Agosto. 2009./ Caracas, Venezuela - Edición Única.

/ Edici

ACLARATORIA
Esto que usted tiene en sus manos es una excusa para acercarse a la ciudad reconocida desde el anonimato y sus extraños placeres. Pero también para aclarar, de entrada, que aunque todavía haya muchos que se resistan a creerlo, la ética, la moralidad y la conciencia periodística no necesitan rendirle cuentas ni a las corporaciones ni a las instituciones del gobierno. Faltaba más, ni a las leyes. La historia comienza con una palabra de Rodolfo Walsh y su valiente atrevimiento: una lectura hecha en voz alta para identificar las posibles diferencias entre el oficio de escribir y el arte de narrar; y acaba, como casi siempre, con elegantes tropiezos. Pero siga leyendo, que acaba bien. Trece talleristas se reunieron en la sede del Instituto Cultural Brasil Venezuela y revisaron materiales de José Martí, Truman Capote, Gay Talese, Ryszard Kapuscinski, Susana Rotker, Robert Fisk, Alberto Salcedo Ramos, Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Boris Muñoz, Alma Guillermopietro, Leila Guerriero, José Carlos Paredes, José Roberto Duque, Víctor Núñez Jaime y Octavio Paz. En tres semanas, el análisis y la práctica sirvieron de estímulo para creer en otra forma de ejercicio para esto que llamamos nuestra profesión: la del periodista. Del buen periodista. Temas aparte sobre la discutible necesidad de combate entre los grandes medios, públicos y privados, y la escasa credibilidad que esto representa al momento de registrar vidas, en Bala Fría –título mañoso y de doble lectura– el resultado a partir de la investigación y el contraste de testimonios arrojó un nuevo mosaico, otro más, sobre los rasgos mínimos de esa ciudad que insiste en levantar la cara para llevar la contraria. Las pequeñas partículas de altísimo interés que despiertan estos registros, es la demostración, al menos para mí, de que el futuro de los periódicos se ubica muy cerca de la gran explosión. Y que allí donde al Mercado y al Estado se le hace fácil dominar a los enormes paquidermos, se le hará más difícil controlar a un montón de hormigas en fuga, que entienden que por sus propios medios es posible darle forma a esas historias que nos definen. Que con investigación, paciencia, descubrimiento y autocrítica también se hace la guerra. Y que eso nos resuelve.
Leo Felipe Campos Editor y creador del taller Por mis propios medios: Periodismo del siglo XXI Producción y corrección: Johanna Marghella.

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Por ÁNGEL ZAMBRANO COBO

Que es patrimonio del pueblo, dice. Que tiene que estar funcionando, que nada de mantenimiento. Que qué hacemos sin él y que lo prendan de una buena vez, vuelve a decir. Y, energúmeno ya, el ciudadano anónimo cuelga el teléfono. Así, otras seis o siete llamadas. Protesta caraqueña, pura y dura. Eso, cuando lo apagaron durante tres días. El 11, 12 y 13 de agosto de 2008, por un mantenimiento rutinario, se bajó el breaker y murieron, durante 72 horas, los 600 bombillos. Desaparecieron las horas y los minutos. Aparecieron quejas y reclamos. Se bajó el breaker y adiós a la hora oficial de Caracas. Demasiados caraqueños sin reloj durante esos tres días en los que se apagó el reloj de La Previsora. Pero volvió. A los tres días ya estaba, de nuevo, encendido y andando. Y de nuevo se mira hacia allá arriba. Se revisa, se sincroniza, se cerciora, se apura el paso, se toca más corneta, se suspira sabiéndose con tiempo o se da por vencido porque ya es demasiado tarde. Se ignora el reloj que se tiene en la muñeca izquierda. Para qué, si allá está el mega reloj, el grandote. El reloj por excelencia: la hora caraqueña. Tan conocido como el Big Ben londinense, dice orgulloso Ignacio Fungariño, el padre del aparato; quien, junto con Gonzalo Martín, Francisco Martínez y José Ramón Lozada, diseñó esa monstruosidad que fue, en su tiempo, el reloj más grande del mundo. Más grande que el más grande hasta ese momento, que estaba en alguna iglesia mexicana y que apenas rozaba el metro y medio.

Fungariño, quien recuerda con humor que los llamaron locos y desquiciados cuando develaron sus planos. Quien en 1972 -cree él que fue en 1972- dejó olvidadas otras responsabilidades para dedicar 9 meses a darle la hora a La Previsora. Quien, con 69 años de edad le hace mantenimiento quincenal y se trepa y encarama para asegurarse, dice él con su acento vasco, de que la máquina camine. Así no sepa si sigue siendo el más grande, el más preciso. Probablemente no, dice. Pero poco le importa. Igual quiere que camine. El problema es, dice Fungariño, que todos mis amigos saben que yo estuve metido en lo del reloj y cada vez que falla me caen encima. Tu reloj está malo, me dicen. Y se ríe, Fungariño, mientras entra al ascensor de la torre La Previsora. Sube 22 pisos, otros cuatro en otro ascensor y sigue por ahí, por esa salida de emergencia. Un piso más que se sube a pie y una puerta que Fungariño patea, patea dos veces más y abre. La cabina del reloj, presenta. Y no te pegues ahí que hay corriente que jode, señala Fungariño con su izquierda a cables y cables y cables que, como el resto del cuarto, parecen tener más de sus reales 37 años. La maquinaria golpeada y demacrada funciona, pero funciona como funcionan las camioneticas viejísimas y destartaladas que en cualquier momento pueden terminarse de quebrar. De romper. De requetedestartalarse. Ahora, anuncia Fungariño, vamos a trepar. Ya salió de la cabina vieja y mínima y ahora está en ese otro cuarto, que da hacia la azotea. Unas escaleras de metal, un candado que se abre y una compuerta

oxidada y chirriante que no se desliza, que se empuja y se queja y se tropieza y ya el técnico vasco está a contraluz delante de un cielo azulísimo. Venga pues, dice Fungariño, que mira a toda Caracas mínima desde el techo de la hora caraqueña. 27 pisos arriba, donde comienza el reloj, la vista le gana a la de cualquier mirador y la brisa es más que la del mismísimo cortafuegos de El Ávila. Se domina la autopista, el Guaire, Plaza Venezuela y su bola Pepsi, Parque Central, Chacaíto, la Cota Mil y el cerro completo, de lado a lado. Fungariño aprovecha y habla de su criatura. Se ha convertido en un ícono de la ciudad, dice. A sus espaldas, los 600 bombillos y sus filamentos y sus cables y sus metales lo respaldan. Se saben el reloj más importante. Saben que son la hora de la ciudad. Y Fungariño dice que el reloj de La Previsora de alguna manera define a Caracas, porque uno lo ve y sabe que está aquí, en la capital. Otra compuerta vieja y oxidada más y otras escaleras más que se bajan muy pegado a las escaleras porque si no te raspas toda la espalda, dice Fungariño, y ya se entra a la barriga del aparato. Y se abre una lámina de metal y ahí están las tripas completas, que son los cables y los bombillos que hacia adentro son tripas pero hacia fuera son números que dan, puntualmente, la hora. Cuatro pisos de pura tripa. Y de calor. Calor dentro de la estructura que sofoca hasta que se abre la lámina y de nuevo llega

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la brisa caraqueña a 27 pisos de altura. Y llega todo el ruido de ambulancias, cornetazos, tubos de escape y camiones. Pitidos de fiscales de tránsito y, distantes, una que otra mentada de madre. Viaja hasta allá arriba el ruido mientras en primer plano está una estructura metálica con sus cables y faroles y filamentos y después, en segundo y tercero y cuarto, el oeste de Caracas. Desde la taza de Nescafé hasta el Centro Simón Bolívar. Todo. El reloj marca casi las cinco de la tarde. Abajo se acumula la gente en las colas para los por puesto y encandila el sol y Plaza Venezuela comienza a ser un estacionamiento y los peatones temen el Metro abarrotado. Comienza la hora pico allá abajo y todos, o casi todos, miran hacia arriba. Ven el reloj, calculan que si aún no son las cinco y diez, quizás la mejor vía sea Bello Monte. O no, mejor no. A esta hora, todavía, la mejor vía es la Avenida Libertador. Conductores y peatones y autobuseros y motorizados sacan cuentas. Ven, todos, hacia los cables y bombillos que dicen que lo peor del tráfico no ha llegado. Y desde arriba, desde el punto al que miran, todos se ven iguales. Todos son parte de allá abajo. Se ve tan pequeña Caracas que se sabe que ese reloj se ve desde el bulevar de Sabana Grande o la autopista o el Jardín Botánico y no es nada de otro mundo. Ícono, sí, pero desde tan lejos es casi un reloj despertador. No se ve que son 300 bombillos en cada una de las dos caras que hacen las líneas que hacen los números que dan la hora. Diminutos, los bombillitos, desde allá. Porque abajo, entre carros, cornetas, fuentes

recién reparadas y calles y bulevares, no se sabe demasiado acerca de los minutos y horas que viven arriba. Desde la Gran Avenida no se cuentan por millares los cables y circuitos. El vendedor de lotería no palpa los 3,15 metros que mide cada número. La vendedora de mamones y manzanas y piñas no comenta que el reloj consume tanta energía como el faro del estadio universitario. El que alquila teléfonos celulares no se asombra con los cuatro pisos que hay que bajar para llegar al fondo del reloj y ningún peatón comenta que sí, que lo jura, que cuando se hizo ese reloj fue el más grande y más exacto del mundo. Del mundo mundial, sí señor. Y tampoco va Fungariño por la vida explicando que lo especial del reloj es que cada número tiene su trazado propio. Que no es como cualquier reloj digital en el que el tres es igual al ocho pero con dos rayitas menos. Que no, porque se quiso hacer algo especial. Tampoco va alardeando que la máquina que le da el tiempo al asunto es suiza, de marca Patek Phillipe y de las mejores del mundo. Sí señor, también del mundo mundial. No va Fungariño diciéndole a los caraqueños que Caracas es otra vista desde el reloj de La Previsora. No le dice que por mucho que miren hacia allá, como lo hacen todos los días, no han visto nunca su ciudad detrás de tanto cable y tanto bombillo y tanta altura de 27 pisos. No le dice que miran hacia el reloj, pero nunca se han visto desde la hora caraqueña.

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Por DÉBORA ILOVACA LEIRO

POLÍTICA Y GASTRONOMÍA EN UN PLATO

Es aquí. En esta calle en la que un mendigo dirá que comiéndose eso —lo que quedará cuando todo termine— no se va a morir. Entre techos de lona, mesas, sillas, manteles, cavas, ollas, bulla, moscas, abejas. Entre el calor del sol y el aceite hirviendo. Todos los domingos, de nueve y media de la mañana a cuatro y media de la tarde. Tal vez un poco más, todo depende del apetito. Es aquí donde sucede. A unos pasos de la Casa del Artista, en Quebrada Honda. ¿Qué cosa? El mercado peruano de Caracas. Por la mañana —buenos días, se dice— la escena es lenta. Tiene modorra. Hay pocas personas y se pueden contar los techos: dos toldos azules y verdes a mano izquierda, sobre unos escalones; ocho toldos rojiblancos en la parte posterior de la acera, alineados esquina con esquina; tres toldos azules y verdes a mano derecha, sobre otros escalones; otro toldo verde muy cerca del asfalto, también hacia la derecha. No se ven perros, ni gatos, ni palomas, ni basura. De fondo se oye el murmullo de quienes empiezan a llegar y el altavoz con

voz de hombre de Hilda “La Dulce”, como dice ella que la llaman. “Alfajores, pionono, tamales, mazamorra morada…mo-o-o-rada”. El aparato está colgado en una esquina de su negocio ambulante y se repite todo el día: “Alfajores, pionono, tamales, mazamorra morada…mo-o-o-rada”. Nunca se calla. Entonces empiezan los olores. Poco a poco. Los olores de Perú. O del Perú, para hablar en términos peruanos. Se destapan las ollas, se abren las cavas y se exhiben las bandejas. El menú llega a las narices: ceviche de pescado, ceviche mixto, causa de atún, causa de pollo, papa rellena, papa a la huancayna, arroz con pollo, arroz con pato, chupe de camarones, patazca, carapulcra, picarones, mazamorra morada, arroz con leche, chicha morada, Inka Cola. Y de las narices a las bocas. A los dientes. A las lenguas. Cada bocado y cada sorbo. Y desde hace aproximadamente dos décadas. Dieciocho años, según algunos. Veinticinco, según otros. Nadie sabe con exactitud. Pero siempre

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aquí, en esta misma calle. Y por extensión de su fe y devoción. Eso dicen los mercaderes. Detrás de los toldos, antes de la estación del Metro de Colegio de Ingenieros, está la iglesia Santa Rosa de Lima. Allí, a sus puertas, nació el mercado. Así lo cuenta Irma Vega, hija de Zoila López, una de las fundadoras: “Todos los domingos, la comunidad peruana de Caracas asistía a la misa de las once para venerar al Señor de los Milagros, patrón de la capital peruana. Cuando salían del templo, se reunían a conversar”. Un día, una mujer (peruana, por supuesto) preparó un plato de su terruño y lo vendió a la salida de la iglesia para que sus paisanos degustaran otra vez los sabores de su tierra. La idea fue un batacazo y otra mujer hizo lo mismo. Y luego otra. Y otra. Y otra más. Hasta que en 1994 fundaron la Asociación Alameda del Perú. Actualmente, esta organización cuenta con doce socios. Y, hace casi un año, se convirtió en cooperativa para —según Daniela González, quien tiene 16 años trabajando en el mercado— poder solicitarle un crédito al gobierno venezolano. Pero aún no han solicitado el crédito. Tampoco han recibido ningún tipo de colaboración del Ejecutivo nacional. *** Hoy no es un domingo cualquiera. El calendario marca 25 de julio de 2009 y la comunidad peruana de Venezuela está de fiesta. La entrada de la iglesia Santa Rosa de Lima está custodiada por un toldo, un par de cornetas y muchas sillas plásticas, algunos hombres vestidos de flux y muchos peruanos. ¿Qué se celebra? Los 188 años de independencia de Perú. El general argentino José de San Martín proclamó la independencia de la república peruana el 28 de julio de 1821. Pero como el mercado se realiza los domingos y nada más que los domingos, los representantes diplomáticos de Perú en el país tuvieron que adelantar la fecha de la conmemoración. Cuestiones prácticas. Juan José Bilbao, quien trabaja en el programa Perú en Venezuela de Radio Sintonía 1420 AM, toma el micrófono para introducir el Himno Nacional. Del Perú. Los congregados se ponen de pie, colocan su mano derecha debajo del hombro izquierdo (sobre el corazón) y empiezan a cantar. Cuando se acaban las estrofas empiezan los gritos de guerra: “¡Viva el Perú!”, grita Bilbao. “¡Viva!”, gritan todos. “¡Viva Venezuela!”, grita Bilbao. “¡Viva!”, gritan todos. Luego se sientan y la cosa se pone seria. Edwing Gutiérrez, funcionario de la embajada de Perú en Venezuela, lee el mensaje que el presidente Alan García les envía a sus compatriotas en el exterior. Es un discurso que llama a la reflexión, a renovar el compromiso con la patria. Un discurso que habla de retos y objetivos, “el principal de los cuales es lograr que los beneficios de crecimiento económico que el Perú ha alcanzado en estos últimos años llegue a los sectores mas necesitados del país”. Un discurso que insta a los peruanos fuera de Perú a ser promotores de la “cultura milenaria” de su tierra. Un discurso que hace que una persona del público hable en voz alta: “Ese Alan es un asesino, un criminal”. Después de Gutiérrez toma la palabra Carlos Vallejo, cónsul de Perú en Venezuela. “Si bien nuestro país consiguió la independencia política, todavía está pendiente la tarea de derrotar a la pobreza y crear un país más justo y solidario, con mayor inclusión de todos sus ciudadanos”. ¿Qué hace falta para eso? “Un modelo de desarrollo en libertad: promoción de las exportaciones, apertura de nuevos mercados, captación de inversiones”. Justo lo que critica ese grupo de peruanos ubicado en la esquina derecha de la iglesia. Ese grupo que no está de fiesta patria y que invita a sus paisanos a inscribirse en el Partido Nacionalista Peruano. “En 2011 vamos con todo. Ollanta presidente”, se lee en su propaganda. Sí, el “vamos con todo” suena conocido. ¿Por qué no están celebrando? William Chávez, quien está sentado recogiendo firmas para el partido, lo tiene claro: “Aquí están bailando mientras en el Perú hay más de 200 indígenas desaparecidos y más de 50 indígenas muertos en los sucesos de Bagua. Estamos aquí protestando por eso. Este señor viene y habla de las inversiones. Pero para invertir primero hay que respetar lo nuestro, a los ciudadanos de cada lugar. Usted no puede agarrar y darles a los empresarios toda la selva. ¿Dónde quedan los indígenas de ahí? Los indígenas son dueños de esa vaina antes de que llegáramos nosotros y los españoles. Y los están sacando a la fuerza para explotar minerales, gas, petróleo y talar los árboles que hay”. *** Ocurrió el 5 de junio de 2008. Las comunidades indígenas de la localidad amazónica de Bagua, ubicada a 1.000 kilómetros al norte de Lima, tenían bloqueadas las carreteras de esa zona del país desde abril. No estaban de acuerdo con los decretos 1064 y 1090 incluidos en la llamada “Ley de la Selva”, un conjunto de 10 decretos aprobados por el Ejecutivo en 2007 y 2008, como parte de las modificaciones legales que debía hacer Perú para adecuarse al Tratado de Libre Comercio (TLC) firmado con Estados Unidos. Entonces ocurrió. Ese día policías e indígenas se enfrentaron. Fue sangre y dolor. Fue guerra. El saldo: la muerte, por supuesto, como en toda guerra. Pero en versiones distintas. El gobierno dijo que fallecieron 23 policías y 10 pobladores. La Asociación Interétnica por el Desarrollo de la Amazonía (Aidesep), que dirigió el bloqueo de las vías terrestres, dijo que murieron centenares. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) no dio cifras. Y Amnistía Internacional considera que la forma en que se están realizando las investigaciones sobre los sucesos de Bagua está desequilibrada porque se centra más en los delitos cometidos por los indígenas que en los supuestos excesos de la policía. No hay punto de encuentro. Sólo la guerra. Esa que logró la derogación de los decretos 1064 y 1090 a fuerza de violencia. Esa que sucede en las puertas de la iglesia Santa Rosa de Lima, en pleno mercado peruano, día domingo. Esa que habla de izquierda y derecha a diestra y siniestra. Esa que asola a toda América Latina. Esa que no derrota la pobreza: la alimenta. Como ocurre aquí. Justo cuando se acaba la fiesta y se recogen los toldos. Cuando se evaporan los olores de Perú. O del perú. Cuando cada quien agarra lo suyo y se va. Cuando el sol caraqueño se empieza a apagar y aparecen ellos. Los pobres. Los marginados. Los que viven de las sobras de la guerra, de lo que queda cuando todo se termina. Ahí viene uno, le dicen “El Maracucho”. Camina arrastrando los talones, se sienta junto a dos bolsas negras —basura del mercado peruano, la comida que nadie se comió— y empieza a escarbar. Hunde su mano en los desperdicios, rescata lo que le apetece y lo mete en otra bolsa. Sonríe y habla con él mismo, pero como hablándoles a los demás. “De algo nos vamos a morir. Y comiéndome esto yo no me voy a morir. Dígalo ahí, señorita. Si se come con fe no pasa nada. De hambre sí que me puedo morir, nojoda. Ojalá en vez de guerras hubiera esto. Esto es oro”.

