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Gombrowiczidas
Juan Carlos Gómez

2009

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WITOLD GOMBROWICZ Y JACK LONDON

“Fue en esos dancigs varsovianos donde conocí a Zbigniew Unilowski. Sucedió justo
después de la publicación de mi primer libro, cuando estaba escribiendo “Ferdydurke”:
–Gombrowicz, ¿para qué va a estar con esa gente? ¡Venga a mi mesa! (...) Había sido
camarero en un gran restaurante, allí se fijó en él Karol Szymanowski y lo ayudó a
publicar su primer libro (...)”
“Me hacía pensar en Jack London. Había similitudes en su manera de mirar el mundo,
en su estilo, en su inteligencia. Unilowski compensaba las lagunas de su educación y de
sus lecturas con su realismo, espontaneidad, temperamento y humor; tenía algo de
americano, más de una vez pensé que Chicago hubiera sido para él un terreno más
apropiado que Varsovia”

Para saber algo más de en qué pueden parecerse Zbigniew Unilowski a Jack London
vamos a recordar que el estadounidense combina en su obra el más profundo realismo
con los sentimientos humanitarios y el pesimismo. Viajó a Alaska, empujado por la
corriente de la fiebre del oro, antes había sido marino, pescador, e incluso
contrabandista.
De ideas socialistas y siempre del lado de los trabajadores, London fue militante
comunista e incluso agitador político. Pero, autodidacta como era, las lecturas de
Nietzsche le llevaron a formular que el individuo debe alzarse frente a las masas y las
adversidades. Esta contradicción entre el individuo y la colectividad está presente en
toda su obra.

Su tesis general es la de que el ser humano no es bueno por naturaleza, que sólo los
fuertes consiguen sobreponerse a los infortunios de la vida y que serán estos seres los
que pongan los cimientos para formar una sociedad más justa. De lo que no hay duda es
de que no hubo nada capaz de salvar a Jack London de sí mismo, alcoholizado, víctima
de los delirios del borracho, puso fin a sus días en su lujoso rancho.
Las similitudes entre Unilowski y London de las que habla Gombrowicz son
precisamente las que los diferenciaba de ellos. Mientras Gombrowicz pasaba unas
vacaciones sin un término definido en la Argentina, los polacos no se ponían de acuerdo
sobre si era un escritor apegado a las antiguallas del pasado, a la clase terrateniente y a
la genealogía o si, en cambio, en tanto que amoral y ahistórico, era un escritor
vanguardista.

En “Veinte años de vida” de Zbigniew Unilowski el prologuista intenta ubicar a
Gombrowicz en el panorama de la literatura polaca de ese tiempo.
“En el período en que Unilowski apareció en el campo de la literatura, las tendencias
progresistas se vieron de nuevo contrastadas por el implacable culto a la separación de
la literatura de la vida (...)”
“Fue el tiempo en que Gombrowicz quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo por
desgracia una gran influencia sobre sus contemporáneos con su literatura dominada por
el infantilismo y el subconsciente (...) En su novela, cuyo título constituía ya de por sí
un programa (puesto que 'Ferdydurke' no significa nada), quiso reducir la vida humana a
unos reflejos infantiles (...)”
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“Unilowski deseaba mostrar el desarrollo y la maduración de un niño en un mundo
severo y malo. Gombrowicz, todo lo contrario: quiso reducir las cuestiones de la vida y
las cuestiones sociales a la época de la niñez, a la esfera de los reflejos subconscientes.
Unilowski era un escritor que iba justamente en la dirección opuesta a Gombrowicz y
sus adeptos (...)”
Los modales en la Polonia del joven Gombrowicz habían llegado a un punto extremo.
Cuentan que en esa época un caballero, después de haber entrado a un baño público, se
dio cuenta de que no tenía papel. Trepó el tabique que lo separaba del baño contiguo: –
Permítame que me presente. Soy el señor X. ¿Puede darme un trozo de papel? El otro
caballero trepó también la pared: –Encantado. Soy el señor Y. Aquí tiene papel.
Lamentablemente, la pobreza polaca también tenía características extremas.

“Lo que sí saltaba a la vista era el proletariado. El pueblo comenzaba a comprender: en
Occidente no existía el proletariado, al menos no en el sentido polaco del término.
Había trabajadores intelectuales y trabajadores físicos pero, por lo general, la miseria no
alcanzaba un estado tan grave como para crear de verdad una nueva categoría de
hombres, otra clase. Unas criadas descalzas como las veíamos en Varsovia era algo
inconcebible en París”
Con esta mezcla contradictoria de modales y de miseria Gombrowicz se acercó a dos de
los artistas de origen proletario más importantes de Polonia. Él no estaba acostumbrado
a tipos como Rudnicki o Unilowski, eminentes en ciertos aspectos y en otros
completamente incultos.

Las tradiciones de la generación anterior de literatos gentlemen, compuesta por unos
señores educados y pulidos, estaba aún muy arraigada en Gombrowicz.
“Casi no frecuentaba lugares nocturnos. El alcohol no me llamaba demasiado la
atención, el baile tampoco, y los frecuentadores de los diversos dancings, tanto los
hombres como las mujeres, me parecían poco interesantes (...)”
“Esa vida dorada sobre el fondo de la miseria varsoviana era demasiado chocante, más
de una vez percibí un sentimiento de odio en los ojos de los obreros que reparaban el
pavimento en la madrugada, cuando nosotros vestidos con nuestros abrigos de pieles
salíamos de los locales y llamábamos a unos taxis (...) En realidad estos personajes
estaban en ocasiones en las últimas y les faltaba dinero para cubrir los gastos más
indispensables (...)”

“También pasaba a veces que cuanta más fortuna tenía uno, tantas más penas. Mi
miserable ingreso de intelectual me permitía salir al extranjero cuando me daba la gana,
mientras que mis diversos tíos, grandes terratenientes, no podían moverse de su sitio
vigilando sus impuestos y pagos, y corriendo detrás de los préstamos (...) En cuanto a
mí, las veces que asomé la nariz por allí, fue siempre en compañía de artistas que eran
excepcionalmente lentos en pagar (...)”
A Zbigniew Unilowski, un novelista reportero proveniente de una familia muy humilde,
Gombrowicz lo había conocido en un dáncing varsoviano. En esa época se lo veía a
Unilowski como el mayor escritor polaco del futuro, y hasta el mismo mariscal
Pilsudski lo admiraba.

Aunque Gombrowicz lo apreciaba como persona y como artista no tenían gran cosa en
común, estaba frente a un proletario que había ascendido en la escala social gracias a su
talento e inteligencia. Desde muy joven había entrado a un ambiente totalmente
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diferente, nada fácil para alguien que debía comenzar por aprender todas esas
conversaciones, esas formas, esas finuras.
Si no se entendían era más bien por diferencia de caracteres y no de cultura y educación.
Gombrowicz era un hombre de café, le gustaba contar frivolidades durante horas enteras
sentado a una mesa entregado a diversos juegos psicológicos. Unilowski necesitaba del
alcohol, de las luces filtradas, del jazz y de los camareros serviciales, de ese modo sentía
que había ascendido a un escalón superior.

Había sido camarero y contaba una historia que Gombrowicz nos repetía en el café Rex.
La historia de que el esfuerzo mental de un camarero era infinitamente más grande que
el de un escritor; tenía que recordar los pedidos de cinco mesas sin equivocarse ni
confundirse, corriendo con platos, botellas, jugos, salsas y ensaladas, y a la noche
durante horas interminables de insomnio quedarse desvelado recordando las voces de
los pedidos.
Gombrowicz tenía una gran confianza en su inteligencia y en su gusto y por eso le dio a
leer el manuscrito de “Ferdydurke”, a pesar de todo lo que él sentía que los separaba
que no era precisamente su condición social. Unilowski le dijo que le había robado la
novela que le hubiera gustado escribir.

Sin embargo, lo seguía considerando un perfecto burgués, un filisteo que por un curioso
azar era también poeta y tenía aventuras extrañas como el señor Pickwick. Lo definía
como a un Pickwick, pero Gombrowicz no era así.
“Temo mucho haber sido la causa de su muerte. Yo tenía una gripe ligera, estaba en
casa aburriéndome... Lo llamé para que viniera a casa. Vino, se contagió, la gripe
desembocó en una encefalitis y murió. Tal vez no se hubiera contagiado de mí, tal vez la
encefalitis se hubiera producido por otras causas, sin embargo no puedo quitarme de
encima la sospecha de que si no me hubiera visitado aquel día seguiría viviendo (...) Sí,
era un talento, un hombre valiente, lúcido, capaz y sensato, aunque quizás todavía lejos
de superar sus enormes problemas. Lo estimaba mucho, pero nunca estuve de acuerdo
con quienes lo consideraban un gran escritor, un especie de Balzac polaco”

Este Jack London me trajo a la cabeza una idea a la que no soy del todo ajeno y que no
es tan descabellada como pudiera parecer. Bernard Shaw recuerda el caso de un amigo
suyo que después de haber leído “Colmillo Blanco” de Jack London, estaba seguro de
que era material y espiritualmente imposible escribir algo mejor, tanto que había
interrumpido todas sus lecturas. No leyó más. En un principio Shaw se ríe de él, pero
luego reconoce que, al final de cuentas, todos leemos buscando un libro así, que acabe
con las expectativas de encontrar algo digno de ser leído, que anule la curiosidad. Un
libro maestro.

WITOLD GOMBROWICZ, LAS BARBAS Y LOS DUELOS

“La decadencia catastrófica del antiguo honor solemne, con duelos, testigos y
protocolos, se me hizo patente en mi familia más próxima. Mi padre era un gentleman a
la antigua, de antes de la primera guerra, y daba mucha importancia a la corrección en
todos los sentidos, pero incluso él mismo empezaba ya a demostrar un cierto sentido del
humor en relación con los asuntos de honor en boga por aquel entonces. Un día, en
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Maloszyce, mi madre lo sorprendió mientras practicaba un extraño deporte: disparaba
con una pistola sobre una silueta de perfil dibujada con tiza sobre una tabla de madera, y
era evidente que se entrenaba disparándole al trasero. Mi madre, muy intrigada,
consiguió por fin sonsacarle la confesión: lo habían retado a duelo y había decidido
colocar la bala en la parte trasera del cuerpo de su adversario, bastante pronunciada por
cierto”

Los diez años de diferencia que tenía con su hermano Janusz bastaban para mostrar con
qué rapidez se producían los cambios. Janusz aún pertenecía a la juventud dorada, en
vías de desaparición, era del campo, elegante, caminaba balanceando el bastón y se daba
vuelta cuando se le cruzaba una mujer, con cara de tenorio. En el teatro se le veía
siempre en las primeras filas conservando el porte de la nobleza terrateniente. Aunque
no tuviera nada en el bolsillo, llegaba siempre a uno de los cafés más distinguidos de
Varsovia en un coche elegante que, cuando ya estaba en las últimas, tomaba en la
esquina más cercana sólo para descender en el café con su gala correspondiente.
Gombrowicz no usaba bastón, a duras penas se ponía el cuello duro, no frecuentaba
lugares de moda, no tenía asuntos de honor, no asistía ni a comilonas ni a borracheras,
andaba en bicicleta en el campo y en la ciudad en tranvía, para escándalo de sus
familiares y parientes higalguillos.

“Janusz me había pedido que buscara un administrador para nuestra casa de campo. Se
presentaron unos cuantos candidatos, entre ellos un joven rubio que me hizo llegar a
través de la sirvienta su tarjeta de visita, muy distinguida, en la que se destacaban,
además del apellido, el sobrenombre y el blasón. Tras una breve conversación me di
cuenta que no poseía la calificación necesaria. Cuando se lo hice saber se levantó y me
reclamó la devolución de su tarjeta de visita: –¿Cómo? ¿Pero por qué?; –Devuélvamela.
Me puse a buscarla, pero la maldita tarjeta había desaparecido Dios sabe dónde: –¡No
me marcharé hasta que usted no me devuelva la tarjeta!; –Pero, ¿para qué diablos la
quiere?; –Es una tarjeta con mi blasón y yo no estoy seguro que usted la vaya a respetar.
¡No permitiré que mi blasón sea tirado a la basura... o aún peor! Al darme cuenta que
estaba a punto de involucrarme en un asunto de honor, gateé debajo de todos los
muebles que estaban a mi alcance hasta que por fin, felizmente, la encontré”

Uno de los cambios formales más importantes de esa época rica en metamorfosis fue la
desaparición de las barbas y de los bigotes, un cambio tremendo teniendo en cuenta que
un barbudo como Dios o como Marx eran completamente diferentes a un hombre
rapado. Las consecuencias de este acontecimiento fueron enormes en el arte, en la
moral, en la política y en la metafísica.
“Nunca olvidaré el aullido que emitió una de mis primas al ver entrar en casa a mi padre
con la cara completamente rasurada; acaba de dejar su barba y sus bigotes en la
peluquería de acuerdo al espíritu de la época. Fue el grito penetrante de una mujer
ofendida en su pudor más profundo; si mi padre se hubiera presentado desnudo no
hubiera gritado con tanto horror –y en el fondo tenía razón: era una desvergüenza de
primera categoría aquella cara de mi padre hasta entonces siempre oculta por la barba y
los bigotes y que ahora hacía por primera vez su aparición escandalosa”

“Con mis hermanos nos reíamos a carcajadas de una cuestión de honor que había tenido
que soportar uno de nuestros primos. En el restaurante del hotel Bristol (el mismo en el
que se habían encontrado por primera vez Filifor y antiFilifor) vio a un señor sentado no
muy lejos de él que le hacía muecas. Sin pensarlo dos veces se acercó y le pidió que se
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excusara. El otro le dijo que no tenía la menor intención de hacerlo, que lo dejara en
paz. Antes de que se hubiese aclarado que las muecas de aquel señor no le estaban
dirigidas a mi primo sino a alguien sentado detrás de él, los dos ya habían tenido tiempo
suficiente para ofenderse y el asunto terminó en un duelo (...) El honor hacía apariciones
completamente teatrales. Un oficial no quería mostrar su billete al guarda de un tren: –
¿Usted no se fía de la palabra de un oficial polaco? Cuando el guarda intentó llamar a la
policía para obligarlo, el oficial empezó a disparar”

Para la época en que Janusz le estaba pidiendo que eligiera un administrador para la
casa de campo, Gombrowicz se estaba ocupando de desacreditar la solemnidad de los
duelos en “Ferdydurke”. Quince años después seguía desacreditando esa solemnidad en
“Transatlático”. El hijo estaba tomando cerveza con su padre, un hombre bueno,
decente, cortés y aterciopelado.
El padre le comenta a Gombrowicz que va a enrolar a su único hijo en el ejército
polaco. Gombrowicz lo previene contra Gonzalo y le sugiere que se vaya del lugar, el
padre no accede. Gonzalo brinda con el padre desde lejos, el comandante se lo prohibe,
el moreno le arroja entonces el jarro de cerveza que tiene en la mano, le parte la frente y
brota la sangre.

Todo es una vergüenza: la vergüenza en la embajada, la vergüenza en la casa del pintor
y ahora la vergüenza en el Parque Japonés, mientras allá, del otro lado del océano, se
derrama la sangre. A la mañana siguiente apareció el padre en la pensión de
Gombrowicz y le rogó que desafiara a Gonzalo en su nombre, vaca o no vaca el hecho
era que llevaba pantalones y que lo había ofendido públicamente.
Cuando Gombrowicz se lo contó a Gonzalo éste le recriminó que se hubiera puesto de
parte del viejo y no del joven, que tenía que defender al joven de la tiranía del padre,
que de qué le servía a los polacos ser polacos, que si acaso habían tenido hasta ahora un
buen destino, que si no estaban hasta la coronilla de su polonidad, que si no les bastaba
ya el martirio, el eterno suplicio y el martirologio, que había llegado el momento de la
filiatría.

Aceptaba el duelo bajo la condición de que las balas fueran de salva, que las verdaderas
se debían escamotear al momento de cargar la pistolas en el forro de la manga. Para
asegurar esta impostura Gombrowicz nombró a dos socios de la empresa equino canina
en la que trabajaba como padrinos del duelo.
Gonzalo había rematado su exhortación con la palabra filiatría, y esta palabra le
retumbaba en la cabeza a Gombrowicz junto a los gritos de “Polonia, Polonia” que
escuchaba en la calle mientras caminaba hacia la embajada. ¡Viva nuestro heroísmo!,
exclamaba el embajador, un coronel ya le había contado lo del duelo y como todos
descontaban que terminaría sin sangre convinieron en agasajar al comandante con una
comida que se daría en la embajada.

Mientras volcaba en el libro de actas la invitación del embajador el consejero escribió
también que iban a asistir al duelo, que tenían que ver al polaco con la pistola en la
mano atacando al enemigo. Pero un duelo no es una partida de caza, tenían que asistir
con una excusa bien pensada, bien podría ser una cacería con galgos a la que invitarían
a los extranjeros.
Mientras tanto Gombrowicz le preguntaba al embajador cómo era posible que
marcharan sobre Berlín si los combates se estaban librando en los suburbios de
Varsovia. El embajador le dijo que todo se había ido al diablo, que todo había
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terminado, que habían perdido la guerra y que había dejado de ser embajador, pero que
la cabalgata se iba a realizar de todos modos.

Al día siguiente, el duelo. Se dio la señal y los adversarios entraron al terreno.
Gombrowicz cargó las pistolas y metió las balas en el forro de la manga. Vacío
absoluto, eran disparos vacíos, a lo lejos apareció una cabalgata también vacía; vacío
porque no había balas y vacío porque no había liebres.
El duelo era una trampa que no tenía fin porque se había convenido a primera sangre.
De pronto se oyó un furioso ladrido de perros y un grito espantoso. El hijo estaba siendo
atacado por los perros, el padre disparó contra los animales enfurecidos pero con un
revolver vacío, entonces, Gonzalo se arrojó sobre la jauría y salvó la vida joven. El
padre se conmovió y le ofreció su amistad eterna que Gonzalo aceptó, y para cerrar
todas las heridas lo invitó a su casa.

Le confiesa al padre que lo había traicionado con Gonzalo realizando un duelo sin balas,
Gombrowicz estaba conmovido y estalló en llanto frente al padre que, desesperado por
la congoja, le hace un juramento sagrado: iba a lavar su honra con sangre, pero no con
la sangre afeminada de ese miserable, sino con la sangre densa y terrible de su propio
hijo, era la ofrenda del hijo que le hacía a la guerra.
Cuando Gonzalo se entera de que el padre quiere matar al hijo le dice a Gombrowicz
que tiene un medio para convencer al hijo de que mate al padre, y al convertirse en
parricida necesitará su amparo, se ablandará y caerá en sus manos afectuosas y
protectoras. Tanto el honor como la solemnidad del duelo se encaminaban al desastre,
parecía que todo iba a terminar en tragedia.

Gombrowicz estaba completamente desprovisto de honor, en esa materia era un salvaje
incapaz de distinguir las jerarquías de las partes del cuerpo y comprender por qué una
bofetada era algo más terrible que un golpe en la oreja. Cuando la obligación general del
servicio militar igualó a todos en cuanto se refiere a las batallas, todavía quedaba el
duelo como un riesgo especial reservado a la clase superior, que compensaba en parte
las comodidades y las facilidades que proporciona el dinero.
Pero cuando los duelos desaparecieron, cuando al burgués bien alimentado ni siquiera le
quedó la obligación de disparar una pistola y arriesgarse a que le metieran un balazo al
recibir una bofetada en pleno rostro, lo único que le quedó fue disfrutar de una vida
regalada a la que ya nada podía perturbar.

Aunque Gombrowicz caía a menudo en el esnobismo y en anacronismos sentía un amor
fuerte por su tiempo, y un sentimiento de solidaridad con su generación. El mundo
entero se hallaba bajo la magia de la historia, hecho que la juventud de hoy no
experimenta. Fueron tiempos liberadores, una época prometedora no solamente para los
polacos.
“Después cayeron los golpes, uno tras otro, y todo empezó a hundirse en la sangre, el
dolor, el tedio y en una oscuridad abrumadora. Pero en aquellos años no sabíamos
todavía que en los dos imperios derrotados por la guerra se incubaba una nueva
catástrofe”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL PUERTO DE BUENOS AIRES
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En el puerto de Buenos Aires, en diciembre de 1947, posan para la posteridad miembros
del comité legendario de la traducción de “Ferdydurke”: Carlos Coldaroli, Augusto de
Castro, Virgilio Piñera, Graziella Peyrou, Humberto Rodríguez Tomeau, Adolfo de
Obieta y Witold Gombrowicz. Se había completado su primer tercio de su estada en la
Argentina. El segundo tercio fue el de la tortura, el de su empleo en el Banco Polaco. Y
el último tercio lo remata con su despedida en el puerto de Buenos Aires.
“El puerto. Un café en el puerto, próximo al gigante blanco que habrá de llevarme...,
una mesita frente al café, amigos, conocidos, saludos, abrazos, cuídate, no nos olvides,
saluda de nuestra parte a..., y de todo aquello la única cosa que no murió fue una mirada
mía, que por motivos desconocidos no desaparece (...)”

“Miré casualmente el agua del puerto, por un segundo percibí un muro de piedra, un
farol en la acera, al lado un poste con una placa, un poco más allá las barquitas y las
lanchas balanceándose, el césped verde de la orilla... He aquí cuál fue para mí el final de
la Argentina: una mirada inadvertida, innecesaria, en una dirección casual, el farol, la
placa, el agua, todo ello me penetró para siempre”
En estos tres tercios existen algunas casualidades un tanto llamativas. Que Gombrowicz
se haya encontrado con Czeslaw Straszewicz en un café de Varsovia unos días antes de
la partida del Chrobry, y que a Hitler y a Stalin se les haya ocurrido firmar el pacto de
no agresión justo en el momento en que Gombrowicz desembarcaba en Buenos Aires,
pueden se tomados como hechos casuales y llamativos.

Pero que Gombrowicz se haya quedado un cuarto de siglo en la Argentina tiene más
olor a causalidad que a casualidad. Las alas de Gombrowicz vuelan en sus sueños hacia
el Mediodía y el Poniente. La Primera Guerra Mundial despertó en Gombrowicz una
nostalgia incurable por Occidente.
En el año 1918 la barrera entre el Este y el Oeste se rompió y Occidente comenzó a
infiltrarse en Polonia poco a poco, un cambio que significó tanto para Gombrowicz
como la recuperación de la independencia. Del Oeste le llegaban los vientos de la
historia y de la cultura, al Sur accedió más tarde, en Francia, en un trayecto que recorre
en bicicleta entre un pequeño balneario montañoso y la playa de un puerto diminuto en
los Pirineos Orientales.

Pedaleaba hacia abajo con un grupo de meridionales desenfrenados, de pronto se le
apareció a lo lejos la superficie inmóvil y resplandeciente del mar latino como si se
levantara un telón. Lo que no habían podido las catedrales y los museos de París lo
lograba ese camino vertiginoso que apuntaba al mar.
Comprendió el Sur, Francia, Italia, Roma... todo eso se le apareció por primera vez en
forma hermosa justamente a él, que hasta entonces había considerado a la gente de tez
morena como un tipo humano inferior. La blancura de las piedras, el noble gris ceniza
de los plátanos, el azul al frente, la nitidez de las líneas y la plenitud de la forma. Toda
la cultura francesa, que hasta entonces le había parecido burguesa y repugnante, se le
apareció como algo elemental y salvaje.

Nunca más sintió aversión hacia el Sur, el Mediodía lo atrapó con una dureza
refulgente, un deslumbramiento que preparó el camino para ese viaje increíble y
milagroso que hizo más tarde a la Argentina. No estoy seguro de esto, porque era una
persona culta, pero yo creo que en un principio Gombrowicz se imaginó a la Argentina
como un país tropical lleno de palmeras, de pájaros multicolores, de papagayos.
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Un país sin miras de guerras, rico, enorme, despoblado, en contraste con una Polonia
que había sido independiente durante veinte años antes de la guerra y que había
estallado en llamas junto con toda Europa. El sueño tropical todavía lo tenía cuando
conoció a Piñera en el café Rex: –Así que usted viene de la lejana Cuba. Todo muy
tropical por allá, ¿no es cierto? ¡Caramba, cuántas palmeras!

“Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury” es la novela corta más larga de
Gombrowicz. La escribió en el año 1932, y sin saber que siete años más tarde
desembarcaría en la Argentina, sueña con ella: “Bajo el hermoso cielo de Argentina, los
sentidos gozan gracias a una niña”. Y comienza la narración en forma premonitoria:
“Mi situación en el continente europeo se hacía día a día más penosa y más equívoca”.
Pero lo más extraño es que en el diario de la travesía, cuando se va de la Argentina, y
sin decir que lo hace, mete los relatos del ojo sobre la cubierta y del marinero que se
traga la cuerda del palo de mesana como si fueran episodios reales de lo que está
narrando. Gombrowicz está empeñado en construir catedrales y en desarrollar
composiciones arquitectónicas artificiales como instrumentos, para redondear algo
bello, algo que duele, algo que existe.

Esta irrupción de los relatos en el diario de la travesía resulta desconcertante, está
contando la historia de un alejamiento conmovedor, lírico, dramático y, de pronto, se
coloca en una situación circense. ¿Por qué hace esto?, porque la más larga de sus
novelas cortas había sido publicada en Francia un poco antes de su llegada a París con
muy buena acogida. Aquí también se pone de manifiesto el carácter instrumental de sus
composiciones. En “Cosmos” intenta volver reales las asociaciones que tiene en la
conciencia, y ahorca al gato, un acto desleal pues falsea la relación entre el
ahorcamiento imaginario del gorrión y el ahorcamiento real del gato. Al poner en juego
intencionalmente elementos reales para configurar una estructura de elementos
imaginarios que tiene en la conciencia, el protagonista lleva a cabo un acto desleal pues
perturba lo que está observando y sólo conocerá entonces el resultado de su
perturbación.

Con el ojo humano y el marinero que se traga la cuerda del palo de mesana,
Gombrowicz, que en este caso es el protagonista, hace al revés, pone en juego
intencionalmente elementos imaginarios para configurar una estructura de elementos
reales, otro acto desleal que arroja el mismo resultado. El humor, el erotismo, el
aburrimiento y los sueños, de “Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury”,
se sacan chispas y juegan una partida memorable.
En la primavera de 1930 Zantman emprendió un largo viaje por motivos de salud. Su
situación en el continente europeo se tornaba día a día más embarazosa y menos clara.
Le pidió a un amigo que le encontrara un lugar en alguna de sus embarcaciones, y a la
semana emprendió el viaje en una hermosa goleta de tres mástiles con una capacidad de
cuatro mil toneladas cargada de sardinas y arenques, rumbo a Valparaíso.

El capitán Clarke le dio la bienvenida cuando subió a bordo de la goleta Banbury. El
primer oficial le cedió su camarote por una módica suma de dinero. A las horas
Zantman empezó a vomitar todo lo que tenía en el estómago, y para volverlo a llenar
devoró toda la ropa de cama y la ropa interior del primer oficial que estaba en el baúl,
pero muy poco tiempo permanecieron en sus entrañas.
Sus gemidos llegaron al capitán quien, apiadándose de él, ordenó que subieran al puente
un barril de arenques y otro de sardinas para que siguiera devorando. Sólo al anochecer
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del tercer día, después de haber consumido tres cuartas partes de los arenques y la mitad
de las sardinas, logró recuperarse. Cesó también el movimiento de las bombas que
limpiaban el navío.

Se alejaban de Europa, en una noche estrellada y apacible ocurrió algo que parecía
relacionado con los vómitos que había padecido Zantman y que, en cierto sentido,
resultó premonitorio. Uno de los marineros se llevó a la boca, en forma distraía
seguramente, una cuerda que colgaba del mástil mayor.
Muy posiblemente, debido al movimiento vermicular del intestino estimulado por esta
anomalía, se empezó a tragar la cuerda con tanta violencia que el pobre marinero fue
izado como si fuese un trapo hasta lo más alto del mástil donde quedó atascado con la
boca completamente abierta. Dos mozos de cubierta se colgaron de sus piernas pero no
pudieron hacerlo bajar, entonces, el primer oficial tuvo la buena idea de recurrir otra vez
a los vómitos.

Para despertarle la imaginación vomitiva le presentó al paciente un plato lleno de colas
de rata, el pobre infeliz, con los ojos totalmente desorbitados, tuvo un acceso de vómito
y cayó al puente tan pesadamente que casi se rompe las piernas. Aunque en ese
momento no le puso mucha atención, Zantman había presenciado ya dos
acontecimientos con síntomas relacionados a la náusea, el del marino, de carácter
absorbente y centrípeto, y el suyo, de carácter centrífugo.
Las colas de las ratas, la nave y las espaldas de los marineros tampoco le eran del todo
extrañas. Smith, el primer oficial de a bordo, y el capitán Clarke le explicaban que el
barco era bueno, y que si a alguien no le parecía del todo bueno podía abandonarlo
cuando lo deseara.

Al promediar la conversación Clarke le pide a Smith que ordene a la tripulación tres
vivas para el capitán, y la tripulación lo viva tres veces. Los marineros siempre estaban
inclinados limpiando algo, de modo que Zantman no veía otra cosa que sus espaldas.
Una mañana le manifestó al primer oficial su convicción de que la tripulación de la
Banbury estaba integrada por mozos valientes y honestos.
Smith le respondió a Zantman que no era así, que los tenía sujetos a todos con el
taladro, que los trataba con puño de hierro y que no le daba una patada en el culo al que
se portaba mal, a pesar de que era lo único que ofrecían, porque no serviría para nada, si
pateaba a uno tendría que patearlos a todos por el espíritu de igualdad, y eso sería una
tontería.

El capitán le comentaba a Zantman que arriba de la goleta no había papá ni mamá y
tampoco había consulados, que él era el amo y señor de la vida y de la muerte, que no
había abuelos ni dulces ni bizcochos, que sólo había disciplina y obediencia. Quería
demostrarle a Zantman que tenía poder, deseaba mostrárselo porque de vez en cuando lo
asaltaba el desánimo y se reblandecía.
El capitán Clarke le dijo a Smith que si lo viera sin la hoja de parra, como Dios lo trajo
al mundo, sin los pantalones blancos y los galones de oro en la gorra, no lo reconocería.
Al marcharse el capitán, Zantman murmuró que eso bastaba para él, refiriéndose a las
manías del capitán, y al momento el primer oficial le contesta que no le aconsejaba
hacerse el gracioso.

De vez en cuando el capitán y el primer oficial jugaban con bolitas de migas de pan, el
tedio se dejaba sentir tanto que se peleaban violentamente sin conocer la razón de la
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riña. Los oficiales bebían licores y los marineros realizaban extraños movimientos con
el cuerpo, se inclinaban, apoyaban los brazos en el suelo, estiraban las piernas y movían
los hombros como hacen los gusanos en la tierra.
El primer oficial Smith le confiesa a Zantman que debido al aburrimiento sus relaciones
con el capitán Clarke se habían puesto difíciles. Jugaban a pincharse con agujas, vencía
el que resistía más tiempo, estaba picado como un colador. Zantman le dice que habían
creado un círculo vicioso sin salida lateral. Tenían que procurarse un alfiletero y
colocarlo entre los dos.

Smith lo miró con respeto y le dijo que estaba sorprendido con sus conocimientos, que
había resultado ser un magnífico navegante experimentado, que tenía el colmillo de un
viejo lobo de mar, que con el alfiletero dejarían inmediatamente de pincharse. A la tarde
Smith empezó a hacerle confidencias sobre la tripulación, la peor gentuza, carne de
horca recogida en los peores puertos del mundo.
Había que tratarlos con mano dura, no pensaban en otra cosa que sacarle el cuerpo al
trabajo, que el peor de todos se llamaba Thompson, con una boca en forma de culo de
gallina como si quisiera sorber vaya saber qué cosa, y que esa noche le iba a dar una
lección. Después de decirle todo esto empezó a canturrear que de agua y tedio era la
vida del marinero.

Posteriormente a la conversación sobre el alfiletero con Smith el capitán cambió la
actitud hacia Zantman, empezó a presumir que Zantman tenía sus propios métodos para
combatir el tedio, que no era de esos estúpidos ratones de tierra sino un experto
navegante, y que era inútil que le ocultara su verdadera identidad. Clarke, en tierra
firme, no hacía otra cosa que aburrirse, y el tedio lo arrojaba al mar.
Y una vez desplegadas las velas, desaparecidas las costas del continente, tras el
movimiento y el ruido de la hélice, otra vez, nada, el aburrimiento, el tedio marino. Con
una buena tormenta se arreglarían las cosas, pero así todo resulta intolerable. Al día
siguiente el ayudante de cocina dejó caer involuntariamente al mar un gran balde de
cobre que desapareció inmediatamente en la boca de un tiburón.

El hecho le produjo al mozo tanta alegría que sin poder contenerse empezó a arrojar
todos cubiertos que el escualo devoraba al vuelo, y después lanzó al mar el resto de lo
que cayó en sus manos. Smith lo detuvo cuando estaba desclavando una repisa de la
pared. Al muchacho lo hicieron enfermar de paludismo esa misma noche y no
reapareció hasta el final del viaje.
De día, las espaldas de los marineros eran dóciles y temerosas, pero en las noches
llegaba hasta el camarote de Zantman un zumbido monótono e insistente semejante al
de un enjambre de insectos. Eran los marineros que Smith controlaba durante el día,
pero no a la noche. Murmuraban historias absurdas e interminables en las que no existía
ni una sola palabra de verdad.

Cuando Zantman comprobó que Thompson tenía, efectivamente, la boca de culo de
gallina le preguntó porque la ponía así, le respondió que la ponía así porque le gustaba,
le hacía bien para olvidarse del aburrimiento y de la severidad de los oficiales que lo
estaban arruinando.
Zantman le dio diez chelines, le prometió que le iba a dejar fruta y leche en la puerta de
su camarote todas las noches y le rogó que no hiciera escándalos y aguantara hasta
llegar a Valparaíso. Thompson contó lo de los chelines, la noticia se divulgó y algunos
marineros le empezaron a pedir plata a Zantman, la cuenta le iba resultando de treinta y
12

seis chelines y seis peniques. Había hecho mal, los marineros se excitaron y se
volvieron más insolentes, les daba una mano y se tomaban el brazo.

Un día paseaba por la popa y vio en el puente un ojo humano. Le preguntó al timonel de
quién era el ojo, pero el timonel no lo sabía, y cuando le preguntó otra vez si alguien lo
había perdido o se lo habían sacado a alguien, le respondió que estaba ahí desde la
mañana pero que él no había visto a nadie, que le hubiera gustado recogerlo y guardarlo
en una caja pero que no podía abandonar el timón.
Bajo cubierta había otro ojo, era un ojo distinto, era de otro hombre. Zantman se lo
contó a los oficiales de a bordo y el capitán comentó que habían empezado a jugar al
ojito, le dio la orden al primer oficial Smith de castigar al autor de ese desaguisado y,
además, de obligarlo a comer el ojo extraído como lo exigían los usos y las costumbres
marítimos.

Smith murmuró que ya no tendrían paz, que durante una temporada en el Pacífico
meridional habían perdido las tres cuartas partes de los ojos de la tripulación, y que
tenía que darles una lección. Cuando Zantman le dijo a Clarke que tenía la impresión de
que los hombres se encontraban molestos como si les faltara algo y que, a lo mejor, se
los podría tranquilizar de alguna manera, el capitán le contestó que lo había calado el
miedo, que a veces le parecía un navegante valeroso y otras una mujercita plañidera.
En ese momento Zantman le espetó que tenía conocimiento de que en el barco se estaba
preparando un motín, y que todo iba a terminar muy mal. El capitán lo invitó a beber
unos tragos de cognac. Los marineros de proa cantaban: –Oh, bella mía, ¿por qué no me
amas?, y los de popa cantaban: –Bésame, bésame.

Era necesario evitar hablar de mujeres, Smith les prohibió mencionarlas y, entonces, al
tirar de las cuerdas exclamaban: –Aprieta, aprieta–, e inclinados sobre los baldes: –
Lava, seca, moja, riega–, cantaban con todo el sentimiento y la nostalgia de la que eran
capaces. El capitán dio la orden de que los marineros tomaran una cucharada de aceite
de hígado de bacalao, aunque ellos no querían arruinar sus ensueños igual la tomaron,
por el momento volvió a reinar la calma.
A la noche la tripulación canturreaba y murmuraba: –Las mujeres de Singapur, de
Mandrás, de Mindoro, de Sáo Paulo, de Loamin–, se restregaban los brazos con aceite
de hígado de bacalao. Y seguían: –Sus manecitas, sus piececitos, yo he sido amado sin
dejarle siquiera un chelín.

Thompson propuso cambiar la ruta noventa grados, apuntar hacia el Sur donde existen
islas cubiertas de jardines y vacas marinas grandes como montañas, mientras cantaba: –
Bajo el hermoso cielo de Argentina, los sentidos gozan gracias a una niña. Cantaban
para amar a la nostalgia.
Zantman estaba pensando que era una suerte que no hubiera mujeres cuando,
repentinamente, sintió el chasquido inconfundible de un beso, era Thompson
abrazándose con un grumete, le ofreció una libra para que recuperara el juicio, pero el
grumete gritó, con la voz tan aflautada como la de una mujer, que él se parecía a una
mujer. Otros marineros se abrazaban y cuchicheaban. El capitán observaba desde el
puente de mando con la pipa encendida.

Zantman se le acercó y le dijo que en el barco habían aparecido los besos, que en el
puente los marineros andaban en pareja, que paseaban del brazo y se abrazaban. Clarke
llamó a Smith y le dijo que había que prepararse para castigar el motín de acuerdo a las
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leyes del mar y la navegación. Hacia la medianoche el viento se transformó en un
huracán, la goleta comenzó a bailar como un columpio y la velocidad aumentó
vertiginosamente.
Al cabo de veintiséis horas la tormenta amainó pero Zantman prefirió no salir del
camarote. Era evidente que el amotinamiento había tenido lugar, cerró la puerta con
llave y la aseguró con un armario. Pasaban los días y nadie se presentaba, la goleta
aumentaba su velocidad sobre una superficie tersa como la de un pantano, las luces que
se filtraban por las hendiduras del camarote eran cada vez más intensas.

