De pandillero a misionero en la selva africana: Un latinoamericano entre los pigmeos Baka.

José Castillo

De pandillero a misionero en la selva africana: Un latinoamericano entre los pigmeos Baka. Autor: José Castillo Copyright © 2006 por José Castillo Edición: Miguel Peñaloza Publicado por Editorial JUCUM P. O. Box 1138, Tyler, TX 75710-1138 U.S.A. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida en forma alguna —a excepción de breves citas para reseñas literarias— sin el previo permiso escrito de José Castillo. 10 09 08 07 06 05 04 03 10 9 8 7 6 5 4 3 2 1

Portada y diagramación dwD Asesores (Simón Johnson Guadarrama) El texto de la Biblia usado en este material viene de la Biblia Reina Valera Actualizada (RVA). Usado con permiso de la Casa Bautista de Publicaciones, El Paso, Texas, Estados Unidos de América.

Agradecimientos
“… lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es…” 1 Corintios 1:27, 28 A mi Señor y salvador, Jesucristo, quien nos llamó al campo misionero para servirle con amor. A mi querida esposa Lilyana quien tuvo el valor de acompañarme a vivir en África y a pesar de los tiempos difíciles continuó fiel y aceptó el desafió. A mis hijos Angie, Stephanie, Christy y Joseph quienes ofrendaron muchas privaciones para poder servir al Señor.

Reconocimientos
A mi madre, mi suegra y mis cuñados, quienes nunca dejaron de orar por nosotros. A mi hermano Ronny y su esposa porque fueron fieles en administrar nuestros asuntos personales. A María Anaya, directora de misiones de la Iglesia Esmirna en Los Ángeles, CA, y su equipo, quienes oraron para sostener nuestras finanzas. A Rigoberto Diguero, a quien Dios usó para encaminarme en las misiones. A Daisy Wood, el puente para llegar a la misión. A Rolly y Cristina, directores de la misión en Guinea, África. A Diana Barrera quien hizo conocer a otros la tribu de los Baka. A la iglesia Americana de Wichita, KS, que nos adop-tó. A la iglesia El Calvario de Orlando, FL, que nos envió el primer grupo de visitantes entre los Baka. Al Pastor Nino quien bautizó a los primeros convertidos Baka. A las iglesias: Cristiana de Kissimmee en Orlando, FL, y El Calvario en Virginia. A la iglesia de Dios en Silver Spring, MD, que adoptó a los Baka. A la iglesia de Chinos “Gospel Church” en Canadá. A la iglesia Esmirna de Los Ángeles, CA, de donde salimos. A los Pastores Marcos y Elsa Atencio quienes confiaron en nosotros. A la iglesia Bautista de South Gate con el Pastor Polanco. Al hermano Gerson Galdames, al director del instituto bíblico Daniel Gutiérrez a la iglesia Antioquía y Carlos España, a Manantial de Vida en Anaheim, Centro de Fe, Magdalena Rubio, Iglesia Hebrón, Iglesia COMHINA, y a la División de Misiones de las Asambleas de Dios en Puerto Rico. A la iglesia 1 De Corintios 13, San Juan 3:16, AD Puerto Rico, así como a Herman y Daisy Wood y a Guadalupe Villalobos y Dr Miguel Peñaloza a quienes Dios usó para concebir la publicación de este libro. Ruego a las iglesias y personas que no mencioné, que se sientan igualmente incluidas. Me tomé el tiempo de reconocer a todos ustedes porque los consideré importantes en el trabajo de alcanzar a los Baka. Quiero mostrar al mundo que los latinoamericanos podemos hacer misiones si nos unimos, y si cada quien hace su aporte. Sé que esta experiencia ha sido de mucha bendi-ción a los que invirtieron tiempo, dinero y parte de sus vidas para ver cómo Dios alcanzó los Baka. Igualmente para quienes caminaron con nosotros desde el principio en 1997. Gracias por su apoyo en la oración y en las finanzas. Es mi deseo que al leer este libro reconozcan el cumplimiento de algunos principios provenientes de la palabra de Dios. El autor

PRÓLOGOS
LAS PÁGINAS DE ESTE LIBRO serán de gran inspiración a todos aquellos que aman las misiones. Expresan de una manera sencilla las experiencias del llamado de Dios a José Castillo y su esposa para trabajar en las misiones mundiales. El Todopoderoso lo sacó de las calles, de las pandillas y de la delincuencia para enviarlo al campo misionero. Desde su infancia deseó servir al Señor cuando vio a los misioneros norteamericanos que llegaban a su país, Honduras. Dios lo trajo a los Estados Unidos para prepararlo. Todos los eventos ayudaron a madurarlo y prepararlo para la enorme responsabilidad que Dios le daría. Su conversión radical y su ayuno en la montaña lo trasformaron completamente cuando el fuego del llamado empezó a arder en su corazón. Su amor por los perdidos nació de un deseo profundo por la evangelización y culminó con un llamado específico a los Pigmeos Baka en Africa. Este hombre se ofreció a sí mismo como ofrenda viva. Su preparación en el Instituto Bíblico y en la WEC moldeó su carácter. Junto a su esposa Lilyana avivó sus esfuerzos para alcanzar a los Pigmeos por medio de una paciencia incomparable, de una entrega apasionada y un amor sin límites. En medio del choque cultural (sobornos, robos, comidas extrañas, largos y cansados viajes, enfermedades, agotamiento y muchas otras pruebas) enfrentaron estos obstáculos por amor a Cristo y al pueblo Pigmeo. Como Abraham, entregaron en el altar a sus propias hijitas. Todo para testificar el amor del Salvador a los nativos. Convivieron con los Pigmeos Baka y aprendieron su idioma (además del francés) a fin de alcanzarlos para Cristo. Por fin llegaron a ver el fruto de su obediencia al presenciar la conversión de los Baka al evangelio de Jesucristo. Todavía queda mucho trabajo por hacer, pero la familia Castillo sembró con sacrificio la bandera de la evangelización entre los Pigmeos Baka del continente africano. La lectura de este libro lo llevará a usted, así como lo hizo conmigo, a una profunda motivación en cuanto a la tarea aún no terminada de las misiones mundiales. Seguramente lo desafiará al trabajo misionero. Sentirá la mano de Dios sobre usted en cada página y oirá su llamado. Aun más; le formará un carácter de obediencia y entrega al Cristo que sacrificó todo por usted. Él lo llamará a las trincheras del evangelismo dándole un amor especial por los perdidos, sea en su ciudad, su país o en tierras lejanas. Estoy seguro que este libro será una gran herramienta para los canditados a trabajar en las misiones, sean ellas locales, nacionales o foráneas. Le ayudará en algunas áreas como la preparación, la paciencia y la perseverancia. Será también de gran inspiración para los ministros, pastores, misioneros y evangelistas, que como nosotros, cumplen diariamente su llamado por la conquista de las almas en el campo de las misiones mundiales. Que Dios bendiga a los lectores de este apasionado y desafiante libro. El Rev. Josué Yrion Es misionero de JUCUM en España y actual ministro de las Asambleas de Dios. Evangelista internacional en 70 países en todos los continentes Presidente de Josué Yrion-Evangelismo y Misiones Mundiales, Inc. en California. Presidente del Instituto Teológico J.Y. en Manipur, India. Su organización sostiene financieramente a 21 misioneros alrededor del mundo y su ministerio dispone de una oficina en cada continente.

CONOCÍ A JOSE CASTILLO por primera vez en una convención misionera que celebramos en nuestra Iglesia El Calvario de Orlando, Florida para el ano 2001. Aunque el no fue el orador especial de la ocasión, recuerdo el impacto que tuvo en mi, escuchar parte de su historia en una de las ponencias que hubo durante la convención. Hasta ese momento yo no había escuchado a ningún latinoamericano hablar de aventuras en el campo misionero, trabajando especialmente con grupos no alcanzado. Cuando uno habla de historias misioneras a grupos no alcanzados, usualmente uno las escucha dentro de un contexto anglo americano o europeo, pero no hispano o latinoamericano. Eso me llamo la atención. Debo admitir en este momento que antes de llegar a la Iglesia El Calvario de Orlando, serví como Superintendente de las Asambleas de Puerto Rico desde los años 1991 hasta el 2000. Nuestro concilio siempre se esforzó por mantener una visión misionera pero todo dentro del contexto del programa de la denominación. Pero hablar de un hispano o latinoamericano abriendo fronteras en el campo misionero no era lo usual. Escuche a Jose hablar de cómo Dios puso la pasión de alcanzar a los Pigmeos Baka en su corazón. Los momentos difíciles antes de llegar a Camerún, África. La manera en que Dios le fue proveyendo todo lo necesario para llegar y para mantenerlo en el campo. Jose describe momentos en donde solo Dios pudo guardarlo de ataques físicos, de enfermedades y otros males que tuvo que enfrentar. El impacto que tuvo en mi fue tal que al próximo ano 2002 visite a la familia Castillo en Camerún, para ver lo que este hombre de Dios y su familia estaban haciendo. No solo fui y presencie lo que Dios estaba haciendo, pero para mi sorpresa Dios me tenía reservado un espacio en esa historia. En uno de los capítulos de este libro se menciona cual fue mi participación. Tuve la bendición de bautizar a Pierre Sima, quien fue el primer convertido de Jose Castillo y luego en subsiguientes viajes bautice a otro grupo de Pigmeos Baka. Este libro recoge parte de la historia de un joven que pudo ser una estadística más de delincuencia, pandillas o muerte. Dios tenía otro plan,…un plan de bien para Jose y Lilyana. Considero que cuando se escriba la historia misionera en siglo 21 Jose, Lilyana, Angie y Stephanie tendrán una página. Me considero privilegiado de tener a Jose y Lilyana Castillo como amigos nuestros. Estoy profundamente agradecido a Jose por permitirme escribir estas líneas en un libro que se que será de mucha bendición al Cuerpo de Cristo, especialmente en la tarea de evangelizar al mundo para Cristo. Dr. Nino González Pastor de la Iglesia El Calvario Orlando, Florida, Abril 2006

DEBO CONFESAR QUE EL LIBRO que tiene en sus manos capturó mi interés desde los primeros capítulos. Salvo por las necesarias interrupciones, debido a la apretada agenda de viajes en la que me encuentro, lo leí con vivo interés y avidez. Con mucha expectación avancé en la lectura y fui consumiendo sus páginas para saber en qué terminaría esta historia, sólo para encontrarme con la novedad de que el título del último capítulo es «Una Historia Sin Concluir». De eso se trata el libro, es el relato de una historia que aún no termina. Conocemos el comienzo, fue en un monte de Galilea, donde los 11 sobrevivientes de la experiencia

de la cruz reciben el claro mandato: «mientras van, hagan discípulos en todas las naciones…» Desde aquel momento, la iglesia naciente, que con tan poca membresía y un liderazgo avergonzado por el fracaso de la noche del juicio y el día vil de la crucifixión, recibe un mandato. A aquellos que creían que deberían quedarse en Jerusalén para crecer, para esperar tener más recursos y una mejor capacitación, se les manda a comenzar a moverse. El que les dio el mandato era el mismo que los había visto fracasar aquella noche cruel, cuando hasta su más fiel amigo lo dejó y el que parecía más comprometido con su causa, lo traicionó. Sin embargo, a pesar de eso, les dio la orden porque sabía que su cumplimiento no dependía de ellos sino de la potestad que Él tenía sobre cielos y tierra. Aquel día, el último del Señor Jesucristo sobre la tierra, los discípulos supieron que era necesario comenzar a caminar por amor a aquellos que necesitaban saber la historia de la que ellos eran testigos. La historia sigue sin concluir, 21 siglos después, aún quedan tribus y grupos étnicos que necesitan escuchar el evangelio y su única esperanza de salvación es que la iglesia siga caminando. El libro de José Castillo, como se llamó por algún tiempo, describe una búsqueda constante. Comienza con una búsqueda personal, cuando sumido en el pecado, la violencia y la maldad, buscaba la esperanza y alguna solución para su vida, pero sin encontrarla. Es un ex-drogadicto quien le da testimonio en un elevador y le hace recordar la fe de la que oyó de niño y enfoca hacia allí su búsqueda. La otra búsqueda que él hizo, a su vez, fue cuando intentó alcanzar a los que, como él, vivían en las calles y de las calles, buscándolos, predicándoles y preocupándose por su recuperación. Alcanzó algunos y tuvo algún éxito pero, sin duda, la mejor de sus búsquedas es la que se inicia cuando Dios despierta en su corazón el amor por los perdidos y emprende la jornada de preparación con el fin de estar listo para ir a buscarlos. En los siguientes capítulos, en medio de muestras claras de la misericordia de Dios, casi es llevado de la mano, paso a paso, hasta estar preparado para la búsqueda más importante de su vida, la que le ocupa hasta hoy, la que hace hasta encontrar a los pigmeos, con el propósito de presentarles a ellos también la esperanza de la salvación que a José, en su momento, le salvó la vida y le dio esperanza eterna. La búsqueda de los Baka, mantiene al lector de un hilo. En momentos pareciera que no los encontrará o que su encuentro, como muchos previos, será pasajero. Sus viajes, sus aventuras, los peligros que enfrenta, la cercanía con la muerte y la amenazante presencia de la selva parecen anunciar que no alcanzará su propósito. Sus primeros encuentros con ellos, frustrantes y rápidos, sin duda habrían desanimado a otros, pero no al autor de este libro. Después de múltiples aventuras, que sin duda usted disfrutará, de la mano de Dios encuentra la forma, los medios y los compañeros de misión para contactarlos y mostrarles el amor de Dios. Aprende a vivir entre ellos y a hacerse a ellos hasta ser recibido como «hermano mayor». Sin embargo, me ha parecido que este libro presenta otra historia sin concluir. Esta historia apenas cuenta los primeros capítulos. La historia de la transformación de la iglesia iberoamericana en una fuerza misionera es una historia inconclusa. Se está escribiendo ahora mismo, en lejanas tierras y por miembros de iglesias pequeñas, con poca historia y con exiguos recursos.

Obreros como José, a los que les sobra la fe y les falta de todo, parecen ser los menos indicados, aún a ojos de los miembros y líderes de la iglesia. Los ven con falta de todo pero, finalmente, se convencen cuando ven la certeza del llamado y la fe en aquel que los ha enviado. Cientos de latinos que como José, son cristianos incondicionales, están dispuestos a ser lo que el Señor quiere que sean, a hacer lo que el Señor quiere que hagan y a ir a donde el Señor los envíe. Son miembros de iglesias en Iberoamérica que, como brazo extendido de ellas, están dispuestos a ir hasta los últimos confines de la tierra y a sufrir hasta las últimas consecuencias. Dios los envía a buscar a los perdidos donde ellos están y escribe la historia con ellos. No cabe duda de que la historia está sin concluir porque usted aún lee este libro. Estoy seguro de que Jesucristo, el mismo que envió a los primeros líderes de la iglesia hacia las naciones, quiere inquietarlo con esta lectura y preguntarle, como yo le pregunto ahora: «¿quiere ser parte de esta historia?» Aún quedan páginas por escribir y capítulos por terminar. Sin duda, uno de ellos está reservado para usted…

CONTENIDO
1. Camino a la perdición 2. Mis primeros pasos 3. El horizonte siempre esta abierto 4. Una cadena de sorpresas 5. Mi encuentro con Dios 6. Un nuevo hombre 7. Lo que tengo te ofrezco 8. El tiempo es de Dios 9. Misión Mundial para Cristo – WEC 10. Guinea Ecuatorial, África 11. ¿Dónde están los pigmeos Baka? 12. Al borde de la muerte 13. ¡Aquí estamos, Señor! 14. Dios obra en maneras misteriosas 15. En la tierra de los Baka 16. Cumpliendo la promesa 17. Un paso de Fe 18. El Dios no conocido 19. Una historia sin terminar Galeria

1

CAMINO A LA PERDICIÓN
EN EL AÑO DE 1980 se revivió a mi alrededor una influencia malhadada —que ya había hecho estragos en los años setentas y que se había visto desde los años cuarentas— como si fuera una moda maldita que arrasó con la vida de muchos jóvenes de mi tiempo. Yo tenía escasamente trece años. Estoy hablando de una fuerza de integración juvenil mejor conocida como “las pandillas.” Como una lacra, las pandillas juveniles subsisten en forma de camaradería o compinchería entre los jóvenes, sin distingos sociales, en las colonias o barrios de nuestras ciudades. En una de estas pandillas encontré el apoyo que necesitaba para vivir a mi gusto. Allí me reencontré con algunos muchachos que había conocido en la Escuela Dominical de la iglesia y con otros que habían sido mis compañeros de escuela pública. No sé exactamente cómo me sucedió todo esto. Cuando miro hacia atrás pienso que el demonio se aprovechó de la pésima atención que los niños recibíamos en nuestros hogaresdebido a que los padres permanecían fuera de sus casas todo el día. Algunos jovencitos tampoco recibían la atención requerida en determinadas iglesias y por eso se fueron marginando de la vida familiar. Recuerdo vivamente esta época de abandono: algunos de nosotros crecimos sin cuidado por parte de nuestros progenitores y en consecuencia, sin cariño. Este fue un terreno fértil que el enemigo usó para que los jóvenes buscáramos seguridad en personas y lugares falsos. Así se explica cómo debimos conformar grupos para defendernos, y más tarde para atacar a otros. Efectivamente, yo estaba soportando grandes dificultades en mi hogar y esto sirvió de justificación a mi conciencia para involucrarme en una de esas peligrosas pandillas. Durante unas vacaciones de verano asistí a una escuela fuera de mi distrito. Supuestamente debía ir para recuperar algunos créditos que necesitaba para graduarme. Si mi familia hubiera sabido, no hubiera permitido que yo asistiera a esta escuela de verano. Fue en ese lugar donde conocí los verdaderos maestros y mentores del crimen, quienes me llevaron sin escrúpulos por el sendero de la delincuencia. Todas las mañanas me recogía un bus escolar y me llevaba al lugar en donde había otros jóvenes desadaptados como yo. Junto a ellos aprendí la manera de relacionarme con una pandilla juvenil. Pronto me vincularon. Esta pandilla era una de las más poderosas que había en la ciudad de Los Ángeles pues contaba con unos 300 miembros. Allí encontré mis mejores maestros de la delincuencia. Los estudiantes, muy jóvenes al igual que yo, sentíamos un gran respeto hacia ellos. Puesto que siempre había tenido problemas con la gente, sentí que era una obligación estar en el mismo grupo con ellos. Al fin — pensaba— llegaría a ser respetado por todos y ya no sería más la burla de nadie; ni mucho menos sería el más débil. Lo que más anhelaba en aquellos días aciagos era un poco de atención y amor, y estaba seguro de que mis compinches de la pandilla me lo brindarían, pues parecían estar dispuestos a morir por mí, si alguien intentara hacerme daño. Con el tiempo, y por la gracia de Dios, llegué a comprender que todo eso era la más grotesca mentira. Mientras tanto, con mis trece años de edad, ya me sentía invencible. A estas alturas todavía no había logrado ser miembro titular de la pandilla, pero todo me indicaba que iba por ese camino. Cada día me sentía más seguro de mí mismo. Estaba aprendiendo rápidamente las

mañas de un criminal, aunque por el momento sólo era considerado como un aprendiz. Asistía de vez en cuando a la Escuela Dominical, pero comencé a sentir cansancio en las reuniones y fastidio por lo que me enseñaban. De nuevo me encontré con algunos muchachos que, a pesar de que asistían a la iglesia, eran pandilleros. Como era de esperar, ellos pusieron toda su presión sobre mí para que los siguiera. Entonces recordé la vida miserable y corrompida que había vivido desde mi niñez en Honduras. Con toda la maldad que estaba aprendiendo ahora en la gran ciudad de Los Ángeles, mi vida se dirigía de manera precipitada hacia la incontenible violencia y el crimen organizado. Llegué a pensar que este era mi destino en la vida y que para eso había nacido. Un día, en medio de la euforia que caracteriza a esta clase de criminales, juré que llegaría a ser como Al Capone, el famoso gangster del que Holywood ha hecho memoria en el cine. En realidad, sentía en mi corazón que había nacido para algo grande, y yo asumí que era para el crimen. Cierto día, mamá decidió trasladarse a vivir en otro barrio de la ciudad de Los Ángeles. Eso implicó también un cambio de escuela. En un periodo de cuatro años nos mudamos de vivienda por lo menos tres veces. En uno de los barrios al que nos mudamos —en la parte oeste de la ciudad— conocí a los chicos que marcarían el resto de mi adolescencia. El más admirado era un joven llamado Nelson. Aunque él no era pandillero en estos días, sabía todo lo que era necesario saber acerca de las pandillas. Pronto comenzamos nuestro propio grupo, no de pandilleros pero sí de delincuentes. Éramos un grupo muy solidario de jovencitos que cada día, al salir de la escuela, recorríamos el barrio para cometer crímenes menores. En esa época yo ya era un ladrón descarado. Sentía un gran placer robándome todo cuanto pudiera cargar, y lo hacía con mucha facilidad. No sentía temor ni vergüenza. Eventualmente este vicio me llevó a cometer robos cada vez más grandes. A la edad de 14 años ya me había robado más de 20 bicicletas en el mismo barrio donde vivíamos. Muchas veces nos entramos a los garajes de las casas o al interior de los carros para robarnos cualquier objeto que estuviera a la vista. Estos y otros progresos en la maldad me permitieron conocer algunos muchachos mayores que yo, quienes tenían verdadero poder en los alrededores de mi barrio. Ellos ya usaban drogas alucinógenas y eran miembros de una pandilla ampliamente reconocida. Casi sin darme cuenta, me uní a otra pandilla de más de 800 miembros. Esta pandilla llevaba a cabo sus “negocios” a lo largo y ancho del Estado de California y sus miembros se dedicaban a la venta y al consumo de dichas drogas, lo mismo que al robo a mano armada y a todo tipo de fraude. Aunque todavía asistía a la escuela, lo hacía para disfrutar peleando con otros jóvenes y con los maestros, pues para este entonces ya había perdido totalmente la vergüenza y el control de mí mismo. Con frecuencia llamaban a mi madre para acusarme de indisciplina y llegaron a expulsarme definitivamente. Fui expulsado de tres escuelas en el Distrito de Los Ángeles porque los directores llegaron a la conclusión de que yo era un muchacho incorregible. La policía me detuvo en varias ocasiones y me reseñaron como criminal por robo y otros delitos como porte de armas. En cierta ocasión en que me detuvieron por sospechoso, llevaba en la cintura un arma de fuego de calibre 22. Ahora comprendo que fue por la misericordia de Dios que el policía no me encontró dicha arma. Esta ya había sido usada en varios crímenes que otros integrantes de la pandilla habían cometido, pero como yo la cargaba, hubiera sido fácil comprometerme en el historial delictivo. La primera vez que me escapé de la escuela tuve una desagradable sorpresa. Nos encontramos con que una pandilla enemiga nos había tendido una trampa. Ellos eran aproximadamente veinte y yo sabía

que eran extremadamente peligrosos porque no le temían a la muerte. En medio de la pelea comenzaron a patearnos violentamente, y si no hubiera sido por la oportuna llegada de la policía yo hubiera perdido la vida en aquella reyerta. Dios tuvo siempre su propósito para mi vida pero yo lo ignoraba. Pasaba los días y las noches con personas muy peligrosas. No quería quedarme atrás pues veía que estaba aprendiendo rápidamente de ellos. Mis mejores amigos eran aquellos que ya habían cometido asesinatos y violaciones de todo tipo. Era como si estuviera viviendo la pasión de una excitante película. Todo esto me fascinaba. Ahora entiendo que había llegado a ser un verdadero peligro para la sociedad, y hasta mi madre y su compañero llegaron a temerme.\ A pesar de los estragos que me producía esta vida miserable, recordaba ocasionalmente las palabras de mi tío Lombardo. Años después supe que él rogaba a Dios fielmente por mi vida, aún sin saber lo que me estaba sucediendo. Tenía dónde dormir y comer —es cierto— pero pasaba todo el tiempo en la calle. Por lo general me entraba a las iglesias católicas a la hora del almuerzo para recibir los alimentos que repartían a los desamparados. En este sentido era un perfecto vagabundo. Otras veces me refugiaba en los garajes abandonados para esconderme de las patrullas policiales. Me sentía a gusto con las prostitutas y los drogadictos que conocía en el barrio. Me relacioné con ellos, pero doy gracias a Dios porque nunca me hice adicto a las drogas. Mi mayor adicción era el robo. Los vecinos que nos conocían como delincuentes nos solicitaban que les “consiguiéramos” algunos repuestos de ciertas marcas de automóviles. Luego, mis amigos y yo íbamos y robábamos las partes que ellos necesitaban y se las vendíamos a precios irrisorios. Mi corazón estaba lleno de odio contra la vida y contra toda la gente. No sabía por qué. Los pocos cristianos que se me acercaban para predicarme el mensaje de salvación recibían el insulto y la grosería que abundaba en mi boca. Sin piedad, los acusaba de ladrones e hipócritas. En aquella época no comprendía que necesitaba la salvación. Recuerdo por lo menos tres ocasiones en las cuales casi pierdo la vida. Fue en estos momentos cuando sentí que literalmente estaba perdido. La vida que llevaba me mantenía en peligro pues era perseguido constantemente. Sentí la muerte muy cerca. Cierto día me encontraba en la playa con mis amigos e inesperadamente un pandillero sacó su pistola y disparó hacia nosotros sin alcanzar a ninguno. En otra ocasión, estando en el lugar de trabajo de un amigo, empezamos a marcar las paredes con el nombre de nuestra pandilla. En ese momento pasó por allí un delincuente de una pandilla contraria. Manteniendo su auto en marcha sacó su pistola y disparó hacia donde yo estaba. Tampoco logró hacerme daño. Estos eventos aumentaron mi furia. Como estaba amargado porque seguía siendo objeto de humillación por parte de mi familia, traté de quitarme la vida: corrí velozmente hacia una pared y estrellé mi cabeza contra el muro de cemento. Sobreviví. Después supe que Dios estaba cuidando de mí durante todo el tiempo. Le doy gracias por ello. Como siempre, continuaba llegando gente rara a vivir en la casa de mi madre. Un día vino una señora que dijo ser la tía del marido de mamá. Ella decía que tenía poderes sobrenaturales para leer el futuro de las personas, y sin mi permiso, mamá se prestó para que esa mujer la indujera a creer un sartal de predicciones acerca de mi vida. Le dijo que ella podía ver claramente la muerte en mi existencia. Es claro que con la vida que yo llevaba, cualquier persona hubiera podido adivinar tal cosa.