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Por HENRY ARRAYAGO

I Madrugada de juergas ajenas__ Uff, aquí voy. No puedo seguir durmiendo y apenas son las 2 y 12 de la mañana del 25 de julio del 2009 en el Superbloque de El Paraíso. Me despertó un ritmo de cumbia combinado con otras variantes musicales que desconozco, ¿cumbia chill out? Sí, es el superbloque… “¡Un Villanueva!”, como me dijera una vez un taxista que me trajo hasta aquí, y que me contó que formaba parte de unos comandos armados que protegen contra la inseguridad a los vecinos del 23 de Enero. (Un momento, ahora dejó de sonar la cumbia y simultáneamente se oyen una salsa y otra salsa; la que viene de la planta baja del superbloque y la otra, del Gran Combo de Puerto Rico, que viene del cerro, o, más bien de las residencias 21 de Julio: “Me liberé, me liberé, gracias a Dios, me liberé”). La basura que más o menos cunde__ En medio de, llevo cuarentaiún años viviendo en esta mole. En la entrada al único estacionamiento “público”, aunque con reja, está Erick. Vive del lado de afuera, a la intemperie, o casi. El saliente del techo al menos lo protege de la lluvia. Su hermana vendió el apartamento. Su madre, que fue maestra y que sustan dejaba un extenso nacimiento prendido día y noche hasta el Día del Carmen, hace tiempo murió. La junta de Erick con los compradores nerviosos de sustancias nada lícitas lo arrastraron a su estado actual. (Ya no es salsa lo que tengo al fondo. Hace calor. La canción de las abejas de Juan Luis Guerra retumba. Una moto que pasa por la Cota 905 también). —¿Le llevo la bolsa doñita? –se ofrece Erick. Hay una simbiosis entre él y sus solidarios que tiene más de un año, pese a la discordia con otros vecinos que quieren sacarlo de allí. Mientras, no falta la pregunta si se trata de subir el paquetero por las estrechas escaleras cuando no hay ascensor. “Hay. Cuatro; pero en este momento ninguno funciona”. El viejo trabaja más porque es el más accesible. El del otro lado, el nuevo, tiene una ascensorista. La mamá de “la Búha”, heredera de ojos saltones. (Reguetón y grillos aullantes, más motos y panas que las manejan y que hablan entre sí. También hay perros replicantes). Si hay que botar mucha basura, el flaco, flaquísimo Erick acuerda con el interesado para pasarla buscando. Modus vivendi a partir de propinas. Si hay que barrer el tierrero o palear el barro suele hacerlo hasta de madrugada. Luego de un incendio en uno de los ductos de la basura por allá por los ochenta, los desechos se llevan hasta una caseta construida al lado de una escalera que conduce a la Cota 905. No todas las bolsas de basura son bajadas. Algunas quedan en algún entrepiso. Por flojera quizá. “Sé quien eres. Sigue dejando ] tú [sic] basura”, se ha leído en una hoja de cuaderno pegada en la pared. Hay un insulto velado. Una práctica que ha disminuido, es la de escuchar cómo se destripan los paquetes con desechos al estrellarse contra el techo de la pérgola, de diseño casi niemeyeriano, o contra el terreno lleno de monte que está detrás … del edificio. (Suena un rock… A lo lejos, percute un arma). Sobre la caseta vive uno que otro mendigo esporádico, que se cobija con cartones. Hasta niños de la calle permanecieron varios días allí, pero se les desalojó incendiándoles todas sus cosas. Los entrepisos son de usos múltiples. Baños públicos, se permite orinar o defecar; esto va para los animales, o para seres humanos, animales también. Algunas express fiestas inspiran; “¿blanca o marrón?”. Arrebato. De amor o de sexo. Tiradero express. (Sigue sonando el rock. Se apagó la música en el superbloque). ¿Patrimonio de quién?__ Incluido en el Preinventario de Bienes Culturales del Instituto del Patrimonio Cultural, está. Pero no lo busque por Superbloque de El Paraíso. “Unidad de Habitación El Paraíso” aunque también “Unidad Residencial El Paraíso, edificio 3”. Los otros dos bloques que completan el conjunto son de cuatro niveles. El edificio 1 no tiene placa de identidad; el 2, es el “Urepe II”, nombre propuesto por algún experto en acrósticos. (“No woman no cry” y acto seguido, “El zancudo loco”. Gritos y aplausos al compás). El gigante Villanueva de El Paraíso tiene catorce pisos, 174 apartamentos, y como 500 bien y mal vivientes. (Más reguetón, o no. Una ranchera. Cantó un gallo; 3 y pico de la mañana). La secretaria de la Junta de Condominio ha tenido cara de circunstancia una y otra vez. Ha estado a punto de llamar a la comunidad por altoparlantes para que bajen a pagar las mensualidades atrasadas. Si no hay luz hay insultos. “¿Por qué no pagaste la luz?”, le espetan por el teléfono. Sin luz no hay agua ni ascensor. Los pasillos y entrepisos quedan a oscuras. (A ritmo de charrasca con el “Pirulimpimpón”. También algo de karaoke). Osbet re-recodifica las llaves magnéticas. La robadera obliga. Pero tienen un minuto para cerrar la reja, porque si no se borra el código. “Pase rápido, si no me friego yo”. “Apúrate con la moto pana”. Una de las Reina nunca ha ido al parquecito de atrás. Y eso que tiene cuatro décadas aquí. “Por los antisociales que bajan del cerro”. (Reggae y más ná. Los grillos, imparables. También “Nada más vibraaa, nada más quedaaa”. Prendieron un camión). “Las escaleritas para bajar a los bloquecitos son el lugar al que le tengo más miedo”. Para llegar a su casa abre la reja que da hacia la platabanda, la reja del pasillo largo y la reja del pasillo corto. Luego abre la multi-lock.

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El linóleo del pasillo largo está superpulido, le falta poner su mata, una por apartamento. (Tecno altoparlante. Algo explotó. “Agachadito, agachadito”. Repítelo. “Arriba, arriba; abajo, abajo”. A cantar el cumpleaños). *** Estacionamiento superapretado. Si llega antes de las siete de la noche puede que consiga puesto. Toqueteo insistente de cornetas desde las 5 y 30 de la mañana si es día laborable. Al principio se jodieron y después se acostumbraron los que tienen su habitación hacia la fachada interior. (Al ritmo de las Chicas del Can, . ¿o será del de la que canta La guacherna? Alto. Hey Jude. Nostalgia y pea total). Dos sótanos. El uno, es privado. El dos, antes de la Ford, sigue siendo privado. Hace años, incluso cuando era administrado por el Banco Obrero, después Inavi, los perdió el edificio. Los ascensores llegaban hasta allí. Por lo menos los que tenían las puertas amarillas. El acceso por los de las puertas azules ya estaba cerrado cuando llegué en el 68. Otros accesos, clausurados o restringidos, fiebre de rejas: los pasillos largos de los pisos 1, 2, 4, 8 y 10, la azotea, el Centro Cultural César Rengifo, donde una vez se presentara Cecilia Todd, la entrada por planta baja hacia los ascensores azules, oscura y hasta tenebrosa. Hay más, como la plazoleta que se sembró encima de la salida del estacionamiento. Tremendas rumbas las que se arman allí. (Ahora algo de ska, pa matizar). *** (“Leoleolé, leoleolá, leoleoleo leoleolá”. 4 y 01 am). El piso 1 es casi todo de los militares. Los archivos de los jubilados de la Guardia Nacional atiborran varias , Thriller oficinas. (Ahora es el comienzo de Thriller, pero la quitan. Entra una charrasca en vivo y directo. ¿Se va desvaneciendo la fiesta? Nuevamente Thriller, hasta la macabra risota de Vincent Price). La gigantesca fachada fue cambiada de colores una y otra vez. Primero de blanco y gris, para que combinara con la de los edificios nuevos que dan hacia Puente Hierro. En el ínterin, de marrón y ocre. Luego, de verde oscuro, para que siguiera combinando. El último “refrescamiento”, relativamente reciente, ya está descascarado, e incluyó el naranja y el verde claro, propuestos por los arquitectos restauradores del IPC. Las zonas verdes circundantes han ido mermando. Cerros invadidos que se deslavan implacablemente con las lluvias en apogeo. La calle principal que da acceso puede llegar a tener aspecto de batalla campal a punta de piedras y barro. Cachicamos y rabipelados merodeaban por los lados de los bloquecitos hasta los setenta. La planta baja es cancha de básquet-de futbolito-pista de trote-eventos-fiestas. Algunas muchachas han estado pendientes desde sus balcones de los muchachos que juegan. Una más osada que otra, hasta fue capaz de quedarse en la baranda con falda y sin pantaletas; el juego paró un rato. . En el abasto de Maritza hay un cyber. Es el único local comercial que queda. Estuvo en manos de portugueses muchos años. Ni para qué hablar de la panad panadería, la carnicería, la capilla, la peluquería. La ex capilla tiene quien la habite, mientras tanto. Allí sobreviven quienes esperan conseguir ayuda oficial para una vivienda digna. (Un bajo anuncia “Californication”. El escenario sonoro de los grillos está comenzando a dar paso al de los cucaracheros y azulejos, y al de los , loros del vecino de arriba. Más y más rock, pesado. Breve silencio de los seudocantantes. Al rato, un bum bum, bum bum en la corneta y un eh eh eh eh de los borrachos se ponen de acuerdo, pero el día los vence). 5 de la mañana. Uno de los gavilanes que apenas llegada la noche había salido a su cacería nocturna está retornando. Se retira a su árbol a dormir. II Dos tardes después, con vallenato de fondo desde un cerro vuelto a invadir__ Los preceptos arquitectónicos de “El Diablo” Carlos Raúl Villanueva estuvieron presentes también en el superbloque, que existe desde 1955. Ese hombre que fue llamado así cariñosamente por Alexander Calder, el de las nubes del Aula Magna, perseguía un propósito humanista a través de su trabajo. La idea de Villanueva incluía la disposición del edificio. En una colina, con vista al Norte, hacia el Ávila para la mayoría de los apartamentos. Todos dúplex, con suficiente iluminación y ventilación cruzada, además de espaciosos. Toda la fachada estuvo conformada por policromías del artista Alejandro Otero. Este arquitecto venezolano, aunque nació en Londres, en 1900, se empeñó en mostrar lo mejor del movimiento modernista a través de las edificaciones que diseñó y concretó. Sin embargo, he aquí una duda, ¿fue un incomprendido Villanueva? La sensación de territorialidad que emana de un lugar como el Superbloque de El Paraíso, de algo así como “desde aquí hasta aquí llega el superbloque”, pudiera hacerse extensiva a toda Caracas. Sí, la fragmentada, la que todavía tiene que hacer esfuerzos para conectarse entre cada una de esas partes que la componen o la desintegran. Tal vez cabría indagar en esa parte del Villanueva de carne y hueso, de cochambre y angustias, pero también desde su buen humor, su bonhomía, como posibilidad de atisbar de una manera sugerente, a partir de otra perspectiva, su creación; incluso más y por qué no, desde la bilis, o simplemente desde una o muchas canciones, por ejemplo.