Zantman estaba seguro que afuera volaban los grandes cóndores y los vistosos
papagayos, y los peces de oro..., que los amotinados habían dirigido la Banbury hacia
las aguas desconocidas del trópico. Había preferido no oír los gritos salvajes y
frenéticos de la tripulación que, con toda seguridad, estaba saludando a los colibríes, a
los papagayos, y todos los otros signos que en la tierra y en el cielo anunciaban la
próxima y grandiosa orgía.
“No, no quería saberlo y no deseaba el calor, ni la exuberancia, ni el lujo. Prefería no
salir al puente por temor a ver lo que hasta ese momento ofuscado, oculto y no dicho se
desencadenaría con toda su falta de pudor, entre plumajes de pavos reales y fulgores
espléndidos. Desde el comienzo todo había estado en mí, y yo, yo era exactamente igual
a todos los demás. El mundo exterior no es sino un espejo que refleja el interior”

WITOLD GOMBROWICZ Y CZESLAW MILOSZ

El dolor más evidente y el que se le manifestaba con mayor frecuencia en la época que
conocí a Gombrowicz era el que le producía el asma, un asma que más de una vez lo
acercó a la idea del suicidio. En la mayor parte de su vida estuvo protegido de los
dolores sociales que algunas veces producen el matrimonio y el trabajo, y aunque en
ocho de los veinticuatro años que vivió en la Argentina tuvo que afrontar la miseria, se
puede decir que los dolores que contabilizó Gombrowicz en su obra tienen un alcance
más extendido.
¿Hasta dónde y cómo se puede sufrir para que el dolor pueda ser, sin embargo, una
fuente de inspiración? Gombrowicz no se cansaba de exclamar que estaba harto de los
gimoteos actuales, que teníamos que renovar nuestros problemas, que ésa era la tarea
primordial de la literatura creativa.

A uno de los padecimientos al que le baja la persiana es al de la muerte; estamos
adaptados a la muerte desde que nacemos y aunque nos vaya devorando poco a poco
nunca nos encontramos con ella. La enajenación marxista no es tan terrible como la
pintan los comunistas, los obreros, a lo largo del año, tienen casi tantos días libres como
días de trabajo. El vacío, el absurdo de la existencia y la nada, tampoco son tan
dramáticos que digamos, basta permanecer tres días sin comer para que esos dramas se
vuelvan benignos.
“Hace algunos siglos, la gente moría antes de los treinta años. Las epidemias, la miseria,
el diablo, las brujas, el infierno, el purgatorio, las torturas. ¿Acaso los triunfos se nos
han subido a la cabeza? ¿Acaso hemos olvidado lo que éramos ayer? (...)”
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“No es que yo me rebele contra una visión trágica de la existencia, no soy de los que
pintan el mundo de color de rosa. Pero no se puede estar siempre repitiendo lo mismo
(...) El rasgo más trágico de las grandes tragedias es que suscitan pequeñas tragedias; en
nuestro caso, el aburrimiento, la monotonía, y una especia de explotación superficial y
reiterada de las profundidades”
El Este siempre se ha regido por el principio de que no existe el término medio, de
modo que sus hombres de letras o son de una terrible profundidad o de una terrible
superficialidad. Sin embargo, siempre dentro del Este, a los polacos hay que añadirles
una especificación más. En efecto, por su situación geográfica intermedia Polonia es
una poco la caricatura tanto del Este como del Oeste.

El Este polaco es un Este que muere en contacto con Occidente, y viceversa, así que
aquí hay algo que empieza a fallar. El espíritu de Gombrowicz se movía entre la
templanza religiosa de Milosz y el demonismo metafísico de Witkiewicz; de ambos fue
amigo aunque en épocas diferentes. Las familias de Gombrowicz y de Milosz eran de
origen lituano, pero la lengua, la tradición y la cultura de ambos, eran polacas.
Mientras Milosz se mantuvo muy unido durante toda su vida a lo que él consideraba su
territorio histórico, el Gran Ducado de Lituania, Gombrowicz sólo se mantuvo unido y
en forma débil al Gotha de los blasones lituanos y a la Illustrissimae Familiae
Gombrovici. Ambos cursaron estudios de derecho y ambos fueron exiliados, Milosz
durante largos años y Gombrowicz definitivamente.

Milosz vivió en la Polonia ocupada por los alemanes y trabajó en el servicio
diplomático de la “Polonia Popular” desde 1945 hasta 1951, cuando se exilia en
Francia. Gombrowicz no estuvo en Polonia durante la guerra ni mientras se consolidaba
el comunismo, así que cuando escribió “Transatlántico” trató de ajustar cuentas con su
ausencia y cuando escribió “Pornografía” le preguntaba a Jelenski si la Polonia de la
ocupación era como él la imaginaba.
Cuando aparece “Transatlántico” Milosz le formuló a Gombrowicz una lista de
objeciones. Empieza diciéndole que ajustaba sus cuentas con una Polonia anterior a
1939 ya esfumada, pasando por alto la Polonia actual y que su pensamiento era más
bien personal y no histórico.

Que los polacos a quienes intentaba liberar de su polonidad sólo eran sombras; que
atacaba con su rencores a una Polonia inmadura y provinciana que ya no existía; que el
ajuste de cuentas que quería hacer con los polacos ya los había realizado la historia; que
el marxismo había liquidado a Polonia de la misma manera que la destrucción de una
ciudad liquida las discusiones matrimoniales y las preocupaciones por los muebles.
Que quería contribuir a la formación postmarxista de Polonia con un pensamiento
individual y autónomo que no tenía en cuenta la temperatura reinante en los países
conquistados. Estos dos grandes escritores entraron en conflicto porque sus exilios no
fueron iguales y porque sus perspectivas históricas difirieron. La historicidad le ha
puesto a la literatura conflictos y dudas ignorados por completo en la literatura de
antaño.

Rabelais escribía para divertirse y para divertir a los demás, escribió lo que le dictaba el
corazón y le salió un arte purísimo e imperecedero que expresó la esencia de la
humanidad, la de sí mismo como hijo de su tiempo, y la de sí mismo como germen del
tiempo por venir.
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La creación no puede tener un programa original para ahogar el miedo de no ser
aceptado; este miedo no nos conduce a ninguna a parte, el escritor no se libera
verdaderamente de la soledad con unos tirajes más o menos grandes; sólo aquél que
logra separarse de la gente y existe como un ser singular le puede poner algún límite a la
soledad.
“No, mi querido Milosz, ninguna historia te sustituirá la conciencia, la madurez, la
profundidad personal, nada te absolverá de ti mismo (...)”

“Si personalmente eres importante, aunque vivas en el lugar más conservador del
planeta, tu testimonio sobre la vida será importante; pero ninguna presión histórica
sacará palabras importantes a la gente inmadura (...)”
“El problema de Milosz se ve agravado por el hecho de que él mismo tiene sus orígenes
un poco en la taberna. Uno de los aspectos más interesantes, más sutiles e incluso más
conmovedores de la pose de Milosz, es para mí ese vínculo personal suyo con la
pacotilla polaca; se nota en él, con todo su europeísmo militante, que también es uno de
ellos”
Al anticomunismo de Milosz le hace cuatro reproches. Primer reproche: el comunismo
debe ser juzgado desde una existencia profunda y severa, y no desde una vida fácil,
superficial y burguesa.

Segundo reproche: la discusión con el comunismo se estaba realizando con conceptos
de un mundo simplificado. El artista está obligado a desmontar el punto de partida
esquemático y establecer la confrontación al nivel más alto posible. Tercer reproche: la
polémica con el comunismo debe servir al individuo y no a la masa, una página de
Montaigne es más anticomunista que cualquier ataque al comunismo concebido para
servir a la masa. El cuarto reproche está dirigido a los artistas que miran hacia lo alto,
pero que oponen conceptos actuales a otros igualmente actuales: el arte es una fuerza
que destruye los conceptos actuales con otros que se aproximan desde el futuro.
Gombrowicz se asegura de esta manera, con sus cuatro reproches, en primer lugar, que
el ataque al comunismo se realice desde la posición en la que él está, y, en segundo
lugar, que sus indagaciones tengan un carácter histórico y un espíritu profético.

“Mi carta a Milosz sobre el “Transatlántico” habría sido mucho más sincera e íntegra si
yo hubiera expresado en ella la siguiente verdad: que después de todo, esas tesis,
corrientes y problemas no es que me importen demasiado; que se bien me ocupo de ello,
lo hago como quien no quiere la cosa; y que en el fondo soy ante todo infantil... Y
Milosz, ¿también es ante todo infantil?”
Ni Milosz ni Gombrowicz eran comunistas pero no lo eran de distinta manera, tampoco
tenían las mismas ideas sobre el Este y el Oeste. Milosz había escrito que la diferencia
entre el intelectual occidental y el del Este es muy simple: al occidental no le han dado
bien por el culo todavía. Gombrowicz reflexiona sobre este aforismo según el cual la
ventaja de los intelectuales del Este consistiría en que son representantes de una cultura
embrutecida y, por tal razón, más cercana a la vida.

“Pero Milosz conoce perfectamente los límites de esta verdad, y sería penoso que
nuestro prestigio se basara únicamente en la referida parte del cuerpo. Porque dicha
parte del cuerpo no es una parte del cuerpo en estado normal, mientras que la filosofía,
la literatura y el arte tienen que estar al servicio de personas a quienes no han dejado sin
dientes, no han puesto los ojos en compota o no han desencajado las mandíbulas (...)”
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“Y fijaos cómo Milosz, a pesar de todo, trata de adaptar su embrutecimiento a las
exigencias de la exagerada delicadeza occidental. El espíritu y el cuerpo. A veces ocurre
que las comodidades corporales aumentan la agudeza del alma, y que detrás de unas
cortinas protectoras, en el sofocante cuarto de un burgués, nace una severidad con la que
no han soñado quienes atacaban los tanques con botellas de gasolina (...)”

“Así que nuestra cultura embrutecida podría servir, pero solamente en el caso de que se
convirtiera en algo digerido, en una nueva forma de auténtica cultura, en nuestra
pensada y organizada aportación al espíritu universal”
Milosz pertenecía a ese tipo de autores cuya vida personal les dicta la obra, la mayor
parte de su literatura está relacionada con su historia personal y la historia de su tiempo.
Se fue convirtiendo poco a poco en el informante oficial del Este para los escritores del
Oeste. Esta actividad lo colocó en un terreno en el que, para cuidar su prestigio, intentó
ser más profundo que los ingleses y que los franceses, y para cuidar el rendimiento de
sus temas, tuvo que recurrir con frecuencia a la grandeza y al terror. Gombrowicz
terminó por ubicar a Milosz, no como al guardián de es verdadero misterio del Este,
sino como a un borrachín más de la gran taberna polaca.

Milosz estaba convencido de que los diarios eran el mayor logro literario de
Gombrowicz pues, a diferencia de sus novelas y de su teatro que se repiten en la
juventud, abordan una amplia gama de temas, sin embargo, también en este género más
maduro le hacía críticas.
“Cada vez que Gombrowicz se hace el destructor y el irónico, se suma a los escritores
que durante décadas dejaron congelar sus oídos simplemente para fastidiar a sus mamás,
aunque mamá –léase el mundo– ignorara sus caprichos”
Admiraba la prosa y la originalidad de Gombrowicz, pero no digería el ateísmo y las
blasfemias salvajes con las que se despachaba de vez en cuando. Estaba convencido de
que Gombrowicz se consideraba tan gran escritor que los demás no podían llegarle ni a
la suela de sus zapatos.

WITOLD GOMBROWICZ Y EL REY GNULO

Gombrowicz le daba mucha importancia a las comidas y a las ceremonias
concomitantes, a veces le daba tanta importancia que dejaba de lado otros asuntos más
importantes. En efecto, cuando se encuentra con el Pterodáctilo en Vence en noviembre
de 1967 sólo nos habla de comidas y de bebidas.
“Viejo, ¡ando reloco! Ya no sé qué hacer primero. Mañana llega Arnesto con su mujer
por un día, o dos, yendo de París a Roma. Le daremos 1º Crevettes salsa mayonesa, vino
blanco 2º gansa con confitura 3º una taza de caldo 4º quesos 5º Bomba de creme,
chocolat 6º café, cognac. Ando mejor de salud (...) Viejo aquí a cada rato alguien llega,
estuvo Arnesto con Matilde y estaban despavoridos porque Rita dijo que yo bebía
champaña el día de la muerte del Che”

Gombrowicz dio pocas recepciones en la Argentina, no tenía medios para darlas, pero la
cumbre como anfitrión la alcanzó en el Club Americano, en una cena que dio en honor
de sus amigos polacos que tenían la costumbre de invitarlo. Gruber, un hombre muy
rico y snob se hizo cargo de los gastos a pesar de los reparos que hacía Halina
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Grodzicka: –No entiendo por qué eres amigo de Gruber, un hombre tan antipático; –Por
favor, Halina, los trajes del señor presidente (lo había sido del Banco Polaco antes de
Nowinski) me viene de maravilla. No molestes a mi protector y está a la altura de las
circunstancias pues el señor presidente usa ahora un impermeable inglés muy elegante.
Distendido, rejuvenecido, se paseaba por aquel decorado de tapices orientales, mesa
recubiertas de manteles bordados, cubiertos ingleses de plata, velas y flores.

Un rostro radiante de propietario efímero pero soberano de todo aquel lujo. Para
Gombrowicz era un ejercicio con la forma, fiestas a la antigua con la hospitalidad y el
gusto por recibir que le venían de las tradiciones familiares. Con la imágenes flotantes
de los banquetes y de la guerra Gombrowicz se va a la Falda.
La Falda es el lugar del mundo donde Gombrowicz empieza a sentir que ha perdido la
juventud. Tenía una fiebre que no se le iba. Frydman, el director de la sala de ajedrez
del café Rex, le presta un termómetro para que se la controle todos los días. La fiebre no
se va, entonces ese buen amigo le da unos pesos para que se tome unas vacaciones en
Córdoba, estando allá la fiebre tampoco se iba. Un noche el termómetro de Frydman se
rompió y Gombrowicz compró otro. La fiebre desapareció.

Convaleciente, pero también aterrado por la pérdida de la juventud en ese año terrible
de 1944, Gombrowicz empieza escribir en La Falda “El casamiento” y “El banquete”.
El año 1944 fue el año en el que empezó a vislumbrarse el final de la guerra,
Gombrowicz todavía no podía saber que el comunismo le iba impedir regresar a Polonia
y que su guerra iba a continuar.
Es difícil saber qué le pasaba por la cabeza a Gombrowicz cuando escribía “El
banquete”, pero existe en esta narración el aliento de una derrota que se convierte en
victoria, una victoria militar en medio de todas las indignidades humanas. “El banquete”
es su última novela corta, y aunque está más lograda técnicamente que las otras, no
difiere esencialmente de ellas.

El absurdo y el snobismo se ponen aquí al servicio del in crescendo al que Gombrowicz
llama elevación a la potencia, un absurdo que siempre está plegado a la lógica
ceremoniosa de los rituales y las celebraciones. El plasma sombrío que existía dentro de
Gombrowicz está completamente transpuesto en “El banquete”, chispea de humor y
alcanza la inocencia a través del disparate.
Utiliza sus anormalidades psíquicas y eróticas como componentes de la forma, con este
procedimiento consigue dominarlas y manejarlas creativamente para alcanzar un valor
cultural. Es una narración paródica y teatral cuyo nivel no es menor al de ninguna de sus
obras grandes. Están presentes, la repetición, la simetría, la analogía, la mitologización
y, en fin, muchas de la visiones y situaciones que aparecen en sus piezas teatrales y en
sus novelas.

Las sesiones secretas del consejo de ministros se desarrollaban en la oscuridad de la sala
de los retratos. Los ministros y viceministros del estado se pusieron de pie, iban a
anunciarse las nupcias del rey con la archiduquesa Renata Adelaida Cristina. Al día
siguiente, durante el banquete real, los prometidos, que sólo se conocían por fotografías,
serían presentados. Esa unión acrecentaría el prestigio y el poder de la corona.
El canciller abre el debate de la sesión del consejo. El ministro del interior pide la
palabra pero comienza a callar y no hace otra cosa más que callar todo el tiempo que
dura su intervención. Los ministros que le siguen en el uso de la palabra hacen lo
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mismo, se callan. No podían decir nada, todos callaban porque el rey era venal y
corrupto, se dejaba sobornar y vendía a manos llenas su propia majestad.

Entra el rey al consejo vestido de general con la espada al flanco y un tricornio de gala
en la cabeza. Los ministros se inclinan y el monarca, mientras se arrellana en el sillón,
los contempla con una mirada astuta. El consejo de ministros se transforma en consejo
de la corona por la presencia del rey y se prepara para escuchar sus declaraciones. El
soberano manifiesta su satisfacción por la próxima boda con la archiduquesa y pone de
relieve la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, pero su voz suena tan venal
que el consejo de la corona se estremece de miedo en el completo silencio que reina en
la sala. Sigue diciendo que estaba obligado a hacer un serio esfuerzo para que la
archiduquesa reciba la mejor impresión de su reinado. Cuando sus dedos empiezan a
tamborilear sobre la mesa a los ministros no les queda ninguna duda, el monarca estaba
solicitando una colaboración para la realización del banquete.

Se queja de los tiempos difíciles, de que no sabía cómo hacer para afrontar ciertos
compromisos, en ese momento se empieza a reír y a guiñarle el ojo al canciller en forma
repetida, finalmente, le hace cosquillas debajo del brazo. El silencio del canciller es
profundo y la risa del rey se extingue. El anciano canciller y los otros ministros se
inclinan ante el soberano.
El poder de la reverencia de la corte fue tremendo, el rey quedó golpeado e
inmovilizado, aquella reverencia le devolvió la realeza, el pobre rey Gnulo gimió y trató
de reír pero no pudo, entonces huyó aterrorizado amenazando al consejo con que se iba
a tomar venganza. Los ministros se preguntaban cómo había que hacer para impedir que
el rey Gnulo armara un escándalo en el banquete como represalia por no haber obtenido
la cantidad de dinero que deseaba.

La archiduquesa extranjera era hija de emperadores y no podían permitir que se llevara
una mala impresión de la actitud miserable del monarca. A las cuatro de la mañana el
consejo presentó su dimisión pero el viejo canciller no la acepta con el argumento de
que había que constreñir, encarcelar y enclaustrar al rey en el rey mismo. Había que
aterrorizar al rey para salvar la reputación de la corona con el esplendor y la
magnificencia de la recepción.
La archiduquesa Renata Adelaida Cristina entra al salón y cierra los ojos deslumbrada
por la luminosidad del archibanquete. Cuando entra el rey es saludado con una gran
exclamación de bienvenida. La archiduquesa no podía dar crédito a sus propios ojos al
ver al rey, no podía creer que ese hombrecillo vulgar con cara de comerciante y con una
mirada astuta de vendedor ambulante fuera su futuro marido.

En el momento que Gnulo le toma la mano la archiduquesa se estremece de disgusto
pero el estruendo de los cañones y el repique de las campanas extraen de su pecho un
suspiro de admiración. Un sonido apenas perceptible empezó a hacerse oír, se parecía al
tintineo que producen las monedas en el bolsillo. El embajador de una potencia
extranjera y enemiga sonríe con ironía mientras le da el brazo a la princesa Bisancia,
hija del marqués de Friulo.
El anciano canciller mira de reojo al embajador porque sospecha que el sonido viene de
ahí. El presagio de una infame traición se apoderó del consejo. El rey y la asamblea se
sentaron. El soberano empieza a comer y todos los demás repiten el gesto multiplicado
al infinito por los espejos.
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Lo que hacía Gnulo lo hacían también los otros en medio del estruendo de las trompetas
y los reflejos brillantes de las luces. El rey, aterrorizado por esta duplicación, bebió un
sorbo de vino. El tintineo de las monedas no había desaparecido, era evidente que
alguien quería comprometer al rey y desprestigiar el banquete. En el rostro vulgar del
mercachifle apareció la rapacidad.
El rey sólo se dejaba tentar por pequeñas sumas, era insensible a las grandes cantidades
debido a su mezquindad miserable, lo que corroía a Gnulo eran las propinas y no los
sobornos. El rey empezó a relamerse y la archiduquesa emitió un gemido de repulsión.
La asamblea se espanta, entonces el venerable anciano también se relame. Los espejos
multiplicaban al infinito los relamidos de todos los presentes.

El rey se enfurece al ver que nada le estaba permitido hacerlo por sí mismo, todo lo que
hacía era imitado de inmediato, así que empuja con violencia la mesa y se levanta
bruscamente. Todos lo imitaron. El canciller se había dado cuenta que la única manera
de salvar a la corona, ya que no se le podía ocultar a la archiduquesa la verdadera
naturaleza del rey, era obligar a los invitados a repetir los actos de Gnulo, especialmente
aquellos que no admitían imitación.
Había que convertir los gestos del rey en archigestos para presionar al monarca. Gnulo,
enfurecido como estaba, golpea la mesa y rompe dos platos, todos los demás hicieron lo
mismo. Cada acto del rey era imitado y repetido en medio de las exclamaciones de los
invitados.

El rey empieza a deambular de un lado para otro cada vez con más furia, y los
comensales deambulan, y cuando el archideambular alcanza una gran altura, Gnulo,
repentinamente mareado, lanza un alarido sombrío y cae sobre la archiduquesa. No sabe
que hacer y empieza a estrangularla delante de toda la corte.
Sin dudarlo un instante el canciller se deja caer sobre la primera dama que encuentra y
empieza a estrangularla del mismo modo en que lo estaba haciendo el rey Gnulo, los
otros siguen el ejemplo y el archiestrangulamiento rompe los lazos que unen a los
invitados con el mundo normal liberándolos de cualquier control humano. La
archiduquesa y muchas otras damas caen muertas mientras crece y crece una
archiinmovilidad.

Presa de un pánico indescriptible el rey empieza a huir con las dos manos tomadas al
culo, obsesionado con la idea de dejar atrás todo aquel archireino. Como nadie podía
atreverse a detener al rey el anciano canciller exclama que hay que seguirlo. El rey huía
por la carretera seguido por el canciller y los invitados. La ignominiosa huida del rey se
transforma de esa manera en una carga de infantería y el rey se convierte en el
comandante del asalto.
La plebe ve a los magnates latifundistas y a los descendientes de estirpes gloriosas
galopando junto a los oficiales del estado mayor que, al modo militar, galopan junto a
los ministros y mariscales mientras los chambelanes forman una guardia de honor
rodeando el galope desenfrenado de las damas sobrevivientes.

La archicarrera era iluminada por las luces de las lámparas bajo la bóveda del cielo, los
cañones del castillo dispararon y el rey se lanzó a la carga: “Y archicargando a la cabeza
de su archiescuadrón, el archirey archicargó en las tinieblas de la noche”
20

WITOLD GOMBROWICZ Y SU DOBLE

Los hombres se protegen de los contratiempos que trae la vida poniéndose debajo de la
protección de las ideas, del dinero y del poder, pero a Gombrowicz las tormentas de la
existencia lo dejaron a la intemperie, lo fueron transformando en un conspirador, un
conspirador que no quería ocupar su lugar en la sociedad, que rechazaba a los mayores
y se acercaba a los jóvenes para enaltecerlos y enaltecerse.
La edad era la culpable de que Gombrowicz se fuese quedando a la intemperie, esa
diosa que reparte las cartas y nos asigna los papeles en la vida social le hacía trampas
a Gombrowicz, no le daba una sola carta, le daba dos; una carta con el papel de
superior, de adulto, de maduro; otra carta con el papel de inferior, de joven, de
inmaduro.

Era un caso muy claro de pertenencia a dos mundos, una característica que, un poco
más un poco menos, todos los hombres tenemos, pero en él la naturaleza antitética
estaba muy acentuada. Cuando se miraba al espejo no veía su alter ego, esa persona en
la cual uno tiene absoluta confianza, ni tampoco veía sus facciones registrando el
progreso sus rasgos aristocráticos, como una tarde le dijo en la Fragata a Antonio
Berni, veía a su contrario.
“En una ocasión estuve explicando a alguien que, para sentir la importancia
verdaderamente cósmica que tiene para el hombre otro hombre, hay que imaginarse lo
siguiente: estoy completamente solo en un desierto; jamás he visto a nadie, ni tampoco
adivino la posibilidad de la existencia de otro hombre (...)”

“De repente, en mi campo de visión aparece un ser análogo, que sin embargo no soy
yo –la misma idea encarnada en otro cuerpo, alguien idéntico y sin embargo extraño–,
y experimento al mismo tiempo una maravillosa plenitud y un doloroso
desdoblamiento. Pero por encima de todo domina esta revelación: que me he
convertido en un ser ilimitado, imprevisible para sí mismo, multiplicado en todas las
posibilidades por esa fuerza extraña, fresca y sin embargo idéntica que se me acerca
como si yo mismo me acercase desde el exterior”
En Gombrowicz existen tres personas distintas: el inferior, el hijo de buena familia, y el
de la obra, tres naturalezas que no se mezclaban ni en su persona ni en su obra, como
líquidos que no se diluyen unos en otros.

Hay personas que sueñan con desaparecer, otras que sueñan con ser invisibles, hay
muchos sueños, la pasión predominante de Gombrowicz era duplicarse, triplicarse,
cuadruplicarse. No es extraño, pues, que luego de tantas fragmentaciones se haya
querido sintetizar a toda costa convirtiéndose en un campeón de la entronización del yo,
tanto que en “Yo y mi doble” sueña con su propio ectoplasma.
Es una de las burlas más crueles que Gombrowicz haya hecho de sí mismo hasta el
punto de rematar la narración negando la desnudez y afirmando el deseo de servir. No
podía buscar la vida ni en la bienamada ni en la humanidad ni, claro, en un empleo del
Ministerio de Relaciones Exteriores. Y tampoco en ese ectoplasma que en la madrugada
de un martes se había desprendido del calentador de carbón.

No podía mirar con ojos amorosos a un doppelgänger pues no era ni una muchacha ni la
patria, sino él mismo, un ectoplasma al que había escupido para que se fuera.
Gombrowicz zarandea en este relato con sarcasmo y ligereza unas marionetas a las que
21

llama yo, ser e identidad, sin embargo, estas cuestiones eran fundamentales en su
concepción del mundo.
Entre su yo y lo otro siempre había un mediador, un mediador al que finalmente le puso
el nombre de forma, y la forma era el origen de sus archidolores que como un puñal se
le hundía en la carne y lo hería una y otra vez. Con ese ser imprevisible para sí mismo,
con ese ser que se le acerca como si fuera él mismo, como si él mismo se le aproximara
desde el exterior, Gombrowicz somete al protagonista de uno de sus cuentos a un
experimento revelador: lo convierte en un ectoplasma.

“Precisamente bajo el signo de una constelación erótico sensual de este tipo, sombría y
lúgubre, desperté el martes a las cinco de la mañana. Por uno de esos fenómenos de
resurgimiento que deberían estarles prohibidos a la naturaleza, acababa de ver una cosa
totalmente perdida para mí, mi juventud y mi primera bienamada, allá en la roca, junto
al molino, al borde del río”
Cuando el protagonista miraba al presente, en cambio, contabilizaba unas mejillas sin
frescura, un vejete antipoético y rígido que no podía inspirar poemas y al que ya nadie
admiraría. La nostalgia de su propia belleza desvanecida lo agitaba cada vez más. Le
quedaba el trabajo, sí, un buen puesto para meterle miedo a las muchachas que ya no
languidecían por él.

O tener un hijo y vivir por y en él una vida plena repitiendo el canto eterno de la
juventud, de la felicidad y de la belleza. O sacrificar la vida por un ideal para adquirir
una segunda belleza y convertirse de nuevo en objeto de nostalgia. Sabía que no tenía
ningún atractivo para nadie, era un empleado aburrido para él y para los demás, sus
debilidades espirituales eran cada vez más nítidas a medida que se le instalaba la rigidez
de la edad madura y empezaba a sentirse mal con sus defectos.
Pensó entonces en suicidarse para suscitar después de la muerte la atracción y la
nostalgia y vivir la vida de una estatua ya que no podía hacerlo como un hombre
privado. O en convertirse en un bombero para adornarse con el uniforme. De pronto,
mientras se hundía en la repugnancia hacia sí mismo, la forma de un espectro se
desprendió del calentador de carbón.

Como era de madrugada pensó que a esa hora la única que podía llamarlo era la patria,
como ya los había llamado a los tres bardos profetas de Polonia. La silueta del espectro
era, sin embargo, de un ser humano, aunque no de la figura de su bienamada sino de un
hombre, debía ser entonces la humanidad que lo estaba llamando para el sacrificio de su
vida. Pero, no, no era una abstracción, era un hombre concreto que vestía saco azul
marino.
Al ver que no era la bienamada ni la patria ni la humanidad quienes lo llamaban, es
decir, nada de lo que podía despertar su melancolía se dispuso a retomar el sueño
cuando, repentinamente, se dio cuenta que era él mismo quien estaba de pie frente al
calentador, esperando. El espectro no estaba en pose, se miraba los zapatos, se
pellizcaba maquinalmente la manga del saco y parecía avergonzado.

Tenía un grano en la mejilla izquierda y, al sentirse mirado, se avergonzó aún más.
Estaba lleno de defectos físicos y espirituales, el espectro se dejaba examinar, se
acurrucaba e intentaba escapar de la mirada indiscreta del protagonista. Al rato el
protagonista se cansó de mirarlo y cayó de rodillas frente al ectoplasma, ocultó el rostro
y produjo tal cantidad de vergüenza que se quedó sin aliento, entonces el espectro lo
miró.
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Los defectos físicos y espirituales del ectoplasma habían desaparecido, mejor dicho, se
habían convertido en su mirada, el protagonista ya no miraba los defectos del
ectoplasma sino que los defectos del ectoplasma lo miraban a él. Esos signos que habían
sido fuente de vergüenza y de indecencia se convirtieron en una mirada brillante, algo
tan absoluto como las barbas de Dios Padre.

Y esos defectos que para alguien de afuera sólo podían despertar compasión ahora
miraban con la fuerza y la soberanía de la vida, más aún, eran la vida misma, una vida
que el protagonista había buscado en todas partes salvo dentro de sí mismo. Por fin la
calma, ya no era necesario sentir miedo ni vergüenza, podía existir como él mismo. El
amor y la nostalgia mezclados con el temor lo hicieron volar como una pluma.
Pero, de pronto, se dio cuenta que no podía caer de rodillas ni extenderle la mano a una
forma que era él mismo. No era la bienamada ni la patria ni la humanidad quienes se le
habían aparecido, no podía mirar con ojos amorosos a alguien que era él mismo. Su
cabeza hervía, se aparecía ante sí mismo con el aspecto de un egocéntrico y de un
narciso sucio.

Sintió que la juventud se burlaba de él y lo despreciaba como a un miserable egoísta y
que las alumnas del liceo no verían nunca en él ningún atractivo sexual. Entonces
escupió en el rostro del espectro, el espectro lanzó un gemido y desapareció. El
protagonista se quedó con la sensación de un vacío profundo, sin otra perspectiva que la
de una existencia miserable y vana con la muerte inevitable al final del camino.
La pregunta de quién era él le quedó flotando, a veces le parecía que era una función
social, y otras que era, sin más. Pero la palabra „ser‟ sin atributos era un hecho desnudo
y terrible, lo llenaba de espanto. Parecía que no había nada más difícil que ser uno
mismo, ni más ni menos. Esa palabra connotaba una horrorosa desnudez. Por otra parte,
había escupido al espíritu y el espíritu se había desvanecido.

“No, no –murmuré encogido y trémulo–, no quiero ser yo mismo. Prefiero ser un
empleado subalterno del Ministerio de Relaciones Exteriores, prefiero servir para algo,
servir para algo o para alguien, inmediatamente, sin tardanza, hay que tratar de servir,
buscar con qué abrigarse porque hace frío y es indecente estar desnudo. Es necesario,
hay que servir”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL PROTODIARIO

“Escribo este diario con desgana. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién
escribo? Si escribo para mí mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el
lector, ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo? ¿Hablas a ti mismo de tal
manera que te oigan los demás? Qué lejos estoy de la seguridad y el valor que me
caracterizan cuando –perdonadme– „estoy creando‟ (...)”
“Y sin embargo, me doy cuenta de que hay que ser uno mismo en todos los niveles de la
escritura, es decir, que debería saber expresarme no sólo en un poema o en un drama,
sino también en una prosa corriente –un artículo o un diario (...) Es más, este paso al
mundo cotidiano desde un campo escondido en lo más recóndito, casi un subsuelo,
constituye para mí un asunto de capital importancia”
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El “Diario” se va convirtiendo en las manos de Gombrowicz en una verdadera obra de
arte, a pesar de su desgana y de su fatiga. ¿Por qué tardó tanto tiempo en empezar a
escribirlo?, porque no creía que su vida fuera lo suficientemente interesante como para
escribir un diario. Cuando se dio cuenta que los diarios podían contar otra cosa a más de
la vida se estableció en ellos como en una verdadera mina de la que extraía materiales
para proteger su seguridad y su valor cuando „estaba creando‟.
Aunque el género de diario aparece en Gombrowicz de manera tardía podríamos decir
que el género de protodiario es una de sus primeras experiencias como hombre de letras.
“El diario de Stefan Czarniecki” es la segunda novela corta de Gombrowicz, es contigua
a “El bailarín del abogado Kraykowski” y la escribió en el año 1926.

El punto de inflexión del comportamiento del personaje es la guerra, al regreso del
frente ya no puede mantener las viejas creencias y se desbarranca en la inmoralidad.
Gombrowicz tiene la costumbre de asociar el amor con la violencia.
“Mi sexualidad despierta en forma precoz, nutrida de guerra, de violencia, de cantos de
soldados y de sudor, me encadenaba a aquellos cuerpos enmugrecidos por el duro
trabajo”
Su adolescencia estuvo marcada por la guerra y por los acontecimientos de 1920,
cuando el ejército bolchevique invadió Polonia, llegando hasta Varsovia. El recuerdo
del paso de los ejércitos, los incendios, los campos asolados por la guerra, están
presentes en el “El diario de Stefan Czarniecki”.

“En la época de la Primera Guerra Mundial, creo que el frente pasó cuatro veces por
nuestra casa, avance, retroceso, avance, retroceso, el fragor lejano y luego cada vez más
próximo el cañón, los incendios, los ejércitos que se retiran, los ejércitos que avanzan, el
tiroteo, los cadáveres junto al estanque, y también los prolongados altos de los
destacamentos rusos, austríacos y alemanes. Nosotros, los muchachos, nos la
pasábamos en grande recogiendo cartuchos, bayonetas, cinturones, cargadores. El
excitante olor de la brutalidad lo invadía todo (...)”
Stefan se alistó en el regimiento de los ulanos, pero Gombrowicz no estaba alistado en
ese regimiento cuando el mariscal Pilsudski detuvo a los rusos en las puertas de
Varsovia.

“(...) En ese año de 1920 era un ser distinto a los otros, aislado, viviendo al margen de la
sociedad (...) y sucedió así porque no supe cumplir mis deberes con la nación en el
momento que una terrible amenaza se cernía sobre nuestra joven independencia (...)”
En esta novela no queda títere con cabeza: la familia, la polonidad, la política, la guerra,
el amor, todo vuela por los aires, pero son más bien caricaturas, marionetas que
Gombrowicz zarandea como una parodia de la realidad.
El estilo es brillante, humorístico e irónico, pero los componentes de la narración son
realmente morbosos. Stefan Czarniecki había nacido en una casa muy respetable. El
padre, un hombre fascinante y orgulloso, poseía unos rasgos que personificaban una
estirpe perfecta y noble.

La madre andaba siempre vestida de negro con unos pendientes antiguos como único
adorno. Stefan se veía a sí mismo como un muchacho serio y pensativo. Había en su
vida familiar un solo punto oscuro, su padre odiaba a su madre, no la soportaba, un
enigma que condujo finalmente a Stefan a la catástrofe interior. Se convirtió en un inútil
inmoral, besaba la mano de una dama babeándola, sacaba el pañuelo y se secaba la
saliva mientras le pedía perdón.
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El padre evitaba el contacto con la madre, a veces la miraba a hurtadillas con una
expresión de infinito disgusto. Stefan, en cambio, no manifestaba aversión alguna hacia
su madre a pesar de que había engordado muchísimo al punto de tropezarse con todas
las cosas de la casa.

Stefan se imaginaba que había sido concebido bajo coacción violentando los instintos, y
que él era el fruto del heroísmo del padre. Un día la repugnancia del padre estalló: –Te
estás quedando calva. Dentro de poco estarás más calva que un trasero. Eres horrorosa.
Ni siquiera adviertes cuán horrible es tu aspecto. Stefan no comprendía el porqué debía
considerar a la calvicie de la madre peor que la del padre, además, los dientes de la
madre eran mejores y, sin embargo, ella no sentía repugnancia por él.
Era una mujer majestuosa y muy religiosa, rodeada de una furia de ayunos, plegarias y
acciones piadosas. A veces, los convocaba a Stefan, al cocinero, al mayordomo, al
portero y a la camarera y decía: –¡Ruega, ruega pobre hijo mío por el alma de ese
monstruo que tienes por padre! ¡Rogad también vosotros por el alma de vuestro amo
que se ha vendido al diablo!

A la madre le producían horror las acciones del padre, y al padre lo que le producía
horror era ella misma, no podía dejar de manifestar su asco: –Créeme, querida, que estás
cometiendo una falta de tacto. Cuando veo ante el altar tu nariz, tus orejas, tus labios,
tengo la convicción de que también Cristo se siente a disgusto. A pesar de estas
contrariedades Stefan fue un buen alumno, aplicado y puntual, pero nunca gozó de la
simpatía de los demás.
En el recreo los alumnos cantaban: –Uno, dos y tres, dos pan pan/ no hay judío que no
sea un can/ Los polacos en cambio son águilas de oro/ Uno, dos, tres, ahora le toca al
loro. Stefan estaba fascinado con estos versos pero debía apartarse de los otros chicos
cuando cantaban.

A pesar de los esfuerzos que hacía por resultarles agradable a ellos y a los profesores
con sus buenas maneras, lo único que conseguía era una actitud hostil. Una tarde, un
profesor de historia y literatura, un vejete tranquilo y bastante inofensivo les dijo: –Los
polacos, señores míos, han sido siempre perezosos, sin embargo, la pereza es siempre
compañera del genio.
Los polacos han sido siempre valientes y perezosos ¡Magnífico pueblo, el polaco! A
partir del momento en el que el profesor diera esa clase despreciando el trabajo el
interés de Stefan por el estudio disminuyó, pero con este cambio no consiguió la
simpatía del profesor y de nada le sirvió su incipiente preferencia por los desaplicados
y los perezosos.