Puesto que sólo tenía quince años, mi madre —presionada por su compañero— me pidió que me fuera de la casa. Ella simplemente no volvió a tener paz después de lo que le dijo la adivina sobre mi futuro. Llamó a mi tío Lombardo para que me llevara a vivir con él. Definitivamente todo esto estaba en los planes de Dios. Más tarde yo recordaría lo que un día cruzó por mi mente cuando observé a los misioneros que llegaban a mi país: sentí deseos de ser misionero. Salí de la casa de mi madre con mucha vergüenza y también con mucho odio en mi corazón. Tenía necesidad de encontrar algo diferente. Me sentía agotado. De pronto mí tío Lombardo me sugirió que me fuera por un tiempo a mi país, Honduras. Movido por la curiosidad de vivir la aventura de este viaje por carretera hasta Centroamérica, decidí que era lo mejor que podía hacer. No sabía lo que me esperaba entonces. Durante esas vacaciones en Honduras, retirado de los malos amigos y de la vida desordenada que llevaba en Los Ángeles, tuve la paz necesaria para evaluar mis desgracias y las oportunidades que había desaprovechado. Otro de mis tíos hondureños estaba enfermo y tuvo que ingresar al hospital, por lo que hube de permanecer a su lado para cuidarlo. En esa oportunidad Dios permitió que viera a muchas personas gravemente enfermas y conociera la angustia de morir. De la misma manera, Dios usó aquellas circunstancias para que yo pudiera comprender la desgracia en que me hallaba. Llegó el momento de regresar a Los Ángeles pero debía hacerlo bajo la condición de que “me portaría bien” a mi regreso. Al volver encontré que mamá estaba viviendo en otro barrio, así que mis amigotes no estaban a mi alrededor. Sin saberse cómo, pronto descubrieron que yo había regresado de Honduras y no pasaron muchas horas antes de que empezaran a buscarme. Cierta mañana, cuando intenté localizar a mis compinches pandilleros, uno de los vecinos me dijo que alguien acababa de matar a uno de mis mejores amigos. Pasaron velozmente en un auto, y al verlo solo le dispararon perforándole el pecho con balas de ametralladora. Esa noticia me afectó grandemente porque podía haber sido yo el que hubiera muerto. Para ese entonces ya me encontraba traficando con drogas en el nuevo barrio donde vivía. En realidad no había cambiado. La visita a mi país me sirvió para reconsiderar mi vida un poco, pero no lo suficiente como para provocar un cambio permanente. No obstante, la muerte de mi amigo me afectó en lo más profundo. Muchos de los jóvenes con los que me reunía en ese barrio ya estaban en prisión, pagando por sus crímenes. Me pareció sentir que Dios me estaba diciendo que si no cambiaba mi rumbo, yo sería el próximo en enfrentarme a la muerte. Empecé a experimentar algo extraño. ¿Acaso Dios tendría un plan conmigo? No podía saberlo. Mi existencia giraba alrededor de gente dura y sin Dios. ¿Qué podía esperar?

2 MIS PRIMEROS RECUERDOS
SUPE LO QUE ERA EL MALTRATO FÍSICO y verbal desde mi temprana niñez, y en consecuencia, no recuerdo haber conocido el amor. Mi abuelo fue un emigrante que llegó de Cuba a Miami para radicarse más tarde en Honduras, Centroamérica, donde se dedicó enteramente a atender un taller de mecánica. Nací en Honduras en el año de 1973. Mi madre se esforzó en los estudios durante su temprana juventud, mientras que mi padre —como buen hijo de mecánico— desarrolló una fantástica pasión por desarmar carros viejos y aprender todo acerca de ellos. Soy el mayor de siete hijos por parte de mi padre. Papá tuvo tres varones más en su segundo matrimonio, y en total somos nueve hermanos. Como sucede todavía a muchas de nuestras mujeres latinas, mi mamá sufrió una vida miserable al lado de mi padre porque era un hombre rudo, mujeriego y machista. A la edad de 16 años estaba casada y dos años más tarde ya estaba divorciada y con tres hijos. Cuando quedó embarazada de mi segundo hermano mi papá le advirtió que si no nacía una niña la abandonaría. Y así fue. Nació un hermoso varón de ocho libras quien vino al mundo para cumplir las amenazas de mi padre. Cuando yo aún no había cumplido diez años, mi madre decidió que su vida como secretaria en Honduras no le proporcionaba el dinero suficiente para mantener a tres varones. Para colmo de males, cuando solicitaban un aumento de sueldo, las secretarias tenían que dormir con los jefes. Ante semejante alternativa, mi madre tuvo que vivir a expensas de mi abuelo. Debo confesar que yo era un niño triste. Pero en realidad fue el tío Alberto quien se convirtió en la respuesta económica para las angustias de mi madre, al menos por un tiempo. Era como un padre para nosotros porque cubría las necesidades fundamentales de la casa. Un día mi tío Alberto se despidió de la familia y se fue en un barco para trabajar en altamar. Nunca supimos en qué consistía su trabajo, pero podíamos ver que ganaba muchos dólares, con los cuales sostenía a su familia y también a la nuestra. Cuando llegaba de visita traía unos deliciosos chocolates para los niños, muchos regalos para todos y dinero extra para comprar la ropa que estrenaríamos en la próxima Navidad. Puesto que mamá no era feliz, decidió que no podía depender de esos trabajos en los cuales ganaba tan poco dinero. No quiso abusar del amor y la paciencia de su padre como tampoco de la generosidad de nuestro tío, por lo que comprendió que era tiempo de pensar en emigrar al “Norte”, como le decían ellos a los Estados Unidos de Norteamérica. Según le contaban a mamá, allí iba la gente a recoger el dinero que literalmente “caía del cielo.” Resalta en mi memoria lo que nos dijo en aquella época un amigo: ¡Que en los Estados Unidos había unas máquinas que producían dólares al insertarles una tarjeta de plástico! Antes de pensarlo dos veces, mi madre empezó a hacer contactos con las personas que se dedicaban a llevar gente a los Estados Unidos en forma ilegal. Aunque algunos intermediarios le prometieron que la llevarían, terminaron robándole su tiempo y su dinero. Pero ella no se dio por vencida. Su determinación era definitiva. Después de muchos intentos fallidos llegó el día en que se le presentó la

verdadera oportunidad de salir hacia “el Norte.” Fue entonces cuando tomó la decisión más difícil de su vida: abandonarnos. Puesto que mi padre no quiso asumir la responsabilidad de cuidarnos, nos dejó viviendo con sus suegros en un pueblo llamado La Flecha. No solo abandonó a sus hijos sino que dejó también a sus amistades y a todo cuanto conocía, algo muy doloroso para cualquier persona. En esa forma quedamos mis hermanos y yo en las manos de la abuela paterna. Era una mujer cruel. Nos decía constantemente que mi madre nos había abandonado, que se había casado con un gringo y que no lloráramos más por ella. Recuerdo que en una ocasión mi padre vino de visita a casa de la abuela con uno de los hijos que había procreado con su segunda esposa. Observé con nostalgia cómo lo mimaba. Esta escena se quedó grabada en mi mente y estuve triste porque yo jamás recibí ninguna muestra de afecto de parte de él. Mi abuelo, aunque siempre ocupado con los quehaceres de su taller de mecánica, era comprensivo. La atención que no merecí de parte de mi papá la recibí de mi abuelo. Con su típico acento cubano me decía: “¡Oye chico! Tu madre los quiere mucho y vendrá por ustedes algún día.” El tiempo fue pasando sin recibir noticias de mi madre. Llegué a pensar que estaba muerta. No tuvimos absolutamente ninguna noticia acerca de su llegada a los Estados Unidos. Mientras tanto, la vida con la abuela se convirtió en un infierno. Nos maltrataba con sus palabras y nos hizo entender que deseaba castigarnos con trabajos pesados. Temprano en las mañanas debíamos cargar grandes cubetas de agua, asear la casa y aguantar sus rabietas. Nos ofendía con su vocabulario soez. Una expresión que ella usaba cada vez que nos veía acercarnos era: “¡Ahí vienen los perros de la calle!.” En repetidas ocasiones fuimos víctimas de abuso físico por parte de la abuela. Cada mañana golpeaba a mi hermano con una vara porque se orinaba en la cama. Para entretenerse, mis tíos hacían que mi hermano menor y yo peleáramos a los puños, y de esa manera llegó el momento en que nos perdimos el respeto. Como si esto no fuera suficiente, mi abuela dio autorización a la maestra de la escuela pública para que nos castigara físicamente. Ella nos golpeaba con una vara o con un cinturón de cuero usado para arrear a los caballos. Cada vez que escribíamos algún error nos obligaba a colocar las manos sobre la mesa y nos golpeaba hasta hacer brotar la sangre. Cuando obteníamos malas notas nos obligaba a arrodillarnos sobre un piso de cemento con arena debajo de las rodillas. Luego colocaba una silla de madera pesada sobre nuestras cabezas. Otras veces nos sacaba a la cancha de jugar pelota y nos dejaba parados durante horas, con las manos arriba, bajo el sol candente. A la hora de comer, uno de mis tíos se sentaba junto a mí con un cinturón de cuero en la mano. Lo usaba para pegarme cada vez que creía que yo no masticaba bien la comida. En varias ocasiones me dejaron sin comer como castigo. Esto fue posible porque en mi país de origen no hay leyes que defiendan al niño contra el maltrato de sus padres y maestros. Tampoco creen que el maltrato de menores pueda provocar en los niños problemas sicológicos. Así era nuestra cultura. La manera de motivar el aprendizaje en aquella época era “a golpes.” Si hubiera existido alguna ley en Honduras en contra del abuso hacia los menores, las cortes hubieran estado repletas de demandas y los abogados se hubieran hecho ricos con esta clase de litigios. El abuso era común de parte de los padres, de los familiares y aún de los maestros de las escuelas públicas. No recuerdo qué daño pude haberle causado a mi abuela y a sus hijos, pero viví convencido de que estábamos “pagando” por algo que no entendíamos. Tanto abuso nos llevó a creer — a mis hermanos y a mí— lo que mis familiares nos repetían constantemente: que éramos “perros, adoptados, estúpidos,

que no servíamos para nada, y que mi mamá nos había abandonado porque nunca sintió amor por nosotros.” Nuestra autoestima quedó por el suelo y llegamos a pensar que la vida era así, y que lo normal para un niño era ser maltratado por los mayores. Semejante manera de vivir parecía no tener fin, pero Dios es siempre misericordioso. De alguna forma nuestra mamá supo acerca del maltrato que estábamos padeciendo y le pidió el favor a su padre que nos fuera a rescatar. Un medio día mí abuelo nos fue a recoger. Recordamos aquel día como si alguien nos hubiera salvado la vida. Simplemente entró a la casa y nos informó que venía por nosotros. No dio explicaciones. Nos llevó a vivir a la Colonia Fecitran en San Pedro Sula, un pueblo pequeño. Mientras tanto, mi otro abuelo —el cubano— pensaba que mi madre vendría por nosotros algún día. Fue en la casa de mis abuelos paternos en donde escuché hablar por primera vez acerca de nuestro Señor Jesucristo, a la edad de once años. Unos tíos trajeron la Biblia a la casa donde nos encontrábamos ahora. Allí había reuniones de oración y alabanza a Dios. Quien primero se entregó de lleno a la fe de Cristo fue un negrito que se sentaba en una banca a escuchar las alabanzas. De alguna manera, la Palabra de Dios se asentaba en su corazón y le iba trasformando poco a poco. Mis hermanos y yo repetimos una oración de fe para recibir a Cristo en nuestro corazón pero nunca tuvimos un encuentro personal con él. Con tristeza recuerdo que mi abuela continuaba asistiendo a la misa, pero permanecía envuelta en el ocultismo y la brujería. Durante el tiempo en que aún vivíamos con mamá teníamos altares en la casa y les rezábamos a los santos; pero cuando llegaron mis tíos evangélicos celebrábamos la presencia de Cristo con cantos y alabanzas. Todo esto me causó gran confusión. Por aquella época, en Honduras, pasó por mi mente la idea de ser misionero. Fue algo que recordé con gratitud más tarde. En realidad no sabía qué era servirle a Dios; solamente estaba impresionado al ver cómo los misioneros norteamericanos llegaban a mi barrio en grandes casas rodantes y aparentemente con mucho dinero. Lamentablemente fui un chico malcriado. Desde muy pequeño experimenté la mentira, la hipocresía, la delincuencia y el libertinaje. Con apenas diez años de edad ya robaba, y a los once años ya había probado los cigarros y miraba revistas de pornografía con mis amigos. Aunque mi vida se inició por el mal camino, tuve algunas buenas oportunidades. En el barrio donde vivía había varios equipos de béisbol. Con inmenso orgullo llegué a jugar en las ligas menores en un equipo llamado Los Astros. Este tiempo fue de mucha satisfacción para mi vida, pues por primera vez me sentí tomado en cuenta y comprendí que tenía un propósito para seguir adelante. Además de divertirme llegué a conocer gente buena como mi entrenador, quien al descubrir que yo tenía un “buen brazo” comenzó a prepararme para que fuera el lanzador titular del equipo de Los Astros. Cuán importante fue para mí que el entrenador del equipo de béisbol me dijera que tenía el potencial suficiente para llegar a ser un buen lanzador. Siempre me habían dicho que había nacido para ser un criminal y un estúpido que no tenía futuro alguno. En medio de mi confusión llegué a pensar tímidamente que había sido creado para algo más importante que lanzar una pelota en un partido de béisbol. Imposible saberlo. No obstante, aunque pasé inolvidables momentos jugando béisbol, también caí en problemas muy serios. Al mirar hacia atrás comprendo que Dios siempre estuvo cuidando de mí. Algunos amigos con

quienes crecí hasta los doce años, terminaron llevando una vida miserable. Uno de ellos emigró a Nueva York y se convirtió en homosexual, mientras que otros se involucraron en las drogas. Ahora doy gracias a Dios porque algunos de ellos fueron alcanzados y redimidos por el Señor Jesucristo. ¿Qué podía ahora esperar de mi vida si mi madre nos había abandonado? Con el recuerdo vivo de los castigos de mi abuela y de mis tíos se me presentó la oportunidad de hacer amistad con los niños más díscolos de la colonia Fecitran. Yo era un niño amargado por el maltrato y necesitaba disipar mi infelicidad con otros jovencitos que tuvieran el mismo problema. ¿Qué otra cosa podía hacer? —No alcanzaba a ver otras alternativas. ¿Volvería a ver a mi madre? ¿Estaría viva?

3 EL HORIZONTE SIEMPRE ESTÁ ABIERTO
UN BUEN DÍA, Y SIN PREVIO ANUNCIO, llegó un hombre a la casa de mi abuelo Alfredo, en la Colonia Fecitran donde vivíamos. Era un hombre de pocas palabras. Vino exclusivamente para traernos la noticia más maravillosa que jamás recuerde haber recibido en mi existencia: mi madre lo había comisionado para que nos llevara a los Estados Unidos. ¡Mi madre estaba viva! La emoción me embargó hasta las lágrimas. Volvería a ver a mi mamá. En ese momento entendí mi viaje como algunos interpretan la salvación “por medio de las obras”, pues me dijeron que debía portarme bien para que pudiera ir a los Estados Unidos a vivir con mi madre. Pero la verdad era mucho más que eso. Yo sabía que el amor de mi madre era incondicional y que ella no me amaba por mis obras. Muy felices salimos con mis hermanos hacia Tegucigalpa — ciudad capital de Honduras— con el propósito de tramitar los pasaportes y demás documentos necesarios para que pudiéramos salir del país. Todo era absolutamente desconocido para mí. No tenía la más remota idea de lo que significaba un viaje de tal magnitud, ni los avatares que deberíamos sortear hasta llegar al lugar de encuentro con mi madre. ¿Qué le estaría ocurriendo a ella en estos precisos momentos? ¿En quién tendría puestas sus esperanzas? Al fin de cuentas mi mamá era una joven ingenua y de buen corazón. Un día antes de nuestra partida nos visitó otro tío que tuvo mucha influencia en mi vida: el ingeniero Armando. El nunca se cansó de darme buenos consejos y de decirme que había grandes oportunidades para mí en la vida, pero que yo tenía que luchar para ganármelas. No entendí lo que mi tío quiso decirme entonces. Recuerdo con gratitud que me decía que yo necesitaba “buscar” a Dios. Pero yo no sabía como hacerlo. Aunque mi tío Armando no era un creyente practicante de su fe, vivía de acuerdo con lo que decía; no como otros hombres que solamente hablaban por hablar. Eso me impresionaba. Era muy dedicado a los estudios y fue siempre un gran ejemplo de superación para mí. Ahora entiendo que este hombre fue algo así como la primera voz de mi conciencia. Un día nublado, a eso de las cinco de la mañana, mi tío Armando nos levantó para que nos alistáramos. Había llegado el momento de nuestro largo y añorado viaje a los Estados Unidos. Con el corazón acelerado por una emoción tan fuerte como esta nos dispusimos a viajar. Antes del alba nos llevó a la casa de la persona que se encargaría de nosotros. Era un hombre de mediana edad. Ahora doy gracias a Dios de que no hubiéramos viajado solos con este hombre. Inminentes peligros acechaban nuestro viaje. Con nosotros iba también otro tío llamado René —quien tenía apenas 18 años de edad—, además de 3 mujeres y 4 hombres a quienes desconocíamos. En total éramos 12 personas incluyendo al guía, mejor conocido como el “coyote.” Salimos todos hacia San Pedro, la ciudad más cercana, para tomar el bus que nos llevaría rumbo a la frontera con Guatemala. Recuerdo que mis sentimientos estaban todos revueltos. Sentía una gran emoción porque iba hacia los Estados Unidos de América, pero al mismo tiempo me sentía confundido y triste por abandonar mi país dejando atrás amigos y familiares. Ahora entiendo mejor la ingenuidad del corazón de un niño.

El viaje hasta Guatemala fue toda una maravilla, especialmente para un niño como yo que jamás había ido a otro lugar que no fuera de la casa a la escuela. Como si todo esto fuera poco, hicimos un alto en el camino para comer en un restaurante. Por supuesto, nunca había entrado en un restaurante. Mi corazón rebozaba de gozo y ansiedad. Mi primera noche en un hotel fue como si me hubiera hospedado en un palacio. Me parecía que todo esto era un sueño. Los lugares por donde pasaba me parecían extraordinariamente bellos. Después de dos días en Guatemala salimos rumbo a México donde permanecimos más tiempo de lo planeado, sin poder cruzar la frontera. Yo no entendía el problema. Las autoridades de inmigración mexicana no creyeron que íbamos a México “de vacaciones.” Probablemente adivinaron que nuestro destino final era llegar a los Estados Unidos. ¿Quién les iba a discutir? En realidad a ellos no les debería haber importado a dónde nos dirigíamos, pues sólo pretendíamos pasar por su país. Para eso teníamos un pasaporte. Aunque todos nuestros documentos estaban en orden, los oficiales de migración vieron la oportunidad para obtener ganancias deshonestas. Querían que les diéramos dinero por permitirnos cruzar la frontera. ¿Qué podíamos hacer? Después de muchas indagaciones apareció un joven que sirvió de “puente” entre nosotros y los funcionarios de migración. La señal convenida entre ellos consistía en doblar la esquina de una de las páginas en cada pasaporte de los que íbamos en el grupo. Esta sería la clave para que las autoridades supieran que ya habíamos pagado la extorsión. Efectivamente tuvimos que pagarles el soborno. De esta manera pudimos continuar nuestro viaje hacia el destino en donde nos esperaba mi madre. Para mí, todo esto era una aventura fascinante. Jamás hubiera pensado que en mi futuro se repetiría esta aventura del pago de sobornos. De nuevo me ocurrió esto cuando tuve que confrontar a la policía, vez tras vez, en el continente africano. Al cabo del tiempo pasamos al otro lado de la frontera. Entrada la tarde llegamos a un hotel popular en donde pasamos un buen tiempo comiendo “tacos” mexicanos. ¡Qué delicia tan grande para el paladar de un pobre niño hondureño como yo! Ahora nos encontrábamos muy lejos de nuestro país, y el famoso sueño americano se estaba convirtiendo en realidad. Al mediodía siguiente salimos hacia el aeropuerto para tomar un avión con rumbo a la gran ciudad capital de México, en el Distrito Federal. Me pareció sentir el frío de las nubes junto a mi pequeño cuerpo en el avión. ¡Todo se veía tan bello y resplandeciente desde las alturas! Tan pronto como aterrizamos mi mente infantil se obnubiló al observar el inmenso aeropuerto, la gran cantidad de carros, los grandes edificios y una incontable cantidad de gente como nunca había visto en mi vida. Todos caminaban de afán. ¡Nunca lo hubiera podido imaginar! Alguien me dijo que no mirara los edificios hacia arriba porque sentiría como si se me fueran a caer encima. Puesto que era un niño curioso, miré: ¡y por cierto que parecía que caerían sobre mí! Nuestro plan consistía en pasar una sola noche en Ciudad México e inmediatamente proseguir hacia Tijuana, ciudad fronteriza con San Diego, California. Pero tuvimos grandes inconvenientes para salir, ya que las autoridades de inmigración “descubrieron nuestras intenciones” sin siquiera preguntarnos a dónde íbamos. Alguien comentó que los oficiales nos reconocían porque siempre caminábamos en fila india, uno detrás del otro. Sin saberlo, tanto nuestra manera de caminar como nuestro comportamiento nos delataban. Era fácil reconocernos como centroamericanos con rumbo hacia los Estados Unidos.

Tan pronto como los agentes de migración descubrieron que nuestra meta era alcanzar la frontera con Estados Unidos, nos presionaron para que les diésemos dinero —lo que muchos llaman “mordida.” Tuvimos que hacerlo nuevamente. Después de una semana de angustias pudimos abordar un avión hacia Tijuana. Ahora comprendo el sacrificio que tuvo que hacer mi madre para enviarnos una suma de dinero suficiente para pagar este largo viaje, más los sobornos a que estuvimos sometidos en cada una de las fronteras. De Tijuana sólo tengo un vago recuerdo del momento en que llegamos al aeropuerto. Estaba muy cansado. Nos dirigimos inmediatamente al “Hotel” —si es que así podía llamarse esa guarida— donde nos hospedaríamos por una noche. Al siguiente día cruzaríamos la frontera hacia Estados Unidos, pero se nos había advertido que no saliéramos del hotel por temor a ser sorprendidos por la policía o por los bandidos que abundaban allí. Estos eran algunos de los riesgos que debíamos afrontar los humildes latinoamericanos que queríamos cruzar hacia “el norte.” Habíamos escuchado historias de hombres que fueron asaltados y de mujeres que fueron violadas. Hubo ocasiones en las cuales las mujeres morían en el intento de ser violadas. El hotel se llamaba “Los Lobos”, nombre que le sentaba muy bien porque los hombres que frecuentaban ese lugar parecían verdaderos lobos. En realidad era un escondite para delincuentes. En el primer piso se encontraba la sala de espera, lugar que funcionaba como un supermercado para el tráfico de drogas alucinógenas y de prostitución. ¡Definitivamente no era lugar para hospedar unos chicos de 9, 11 y 12 años de edad como nosotros! Nos ubicaron en el segundo o tercer piso, todos apiñados en un solo cuarto. Los baños estaban sin asear y las camas rotas; olía mucho a tabaco y las paredes estaban derruidas. Cansados y ansiosos como es natural en los niños de nuestra edad, sólo queríamos usar el baño y dormir para luego, bajo la cubierta de la oscuridad nocturna, proseguir hacia nuestro destino final. Debo mencionar aquí que he vuelto a la ciudad de Tijuana como visitante muchas veces y me he dado cuenta de que la situación no era en realidad tan dramática como nos la pintaron cuando nos dijeron que si salíamos del hotel seríamos atacados por los bandidos. Tijuana es una ciudad turística, y si hubiéramos sabido, tal vez hubiéramos visitado sus lugares hermosos. No obstante, atemorizados por las amenazas, pensamos que era una zona de alta peligrosidad. Por fin llegó la noche y con ella el momento oportuno para salir hacia la línea divisoria entre los dos países, México y los Estados Unidos. Empezamos a caminar en fila india hacia unas alcantarillas de aguas negras. El coyote siempre iba adelante y a paso ligero. No recuerdo haber visto alcantarillas tan grandes en mi vida pues parecían montañas de cemento que debíamos trepar para cruzar de un lado al otro. Las mujeres que iban en el grupo no estaban en condiciones de correr o caminar por encima de esas alcantarillas, pero el deseo de llegar hasta el final de ese peligroso viaje las obligaba a levantarse cada vez que caían, sacudirse el polvo y seguir adelante. Al otro lado, unas cuantas millas al norte, nos esperaban grandes oportunidades. Estábamos a unos pocos pasos de “La Tierra Prometida.” Durante más de media hora caminamos por inmensos túneles de aguas negras, cruzamos por amplios estacionamientos de coches y finalmente llegamos a un área donde había algunas casas. De allí pasamos a un hotel. Este era una maravilla–comparado con el anterior— pues todo parecía limpio y espacioso. A pesar de ser un hospedaje modesto, me pareció que era uno de los mejores hoteles del mundo. El momento de la entrada a este edificio fue para mí como un juego a las escondidas. Uno de los guías abrió la puerta para que el grupo entrara. Había muchas salas con muchas puertas.

Aparentemente alguien había alquilado unas habitaciones de antemano para que pudiéramos pasar allí la noche. Fue estupendo tener un lugar para descansar después de tanto susto. ¡Habíamos llegado a los Estados Unidos de América! Las doce personas que conformábamos el grupo fuimos pasando al baño de uno en uno para quitarnos el barro. Los dos guías que nos trajeron por entre las alcantarillas se despidieron y nos quedamos esperando al coyote que nos condujo desde Honduras. Pensábamos que ya todo había terminado felizmente cuando de pronto vimos las luces de una potente linterna que entraban por las ventanas hacia el interior del cuarto. Al mismo tiempo escuchamos golpes en la puerta y unos fuertes gritos: ¡Inmigración... Inmigración! ¡Abran la puerta! Abrieron la puerta y lo único que pudimos ver fue unos hombres vestidos con uniformes verdes y con pistolas en sus manos. Al mismo tiempo que nos gritaban, nos apuntaban con sus armas. Un policía me apuntó a la cara. ¿Cómo iba yo a imaginar que en mi futuro, dicha escena se repetiría al ser tratado como un criminal? Para algunos miembros de nuestro grupo el viaje concluyó esa noche. Para otros, fue sólo el comienzo de una nueva aventura. Luego de haber sido arrestados por cruzar ilegalmente la frontera de los Estados Unidos nos pusieron dentro de una camioneta con esposas en las manos y nos trasladaron a la estación de inmigración. Dicha estación estaba organizada como una cárcel. Pasamos toda la noche allí, sin dormir, respondiendo al interrogatorio de las autoridades estadounidenses. Fuimos fichados como criminales. A pesar de que los agentes de migración fueron amables con nosotros, esta fue una experiencia bochornosa y humillante. Para nosotros, como niños, fue un verdadero horror. ¿Qué nos esperaría después de esta tormentosa noche?

