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Sueños

Bernardo Ortiz de Montellano

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Sueños
Bernardo Ortiz de Montellano

Primero sueño
A Genaro Estrada

Argumento
Suben olas de polvo. El poeta andaluz y yo caminamos por la orilla del Río Consulado. En un jacal —caja de juguetes— cubierto por enramadas de flores, descubrimos el velorio indígena: tres niñas, sentadas, giran alrededor de la niña muerta, cantando coplas alusivas a la flor de romero —(causa probable de la muerte de la niña)—. Suena, en la canción, el nombre de López Velarde. Reanímase en mi mano la niña muerta. Crece como una flor o una ciudad, rápidamente. Después vuelve a quedar dormida. Seguimos caminando. El poeta andaluz repite entre malas palabras, como si tratase de no olvidarlo, un estribillo musical, medida para encargar la fabricación de una guitarra. Formados, en grupo, aparecen algunos indios. Cada tres hombres conducen una guitarra, larga como remo, compuesta de tres guitarras pintadas de colores y en forma cada una de ataúd: Todos tocan y bailan. Llega otro grupo de indios congregantes, surianos por el traje, armados, portando estandartes e insignias de flores y, con ellos, tres o cuatro generales montados en caballos enormes (¡enormes caballos de madera!). Mi amigo y yo, confundidos y confusos entre los indios, sentimos —ángeles de retablos— el gesto duro, de máscara. con que uno de los generales ordena a sus soldados: ¡fuego! Y desperté. (Apuntes de un sueño).

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¿Qué mágicas infusiones, los indios herbolarios de mi patria, entre mis letras el hechizo derramaron? Sor Juana InéS de la Cruz

Polvo de los bolsillos de la tierra, polvo de siglos descalzos por escalar pirámides y abrir el corazón a los magueyes; barro de los apuestos puntos cardinales, lodo para el jacal, el jarro, el aire seis meses afinado, cuando llueve. Canal de aguas obscenas, desconsolado río, lava sucia que rinde la jornada, agua amarilla, verde lavadero, lodazal de niños, gritos y pedradas. Manzanar de nubes y frutos podridos nivel a la espalda, distantes los pasos, manos trajineras por puentes atadas. Río desconsolado, primer viajero que recorre un mundo de geográficos lagos sin pescado, a minerales pechos adherido, más ligero que el aire
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y al peso de montañas asfixiado. Río del Consulado, por tus orillas vamos el indio, el andaluz, el mexicano, entre nubes a pájaros, apenas en talones apoyados, que en el nublado foro de los sueños se confunden las huellas con los pasos. (Nos detiene un jacal, y en él la niña que el lápiz de la muerte ha dibujado). Jacal de tres juguetes, arco de flores, la ofrenda del cadáver: cuatro amarillas velas de sempasóchil. ¡Ay! tres niñas sentadas de falda larga, con rebozos de trenzas, baila que baila. ¡Las tres tejen la ronda siempre sentadas! Tonada desentonada —entre piedras grito de agua— tonada de falda larga y de listón amarillo sobre la cabeza lacia
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—tico-ti-tico-tico— dice y no acaba: Para el romero mortal, veneno de tres olores, el manzano es hospital de flores. Tallo de mano hechicera grano del ajonjolí, para el mal de ojo gusano de seda abrojo reptil. Contra la sombra viruela mañana del alfiler, cerilla de la luciérnaga ojo de pez. Aroma de la llonédula para vértigos de ver, medulas de hierba nueva para querer. Mal anturio de Jalapa, veneno que mira al mar. La azalea de zonas frías perfecta de voluntad.

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Contra el aire de otros climas los amarantos del valle, color del sombrero negro de Ramón López Velarde: herbolario del romero, justicia de la palabra, ora cabellos de arcángel… (El aroma del clavel en aquel aire sonaba a monótona tonada que ha muchos siglos cuidara para a su medida hacer el tono de la guitarra). Como en la uña de la tierra el pez, en mi mano germina la figura de la niña que no supo crecer. Milagro de listón labrado en plata; gigante es el clavel en la palmera como la niña que nació en mi palma. La vi pasar la frente de lo frío, armar ciudades que derriba un pájaro en la época de lluvia de los ríos, ocultas las ventanas y los senos siniestros los portales y los labios vestida de ciudad hasta los huesos.