La observaciones del profesor tenían mucha influencia en la clase: –Los polacos han
sido siempre holgazanes y desobligados, pero las suecas, las danesas, las francesas y las
alemanas pierden la cabeza por nosotros, sin embargo, nosotros preferimos a las
polacas. ¿No es acaso famosa en el mundo entero la belleza de la mujer polaca? El
resultado de esas insinuaciones fue que Stefan se enamoró de una joven pero ella no se
daba por enterada.
Una mañana, después de haberle pedido consejo a sus compañeros de clase, venció su
timidez y le dio un pellizco; ella cerró los ojos y soltó una risita. Lo había logrado. Se lo
contó a sus compañeros y fue la primera vez que lo escucharon con interés, acto seguido
se precipitaron sobre una rana y la mataron a golpes.
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Stefan estaba emocionado y orgulloso de haber sido admitido por los jóvenes y presintió
que empezaba una nueva etapa de su vida. Para congraciarse aún más atrapó una
golondrina y le rompió un ala, cuando se disponía a golpearla con un palo un alumno le
dio una bofetada en la cara. Como no se defendió todos se lanzaron sobre él y lo
aporrearon sin ahorrar escarnios ni insultos.
En el amor tampoco le iba nada bien, la joven pellizcada le hacía recriminaciones
porque era un consentido, un pequeño nene de mamá. Stefan había comprendido
finalmente que, si bien el padre era de raza pura, su madre también lo era pero en el
sentido contrario, el padre era un aristócrata arruinado casado con la hija de un rico
banquero.

Se imaginaba que las dos razas hostiles de los padres, ambas poderosas, se habían
neutralizado y habían parido un ratón sin pigmentación, un ratón neutro, por eso no
tomaba parte de nada a pesar de haber participado en todo, ése era su misterio. La joven
le pedía que fuera valiente, le ordenaba que saltara zanjas, que sostuviera pesos, que
golpeara abedules bajo la observación del vigilante, que arrojara agua sobre el sombrero
de los transeúntes.
Cuando Stefan le preguntaba cuál era la razón de esos caprichos le decía que no lo
sabía, que era un enigma, una esfinge, un misterio para ella misma. Si la joven Jadwiga
fracasaba en algo se entristecía, si triunfaba se ponía feliz y le permitía a Stefan besar
sus deliciosas orejas, como premio.

Sin embargo, nunca se permitió responder a su apremiante: –¡Te deseo! Le decía que
había algo en él de repulsivo y no sabía bien qué era, pero Stefan sabía muy bien lo que
querían decir esas palabras. Leía mucho y trataba de comprender el significado de su
secreto, se daba ánimos con el recuerdo de uno de los temas escolares, la superioridad
de los polacos: los alemanes son pesados, brutales y tienen los pies planos.
Los franceses son pequeños, mezquinos y depravados; los rusos son peludos; los
italianos... bel canto. Ésta era la razón por la que querían eliminar a los polacos de la faz
de la tierra, eran los únicos que no causaban repulsión. El horizonte político se volvía
cada vez más amenazador y la joven cada vez más nerviosa. La multitud en las calles,
las tropas se desplazaban hacia el frente.

La movilización, los adioses, las banderas, los discursos. Juramentos, sacrificios,
lágrimas, manifiestos, indignación, exaltación y odio. La amada de Stefan ni lo miraba,
no tenía ojos más que para los militares. Stefan afirmaba su patriotismo, participaba en
juicios sumarios contra espías, pero algo en la mirada de Jadwiga lo obligó a alistarse
como voluntario en el regimiento de ulanos.
Atravesaban la cuidad cantando inclinados sobre el cuello de sus caballos, una
expresión maravillosa aparecía en el rostro de las mujeres y sentía que muchos
corazones latían también por él, y no entendía el porqué pues no había dejado de ser el
conde Stefan Czarniecki que era antes ni el hijo de una Goldwasser, el único cambio era
que ahora usaba botas militares y llevaba en el cuello unas tiras color frambuesa.

La madre lo convocaba para que no tuviera piedad, para que arrasara, quemara y
matara, para que destruyera a los malvados. El padre, un gran patriota, lloraba en un
rincón y le decía que con la sangre podría borrar la mancha de su origen, que pensara
siempre en él y ahuyentara como la peste el recuerdo de la madre porque podía
resultarle fatal, que no perdonara y que exterminara hasta el último de esos canallas. La
amada le entregó por primera vez su boca, una verdadera delicia.
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La guerra era hermosa. Era precisamente la conciencia de ese esplendor la que le
proporcionaba las energías para combatir al implacable enemigo del soldado: el miedo.
De cuando en cuando lograba colocar un tiro de fusil en el blanco preciso, y entonces se
sentía columpiado por la sonrisa impenetrable de las mujeres y hasta le parecía que se
ganaba el afecto de los caballos que hasta el momento sólo le habían propinado coces y
mordiscos.

Sin embargo, ocurrió un incidente que lo lanzó al abismo de la depravación moral de la
que no pudo apartarse hasta el día de hoy. La guerra se había desencadenado en todo el
mundo. La esperanza, consuelo de los imbéciles, lo hacía vislumbrar la dichosa
perspectiva del porvenir: el regreso a casa y la liberación de su situación de ratón
neutro, pero las cosas no ocurrieron de esa manera.
Su regimiento estaba defendiendo con tesón por tercer día consecutivo una colina en el
frente, con la orden de resistir hasta la muerte. Fue entonces cuando cayó un obús que le
cortó de un tajo ambas piernas al ulano Kaeperski y le destrozó los intestinos, pero el
pobre, seguramente aturdido, explotó en una carcajada convulsiva que Stefan tuvo que
acompañar.

Cuando terminó la guerra y volvió a casa con aquella risa sonándole aún en los oídos
comprobó que todo lo que hasta entonces había sostenido su existencia yacía hecho
escombros, que no le quedaba más remedio que volverse comunista. Stefan entendía el
comunismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la
virtud y las esposas, y todo lo que existía, sería nacionalizado y distribuido mediante
cupones en porciones iguales.
Un programa en el que su madre debería ser cortada en pequeños trozos y repartida
entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus oraciones como era ella; que lo
mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya raza no fuera de una estirpe
perfecta y noble.

Un programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos fueran
suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado de
esta gracia fuera causal del castigo con la cárcel. Stefan elegía el término comunismo
porque constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma tan
incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de
esos intelectuales.
Las conversaciones más irónicas las mantuvo con su adorada Jadwiga que lo había
recibido con efusiones extraordinarias al regreso de la guerra. Stefan le preguntaba que
si acaso la mujer no era algo misterioso e impenetrable, ella le respondía que sí, que lo
era, y que ella misma era misteriosa, impenetrable y desencadenaba pasiones, que era
una mujer esfinge.

Entonces Stefan exclamaba que también él constituía un misterio, que tenía un lenguaje
personal secreto y que le gustaría que ella lo adoptara. Le advirtió que le iba a meter un
sapo debajo de la blusa, y que ella tenía que repetir con él las siguientes palabras: Cham,
bam, biu, mniu, ba, bi, ba be no zar. Fue imposible, no quiso pronunciarlas, le dijo que
le daba vergüenza y se echó a llorar.
Stefan no le hizo caso, tomó un sapo grande y gordo y cumplió con su palabra. Jadwiga
se puso como loca. Se tiró al suelo, y el grito que lanzó sólo podría compararse con el
del soldado destripado. ¿Pero es que para todas las personas las mismas cosas deben ser
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bellas y agradables? Lo único que le quedó de agradable en esa historia fue que ella
enloqueció, incapaz de librarse del sapo que se agitaba bajo su blusa.

Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba
por el mundo en medio de opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba con un
sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad
de cometer una villanía.
“Tal es el secreto personal que opongo al gran misterio de la existencia. ¿Qué queréis?...
cuando paso junto a una pareja feliz, a una madre con un niño o a un anciano amable,
pierdo la tranquilidad. Pero a veces el corazón se me encoge y una gran nostalgia de
vosotros, padre y madre queridos, se apodera de mí. ¡También de ti siento nostalgia, oh
santa infancia mía!”

WITOLD GOMBROWICZ Y LA RATA

“Durante varios años he pasado con el señor Kaminski siete largas horas al día en la
misma habitación. Era mi compañero de trabajo, un empleado como yo, y terminó por
resultarme simpático... El viernes pasado me despedí de él como de costumbre, pero el
lunes siguiente por la mañana no apareció por la oficina. Había desaparecido, es decir,
había muerto (...)”
“(...) Muerto tan bruscamente y desaparecido tan por completo como si una mano lo
hubiera llevado de entre nosotros. Lo vi por última vez en el ataúd, donde tenía un aire
de importancia. Una impresión penosa”
Gombrowicz tiene las ideas más o menos claras respecto al dolor y al envejecimiento,
pero no las tiene tan claras respecto a la muerte.

“Durante el entierro pensé que no eran vivos quienes despedían al finado, sino
moribundos. En el cementerio, a aquella luminosa hora de la tarde, las caras marcadas
por una cierta expresión de grave desesperación, tenían un aspecto cadavérico, igual que
el cadáver del ataúd, y cada uno de los presentes cargaba consigo mismo como un saco
lleno de muerte”
Pero este saco lleno de muerte, este “memento mori”, le resultaba exagerado a
Gombrowicz, cuando le aparecía tenía la necesidad de controlarlo. La insistencia
continua de la idea de la muerte sólo prueba que no somos capaces de asimilarla, pues si
lo fuéramos, si en verdad sintiéramos su presencia, no podríamos dormir ni comer, sin
embargo, ni siquiera nos impide ir al cine.

No nos preocupamos verdaderamente por nuestros propios pensamientos sobre la
muerte, pareciera como si esa idea se pensara a sí misma, a lo Hegel, por su cuenta.
“La muerte se vuelve para mí cada vez menos importante, tanto la humana como la
animal. Cada vez me resulta más difícil comprender a aquellos para quienes la privación
de la vida es el mayor de los castigos. No entiendo la venganza de quien, al matar con
un inesperado disparo en la nuca, se regocija como si el otro hubiera sentido algo. Me
he vuelto casi indiferente a la muerte (no hablo de la mía)”
Uno de los propósitos deliberados que tenía Gombrowicz era el de desvincular la
conducta humana de la voluntad y del determinismo psíquico. A la voluntad la trasponía
con el automatismo y al determinismo psíquico con partes del cuerpo.
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Algunas de sus narraciones nos ponen en camino de ver cuánto de automatismo tienen.
En “La rata”, una historia escabrosa de extroversión e introversión, Gombrowicz saca a
la superficie con ligereza e indiferencia el aspecto automático que tiene la muerte. “La
rata” es uno de los relatos cortos que Gombrowicz escribió en 1937, el año de la
publicación de “Ferdydurke”, su obra fundamental.
“Ferdydurke” resultó ser un fenómeno conmocionante que unió al talento literario de
Gombrowicz una forma novelesca revolucionaria que sacó a la superficie un
descubrimiento fundamental. De los fondos de una gigantesca cloaca provienen la
substancia y el alimento para el desarrollo de todos los valores y de toda la cultura. El
complejo de formas de segundo orden encadenado a nuestra inmadurez está incorporado
a nuestra vida como un viejo hábito.

La envoltura de las formas maduras y convencionales le rinde homenaje a los valores
elevados y sublimados mientras nuestra vida esencial se desarrolla en una esfera
familiar y sucia, con ligereza y libre de sanciones. Su energía emocional es cien veces
más pujante que la de aquella otra en la que se tejen las telas de las convenciones, se
desarrolla en una esfera detestable y vergonzante en la que prospera una vida
exuberante y lujuriosa.
Gombrowicz pone en entredicho la posición aislada y privilegiada atribuida a los
fenómenos psíquicos destruyendo de esta manera el mito de su divinización, y pone al
descubierto una genealogía zoológica escabrosa y poco reluciente que repudia toda
vanidad.

Descubre una naturaleza común entre las esferas de la cultura y de las subculturas y
vislumbra en la región de la inmadurez el modelo y el prototipo del valor en general, y
en el mecanismo de su funcionamiento la llave para la comprensión de la maquinaria de
la cultura. En el salón que da a la calle todo obedece a lo que es conveniente, pero en la
cocina de atrás de la casa de nuestro yo se practica la economía de la peor de todas las
conductas.
Gombrowicz domina esta maquinaria psíquica ridícula y caricaturesca al punto de
llevarla a una zona de cortocircuitos violentos y de explosiones magníficas que
condensan en forma grotesca. Éstas son algunas de las reflexiones que hizo Bruno
Schulz sobre “Ferdydurke” en 1938, durante la conferencia que pronunció en la Unión
de Escritores.

Comunicó a todos los artistas allí presentes que acababa de levantarse un sol que hacía
palidecer a todas las estrellas. “La rata” es coetánea de esta obra fundamental e ilustra
todos los fermentos del alma de Gombrowicz, su talante de demonólogo de la forma y
su carácter de demiurgo de la inmadurez a los que apunta con tanta inteligencia y genio.
Cuando le preguntaron a Gombrowicz sobre el significado de “La rata” respondió que
era una historia escabrosa de extroversión e introversión.
Un malhechor llamado Huligan asolaba con sus fechorías una comarca de Polonia.
Tenía un carácter exuberante y no admitía restricciones de ninguna especie. Odiaba a
los ladrones de carteras y de cosas pequeñas, si tenía que elegir entre pellizcar a alguien
o despacharlo al otro mundo con un golpe violento, lo liquidaba y seguía caminando y
cantando a pleno pulmón.

Nadie podía atribuirle un asesinato vil o hecho a traición, todos sus asesinatos tenían un
aspecto noble y los realizaba al son de una tonada: –Ay, María, María, Mariíta mía.
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Amaba a María más que a nadie en el mundo, la amaba con amplios gestos, entre bailes,
saltos y vodka en abundancia. No concebía el silencio ni la falta de lenguaje tan común
en los hombres de nuestro tiempo.
A veces le pesaba la nostalgia, entonces toda la comarca escuchaba sus lamentos
sonoros y lánguidos. Los perros aullaban dentro de los corrales y su aullido contagiaba a
los hombres mientras el bandido cantaba: –Ay, María, vida mía. Poco a poco se
convirtió en una leyenda y se compusieron canciones en su honor con el estribillo: –Ay,
ay, ay, vida mía. En una villa solitaria vivía un soltero encallecido que había sido juez y
detestaba la fantasía exuberante de la región.

Se quejaba en secreto a las autoridades locales por la tolerancia que tenían con sus
asesinatos y sus escándalos a pleno día, pero la policía se mostraba impotente porque la
población lo protegía. Además sólo mataba a unas pocas personas y a la gente le
gustaba presenciar sus asesinatos. Mientras el comisario conversaba con el ex juez
volaba por los aires un cadáver y llegaba a sus oídos un grito magnífico, como si miles
de bisontes hollaran los campos sembrados y los prados.
La conversación que mantuvo el juez jubilado con el comisario no lo satisfizo y se
propuso detenerlo él mismo con sus propias manos y encerrarlo en una jaula para
limitar su naturaleza exuberante. Le ordenó a su mayordomo que se colocara debajo de
un árbol en la colina y lo encadenó a su tronco.

Excavó con sus manos un hoyo en el que puso una trampa de hierro y regresó a su casa.
Llegó la noche y el juez miraba a la colina desde un balcón. Hulingan se encaminó
hacia el sirviente a grandes zancadas para despedazarlo a la luz de la luna pero cayó en
la trampa, el juez llega a la carrera y con mucho trabajo lo transporta al sótano de su
vieja casa.
En los días siguientes el jubilado se regocijaba de tener en el sótano al bandido
amordazado para evitar que aullara y provocara escándalos. Durante meses enteros
reinó en la comarca un gran silencio. Huligan soportaba las vejaciones del juez en
silencio, y su silencio crecía, crecía y se agigantaba en las tinieblas, digno de sus
hazañas más gloriosas.

Con la meticulosidad de un ratón de biblioteca el viejo buscaba el punto flaco del
bandido para transformarlo en un ser de naturaleza estrecha, tan estrecha como la de él.
Cuando le quitaba la mordaza para darle de comer Huligan estallaba en aullidos y de esa
manera la población de las aldeas se daba cuenta de que estaba vivo. El juez seguía
buscando el punto de menor resistencia y finalmente lo encontró.
En una ocasión una rata entró en la celda y en ese momento el malhechor se contrajo. El
juez le quitó la mordaza pero Huligan permaneció en silencio, el asco y el miedo lo
paralizaron. Cuando la rata se acercó a sus pies, sujetos al cepo, se rió nerviosamente.
No se había conmovido ante los tormentos a que lo sometía el juez pero le tenía miedo a
una rata, matar a una rata con sus propias manos se le aparecía como una acción
inaccesible.

El viejo jubilado y ex juez se convirtió finalmente en el amo de Huligan, y a partir de
entonces, sin la menor piedad, le propinaba rata. Pasaron los años y el mayordomo,
hastiado de todas las tareas que tenía que realizar para maltratar a Huligan, empezó a
maldecir a la rata, al amo, a la casa y al bandido. La tensión iba creciendo, crecía y
crecía.
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Una noche la rata rompió la cuerda que la tenía sujeta, el sirviente bajó la cabeza y la
persiguió, el juez también la persiguió con la cabeza baja, ambos habían perdido los
estribos y se envistieron. Se oyó un estruendo enorme en el sótano y los cerebros del
juez y del criado volaron por el aire. Después de once años Huligan se halló libre. Lo
obsesionaba un pensamiento, se preguntaba qué habría ocurrido con la rata, pero la rata
no aparecía.

Había conocido demasiado bien el aspecto horroroso de la rata al punto de que su sola
ausencia era más importante para él que los sonidos más dulces de la naturaleza y que
todas las brisas del mundo. El oído agudísimo del bandido era empleado casi
exclusivamente para captar el rumor más ligero semejante al que hace una rata, pero la
rata no aparecía.
Era increíble que el roedor, durante tantos años unido a la persona de Huligan por
relaciones tan estrechas y espantosamente profundas, hubiera podido separarse de él,
desaparecer y renunciar a él de buenas a primeras. La rata no aparecía. Pasaba el tiempo
y un día la vio, la rata deslumbrada por la luz buscaba refugio, y las cavidades de la ropa
y el cuerpo de Huligan eran los escondites más a mano que tenía la rata.

Huligan empezó a correr seguro que detrás de él galopaba la rata, estaba confundido y
sin darse cuenta se metió en la cabaña de María, la muchacha dormía con la boca
abierta. De pronto apareció la rata y empezó a remolonear cerca de las faldas de María.
El bandido había descubierto la madriguera y hacía maniobras silenciosas para que el
roedor se metiera en ella, pero, repentinamente, algo atrajo a la rata hacia la rodilla
derecha de la joven, y Huligan se quedó paralizado.
El terror que le produjo el contacto de la rata con María hizo que el bandido aullara.
Aulló como en el pasado para despertar al mundo entero, y se lanzó aullando contra la
rata, ya no tenía miedo, la atacó de frente, tenía la convicción de que estaba acorralada,
pero ocurrió algo terrible.

La rata, ciega de terror, sintió la necesidad de meterse en un agujero, se dirigió
rápidamente a la boca de María y saltó dentro de la cavidad abierta de la muchacha
dormida. María, semidormida, se despertó sorprendida, cerró las mandíbulas
mecánicamente pero de manera implacable y puso fin a la máquina del horror: la rata
terminó con la cabeza guillotinada.
Un mordisco en el cuello consumó la muerte de la rata. La rata dejó de existir. Huligan
tuvo que enfrentase a la espantosa muerte de la rata en la adorable cavidad oral de su
amada María. Y con esa visión en los ojos desapareció: “Da un paso y otro paso y otro
paso, pero lo sigue aquella rata muerta. Paso tras paso, paso tras paso, y en la boca de
María sigue la rata muerta”

WITOLD GOMBROWICZ Y LA VIRGINIDAD

Kierkegaard, de la misma manera que Gombrowicz, era enemigo del disimulo y las
mentiras, quería llevar una vida auténtica en el reino de la fe cristiana y luchar contra la
mala fe de los que fingían tenerla sin vivir al nivel de los severos y austeros principios
del cristianismo verdadero. Quiso ponerse a prueba él mismo y eligió romper su
compromiso con la hermosa Regina Olsen que lo adoraba.
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Es una conducta que utilizó desvergonzadamente en sus libros describiendo a la mujer
como el eterno enemigo del espíritu, como el diablo que arrastra a los jóvenes a sus
trampas, exaltando en forma inauténtica el valor de la virginidad. Pero todas estas
actitudes con las justificaciones respectivas eran mentiras, mentiras al mundo y mentiras
a sí mismo.

La auténtica razón de su ruptura con la joven Regina Olsen fue su impotencia sexual,
contra la cual buscó ayuda médica sin resultado. Los analistas de la psique postularon
después que un conflicto mental de toda la vida puede ser localizado como proveniente
de alguna inferioridad orgánica. Gombrowicz le entreabría las puertas a la fe de
Kierkegaard pero se las cerraba a su angustia.
Es muy difícil encontrar en la obra de Gombrowicz menciones directas a los órganos y a
las funciones sexuales pero desbordan en referencias indirectas, echaba mano a esta
estrategia para que la atracción y la excitación se hicieran presentes con más intensidad.
Una historia que acostumbraba a contarnos, en la que combinaba en proporciones
armoniosas la mundología y la sexualidad, era la de una fiesta en la que dos primos
suyos estaban sentados en el pasto, al lado de una prima que también estaba sentada.

Cada primo, sin saber nada de lo que estaba haciendo el otro, empezó a acariciar a la
prima por debajo de la falda cuidándose muy bien de que su acción pasara inadvertida
para la concurrencia. La prima, que estaba cambiando de color debido a la excitación,
también disimulaba como podía.
La cosa es, como no podía ser de otra manera, que los dedos de los primos empezaron a
tocarse; por un momento dudaron sobre cuál era la actitud que debían tomar para zafar
de una situación tan embarazosa: recordaron que ambos eran caballeros, se dieron la
mano por debajo de la falda de la prima, saludaron a la prima, se levantaron y se fueron.
Gombrowicz sexualiza el pensamiento y las ideas para que la conciencia se realice en
un cuerpo erotizado que cautive y atraiga.

Las partes del cuerpo funcionan aparte de la actividad psíquica con una estructura
diferente. La popularidad de las indagaciones de Sastre sobre la mirada y de Freud sobre
la participación de la sexualidad en la conducta humana facilitaron la comprensión de su
obra un tanto hermética, a pesar de la desconfianza que le tenía a estos ilustres
pensadores.
El ideal de pureza y virginidad es puesto en cuestión por Gombrowicz en “Pornografía”,
una novela realmente libidinosa. Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y
espiritual, sencilla y de una rectitud ejemplar. En ella regía el Dios católico, desprendido
de la carne, un principio metafísico, incorpóreo y majestuoso que no podía atender las
majaderías que tramaban los adultos con Henia y Karol.

Parecía enamorada de Fryderyk, estaba subyugada con ese ser terriblemente
reconcentrado que no se dejaba engañar y distraer por nada, un ser de una seriedad
extrema. En la finca de Amelia tiene lugar la segunda caída de Dios después del
derrumbe de la misa en la iglesia. Un ladronzuelo de la edad de Karol entra en la casa
para robar.
Según todo lo hace parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con
Joziek, transcurren unos minutos y llega a la mesa donde están su hijo y los invitados,
se sienta y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo. La situación no
estaba clara, nadie sabía lo que había pasado realmente porque Amelia no pudo contar
nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado, que había sido un accidente.
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Fryderyk era mal psicólogo porque tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz
de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación. La sospecha que flotaba en el aire
era la de que esa mujer tan espiritual y guiada por los principios de Dios había
prologado demasiado la lucha con Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por
accidente, se le había clavado el cuchillo.
En el año 1929 Gombrowicz escribe cuatro novelas cortas: “Crimen premeditado”, “El
festín de la condesa Kotlubaj”, “La virginidad” y “En la escalera de servicio”. Era la
época de su práctica no rentada en los Tribunales, trabajaba en el despacho de un juez
de instrucción en el que tuvo la ocasión de tratar con un hampa de diversas clases.
Gombrowicz tenía la convicción absoluta de la inocencia del hombre, de que el hombre
era inocente por naturaleza.

No era una convicción que dedujera de alguna filosofía sino un sentimiento espontáneo
que no podía combatir. Esta convicción lo predispuso al disparate y al absurdo y nada le
satisfacía más que ver nacer bajo su pluma una escena verdaderamente loca y ajena a
los estándares del razonamiento común, una irracionalidad que, sin embargo, estaba
sólidamente establecida dentro de su propia lógica.
Sus primeras tentativas literarias manifestaban claramente, y Gombrowicz se daba
cuenta de todo eso, una fuerte y sistemática oposición rebelde y universal. Lo devoraba
una rabia sorda y vergonzosa contra todo lo que le facilitaba la existencia: el dinero, el
origen, los estudios, las relaciones, todo aquello que, en fin, hacía de él un sibarita y un
holgazán.

Pero la locura era un asunto que preocupaba realmente a Gombrowicz, la sangre
enfermiza de los Kotkowski que había heredado de su madre pesaba sobre él como una
amenaza de posibles perturbaciones psíquicas. Ese temor fue más intenso en los años en
que su imaginación estaba desbocada y oscilaba entre la neurosis y la psicosis. La
neurosis estaba radicada en la zona consciente de sus complejos a los que transformaba
en un valor cultural escribiendo.
La esfera de la psicosis le ocultaba, en cambio, sus trastornos psíquicos y el control era
menor. Debemos clasificar a “La virginidad” como perteneciendo a esta segunda clase
de sus creaciones. Algunos detalles insignificantes y aparentemente incoherentes
introducen a una pareja inocente en las más oscura entraña de la sexualidad.

Es un relato donde el erotismo más refinado se entrevera y confunde con la obscenidad
total. Las descripciones que hacen los jóvenes de algunas partes del cuerpo son
artificiosas: la boca es una cereza, los senos son botones de rosa. Alicia era hija de un
mayor retirado y estaba educada por una madre que la adoraba. Como las demás
jóvenes de vez en cuando se acariciaba el codo y enterraba los pies en la arena.
La vida de una muchacha en flor es distinta a la de un abogado o una madre. Debe ser
difícil proteger a una joven cuya razón de existir es seducir a los demás. Pero Alicia
estaba protegida por el canario Fifí, por el perrito Bibí y por la madre. Una tarde
paseaba por los senderos del jardín y un vagabundo, acostado sobre el muro que lo
rodeaba, le arrojó un ladrillo que le dio en la espalda, la muchacha trastabilló y estuvo a
punto de caer.

Sin embargo, sonrió con unos labios que le temblaban de dolor. Mientras el vagabundo
bajaba del muro y desaparecía Alicia se repetía a sí misma que había sonreído. Cuando
llegó a la casa entró en un estado de ensoñación y medio distraída le preguntó a la
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madre mientras tomaban el té por qué los hombres usaban pantalones, tenían cabello
corto y se afeitaban.
La joven escondió en la manga la cucharita de plata con la que había tomado el té, salió
al jardín, se dijo a sí misma que la había robado y la enterró al pie de un árbol.
Volviendo a casa pensaba que si el vagabundo no le hubiera arrojado el ladrillo ella no
hubiera robado la cucharita; el padre le dijo que el día siguiente su prometido regresaba
de China, el compromiso se había realizado cuatro años atrás cuando Alicia cumplía los
diecisiete años.

El día en que el novio le pidió la mano Alicia le respondió que sí, que deseaba ser su
prometida pero no quería desprenderse de un miembro de su cuerpo. Pablo era un
muchacho encantador que estaba enamoradísimo de su inocencia. La mayor virtud,
según pensaba él, residía en la virginidad, este valor condicionaba su espíritu y en torno
a él se situaban sus instintos superiores.
“Vemos, pues, que la virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega
al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el
infinito. Dios mismo es un gran solitario en el universo, es la eterna juventud del
Cosmos”. De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del
idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad”

Pablo amaba a Alicia por su virginidad inocente y estaba convencido de que quien desee
adorar dignamente a una virgen él mismo debía ser virgen e ignorante, de otra manera el
idilio sería una trampa. Habían transcurrido cuatro años y nuevamente pasea con su
prometida por los senderos del jardín. Pablo la recrimina porque ha cambiado mucho,
pero ella, distraídamente, le dice que lo ama como siempre.
El joven insiste, protesta otra vez porque en otra época no hubiera usado la frase
impúdica de que lo amaba, que ahora la veía inquieta y excitada. Alicia, con toda la
calma, le pide que le explique lo que era el amor y lo que era ella, pero con seriedad y
sin reírse. Pablo le cuenta cómo los hombres habían perdido el Paraíso al probar del
fruto del árbol del conocimiento tentados por Satanás.

Le suplicaron al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y la inocencia
perdidos, entonces Dios creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a
vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez.. Cuando
Alicia le pregunta por las casadas le responde que son una patraña, una botella abierta y
evaporada.
Alicia no entiende por qué, siendo ella virgen, el vagabundo le había arrojado un
ladrillo, y por qué, luego, ella había sonreído a pesar de que le había dolido mucho. De
regreso a casa Pablo pensaba que la virginidad y el misterio son una y la misma cosa y
que había que cuidarse de no desgarrar el sagrado velo de la virginidad para proteger
ese misterio.

Al día siguiente la joven le dice que se extasiaba contemplando su codo, que tenía unos
deseos realmente locos, y entonces Pablo le responde que adoraba su candor irracional.
Alicia le pregunta si había robado alguna vez, y Pablo le contesta que no, que ella no
podría amar a un hombre sin dignidad. La joven estaba confundida y le sigue
preguntando a Pablo si había engañado, mordido o golpeado a alguien alguna vez, si
había caminado desnudo o comido inmundicias.
Pablo le pregunta si acaso se había vuelto loca y le ruega que reflexione. Para entonces
la joven había empezado a temer que las vírgenes eran educadas en la inocencia para
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que después todo les resultara más perturbador. Regresaron a casa y ya en la cocina
Alicia señala un hueso que, seguramente, había abandonado Bibí.

En el momento que Pablo le dice que hay muchos olores de cocina y que es mejor irse
de allí, ella le observa que Bibí no ha terminado de roerlo, ambos pronuncian unas
palabras cariñosas, y entonces la joven le manifiesta que le gustaría mucho que royesen
el hueso juntos, al mismo tiempo que lo abraza y le pide que no la mire de ese modo. Le
implora que lo haga porque, de lo contrario, morirá joven.
Pablo se había inmovilizado por el terror, qué importancia podía tener un hueso para
ella, si por lo menos fuera un hueso limpio, un hueso de caldo, pero Alicia gritó con
impaciencia que quería roerlo a escondidas de la cocinera. Entonces se produce un
altercado, él le reprocha que le esté pidiendo inmundicias y ella le replica que las
inmundicias le producen apetito, e insiste en que lo roan y lo coman juntos sin que nadie
los vea.

Pablo le pregunta si era posible que el ladrillazo le hubiera despertado ese deseo
malsano de roer un hueso, que ése no podía ser el instinto de una joven virgen, que no
eran más que patrañas insensatas. Alicia le dice que todos lo hacen salvo ellos, que eso
es realmente el amor. Pablo, abrumado por tanta locura, empieza a pelearse con Alicia
por el hueso.
En un momento de la pelea se oyen detrás del muro un golpe y un lamento pronunciado.
Alicia y Pablo se asoman encima de los rosales y ven a una joven descalza lamiéndose
una rodilla. Cuando se estaban preguntando qué cosa habría ocurrido, una piedra silba
en el aire y golpea la espalda de la muchacha, a lo lejos alguien vocifera que era una
ladrona.

“¿Lo has visto?; –¿Qué sucedió?; –Apedrean a las muchachas, las apedrean para
divertirse, sólo por placer; –¡No, no,… no es posible!; –Tú mismo lo has visto... Ven,
que el hueso nos espera, volvamos a nuestro hueso, lo roeremos juntos… ¡Quieres?...
¡Juntos! ¡Yo contigo, tú conmigo! Mira, lo tengo ya en la boca. ¡Ahora te toca a ti!
¡Tómalo!”

WITOLD GOMBROWICZ Y WLADYSLAW BRONIEWSKI

Los humores de Gombrowicz, uno dramático y el otro cómico, no estaban separados,
estaban superpuestos, no se mezclaban pero existían al mismo tiempo. En las vísperas
de la guerra, cuando Europa estaba arrastrada por la vanguardia, el proletariado, el
surrealismo, el social realismo, el ocaso de la burguesía y del feudalismo, Gombrowicz
maniobraba en una mesa del café Ziemianska con su abolengo: –Mi abuela es prima de
los Borbones españoles.
Realizaba también actos de servidumbre alcanzando el azúcar a un poeta de clase social
alta, y no al mejor poeta que era de familia pobre. Apoyaba la opinión de otro porque
era de una familia de terratenientes: –La poesía es muy importante pero ante todo te
aconsejo que no seas provinciano. Aparecían algunas protestas: –No, señores, el arte es
ante todo un fenómeno esencialmente heráldico.
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Y así durante meses, años, con la imperturbable lógica del absurdo. Los otros chillaban
y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían; una ya decía que su abuelo era
terrateniente, otro, que la hermana de su abuela era del campo, otro más empezaba a
dibujar su blasón en la servilleta.
“¿Socialismo? ¿Surrealismo? ¿Vanguardia? ¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un
bosque de árboles genealógicos y nosotros a su sombra. Me dijo el poeta Broniewski: –
¿Qué está haciendo usted? ¿Qué sabotaje es éste? ¡Usted ha logrado contagiar de
heráldica hasta a los mismos comunistas!”
Gombrowicz era escurridizo como una anguila o un camaleón, con estos artificios
quería aproximarse a verdades más profundas.

La palabra humana tiene la consoladora particularidad de que se halla muy cerca de la
sinceridad, no por lo que confiesa, sino por lo que busca. Era todavía un adolescente y
ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el
ejército, los ideales, las ideologías y él mimo le resultaban unas caricaturas. Erraba por
los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos.
No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser
completa. Cuando Gombrowicz observaba a sus compañeros de la infancia, esos
pequeños campesinos que habían integrado una guardia que él organizaba y comandaba
bajo la supervisión de su hermano Janusz, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas,
al contrario, eran sencillos y sinceros.

No podía comprender por qué la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras
el analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia, en
circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una idea que, por lo menos
en parte, le pudo aclarar este enigma. En la estación siguiente a la de su ingreso al tren
subió uno de sus tíos y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador
excelente y apasionado por la caza.
De repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que estaba
armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por
favor. El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un ojo: –Por
fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de
los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro.

Gombrowicz se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban,
tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que llegaran a
Varsovia: –Es terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de
comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees?, pero sí, es verdad, lo he
observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se
le han subido a la cabeza; –Sabes tío, yo tengo una teoría. La gente sencilla vive una
vida natural, sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son verdaderos;
–¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un
valor porque está saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir,
entonces inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la
genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no encuentran el tono adecuado.

Con esta explicación que le dio al tío no sólo resolvió el enigma de la educación y el
analfabetismo, sino que también dio una clase familiar de lo que el marxismo llama la
dialéctica de las necesidades y los valores. La idea sobre lo artificioso de la forma de las
clases superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico.
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“Cuando, transcurridos una decena de años, le conté a Wladyslaw Broniewski en el café
Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir una de las tesis
fundamentales del marxismo, se me echó encima acusándome de fabulador”
Wladyslaw Broniewski, ese poeta de izquierdas que ponía en su lugar a Gombrowicz en
el café Ziemianska, después de la guerra se convirtió en uno de los máximos exponentes
de la literatura del régimen comunista.

Combatió en las Legiones Polacas bajo el mando del mariscal Pilsudski contra el
ejército bolchevique en la batalla de Varsovia, y a las órdenes del general Anders en las
batallas que se libraron en Francia. Comenzó a publicar sus poemas revolucionarios en
Wiadomosci Litrackie.
La simplicidad de los versos de Broniewski, junto con su retórica revolucionaria y
lírica, hizo de su poesía un acontecimiento popular, no sólo para los críticos literarios,
sino también para el pueblo polaco, que encontró en él un portavoz de muchos de sus
problemas sociales y sentimientos patrióticos. En los años 50 se intentó, por motivos
políticos, cambiar el himno de Polonia, pero el poeta Wladyslaw Broniewski, al cual se
le propuso escribir la letra, se opuso rotundamente a esta idea.

Las discusiones que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las burlas a
unos principios morales y a un estilo demasiado rígidos. Marcelina Antonina
participaba de la vida social, durante un tiempo presidió la Asociación de Mujeres
Terratenientes, una institución terriblemente devota que se caracterizaba por una
incurable grandilocuencia de estilo.
Gombrowicz experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a
la tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas sesiones
para obtener material satírico. La nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía
la lucha esencial por la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez
en cuando se daba cuenta de lo anormal de su situación social.

Para él un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba como un señor,
relajadamente, con gran desenvoltura. Su madre también aceptaba su posición social
como algo completamente lógico, pertenecía a una generación que no había
experimentado lo que Hegel llama mala conciencia. Pero la generación joven empezó a
sentir el peso de este problema.
“De todos los ambientes, estilos y espíritus moribundos el que agonizaba con más
suntuosidad en Polonia era el estilo de los terratenientes, el espíritu de la nobleza. Fue
un espíritu imponente, formado por la tradición, pulido por la literatura, representante
de casi todas las facetas de lo polaco y que, en la víspera de su descalabro, aún
gobernaba en el país (...)”

“¡Qué espectáculo daban los hidalgüelos bonachones y afables, corpulentos y cerrados
de mollera, cuando todo empezó a fundírsele entre las manos y tuvieron que enfrentarse
con la modernidad armados nada más con un puñado de perogrulladas prestadas de
Sienkiewicz! Un exquisito bocado para un joven sádico... me dediqué enseguida a
practicar la provocación en diversas mansiones grandes y pequeñas de las regiones de
Sandomierz y Radom”
Con el material satírico que sacaba de las reuniones de la madre escuchando detrás de la
puerta más algunas otras ocurrencias, entre las que se encontraban las conversaciones
que mantenía con Wladyslaw Broniewski, Gombrowicz ajusta las cuentas con su
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familia y con su clase social provocando un verdadero descalabro en el final de
“Ferdydurke”.