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Por LUISANA LA CRUZ

Aguardaba con tranquilidad en un banco del boulevard de Caricuao, muy cerca de la estación del Metro y justo al lado del busto de Andrés Eloy Blanco, un homenaje “al poeta del pueblo”, cuando con un andar apresurado, casi corriendo, apareció Freddys Hurtado. En su rostro se nota el paso de los años, 62 para ser exactos, pues desde que vive en Caricuao, 1959, mucho antes de las edificaciones modernas, se ha dedicado a trabajar por la comunidad y especialmente por conservar los rasgos naturales que tiene la parroquia. Y eso da placer, pero también agota. Caricuao es una de las localidades más jóvenes de la ciudad, pero su asiento es un territorio poblado desde el siglo XIX. Fue fundada como parroquia el 8 de abril de 1975 y desde 1898 funcionaba ahí una de las haciendas más antiguas de Caracas, La Hacienda Caricuao, que producía café, caña de azúcar, tabaco y añil; parte de esas plantaciones se conservan en algunas zonas de la parroquia: -Caricuao ha estado llena de historias, de tantas leyendas y tantos hechos históricos; cuenta Freddys Hurtado, actualmente, el cronista de la parroquia. Freddys Hurtado es historiador, antropólogo, profesor e investigador de la historia local y cultural de distintas parroquias de Caracas como Macarao, Antímano y La Vega. Es presidente del Grupo de Investigaciones Históricas, Ecológicas y Ambientalistas Macarao, que trabaja desde hace cuarenta años en la investigación de la historia local. Los caricuaenses en general viven una vida tranquila, algunos trabajan en la misma zona, bien sea dedicados a la comunidad, al servicio del sector público en los centros educativos o en las pequeñas o medianas empresas que se encuentran en la parroquia, hacia la zona industrial de Ruiz Pineda. Pero la mayoría de la población económicamente activa se levanta muy temprano para salir a sus trabajos o casas de estudios mucho antes de que se despierte Caracas, con el primer vagón que parte de la estación Zoológico o en sus vehículos propios que forman parte de la gran cola matutina de la autopista Francisco Fajardo en dirección al centro o al Este. Los jóvenes se dedican la mayor parte del tiempo

a actividades de recreación dentro de la misma zona. Caricuao es una comunidad exportadora de artistas y deportistas. Oscar de León dio sus primeros pasos en el sector UD-1 en la emisora radial Festival 66 y Cesar Monge, de la Dimensión Latina, se inició acá. También sigue trabajando desde hace 24 años el grupo Cumbre, dedicado a hacer investigación y trabajos culturales dentro de la parroquia y el grupo de danzas Travesuras. En deporte, desde su parroquia natal, salió rumbo al norte Franklin Gutiérrez, jardinero central de los Marineros de Seattle y de los Leones del Caracas. “No podemos olvidar a ‘El Sabanero Porteño’, Ismael Ochoa, comenta Hurtado, quien durante más de 80 años se ha dedicado a la música folklórica”. Siendo amante de la naturaleza y el medio ambiente, Hurtado prefirió para la nota dar un paseo por el Parque Zoológico de Caricuao, y allí soltó su primera confesión: detesta a los buhoneros que venden CD’s de música: -Ellos contaminan el ambiente natural de la zona. Los comerciantes informales se ubican en gran parte del boulevard, cercanos a la estación del Metro Caricuao. Este es uno de los espacios más transitados. Además de la música, los discos y las cornetas, también abundan los vendedores de comida “chatarra”, que producen una enorme cantidad de desperdicio que termina arrojada en la caminería. Este parque Zoológico fue inaugurado el 31 de julio de 1967 y está ubicado en la antigua Hacienda Cafetalera Santa Cruz, otrora propiedad, ¿adivinan de quién? Del propio Cacique Caricuao. Todavía se conservan en el lugar algunas plantaciones de café y árboles frutales como mango, guanábana, naranja, poma rosa y limón. -Preocupa algunas veces las condiciones en las que se encuentra el Zoológico, tiene deficiencias y con

esa fritanga que se ha montado, no se pueden conservar los espacios naturales y la sanidad alimentaría, ¿quién controla esto?– dice Freddys mientras caminamos hacia la entrada del parque, sorteando heladeros, vendedores de globos y pintacaritas. El Zoológico todavía se conserva en condiciones estables, pero hay algunos animales que han desaparecido con los años. Aún le faltan por desarrollar 594 hectáreas de la parte montañosa, en las cuales se pretenden rescatar las áreas verdes, exhibir más animales y contribuir, a través de la educación, a conservar el espacio natural. Freddys Hurtado, a través del plan Caricuao Parroquia Ecológica, busca rescatar las áreas verdes de la zona, sobre todo en el Parque Vicente Emilio Sojo, que por su deficiente gestión administrativa se ha convertido en un botadero de basura y aguas servidas, además de la tala y quema que se ha hecho para construcciones ilegales, invasiones, que no sólo han tomado los parques, sino también algunos otros sectores no aptos para construcción de viviendas. El Parque Leonardo Ruiz Pineda está en las mismas condiciones, y por último está el Parque Universal de la Paz que ha sido invadido por la

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su insistencia en organizar a la comunidad para “resolver de una forma efectiva todas las situaciones”, dice. Es educadora y por su vocación, le preocupan los problemas de alcoholismo y drogadicción que hay en la zona, sobre todo en los más jóvenes, esta mujer es la líder comunitaria: “Hay que buscar las estrategias para bajar los niveles, con la formación y la comunicación de padres e instituciones. Hay que tener iniciativa y aprender a hacer las cosas bien para enseñar y orientar a la comunidad. Hacer el trabajo por gusto y no por obligación o manipulación”. ººº inseguridad, el tráfico de drogas y los “cirujanos de carros”. ººº En una moto recorre todas las zonas de la parroquia a diario, siempre anda corriendo de un lado para el otro, por eso usa una vestimenta muy sencilla: chaqueta, pantalones blue jeans y franelas son las más comunes, y la cabeza cubierta con una boina de pana, a no ser que deba asistir a un evento formal, como Jefa Civil de Caricuao. Se llama Judith González y aunque se define a sí misma como vocera del Gobierno Parroquial, no tiene tanto tiempo viviendo en la parroquia, pero ha trabajado constantemente por hacer de ésta una comunidad organizada, desde hace 12 años. -Estoy trabajando en el Gobierno Parroquial que está incluido dentro del Plan Caracas Socialista, la idea es que el poder esté más cerca del pueblo, es decir, el poder popular– apunta con una sonrisa en los labios y ojos expresivos. Judith González empieza su trabajo desde las 5:30 de la mañana y desconoce a qué hora volverá a su casa, los caricuaenses saben quién es y dónde pueden contactarla, porque es la persona que los ayuda a resolver determinados problemas, por eso Ismael Ochoa, mejor conocido como “El Sabanero Porteño” en el mundo artístico y en Caricuao como “El abuelo”, sólo tenía 35 años de edad en 1954, cuando presentó su primer baile en Puerto Cabello, estado Carabobo, su ciudad natal. Estaba sentado en una esquina cualquiera de la ciudad y un grupo de generales le pidió acompañarlo para que bailara en la fiesta del señor Isidro Lama, uno de los importantes: -Póngase las maraquitas en los pies y véngase, le dijeron. Con los nervios calentándole el cuerpo se colocó las maracas, dispuesto a mostrar lo que había aprendido a bailar: “joropo tramao”. Con la mirada de los espectadores sobre él bailó, y a partir de ahí recorrería todo el estado Carabobo, luego Caracas, otros estados del país y algunas ciudades del mundo: -No tenía director artístico ni mánager, esto es una cosa mía, espiritualmente. Este artista venezolano nació en Puerto Cabello, un pueblo de la costa venezolana, el 17 de julio de 1919. A los 14 años se traslada a la capital a trabajar. Siendo un muchacho de familia muy humilde no tenía los recursos económicos necesa-

rios para mantenerse, no realizó estudios más que de primaria, y se dedicó toda su vida a la música folklórica. Hizo trabajos de todo tipo: desde barrendero en las calles de Caracas hasta limpiador en las distintas empresas como emisoras radiales y fábricas de carros y galletas. La mayoría de los años que le ha tocado residir en Caracas, lo ha hecho en Caricuao, llegó a la zona en 1931 y alquiló una casa con un maracucho, del que no recuerda su nombre, hasta que pudo adquirir su apartamento en la UD-7. En esta zona todos saben quién es “El sabanero porteño”, pero a él prefieren decirle “El abuelo”, por la dedicación y cariño que ha tenido con los niños de la parroquia, a quienes ha curado de mal de ojo, culebrilla y fiebres extrañas, con remedios caseros y oraciones a su altar, formado por Jesús, el Divino Niño, Santa Bárbara Bendita y el San Miguel Arcángel. En los próximos meses, el Gobierno Parroquial de Caricuao le ofrecerá un homenaje. ººº Desde que se fundó como parroquia, Caricuao ha estado en constante desarrollo. Inclusive se formó en marzo un gobierno parroquial, con sus propios reglamentos y leyes para organizar a la comunidad y resolver los problemas que agobian tanto a esta zona como a la ciudad en general. Este gobierno local está bajo la plataforma de la revolución socialista. La parroquia cuenta con casi 150.000 habitantes, ubicados en unos 22.000 apartamentos y 29 barrios, es muy tranquila y el índice delictivo no es tan alto como en otras zonas de Caracas, aunque los malandros hacen de las suyas robando carros cuando menos se espera. Desde el balcón de la estación del metro Zoológico se respira aire fresco, de un lado se tienen las montañas que bordean la parroquia, y del otro las edificaciones modernas construidas en los 70; no faltan los kioscos de los vendedores de periódicos y los vendedores ambulantes. De fondo, el ruido de los vagones del tren que lleva y trae, mañana y noche, a los ciudadanos que parten al trabajo o vuelven de él, como quien viaja a un pasado reciente y cotidiano que no pasa, porque siempre está presente.

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Por BENJAMÍN GÁFARO

CARACAS SUBTERRÁNEA

La tradición oral rodea al centro de Caracas. Historias de túneles y bóvedas secretas, con siglos de existencia, permanecen todavía en el lado oculto del imaginario popular. No deja de sorprender e intrigar: una ciudad subterránea bajo el tumulto citadino

Pero todo es un mito. Al menos por ahora. Nadie, ninguna investigación llevada por arqueólogos, espeleólogos, geólogos o urbanistas, ha comprobado la existencia de estos supuestos túneles coloniales. Eso sí, ninguno ignora la prevalencia de los rumores. Huidas políticas y secretos religiosos son los principales motivos que la imaginación urbana atribuye a estas construcciones. “Existe todo un imaginario, la historia de estas cavidades es tan interesante tanto por el fenómeno físico como por toda la mística que la rodea”, son las impresiones de George Amaís, un amante de la arqueología que durante varios años de su vida se dedicó a la exploración subterránea en diferentes puntos de Caracas. Y aunque llegó a conocer varios pozos y cavidades interesantes, nunca llegó a dar con ningún túnel, ni siquiera con el del famoso Cuartel San Carlos (cronológicamente, el más nuevo), donde tres de los principales líderes de la resistencia comunista venezolana -Guillermo García Ponce, Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez- huyeron en 1967. “En esa exploración tratamos de emplear métodos geofísicos para ubicar el trayecto del túnel. Pero no tuvimos suerte, quizás nos ubicamos donde no debíamos”. Detrás de las más famosas fugas políticas, la figura del túnel se hace presente como la materialización de todo escape. Y el paso de los siglos parece no haber cambiado ese fenómeno. Guillermo Durán, cronista de Caracas, mantiene en su memoria uno de los primeros hechos que dio origen a la primera leyenda. En 1749 Juan Francisco de León encabezó una rebelión apoyada por el ayuntamiento en contra del monopolio que ejercía la compañía Guipuzcoana, tomando la Plaza Bolívar un 19 de abril –curiosa fecha- para conseguir la libertad económica. El gobernador Castellanos, rodeado, prometió hacer reformas. Pero lo que hizo en realidad, según la historia, fue huir a través de un túnel ubicado en la

casa de la esquina del Colegio Santa Capilla (que en aquel entonces se llamaba esquina de San Sebastián), y que llevaba a la quebrada de Catuche, la principal fuente que abastecía a Caracas de agua potable por aquella época. “Por ahí se escurrió el gobernador Castellanos, y fue a parar a La Guaira, y cuando todo el mundo estaba preguntando por él, ya se encontraba en una vela en Altamar con rumbo a España para meterle el chisme a Su Majestad”. Un siglo después daría luz a nuevos rumores, pero en este caso la controversia religiosa haría mantener el mito sólo entre los susurros de los fieles. No fue sino hasta la década de 1980 en que se volvería a hablar del enigma: un túnel que comunicaba al Monasterio de San Francisco con un convento de monjas. Durante las restauraciones del Palacio de las Academias (que era el antiguo monasterio, el primero de la ciudad), llevadas por el arqueólogo Mario Sanoja, se dice que se descubrió el pasadizo que comunicaba a las dos edificaciones (el convento fue demolido en 1874 y se ubicaba en lo que es hoy la sede de la Asamblea Nacional). Se dice, también, que en la dice exploración de ese pasadizo se encontraron restos de fetos humanos y todo un mundo escatológico que componía el cuadro de encuentros y hechos clandestinos que los miembros eclesiásticos celebraban resguardados en el submundo. Se dice… pero nunca se comprobó. Este “descubrimiento” terminó añadiéndole un nuevo escaño al mito originario. Probablemente las leyendas populares ameriten renovarse con los años.

de la ciudad: una cripta en la catedral de Caracas, una pequeña bóveda en el Teatro Municipal, los viejos túneles del tranvía, los del antiguo ferrocarril de Petare a Santa Lucía. Todos son, o pequeñas cavidades subterráneas que forman parte de una infraestructura específica, que no llevan a ningún camino, o viejos túneles abandonados, pero no secretos. Las instalaciones del viejo tranvía, entre Caño Amarillo y El Silencio, pasaron a ser el refugio de indigentes y delincuentes. Por eso, muchos de estos túneles han sido tapiados, haciendo imposible su acceso. Esos serían los verdaderos caminos que esconde Caracas. Viejas vías de transporte de un pasado industrial lejano, abandonadas por las nuevas tecnologías que impuso la modernidad. Pero la idea de túneles secretos, de fuga o de lujuria, es para Carreño un hecho improbable: “es una obra muy difícil de ocultar, aparte, el reto físico de esa ingeniería improvisada que se ha tenido que practicar y de la notable inversión económica. Simplemente no era algo rentable”. Descubrimientos de pozos verticales, como en la Villa Santa Inés en Caño Amarillo o la casa de la familia Mendoza en el boulevard del Panteón, también han originado la aparición de leyendas sobre pasadizos ocultos. Pero ninguna hipótesis ha sido comprobada. Tampoco abundan los estudios sobre el tema. Todo se queda en el folklore popular.

complicidad con Nehemet Chagin Simón, “El árabe”. La construcción de un túnel clandestino es lo más increíble de todo el relato. La tarea llevó más de tres años, y su ejecución pasó a ser un hito en la historia de los escapes políticos del país. Pero ante los aires de aventura, resulta un poco decepcionante ver el único registro que existe de ese túnel: una pequeña abertura de menos de un metro de longitud en el traspatio del Cuartel, con la inscripción: “Fuga de la dignidad /1973 / 23 Presos Políticos”. Ni más ni menos. La exploración del camino completo que llevaría hacia el exterior del cuartel, justo donde queda actualmente la sede de los bomberos de la parroquia Altagracia, no se ha explorado. Los representantes de la Fundación Capitán de Navío Manuel Ponte Rodríguez, encargada actual de la administración del Cuartel, aseguran que ese camino fue tapiado por la Cuarta República. Un informe escrito por Mariana Flores, antropóloga investigadora de Excavaciones Arqueológicas Consultores C.A., hace un recuento de las excavaciones realizadas en el año 2006 por el Instituto de Patrimonio Cultural del Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Pero los resultados no arrojan el descubrimiento y la exploración del famoso túnel. La única evidencia es la reseña histórica escrita por sus propios autores.


De existir al menos uno de estos caminos secretos que durante años se esconden en el submundo caraqueño, pruebas de un pasado colonial del siglo XVI o de un turbulento enfrentamiento armado en el siglo XX, no parece ser un tema de interés general para los pobladores capitalinos del siglo XXI. Quizás los habitantes ya se sienten perdidos dentro de las complicadas redes superficiales que tejen la ciudad, para intentar aventurarse a lo que se esconde debajo.