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Milagro de listón labrado en cera, en la mirada punto el horizonte como la niña entre mis dedos muerta. Romeros de tres en tres blancos de manta los cuerpos roja la piel, remeros, todos mortales, cantan y bailan con un ritmo arquitecto, de cuerpo recto sin pies. Remos altos, monótonos laúdes: tres guitarras unidas como tres ataúdes. Del árbol muerto casa de ladrillo sones de trajinera colectiva, en concha de madera de armadillo muertos festones sobre carne viva. Sudor distinto en sombra de canales, ojos ciegos cosidos con espinas, llanos secos de sed, verdes nopales, alero de montañas bailarinas. Un solo temo de guitarra alcanza ineludible ritmo bailador,

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los pies conciertan invisible danza que empieza, dura, acaba, con el sol. El secreto sin árboles despierta en aguas, por inmóviles, azules: Vivos festones sobre carne muerta Tres guitarras como tres ataúdes. Canal de aguas obscenas, ojo de la carabina, amarillas cananas entre dientes —lava sucia que rinde la jornada— en caballos de Troya, relucientes, máscaras serpentinas, las estatuas ecuestres. Polvo de los bolsillos de la tierra, polvo de siglos descalzos por escalar pirámides y abrir el corazón a los magueyes. Acompañan la voz de los jinetes oraciones con letra de retablo, densas nubes de polvo, que los siguen como la sombra de los fusilados. Feria de ojos de niño entre gestos de máscara los cohetes desdoblan su paraguas, el agua siega nudos y gargantas ¡llueve angustia y milagro!…

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¡Fuego! ¡Fuego! Y despierto a horas que son ¡nieve!

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Segundo sueño
A Raoul Fournier

Argumento
Una máscara de cloroformo, verde y olorosa a éter, cae sobre mi cuerpo angustiado, horizontal, sobre la mesa de operaciones erizada de signos como un barco empavesado. Sobre mi cabeza Saturno, con su anillo de espejos, lentamente voltea y se mueve. Batas blancas y enormes manos enguantadas de sangre me persiguen. Pasos de goma van y vienen en silencio como ratones. Grito. Veo mis gritos que no se oyen, que no los oigo, que se alejan y se pierden. Última imagen mi boca. Minero de mí mismo estoy dentro de mi propio cuerpo. Angustia y soledad. Ejercicios de profundo sueño. El cuerpo vive. ¿Alma? ¿Cuerpo? Fuera de la conciencia. del subconsciente y la memoria, el profundo silencio y el “no sé”. Y un retorno alegre, vital, a los sentidos que se beben la hirviente luz de la mañana y el aire fresco, impregnado de codicia, con toda la sed de la ventana. Lo último que se pierde es el oído. Una voz nos lleva y una voz —la misma— nos trae desde muy lejos, desde otro túnel maternal, en ascenso del fantasma a la carne y del silencio al rumor. (Apuntes después de la anestesia).

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Au fond de l’inconnu pour trouver du nouveau. CharleS BaudelaIre

