Lorca: Homosexual y Poeta La semana pasada vi un programa en La Primera de Televisión Española llamado, creo, Cosas que importan.

la segunda mitad del programa se centró en el debate "¿Deben los homosexuales decir que lo son?". El tema ha vuelto a ponerse de moda después de que un político catalán declarara abiertamente su homosexualidad en plena campaña electoral catalana, y precisamente él era uno de los invitados al debate. Me sorprende que aún hoy la gente siga haciéndose esta pregunta, sin duda porque todavía hay quien piensa que de esos temas mejor no hablar. Otro de los invitados al programa defendía que el comportamiento sexual es algo íntimo, que no debe airearse, y afirmaba que él no iba por ahí diciendo que era heterosexual (o sea, lo que se suele decir "normal", un hombre al que le gustan las mujeres). ¡¡Qué barbaridad!! Si resulta que la gente que se considera "normal" no va por ahí diciéndolo, ¿cómo es que siempre acaba sabiéndose? [Anécdota del bar y la manzanilla]. Cuando anuncias tu boda estás diciendo que eres heterosexual; también cuando vas con tu novia o tu mujer por la calle de la mano, o cuando piropeas a una chica guapa, o en cualquiera de los muchísimos momentos en que los hombres alardean de conquistas, o sencillamente cuando un ama de casa le cuenta a otra el guiso que le está preparando a su marido: ¿no se está afirmando públicamente que se es heterosexual? También son heterosexuales la mayoría de los héroes de las películas, que acaban por lo común besándose con una chica guapa, y los protagonistas de todos los culebrones, debatiéndose entre tumultuosas historias de amor hombre-mujer. Imaginamos que todos nuestros sobrinos son heterosexuales cuando les preguntamos si no se han echado novia todavía. Las presentadoras de televisión se comportan como heterosexuales cuando confiesan cuánto les gustan los chicos que sábado tras sábado se ponen en calzoncillos para regocijo de la audiencia. A estos mismos chicos que salen en calzoncillos se les nota muchísimo que son heterosexuales (o al menos intentan parecerlo) cuando salen siempre con una chica en biquini con la que tontean mientras se dedican a enseñar paquete. Todos los presidentes de gobierno y los jefes de estado hacen una pública declaración de heterosexualidad cuando acuden a los actos oficiales del brazo de su esposa... O sea, los heterosexuales no "dicen" que lo sean, pero se les nota muchísimo, continuamente... ¿¡Cómo es que sigue preocupando a mucha gente el que los homosexuales digamos abiertamente que lo somos y nos comportemos como tal, o que queramos no tener que ocultarnos para que no se nos "note"!? Todo esto viene al hilo de la supuesta homosexualidad de los personajes más o menos conocidos y, en este caso, de García Lorca. Durante la celebración de su centenario, el año pasado, se habló mucho de la supuesta utilización de su imagen por parte de los colectivos de gays y lesbianas, o sea, de hombres y mujeres homosexuales (lo que hasta no hace mucho se conocía como maricones y tortilleras). Todos sabemos que Lorca era homosexual, es decir, maricón. Y entonces mucha gente dice, ¿bueno, y qué? Por ejemplo nuestro premio Nóbel Camilo José Cela, quien acusaba a los grupos homosexuales de utilizar en provecho propio la imagen del poeta, como si "reivindicar" la homosexualidad de Lorca fuera empobrecer su imagen. También se sabe que Lorca era andaluz. ¿Está mal entonces que las andaluzas y los andaluces "reivindiquemos" la patria del poeta? Hace tiempo que escucho en la radio pública andaluza una campaña en la que mencionan nombres importantes del mundo de las artes, de la cultura, del deporte, de las ciencias... añadiendo: "andaluz". ¿A alguien le parece mal que se haga? Y cuando se hace, ¿para qué sirve? ¿Para qué nos sirve a nosotros, la gente de Andalucía? Me viene a la cabeza un eslogan muy popular hace algún tiempo en losetas y pegatinas: «Soy español y andaluz: ¡Casi ná!». También la gente rociera suele colocar una imagen de la Reina de las Marismas en su coche, y los béticos un escudo de su club, y los incondicionales de Curro Romero están dispuestos a defender a su ídolo donde sea y contra quien sea... En este estado de cosas la gente sigue sin sentirse cómoda frente a la homosexualidad, pero desde los grupos homosexuales se anima sin descanso a que la homosexualidad se viva de una forma abierta y libre, y se invita a los homosexuales de la vida pública a declararse abiertamente gays o lesbianas. ¿Por qué?