La fraternización entre el señorito y el peón va descomponiendo poco a poco las formas
del señorío a pesar de los esfuerzos que hace el tío por encontrarle alguna analogía a esa
aparente perversión sexual con la conducta del príncipe Severino a quien también le
gustaba de vez en cuando. Después de que el peón rompe la bisagra mística con un
soberbio cachetazo que le da al señor en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo
asaltan la casa señorial mientras el protagonista intenta raptar a su prima de un modo
maduro y noble.
El deseo del señorito de entrar en contacto con un peón de la casa de campo de los tíos
de Kowalski empieza a descomponer el estilo de los terratenientes. El tono altanero y
aristocrático del tío tenía sus raíces en un fondo plebeyo, y era de la plebe de donde
obtenía sus jugos.

Vivían un sistema según el cual la mano del amo quedaba al nivel del rostro del criado,
y el pie del señor llegaba hasta el medio del cuerpo del campesino. Se trataba de un ley
eterna, un canon, un orden. Después de que Kowalski le da un sopapo en la cara al peón
y el peón le da otro al señorito a su pedido, se empiezan a producir acontecimientos
irregulares que provocan la confusión de los roles.
Kowalski descubre que el misterio del caserón campestre de la nobleza rural es la propia
servidumbre. El comportamiento de los tíos quería distinguirse justamente de la
servidumbre, estaba concebido contra la servidumbre para conservar el hábito señorial.
El orgulloso señorío racial del tío crecía directamente del subsuelo plebeyo. Sólo a
través de la servidumbre se puede comprender la médula misma de la nobleza rural.

El hecho perverso de que el sirvientito pegara con su mano en la cara del señorito, un
huesped de señores y un señor, tenía que provocar consecuencias también perversas.
“Oí todavía el chillar de Alfredo y el chillar del tío, parecía que los tomaban de algún
modo entre sí y empezaban con ellos lerda e indolentemente, pero ya no veía por la
oscuridad... Salté detrás de la cortina. ¡La tía! ¡La tía! Recordé a la tía. Corrí descalzo al
fumoir, atrapé a la tía que, sobre el canapé, trataba de no existir y ¡a tirarla, a empujarla
en el montón! para que se mezclara con el montón. –Niño, niño, ¿qué haces? –suplicaba
y pataleaba y me convidaba con bombones, pero yo justamente como niño tiro y tiro,
tiro al montón a la tía, ya la tienen, ya la agarran. ¡Ya la tía en el montón! ¡Ya en el
montón!”

WITOLD GOMBROWICZ Y EL MARQUÉS PHILIPPE DE FILIMOR

Hay un aspecto siempre presente en las apariciones de Gombrowicz, tanto se trate de su
vida como de su obra: el de niño diabólico. El diabolismo de Gombrowicz, como
también el de los niños, más que perverso es divertido. Se pone voluntariamente en una
posición inmadura y alegre para que su profundidad oscura y dramática sea francamente
digerible.
Las tesis y los problemas serios no le importaban demasiado, si bien se ocupaba de ellos
lo hacía como quien no quiere la cosa, porque en el fondo de su alma era irresponsable.
Los otros diablos que aparecen en Gombrowicz son más bien domésticos y sociables,
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aunque son diablos burlones y sarcásticos, tienen buenos modales y se los puede invitar
tranquilamente a tomar el té en casa.

Los pensamientos de Gombrowicz, como el vuelo de algunos pájaros, se dejan caer
desde la altura para atrapar algo parecido a la verdad, pero él siempre conserva intacto
un talento que había utilizado en su juventud para enredar a los profesores y más tarde,
ya mayor, para poner en apuros a los hombres de letras.
“(...) esa alegría que es en realidad nuestra única victoria sobre la existencia y la única
gloria del hombre ( ... ) Resulta muy sarcástico que nuestra insignia más alta, nuestro
más orgulloso estandarte, sean los pequeños pantalones de un niño (...) Soy como un
hombre y como un niño, perfectamente responsable, perfectamente irresponsable”
En algunas conferencias que daba aparecía claramente el aspecto inmaduro de
Gombrowicz.

Cuando una noche en la Fragata, después de un paseo por las grandes figuras de la
filosofía, sorprende al Dramaturro recitando Hamlet en polaco y aflautando la voz en los
parlamentos de Ofelia, o cuando en la casa de Flor de Quilombo, después de una lección
que les había dado sobre la inmadurez, recibe un ramo de cardos en carácter de
homenaje mientras el hermano menor de Mariano lo corría con una manguera,
Gombrowicz se pone los pantalones de un niño.
“El trabajo literario me parecía un poco ridículo, ser artista, ser poeta, ¡qué falta de
tacto! Y las iniciativas de un joven preparando sus primeras elucubraciones estaban, en
mi opinión, condenadas a una afectación incurable. Una cosa era cierta y yo me daba
cuenta: mis primeras tentativas literarias manifestaban una fuerte oposición... oposición
a todo... su tono era rebelde... (...)”

“Si entro en esa Cámara de los Lores, me decía, será como Byron, para sentarme en los
bancos de la oposición. Por el mismo tiempo me absorbió otra pasión: el tenis. Me
inscribí en el club deportivo Legia y quedé cautivado: el ambiente del club, las
rivalidades, la jerarquía que se establecía entre los jugadores, todo esto hizo que el tenis
fuera para mí algo infinitamente más sublime de lo que había sido en la época en la que
lo practicaba como amateur en diversas canchas campesinas. Empecé a jugar con pasión
e hice algunos progresos, aunque nunca llegué a ser un jugador destacado”
Gombrowicz se divertía jugando al tenis, escribiendo cuentos, no consideraba a sus
prácticas de pasante en los tribunales de Varsovia como un trabajo verdadero, se sentía
como un verdadero parásito.

Le confesó a una joven las tribulaciones en las que se encontraba por tener una vida
fácil, ella lo escuchó con atención y le respondió que era claro que tenía una vida fácil,
pero que para él su vida fácil era más difícil que lo que podía ser para otros su vida dura.
Se le estaba presentando la posibilidad de realizar una operación que tiene una gran
utilidad en el arte, la transformación de los propios defectos en valor.
Por el momento se dedicaba a elaborar cuentos fantásticos dejando para más adelante su
ajuste de cuentas con la vida, con la suya y con la de los demás. Filimor y Filifor
forrados de niño son dos relatos cortos que Gombrowicz incluye en “Ferdydurke”.
Escritos en 1934 son presentados en el libro con sendos prefacios en los que da una
explicación más o menos extensa de sus ideas sobre la forma utilizando un estilo
sarcástico para burlarse de la crítica.
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En el prefacio de Filimor construye artificialmente una tabla de sufrimientos para
encontrar el dolor fundamental, y aunque escrita en forma irónica y teatral ni uno solo
de esos dolores deja de ser humano. En otra tabla en la que identifica sus rebeliones
pone en entredicho a su propia psique, a la herencia y a toda la cultura.
“Filimor forrado de niño” es un ejemplo de la maestría que tiene Gombrowicz para
manejar el comportamiento de conjuntos a los que le va agregando elementos, hasta que
finalmente algo explota. Ya dijimos que en Gombrowicz conviven su clase social y una
conciencia penetrante que buscaba el estilo de los pensamientos fundamentales, la
independencia, la libertad y la sinceridad, en medio de los remolinos de sus
anormalidades.

Buscaba la realidad y sabía que la podía encontrar tanto en lo que es normal y sano
como en la enfermedad y en la demencia. A fines del siglo dieciocho un campesino,
nacido en París, tuvo un hijo, y aquel hijo tuvo un hijo, y ese hijo tuvo a su vez un hijo y
luego hubo otro hijo… y el último hijo, campeón mundial de tenis, estaba jugando un
mach en la cancha del Racing Club parisiense.
Un coronel de zuavos, sentado en la tribuna lateral, empezó a envidiar el juego
impecable de ambos campeones, y ansioso él también de exhibir sus habilidades, sacó
una pistola y disparó contra la pelota. La pelota reventó, y los contendientes, privados
imprevistamente de aquello que estaban golpeando, golpeaban con la raqueta en el
vacío.

Cuando cayeron en la cuenta de que sus movimientos era absurdos, se agarraron a
trompadas. Un trueno de aplausos estalló entre los espectadores. Aunque ésta no había
sido la intención del coronel, la bala que había disparado siguió su trayectoria y le dio
en el cuello a un industrial armador que estaba en la tribuna de enfrente. La esposa del
herido, viendo borbotear la sangre de la arteria atravesada, quiso echarse sobre el
coronel para quitarle el arma, pero como estaba inmovilizada por la muchedumbre le
dio un cachetazo al vecino de la derecha.
El abofeteado resultó ser epiléptico, y bajo la conmoción producida por el golpe, estalló
como un geiser en medio de convulsiones. La pobre mujer se encontró de pronto entre
un hombre que manaba sangre y otro que echaba espuma por la boca. El publicó atronó
el estadio con aplausos.

Un caballero que estaba sentado cerca de la desgraciada señora tuvo un acceso de
pánico y saltó sobre la cabeza de una dama acomodada en las gradas de abajo; la mujer
se irguió y brincó hacia la cancha arrastrándolo en su carrera. El vecino de la izquierda
del caballero, un jubilado humilde y soñador, hacía muchos años que soñaba con saltar
sobre las personas ubicadas más abajo.
Estimulado por el ejemplo de lo que estaba viendo, sin la menor tardanza saltó sobre
una dama que tenía abajo recién llegada de África. La joven en forma inocente se
imaginó que justamente ésa era una costumbre del país y sin pensarlo ni por un
momento también brincó tratando de imitar las maniobras de la otra dama y conservar la
naturalidad de los movimientos.

La parte más culta del público aplaudió para disimular el escándalo delante de los
representantes de los países extranjeros, mientras la parte menos culta de la
concurrencia tomó los aplausos como una señal de aprobación y empezó a cabalgar a
sus damas. Como los extranjeros no salían de su asombro las personas presentes más
distinguidas, también para disimular el escándalo, cabalgaron a sus damas.
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Un tal marqués de Filimor, disgustado y ofendido por los acontecimientos que se
estaban desarrollando en la cancha de tenis, de improviso se sintió gentleman, y desde el
medio de la cancha, pálido y decidido, preguntó si alguien, y quién precisamente, quería
ofender a la marquesa de Filimor. Arrojó a la cara de la muchedumbre un puñado de
tarjetas con la inscripción de “Philippe de Filimor”.

Un silencio mortal reinó en el estadio. De repente, no menos de treinta y seis caballeros
se acercaron a la marquesa montados sobre mujeres de pura raza para ofenderla y para
sentirse ellos mismos gentlemen. Pero la marquesa, a raíz del asusto, abortó y parió un
niño que empezó a berrear a los pies del marqués bajo los cascos de las mujeres
piafantes.
“El marqués, repentinamente, forrado de niño, dotado y complementado de niño,
mientras actuaba en forma particular y como un gentleman en sí, y adulto, se avergonzó
y se fue a su casa en tanto un trueno de aplausos se oía entre los espectadores”

WITOLD GOMBROWICZ Y LA SEÑORA KOWALSKA

“La presión sexual me llevaba hacia lo bajo, hacia las aventuras secretas y solitarias en
los barrios lejanos de Varsovia con mujeres de la peor especie. No, no se trataba de
putas, en esas aventuras desgraciadas yo buscaba justamente la salud, algo elemental, lo
que lo hacía más bajo aún, y, sin embargo, más auténtico (...) Mordería la mano del
psiquiatra que pretendiera destriparme privándome de mi vida interior; no se trata aquí
de que el hombre no tenga complejos, sino de que sepa transformar el complejo en un
valor cultural”
La popularidad de las indagaciones de Sartre sobre la mirada y de Freud sobre la
participación de la sexualidad en la conducta humana facilitaron la comprensión de la
obra de Gombrowicz un tanto hermética, a pesar de la desconfianza que le tenía a estos
ilustres pensadores.

“En la escalera de servicio” es una novela corta que Gombrowicz escribe en el año
1929. Es la historia de un acomodado funcionario, casado con una refinadísima señora
de clase alta, al que lo pierde su atracción por las criadas gordas, feas y embrutecidas.
“Hay algo aquí que quizás se remonte a la infancia, a la época en la que se le
despertaron sus primeros deseos, hacia su séptimo u octavo año (...) Seguramente vio
algo que le causó impacto, unas pantorrillas, o algo mejor, y que una y otra vez acudía a
su mente”
La inclinación de Gombrowicz por las pantorrillas, los muslos y las criadas aparece
frecuentemente en su obra. El apetito por las criadas que ilustra la narración de “En la
escalera de servicio” tiene unos orígenes igualmente remotos.

“Ese sentimiento perdura en mí desde la infancia, desde esos años en que, sin aliento,
con el corazón golpeándome en el pecho, contemplaba a nuestra criada. Cuando nos
servía en la mesa, cuando enceraba el parquet, cuando nos traía el desayuno (...) Yo
miraba ávidamente, tímidamente, bajo mis párpados entornados”
En este cuento Gombrowicz pone en funcionamiento una de sus partes oscuras que saca
a la superficie con mano maestra. A diferencia de otros funcionarios del Ministerio de
Asuntos Exteriores y de los secretarios de embajadas extranjeras que salían a las calles a
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hacer conquistas aquí y allá, según su gusto, fantasía y temperamento, Filip, el
protagonista de “En la escalera de servicio” sólo salía a conquistar a las criadas gordas,
comunes y corrientes que llevaban un pañuelo en la cabeza.

Al poco tiempo de su nombramiento como segundo secretario de la embajada en París
tuvo que renunciar al cargo debido a la nostalgia que sentía por las criadas polacas.
Abordaba a las criadas en la escalera de servicio y les preguntaba si conocían a la señora
Kowalska como una manera de presentarse. No se puede decir que fuera una conquista
concreta, en los últimos años había abordado más de mil quinientas criadas y jamás
había recibido ni siquiera un beso.
Las criadas, con la cesta en la mano, no tenían el sabor de las legumbres frescas sino
más bien el de la grasa de cerdo, no se las podía comparar con los complicados
bocadillos que ofrecía la ciudad. Filip se preguntaba cómo era posible que en cada uno
de los estratos sociales se podían encontrar señoritas llenas de poesía, mientras las
criadas eran las únicas que carecían de belleza y atractivo.

Con el tiempo descubrió que eran las amas de casa las que elegían a esos monstruos
deformes seguramente para evitar que algún miembro de la familia fuera tentado por
deseos poco honestos. Pero la timidez que Filip guardaba desde la niñez, sofocada por
el lujo y los éxitos, seguía prefiriendo a esos monstruos de la escalera de servicio que
pululaban alrededor de los mercados.
Sus colegas del Ministerio se burlaban tanto de Filip que por miedo al ridículo se casó
con una joven que era algo así como el antídoto de la criada. La mujer con la que
contrajo matrimonio tenía una silueta delgada y elegante, era el testimonio de su buen
gusto para elegir, lo que hizo que la pareja produjera por doquier una magnífica
impresión.

Contrataron a una graciosa camarera completamente diferente a las criadas habituales,
llevaba una cofia de encaje blanco y servía la mesa con mucha desenvoltura. La
personalidad de su mujer se fue imponiendo en la casa con pie firme pero delicado, cien
mil veces más distinguido que los pies hinchados, deformes y planos de las criadas. En
el fondo del alma la sospecha de que su mujer pudiera llegar a saber algo de lo que
habían sido sus gustos lo perseguía cruelmente.
Filip observaba con una hipócrita admiración el mundo hostil y helado de una mujer tan
refinada, su geografía blanca y tersa, esos detalles que para él eran tan vacuos y
desérticos como el mundo lunar, mientras que la Madre Tierra permanecía exilada quién
sabe dónde.

Pero, poco a poco, él también se fue volviendo europeo, lavado y reluciente, con estas
convenciones conquistó el corazón de su mujer y creció en el trabajo. Hasta la mujer
mejor pertrechada se abría como una ostra cuando se pronunciaban las palabras
precisas, las santificadas por la costumbre, y cuando se realizaban los gestos rituales. El
asunto con las criadas era más complicado, en todas partes había resistencia y
susceptibilidades.
Una tarde, después de perseguirla, y cuando finalmente la criada terminaba su ronda de
compras y entraba en el portón del edificio, Filip la alcanzó en la escalera de servicio y
le preguntó si conocía a la señora Kowalska. Cuando la criada se detuvo él le acarició la
mano y le dijo que le gustaba mucho.
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La criada se echó a reír y lo trató de sinvergüenza, se hizo la ofendida, y después de
manifestarle que no le gustaba conocer a la gente en la escalera, le preguntó con quién
se imaginaba que estaba hablando. La otras criadas del edificio se asomaron a la
escalera de servicio riendo y murmurando, mientras la que estaba con Filip se
desternillaba de la risa, de pronto, extendió las piernas y empezó a gritar: –¡Ji, ji, ji,
güri, güri, giu!
Las criadas que estaban colocadas en los pisos superiores empezaron a gritar también: –
¡Ji, ji, ji, güri, güri, giu! Filip desciendió por la escalera con la cabeza baja mientras a
sus espaldas se desencadena un infierno: –¡Habrase visto semejante cerdo! ¡Dale María,
tíralo por la escalera! ¡Rómpele la cresta! ¡Sinvergüenza! ¡Atacar de esa manera a una
señorita!

Debía ser el miedo que tenían de encontrase con sus amas el que las ponía en ese estado.
Aquello no era como con las manicuras y las coristas, tales eran sus recuerdos
prohibidos, los recuerdos del pasado. Hoy en día sabía, como también lo sabía entonces,
que nada hubiera podido ocurrir entre las criadas y él porque los separaba un abismo
naturalmente infranqueable.
Pero hoy, igual que ayer, se negaba a reconocer la existencia de ese abismo y su ira se
dirigía contra las amas de casa. Tal vez si no fuera por culpa de ellas que las paralizaban
con el miedo y con la vergüenza de descubrirlas en la escalera de servicio, las criadas se
hubieran comportado mejor con Filip. Pasaron los años, Filip empezó a envejecer, en
sus sienes aparecieron algunas canas.

En el Ministerio ocupaba el alto cargo de viceministro de Asuntos Exteriores y en
pulcritud y aseo había llegado a superar hasta a su propia mujer. Para Filip la pulcritud
se había convertido en audacia, en esplendor y en un modelo de vida. La mujer se
asombraba de que Filip se tomara tan a pecho esas cosas, y en cuanto a la suciedad del
mundo le decía que ella no la aborrecía, que simplemente la ignoraba. Pero esa
ignorancia no llegó muy lejos.
Una noche, seguramente en medio de una pesadilla, Filip se puso a gritar: –¿Vive aquí
la señora Kowalska?, y un poco después, ¡Ji, ji, güiri, güiri, güi!, y que quería
estrangular a ciertas lunas pálidas (las amas de casa) vacías y sofocantes. La mujer
empezó a tener tanto miedo de él como un ratón puede tenerlo de un gato.

Se le dio por quejarse de que jamás había tenido una noche de tranquilidad por culpa de
los ronquidos de su marido y de que tenía miedo que fuera a suceder una desgracia.
Estaba arrepentida de haberse casado con Filip, le recriminaba que desde que había
empezado a envejecer estaba cada vez peor, que quería que le explicara lo de las lunas
pálidas, y que si llegaba a ocurrir algo se acordara de que había sido una buena esposa y
que siempre le había demostrado afecto.
Filip no comprendía bien lo que le estaba pasando, era un hombre que envejecía, sin
pasiones, inofensivo, desgastado por la vida familiar y la oficina. Pero del episodio de
las lunas nacieron unos cuantos lances que se tiró con la camarera, la mujer lo advirtió y
la despidió inmediatamente.

La camarera que la reemplazó también tuvo que ser despedida porque a Filip se le había
despertado el apetito. Terminó por decirle a su mujer que era más fuerte que él, que
estaba envejeciendo y que antes de retirarse quería darse un gusto, que las graciosas
camareras eran el bocado preferido de los embajadores, que se las consumía en las
mejores mesas.
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Finalmente la mujer contrató a uno de esos monstruos de chal en la cabeza que, según le
parecía a ella, no podía atraer la atención de nadie con sus dedos gordos repugnantes, la
piel arrugada y ennegrecida del antebrazo y su tufo de grasa y cebolla. El corazón de
Filip palpitaba emocionado, volvía a ser tímido otra vez, amedrentado, como lo había
sido en otra época en las escaleras de servicio.

Pensaba que los temores de su mujer eran absurdos, que él era un hombre que se estaba
apagando y que sólo quería, antes de extinguirse, saborear un poco el aire del pasado.
En la mujer crecía el deseo de estrangular a esa fuerza erguida ante ella que anunciaba
el desencadenamiento de una lucha cruel que se remontaba a la prehistoria. La señora
empezó a amenazar a la criada.
Si no controlaba sus ruidos intestinales, si no se bañaba por lo menos una vez por
semana con estropajo y jabón, la iba a despedir inmediatamente. La criada la engañaba
y no le hacía caso, y esa desobediencia iba transformando a la esposa de Filip en una de
esas amas de casa agrias y despiadadas. Filip había caído en una especie de estado
cataléptico.

Una mañana escribió con un dedo en un cristal, sin pensar en lo que hacía: “¡Vergüenza
a quien abandona su propia suciedad por la pulcritud de los demás! ¡La suciedad
siempre es nuestra; la pulcritud es de los demás! Una tarde se dirige a la criada para
decirle que la señora estaba en contra de las criadas, de ella y de todas las del edificio,
porque son vulgares y escandalosas, porque transmiten enfermedades y porque roban
con la complicidad de sus novios.
Ese mismo día la mujer le pidió que despidiera a la criada, que se había vuelto
arrogante, que se pasaba el día entero en la escalera de servicio con las otras criadas, y
que en el patio murmuraba con los porteros. La señora se ponía cada día más nerviosa y
le rogaba a Filip que la despidiera a fin de mes, estaba tan alterada que le propuso
retomar a la primera camarera.

Que no la aguantaba más, que se burlaba de ella, que a sus espaldas le hacía muecas, le
sacaba la lengua y gesticulaba en forma soez. También se burlaban las otras criadas del
edificio, estaba segura de que se iba a enfermar. Filip se le quejó a la criada y al
propietario del edificio, pero al día siguiente alguien le arrojó una cebolla marchita por
una ventana.
Una de las criadas de la escalera de servicio se atrevió a reírse abiertamente de la
señora, en la puerta se veían dibujos repugnantes en los que Filip y su mujer aparecían
en posiciones obscenas; comenzaron a ser víctimas de todo tipo de bromas pero no
podían pescar a nadie con las manos en la masa. La mujer empezó a gritar que había que
llamar a la policía, que había que despedir a las criadas, a la portera y a sus hijos.

Pero esos gritos no hacían otra cosa más que aumentar la arrogancia de las criadas y
despertar un odio tremendo. La señora estaba perdiendo la razón, se le fue el color, se
volvió gris y apagada y se acurrucó silenciosamente a un rincón. Filip permanecía en su
sillón y pensaba que si su mujer odiaba a la criada, era normal que la criada la odiara
también a ella.
A veces escuchaba que la criada le decía a su mujer que si ella le contara todas las
rarezas que había visto en esa casa se le helaría la sangre en las venas. Un día la señora
se quitó un anillo y lo puso en la mesa del comedor. Filip lo tomó y, mecánicamente, se
lo guardó en el bolsillo. Poco tiempo después, sin recordar este episodio, le preguntó
dónde tenía el anillo, la mujer pensó que se lo había robado la criada.
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“!Ladrona! La criada le respondió con los brazos en jarras; ¡Ladrona serás tú!; –¡Cierra
el pico!; –¡El pico lo cerrarás tú!; –¡Fuera, fuera de aquí, inmediatamente!; –¡Fuera de
aquí! ¡Vaya escena! En todas las ventanas aparecieron caras de criadas, de todas partes
llegaban gritos, insultos e improperios, una terrible carcajada resonó fuertemente, y he
aquí lo que vi: la criada asió a mi mujer por los cabellos y comenzó a tirar, a tirar, y a
través de una especie de niebla me llegó la voz implorante de mi mujer: –¡Filip!”

WITOLD GOMBROWICZ Y PAUL CLAUDEL

“La correspondencia de Gide con Claudel: ¡menudo espectáculo! ¡Qué ridículo se ha
vuelto todo esto en los últimos años! Lo que hace reír no es el diálogo de un creyente
con un no creyente, sino el disfraz..., este disfraz de mondalité perfectamente francesa, y
el hecho de que todo esté tan literalmente pulido. La „Maja desnuda‟ y „La Maja
vestida‟, y Dios entre Monsieur Gide y Monsieur Claudel. ¡Cuánta ingenuidad en este
refinamiento! ¡Quelle délicatesse des sentiments! El verdadero autor de esta
correspondencia es el servicio doméstico, porque se trata de una delicadeza mimada y
acariciada por gente inferior, de un diálogo altisonante que tiene sus raíces en el
populacho, aunque ya no se acuerde de ello y reine en todas partes como si viviera por
su propia cuenta. De nuevo, pues, resulta inevitable referirnos a aquella verdad inferior
que constituye la base de la verdad superior”

Paul Claudel es un representante del catolicismo francés en la literatura moderna. Toda
su obra, en la que hace alarde por extraña paradoja de simbolismo y de realismo, de
complejidad y de sencillez, de polifacetismo y de profundidad, aparece informada por
una honda inquietud religiosa en la que supo conciliar la ortodoxia clásica con el
modernismo.
Durante la mayor parte de su vida formó parte del cuerpo diplomático francés, pero se le
conoce fundamentalmente como uno de los hombres de letras del siglo XX más
famosos y prolíficos. Los volúmenes de poesía, teatro, prosas religiosas, libros de viajes
y crítica literaria de Claudel expresan su ardiente fe en la Iglesia católica. Utilizó con
frecuencia temas que relacionaban los conflictos espirituales y la salvación del alma.

“La ira que me acomete cuando pienso en artistas como Gide o como Claudel, ¿no
estará relacionada con el hecho de que ellos, a pesar de todo, eran capaces de leerle a
alguien un texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? También
pienso que un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia social del artista
me hubiera sido más conveniente que esta certeza mía de ser socialmente un cero, un
marginal (...)”
“Además yo..., con mi vida... Si se suprimiera del „Diario‟ de Gide toda la parafernalia
de nombres ilustres, imagino que perdería buena parte de sus clientes. Yo me veía en el
café Rex con Eisler, a quien conseguía sacar algunas monedas ganándole al ajedrez. Mi
vida secreta no poseía la fuerza ni el color que nutren las memorias de los vagabundos
auténticos”

Paul Claudel y André Gide son completamente opuestos como creadores y también
como personas. Quizá sea eso lo que los atrae en un principio y los empuja a iniciar un
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intercambio epistolar bastante regular sin apenas haberse visto, en el que tratan sobre
todo temas literarios y morales.
Fueron éstos últimos los que provocaron la crisis, el enfado sin reconciliación y hasta el
desprecio, según lo que se desprende de algunas cartas de Claudel a amigos comunes en
las que habla del “caso Gide”. Paul Claudel fue, ante todo, un poeta católico. Su obra no
se comprende sin la doctrina cristiana más férrea, y suele reflejar la satisfacción
constante que le produce la seguridad de poseer la verdad, de haberla atrapado y
disfrutar de ella sin reparos ni pudor.

Cuando Claudel considera que su relación con André Gide ya ha obtenido un nivel
aceptable de confianza, ataca sin tregua y empieza a pedirle su conversión al
catolicismo. Claudel estaba convencido de que una de sus misiones principales en la
vida consistía en arrojar la luz del catolicismo sobre las pobres almas que dudaban, que
tenían miedo y sufrían porque no acababan de estar seguros de que el Dios cristiano
fuera la verdad absoluta, ni siquiera una verdad aceptable.
Gide era todo lo contrario: inseguro, heterodoxo, variable... su lucidez extrema y su
incomodidad frente al mundo le provocan hondas crisis que supera mediante la
escritura, la música, los amigos, los viajes, y finalmente la confesión de su
homosexualidad.

La página de “Las Cuevas del Vaticano”, donde el narrador describe la perversa
atracción que le produce un candoroso chiquillo, es el desencadenante del escándalo
general y la indignación de Claudel, que después de exigir el arrepentimiento de Gide y
al ver que éste no hace sino reafirmarse en su postura, corta en seco la relación con el
poseedor de ese defecto abominable.
La iglesia de Claudel y los defectos abominables de Gide eran extremos entre los que
Gombrowicz se movía con aparente comodidad, echando mano a un ardid al que había
recurrido desde su temprana juventud: la representación de los sentimientos.
“Gide ha dicho muy bien que un sentimiento que se representa y un sentimiento que se
vive son dos cosas casi indiscernibles (...)”

“Decidir que amo a mi madre quedándome junto a ella o representar una comedia que
hará que permanezca con mi madre, es casi la misma cosa. Dicho de otro modo, el
sentimiento se construye con actos que se realizan; no puedo pues consultarlo para
guiarme por él. Lo cual quiere decir que no puedo ni buscar en mí el estado auténtico
que me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos que me permitirían
actuar”
Gombrowicz podría haber puesto su firma debajo de estas palabras de Sartre, la idea de
que la representación de los sentimientos es el centro de gravedad alrededor del cual
giran sus propias ideas. Gide le dio entonces a Gombrowicz más que un modelo para
escribir los diarios, él también creía que los sentimientos empiezan a existir cuando se
representan.

Pero en el caso de la correspondencia de Gide con Claudel el punto central para
Gombrowicz no es la iglesia ni los defectos abominables ni la representación de los
sentimientos, el punto central es el disfraz. El disfraz, es decir, la máscara, es decir, la
facha, es el archienemigo de Gombrowicz.
Este contrincante impiadoso, cuyo representante más conspicuo es París, suele ser
atacado por Gombrowicz oponiéndole la desnudez. Los parisinos son enemigos de la
desnudez, en cambio parecen contentos disfrutando de su fealdad. Su sensibilidad, en
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vez de desahogarse en la desnudez, se ha posado en los afeites; la belleza de París está
puesta en las estatuas y parece que los parisinos han renunciado con alegría a la belleza
joven y desnuda.

La belleza que se adquiera en la madurez es incompleta, mancillada por la falta de
juventud, por eso la belleza joven es una belleza desnuda, la única que no necesita
avergonzarse. La desnudez es una idea que gira alrededor de la cabeza del hombre
desde hace muchos siglos. Acteón era un cazador que sorprendió a la hermosa Diana
bañándose desnuda.
Se quedó mirándola fascinado por su belleza, la diosa se irritó, lo convirtió en ciervo y
Acteón fue devorado por sus propios perros. En “El ser y la nada”, Sartre, al que no le
alcanzaban los complejos de Edipo y de inferioridad, se inventó otros dos: el de Acteón
y el de Jonás. El de Acteón está relacionado con la mirada curiosa y lasciva de la
desnudez humana cuya sublimación es el origen de toda búsqueda.

Para Sartre, la esencia de las relaciones humanas, incluido el amor, es una tentativa de
posesionarse de la libertad del otro, de esclavizarlo. Pero esta actividad de apropiación
del hombre no está relacionada solamente con las personas sino también con las cosas.
El conocimiento, en el sentido de descubrimiento de la verdad, es un cazador que
sorprende una desnudez blanca y virgen, para robarla, apropiarse de ella y violarla con
la mirada.
El conocimiento o descubrimiento de la verdad es un modo de apropiación, es algo
análogo a la posesión carnal, que nos ofrece la seductora imagen de un cuerpo desnudo
que es perpetuamente poseído y perpetuamente nuevo, y en el cual la posesión no deja
rastro alguno.

Casi veinte años después de la aparición de “Aurora”, de la que lamentablemente se
editó un solo número, Gombrowicz confronta otra vez, ahora en los diarios, al
refinamiento de las máscaras humanas con la desnudez. El relato que hace en los diarios
sobre el día en que se bajó los pantalones en un restaurante de París no parece cierto –no
era capaz de ponerse un traje de baño cuando iba a la playa– pero las consecuencias que
saca no están del todo mal.
Estaba almorzando en un local muy distinguido a orillas del Sena conversando
animadamente con gente del ambiente literario: –¡Quién es ese escritor; –Es un escritor
eminente; –Sí, eminente, pero ¿quién es?; –Viene del surrealismo y se pasó al
objetivismo.

Gombrowicz empieza a manifestar una cierta intranquilidad: –Muy bien, objetivismo,
pero ¿quién es?; –Pertenece al grupo Melpomène; –No tengo nada en contra de
Melpomène, pero ¿quién es?; –Una combinación de géneros: el argot con una
metafísica de elementos fantásticos; –Sí, la combinación me parece bien, pero ¿quién
es?; –Cuatro años atrás le concedieron el Prix St. Eustache..., y tú cómo te consideras; –
Yo no soy escritor, ni miembro de nada, ni metafísico ni ensayista, soy yo mismo, libre,
independiente, vivo...; –Ah, sí, eres existencialista.
Los contertulios estaban turbados con la mirada ingenua de Gombrowicz que les
traspasaba la ropa, y es aquí cuando decide hacer el experimento crucial: se empieza a
bajar los pantalones.

“(...) cundió el pánico, salieron rajando por puertas y ventanas. Me quedé solo. El
restaurante estaba desierto, hasta los cocineros habían huido... Sólo entonces me di
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cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que pasaba..., y me quedé así, hecho un tonto,
con una pernera puesta y la otra en la mano”
Los franceses caen en éxtasis si se le cita un poema de Cocteau o se les muestra un
Cézanne, lo asocian con la belleza y, entonces, segregan saliva, es decir, se ponen a
aplaudir. Los parisinos se ocupan de su espíritu como los campesinos de las vacas, a las
que sólo hay que limpiar, ordeñar e ir luego a vender la leche.
“París es un palacio, pero los parisinos me dan la sensación de ser sólo el servicio
palaciego. En París, la ciudad de los perros que segregan saliva al son de la trompeta,
tuve aventuras equívocas y perversas”

Después de una comida sabrosa y de buen vino en la cabeza, Gombrowicz vio el portal
entornado de un palacio magnífico. Cuando se estaba paseando por sus salas llenas de
esculturas, plafones, escudos y dorados, se le presentó una persona menuda de aspecto
modesto. Supuso que era el mayordomo y le pidió que le mostrara las salas, lo que el
hombre hizo muy amablemente.
Al marcharse Gombrowicz se llevó la mano al bolsillo: –Oh, no, soy el príncipe, aquí
mi mujer la princesa, y mi hijo el marqués, y el conde, y el vizconde. Pensaba cómo
huir de este mundo artificioso mirando las estatuas de París, y de pronto vio al Acteón
de mármol que huía de sus propios perros después de haber visto a Diana desnuda.

“¡Qué horror! El pecado mortal de ese joven temerario, huyendo y a punto de ser
devorado, no se movía en absoluto... Y seguirá siempre así, por toda la eternidad, como
un arroyo fijado por el hielo. Y frente al pecado inmovilizado por la muerte, oí el
aullido de Pavlov alejándose hasta los límites de París...¡Y los aullidos sordos de Pavlov
siguieron oyéndose en la noche inmóvil!”
La desnudez es una idea que rondaba en la cabeza de Gombrowicz, una idea que se le
aliaba la más de las veces con la juventud para librar su constante batalla con la forma.
Gombrowicz presenta por primera vez la idea de la desnudez en “Aurora”. Con la
aparición de “Ferdydurke” Gombrowicz decide publicar una revista a la que llamó
“Aurora”.

Aurora formaba parte de aquellas palabras e ideas, como Poesía Pura y Perfección, que
Gombrowicz detestaba. La revista era un panfleto escrito en plan humorístico, una farsa
estudiantil, teatral y vulgar. En esta revista Gombrowicz hace una publicidad canina
distribuida armoniosamente a lo largo de todo el texto, y sigue ejercitándose en su
aspiración central: la destrucción de la forma en todas sus formas.
Para destruir la forma de la palabra Gombrowicz recurre a un relato en el que un escritor
escrupuloso va ajustándose estrictamente a los cánones de las palabras y termina
transformando el lenguaje de los protagonistas, una señora y su mucamo, en un griterío
de gallinas. La majestad rotunda del cuerpo vestido era un gran enemigo de
Gombrowicz.

Las partes del cuerpo que aparecen en “Ferdydurke”, entre las que reina el culo, deben
ser desacreditadas, y no hay recurso al que no eche mano en esta novela para conseguir
este propósito. En “Aurora” se vale de un pequeño número teatral para mostrar qué
cosas ocurren cuando la majestad de un cuerpo vestido decide desnudarse. La acción se
desarrolla en un banquete muy distinguido entre dos personajes: el Orador y el Público.

El Orador: L‟eternel sourire dans lequel la grace et l‟ingence... (y se quita la corbata).
El Público: algo extrañado.
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El Orador: La clarte de la pensee et l‟insuperable exprit de la mesure... (y se quita los
zapatos).
El Público: más extrañado.
El Orador: L‟elegance exquise et le charme... (y se quita el saco)
El Público: muy extrañado.
El Orador: La distinction, le tact et la finesse unies au bon gout... (y se quita los
pantalones).
El Público: se levanta.
El Orador: La cravate, le veston, les bottines et les pantalons... (y se quita todo lo
demás). Telón.

WITOLD GOMBROWICZ Y EL NEGRO

Cuando Gombrowicz publica “Memorias del tiempo de la inmadurez” por primera vez
le parece que se había excedido en originalidad, entonces escribe un prefacio para la
primera edición que no aparece en las siguientes.
“(...) En lo tocante al elemento sexual, en particular, su preponderancia resultó del
espíritu de la época que, desgraciadamente, pone cada vez con más frecuencia el énfasis
en la relación de la esfera erótica con la del espíritu; la preponderancia de la crueldad y
de la repulsión resulta, a mi entender, del hecho de que su papel en la vida sobrepasa a
nuestra imaginación más audaz (...)”
Al entregarle un ejemplar de “Memorias del tiempo de la inmadurez” a su respetable
familia se sintió raro.

Marcelina Antonina se lo agradeció cortésmente mientras los hermanos lo recibieron
con una reserva que no auguraba nada bueno: –Ah, sabes, acabo de terminar tu libro.
Tal vez sea un poco demasiado moderno, pero es interesante... me ha gustado, ya
veremos qué dice la crítica. De todos modos, ¡te felicito! Tanto su madre como sus
hermanos decidieron ser benignos con Gombrowicz.
“Supongo que si hubiera entrado a formar parte de un ballet y me hubiera puesto a saltar
medio desnudo delante del público, mi familia no se hubiera sentido más incómoda. Era
una familia respetable que no sabía a causa de qué pecados tenía que sufrir semejante
vergüenza (...) Debo precisar aquí, según mis juicios de aquella época, que lo que se
llama falta de tacto era, en el arte, un factor altamente original y creativo (...)”

