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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio

como herramientas de análisis de las relaciones
de género. Una propuesta teórica
Enrico Mora
Margot Pujal
Universitat Autònoma de Barcelona
enrico.mora@uab.cat
margot.pujal@uab.cat
Resumen
En este texto presentamos una propuesta operativa de los conceptos de cuida-
do, provisión y servicio como herramientas para analizar las relaciones de gé-
nero. Partimos del modelo elaborado por Diemut Elisabeth Bubeck en Care,
Gender and Justice (1995) que establece una distinción entre cuidado y servi-
cio que nos permite captar las relaciones de explotación y la externalización de
las tareas de atención a las personas y las tareas del hogar en unos términos que
permiten diferenciar la responsabilidad social hacia la población dependiente y
la transferencia de las utilidades producidas por el trabajo de las mujeres hacia
los hombres. Apoyándonos en las propuestas de análisis de Luc Boltanski y de
María Jesús Izquierdo reelaboramos y operacionalizamos los conceptos de cui-
dado, provisión y servicio para su aplicación a cualquier tipo de actividad. Las
principales dimensiones de análisis utilizadas para operacionalizar dichos con-
ceptos son: a) la centralidad de las necesidades de las personas en la acción; b)
la centralidad del logro del objetivo de la acción; c) la centralidad de normas
universales en la acción; d) la centralidad de los objetos en disputa en la ac-
ción.
Palabras clave: Cuidado; Provisión; Servicio; Género
Enrico Mora y Margot Pujal
Introducción
En las interacciones que llevan a cabo las mujeres y los hombres se configuran re-
laciones de cuidado, de provisión y de servicio. Como fruto de la división sexual del
trabajo, las mujeres han realizado habitualmente las actividades de cuidado y de servicio
y los hombres las de provisión, constituyéndose las primeras como actividades femeni-
nas y las segundas como masculinas. En este texto focalizamos la atención en concep-
tualizar las relaciones de género según el cuidado, la provisión y el servicio. Para ello
operacionalizamos dichos conceptos atendiendo a los tipos de actividades que se reali-
zan y el modo en que se llevan cabo, así como el tipo de relaciones que comportan. Or-
ganizamos la exposición en dos tiempos. En el primero señalamos que significa concep-
tualizar las actividades de la producción doméstica según las relaciones de cuidado y de
provisión y su diferenciación de las de servicio. Este constituye el primer paso para en-
tender el carácter de género de dichas actividades. A continuación, proponemos ir más
allá de la clasificación de las actividades en términos de cuidado, provisión y servicio,
para perfilar un instrumento que nos permita identificar en cada actividad, más allá del
ámbito de la producción doméstica, qué hay en ella de cuidado, qué de provisión y qué
de servicio. La finalidad es exportar el modelo cuidado/provisión/servicio de su contex-
to de surgimiento, el análisis de la producción doméstica, al análisis de cualquier activi-
dad, poniendo como ejemplo el desempeño de la actividad docente del profesorado uni-
versitario. El ejemplo, suficientemente alejado en lo concreto de la producción domésti-
ca, permite ilustrar la potencialidad de la herramienta de análisis propuesta.
Una de las principales consecuencias de la división sexual del trabajo en occidente
es la configuración de la producción doméstica como una de las actividades por exce-
lencia femeninas especializadas en el cuidado y el servicio, en relación de mutua depen-
dencia con la producción mercantil, siendo una de las actividades por excelencia mascu-
linas especializadas en la provisión. La producción doméstica está organizada de forma
patriarcal, y constituye la infraestructura que permite que el hombre adulto cabeza de
familia tenga como responsabilidad principal y con dedicación completa proveer de
medios de vida a su familia a través de la actividad profesional (provisión). Como ya
han señalado diversas autoras (Hochschild 2008; Izquierdo et altri, 2008, 1998; Mora,
2005; Ehrenreich 2003; Fraise, 2000; Maruani et altri, 2000; Torns, 1998; Paterman,
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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
1996; Walby, 1986; por poner algunos ejemplos), la mujer adulta tiene como responsa-
bilidad principal y con dedicación parcial o completa la actividad doméstica de atender
las necesidades de las personas que forman parte de su familia (cuidado), y esta respon-
sabilidad y dedicación condiciona la forma en que participa en la actividad profesional.
La configuración histórica de las relaciones patriarcales en occidente ha dado lugar a la
figura de la ama de casa como la posición prototípica de producción de cuidados y ser-
vicios, cuyas personas destinatarias son su familia (personas dependientes, criaturas y
viejos, su pareja) y ella misma, y cuya dedicación es exclusiva. En relación de mutua
dependencia asimétrica caracterizada por la explotación y la dominación, las relaciones
patriarcales han dado lugar a la posición de ganador de pan, cuyas personas destinatarias
son su familia (personas dependientes, criaturas y viejos, su pareja) y él mismo, y cuya
dedicación es exclusiva. En este marco de relaciones sexista señalado, la provisión es
una actividad socialmente supravalorada, en relación con el cuidado que es una activi-
dad socialmente infravalorada.
En las últimas décadas este modelo de producción doméstica ha sufrido algunos
cambios en occidente: un aumento considerable de las mujeres en las actividades profe-
sionales, y por lo tanto el acceso a ingresos propios, expresado de forma clara en el au-
mento de la tasa de actividad de las mujeres. Si bien este cambio supone cuestionar las
relaciones patriarcales prototípicas, lo es para las mujeres, pero no lo es en la misma
medida para los hombres. El aumento creciente de mujeres en las actividades profesio-
nales no se ha traducido en un aumento creciente y equivalente de hombres en las acti-
vidades domésticas. No ha supuesto un cambio estructural en la división sexual del tra-
bajo doméstico (Hochschild 2008; Izquierdo et altri, 2008, 1998; Ehrenreich 2003; Frai-
se, 2000; Maruani et altri, 2000). Es más, a pesar de que las mujeres tengan una activi-
dad profesional que les permita ganar más dinero que el de sus parejas, siguen dedicán-
dose más a las actividades domésticas. Incluso, cuando pasan de vivir solas a vivir en
pareja, para ellas supone mayor dedicación al trabajo doméstico, mientras que a ellos
justo lo contrario. Todo ello se ha traducido en una creciente tensión entre las exigen-
cias de las actividades profesionales y las domésticas para las mujeres que asumen los
costes de la sobrecarga de trabajo, del malestar y del sufrimiento en las relaciones de
pareja y familiares, agudizándose especialmente en las situaciones de crisis.
Como nos indican diversas autoras (Hochschild 2008; Izquierdo el altri, 2008;
2006; 2003a; Orozco, 2007; Ehrenreich 2003; Parella, 2003; Parreñas, 2001; Maruani et
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Enrico Mora y Margot Pujal
altri, 2000), la respuesta de las mujeres a esta situación ha sido reducir tanto como ha
sido posible la dedicación al cuidado y al servicio. Podemos considerar como indicado-
res de ello el retraso, reducción o renuncia a la maternidad, y la creciente práctica de
externalizar a la población inmigrante algunas o buena parte de las actividades domésti-
cas de la familia tradicional, a través de la mercantilización (Hochschild, 2008; Orozco,
2007; Ehrenreich 2003; Parreñas, 2001; Catarino y Oso, 2000; Ribas, 2000; Colectivo
IOÉ, 1999; Herranz 1998; Cachón, 1997; Izquierdo el altri, 2008, 2006, 2003a, 1996;
Gallardo, 1995; Comamala, 1994). Sin embargo, esta última opción de momento está
reservada para aquellas familias que disponen de ingresos suficientes y de una cultura
de la externalización mercantil de actividades domésticas. Para las otras familias, o bien
la tensión deviene insoportable hasta el punto de que se vuelve de forma temporal o
permanente a un modelo de relaciones patriarcales donde la mujer deja de llevar a cabo
las actividades profesionales para dedicarse en exclusiva a la atención del hogar, o bien
se recurre a la externalización hacia la madre, suegra y/o al padre y/o suegro jubilados
para que lleven a cabo algunas de las actividades domésticas. En todos los casos, la or-
ganización patriarcal del trabajo doméstico no queda cuestionada. La explotación, en-
tendiéndola como transferencia de las utilidades producidas por el trabajo de las mujeres
adultas y viejas hacia los hombres adultos, se mantiene, por vías diferentes, como una
constante, a través de convertir el cuidado en servicio. El proceso de externalización y
mercantilización del cuidado hacia las mujeres inmigrantes plantea al mismo tiempo la
problemática de como éstas afrontan sus propias responsabilidades en la producción
doméstica de sus familias, tanto las que se encuentran en sus países de origen como las
que se reagrupan aquí. A menudo ha supuesto para las mujeres inmigrantes que realizan
servicios domésticos, dejar a cargo de sus familias de origen el cuidado de las personas
dependientes de las cuales son responsables ellas y sus parejas. Eso tiene por conse-
cuencia el establecimiento de lo que se ha denominado cadenas de cuidado, o globaliza-
ción del cuidado.
