La ideología de género

Desde hace ya unos años se venía difundiendo el concepto de género, que vendría a sustituir al sexo. Según esta “nueva perspectiva” el término género se referiría a una serie de “roles socialmente construidos”. La IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer, realizada en septiembre de 1995 en Pekín, fue el escenario elegido por los promotores de la nueva perspectiva para lanzar una fuerte campaña de persuasión y difusión. Es por ello que desde dicha cumbre la “perspectiva de género” ha venido filtrándose en diferentes ámbitos no sólo de los países industrializados, sino además de los países en vías de desarrollo. El género se refiere pues a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos

socialmente que se asignan a uno u otro sexo. Cuando los países católicos y la Santa Sede solicitaron una mayor explicitación del término, la exdiputada del Congreso de los Estados Unidos, Bella Abzug, intervino para completar la interpretación del término: “El sentido del término género ha evolucionado, diferenciándose de la palabra sexo para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio”. Quedaba claro pues que los partidarios de la perspectiva de género proponían algo mucho más temerario como por ejemplo que “no existe un hombre natural o una mujer natural, que no hay conjunción de características o de una conducta exclusiva de un solo sexo, ni siquiera en la vida psíquica”. Así, “la inexistencia de una esencia femenina o masculina nos permite rechazar la supuesta superioridad de uno u otro sexo, y cuestionar en lo posible si existe una forma natural de sexualidad humana”.

1. La ideología de género
1.1. Claves para entender la ideología de qénero 1.2. La ideología de género: Sus peligros y alcances

2. Principales ideológas 2.1. Simone de Beauvoir 2.2. Germaine Greer 2.3. Kate Millet 2.4. Shulamith Firestone 2.5. Michael Foucault 2.6. Margaret Mead 3. La segunda revolución sexual 3.1. Bioética, mujer y perspectiva de género 4. La deconstrucción de la familia 4.1. El feminismo, ¿destruye la familia? 5. La perspectiva de género 5. El rol masculino ante los nuevos cambios sociales 6. Feminidad y género. Perspectiva bioética. 7. Feminismo y derechos de la mujer. 8. La ideología de género: exposición y crítica.

9. La filosofía del género. 10. Ideología de género: Primer blanco, la Familia 11. Persona femenina, persona masculina. 12. Habitar funciones humanas de la feminidad y masculinidad. 13. La lente marxista del feminismo de género 14. Sexo y género: La naturaleza de la personalidad humana, en el centro de la batalla ideológica. 15. Igualdad y diferencia. 16. La ideología del género 17. Cultura Gay e ideología de género. 18. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo 19. ¿Qué es la "perspectiva de género"? FUENTE: http://21generismo.blogspot.com.ar/search/label/00%20Introducci%C3%B3n

1. La ideología de género
El término inglés gender apareció hace unos años en la literatura dedicada a las relaciones entre hombre y mujer. Traducido al español como género sería más fácilmente comprensible si se tradujese como “sexo”. El discurso sobre el género niega importancia a la diferencia genital entre hombre y mujer. Si tuviéramos que resumir la ideología del género en una sola frase, convendría recoger de nuevo la famosa frase de Simone de Beauvoir: “La mujer no nace: se hace” *1+. Una nueva versión de la lucha de clases Los textos dedicados al género analizan los papeles y responsabilidades atribuidas al hombre y la mujer en el contexto de nuestra sociedad, como si fueran expectativas de ciertas características, aptitudes y comportamientos probables de cada uno de ellos (la feminidad y la masculinidad). Estos papeles y expectativas serían distintos en el tiempo y según las organizaciones económicas y sociales. La ideología del género recoge la interpretación de Friedrich Engels al concepto de lucha de clases. En su libro El origen de la familia, Engels relata la historia de la mujer: una historia que depende esencialmente de la de la técnica. La aparición de la propiedad privada convierte al hombre en propietario de la mujer. En la familia patriarcal fundada sobre la propiedad privada, la mujer se ve explotada y oprimida por el hombre. El proletariado y las mujeres se convierten, así, en dos clases oprimidas. La liberación de la mujer pasa, pues, por la destrucción de la familia y la entrada de todas las mujeres en el mundo del trabajo. Una vez “liberada” del yugo marital y de la carga de la maternidad, la mujer podrá ocupar su lugar en una sociedad de producción. Simone de Beauvoir nos da una visión de esto: “Es fácil imaginar un mundo en que hombres y mujeres sean iguales, pues es exactamente lo que había prometido la revolución soviética: las mujeres, educadas y formadas exactamente como los hombres,

trabajarían en las mismas condiciones y con los mismos salarios; la libertad erótica sería admitida por las costumbres, pero el acto sexual ya no sería considerado como un “servicio” que se remunera; la mujer estaría obligada a asegurarse otro modo de ganarse la vida; el matrimonio se fundaría en un libre compromiso al que los esposos podrían poner término cuando quisieran; la maternidad sería libre, es decir, se autorizaría el control de la natalidad y el aborto, que por su parte daría a todas las madres y sus hijos exactamente los mismos derechos, estén ellas casadas o no; las bajas por maternidad serían pagadas por la colectividad, que asumiría la carga de los niños, lo cual no significa que les serían retirados a sus padres, sino que no se les abandonaría”. *2+ Asimismo, inspirándose en el estructuralismo, la ideología del género considera que cada cultura produce sus propias normas de conducta y modela un tipo de mujer distinto. Según las sociedades, ciertas tareas serán tradicionalmente consideradas como “tareas femeninas” y otras como masculinas. Si se quiere “liberar” a la mujer de la imagen de madre en el hogar, educando a sus hijos y ocupándose de su marido, hay que proveerle de los medios necesarios: la anticoncepción y el aborto. Liberada de las responsabilidades del hogar y la familia, la mujer se podrá entregar a su papel de trabajadora, en igualdad con el hombre. Es así como afirman que las diferencias de papel entre hombre y mujer son de origen puramente histórico o cultural: el producto de una cultura en vías de extinción. La mujer “desmaternizada” En su libro dedicado al amor materno, Elisabeth Badinter defiende que el instinto materno es un mito. En cuanto al amor materno, en su opinión, no se puede dar por supuesto [3]. En algunas de sus páginas, la maternidad se presenta como el lugar de alienación y esclavitud femenina. Es tiempo, pues, de “desmaternizar” a la mujer, de abolir las diferencias de papel entre hombre y mujer, para llegar a una “cultura unisex”. La diferencia y la complementariedad se sustituyen por la semejanza entre los sexos. Aparece la androginia y se promueve la valoración de una supuesta bisexualidad original de todas las personas. En esta nueva cultura, los papeles o funciones del hombre y la mujer serían perfectamente intercambiables [4]. A partir de entonces, la familia heterosexual y monógama, consecuencia natural del comportamiento heterosexual del hombre y la mujer, aparece como un caso de práctica sexual junto a muchos otros que se situarían en plano de igualdad con éste: la homosexualidad, el lesbianismo, la bisexualidad, el travestismo, las “familias” recompuestas”, las “familias” monoparentales masculinas o femeninas, y sólo quedarían las uniones pedofílicas o incluso incestuosas. Como todas las uniones deben ponerse en plano de igualdad, la ley debería dar a todas ellas las mismas prerrogativas jurídicas que se reconocen a la familia tradicional. La cultura anti-familia del género La familia tradicional, heterosexual y monógama, se reduce a un modelo entre tantas otras uniones de carácter puramente contractual. La familia tradicional comprende la institución del matrimonio: compromiso en el tiempo, deberes de fidelidad, convivencia, socorro y asistencia libremente consentidos. Del matrimonio surge naturalmente la filiación. El estado de filiación no se inventa; se instituye socialmente como origen o proveniencia de toda persona, de la que no se puede disponer: ni el sujeto tiene poder para decidir que deja de ser hijo o hija

de sus padres, ni éstos son dueños del vínculo que, sin embargo, procede de su acto procreador. La institución familiar tradicional es, pues, el lugar donde las personas se comprometen a construir juntos una nueva comunidad, estable y abierta a la vida. La familia es lugar de solidaridad, interdependencia consentida y fidelidad. La cultura anti-familia del género llama “familia” y equipara diferentes formas de unión que se fundan en contratos acordados entre individuos. Los vínculos que uno contrae con otro individuo serían entonces rescindibles en cualquier momento, si los términos dejan de convenirle, en el momento en que la supuesta bisexualidad original evolucione en uno u otro sentido. En cuanto a los hijos, si los hay, perderán esa familia –precaria desde su mismo origen- cuando las partes contratantes estimen tener interés en poner fin a ese contrato. NOTAS*1+.“Le deuxième sexe II. L’expérience vécue”, NRF, Ed. Gallimard 1949, pág.13[2]. Idem, pág.569*3+. Simone de Beauvoir ya había escrito: “(...) el amor materno no tiene nada de natural” (idem, pág. 339). Ver “L’amour en plus. Histoire de l’amour maternel (XVIIe-Xxe siècle), Elisabeth Badinter, Ed. Flammarion, Paris, 1980. [4]. Ver Safe Motherhood Initiatives: Critical issues, editado por Marge Berer y TK Sundari Ravindran, colección Reproductive Health Matters, Blackwell Science Ltd., Oxford 1999.

2. La ideología de género: Sus peligros y alcances
Comisión ad - hoc de la mujer Comisión Episcopal de Apostolado Laical Conferencia Episcopal Peruana (en base al informe "La desconstrucción de la mujer" de Dale O'Leary) Presentación Se ha estado oyendo durante estos últimos años la expresión "género" y muchos se imaginan que es solo otra manera de referirse a la división de la humanidad en dos sexos, pero detrás del uso de esta palabra se esconde toda una ideología que busca precisamente hacer salir el pensamiento de los seres humanos de esta estructura bipolar. Los proponentes de esta ideología quieren afirmar que las diferencias entre el varón y la mujer, fuera de las obvias diferencias anatómicas, no corresponden a una naturaleza fija que haga a unos seres humanos varones y a otras mujeres. Piensan más bien que las diferencias de manera de pensar, obrar y valorarse a sí mismos son el producto de la cultura de un país y de una época determinados, que les asigna a cada grupo de personas una serie de características que se explican por las conveniencias de las estructuras sociales de dicha sociedad. Quieren rebelarse contra esto y dejar a la libertad de cada cual el tipo de "género" al que quieren pertenecer, todos igualmente válidos. Esto hace que hombres y mujeres heterosexuales, los homosexuales y las lesbianas, y los bisexuales sean simplemente modos de comportamiento sexual producto de la elección de cada persona, libertad que todos los demás deben respetar. No se necesita mucha reflexión para darse cuenta de lo revolucionaria que es esta posición, y de las

consecuencias que tiene la negación de que haya una naturaleza dada a cada uno de los seres humanos por su capital genético. Se diluye la diferencia entre los sexos como algo convencionalmente atribuido por la sociedad, y cada uno puede "inventarse" a sí mismo. Toda la moral queda librada a la decisión del individuo y desaparece la diferencia entre lo permitido y lo prohibido en esta materia. Las consecuencias religiosas son también obvias. Es conveniente que el público en general se dé clara cuenta de lo que todo esto significa, pues los proponentes de esta ideología usan sistemáticamente un lenguaje equívoco para poder infiltrarse más fácilmente en el ambiente, mientras habitúan a las personas a pensar como ellos. Este librito puede ayudar mucho en precisar conceptos y llamar a una toma de posición con respecto a la mencionada ideología. Mons. Oscar Alzamora Revoredo, S.M. Obispo Auxiliar de Lima Miembro de la CEAL Lima, Abril 1998 La Ideología de Género: Sus Peligros y Alcances Por Jutta Burggraf * Es claro que para esta nueva "perspectiva de género", la realidad de la naturaleza incomoda, estorba, y por tanto, debe desaparecer. Esta perspectiva de género que se quiere imponer desde los organismos internacionales está en la misma línea contraria al orden natural como el antinatalismo. "El género es una construcción cultural; por consiguiente no es ni resultado causal del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo... Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino". (1) Estas palabras que podrían parecer tomadas de un cuento de ciencia ficción que vaticina una seria pérdida de sentido común en el ser humano, no son otra cosa que un extracto del libro "Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity" (El Problema del Género: el Feminismo y la Subversión de la Identidad") de la feminista radical Judith Butler, que viene siendo utilizado desde hace varios años como libro de texto en diversos programas de estudios femeninos de prestigiosas universidades norteamericanas, en donde la perspectiva de género viene siendo ampliamente promovida. Mientras muchos podrían seguir considerando el término 'género' como simplemente una forma cortés de decir 'sexo' para evitar el sentido secundario que 'sexo' tiene en inglés, y que por tanto 'género' se refiere a seres humanos masculinos y femeninos, existen otros que desde hace ya varios años han decidido difundir toda una "nueva perspectiva" del término. Esta perspectiva, para sorpresa de muchos, se refiere al término género como "roles socialmente construidos". La IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer, realizada en setiembre de 1995 en Pekín, fue el escenario elegido por los promotores de la nueva perspectiva para lanzar una fuerte campaña de persuasión y difusión. Es por ello que desde dicha cumbre la "perspectiva de género" ha venido filtrándose en diferentes ámbitos no sólo de los países industrializados, sino además de los países en vías de desarrollo.

Definición del término "género" Precisamente en la cumbre de Pekín, muchos de los delegados participantes que ignoraban esta "nueva perspectiva" del término en cuestión, solicitaron a sus principales propulsores una definición clara que pudiera iluminar el debate. Así, la directiva de la conferencia de la ONU emitió la siguiente definición: "El género se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo". Esta definición creó confusión entre los delegados a la cumbre, principalmente entre los provenientes de países católicos y de la Santa Sede, quienes solicitaron una mayor explicitación del término ya que se presentía que éste podría encubrir una agenda inaceptable que incluyera la tolerancia de orientaciones e identidades homosexuales, entre otras cosas. Fue entonces que Bella Abzug, ex-diputada del Congreso de los Estados Unidos intervino para completar la novedosa interpretación del término "género": "El sentido del término 'género' ha evolucionado, diferenciándose de la palabra 'sexo' para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio". Quedaba claro pues que los partidarios de la perspectiva de género proponían algo mucho más temerario como por ejemplo que "no existe un hombre natural o una mujer natural, que no hay conjunción de características o de una conducta exclusiva de un sólo sexo, ni siquiera en la vida psíquica" (2) . Así, "la inexistencia de una esencia femenina o masculina nos permite rechazar la supuesta 'superioridad' de uno u otro sexo, y cuestionar en lo posible si existe una forma 'natural' de sexualidad humana" (3) . Ante tal situación, muchos delegados cuestionaron el término así como su inclusión en el documento. Sin embargo, la ex-diputada Abzug abogó férreamente en su favor: "El concepto de 'género' está enclavado en el discurso social, político y legal contemporáneo. Ha sido integrado a la planificación conceptual, al lenguaje, los documentos y programas de los sistemas de las Naciones Unidas... los intentos actuales de varios Estados Miembros de borrar el término 'género' en la Plataforma de Acción y reemplazarlo por 'sexo' es una tentativa insultante y degradante de revocar los logros de las mujeres, de intimidarnos y de bloquear el progreso futuro". El apasionamiento de Bella Abzug por incluir el término en Pekín llamó la atención de muchos delegados. Sin embargo, el asombro y desconcierto fue mayor luego que uno de los participantes difundiera algunos textos empleados por las feministas de género, profesoras de reconocidos Colleges y Universidades de los Estados Unidos. De acuerdo a la lista de lecturas obtenida por el delegado, las "feministas de género" defienden y difunden las siguientes definiciones: - Hegemonía o hegemónico: Ideas o conceptos aceptados universalmente como naturales, pero que en realidad son construcciones sociales. - Desconstrucción: La tarea de denunciar las ideas y el lenguaje hegemónico (es decir aceptados universalmente como naturales), con el fin de persuadir a la gente para creer que sus percepciones de la

realidad son construcciones sociales. - Patriarcado, Patriarcal: Institucionalización del control masculino sobre la mujer, los hijos y la sociedad, que perpetúa la posición subordinada de la mujer. - Perversidad polimorfa, sexualmente polimorfo: Los hombres y las mujeres no sienten atracción por personas del sexo opuesto por naturaleza, sino más bien por un condicionamiento de la sociedad. Así, el deseo sexual puede dirigirse a cualquiera. - Heterosexualidad obligatoria: Se fuerza a las personas a pensar que el mundo está dividido en dos sexos que se atraen sexualmente uno al otro. - Preferencia u orientación sexual: Existen diversas formas de sexualidad -incluyendo homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales y trasvestis- como equivalentes a la heterosexualidad. - Homofobia: Temor a relaciones con personas del mismo sexo; personas prejuiciadas en contra de los homosexuales. (El término se basa en la noción de que el prejuicio contra los homosexuales tiene sus raíces en el ensalzamiento de las tendencias homosexuales). Estas definiciones fueron tomadas del material obligatorio del curso "Re-imagen del Género" dictado en un prestigioso College norteamericano. Asimismo, las siguientes afirmaciones corresponden a la bibliografía obligatoria del mismo: "La teoría feminista ya no puede darse el lujo simplemente de vocear una tolerancia del 'lesbianismo' como 'estilo alterno de vida' o hacer alusión de muestra a las lesbianas. Se ha retrasado demasiado una crítica feminista de la orientación heterosexual obligatoria de la mujer". (4) "Una estrategia apropiada y viable del derecho al aborto es la de informar a toda mujer que la penetración heterosexual es una violación, sea cual fuere su experiencia subjetiva contraria." (5) Las afirmaciones citadas podrían parecer suficientemente reveladoras sobre la peligrosa agenda de los promotores de esta "perspectiva". Sin embargo, existen aún otros postulados que las "feministas de género" propagan cada vez con mayor fuerza: "Cada niño se asigna a una u otra categoría en base a la forma y tamaño de sus órganos genitales. Una vez hecha esta asignación nos convertimos en lo que la cultura piensa que cada uno es -femenina o masculino-. Aunque muchos crean que el hombre y la mujer son expresión natural de un plano genético, el género es producto de la cultura y el pensamiento humano, una construcción social que crea la 'verdadera naturaleza' de todo individuo." (6) Es así que para las "feministas de género", éste "implica clase, y la clase presupone desigualdad. Luchar más bien por desconstruir el género llevará mucho más rápidamente a la meta" (7) . El feminismo de género Pero en qué consiste el "feminismo de género" y cuál es la diferencia con el comúnmente conocido feminismo. Para comprender más a profundidad el debate en torno al "término género", vale la pena responder a esta pregunta. El término "feministas de género" fue acuñado en primer lugar por Christina Hoff Sommers en su libro "Who Stole Feminism?" ("¿Quién se robó el Feminismo?"), con el fin de distinguir el feminismo de

ideología radical surgido hacia fines de los 60's, del anterior movimiento feminista de equidad. Aquí las palabras de Hoff Sommers: "El feminismo de equidad es sencillamente la creencia en la igualdad legal y moral de los sexos. Una feminista de equidad quiere para la mujer lo que quiere para todos: tratamiento justo, ausencia de discriminación. Por el contrario, el feminismo del 'género' es una ideología que pretende abarcarlo todo, según la cual la mujer norteamericana está presa en un sistema patriarcal opresivo. La feminista de equidad opina que las cosas han mejorado mucho para la mujer; la feminista del 'género' a menudo piensa que han empeorado. Ven señales de patriarcado por dondequiera y piensan que la situación se pondrá peor. Pero esto carece de base en la realidad norteamericana. Las cosas nunca han estado mejores para la mujer que hoy conforma 55% del estudiantado universitario, mientras que la brecha salarial continúa cerrándose" (8) . Al parecer, este "feminismo de género" tuvo una fuerte presencia en la Cumbre de Pekín. Así lo afirma Dale O'Leary, autora de numerosos ensayos sobre la mujer y participante en la Conferencia de Pekín, quien asegura que durante todas las jornadas de trabajo, aquellas mujeres que se identificaron como feministas abogaron persistentemente por incluir la "perspectiva del género" en el texto, por la definición de "género" como 'roles socialmente construidos' y por el uso de "género" en sustitución de 'mujer' o de masculino y femenino. De hecho todas las personas familiarizadas con los objetivos del "feminismo de género", reconocieron inmediatamente la conexión entre la mencionada ideología y el borrador del "Programa de Acción" del 27 de febrero que incluía propuestas aparentemente inocentes y términos particularmente ambiguos. Neo Marxismo En palabras de Dale O'Leary, la teoría del "feminismo de género" se basa en una interpretación neomarxista de la historia. Comienza con la afirmación de Marx, de que toda la historia es una lucha de clases, de opresor contra oprimido, en una batalla que se resolverá solo cuando los oprimidos se percaten de su situación, se alcen en revolución e impongan una dictadura de los oprimidos. La sociedad será totalmente reconstruida y emergerá la sociedad sin clases, libre de conflictos, que asegurará la paz y prosperidad utópicas para todos. O'Leary agrega que Frederick Engels fue quien sentó las bases de la unión entre el marxismo y el feminismo. Para ello cita el libro "El Origen de la Familia, la Propiedad y el Estado", escrito por el pensador alemán en 1884 en el que señala: "El primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino" (9) Según O'Leary, los marxistas clásicos creían que el sistema de clases desaparecería una vez que se eliminara la propiedad privada, se facilitara el divorcio, se aceptara la ilegitimidad, se forzara la entrada de la mujer al mercado laboral, se colocara a los niños en institutos de cuidado diario y se eliminara la religión. Sin embargo, para las "feministas de género", los marxistas fracasaron por concentrarse en

soluciones económicas sin atacar directamente a la familia, que era la verdadera causa de las clases. En ese sentido, la feminista Shulamith Firestone afirma la necesidad de destruir la diferencia de clases, más aún la diferencia de sexos: "... asegurar la eliminación de las clases sexuales requiere que la clase subyugada (las mujeres) se alce en revolución y se apodere del control de la reproducción; se restaure a la mujer la propiedad sobre sus propios cuerpos, como también el control femenino de la fertilidad humana, incluyendo tanto las nuevas tecnologías como todas las instituciones sociales de nacimiento y cuidado de niños. Y así como la meta final de la revolución socialista era no sólo acabar con el privilegio de la clase económica, sino con la distinción misma entre clases económicas, la meta definitiva de la revolución feminista debe ser igualmente -a diferencia del primer movimiento feminista- no simplemente acabar con el privilegio masculino sino con la distinción de sexos misma: las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importarían culturalmente" (10) Cuando la Naturaleza estorba Es claro pues que para esta nueva "perspectiva de género", la realidad de la naturaleza incomoda, estorba, y por tanto, debe desaparecer. Al respecto, la propia Shulamith Firestone decía: "Lo 'natural' no es necesariamente un valor 'humano'. La humanidad ha comenzado a sobrepasar a la naturaleza; ya no podemos justificar la continuación de un sistema discriminatorio de clases por sexos sobre la base de sus orígenes en la Naturaleza. De hecho, por la sola razón de pragmatismo empieza a parecer que debemos deshacernos de ella" (11) Para los apasionados defensores del la "nueva perspectiva", no se deben hacer distinciones porque cualquier diferencia es sospechosa, mala, ofensiva. Dicen además que toda diferencia entre el hombre y la mujer es construcción social y por consiguiente tiene que ser cambiada. Buscan establecer una igualdad total entre hombre y mujer, sin considerar las naturales diferencias entre ambos, especialmente las diferencias sexuales; más aún, relativizan la noción de sexo de tal manera que, según ellos, no existirían dos sexos, sino más bien muchas "orientaciones sexuales". Así, los mencionados promotores del "género" no han visto mejor opción que declararle la guerra a la naturaleza y a las opciones de la mujer. Según O'Leary, las "feministas de género" a menudo denigran el respeto por la mujer con la misma vehemencia con que atacan el irrespeto, porque para ellas el "enemigo" es la diferencia. Sin embargo, es evidente que no toda diferencia es mala ni mucho menos irreal. Tanto el hombre como la mujer -creados a imagen y semejanza de Dios- tienen sus propias particularidades naturales que deben ser puestas al servicio del otro, para alcanzar un enriquecimiento mutuo. Esto, claro está, no significa que los recursos personales de la femineidad sean menores que los recursos de la masculinidad; simplemente significa que son diferentes. En tal sentido, si aceptamos el hecho de que hombre y mujer son diferentes, una diferencia estadística entre hombres y mujeres que participen en una actividad en particular, podría ser más que una muestra de discriminación, el simple reflejo de esas diferencias naturales entre hombre y mujer.

No obstante, ante la evidencia de que estas diferencias son naturales, los propulsores de la "nueva perspectiva" no cuestionan sus planteamientos sino más bien atacan el concepto de naturaleza. Además, consideran que las diferencias de "género", que según ellos existen por construcción social, fuerzan a la mujer a ser dependiente del hombre y por ello, la libertad para la mujer consistirá, no en actuar sin restricciones indebidas, sino en liberarse de "roles de género socialmente construidos". En ese sentido, Ann Ferguson y Nancy Folbre afirman: "... las feministas deben hallar modos de apoyo para que la mujer identifique sus intereses con la mujer, antes que con sus deberes personales hacia el hombre en el contexto de la familia. Esto requiere establecer una cultura feminista revolucionaria auto-definida de la mujer, que pueda sostener a la mujer, ideológica y materialmente 'fuera del patriarcado'. Las redes de soporte contra-hegemónico material y cultural pueden proveer substitutos mujer-identificados de la producción sexo-afectiva patriarcal, que proporcionen a las mujeres mayor control sobre sus cuerpos, su tiempo de trabajo y su sentido de sí mismas." (12) Con dicho fin, Ferguson y Folbre diseñan 4 áreas claves de "ataque": 1) Reclamar apoyo económico oficial para el cuidado de niños y los derechos reproductivos. 2) Reclamar libertad sexual, que incluye el derecho a la preferencia sexual (derechos homosexuales/lesbianos). 3) El control feminista de la producción ideológica y cultural (es importante porque la producción cultural afecta los fines, el sentido de sí mismo, las redes sociales y la producción de redes de crianza y afecto, amistad y parentesco social). 4) Establecer ayuda mutua: sistemas de apoyo económico a la mujer, desde redes de identificación única con la mujer, hasta juntas de mujeres en los sindicatos que luchen por los intereses femeninos en el trabajo asalariado. (13) Una buena excusa: La mujer Luego de revisar la peculiar "agenda feminista", Dale O'Leary evidencia que el propósito de cada punto de la misma no es mejorar la situación de la mujer, sino separar a la mujer del hombre y destruir la identificación de sus intereses con los de sus familias. Asimismo, agrega la experta, el interés primordial del feminismo radical nunca ha sido el de mejorar directamente la situación de la mujer ni aumentar su libertad. Por el contrario, para las feministas radicales activas, las mejoras menores pueden obstaculizar la revolución de clase sexo/género. Esta afirmación es confirmada por la feminista Heidi Hartmann que radicalmente afirma: "La cuestión de la mujer nunca ha sido la 'cuestión feminista'. Esta se dirige a las causas de la desigualdad sexual entre hombres y mujeres, del dominio masculino sobre la mujer" (14) No en vano, durante la Conferencia de Pekín, la delegada canadiense Valerie Raymond manifestó su empeño en que la cumbre de la mujer se abordara paradójicamente "no como una 'conferencia de la mujer'" sino que "los temas debían enfocarse a través de una 'óptica de género'". Así, dice O'Leary, la "nueva perspectiva" tiene como objeto propulsar la agenda homosexual/lesbiana/bisexual/transexual, y no los intereses de las mujeres comunes y corrientes.

Roles socialmente construidos Para tratar este punto, tomemos la definición de "género" señalada en un volante que fuera circulado en la Reunión del ComPrep (Comité Preparatorio de Pekín) por partidarias de la perspectiva en cuestión. "Género se refiere a los roles y responsabilidades de la mujer y del hombre que son determinados socialmente. El género se relaciona a la forma en que se nos percibe y se espera que pensemos y actuemos como mujeres y hombres, por la forma en que la sociedad está organizada, no por nuestras diferencias biológicas". Vale señalar que el término 'rol' distorsiona la discusión. Siguiendo el estudio de O'Leary, el 'rol' se define primariamente como: parte de una producción teatral en la cual una persona, vestida especialmente y maquillada, representa un papel de acuerdo a un libreto escrito. El uso del término 'rol' o de la frase 'roles desempeñados' transmite necesariamente la sensación de algo artificial que se le impone a la persona. Cuando se sustituye 'rol' por otro vocablo -tal como vocación-, se pone de manifiesto cómo el término 'rol' afecta nuestra percepción de identidad. Vocación envuelve algo auténtico, no artificial, un llamado a ser lo que somos. Respondemos a nuestra vocación a realizar nuestra naturaleza o a desarrollar nuestros talentos y capacidades innatos. En ese sentido, por ejemplo, O'Leary destaca la vocación femenina a la maternidad, pues la maternidad no es un 'rol'. Cuando una madre concibe a un hijo, emprende una relación de por vida con otro ser humano. Esta relación define a la mujer, le plantea ciertas responsabilidades y afecta casi todos los aspectos de su vida. No está representando el papel de madre; es una madre. La cultura y la tradición ciertamente influyen sobre el modo en que la mujer cumple con las responsabilidades de la maternidad, pero no crean madres, aclara O'Leary. Sin embargo, los promotores de la "perspectiva de género" insisten en decir que toda relación o actividad de los seres humanos es resultado de una "construcción social" que otorga al hombre una posición superior en la sociedad y a la mujer una inferior. Según esta perspectiva, el progreso de la mujer requiere que se libere a toda la sociedad de esta "construcción social", de modo que el hombre y la mujer sean iguales. Para ello, las "feministas de género" señalan la urgencia de "desconstruir estos roles socialmente construidos", que según ellas, pueden ser divididos en tres categorías principalmente: - Masculinidad y Feminidad. Consideran que el hombre y la mujer adultos son construcciones sociales; que en realidad el ser humano nace sexualmente neutral y que luego es socializado en hombre o mujer. Esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e injustamente. Por ello, las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo y de toda imagen específica de género, para que los niños puedan crecer sin que se les exponga a trabajos "sexo-específicos". - Relaciones familiares: padre, madre, marido y mujer. Las feministas no sólo pretenden que se sustituyan estos términos "género-específicos" por palabras "género-neutrales", sino que aspiran a que no haya diferencias de conducta ni responsabilidad entre el hombre y la mujer en la familia. Según Dale O'Leary, ésta es la categoría de "roles socialmente construidos" a la que las feministas le atribuyen mayor importancia porque consideran que la experiencia de relaciones "sexo-específicas" en la familia son la principal causa del sistema de clases "sexo/géneros".

- Ocupaciones o profesiones. El tercer tipo de "roles socialmente construidos" abarca las ocupaciones que una sociedad asigna a uno u otro sexo. Si bien las tres categorías de "construcción social" ya podrían ser suficientes, el repertorio de las "feministas de género" incluye una más: la reproducción humana que, según dicen, también es determinada socialmente. Al respecto, Heidi Hartmann afirma: "La forma en que se propaga la especie es determinada socialmente. Si biológicamente la gente es sexualmente polimorfa y la sociedad estuviera organizada de modo que se permitiera por igual toda forma de expresión sexual, la reproducción sería resultado sólo de algunos encuentros sexuales: los heterosexuales. La división estricta del trabajo por sexos, un invento social común a toda sociedad conocida, crea dos géneros muy separados y la necesidad de que el hombre y la mujer se junten por razones económicas. Contribuye así a orientar sus exigencias sexuales hacia la realización heterosexual, y a asegurar la reproducción biológica. En sociedades más imaginativas, la reproducción biológica podría asegurarse con otras técnicas." (15)

3. Bioética, mujer y perspectiva de género
Dra. Ma. de la Luz Casas M. Maestra en Bioética Escuela de Medicina. Universidad Panamericana. INTRODUCCION. En las Conferencias Internacionales sobre la mujer que se han llevado a cabo oficialmente en relación con los roles propuestos a la mujer, se han introducido los conceptos de “perspectiva de género”, “Equidad de género”, se ha afirmado que las diferencias entre hombres y mujeres responden a una estructura cultural, social y psicológica y no a condiciones biológicas. La propuesta viene fundamentalmente de Organizaciones no Gubernamentales ya expuesta en la VI Conferencia Regional sobre la Integración de la Mujer en el Desarrollo Económico y Social de América Latina y el Caribe, organizada por CEPAL y ratificada en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en China 1995 convocada por la ONU. En la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en Pekin del 4-15 de septiembre de 1995, auspiciada por la O.N.U. se debatieron importantes aspectos sobre los problemas específicos de la mujer, asistieron a ella 191 países que representaron 23,000 participantes oficiales además de 4,000 Organizaciones No Gubernamentales (ONG) que se manifestaron dentro y afuera del recinto oficial, demostrando así la voluntad de cambio sobre las condiciones de inferioridad que en muchos aspectos de la vida la mujer ha padecido a través de la historia. Aunque dicha Plataforma de Acción no es obligatoria, si es vinculante, ya que constituye una instancia de consenso internacional. Los temas que constituyen la Agenda se reunieron en diversos puntos representativos de la discriminación femenina. PUNTOS POSITIVOS DE LA CONFERENCIA.

La Conferencia constituyó una llamada hacia la reflexión de la posición de las mujeres en el mundo y la conceptualización de la postura femenina desde su propia perspectiva. En ese sentido su influencia contribuyó de forma importante en la consideración de aspectos que desde hacía mucho tiempo no habían sido lo suficientemente evaluados a la luz de las circunstancias actuales de vida. El documento analizó y propuso acciones en muy diferentes aspectos de la vida de la mujer. PUNTOS EN CONTROVERSIA. Existieron muchos rubros que fueron considerados sin consenso por muchos países, pero sin duda el término de mayor polémica lo constituyó el término "género", pues aunque este vocablo se encuentra aceptado en forma clásica dentro del concepto gramatical de "accidente que indica el sexo de las personas o de los animales", por la insistencia de su uso en diferentes contextos requirió de la asamblea una definición específica por parte de las comisiones que lo promovían. GÉNERO COMO DEFINICIÓN Y PERSPECTIVA. Ya desde hacía algunos años antes de la Conferencia el término "género" había sido usado por grupos feministas en sus discursos, como vemos a continuación en palabras de Judith Butler, directora de Gay and Lesbian Human Rights Comission “el género es una construcción cultural, por consiguiente no es ni resultado casual del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo… al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino.” Un poco antes de la Conferencia también algunos grupos feministas mexicanos se habían pronunciado en relación a esta nueva concepción de la palabra género: “el lesbianismo, la heterosexualidad y la bisexualidad, son expresiones a las que tienen derecho las mujeres… el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad incluye la libre orientación sexo afectiva… es importante recuperar la reivindicación del ejercicio de la sexualidad como una fuente de placer y de comunicación interpersonal no importando su orientación… lograr el respeto a los derechos de las mujeres lesbianas, constituye un avance para todos los sectores sociales que trabajan por las libertades, el respeto a la diferencia y la convivencia plural y democrática”. A este respecto “el Closet de Sor Juana” y el Comité Nacional de ONG’s Mexicanas, declaró en su página de internet con referencia a la Conferencia de la Mujer: “desde el inicio del proceso preparatorio, hemos impulsado la preparación de nuestras demandas y de las lesbianas mismas a la IV Conferencia Mundial de la Mujer. Consideramos ser una gran oportunidad para la

visibilidad de las lesbianas en el mundo” Por el hecho de que los anteriores grupos fueron asesores de CONAPO para la preparación del Documento de presentación ante la Conferencia se consideró la necesidad de aclarar suficientemente las implicaciones de esta nueva concepción. FUNDAMENTACIÓN FILOSÓFICA DE LA POSTURA DE GÉNERO. La concepción de la postura de género puede ser enmarcada en una combinación entre la teoría de Engels, la filosofía del estructuralismo de Michel Foucault, el liberalismo radical de Sartre y Simon de Beauvoir. Michel Schooyans catedrático de la Universidad de Lovaina en materia de población señala en una entrevista con Sabine Chevalier: "La idea de "género" surge de una coalición ideológica de la cual los fundamentos son a la vez socialistas y liberales. Se encuentra en los socialistas, proviniente de Feuerbach (1804-1872), la idea de "humanidad genérica": sólo cuenta el "género humano", del cual el hombre individual no es sino una manifestación efímera destinada a la muerte. Pero la ideología liberal, con su concepción utilitarista del hombre, muy marcada por el malthusianismo, se une a esta visión, particularmente en una concepción globalista del mercado, al cual debe ser subordinada la política y la producción de los hombres; el individuo es reducido al ejercicio de una simple función. Interviene también en la "justificación" de la ideología del género un aporte del "estructuralismo",que afirma que nosotros entramos en una "nueva cultura", haciendo apelo a nuevas reglas que toca al hombre crear. Esta coalición ideológica del género ha sido lanzada en la plaza pública por la ONU en la Conferencia de Pekín de 1995. Según sus ideólogos, el matrimonio heterosexual monogámico pertenece a una cultura anterior: de él derivaba la función de la maternidad y de la familia. Entrando en esta nueva cultura, debemos barrer estas referencias "caducas". En adelante es necesario considerar que la regla que debe prevalecer es la intercambiabilidad de roles del hombre y de la mujer. Para que la mujer pueda volverse miembro activo a tiempo completo de la sociedad de producción, ella debe tomar en mano su propia liberación, desprendiéndose de la "carga" de la procreación y de su condición " alienante " de esposa y madre. De donde una revolución sexual muy profunda: abolición de la maternidad y de la familia monogámica; atribución de unos sentidos múltiples a la palabra "familia" monoparental masculina o femenina, "familia" proveniente de manipulaciones biológicas diversas, etc.: instauración de innumerables modalidades de prácticas sexuales: "padre" biológico o no progenitor, "madre" biológica o portadora, etc., todos los casos imaginables son considerados en los documentos de la ONU". Por su parte, Simone de Beauvoir filósofa de la liberación femenina afirma :“no se nace mujer; se hace. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la figura que reviste dentro de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la sociedad el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado que es calificado como femenino. solo la mediación del otro puede construir a un individuo como otro". Y continúa: "Hay que rechazar la sexualidad como naturaleza. Hay que superar esa institucionalización del amor que vincula a la mujer con el sexo, la maternidad, el hogar. Es menester que haya parejas libres, madres libres, libertad económica para la mujer… el encuentro de los sexos en un nivel de igualdad plena será

únicamente el encuentro de dos libertades. Otra parte de esta fundamentación se encuentra en las obras de Engels quien escribe: “el primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino”. La postura es retomada por Firestone, líder feminista en épocas recientes: “se requiere que la clase subyugada se alce en revolución y se apodere del control de la reproducción; se restaure la propiedad sobre su propio cuerpo, como también el control femenino sobre la fertilidad, incluyendo las nuevas tecnologías la meta no solo es el privilegio económico...sino de la distinción de sexos misma: las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importarán culturalmente”. DEL FEMINISMO AL GENERISMO. De lo anteriormente expuesto puede concluirse que existe a la fecha una confusión entre las estrategias propuestas por los grupos feministas originales y un nuevo grupo, que promueve como fundamental la postura de género, las posturas tienen una diferencia significativa que pueden aclararse en la definición de Hoff: “el feminismo de equidad es la creencia en la igualdad legal y moral de los sexos...el feminismo de género es una ideología que pretende que la mujer esta presa en un sistema patriarcal opresivo". Como puede apreciarse ambos conceptos llevan implícitas estrategias diferentes, que serán necesario aclarar, para que el término "género" y "perspectiva de género" pueda ser unívoco en los documentos oficiales. ANTE LAS REALIDADES FEMENINAS. La lucha femenina por sus derechos lleva más de cien años de existencia oficial, desde las primeras manifestaciones por el voto en Inglaterra. La importancia de la lucha feminista organizada radica principalmente en la conceptualización de la mujer como grupo capaz de constituirse en grupo de poder social y político significativo. Es verdad que en la historia la mujer ha sido discriminada con frecuencia, a veces, en forma consentida y en otras por imposición o manipulación, en una realidad sociocultural que bajo los valores actuales de reconocimiento de derechos humanos es insostenible. Entre los rubros de inequidad social contra la mujer podemos señalar entre otras: *conceptualización devaluada de la mujer como dependiente del hombre *preferencia de hijos varones *preferencia de alimentación y estudio a varones *diferencia educativa y de cargas de trabajo del hogar para el hombre *conceptualización machista y de posesión sexual de la mujer por el hombre *diferencia laboral en puestos y retribución

*carga laboral y familiar inequitativa en la mujer aunque esta sea la proveedora. REALIDAD Y GÉNERO. Las propuestas generistas tratan de lograr la igualdad entre hombre y mujer, lo cual es muy justo, pero negando la realidad entre los seres humanos sexuados. La mujer no es "un ser intermedio entre el hombre y el castrado" como lo dicta S. de Beauvoir, es un ser íntegro con propia naturaleza, la femenina. El tratar de igualarse al varón por el solo hecho de tener mismas funciones laborales o de poder, o negar el valor de la función reproductora de la mujer no harán que la realidad cambie, más que en cargas de trabajo o poder. La biología marca diferencias estructurales del hombre y la mujer que no pueden ser ignoradas y si bien marcan diferencias de función no tienen que ser estas consideradas como fuente de manipulación o discriminación. DIFERENCIAS BIOLOGICAS. El ser humano desde la perspectiva biológica pertenece a la especie hommo sapiens. Las especies sexuadas, mamíferas tienen dos géneros: femenino y masculino. Existe biológicamente un determinismo genético, expresado fenotípicamente en forma de dimorfismo sexual complementario y vinculado como toda especie sexuada a la reproducción de la especie. Esta realidad científica puede ser constatada desde el punto de vista de la embriología, genético, molecular, endocrinológico y neurológico entre otros, y constituyen en sí la base del dimorfismo sexual que enmarcan comportamientos y funciones femeninas y masculinas imposibles de ignorar. DIFERENCIAS PSICOLOGICAS. Tampoco las diferencias genéricas se circunscriben al ámbito solamente cultural como se señala en el modelo cognoscitivo del desarrollo psicosexual de Kholberg: "el concepto de identidad de género y estereotipos masculino/femenino, presentan elementos comunes universales, no se aprenden por transmisión directa de patrones específicos a un grupo familiar son creados por el niño mediante interpretación activa de: a) diferencia en la estructura corporal del hombre y la mujer b) diferencia asignada por la sociedad a los roles". Con referencia al desarrollo del papel femenino y masculino “es producto de una construcción cognitiva, en donde ni las presiones sociales, ni la enseñanza directa juegan un papel primordial” La identidad sexual masculina o femenina al menos en parte tiene que ver con esta peculiar conformación biológica. La feminidad masculinidad es un fenómeno complejo que no se explica por el solo hecho biológico, pues implica conductas eróticas y afectivas específicas de cada sexo. DIFERENCIAS EN LA ANTROPOLOGIA FILOSOFICA.

Para la concepción de la antropología filosófica de la sexualidad la sociedad no es último y único parámetro de la identificación genérica: ”ser hombre y ser mujer no son accidentes del ser humano, sino que pertenecen inseparablemente a su esencia ”. En esta polémica se aprecia el debate del antiguo tema de “Natura contra cultura”, el ser humano desde la perspectiva personalista es natura y cultura y no debe existir un antagonismo entre ellos. Lo natural, en el sentido de innato, no coincide con la naturaleza humana, que transforma lo innato en un sentido que lleve hacia la humanización humana, entendida como la perfección de lo propiamente humano, esto es sus valores. La diferencia sexual entre hombre y mujer genera tipos de relación entre personas que son habituales y persistentes y que no están vinculados solamente a la reproducción de la especie. La psique no pertenece enteramente ni al organismo corporal, ni al espíritu. Las diferencias psicológicas no se pueden anular o atribuir enteramente a influjos socio-culturales. La cultura no constituye por sí sola esta diferencia en la psicología del hombre y de la mujer. La cultura puede influir al acentuar roles e inducir prejuicios y falsas concepciones, pero la psique tiene raíces en el soma La sexualidad humana tiene como en toda la persona la característica vital en donde el principio metafísico de la forma sobre la materia. La forma es la que da perfección a la materia y la actualiza y no al contrario. Existen, por tanto, diferencias entre hombre y mujer, que más que ser negadas han de ser reconocidas y apoyadas en sus particulares demandas. PROPUESTA BIOÉTICA DE ACCIÓN. La filosofía realista nos marca como ineludible la necesidad de considerar la realidad como un marco de acciones y decisiones. El análisis de los objetivos es prioritario, pero también lo es la selección de estrategias, pues para que un acto humano sea considerado como adecuado han de serlo tanto sus intenciones como sus medios y sus fines. Así podemos observar que la inequidad de la mujer es un hecho para muchas de ellas y existen poblaciones femeninas que las sufren más profundamente, el reconocimiento de la licitud de los objetivos a vencer, propuestos por la Plataforma de Acción, son justos y realistas en gran medida, sobre el análisis de los fines, se encuentran ya marcadas diferencias, pero la verdadera problemática existe tanto en la selección de medios como de fundamentos, pues estos dependen de la postura feminista o generista de las propuestas. Desde la perspectiva filosófica realista el ser humano es naturaleza y cultura, no es solamente "natura", término entendido, como "lo nato" o actitud "natural", fuera del proceso de humanización y que tampoco es concepto unívoco con el de "naturaleza ontológica" del hombre, que se refiere a su propia esencia, sus propios fines y medios adecuados para lograrlos. En otras palabras, el ser humano no es solamente el ser que nace y se desarrolla sin marco de actuación, dejado solamente a sus impulsos naturales; el ser humano no solo "nace", sino también "se hace" a través de la cultura, que lo posibilita en el conocimiento de las posibilidades de su naturaleza, del uso de su inteligencia y su voluntad y no solamente de sus impulsos y su emotividad. Es por ello que el ser humano

es un compuesto muy impredecible, pero a la vez definible en cuanto a lo que se espera de su conducta humana como especie. La naturaleza es base de partida de la realidad. La cultura descubre el significado de la naturaleza del hombre y lo humaniza. Las filosofías que niegan alguno de los componentes del ser humano o son idealistas o materialistas puras pues poseen un marco conceptual dualista de la naturaleza del hombre. La postura personalista es unicista y enmarca ambos aspectos. Desde esta perspectiva el hombre y la mujer existen como seres sexuados en función de la procreación en el amor. El acto sexual humano, no lo es si no se enmarca en el amor y si niega la naturaleza propia del acto, que es la procreación, aunque a través de su inteligencia y voluntad planifique su familia, lo cual nuevamente es prueba de la armonización de natura y cultura. El ser humano no puede negar su naturaleza sexuada, ser hombre o ser mujer con el correspondiente comportamiento, feminidad y masculinidad, como seres iguales en derechos, por pertenecer ambos a la especie humana, pero diferentes en cuanto a necesidades, por pertenecer a un género específico. No es posible para el ser humano naturalmente sexuado, luchar contra natura ante algo que le es natural, su naturaleza sexuada y los fines propios que la misma marca para cada género, no es posible considerar la naturaleza como una imposición o una carga que ancla, en el caso de la mujer, inexorablemente a la inequidad ligada a la posibilidad procreativa, sino aceptar, no en forma impuesta, sino connaturalmente, lo que de la naturaleza procede, buscando a través de una cultura de promoción de la dignidad de la persona el reconocimiento de la complementariedad. Para la persona el fin último de la existencia es la experiencia del amor, y de los tipos de amor, el sexuado, tiene en la complementariedad y en la procreación su fin propio. Toda persona desea ser amada y en el amor sexuado, la procreación se deriva como un don en el hijo, es antihumano negar no solamente la naturaleza sexuada de la persona, que promueve la no identificación bio-afectiva, sino la finalidad de los sexos y la formación de la pareja en la constitución posterior de la familia, pues todo ello tiene un origen natural y no impuesto por la sociedad, sino solamente reconocido por ella. El hombre y la mujer se atraen naturalmente y no por imposición social y la consideración del género masculino como opresor nato de la mujer con quien habrá que entablar una "lucha" de géneros no contribuirá a la aspiración natural de la formación de la pareja humana en el amor. Es cierto que existen condiciones de inequidad e injusticia, por lo que la promoción de los Derechos Humanos Universales es imperiosa y para ello se requiere el fomento de una cultura por la igualdad en las diferencias, una cultura propositiva y no destructiva, de sustitución de marcos socioculturales inadecuados mas no de negación de realidades. Las propuestas en salud reproductiva deben respetar a la persona, en decisiones libres e informadas y como tales no pueden estar en contra de la dignidad o la vida de otra persona, como se refiere al no nato, pues ello perpetuaría nuevamente un círculo de discriminación, ahora ya no contra la mujer, sino ante la dignidad de la vida humana. La humanidad ya no puede dividirse en opresores y oprimidos, es una ganancia de nuestro siglo el concepto de igualdad de todos los seres humanos, el adoctrinamiento hacia la lucha de géneros promueve ambivalencia en la persona, pues es una realidad que la aceptación congruente del sexo biológico acorde a sus funciones y su expresión: feminidad/masculinidad, maternidad/paternidad pues ello responde a los dinamismos de la persona, la cual es única. Si los diversos componentes o dinamismos

de la persona no operan en armonía, la personalidad en vez de estar integrada se desintegra, la persona desintegrada presenta un problema psicológico que a la vez es trascendente: la neurosis por falta de aceptación de la realidad y la pérdida de la capacidad de amar.

