Este reportaje fue escrito durante el año 2006 para una asignatura de 2º curso de Periodismo.

Con la carrera acabada, tres años más y la poca experiencia de haber trabajado en varios medios, supongo que afrontaría este tema de otra manera. Pero dentro de diez años cualquier cosa que escriba hoy en día me parecerá poco madura y llena de incorrecciones. Prefiero no rehacer el reportaje y dejarlo con los errores de una estudiante de 19 años y con esa visión idealizada del término ‘justicia’. Especialmente, este trabajo está dedicado a la persona que me acercó a la historia de Benito Gallego desde que era una niña, mi abuela Pura Rodríguez Gallego, que falleció en el 2007. Paula Bouzas, 2009.

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“NADA HICE, NADA TEMO”

Benito Gallego Montero, el último alcalde democrático de Ribadavia (Ourense) antes de la dictadura de Franco, expresaba en una de sus cartas algo común entre muchos de los represaliados en el 36. Como muchos defensores de la II República, no consideraba que hubiese cometido ningún delito por defender a un gobierno democráticamente elegido. Sin embargo, sus verdugos lo definían como “un alcalde extremista y gran propagandista de acción, peligroso por su ideología y con una conducta muy mala”. El caso de Benito puede ser un ejemplo más de aquellos republicanos que fueron olvidados después de 1936, no solo a lo largo del Franquismo, sino también durante nuestra actual democracia.

Benito Gallego Montero

Paula Bouzas. Ribadavia,2006

D

escubrí a Benito a través de una fotografía. Desde pequeña me encanta rebuscar entre el cajón de fotografías antiguas de mi abuela. Ella me iba explicando quienes eran los protagonistas de cada retrato: mis bisabuelos, un primo hermano suyo…y ahí estaba Benito. Era hermano de mi bisabuela Juana, y por lo tanto, tío de mi abuela. La primera impresión al verlo era la de un chico presumido y con un estilo muy cuidado. En mi familia nunca se ha ocultado la historia de El Tío Benito, algo que no ocurre en otras que siguen temiendo hablar del pasado y de sus injusticias. Algún detalle de su vida aparece durante las conversaciones familiares.

La II República Española se desarrolló desde el 14 de Abril de 1931, con la salida del país del rey Alfonso XIII; hasta el 1 de Abril de 1939, cuando el ejército nacional ganó la guerra tras haberse sublevado tres años antes. Galicia formó parte de la zona nacional desde el inicio del golpe de estado. A pesar de la influencia de la historiografía franquista, que siempre ha querido difundir que en Galicia no hubo resistencia, esta si existió. En el caso de Ribadavia, varios cientos de personas se congregaron en la Plaza Mayor dispuestos a defender la legalidad republicana siguiendo las directrices de las autoridades locales.

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Recorte de prensa en el que Benito Gallego entrega una medalla al vencedor de la Vuelta Ciclista de Pontevedra en Septiembre de 1933. Durante ese momento ejercía la alcaldía de forma temporal.

Benito Gallego Montero era alcalde de Ribadavia y presidente local de Izquierda Republicana cuando se produjo la insurrección militar. Había formado parte de la Corporación municipal a lo largo de la II República, y tras la victoria del Frente Popular (una coalición a escala nacional de partidos de izquierda) en febrero de 1936, Benito se convirtió en el líder del ayuntamiento. Tal y como indica el historiador Julio Prada en su libro Ourense, 1936-1939. Alzamento, guerra e represión, el triunfo del Frente Popular dio paso a un periodo de gran conflictividad en toda la comarca del Ribeiro, de la que Ribadavia es capital. Los enfrentamientos a tiros entre el enérgico núcleo falangista y elementos de izquierda eran numerosos. Sin embargo, la actitud de Benito desde su posición de alcalde siempre fue conciliadora. A pesar de formar parte de Izquierda Republicana, un partido laico, y de no ser una persona religiosa, Benito encabezó siempre las procesiones en Ribadavia. Tuvo que intervenir en varias ocasiones, ya que había individuos que amenazaban con reventar la comitiva. Benito los llamó al orden y les advirtió que tendrían que responder de lo que hiciesen. No quería que la procesión se convirtiera en una excusa para que se produjesen altercados. Pero este no fue el único ejemplo del talante conciliador de Benito Gallego. Durante el 17 de julio de 1936, el ejército de África se había sublevado y la rebelión se extendió por la Península

