Reflexiones sobre “La quiebra moral de un país”, 4: el capitalismo y el caso venezolano

Llegamos así al cuarto y último capítulo del libro y el que consideramos el más importante e interesante porque es la propuesta central: el capitalismo humanista. Decimos nosotros que, aunque se esté lejos de cualquier intento esencialista, es necesario definir de qué estamos hablando: qué es y qué no es este capitalismo humanista. Isabel lo hace y describe además aquello que lo constituiría. En una primera lectura coincidimos con ella respecto a metas fundamentales de este proyecto: construir un país de propietarios, eliminar los monopolios públicos y privados, alcanzar el pluralismo económico, profundizar la democracia modificando la relación entre Estado y Ciudadanos, eliminar el rentismo y sustentar el desarrollo en la producción de verdadera riqueza individual y social, la reivindicación de las instituciones “responsables de la existencia de la democracia”. Hay algo muy importante que autora menciona y es la referencia a que “la propiedad pública (deje) de ser la fuente del poder político”, afirmación que suscribimos siempre que no se pierda de vista que la misma profilaxia debe tomarse para la propiedad privada.

Nosotros quisiéramos aportar algo, particularmente, con relación a la fórmula “capitalismo humanista”, núcleo teórico central de la propuesta. Comenzando por lo obvio, se nota enseguida que se trata de una definición compuesta, dos términos. El libro propone un sistema social que a la vez sea capitalista y humanista, por lo tanto, un camino posible es examinar qué entender por cada una de estas categorías separadas para luego decidir con qué nos quedamos y, si acaso, con qué no, para luego casar estos resultados en la nueva combinación.

El asunto es complejo y muy complejo y no vamos a agotarlo, aunque sí proponer una reflexión que consideramos indispensable. Dejamos por lo pronto fuera el término humanista que comentaremos en el próximo y último de estos aportes; ahora nos centraremos en el núcleo económico del asunto: el capitalismo.

Capitalismo nos parece que a nivel planetario ha habido uno que, por cierto, no ha sido el mismo en la historia. Esta aparente transformabilidad del sistema –flexibilidad la llama Emeterio Gómez, según lo cita la autora– ha hecho que no sea igual aquel capitalismo europeo que vivió Marx y el actual, por ejemplo, o el ruso o el chino o el latinoamericano. Admitir lo anterior es reconocer la diferencia en la identidad. Ningún problema con esto: 34 es diferente en lo idéntico con 43, por ejemplo, y no pasa nada, es algo perfectamente lógico y posible. Pero frente a la diferencia existe la alteridad: jamás diríamos que la Inglaterra del siglo X fue capitalista, por ejemplo, sino que reconocemos que fue “otra” cosa. Así pues constatamos que existe la diferencia y la alteridad; y que no es lo mismo. Dejemos esto por un momento, sin perderlo de vista, porque volveremos a esta idea.

¿Ser flexible, e incluso lábil, es una falla del capitalismo? No, pensamos que más bien es una fortaleza. Isabel comparte esta misma perspectiva, como queda claro en su mismo cuarto capítulo. Falla es más bien la rigidez marxista ortodoxa: pretender todavía hoy en día eliminar sin más la propiedad, el dinero, el mercado no es sólo rigidez, es no entender nada y hasta posiblemente sea una patología. Problema para psicólogos, pues. Sin embargo, conviene no ir muy rápido en esto, porque resulta que el capitalismo real y teórico tampoco es que admita su propia alteridad así nada más; y, por el contrario, se encuentra lleno de contradicciones, aporías y clausuras que esfuman sus pretensiones. Veamos.

Un individuo-sustancia como requiere el liberalismo no existe en ningún lugar: ese que se encuentra por encima de la sociedad y que posee “derechos inalienables”, etcétera, etcétera. Si este individuo abstracto existiera negaría de plano el tiempo y la alteridad, tanto para él como para la sociedad, porque el liberalismo no sólo sugiere que el individuo ya ´existe´ sino que, además, es de un ´modo esencial determinado´ antes de ser socializado: la historia y el tiempo lo acompañan hasta su realización, pero nada más. Un individuo así sería algo “cosificado”, sería pura repetición y, sobre todo, nunca sería creación.

Es un asunto pesado porque si se niega el individuo y la historia como creación –esto es lo que significa negar el tiempo y la alteridad–, ¿cómo definir la libertad?; y esto no es todo, hay más preguntas, porque, ¿cómo son esos derechos que pre-existen en sí mismos en cada individuo como entidades trascendentales y a-sociales? ¿Quién los otorgó? ¿Dios, la naturaleza, la tradición, la ley social? ¿Cómo fue eso? Las constituciones legales, como principios, existen, sí, pero como creación humana, social e histórica y, por tanto, obviamente sometidas también a la alteridad y a la desaparición, por poco que les guste a quienes las crean o postulen como ´absolutos´. Finalmente, enfrentados a esta definición de individuo abstracto y universal que propone el liberalismo, es obligatorio preguntarse ¿no será más bien que el liberalismo peca aquí de ‘sociocentrismo’ y proyecta para todos los hombres y la historia lo que no es más que su propio ideal antropológico? ¿Por qué la versión universal del individuo iba a ser el burgués liberal y no el individuo renacentista u otro? ¿Esto no es pura proyección?

