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Impreso por Miguelángel Hernández Navarro. Prohibida su reproducción.

42 DOMINGO, 1 DE DICIEMBRE, 2013

LaOpinión

Opiniones

Presente continuo
VIERNES
Casa de hojas. Sales a correr con J. Hoy, vuelta corta. El flato no te respeta. Cuarenta minutos y a casa. Después, ves el último episodio de American Horror Story Coven. Es una serie que te tiene hipnotizado. Aunque esta temporada no es la mejor, sigue siendo muy imaginativa. Es la mezcla de todos los géneros de terror. Serie absolutamente posmoderna. Como posmoderna —y también de terror— es la ‘novela’ que has comenzado a leer. La casa de hojas, de Mark Z. Danielewksy. Un libro monstruoso, lleno de pasadizos y lugares extraños. Un desafío para el lector. Crees que te llevará meses terminarlo. Aun así no desistes. Y el libro te engancha y te perturba. De algún modo, tiene que ver con American Horror Story, con la mezcla de todos los tópicos de terror. La casa encantada, la película y los documentos encontrados, y sobre todo las crisis de pareja, que siempre suelen ser los desencadenantes del miedo.

MARTES
Casa y libros. El catarro te ha entrado fuerte. Te levantas como puedes y contestas los e-mails urgentes. Intentas escribir, pero no estás lúcido. Así que lees. Quisieras entrar de nuevo en La casa de hojas, pero no es el libro para hoy. Y comienzas a leer Una historia sencilla, de Leila Guerreiro. Lo tenías sobre la mesita unas semanas, pero ayer viste a J. con el libro en la mano y decidiste que era el momento. Es un libro delicioso. Una crónica escrita con una prosa elegante que se torna poética justo en el momento justo. Una pequeña joya.

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DOMINGO
Demasiado lejos. Te levantas temprano a correr. Quieres hacer hoy un recorrido nuevo. Y casi por inercia te ves corriendo hacia tu casa, por el Reguerón, entre caminos de huerta. La tienes en mente. Pero antes de llegar tu cuerpo no te respeta y tienes que volver. Once kilómetros son demasiados para ti. Cuando llegas, eres consciente de que se te ha ido la mano y que, además, has pasado algo de frío. Mientras te duchas comienzas a estornudar. El catarro ya está aquí. Después de cenar te notas cansado, pero no tienes sueño. Estás en crisis con la novela. Empiezas a no verle el sentido a lo que tienes escrito. Te encierras en la habitación hasta solventarlo. Y comienzas a escribir de nuevo con otro tono. Pero ves que tampoco funciona. Así que vuelves a lo que estás escribiendo y sigues con un capítulo más. Escribes seis páginas de un tirón de un capítulo que no habías previsto. Quizá la cosa funcione. Te acuestas cansado y sin tenerlo demasiado claro.

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MIÉRCOLES
Fantasmas del pasado. Entrevista para la revista del Casino basada en la influencia de Thomas Bernhard en tus textos. C. lo ha leído todo y ha encontrado conexiones entre El malogrado e Intento de escapada que tú ni siquiera habías pensado. Es la primera vez que alguien hace teorías sobre tu novela que no se te habían pasado por la cabeza. Eres muy consciente de lo que escribes. Demasiado. Como crítico, estás habituado a teorizar sobre la obra de los demás y a escribir que a veces las obras dicen más de lo que los artistas saben. Pero ahora, cuando alguien dice eso sobre tu obra te resulta extraño. Te deja pensativo durante un buen rato. Hay cosas que están ahí y que aparecen sin que te des cuenta. Es perturbador. Precisamente ese mundo latente lo tienes presente toda la semana. Cada vez que te sientas frente a la tele y pones el telediario escuchas como ruido de fondo cosas que conectan con otro tiempo. Escuchas de nuevo el pueblo Alcàsser, Anabel Segura, violadores, terroristas, casas cuarteles, atentados de ETA… Los criminales del pasado están saliendo a la calle. Parece el argumento de una serie de J. J. Abrams. Pero el caso es que todos estos nombres te llevan a un tiempo diferente. Finales de los ochenta y principios de los noventa. Estabas en el instituto y nunca imaginaste que verías este momento. O pensabas que no sería tan rápido. Han pasado más de veinte años de todo aquello y verlos salir ahora, aparte del sinsentido en muchos casos en los que no hay rehabilitación posible, es una puesta en evidencia de que el tiempo pasa. Nada es eterno. Todo llega. Tarde o temprano. Por mucho que se posponga. Los fantasmas del pasado no pueden ser quitados de en medio. Y regresan para atormentarnos.

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SÁBADO
Nostalgias. Comes en la huerta, en la casa de tu hermano J., y ves al bebé de tu sobrina. El tiempo pasa tan rápido... Todos han crecido. Tú has comenzado a envejecer también. Tu cuñada dice que te han salido canas en la barba. El tiempo pasa, sí. Comienzas a ser consciente de eso. Cuando terminas de comer, te montas en el todoterreno antiguo que ha arreglado tu sobrino. Os dais una vuelta por carriles llenos de baches como si fueseis unos críos haciendo motocrós. Por un momento, vuelves a la infancia. Hacer algo por el mero hecho de pasárselo bien. Sin ninguna otra finalidad. Volver a la huerta es siempre volver al pasado. Por la noche ves Blue Jasmine, la última película de Woody Allen. Sales del cine con la sensación de no haber visto nada nuevo. La misma historia de siempre, repetida hasta la saciedad. Aun así, Cate Blanchett está de Oscar. Y hay un mínimo atisbo de conciencia social que estaba ausente en gran parte del cine de Woody Allen, que, como las telenovelas latinoamericanas, habla siempre de un mundo de ricos en el que el problema del dinero parece solucionado y, por tanto, lo que importa sólo son los sentimientos.

