E

FRATERNIDAD DE CRISTO SACERDOTE Y SANTA MARÍA REINA

XPOSICIÓN

DE RODILLAS

El sacerdote revestido expone el Santísimo Sacramento como de costumbre. Después del canto del Pange lingua y la incensación, se canta la oración del Ángel de Fátima.
MI DIOS, YO CREO, ADORO, ESPERO Y OS AMO. OS PIDO PERDÓN POR LOS QUE NO CREEN, NO ADORAN, NO ESPERAN Y NO OS AMAN.

M

ONICIÓN INICIAL

Una de las verdades de nuestra fe relativas a la vida eterna es el Juicio Final. Después del último estremecimiento cósmico de este mundo que pasa, Cristo juzgará a los vivos y a los muertos con el poder que ha obtenido como Redentor del mundo, venido para salvar a los hombres. Los secretos de los corazones serán desvelados, así como la conducta de cada uno con Dios y el prójimo. Todo hombre será colmado de vida o condenado para la eternidad, según sus obras. Pero el juicio ya ha comenzado: Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. Quien cree en él no está condenado; pero quien no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios (Jn 3,17-18) Hoy, en esta hora santa, al adorar a Jesús Sacramentado agradecemos su primera venida, su voluntad y su entrega para salvarnos. Agradecemos también el habernos concedido el don de la fe, el creer en él, el Hijo Único de Dios. Y, reconociéndolo como nuestro juez, queremos poner nuestra vida delante de él confesando nuestros pecados y pidiendo misericordia.
BREVE SILENCIO

O

RACIÓN DE MANASÉS: Rey de Israel, hijo de Ezequías, estableció alianza con los países

vecinos y promovió la idolatría persiguiendo a los que querían ser fieles a Dios. Apresado, maltratado y encarcelado por los asirios, reconoció su pecado y fue perdonado por Dios. Destruyó entonces los ídolos, causa de su ruina, y restableció el culto verdadero.

Señor Todopoderoso, Dios de nuestros padres de Abrahán, Isaac y Jacob y de su justa descendencia, que has hecho el cielo y la tierra con todo su universo, que has encadenado el mar con tu imperiosa palabra, que has cerrado y sellado el abismo con tu temible y glorioso nombre, ante quien todo se estremece y tiembla por tu poderosa presencia, porque insoportable es la majestad de tu gloria e irresistible la cólera de tu amenaza contra los pecadores, pero inmensa e insondable la piedad de tu promesa.

Porque tú eres Señor Altísimo, compasivo, paciente y rico en misericordia, y te lamentas de las maldades de los hombres. Pues, Tú, Señor, conforme a la generosidad de tu bondad has prometido arrepentimiento y perdón a los que han pecado, y por la abundancia de tu misericordia has fijado penitencia a los pecadores para que se salven. Tú, en efecto, Señor Dios de los justos, no estableciste penitencia para los justos, para Abrahán, Isaac y Jacob, que no pecaron contra Ti, sino que estableciste penitencia para mí, pecador; porque he cometido pecados más numerosos que las arenas del mar: ¡Se han multiplicado mis faltas, Señor! ¡Se han multiplicado, y no soy digno de tender la mirada y ver la altura del cielo a causa de la multitud de mis faltas! (…) Y ahora inclino la rodilla de mi corazón suplicando tu generosidad. He pecado, Señor, he pecado y mis faltas yo conozco, pero te pido suplicante: ¡Aparta de mí tu enojo, Señor, aparta de mí tu enojo y no me hagas perecer junto a mis faltas ni, eternamente resentido, me prestes atención a las maldades ni me condenes a los abismos de la tierra! Porque Tú eres, Señor, el Dios de los que se arrepienten, y en mí mostrarás tu bondad ya que, aun siendo indigno, me salvarás conforme a tu mucha misericordia, y te alabaré por siempre en los días de mi vida, pues himnos te entona todo el ejército de los cielos y tuya es la gloria por los siglos. Amén.
BREVE SILENCIO

SENTADOS

ectura del Evangelio según san Mateo

25, 31-45

«Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: 'Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y acudisteis a mí.' Entonces los justos le responderán: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y acudimos a tí?' Y el Rey les dirá: 'En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.' Entonces dirá también a los de su izquierda: 'Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.' Entonces dirán también éstos: 'Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?' Y él entonces les responderá: 'En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.' E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.». Palabra de Dios. R/. Te alabamos, Señor.

P

UNTOS PARA LA MEDITACIÓN. S.S. Francisco, 11 de diciembre de 2013

Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos supera, que no conseguimos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros una sensación de miedo, y quizás también de trepidación. A este propósito, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena muy sugerente. Estas solían acompañar las celebraciones y las oraciones con la aclamación Maranathá, (…), que se pueden entender como una súplica: «¡Ven, Señor!», o como una certeza alimentada por la fe: «Sí, el Señor viene, el Señor está cerca». (…) En ese caso, es la Iglesia-esposa que, en nombre de la humanidad, de toda la humanidad, y en cuanto su primicia, se dirige a Cristo, su esposo, deseando ser envuelta por su abrazo; un abrazo, el abrazo de Jesús, que es plenitud de vida y de amor. Si pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo

miedo disminuye y deja espacio a la esperanza y a una profunda alegría: será precisamente el momento en el que seremos juzgados. Preparados para ser revestidos de la gloria de Cristo, como de una vestidura nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.
CANTO

FELICES LOS INVITADOS A LAS BODAS DEL CORDERO ELLOS VIVIRÁN PARA SIEMPRE.

Un segundo motivo de confianza se nos ofrece por la constatación de que (…) al final de los tiempos, aquellos que le hayan seguido tomarán asiento en su gloria, para juzgar junto a él. ¿No sabéis que los santos juzgarán al mundo? (1 Cor 6,2-3). ¡Qué hermoso saber que en esa coyuntura, además de contar con Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cfr 1 Jn 2,1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de tantos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos han precedido en el camino de la fe, que han ofrecido su vida por nosotros y que siguen amándonos de forma indecible!
RESPONSORIO

V/. No tomes en cuenta, Señor, mis pecados R/. Cuando me llames a tu presencia. V/. Acuérdate que me hiciste a tu imagen, R/. R/. Recuerda que tu Hijo me redimió con su sangre. R/.

Una última sugerencia se nos ofrece en el Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no ha mandado el Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. Quien cree en él no está condenado; pero quien no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Hijo único de Dios» (Jn 3,17-18). Esto significa entonces que ese juicio, el juicio ya está en marcha, empieza ahora, en el transcurso de nuestra existencia. Este juicio es pronunciado en cada instante de la vida, como respuesta de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos los que nos condenamos, somos condenados por nosotros mismos. La salvación es abrirnos a Jesús y él nos salva.
SALMO

Caminaré en presencia del Señor.

B

ENDCIÓN Y RESERVA

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