Gazeta de Antropología, 2008, 24 (2), artículo 36 · http://hdl.handle.

net/10481/6927
Recibido: 19 julio 2008 | Aceptado: 29 septiembre 2008 | Publicado: 2008-09

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Landscape epistemology. Anthropological re-meaning of spatiality in the mountain and in the city Enrique Anrubia
Profesor de antropología. Universidad CEU Cardenal Herrera, Valencia. enriqueanrubia@uch.ceu.es

Carmen Gaona Pisonero
Profesora de teoría de la comunicación y ciencias sociales. Universidad Rey Juan Carlos, Madrid. carmen.gaona@urjc.es

RESUMEN

La concepción de la espacio-temporalidad del ser humano en relación con su devenir cultural, ha mostrado como la montaña experimenta en sí misma un alto grado de variabilidad que modifica per se la misma relación espacial del urbanita, del hombre de ciudad. Se produce así una resignificación no sólo de la montaña o de lo urbano sino de la misma idiosincrasia de lo espacial. A este respecto, "la montaña" ya no es una mera roca granítica de enormes dimensiones -atrayente a los ojos del romanticismo, mercantil a los ojos del nuevo mountering himalayístico-, sino una constante ficcionalización. En este sentido hay un factor hoy en día ineludible para analizar los momentos de esa resignificación espacial del paisaje: la videoscopia. Este artículo es sólo un mínimo acercamiento a las dimensiones antropológicas -obviando conscientemente los aspectos más puramente etnográficos- de la nueva espacialidad en la resignificación del paisaje montañoso.
ABSTRACT

The conception of the spatio-temporality of the human in relation to a cultural future has demonstrated that the mountain itself undergoes a high degree of variability that alters per se the very spatial relationship of the urbanite, the city dweller. Thus, a resignation arises not only of the mountain or of the city but also of the very idiosyncrasy of the spatial situation. In this regard, the mountain is not a mere granite rock of enormous dimensions, attracting the eyes of romanticism, nor mercantile to the eyes of the new Himalayan mountaineer, but rather a constant fictionalization. In this respect, there is an inescapable factor today to analyse the moments of this spatial resignation of the landscape: the videoscope. This study is only a minimum approach to the anthropological dimensions—consciously leaving out purely ethnographic aspects—of the new spatiality in the resignation of the mountain landscape.
PALABRAS CLAVE | KEYWORDS

antropología del espacio | epistemología | montaña | ciudad | space anthropology | epistemology | mountain | city

Introducción
...bajan a paso manso sin que lo sepa el mundo una pequeña caja de pino en donde viene tal vez no un niño muerto, sino el sueño profundo de toda la montaña. Manuel del Cabral

La significación de la montaña es entendida en este artículo como una ficción tal y como Clifford Geertz en Thick description le da sentido al término fictio: formar, ordenar. Para Geertz, la ficcionalización no es una falsación ideal y abstracta de la realidad vivida, sino el modo en que se vive humanamente la realidad (Anrubia 2008). En ese sentido, la significación geertziana ésta un tanto alejada -por no decir opuesta- de la concepción tradicionalmente asumida de una "idea ficticia". Fue Descartes el autor que más énfasis puso en la problemática de las ideas ficticias. Para este autor, ideas ficticias serían todos los pensamientos elaborados por el espíritu -como se dice clásicamente, sin fundamento in re-. Obviamente, ese nunca fue el sentido que Geertz le quiso dar en su famoso artículo. Para Geertz, sólo se puede vivir el mundo humanamente desde el sentido que narrativamente el hombre le otorga y el mismo mundo permite. Por eso el ojo que ve las piedras, el paisaje y el horizonte es a su vez, y al mismo tiempo, un ojo