Los seres humanos, cuando nacemos no somos más que animalitos indefensos incapaces de valernos por nosotros mismos. Para convertirnos en seres humanos adultos y libres necesitamos aprender: un idioma, unas costumbres, una forma de ver la vida, unos hábitos, una cultura... Todo eso no lo traemos en los genes, sino que tenemos que aprenderlo de nuestro entorno. También el amor, la sexualidad, el cortejo, la familia... los aprendemos de nuestra cultura. Y nuestros maestros no son sólo papá y mamá, o la Señorita Trini en el colegio, sino también los programas de televisión, y los periódicos, y las ferias, y los partidos de fútbol, y las bodas en la parroquia del barrio, y lo que se habla en la panadería. En todos estos sitios vemos constantemente a un hombre con una mujer, y a una mujer con un hombre, todos los hombres tienen esposa y todas las mujeres tienen marido. Y en los partidos de fútbol a los árbitros se les insulta gritándoles "¡maricón!". Y en Antena 3, Arévalo entretiene a la audiencia contando chistes soeces sobre mariquitas grotescos y ridículos... ¿Cómo puede un chico que siente que le atraen otros chicos, o una chica que siente que le atraen otras chicas, vivir sin problemas su homosexualidad, cuando todo lo que ve a su alrededor le está diciendo que no es "normal"? Por esto aplaudimos cuando un político, o un cantante, o un deportista, o un actor, declaran abiertamente su homosexualidad, o cuando en una película, o un programa de televisión, o un anuncio, vemos a dos hombres amándose o a dos mujeres amándose, sin que nadie los tache de pervertidos. Porque en esta sociedad hacen falta modelos que ayuden a los gays y las lesbianas a no verse a sí mismos nunca más como "maricones" o "tortilleras", con todo el desprecio que estas palabras llevan consigo, sino como personas tan normales y dignas como cualquier otra, sin nada que ocultar ni nada de lo que avergonzarse. ¿Puede la imagen de Federico servir para esto? Yo pienso que no. En el libro Galería de retratos — personajes homosexuales de la cultura contemporánea, Julia Cela dice, a propósito de El público: «Esta última es una obra silenciada, además por expreso deseo del autor, ya que planteaba un tema tabú para la época, un tema que le dolía en lo más hondo a Federico, la homosexualidad. (...) Aunque Lorca era muy pudoroso en todo lo referente a su vida personal y sobre todo sexual, en la Residencia [de Estudiantes] todos sabían de su homosexualidad, pero todos también callaban dada la represión de aquel entonces. José Moreno Villa en sus memorias dice así sobre este particular: ‘No todos los estudiantes le querían. Agunos olfateaban su defecto y se alejaban de él. No obstante, cuando abría el piano y se ponía a cantar, todos perdían su fortaleza.’ Es curiosa la palabra defecto, que dice mucho de cómo se consideraba a los homosexuales en los años veinte.» Cuando publicaba Romancero Gitano, o Mariana Pineda, o La casa de Bernarda Alba, y al organizar, junto con don Manuel de Falla, concursos de Arte Flamenco en Granada, Federico se mostraba abierta y orgullosamente andaluz. Sin embargo no pasaba lo mismo con su homosexualidad. Pero igual que tan andaluz es el Lorca del Poema del cante jondo como el de Poeta en Nueva York o Comedia sin título, Lorca era homosexual en todas sus obras, en todos sus poemas, en todos los actos de su vida. Cualquier lector, al acercarse a cualquier texto literario, pone en funcionamiento unas estrategias de identificación y de simpatía o antipatía hacia