Del sonido a la piedra y de la voz al sueño en la postura eterna del dormido sobre mármol de cirios y cuchillos ofensa a la raíz del árbol de la sangre —concentrado— mi cuerpo vivo, mío, mi concha de armadillo triángulo de color sentido y movimiento contorno de mi mundo que me adhiere y me forma y me conduce del sonido a la voz y de la voz al sueño. Batas blancas y manos como encías Pasos leves de goma de ratones Luz hendida, amarilla. luz que hiere bisturí del más hondo hueco de sombra oculta Luz de paredes blancas, anémica, de mármol Nidos del algodón para lo verde y negro de la vida y la muerte. Mármoles y aluminios que no empaña el reflejo ni el aliento ni el alba de unos ojos de niño Luz de allá de la llama amarillenta
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para el aire del éter más fino de los cielos Nidos del algodón para las alas de los peces del alcanfor y el yodo líquidos mensajeros de la muerte. ¡Oh, Saturno, escafandra de siglos en mi siglo, descenderás conmigo entre los brazos a un mundo de sigilos! Y detrás de la muerte —centinelas— ojos de dos en dos vivos, cautivos. Soy el último testigo de mi cuerpo. ¡Veo los rostros, la sábana, los cuchillos, las voces y el calor de mi sangre que enrojece los bordes y el olor de mi aliento tan alegre y tan mío! Soy el último testigo de mi cuerpo. Siento que siento lo frío del mármol y lo verde y lo negro de mi pensamiento. Soy el último testigo de mi cuerpo. Postigo de sangre y llamas Que bajo la piel respira
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Equilibrio de las palmas Que los vientos equilibra Onda de otra mar salina Con la tierra horizontada Para paloma perdida y entre latidos hallada Vida que por mí vigila Oculta detrás del alma La que mi cuerpo equilibra Postigo de sangre y llamas Mi nombre mi edad mi cuerpo Ese que fui le he olvidado Soy el alma que me hice y el cuerpo que me han quitado. (minero de mis ojos y mi oído minero de mi cuerpo oscurecido buzo perdido entre sus propias redes horadando prisiones y montañas por el silencio a flor de mis entrañas en donde se evapora lo sentido entre lunas, calor, sangre y paredes desciendo verdinegro y aturdido) Ni vivo ni muerto —sólo solo El alma que me hice no la encuentro Sin sentidos, despierto Con mi sangre, dormido Vivo y muerto
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Perdido para mí pero para los otros hallado, junto. cerca, convivido, con pulso, sangre, corazón. Ardiendo… Esqueleto de nieve y de silencio de sombra recogida en su vislumbre desnudo en el dintel de los desiertos, forma distinta de belleza rara que la voz de mi estatua no pudo asir desde su estrecha plaza, esparce su corona de equilibrios en mi silencio enjuto y envidiable más allá de la boca de los pinos que al tiempo alternan su minuto de aire. Para un Dios sin latidos —Dios de sueño— abrevia mi silencio en su silencio donde crece la luna donde agoniza el pájaro donde el espacio ignora su pie leve. Para que el árbol goce de su verde La raíz nace oculta y amarilla y de savia la sangre se acuchilla y de aroma la fruta su piel muerde Para que el árbol goce de su verde.