“Consideraba que un artista que temía cometer una incorrección, producir un disgusto,
no valía gran cosa, y que no debían someterse a las formas mundanas quienes creaban la
forma. Así pues, me daba perfecta cuenta de que lo que escribía era inconveniente y que
por esta razón lo había escrito”
Gombrowicz escribió “Aventuras” en el año 1930, es una novela corta que remata con
un pasaje que nos contaba reiteradamente en el café Rex, especialmente para
intranquilizar al Alemán. En aquel tiempo comenzaba a frecuentar los cafés literarios y
seguía escribiendo novelas cortas. Decide permanecer en Radom pero choca con la
hostilidad de los abogados locales que en su gran mayoría pertenecían al Partido
Nacional, una agrupación política de derecha.
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Los integrantes del Partido Nacional se escandalizaban por sus relaciones con centros de
izquierda y, particularmente, por las que tenía con Wiadomosci Literackie. Desde ese
momento renunció a la continuación de su carrera jurídica.
“Era una época en la que estaba en mala disposición con el arte. Me saturaba de
Schopenhaher y de su antinomia entre la vida y la contemplación, y de Mann en cuya
obra ese contraste tiene un aspecto más doloroso. El arte era para mí el fruto de la
enfermedad, la debilidad, la decadencia; los artistas, por así decirlo, no me gustaban,
personalmente yo prefería al mundo y a la gente de acción. Estas fobias, a mi edad, eran
apasionadas, yo tenía entonces veinticinco años, que es cuando todavía no se ha
renunciado a la belleza (...)”

“El mundo artístico me atraía por su libertad y su resplandor, pero me repudiaba física
y moralmente”
En “Aventuras” hay sólo dos personajes: el protagonista y el Negro. Es un relato
fantástico sobre la naturaleza y la forma del encierro y del miedo, pero lo es más bien
como un acontecimiento exterior, como unas aventuras cuyas variaciones son
mecánicas y automáticas, y ajenas a los fenómenos psíquicos y a las concepciones
morales.
En el mes de septiembre de 1930 cuando el protagonista navegaba rumbo a El Cairo se
cayó en las aguas del Mediterráneo. Los tripulantes advirtieron su caída pero el barco ya
se había alejado un kilómetro, el capitán se puso muy nervioso y ordenó un regreso a
toda marcha, tanta que cuando el gigante llegó donde estaba el protagonista no se pudo
detener.

El navío volvió a dar la vuelta pero otra vez lo volvió a pasar como un tren a toda
velocidad, esta maniobra se repitió diez veces hasta que un yate privado se acercó y lo
recogió, mientras el otro barco retomaba tranquilamente su ruta. Por casualidad
descubrió que el capitán del yate tenía el rostro y los pies blancos pero era negro. El
capitán se puso furioso cuando lo descubrió, lo hizo atar, lo encerró en un camarote y
empezó a alimentar un odio ilimitado.
Era la única persona en el mundo que había descubierto su secreto: era un negro blanco.
Durante los ocho meses siguientes navegó sin parar y se deleitó con el poder absoluto
que le proporcionaba el tenerlo encerrado en un camarote oscuro. Un día, finalmente, lo
condujo al puente del yate y el protagonista se preparó para morir.

Fue colocado en el interior de un recipiente de cristal en forma de huevo, podía mover
los brazos y las piernas pero no cambiar de posición. El Negro le enseñó el mapa del
océano Atlántico y le señaló la ubicación del yate, estaban en el centro del mar, entre
España y México. En esa zona marítima las corrientes eran circulares, si algo caía al
agua, al cabo de un tiempo, después de un viaje de circunvalación, volvería a pasar por
el mismo lugar.
Lo equiparon con tres mil comprimidos de caldo que le alcanzaban para vivir diez años,
con un pequeño instrumento para destilar agua, y lo tiraron al océano. Como las paredes
del huevo eran de cristal observaba todo lo que pasaba en el exterior. Bajo la superficie
del mar había una calma verdosa, pero arriba el mar estaba muy agitado, finalmente
estalló una tormenta y se levantaron olas gigantescas.

El Negro lo siguió un par de semanas, después se aburrió y tomó otro rumbo. El
protagonista tenía ganas de aullar pero se puso a cantar ya que el desencadenamiento de
los elementos marítimos lo predisponía al canto. Un barco francés lo atropello, rompió
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el cristal del huevo y lo rescató, habían pasado unos años desde que el Negro lo tirara al
océano. Cuando desembarcó en Valparaíso se escondió, estaba convencido de que el
Negro lo había seguido, había disfrutado mucho de él y no iba a renunciar a ese placer.
El protagonista atravesó el mundo huyendo, finalmente le pareció que el lugar más
seguro era Islandia, pero ya en el puerto apareció el Negro, lo atrapó y lo condujo al
yate. Después de largos meses de prisión sofocante pudo respirar nuevamente el fresco
del aire marítimo en el puente de popa.

Vio una enorme bola de acero cuya forma recordaba a la de un obús, abrieron una
portezuela lateral del artefacto y lo arrojaron a su interior donde había un pequeño
saloncito. Se encontraban en el Pacífico, en el punto del abismo oceánico más profundo
del mundo. El Negro tenía curiosidad por saber qué existiría en el fondo del mar al que
vería con su imaginación adivinando lo que estaría mirando el protagonista moribundo.
El peso de la bola de acero había sido mal calculado y cuando la tiraron al agua no se
hundió, entonces el Negro ordenó que le engancharan un ancla pesada, el protagonista
fue arrojado al mar y comenzó a descender. Al final de un viaje de dos horas sintió una
ligera sacudida, había tocado fondo. Pasó el tiempo y no pudiendo resistir más,
comenzó a dar golpes en todas las direcciones.

Aquella locura estéril provocó seguramente algún movimiento en el exterior, y la
cadena arruinada por la herrumbre se rompió, el hecho es que la bola empezó a ascender
aumentando a cada minuto su velocidad saliendo disparada como un proyectil a un
kilómetro de altura sobre la superficie del mar. El obús fue abierto por la tripulación de
un barco mercante, el Negro había desaparecido.
Hicieron escala en el puerto de Pernambuco desde donde el protagonista partió para
Polonia. En ese mismo período un gigantesco bólido había caído sobre el mar Caspio y
las aguas se evaporaron en un instante. Las nubes que se formaron cubrieron la tierra
amenazando con producir un segundo diluvio universal. Finalmente alguien tuvo la idea
de perforar una nube que se encontraba encima del lecho del mar Caspio en la parte más
ventruda y la nube empezó a desaguar.

Cuando se vació por completo otras nubes ocuparon su lugar y, mecánicamente, en
forma automática entregaron el agua y reconstituyeron el mar. En su casa de campo de
Polonia, descansaba y se entretenía para pasar el tiempo. El Negro había desaparecido,
el otoño se acercaba. Por mera diversión empezó a construir un globo aerostático tipo
Montgolfier.
Una mañana, después que lo tuvo terminado, encendió la llama de la lámpara y empezó
a ascender. Voló sobre el bosque y sobre el río, desde abajo la población lanzaba gritos
jubilosos, cuando llegó a una altura de cincuenta metros apagó la mecha y empezó a
descender. Aterrizó en un patio en el que lo recibieron con risas y bravos.
Interrumpieron la merienda y lo invitaron a tomar café, queso y pastelillos.

El protagonista les propuso que uno de ellos podía subir a la cesta y volvió a encender la
llama. La pasajera que subió le proporcionaba una alegría íntima mucho mayor que el
globo mismo. Por primera vez en la vida sentía que estaba perdiendo el juicio mientras
ella lo escuchaba con atención.
A pesar de que es bien sabido que las mujeres aman lo novelesco, no se atrevió a
contarle nada de sus aventuras con el Negro... Llegó el día del cambio de anillos...
Luego empezó a acercarse también el día de la boda. Pero una semana antes de la fecha
del casamiento, cuando el protagonista se sentía penetrado por el secreto y el escalofrío
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jubiloso del tiempo prenupcial, se le ocurrió hacer un paseo en globo durante un día de
tormenta.

La tormenta fue tan grande que lo arrastró con fuerza diabólica, y después de varias
horas, al levantarse el telón del alba, vio que debajo de él se agitaban las olas del Mar
Amarillo. Se despidió por dentro de los abedules y de los ojos de su amada y se abrió
dócilmente a las pagodas contrahechas, a los bonzos y a las divinidades extrañas.
Cuando descendió de la cesta se le acercó gritando un chino leproso.
Tocó con sus manos la piel pustulosa y lo condujo hacia unas cabañas miserables que se
veían a lo lejos. Todos los habitantes de la aldea eran leprosos, pero a pesar de su
condición aquellas personas no tenían nada que ver ni con la modestia ni con la
humildad. El protagonista se alejó al instante de aquel pueblo pero la chusma lo seguía a
cierta distancia.

Los amenazó con los puños en alto y desaparecieron, pero un momento después lo
volvieron a seguir. La isla donde había caído ocupaba poco más de unos quince
kilómetros cuadrados, estaba desierta y buena parte de ella era boscosa. El protagonista
caminaba acelerando el paso pues sentía detrás de él la presencia de aquellos monstruos
anhelantes. No sabiendo bien que hacer se internó en la espesura de la selva pero ellos
le pisaban los talones.
No podía comprender qué es lo que quería esa chusma roñosa, tenía la misma sensación
que se apodera de las mujeres cuando los vagabundos maleducados las importunan en la
calle, primero persiguiéndolas y después permitiéndose bromas de mal gusto y palabras
soeces, hasta que las pobres se veían obligadas a huir con la cabeza baja.

Si bien ignoraba la causa de la excitación de esos leprosos, eran evidentes sus
demostraciones de obscenidad, de impudicia y de lascivia, tanto en los monstruos
machos con su dura brutalidad, como en las monstruosas hembras con su diversión
maliciosa que no podía significar otra cosa que inocencia o inmadurez. El protagonista
hubiese aceptado la lepra, pero la lepra y el erotismo a la vez, no los podía aceptar.
Estaba enloquecido y empezó a huir, se escondió en la fronda de un árbol con un garrote
en la mano dispuesto a romperle la cabeza al primero que se acercara. Durante dos
meses llevó en la isla una vida de mono escondiéndose en la cima de los árboles.
Finalmente, por azar, descubrió unas cuantas botellas de petróleo provenientes,
posiblemente, de algún naufragio.

Logró inflar nuevamente el globo y levantar vuelo. Se preguntaba qué podía hacer
cuando volviera a ver los abedules y los ojos de la mujer amada. No, no le era posible
volver, tenía que abandonar todo aquello que ya lo había abandonado a él.
“Por otra parte nuevas aventuras reclamaron muy pronto mi atención. Recuerdo que en
1918 fui yo, yo solo, quien rompió el frente alemán. Como es de todos sabido, las
trincheras llegaban hasta el mar. Se trataba de un verdadero sistema de canales
profundos que tenían una longitud de hasta quinientos kilómetros. Sólo a mí se me
ocurrió la sencilla idea de inundar los canales. Una noche trabajé a escondidas, cavé un
foso que comunicó los canales con el mar. Al penetrar ininterrumpidamente, el agua
inundó las trincheras y corrió por toda la línea del frente. Con gran estupor los aliados
vieron a los alemanes, empapados hasta los huesos, saltar fuera de las fosas
enloquecidos de pánico, cuando despuntaban las primeras luces de un amanecer
brumoso”
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WITOLD GOMBROWICZ Y KAROL SWIECZEWSKI

“Ayer, en el Club Polaco. Acerté a llegar al final de la trituración de mi alma y de mis
obras. La ponencia a mi favor la realizó Karol Swieczewski, mientras que la señora
Jezierska pronunció un discurso en contra... Luego se desató la discusión al final de la
cual aparecí yo. ¿Cómo hubiera sido mi creación si desde el primer momento la
hubiesen ceñido los laureles, si hoy en día, después de tantos años, no tuviera que
dedicarme a ella como a algo prohibido, vergonzante e inconveniente? Y, sin embargo,
cuando entré en la sala, la mayoría de los allí presentes me saludaban con cordialidad y
tuve la sensación de que el ambiente había cambiado mucho desde el tiempo en que los
fragmentos de “Transatlántico” habían aparecido en “Kultura”. Lo cual, según creo, se
debe principalmente a la existencia de este diario (...)”

“Asimismo fui informado de que la mayoría de los participantes en la discusión se había
pronunciado a mi favor. Inmerso en la multitud ondulante, me sentía un poco como los
marineros de Odiseo: ¡cuántas sirenas tentadoras en esas caras amistosas, que se
agolpaban a mi alrededor y me salían al encuentro! Tal vez no sería difícil echársele al
cuello y decir: soy vuestro y siempre lo he sido. Pero ¡cuidado! ¡No te dejes comprar
con la simpatía! No permitas que te derritan unos sentimentalismos insulsos y una dulce
alianza con la masa, en la que tanta literatura polaca se ha ahogado. ¡Sé siempre
extraño! Sé desganado, desconfiado, lúcido, agudo y exótico. ¡Resiste, muchacho! ¡No
te dejes domesticar por los tuyos, no te dejes asimilar! Tu lugar no está entre ellos, sino
fuera de ellos, eres como la comba de los niños, que hay que echarla hacia delante para
poder saltar por encima de ella”

La familia Swieczewski tenía una casa en San Isidro que Gombrowicz visitaba a
menudo. Hacía paseos con Karol Swieczewski, era un buen amigo al que le tenía
aprecio y confianza al punto de hacerle ciertas confesiones.
“No me aburro, porque paso seis horas diarias, aproximadamente, escribiendo y
estudiando ciertas cuestiones de tipo intelectual. Estoy luchando duramente con mi
obra, como un animal salvaje, a veces, ¡Santo cielo!, me gustaría mandarlo todo al
diablo, ¡para qué, oh Dios, esta tarea superior a mis fuerzas!, no estoy hecho en absoluto
para esto y, además, hay que tener una paciencia sobrehumana”
Gombrowicz pensaba que los hombres de letras tienen una vida artificial, están
obligados a sacar apuntes de lo que les ocurre, a estimular la imaginación con
ocurrencias que no siempre tienen un final feliz, a estudiar ciertas cuestiones de tipo
intelectual que en algunas ocasiones no conducen a nada.

Los años 1955 y 1956 fueron años turbulentos, los conflictos civiles entre los peronistas
y los antiperonistas se transforman en conflictos bélicos, aunque restringidos y muy
localizados. Se produjeron enfrentamiento entre las fuerzas armadas, la marina de
guerra amenazó con bombardear el puerto de Buenos Aires, con más exactitud, las
refinerías de petróleo, las refinerías no la ciudad.
Gombrowicz se siente muy cerca de las refinerías por su tendencia a convertir en
inminente lo remoto y se escapa, aproxima su casa de Venezuela 615 a las refinerías y
el miedo que le sobreviene lo obliga a hacer una mudanza preventiva, se muda a San
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Isidro, se muda a la casa de Karol Swieczewski, a muchos kilómetros del puerto de
Buenos Aires.

“(...) Escríbeme, mis lazos con la Argentina se aflojan y no se puede remediar, cada vez
menos cartas, pero es casi seguro que apareceré un día por Buenos Aires, porque
experimento una curiosidad casi enfermiza; es realmente extraño que no me atraiga en
absoluto Polonia, en cambio, con Argentina no puedo romper (...)”
“(...) En los últimos tiempos vuelvo a menudo, con mis pensamientos, a Argentina y
también me acordé del momento de la revolución de 1955, cuando escuchábamos la
radio con María (Madame du Plastique) (...)”
Son fragmentos de cartas que Gombrowicz le escribe a Karol Swieczewski en el año
1966, el año en que a Gombrowicz se le despierta la nostalgia melancólica por la
Argentina.

Los lectores de diarios no estaban acostumbrados a que se metieran en este género
literario narraciones con tantos grados de libertad, pero Gombrowicz sintió la necesidad
de ponerle distancia, al realismo primero, y al objetivismo después, recurrió entonces a
algunas transformaciones que, sin embargo, tienen una fuerte sujeción a la verdadera
realidad.
Toda la actividad de Gombrowicz, literaria y existencial, se convirtió en un retirada del
objeto hacia sí mismo, un objeto que se le volvía agresivo cuando lo esgrimían, en tal
que objeto, los artistas. Someterse al objeto sin más es una ingenuidad que tiene como
destino el fracaso. La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en
medio de equívocos.

A cada momento la construcción se hunde en el caos, y a cada momento la forma se
levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que se escribe,
introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los bastidores
de la realidad.
Para mostrar cómo Gombrowicz lleva adelante en sus diarios propósitos que en general
están reservados a géneros más creadores vamos a ver cual es la razón por la que pone
una atención desmedida en la casa de Prilidiano Pueyrredón.. El abuelo paterno de
Gombrowicz se vio obligado a vender sus posesiones en Lituania y a instalarse en
Polonia. Jan Onufry, su padre, compró una propiedad en Maloszyce donde nacieron
Gombrowicz y todos sus hermanos.

Cuando Gombrowicz tenía un año se mudaron a Bodzechow, y a los siete años terminó
viviendo en Varsovia. El viejo castillo de Bodzechow, rodeado de un vasto parque, era
un lugar lleno de misterios. La familia de Marcelina Antonina, su madre, se hallaba
establecida en esa región desde hacía mucho tiempo. Gombrowicz cambió sus
mansiones de Polonia por las pensiones más miserables de Buenos Aires.
Y, finalmente, las cambió por esa pieza de la calle Venezuela donde vivió dieciocho
años. Sin embargo, ni las mansiones de Polonia ni estas pensiones miserables de la
Argentina fueron sus casas verdaderas. Desde una colina Gombrowicz y Karol
Swieczewski están viendo el Río de la Plata y a la mano derecha, a la sombra de los
eucaliptos, la casa de Prilidiano Pueyrredón.

Blanca y centenaria, con las ventanas cerradas, deshabitada desde que la abandonaron,
es la casa construida por Prilidiano Pueyrredón, arquitecto y pintor argentino cuyas
obras son retratos de la época que siguió a nuestra independencia. Entre esa casa y
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Gombrowicz se había creado un vínculo arbitrario. Empezó a preguntarse sobre qué
pasaría si esa casa se le volviera familiar irrumpiendo en su destino por el solo hecho de
que le era completamente extraña, y porque era justamente esa casa la que le inspiraba
tan extraordinario deseo.
“De modo que ahora esta luz, estos arbustos, estas paredes, despiertan en mí cada vez
más emoción y angustia, y siempre que estoy aquí me hundo bajo un peso indecible,
mientras en algún lugar, en el límite, en el extremo de mi ser, estalla un grito, una
violencia, un pánico tremendo”

Después de registrar esta conmoción llena de angustia, apunta que sus sensaciones de
miedo y desesperación no eran de carne y hueso, sino un contorno de sentimientos, no
rellenos con nada, absolutamente puros, y por eso más dolorosos. Mientras camina con
Karol la casa va quedando atrás, pero el hecho de no verla aumenta su presencia. Está
allí hasta la exageración, con sus ventanas y columnas neoclásicas, pero a medida que se
aleja de ella en vez de diluirse existe con más fuerza.
No encuentra la razón por la que esa casa ajena, blanca, puesta en un jardín de
eucaliptos, lo acompaña, lo persigue, lo inoportuna y no lo suelta.
“¡No es eso lo que debo hacer! ¡No es aquí donde debo estar! Pero, ¿dónde entonces?
¿Dónde está mi lugar? ¿Qué debo hacer? ¿Dónde estar? (...)”

“Mi país natal no es mi lugar, ni la casa de mis padres, ni el pensamiento, ni la palabra,
no, la verdad es que no tengo sino precisamente esta casa, sí, desgraciadamente mi
única casa es esta casa deshabitada, la blanca casa de Prilidiano Pueyrredón. Pero él,
Swieczewski, también parece estar ausente: sus dedos reducen a polvo una ramita seca”
El debate “Por o contra Gombrowicz” que se realizó en el Club Polaco en el año 1954
es también recordado por su amiga Halina Grodzicka, aunque de otra manera (...)”
“Karol Swieczewski fue el que realizó su exposición en primer lugar. Excelente.
Después le tocó el turno a un adversario, la señora Jezierska, que sentía alergia ante la
obra de Gombrowicz: „Gombrowicz, en sus libros, me hace pensar en alguien que
empieza a serruchar la rama sobre la que está sentado y, naturalmente, cae. Pero pueden
imaginarse dónde cae. En la mierda..., ¡esa palabra que le gusta tanto!‟ (...)”

“Su marido tomó el relevo anunciando que tenía formación universitaria, que nunca se
dormía sin leer antes alguna cosa. Pero bastaba con que abriera un libro de Gombrowicz
para dormirse de inmediato. Entonces Zygro (Zygmunt Grocholski) se puso de pie
gritando: „Se ha subido a un árbol, ha cogido las ciruelas y vio pasar las golondrinas. La
conferencia de estos dos me recuerda a esta canción: No hay discusión posible a este
nivel‟ (...)”
“Después todos querían intervenir, la gente se levantaba, se interpelaba violentamente,
gesticulaba. Jeremi Stempowski, el presidente del Club Polaco, intentó educada y
suavemente, con delicadeza, conseguir que la sala volviera a entrar en razón, pero sin
éxito (...)”

“Por fin el abogado Stanislaw Szwejs puso fin a esta confusión. Explicó con mucha
autoridad e inteligencia lo que era el universo de Gombrowicz. Y el debate se terminó
tranquilamente. Yo sabía que Gombrowicz esperaba fuera de la sala. Habíamos
convenido que le avisaría cuando la cosa hubiera terminado. Abrí la puerta y le avisé.
¡Pobre! Estaba emocionado como un estudiante que acaba de aprobar un examen (...)”
“Al entrar en la sala, se dominó. Parecía, como siempre, muy reservado, un poco irónico
y aparentemente seguro de sí mismo. Discreto, no quería darse a conocer. La señora
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Jezierska se acercó a él y le tendió la mano. Después Witold se unió a nuestro grupo y
preguntó qué se había dicho de él. Naturalmente, se lo contamos todo. Estaba divertido,
pues le gustaban las polémicas. Pero no había tenido el valor de estar presente”

WITOLD GOMBROWICZ Y ARTURO CAPDEVILA

Las observaciones que se pueden hacer en un laboratorio tienen una diferencia
insalvable con las que se pueden hacer en la vida, en el laboratorio se pueden repetir
más o menos exactamente las condiciones iniciales, en la vida no se pueden repetir ni
siquiera aproximadamente. Es por esta razón que no podemos saber cómo hubiese sido
la obra de Gombrowicz y aún Gombrowicz mismo, si no hubiera venido a la Argentina,
pero en todo caso podemos suponer que algo distintos hubieran sido.
El primer conocimiento que tenían sus amigos de cómo se vino a la Argentina aparecía
en un relato que él mismo hacía en el café Rex. El relato de su viaje transatlántico era el
primer plato de la conversación con Gombrowicz y fue escuchado por todas las
personas que se acercaban al autor de “Ferdydurke” en aquellos años.

Contaba que en el barco era invitado de honor, que almorzaba en la mesa del capitán
con el que sostenía conversaciones filosóficas y al que le daba consejos místicos.
Repetía hasta el cansancio que no le había gustado Río de Janeiro porque su vegetación
era demasiado verde y porque los morros eran muy dudosos.
Y tantas veces como lo hacía con la vegetación, repetía hasta el cansancio que no había
regresado a Polonia por los intensos estudios del alma sudamericana que había iniciado
justamente el día anterior a la partida del Chrobry, el barco que lo había traído a Buenos
Aires. Por qué se fue Gombrowicz de Polonia y por qué se quedó tantos años en la
Argentina es un misterio que nadie sabe explicar bien, ni él mismo lo entendía con
claridad. Todo empieza en un café, como tantos otros asuntos de Gombrowicz.

Un día, en el Zodiac, uno de los cafés célebres de Varsovia, Gombrowicz se encuentra
con un amigo escritor, Czeslaw Straszewicz: –Me voy a Sudamérica; –¿Cómo es eso?;
–Dentro de un mes, el nuevo transatlántico polaco Chrobry leva anclas para Buenos
Aires, será su primer travesía. He sido invitado como escritor para publicar algunos
artículos en los periódicos; –Oiga, ¿y no podrían invitarme a mí también?; –Podemos
probar. Les propondré su candidatura. ¿Quién sabe? Quizá resulte. Siendo dos el viaje
sería más agradable.
Después de sortear algunos inconvenientes de último momento Gombrowicz se
embarcó en el Chrobry, y la compañía de su amigo Czeslaw le resultó de veras
entretenida.

“Straszewicz es un noble del campo que cree ser el segundo después del rey –algo muy
polaco–, descendiente de Rej y Potocki, nieto de Sienkiewicz, aunque también primo de
Wiech– un parentesco que inspira confianza en los amplios círculos de sus admiradores
(...) Cuando llegamos a Buenos Aires la situación internacional parecía distenderse.
Pero al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que
anunciaban el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo
como un cañonazo. ¡Era la guerra! Una semana más tarde, las primeras bombas
alemanas caían sobre Varsovia (...)”
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“Seguía viviendo en el barco con mi amigo Straszewicz. Al enterarse de la declaración
de la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no se podía pensar en llegar a
Polonia). Straszewicz y yo celebramos un consejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo
me quedé en la Argentina”

Mientras Straszewicz se embarca en el “Chrobry” de regreso a Europa Gombrowicz se
queda flotando en el agua del puerto de Buenos Aires como una tabla en el mar después
de un naufragio, de allí lo rescata Jeremi Stempowski.
“Witold estaba muy nervioso. Dudaba entre regresar o bien permanecer en la Argentina
a la espera del fin de las hostilidades. Yo no sabía que aconsejarle, aquí, en Buenos
Aires, no se sabía nada de la auténtica situación, entonces acompañé a Witold al puerto.
Hizo que le subieran el equipaje, se despidió y embarcó. Yo me quedé en el muelle, diez
minutos más tarde sonó la sirena anunciando la partida, y en ese momento vi que
Gombrowicz cruzaba la pasarela con sus maletas y bajaba rápidamente al muelle. Era el
único momento en que podía tomar una decisión y la tomó. Temblaba: –No lo sé, se
trata del momento más trágico de mi vida”

Como la legación polaca no quería ayudarlo Gombrowicz amenazó con instalar a la
entrada del edificio de la embajada un cajón de lustrabotas para limpiar zapatos. No
quiso alistarse en el ejército a pesar de la insistencia de todo el mundo, especialmente de
un emisario especial llegado de Londres para agitar y reclutar, pero Gombrowicz no le
hizo caso.
Sin saber a qué santo encomendarse con este Gombrowicz tan difícil Stempowski
decide presentarle a algunos polacos de la colectividad y también a algunos escritores
argentinos como Manuel Gálvez, Arturo Capdevila...
“Llegué a Buenos Aires en el vapor Chrobry, una semana antes de que estallara la
guerra (...)”

“Jeremi Stempowski, director de la línea marítima Gdynia-América en la que viajé a
Buenos Aires, se ocupó de mí; fue él quien me presentó a Manuel Gálvez, uno de los
escritores argentinos más conocidos. Gálvez había sido amigo de Michal Choromanski,
quien había pasado aquí una temporada el año anterior a mi llegada, ganándose muchas
simpatías (...)”
Gálvez me brindó una generosa hospitalidad y me auxilió en algunas dificultades, pero
su sordera lo relegaba a la soledad... Poco después me traspasó al no menos conocido
poeta Arturo Capdevila, también amigo de Choromanski: –Ah –me dijo la señora de
Capdevila–, si es usted tan encantador como Choromanski, llegará a conquistar muy
fácilmente nuestros corazones. Desgraciadamente no fue así. (...)”

“Cuando en el Chrobry pasaba frente a las costas alemanas, francesas e inglesas, todos
esos territorios de Europa inmovilizados por el pavor del crimen aún por nacer, en el
clima sofocante de la espera, parecían gritarme: ¡sé ligero, nada te es posible, lo único
que te resta es la ebriedad! Me emborrachaba, pues, a mi modo, es decir, no
necesariamente con alcohol. . . pero estaba borracho, casi totalmente embotado (...)”
Las borracheras de Gombrowicz en Polonia no eran frecuentes pero de vez en cuando se
emborrachaba. En la Noche Vieja de 1934, Gombrowicz organizó una fiesta artística en
el piso de Marcelina Antonina, su madre, que, junto a su hermana Rena, se hallaba en el
campo; podía hacer en la casa lo que se le diera la gana. La fiesta, que duró hasta las
seis de la madrugada, era un signo manifiesto de su sólida posición literaria en
Varsovia.
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Estaban Schulz, Witkiewicz, Breza, Sobanski, Rudnicki, Choromanski... y una banda de
borrachos divertidos. Gombrowicz estaba borracho como todos. Hay pueblos enteros
que se han ganado la fama a través de los siglos de ser borrachos, en algunos casos no
sin razón, Polonia es un buen ejemplo de ello. Gombrowicz se emborrachaba muy de
vez en cuando, no sabía divertirse de esa manera.
Tenía mal alcohol, el alcohol le producía tristeza y en vez de estimularle la sociabilidad
lo alejaba de la gente y lo ponía sombrío. Esa tendencia a la melancolía que le
provocaba el alcohol ejerció una influencia decisiva y perjudicial en su destino literario,
pues en Polonia es más fácil imaginarse un escritor sin pluma que sin una copa en la
mano.

Cuando llegó a la Argentina y estalló la guerra, Gombrowicz, en vez de emborracharse
con los tragos jugó al ajedrez, el ajedrez lo ayudó más que ninguna otra cosa a matar los
recuerdos. Aquellos borrachos de Polonia se quedaron al acecho, y un año antes del fin
de la guerra le tomaron otra vez la mano y llegaron a tener un papel estelar mientras
escribía “El casamiento”.
En esta pieza de teatro los borrachos se burlan de todo, de lo secular y de lo sagrado, de
la familia y del honor, y no le dan lugar a una tragedia que ellos mismos provocan con
una beodez premeditada. A pesar de su mal alcohol incurable Gombrowicz tenía
compañeros y amigos borrachos en Polonia, era una amistad con algunas reservas y un
poco forzada.

Los borrachos estaban organizados en un club en el que había un cuarteto sobresaliente
que se dedicaba a poner peceras en el ascensor para divertir a los peces, o a pedir
limosna para una vodka en los colegios de señoritas. Esta cofradía de borrachos fue una
de las característica de Varsovia de antes de la guerra.
“Hoy quizás los calificaría de precursores, puesto que esos sabios parecían leer
claramente en el libro del destino y ahogaban en vodka el absurdo de la situación
polaca, su trágico callejón sin salida, que a cada esfuerzo honrado ponía un signo de
interrogación”
Ese grupo de poetas beodos estaba unido bajo el signo de la broma y de la burla, y
aparte de la vodka y las mujeres no tomaba nada en serio, ni siquiera el dinero.

El verdadero Dios de ese gremio era el sentido del humor, fue por eso que “Memorias
del tiempo de la inmadurez” se ganó la aprobación de esos bromistas borrachines, y fue
por eso también que después de “Ferdydurke” lo empezaron a admirar. Si bien es cierto
que lo trataban con mucho afecto y ternura Gombrowicz no se dejaba comprar por sus
alabanzas, tenía una reserva con ellos.
Era un fenómeno social vergonzoso, ningún miembro de ese grupo era un artista de gran
envergadura y su producción literaria no se caracterizaba por la decencia que distingue a
un hombre con el gusto formado y la imaginación disciplinada. Su mundo era
desordenado y anárquico, le faltaba el reflejo de las personas cultas que con la herencia,
la educación y la tradición sustituyen con éxito la ausencia de ideología, de moralidad y
de fe.

Se fueron hundiendo en la lujuria y en las pequeñas porquerías unidas a ella, de año en
año fueron más infelices, más borrachos y más desesperados. Hasta que llegó la guerra.
Las características especiales que traía Gombrowicz desde Europa confundieron a los
Capdevila, no pudieron hacer pie en él ni con la guerra ni con la literatura.
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“Arturo Capdevila, poeta, profesor y redactor del gran diario La Prensa, vivía con su
familia en una casa de Palermo. Recuerdo la primera vez que fui a cenar a su casa.
¿Cómo debía presentarme a los Capdevila? ¿Como el trágico exiliado de una patria
invadida? ¿Como un literato extranjero que sabe discurrir sobre los „nuevos valores‟ en
el arte y desea informarse sobre el país? Capdevila y su señora esperaban que apareciera
en una de esas encarnaciones, además estaban llenos de una simpatía potencial hacia el
amigo de Choromanski (...)”

“Pero pronto se sintieron confundidos al encontrarse ante un muchacho enteramente
joven que sin embargo, no era ya un muchacho tan joven (...) Los Capdevila tenían una
hija, Chinchina, de veinte años. Así fue, pronto tanto él como su mujer me pusieron en
manos de ella, quien me presentó a sus amigas. Imaginad a Gombrowicz en ese año
mortal de 1940 flirteando sutilmente con esas señoritas... que me hacían conocer los
museos... con las que iba a comer pastas... para quienes dicté una charla sobre el amor
europeo... Una mesa grande en el comedor de los Capdevila, detrás doce jovencitas y yo
–¡qué idilio!– hablando de L'amour européen. Sin embargo, aunque esta escena parezca
un contraste infame con otras escenas de verdadera destrucción, en realidad no estaba
tan lejos de serlo, era más bien la otra cara de la misma catástrofe, el principio de un
camino también descendente. Advino una especie de absoluta bagatelización de mi ser.
Me volví liviano y vacío”

WITOLD GOMBROWICZ Y GONZALO

“¡Psicoanálisis! ¡Diagnóstico! ¡Fórmulas! Yo mordería la mano del psiquiatra que
pretendiese destriparme privándome de mi vida interior (...) Pero como hecho a
propósito, a causa de este montaje oculto que no soy el único en descubrir en la vida,
por esa misma época me fue dado observar el cuadro clínico de una histeria que lindaba
con mis propios sentimientos y era casi una advertencia: ¡cuidado, estás a un paso de
esto! Ocurrió, pues, que a través de unos amigos de un conjunto de ballet en gira por la
Argentina, entré en contacto con un ambiente de un homosexualismo extremo y
enloquecido. Digo extremo, porque con un homosexualismo normal ya me topaba desde
hacía tiempo; en cualquier latitud, el mundillo artístico está saturado de esta clase de
amor, pero aquí lo que se me apareció fue su rostro frenético hasta la locura (...)”

“El grupo que conocí esta vez se componía de hombres enamorados de otros hombres
más que cualquier mujer, eran putos en estado de ebullición, incansables, siempre a la
caza, zarandeados por los jóvenes, desgarrados por ellos como si fueran perros, igual
que mi Gonzalo en „Transatlántico‟ (...)”
Cuando Gombrowicz empezó a escribir “Transatlántico” no pensó demasiado en
Polonia. Los elementos iniciales de la obra son recuerdos de los primeros días en
Buenos Aires, había pasado el tiempo y la memoria se los traía al presente con un color
prehistórico y un sabor rancio. Se le presentan algunos componentes que seguían la
línea de la realidad, y entre la fantasía y los recuerdos realiza un control mediante el
cual elimina el primer bosquejo.

La obra se le empieza a escapar y le aparecen asociaciones estrafalarias con los polacos
en la Argentina, elementos excitantes: un puto, un duelo, hasta que le queda marcada
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una dirección de la que ya no puede regresar, una obra fantástica. Polonia se metió de
paso, como un anacronismo que retuvo los recuerdos de la esclerosis prehistórica. La
idea que resulta para el lector de esta chifladura formal con alguna imprecación
blasfema es que Gombrowicz se está rebelando contra la patria. El “Transatlántico”
estrafalario fue convertido por los lectores en un barco corsario cargado de dinamita que
puso rumbo a Polonia. Es el caso singular de una obra que transformó al autor, un niño
irresponsable y jovial, en un capitán pensador y experimentado. Polonia no era el tema,
eran aventuras de Gombrowicz y no de Polonia, era una sátira de su vida en Buenos
Aires; en Polonia pensó más tarde.

“¡Volved, compatriotas, marchad, marchad, marchad a vuestra nación! ¡Marchad a
vuestra santísima y tal vez también maldita nación! ¡Volved a ese santo monstruo
oscuro que está reventando desde hace siglos sin poder acabar de reventar! ¡Volved a
ese santo engendro vuestro, maldito por la naturaleza, que no ha dejado un solo
momento de nacer y que, sin embargo, continúa nonato! ¡Marchad, marchad para que él
no os deje ni vivir ni reventar y os mantenga siempre entre le ser y la nada! !Marchar a
esa santa babosa para que os vuelva más moluscos! ¡Volved a vuestra demente, a
vuestra loca y santa y ay, tal vez maldita aberración para que con sus saltos y sus
locuras os torture, os atormente, os inunde de sangre, os ensordezca con sus gritos y
rugidos, os martirice con su suplicio, así como a vuestros hijos y a vuestras mujeres,
hasta la muerte, hasta la agonía, y que ella misma en la agonía de su demencia os
enloquezca, os perturbe!”

“Transatlántico” comienza cuando Gombrowicz manifiesta su necesidad de comunicarle
a su familia, a sus parientes y a sus amigos el comienzo de sus aventuras en la capital de
la Argentina, unas aventuras que ya duraban diez años. Llega a Buenos Aires el 21 de
agosto de 1939 y desde el primer día, a la salida de las recepciones, les agredían los
oídos con el grito obsesivo de “Polonia”, que se escuchaba en las calles.
Gombrowicz se daba cuenta que algo no andaba bien, no había remedio, la guerra
estallaría de hoy para mañana. El barco recibe la orden de partir y Gombrowicz se
despide de un amigo embarcado con él deseándole un buen viaje, el pobre compatriota
sólo atina a rogarle que se presente en la embajada. El barco se aleja, Gombrowicz
pronuncia una blasfemia terrible contra Polonia y se interna en la ciudad.

Estaba desorientado y sin dinero así que visita a un compatriota que había sido vecino
de uno de sus primos en Polonia para pedirle opinión y consejo. Pero este hombre
empieza a decirle que aprobaba y que no aprobaba su decisión de quedarse, que había
hecho bien y tal vez mal, que él no estaba tan loco como para opinar en estos tiempos o
como para no opinar, que tenía que presentarse enseguida en la embajada o no
presentarse, que era igual si se presentaba o si no se presentaba, que se podía exponer o
no exponer a graves riesgos. Y, en fin, que hiciera lo que le pareciera oportuno o que no
lo hiciera. Perdido entre la muchedumbre decidió no inmiscuirse en el asunto de la
guerra, no era un asunto de su incumbencia, si allá tenían que sucumbir, que
sucumbieran.