Lo improbable y los hechos__
Las historias que ha compuesto la narrativa urbana sobre los pasadizos subterráneos son infinitas. Ninguna ha sido comprobada, pero muchas parten de nichos y cavidades que sí han sido explorados. Rafael Carreño, Vicepresidente de la Sociedad Venezolana de Espeleología, hace un recuento de sus expediciones a través de esas ruinas que esconde el subsuelo

El Cuartel __
De todas las historias de pasadizos, parece ser una de las más recientes. “La fuga del Cuartel San Carlos” es un libro escrito por uno de sus principales protagonistas, Guillermo García Ponce, y se relata con detalle cómo fue la planificación del famoso escape en

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Por SIMÓN MARACARA

La viuda de Edickson Antonio Contreras cuenta que unos policías le mataron a su esposo sin causa aparente: “Se creen Superman porque cargan un uniforme y una pistola. Le han dado un gran regalo a mi hija del Día del Padre”, acusa la mujer, indignada, frente al frío metálico de una videocámara. Instintivamente busca una respuesta de la joven que sostiene el micrófono, la reportera que le pidió hace unos minutos que compartiera su dolor para el noticiero de la noche. María Alejandra Fernández, la periodista de sucesos, evita su mirada para evitar el llanto. No lo logra, mastica chicle pero las esquinas de sus ojos brillan frente al relato. Es en ese instante cuando comienzo a conocerla. Le dicen Lelo y tengo un día y medio corriendo junto a ella, buscando las tragedias personales de Caracas para rellenar la parrilla de programación del canal de televisión. “Corre que Lelo ya está saliendo…”. Pausa dramática. “Conoces a Lelo, ¿verdad?”. Miento. Corro por unas angostas escaleras, salgo al estacionamiento y veo que me hace señas con un Blackberry en la mano y medio cuerpo dentro de la camioneta, que ya tiene el motor encendido. “Hola, mucho gusto, María Alejandra Fernández. Vamos primero a la morgue, y después a confirmar la primera muerte por A H1N1”, le explica al chofer y enciende el primer cigarrillo de aquel sábado de guardia. Rodamos por Plaza Venezuela, la mañana encandila y los ánimos –al menos los míos– se inclinan más hacia el viaje de playa. En cambio me encuentro intruso en una camioneta Terios, que en lugar de la cara de Bob Marley o una tabla de surf en el parabrisas trasero, luce una pequeña calcomanía de ToyoClub en la puerta. “¿Pero de qué es tu trabajo?”, me pregunta Lelo, arrugando la nariz tras el viento, el humo de su cigarro y su

cabellera negra volátil. Me resulta difícil explicarle, pero ella entiende y responde mi interrogatorio. María Alejandra estudió Comunicación Social en la Universidad Santa María y se graduó en 2005, “mención corporativa”, añade antes de reírse consciente de la ironía. A diferencia de los reporteros de otras televisoras, no usa traje formal ni tacones altos. Un suetercito blanco, unos jeans y un par de zapatos de tela son el uniforme: “porque estás entre policías y malandros todo el día, tú sabes, tampoco es la Asamblea… donde está toda la gente respetable”. Chofer, reportera, camarógrafo y fisgón sonríen minutos antes de llegar a la morgue de Bello Monte. Un tufo delata la primera parada del día y desde la otra acera nos gritan “Paz, Amor, Buenos días, niña”: es Chiripa, el señor que limpia las camionetas hediondas a muerte y el Garganta Profunda del equipo reporteril. “Hoy hay dos nada más, ahorita es que fueron a buscar a otro”, informa como si de carros en un taller mecánico se tratase, y Lelo enciende el segundo cigarro. El micrófono bajo el brazo, el BB y la cajetilla Belmont en una mano mientras fuma con la otra. María Alejandra es la primera periodista en llegar a la morgue la mañana del sábado y el informante emocionado comparte lo que sabe: sólo dos muertes en un fin de semana de quincena en Caracas. Increíble. Chiripa no me conoce pero hace como si fuéramos primos, casi hermanos, al contarme del muerto de días atrás, el que llegó sólo con la camisita y los interiores; y cuando puede, dramatiza la escena de otra crónica policial, una de las tantas que él podría estar escribiendo y yo imagino. Comienzan a llegar los periodistas de los otros medios, familiares con Lelo y Chiripa, también llegan funcionarios del CICPC y se acercan para saludar a la única mujer del grupo. Lelo, sentada y con las piernas cruzadas, recibe unos saludos, intenta ignorar otros y lanza su cabello de

Pocahontas sobre el rostro, mientras revisa su teléfono celular fingiendo estar ocupada y de mal humor. Se abstiene de participar en la conversación. Los que se despertaron tarde no dejan de asombrarse de la baja tasa de mortalidad sabatina “¿será que tomaron conciencia los malandros?”, y ríen en grupo. “Es que ni siquiera hoy huele mal”, añade Lelo sobre el tufo que me acosa y me hace agradecer el madrugador desayuno, “ayer olía peor”. Todos los días, de lunes a viernes, y un fin de semana al mes, la morgue de Bello Monte es parada obligatoria para Lelo a primera hora del día, saliendo a las seis de la mañana del canal para recorrer la ciudad bajo las instrucciones de Juan Beaumont, coordinador de prensa, o persiguiendo historias que trafica con los colegas de la fuente. Beaumont recuerda que Lelo llegó al canal hace seis años y llevaba el pelo muy corto; con orgullo asegura que la ha visto “formarse”, pasando de pasante a hacer unas vacaciones, de quedar fija en el generador de caracteres a ser productora y redactora de prensa, luego coordinadora de estudio, y ahora reportera de sucesos desde los últimos cuatro meses. Juancito (su nombre de pasillo) resalta el profesionalismo como reportera de María Alejandra, pero reafirma que Lelo trae historias cargadas de emoción, “los reportes que hace le parten el corazón a cualquiera”. Y es válido, asegura, aunque tiene sus reservas. Como no hay nada que hacer en “la capital del dolor”, Lelo decide irse. “A buscar algo”, le explica a sus colegas, celosa del dato periodístico. Arrancamos al Hospital San Juan de Dios, que aparece tenebroso, y no bajo la nube de la pandemia sino por la soledad y el hermetismo del secreto. Los columpios dejaron de moverse al vernos llegar y las risas entraron corriendo a puertas cerradas. Hay un timbre. “Hola…”, comienza Lelo, pero lee en su cara la noticia y confiesa, “te voy a decir la

verdad: yo soy periodista y vine a confirmar la muerte de la niña por gripe porcina”. Alguien se ríe y nos dice que no hay autoridades en el recinto para confirmar o desmentirnos. Sin autoridad no puede salir la noticia. “Primero cierran el canal y después nos meten presos a nosotros”, conscientes de la baraja política que se juega en la planta televisiva. Vamos al ministerio que deben estar preparando una rueda de prensa. “Acá puramente han llegado unos chóferes”. “¿Y usted de dónde viene señorita?”. “Ah, ¿de Plomovision?”, y se ríen. Horas más tarde, la suerte me alcanza y me regala veinte minutos a solas con Lelo en la UCV, sin siquiera planearlo, sentados como indiecitos en el suelo. Es mi oportunidad de desarmarla. La había visto llorar con el micrófono en la mano media hora antes y las posibilidades de su historia se multiplicaban en mi mente. Le pregunto por historias similares, de dolores y valentías, de deseos y querencias, de rituales y métodos. “Me vas hacer llorar otra vez”, me amenaza y no me miente. Busca para encender un cigarro. Cuando le dijeron que le tocaba cubrir la fuente de sucesos no sabía que le podía afectar tanto “ser la portadora de tan malas noticias”, al punto de que más de una vez ha gritado no querer volver nunca, que va a tomar sus macundales y no llegará a la oficina. Pero todos los días vuelve y todos los días llega a la morgue: “Cada quien lucha desde su trinchera y ese es mi granito de arena, contar historias tristes, eso sí, todos los días me baño con sal marina para soltarme de esa mala vibra”.

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Por MARÍA CAROLINA SUÁREZ

Se pactó la hora, pero aún faltaban el cómo y el dónde. Se cumplió con lo previsto: recorrer la ciudad y esperar la llamada que dictaría la pauta para reunirse con el sujeto a entrevistar, un asesino asueldo. Sí, un sicario. A las dos de la tarde y con mucho retraso, suena el timbre del teléfono de “Juanchis”, el anfitrión y enlace con el delincuente, en plena “Tierra del Sol Amado”. -¿En qué carro andan, compadrito?- preguntan del otro lado del teléfono. El marabino dicta la característica de su vehículo e, inmediatamente, cual juego de niños, le responden: -Cierra los ojos. Cuenta hasta tres… ¡Sorpresa, estoy atrás de ti! Ciertamente fue una sorpresa, pues “Juanchis”, oriundo de la zona y víctima de varios atracos, sabe que rodar por la ciudad en una camioneta Pick-up del año puede resultar letal. Es por ello que se ha vuelto tan detallista con los carros que van detrás y delante de él mientras maneja. Pero al Fusion azul, de vidrios ahumados impenetrables, que le hacía cambio de luces en la Avenida Bella Vista, no lo había visto en ningún momento de las dos horas y cuarto que tenía dando vueltas por la ciudad. “Juanchis” se orilla, el vehículo azul se estaciona detrás y, al cabo de unos minutos, un hombre alto, moreno y con un marcado sobrepeso se baja, amagando con sacar su pistola que aun debajo de su camisa se deja ver. Camina hacia la camioneta. -¿Qué fue, compadrito?- Le dice a “Juanchis”, en el mismo momento que abre la puerta de atrás y el cañón de su arma apunta al interior de la camioneta. ¡Irónico, que llame “compadrito” a alguien a quien está apuntando! Pero parece que eso es lo normal, pues “Juanchis” ni se inmuta. Estos “compadres” se conocen desde hace años. “Juanchis”, quien sirvió de contacto con el sicario, es un joven hijo de ganaderos de la zona Sur del Lago de Maracaibo, que en un momento de su vida sintió la necesidad de estar escoltado, y quien le ofreció dicho servicio de protección durante más de un año es el mismo que ahora le apunta, entretanto no descarte el peligro. -¿Qué te enseñé, yo? ¡Qué desconfiéis hasta de la sombra! ¿Acaso todavía no habéis aprendido? Desconfianza como medio para sobrevivir__ Salir por las noches, tomarse unas cervezas o cualquier evento social dentro de la ciudad implica para él un estado de estrés: sentirse a salvo en multitudes le resulta imposible. Sin embargo, él, atento a cualquier movimiento en falso, cumple algunas reglas que, aunque no son infalibles, lo han ayudado a mantenerse con vida: Sus ojos no cesan de moverse y su cuerpo se posa en lugares que impidan el acceso a su espalda y desde donde él pueda ver todo, o casi todo. Es una reacción espontánea, que ha desarrollado con el tiempo. Quien ignore su oficio diría que está paranoico, por la cantidad de veces en las que cree estar en peligro de muerte. Pero no, no es paranoia, porque con un arsenal de víctimas como las que Darío tiene a sus cuestas, es comprensible este

comportamiento. En el mundo animal, y también en el criminal, lo llaman instinto de supervivencia. Sin embargo, sus enemigos no representan su mayor amenaza, sino sus amigos. “A los enemigos uno los tiene marcados, podéis prever sus movimientos, conocéis en qué andan. Pero a tus amigos, a tu familia no les veis las intenciones con las que vienen, siempre creéis que vienen de buenas”. Darío ha sido testigo de innumerables casos de traición, en los que “el compadrito” entrega a los suyos. Para cualquier médico o costurera, recibir una llamada de un viejo amigo resulta una agradable sorpresa. Para este asalariado asesino, una llamada o una visita repentina parecen ser el ticket de entrada a la muerte. -Él me dice que vos me queréis conocer a mí. Pero, a cuenta de qué. Y aunque me convencieron, viste cómo llegué: no me vine a ciegas, vi que estuvieran solos, revisé, miré. Porque puede ser una trampa de cualquiera. La amistad no existe cuando hay otros intereses de por medio, por lo menos no en mi mundo. Uno no se puede confiar nunca- repitió. Si en su sombra no confía tampoco lo hace en su mujer. Para él las mujeres suelen ser las más peligrosas, por sus cualidades de ser pasionales y vengativas. “Pueden sapearte, venderte al enemigo; porque ellas no ignoran en lo que andáis y conocen de quienes te cuidáis y contra quienes obráis”. “Darío nunca me dice cuándo va a venir, de pronto un día se aparece. Él no dice qué va a hacer, ni a quién va a matar. Y yo prefiero no enterarme”, confiesa Elba, su actual pareja y madre de su única hija. “Y cuando llega lo primero que hace es darle un vistazo a la casa, como si creyera que escondo a alguien”. Para Darío no divulgar sus pasos a la pareja es la lección aprendida de sus amigos muertos. Muchos de ellos fueron traicionados por sus mujeres luego de un problema marital, y éstas optaron por darle información valiosa al enemigo. Pero él no sólo ha sido testigo de traición, sino también ha sido el traidor. Yender fue su compañero por mucho tiempo. Trabajaron juntos escoltando a un duro, viajaron a varias ciudades del país a hacer algunos trabajos, y hacían las típicas cosas de amigos. Según, Darío, el único problema de Yender aparecía cuando bebía: “Se iba de sapo, decía qué acabábamos de hacer, dónde. Y un día dijo algo que no podía estar diciendo”. -Tenéis que matarlo. Así no nos sirve- fue la orden que Darío recibió. Darío se negó, pero su superior lo ultimó: -Entonces sois vos el sapo. O sois vos o es él. La noche siguiente Darío irrumpió en la pieza donde Yender se vestía. Su amigo lo saludó con gran afecto, como siempre, y le comentó los planes para la noche. Pero, él interrumpió el discurso para comenzar su trabajo. -Hoy te toca morirte- le dice Darío a Yender. -Algún día tenemos que morirnos- responde irónicamente.

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-No, compadrito, estoy hablando en serio- le aclaró Darío, mientras sacaba su arma, y le vaciaba el peine en su pecho. “Él no tenía malicia conmigo y por ello fue descuidado. No le dio tiempo de pelar por su pistola”, aclaró Darío, con lágrimas en sus ojos, antes de recordar a la madre de quien fue su compañero llorando entre sus brazos: “Yo fui a pedirle perdón y a explicarle por qué lo había hecho, y cuando su mamá me vio se me abalanzó encima a llorarme, y me decía que vengara la muerte de su hijo, al que habían matado como a un perro”. La delincuencia organizada__ En Maracaibo el crimen organizado es también la ley. No es de extrañar que al pasearse por el estacionamiento de cualquier centro comercial, el común de los vehículos tenga en el vidrio izquierdo, en la esquina inferior derecha, una calcomanía con un nombre o un signo que representa el emblema del grupo que lo protege de ser robado. A esto se le llama vacuna y es una industria: por esto, hay que pagar. Existe una organización criminal muy grande de la que Darío es participe, que prácticamente abarca todo Maracaibo y a la que muchos delincuentes desean entrar para ascender. Estar dentro de este grupo es una cuestión de lealtad al jefe máximo, y de respeto a los superiores directos. Los superiores son los primeros, siguen los de poder medio, quienes bajo su tutela tienen a los nuevos sicarios: los más rasos, los que no piensan, o no opinan; los que están programados para obedecer. Darío se siente a gusto con su puesto medio de poder. No aspira a más, a pesar de sus veinticinco años en la organización. Él es el ejemplo de los delincuentes inexpertos, que admiran sus hazañas y aprecian sus consejos. Es una especie de leyenda entre los “desechables”, calificativo con el que llaman a los rateritos que recién comienzan en el oficio de matador. Recibir elogios como: “Chamo, vos sí sabéis”, “yo quisiera ser así”, por parte de sus pupilos es la verdadera razón por la que Darío prefiere seguir siendo un mando medio, un reclutador y/o entrenador. Al hablar de esto, recuerda con alegre soltura uno de sus conejos preferidos: “Si hay un carro sospechoso, dispárale a cualquier pasajero, pero nunca al chofer porque él por instinto va a arrancar, si no, tenéis que caerte a tiros con todos los demás”.

el resto para el ejecutor. Pero si es el jefe superior quien ubica al infortunado que casi seguramente ve a morir, por lo general van a medias. Según Darío “una vida cuesta lo que cuesta una bala”. Sin embargo, el costo de su trabajo depende de dos variables: quién será la víctima, y quién contrató los servicios. Si el trabajo resulta peligroso, oscila entre unos 100 mil bolívares; si no, unos 30 mil. Una vez que se está contratado, Darío no piensa en que su objetivo, el hombre a matar, es padre de familia, tiene una mamá, una esposa, o unos hermanos, él se imagina a un hombre vil, lo vuelve su enemigo. Darío se desespera, entra estado de ansiedad, el sentimiento de persecución aumenta: vive una paranoia total cuando tiene un trabajo pendiente. Para este sicario, este nerviosismo es relativamente reciente, y se la atribuye a la madurez: “Cuando uno es joven uno es osado, no valora su vida. Pero ahorita que uno tiene un chamo, que uno ha vivido más, le tiene apego a vivir”. Aunque esta es “su profesión”, Darío recibe sus quince y últimos gracias al servicio de protección que presta, tanto de vehículos y hogares, como de la misma vida, pues se emplea como escolta. Esta seguridad también se la otorga exclusivamente a personas que no tengan conflictos con el capo de su organización. Ser escolta le resulta mucho más rentable que aventurarse en el mundo de la vacuna de vehículos o, en el de los secuestros. Ofrecer el servicio de protección le ha dejado una gran cantidad de “compadres”, de “amigos”, de quienes continúa sacando beneficios aún después de dejar de laborar para ellos. “Siempre te dan un becerro, te ayudan por ahí, una cosa u otra. Claro, uno también lo ayuda, si le robaron el carro, uno mueve sus contactos para que se lo devuelvan sin pagar rescate, si necesita que le dé folle a alguien se lo hago como favor”. Darío comenzó su oficio en el mundo del sicariato hace veinticuatro años, cuando tenía quince. Su profesión comenzó a raíz de las disputas que tenía en su colegio. Él por ser gordo, pequeño y negrito, era el blanco preferido de los más grandes y fuertes, hasta que “Juan Pistola”, el amigo de su familia, le regaló un arma. -Ven para acá- lo llamó Juan, y lo invitó a contarle lo que le había sucedido. Juan sacó su pistola, y se la puso en la mano al jovencito: -¿Sentís el poder que te da?- El joven afirmó con la cabeza -Bueno, esto se usa para enseñarle a los demás quién es el que manda, para infundir respeto, pero esto no es un juguete ¿Sí me entendéis? Cuando uno la saca es para usarla, no para amenazar a alguien por ahí. “Con una pistola la gente dejó de meterse conmigo. Me hice popular, me convertí en el admirado, eso me dio grandeza”, dice Darío. Su primer trabajo fue asesinar a un ‘don nadie’, la paga fue muy poca. Pero ese dinero le dio para regocijarse aún más entre sus amigos. “Y así fui haciendo uno y otro trabajito, acostumbrándome a este estilo de vida, ahora soy como un Dios, porque tengo el poder de conceder el perdón de la vida. La quito cuando me plazca”.