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Para que el hombre nutra su ceniza Guarda calor en la invalida mano Sollozo mutilado en la sonrisa Y la caricia verde del gusano Para que el hombre nutra su ceniza. Para que el alma su cordaje mida Desistida del cuerpo y de la fecha Impersonal como la muerte acecha La memoria dispersa de su vida Para que el alma su cordaje mida. Para que el sueño con sus pies descubra La morada precisa de la muerte Tiene el ojo conciencia de lo inerte Y la voz; el silencio y la penumbra Para que el sueño con sus pies descubra La morada precisa de la muerte. El que goza su cuerpo y su sonrisa El que pesa la rosa El que se baña en púrpuras de sangre Espesa como mármol sin caricia El que vive a la sombra deshojada Del aire poco que respira y mancha El verde por la orina verdenado El plateado en ceniza
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Que horada Olvida Hiere Mientras goza el rescoldo de la muerte El que de la mujer nada recibe Y al hombre no da nada El que asoma a los ojos sin cruzados El partido por dos y en dos mitades Iguales repartido El sin olor El Hombre Sólo por la palabra redimido. alúcida veloz clara ceñuda desnuda sofocada misteriosa menuda pura impura deseada libre precisa frágil despojada sola solemne solitaria y alma alúcida veloz cálida oscura orgullosa dolida apasionada ávida tímida arrojada sobria sensible fina libre leve dueña multiforme constante sangre sangra Debe ser débil rama la que a tu voz responde, impreciso el dominio del fantasma y la muerte, llano el césped de lirios y delirios por donde corra libre lamento el de la mente
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Debe ser fango el frío de las horas después cuando se apague el fuego de la sangre y el postigo y la llama, horrendo el cataclismo de la separación de lo que unido fue vida y fue veneno, para que desde el mármol olvido de mi cuerpo tu voz de viento y sombra de medida medida de calores delgados me atraiga y me deslice y me conduzca otra vez al torrente de la vida Debe ser débil rama mi voluntad, humo la sensitiva de mi mano y mi presencia aislada y amarilla cuando tu voz ariadna, voz de viento y de sombra caracol de palabras, es mi último recuerdo y mi primer llamada apenas balbuceo en forma de palabra que de nuevo me arranca a las entrañas y me nace del sueño. Luz que del sueño torna —forma clara, luz, presencia, color y movimiento, sin peso y sin pesar, desenlutada que a las cosas devuelve su aislamiento Luz que del sueño vuelve —forma viva, insistente mirar de la mirada
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absorta, nueva, día, y por primera vez iluminada Aire corredor Forma desnuda en su volumen fresco y en su modo de ser casi de fruta Aire que muerdo a gritos y cuchillos por la primera vez como un ahogado que a la orilla del aire sabe que respirar es verbo, gracia y pájaro. Diluido en alegría encuentro justo el mundo que se toca se mira y me compara, el multiforme y único el mundo de mis piernas y mis brazos discípulos del ojo maestro de distancias, e! mundo colmenero de voluntad y llamas, calles. ciudades. hombres, amenazas, imágenes, prisiones, ríos, ventanas, triángulo de colores que me devuelve e! alma. Voz que del sueño vuelve, adonde la caricia no penetra desciende, alegra, el aire, e! Sol, la sangre… y me despierta.
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Sueño de amor
…sorprendido veo una litera de camarote, cubierta y circulada toda por cortinas azules que suben y bajan y ondulan —como el mar— en movimiento de navegación tempestuosa. Mi pensamiento: Es el hombre desnudo y la mujer desnuda que… (Fragmento de un sueño).

En la noche sin tierra de tus ojos despegados del agua y de los peces los sueños incineran muros de espesa hiedra lirios eternizados en el centro del hombre. En los ojos que cambian la mirada porque dos es amor se ahogan gritos de la sangre y el sexo y el horror y la lluvia y de tu voz extraña que ya a nada responde brota en dulces lactancias la agonía del perfume creador que nadie sabe en dónde repercute Vibra junto a los ojos la guitarra profunda de los huesos mar de olvido rupestre y secas mariposas El hálito del alma se entrelaza a la lluvia del sexo que diluvia hiriendo rocas musicales; duros senos reptiles madurecen como frutos conscientes que un pensamiento excita y el corazón recuerda en sus martillos
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los martirios del hombre barrenando la noche con el cincel angosto de la angustia y la gubia que equilibra la danza con la lluvia. Arde en la sombra la carne vegetal úlcera de la miel del fruto blando conciencia electrizada de los plátanos negros y del azúcar más azucarada, palidece la arena de los labios y el ave de la lengua en nueve ramos mezcla a la sed de las ocultas flores la seca soledad del llano. Muros de espesa hiedra verdes eternizados detienen la mirada de los ojos cada vez más profundos y más altos y la sombra sonrisa que oscurece los párpados lleva lágrimas nuevas al sollozo y al canto. Pasan girando entonces barcos desmantelados los cuchillos del aire se entrecruzan las anclas que no acaban de bajar y el aullido del perro que anuncia la partida de la noche y el abismo y la herida por donde rueda la piedra infinita que nos arrastra a la muerte del sueño que es la muerte en el puño cerrado del olvido.

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No eres más que una flor ni menos que una nube. Concédeme la luna de tu desnudez para emboscarme noche.
…espaldas de mujer, pecho de hombre. (Fragmento de un Sueño).