4 UNA CADENA DE SORPRESAS
PERMANECIMOS DOS DÍAS ENCERRADOS en una celda que se hallaba repleta de criminales, traficantes de drogas e “ilegales”, como apelaban a los que pasaban la frontera por entre las alcantarillas. Este era el caso nuestro. La celda era un lugar apestoso y lúgubre. Los niños permanecimos en las mismas condiciones de detención preventiva que los adultos. Un juez de menores conoció nuestra situación y ordenó que mis hermanos y yo saliéramos de allí. En efecto, fuimos trasladados a la casa de dos personas mayores, una pareja que desde ese día desempeñaría el oficio de “guardianes” o custodios, hasta cuando mamá llegara a recogernos bajo fianza. Nuestros guardianes eran personas muy amables y de buen corazón, y si bien recuerdo eran hijos de Dios. Nos recibieron con bondad y lavaron la ropa que traíamos puesta. Nos alimentaron con mucho cariño. Durante aquellos días sentimos un amor especial que nunca antes habíamos imaginado. Hicieron lo posible para comunicarse con nuestra madre y le anunciaron que podía venir a recogernos. También la orientaron para que se presentara ante un juez de menores y solicitara que la fianza fuera considerada. Recuerdo con alegría y tristeza el momento en que mamá entró a la casa de nuestros guardianes. Lloramos y reímos en medio de un abrazo interminable. Queríamos hablar todos al mismo tiempo. Pasamos la noche platicando acerca de cada detalle que habíamos vivido durante su ausencia. Los años que permanecimos separados nos parecieron a todos una verdadera eternidad. Al día siguiente —muy temprano— fuimos todos a la corte, y después de haber pagado los quinientos dólares de la fianza nos concedieron libertad vigilada. En realidad nos acababan de otorgar un permiso para que permaneciéramos legalmente en los Estados Unidos. Todo estaba empezando a aclararse. Nuestra felicidad se hizo aún más grande cuando entramos con nuestra madre a la gran ciudad de Los Ángeles. Allí se desenvolverían los siguientes capítulos de nuestras vidas. Mis hermanos y yo habíamos crecido sin una figura paterna bien definida y por lo tanto mi mamá estaba dudosa acerca de la manera como debía anunciarnos que teníamos un padrastro. Tan pronto como entramos a nuestro nuevo hogar comprendimos que mi madre estaba viviendo con otro hombre. Ingenuamente pensamos que por fin tendríamos a alguien que fuera nuestro padre. Esta misma sensación tenía mi madre. Ella parecía estar feliz con su nueva vida, disfrutando de las comodidades económicas que tenía junto a este señor. Al llegar a los Estados Unidos por primera vez uno sólo puede observar todo superficialmente. Ahora, después de muchos años al servicio de Dios en las misiones, puedo comparar mi primera experiencia con la llegada al campo misionero. Es sólo a través del paso del tiempo como uno se percata de los detalles de la vida cotidiana en la nueva cultura. Poco a poco se va descubriendo que la realidad es totalmente distinta a lo que hemos percibido inicialmente. Antes de una semana me hallaba sentado en las bancas de la escuela pública. Para sorpresa nuestra, encontramos que las escuelas tenían edificios sorprendentemente grandes —se me parecían a las universidades de mi país—, y también nos impresionó ver que allí se concentraban muchísimos estudiantes, algo intimidante para cualquier niño pueblerino como yo. Empecé a estudiar en el sexto

grado y fue entonces cuando experimenté lo que hoy en día se conoce como “choque cultural.” Todo era muy diferente: las costumbres, la comida, y las tradiciones que hasta entonces había conocido en mi país y en mi familia. Para comenzar, debía aprender un nuevo idioma. Esto me hace pensar que en el campo misionero es indispensable aprender más de un idioma para poder evangelizar. Sentí pánico al llegar a la escuela el primer día. No sólo porque el edificio era muy grande sino porque no tenía amigos ni conocía a nadie que me pudiera orientar. La única guía era un papel en el cual estaban anotados los nombres de las materias que tomaría y los números de los salones donde se llevarían a cabo. En mi país, los salones de las escuelas no están numerados. ¡Esta escuela parecía un pueblo pequeño! Los niños y jóvenes corrían de un lugar a otro por los pasillos, mientras que yo era el único que permanecía parado sin saber adónde ir. Naturalmente, esta abrumadora experiencia me causó temor y regresé a casa llorando, aunque fui obligado a regresar al día siguiente. Los alumnos hablaban a las maestras en inglés, y los que hablaban español lo hacían sólo para burlarse de alguien. Algo parecido sucede cuando uno llega al campo misionero y no entiende el idioma. Probablemente sin malicia, la gente del lugar se burla de los errores que comete el recién llegado. Al cabo de unas pocas semanas descubrí que la escuela era muy parecida a una cárcel pues había muchos delincuentes. Poco a poco me fui identificando con los jóvenes problemáticos y desadaptados. Ellos fueron las primeras personas que me ofrecieron su amistad. Ellos me orientarían hacia una juventud de delincuencia. A medida que fue pasando el tiempo comencé a disgustarme con el ambiente de mi hogar y de mi barrio. Estaba saliendo de la etapa de “turista” en donde todo era color de rosa, para vivir en la etapa de “choque transcultural.” Aunque los maestros hacían lo posible por enseñarme, yo no entendía nada. La escuela fue para mí una completa frustración. El desánimo se convirtió en depresión severa y antes de terminar el año escolar me encontré lleno de amargura y odio contra la vida. Puesto que no hablaba inglés, me asignaron a una clase de principiantes. Los otros chicos nos miraban con desprecio. La mayoría de los jóvenes que asistían a esta escuela llegaba con problemas familiares. Algunos venían huyendo de la guerrilla de El Salvador y otros ya eran miembros de pandillas o “gangas.” Al igual que yo, estaban llenos de odio. Alguien dijo que “si andas con lobos, a aullar aprendes.” A mí llevaron a la cueva de los lobos y con ellos aprendí a aullar, y otras cosas más. Dios sabe que hice un esfuerzo por no defraudar a mamá, quien con tanto esfuerzo nos trajo desde Honduras. No obstante, parecía como si las maldiciones que me había echado mi abuela paterna se estuvieran haciendo realidad. Resonaban en mi mente sus palabras: “Perros… adoptados… estúpidos… que no sirven para nada...” Así me sentía cuando veía que no servía para nada. Aunque había algunos jóvenes buenos a mi alrededor, la influencia de los perversos era lo que más me atraía. Cada día regresaba a casa más derrotado que el día anterior. No había nadie que me recibiera al llegar, ya que mamá trabajaba desde muy temprano hasta muy tarde. Nadie me preguntaba si tenía que hacer tareas. No tenía quien me enseñara a leer y a estudiar en inglés. Cuando mamá regresaba exhausta, se ponía a cocinar. Francamente no tenía tiempo para sus hijos. En muy contadas ocasiones se sentó conmigo para animarme a hacer mis tareas escolares. Simplemente no tuve ejemplos o modelos estimulantes que pudiera seguir con amor. Cuando cursaba el séptimo grado, otros tíos —hermanos de mamá— llegaron a vivir a nuestra casa.

Éramos siete personas, entre adultos y niños, viviendo en un apartamento muy pequeño de una sola recámara. Comprendo ahora el refrán que dice: “Si quieres tener buenos amigos, no los invites a vivir contigo.” Vivíamos como sardinas enlatadas. Sin embargo, nos consolábamos observando que para los latinoamericanos era muy común vivir en esta forma. Esta fue la época en que mi tío Lombardo llegó a ser importante en mi vida. Me enseñaba la Palabra de Dios en una manera en que nadie lo había hecho antes. Recuerdo especialmente la solemnidad con que me hacía repetir el versículo que dice: “Honra a tu padre y a tu madre para que tus días sean alargados.” El tío Lombardo se daba cuenta de que yo no era obediente y que necesitaba a Cristo en mi vida. Estoy seguro de que era un cristiano fiel. Los domingos nos llevaba a la iglesia y se aseguraba de que entráramos a la escuela dominical. En aquellos días empecé a conocer realmente quién era Dios, aunque en Honduras ya había tenido algunas experiencias religiosas. Pero las malas influencias me seguían por todos lados. Yo era débil y no sabía cómo protegerme. A la misma iglesia asistían jovencitos que eran más rebeldes que yo, pues iban porque los obligaban. Aunque en la edad temprana carecemos de dominio propio, creo que la semilla plantada en el corazón tarde o temprano dará su fruto. Esto pienso acerca de los que iban a la iglesia obligados por sus padres. Mientras todo esto sucedía, mis hermanos y yo nos fuimos ilusionando con la posibilidad de tener un “padre” nuevo. Lo intentamos, quizá no lo suficiente. Poco a poco nos empezamos a desilusionar del compañero de mamá. Nunca logramos aceptar el que este hombre hiciera el papel del padre que nunca tuvimos. Es difícil que el corazón de un niño acepte remplazar a uno de sus progenitores y esto se puede comprobar, día a día, en los casos de divorcio. Nunca pude sentir amor por el compañero de mi madre. Lo que más provocó nuestro resentimiento fue la forma machista en que nos trataba. Cuando los tíos se fueron, quedamos con mi madre y su compañero. Mi tío Lombardo —el creyente que nos llevaba a la iglesia— contrajo matrimonio y ya no pudo seguir llevándonos al templo. La relación entre nosotros y el compañero de mamá empezó a empeorar más y más. Los celos mutuos nos enceguecieron, y como es de esperar, la vida se nos hizo imposible a todos, en especial a mi madre. Los días gloriosos de nuestra llegada a la bella ciudad Los Ángeles terminaron. Nuestras ilusiones se desmoronaron. Amigos de mi madre llegaban de pronto a vivir en nuestro pequeño apartamento, lo cual contribuyó a que nunca llegáramos a tener intimidad de hogar. Debido a nuestra falta de disciplina y a la poca supervisión que recibíamos, uno de mis hermanos protagonizó un escándalo por algo muy simple. Aunque no lo ameritaba, este fue el pretexto para que se formara un problema grave con el compañero de mamá. Llegó a enfurecerse tanto que quiso que mi madre nos castigara con un cable eléctrico. Por supuesto, ella no lo hizo. Desde aquel día comenzó una guerra sin cuartel, bajo una serie de amenazas e insultos. Nos perdimos mutuamente el respeto. Parecía no existir una salida a esta situación desesperante. No conocíamos la única solución válida que proviene de la presencia de Jesucristo en el corazón de los desesperados como nosotros. Ni mi mamá ni su compañero tenían idea acerca de la necesidad de perdón y salvación por medio de la obra redentora de Cristo. ¿Cómo podíamos entonces cambiar esta vida miserable?

5 MI ENCUENTRO CON DIOS
COMENCÉ A ASISTIR a una escuela técnica con el propósito de aprender un oficio que me permitiera ganar dinero para vivir. Deseaba continuar mis estudios después de tanto tiempo perdido. No sabía para qué debía estudiar, pero veía que todos estudiaban. Por otra parte, observaba que no era indispensable haber estudiado para tener un trabajo. Sentía un enorme vacío en mi corazón pero no sabía cómo llenarlo. Un buen día, mientras subía en el elevador hacia el salón de clases, me encontré con un joven que aparentaba ser un pandillero por su porte y su forma de vestir. Los pandilleros tienen su propio estilo de vestir y se reconocen fácilmente. Él, obviamente, reconoció que yo estaba enredado en las pandillas juveniles. Me preguntó a cuál pandilla pertenecía. Por instinto pensé que quería buscarme la pelea, pues se me acercó de una manera agresiva. Tratando de evitar problemas, le dije en pocas palabras que yo estaba buscando una manera de vivir en paz. Surespuesta me desconcertó. Me dijo que eso sólo era posible si yo buscaba a una persona que me amaba desde siempre: Cristo. Estas palabras se clavaron en mi corazón. Me aseguró que Dios tenía algo muy importante que hacer conmigo. No supe qué sería, pero comencé a pensar en Dios como si fuera parte de mi vida diaria. En Honduras había tenido experiencias religiosas; incluso había sido bautizado. Lombardo —el tío que me llevó a la iglesia— había compartido conmigo, a su manera, sobre el amor de Dios. Pero eso no era comparable con lo que me acababa de decir este joven desconocido. ¿Había llegado el tiempo de Dios para cambiar mi vida? En la fidelidad de Dios siempre llega el momento cuando su santa voluntad se ejerce. No importa cómo ni dónde nos encontremos. Pensé que si Dios había querido cambiar la vida de ese joven, seguramente cambiaría la mía. Tomé la decisión de volver a la misma iglesia a la cual me había llevado el tío Lombardo. Con desconfianza y con el peso de un pasado delincuencial como el mío, no fue nada fácil regresar a la escuela dominical. Me miraban como si aún fuera un pandillero. No estaban listos para recibirme. En realidad me estaban juzgando con base en el pasado, por lo que no les culpo. Me habían conocido cuando visitaba esta iglesia de vez en cuando, sin ninguna intención de cambiar. Recuerdo con tristeza cómo aprovechaba la oportunidad para pasar por el estacionamiento de los automóviles y robarme alguna que otra parte de los carros lujosos que pudiera vender luego por un par de dólares. El apóstol Pablo dice que las cosas espirituales son “locura” para la gente del mundo. Yo había determinado que eran locos los evangélicos. Aunque todavía confundido, creía que iba por el camino del éxito. Dice la Biblia que hay caminos que al hombre le parecen correctos pero que son caminos de muerte. Yo había estado andando por el camino de la muerte. Ahora, cuando intentaba buscar a Dios, me encontré con que mi pasado me había marcado hasta el punto de que era rechazado también por los llamados cristianos. Pero, aunque haya creyentes a quienes les falta compasión para ayudar a los más débiles, siempre habrá otros que les brindan la mano. Soberanamente, Dios puso en mi camino algunas personas que tenían el corazón dispuesto a ayudarme. Como en la historia del buen samaritano, estos hijos de Dios

fueron sus escogidos para recibirme y ayudar a sanar mis heridas. Encontré otros jóvenes que decían haber sido pandilleros. Al igual que yo, habían estado caminando hacia la perdición. Sentí compasión por ellos. Mientras yo sentía más y más el deseo de entregar mi vida al servicio de Cristo, mejor comprendía que este sentir venía a mí por la misericordia y el perdón que él me estaba otorgando. ¡Lo logré! Decidí vivir sólo para Cristo. Hice caso omiso de las cosas negativas que veía a mi alrededor. Cuando uno pone la mirada exclusivamente en quien lo ha salvado, todo lo que está alrededor pierde interés. Ya no dependía de las circunstancias. Así de sencilla fue mi experiencia. Reconozco que no ocurrió de un día para otro. Mi limpieza tomó un tiempo considerable pues tenía muchas heridas que sanar. Esto sólo podía haberlo hecho Dios. Una noche me encontré con un hombre en el estacionamiento de la iglesia al terminar la reunión. Su nombre era Isaac. Había sido adicto a la heroína y también había traficado con drogas. Isaac sabía que yo acababa de salir del mundo del crimen y que necesitaba algo más que asistir a la iglesia. Se me acercó amablemente y me hizo una invitación muy especial. Supo muy bien en qué idioma debía hablarme y cómo debía presentarme la invitación. En un comienzo no entendí exactamente a qué se refería, pero usó una frase que captó poderosamente mi atención. En pocas palabras, me invitó a ir a “drogarme” con Jesucristo. Esto puede sonar ridículo a los oídos de un cristiano cualquiera. No a los míos. Luego me explicó que debíamos ir a una montaña para permanecer allí tres días sin comer. Él no usó la palabra “ayunar” para que yo no cayera en la religiosidad. Sólo debíamos leer la Biblia e invocar a Dios. Confieso que su invitación me pareció extraña, pero la acepté sin prejuicios. Salimos temprano el día señalado, pues había que viajar seis horas desde la ciudad de Los Ángeles. Nos acompañaban otros jóvenes con necesidades similares a las mías. Todos íbamos buscando a Dios. Estoy convencido de que esa era la montaña en donde Dios quería manifestarse a mi vida. Acomodamos de la mejor manera nuestras tiendas de acampar y preparamos las fogatas. Nuestro líder dirigió la oración la primera noche. Más que una alabanza, lo que hicimos fue humillarnos delante de Jesucristo y pedirle perdón. Su misericordia infinita comenzó a obrar con dulzura y yo puse mi corazón quebrantado delante de mi verdadero Dios ¡Bendito sea Él! Al tercer día había ocurrido algo milagroso en mi vida. Mientras oraba, vi como una película en la cual pude observar detalladamente todo lo malo que había hecho hasta entonces. De todo esto me debía sanar mi salvador. Eso es lo que yo llamo un verdadero encuentro con el Señor Jesucristo. Derramé lágrimas de arrepentimiento genuino, y experimenté el perdón verdadero. En este instante le di las gracias a él por haberme librado de la muerte en innumerables ocasiones. Esta experiencia de tres días en la montaña me ayudó a tomar una fuerza espiritual increíble para enfrentarme a las tentaciones que me esperaban. Con mi corazón lleno de gozo comencé a confesar mi salvación a todas las personas con quienes me encontraba. Ahora me había unido a los locos creyentes a quienes yo antes juzgaba, y me había convertido en uno de los miembros de la “pandilla espiritual” más grande del mundo: ¡los cristianos! No obstante, faltaba mucho camino por recorrer y Dios tenía una sorpresa para mí. Al acercarme al templo cierto día, pude ver a través de las ventanas a un joven de piel trigueña que estaba adorando a Dios con las manos en alto. Me dijeron que su nombre era Humberto Rebollo. Humberto era un chico que había pasado largo tiempo en la prisión por asesinato. Fue miembro de una

pandilla enemiga y yo lo distinguía bien. En su soberanía, Dios quiso usar a Humberto para rehacer mi vida. Su infinito amor nos unió ahora como hermanos. Nos habíamos odiado simplemente por pertenecer a pandillas enemigas, pero ahora nos veíamos con otros ojos. Humberto me enseño a compartir mi fe con otros muchachos descarriados y a estudiar el evangelio con propósito. Él se había convertido al cristianismo en la prisión y estaba aprendiendo a caminar con Dios. Era un joven con mucho talento y tenía un gran amor por las almas perdidas. Reconozco que para mi no fue fácil ser cristiano. Tenía muchos problemas en la casa pues continuaba viviendo con mi madre y su marido. Mis viejos amigos me seguían buscando. Para llegar a la iglesia tenía que viajar casi dos horas en autobús. Con frecuencia llegaba tarde y esto me producía desazón. Por la gracia de Dios sentía un deseo muy grande de servirle y trataba de serle fiel. Cuando llegaba temprano a la iglesia ocupaba el tiempo orando y ayudando a acomodar las sillas en el templo. Aprovechaba cada oportunidad para evangelizar a cualquiera que se me pusiera por delante. Estaba tan agradecido a Dios por lo que había hecho por mí, que mi deseo de servirle era insaciable. La Biblia dice que aquel a quien mucho se le ha perdonado, mucho ama. Este era mi caso. No me cansaba de agradecer a Cristo por haberme perdonado. Ahora tenía 17 años de edad y me había comprometido seriamente con el estudio en una escuela técnica. No obstante, la presión del mundo criminal continuaba acechándome. Algunos de los pandilleros que estudiaban conmigo habían sido mis enemigos a muerte. Aunque yo no pertenecía a ninguna pandilla en la actualidad, ellos me miraban con recelo. Hubo dos ocasiones que me buscaron pelea con ánimo de venganza. Al confesarles que era cristiano se retiraban dejándome en paz. Es cierto que Cristo lava con su sangre los pecados de una persona y le cuida de manera especial. Así sucedió conmigo. Recuerdo el día en que me acerqué a un grupo de pandilleros para hablarles de Cristo. Repentinamente la policía de narcóticos nos rodeó. Nos encañonaron. Me intimidaron con una pistola ordenándome que me arrojara al suelo. Aunque yo no era uno de ellos, el hecho de que estuviera con el grupo me incluyó y caí en la redada. Fue el Espíritu Santo quien me guió en aquel momento para tomar el control. Tuve valor para compartir con los policías sobre mi fe, diciéndoles que yo era cristiano y que sólo Cristo podía cambiar las vidas de esos jóvenes. Cuando les aseguré que estaba con ellos sólo para compartirles de Cristo me dejaron en libertad. Siempre tenía una Biblia conmigo. Quería estar preparado para compartir acerca de la salvación cuando tuviera la oportunidad. “A tiempo y fuera de tiempo.” Durante largo tiempo me confundieron con un pandillero. Cuando me acusaban, simplemente levantaba el nombre del Señor Jesucristo en alto declarando que era cristiano. Podían ver que no me avergonzaba del evangelio y me respetaban por mi testimonio. Generalmente los pandilleros buscan problemas en todas partes y con todo el mundo, y por temor a sus enemigos no tienen libertad para salir a cualquier parte. Pero cuando se reconcilian con Cristo encuentran que él les concede la libertad. Eso fue lo que me sucedió a mí. Comparo esta libertad con la del ave que por fin encuentra quién le abra la jaula en donde la han mantenido prisionera. Así se siente el pandillero que se entrega a Cristo. Hubo un tiempo en que yo no podía salir del barrio donde vivía por miedo a encontrarme con otros pandilleros enemigos. Ahora, como hijo de Dios, caminaba confiado por toda la ciudad. ¿Habrá gozo comparable a este? ¿Puede uno temer a alguien si está con Dios?

6 UN NUEVO HOMBRE
TODO FUE CAMBIANDO progresivamente en mi vida. Tanto mis familiares como mis amigos podían ver que yo era un nuevo hombre. Deseaba involucrarme en toda clase de eventos en los que pudiera conocer más de la vida cristiana. Tenía un nuevo amor. Me propuse asistir a todos los eventos juveniles: una vigilia, un concierto, un seminario de estudio intensivo, un retiro o un campamento. Estaba absorbiendo todo cuanto fuera posible. Sabía que mi corazón se estaba ensanchando, pero había algo que no me dejaba en paz. Algo así como un fuego que no me dejaba dormir tranquilo. Por el momento no podía entender algo tan grandioso como el amor de salvador. Comencé a involucrarme en los programas del departamento de evangelismo de la iglesia, pues así como recibía también quería dar a los demás. Cada domingo, después de la escuela dominical, salíamos a evangelizar en los grandes parques de la ciudad de Los Ángeles. Nunca había tomado un entrenamiento sobre cómo evangelizar, así que no me daba cuenta si los métodos que usaba eran efectivos. Pero tenía decisión y mucho valor para hablar en público acerca del amor del Señor Jesucristo. Oraba para que él me usara para su gloria. Habiendo salido de la perdición, quería dedicarme a ayudar a otros a encontrar la libertad que yo disfrutaba ahora. Me situaba en una esquina del parque, y después de repartir algunas copias del evangelio comenzaba a predicar a toda voz para que la gente me oyera. Recitaba versículos bíblicos y les exhortaba a que se arrepintieran de sus pecados. La gran mayoría de la gente pasaba de largo. Muy pocos me prestaban atención, pero Dios no permitía que eso me desanimara. ¡Nada me iba a detener! ¡Si antes fui loco para el mundo, ahora lo era para Cristo! En medio de mi ignorancia y de mi entusiasmo por lograr que se arrepintieran, terminaba condenando a los pocos humildes que se paraban a escucharme. Otras veces sentía que Dios estaba poniendo en mi boca palabras de sabiduría. Aunque tenía la pasión, no sabía cómo predicar correctamente. Lo que sí sabía era que debía compartir el evangelio. Evangelizaba en cualquier lugar y de la manera que me fuera posible. Iba de casa a casa por los diferentes vecindarios para invitar a la gente a la iglesia. Visitaba también con regularidad a los pandilleros para compartir mi fe con ellos. Había muchos jóvenes y gente de todas las edades viviendo en las calles debido a problemas de alcohol y de drogas. Sentí que no era justo predicarles sin hacer provisión para sus necesidades. En esta forma llegué a tener una gran carga en mi corazón por los desamparados. En cierta ocasión, Dios me proveyó la oportunidad de hablar con unos convertidos que habían sido desamparados “habitantes de la calle” y de ahí nació la idea de establecer un centro de rehabilitación. Compartimos nuestra visión con el pastor, y el comité de la iglesia y nos aprobó un proyecto para implementar nuestro plan. La iglesia tomó una casa en arriendo y finalmente pudimos abrir las puertas del “Centro de rehabilitación para adictos a las drogas.” Este tiempo fue un período de importante crecimiento espiritual en mi vida. Allí pude darme cuenta

de que mi autoestima aún no estaba totalmente sanada. Sentía que no era valorado como debía ser y me desanimé. No fui tenido en cuenta para ser el líder del proyecto y eso me ofendió. Comencé a pensar que mi aporte era insignificante y que ellos tenían razón. Enojado, quise culpar a los demás. Mi orgullo se rebeló al pensar que yo no era una persona popular o atractiva y que había otros con mejores atributos. Al estudiar la vida del rey David pude ver que él también fue menospreciado y rechazado por sus hermanos. Sin embargo, cuando llegó el tiempo propicio, Dios lo usó en gran manera. Aunque muchas veces fui rechazado como David, aprendí a darle gracias a Dios en toda circunstancia. Decidí tomar en serio las palabras del apóstol Pablo al joven Timoteo cuando le instruyó para que no tuviera en poco su juventud. Pude comprobar que aunque sólo tenía 17 años, era capaz de compartir mi fe con los criminales y drogadictos que estaban de las calles. El efecto de mi conversión llegó a ser un arma poderosa ante los incrédulos. Ahora comprendo que esta fue mi mejor herramienta para ganar almas en las calles de Los Ángeles. Gracias a mi testimonio llegaron los primeros necesitados al centro de rehabilitación. Eran los menospreciados de la sociedad, en su mayoría atados a las más abyectas adicciones. Cierto día ocurrió algo que me quebrantó. Mi buen amigo Humberto Rebollo nos abandonó para regresar al mundo del crimen. Era muy inestable y por consiguiente no podía comprometerse a estar en un lugar por mucho tiempo. Se sentía irresistiblemente atraído por los placeres del mundo y tentado a renegar de su fe. En estas circunstancias, motivado por el deseo de vengar el asesinato de un amigo, le dio su espalda a Cristo. Este acontecimiento me dolió enormemente. Pero igualmente me movió a hacer un compromiso con el Señor Jesucristo. Le prometí serle fiel “en las buenas y en las malas.” La pérdida de Humberto me condujo a reafirmar mi dependencia en la voluntad de mi salvador. Nunca olvidé que fue precisamente Humberto quien me apoyó cuando intenté dar mis primeros pasos en la fe. Sentí una rara compulsión por buscarlo y ayudarle a salir de su desesperación, así que me comprometí delante de Dios a buscar a mi amigo. No fue fácil, pues se negaba a relacionarse con nosotros. Lo perseguí incansablemente y le renové mi amistad en una forma incondicional. Le ofrecí toda la ayuda que él quisiera aceptar de mi parte. No escatimé un minuto de mi tiempo. Rogué a Dios para que mostrara ahora su inagotable misericordia y se glorificara en la vida de mi amigo Humberto. Dicho y hecho. Nuestro buen Dios se glorificó y un día Humberto cayó rendido a los pies de Cristo. ¿Qué otra evidencia necesitaba yo? Había experimentado la salvación en mi propia vida, y ahora veía el milagro de Humberto. ¿Podía yo acaso ignorar la misericordia y el poder de Dios?

