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El voto, el poder, la política y la educación.

(Por Ignacio Muñoz Cristi. En; Columnas reflexivas de www.matriztica.org)

Desde hace un tiempo acá en Chile los diversos candidatos a la presidencia de la


República y el gobierno mismo han estado buscando incentivar a los jóvenes,
sin demasiado éxito, a inscribirse en los registros electorales para que voten en
las próximas elecciones a realizarse a fin de año.

El 21 de agosto se nombró “Día nacional de la Inscripción estudiantil”, iniciativa


que fue impulsada por el Injuv y el Ministerio de Ecuación y cuyo eje central era
entregar facilidades a los y las estudiantes de establecimientos municipalizados
del país para que se inscriban en las juntas inscriptoras más cercanas. Iniciativa
que se enmarca dentro de la campaña del injuv, “Yo tengo poder, yo voto”.

Cabe preguntarse ¿por qué tanto esmero de los candidatos por ganar el voto
joven? Las cifras que ofrece el Instituto Nacional de la Juventud aportan un
dato interesante de mirar; En el plebiscito nacional de 1998, que marcó el fin del
régimen militar de Augusto Pinochet, el 36% de quienes votaron eran jóvenes.
Esa cifra pareciera mostrar que la gente joven bien puede marcar una diferencia
definitoria a la hora de resultar electo quién gobierna el país.

Pero ¿Por qué no votan los jóvenes? Ciertamente este es un fenómeno sistémico
y no hay causas sino más bien un entrelazamiento multidimensional de
realidades que desencadenan este desinterés, el que hay que señalar es
generalizado a nivel mundial. Ciertamente un aspecto importante es el
descredito en que por sus propios actos contradictorios han caído la mayoría de
los políticos y los partidos políticos. Entrar en la reflexión de esto último sería
materia para un ensayo que revisara los fundamentos estructurales de esa
dinámica de contradicción, así que no iré hacia allá, sin embargo señalaré que
otro aspecto de esta realidad que se constata a nivel mundial es que los jóvenes,
y los ya no tanto, prefieren actualmente realizar su espíritu cívico y su servicio
público a través de organizaciones sociales y organismos no gubernamentales
(ONG). Ha habido un desplazamiento de la praxis política desde la orientación
al Estado hacia la sociedad civil. Hay consenso en que los cambios deseados no
vendrán desde tomar el “poder” del estado.

Si miramos la historia podemos ver que la política en sus inicios griegos


está inspirada en la (pre)ocupación por el bien común, es decir, su
inspiración como acción humana es eminentemente una preocupación ética.
Esto quiere decir que lo que importaba, en la praxis, era procurar alcanzar
una situación de bien-estar colectivo para todos los ciudadanos.
La democracia surgió en la plaza del mercado de las ciudades-estado griegas, en
el Agora, al calor de las pláticas entre ciudadanos tratando los temas de la
comunidad (La cosa publica o res pública), y surge como un resultado de sus
conversaciones acerca de tales asuntos. Los ciudadanos llegaron a reconocer
este modo de vivir y convivir a través de un acto declaratorio que abolió la
monarquía, remplazándola por la participaron directa de todos los ciudadanos
(terratenientes hombres) en un gobierno que mantuvo la naturaleza publica de
los asuntos de la comunidad implícita ya en esa misma manera cotidiana de
vivir y convivir.
Sin embargo, luego en la historicidad de su cultivo a la luz del trasfondo
patriarcal-matriarcal de la cultura, la política fue derivando en; “El
ejercicio o búsqueda del Poder”, es decir, de algún modo la inspiración
original comenzó a ser sustituida por prácticas que de una u otra forma
restringen esta mirada amplia sobre el deseo de una convivencia en el bien-
estar común, para quedar anclada, a la disputa por el poder para gobernar.
De esta manera, hay un drástico giro que va de una preocupación ética, que
es propiamente lo que la propia palabra griega quiere decir; “politeia”
(conversar sobre los asuntos de la cuidad que se viven en convivencia), a
su transmutación en “ejercicio del poder”, y con ello cambia el considerar
el asunto público orientado al bien-estar común como lo principal de su
realización.

