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Si la conciencia es inseparable de la materia altamente organizada y producto de ella, ¿no será una variedad de la materia, no será idéntica a ella

? Así precisamente opinan los materialistas vulgares7 apoyándose en el hecho de que la conciencia y la materia están ligadas entre sí, las consideran idénticas. Vogt decía que el cerebro secreta la idea y que ésta guarda aproximadamente la misma relación con el cerebro que la bilis con el hígado. De completo acuerdo con los adelantos de las ciencias naturales, el materialismo dialéctico rechaza esa concepción. Aunque la conciencia está relacionada con determinados procesos fisiológicos materiales, no se la puede reducir a esos procesos. La idea es inseparable de la materia, del cerebro, pero no se la puede identificar con ella. Lenin consideraba que llamar material a la idea es dar un paso desatinado hacia la confusión del materialismo con el idealismo. La idea no es una cosa, no se la puede ver ni fotografiar. Es la imagen de los objetos, y los fenómenos del mundo, pero no una imagen material, sino ideal. No es una simple fotografía de la realidad ni una copia inanimada de ella, sino la realidad trasformada adecuadamente en la cabeza del hombre. Marx escribió que el pensamiento, “lo ideal, no es, por el contrario, más que lo material traspuesto a la cabeza del hombre y trasformado en ella”8 La realidad influye en el hombre y siempre pasa a través del prisma de las leyes particulares del pensamiento, tales como el análisis, la síntesis, la generalización, etc. El hombre se distingue de los animales porque es capaz de pensar, o sea, reflejar activamente la realidad, influir en ella, proponerse diversos fines y tratar de conseguirlos. Al rechazar la concepción materialista vulgar, el materialismo dialéctico considera asimismo profundamente errónea la afirmación de que la conciencia y el pensamiento son inherentes a toda la materia. Espinosa, por ejemplo, opinaba que la conciencia es un atributo tan necesario de toda la naturaleza como la gravitación y la corporeidad. Lo erróneo de ese punto de vista estriba en que desconoce las diferencias cualitativas existentes entre la materia inanimada y la orgánica, sobre todo la pensante. Lenin opinaba que la sensación claramente manifiesta es sólo inherente a las formas orgánicas superiores de la materia, en tanto que ésta en su totalidad no posee otra propiedad que la de reflejar, o sea, la facultad de responder de una manera determinada a las influencias externas. Esta propiedad es en cierta medida afín, mas no idéntica, a la sensación, razón por la cual no se puede considerar a la conciencia como propiedad de toda la materia. Actualmente, con motivo de los éxitos alcanzados por la cibernética, se han reavivado los intentos de atribuir facultad de pensamiento a objetos de la naturaleza inanimada. A base de esta nueva ciencia, que estudia diversos sistemas y procesos de mando, se han construido máquinas sorprendentes. Unas son capaces de dirigir aviones, trenes o complicados procesos de producción; otras, de traducir textos de un idioma a otro, de hacer complicadísimas operaciones matemáticas, etc. Tales máquinas pueden recibir datos ("información") de distinto género del exterior, "recordarlos", elaborarlos y ejecutar complicadas operaciones. Esto ha dado pie a algunos científicos para atribuirles la facultad de sentir y hasta de pensar. En realidad ninguna máquina automática, ni aun la más perfecta, posee la facultad de sentir, sin hablar ya de la de pensar. El sentimiento y el pensamiento son inherentes sólo al ser humano, que es producto de la larga evolución del mundo material y, ante todo, del medio social. El hombre se eleva por encima de la naturaleza, conoce la realidad que
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El materialismo vulgar es una corriente filosófica que surgió en Alemania a mediados del siglo XIX. (Ed.) 8 C. Marx, El Capital, Tomo I. Ed. Cartago. Buenos Aires, 1956, pág. 14. (Ed.)