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Nº 39

Diciembre 2013

EJEMPLAR GRATUITO

La Barca
R E V I S T A D E C R E A C I Ó N D I G I T A L E D I T A D A P O R J U A N E N R I Q U E S O T O
© JUAN ENRIQUE SOTO

La Barca
D I C I E M B R E D E 2 0 1 3
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PORTADA

LA BARCA DICIEMBRE 2013

Burgos, por José Ángel Santamaría
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LITERATURA

POESÍA: Barcas varadas, por JES

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RELATO: El último tren a Nápoles, por JES

NOVELA: Un pueblo llamado Insidia, por JES

CINE

LIBROCINE: Eyes wide shut, por Rafa Montañés

4X4=cine: Gravity, por varios autores

LIBROS

LIBRO DEL MES: Volverás a Región , de Juan Benet
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FOTOGRAFÍA

CARTIER-BRESSON, por JES

FOTO DEL MES, por JES

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EDITORIAL

Lecturas de otoño

LA BARCA DICIEMBRE 2013

Queridos mariner@s, Un nuevo diciembre nos abraza con su promesa de ilusiones, fastos y gastos. Ya pensamos en el turrón, en el abeto, las uvas y el anillo de oro entre las burbujas del champán. Eso también significa que el tiempo, esa oruga insidiosa que se arrastra sin que apenas nos demos cuenta, avanza inexorable, invencible, tenaz y silencioso. Cada mes me parece mentira que otro número de La Barca vea la luz. Este editor aún vive en el asombro de ver como su criatura crece y crece y se van acumulando historias, fotos, ilustraciones, lecturas y cada vez más amigos se alistan en esta tripulación con vocación viajera y que ya es claramente hispanoamericana. Así que a tod@s, una año más ¡Felices Fiestas! ¡Buena travesía! El editor

La Revista de Creación Digital La Barca es una publicación de difusión mensual de carácter gratuito editada por Juan Enrique Soto en formato pdf. El editor de esta publicación no comparte necesariamente las opiniones de sus colaboradores. Cualquier sugerencia, crítica o propuesta de colaboración será dirigida a la dirección de correo electrónico jesoto@cop.es Editada por Juan Enrique Soto en Griñón, Madrid. ISSN: 2254-0539

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HOMENAJE A CARTIER-BRESSON
Inclinados, más inclinados, de uralita, de teja, a dos aguas, con canalón, sin él. Con claraboya, con chimenea, con varias chimeneas, con salida de gases. Con entrada de cacos, sin ella, con gorriones muertos, con hormigas, con antenistas. Bien rematados, sin rematar, con goteras, con suicidas, con banderas. Con palomar, con porquerías, con pelotas de goma, con botas, con pinzas de la ropa. Altos, bajos, más bajos, con nieve, con escarcha, con lluvia, secos. Con vértigo, con ala delta, con escala, con escalera, con tendedero. Con horizonte, con mirador, con lejanos paisajes recortados, con escorzos. Con cielos como techo, con nubes, con aviones, con planetas sobre ellos. Con gatos negros, con la luna llena. De paja, de brezo, de bambú, de pizarra. Izado con grúa, trabajado con las manos, resbaladizo, peligroso, emocionante. Junto a otros, aislado, volado por el huracán, derruido. Chino, filipino, suizo, alemán, castizo, castellano, mandarín, tropical, alpino, floreado, sobrio. Para sentarse y mirar desde lo alto, para huir de la Policía, para entrar en el dormitorio prohibido, para coger un nido, para esconder un tesoro, para sentirse solo, para estar más cerca de Dios, para salvar la vida durante la inundación, para el autismo, para el sonámbulo, para esconderse del padre degenerado, para que arañen las ramas del árbol, para que aterricen ovnis, para que se lea el S.O.S., para que los destruyan los bombardeos, para mojarse, para aguantar la veleta, para que haya techo, para plantarle cara al viento. Tejados, qué poco reparamos en ellos.

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En homenaje a tan magnífico fotógrafo, cada mes una de sus fotos dará lugar a una narración, en un juego cómplice de creación entre la imagen y la palabra.