los personajes y las experiencias que muestra el texto, y esta identificación depende de nuestras propias experiencias y circunstancias vitales. Cuando yo leo, por ejemplo, los bellísimos versos de Machado: «Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería...», me convierto por un momento en esa voz que le recrimina a Dios la muerte de un ser querido. Después aprendes que Machado, uno de nuestros ilustres pedófilos, ya que se casó pasados los treinta con una muchacha de quince, lamentaba en este poema la pérdida de Leonor. También ves que todas las poesías amorosas de Bécquer (que a todos nos emocionó en la adolescencia) están dedicadas por un hombre a una mujer. Yo aprendí el amor teniendo que traducir siempre el esquema hombre-mujer al más mío de hombre-hombre. Y también me emocionaba, pero seguía necesitando modelos. Y empecé a echar de menos, entre la multitud de poetas que le cantan a su amada, esa poesía que hablara del amor como yo lo siento, de hombre a hombre. Así descubrí a Cernuda, a Kavafis, a Gil de Biedma, a Shakespeare... También aprendí que Lorca era, como yo, homosexual. Por eso no conseguía entender aquello de «yo me la llevé al río | creyendo que era mozuela...», pero sí se cargaban para mí de un significado muy especial poemas como el Diálogo del Amargo, con todo el erotismo con que Federico hace hablar al Amargo con el Jinete/ Muerte sobre los cuchillos que se clavan en la carne. O la bellísima elegía a la muerte de su amigo, el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, que acaba con un verso sobrecogedor: «...y recuerdo una brisa triste por los olivos.» Sólo partiendo del punto de vista homosexual de Federico puede entenderse en su plenitud una pieza sólo con personajes femeninos como La casa de Bernarda Alba, donde el verdadero protagonista

es el Hombre, con mayúsculas, un Pepe el Romano demoledor al que todas desean. La obra de Lorca está plagada de hombres que son, principalmente, objeto de deseo (como en la realidad lo eran para él mismo), y de mujeres que son arrastradas por su deseo del hombre (como seguramente se sentiría con frecuencia él mismo). Lo mismo ocurre en la obra de Rafael de León, otro de nuestros insignes homosexuales. Algunos autores han señalado cómo los personajes de sus coplas suelen ser mujeres que aman, historias de amor supuestamente heterosexuales descritas desde el punto de vista de la mujer, y frecuentemente historias de amor trágico o ilícito. La Otra, Candelaria la del Puerto, la Parrala, la Madrina o Dolores la Petenera son mujeres que sufren de amor; en la copla, ellas son las protagonistas y los hombres son los objetos de su amor o su deseo. Rafael de León no se atrevía, como tampoco se atrevía Lorca —posiblemente ambos con razón— a describir su propio amor a otros hombres, y así solían poner sus emociones, sus ideas, sus versos, en boca de mujeres. En la colección Eros con bastón dentro del libro Canciones, hay un poemita bellísimo, que desde hace muchos años está entre mis favoritos, y que siempre me dio mucho que pensar. Se llama Lucía Martínez. Es un poema muy ‘gráfico’ en el que, con muy pocos versos, se nos dibuja una escena de altísima temperatura erótica. [LECTURA: Lucía Martínez] Como ser humano, junto a todos los otros seres humanos, hombres o mujeres, me conmueven las imágenes con que dibuja el sexo de Lucía, en el juego de luz y sombras del atardecer. También me conmuevo con la fuerza y la rotundidad del hombre que viene a consumir su boca, a hacerle el