En el Instituto Matríztico consideramos que evocar el sentido inicial del


hacer política es importante para nuestros días, el que nos preocupemos por
el bien-estar común nos salvaguarda de todo marcado individualismo e
insensibilidad y aún de la indiferencia por comprometerse con lo colectivo.
La política, del modo como la estamos concibiendo, ni siquiera tiene como
atributo el ser un ejercicio de lo racional como aspecto esencial, sino que es
la sensibilidad emocional o conciencia del sentir, que lleva a interesarse no
de un aspecto abstracto sino de las circunstancias concretas de las personas
con quienes convivimos, por ello lo político es siempre un llamado a
responsabilizarse, por hacerse cargo de lo que deseamos, tanto para uno
como para los y las otras. Así, el “Bien Común” requiere de estar con otros
en la apertura continua por configurar lo común. Es decir requiere una
apertura permanente al conversar reflexivo desde la mutua aceptación y el
respeto mutuo en la praxis del escucharse estando dispuestos a soltar las
propias certidumbres en el proceso de escuchar desde donde dice el otro lo
que dice. Si por el contrario, se parte del supuesto de que la política tiene
que ver con el uso del poder, como mayoritariamente ocurre, quedamos
entonces enajenados en la mera instituciónalidad que será la omnipotencia
del gobernar, sin que ello implique una ocupación genuina por el bien-estar
conciudadano sino tan sólo la apariencia de hacerlo para obtener apoyo en
la adquisición del poder anhelado a través del voto.
Es este modo el que ha traído a mano las cegueras y con ello el mal-estar
para la convivencia ciudadana que actualmente desincentiva la
participación política en las y los jóvenes, quedando así el quehacer
político como hacer de políticos, cuya conservación a implicado la
institucionalidad sin conexión con la ciudadanía, cuestión que acontece
actualmente y de la cual no sabemos como salir.
La democracia no es meramente un sistema político-electoral, sino un modo de
vivir y convivir que se realiza con la participación de todos los ciudadanos desde
el encontrarse y sentirse parte de un proyecto común que es común por que son
comunes los deseos de toda la comunidad que la realiza y conserva.
La democracia es un acto poético cotidiano que define un punto de partida para
una vida adulta en la mutua aceptación, es decir en el amar, por que es la
constitución por declaración de un Estado como un sistema de convivencia que
es un sistema social humano, un ámbito de mutuo respeto, de cooperación,
coparticipación y co-inspiración coextenso con una comunidad humana regida o
realizada por tal declaración. Y como tal es una obra que tiene que ver con cada
una y uno de los ciudadanos en su diario convivir, no meramente en las urnas o
en las funciones públicas de la gobernatura.
Por otro lado, desde la epistemología implícita a la cultura patriarcal-matriarcal,
ocupada de las esencias y la pregunta pro el ser de los entes, no es visible el que
el poder no es un en si, no es una cualidad que se tiene, sino que es una
dinámica relacional que surge por concesión, nadie detenta un poder si no es
adscrito, endosado por otros. El poder resulta en el proceso de la entrega de
obediencia del otro. Si alguien ordena que se tiene que hacer tal cosa y otros lo
hacen, lo que un observador distingue es que estos le conceden poder a aquel.
Pero en nuestra ceguera cultural hemos llegado a confundir las dinámicas
propias del vivir y convivir democrático con las dinámicas del poder, tratándolas
como si fuesen lo mismo, y la democracia no es un asunto de poderes, es un
asunto de acuerdos, de consensos para la convivencia, un proceso de construir
cotidianamente un convivir en torno a un proyecto común jurídicamente
declarado, donde lo cardinal, lo que especifica y funda la naturaleza del proyecto
país son los deseos y preferencias de los miembros componentes del sistema
democrático. La democracia no surge de la lucha ni se conserva con la lucha por
el “poder”, ni siquiera en el sentido connotado al hablar de acceder
democráticamente al poder, sino con la colaboración y la co-inspiración en
torno a un proyecto país común.