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Librocine: Eyes wide shut, Kubrick—Schnitzler
Quiero empezar este escrito destacando que no habría tenido conocimiento de esta novela si no es por un análisis detalladísimo de EYES WIDE SHUT, de Cristian Campos titulado “ Vulgus veritatis pessimus interpres” en el magazine cultural JOT DOWN. A cada uno lo suyo
http://www.jotdown.es/2013/09/vulgus-veritatis-pessimusinterpres/

Tuve oportunidad de ver esta pequeña joya en pantalla grande, de estreno y recuerdo salir del cine alucinado. Eso no es extraño cuando terminas una película de este director, pues visualmente me reafirmo en que es un genio. Pero es que ésta, su obra póstuma, es, en mi opinión, uno de sus trabajos más redondos. Una mezcla de realidad y sueño donde nunca llegas a saber con exactitud en qué estado se encuentran sus protagonistas, acompañado de una crítica feroz a la fidelidad conyugal, que te hace ver que, por mucha estabilidad que den los años, un arranque de sinceridad (En el caso de ellos, provocado por el efecto del cannabis) puede desmoronar el castillo creado, en décimas de segundo. Kubrick nunca te deja frío. Este film, en concreto, tuvo muchas críticas negativas y mucha incomprensión, pero afortunadamente sus obras se van convirtiendo en obras maestras a medida que vas conociendo, a partir de estudiosos de la materia, detalles que nunca llegarías a conocer por ti mismo. Eso hace que en cada visionado de sus creaciones encuentres detalles más sorprendentes. Una muestra clara es su forma de jugar con los colores: en Eyes Wide Shut el azul es sinónimo de inocencia, fidelidad, pureza y sin embargo para el mundo oculto, la perversión o el adulterio utiliza un rojo intenso que nos lo resalta descaradamente en cortinajes enormes, vestidos, paredes...es sencillamente magistral. Os recomiendo darle, si ya la habéis visto, una segunda oportunidad, después de leer el texto de Cristian Campos. Su fidelidad al relato corto de Schnitzler es relativa, pues, aunque el núcleo central de la trama es calcado, el cineasta sabe darle unas cuantas de vuelta de tuerca, para que cada una de los formatos tengan su parte interesante y a la vez, sea comple-

tamente diferente a la otra. Mientras que, por poner un ejemplo, la versión literaria transcurre en Alemania en carnaval, en el cine vemos a los protagonistas en la Navidad neoyorquina, cambio que da mucho juego para el lector o espectador y sin embargo te lleva a la misma conclusión. Teniendo en cuenta que la novela data de 1925, nos encontramos con un texto fuera de lo normal en aquella época, tratando temas tabú como el sexo y las reuniones clandestinas de alto standing. No es casualidad que sea coetáneo de Sigmund Freud, llegaron a conocerse y profesarse admiración el uno al otro. Su relación con el cine no acaba en esta película que nos ocupa, también Max Ophüls, director de CARTA DE UNA DESCONOCIDA (obra maestra que está entre las debilidades del que escribe) se basó en un par de novelas suyas para ampliar su filmografía. En definitiva, un relato muy interesante, que se lee en una sentada, tan provocativo como morboso, que despierta ese lado voyeur que Hitchcock decía que todos tenemos, en el fondo. Y una película de un nivel por encima de la media, tratada injustamente, aunque me ha sorprendido gratamente descubrir que cuenta con muchos incondicionales. Lectura y visión muy recomendada.

