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En el fondo del caño hay un negrito
A René Depestre I La primera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño1 fue en la mañana del tercero o cuarto día después de la mudanza, cuando llegó gateando hasta la única puerta de la nueva vivienda y se asomó para mirar hacia la quieta superficie del agua allá abajo. Entonces el padre, que acababa de despertar sobre el montón de sacos vacíos extendidos en el piso, junto a la mujer semidesnuda que aún dormía, le gritó: -¡Mire... eche p'adentro! ¡Diantre'e muchacho desinquieto! Y Melodía, que no había aprendido a entender las palabras pero sí a obedecer los gritos, gateó otra vez hacia adentro y se quedó silencioso en un rincón, chupándose un dedito porque tenía hambre. El hombre se incorporó sobre los codos. Miró a la mujer que dormía a su lado y la sacudió flojamente por un brazo. La mujer despertó sobresaltada, mirando al hombre con ojos de susto. El hombre rió. Todas las mañanas era igual: la mujer salía del sueño con aquella expresión de susto que a él le provocaba un regocijo sin maldad. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer no fue en ocasión de un despertar, sino la noche que se acostaron juntos por primera vez. Quizá por eso a él le hacía gracia verla despabilarse así todas las mañanas. El hombre se sentó sobre los sacos vacíos. -Bueno -se dirigió entonces a la mujer-. Cuela el café. Ella tardó un poco en contestar: -Ya no queda. -¿Ah?

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-No queda. Se acabó ayer. Él empezó a decir: “¿Y por qué no compraste más?”, pero se interrumpió cuando vio que en el rostro de su mujer comenzaba a dibujarse aquella otra expresión, aquella mueca que a él no le causaba regocijo y que ella sólo hacía cuando él le dirigía preguntas como la que acababa de truncar ahora. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer fue la noche que regresó a casa borracho y deseoso de ella pero la borrachera no lo dejó hacer nada. Tal vez por eso al hombre no le hacía gracia aquella mueca. -¿Conque se acabó ayer? -Ajá. La mujer se puso de pie y empezó a meterse el vestido por la cabeza. El hombre, todavía sentado sobre los sacos vacíos, derrotó su mirada y la fijó durante un rato en los agujeros de su camiseta. Melodía, cansado ya de la insipidez del dedo, se decidió a llorar. El hombre lo miró y le preguntó a la mujer: -¿Tampoco hay na pal nene? -Sí. Conseguí unas hojitas de guanábana y le gua hacer un guarapillo horita. -¿Cuántos días va que no toma leche? -¿Leche? -la mujer puso un poco de asombro inconsciente en la voz-. No me acuerdo. El hombre se levantó y se puso los pantalones. Después se allegó a la puerta y miró hacia afuera. Le dijo a la mujer: -La marea ta alta. Hoy hay que dir en bote. Luego miró hacia arriba, hacia el puente y la carretera. Automóviles, guaguas y camiones pasaban en un desfile interminable. El hombre observó cómo desde casi todos los vehículos alguien miraba con extrañeza hacia la casucha enclavada en medio de aquel brazo de mar: el “caño” sobre cuyas márgenes pantanosas había ido creciendo hacía años el arrabal. Ese alguien por lo general empezaba a mirar la casucha cuando el automóvil, la guagua o el camión llegaba a la mitad del puente, y después seguía mirando, volviendo gradualmente la cabeza hasta que el automóvil, la guagua o el

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camión tomaba la curva allá adelante y se perdía de vista. El hombre se llevó una mano desafiante a la entrepierna y masculló: -¡Pendejos! Poco después se metió en el bote y remó hasta la orilla. De la popa del bote a la puerta de la casa había una soga larga que permitía a quien quedara en la casa atraer nuevamente el bote hasta la puerta. De la casa a la orilla había también un puentecito de tablas, que se cubría con la marea alta. Ya en tierra, el hombre caminó hacia la carretera. Se sintió mejor cuando el ruido de los automóviles ahogó el llanto del negrito en la casucha. II La segunda vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue poco después del mediodía, cuando volvió a gatear hasta la puerta y se asomó y miró hacia abajo. Esta vez el negrito en el fondo del caño le regaló una sonrisa a Melodía. Melodía había sonreído primero y tomó la sonrisa del otro negrito como una respuesta a la suya. Entonces hizo así con su manita, y desde el fondo del caño el otro negrito también hizo así con su manita. Melodía no pudo reprimir la risa, y le pareció que también desde allá abajo llegaba el sonido de otra risa. La madre lo llamó entonces porque el segundo guarapillo de hojas de guanábana ya estaba listo. Dos mujeres, de las afortunadas que vivían en tierra firme, sobre el fango endurecido de las márgenes del caño, comentaban: -Hay que velo. Si me lo bieran contao, biera dicho que era embuste. -La necesidá, doña. A mí misma, quién me lo biera dicho, que yo diba llegar aquí. Yo que tenía hasta mi tierrita. -Pues nosotros juimos de los primeros. Casi no bía gente y uno cogía la parte más sequecita, ¿ve? Pero los que llegan ahora, fíjese, tienen que tirarse al agua, como quien dice. Pero, bueno y esa gente, ¿de ónde diantre haberán salío? -A mí me dijieron que por ai por Isla Verde tan orbanisando y han sacao un montón de negros arrimaos. A lo mejor son desos.

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-¡Bendito!... ¿Y usté se ha fijao en el negrito qué mono? La mujer vino ayer a ver si yo tenía unas hojitas de algo pa hacele un guarapillo, y yo le di unas poquitas de guanábana que me quedaban. -¡Ay, Virgen, bendito...! Al atardecer, el hombre estaba cansado. Le dolía la espalda, pero venía palpando las monedas en el fondo del bolsillo, haciéndolas sonar, adivinando con el tacto cuál era un vellón, cuál de diez, cuál una peseta. Bueno, hoy había habido suerte. El blanco que pasó por el muelle a recoger su mercancía de Nueva York. Y el compañero de trabajo que le prestó su carretón toda la tarde porque tuvo que salir corriendo a buscar a la comadrona para su mujer, que estaba echando un pobre más al mundo. Sí, señor. Se va tirando. Mañana será otro día. Entró en un colmado y compró café y arroz y habichuelas y unas latitas de leche evaporada. Pensó en Melodía y apresuró el paso. Se había venido a pie desde San Juan para ahorrarse los cinco centavos del pasaje. III La tercera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue al atardecer, poco antes de que el padre regresara. Esta vez Melodía venía sonriendo antes de asomarse, y le asombró que el otro también se estuviera sonriendo allá abajo. Volvió a hacer así con la manita y el otro volvió a contestar. Entonces Melodía sintió un súbito entusiasmo y un amor indecible por el otro negrito. Y se fue a buscarlo.