4. El feminismo, ¿destruye la familia?
Jutta Burggraf 1. Introducción Hace poco, leía un artículo en que, con gran profusión de palabras, se pretendía explicar, por qué el feminismo destruye la familia. Quedé un poco sorprendida y comencé a pensar en ello. ¿Realmente destruye el feminismo la familia? Sin querer, recordé un suceso que me ocurrió hace algún tiempo en Sudamérica. En Santiago de Chile, me habían dicho que una persona, conocida como una enérgica feminista, quería discutir conmigo acerca del tema de la mujer. Se trataba de la fundadora y rectora de una universidad privada. Habíamos concertado una cita. Me preparé para una intensa discusión y, luego de unos días, acudí al encuentro con un cierto ánimo de ir a la ofensiva. La rectora era una señora muy amable y bien arreglada. “Yo trabajo, con todas mis fuerzas, para que las mujeres puedan estudiar y obtengan puestos de trabajo”, me dijo. “Sueño con un sueldo para las dueñas de casa y con la supresión de la pornografía. Me llaman feminista, porque devuelvo todas las cartas que recibo, dirigidas al Rector; porque esta Universidad no tiene un rector, sino una Rectora”. Y, entonces, señaló, sonriendo: “Y no tengo nada contra los hombres. Estoy casada hace mucho tiempo y quiero a mi marido más que hace treinta años”. Es evidente que un feminismo así no destruye la familia. Pienso, incluso que es extremadamente favorable para la comunión de los esposos y para la familia misma, ya que devuelve a la mujer la dignidad que, en ciertas épocas y culturas, y parcialmente en la actualidad, le ha sido y le es negada. Sí, esto ocurre también hoy, no es ideología, ni exageración. No necesitamos pensar en las mujeres cubiertas por un velo, como en Arabia Saudita, ni al pueblo africano de los Lyélas, que consideran a las mujeres como la parte más importante de la herencia. Por ejemplo, una de las fórmulas con que un hombre constituye a su hijo mayor como su heredero dice: “Te entrego mi tierra y mis mujeres” *1+. No podemos tampoco juzgar con altanería el rapto de las novias de la aguerrida Esparta [2] , ni lamentarnos de la llamada oscura Edad Media, que, por cierto, no fue una época tan hostil para la mujer [3]. Como se ha dicho, no necesitamos ir tan lejos. Basta mirar a Europa ¿Se respeta a la mujer en la sociedad, en las familias? También hoy día se la considera, en innumerables avisos publicitarios, en el cine, en revistas del corazón y en conversaciones de sobremesa, como un ser no muy capaz intelectualmente, como un elemento de decoración y de exhibición, como mero objeto de deseo masculino. Su dedicación a su casa y su familia no es ni se valora, ni se apoya como se debía. ¿No ocurre con cierta frecuencia que un hijo, sólo porque es varón, después de un suculento almuerzo dominical, se siente frente al televisor junto a su padre, mientras las hijas “desaparecen”, junto con su madre en dirección a la cocina? ¿O que una joven madre, que trabaja fuera de la casa, se las tenga que arreglar sola con las

labores domésticas y más encima sea enjuiciada, pues no se preocuparía lo suficiente de su marido -que trabaja a tiempo parcial- y de sus hijos y que además sea criticada por no tener la casa limpia? ¡Cuántas mujeres casadas, que carecen de ingresos propios deben mendigar de sus maridos un poco de dinero y no tienen acceso a la cuenta bancaria, ni participación en las decisiones pecuniarias de la propia familia! Concedo que estas cuestiones pueden ser superficiales; sin embargo, demuestran cuánta -o cuán pocacomprensión y cariño reciben las mujeres, a menudo, en una situación difícil. Existe pues una promoción de la mujer que es absolutamente razonable y conveniente. Su finalidad consiste en que los derechos humanos no sólo sean derechos de los varones, sino que ambos, tanto el hombre, como la mujer, sean aceptados en su ser-persona. También se esfuerza por considerar a cada ser humano en su propia individualidad, sin colocar ningún cliché a nadie. Y esto es válido en todo sentido. Hoy en día nadie duda que la mujer puede dominar la técnica más complicada. Pero ello no significa que todas las mujeres deban ser técnicas y que gocen con las computadoras. Según un nuevo dogma: “La mujer emancipada es gerente de empresa, arquitecto o empleada en una oficina; de todas maneras, trabaja fuera de la casa”. Sin embargo, si la emancipación es entendida como un proceso de madurez conseguido, ¿por qué la mujer “emancipada” no puede ser madre de una familia numerosa? Cuando una mujer prefiere preparar un pastel, tejer chalecos, jugar con los niños y procura hacer de su casa un hogar agradable, no quiere decir que ella se haya resignado a asumir el rol que se le asignó en el s. XIX. Significa simplemente que, para ella, estas actividades son más importantes que para quienes la critican. En principio, no se trata de lo que una persona hace, sino de cómo lo hace. Ni el trabajo fuera de la casa, ni la familia son, en sí, soluciones a problemas personales o sociales; ambos conllevan ventajas y riesgos. Así, es posible que una mujer profesional, debido a la creciente especialización de su trabajo, se le vaya empequeñeciendo su campo de acción, mientras que una dueña de casa, al tener que enfrentarse a los más diversos trabajos, adquiera una visión más amplia. En su vida profesional, la mujer está expuesta a los mismos riesgos que el hombre -deseo desmedido de hacer carrera, afán exclusivo de poder...-, incluso más que él, pues le pone a prueba y enjuicia más duramente. No quiero, de ninguna manera proponer que la mujer debe volver a ocuparse exclusivamente de las tareas del hogar. Pienso solamente que se debe dar, a cada mujer, la posibilidad de decidir libremente lo que ella considera como bueno, sin iniciar permanentemente nuevas polémicas. Se ha discutido mucho acerca de si las mujeres son diferentes a los hombres y en qué lo son. Primero, hay que considerar que cada ser humano es distinto de los otros. Cada uno debe tener la oportunidad de desarrollarse libremente, de ser feliz y de hacer feliz a los demás -por diferentes caminos, da lo mismo en qué estado o profesión-. Desde una perspectiva histórica y social, algunas veces, a las mujeres esto les ha sido más difícil que a los hombres. Es por ello, que se les debe ayudar más a vivir de acuerdo con su convicción personal. Esta es la finalidad de un feminismo que podemos denominar “auténtico”, “razonable” o “libertario”. 2. El feminismo radical Estamos casi en nuestro tema. Como se ha mencionado, existe otro tipo de feminismo, que se ha extendido mucho en los países occidentales, es denominado, con frecuencia, feminismo “radical” o “extremo”. Me parece que este tipo de feminismo, por lo menos como se presenta a sí mismo, ha sobrepasado su momento culminante. Su enorme influencia ha tenido un devastador efecto, que se deja

ver en todos los ámbitos. Todos conocemos lo que se ha dicho acerca del “mito de la maternidad”, que debe ser destruido, o del macho, que la mujer debe desterrar. En algunas de sus afirmaciones, las feministas han traspasado con mucho el límite de lo absurdo. La filósofa francesa Simone de Beauvoir es considerada la precursora del feminismo de nuestro siglo, cuya influencia apenas puede superarse *4+. Su monografía “Le Deuxiéme Sexe” (“El otro sexo”), publicado por primera vez en 1949) es denominada con frecuencia la “biblia del feminismo” *5+. En ella, Simone de Beauvoir postula, por primera vez, con gran agudeza intelectual, la igualdad de los sexos y, con ello, da un nuevo impulso al movimiento feminista en el mundo occidental, el que, hace ya tiempo, va mucho más allá de pretender la simple mejora de la situación jurídica de la mujer y una mayor posibilidad de acceder a la formación escolar, universitaria y profesional. En aquella obra, la filósofa comienza esbozando su propia posición ideológica. “Nuestra perspectiva es la de la ética existencialista” *6+, declara. Y continúa “Es la de Heidegger, Merleau-Ponty y Sartre” *7+ (su conviviente). El “existencialismo”, tomado del título de un libro de Sartre, es una negación consciente de toda reflexión que parta de la esencia o naturaleza. No hay “una naturaleza humana -dice Sartre- pues no hay quien la hubiese podido diseñar” *8+. Sartre se refiere a la libertad creadora del hombre, que le capacita para hacer de sí mismo lo que él quiere y que no es limitada por ninguna “esencia” o “naturaleza” *9+. Simone de Beauvoir intenta traspasar el existencialismo ateo [10] de Sartre a la existencia femenina [11]. Para ella, el hombre tampoco es un “ser dado” o una “realidad fija”, sino “una idea histórica”, “una continua transformación”, que hace de la persona lo que ella es *12+. En consecuencia, en la ética de Beauvoir, toda forma de “quietud” o “pasividad” sólo puede considerarse como un gran mal [13]. Sin embargo, es precisamente esa la actitud a la cual los hombres han obligado continuamente a las mujeres. Ya desde los nómades, el mundo ha pertenecido al varón [14], dice Beauvoir, pues éste ha sabido influir en el mundo con ocupaciones que iban “más allá de su ser animal”. Para cazar y pescar, construyó utensilios, se puso metas y abrió caminos. Continuamente se superó y emprendió el camino hacia el futuro *15+. Añade: el privilegio del varón consiste en que “su vocación como persona con destino no contrasta con su ser varón” *16+. Sin embargo, en la mujer sucede algo distinto. Hasta hoy, a las mujeres se les ha impedido intervenir de manera creativa en la sociedad. Las mujeres han sido “aisladas” y ahora se encuentran marginadas [17]. Permanecen toda su vida encerradas y la culpa de todo, la tienen el matrimonio tradicional (con la división del trabajo según el sexo) y, sobre todo, la maternidad. En toda la obra de Beauvoir está presente un tema dominante: la de quitar todo valor al matrimonio y la familia. A este respecto, señala que, “sin duda alguna, dar a luz y amamantar no son actividades sino funciones naturales y no está en juego ningún proyecto personal. Por eso, la mujer no puede encontrar en ello ninguna razón para una alegre afirmación de su existencia” *18+. Durante siglos, la mujer se ha contentado con llevar una “vida relativa”, dedicada al marido y a los hijos. “En realidad -continúa-, para el hombre, ella es sólo una distracción, un objeto, un bien poco importante. El varón es el sentido y la justificación de su existencia” *19+. El varón, por su parte, ha consolidado su supremacía a través de la creación de mitos e instituciones. Por medio de muchos ejemplos de la literatura y la cultura, Beauvoir analiza el mito de la mujer, tal y como lo han inventado los varones para sus propósitos y concluye que “es tan irrisorio contradictorio y confuso que no se halla unidad alguna: como Dalila y Judit, Aspacia y Lucrecia, Pandora y Atena. Es ídolo y esclava; es el silencioso original de la misma verdad, al mismo tiempo falsa, locuaz, mentirosa; es bruja y

terapeuta; es presa del varón y su perdición; es todo lo que él no es y desea poseer, su negación y su fundamento existencial” *20+, es, precisamente, el “otro” sexo. Beauvoir se opone a todas estas afirmaciones, pues señala que las mujeres no son esfinges, sino seres humanos dotados de razón [21]. Su proximidad a la naturaleza -que significa una limitación radical de su potencial humano- es exigida y también temida por el hombre. Aunque las mujeres no pueden negar, ni ignorar su propio cuerpo, éste no determina para nada su libertad existencial. Indudablemente, en la filosofía de S. de Beauvoir, hay razonamientos acertados; que, sin embargo, dan lugar a un gran empobrecimiento ideológico. Ello se aprecia claramente si consideramos su conocido aforismo, “No naces mujer, te hacen mujer” *22+, completado más tarde por la lógica conclusión “¡No se nace varón, te hacen varón! Y tampoco la condición de varón es una realidad dada desde un principio” *23+. La “mujer constituye para Beauvoir un “producto de la civilización” *24+. Ella “no es la víctima de un destino misterioso e ineludible” *25+ , sino la de una situación muy concreta y corregible, en la cual el “mito de la maternidad” siempre ha servido a los varones como pretexto para motivar a las mujeres a realizar sus quehaceres domésticos [26]. La mujer, por su parte, se ha resignado durante mucho tiempo ante su situación. “Al no querer que una parte de sí se ha convertido en negación, suciedad y malignidad el ama de casa maniática se encoleriza contra el polvo y exige un destino que a ella misma le exaspera” [27]. En su desesperación intenta inútilmente introducir al hombre en la cárcel de su pequeño mundo, bien como madre, esposa, amante “permanente”, parásita *28+ o carcelera *29+. El hombre trata a la mujer como su esclava y la persuade a la vez de que sea su reina [30]. Hoy, sin embargo, la lucha se muestra de otra manera, “en lugar de que la mujer pretenda llevarse al hombre a su cárcel, lo que hará es intentar salir de ella. Ya no pretende penetrar en la región de la inmanencia [31]. El hombre hace bien en ayudar en la emancipación de la mujer, pues librándola a ella, se libera él mismo [32]. ¿Cómo tiene que ser la emancipación? Para Simone de Beauvoir, no cabe duda que las “cadenas” o “ataduras de la naturaleza deben ser rotas”. La filósofa existencialista traza una ética radical *33+, que intenta desenmascarar el matrimonio [34], la maternidad [35], la prohibición del aborto [36] y del divorcio *37+, como “medidas coercitivas de las sociedades patriarcales” *38+, que dejan a las mujeres en dependencia de los varones. Según sus propias palabras, “las mujeres han decidido protegerse de la maternidad y del matrimonio” *39+. “lamento la esclavitud que se impone a la mujer con los hijos... Como otras muchas feministas, también estoy a favor de que se suprima la familia” *40+ dice explícitamente. Además, simpatiza con la inseminación artificial [41], las relaciones lesbianas [42] y la eutanasia [43]. Para la filósofa existencialista, el remedio para salir de la dependencia es la actividad profesional de la mujer *44+, con la cual se puede alcanzar “una plena igualdad económica y social” *45+ entre los dos sexos. Aunque todas parten de sus principios, algunas de las feministas actuales superan con mucho determinados aspectos de las exigencias de Beauvoir. En su obra mundialmente conocida, “The Feminin Mystique” *46+, Betty Friedan -fundadora del movimiento feminista americano de los años sesenta- critica con gran vehemencia el que la mujer se vea obligada a “la realización de su feminidad” *47+ únicamente en el matrimonio, en la familia y en el trabajo doméstico y que se le impida desarrollarse intelectualmente [48]. De la misma manera, la americana Kate Milled, en su libro “Sexual Politics” *49+, recurre lo señalado en “Le Deuxième Sexe”: “La mujer aún es indispensable para la concepción, la gestación y el nacimiento de un niño, pero no tiene otra atadura u obligación especial con respecto a él”. Finalmente, el objetivo del feminismo de Shulamith Firestone -la más radical de este grupo- es destruir todas las estructuras más

importantes de la sociedad *50+. En “The Dialectic Sex”, propone liberar a la mujer de la “tiranía de la procreación” *51+, a cualquier precio. “Lo quiero decir muy claramente: el embarazo es una barbaridad” [52], señala. La periodista Alice Schwarzer es una de las pocas figuras sobresalientes del feminismo alemán. Después de su larga estancia en París, comenzó su labor, organizando, a principios de los años setenta, la campaña pro-aborto en Alemania [53]. En 1975, lanzó un bestseller [54] al mercado y se destacó, finalmente, como editora de la primera revista feminista, “Emma”, hasta hoy, muy difundida. Su lenguaje frívolo, la exposición de problemas humanos, la eliminación de los tabúes relativos a las normas morales, junto con algunas hipótesis racionales, no constituye una mezcla nueva; no obstante, aplicada exclusivamente a la cuestión femenina, se transforma en un asunto de carácter político. Aunque Alice Schwarzer subraya una y otra vez su admiración por Simone de Beauvoir [55] -a la que conoció en París personalmente-, es aún más radical en la aplicación de las ideas feministas. Difunde las tesis contenidas en “Le Deuxième Sexe” y las planteadas por el movimiento feminista norteamericano. Más, en último término, para ella no se trata de la cuestión teórica de la igualdad de los sexos, sino de qué modo la mujer, siendo más valiosa y digna de ser amada que el hombre, puede huir del dominio masculino. Según A. Schwarzer, el poder masculino es el único factor que condiciona actualmente la relación hombre-mujer, y sólo puede ser destruido por un poder femenino [56]. El varón es, para ella, el enemigo. La autora expresa: “Por eso, todo intento de una liberación de la mujer tendrá que dirigirse contra los privilegios del varón, tanto a nivel colectivo, como a nivel personal. Eso quiere decir que hay que luchar también contra el propio marido” *57+. Llama a todas las mujeres para que manifiesten su poder y se nieguen a sus maridos, rehúsen “la heterosexualidad” que ha pasado a ser “un dogma” *58+ y se interesen por la bi- y la homosexualidad. En suma, Schwarzer concibe el poder sexual como un poder político, intenta iniciar una revolución en las relaciones hombre-mujer, de la cual surgirá una mujer liberada del poder masculino. Esta mujer podrá actuar positivamente en la sociedad. A. Schwarzer crítica la “ideología del hijo propio” y lucha contra todos los lazos existentes entre madre e hijo. Según ella, tales lazos sirven únicamente para proteger los últimos baluartes de una sociedad para varones [59]. La tarea educativa debe realizarse, en gran parte, por el colectivo; el trabajo doméstico tiene que ser industrializado. Eso significa que debe existir un número suficiente de guarderías y de jardines infantiles, abiertas durante las veinticuatro horas y donde trabajen mujeres y varones [60]. Para la feminista norteamericana Mary Daly, todo lo masculino es objeto del juicio más despiadado, casi de la maldición universal. En su exitoso libro, aparecido en 1978 [61], la autora pasa revista a todas las atrocidades que los hombres han cometido contra las mujeres, desde el comienzo de los tiempos. Contrasta la maldad masculina, “contaminante”, “ponzoñosa” y “destructora”, la autora contrapone la “pureza elemental” de las mujeres. M. Daly exagera tanto las ideas de “Le Deuxième Sexe”, que realmente no se las puede tomar en serio. Desde hace algún tiempo, el intento de liberarse de las “cadenas de la naturaleza” no es la única preocupación del feminismo radical. Desde ciertos ambientes ecologistas y desde el llamado “feminismo cultural” de Norteamérica han surgido nuevas tendencias. Mientras un grupo de las feministas continúa negando las diferencias fundamentales entre mujeres y hombres, otro grupo ha comenzado a “celebrarlas”. Actualmente, dentro del feminismo, se plantea cada día con más fuerza, que la identificación de lo femenino con la naturaleza, la corporeidad, la sensibilidad y la voluptuosidad, no es un “maldito prejuicio masculino”. Por el contrario, todo lo emocional, vital y sensual ha pasado a ser la

esperanza para un futuro mejor. Después de que la racionalidad y el despotismo masculinos han conducido a la humanidad al borde del desastre ecológico y la han expuesto al peligro de la destrucción nuclear, ha llegado la hora de la mujer. La salvación se puede esperar solamente de lo ilógico, de lo instintivo, de lo afable y apacible, tal como se encuentra encarnado en la mujer [62]. Después de que, durante décadas, el deseo de tener hijos fue reprimido y negado, ahora es redescubierto, por grupos feministas *63+ como una “necesidad femenina” pura *64+. Esto puede ser una reacción al esfuerzo de la emancipación entendida, con demasiada frecuencia, como una acomodación a los valores masculinos y a la competitividad. Por supuesto, el deseo de tener hijos no significa un retorno al matrimonio y a la familia burgueses. Las feministas se interesan poco por la realidad social de las mujeres, lo que les preocupa son la vida de la mujer, el cuerpo femenino y las experiencias de dar a luz y de amamantar. “Son las mujeres las que tendrán que liberar la tierra y lo harán, porque viven en una mayor armonía con la naturaleza” *65+, esta es la más conocida de las tesis propuestas. A ella se opone ahora, con renovado ímpetu, la teoría igualitaria, que continúa la línea de pensamiento inaugurada por Simone de Beauvoir [66]. Así llegamos otra vez al comienzo de nuestras reflexiones. 3. Las familias patchwork Cuando se leen los manifiestos feministas, se podría concluir lisa y llanamente que el feminismo radical destruye la familia. ¡Ese es su objetivo declarado! Sin embargo, las cosas no son tan simples como parecen. También hay que matizar esta afirmación. Si miramos a nuestro alrededor, podemos comprobar que la vida familiar existe. Por ejemplo, tres cuartos de los europeos pasan sus vacaciones en familia, incluso con frecuencia, varias generaciones juntas, en las combinaciones más variadas. Al observar los campings y otros lugares de vacaciones, esto queda muy claro. Pese a todas las advertencias de Simone de Beauvoir y de Alice Schwarzer, pese al deseo creciente de hacer carrera y de ganar dinero, vemos, en todas partes, como las parejas forman una familia y traen niños al mundo. A pesar que, según dicen, para “autorrealizarse”, es más fácil permanecer solo, la mayoría de las personas insisten en reunirse alrededor de una familia. Incluso, conocidas feministas han comenzado a alabar a la familia. La argentina Ester Vilar, señala que, si existiera completa igualdad, la mujer saldría por la noche, menos que el hombre. Esto no le parece nada mal, pues “que una persona sea mucho más feliz tomándose una cerveza en un bar lleno de humo que velando el sueño de su hijo pequeño en un hogar tranquilo, aún está por demostrar” *67+. Y Christiane Collange, una de las más connotadas feministas francesas sorprende al decir: “Me dan pena las mujeres que no saben la tranquilidad que da quedarse una tarde en la casa, sin hacer nada y disfrutando a su hijo. No hay ninguna otra sociedad que nos brinde tanta alegría de vivir, como la familia” *68+. La feminista de Berlín Barbara Sichtermann opina que la mujer no debe continuar orientándose de acuerdo al varón, como ha sido hasta ahora la política de la emancipación, que ha puesto al varón como ideal. Sin embargo, iguales derechos para ambos sexos es algo tan indispensable como insuficiente. “La posición del varón en la sociedad sólo puede... ser, dentro de ciertos límites, un modelo para el sexo femenino; primero, porque el mundo de los hombres, tal como funciona -o como no funciona- deja mucho que desear; segundo, porque las mujeres emancipadas no son semi-varones, ni quieren serlo” [69].

Es interesante que Sichtermann ponga de relieve la disposición de las mujeres de estar-ahí-para-otros. Señala que se trata de “una virtud clásica femenina”, cuyo exceso debe evitarse; pero “cuya esencia debe ser guardada y propagada” *70+. Sichtermann exige que “el cuidar de otros”, sea apreciada en todo su valor, precisamente cuando no es remunerado. “Nuestra civilización ha creado un clima ético en el que todo el que hace algo gratis, es considerado un tonto. Aún así, sería errado suponer que el respeto por la víctima se ha extinguido completamente. Sólo que carece de un lenguaje... Todo esto es un problema cultural y psicológico social, que sólo puede ser resuelto donde ha comenzado: no mediante transformaciones del mercado laboral, ni del estado, sino en las relaciones interpersonales, que se sustraen, tanto a las reglas que rigen el mercado, como a las que rigen el estado” *71+. El trabajo doméstico es uno de los campos en que ese ser-para-otros, esa preocupación por las necesidades inmediatas, tiene mayor relevancia. Sichtermann no se refiere a su efecto “limitante”, “opresivo” o “enfermante”, sino que lo presenta como una alternativa frente a la vida profesional agotadora y programada. Se trata de un ámbito que se puede organizar como una quiera, señala -junto con los tradicionales defensores de la familia- aquí se puede ser, simplemente un ser humano [72]. Después de todo, todo ser humano anhela tener una “vida personal no económica”, una vida privada. Este deseo se puede reprimir temporalmente, pero nunca se extingue por completo. Por lo demás, las mujeres han adquirido suficiente experiencia fuera del hogar, como para poder admitir, con sinceridad, que la exclusiva vida profesional no aporta, por sí solo, la felicidad. “Las dueñas de casa hacen muy bien cuando se niegan a acudir a la fábrica; ciertamente lo pagan con su dependencia del marido, pero ésta es siempre mejor que la dependencia de un jefe” *73+. Puede ser -continúa Sichtermann en tono provocativo- que las mujeres dependan del sueldo de su marido. Pero, por otra parte, los hombres dependen de sus mujeres, en un sentido mucho más profundo, precisamente, porque todo ser humano necesita un hogar, cuya creación se le ha asignado, durante siglos, a la mujer [74]. La protección de ese hogar debe ser tomada en cuenta por la política feminista, tanto como “el deseo, igualmente fuerte en ambos sexos, de reconocimiento profesional” *75+. Hasta aquí el debate sobre la emancipación. Hoy en día, en amplios sectores de la sociedad, no solamente se habla de una “nueva maternidad”, sino también una vida familiar agradable, seguridad y apoyo moral. Sin embargo, esa familia que anhela el movimiento feminista, nada tiene que ver con la tradición. Comúnmente, es denominada “familia-patchwork” o “familia de remiendos, de parches”, la imagen de una colcha hecha de trozos de telas muy diversas, es el ejemplo perfecto de esta nueva comunidad de personas, en que se reúnen padres e hijos de familias anteriores. Cuando una familia ya “no funciona más”, se va cada uno por su lado, los padres se separan, se llevan a algunos hijos consigo e intentan con otra pareja, un nuevo patchwork. Los remiendos se pueden separar y coser nuevamente, en un modelo diferente, cuando y como se desee. Nos referimos a un tema muy doloroso y que, por tanto, no se puede tratar superficialmente. Cada uno conoce muchos casos parecidos. Todos sabemos cuánta penuria -de la que se prefiere no hablar-, cuánto sufrimiento se oculta en una situación como la descrita. ¿Quién puede dejar al padre o a la madre de sus hijos, después de años de vida en común, sin experimentar una ruptura en su vida, sin sentirse fracasado, sin dudas, ni remordimientos? Es bien sabido que quienes más sufren son los hijos. Hay que pensar en qué conflicto permanente se encuentran, cuando tienen que elegir entre sus padres “biológicos” y los “escogidos”. Hace poco, me contó una conocida mía: “Mi hijo vive con su tercera mujer. Hasta ahora,

todas sus relaciones sólo han durado unos cuantos años. De su primera señora, tiene sólo una hija pequeña. La segunda trajo dos niños al matrimonio, de los cuales, él se preocupó como un verdadero padre. A veces, tenía la sensación de que mi hijo los quería más que a su propia hija. Mis dos nietas políticas estaban muy tristes cuando mi hijo y mi nuera se separaron. El ya tiene una guagua de su actual polola y quieren casarse pronto. Esto significa que pronto tendré tres nueras y un solo hijo”. No nos corresponde juzgar a nadie. Nadie tiene derecho a hacerlo y, como espectador, se puede ser muy duro y caer, fácilmente en la altanería. Únicamente, queremos conocer el motivo del cambio de valores, que se viene observando en las últimas décadas. ¿No es cierto que el feminismo radical ha jugado un papel decisivo en la destrucción de la familia burguesa y tradicional? Yo diría que sí. Este ha sido uno de sus objetivos declarados y lo ha logrado en amplios sectores de la sociedad. Por una parte, ha llevado la lucha de clases a la relación entre el hombre y la mujer; por otra parte, ha creado un nuevo concepto de familia abierta y ha tildado al “antiguo” como ridículo. En una ley finesa, se define la familia como “el grupo de personas que utiliza el mismo refrigerador” *76+. El desprecio por todas las formas tradicionales de vida queda de manifiesto en un informe de Christiane Collange: “¿La familia unida, en armonía, sin divorcios, ni separaciones, de la se nos habla continuamente para que nos avergoncemos de nuestra vida sin ataduras? ¿Cuánta frustración y fracaso se esconde detrás de la respetable fachada? ¡Cuánta mentira y traición en nombre de la indisolubilidad del matrimonio! No añoro la época de los padres (hombres) 'estrictos pero justos', ni los de las mujeres de mirada triste. Prefiero los padres (hombres) de hoy, que no son ni tan gallinas, como se piensa, ni tan gallitos como antes. También me gustan nuestras supermadres, que siempre tienen prisa, pero se sienten bien en su piel. Prefiero los jeans de fines de siglo, que el cuello de encaje de sus comienzos” *77+. ¡Por cierto, yo también los prefiero!Es evidente que no se trata de volver a la familia burguesa. Esto sería hacer muy poco y no respondería a las inquietudes de nuestros contemporáneos. ¡No se puede responder a los desafíos actuales con provincianismo! Hemos de demostrar que es mucho más atractivo que un hombre y una mujer se amen y sean un apoyo el uno para el otro, a que se combatan e intenten vencer al otro. Asimismo, hemos de mostrar que el matrimonio, como comunión indisoluble, es la mejor garantía para la felicidad de una familia. 4. Aceptarse a uno mismo No es posible vivir coherentemente dejándose llevar por todo lo que nos rodea, lo que se nos exige y lo que se nos ofrece. En esta tensión en que vivimos, entre valores, valores aparentes y contravalores, resulta fácil perder la orientación. Por ello, necesitamos guardar una distancia reflexiva, para descubrir una dimensión más profunda de la vida, y tener la valentía de contradecir el espíritu de nuestra época. Tal vez la falta de aceptación propia sea el problema principal del feminismo, también en su modalidad de la nueva maternidad. Porque si yo me acepto a mí misma, también debo aceptar mis limitaciones, debilidades y los errores que cometo. En lo que concierne a la ideología de la igualdad, esto es aún más claro. El querer-ser-como-el-hombre ha conducido a muchas mujeres a grandes tensiones y a la frustración, incluso hasta a enfermar psíquicamente, pues sólo puede tener una personalidad equilibrada, quien vive en paz con su propio cuerpo. La propia liberación de la mujer no puede reducirse a una mera equiparación con el hombre. Tenemos que aspirar a algo mucho más valioso y beneficioso; pero también más arduo: la aceptación de la mujer en su propia manera de ser, en su ser mujer, único e irrepetible. La finalidad de la emancipación es

sustraerse a la manipulación, no convertirse en un producto, sino ser un original. Poco ayuda entender la emancipación siguiendo los modelos que nos presenta la literatura feminista; pero, sin la disposición a enfrentarse consigo misma; o interpretando las propias debilidades como represión. Precisamente, la resistencia a tales tendencias garantiza la propia libertad. La verdadera promoción de la mujer no la libera de su propia identidad de su propio ser, sino que la conduce a él. ¿Qué significa ser “hombre” o ser “mujer”? ¿En qué se diferencian los dos sexos? En la historia de la humanidad, no se han planteado sobre esta materia sólo ideas sensatas y constructivas. Actualmente, es frecuente burlarse de los hombres, atribuyéndoles características, que no son más que prejuicios superficiales. Otras veces -con bastante más frecuencia-, son las mujeres a quienes se les atribuye ciertos clichés y se humilla, en la teoría y en la práctica. La verdad es que cada sexo tiene rasgos que le caracterizan; cada uno es superior al otro, en un determinado ámbito. Naturalmente, el hombre y la mujer no se diferencian en el grado de sus cualidades intelectuales o morales; pero, sí, en un aspecto ontológico elemental, como es la posibilidad de ser padre o madre y en aquellas capacidades que de ello se derivan. Es sorprendente que un hecho tan simple como éste, haya causado tantos extravíos y confusiones. 5. La maternidad como regalo Cada nuevo ser humano es confiado a la mujer antes que al hombre, para que ella -primero dentro de sílo acoja, lo proteja y alimente. Sólo desde una perspectiva muy superficial y en la cual se ha perdido el sentido de lo esencial, se puede sostener que la maternidad disminuye o perjudica a la mujer, que, como madre, la mujer es inferior o tiene desventajas. No por eso, la mujer debe quedar “encerrada en la casa”, “condenada a un trabajo de esclavos”, aunque algunos grupos feministas lo dan por demostrado. Es cierto que a bastantes mujeres, el nacimiento de un hijo les supone una carga, en parte por la poca comprensión de los demás y, en parte, debido a estructuras sociales injustas. Sin embargo, estas últimas no son circunstancias que necesariamente acompañen la maternidad. No pueden ser motivo para negar la vida a un nuevo ser humano, sino que las estructuras injustas deben desaparecer. Este es, en todas las sociedades, uno de los desafíos más urgentes. Cuando una mujer acepta ser madre, dependiendo de las circunstancias familiares y de su situación personal, puede incluso ser su deber, colaborar en la sociedad también a través de su labor profesional y que su casa esté abierta a muchas otras personas. Evidentemente, la primera y principal ocupación y preocupación de los padres es el bienestar de la propia familia. La maternidad no puede ser reducida a su aspecto físico. En un sentido espiritual, todas las mujeres están llamadas, de alguna manera, a ser madres. ¿Qué es sino salir del anonimato, escuchar abiertamente a los demás y compartir sus deseos y preocupaciones? Esta maternidad espiritual, tiene muy poco que ver con la idea protectora, sensiblera y blandengue, que tanto alaba un sector del feminismo radical. La maternidad espiritual difiere con mucho de aquella visión biológico-materialista. Al contrario, caracteriza una capacidad especial de amar que tiene la mujer, que consiste en descubrir y fomentar lo individual en la masa [78]. La maternidad espiritual no sólo expresa cualidades del corazón, sino también del entendimiento y no sólo exige una constitución natural, sino también formación.. Se refiere a la mujer dotada de espíritu, y no a aquella caricatura que, en el fondo, sólo gira alrededor de las propias

necesidades corporales. A una sencilla, normalmente no le cuesta acercarse a los demás. Su sentido de lo concreto, de la realidad y su sensibilidad ante las necesidades de los demás, le pueden ser de gran utilidad. Tiene un gran talento para la solidaridad y la amistad. ¿Por qué ha de negar estas cualidades, en vez de ser agradecida y hacer así la vida más amable y agradable?. Edith Stein da qué pensar, al escribir: “Cuando alguien se da cuenta de que, en su lugar de trabajo -allí donde cada uno se encuentra en peligro de convertirse en una máquina-, se espera de él cooperación y disponibilidad, conservará algo vivo en su corazón, o despertará a algo que, de otra forma, se atrofiaría” *79+. 6. El matrimonio como vocación El hombre y la mujer se complementan entre sí y tienen mucho que darse recíprocamente. Espiritual e intelectualmente, un hombre nunca puede ser “complementado” por otro hombre en la medida en que lo es con la mujer y lo mismo ocurre en el caso de la mujer. Todo matrimonio pasa por momentos duros. Se experimenta monotonía, la trivialidad de lo cotidiano, el descontento y la insatisfacción profesional; se ve cómo los planes se estropean y que los hijos son muy distintos a como se los deseaba. Y, con los años, se tiene, no rara vez, la sensación de que se es deudor de muchas deudas impagas. Cuanto más se pone en tela de juicio la imagen clásica de la mujer, más fácil resulta que surjan conflictos del tipo ¿quién tiene que lavar los platos? ¿quién debe limpiar? ¿quién va de compras?, en fin. Tan necesario es pensar quién hará el trabajo de la casa, como absurdo es estar siempre discutiendo por ello. Creo que para cada hombre y para cada mujer, más que cada tarea particular, son más importantes su buena disposición hacia la familia, un amor sincero entre ellos y hacia sus hijos, que siempre se manifiesta de modo diverso e individual; pero siempre con la disponibilidad de querer llevar en común las preocupaciones del hogar. Es un callejón sin salida pensar que hombre y mujer, padres e hijos deban “emanciparse” unos de otros. Sería mucho mejor que juntos redescubrieran la belleza de estar ahí para los otros, libremente y por amor. Entonces, ya no se piensa que los propios derechos vayan a salir perjudicados, ni tampoco se exige de los demás lo que uno mismo no quiere dar. Cuando un hombre y una mujer están dispuestos a sacrificarse por su matrimonio y por su familia, es cuando el amor madura. Esta madurez del amor puede conllevar situaciones muy diversas e incluso contradictorias. Para una mujer puede ser un sacrificio quedarse en la casa, por sus hijos, sin trabajar fuera; para otra, puede ser heroico conjugar el trabajo dentro y fuera de casa, por el bien de su familia. No hay recetas fijas que indiquen cómo ha de ser la vida diaria en cada familia concreta, así como tampoco es adecuado juzgar desde fuera cada situación concreta. Las posibilidades de cada uno son muy distintas: lo que a una persona le resulta muy sencillo, a otra le supera. También las necesidades de los hijos son diferentes, uno sólo puede requerir más energías de los padres que varios juntos. Como dice I. F. Görres, el matrimonio “ya no es más patria y puerto”, sino que llega a ser una verdadera aventura, cuando se lo vive en su profunda dimensión espiritual. [80] El matrimonio se vive como una comunión corporal, psíquica y espiritual del ser humano; y en todos los planos, significa, para los cónyuges, una unión entrañable [81]. Por ello, está abierto a nuevas vidas, pues el otro es aceptado en la totalidad de su persona, esto es, también en su fertilidad y en su posible paternidad o maternidad. Sin embargo, si la unión sexual se entendiera únicamente como la procreación

de descendientes, se utilizaría y denigraría al cónyuge como un simple medio, se abusaría de él. Asimismo, frecuentemente, se olvida que, si se considera a la pareja tan sólo como objeto de placer, también se la convierte en un objeto. Si en el amor matrimonial se encuentran integrados, tanto el deseo de tener hijos, como la búsqueda de la unión sexual, se puede considerar que la relación entre los cónyuges ha sido lograda. Precisamente, con la aceptación de nuevas personas, que amplían la familia, la comunión de los cónyuges es confirmada y afirmada. -------------------------------------------------------------------------------[1] Cfr. G. Völker y K. von Welck (editores), Die Braut II. Zur Rolle der Frau im Kulturvergleich, Colonia, 1985, pp. 536 - 545.[2] Cfr. Völker y von Welck, ob. cit., pp. 224 - 231. [3] Cfr. E. Ennen, Frauen im Mittelalter, 4a. edición, München, 1991. [4] Cfr. K. Bieber, Simone de Beauvoir, Bonn, 1979, p. 80.[5] Cfr. C. Wagner, Simone de Beauvoir Wegs zun Feminismus, Rheinfelden, 1984, pp. 1 y 89.[6] S. de Beauvoir, Das andere Geschlecht. Sitte und Sexus der Frau, Hamburgo, 1951, p. 21.[7] Beauvoir, ob. cit., p. 49. [8] J. P: Sarte, Ist der Existentialismus ein Humanismus?, Zürich, 1974, p. 14.[9] Sartre, ob. cit., p. 14. [10] La confesión de ser atea en: cfr. Beauvoir, Die Zeremonie des Abschieds und Gespräche mit Jean Paul Sartre. August - September 1974, Reinbek, 1983, p. 565 y sgtes. [11] Cfr. ver C. Zehl Romero, Simone de Beauvoir in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten, Reinbek, 1978, pp. 120 - 127.[12] Beauvoir, Das andere... cit., p. 49. [13] Beauvoir, Das andere... cit., p. 21.[14] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 73.[15] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 75.[16] Beauvoir, Das andere... cit., p. 684.[17] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 455.[18] Beauvoir, Das andere... cit., p. 71.[19] Beauvoir, Das andere... cit., p. 719.[20] Beauvoir, Das andere... cit., p. 165 y sgte.[21] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 258.[22] Beauvoir, Das andere... cit., p. 285.[23] S. de Beauvoir, Alles in Allem, Reinbek, 1974, p. 455.[24] Beauvoir, Das andere... cit., p. 722.[25] Beauvoir, Das andere... cit., p. 724.[26] Cfr. S. de Beauvoir, Über den Kampf für die Befreiung der Frau, Interview von Alice Schwarzer, Kursbuch 35, 1974, p. 62.[27] Beauvoir, Das andere... cit., p. 461. [28] Beauvoir, Das andere... cit., p. 721.[29] Beauvoir, Das andere... cit., p. 751.[30] Beauvoir, Das andere... cit., p. 718.[31] Beauvoir, Das andere... cit., p. 751. [32] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 502 y 717.[33] Una resumida exposición de esta ética, también llamada "nueva moral", se encuentra en K. Lüthi, Gottes neue Eva, Stuttgart - Berlín, 1978, pp. 67 - 126. Ver también la feminsta Elisabeth Badinter, Die Mutterliebe. Geschichte eines Gefühls vom 17. Jh. bis heute, München, 1981, p. 267: "De la contradicción entre los deseos de las mujeres y los valores dominantes sólo pueden surgir nuevos modos de actuar que posiblemente transformarán la sociedad mucho más profundamente que todo cambio económico que sea de esperar".[34] Cfr. p. ejm. Beauvoir, Das andere... cit., p. 209; cfr. pp. 500, 697 y 721.[35] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p.689.[36] Cfr. p. ejm. Beauvoir, Das andere... cit., p. 504.[37] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p.70.[38] Beauvoir, Das andere... cit., p.70.[39] S. de Beauvoir, entrevista con Alice Schwarzer en: Der Spiegel 15, 1976, p. 195; cfr. también Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463. [40] Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463.[41] Beauvoir, Das andere... cit., p. 697.[42] Cfr. Beauvoir, Das andere... cit., p. 409 y sgtes.[43] Cfr. S. de Beauvoir, Ein sanfter Tod, Hamburgo, 1965, pp. 63 y sgte; Das Alter, Reinbek, 1972, p. 383; Alles... cit., p. 105.[44] Años más tarde, Beauvoir insiste en que la liberación de la mujer empiece por la emancipación económica, cfr. Beauvoir, Über den Kampf... cit., pp. 65 y 66.[45] Beauvoir, Das andere... cit., p. 679 y Über den Kampf.. cit., p. 462.[46] B. Friedan, The feminin Mystique, 1963. Der Weiblichkeitswann, Hamburgo, 1966.[47] Friedan, ob. cit., p. 33.[48] Friedan, ob. cit., p. 52.[49] K. Millet, Sexual Politics, 1969. Sexus und Herrschaft. Die Tyrannei des Mannes in unserer Gesellschaft, München, 1971.[50] Cfr. S. Firestone, The Dialectic Sex, 1970; en alemán: Frauenbefreiung

und sexuelle Revolution, Frankfurt a. M., 1976, p. 41; cfr. también Beauvoir, Über den Kampf... cit., p. 463. [51] Firestone, ob. cit., p. 191.[52] Firestone, ob. cit., p. 191.[53] Ver A. Schwarzer, Frauen gegen den § 218, 2, Frankfurt a. M., 1971.[54] A. Schwarzer, Der kleine Unterschied und seine großen Folgen, Frankfurt a. M., 1975. [55] Cfr. A. Schwarzer (editora), Simone de Beauvoir heute, Reinbek, 1983, pp. 9, 14 y 96.[56] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 206 y sgte.[57] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 208 y sgte.[58] Cfr. Schwarzer, Der kleine Unterschied... cit., pp. 200.[59] Cfr. revista Emma, septiembre de 1978.[60] Cfr. Schwarzer (editora), Frauenarbeit-Frauenbefreiung, Frankfurt a. M., 1973, p. 27.[61] Cfr. M. Daly, Gyn/Ecology; en alemán, Gyn/Ökologie, München, 1982.[62] Cfr. R. Garaudy, Der letzte Ausweg. Feminisierung der Gesellschaft. [63] El hecho de que la actitud frente a la maternidad divide al movimiento feminista, se muestra en una conversación entre Simone de Beauvoir y Betty Friedan. Esta última señala: "Now, I think we do disagree. I think that maternity is more than a myth, although there has been a kind of false sancity attached to it". Cfr. Sex, Society and the Female Dilemma. A Dialog between Simone de Beauvoir an Betty Friedan, en: Saturday Review (14 de junio de 1975), p. 20.[64] B. Sichtermann, Weiblichkeit. Zur Politik des Privaten, Berlín, 1983, p. 27. Cfr. también p. 32. [65] Cfr. L. Caldecott und S. Leland (editores), Reclaim the Earth, Londres, 1983, p. 1.[66] Cfr. p. ejm. L. Segal, Ist die Zukunft weiblich?, Frankfurt a. M., 1989.[67] E. Vilar, Das Ende der Dressur, München, 1977, p. 194. [68] C. Collange, citada en E. Motschmann, Offen gefragt, offen geantwortet, Berlín, 1988, p. 70. [69] B. Sichtermann, FrauenArbeit, Über wechselnde Tätigkeiten und die Ökonomie der Emanzipation, Berlín, 1987, p. 50.[70] B. Sichtermann, ob. cit., p. 9.[71] B. Sichtermann, ob. cit., p. 57 y siguiente.[72] Cfr. B. Sichtermann, ob. cit., p. 22.[73] B. Sichtermann, ob. cit., p. 13.[74] B. Sichtermann, ob. cit., p. 57.[75] B. Sichtermann, ob. cit., p. 54.[76] Cfr. F. Geinoz, Wenn die Bevölkerungsfrage Familienwerte erstickt, en Familie und Erziehung 16 (1994), n° 3, p. 4. [77] C. Collange, Die Wunschfamilie, Düsseldorf-Viena, 1993, p. 226. [78] Cfr. sobre este punto J. Angst y C. Ernst, Geschlechtsunterschiede in der Psychiatrie, en: Weibliche Identität im Wandel. Vorträge im Wintersemester 1989/90, Heidelberg, 1990, pp. 69 - 84.[79] Edith Stein, Die Frau, Ihre Aufgabe nach Natur und Gnade, Friburgo, 1959, p. 8.[80] Cfr. I. F. Görres, ob. cit., pp. 413 y sgte. [81] Cfr. N. y R: Martin, Johannes Paul II: Die Familie. Zukunft der Menschheit, Vallendar, 1985, p. 324. HUMANITAS No.7