amor. La masculinidad de la voz es avasalladora, y Lucía espera pasivamente, maja desnuda en su diván, que el hombre venga a tomarla "porque quiere y porque puede". Mucho podríamos decir de esta visión del "macho" que toma a la hembra sólo "porque quiere", sin pedir permiso o sin tener en cuenta el posible deseo de la mujer: el amor y el sexo como prerrogativas del varón. Pero éste sería otro tema, y no hay duda de que todos y todas, quizá más directamente la gente de cultura andaluza, podríamos coincidir en la fuerza y la belleza de esta escena de erotismo "tradicional", algo así como una pintura costumbrista de la maja y el flamenco, como un cuadro de Romero de Torres. Pero en las obras de autores heterosexuales, que orientan su amor y su deseo hacia las mujeres, no hay contradicción alguna en ver a las mujeres de sus textos como reflejo de su deseo; así sabemos que las mujeres en los poemas de Juan Ramón Jiménez o de Antonio Machado, no se contradicen con las Zenobia, Leonor o Guiomar que amaron los poetas. Cuando los poetas heterosexuales escriben poemas de amor, aunque podamos decir que su mensaje es universal, escriben poemas a una mujer. Siempre. No conozco poetas que canten al amor entre dos hombres si no es un amor que ellos sientan en su propia experiencia. ¿Por qué escribe entonces Federico este poema? ¿Y dónde se sitúa él? Desde una primera lectura, yo capto con toda su fuerza el atractivo sexual del hombre, porque a mí me gustan los hombres. Necesariamente así lo debía sentir también el poeta, porque a él le gustaban los hombres. No es con él, por tanto, con quien — insisto, en la primera lectura instintiva, intuitiva, del poema— yo tiendo a identificarme, puesto que él para mí es el objeto de deseo. Y también lo sería para Federico. ¿Dónde puedo situarme yo, entonces? Por supuesto, desde mi punto de vista, yo querría ser objeto de deseo de ese hombre, querría que me amara a mí, que quisiera "consumir mi boca". Ésa es necesariamente la posición que yo puedo adoptar cuando por primera vez voy descubriendo el poema. Y es posible suponer que lo mismo debiera ocurrirle a Federico. ¿Por qué entonces no habla de "Ángel Martínez" o de "Antonio Martínez"? ¿Por qué me corresponde entonces identificarme con Lucía Martínez? ¿Se identificaba él con Lucía? Lo que yo solía hacer ante este tipo de poemas para hacerlo mío, para verlo "desde dentro", como siempre se hace con la poesía, era hacer trampa: Debo borrar a Lucía y poner a otra figura masculina en su lugar. Eso es lo que puede hacerse con la poesía amorosa heterosexual, que por cierto es la única que estudié en el colegio y en el instituto, y dudo mucho que haya cambiado la situación desde entonces. Así era como yo entendía en mi adolescencia apasionada y romántica la poesía de Bécquer. Pero, ¿por qué tendría que hacerlo también con la poesía de un autor que sé que era homosexual? También puedo tratar de contemplar la escena como espectador ajeno. Puedo situarme detrás o al lado del hombre, como su amigo, su camarada, y ver cómo le declara su amor a una mujer. Puedo colocarme detrás o al lado de Lucía, su amigo, su confidente, y ver como el hombre la desea a ella. O puedo contemplar la escena por el ojo de la cerradura. En cualquier caso me estoy entrometiendo en una escena que no me corresponde, estoy excluido de la escena, puedo sentir deseo por el hombre, pero a la vez saber que ese deseo no podrá satisfacerse. Debo conformarme con ser el mirón en una escena en la que no puedo participar.