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que ve narrativamente. En el fondo, y de forma metafórica, se puede decir que toda "piedra" es un tipo de "piedra escrita" cuando comparece ante el ojo humano. Si bien la resignificación de la montaña nos puede conducir a hablar por ejemplo de piedras escritas y, por tanto, con ello estamos creando una ficción en cuanto discurso narrativo, al mismo tiempo creamos también con la palabra una realidad constitutiva que en este caso por su densificación crea un nuevo espacio, el espacio de piedras, nieve, laderas y sombras que configura la montaña en el siglo XXI como grandes catedrales cautivas, arrinconadas, adornadas o destrozadas por la ciudad, pero memoria, al fin y al cabo, de una arquitectura colosal de la naturaleza, que el hombre intenta no sólo dominar sino reproducir en sus ciudades. Desde luego no es la primera vez que se ha estudiado el fenómeno de la montaña desde el punto de vista geertziano (Ortner 1999), pero quizá no se ha visto en su mutua interdependencia con la cuidad europea. Antes de analizar la montaña en el siglo XXI, auténtico tema que nos ocupa, queremos incidir en la idea de las cambiantes significaciones de la montaña, y, en especial, las rápidas y veloces significaciones de la montaña según los parámetros de la sociedad que nos envuelve, la sociedad red de Manuel Castells. Para aclarar todo ello, empezaremos por caminar por entre las piedras, por ir dejando tras de sí los hitos, uno a uno, señales o símbolos que nos conducen y a la vez nos recuerdan que nuestros pasos no son erróneos, y que no fuimos, somos o seremos los únicos en pisar por esos senderos, pero sí en ese preciso instante de esfuerzo y tiento: nos convertimos en los héroes absolutos de nuestra pequeña aventura. Pese a lo dicho, no nos engañemos ni nos refugiemos, tras un análisis semántico gramatical, en el que ascender por una montaña, el yo, el tú, el nosotros o el ellos, son sujeto activo principal; tras la búsqueda de lo que resulta extraño, el verdadero protagonismo recae en esas montañas tan significadas, tan releídas, tan redescubiertas, en definitiva en esas piedras escritas. En definitiva, podemos hablar de actores y sujetos que se aproximan a la montaña, que la ocupan, que la descubren, que la dignifican, que la plasman en una obra artística. Pero el verdadero protagonista, en la experiencia de la montaña es la propia montaña, en la forma en que es experimentada, representada, urbanizada y ondulada.

1. La montaña como experiencia Mientras ascendemos por una montaña, no sólo realizamos el simple acto de ir de excursión, es además de una mera experiencia lúdica, un verse, y entenderse. Casi toda la literatura montañera del siglo XX ofrece ese punto de vista: la montaña siempre es un espejo de lo que somos, un recorrido de la vida d el hombre o la metáfora propia de la vida y su plenitud. Los casos más conocidos de este tipo de literatura son los de los himalayistas Kurt Diemberger o Reinhold Messner (Messner 2005; Diemberger 2007). Cercano a este supuesto recuperamos de la memoria al novelista y escritor de viajes Bruce Chatwin (1), que obsesionado por caminar y conocer, creará toda su obra literaria a raíz de su experiencia de sus viajes a pie, de caminar sobre la vida, pisar firme, sentir en cada paso la tierra, la realidad que deja de envolvernos con una distancia aséptica. Ya Rousseau, en su obra Confesiones, relataba las beneficiosas virtudes del caminar por un paisaje agreste y de montaña. Desde luego son innumerables los héroes -Herzog, Hillary, Mallory… son algunos nombres (Álvaro y Martínez Pisón 2002)- de la montaña e infinita sería la lista resultante de nombrar a todos. Como en todo relato en donde siempre queda alguien a quien mencionar, en un prepotente intento de elaborar una genealogía de los pioneros en pisar y conquistar cumbres desde una veneración y culto estaría entre otros William Coxe, considerado como uno de los primeros ingleses que descubre ya a finales del siglo XVIII los tesoros tan visibles y tan temidos de las montañas de Suiza. A partir de 1750, Chamonix se pone de moda, para tomar las aguas y pasear, y ya entrados en la década de 1780, se corona por vez primera la cima del Montblanc. Estamos hablando del siglo XVIII, lejos del frío asfalto y de las veloces prisas por las que nos movemos en la actualidad en nuestro mundo cotidiano, era una época en la que no había aún base suficiente, para hablar de una "urbanización interna del yo". Antes de seguir nuestro discurso cabe una pequeña aclaración al respecto, a fin de situar las ideas que hay tras los ojos que contemplan las montañas. Hablar de "una urbanización interna del yo", pasa previamente por una revisión de la perspectiva de "ciudad" desde la que se parte, y una constante reflexión y redefinición de la ciudad. Según nuestro parecer, en toda definición de ciudad, deben confluir tres criterios indispensables:

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Primer criterio: La ciudad nace de las necesidades de interacción que tienen los hombres, lo que prohíbe toda definición estática o descriptiva, que quede reducida a una perspectiva geográfica, sociológica, dado que hablar de la ciudad es hablar de una comunidad viva que posee tal movilidad que huye de toda permanencia (Bonello 1998). Segundo criterio: La definición de la ciudad es, para cada sociedad, lo que intentan hacer los actores históricos que luchan en esa sociedad. La configuración de la realidad urbana no es tan sólo un affaire puramente subjetivo en relación a los valores, los anhelos y los deseos, sino que se encuentra determinado por las fuerzas productivas, la relación con la naturaleza, el legado institucional y las relaciones sociales de producción. Tercer criterio: La ciudad como escenario de alcance antropológico de la velocidad, advirtiendo como señala Paul Virilio que velocidad, riqueza y poder son tres entidades inseparables, más aún "la velocidad es el mismo poder" que inclusive cambia la visión del mundo. Se trata de la sobreaceleración del tiempo propio de la modernidad, conjuntamente con la fugacidad, la transitoriedad y la arbitrariedad. Todo lo anterior, sucede bajo el predominio y control del espacio, como el centro del que surgen los primeros latidos que dibujarán la "urbanización interna del yo". En el ámbito europeo a finales del siglo XVIII , pese a existir una población urbana, es pronto todavía para poder hablar de una "urbanización interna del yo". En Antropología urbana se suele considerar los cien años que van de 1848 a 1945, como la "revolución urbana". En 1871 más de la mitad de la población vivía en pueblos o en ciudades de 20.000 personas, y solamente la cuarta parte en las ciudades, cuando se empezó a hablar de ciudad era a partir de los cien mil habitantes. Cuarenta años después, a principios del siglo XX, la situación cambia; mencionamos por ejemplo el caso inglés en donde son tres cuartas partes de la población inglesa quienes vivían en las ciudades y una cuarta parte se hallaba en la órbita del gran Londres, empezando a crearse un paisaje del campo desolador, de abandono y miseria. Estos cambios de los que hablamos, (traslado de la población, concentración demográfica y expansión espacial de las ciudades), alcanzaron a todas las naciones no exclusivamente europeas sino también occidentales, durante la última mitad del siglo XIX. En 1850, Francia, Alemania y Estados Unidos, al igual que Gran Bretaña, eran sociedades predominantemente rurales, con una concentración en sus núcleos, pese a ello Berlín y Nueva York crecieron aproximadamente al mismo ritmo que Londres cuando el campo nacional se sometió al flujo del comercio internacional (2). Desde esta revolución urbana 1848-1945, el significado de lo urbano ha cambiado, así como la forma de concebir la ciudad. De hecho, en 1900 tan solo un 4% de la población mundial vivía en ciudades (3). El gran cambio es que tendencialmente todo era urbano, hay autores que incluso se atreven a hablar de una urbanización generalizada de todo el globo terráqueo. Esta manifestación es hecha no tan solo porque los datos indican que la mayoría de la población vivirá en áreas urbanas a principios del siglo XXI, sino porque inclusive las áreas rurales tendían ya a formar parte del sistema de relaciones económicas, políticas culturales y de comunicación organizado a partir de los centros urbanos. Ante esto cabe preguntarse, en primer lugar si verdaderamente la montaña formaba parte de un espacio rural, o si pertenecía, (y pertenece), también a un espacio urbano. ¿O es que acaso no hay montañas en las ciudades? En segundo lugar, otra pregunta que lanzamos al aire, son las posibles transformaciones que pueden afectar a la categorización de la montaña, la urbanización generalizada. Pues no podemos olvidar que actualmente quien contempla, experimenta, reproduce, escribe e investiga la montaña es un "urbanita", acto que determina notablemente el predicado de la oración "caminar por entre las piedras", tanto el verbo que incide mucho más en la persona, de lo que a simple vista podríamos sospechar; como al complemento circunstancial, pues una de las ideas ficticias que sobre la montaña se pueda narrar, sería la de "la montaña como ideografía de una auténtica representación": Caminar por entre las piedras hoy en día deja de ser un mero reencuentro con la naturaleza, con el mundo, a raíz de la nueva visión de ese cibermundo en el que vivimos y que se difunde por la videoscopia. La nueva videoscopia modifica la percepción del mundo, y para el caso que nos ocupa no sólo nos recrea la montaña, sino que posibilita alcanzar su cima desde el monitor. Del mismo modo que en su momento los conocidos efectos de la telescopia y de la microscopia también transformaron desde el siglo XVII la percepción del mundo, la nueva videoscopia no sólo reproduce una nueva imagen del mundo, sino una visión experimentada, pues dejamos de ver meramente una representación de la realidad, para vivir dentro mismo de las representaciones, en una ondulación de la real.

