Diabolus In Música Os Negrete

Hace siglos atrás, durante aquella época en la biografía del mundo conocida como Edad Media, un inmisericorde demonio, considerado por el rey del inframundo su mano derecha, ofuscaba mordazmente el mundo mortal. Se regocijaba por las noches intoxicando las ciudades de un miasma de caos, misantropía y desesperanza. Sus estratagemas eran agresivas y muy efectivas y a través de ellas diezmaba progresivamente a la humanidad. Por cientos de años los demonólogos se congregaban clandestinamente fraguando métodos que contuviesen a aquel ente infernal. Pero esos esfuerzos nunca pasaron de meras elucubraciones desgastantes que nunca conllevaron a resultados exitosos. Miles de noches tuvieron que quemarse, y millones de almas se consumieron infestadas de ansiedad y desesperación hasta que finalmente un noble monje que dedicaba su vida al ascetismo, el despertar y evolución del espíritu, y el inconmensurable placer de crear y escuchar música, logró enclaustrarlo dentro de una de sus partituras musicales a través de una sarta de jaculatorias donde invocaba la gracia de los siete arcángeles, descomponiendo su configuración maligna en una serie de notas musicales que aparecieron extendidas por todo el papel conformando la estructura de una canción prohibida. Al concluir la contienda, el monje exhausto, irguió la mirada al cielo, como buscando ver el rostro de Dios para agradecerle por hacerlo partícipe de aquél triunfo de lo sacro sobre lo infernal. Recogió el documento de la zona de batalla, y al escudriñarlo reconoció en un compás ubicado ligeramente a la derecha del centro de la hoja, como si fuese el corazón de aquel demonio, lo que hoy es conocido en teoría de la música como tritono (o quinta disminuida), que a diferencia del resto de la tinta con la que estaban selladas el resto de las notas, apareció grabado con lo que parecían ser filamentos de sangre seca de los cuales se desprendía una hedentina nauseabunda. La iglesia estudió el caso, poniendo especial atención sobre ese intervalo musical al que terminó denominando: Diabolus in Música y le prohibió a los músicos coetáneos que incluyesen dicha figura musical dentro de cualquiera de sus composiciones por temor a que durante el paroxismo anímico de decenas de músicos en un concierto orquestal interpretando su armonía, aquel demonio adquiriera la fuerza necesaria para liberarse nuevamente. Por su parte, el señor de las tinieblas, embravecido por la funesta derrota del mejor de sus vasallos, se propuso a hacer todo lo que estuviese en su poder para rescatarlo y cobrar una venganza aún más furtiva contra la vida humana. La partitura fue depositada en un cofre cuya locación permaneció vetada para toda la población salvo a eclesiásticos de altos mandos (y no todos). Desafortunadamente, durante los saqueos ocurridos posteriormente en las guerras y revoluciones de la edad moderna, el cofre fue hurtado y la iglesia perdió todo rastro de éste.