a lo largo del día 18. Al Ribeiro las noticias llegaban con cuentagotas y la sensación de incertidumbre se extendía. Desde el pueblo vecino de Arnoia, un grupo de personas se aproximó a Ribadavia. Querían conocer lo que estaba sucediendo realmente y estaban dispuestos a defender la legalidad. Benito fue a su encuentro con dos garrafones de vino. Sabía que los ánimos estaban muy crispados y que si llegaban a Ribadavia podría ocasionarse algún incidente. Así que se reunió con ellos en “A Barca”, zona del río Miño límite entre Arnoia y Ribadavia, que tenía que ser cruzada con la ayuda de un barquero. Benito consiguió calmar a los vecinos de Arnoia y les prometió que tan pronto tuviese noticias ellos las conocerían. Durante el juicio de Benito Gallego, ninguno de los inculpadores tuvo en cuenta sus intentos por evitar escaramuzas. Los líderes fascistas del bando nacional consideraban que la guerra estaba totalmente justificada: “para defender a toda una civilización puesta en trance de desaparecer a manos de quienes abrigaban el siniestro propósito de entregar a una Nación que siempre fue libre, convirtiéndola en un feudo de un país asiático”. O por lo menos, así lo pone en el proceso que condenó a muerte al alcalde ribadaviense. Pero realmente, el único modo con el que El Tío Benito podría hacer desaparecer a toda una civilización sería extendiendo su peculiar forma de vida. Desde que empecé a saber de su historia, siempre me pareció una persona poco común y que tenía algo especial que lo hacía diferente. No conocía tantos detalles de su vida como ahora, y sin embargo, no estaba demasiado desencaminada. Los pocos que todavía lo recuerdan, lo describen como a una persona conciliadora, que caía bien y sobre todo, muy bohemio. 2

La profesión con la que Benito se ganaba la vida y que le llevó a ocupar una buena posición económica fue la de comisionista. Prestaba dinero y lo recibía con intereses. Benito hizo la mili en África, y allí pudo reunir unos pequeños ahorros. Su madre, mi tatarabuela, le mandaba un duro cada pocas semanas para que no pasase necesidades. No despilfarró aquel dinero y a través de pequeños negocios durante el servicio militar pudo juntar unos ahorros de los que vivir cuando regresó a Ribadavia. Ya de vuelta, Benito comenzó a jugar en timbas de póquer, y debía de hacerlo con bastante astucia, porque no perdió sus ahorros, si no que los aumentó llegando a prestar dinero y convirtiéndose en comisionista. Las timbas se realizaban en un café que todavía existe hoy en día llamado Moderno. Y es que este establecimiento era bastante innovador para la época: tenía un escenario con un piano en el que cantaban coristas o había espectáculos de magia. Era el núcleo del ambiente nocturno ribadaviense de la época y estaba considerado como un lugar un tanto impúdico. Un sendero escondido entre las casas daba a la parte de atrás del café Moderno y fue utilizado para huir de las autoridades cuando el juego estaba prohibido.

Fotografía de Macarena dedicada “a Benito Gallego con cariño”. 9 de enero de 1932.

Benito también iba a jugar a Canarias y traía bebidas desde el archipiélago que luego vendía, lo que le reportaba más ingresos. Pero a Benito no podemos aplicar el dicho “Afortunado en el juego, desgraciado en amores”. Y es que el perfil bohemio de Benito no acaba aquí. Vivía con su novia sin estar casado, y además, ella era artista. Se llamaba Pepita Moreno, aunque todos la conocían por su nombre artístico: Macarena. Era de Jaén y todavía hoy la recuerdan como una mujer muy bella. Su relación debió provocar un gran revuelo en la época, ya que estaba muy mal vista la convivencia sin haber pasado por la vicaría. La familia de Benito nunca le llamó la atención al respecto y simplemente hacían como si no se enterasen. Sin embargo, estaban muy al corriente de todo lo que le acontecía a la pareja a través de la asistenta de Benito, Clotilde, que aseguraba que estaban muy enamorados, y que tras el pasado conquistador de Benito, esta vez si que se casaba.