7 LO QUE TENGO TE OFRENDO
ALGUIEN DIJO QUE CUANDO DIOS llama a uno de sus hijos a trabajar en su obra siempre lo hace cuando la persona está ocupada. Mi deseo de servir a Dios había ido creciendo cada vez más. Volví a sentir la inquietud de ese fuego que me desvelaba y que me impulsaba a entregar mi vida completamente a la evangelización. Sentía que Dios me estaba llamando para algo en particular, pero no alcanzaba a saber qué sería. Continuaba involucrado en el ministerio del Centro de Rehabilitación y podía entender claramente que en su misericordia, Dios me estaba usando para alcanzar almas perdidas y traerlas a sus pies. Aunque en esta época tenía un trabajo bien remunerado, estaba seguro que Dios me estaba invitando a seguirle para cumplir mayores propósitos. Como parte importante de mi vinculación con la iglesia, predicaba sobre la obra misionera con regularidad. También oraba con fidelidad por los misioneros. El trabajo de un misionero me llamaba poderosamente la atención, pero como me mantenía muy ocupado en la empresa y no tenía vínculos con agencias misioneras, nunca llegué a comprometerme. En cierta ocasión, un predicador llamado Josué Yrion fue invitado a una reunión de jóvenes para hablarnos acerca de las misiones. Su mensaje fue muy impresionante. Nos relató su propia experiencia como misionero en un país donde fue encarcelado y torturado. En un bendito instante comprendí que la voluntad de Dios era llevarme con él para que le sirviera… ¡Me estaba llamando a ser misionero!... Recordé inmediatamente mi presentimiento infantil —cuando de niño estaba en Honduras— y sentí nuevamente el gozo de ver a los misioneros norteamericanos llegar a mi colonia. Entonces le di las gracias a Dios. Ese pensamiento de mi niñez no había sido una mera casualidad sino una sagrada premonición para que los designios divinos se cumplieran a su debido tiempo. Para terminar su presentación, el evangelista Josué Yrion afirmó: “Dios está llamando a hombres y mujeres al campo misionero. Deben estar dispuestos a morir por él, si fuere necesario.” Yo sabía exactamente lo que era morir por una causa, pues tuve la muerte muy cerca en mis tiempos de pandillero. Me consumía un ardiente deseo de pasar al altar para afirmar ante todos los presentes que yo deseaba ser misionero. Algunos hombres y mujeres salieron con paso firme y oraron con el evangelista Josué. Yo permanecí inmóvil aunque compungido. En nuestra iglesia se acostumbraba recoger una ofrenda de amor para entregarla al predicador al concluir su mensaje. Ese día sentí un incontenible deseo de ofrendar pero no tenía ni un centavo. Así que cuando el plato de la ofrenda pasó por mis manos, simple y sinceramente le dije al Señor Jesucristo que aunque no tenía dinero le entregaba mi vida para que hiciera con ella lo que le placiera. Mi vida se convirtió así en una ofrenda viva, literalmente depositada en aquel recipiente; y como ofrenda viva fue recogida por Dios. Era el año de 1989 cuando él me recibió para cumplir sus gloriosos propósitos misioneros. Cierta mañana, estando en mi puesto de trabajo, le conté lo sucedido a un hombre de la iglesia que laboraba conmigo. Era un hombre maduro en la fe. Con mucha seriedad me advirtió que desde este momento yo estaba “comprometido” con Dios y que en adelante, él no me dejaría en paz hasta cumplir mi compromiso. Y así fue.

Puesto que había tenido muchas dificultades al comienzo de mi vida cristiana, comprendí que de ahora en adelante debía depender absolutamente de Dios si no quería andar perdido, como lo estuve en los días de mi niñez. Con humildad y con mucha confianza busqué la dirección de Dios para que me guiara hacia el mejor establecimiento educativo en donde pudiera recibir la capacitación que él deseaba que yo tuviera. Reconocía que necesitaba educación superior, disciplina, madurez y mayor conocimiento de la Biblia. Hice las diligencias requeridas para matricularme en un Instituto Bíblico en Costa Rica pero allí no fue posible. Las universidades en el estado de California eran demasiado costosas en proporción a los recursos con que yo contaba en aquel momento, así que hube de resignarme a esperar el tiempo adecuado. Un día visité una iglesia en la cual conocí a un pastor anglosajón. El invitado especial de aquel día era el director del Colegio de Teología de las Asambleas de Dios en Tijuana, México. El propósito de su visita era reclutar a los jóvenes que necesitaran capacitarse en el colegio bíblico. Cada palabra de su conferencia parecía estar dirigida a mis expectativas. Hasta ese día yo había venido ahorrando mensualmente una cierta cantidad de dinero destinada a pagar mis estudios en un seminario. Todo lo que en aquel momento tenía ahorrado sumaba apenas una cifra suficiente para cubrir el primer semestre de estudios. ¿Me llevaría Dios a aquel instituto bíblico en México? Allí estaría retirado de todo y de todos, y podría dedicarme completamente a los estudios y a la oración. Cumplidos los 18 años de edad le comuniqué a mamá mis planes. Con el propósito de capacitarme para servir eficazmente a la propagación del evangelio debía irme a estudiar en un instituto bíblico. Como era de esperar, ella no estuvo de acuerdo con mi decisión porque no podía entender todo este asunto de mi conversión y de mi llamado —como decimos en el mundo cristiano. De otro lado, ella me necesitaba desde el punto de vista económico. Continué adelante con mis preparativos y me dispuse a salir, dejándola en las manos de Dios. Mi gran amigo Humberto Rebollo, quien siempre había mostrado predilección por el estudio de la palabra de Dios, nos dio la gran sorpresa. Cuán grande fue mi entusiasmo al saber que él había sido el segundo candidato en inscribirse para estudiar en el instituto bíblico de México. ¡Qué gozo tan extraordinario inundó mi renovado corazón! Bendije entonces a nuestro buen Dios. Un sábado por la mañana salimos acompañados por uno de los ministros de mi iglesia, Rigoberto Diguero. Este siervo de Dios nos acompañó al instituto bíblico para entregar nuestras solicitudes de ingreso. Al llegar allí tuve la certeza de que éste era el siguiente paso que debía dar. Por fin recibiría la capacitación necesaria para mi futuro trabajo. Vi arribar, con mucha alegría, a otros jóvenes que al igual que yo estaban comprometidos con Dios. Esto me animó. Después de nuestra corta visita al instituto bíblico regresé a Los Ángeles y renuncié a mi trabajo. Tenía mi corazón rebozante de gozo. Cumplidos otros requisitos de carácter académico y económico, la iglesia —por intermedio de nuestro pastor—nos dio la bendición y en el lapso de pocos días salimos rumbo a la ciudad de Tijuana, México. Aunque para esos días los edificios de la institución estaban en proceso de remodelación, nos acomodamos sin dificultad y debo confesar que estos fueron días muy agradables. El compañerismo y la fe de los que llegaron al programa me hicieron sentir en familia. Mi sed por aprender comenzó a ser saciada. Puesto que había estado hablando en inglés durante los últimos años en Los Ángeles tuve un

poco de dificultad para leer y comprender algunos temas cuyas lecturas se encontraban en español. El lector puede imaginar las dificultades que normalmente se presentan cuando uno debe escribir en un segundo idioma sin haberlo estudiado formalmente. Esos fueron mis diarios dolores de cabeza. Por otra parte, carecía de la disciplina y la metodología necesarias para redactar mis tareas académicas. Así veo ahora este tiempo bendito, el tiempo que Dios usó para moldear mi carácter y prepararme para lo que habría de venir. El primer año se lo dediqué al Señor. Me encontraba en comunión con él, en medio de aquel campamento de reclutas que se alistaban para ir al frente de batalla en una guerra espiritual. Todo cuanto aprendía tenía un propósito claro. Cada año podía disfrutar de un período de vacaciones. Como era la costumbre, los estudiantes podíamos viajar a nuestro lugar de procedencia. Me gozaba al regresar a la ciudad de Los Ángeles. Tenía la valiosa oportunidad de ver a las familias de mi iglesia y contarles personalmente todos los progresos que estaba logrando en el seminario. Es posible que algunos de los que me habían conocido en mis tiempos de perdición desconfiaran de mis progresos pues me decían abiertamente que ellos temían que pronto dejara los estudios. Sólo Dios lo sabía. Quienes todavía dudaban de mí habían visto mi vida desordenada en los tiempos en que comencé a asistir a la iglesia. Con mucha razón pensaban que yo no resistiría la disciplina y mucho menos la seriedad de los estudios. Poco a poco Dios fue usando mi constancia y mi ejemplo para animar a otros muchachos que necesitaban afirmarse en los caminos del Señor. El programa del instituto bíblico de México no tenía en aquel tiempo nada que ofrecer en cuanto a las misiones “transculturales.” La biblioteca carecía de información sobre los pueblos no alcanzados por el evangelio de Jesucristo. El énfasis de los estudios de este seminario estaba enfocado hacia la preparación de los jóvenes para ser pastores, maestros y evangelistas. Sin embargo, doy gracias a Dios por haberme llevado a este lugar para formar mi carácter y prepararme como ministro. Con alguna frecuencia, un creyente anglosajón nos visitaba con su carro lleno de libros para vendérselos a los estudiantes. El precio era muy favorable y nosotros comprábamos con avidez los buenos libros que este caballero nos traía. Puesto que yo estaba interesado en las misiones, compraba con curiosidad cualquier libro que estuviera relacionado con el tema, incluyendo las biografías de misioneros famosos. Fue en aquella época cuando oí hablar por primera vez de misioneros tan admirables como William Carey, Adoniram Judson, Gladys Aylward y muchos otros hombres y mujeres de Dios. La vida de estos santos revolucionó la mía, y sus hazañas despertaron en mí la necesidad de colocarme prontamente en las manos de mi creador para que hiciera conmigo lo mismo. Fui siempre el primero en llegar a las reuniones misioneras. Cuando el conferencista invitado preguntaba si había entre los asistentes alguna persona que estuviera decidida a trabajar como misionero, yo era el primero en levantarme. Es posible que algunos miembros de la iglesia estuvieran cansados de verme salir siempre adelante. Durante unas vacaciones escolares se me presentó la invaluable oportunidad de tomar un seminario intensivo dedicado al tema misionero. El propósito y contenido de este seminario es conocido en el ámbito cristiano con el nombre de “Perspectivas Mundiales.” En aquella ocasión, el taller estuvo dirigido por los hermanos Rigoberto Diguero y Doris Torres. Las actividades se llevaron a cabo en el Centro de Misiones Mundiales en Pasadena, California. Asistí con verdadera devoción y aprendí a

identificar los “pueblos no alcanzados” como se llaman en la jerga evangélica esas comunidades a las cuales no ha llegado en forma adecuada la palabra de Dios. Aprendí también a conocer sus necesidades y me informé acerca de la falta de obreros en aquellas comunidades. Más que nada, aprendí a orar por ellos con entendimiento. Un día, durante una de las clases, un equipo de oración presentó un informe detallado sobre los Pigmeos del Congo, en África. Nos mostraron las fotografías de la revista “National Geografic”, y mientras orábamos por los pigmeos, mi mente se trasladó a la selva africana. Cuando comprendí la desgracia de esta comunidad que jamás había escuchado hablar del Señor Jesucristo mi corazón se quebrantó. Sentí la presencia de Dios en mi espíritu y supe con toda seguridad que éste era el lugar al que debía ir a llevar las buenas nuevas de salvación. Pero fue en el instituto bíblico en donde día tras día se fue aclarando mi visión. Fue un proceso dispendioso durante el cual aprendí a orar y a esperar. ¿Cómo podría yo —un muchacho de escasos recursos— llegar al África para alcanzar a los Pigmeos? Una vez terminado el curso de “Perspectivas mundiales” comencé a orar específicamente por los pueblos no alcanzados. Cuando volví a mis clases en el instituto bíblico discutí detalladamente con los demás estudiantes todo lo que había aprendido. No podía tolerar la pasividad de mis compañeros cuando se trataba de tomar la decisión de ir a evangelizar a los países y comunidades en donde no había ningún misionero cristiano. Durante mis horas libres comencé a formar “células de oración” por los pueblos no alcanzados. Utilizando los materiales que había conseguido en el curso de “Perspectivas Mundiales” les compartía mi visión por los Pigmeos y les decía que —con toda certeza — iría a llevarles el evangelio. Algunos de mis condiscípulos se burlaban de mí y me decían que estaba loco, que dejara de leer tantos libros sobre ese tema. Otros decían que ese trabajo era para los misioneros norteamericanos. El argumento que esgrimían era que las iglesias de los Estados Unidos tienen más dinero que las iglesias hispanas. Escuché esas palabras, vez tras vez, pero no permití que me desanimaran. Continué pidiéndole a Dios que me abriera camino. Durante mi segundo año de estudios en el instituto bíblico conocí a una señorita que sobresalía entre todas. Cierto día me arrodillé a solas y le pregunté a Dios: ¿Por qué siento una atracción tan fuerte por esta joven? No quiero distraerme ahora. Estoy completamente dedicado a mi capacitación. Pero Dios conocía todas mis necesidades, incluida la de una compañera. Comenzamos a conocernos como amigos. Se llamaba Lilyana. Una de las primeras cosas que hice fue hablarle de las misiones. Le presté mis más preciados libros. Escuché que ella decía algo que desde un principio cautivó mi atención. Hablaba en una manera diferente de servirle a Dios en “todo lo que él le pi diera.” Esas pocas palabras fueron para mí la luz verde que necesitaba para proceder a conquistarla. Un día Dios permitió que yo predicara sobre el tema de las misiones. Lilyana estaba allí, escuchándome. Mis palabras lograron cautivar su corazón. Empezamos a buscarnos mutuamente y a disfrutar ese encuentro sano que constituye la base de un amor verdadero. Cuando Lilyana se dio cuenta que nuestra amistad iba rumbo al compromiso matrimonial, decidió preguntarle Dios si yo era el varón que le había asignado para ser su esposo. En este orden de ideas recibió una confirmación positiva. Con firmeza se comprometió delante de Dios a seguirme a donde que yo fuera. Llegó el día feliz en que me comprometí en matrimonio con Lilyana, esa bella chica de 18 años que supo cautivar mi corazón. Hice una buena elección. Lilyana cumplió su compromiso con las misiones,

mientras que la aspiración de las demás chicas era simplemente llegar a ser buenas esposas de pastores. En total, invertí tres años de mi preciosa vida en el instituto bíblico. A mi capacitación le debo también el logro de haber formalizado una vida matrimonial fructífera con Lilyana. Este fue sólo el comienzo de mis estudios. Aún me faltaba mucho por aprender. ¿Aprender qué? ¿Cómo? ¿Dónde?

8 EL TIEMPO ES DE DIOS
LOS DÍAS VOLARON hasta cuando las directivas del instituto bíblico nos confirmaron la fecha de graduación. Recibí con humildad algunos honores por mi trabajo académico. En la preciosa ceremonia estaba presente mi familia —mi madre con mis hermanos y algunos tíos— junto a más de mil personas. El auditorio estaba completamente lleno. Ante ellos fuimos consagrados como soldados de Jesucristo, preparados ahora para salir a pelear el combate espiritual que se libra a diario en el mundo. Regresé inmediatamente a mi iglesia en la ciudad de Los Ángeles para apoyar el ministerio y encontré que ahora había muchos más fieles que creían en mí y me animaban con sus expresiones de afecto. Algo que me impresionó tristemente al regresar fue descubrir que el Centro de Rehabilitación para personas desprotegidas y con adicciones ya no existía. La persona encargada de dirigirlo se había ido de la iglesia. Entonces le hablé de esto a mi amigo Humberto. Analizamos el asunto con paciencia y en actitud de oración hasta encontrar una manera de abrir de nuevo dicho centro. El proyecto fue nuevamente presentado a la Junta Directiva y aprobado. Parte de la responsabilidad de dirigirlo recayó ahora sobre mis espaldas. Fui nominado para ser el subdirector. La iglesia nos apoyó para comprar un local, y comenzamos una vez más. El entusiasmo era completamente renovado y la necesidad volvió a ser respondida por nuestros fieles. Lilyana vivía a dos horas de distancia de mi lugar de trabajo y se me hacía bastante difícil ir a visitarla con la frecuencia que ella deseaba. En esas circunstancias nuestro noviazgo estuvo en grave riesgo de terminar porque sus padres no me aceptaron como su pretendiente. Yo no me desanimé. Resolví esperar hasta cuando se hiciera la voluntad d Dios. Aun cuando la espera no fue realmente tan prolongada, para mí fue como una eternidad. Necesitaba a Lilyana junto a mí. Con la ayuda de Dios y de sus padres pudimos planear una boda que llenara todos los requisitos formales ante el trono de nuestro Señor. Fue una boda solemne en cuanto a la ceremonia de la iglesia, pero muy sencilla en cuanto a la fiesta social que nuestras familias acostumbraban. Como una parte muy importante de la celebración, mi amigo Rigoberto compartió un sermón sobre las misiones —nuestra verdadera pasión. ¡Imagínense una boda en donde se predica sobre las misiones! Este fue el tema de las conversaciones de los asistentes a nuestro matrimonio: ¡Se van de misioneros! Nuestra luna de miel duró tres días. Lilyana y yo estábamos previamente matriculados en una escuela de misiones. No podíamos perder un solo día. Los estudios eran muy estimulantes pero llevábamos una actividad diaria demasiado intensa: muy temprano en la mañana salíamos de la casa y después de ocho horas de trabajo corríamos directamente al salón de clases. Regresábamos tarde en la noche, muy cansados. Lilyana y yo estábamos pasando una etapa difícil. Con enorme esfuerzo estábamos apartando el tiempo necesario para establecernos como pareja. Pero Dios es fiel, y estuvo fortaleciéndonos a cada instante. La escuela de misiones era extraordinaria, los maestros excelentes y lo que estábamos aprendiendo llenaba nuestro corazón. Pero estábamos impacientes por salir al campo misionero. ¿Por qué debíamos esperar tanto tiempo? Nos faltaba aprender una cosa sencilla: todo resulta mejor

cuando se hace en el tiempo de Dios. No habíamos aprendido a tener paciencia. Comprendí que “…. el corazón de un pionero es siempre inquieto y tiene que estar constantemente atado a la cruz del calvario.” Este era mi caso. Até mi corazón a la cruz de Cristo desde cuando él me llamó, y he tenido que aprender a esperar por su tiempo. Todavía no estoy seguro de haber aprendido completamente, pues aprender a esperar no es algo de lo que uno puede vanagloriarse. Me mantuve ocupado en la iglesia, en el Centro de Rehabilitación y en mis estudios, esperando con ansias el momento adecuado para salir al campo misionero. En esas circunstancias empezamos a compartir lo que queríamos hacer con cualquiera que se nos pusiera enfrente: hablábamos sobre nuestra pasión por los pigmeos, de las dificultades de aprender un nuevo idioma, sobre la desesperanza que se cierne cuando uno desconoce el único camino verdadero y en fin, sobre las expectativas de un misionero principiante como nosotros. Durante este tiempo de espera asistimos con Lilyana a una reunión de misiones. El misionero que hizo la presentación nos entregó una tarjeta de oración con su fotografía. ¡Qué buena idea! Inmediatamente mandamos a hacer la nuestra también. En aquella época yo trabajaba para una compañía de fotocopias y aproveché para hacer muchas tarjetas y repartirlas entre todos nuestros conocidos. La tarjeta con nuestra fotografía llevaba esta leyenda: “Oren por José y Lilyana, misioneros entre los pigmeos en el Congo, África.” ¡Todo esto lo hicimos sin saber cómo, ni cuándo podríamos irnos! En realidad, no conocíamos el protocolo internacional sobre misiones. Ni siquiera habíamos intentado buscar el contacto con una agencia misionera. Desconocíamos las políticas internacionales de apoyo financiero y espiritual. Tampoco nuestra iglesia tenía este conocimiento. Carecíamos de asistencia logística para saber cómo se adquirían los tiquetes aéreos, cuál era la mejor ruta, a cuál ciudad debíamos viajar inicialmente y cuánto dinero debíamos tener para iniciar el viaje. Nunca nos hablaron acerca de estas cosas en la escuela de misiones. Aún faltaban muchos detalles por descubrir. Fue de esta manera como entendimos que lo mejor que podíamos hacer era trabajar y ahorrar dinero, mientras adelantábamos los contactos mencionados arriba. Ahora, años más tarde, estoy seguro de que Lilyana y yo no estábamos aún listos para ir al campo misionero. En medio de nuestra ingenuidad, lo único que sabíamos era que íbamos para el Congo como misioneros y que nadie podría detenernos. Pero en su soberanía, Dios tenía todo bajo control. Aún no conocíamos a alguien que pudiera aclarar nuestras inquietudes al respecto. Muchas veces fuimos tildados de locos y esto nos llevó a dejar de compartir con libertad acerca de nuestra visión. Nuestro pastor, el Reverendo Marcos Atencio de la Iglesia Esmirna, nos llamó un buen día y nos dijo: “Hijitos; si ustedes quieren salir al campo, primeramente tienen que hacer algo aquí en la ciudad.” Me sentí desanimado pues pensé que él no había tomado en cuenta mis esfuerzos e inmediatamente le pregunté: “Pastor, ¿qué podemos hacer?” Me sugirió que comenzara una célula de evangelismo en la casa de mi tío Lombardo. Él y su esposa vivían en un pueblo a treinta minutos de Los Ángeles, lo cual significaba una hora de camino desde donde vivíamos nosotros. Durante seis meses viajamos esta distancia para cumplir con las reuniones de evangelismo. Un tío de Lilyana vivía en la misma ciudad y logramos reunir a las dos familias para comenzar la célula. Sabíamos que Dios compensaría nuestros esfuerzos, pero nos sentíamos defraudados cuando la gente no respondía. Ahora sabemos que Dios usó esta experiencia para enseñarnos a confiar en él.

En vista de la fidelidad de Dios y del entusiasmo de los asistentes a esta célula salimos a buscar un local para establecernos como iglesia. Pronto encontramos un pastor de la denominación cuadrangular que nos arrendó un amplio local por un precio muy económico. De esta manera se glorificó nuestro Padre celestial. Tuvimos temor de que esta naciente iglesia desapareciera cuando nos fuéramos para África. Empezamos a predicar sobre las misiones desde un comienzo, pues quisimos sembrar en los fieles el amor por la obra misionera. Deseábamos que ellos fueran parte activa en nuestro ministerio en África. La iglesia quedó plantada bajo elucidado de cuatro familias, aunque con los problemas normales de una iglesia que comienza. Reconozco que mi falta de experiencia tuvo mucho que ver con las dificultades iniciales. Aunque muchos de los que llegaron al comienzo no permanecieron fieles, otros fueron llegando poco a poco y aún le sirven al Señor en esa congregación. Hoy día, esa es una iglesia grande que nos apoya en nuestro ministerio misionero. Mi amigo Humberto y un joven de la iglesia de Los Ángeles llamado Johny nos acompañaban con asiduidad. Cierto día, mientras estábamos en un pueblo vecino, vimos un templo desocupado. Estuvimos de acuerdo en que este sería un buen lugar para iniciar otra obra. Decidimos adelantar alas averiguaciones respectivas y con la mira puesta en Dios, terminamos alquilándolo para comenzar otra congregación. Esta iglesia continúa vigorosa en la actualidad. Aunque estas experiencias no estaban consideradas en mi plan de preparación para salir al campo, sí estaban en los planes de Dios. Estoy convencido de que es él quien dirige nuestros pasos. Sólo debemos dejarnos llevar. Llegó el momento de reunirnos para que nuestro trabajo fuera evaluado por el pastor y el comité directivo de la iglesia madre. Con alborozo pudimos comprobar que efectivamente habíamos cumplido la misión encomendada. Nuestro pastor se comprometió a ayudarnos para ir al campo misionero, pues Dios había honrado nuestros esfuerzos y dedicación. Aunque nunca le pedimos ayuda, el pastor y la directora de misiones se sentaron con nosotros para establecer un presupuesto. Lilyana y yo teníamos una idea de lo que costaría el viaje y de la cantidad de dinero que necesitaríamos para vivir en África. Aunque otras iglesias habían prometido ayudarnos, por una u otra razón no pudieron hacerlo. Lamentablemente se presentó el caso de una iglesia que utilizó nuestro nombre para levantar ofrendas que nunca recibimos. Recuerdo una iglesia de la comunidad que nos invitó a compartir sobre nuestra visión. Al terminar nuestra presentación el pastor estimuló con mucho ánimo a los asistentes para que ofrendaran a favor de nuestro ministerio. Nos animamos demasiado. Tal vez su ofrenda sería suficiente para cubrir una buena parte de nuestros gastos de salida —pensamos ilusionados. Pero esa no era la voluntad de Dios y la aceptamos con resignación Poco a poco, Dios fue abriendo puertas para nosotros. Mientras continuamos nuestros preparativos hicimos los primeros contactos con personas claves que nos ayudarían a dar los siguientes pasos. Uno de estos contactos fue Daisy Wood, una misionera de Puerto Rico quien es parte del equipo de WEC Latino en la agencia internacional. WEC es la sigla inglesa compuesta por tres palabras “Worldwide – Evangelism – for Christ” que en español se conoce como “Evangelismo Mundial para Cristo.” Ahora comprendo por qué es conveniente ir al campo de misiones como parte de un equipo que le ayude a uno a integrarse a la cultura y al ministerio evangelístico.

Comenzamos a hacer los preparativos para unirnos a WEC. Nos informaron de su obra en el Congo y nos dijeron que después de cumplir el requisito de tomar una orientación en la sede de Pennsylvania, podríamos unirnos al equipo de misioneros que trabajaban en ese país. ¡Qué alegría! WEC Internacional tiene más de cien años de experiencia en las misiones mundiales. En la actualidad sostiene obras misioneras en más de 70 países. Es una agencia internacional e interdenominacional. Los misioneros que laboran en el campo con WEC provienen de 52 naciones de todo el mundo. Eso era lo que necesitábamos. Dios nos llevó a unirnos con gente de experiencia en el campo para que nos ellos nos encaminaran. Los días se nos hacían más cortos ahora. Lo que antes era un simple plan, ahora era una realidad. Nuestros familiares estaban comenzando a sentir el efecto de nuestra próxima salida, en especial mi madre. Fue un paso tomado con mucha seriedad, así como cuando un hijo sale para la guerra sin garantía de regresar. Quienes anteriormente pensaron que yo bromeaba y que estaba loco, o que simplemente era un soñador, ahora podían ver que el sueño estaba haciéndose realidad. Algunos nos decían que lo creerían cuando nos vieran subir al avión; otros conjeturaban que en unos meses estaríamos de regreso. Hubo quienes nos sugirieron quedarnos en los Estados Unidos, donde según sus conocimientos hay mucho trabajo por hacer. Después de un proceso largo de solicitudes, correspondencia y muchas llamadas telefónicas, fuimos aceptados como candidatos para estudiar en la escuela de WEC Internacional. Tomaríamos la orientación en enero de 1997 y luego saldríamos para África a evangelizar a los pigmeos. Es necesario hacer planes y al mismo tiempo estar atento a los designios de la voluntad de Dios. Teníamos suficientes planes pero sólo él nos daría luz verde para ir avanzando hacia nuestra meta: evangelizar a los pigmeos de África.