Trabajando__ Darío es un sicario, presta un servicio y cobra por ello. Antes de cumplir con su objetivo, todo hombre que pertenezca a esta legión de asesinos, debe investigar si el sujeto a matar es amigo o enemigo del capo. Si es amigo, el objetivo cambia radicalmente, y su nueva misión es acabar con la vida de quien deseaba contratarlo. El porcentaje en la repartición del dinero por el trabajo depende de quién lo consigue; si es un amigo, un igual, casi siempre es una tercera parte para él y

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Por MANUELA MOORE

Cabello negro, largo y brillante; piel blanca, pálida, pero no lechosa; risa fácil, aguda y contagiosa; manos delicadas y brazos delgados; una boca que más parece una flor o una fruta tentadora; una nariz delgada, fina, nada protuberante; senos naturales, pequeños y de pezones rosados; trasero redondo, muy redondo, de esos que uno ve y le provoca pellizcar, o nalguear con picardía; y un pene nada chiquito, pero tampoco bestial. Todo eso tiene Francis –gracias a la madre naturaleza y a sus amigas las hormonas–, todo eso y mucho más. En medio de un mundo segmentado en submundos que se rechazan entre sí, donde lo normal es el estereotipo y el uso de etiquetas; donde eres emo, testigo de Jehová, sifrino, hippie o judío, conseguimos dos entes que tienen ciertas relaciones entre sí: los GLBT –Gays, Lesbianas, Bisexuales y

prostitución y se entremezclan dentro de la poblada Caracas sin llamar la atención. Dentro de ese grupo está Francis. Ese es el nombre que escogió, quitándole el “co” final a su ex-nombre. “Hace tiempo, un amigo, influenciado por mi mamá, me dijo que mi problema era psicológico, que hiciera un ejercicio quitándome la ropa lentamente frente a un espejo grande, fijándome en cada parte de mi cuerpo, para que me diera cuenta de que no tenía nada femenino. Cuando me quité la camisa vi que tenía brazos delgados y manos finas, y pensé que tenía que hacer ejercicio para ponerme más grueso; luego me quité el pantalón y vi que tenía cintura, piernas finas y genitales masculinos. Ahí me di cuenta de que eso era lo único masculino que tenía”. Y eso sigue ahí a falta de unas cuantas decenas de miles de bolívares actuales para un pasaje a Tailandia, y el pago de la que para muchos entendidos del mundo trans es la mejor vaginoplastia del mundo. “Nunca me sentí en un cuerpo equivocado sino con genitales equivocados”, dice Francis con total naturalidad, y no es difícil creerle cuando todo a simple vista se ve femenino. Por supuesto, el look que tiene hoy en día se debe, en parte, a un tratamiento continuo de estrógenos y progestágenos. Gracias a la magia hormonal le crecieron –sí, sí, le crecieron– senos; eliminó en gran parte su vello corporal; el cabello se le fortaleció; su cuerpo empezó a acumular grasa en la cara y en los glúteos y los rollos fueron bajando progresivamente de su cintura a su cadera. Para asombro de muchos, tiene una sola cirugía encima: le sacaron el ojo izquierdo debido a una toxoplasmosis. Pero la verdad no parece afectarle. Es coqueta y, aunque no siempre se maquilla, se preocupa por imponer la moda; innumerables veces se ha pintado el cabello, se ha vestido como una rockera gótica sadomasoquista y se ha hecho una barbaridad de sesiones de auto-fotos con esa maravilla moderna llamada webcam. Durante su vida, ha sido muchas veces tratada como mujer, no es para nada sobreactuada e incluso sin maquillaje y sin ropa ajustada se ve muy femenina. “De niña siempre me decían que el

baño de las mujeres era al lado, así que un día empecé a entrar; ahí nadie me trataba distinto, pero si alguna vez alguien decía que el baño de hombres era el otro no me importaba”. Nunca quiso tener novia, únicamente le gustaban los chicos. Su primer beso se lo dio una puberta a los doce años; estaba enamorada de él. Lo besó y él vomitó al instante. Después de eso no volvió a atraer al sexo femenino; bueno, al menos hasta antes de convertirse en transexual, luego las lesbianas la rondaban como moscas; en ese momento se dio cuenta de que las discos de ambiente no eran lugar para transexuales como ella. “De hecho, conocí a una lesbiana que se enteró de que yo era transexual y dijo: ‘No importa, tienes lo mejor de ambos mundos’. Y yo me dije: ‘¡¡¡No!!! ¡Qué horrible! (…) ¡¡Yo no soy lesbiana!!’”. La atracción no deseada de las otras mujeres hacia ella, aunada a su desdén por la rumba, hacen que ya no frecuente las discos Triskel, Cool Café y Revolution. Pero gracias a una de esas discos fue que, hace aproximadamente cinco años, conoció a Rummie Quintero, directora de Diva´s de Venezuela. Fue por ella que se enteró de un taller de fotografía que la Fundación Arte Emergente decidió hacer con chicas trans y que iba a ser dictado por el fotógrafo Nelson Garrido. Nelson –entusiasmado con la idea de enseñarle a transexuales, pero con la incómoda sensación de exclusión– decidió que era mejor y más interesante integrarlas –absolutamente becadas– de una vez en el taller básico 1 que hace para todo el mundo. Esa beca absoluta incluía darles cámaras de la Organización Nelson Garrido –ONG–, lo malo es que la cámara que le tocó a Francis estaba “esperoladita”: tenía entradas de luz, así que de los primeros cuatro rollos solo pudo salvar dos fotos. Y, a pesar de eso, recuerda con entusiasmo: “Me pareció mágico poder congelar una imagen en una película y después poderla copiar”. Para lograr tomar fotos, la cámara fue recubierta con teipe por todos lados hasta que pudo mandarla a arreglar. Luego fue contratada como profesora de práctica de iluminación y laboratorio y fue convirtiéndose progresivamente en mucho más. Hoy vive, literalmente, en la ONG. Atiende el teléfono a tiempo completo, hace diligencias en el banco, abre la puerta, es la asistente de Nelson Garrido, da clases y ayuda en todo lo que sea necesario. En fin, es la viva estampa del utility. Y aunque dar clase no es su fuerte –“siento que soy una chama dándoles clase a otros chamos”–, tomando fotos no se siente incomoda. Descubrió en la fotografía una forma de expresión, de catarsis que, como arte que es, le abrió los brazos como a

Transexuales– y los artistas. Para qué negarlo, el arte y la diversidad sexual han sido amigos desde épocas ancestrales –si no pregúntenle a Platón, a Leonardo Da Vinci, al mártir García Lorca y a su amante Salvador Dalí, a Pedro Lemebel o a Esdras Parra–. Sí, el arte y la diversidad han sido novios, amigos, amantes; claro, el primero siempre siendo promiscuo, como un dios del Olimpo que abre sus brazos –y piernas– a todos sin ningún tipo de prejuicios, ya sea caballo, humano o espuma de mar: todos tienen espacio en el arte –o más bien el arte tiene un espacio en todos–. Asimismo, dentro de sus tesoros, están los transexuales. Claro, de una vez la palabrita hace las veces de interruptor y trae a nuestras mentes un arsenal de individuos excéntricos de trajes insinuantes y lentejuelas infaltables, habitantes nocturnos de la Avenida Libertador. Pero lo que el prejuicio no quiere saber es que existen también transexuales que llevan una vida alejada de la

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un buen amante. Así, juntos –el arte y Francis–, hicieron, entre muchas otras, la muestra Homenaje a los grandes maestros, donde la readaptación de fotografías con semen es la regla. Y de ese modo, sintiéndose chama, vive, como ella dice, con la edad de Cristo y, como alguien agrega, con la cruz a cuestas: ese titán llamado sociedad y familia. Sí, el trato con su familia es diplomático; a excepción de su mamá, que aun la llama Francisco. Francis dice que su mamá es un transexual masculino: con su pelo ultra corto, sus franelas grandes, sus pantalones anchos, sus zapatos unisex y su piel siempre libre de maquillaje. Sus hermanos –“somos cinco, yo soy la única hembra”– son, como ella misma dice, unos machistas. “El machismo es lo peor que puede haber. Creo que el machismo es la raíz de muchas cosas, de que la homosexualidad y sus derivados no sean aceptados y de que la mujer sea maltratada. Y lo peor es que el machismo está arraigado en el matriarcado, porque es la madre soltera la que cría al hijo y lo enseña a ser machista: que tiene que ser el que lleve todo hacia adelante, el que tenga muchas mujeres porque si no no es macho”. Sonríe y luego dice: “A mi mamá le falló la fórmula conmigo”. Vivió una infancia que, en los primeros años, estuvo marcada por el nomadismo; de una ciudad a otra después de unos cuantos meses: Caracas, San Cristóbal, Mérida y La Guaira. Y, mientras todo eso ocurría, desde el primer momento, ella recuerda haberse sentido niña. “No me gustaban los juegos de niños”. Envidiaba a las niñas que tenían Barbies, y quizás por eso cometió su único delito. ¿Delito? “Robarme una Barbie, la primera que tuve. Era una Barbie negra, nunca había visto una así. Mi mamá me llevó a casa de una amiga y la hija de la amiga tenía una colección: la piscina de la Barbie, todo de la Barbie… Y tenía una Barbie negrita a la que le había comido los brazos y los pies y a la que le había puesto un vestido de sirvienta, así que yo dije ‘ay, ¿puedo jugar contigo?’ y me dio fue esa muñeca y me sentí así como que denigrada; de hecho, la muchacha es morenita y me parecía insólito que todas sus Barbies fueran rubias y la única negra fuera la cachifa. Me imagino que era lo que veía en la televisión”. A los dieciocho un amigo gay le dijo a su mamá que –el en ese momento Francisco– era gay, así que ella lo encaró y a él no le quedó más remedio que confesarlo; ella le dijo que no quería un hijo así y que si iba a seguir ese camino se fuera de la casa. “Y me fui de la casa”. Después de eso el amigo gay se sintió culpable y le dio techo; la madre fue en su búsqueda un año después y Francis volvió a vivir con ella, pero inmediatamente empezó a decirle que no se vistiera de tal manera, que no tuviera el cabello de tal otra, que no hablara de tal forma, así que decidió irse a vivir sola. Luego de mucho buscar, finalmente lo logró a los veintidós. Admira a las chicas travestis de closet que sufren en silencio y se casan y tienen hijos porque eso es “lo correcto”. Su mamá la incitaba a llevar una vida heterosexual, pero ella no quería casarse con alguien para después decirle: “Mira: toda la vida fui un disfraz y esto es lo que realmente soy”. En su cédula aparece el nombre Francisco Manuel Mora y resaltan las palabras “soltero” y “venezolano”. Cédula de identidad vs. identidad. Mostrar la cédula para un transexual conlleva el karma de explicar una y otra vez por qué su documento no parece de él. Para el trans es el fantasma de un pasado infeliz, el recuerdo permanente de no haber nacido con el sexo con el que se identifica. “La mujer es la obra más perfecta que ha creado Dios, el hombre fue el boceto para crearla; me parece un ser muy perfecto porque, ¿sabes?, a pesar de necesitar de la ayuda del hombre para procrear, es quien durante nueve meses lleva una vida dentro de sí y es quien la ayuda a alimentarse y a vivir; y después de eso todavía es quien amamanta al bebé. O sea, me parece el ser más maravilloso; de hecho, a veces le pregunto a Dios por qué no me dio… esa virtud”. El hecho es que, mujer o no, ha tenido ya dos parejas. La primera, durante seis años, era un bisexual indeciso al que un día le gustaban las mujeres, otro día los hombres y otro día los transexuales. “Era un perro”, dice sin problemas Francis, que cree que la bisexualidad es la no aceptación de la homosexualidad. La segunda pareja, con la que lleva ya ocho meses, es un heterosexual al que conoció por Internet y que, sin poder alejarse de ella, se enamoró sin importar su condición. “Cuando me vio por primera vez me besó y luego me dijo ‘¿quieres ser mi novia?’ y yo grité ‘¡¡¡SÍ!!!’”. Es una apasionada. Con el primer novio empezó a vivir desde el día en que lo conoció; con el segundo, quizás por la experiencia, esperó un poco: dos semanas. Hay que tomar en cuenta que no tuvo ninguna relación con un chico hasta cumplir los veintiséis. Como a todas las niñas, le encantan las historias de princesas y príncipes azules. Además, tiene una deuda con ese niño que alguna vez fue, ese que ansiaba ponerse vestidos de corte princesa. “Cada vez que hay un evento aprovecho y me compro uno así; (suelta una risa aguda) tengo uno verde igualito al de la princesa Fiona en Shrek”. Sus primeras experiencias sexuales fueron traumáticas. Su ex-novio (¡LEO! Francis leyó el perfil y aquí hubo una confusión, tengo que quitar este inciso “–que estuvo con ella por seis años–”, el de los seis años fue, como ella dice, su primera pareja; el que le quitó la virginidad fue

un novio –nada serio–. Para ella novio y parea son cosas distintas, me acabo de enterar. Por lo mismo el cambio en el verbo de la línea de abajo) pensaba que no era su primera vez. Después de eso, en un año, como mucho, lo hicieron dos veces. Hoy en día su vida sexual es normal gracias a Andry. “Mi gordo”, como diría Francis, es un moreno alto, diez años menor que ella, empleado de Farmahorro. Francis tiene suerte: no ha tenido que trabajar cortando pelo y tampoco vendiendo su cuerpo, los dos oficios más comunes de los más de diez mil trans que hay en Venezuela; encontró un lugar en el que es aceptada, querida y apreciada. Lejos de su refugio necrofílico en la ONG –lleno de imágenes religiosas, oscuras, bizarras; animales muertos; íconos pop; objetos kitch y cientos de libros de fotografía– hay un mundo donde la muerte aterra, la religión es un modo de vida y los transexuales causan fobia. Pero Francis, cual Rapuncel, se queda encerrada en su castillo y su príncipe la acompaña adentro.