5. El rol masculino ante los nuevos cambios sociales
Por el Prof. Dr. Aquilino Polaino Lorente experto en terapia familiar, catedrático de Psicopatología la Universidad Complutense de Madrid, licenciado en medicina y cirugía de la Universidad de Granada, diplomado en Psicología Clínica de la Universidad Complutense, doctor en medicina de la Universidad de Sevilla, licenciado en Filosofía de la Universidad de Navarra y, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Extremadura. Acerca de las investigaciones actuales sobre los cambios de rol masculino El nuevo movimiento de gender equality, igualdad de género, a pesar de tratar de homogeneizar las

diferencias existentes entre la feminidad y la masculinidad, no parece haberlo conseguido. En la actualidad la igualdad de género no sólo es una cuestión que no está cerrada, sino que se considera ya superada como efecto del primer y arcaico feminismo, hoy obsoleto (Lagarde, 1996; Elósegui, 2002). De otra parte, las numerosas publicaciones sobre trabajos empíricos existentes al respecto son un tanto confusas y de muy diferente validez empírica, dada la metodología no muy rigurosa empleada y su mayor o menor permeabilidad y condescendencia respecto de las presiones ideológicas existentes. De ordinario, lo que se llaman roles son reinterpretados en función de ciertas actitudes y comportamientos, que devendrían así en meros rasgos con cuya constelación, posteriormente, se configuran los roles. Son, así pues, roles-resultado. Al proceder así, lo que importa en última instancia es el mero análisis cuantitativo referido a sólo dos contenidos principales: (1) el comportamiento del mercado y la igualdad de oportunidades respecto del hombre y la mujer; y (2) el estilo de vida, es decir, el modo en que el hombre y la mujer distribuyen su tiempo en las tareas domésticas. Dado que sobre lo primero otros autores se han ocupado en nuestro país con suficiente rigor (Chinchilla, 2004; Gómez López-Egea, 2004), trataré aquí de esta segunda cuestión, mucho más desatendida que la anterior. “La modernidad –escribe Bonke, 2004-ha sido interpretada como un fenómeno caracterizado por el modo en que se emplea el tiempo, fuera del contexto laboral, por el hombre y la mujer, en su respectiva consideración en tanto que padre y madre”. Se sobreentiende aquí que ambos trabajan fuera de casa y que la evaluación cuantitativa temporal se refiere en estos trabajos a sólo la denominada private sphere, esfera privada. Este análisis es el que permitiría inferir cuáles son las preferencias y actitudes de unos y otras. De acuerdo con esta hipótesis es como se han diseñado los estudios realizados en numerosos países. Como ejemplo paradigmático de ellos tomaré aquí uno de los más recientes: el realizado en Dinamarca. En una investigación reciente de Bonke (2004), realizada en Dinamarca, se ha estudiado el modo en que se reparte el tiempo en el ámbito del hogar, por parte del hombre y la mujer. El autor compara los resultados obtenidos con los encontrados durante el año 1987. Aunque es posible reconocer ciertos cambios, sin duda alguna la conclusión más persistente, de forma significativa, es que la mujer continúa dedicando más horas al hogar que el varón, y, además, todos los días de la semana. Las tareas realizadas por el varón, según esta investigación, están caracterizadas por una mayor flexibilidad, lo que permite al hombre organizar mejor su tiempo al no ir presionado por la inmediatez de una determinada exigencia temporal que no puede esperar. Por el contrario, los trabajos fijos que realiza la mujer, disponen de menos grados de libertad y flexibilidad, a causa de la inaplazable exigencia temporal que demandan. Esto explicaría algunos de los resultados obtenidos. Así, por ejemplo, el hecho de que el hombre compense durante los sábados su ausencia de las tareas domésticas durante la semana, con una mayor dedicación a su familia. Se diría que el sábado es para el hombre el día de la semana que más tiempo entrega a su familia. La dedicación de la mujer a la familia, por el contrario, está presidida por la urgencia y exigencia inaplazables de lo inmediato, de lo que debe ser hecho cada día, por lo que su dedicación es mucho más rígida y menos flexible en muchos de sus formatos. La actividad de ir de compras, no parece ser significativa según el género; y ello tanto si se consideran las

actividades que mujer y varón hacen por separado como aquellas que realizan conjuntamente. Los días de la semana que con mayor frecuencia el hombre va de compras es el jueves (casi siempre acompañado por su mujer, en el 10 o 12% de las parejas) y él solo los viernes y domingos. En líneas generales, la mujer va más de compras que el varón, y suele hacerlo de una forma más distribuida a lo largo de los días de la semana. A diferencia de lo que caracterizaba al comportamiento de la pareja en las últimas décadas, en la actualidad habría que concluir que la mujer y el varón emplean el tiempo doméstico de forma cada vez más similar. El nuevo cambio que se ha producido es relativamente concluyente: la mujer emplea hoy más tiempo en su trabajo fuera de casa y el varón destina más tiempo al trabajo en el hogar. Cuanto mayor es su nivel de educación más equidad se da entre ellos, en lo que se refiere al tiempo destinado a las tareas domésticas. Lo más común es que dos de cada cinco esposas se dediquen por completo al trabajo doméstico y a la educación de los hijos. Esto constituye un principio de “vuelta al hogar”, dado que tanto el hombre como la mujer -en la mayoría de los jóvenes matrimonios-destinan no menos de 37 horas semanales al hogar, frente a sólo el 21% de las familias estudiadas en el 2001. A pesar de estos datos, no obstante todavía son muy numerosos los varones que destinan menos tiempo a la familia que sus mujeres. Las madres emplean más tiempo que los padres en la educación de los hijos. Sin embargo, tres de cada cuatro madres y tres de cada cinco padres están realmente comprometidos con la educación de sus hijos. En cualquier caso, los hijos en edad escolar reciben poca atención de ambos progenitores. Más allá del rigor cuantitativo de estas investigaciones, convienen señalar algunos de los defectos en que estos estudios incurren. Así, por ejemplo, se silencian otras numerosas variables cualitativas, sin cuya consideración resulta imposible hacerse cargo en la práctica de cuáles son los roles masculinos y femeninos o de los roles de padres y madres. Es decir, que del estudio de la dedicación temporal de los progenitores no puede inferirse casi nada o muy poco acerca de los roles masculinos y femeninos. El silencio de la investigación cualitativa –otra consecuencia más del positivismo dominante en la mentalidad cientifista- se compadece mal con eso que precisamente se pretende estudiar. De otra parte, el tiempo asignado a las diversas tareas no se identifica con sólo las actitudes y comportamientos, sino que debería abrirse a un análisis más amplio de los valores y aptitudes, con los que, sin duda alguna, aquellos están relacionados. Otro de los resultados obtenidos se refiere a lo que el autor denomina con el término de “especialización”, es decir, que mujer y varón se dedicarían a diversas actividades en las que previamente se han especializado. Los datos encontrados ponen de manifiesto que la especialización es muy moderada o inexistente en la práctica, entre las parejas sin hijos. Por el contrario, la especialización es significativamente mayor entre parejas con hijos. Los autores sugieren como explicación de este último resultado que la presión del tiempo entre las parejas con hijos sería la causa principal en la génesis de esa forzada “especialización” en los trabajos domésticos. Aunque los datos anteriores, qué duda cabe, son significativos, no obstante habría que establecer algún matiz acerca de su interpretación. Aunque el principio de la “división del trabajo”, que está en la base de la especialización, sea muy útil en el ámbito empresarial, es probable que no lo sea tanto en el ámbito familiar. De hecho, hay principios funcionalistas que fundamentarían mejor esa supuesta “especialización” doméstica. Este es el caso de algunos criterios como los siguientes: la especialización

debiera llevarse a cabo según el grado de dificultad que cada tarea tenga para cada uno de ellos, en función de cuáles sean sus respectivas aptitudes respecto de esa tarea; en función de lo que más agrade a cada uno de ellos; en función de los requerimientos y personalidad de cada uno de ellos y de las peculiaridades singulares de los hijos a educar. No atenerse a las cuestiones apuntadas es probable que constituya un desatino para la organización y el desarrollo sostenible de la felicidad familiar. Al filo de estas y otras investigaciones surgen preguntas un tanto inquietantes a las que no es posible, por el momento, dar la oportuna respuesta. Así, por ejemplo, ¿no se estará introduciendo en el estudio de la familia criterios empresariales que, por no ser conformes con la naturaleza de la familia, la desvirtúan y contradicen?, ¿es que acaso se ha diseñado un criterio cuantitativo para medir lo que es más importante, como el amor y la educación de los hijos?, ¿puede medirse esto? De acuerdo con los datos obtenidos, no se puede afirmar que esta pormenorizada investigación sobre la equidad de la pareja -expresada en sólo la dedicación temporal de los cónyuges- salga garante de una mejor educación de los hijos como tampoco respecto de una mayor felicidad conyugal. A lo que parece, algo habrá que dejar a la improvisación, el estilo de darse cada uno de ellos y al arte de la educación, cuyos contenidos no son tan patentes y claros como para que sean objeto de una evaluación cuantitativa y aritmetizable. No deja de ser curioso, sin embargo, que en aquellas parejas en que la mujer tiene una formación superior en educación, el índice de segregación es significativamente más bajo, a pesar de que asigne menos tiempo a los trabajos domésticos. A pesar del supuesto de que ambos progenitores dediquen igual tiempo a las tareas domésticas, ¿puede inferirse acaso una mayor felicidad para los cónyuges y sus hijos? He aquí otra realidad que se ha tornado demasiado problemática, por cuanto las escalas hoy al uso sólo evalúan lo que se ha dado en llamar “satisfacción familiar”. Pero el mismo concepto de satisfacción familiar, nada o muy poco tiene que ver con la felicidad familiar. Tampoco está demostrado –como se supone hoy en ciertas tesis postmodernas- que mujer y varón hayan de emplear su tiempo del mismo modo, ni aún apelando a la equidad en la pareja. Y ello, sencillamente, porque es imposible, porque en ambos hay un hecho diferencial constitutivo que les hace diversos en su forma de ser y comportarse. Los cambios socioculturales y los cambios de rol Sin duda alguna, la sociedad y la cultura han cambiado, cambian y cambiarán todavía más. Los cambios recientes han hecho sentir su presencia –su impacto tal vez-más allá de lo que se había previsto o esperado. De aquí la sorpresa –en algunas cuestiones bien fundada-, y hasta la confusión en ciertos sectores de la población que no saben a qué atenerse. Sea por una cierta rigidez de las personas o sea por lo sorpresivo de estos cambios, el hecho es que muchas parejas manifiestan hoy un cierto desajuste y desorientación respecto de cómo han de comportarse como madres y padres, como mujer y varón. En el caso del varón esto suele ser más frecuente todavía (Polaino Lorente, 1993, y 1994a y b). Algunos han vinculado estos cambios socioculturales, profundos e incontestables, a sólo los cambios de roles femenino y masculino. Y, en consecuencia, lo que sería menester según ellos es cambiar los antiguos roles masculino y femenino, para adecuar el propio comportamiento a los cambios sociales. En principio, parece existir una cierta conexión entre cambios culturales y cambios de rol; pero tal

conexión en modo alguno ha sido comprobada en modo suficiente. Es posible que esos cambios sociales no sean sino la consecuencia de los profundos y repentinos cambios que, con anterioridad, han sufrido de forma súbita los roles de la mujer por su incorporación al mercado laboral. Por eso también, aquí o precisamente aquí y ahora, importa mucho establecer hasta dónde se ha de llegar en esos cambios, dónde han de establecerse los límites que los hacen realizables, sostenibles y al servicio de la identidad personal y de la felicidad familiar. De otra parte, tampoco está probado –al menos, desde una perspectiva empírica y rigurosa- cuál es la naturaleza de la compleja articulación existente entre unos y otros cambios. En lo que respecta a algunos de ellos, tal articulación no sólo no está probada sino que hasta pudiera ser una mera atribución sin demasiado fundamento. Ésta como otras muchas satisfacen más bien el perfil de las muchas atribuciones sociales que hincan sus raíces en la deseabilidad social, las expectativas o la mera ficción de lo que se entiende por “posmoderno”. Es decir, en el ámbito de los cambios de rol masculino, por el momento, se trata más de una propuesta social y teórica que de una realidad ya cristalizada y tozuda. Se habla –y mucho- de los cambios de rol en el varón, pero mientras tanto los cambios reales de esos roles se dejan siempre para después, para un después que nunca llega. Esta disonancia entre los modelos teóricos de los roles masculinos y el comportamiento masculino real, pone de manifiesto la dudosa conexión existente –y mucho menos de forma causal y rectilínea- entre los cambios socioculturales y los cambios de rol. No obstante, hay que admitir que lo que sí han cambiado –y de un modo rotundo- son ciertos roles femeninos, especialmente todos aquellos que se derivan de la incorporación de la mujer al trabajo. Pero tampoco está demostrado que esos cambios relevantes sean una mera consecuencia de la incorporación de la mujer al trabajo y no la causa sumergida y latente del cambio que sí se ha producido no sólo en la sociedad, sino principalmente en las hipótesis teóricas acerca de la feminidad. Este es el caso, por ejemplo, de lo que sucede en ciertas presunciones o propuestas feministas. Cuando se estudian longitudinalmente el modo cómo han evolucionado a lo largo de estas últimas décadas, es fácil observar en ellas los avances y retrocesos, las afirmaciones, negaciones y deslegitimaciones, por no hablar de las continuas controversias, matizaciones y ajustes gruesos y finos a que han sido sometidas por un sendero siempre zigzagueante durante este tiempo. A pesar de ello, lo que parece ser un hecho incontrovertible es que ha cambiado el modelo hipotético y teórico acerca de la feminidad de que se habían servido las generaciones anteriores: modelo que entonces se defendió con la desafortunada convicción de una verdad bien fundamentada y que parecía definitivamente asentada. Sin embargo, si se exceptúan los cambios de rasgos en la actual configuración del rol femenino -que han podido derivarse de la incorporación de la mujer al mundo laboral-, hay que afirmar que todavía hay muchos rasgos que en modo alguno han cambiado en los roles femeninos. Es decir, que tal cambio de rol no ha sido ni tan pronunciado ni tan profundo y cualitativamente diferente como suele sostenerse. Aquí también emerge una relevante disonancia entre lo hoy afirmado y la tozuda realidad del comportamiento femenino, a lo ancho y a lo largo de la vida cotidiana (Deaux, 1999). De otra parte, es preciso estudiar cómo influyen los cambios de los roles femeninos en los supuestos cambios que hoy habría que introducir en los roles masculinos, y que ya se anuncian como ciertos, aunque todavía no se hayan implantado ni generalizado socialmente.

Los cambios en los roles femeninos, qué duda cabe, han de tener consecuencias -y consecuencias importantes- en el modo como se configuran los roles masculinos. Quien esto escribe tiene la certeza de que la diversidad hombre-mujer tiene vocación perenne y alcanza su sentido en la complementariedad entre ellos. La diversidad y los cambios de rol La diversidad entre hombre y mujer no exige la identidad entre ellos, sino que más bien la contradice. La diversidad es la proyección del hecho diferencial que les constituye y modula como hombre y mujer: un modo diverso de ser en el mundo. Pero ese modo diverso de ser se iguala en lo relativo a su idéntica consideración en tanto que personas. Mujer y varón son personas e igualmente personas, aunque modalizados de forma diversa. De ser cierta la complementariedad que es consecuencia de esa diversidad –hay tal vez demasiados resultados empíricos que así lo demuestran, en los que ahora no puedo entrar-, habría que estudiar en qué medida los cambios experimentados en el rol de uno de ellos afecta y condiciona la emergencia de nuevos cambios en el rol del otro, y viceversa. Se trata, pues, de saber qué es causa o efecto en cada uno de los nuevos roles femenino y masculino emergentes. Esta cuestión continúa estando hoy oscurecida y un tanto opaca a nuestra mirada. Pero con los conocimientos hasta ahora disponibles, entiendo que es posible sostener una cierta bidireccionalidad en el proceso de cambio de los roles masculino y femenino. En realidad, esto pone de relieve, una vez más, la complementariedad que hay entre ellos, la necesidad de que entre ellos se lleve a cabo un ensamblaje orgánico, funcional y optimizador de la unión a que dan origen: el matrimonio y la familia. Este ensamblaje ha de ser orgánico, lo que significa que ha de ser respetuoso y compadecerse con lo que es propio del ser de cada uno de ellos. Este ensamblaje ha de ser funcional, es decir, que no ha de sofocar ni obstruir el despliegue de sus respectivas facultades, de acuerdo con sus respectivas formas de ser. Este ensamblaje, por último, ha de ser optimizador de la singularidad irrepetible de cada uno de ellos, además de la complementariedad a que están destinadas sus voluntades por vía de atracción y de unión. El hecho del cambio pone de manifiesto la diversidad de las personas en que acontece y los distintos grados de libertad de que disponen las personas en que acontecen. Lo que no puede realizarse de diverso modo no puede estar sujeto al cambio. El cambio establece, a su modo, la presencia de lo uno y lo múltiple, modificando lo múltiple y ateniéndose y respetando lo uno (la unicidad de la persona). Para que algo cambie, algo ha de permanecer. Si nada permaneciera, el cambio sería sustancial, lo que comportaría la aniquilación de la persona que cambió. Hay pues, en cada mujer y en cada hombre algo que yendo más allá y más acá del cambio, resiste al mismo cambio. Esto es lo que funda su identidad de personas, modalizadas de forma diversa, con un mayor alcance y profundidad que las modificaciones que pudieran derivarse de ese cambio accidental –aunque relevante-, que es el cambio de roles femenino y masculino. ¿Estamos hoy en condiciones de saber, en lo que a los roles masculino y femenino se refiere, qué rasgos han de cambiar y cuáles han de permanecer?, ¿cuáles están vinculados a la complementariedad personal y cuáles no?, ¿qué roles pueden y hasta deben modificarse, según justicia, y cuáles no? Y, ¿qué consecuencias pueden derivarse de ello? Son éstas cuestiones previas a cualquier cambio, por lo que no deberían considerarse como meramente

procedimentales, sino que son sustanciales en lo que se refiere a los cambios de roles. Una natural prudencia aconseja esclarecer estas cuestiones previas antes de hacer propuestas o tomar decisiones en las que la humanidad del hombre y la mujer puede quedar obturada, empobrecida y/o fragmentada. Más allá de los cambios de rol: el sexo y el género El debate entre “género” y “sexo” ha suscitado una profunda crisis en las convicciones acerca del significado de lo masculino y lo femenino, así como sobre el modo de comportarse según el ser de la mujer o del hombre, en definitiva, sobre el sentido del ser personal en función de ese hecho diferencial que les distingue. Cambiar los códigos sociales en los que, supuestamente, los roles atribuidos al hombre y a la mujer se prolongaban, manifestaban y expresaban –de forma rígida e incontrovertible-, resulta ser una tarea muy arriesgada y nada fácil. Cierto que la masculinidad y la feminidad eran prisioneras de esos códigos, en donde permanecieron varados e invariables durante tal vez demasiado tiempo. Nada de particular tiene que esa estabilidad sostenida de los roles haya contribuido a configurar una especie de “segunda naturaleza” –una mera “construcción”, en algunos de sus aspectos- a la que socialmente había que atenerse. En el reciente pasado del clima cultural puede sostenerse que lo masculino y lo femenino habían quedado cautivos en ciertas redes sociales, estereotipadas y muy poco fundamentadas, dando origen a los roles sociales que, al menos desde la perspectiva social, parecían caracterizarles y singularizarles. Pero estos roles, tal vez arrastrados por su inercia, habían sido vividos con relativa independencia de cuáles fueran las demandas exigidas por las respectivas naturalezas psicobiológicas de la mujer y el varón, según el hecho diferencial que, significado por sus respectivos sexos biológicos, sin duda alguna les distingue, singulariza y caracteriza. Feminidad y masculinidad –preciso es reconocerlo- han sido rehenes de la historia –mitad libres, mitad cautivos; en cierto modo consentidos y según otro cierto modo asumidos; puestos en razón, unas veces, y faltos de ellas, otras-, de una forma muy especial en lo que a los roles sociales se refiere. En primer lugar, porque se estableció una fuerte y rígida analogía, un tanto unívoca, entre el código genético (naturaleza) y el código social (roles y comportamientos). Naturaleza y cultura (natura naturata y natura naturans) fueron articuladas de una forma relativamente opresiva, sin apenas grados de libertad, sin posibilidad casi de alguna variabilidad. Lo cultural (los roles, el género) fue entendido como una férrea e invariable prolongación de lo natural (el sexo biológico). Para ello había también algunas razones que sería injusto silenciar aquí. En cierto modo, no todo fue negativo o artificialmente forzado en lo relativo a esas atribuciones de los roles respecto del sexo genético y/o morfológico. Hubo, qué duda cabe, numerosos aciertos en algunas de las atribuciones que, por lo demás, estuvieron bien fundadas y todavía hoy permanecen vigentes. El balance resultante entre naturaleza y cultura se hizo, entonces, a expensas de privilegiar la naturaleza (instancia subordinante) y minusvalorar la cultura (instancia subordinada y, en principio, dependiente de aquella). Pero la articulación así concebida ni estuvo fundamentada en modo suficiente ni fue cambiando, como era menester, con el devenir de la historia. En segundo lugar, porque este diseño de los comportamientos masculino y femenino, este modo de configuración del estilo de vida de uno y otra se ofreció como una posibilidad socialmente muy restringida

–la única posibilidad, en la práctica-, a cuyo tenor y bajo cuya guía debía de llevarse a cabo el desenvolvimiento de la conducta personal, como si tal forma de conducirse se tratara de una emanación natural del código genético o del sexo biológico. Y, en tercer lugar, porque el modelo resultante así configurado sirvió luego de criterio normativo para etiquetar a las personas como socialmente ajustadas o no, en función de que satisficieran o se opusieran a las reglas previamente determinadas. Esto no sólo forzaba a que las personas se comportasen según lo establecido, sino que, además, contribuyó poderosamente a fijar y a cristalizar ciertos modelos, de manera que se asegurase su transmisión y perpetuación de unas a otras generaciones. No se puede hablar, en la actualidad, de la identidad sexual de la mujer y el varón sin apelar a los conceptos de género y sexo (Polaino Lorente, 1992). Género y sexo han existido siempre, entre otras cosas porque la persona, cada persona sólo puede serlo según uno de estos dos modos: hombre o mujer. Pero estas dos versiones modales, en que las personas se constituyen y manifiestan, no se habían categorizado con el peculiar significado que hoy se les ha dado. De aquí que el uso que se hacía de ellas fuese mucho más sencillo y común, y sin complicaciones, sin los distingos, sutilezas y matizaciones que en la actualidad se han vertido sobre ellas, transformándolas en los conceptos, un tanto confusos y equívocos, con que hoy se les caracteriza. Por esta causa se ha abierto una profunda brecha entre “sexo” y “género”, algo que parece ser una nota distintiva de la actual cultura fragmentaria. De hecho, en la última década no sólo no se ha tratado de unir sexo y género, sino que se ha procurado disociar todavía más lo significado por cada uno de ellos. Con ello se ha contribuido a fragmentar la identidad de la persona humana. Tal fragmentación se ha llevado a cabo primero en abstracto (a nivel de los conceptos) y después en concreto (a nivel de los comportamientos). Lo que demuestra, una vez más, que los conceptos, las ideas y el uso que de ellas se haga no es algo indistinto, algo que muy pronto puede quedar relegado en un lejano marco “teórico” que, por no afectar a la persona, es irrelevante. Más bien sucede lo contrario: que los conceptos, pensamientos e ideas de que nos servimos –ahora en amplia circulación social-, son los que a la postre resultan ser los responsables de los cambios y transformaciones de los comportamientos. De aquí que, en la actualidad, sea usual expresiones como la siguiente: “cada persona tiene que construir su género”. Es probable que algunos estén familiarizados con el término “constructivismo” o “construccionismo”. Aunque estos términos tienen unos antecedentes filosóficos -en los que, por el momento, no voy a entrar-, el hecho es que han sido divulgados hasta que se ha generalizado su uso. La nueva sociología del conocimiento constructivista lo que sostiene es que lo “real” no existe en cuanto tal, sino que se construye socialmente (Berger y Luckmann, 1993). El hombre de la calle, de acuerdo con esta teoría, “construye” su concepto de masculinidad – con el que luego se identifica y trata de realizarlo en sí mismo-, conforme a las opiniones y al pensamiento dominante propio de la época en que vive. No parece sino que se hubiera seguido aquella afirmación de Hegel de que primero está la teoría y luego los hechos, que, en cualquier caso, hay que forzarlos de acuerdo con la teoría, de manera que a ella se acomoden y ajusten. Según esto, en función de cuáles sean las interpretaciones que la sociedad hace de la “masculinidad”, así será el modo en que cada ciudadano “construye” luego su “género” (Lagarde, 1996). Tal “construcción” -inicialmente teórica o sólo icónica y representacional- se hace luego realidad y se encarna en la singular existencia de la persona, en forma de comportamiento. Esto es lo que acontece con

una cuestión como esta del “género”, de la que en última instancia ha de depender –y mucho- el propio comportamiento de la mujer y el varón. La construcción del género y la ideología El punto de partida del constructivismo es la negación de la realidad. Es decir, lo real no existe en cuanto tal, sino que cada quien lo construye a su manera. Esta negación de la ontología, sustituye lo “real” por la “interpretación de lo real”. Pero en modo alguno explica la “realidad” de la que parte o la “cosa” –pues, en principio, de alguna realidad hay que partir-, que más tarde interpretará. A lo que parece, nadie sabe ni le interesa cómo, porqué o para qué la “cosa” real es así o está ahí, aunque constituya un hecho indudable el que sea así y esté ahí. Esta teoría conduce de inmediato al vértigo del relativismo, en que ya nada es lo que es, porque todo varía según sus “constructores” o las interpretaciones subjetivas que cada persona hace de la “cosa” real. Sin duda alguna, hay una cierta “construcción social” de la realidad, pero a partir de la misma realidad que también existe en tanto que real-, que es anterior a todo constructivismo, hermenéutica o interpretación, pues de lo contrario ninguna construcción sería posible. A la realidad construida por las opiniones, interpretaciones, atribuciones y estereotipias sociales sería mejor denominarla con el término de “realidad añadida”. “Realidad” porque, sin duda alguna, acontece en el mundo observable y, además, nos afecta; y “añadida”, porque presupone la realidad fontal y fundante sobre la que aquella se apoya, de la que procede y sin cuya presencia la “realidad añadida” no sería posible. Todo lo cual pone de manifiesto que lo que pensamos modifica la realidad y, en cierto sentido, la recrea. Aunque, es verdad, sólo parcialmente. Pero es preciso admitir que su fundamento no es la “construcción” que la persona o la sociedad hacen de la realidad, porque ninguna persona ni la entera sociedad son dioses capaces de crear “ex nihilo” y “ex novo” la realidad a la que necesariamente hay que atenerse –incluso también en el caso del constructivismo. Esto sucede en parte porque son muy pocos los que en la actualidad tienen una profunda convicción acerca del poder del pensamiento, aunque usen de él para la “construcción” de la realidad de su propio género. La sola convicción, firmemente asentada en algunos según parece, es que lo único existente es lo que se cotiza en bolsa, es decir, el dinero. Se ha olvidado que las ideas son más importantes que el dinero. Este desfondamiento y oscurecimiento de la razón es lo que ha hecho posible la emergencia social de la “construcción del género”, que ahora nos ocupa. En el fondo, lo que se ha producido con ello es un cambio de pensamiento. Y ese cambio en el pensamiento es el que ha cambiado la realidad y, al menos en la sociología, de forma muy relevante. Pero tal cambio de pensamiento -y de la realidad que a su través emerge- está más cerca de la ideología que de lo real. Tal vez por eso está de moda afirmar que cada persona es libre para “construir” su propio género. Sin embargo, con la otra realidad, la del sexo, son muy pocos -por ahora - los que se atreven a sostener que también hay que “construirlo”. Es lógico, porque lo biológico es una realidad tozuda y muy resistente a ser cambiada; de aquí que resulte en tantas ocasiones inquebrantable e inmodificable. Pero, no obstante, en opinión de quien esto escribe, es previsible que a la “construcción del género” muy pronto le siga o intente seguirle, lamentablemente, la “construcción del sexo” (teórica, funcional y práctica). De todas formas, es mucho más difícil cambiar el sexo biológico, porque aunque pueda cambiarse quirúrgicamente en muchos de los aspectos psicobiológicos que le caracterizan no puede ser cambiado. Se observa aquí una limitación, una barrera ante la que, de alguna manera, el constructivismo cultural ha de detenerse y

asumir esa “realidad” preexistente a él y por él inmodificable, y respecto de la cual ha de experimentar una cierta impotencia al no poder modificarla, “construirla” o “deconstruirla”. En cambio, en el caso del género, esta modificación autoconstructivista es mucho más fácil, aunque también tenga sus consecuencias. Unas consecuencias éstas, tanto más graves cuanto mayor sea la distancia real que media entre el “sexo” (biológico) y el “género construido” (culturalmente). Esto del género no es nuevo; entre otras cosas, porque una cierta y relativa “construcción” del género acontece siempre, como consecuencia de la libertad humana y de la sustancia misma del comportamiento sexual: la interacción comprometida con otra persona, y las interpretaciones que luego cada una de las personas hacen de ello. En el fondo, más que dar por finalizada la “construcción del género” sería más pertinente tratar de contestar a preguntas como las siguientes: ¿cómo se forma el género de una persona?, ¿elige cada persona, libremente, su propio género o lo hace condicionada por sus circunstancias culturales?, ¿le impone alguna limitación su sexo biológico y la posible vinculación existente entre éste y el género?, ¿dispone la persona de algunos límites a los que atenerse para la “construcción” de su género?, ¿puede influir en esa “construcción” acontecimientos o eventos no elegidos por la persona, pero que sí influyen en ella y la condicionan?, ¿cuáles son las etapas evolutivas a cuyo través se desarrolla el género personal? Son muchas las preguntas sobre este particular, como acabamos de observar, que todavía no tienen una respuesta rigurosa. Apelar, por eso, a una única teoría explicativa –la del constructivismo-, por otra parte todavía no verificada, no parece que pueda calificarse tal modo de proceder de riguroso. En mi opinión, la génesis y desarrollo del género de cada persona depende de muchos factores, uno de los cuales es, sin duda alguna, las relaciones e interacciones que esa persona establece con otras personas del mismo y de distinto sexo, durante las etapas tempranas de su desarrollo. Estas interacciones están abiertas a un flujo, a un universo indefinido de variables, la mayor parte de las cuales no son conocidas ni controlables por la propia persona. La “construcción” del género depende mucho de la educación, de la interacción con los padres, de los valores, actitudes, proyectos vitales, sentimientos, percepción de la realidad, convicciones, creencias, imaginación, emociones, fantasías e ilusiones, conducta sexual, etc., es decir, de lo que constituye un universo de variables personales y culturales, cuya imposibilidad de control por el sujeto resulta obvia (Vargas Aldecoa y Polaino Lorente, 1996). De aquí que la “construcción” del género, a pesar de que se hable tanto de ello, todavía hoy sea un misterio si es que no una ideología fanática. Por otra parte, la construcción del género –esto que parece ser lo último que en el siglo XXI hemos descubierto-, es antiquísima. Es más, nunca ha habido una persona que, en algún modo, no haya construido su propio género. Por tanto, en este punto parece conveniente adoptar una actitud un poco menos ingenua y más crítica y desmitificadora. Lo que tal vez sea nuevo es el intento de presentar el género como frontalmente opuesto al sexo; como si se tratase de dos realidades –una “dada” y otra “conquistada”; una “natural” y otra artificialmente “construida”-que nada tuvieran que ver entre sí. Este planteamiento constituye un error más del pensamiento contemporáneo. Pues, la realidad – tanto la del sexo, como la de ciertos rasgos sectoriales del género, que en aquél se fundamentan- es tozuda y aunque también sea permeable, sensible y vulnerable a lo que acerca de ella pensemos, y a su futura modificación, en cierta forma se torna también resistente a la acción transformadora ejercida desde el pensamiento (Haren-Mustin y Marecek, 1990). Si se estudia una cosa tan natural como el amor humano, se comprobará enseguida lo mucho que ha

cambiado desde, por ejemplo, el modo en que se concibió en la edad media, el renacimiento, etc., y los diversos tipos que en esas diferentes etapas surgieron (el amor leal, el cortés, el heroico, el burgués, etc.). En otras etapas anteriores, estas “construcciones” sociales del amor humano, como representaciones mentales de la realidad, sustituyeron en algún sentido el modo de concebir la realidad del amor, realidad que sin duda alguna resultó alcanzada y transformada por ellas. De aquí que se pueda sostener, hasta cierto punto, que contribuyeron a generar una nueva realidad en el modo de concebir el amor humano. Pero de ello ni siquiera el constructivista de aquella época -el arquitecto icónico y representacional-cognitivo de entonces- fue apenas consciente. La ignorancia acerca del efecto hermenéutico y trasformador del concepto de amor de esas etapas, no obstante, no dejó de afectar por ello a todos -también al “ingeniero” icónico, tal vez un poco ignorante de lo que él mismo estaba cambiando, sin apenas darse cuenta de ello. Admitamos, por el momento, que el género tiene que ver más con lo cultural y que siempre ha sido muy versátil, que no ha tenido un canon muy definido y bien fundamentado en la biología, que nunca alcanzó a establecerse como una normativa rigurosa, excelente y bien depurada. En definitiva, que el género no es algo rígido e inmodificable, por lo que está abierto al cambio de las posibilidades que sus grados de libertad le ofrecen. Esa relativa flexibilidad del género es precisamente la que posibilita aumentar los grados de libertad respecto de las decisiones por las que cada persona opta y de los cambios de roles que, en esto del género, se han sucedido a lo largo de la historia. ¿Tan importante es, hoy, que cambien los roles masculinos? En opinión de quien esto escribe, tales cambios tienen una gran importancia, porque son dependientes de las radicales modificaciones que en la década de los sesenta se produjeron en algunos roles de la mujer, especialmente en los que se refieren a la maternidad y a su incorporación al ámbito laboral. Los cambios que hoy se demandan al hombre vienen exigidos por los que cuatro décadas atrás se produjeron en la mujer, lo que manifiesta -una vez más- la natural complementariedad existente entre ellos. Muchos de esos cambios, sin embargo, se están produciendo sin saber por qué, ni cómo, ni para qué. Aquí hay muy poca ciencia y falta mucha investigación, mientras que tal vez sobre cierto exceso de ideología. Y, sin embargo, los cambios se están dando y de una forma acelerada, lo que constituye una tremenda imprudencia. ¿Por qué proceder de esta manera es un error? Porque hombre y mujer se exigen recíprocamente, según una mutua complementariedad, que tiende al perfeccionamiento de ambos y al enriquecimiento de los dos, de lo que depende en última instancia el desarrollo afectivo de los hijos y el progreso de la entera sociedad. Si esto falla –y necesariamente ha de fallar si cada uno “construye” su propio género, de manera que resulte imposible el ensamblaje con el de la otra persona-, se quebrará la afectividad de muchas personas de la próxima generación, como resultado de lo cual amplios sectores de la sociedad se empobrecerán. Si cambian en los varones los roles de los que su género depende -como mujeres y hombres tienen que ensamblarse en el tejido social al cual dan origen y en el cual están inmersos los hijos-, el ensamblaje optimizador entre ellos no se producirá. Pero allí donde el comportamiento del hombre y la mujer no logran ensamblarse –como consecuencia del cambio introducido en los roles masculinos y femeninos- se producirán conflictos; y si hay conflictos entre ellos se quebrará la armonía conyugal y el desarrollo emotivo de los hijos, por lo que todos perderemos y nadie ganará. Este tipo de conflicto está hoy servido, configurándose como un problema para el que, por el momento,

no se han encontrado soluciones. Allí donde no hay ciencia, hay pereza, bostezo y cansancio, y la investigación resplandece por su ausencia. Allí donde no hay ciencia, hay ideologías. Si se supiera muy bien en qué consiste el rol masculino y el rol femenino, se acabaría con el machismo y el feminismo, a pesar de lo mucho que pueda costar su extinción social. Pero si supiéramos a qué atenernos se acabaría también con tanta verborrea, equivocidad y confusión. Es decir, se pondría fin a esta perspectiva sutil, ideologizada, opaca e intransparente, y no obstante tan útil a las interpretaciones manipuladoras, que constituye un hito emblemático y característico de la actual sociedad fragmentaria. ¿Cambios de roles y/o cambio de valores? Los cambios de roles determinan, por su propia naturaleza, un cambio de valores. Esta cuestión ha sido desatendida y son muy pocos los autores que han reflexionado sobre ella con la profundidad que exige. No se entiende cómo puede cambiar de rol la mujer o el varón, y que no se afecten los valores por los que han optado cada uno de ellos. Da la impresión como si los valores fueran un ingrediente que es indiferente y no atraviesa la estructura del comportamiento humano. Pero si así fuera, los valores no serían tales. Los valores no son la guinda de adorno de la tarta antropológica que configura las relaciones entre el hombre y la mujer. Los valores son los que penetran, fundamentan y sostienen el comportamiento de unas y otros. Por eso si cambian sus valores, antes o después cambiarán los comportamientos por los que han optado, y viceversa. Las relaciones entre el hombre y la mujer, en el contexto del matrimonio y la familia, constituyen un tipo muy peculiar de relación: la relación vincular por antonomasia de la que depende el percibirse a sí mismo como desposeído de sí y dependiente y responsable de otro. El proyecto de cada uno de los cónyuges es querer en el otro su proyecto de vida y ayudarle a que lo satisfaga y realice en toda su plenitud. Por eso, precisamente entre ellos, hay un compromiso tan exigente. Los roles importan menos que las personas y los compromisos adquiridos por ellas. Una persona se destina y regala a otra (matrimonio), opción que esa persona no tomaría a su cargo si sólo se tratase del ensamblaje de los roles que a cada uno le acompañan y caracterizan. Silenciar lo que hay de compromiso interpersonal en la familia y sustituirlo por los meros roles de la mujer y el varón –y sus posibles cambios-, constituye un modo paradigmático de banalizar y vaciar de sentido dicho compromiso. Importa mucho más el encuentro entre un “tú” y un “yo”, con el fuerte compromiso de darse y aceptarse recíprocamente, que el análisis de los meros roles de una y otro, a pesar de que tal análisis sea realizado con el mayor rigor y la mejor elegancia metodológica y estadística. En esa relación, allí donde hay un “Yo” gigante acontece, de forma inevitable, la comparecencia de un “tú” enano. Pero entre un Yo gigante y un tú enano no hay paridad y, por eso mismo, resulta tan difícil que en el seno de una relación así constituida emerja el necesario “nosotros”. Pero si está ausente la emergencia del “nosotros”, más difícil aún será que comparezca el “vosotros”, es decir, la dedicación y entrega a los hijos. Desentenderse de estas formas de relación y atenerse a sólo los roles masculino y femenino es volver la espalda a la realidad o, por mejor decir, hacer un discurso sobre una realidad que nada tiene que ver con la sustancia del matrimonio y la familia. Los cambios de roles, por eso, no pueden estudiarse independientemente de los cambios de valores que les acompañan. De otra parte, filiación y maternidad o paternidad suelen acontecer merced a la libertad personal y a la

connaturalidad de las relaciones conyugales. Dicho de otra forma: en cada persona la paternidad y la filiación se concitan a lo largo de su personal historia biográfica, como consecuencia del vínculo en el está fundada esta unión interpersonal. ¿Pueden reducirse a meros roles sociales la filiación y la parentalidad?, ¿es probable que se pueda ser buen padre si no se ha sido o se es un buen hijo? Por el contrario, ¿se puede ser buen hijo si no se ha sido o se es buen padre?, ¿es que el estudio de los nuevos roles –esos que, según parece, habría que introducir en el varón- pueden sustituir a las irrenunciables funciones de la paternidad y maternidad? Y si es así, ¿por qué no se les presta la atención necesaria en las investigaciones que se llevan a cabo acerca de los roles femenino y masculino? Las personas son simultánea y/o sucesivamente padres e hijos. Y esto no es reductible a un mero rol. Entre otras cosas, porque no hay paternidad sin maternidad, y viceversa (aún recurriendo a la fecundación artificial). Esto pone de manifiesto la natural complementariedad que hay entre ellos, además de la complementariedad relativa a las generaciones pasadas y futuras (complementariedad intergeneracional). De aquí también la conveniencia y pertinencia de educar a los hijos en la paternidad y la filiación, una asignatura pendiente desde un tiempo multisecular. Y eso a pesar de que paternidad y filiación se exijan mutuamente. La filiación exige la paternidad y la paternidad exige la filiación. Es el nacimiento del hijo el que, respectivamente, constituye a la mujer o al varón que le engendraron en madre y padre. Sin hijo no habría ni lo uno ni lo otro. Del mismo modo que no hay hijo sin padres, tampoco hay padres sin hijo. Esto pone de manifiesto que no hay padres ad tempus, ni padres de quita y pon, ni padres transitorios, ni sólo roles de padre y madre. La paternidad, como la filiación, tiene vocación de eternidad y, por eso mismo, perdura más allá de la muerte. La muerte no extingue ni la paternidad ni la filiación: las personas no cambian de padres o de hijos cuando unos u otros mueren. Después de muerto el padre o la madre, sus hijos siguen siendo hijos de ellos, sin cambio alguno de titularidad. Si se redujeran estas experiencias a meros conceptos o roles, se incurriría de inmediato en el conceptualismo y la irrealidad más absoluta: la que determina la ausencia del otro. La ausencia de esa persona puede ser la del “otro” (el cónyuge), el “nosotros” (la ausencia de vinculación entre hombre y mujer), los hijos (el “vosotros”) o, en general, la ausencia de cualquier otra persona con la que se ha establecido una determinada relación (la ausencia de “ellos”). Estas formas de ausencia remiten, de una u otra forma, a la ausencia del Otro. Este es uno de los fundamentos de la equidad entre generaciones, que forma parte de la virtud de la justicia y que por sí misma demuestra que tal realidad nos afecta, interpela y concierne, hasta el extremo de configurar el sentido de la propia identidad, por lo que ésta no debiera reducirse a un mero rol. Es precisamente esa equidad en las relaciones interpersonales la que configura la columna vertebral del “para qué” de nuestra propia vida, la que da sentido a la existencia singular, la que mide la motivación, espesura, densidad, intensidad y prioridad de la identidad personal, a cuyo través comparece el tamaño y la estatura del propio Yo. Muchos de los conflictos de pareja que hoy atendemos en Terapia Familiar tienen su origen en estas u otras parecidas ausencias. Por sólo citar algunas, cabe mencionar aquí la ausencia del “nosotros” y del “vosotros”, el “hambre de padre” de los hijos apartidas, ciertos trastornos de la identidad sexual de los hijos, algunos casos de drogadicción, ciertos casos de fracaso escolar, la excesiva dependencia del prestigio profesional, el narcisismo, la adicción al trabajo, etc. Muchos de estos problemas ¿son meras

consecuencias de apenas un cambio de rol? En opinión de quien esto escribe, parece que no. La clave hay que buscarla tal vez en la crisis de valores, que acompaña a los cambios de roles, y a la desarticulación que se produce en las relaciones interpersonales entre medios y fines. El trabajo es siempre un medio al servicio de un fin, que es la familia. Si los fines se mediatizan dejan de ser tales fines. Pero, entonces, si de la actividad laboral (medio) se hace un fin, el trabajo pierde su valor de medio y ocupa la posición de fin que jamás debiera ocupar. En esas circunstancias, el trabajo deviene en una actividad sin propósito, sin teleología ni sentido alguno. Cuando una persona actúa sin ningún fin se dice que ha perdido el juicio. Cuando se subordina la familia (fin) al trabajo (medio), es probable que se pierda la una y el otro, con independencia de que se conserven y transformen o no los roles que caracterizan a esa singular persona. Esto es lo que sucede cuando los medios se transforman en fines. En ese caso la vida humana pierde su significado y valor y se transforma en una vida mediada, manipulada y desvivida, por despersonalizada y despersonalizante. Sin valores no se puede educar a los hijos de una forma sana; por el contrario, con éste o aquél rol – cambiado, modificado, alternado o corregido-, sí que se pueden tener hijos sanos, siempre que los cambios de rol no arrastren tras de sí e impongan un cambio o ausencia de valores en la vida familiar. Sin hijos sanos, la familia sufre y aún puede perecer. Sin familia no hay sociedades. Sin sociedad no hay empresas. Sin empresas y sociedades intermedias no hay Estado. Sin valores, con sólo roles no hay familia ni sociedad ni Estado. Lo que los hijos necesitan de sus padres Dejando a un lado el tema de los roles, lo que los hijos necesitan de los padres son valores. Aunque no es este el lugar para extenderme en la consideración de lo que se está afirmando, permítame el lector que sintetice a continuación, en un sucinto inventario, lo que en mi experiencia personal, como psiquiatra y terapeuta familiar, los hijos necesitan hoy de sus padres: 1 Disponibilidad, seguridad y confianza. 2 Comunicación padres-hijos 3 Coherencia en los padres y autoexigencia en los hijos 4 Espíritu de iniciativa, inquietudes y buen humor. 5 Aceptación de las limitaciones propias y ajenas. 6 Reconocimiento y afirmación de ellos mismos en lo que valen. 7 Estimulación de la autonomía personal. 8 Ayuda y orientaciones para diseñar el apropiado proyecto personal. 9 Aprendizaje realista del adecuado nivel de aspiraciones 10 Elección de buenos amigos y amigas. Ninguno de los diez apartados anteriores pueden derivarse de los meros roles a los que, en alguna forma, probablemente estén vinculados. Todos ellos, por el contrario, están vinculados a valores concretos, de los que son inseparables. ¿Podremos sostener todavía que lo único que importa en la conciliación de familia y trabajo son los roles de la masculinidad y feminidad, y sólo ellos?

Diversidad, complementariedad y donación El problema, tal y como se ha planteado la distinción entre “sexo” y “género”, pone de relieve otras cuestiones que no se han abordado. ¿No será esa misma distinción entre “sexo” y “género” una construcción social más?, ¿está abierta tal distinción a lo que de diverso hay en la mujer y el hombre? En ese caso, ¿se trata de diversas atribuciones para un mismo hecho (el de la diversidad) o de una única atribución (la construcción social) para una multitud de hechos (la diversidad)? En el ámbito de la cultura las atribuciones que se han puesto en circulación han prendido y, con el rodar de los usos, costumbres y modas, pueden condicionar –a través también de la educación- los comportamientos humanos. Cuando esto sucede, es probable que las atribuciones devengan en estereotipias y sesgos culturales, con lo que se cierra así el viciado etiquetado atribucional acerca de la diferenciación sexual humana. Poco sabemos, sin embargo, acerca de cómo se produce la transmisión intergeneracional y multicultural de esas atribuciones o qué consecuencias pueden derivarse de la súbita transformación de ellas. Lo que sin duda alguna constituye un hecho cierto e incontestable es la diversidad existente entre hombre y mujer. Esta diversidad está vinculada, desde su origen, al hecho diferencial que les distingue: estar modalizados como mujer o varón. Esas diferencias comienzan a las pocas semanas de la fecundación y no se limitan a sólo ciertos detalles de su morfología y desarrollo, sino que atraviesan todas sus funciones y facultades. Como tal hecho tozudo, sostiene su permanente validez a lo largo de toda la vida de las personas. La diversidad entre ellos no afecta para nada a su identidad como personas: mujeres y hombres son igualmente personas (identidad), al mismo tiempo que personas modalizadas de forma diversa (diversidad). Su identidad en tanto que personas convive con su diversidad en el modo en que han sido modalizadas. La identidad patentiza ese “común denominador” que, a nivel personal, hay entre ellos. Esta característica hace posible que pueda establecerse entre hombre y mujer un vínculo unitivo radical, en el que se fundamentan todas las relaciones entre ellos. La diversidad en el modo en que han sido modalizados, en cambio, no permite la igualdad entre ellos, pero sí la unidad. La diversidad es la que precisamente suscita esa mutua atracción así como la complementariedad entre ellos. Lo que es igual no puede complementarse con lo mismo. Podrá sumarse –y habrá más de lo mismo-, pero no complementarse. Por contra, lo diverso sí que puede complementarse con aquello de que se diferencia, de manera que ambos se perfeccionen. Identidad y diferencia entre hombre y mujer fundamentan las relaciones conyugales y la unión entre ellos. Una unión que debería ser perfectiva de ambos. Gracias a la identidad, en tanto que personas, la unidad entre ellos puede y debe transformarse en una auténtica comunión, como la vivencia de cada uno de ellos ha de mudarse en con-vivencia, y la pertenencia en co-pertenencia. De aquí el sí definitivo a las diferencias, y el rotundo no a las atribuciones sobre las “construcciones de género” masculino y femenino no fundamentadas. Lo que se trata es de cambios cuantos roles sean necesarios, pero sin perder o exponer por ello la misma sustancia del matrimonio y la familia. Se entiende que haya errores y sesgos en las atribuciones de género, pero precisamente porque son identificables debieran ser rechazadas. Mantener la diversidad no es sino afirmar el irreprimible hecho diferencial que

contradistingue, a la vez que caracteriza, al hombre y a la mujer. Al concepto de diversidad se llega de forma intuitiva y clara, como consecuencia de la mera observación y también de numerosos hallazgos científicos en el ámbito de la psicología, las neurociencias y las ciencias del comportamiento. Es precisamente gracias a esta diversidad como se llega a establecer entre hombre y mujer una cierta comparación por connaturalidad. Buscar o tratar de imponer otro tipo de comparaciones sería ilegítimo en este ámbito concreto de la condición humana. Por el momento, se ignoran cuáles serán los efectos sobre el cambio cultural que han de derivarse de las diversas propuestas existentes acerca del así denominado cambio de rol del varón. Sobre este particular hay un gran vacío en la investigación realizada. Sin embargo, se intuye su poderoso alcance transformador de la familia, la sociedad y la cultura, transformaciones que a todos nos interpelan y concitan, por lo que no cabe mirar para otro lado o ignorarlos. Pero cualquiera que sea su efecto, los hechos están ahí y muestran una tozudez inquebrantable. De otra parte, por ser claro su fundamento antropológico no cabe renunciar a ello. Además, de nada serviría tal renuncia, porque las mismas circunstancias sociales –y los cambios ya operados- arrollarían a quienes tratasen de interponerse en el camino de los cambios de roles masculinos. De lo que se trata, pues, es de investigar en esta nueva cuestión emergente en el medio laboral, a fin de optar por las estrategias más justas y acordes con la dignidad y el respeto a la diversidad de las personas que se concitan en este problema. Humanizar las estructuras sociales desde la presencia y convergencia de la diversidad de funciones, acciones y comportamientos que caracterizan al hombre y a la mujer, constituye una propuesta sensata y acorde con el momento cultural actual. Pero conviene que antes de dar este paso se disponga de la suficiente y necesaria información científica al respecto. ¿Cómo separar si no en esas diferencias la “ganga” cultural, que se ha ido adhiriendo a través de ciertas atribuciones à la page, de lo que es propio y natural de la diferenciación entre el hombre y la mujer, de lo que sin duda alguna enriquecerá los resultados de la empresa y la excelencia personal de quienes en ella trabajan? Llegado a este punto, considero no renunciable el dejar de insistir en lo que se refiere a la complementariedad existente entre el hombre y la mujer, también en lo que atañe a la conciliación entre familia y trabajo. Si me lo permiten, en las breves líneas que siguen haré una presentación sucinta y sin apenas desarrollo alguno de lo que considero son doce principios relevantes en torno a la complementariedad del hombre y la mujer. Es sobre ellos donde hay que asentar las relaciones conyugales, familiares y laborales que les unen y no les separan. Doce principios acerca de la complementariedad de las relaciones conyugales En las líneas que siguen mencionaré apenas una síntesis de los que considero son los principios que presiden y han de regular las relaciones de complementariedad entre la mujer y el varón en el ámbito del matrimonio, la familia y el trabajo. El lector podrá observar que se mencionan sólo como principios, sin ningún desarrollo de ello, por las naturales exigencias de esta colaboración. Su desarrollo, no obstante, será objeto de otra publicación independiente, que espero vea la luz en un futuro próximo. Si se cita aquí esta primicia es con el deseo de que ayude a pensar, de forma más independiente y menos mimética –de lo cual, afortunadamente, he tenido sobrada experiencia en el día de hoy-, a los participantes en este Congreso Internacional, en cuyo

honor el autor los menciona. · La complementariedad no disuelve las diferencias, sino que las reafirma Si disolviera las diferencias, éstas no serían complementarias. Si no hubiera diferencias no habría complementariedad sino identidad. Cuanto más se afirmen las diferencias más variado y rico será el ámbito de la complementariedad que hay entre ellos. · La complementariedad nos enseña mucho acerca de los propios límites Nadie es una suma de perfecciones sin defecto alguno. Ninguna persona ha desarrollado todas sus capacidades al máximo. Toda persona es limitada y debería conocer sus propios límites, especialmente en las interacción con los otros. Pero los conocerá mejor si sabe escuchar a la persona que le conocen y le quieren. No hemos de olvidar que uno de los fines del matrimonio es la perfección de los esposos. El olvidado escenario de la recíproca perfección conyugal es el ámbito específico donde ha de darse la complementariedad. · La complementariedad nos ilustra acerca de la necesidad del “otro” La complementariedad pone de manifiesto la necesidad que cada persona tiene de autodestinarse en favor de otro. La complementariedad es apenas una sencilla consecuencia de la dimensión donal de la persona. La complementariedad desvela la necesidad que toda persona tiene de darse a sí misma para encontrarse a sí propia. · La complementariedad nos desvela dimensiones ignotas de nuestro propio yo. El hombre se conoce a sí mismo, pero al menos un cierto sector de sí mismo sólo se revela en su relación con la mujer. Es en el encuentro hombre-mujer donde se completa, en cada uno de ellos, el conocimiento que tienen de sí mismos. Un conocimiento que se opera, precisamente, a través de lo que acerca de sí mismo y del propio ser se desvela en el otro. · La complementariedad desvela al “otro en mí” y a “mí en el otro” La complementariedad conyugal manifiesta que el otro, diverso del yo, forma parte inseparable del propio proyecto personal. El otro se desvela así como el “otro en mí”. Pero al mismo tiempo, en ese encuentro entre hombre y mujer, el propio yo se desvela como formando parte del “mí en el otro”. · El conocimiento de sí mismo a través del otro El conocimiento de sí mismo se enriquece a través de las relaciones con el otro. Esto es especialmente profundo y consistente, además de estable, en el matrimonio. Y no sólo porque el otro le percibe de la forma en que lo hace, sino porque en esa percepción diferente –aunque también pueda estar sesgadacomparecen sectores de la propia subjetividad que para el propio observador habían permanecido ocultos. Este desvelamiento es recíproco, por lo que se enriquece el conocimiento personal de cada uno de ellos, que queda así contrabalanceado con una cierta objetividad –la que procede de la intersubjetividad de la relación-, lo que constituye una poderosa ayuda en el ajuste fino del conocimiento subjetivo de sí mismo. · El conocimiento propio a través del “nosotros”