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2. La constitución espaciotemporal del ser humano En este apartado queremos resaltar la idea de que la importancia de hablar de la montaña, viene dada principalmente por el papel que ésta desempeña en la constitución espaciotemporal del ser humano, inmersa a su vez en el proceso de la identidad. Algo que vamos a encontrar en el análisis de la humanidad son unos estrechos lazos entre vida económica, religiosa, social y política y la organización del espacio. Tomando una breve pero significativa frase de Ferdinand Braudel, "las civilizaciones son espacios". El hombre, así como los grupos humanos, desde que nacen hasta su muerte, están inmersos en medio de redes culturales, económicas, políticas y religiosas que siempre y en todo lugar, poseen unas dimensiones y unos valores espaciotemporales. Sea cual sea el valor que una cultura determinada otorgue al tiempo y al espacio, no hay duda de que no puede eludir el hecho de significar lo relativo a la estructura espacial y temporal, pues tiempo y espacio no dejan de ser dos conceptos que como manifiesta N. Elias "pertenecen a los medios básicos de orientación de nuestra tradición social" (Elias, 1989:114). Aún más, configuran la existencia humana -si bien su plasmación en los universos resultantes es rica y plural-. La diversidad de las concepciones espaciotemporales resultante de la variabilidad cultural es múltiple, por lo que sería realmente una labor enciclopédica su demostración. Aunque sea sólo a grandes rasgos, cabe enunciar cómo en las "culturas occidentales" se confiere un valor positivo a la dimensión espaciotemporal, en especial al tiempo, mientras que en las "culturas orientales" acostumbran a negar cualquier tipo de valor positivo al espacio y al tiempo como factores positivos para la existencia humana. Hay autores que defienden, desde la occidentalidad, la influencia del espacio en la existencia humana, es más hablan de la contribución del mismo al desarrollo armónico del hombre. Frente a éstos, también hay autores como Hugh Ferriss, quienes puntualizan esa influencia y la trasladan a la influencia armoniosa del espacio al ser humano, en especial del espacio urbano. Para Ferriss el universo urbano, como realidad acabada ha sido producida por una fuerza exterior al hombre, el cual ha perdido en ella su centro, de tal como que cabe preguntarse si el ser humano es sujeto u objeto en el moderno universo urbano, en la moderna ciudad. "En la metrópolis concebida como un universo cristalino, como un reino mineral, aquél no tiene mayor dignidad que la de un residuo anorgánico. Ferriss llamó, en efecto, al habitante de la ciudad una mota de polvo" (Subirats 2000: 92). La respuesta dada por Ferriss, es que el habitante de la ciudad al tener una mayor carga, su papel pasa a ser más de objeto que de sujeto. Se erige el poder de la arquitectura en su representación de segunda naturaleza, lo que se deduce por la actitud de receptor fascinado ante la inmensidad de la urbe, ante la arquitectura colosal sembrada en las mismas crecientes. El hombre en el siglo XXI, ¿acaso deja ya de maravillarse y empequeñecerse ante las cumbres inalcanzables de las montañas, para pasar a maravillarse y empequeñecerse ante las geometrías monumentales de muchos de los edificios de las "megalópolis"?, ¿su admiración ante una segunda naturaleza? Es representativo el análisis de la presencia de la obra arquitectónica en la pintura moderna hecha por Eduardo Subirats, quien señala como frecuentemente aparece la imagen del hombre contemplando la arquitectura colosal de las urbes vista desde las terrazas de los rascacielos, contemplando la ciudad que se extiende a sus pies, o bien admirado por las radiantes arquitecturas que se erigen ante él. "Su punto de mira lo comparte con el del artista-arquitecto y, en dos ocasiones, la figura humana es sustituida por el caballete del pintor como su representante. Pero en todos los casos su situación es elevada, se encuentran en el primer plano de la composición y en posición de espaldas. Sus ademanes evocan, en una ocasión, el sentimiento de admiración o de sorpresa. Tanto su ubicación en la perspectiva del cuadro como el anonimato que le permiten su posición de espaldas, convierte estas figuras en una mediación entre nosotros, es decir, los lectores y espectadores de Metrópolis y la representación urbana. Lo mismo que estos personajes virtuales nos confrontamos con la ciudad como espectáculo artístico y especial. Con ellos gozamos, admiramos o reflexionamos sobre la ciudad como realidad visual" (Subirats 2000: 92). En la obra pictórica paisajística romántica el paisaje es concebido como una realidad espiritual e interior, como representación pura, aquella que más bien contempla el artista con los ojos del alma, es visualizada por tanto digamos que una naturaleza "espiritualizada". El mar infinito o la monumentalidad