Focalizamos la atención en conceptualizar y operacionalizar un aspecto funda-
mental de la organización social de la producción doméstica que hemos señalado: las
relaciones de cuidado y de provisión que la caracterizan. A continuación definimos los
conceptos de cuidado, de servicio y de provisión como relaciones que definen las acti-
vidades de la producción doméstica desde una perspectiva de género. Luego, tomamos
los conceptos de cuidado, provisión y servicio, pero desde el punto de vista de ser di-
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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
mensiones de análisis que se pueden aplicar a cualquier actividad, poniendo en eviden-
cia el componente de género que hay en ella.
Las actividades de la producción doméstica como objetos
de las relaciones de cuidado, servicio y provisión. Un
punto de partida conceptual
Cuidar, servir y proveer son tipos de relaciones que articulan la producción do-
méstica (Hochschild 2008; Orozco, 2007; Ehrenreich 2003; Mora, 2002; Thompsom et
altri, 2002; Dale y Jane, 2000; Sevenhuijsen, 2000; Setien, 1998; Jecker y Self, 1997).
Como ha señalado Izquierdo (2008; 2003a; 2003b) la distinción entre cuidado y servicio
que ha elaborado Bubeck (1995) nos permite captar las relaciones de explotación y la
externalización de las tareas de atención a las personas y las tareas del hogar en unos
términos que permiten diferenciar la responsabilidad social hacia la población depen-
diente y la transferencia de las utilidades producidas por el trabajo de las mujeres hacia
los hombres. Según Bubeck (1995) el concepto de cuidado se refiere a las atenciones
que una persona no se puede dispensar por sí misma, siempre que quien las facilita sea
la persona responsable de hacerlo. El tipo de atenciones a dispensar tienen por finalidad
atender las necesidades de la persona. Es decir,
“Es la satisfacción de las necesidades de una persona por parte de otra persona
en donde la interacción face to face entre persona cuidadora y persona cuidada
es un elemento crucial en el global de la actividad, y donde la necesidad es de
tal naturaleza que no hay ninguna posibilidad de que la persona en necesidad la
satisfaga por sí misma” (1995: 129).
El concepto de cuidado, subraya la autora, no hay que confundirlo con actos que
expresan amor o amistad (a diferencia de lo que apunta Hochschild, 2008). Puede que
haya amor en un acto de cuidado, pero no tiene por qué. Ni todo el cuidado se da como
acto que expresa amor, ni todos los actos que expresan amor lo hacen a través de cuida-
dos (más bien se suele expresar a través de servicios). Desde el punto de vista psíquico,
podemos identificar, apoyándonos en Izquierdo et altri (2008), dos procesos emociona-
les distintos. Por un lado, el cuidado permite experimentar sensaciones de empodera-
miento, debido a las habilidades que se despliegan al llevarlo a cabo, así como por el
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Enrico Mora y Margot Pujal
bienestar y la gratitud de la persona cuidada (aunque no siempre se de). Por el otro lado,
la relación de cuidado implica a menudo atender demandas incesantes que pueden llevar
a la extenuación. En este caso se puede sentir la carencia de poder, por estar en exceso a
disposición de las demás personas. Dadas las condiciones sexistas de realización del
cuidado, este se puede pervertir en el sentido de potenciar las relaciones de dependencia
respecto de las personas que son objeto de cuidado o bien puede llevar a que se acepte
con facilidad ponerse al servicio de las demás personas en aquellas cosas en que no es-
tán necesitadas, sino que en todo caso supone un ahorro de tiempo contar con alguien
para que las haga.
El concepto de servicio se refiere al resto de actividades de atención a la persona,
desde el trabajo doméstico hasta las actividades de atención a personas cuyos beneficia-
rios se las pueden dispensar por sí mismos o son responsables de dispensarlas a terceras
personas. Cuidado y servicio no indican atributos específicos de las actividades sino
quién es responsable de las mismas. Un elemento central de la propuesta de Bubekc es
su dimensión normativa. La apuesta por introducir un elemento normativo en la defini-
ción del concepto de cuidado y de servicio, la responsabilidad social hacia la población
dependiente, nos permite identificar unas prácticas sociales que de otro modo no serían
visibles. Partir del supuesto que la responsabilidad hacia la población dependiente no es
una decisión individual sino una obligación social (y por tanto moral) de toda persona
adulta con población dependiente a cargo, introduce la posibilidad de analizar las trans-
ferencias de las utilidades producidas por el trabajo de las mujeres adultas y viejas hacia
los hombres adultos en contextos de producción doméstica no mercantil.
Sin embargo, en relación con la concepción que Bubeck maneja del trabajo do-
méstico tenemos cierta discrepancia. Bubeck se apoya en una definición substantiva en
lugar de relacional rompiendo así con la lógica de su propio planteamiento. Considera
que el trabajo doméstico es el conjunto de actividades que no requieren para su realiza-
ción la interacción cara a cara entre la persona que lo desempeña y su beneficiario. Se
refiere a tareas del hogar del tipo cocinar, planchar, lavar la ropa, limpiar, hacer la com-
pra, las cuales son necesarias para llevar a cabo las tareas de cuidado pero no son, según
la autora, actividades de cuidado. El modelo de análisis de la producción doméstica que
nos brinda Bubeck entra en contradicción al definir el trabajo doméstico como ese tipo
de actividades, las tareas del hogar. Se trata de una restricción difícil de sostener en el
marco planteado. Si consideramos que los seres humanos se producen en el modo de
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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
producción doméstico, entre otros modos de producción, y pretendemos describirlo,
resulta un tanto extraño hacerlo, desde una perspectiva relacional, atendiendo a las ca-
racterísticas substantivas de las tareas que se desempeñan. Basta recordar el conocido
ejemplo de Pahl (1991) y la tarea de planchar para darse cuenta de lo poco informativo
que puede llegar a ser conocer el contenido substantivo de la actividad en sí misma. Así,
observar una persona planchando nos dice poco de las relaciones sociales en las que está
inmersa, hasta el punto que esa misma actividad puede realizarse bajo condiciones de
explotación y precariedad laboral o como una actividad de autoproducción doméstica.
La clave está en analizar, no tanto la tarea en sí misma, sino el entramado de relaciones
sociales que permiten el desempeño de dicha tarea.