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P O E S Í A B a r c a s v a r a d a s , P o r J E S

Barcas varadas cerca de la orilla Piensan en sentir sus velas hinchadas En cortar el mar con su duras quillas En traer de peces sus redes colmadas Marineros cansados de esperar Auguran encarando la tormenta Si el mar no nos ha de alimentar En tierra vengaremos la cruel afrenta Y es así que aquellos hombres adustos Bebiendo el aire maldiciendo al cielo Armados sólo con desnudos puños Pero en sus almas amarrado el miedo Se alzaron contra la más amable Madre Que lloró sin saber qué fruto darles

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El libro del mes Volverás a Región, de Juan Benet
Catalogada como una obra tan fundamental en español como de difícil lectura, Volverás a Región se me ha antojado toda una verdadera experiencia lectora, de esas que según se leen, te recorre un escalofrío de dicha y placer ante un texto de calidad sublime . Región se convierte en una tierra inhóspita que alberga, sin embargo, a una gente obstinada en extraerle el poco fruto que sus salvajes terrones pueden dar a cambio de mucho sudor. Situada al norte de España, es sacudida por la Guerra Civil, decantándose sus habitantes por ser fieles al bando republicano. Se convierte así en un reducto donde solo vale la guerra de guerrillas y el diezmo de las tropas por hastío más que por estrategia. Dos personajes, un hombre y una mujer, conversan una noche cuando ella regresa ya en su madurez a rendir cuentas con ella misma y con la implacable tierra que hizo de ella, como de todos, unos seres que olvidaron emocionarse y vivir. Recuerdan ambos las décadas pasadas y la esterilidad, tanto humana como territorial, de Región, de modo que la dureza que reflejan el lugar y sus habitantes fluye por las manos que sujetan el libro y penetran en el corazón del lector, sobrecogido por unas biografías que arden magmáticas aunque sus miradas sólo muestren un vacío existencial. "... y casi todos los muebles habían desaparecido tras haber dejado en la pared la huella de su espalda; todo a lo largo del pasillo en crisis, sobre el suelo de mosaico, corría un reguero de manchas de cal, el rastro de un fantasma herido que hubiera huido por el ventanal del fondo". "Ya no le quedaba otro patrimonio que un paquete mediado de cigarrillos -los suficientes para desechar toda idea de suicidio". Estos son fragmentos absorbentes que dan una idea, cabal pero minúscula, de la maestría de Benet para hacernos sentir el polvo en la garganta de los montes estériles, la claustrofobia de sus habitantes a cielo abierto o la asfixiante melancolía de sus paisajes, naturales o edificados, para crear una atmósfera de tormenta y resignación en sus personajes. Región es una tierra sin esperanza en cuyo corazón está prohibido penetrar porque todos los habitantes de Región quieren quedarse solos con sus terribles secretos y dolores del alma. Para aquel que ose curiosear, queda el guardián al acecho, tan eficaz que solo precisa un disparo, porque hay territorios, nos hace saber Benet, que es mejor olvidar. Si el lector se entrega con libertad y concentración al texto, sabiendo que el viaje le exigirá sacrificio y tenacidad, Volverás a Región le entregará a cambio una de las más impactantes aventuras de leer que se pueden experimentar en castellano. Simplemente, magistral.

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4X4=Cine
Una trama sencilla en un entorno improbable, un escenario deslumbrante para una p e sa d i lla , una h ist o ria h u ma n a en la soledad a b s o lu ta . Desde lo más básico del animal humano (la necesidad de sobrevivir) Ryan se enfrenta al más sofisticado logro de la Humanidad y lucha por esa supervivencia en un entorno imposible. Cuarón nos muestra cómo, ante una tecnología que fracasa, en una alegoría directa al fracaso humano, el individuo puede triunfar apelando al recurso inagotable de la voluntad.

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La película es un auténtico catálogo de emociones, que no permite bajar la guardia; que no hace trampas al espectador y nos pasea con soltura por la vida de la protagonista, que es alegoría de todo el género humano. Excelente dirección de actores, brillante banda sonora, magnífico sonido, creíbles y medidos efectos especiales. Muy buena película. 4,5 sobre 5. CARLOS REYERO Me resulta difícil comentar esta película porque la cabeza me dice una cosa y el corazón otra, pero allá voy. Sin duda es una película IMPRESIONANTE, que merece, o mejor dicho, debe ser vista en el cine y en 3D. La puesta en escena y el 3D nos hace volar literalmente en el espacio. Con una dirección que ofrece momentos realmente originales y que se quedan irremediablemente en las retinas. “Peeeerooo”... aunque tiene un par de momentos puntuales que me puso en tensión, fueron ocasionales y no estuve en tensión como en otras películas, además de que tiene alguna parte más sensiblera con la que no conecté. Y ahí radica mi problema con esta película (que no de la película en sí), que no me quedé enganchado a ella. Es una película que se me queda en los ojos y en la cabeza, pero no me tocó la fibra del todo. ¿La recomiendo ver? Desde luego, a mucha gente os encantará, yo solo puedo decir que me ha gustado bastante y reconozco que marca un punto de inflexión en la historia del cine. 3,5 sobre 5. JAVIER BELTRAN

