vía mecanismos de mercado por agentes privados. Nuevamente surge la pregunta: ¿Y dónde queda el bien público? Readings (1996) acuñó la frase universidad de la cultura para argumentar que la universidad se encuentra en una posición única para proveer un sentido de cultura nacional. Por medio del estudio y de la enseñanza de la historia social y cultural de una nación, esta cultura es proyectada en el tiempo. Sostiene este autor que la función de enseñanza de la universidad permite formar profesionales en una misma tradición cultural; ellos tienen una misma visión de sus raíces sociales y culturales, comparten una visión del mundo y si la universidad cumple a cabalidad con sus objetivos, sus graduados se insertan satisfactoriamente en la sociedad y están 39

en capacidad de promover sus objetivos en el futuro. Todo esto tiene indiscutibles ventajas sociales, administrativas y económicas. He aquí la respuesta a la pregunta formulada reiterativamente en los párrafos anteriores. La universidad, como repositorio de la cultura y, por consiguiente, como elemento sustancial de cohesión social y construcción de la idea de comunidad, crea un bien público que no es apropiable por agentes individuales o grupos de agentes socioeconómicos (Cowan, 2006). Se trata de un bien que beneficia de manera simultánea a todos los miembros de una comunidad y, a pesar de que no todos pueden valorar de igual manera los beneficios, este hecho no afecta su presencia ni disponibilidad. Nadie puede ser excluido de sus beneficios. En el lenguaje de la economía, no existe rivalidad ni exclusión en el consumo del bien y por consiguiente, es efectivamente un bien público (Ostrom, 1990) Esta es la justificación más simple para el soporte de la universidad por parte del estado. Esta ha sido la razón histórica para el financiamiento público de la universidad y su protección de la esfera económica. Más aun, mientras el estado ha financiado la universidad, ha sido la universidad que, de cierta manera, ha ido definiendo a la nación o estado y no viceversa. Es así como la universidad, ella misma ha estudiado y por consiguiente ha ido definiendo y moldeando la cultura. Históricamente, aquellos que financiaban la universidad tenían un mínimo rol en este proceso. Esta independencia entre el financiamiento y los detalles de las actividades ha sido crucial para el sistema universitario y es precisamente esta independencia y autonomía de la universidad que hoy en día están en juego. Al entrar la universidad, concretamente la investigación universitaria, en el ciclo de generación de innovaciones con fines productivistas y comerciales, necesariamente condiciona su capacidad autónoma de generación de conocimiento a los dictados de las empresas y del mercado: los patrocinadores de la investigación (agencias gubernamentales o agentes privados) estarán en condición de comprar los resultados que ellos quieren o suprimir los resultados que no les convienen; es decir, intereses externos a la universidad estarán en capacidad de dictar las políticas de investigación de la universidad (Cowan, 2006). Y, es que la autonomía de la universidad frente al estado y al mercado constituye el elemento esencial para su actividad fundamental: la reflexión. La universidad es el único lugar en las sociedades modernas en el que la reflexión no-teleológica esta institucionalizada. Una parte del papel de la universidad es proporcionar un espacio en el cual miembros de la sociedad puedan reflexionar bajo perspectivas diferentes sobre lo que la sociedad está haciendo, puedan buscar explicaciones y debatir sobre fenómenos naturales y sociales sin referencia a limitaciones externas y objetivos direccionados. Ella debe proveer un espacio de pensamiento autónomo de los procesos políticos y del mercado. Cualquier tema puede ser válido para un deliberado y lúcido análisis crítico y la universidad siempre ha sido el lugar donde esta actividad es reverenciada (Readings, 1996). Esta idea de que alguien en algún lugar pueda resistir las presiones de tratar algún tema bajo un determinado marco de referencia o aun con algún particular resultado en mente ha sido considerada como una parte fundamental del buen funcionamiento de la sociedad y es inherente al ethos universitario. Se debe reconocer que la universidad ecuatoriana ha ido perdiendo esa capacidad de reflexión y justamente bajo esta visión de abandono de un espacio público de debate, discusión, análisis y crítica es que debería hablarse de una crisis de la universidad. Los problemas del deterioro de la calidad de la enseñanza (CONEA, 2009) no son sino síntomas de una crisis más 40