Consideramos que las tareas del hogar pueden ser objeto de relaciones de cuidado
y de servicio como las de atención a la persona cara a cara. Y no sólo eso, consideramos
que las tareas de atención a la persona cara a cara son un tipo de trabajo doméstico. Ta-
reas del hogar y de atención a la persona formarían el conjunto de actividades del traba-
jo doméstico, donde las primeras contribuirían a los objetivos de la segunda de forma
mediata. Por ejemplo, en el caso de una criatura que necesita ser alimentada, formaría el
conjunto de tareas bajo régimen de cuidado tanto la acción del padre de darle el biberón
como la elaboración previa del alimento que ha hecho en la cocina. Ambas actividades
son de cuidado porque el padre satisface la necesidad de alimento de su criatura (que no
puede hacerlo por si misma), y lo hace en tanto tiene a su cargo la criatura. Esta modifi-
cación del planteamiento de Bubeck tiene una serie de consecuencias analíticas para
nuestros propósitos. En primer lugar, hablar de cuidado y de servicio es referirse a for-
mas de relación en el trabajo doméstico. En segundo lugar, para entender si una activi-
dad se realiza bajo relaciones de cuidado no establecemos como criterio básico de dis-
tinción si se trata de una tarea de atención a la persona o una tarea del hogar. Nos fija-
mos exclusivamente en si hay o no una relación de dependencia y la responsabilidad
social asociada entre la persona que realiza dicha actividad y la persona beneficiaria.
Así, el concepto de cuidado se refiere a las tareas de atención a la persona y del hogar
cuya persona beneficiaria no se las puede dispensar por sí misma y quien las desempeña
tiene la responsabilidad social de hacerlo. El concepto de servicio se refiere a las tareas
de atención a la persona y del hogar cuya persona beneficiaria podría realizarlas por sí
misma, tanto para satisfacer sus propias necesidades como las necesidades de las perso-
nas dependientes que tiene a su cargo. El servicio puede regirse por relaciones domésti-
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Enrico Mora y Margot Pujal
cas familiares y/o por relaciones mercantiles. En el siguiente cuadro resumimos este
planteamiento.
Cuadro 1: Definición de las relaciones de cuidado y servicio según la responsabilidad so-
cial del sujeto y las tareas de atención a desempeñar y su beneficiario/a
RESPONSABILIDAD SOCIAL DEL SUJETO Y DESEMPEÑO DE LAS TAREAS DE ATENCIÓN
TIENE LA RESPONSABILIDAD SOCIAL DE ATENDER A LAS PERSO-
NAS DEPENDIENTES
TAREAS A DESEMPE-
ÑAR Y BENEFICIA-
RIO/A
DESEMPEÑA LAS TAREAS
NO DESEMPEÑA LAS
TAREAS

NO TIENE LA RESPONSABILIDAD
SOCIAL DE ATENDER A LAS PERSO-
NAS DEPENDIENTES, PERO DESEM-
PEÑA LA TAREAS
TAREAS DE ATENCIÓN A
LA PERSONA Y DEL
HOGAR CUYO BENEFI-
CIARIO/A NO SE LAS
PUEDE DISPENSAR POR
SÍ MISMO/A
El sujeto y el beneficia-
rio/a están bajo relacio-
nes de cuidado.
Externalización me-
diante conversión en
servicio

El sujeto y el
beneficiario/a
están bajo re-
laciones de
servicio
familiar
mercantil
TAREAS DE ATENCIÓN A
LA PERSONA Y DEL
HOGAR CUYO BENEFI-
CIARIO/A PODRÍA REALI-
ZARLAS POR SÍ MISMO/A
PARA SATISFACER LAS
NECESIDADES DE LAS
PERSONAS DEPENDIEN-
TES QUE TIENE A SU
CARGO
El sujeto y el beneficia-
rio/a están bajo relacio-
nes de cuidado
Externalización me-
diante conversión en
servicio

El sujeto y el
beneficiario/a
están bajo re-
laciones de
servicio
familiar
mercantil
Fuente: Elaboración propia
Así pues, el cuidado es un tipo de relación social que se caracteriza por la acción
de satisfacer las necesidades de una persona por parte de otra, siendo el fin de la acción
y donde la interacción cara a cara entre persona cuidadora y persona cuidada es un ele-
mento crucial en el conjunto de la actividad. La necesidad es de tal naturaleza que no
hay ninguna posibilidad de que pueda ser satisfecha por la persona objeto de cuidado.
No hay que confundir cuidado con servicio, que se refiere a la relación donde las activi-
dades que realiza la persona que presta el servicio, las podría realizar la persona objeto
de servicio, y con ello se ahorra tiempo y esfuerzo (Izquierdo et altri, 2008). Dadas las
condiciones sexistas de realización, el cuidado y el servicio se han producido con la
marca del género femenino, dado que quienes han conducido históricamente las relacio-
nes de cuidado y servicio han sido las mujeres. De forma paralela, la provisión se ha
producido con la marca del género masculino. Es decir, la división sexual del trabajo,
mediante los procesos de especialización y segregación que la caracteriza, ha configura-
do las relaciones de cuidado y servicio como algo característico de las mujeres y, por
proceso histórico, de lo femenino. De forma equivalente, la división sexual del trabajo
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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
ha configurado las relaciones de provisión como algo característico de los hombres y,
por proceso histórico, de lo masculino.
La provisión es el tercer tipo de relación que articula la producción doméstica
desde el punto de vista del suministro de los medios de vida necesarios para que dicha
producción doméstica sea posible. La provisión se refiere a aquel tipo de relación orien-
tada a la consecución de objetivos, donde el fin es la obtención de algo, con escasa aten-
ción al impacto que tiene sobre los demás las propias actividades. En este caso, a dife-
rencia de lo que ocurre con el cuidado, las relaciones con las personas adquiere un ca-
rácter instrumental, así como la atención a sus necesidades, las cuales son tomadas en
consideración en la medida en que permitan alcanzar los objetivos propuestos. En la
provisión, el sentimiento de poder procede del logro de los propios objetivos, particu-
larmente cuando para conseguirlos hay que vencer resistencias, las procedentes de las
propias limitaciones, las del entorno, o las que los demás oponen a la realización de los
propios fines (Izquierdo et altri, 2008).
Así mismo, la provisión comparte algunos aspectos que caracterizan las relaciones
de cuidado. La provisión comparte con el cuidado la dimensión normativa de ser tam-
bién un tipo de relación social que no depende de una decisión individual sino de una
obligación social (y por tanto moral) de toda persona adulta. Pero a diferencia del cui-
dado, este imperativo es reservado como un tipo de relación a dedicación exclusiva a los
hombres adultos con todos los privilegios asociados al mismo. Es decir, a pesar que las
formas actuales de producción doméstica implican la aportación de provisiones por par-
te de las mujeres, que estas se dediquen de forma exclusiva es algo totalmente atípico.
Desde este punto de vista, la participación de las mujeres en la provisión para la realiza-
ción de la producción doméstica es, como ya señaló Delphy (1985 [1970]) paradójica,
dada la división sexual del trabajo a día de hoy vigente. Delphy analiza la producción
doméstica en términos de modo de producción caracterizado por relaciones de produc-
ción explotadoras y patriarcales. Señala que las mujeres casadas, que realizan gratuita-
mente las tareas domésticas, están explotadas por los beneficiarios de esta situación,
esto es, sus maridos. Sin embargo, las mujeres que están más explotadas no son, como
podría parecer a simple vista, las mujeres que ocupan la posición de ama de casa y que
por lo tanto están en una relación exclusiva de cuidado y servicio, sino aquellas que
participan de las relaciones de provisión, es decir que contribuyen al suministro de me-
dios de vida a la unidad doméstica. Y eso porqué, mientras las primeras reciben algo a
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Enrico Mora y Margot Pujal
cambio (su supervivencia, aunque lo que reciben ellas no guarda relación con lo que han
dado; depende de la recursos del marido y su voluntad y por lo tanto es en buena parte
arbitrario), las segundas no reciben nada, lo hacen gratuitamente. Sin embargo, es preci-
samente la participación en las relaciones de provisión, y por tanto el acceso a la auto-
nomía financiera condición necesaria aunque no suficiente, lo que contribuye a logro de
la emancipación de las mujeres. La provisión comparte con el servicio el acceso a los
medios de vida por parte de quien desempeña esas actividades, sin embargo, dada la
división sexual del trabajo, difieren radicalmente en la naturaleza de lo que se recibe a
cambio de la actividad realizada. En el caso de la provisión se reciben servicios domés-
ticos, mientras que en el caso del servicio se recibe a cambio la subsistencia o nada
(como ya hemos señalado) o, si está mercantilizado, una retribución.