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de las montañas no representan la naturaleza como realidad física, sino como orden espiritual y como trascendencia. En ellos se pone de manifiesto sensiblemente lo inmenso, lo majestuoso, lo invisible de lo visible, la infinitud. Se podría decir tras la contemplación de la obra de Constable, Friedrich o Turner, que la naturaleza aparece como espectáculo, drama y en algunos casos puede ser interpretada como la representación de la razón. En el romanticismo, esta relación del hombre y la naturaleza define asimismo la característica específica de su sentimiento estético. El artista romántico refleja en sus paisajes, actitudes rebeldes, tendencias a la melancolía, un sentimentalismo e hipersensibilidad exacerbado, el desenfreno pasional, el predominio del sentimiento sobre la razón, y lo más importante según nuestro entender: la búsqueda de la libertad presente en los ambientes mágicos y poéticos de Friedrich, o reflejado también en las luces descompuestas y los movimientos cósmicos de los paisajes de Turner. Sin duda alguna para ellos no hay una primera y segunda naturaleza, sino la naturaleza.

3. La montaña como representación cultural histórica En un tiempo no muy lejano las montañas fueron veneradas, el monte Kailas, al Sinaí, el Olimpo, el Athos, el Teide, la Montaña Roja, etc. dan fe de ello. En definitiva, la montaña como espacio sagrado. Pero también en una mirada retrospectiva, vemos que las interpretaciones de la montaña no sólo son culturales sino también cambiantes por lo menos en lo que respecta a nuestra cultura europea. Nos detendremos en la segunda mitad del siglo XVIII en el que la montaña, pese a seguir siendo algo aterrador, deja de ser un monstruo de la naturaleza para pasar a descubrir su belleza y, al mismo tiempo, perdiéndonos en ella, quedamos conectados a cada paso al pleno significado de la vida. Este paso de negativo a positivo es impulsado en gran medida por las siguientes ideas: - La concepción rousseauniana de la naturaleza, que desemboca en un culto a lo natural. - El movimiento del Romanticismo. - Las innovaciones tecnológicas de la primera mitad del siglo XIX. - La moralidad protestante: "los glaciares, los desfiladeros y los torrentes de montaña son admirables por cuanto que parecen dar ánimos para llevar a la práctica una moralidad basada en el esfuerzo y la soledad": la naturaleza adula el espíritu ético del protestante (...) el aire de montaña limpia y regenera al habitante de las ciudades, la visión de una cumbre de montaña provoca ideas de contenido moral, y ascender a dichas cúspides con la ayuda de un guía que conozca bien el terreno es un aspecto más de las virtudes cívicas. De este modo, es posible, adquirir el heroísmo y supone un esfuerzo moral" (Turner y Ash 1991: 60). De entre los factores mencionados, nos interesa recoger algunas de las tesis de