¿Entonces usted definitivamente cree que ya no tiene sentido seguirse preguntando si es posible una filosofía latinoamericana?

¿En qué queda ese proyecto?: Santiago Castro Gómez responde: Definitivamente. Me parece que la pregunta por la existencia de una “filosofía latinoamericana” es una falacia, en el sentido técnico del término, es decir, da por supuesto justamente aquello que debería ser demostrado. ¿Por qué razón? Porque arranca del supuesto de que el significante “Latinoamérica” hace referencia a una “cosa en sí”. Es decir: lo que debería ser el interrogante filosófico, a saber, cómo se produce y qué efectos de verdad tiene el significante “Latinoamérica” se deja de lado y en su lugar se da por supuesto que Latinoamérica existe previamente a su significación discursiva y que por haber nacido en ese “lugar” somos latinoamericanos. No sé si me sigues. Lo que quiero decir es que la pregunta por la filosofía latinoamericana presupone justo aquello que debería ser el resultado de una investigación filosófica. Lo que es resultado de un proceso histórico de producción, a saber, “Latinoamérica”, se toma como si fuese algo constituido de antemano. Lo cual explica por qué razón las personas que se interesan por este tema se ven empantanadas por dilemas existenciales del tipo: “¿Cómo se puede ser latinoamericano y al mismo tiempo filósofo?”, o “¿qué filosofía tiene sentido “en” y “desde” América Latina?”. O bien naufragan en afirmaciones de orden político-moral como por ejemplo: “La filosofía latinoamericana debe distinguirse de la filosofía europea por tener un carácter anticolonial y emancipador”. Cosas así. ¿Cuál es el problema con este tipo de preguntas y afirmaciones? Que todas ellas parten del supuesto de que América Latina es un “lugar”, una “cultura” o incluso un imperativo moral; y que todos los que nacen en ese lugar y comparten esa cultura son “latinoamericanos”, o “latinoamericanistas” si comparten también el imperativo moral aunque no hayan nacido ahí. Digo entonces que todos los filósofos latinoamericanistas presuponen siempre la existencia de una “identidad latinoamericana”, o bien porque la necesitan para poder afirmarse a sí mismos como filósofos con iguales derechos que los alemanes y franceses, o bien porque la quieren afirmar o recuperar para devolverle la dignidad a estas pobres naciones atormentadas. Creo que la Crítica de la razón latinoamericana ofrece suficientes argumentos para mostrar que “Latinoamérica” no es un “lugar de enunciación” y mucho menos una “cultura”, sino un significante que opera de una u otra forma conforme sean los dispositivos históricos de poder en los cuales se halla inscrito. Más aún, yo diría que en la “filosofía latinoamericana” en particular, “Latinoamérica” ocupa la función de significante-amo. Por eso en realidad el libro no habla de Latinoamérica sino del latinoamericanismo como aquella familia de prácticas discursivas y de relaciones de poder que generan ese efecto de verdad llamado la “identidad latinoamericana”. Fíjate entonces la diferencia: yo no presupongo esa identidad sino que examino genealógicamente su proceso de producción, circulación y consumo. No hablo de “Latinoamérica” como si fuera una cosa-en-sí, sino más bien de los procesos de “latinoamericanización”; y tampoco presupongo que exista algo llamado “Colombia” o la “identidad colombiana”, sino que busco indagar.