Las relaciones de cuidado, provisión y servicio en las ac-
tividades. Un horizonte más allá de la producción domés-
tica
La definición de las relaciones de cuidado, provisión y servicio para analizar las
actividades de producción doméstica nos ha permitido identificar el carácter de género
de las mismas. Sin embargo, sostenemos que este modelo de análisis de lo que ocurre en
el ámbito doméstico y que sitúa el análisis del vínculo social desde la producción do-
méstica, puede ser aplicable a cualquier ámbito social. Proponemos tomar los conceptos
de cuidado, provisión y servicio ya no como relaciones que caracterizan exclusivamente
las actividades de la producción doméstica sino, como dimensiones de análisis de cual-
quier actividad, para poner en evidencia el impacto que las relaciones de género tienen
en nuestras sociedades sexistas. Entonces, pasaríamos de hablar de las actividades de
cuidado, provisión y servicio, a hablar de qué hay de cuidado, provisión y servicio en
cada actividad. Para dicho objetivo empezamos por reconceptualizar los conceptos de
cuidado y provisión para, en un primer tiempo, simplificar la complejidad de la pro-
puesta al dejar de lado las implicaciones de la relación dependencia/autonomía. Al final
de la exposición es cuando introducimos el concepto de servicio en nuestra propuesta.
Un punto de partida para abrir esta reconceptualización no los ofrece el trabajo de
Gilligan (1985), en relación con el desarrollo moral y ético. Gilligan (1985) cuestiona el
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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
supuesto de que el desarrollo moral se trate de un proceso común a todos los seres
humanos, puesto que presenta diferencias de género considerables. Esta autora cuestio-
na que el modelo de desarrollo moral que constituye la formación de una ética de la
justicia sea universal. Señala que en el caso de las mujeres, el desarrollo moral de éstas
forma una ética del cuidado. Así, la ética de justicia tiene una función moderadora de la
orientación a la provisión, en el sentido de que implica el reconocimiento del igual de-
recho a proveer, y por ello vendría a pacificar las tensiones que es esperable se produz-
can cuando el móvil de las acciones es la consecución de objetivos, dado que pueden
colisionar con objetivos ajenos. Por lo tanto, entendemos que la ética de la justicia, no
es autónoma sino que se deriva de la ética de la provisión, que es la que subyace en la
masculinidad. Y ello porque, cómo señala Izquierdo et altri (2008) cuando la ética de la
provisión no se enraíza en el cuidado por la vida humana y el entorno que la hace posi-
ble, cuanto más eficacia imprime en las acciones, más peligrosa se vuelve, por la des-
consideración que hace de las personas y el entorno, dado que personas y medio son
utilizados como instrumentos para el logro de los propios fines.
Si retomamos la conceptualización del cuidado y de la provisión a la luz de este
planteamiento nos permite identificar como eje fundamental que permite diferenciar el
cuidado de la provisión el lugar que en este tipo de relaciones tienen las personas y las
cosas. Para conceptualizar este punto nos apoyamos en la propuesta de Boltanski (2000)
sobre los regímenes de relación. Boltanski se plantea el problema de analizar sociológi-
camente la disputa. Para ello desarrolló un modelo que establece cuatro regímenes de
relación: el de violencia (o guerra), el de justicia, el de justeza y el de paz (ágape). Los
primeros dos regímenes son regímenes que tienen que ver con la gestión de las disputas.
Los últimos dos tienen que ver con la gestión de la paz. Adicionalmente a la distinción
de los regímenes según si tienen que ver con relaciones en discordia (disputas) o rela-
ciones en concordia (paz) señala otros dos criterios para su definición: si existen siste-
mas de equivalencia entre personas y cosas, y si se reconocen sólo a personas o sólo a
cosas en las relaciones. Boltanski considera que los regímenes de disputa y de paz se
distinguen según coloquen las relaciones en el marco de la equivalencia o fuera de ella.
Cuando se abordan las disputas apelando a la equivalencia estamos en el régimen de
justicia. Del mismo modo, cuando se aborda la paz bajo equivalencia estamos en el ré-
gimen de justeza. La imposibilidad de converger hacia un principio de equivalencia
diferencia la disputa en la violencia de la disputa en la justicia. La primera se lleva a
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Enrico Mora y Margot Pujal
cabo fuera de la equivalencia, aun cuando a su término aparezca una equivalencia resi-
dual, desconocida antes de la prueba, con la forma de una relación de fuerzas. Pero la
violencia no es la única modalidad que ignora la equivalencia. En efecto hay otro régi-
men apartado de la equivalencia, pero en condiciones de paz: el amor como ágape. Los
regímenes indicados y sus respectivas oposiciones se pueden clarificar en términos de
cómo resuelven la tensión entre personas y cosas. Los regímenes bajo equivalencia aso-
cian personas y cosas mientras que los regímenes fuera de la equivalencia desechan las
cosas para no reconocer más que personas (paz) o dejan de lado a las personas para dar-
se un universo de cosas arrastradas por fuerzas (violencia).
Desde nuestro punto de vista tanto el tipo de equivalencia que se establece entre
las personas y las cosas como si hay o no reconocimiento describen, en realidad, un
único eje de análisis que denominamos “Personas y cosas”. Este señala cuatro posibili-
dades: a) Sólo se reconocen las personas (por lo tanto no hay ningún sistema de equiva-
lencia; se niegan/ignoran las cosas); b) Se reconocen las personas y las cosas estable-
ciendo un sistema de equivalencia que adapta las normas universales a las necesidades
de las personas; c) Se reconocen las personas y las cosas estableciendo un sistema de
equivalencia que se rige por estrictas normas universales; d) Sólo se reconocen las cosas
(por lo tanto no hay ningún sistema de equivalencia; se niegan/ignoran las personas).
Boltanski (2000) define los regímenes de relación del siguiente modo. Empieza
por conceptualizar los regímenes que usan algún tipo de forma de equivalencia entre
persones y cosas en las relaciones.
1) El régimen de justicia. En las disputas en términos de justicia las personas plan-
tean críticas y proporcionan justificaciones. Para ello deben hacer un uso determinado
del lenguaje que consiste en establecer generalizaciones para lograr visibilizar mejor los
principios de equivalencia. En este régimen el lenguaje sirve para reconstruir las equiva-
lencias y considerarlas en tanto que tales para ponerlas en cuestión bajo la crítica o re-
afirmarlas por medio de la justificación. Mediante el lenguaje, se convierten en objetos
para la reclamación. Es decir si bien es cierto que la disputa en la justicia se refiere fun-
damentalmente a la equivalencia, tiene sin duda por objeto principal la mala asignación
de los objetos. Criticar es reclamar que los objetos cambien de manos, por ejemplo el
mejor ordenador no está en manos del investigador que está más capacitado para apro-
vecharla. Decir que las personas cuestionan la asignación del ordenador significa decir
que se convierten en portavoces de esos objetos cuando el retorno a la justeza reclama
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Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
un cambio de sus asignaciones. En estas disputas las personas nunca hablan solamente
por sí mismas. Se transforman, en primer lugar, en los portavoces de las cosas que las
rodean y que, por su boca, exigen cambiar de manos para que, una vez satisfecha la jus-
ticia, pueda instaurarse nuevamente la justeza silenciosa de las personas y las cosas.