Fue a la embajada, se echó a llorar y se puso a los pies del embajador, le besó la mano,
le ofreció sus servicios y su sangre, y le rogó que en ese momento sagrado, según fuera
su santa voluntad y entender, dispusiera de su persona. El embajador le dijo que sólo
podía darle 50 pesos, que no tenía más, pero que si quería irse a Río de Janeiro a
importunar al embajador de allá, le pagaría el viaje con mucho gusto y le daría algo
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más, que no quería literatos por acá porque lo único que sabían hacer era pedir plata y
después ladrar.
Gombrowicz se dio cuenta que el embajador lo estaba despidiendo con moneda
menuda, entonces le dijo que además de literato era también un Gombrowicz. Y cuando
el embajador le preguntó de cuáles Gombrowicz era Gombrowicz, le respondió que era
Gombrowicz de los Gombrowicz Gombrowicz, en ese momento le ofreció 80 pesos en
vez de 50, ni un peso más.

Le recordó que estaban en guerra y que había que marchar para vencer a los enemigos,
matarlos, destrozarlos y aplastarlos, y que no fuera ladrando por ahí que no había
marchado y hablado delante de él. Le pidió que escribiera artículos para celebrar la
gloria de los genios polacos, que por ese servicio le podía pagar aproximadamente 75
pesos mensuales.
Era necesario ensalzar a la patria en momentos tan difíciles para Polonia, pero
Gombrowicz le contestó que no podía hacerlo porque le daba vergüenza, entonces el
embajador lo empezó a tratar de comemierda, le recordó que la embajada le había
rendido homenaje y que lo iba a presentar a los extranjeros como el Gran Comemier…
Genio Gombrowicz.

La primera consecuencia de su presentación en la embajada fue que lo invitaron a una
recepción en la casa de un pintor a la que iban a asistir la flor y nata de los escritores y
artistas locales. Gombrowicz tenía una gran seguridad en su maestría y sabía que como
maestro lograría superar y dominar a todos los demás. Cuando llegó sus compatriotas lo
glorificaron, el consejero lo presentaba y ensalzaba como el gran maestro y genio
polaco Gombrowicz, pero nadie le llevaba el apunte, entonces lo empezó a tratar de
comemierda y le exigió que hiciera algo para no avergonzarlos.
Entró un hombre vestido de negro, una persona muy importante, un gran escritor, un
maestro. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que perdía a
cada momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a cada rato inteligentemente
más inteligente.

Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a azuzar para que mordiera al hombre
de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar de comemierda y a morder. Entonces
Gombrowicz se dirigió a la persona más cercana en voz bastante alta.
“No me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado fideosos, ni
la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado cerealientos”
El hombre de negro le respondió que la idea era interesante pero no nueva, que ya
Sartorio la había expresado en sus “Eglogas”, y cuando Gombrowicz le manifestó que
no le importaba un comino lo que decía Sartorio sino lo que decía él, el que hablaba, el
gran escritor le contestó que la idea no era mala pero que existía un problema, ya había
dicho algo parecido Madame de Lespinnase en sus “Cartas”.

Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había dejado sin palabras, entonces
empezó a caminar y a caminar, y cada vez caminaba con más furia, sus compatriotas
estaban rojos de vergüenza y los demás estaban pálidos de ira. Pero alguien comenzó a
caminar con él, era un hombre alto, moreno, de rostro noble. Sin embargo, sus labios
eran rojos, estaban pintados de rojo.
Huyó como si lo persiguiera el diablo. El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un
palacio, se levantaba al mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en
busca de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio lacayo, tenía
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miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la plata. Gonzalo estaba
perdidamente enamorado de un joven rubio hijo de un comandante polaco.

Junto a Gombrowicz, en la Plaza San Martín, Gonzalo lo vio, siguieron al joven rubio
hasta el Parque Japonés, y allí encontraron a los tres socios de la empresa equino canina
donde trabajaba Gombrowicz. Los socios empezaron a decirle a Gombrowicz que
entonces no era tan loco como pensaba la gente, que Gonzalo tenía millones,
insinuándole una aventura con él. El joven rubio estaba tomando cerveza con el padre,
un hombre bueno, decente, cortés y aterciopelado.
El padre le comenta a Gombrowicz que va a enrolar a su único hijo en el ejército
polaco. Gombrowicz lo previene contra Gonzalo y le sugiere que se vaya del lugar, el
padre no accede. Gonzalo brinda con el padre desde lejos, el comandante se lo prohibe,
entonces Gonzalo le arroja el jarro de cerveza que tiene en la mano, le parte la frente y
brota la sangre.

Gombrowicz pensaba en la vergüenza que había pasado en la embajada, en la casa del
pintor y ahora en el Parque Japonés, mientras allá, del otro lado del océano se
derramaba la sangre. A la mañana siguiente apareció el padre en la pensión de
Gombrowicz y le rogó que desafiara a Gonzalo en su nombre, vaca o no vaca el hecho
era que llevaba pantalones y que lo había ofendido públicamente.
Cuando Gombrowicz se lo contó a Gonzalo éste le recriminó que se hubiera puesto de
parte del viejo y no del joven, que tenía que defender al joven de la tiranía del padre,
que de qué le servía a los polacos ser polacos, que si acaso habían tenido hasta hora un
buen destino, que si no estaban hasta la coronilla de su polonidad, que si no les bastaba
ya el martirio, el eterno suplicio y el martirologio, que había llegado el momento de la
filiatría.

Gonzalo aceptaba el duelo bajo la condición de que las balas fueran de salva, que las
verdaderas se debían escamotear al momento de cargar la pistolas en el forro de la
manga. Para asegurar esta impostura Gombrowicz nombró a dos socios de la empresa
equino canina como padrinos del duelo.
Gonzalo había rematado su exhortación con la palabra filiatría, y esta palabra le
retumbaba en la cabeza a Gombrowicz junto a los gritos de “Polonia, Polonia” que
escuchaba en la calle mientras caminaba hacia la embajada. “¡Viva nuestro heroísmo!”,
exclamaba el embajador, un coronel ya le había contado lo del duelo entre Gonzalo y el
comandante, y como todos descontaban que terminaría sin sangre convinieron en
agasajar al comandante con una comida que se daría en la embajada.

El consejero volcaba en el libro de actas la invitación del embajador y escribió también
que iban a asistir al duelo, que tenían que ver al polaco con la pistola en la mano
atacando al enemigo. Pero un duelo no es una partida de caza, tenían que asistir con una
excusa bien pensada, bien podría ser una cacería con galgos a la que invitarían a los
extranjeros.
Mientras tanto Gombrowicz le preguntaba al embajador cómo era posible que
marcharan sobre Berlín si los combates se estaban librando en los suburbios de
Varsovia. El embajador le dijo entonces que todo se había ido al diablo, que todo había
terminado, que habían perdido la guerra y que había dejado de ser embajador, pero que
la cabalgata se iba a realizar de todos modos.
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Al día siguiente, el duelo, se dio la señal y los adversarios entraron al terreno.
Gombrowicz cargó las pistolas y metió las balas en el forro de la manga. Vacío
absoluto, eran disparos vacíos, a lo lejos apareció la cabalgata; vacío porque no había
balas y vacío también porque no había liebres. El duelo resultó ser una trampa que no
tenía fin porque se había convenido a primera sangre.
De pronto se oyó un furioso ladrido de perros y un grito espantoso. El hijo estaba siendo
atacado por los perros, el padre disparó contra los animales enfurecidos pero con un
revolver vacío, entonces, Gonzalo se arrojó sobre la jauría y salvó la vida joven. El
padre se conmovió y le ofreció su amistad eterna que Gonzalo aceptó, y para cerrar
todas las heridas lo invito a su casa.

No era el palacio de la ciudad, era otro distante a tres leguas, el comandante tenía malos
presentimientos pero igual fue. Pinturas, esculturas, tapices, alfombras, cristales… se
depreciaban rápidamente por su abundancia excesiva, y la biblioteca llena de libros y de
manuscritos amontonados en el suelo, una montaña que llegaba hasta el techo sobre la
que estaban sentados ocho lectores flaquísimos dedicados a leer todo.
Obras preciosas escritas por los máximos genios, se mordían y devaluaban porque había
demasiadas y nadie podía leerlas debido a su excesiva cantidad. Lo peor es que los
libros se mordían como si fuesen perros hasta darse muerte. Gonzalo regresó muy alegre
a la media hora pero vestido con una falda y le dio indicaciones precisas a un
muchacho.

Ese joven tenía que se ponerse en el medio de la sala y lucir su figura, que para eso
Gonzalo le pagaba, pero ese mequetrefe estaba allí, más que para lucir su figura, para
moverse en honor al hijo, pues cada vez que se movía el hijo también se movía él. Al
final fue un alivio que el dueño de casa diera la señal de ir a dormir.
Gombrowicz le confiesa al padre que lo había traicionado con Gonzalo realizando un
duelo con balas de salva, estaba conmovido y estalló en un llanto desconsolado frente al
padre que, desesperado por una terrible congoja, le hace un juramento sagrado: iba a
lavar su honra mancillada con sangre, pero no con la sangre afeminada de ese miserable,
sino con la sangre densa y terrible de su propio hijo, era la ofrenda del hijo que le hacía
a la guerra.

Cuando Gonzalo se entera de que el padre quiere matar al hijo le dice a Gombrowicz
que tiene un medio para convencer al hijo de que mate al padre, y al convertirse en
parricida necesitará su amparo, se ablandará y caerá en sus manos afectuosas y
protectoras. Gonzalo y el hijo juegan en un frontón y golpean a la pelota con todas sus
fuerzas, bam, bam, bam, resonaban los golpes mientras el mequetrefe golpeaba con una
madera unos palitos que estaban mal colocados, bum, bum, bum.
Y en medio de aquel bum-bam la pelota zumbaba y el hijo golpeaba más fuerte porque
sentía que tenía un partidario. El padre comprendió que con el bumbam le estaban
robando al hijo. Gombrowicz había perdido la patria y se había asociado con Gonzalo
en una empresa ignominiosa para humillar al padre.

Los compañeros de la empresa equino canina donde trabajaba sintieron la necesidad de
llevar a cabo un hecho más terrible aún que el filicidio y el parricidio que se estaba
planeando, un horror que los colmara de poder, se propusieron entonces torturar al
embajador junto a su mujer y sus hijos y después matarlos a todos arrancándoles los
ojos.
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Todo les parecía poco, así que pensaron que lo mejor sería matar al hijo del
comandante, esa muerte aumentaría tanto el horror que la naturaleza, el destino y el
mundo entero iban a cagarse en los pantalones. Gonzalo y el hijo jugaban a la pelota y
el mequetrefe se movía con el hijo clavando palitos, bumbambeaban. El comandante se
paseaba comiendo ciruelas, el hijo estaba delante de Gombrowicz con su voz fresca y
alegre, su risa armoniosa, y los movimientos de todo su cuerpo ágiles y livianos.

El padre observaba a Gonzalo que llevaba el ritmo del bumbam, y el bumbameo unía a
los muchachos debajo de los árboles. ¡A bailar!, un gentío increíble, la flor y nata de la
colonia polaca, mejor olvidar y no dejar transparentar nada. En la oscuridad se
escondían algunas siluetas monstruosas, parecían perros pero tenían cabezas humanas,
se agrupaban en un montón y parecían brincar, copular y morder.
Los polacos de la empresa equino canina se preparaban para ser terribles matando al
hijo. Las parejas bailaban y el hijo bailaba con una hermosa polaquita lleno de brillo y
gallardía. Si el joven saltaba, el mequetrefe saltaba, bailaban al ritmo del bumbam,
temblaban los cristales, la colonia polaca quería bailar la mazurca pero era imposible,
sólo había bumbam.

El padre tomó un gran cuchillo y lo guardó en un bolsillo. Y, de pronto, bum, el criado
contra una lámpara; y el hijo, bam, a la lámpara; vuelve el mequetrefe, bum, a un jarrón;
y el hijo, bam, al jarrón; bum, el criado contra el padre; el padre cae al suelo y ya se
apresuraba el hijo a bambearlo con su bam.
En aquel pecado general, mortal, en aquella debacle, en medio de esa enorme
corrupción no existía otra cosa que el llamado del bum-bam y el trueno del asesinato. El
hijo volaba hacia el padre, pero en vez de bambearlo con su bam, lo bambeó con una
risa que le estalló en la garganta. El embajador también estalló de risa. Fue un bramido
de risa general en todo el salón. Junto a las paredes habían quienes se pedorreaban y
quienes se meaban de risa. Bambeabam.

“Solía comer en un restaurante donde los putos del ballet habían establecido su cuartel
general y cada noche me sumergía en las aguas turbulentas de su locura, de su ritual, de
su conspiración infatuada y atormentada, de su magia negra. Por lo demás, había entre
ellos personas excelentes, de grandes virtudes espirituales, a los que observaba con
terror, viendo en el negro espejo de esos lagos alocados el reflejo de mi propio problema
(...)”
“Y de nuevo me preguntaba si a pesar de todo yo no era uno de ellos (...) Durante los
siguientes años de mi estancia en la Argentina, la necesidad de trabajar para vivir me
agobió de tal manera que toda la realización de mi programa a largo plazo y escala más
amplia se hizo técnicamente imposible (...)”

“No podía concentrarme. La burocracia me absorbió y me atrapó entre sus papeles
absurdos, mientras la verdadera vida se alejaba de mí como el mar durante la manera
baja. Con un último esfuerzo escribí “Transatlántico”, en el que encontraréis muchas de
las experiencias que acabo de contar (...)”
“Luego fui condenado a una labor literaria esporádica, de domingos y días festivos,
como este diario que estoy escribiendo, donde no puedo transmitiros nada aparte de un
resumen superficial, pobremente discursivo, casi periodístico. Qué le vamos a hacer.
Que sea al menos una huella de mi manera de comportarme con mi segunda y dolorosa
patria, la Argentina, que el destino me había deparado y de la que hoy en día ya no
podría separarme”
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El “Transatlántico” estrafalario, esa sátira de la vida de Gombrowicz en Buenos Aires
en sus comienzos argentinos, se convirtió en un barco en el que regresó a Polonia.
“Sea como fuere, en este barco he regresado a Polonia. Se acabó el tiempo de mi exilio.
He regresado, pero ya no como un bárbaro. Tiempo atrás, en la época de mi juventud,
en mi país, me sentía completamente salvaje frente a Polonia, no sabía afrontarla, no
tenía estilo, ni siquiera era capaz de hablar de ella; ella sólo me atormentaba. Después,
en América, en América me hallé fuera de ella, separado. Hoy las cosas son distintas:
regreso con unas exigencias concretas, sé qué es lo que debo pedir de la nación y sé lo
que puedo darle a cambio. Me he convertido en un ciudadano”

WITOLD GOMBROWICZ Y STANISLAW WYSPIANSKI

Stanisław Wyspianski, dramaturgo, poeta, pintor, arquitecto y ebanista polaco, fue uno
de los artistas más polifacéticos y sobresalientes de su época en Europa. Mezcló el Art
Nouveau con temas de la historia polaca. En sus vidrieras de la iglesia franciscana de
Cracovia expresa una enorme dosis de emoción religiosa. Su modernismo se hace casi
extravagante. Escribió dramas de la historia polaca; “La boda” es un retrato sarcástico
de la sociedad polaca del siglo XIX.
El carácter patético y fantástico de Wyspianski no le caía bien a Gombrowicz pues a su
entender no veía los fenómenos concretos sino sus sublimaciones y sus síntesis
conceptuales.
“Wyspianski es la antítesis de Sienkiewicz, porque mientras Sienkiewicz se entregó al
lector, Wyspianski se dedicó al arte, a un arte por lo demás exageradamente patético e
irreal (...)”

“Sienkiewicz aspiraba a conquistar las almas, mientras Wyspianski a ser artista;
Sienkiewicz buscaba la gente, y Wyspianski, el arte y la grandeza. Su mundo es un
mundo abstracto en el que los conceptos sustituyen a los hombres, es el mundo de la
cultura (...) La nación necesitaba a alguien que de un modo grandioso cantara su
grandeza. Entonces Wyspianski se plantó delante de la nación y dijo: –¡aquí me tenéis!
Nada de pequeñez, sólo grandeza, además en columnas griegas. Fue aceptado (...)
Wyspianski, demasiado majestuoso para abordar cualquier detalle, estaba condenado a
coexistir únicamente con los elementos y las fuerzas elementales tales como: Sino,
Polonia, Grecia, Niké, o algún fantasma de su propia invención. Su arte no es como el
de Shakespeare o el de Ibsen –la vida corriente llevada a las alturas del drama (y no me
habléis de „La boda‟)– aquí todo gira desde el principio al fin por la bóveda celeste de la
Historia y el Destino (...)”

En “La boda”, esa obra de teatro que Gombrowicz hace rodar por la bóveda celeste de
la irrealidad y de la historia, Wyspianski reflexiona sobre el destino de su país al
mostrar la boda de la hija de un campesino con un poeta, un relato amargo sobre la
unión de un hombre inteligente a una familia de campesinos, sus opiniones de
oposición, la inhabilidad del artista para encontrar un lugar propio en el mundo y sus
sueños infructuosos de libertad.
“Y qué hay de nuevo en política, señor”, las palabras iniciales de “La boda”, son
miradas como un espejo cuando los polacos se preguntan por su condición nacional y
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espiritual. Existe un contraste entre la clase intelectual que representa el novio y sus
amigos, y el sencillo campesinado de la novia y su familia.

Esa atmósfera festiva al abrigo de la noche, de alegría acentuada por la danza, el alcohol
y la agradable conversación, se convierte en escenario propicio de ensoñaciones y
escenas fantasmagóricas, que se transfiguran en una alegoría de la nación polaca, que
pugna por volver a salir a la luz.
Los distintos personajes simbolizan la fuerza con la que cuenta Polonia para
desembarazarse del yugo de los imperios que la han venido dominando, singularmente
el de Rusia y el austrohúngaro. En esta obra se lanza un gran interrogante acerca de la
capacidad de los intelectuales para guiar a la gente sencilla en el camino a la libertad. El
espíritu romántico y patético de Stanislaw Wyspianski entra en conflicto con el de
Gombrowicz.
Gombrowicz era un enemigo implacable de las quimeras y un defensor acérrimo de la
realidad, aunque siempre tuvo las manos libres para ponerle distancia al realismo, el
realismo es una manera pesada e ingenua de ver la realidad. A pesar de los diferentes
puntos de partida para ver el mundo de estos dos polacos ilustres, curiosamente se
ponen en contacto en una atmósfera de irrealidad en “La boda” y “El casamiento”.
Gombrowicz empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir la
parodia de un drama genial al estilo de Shakespeare. Se propuso mostrar a la humanidad
en su paso de la iglesia de Dios a la iglesia de los hombres, pero esta idea no se le
apareció al comienzo de la obra, en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo
que quería.

“El casamiento” representa la teatralidad de la existencia, una realidad creada a través
de la forma que se vuelve contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz le
abre la puerta a sus percepciones proféticas. Es el sueño sobre una ceremonia religiosa y
metafísica que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror
que se está formando a sí mismo de un modo imprevisible como un acorde disonante
entre el individuo y la forma.
En esta pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado en el ejército
francés que está peleando contra los alemanes en algún lugar de Francia. Durante el
sueño se le abren paso las preocupaciones que tiene por su familia perdida en alguna de
las provincias profundas de Polonia y se le despiertan los temores del hombre
contemporáneo a caballo de dos épocas.

Henryk ve surgir de ese mundo onírico a su casa natal en Polonia, a sus padres y a su
novia. El hogar se ha envilecido y transformado en una taberna en la que su novia es la
camarera y su padre el tabernero, y ese padre miserable y degradado en una posada
miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él, grita al cielo que es
intocable, y alrededor de esta exclamación se empieza a hilar toda la trama de la
historia.
Si el mundo existe como yo lo percibo o como una realidad anterior a la división en
sujeto y objeto, no son asuntos que le hayan quitado el sueño a Gombrowicz, pero sí se
lo quitó la consecuencia que se desprende de ellos: el carácter originario de su yo. El yo
es una idea poderosa porque es el origen de todas las cosas, y también por la grandeza
que puede alcanzar ese yo en la forma de una personalidad.

Que el yo sea el origen de todas las cosas es una cuestión a la que le sale al paso Martín
Buber cuando lee “El casamiento”. Había caído en las manos de Gombrowicz, “¿Qué es
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el hombre?”, un libro de Martín Buber que había alcanzado una gran difusión, y
descubre leyéndolo que el filósofo utilizaba el concepto del “entre” en el mismo sentido
que lo usaba él, entonces se anima y le manda “El casamiento”.
Matin Buber le escribe una carta muy cordial a Gombrowicz en la que le dice que la
pieza de teatro era realmente un experimento audaz y, como tal, más importante que las
curiosidades que había puesto en juego Pirandello, pero le pone de manifiesto también
la naturaleza irreal de “El casamiento”, la misma irrealidad que Gombrowicz destacaba
en Wyspianski.

La tragedia sólo es posible si hay por lo menos dos personas, si existe un antagonismo
real entre dos personas diferentes, ajenas una a la otra que, por esa diferencia, se pueden
destruir mutuamente. Pero si lo que ocurre, ocurre entre una persona y un mundo cuya
existencia está tan solo en el poder de su imaginación, el resultado puede ser irónico o
paradójico, satírico o burlesco, todo menos dramático, pues no existe drama donde la
resistencia del otro no es real. El psicodrama no es un drama porque el otro que se
encuentra en el fondo del alma, como espejismo o imagen, no es y no puede ser una
persona.
“No lo niego. “El casamiento” es una versión loca de una historia loca; en el desarrollo
onírico o etílico de su acción se refleja lo fantástico del proceso histórico (...)”

Gombrowicz reconoce la participación de elementos fantásticos en el desarrollo de sus
creaciones pero no acepta que su irrealidad tenga la misma naturaleza que la de
Wyspianski.
“Wyspianski puso en marcha una patética maquinaria que acabó por aplastarlo, por eso
es tan grandiosa la puesta en escena y en proporción resulta tan poca cosa lo que el
autor quiere decir a los polacos (...)”
“A los polacos y a los no polacos. Su teatro ha sido un fracaso en el extranjero, no
porque sea polaco, sino porque desde el punto de vista universal, carece de elementos
enriquecedores. ¿Grecia? El teatro griego era algo natural para los griegos y estaba
acorde con su manera joven de sentir la existencia (...)”

“En cambio, para nosotros este teatro ya no es más que autoritario, nos influye con su
magnificencia histórica, igual que la misma Grecia. El carácter griego de la obra de
Wyspianski se limita a la majestuosidad del decorado. No es algo que refresque y
purifique nuestra visión, es únicamente solemne (...)”
“Por lo cual resulta que su supuesto realismo esta a cien millas de la realidad.
Wyspianski no veía los fenómenos concretos, porque sólo se fijaba en sus
sublimaciones y síntesis conceptuales. Un teatro en medio de conceptos. Fue un gran
director de escena. Aportó unos decorados espléndidos. Hizo todo lo posible para
asegurar un gran patetismo al espectáculo. Salió al escenario, pero, intimidado por la
grandiosidad del decorado, se calló”

WITOLD GOMBROWICZ Y STANISLAW PRZYBYSZEWSKI

Stanislaw Przybyszewski, el ideólogo y el más radical propagador de la estética
modernista en Polonia, se dio a conocer como dramaturgo y novelista. En sus novelas
aparece la oposición entre el individuo con ambiciones artísticas y el ambiente social
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con sus mecanismos destructivos. La acción de la mayoría de las novelas de
Przybyszewski se desarrolla en un ambiente bohemio y el tema del instinto sexual
aparece con frecuencia en su prosa.
Como dramaturgo, Przybyszewski resume en su obra teórica los principios del drama
sintético que ejecutaba en su propia obra dramática. Su teoría presenta coincidencias
con los principios del simbolismo pero quizás, lo más importante de su creación
dramática, sea que rompe con las limitaciones temáticas existentes hasta aquel momento
en el drama polaco.

El tema fundamental de casi todas su obras es el conflicto entre el erotismo y las normas
éticas, unas energías a las que trata de poner en caja con un demonismo desembozado.
Su obra, marcada por el simbolismo de Strindberg y por el expresionismo alemán,
puede considerase como un punto de enlace con la vanguardia polaca, más
especialmente con Stanislaw Ignacy Witkiewicz y con Bruno Schulz. La obra de
Gombrowicz en la que aparecen con más claridad las concepciones que puso en juego
Przybyszewski es “Pornografía”.
“El protagonista de esta novela, Fryderyk, es un Cristóbal Colón que parte a descubrir
tierras desconocidas. ¿Qué busca? Esa belleza nueva, precisamente, esa poesía nueva
disimulada entre el adulto y el joven (...)”

“Es un poeta de una conciencia llevada al extremo, al menos eso es lo que yo pretendía.
Pero resulta tan difícil entenderse en nuestros días... Algunos críticos han visto en él a
un Satán, ni más ni menos, y otros, se han contentado con una definición más trivial: un
voyeur”
Pero Gombrowicz incluyó a Przybyszewski en el grupo de escritores polacos anteriores
a su generación que se malograron por haberle dado una excesiva importancia a la
participación de su „yo‟, una idea que en sus manos resulta un tanto llamativa.
“Probablemente era el único que podía llevar a cabo la revisión de nuestros valores, o al
menos enriquecer nuestra vida con una serie de mitos estimulantes y categóricos en su
extremismo (...)”

“No tiene mayor importancia el hecho de que introdujera la modernidad y la bohemia,
lo que importa es que aboliera nuestro bonachón, puro y cívico concepto del arte,
introduciendo en nuestro idilio polaco el concepto de la creación artística como un
proceso demoníaco. Fue el primero en Polonia que encarnó el arte implacable, un arte
que no hacía concesiones a nadie ni a nada y que constituía una tremenda descarga del
espíritu (...)”
“Fue el primero entre nosotros que realmente exigió el derecho a la palabra ¿A qué
atribuir el hecho de que esta imaginación se volviera pretenciosa, de mal gusto,
retorcida, chillona, de que enfermase de Przybyszewskianismo? La corriente del
pensamiento europeo que lo había fecundado estaba a un paso de la ridiculez, y sin
embargo nunca cayó en ella (...)”

“Si el estilo de Schopenhauer era infalible, el de Nietzsche, el de Wagner, el de los
representantes del romanticismo alemán y del satanismo francés o escandinavo en
cambio, en más de una ocasión rozaron una grandilocuente chapuza. Y sin embargo,
sólo en un polaco creció de esta semilla un árbol de una ridiculez y un mal gusto
evidentes (...)”
“¿Será posible que hasta tal punto los polacos no sirvamos para el demonismo? Aquí se
manifiesta de nuevo la impotencia del polaco ante la cultura. Para el polaco, la cultura
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no es algo de lo que él mismo se sienta coautor, la cultura le viene de afuera como algo
superior, sobrehumano, y le resulta imponente. Pero ¿qué es lo que le resulta imponente
a Przybyszewski? ¿La Nación? ¿El Arte? ¿La Literatura? ¿Dios? (...)”

“Przybyszewski tiene mucho de un provinciano al que han dejado sentar a la mesa de la
Europa más aristocrática, pero a él no le importa tanto Europa como Przybyszewski
mismo. Porque al polaco lo que se le resulta imponente es él mismo en su dimensión
histórica, no hay nada que lo intimide más que su propia grandeza (...)”
“Igual que Pilsudski aplastado e incluso horrorizado con Pilsudski, igual que
Wyspianski inmovilizado bajo el peso de Wyspianski, igual que Norwid gimiendo y
cargando sobre sus hombros a Norwid, también Przybyszewski miraba con temor y
terror sagrados a Przybyszewski. En todo lo que escribe se oye: ¡Yo soy
Przybyszewski! ¡Soy un demonio! ¡Soy un profeta! La incapacidad de armonizar lo
cotidiano y lo corriente con la grandeza o la sublimación (...)”

“Si hubiese conservado el oído, el gusto y la vista de un hombre normal, un ataque de
risa convulsiva lo hubiera prevenido de las piruetas del demonismo. Pero, como era
polaco, tenía que estar de rodillas. Y estaba de rodillas ante sí mismo”
Gombrowicz intentó en “Pornografía” elevarse por encima del erotismo y el satanismo
de Przybyszewski y de Witkiewicz. Poco tiempo después de haber terminado esta
novela le pareció que esta obra podía ser un intento de renovación del erotismo polaco,
un erotismo que se correspondiera mejor con el destino y la historia de la Polonia de los
últimos años hecha de violencia y esclavitud, una historia que descendía hacia el oscuro
extremismo de la conciencia y del cuerpo. La idea de que “Pornografía” podía ser el
moderno poema erótico de Polonia no se le apareció mientras la escribía, era una idea
extraña, por otra parte, ajena a su naturaleza.

Extraña porque Gombrowicz no escribía para la nación ni con la nación ni desde la
nación, escribía consigo mismo y desde su propio interior. La novela comienza cuando
Gombrowicz y Fryderyk se van a la casa de campo de Hipolit para escaparse del drama
colectivo de la ex-Polonia, de la ex-Varsovia y de las discusiones interminables sobre la
nación, Dios, el proletariado, el arte.
En el primer domingo de misa Gombrowicz observa a su compañero que arrodillándose
y actuando de una manera particular le va quitando importancia a la ceremonia
religiosa. Con una mirada obsesiva y penetrante Fryderyk establece un contacto sensual
entre las nucas de dos jóvenes, se volvía temible y, de repente, esa misa celebrada en un
lugar de la Polonia abandonada a los alemanes, cayó fulminada por un rayo, como si el
absoluto de Dios hubiera muerto.

Pero cada nuca estaba sola, no estaban juntas, eran las nucas de Henia, la hija de
Hipolit, y de Karol, un auxiliar de la finca. Y la novela termina a lo Shakespeare, en una
verdadera tragedia. Cómo es que se pasa de la descomposición del ritual religioso y de
las nucas a semejante carnicería, sólo Dios lo sabe. El estallido de las monstruosidades
señoriales y campesinas que confluyen en el gesto del sacerdote celebrando la misa, y la
nihilización de la iglesia, preparan el camino para el reemplazo de Dios por una nueva
deidad.
Las nucas de Henia y Karol se asocian en la conciencia de Gombrowicz de una manera
lasciva, le nace el pensamiento de que los jóvenes deben consumar con el cuerpo la
atracción que él había descubierto, y es alrededor de este elemento erótico cómo se
empieza a desarrollar la historia.
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Henia y Karol son representantes de la tentación y del pecado; Waclaw, el prometido de
Henia, y su madre Amelia, de la corrección y de los principios religiosos. De qué son
representantes Fryderyk y Gombrowicz es más difícil saberlo. Por ahora digamos que
son dos adultos mirones y lascivos que planean, en principio, que los dos jóvenes se
presten atención y consumen una atracción que grita al cielo, salvo para los jóvenes
mismos.
Karol es atractivo con una juventud violenta que lo arroja en los brazos de la brutalidad
y la obediencia. Sensual, carnal y con una sonrisa que lo ata a una inferioridad
superficial, no puede defenderse. Esta mezcla explosiva en la conciencia de
Gombrowicz se le echa encima a Henia como si fuera una perra, arde por ella, un deseo
que nada tiene que ver con el amor, un enamoramiento becerril con toda su degradación.

Pero la joven señorita tiene con el muchacho un diálogo desembarazado y confiado, los
jóvenes no se comportan según el contenido de la conciencia de Gombrowicz. En este
punto Gombrowicz se pregunta cuánto sabe Fryderyk de todo esto: de la
descomposición de la misa, de la atracción de las nucas, del llamado del cuerpo de los
jóvenes a la consumación. Henia es una colegiala cortés, cordial y muy atractiva.
Cuando Fryderyk tenía apartes con Henia a solas Gombrowicz pensaba: se la lleva para
hacer cosas con ella o ella se va con él para que él le haga cosas. A partir de ese
momento Fryderyk se convierte en el operador del drama mientras Gombrowicz le sigue
los pasos y trata de interpretar el significado de sus maniobras.

Fryderyk maniobra con los pantalones de Karol cuando le pide a ella que se los
remangue, es como si les estuviera diciendo: vengan, háganlo, gozaré, lo deseo.
Gombrowicz quería averiguar cuánto de ingenuos eran los jóvenes respecto de los
propósitos de Fryderyk y pensaba más o menos así: Henia remangaba para que
Fryderyk gozara, de modo que estaba de acuerdo con que él gozara con ella.
Y que Fryderyk gozara también con Karol, ella se daba cuenta de que entre los dos
podían excitar y seducir, y también Karol lo sabía porque había colaborado en aquel
juego. No eran tan ingenuos, entonces, conocían su propio sabor. La situación no tenía
vuelta atrás, los cuatro eran cómplices en el silencio pues el asunto era inconfesable y
vergonzoso.

Después de que Karol le levantara la falda a una vieja fregona y asquerosa haciéndole
brillar la blancura del bajo vientre y la mancha de pelo negro, le dice a Gombrowicz que
le gustaba Henia pero que le gustaría más hacerlo con doña María, la madre de Henia.
El joven estaba actuando para los adultos porque quería divertirse con ellos, y no con
Henia, porque los adultos, aún dentro de su fealdad, podían llevarlo más lejos al ser
menos limitados.
Pero esto no es lo que quería Gombrowicz, Karol era demasiado joven para Dios y para
las mujeres, era demasiado joven para todo. El sueño de los dos adultos de que los
jóvenes consumaran su atracción innegable se venía abajo, era una pareja adulta de
enamorados en la frustración, desdeñada por la otra pareja de amantes, el fuego de su
excitación no tenía nada en qué descargarse, llameaba entre ellos, estaban asqueados el
uno del otro y se juntaban en una sensualidad irritada.

Pero Fryderyk continuaba con sus maniobras calculadas para juntarlos obligándolos a
pisar una misma lombriz hasta partirla, para que causaran tormentos con sus suelas, con
toda calma habían transformado en un infierno la existencia de la pobre lombriz. Un
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pecado común cometido para los adultos que penetraba la intimidad fundiendo a unos
con otros.
En la virtud los jóvenes se le presentaban cerrados, herméticos, pero en el pecado
podían revolcarse con ellos. Era un sistema de espejos, Fryderyk lo miraba a
Gombrowicz y Gombrowicz lo miraba a Fryderyk, hilaban sueños por cuenta del otro y
de ese modo llegaban hasta la idea que ninguno de ellos se habría atrevido a dar por
suya.

Por su parte Henia les hacía saber que era creyente, que si ni lo fuese no se confesaría ni
comulgaría, que sus principios eran los mismos que los de su futuro marido, que su
futura suegra era para ella como si fuera su madre, que era un honor para ella entrar en
esa familia, y que era seguro que si se casaba con Wlacaw no haría nada con otro. Un
comentario que parecía severo pero que era también una confiada y seductora confesión
de su debilidad, excitaba, precisamente, por su virtud.
Y también les decía que Karol no quería a nadie, que lo único que le interesaba era
acostarse un poquito, que ella ya lo había hecho con un guerrillero, que sus padres lo
sospechaban porque los habían sorprendido juntos, pero que no querían sospecharlo.
Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una rectitud
ejemplar.

En ella regía el Dios católico, desprendido de la carne, un principio metafísico,
incorpóreo y majestuoso que no podía atender las majaderías que tramaban los adultos
con Henia y Karol. Parecía enamorada de Fryderyk, estaba subyugada con ese ser
terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar y distraer por nada, un ser de una
seriedad extrema.
En la finca de Amelia tiene lugar la segunda caída de Dios después del derrumbe de la
misa en la iglesia. Un ladronzuelo de la edad de Karol entra en la casa para robar, según
todo lo hace parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek,
transcurren unos minutos y llega a la mesa donde están su hijo y los invitados, se sienta
y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo.

La situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado porque Amelia no pudo
contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado, que había sido un accidente.
Fryderyk era mal psicólogo porque tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz
de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación.
La sospecha que flotaba en el aire era la de que esa mujer tan espiritual y guiada por los
principios de Dios había prologado demasiado la lucha con Joziek revolcándose en el
suelo de puro placer y, por accidente, se le había clavado el cuchillo. Si esto era así no
podían entregar a Joziek a la policía. A la casa de Hipolit llega Semian, un jefe de la
resistencia que se había vuelto cobarde. Sus compañeros temen que se convierta en
delator y le piden a Hipolit que lo mate.

Semian actualiza el sentimiento de que todos estaban atados a la patria, todos eran
instrumentos de todos los demás, y a cada cual le estaba permitido servirse del
instrumento con la mayor temeridad, para la causa común. La presencia del recién
llegado convirtió a Karol en un soldado, preparado a dispararse como un perro al oír la
orden. Pero no era sólo él, la miseria romántica tan repelente unos instantes atrás cedió
de pronto, y todos en la mesa, como si fueran una patrulla, esperaban la orden para
entregarse a la lucha.
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Mientras tanto Fryderyk seguía maniobrando para juntar a Henia con Karol, esta vez
utilizando al prometido. Le dio los papeles de un teatro escrito por él y los hacía actuar
en el parque, participaban de una escena extraña en la que los jóvenes, según desde
dónde se los mirara, recitaban con ademanes poéticos o caían en el pasto para
revolcarse.

Lo único que atinó a decir el pobre Waclaw, que observaba la escena desde el lugar en
que lo había puesto Fryderyk, es que eso de caer tan pronto y luego levantarse era raro,
que así no se hacía, que le parecía que ella no se había entregado a él, y que eso le
resultaba peor que si hubieran vivido juntos, que si se le hubiera entregado él podía
defenderse, pero así no, porque entre ellos ocurría de otro modo, y al no habérsele
entregado Henia era todavía más de Karol.
Llegando al final hay un intercambio de mensajes escritos entre Gombrowicz y
Fryderyk, es un intento que hacen los adultos por saber qué es lo que está pasando
realmente. Fryderyk confiesa que no tiene un plan determinado, que actúa siguiendo las
líneas de tensión y del apetito.

Él piensa que los jóvenes no se juntan porque sería demasiada plenitud para ellos, que
se les acercan y flirtean porque quieren hacerlo gracias a ellos, a través de ellos y
también de Waclaw, por ellos. Lo peligroso de todo esto es que Fryderyk siente que ha
caído en manos de unos seres frívolos, unas manos apenas crecidas, y en la plenitud de
su desarrollo intelectual y moral.
Fryderyk se sentía empujado con el pensamiento y la pasión a hacer justamente lo que
estaba haciendo, como un Cristo crucificado en una cruz de dieciséis años. Y llegamos
al final. Los adultos no se animan a matar a Semian y le piden a Karol que lo haga con
la irresponsabilidad de la juventud para quitarle gravedad a al crimen tan siniestro que
se está planeando.