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La carta
San Juan, puerto Rico 8 de marso de 1947 Qerida bieja: Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién. Desde que llegé enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso bivo como don Pepe el alministradol de la central allá. La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella. Boy a ver si me saco un retrato un dia de estos para mandálselo a uste. El otro dia vi a Felo el ijo de la comai María. El está travajando pero gana menos que yo. Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla. Su ijo que la qiere y le pide la bendision. Juan

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha con la palma hacia arriba. Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y el sello y despachó la carta.

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Una caja de plomo que no se podía abrir
A Emilio Díaz Valcárcel Esto sucedió hace dos años, cuando llegaron los restos de Moncho Ramírez, que murió en Corea. Bueno, eso de “los restos de Moncho Ramírez” es un decir, porque la verdad es que nadie llegó a saber nunca lo que había dentro de aquella caja de plomo que no se podía abrir. De plomo, sí, señor, y que no se podía abrir; y eso fue lo que puso como loca a doña Milla, la mamá de Moncho, porque lo que ella quería era ver a su hijo antes de que lo enterraran y... Pero más vale que yo empiece a contar esto desde el principio. Seis meses después que se llevaron a Moncho Ramírez a Corea, doña Milla recibió una carta del gobierno que decía que Moncho estaba en la lista de los desaparecidos en combate. La carta se la dio doña Milla a un vecino para que se la leyera porque venía de los Estados Unidos y estaba en inglés. Cuando doña Milla se enteró de lo que decía la carta, se encerró en sus dos piezas y se pasó tres días llorando. No les abrió la puerta ni a las vecinas que fueron a llevarle guarapillos. En el ranchón se habló muchísimo de la desaparición de Moncho Ramírez. Al principio algunos opinamos que Moncho seguramente se había perdido en algún monte y ya aparecería el día menos pensado. Otros dijeron que a lo mejor los coreanos o los chinos lo habían hecho prisionero y después de la guerra lo devolverían. Por las noches, después de comer, los hombres nos reuníamos en el patio del ranchón y nos poníamos a discutir esas dos posibilidades, y así vinimos a llamarnos “los perdidos” y “los prisioneros”, según lo que pensábamos que le había sucedido a Moncho Ramírez. Ahora que ya todo eso es un recuerdo, yo me pregunto cuántos de nosotros pensábamos, sin decirlo, que Moncho no estaba perdido en ningún monte ni era prisionero de los coreanos o los chinos, sino que estaba muerto. Yo pensaba eso muchas veces, pero nunca lo decía, y ahora me parece que a todos les pasaba igual, porque no está bien eso de ponerse a dar por muerto a nadie -y menos a un buen amigo como era Moncho Ramírez, que había nacido en el ranchón- antes de saberlo uno con seguridad. Y además, ¿cómo íbamos a discutir por las noches en el patio del ranchón si no había dos opiniones diferentes? Dos meses después de la primera carta, llegó otra. Esta segunda carta, que le leyó a doña Milla el mismo vecino porque estaba en inglés igual que la primera, decía que Moncho Ramírez había aparecido. O, mejor dicho, lo

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que quedaba de Moncho Ramírez. Nosotros nos enteramos de eso por los gritos que empezó a dar doña Milla tan pronto supo lo que decía la carta. Aquella tarde todo el ranchón se vació en las dos piezas de doña Milla. Yo no sé cómo cabíamos allí, pero allí estábamos toditos, y éramos unos cuantos como quien dice. A doña Milla tuvieron que acostarla las mujeres cuando todavía no era de noche porque de tanto gritar, mirando el retrato de Moncho en uniforme militar, entre una bandera americana y un águila con un mazo de flechas entre las garras, se había puesto como tonta. Los hombres nos fuimos saliendo al patio poco a poco, pero aquella noche no hubo discusión porque ya todos sabíamos que Moncho estaba muerto y era imposible ponerse a imaginar. Tres meses después llegó la caja de plomo que no se podía abrir. La trajeron una tarde, sin avisar, en un camión del Ejército con rifles y guantes blancos. A los cuatros soldados los mandaba un teniente, que no traía rifle, pero sí una cuarenta y cinco en la cintura. Ese fue el primero en bajar del camión. Se plantó en medio de la calle, con los puños en las caderas y las piernas abiertas, y miró la fachada del ranchón como mira un hombre a otro cuando va a pedirle cuentas por alguna ofensa. Después volteó la cabeza y les dijo a los que estaban en el camión: -Sí, aquí es. Bájense. Los cuatro soldados se apearon, dos de ellos cargando la caja, que no era del tamaño de un ataúd, sino más pequeña y estaba cubierta con una bandera americana. El teniente tuvo que preguntar a un grupo de vecinos en la acera cuál era la pieza de la viuda de Ramírez (ustedes saben cómo son estos ranchones de Puerta de Tierra: quince o veinte puertas, cada una de las cuales da a una vivienda, y la mayoría de las puertas sin número ni nada que indique quién vive allí). Los vecinos no sólo le informaron al teniente que la puerta de doña Milla era la cuarta a mano izquierda, entrando, sino que siguieron a los cinco militares dentro del ranchón sin despegar los ojos de la caja cubierta con la bandera americana. El teniente, sin disimular la molestia que le causaba el acompañamiento, tocó a la puerta con la mano enguantada de blanco. Abrió doña Milla y el oficial le preguntó: -¿La señora Emilia viuda de Ramírez? Doña Milla no contestó en seguida. Miró sucesivamente al teniente, a los cuatro soldados, a los vecinos, a la caja. -¿Ah? -dijo como si no hubiera oído la pregunta del oficial.