Pero en la misma operación también se convierten en los portavoces de otras personas
en la medida en que el aprovechamiento de las cosas puede afectarlas a su vez pues si
están mal repartidos los ordenadores significará que otras personas en número más o
menos importante se encuadran también frente a la misma injusticia. Así, las cosas se
mezclan con las personas a las que vuelven solidarias. En la mayoría de los casos son
comunes a ellas, aun cuando puedan ser objeto de una apropiación privada una mala
asignación de las cosas afecta a un número más o menos elevado de otras personas.
Hablar por las cosas conduce siempre a trascender la propia singularidad para ascender
a un nivel más elevado de generalidad que incluye a otras personas, así como a distin-
guirse de ellas al destacar lo que compete a la persona, es decir precisamente, la capaci-
dad de romper la irreversibilidad poniendo en cuestión, por medio de la crítica, el estado
de las cosas hechas (Boltanski, 2000).
2) Régimen de justeza. En oposición a las equivalencias establecidas de forma ex-
plicita y a las cuales se apela, en el régimen de justeza las equivalencias funcionan de
forma tácita en el uso que las personas hacen de las cosas. Decir que es un uso tácito no
significa que no se pueden identificar en el discurso. Pero en ese régimen el discurso
acompaña y lleva a cabo el trabajo de la equivalencia sin invocarla ni tomarla explíci-
tamente por objeto. Los informes sobre el estado de las cosas tienen un carácter local y
no apuntan a reconstruir las situaciones en toda su amplitud, como en el caso de la justi-
cia, donde el juego de la crítica y de la justificación conduce a usar el discurso para
comparar y abarcar un gran número de objetos y relaciones. En el caso de la justeza, el
informe sirve para estabilizar conexiones locales, como se ve en el caso de la consigna,
las instrucciones de uso, el etiquetado. Se trata pues de una situación pacífica (y por
tanto no problematizada) en que las personas se pliegan a las equivalencias tácitamente
inscriptas en las cosas que las rodean. Esta situación es distinta a la de justicia, donde se
hacen explícitas esas equivalencias y las toman como objeto de sus disputas. La equiva-
lencia está presente de modo tácito porque las cosas mismas están presentes entre los
seres humanos. Así, no sólo los instrumentos interiorizados, incluso incorporados, sino
también las cosas, estabilizan a su manera, es decir silenciosamente, el vínculo entre las
13
Enrico Mora y Margot Pujal
personas, según la equivalencia. Dicta su conducta a la gente (del mismo modo en que
un horario de trenes indica la hora de partida), hacen que se mantenga en su sitio y le
proponen coacciones que hacen las veces de convenciones tácitas capaces de armonizar
sus relaciones y sus movimientos. En este régimen las personas se confieren a sí mismas
y a las cosas un carácter de irreversibilidad, que caracteriza a los objetos, y no hacen uso
del lenguaje para cuestionar las equivalencias inscriptas en la estabilidad de las cosas y
en la firmeza de las personas. El siguiente par de regímenes tienen en común que no se
apoyan en ningún tipo de equivalencia (Boltanski, 2000).
3) El régimen de paz como régimen sin equivalencias: sólo hay personas. Este ti-
po de régimen se caracteriza por dejar de lado la equivalencia. En este régimen, como
en los anteriores las personas están dotadas de palabra. Pero no pueden hacer uso del
lenguaje para volver reflexivamente al amor que las une aquí y ahora. El discurso no
permite elevarse a la equivalencia con intención de cálculo, de modo que la posibilidad
de un informe destinado a calificar la situación presente, a totalizar los objetos que la
componen y a volverlos calculables, supone la caída en otro régimen. En régimen de
paz como ágape las personas pueden ponerse en presencia recíproca descartando la
equivalencia porque apartan también de su mundo la importancia de las cosas. Así, el
término para designar a los seres cuando están en régimen de ágape es el de personas. El
régimen de paz como ágape realiza a las personas en cuanto tales. Las sustrae a la coac-
ción de las cosas, las cuales sin desaparecer necesariamente por completo, aparecen
subordinadas a las personas. En este régimen las cosas no pesan y también se esfuman
las magnitudes de las cuales son soporte. Las disputas en la justicia, originadas allí don-
de se vinculan las personas y las cosas, se pierden en el olvido. La gente se conoce co-
mo personas son el sostén de las equivalencias, desvanecidas junto con los objetos que
les servían de respaldo (Boltanski, 2000).
4) El régimen de violencia como régimen sin equivalencias: sólo hay cosas. Las
cosas en la violencia, son cosas sin personas, sustraídas a toda equivalencia. Ninguna
convención las vincula unas con otras de manera que se ignora todo de lo que son capa-
ces. Las cosas en la violencia, es decir, también la gente cuando se encuentra en ese
estado, no son ya cosas humanas, estabilizadas por su asociación con los seres humanos,
sino seres naturales, fuerzas de la naturaleza. A partir de entonces se revelan como ex-
trañas y desconocidas. No se sabe de qué están hechas, qué es lo que quieren, quién las
habita o domina, ni hasta donde pueden llegar. Su modo de ser es el de la fuerza en el
14
Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
sentido de potencia desconocida que no se realiza sino en el encuentro con otras fuerzas,
es decir, en la prueba de la fuerza. En este régimen las personas mismas ya no se cono-
cen más que como fuerzas opuestas y desconocidas a prueba unas de otras y el principio
de su lucha no difiere en nada de la relación que podrían mantener con una cosa. Las
cosas ya no están sujetas por la equivalencia y por eso mismo ya no están obligadas a
respetar las convenciones preestablecidas ni a satisfacer las expectativas puestas en
ellas, la gente pierde toda influencia sobre ellas. No pueden plegarse a ellas para que las
contengan (justeza) ni cuestionarlas y transformarlas en sus portavoces (justicia). Las
cosas han roto las convenciones que las ligaban a las personas y las vinculaban entre sí,
de modo tal que ya no se manifiestan más que con la forma de fuerzas que es conve-
niente detener por la fuerza. En la violencia, es decir en presencia de la fuerza, cada uno
se erige a su vez en fuerza realzando en sí mismo lo que es desconocido, lo que puede
desplegarse sin medida y no encontrarla más que en su prueba con otras fuerzas. En este
sentido, la lucha con un objeto recalcitrante o amenazante, como por ejemplo una tube-
ría que pierde, no es nada diferente de la batalla con otras mujeres y hombres en condi-
ción de fuerzas. La deserción de las cosas, cuando se sustraen brutalmente a las conven-
ciones que las vinculaban y se lanzan en todas las direcciones sin que sea posible dete-
nerlas, indudablemente constituye además una de las más frecuentes ocasiones de pasaje
de la justeza a la violencia, porque los objetos del mundo se manifiestan entonces como
inaccesibles al lenguaje e ignoramos los gestos que hay que hacer para apaciguarlos. La
capacidad de mantener la calma es precisamente lo que caracteriza la competencia del
profesional ya sea plomero o médico. En ambos casos la urgencia hace que la situación
se desboque. Pues una fuerza no espera, no reflexiona, no delibera, no se retira en la
discusión, no responde a ningún principio de equivalencia, sino que se ejerce sobre lo
que a su vez se ejerce y resiste. Para detener una fuerza es necesario amoldarse a ella
por la fuerza y resistirla (Boltanski, 2000).