profunda que de ninguna manera puede ser corregida por intervenciones burocráticas. El problema de fondo, tiene un vínculo esencial con la crisis de la razón o del conocimiento que enfrenta la universidad (Carvajal, 2009). La ideología del capitalismo académico que está conduciendo a una ruptura entre razón crítica, dialógica y humanística y razón pragmática e instrumental, subordinada al mercado, exige con premura un debate de reflexión sobre la pregunta que plantea Carvajal (2009): ¿Hasta qué punto una determinada comprensión de lo que es el conocimiento , que se ha tornado dominante en la actualidad, y en función de la cual se proponen nuevos objetivos a la universidad, sobre todo cuando se habla de su función en las “sociedades del conocimiento” reduce este a lo que Horkheimer llamaba “razón subjetiva” o instrumental; es decir, a una determinada orientación de la razón práctica que habría perdido su sentido esencial, el bien común, la construcción de la polis o la comunidad, de lo que hoy podría pensarse como posibilidad de lo cosmopolítico, para subordinarse a un desbocado productivismo tecnológico, sujeto a la dinámica del mercado capitalista mundial? La universidad ecuatoriana enfrenta la tendencia de excluir, o en el mejor de los casos situar en un segundo plano, todo saber que no sea inmediatamente instrumental, que no tenga valor mercantil, que no se inscriba de manera directa en la economía y, por tanto, en las dinámicas del mercado. El peligro consiste en que los problemas y desafíos relevantes, como desarrollo sustentable, gobernabilidad, ética en contextos cada más diversos y porosos, alejados de los laboratorios, exigen respuestas urgentes que no encuentran espacio en esta tendencia. El reto consiste en cuestionar esa lógica de funcionamiento que se trata de imponer desde las esferas gubernamentales y repensar profundamente la universidad. En este ejercicio de reflexión, es probable, como lo señala H. Vessuri (2007), que “en los próximos años, con algún eco de lo que ocurrió en pleno auge de la Primera Revolución Industrial, surjan ‘refugios’ del pensamiento en la sociedad, lugares que den espacio y tiempo para el pensamiento profundo y crítico, en contraste con la tasa cada vez acelerada y la publicación masiva de papers de importancia cada vez más puntual cuando no triviales”. Es probable también, que la reflexión y el debate, hoy más que nunca imprescindibles, hagan que el ‘aprendizaje lento y profundo’ renazca en la universidad ecuatoriana.
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Los cuatro proyectos se refiere, además de la universidad Yachay, a la creación de las siguientes universidades: Universidad de las Artes, Universidad Pedagógica y la Universidad Amazónica Ikiam. Los subrayados en esta cita y en las citas posteriores son del autor. “¿Lograra el proyecto Yachay [el paso a la economía del conocimiento]? O quedará dentro de varios años como un carísimo recordatorio de lo que pudo ser y nunca fue.” (Prado, 2013). Existe otra clase particular de investigación, funcionalmente diferente de las dos primeras, difícil de identificar y de medir, y a la que algunos autores (Foray, 2000) llaman infra-tecnología. Consiste en el conjunto de métodos, bases de datos científicas y de ingeniería, modelos y estándares de medida y calidad que soportan y coordinan tanto la investigación básica como la investigación aplicada. Con un asombroso exceso de simplicidad y desconocimiento del tema, la propuesta del Modelo Curricular y Pedagógico de la universidad Yachay (Yachay (b), 2013) afirma que “Silicon Valley está alimentado del mejor talento humano proveniente de todo el mundo, pero en su incepción dependió y continua dependiendo, crucialmente en su relación simbiótica con la universidad de Stanford, uno de los centros de excelencia del mundo. Es posible decir que sin Stanford no existiría Silicon Valley en la forma que lo conocemos hoy”. Indudablemente que la creac ión del Standford Industrial Park en 1951 fue un