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Pues a mí no me ha gustado. Para empezar me da que quiere impactar técnicamente sobre todas las cosas. Cuando pones toda la carne en lo visual y técnico, cabe la posibilidad de que tu historia flaquee; eso sin mencionar que no me creo al personaje principal; sus motivaciones o desmotivaciones... De lo ajeno del espacio se puede sacar más que la consabida metáfora visual del nacimiento; cosa que por otro lado exploró magníficamente Stanley Kubrick; no es Cuarón el primero al que se le ocurrió girar una cámara. Como documental y espectáculo; bueno. Como un ejercicio narrativo completo; pffffff. 2 sobre 5. LAURA GAYARRE

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No creo que Gravity sea una gran película, aunque apuesto por la belleza de algunos minutos de su metraje y por las sensaciones que provoca. La más inquietante es la sensación de ingravidez y soledad que se siente el estar flotando en el espacio, es algo fantástico, incluso asusta esa inmensa oscuridad y el gran silencio que la arropa. Y por supuesto, cabe destacar la gran capacidad de Cuarón de lograr que Bullock parezca una buena actriz, sin serlo. Fuera de todo eso, y de disfrutar de la belleza espacial y de la de sus protagonistas, solo queda una historia increíble, que llega a ser incluso ridícula, fantástica, sin pretender serlo. La sencilla historia que tan bien estaba relatando Cuarón se convierte en una sucesión de catástrofes aparentemente irremediables, que van derivando poco a poco en una increíble odisea en el espacio. 2,5 sobre 5. BLANCA ABELLA

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Un pueblo llamado Insidia (9ª parte), Por JES
El jefe de policía distribuyó sus cuatro hombres entre las dos convocatorias. Su única misión era ser sus ojos y sus oídos. En cualquier caso, serían fuerza insuficiente si se trataba de manejar a toda la población. Cuánto echaba de menos los tiempos en los que contaba con un número importante de policías y un minúsculo pero ilusionado cuerpo de bomberos compuesto por tres hombres y un vehículo preparado con modernos equipos y que ahora se oxidaba en el garaje municipal. Cierto era que la justificación para mantener un mayor número de policías habían desaparecido. No se cometían crímenes en Insidia, pero a qué precio. Orden, pulcritud, sometimiento. Rememoró los días en los que corría tras ladronzuelos de poca monta, como si aquello fuese el orgullo de cualquier policía. Los días en los que su padre le contaba sus anécdotas peligrosas, la captura de peligrosos delincuentes o cuando le aconsejaba sobre cómo llevar a buen puerto alguna investigación compleja sobre un homicidio o un robo bien planeado. Ahora, convertida su Policía en una Policía política, los sueños que una vez tuvo sobre lo que la justicia debía ser y lo que los policías podían aportar para lograrla se habían desvanecido. Él siempre quiso ser policía, como lo fue su padre, aunque éste, el mejor jefe que tuvo nunca la policía de Insidia, vaticinaba entonces lo que sería del cuerpo policial porque veía claramente en qué se convertía sin remedio aquel pueblo aislado del mundo, y no pudo hacer mucho por evitarlo. Su padre intentó desanimar su vocación. Después, tuvo que darle la razón, pero ya fue tarde. Cuando se convirtió en policía, aún quedaban restos del antiguo cuerpo y se velaba por la seguridad de los ciudadanos. Qué bien comprendía ahora los sentimientos del viejo, cuando le veía encorvarse más y más contemplando con lágrimas escondidas su álbum de fotos y recortes de prensa acerca de actuaciones memorables, las últimas. Se le rompía el corazón al verle así y así murió el hombre. Fue el último gran jefe de policía de Insidia y no se le rindió ningún homenaje o ceremonia de honor, ni en el día de su entierro. Al contrario, tuvieron que entregar las condecoraciones recibidas porque se consideraban premios que favorecían el individualismo en una población que funcionaba unida, donde cada uno debía cumplir con sus deberes sin recibir nada a cambio mas que la satisfacción del deber cumplido. Él pudo esconder una de las medallas, en un falso escalón de su casa, en la salida al mustio jardín y allí permanecía porque no se atrevía a sacarla no fuese a verle algún insidiano