El régimen de disputa violenta, sigue Boltanski (2000), ocupa en relación con la
justicia y la justeza una posición simétrica e inversa a la de paz. En las posiciones de
justicia/justeza, en efecto encontramos disposiciones de personas y de cosas bajo rela-
ciones de equivalencia, silenciosas en la justeza porque las personas callan y se pliegan
a las coacciones de las cosas, voceadas en la justicia cuando la gente, al desarrollar sus
habilidades para la crítica se transforma en los portavoces de las cosas puestas en sus
manos. Pero mientras que la paz se sustrae a la equivalencia (es decir a la existencia de
15
Enrico Mora y Margot Pujal
una relación estabilizada entre las cosas y las personas) para tomar a las personas como
tales, el régimen de disputa violenta, si bien también se libera de la tutela de la equiva-
lencia, ignora a las personas y al concentrarse en las cosas, abre la posibilidad de tratar a
los seres humanos como si fueran cosas. La tipología de regímenes de relación no debe
suponer que entre estos hay compartimentos estancos, o bien que las personas se man-
tienen de forma constante y duradera en uno de esos regímenes. Más bien hay que con-
cebir los pasajes posibles según secuencias que pueden ser de muy corta duración.
Del planteamiento de Boltanski y apoyándonos en Izquierdo (2007; 2004; 2003)
podemos extraer de las definiciones de cada régimen un conjunto de dimensiones me-
diante las cuales Boltanski los caracteriza: 1) La centralidad de las necesidades de las
personas singulares; 2) La centralidad del logro del objetivo de la acción; 3) La centrali-
dad de normas universales; y 4) La centralidad de los objetos en disputa. Estas dimen-
siones, a su vez, se diferencian por el eje “Personas y cosas” que señalamos anterior-
mente y que permite identificar si hay existencia de relación entre personas y cosas y, si
la hay, qué tipo de equivalencia se establece entre las personas y las cosas.
La vinculación de este planteamiento con la definición de las relaciones de cuida-
do y provisión los hacemos en dos tiempos. El primero, que es el que recoge el Cuadro
2 señalamos los regímenes de relación según el eje “Personas y cosas”. A partir de ahí,
segundo tiempo, construimos la definición de las relaciones de cuidado y provisión y su
marca de género. La forma en cómo vinculamos los regímenes de relación con las rela-
ciones de cuidado y provisión es a través del eje fundamental “Personas y cosas”. Re-
cordamos que en nuestra definición de cuidado, el aspecto central para su realización es
la atención a las necesidades de las personas singulares destinatarias de los cuidados
(para simplificar el razonamiento en este punto omitimos la referencia al servicio, y por
lo tanto las implicaciones normativas, que retomamos más adelante), mientras que en el
caso de la provisión es el logro de los medios de vida, que es independientemente su
realización de si se tienen en cuenta o no las necesidades de las personas singulares para
las cuales se procuran esos medios. Y esto corresponde, precisamente, a la distinción
entre si hay o no reconocimiento y equivalencia entre personas y cosas, a partir de la
propuesta de Boltanski. Izquierdo et altri (2008) señala, oportunamente, que hay ese
vínculo y es más, mediante ese vínculo podemos enriquecer los conceptos de cuidado y
de provisión, hasta el punto de construir una tipología de dos formas de provisión y dos
de cuidado en función del reconocimiento y de la equivalencia que se establezca entre
16
Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
personas y cosas. Identificado este nexo, podemos vincular cada régimen con cada for-
ma de cuidado y de provisión y su marca de género, logrando así un batería de dimen-
siones de análisis. En el Cuadro 5 ofrecemos un ejemplo de aplicación en el contexto de
la didáctica universitaria.
Cuadro 2: Regímenes de relación según el eje “Personas y cosas”
EJE “PERSONAS Y COSAS”
TIPO DE RÉGIMEN
SÓLO HAY PERSONAS COSAS EN FUNCIÓN DE
LAS PERSONAS
COSAS EN EQUIVA-
LENCIA CON PERSONAS
SÓLO HAS COSAS
PAZ


JUSTEZA


JUSTICIA


VIOLENCIA

Fuente: Elaboración propia
Si ahora vinculamos estas dimensiones con las definiciones de cuidado y provi-
sión y su marca de género antes señaladas, podemos establecer, con el apoyo de Iz-
quierdo et altri (2008), la siguiente tipología, que sistematizamos en el Cuadro 3. La
forma como lo vinculamos es a través del eje fundamental “Personas y cosas”.
17
Enrico Mora y Margot Pujal
Cuadro 3: Vínculo entre las relaciones de cuidado y provisión y los regímenes de relación
según el eje “Personas y cosas”
EJE “PERSONAS Y COSAS”
TIPO DE RÉGIMEN
SÓLO HAY PERSONAS COSAS EN FUNCIÓN DE
LAS PERSONAS
COSAS EN EQUIVA-
LENCIA CON PERSONAS
SÓLO HAS COSAS
PAZ Cuidado (Femenino)
JUSTEZA Cuidado (Femenino)
JUSTICIA Provisión (Masculino)
VIOLENCIA Provisión (Masculino)
Fuente: Elaboración propia
A partir de esta vinculación, definimos las relaciones de cuidado y provisión en
función de las dimensiones de análisis anteriormente señaladas (Cuadro 4). Finalmente
ejemplificamos la aplicación en el Cuadro 5.
Cuadro 4: Definición de las relaciones de cuidado y provisión según el eje “Personas y
cosas”
DIMENSIONES DE ANÁLISIS
DEFINICIÓN
DE CUIDA-
DO Y
PROVISIÓN
EJE “PERSO-
NAS Y COSAS”
1) LA CENTRALIDAD
DE LAS NECESIDA-
DES DE LAS PERSO-
NAS SINGULARES
2) LA CENTRALIDAD
DEL LOGRO DEL
OBJETIVO DE LA
ACCIÓN
3) LA CENTRALIDAD
DE NORMAS UNIVER-
SALES
4) LA CENTRALIDAD
DE LOS OBJETOS EN
DISPUTA
CUIDADO
(EN PAZ)
FEMENINO
SÓLO HAY
PERSONAS
La acción está
orientada a las
necesidades de
las personas
singulares siendo
su objetivo.
El objetivo de la
acción lo generan
las necesidades
de las personas
singulares y guían
su logro.
No hay normas
universales
No hay objetos en
disputa
DEFINICIÓN
Se produce cuando la actividad tiene por prioridad los sujetos de la acción.
No se toman en consideración los objetivos de la actividad a la hora de orientar la acción.
CUIDADO
(EN JUSTE-
ZA)
FEMENINO
COSAS EN
FUNCIÓN DE LAS
PERSONAS
La acción está
orientada al logro
de un objetivo
condicionado a
necesidades de
las personas.
El objetivo de la
acción se logra en
función de las
personas singula-
res
Hay normas uni-
versales pero
estas se adaptan a
las necesidades
de las personas
singulares de
forma informal y
discrecional
No hay objetos en
disputa
DEFINICIÓN
Se produce cuando una actividad tiene por prioridad poner los objetivos de la acción en función de los
sujetos a los cuales se dirige.
Se toman en consideración los objetivos y los sujetos de la actividad a la hora de orientar la acción,
haciéndose de forma informal y a menudo dada por descontado.
Continúa


18
Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
Cuadro 4: Definición de las relaciones de cuidado y provisión según el eje “Personas y
cosas” (continuación)
DIMENSIONES DE ANÁLISIS
DEFINICIÓN
DE CUIDA-
DO Y
PROVISIÓN
EJE “PERSO-
NAS Y COSAS”
1) LA CENTRALIDAD
DE LAS NECESIDA-
DES DE LAS PERSO-
NAS SINGULARES
2) LA CENTRALIDAD
DEL LOGRO DEL
OBJETIVO DE LA
ACCIÓN
3) LA CENTRALIDAD
DE NORMAS UNIVER-
SALES
4) LA CENTRALIDAD
DE LOS OBJETOS EN
DISPUTA
PROVISIÓN
(EN JUSTI-
CIA)
MASCULINO
COSAS EN
EQUIVALENCIA
CON LAS PER-
SONAS
La acción está
orientada al logro
de un objetivo
condicionado a
principios univer-
sales.
El logro del objeti-
vo depende de
exclusivamente de
que se haya
alcanzado confor-
me los principios
universales que
rigen la relación
Hay normas uni-
versales, que
regulan las disputa
de forma igual
para todas las
personas
Hay objetos en
disputa. Compe-
tencia.