9 MISIÓN MUNDIAL PARA CRISTO WEC
AL LLEGAR A PENNSYLVANIA fuimos recibidos con una intensa nevada. No habíamos salido del área de Los Ángeles y no conocíamos ningún otro estado de la Unión Americana, mucho menos la nieve. Demás está decir que todo nos pareció bonito e interesante. Las casas, las chimeneas, los árboles y el paisaje cubierto de nieve. Lo que más nos llamó la atención al llegar a la sede de internacional de WEC —Evangelismo Mundial para Cristo— fueron los dos grandes globos de cemento puestos en cada esquina de la entrada al majestuoso edificio. Un poco más adelante encontramos el “castillo” de WEC, una impresionante edificación construida en piedra a finales del siglo XIX. El castillo se encuentra sobre una colina en las afueras de la ciudad de Philadelphia y fue adquirido por WEC en el año de 1951. Este es un lugar histórico porque el General Jorge Washington acampó allí con sus tropas. Desde cuando fue adquirido por la WEC, este precioso lugar es símbolo de encuentro para aquellos que se preparan para llevar las buenas nuevas de salvación a un mundo perdido. Para nosotros fue muy emocionante encontrar allí personas mayores de edad, quienes después de haberse retirado del campo misionero vienen a capacitar a los que tomarán sus lugares. Incluyendo a los jubilados, había unos 35 misioneros y voluntarios con sus familias en un ambiente de pequeña comunidad. Trabajaban con absoluta entrega en la capacitación de los recién llegados, en el departamento de finanzas y en la asistencia personal de cada uno. Con regularidad oraban por los que se encuentran sirviendo en el campo misionero; mencionaban el nombre del misionero y el lugar de trabajo. También intercedían a diario por los que actualmente estaban en preparación, y por los que apenas estaban en el proceso de solicitud. Fue de gran impacto para mi vida el poder acompañar a estos siervos de Dios en las jornadas diarias de oración. Aunque la mayor parte de estos voluntarios proviene de los Estados Unidos, nunca tuvimos diferencias culturales ni de discriminación. El programa general de preparación en la WEC estaba diseñado para capacitarnos en todos los temas relacionados al campo misionero: conocimiento sobre la organización WEC, lo que es el “choque cultural”, bases para la adquisición de un idioma nativo, fundamentos para la vida de familia en el campo, etc. Todo esto nos ayudaría a formar un vínculo fuerte con WEC y también a ser efectivos como parte de un equipo. Con la creencia de que estábamos listos para irnos al campo queríamos salir lo antes posible. Pero pronto comenzamos a descubrir que teníamos mucho por aprender sobre los más importantes aspectos de la vida misionera. Habíamos pensado que esto era cuestión de tomar unas cuantas clases. Pero Dios nos había llevado allí para que aprendiéramos a hacer su santa voluntad. Por eso el entrenamiento fue impartido por personas mayores que había vivido largos años en el campo misionero. Faltando sólo cuatro meses para terminar nuestra capacitación, las puertas del Congo se cerraron para nosotros por problemas políticos. Se desató una guerra civil. Los misioneros que ya estaban trabajando en el Congo fueron evacuados y la WEC nos pidió que consideráramos la posibilidad de viajar a otro país. Habíamos estado seguros de que nuestro llamado era inconfundiblemente hacia los pigmeos. ¿Qué podríamos hacer?

Pronto descubrimos que en Guinea Ecuatorial también hay pigmeos. ¡Cuán grande fue nuestra sorpresa al descubrir que en Guinea Ecuatorial se habla español! Inmediatamente empezamos a hacer contactos con los líderes de WEC en Guinea. Rolly y Cristina Grenier, los directores del campo, y Mauricio Da Silva, nos comunicaron que habían estado orando para que Dios enviara misioneros con la visión de alcanzar a los pigmeos. Esta fue una confirmación de que estábamos en la perfecta voluntad del Señor. Regresamos a Los Ángeles al terminar nuestro curso de orientación para despedirnos de la familia, de los hermanos en la fe, y de nuestras amistades. Dejaríamos atrás todo cuanto teníamos para irnos a vivir en una cultura completamente diferente a la nuestra. Entre abrazos y lágrimas salimos para Madrid. Debíamos permanecer allí un mes antes de viajar a Guinea Ecuatorial. En nuestro empeño por llegar al destino final sentíamos que no tenía objeto estar en España tanto tiempo, pero luego supimos que todo estaba dentro del plan de Dios. Creíamos estar listos para integrarnos a otra cultura pero en realidad nos faltaba mucho por aprender. El primer “choque cultural” fue el de acostumbrarnos a vivir sin la familia. Así somos los latinoamericanos. Tuvimos que aprender a confiar exclusivamente en Dios. Mientras estuvimos en España asistimos a la iglesia Betel, fundada por la misión WEC. Durante el día trabajábamos con un ministerio de rehabilitación para los adictos a las drogas y al alcohol. Nos impactó ver que muchos de los jóvenes que asistían a este centro estaban infectados con el SIDA, y que aún así se unían en matrimonio y procreaban hijos. Más aún, algunos de estos jóvenes estaban siendo discipulados para salir a otros países como misioneros. Alcanzarían para Cristo a esos individuos atados por la adicción a las drogas y al alcohol. Estas experiencias obtenidas durante el tiempo que permanecimos en España nos sirvieron para reflexionar sobre lo que nos esperaba en África. Por fin llegó el día de salir de España hacia África, nuestra “tierra prometida.” La salida de Madrid nos presentó algunos inconvenientes, pues llevábamos siete maletas autorizadas por la aerolínea hasta Guinea. Al llegar al aeropuerto de Barajas en Madrid, nos impidieron llevarlas. El encargado de la línea aérea nos dijo: “Vosotros estuvisteis en Madrid más de 24 horas y por lo tanto debéis hacer aduana de nuevo y pagar los impuestos correspondientes.” El valor exigido era de dos mil dólares. “¡Imposible!” —le respondí. Oramos en voz baja para que nuestro padre celestial se hiciera cargo de este asunto. Después de un largo rato escuchamos el grito afanoso de "Chema”, el guía que nos acompañó hasta el aeropuerto. —“¡José… ¡José!... El problema está arreglado… sólo debéis pagar un poco de dinero.” Para la gloria de Dios salimos con todas nuestras pertenencias, menos una maleta en la cual dejamos las cosas de menor importancia. ¡Cuánto nos faltaba aprender! ¿Qué otras cosas necesitaba Dios enseñarnos antes de llegar a servirle a los pigmeos?

10 GUINEA ECUATORIAL, ÁFRICA
GUINEA ECUATORIAL es un pequeño país ubicado en el costado occidental del continente africano, entre Camerún al norte y Gabón al sur. Su nombre se debe a que está situado en el inmenso golfo de Guinea, muy cerca de la línea ecuatorial. Durante mucho tiempo se llamó “Guinea Española.” Su capital, Malabo, tiene aproximadamente ciento veinte mil habitantes. Es el único país de habla hispana en África, lengua impuesta por los colonizadores. No obstante, los miembros de cada una de las tribus y familias hablan su propia lengua nativa. La segunda lengua oficial de Guinea Ecuatorial es el francés. Se estima que el 98% de la población es indígena y que su constituyente más numeroso es el “bantú.” Nos llamó especialmente la atención saber que el 80.2% de los habitantes se declaraban católicos, aunque en la práctica son animistas. En este pequeño país, con una población de 524.000 habitantes, existen más de 50 grupos humanos que mantienen su propia cultura y lengua. Tienen muy poco conocimiento del Dios verdadero, y para hablar de él habíamos llegado nosotros allí. Debido a la guerra civil que se desató en El Congo, Dios abrió otras puertas en este precioso país para que Lilyana y yo pudiéramos llegar a tener nuestra primera experiencia de servicio misionero en África. Como es natural en estos casos, debimos tomar un nuevo curso de orientación. Cada aspecto de la cultura era nuevo para nosotros. Estudiamos con mucho detalle la historia de este país, de sus fundadores, de sus ancestros y de la situación actual. Supimos que, a pesar de que la organización WEC Internacional había empezado a fundar iglesias cristianas en este país desde el año de 1.800, nunca había llegado a establecer contacto con los Pigmeos en la selva. Yo había leído que el 7% de la población pertenecía a la tribu pigmea llamada “Bagueles”, pero ahora supe que esas estadísticas no eran correctas. Durante los últimos 15 años, la nueva generación de misioneros que Dios llamó a trabajar en Guinea Ecuatorial llegó con la visión de abrir una escuela de capacitación de “nativos” para formar aquí los líderes de las iglesias locales. Su enfoque consistió en prepararlos como evangelistas. Las cosas estaban cambiando. Ahora los misioneros estaban orando para que Dios enviase obreros con la visión de “alcanzar” a todos los pigmeos. Dentro de esta expectativa llegamos Lilyana y yo. Aterrizamos en una isla llamada Malabo, capital de la República de Guinea Ecuatorial. El aeródromo internacional no era —lógicamente—como los aeropuertos de Europa ni de América. Cerca de la pista había una pequeña casa sin luz, sin aire acondicionado, y atestada de gente esperando que el avión aterrizara. Pensé en los pequeños aeropuertos de algunos pueblos de mi país. Al salir del avión nos golpeó una fuerte oleada de calor húmedo. Caminamos pesadamente hacia el área de inmigración y nos encontramos entre más de 200 personas apiñadas en un espacio reducido. No había orden en aquel lugar, ni nadie que pudiera organizarlo. En una manera progresiva comenzamos a entender que estábamos aprendiendo una de las características de esta cultura. Había muchas más por aprender. Los funcionarios de aduanas tomaron nuestros pasaportes y les colocaron el sello oficial de ingreso.

Una señora nos informó amablemente que ella era la agente del Ministerio de Salud y quiso obtener algún dinero de nosotros en forma abusiva. Estábamos preparados para esta eventualidad, y después de darle un billete de poco precio nos entregó el certificado de vacunación. En realidad, mi esposa y yo nos sentíamos tranquilos. Los equipajes fueron llegando lentamente y los empleados de la aerolínea los canalizaron todos por una angosta apertura localizada en una de las paredes del salón. Como un torbellino, todos los pasajeros de nuestro vuelo —más los que estaban allí esperando— se apiñaron en aquel rincón para identificar su equipaje. Tuve que forcejear para recuperar mi menaje. Gracias a Dios, yo sabía exactamente lo que contenía cada una de mis maletas y pude disputar mi propiedad. En el aeropuerto hacía mucho calor. Cansados e incómodos, los pasajeros peleaban a gritos añadiendo gran confusión. Uno de los empleados aduaneros quiso confiscar la impresora usada de mi computador. Le pregunté que por qué lo hacía y me respondió que la impresora estaba nueva y que debía “declararla” en las oficinas de la aduana. No es fácil llegar a un acuerdo con personas que han ejercido sus labores dentro de una cultura tan diferente. Terminé saliendo de ese lugar con la impresora en la mano, pero sin mi reloj de pulsera. Mientras tanto, Lilyana se encontraba afuera cuidando el auto con una señora cristiana que había comisionada para recibirnos. En medio de la ofuscación, unos muchachos quisieron apoderarse de nuestro equipaje. Esto es algo que sucede en muchos de los aeropuertos del mundo. Siempre hay que andar con los ojos bien abiertos, lo cual sabía yo por mi pasado como ladrón. Llegamos finalmente a la casa de una misión, cansados, contentos y también confusos. ¡Cuán revueltos estaban nuestros sentimientos! Con mucha benevolencia nos ubicaron en el lugar en donde pasaríamos la noche. El apartamento estaba situado en la parte superior de un salón que utilizaban como templo. No había luz ni agua potable. Estábamos tan cansados, que cuando colocamos nuestras cabezas sobre la almohada caímos en un profundo sueño. El sentimiento de mi esposa, así como el mío, fue el de agradecerle a Dios por habernos traído a África. Consciente de mi responsabilidad llegué a preguntarme: ¿Has traído a Lilyana a un lugar seguro? ¿Conoces los peligros a que estás expuesto aquí? ¿Y tu esposa? Dormimos profundamente pero no por largo tiempo. Tan pronto como me desperté me asomé al balcón y pude comprobar que en verdad me hallaba en el continente africano. Las carreteras, las casas, los autos y la gente, eran tan diferentes. Hablaban diferentes idiomas y funcionaban de manera extraña. Salimos hacia el aeropuerto una vez más. Aún teníamos que volar hasta la población de Bata, donde está ubicada la base misionera de WEC en Guinea Ecuatorial. El viaje hacia Bata fue bastante fácil. Volamos en una avioneta con 18 pasajeros sentados y 10 de pie, acomodados en el pasillo. ¡Hasta en el cuartito del baño viajó un pasajero! Algunos pasajeros llevaban consigo una cabrita o una gallina. Jamás imaginé que esto fuera posible. Hubo un momento durante el vuelo cuando observé que un aire blanco entraba por las ventanillas por donde supuestamente debía salir el aire acondicionado. El avión se iba llenando de este aire blanco. ¡Qué sorprendido quedé cuando me dí cuenta de que era el efecto de las nubes! Por alguna razón particular, la aeromoza se desmayó en la mitad del vuelo. Fueron cuarenta inolvidables minutos. Aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Bata, no muy diferente al de Malabo. Allí estaban esperándonos algunos hermanos de la Iglesia Evangélica, fundada por los primeros misioneros de WEC que llegaron al país. También el misionero Mauricio Da Silva nos estaba esperando. La

situación cultural en el aeropuerto de Bata fue similar a la de Malabo, con la afortunada diferencia de que algunos hermanos de la iglesia tenían contactos dentro los funcionarios del aeropuerto, quienes nos ayudaron a salir sin complicaciones. Los primeros días en Bata fueron una verdadera luna de miel. Todo lo que veíamos y oíamos nos parecía bonito o interesante. En cuanto a las modalidades culturales de la alabanza, aprendimos que las mujeres de la iglesia evangélica guardaban una tradición que consistía en bailar y cantar himnos cristianos para dar la bienvenida a los nuevos misioneros. ¡Qué linda recepción! En esos momentos el único misionero de WEC en Bata era Mauricio, un hombre soltero proveniente de Brasil, de aproximadamente treinta años de edad. Había quedado a cargo del instituto bíblico y de la base de la misión. En estas circunstancias, Lilyana y yo llegamos en el tiempo adecuado para ayudarle en las múltiples actividades que se llevaron a cabo en esos días. Incluso pudimos participar en la enseñanza de algunas materias en la escuela bíblica. Poco a poco conocimos mucha gente que llegó a la base de la misión para relacionarse con nosotros. La primera tribu de nativos que conocimos fue la de los Fang. Según datos recogidos en “Ethnologue” una publicación de los Traductores Bíblicos de Wycliffe, existe una comunidad de hablantes “fang” de más de 200.000 personas. Su idioma se habla también en Camerún, Congo y Gabón. En las sonrisas amables de nuestros anfitriones pudimos apreciar que estaban muy contentos con nuestra llegada. Es posible también que algunos de ellos estuvieran resentidos porque el enfoque de nuestro trabajo consistía en alcanzar a los pigmeos, mientras que ellos deseaban impulsar las escuelas de capacitación para entrenar a los nativos como pastores que sostuvieran iglesias locales. Cada vez que expresábamos nuestro interés por los pigmeos se reían de nosotros y nos preguntaban cuál era nuestro interés específico en trabajar con ellos. Después de muchos diálogos logramos comprender su manera de pensar. La gente común pensaba que los pigmeos eran como los animales. Hubo quienes cuestionaron si los pigmeos pertenecían al género humano. —¿Dónde están los Pigmeos? —le pregunté a Mauricio. Con sinceridad me respondió que tendría que arreglármelas para averiguar dónde encontrarlos. Los que estaban a mi alrededor no conocían nada al respecto, pues nunca habían intentado buscar contacto con ellos. Aunque los viejos misioneros habían orado por una persona que llegara a trabajar con los pigmeos, nadie esta seguro de que Dios les contestara tan pronto. Decidimos hacer las averiguaciones. En el mes de Agosto del 1997 —casi tres meses después de haber llegado— celebramos mi vigésimo segundo cumpleaños. Durante esos meses, algunos otros misioneros, incluyendo a los norteamericanos, nos visitaban para ofrecernos su amistad. Una pareja llegó a ser muy querida por nosotros. Les amamos y respetamos como si fueran nuestros pastores. Eran Richard y Ester, los directores de un instituto bíblico en el centro de la ciudad en Bata. Otra familia de traductores bíblicos a quienes apreciamos muy sinceramente fueron Allen y su esposa, quienes llevaban ya muchos años traduciendo la Palabra de Dios a la lengua Fang. La vida en Guinea comenzó a presentarnos algunas dificultades. Por nuestro desconocimiento étnico, empezamos a chocar con algunas manifestaciones propias de su cultura. Llegó el momento en que algunos nacionales se enfadaron con nosotros. Se nos hizo difícil mostrarles el amor y la compasión de Jesucristo. El ambiente nos parecía hostil. Llegó un día en que, injusta y negativamente, nos volvimos críticos hacia ellos. Más tarde comprendimos que habíamos idealizado a los pigmeos,

convirtiéndolos en el objeto único de nuestra misión, y que no estábamos dispuestos a hacer nada por ayudar a nadie más en Guinea. Poco a poco y sin percatarnos de lo que nos estaba pasando, fuimos víctimas del choque cultural. Las primeras veces que intentamos probar la comida común de la gente, nos dio asco. La rechazamos. ¡Nos disgustaba el sabor y no queríamos aprenderlo! Nos molestaba que los guineanos fueran tan lentos para hacer las cosas. Nunca tenían prisa para nada. Las reuniones de la iglesia podían prolongarse por más de tres horas, y allí conocimos algunos que buscaban nuestra amistad para sacar provecho personal. Vimos a muchos que decían ser cristianos sólo para su conveniencia propia. La época de nuestra primera Navidad y Año Nuevo en Guinea la disfrutamos comiendo carne de mono y de cocodrilo. Estábamos escasos de recursos y debimos familiarizarnos con la gente. Esta época de Navidad es generalmente difícil para los misioneros. Las personas que ofrendan dinero para el sostenimiento del misionero disminuyen la cantidad debido a los gastos relacionados con las festividades de fin de año. Para los misioneros latinos, según mi experiencia, estos son los días de mayor escasez económica. Es posible que los fieles que aportan para las misiones norteamericanas hayan acumulado la experiencia de más de 200 años de tradición misionera y respondan adecuadamente a sus necesidades. Algunos de nuestros colegas misioneros sintieron compasión hacia nosotros. Este libro no será suficiente para relatar todas nuestras experiencias. Deseamos resaltar la forma maravillosa en que Dios usó nuestra entrega para convivir con los pigmeos. Aprender a tolerar, a ser pacientes, a ser claros y transparentes, a saber amar, y a reconocer que tenemos deuda con todos los seres humanos que no conocen de Dios. No importa cuán pobres o incultos sean. Dentro de los tres primeros meses de haber llegado al país, Dios permitió que tuviéramos el primer contacto con los pigmeos. Junto con Mauricio y Benjamín —un estudiante de la escuela bíblica de WEC—, salimos hacia un pueblo distante a cuatro horas desde Bata, hacia el norte, en la frontera con Camerún. Allí nos reunimos con el jefe de la aldea. Muy amablemente este hombre nos asignó a una persona que nos guiara hasta una comunidad situada cinco kilómetros adentro de la selva. Según él, allí encontraríamos a los pigmeos. Para sorpresa nuestra, sólo encontramos a dos hombres y tres mujeres con 5 hijos, viviendo en un establecimiento bien aislado. Habíamos imaginado encontrar un poblado de pigmeos. ¿Dónde estaba el 7% de la población pigmea que mencionaban las estadísticas oficiales? Recientemente, un presidente guineano de nombré Marcáis había desatado una horrible persecución contra las tribus minoritarias. Según los relatos de los nativos, Marcáis fue un gobernante déspota que en actitud diabólica terminó matando a cuanta persona se opusiera a su gobierno, incluyendo a los pigmeos. Los pocos que quedaron vivos salieron huyendo hacia Camerún. Esta familia pigmea que encontramos acababa de regresar hacía unos dos años y se establecieron en la frontera con Camerún. Cuando les preguntamos si algunos otros pigmeos querrían regresar a sus tierras respondieron que no había garantía de que las nuevas generaciones dejaran sus campamentos en Camerún para regresar a Guinea. Con su ayuda fuimos a visitar el área donde se habían establecido los pigmeos que escaparon con vida. Esta visita nos permitió hacer claridad acerca de algunos acontecimientos. Pudimos ver que algunas familias pigmeas estaban ocupadas haciendo el oficio de la medicina tradicional. Muchos nativos de las tribus Bantú y Fang estaban viviendo entre ellos. Los pigmeos les hacían las curaciones. Convivían

sin problemas. Yo me preguntaba por qué Dios nos había llevado a realizar un trabajo tan delicado y complejo. Dirigí la mirada hacia él y pude corroborar —al igual que el salmista—, él nos estaba dando amparo y fortaleza. Aunque todo nos parecía difícil, teníamos la certeza de que él estaba con nosotros. Sabíamos a ciencia cierta que él quería moldearnos y formar nuestro carácter durante el trabajo con los pigmeos. Estábamos seguros de que él amaba a esta gente y de que haría la obra en su tiempo, no en el de nosotros. Teníamos que esperar. La obra que Dios comenzó en nosotros en los Estados Unidos, estaba en plena acción. Nos había llevado a África para continuar moldeándonos. Ahora comprendimos que no es uno quien hace el ministerio evangelístico. Dios lo estaba haciendo con nosotros para que pudiéramos servir a los demás. Él nos enseñó a tener compasión por esas vidas sin Cristo. En esta época logramos confirmar las estadísticas concernientes a los 150.000 pigmeos que viven en cinco países en las selvas tropicales del África. Se trata de hombres cazadores, seminómadas que viven en establecimientos pequeños en clanes de veinte y más personas. Por lo general se encuentran a lo largo de las fronteras. Poseen sus propias culturas, hablan sus propios idiomas y tienen distintos nombres tribales. Según la historia nacional, los pigmeos alcanzan a más de 5.000 años de existencia. Para ser más específicos acerca de la cultura en medio de la cual nos encontrábamos, debemos referirnos a los pigmeos “Baka.” Estos se encuentran viviendo actualmente en Camerún, Gabón y Congo. Son básicamente animistas y siguen siendo nómadas. Las chozas provisionales que habitan son fabricadas con ramas y hojas por las mujeres del clan y se llaman “mongulu.” Tan conocidos como los Baka son los Bakola, los Aka y los Babongo, todos ellos pigmeos. Los Baka guardan en secreto todo lo que se refiere al “ritual de iniciación.” No quieren hablar de esto. Se sabe que este ritual se lleva a cabo en lo más profundo de la selva y que dura varios días. Los rituales funerarios de los Baka van acompañados de una danza que sólo los iniciados pueden ejecutar. Como es fácil de entender, nuestras expectativas de evangelizar a los Baka quedaban cortas en términos de nuestra capacidad y preparación. Ni siquiera hablábamos el idioma de ellos, mucho menos podíamos entender su cultura. Sólo Dios, en su infinita sabiduría, podía llevarnos de su mano para acercarnos a los pigmeos Baka.

11 ¿DÓNDE ESTÁN LOS PIGMEOS BAKA?
CUANDO SUPIMOS que a lo largo de la frontera con Camerún habitaban los pigmeos comenzamos a hacer planes para realizar una visita a esa área. Uno de los estudiantes de la escuela bíblica de WEC, originario de Camerún, se interesó en el proyecto y decidió viajar con nosotros. Realizados algunos preparativos iniciamos nuestro viaje en un taxi bastante inadecuado para las carreteras de tierra y lodo de Guinea. Al llegar a la frontera tuvimos que sortear algunas dificultades con los funcionarios de la aduana. Querían obtener un poco de dinero a cambio de permitirnos continuar el viaje. Esta situación me recordó las aventuras que hube de pasar cuando viajaba por las fronteras de mi país hacia Guatemala, México, y luego hacia los Estados Unidos. Es realmente muy poco el dinero que estos funcionarios consiguen por medio del soborno, pero lo hacen por necesidad. Ellos no son concientes de que están arruinando su dignidad como representantes del estado ni que están destruyendo la imagen del país. En medio de esta bochornosa situación apareció un aduanero cristiano que intervino para conseguir una rebaja en la cantidad exigida por los corruptos. Con nuestros corazones colmados de entusiasmo reiniciamos camino hacia un majestuoso río y allí nos embarcamos en una canoa de madera. El agua se filtraba. Con discreción le dije a Lilyana: — ¡Yo no se nadar!… En estas circunstancias es normal sentir miedo, y yo sentía mucho. Pero me tranquilizó saber que Lilyana sí sabía nadar. Un jovencito se mantuvo sacando el agua de la canoa hasta cuando comenzó a llover. De esta manera, nuestros pies estuvieron siempre dentro del agua. Para aprovechar las tres horas de viaje decidí compartir el evangelio con los dos hombres que operaban la canoa. Quería simpatizar con ellos, pues debo confesar que por un momento temí que le hicieran daño a mi esposa. Me pareció haber logrado su confianza y el temor desapareció. Llegamos a nuestro destino con el corazón en la mano. Si bien es cierto que estábamos exhaustos, no por eso se nos habían acabado los deseos de seguir adelante. Levábamos 12 horas de viaje y estábamos hambrientos. Los policías de la aduana de Camerún se comportaron en una forma aún peor que los de Guinea. Quisieron sobornarnos por una cantidad superior a nuestras posibilidades. En realidad, nos parecía que ellos exigían mucho dinero debido a que durante estos días estábamos recibiendo un apoyo económico muy exiguo. Por la gracia de Dios, los que vivían en aquella frontera supieron que éramos misioneros y que estábamos buscando a los pigmeos. Algunos de ellos se ofrecieron como voluntarios para conducirnos a las aldeas donde ellos habitaban. Comenzamos con ánimo el camino hacia un pueblo turístico llamado Kribi, situado sobre el río. De nuevo tuvimos que pagar soborno a los agentes oficiales. Al llegar a Kribi hicimos un alto para admirar la belleza del paisaje. La comida tenía un sabor exquisito y la gente era amable con nosotros. Encontramos hospedaje en un buen hotel y quedamos sorprendidos al ver que las habitaciones tenían aire acondicionado, agua caliente y televisión por cable. Ya habían pasado más de seis meses sin que hubiéramos visto televisión.