En tanto criaturas sociales, los seres humanos realizan su vivir individual desde
el formar parte de una comunidad, individuo y colectivo no se oponen sino que
se realizan y conservan mutuamente. Desde esta mirada, todo acto individual es
un acto político, pues cada acto humano tiene consecuencias en la comunidad
social donde se da el vivir y convivir de los individuos que comparten
ciudadanía. Por otro lado en tanto la educación es una dinámica de
transformación en la convivencia que fluye de modo continuo ahí donde haya
interacciones e interrelaciones humanas, todos somos educadores y educandos
al simplemente vivir en comunidad. No solamente los profesores, no sólo los
apoderados, toda la comunidad y sus diversos agentes participamos en el
permanente proceso de educar-nos, la televisión, la radio, los políticos, los
estudiantes, etc. Por ende podemos decir, todo acto humano es político, y todo
acto humano es educativo, ahora bien, la dificultad estriba en la dirección que
adopta la deriva que gatillan nuestros actos en medio de este permanente
proceso de transformación en la convivencia. ¿En que deriva cursan las
consecuencias políticas de mis actos? ¿En que deriva cursan las consecuencias
educativas de mi participación en la convivencia? Preguntas que implican una
conciencia ética, una conciencia que surge de que me importen las
consecuencias que mis actos tienen en mis conciudadanos.

La política es siempre un quehacer local que tiene consecuencias en lo global,


por ende no se requiere ser profesional de la política para contribuir a conservar
o destruir la convivencia democrática, para acercar o alejar los cambios que
deseamos como comunidad. Las personas, los civiles de a pie, somos los que de
hecho podemos realizar o desintegrar en la vida cotidiana un proyecto país
común, ¿Cómo? A través de hacernos, o no, cargo de las consecuencias de
nuestros actos desde una orientación ética que nos permita poner al centro a la
ciudadanía no como una cuestión abstracta sino como lo que de hecho es, la
ciudadanía la realizan las personas, si estas habitan en el mal-estar, aquella será
un lugar indeseable para habitar, si estas están bien en una convivencia en bien-
estar, esta cursará en el bien-estar general de la república. Sin embargo hay que
poder vivir y convivir en la unidad de la conciencia ética, no tener doble o triple
estándar, si me conduzco democráticamente en lo “pequeño” podré conducirme
democráticamente en lo “grande” llegado el momento si tengo grandes
responsabilidades.

Las personas, todas, son centrales en el quehacer político y educativo del país
desde la conciencia de que todo lo que hacemos tiene sentido sólo si genera
bien-estar en cada uno de nosotros y en la comunidad mayor que nos acoge. Y es
por esto que nosotros, Instituto Matríztico, invitamos a que sea el
compromiso ético la guía fundamental de nuestro quehacer en cualquier
dominio en que se de nuestra existencia.

Algo sorprendente, y que a la vez todos sabemos por nuestro propio vivir y
convivir es que el ser visto, el ser escuchado, el participar en la confianza mutua
en un ámbito de respeto por sí mismo y por los otros, es decir el encontrarnos
en el amar, expande nuestra conducta creativa, expande nuestra conducta
inteligente, expande nuestro ver y nuestro oír, y expande el deseo de ser
impecables en la calidad de nuestro quehacer, cualquiera sea éste. Entonces en
tanto lo que da el carácter a cualquier quehacer humano es el espacio psíquico
en que se realiza, de cada uno de sus miembros depende la transformación de la
cultura política y educativa de nuestro país. Ya que cada uno de nosotros es el
centro del cosmos y generamos el mundo que vivimos, desde nuestros gustos,
deseos, ganas y preferencias.
Y ante la pregunta ¿Cómo surge la reflexión-acción ética? Decimos que surge
desde la conciencia de que todo lo que hacemos en nuestro quehacer personal,
familiar, laboral y nacional, modifica el ámbito humano y la biosfera, y que estas
modificaciones pueden ser dañinas y destructivas a menos que concientes de
ello actuemos con responsabilidad social y conciencia ética.