Waclaw, que está preparando su propia muerte entra al cuarto de Semian y lo mata.
Apaga la luz y se enmascara con un pañuelo para que no lo reconozca Karol cuando le
abra la puerta. Karol no lo reconoce y lo mata creyendo que es Semian. Queda un cabo
suelto, Joziek, el joven al que no se lo puede entregar a la policía porque es inocente,
entonces, Fryderyk lo mata, y no se sabe si lo mata para guardar sin mancha la memoria
de doña Amelia que había caído en el pecado original, o para ponerle el punto final a la
no consumación de los jóvenes. Hania y Karol sonríen, “como sonríe la juventud
cuando no sabe cómo salir de un apuro. Y durante unos segundos, ellos y nosotros, en
nuestra catástrofe, nos miramos a los ojos”.

WITOLD GOMBROWICZ Y STANISLAW IGNACY WITKIEWICZ

“Witkiewicz, desenfrenado y perspicaz, cuya inspiración provenía del cinismo, era
suficientemente degenerado y loco como para salir de la normalidad polaca hacia unos
espacios ilimitados, y al mismo tiempo lo bastante sensato y consciente como para
devolver la locura a la normalidad y unirla a la realidad. Sin embargo, desaprovechó su
talento, al igual que Przybyszewski, seducido por su propio demonismo, sin saber unir
lo anormal a lo normal y, víctima, por lo tanto, de su propia excentricidad (...)”
Todo amaneramiento es resultado de la incapacidad de oponerse a la forma; cierta
manera de ser se nos contagia, se convierte en vicio, se hace, como suele decirse, más
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fuerte que nosotros. Y no es de extrañar, pues, que estos escritores muy poco asentados
en la realidad, o más bien asentados en la irrealidad polaca o en la realidad incompleta,
no supieran defenderse ante la hipertrofia de la forma (...)”

“Para Witkiewicz, igual que para Przybyszewski, el amaneramiento se convirtió en
facilidad y absolución del esfuerzo, por eso la forma de ambos es tan apresurada como
negligente”
Gombrowicz veía a Witkiewicz a menudo en su juventud, pero tenía que utilizar alta
diplomacia para mantener una cierta armonía con una naturaleza tan diferente de la
suya. Hay que decir que Witkiewicz también le tenía paciencia a él. Gombrowicz, que
conocía el egocentrismo agresivo de ese gigante pesado, estaba dispuesto a romper las
relaciones con él en cualquier momento, así que no le importaba que para diferenciarse
de Witkiewicz tuviera que insistir en la representación del papel de un terrateniente
snob y amanerado.

Witkacy se daba cuenta que le respondía con su propia pose a su pose, pero el séquito
de tontos que lo rodeaba, en cambio, lo consideraba a Gombrowicz como a un
verdadero idiota. Hay que decir, no obstante, que este hombre endemoniado luchaba
contra el fanatismo nacionalista, contra los delirios de grandeza polacos, contra la
misión de Polonia “Semper fidelis” en los confines de Europa.
Despreciaba a los intelectuales polacos mediocres. El elemento que lo hace a Witkacy
tan familiar a nuestro presente es el demonismo, un demonismo al que Gombrowicz
califica de monstruosidad. Su objetivismo inhumano se transformó en algo
escandalosamente humano, se transformó en cinismo, y el cinismo se metamorfoseó en
brutalidad sexual.

A las monstruosidades del cinismo del intelecto y de la brutalidad del sexo Witkiewicz
le agregó otra monstruosidad más: el absurdo. Impotente y desesperado frente la
insensatez del mundo lleva el absurdo al punto de convertirse él mismo en un absurdo,
un sin sentido que utiliza para vengarse de los hombres en todos los planos de la
existencia.
“Finalmente llega a la monstruosidad metafísica. Quiere alcanzar el escalofrío
metafísico que nos arranca de lo cotidiano, colocando a la naturaleza humana en
contacto inmediato con su insondable misterio. Por otra parte, esta metafísica no eleva
al hombre, al contrario, lo desfigura. Witkiewicz tiene algo de un ser fantástico por su
deforme y convulsa capacidad de excitarse frente al abismo de su propia persona (...)”

“El frío sadismo con el que este autor trata los productos de su imaginación no se apaga
jamás, ni siquiera un segundo. La metafísica es para él una orgía, en la que se abandona
con el enfurecimiento de un loco”
Gombrowicz era el benjamín de un grupo que recibió el nombre de los tres
mosqueteros: Stanislaw Ignacy Witkiewicz, Bruno Schulz y Witold Gombrowicz. Sin
embargo, ninguno de los tres tenía un sentimiento marcado de pertenencia a ese clan de
escritores cuyo horizonte era bastante diferente al del nivel medio de la literatura polaca.
Bruno Schulz llevó a Gombrowicz a la casa del más loco de los mosqueteros: Stanislaw
Ignacy Witkiewicz. De ese modo esos tres hombres que trataban de orientar la literatura
polaca hacia nuevos caminos, que tuvieron una gran influencia en el arte polaco y que
fueron apreciados en el mundo, se encontraban por fin juntos.
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Si dejamos un poco de lado el entusiasmo de Schulz por Gombrowicz se podría decir
que el escepticismo y la frialdad reinó siempre entre ellos. Gombrowicz no creía en el
arte de Witkacy, y Witkacy pensaba que Gombrowicz era demasiado hijo de mamá, no
esperaba de él nada extraordinario. Desde el primer encuentro Witkiewicz lo cansó y lo
aburrió, se atormentaba a sí mismo y a los demás con una actuación teatral incesante
para sorprender y centrar la atención de los demás en él.
Sus defectos eran también los de Gombrowicz que los observaba en Witkacy como en
un espejo deformante, monstruoso y de proporciones apocalípticas. Cuando le mostró su
“museo de los horrores” en el que lucía la lengua seca de un recién nacido Gombrowicz
lo detuvo con una actitud de hidalgo polaco: –¡Pero no nos enseñe cosas semejantes!
¡Eso es incorrecto!

Fue el instinto de conservación, Gombrowicz sabía que si no se le oponía de inmediato
lo iba a dominar e incluir en su séquito. A pesar de los antagonismos y animosidades de
los tres mosqueteros tenían en común el deseo de sobrepasar los límites del
provincianismo polaco y salir a aguas más abiertas respirando el aire de Europa y del
mundo, al contrario de los ases locales que eran cien veces más polacos.
Los tres mosqueteros conocían el valor de la originalidad en una medida universal más
que local, y abordaban el arte formados en técnicas y conceptos extranjeros de
vanguardia decididos a tomar a la literatura polaca por los cuernos. Renunciaron a
muchos amores que podían atarlos y fueron más libres e incisivos, más severos y
dramáticos.

La inteligencia y la intransigencia de Witkiewicz eran espléndidas pero exageraba su
actitud de teórico endemoniado y no se daba cuenta de que aburría, su incapacidad de
tratar con un hombre vivo sin considerarlo una abstracción era irritante y lo convirtió en
un hombre seco y farsante. Witkacy, el demonio, acabó consigo de una manera
demoníaca. Huyendo de los bolcheviques en la última guerra se mató en un bosque.
Witkiewicz no creía en la casualidad. Se creyó un profeta. Cuando comenzó la guerra
intentó entrar como oficial de la reserva, pero a causa de su edad no recibió la orden de
movilización. En diciembre de 1939, al conocer que el Ejército Rojo había invadido
Varsovia, salió de su casa en busca de un buen árbol a cuyo pie matarse. Una hora
después encontró una encina.

Comenzó a inyectarse una droga para que la sangre le circulara más rápido y la perdiera
de prisa, y luego ingirió luminal. Se hizo un tajo en el brazo con una hoja de afeitar. Al
día siguiente lo encontraron muerto, las bellotas de la encina seguían cayendo sobre su
cuerpo. Stanislaw Ignacy Mitkiewicz quiso tener más de un nombre, como también los
tiene el diablo, y adoptó el seudónimo de Witkacy para distinguirse de su padre,
Stanislaw Witkiewicz, pintor y escritor como él.
“La derrota que sufrió Witkacy era inteligente: el demonismo se convirtió para él en un
juguete, y ese payaso trágico estuvo muriéndose durante su vida, como Jarry, con un
palillo entre los dientes, con sus teorías, con la forma pura, sus dramas, sus retratos, sus
'tripas', su 'panza' y sus colecciones porno-macabras (...)”

“Lo que se destaca en él es la impotencia frente a la realidad y la suciedad de su
imaginación, que no era sólo el resultado de la irrupción de lo asqueroso en el arte
europeo, sino también la expresión de nuestra impotencia ante la suciedad que nos
devoraba en una casa de campesinos, en el camastro judío, en las casas sin retrete. Los
polacos de esta generación ya percibían con toda claridad la suciedad como algo extraño
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y horrible, pero no sabían qué hacer con ello, era un forúnculo que llevaban encima y
cuyas ponzoñas los envenenaban”

WITOLD GOMBROWICZ Y HENRI LEFEBVRE

“Lefebvre sobre Kierkegaard: „Perdió su amor, su novia. Ruega a Dios que le devuelva
todo lo perdido y espera (...) ¿Qué es lo que reclama, pues, Kierkegaard? Reclama la
repetición de una vida que no vivió, la recuperación de la novia perdida (...) Reclama la
repetición del pasado; que le sea devuelta Regina, tal como era en los tiempos de
noviazgo‟ (...)”
“¡Qué parecido tan grande entre este pensamiento de Lefebvre y „El casamiento‟! Sólo
que Henryk no se dirige a Dios sino a los hombres. Derriba a su padre-rey (el único
eslabón que lo une con Dios y con la moral absoluta), tras lo cual, al proclamarse rey,
intentará recuperar el pasado sirviéndose de los hombres, creando de ellos y con ellos
una realidad. Magia divina y magia humana”

“Lefebvre, igual que todos los marxistas que escriben sobre el existencialismo, resulta a
ratos, al menos para mí, perspicaz, pero al cabo de poco tiempo es como si se hubiera
caído de una ventana a la calle, resulta totalmente vulgar, insoportablemente plano”
Henri Lefebvre, filósofo marxista, intelectual, sociólogo y crítico literario, enfrentado al
pensamiento estructuralista francés, sus ideas sobre un marxismo humanista tuvieron
una gran influencia en las líneas de pensamiento de los años 1960 y 1970. Lefebvre
consideraba necesario que la cotidianidad se libere de los caracteres impuestos por el
capitalismo a la vida individual y colectiva. De lo contrario, la cotidianidad será como
un depósito subterráneo en el que se sedimentan los convencionalismos y las mentiras
del poder y por tanto será también una barrera que impida la creatividad.

Para Lefebvre el individuo puede crear una ideología política que le permita cambiar la
estructura del entorno y reorganizar el territorio, de manera que el hombre se apropie
del espacio que hace a su identidad. En cuanto a Kierkegaard podemos decir que era
enemigo del disimulo y las mentiras, quería llevar una vida auténtica en el reino de la fe
cristiana y luchar contra la mala fe de los que fingían tenerla sin vivir al nivel de los
severos y austeros principios del cristianismo verdadero.
Quiso ponerse a prueba él mismo y eligió romper su compromiso con la hermosa
Regina Olsen que lo adoraba, una conducta que utilizó desvergonzadamente en sus
libros describiendo a la mujer como el eterno enemigo del espíritu, como el diablo que
arrastra a los jóvenes a sus trampas.

Pero todas estas actitudes con las justificaciones respectivas eran mentiras, mentiras al
mundo y a sí mismo. El sueño de Kierkeggard que ruega a Dios que le devuelva a
Regina, no es el mismo de Gombrowicz en “El casamiento”; Manka estaba pasada de
vueltas cuando Henryk le ruega al padre que se la devuelva virgen e inocente. Los
padres de Henryk no tenían una buena opinión de Manka.
“Por favor, no piensen que pueden permitírselo todo porque esto es una posada. ¿Pero
qué es esto? ¡Eh! Les entran las ganas, también es una calamidad que a esta arrastrada
todos la quieran manosear, no piensan más que en tocarla, todos la tocan y la sofaldan,
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día y noche, sin parar, siempre igual, frotarla, sobarla, sofaldarla, y eso trae problemas
(...) ¡No te cases con ella! (...)”

“Porque el viejo borracho dijo la verdad. Ella tonteaba con Wladzio, en el pasado (...)
¡También yo los sorprendí sobándose junto al pozo en pleno día, se toqueteaban y se
buscaban, él a ella y ella a él, Henryk, no te cases!”
Gombrowicz empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir la
parodia de un drama genial. Se propuso mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia
de Dios a la iglesia de los hombres, pero esta idea no le apareció al comienzo, en la
mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería. “El casamiento” es la
teatralidad de la existencia, una realidad creada a través de la forma que se vuelve
contra Henryk y lo destruye. En esta obra Gombrowicz les abre la puerta a sus
percepciones proféticas.

Es el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que se celebra en un futuro
trágico en el que el hombre advierte con horror que se está formando a sí mismo de un
modo imprevisible; un acorde disonante entre el individuo y la forma. Si no hay Dios,
los valores nacen entre los hombres.
Pero el reinado de Henryk sobre los hombres tiene que hacerse real convirtiéndose en
un hecho, las necesidades formales de la acción para hacerlo rey terminan por
derrumbarlo y toda la transmutación fracasa; ha recibido un zarpazo de Dios. En esta
pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado en el ejército francés
que está peleando contra los alemanes en algún lugar de Francia. Durante el sueño se le
abren paso las preocupaciones de la guerra.

La angustia que le produce su familia perdida en alguna de las provincias profundas de
Polonia le despierta los temores del hombre contemporáneo a caballo de dos épocas.
Henryk ve surgir de ese mundo onírico a su casa natal en Polonia, a sus padres y a su
novia.
El hogar se ha envilecido y transformado en una taberna en la que su novia es la
camarera y su padre el tabernero, y ese padre empobrecido y degradado en una posada
miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él, grita al cielo que es
intocable, y alrededor de esta exclamación se empieza a hilar toda la trama de la obra.
Los borrachos cantando y bailando a su alrededor con risas beodas y sarcásticas lo
señalan con el dedo como si fuera un rey intocable.

Pero, entonces, el hijo le rinde homenaje al padre con toda la seriedad de una
consagración real, y el padre se transforma en rey. Ya como rey el padre eleva al hijo a
la dignidad de príncipe y le hace la promesa, en virtud de su poder real, de que le
concederá un casamiento digno y religioso, y que restituirá a la novia la pureza y la
integridad de antaño.
Cuando se está preparando el casamiento digno y sagrado que celebrará un obispo el
sueño del protagonista empieza a vacilar junto a la ceremonia, Henryk se siente
amenazado por la estupidez, justamente cuando aspira con toda el alma a la sabiduría, a
la dignidad y a la pureza y, poco a poco, va perdiendo la confianza en sí mismo y en el
sueño.

Otra vez entra en la escena el cabecilla de los borrachos para provocarlos, y cuando
Henryk está a punto de pegarle, la escena se metamorfosea en una recepción de la corte
en la que el borracho se ha convertido en el embajador de una potencia extranjera que
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incita al príncipe a la traición. El obispo, el rey, la iglesia y Dios son viejas
supersticiones y, si Henryk se proclamara a sí mismo rey, ninguna autoridad divina ni
terrenal le sería necesaria.
Se administraría a sí mismo el sacramento del matrimonio y obligaría a todos a
reconocerlo y a reconocer a la novia como pura y unida a él. Una transformación que
había comenzado con la intocabilidad del padre culmina en el paso de un mundo basado
en la autoridad divina y paternal a otro en el que la propia voluntad de Henryk deberá
convertirse en la autoridad divina y creadora como la de Hitler, como la de Stalin.

El príncipe cede a la incitación del borracho, destrona al padre y se convierte en rey,
pero el borracho anda detrás de algo más. Cuando estaba por finalizar la ceremonia
matrimonial le pide a un amigo de Henryk que sostenga una flor encima de la cabeza de
la novia; acto seguido la escamotea rápidamente dejándolos en una actitud falsa y
sospechosa que despierta los celos del príncipe.
Henryk ve al borracho como si fuera un sacerdote cochino uniendo a su amigo Wlazio
y a su prometida Manka en un casamiento inmoral y bajo. Henryk se convierte en un
dictador, ha dominado a todo el mundo, también a sus padres, y de nuevo se vuelve a
preparar la ceremonia nupcial pero esta vez sin Dios, sin otra sanción que la de su poder
absoluto.

Pero el dictador siente que su poder sólo tendrá realidad si es confirmado por alguien
que realice voluntariamente el sacrificio de su sangre. Le pide a Wladzio que se mate
para él, pues este sacrificio calmará sus celos y lo hará poderoso y formidable para
realizar su casamiento y conseguir la pureza de la novia. Wladzio se mata, pero Henryk
retrocede horrorizado ante lo que ha hecho y el casamiento no se consuma.

WITOLD GOMBROWICZ Y ANDRZEJ BOBKOWSKI

Es muy difícil pensar en el determinismo en cualquier campo que sea después del
broche de oro que le puso Laplace. Este matemático francés coronó el pensamiento
causal afirmando que podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del
pasado y la causa de su futuro. Ni siquiera la física cuántica se libra del demonio de
Laplace, un demonio tan poderoso que lo obliga a Einstein a decir que Dios no juega a
los dados. Hasta la cabeza de Gombrowicz era zarandeada por el demonio de Laplace.
“Leo los diarios con pasión, me atrae el abismo de la vida ajena, aunque esté adornada o
incluso tergiversada; en cualquier caso es un caldo hecho a base de realidad y me gusta
saber que, por ejemplo, el 3 de mayo de 1942 Bobkowski enseñaba a su mujer a ir en
bicicleta en el bosque de Vincennes (...)”

“¿Y yo? ¿Qué hice ese día? Ya veréis, o más bien no veréis: dentro de doscientos o mil
años surgirá una nueva ciencia que establecerá las relaciones de tiempo entre los
individuos, y entonces se sabrá que lo que le ocurre a uno no deja de tener relación con
lo que le ha sucedido simultáneamente a otro... Y esta sincronización de la existencias
nos abrirá nuevas perspectivas..., pero basta...”
La nueva ciencia surgida para la sincronización de las existencias crearía un campo
donde los sucesos estarían completamente definidos, y esta es una cuestión que tiene
que sobresaltar a Gombrowicz.
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“Mi novela „Cosmos‟ es capaz de angustiarme, y hasta de asustarme. ¿Por qué? Porque
a lo largo de mi vida me he forjado una sensibilidad especial hacia la forma, y,
verdaderamente, el hecho de tener cinco dedos en la mano me da miedo (...)”

“¿Por qué cinco? ¿Por qué no 327.584.598.208.854? ¿Y por qué no todas las cantidades
a la vez? Y en definitiva, ¿por qué dedos? Para mí no existe nada más fantástico que el
estar ahí, y ahora, y el ser tal, definido, concreto, éste y no otro?”
Sin embargo, el demonio de Laplace es paradójico. Si mis acciones determinan
inexorablemente el futuro, soy responsable de todo lo que ocurrirá en el mundo. Pero si
mi propia vida está regida por circunstancias que escapan a mi control, entonces, no soy
responsable de mis acciones. “Cosmos” es la obra más abstracta de todas las que
escribió Gombrowicz, y es por ella que recibió el “Formentor”, es decir, el Premio
Internacional de Literatura. Las relaciones que Gombrowicz tenía con la abstracción,
especialmente con la matemática que es su forma más pura, se pusieron de manifiesto
muy tempranamente.

“Volvió a repetirse lo mismo, desgraciadamente, en el examen escrito de matemáticas.
Mi falta de talento en esta materia se dejó ver con toda claridad. Ataqué el problema de
trigonometría con la bravura de un suicida y, para mi mayor sorpresa, lo resolví en diez
minutos. Todo iba como la seda: bastaba sumar unas cuantas cifras y ya estaba listo.
Pero yo sabía que era demasiado hermoso para ser cierto y me dispuse a buscar,
horrorizado, otras soluciones (...)”
“Pero no había nada que hacer, cada vez, como un tren sobre una vía muerta, llegaba a
la misma solución sencilla, clara, deslumbrante por su evidencia. Por fin sucumbí, no
pude resistirme más a la evidencia y, presa de los peores presentimientos, entregué el
trabajo (...)”

“Sabía que me iban a poner un cero pero, ¿qué podía hacer si no existía mancha ninguna
en mi obra? Sí, un cero en trigonometría, un cero en álgebra, un cero en latín: tres ceros
coronaron mis esfuerzos. Parecía que no tenía salvación”
La naturaleza de “Cosmos” tiene sin embargo una extraña relación con la ciencia de
matemática, especialmente en los desarrollos de series y en el análisis combinatorio, un
asunto que ha despertado el interés, entre otros, de Gilles Deleuze. En agosto de 1963
Gombrowicz retoma “Cosmos”, una obra que había interrumpido en febrero de ese año
al enterarse que la Fundación Ford lo invitaba a pasar un año en Berlín. En mayo, recién
llegado a Berlín, nos empieza a decir que tenía dificultades para terminarlo. En
septiembre nos escribe que le faltaban aproximadamente cuarenta páginas muy difíciles
y que no le aparecía claro el título.

Dudaba entre Cosmos, Figura y Constelación. En octubre nos confiesa que la obra lo
había aburrido en tal forma que no tenía ganas de terminarla, que el final era bravísimo
y que ensayaba nuevos métodos y concepciones. En diciembre nos cuenta que le
faltaban tres páginas para terminar pero que no sabía cómo hacerlo y que a lo mejor lo
dejaba sin terminar.
En junio de 1964 nos dice que le faltaban diez páginas y en agosto, que lo había
terminado. A Gombrowicz no le gustaba dar datos sobre su obra cuando la estaba
escribiendo ni detalles sobre su vida privada, por esta razón es que no nos informaba
qué parte de la historia de “Cosmos” no tenía resuelta cuando le faltaban cuarenta
páginas.
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Pero por esa cantidad de páginas yo calculo que todavía no había decidido hacerlo
masturbar a Leon, ahorcar a Ludwik ni desencadenar el diluvio final que se parece
bastante a dejar sin terminar la historia. Si bien la masturbación de Leon, el
ahorcamiento de Ludwik y el diluvio son elementos verdaderamente dramáticos del
final de “Cosmos” todavía nos podemos imaginar que Gombrowicz podía haberlos
cambiado por otros.
Sin embargo, hay un momento de las obras en el que ya han aparecido las escenas
claves, las metáforas fundamentales y los símbolos que apuntan en una dirección
determinada y no se pueden cambiar por otros. Del caos inicial, por una acumulación de
forma, se pasa a las escenas, a los personajes, a los conceptos y a las imágenes que el
proceso de control ya no puede eliminar, y de lo ya creado se creará el resto.

Ese momento es para “Cosmos” la integración del análisis combinatorio con el sistema
de series de las bocas de Lena y de Katasia y de los tres elementos colgantes: el gorrión
el palito y el gato. Gombrowicz zambulle al matemático de la combinaciones que tiene
dentro en los mundos de la causalidad, del azar, de la lógica interna y externa, del
intento de organizar el caos.
También se introduce dentro de los mundos de la formación de la realidad, de las bocas
erotizadas y sexualizadas, de la pasión enfermiza de un joven estudiante, de la
masturbación y de la muerte. La acción está constituida por ideas que se perfilan poco a
poco y luego se vuelven nítidas, el protagonista le sigue la pista a estas formas para
asociarlas pero constantemente le vuelven a caer en el caos.

La realidad surge de asociaciones de una manera indolente y torpe en medio de
equívocos, a cada momento la construcción se hunde en el caos, y a cada momento la
forma se levanta de las cenizas como una historia que se crea a sí misma a medida que
se escribe, introduciéndose de una manera ordinaria en un mundo extraordinario, en los
bastidores de la realidad.
Gilles Deleuze habla de Gombrowicz en un curso que da sobre la confrontación entre
Whitehead y Leibniz como un ejemplo del escritor que sale del caos haciendo series.
Para Deleuze, “Cosmos” es el desorden puro del que Gombrowicz sale organizando dos
series diferentes, la de los ahorcados y la de las bocas. Después habla de la tonalidad
afectiva fundamental de Leibniz y de la de Descartes, la tonalidad afectiva fundamental
de Cartesius vendría a ser la sospecha.

La filosofía es para Deleuze el arte de formar, de inventar y de fabricar conceptos, una
idea realmente interesante.
“Sólo hay una manera de salir del caos, haciendo series. La serie es la primera palabra
después del caos, es el primer balbuceo. Gombrowicz hizo una novela muy interesante
que se llama „Cosmos‟, donde él se lanza, como novelista, en la misma tentativa.
„Cosmos‟ es el desorden puro, es el caos, ¿cómo salir del caos? La novela de
Gombrowicz es muy bella, muestra cómo se organizan las series a partir del caos, sobre
todo hay en ella dos series insólitas que se organizan. Una serie de animales ahorcados,
el gorrión ahorcado y el pollo ahorcado, y una serie de bocas, series que se interfieren la
una con la otra y poco a poco trazan un orden en el caos. Es una novela muy curiosa que
uno no hubiera terminado de leer si es que no se hubiera metido de cabeza dentro de
ella”
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WITOLD GOMBROWICZ Y LÉON BLOY

“¡La ridiculez de Léon Bloy! Un día anota en su diario que en la madrugada lo despertó
un grito terrible como llegado del infinito. Convencido de que era el grito de un alma
condenada, cayó de rodillas y se sumió en una ferviente oración. Al día siguiente
escribe: „Ah, ya sé de quién era aquella alma. La prensa informa que ayer murió Alfred
Jarry, justamente a la misma hora y en el mismo minuto en que a mí me llegó aquel
grito...‟ (...)”
“Y para contraste, ¡la ridiculez de Alfred Jarry! Para vengarse de Dios, pidió un palillo
y murió hurgándose los dientes. Lo prefiero a Bloy, a quien Dios proporcionó sobre
todo una magnífica superioridad absoluta sobre los demás mortales. Bloy vivía
gozosamente entregado al Todopoderoso”

“¿Una razón medieval? ¿Un alma medieval? En tiempo de Carlomagno el papel de la
intelligentsia era justamente opuesto al de hoy en día. En aquellos tiempos el intelectual
estaba subordinado al pensamiento colectivo (de la Iglesia), en cambio el hombre
simple pensaba por su cuenta, empíricamente y sin dogmas, en las cuestiones prácticas,
cotidianas... Hoy es todo lo contrario...., la inteligencia se ha desencadenado y ya nada
puede (...) Si pudiera, aunque fuese por un segundo, abarcar la totalidad. ¿Vivir siempre
de fragmentos, migajas? ¿Concentrarme siempre en una sola cosa, dejando escapar
todas las demás? ¿De qué me sirve ese Léon Bloy? Aunque...”
Las obras de Léon Bloy reflejan una profundización de la devoción a la Iglesia católica
y la mayoría en general un gran deseo de lo absoluto.

Bloy conoce a una prostituta a la que convierte al catolicismo y que gradualmente
empieza a tener experiencias místicas y revelaciones; el clímax de misticismo
exacerbado –en un entorno de miseria material y soledad espiritual– y de anuncios
apocalípticos incumplidos culmina con la demencia completa de la prostituta y el
aplastamiento moral de Bloy.
Enemigo declarado del mundo burgués, y de todos los valores que encarnaba el espíritu
moderno (progreso, democracia, ciencia), se lo suele emparentar en este aspecto con los
grandes artistas contestatarios de fines de siglo XIX: Nietzsche, Dostoyevsky,
Kierkegaard, Baudelaire. En algunos asuntos Gombrowicz sigue el camino de Léon
Bloy, por ejemplo, cuando se propone alcanzar la totalidad concentrándose en una sola
cosa.

“Yo miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez no pasa nada. Pero
si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez, entonces me voy a preguntar por qué el
cenicero se ha convertido en un objeto más interesante que los demás. Y si vuelvo a
mirarlo una tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto decisivo. Por
la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia terrible a una cosa
que no tiene aspecto de ser tan importante. Esta emboscada de la conciencia tiene una
gran importancia en mis obras”
Gombrowicz tenía una gran maestría para animar a los seres sin alma y darles un orden
espiritual, por ejemplo, una mano en un relato de los diarios y un cadáver en “Crimen
premeditado”.

A las diez de la mañana Gombrowicz estaba tomando un café en el Querandí. El mozo
se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle atención a su mano que cuelga silenciosa,
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secreta y desocupada pero, de pronto, sin saber por qué, sus pensamientos vuelan hacia
un árbol que había visto una vez desde la ventanilla del tren. La mano del mozo lo había
asaltado de repente en medio del silencio.
Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que estaba haciendo de
la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de
existencia. La idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno.
Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el mismo momento, ese
ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las últimas realizaciones,
estaba con él.

Un ser representante de la amargura, la furia y el silencio de humanidad. Silencioso
como la mano del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el Querandí mientras
Gombrowicz estaba en casa? Si dejara de pensar en la mano del mozo la mano se
disiparía en la facilidad de la nada, pero la mano volvía a él porque el había vuelto a ella
con Nietzsche. Y la mano le vuelve otra vez, ahora con la mano del Embajador de
Polonia con quien estaba conversando.
Miraba esa mano diplomática apoyada el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino
aquella otra abandonada allá, como un punto de referencia. Gombrowicz empieza a
tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un incrédulo, pero la presencia del
mal convertía su ser en una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo.

Le resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el que la falta de
datos tenía el mismo significado que su abundancia. Su propia mano descansaba
tranquila en el bolsillo, también descansaban tranquilas las manos sobre las rodillas de
los automovilistas que corrían en sus coches. ¿Y la mano del Querandí qué estaría
haciendo? Estaba vagabundeando en la periferia de sus límites en busca de no se sabe
qué.
¿Y si Gombrowicz de repente se arrodillara ante la mano? Sería un intento fallido, como
siempre, de construir un altar cualquiera. Una desesperación por agarrase de algo, de la
mano del mozo del café Querandí. Más tarde, en el restaurante Sorrento, se le acercó el
mozo, también con una mano desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo
era importante porque no era aquélla.

Está adorando un objeto que él mismo enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no
tiene derecho a exigir que se postren ante él, de modo que el ponerse de rodillas sólo
depende de Gombrowicz. Escogió esa mano del Querandí para agarrarse de algo, para
tener un punto de referencia. Pero no quiere que la mano haga algo con él, o de él. Ya es
de noche, llega a un café de Lavalle y San Martín.
Discute con Gómez sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de vista es que en “Crimen
y Castigo” no existe un drama de conciencia en el sentido clásico de la palabra. El juicio
de Raskólnikov no es de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio de
espejo. Este tipo de reflejo se convierte también en un mecanismo que nos lleva a decir
lo que nos pasa por la cabeza.

Esta conciencia de espejo es como fijar la mano en alguna parte, fuera de nosotros, por
la fuerza de un reflejo. Así como se iba construyendo la conciencia de Raskólnikov, así
es como se le estaba construyendo esa mano a Gombrowicz. Esa mano se ha convertido
en un parásito, ahora se está alimentando de Dostoievski, no parará hasta chupar de
Gombrowicz todas las palabras que necesite. Llegó la medianoche, habían pasado
catorce horas desde el comienzo de la aventura. ¿Dónde estará la mano en ese
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momento? ¿Todavía en el Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y se habrá puesto
a dormir?
“Me pareció tranquila al verla por primera vez en el Querandí... , pero se ha vuelto cada
vez más posesiva... , y yo mismo ya no sé qué es la que podría frenarla allá, en la
periferia... , donde está mi límite”

En “Crimen premeditado” también podemos encontrar algunas huellas de la preferencia
que tiene Gombrowicz por Bloy cuando lo compara con Jarry. De la casa de Ignacio K.
solicitaron la ayuda de un juez para resolver un problema patrimonial. El funcionario
llegó a la noche, lo atacaron los perros y tuvo que meterse de apuro en el coche.
Finalmente pudo anunciarse como el juez de instrucción H. y manifestar el deseo de
verse con el señor K.
El joven Antonio lo hizo pasar y le dijo que era hijo del anfitrión. Su hermana Cecilia,
que los esperaba en una sala pequeña, con excepción de una cara bonita, pertenecía a la
clase de las jóvenes carentes de reacciones, indiferentes y despistadas. Le dieron la
bienvenida, estaban temerosos, pero no se sabía de qué tenían miedo.

El juez preguntó si el señor K se hallaba en casa y los hermanos respondieron
afirmativamente. La cena fue sombría, el apetito del hambriento juez resultaba extraño
tanto a los hermanos como a Esteban, un criado. Cuando terminaron de cenar entró la
madre, la señora K., se sentó sin pronunciar palabra, miró con severidad al juez y
después de unos minutos le comentó que quizás estuviera molesto por haber hecho un
viaje sin sentido puesto que su esposo había fallecido anoche.
El juez muy sorprendido le dio las condolencias y balbuceó algo referente al respeto y
aprecio que siempre había tenido por el difunto. Como el visitante estaba acostumbrado
a los cadáveres provenientes de los asesinatos, en vez de pedir permiso para ver al
difunto, lo pidió para ver el cadáver, una palabra que produjo un efecto desafortunado.

La viuda rompió a llorar y le tendió una mano que el juez besó con humildad. El
protagonista permaneció allí, mirando las manos temblorosas de la señora sin que se le
ocurriera nada, sintiendo que su situación a cada minuto se volvía más embarazosa. La
señora lo acompañó a ver a Ignacio.
Mientras subían al piso superior le comentaba que fue un golpe terrible, que los hijos
estaban aturdidos y no decían nada, que Antonio estaba disgustado con ella porque le
temblaban las manos, que su hijo no debería haber tocado el cuerpo y esperaba que no
enfermara por haberlo tocado, sin embargo, algo se tenía que hacer, hubo que arreglarlo,
que Antonio no había llorado en ningún momento, que ella le rogaba al cielo para que
pudiera llorar.

Cuando la viuda abrió la puerta el juez se arrodilló e inclinó la cabeza sobre el pecho, el
muerto estaba en la cama tal como había fallecido. Su cara azul e hinchada indicaba la
muerte por asfixia, muy común en los ataques al corazón. El juez se persignó, rezó una
plegaria e hizo un comentario sobre la nobleza de los rasgos del difunto.
Se volvió a arrodillar otra vez a dos pasos de un cadáver que no tenía derecho a tocar.
Desde el mismo momento de llegada todo lo que había hecho le resultaba falso y
pretencioso, como la representación de un actor mediocre. Cuando por fin se halló en su
habitación se sacó el cuello y lo arrojó al piso para pisotearlo, estaba furioso, sentía que
lo estaban poniendo en ridículo, que aquella mujer malvada había preparado todo muy
hábilmente.
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La viuda le exigía que le rinda homenaje, que le bese las manos, que tenga sentimientos.
Le daba rabia que no hubieran tenido en cuenta su carácter de juez de instrucción y que
en la casa había un cadáver, y que una cosa debía estar relacionada con la otra, un
huésped que accidentalmente resulta ser un juez de instrucción al que no le envían el
coche y se resisten a abrirle la puerta.
A alguien le molestaba la presencia del juez, lo obligaban a arrodillarse y a besar manos
con el pretexto de que el finado había muerto de muerte natural. Había algo irregular en
todo eso. El funcionario echó mano a toda la agudeza de que disponía y empezó a
establecer la cadena de hechos, a construir silogismos, a seguir los hilos y a buscar
pruebas.

A la mañana siguiente el juez se puso a hablar con el otro criado, le confirmó que
Ignacio había muerto en la habitación de arriba, también le dijo que Esteban dormía con
el mayordomo en un cuarto junto a la cocina, y que él dormía en la despensa, que la
señora dormía con el señor pero una semana antes de la muerte se había mudado al
cuarto de la hija, y que Antonio dormía en la planta baja junto al comedor.
Le resultó extraño lo de la mudanza de la esposa pero se propuso no sacar conclusiones
apresuradas. Cuando la viuda le preguntó si ya se iba le respondió que le gustaría
quedarse un poco más. La viuda murmuró algo sobre el traslado del cadáver y le
preguntó con poca convicción si estaría presente en el funeral. El juez le respondió que
sí, que era un gran honor para él estar presente y le pidió permiso para ver el cadáver
otra vez.

A juzgar por las evidencias el hombre había muerto de muerte natural, sin embargo, se
acercó al lecho y tocó el cuello del cadáver con un dedo. La viuda se alarmó pero el juez
siguió revisando el cuello y examinado toda la habitación, escrupulosamente. Lo único
que desentonaba en el conjunto era una enorme cucaracha muerta.
Finalmente el juez se decide y le pregunta a la viuda por qué se había mudado a la
habitación de la hija; la viuda le responde ofendida que se había mudado porque su hijo
se lo había recomendado, para que Ignacio tuviera más aire pues ya se había estado
asfixiando durante todo una noche. La mujer está preocupada, el juez le pide que no
trasladen el cadáver hasta el día siguiente, ella se yergue, lo desafía con la mirada y
abandona la habitación.

Pero, nada, sólo la cucaracha aplastada junto al tocador, es como si el cadáver,
contemplando el cielo, estuviera diciendo que había muerto de un ataque cardíaco. El
juez salió de su habitación para dar un paseo alrededor de la casa. Cuando entró al
comedor Cecilia y Antonio se alejaron rápidamente mientras los sirvientes preparaban
la mesa para el almuerzo.
La señora estaba aterrorizada y le preguntó a la hija si el juez ya se había ido, no
comprendía qué andaba buscando, que Antonio no lo iba a tolerar porque estaba
cometiendo una injuria. Cuando el juez le pregunta a Antonio si lo quería al padre, le
responde que lo quería bastante y que el día de la muerte había dormido en su
habitación de la planta baja.

Mientras el juez se lavaba las manos en su cuarto entró el mismo criado de la mañana
para preguntarle si necesitaba algo. Le contó que la noche de la muerte del señor
Ignacio, Antonio lo había encerrado con llave en la despensa, no estaba dormido a pesar
de que era la medianoche y lo había escuchado, le pidió al juez que por favor no
comentara esto.
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Pero si en el tribunal le hubieran preguntado al juez en qué se basaba para afirmar que
ese hombre había sido asesinado, tendría que haber respondido, que en el
comportamiento extraño del hijo, en que todos se comportaban como si lo hubieran
asesinado aunque la autopsia hubiera demostrado que había muerto de un ataque
cardíaco.