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mal encarado. La había escondido tan bien que no podía recuperarla sin desvelarla. Cuántas veces pensó Néstor que debió hacerle caso a su padre y marcharse de allí cuando todavía era joven. Muchas. Ahora ya no. Ahora creía que su verdadero deber era actuar para que las cosas cambiaran y reconocía que su puesto le otorgaba alguna oportunidad para ello. Es por eso que el alcalde no precisó de muchas insinuaciones para que se uniera al círculo y desde que entró en él, todos sus esfuerzos como policía y como hijo orgulloso de su padre estaban encaminados a que Insidia dejara de ser una tiranía en manos de ambiciosos megalómanos, de líderes hipócritas sin escrúpulos que justificaban sus delirios de grandeza como actos generosos y patrióticos cuando no eran más que cinismo, egoísmo y enfermiza ambición. Vio a sus vecinos acudir a las convocatorias mientras circulaba a poca velocidad por las calles del pueblo. A través de los cristales del coche, sus rostros parecían ser aún más fríos de lo que de por sí eran, máscaras que ocultaban los rasgos más humanos. Pieles macilentas, corazones negros. No se atrevían a mirar el vehículo policial volviendo el rostro. Sólo miradas de reojo, escondidas bajo las alas de los sombreros gracias al entrenamiento tenaz del disimulo. Si eran en realidad inescrutables o simplemente no había nada que buscar, era su duda. Cualquier intento por leer sus mentes chocaría como el martillo

contra la piedra en la cantera. No habría nada que leer, sólo esquirlas y polvo. Estatuas deformes en movimiento. En pocos minutos, Insidia se convirtió en un pueblo fantasma. Aguilar paró el vehículo, salió de él y, al calarse la gorra, se fijó en el cielo y su extraño color naranja. Decidió que dentro de un rato iría a la oficina por si los teletipos advertían de alguna inclemencia climatológica que debieran conocer a tiempo. Mientras, el viento levantaba el polvo de las aceras y volteaba arbustos segados y secos que rodaban como muertos sin rumbo. Todos los comercios habían sido cerrados. Nadie permanecía en sus casas. Se preguntó cómo era posible que nadie disintiera, que todos hubieran acudido a una u otra convocatoria. Tal era el miedo o la conformidad o la inexistente voluntad. Salvo el viento y sus trastadas, nada se oía. A su derecha, al fondo, en la alcaldía, que como una rareza más no estaba situada en la plaza del pueblo, lugar reservado a la iglesia, el alcalde esperaría informes sobre lo que ocurría. Néstor y él serían los dos únicos seres en Insidia que no estaban con los demás. Dos células rebeldes en un cuerpo enquistado, quizás, muerto. Sintió que la tarea que se habían marcado estaba destinada a fracasar. Dos partículas tan efímeras y frágiles no podrían resucitar un cadáver tan muerto y, cuando pensó en la cantidad de muerte que podría contener un cadáver, sonrió. Sin embargo, fue una sonrisa dolorosa.