En el matrimonio lo que se alumbra es la unión de dos personas, con una inusitada intensidad y profundidad tal, que llegan a conformar “una sola carne”. En el “nosotros” -que es algo muy diferente del mero yo o tú- anida también una imagen muy rica de cada uno de ellos. Esta imagen sólo comparece en el tejido interpersonal que constituye el “nosotros”. · La asunción de la propia responsabilidad paternal en el encuentro con el “vosotros” La paternidad conlleva la comparecencia de un tercero, autónomo y libre, con quien relacionarse en otra forma diferente del “nosotros”, y esto a pesar de que por proceder de dicha relación constituya como una dilatación y prolongación de sí misma. Los hijos son los que configuran el “vosotros”. De esta forma, el “vosotros” más íntimo y primero en el orden del ser es el que ha sido generado por el “nosotros”. En el encuentro con ellos emerge otra dimensión de sí mismo, completamente ignota y diversa de las anteriores: la de la responsabilidad de los otros, fundamento de la maternidad y paternidad. · El derecho del hijo a la complementariedad entre sus padres La complementariedad entre los padres no es cosa que quede reducida a sólo las relaciones existentes entre ellos, a algo privado e incapaz de trascender el “vosotros”. Los hijos tienen derecho a la complementariedad entre sus padres, que es tanto como afirmar que tienen derecho a que ambos se ayuden a la perfección, a sacar cada uno de sí mismo la mejor persona posible y, además, de diverso modo, de acuerdo con su ser natural de mujer o varón. · El aprendizaje de la educación sentimental de los hijos se deriva de la complementariedad de los padres En esa complementariedad entre los padres –sobre todo en lo que se refiere al ámbito de las relaciones afectivas entre ellos- es donde los hijos observan las primeras trazas o huellas vestigiales de las que brota su propia afectividad en estado naciente. El modo en que los padres se quieren entre sí constituye la escuela sentimental por antonomasia donde los hijos son educados en los sentimientos. · El aprendizaje por los hijos de la relación hombre-mujer en la complementariedad de los padres El hecho de que el matrimonio sea bicéfalo y no monárquico, es decir, que haya en él dos jefaturas diversas además de complementarias-viene exigido por la educación sentimental y personal de los hijos. De este modo, es más fácil la vertebración de la propia identidad de cada uno de ellos, de acuerdo con su sexo. Pero no sólo eso. Gracias a esas relaciones entre los cónyuges es como los hijos se relacionan por primera vez y aprenderán a relacionarse en el futuro con las personas de distinto sexo. · El aprendizaje de la maternidad y paternidad en la relación con los propios hijos Los hijos e hijas se relacionan con sus padres en tanto que padres. Esto quiere decir que el primer modelo de maternidad y de paternidad –y en muchos de ellos el más relevante- al que han sido expuestos es el de los propios padres. Los hijos aprenden a ser padres a través de lo que observan en el comportamiento de sus respectivos padres, en tanto que padres. Todavía más: cada hijo o hija sufre el impacto de la filiación, además de en función de otras muchas variables, en dependencia de la forma en que sus padres han entendido la maternidad y la paternidad. Los hijos aprenden de los padres a tratar a sus futuros hijos, al mismo tiempo que asumen activamente –con un diverso grado de libertad, según su modo peculiar de ser personal- el papel de hijos. Los hijos aprenden la filiación y paternidad de dos profesores diferentes (el padre y la

madre). Los padres aprenden la maternidad y la paternidad de los hijos que engendran y educan, y también de cómo haya sido su trato con ellos. El aprendizaje de la filiación, paternidad y maternidad no son renunciables en la práctica, además de ser deudores de las interacciones entre padres e hijos a lo largo de la convivencia familiar. La diversidad, también aquí, contribuye al enriquecimiento de todos. Ninguno de los anteriores principios se han tenido en cuenta a la hora de estudiar los cambios de roles. En realidad, la misma complementariedad se diferencia de lo que es un mero rol, no obstante haber demasiados hilos sutiles –pero poderosos y profundos- que unen a ambos, y que no debieran ignorarse. Desde luego, la filiación, la maternidad y la paternidad no pueden ser reducidos a meros roles. Sin duda alguna, cada uno de ellos comporta algo adicional que acaso pudiera denominarse con el término de rol (y en modo alguno me opondría a ello), pero dejando muy claro y salvando la diferencia ontológica y sustantiva entre rol y paternidad, maternidad y filiación. Por supuesto que esta función autoconstitutiva (ser padre, madre o hijo de…) no está en la oferta de lo que es posible modificar. Por el contrario, la mayoría de los roles actuales, por no decir todos ellos, sí que son modificables. Esta advertencia final tiene la aspiración de contribuir a que no se confunda lo sustantivo con lo accidental, lo que es autoconstitutivo de la persona con lo que es una mera función residual de su comportamiento, lo que hace referencia al ser de la identidad personal de lo que sólo hace referencia al mero aparecer del ser. Bibliografía -Berger, P. y Luckmann, Th. (1993) La construcción social de la realidad. Amorrortu. Madrid. Bonke, J., Grupta, N. & Smith, N. (2005): Timing and flexibility of housework and men and women’s wages. In: Hamersmesh, D. & Pfann, G. (eds.): The economics of time use. Elsevier: Amsterdam. -Bonke, J. (2004). The modern husband/father and wife/mother-how do they spend their time? Sdl-puzzle 05/2004. -Bonke, J. (2002): Time and welfare (in Danish). Report 02:26. Copenhagen: The Danish National Institute of Social Research. -Chinchilla Albiol, N. (2004): Empresa, familia y sociedad, un triángulo en constante evolución. En Sagardoy Bengoechea, J. A., y De la Torre García, C. (Directores). La conciliación entre el trabajo y la familia. Cinca. Madrid, pp. 123 -Deaux, K. (1999) “An overview of research on gender: Four themes from 3 decades.” En W. B. Swann, J. H. Langlois and J. A. Gilbert. Sexism and stereotypes in modern society. The gender science of Janet T. Spence. American Psychological Association. Washington. -Elósegui, M. (2002): Diez temas de género. Ediciones Internacionales Universitarias. Madrid. -Gómez López-Egea, S. (2004): La incorporación de la mujer al mercado laboral: implicaciones personales, familiares y profesionales y medidas estructurales de conciliación. En Sagardoy Bengoechea, J. A., y De la Torre García, C. (Directores). La conciliación entre el trabajo y la familia. Cinca. Madrid, pp. 105-122. Haren-Mustin, R. T. y Marecek, J. (1990) Making a difference. Psychology and the construction of gender. Yale University Press. New Haven-Londres. -Lagarde, M. (1996) Género y Feminismo. Desarrollo Humano y Democracia. Horas y Horas. Madrid -Polaino Lorente, A. (2004): La conciliación trabajo/familia y sus implicaciones en la sociedad civil: transformaciones sociales y tendencias de futuro. En Sagardoy Bengoechea, J. A., y De la Torre García, C. (Directores). La conciliación entre el trabajo y la familia. Cinca. Madrid, pp. 83-103. -Polaino Lorente, A. (1993) La ausencia de padre y los hijos apátridas en la sociedad actual. Revista Española de Pedagogía, LI, 196: 427-461. -Polaino Lorente, A. (1994a) “Ante el eclipse de la paternidad. Huir de la fuga.” Arvo, 142: 1-4. -Polaino Lorente, A. (1994b) “El eclipse de la paternidad.” La Escuela en Acción, pp. 6-8. -Polaino Lorente, A. (1995) “El padre: ¿Farol de la empresa, oscuridad de la

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6. Feminidad y género. Perspectiva bioética.
Dra. Ma. de la Luz Casas Martínez Doctora en Ciencias de la Salud. Área Bioética Desde hace ya tres décadas, se ha gestado una corriente de pensamiento que ha impactado en la sociedad y especialmente en la política mundial. Los grupos que realizan esta propuesta manejan dos conceptos relacionados con la mujer: 1.Género y 2. Condición biológica femenina. Para comprender la repercusión de esta desvinculación de términos, analizaré primero la idea de feminidad, para de ahí partir al concepto actual de género en la visión sociológica que se maneja actualmente en la política global. Considerando la complementariedad humana, parte de las descripciones se realizarán en función de ambos sexos, pues la comprensión de estas semejanzas y diferencias son importantes para la integración adecuada del tema. LA CONDICIÓN FEMENINA. Desde el punto de vista teórico en la condición femenina se presentan tres referencias: a) El sexo, considerado como base bio-genital. b) La vivencia del proyecto de vida como mujer; y c) La referencia de la ideologización, que al tomar en cuenta las dos referencias anteriores se proyecta mediante la configuración ideológica y simbólica de lo femenino. Devor y Giddens, en los años noventas estudian la condición femenina, y señalan varios puntos reflexivos de interés: Se asume que todos los individuos son machos o hembras, hombres o mujeres, masculinos o femeninos, sin gradaciones intermedias. Las características físicas, formas de expresión conductual y rasgos de personalidad se interpretan como masculinos o femeninos de acuerdo con el esquema de género dominante. Las señales indicadoras respecto a el género se evalúan y pesan dentro de los límites de los patrones permisibles de condición de género. Los individuos vigilan su propia apariencia y conducta de acuerdo con su identidad de género naturalmente dada. Es así que para este autor, existe una condición previa a la asignación genérica, que es la condición biológica. La conducta esperada se obtiene a través de patrones culturales. La conducta se autoafirma a

través de una retroalimentación entre el sujeto y la sociedad. Para Richard Green, la identidad sexual o de género contribuye a: a) El sentido de ser hombre o mujer b) El comportamiento del individuo que culturalmente se asocia con la masculinidad y feminidad.c) Las preferencias del individuo para hacer parejas con hombres y mujeres. El autor abunda en el tema y señala en primer lugar la formación de identidad genérica, la identificación genérica en sus roles específicos y por último, pero no por ello, de menor importancia, la atracción sexual heterosexual. Es así que el inicio de la condición femenina se realiza a través de la cascada de desarrollo psicosexual, que se inicia con las etapas biológicas, las cuales culminan en la integración de las características de mujer-hembra y se engarzan con el desarrollo posterior de formación de identidad sexual. DESARROLLO BIOLÓGICO SEXUAL. La forma natural de conservación de las especies es la reproducción, en el caso humano esta se realiza por reproducción sexual, para lo cual existen dos sexos complementarios, femenino y masculino, la reproducción sexuada permite un mayor grado de complejidad en el proceso evolutivo, asegurando una mayor variabilidad genética y por ello una mejor adaptación al medio ambiente. La sexualidad humana son las características presentes que diferencian a un ser sexuado como masculino o femenino desde la concepción hasta la muerte. El sexo del nuevo ser esta determinado en la especie humana por el hombre. El óvulo y el espermatozoide contienen la mitad del número de cromosomas de la especie, y complementándose vuelven a juntar el número completo que en la especie humana es de 46, por tanto las células sexuales solo contienen 23 cromosomas, 22 somáticos (para todo el cuerpo) y 1 sexual, en la mujer todos son de tipo “X”, en el hombre existen dos tipos de espermatozoides “X” y “Y”. La combinación “XY” dará como resultado un ser del sexo masculino, la combinación “XX” generará a un nuevo ser humano femenino. Desde la concepción todo ser será sexuado y cada una de sus células conservarán esta característica genética hasta su muerte. La carga genética de cromosomas sexuales, evidenciados según el sexo por XX en el caso femenino y XY en el masculino, desencadena un complejo proceso que implica una diferenciación progresiva de las gónadas, órganos genitales internos, externos y de los caracteres sexuales secundarios, lo que llevará en forma directa a la asignación de sexo y al desarrollo del sexo psicológico indispensable para un armónico desenvolvimiento sexual del individuo en la sociedad. Aunque la cascada del desarrollo bio-psico-sexual es complicada, en la mayoría de los sujetos se resuelve en forma satisfactoria, para su comprensión mencionaremos los pasos elementales de la diferenciación sexual humana. Esta cascada de eventos se estudia a través de dos ejes, y constituyen el llamado Dimorfismo Sexual , por el cual se realiza la diferenciación hombre-masculino, mujer-femenino. El primer eje es el de diferenciación primaria, que incluye aspectos cromosómicos, genéticos y gonadales y el segundo es la diferenciación secundaria, que abarca los aspectos hormonales, nervioso, genital y de asignación de género.

A) Sexo cromosómico: La evidencia genética de la conformación 46-XX en la mujer y 46-XY en el hombre es la base para la posterior diferenciación sexual, esta configuración se encuentra establecida desde la unión del óvulo y espermatozoide en el embrión unicelular, y acompañará a la persona desde el primer día de su vida biológica hasta su muerte. Las alteraciones genéticas podrán eventualmente desencadenar procesos patológicos en la diferenciación sexual, que de ninguna forma invalidan el concepto de existencia de solo dos sexos normal y naturalmente establecidos, ya que lo importante de la presencia cromosómica no es exactamente su número, sino su contenido génico lo que asegura la diferenciación sexual. La diferenciación femenina es pasiva en el embrión, por poseer siempre dos cromosomas “X”, pero gracias a la participación del “Y”, los embriones masculinos se virilizarán, formando así un varón. B) Sexo genético: Aparece desde el momento mismo de la fecundación. Se encuentra determinado por antígenos y genes codificadores de proteínas específicas sus factores más importantes son: TDF: Brazo corto de cromosoma Y. Responsable del mecanismo inicial de la diferenciación testicular. Zona Fy y Fx: Proteínas que codifican para que la diferenciación sexual se lleve hacia uno u otro sexo. Sry: Descubierto en 1990. Se localiza en región eucromatérica distal del brazo corto del cromosoma Y. Es el gen más importante de la diferenciación sexual masculina. DSS: Gen importante en diferenciación sexual, ubicado en brazo corto de cromosoma X SF1: Se manifiesta tempranamente después de la fecundación, implantándose en gónadas, suprarrenal e hipotálamo. DAX-1: Ubicado en cromosoma X. TDA. Y XXT1: 11p13. Gen represor de Tumor de Wilms. C) Factor genético: Posterior a la fertilización, y con las características cromosómicas normales, se ponen en juego los mecanismos de diferenciación. Si existe el cromosoma “Y” se da la diferenciación masculina, ya que en su brazo corto posee una secuencia de proteínas denominadas SRY (región determinante sexual en el “Y que modifica la gónada primitiva indiferenciada en masculina. En la mujer será necesario inactivar uno de los cromosomas “X”, y ello ocurre en edades tan tempranas del embrión como es el día 6º a 8º de la gestación. El mecanismo de diferenciación cada vez se complica más, ya que se sabe que existen varias desactivaciones, en la primera generalmente se inactiva el “X” paterno, pero en estadio embrionario posterior, la inactivación del cromosoma “X” materno o paterno se realiza al azar. La diferenciación sexual hormonodependiente en el varón se pone en marcha por la producción y actuación de tres hormonas segregadas por el testículo fetal: la testosterona, la hormona antimülleriana y la Ins.L-3, producida por las células de Leydig, implicada en la migración testicular. En la diferenciación sexual femenina existe una triple ausencia de producción: de testosterona, de hormona antimülleriana y de Ins.L-3, que mantiene los ovarios en el abdomen . El gen Wnt-4, presente en el ovario fetal, inhibe la producción de testosterona. Existen además varios genes implicados en la evolución de la gónada indiferenciada:SF1 (Factor esteroidogénico) WT-1 (supresor del tumor de Wilms) Lim-1 (un gen homeobox) SRY (el gen clave en la determinación testicular)

D) Factor gonadal: Después del sexo genético y hacia la 7 semana comienza la diferenciación gonadal, la cual es de forma activa en XY y pasiva en XX. La existencia de la diferente carga genética del sexo cromosómico iniciará la diferenciación de la gónada primaria, que en las primeras seis semanas de desarrollo fetal se encuentra indiferenciada, el cromosoma Y, bajo la influencia del gen SRY presente en el varón realizará en la semana 7ª la diferenciación de esta gónada a testículo el cual a su vez ejercerá dos funciones fundamentales: el desarrollo de los conductos mesonéfricos o de Wolff, acción mediada por la producción de testosterona propia de esta glándula, y por otra parte, la inhibición de los cuerpos de Müller, mediada por las células de Sertoli, también testiculares.E) Factor hormonal: A partir de la novena semana de gestación, la testosterona producida por el testículo, induce el desarrollo de las estructuras masculinas, como son el conducto deferente, epidídimo, vesículas seminales y de los genitales externos, los cuales en un inicio son semejantes, pero que por las hormonas masculinas se diferencian, caracterizando los genitales externos como propiamente masculinos. En la mujer el ovario produce estrógenos, encargados de estimular la formación de útero, trompas, vagina y genitales externos. La ausencia de cromosoma masculino y la dotación de sexo genético XX, induce a la gónada indiferenciada a transformarse en ovario, las estructuras se desarrollan libremente de la base orgánica inicial, ya que para ello no es necesario una hormona de inhibición como sucede en el caso masculino. Los conductos de Müller, originan así las trompas, útero y tercio superior de la vagina: Al no existir tampoco estímulo para los conductos de Wolff, estos involucionan. Los genitales externos tampoco reciben influencia androgénica, dando así lugar a la formación de caracteres genitales externos femeninos F) Factor placentario: La placenta no solamente sirve para nutrir al feto, sino que es un órgano productor de hormonas, “estrógenos, progesterona, gonadotrofina coriónica, lactógeno placentario, factores de crecimiento, entre otras” , La gonadotrofina coriónica estimula el desarrollo de los testículos fetales. Para la semana 7 de embarazo, se puede diferenciar por sus caracteres sexuales secundarios, los embriones femeninos de los masculinos.G) Sexo fenotípico: Una vez que se ha diferenciado la gónada (testículo), se suceden cambios en estructuras genitales que hasta ese momento parecían semejantes morfológicamente, ese cambio se produce hasta la 7 semana, los cambios se aprecian en el conducto de Wolf y Muller en el seno urogenital. En el hombre, por efecto de la testosterona, se desarrolla de forma activa el conducto de Wolf, produciéndose a la vez a nivel testicular, hormona antimulleriana que hace que se presente regresión de conducto de Muller. En ausencia de testosterona, en la hembra, habrá desarrollo en forma pasiva de conducto de Muller, e involución del de Wolf, de esta forma se diferencian los genitales femeninos de los masculinos. Dimorfismo cerebral: Existen regiones sexualmente dimórficas del cerebro . La mayoría de las regiones sexualmente dimórficas del cerebro pertenecen al sistema límbico. Incluyen: el área preóptica, el núcleo ventromedial, el núcleo supraquiasmático (todos éstos son subdivisionesdel hipotálamo), la amígdala, y la stria terminalis. Estas regiones se encuentran relacionadas funcionalmente con emociones, funciones hormonales, áreas de comportamiento sexual. Las diferencias en estos núcleos podrían explicar características diversas entre hombres y mujeres en la percepción de realidades ligadas a la sexualidad, simbolismo y emociones. También se han encontrado diferencias anatómicas en el cuerpo calloso. Esta estructura se relaciona con

la memoria a largo plazo. Quizás la combinación de estas dos funciones, memoria y emociones expliquen por qué las mujeres recordamos fechas especiales por largo tiempo en forma vivida, siendo que los hombres se muestran más refractarios a tener esta conducta. El dimorfismo sexual en condición base para que después del nacimiento se desarrolle la otra parte de la cascada sexual, el área psicológica.

DESARROLLO PSICOSEXUAL. IDENTIDAD SEXUAL Bajo la base biológica, normalmente se desarrollan conductas y percepciones propias de la identificación del sexo hembra, con la feminidad y del macho, con la masculinidad. A la percepción psicológica del sexo y su expresión social se le denomina identidad sexual. La identidad sexual se refiere a un sistema de representaciones que proporcionan a los humanos un marco de referencia en cuanto a su pertenencia a un sexo determinado. Se construye a lo largo de la vida a través de comparaciones que establecen similitudes y diferencias entre los otros grupos. La sexualidad es la columna vertebral de la identidad. El postcontructivismo señala la importancia de la educación postnatal en la formación de la autoimágen/conducta social de la conducta de género. Broverman y cols . En 1972 definieron algunos parámetros de estereotipos de género.a)Masculino: Tendencia al pragmatismo y la competencia b) Para el femenino, tendencia a la expresión y la manifestación afectiva Maccoby y Jackin , en estudio longitudinal señalan cuatro áreas de diferencia femenino-masculina: Hombres superioridad en matemáticas, con mejor percepción de áreas espaciales, tendientes a la agresividad Mujeres, con mayor habilidad verbal. A través del tiempo estas diferencias se han plasmado en varias pruebas psicométricas, y a la fecha existe un gran arsenal de ellas como: Las pruebas de actitudes e intereses de Terman y Miles Interés vocaciones de Strong Escala de masculinidad feminidad de Minnesota (MMPI) Inventario de roles sexuales de Bem( 1974) Cuestionario de atributos personales de Spence Helmreich y Stapp(1974) Inventario de masculinidad-feminidad de Lara (1993) Por tanto, la asignación de género se realiza a partir de una evidente diferencia sexual biológica que después se transforma en una diferencia de comportamiento. Varias teorías tratan de explicar el por qué del desarrollo psicosexual, entre ellos tenemos el modelo cognoscitivo de Jean Piaget, y la cognitivo-evolutivo de Kholbeg . Para Piaget el desarrollo de los conceptos y actitudes sexuales , son secuencias de procesos cualitativos de las estructuras cognoscitivas del niño, a los que siguen la estructuración de patrones universales, el papel del niño en este proceso es

activo y no solamente la captación de procesos culturales. La teoría de Kholberg, basada en Piaget agrega: cinco puntos básicos que a continuación resumiremos: Formación de la identidad sexual o de género: El reconocimiento de uno mismo como perteneciente al sexo masculino o femenino se realiza en edades muy tempranas del desarrollo entre el año y medio y los dos años. No solamente basta con el reconocimiento, sino que es necesaria la convicción de que esta condición no cambiará lo cual es denominado constancia de identidad de género lo cual se produce aproximadamente entre los 6 y 7 años de edad. El niño manifiesta identidad de género diciendo “soy niña” o “soy niño” en concordancia a su sexo biológico. También reconoce en los demás la pertenencia a un sexo: “Paco es niño”, a los 6-7 años el niño comprenderá que el sexo no cambiará. Es interesante señalar que la clasificación inicial por géneros que realiza el niño no incluye la observación genital, sino mas bien, el tipo de peinado, el de vestido etc. Es más adelante en edad cuando la diferenciación se realiza en relación al sexo genital, pero quienes si educan al niño de acuerdo a su sexo genital son los adultos. Ello explica en parte algunas alteraciones tempranas del desarrollo psicosexual que se manifiestan en edades posteriores. En las edades de 4-5 años los niños comprenden que hay diferencias entre los papeles asignados a cada sexo conceptualizando la masculinidad y feminidad. Los valores que el niño asigna a cada sexo son juicios de valor que el niño realiza y que tienen que ver con los aportados por la sociedad. El niño aprende a considerar la conducta apropiada de su sexo como parte de un orden social y moral, censurando a los niños que se desvían de ella. Posteriormente a este proceso se le denomina formación de roles, papeles sociales del sexo o proceso de identificación sexual. El niño requiere identificación adecuada para asignarse el papel que le corresponde y principalmente en ello intervienen los padres. La identificación de género corresponde así a un paso posterior a la identidad de género. Tal concepción de papeles sociales corresponde al aprendizaje directo que el niño hace sobre el adulto de su sexo (generalmente el padre), y lo que aprende variará en cada caso, es por ello que el niño puede aprender la “actitud machista” y la adecuada, dependiendo de su núcleo de origen, también la niña podrá ser adecuadamente formada en la autoestima de su género, o ser enseñada en la infravaloración de su sexo. La forma natural de conservación de las especies es la reproducción, en el caso humano esta se realiza por reproducción sexual, para lo cual existen dos sexos complementarios, femenino y masculino. En el ser humano la sexualidad es más que su representación biológica, pero, ligada a ella en funciones y en representación simbólica. Solamente en la medida en que la genitalidad y la expresión sexual sean asumidas en la totalidad de la persona, operativa y culturalmente, es como puede hacerse visible el significado "humano" de la sexualidad, es decir, el ejercicio sexual con una intención humana. La sexualidad es un proceso que abarca desde el nacimiento hasta la muerte de todo individuo, involucra sentimientos, actitudes, pensamientos, comportamientos, aspectos físicos, procesos fisiológicos, sistema de valores. La sexualidad es la forma integral de los géneros femenino y masculino, que por ser complementarios posibilitan la procreación y el goce del enamoramiento y el amor Se actúa siempre en forma sexual, como hombre o como mujer, se actúa genitalmente a veces; se sigue siendo ser sexuado pleno, aunque no se ejerza la posibilidad de genitalización. La sexualidad humana por tanto es la realización integral de cada ser humano en el ejercicio de su masculinidad o feminidad personal.

DESARROLLO DE LA IDEA DE GÉNERO COMO CONCEPCIÓN SOCIOPOLÍTICA. La IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en China en 1995 convocada por la ONU, significó el inicio de un cambio ideológico en la sociedad contemporánea, pues dio origen al llamado actualmente “enfoque de género”. El enfoque de género parte de tres premisas fundamentales: 1ª. La diferencia biológica entre hombres y mujeres ha sido utilizada para fundamentar diferencias socioeconómicas que ocasionan desigualdad, esta desigualdad se funda biológicamente en la capacidad reproductiva de la mujer, que la hace vulnerable frente al hombre, originando una situación de poder, que deberá ser combatida a través de la búsqueda de la igualdad genérica, mediante las lucha social y política. 2ª. La causa principal de esta desigualdad es jerárquica y esta basada en la supuesta supremacía de los hombres sobre las mujeres. 3ª. Las diferencias entre hombres y mujeres responden solamente a una estructura cultural, social y psicológica independiente de las condiciones biológicas. Existen varios antecedentes de este movimiento, pudiendo señalar los siguientes: Como propuesta socioeconómica, Federico Engels en 1881 parte de la necesidad de emancipar a la mujer de la vida familiar, para integrarla a la fuerza de trabajo. Así lo propone en su libro, El origen de la familia, la propiedad y el estado: “el primer antagonismo de clases de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre hombre y mujer unidos en matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra, con la del sexo femenino por el masculino”. Años después Simone de Beauvoir , considerada actualmente una líder femenina en su libro, El segundo sexo apunta: “no se nace mujer; se hace. Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la figura que reviste dentro de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la sociedad el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado que es calificado como femenino, solo la mediación del otro puede construir a un individuo como otro. Hay que rechazar la sexualidad como naturaleza. Hay que superar esa institucionalización del amor que vincula a la mujer con el sexo, la maternidad, el hogar. Es menester que haya parejas libres, madres libres, libertad económica para la mujer… el encuentro de los sexos en un nivel de igualdad plena será únicamente el encuentro de dos libertades”. La idea es apoyada también en un libro clásico feminista, The dialectic of sex de Shulamith Firestone en los años 1970 “Se requiere que la clase subyugada se alce en revolución y se apodere del control de la reproducción; se restaure la propiedad sobre su propio cuerpo, como también el control femenino sobre la fertilidad, incluyendo las nuevas tecnologías la meta no solo es el privilegio económico...sino de la distinción de sexos misma: las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importarán culturalmente”.

En la actualidad, Judith Butler, directora de Gay and Lesbian Human Rights Commission da una definición del término: “El género es una construcción cultural, por consiguiente no es ni resultado casual del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo… al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino”. Siguiendo esta línea de pensamiento se ha gestado en la actualidad una ideología de género, una ética que trata de reivindicar la libertad de la mujer del matriarcado. Entre los nombres propios de esta corriente destacan los de autoras como Mary Daly, Shulamith Firestone, Françoise D´Eaubonne, Donna Haraway entre otras, en cuyo pensamiento podemos localizar un hilo conductor que apunta hacia la superación del androcentrismo social. Ya que la diferencia de poder, se realiza en base a la biología, y ésta se fundamente esencialmente en la capacidad de embarazo de la mujer, la lucha se ha centrado en romper las ataduras biológico/reproductivas que impiden, según esta propuesta, a la mujer lograr la igualdad con el varón. Esta línea es heredera de una tradición de pensamiento que tendría como mérito más destacable la crítica e intento de superación del paternalismo, llevando a cabo una clara defensa a favor del principio de autonomía. En la práctica, esta teoría ha conducido a la radicalización de la diferencia, que a veces llega hasta el extremo de la polaridad femenina, manifestándose en el llamado “poder de decisión sobre su cuerpo” Así, por un lado, se halla el derecho de no procrear, a través de tecnologías para controlar la natalidad y el derecho al aborto y por otro, el derecho a la contracepción y la esterilización voluntaria. La tecnología deberá ser precisamente, para apoyar la voluntad de la mujer a ejercer las mismas posibilidades reproductivas del varón. Es así que, se solicita el reconocimiento del derecho a reproducirse en sin intervención del hombre, a prescindir de la heterosexualidad. Comienza a hablarse de un posible derecho a la clonación o a la autofecundación de la mujer, que podría reproducirse a sí misma sin tener la necesidad de donación heteróloga del gameto masculino. Bajo los mismos criterios surgen teorías que abogan por un derecho asexuado, o sea, aquél donde la diferencia sexual es irrelevante para determinar la subjetividad La polarización de la postura femenina, corre el riesgo de ser no solamente excluyente del varón, sino convertirse en una situación de poder, por el poder mismo, una forma semejante a la del machismo, sustituyendo un matriarcado, por un matriarcado. Otro riesgo consiste precisamente en que el deseado avance de la ciencia y la tecnología en biomedicina no de tanto la oportunidad a la mujer de liberarse de la opresión patriarcal, sino más bien le ocasione el riesgo de la cosificación. La liberación de la sexualidad, de la heterosexualidad y de la procreación de la mujer puede convertirse en una falsa emancipación en la que se corre el riesgo de que el cuerpo de la mujer quede reducido a un mero objeto sin significado: Las técnicas de reproducción asistida, con la posible comercialización de óvulos y maternidad subrogada es prueba de ello.

El hecho es que no somos seres humanos en sentido abstracto, sino concretos y biológicamente con un cuerpo sexuado. Es decir, la diferencia entre masculinidad y feminidad es una realidad biológica y fisiológica indiscutible, objetiva. LA MUJER EN LA PERSPECTIVA ANTROPOLOGICA PERSONALISTA. El ser humano posee una dignidad intrínseca. La mujer como ser humano es digna e igual al hombre por naturaleza. Ser hombre y ser mujer no son accidentes del ser humano, sino que pertenecen inseparablemente a su esencia y por tanto feminidad o masculinidad es consecuencia natural de ser hombre o mujer. La cultura puede influir al acentuar roles e inducir prejuicios y falsas concepciones, pero la psique tiene raíces en el soma, ya que la forma es un principio sexuante y la materia un principio sexuable. El papel de la cultura es el descubrir el significado de la naturaleza del hombre y la mujer, dando un sentido humano a sus acciones. Respecto a la teoría de género, hay que reconocer, que es cierto que existen condiciones de inequidad e injusticia entre hombres y mujeres, en base a una construcción social, por lo que la promoción de los Derechos Humanos Universales es imperiosa y para ello se requiere el fomento de una cultura por la igualdad en las diferencias, una cultura propositiva y no destructiva, de sustitución de marcos socioculturales inadecuados mas no y femeninos de negación de realidades. No puede existir una verdadera equidad para la mujer si no se apoyan las condiciones que protejan la maternidad y la crianza, que son sus características distintivas. El concepto de querer homologar a la mujer con el hombre es en sí mismo discriminatorio, pues coloca al hombre como único criterio de realidad y anula el carácter personal de la mujer en una premisa que significa: “solo siendo como el hombre tengo valor...” CONCLUSIÓN. La mujer y el hombre deben ser reconocidos en su igualdad como especie y en sus diferencias como género, entendido este como una adecuación coherente entre su unidad bio-psico-social y trascendente. La feminidad es una forma de ser en el mundo, propio de la condición de ser mujer. El tema de la femineidad desde hace tres décadas ha presentado variados enfoques. Desde el punto de vista teórico en la condición femenina se presentan tres referencias: a) El sexo, considerado como base bio-genital.b) La vivencia del proyecto de vida como mujer; o identidad sexualc) La referencia de la ideologización, El ser humano posee una dignidad intrínseca. La mujer como ser humano es digna e igual al hombre por naturaleza. Ser hombre y ser mujer no son accidentes del ser humano, sino que pertenecen inseparablemente a su esencia y por tanto feminidad o masculinidad es consecuencia natural de ser hombre o mujer.La mujer y el hombre deben ser reconocidos en su igualdad como especie y en sus diferencias como género, entendido este como una adecuación coherente entre su unidad bio-psico-social y trascendente. La feminidad es una forma de ser en el mundo, propio de la condición de ser mujer.

7. Feminismo y derechos de la mujer
Sylviane Agacinski nos urge a repensar el feminismo y razonar los derechos reales de la mujer en la vida pública. Entre los argumentos que deja sobre el tapete, reflexiona sobre los beneficios que obtuvieron los grupos homosexuales de la lucha feminista y cómo las mujeres perdieron más de lo que ya habían ganado. «Se nace niño o niña, nos convertimos en hombres o mujeres», propone Agacinski al inicio de Política de sexos, para resumir así su intención. Tal diferencia exige el reconocimiento de la mixitud de la humanidad: mezcla de dos elementos, hombre y mujer. Todo el texto es una profunda y, en ocasiones, cruda reflexión sobre un tema generalmente trivializado, el papel y los derechos de la mujer en la vida pública tomando como base lo más característico de ella: su fecundidad y maternidad, con su consecuencia obligada, la labor doméstica. Si no se reconoce esa identidad femenina ni el valor del trabajo familiar, tampoco se podrá exigir al varón el deber de colaborar en las tareas del hogar y no sólo en su mantenimiento pecuniario. Únicamente desde la perspectiva de la mixitud, las mujeres tienen posibilidad de superar la sumisión. Agacinski, además de iniciar un debate entre Simone de Beauvoir, uno de los grandes mitos del feminismo, y Aristóteles, supuesto misógino, en el que pone de manifiesto la discusión metafísica sobre la concepción sartreana de libertad que fundamenta el clásico Segundo sexo, argumenta a favor de la reivindicación de los derechos de la mujer sobre la base, en buena medida, de la naturaleza humana, refrescando un tema demasiado ideologizado. «La diferencia sexual, siendo tan universal, no define en absoluto qué papel juega la organización práctica de las relaciones humanas. No implica en sí misma ninguna institución particular, ninguna segregación, ninguna jerarquía de ningún orden —económico, social, político, religioso o cualquier otro—. El firme cimiento de las diferencias anatómicas y fisiológicas sugiere, en rigor, unos tipos de comportamientos (…) pero no puede programar nada que sea de orden social, jurídico o institucional» (p. 141). En principio, esta diferencia aparentemente establece una igualdad de los sexos: ambos componen el género humano. Sin embargo, en la vida real, la práctica de esta igualdad no se ve realizada como ese en principio parecería marcar. Las razones son múltiples, pero —de nuevo, en la práctica— es evidente que queda mucho androcentrismo. Bastaría observar el número de mujeres elegidas para cargos públicos o que ocupan puestos directivos en la empresa y el ámbito cultural. La historia de la lucha de las mujeres por conseguir una equidad frente al varón es larga. En los dos últimos siglos se ha tornado más notoria, pero los frutos, aunque significativos, aún están lejos de ser halagüeños. Esta lucha ha recibido el nombre de feminismo, y fue dado por sus mismas promotoras. El feminismo ha tenido distintos niveles y momentos, llegando incluso a posiciones violentas. Lo más llamativo es que las posturas más agresivas han dañado a la propia mujer. Desde sus orígenes, el feminismo se orientó en dos direcciones: la igualdad ante el hombre, por una parte, y la consecución de los derechos civiles, por otra. Frecuentemente ambas líneas iban de la mano,

las lideresas buscaban objetivos definidos: el derecho al trabajo profesional hasta entonces masculino o el derecho a votar y ser votadas (participación política). A la vez, el feminismo ha tomado distintos colores según sea anglosajón o latino (especialmente francés). El feminismo contra la mujer Simone de Beauvoir, protagonista indiscutible, profunda pensadora y expositora del ideal femenino, basó su lucha a favor de la mujer en un combate contra su propia naturaleza, en la emancipación de ella. Su reflexión es previa al descubrimiento de los anticonceptivos modernos, por lo que veía como enemigo declarado el confinamiento femenino a la maternidad y sus consecuencias, así como la argumentación masculina basada en esas «limitaciones» naturales: «la mujer está hecha para el hogar». Frente a la necesidad natural y la enajenación carnal del cuerpo femenino, propugnó por una libertad emancipadora. Le Deuxième Sexe trajo ideas nuevas, ayudó a alcanzar una mayor bonanza e incluso independencia económica para las mujeres. Sin embargo, su lógica concibió la emancipación de las mujeres a partir de la negación de la identidad sexual, resaltó los valores viriles y adoptó modelos masculinos a costa de negar las diferencias femeninas y, por tanto, su identidad; a costa de infravalorar lo femenino y desvalorizar los atributos de la maternidad: «la vergüenza de lo femenino ha rondado el feminismo» (p. 52). Para Simone de Beauvoir el hombre había reducido a la mujer al carácter de objeto: el varón sería actividad, la mujer, pasividad. El Segundo sexo buscó acabar con la idea objetivizada de la mujer, trató de liberarla convirtiéndola en «sujeto». La lógica de la mirada sartreana se encuentra presente en este combate. Nadie puede ser sujeto si antes es convertido en objeto por una mirada ajena, la mirada de un sujeto. O se es sujeto o se es objeto. La lucha de la francesa, al basarse en la lógica sujeto/objeto, acepta la jerarquía varón/mujer, actividad/pasividad. Muestra clara es que sostiene la diferencia sexual con la adopción de la supuesta desventaja femenina por su función biológica, la maternidad. Ésta había sido la postura masculinizante del género humano. El Segundo sexo la acepta y enfoca todas sus baterías en contra de la naturaleza enajenante, plantea como real esa función biológica por la cual la mujer quedaría descartada a priori de la vida pública. Pero, «de hecho no existe ninguna razón para que la fecundidad femenina, que constituye el principal carácter diferencial entre mujeres y hombres, represente un handicap y "justifique" la marginación de las mujeres en el interior de las estructuras opresivas. No existe razón sino el efecto de una violencia interpretativa ejercida por el otro sexo y asociado a una dominación de hecho» (p. 53). Simone de Beauvoir niega la diferencia y menosprecia lo más propio de la mujer. No comprendió cuál ha sido la misión esencial confiada a la mujer y, con ésta, su ventaja sobre el varón: su maternidad y fecundidad que, no sólo la distinguen del hombre, sino además le conceden el nada despreciable poder de dar descendencia a los dos sexos. La mujer no es más mujer porque acepte la cosmovisión masculinizante. Lo es porque reconoce y acoge su diferencia, la fecundidad y la maternidad, «una de sus posibilidades más hermosas y gratificantes» (p. 54). Es necesario confesar que «la fecundidad, verdaderamente, no tiene un lugar en este sistema moderno de valores. No fabrica mercancías y no aumenta los recursos. Más grave todavía: no desarrolla la "actividad" y, por tanto, no da a las mujeres ninguna experiencia de la libertad [sartreana]» (p. 57). El mundo moderno y sus valores se olvidan de que la verdadera libertad la constituye la posibilidad de

pensar y de actuar con o sin la necesidad natural. Los límites naturales no son necesariamente negación de la libertad humana: mi estatura física no niega mi libertad, como el estrabismo de Jean Paul Sartre tampoco negaba la suya.«La maternidad y la paternidad son posibilidades humanas esenciales y con frecuencia resulta doloroso estar privado de ellas (…) Traer al mundo un niño, y educarlo, desde su más tierna infancia, implica siempre, para los seres humanos, la cuestión suprema del sentido de la existencia» (pp. 58-59). El feminismo beauvoiriano no vio, como tampoco gran parte del feminismo anglosajón, la trascendencia de la fecundidad: por ella nos despreocupamos de nuestra corta duración y nos preocupamos del futuro de la humanidad. «El niño es a la vez lo mismo que aquellos que lo han engendrado, y es otro. Él difiere, por su singularidad, de todo hombre y de toda mujer. Por esta razón cualquier nacimiento es un acontecimiento absoluto» (p. 61). El concepto de libertad como contraria a la naturaleza y su consecuencia, la denigración de la maternidad, son sólo dos de los temas beauvoirianos que Agacinski discute a fondo. Aún hay otros. Estos bastan para ver la profundidad y valentía de la autora, quien afirma: «Simone de Beauvoir es aún en tanto que filósofa la nieta de Platón: ella no mezcla el espíritu y la carne» (p. 66). Por tanto, «las mujeres quisieron liberarse de la alienación histórica y de la alienación natural, no con su fecundidad sino contra ella» (p. 68). Feminismo y movimientos homosexuales Me he detenido en el argumento que considero clave en este libro. Tanto Simone de Beauvoir como Sylviane Agacinski son filósofas. Ambas abordan los temas con profundidad. Lástima que la primera se viera tan influida por su pareja de toda la vida, Sartre, pues eso le impidió descubrir la raíz del dominio masculino. Agacinski pone en la mesa de discusión dos puntos más que han impedido un ulterior desarrollo de los derechos de la mujer. Por una parte, la relación que se estableció entre el primer feminismo y las llamadas reivindicaciones homosexuales. Por otra, la visión universalista del varón. Para comprender el primer punto —y en general todo el texto— es necesario volver a la frase con que da principio el libro: «se nace niño o niña, nos convertimos en hombres o mujeres» (p. 15). Este planteamiento es una toma de partido. Agacisnki desea reivindicar la naturaleza, la realidad tal cual es: «la especie humana se divide en dos, y solamente en dos, como la mayoría de las otras especies. Esta división, que es la de todos los seres humanos, sin distinción, es ya una dicotomía o, dicho de otra manera, todo individuo que no es mujer es hombre y todo aquel que no es hombre es mujer. No existe una tercera posibilidad» (p. 15). A partir de los años cincuenta y sobre todo los sesenta, los movimientos homosexuales se unieron con éxito al feminismo. Fueron ellos quienes recibieron los beneficios: un grupo pequeño se fortaleció con la lucha de la mitad del género humano, y fueron ellas las perdedoras. Al establecer un paralelismo entre la lucha gay y el feminismo, se buscó una especie de asexualidad (aspecto que perdura en ciertos ambientes feministas) o, como se le llama hoy, la propuesta de género según la cual cada individuo sería libre de elegir su opción sexual. Este planteamiento, de acuerdo con Agacinski, va en contra de la mujer porque le hace perder su identidad. Para alcanzarla es preciso reconocer que sólo existen dos sexos: el masculino y el femenino. «El hombre y la mujer no están definidos solamente por caracteres innatos, sino por el hecho de que pueden ser, o lo son, padre o madre» (p. 89).

Lucha de identidad El intento que hace la autora por no afectar demasiado a los gay le lleva a distinguir entre la naturaleza, el goce erótico y la fecundidad. Admite que la humanidad es naturalmente heterosexual. En cambio sugiere que en la relación con el otro, el deseo de ese otro, generalmente y de manera exclusiva es por el «hetero», es decir, el del otro sexo; pero según ella puede haber excepciones (que confirmarían la regla) por el «homo», es decir, desear sólo al del mismo sexo. El planteamiento se fundamenta en lo que ella llama «la elección del objeto sexual», que podría ser generalmente del otro sexo y en menor número del mismo. Subrayo la palabra objeto porque me sorprende que después de haber puesto en evidencia las limitaciones del feminismo de Simone de Beauvoir, por su dependencia de la lógica sartreana de la mirada objetivante (sujeto vs. objeto), trate de establecer la posibilidad natural del homosexualismo por la elección de un objeto amoroso. La relación entre hombre y mujer, cuando es llevada a su plenitud, concluye en la relación amorosa. Pero equiparar esa relación heterosexual con la homosexual por elección del objeto amoroso como si éste fuera natural o elegible más allá de la determinación (ya declarada) por la que la humanidad se divide en dos sexos, y solamente en dos, es tratar de salvar a una «minoría» (como ella misma la llama) buscando un subterfugio, sin percatarse de utilizar la misma teoría criticada: la sartreana de la pugna entre naturaleza y libertad. Es decir, volvemos a caer en la rechazada lógica de El Segundo sexo. Como la fecundidad pertenece a la relación hombre-mujer, pero no aparece en la relación de los y las homosexuales, quedaría soslayado un obstáculo natural. La paradoja aparece cuando estas «parejas» reclaman un pretendido derecho a «tener» hijos (artificial y subrogadamente). La aceptación y defensa de la «pareja homosexual» se funda en una serie de argumentaciones profundas pero, sobre todo, confusas y sofistas. Porque la defiende a la vez que establece un veto a unir la lucha homosexual con la defensa de los derechos de la mujer: «al revés de ciertos acercamientos que con mucha frecuencia han realizado ciertas corrientes del feminismo, tanto en Francia como en Estados Unidos, en general la causa de las mujeres difiere de la de los homosexuales y de la de las homosexuales, por el solo hecho de que las mujeres no pueden definirse como una minoría (…) En último término, nos podemos preguntar si la categoría "homosexualidad" no se convierte en una pantalla frente a aproximaciones menos simplificadoras de la vida sexual» (p. 97). Para la lucha de las mujeres es indispensable fijar su identidad. Pero la autora no tiene inconveniente en que otros (los y las homosexuales) hagan otra cosa mientras no traten de identificar su lucha con la de ellas. Y, al concluir este análisis, se ve orillada a cuestionar los fundamentos y exigencias de simetría entre la supuesta identidad «homosexual» y la «heterosexual»: sin esa identidad «heterosexual», las reivindicaciones de la mujer se ven afectadas por una concepción asexuada del individuo humano que termina por favorecer un androcentrismo práctico. ¿Cómo defender entonces a las «parejas homosexuales» y sus «derechos»? Parece que aquí finalmente triunfa la postura ideológica sobre el análisis crítico racional. Dominio masculino disfrazado Muy distinto es el carácter de la crítica al «universal masculino». En efecto, cuando se habla de la especie humana, por lo general nos referimos a ella con el concepto universal de hombre. Pero esto es una

abstracción que concluye en la referencia conceptual y real a un individuo asexuado, es decir, se pierde la diferencia y, por tanto, la distinción entre los derechos de los varones y de las mujeres. Ejemplifiquemos con los derechos laborales: es evidente que el varón no requiere del derecho de maternidad, pero hay otros aspectos que no son tan evidentes, como la necesidad de reconocer el papel laboral de la mujer en el hogar y su peculiar remuneración. En la práctica, pues, si no reconocemos una humanidad dividida en dos sexos, termina por dominar un androcentrismo más o menos implícito. O bien un asexualismo que también conduce al dominio masculino, como lo muestra la filosofía platónica: es preferible ¾ dice Agacinski¾ la supuesta misoginia aristotélica, pues ésta sí reconoce la diferencia y con ella la identidad femenina, que es la única forma de luchar por la igualdad de derechos. ¿Cuál es la solución? ¿La igualdad? Es preciso tener mucho cuidado, establecer la igualdad legislativa puede convertirse en una desigualdad de hecho. Por eso es necesario reflexionar sobre la posibilidad de establecer una ley de paridad de la mujer en la vida pública: unas cuotas de cargos para ellas, mientras se consigue la igualdad de hecho. Siempre se corre el riesgo de caer en una discriminación positiva: por exigir esa cuota se excluye a los otros, en este caso hombres, de la posibilidad de ocupar esos puestos que deberían obtenerse por méritos propios y no por su pertenencia a un sexo. Ignacio Ruiz Velasco Nuño

8. La ideología de genéro: exposición y crítica
1. Introducción Existen algunas corrientes de pensamiento cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer". Una de esas corrientes de pensamiento es la que se ha denominado "ideología de género", que pretende imponer en todas las esferas sociales un modo de enfocar los asuntos referidos a la familia y a la sexualidad que llaman "perspectiva de género". Ese modo de pensar se originó en algunos círculos feministas norteamericanos de los últimos 60 y primeros 70, y se ha difundido extraordinariamente por todo el orbe a partir de la IV Conferencia Internacional sobre la Mujer que tuvo lugar en Pekín en 1995. Ese mismo año, el Consejo de Europa aconsejó a los países miembros que integraran en los programas educativos "la perspectiva de género" [Cfr. COUNCIL OF EUROPE, Equality and Democracy: Utopia or Challenge?, Palais del'Europe, Strausbourg, 9-11 febrero 1995, p. 38.]. Recomendación que ha ido calando lenta pero inexorablemente en nuestra área cultural y concretamente en España. Algunas de sus manifestaciones en el terreno legislativo la constituyen la ley contra la violencia de género o la que regula las uniones homosexuales, así como la referencia a la "perspectiva de género" que se hace en el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña actualmente en trámite parlamentario. Un ejemplo de intento de difusión masivo de este tipo de perspectiva en el campo de la educación primaria es la "Guía para las niñas" difundida en octubre de 2005 por la Junta de Comunidades de CastillaLa Mancha y retirada poco después ante las protestas de los padres y de buena parte del profesorado; en ella, se recomendaba a las niñas experimentar nuevas formas de sexualidad, como la homosexualidad.