Los contactos con nuestra gente de Los Estados Unidos fueron muy escasos. En una ocasión, unos niños de la iglesia Nazarena de South Gate, CA, nos escribieron unas cartas, y uno de ellos nos preguntó cómo podíamos vivir sin ver televisión. Estábamos aprendiendo a vivir sin ver los “Noticieros” dos veces al día. Nuestro interés estaba centrado en otra clase de noticias. A la mañana siguiente muchas personas vinieron de todos lados ofreciendo llevarnos a buscar a los pigmeos. Con tristeza descubrimos que los pocos pigmeos que se encontraban cerca de aquel lugar eran utilizados por quienes los estaban explotando a través del turismo. Nuestro interés se reavivó con esta triste experiencia e inmediatamente alquilamos un autobús pequeño para continuar nuestra misión. Llegamos a un pequeño embarcadero en donde pudimos alquilar una canoa y remamos río arriba durante dos horas hasta encontrar la primera aldea Báguele. ¡Allí estaban finalmente los pigmeos! Nos entristeció ver que, en medio de la selva, estos nativos continuaban siendo explotados por el turismo. Habían sido acostumbrados a dejarse tomar fotos a cambio de unos cigarros, de una botella de alcohol o de un billete de dólar. Los turistas que llegaron con nosotros contribuyeron a su explotación de esta manera. Con dolor cristiano sentimos que estos indígenas habían perdido la dignidad. No eran comparables a los Bantú, pues se estaban dejando humillar por tan poca cosa. Había allí algunas agencias gubernamentales creadas con el fin de canalizar las ayudas provenientes del exterior, pero lastimosamente éstas se adueñaban de las donaciones y nunca las entregaban a los nativos. Luego visitamos otra aldea en esa misma área. Esta vez viajamos a lo largo de la carretera —camino a Guinea— a una hora de Kribi. Algunos nativos se interpusieron para exigirnos dinero para comprar licor. Se negaban a darnos información. Puesto que no hablábamos francés, ni la lengua común del área, tuvimos gran dificultad para comunicarnos. Con la ayuda de Dios pudimos encontrar un intérprete para compartir con una comunidad de más de 80 nativos Bágueles. Unas horas mas tarde, habiendo alcanzado un poco de confianza, logramos la información que necesitábamos. Permanecimos una semana en esta área. Allí habitaban algunos “blancos”con los indígenas. A pesar de nuestras limitaciones para comunicarnos, aprendimos acerca de algunas fortalezas y debilidades del acercamiento cultural con estas comunidades. Comprendimos la desventaja en que se encuentran los nativos al recibirnos como visitantes, pues fácilmente pierden su identidad a cambio las baratijas que los turistas les ofrecen. Nosotros no veníamos motivados por la curiosidad sino por el celo del evangelio. Creemos que se necesita un propósito cristiano para acercarse a ellos. No se trataba simplemente de hacerles una visita pasajera sino de aproximarnos a su vida, a su familia y a sus necesidades espirituales. Conocimos allí al pastor de una iglesia de la aldea Kribi. Muy comedidamente nos invitó a predicar, y gracias a su hospitalidad pudimos acercarnos a algunos de los miembros nativos de esta iglesia. En la primera etapa de nuestro viaje de regreso a Guinea viajamos en autobús. El chofer intentó cobrarnos el doble del valor que debíamos pagar, pero uno de los miembros de la iglesia que nos acompañaba se acercó para solucionar esta dificultad. Desafortunadamente este asunto se convirtió en un problema mayor y la gente que estaba allí se arremolinó para curiosear lo que pasaba. Nos refugiamos en una iglesia que estaba cerca. Hubo gritos descompuestos y confusión. Con estupor supimos que el chofer enfurecido llegó a amenazar de muerte al creyente que había intervenido a favor nuestro. Esta experiencia me hizo pensar en las debilidades que igualmente padecemos los

latinoamericanos. Es un problema de la cultura. Al llegar a la frontera estaba lloviendo torrencialmente y tuvimos que pasar largas horas dentro de una cabaña llena de soldados. Sentí miedo por la integridad de Lilyana. Oré con mi confianza puesta delante de Dios para que no nos permitiera pasar la noche en aquel lugar. Cuando la lluvia menguó un poco se nos acercó un policía borracho para pedirnos los pasaportes. Nos exigió la suma de diez dólares americanos por cada una de las tres personas que viajábamos en el grupo. De momento Lilyana perdió el control y comenzó a llorar. Yo traté de calmarla, pero en medio del nerviosismo ella le gritaba al policía: ¡Ladrón… ladrón! Sentí terror al ver que el hombre llevaba una pistola en el cinto. De pronto vino a mi mente la idea de utilizar el pasaporte. Este documento señala expresamente que es propiedad del gobierno de los Estados Unidos. Le dije al policía que si no me devolvía inmediatamente el pasaporte lo denunciaríamos ante la embajada de los Estados Unidos. Al escuchar estas palabras el hombre cambió su actitud y me devolvió los pasaportes. La ciudadanía americana en esta parte central de África es comparable a lo que significaba la ciudadanía romana en los tiempos de San Pablo. ¡Por supuesto que nadie quería tener problemas con una potencia mundial! Mientras todo esto ocurría, se había hecho tarde para viajar y las canoas ya no estaban circulando en el puerto. Cuando finalmente apareció una, el barquero quiso cobrarnos cien dólares por llevarnos hasta la frontera con Guinea. Como estábamos cansados, cedimos ante tan exagerada exigencia. Dimos las gracias a Dios por habernos cuidado durante este largo viaje y por el ánimo que mantenía vivo en nuestros corazones. Antes de salir de Bata habíamos hecho compromiso con un taxista para que nos recogiera al regresar. El acuerdo consistía en que nos recogería en la frontera para llevarnos a casa. Esperamos por espacio de algunas horas pero el hombre no llegó. El sitio en donde estábamos esperando me pareció un poco peligroso. De repente vimos al hombre que tenía el compromiso con nosotros y con alegría abordamos su taxi. El camino de regreso estaba arruinado a causa de las lluvias. En el último tramo de la carretera, a unos doscientos metros de nuestra casa, el auto se quedó atascado en un rió. El agua se metió adentro y el carro quedó en muy malas condiciones. Al llegar a casa encontramos una de las ventanas abiertas y notamos que algunos objetos habían desaparecido. También este acontecimiento nos hizo recordar la debilidad cultural que padecemos los latinos con respecto al mandamiento de no robar. Sin la menor duda podemos afirmar que esta experiencia no fue sino el principio de lo que nos esperaba adelante. Comprendimos que teníamos grandes oportunidades para ministrar la palabra de Dios en Camerún, bello país con una población de más de 10 millones de habitantes, 260 tribus que hablan su propia lengua y conservan su propia cultura. Allí habitaban los pigmeos. Meses más tarde emprendimos otra expedición. Esta vez Lilyana y yo fuimos con Mauricio —mi colega de la misión en Guinea— acompañados por dos jóvenes de una escuela bíblica de Brasil y un pastor camerunés. Nuestra meta era regresar a la misma aldea, cerca de Kribi. Pasamos la primera noche con la comunidad de los Bágueles, quienes para nuestro deleite cantaron y bailaron en medio de sus ceremonias tradicionales a nuestro honor. Llegó un momento muy emocionante cuando nos

invitaron a entrar al círculo a danzar con ellos. En mi juventud había aprendido a bailar, así que traté de imitar sus movimientos para captar su atención. En la Biblia nos cuenta San Pablo que él mismo se hacía como todos de muchas formas, con tal de ganárselos para Cristo. Ahora me tocaba a mí. Durante este viaje tuve la oportunidad de pararme frente a ellos para compartirles las buenas nuevas de la salvación de Jesucristo. Para hacer nuestro viaje más rápido y seguro volamos desde Bata hasta Douala, Camerún, y luego salimos a la aldea que distaba solamente cuatro horas de camino por carretera pavimentada. Todo marchó sin contratiempos, aunque me pareció percibir que el diablo no estaba contento de que estuviéramos ganando terreno en nombre de Jesucristo entre los pigmeos. El enemigo los había mantenido cautivos por generaciones y no se daría por vencido. ¿Cómo saber sus estratagemas?

12 AL BORDE DE LA MUERTE
AL REGRESAR A DOUALA para tomar el avión hacia Bata comencé a sentirme débil. Tenía fiebre, diarrea, dolor de cabeza y náuseas. No tenía idea de lo que era la malaria. Llevábamos casi seis meses en el país y en verdad no pensé que la contraería, pues estaba vacunado. En estas condiciones tuvimos que abordar el avión. Durante el vuelo tuve escalofríos. Mis acompañantes pensaron que estaba sufriendo problemas de alta presión o que estaba nervioso. Sentí un deseo inminente de vomitar pero no había baños ni tampoco bolsas que pudiera usar. En un momento de desesperación vomité debajo de mi asiento. Esto me hizo sentir muy apenado. Gracias a Dios que al aterrizar en Bata no hubo dificultades con la aduana y pronto tomamos un taxi para ir a casa. Estaba pálido y muy débil. Al vernos bajar del taxi, los estudiantes del instituto bíblico sugirieron inmediatamente que yo tenía malaria. Yo me resistí a aceptar tal posibilidad. A las cinco de la tarde me encontraba recostado en nuestra pequeña casa de madera con techo de paja. Lilyana se mantuvo junto a mí, tratando de bajar mi temperatura con paños de agua fresca, mientras yo padecía un intenso dolor en todo el cuerpo y escalofrío. Medio inconsciente, escuché a Lilyana orando. Perdí el conocimiento y dejé de oír la voz de mi esposa. Ahora, en África, sólo dependíamos a Dios. Nuestro único recurso fue acudir a él para pedirle ayuda. Al poco tiempo, uno de los estudiantes llegó con un taxi para llevarme al hospital. Yo continuaba inconsciente. No muy lejos de donde vivíamos había un dispensario de salud pero no había un doctor en aquel momento. El lugar estaba muy oscuro y sucio, y había manchas de sangre en las paredes y en las camas. Después de unos minutos llegó una señora con una lámpara en la mano. Ordenó que me bañaran con agua fría para bajarme la fiebre. —“Es malaria” —dictaminó. Aunque no era doctora, sabía muy bien lo que estaba diciendo. Me llevaron a un cuarto donde se encontraba un hombre recién operado y también una señora con quemaduras en su cuerpo. El lugar apestaba y yo no quería quedarme allí. Rehusé tomarme el tratamiento prescrito, pero me inyectaron un suero de 500 mgs de “quinina”, un medicamento supremamente efectivo para curar la malaria. El malestar que sentía, junto con el ambiente caluroso y húmedo, y la suciedad a mi alrededor, me estaban enloqueciendo. Quería salir corriendo. Noté que las gotas del suero bajaban con demasiada lentitud, y en un momento, cuando la señora enfermera se descuidó, aumenté la velocidad con que bajaba la gota. Esta resultó ser una mala decisión de mi parte. El suero comenzó a entrar tan rápido en mis venas que me ocasionó convulsiones. Tuve que permanecer tres días más en aquel lugar. Llegué a pensar en volver a mi casa mi casa en los Estados Unidos. Por orden médica, yo debía permanecer en la clínica durante una semana por lo menos. Sin embargo, motivado por mi impaciencia, me hice el fuerte para que me dieran de alta y logré salir antes. Nuevamente esta decisión me costó un precio muy alto. Vez tras vez, el efecto de la enfermedad llegó a afectar los músculos de mis piernas. Llegó el momento que quedé sin la fuerza necesaria para

ponerme de pie. Mi testarudez me acarreó consecuencias graves hasta el día de hoy. Los misioneros nacionales y extranjeros sentían verdadera compasión por nosotros. Nos visitaban con frecuencia y oraban por mi salud. Mi peso normal había sido de 135 libras, pero la enfermedad me dejó pesando apenas 80. Mi recuperación demoró más de 6 meses. La malaria se incuba a través de la picadura de un mosquito hembra que contiene el virus. Al picar a su víctima, el mosquito inyecta el virus en la sangre. Sólo después de una semana comienzan a aparece los síntomas. Las primeras manifestaciones comienzan con dolores de cabeza en la parte trasera del cráneo, fiebre de 104F, vómito, diarrea y escalofríos. La malaria ataca los glóbulos rojos dejando al paciente débil y anémico. Esta grave enfermedad puede causar la muerte si el paciente no es tratado a tiempo. Cada año mueren miles de personas en África a causa de la malaria. Cuando nos casamos, Lilyana y yo hicimos la decisión de terminar nuestros estudios y alcanzar la meta de llegar al África para luego tener los hijos. Y así fue. Seis meses después de haber llegado a Guinea Lilyana quedó embarazada. Durante el comienzo del embarazo noté que Lilyana se estaba debilitando. Perdió el apetito. De las 160 libras que normalmente pesaba llegó a pesar sólo 100. Gracias a Dios encontramos un buen doctor. Una vez recuperada nuestra salud tomamos la decisión de irnos a vivir con Rafael y Marina Villalobos. Esta era una familia misionera de las Asambleas de Dios, oriundos de Costa Rica. Hasta el momento habían vivido en la casa de Allan y Bery Pierce quienes se encontraban fuera del país disfrutando de su año sabático. Durante este tiempo tuve que salir en otro viaje exploratorio. Di gracias a Dios por haber podido dejar a Lilyana en compañía de los Villalobos. En esta ocasión fui acompañado por un pastor de Douala llamado Emmanuel Nkot, quien había sido de gran ayuda al comenzar nuestro ministerio. Nuestra meta era visitar a los pigmeos Baka en la costa oriental de Camerún, a unos 600 kilómetros de la casa del pastor Emmanuel. Habíamos establecido contactos previos con otro pastor que vivía en un pueblo llamado Bertoua, a 30 kilómetros de una aldea Baka. Dicha aldea es más conocida como “Mayos.” Volamos con el pastor Emmanuel a Yaounde, la capital de Camerún. Puesto que ya era tarde comenzamos inmediatamente a buscar un hotel donde pasar la noche. Descansamos un poco y luego salimos a buscar algo de comer. De regreso al hotel, cuatro hombres saltaron de unos arbustos con machete en mano para atacarnos. El área estaba oscura y no había nadie alrededor. Uno de los bandidos se abalanzó sobre mí para arrebatarme la bolsa de cintura donde tenía mi billetera con las tarjetas de crédito, la libreta de cheques, mi pasaporte, cuatrocientos dólares en efectivo y mi boleto de avión para regresar a Guinea. Después de forcejear, el ladrón logró quitarme el bolso y se fue corriendo. Mientras tanto, los otros bandidos atacaron al pastor Emmanuel. Doy gracias a Dios de que nadie hubiera resultado herido. Quedé turbado, temeroso de andar en una ciudad desconocida, sin dinero y sin ninguna identificación. Nos dirigimos corriendo al hotel, y al llegar a mi cuarto lloré de coraje. Una crisis de nervios me produjo vómito. Logré llamar a Lilyana por teléfono para desahogarme. Aunque se afectó mucho por la noticia pudo conseguirme el número de teléfono de la embajada americana en Camerún, la cual distaba unas pocas cuadras del hotel donde estábamos hospedados. Sin perder mucho tiempo llamé y me contestó un soldado de la marina americana que estaba de guardia esa noche. Tomó atentamente mi reporte y al día siguiente un oficial pasó a recogerme al hotel. Me llevó a la embajada y me facilitó

su teléfono para que llamara a los Estados Unidos y cancelara mi cuenta bancaria. En sólo dos días logramos conseguir quinientos dólares y un nuevo pasaporte, gracias a los agentes de la embajada americana en Yaounde. Entonces recordé las palabras de la Biblia: “Todas las cosas obran para bien de los que a Dios aman.” El oficial que me atendió en la embajada mencionó algo sobre unos misioneros que estaban trabajando con los pigmeos Baka en el pueblo a donde íbamos. Inmediatamente conseguí los nombres de dichos misioneros. ¿Cómo iba a imaginar que con ellos trabajaría en un futuro? El incidente con los ladrones no me detuvo en mi propósito y continuamos nuestro viaje con el pastor Emmanuel. Fuimos a la estación de autobuses para emprender camino hacia la aldea de los pigmeos Baka. Yo me sentía muy emocionado, pues nuestro contacto nos había hablado de una comunidad de aproximadamente ochocientos Baka en el poblado. El camión que debíamos tomar nunca llegó y yo llegué a pensar que esta era la voluntad de Dios. Decidimos enviar a alguien para que les avisara que no llegaríamos. Fue entonces cuando, por medio de este mensajero, nos enteramos de que Dios nos había librado de ser asaltados. Nos contó que “los contactos” eran en realidad unos bandidos que tenían planeado asaltarnos en determinado punto del camino. ¿Cómo saber la magnitud de los peligros a los que estábamos expuestos? Al descubrirse el siniestro plan supimos alguien había hecho anuncios por la radio invitando a los oficiales del gobierno local para que vinieran a recibir “al americano.” El americano era yo. Supuestamente venía con mucho dinero para hacer grandes inversiones a favor de los pigmeos Baka. Esta noticia atrajo la codicia de los facinerosos quienes tentados por el dinero tramaron el asalto. ¡Dios nos libró otra vez! De regreso a Guinea me encontré con que los funcionarios de aduana no querían aceptar mi pasaporte nuevo porque le faltaba el sello de entrada al país. No creían que este pasaporte me hubiera sido expedido en Yaounde. Pasamos todo un día tratando de arreglar el problema pero no parecía haber solución. Finalmente de los policías de aduana revisó sus reportes y verificó que yo había entrado al país una semana antes. Sin más demoras me colocó el sello... ¡pero ya el avión me había dejado! Cuando por fin llegué a casa encontré que Lilyana estaba enferma. No estaba respondiendo al tratamiento prescrito por el médico. La única alternativa era llevarla al hospital, pero no podíamos confiar en los dictámenes médicos. Los doctores simplemente no tenían medios para hacer diagnósticos correctos. Tampoco había buenos laboratorios. Cada vez que pensábamos en hospitalizar a Lilyana sentíamos pánico. No tuvimos otra alternativa que llevarla al hospital. Al verla, el doctor dijo que si hubiera esperado unas horas más, estaría muerta pues tenía malaria en estado avanzado. La internaron por una semana para hacerle una transfusión de sangre. Por la gracia de Dios tenemos el mismo tipo de sangre, y esto facilitó la operación. Su estado general de salud mejoró un poco, pero el doctor nos comunicó que Lilyana debía salir del país. Si teníamos las finanzas suficientes, deberíamos llevarla a un lugar donde no existiera la malaria. Esta alternativa ya había sido considerada, por cuanto no queríamos arriesgarnos a que Lilyana diera a luz en estas condiciones. Inmediatamente comenzamos a hacer los arreglos para viajar de emergencia a los Estados Unidos. Para entonces llevábamos un año viviendo en Guinea Ecuatorial y Lilyana tenía

seis meses de embarazo. Nuestra iglesia no estaba lista para recibirnos pues todo esto estaba ocurriendo en forma impredecible. Todo sucedió de afán. Al llegar al aeropuerto de Los Ángeles en California —después de un viaje de más de 18 horas— vimos que nuestros hermanos y familiares nos estaban esperando con un hermoso cartel de bienvenida. Llegamos ataviados con la vestimenta africana. Estábamos demacrados, anémicos, y teníamos manchas en la piel. Nos veíamos enfermos. Hubo muchas lágrimas de alegría al ver que estábamos vivos. Para nosotros fue de enorme gozo reencontrar a nuestra familia y a nuestros amigos de la iglesia. Mi suegra se ofuscó al ver a Lilyana enferma y perdió el control. Comenzó a reclamarme por el estado en que había llegado su hija y me acusó de estar cometiendo una locura. Mi madre también me acusó diciéndome que me estaba sometiendo a una vida desagradable a los ojos de Dios. Estos meses fueron de gran tribulación para mi esposa y yo. Acudimos a Dios en busca de consuelo y paz, buscando al mismo tiempo reconciliarnos con nuestras madres. Cuando —pasado un tiempo prudencial— supieron que deseábamos regresar al África, nos amenazaron con que no nos dejarían salir del país con nuestro bebé. Los hermanos de la iglesia nos miraban con lástima. Algunos llegaron a decir que estábamos obrando en contra de la voluntad de Dios. Hubo quien nos acusó de estar en pecado, asumiendo que nuestra condición actual era un castigo de parte de Dios. Nos amenazaron con suspendernos el apoyo financiero para que no pudiéramos regresar a África. Las iglesias que nos apoyaban habían pensado que ganaríamos a los pigmeos para Cristo en el término de un año. No podían aceptar que la enfermedad de Lilyana nos hubiera forzado a regresar a destiempo. Hubo algo que la gente de la iglesia no podía entender: que la conversión de los pigmeos no dependía de nosotros sino del tiempo y la misericordia de Dios. Constantemente nos preguntaban que cuántos convertidos había entre los pigmeos. Desconocían completamente el hecho de que antes de establecer contacto con los pigmeos debíamos pasar por un proceso de aprendizaje de la lengua y la cultura. Hay quienes creen que el hecho de tener salud y prosperidad económica es indicativo de estar en la voluntad de Dios. Según ellos, lo contrario indica una vida de pecado. En consecuencia nos miraban como rechazados por Dios. ¿Qué decir entonces del apóstol Pablo? Él nos instó a presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo. ¿Y qué decir de las acusaciones, los golpes, los insultos y la persecución que hubo de padecer con el fin de que el evangelio llegara a los gentiles? ¿Nos atreveríamos a decir que todas estas cosas le sucedieron porque estaba fuera de la voluntad de Dios? La Biblia dice que desde los días de Juan el Bautista “el reino de los cielos sufre violencia y sólo los valientes lo arrebatan.” Muchos creyentes están acostumbrados a medir las bendiciones de acuerdo con el grado de prosperidad económica, la casa que poseen y su cuenta bancaria. Si así fuera, los pastores africanos no tendrían parte en el reino de Dios. Todo esto me hizo entender que tenemos una fe egoísta que nos lleva a pedirle a Dios comodidades Lilyana y yo no teníamos dónde vivir cuando llegamos a Los Ángeles. Tampoco teníamos un trabajo o un auto. Pero Dios fue fiel con sus hijos y usó a los gentiles para mostrarnos su misericordia. Tuve una recaída con malaria, pero ahora teníamos buen cuidado médico. Lilyana estuvo hospitalizada durante una semana. Por tratarse de una enfermedad tropical, no encontramos un médico con experiencia que

nos atendiera. De nuevo acudimos a la fidelidad de Dios quien nos proveyó un médico especializado en enfermedades tropicales. Lilyana se ganó el corazón de las enfermeras pues terminó compartiendo las fotos de África con ellas. Esta fue una buena oportunidad para hablarles del amor de nuestro Señor Jesucristo. El nacimiento de Angie —nuestra preciosa hijita— fue una inmensa sorpresa para todos, pues nació sana a pesar de que Lilyana había estado tan enferma durante el embarazo. A medida que recuperaba sus fuerzas, Lilyana comenzó a hacer planes para cumplir nuestro compromiso con Dios entre los pigmeos. Con absoluta determinación echamos a un lado las críticas de todos los que estaban a nuestro derredor. Yo había advertido a la iglesia que regresaríamos a Guinea tan pronto como hubiéramos recuperado nuestra salud. Pensamos en el sacrificio que hizo el señor Jesucristo en la cruz y comprendimos que regresar a Guinea era un paso de obediencia. Obviamente, nuestra familia no aceptó esta decisión pero tampoco nos pudieron detener. Regresé sólo a Guinea para preparar el camino a Lilyana y a Angie quienes llegaron tres meses más tarde. ¿Qué habría de suceder a nuestro regreso? ¿Cómo nos recibirían los nativos y los misioneros? Con estos pensamientos reclinamos nuestros espíritus en los dulces brazos de nuestro buen Dios y Señor.

13 ¡AQUÍ ES TAMOS, SEÑOR!
AHORA ESTÁBAMOS “TODOS” en el campo misionero. Dios nos había regalado a Angie, quien se integró a nuestra vida allí. A pesar de las pruebas que habíamos pasado sentíamos una fuerza nueva para trabajar. Teníamos la mirada fija en nuestro proveedor, El señor Jesucristo. Lo hicimos en obediencia al llamado que puso en nuestros corazones. Sabemos con toda certeza que fue la voluntad de él que regresáramos a África con nuestra bebé, Angie. Esta segunda etapa nos llevaría a otro nivel de crecimiento espiritual y de conocimiento de la vida misionera. Durante los primeros días vivimos con la familia Villalobos hasta cuando encontramos una casa en el centro de la ciudad de Bata. Estábamos contentos de tener suficiente espacio para Angie y para nuestra intimidad. Disfrutábamos inmensamente la alegría de ser padres, aunque extrañábamos la compañía de alguien que nos orientara en cuanto al desarrollo de Angie. No faltó quien nos regalara algunos libros especializados sobre el desarrollo y crecimiento de los niños, los cuales utilizamos con agradecimiento para mejorar el cuidado de nuestra preciosa hija, a quien amábamos entrañablemente. Angie abrió muchas puertas para que hiciéramos nuevas amistades. Niños y grandes se acercaban para jugar con ella. Los africanos — por lo general— respetan a las parejas que tienen hijos porque es una señal de madurez. La vida estaba cambiando, aunque no fue fácil para nosotros vivir en la ciudad donde abundan las enfermedades y el vandalismo. Vivíamos en un sector muy poblado de la ciudad y la gente tiraba la basura cerca de los pantanos. Esto favorecía la reproducción de los mosquitos y se hacía casi imposible controlarlos. De pronto se despertó el temor en nosotros porque sabíamos que en cualquier momento Angie podía contraer la malaria. Nuestros temores se convirtieron en realidad, pues durante el primer mes de estar viviendo allí, Angie cayó a cama con una fiebre alta acompañada de vómitos. Lilyana y yo descartamos la posibilidad de que tuviera malaria porque hacía muy pocos días habíamos llegado al país y habíamos extremado los cuidados para que los mosquitos no la picaran. Pasamos una semana casi sin dormir, siempre a su lado tratando de bajarle la fiebre. Finalmente pudimos verificar que Angie estaba cada día más grave. Consultamos a tres doctores. Cada uno le diagnosticó una enfermedad diferente y le prescribió medicamentos conformes a su diagnóstico. Pensando que nuestra hijita se nos moriría, rogamos a Dios para que le permitiera vivir; y como siempre, Dios escuchó nuestra oración. En aquellos días nos visitó una misionera de los Estados Unidos. Al ver a Angie reconoció que tenía malaria y nos indicó el tratamiento que debíamos seguir. En dos días la niña estaba mejor. En la actualidad Angie es una hermosa niña inteligente y juguetona, quien con su hermanita llena nuestro hogar de bullicio y alegría. La malaria no fue lo único que nos complicó la vida. Teníamos una guerra constante con los ladrones y vagabundos. Jamás en mi vida había visto tantos ladrones, ni siquiera en mis tiempos de criminalidad en Los Ángeles, California. Sufría cuando alguien me contaba que lo habían robado. Me pareció que — por haber tenido yo una vida similar en el pasado—, estaba más conciente de este

pecado. La electricidad no era constante en la ciudad y cuando todo quedaba a oscuras no podíamos dormir. Teníamos temor de los ladrones. Tuve que emplear a dos jóvenes guineanos de la iglesia como guardias de la casa durante las noches, aunque con frecuencia se dormían. En una ocasión casi nos encontramos con un ladrón en el patio de la casa. Ya había logrado abrir una de las ventanas mientras el guardia dormía tranquilamente. Cuando este escuchó un ruido se levantó. Repentinamente se encontró cara a cara con el ladrón y comenzó a gritar. Lilyana y yo saltamos de la cama y salimos al patio cuando el ladrón se había esfumado. Durante dos años y medio permanecimos en estas condiciones y la situación era igual para los demás misioneros que vivían en Bata. El tema más común de las conversaciones era el de los ladrones. Pero algo más importante debía suceder. El recuerdo de las familias pigmeas nos despertaba con frecuencia durante la noche. Dios nos había llevado allí para que les compartiéramos el mensaje de la salvación por la fe. ¿Cómo hablarles de Cristo si no sabíamos hablar su idioma? Nuestra limitación era grave. ¿Cómo entrar en su cultura para que pudieran entender que todos somos pecadores y necesitamos un salvador? Fuimos concientes de cuán importante es para el trabajo misionero hacer entender a los nativos el concepto de “pecado.” Si uno no sabe que está en pecado nunca llegará a sentir la necesidad del arrepentimiento verdadero. Si no hay quién le hable del verdadero salvador es posible andar perdido todo el tiempo. La complejidad de estas cuestiones teológicas nos levó de rodillas a la presencia de Cristo. Orábamos para que él nos proporcionara la sabiduría y la comprensión necesarias para cumplir su propósito. ¿Qué puede hacer un misionero es conciente de estas circunstancias? Depositar toda su confianza en el que amó al mundo hasta el extremo de entregar a su unigénito hijo para que nadie se condene, sino que tenga vida eterna. Así lo hicimos. Nos arrodillamos con mi esposa y le entregamos a él nuestras preocupaciones. ¿Cuándo vas a abrir, Oh Dios, nuestra entrada a la comunidad de los pigmeos Baka? —le dijimos con el corazón dispuesto a escucharlo. Aquí estamos esperando.