Como en la noche cero tu mano es en mi mano confundida sangre de líneas, mármol y hombre, volumen, desnudez. La siento hundirse entre la piel y el tacto siendo pequeña, imán y fluida, y enredarse a mi cuello y anudarse y salir a la sombra de mi espalda más libre que mi mano y menos honda imagen, languidez. Inusada caricia tus brazos y mi cuerpo conciencia de mi tacto delicia descubierta en la espiral tersura de tu seno de tallo ennegrecido. Como en el cero días la hoja de tu espalda hendida y silenciosa es mi espalda y mi lecho y tu cadera centro de muslos y raíces donde la flor con el estambre alterna pureza de lo impuro

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forma de líneas nueva sólo para los ojos limitada. Como en la noche cero corregimos la rosa de los cuerpos en uno eterno, neutro, nacido noche al fin y en la orilla del sueño. Siete palabras ásperas cuando la caricia de tus manos tenga una voluptuosa lentitud. Siete palabras trémulas cuando la caricia tenga la aspereza de la rama en el fuego. En el angosto mundo de mis ojos apenas señalado por el peso de formas y colores; en el mundo cercano de tus ojos cuando los otros míos te marcan y conducen, en ese mundo ciego mío, tuyo, nuestro, reducido de los ojos abiertos y dormidos en éxtasis y vivos de mirada que mira hacia la muerte cuando la vida entrega sus sentidos; en ese mundo de abismos y perfumes de donde huye medroso el pensamiento me adhiero a ti, silvestre. pendiente de los astros alma sola y cuerpo mineral Amor que engendra y uno lo aislado y lo diverso.
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Poseído por la sombra de la mala mujer me halló tu voz dormido. Fue más fuerte la sombra que el perfume. Anémona caricia de la noche Disfraz del ataúd Pez solitario acostumbrado al dúo ¡Cómo diezmar el goce de su mano copiada de la mía, del pensamiento unánime, carnal, de su mirada si desnudos caímos a la isla continente de nuestros desiertos y nuestros desaciertos en una infancia de antes y después de la lluvia cuando la carne tiñe mi voz con seis corales y en sus ojos destroza núbiles esqueletos! Con siete púas de maguey traspasaré mis labios para callar en ti. Centro oscuro del ser tú sin medida sin eco, sin oído, sin mirada ácido de la voz ennegrecida sales del mar oculto de la vida sangre de la ribera descarnada donde a ciegas te busco entre el cuerpo y el alma. Callar en ti, cuando la noche es verdaderamente noche. Último festón de tus brazos imagen en los ojos apenas consentida astuta voz tallada entre dos ecos hendiduras del polvo de millones de pasos

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ceniza de los picos de recónditos pájaros muertos en un invierno de látigos y espaldas. Último festín de tus brazos ligero barco de papel y auroras aire de fuego náufrago y nube electrizada pausas de aroma en flores de ariruma pétalo de la llama entre dos rocas bebe, gotas de cera, los fúnebres rocíos. Apenas la memoria en la lengua morada de signos que no puedo explicar sin mordedura que no mueren en la noche de plumas de la almohada entre la sed y el agua entre la ceniza nieve y la primavera llama queda prendida al tacto de lá ciega lectura en el último festón de tus brazos. A cuatro sueños encima de tus nublados ojos hundido en la sombra de hierba sin pasos de la noche ahogado como mi propio grito opaco (vibración y latido, hélice de mi pensamiento) atraído por soledades grávidas de inercia donde el árbol no crece ni sube la marea. A cuatro sombras más allá de tus cabellos de humo que se quedan prendidos a mi boca y enredan su distancia entre mis manos busco la huella digital de tus labios el apoyo delgado de tu mirada sensible
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la ramita con tacto de tus dedos de río índice navegable de mis viajes. A cuatro vientos arriba de la mano que toco el ojo que no ve porque vigila lo que con letra muerta vaga escrito a la espalda del ángulo sin sombra de la muerte del fuego será visible en ti cuando la llama que encanece los huesos desordene mi nombre con su grito.