Benito (a la izquierda) en África durante el servicio militar

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El asesinato de Calvo Sotelo apresuró la insurrección militar del 18 de Julio. José Calvo Sotelo era un político de derechas que lideraba la causa monárquica. Contaba con bastantes seguidores y otros tantos detractores. Su muerte el 13 de Julio de 1936 sirvió para convencer a aquellos generales indecisos, entre ellos Franco, en cuanto al apoyo del golpe de Estado ideado por el General Mola. Este suceso aumentó la tensión que se vivía en España: bien por las sospechas de sublevación del ejército, que simpatizaba con grupos fascistas en contra de la democracia republicana. Bien por los cuchicheos que aseguraban la llegada de la revolución obrera y las “hordas marxistas”. En poco tiempo se pudo comprobar quién tenía razón. Como pudimos ver antes, el objetivo más importante para Benito como alcalde era mantener una convivencia pacífica. Y esta meta se presentaba bastante complicada tras el asesinato de Calvo Sotelo. El líder monárquico tenía muchos partidarios y también bastantes críticos en la comarca. Benito Gallego, siguiendo las instrucciones del gobernador de Ourense, Martín March, indicó a la Guardia Civil que se acuartelase. También dispuso al cabo de Carabineros con sus hombres en la entrada del ayuntamiento. Finalmente, la jornada se cerró sin ningún tipo de incidente en Ribadavia. Varios conocidos advirtieron a Benito. Le recomendaban que se fuese a Portugal para evitar el golpe de Estado que estaba a punto de producirse. Él afirmaba que no iba a cruzar la frontera porque no había hecho nada de lo que se tuviera que preocupar. Al contrario, siempre buscó que la legalidad se cumpliese. Benito decidió quedarse, y poco después se produciría la tragedia.

En varias hojas del juicio sumarísimo de Benito y otros 111 encausados de la provincia ourensana, se destaca de forma negativa que “se comportaron como elementos dispuestos a luchar contra aquellos que habían tomado sobre sí el honor y la responsabilidad de desterrar de la mente de los españoles las pesadillas de marxismo”. Mientras leía estas líneas, me sentí orgullosa de mi Tío Benito y de los otros procesados. Era como si el juez no se hubiese dado cuenta de que, con esas palabras, estaba tirando piedras contra su propio tejado. Sin querer, ensalzaba a los acusados. Ellos se sacrificaban por luchar por un ideal igualitario contra un grupo de individuos que confundía el término pesadilla con el de libertad. De todas formas, interpreto como una injusticia que, después de 70 años, el nombre de cualquier represaliado esté rodeado de términos como los de “criminal”, “individuo peligroso”… En cuanto a Benito, a lo largo de los 1000 folios que componen el juicio se reitera su “destacada perversidad”. No entiendo por qué hay más documentos en los que se les llama criminales a los republicanos, que libros que muestren a todo lo que tuvieron que renunciar por intentar mantener una democracia para todos los españoles. Un modelo del que hoy en día disfrutamos.

Benito (de pie a la izquierda) con un grupo de amigos.

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Después de 70 años se da una curiosa casualidad. El alcalde de Ribadavia por el PSOE en la actualidad, Marcos Blanco Jorge, tiene la misma edad con la que Benito Gallego detentó la alcaldía: 36 años. Además, al igual que Benito, también pertenece a un partido de izquierdas. “Yo siempre digo que ante esa gente hay que sacarse el sombrero. Por sus ideas, muy adelantadas a su tiempo, tuvieron ese ímpetu y esa valentía de poder dar la cara y de defender no solamente lo que pensaban, sino también los derechos de los demás, que por ignorancia o por miedo no eran capaces de hacerlo. Hoy en día todo el mundo puede meterse en la política, pero aquello… era difícil. Solamente por esa labor social de defender unas ideas que se creían por el bien de todos, y que posteriormente, por ser diferentes a lo que “había que pensar”fueron perseguidos: ante eso hay que sacarse el sombrero”. Indicó Marcos Blanco durante una conversación en la alcaldía.

Se han barajado otros posibles nombres del autor de los disparos, pero realmente no se sabe a ciencia cierta quién fue y por qué lo hizo. Como precaución, a partir de aquel incidente, Benito llevó consigo un arma. Esta es una nota de felicitación por haber salido indemne. Un procurador amigo suyo se la envío a la mañana siguiente del atentado. La carta comenzaba así: “Amigo D. Benito: acabo de enterarme del atentado del que ha sido víctima esta noche y con toda el alma celebro que haya salido ileso”.