'Género' y 'perspectiva de género' son conceptos recientes y se han usado en no pocas ocasiones de manera deliberadamente ambigua. Para evitar equívocos ingenuos, resulta evidente el interés que tiene procurar precisar el significado de ambos. Este será el objetivo de la primera parte de esta collatio. En la segunda parte se analizan brevemente esos conceptos desde el punto de vista histórico y sistemático. Finalmente, en la tercera parte se intenta resumir lo expuesto así como estudiar la compatibilidad de la "perspectiva de género" con la verdad sobre el hombre. 2. ¿Qué se entiende por género e ideología de género? 2.1 Noción de género El término género procede del campo de la lingüística y designa una propiedad de algunos términos gramaticales. Así en castellano, como en otros idiomas, los sustantivos, pronombres, adjetivos y algunas formas verbales pueden tener tres géneros: masculino, femenino y neutro. Pero, a partir de la segunda mitad del pasado siglo, en las áreas culturales anglosajonas comenzó a utilizarse el término 'gender', traducido al castellano como 'género', con otra significación; en concreto, se utilizó para designar las diferencias socioculturales entre el varón y la mujer. Con ello se pretendía afirmar que es preciso distinguir entre lo que es dado por la naturaleza biológica, a lo que se le denomina "sexo", de las construcciones culturales hechas según los roles o estereotipos que cada sociedad asigna a los sexos, a las que se denomina "género". En efecto, al analizar el sexo en sus múltiples vertientes se constata que está enraizado en lo biológico, pero tanto la conciencia que se tiene de la implicaciones de la propia sexualidad como el modo de manifestarla socialmente están profundamente influidas por el marco sociocultural. 2.2 Género versus sexo. Ideología de género A partir de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer que se celebró en Pekín en 1995 comenzó una difusión masiva por todo el mundo de este sentido de la palabra "género". En concreto, la directiva de la conferencia de la ONU de la cumbre de Pekín, ante las preguntas de algunos delegados, emitió la siguiente definición: "El género se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo". Esta definición creó confusión entre los delegados asistentes a la cumbre, muchos de los cuales solicitaron una descripción más explícita del término. Fue entonces cuando Bella Abzug, ex-congresista de Estados Unidos, intervino para completar la interpretación del término "género": "El sentido del término 'género' ha evolucionado, diferenciándose de la palabra 'sexo' para expresar la realidad de que la situación y los roles de la mujer y del hombre son construcciones sociales sujetas a cambio". Las palabras de esta ex-congresista esconden una cierta ambigüedad que necesita una ulterior precisión.

En concreto, los roles asignados socialmente a uno y otro sexo en una sociedad, ¿son absolutamente convencionales o hay algunas funciones socialmente asignadas al varón y a la mujer que no es posible variar sin violentar la naturaleza? Aunque la respuesta parece obvia, se ha respondido de modos diversos, que podemos resumir en tres bloques [Cfr. ELOSEGUI, M. y MARCUELLO, A. M. "Sexo, género, identidad sexual y sus patologías" en Cuadernos de bioética n. 39, pp. 459-477]: a) Identidad entre sexo y género.- Según este modo de entender las relaciones entre sexo y género, habría una correspondencia biunívoca entre los dos. A cada sexo, determinado biológicamente, le corresponderían unas funciones sociales que serían invariables a lo largo de la historia. Al hombre le corresponderían las funciones públicas (política, economía, trabajo remunerado), mientras que a la mujer le correspondería moverse en el ámbito de lo privado (reproducción, cría y educación de los hijos, economía doméstica). Como consecuencia de ello se justifica la subordinación de la mujer respecto al hombre, lo que tendría consecuencias en la estructura social y en el ordenamiento jurídico. Al menos en el mundo occidental, este planteamiento se considera hoy superado teórica y jurídicamente. Teóricamente, porque es evidente que hay construcciones culturales diversas que respetan las diferencias naturales de la mujer y el varón. Jurídicamente, porque la igualdad del hombre y la mujer ante la ley se ha ido imponiendo paulatinamente en todos los ordenamientos jurídicos. No obstante, persiste en algunas manifestaciones prácticas de la sociedad. b) Independencia entre sexo y género.- Frente a este modo de entender las cosas, el feminismo radical reaccionó afirmando la absoluta independencia entre sexo y género. Este modo de entender este problema es el que se denomina ideología de género; según sus defensores, el género no tendría ninguna base biológica, sino que se trataría de una mera construcción cultural. Así, en un manual usado en universidades de USA, se puede leer: "El género es una construcción cultural; por consiguiente no es ni resultado causal del sexo ni tan aparentemente fijo como el sexo... Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia, hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino" [BUTLER, J. Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity, New York-London, 1990, p.6]. Según las defensoras de este planteamiento, tanto el sexo psicológico o identidad sexual, como los roles que juegan en la sociedad las personas de uno o de otro sexo son construcciones meramente culturales sin enraizamiento en una naturaleza dada. Es significativa en este sentido la afirmación que escribió en 1949 Simone de Beauvoir: "No naces mujer, te hacen mujer" [SIMONE DE BEAUVOIR, Le deuxième sexe, Paris 1949, p. 285]. Se proponen cinco o seis géneros posibles: varón heterosexual, varón homosexual, mujer heterosexual, mujer homosexual y bisexual (que algunos dividen en bisexual masculino y femenino). En sus expresiones más radicales, los defensores de este tipo de relaciones entre sexo y género opinan que cada uno puede optar en cada una de las situaciones de su vida por el género que desee, independientemente de su corporeidad. Pero como la sociedad actual se fundamenta -en su opinión- en un modelo que perpetúa la diferencia irreductible entre sexos, hay que modificarla. Por eso, las feministas de género se plantean como finalidad deconstruir la sociedad, para establecer -dicen- otra sociedad idílica en la que cada uno pueda optar por el género que desee.

El primer paso es separar el género de la reproducción. La maternidad es uno de los puntos en los que es más difícil aceptar que el género está absolutamente separado de la condición sexual; por eso, una de las metas más claras que se han propuesto estas feministas es deconstruir el proceso reproductivo separándolo de la sexualidad. En una sociedad más creativa, dicen, la reproducción biológica puede asegurarse con técnicas diversas a los contactos personales heterosexuales [HARTMANN, H., The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism, Boston 1981, p. 16]. El segundo es redefinir la familia. Pero lo anterior no puede realizarse sin deconstruir la familia, que se basa en el matrimonio o unión de un hombre y una mujer de por vida para amarse y perpetuar la especie. Este será el siguiente paso del programa feminista de género: sustituir la familia por otro tipo de uniones con el mismo rango de cobertura legal. c) Relación, pero no identidad entre sexo y género.- Se puede reaccionar frente al primer modelo de un modo diverso al que se acaba de exponer. Los defensores de este tercer modelo sostienen que la condición sexuada de la persona humana es una realidad natural que se basa en la biología pero que la trasciende. A la vez sostienen que no todos los roles sociales tradicionalmente asignados al varón y a la mujer en nuestra civilización son consecuencia necesaria de la determinación sexual de uno y otro. Este tercer modo de entender las relaciones entre sexo y género sostiene: Que la mujer y el hombre tienen las mismas capacidades básicas, y que desarrollarlas más o menos es una cuestión que depende de la educación. Que aunque el sexo no determine la conducta, sí condiciona las funciones que cada uno de los sexos puede jugar en la sociedad. En definitiva, se sostiene que muchos de los roles familiares y sociales atribuidos al varón y a la mujer a lo largo de la historia son convencionales y en muchos casos han sido negativos para la mujer. Pero se afirma que hay un núcleo de diferencias entre la masculinidad y la feminidad que se fundamentan en la naturaleza sexuada del ser humano y que son por ello irreductibles. Con esta última afirmación no se pretende supeditar un sexo al otro, ni de contraponer los sexos entre sí, sino de afirmar la complementariedad que existe entre el varón y la mujer en todos los ámbitos. En ese sentido, debe considerarse como un logro tanto la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral como la mayor implicación del hombre en las tareas domésticas. 3. Análisis de la "ideología de género" La finalidad de este apartado es analizar la ideología de género una vez que han sido expuestos en el apartado anterior los tres modos de entender la relación entre sexo y género. Comienza con una breve historia de la ideología de género para pasar a continuación a analizarla desde un punto de vista biológico-sociológico. 3.1 Breve historia de la ideología de género Precedentes y apoyos ideológicos. Los desarrollos teóricos de los partidarios de la ideología de género se apoyan en el pensamiento de los teóricos de la revolución sexual como Wilhelm Reich o Herbert Marcuse, en algunos estructuralistas sociales, y en las propuestas de existencialistas ateos como Simone de Beauvoir.

W. Reich y H. Marcuse, entre otros autores, pretendieron sintetizar las enseñanzas de Marx y de Engels [Entre las obras marxistas sobre la sexualidad y la familia es fundamental la obra clásica de ENGELS, F., Der Ursprung der Familie, des Privateigentums und des Staates (El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, 1884)] por una parte y de Sigmund Freud por otra, teorizaron sobre la lucha de sexos entendida como lucha de la clase oprimida (la mujer) frente a la opresora (el varón); un instrumento para liberarse consistía en experimentar todo tipo de situaciones sexuales [Así lo expone MARCUSE en su obra de 1955 Eros y civilización. Por su parte REICH, W. lo expuso en diversas obras, entre las que podemos citar La revolución sexual (1945)]. Las influencias estructuralistas se fundamentan principalmente en las teorías deconstruccionistas de Jacques Derrida [Cfr. su libro Desconstrucción y pragmatismo, Trad. M. Mayer y I.M. Pousadela. Buenos Aires, Paidós, 1998]; teoría que el mismo aplicó a la sexualidad en algunas de sus obras [Por ejemplo en su artículo "Ser justo con Freud. La historia de la locura en la edad del psicoanálisis", en VV. AA., Pensar la locura. Ensayos sobre Michel Foucault, Trad. J. Piatigorsky. Paidós, Buenos Aires-Barcelona-México, 1996)]. Más directamente aún influyó en el feminismo de género la citada Simone de Beauvoir, tanto por su producción literaria que nos permiten calificarla de existencialista atea, como por su implicación directa en el movimiento feminista. Feminismo de género. En el campo abonado ideológicamente con los precedentes anteriores germina en los años posteriores a las convulsiones revolucionarias ligadas de algún modo con el mayo del 68 francés el movimiento feminista de género. Engels había escrito: "El primer antagonismo de clase de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en el ámbito del matrimonio monogámico y la primera opresión de clase con la del sexo femenino por parte del masculino" [ENGELS, F. The Origins of the Family, Property and the State, International Publishers, New York 1972, pp 65-66]. Se trata de afirmaciones que coinciden en gran parte con el primer movimiento feminista que pretendía la eliminación de los privilegios masculinos. En torno al 1970 surgen planteamientos que pretenden superar esa postura. Un ejemplo de lo que decimos es lo que escribió Shulamith Firestone en su obra The Dialectics of Sex: "Para garantizar la eliminación de las clases sexuales es necesario que la clase oprimida se rebele y tome el control de la función reproductiva... por lo que el objetivo final del movimiento feminista debe ser diverso del que tuvo el primer movimiento feminista; es decir, no exclusivamente la eliminación de los privilegios masculinos, sino de la misma distinción entre sexos; así las diferencias genitales entre los seres humanos no tendrían nunca más ninguna importancia" [FIRESTONE, Sh. The Dialectics of Sex, Bantam Books, New York 1970, p. 12]. Tanto ella como otras activistas de esa época (como Nancy Chorodow, Alison Jagger o Christine Riddiough) pensaron que el núcleo de la opresión de la mujer se encuentra en su papel de madre y de educadora de los hijos. Por tanto habría que liberarla de una y otra tarea. Por eso afirman que convendría promocionar la contracepción, el aborto y otros modos de dominar el propio cuerpo en lo que respecta a la reproducción. De esa manera la humanidad se reapropiaría de "su sexualidad natural caracterizada por un pluralismo polimorfo" [JAGGER, A., "Political Philosophies of Women's Liberation" en Feminism and Philosophy, Littlefield, Adams & Co., Totowa New Jersey 1977, p. 13]. Además, el Estado debería cargar con el peso de la reproducción y la educación de los niños.

Como el objetivo previsto tenía muchos puntos de contacto con las pretensiones de los movimientos homosexuales, se pensó unir los esfuerzos feministas de género con los movimientos homosexuales. Y, para evitar el rechazo que pudieran suscitar estas ideas si se vieran como un ataque frontal a la familia, surge la idea de no rechazar el concepto mismo de familia, sino de modificar su significado de manera que puedan caber otros modos alternativos de familia distinta a la formada por un hombre y una mujer con sus hijos. Esos modelos se pretenden presentar como alternativas igualmente válidas. Por ello, se reivindica su legalización social y jurídica como una exigencia de la tolerancia y de la igualdad de derechos. En el desarrollo y aceptación del feminismo de género jugó un papel importante un médico, el doctor John Money de la Jonh Hopking University de Baltimore (USA). Fue él quien comenzó a usar la palabra 'género' con un sentido distinto al exclusivamente gramatical. Sostenía que lo que llamó identidad de género de una persona dependía exclusivamente de la educación recibida y podía ser distinta al sexo biológico de esa persona. En una obra suya presentó como prueba irrefutable de su teoría un caso del que había sido testigo. Se trataba de dos gemelos univitelinos de sexo masculino. Uno de ellos había sufrido una amputación del pene en una operación de circuncisión; los padres acudieron al dr. Money que les aconsejó que lo castraran y lo educaran como una mujer. Según el citado médico, el experimento había dado como resultado que uno de los dos gemelos desarrolló una identidad masculina y el otro una identidad femenina. Parecía, pues, inconfutable que era la educación y no la naturaleza quien tiene la última palabra en la determinación de la identidad de género. 3.2 Análisis crítico de la ideología de género La génesis de la ideología de género puede ayudarnos a entender mejor sus motivos. Después de haberla expuesto a grandes rasgos, realizaremos un análisis crítico de la misma desde una perspectiva biológicosociológica. Perspectiva biológico-sociológica En 1997 apareció un artículo [DIAMOND, M. & SIGMUNDSON, H.K., "Sex Reassignment at Birth: A Long Term Rewiew and Clinical Implications", Archives of Pediatrics and Adolescent medicine, March 1997, (151), pp. 298-304] en el que se decía que el dr. Money no había contado toda la verdad sobre el caso de los dos gemelos univitelinos de sexo masculino que parecía ser un apoyo firme de la ideología de género. El gemelo educado como mujer no se había adaptado nunca a su educación femenina; a los 14 años intentó suicidarse y fue sometido a una terapia psicológica. Los padres le revelaron la verdad, decidió vivir como varón, se sometió a una complicada operación de recomposición de los órganos masculinos y se casó. Es un hecho comprobado por todos los educadores que los niños y las niñas tienen preferencias por juguetes distintos. Gerianne Alexander [ALEXANDER, G., "An Evolutionary Perspective of Sex-Typed Toy Preference: Pink, Blue, and the Brain", en Archives of Sexual Behavior, vol. 32, 1, febrero de 2003, pp. 714] quiso investigar si hay una base biológica para ello o se trata de un mero proceso de imitación a los adultos por parte de los pequeños. Los estudios neurológicos de los hemisferios cerebrales de niños y niñas han puesto de manifiesto las diferencias existentes entre los cerebros de los varones y los de las

mujeres. Esas diferencias les hacen percibir de manera distinta los colores, el movimiento y otras percepciones. Por otra parte, hay una estrecha ligazón entre el desarrollo emotivo e intelectual de los neonatos y sus relaciones con su madre [SHORE, Affect Regulation and the Origin of Self: The Neurobiology of Emotional Development, p. 540]. Los recién nacidos, que durante el período de gestación en el seno de su madre han oído su voz, vienen al mundo buscando la luz a través de los ojos de su progenitora. Por otra parte, otros estudios avalan la importancia del amor paterno en el correcto desarrollo del niño [ROHNER, R. & VENEZINO, R., "The Importance of Father Love: History and Contemporary Evidence", en Review of General Psychology, vol. 5, 4, diciembre de 2001, pp. 382-405]. Me parece interesante añadir un comentario de Dale O'Leary: "teniendo en cuenta la confianza que se concedió a pruebas faltas de validez, es importante examinar atentamente todas las pruebas que se presenten para avalar la perspectiva de género. Esto es especialmente importante en lo que respecta a temas como el aborto o la homosexualidad" [O'LEARY, D., "La questione del feminismo di genere...." en L'Osservatore Romano, 27 ottobre 2004, p.4]. En concreto, en lo referente a los estudios aportados para justificar una redefinición del matrimonio que permita incluir en esa institución a las uniones homosexuales y que les permita adoptar niños, "la mayor parte de los estudios sobre padres homosexuales está basada en investigaciones cuantitativamente insignificantes, viciadas desde el punto de vista metodológico y analítico (algunas de calidad poco más que anecdótica), y proporcionan una base empírica muy débil para determinar las políticas públicas" [WARDEL, L. "The Potential Impact of Homosexual Parenting on Children", en University of Illinois Law Review, 1997, p. 833]. En conclusión, vista la importancia de la maternidad por una parte y de la paternidad por otra en el desarrollo del recién nacido. Y a la vista del irreductible fundamento biológico entre los varones y las mujeres, parece que se debe afirmar que maternidad y paternidad no son meros roles asignados convencionalmente por la sociedad a mujeres y hombres respectivamente; más bien, tienen un fundamento en la realidad de las cosas. Por eso, es muy conveniente que la sociedad se organice de manera tal que se facilite a las mujeres una educación y unos medios tales que les permita ser buenas madres (y a los hombres ser buenos padres). Y no se debe interpretar ese modo de proceder como un deseo de mantener privilegios indebidos por parte del sexo masculino. 4. Conclusiones La diferenciación de dos sexos es algo esencial al hombre. Palabras como igualdad, modalidad, diferencia, reciprocidad o complementariedad son fundamentales para entender esa realidad. Estos términos no son aceptados unánimemente por los autores. Por ejemplo, Scola en lugar de complementariedad habla de reciprocidad asimétrica. Cotier en lugar de diferencia habla de diversidad, y así sucesivamente. Quizá la terminología se vaya aclarando cuando avancen los estudios sobre el particular. Los modos del ser masculino y femenino en una sociedad tienen mucho de convencional. No es fácil discriminar con claridad qué es lo naturalmente masculino y femenino de lo que es convención social. Siempre que se mantenga la distinción entre sexo y género, la palabra 'género' puede ser útil para distinguir entre los roles y usos sociales que se asocian a lo masculino y lo femenino en una sociedad determinada de lo que le corresponde naturalmente, que se designaría con la palabra 'sexo'. No obstante, dado el origen y el uso que se ha dado al término 'género', algunos autores como Jesús Ballesteros

prefieren no utilizarlo. En mi opinión, sería más propio hablar de 'sexo sociológico' o algo parecido, porque 'género', al ser un término utilizado para referirse a palabras y conceptos puede hacernos derivar hacia un cierto relativismo, como si la diferencia sexual que existe en la humanidad fuera un constructo artificial de los hombres, como lo son los diferentes idiomas. Por otra parte, no abundan los estudios serenos sobre el particular; por tanto, parece una tarea interesante profundizar en lo que Blanca Castilla ha denominado "Antropología diferencial". En cuanto a la "perspectiva de género", conviene recordar que a cada sociedad le interesa que tanto el hombre como la mujer puedan intervenir tanto en el ámbito público como en el privado, y que lo hagan de hecho. De esa manera se aprovechará en ella lo propio de la masculinidad y de la feminidad. Por otra parte, es justo eliminar cualquier signo de discriminación respecto a la mujer. Por tanto, es positivo fomentar la participación activa de la mujer y la equiparación de derechos y oportunidades tanto en el plano jurídico, como en el social. Una "perspectiva de género" así entendida es algo positivo, siempre que se reconozca el derecho-deber a la diferencia entre sexos. Desde el punto de vista concreto, al establecer medidas jurídicas particulares en esa línea, el legislador o el gobernante deben valorar las consecuencias directas e indirectas de ellas en una situación dada. Naturalmente, la perspectiva de género así entendida no tiene el sentido radical que tiene entre las feministas de género. Rafael Mora

9. La filosofía del género
INTRODUCCIÓN La filosofía del genero incluye ideas de diferentes corrientes de pensamiento filosófico y psicológico armonizadas o, mejor dicho, forzadas a armonizarse en una propuesta que busca destruir el concepto de familia tal como lo conocemos actualmente. Postula que la misma es fruto de la sociedad decadente de nuestros tiempos y del devenir histórico que asegura la desigualdad del hombre con la mujer. Por ende, para lograr la igualdad definitiva entre hombre y mujer es necesario: Cambiar todos los roles masculinos y femeninos existentes. Considerar la familia actual como algo perimido. Estructurar un nuevo tipo de unión "familiar" Permitir diferentes formas de contacto sexual como parte de la igualdad. Negar la identidad biológica-psiquica-espiritual del "ser mujer" y del "ser hombre". Eliminar el lenguaje actual en lo referido a temas masculinos femeninos: Cambiar todos los términos que incluyen tacitamente/excluyen a la mujer dentro del hombre. Por ejemplo: "los alumnos de esa escuela" por "los alumnos y alumnas de esta escuela" Anular la proposición "de" en la determinación del nombre de casada de la mujer. Androginizar el lenguaje. Puesto que no existe forma de describir lo que no es masculino o femenino que deben tender a unirse.

Por ello la filosofía del genero no busca la igualdad de derechos o de deberes entre hombre y mujer sino la destrucción de la familia normal de hoy para reconstruir un concepto de familia distinto, mas no solo distinto: nuevo. Para que exista igualdad entre hombre y mujer, propone, hay que destruir las estructuras actuales y crear otras nuevas. No basta cambiar, hay que hacer una nueva sociedad, generar sus propios valores y ser los superhombres (o supermujeres) más allá del bien y del mal, por cierto, conceptos ambos que deben reclasificarse sujetos a una concepción actual que valorizará de nuevo, adaptado a esta evolución, lo bueno y lo malo reestructurándolo en base a una perspectiva de género. Gran parte de estas ideas se encuentran semi textualemente en Engels de quien analizaré algunos párrafos de una de sus obras por considerarlos apropiados en cuanto a cómo esta ideología se nutre de su pensamiento, otras tienen su trasfondo en Nietzsche y en Sartre pero, lo mas importante de destacar es que la "filosofía del género" incorpora todo lo que le pueda ser útil a sus fines (tenga el origen ideológico que tenga) y desecha todo lo que no contribuya a los mismos. Así, Nietzsce puede ser útil en ciertos aspectos y no en otros, tomándose entonces solo los aprovechables. Observamos entonces que el "corpus " de la filosofía del género es una hábil maquinación mental que nos recuerda más a las argumentaciones de los sofistas que a una honesta forma de plantear problemas existenciales. PARTE 1. Conceptos Según el el profesor Schooyans el concepto de Género es utilizado por las feministas radicales como una "ideología según la cual, los roles del hombre y la mujer no están dentro de la naturaleza, sino que son el resultado de la historia y de la cultura". Esta visión histórica de los roles masculinos y femeninos esta íntimamente ligada a la familia y al arquetipo de organización del Estado. Algo curioso es que siendo el concepto de Género utilizado por países de praxis y mentalidad ideológicamente capitalistas sean utilizadas concepciones que tienen , tal vez no sus orígenes pero sí buena parte de sus explicaciones y fundamentos , en pensadores como Marx y Engels. Con todo, el feminismo radical va mas allá de esta concepción histórica, dándole un patrocinio sociológico en el cual "la sociedad inventó los papeles del hombre y de la mujer". Schooyans nos dice entonces que ésta ideología: "intenta desmaternizar a la mujer e indirectamente patrocinaría el matrimonio entre personas del mismo sexo." Engels por su parte cimienta estas ideas con frases como: "La familia,... es el elemento activo; nunca permanece estacionada, sino que pasa de una forma inferior a una forma superior a medida que la sociedad evoluciona de un grado más bajo a otro más alto. Bajo esta percepción la familia de hoy debe transformarse en una familia distinta donde, por ejemplo, papá y mamá, sean, tal vez, papá y papá o mamá y mamá, aunque, en la práctica, tal vez ninguno sea ni el padre ni la madre biológica de ese niño o niña.El propio Engels justifica esta visión al escribir que: "el estudio de la historia primitiva nos revela un estado de cosas en que los hombres practican la poligamia y sus mujeres la poliandria y en que, por consiguiente, los hijos de unos y otros se consideran comunes"Por ello vemos cómo solo es cuestión de adaptarse a las necesidades de las épocas y evolucionar (o involucionar dependiendo de cómo se lo mire)

PARTE 2. La filosofía del Género y la Sexualidad "...En primer lugar eran tres los géneros de los hombres, no dos, como ahora, masculino y femenino sino que había también un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre perdura hoy en día, aunque como género ha desaparecido. Era, en efecto, entonces el andrógino una sola cosa, como forma y como nombre, partícipe de ambos sexos, masculino y femenino, mientras que ahora no es más que un nombre sumido en el oprobio" La filosofía del género busca desmitificar la masculinidad y la femineidad como atributos inherentes a la mujer y al hombre. Tal objetivo solo es lograble haciendo aceptable todo tipo de relación amorosa y sexual, no solo las que consideramos como normales. Las interrogantes antropológicas acerca del hombre son, posiblemente, tan antiguos como el comienzo de su uso de razón. En la Grecia de Platón pareciera ser que por "el amor" se justificaban las relaciones entre personas del mismo sexo. Varios partes de "el Banquete" nos describen comportamientos homosexuales de los comensales, comenzando con el anfitrión Agatón y terminando por el propio Sócrates que parece tomar este tema sin demasiado interés. Voltaire en uno de sus escritos filosóficos nos comenta al respecto: "si el amor que se llama socrático y platónico fuera un sentimiento honesto, lo aplaudiríamos; pero como fue relajación, debe sonrojarnos Grecia porque no lo prohibió" Engels observa también este comportamiento relajado cuando reflexiona: "Y el amor sexual, tal como nosotros lo entendemos, era una cosa tan indiferente para el viejo Anacreonte, el cantor clásico del amor en la antigüedad, que ni siquiera le importaba el sexo mismo de la persona amada , nace un nuevo criterio moral para juzgar las relaciones sexuales. Ya no se pregunta solamente: ¿Son legítimas o ilegítimas?, sino también: ¿Son hijas del amor y de un afecto recíproco?". Es decir, no es tan importante la compatibilidad y la complementariedad de hombre y mujer como "el amor". Con ideas tan amplias sobre las diferencias (o similitudes) de los sexos podemos entender que la filosofía del género asuma la conciencia de la persona como una percepción que está en evolución, aceptando hoy lo que tal vez en otro tiempo no fuera aceptable. O viceversa. O sea: "El fundamento de la ciencia es el hombre, la conciencia humana está en constante evolución histórica y vital ya que el hombre es escencialmente historia viva." Parte 3. El lenguaje en la Filosofía del Género He aquí una parte interesante, aunque un poco compleja. Según el género, "en el lenguaje sexista se evidencia la posición de inferioridad o subordinación de la mujer o a través del mismo se la insensibiliza" La pregunta que me hago (y les hago porque no encuentro respuesta) es, una vez que separemos los conceptos de masculinos y femeninos, puesto que la idea es asexuar todo ¿cómo expresaremos (por ejemplo) a nuestros jóvenes? Los jóvenes gays y los jóvenes ¿hombres?. O diremos los jóvenes homosexuales y los jóvenes heterosexuales y las jóvenes lesbianas o las jóvenes heterosexuales y no olvidemos hablar del actual joven "hombre" que puede llegar a ser el futuro joven "ex hombre" actual transexual. En fin, parecen artilugios para decir lo indecible y para disimular (eufemismo) conductas aberrantes. Por eso cuando en la ilustración aquél punzante amigo nos decía: "¿Cómo es posible que sea natural un vicio

que destruiría al género humano si hubiera sido general y que constituye un atentado contra la naturaleza?". No deja de asombrarme su claridad meridiana. Con todo, la filosofía del género tiene claro que hay que cambiar el léxico si se desea cambiar la mentalidad. "Los fonemas son en última instancia el fundamento de la cultura, de las cuales se desprende el léxico y la sintaxis y de la cuales a su vez depende nuestro conocimiento de la realidad, determinado por las palabras que utilizamos." Parte 4. La Desigualdad entre hombre y mujer. Razones válidas entre mentiras. Que debemos trabajar por una igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, me resulta una proposición de perogrullo, que sin embargo debe ser conciencizada cada día en nuestras culturas predominantemente machistas. Si bien, no deja de ser cierto, que la conducta machista es fruto de una educación materna machista. O sea, los formadores de "machos" generalmente son las mujeres. Sin embargo, la filosofía del género absorbe múltiples variables a esta situación de desigualdad, proponiendo ir bastante mas lejos que en lo que a derechos y oportunidades, etc. se refiere.

El Género propone: la igualdad. Pero ¿qué igualdad? Veamos que nos dicen las entidades propulsoras de esta filosofía como por ejemplo el CLADES (Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la Mujer): "género" no se refiere a los sexos masculino y femenino, sino que se refiere a una ideología que niega el fundamento natural de los roles tradicionales del hombre y la mujer y que alega que todos ellos, incluyendo el concepto mismo de la maternidad, son puras invenciones sociales sujetas a cambio. En este contexto, la sexualidad es reinterpretrada para que incluya como "normales" el homosexualismo, el bisexualismo, y el trasvestismo. Así en su "Declaración de los derechos humanos desde una perspectiva de género", presentada ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en el 50 Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, CLADEM incluye entre los "derechos sexuales y reproductivos", no solo el derecho a la "libertad en la orientación sexual", sino también "al aborto seguro y legal". ¿Podemos plantearnos seriamente la igualdad? ¿No es obvio que somos en esencia distintos? ¿No es claro que somos en nuestra "periferia de ser" y en nuestra "roca de ser" diferentes? ¿Se puede dudar de la "desigualdad" (bellísima desigualdad!) entre un hombre y una mujer? Por lo visto NO! Engels aporta su visión de las cosas: "... la emancipación de la mujer y su igualdad con el hombre son y seguirán siendo imposibles mientras permanezca excluida del trabajo productivo social y confinada dentro del trabajo doméstico, que es un trabajo privado. La emancipación de la mujer no se hace posible sino cuando ésta puede participar en gran escala, en escala social, en la producción y el trabajo doméstico no le ocupa sino un tiempo insignificante. Esta condición sólo puede realizarse con la gran industria

moderna, que no solamente permite el trabajo de la mujer en vasta escala, sino que hasta lo exige y tiende más y más a transformar el trabajo doméstico privado en una industria pública." Adoro cocinar, pero eso no es un rol masculino ni femenino. Detesto cambiar un neumático, pero eso tampoco me identifica como hombre y mujer. ¿Cuál es la igualdad planteada? Una idea retorcida y antinatural (lo natural para la filosofía del Género es una cosa tan cambiante como los días de otoño) que busca justificar lo injustificable. El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida de formas más suaves, pero no, ni mucho menos, abolida. ¿Será que la igualdad es el derecho a trabajar como una esclava en una fábrica 12 horas al día? Así se igualaría a muchos hombres, jóvenes y niños que lo hacen. ¿Y eso está bien? O tal vez ¿será que se desea que el hombre se embarace? Así las cosas serán bien parejas. ¡No olvidemos igualar la menstruación! De paso nosotros, los hombres, podremos cederles, en base a la igualdad, nuestro cáncer de próstata y nuestros factores de riesgos aumentados para el cáncer de colon.(Por no incluir la disfunción eréctil a riesgo de ser acusado frudianamente de fálico) "La primera división del trabajo es la que se hizo entre el hombre y la mujer para la procreación de hijos". Y hoy puedo añadir: el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino. Está claro, pero ¿es real y deseable?. La filosofía del género dice que si dejamos de educar "sexistamente" podremos romper estos paradigmas. "Por tanto, la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como una reconciliación entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria" Conclusión, el matrimonio para siempre, con un solo marido o esposa, que sean del sexo opuesto) y que críen hijos que les guste ser hombres e hijas que les guste ser mujeres: es la cosa mas anormal posible! Debemos volver al parque jurásico donde nuestros primeros abuelitos, además de aprender a caminar, la tenían clara con respecto al matrimonio. Conclusión "Si en un porvenir lejano, la familia monogámica no llegase a satisfacer las exigencias de la sociedad, es imposible predecir de qué naturaleza sería la que le sucediese". Muy bien, estoy de acuerdo con Engels! Mas... ¿Queridos amigos, Uds. creen que estamos lejos de todo esto.? Déjenme detallar lo que en la Conferencia de Beijing + 5 (perteneciente a la ONU) a mediados de este año proponía dentro de una clasificación de "Nuevos derechos humanos": "El derecho de la libre opción sexual de las "cinco opciones normales": heterosexual, homosexual, bisexual, trasvestismo y lesbianismo"

De esto a plantear una nueva clase de familia que no sea la "monogámica" tal como lo vaticinaba Engels podríamos decir que: ya nos hemos adelantado. La filosofía del género da paso a la ideología y a la doctrina del Género.Por ello, me quedo con Voltaire, quien expresa: "no creo que ninguna nación civilizada sea capaz de dictar leyes contrarias a las buenas costumbres". Y es muy cierto. Aquellos que están adoptando esta filosofía e incorporándola a sus sociedades, van en camino opuesto a una sociedad civilizada. Lo irónico, es que creen serlo. Daniel Calcaterra

10 Ideología de género: Primer blanco, la Familia
Oscar Alzamora Revoredo La principal razón del rechazo feminista a la familia es que para ellas esta institución básica de la sociedad "crea y apoya el sistema de clases sexo/género" "El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal, en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma institución de las relaciones sexuales, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural" (1) Estas palabras de Alison Jagger, autora de diversos libros de texto utilizados en programas de estudios femeninos en Universidades norteamericanas, revelan claramente la hostilidad de las "feministas del género" frente a la familia. "La igualdad feminista radical significa, no simplemente igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de necesidades básicas, sino más bien que las mujeres -al igual que los hombres- no tengan que dar a luz". La destrucción de la familia biológica que Freud jamás visualizó, permitirá la emergencia de "mujeres y hombres nuevos, diferentes de cuantos han existido anteriormente" (2). Al parecer, la principal razón del rechazo feminista a la familia es que para ellas esta institución básica de la sociedad "crea y apoya el sistema de clases sexo/género". Así lo explica Christine Riddiough: "La familia nos da las primeras lecciones de ideología de clase dominante y también le imparte legitimidad a otras instituciones de la sociedad civil. Nuestras familias son las que nos enseñan primero a ser buenos ciudadanos, tan completa es la hegemonía de la clase dominante en la familia, que se nos enseña que ésta encarna el orden natural de las cosas. Se basa en particular en una relación entre el hombre y la mujer que reprime la sexualidad, especialmente la sexualidad de la mujer" (3). Para quienes tienen una visión marxista de las diferencias de clases como causa de los problemas, apunta

O’Leary, diferente es siempre desigual y desigual siempre es opresor. En este sentido, las "feministas de género" consideran que cuando la mujer cuida a sus hijos en el hogar y el esposo trabaja fuera de casa, las responsabilidades son diferentes y por tanto no igualitarias. Entonces ven esta desigualdad en el hogar como causa de desigualdad en la vida pública, ya que la mujer, cuyo interés primario es el hogar, no siempre tiene el tiempo y la energía para dedicarse a la vida pública. Por ello afirman: "Pensamos que ninguna mujer debería tener esta opción. No debería autorizarse a ninguna mujer a quedarse en casa para cuidar a sus hijos. La sociedad debe ser totalmente diferente. Las mujeres no deben tener esa opción, porque si esa opción existe, demasiadas mujeres decidirán por ella" (4). Además, las "feministas de género" insisten en la desconstrucción de la familia no sólo porque según ellas esclaviza a la mujer, sino porque condiciona socialmente a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural. Al respecto, Nancy Chodorow afirma: "Si nuestra meta es acabar con la división sexual del trabajo en la cual la mujer maternaliza, tenemos que entender en primer lugar los mecanismos que la reproducen. Mi recuento indica exactamente el punto en el que debe intervenirse. Cualquier estrategia para el cambio cuya meta abarque la liberación de las restricciones impuestas por una desigual organización social por géneros, debe tomar en cuenta la necesidad de una reorganización fundamental del cuidado de los hijos, para que sea compartido igualmente por hombres y mujeres" (5). Queda claro que para los propulsores del "género" las responsabilidades de la mujer en la familia son supuestamente enemigas de la realización de la mujer. El entorno privado se considera como secundario y menos importante; la familia y el trabajo del hogar como "carga" que afecta negativamente los "proyectos profesionales" de la mujer. Este ataque declarado contra la familia, sin embargo, contrasta notablemente con la Declaración Universal de los Derechos Humanos promulgada, como es sabido, por la ONU en 1948. En el artículo 16 de la misma, las Naciones Unidas defienden enfáticamente a la familia y al matrimonio:1. Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza, nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia; y disfrutarán de iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de disolución del matrimonio. 2. Sólo mediante libre y pleno consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse el matrimonio.3. La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado. Sin embargo, los artífices de la nueva "perspectiva de género" presentes en la cumbre de la mujer pusieron al margen todas estas premisas y por el contrario apuntaron desde entonces la necesidad de "desconstruir" la familia, el matrimonio, la maternidad, y la feminidad misma para que el mundo pueda ser libre. En cambio, los representantes de las principales naciones comprometidas con la defensa de la vida y los valores familiares que participaron en Pekín, alzaron su voz en contra de este tipo de propuestas, sobre todo al descubrir que el documento de la cumbre eliminaba arbitrariamente del vocabulario del programa las palabras "esposa", "marido", "madre", "padre". Ante tal hecho, Barbara Ledeen, Directora del Independent Women Forum, una organización de defensa

de la mujer ampliamente conocida en Estados Unidos, señaló: "El documento está inspirado en teorías feministas ultra radicales, de viejo sello conflictivo, y representa un ataque directo a los valores de la familia, el matrimonio y la femineidad". Lamentablemente, la propuesta del Consejo Europeo para la Plataforma de Acción de Pekín se pronunció de la siguiente manera: "Ya es hora de dejar en claro que los estereotipos de géneros son anticuados: los hombres ya no son únicamente los machos que sostienen la familia ni las mujeres sólo esposas y madres. No debe subestimarse la influencia psicológica negativa de mostrar estereotipos femeninos" (6). Ante esta postura, O’Leary escribe en su informe que si bien es cierto que las mujeres no deben mostrarse únicamente como esposas y madres, muchas sí son esposas y madres, y por ello una imagen positiva de la mujer que se dedica sólo al trabajo del hogar no tiene nada de malo. Sin embargo, la meta de la perspectiva del género no es representar auténticamente la vida de la mujer, sino una estereotipificación inversa según la cual las mujeres que "sólo" sean esposas y madres nunca aparezcan bajo un prisma favorable. Salud y Derechos Sexuales Reproductivos En la misma línea, las "feministas de género" incluyen como parte esencial de su agenda la promoción de la "libre elección" en asuntos de reproducción y de estilo de vida. Según O’Leary, "libre elección de reproducción" es la expresión clave para referirse al aborto a solicitud; mientras que "estilo de vida" apunta a promover la homosexualidad, el lesbianismo y toda otra forma de sexualidad fuera del matrimonio. Así, por ejemplo, los representantes del Consejo Europeo en Pekín lanzaron la siguiente propuesta: "Deben escucharse las voces de mujeres jóvenes, ya que la vida sexual no gira sólo alrededor del matrimonio. Esto lleva al aspecto del derecho a ser diferente, ya sea en términos de estilo de vida -la elección de vivir en familia o sola, con o sin hijos- o de preferencias sexuales. Deben reconocerse los derechos reproductivos de la mujer lesbiana" (7). Estos "derechos" de las lesbianas, incluirían también el "derecho" de las parejas lesbianas a concebir hijos a través de la inseminación artificial, y de adoptar legalmente a los hijos de sus compañeras. Pero los defensores del "género" no sólo proponen este tipo de conductas sino que además defienden el "derecho a la salud" que, en honor a la verdad, se aleja por completo de la verdadera salud del ser humano. En efecto, ignorando el derecho de todo ser humano a la vida, estos proponen el derecho a la salud, que incluye el derecho a la salud sexual y reproductiva. Paradójicamente, esta "salud reproductiva" incluye el aborto y por tanto, la "muerte" de seres humanos no nacidos. No en vano, las "feministas de género" son fuertes aliadas de los Ambientalistas y Poblacionistas. Según O’Leary, aunque las tres ideologías no concuerdan en todos sus aspectos, tienen en común el proyecto del aborto. Por un lado, los Ambientalistas y Poblacionistas, consideran esencial para el éxito de sus agendas, el estricto control de la fertilidad y para ello están dispuestos a usar la "perspectiva de género". La siguiente cita de la Division for the Advance of Women (División para el Avance de las Mujeres) propuesta en una reunión organizada en consulta con el Fondo de Población de la ONU, revela

la manera de pensar de aquellos interesados primariamente en que haya cada vez menos gente: "Para ser efectivos en el largo plazo, los programas de planificación familiar deben buscar no sólo reducir la fertilidad dentro de los roles de género existentes, sino más bien cambiar los roles de género a fin de reducir la fertilidad" (8). Así, los "nuevos derechos" propuestos por las "feministas de género", no se reducen simplemente a los derechos de "salud reproductiva" que como hemos mencionado ya, promueven el aborto de un ser humano no nacido, sino que además exigen el "derecho" a determinar la propia identidad sexual. En un volante que circuló durante la Conferencia de Pekín, la ONG International Gay and Lesbian Human Rights Commission (Comisión Internacional de los Derechos Humanos de Homosexuales y Lesbianas) exigió este derecho en los siguientes términos: "Nosotros, los abajo firmantes, hacemos un llamado a los Estados Miembros a reconocer el derecho a determinar la propia identidad sexual; el derecho a controlar el propio cuerpo, particularmente al establecer relaciones de intimidad; y el derecho a escoger, dado el caso, cuándo y con quién engendrar y criar hijos, como elementos fundamentales de todos los derechos humanos de toda mujer, sin distingo de orientación sexual". Esto es más preocupante aún si se toma en cuenta que para las "feministas de género" existen cinco sexos. Rebecca J. Cook, docente de Leyes en la Universidad de Toronto y redactora del aporte oficial de la ONU en Pekín, señala en la misma línea de sus compañeros de batalla, que los géneros masculino y femenino, serían una "construcción de la realidad social" que deberían ser abolidos. Increíblemente, el documento elaborado por la feminista canadiense afirma que "los sexos ya no son dos sino cinco", y por tanto no se debería hablar de hombre y mujer, sino de "mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales, hombres heterosexuales, hombres homosexuales y bisexuales". La "libertad" de los propulsores del "género" para afirmar la existencia de 5 sexos, contrasta con todas las pruebas científicas existentes según las cuales, sólo hay dos opciones desde el punto de vista genético: o se es hombre o se es mujer, no hay absolutamente nada, científicamente hablando, que esté en el medio. 1. Alison Jagger, "Political Philosophies of Womens Liberation", Feminism and Philosophy, Littlefield, Adams & Co., Totowa, New Jersey, 1977, p. 13. 2. Allí mismo, p. 14. 3. Christine Riddiough, "Socialism, Feminism and Gay/Lesbian Liberation", Women and Revolution, p. 80. 4. Christina Hoff Sommers, Who Stole Feminism?, Simon & Shuster, New York, 1994, p. 257. 5. Nancy Chodorow, The Reproduction of Mothering, U. of CA Press, Berkeley, 1978, p. 215. 6. Council of Europe, "Equality and Democracy: Utopia of Challenge?", Palais delEurope, Strausbourg, Febrero 9-11, 1995. 7. Allí mismo, p. 25. 8. "Gender Perspective in Family Planning Programs", Division for the Advancement of Women. Fuente: Texto publicado por la CEP

