GERARDO REICHEL, EL SENSACIONALISMO ACADÉMICO Y LAS ARTES DE LA EVASIÓN Cristóbal Gnecco (Universidad del Cauca) En un artículo publicado esta

semana en Razón Pública María Victoria Uribe cuestionó la denuncia sobre el supuesto pasado Nazi de Gerardo Reichel hecha por Augusto Oyuela en una ponencia en el último Congreso de Americanistas. Toya muestra cómo Oyuela oficia de fiscal (auto-designado) en un juicio en el que el sindicado está ausente; esgrime evidencias cuestionables; y, más importante, saca de contexto el episodio denunciado, eludiendo analizar una vida compleja y limitándose a hurgar en la oscuridad. La vida de cualquier persona merece ponderación, sobre todo cuando se trata de un asunto espinoso que puede (que busca) enlodar la memoria de un muerto. Comprensión, clemencia, simpatía: características mínimas de la decencia que faltan en la ponencia de Oyuela. Gerardo Reichel ya no vive, es cierto, pero vive su familia y también su memoria. Si las evidencias de Oyuela son apócrifas, no habrá enlodado el nombre de Reichel sino el suyo; si son ciertas, Oyuela incurrió en un amarillismo intolerable. Una cosa es un episodio en la vida de una persona, por terrible que sea, y otra cosa es su vida entera. Un balance consecuente y decente ofrece contexto y circunstancias, como los que mostró al mundo Paul Feyerabend para entender su pertenencia al Reichsarbeitsdienst, una organización auxiliar del ejército Nazi. Enlodar la memoria de Reichel por haber sido miembro de la organización juvenil del Nazismo, si acaso sucedió, sin entender por qué y bajo qué circunstancias, sin ofrecer una perspectiva más amplia y un balance completo de su vida, es un acto de amarillismo vulgar, no de honestidad académica. Pero no añadiré más a los argumentos de Toya, suficientemente sólidos y que comparto plenamente. Más bien, quisiera añadir una pregunta: ¿a qué debemos este repentino sensacionalismo académico en Oyuela, profesor en una respetada universidad norteamericana? Una respuesta de cafetín podría decir que obedece a su quemante deseo de figurar pero yo quisiera proponer una respuesta algo más sutil que tiene que ver con las políticas de algunos sectores de la academia, aquellos que buscan preservar privilegios cognitivos hace rato puestos en cuestión. La llamaré artes de la evasión. ¿Qué busca Oyuela pretendiendo que uno de los íconos de la antropología colombiana — y mundial, si a eso vamos— haya sido un Nazi? ¿Acaso demeritar su obra?; ¿demeritar a la antropología colombiana?; ¿escandalizar (¿a quién?) por el hecho de que un sujeto de tal catadura haya terminado enquistado en la academia de un país periférico, posando de redentor de indios?; ¿exponer ante el mundo la inocencia de los colombianos, capaces de acoger a un criminal y hacerlo parte de los suyos? Quizás Oyuela pretenda todo eso, pero ante las presiones contemporáneas sobre la disciplina, que deberían llevarnos a cuestionar sus propias premisas, su denuncia amarillista cumple bien otro propósito: hacer que miremos para otra parte, hacia donde hay poco más que fantasmas que ya no pueden hablar. Así se evita ver donde verdaderamente importa: los conflictos interétnicos; los incumplimientos del Estado con la justicia social; las intervenciones de la antropología, su complicidad (o no) con el orden global.

Voy a poner el asunto en un terreno pragmático: ¿para qué puede servir la denuncia de Oyuela? Acaso para alimentar las páginas morbosas de la prensa amarillista, a la que ha entrado a formar parte Arcadia por su ligereza en publicar el artículo de Camilo Jiménez “El pasado nazi de Reichel -Dolmatoff.” Acaso para deleite de quienes siempre vieron en la obra y la vida de Reichel un motivo de discordia, cuando no de franca envidia. A mí me interesa Reichel como antropólogo y como arqueólogo; me interesa su anti-nacionalismo, su interpretación sensible de las cosmologías indígenas, su aporte fundamental a la ecología cultural. Me interesan poco las anécdotas de su vida, entre ellas su supuesto pasado Nazi, cuya denuncia descontextualizada es uno más de los atajos de quienes evitan una discusión sustantiva sobre el papel de la antropología y sus efectos en la vida de la gente, de quienes se encierran en un autismo complaciente. Claro: nadie querría repetir la historia trágica del Nazismo pero lo que más nos toca, hoy y ahora, es una larga historia que se sigue repitiendo (la arrogancia de la cosmología Occidental, su desprecio de otras formas culturales, la solidificación del ideal burgués) y que espectáculos como el protagonizado por Oyuela, con la inestimable complicidad de la revista Arcadia, sólo contribuyen a soslayar, especialmente de la manera patética y plañidera como fue presentado. Pero hay más sobre la participación de Arcadia en esta lamentable mascarada. Llevo años suscrito a la revista porque la creía seria y confiable, capaz de ventilar polémicas útiles a la sociedad. Pero la publicación del artículo de Camilo Jiménez (con portada sensacionalista y todo, digna de El Espacio pero no de una revista cultural progresista) es una monumental metedura de pata, una falta de seriedad y un irrespeto mayúsculo —con Reichel, con su familia y con la antropología colombiana. Pretender que la denuncia de Oyuela “cambiará para siempre la historia de la antropología colombiana” o que pone “patas arriba a la ciencia colombiana” es de una simpleza insultante. Jiménez debió, por lo menos, dar crédito a las opiniones alternativas que cita (Pineda, Barragán, Von Hildebrand) en vez de aceptar, con una ingenuidad sorprendente en un periodista curtido, que las revelaciones de Oyuela (según sus propias palabras) “deben dar pie a cuestionar los fundamentos de la antropología colombiana.” Se necesita tener cara dura y una arrogancia sin par para pretender que una denuncia descontextualizada sobre un supuesto episodio oscuro de la vida de Reichel deba llevar a “cuestionar los fundamentos de la antropología colombiana.” Aún si fuera cierto que Reichel participó, de alguna manera, en el aparato Nazi, la antropología colombiana es suficientemente sólida, vasta y diversa como para que esté amarrada a una circunstancia pasada particular. Si hay algo que deba llevar a cuestionar sus fundamentos no será este episodio vergonzoso sino la manera como ha administrado los discursos sobre las diferencias culturales, la manera como ha sido funcional a los proyectos del Estado-nación y, ahora, del Estado multicultural. Si los antropólogos aceptamos que nuestra historia y nuestro destino dependen de revelaciones sensacionalistas habremos caído en la trampa. Por eso es necesario poner al descubierto esta farsa, en la que Arcadia ha tenido la mala fortuna de participar. Espero, por lo menos, una explicación de su parte, una rectificación que le permita deslindarse del moralismo descontextualizante y dañino que ha ofrecido Augusto Oyuela, condimentado con lágrimas en sus ojos. No basta con que Jiménez concluya su artículo con

una parábola sobre la redención. El grueso de su texto participa de la representación irresponsable y grotesca de Oyuela. Hacía mucho tiempo no veía un espectáculo tan lamentable en un acto académico. Creo en la decencia, la solidaridad y la ponderación de la academia, a la que pertenezco, pero ponencias como la de Oyuela me hacen desear estar en otra parte.

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