Lo que de una vez postulamos y sometemos a discusión es que tanto el marxismo como el liberalismo presumen un individuo que no existe y esto porque en su raíz ambas cosmovisiones son hijas perfectas de la Ilustración. Su positivismo las supera por todas partes con el resultado de que terminan sometidas y traicionando los ideales que dicen defender. Dejemos esto para posteriores discusiones y continuemos con la definición de capitalismo.

¿Qué será pues el capitalismo, qué queda luego de eliminar las diferencias del fenómeno y que es aquello que lo define? Se dice que se trata “de la propiedad privada de los medios de producción y la libertad de gestionarlos”. Es la definición de manual. Sin embargo, un primer examen deja claro enseguida que es insuficiente, pues , ¿en qué sociedad humana, a pesar de no haber sido capitalismo, no ha habido propiedad privada? Y más, ¿acaso el intercambio, el mercado, los precios, las mercancías y el dinero no existen, por lo menos, desde los tiempos de Ali Baba? Y ninguna de estas sociedades fue capitalismo ¿Entonces? Lo que distingue a los despotismos asiáticos de los orígenes europeos no es que no estuvieran presentes todos estos elementos, sino que allá no emergió el proyecto de la libertad y el individuo estuvo siempre borrado por el poder. De modo que qué es el capitalismo.

Nosotros suscribimos una definición que no se conforma con los elementos estructurales y la infraestructura economicista de tipo marxista o con la sujeción a reglas del tipo mercantil al modo de la visión liberal, igualmente economicista. Sólo de esta manera puede explicarse que la sola existencia de “elementos” particulares –tales como mercados, propiedad, etc– o su supresión no produce ni garantiza nada. No hay determinismo económico, para infortunio de marxistas y liberales. Nuestra definición de manera importante está infiltrada de aquello que en realidad es lo que constituye la particularidad esencial del ser humano y sus construcciones: la imaginación, la subjetividad, la simbolización y, en fin, las significaciones imaginarias sociales.

Para nosotros el capitalismo es el sistema cuya significación central es “la expansión ilimitada del dominio de lo racional”. En sus inicios fue también la continuación del proyecto de autonomía individual y social. Es pues el resultado combinado y contradictorio de dos significaciones nucleares: racionalidad y autonomía. Desde la invención del logos podría decirse que ambas categorías emergieron como creaciones humanas, pero sólo en el capitalismo la razón razonante cristaliza constelizando la totalidad de la existencia humana individual y social. Fue esto lo que el movimiento por La Ilustración legó a la historia, es esto lo que significa el dominio de los metasupuestos positivistas y racionalistas que dominan al mundo contemporáneo.

El despliegue de este tema es enorme e imposible en este comentario. Pero su discusión es obligatoria si es que vamos a tomar en serio el planteamiento del libro: formular un proyecto de país para Venezuela o si se quiere expresar en sus términos, culminar “un nuevo contrato social”. Vamos sólo por algunos elementos polémicos que aporta una amplia bibliografía ya existente y que quisiéramos que sirvan para darle continuidad a la discusión y de ninguna forma cerrarla.

Si bien es verdad que el “Estado” no es quien debe gestionar ni la propiedad ni la vida de los ciudadanos, tampoco lo es el “privado”. Ni el Estado ni el sujeto “privatizado”, que sólo mira por

sus intereses expresan al “ciudadano”. Respecto al Estado ni siquiera hace falta argumentar, se trata del “monstruo marino”; por su parte, el sujeto que sólo reconoce sus intereses privados y que de paso sólo los centra en la propiedad de lo económico, éste terminará siempre metabolizado en otro monstruo, tan enemigo de la comunidad como el Estado. Esto último es algo que la ideología liberal no reconoce y que se sintetiza en su fórmula: todo consiste simplemente en respetar los derechos de propiedad, sin más.

El espacio del ciudadano no se encuentra ni en el Estado ni en el individuo privatizado; sólo es posible si se crea el espacio público, un ámbito que a su vez sólo es posible cuando se reconoce que existe el “asunto público”, cuando se reconoce que éste no es derecho exclusivo de ninguno y nos pertenece a todos.

¿Existe lo público? El Estado y el déspota responderá: claro, soy yo. El individuo privatizado, por su parte, dirá: no, sólo existe el individuo y aquello que éste cede a la sociedad que, por lo tanto, no es verdaderamente lo público sino un mal necesario. Ambos están teóricamente equivocados y expresan el fracaso de la modernidad, parte de lo que es necesario superar. Creer que eliminando simplemente la propiedad privada la sociedad encontrará su realización y será feliz es tan absurdo como creer que privatizar todo es esa solución. El vicio que iguala ambas posturas es su rechazo de la política y la comunidad política; es su desprecio por la democracia. Esta observación no es una acusación contra el libro y menos aún contra su autora. Conocemos su talante democrático, pero es otro ejemplo de cómo la racionalidad positiva de un argumento excede las intenciones de su autor y puede conducir a su contrario.