Felicitación de un amigo, el procurador Ricardo R. Peinador; a Benito por haber salido ileso del atentado. 7 de mayo de 1936.

Hay un suceso en la vida de Benito que nunca ha sido aclarado. Durante la noche del 6 mayo de 1936, Benito siendo ya alcalde, sufrió un atentado en la puerta de su casa del que salió ileso. Cuatro tiros se incrustaron en la puerta de la vivienda situada en el barrio de “A Oliveira”. Las marcas de los disparos permanecen todavía en la madera. Comenzó a rumorearse que el responsable del atentado era un ribadaviense que le debía dinero al Tío Benito. Sin embargo, este se arrodilló delante de la madre de Benito, mi tatarabuela Julia, jurándole que él no había intentado asesinar a su hijo. Benito tenía una existencia muy diferente a lo que se consideraba el ideal de la época: nocturna y sin respetar los convencionalismos sociales. Puede que a alguien le molestase, o quizás, el atentado se realizó por motivos políticos o de juego.

Marcas de los impactos de bala en la puerta de la vivienda de Benito, en el barrio ribadaviense de “A Oliveira”.

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Benito y cuatro compañeros ribadavienses fueron detenidos a las 5 de la tarde del 20 de Julio en el edificio del Gobierno Civil en Ourense. Unas horas antes, tras conocer oficialmente el estado de guerra y ante la imposibilidad de establecer contacto telefónico con el gobernador Martín March, decidieron dirigirse lo más rápido posible hacia la capital provincial. Pretendían que el gobernador les diese instrucciones sobre la estrategia a seguir y enterarse de los efectos del golpe de Estado. Se desplazaron a la ciudad en un automóvil requisado: Benito Gallego, el teniente alcalde Fulgencio Lorenzo Lira, el máximo responsable de la Sociedad Agraria de Ventosela, Andrés Centrón; el concejal y presidente de la Agrupación Socialista de Ribadavia, Cándido García; y Victorino Gómez, concejal y líder del Sindicato de Campesinos y Obreros de Beiro. Todos ellos fueron los primeros en ser encarcelados por la represión fascista en la provincia ourensana. Durante los dos días anteriores, entre unos 200 y 400 hombres se congregaron en la Plaza Mayor de Ribadavia con el propósito de defender la República. Se les había convocado en diferentes pueblos de los alrededores en nombre de Benito. Sin embargo, el alcalde de Ribadavia no había dado instrucciones para realizar esas proclamas. Los motivos que llevaron a hacerlas en su nombre fueron que Benito gozaba de bastante prestigio y, además, era una forma de conducir por los cauces formales la concentración. Benito se topó con una situación bastante complicada: cada vez había más hombres concentrados en la plaza del pueblo y demandaban armas. Finalmente decidió ponerse al frente de la muchedumbre. De esta forma, él mismo controlaría a los milicianos y evitaría que se produjesen altercados violentos o delitos. La corporación municipal decidió emitir una serie de “vales” para cubrir la

estancia de los hombres reunidos en Ribadavia. Serían costeados por las familias más pudientes del pueblo, que también tenían la opción de alojarlos en sus viviendas. Con esta medida se buscaba que los hogares con menos recursos no se viesen afectados. Pero con la detención de Benito y el resto de sus compañeros, la República cayó definitivamente en Ribadavia. La Guardia Civil salió del cuartel y grupos de falangistas comenzaron a tomar el poder. La represión había comenzado.