11. Persona femenina, persona masculina
Por Blanca Castilla y Cortázar Doctora en Filosofía y Teología de la Universidad Complutense y Máster en Antropología, miembro de la Real Academia de Doctores. Catedrática de la Universidad de Navarra 1. El conocimiento propio A lo largo de la historia el ser humano ha querido conocerse a sí mismo, pero esta tarea resulta ardua. En pleno siglo XVIII es Kant el que retoma la cuestión, formulando lo que ha venido a llamarse el giro antropológico de la filosofía moderna. Kant pregunta: ¿Qué es el hombre? Y sitúa dicha pregunta en cuarto lugar tras las preguntas de la Metafísica («¿qué puedo saber?»), de la Moral («¿qué debo hacer?») y («¿qué me cabe esperar?»). E inmediatamente añade: «pero en última instancia se podrían reconducir todas a la Antropología, porque las tres primeras preguntas apuntan a la cuarta».» [1] La pregunta por el hombre se pone entonces en el centro de la filosofía, como aquella cuestión hacia la que apuntan el resto de los conocimientos humanos. Esta pregunta acoge hoy dimensiones muy concretas, pues se desea saber no solamente qué es el ser humano en general, o en abstracto, sino el hombre concreto, en su singularidad irrepetible. Pues bien, esta singularidad acoge el cuerpo, y acoge el sexo, el ser varón o ser mujer. Se reclama hoy una filosofía del cuerpo. Y también una filosofía del sexo. Desde muchas ciencias y por diversas cuestiones sociales, se abre hoy la pregunta acerca de la sexualidad, una característica que aparece ya en el mundo animal, pero que cobra unos matices muy peculiares en torno al ser humano. Antes de continuar es preciso decir que hasta hoy hay poca filosofía en torno al cuerpo y menos en torno a la sexualidad. Y, sin embargo, hay muchas cuestiones que dependen de su estudio: el tema de la homosexualidad, presente en la sociedad; la estructura del amor y de la familia; la peculiar aportación de cada sexo a la cultura y al mundo de trabajo. Durante los últimos años me he dedicado a pensar y a escribir sobre la feminidad y la masculinidad. Para hacerlo es preciso profundizar en diversas categorías como la igualdad y la diferencia. También sobre la relación, sobre la apertura, sobre la persona. Al hacerlo he encontrado dos categorías alrededor de las cuales giran las demás: complementariedad y modalización. Sobre ellas he escrito dos libros. Uno trata sobre “La Complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis”. El otro lo he titulado “Persona femenina, persona masculina”, pues la modalización configura, a mi entender, dos tipos de persona. Veamos algunas de las tesis más importantes de estos dos escritos. 2. ¿Qué es la sexualidad? En primer lugar habría que preguntar: ¿qué es la sexualidad? ¿Qué importancia tiene esta característica en la antropología? ¿Tenemos sexualidad porque somos seres corporales o es una manifestación de estructuras más profundas? De un modo drástico se podría preguntar, ¿nos asemeja la sexualidad a los animales? Para empezar quiero recoger la distinción lingüística, posible en el castellano, que hace Julián Marías: la diferencia entre los adjetivos «sexual» y «sexuado». Con palabras de Marías: «La actividad sexual es una limitada provincia de nuestra vida, muy importante pero limitada, que no comienza con nuestro

nacimiento y suele terminar antes de nuestra muerte, fundada en la condición sexuada de la vida humana en general, que afecta a la integridad de ella, en todo tiempo y en todas sus dimensiones» [2]. La sexualidad, por tanto, entendida como condición sexuada, no se reduce simplemente a una actividad concreta que requiere unos órganos específicos, sino que abarca toda la modalización que hace que el varón y la mujer sean iguales y distintos en todas las facetas de su ser, desde el tono de voz hasta la manera de andar [3]. Los genetistas han calculado esa diferencia en un 3%, pero se halla en cada célula de nuestro cuerpo. En el s. XIX la sexualidad se puso en el centro de la antropología. El primer autor que lo hizo fue Feuerbach. Después lo trató Freud. Pero sus posturas son diferentes. Para Feuerbach «La carne y la sangre son nada sin el oxígeno de la diferencia sexual. La diferencia sexual no es ninguna diferencia superficial o simplemente limitada a determinadas partes del cuerpo. Es una diferencia esencial y penetra hasta los tuétanos. La esencia del varón es la masculinidad y la esencia de la mujer, la feminidad. Por muy espiritual e hiperfísico que sea el varón, éste permanece siempre varón. Y, lo mismo la mujer, permanece siempre mujer». Y termina diciendo «La personalidad es, por lo tanto, nada sin diferencia de sexo; la personalidad se diferencia esencialmente en personalidad masculina y femenina». Para poner de relieve que la sexualidad no es algo accidental o poco importante, sino algo íntimo que tiñe todas las facetas del ser, la describe como “un componente químico”, expresando así que es una realidad humana que no se puede soslayar. No se puede separar ni de lo que llaman espíritu, ni de los órganos que no son estrictamente sexuales. El cerebro -dice adelantándose a las investigaciones científicas hoy en marcha- está determinado por la sexualidad. Sexuados son los sentimientos, pensamientos. «¿Eres tú también más que varón? Tu ser o, más bien (...) tu yo, ¿no es acaso un yo masculino? ¿Puedes separar la masculinidad incluso de aquello que llaman espíritu? ¿No es tu cerebro, esa víscera la más sagrada y encumbrada de tu cuerpo, un cerebro que lleva la determinación de la masculinidad? ¿Es que no son masculinos tus sentimientos y tus pensamientos?» [4]. Sin embargo, Freud presenta una visión reductiva de la sexualidad. En palabras de Julián Marías «cuando, a fines del siglo XIX, y por obra principal de Freud, el sexo adquirió carta de ciudadanía en la comprensión del hombre, el naturalismo de la Filosofía que servía de supuesto a la interpretación freudiana del hombre y a la teoría del psicoanálisis enturbió el descomunal acierto, absolutamente genial, de poner el sexo en el centro de la Antropología (...). El error concomitante fue lo que podríamos llamar la interpretación «sexual» (y no sexuada) del sexo, el tomar la parte por el todo... pues hasta las determinaciones propiamente sexuales del hombre no son inteligibles sino desde esa previa condición sexuada envolvente» [5]. Dos son, por tanto las concepciones de la sexualidad, que se pueden distinguir por esos vocablos de sexualidad y condición sexuada. Aquí me adhiero a la postura de Feuerbach que la toma como condición sexuada, envolvente de todas las dimensiones humanas. Esta diferencia entre sexualidad y condición sexuada pone de frente también la distinción entre sexualidad humana y sexualidad animal [6]. En la biología, por sexualidad se entiende una función que cumple dos objetivos: la reproducción y el intercambio genético. Ahora bien, ¿existe alguna diferencia entre la sexualidad animal y la humana? Parece que, entre la sexualidad humana y la animal, existe la misma que se da entre lo que se podría llamar trabajo animal y trabajo humano. Los animales realizan una actividad, pero que está programada. El trabajo de las abejas, no cambia con el correr de los siglos. Su actividad se encuentra enclasada. Sin embargo, en el actuar humano intervienen factores que la hacen muy peculiar como son la inteligencia, la

libertad, la creatividad. Pues bien, en la actividad sexual del ser humano se incluye una factor específico que es la comunicación, que tiene muchos aspectos: el enamoramiento, el amor, el reconocimiento del otro como persona, la creación de relaciones familiares que suponen lazos estables. Paternidad, maternidad, filiación, conyugalidad, son lazos que aspiran a durar y pueden durar toda la vida. Esas relaciones, que dan sentido a la existencia humana, están imbricadas con la sexualidad. Así, una de las características más profundas de la persona es el afán de amar y ser amado. Pues bien, no es lo mismo que me quiera mi madre, que el hombre que he elegido para compartir la vida. 3. Aspectos que incluye la sexualidad La sexualidad humana, cumple los mismos objetivos que la animal: intercambio genético y la reproducción. Pero además tiene otras dimensiones desconocidas en el mundo animal: todo aquello que tiene que ver con la comunicación y con el amor. La sexualidad en uno de sus aspectos es fuente de placer, pero no sólo eso: es fuente de los lazos más profundos que unen a las personas. Tiene un aspecto unitivo y un aspecto procreador, es fuente de vida, de una vida que surge, que está llamada a surgir, como fruto del amor. Cuando existe amor se desea tener hijos. «Cuando se ama a un hombre (afirma una novelista, actualmente muy leída) -cuando se le ama con la totalidad del cuerpo y del alma-, lo más natural es desear un hijo de él. No se trata de un deseo inteligente, de una elección fundada en criterios racionales. Antes de conocer a Ernesto me imaginaba que quería tener un hijo y sabía exactamente por qué lo quería, cuáles eran los pros y los contras de tenerlo. En palabras pobres, era una elección racional, quería tener un hijo porque había llegado a una determinada edad y me sentía muy sola; porque era una mujer y si las mujeres no hacen nada, por lo menos pueden tener hijos. ¿Comprendes? Para comprar un automóvil habría adoptado exactamente el mismo criterio. »Pero cuando aquella noche le dije a Ernesto: “Quiero un hijo”, se trataba de algo absolutamente diferente y todo el sentido común estaba en contra de esa decisión; sin embargo esa decisión era más fuerte que todo el sentido común. Y además, en el fondo, tampoco se trataba de una decisión, era un frenesí, una avidez de perpetua posesión. Quería a Ernesto dentro de mí, conmigo, a mi lado para siempre» [7]. Hoy en día asistimos, sin embargo, a una trivialización del sexo: Se reduce a placer: clases de educación sexual en las Escuelas se separa el aspecto unitivo y procreador; la procreación se separa del amor: mujeres de 40 años que quieren tener un hijo con los ojos, y la estatura de un caballero al que conocen eventualmente cine: se presenta como un premio o un regalo esporádico al final de una serie de dificultades compartidas Se ve con ojos indiferentes, el divorcio, la contracepción, la instrumentalización de las personas como objeto de placer Se constituyen diferentes modelos de familia en los que se aceptan las parejas de homosexuales y lesbianas Se puede obtener la vida mediante métodos técnicos de fecundación “in vitro”. Incluso parece que se va poder repetir las personas por “clonación”. El aspecto unitivo, el procreador, el placer, los lazos familiares, actualmente disociados, son aspectos que

deben armonizarse en la profunda unidad a la que está llamada la persona humana. Quizá por esto, hoy más que nunca se busca una profundización antropológica en la dignidad de la persona, que como ya dijo Kant no debe ser usada nunca como medio, sino siempre como un fin. ¿Cuál es el sentido profundo de la sexualidad, de la condición sexuada con la que se pueden entablar lazos duraderos, que permiten llegar a la felicidad? 4. Persona y sexualidad ¿Qué relación existe entre sexualidad humana y persona? La función del sexo, que en cierto sentido es "constitutivo de la persona" (no sólo "atributo de la persona"), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como "él" o "ella". Por otra parte hablar de sexualidad es hablar de complementariedad. El sexo masculino y el femenino están hechos uno para el otro. Forman una unidad de orden superior a la de la persona aislada. Si el sexo está unido a la persona, la pregunta a resolver es la siguiente: ¿es que varón y mujer son también personas diferentes y, por eso, personas complementarias? Como se ve ya tenemos focalizados el tema de la complementariedad y el tema de la persona y la modalización sexual. 5. Complementariedad varón-mujer El libro que he escrito sobre La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis. Lo titulé así porque allí donde juegan masculinidad y feminidad surge fecundidad, no sólo en el aspecto biológico, también en el cultural, en el artístico, en el político y en el social. Lo masculino y lo femenino se potencian uno al otro y posibilitan la fecundidad en todos los ámbitos. Eso es complementariedad. Sin embargo, se trataba de plantear nuevas hipótesis porque la complementariedad se ha entendido mal. Durante siglos, se ha considerado que el varón era superior a la mujer; ésta no parecía tener valor por sí misma, era el complemento del varón y su única misión era servirle. Otras veces se ha considerado al varón y a la mujer como dos mitades de la humanidad. En este sentido se hizo como una distribución de virtudes y cualidades. Se ha hablado de virtudes femeninas y masculinas. Por último se decía que la complementariedad estaba en un reparto de roles sociales. Esto teñido de una característica: los trabajos desarrollados por las mujeres eran considerados como subalternos y de simple apoyatura a los masculinos. Y durante siglos -como ya se ha dicho anteriormente-, se ha repartido el mundo pensando que la esfera privada pertenecía a las mujeres y la pública a los varones. Esos modelos de complementariedad están hoy superados. Por referirnos al de la inferioridad no hace falta ni rebatirlo, pues todas las razones pseudocientíficas en las que se apoyaba están hoy desmentidas por las evidencias de la ciencia. Por otra parte, pensar al varón y a la mujer como dos mitades supone no considerar que en cuanto persona, cada uno, en cierto modo, es un todo. En este sentido, dividir las cualidades y las virtudes entre masculinas o femeninas es ilusorio. Las cualidades, en gran medida, dependen de las individualidades, no del sexo. Respecto a las virtudes éstas son humanas y, por tanto, el varón y la mujer pueden vivirlas todas. Lo que sucede es que el varón o la mujer, ordinariamente tienen más inclinación para unas determinadas cualidades o virtudes. Así en términos generales los varones suelen tener mayor capacidad de proyectos a

largo plazo, cierta tendencia a la racionalización, la exactitud y el dominio técnico sobre las cosas, etc...; y hay otras cualidades que las aporta generalmente la mujer. Entre otras, es más espontáneo en ella una mayor facilidad para conocer a las personas, la delicadeza en el trato, la capacidad de estar en lo concreto, la intuición, la tenacidad. Pues bien, pudiendo vivir todas las virtudes, cada uno ha de aprender -no imitar- del otro sexo. En este sentido, afirmaba Jung que los sexos no sólo son complementarios entre ellos, sino en el interior de cada uno. Sin embargo, lo verdaderamente importante es que, teniendo cada persona, sea varón o mujer, capacidad para ejercitar todas las virtudes, éstas cristalizan de un modo distinto en el varón y en la mujer. Varón y mujer tienen un modo peculiar de hacer y vivir lo mismo. De ahí surge la verdadera complementariedad. (coro, timbre de voz, tonos, armonía) La diferencia varón-mujer no se cifra tampoco en tener diversos roles. La mayor parte de los trabajos son intercambiables. Por eso se revelan tan fecundos los equipos laborales formados por varones y mujeres. En cada actividad se hace necesaria la cooperación de los dos sexos, en razón de sus matices femeninos y masculinos. De ahí que no haya espacios exclusivamente masculinos o femeninos. Familia y cultura son tarea común. Por eso el varón ha de estar más presente en la familia y la mujer en la sociedad. Ambos espacios son comunes. Hace falta ir hacia lo que se podría describir como una familia con padre y una cultura con madre. Esto requiere muchos cambios sociales. En primer lugar: facilitar la maternidad. La maternidad supone una prestación social de primer orden, cuyo peso no puede recaer exclusivamente sobre la mujer. No debe pagar más y pagar sola. Esto es lo que está pasando actualmente en muchas sociedades. Muchas veces se condiciona el trabajo de la mujer a su posible maternidad, de tal manera que en la práctica se hacen incompatibles muchas veces maternidad y trabajo. Facilitar la maternidad supone estructurar los trabajos con mayor flexibilidad, con nuevos métodos, hacer un plan de reciclajes, crear adecuados servicios sociales en las empresas, etc. Por otra parte el peso de la maternidad no debe caer exclusivamente ni en la mujer, ni sólo en la familia, ni sólo en la empresa. En este campo es necesario que intervenga la subsidiaridad del Estado. Todo esto supone por parte del varón el descubrimiento de lo que es la paternidad, no sólo con sus propios hijos, sino fomentando ámbitos donde se pueda desarrollar el espíritu maternal. Por otra parte están los derechos de los niños, que necesitan los medios para poder desarrollar una personalidad equilibrada. Y ahí tienen un papel esencial la maternidad y la paternidad. En concreto pienso que en el mundo actual, y desde hace siglos se hace notar un gran déficit de paternidad en la sociedad. Una paternidad que no es paternalismo sino servicio a las personas. Una optimización de la organización social requiere imaginación. Habitualmente se tiene únicamente un sólo modelo de trabajador: varón, soltero, de 30 años, en plena forma física. En cuanto entran en juego las variables familiares, de salud, etc. ese individuo es rechazado por la estructura social. Esto es particularmente notorio cuando el interesado es una mujer, en época fértil, que desea tener familia. Hace falta imaginación para estructurar trabajos flexibles, donde el trabajo esté al servicio de la persona y de la familia, donde cada cual pueda dar lo mejor de sí mismo en cada una de las circunstancias vitales que vaya atravesando. Esto requiere que el marco social no se haga sólo de un modo abstracto, sino que se vea desde el prisma de que la sociedad está compuesta por individuos iguales y diferentes. Y entre las diferencias aquella que divide realmente la humanidad en dos es la diferencia varón-mujer, una diferencia que no rompe la

igualdad. Una diferencia que nos hace complementarios, en la inseparable «unidualidad» de que consta la humanidad. 6. Persona femenina, persona masculina Pero no se trata sólo de cambios sociales. Hace falta también una profundización en el pensamiento. A esto responde el segundo libro. Antes veíamos la relación que la sexualidad tiene con la persona, que influye directamente en la identidad personal, y en la personalidad, configura el yo. La persona tiene al menos dos notas peculiares. 1) Su intimidad. Los clásicos la denominaban incomunicabilidad. Es esa característica que le hace ser única e irrepetible. 2) Otra característica es su apertura. Toda persona está abierta al otro. Una persona única sería una desgracia porque no tendría con quien comunicarse, a quien darse. Todo yo requiere al menos un tú. Si el sexo, como hemos visto antes configura la persona misma, se podría decir que la apertura constitutiva que tiene cada persona tiene dos modalidades: el varón se abre de un modo peculiar: hacia fuera. La mujer también se abre a los demás con su modo: hacia dentro, acogiendo. Estos tipos de apertura se pueden expresar con preposiciones, que son las palabras que indican las relaciones. Al varón le correspondería la preposición DESDE, pues parte de sí para darse a los demás. A la mujer le correspondería la preposición EN: pues se abre dando acogida en sí misma. Esas relaciones se manifiestan de un modo gráfico en la generación de un nuevo ser. El varón al darse sale de sí mismo. Saliendo de él se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertura pero acogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y a su amor. Sin la mujer el varón no tendría donde ir. Sin el varón la mujer no tendría que acoger. La mujer acoge el fruto de la aportación de los dos y lo guarda hasta que germine y se desarrolle. Durante este proceso el varón está al margen. Posteriormente la mujer es apertura para dar a luz un ser que tendrá vida propia. A través de la mujer y con ella el varón está también en el hijo. El varón está en la mujer y está en el hijo, pero como fuera de él. La mujer, sin embargo, es sede, casa. El varón está en la mujer. El hijo, cuando ya está fuera de su madre, en cierto modo, sigue estando en ella. También la mujer está en el hijo, pero fundamentalmente ellos están en ella. Pues bien, este modo de darse diferente y complementario se da en todas los campos y en todas las relaciones humanas heterosexuadas, y apoyándose en la dimensión constitutiva de apertura que la persona tiene podrían dar lugar a dos modos de ser persona la persona femenina y la persona masculina. La realidad humana sería, entonces, disyuntamente o SER-DESDE o SER-EN. Ahí radicaría la principal diferencia entre varón y mujer, en ser dos tipos de personas distintas, que se abren entre sí de un modo respectivo diferente y complementario. La diferencia sexual humana se trataría, entonces, de una diferencia en el mismo interior del SER. Y teniendo en cuenta que el ser humano es personal, sería una diferencia en el seno mismo de la persona. En efecto, lo distinto a la persona -en su mismo nivel- tiene que tener el mismo rango, no puede ser, por tanto, sino otra persona. Afirmar que la diferencia varón-mujer es una diferencia en la persona supone, por otra parte, haber anclado la diferencia definitivamente en la igualdad. Varón y mujer, cada uno es persona. Tienen la misma categoría; la diferencia entre ellos posee el mismo rango ontológico. La diferencia no rompe la igualdad.

Esto vendría a ser un reflejo de la diferencia de las personas divinas en las personas humanas. Notas: [1] ROUSSEAU, Jean Jacques, (1712-1778), Discours sur l’origine et les fundements de l’inégalité parmi les hommes, 1755, Gallimard, Paris, 1965. Trad. cast.: Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, Península, Barcelona 1973, Prefacio, p. 27.[2] MARÍAS, J., Antropología metafísica, ed. Rev. de Occidente, Madrid 1970, p. 160.[3] Muchas de esas diferencias están recogidas en la obra de BUYTENDIJK, F.J.J., La mujer. Naturaleza, apariencia, existencia, Trad. cast.: Revista de Occidente, Madrid, (aunque conserva aún prejuicios masculinizantes como la de atribuir al varón la actividad y a la mujer la pasividad). *4+ La relación existente entre “La esencia del cristianismo” y “El Único y su patrimonio”, (1845), en Principios de la filosofía del futuro y otros escritos. Trad. cast.: José Mª Quintana Cabanas, en PPU, Barcelona 1989, p. 160.[5] MARÍAS, Julián, Antropología Metafísica, ed. Rev. de Occ., Madrid 1970, reeditado Alianza 1995, pp. 165-166.[6] Un desarrollo mayor de estas diferencias puede encontrarse en mi trabajo La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis, en Documentos del Instituto de Ciencias para la Familia, ed. Rialp, Madrid 1993, pp. 23-26.[7] TAMARO, Susana, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, Madrid 1994, p. 147.

11. Persona femenina, persona masculina
Por Blanca Castilla y Cortázar Doctora en Filosofía y Teología de la Universidad Complutense y Máster en Antropología, miembro de la Real Academia de Doctores. Catedrática de la Universidad de Navarra 1. El conocimiento propio A lo largo de la historia el ser humano ha querido conocerse a sí mismo, pero esta tarea resulta ardua. En pleno siglo XVIII es Kant el que retoma la cuestión, formulando lo que ha venido a llamarse el giro antropológico de la filosofía moderna. Kant pregunta: ¿Qué es el hombre? Y sitúa dicha pregunta en cuarto lugar tras las preguntas de la Metafísica («¿qué puedo saber?»), de la Moral («¿qué debo hacer?») y («¿qué me cabe esperar?»). E inmediatamente añade: «pero en última instancia se podrían reconducir todas a la Antropología, porque las tres primeras preguntas apuntan a la cuarta».» [1] La pregunta por el hombre se pone entonces en el centro de la filosofía, como aquella cuestión hacia la que apuntan el resto de los conocimientos humanos. Esta pregunta acoge hoy dimensiones muy concretas, pues se desea saber no solamente qué es el ser humano en general, o en abstracto, sino el hombre concreto, en su singularidad irrepetible. Pues bien, esta singularidad acoge el cuerpo, y acoge el sexo, el ser varón o ser mujer. Se reclama hoy una filosofía del cuerpo. Y también una filosofía del sexo. Desde muchas ciencias y por diversas cuestiones sociales, se abre hoy la pregunta acerca de la sexualidad, una característica que aparece ya en el mundo animal, pero que cobra unos matices muy peculiares en torno al ser humano. Antes de continuar es preciso decir que hasta hoy hay poca filosofía en torno al cuerpo y menos en torno a la sexualidad. Y, sin embargo, hay muchas cuestiones que dependen de su estudio: el tema de la homosexualidad, presente en la sociedad; la estructura del amor y de la familia; la peculiar aportación de cada sexo a la cultura y al mundo de trabajo.

Durante los últimos años me he dedicado a pensar y a escribir sobre la feminidad y la masculinidad. Para hacerlo es preciso profundizar en diversas categorías como la igualdad y la diferencia. También sobre la relación, sobre la apertura, sobre la persona. Al hacerlo he encontrado dos categorías alrededor de las cuales giran las demás: complementariedad y modalización. Sobre ellas he escrito dos libros. Uno trata sobre “La Complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis”. El otro lo he titulado “Persona femenina, persona masculina”, pues la modalización configura, a mi entender, dos tipos de persona. Veamos algunas de las tesis más importantes de estos dos escritos. 2. ¿Qué es la sexualidad? En primer lugar habría que preguntar: ¿qué es la sexualidad? ¿Qué importancia tiene esta característica en la antropología? ¿Tenemos sexualidad porque somos seres corporales o es una manifestación de estructuras más profundas? De un modo drástico se podría preguntar, ¿nos asemeja la sexualidad a los animales? Para empezar quiero recoger la distinción lingüística, posible en el castellano, que hace Julián Marías: la diferencia entre los adjetivos «sexual» y «sexuado». Con palabras de Marías: «La actividad sexual es una limitada provincia de nuestra vida, muy importante pero limitada, que no comienza con nuestro nacimiento y suele terminar antes de nuestra muerte, fundada en la condición sexuada de la vida humana en general, que afecta a la integridad de ella, en todo tiempo y en todas sus dimensiones» [2]. La sexualidad, por tanto, entendida como condición sexuada, no se reduce simplemente a una actividad concreta que requiere unos órganos específicos, sino que abarca toda la modalización que hace que el varón y la mujer sean iguales y distintos en todas las facetas de su ser, desde el tono de voz hasta la manera de andar [3]. Los genetistas han calculado esa diferencia en un 3%, pero se halla en cada célula de nuestro cuerpo. En el s. XIX la sexualidad se puso en el centro de la antropología. El primer autor que lo hizo fue Feuerbach. Después lo trató Freud. Pero sus posturas son diferentes. Para Feuerbach «La carne y la sangre son nada sin el oxígeno de la diferencia sexual. La diferencia sexual no es ninguna diferencia superficial o simplemente limitada a determinadas partes del cuerpo. Es una diferencia esencial y penetra hasta los tuétanos. La esencia del varón es la masculinidad y la esencia de la mujer, la feminidad. Por muy espiritual e hiperfísico que sea el varón, éste permanece siempre varón. Y, lo mismo la mujer, permanece siempre mujer». Y termina diciendo «La personalidad es, por lo tanto, nada sin diferencia de sexo; la personalidad se diferencia esencialmente en personalidad masculina y femenina». Para poner de relieve que la sexualidad no es algo accidental o poco importante, sino algo íntimo que tiñe todas las facetas del ser, la describe como “un componente químico”, expresando así que es una realidad humana que no se puede soslayar. No se puede separar ni de lo que llaman espíritu, ni de los órganos que no son estrictamente sexuales. El cerebro -dice adelantándose a las investigaciones científicas hoy en marcha- está determinado por la sexualidad. Sexuados son los sentimientos, pensamientos. «¿Eres tú también más que varón? Tu ser o, más bien (...) tu yo, ¿no es acaso un yo masculino? ¿Puedes separar la masculinidad incluso de aquello que llaman espíritu? ¿No es tu cerebro, esa víscera la más sagrada y encumbrada de tu cuerpo, un cerebro que lleva la determinación de la masculinidad? ¿Es que no son masculinos tus sentimientos y tus pensamientos?» [4]. Sin embargo, Freud presenta una visión reductiva de la sexualidad. En palabras de Julián Marías «cuando,

a fines del siglo XIX, y por obra principal de Freud, el sexo adquirió carta de ciudadanía en la comprensión del hombre, el naturalismo de la Filosofía que servía de supuesto a la interpretación freudiana del hombre y a la teoría del psicoanálisis enturbió el descomunal acierto, absolutamente genial, de poner el sexo en el centro de la Antropología (...). El error concomitante fue lo que podríamos llamar la interpretación «sexual» (y no sexuada) del sexo, el tomar la parte por el todo... pues hasta las determinaciones propiamente sexuales del hombre no son inteligibles sino desde esa previa condición sexuada envolvente» [5]. Dos son, por tanto las concepciones de la sexualidad, que se pueden distinguir por esos vocablos de sexualidad y condición sexuada. Aquí me adhiero a la postura de Feuerbach que la toma como condición sexuada, envolvente de todas las dimensiones humanas. Esta diferencia entre sexualidad y condición sexuada pone de frente también la distinción entre sexualidad humana y sexualidad animal [6]. En la biología, por sexualidad se entiende una función que cumple dos objetivos: la reproducción y el intercambio genético. Ahora bien, ¿existe alguna diferencia entre la sexualidad animal y la humana? Parece que, entre la sexualidad humana y la animal, existe la misma que se da entre lo que se podría llamar trabajo animal y trabajo humano. Los animales realizan una actividad, pero que está programada. El trabajo de las abejas, no cambia con el correr de los siglos. Su actividad se encuentra enclasada. Sin embargo, en el actuar humano intervienen factores que la hacen muy peculiar como son la inteligencia, la libertad, la creatividad. Pues bien, en la actividad sexual del ser humano se incluye una factor específico que es la comunicación, que tiene muchos aspectos: el enamoramiento, el amor, el reconocimiento del otro como persona, la creación de relaciones familiares que suponen lazos estables. Paternidad, maternidad, filiación, conyugalidad, son lazos que aspiran a durar y pueden durar toda la vida. Esas relaciones, que dan sentido a la existencia humana, están imbricadas con la sexualidad. Así, una de las características más profundas de la persona es el afán de amar y ser amado. Pues bien, no es lo mismo que me quiera mi madre, que el hombre que he elegido para compartir la vida. 3. Aspectos que incluye la sexualidad La sexualidad humana, cumple los mismos objetivos que la animal: intercambio genético y la reproducción. Pero además tiene otras dimensiones desconocidas en el mundo animal: todo aquello que tiene que ver con la comunicación y con el amor. La sexualidad en uno de sus aspectos es fuente de placer, pero no sólo eso: es fuente de los lazos más profundos que unen a las personas. Tiene un aspecto unitivo y un aspecto procreador, es fuente de vida, de una vida que surge, que está llamada a surgir, como fruto del amor. Cuando existe amor se desea tener hijos. «Cuando se ama a un hombre (afirma una novelista, actualmente muy leída) -cuando se le ama con la totalidad del cuerpo y del alma-, lo más natural es desear un hijo de él. No se trata de un deseo inteligente, de una elección fundada en criterios racionales. Antes de conocer a Ernesto me imaginaba que quería tener un hijo y sabía exactamente por qué lo quería, cuáles eran los pros y los contras de tenerlo. En palabras pobres, era una elección racional, quería tener un hijo porque había llegado a una determinada edad y me sentía muy sola; porque era una mujer y si las mujeres no hacen nada, por lo menos pueden tener hijos. ¿Comprendes? Para comprar un automóvil habría adoptado exactamente el mismo criterio. »Pero cuando aquella noche le dije a Ernesto: “Quiero un hijo”, se trataba de algo absolutamente

diferente y todo el sentido común estaba en contra de esa decisión; sin embargo esa decisión era más fuerte que todo el sentido común. Y además, en el fondo, tampoco se trataba de una decisión, era un frenesí, una avidez de perpetua posesión. Quería a Ernesto dentro de mí, conmigo, a mi lado para siempre» [7]. Hoy en día asistimos, sin embargo, a una trivialización del sexo: Se reduce a placer: clases de educación sexual en las Escuelas se separa el aspecto unitivo y procreador; la procreación se separa del amor: mujeres de 40 años que quieren tener un hijo con los ojos, y la estatura de un caballero al que conocen eventualmente cine: se presenta como un premio o un regalo esporádico al final de una serie de dificultades compartidas Se ve con ojos indiferentes, el divorcio, la contracepción, la instrumentalización de las personas como objeto de placer Se constituyen diferentes modelos de familia en los que se aceptan las parejas de homosexuales y lesbianas Se puede obtener la vida mediante métodos técnicos de fecundación “in vitro”. Incluso parece que se va poder repetir las personas por “clonación”. El aspecto unitivo, el procreador, el placer, los lazos familiares, actualmente disociados, son aspectos que deben armonizarse en la profunda unidad a la que está llamada la persona humana. Quizá por esto, hoy más que nunca se busca una profundización antropológica en la dignidad de la persona, que como ya dijo Kant no debe ser usada nunca como medio, sino siempre como un fin. ¿Cuál es el sentido profundo de la sexualidad, de la condición sexuada con la que se pueden entablar lazos duraderos, que permiten llegar a la felicidad? 4. Persona y sexualidad ¿Qué relación existe entre sexualidad humana y persona? La función del sexo, que en cierto sentido es "constitutivo de la persona" (no sólo "atributo de la persona"), demuestra lo profundamente que el hombre, con toda su soledad espiritual, con la unicidad e irrepetibilidad propia de la persona, está constituido por el cuerpo como "él" o "ella". Por otra parte hablar de sexualidad es hablar de complementariedad. El sexo masculino y el femenino están hechos uno para el otro. Forman una unidad de orden superior a la de la persona aislada. Si el sexo está unido a la persona, la pregunta a resolver es la siguiente: ¿es que varón y mujer son también personas diferentes y, por eso, personas complementarias? Como se ve ya tenemos focalizados el tema de la complementariedad y el tema de la persona y la modalización sexual. 5. Complementariedad varón-mujer El libro que he escrito sobre La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis. Lo titulé así porque allí donde juegan masculinidad y feminidad surge fecundidad, no sólo en el aspecto biológico, también en el cultural, en el artístico, en el político y en el social. Lo masculino y lo femenino se potencian uno al otro y posibilitan la fecundidad en todos los ámbitos. Eso es complementariedad. Sin embargo, se trataba de plantear nuevas hipótesis porque la complementariedad se ha entendido mal.

Durante siglos, se ha considerado que el varón era superior a la mujer; ésta no parecía tener valor por sí misma, era el complemento del varón y su única misión era servirle. Otras veces se ha considerado al varón y a la mujer como dos mitades de la humanidad. En este sentido se hizo como una distribución de virtudes y cualidades. Se ha hablado de virtudes femeninas y masculinas. Por último se decía que la complementariedad estaba en un reparto de roles sociales. Esto teñido de una característica: los trabajos desarrollados por las mujeres eran considerados como subalternos y de simple apoyatura a los masculinos. Y durante siglos -como ya se ha dicho anteriormente-, se ha repartido el mundo pensando que la esfera privada pertenecía a las mujeres y la pública a los varones. Esos modelos de complementariedad están hoy superados. Por referirnos al de la inferioridad no hace falta ni rebatirlo, pues todas las razones pseudocientíficas en las que se apoyaba están hoy desmentidas por las evidencias de la ciencia. Por otra parte, pensar al varón y a la mujer como dos mitades supone no considerar que en cuanto persona, cada uno, en cierto modo, es un todo. En este sentido, dividir las cualidades y las virtudes entre masculinas o femeninas es ilusorio. Las cualidades, en gran medida, dependen de las individualidades, no del sexo. Respecto a las virtudes éstas son humanas y, por tanto, el varón y la mujer pueden vivirlas todas. Lo que sucede es que el varón o la mujer, ordinariamente tienen más inclinación para unas determinadas cualidades o virtudes. Así en términos generales los varones suelen tener mayor capacidad de proyectos a largo plazo, cierta tendencia a la racionalización, la exactitud y el dominio técnico sobre las cosas, etc...; y hay otras cualidades que las aporta generalmente la mujer. Entre otras, es más espontáneo en ella una mayor facilidad para conocer a las personas, la delicadeza en el trato, la capacidad de estar en lo concreto, la intuición, la tenacidad. Pues bien, pudiendo vivir todas las virtudes, cada uno ha de aprender -no imitar- del otro sexo. En este sentido, afirmaba Jung que los sexos no sólo son complementarios entre ellos, sino en el interior de cada uno. Sin embargo, lo verdaderamente importante es que, teniendo cada persona, sea varón o mujer, capacidad para ejercitar todas las virtudes, éstas cristalizan de un modo distinto en el varón y en la mujer. Varón y mujer tienen un modo peculiar de hacer y vivir lo mismo. De ahí surge la verdadera complementariedad. (coro, timbre de voz, tonos, armonía) La diferencia varón-mujer no se cifra tampoco en tener diversos roles. La mayor parte de los trabajos son intercambiables. Por eso se revelan tan fecundos los equipos laborales formados por varones y mujeres. En cada actividad se hace necesaria la cooperación de los dos sexos, en razón de sus matices femeninos y masculinos. De ahí que no haya espacios exclusivamente masculinos o femeninos. Familia y cultura son tarea común. Por eso el varón ha de estar más presente en la familia y la mujer en la sociedad. Ambos espacios son comunes. Hace falta ir hacia lo que se podría describir como una familia con padre y una cultura con madre. Esto requiere muchos cambios sociales. En primer lugar: facilitar la maternidad. La maternidad supone una prestación social de primer orden, cuyo peso no puede recaer exclusivamente sobre la mujer. No debe pagar más y pagar sola. Esto es lo que está pasando actualmente en muchas sociedades. Muchas veces se condiciona el trabajo de la mujer a su posible maternidad, de tal manera que en la práctica se hacen incompatibles muchas veces maternidad y trabajo. Facilitar la maternidad supone estructurar los trabajos con mayor flexibilidad, con nuevos métodos, hacer un plan de reciclajes, crear adecuados servicios sociales en las empresas, etc. Por otra parte el peso de la maternidad no debe caer exclusivamente ni en la mujer, ni sólo en la familia, ni sólo en la empresa. En este campo es necesario que

intervenga la subsidiaridad del Estado. Todo esto supone por parte del varón el descubrimiento de lo que es la paternidad, no sólo con sus propios hijos, sino fomentando ámbitos donde se pueda desarrollar el espíritu maternal. Por otra parte están los derechos de los niños, que necesitan los medios para poder desarrollar una personalidad equilibrada. Y ahí tienen un papel esencial la maternidad y la paternidad. En concreto pienso que en el mundo actual, y desde hace siglos se hace notar un gran déficit de paternidad en la sociedad. Una paternidad que no es paternalismo sino servicio a las personas. Una optimización de la organización social requiere imaginación. Habitualmente se tiene únicamente un sólo modelo de trabajador: varón, soltero, de 30 años, en plena forma física. En cuanto entran en juego las variables familiares, de salud, etc. ese individuo es rechazado por la estructura social. Esto es particularmente notorio cuando el interesado es una mujer, en época fértil, que desea tener familia. Hace falta imaginación para estructurar trabajos flexibles, donde el trabajo esté al servicio de la persona y de la familia, donde cada cual pueda dar lo mejor de sí mismo en cada una de las circunstancias vitales que vaya atravesando. Esto requiere que el marco social no se haga sólo de un modo abstracto, sino que se vea desde el prisma de que la sociedad está compuesta por individuos iguales y diferentes. Y entre las diferencias aquella que divide realmente la humanidad en dos es la diferencia varón-mujer, una diferencia que no rompe la igualdad. Una diferencia que nos hace complementarios, en la inseparable «unidualidad» de que consta la humanidad. 6. Persona femenina, persona masculina Pero no se trata sólo de cambios sociales. Hace falta también una profundización en el pensamiento. A esto responde el segundo libro. Antes veíamos la relación que la sexualidad tiene con la persona, que influye directamente en la identidad personal, y en la personalidad, configura el yo. La persona tiene al menos dos notas peculiares. 1) Su intimidad. Los clásicos la denominaban incomunicabilidad. Es esa característica que le hace ser única e irrepetible. 2) Otra característica es su apertura. Toda persona está abierta al otro. Una persona única sería una desgracia porque no tendría con quien comunicarse, a quien darse. Todo yo requiere al menos un tú. Si el sexo, como hemos visto antes configura la persona misma, se podría decir que la apertura constitutiva que tiene cada persona tiene dos modalidades: el varón se abre de un modo peculiar: hacia fuera. La mujer también se abre a los demás con su modo: hacia dentro, acogiendo. Estos tipos de apertura se pueden expresar con preposiciones, que son las palabras que indican las relaciones. Al varón le correspondería la preposición DESDE, pues parte de sí para darse a los demás. A la mujer le correspondería la preposición EN: pues se abre dando acogida en sí misma. Esas relaciones se manifiestan de un modo gráfico en la generación de un nuevo ser. El varón al darse sale de sí mismo. Saliendo de él se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se da pero sin salir de ella. Es apertura pero acogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y a su amor. Sin la mujer el varón no tendría donde ir. Sin el varón la mujer no tendría que acoger. La mujer acoge el fruto de la aportación de los dos y lo guarda hasta que germine y se desarrolle. Durante este proceso el varón está al margen. Posteriormente la mujer es apertura para dar a luz un ser que tendrá vida propia. A través de la mujer y

con ella el varón está también en el hijo. El varón está en la mujer y está en el hijo, pero como fuera de él. La mujer, sin embargo, es sede, casa. El varón está en la mujer. El hijo, cuando ya está fuera de su madre, en cierto modo, sigue estando en ella. También la mujer está en el hijo, pero fundamentalmente ellos están en ella. Pues bien, este modo de darse diferente y complementario se da en todas los campos y en todas las relaciones humanas heterosexuadas, y apoyándose en la dimensión constitutiva de apertura que la persona tiene podrían dar lugar a dos modos de ser persona la persona femenina y la persona masculina. La realidad humana sería, entonces, disyuntamente o SER-DESDE o SER-EN. Ahí radicaría la principal diferencia entre varón y mujer, en ser dos tipos de personas distintas, que se abren entre sí de un modo respectivo diferente y complementario. La diferencia sexual humana se trataría, entonces, de una diferencia en el mismo interior del SER. Y teniendo en cuenta que el ser humano es personal, sería una diferencia en el seno mismo de la persona. En efecto, lo distinto a la persona -en su mismo nivel- tiene que tener el mismo rango, no puede ser, por tanto, sino otra persona. Afirmar que la diferencia varón-mujer es una diferencia en la persona supone, por otra parte, haber anclado la diferencia definitivamente en la igualdad. Varón y mujer, cada uno es persona. Tienen la misma categoría; la diferencia entre ellos posee el mismo rango ontológico. La diferencia no rompe la igualdad. Esto vendría a ser un reflejo de la diferencia de las personas divinas en las personas humanas. Notas: [1] ROUSSEAU, Jean Jacques, (1712-1778), Discours sur l’origine et les fundements de l’inégalité parmi les hommes, 1755, Gallimard, Paris, 1965. Trad. cast.: Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, Península, Barcelona 1973, Prefacio, p. 27.[2] MARÍAS, J., Antropología metafísica, ed. Rev. de Occidente, Madrid 1970, p. 160.[3] Muchas de esas diferencias están recogidas en la obra de BUYTENDIJK, F.J.J., La mujer. Naturaleza, apariencia, existencia, Trad. cast.: Revista de Occidente, Madrid, (aunque conserva aún prejuicios masculinizantes como la de atribuir al varón la actividad y a la mujer la pasividad). [4] La relación existente entre “La esencia del cristianismo” y “El Único y su patrimonio”, (1845), en Principios de la filosofía del futuro y otros escritos. Trad. cast.: José Mª Quintana Cabanas, en PPU, Barcelona 1989, p. 160.[5] MARÍAS, Julián, Antropología Metafísica, ed. Rev. de Occ., Madrid 1970, reeditado Alianza 1995, pp. 165-166.[6] Un desarrollo mayor de estas diferencias puede encontrarse en mi trabajo La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis, en Documentos del Instituto de Ciencias para la Familia, ed. Rialp, Madrid 1993, pp. 23-26.[7] TAMARO, Susana, Donde el corazón te lleve, Seix Barral, Madrid 1994, p. 147.

12. Habitar funciones humanas de la feminidad y masculinidad
Por Ignacio Falgueras. Catedrático de Filosofía. Universidad de Málaga

La distinción hombre-mujer no es una distinción esencial dentro del orden de lo humano, pero tampoco es una mera diferencia biológica, es decir, restringida a un área parcial de nuestro ser que no afecta a lo propiamente humano del hombre: todo cuanto hacemos los seres humanos está afectado por dicha distinción de una u otra manera. Por ello, si se quiere hablar con cierta exactitud, ha de afirmarse que la distinción hombre-mujer es una propiedad de la naturaleza humana, que deriva de su condición biológica, pero que impregna todo lo humano, y tiene un sentido humano. Precisamente porque la distinción hombre-mujer no es una distinción esencial pero sí propia del ser humano, el título de esta conferencia prefiere hablar de «feminidad» mejor que de «mujer» y de «masculinidad» mejor que de «hombre», es decir: prefiere utilizar sustantivos abstractos útiles para indicar propiedades, mejor que sustantivos concretos, los cuales podrían sugerir una diferencia esencial entre ellos. Lo nuclear en el hombre es la persona. Hombre y mujer son ante todo y sobre todo personas, seres responsables ante la llamada de la ultimidad, y en cuanto tales igualmente humanos. El objetivo de esta conferencia es el de esclarecer el sentido humano, que no meramente biológico, de la distinción feminidad-masculinidad. A ese fin se articulará en tres partes: la primera estudiará el habitar del hombre en el mundo, o lo que es igual, el sentido de la existencia humana sobre la tierra; la segunda definirá el modo femenino y masculino del habitar, sus diferencias y funciones; la tercera subrayará la unidad funcional de ambas. 1. El habitar humano Habitar no es guarecerse. El animal se guarece, el hombre habita. Guarecerse es defenderse, o sea: estar a la defensiva, desarrollar una actividad subordinada o sometida al entorno. En este sentido, aunque tanto la vida vegetal como la animal convierten al mundo físico en medio ambiente, lo hacen sólo por integración en o adaptación a las circunstancias físicas concretas. De manera que, para la vida meramente biológica vivir es vivir en un lugar geográfico determinado, en un hábitat concreto. La ley de la vida meramente biológica es la adaptación. Para que se pueda dar la vida y la adaptación se requiere previamente que las circunstancias físicas no la imposibiliten. Dicho más concretamente se requiere una cierta estabilización frecuencial de la entropía o, con otras palabras, una cierta vigencia de la probabilidad en el orden físico. Pero eso no es suficiente. La razón de la vida está en ella misma: es el ser vivo el que activamente selecciona los estímulos externos, los convierte en información, y ajusta su actividad a ellos, llegando incluso a configurarse biológicamente en función de aquéllos. Todas las formas del bios vegetal y animal no son más que el resultado de esa activa adaptación al perimundo o mundo circundante. Por ello, tanto la morfología como la conducta vegetal y animal son relativas a un entorno geográfico, a un hábitat. Ahora bien como el hábitat es siempre éste o aquél, es siempre particular y circunstanciado, la vida vegetal y animal es una vida circunstanciada y particularizada. A mi juicio, la circunstancia no es un atributo del yo -como pretende Ortega-, sino un atributo del bios vegetal y animal. En resumidas cuentas, la vida vegetal y animal, aunque ella misma no sea física o entrópica, no sólo cuenta con la entropía para nutrirse de ella, sino también para adaptarse y someterse a ella de modo que le sea posible mantener su unidad antientrópica. El organismo meramente biológico, es decir, el organismo vegetal y animal, se integra por entero en el mundo circundante, hasta tal punto que puede decirse que «la obra» o producto del animal es su propio organismo, fruto de su adaptación a la entropía

estabilizada del mundo físico. Guarecerse, como forma de vida, significa, pues, vivir en un lugar o hábitat concreto mediante la adaptación del organismo biológico al perimundo físico. La vida biológica se nutre de lo físico y se adapta a lo físico: su "soporte y su límite es el mundo físico, quedando abarcada por él". El hombre, en cambio, no vive así. Ante todo, el hombre no está adaptado ni genética ni morfológicamente. El hombre no nace con un código de conducta prefijado que le permita interpretar inmediatamente los estímulos externos y darles una respuesta adecuada: carece de instintos. En cuanto a la morfología, el organismo humano es un organismo de mamífero superior no evolucionado o adaptado, y que, en vez de especializarse en algo conserva todas las posibilidades de dicho tipo de organismos como tales posibilidades, a la par que potencia el desarrollo del medio interno o sistema nervioso central. Dicho esto, ha de añadirse sin dilación que tampoco necesitaría el organismo humano especializarse en nada, ya que el hombre es un ser libre e inteligente, es decir, capaz de adaptar el entorno a sí mismo, en vez de adaptarse él al entorno. Lo propio, por tanto, del hombre es dominar el mundo físico; el hombre es dueño o señor del mundo en cuanto que puede y sabe disponer de él. En consecuencia, ni el hombre se somete al mundo para encontrar en él su guarida, ni el mundo abarca al hombre como su fundamento y límite. A la especial relación que guarda el hombre con el mundo la llamo habitación. Habitar en el mundo quiere decir: tener el mundo a disposición como medio para los propios fines. El que habita es siempre superior a lo habitado por él, no al revés, lo mismo que el que pone los fines es superior al que los recibe. En este sentido, para habitar se requiere ser dueño del mundo, no de esta o aquella circunstancias particulares, no de un lugar u otro, sino que se requiere ser dueño de lo universal del mundo, de su esencia. En pocas palabras y formalmente hablando: habitar el mundo es asociarlo al propio proyecto humano. uncirlo como medio a nuestro destino, y así otorgarle una elevación y dignidad racionales que él no tiene. Como vemos, habitar no es ni guarecerse ni pertenecer al mundo sino dominarlo. Y precisamente porque el hombre no pertenece al mundo puede pensar su habitar como una pura denominación extrínseca, es decir, como una relación meramente externa o fáctica, según sugiere el léxico corriente en el que se entiende de ordinario por habitar el vivir de hecho en un lugar. Para una planta o animal el lugar en que vive no es indiferente o extrínseco, para un humano sí, porque el ser humano no se guarece en el hábitat, antes bien lo somete y dispone de él como señor. Sin embargo, conviene advertir que la falta de adaptación genética al entorno hace que el hombre nazca con una absoluta carencia de información previa y de códigos de conducta respecto al entorno. El hombre no nace ambientado, no nace en una circunstancia mundana; es un extraño para el entorno y, a su vez, el entorno es extraño para él. De ahí que la actitud primera y más elemental del ser humano ante el mundo sea la del extrañamiento, la de la sorpresa o admiración, que luego se transforma en investigación. No sólo el inicio de la filosofía, sino el inicio mismo del saber humano es el extrañamiento y la admiración. El hombre es, según lo que vengo diciendo, un extraño en el mundo y un ser que se extraña del mundo, y por esa razón el mundo físico ni es su guarida ni puede ser su morada. No es que exista enfrentamiento u oposición esencial entre hombres y mundo, simplemente que entre ellos hay una diferencia irreductible, de acuerdo con la cual el hombre puede estar en el mundo pero no ser del mundo. De cuanto acabo de decir resulta patente que el mundo no es de suyo habitable para el hombre y que, por tanto, antes de habitarlo ha de ser hecho habitable por el hombre. Es ésta otra diferencia drástica con el bios animal y vegetal. Este tiene prefijado genéticamente un entorno físico en el que vivir, respecto del cual dispone de información y adecuación previas, es decir: cuenta con un mundo en el que guarecerse y

anidar. El hombre, por el contrario, ha de hacerlo todo por sí mismo, la posibilidad de la habitación y su realidad dependen por entero de él. Habitar es una tarea enteramente humana; o sea, condicionada ex integro por nuestra libre operatividad. Es, por consiguiente, el hombre mismo el que aporta el proyecto de vida humano y el modo en que el mundo puede ser asociado a dicho proyecto. El hombre habita el mundo operativamente, esto es, mediante su trabajo. La diferencia que acabo de establecer entre hombre y animal permite discernir dos dimensiones en la operatividad humana: hacer habitable el mundo y someterlo. Esta distinción es el eje central sobre el que gira el planteamiento íntegro de todo cuanto voy a exponer a continuación y, en consecuencia, merece ser objeto de una consideración suficientemente amplia. La diferencia entre hombre y mundo es, por las múltiples razones antes aducidas, una diferencia irreductible que conlleva una neta superioridad por parte del hombre, y ello implica que si se ha de establecer una relación entre tales diferentes, el único que está en condiciones de salvar la diferencia entre ambos es el hombre mismo. En este sentido, hacer habitable equivale a encontrar el modo de que el proyecto humano pase por la mediación de un mundo que no es, de entrada, humano. Hacer habitable es, siguiendo la lógica de lo dicho, humanizar el mundo físico o convertir lo temporal-efectivo mundano en medio para lo eterno-destinal humano. La dificultad del tránsito es grande por cuanto el mundo tiene una naturaleza distinta e inferior al hombre, y éste, como extraño al mundo, carece inicialmente de interés humano por el mundo. Hacer habitable el mundo es acercarlo al hombre para que posteriormente éste lo asocie a sus fines propios. Pero, insisto, ambas tareas las realiza el hombre. Por ello ha de afirmarse que, ante todo, hacer habitable el mundo es morar, o sea: detenerse o demorarse en lo temporal-efectivo del mundo de manera que la consecución del destino humano se vincule a él como el fin se vincula a los medios. Ciertamente, para acercar el mundo al hombre hay que tenerlo en cuenta y procurar unir de modo armonioso a las posibilidades de su naturaleza los fines y proyectos humanos, razón por la cual hacer habitable es también guardar y salvaguardar la realidad y la naturaleza mundanas ante el posible ataque de nuestros fines y proyectos. El morar humano es, pues, a la vez un guardar el mundo. Ahora bien, el morar que guarda ha de ser puesto por obra mediante iniciativa propia del hombre por lo que no puede decirse que el hombre more directa e inmediatamente en el mundo, sino mediante sus obras: el hombre mora en sus obras y mediante ellas en el mundo. El mundo humano no es el mero mundo físico, sino el mundo físico humanizado por la operatividad en su primera función, la de hacerlo habitable. La segunda dimensión o función del trabajo humano es la de someter el mundo o disponer de él como medio para nuestros fines. En rigor, esta función es la directamente dominante, mientras que la función del morar que guarda lo es sólo indirectamente. Someter el mundo significa realizar en él y por su medio nuestros fines y destino. De suyo, puesto que el destino humano es lo infinito y eterno, el sometimiento eleva al mundo a una dignidad superior a la que le corresponde naturalmente. Pero sólo cuando el hombre se ha demorado adecuadamente y se ha cuidado de establecer la vinculación del mundo a sus propios fines con íntegro respeto o guarda de la naturaleza mundana, sólo entonces esa elevación de dignidad estará acompañada de un efectivo desarrollo, promoción o cultivo del mundo dentro del ámbito mismo de lo mundano. El sentido preciso de la segunda función del habitar humano es la mejora del mundo y del hombre. Guardar y cultivar, morar y someter, hacer habitable y perfeccionar son las dos funciones que integran el

habitar humano en el mundo, el cual resulta ser así una actividad compleja y analizable, aunque ciertamente unitaria. A este respecto es conveniente subrayar, ahora, la unidad de ambas funciones poniendo el acento en la articulación de las mismas: 1. Sin el morar que guarda no cabe cultivo o perfeccionamiento del mundo. Si no se encuentra el modo de hacer viable el proyecto humano en el mundo y si no se descubre el modo de interesarse humanamente por el mundo, el dominio del hombre no alcanza a ser nunca un cultivo, sino mero juego y entretenimiento. 2. Pero si no se cultiva o mejora el mundo con el trabajo humano, entonces se pierde la superioridad efectiva del proyecto humano: la guarda se toma obsesión, la morada demora, la habitación cárcel. 3. La relación entre el morar que guarda y el someter que mejora es la misma que hay entre lo posible y lo efectivo. Lo efectivo supone y confirma a lo posible, lo posible abre el camino hacia lo efectivo, pero no lo alcanza por sí mismo. Ni lo efectivo hace posible a lo posible, ni lo posible hace efectivo a lo efectivo; pero sin posibilidad no hay efectividad, y sin efectividad la posibilidad es vacua futuribilidad. Permítanseme algunas precisiones más. Morar supone detener la atención y el interés en el tiempo físico para adaptarlo al proyecto humano y hacer, así, viable la posibilidad de éste. Pero ello implica que ha de prepararse el proyecto humano para su temporalización sin que sufra menoscabo su carácter supratemporal. El morar lleva consigo, por tanto, una previa distribución temporal del proyecto humano, una flexibilización de sus fines tal que, sin perder su unidad y superioridad, quede distendido en fases realizables temporalmente. Por su parte, el sometimiento tiene puesta la mira en los fines humanos al margen de la consideración de la naturaleza mundana: en sí mismo el sometimiento es supeditación del interés por el mundo y afirmación de la propia superioridad sobre él. Para que el morar no conlleve una pérdida de la unidad y superioridad del hombre, y el sometimiento alcance a ser una mejora de sí y del mundo, es preciso que ambas funciones se realicen armónicamente. Pues bien, el modo más elemental y natural de morar por parte del hombre es la familia: el hombre mora en el mundo familiarmente. La familia es aquella comunidad estable que tiene como tarea el amor generoso en la forma de una mutua entrega para la transmisión de la vida y para la educación de la prole. Ella ofrece la posibilidad más sencilla de un proyecto humano en el mundo: el amor fecundo. La procreación, nutrición y desarrollo humano de los propios hijos, es decir, de otros seres humanos, son el incentivo más elemental para interesarse por el mundo físico. Obviamente es éste también el modo más simple de guardar y de humanizar el universo físico. Más bien que pura tendencia biológica, la familia es toda ella fruto de la libertad operativo humana, es obra del hombre, y por eso es ella también la célula y el inicio de la sociedad. La sociedad nace de la prolongación del interés familiar. El hombre mora en familia, y sólo derivadamente en sociedad. En cuanto al modo más elemental de sometimiento del mundo por el hombre, hay que decir que se da en el lenguaje. En realidad, someter es ordenar el tiempo físico desde los fines humanos, y el lenguaje es la producción de una cadena fónica, organizada desde la unidad del concepto mediante un esquema imaginativo. El hombre prolonga el lenguaje en la producción de artefactos. El artefacto lleva el esquema lingüístico hasta la entraña de los procesos físicos, aportando así aquella efectividad de que carece nuestra palabra. Pero, debido a ello, el artefacto pierde la neutralidad física de la palabra, y modifica y perturba la naturaleza al someterla; y tanto más perturbador será cuanto más efectivo sea su

sometimiento. El progreso técnico va acompañado necesariamente de un gasto inevitable. Al ser una ordenación que conlleva intrínsecamente una perturbación, la operatividad humana tiene que gastar tiempo y energías en eliminar ese efecto negativo, so pena de dañar irreparablemente las condiciones actuales del mundo físico. Por ello el progreso técnico no es necesariamente ni un perfeccionamiento del mundo ni un perfeccionamiento del hombre. 2. La diferencia entre lo masculino y lo femenino Una vez fijado el sentido y las funciones del habitar humano en el mundo cabe acometer el estudio de la diferencia entre lo masculino y lo femenino. Como ya sugería yo al principio de esta conferencia, es ésta una distinción funcional, no esencial, dentro del orden de lo humano, y que mantiene estrecha relación con el habitar y su dualidad de dimensiones. Entiendo, en efecto, que la función moradora y de guarda corresponde a lo femenino, mientras que la función de sometimiento y cultivo corresponde a lo masculino del ser humano. En otras palabras: lo femenino es hacer habitable el mundo, lo masculino someterlo. Hago hincapié de nuevo en que no me refiero aquí al hombre y a la mujer, sino a lo masculino y a lo femenino, y no porque haya mujeres que piensan y obran masculinamente y varones que hacen lo opuesto, sino porque en realidad estoy hablando de dos funciones humanas y no de personas. Bien entendido esto, sostengo que la esencia de la feminidad es hacer habitable el mundo por estas tres razones: 1. Porque la feminidad tiene connaturalmente el sentido del morar. No en vano el seno materno es la primera morada o habitáculo para el ser humano. El feto humano es más ajeno e inadaptado al mundo circundante que el propio hombre adulto, y no sólo por razones biológicas -ya que no puede sobrevivir fuera del seno materno-, sino también por razones humanas, dado que su desorientación en el mundo físico, inhóspito e inhumano de suyo, es completa. Es función de la maternidad transmitir la primera información humanizada del mundo al feto. A través del torrente sanguíneo llegan a éste las primeras emociones (tranquilidad, alegría, serenidad, sobresalto, miedo, tristeza, angustia etc.). Se puede decir que la base afectiva del temperamento de cada ser humano se ha ido formando ya en el útero materno. El feto recibe información de cómo se le acoge y se le estima. La primera acogida humana al nuevo ser es, según esto, la que le proporciona lo femenino. Por ello es tan importante la relación prenatal madre-hijo, y tan infame el crimen del aborto: negarle su hogar al más grande desamparado. 2. Porque ella encarna en sí misma el interés por el mundo. La feminidad está naturalmente dotada para captar lo concreto y el modo como el proyecto destinal humano se puede cumplir en lo concreto del mundo. El interés por lo concreto está acompañado en ella de una finísima inteligencia para todo lo singular. Eso que se suele llamar intuición femenina es lo que, con más rigor, llamaría inteligencia para lo concreto; para lo concreto humano, por su función de acogimiento maternal, tanto como para lo concreto del mundo, por su capacidad de ordenación de lo singular. De esta dotación natural para ordenar y organizar lo concreto nace su interés por el adorno, la belleza y la decoración, tareas cuyo fin es el de humanizar el universo físico. La inteligencia femenina ejerce su dominio o superioridad sobre el mundo para hacerlo habitable al ser humano, no para someterlo. Su dominio es, pues, respetuoso y lleno de amor por lo natural.