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-Señora, ¿usted es doña Emilia viuda de Ramírez? Doña Milla volvió a mirar la caja cubierta con la bandera. Levantó una mano, señaló, preguntó a su vez con la voz delgadita: -¿Qué es eso? El teniente repitió, con un dejo de impaciencia: -Señora, ¿usted es... -¿Qué es eso, ah? -volvió a preguntar doña Milla, en ese trémulo tono de voz con que una mujer se anticipa siempre a la confirmación de una desgracia-. Dígame, ¿qué es eso? El teniente volteó la cabeza, miró a los vecinos. Leyó en los ojos de todos la misma interrogación. Se volvió nuevamente hacia la mujer; carraspeó; dijo al fin: -Señora... el Ejército de los Estados Unidos... Se interrumpió como quien olvida de repente algo que está acostumbrado a decir de memoria. -Señora... -recomenzó-. Su hijo, el cabo Ramírez... Después de esas palabras dijo otras que nadie llegó a escuchar porque ya doña Milla se había puesto a dar gritos, unos gritos tremendos que parecían desgarrarle la garganta. Lo que sucedió inmediatamente después resultó demasiado confuso para que yo, que estaba en el grupo de vecinos detrás de los militares, pueda recordarlo bien. Alguien empujó con fuerza y en unos instantes todos nos encontramos dentro de la pieza de doña Milla. Una mujer pidió agua de azahar a voces, mientras trataba de impedir que doña Milla se clavara las uñas en el rostro. El teniente empezó a decir: “¡Calma! ¡Calma!”, pero nadie le hizo caso. Más y más vecinos fueron llegando, como llamados por el tumulto, hasta que resultó imposible dar un paso dentro de la pieza. Al fin varias mujeres lograron llevarse a doña Milla a la otra habitación. La hicieron tomar agua de azahar y la acostaron en la cama. En la primera pieza quedamos sólo los hombres. El teniente se dirigió entonces a nosotros con una sonrisa forzada: -Bueno, muchachos... Ustedes eran amigos del cabo Ramírez, ¿verdad?

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Nadie contestó. El teniente añadió: -Bueno, muchachos... En lo que las mujeres se calman, ustedes pueden ayudarme, ¿no? Pónganme aquella mesita en el medio de la pieza. Vamos a colocar ahí la caja para hacerle la guardia. Uno de nosotros habló entonces por primera vez. Fue el viejo Sotero Valle, que había sido compañero de trabajo en los muelles del difunto Artemio Ramírez, esposo de doña Milla y papá de Moncho. Señaló la caja cubierta con la bandera americana y empezó a interrogar al teniente: -¿Ahí... ahí...? -Sí, señor -dijo el teniente-. Esa caja contiene los restos del cabo Ramírez. ¿Usted conocía al cabo Ramírez? -Era mí ahijado -contestó Sotero Valle, muy quedo, como si temiera no llegar a concluir la frase. -El cabo Ramírez murió en el cumplimiento de su deber -dijo el teniente, y ya nadie volvió a hablar. Eso fue como a las cinco de la tarde. Por la noche no cabía la gente en la pieza: habían llegado vecinos de todo el barrio, que llenaban el patio y llegaban hasta la acera. Adentro tomábamos el café que colaba de hora en hora una vecina. De otras piezas se habían traído varias sillas, pero los más de los presentes estábamos de pie: así ocupábamos menos espacio. Las mujeres seguían encerradas con doña Milla en la otra habitación. Una de ellas salía de vez en cuando a buscar cualquier cosa -agua, alcoholado, café- y aprovechaba para informarnos: -Ya está más calmada. Yo creo que de aquí a un rato podrá salir. Los cuatro soldados montaban guardia, el rifle prensado contra la pierna derecha, dos a cada lado de la mesita sobre la que descansaba la caja cubierta con la bandera. El teniente se había apostado al pie de la mesita, de espaldas a ésta y a sus cuatro hombres, las piernas separadas y las manos a la espalda. Al principio, cuando se coló el primer café, alguien le ofreció una taza, pero él no la aceptó. Dijo que no se podía interrumpir la guardia. El viejo Sotero Valle tampoco quiso tomar café. Se había sentado desde el principio frente a la mesita y no le había dirigido la palabra a nadie durante todo ese tiempo. Y durante todo ese tiempo no había apartado la mirada de la caja. Era una mirada rara la del viejo Sotero: parecía que miraba sin ver.

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De repente (en los momentos en que servían café por cuarta vez) se levantó de la silla y se acercó al teniente. -Oiga -le dijo, sin mirarlo, los ojos siempre fijos en la caja-. ¿Usted dice que mi ahijado Ramón Ramírez está ahí dentro? -Sí, señor -contestó el oficial. -Pero... ¿en esa caja tan chiquita? -Bueno, mire... es que ahí sólo están los restos del Cabo Ramírez. -¿Quiere decir que... que lo único que encontraron... -Solamente los restos, sí, señor. Seguramente ya había muerto hacía bastante tiempo. Así sucede en la guerra, ¿ve? El viejo no dijo nada más. Todavía de pie, siguió mirando la caja durante un rato; después volvió a su silla. Unos minutos más tarde se abrió la puerta de la otra habitación y doña Milla salió apoyada en los brazos de dos vecinas. Estaba pálida y despeinada, pero su semblante reflejaba una gran serenidad. Caminó lentamente, siempre apoyada en las otras dos mujeres, hasta llegar frente al teniente. Le dijo: -Señor... tenga la bondad... díganos cómo se abre la caja. El teniente la miró sorprendido. -Señora, la caja no se puede abrir. Está sellada. Doña Milla pareció no comprender. Agrandó los ojos y los fijó largamente en los del oficial, hasta que éste se sintió obligado a repetir: -La caja está sellada, señora. No se puede abrir. La mujer movió de un lado a otro, lentamente, la cabeza. -Pero yo quiero ver a mi hijo. Yo quiero ver a mi hijo, ¿usted me entiende? Yo no puedo dejar que lo entierren sin verlo por última vez. El teniente nos miró entonces a nosotros; era evidente que su mirada solicitaba comprensión, pero nadie dijo una palabra. Doña Milla dio un