Rousseau dentro de su reflexión de la insoportable perversión del corazón humano. Comencemos por su defensa al apego a la vida tal como se realiza en una existencia personal concreta. "La fuerza de la naturaleza viviente se impone a las consideraciones emanadas de una sociedad destructora y débil a la vez". La idea de Rousseau de la relevancia e importancia del ser humano en la creación, ensalza la naturaleza humana y la naturaleza al mismo tiempo, sin ser ambas contradictorias; lo que ocurra en el universo no debe de ser más importante que el fenómeno humano. Debido al puesto que el hombre ocupa en el cosmos, éste debe de sentir un universo de dimensiones infinitas y de cosas que le trasciendan. Rousseau mantiene esta idea en base al orden que relaciona la criatura humana con su Creador. Rousseau escribe en una época y en un momento en el que se atribuye -según Rousseau debido al providencialismo supersticioso y a la excesiva casuística de los filósofos y de la torpeza de la gente común- un mal a la naturaleza. Escribe también en una época en que no sólo la naturaleza no es exaltada, sino también experimentada con reservas. En la época actual en una primera visión, nos puede parecer que cualquier hombre o mujer apreciará la belleza y arte de los Pirineos o los Alpes; pues bien, ésta no es la situación encontrada en el siglo XVIII en que la idea convencional de un paisaje hermoso se correlacionaría con el valle del Loira o a las colinas de la Toscana, más acordes con unos cánones de moderación y proporción. Como mencionan Turner y Ash: "Las montañas de gran altitud se consideraban antes bien monstruos de la naturaleza, obstáculos aterradores y poco propicios para un hombre civilizado (...) La arquitectura gótica se encontró con idéntica desaprobación, al tratarse del equivalente artístico de los Alpes 'devastados'. El entusiasmo que genera lo pintoresco, y que empieza a despuntar en la segunda mitad del siglo XVIII, vino a transformar por completo este canon. Los Alpes siguieron siendo aterradores, sólo que el terror pasó a ser algo placentero, emocionante" (Turner y Ash 1991: 59).

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Frente a una localización de parte del mal en la "naturaleza", Rousseau nos convence -si bien en su voluntad estaba el convencer especialmente a Voltaire- de que el mal radicaba "en el abuso que el hombre ha hecho de sus facultades, más que en la propia naturaleza". Insistimos en Rousseau, un tanto como excusa, como punto de referente a partir del cual pero no sólo a partir de él, sino junto a otros pensadores de la Ilustración, se consigue que nazca una curiosidad y acercamiento a la naturaleza, que desemboca principalmente en que ésta sea considerada como objeto de estudio, lo que se traducirá en una proliferación de estudios en el campo de las ciencias naturales sociales, de la cartografía, de la geología, etc.