3. Porque ella atrae e interesa a lo masculino hacia la morada, es decir, hacia el compromiso con la vida en el mundo. Por decirlo con terminología kierkegaardiana: la feminidad incita al salto del estadio estético al estadio ético. El quehacer masculino resultaría pura denominación extrínseca para el hombre, si lo femenino no le hiciera interesarse por el morar. Es la feminidad lo que fija y asienta la afectividad masculina, la que da seriedad al puro jugar masculino. El fallo del D. Juan está en no dejarse fijar por la feminidad y ello denota falta de masculinidad, como con acierto hizo notar Marañón. El puro inteligir abstracto y el mero producir lúdico de la masculinidad resulta, gracias a lo femenino, incitado e interesado por la guarda y el cultivo del mundo. Por ello se dice, y con razón, que detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer. En segundo lugar, sostengo que la esencia de la masculinidad es el sometimiento del mundo por el sometimiento, y esto también por tres razones: 1. Porque el hombre posee connaturalmente el sentido de la mediación. Lo masculino del ser humano es lo productor tanto del medio de fecundación como de los medios en general. Producir medios es, pues, la función propia de la masculinidad. Como productor de medios, lo masculino del ser humano posee el sentido del artefacto y la habilidad para producir medios instrumentales. Ahora bien, el artefacto o medio instrumental producido en sí mismo una síntesis o acumulación unitaria de propiedades abstractas. Por ejemplo: duro y afilado permite cortar, ligero y alargado constituye lo lanzable. Si se reúnen todas esas características abstractas, tendremos una lanza, independientemente de los materiales que se usen en su confección. El modo de la síntesis de esas propiedades dependerá, en cambio, de los materiales que se usen, v. gr: si se hace de piedra y madera, la síntesis se obtendrá mediante una unión a presión o mediante cuerda; si se hace de metal, puede ser obtenida mediante una soldadura, etc. Es decir, la síntesis instrumental es siempre concreta. En cambio, las propiedades -como dije- han de ser captadas en abstracto. El tipo de inteligencia que se requiere para la producción de artefactos es, según esto, sintética para lo concreto y analítica para lo abstracto, justamente lo inverso de la inteligencia femenina, la cual -como sugerí antes- es sintética para lo abstracto y analítica para lo concreto. La misma producción del artefacto como síntesis concreta y novedosa de propiedades abstractas implica ya en sí misma un dominio como sometimiento u ordenación a un fin externo, que no tiene en cuenta la naturaleza integra de los materiales. De este modo, el instrumento no hace habitable el mundo, simplemente lo convierte en medio. En y mediante el artefacto, el mundo queda a disposición de fines humanos extrínsecos.2. Porque lo masculino del ser humano se interesa por las organizaciones comunes. Por organización entiendo, en general, la articulación compleja de lo abstracto capaz de actuar unitariamente en lo concreto, justo lo inverso del adorno que sería, más bien, la articulación compleja de lo concreto capaz de actuar unitariamente en lo abstracto. Pondré un ejemplo de cada uno: la ONU es una articulación compleja de naciones (o entidades abstractas) capaz, sin embargo, de actuar en lo concreto como un sujeto; un bouquet, en cambio, es una articulación compleja de flores concretas que pueden simbolizar algo en abstracto (lkewana). Las organizaciones como articulaciones muy complejas de lo abstracto que pueden actuar en lo concreto permiten un mayor y mejor sometimiento del mundo, por todo lo cual -entiendo- tienen que ver directamente con el tipo de inteligencia masculino. Ante todo, la masculinidad se interesa en la organización abstracta de los medios producidos por ella misma. Los medios son muchos y heterogéneos por lo cual están necesitadas de organización. Pero, por

otra parte, al ser los artefactos medios para el disponer humano, también ha de organizarse el disponer de los medios. Y tanto la organización de los medios como la organización del disponer han de ser hechas en común, o sea: de común acuerdo entre seres libres. Por su parte, la organización común del disponer origina las comunidades políticas. No afirmo en manera alguna que la feminidad no se interesa por este tipo de organizaciones, sino que su modo de interesarse por ellas es distinto: la feminidad se interesa por el morar que resulta de tales organizaciones, no por la constitución y articulación de las mismas. Esto último es propio de la masculinidad. 3. Porque lo masculino aporta de suyo el sentido del progreso e interesa y asocia a lo femenino en él. Los medios o productos humanos tienen como característica abrir posibilidades, o lo que es igual, mediar para otros medios. Por ejemplo: si a la idea de barco se le añade la idea de vela, el producto resultante (barco de vela) abre la posibilidad de un transporte rápido y voluminoso de mercancías, lo cual permite el desarrollo de emporios comerciales y con ellos la idea del capitalismo, etc. Ahora bien, tales posibilidades generadas desde otras posibilidades son también abstractas y han de ser sintetizadas con las ya producidas para que abran nuevas posibilidades. Lo masculino del ser humano, que lleva en sí la tendencia a la mediación, aporta de este modo el sentido del progreso técnico. Es claro que los resultados de este progreso interesan también a lo femenino, pero para lo femenino del ser humano progresar no significa lo mismo que para lo masculino, es decir, lo que interesa a la feminidad no es el puro progreso técnico, sino la Mejora humana y del mundo. Lo femenino modera y humaniza el progreso, de manera que si la feminidad es abierta a lo universal o ilimitado por la masculinidad, ella a su vez otorga a lo masculino el sentido del progreso como mejora o cultivo. Con ello nos estamos ya adentrando en el terreno de la tercera parte de este trabajo, a saber: la unidad funcional de ambas dimensiones de lo humano. 3. La unidad funcional de las dos dimensiones del habitar. El sentido de la existencia humana en el mundo es habitarlo. La masculinidad y la feminidad, según se ha propuesto en las consideraciones precedentes, son funciones diferenciadas que integran el habitar humano en el mundo. Ellas tienen como cometido propio hacer habitable o humano el mundo y convertirlo en medio para los fines humanos, respectivamente. De suyo, pues, entre la feminidad y la masculinidad no hay una separación dialéctica o negativa ni tampoco una oposición de complementarios. En la naturaleza humana no se da ni lo masculino puro ni lo femenino puro, sino la mezcla de ambos con preponderancia, y sólo con preponderancia, de lo uno o de lo otro, de acuerdo con los datos de la biología actual. Ello es indicio de que, biológicamente incluso, la diferencia entre ambos sexos es tan solo una diferencia funcional en orden a la consecución de un fin. En el plano del habitar humano, difícilmente podría considerarse esa diferencia como algo más que una diferencia funcional, puesto que, tal como se adelantó desde el principio, masculinidad y feminidad son propiedades de lo humano que derivan de su naturaleza biológica, y ésta, como acabo de decir, las recoge como diferencias funcionales. Por haberlo entendido así, he cuidado reiteradamente a lo largo de la conferencia de aclarar que no me refería al varón o a la mujer, sino a la masculinidad y a la feminidad. Y espero que ahora este cuidado sea comprendido: tanto en el varón como en la mujer hay masculinidad y feminidad, sólo que en

proporciones diferentes. Por haberlo entendido así, recalqué también la relatividad funcional del cultivo y de la guarda, y asimismo especifiqué que el morar humano era familiar y que el cultivo era primordialmente lingüístico. Ni la familia ni el lenguaje son exclusivamente masculinos o femeninos. Es cierto que la feminidad posee el sentido, el interés y el estímulo para la familia, pero no puede haber familia sin masculinidad; y supuesto que la hubiera, la familia sin la aportación humana de lo masculino decaería en camada o guarida. Mora, pues, el ser humano por la función femenina, pero no sin la masculina, ya que morar en este mundo no es el destino del hombre: moramos en nuestras obras, que siempre nos acompañarán. De otro lado, el lenguaje en su uso productivo es masculino, pero sin la feminidad no sería humano: la invención lingüística para ser productiva se tiene que integrar en la tradición. Y es que la guarda es la medida del progreso y de la mejora. En esta misma línea, las indicaciones hechas en la parte segunda de esta conferencia nos permiten redondear por mera prolongación de sus sugerencias la mutua aportación activa de la masculinidad y de la feminidad en su referencia funcional. Si a lo femenino, en efecto, le corresponde el morar, ataviar e interesar por lo concreto, la masculinidad lo perfecciona haciendo el morar fecundo, abriendo el adorno a lo universal y elevando el interés por el mundo hacia lo inagotable o infinito. En cambio, si la masculinidad aporta el producir, el organizar y el progresar, la feminidad lo perfecciona procurando que el producir sea útil para el hombre y para el mundo, el organizar sea justo y humano y el progresar sea ético. Es, consecuentemente, la integración armónica de las funciones masculinas y femeninas lo que hace verdaderamente humano el habitar del hombre en el mundo, o lo que es igual, sin una u otra de esas funciones nuestra existencia mundana carecería de sentido humano. Pero al mismo tiempo que sostengo la absoluta necesidad de un equilibrio funcional entre lo masculino y lo femenino para el habitar humano, tengo que admitir que, dada la libertad de hombre y mujer, el sentido de la masculinidad y de la feminidad puede ser alterado. Si se desvinculan las funciones de la masculinidad y de la feminidad del fin respecto del que son funciones, esto es, del habitar en el mundo, su sentido respectivo cambia. He aquí algunas consecuencias: Al abandonar la referencia común de ambos al habitar como a su fin, su equilibrio respectivo se pierde y lo que es una preponderancia funcional pasa a ser entendido ahora como una determinación esencial: se cree ser esencialmente masculino o femenino. La diferencia funcional masculino-femenino viene a ser entendida cual oposición o repartición excluyente del ser humano. La feminidad, que era una función donal -en cuanto que otorgaba a lo masculino la habitabilidad del mundo y el interés- se convierte ahora en una carencia, la carencia de masculinidad. Lo femenino se siente necesitado e intenta poseer lo masculino. Esta relación necesitante puede encontrar muchos cauces concretos, pero en abstracto podría señalar dos: la intriga, o utilización de su inteligencia para lo concreto con el fin de poseer indirectamente la masculinidad; y la imitación, o sea la suplantación de la masculinidad. Otro tanto ocurre con la masculinidad. Cuando lo masculino desvía del mundo su interés por la producción y lo dirige hacia la feminidad, la convierte en medio u objeto y pretende de este modo dominarla. En realidad con ello lo único que se consigue es eliminar la diferencia funcional entre ambos y, por tanto,

la viabilidad del habitar. La masculinidad imitada o poseída mediante la intriga es una masculinidad incapaz de someter el mundo; la feminidad objetivada y poseída como objeto es una feminidad vacía, sin estímulo para interesar por el mundo y por la vida humana. Por desgracia, las tensiones no armónicas entre lo masculino y lo femenino predominan en la historia y en las instituciones. Hoy, por ejemplo, son especialmente visibles porque la cultura occidental es exclusivamente masculinista. Para empezar, rechaza todo lo anteriormente sabido como si de un prejuicio se tratara; pero, además, el saber moderno se propone como objetivo, por el lado de la ciencia, vencer y someter al mundo, y, por el lado de la filosofía, concretar lo universal, o sea, anular la diferencia ente lo masculino y lo femenino. Se sobrevalora el progreso técnico sin cuidar la ecología, se pretende que el mero progreso abstracto del saber y de la ciencia traerá consigo el progreso ético y humano. No es de extrañar el movimiento feminista tan acre, aunque también tan desorientado, ya que, si bien tiene razones para protestar, da por buenos indiscernidamente los valores de la cultura moderna y sólo pretende desfeminizarse. Ante todo, la función maternal de la feminidad ha quedado resentida. A lo femenino le resulta doloroso y dificultoso ser madre. No es que haya perdido la función, sino la facilidad, y el agrado en ocasiones, o sea: la congruencia entre la función y su ejecución. El ser morada y el morar le resultan dificultosos al ser humano. El morar en concreto cae fácilmente en la rutina y en el vacío de sentido del eterno retorno. La guarda y el adorno se vuelven constante restauración y reposición , es decir, carecen de sentido abierto. Por último, el interés por lo concreto del mundo, al convertirse en tarea eternamente retornante, merma y se trueca fácilmente en interés por la masculinidad, de la que carece ahora. Por su parte, lo masculino pierde también la congruencia y facilidad para someter el mundo. El trabajo se le vuelve penoso y sus resultados exiguos e insuficientes. El interés por el sometimiento del inundo, al volverse dificultoso éste, se vierte en interés por dominar a la feminidad: la relación con lo femenino se trueca así en utilización como medio para la propia satisfacción. La diferencia de funciones da lugar en definitiva a una confrontación de fuerzas entre lo masculino y lo femenino, e incluso entre unas personas y otras. De dueño del mundo, el ser humano se transforma en un dominador de otros seres humanos, y la tarea de habitar el mundo es sustituida por el afán de poder. El poder no es masculino ni femenino, es neutra voluntad arbitraria. Detrás de ello hay una clara pérdida del sentido de la existencia humana y de la orientación final o destino del hombre, o sea: está presente la muerte. Si el horizonte es la muerte, el hombre no tiene futuro y su habitar en este mundo es encarcelamiento: todo nuestro hacer está condenado a ser vanidad de vanidades y sólo vanidad. Es natural que en estas condiciones el interés femenino por lo concreto del mundo y el masculino por la mediación y el progreso se conviertan en puro pasatiempo o juego, en confrontación banal cuyo único resultado final es la satisfacción de imponer el propio capricho. Con todo, la naturaleza de la distinción masculino-femenino sigue siendo la misma y sus funciones también. El fin de la masculinidad no es la feminidad, ni viceversa, pero tampoco lo es respectivamente el dominio del uno sobre el otro, sino realizar el habitar humano en el mundo. Para poder alcanzar este fin y evitar los escollos que lo impiden, se requiere según se sigue de las consideraciones precedentes, al menos estas tres condiciones:1. Dejar de entender a ambas como determinaciones esenciales y opuestas, suprimiendo así todo enfrentamiento mutuo y los consiguientes intentos de anulación de alguna de ellas o de ambas a la vez.

2. Equilibrar nuestro comportamiento de modo que no desconsidere en su actuación la necesidad de la otra función, antes bien la posibilite y favorezca, pues sin ella es imposible realizar adecuadamente la tarea de la habitación 3. Mantener, tanto dentro de la familia como fuera de ella, esa diferencia en cuanto que diferencia funcional, y llevarla hasta sus últimas consecuencias. La masculinidad y la feminidad que se afirman como funciones del habitar humano no sólo no se excluyen ni merman entre sí, sino que incluso incitan y fomentan el desarrollo de la actividad co-armónica, por mucho que se afirmen en su propia línea. En nuestros días es especialmente urgente revigorizar la función femenina del ser humano y, con ella, defender la condición familiar de nuestro morar en el mundo. Y el único modo de hacerlo de forma adecuada es educando masculina o femeninamente, según la condición natural de cada persona, y dando ejemplo de vida familiar. Un mundo sin feminidad es un mundo imposible de habitar en humano, un mundo donde sólo hay derechos, pero falta la justicia, un mundo donde puede haber progresos, pero no mejoras, donde quizás haya mucha organización, pero falta la amabilidad. Es sorprendente que, siendo precisamente ese nuestro mundo no hayamos caído todavía en la cuenta de que la raíz de sus defectos estriba en su constante negación de la feminidad y de la familia. Conferencia pronunciada en el Club Adara de Granada el 21-4-1983 y publicada con retoques en la revista Philosophica (Universidad de Valparaíso-Chile) 11 (1988) 187-199.

13. La lente marxista del feminismo de género
(Por: Viviana Endelman Zapata, Colaboradora de Mujer Nueva, 2005-02-22) Para comprender una corriente de pensamiento es central detenerse en qué entiende sobre el hombre, qué concepto tiene de él. Por ejemplo, si se intentara resumir lo medular de las ideas del marxismo, tendría que partirse de la pregunta: ¿qué (aunque lo ideal sería decir quién) es el hombre? Y sorprenderá ver cómo la respuesta a dicha pregunta mostrará muchos puntos que delatan el trasfondo de la perspectiva de género y que evidencian la central fragilidad e insensatez de sus argumentos: la visión reductiva del ser humano y por tanto de su capacidad de relación con los otros y con el entorno. Veamos: antes que nada, en el marxismo, el hombre no es considerado en sí mismo, sino parte de una determinada sociedad. El fundamento de esta sociedad es la estructura económica, y cualquier otra estructura es un reflejo de ella. Los factores principales que determinan la historia humana son materiales. Y desde esta base, la opción liberadora pasaría por la opción materialista, centrada en el hombre como ser histórico, inserto en unas determinadas relaciones económicas de producción. Marx ve al hombre desde este punto de vista: inserto en las relaciones de producción. Es decir, reduce al hombre. El ser del hombre depende de su posición de proletario o propietario. Solamente cuando no haya clases sociales (final esperado de la revolución) se podrá hablar del reino de la libertad, del verdadero humanismo. El hombre será hombre cuando se dé la liberación económica y social, cuando se

derriben los mecanismos de las relaciones de producción propios de la sociedad capitalista. El materialismo de Marx es a la vez evolucionista: toda la realidad está en un proceso de evolución perfectiva, que se da en forma de dialéctica. Toda perfección se logra por la contraposición de dos tendencias opuestas. Una de esas fuerzas es la tesis; la opuesta, antítesis, y de ellas se logra la síntesis, que es un paso adelante en el proceso evolutivo. Hasta que se logre la perfección humana, sin clases sociales, sin conflictos, el proceso dialéctico será necesario e inevitable. Lo colectivo será el fruto de la victoria final del comunismo. Y el hombre se realizará perfectamente tan sólo en la última fase de la historia humana, es decir, en la sociedad comunista perfecta. Claro que a primera vista parece muy positivo que Marx analice y delate la opresión del obrero (división de las relaciones de producción en propietarios y proletarios; extrañeza del trabajador ante su actividad; la vida como simple medio de subsistencia; el estado como instrumento de los propietarios: alienación política de los ciudadanos sometidos). Pero ¿qué fuerza puede tener este intento de reivindicación cuando se parte de una visión del hombre totalmente reducida y oscura? Es evidente la semejanza entre esta visión marxista de la sociedad y la ideología del género; hay un "enfrentamiento dominador-oprimido" que se resolverá con la lucha de poder, con una pretendida e inalcanzable homogeneidad anuladora de las diferencias. Otra gran confusión de la filosofía marxista y que se puede vislumbrar en el esquema de pensamiento del feminismo de género es que: la referencia última, el problema de la verdad, esta siempre en el obrar humano, en la praxis, en la "terrenalidad", quedando excluida toda normativa trascendente. El hombre mismo es praxis a través de la cual logra la autocreación de sí mismo y la transformación de la naturaleza: el hombre, trabajando, transforma el mundo, se redobla a sí mismo, crea el mundo a su propia imagen. Cuando el hombre con su trabajo crea un mundo nuevo, se crea continuamente a sí mismo. En este "humanismo" de la liberación, el hombre es señor del hombre; y esto es una exigencia para "hacer práctica" su autonomía. Su felicidad, el bien, la ética, la libertad, estarían restringidos a este horizonte. Es un humanismo cerrado a la trascendencia, donde el ateísmo se presenta como una exigencia. El hombre es reducido a un producto de las relaciones de producción. La doctrina de que el hombre es la esencia suprema para el hombre lleva al imperativo categórico de invertir todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable... Algunos sucesos de la historia han hecho evidente que la alienación, la humillación y el desprecio por el hombre son, al contrario, frutos de la misma absolutización del hombre, que es -paradójicamente- su más grande desvalorización. "Claro que habría que empezar por definir qué es lo progresivo y qué lo que se camufla tras la palabra 'progreso'. También los cangrejos creen que caminan cuando marchan hacia atrás. De todos modos hay cosas bastante claras: es progresivo todo lo que va hacia un mayor amor, una mayor justicia, una mayor libertad. Y desgraciadamente no todos los avances de nuestro tiempo van precisamente en esa dirección." (José Luis Martín Descalzo, de su libro "Razones para vivir")

14. Sexo y género: La naturaleza de la personalidad humana, en el centro de la batalla ideológica.
por Jutta Burggraf Normalmente, cuando se habla de «género» (gender), se hace referencia bien al género masculino, bien al género femenino. Algunas organizaciones internacionales hablan además de una noción de «género», de la que evitan dar una definición clara. Según esta acepción, el término «sexo» se refiere a determinaciones naturales. Por eso existen dos sexos diferenciados por caracteres anatómicos distintos. Pero, junto al sexo, existiría también el «género». Este término evoca los papeles desempeñados por los individuos en la sociedad. Estos papeles nacen en el curso de la historia; son resultado de la interacción entre la cultura y la naturaleza. Sin embargo, recientemente ha aparecido un concepto equívoco del «género», como producto exclusivo de la cultura, por lo que podría aparecer y desaparecer según las corrientes de la sociedad e incluso de los individuos. El nexo individuo-familia-sociedad se pierde y la persona se reduce a individuo. Hay quienes afirman, por ejemplo, que el amor materno no es algo inscrito en la naturaleza de la mujer, sino que se trata de un sentimiento surgido en un determinado contexto cultural y que puede desaparecer o ser destruido si cambia la cultura. Nos encontramos ante una nueva revolución cultural. Sea cual sea su sexo, el hombre podría elegir su género: podría decidirse por la heterosexualidad, la homosexualidad, el lesbianismo. Podría decidir ser transexual o cambiar de sexo. Existen proyectos de declaración de los derechos del «género». Esta extraña disociación entre sexo y género, entre naturaleza y cultura, destruye la dimensión personal del ser humano y lo reduce a una simple individualidad. La ideología de «género» lleva consigo el debate radical sobre la familia y todo lo que esta significa en y para la sociedad. La ideología de gender La ideología feminista de gender se extiende a partir de la década de los sesenta. Según ella, la masculinidad y la feminidad no estarían determinadas fundamentalmente por el sexo, sino por la cultura. Mientras que el término «sexo» hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término «género» proviene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Las diferencias entre el varón y la mujer no corresponderían, pues, fuera de las obvias diferencias morfológicas, a una naturaleza «dada», sino que serían meras construcciones culturales «hechas» según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos («roles socialmente construidos»). En este contexto se destaca (no sin razón) que, en el pasado, las diferencias fueron acentuadas desmesuradamente, lo que condujo a situaciones de discriminación e injusticia para muchas mujeres: durante largos siglos, correspondió al «destino femenino» ser modelada como un ser inferior, excluida de las decisiones públicas y de los estudios superiores. Pero hoy en día —se sigue afirmando— las mujeres se dan cuenta del fraude del que han sido víctimas, y rompen los esquemas que les fueron impuestos. Pretenden liberarse, sobre todo, del matrimonio y de la maternidad. Algunos apoyan la existencia de cuatro, cinco o seis géneros, según diversas consideraciones:

heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana, bisexual e indiferenciado. De este modo, la masculinidad y la feminidad no aparecen en modo alguno como los únicos derivados naturales de la dicotomía sexual biológica. Cualquier actividad sexual resultaría justificable. La «heterosexualidad», lejos de ser «obligatoria», no significaría más que uno de los casos posibles de práctica sexual. Ni siquiera sería preferible para la procreación. En sociedades «más imaginativas», la reproducción biológica puede asegurarse con otras técnicas, se ha afirmado. Y como la identidad genérica (el gender) podría adaptarse indefinidamente a nuevos y diferentes propósitos, correspondería a cada individuo elegir libremente el tipo de género al que le gustaría pertenecer, en las diversas situaciones y etapas de su vida. Para llegar a una aceptación universal de estas ideas, los promotores del feminismo radical de género intentan conseguir un gradual cambio cultural, la llamada «deconstrucción» de la sociedad, empezando por la familia y la educación de los hijos. Utilizan un lenguaje ambiguo que hace parecer razonables los nuevos presupuestos éticos. La meta consiste en «reconstruir» un mundo nuevo y arbitrario, que incluye, junto al masculino y al femenino, también otros géneros en el modo de configurar la vida humana y las relaciones interpersonales. Estas pretensiones han encontrado un ambiente favorable en la antropología individualista del neoliberalismo radical. Se apoyan, por un lado, en diversas teorías marxistas y estructuralistas, y por el otro, en los postulados de algunos representantes de la «revolución sexual», como Wilhelm Reich (18971957) y Herbert Marcuse (1898-1979), que invitaban a experimentar todo tipo de situaciones sexuales. Más directamente aún se puede ver el influjo del existencialismo ateo de Simone de Beauvoir (19081986), lo mismo que los estudios socioculturales de Margaret Mead (1901-1978). Al proclamar que los géneros masculino y femenino serían el producto de factores exclusivamente sociales, sin relación alguna con la dimensión sexual de la persona, los defensores de la teoría de género se oponen a un modelo, igualmente unilateral que el suyo, que sostiene justamente lo contrario: niega cualquier interacción entre el individuo y la comunidad a la hora de configurar la identidad personal como varón o mujer; y afirma que a cada sexo le corresponden por necesidades biológicas unas funciones sociales fijas, invariables en la historia. Este modelo, sin embargo, se considera hoy en día falso a nivel teórico y jurídico, al menos en el mundo occidental. Está en parte superado por la legislación, pero no totalmente; no se puede negar que persiste su influjo en la práctica social. El proceso de identificación con el propio sexo En la persona humana, el sexo y el género —el fundamento biológico y la expresión cultural— no son idénticos, pero tampoco son completamente independientes. Para llegar a establecer una relación correcta entre ambos, conviene considerar previamente el proceso en el que se forma la identidad como varón o mujer. Los especialistas señalan tres aspectos de este proceso que, en el caso normal, se entrelazan armónicamente: el sexo biológico, el sexo psicológico y el sexo social. El sexo biológico describe la corporeidad de una persona. Se suelen distinguir diversos factores. El «sexo genético» (o «cromosómico») —determinado por los cromosomas XX en la mujer, o XY en el varón— se establece en el momento de la fecundación y se traduce en el «sexo gonadal» que es responsable de la actividad hormonal. El «sexo gonadal», a su vez, influye sobre el «sexo somático» (o «fenotípico») que determina la estructura de los órganos reproductores internos y externos. Conviene considerar el hecho

de que estas bases biológicas intervienen profundamente en todo el organismo, de modo que, por ejemplo, cada célula de un cuerpo femenino es distinta a cada célula de un cuerpo masculino. La ciencia médica indica incluso diferencias estructurales y funcionales entre un cerebro masculino y otro femenino. El sexo psicológico se refiere a las vivencias psíquicas de una persona como varón o mujer. Consiste, en concreto, en la conciencia de pertenecer a un determinado sexo. Esta conciencia se forma, en un primer momento, alrededor de los dos o tres años y suele coincidir con el sexo biológico. Puede estar afectada hondamente por la educación y el ambiente en el que se mueve el niño. El sexo sociológico (o civil) es el sexo asignado a una persona en el momento del nacimiento. Expresa cómo es percibida por las personas a su alrededor. Señala la manera específica de obrar de un varón o de una mujer. En general, se le entiende como el resultado de procesos histórico-culturales. Se refiere a las funciones y roles (y los estereotipos) que en cada sociedad se asignan a los diversos grupos de personas. Estos tres aspectos no deben entenderse como aislados unos de otros. Por el contrario, se integran en un proceso más amplio consistente en la formación de la propia identidad. Una persona adquiere progresivamente durante la infancia y la adolescencia la conciencia de ser «ella misma». Descubre su identidad y, dentro de ella, cada vez más hondamente, la dimensión sexual del propio ser. Adquiere gradualmente una identidad sexual (dándose cuenta de los factores biopsíquicos del propio sexo, y de la diferencia respecto al otro sexo) y una identidad genérica (descubriendo los factores psicosociales y culturales del papel que las mujeres o varones desempeñan en la sociedad). En un correcto y armónico proceso de integración, ambas dimensiones se corresponden y complementan. Una consideración especial merecen los estados intersexuales (los llamados intersexos), ya que algunos argumentan que la existencia de personas transexuales y hermafroditas demostraría que no hay solamente dos sexos. Pero los estados intersexuales significan anomalías con características clínicas variadas; suelen ocurrir en una etapa muy precoz del desarrollo embrionario. Se definen por la contradicción de uno o más de los criterios de definición sexual. Es decir, las personas transexuales disponen de una patología en alguno de los puntos de la cadena biológica que conduce a la diferenciación sexual. Sufren alteraciones en el desarrollo normal del sexo biológico y, en consecuencia, también del sexo psicosocial. En vez de utilizarlas como propaganda para conseguir la «deconstrucción» de las bases de la familia y de la sociedad, conviene mostrarles respeto y darles un tratamiento médico adecuado. Hay que distinguir la identidad sexual (varón o mujer) de la orientación sexual (heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad). Se entiende como orientación sexual comúnmente la preferencia sexual que se establece en la adolescencia coincidiendo con la época en que se completa el desarrollo cerebral. Tiene una base biológica y es configurada, además, por otros factores como la educación, la cultura y las experiencias propias. Aunque los números varían según las diversas investigaciones, se puede decir que la inmensa mayoría de las personas humanas son heterosexuales. Otra cosa también distinta es la conducta sexual. En el caso normal, designa el propio comportamiento elegido, puesto que hay un margen muy amplio de libertad en el modo en que tanto la mujer como el varón pueden vivir su sexualidad. Hacia una comprensión de la diferencia sexual Como la persona entera es varón o mujer, en la unidad de cuerpo y alma, la masculinidad o feminidad se

extiende a todos los ámbitos de su ser: desde el profundo significado de las diferencias físicas entre el varón y la mujer y su influencia en el amor corporal, hasta las diferencias psíquicas entre ambos. Aunque no existe ningún rasgo psicológico atribuible sólo a uno de los sexos, existen, sin embargo, características que se presentan con una frecuencia especial y de manera más pronunciada en los varones, y otras en las mujeres. Es una tarea sumamente difícil de distinguir en este campo. Probablemente, nunca será posible determinar con exactitud científica lo que es «típicamente masculino» o «típicamente femenino», pues la naturaleza y la cultura están entrelazadas, desde el principio, muy estrechamente. Pero el hecho de que el varón y la mujer experimenten el mundo de forma diferente, desempeñen tareas de manera distinta, sientan, planeen y reaccionen de manera desigual, tiene un fundamento sólido en la constitución biológica propia de cada uno de ellos. La sexualidad habla unas veces de identidad y otras veces de alteridad. Varón y mujer tienen la misma naturaleza humana, pero la tienen de modos distintos. En cierto sentido se complementan. Por esto, el varón tiende «constitutivamente» a la mujer, y la mujer al varón. No buscan una unidad andrógena, como sugiere la mítica visión de Aristófanes en el Banquete, pero sí se necesitan mutuamente para desarrollar plenamente su humanidad. La mujer es dada como «ayuda» al varón y viceversa, lo que no equivale a «siervo» ni expresa ningún desprecio. También en la relación marido-mujer, la «sumisión» no es unilateral, sino recíproca. Es deseable una subordinación mutua en el amor. Es un hecho biológico que sólo la mujer puede ser madre, y sólo el varón puede ser padre. La procreación se encuentra ennoblecida en ellos por el amor en que se desarrolla y, precisamente por la vinculación al amor, como labor conjunta de los dos sexos. Tanto el varón como la mujer son capaces de satisfacer una necesidad fundamental del otro. En su mutua relación, uno permite al otro descubrirse y realizarse en su propia condición sexuada. Uno hace al otro consciente de ser llamado a la comunión y capaz para entregarse al otro, en mutua subordinación amorosa. Ambos, desde perspectivas distintas, llegan a la propia felicidad sirviendo a la felicidad del otro. Mientras que el cambio arbitrario del gender atestigua un cierto afán de autosuficiencia, la sexualidad humana significa una clara disposición hacia el otro. Manifiesta que la plenitud humana reside precisamente en la relación, en el ser-para-el-otro. Impulsa a salir de sí mismo, buscar al otro y alegrarse en su presencia. De esto nos habla la condición sexual, que tiene un inmenso valor en sí misma. Ser mujer y ser varón no se agotan en ser, respectivamente, madre o padre. Considerando las cualidades específicas de la mujer, constituye una determinada actitud básica que corresponde a la estructura física de la mujer y se ve fomentada por ella. En efecto, no parece descabellado suponer que la intensa relación que la mujer guarda con la vida pueda generar en ella unas disposiciones particulares. Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza favorece el encuentro interpersonal con quienes le rodean. El «genio de la mujer» se puede traducir en una delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto, y desarrollar la «ética» del cuidado. Donde hay un «genio femenino» debe haber también un «genio masculino», un talento específico del varón. Éste tiene por naturaleza una mayor distancia respecto de la vida concreta. Se encuentra siempre «fuera» del proceso de la gestación y del nacimiento, y sólo puede tener parte en ellos a través de su mujer. Precisamente esa mayor distancia le puede facilitar una acción más serena para proteger la vida y asegurar su futuro. Puede llevarle a ser un verdadero padre, no sólo en la dimensión física. Puede llevarle

a ser un amigo imperturbable, seguro y de confianza. Pero puede llevarle también, por otro lado, a un cierto desinterés por las cosas concretas y cotidianas, lo que, desgraciadamente, se ha favorecido en las épocas pasadas por una educación unilateral. En todos los ámbitos y sectores de la sociedad, en la cultura y el arte, la política y la economía, la vida pública y la privada, varones y mujeres están llamados a aceptarse mutuamente y a construir juntos un mundo habitable. Este mundo llegará a su plenitud en el momento en que ambos sexos le entreguen armónicamente su contribución específica. Relación adecuada entre sex y gender Hay una profunda unidad entre las dimensiones corporales y psíquicas en la persona humana, una interdependencia entre lo biológico y lo cultural. El obrar tiene su base en la naturaleza y no puede desvincularse completamente de ella. La unidad y la igualdad entre varón y mujer no anulan las diferencias. Aunque tanto las cualidades femeninas como las masculinas sean variables en gran medida, no pueden ser ignoradas completamente. Sigue habiendo un trasfondo de configuración natural, que no puede ser anulado sin esfuerzos desesperados, que conducen, en definitiva, a la autonegación. La cultura, a su vez, tiene que dar una respuesta adecuada a la naturaleza. No debe ser un obstáculo al progreso de los grupos humanos. Es evidente que han existido en la historia, y aún existen en el mundo, muchas injusticias hacia las mujeres. Este largo elenco de discriminaciones no tiene ningún fundamento biológico, sino unas raíces culturales, y es preciso erradicarlas. Las funciones sociales no deben considerarse como irremediablemente unidas a la genética o a la biología. Es deseable que la mujer asuma nuevos roles que estén en armonía con su dignidad. No puede darse una noción biológica determinista en que todos los roles y relaciones de los dos sexos estén fijados en un único modelo estático, los varones deben participar «en el gran proceso de liberación de la mujer». Es indudable que la incorporación de la mujer al mercado laboral es un avance que, ciertamente, crea nuevos retos para ambos sexos. El término gender puede aceptarse como expresión humana y, por tanto, libre, que se basa en una identidad sexual biológica, masculina o femenina. Es adecuado para describir los aspectos culturales que rodean a la construcción de las funciones del varón y de la mujer en el contexto social. Sin embargo, no todas las funciones significan algo construido a voluntad; algunas tienen una mayor raigambre biológica. Por tanto, «puede también apreciarse que la presencia de una cierta diversidad de roles en modo alguno es mala para las mujeres, con tal de que esta diversidad no sea resultado de una imposición arbitraria, sino más bien expresión de lo que es específicamente masculino o femenino». Hoy en día, muchas personas vuelven a ver de nuevo con claridad que no pueden llegar a ser libres más allá de los límites de la propia naturaleza; que el sexo, más que un privilegio o una discriminación, también es siempre una oportunidad para el propio desarrollo. En consecuencia, se empeñan por conseguir que la promoción de la mujer no sólo se lleve a cabo fuera del hogar. Si es cierto que las mujeres no se muestran únicamente como esposas y madres, muchas sí son esposas y madres, o quieren serlo, y hay que crear las posibilidades para que puedan serlo con dignidad. La familia, ciertamente, no es una tarea exclusiva de la mujer. Pero, aun cuando el varón muestre su responsabilidad y compagine adecuadamente sus tareas profesionales y familiares, no se puede negar que la mujer juega un papel sumamente importante en el hogar. La específica contribución que aporta allí

debe tenerse plenamente en cuenta en la legislación y debe ser también justamente remunerada, bajo el punto de vista económico y sociopolítico. La colaboración para elaborar esta legislación deberá considerarse mundialmente no sólo como derecho, sino también como deber de la mujer. Nota final El desarrollo de una sociedad depende del empleo de todos los recursos humanos. Por tanto, mujeres y varones deben participar en todas las esferas de la vida pública y privada. Los intentos que procuran conseguir esta meta justa a niveles de gobierno político, empresarial, cultural, social y familiar pueden abordarse bajo el concepto de «perspectiva de igualdad de género (gender)», si esta igualdad incluye el derecho a ser diferentes. De hecho, algunos países y organismos internacionales tienen en cuenta la diferente situación de varones y mujeres, y desarrollan planes para la igualdad de oportunidades, que ayudan a conseguir la promoción de la mujer. Y a la hora de adoptar políticas, la «perspectiva de género» plantea el problema de cuáles serán los posibles efectos de esas decisiones en las realidades respectivas de varones y mujeres. Esta «perspectiva de género», que defiende el derecho a la diferencia entre varones y mujeres y promueve la corresponsabilidad en el trabajo y la familia, no debe confundirse con el planteamiento radical señalado al principio, que ignora y aplasta la diversidad natural de ambos sexos.

15. Igualdad y diferencia
Por Blanca Castilla y Cortázar, Doctora en Filosofía y Teología de la Universidad Complutense y Máster en Antropología, miembro de la Real Academia de Doctores. Catedrática de la Universidad de Navarra En realidad somos iguales y diferentes simultáneamente y en lo mismo. Somos iguales por ser personas; por participar de la misma naturaleza; ambos tenemos cuerpo y espíritu. Y a la vez somos diferentes en cuanto al cuerpo, a la psicología y al modo de ver las cosas. Sin embargo, somos más iguales que distintos, pues la diferencia se calcula únicamente en un 3%. Esto lo afirman los genetistas que evidencian que todas las células de nuestro cuerpo son sexuadas. Hasta las de los dedos de las manos son o XX o XY. Seguramente la endocrinología aumente ese %, porque la diversa combinación de hormonas condiciona bastante la biología y la psicología. Pues bien, ese pequeño % presente en todas las células, lo está igualmente en todos los ámbitos de nuestra personalidad. Esa pequeña diferencia nos hace complementarios; allí donde juegan masculinidad y feminidad mana fecundidad, no sólo en el aspecto biológico, también en el cultural, en el artístico, en el político y en el social. Sin embargo, se trata de plantear nuevas hipótesis porque la complementariedad se ha entendido mal. Durante siglos, y aún hoy en día la imagen intelectual de la complementariedad es la del andrógino platónico: un ser dividido en dos mitades, y que se completan en uno aportando cada cual la mitad. (El andrógino sigue actuando en el imaginario). Sin embargo, el caso del ser humano no es el del andrógino: la unidualidad humana está compuesta por dos seres humanos que se hacen uno. No es que originariamente uno se parta en dos, sino al revés, dos

que se hacen uno. Pero no deja de haber complementariedad, biológica, psicológica y ontológica. Esta es una parte de la antropología que está sin desarrollar a la que yo he venido a denominar pomposamente Antropología Diferencial. Porque -como afirma Janne Haaland Matláry- el «eslabón perdido» del feminismo es «una antropología capaz de explicar en qué y por qué las mujeres son diferentes a los hombres»[1]. Por otra parte está el grave problema de la subordinación de la mujer, todavía existente en la práctica en diferentes aspectos y justificada en alguna cultura, como la musulmana. En este aspecto se centra todo el ámbito académico, que ha forjado hasta términos específicos, como «el patriarcado», cultura en que domina en androcentrismo. Y los/as distintas intelectuales forjan sus términos para combatirlo. Así Amelia Valcárcel[2] emplea el término «equipotencia» o el de «equivalencia» de Börresen[3], para poner de manifiesto que varón y mujer son de la misma categoría también en su distinción. Otro término importante es el de «modalización». Pero a mi modo de ver los términos por excelencia son: ««reciprocidad» y «complementariedad». Errores que ha habido con respecto a la complementariedad además del andrógino: Se ha considerado que el varón era superior a la mujer; ésta no parecía tener valor por sí misma, era el complemento del varón y su única misión era servirle. A esto le hace una crítica soberana Simone de Beauvoir. Otras veces se ha entendido como una distribución de virtudes y cualidades. Se hablaba de virtudes femeninas y masculinas. Propio del varón es la fortaleza, de la mujer la ternura (aunque luego vienen los psiquiatras y dicen que ternura, ternura, la del varón, que puede pasar sin ella hasta los 35 pero a partir de entonces si no la desarrolla, personalidades deformes). Por último se decía que la complementariedad estaba en un reparto de roles sociales. Esto teñido de una característica: los trabajos desarrollados por las mujeres eran considerados como subalternos y de simple apoyatura a los masculinos. Durante siglos se ha repartido el mundo pensando que la esfera privada pertenecía a las mujeres y la pública a los varones. Pues bien, si se unen todos estos argumentos la mezcla es explosiva: la mujer, inferior al varón, representaba la pasividad frente a la actividad masculina, era sentimental e indefensa frente a la racionalidad y la valentía del varón. El «eslabón perdido» del que hablábamos -la diferencia-, no deja de tener sus dificultades- En efecto, igualdad o identidad no es uniformidad ni igualitarismo. En concreto dividir las cualidades y las virtudes entre masculinas o femeninas es ilusorio. Las cualidades, en gran medida, dependen de las individualidades, no del sexo. Respecto a las virtudes éstas son humanas y, por tanto, el varón y la mujer pueden vivirlas todas. Lo que sucede es que el varón o la mujer, ordinariamente tienen más inclinación para unas determinadas cualidades o virtudes. Así en términos generales los varones suelen tener mayor capacidad de proyectos a largo plazo, cierta tendencia a la racionalización, la exactitud y el dominio técnico sobre las cosas, etc...; y hay otras cualidades que las aporta generalmente la feminidad. Entre otras, es más espontáneo en la mujer una mayor facilidad para conocer a las personas, la delicadeza en el trato, la capacidad de estar en el concreto, la intuición, la tenacidad[4]. Pues bien, cada cual, sea varón o mujer, puede vivir todas las virtudes, y para ello cada uno ha de aprender -no imitar- del otro sexo. Esto se hace de un modo natural en la familia. En este sentido, afirma Yung que los sexos no sólo son complementarios entre ellos, sino en el interior de cada uno. Hablaba del Anima de los varones (La Gioconda de Ortega y Gasset). Y no le quedó más remedio que admitir también un Animus en el alma

femenina. Por otra parte, teniendo capacidad para ejercitar todas las virtudes, sin embargo, éstas cristalizan de un modo distinto en el varón y en la mujer. Varón y mujer tienen un modo peculiar de hacer y vivir lo mismo. Ahí surge un nuevo concepto de la antropología diferencial: la modalización. Ahí radica la verdadera complementariedad. Por eso la diferencia varón-mujer no se cifra en tener diversos roles. La mayor parte de los trabajos son intercambiables. Y precisamente por la diferencia es bueno que los equipos laborales estén formados por hombres y mujeres. En cada actividad se hace necesaria la cooperación de los dos sexos, en razón de sus matices femeninos y masculinos. Por eso el varón ha de estar más presente en la familia y la mujer en la sociedad. Hace falta ir hacia lo que se podría describir como una familia con padre y una cultura con madre. Esto requiere muchos cambios sociales y cambios de mentalidad. Persona femenina, persona masculina En cuanto a la complementariedad ontológica, «el sexo es constitutivo de la persona no sólo atributo suyo», siendo que hasta ahora venía considerándose un accidente. Que sea constitutivo de la persona tiene muchas consecuencias influye directamente en la personalidad, configura el yo y la identidad personal. La persona tiene al menos dos notas peculiares. 1) La autopropiedad de su propio acto de ser, distinto del acto del ser del Cosmos, que es uno solo para todo él y no es libre. Por eso desde Heidegger al acto de ser del Hombre se lo le llama Ser-Con. 2) La segunda nota también se refiere al Ser-Con. Es la apertura, su llamada a la comunión. Toda persona está abierta al otro. Una persona sola sería una desgracia, porque no tendría con quien comunicarse, a quien darse. Todo “yo” requiere al menos un “tú”. Si el sexo configura la persona misma, se podría decir que la apertura constitutiva que tiene cada persona tiene dos modalidades. Esa modalización -de la que hablábamos- es relacional. En este sentido Julián Marías es muy gráfico y certero. Ej. de las manos. Existen muchas constataciones fenomenológicas: ej. de Buytendij, que necesitan una profundización filosófica. En cuanto a la apertura, el varón se abre de un modo peculiar: hacia fuera. La mujer también se abre a los demás con su modo: hacia dentro, acogiendo. Estos tipos de apertura se pueden expresar con preposiciones, que son las palabras que indican las relaciones. Al varón le correspondería la preposición desde, pues parte de sí para darse a los demás. A la mujer le correspondería la preposición en: pues se abre dando acogida en sí misma. Esas relaciones se manifiestan de un modo gráfico en la generación de un nuevo ser. El varón al darse sale de sí mismo. Saliendo de él se entrega a la mujer y se queda en ella. La mujer se abre y se da pero sin salir de ella. Es apertura pero acogiendo en ella. Su modo de darse es distinto al del varón y a la vez complementario, pues acoge al varón y a su amor. Sin la mujer el varón no tendría donde ir. Sin el varón la mujer no tendría a quien acoger. La mujer acoge el fruto de la aportación de los dos y lo guarda hasta que germine y se desarrolle. Durante este proceso el varón está al margen. Así, si la metafísica versa con substancias y la antropología axesuada conjuga pronombres, la antropología diferencial sólo se puede hacer con preposiciones, que son los términos gramaticales que describen las relaciones. Al varón le correspondería la preposición desde, pues parte de sí para darse a los demás. A la mujer le correspondería la preposición en: pues se abre dando acogida en sí misma. La persona varón se podría describir, entonces con Ser-Con-Desde, o Coexistencia-Desde, y a la mujer como Ser-Con-En, o Coexistencia-En.