DEFINICIÓN
Se produce cuando una actividad tiene por prioridad establecer principios de equivalencia entre los
objetivos de la acción y los sujetos a los cuales se dirigen.
Se toman en consideración los objetivos y los sujetos de la actividad a la hora de orientar la acción,
haciéndose de forma explícita y pública.
PROVISIÓN
(EN VIOLEN-
CIA)
MASCULINO
SÓLO HAS
COSAS
No se presta
atención a las
personas, o se las
considera en
términos instru-
mentales
El logro del objeti-
vo de la acción es
ciego a cualquier
consideración
ajena al propio
objetivo. El objeti-
vo es el fin.
El logro del objeti-
vo se realiza por la
fuerza.
Hay objetos en
disputa. Compe-
tencia.
DEFINICIÓN
Se produce cuando una actividad tiene por prioridad el objetivo de la acción.
No se toman en consideración los sujetos a los cuales se dirige la actividad a la hora de orientar la acción
Fuente: Elaboración propia

19
Enrico Mora y Margot Pujal
Cuadro 5: Un ejemplo: Actividades formativas en la docencia universitaria y su orienta-
ción según relaciones de cuidado o provisión
Orientación de la
actividad formativa
Definición Ejemplo 1:
Qué temas se expli-
can
Ejemplo 2:
Cómo se aplica la evaluación
Actividad centrada en
las personas. Cuida-
do. Femenino
La acción está orien-
tada a las necesida-
des de las personas
singulares siendo su
objetivo.
Se produce cuando
una actividad formati-
va tiene por prioridad
los sujetos de la
acción.
No se toman en
consideración los
objetivos de la activi-
dad formativa a la
hora de orientar la
acción.
Aquello que te explique
depende de lo que me
preguntes.
Se evalúa cada estudiante a partir
de los resultados obtenidos después
de realizar pruebas de evaluación
que son específicas y singulares
para cada estudiante. Éstas están
adaptadas a su situación personal,
al grado de esfuerzo, a las emocio-
nes, etc.
No hay medida común, a pesar de
que haya una escala de notas (la
obtención de la calificación no res-
ponde a los mismos criterios). Cada
estudiante es un mundo.
Actividad centrada en
las cosas en función
de las personas.
Cuidado. Femenino
La acción está orien-
tada al logro de un
objetivo condicionado
a necesidades de las
personas singulares.
Se produce cuando
una actividad formati-
va tiene por prioridad
poner los objetivos de
la acción en función
de los sujetos a los
cuales se dirige.
Se toman en conside-
ración los objetivos y
los sujetos de la
actividad formativa a
la hora de orientar la
acción, haciéndose de
forma informal y a
menudo dada por
descontado.
Explicaré un tema con
mayor o menor profundi-
dad en función de cómo
perciba informalmente el
nivel de comprensión de
las personas asistentes.
Se evalúa cada estudiante a partir
de los resultados que ha obtenido
después de realizar las pruebas de
evaluación, similares para todo el
mundo en forma, contenido, canti-
dad y tiempo (por ejemplo, dar más
tiempo a quien escribe más lenta-
mente).
La nota se fija también teniendo en
cuenta otros elementos que no se
derivan de las pruebas realizadas.
Los criterios de ponderación no los
conoce el alumnado y son de aplica-
ción discrecional del profesorado en
función de los casos que requieran
un tratamiento especial. Estos
criterios pueden tener en cuenta la
situación personal, el grado de
esfuerzo, las emociones, etc.
Continúa

20
Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
Cuadro 5: Un ejemplo: Actividades formativas en la docencia universitaria y su orienta-
ción según relaciones de cuidado o provisión (continuación)
Actividad centrada en
la equivalencia entre
personas y cosas.
Provisión. Masculino
La acción está orien-
tada al logro de un
objetivo condicionado
a principios universa-
les.
Se produce cuando
una actividad formati-
va tiene por prioridad
establecer principios
de equivalencia entre
los objetivos de la
acción y los sujetos a
los cuales se dirigen.
Se toman en conside-
ración los objetivos y
los sujetos de la
actividad formativa a
la hora de orientar la
acción, haciéndose de
forma explícita y
pública.
Se tienen que explicar
todos los temas previstos,
pero podemos acordar
públicamente su reducción
si establecemos un criterio
que sea aceptable para
todas las personas impli-
cadas.
Se evalúa cada estudiante a partir
de los resultados que ha obtenido
después de realizar las pruebas de
evaluación, idénticas para todo el
mundo en forma, contenido, canti-
dad y tiempo.
La nota se fija también a partir de
otros elementos que no se derivan
de las pruebas realizadas. Los
criterios de ponderación son explíci-
tos y conocidos para todo el mundo.
Se aplican a todo el alumnado.
Estos criterios pueden tener en
cuenta la situación personal, el
grado de esfuerzo, las emociones
etc.
Actividad centrada en
las cosas. Provisión.
Masculino
La acción está orien-
tada al logro de un
objetivo ciego a las
necesidades de las
personas singulares.
Se produce cuando
una actividad formati-
va tiene por prioridad
el objetivo de la
acción.
No se toman en
consideración los
sujetos a los cuales
se dirige la actividad a
la hora de orientar la
acción
Se tienen que explicar
todos los temas previstos,
sea como sea, cueste lo
que cueste.
Se evalúa cada estudiante a partir
de los resultados que ha obtenido
después de realizar las pruebas de
evaluación, idénticas para todo el
mundo en forma, contenido, canti-
dad y tiempo.
La nota se fija independientemente
de otras consideraciones, como por
ejemplo la situación personal, el
grado de esfuerzo, las emociones,
etc.
Fuente: Elaboración propia.
A partir de esta propuesta podemos analizar los componentes de cuidado y provi-
sión y su marca de género en las actividades que desempañamos. Es más, en las formas
en que nos relacionamos. Un ejemplo de ello es el siguiente fragmento de texto. Se trata
de una transcripción de una entrevista realizada a un profesor universitario, en el marco
de la investigación Cuidado y provisión: el sesgo de género en las prácticas universita-
rias y su impacto en la función socializadora de la universidad, dirigida por María Jesús
Izquierdo dentro del programa I+D del Instituto de la Mujer y que se concluyó en 2007.
En la narración que reproducimos a continuación un mismo sujeto transita discur-
sivamente de una orientación de la acción centrada en las cosas a otra centrada en las
personas:
“R: Yo soy de X, pero he vivido en media España, y parte del extranjero. Entonces em-
pecé la carrera en Y, la terminé en Z, porqué estaba harto encerrado [solapa] porqué K
es una ciudad pequeña allá. Y (-) terminada la carrera en Y, pues me fui cuatro meses a
viajar por Europa en Junio, y cuando volví en octubre estaba perdido, eee, y me plan-
teaba preparar judicatura, digamos la salida más razonable, o el master de periodismo
del grupo Prisa, que un compañero que lo hacíamos juntos, y bueno, me estuvo co-
miendo la cabeza durante bastantes meses, y la verdad es que era una opción bastante
viable. La cuestión es que no lo tenía muy claro, lo que sí tenia claro es que quería ver a
mis amigos de K que no los había visto desde hacía dos años, y, y de vuelta a J en Oc-
tubre le digo a mi padre “Oye, que, que me voy a ir a pedir unas (-) em, unas firmas de
21
Enrico Mora y Margot Pujal
profesores para que me avalen para pedir becas en el extranjero” todo mentira. (ja) La
cuestión era que me pagara el billete a K para irme a ver a mis amigos, yo no podía vol-
ver sin las firmas de los susodichos profesores,
P: Porqué tu familia estaba en J.