4. La ondulación de lo real: La montaña como ideografía de una auténtica presentación Podremos estar en desacuerdo o en consonancia con una imagen de un mundo caracterizado por una globalización económica, por una informacionalización y por una difusión urbana; evidentemente se podrían añadir varias categorías más que nos aproximasen a imaginar como es el mundo en que vivimos, o como mínimo recrear uno de los múltiples mundos posibles. Lo innegable es la supremacía de la comunicación informacional a nivel global: la comunicación en la base de las expresiones culturales de la sociedad y del imaginario de los individuos está crecientemente globalizada a partir del sistema emergente de los multimedia. Este sistema representa un nuevo poder que controla financiera y tecnológicamente a través de grandes grupos internacionales con representación institucional, el gobierno de la economía mundial, de tal modo que si bien la articulación entre tecnología, economía, sociedad, cultura y espacio, constituye un proceso abierto, variable e interactivo, en última instancia en el momento actual está supeditado por la comunicación informacional a nivel global. Múltiples son las transformaciones que conllevan los descubrimientos y avances tecnológicos, desde los de mayor artificiosidad y constatación de la inteligencia humana, hasta descubrimientos sencillos que resignifican, como el caso de una simple bombilla, que permitió la iluminación doméstica. Pero la iluminación indirecta de un entorno doméstico que ya no tiene suficiente con la mera luz eléctrica, una luz directa analógica a la luz del día, se magnifica hacia nuevas dimensiones con la miniaturización acelerada que permiten las actuales cámaras de vídeo, que junto con sus monitores de control se convierten en una lámpara testigo que se enciende e ilumina para hacer visible lo que se encuentra aquí o allá dispersado en el espacio y concentrándolo en el espacio doméstico. Ya no se trata de la representación más o menos actualizada de un hecho, sino de la presentación en directo de un lugar, de un ambiente electro-óptico, aparente resultado de una ondulación de lo real, que se materializa de tal manera gracias a los avances y aplicación de la física electromagnética. Atrás quedaría la idea, parafraseando a Schopenhauer, del mundo como representación; hoy en día, para el videoasta, también para el electrónico, "la materia se convierte en su presentación: una presentación externa, directa y, simultáneamente, también una presentación interna o indirecta, haciéndose el objeto, el instrumento, no sólo presente al ojo desnudo, sino telepresente" (Virilio 1990: 17). Para ayudarnos a entender esta idea, detengámonos tan solo un momento y reflexionemos ante el hecho de que junto a la retransmisión de sucesos de actualidad, de hechos políticos o de acontecimientos artísticos, el vídeo, la nueva videoscopia, posibilita resignificar a partir de él. El vídeo ilumina fenómenos de pura transmisión, transmisión instantánea de mayor o menor proximidad que se convierte, a su vez, en un nuevo tipo de lugar, la localización tele-topográfica. Es el lugar del no-lugar de la transmisión instantánea (a mayor o menor distancia), la conmutación de las apariencias sensibles, semejante a la percepción paraóptica, sin ninguna relación con la comunicación mediática habitual. Frente al ejemplo de la invención de la lámpara eléctrica por Edison que crea la aparición de lugares diurnos en ambientes nocturnos, la innovación de la lámpara electro-óptica determina la aparición de lugares perceptibles en medios generalmente imperceptibles. Es lo que en palabras de Paul Virilio llama la optoactividad de la conmutación videoscópica, (4) con los problemas de alta definición electro-óptica que ello supone. Esa conmutación videoscópica desencadena por un lado una inseparabilidad física entre lo exterior y lo interior, lo cercano y lo lejano, ejemplo de todo lo anterior sería, el desarrollo de la publicidad sideral, las complejas técnicas de detección electromagnéticas a escala global (5). Por otro lado, supone, el no

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requisito de la existencia de un cara a cara inseparable de las superficies observadas y del observador, el entorno electro-óptico es más importante a partir de ahora que el medio ambiente ecológico clásico. Indudablemente esto es discutible y requeriría de una constatación empírica, pero es hacia donde queremos dirigir nuestra reflexión. A la frase de Manuel Castells, "el espacio organiza el tiempo en la sociedad red" (Castells 1996: 409-410), aún admitiéndola queremos incorporar un nuevo elemento: "la mirada del espacio organiza el tiempo en la sociedad red". Estaríamos en consonancia con Manuel Castells, a favor de un predominio del espacio, nuestra puntualización es que con el predominio de la mirada del espacio, una mirada que desde la videoscopia, con la llegada generalizada de los medios de telecomunicación instantáneos, posibilita que la ordenación del territorio sea sustituida ahora por el control del entorno, un control donde el tiempo real de la "tele-accion" prevalece sobre el espacio real de la acción inmediata: la "telepresencia" a distancia domina la presencia efectiva de las personas, todo llega sin que sea necesario moverse. De tal modo que también llega a nuestros confinamientos domésticos, la montaña. Podremos ascender por una montaña desde el monitor, pero ¿cómo podemos experimentarla mediante las imágenes? En un primer orden quizás pasemos por reinterpretarlas, por resignificarla. En una sociedad red, ¿podrá ser la producción social del significado de la montaña, un proceso universal en cuanto que nos suscite las mismas ficciones narrativas, según las entendería Descartes?