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paso hacia la caja, retiró con delicadeza una punta de la bandera, tocó levemente. -Señor -le dijo al oficial, sin mirarlo-, esta caja no es de madera. ¿De qué es esta caja, señor? -Es de plomo, señora. Las hacen así para que resistan mejor el viaje por mar desde Corea. -¿De plomo? -murmuró doña Milla sin apartar la mirada de la caja-. ¿Y no se puede abrir? El teniente, mirándonos nuevamente a nosotros, repitió: -Las hacen así para que resistan mejor el via... Pero no pudo terminar; no lo dejaron terminar los gritos de doña Milla, unos gritos terribles que a mí me hicieron sentir como si repentinamente me hubiese golpeado en la boca del estómago: -¡Moncho! ¡Moncho, hijo mío, nadie va a enterrarte sin que yo te vea! ¡Nadie, mi hijito, nadie...! Otra vez se me hace difícil contar con exactitud: los gritos de doña Milla produjeron una gran confusión. Las dos mujeres que la sostenían por los brazos trataron de alejarla de la caja, pero ella frustró el intento aflojando el cuerpo y dejándose ir hacia el suelo. Entonces intervinieron varios hombres. Yo no: yo todavía no me libraba de aquella sensación en la boca del estómago. El viejo Sotero Valle fue uno de los que acudieron junto a doña Emilia, y yo me senté en su silla. No me da vergüenza decirlo: o me sentaba o tenía que salir de la pieza. Yo no sé si a alguno de ustedes le ha pasado eso alguna vez. No, no era miedo, porque ningún peligro me amenazaba en aquel momento. Pero yo sentía el estómago duro y apretado como un puño, y las piernas como si súbitamente se me hubiesen vuelto de trapo. Si a alguno de ustedes le ha pasado eso alguna vez, sabrá lo que quiero decir. Y si no... bueno, si no, ojalá que no le pase nunca. O por lo menos que le pase donde la gente no se dé cuenta. Yo me senté. Me senté, y, en medio de la tremenda confusión que me rodeaba, me puse a pensar en Moncho como nunca en mi vida había pensado en él. Doña Milla gritaba hasta enronquecer mientras la iban arrastrando hacia la otra habitación, y yo pensaba en Moncho, en Moncho que nació en aquel mismo ranchón donde también nací yo, en Moncho que fue el único que no lloró cuando nos llevaron a la escuela por primera vez,

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en Moncho que nadaba más lejos que nadie cuando íbamos a la playa detrás del Capitolio, en Moncho que había sido siempre cuarto bate cuando jugábamos pelota en la Isla Grande, antes de que hicieran allí la base aérea... Doña Milla seguía gritando que a su hijo no iba a enterrarlo nadie sin que ella lo viera por última vez. Pero la caja era de plomo y no se podía abrir. Al otro día enterramos a Moncho Ramírez. Un destacamento de soldados hizo una descarga cuando los restos de Moncho -o lo que hubiera dentro de aquella caja- descendieron al húmedo y hondo agujero de su tumba. Doña Milla asistió a toda la ceremonia de rodillas sobre la tierra. De todo eso hace dos años. A mí no se me había ocurrido contarlo hasta ahora. Es posible que alguien se pregunte por qué lo cuento al fin. Yo diré que esta mañana vino el cartero al ranchón. No tuve que pedirle ayuda a nadie para leer lo que me trajo, porque yo sé mi poco de inglés. Era el aviso de reclutamiento militar.

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El escritor
A Luis Rafael Sánchez Aquel domingo, cuando el escritor se despertó, la luz del sol entraba ya por las ventanas entreabiertas y bañaba la habitación de claridad. El hombre se incorporó en la cama y se desperezó bostezando largamente. Después se levantó, metió los pies en las pantuflas y se envolvió en una elegante bata de seda azul. Salió a la sala. -¡Laura! -llamó. -¡Señor! -respondió una voz de mujer joven desde la cocina, en el fondo de la casa. -¿Dónde está el periódico? -En la mesita al lado del sofá, don Luis. Se sentó a leerlo antes del baño, pero los ojos todavía pesados de sueño le dificultaron la lectura. Explicó entonces, alzando la voz, lo que quería de desayuno, y con una toalla limpia alrededor del cuello se dirigió al cuarto de baño. Se dio en primer lugar un prolongado duchazo, recreándose con la blancura de la espuma que hacía el jabón cuando le daba vueltas entre las manos. Después, una vez seco, se afeitó esmeradamente, comprobando satisfecho en el espejo que le había quedado impecable la línea del bigote recortado y ya entrecano. Finalmente se aplicó la loción con una serie de palmaditas vigorosas en las mejillas. Vestido ya, en la mesa, la sirvienta le trajo un vaso de jugo de toronja. A continuación, huevos fritos con jamón, después el café con leche (cargado, como era de su gusto) y tostadas con mermelada de melocotón. Estaba encendiendo un cigarrillo cuando la sirvienta reapareció para retirar el cubierto. El hombre la observó mientras regresaba a la cocina. Era una mulata clara, de veinte años a lo sumo, que caminaba con un involuntario cimbreo de las caderas generosas. El escritor no pudo reprimir la evocación libresca: Culipandeando la Reina avanza / Y de su inmensa grupa resbalan / Meneos cachondos que el gongo cuaja / En ríos de azúcar y de melaza.