Pienso que lo mismo debía ocurrirle a Federico. Siempre he intuido —yo y mucha gente— que esa insatisfacción, esa frustración de su deseo homosexual, está en la base de la Novia de Bodas de Sangre, que sucumbe al deseo de la masculinidad de Leonardo, y en la de todas las hijas de Bernarda Alba. Queramos o no, la homosexualidad era un elemento irrenunciable de la vida de Federico (como la heterosexualidad para Salinas o Miguel Hernández), y tan necio es que queramos ignorarlo como lo sería el que ignoráramos que era andaluz, que tocaba el piano, que había crecido en Granada o que vivió en la Residencia de Estudiantes. No he mencionado la última alternativa de identificación con el poema, quizás la más obvia y, desde luego, la que ha llevado a formar los tópicos más comunes —y más dolorosos— sobre la homosexualidad. Si deseo al hombre, puedo intentar convertirme en su objeto de deseo, disfrazarme de Lucía, ocupar su puesto, y esperar a que él venga "a consumir mi boca". Tendré que esmerarme en el disfraz, ocultar mi barba, depilarme piernas, pecho y brazos, ponerme peluca, quizá maquillarme... y tratar de esconder la evidencia de aquello que me hace hombre. Para estar con el hombre, tengo que "disfrazarme" de mujer. En la España que conoció Federico, y en gran medida también en la que yo conozco y he conocido, que sólo es capaz de imaginar el amor entre hombre y mujer, mucha gente piensa que de eso va la homosexualidad. Los maricas serían hombres "invertidos" que en realidad querrían ser mujeres, y las lesbianas a la inversa, mujeres "invertidas" que en realidad querrían ser hombres. Y tanta es y ha sido la presión social en este sentido, que muchos maricas y muchas lesbianas acabábamos creyéndonos lo que se decía de nosotros: que éramos "invertidos", "defectuosos", y nos apresurábamos los chicos a maquillarnos y afeminarnos, y las chicas a imitar sin pudor a los rudos machos del entorno. No es cobardía: es supervivencia. Eso, o el silencio, el engaño, la clandestinidad, el ocultamiento, la negación. Federico tiene dos poemas en los que trata directamente el tema de la homosexualidad. Uno está en el libro Canciones, entre un puñado de poemas que el autor llama "Juguetes". Es la Canción del Mariquita. El otro es una extensa oda, en el Libro VIII de Poeta en Nueva York, que se llama Oda a Walt Whitman. La Canción del Mariquita dice así: [LECTURA] Aquí Federico juega con un personaje folclórico, simpático. En Andalucía, el "mariquita" es un personaje reconocido y reconocible, y al poeta le divierte la carga de subversión que hay en él: «...el escándalo temblaba | rayado como una cebra...». Pero lo mira desde la distancia, como algo ajeno a él. Gran error. Ser "mariquita" era y es una forma más de "sobrevivir" si se era homosexual, aunque Federico los mire desde la distancia. En Andalucía el "mariquita" suele ser un homosexual de clase baja y escasa cultura. En mi pueblo, Alcalá de Guadaíra, los "mariquitas" solían ser pintores de brocha gorda o limpiaban en alguno de los burdeles locales. Todos cantaban por la Piquer. Los homosexuales de la burguesía no solían escoger esta alternativa, pero tenían que plantearse la misma disyuntiva: perder su dignidad o callar. Los homosexuales de la burguesía no éramos "mariquitas", sólo solteros y, preferiblemente, artistas, profesores... Ésta fue la opción de Federico. Él era uno de estos solteros de alma muy sensible, artista, locuaz, divertido... siempre el alma de las fiestas, a quien podía perdonársele la homosexualidad siempre que la mantuviera oculta: en definitiva, ya era suficientemente "raro" (sus conocidos dirían "especial") en todo lo demás. Sin embargo en Poeta en Nueva York su visión es otra. Ya no mira con la simpatía de la distancia a los "mariquitas del sur". Ahora su visión es más amarga; por alguna razón ha comprendido que disfrazarse de Lucía Martínez, de "mariquita", es una aberración; que no es así como él siente su amor y su deseo. En la Oda a Walt Whitman arremete brutalmente —y, a mi parecer, injustamente— contra los "maricas", es decir, contra el disfraz de invertido, desde la amargura del sexo clandestino, deformado, pervertido, al que durante mucho tiempo nos hemos visto obligados los homosexuales y al que, seguramente, se veía obligado él, y desde la nostalgia de un amor pleno entre hombres que, seguramente, se le antojaba como ideal inalcanzable: [LECTURA desde Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman] En la habitación donde el hombre encuentra a Lucía Martínez no hay sitio para mí, ni para Federico. Durante toda su obra, Federico escoge estar escondido, disfrazar a sus personajes y ocultarse detrás de Lucía, de Adela, de Yerma, de Perlimplín, de Doña Rosita... a la vez que sufre por dentro la esquizofrenia de ser y no poder serlo. Y yo, como homosexual que conoce de primera mano esa situación, entiendo su obra quizá mejor que muchos heterosexuales, de la misma forma que, como andaluz, estoy más próximo a Federico que muchos vascos o bretones.