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factor decisivo en el desarrollo de este centro de innovación tecnológica; sin embargo, compañías de alta tecnología empezaron a establecerse en la zona mucho antes (Hewlett Packard en 1938) y como se menciona arriba, fueron los contratos con la Fuerza Aérea de los USA los que convirtieron a la zona en el más grande complejo de tecnología militar en el mundo (Castells, 1996). No puede ignorarse, además de Stanford, la presencia de una red de universidades e institutos de investigación en la región (UC San Francisco, Santa Cruz, Berkley, CalTech, entre otros). Tampoco puede ignorarse que el área de San Francisco incluye otros centros de innovación (Emeryville, Berkley, Marin County y el mismo San Francisco). Al menos una lectura de los clásicos trabajos de Anna Saxenian y Manuel Castells se revela indispensable por parte de quienes están tomando decisiones.
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Silicon Valley está a 20 millas de San Francisco en una área de 7 millones de habitantes; el parque tecnológico Incheon en Corea del Sur está a menos de tres horas de vuelo de un cuarto de la población mundial (The Guardian Weekly, (18.01.13); la Municipalidad de New York en alianza con la universidad de Cornell están desarrollando un campus tecnológico dentro del área metropolitana de esta urbe (The Economist, 7.01.12). La planificación de la Ciudad del Conocimiento tiene en cuenta estos elementos, aunque desde una perspectiva bastante peculiar: “Urcuqui cuenta con un óptimo nivel de accesibilidad al encontrarse a 1.5 horas [?] del nuevo Aeropuerto Internacional del DM de Quito, y su cercanía a importantes centros poblados [sic] a nivel nacional, lo cual facilita el intercambio de científicos e investigadores, estudiantes y empresarios …” Sin embargo, el e studio de factibilidad presentado por la empresa de Corea del Sur encargada de diseñar y planificar el proyecto Ciudad del Conocimiento dice: “ Tiempo de Viaje: Los embotellamientos a causa del tráfico en la carretera Panamericana incrementan el tiempo que se requiere para conmutar diariamente [a Quito] de unas 4 a 5 horas”. El autor del presente trabajo se pregunta si era necesario contratar empresas de Sud Corea o establecer una Comisión Gestora de académicos internacionales para llegar esta estructura de las mallas curriculares de la universidad Yachay? ¿En dónde queda la experiencia de rectores, ex-rectores, decanos, ex-decanos de nuestras politécnicas y profesores con una larga trayectoria academica nacional? La tesis de un colonialismo académico (Villavicencio, 2013) se confirma una vez más. En el documento sobre los “Justificativos en relación con los promotores” (de la universidad), se recomienda la lectura de la sección 7.3 “Análisis de un conjunto de indicadores de enfoque macro que den cuenta de las necesidades productivas, gubernamentales, educativas y sociales, culturales, de ciencia, tecnología e innovación y de la sociedad” (Yachay (a), 2013, pp. 241 – 253), de manera especial las Tablas 28 – 32 que resumen los análisis FODA que sientan las bases para los programas de investigación en las cinco áreas de conocimiento. El lector sabrá sacar sus conclusiones. Entonces no resulta extraño que entre las innovaciones que se propone Yachay se mencione (Yachay (b),2013):  “Yachay contempla la instalación de grandes laboratorios y centros de investigación que impulsen el desarrollo de nuevos fármacos. La mayoría de los productos estarán dirigidos al control y cura de varios tipos de cáncer, enfermedades neurológicas, cardiovasculares, esclerosis, obesidad, tratamiento para el control y cura del SIDA, entre otras.” [Y donde queda la investigación para las enfermedades del Tercer Mundo: malaria, dengue, desnutrición, …?] • “La nanotecnología es la ciencia que permite fabricar cosas [sic] a escala de un micrón, la millonésima parte de un metro o la milésima parte de un milímetro. El desarrollo de la nanotecnología podría resolver problemas en los países más pobres del mundo tan importantes como enfermedades, hambre, falta de agua potable y falta de casas [sic]. Está orientada a la microelectrónica, la informática, las comunicaciones, la logística militar [sic], la salud humana y animal y el medio ambiente.” • “Esta área [petroquímica] de investigación posibilitará –además- la producción de fertilizantes, pesticidas y herbicidas, la obtención de asfalto y fibras sintéticas y la fabricación de distintos plásticos. Los guantes, los borradores y las pinturas [sic], entre muchos otros artículos de uso cotidiano, forman parte de la producción petroquímica.” “El monto inicial para las inversiones de este centro, que se espera que en octubre de 2013 inicie su primer año de clases asciende a 600 millones de dólares …” (Semanario de Economía, El Telégrafo; 1 de octubre de 2012). (subrayado del autor)