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Por RUTH MUÑOZ

Un calamar, vecino de una esponja de pantaloncillos cuadrados, un muchacho enloquecido por la gaseosa de naranja y un gángster elegante que debe soportar el engaño de su esposa. Un famoso personaje infantil adorado por los niños, un hermano Warner muy hiperactivo y alegre o un personaje no identificado que expresa placer a través de su voz. Una figura mitológica japonesa que adopta forma humana para llevar a sus víctimas al infierno, un divertido Frankenstein de color púrpura y una princesa que revive los clásicos cuentos de hadas. Renzo Jiménez, Rafael Monsalve, Guillermo Martínez y Melanie Henríquez. Cuatro voces detrás de un sin fin de personajes. Subiendo hacia el Ávila por Altamira, se encuentra una pintoresca casa llamada Old England, que alberga a los estudios donde se desarrolla el Curso de Doblaje Profesional dirigido por Renzo Jiménez. Allí veo a Guillermo Martínez, director y actor de doblaje, encargado del funcionamiento de este estudio. Veinte años de trayectoria lo han llevado a especializarse mayor mayormente en comics y documentales para compa compañías como Discovery Channel y Animal Planet. Martínez ha realizado diversos papeles en series animadas. Su favorito es Wanyudo, personaje humanizado de la mitología japonesa dentro de la serie Hell Girl. También caracterizó a Papá, Girl. padre de Noelle, la protagonista del anime I’m gonna be an angel, considerada por él como su angel, actuación más difícil. Papá es un frankenstein de color púrpura con cambios constantes de ánimo, tiene un fuerte sentido de protección y siempre discute acaloradamente con su hijo mayor. Gritar, es lo que hace la mayor parte del tiempo. El Curso de Doblaje Profesional dictado por Renzo Jiménez busca formar actores que no solo imiten la voz original del personaje, sino que lo caractericen, que la interpreten. Él ha descubierto más de 70 voces nuevas, desde señoras cincuentonas hasta un niño de 10 años. El lema de la escuela reza que cualquier persona, sin importar su edad, profesión u oficio, puede hacerlo con empeño y determinación. Además de formar y dirigir, Jiménez también es doblactor. El personaje que lo ha acompañado los últimos 10 años ha sido Calamardo, un calamar que vive en el fondo del océano Pacifico, en la cuidad submarina Fondo de Bikini. Vecino de una divertida y a veces tonta esponja de mar, Bob Sponja.

Bob, el protagonista de la serie, es una esponja marina rectangular de color amarillo que vive poniéndole los nervios de punta a Calamardo. Para obtener el papel, enviaron la voz del personaje en inglés y buscaron a cinco actores con voces similares, entre ellos se encontraba Renzo. Por su propia interpretación, basada en la esencia del personaje y no en una simple imitación del original, resultó el elegido. –Refleja la frustración que la mayoría de todos los seres humanos sentimos– manifiesta con una sonrisa de complicidad en sus labios. –Es amargado y vanidoso, como todos los que no han logrado ser exitosos. Jiménez también trabajó en telenovelas brasileñas junto a una gran gama de voces venezolanas, entre ellas la exitosa Xica Da Silva. Allí interpreta al teniente Silva y a un contrabandista novio de Violante Cabral, la antagonista y rival principal de Xica. Rafael Monsalve es Luis Felipe, joven enamorado de su madrastra y Melanie Henríquez interpreta el papel de la Condesa. Renzo Jiménez ha doblado también las voces de Richard Gere en Pretty Woman de Denzel Woman, Washington en John Q, de Al Pacino en Tarde de Q, Perros y de Robert De Niro en Casino y en Una historia del Bronx. Bronx. La brillante actuación de Al Pacino como Sonny Wortzik, un joven fracasado que vive en Brooklyn, fue interpretada por Jiménez de manera sobria. Sonny decide robar un banco de la ciudad junto a dos delincuentes, para obtener el dinero de la operación de su pareja homosexual, que se encuentra internada. Esta actuación le valió a Pacino una nominación al Oscar como Mejor Actor. -Hacer doblaje es mucho más interesante cuando se le tiene respeto a los actores, más aun, cuando el actor posee ese nivel –dice Renzo. Fue mi caso cuando grabé a Robert De Niro en Casino quien Casino, debía soportar el engaño de su esposa y ser un gangster elegante. Son personajes tratados no de escena en escena, sino de cuadro a cuadro. Rafael Monsalve, mejor conocido en otra época como Juan Corazón, personaje infantil que hizo reír a millones de niños en Venezuela con un corazón de lentejuelas pintado en su ojo izquierdo, es otro de los “famosos” doblactores. Es alegre, sencillo y extrovertido. 1992 fue la época dorada del doblaje en Venezuela. Famosos estudios como Warner Bros trajeron su mercado al país. Y así llegó Animaniacs, consideraAnimaniacs da la serie animada más vista de la década, basada

en la historia de los hermanos Warner. Yakko, Wakko y la única chica, Dot, realizan un sin fin de travesuras y payasadas, con una gran utilización de parodias y humor adulto. La caricatura dedicó la mayor parte de sus segmentos a los musicales. Yakko, personaje interpretado por Monsalve, es el protagonista de uno de los más populares: “El Mundo de Yakko”, una canción en la que enumera más de cien países alrededor de todo el mundo con una rapidez impresionante. Rafael, quien posee actualmente 25 años de ejercicio en el universo del doblaje, recuerda esta pieza al pie de la letra y la canta alegremente recordando aquellos tiempos, sin poder olvidar su famoso: "¡Holaaaaa enfermera!". Nacieron otros personajes que vivían dentro de esta serie, ellos son Pinky y Cerebro, quienes con sus ingeniosos, divertidos y elocuentes planes, no llegaron a conquistar el mundo, pero sí a tener su propio show. Sus voces fueron interpretadas por otros dos venezolanos, Frank Carreño y Orlando Noguera. Este programa fue un éxito en toda Latinoamérica y se ganó millones de admiradores en distintos países. En una ocasión, recuerda Rafael Monsalve, Frank y Orlando fueron invitados a México para dar un ponencia sobre su trabajo. Al llegar al aeropuerto, observaron una multitud con carteles y pancartas, y pensaron que se trataba de una manifestación. Grande fue su sorpresa cuando se dieron cuenta de que todas esas personas estaban allí solo por ellos y que los letreros que sostenían por lo alto emocionados, eran dibujos y frases de esos pequeños ratoncitos que los habían hecho salir de casa. Una vez en el sitio preguntaron cuál era el salón para su presentación, y resultó que estaban en él: un auditorio con capacidad para más de 2000 personas. El doblaje en Venezuela está recién dándose a conocer entre el público, casi nadie sabe que detrás de la voz del personaje que se está viendo, hay un doblactor. En cambio en países como México y España son ampliamente conocidos y admirados por sus fans. Como respuesta a este tipo de situaciones, hace ya cuatro años atrás, Renzo Jiménez, también abogado, ha propuesto una moción de la nacionalización del doblaje venezolano, presentando argumentos políticos, sociales, jurídicos y de derecho comparado en favor de la Inclusión del Doblaje Nacional de Producciones Extranjeras en el Reglamento de la Ley Resorte. Su punto de vista tiene que ver con el doblaje como parte de la cultura intrínseca del país. Según él, si se le diera la difusión adecuada, contribuiría a una expansión del sentir y la forma de ser venezolana, dando a conocer nuevos talentos para su reconocimiento en toda Latinoamérica. A medida que se incursiona en el conocimiento del doblaje, descubrimos que nuestras voces criollas son privilegiadas, que hay talentos con voz neutra y que el esfuerzo de estos pioneros está dando frutos y cada día son más las personas de todas las edades, sexo y condiciones sociales que se integran al mundo del doblaje.

bala fria. /

2009.

historias que resuelven. /

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Por ALBERTO ARAUJO

MIS APUESTAS ENTRE EL HUMO DE LOS CIGARROS

Se hace difícil respirar. Tuve que contener el aliento durante unos segundos, mientras traspasaba la puerta: luces, colores, sonidos, y actitudes sin fin. El humo, en especial, ahoga, y hace olvidar por un rato –el tiempo de permanencia dentro- la cotidianidad. Siempre pensé que un bingo era un lugar para el juego y las apuestas, sin ningún otro fin que hacer circular dinero, que al final, inevitablemente, quedaría en manos del dueño del negocio. Pero bastó que estuviera del otro lado de la cortina de humo por algunos días para percatarme de mi error. Junto a visitantes de estos lugares, descubrí algunos de los entretelones que se ocultan tras las fichas, las mesas de juego tapizadas de verde; las máquinas tragaperras, con el interminable sonido de sus palancas siendo manipuladas por diferentes usuarios; el ajetreo de los crupier; el silencio, la concentración y la tensión en un juego de Póker o Blackjack; la voz que exclama cuando se Blackjack cantan los números de un juego de bingo para ser escuchada sobre la multitud –los micrófonos ayudan, pero no brindan la emoción necesaria– y las que se alzan sobre el resto para cantar victoria. Más allá de la distracción y el evidente negocio, hay un mundo interno, lleno de curiosidades. Mis descubrimientos comenzaron cuando contacté a quienes se convertirían en mis “guías turísticos” dentro del universo de los bingos, dos antiguos compañeros de clase, personajes dignos de mención. E investigación. El primero, Jorge Ravelo, es un asiduo visitante del bingo del CCCT y los ubicados en Las Mercedes y La Trinidad. Engominado y bien vestido, tras una larga jornada de trabajo en la compañía que él mismo inició, pasaría por un gángster en otros ambientes. Los lentes oscuros, el cabello corto y arreglado, traje impecable, y perfume en cantidades industriales, me hicieron sentir casi como un adolescente que iba a festejar a un centro comercial. Ravelo afirma que vestir de etiqueta cuando juega Póker favorece su suerte además de brindarle categoría en la mesa. Al empezar, toma los lentes y los coloca sobre su cabeza, como en un ritual en el que también afloja la corbata, se quita el saco y arremanga su camisa. Para él, se trata de una costumbre que empezó por casualidad: “La primera vez que gané estaba con un amigo, y lo acompañé a pasar un rato después de la boda de un pariente. Fuimos al bingo y noté que estaba por empezar una partida. Como soy aficionado a los juegos de cartas, pensé que sería algo diferente. Me tocó la suerte y gané 800.000 bolívares de aquellos tiempos; desde ahí, sólo juego Póker cuando estoy bien vestido”. Ese amigo es Juan Clemente, “Juancho”, mi otro guía. A él no le atrae probar suerte en los juegos de azar. Frecuenta el bingo en Las Mercedes para entretenerse, escapar de la ciudad y tomarse unos tragos. “A veces vengo por la noche, tarde. Y en la mañana nos ponemos de acuerdo para ir a la playa o cosas así. Para mí esto es una forma de salir de la rutina”. Después de atravesar el umbral que separa lo cotidiano de esta versión mundana de una bolsa de valores, escandalosa y llena de movimientos, pero a menor escala, se produjo en mí un cambio de perspectiva: el entrar encontré un recinto lleno de jóvenes y adultos que, en su mayoría, no debían superar los 45 años de edad, contrario a las voces que me avisaban del supuesto parecido entre un bingo y la celebración de un cumpleaños en un geriátrico. Las nubes de humo de los cigarros que dominan la escena pueden ser en realidad algo inclemente. Así conocí a Carolina Zapata en el Bingo Premier de la Av. Rómulo Gallegos. Fumadora implacable, le pedí que apartara su

cigarrillo para dirigir el humo a otro lado, lejos de mí. Su respuesta se limitó a una negativa casi grosera: “Si no te gusta el humo, no vengas. En todos los casinos hay gente que fuma, y nadie se queja de eso. Es lo normal”. Para Zapata, un bingo no es sólo un lugar de juegos. “Tienes que vivir la experiencia y disfrutar la magia”, afirma. “No todos los días estás rodeado de luces, sirenas y el tintineo de las monedas que las máquinas dejan caer a los ganadores”. Y no todos los días se puede apreciar el esplendor en el manejo de las manos de un crupier, el encargado de repartir las cartas en las sesiones de Póker y Blackjack que tienen lugar en el sitio. Uno de ellos es Angelo Salcedo, a quien conocí cuando Jorge, con su pinta de galán y su andar de hombre de negocios, decidió probar suerte en otro lado para no aburrirse mientras yo investigaba. Descubrí por Salcedo que en ese bingo en particular, la mayoría de los asistentes sí son personas de edad avanzada: “Ves chamos que vienen y se quedan viendo, yo supongo que para aprender algo de los juegos, pero los que se sientan y se quedan son casi todos abuelitos y abuelitas. Parece que el bingo fuera una distracción para ellos, y es gratificante verlos divertirse”. Continuando mi recorrido llegué, acompañado de los inseparables Jorge y “Juancho”, a La Urbina. Allí, en el bingo Star Queen, coincidí con Ailyn Zarranda, quien acude todos los fines de semana. Es joven y admite que se instala a jugar en las máquinas tragaperras del lugar. “Vengo los fines de semana y me gusta quedarme en el mismo sitio. He oído que las máquinas en algún momento, cuando se las ha usado mucho, sueltan el premio. A veces hasta vengo con amigas para que no me quiten un puesto. Pero casi nunca he ganado. No sé si esa teoría sea verdad”. Además de las cartas y máquinas, y de las curiosidades de quienes los disfru disfrutan, los bingos y casinos constituyen lugares llenos de exquisitez. En ellos, vinos, whiskey, ron y tragos preparados, son puestos a disposición para el deleite de quienes acuden al lugar, todo para hacer del sitio un espacio más cómodo y mantener adentro –gastando su dinero– a los asistentes. Tras varios días y un fin de semana, mis guías me dejaron inmerso, aunque fuera sólo para impregnarme de él, en el mundo interno de los bingos de Caracas. Me tomará más tiempo familiarizarme con los secretos de cada juego, los trucos en las manos de un crupier, el orden en el que se llevan los juegos, la relevancia del puesto asignado en una mesa, y hasta la fuerza necesaria para activar una tragaperras y tener más posibilidades de ganar. También necesitaré más tiempo, indudablemente, para ignorar el humo de los cigarrillos que se eleva como un espíritu etéreo, simplemente para acumularse sobre las cabezas y llenar el espacio de una bruma que, en realidad, apesta. Esta es la lista de todos los bingos y casinos que logré enterarme de que existen en Caracas. Corporación BRAG, en San Agustín; Bingo de Las Mercedes y Fiesta Casino Guayana, en Las Mercedes; Bingo Star Queen, Terrazas Gor Flaz y Gambling 777, en La Urbina; Bingo Tropical, en La Candelaria; Consorcio Vanemar; M Bimbo, en Macaracuay; Magnifique, en El Rosal; y Star Win, en Maripérez. Ahora no veo un bingo como un simple negocio. Asomado en sus entrañas, descubrí que lo que realmente causa impacto de uno, o de un casino, son los personajes que los frecuentan, que son felices –al menos por unas horas– dentro de ese ambiente, lleno de colores, ruidos, personas que avanzan de un lado a otro, desordenadamente, impacientemente, apresuradamente, mientras se concentran en jugar o hacer jugar, ganar, o, la mayoría de las veces –hay que decirlo– perder.