14 DIOS OBRA EN MANERAS MISTERIOSAS
CONTINUAMOS HACIENDO CONTACTO con varios pueblos Bágueles a lo largo de la frontera entre Guinea y Camerún. En algunas de estas visitas nos acompañaron Rolly y Mauricio, misioneros de la organización WEC en Guinea. En este momento nos hallábamos caminando por fe, como el piloto vuela por instrumentos sin ver. En cierta ocasión visitamos las aldeas de los pueblos Ezeka y Lolodof. Llegamos bien tarde en la noche pero desde lejos podíamos apreciar el sonido de los tambores anunciando nuestra llegada. Sabían que llegaríamos porque alguien les había avisado que estábamos en camino, pero veníamos atrasados debido a los problemas mecánicos del taxi que tomamos. Se dañó en varias ocasiones. Los taxis que se utilizan en África para ir al campo son carros viejos y pequeños, con capacidad para transportar hasta cuatro personas. Son usados de acuerdo con viejo dicho de que “siempre hay espacio para uno más.” No se paga por la comodidad, como se hace en otros países, sino por la necesidad. En estas circunstancias no hay mucho para escoger pues el gobierno no ha legislado sobre esta materia. Por lo general el chofer es un especialista en la mecánica de su propio auto. Con sólo un destornillador y unas tenazas es capaz de sacar el carburador, desarmarlo, componerlo e instalarlo nuevamente. No necesitaba herramientas sofisticadas. Este percance me hizo recordar a mi abuelo, el emigrante cubano que instaló su propio taller de mecánica en Honduras. Llegamos a la primera aldea y por alguna razón había un gran baile. Para permanecer despiertos durante toda la noche cantando y bailando, los pigmeos consumen marihuana y alcohol. Fue muy doloroso para nosotros ver cómo le daban de beber alcohol a los niños para hacerlos cantar. Si es triste el espectáculo de un adulto borracho, piensen en la degradación de un niño en estado de ebriedad. ¿Qué podíamos hacer? Nos quedamos a vivir con los Bágueles por unas semanas para tratar de ganarnos su confianza y hacer amistad. Utilizábamos el tiempo recolectando información sobre su cultura y su lengua. Aprendimos que “…desde el punto de vista genético, no hay ninguna prueba de que los pigmeos sean distintos de los demás africanos; no hay ningún «marcador pigmeo» común y exclusivo respecto a todos los demás africanos (CavalliSforza, 1986). Análogamente, desde el punto de vista lingüístico y cultural, los pigmeos no pueden considerarse diferentes de los demás habitantes del África central; no hay ninguna familia lingüística del idioma pigmeo, y en toda el África los pigmeos experimentan una amplia gama de adaptaciones culturales, muchas similares a las de los bantúes y los agricultores africanos.” “Están distribuidos de manera irregular en nueve países africanos (Rwanda, Burundi, Uganda, Zaire, República Centroafricana, Camerún, Guinea Ecuatorial, Gabón y Congo) y viven en innumerables grupos étnicos distintos, separados entre sí por límites geográficos, idioma, costumbres y tecnología. La única característica común a todos —prescindiendo de su ubicación o grado de aculturación— es su desdén por el término «pigmeo». Sin excepción alguna, prefieren que se les llame con su nombre étnico apropiado (por ejemplo, Mbuti, Efe, Aka, Asna, etc.) y consideran el término «pigmeo» como algo peyorativo.”

“Contrariamente a muchas leyendas sobre la vida de los pigmeos, no hay ninguna población que viva exclusivamente de la caza y la recolección de los recursos naturales sin practicar la agricultura, y esto es así desde hace muchos años (Bahuchet y Guillaume, 1982), aún admitiendo que en alguna época los pigmeos hayan vivido en la selva sin tener acceso a los productos agrícolas (Bailey y Peacock, 1988; Bailey et al. 1989).” “Actualmente, la mayor parte de los pigmeos pueden definirse cazadores recolectores especializados en el aprovechamiento de los recursos que ofrecen los bosques y por lo tanto, de costumbres nómadas. Consumen algunos de estos recursos, intercambien otros para comprar alimentos cultivados, herramientas y demás insumos materiales. Los investigadores han encontrado, en todos los lugares donde han estudiado atentamente a este pueblo —incluso en los rincones más recónditos de las zonas geográficas donde se hallan—, que su alimentación depende al menos en un 50 por ciento de productos cultivados (Bahuchet, 1985; Bailey y Peacock. 1988). Además, en todas las zonas los pigmeos han establecido relaciones con los agricultores bantúes vecinos. Estas relaciones van más allá del intercambio comercial y abarcan todos los aspectos de la vida política, religiosa y social. De hecho, no es posible estudiar la cultura y los medios de subsistencia de los pigmeos aisladamente, separándolos de la sociedad de los agricultores africanos con quienes conviven e intercambien productos.” Esta información se obtuvo a través del Intenet en la página de Cavalli-Sforza, L.L. 1986. African pygmies. Nueva York, Academic Press. Para podernos alimentar salíamos al bosque a cazar como lo hacen ellos. Estos pigmeos cazan con trampas y lanzas, lo que llegó a ser un gran reto para nosotros. Cuando no lográbamos cazar algún animal comíamos yuca, fruta y cacao. Aunque nuestras visitas a los pigmeos Bágueles fueron exitosas, Dios estaba preparando otra ruta hacia la comunidad de los pigmeos Baka, en el Este de Camerún. Debido a que la política de nuestra misión no permite a los misioneros que trabajen solos, debimos esperar hasta cuando se presentara la oportunidad de consolidar un equipo para servir en la comunidad de los Bágueles. Hasta el día de hoy —que nosotros sepamos— no hay nadie evangelizándolos. Poco a poco los pigmeos Bágueles se están integrando al resto de la población campesina. Muchos están muriendo a causa de las enfermedades endémicas que no han sido controladas. Permanecimos orando para que Dios nos indicara el próximo paso a dar. Un día llegaron dos señoritas a visitar a la misión en Bata. Después de su visita, en nuestra conversación con otros misioneros de la misión “World Team” se mencionó que Lilyana y yo estábamos interesados en trabajar con los pigmeos. Este contacto sirvió para que pudiéramos comunicarnos con los miembros de la familia Anderton, misioneros norteamericanos que trabajaban en el área médica rural. Igualmente establecimos contacto con los Dauos, misioneros canadienses que realizaban un trabajo de discipulado, y junto con una joven llamada Desma adelantaban un proyecto lingüístico. Todos ellos laboraban entre los pigmeos Baka. Habían pedido a Dios que les enviara una persona que estuviera interesada en “plantar” una iglesia nativa. Todo se arregló de tal manera que pudiéramos visitar primero la base del Instituto Lingüístico que apoya a los “Traductores Bíblicos de Wycliffe” en Yaounde, capital de Camerún. Aprendí que John Wycliffe fue el primero en traducir la Biblia al idioma inglés y que en su memoria se fundó esta

organización de los traductores bíblicos que existe en más de 90 países y ha traducido más de 2.000 Nuevos Testamentos. Supe que para el año 2025 esperan haber iniciado el trabajo de traducción bíblica en todos los lugares en donde haya un idioma que no conozca la palabra del Dios verdadero. Le di gracias a él por su magnificencia y poder mientras nos sentábamos para conocernos y hablar sobre la posibilidad de trabajar juntos. De esta manera logramos entender que debíamos seguir hacia adelante. Sus planes y los nuestros concordaban en que deseábamos servir a los pigmeos Baka. Nos llevaron a visitar la aldea y pudimos comprobar que los Anderton y los Dauos eran fieles siervos de nuestro Creador. Desma —la joven ayudante de lingüística— nos impresionó mucho pues, aunque ciega (con sólo un 10% de visión) trabajaba incansablemente al lado de los misioneros. Unos meses después de nuestro encuentro tuvimos la oportunidad de llegar a la aldea de los Baka donde había una base de los misioneros de “World Team.” Al salir de Yaounde nos dijeron que nos tomarían seis horas llegar a nuestro destino, sin contar conque estábamos en Camerún donde no siempre se puede cumplir lo que se promete. Llegamos a un pueblito llamado Ayos, después de haber viajado como sardinas. Para nuestra sorpresa, el chofer se bajó del bus con el resto de los pasajeros y no regresaron hasta el día siguiente por la mañana. ¿Adónde irían? —pensamos nosotros. Recuerdo estarme sintiendo solo en medio de un montón de extraños, en donde obviamente había muchos bandidos prostitutas. Puesto que no iba a dormir dentro del taxi, salí a curiosear el lugar. Encontré con otro pasajero quien se mostró amable y tenía muchas ganas de practicar su inglés. En menos de una hora se formó un grupo de más de diez jóvenes en derredor nuestro. Mi presencia era sospechosa en aquel lugar pues estaban curiosos por saber sobre mi interés en visitar a los pigmeos. Unos me acusaron de ser espía y otros de que estaba en el país para explotar oro. Con amabilidad les expliqué el verdadero interés de mi presencia allí. Llegado el momento de continuar nuestro viaje reiniciamos un camino que debía tomarnos entre 6 y 10 horas de viaje. En realidad nos tomó dos días. Los misioneros nos llevaron a la aldea llamada Mayos en donde permanecimos dos días para poder conocer alguna familia de los Baka. Durante este viaje recibimos señales claras de que nuestra meta era la voluntad de Dios. Desde un principio los miembros de esta familia Baka mostraron mucha curiosidad acerca de mí en particular. ¿Qué les llamaría la atención de mi persona? ¡Qué sorpresa tan grande recibí al saber que le estaban preguntando al misionero Phil si yo pertenecía a una de las tribus indígenas! Esto era perfectamente comprensible, pues soy un hombre de baja estatura, ojos oscuros y de piel trigueña. Los otros misioneros que trabajaban allí eran blancos, rubios, de ojos azules, de más de ciento ochenta centímetros de estatura y pesaban más de 200 libras. Los pigmeos son gente de baja estatura. Quizá por esta razón llegaron a sentirse cómodos conmigo. Pero el verdadero asunto de nuestras relaciones con ellos era de carácter espiritual. La comprensión mutua debía llevarnos a descubrir las barreras culturales que impedían que la palabra de Dios llegara al corazón de los pigmeos. ¿Por dónde comenzar este delicadísimo trabajo?

15 EN LA TIERRA DE LOS BAKA
LLEVÁBAMOS DOS AÑOS Y MEDIO de nuestra segunda estadía en Guinea Ecuatorial. Durante estos años pudimos ver un extraordinario progreso hacia nuestra meta y dimos gracias a Dios por habernos preparado de esa manera y por las experiencias tan personales y únicas como sólo él sabe proporcionarlas. A través de los malos entendidos de la cultura, de las enfermedades y de la experiencia de los otros misioneros, fuimos descubriendo todo ese saber que no figura en los libros. Como ya mencioné, nuestra misión requiere que los misioneros trabajemos en equipo. Los miembros de la organización de WEC junto con los de “World Team” se asociaron para que Lilyana y yo fuéramos a servir en Mayos, amparados por ellos. En todo colaboraríamos con los misioneros de “World Team” pues éramos parte de su equipo. Las dos familias de la misión de “World Team” en Camerún no vivían en el bosque pero estudiaban el idioma Baka. Dos veces al mes, una de estas familias viajaba a la comunidad indígena para vivir entre los pigmeos Baka. Desma, la joven ciega, era la única que vivía permanentemente con los pigmeos en una pequeña casita. Llevaba dos años y medio allí. Nos integramos sin dificultad al equipo de tres familias de diferentes nacionalidades: canadienses, norteamericanos y latinoamericanos. Con mucha avidez les escuchábamos relatar sus experiencias. A pesar de la diferencia educativa, cultural, de edades y de trasfondo doctrinal, nos sentíamos como una sola familia. Sentimos el amor de Dios en medio de nosotros. Un hombre llamado Pierre Sima —hijo de un jefe de tribu en Camerún— supo que los misioneros estaban buscando un terreno para construir un asentamiento para la misión entre los Baka. Decidió regalar una parte de su terreno con el fin de que pudiéramos realizar el trabajo de evangelismo y discipulado, así como la ejecución del proyecto de traducción de la Biblia. Fue un gusto muy grande encontrar en Pierre a un hombre tranquilo y honesto. Lo único que le faltaba era entregar su vida al Señor Jesucristo. Aún sin comprender el significado de sus palabras, siempre decía que… “cuando se trata de las cosas de Dios hay que estar dispuesto.” El padre de Pierre lo había enviado a Francia en donde estudió su segunda maestría en economía y administración. Acababa de regresar y de conocer a los misioneros. El terreno que nos regaló era parte de una plantación de bananas que su padre le había dejado al morir. El padre había sido un gran cazador de elefantes, patrón y dueño de la plantación donde los Baka trabajaban. La madre de Pierre murió muy joven y el niño fue criado por su madrastra, una mujer Baka. Ella le enseño la lengua y la cultura. Después de cursar la escuela secundaria, Pierre se fue a Francia para continuar sus estudios. Con las dificultades normales, Lilyana y yo permanecíamos en la aldea mientras que nuestros compañeros regresaban a Yaounde, a unas seis horas de camino. Este tiempo nos permitió conocer a los miembros de la comunidad Baka como personas, y de esta manera llegamos a saber que no eran los mismos que habíamos conocido al llegar. Eran violentos, crueles con los niños, adictos al alcohol, negligentes, mentirosos y con muchísima necesidad del amor de Cristo.

Las pocas palabras que sabíamos en francés no eran suficientes para comunicarnos con ellos, pero deseábamos conocerlos para demostrarles amor. Durante estos días los niños pigmeos curioseaban por las ventanas de nuestra casa, dejándonos sin privacidad. Los jóvenes nos invitaban a jugar balón y a salir a cazar a la selva. De esta manera comenzamos a tener un buen entendimiento con ellos. En medio de nuestra ignorancia no nos percatamos de que había serios problemas entre las cinco familias Baka que vivían en derredor nuestro. Cierto día, como a las tres de la madrugada, me despertó un ruido desde fuera de la casa. Intrigado me levanté para mirar por la ventana y en la oscuridad pude ver dos hombres peleando. Pensé que uno de ellos era un ladrón y que el otro le había agarrado, pero al acercarme pude ver que era uno de nuestros vecinos pegándole a su mujer. Los familiares estaban reunidos ahí, mirando y riéndose de la pelea sin acudir a separarlos, aunque el hombre parecía querer matar a la mujer a golpes. —“¡Que pasa!”… grité a voz en cuello. Salí y traté de separarlos. En un instante, la mujer se lanzó para agarrar un machete y matar a su marido. Clamé a Dios por la vida de ellos. Casos como éste se repitieron vez tras vez. Como en su cultura eran dados a las borracheras, era normal que se formaran peleas en las cuales frecuentemente moría alguien. Vimos cómo los niños morían a causa de la negligencia de sus padres. Hombres, mujeres, jóvenes y ancianos sucumbían ante la más pequeña infección, sólo por no seguir el tratamiento que se les indicaba. Los Baka tienen la costumbre de mezclar las medicinas con sus propias hierbas, en adición a los rituales que practican. Viven una vida llena de temor y supersticiones. Cuando se les prescribe un tratamiento prolongado lo suspenden a su antojo. Creen que no se curan porque están “malditos” a causa de algún hechizo o algo por el estilo. Por nuestra parte, sabíamos que nuestro servicio debía desarrollarse en medio de esta “guerra espiritual.” Necesitábamos la protección de Dios. Una tarde al regresar de Bertoua, un pueblo cercano, encontramos a los Baka alrededor del fuego como de costumbre. Noté que uno de los jóvenes llamado Dume estaba siendo tratado por su tío, con agua y yerbas. Con mucha delicadeza le colocaba las yerbas en las piernas y en los brazos. Dume tenía malaria y se veía muy enfermo. Unos días antes había ido hasta Bertoua, caminando unos 80 kilómetros de ida y vuelta. Obviamente, su condición empeoró como consecuencia de semejante caminata. Me permitieron que le diera un tratamiento contra la malaria y, gracias a Dios, al poco mejoró. Días más tarde le comenzaron a salir unos tumores del tamaño de una pelota de béisbol. Se multiplicaban cada día y eran supremamente dolorosos para Dume. Le aplicamos un antibiótico pero parecía no mejorar. Logramos que Pierre lo llevara al hospital más cercano para que lo operaran. Hubo momentos en que Dume deseaba morir. Cuando vieron que no podíamos hacer nada, los Baka reaccionaron con malicia y culparon a Dume de ladrón. Según ellos, lo que le estaba pasando era una maldición por haber estado robando. Cierta tarde, al entrar a la choza donde Dume reposaba, noté que tres hombres Baka conocidos como espiritistas le estaban haciendo cortaduras con una navaja sobre las partes más afectadas. Sobre cada cortada le frotaban ceniza. Mientras tanto, uno de los hombres le chupaba con la boca la sangre que brotaba de las heridas. Al terminar este ritual, los tres curanderos declararon que Dume tenía una maldición sobre él y que no había remedio. Los familiares de Dume, aconsejados por los curanderos, decidieron abandonarlo hasta que muriera. Me lastimaba el corazón oirlo gritar de dolor todo el día sin que nadie pudiera hacer nada por el. Había orado por su sanidad enfrente de los Baka, pero pasaron los días y no vimos mejoría alguna.

Lilyana y yo comentamos que el único remedio que faltaba era que un doctor “viniera del cielo para tratar a Dume.” Dios no quiso dejarnos en vergüenza y una tarde, para sorpresa nuestra, llegaron a la aldea diez jóvenes médicos de la Universidad de Camerún. Entre ellos venía un cirujano. ¡Dios había escuchado nuestra petición por Dume! No nos envió un doctor sino diez. Ellos hicieron todo cuanto fue necesario para salvarle la vida y al cabo de unas semanas vimos a Dume levantarse por primera vez. Al verle caminar por la aldea los Baka reconocieron que Dios había hecho un milagro. Esta milagrosa experiencia abrió muchas puertas para nosotros. De ese día en adelante, Dume siempre estuvo a nuestro lado. En la primera oportunidad volvió a la aldea donde había nacido y donde aún tenía familia y amistades para contarle a toda la tribu cómo una persona extranjera se había preocupado de que no muriera. Tal vez los Baka no podían entender lo que es un acto de misericordia, o lo que es la compasión y el amor de Cristo. Pero sí entendieron que Lilyana y yo éramos diferentes y que realmente los amábamos. Un mes después del incidente con Dume fuimos a Los Estados Unidos para tomar nuestro año sabático. No fue fácil despedirnos de los Baka pues habíamos establecido buenas relaciones y una amistad estrecha con los que vivían alrededor de nosotros. En su cultura, el hecho de tener un hermano mayor es un honor. Desde aquella época comenzaron a llamarme “hermano mayor” y a Lilyana “hermana mayor.” Nosotros aceptamos gustosos este honor y lo usamos conforme a su significado. Otra creencia Baka consiste en pensar que cuando uno de ellos muere, su espíritu cuida de quienes lo aman. Por esta razón nos decían que cuando uno de ellos muriera su espíritu cuidaría de nosotros. Demás está decir que nos sentimos amados y honrados por ellos. Aunque estaban tristes con nuestra partida, se confortaron cuando les aseguramos que regresaríamos para enseñarles sobre Komba (Dios), el Dios verdadero que aún no conocían en forma personal. ¡Cuánto habíamos progresado durante estos últimos años! El equipo que Dios nos proveyó con la ayuda de los Traductores bíblicos de Wycliffe nos había permitido un acercamiento diferente al que inicialmente habíamos intentado. ¿Cómo saber los designios de Dios?

16 CUMPLIENDO LA PROMESA
EN NINGÚN MOMENTO los Baka estuvieron ausentes de nuestra mente. Disfrutamos la compañía de amigos y familiares en Los Ángeles, pero deseábamos regresar. Sólo nos faltaba algo indispensable por hacer. Necesitábamos aprender francés, la lengua oficial de Camerún, y para eso fuimos primero a Québec, Canadá. Decidimos tomar un curso formal en la Universidad de Laval. Amábamos a los Baka, pero nos quedaba pendiente el reto de aprender su idioma también. Es normal que un misionero tenga que aprender a hablar por lo menos dos lenguas: la lengua oficial del país a donde va, y la lengua del grupo nativo al cual va a evangelizar. Para poder comunicarles el evangelio de Cristo efectivamente, es absolutamente indispensable hablar la lengua o dialecto de los nativos. No nos cabía la menor duda. El enemigo había intentado desanimarnos para que no regresáramos a Camerún. Primeramente nos enteramos de que Desma, la misionera ciega que era parte de nuestro equipo, había contraído filaria —un parásito transmitido por un insecto— y en consecuencia debía abandonar el trabajo por un período de dos años. La segunda noticia que nos llegó fue de una pareja de misioneros de nuestro equipo que había abandonado el frente después de haber tomado su año sabático. La doctora Rita y su esposo, Phil, también habían regresado a los Estados Unidos. Sentimos mucha tristeza al saber que el hijo de nuestro director de campo en Guinea Ecuatorial había muerto trágicamente en un accidente de motocicleta. Todo esto sucedió durante la última etapa de nuestros estudios de francés en Canadá. Nuestras emociones estaban revueltas y teníamos muchas dudas acerca de nuestro trabajo en equipo. Temimos regresar a un lugar aislado donde no tendríamos compañeros de trabajo. Reconocimos finalmente que todo estaba bajo el control de nuestro Señor y tomamos la determinación de seguir adelante. Terminados los estudios de lengua francesa regresamos a África. Al llegar a la aldea Baka fuimos recibidos con mucha alegría. Como era de esperar, todos estaban a la expectativa de qué obsequios les habíamos llevado. Nosotros también estábamos felices de verles pero pronto vimos con tristeza que la propiedad de la misión se encontraba abandonada. El entorno era deprimente y muchos miembros de la comunidad tenían serios problemas de salud. Algunos de nuestros conocidos habían muerto. Al querer poner la casa en orden nos encontramos conque las maderas estaban llenas de comején. La grama estaba muy crecida —apta para escondite de las serpientes— y una ventana estaba rota por causa de los bandidos se habían metido a robar. Al mes de haber llegado ya teníamos la casa más o menos en orden. Nos dedicamos a aprender la lengua Baka y poco a poco fuimos haciendo nuevas amistades. Era imprescindible que estos tres aspectos: la cultura, la lengua y las amistades, fueran atendidos lo antes posible. El idioma Baka no es fácil. Sabiendo por experiencia las dificultades de aprender un nuevo idioma, simplemente seguimos adelante con determinación y nos colocamos en las manos de Dios. La lengua

Baka es “tonal” —como el idioma chino—, o sea que el mismo sonido cambia de significado dependiendo del tono con que se pronuncie. A nuestros oídos algunas palabras sonaban igual que otras, pero su significado era totalmente diferente. Esto es muy frustrante. Pronunciábamos las frases creyendo que estaban correctas, sólo para oír a los Baka reírse de nosotros porque entendían otra cosa. Hay otro factor que es realmente muy importante para las personas que estudian francés, español o inglés. Existen libros y maestros especializados en la enseñanza de cualquiera de estos idiomas modernos. Para estudiar el idioma Baka debíamos hacerlo en el bosque con ellos. No teníamos maestros ni pedagogía, mucho menos un libro de gramática. Sencillamente tuvimos que invertir el mayor tiempo posible con la gente, esmerándonos por entenderles y tratando de ser entendidos. Entre los Baka hay quienes tienen el don natural de enseñarle a uno a pronunciar sus palabras, y con el tiempo descubrí quiénes eran ellos. A medida que íbamos aprendiendo encontramos que su lengua no tiene palabras para expresar algunos conceptos bíblicos tales como pecado, justificación, etc. Nos pareció curioso encontrar muchas palabras para comunicar esos temas que se relacionan al mal, pero muy pocas para expresar el bien. Todo esto complicaba y limitaba nuestro propósito de compartirles el mensaje de salvación de Jesucristo. Pero esta gente tenía una necesidad desesperante de conocer a Jesús. Aunque queríamos de todo corazón enseñarles las buenas nuevas, era indispensable hacerlo en su lengua materna. A causa de nuestra ignorancia, tendrían que esperar por mucho tiempo. Mientras esperábamos el tiempo oportuno les demostraríamos el amor de Dios amándoles y sirviéndoles. Esa fue nuestra sencilla estrategia. Seguimos viviendo entre ellos y buscando distintas maneras de integrarnos a su cultura para poder amarles tal como eran. Durante nuestro tiempo en África habíamos observado personas que llegaban a predicar el evangelio pero se habían marchado dejando a los nativos confundidos. Vi cómo muchos predicaban sin procurar establecer relaciones con nadie, manteniendo una actitud de patrones o de ejecutivos que no necesitaban ninguna clase de roce con la gente local. Pero los nativos deseaban tener amigos —lo sabíamos bien— que se sentaran junto a ellos con amor y paciencia antes de presentarles el evangelio. Esta clase de predicadores me hacen pensar en esos tiempos cuando los europeos llegaron a América imponiendo su religión. Respeto los esfuerzos de cada persona y sé que Dios en su misericordia redime a algunos, pues no deja que su palabra quede en vergüenza. Seguimos adelante con nuestro plan. Por las tardes me sentaba alrededor de la fogata en compañía de los Baka. Cuando me invitaban, jugaba pelota con los jóvenes Baka para afianzar nuestra amistad. De vez en cuando salíamos a la selva a cazar animales y recoger tubérculos comestibles. Este era el mejor tiempo para aprender su idioma. Los Baka son muy supersticiosos. Muchas veces me encontré comparando sus creencias con las de mi gente latina. En múltiples ocasiones comprobé que las supersticiones eran casi idénticas. Hicimos un gran esfuerzo por conocer su cultura, pero era más importante llevarlos a los pies de Cristo. A la medida que íbamos aprendiendo, Dios nos fue dando muchas oportunidades para compartir su infinito amor.