En la mesa el juez se mandó una larga perorata sobre la naturaleza del crimen, el crimen
real lo comete siempre el espíritu, los detalles son las formalidades médicas y judiciales,
los detalles son externos. De pronto, la viuda, pálida como la muerte, arrojó su servilleta
y, con las manos más temblorosas que de costumbre, se levantó de la mesa exclamando
que era un malvado.
El juez le responde que si él era un malvado que le explicara entonces por qué habían
cerrado la puerta con llave, pensando en la puerta de despensa, la noche de la muerte de
Ignacio. Cecilia dice que fue ella, la madre aclara que ella se lo ordenó, pero se referían
a la puerta del cuarto de ellas y no a la puerta de la despensa. Antonio manifestó que no
podía decir porque había cerrado la puerta y abandonó el comedor.

El juez pensó que el cadáver debía haberle preocupado a esa banda de asesinos. A la
medianoche Antonio golpeó su puerta y el juez lo hizo entrar, entonces el joven le dice
que o se iba inmediatamente de la casa o le hablaba con claridad sobre qué es lo que
estaba haciendo. El juez se decide y le dice que está pensando que su padre había sido
estrangulado.
Se ponen a reflexionar entre los dos y concluyen que nadie pudo haber entrado a la casa
desde afuera así que sólo existían seis sospechosos, tres de la familia y tres de la
servidumbre. Pero el paso de los sirvientes había sido cerrado por Antonio que no sabía
por qué lo había hecho. Como la madre y la hermana también habían cerrado la puerta
de su cuarto sin saber por qué, el único sospechosos que quedaba era Antonio.

Otra cuestión que lo volvía sospechoso es que no había llorado, y que se sentía feliz por
la muerte de su padre. Pero nadie había estado en el cuarto de Ignacio porque Antonio,
no sólo había cerrado la puerta de la despensa, sino también la de su propia habitación.
Antonio murmuraba que como todos temían que el padre se muriera, posiblemente, por
miedo y por pudor se habían encerrado con llave.
En fin, porque todos querían que Ignacio resolviera por su cuenta sus asuntos. Cuando
el juez se estaba preguntando quién lo habría hecho entonces, Antonio se quebró y le
confesó que lo había hecho él, que lo había hecho maquinalmente, sin pensarlo, que en
un minuto lo había estrangulado, había regresado a su cuarto y se había dormido
profundamente.

El juez le hizo ver que, sin embargo, existía una pequeña dificultad, una pequeña
formalidad nada importante: el cuello no revelaba huella alguna de estrangulación, el
cuello no había sido tocado. Dicho esto se deslizó por la puerta entreabierta y se fue a
esconder en el guardarropa del cuarto donde yacía el cadáver. Esperó largo rato hasta
que, finalmente, la puerta se abrió.
Alguien se deslizó en el interior y enseguida escuchó un ruido espantoso, la cama crujió
estruendosamente, después los pasos se retiraron sigilosamente. Luego de una hora el
juez salió del escondite, las sábanas que cubrían el cadáver estaban revueltas, el cuerpo
yacía ahora en diagonal y en el cuello aparecían, nítidas, las impresiones de diez dedos.
Las formalidades se habían cumplido ex post facto.
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“Aunque los peritos no estuvieron del todo satisfechos con aquellas huellas dactilares
(alegaban que había algo que no era del todo normal), fueron consideradas al fin, junto a
la plena confesión del asesino, como una base legal suficiente”

WITOLD GOMBROWICZ Y DAVID HUME

“Tanto para Marx como para Kierkegaard se necesita a Hegel. A Hegel no le hicaréis el
diente sin la “Crítica de ka Razón Pura”. Ésta su vez tiene su origen en parte en Hume,
en parte en Berkeley (...)”
A pesar de que el pensamiento abstracto le producía eczema, Gombrowicz se acompañó
durante toda su vida de filósofos importantes. La atracción que le producía Hume estaba
determinada especialmente por las reflexiones del filósofo sobre las percepciones y
sobre las conexiones no causales de los hechos. Los problemas de la causalidad, del
determinismo y del libre albedrío rondaban la cabeza de Gombrowicz.
“No tenemos otra noción de causa y efecto, excepto aquella de que ciertos objetos
siempre han coincidido, y que en sus apariciones pasadas se han mostrado inseparables
(...)”

“No podemos penetrar en la razón de esta conjunción. Sólo observamos la cosa en sí
misma, y siempre se da que la constante conjunción de los objetos adquiere la unión en
la imaginación”
Este pensamiento de Hume nos está diciendo que en realidad no podemos decir que un
acontecimiento causó al otro. Todo lo que sabemos con seguridad es que un
acontecimiento está correlacionado con el otro. Cuando nos parece estar viendo cómo
un acontecimiento siempre causa otro lo que en realidad estamos viendo es que un
acontecimiento ha estado siempre en conjunción constante con el otro. En consecuencia,
no tenemos ninguna razón para creer que el primero causó al segundo, o que
continuarán apareciendo siempre en conjunción constante en el futuro. Esta concepción
le quita toda la fuerza a la causalidad.

Bertrand Russell ha desechado también la noción de causalidad aduciendo que es un
tipo de superstición. Hume sostuvo que tanto nosotros como otros animales tenemos
una tendencia instintiva a creer en la causalidad debido al desarrollo de hábitos de
nuestro sistema nervioso, una creencia que no podemos eliminar, pero que no podemos
probar mediante ningún argumento, deductivo o inductivo.
A Gombrowicz se le presentaba con frecuencia el problema del determinismo: si mis
acciones determinan inexorablemente el futuro, yo soy responsable de todo lo que
ocurrirá en el mundo. Pero si mi propia vida está regida por circunstancias que escapan
a mi control, entonces, no soy responsable de mis acciones. Hume advirtió este
conflicto, al ver el problema desde la perspectiva contraria: el libre albedrío es
incompatible con el indeterminismo.

Si las acciones realizadas no están determinadas por los acontecimientos anteriores
entonces las acciones son completamente aleatorias. Además, y de más importancia aún
para la filosofía, no están determinadas por el carácter o por la personalidad. Pero,
¿cómo podría ser alguien responsable de una acción que no es consecuencia de su
carácter, sino que ocurre de forma aleatoria?
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El libre albedrío parece necesitar del determinismo, porque de lo contrario el agente y la
acción no estarían conectados. Así que, mientras que el libre albedrío parece contradecir
al determinismo, al mismo tiempo lo necesita. Todas estas cuestiones Gombrowicz las
pone en juego en “Cosmos”. A pesar de la desconfianza que Gombrowicz le tenía a la
razón y a las ideas es evidente que se sentía atraído por ellas.

En una de las últimas entrevistas que da en 1969 François Bondy le comenta que él
pareciera interesarse más en los filósofos que en los artistas. Gombrowicz recoge el
guante y le contesta que, no obstante, la filosofía le sigue siendo tan extraña como la
ciencia, y que estaba más interesado que nunca por el mundo de las pasiones.
“No creo en ninguna filosofía no erótica. No me fío de ningún pensamiento
desexualizado. Claro que es difícil creer que la “Lógica” de Hegel o la “Crítica de la
razón pura” de Kant hubieran podido concebirse si sus autores no se hubieran
mantenido a cierta distancia del cuerpo (...)”
“Pero la conciencia pura, en cuanto se realiza, tiene que sumirse de nuevo en el cuerpo,
en el sexo, en el Eros; el artista tiene que zambullir al filósofo en el embeleso, en el
atractivo, en la gracia”

En su intento por volver reales las asociaciones que tiene en la conciencia, Witold, el
protagonista principal de “Cosmos”, ahorca a un gato, un acto desleal pues falsea la
relación entre el ahorcamiento imaginario del gorrión y el ahorcamiento real del gato Al
poner en juego intencionalmente elementos reales para configurar una idea que tiene en
la conciencia, como el dedo que mete en la boca de Ludwik para entrar en contacto con
todas las bocas de la historia, el joven lleva a cabo un acto desleal.
Mediante la realización de esta acción anómala perturba lo que está observando y sólo
conocerá entonces el resultado de esa perturbación. En su intento de asociar lo sagrado
con el placer y la perversión le mete un dedo en la boca al sacerdote para hacerlo caer
en el mundo, para aislar las corrientes profundas de la forma, para que la realidad
aparezca de una manera trágica y metafísica.

En el encuentro de una persona con otra hay una zona de la conducta de la que se
ocupan la psicología y la antropología. Pero existe además otra esfera en la que el
comportamiento no está determinado de antemano, se va ajustando poco a poco y pasa
de un cierto caos a una estructura en la que cada persona define en la otra una función.
El conflicto entre el libre albedrío y el determinismo y el problema de la causalidad
aparecen en “Cosmos” bajo la forma de una geometría artística.
De las cuatro narraciones que integran la novelística de Gombrowicz “Cosmos” es la
más extraña de todas. La historia comienza cuando Witold se va de la casa de sus padres
en Varsovia, estaba harto de toda la familia, se dispone pues a tomar unas vacaciones, a
preparar un examen y a disfrutar del cambio de aire.

Mientras estaba buscando una pensión barata en Zakopane se encuentra con su amigo
Fuks que también estaba huyendo, pero no de sus padres sino de su jefe. Muy cerca de
la casa en la que finalmente los jóvenes estudiantes alquilarán un cuarto aparece la
primera anomalía de este relato, un acontecimiento extraño alrededor del cual Witold
empieza a armar la trama de un misterio que va creciendo hasta desembocar en una
verdadera tragedia.
En el medio de unas matas ven un gorrión, no era un gorrión común, era un gorrión que
estaba colgado de un alambre fino enredado en la rama de un árbol, un descubrimiento a
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primera vista inexplicable pues no tiene sentido ahorcar a un gorrión y luego colgarlo,
por lo menos no tiene un sentido racional y coherente.

Los problemas con el jefe de la oficina de Fuks y los de Witold con su padre los
predisponen a exagerar el significado de algunos hechos sin importancia. Cuando llegan
a la casa los atiende Katasia, una mujer cuarentona y regordeta cuya boca no es normal,
y ésta es la segunda anomalía en la que pone atención Witold. La boca estirada le
enroscaba el labio superior, la frialdad reptiloide de ese labio lo excitó de inmediato, era
un oscuro pasadizo que conducía a un pecado carnal gelatinoso y viscoso, como si fuera
una vulva.
María, la dueña de la pensión, también rechoncha, les muestra la casa y en la cama del
primer cuarto que abre estaba acostada su hija sobre un colchón sin sábanas, el muslo de
una de sus piernas quedaba destacado contra el elástico metálico pues el colchón se
había deslizado.

Era un muslo muy atractivo que lo hace arder al instante a Witold impresionándolo
tanto como el labio de la posadera. En la cena, Leon, el dueño de la posada, les
comunica con un lenguaje jocoso y extravagante que él está a disposición de su esposa,
que hace pequeños trabajos en la casa, les recomienda a los jóvenes que prueben la
crema que prepara su esposa y asegura que los intelectos de Witold y de Fuks podrán
hacer cuanta pirueta ansíen.
A su lado estaba Lena, la hija, serena como un lago. La posadera Katasia le alcanzó a
Lena un cenicero cubierto con una redecilla de alambres, y aquí se dispara la tercera
anomalía. La malla del cenicero enseguida se le asoció a Witold al elástico de la cama
con el muslo, y el labio vulva de Katasia con la boca entreabierta de la hija; en ese
momento se le despertó a Witold una pasión enfermiza.

Era la primera noche, Witold no quería dormir pero tampoco quería levantarse. Como
Fuks no estaba en el cuarto se imaginó que había ido a ver al gorrión, el gorrión crecía,
se volvía más importante de lo que era, ya era un personaje capaz de recibir visitas. En
medio de la noche se encontró en el corredor de una casa ajena en mangas de camisa,
una situación que se le asociaba con el erotismo y se le deslizaba hacia la sexualidad
como el escurrimiento de la boca vulva de la posadera.
En el cielo y en el jardín Witold trazaba líneas imaginarias buscando figuras y formas,
los objetos del jardín se ponían unos tras otros como los labios de Katasia tras los de
Lena que, en su imaginación, estaban más unidos que en la mesa. No tenían nada en
común pero existían unos en relación con los otros como en un mapa cada ciudad existe
en relación con las otras.

La intensidad de las estrellas se le asoció con la intensidad del gorrión ahorcado, y el
gorrión se le asoció con las bocas, pero el gorrión no se dejaba situar en el mismo mapa
de las bocas, se hallaba afuera, pertenecía a otro mundo. Cuanto menos se justificaba su
pertenencia a este mundo más se volvía significativo que lo observaran de esa manera.
Y al día siguiente otra vez llegó la hora de la cena.
Lena estaba casada, su esposo llegó mientras comían, la hija se había transmutado
totalmente por la llegada de aquel hombre que conocía los movimientos más secretos de
aquellos labios. Bien formado, apuesto, inteligente y arquitecto pero, ¿qué le hacía él a
ella y ella a él cuando estaban juntos? Ver a un hombre frente a la mujer que nos
interesa es muy desagradable pero lo peor es que ese hombre se vuelve objeto de
nuestra curiosidad.
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Entonces tratamos de adivinar sus gustos ocultos a través de esa mujer aunque eso nos
produzca asco. Desplegaban la ternura cortés de los matrimonios jóvenes, las búsquedas
pasionales y llenas de repulsión de Witold debían limitarse a la mano de Ludwik que
yacía sobre la mesa cerca de la mano de Lena, Witold se torturaba imaginado de qué
manera la tocaría.
Doña Bolita, la esposa de Leon, estaba escandaliza con lo del gorrión, pensaba que era
una maldad de chicos. Llegó Katasia para llevarse los platos y su boca vulvosa apareció
cerca de los labios entreabiertos, suaves y limpios de Lena; Witold no quiso mirar para
no influir en nada, para que el experimento resultara objetivo. Ludwik dijo que una
semana atrás había visto un pollo ahorcado pero unos días después había desaparecido.

Leon tarareaba su tiru-liru-lá, fabricaba bolitas con migas de pan y las acomodaba en
hilera sobre el mantel para observarlas. Lena era maestra de idiomas y llevaba dos
meses de casada, la posadera era sobrina de doña Bolita y había que operarla y coserla
nuevamente para arreglarle la boca. Leon tomaba sal con la punta del cuchillo y la
depositaba sobre una bolita mientras pedía más rábanos y crema.
Fueron varios días de retazos de todo. Una noche los ojos de Witold tropezaron con un
clavo de la pared, del clavo pasó al armario y del armario al techo donde había una raya
que parecía una flecha. Era una flecha. Cansado de mirar, Witold miró finalmente una
botella que tenía un corcho en el cuello y descansó en el corcho hasta que todos se
fueron a dormir.

En la cena la flecha no era más ni menos importante que las demás cosas pero cuando el
joven se pone a narrar la historia de sus vacaciones a sí mismo extrae de la propia
historia la configuración del futuro poniendo a la flecha en primer plano. La conclusión
que saca es que no podemos entrar en contacto con nada en el momento de su
nacimiento, y que si hubiéramos salido del caos nunca entraríamos en contacto con él.
Es una reflexión análoga a la que Gombrowicz hace sobre la inmadurez, la inmadurez
desaparece cuando intentamos definirla y darle forma. Katasia los despertaba con el
desayuno, la impropiedad de su boca vulva se le prolongaba a Witold, ese momento le
quedaba grabado durante el día entero manteniéndole viva la asociación bucal en la que
se había enredado con tanta obstinación.

Mirando el techo del cuarto los dos amigos ven una flecha que el día anterior no estaba
ahí. Esa flecha se les asocia con la del comedor y ambos deducen que les está indicando
una determinada dirección. Mientras tanto Witold sueña con la mano de Lena, en la
noche anterior le había parecido que al posar su mirada sobre esa mano la mano había
temblado.
Estaba agotado, quizás, si no hubieran tenido tantos problemas con los padres y con el
jefe, no le hubieran dado tanta importancia a los detalles pequeños, pero, una cosa trae
la otra. Decidieron investigar a dónde apuntaba la flecha del cuarto con la seguridad de
que si al salir alguien los espiaba desde la casa, ése sería el que había entrado al cuarto
para grabar en el techo la línea que formaba la flecha.

Con alguna dificultad y muchos trabajos siguieron la dirección y encontraron la cuarta
anomalía de la historia contra uno de los muros del jardín: un palito de dos centímetros
de longitud colgaba de un hilo blanco del mismo tamaño, el palito quedó intensificado
de inmediato por el gorrión. Era difícil dejar de pensar que alguien por medio de esa
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flecha no los hubiera dirigido hacia el palito colgado para que lo asociaran con el
gorrión.
Algo parecía unir resbalosamente a todos esos elementos que deseaban ordenarse de
acuerdo a una idea, pero, ¿qué idea? Witold hubiera aceptado a todas esas asociaciones
como una simple casualidad si no fuera por la anomalía de la boca de Katasia que se le
juntaba con el palito y el gorrión, una cueva oscura y absorbente, una boca vulva muy
atractiva pues tras ella se asomaba la boca entreabierta de Lena.

Leon contaba que en el banco donde trabajaba se llevaba muy mal con la secretaria del
presidente, que esa arpía lo acusaba de escupir en el cesto de basura. Esta historia del
dueño de la posada nos hace recordar a una historia parecida de Gombrowicz en el
Banco Polaco que tenía ese mismo problema con Helena Zawadzka, la secretaria de
Juliusz Nowinski.
Tiru-liru-lá, treinta y siete años de vida matrimonial, la mano de la hija, relajada,
pequeña, color café y cálidamente helada, unida por la muñeca a otras blancuras del
brazo que el joven no miraba y, otra vez, una contracción perezosa de los dedos, ¿tenía
algo que ver esa contracción con Witold? Cuando había terminado la cena Fuks pide un
hilo y un palito para usarlo como compás.

Los pedía nada más que para hacerle saber al bromista, si es que existía, que habían
descubierto la flecha en el techo y el palito colgado del hilo. Entre el pájaro y el palito
Witold se sintió en medio de dos polos, y la reunión de los que estaban sentados a la
mesa se le presentó como una función particular de aquella relación, una extravagancia
que le abría las puertas a la otra extravagancia, a la de las bocas.
Katasia le pasó el cenicero a Lena. Witold sintió inmediatamente el impacto de la
asociación de los labios fríos y deformes con aquellos otros puros, y de la redecilla
metálica del cenicero con el muslo de Lena, la combinación se le debilitaba e
intensificaba a cada momento y lo conducía a contradicciones sobre la verdadera
naturaleza de la hija: virginidad perversa, timidez brutal, boca entrecerrada y
abiertísima, vergüenza impúdica, fuego helado, embriaguez sobria.

El pedazo de corcho pegado a la botella hacía lo posible por destacarse y pasar a primer
plano. Fuks seguía investigando y descubrió una vara cerca del palito, la vara señalaba
el cuarto de Katasia, aprovecharían el domingo para escudriñar en el cuarto de la
posadera.
En la cena el yerno lo desafía al suegro para que resuelva un problema de
combinaciones matemáticas, parecía que las combinaciones de Ludwik estaban en
relación con las combinaciones que lo desvelaban a Witold pues no lograba saber si no
era él mismo el autor de las combinaciones que se combinaban a su alrededor. Se
empezó a imaginar que Lena, en cuerpo y alma, tendía hacia él, tensa en un deseo
íntimo, secreto.

En el cuarto de Katasia encontraron una fotografía suya con la boca sencilla y pura, era
una respetable señora que se había herido el labio superior en un accidente
automovilístico, los jóvenes no eran entonces más que un par de lunáticos. Witold vio
desde el cuarto de Katasia la ventana iluminada de Lena y corrió hacia allá, quería verla
en la intimidad de su cuarto.
Subió a la rama de un árbol y vio que Ludwik le estaba enseñando una tetera, quedó
aniquilado, la tetera era algo que estaba fuera del mundo, ella estaba sentada en una silla
con una toalla de baño sobre los hombros y él, de pie, le enseñaba una tetera que tenía
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entre las manos. Se quitó la toalla, estaba sin blusa, Witold vio la desnudez de sus
pechos y brazos, Lena empezó a quitarse las medias.

Ahora sabría como era: degenerada, perversa, sucia, untuosa, sensual, casta, tierna,
pura, fiel, fresca, graciosa o coqueta. Ya mostraba los muslos. Ludwik apoyó la tetera
en un anaquel y apagó la luz, Witold nunca sabría cómo era. Bajó del árbol y observó
que en la balaustrada estaba echado el gato de Lena, lo agarró por el cuello y empezó a
ahorcarlo con todas las fuerzas, el gato quedó muerto.
Tenía que esconderlo, recordó que en el muro del jardín había un gancho, ató una
cuerda al cuello del gato y lo colgó; colgaba como el gorrión y el palito. Entró a su
cuarto y cayó dormido. Se estaba abriendo paso hacia la hija ahorcando a su gato,
Katasia decía que era una canallada y Lena se había puesto más bella por la vergüenza,
servía para el amor, pero para nada más, por eso se avergonzaba del gato.

Sabía que todo lo que se refería a ella debía tener un sentido amoroso y aunque no sabía
quién se ocultaba detrás de esa maldad se avergonzaba del gato porque era suyo y se
refería a ella. Pero su gato era también del que acababa de ahorcarlo. El gato lo había
llevado a Witold del anverso al reverso de la medalla, hacia el círculo donde se
producían los misterios, hacia el mundo de los jeroglíficos, le daban ganas de reírse
viéndolo a Fuks buscando alguna pista.
Cuando salieron del cuarto de Katasia doña Bolita clavaba algo con fuertes golpes de
martillo en un tronco del zaguán. Lena les explicaba a los jóvenes que la madre tenía
momentos de crisis y tomaba lo que fuera para desahogarse, y los golpes que habían
seguido a los de la madre los había dado ella para hacerla entrar en razón.

Leon empezó a insinuar que Bolita había matado al gato, Witold sabía que no, pero
María o el mismo Leon podrían haberlo matado. Doña Bolita dice que para esa maldad
que le hicieron a su hija sólo existe una explicación pasional, y deja flotando en el aire
la sospecha de que podría haberlo hecho alguno de los dos jóvenes. Fuks acusa el golpe
y comenta que el día de su llegada el gorrión ya apestaba bastante.
Witold no sabía si deseaba acariciar a Lena, o torturarla, humillarla, o adorarla. Si
deseaba porquerías o deleites celestiales, revolcarse con ella o pasarle fraternalmente el
brazo sobre los hombros. Ella pesaba en su conciencia, se le parecía a una sonámbula
arrastrando la desesperación como una larga cabellera. Pocos días después
emprendieron una excursión a las montañas.

Mientras el sistema gorrión, palito, gato, bocas, mano estaba todavía en vigencia en la
posada, una corriente de aire nuevo entró en escena. A la familia y a los estudiantes los
iban a acompañar dos matrimonios de recién casados amigos de Lena. Leon les
comentaba que iban al encuentro de un panorama maravilloso que había descubierto
hacía veintisiete años.
El padre buceaba en el pasado y Witold en los enigmas del presente con la misma
intensidad, una coincidencia que aparecía como una réplica del mundo que había
quedado en la posada. De aquel paseo extraordinario Leon había traído una vara, y otra
vez un eco, el eco de la vara que les había señalado el cuarto de la posadera. La casa
había quedado al cuidado de Katasia.

En una pensión del camino recogieron a una de las parejas, Lulo y Lula, que
comenzaron a lulear a todo pulmón y convirtieron a la reunión en algo más vivo, hasta
Lena y Ludwik sucumbieron al lulear de lo Lulos. Encontraron a un sacerdote sentado
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en una piedra al lado del camino, algo fuera del mundo, como la tetera de allá, y otro
eco más.
Los secretos de las bocas y del ahorcamiento del gato eran sólo de Witold, pertenecían
entonces a los dos círculos, el interior y el exterior. El sacerdote provenía del exterior,
era superfluo y absurdo. La irritación que le producía a Witold era tan violenta y
peligrosa como la que le había producido el gato. ¡Cuidado, señor cura!, un loco anda
suelto. Una réplica más del mundo de la posada.

Los Lulos se excitaron cuando vieron a los Tolos, la otra pareja. Tolo era capitán, un
caballero hasta la médula, la Tola pertenecía a ese género de mujeres que no desean ser
admiradas porque consideran que eso no les corresponde, una extraña soledad carnal. El
Tolo bebía con la frente bien alta para dar a entender que nadie tenía derecho a poner en
duda su amor.
Los Lulos, con el aire más inocente del mundo, observaban lo que ocurría como un par
de tigres sedientos de sangre. El eco, ellos permanecían ahí pero como eco de las cosas
de allá. Tiru-liru.lá, la eterna cantinela de Leon que de repente exclama: ¡Berg!,
mientras le explica a doña Bolita que no era nada, que era un viejo cuento de judíos que
algún día le iba a contar.

Witold se encontró repentinamente a cinco pasos de Lena, ella le habla con tono lulesco
y él le pregunta dónde está ese panorama tan bello del que les habla el padre. No era
ella, ella se había quedado allá, en la casa, ni tampoco Witold estaba ahí, por eso la
presencia de ellos era cien veces más importante, eran símbolos de ellos mismos.
Cuando volvió la cabeza Lena ya no estaba.
Leon sentado en un tronco le cuenta a Witold que había trabajado treinta y dos años y
que las historias del gorrión y el palito eran para él fruslerías, que lo importante era la
fiesta, que en la fiesta iba a bergar con el berg. De aquí en adelante Leon utiliza la raíz
berg, a la que conjuga y declina de varias maneras diferentes, para referirse
especialmente a los órganos y a las funciones sexuales.

Witold quiere escaparse pero Leon no lo deja, le cuenta que la esposa no sabe que el
juega en la mesa con el berg, que berguea con el bemberg. Le ruega a Witold que se
quede, que le va a contar algo que le iba a interesar pues lo veía como un buen
bembergador, que lo había admitido en su casa porque estaba bembergando con el berg
a su hija Lena, a escondidas.
Que sabía que le gustaría embergarse bajo las faldas de Lena a pesar de su matrimonio,
como el amanberg número uno, y que no le dijera una palabra a nadie porque en caso
contrario se vería obligado a echarlo de casa. Acto seguido le comunica que no los había
arrastrado hasta ese sitio para ver un panorama sino para celebrar un aniversario de algo
que había ocurrido hacía veintisiete años; el placer más intenso que había tenido en su
vida, el placer que le había dado una sirvienta.

Que en su vida un tanto mediocre había paladeado pocos bocadillos, que estaba muy
vigilado, pero que había aprendido que una mano puede excitar a la otra, para qué
buscar entonces otra si uno tiene dos, que si uno se las ingenia puede encontrar un
mundo ilimitado de diversiones en el propio cuerpo.
Esa noche harían la peregrinación, con devoción, la devoción es necesaria porque sin
ella no existiría el placer. Le pidió a Witold que lo dejara solo para purificarse y
prepararse para el ceremonial del placer, para el festejo del Gran Espasmo con aquella
sirvienta. Witold pensaba que en las montañas se iba a liberar de todas las asociaciones
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y combinaciones que lo torturaban allá abajo, en la posada, pero cae en una trampa
mucho peor.

Cuando lo deja a Leon se pone a decidir si pasa entre una piedra y un hormiguero o
entre el hormiguero y una raíz, y se queda inmóvil con la misma inmovilidad del
sistema gorrión-palito-gato. Doña Bolita se queja del descaro de Lula que se tira lances
con Tolo, y de Lulo que la consiente, sin darse cuenta que lo que hacen los Lulos es
todo contra la Tola.
Durante el paseo Lena emanaba tal seducción que Witold prefirió no mirarla. Mientras
comían Fuks se agachó para recoger una caja de fósforos que se le había caído debajo
de la mesa y vio como Tola restregaba su pierna contra la de Lulo, por eso los Lulos se
vengaban de ella. Witold tenía miedo de que las manos se le empezaran a mover otra
vez y lo volvieran a oprimir como con el gato.

Estaba seguro de que si en la casa de Leon no se hubieran aburrido tanto no hubiera
pasado nada, el tedio tiene poderes más terribles que el miedo. Ludwik no estaba con
ellos. Witold pensaba cómo podía hacer para definir una historia que acumulaba y
disociaba constantemente sus elementos. El sacerdote y la Tola habían tomado
demasiado y vomitaban fuera de la casa, pero esas bocas vomitivas no sabían nada de
las bocas que Witold llevaba ocultas.
Caminaba por un sendero y de repente vio entre los árboles a un hombre colgado, la
última réplica, el último eco que le llegaba del mundo de la posada. Era Ludwik colgado
con su propio cinturón, un cadáver absurdo que se convertía en un cadáver lógico por la
formación del sistema gorrión-palito-gato-Luwik colgados.

Decidió no informar a nadie, que las cosas siguieran su curso, se alejaba pero lo
asaltaron las bocas de Katasia, de Lena, del sacerdote, de Tola y la de sí mismo pues se
le había empezado a mover, entonces, su mirada se dirigió a la boca del cadáver, tenía
que provocar al cadáver. No le podía encontrar razón a la muerte de Ludwik, quizás se
había ahorcado porque Lena se acostaba con el padre, no podía saber nada y empezó a
tener miedo.
Sin saber bien lo que hacía levantó la mano y le metió un dedo en la boca al cadáver que
después sacó y limpió con el pañuelo. Witold caminaba hacia la casa, las bocas se
habían unido a los colgantes, por fin había logrado esa unión, en ese momento tuvo la
satisfacción del deber cumplido.

Ahora resultaba necesario colgar también a Lena porque él se había convertido en el
representante del colgamiento, y cada uno quiere ser quien es. En la colina de enfrente
marchaban bajo la dirección de Leon, iluminados por las luces de las linternas se daban
ánimo con canciones y bromas; Lena estaba entre ellos. No le iba a ser difícil llevarla
aparte, eran ya dos enamorados, si deseaba matarla es que ella también lo amaba, podía
ahorcarla y después colgarla.
La colgaría como había colgado al gato, podía también no colgarla, pero, ¿cómo se
puede desilusionar a alguien de esa manera? Witold estaba a unos cuantos pasos del
sacerdote, le dio un fuerte empujón que lo hizo trastabillar, se le movían las manos
como se le habían movido en la balaustrada con el gato; le abrió la boca y le metió un
dedo que después sacó y limpió con el pañuelo.

Witold tenía la extraña sensación de haber traído al sacerdote desde el mundo sagrado al
mundo real. Mientras tanto Leon se excitaba recordando a aquella mujerzuela, jadeaba,
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celebraba su propia inmundicia. Pero nadie se iba, gimió lujuriosamente y finalmente
exclamó: ¡Berg!, bembergado con el berg. Los había llevado a la montaña para
masturbarse.
De repente la lluvia, un diluvio: “En conclusión: escalofríos, reumas, fiebres, Lena
enfermó de anginas, fue necesario llevar un taxi de Zakopane, enfermedades, médicos,
en fin, todo cambió y yo volví a Varsovia, mis padres, el conflicto permanente con mi
padre, y otras historias, problemas, dificultades, complicaciones. Hoy en el almuerzo
comimos pollo relleno”

WITOLD GOMBROWICZ, SIMÓN Y EL BEDUINO

A parte del placer que le producía Gombrowicz encontraba en la música una estructura
espiritual que se correspondía profundamente con el arte de composición literaria que
ponía en práctica en todas sus obras. También tenía recetas: al drama debe seguir la
comicidad, a la profundidad lo trivial..., y viceversa. Los diarios que escribe en las
postrimerías del año 1961 tienen dos pasajes contiguos que ilustran acabadamente esta
concepción, uno de género dramático y otro de género ligero.
“Digan lo que digan, existe en toda la extensión del Universo, a lo largo de todo el
espacio del Ser, un solo y único elemento horrible, espantoso e inaceptable, una sola y
única cosa que está verdadera y absolutamente en contra de nosotros y es totalmente
aniquiladora: el dolor (...)”

“Del dolor, y de ninguna otra cosa, depende la entera dinámica de la existencia.
Eliminado el dolor, el mundo pasa a ser un asunto de absoluta indiferencia (...) ¡Hola!
¿Qué haces aquí tan temprano Simón? ¡Siéntate!; –¿Cómo estás?, Simón se sienta y los
labios le empiezan a temblar; –¿Qué pasa?; –Una tina de agua hirviendo cayó sobre mi
pequeña hija, hace horas que está en el hospital y todavía no terminó, disculpa; –¡Pero
no, no es nada! ¡Al contrario, es natural...!”
La quemadura de la niña empezó a quemar a Gombrowicz, hasta que hizo una mueca de
dolor: –¿Y si diéramos un paseo? Salieron a la calle y empezaron a caminar. Mientras
en ellos persistía esa cosa mala quemada, las casas, las calles y el ruido los estaban
llamando.

Era una carrera contra el tiempo, pensaba Gombrowicz, la hija no podía estar
muriéndose eternamente, eso se tenía que terminar de una u otra manera y Simón lo
dejaría en paz. Mientras caminaban vieron un vendedor de frutas: –Manzanas, por
favor; –¿Quiere un kilo?; –A este señor le ha pasado una desgracia, tiene una hijita de
cuatro años que se está muriendo; –¿Qué dice usted? ¡Qué desgracia!. Gombrowicz
estaba perturbado: –¡Quédese con sus manzanas, al diablo con ellas!
Y se echó a andar como poseído por el demonio, Simón y su hijita iban detrás. Con el
secreto traicionado empezaron a marchar. Las calles, las casas y los ruidos, y ellos
caminaban, pero el grito dirigido al vendedor de frutas que había hecho público el
horror de la hijita quemada, también caminaba con ellos.

El ladrido de un perro se había mezclado con ese grito, y el grito se había animalizado.
Juntos caminaban ahora con esa bestia al lado, calles, casas y ruidos, caminaban por
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Florida hendiendo el gentío a empujones. Un señor se acerca y les pregunta en forma
cortés por la calle Corrientes.
Ni Simón ni Gombrowicz le contestan, es una negación hecha bajo un sol claro, que
resulta oscura, negra y sorda. Y ambos caminaban como poseídos por la furia, de
repente un grito llegado de no se sabe donde se unió al grito de Gombrowicz, resucitó el
ladrido del perro, esa bestia daba otra vez unas señales de vida para la que no tenían
respuesta. Gombrowicz no sabía lo que le pasaba por dentro a Simón, y Simón tampoco
sabía lo que le pasaba a él.

Se terminó la calle Florida y apareció la plaza San Martín como servida en una fuente.
No podían retroceder ni quedarse en la plaza pues caminaban como si se dirigieran a
algún destino, caminaron hasta que se agotó el caminar. Cuando se detuvieron un papel
crujió entre sus pies movido por el viento. Simón retuvo el papel con la punta del zapato
y la mirada clavada en el suelo; el papel crujía.
Ese crujido era como el de la bestia que ya conocían, pero surgía de abajo, de lo más
profundo, de un objeto inanimado. Gombrowicz empezó a sentir miedo, no creía en el
diablo y Simón era incapaz de matar a una mosca, ... pero... Ese monstruo nacido de un
grito humano, del ladrido de un perro y del crujido de un papel se asociaban con la
pobre hijita de Simón.

Gombrowicz sintió una profunda desconfianza y pensó en escaparse. Calculó que si
empezaba a caminar rápidamente podía alejarse de Simón. Apareció un silencio igual al
que había aparecido con la pregunta por la calle Corrientes, entonces, Gombrowicz se
marchó. Caminaba hacia la estación para perderse en ella, llega a la ventanilla: –¿A
dónde va?; –A Tigre. Pero detrás de él sintió la voz de Simón: –A Tigre.
Gombrowicz huía y Simón lo perseguía. Gombrowicz no se hubiera preocupado
demasiado si no hubiese sido por cierto detalle escabroso, por la existencia de ese reptil
que se oculta en el seno tenebroso de la existencia: el dolor. Le importaría todo un
comino si no doliera, pero ya está informado del dolor de la pequeña niña de Simón, esa
niña quemada y animalizada por el grito, el ladrido y el crujido de un papel.

Llegó el tren y se subieron. Avanzaban hacia Tigre, pero, ¿por qué hacia Tigre?, iban a
Tigre sin ninguna razón, raptados por el tren, pero...¿el tigre no es un animal? Simón se
movió en medio de la gente, Gombrowicz intentó darse a la fuga pero se hundió en un
cuerpo mullido. Era un gordo, se estaba bien en él, era un lugar silencioso a cien millas
de aquel otro problema que quemaba.
De pronto Gombrowicz sintió un golpe terrible que le fue asestado desde abajo.
Cualquier cosa que hubiera sido lo había agarrado descuidado hasta casi morderlo.
¿Sería el animal?; con la cabeza escondida Gombrowicz esperaba el salto final. De
pronto sintió unas cosquillas en la nuca. ¿Sería el gordo, sería Simón, un marica? No se
hacía ilusiones.

“(...) sabía bien que la falta de relación entre aquel cosquilleo y el Animal era
precisamente la garantía de su combinación infernal, de su complot, de su acuerdo –y
esperaba el momento en que el Cosquilleo se aliara definitivamente con él, con el
Animal, para clavarse, como un puñal, en un grito desconocido, todavía inconcebible,
hasta ahora no lanzado”
Como según la receta de Gombrowicz al drama debe seguir la comedia, a continuación
de esta narración en la que alcanza una de las alturas más altas en la aproximación
literaria al dolor, escribe en los diarios un pasaje de género ligero.
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“Beduino y yo en la parada del autobús, esperamos el 208. Le digo: ¡Oye, viejo! Para no
aburrirnos, ¡montaremos un numerito! ¡Los dejaremos boquiabiertos! (...)”

“Habla conmigo como si yo fuera director de orquesta y tú músico, pregúntame por
Toscanini... Beduino se muestra encantado. Subimos. Se sitúa a una distancia
conveniente y comienza, en voz alta: –En tu lugar, reforzaría los contrabajos, prestaría
atención también al fugato, maestro... La gente aguza los oídos. Digo: –Hum, hum... Él:
–Y cuidado con los cobres en ese pasaje del Fa al Re... ¿Cuándo tienes ese concierto?
Yo toco el catorce... A propósito, ¿cuándo me mostrarás esa carta de Toscanini? Yo (en
voz alta): –Me dejas asombrado, chico... No conozco a Toscanini, no soy director de
orquesta y francamente no entiendo por qué has de presumir delante de la gente
haciéndote pasar por músico. ¿Qué es eso de engalanarte con plumas ajenas? ¡Es muy
feo! Todos miraban severamente a Beduino que, rojo como un tomate, me dirige una
mirada asesina”
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