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"¡Qué buen poeta mi tocayo! Temas vulgares, en ocasiones, ¡pero qué sentido del ritmo y del vocablo exacto!" Cuando la muchacha volvió a la mesa, trayendo un cenicero, él apagó el cigarrillo en la taza del café y le tomó una mano. -Laura... La muchacha hizo un intento débil, instintivo, de retirar la mano. -¿Qué es? -preguntó con un asomo de alarma. -Laura, yo nunca había advertí... quiero decir, yo nunca me había fijado bien en ti. ¿Sabes que eres muy bonita? -¡Ay, Virgen, don Luis, no diga eso! -y seguía tratando de retirar la mano, pero él no se la soltaba. -¿Por qué no voy a decirlo, si es verdad? -Don Luis, no sea así, déjeme ir. El hombre le rodeó el talle con un brazo. -Laurita -le dijo, apoyando un lado de su rostro sobre uno de los senos estupendamente firmes-. Laurita, acompáñame a mi cuarto. Un ratito nada más. La muchacha se zafó de un tirón: -¡Don Luis! Él se puso de pie. -Tú sabes que la señora está en casa de sus parientes y no viene hasta mañana. Vamos, compláceme, mira que te voy a hacer un regalito. La muchacha se cubrió la cara con ambas manos y se fue sollozando a la cocina. Él permaneció de pie junto a la mesa, sintiendo el súbito golpeteo de la sangre en sus sienes. "¡Bah! Jíbara bruta!", se dijo. "Trataré otra vez de aquí a unos días y, si no se da, a la calle y se acabó."

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Consultó el reloj pulsera. Las nueve y media. Vio por una ventana abierta un pedazo de cielo azul purísimo. La luz del sol chocaba con todos los objetos y trazaba dibujos caprichosos en el piso. Con un segundo cigarrillo entre los labios, penetró en la biblioteca (la pieza, originalmente, había estado destinada a los hijos que el matrimonio nunca tuvo, y sólo con el tiempo los libros fueron invadiéndola poco a poco) y echó llave desde adentro. Recorrió con la mirada las ordenadas hileras de volúmenes en los estantes. Respiró hondamente, como en un santuario. Y experimentó, como siempre, una especial satisfacción cuando alcanzó a ver la colección de clásicos castellanos bellamente encuadernada en pasta valenciana. Aquella colección había sido propiedad de Francisco Salas, el viejo periodista amigo suyo. El día que éste agonizaba, después de una enfermedad de varios meses, él había ido a visitarlo. Pero Salas ya no podía reconocer a nadie, así que sólo permaneció en el cuarto unos minutos. En la sala, al momento de despedirse, la esposa del enfermo le dijo, venciendo su cortedad con evidente esfuerzo: -La enfermedad de Paco ha acabado con nuestros ahorros. Estoy en una situación en que van a hacerme falta ochenta pesos para completar los gastos del entierro. Él volvió la cabeza aparentando distracción, pero al hacerlo su mirada tropezó con el estante en que Francisco Salas había colocado amorosamente su colección de clásicos. -Señora, se me ocurre que yo podría ayudarla. -No sabe cómo se lo agradecería. Usted siempre fue tan buen amigo de Paco... -Yo estaría dispuesto a adquirir esa colección por los ochenta pesos que acaba de mencionar. ¿Le parece? La mujer miró los libros -los nombres ilustres grabados en oro en los lomos de las finas encuadernaciones- y balbuceó: -Pero... esa colección... costó casi mil pesos, y está muy bien cuidada. Usted sabe que Paco... El hombre hizo ademán de ponerse el sombrero. La mujer se apresuró a aceptar: -Bueno, don Luis, en un caso así...

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Él le dijo, contando los billetes en la cartera antes de sacarlos: -Después enviaré a alguien por los libros. (No sabía, no podía saber, que en ese instante ya estaba hablándole a una viuda.) El escritor, ahora, se sentó a su mesa de trabajo, frente al retrato del difunto tío solterón que le había legado tres casas de vecindad en Puerta de Tierra (cuya renta le permitía dedicar todo su tiempo a la literatura). Colocó ante sí la cuartilla en blanco, tomó la pluma y apoyó la cabeza en la otra mano. Media hora después no había logrado una sola oración coherente. Se levantó irritado, con un comienzo de jaqueca. Encendió otro cigarrillo y volvió a recorrer con la mirada las hileras de volúmenes en los estantes. "Leeré un poco", se dijo. "Me hará bien." De la calle llegaban algunos ruidos apagados, que el escritor apenas distinguía: un pregón, un bocinazo, un grito de muchacho... En los momentos en que se dirigía a uno de los estantes, llegó hasta la habitación, con toda claridad, el sonido de dos detonaciones. Pero el oído del escritor, entregado ya a la compleja armonía de un párrafo de Proust, fue incapaz de percibirlo. En la esquina más cercana, a unos cincuenta metros de la casa del escritor, se había apostado desde las siete un grupo de diez hombres. Los bolsillos de sus ropas de obreros, abultados como si contuvieran objetos irregulares y deformes, llamaban la atención de los escasos transeúntes de la hora. Uno de los hombres -corto de estatura, delgado, ya no joven- se movía entre los demás hablando en tono bajo y con pocos ademanes. Sus compañeros, a veces sin mirarlo, asentían con la cabeza a sus palabras. A medida que pasaba el tiempo aumentaba el tránsito de gente: señoras y muchachas acicaladas rumbo a la iglesia, velo y misal en mano; sirvientas en busca del periódico o del pan para el almuerzo; hombres que iban al juego de béisbol, exaltado de antemano el entusiasmo partidario. Pasaban unos cuantos automóviles con familias que se dirigían al campo o a la playa. El grupo de obreros permanecía -impasible, casi hosco- en su esquina. A eso de las nueve y media apareció en el extremo de la calle un camión cargado de hombres. Venían también dos policías, uno en cada estribo. A una orden del que parecía jefe del grupo, los hombres de la esquina se echaron a la calle y formaron una valla de una acera a la otra. El camión se detuvo frente a ellos. Algunos transeúntes se detuvieron para observar. Los