Pero Lorca se sabía andaluz, se mostraba como andaluz, escribía como andaluz: era pública y abiertamente andaluz, en su vida y en su obra, y gracias a eso contribuyó a dignificar lo que conocemos como cultura andaluza. Con su homosexualidad ocurría lo contrario: la oculta, la esconde, la deforma, se avergüenza de ella, le duele. ¿Cómo se puede entonces "reivindicar" la homosexualidad de alguien que trataba de esconderla? Creo que sólo tiene sentido hablar de Federico como homosexual para describir lo que no debería ser, porque para mí refleja la crueldad y la injusticia de reducir el sexo a hombre con mujer, negando, condenando y prohibiendo las otras muchas formas de amor de las que es capaz el ser humano; un homosexual que sufría el mismo rechazo, la misma exclusión que muchos y muchas homosexuales seguimos sufriendo hoy en día, que tenía que ocultarse, y que, por cierto, nunca llegó a rebelarse contra ello, sino que se sometió y aceptó "disfrazarse" —también en su obra— para sobrevivir, sabiendo que, al hacerlo, estaba renunciando en cierta medida a su dignidad y condenándose a una existencia esquizofrénica, la existencia clandestina del "armario". Hace ya algún tiempo que se ha aceptado a Lorca como homosexual, y a nadie le importa reconocerlo así, pero no veo que eso haya servido para conocer mejor su obra. Al decir que Lorca era homosexual, las gentes hacen profesión de "tolerancia", tranquilizan sus conciencias, y luego siguen como estaban, sin que nadie haya aprendido nada ni descubierto nada a partir de esa declaración. Desde luego, qué importa aceptar la homosexualidad de un autor que no dice que lo es ni escribe literatura homosexual. Bien distinto es el caso de otro insigne homosexual andaluz, don Luis Cernuda. Cernuda es, en muchos aspectos, semejante a Lorca, aunque no sea Granada, sino Sevilla, la ciudad que entró en sus huesos y se derrama por su obra. Pero su postura como homosexual fue bien distinta. Mientras que Federico representa para mí lo que no debe ser, el sufrimiento resignado, Luis Cernuda representa una postura valiente de quien no está dispuesto a renunciar ni a su amor, ni a su deseo, ni a su dignidad. Quizá por eso sigue siendo, aún hoy, uno de los malditos y, desde luego, un gran desconocido. Mientras Federico, cómplice de la cultura oficial de la parodia y el desprecio, dibujaba a un mariquita que organizaba «los bucles de su cabeza», Cernuda conocía la tragedia de "los mariquitas" y los dibuja así: [LECTURA: Ocnos, «El escándalo»] Mientras Federico descargaba su rabia atacando a unos homosexuales, los maricas, llamándolos «esclavos de la mujer, perras de sus tocadores», Cernuda se rebela contra la necesidad de esconderse y "reivindica" un mundo más libre donde cada cual pueda llamar a las cosas por su nombre: [LECTURA: Si el hombre pudiera decir] Tampoco tiene Cernuda problema alguno en identificar claramente a su objeto de deseo, los hombres, cuando reflexiona acerca de la imposibilidad del amor o de la fugacidad de la vida: [LECTURA: Joven Marino y Despedida] En mi adolescencia, además de enfadarme con Federico, aprendí a gozar de la poesía de Garcilaso, Machado o Bécquer, aunque yo fuera homosexual y estos autores fueran heterosexuales y escribieran al amor heterosexual (también sé emocionarme con Hamlet, aunque yo no sea danés ni príncipe de Dinamarca). El que los heterosexuales comprendan que el amor y el deseo homosexuales son una forma más de vivir el amor y el deseo, y el que aprendan a identificarse con la poesía homosexual, y a amarla, es un problema de ellos. Todo lo que pedimos los maricas y las tortilleras de hoy día, los gays y las lesbianas, las personas homosexuales, es no tener que escondernos nunca más, en ninguna circunstancia. Jesús Casado Sevilla, noviembre de 1999