Siempre estuvimos pendientes de algo que debíamos cuidar: nuestra responsabilidad no era enseñarles nuestras costumbres sino llevarlos a valorar lo bueno que había en su cultura, rechazando lo malo. Determinamos respetarlos sin dejar de refutar respetuosamente todo lo que iba en contra las enseñanzas de Dios en la Biblia. Una y otra vez comprobamos la necesidad de permitir que el Espíritu Santo obrara en cada individuo, pues es él quien convence a los perdidos de pecado, no nuestras estrategias. Oramos al Santo Espíritu de Dios para que estuviera presente entre los Baka. ¿Qué otra cosa podíamos esperar?

17 UN PASO DE FE
LILYANA Y YO APRENDIMOS A VIVIR POR FE. Desde un principio, y de acuerdo con las normas de WEC Internacional, determinamos confiar exclusivamente en la provisión de Dios para todas nuestras necesidades, sin poner nuestra esperanza en nada ni nadie. Para sembrar la semilla del evangelio entre los Baka tuvimos que dar pasos de fe mucho más grandes de lo que jamás hubiéramos imaginado. Desde un principio supimos que los pigmeos Baka necesitaban oír el mensaje de salvación, pero nos apesadumbraba el hecho de que ellos no eran los únicos que tenían esta necesidad espiritual. Durante nuestra estadía en los Estados Unidos, Dios nos había puesto en el corazón la idea de atraer a Pierre, el dueño del terreno donde la misión construyó la base. Pierre era un buen hombre y mostraba amor sincero por los Baka. En efecto, se crió con una madrastra Baka y por consiguiente conocía la cultura y la lengua muy bien. No era sólo eso: también sabía hablar otros cinco idiomas y diez dialectos de la región. Llegó a viajar a muchas partes del mundo y ostentaba dos maestrías, una en administración y otra en derecho. Al principio Pierre llegó a ser un líder reconocido entre su propia tribu Bamilike, y luego fue adoptado como hijo por la tribu Baka. Después de muchos años tomó el papel de líder entre ellos también. Vimos en Pierre un gran puente para alcanzar a los Baka con mayor rapidez de lo que nosotros podríamos hacerlo… ¡Si tan sólo se entregara a Cristo! Un día lo invité reunirse conmigo regularmente para estudiar la Biblia. Accedió sin prejuicios, y durante este tiempo Dios comenzó a hablar a su vida de una manera muy especial. Día tras día se abría su entendimiento. Yo había pensado que no sería fácil ganar para Cristo a un hombre tan educado e inteligente como Pierre, pero Dios estaba demostrándome algo distinto. A los pocos meses de estar estudiando la Biblia, Pierre tomó la decisión de aceptar a Jesucristo como su Salvador personal. El omnipotente puso en su corazón el deseo de compartir lo que estaba sucediendo en su vida. Reconoció que los Baka necesitaban urgentemente la salvación de Cristo y pronto comenzó a traducir las lecciones bíblicas para enseñárselas a ellos. Los efectos de su conversión alcanzaron a su familia. Pronto comenzó a llevar las buenas nuevas a su esposa y al resto de sus parientes. No fue fácil para él, puesto que sus familiares y amigos le dieron la espalda y hubo quienes amenazaron con matarlo. Pero Dios utilizó todo esto para fortalecer su fe. Antes de conocer a Cristo Pierre ya era jefe natural de su tribu Bamilike y también miembro de la sociedad secreta. Después de haberse convertido al cristianismo fue llamado a asistir a la ceremonia “del cráneo.” Dicha ceremonia se celebraba una vez al año. Los Bamilike preservan los cráneos de sus familiares y durante esta ceremonia los honraban y oraban por ellos. Pierre sabía que esta ocasión le llegaría en su nueva condición de hijo del Dios verdadero. Aunque ya no participaba en esos ritos, sintió la necesidad de ir. Presintió que los hombres Bamilike le tenderían una trampa para matarlo y sintió temor por su vida. Algunos de sus amigos más íntimos le sugirieron que no asistiera. En efecto, al llegar fue amenazado de muerte. Pero fortalecido por Dios comenzó a testificar sobre su fe en Jesucristo en medio de la oposición. Su reacción desconcertó a los hombres allí reunidos y

ocasionó que dos de sus familiares tomaran la decisión de cambiarse a la fe de Jesucristo. Varios de los que estaban presentes en la “Ceremonia del Cráneo” comenzaron a respetarle por su entereza y por su nueva fe. A pesar de que las amenazas continuaron, Pierre creció en el conocimiento del amor verdadero. Con inmenso gozo registramos la conversión de una jovencita que había sido víctima de la tuberculosis. Pierre y yo fuimos a visitarla una tarde. La encontramos abandonada en una choza, llorando de dolor. Le hablamos humildemente del amor Dios para ella. Cuando le contamos acerca del sacrificio que hizo Jesús por ella, le preguntamos si quería ir a vivir con Cristo por toda la eternidad. Respondió que sí. Entonces oramos con ella confiadamente y a los pocos días partió para estar en el cielo con su Señor. Murió en paz, y por la gracia de Dios, sin dolor. Los amigos de la comunidad Baka llegaron a mi casa para expresarme su sorpresa ante una muerte tan tranquila—algo raro para ellos. Nos hicieron muchas preguntas al respecto y de esta manera tuve el privilegio de compartir nuevamente sobre el amor del Señor Jesucristo. Muchos otros murieron después, pero no antes de conocer al Señor. Uno de estos fue un hombre que padecía de tuberculosis. Escuchó con atención la preciosa historia del hijo de Dios que vino a la tierra para morir por nosotros. A los pocos días se acostó a dormir, y por la mañana amaneció muerto. Los hombres y mujeres Baka quedaron sorprendidos al ver que había muerto con una sonrisa en los labios. Estas y otras manifestaciones de la voluntad de Dios tuvimos la dicha de ver con nuestros propios ojos. Estábamos llegando a una etapa en la cual sentíamos que la presencia del Espíritu Santo de Dios habitaba en medio de la comunidad. Había otros creyentes que seguían con determinación a Pierre, su hermano de sangre. ¡Cuán grande privilegio nos había concedido Dios al permitirnos ver la manifestación de su amor con esta querida gente!

18 EL DIOS NO CONOCIDO
UN BUEN DÍA RECIBIMOS la primera visita de la gente de una iglesia proveniente de los Estados Unidos. Llegó un equipo de hombres y mujeres latinos de la iglesia “El Calvario”, de las Asambleas de Dios en Orlando, Florida. Con ellos llegó Diana Barrera, directora de COMHINA Nacional, y el pastor Nino González, un evangelista por naturaleza. Se dice que él es capaz de cruzar las líneas misiológicas y experimentar por fe lo que Dios puede hacer. Durante esta visita, el pastor Nino bautizó a Pierre, quien hacía tiempo estaba ansioso por dar ese paso de fe. No lo habíamos bautizado antes porque queríamos tener la certeza de que su cambio era permanente y no estaba errado con respecto a los efectos del bautismo. Entre muchos africanos es frecuente creer que el bautismo es el medio indispensable para obtener la salvación. Pero la evidencia de su salvación estaba basada en el único sacrificio que Jesucristo hizo por él en la cruz del Calvario. Al ver que Pierre iba a ser bautizado, los Baka trataron de impedírselo. Le advirtieron que no lo hiciera porque nosotros, “los blancos”, habíamos metido serpientes en el agua para que le picaran los pies. ¡Moriría dentro del agua sin poder salir! Por la gracia de Dios, nada de esto pudo desanimar a Pierre. Por otra parte, habíamos observado que Dios estaba obrando de una manera especial en Lidy, la esposa de Pierre. El cambio que la nueva fe produjo en su esposo la estaba atrayendo a Cristo. En varias conversaciones con Lilyana, Lidy expresó su deseo de tener la misma experiencia de su esposo. A los pocos días del bautismo de Pierre, Lidy fue bautizada. Cuando los Baka presenciaron la ceremonia del bautismo, muchos quisieron bautizarse. No nos faltaban ganas de bautizarlos a todos, pero decidimos esperar hasta cuando pudiéramos estar seguros de que entendían la salvación por la obra de nuestro Señor. En general, los africanos gustan de cualquier clase de rituales. Muchos creen todavía que el bautismo es como el camino al cielo. De ninguna manera queríamos que malinterpretaran la decisión de Pierre y Lidy. Los pigmeos Baka no habían tenido un contacto anterior, sólido y claro con el evangelio. En su cultura hablaban de un dios parecido al creador de los cielos y la tierra. Pero también creían que este dios era sólo para el hombre blanco. Mezclaban todo esto con una infinidad de creencias tribales. Era una situación demasiado compleja para intentar manejarla sin hablar su idioma. A través de los años, los pigmeos Baka habían sido visitados por diferentes ministerios que habían venido con buenas intenciones. No podemos negar que mucho de este esfuerzo sirvió para que algunos de ellos hubieran sido expuestos a escuchar acerca del verdadero Dios. Un ejemplo digno de mencionar es el de los misioneros católicos, unos de los primeros en llegar a trabajar con los pigmeos Baka. Les enseñaron algunas técnicas simples de agricultura y les tradujeron algunas enseñanzas a su idioma local. A pesar de sus esfuerzos, obtuvieron muy pocos resultados. Entre los Baka no se puede negar la existencia de Dios. Hasta nombre le tienen: “Komba.” Pero Komba sigue siendo un dios lejano y desconocido para ellos. La relación entre ellos y Komba es

confusa y desproporcionada. Piensan que les exige que hagan buenas obras a cambio de buena salud y provisiones. Es interesante que no le rindan mucho honor, aparte de algunas historias que lo exaltan. No obstante, para sus otros “espíritus-dioses” sí tienen muchas ceremonias. Yengui, por ejemplo, el espíritu de la selva, es venerado por ellos. Es él quien los protege, les ayuda, les da fuerza, y los sostiene con sus poderes. Creen que el dios Komba les castiga con maldiciones o enfermedades cuando hacen algo malo. Una de sus creencias es que hubo un tiempo cuando los Baka vivían con Komba en el cielo. A causa de que ellos hacían demasiado ruido, no se portaban bien y se emborrachaban mucho, su dios los castigó obligándolos a vivir en la selva. El pastor Nino y su equipo me pidieron luz verde para compartir con los Baka algunas historias bíblicas. Accedí a su solicitud y tuve que ser su intérprete. No fue una tarea fácil para mí porque aún me faltaba conocer mejor su idioma. En este caso se trataba de traducir conceptos que no existen en la cultura local. En obediencia, y contando con la unción del Espíritu Santo celebramos el sano deseo de los Baka por conocer más del verdadero y único Dios. Pierre y yo habíamos comenzado a compartir algunas lecciones sobre la creación, según el Génesis. El pastor Nino retomó este punto con la ayuda de Pierre como intérprete. Durante tres días nos reunimos con ellos al atardecer, bajo un árbol de mango o dentro de una choza. A través de la limitada traducción de Pierre les hizo entender a más de 200 nativos que hay un Dios de amor que está interesado en ellos. Era obvio, tanto en los rostros de los niños como de los adultos, que habían descubierto un vínculo entre ellos y “el hombre que vino a abrir el libro negro.” Por medio de las ilustraciones, los Baka pudieron identificarse y reconocer que estaban llenos de problemas con Dios. La necesidad y el interés que tenían de saber más sobre las cosas de Dios eran claros. ¡Por fin les estaban siendo revelados algunos enigmas al pueblo Baka! Cuando llegó el momento para que el grupo visitante regresara a los Estados Unidos, los Baka estaban solicitando más información. Inmediatamente y con mucho ánimo, Pierre y yo comenzamos a traducir más lecciones de las sagradas escrituras para continuar enseñándoles. Al leer en la Biblia el relato de San Pablo al llegar a Atenas, (Hechos 17:16), vemos que los atenienses tenían altares para muchos dioses, incluyendo uno con la inscripción “al Dios no conocido.” Hay evidencia de que en esa ciudad había sinagogas; sin embargo, el Dios verdadero sólo les alcanzó cuando Pablo llegó a Atenas. Reconociendo que los atenienses adoraban a un dios que aún no conocían, sabiamente decidió contarles las nuevas de salvación comenzando desde el principio de la creación. Algunos creyeron y se convirtieron. De la misma manera, cerca de los pueblos Baka había iglesias, pero ellos nunca escucharon el mensaje de salvación claramente. Damos gracias a Dios por el momento en que despertó su interés y quisieron aprender más. La confusión, los malos entendidos y la desconfianza que sintieron en un principio fueron disipados por el poder de la “Palabra Viva.” ¡Gloria a Dios! Al reconocer que los Baka tenían un concepto vago y confuso del dios creador, comenzamos a compartir con ellos desde el principio la historia de la creación en forma cronológica. En un momento dado les contamos la historia de la caída del hombre y de cómo la serpiente había engañado a la primera mujer. El hecho de que la serpiente hubiera hablado no les impresionó, pues ellos creen que

los animales hablan. Pero al saber que la mujer escuchó las mentiras de la serpiente, los hombres Baka se enojaron con sus esposas y las amenazaron con golpearlas porque por su culpa, el pecado había entrado al mundo. Tuvimos que intervenir y repasar la historia tratando de hacerlos entender. Puesto que la noche había llegado, tuvimos que dejar el tema para continuar al día siguiente. Estaban muy interesados. Cuando llegó el momento de reunirnos de nuevo sentimos la presión de enojo hacia las mujeres. Les explicamos nuevamente, y al decirles que el hombre también había tenido parte en la desobediencia, la tensión disminuyó. Los hombres dejaron de amenazar a las mujeres y el culpable terminó siendo Satanás, la serpiente. Luego nos enteramos de que habían decidido no comer más la carne de serpiente porque ésta había sido la verdadera culpable de todos sus males. Un par de meses más tarde, algunos de ellos creyeron en el verdadero Dios creador. Por fin tuvieron su momento para conocer al Dios desconocido y empezaron a mirar a Jesucristo como el enviado para reconciliarles con él. ¿Se estaban dando los primeros pasos hacia la organización de la primera iglesia Baka? Fue maravilloso verlos dar sus primeros pasos en la fe. Aprendieron a orar y a leer las historias bíblicas a medida que las poníamos en su idioma. Sus vidas se fueron trasformando por el poder de la Palabra. Los primeros líderes de la iglesia fueron jóvenes entre los 20 y 25 años de edad, muy dedicados a servir al Señor. Zamba fue muy útil porque podía leer en francés y nos ayudó con la traducción de las lecciones bíblicas. Puesto que las grabábamos en cinta magnetofónica, todos tenían la oportunidad de escucharlas. Simón, el hermano de Zamba, se esmeraba por estudiar las lecciones en audio. Las memorizaba para luego compartirlas con los que asistieran a la iglesia el domingo. Nada de esto fue fácil. Costó mucho esfuerzo obtener los primeros frutos. Pero Dios es siempre fiel y nos dio el ánimo necesario para esperar. Tampoco fue fácil para los Baka estar en un ambiente de aprendizaje al que no estaban acostumbrados. Al principio lo hacían casi sin ganas, pero continuaron perseverando y llegó el momento en que añoraban aprender más y más. En el año 2004 ya habían pasado más de tres años desde cuando llegamos a vivir entre los pigmeos Baka. Muchas cosas positivas estaban pasando entre ellos. Timoteo, un joven que vivía a unos 20 kilómetros, llegó a nuestra aldea con el fin de conocer a Dios. Yo conocí a su padre cuando en cierta ocasión asistió a una de nuestras reuniones. Quedó muy impresionado con lo que compartimos ese día y, como jefe de su tribu, nos pidió que lleváramos el mismo mensaje a su aldea. Pero antes de que pudiéramos ir, llegó Timoteo. No es común que un Baka deje su aldea para ir a vivir en otro lugar, especialmente cuando no se le ofrece dinero o trabajo. Timoteo dejó atrás a su clan y sus responsabilidades como uno de los líderes de su tribu. Esto fue muy significativo. Confesó haber conocido al Señor aunque reconoció que necesitaba ser discipulado para poder madurar en la fe y ser usado por Dios. Fue emocionante para nosotros recibirlo en nuestra aldea. Era una persona muy inteligente porque podía leer y escribir en Baka y en francés. Siempre mantuvo el propósito de regresar a su aldea para evangelizar y fundar una iglesia entre su clan. Pierre tuvo el privilegio de discipular a Timoteo bajo mi supervisión. Con gusto pudo compartir con él todo lo que Dios le había dado. Para este tiempo, Dios me estaba permitiendo avanzar en el

conocimiento del idioma Baka. Ya podía hacerme entender y predicar en su lengua. Ellos estaban entusiasmados al ver cómo me esforzaba por predicar y compartir la palabra de Dios. Los que asistían a las reuniones, salían a compartir lo que acababan de escuchar. Disfrutamos la alegría de ver que para Pierre, Zamba, Simón, Abele y Timoteo —ahora los nuevos líderes—, esta experiencia evangelística había sido inolvidable. Se esmeraron por construir el templo para la iglesia Baka y muy pronto tuvimos el privilegio de llevar el evangelio a otra aldea vecina. Los pigmeos Baka estaban muy contentos y animados como jamás lo habían estado. Por otro lado, nos reclamaban por qué nos habíamos tardado tanto en llevarles el mensaje de salvación. Lo que más les entristecía era el hecho de que muchos de sus familiares habían muerto sin tener la oportunidad de ser salvos. Pierre tomó la decisión de educarse como lingüista a través de los traductores bíblicos de Wycliffe. Para nosotros fue un gusto verlo aprender muchas técnicas nuevas que sirvieron para rescribir las primeras lecciones bíblicas que se tradujeron en su idioma. Como la lengua de los Baka no tenía una ortografía oficial, jamás habían tenido material de ningún tipo disponible. Estas lecciones serían extensamente usadas para evangelizar y discipular a los nuevos convertidos. También serían la base para que algún misionero en el futuro tradujera toda la Biblia. ¡La gloria para Dios!

19 UNA HISTORIA SIN TERMINAR
SABEMOS QUE LA VERDADERA historia, la “meta-historia” de Dios con los hombres continuará hasta cuando Cristo venga en su gloria. Los Hechos de los Apóstoles tampoco han terminado aún, pues Dios sigue haciendo grandes cosas a través de quienes “se niegan a sí mismos tomando su cruz” para seguirlo. Ya habíamos comenzado a hacer planes para nuestro regreso a los Estados Unidos. Ocho años de trabajo misionero en África habían servido para que Dios cumpliera sus propósitos. Parecía conveniente que cambiáramos de perspectiva. ¿Qué tendría Dios para nosotros? Habíamos orado pidiendo fuerzas para continuar el trabajo entre los pigmeos Baka. Sin embargo, cada vez sentíamos más y más deseos de regresar a los Estados Unidos. Sabíamos que aún teníamos grandes metas que alcanzar antes de salir, pues faltaba mucho material por traducir y queríamos discipular a los creyentes. Un día, al notar que nuestra pequeña Stephanie parpadeaba continuamente cada vez que enfocaba su vista en algo, pensamos que tendría que usar anteojos. Comenzó a quejarse de dolores de cabeza. Consultamos a la doctora de la organización a través de nuestro radio de banda corta y con nuestras explicaciones, ella diagnosticó una posible infección de sinusitis. La tratamos con antibióticos pero al ver que la fiebre no bajaba y que eran más fuertes los dolores de cabeza le administramos medicamentos contra la malaria. Después de cuatro días mejoro y comenzó a hacer sus travesuras normales. Angie, nuestra hijita mayor, tuvo problemas con las adenoides desde pequeñita. De pronto recayó con los mismos síntomas de Stephanie y pensamos que tal vez era un virus. La tratamos conforme como se nos había indicado pero tenía una fiebre muy alta. Después de tres días notamos que la piel y los ojos de Angie estaban amarillentos, síntomas indicativos de hepatitis. La fiebre no bajaba y su condición estaba empeorando con rapidez. Al cuarto día, durante la noche, Angie estaba fuera de sus sentidos. Gritaba descontroladamente, su vientre estaba inflamado, su piel y sus ojos muy amarillos. Tenía vómitos. No tenía fuerzas ni para levantarse. ¡Dios mío, se nos muere nuestra hija —clamé! Lilyana anduvo muy nerviosa sin saber qué hacer. Yo estaba igual. Oré pidiéndole a Dios por la vida de nuestra hija. Era de noche, estábamos en el bosque sin medios para poder salir, sin comunicación con el mundo civilizado y sin tener a quién recurrir. Ya habíamos contactado a la misión de los Traductores de Wycliffe —Instituto Lingüístico— para que nos vinieran a buscar al día siguiente en una de las avionetas que tienen disponibles para el uso de los misioneros. ¡Parecía que no llegaríamos al siguiente día con Angie viva! Dios permitió que la niña durmiera, al menos hasta la mañana siguiente cuando la avioneta llegó a recogernos para evacuarla hasta el hospital. Volamos dos horas hacia el oeste del país en donde se hallaba un pueblo llamado Nbingo, donde existe un hospital Bautista con doctores misioneros. Inmediatamente le hicieron exámenes de sangre y descubrieron que no tenía hepatitis. Tenía las amígdalas inflamadas, el hígado inflamado, una infección de las vías urinarias, la hemoglobina baja y una malaria severa que la estaba minando paulatinamente.

Comenzaron el tratamiento médico pero Angie no mejoró. Después de una semana en el hospital tuvimos la impresión de que Angie se estaba recuperando y decidimos regresar a nuestra casa en el bosque. A los dos días, Angie se enfermó de nuevo. ¿Qué debíamos hacer? Sintiendo que nuestra hija necesitaba una asistencia médica especializada decidimos que era indispensable evacuarla a los Estados Unidos. Pero no era prudente que yo dejara el ministerio evangelístico de una manera abrupta. Dios estaba haciendo grandes cosas a través de nuestro amor por ellos. El enemigo quería sacarnos de allí porque le estábamos ganando la partida. ¡Esta era una guerra espiritual! Sin embargo, Dios no sanaba a Angie. En medio de nuestro dolor no podíamos entender por qué lo estaba haciendo de esta manera. Eso lo entenderíamos más tarde. Hicimos los arreglos con los misioneros traductores de la Biblia para que la avioneta recogiera a Angie de nuevo, esta vez para llevarla a los Estados Unidos. Tomó dos días sacar a Angie desde el bosque hasta Camerún, a un aeropuerto internacional, y luego a los Estados Unidos. Fue con el corazón en la mano que vi partir a mis tres compañeras de trabajo. Para Lilyana no fue fácil viajar con las dos niñas —una muy enferma— en dos largos vuelos desde Camerún hasta California. En el aeropuerto la recibieron algunos miembros de nuestras familias. Tenían emociones fluctuantes entre alegría por verlas, y la alarma por la salud de Angie. Al día siguiente la niña fue recibida al hospital y atendida por especialistas en medicina tropical. Descubrieron que Angie aún sufría de malaria y que necesitaba suero intravenoso. Estuvo cuatro días hospitalizada bajo tratamientos intensivos y exámenes continuos. Durante este tiempo Dios le permitió a Lilyana ver su amor a través de las muestras de cariño de todos aquellos que verdaderamente nos amaban. La familia, y algunas personas de la iglesia, fueron incansables en su cuidado por mi esposa e hijas. Hasta los pigmeos Baka, creyentes y no creyentes por igual, oraron por la salud de mi hija. Durante aquellos días, a solas en el bosque y sin mi familia, mi Señor y Dios me dio la paz necesaria para entregar a los Baka en sus manos. Me mostró que todo marcharía de acuerdo con sus planes para que ellos siguieran conociéndole y adorándole. Pierre y dos de los líderes Baka llegaron para acompañarme en la casa. Querían orar y hacerme compañía. De esta manera permanecí con ellos para mostrarles el camino verdadero través de la oración y las enseñanzas bíblicas. Lamentablemente, aún hay muchos pigmeos Baka que permanecen sin saber que pueden llegar a conocer al Dios no conocido. Hay más de 150 mil que ni siquiera tienen un misionero entre ellos. Hay muchas otras tribus en el gran continente africano que, al igual que la mayoría de los Baka, tampoco han escuchado hablar del amor y de la misericordia del Señor Jesucristo. Mi familia ha servido de estímulo para que otras familias decidan salir por fe a la obra misionera. Es nuestro anhelo y nuestra ferviente oración que muchos respondan a su llamado y vayan a llevarles las buenas nuevas de salvación. ¡Esta bella historia continuará a través del tiempo por medio de aquellos que decidan responder a este gran llamado! Solamente tenemos que ponernos en las manos de nuestro salvador y tener fe en que él nos va a llevar a hacer algo más grande de lo que estamos haciendo. Creemos que esto posible si nos disponemos y respondemos a la iniciativa de Dios. ¿Qué es lo más grande que podemos hacer en agradecimiento al Señor por lo que él hizo al concedernos la salvación y

la vida eterna? Con humildad le diremos: “¡Ele aquí, envíame a mí!” ¡Démosle al Señor lo mejor de nuestras vidas! Sólo me resta darle la gloria a Dios. La iglesia de los pigmeos Baka sigue adelante. Otros pueblos Baka están conociendo el evangelio. Los nuevos creyentes continúan esparciendo las nuevas de salvación en Cristo Jesús. Mi familia y yo estamos viviendo en California, Estados Unidos. Trabajamos como directores de una organización misionera llamada Evangelización Mundial para Cristo, en el departamento –WEC Latino USA. Nuestro enfoque es entrenar a otros jóvenes para que vayan al campo misionero. Periódicamente hago viajes evangelísticos a algunas aldeas Baka que aún no han recibido el evangelio. Lo hago en compañía de Pierre y algunos creyentes de esas comunidades. ¡Dispóngase para que Dios le envíe a donde él quiera! Recuerde que si Cristo Jesús —siendo Dios— murió por nosotros, no hay ningún sacrificio con el cual podamos pagarle. ¡Él le usará siempre y cuando usted permita ser usado por él! Antes de que les impartiera la Gran Comisión, Cristo les dijo a sus discípulos estas maravillosas palabras: “Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en La tierra” (Mateo 28:18). Cuando obedecemos la Gran Comisión es posible que pensemos: “…Nadie me va a oír, o quizás nadie se convierta, o tal vez nadie venga a Cristo...” Sabemos que el diablo hará lo posible para susurrarle al oído algo semejante para impedir que vaya. Pero esas son mentiras. Si aceptamos que “toda” la potestad le fue dada al Señor Jesucristo podemos estar seguros de que nuestro evangelismo será exitoso.

Querido lector:
La familia Castillo —compuesta por José, Lilyana, Angie y Stephanie— estamos a sus órdenes. Si usted quiere solicitar otras copias de este libro, si desea invitarnos a compartir en su iglesia, o si desea colaborar en el ministerio entre los pigmeos Baka y visitarlos en África, comuníquese con nosotros por correo electrónico: E-mail: joeandlily@sbcglobal.net

GALERIA

Primeros líderes de la Iglesia baka.

Consagración de los primeros líderes.

Tiempo de convivencia durante la tarde.

Esposa de Simón líder de la iglesia baka.

Jovenes baka

Niños baka

Angie y Sep con su mascota Lupita.

Dieta baka: gusanos.

Una familia baka

La avioneta misionera

El helicóptero misionero

Viaje misionero a una aldea baka.

Anciano baka.

Varias familias listas para la cacería.

Angie y su mascota Lucy

Pastor Nino (NO niño) comunicando la palabra

José y su pandilla baka.

Una choza baka.

Construyendo una choza baka.