LUNES
Resfriado. El catarro comienza a apoderarse de tu cuerpo. Te acostaste demasiado tarde escribiendo y has dormido fatal. Es curioso, cada vez que te vas a la cama justo después de escribir, tienes pesadillas. O, mejor, sueños de los que te levantas cansado. Es cierto que en alguna ocasión los sueños han resuelto alguno de tus textos. Pero no siempre. Por lo general lo que sucede es que no descansas. Y al día siguiente tu cabeza es un caos. Estás cansado y resfriado. Y aun así, decides salir a correr con J. por la tarde. Ocho kilómetros mientras habláis. Llegas a casa no demasiado cansado. Te duchas rápidamente y coges la moto para ir a Murcia a escuchar la charla de Luna Miguel que organiza el Gremio de Editores. Y es en ese tránsito donde definitivamente te resfrías. Después de la conferencia, algunos os quedáis a cenar. La cena es divertida. Y más aún la post-cena. Acabáis en uno de los pocos bares que hay abiertos un lunes en Murcia. Allí, creyendo ingenuamente eso de que el alcohol es bueno para el resfriado, pides ron con Sprite. Durante un momento hablas con L. Y te quedas prendado. Lo confiesas ahora. Es una mujer cautivadora. Tiene una presencia y un aura que percibes claramente cuando estás delante de ella. Habláis de literatura, de autores que os gustan y de libros por venir. Te hipnotiza. Acabáis la noche en la casa de L., el L. de Murcia (esto de poner iniciales es a veces confuso), con L., A. y N. Llevas el ron que trajiste de Venezuela y quieres que lo prueben. Las chicas sólo beben agua. Vosotros tres entráis al ron a palo seco. Cada vez que lo saboreas vuelves mentalmente a la Hacienda Santa Teresa. Acompañáis a L. al hotel, a A. al taxi y luego os quedáis hablando N. y tú un momento. No sabes si es el ron o el resfriado, pero el caso es que la cabeza ya no da más de sí. En cualquier caso, la noche es para enmarcar.

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JUEVES
La felicidad en reposo. Comida de San Eloy. La organiza el profesor R —como el resto de eventos en torno al patrón de los plateros— y se ha convertido en una festividad para la carrera de Historia del Arte. Parece una boda o, mejor, Nochevieja. Los alumnos van vestidos con sus mejores galas. Este año, sin embargo, tú no llegas a estar del todo bien. La fiebre y el dolor de cabeza te imposibilitan disfrutar como otras veces. Pero a finales de la comida, casi llegando al postre, se produce un giro. Un e-mail de Anagrama te informa de que Éditions de Seuil ha presentado una oferta de traducción de Intento de escapada. De golpe se te quita todo el malestar. Te levantas de la mesa corriendo y llamas a R. Habías estado soñando algún tiempo con este momento. Por alguna razón piensas que Francia es el contexto ideal para tu novela —incluso más que España—. Y, además, Seuil es una editorial que te fascina. Cuando miras su catálogo de literatura extranjera (Coetzee, Saramago, Pynchon, Murakami…), te entra el vértigo y la alegría te desborda. Después de la comida, en el Kennedy, bailas y sigues un momento de fiesta con compañeros y antiguos alumnos. Estás feliz, pletórico, aunque el cuerpo no te acompañe. Pero tienes ganas de llegar a casa y saborearlo en soledad, con R., que es la que sufre contigo y la que sabe lo que todo esto cuesta y supone. Por eso regresas antes de tiempo, y la abrazas, y experimentas, ahora sí, la felicidad en reposo.

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Miguel Ángel Hernández
Profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia y escritor. Su último libro es Intento de escapada

Razón de estar
Dos frases del doctor Cabanelas, el médico que operó al Rey, sirven para aclarar el estado de la Corona, pues en las frases espontáneas de la gente inteligente, y si es gallego más, se muestra a veces (sin querer ellos) la verdad de las cosas. La primera es la respuesta de Cabanelas cuando alguien preguntó sobre la abdicación del monarca: «No sé exactamente lo que hace un Rey». La segunda, tras la operación: «Hay Rey para rato». La primera es perfecta, en su inocente republicanismo natural. La segunda denotaría tal vez una conversión, por la vía de la seducción, pero en realidad congenia bien con la primera: si uno no sabe lo que hace un Rey, y la salud de éste aguanta, ¿qué razones puede imaginar para que deje de serlo? En su tierra de origen la perseverancia de las cosas es un derecho natural, que se justifica por estar ahí, incrustadas en la Longa noite da pedra (C.E. Ferreiro).

Dos veces breve Pedro de Silva

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