En el reverso de la fotografía está escrito: “La música está tocando el himno de falange. Esta es sacada en la Plaza Mayor. Los cadáveres ya entraron en el edificio del ayuntamiento”. Las personas de la fotografía hacen el saludo fascista hacia el consistorio municipal. Según el dorso de la foto, deduzco que el saludo y la banda de música van dirigidos a algún falangista caído durante la guerra cuyo velatorio se hallaba en el Ayuntamiento. Mi abuela, que solo tenía seis años cuando se inició la Guerra Civil, es la única persona que me ha podido contar testimonios directos. Ella conoció a Benito, y recuerda como fueron aquellos días en los que todo el mundo en Ribadavia se volvía aparentemente franquista mientras su tío estaba en la cárcel. En el edificio que hoy en día constituye la sede del Consello Regulador da Denominación de Orixe 6

Ribeiro, y que durante la República fue la Casa del Pueblo, un falangista que apareció por la zona, comenzó a enseñar a los vecinos las canciones del partido fascista. Mi abuela también recuerda como se celebraban con eses cánticos la caída durante la Guerra de ciudades bajo el ejército nacional. El historiador J. Prada indica que un grupo de falangistas denunció ante sus superiores que “no se ha hecho nada para exterminar la plaga de malvados que nos tuvo sitiados durante los primeros días de julio”. A la inicial sensación de incredulidad ante el movimiento, le sucedió el terror por los “paseos”, las violaciones y los saqueos. Benito pasó ocho meses en prisión. Lo detuvieron, como antes mencioné, el 20 de Julio del 36. Entre otras “perlas” que pude leer en la macro causa en la que estaba incluido su caso (la más voluminosa de Ourense con unos 1000 folios) me llamó la atención esta definición del comportamiento de la Segunda República hacia España: “Atentando a su soberanía, cohibiendo las facultades de libre determinación, interpretando el sentir de toda la opinión sana del país, apoyándose en ella y su fuerza, se levantó en armas para expulsar de los puestos de mando contra toda ley”. Releyendo estas palabras, me pregunto si realmente creían que podían convencer a alguien con semejante discurso. Parece imposible que un grupo golpista, represor y autoritario pueda acusar a una democracia de atentar contra sus propios principios básicos. Pero la letanía de argumentos incoherentes continúa. Benito es condenado en el Consejo de Guerra del 24 de enero de 1937 a pena de muerte por rebelión militar. Las “pruebas” en las que se basaron sus represores fueron las siguientes: - Festejar el asesinato de Calvo Sotelo en un banquete. Sin embargo, La Guardia Civil acreditó que la cena tuvo lugar por la victoria del Frente Popular, no por el crimen.

- Ir armado (recordemos que siempre iba provisto de una pistola desde su atentado fallido). - Requisar un automóvil. - Firmar los vales que pagaban las familias acaudaladas. - Levantar el puño al estilo marxista, incitando a la gente a la rebelión. - Iniciar la subversión en el ayuntamiento. Resulta increíble lo fácil que era condenar a muerte a una persona en aquellos momentos. No importó que Benito hubiese sido un alcalde que buscó en todo momento evitar enfrentamientos. A lo largo de los dos últimos días de Benito como regidor, ningún militante derechista, religioso o empresario fue atacado a pesar de haberse iniciado la Guerra Civil. Incluso consta en una de las hojas del juicio. Pero ni para él, ni para sus compañeros, hubo compasión. Benito Gallego Montero, Andrés Centrón Rodríguez, Celso González Rodríguez y Fidel Blanco Leboso fueron fusilados el 9 de Febrero de 1937 en el Campo de Aragón, en el cementerio de San Francisco de Ourense. Ante el pelotón de fusilamiento, Benito animó a sus compañeros asegurando que iban a tener una muerte rápida e indolora.

Lápida de Benito Gallego en el cementerio de Ribadavia.

Su cuerpo permaneció varios años en el cementerio ourensano, ya que las autoridades impidieron durante algún tiempo su traslado a la capital del Ribeiro. Posteriormente, sus restos se enterraron en el cementerio de Ribadavia.