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De acuerdo al Estatuto de la Universidad (Yachay (b), 2013), “El Centro de Ciencias Fundamentales tiene como fin el desarrollo de la investigación básica y desarrollo de la ciencia fundamental” (Art. 31). “El Centro de Ciencias Aplicadas tiene como fin buscar las aplicaciones o utilización de los conocimientos adquiridos en el centro de ciencias básicas y favorecer las actividades encaminadas a la adquisición de nuevo conocimiento” (Art. 32). “[El Centro de Innovación Tecnológica] impulsa las innovaciones y desarrollo de tecnología. Se encarga de establecer los vínculos entre el Sistema Académico de la Universidad y la industria” (Art. 33). Esta escala es congruente con el Reglamento de Carrera del Docente Investigador que distingue entre investigadores y docentes puros (Arcos, 2012).

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“El funcionamiento de la Universidad [Yachay] se relacionará con la planificación de mediano y largo
plazo, que a su vez estará anclada a las fases de desarrollo determinadas en el Plan Nacional para el Buen Vivir. … Inicialmente se ha diseñado una carrera profesionalizante por cada área de prioridad identificada en el Plan Nacional de Desarrollo” (Yachay, 2013).

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La cifra de 20 mil millones de dólares ha sido anunciada como el monto de la inversión requerida para el proyecto Yachay. Diario Hoy (pag. 3), 30.12.2011 En el preámbulo al reglamento de la universidad, en escasas cuatro páginas se repite 17 veces la frase “universidad de excelencia” (Yachay (b), 2013). “La rigurosidad y excelencia académica son valores que le permiten al individuo esforzarse dentro de un marco ético y moral y utilizar la ciencia y la innovación para el bienestar de la humanidad. La excelencia es una doctrina que se genera como parte de la cultura de la institución y afecta a todo el personal de la misma. La excelencia dotará a la universidad Yachay con un ambiente transparente en el que la colaboración y la libertad de pensamiento coexisten dentro de una competencia saludable.” (Yachay (b), 2013) De la lectura del Modelo Curricular y Pedagógico de la universidad (Yachay (b), 2013) queda la duda si este es precisamente uno de los objetivos de esta universidad de excelencia y de clase mundial . Dice el mencionado documento: “El Sistema de Educación Superior en el Ecuador tiene dos grandes retos: por un lado, está la necesidad por construir universidades de excelencia; las cuales además deben contar con la capacidad de competir a escala internacional en la formación del talento humano. …” (pag.23). Más adelante (pag. 238) el documento citado dedica una sección a una “visualización global de la prospectiva relevante para los profesionales graduados” en la que, sobre la base de un reporte de una empresa de información comercial (Hoover’s Inc.) se presenta un ‘agudo análisis’ de las perspectivas internacionales de empleo por industrias. La discusión sobre este tema sigue de cerca el planteamiento de este autor. La reforma universitaria en marcha introduce normas y reglamentos que apuntan directamente a establecer una separación entre investigación y docencia no solamente a nivel de la docencia universitaria sino entre las universidades. Se trata de implantar un sistema jerarquizado con niveles académicos claramente delimitados para el acceso de las diferentes categorías de universidades (Villavicencio, 2013).

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