La cura es saber que no hay cura: el no olvido en Tokio blues de Haruki Murakami

Josué Orosco Leguía

¿Acaso no existe en mi cuerpo una especie de limbo de la memoria donde todos los recuerdos cruciales van acumulándose y convirtiéndose en lodo? (Murakami, Tokio blues)

Iniciamos estas primeras líneas con aquel epígrafe escrito, pues adónde van todas aquellas experiencias que hemos realizado, cuál es la residencia de todas aquellas escenas por las cuales creemos que hayan sido memorables. Watanabe se interroga sobre si existe un limbo en nuestro cuerpo donde los recuerdos se acumulan hasta el punto de convertirse en lodo. En parte es limbo porque se espera la redención, que no significa el olvido sino la aceptación de

nuestras faltas, y esto es lo que finalmente hace libre al sujeto; en parte es lodo porque se mezcla y se acumula de todo, pero hasta la más perfecta mezcla, siempre queda los restos de los cuerpos. Mas para decirlo en nuestros términos, necesariamente todas las escenas de nuestras experiencias residen en la memoria, donde solo es el almacén, que para llegar a esta necesariamente hay un tránsito, un recorrido que se inicia a través de los sentidos y que deja hondo nuestra psiquis. El motivo de estas líneas es ilustrar ciertos pasajes de la novela que nos permitan reflexionar sobre una porción de la condición humana, son muchos los vasos comunicantes y tópicos en Tokio blues, mas los que abordamos están relacionados con el lazo indestructible de la noción del tiempo: el pasado es un eterno presente, y el futuro solo puede ser concebible por los actos del presente. Hay algo seguro que reviste en torno al tiempo de vida del hombre: “La única conciencia que queda es la del dolor y el sufrimiento.” (Murakami, 108)1

1. Retroacción: el no olvido Si hay una forma de volver al pasado, esta es por medio del significante, (todo lo que es perceptible), y como tal es el origen primario para el significado o todo aquello adquirible de sentido. Es pues a partir de los sentidos, más allá
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A partir de aquí, todas las citas pertenecen a las páginas de la novela Tokio blues

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de los escasos cinco sentidos, que experimentamos el entorno del mundo: si hay una esencia en Tokio blues, esta es la retroacción que se fundamenta por medio de los significantes que causa hondo en la psiquis, o por el contrario puede atravesar por lo real en los términos de Jacques Lacan, aquella dimensión inimaginable por el sujeto, lo que no puede ser o nunca debió de ser, lo real entendido como aquella intensa impresión que ineludiblemente causará una crisis interna; sea por lo uno o sea por lo otro: nuestra hoja de vida se va escribiendo y manchando por una tinta indeleble. Las primeras páginas de la novela ya sostienen en principio una poética, y fundamenta nuestra posición: “Esto es cuanto puedo conseguir por ahora: asir con fuerza dentro de mi pecho unos recuerdos incompletos que ya han palidecido y siguen palideciendo a cada instante que pasa, y escribir estas líneas con la desesperación de un hombre que va chupándose la médula de los huesos” (16). El narrador personaje, Watanabe, justifica su narración como una mnemotecnia para recobrar el sentido de su pasado, para salir de aquel lodo de recuerdos. De por sí, la escritura es el significante por el cual estructura la formalidad del discurso, en términos de la retórica: la inventio es el producto por el cual adquiere su sentido no como un proceso lineal sino retroactivo por medio de la elocutio y dispositio, aquí el significante se entiende en la formalidad de la escritura puesto que toda la novela es el esfuerzo por recordar; es decir, la novela se fundamenta a través de escenas que remontan a escenas del pasado: he aquí su relación con la justificación de Watanabe, es
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su intento por recobrar el sentido que no está olvidado sino solo palidecido. Y aquella sucesión tras sucesión de escenas, también justifica la eterna conciencia del dolor en la psiquis de nuestro narrador: “cuanto más ha ido palideciendo el recuerdo de Naoko, más capaz he sido de comprenderl a. Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que mi memoria la borraría algún día. Por eso me pidió: ‘¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?’ ” (16). Ejemplo de lo expuesto es la pregunta de Naoko a Watanabe, aquella interrogante ‘perturba’ al narrador personaje porque hay otro trasfondo mayor que lo desequilibra: “Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable. Porque Naoko jamás me amó” (16). Y junto a ello hay una sucesión de escenas de su pasado que no han cicatrizado y por la cual la nostalgia a través de la narración hace su presencia. Al igual que Naoko, la muerte de Kisuki manifiesta el no olvido en

Watanabe, si ahora nos trasladamos directamente al campo de la inventio, esta solo es retroactiva, y se ‘activa’ solo por medio del significante, uno de los ejemplos más claros es cuando escribe una carta a Naoko: “la noche en que jugué al billar con Hatsumi no fue hasta el final de la primera partida cuando me acordé de Kizuki, […] tras comprar una Pepsi en una máquina expendedora del local y beberla. Si me acordé de él fue porque en el billar adonde íbamos los dos también había una máquina expendedora de Pepsi y solíamos jugar apostándonos el importe de la bebida.” (287) El significante por el cual
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recuerda a Kisuki, estando en el billar con Hatsumi, fue una máquina expendedora de Pepsi: el pasado fácilmente se remonta a un estado presente por la identificación inmediata de lo interno hacia lo externo, de lo ya sentido.