Esta noticia fue bien recibida por el príncipe de los demonios, quien no tardó en aprovechar tal oportunidad y se puso en marcha para encontrar un chivo expiatorio al cual ofuscar hasta que exentara de su confinamiento a su súbdito predilecto. No dilato mucho en hallarlo. Era un joven pianista que vivía en una villa que limitaba con un cerro en donde el cofre azarosamente había terminado sepultado por el tiempo al extraviársele durante una fuga de la autoridad al último de una larga sucesión de propietarios. Era un hombre de economía inestable que tenía un fuerte resentimiento por todas las personas que habían abusado de su humildad para alcanzar sus metas, y soñaba con alcanzar riquezas y popularidad a través de su música para poder echárselos algún día en cara. Semejantes deseos fueron fácilmente vistos como carnada para la encarnación del mal, e inmediatamente designó a un súbdito suyo caracterizado de un practicante de magia negra para que le enterara de la existencia del cofre y le persuadiese de desenterrarlo, asegurándole que si interpretaba la obra musical prohibida en una noche de luna llena, un futuro de total fama y lujos devendría en su vida. Y así fue como aquel músico fue embaucado para convertirse en la primera víctima después de tantos siglos de reclusión de aquella bestia preternatural. Espero sólo tres días a que hubiera una noche de luna llena, entonces, sobresaltado por el mundo de opulencia que le esperaba se dirigió al piano en su habitación para ejecutar la melodía contenida en la partitura. No había terminado de reverberar en la habitación la armonía de las notas del tritono en el compás central de la obra cuando el hombre percibió como todo a su rededor se ensombrecía y era invadido por una atmósfera mefítica. Escuchó un castañeteo constante de dientes, una característica particular de aquel demonio, pero no podía distinguir su origen, hasta que avistó cómo la oscuridad se concentraba lentamente en una forma monstruosa que emitía el tétrico sonido. Cuando la entidad finalmente adquirió su forma definitiva frente a sus ojos, un escalofrío como de mercurio helado le descendió por la espina dorsal. Más que su apariencia, eran los movimientos compulsivos de aquel ser los que lo trastocaban. Sus piernas raquíticas y apenas revestidas de un pellejo amoratado comenzaron a renquear dantescamente hacia él. Su pecho, símil a un orbe dorado, se hinchaba y deshinchaba espasmódicamente. Carecía de piel y músculos que recubriesen su abdomen, pero una gran telaraña llena de cientos de sus intimidantes tejedoras pendía desde sus costillas hasta su cadera revistiendo esa cavidad. Tenía los ojos vacíos, como los de un cordero asesinado colgando de las fauces de un lobo y sobre ellos, marcadas sobre la frente en una tinta del color azul más muerto que jamás se haya visto, dos notas musicales sobre un pentagrama musical en la clave de sol que marcaban el intervalo musical prohibido: la quinta disminuida… el Diabolus in Música. Entonces, envuelto de sus espeluznantes movimientos, aquel demonio se le abalanzó. El piano tocaba por sí mismo una melodía oscurísima y casi disonante que parecía sonorizar la manera convulsiva con la que se dirigía hacia él. El muchacho asustado supuso que la

escena ante sus ojos sería con la que se despediría del mundo, pero entonces todo terminó, y el aterrorizado músico despertó en la cama de su habitación. Era un día hermoso y soleado… Las primeras semanas todo pareció seguir en total normalidad. Le parecía que esa experiencia debía haber sido simplemente un sueño diurno, o la complicación de varios días sin dormir por dedicar sus noches a la reflexión exagerada de sus deseos frustrados y sus días a componer la música que le ayudara a alcanzarlos, de cualquier manera, la partitura regresó al cofre y no la volvió a sacar jamás. Los siguientes tres meses comenzó a notar una fuerte diferencia en la estructura de su pensamiento. Todas sus composiciones le parecían fútiles. Luego notó que aquellas cosas que solían inspirarlo en el proceso creativo de su música iban perdiendo su luz. Pero jamás pasó por su mente que todas esas bloqueos artísticos eran en realidad las intervenciones maquiavélicas del Diabolus in Música, quien se había hospedado en su interior para esparcir sus crueles rizomas. Ulteriormente empezó a cuestionarse todo, desde el sentido de aquellos sueños que anhelaba conquistar hasta el de su existencia misma en el mundo. Y el diablo en la música se empeñó en atiborrar su interior de meras respuestas fatalistas al mismo tiempo que seguía nutriéndose de toda obra artística que su creatividad tenía en gestación, pero primordialmente ese demonio estaba fascinado por consumir la voluntad de vivir de aquel pobre hombre. Pocos fueron los días que la víctima soportó su condición psicológica. Una noche mientras todo el pueblo festejaba los días santos, tomó un revolver y se dio un tiro en la cabeza. Desde entonces el Diabolus in Música continúa devastando al mundo, devorando los sueños, el sentido existencial y la voluntad de vivir de sus anfitriones hasta que finalmente los persuade de que no hay otra manera de solventar las crisis existenciales y las tragedias personales que no sea la autodestrucción. Cada día esta bestia umbría se vuelve más fuerte y hábil. Hoy ya no sólo hace de músicos vulnerables sus víctimas, sino que ha incluido en su nomenclatura de muerte a pintores, escritores, bailarinas, fotógrafos y demás artistas en general, pues sabe que sin arte en poco tiempo el mundo entero optaría por autodestruirse. Sabe que sin arte, la vida se va incinerando lentamente.