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El chamán mantuvo las manos elevadas sobre los insidianos que le observaban expectantes en la ladera. El viento aventaba las plumas que adornaban su cabeza y empujaba sobre sus ojos motas de polvo que le obligaban a pestañear. Se dio cuenta entonces que no había preparado absolutamente nada de lo que iba a decir y se enfureció consigo mismo por ser tan poco previsor en un momento tan importante. Sin embargo, el malestar le duró un instante efímero porque inmediatamente inspiró hondo y llenó sus pulmones de seguridad y confianza. -¡Insidianos! –gritó cuando se sintió preparado. Sólo se escuchaba el ondear de los abrigos cerrados y abrazados alrededor de sus dueños. -¡Insidianos! Habéis acudido a la llamada y eso demuestra vuestra responsabilidad y también vuestra confusión. Vosotros, dignos ciudadanos que valoráis la fuerza de vuestras convicciones, pero

que apreciáis a su vez la fragilidad de las columnas que sostienen nuestra vida en armonía cuando es atacada por las fuerzas del mal, venís y me mostráis en vuestros llorosos ojos la confusión que os abate. Sé que deseáis salir de esa confusión que os amenaza como el rayo certero de la ira divina. Acudís a mí pero no es en mí en quien encontraréis alivio a vuestro tormento ni respuesta a vuestras angustiosas preguntas. ¡Yo no soy digno de vosotros! He aquí que yo, vuestro humilde servidor, no soy más que un instrumento, una boca que articula la voz de los dioses. Yo soy poco más que un títere en sus divinas manos. Pero aquí, desde esta Roca, desde la que tantas satisfacciones se otorgaron a los dioses, ellos permiten ahora que me dirija a vosotros para comunicaros sus sabias palabras. ¡Y no son gratas, amigos míos! Esperó unos instantes mientras buscaba reacciones en sus rostros, pero éstos seguían tan atemorizados como al principio. -Deseáis con fervor saber lo que los dioses os comunican porque hasta sus ojos y oídos todopoderosos ha llegado, como no podía ser de otro modo, que nada escapa a sus sentidos, la zozobra provocada en vuestros corazones por un suceso impío y alborotador que ha alterado vuestros cotidianos quehaceres fruto de la concordia que generosamente nos entregaron. Saben bien de vuestra inquietud porque ellos también están preocupados por lo acaecido. ¿Cómo podía no ser así? ¿Cómo los dioses que velan por nuestra felicidad pueden per-

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manecer impasibles, insensibles a vuestro dolor? ¿Acaso no sufrís vosotros mismos en vuestros cuerpos y almas el dolor que sienten vuestros hijos cuando se debaten en el temor de no encontrar vuestro cobijo en la noche tormentosa? Sí, ellos, son como nuestros padres y, como tales, es preocupación lo que sienten cuando se turban vuestros días. ¡Los dioses os hablan! A través mío os envían palabras de consuelo que alivian vuestro pesar. ¡Velarán por vosotros, que sois sus criaturas amadas! -Bien aprecio en vuestros rostros el descanso que suponen mis palabras dictadas por los dioses. Es alivio lo que estáis sintiendo y lo sé porque sois transparentes para mí, que soy los ojos de aquellos que os protegen. Pero bien sabéis que los dioses son criaturas agradecidas, que saben apreciar, y de qué modo, la entrega de sus súbditos. -Un trágico suceso ha alterado nuestra pacífica convivencia. A cualquiera de nosotros, si estuviésemos desprevenidos, nos parecería un hecho nimio, insignificante, sin poder alguno para destruirnos. La llegada de una carta, una simple carta, ¿en qué puede afectaros? ¿Qué puede provocar un trozo de papel? ¿Queréis que os lo explique? ¿Deseáis saber por qué tan concreto suceso puede destruir vuestro mundo? ¿Queréis conocer o permanecer en la ignorancia? ¡Decidme, insidianos, amigos míos! ¿Queréis saber? Los ojos de los que le escuchaban se abrían desmesurados, asentían sus cabezas y sus labios se movían como en rezos íntimos, pero poco a poco, lo que comenzó como un susurro fue creciendo

hasta que a oídos del chamán que esperaba con los brazos muy abiertos y los ojos en blanco elevados al cielo llegó un mensaje claro: “¡Queremos saber! ¡Queremos saber! Iván Carnicer sonrió.