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Letra muerta
Frío, universal paisaje de cosas que nadie usa ajeno a los frutos y las aves. Desconectado, íntimo mundo en los cuartos de hotel adonde entramos a descubrir el nuestro mundo desconocido en la primera desnudez frente al espejo de la mujer primera Eva en el paraíso metálico de un mundo de latones y níqueles, musical, pavoroso. Jarra, plástica amiga de mi sombra de arañas silenciosas fieles a la frialdad de las paredes; muebles desconocidos y rumores enanos polilla de los bosques que tuercen la cadera de los ríos; luz de sombra amarilla palabras de los climas y los hombres que alguna vez grabaron su frente en el sudor de las almohadas y el calor de su sangre en la pared, la sábana y lo triste del secreto. Paralelo a los límites del agua mi cuerpo ocioso y libre recorre los suburbios del diamante y el ancla, inolvidable impacto en la pared más blanca y en el blanco más blanco de mi sangre y tu llama, en un cuarto de hotel con ángulos y arañas y sombras que apenas nos mutilan la cara del reloj viajero en marcha y el ímpetu interior de una palabra
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y esa mano que crece, larga, y crece a encender el cerillo y arrojar el cigarro como una noche ardiente en la mañana de un viento sin espalda. Primera, eterna, noche de arrojo en los hoteles sin retratos de familia, sin calendarios, sin llaves en las puertas, sin costumbres y sin repeticiones. Lucha viva de ángulos y plumas, de sueños y distancias, pureza de lo impuro para lectores pasajeros que prolonguen el calor de su sangre en la pared y en la sábana y en lo triste del secreto.

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Sombra primera
Primera sombra tímida que corre por las venas, que sube por los tallos del agua y el aire de las flores respiradas; la que despierta mira los colores tardíos, cielos de luces apagadas, la vibración intensa de la música y el rumor de las almas. Estar, estar presente noche y día. Sombra primera la de pensar pensamientos que no hay por qué pensar; de la belleza sola que descubrí en un rostro, alguna vez, un día, en una calle, bajo la lluvia sorda a la luz que solloza la lluvia en la mirada o cuando, junto a un niño. siento en mí la pureza rodar como una lágrima. Ser Ser solo y sólo por momentos. Primera sombra tímida la de los ojos, las manos, el pubis de manzana y el corazón erecto; la de pensar en ti. la que, oculta, restaura el pecho acribillado de fuego en la ceniza;
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la del grito, la del silencio, cuando el silencio arrastra turbios ámbitos muertos. La que impulsa a los sueños del lector que descifra y acumula alfabetos, de la mujer que baila y el hombre que respira suavemente en sus hombros el cielo azul, la luz y la respiración de los planetas. Estar, estar presente noche y día. Sombra primera en el desequilibrio del cuerpo que cae, sin resistirlo, al golpe de una imagen, de una palabra, de un deseo, de la flecha de olores de una substancia bíblica o la preocupación por el dinero. La soledad que llena de gérmenes la sombra; la condena sutil del arte de la danza, de la música, de la oración o ser llamado, noche, por su nombre en secreto o recibir noticias y saber que nos aman cuando nosotros ya olvidamos. La muerte de raíz honda en los huesos, la frente; el césped ligero de la vida que nuestra carne muerde. La vida del hombre la muerte del poeta, la vida de engañarse con un tropel de sombras de apariencia viviente; la muerte de cada movimiento irrealizado la vida que de los ritmos renovados vuelve.

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Vida, primera sombra tímida Muerte, sombra primera. El movimiento y la quietud la palabra no dicha y la que brota al punto la soledad soleada y el arrullo del árbol de la sangre la flor que pesa y la que apenas vimos el beso de los labios y su desintegración en la guarida de la noche el oscuro pasaje entre dos sueños y la luz que nos garantiza y clasifica y tantas, tantas ruinas y alucinaciones y piedras brillantes que se tocan con olvidadas manos y frutos que palpitan, sin mentir, entre brazos y bellezas mortales que sólo el alma toca por caminos de nieve salerosa…

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Esta edición para internet de Sueños, de Bernardo Ortiz de Montellano, se terminó en la Ciudad de México en septiembre de 2009. En su composición se utilizaron tipos de la familia Optima.

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