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Mi bisabuela Juana y otra de las hermanas de Benito, Pura, marchaban casi todos los días hasta el penal ourensano para ver a su hermano preso. Durante los primeros meses, la familia esperaba que las cosas se solucionasen. El propio Benito expresaba su optimismo en una carta que envió a su madre. Pero cada vez las cosas se iban torciendo más. Mi bisabuelo Pepe y Agapito, también cuñado, se desplazaron a Madrid para intentar salvar a Benito empleando la influencia de Celeste, una prima hermana de Benito. Estaba casada con el comandante de infantería Siro Alonso, que tuvo puestos de gran responsabilidad durante el “Movimiento”. No hicieron nada por Benito. Y casualmente, Siro Alonso se convirtió poco después en el delegado del gobierno en el partido ourensano. La familia nunca pudo olvidarlo. Celeste murió sola y donó sus cuantiosos bienes a una orden religiosa. Mi abuela recuerda como si fuese ayer su despedida de Benito. Le pidieron al guardia de la prisión si podían despedirse en otra sala diferente a la habitual, que tenía dos rejas. El funcionario aceptó y los llevó a una estancia con una reja más ancha. Benito le dijo: “Nena, ¿no me das un beso?”. Y esa fue la última vez que tío y sobrina se vieron. Resulta conmovedor leer las últimas palabras de un hombre. Benito recalcó hasta el final su inocencia. Nunca se olvidó de Macarena y de sus sobrinos: “Querida mamá, hoy dejo de existir con el pensamiento puesto en usted y en Dios. Quiero que sepa que muero como un santo y que perdono a todos. Tenga paciencia y resignación. Muchos besos de su hijo”.

Trascripción de la carta de Benito a su madre del 10 de Diciembre de 1936. (Purita es mi abuela y Eduardito mi tío abuelo): “Querida mamá. Dos letras para decirle que estoy bien y esperando que esto se resuelva, que creo será satisfactoriamente pues yo como nada hice nada temo. Mamá, como comprendo que necesitará dinero, venda las bebidas que yo tengo en casa. Nada más. Muchos besos a Purita y a Eduardito. Y usted reciba muchos besos de su hijo que desea verla.”

“Queridos hermanos Pepe y Juana: Hoy muero pensando en vosotros. Tened paciencia, pues mi suerte es así. Quiero que Macarena esté en casa con vosotros hasta que termine el movimiento y que después le deis 1000 pesetas y se marche de vuelta a su casa. Todo lo que yo tengo lo dejo para Purita y Eduardito. Adiós. Hasta la eternidad”.

Carta de despedida de Benito para mis bisabuelos Pepe y Juana

La madre de Benito, mi tatarabuela Julia, nunca pudo superar la muerte de su hijo. Había tenido 13 hijos y muchos murieron por enfermedades en aquella época. Sin embargo, por ninguno lloró tanto como por Benito. Era mencionar su nombre y tanto ella como mi bisabuela no podían reprimir las lágrimas. Una foto o una simple 8

conversación, bastaban para recordar la tragedia de Benito. Se puede decir que en Ribadavia la mayoría de los vestigios del franquismo han sido eliminados. A la cruz de los caídos se le quitó la inscripción, las caras pintadas de José Antonio Primo de Rivera y Franco en muros y paredes fueron borradas, y las calles dejaron de ser un recordatorio de la élite golpista del 36. Sin embargo, todavía permanece un escudo franquista en la puerta principal del instituto IES O Ribeiro de Ribadavia. En una conversación con la concejala de cultura de la villa, Luisa Escudero (sobrina de Andrés Centrón, fusilado junto a Benito), me comentaba que este año intentarían hacer algo en relación con el escudo. También declaró que desde la concejalía se han realizado durante su legislatura diversos actos para la recuperación de la Memoria Histórica: la limpieza del monolito del antiguo cementerio civil, la presentación del libro de Julio Prada, la localización de un combatiente de la resistencia francesa ya fallecido, y un reconocimiento a los maestros republicanos represaliados. También indicó que se ha planeado hacer un homenaje por los médicos que fueron perseguidos en la represión y hacia el movimiento agrarista de los pueblos de Ventosela y Sampaio durante el 2007. Benito Gallego no figura por el momento en ningún homenaje. Después de 70 años, el último alcalde republicano de Ribadavia sigue tan olvidado como siempre. Un representante que pretendió evitar la violencia a toda costa. Una persona que sacrificó su vida para que los demás tuviésemos libertad. Al final parece que las cosas siguen como siempre, el escudo franquista coronando la puerta del instituto y sus alumnos sin saber quién fue el último alcalde republicano de su pueblo. La Historia tiene una deuda pendiente con los republicanos, ya es hora cumplirla.

Adiós Benito. Hasta la eternidad.
Paula Bouzas. 2006

Inscripción del monolito en el antiguo cementerio civil: “Patria, amor, libertad, justicia, igualdad y fraternidad”.

Cruz sin la placa a los caídos y escudo franquista en el instituto de Ribadavia

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