Los seres humanos, como todo ser vivo, somos seres emocionales que operan
desde el sentir, y cuyo hacer en todas las dimensiones de su vivir es guiado
momento a momento por su fluir emocional. Nuestra peculiaridad es que entre
los seres vivos los seres humanos habitamos en el lenguaje1 y el conversar, y es
1
El lenguaje no es un ámbito abstracto de significados, sino un ámbito operacional cuya dinámica es la
de la coordinación recursiva de conductas consensuales, que de hecho tienen la concretitud el hacer y de
los mundos que generamos al existir fluyendo en el lenguajear que momento a momento se da
entrelazado con configuraciones emocionales en las matrices culturales en que existimos.
desde el lenguajear que somos seres racionales que usamos la razón para
justificar o negar nuestros sentires y emociones. Es decir, aún cuando digamos
que actuamos desde la razón, son los sentires y las emociones; los deseos, las
preferencias, el que queramos o no queramos hacer algo, lo que determina los
argumentos racionales que usamos para hacer o no hacer algo.
Es por lo anterior que un Proyecto País no es un conjunto de haceres
posibles, no es un conjunto de argumentos racionales que justificarían esos
haceres y negarían otros, sino que es un espacio emocional, una configuración
de sentires íntimos y de deseos, un espacio psíquico-relacional que determina
en cada instante qué haceres y qué argumentos racionales aceptamos o no.

Votar no es un asunto de poder, y esto lo saben todos los jóvenes, adulto-jovenes


y personas mayores que no quieren votar. Votar no me da poder. Votar es
simplemente un aspecto más de la participación ciudadana. Uno que por cierto
merece nuestro respeto y nuestras reflexiones, pero donde no se juega lo
fundamental de la participación política. Votar nos permite participar de la
comunidad, nos permite expresar nuestras preferencias.

Yo me inscribí para votar recién en las últimas elecciones, por que si bien no
creía en ningún candidato, decidí que quería participar de la res pública
expresando mi opinión al votar nulo. Sí, quería darme el trabajo de satisfacer
todos los requisitos administrativos, y eventualmente los cívicos como el
participar de una mesa, simplemente para conservar la dignidad ciudadana de
saber que participo de esta dimensión del hacer patria en la que cada ciudadano
puede participar como un acto de fundamental responsabilidad.
Y esto aún cuando tengo la convicción de que el tan anhelado cambio cultural
que todos parecemos desear no ocurrirá por la vía electoral. El cambio cultural
ocurre desde lo local y es responsabilidad individual, sólo desde ahí se
entrelazarán nuestras localidades en una globalidad transformada y
transformadora. Los problemas que aquejan a la sociedad mundial, económicos,
ecológicos, de salud, educación, etc., son de naturaleza sistémica y solo un
actuar sistémico-sistémico logrará generar soluciones satisfactorias. Por eso hay
que actuar por distintos frentes, colaborando, co-inspirando, cada uno y cada
una desde su particular localidad y matriz de existencia.
En mi opinión, como hay que considerar tanto el largo como el corto plazo en
una estrategia sistémica-sistémica, el votar puede colaborar al menos a impedir
que las cosas empeoren. Y digo esto haciéndome cargo de que la conciencia de
“empeoramiento” surge de algún criterio que yo pongo, se que lo que para mi es
peor para otros será mejor. Por esto siempre es y será un asunto de conciencia
personal el votar nulo, votar por este o votar por aquella. Bienvenida la libertad
entonces, y la bella disposición a conversar aún teniendo como punto de partida
la discrepancia. ¡Hagamos Matria!

Ignacio Muñoz Cristi


Instituto Matríztico