Notas 1. Para Chatwin caminar era más que un hábito, era casi una tradición familiar inculcada por su abuelo y una filosofía de vida. Creía que caminar "no sólo era terapéutico, sino una actividad poética que puede curar al mundo de sus males". 2. Recordemos como no se puede explicar el crecimiento de las ciudades, esa revolución urbana, exclusivamente por un motor económico. Tal y como lo previó Adam Smith, no puede explicarse por sí solo un cambio urbano tan rápido. Lo mismo que Nueva York, París o Berlín, Londres no era predominantemente una ciudad de grandes empresas manufacturadas, ya que el terreno urbano era demasiado caro. Tampoco eran estas ciudades centros de libre mercado, sino los lugares donde los gobiernos, los grandes bancos y los trusts intentaban controlar los mercados para sus mercancías y servicios a nivel nacional e internacional. Las ciudades no crecieron solamente porque atrajeran víctimas -víctimas de los desastres rurales o de las persecuciones políticas o religiosas, aunque las hubiera en abundancia. También acudían voluntariamente numerosos jóvenes sin ataduras, empresarios de sus propias vidas que no se desanimaban por la falta de capital o trabajo. La "revolución urbana", como la mayoría de los cambios sociales repentinos, fue un acontecimiento predeterminado que inicialmente se experimentó como un crecimiento casi incomprensible. Por una parte, Londres parecía ejemplificar el fuete crecimiento repentino que estaba produciéndose en las ciudades del mundo occidental y, por otra, parecía prometer que semejante situación no tenía por qué ser un desastre. 3. En base a esto también ha aumentado la dificultad en definir la ciudad en cuanto que no es un mero espacio concreto sino también un espacio abstracto por su variedad histórica o digamos mejor aún, su función. 4. "Con la aparición de una telerrealidad presente, que transforma la naturaleza tanto del objeto como del sujeto de la representación tradicional, la imagen de los lugares sustituye a partir de ahora a los lugares de imágenes; salas de espectáculo o de proyección; únicamente el teatro, gracias a su unidad de tiempo y de lugar, escapa aún a las transmutaciones de una iluminación electro-óptica cuya inmediatez excluye siempre la unidad del lugar en beneficio exclusivo de la unidad de tiempo, pero de un tiempo real que afecta gravemente al espacio de las cosas reales" (Virilio 1990). 5. "En el momento en que las grandes cadenas de televisión americanas (ABC; CBS, NBC, todas ellas unilaterales) tienen cada vez más problemas, la CNN, la cadena de información en directo de Ted Turner, proyecta poner en acción News Hound, recurriendo a más de un millón de espectadores abonados que poseen un equipo de grabación en vídeo. -Es un millón de oportunidades para nosotros-, ha afirmado Earl Casey, el responsable de ese dispositivo interactivo, un millón de testigos que podrán suministrarnos

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imágenes, y nosotros sólo tendremos que realizar la selección. Sucede lo mismo, en el ámbito militar, con la búsqueda eminentemente estratégica de la furtividad de los aviones de combate. En el momento en que se pone en práctica un medio de detección electromagética complejo a escala global, se buscan activamente los medios de escapar a las miradas radioeléctricas mediante la innovación de materiales especiales como el superpolímero PBZ, capaz de evitar la detección de las ondas de radar. Sin embargo, al mismo tiempo, se propone a los fabricantes de equipamiento aeronáutico que diluyan en esos mismos materiales fibras ópticas capaces de auscultar, de iluminar de manera permanente, el espesor de las células y de los órganos motores del aparato de combate" (Paul Virilio 1990: 16-17).

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