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Por PABLO DUARTE

La jaula de los leones se acaba de abrir. Se van acomodando de manera estrepitosa en los espacios del lugar. Beben cerveza, están eufóricos. Piden con rugidos la presencia de los gladiadores y éstos esperan al fondo, algunos tranquilos, otros nerviosos, pero todos concientes de lo que hay más allá de esa cuarta pared: leones hambrientos de sangre. Su única arma de defensa es hacerlos reír. Esta noche es especial en el Molino Rojo: se cumple un año del movimiento del Stand Up Comedy en el local y la mejor manera de celebrarlo, según su creador y promotor Carlos Sicilia, es lograr la presentación de la mayoría de las personas que han pasado por él. Por primera vez en la historia del ciclo, veinte sacrificados subirán a la tarima para contar parte de sus rutinas de comedia. Veinte, dice veinte. Quiere decir que no habrá tiempo o habrá muy poco, para que cada uno cuente sus rutinas completas: reducir la cháchara de la media hora acostumbrada a cinco minutos no parece fácil. Hay que sintetizar todo el material y conseguir que funcione, reducirlo a casi nada, a chistes o comentarios que puedan o no hilar para que el público, alcoholizado y estimulado –por la risa, por alguna otra sustancia inhibidora– comprenda de qué están hablando. A la presión del local abarrotado, se suma la presencia de cuatro cámaras de televisión. Un canal con poca trayectoria en el país va a grabar las presentaciones para un programa que se transmitirá durante las próximas semanas. El objetivo es darle un rostro a estos comediantes de la noche en la ciudad. En la cocina del Molino, Henry Araujo espera por algunos de sus compañeros, humoristas impuntuales. Esta es la cuarta vez que se presenta en el local, luego de su iniciación el 13 de enero; sin embargo, cada vez está más seguro de la fuerza o la fiereza del público del local: “Son ¡ muy espontáneos, si se saben tu chiste o lo han escuchado anteriormente, te avisan lo que viene, y tienes que manejar eso”. Cuando es así, los leones son capaces de matar tu chiste, no hay tiempo para llorar ni molestarse, dice Araujo. Días o meses de preparación para que vengan unos cuantos chicos alcoholizados y acaben con sangre tu rutina. Al igual que Henry, Daniel González afirma que este público del Molino es muy complicado, porque para él “o están muy drogados, a veces, o borrachos”. Tienes que saber agarrarlos con los primeros chistes”. Él podría ser el más joven del grupo, entre sus influencias, asegura, están Seinfield y todos los programas que se aferran a lo escatológico. Todos, sea lo que sea que eso signifique. Comenzó a través de George Harris, considerado otro de los promotores del modelo en Venezuela, y en el local ya desaparecido Envivo. Uno de sus temas recurrentes es el de la masturbación, la única vez que su mamá fue a alguna de sus presentaciones, vio cómo le sangraron las orejas detrás de una vergüenza poco metafórica. Opta por ser real, no se considera un payaso, o un actor. Usa ropa común, una gorra de camionero, jeans azules y chaqueta de la marca de las tres barras. Pareciera ser uno más del publico, no está pensado de esa manera, simplemente es la ropa que tenía limpia para el momento, aunque, efectivamente, cualquiera podría imaginar que un borracho se ha colado en la sala privilegiada para sentirse a la par. Entre los que se encuentran más relajados y confiados, esta Cheo Chiste, éste obviamente es su nombre artístico. Casi diez años de carrera humorística le brindan ese temple al momento de afrontar al público, cualquiera que sea. Ha pasado por televisión, espectáculos en vivo, locales y ahora, gracias a Sicilia, está montado en el coliseo del Stand Up. Es uno de los más conocidos entre el grupo que se presenta esta noche. Se siente orgulloso porque sabe que él bajará el telón, repite varias veces que se considera el “Kid Rodríguez” del día, el que cierra con broche de oro. Todos pasan a la sala VIP, donde los agasajan con barra libre y un poste que pareciera prometer la presencia de una striper, o un striper, para los más desatados. No hay mujeres en el salón, hasta ahora, sólo hombres bromeando alrededor del batitubo. Comienzan las bebidas, con ellas se sientan en la barra y le hacen chistes sexuales al cantinero; no es tan diferente a lo que se podría verse en cualquier bar. Mientras todos comparten y beben, algunos más de lo recomendado, se hace difícil notar la presencia en la parte oscura del salón de uno de los comediantes invitados. Se trata de otro Daniel, Daniel Iorio. Viajó desde Mérida, sólo se ha presentando en el Teatro Bar, aquí, en este Molino-Coliseo, no tiene experiencia, aunque igual piensa que todos los locales se parecen: “es una situación de batalla, una guerra, nosotros decimos: matas o te matan”. En el páramo tiene un grupo de comedia llamado “La Corbata”, que según él es como una especie de Improvisto y Kortala, pero con un estilo particular. Iorio en realidad es de Barquisimeto, pero se ha movido desde su estado natal hasta Margarita y ahora ha aterrizado en Mérida. El maestro de ceremonia le ha indicado que pretende hacer una especie de intercambio cultural entre ambos estados. Entonces es clave un show poderoso. Una vez repasada la rutina, Iorio se mezcla calladamente con el resto, no siente preocupación, sus largos años en teatro y sus presentaciones con el grupo han forjado esos nervios de acero. Superar esa cuarta pared es lo fundamental para él. Cuatro comediantes distintos, entre los 16 que se presentarán, están en la sala VIP del local. Comparten con sus homónimos, entre chistes y comentarios acerca de sus rutinas, bebiendo y pidiéndose consejos unos a otros acerca de cómo mejorar sus muestras. Antes, toman el escenario dos “padrinos” del grupo: Claudio Nazoa y Rolando Salazar, figuras claves del humor local. Una vez que ellos realizan sus rutinas de chistes políticos, y más chistes políticos. Comienza la batalla. Henry será el segundo. Tiene una cuerda atada a la cintura que, según los planes de Sicilia, servirá para –sensatez y atractivo de por medio– sacar a los humoristas una vez transcurridos sus cinco minutos. Pero en un acto de rebeldía, estos se rebelan ante las ataduras del mal chiste y tiran al suelo el cordón umbilical. Los que siguen en la lista se preparan en el área de la cocina, viendo las rutinas de los otros a través de los monitores instalados por los técnicos del

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canal. Entre risas, se guarda silencio para esperar el próximo nombre que dirá Sicilia. Sigue Daniel González, nuestro joven escatológico. Como era de esperar, el público capta su sencillez. Realiza una rutina llena de situaciones: “vi el otro día en una farmacia un paquete de galletas con una extraña advertencia, si te las comías, te podían causar diarrea o dolores estomacales, entonces me pregunto, ¿por qué venden galletas con esos efectos secundarios?, y si las venden ¿por qué no hacer que traigan un set de ropa interior extra?”. Sus situaciones son entendibles, el público pide que se quede un poco más del tiempo planificado, él lo hace, y ellos siguen riendo. Tiene más material del presentado, a pesar de haber confirmado luego que olvidó una parte. Daniel es estudiante de Odontología, mantiene esa dualidad de tratar pacientes y estudiar en la mañana, y hacer reír en las noches gracias al semen y la caca. Henry también sigue esta dualidad, no la de los fluidos, sino la otra, la que subyace, la de hacer reír. Mientras que en las noches hace comedia, en el día da clases. Sin embargo, confiesa que imparte la materia con un toque de humor para lograr mayor atención de sus alumnos. Iorio es partidario de este sistema, aunque él se dedica totalmente al humor, da clases o talleres a maestros de colegio para inculcarles la risa, sobre todo para esas materias aburridas e incomprensibles como Ciencias de la Tierra, Contabilidad, Formación Familiar y Ciudadana. Iorio se monta tras una larga presentación de Sicilia. Realiza un conjunto de comentarios ligados a las diferencias de géneros, chistes colorados y acalorados junto a movimientos exagerados y llamativos. La multitud disfruta, lo sigue con atención, quiere saber que hay más allá de la frontera caraqueña. Para él no es necesario buscar otros medios de subsistencia además del humor, ya que con éste logra mantener dos bocas: la suya y la de su hijo de cinco años. Daniel, Henry y Cheo no consideran que la comedia sea una forma de subsistencia en la actualidad, por eso buscan otros caminos para ayudarse. Cheo Chiste es el más cercano a la consagración humorística. Actualmente planea un evento importantísimo para el año que viene: celebrar sus diez años detrás de la comedia. Emilio Lovera, Laureano Márquez y Claudio Nazoa son sus influencias y también buenos ayudantes al momento de definir algunos pasos en su carrera. Atrás, en la cocina, se siguen congregando los que faltan por subirse a la tarima y otros que quieren chismear sobre lo que sucede detrás de los monitores. Se repite el comentario: “ese chiste lo contó la otra vez en…”, “eso es repetido”, “ese ya se lo saben todos…”. Las frases se refieren a lo evidente, la gracia tiene un límite en el tiempo, muchos de estos humoristas repiten sus materiales una y otra vez, algo que los ayuda a sentirse cómodos con lo que puede hacer reír… hasta que llega el momento en que lo prueban tanto que el público te cierra la rutina. A pesar de que el número es pequeño, hay sospechas de rivalidades ocultas entre los grupos de comediantes. Se habla de saboteos y plagio de material. Ejemplo en esta presentación fue cuando Cheo se vio invadido por la intervención del público pidiendo chistes. Cualquiera podría imaginar que

es un honor que las personas recuerden tus comentarios, pero en este caso, la insistencia del público se entiende como exigencia para que Cheo termine su presentación lo más rápido posible, para dejarlo en ridículo no sólo en el local, sino también en televisión. Es verdad, muchos comentan que hay envidias, celos más bien, de que algunos estén “montados” y otros apenas sean unos “jojotitos”. Otros, en menor cantidad, suponen que el publico que sabotea obstinadamente cada función, está contratado por comediantes rivales; incluso el humor guarda para sí una forma propia de la paranoia. González recuerda una presentación en la que una parte del público no paraba de hablar en las mesas, sin prestarle atención a su rutina. La forma de actuar a las primeras de cambio es dejar en ridículo al otro a través de un chiste, “pero llega un momento en el que se deben tomar medidas”. Las veces que esto ha ocurrido en el Molino y se ha localizado a las personas que interrumpen, Sicilia detiene el espectáculo y llama la atención, o en casos graves le pide a los desadaptados que abandonen el local, y que si no lo hacen, la presentación no sigue. Cheo estuvo presente en una de esas oportunidades, él mismo fue interrumpido por personas que “ignoraban” que era una función de Stand Up Comedy, y fueron a compartir temas banales a todo pulmón, hasta que el promotor –Sicilia– detuvo el show y soltó la amenaza: cuando estas personas se fueran, seguiría lo programado. Como se quedaron bebiendo y el que paga es el que gana, se suspendió todo. Cheo, el agraviado, pudo haber entendido esta situación como una mala actitud de parte del promotor, por suspender la fiesta –en este caso, el trabajo– y pasarse por el forro al resto del público que pagó sus entradas. Sin embargo, desde el punto de vista de este comediante, por la trascendencia de este nuevo movimiento, son acciones lógicas y muy bien solventadas. Llegamos al final con el Chiste. Se trata de Cheo, Cheo Chiste. Bueno. Antes de salir, hace gala de su buen humor con algunos comentarios a los técnicos del canal. Se imita a sí mismo: interpreta a La loca, uno de sus personajes más famosos. La gente lo aplaude y todos parecen reconocer quién es. Ahora se sienta en la tarima, luego de escuchar una y otra vez los gritos del público pidiendo bromas particulares. Las competencias entre comediantes puede que sea un chisme; sin embargo, cuando Cheo se encuentra en un momento complicado, se ve apoyado por Henry, que como un entrenador de boxeo está a un lado del escenario sugiriéndole maneras de abordar la situación, indicándole que diga este u otro chiste. El comediante termina su rutina, no fue como la planeó. Se lamenta de lo sucedido en la cocina, asegura que es la primera vez que le pasa algo así. Cheo, el del temple y los casi diez años de experiencia. Mira tú, el Kid Rodríguez se va sin decisión, pero otra vez siente el apoyo del grupo que vio por lo que pasó, y los ánimos suben para cerrar la noche. Allí, en ese momento, mientras el público abandona el local, borracho y comentarista, y los comediantes se felicitan en la cocina, suelta Cheo una de sus frases más serias, no es una broma, es una reflexión: “la risa es catarsis, es libertad. El humor nos hace libres, nos hará libres”.

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Por JESÚS TORRIVILLA

Esta no es una premier normal. La película comienza a las siete de la noche y desde las diez de la mañana ya hay gente esperando. Mientras pasan las horas cada vez se acercan más personas. Llevan camisas blancas con corbatas de rayas y no vienen de la oficina. Son chamos y cargan bolsas. Los nervios parecen acelerar sus movimientos y activar su sudoración. Caras grasientas, oleaginosas, sonrisas que tienen igual dosis de inocencia y viscosidad dominan el ambiente. El maquillaje de algunos disimula todo esto. De las bolsas sacan capas, varitas de madera o de plástico con mangos de teipe. Unos tienen aspecto tétrico, vampiresco, otros simplemente aguardan con sus túnicas y semblante adusto, como quien espera que lo ingresen al salón de clases para la prueba de admisión a la universidad. Abundan los ojos torneados, los gestos dramáticos y las muecas tontas. Sacan cámaras,

posan y se toman fotos, haciéndoles caso omiso a los ocupados transeúntes del Unicentro el Marqués un miércoles por la tarde, día del estreno mundial de Harry Potter y el Misterio del Príncipe. –Queremos que nos tomen en serio –me dice Pedro Muñoz y su rostro se pasa de la determinación al hastío. Definitivamente no es la primera vez que esto cruza por su cabeza. Él es el coordinador de eventos del Círculo de Lectores de Harry Potter Venezuela, es decir, fue quien organizó todos los pormenores relativos al estreno de la película. No hablé con él sino un par de días después de toda la vorágine del príncipe misterioso. Sin embargo, en el Unicentro el Marqués ya había llamado mi atención, carnet de identificación al pecho y maneras de organizador mediante. Era uno de los más preocupados, se le podía ver

posando entre varios grupos, tomándose fotos por aquí y por allá, sin abrir demasiado los ojos. Cazadora negra, cabello siempre despeinado. Le debe mucho al círculo, me cuenta. Estudia letras en la UCV y le pareció que la adaptación es una de las mejores: “Respeta mucho la complejidad emocional de los personajes. Harry ya no es un niño con una varita que hace milagros, es alguien con problemas. Además, estéticamente es bellísima, cuidan mucho los detalles: es barroca. Salí agotado de la película.” Tienen dos semanas sin tregua. Reservaron una sala entera para el Círculo. Después de una pre-venta inicial, y la respectiva compra de las entradas en el cine, organizaron un evento de canje para entregar los boletos. Estuvieron en la librería El Buscón y en la Plaza Cubierta de la UCV. Allí, mientras sonaba el soundtrack de la película, a cada persona le entregaron su entrada dentro de un díptico cuidadosamente diseñado, para después despedirlos con una foto. A los integrantes de la Fundación Círculo de lectores Harry Potter Venezuela les gusta sorprenderse entre ellos. Para sorprender a los demás, en cambio, no necesitan hacer ningún esfuerzo ya que provocan desde el

más puro estupor, pasando por la burla, hasta, incluso, cierta fascinación antropológica. El día del estreno el cielo encapotado amenaza la entereza de los fans. Caen un par de gotas, pero ellos no cesan en su euforia. Son un cuerpo extraño que brota del Unicentro como una alergia freak, desentendida. Mientras freak pasa la tarde, los personajes comienzan a tomar forma: mortífagos, jugadores de Quiditch, y algunos que simplemente parecían colegiales ingleses, ya poblaban considerablemente las inmediaciones de la entrada del cine. Teniendo un conocimiento básico de la saga, mediante las corbatas que vestían se podía inferir la Casa a la que pertenece cada uno. Rayas por doquier: amarillas y rojas, Griffindor; verdes y negras, Slytherin; dorado y negro, Hufflepuf; plateado y azul, Ravenclaw. De entre todos, aquí los transeúntes del centro comercial son los que se van transformando en los raros, en los indolentes. Como si ignoraran con alevosía un hecho histórico, como si se hicieran de lado ante un prodigio. De lejos, una chica altísima de peluca morada llama la atención. Viste de túnica, su nombre es Migyuri Puertas y es mi contacto con el microcosmos de Potter en Caracas. Trabaja en la coordinación de Prensa

