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MI GALERÍA DE FAV0RIT0S

Por Juan Antonio Cebrián
PDF realizado por Chip_Iron


Mar¡a PIra, Ia mu]er que
bumIIIó aI pIrara Drake

Luchadora. Nacida en 1564, a los 25 años participó en la defensa de La Coruña. Su
determinación, mientras velaba el cadáver de su esposo, propició la victoria sobre las
tropas del corsario británico.

Tras el desastre de la Armada Invencible en el verano de 1588, Isabel I –la
reina virgen de Inglaterra- quiso asestar un golpe definitivo a los intereses de España
para evitar nuevos intentos de invasión contra su territorio. Con ese poderoso argumento
envió contra las costas españolas a una gran escuadra, encabezada por el famoso
corsario Francis Drake. Lo que no imaginaban, si el pirata ni la reina que le pagó, es que
se iban a enfrentar a una resistencia popular como pocas veces se había visto. Sucedió
en La Coruña, y la figura que protagonizó aquel insólito episodio, tenía nombre de
mujer.
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María Mayor Fernández de la Cámara y Pita –conocida como María Pita- nació
en 1564 en Sigrás, un pequeño pueblo cercano a la ciudad de La Coruña. De origen
hidalgo, su raíz familiar procedía de León. Aunque conocemos pocos datos sobre su
infancia y educación, sí sabemos que se llegó a casar en cuatro ocasiones, teniendo otros
cuatro hijos.
El 13 de abril de 1589, una escuadra, integrada por 130 navíos, zarpaba
desde el puerto británico de Plymouth dispuesta a devastar las costas atlánticas
españolas y portuguesas. El propósito inicial pasaba por la sublevación de Portugal
contra el dominio de Felipe II y el control de las Azores, enclave fundamental para el
tráfico marítimo con América.
Drake tenía además la misión de vapulear en lo posible los diferentes puertos
peninsulares que albergaban buques de guerra. Con todo se eligió La Coruña como
primer objetivo de aquel ataque. Precisamente, de Galicia había zarpado meses antes la
flota española que había pretendido invadir Inglaterra. Ahora los británicos devolvían el
golpe con decenas de barcos bien preparados, 17.000 infantes, 4.000 marineros y 1.5000
mercenarios.
El 4 de mayo las naves inglesas eludían el cañoneo de las fortificaciones
coruñesas, adentrándose en la ría que conducía al núcleo urbano. La plaza no disponía
de grandes bastiones defensivos, ni siquiera contaba con la necesaria guarnición, tan
sólo unos 1.500 soldados bajo el mando de Juan de Padilla, marqués de Cerralbo. Por
tanto, al almirante Norreys , jefe de las tropas de desembarco, no le fue muy difícil
situar 12.000 infantes frente a la angustiada ciudad. La escena no invitaba a pensar en
nada halagüeño para aquellos defensores. Sin embargo, los acontecimientos posteriores
trastocarían sensiblemente el augurado final de aquel episodio.
El 5 de mayo los soldados españoles y la población civil se retiraban para
protegerse detrás de las murallas que delimitaban el contorno de la ciudad vieja. Atrás
dejaban decenas de cadáveres, resultado de los primeros combates ocurridos en el barrio
de la Pescadería. Comenzaba un feroz asedio en el que ninguna de las partes estaba
dispuesta a ceder ni un ápice; bien es cierto que los sitiados llevaban las de perder
dado su escaso número y su poca munición.
El 14 de mayo los ingleses lanzaron un ataque generalizado contra los muros del
último reducto. Previamente, habían agrietado las paredes con cientos de minas
explosivas. Por una de las fisuras se introdujeron algunos atacantes dirigidos por un
ardoroso alférez, que enarbolaba la bandera británica indicando a sus hombres los
lugares que debían ser tomados. En las deterioradas defensas, cientos de cuerpos yacían
entre humo y ruinas. Uno de aquellos valientes soldados fallecidos era Gregorio
Rocamonte. A su lado se encontraba su ya viuda María Pita, mujer que, como otras
tantas coruñesas, asistía a los defensores portando arena, piedras, munición, y, en
muchas ocasiones, disparando cañones o arcabuces.
María guardaba el cuerpo de su marido cuando, por azar, se topó con la
vanguardia inglesa que avanzaba libremente hacia el interior del bastión. En ese
momento la batalla se podía dar por perdida para los españoles. Pero ella decidió otra
cosa y se enfrentó valientemente a los invasores. Nunca sabremos si fue una lanza, un
arcabuz o una piedra. Lo cierto es que aquel alférez bravucón que, con tanto
acierto estaba dirigiendo las tropas en el asalto final, cayó fulminado por la acción
de la gallega. Este hecho no pasó desapercibido para la resignada tropa española que
ahora, gracias a ese gesto, tomaba la iniciativa empujando extramuros a los atónitos
británicos.
Es encomiable la decisión, tenacidad y arrojo de la población civil coruñesa, la
cual, en inferioridad numérica, utilizando herramientas, piedras y enseres domésticos,
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doblegó a una de las mejores infanterías del mundo. El 15 de mayo, Francis Drake
ordenaba el reembarque de las tropas, dejando 1.500 muertos en La Coruña, aunque, eso
sí, sus hombres se ocuparon de devastar la comarca con toda suerte de atrocidades
cometidas sobre la indefensa población. Semanas más tarde, la flota inglesa se volvería
a estrellar, en esta ocasión en Lisboa, dando por finalizada la expedición con un balance
tan humillante como el de la Armada Invencible española el año anterior.
María Pita fue recompensada por el rey Felipe II, quien le concedió el cargo
honorífico de alférez de los Tercios, con una pensión de cinco escudos. Además le
otorgó la licencia para la exportación de mulas a Portugal y la liberó de albergar tropas
en su casa. Falleció, en 1643, viendo cómo dos de sus hijos se dedicaban a la carrera
militar.
No podemos cerrar este homenaje sin recordar al resto de mujeres que lucharon
en las defensas de La Coruña, ciudad que supo enfrentarse a la ofensa de un pirata, hasta
entonces, invencible. Quiso el destino que fueran ellas las que lo echaran de nuevo a la
mar.