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EL TIEMPO DE PASCUA Por Rafael Castelán Para los cristianos es clara la importancia que tiene la celebración de la Semana Santa

. A pesar de ser tiempo vacacional para muchos, la mayoría es conciente y participa de las celebraciones del triduo pascual: jueves, viernes y sábado santos, celebrando con gozo el domingo de resurrección. Posterior a esta celebración viene el tiempo litúrgico de la pascua, mismo que termina con el domingo de Pentecostés. Lamentablemente para gran parte de los católicos este hecho pasa desapercibido, a pesar de ser el más especial dentro de la Iglesia. El tiempo de pascua son los 50 días que siguen al domingo de resurrección. En ellos la actitud del cristiano se debe caracterizar por la alegría de saber que su Señor ha resucitado, misma que se pone de relieve en las lecturas de las pariciones a distintos personajes, a la Magdalena, a las mujeres, a los apóstoles, entre otros. Es, sin lugar a duda, el tiempo pascual donde el cristiano revive su esperanza de una vida después de la muerte, ya que es conciente de que la vida eterna no es un mito o una ilusión, sino que es verdad, y es verdad porque como ha dicho san Pablo: Cristo ha resucitado. Este tiempo es un verdadero tiempo de gracia porque Dios, por medio de su Iglesia, pone de manifiesto el acontecimiento fundamental en la vida del ser humano: el destino del hombre no es este mundo, es la vida eterna, de la cual Cristo es la primicia. La Iglesia, madre y maestra, nos enseña en su liturgia estas grandes verdades a través de muchos símbolos: en lugar del rito penitencial ordinario se realiza la aspersión, el color de los ornamentos es blanco, se canta el gloria y, en algunos lugares, durante la consagración se permanece de pie como signo de liberación. Sin embargo, de nada serviría comprender estas cosas y vivirlas dentro de la celebración, si en nuestra vida ordinaria esta realidad no encuentra ningún eco. De este modo el tiempo litúrgico de la pascua no sólo nos recuerda que hay una vida eterna y que esta noticia es motivo de alegría, sino que nos invita a un verdadero compromiso de vida en el que la resurrección no sea solo un ideal a futuro, sino que sea un proceso que ya ha iniciado desde nuestro bautismo, un proceso de búsqueda de la vida santa. La pascua así se convierte en un llamado que el Señor Resucitado dirige al corazón de cada fiel, un llamado a vivir en la paz, la armonía, la caridad y la fraternidad; una exhortación a vivir buscando siempre el bien, el personal y el de la sociedad, a arrepentirse y dejar atrás el pecado cometido, a renovar nuestra vida a la luz de una promesa cuyo cumplimiento llegará a los 50 días: Pentecostés.