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que venían en el camión tenían aspecto idéntico al de los que estaban en la calle. Uno de los policías se dirigió a estos últimos: -¡A ver! ¿Qué es lo que pasa? Se adelantó el jefe del grupo, en actitud sosegada: -Lo único que queremos es hablar con los compañeros que vienen ahí arriba. Eso no está en contra de la ley. El policía le contestó, después de un instante de vacilación. -Si ellos lo quieren oír, hable. Pero nada de discursos, que tenemos prisa. No se puede interrumpir el tránsito. -No hay problema -dijo el otro-. El camión está parado en su derecha. -¡Bueno, bueno, acabe! El obrero se dirigió a los del camión: -Compañeros, a ustedes los llevan a ocupar los puestos que nosotros dejamos para ir a la huelga. Y a pesar de que los llevan un domingo, para burlar nuestra vigilancia, han pedido la protección de la policía. Compañeros, si nadie ocupa esos puestos, los patronos tendrán que aceptar nuestras demandas, que representan el pan de nuestros hijos. Los dos policías se miraron brevemente, de soslayo. El que hablaba continuó: -Pero si alguien ocupa esos puestos, nos quedaremos sin trabajo, indefensos ante los patronos. ¡Compañeros, ustedes son trabajadores lo mismo que nosotros! ¡Si no luchamos juntos, seguiremos toda la vida en la miseria! ¡Compañeros, hoy por nosotros, mañana por ustedes! ¡A bajarse! Los obreros del camión empezaron a cuchichear entre sí. Los de la calle les gritaban: -¡A bajarse! -¡A bajarse, compañeros! Uno de los policías dijo de pronto: -Están perdiendo el tiempo; ninguno va a bajarse. Sigue, chofer.

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Pero en ese momento uno de los de arriba, un mulato achaparrado, de voz gruesa, gritó: -¡Yo me bajo, coño! Y saltó a la calle. Los de abajo acogieron su decisión con exclamaciones de aliento: -¡Así se hace! -¡Pa'bajo! ¡Sean hombres! Los dos policías volvieron a cambiar miradas rápidas. El mulato les gritaba ahora a sus compañeros: -¡Bájense!... ¿qué esperan? Ya había en los alrededores un nutrido grupo de espectadores que crecía por momentos. Uno de los policías repitió la orden al chofer: -¡Sigue! Pero otro de los obreros del camión gritó en el mismo instante: -¡Aguanta, que yo también me quedo! El camión ya se ponía en marcha. El obrero volvió a gritar: -¡Párate, que me apeo! ¡Párate, carajo! El camión avanzó sobre los que impedían su paso. Estos se echaron a un lado para no ser arrollados, al tiempo que le gritaban al chofer y a los dos guardias: -¡Déjenlo bajar! ¡Déjenlo bajar! El que encabezaba a los de abajo gritó entonces, sacando un puñado de piedras de un bolsillo y lanzando él mismo la primera: -¡Ahora, muchachos! Y una recia pedrea se desató sobre el camión. El grupo de curiosos se deshizo en una carrera apresurada. El chofer del camión aplicó los frenos, asustado, y se echó sobre un costado en el asiento. Los obreros que venían arriba empezaron a bajarse atropelladamente. Uno de los policías intentó

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contenerlos, pero los hombres corrían en todas direcciones y se unían a los de abajo. Entonces el otro policía, agazapado junto a uno de los guardafangos del vehículo, sacó su revólver sin premura y buscó con la vista al jefe de los huelguistas. Apuntó cuidadosamente, apoyando la mano que empuñaba el arma en la palma de la otra, y disparó dos veces. La víctima se llevó las manos al abdomen, abrió la boca y cayó de bruces. Al sonar los disparos, se produjo una desbandada general hacia las esquinas más cercanas. Con la calle despejada, los dos policías caminaron hacia el caído. El que había hecho fuego lo tocó con la punta del pie. El cuerpo no se movió. -Lo mataste -dijo el otro policía. -Ajá. Mira ver lo que tiene en los bolsillos. El otro empezó el registro con desgana. Sacó por todo unas monedas, un pañuelo sucio, varias piedras y una cartera vieja con un amarillento retrato de mujer y un carnet de miembro del sindicato de obreros de la construcción, expedido a nombre de Agapito Olivo hacía menos de un año. -Ve a dar parte -dijo el primer policía-. A nosotros no nos toca levantarlo. Y como viera que su compañero, los ojos fijos en el muerto, no se disponía a cumplir la orden, le preguntó con aspereza: -¿Qué te pasa? -No, nada. Es que ese hombre... -¡Qué? -Pues... no estaba armado. -Eso acabas de descubrirlo ahora. Dime una cosa: ¿cuánto tiempo llevas tú en la policía? -Seis meses. -Me lo imaginaba. A ustedes los nuevos lo que les hace falta es otro Domingo de Ramos en Ponce, para aprender a bregar con esta chusma. ¡Bueno, camina, que ya mismo vuelve a amontonarse aquí la gente! Un Buick azul que pasaba por allí en ese momento, se detuvo. Una mujer joven, muy maquillada, asomó la cabeza por la ventanilla y dejó escapar un grito cuando vio el cadáver. Le cubrió los ojos a un muchachito rubio que

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llevaba en el regazo y que se agitaba haciendo esfuerzos por mirar, y le dijo al hombre que conducía: -¡Sigue, Jorge, sigue! Y cuando se hubieron alejado media cuadra: -¡Ay, Virgen, seguro que era un ladrón! ¡Y a estas horas! En este país dentro de poco la gente decente no va a poder vivir. Las primeras moscas empezaban a posarse sobre la cara del muerto. Allá en su biblioteca, el escritor volvió a colocar en el estante el volumen que acababa de hojear. El murmullo creciente que venía desde la calle no alcanzaba aún a molestarlo. Y, todavía irritado por no hallar nada sobre qué escribir, rumió, el sentimiento de impotencia que sentía creciéndole en el pecho: -¡Maldito destino! ¡Tener que vivir en un país donde nunca pasa nada!

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Conversando con José Luis González
Esta es la segunda vez que estoy aquí, después de... ¿cuántos años hará?: cinco años o algo así. Por otra parte, me da mucho gusto estar en la ciudad natal de mi querido amigo Águedo Mojica, a quien quise mucho y sigo queriendo, porque gente así no se muere nunca. Quisiera, entonces, que se sintieran en total libertad de proponer temas. Me comprometo a abordar los que pueda y me reservo el derecho de proponerles algunos. Pregunta: Uno de los ensayos más polémicos que ha escrito, probablemente, es El país de cuatro pisos. Recientemente el gobierno federal aprobó una ley de inmigración que permitiría el arribo a Puerto Rico de un gran contingente de personas desde las otras islas del Caribe. ¿Implicaría esto la añadidura de un "quinto piso" a la sociedad puertorriqueña?