R: En J, sí. Yo no podía volver sin las firmas de los susodichos profesores, entonces el
último día deprisa y corriendo me acerqué a la facultad. Y y y y tenía idea de dos o tres
profesores, no había hablado nunca con ninguno, pero bueno tenía dos o tres así en
mente de los que veía yo más, más simpáticos, y ninguno estaba porqué, coincidió que
no había ninguno por allí. Vi a uno en la cafetería que resultó ser el catedrático de labo-
ral, em, llamé a un amigo, “oye ¿cómo se llamaba el de laboral?”, me dijo “tal”, subí a su
despacho, y me lió,
P: (jajaja) R: Me lió, de mala manera, me dijo, “si quieres hacer”, me vio perdido supon-
go, y me dijo “oye no te interesaría hacer una tesis, quedarte en la universidad, colabo-
rar con un despacho, yo no te puedo garantizar nada aquí, puede ser en L, puede ser,
no, lo que sí te digo es que, bueno, si te quedas con nosotros podrás hacer carrera, a lo
mejor no es L, es fuera pero bueno”, me dio tres temas ese día y me dijo “tienes 24
horas para pensártelo”, y yo como estaba perdido, ya me dijo él además cual de los tres
prefería él, y como ninguno me sonaba, bueno alguno sí, pero de hecho el que él me
propuso no me sonaba nada, el que más le gustaba no me sonaba, me habló del tele-
trabajo, y yo, bueno al día siguiente le dije que sí y y y y, hice la tesis, relativamente rá-
pido, y, bueno, terminé (?), no, en diciembre del 99, creo, sí, diciembre del 99 la terminé
P: ¿Qué tardaste en hacerla?
R: Tres años y medio. (-). Y por lo demás deprisa y corriendo
P: [corta] y entre, estabas en la universidad
R: sí, estaba
P: ¿como ayudante?
R: estaba en la universidad de L, estaba con la beca de formación de profesorado inves-
tigador, daba clases también. Estaba en la universidad de L, luego él vino para aquí, y
yo también le seguí, y y y, estuve con la beca hasta diciembre del 99, que terminó la be-
ca, terminé la tesis, en enero se me contrató aquí como asociado, y en, en diciembre del
2000, un año después, me presenté a las oposiciones, y saqué la plaza. Todo así
P: [corta] muy meteórico ¿no? Por no tenerlo muy claro, ¿verdad?
R: todo así, yo creo que me he dejado liar, y la bola cada vez se ha hecho más grande,
pero bueno, estoy contento.
P: ¿Has hecho cursos en el extranjero ooo?
R: Estuve en N, con la beca pre-doctoral, medio año, y en P otro medio año.
En (?) segundo y en S.
P: Mj. ¿Y ese catedrático de derecho podría decirse que ha sido tu mentor?
R: Sí, mentor, maestro, amigo y todo. Que ahora está desde hace cuatro meses (ja) en
C.
(Reg. 2901- 2917. Entrevista 10p: profesor de primer curso).
Este tránsito es particularmente visible si nos fijamos en cómo la persona entrevis-
tada se refiere al profesor que se convertirá en su mentor. En el primer caso, el profesor,
como persona, está totalmente desdibujado. Forma parte de una acción orientada hacia
el logro de un determinado objetivo, lograr su firma para apoyar una solicitud de beca,
un objetivo que hay que lograr a toda costa, pues obtener esa firma servirá para justifi-
car un viaje cuyo fin era otro: divertirse con los amigos, fin que debía mantenerse oculto
a la madre y al padre del entrevistado. En el segundo caso, el profesor aparece como una
persona en particular, tan inconmensurable que deviene todo para el entrevistado. En el
momento inicial de la relación lo que prima es lograr un objetivo que implica tomar
22
Los conceptos de cuidado, provisión, y servicio como herramientas de análisis de las relaciones de género. Una pro-
puesta teórica
como cosa a la persona si con ello se obtiene lo que se quiere, hasta el punto de que el
entrevistado desconocía el nombre de quién iba a resolver sus apuros. En el momento
actual la relación con esa misma persona la ha convertido en alguien único e incompa-
rable, y por tanto llegando a una singularización extrema en la relación que expresa. Si,
como afirmamos, una misma persona puede expresar variedad de orientaciones en las
actividades, en términos de un análisis que toma como variables independientes funda-
mentales el sexo y el género, ¿qué efecto tiene? El punto de partida es considerar que la
orientación hacia el cuidado es un rasgo predominante de las actividades que realizan
las mujeres, y la provisión es un rasgo predominante de las actividades que realizan los
hombres. Dado que hablamos de procesos sociohistóricos fundados en la segregación y
especialización sexual, las relaciones de cuidado al haber sido conducidas históricamen-
te por mujeres, caracterizan el género femenino. De modo paralelo, las relaciones de
provisión al haber sido conducidas históricamente por hombres, caracterizan el género
masculino. A ello hay que añadir que dado que nos proponemos identificar que hay de
cuidado y provisión en los distintos ámbitos sociales, deberemos adicionalmente atender
a los contextos particulares de acción, lo que nos permitirá establecer una topografía del
cuidado y la provisión, y por lo tanto una topografía particular de género, independien-
temente del sexo del sujeto agente.
Un último aspecto que queda por señalar es como afecta este planteamiento a la
noción de servicio. En este punto retomamos la distinción que apuntaba Bubeck. El
concepto de servicio se refiere a las tareas de atención a la persona y del hogar cuya
persona beneficiaria podría realizarlas por sí misma, tanto para satisfacer sus propias
necesidades como las necesidades de las personas dependientes que tiene a su cargo. Si
traducimos este planteamiento a la propuesta que estamos construyendo, significa intro-
ducir en nuestro esquema entender que las necesidades que se atienden, como en el
ejemplo de la actividad docente universitaria, implica una relación de dependencia entre
quien es objeto de atención de cuidados. En este sentido, significaría evaluar que aspec-
tos de nuestras actividades responden a una relación de cuidado y cuáles a servicio, to-
mando como indicador si quien es objeto de nuestras atenciones podría realizarlas por sí
mismo o no. Si seguimos con el ejemplo de la actividad docente universitaria, podemos
asumir que la relación del alumnado con el profesorado es en parte de dependencia, es
la figura que vehicula el aprendizaje y a la cual el propio alumnado enviste de autoridad,
de ser fuente de verdades. Pero una porción considerable de las actividades académicas
23
Enrico Mora y Margot Pujal
las pueden desarrollar los alumnos y las alumnas por sí mismas de forma autónoma. De
ahí, el profesorado puede encontrarse en posición de cuidador en el primer caso o de
servidor en el segundo, en función de que les atiendan en aquello que el alumnado no
pueda realizar sin su ayuda, o los substituya en funciones que debiera realizar por sí
mismo (Izquierdo et altri, 2008).
A lo largo de este texto hemos desarrollado un conjunto de dimensiones de análi-
sis que nos permiten operacionalizar los conceptos de cuidado, provisión y servicio, que
permiten aplicar la perspectiva de género en las actividades que realizamos, señalando
una forma de identificar que hay de femenino y masculino en las diversas formas de
actuar y contextos de acción. Intuimos que las diferencias se producirán según los con-
textos y los momentos, pero es previsible que, ahí donde la especialización y segrega-
ción sexual sea más fuerte, primen, o bien las dimensiones que caracterizan las relacio-
nes de cuidado y por lo tanto una forma femenina de orientar y realizar las acciones; o
bien las dimensiones que caracterizan las relaciones de provisión y por lo tanto una
forma masculina de orientar y realizar las acciones. Sin embargo, la intención del plan-
teamiento es, siguiendo la estela de diferenciar los conceptos de sexo del de género,
identificar, independientemente del sexo de los sujetos agentes, sus prácticas de género
y de ahí, poder ofrecer posible herramientas para contribuir a la degeneración de nuestra
sociedad, dado el sufrimiento evitable que las relaciones de género producen.
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