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del Círculo y el personaje que representa es el de Nymphadora Tonks, integrante de la Orden del Fénix, especie de ejército que se formó para enfrentar a un Voldermort ponzoñoso y resucitado. Es muy profesional, aunque su cabello postizo engañe de buenas a primeras: varios emails mediante, me pregunta por el tono de las preguntas que quería realizar, el tipo de texto, para qué medio; después me pidió el feedback de las entrevistas que realicé, cómo me sentí. Por ahora, me presenta a Soleil Contreras, su “superior directa”. Entro en el juego. Poco a poco me van revelando los intrincados tentáculos de una organización que crece solapada detrás del velo respingón de una capa de mago. Acaba de terminar la 8va temporada del Ejército de Dumbledore, me cuenta. Así denominan al evento en el cual se reúnen durante 8 sábados a emular las actividades de Hogwarts, la escuela de magia a la que asisten Potter y sus amigos. Durante la mañana ven clases y por las tardes practican Quiditch; también hacen mucho teatro. Todo dentro de la competencia entres las distintas Casas que integran. Esto me lo cuenta como abrebocas de lo que más tarde descubriría como una simulación perfecta de los libros, un verdadero acto taumatúrgico en pleno Parque del Este, sede de todo esto. Soleil es parca y luce atareada. Sus amigos le hacen señas. Le pregunto si me puede presentar a otras personas del círculo. Conozco entonces a Melany Moncada. Melany viste de corbata y suéter gris. Tiene unos ojos inmensos, de sorpresa constante. Trabaja en la Comisión de Eventos junto con otras 18 personas. Pasa rápidamente de los datos duros, de las 183 entradas vendidas para ese día, de las seis comisiones que integran la Fundación (sí, han crecido a una velocidad vertiginosa y ahora sus actividades serias vienen respaldadas por ese apellido), a su relación personal con la obra de J.K. Rowling. Cuando llega el momento de contarme cómo conoció los libros, hace una pausa y suspira, sabe que va a revolver en el cajón de los recuerdos entrañables: sucedió cuando estaba sentada en la azotea de su casa, tenía ocho años. Escuchaba la radio con sus vecinas y de pronto comenzaron a hablar de Harry Potter. Allí pensó que le gustaría leer las aventuras del mago huérfano. Ese era el día de su cumpleaños y -¡sorpresa!- su tía le regaló La piedra filosofal, y aquí el filosofal nombre del libro nos da un trancazo de literalidad. Ahora tiene 16 años y Harry Potter le ha regalado una familia: la Fundación. No sabe dónde está, me confiesa. Vive en Montalbán y tuvo que recurrir a su madre para que le dijera cómo llegar a El Marqués. “Melany, por el metro”. Está estresada porque quiere que todo salga bien, pero sabe que ningún fan la va a decepcionar. Los de las comisiones, además, tienen todos los detalles cubiertos. Por orden de llegada les asignan a cada quien un brazalete con un número y -siguiendo esa norma- se colocan en fila para después ser llamados a pasar al cine en grupos de 25. El tiempo de espera y el calor húmedo del cielo encapotado de un agosto caraqueño era el sacrificio necesario. Melany se despide de mí diciéndome que es fanática del Quiditch. ¿Cómo lo juegan? Pues es una especie de balón mano, pero con una pelota extra con la cual puedes sacar a los jugadores: la Bludger. Ah, la Bludger. Bludger Bludger Sí, Snitch no tenemos, porque la comisión de Quiditch no ha encontrado la forma de incorporar al mundo Muggle –humano, eh– a esa pequeña pelotita amarilla que, una vez encontrada, determina el fin del partido. Fascinado con la candidez de Melany, una sentencia queda, a medio camino entre el grito y la burla entre panas, rompe el embelesamiento: –¿Sabían qué? ¡En esta película Michael Jackson hace el papel de Voldemort! El personaje que espeta esto es un re-contra lugar común que opaca todo lo que vengo describiendo, todos los rituales de los fanáticos. Ahora, de verdad, me encuentro con el adolescente paradigmático, el díscolo, salmón con gorra hip hopera y pantalones caídos. Todo se amontona en él: la niñez perdida, el desequilibrio hormonal, la necesidad de pertenecer a un grupo. Lo canaliza, claro, de otra manera. –Son demasiado mongólicos –le dice a un amiguito de piercing en la boca y burka al cuello, mientras se pasan una botella de ron disfrazada con una bolsa de supermercado –¿Qué van a hacer? ¿Lanzarme un hechizo? –Nosotros estamos acostumbrados a los insultos –les responde, me responde unos días después Andreína Croce, coordinadora del Grupo de Artes Escénicas de la Fundación –Al estreno, conmigo fue una compañera de la universidad que más bien se burla de lo que hacemos. Que si somos gafos. Pero cuando le dije que íbamos a empezar la compra de entradas me suplicó: “¿puedo ir con ustedes?” Conversé con Andreína y Pedro el mismo día en una concurrida panadería de Las Mercedes. La Fundación Círculo de Lectores de Harry Potter Venezuela tiene de todo y sueña con una sede propia. Juntos forman un grupo que se reúne a hablar de magia en una ciudad filicida. Son amantes de la lectura y de su poder transformador. Tienen un sistema de préstamo de libros entre los más de 200 miembros, una especie de biblioteca itinerante. Redactan también El Profeta, un periódico interno en el cual mezclan las noticias de sus actividades con el tubazo de un basilisco que se escapó en esa ciudad muggle de los Estados Unidos llamada San Francisco. Hacen teatro: montaron en el Escena 8 la obra Hogwarts 6 años de magia. Tienen hasta un coro y están organizando el Baile de Navidad, Navidad emulando uno de los ritos festivos que aparece en la saga. –Yo no veo que Harry Potter sea un escape a la realidad. Más bien esto nos ha servido para replanteárnosla. La Comisión de Donaciones y Obras Benéficas acaba de entregarle a la Alcaldía un lote de libros para los niños de Las Minas de Baruta. El Círculo de lectores es nuestro lado informal, las actividades del Ejército de Dumbledore; la Fundación es nuestra parte seria. Nosotros nos estamos formando, la Fundación, por ejemplo, ya está registrada y a partir del año que viene vamos con todo a buscar patrocinantes –me insiste Pedro. Continúa: – La gente se sorprende: ¡¿Uds. hacen todo eso solo por Harry Potter?! Nos ven como cultura pop, como algo efímero, como una canción de reguetón. Y no es así. La historia de los libros nos permite explorar la mitología medieval, hacernos preguntas de análisis literario. Yo he aprendido muchísimo con el Círculo. De nuevo en El Marqués, Endrina Martínez y María José Contreras son las primeras de la larga fila y, a pesar de eso, no están disfrazadas. Recurro a ellas ahora cuando termino de escribir, convencido prácticamente de tomar mi túnica y unirme al movimiento. Ellas hablan como los antiguos. Son la voz de la conciencia y retumban en mis oídos con toda la resonancia con que el poder de la literatura reverbera en mi corazón. –A nosotras esto nos parece súper cool cool, nos quedamos sorprendidas. Primera vez que lo vemos. –¿Les llama la atención unirse? Hacen una pausa, aguantan las carcajadas y responden: –Tal vez… podría ser. Explotan, no saben por qué se ríen, pero no se aguantan. –Son como tan diferentes… tan originales. Tal vez sí, tal vez algún día nos uniríamos, aunque solo en la mente.

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Por EDER NATERA

Lo primero que hice fue encender la radio. Pocas veces había escuchado pasar por un mismo programa a tantas bandas. Aprovechando que no había programación ese día, la gente de Rock en Ñ decidió hacer un especial sobre el Festival Nuevas Bandas para todo el país: 17 agrupaciones debían ser entrevistadas en tres horas y la cita para Charliepapa era a las 6:00 p.m. Estaban esperando para entrar al programa y en ese momento los conocí. Les expliqué cómo a partir de ese encuentro anotaría todo lo que hicieran o dijeran para escribir esta crónica. Les gustó la idea. Era algo nuevo para ellos y algo nuevo para mí. Salieron de su entrevista y yo fui atrás de ellos. Aquí comenzó oficialmente la persecución a este grupo de gochos que competirían al día siguiente en el festival de música. Nos encaminamos a lo que sería su casa por el fin de semana. Llamaron a Osheye (el bajista, que iba de copiloto en mi carro) para que nos detuviéramos en algún lugar a comprar algo de tomar. Conseguimos una licorería disfrazada de frutería en el camino y ahí nos bajamos. Las birras estaban muy caras. “Mejor compramos Red Card (nombre real: Carta Roja) que ese no da ratón”, dijo Mattia (el vocalista). Llegamos a CasaVento, que a partir de entonces comenzó a llamarse Charliepapa’s Crib. “Esta la compramos con las ganancias de Cacute (el primer sencillo); con Galileo (el segundo) esperamos poder comprarnos el avión”. Se instalaron en la piscina con sus rones respectivos y así estuvieron hasta las 11:00 p.m. cuando la mitad del grupo se había ido a dormir. ¿Temprano? Puede ser, pero no si estuviste diez horas en carretera y te presentas al día siguiente en el Nuevas Bandas. Sabado 25 de julio: a las 9:00 a.m. volvieron a La Mega para grabar un especial del grupo, a las 11:00 a.m. debían estar en la Plaza La Castellana,

sede del evento, para la prueba de sonido y a las 7:35 p.m. montados en tarima. El lugar elegido para el desayuno fue la panadería “Menita”, en Los Palos Grandes. Mattia: ¿Cachitos de jamón y queso? Jonathan (el guitarrista): Yo quiero de queso. Todos (en coro): Ayyyyyy Llegamos a la plaza. Entre músicos y productores no había más de cien personas. Estaban los integrantes de Cunaguaro Soul, Buffalo Mad, Marilanne, Los Mesoneros y otras bandas que no logré identificar. Los primeros en probar sonido fueron los técnicos de Tom Cary, españoles que se presentaban después de Charliepapa, y que no pudieron asistir personalmente a la prueba porque tenían prohibido salir del hotel hasta que no pagaran lo que habían roto la noche anterior. Buffalo Mad y Cunaguaro también probaron sonido. El resto de los músicos no hizo más que ver la tarima y los amplificadores que iban a usar más tarde. “Vámonos a CasaVento a bañarnos en la piscina, no estamos haciendo nada aquí”, se le ocurrió a Félix (el baterista) y eso fue lo que hicimos. Jonathan, Osh, Félix y Feliche (un pana de la banda) fueron a la piscina. Afuera nos quedamos Adrian (el manager), Mattia, Waldir (otro amigo del grupo que aprovechó el momento de relajación para encender un porro) y yo. Ahí estuvimos un rato. Se cambiaron, afinaron guitarras, un redoblante y arrancamos vía La Castellana. Dejamos los carros en el Centro San Ignacio y cuando estábamos caminando a la plaza, un pana gritó “Charliepapa”. Nunca supieron quién fue. La plaza estaba a medio llenar y, tal y como estaba

pautado, la primera banda arrancó a las 4:15 p.m. Se acercaron algunas niñas para tomarse fotos con Félix y unas promotoras de Diablitos les regalaron franelas al resto de la banda. Se montó la segunda agrupación. El sonido no era bueno y no lograban distinguirse bien los instrumentos. Se montó la tercera y el sonido no mejoró. “Si Cunaguaro (la cuarta) no suena bien, me suicido”, dijo Osh. Comenzó Cunaguaro Soul. (“Qué arrechera que no podemos verlo completo”). Era la hora de montarse en el autobús para buscar los instrumentos en el San Ignacio. Estaba la gente de Marilanne. Mattia les dijo algo y lo ignoraron hasta que se dieron cuenta que eran de Mérida y que eran de Charliepapa. Hablaron lo que pudieron en los siete minutos que les tomó llegar al San Ignacio, y así como se conocieron, se despidieron. Con los instrumentos en mano abordaron de nuevo el bus, pero esta vez con Los Mesoneros (la sexta banda), que se presentaban justo antes que ellos. Volvieron a la plaza, pero no a la multitud, sino al backstage, y Los Mesoneros pasaron directo a la tarima. A Charliepapa le tocaba esperar y Mattia estaba considerablemente nervioso. Ramón Castro salió a presentar a la siguiente banda (la de los gochos). De los nervios, Mattia rompió una de las cuerdas de su guitarra. Tenía una de “repuesto” pero estaba lejos y no había tiempo para buscarla. El guitarrista de Los Mesoneros (Juan Ignacio Sucre) estaba guardando la suya y sin pensárselo mucho, la volvió a sacar del estuche y se la prestó a Mattia. “De Mérida, ¡Charliepapa!”. Y así comenzaron, no sus cinco, sino sus veinte

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minutos de fama. Tocaron cinco temas de su primer disco y estrenaron uno del segundo que nunca habían interpretado en vivo. Todo en el orden que les había sugerido, dos días antes, Cesar Sosa, bajista de la banda Submarino, que en 2000 empató con Candy 66 en el mismo Festival. Al terminar, volvieron a los camerinos y comenzaron las entrevistas. De repente entró Yordano (que era parte del jurado) para saludar y felicitarlos por su presentación. Mattia no pudo decir mas nada que “muchas gracias, es un placer conocerlo” y le regaló una copia del disco. Cuando Yordano estaba saliendo, entro Rafael Cadavieco (otro de los jurados) para decir que habían tocado “arrechísimo”. Felicitó a Félix por “sacarle el aire” a la batería y dijo que “tenía todo el día esperando que alguien terminara de reventar esa vaina”. Una de las entrevistas la dieron con Luis Jiménez (cantante de Los Mesoneros) diciendo que era el nuevo fichaje de Charliepapa: “Es nuestro Cristiano Ronaldo, nos costó 100 millones de dólares” y se rieron. Cuando ya todo estaba más calmado, Mattia y Jonathan se quedaron en los camerinos para dar otras entrevistas a un par de blogs y una radio de Cumaná, y Félix y Osh fueron a la cabina de La Mega para hablar en el programa de Annette Barriola: “Las 10 estelares”. Legó la hora de la presentación de La Vida Boheme, y Los Mesoneros y Charliepapa se metieron de nuevo entre el público para ver a los ganadores de 2008. Faltando un par de temas para terminar, los llamaron para avisarles que el autobús los estaba esperando para que se llevaran sus instrumentos y los gochos tuvieron que irse. Antes de volver al Charliepapa’s Crib, pasamos por Burger King. “¿Para comer aquí? No, para llevar. ¡Beber es la prioridad!”. Comimos, inmediatamente después pasamos a los rones y de ahí a la “pista de baile”. Jackie (otra amiga de la banda)

puso a todo el mundo a practicar los pasos claves de Thriller. Luego un karaoke sustituyó a Michael Jackson y, finalmente, se convirtió en una gran tertulia que terminó poco después de haber vaciado las diez botellas de ron que quedaban en la despensa. Favor, abstenerse de preguntar cuántas personas había en la fiesta. El día siguiente empezó a las 5:20 p.m. Cuando llegamos a la plaza, Luz Verde estaba montada en tarima y faltaban cuatro bandas por presentarse para que dieran los resultados. Tocaba Sr. Loop de Panamá, cuando todo Charliepapa caminó hasta el backstage para tomarse una foto con Yordano (muy buena idea estando a pocos minutos del veredicto final). “Independientemente, si ganan o pierden, sigan con el proyecto, que está muy bueno”, fue lo que dijo. De la nada apareció la ex novia de Félix. Alcancé a ver que le dijo “¿Qué fue lo que pasó?” mientras se le comenzaban a aguar los ojos. “Hasta E True Hollywood Story vas a tener para tu crónica”, me dijo Mattia, y yo me reí. Hablaron un rato hasta que ella se fue llorando. “Y la banda ganadora es: ¡la ex novia de Félix por el mejor show!”, soltó Jonathan acompañado por una carcajada colectiva. Ramón Castro volvió a la tarima para dar los resultados. Presentó al jurado y felicitó a todas las bandas participantes. “La primera mención especial es para Charliepapa (“qué bien”), la segunda para Los Mesoneros (“¿entonces, quién ganó?”) y la banda ganadora es ¡Fordelucs!” (“qué bueno”), y presentó a Candy 66, los encargados de cerrar el festival. Después de abrazarse y felicitarse fueron a buscar su premio. Gelson Briceño (productor general del Nuevas Bandas y miembro del jurado) se acercó a

saludarlos y la gente de AVCOM les hizo entrega de un sobre con: - Interfaz MBOX 2 de Digidesign. - Controlador MIDI USB Oxygen 49 de M-Audio. - Monitores AV 40 de M-Audio. - Micrófono Nova de M-Audio. “Básicamente, le estamos haciendo entrega de todo lo que necesitan para montar un buen estudio casero, la idea es apoyar el talento nacional (…) esperamos oír de ustedes otra vez”. Mattia: “No sabía que en Nuevas Bandas daban menciones especiales”. Osh: “Qué duro este premio”. Félix: “De pana, valió la pena el viaje”. Fuimos por unas pizzas que comimos en CasaVento, donde celebramos con el estómago lleno y a punta de refrescos sin hielo. Después fuimos a la casa de Luis, de Los Mesoneros, donde también celebraban. Había unas veinte botellas vacías y mucha gente ebria. Como buenos músicos jammearon todos con todos y finalizaron con una versión de “Don’t Look Back in Anger”, de Oasis, hecha por Mattia, Luis y Roberto Castillo, de Telegrama. Todos nos fuimos y yo cerré mi libreta. El Nuevas Bandas había terminado oficialmente para mí.

Caracas de tiempo y bombillos. Pag. 02 Me sabe a perú. Pag. 04 El superbloque de El Paraíso a dos tiempos simultáneos: Uno alegre y otro no tanto. Pag. 06 Caricuao: cuatro postales, tres retratos. Pag. 08 Los caminos invisibles. Pag. 10 Lelo, periodista de sucesos. Pag. 11 Darío: asesino a sueldo. Pag. 12 Ella fue niño. Pag. 14 Voces de un mundo irreal. Pag. 16 Vivir para el azar. Pag. 17 Sangre, sudor y risas. Pag. 18 Harry potter: fanatismo corporativo. Pag. 20 Ellos son los que quedaron de segundo lugar. Pag. 22

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