Una vez justificado nuestra posición, ahora nos centramos en aquellas escenas que desajustan el equilibrio emocional, y por tanto el cuerpo es vulnerable ya que es el reflejo de los desajustes. Reiko testimonia fundamentalmente dos escenas que la marcaron: la primera fue con la inmovilidad del dedo meñique, la cual impidió que siguiera tocando el piano; la segunda, el encuentro sexual lésbico con una niña de trece años. En el primer caso fue necesario que la internaran en un hospital psiquiátrico, el curso de su vida parecía estabilizarse, mas cuando sucedió la otra escena no pudo superarlo ni con el apoyo de su esposo: “Él hizo que me sintiera bien en un noventa y nueve por ciento de mi ser. Pero el uno por ciento restante, este insignificante uno por ciento, enloqueció.” (214) Eso finalmente originó su divorcio voluntario y su internamiento en la Residencia Ami. En cuanto a Naoko, al igual que Watanabe, la muerte de Kisuki la trastorna, no solo es el amor perdido sino también la constante presencia del complejo sexual: “-¿Por qué no me humedezco? –susurró Naoko. Sólo me pasó una vez; aquel día de abril, cuando cumplí veinte años. Aquella noche en que tú no me tomaste entre tus brazos. ¿Por qué no puedo? ¿Por qué?” (321)

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El complejo reside en tanto que ella no tuvo ninguna excitación por el ser amado, Kisuki, este nunca la llegó a penetrar a diferencia de Watanabe: “Probamos de todo. Pero nada funcionó. Aunque intentara humedecerme con algo, me dolía. Por eso, siempre se lo hice con los dedos, o con los la bios, comprende, ¿comprendes? […] No puedo seguir callando. Aún no he podido entenderlo. Porque cuando me acosté contigo estaba muy húmeda” (153). Las inquietudes y sensaciones sexuales que uno experimenta necesariamente trastocan la interioridad de los sujetos, así también la sensación que experimentó Reiko con la niña, la llevó a redescubrirse pero también la enfermó: “Es penoso reconocerlo, pero jamás, ni antes ni después, he estado tan excitada. Hasta aquel día yo pensaba que era una frígida” (207). Con el esposo también tuvo un orgasmo memorable, pero “¿Por qué crees que fue? Porque el tacto de los dedos de aquella chica aún permanecía en” (210) su cuerpo. No hay olvido, más aún si se accede a la dimensión de lo real.

Asimismo otro factor que posiblemente haya llevado al suicidio de Naoko, fue encontrar a su hermana colgada: “La encontré de pie al lado de la ventana, con el cuello doblado, ligeramente inclinado hacia un lado, y la vista clavada en el exterior […] Me acerqué y, cuando me disponía a llamarla de nuevo, lo entendí todo. Había una cuerda sobre su cabeza.” (194) Si bien toda la narración es el supuesto recuerdo de Watanabe, las escenas a través de la narración de los otros personajes permiten el registro de nuestra posición: el recuerdo puede ser el consuelo, pero también es el tormento en el tiempo presente.

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En este primer segmento del ensayo se ha esbozado ilustrar el imposible borrado de las experiencias en la psiquis, y asimismo hemos visto algunas causas que originan el desequilibrio como Reiko y Naoko.

2. La cura es saber que no hay cura: aceptación de las faltas y/o sustitución de un significante por otro significante. En esencia la novela pregona dos curas ante el dolor y el sufrimiento, en cuanto a la primera, esta se fundamenta en relación a la Residencia Ami. El establecimiento está fuera de la convención hospitalaria, presenta como alternativas a la disciplina y a la ayuda comunitaria para la sanación de los males internos: “Lo mejor es la ayuda mutua. Como todos sabemos que somos imperfectos, intentamos ayudarnos los unos a los otros […] Cada uno es el espejo de los demás.” (134) La última línea es fundamental, en otras palabras: uno puede ver su falta en el otro semejante, y cada uno de ellos puede llenar ese vacío de las faltas, simbólicamente se puede aducir que hay un tercero que interviene en la sanación; y no obstante, para ello se condiciona el hecho del reconocimiento de las faltas: “El objetivo de esta institución es ofrecer un ambiente propicio para que los pacientes puedan tratarse a sí mismos y no incluye un tratamiento médico propiamente dicho.” (321)