José Luis González: Todo esto viene porque yo no sospechaba que la Assoc. Press llegara hasta Utuado. Eso lo dije en Utuado porque alguien me preguntó, sin mencionar esta nueva ley, si no veía ya la posibilidad de un "quinto piso,,. Yo siempre había dicho que no, que no había visto ningún indicio de un "quinto piso". Lo que sí había visto siempre, desde que escribí el ensayo, era una profunda crisis en el "cuarto piso"; pero tanto como un "quinto piso" no lo veía por ninguna parte. Hubo personas que me dijeron que el "quinto piso" son los cubanos. Yo dije que no llega a ser un piso porque no son tantos. Olvir Miller me dijo que un "quinto piso" podría ser el de los puertorriqueños hijos de norteamericanos, ¿y cuántos son ustedes?, le pregunté; son pocos también. La palabra "piso" está usada en el título del ensayo en un sentido metafórico. Un piso representa una etapa histórica; hay que entenderlo así. Por eso yo no veía nada nuevo, con suficiente envergadura, que nos hiciera pensar en una nueva etapa histórica. La noticia de la nueva ley que, por una parte, legaliza la estancia en Puerto Rico de ciento cincuenta mil dominicanos, más la información de la Oficina de Inmigración que dice que se pueden esperar cuatro nuevos inmigrantes por cada uno de los ya legalizados (si multiplicamos ciento cincuenta mil por cuatro tenernos seiscientos mil) sugieren que esto va ser masivo. Sin

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embargo, eso sólo no me haría pensar en un "quinto piso". Lo que sucede es que junto con eso está pasando un complejo de cosas. Prácticamente cada día, encuentro en los periódicos, por la radio, un nuevo indicio de que algo muy serio está pasando. Al mismo tiempo que están entrando -y van a seguir entrando- estas decenas de miles de dominicanos, está saliendo de Puerto Rico una gran cantidad de gente perteneciente sobre todo a la clase media y a la clase alta, a diferencia de lo que pasó en los años cuarenta cuando el gran éxodo de puertorriqueños a Estados Unidos era de trabajadores rurales. Ese éxodo perteneciente a los sectores más acomodados parece más un trasiego demográfico que una sustitución. Por otra parte, todavía me tiene medio sumido en la perplejidad un énfasis por parte de las autoridades políticas del país, -o sea, el gobierno- énfasis cada vez más marcado en la latinoamericanización y la caribeñización de Puerto Rico. No falta un día en la prensa sin una noticia relativa a ese fenómeno. Lo está oyendo uno todos los días; lo ve, lo lee; la gente habla de eso. Pienso que si lo unirnos todo se confirma algo. A mí me acaban de dar una noticia que me ha dejado casi bobo. Dicen que el Departamento de Instrucción Pública va a usar El país de cuatro pisos como texto, para los estudiantes de cuarto año. Todo esto parece configurar una nueva etapa histórica. Y ése sería, entonces, un nuevo piso. Ahora, ¿cómo cristalizaría en la práctica política, jurídica, constitucional, cultural, este quinto piso? ¿Puede hacerse eso dentro de las actuales estructuras constitucionales de Puerto Rico? Yo no veo cómo puede usarse un texto como ése, donde se dicen cosas terribles sobre el Estado Libre Asociado. ¿El ELA le va a dar un libro a esos muchachos donde se dice que el ELA está podrido, que el país está desquiciado, que esto no aguanta más? A mi me sacaron de Puerto Rico hace muchos años por subversivo. Entonces, como que ahora los subversivos son ellos. Yo desde luego, feliz de la vida; pero, entonces, creo que mi amigo y colega (porque acaba de publicar una novela). Juan Manuel García Passalcqua, tiene razón. ¿Cuál puede ser, independientemente de lo que uno desee, o lo que uno quiera en buena lógica, el resultado de todo esto? A estas alturas de la historia del mundo uno tiene que remitirse necesariamente a la carta de las Naciones Unidas en la que se estipulan las vías de descolonización aceptables para ellas. (Lo que se haga en Puerto Rico, mañana o cuando sea, tendrá que tener el aval y el reconocimiento de las Naciones Unidas.) Hay tres vías de descolonización: independencia plena, separación total; la segunda vía, que la colonia se federe, que ingrese en el cuerpo político de la

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metrópoli como un ente federado más, y la tercera vía, es lo que la carta de las Naciones Unidas llama "libre asociación". Libre asociación suena a Estado Libre Asociado, pero no es lo mismo. La libre asociación, en el sentido en que lo entiende la ONU, es una asociación libremente pactada entre dos estados soberanos. Cuando la colonia deja de ser colonia y la metrópoli le reconoce su soberanía, pactan una asociación en todas aquellas áreas en que las dos partes lo estimen conveniente. Tenernos, entonces, un ingrediente nuevo que es la soberanía. Por otra parte, ese diálogo seria revocable, unilateralmente, por cualquiera de las dos partes. Nada de eso pasa con el ELA. Seria algo nuevo, y Puerto Rico pasaría a ser un país soberano que pacta con Estados Unidos una asociación en todas aquellas cosas de conveniencia común. Preveo, por ejemplo, una ciudadanía común, perfectamente viable, y no hay nada que se oponga a eso. Es lo que acaban de hacer con los ciudadanos de las Islas Marshalls, quienes ni siquiera eran ciudadanos americanos en el momento de la asociación. Cuando le preguntaron en el Senado de los Estados Unidos al funcionario norteamericano que había preparado el tratado de las Islas Marshalls por qué incluía la ciudadanía dual si la inmensa mayoría de los habitantes de esas islas nunca han sido ciudadanos norteamericanos; ¿es que estaba usted pensando en sentar un precedente para algún otro territorio; estaba usted pensando por casualidad, en Puerto Rico? El hombre con testó, sí, "yes"... Yo vi los "records". Un puertorriqueño, aquí, seria ciudadano de Puerto Rico y tendría libre acceso a Estados Unidos como lo tiene ahora. En el momento en que pone los pies allí, sería ciudadano de los Estados Unidos. Es lo que pagaba antes con los australianos y los canadiences cuando llegaban a Gran Bretaña. Moneda común: sigue el dólar funcionando aquí. Defensa común: los americanos mantienen sus bases. Lo único que tendrían que hacer es pagar renta por ellas como la pagan en todos los países donde tienen bases: España, Turquía, ¡en el demonio! Y eso seria, además, espléndido, porque sería la manera de no crear problemas económicos. Estados Unidos está mandando a Puerto Rico dos mil quinientos millones de dólares al año en fondos federales. Todo lo que haría es pagar exactamente la misma suma como renta por las bases militares, ¡y no se pierde un centavo! Es lo que yo decía en Utuado, que no me sorprendería que un día saliera publicado en la página 15 del "Nuevo Día" una notita diciendo: "Puerto Rico es república desde ayer", y que la gente ni se enterara. Digo, exagerando un poco la cosa. No habría ni sombra de trauma, ni de susto, ni nada.