Respecto a todo lo anterior, el caso venezolano tiene sus propias particularidades muy complejas; y no sólo porque el proyecto es capitalista, sino porque el tipo de economía venezolana es ella misma, sui generis. Para comenzar, ¿qué tipo de capitalismo es el venezolano? Parece haber consenso con el profesor Asdrúbal Baptista que acuñó el término de “capitalismo rentístico”; no estamos pues frente a una sociedad denominable bajo lo que llamaríamos con redundancia, para enfatizar, “capitalismo capitalista” o un capitalismo estándar en el cual dominen las relaciones reconocidas como tales. Lo que hemos tenido, diciéndolo rápido, es un capitalismo cuyos agentes en realidad siempre han disfrutado de la distribución -que no de la redistribución (Urbaneja)- de una renta no producida por actividad económica alguna, sino que es producida fuera.

Este es un asunto muy pesado como han comprobado diversos autores que se han ocupado del tema a distintos niveles, desde Rómulo Betancourt, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Arturo Uslar Pietri, Héctor Silva Michelena, Domingo Maza Zavala, Asdrubal Baptista, Bernard Mommer, Moises Naim, Luis Pedro España, Emeterio Gómez, Policarpo Rodríguez, Diego Bautista Urbaneja y ahora

podemos agregar a Isabel Pereira y otros que estamos omitiendo involuntariamente y pedimos disculpas. Hacemos esta enumeración de autores sólo para reforzar nuestra advertencia de que es imposible esperar que la aplicación de recetas económicas de ningún tipo funcione en Venezuela. Los autores mencionados tampoco es que están de acuerdo, sino todo lo contrario; y esto no tan sólo respecto a consideraciones sobre si la renta conviene al proyecto democrático o no y cómo, sino al mismo concepto de “economía política” y su importancia. La discusión detallada de este complejo asunto tendría que hacerse fuera de este papel y con la participación y el tiempo apropiado.

Particularmente, cuando el libro aboga por la privatización de la industria petrolera, por ejemplo, estamos en desacuerdo, ya lo hemos dicho antes. ¿Acaso la industria no fue privada hasta 1976? ¿Acaso hay consenso acerca de la eficiencia con que el Estado venezolano la manejó directamente hasta la llegada del chavismo? Puede objetarse que durante ese primer periodo de estatización se trató a la industria como absurdamente aislada, pero no así la eficacia técnica con la que trabajó; al contrario, habrá para quienes el chavismo ha mostrado que no puede aislarse a esta industria del país, mientras a la vez la ha arruinado. ¿Cuál es pues la fórmula correcta? Nosotros pensamos que tal “fórmula técnica” no existe y que se trata de hacer política en el buen sentido.

No política de élites ni de “nomenklaturas”, ambas igualmente antidemocráticas, sino aquella política que exige la participación verdadera de la comunidad política, en un contexto institucionalizado y democrático. En este sentido pensamos que la mejor estrategia económica no es la privatización. Esto no significa que no participe el sector privado, pero creemos que todos sabemos de qué límites estamos hablando. Isabel presenta la experiencia Sueca, que no conocemos; seguramente será conveniente discutirla -así como otras- sin olvidar las diferencias y alteridades que muestran dos realidades completamente distintas, sin pretender ninguna fatalidad al respecto. En todo caso, lo que queremos dejar sentado es lo peligroso que se torna el funcionalismo positivista de cualquier signo. Estamos en este sentido obligados a crear, inventar los mecanismos democráticos, si es necesario; y no ser tímidos en esto. Ser coherentes con el postulado democrático. Eso es lo primero y lo más importante, para nosotros.

Se nos va a acusar, quizá, de utópicos por creer que la democracia, como gobierno del pueblo, es posible; pero antes de subestimar nuestra capacidad de crear más democracia y menos dirigismo burocrático -de derecha o de izquierda-, antes de subestimar nuestra capacidad de llevar a la política a un lugar decente que supere el miserable fin de conseguir el poder y mantenerse en él pésima interpretación de Maquiavelo-, antes de subestimar que es posible prescindir de la política como profesión de algunos -recordemos a Rousseau-, pensemos si más bien la utopía no es precisamente creer que el orden que existe puede y debe funcionar indefinidamente y que no

podremos salir de él, que no podemos ir más allá. ¿La verdadera utopía no sería creer que hay “fórmulas” sociales, léase, marxismo o liberalismo?

Por eso creemos que hay que cambiar las coordenadas simbólicas, las significaciones imaginarias sociales, que quieren imponernos una idea de lo posible y lo imposible, que nos paralizan y nos hace creer que lo único que hay son las soluciones que están ahí y no vale la pena ni pensar más. Paradójicamente, Isabel nos invita a esto y, lamentablemente, luego nos lleva por los mismos caminos de siempre. Pero en todo caso, está ahí en su libro la invitación a crear, a inventar, nuestra realidad. A no dejarnos convencer. Es esto lo que hay que rescatar.

Pasamos al último aporte: Capitalismo humanista.

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