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Lo que conduce a la aceptación de las faltas (aquello que nos condiciona a una inestabilidad), es la plena certeza de la imperfección de la condición humana: la ‘anormalidad’ entendida como un elemento más de la ‘normalidad’, para decirlo en los términos de Alain Badiou por medio de El ser y el

acontecimiento, los sujetos que están en la singularidad (aquello que es
presentado y no representado en un orden de mundo) y aquellos que están en la excrecencia (lo no presentado y no representado), al fin y al cabo son elementos que están dentro de la normalidad (lo presentado y representado): es decir, esta residencia se manifiesta como la normalidad que necesita curar a sujetos singulares o excrecentes tales como los que alberga, por ello Naoko y Reiko residen ahí. Y así lo afirma Reiko: “-Lo que nos hace personas normales es saber que no somos normales” (198). La aceptación y reconocimiento de la imperfección solo es la primera vía ya que después uno debe asumir la convivencia con los demonios internos. Así, la carta de Naoko, que lee Watanabe, explica una escena compleja cuando juega al tenis o baloncesto en equipo:
Durante el juego, cuando miro a mi alrededor dejo de discernir quién es quién y todos me parecen deformados. Un día se lo dije a mi médico […] Me explicó que no estamos aquí para

corregir nuestras deformaciones, sino para acostumbrarnos a ellas. Afirmó que uno de nuestros problemas es la incapacidad de reconocerlas y aceptarlas. Y que, al igual que todos los seres humanos, tenemos un modo peculiar de andar, de sentir, de pensar y de ver las cosas, y que, por más que intentemos corregirlas, jamás lo conseguiremos. Al contrario, si intentamos corregirlas a la fuerza, únicamente lograremos que se resientan otros aspectos. (120)

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Por tanto la cura es saber que no hay cura a los problemas internos, y si hay una cura esta es la aceptación y convivencia de la misma. Todo nos conduce al paso individual, por ello Reiko, Watanabe, y Hatsumi, sobrevivieron a diferencia de los suicidios de Kisuki, Naoko y la hermana mayor de esta. Si hay una cura, esta es la de abrir el corazón:
-Eres un buen chico. Mirándote, me he visto ir y venir a mucha gente. Así que lo sé. Hay dos tipos de personas: los que son capaces de abrir su corazón a los demás y los que no. Tú te cuentas entre los primeros. Puedes abrir tu corazón siempre y cuando quieras hacerlo. -¿Y qué sucede cuando lo abres? Reiko, con el cigarrillo entre los labios, juntó las palmas de las manos con aire divertido. -Que te curas- afirmó.

Caso contrario, por no abrir el corazón, puede ocasionar un mal desenlace, Naoko dice: “Era una persona a la que le gustaba solucionar las cosas por sí misma. Nunca pedía consejo ni ayuda a nadie. […] Yo solía preguntarle cosas, y mi hermana me aconsejaba, pero ella jamás le consultaba nada a nadie. Todo lo solucionaba sola” (193) Y como dijimos, en Tokio blues también se pregona la disciplina que es necesaria para la consistencia del sujeto, adquiere un mayor sentido cuando Watanabe visita la residencia: “En un entorno tan silencioso, me sorprendí a mí mismo echando de menos el bullicio de la residencia. Añoré las risas, los gritos y los improperios. Yo estaba más que harto del alboroto que armaban los
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estudiantes, pero no logré sentirme cómodo comiendo mi pescado en aquel extraño silencio” (146). Hay un claro simbolismo entre la oposición ciudad -caos y campo-orden/tranquilidad. La disciplina, que no necesariamente es rutinaria, fortalece y hace menos vulnerable el dolor del hombre, y permite estar dentro de una normalidad. Reiko también pregona la disciplina: “No son capaces de ir un paso más allá. ¿Por qué? Porque no se esfuerzan. Porque jamás les han inculcado el sentido de la disciplina” (202). Sin embargo, como ya se explicó, la cura es el acostumbrarnos al sufrimiento: “Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso” (356). En cuanto a una segunda posible cura de la psiquis, es la sustitución de un significante por otro significante, en la misma página de la novela, el narrador personaje interioriza: “Amaba a Midori y me hacía feliz que ella hubiese vuelto a mi lado. Era probable que juntos saliéramos adelante […] Aún amaba a Naoko. Por más que el amor se hubiera torcido d e una manera extraña, yo la amaba todavía, sin duda, y el gran espacio que ella ocupaba en mi corazón permanecía intacto.” (348) El amor puede ser transferido o sustituido en otra mujer, pero el vacío persiste y no puede ser borrado, Reiko le advierte: “Pero intenta ser feliz con Midori. Tu dolor no tiene nada que ver con ella. Si continúas así lo estropearás todo.” (374).
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Otro ejemplo de sustitución del significante es por medio del estado anímico: sustituir una escena triste por otra escena feliz y/o agradable: “-Ahora, escúchame, Watanabe. Olvídate de lo triste que fue aquel funeral. –Reiko me miró a los ojos-. Acuérdate sólo de éste. Ha sido precioso, ¿no es cierto?” (377). El funeral de Naoko puede ser sustituido por lo vivido en ese momento: solos en una modesta casita, donde Reiko tocaría con su guitarra la melodía número 51, la Fuga de Bach sería el preámbulo para la aparición de Eros.

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Referencias:

BADIOU, Alain (1999): El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial. LACAN, Jacques. El seminario. Libro 5. Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires, Paidós, 1999. MURAKAMI, Haruki. Tokio blues. Buenos Aires, Tusquets Editores, 2008.

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