Posteriormente la mujer es apertura para dar a luz un ser que tendrá vida propia. A través de la mujer y con ella el varón está también en el hijo. El varón está en la mujer y está en el hijo, pero como fuera de él. La mujer, sin embargo, es sede, casa. El varón está en la mujer. El hijo, cuando ya está fuera de su madre, en cierto modo, sigue estando en ella. También la mujer está en el hijo, pero fundamentalmente ellos están en ella. Pues bien, este modo de darse diferente y complementario se da en todos los campos y en todas las relaciones humanas heterosexuadas, y apoyándose en la dimensión constitutiva de apertura que la persona tiene podría dar lugar a dos modos de ser persona: la persona femenina y la persona masculina. La realidad humana sería, entonces, disyuntamente o Ser-Desde o Ser-En. Ahí radicaría la principal diferencia entre varón y mujer, en ser dos tipos de personas distintas, que se abren entre sí de un modo respectivo diferente y complementario. En este sentido el Ser humano sería también más rico que el Ser del cosmos, en el que el transcendental por antonomasia sería el Uno (no el Dos, como en el ser humano) ni estaría internamente diferenciado. Se podría decir que en el ser humano hay una naturaleza y dos tipos de personas. Afirmar que la diferencia varón-mujer es una diferencia en la persona supone, por otra parte, haber anclado la diferencia definitivamente en la igualdad. Varón y mujer, cada uno es persona. Tienen la misma categoría; la diferencia entre ellos posee el mismo rango ontológico. La diferencia no rompe la igualdad. Sobre la base de la reciprocidad se trata de una Unidualidad Relacional Complementaria. Bibliografía [1] HAALAND MATLARY, Janne, El tiempo de las mujeres. Notas para un Nuevo Feminismo, ed. Rialp, Madrid, 2000, p. 23.[2] Cfr: VALCÁRCEL, Amelia, Sexo y Filosofía. Sobre mujer y poder, Anthropos Barcelona 1991.[3] Cfr. BØRRESEN, Kari Elizabeth, 1990, en SPINSANTI, Sandro, Maschio-femmina…, p. 113.[4] Tengo ante mis ojos una larga lista titulada «valores de la complementariedad», entresacada de varios autores y también de la observación. Así los empresarios dicen que los varones tienen mayor capacidad para hacer proyectos y las mujeres para valorarlos, Ballesteros hace un elenco mayor. Relaciona: La exactitud la analogía; Lo superficial (Longitudinal o lineal) lo profundo; El análisis la síntesis; El discurso la intuición; La competencia la cooperación; El crecimiento la conservación y cuidado; Lo productivo lo reproductivo. Los primeros corresponden a la masculinidad y los segundos a la feminidad.Desde otro punto de vista más espacial se dice: La línea/el cubo el círculo/ la esfera. Y hay un gran elenco de valores complementarios: Proyectos a largo plazo captar y resolver con lo mínimo necesidades presentes (Magnanimidad) (Economizar) Inventar mantener Lo abstracto lo concreto La norma la flexibilidad

La justicia la misericordia Lo cuantitativo lo cualitativo La expresión la interpretación El concepto el símbolo La especialización la visión de conjunto Todos estos valores se resumen diciendo que los varones tienen una mayor habilidad para dominar las cosas y para manejar ideas abstractas y las mujeres una mayor facilidad para el conocimiento y el trato con las personas. ACIPRENSA

16. La ideología del género
El anteproyecto de la Ley de Reforma de la Constitución, en el Capítulo I, correspondiente a los derechos fundamentales, artículo I: Derechos de la persona, sostiene que toda la persona tiene derecho a la igualdad. Por lo que está prohibida toda forma de discriminación por motivo de origen, filiación, raza, género... Con esto se pretende introducir el término "género", pero coincidimos con uno de los congresistas que sostiene que "poner en la Constitución la palabra "género" y no especificar que se refiere exclusivamente a varón y mujer implicaría la aceptación implícita de la perspectiva de la ideología de género", porque estaríamos abriendo una ventana por donde grupos interesados pudieran introducir distorsiones graves que atenten contra instituciones tan nucleares en la sociedad como son el matrimonio, la familia y la educación de los hijos y de las futuras generaciones. Para cerciorarnos si el referido anteproyecto estaba tratando de esta perspectiva acudimos al texto del "Proyecto de Igualdad de Oportunidades con Equidad de Género" y fuimos específicamente al apartado donde se trataba el "Marco conceptual del enfoque de género" y encontramos lo siguiente: "Todas las sociedades humanas han buscado dotarse de valores y criterios para garantizar su reproducción, organizar la producción, tomar sus decisiones y regular sus intercambios. Una de las clasificaciones que han sido más determinantes en la organización social de todos los pueblos ha sido la división entre lo femenino y lo masculino, clasificación que ha tomado como referencia las diferencias sexuales entre hombres y mujeres. Sobre esas diferencias biológicas entre hombres y mujeres (sexo) las sociedades construyeron socialmente un conjunto de atributos, roles, prohibiciones, prescripciones, derechos y obligaciones (género), y ambos, a pesar de su distinto origen, tendieron a ser consideradas como naturales e inamovibles. Quedó arraigada la convicción de que era la naturaleza quien las dictaba y no se distinguió aquello que era producto de procesos y relaciones humanas. Precisamente, el enfoque de género comienza por distinguir las diferencias biológicas entre hombres y mujeres (sexo) de aquellas construidas social y culturalmente (género). Si bien todos nacemos con un sexo biológico, nuestras sociedades y culturas nos van formando y socializando en torno a sus concepciones sobre lo masculino y femenino. Desde que nacemos vamos siendo ubicados y tratados en base a una cadena de asociaciones entre nuestro sexo y las versiones de

masculinidad o feminidad que nuestras sociedades y culturas han elaborado. Las trayectorias diferenciadas por género se van asentando desde los primeros años de vida (socialización de género). Toda sociedad requiere que sus miembros desempeñen roles que aseguren su funcionamiento y existencia. La clasificación más conocida para distinguir los roles es la que observa dos grandes esferas que envuelven el trabajo humano y sobre las que precisamente se han asentado los roles de género: la esfera productiva que se expresa en la obtención, transformación e intercambio de bienes, asignada tradicionalmente a los varones. Y la esfera reproductiva que se expresa en un conjunto de desempeños orientados a garantizar la continuidad de la vida cotidiana y la reproducción del grupo, asignada tradicionalmente a las mujeres. Esta asignación diferenciada de roles según se trate de varones y mujeres, también se conoce como división del trabajo por género". Estos textos me han llevado a reconocer que estamos ante un planteamiento propio de la llamada "Ideología del Género" ¿En qué consiste esta ideología? Brevemente señalaremos que esta ideología es parte de la ideología neo-marxista que como tal tiene una visión distorsionada de la realidad, viéndola a través de los esquemas de lucha de clases. Ya Federico Engels, en su libro "El origen de la familia, propiedad privada, estado", sostiene que "el primer antagonismo de clases de la historia incide en el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en el matrimonio monógamo, y la primera opresión de una clase por otra es la del sexo femenino por el masculino" De ahí que las feministas del género no busquen -en el fondo- la mejora de la situación de la mujer, lo cual es algo noble y necesario porque es verdad que existen situaciones de gran injusticia respecto a la mujer en el matrimonio, la familia, la educación, en el mundo laboral, político, etc. Pero esas reivindicaciones se pueden hacer sin anular las diferencias varón-mujer. Lo que se busca es la anulación de lo femenino y lo masculino en cuanto condición dada por la naturaleza humana. Sin embargo, no se puede desnaturalizar al ser humano sin cargar con las graves consecuencias que de ello se derivan. Lo que se pretende es desligar la condición y diferenciación sexual biológica con la que todos nacemos de lo que se llaman ROLES impuestos por la sociedad, diciendo que lo femenino y lo masculino es una "mera construcción social", que hay que "descontruir". El pequeño gran detalle es que con ello se "desconstruye" a la mujer, al matrimonio, a la familia y en definitiva a la sociedad. Esas propuestas llevan ya tiempo, pero se hicieron más explícitas y agresivas en la IV Conferencia Internacional sobre la Mujer realizada en 1995, en la cual se ha dicho expresamente que: "género se refiere a las relaciones entre mujeres y hombres basadas en roles definidos socialmente que se asignan a uno u otro sexo". Desde esa ideología, las diferencias entre varón y mujer NO corresponden a una naturaleza fija sino que son PRODUCTO de la cultura de un país y de una época determinada, que les asigna a cada grupo una serie de características por conveniencias con estructuras sociales. ¿Qué consecuencias tiene para la sociedad? 1. Si el género es un artificio construido por la sociedad, entonces hay que inventarlo nuevamente, sin tener en cuenta la naturaleza humana. 2. Si al género femenino se le ha atribuido los roles de la maternidad y de la educación de los hijos, hay que "liberar" a la mujer de ese peso. 3. El género queda reducido a la "opción" u orientación sexual de cada quien. Por tanto habrían por lo menos cinco géneros: varón, mujer, homosexual, lesbiana, bisexual.

4. Si cada uno tiene ante la ley iguales derechos, se abre una vía para que se plantee el matrimonio entre homosexuales, lesbianas, bisexuales, etc. Y se les otorguen todos los "derechos reproductivos": las facilidades para tener acceso al sexo "seguro", el derecho a tener hijos vía inseminación artificial u otros medios, así como el derecho a abortar, etc. El resultado: 1. Los seres humanos serían indiferenciados, porque no cuenta su dotación genética ni su sexo biológico, sino que después cada quien haría una opción sexual, y tendrían todos los "derechos" respecto a la constitución del "matrimonio" y la "familia". 2. Se acabaría con el matrimonio como institución natural formada por varón y mujer, ya que se la pondría en igualdad, con tendencia a ser sustituida, con el matrimonio basado en la "opción sexual". 3. Se cambiaría la educación, ya que por ejemplo las mujeres no tendrían por qué prepararse para ser madres. La maternidad es vista como una esclavitud. 5. Se acabaría con los valores que tradicionalmente han sido conservados por la mujer madre en el seno del hogar y con su función de educadora de los hijos. 6. Se desterraría todas las instituciones que promueven esos roles y valores como es la Iglesia, y toda religión tradicional. Frente a esta propuesta lo que diría básicamente es lo siguiente: 1. En primer lugar, la naturaleza humana es la que es y no se puede desconocer por el capricho o la conveniencia o por intereses ideológicos, sin que esto tenga graves consecuencias para la propia mujer, y para el futuro de la humanidad. 2. Las diferencias naturales no son malas, al contrario son enriquecedoras de la vida humana. Lo que son injustas son las diferencias que caprichosa o interesadamente introducimos libremente los seres humanos. La pobreza, la marginación, el abuso, la explotación, deben ser remediados por otras vías pero no desnaturalizando al ser humano. 3. En la naturaleza humana existen tipos humanos (como por ejemplo el tipo humano femenino y el tipo humano masculino). No vamos a hacer una exposición de una teoría de los tipos humanos que tienen incluso una base biológica. Brevemente diremos que esos tipos establecen una diferencia que es una riqueza para la sociedad, ya que están llamados a aportar lo suyo, por ejemplo, la mujer enriquece los ámbitos humanos aportando lo específicamente femenino, que es un gran bien para el matrimonio, la familia, el mundo del trabajo y la sociedad en general. 4. Las ideologías son un conjunto de ideas que no se corresponden con la realidad, sino que son como una especie de "camisa de fuerza" que pretende imponer distorsionadamente su visión reducida de la realidad, lo cual está al servicio de intereses. 5. En las Ciencias de la salud humana se considera que la salud es el estado en que el cuerpo humano, y el hombre íntegro, funciona bien, y la salud sexual es el estado en que el ser humano ejerce normalmente todas sus funciones reproductivas. Cuando esto no sucede, se trata de una persona enferma, respecto de la cual: a. Hay que respetarla por su dignidad humana, aunque esté enferma, b. Pero no se puede erigir su enfermedad como salud. Lo normal es la salud sexual, lo no normal es la enfermedad sexual. c. Si bien se tiene que respetar al homosexual, a la lesbiana, al bisexual, por su carácter de persona digna

y criatura humana. d. Eso no da derecho a poner su anomalía como algo saludable y normal en la sociedad. Igual que no se puede decir que el error sea igual que la verdad (porque entonces se acaba con la verdad), no se puede decir que las anomalías tienen los mismos derechos que lo sano, natural y normal. e. Los miembros de una sociedad tienen que ayudar, dentro de sus posibilidades, a curar esas anomalías, no a hacerlas más profundas porque deterioran al sujeto que las padece y a la sociedad, menos tenemos deber a sostener económicamente los medios de "salud reproductiva", sus "derechos reproductivos", etc. f. Los miembros de una sociedad sana, tenemos derecho a la normalidad no que nos impongan lo no natural, o anormal, a ningún nivel ni en las familias con quienes convivimos, ni en las instituciones educativas, ni en las instituciones sociales básicas. Tenemos el deber de velar por la sociedad, valores culturales, etc., que entregaremos a nuestros hijos y a las futuras generaciones. Por Genara Castillo C. Profesora de la facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de Piura.

17. Cultura Gay e ideología de género
El siguiente texto es parte de la entrevista concedida por Mons. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Segorbe-Castellón a la revista española Alba. En la entrevista, el Prelado español explica los orígenes de la ideología del género y hace una explicación detallada del fenómeno gay. La entrevista apareció en la edición de la febrero de 2005 de la mencionada revista. Revista Alba.- Recientemente, el Gobierno ha anunciado la entrada en vigor de una nueva ley contra la llamada "Violencia de Género"; hace algunos meses, la Conferencia Episcopal Española fue muy criticada por relacionar el aumento de la violencia doméstica con la revolución sexual. ¿Existe esta relación, y en qué sentido? Mons. Reig Pla.- Como en todo, pero en estos temas con mayor urgencia, es necesario ser rigurosos con el lenguaje. Hay que aclarar, en primer lugar, que la violencia doméstica, reducida por algunos a la llamada "violencia de género" hunde sus raíces en la condición humana después del Pecado Original, es decir, en el pecado de soberbia y en la inclinación al mal. Desde luego no hay nada nuevo bajo el sol, como dice la Escritura. Ahora bien, dicho esto, los Obispos de la Conferencia Episcopal Española lo que explicábamos no es que la existencia de la violencia doméstica sea consecuencia de la revolución sexual, como si antes de la década de los 60 del siglo XX no hubiera existido dicha violencia, sino lo que afirmamos es que "el alarmante aumento" de la violencia doméstica tiene relación con la llamada "revolución sexual". Pero ¿de qué estamos hablando cuando decimos "revolución sexual"? En primer lugar, revolución sexual no es lo mismo que liberación sexual. Dios nos quiere libres en todos los aspectos, también en lo que a la sexualidad se refiere: libres de taras, libres de esclavitudes, libres de parafílias, libres del pecado, libres, por tanto, para amar plenamente, cada cual según su estado: célibes o casados. Entonces, ¿qué cosa es la "revolución sexual"? La revolución sexual es toda una ideología que concita los peores aspectos del pensamiento marxista y neoliberal radical respecto a la sexualidad, la persona y el matrimonio, que alcanza su máxima expresión pseudocientífica en el fraudulento "Informe Kinsey" de

finales de los años 40, el cual tuvo sus derivaciones ideológicas en Wilhelm Reich (1897-1957) y Herbert Marcuse (1898-1979), que invitaban a experimentar todo tipo de situaciones sexuales. También es claro el influjo del existencialismo ateo de Simone de Beauvoir (1908-1986) que anunció ya en 1949 su conocido aforismo: "¡No naces mujer, te hacen mujer!". Pues bien, en el indicado Informe Kinsey se revindica de modo formal la ruptura del polinomio: "matrimonio-amor-sexualidad (varón y mujer)-procreación". Primero se postuló la práctica de la sexualidad sin matrimonio: el llamado amor libre. Después, la práctica de la sexualidad sin la apertura al don de los hijos: la anticoncepción y el aborto. Luego la práctica de la sexualidad sin amor: hacer sexo, pornografía, etc. Más tarde la producción de hijos sin relación sexual: la llamada reproducción asistida (fecundación in vitro, etc.). Por último, con el anticipo que significó la cultura unisex, y la incorporación del pensamiento feminista radical, se separó la sexualidad, de la persona: ya no hay varón y mujer; el sexo es un dato anatómico sin relevancia antropológica; el cuerpo ya no habla de la persona, de la complementariedad sexual que expresa la vocación a la donación, de la vocación al amor; cada cual puede elegir configurarse sexualmente como desee: hombre heterosexual, hombre homosexual, mujer heterosexual, mujer homosexual, transexual. Había nacido la "Ideología de Género", cimentada como hemos visto, en la ruptura del bien que significa los conceptos de persona y matrimonio, y, por tanto, en la progresiva debilidad del vínculo conyugal que llevó al aumento de las rupturas matrimoniales y la desintegración física, psíquica y moral de las personas. En este contexto de banalización, hedonismo y relativismo moral es comprensible el "aumento" de la violencia doméstica. De hecho en los países de nuestro entorno cultural donde hay más separaciones y divorcios, es donde más casos de violencia doméstica se dan, en términos proporcionales a la población, mucho más que en España o Polonia, por ejemplo. En efecto, junto a otras causas, los dos factores de mayor riesgo de violencia doméstica son la debilidad del vínculo y el momento de la ruptura entre la pareja o los cónyuges. Ambos factores han aumentado con la llamada "revolución sexual". Revista Alba.- El Partido Socialista de Cataluña (PSC) prepara un documento en el que acusa a los representantes de la Iglesia Católica de "insultar, atacar gravemente e incitar a la discriminación y a la violencia contra el colectivo homosexual" al rechazar el matrimonio homosexual y reiterar el carácter inmoral de las relaciones entre personas del mismo sexo. ¿Es esto así? ¿En qué basa la Iglesia su oposición al matrimonio civil entre personas del mismo sexo? Mons. Reig Pla.- Como digo la precisión terminológica es importantísima. Aunque signifique un preámbulo algo extenso para responder a la primera pregunta se hace necesario distinguir a la perfección entre SIETE conceptos distintos, a saber: 1) Las personas con inclinación homosexual. 2) La inclinación homosexual propiamente dicha. 3) Las prácticas homosexuales. 4) El lobby gay. 5) El homosexualismo político. 6) La cultura gay. 7) la llamada "teología gay". 1) Las personas con inclinación homosexual "deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta" (Cat. Igl. Cat. n. 2358), es decir, hay que respetarlas, ayudarlas y apreciarlas como a hijos de Dios que son. Su inclinación homosexual no les resta ni un ápice de su inalienable dignidad de personas. 2) Otra cosa bien distinta es la inclinación homosexual que algunas personas sienten. La Iglesia afirma, a la luz de las evidencias antropológicas (sin excluir, incluso, las anatómicas) que esta inclinación es "objetivamente desordenada" (Cat. Igl. Cat. nº 2358). Con todo, hay que aclarar que la sola inclinación

homosexual, aunque objetivamente desordenada, no constituye materia de pecado. Hay que prestar ayuda psicológica y espiritual a las personas con esta inclinación que lo soliciten. Multitud de psicólogos y psiquiatras afirman, por experiencia propia, que la inclinación homosexual se puede curar. 3) Otra cuestión también distinta, pues ya se trata de materia grave de pecado, son los actos homosexuales. La Iglesia enseña a la luz de la Palabra de Dios que se trata de "depravaciones graves"; "los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. (...) No pueden recibir aprobación en ningún caso" (Cat. Igl. Cat. n. 2357). 4) Algunos homosexuales, una minoría, sin duda, se organizan en distintas asociaciones que coordinadas entre ellas constituyen verdaderos grupos de presión social, mediática y política, es el llamado lobby gay. La presión del lobby homosexual, su poder fáctico, se extiende por doquier. En España estamos sufriendo, cada vez más, las consecuencias de esta perversa ideología. Se refleja en el talante de nuestros gobernantes y en las reformas legislativas que pretenden aprobar en contra del matrimonio, la familia, la educación, el aborto, etc. 5) El homosexualismo político, junto con la pertinente estrategia mediática, constituye hoy en día una de las herramientas fundamentales de presión del lobby gay. Se trata de toda una estrategia política para convencer a los partidos políticos de todo signo de la rentabilidad electoral y, por tanto, política de hacer guiños y concesiones legislativas al lobby homosexual. Desde la caída del Muro de Berlín, con todo lo que el desmoronamiento de la URSS significó, resulta curiosa la deriva que los llamados grupos de izquierdas han realizado, "del rojo (marxismo) al verde (ecologismo) -en un primer periodo-, y ahora del verde al rosa (homosexualismo)"; con todo, es también cierto que los partidos de centro-derecha no se han visto libres de este mismo giro "cromático". El homosexualismo político pretende cambiar la sociedad, nuestra cultura, más aún, nuestra civilización, a través de cambios legislativos que redefinan las evidencias antropológicas. Todos estamos de acuerdo que debe ser ilegal faltar a la dignidad de las personas independientemente de sus inclinaciones; sin embargo, el lobby gay a través del homosexualismo político, va mucho más allá: desean que se hagan los cambios legislativos necesarios para poner fuera de la ley, encarcelar en su caso y privar de todos los derechos civiles, a quienes afirmamos que los actos homosexuales constituyen una "grave depravación" (Cat. Igl. Cat. n. 2357). Juegan, además, a confundir con las palabras. El diccionario define la "Homofobia" como "aversión obsesiva hacia las personas homosexuales", ¡ojo! hacia las personas, nada dice el diccionario en esta definición de la inclinación homosexual ni de los actos homosexuales; sin embargo, este lobby acusa de homofobia a quienes, respetando a las personas, no compartimos sus opiniones respecto a la inclinación y los actos homosexuales. Sin duda toda una estrategia mediática. Manipula el lenguaje, confunde y calumnia que algo queda. 6) La así llamada cultura gay es el fin último al que desea llevarnos el lobby gay. Una civilización gay donde sea "natural" y universalmente aceptada y practicada la homosexualidad o, al menos, la bisexualidad. Claro está, si la homosexualidad es tan natural y aceptada como la heterosexualidad, la lógica política es implacable: hay que propiciar legislativamente que se explique a los niños en los colegios que la homosexualidad es "natural" y por lo tanto, cuando en ciencias naturales se explique a los niños y niñas los detalles anatómicos y fisiológicos de la sexualidad heterosexual humana: el aparato genital masculino y femenino, la cópula, la fecundación, el parto, etc. habrá que explicar, también, la anatomía, la fisiología y los procedimientos mecánicos necesarios de las prácticas homosexuales (la sodomía, etc., etc.). Por último, como las relaciones homosexuales son radicalmente estériles habrá que propiciar legalmente la

adopción de niños por homosexuales y generalizar las técnicas de producción artificial de seres humanos financiadas, naturalmente, por el Estado. 7) El lobby gay infiltrado en todas las confesiones cristianas, y también en la Iglesia Católica, ha elaborado sistemáticamente todo un cuerpo doctrinal absolutamente herético llamado teología gay. Esta teología, rayando lo blasfemo, no sólo quiere justificar las relaciones homosexuales, sino que afirma de ellas que responden a la verdad, el bien y la belleza de la persona, constituyendo, según ellos un auténtico don de Dios. El objetivo de este desarrollo doctrinal es triple: intentar seducir a algunos, dividir a los católicos y desprestigiar a los pastores difundiendo estas ideas en los medios de comunicación. Así pues, y volviendo al principio, la Iglesia ama y respeta a todas las personas también las que sienten inclinación homosexual. La Iglesia y sus representantes "ni insultan, ni atacan, ni incitan a la discriminación y a la violencia contra el colectivo homosexual", pero, con todo, la Iglesia no puede aceptar como buenos la inclinación homosexual propiamente dicha, los actos homosexuales, el lobby gay, la cultura gay, el homosexualismo político y la teología gay. Por cierto, lo mismo sucede respecto a quienes tienen otras inclinaciones sexuales parafílicas (sadomasoquistas, fetichistas, etc.): la Iglesia ama y respeta a estas personas, pero no puede aceptar como buenas estas inclinaciones parafílicas ni las prácticas sexuales correspondientes. Respecto a la pregunta de en qué basa la Iglesia su oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo, debo decir que los argumentos son de diverso orden. Desde el punto de vista del Derecho, el Consejo de Estado y el Consejo General del Poder Judicial, han emitido sendos informes, de una contundencia rotunda, oponiéndose radicalmente a que se apruebe legalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo. Muchos de los argumentos de los que allí se exponen pueden ser asumidos perfectamente por la Iglesia. Desde el punto de vista del lenguaje la Real Academia de la Lengua Española también se ha pronunciado en el sentido de que la palabra matrimonio que significa la "unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales" no puede ser usada para definir otras eventuales uniones, pues ello, desde luego, corrompería el sentido del término y llevaría a confusión. También este argumento puede ser asumido sin ningún problema por la Iglesia. Pero, además, la Iglesia, a la luz de la verdad natural y revelada sobre la persona enseña que sólo la diversidad sexual que se da entre un varón y una mujer permite la natural complementariedad sexual y el posible don de una vida nueva. Asumiendo el riesgo de resultar demasiado explícito, hay que afirmar que ningún de estos dos aspectos indicados se dan en las uniones del mismo sexo: son uniones intrínsecamente estériles, y el aparente aspecto unitivo de su sexualidad se realiza a costa de forzar estructuras anatómicas y simular actividades fisiológicas naturales, sin excluir, por cierto, la utilización de los más diversos productos químicos y artilugios mecánicos. Todo esto hace imposible, ontológicamente, tratar como igual lo que no lo es: Una cosa es el matrimonio y otra las uniones de personas del mismo sexo. Mons. Juan Antonio Reig Pla es Obispo de Segorbe-Castellón, Presidente de la Subcomisión Episcopal de Familia y Vida, Vicepresidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, Miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y Decano del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el Matrimonio y la Familia, dependiente de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

18. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer
INTRODUCCIÓN 1. Experta en humanidad, la Iglesia ha estado siempre interesada en todo lo que se refiere al hombre y a la mujer. En estos últimos tiempos se ha reflexionado mucho acerca de la dignidad de la mujer, sus derechos y deberes en los diversos sectores de la comunidad civil y eclesial. Habiendo contribuido a la profundización de esta temática fundamental, particularmente con la enseñanza de Juan Pablo II,1 la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer. Este documento, después de una breve presentación y valoración crítica de algunas concepciones antropológicas actuales, desea proponer reflexiones inspiradas en los datos doctrinales de la antropología bíblica, que son indispensables para salvaguardar la identidad de la persona humana. Se trata de presupuestos para una recta comprensión de la colaboración activa del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, en el reconocimiento de su propia diferencia. Las presentes reflexiones se proponen, además, como punto de partida de profundización dentro de la Iglesia, y para instaurar un diálogo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en la búsqueda sincera de la verdad y el compromiso común de desarrollar relaciones siempre más auténticas. I. EL PROBLEMA 2. En los últimos años se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión femenina. Una primera tendencia subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder. Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro, teniendo como consecuencia la introducción en la antropología de una confusión deletérea, que tiene su implicación más inmediata y nefasta en la estructura de la familia. Una segunda tendencia emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria. El obscurecerse de la diferencia o dualidad de los sexos produce enormes consecuencias de diverso orden. Esta antropología, que pretendía favorecer perspectivas igualitarias para la mujer, liberándola de todo determinismo biológico, ha inspirado de hecho ideologías que promueven, por ejemplo, el cuestionamiento de la familia a causa de su índole natural bi-parental, esto es, compuesta de padre y madre, la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa. 3. Aunque la raíz inmediata de dicha tendencia se coloca en el contexto de la cuestión femenina, su más

profunda motivación debe buscarse en el tentativo de la persona humana de liberarse de sus condicionamientos biológicos.2 Según esta perspectiva antropológica, la naturaleza humana no lleva en sí misma características que se impondrían de manera absoluta: toda persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial. Esta perspectiva tiene múltiples consecuencias. Ante todo, se refuerza la idea de que la liberación de la mujer exige una crítica a las Sagradas Escrituras, que transmitirían una concepción patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista. En segundo lugar, tal tendencia consideraría sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina. 4. Ante estas corrientes de pensamiento, la Iglesia, iluminada por la fe en Jesucristo, habla en cambio de colaboración activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma. Para comprender mejor el fundamento, sentido y consecuencias de esta respuesta, conviene volver, aunque sea brevemente, a las Sagradas Escrituras, —ricas también en sabiduría humana— en las que la misma se ha manifestado progresivamente, gracias a la intervención de Dios en favor de la humanidad.

19. ¿Qué es la "perspectiva de género"?
En los últimos años el feminismo antivida ha desarrollado el concepto de "perspectiva de género" o "equidad de género", con el propósito de replantear todos aquellos temas que considera de vital importancia para la mujer. Sin embargo, la perspectiva de género se ha convertido en un concepto tan totalizante, que ya no es un término más en la lista de la jerga del feminismo antivida, sino un nuevo modo de ver al ser humano, una nueva perspectiva desde la cual reelaborar los conceptos de hombre y mujer, sus respectivas vocaciones en la familia y la sociedad, y la relación entre ambos. De este modo los conceptos de sexualidad, matrimonio, vida y familia también se ven radicalmente afectados. De ahí la importancia de analizar, siquiera sumariamente, este concepto tan peligroso y revolucionario. El concepto de "género", acompañado tanto de los términos "equidad" como "perspectiva", a pesar de usarse mucho, por ejemplo, en el texto del Foro de Mar del Plata, no está definido claramente. De hecho, el programa mismo de este foro dice que: "Este concepto de equidad de género aún no es una teoría acabada que sea objeto de consenso, sino un objeto dinámico y un proceso de desarrollo." Sin embargo, el texto también dice que: "Según este concepto, las diferencias entre hombres y mujeres responden a una estructura cultural, social y psicológica y no a condiciones biológicas." En otras palabras, la sociedad inventa las diferencias entre los sexos, éstas no tienen un origen natural. Como resultado, la perspectiva de género niega que, biológicamente hablando, los seres humanos se distingan simplemente en dos sexos: masculino y femenino, y afirma que son más las combinaciones que resultan de las áreas fisiológicas del "sexo biológico", es decir, de los órganos sexuales internos y externos. "No existe el hombre ‘natura'' o la mujer ‘natura'", continúa diciendo el texto del programa, "no hay conjuntos de características o de conductas exclusivas de un sexo, ni siquiera en la vida psíquica." Por eso, a continuación habla de un "continuum" de "intersexos", "cuyo punto medio es el hermafroditismo". De ahí

que considere la heterosexualidad y la procreación, no como la sexualidad natural, sino como "otra construcción social biologizada". Las consecuencias de esta forma de pensar son aterradoramente funestas. La perspectiva de género llega a una concepción tan amorfa de la persona humana, que da pie a todo tipo de comportamiento, por perverso que sea. El cuerpo y la naturaleza humana, en sus expresiones de feminidad y masculinidad, pierden toda su relevancia moral, para convertirse en puro instrumento al servicio del placer egoísta. Pero, no se trata solamente de una justificación ideológica del hedonismo, es decir, del lesbianismo, el homosexualismo, la anticoncepción, el aborto, etc., sino de todo un programa para "reconstruir" la sociedad, imponiéndole una nueva forma de ver y vivir la sexualidad. El texto dice: "Se plantea la desconstrucción del género como un proceso de subversión cultural". Un ejemplo concreto de esta "subversión cultural" lo constituye la reelaboración de la Declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, a partir de la perspectiva de género, que propone el Comité Latinoamericano para la Defensa de los Derechos de la Mujer (CLADEM), según informa la revista Mujer Hoy, de las feministas del Ecuador. La propuesta no trata solamente de añadir "nuevos derechos", sino también de reinterpretar los que ya existen. Y así, por ejemplo, el concepto de familia es vaciado de su contenido tradicional (como intentaron hacer sin éxito los activistas antivida en la Conferencia de El Cairo), para dar pie a "uniones" de homosexuales y lesbianas, con los mismos derechos que las familias normales. Esto se percibe claramente en la inclusión del término "orientación sexual" (=homosexualismo, lesbianismo y bisexualismo), por parte de CLADEM en el artículo 2 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para que éste entonces diga lo siguiente: "Cada persona está investida de todos los derechos y libertades establecidos en esta Declaración sin distinción de ninguna clase, en razón de raza, color, sexo, espiritualidad, orientación sexual, edad, idioma, religión, cultura, opción política o de otra índole, origen nacional o social, condición económica, nacimiento u otro status." La reelaboración de este artículo 2 lógicamente repercute en todos aquellos derechos que tienen que ver con la sexualidad, el matrimonio y la familia. Así por ejemplo, el inciso 3 del artículo 19 de esta reelaboración, tergiversa el sentido original del artículo 16 de la Declaración Universal, que trata sobre el derecho al matrimonio y a la familia, añadiendo lo siguiente: "los diversos grupos tienen derecho a establecer sus propias formas de vida familiar". Antes de seguir con más ejemplos, es importante señalar el artículo 35 de la reelaboración de CLADEM, el cual es una repetición del artículo 30 de la Declaración Universal, y que en ambos casos cierran el elenco de derechos humanos declarados con la siguiente afirmación: "Nada en la presente Declaración podrá interpretarse en el sentido de conferir derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender o desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración." Tratándose de genuinos derechos, la afirmación anterior cobra toda su validez, pues los derechos humanos son anteriores al Estado y a cualquier otra institución social. Pero en el caso de falsos "derechos", como los son varios de los que propone CLADEM, la afirmación se convierte en la tutela de la perversión, no sólo ante el Estado, sino también ante instituciones como las iglesias u otras asociaciones, las cuales caerían bajo la categoría de "grupo". Ni las iglesias ni nadie podrían expresar su oposición, por ejemplo, al "derecho a la orientación sexual" (artículo 5), a los "derechos reproductivos" o a la

"interrupción voluntaria del embarazo" (artículo 6), que no significan otra cosa que homosexualismo, anticoncepción, esterilización y aborto. No hay duda, la "perspectiva de género" representa una de las armas ideológicas más peligrosas para destruir la vida y la familia, y por ende, la sociedad. Por Adolfo J. Castañeda

20. Género: el nuevo nombre del marxismo

Muchos identificaron la caída del marxismo con la caída del Muro de Berlín; pero China sigue bajo un régimen marxista y en Cuba no se ha visto aún "La Hora Final de Castro", como profetizaba Oppenheimer. De lo que pocos se percataron, es que con la caída del Muro de Berlín, lo único que cayó fue la Unión Soviética; pero el marxismo, como materialismo histórico ateo que es, sigue gozando de muy buena salud. Porque si bien el marxismo como régimen de gobierno totalitario y como modelo económico se hizo pedazos en la vieja URSS, nadie puede negar que vestido de hedonismo, es una cultura, sino dominante, al menos influyente en muchos ambientes; sobre todo en ambientes capitalistas y por tanto consumistas. Sobre esto se podría -se debería- escribir un libro; desde estas páginas, sólo pretendemos dar una idea general del problema real al que se enfrentan quienes día a día luchan por la vida y la familia.Es imponente el paralelismo encontrado entre la descripción del marxismo de Gramsci realizada por el Dr. Rafael Gambra en su libro Historia Sencilla de la Filosofía (Editorial RIALP, pág. 213, 21ª edición) y un documento publicado por la Conferencia Episcopal Peruana titulado "Perspectiva de género: sus peligros y alcances", que también se encuentra en el Nº 21 de la Revista Arbil:Según Gambra, "Las dos últimas décadas han conocido (…) una evolución importante en la ideología (y la praxis) del marxismo. Se trata de la obra que el marxista Antonio Gramsci (1891-1937) escribió durante sus últimos años en las cárceles de la Italia fascista. En ella se da una moderación de las tesis rigurosas del materialismo histórico con fines más bien tácticos. Para Gramsci las ideas y creencias no son simple emanación pasajera de la economía, sino que poseen una realidad que constituye la cultura en que cada hombre y cada pueblo vive

inmerso.La idea propulsora del pensamiento gramsciano es que la Revolución nunca se realizará verdaderamente mientras no se produzca de un modo en cierto modo orgánico y dialéctico dentro de lo que Gramsci llama una cultura, que es lo que habrá que desmontar y sustituir al propio tiempo que se utiliza."Quienes luchan por la vida y la familia, conocen los peligros de la perspectiva de género, y saben a que se refiere Gramsci cuando habla de "desmontar y sustituir una cultura al mismo tiempo que se utiliza": en efecto, los promotores el género, proponen "desconstruir la famila -y por extensión la sociedad", para luego rearmar la sociedad con parámetros marxistas. De acuerdo el folleto de la C.E.P., "para las "feministas de género", éste "implica clase, y la clase presupone desigualdad. Luchar más bien por desconstruir el género -los roles socialmente construidos- llevará mucho más rápidamente a la meta". Esta meta consiste en "llegar a una sociedad sin clases de sexo." Meta que coincide, obviamente, con los fines de la revolución marxista. Lo increíble del caso, es que todo esto lo hacen con la complicidad del liberalismo, e incluso de algunos sectores más bien "conservadores" o considerados "de derecha" por algunos. El concepto desconstrucción es considerado por los activistas de género, como "la tarea de denunciar las ideas y el lenguaje hegemónico (es decir aceptados universalmente como naturales), con el fin de persuadir a la gente para creer que sus percepciones de la realidad son construcciones sociales." Pero sigamos con el análisis que Gambra realiza sobre la obra de Gramsci y su marxismo cultural:"Si la revolución brota de un hecho violento o de una ocupación militar, siempre será superficial y precaria, y se mantendrá asimismo en un estado violento. El hombre no es una unidad que se yuxtapone a otras para convivir, sino un conjunto de interrelaciones activas y conscientes. Todo hombre vive inmerso en una cultura que es organización mental, disciplina del yo interior y conquista de una superior conciencia a través de una autocrítica, que será motor del cambio. La vida humana es un entramado de convicciones, sentimientos, emociones e ideas; es decir, creación histórica y no naturaleza."No hay un sólo defensor o defensora del género que no pase por pacifista, por víctima o por defensor/a de todas las víctimas ataques y discriminaciones que impone la injusta sociedad en la que viven. La agenda de lucha, pasa por no violenta, pero en los hechos violenta las conciencias, lo cual es mucho peor. Queda claro asimismo, que para Gramsci, todo es creación histórica ("construcción cultural" en código de "género") y no naturaleza. En este sentido, cabe recordar que las feministas de género, consideran que el hombre y la mujer adultos son construcciones sociales; que en realidad el ser humano nace sexualmente neutral y que luego es socializado en hombre o mujer. Esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e injustamente. Por ello, las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo y de toda imagen específica de género, para que los niños puedan crecer sin que se les exponga a trabajos "sexo-específicos". Por eso hablan también de "roles socialmente construidos" cuando se refieren a las ocupaciones que una sociedad asigna a uno u otro sexo.Sigue el Dr. Gambra:"De aquí el interés de Gramsci por el cristianismo al que considera germen vital de una cultura histórica que penetra la mente y la vida de los hombres, sus reacciones profundas. Será preciso, para que la revolución sea orgánica y "cultural", adaptarse a lo existente y, por la vía de la crítica y la autoconciencia, desmontar los valores últimos y crear así una cultura nueva. El ariete para esa transformación será el Partido, voluntad colectiva y disciplina que tiende a hacerse universal. Su misión será la infiltración en la cultura vigente para transformarla en otra nueva materialista, al margen de la idea de Dios y de todo valor trascendente."No es casualidad entonces, que hace dos años, las feministas de género y sus secuaces, hayan inventado una campaña para quitar al Vaticano el status de Estado miembro a nivel de la ONU. Y qué decir de la infiltración en la cultura vigente, y de su alianza con el capitalismo y el consumismo con el

fin de promover, en última instancia, el materialismo y el olvido de Dios.De acuerdo con Gambra, "su arma principal será la lingüística (la gramática normativa) que penetre en el lenguaje coloquial, alterando el sentido de las palabras y sus connotaciones emocionales, hasta crear en quien habla una nueva actitud espiritual. Si se cambian los valores, se modifica el pensamiento y nace así una cultura distinta."Cómo no representarse inmediatamente al llegar a este punto, los términos "interrupción del embarazo", "salud sexual y reproductiva", "anticoncepción de emergencia", "preembrión"; así como los cambios aparentemente inocuos de la palabra "amante" o "concubina/o" por la palabra "compañero" o "pareja" y muchos más. El denominador común es que todos llevan al error y a la confusión a grandes masas de personas que como neófitos en estos temas, dejan de llamar a las cosas por su nombre sin la más mínima capacidad crítica y se tragan "lo que dice la tele". Comenta el documento de la Conferencia Episcopal Peruana que para desconstruir la sociedad, las feministas de género "proponen desconstruir el lenguaje, las relaciones familiares, la reproducción, la sexualidad, la educación, la religión, la cultura, entre otras cosas. Estos cambios en el lenguaje son posibles, si se dan cámbios en la educación: "La educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad. La perspectiva del ´género´ debe integrarse en los programas. Deben eliminarse los estereotipos en los textos escolares y conscientizar en este sentido a los maestros, para asegurar así que niñas y niños hagan una selección profesional informada, y no en base a tradiciones prejuiciadas sobre el ´género". Después que nadie se asombre si María Pía se "casa" con Ana Inés o Ramón con Lorenzo, pues éste es el objetivo: "El final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal∑ en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma ´institución de las relaciones sexuales´, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural".Prosigue el Dr. Gambra: "El medio en que esta metamorfosis puede realizarse es el pluralismo ideológico de la democracia, que deja indefenso el medio cultural atacado, porque en ella sólo existen "opiniones" y todas son igualmente válidas. La labor se realizará actuando sobre los "centros de irradiación cultural" (universidades, foros públicos, medios de difusión, etc.) en los que, aparentando respetar su estructura y aún sus fines, se inoculará un criticismo que les lleve a su propia destrucción.Si se logra infiltrar la democracia y el pluralismo en la propia Iglesia (que tiene en esa cultura el mismo papel rector que el Partido en la marxista), el éxito será fácil. La democracia moderna será como una anestesia que imposibilitará toda reacción en el paciente, aun cuando esté informado del sistema por el que está siendo penetrada su mente."Vaya si son conocidos los nefastos resultados de la implantación del pluralismo y la tolerancia como valores absolutos en nuestras sociedades: nada se puede criticar si es políticamente correcto; todo se debe criticar si es políticamente incorrecto. Nuestras endebles democracias se ven amenazadas día tras día por los personeros de la mentira y de la muerte, por el terrorismo ideológico y por sus principales aliadas, las mafias de la desinformación. El odio a la Iglesia, es capaz de unir en este "pluralismo", a un individuo como Ted Turner, paradigma del capitalista liberal, con el marxismo cultural, a cuyo servicio pone diariamente la CNN. Este odio se verifica también diversas organizaciones pseudocatólicas, como las "Católicas por el Derecho a Decidir" de triste memoria; o los miembros de la organización "Donum Vitae" en Alemania, que según el propio Nuncio, actúan directamente contra la voluntad del Papa al emitir certificados de asistencia médica requeridos para el aborto legal.Y termina Gambra: De aquí la revolución cultural, meta principal

del actual marxismo, y movimientos como cristianos para el socialismo y otro semejantes que jalonan esto que se ha llamado la autodemolizione de la Iglesia."Es deber de todos los cristianos contribuir a evitar esa "autodemolizione" de la Iglesia -cuya estabilidad gracias a Dios, no depende de la voluntad humana-, tan buscada por el marxismo cultural que ahora se viste con ropaje de "género": otra alteración del lenguaje, esta vez para no asustar. No menos importante es el deber de agradecer que una de las pocas voces que se atreven a defender la dignidad del hombre y su verdadera libertad, es la del Papa. Valiente y sereno, enérgico y caritativo, el Santo Padre custodia y defiende a tiempo y a destiempo, la Verdad. Por eso, contra quienes consciente o inconscientemente contribuyen con sus ácidas e incisivas críticas a esa "autodemolizione" pergreñada por Gramsci, es necesario afirmar que el criticismo a la Cátedra de Pedro, que es un mazazo a la Iglesia, pues venga de donde venga, siempre contribuye a la destrucción buscada por sus enemigos. Pues aún sabiendo que la barca de Pedro no perecerá jamás, nada exime a los crsitianos de remar para llevarla a buen puerto.Ante la tentación del criticismo, todo cristiano debería recordar -con la C.E.P.- que "los dueños de la "nueva perspectiva" promueven el ataque frontal al cristianismo y a toda figura que lo represente. En 1994, Rhonde Copelon y Berta Esperanza Hernández elaboraron un folleto para una serie de sesiones de trabajo de la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo del Cairo. El folleto atacaba directamente al Vaticano por oponerse a su agenda que entre otras cosas incluye los "derechos a la salud reproductiva" y por consecuencia al aborto."Este reclamo de derechos humanos elementales confronta con la oposición de todo tipo de fundamentalistas religiosos, con el Vaticano como líder en la organización de oposición religiosa a la salud y a los derechos reproductivos, incluyendo hasta los servicios de planificación familiar".Por tanto, si los cristianos no tomamos conciencia de que el marxismo cultural: a) existe; b) goza de buena salud y c) está haciendo estragos en las conciencias y en las almas de muchos hombres y mujeres inocentes; si no permanecemos muy unidos al Papa y a su Magisterio; si no libramos junto a Pedro y bajo Pedro, esta lucha por la vida y la familia, dificilmente podremos contribuir a la derrota final del materialismo histórico encarnado en el marxismo gramsciano. Es demasiado grave la hora como para que los cristianos estemos divididos, y peor aún, ¡distraídos!, cuando lo que realmente importa es el restablecimiento de la Cultura de la Vida y la Familia.

FUENTE:
La ideología de género 1. La ideología de género 2. La ideología de género: Sus peligros y alcances... 3. Bioética, mujer y perspectiva de género 4. El feminismo, ¿destruye la familia? 5. El rol masculino ante los nuevos cambios social... 6. Feminidad y género. Perspectiva bioética. 7. Feminismo y derechos de la mujer

8. La ideología de genéro: exposición y crítica 9. La filosofía del género 10 Ideología de género: Primer blanco, la Familia 11. Persona femenina, persona masculina 12. Habitar funciones humanas de la feminidad y ma... 13. La lente marxista del feminismo de género 14. Sexo y género: La naturaleza de la personalida... 15. Igualdad y diferencia 16. La ideología del género 17. Cultura Gay e ideología de género 18. Carta a los obispos de la Iglesia Católica sob... 19. ¿Qué es la "perspectiva de género"? 20. Género: el nuevo nombre del marxismo

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