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El relato El último tren a Nápoles Por JES
Cogió ese tren, el último de la noche, sin conocer su destino. “A Nápoles, señor”, le informó el empleado de la taquilla. Bien, iría a Nápoles, qué más le daba. No acabaría ese viaje, aunque eso, aún, él no lo sabía. No llevaba equipaje. Al menos, no material. Sin embargo, sus brazos caídos, su espalda encorvada y sus párpados casi cerrados indicaban el gran peso que soportaba. En el alma. Se sentó en cualquier sitio. Ni siquiera miró en el billete su asiento asignado. “Disculpe, señor, creo que ha habido una confusión. Yo tengo asignado el asiento que usted ocupa”. No se molestó en comprobar su billete. Sin duda alguna, el otro tenía razón. Se limitó a levantarse y sentarse en otro lugar, solitario si podía. Pudo elegir un rincón. Acaso un viajero, cabeceando por el sueño y el traqueteo fuese su más sonora compañía. No podía dormir. Tampoco quería hacerlo. Sólo deseaba verla, imaginar su rostro, su sonrisa, sus manos, sus palabras. Por una extraña razón que no entendía, las imágenes de ella no eran nítidas. Borrosas, se mantenían en su mente un efímero instante, siempre insuficiente y eso le provocaba desazón. Había compartido años de cercanía con ella y no lograba retener su rostro, sólo una idea, una figuración inasible en la que era imposible recrearse. Más allá de la ventana del tren todo era oscuridad. Se le antojó ser como ese tren, iluminado mientras atravesaba una profunda oscuridad de camino a un lugar incierto producto del azar. Veía su rostro en el cristal. Apenas se reconocía a pesar de reconocerse. “La razón mira hacia un lado; el corazón hacia el contrario”, pensó de un modo tan claro como si lo leyera en sus ojos. Descorazonado, perdido, producto de un arrebato arrancado a la frustración, se encaminaba a Nápoles, como bien podría haber sido a San Petersburgo o Berlín. “Si hubiese sido un barco en lugar de un tren, habría zarpado en dirección a Naufragio”. “¿Me permite su bille-

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te, señor?”, solicitó el interventor. Se lo entregó como el que entrega la vida entera a otro, voluntariamente, para que disponga de ella. “Me da el visto bueno y me la devuelve, como si pudiese apurarla un poco más”, pensó al recoger el billete perforado, como si le otorgase el empleado una nueva oportunidad de vivir. “¿Por qué no en Nápoles?” Pero era imposible. Toda su actitud era negación. “Si no la podía tener a ella, mejor era no tener nada”, era su sentencia y parecía querer cumplirla porque bien sabía que obtener su amor era imposible. Aunque él era el que estaba casado, aún amaba a su mujer, pero de un modo diferente, acostumbrado, no como a la otra mujer, apasionado, con ese fervor imaginado hacia lo que no se posee. Ni siquiera sabía si ella le amaba a él, o si tan solo le apreciaba. Parecía que sí, se trataban desde hacía años, pero

con la cortesía que proporciona la educación. Él se quitaba el sombrero; ella inclinaba la cabeza levemente. Él comentaba una anécdota; ella le correspondía con otra. Quiso recordara y recordó que por más esfuerzo que hiciera no recordaba haber hablado con ella de sentimientos, deseos, ilusiones, miedos. Sus conversaciones solían ser triviales, serias todo lo más, nunca personales. “Quizá, ese ha sido mi error. Nunca me he mostrado ante ella”. Pero estos pensamientos no hicieron sino hundirle más en la oscuridad que atravesaba el tren. El tren hacía breves paradas, pequeños momentos de intercambio en los que el movimiento se convertía en quietud. Llegar a destino es eso, es encontrar la quietud, es ser recibido por aquellos que esperan la llegada del viajero, es entrar en un lugar reconocido como propio y que otorga

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la mayor parte de la identidad. Él no podía sentir la felicidad que supone alcanzar el final del viaje porque lo único que él hacía era partir, alejarse de todo aquello que se suponía que daba forma a su mundo y se internaba en lo desconocido, la inseguridad y la incertidumbre. En una de las paradas más prolongadas, mientras cargaban carbón para la locomotora, estiró las piernas en el desierto andén. La niebla empequeñecía todo lo que tocaba y creaba una sensación de frío mayor que la real. Se envolvió en su capa y caminó con lentitud. Los toques de su bastón resonaban siniestros. Todo eran sombras a partir de los faroles impotentes. “¿Puede amarse a dos mujeres al mismo tiempo?”, le preguntaba a los raíles, a las piedras, a los bancos de madera en un gesto que sabía inútil como inútil habría sido preguntárselo a un ser humano. Qué sabían los hom-

bres del amor. Nada, absolutamente nada salvo que es dueño y señor de su voluntad y de sus actos, de su cordura y su locura, de su autocontrol y sus instintos. Ante el amor, sólo queda el recurso, si la entrega total fracasa, de la huida, la huida ciega, absoluta, irracional. Eso era lo que él hacía, huir. Contra el amor no se puede luchar. La derrota es segura. El amor siempre vence, por encima de las vidas de los amantes. Cogió ese tren, el último tren para él aunque no lo sabía todavía. A pesar de estar cerca de su destino, no llegaría a Nápoles. En el solitario y frío andén, la niebla le inundó el alma de profunda melancolía, esa vieja pasión separada de la desesperación por un único y definitivo acto. Como ráfagas, las imágenes de la amada le invadían, al igual que los remordimientos. Las unas y los otros

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competían en intensidad y al poco tiempo era tal la lucha que el hombre apenas pudo respirar. Sus ojos se movían velozmente en sus cuencas, como si se negaran a mirar a ningún sitio. No podía escapar del torbellino que bullía en su mente y le aplastaba el corazón. Sus sentimientos le martirizaban aunque eran confusos. Si no la veía a ella, la razón conseguía confirmar su vida de amante esposo y desplazar y mantener a raya sus emociones, construir castillos de raciocinio y se sentía, en el dolor, fuerte como para que su vida continuara siendo perfecta. Sin embargo, todo se derrumbaba en cuanto la veía. Su voz, su olor, el color de su pelo, su radiante rostro, su mera presencia, le volcaba el pecho y debía amarrarse a los brazos del sillón en el que se sentaba para no arrojarse a sus pies, delante de todos, y suplicarle que le diera a probar el sabor de sus labios. Pero ya era tarde para volver. “¿Para qué?”. No querría, ni habría podido, dar explicaciones. No quería ver sus rostros en la certeza de que nada habría de cambiar porque él no tenía valor para cambiarlas. Sus dos rostros le mirarían interrogantes. No respondería y el no hacerlo sería peor. Optara por lo que optara, el colapso sería fatal. Si no podía amar, mejor era morir. El silbato del tren anunció su partida. No cogió el tren, pero el tren tuvo que parar de inmediato. Era el último tren de la noche, con destino a Nápoles y su interventor debería informar de un triste suceso que justificaba el retraso de su llegada a destino.

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© Juan Enrique Soto Sugerencias y suscripciones en: jesoto@cop.es

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www.juanenriquesoto.blogspot.es

Vive la aventura de leer

Creápolis Impulsa. Entre sus galardones literarios se destacan: ganador del Primer Certamen de Relatos Himilce, finalista en el Tercer Certamen Internacional de Novela Territorio de la Mancha 2005, ganador del I Concurso de Relatos de Terror Aullidos.com y del Primer Premio de Poesía Nuestra Señora de la Almudena, Valladolid. Ha sido finalista o recibido mención en los certámenes V Hontanar de Narrativa Breve, XVIII Concurso Literario de Albacete, Primer Concurso Internacional de Cuente Breve del Taller 05 y Primer Certamen Literario Francisco Vega Baena. Algunas de sus obras pueden encontrarse en diferentes portales de la web.

Juan Enrique Soto, nació en un pequeño pueblo cerca de Frankfurt, Alemania, pero se crió en el popular barrio de Vallecas, Madrid. Ha publicado la novela El silencio entre las palabras con la Editorial Baile del Sol y La Barca Voladora con

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La fuga del jazmín Foto: JES