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Claro, yo no creo que las cosas vayan a seguir igual. Pienso que si eso sucede va a haber una ganancia importante; sino, yo no me tornaría la molestia de hablar de eso. Diría, que es una falsa más, y no hay que hacerle caso. Sería muy importante para el pueblo puertorriqueño empezar a vivir como un país soberano. Lo que implica para un pueblo saberse dueño de la capacidad de cambiar su "status", aunque no lo use por el momento, pero saber que cuando quiera hacerlo puede hacerlo sin tener que estar pidiéndole permiso a nadie, es fundamental. El día que la inmigración esté en manos de Puerto Rico, que sea el gobierno de Puerto Rico el que decida quien entra aquí... Yo llegué el día 4 de septiembre y por poco me devuelven a México en el mismo avión en que vine. El Presidente de la Universidad tuvo que hablar con el Secretario de Estado de Puerto Rico, y el Secretario de Estado de Puerto Rico con el jefe grande de Inmigración, y el jefe de Inmigración con el jefe del aeropuerto para que me dejaran entrar en mi país, por el hecho de que no tengo la dichosa ciudadanía. No la ciudadanía del país, porque ésa no existe, sino la norteamericana. Y para nuestra vida cultural... Yo pienso que no se debía de hablar de "caribeñización" sino de "recaribeñización", porque Puerto Rico siempre fue caribeño hasta hace menos de un siglo. El alejamiento de Puerto Rico de los demás países del Caribe es un alejamiento muy reciente en términos históricos. Puerto Rico estuvo vinculado al Caribe hasta muy entrado el siglo pasado. Se tardaba uno menos en llegar por barco de San Thomas al Japón que por tierra de San Juan a Ponce. El Caribe era un mundo más de navegantes que de caminantes, y Puerto Rico estaba integrado al Caribe. En nuestra población a finales del siglo pasado había una gran cantidad de gente de las demás islas del Caribe. Eramos un país caribeño. Dejarnos de serlo durante unos cuantos años, y se nos olvidó. Todo lo que se va a hacer ahora es recordarnos; vamos a volver a ser lo que fuimos. No es nuevo, es rectificar un error que se cometió durante casi medio siglo. Vamos a ser otra vez país caribeño. Y bienvenidos, entonces, los dominicanos porque -y esto es algo que nadie está diciendo, pero yo si lo digo- se dice: "están llegando esos dominicanos aquí y le están quitando los em pleos a los puertorriqueños". No, no es verdad. Yo no conozco todavía, a un solo puertorriqueño al que un dorninicano le haya quitado el empleo. Los dominicanos están haciendo los trabajos que los puertorriqueños no quieren hacer.

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Es gente pobre; son trabajadores; no vienen a quedarse en el país. Y, por otra parte, eso sucedió ya a la inversa. Fueron puertorriqueños a trabajar a Santo Domingo, como fue mi padre, y por eso nací yo allá. En todo caso, lo que estarnos haciendo es devolviendo un favor por otro. Así que no nos sintamos muy generosos con los dominicanos: ellos lo hicieron primero por nosotros. Cuando aquí estaban las cosas muy malas, de aquí fue gente para allá. Y ahora viene gente de allá para acá, y llegará el día en que vengan y vayan a la vez.

Pregunta: ¿Considera usted literatura puertorriqueña a la literatura escrita en inglés por puertorriqueños nacidos en Estados Unidos o escrita en "spanglish" por compatriotas allá?

José Luis González: Esta es una pregunta clásica. Yo suelo contestar a esta pregunta así: ¿se considera literatura puertorriqueña la obra literaria de Ramón Emeterio Betances? ¿Qué dirían ustedes? . . - Ese es el Padre de la Patria, y toda (su literatura) la escribió en francés. ¿Se considera literatura puertorriqueña los últimos poemas de Julia de Burgos? ¿Sí? ... Pues, los escribió todos en inglés. ¿Por qué no? ¿Cuál es el miedo? Yo pienso que el idioma en que está escrita una literatura, es muy importante para decidir su nacionalidad. Para ciertos casos. Pero, en otros, el contenido es más importante. Pienso que en este caso particular el contenido es más importante; por lo menos ahora. Lo que se está escribiendo en inglés allá es una experiencia nacional puertorriqueña. Ellos están escribiendo en inglés una experiencia colectiva de nosotros. Eso no tiene nada que ver con los Estados Unidos. Tiene que ver con Puerto Rico. Eso es puertorriqueño. Si fuera en chino, seria un problema porque, ¿quién lo va a leer? Pero, ¿aquí? ¿Quién no lee más o menos el inglés? ¿Quién no puede leer un poema de Pedro Pietri? No somos un pueblo bilingue, no es verdad. En este mundo no hay pueblos bilingues; hay personas bilingues. Este es un país cuyo proceso histórico ha determinado que un sector importante de la población haya salido de la isla, haya estado viviendo en Estados Unidos, haya estado yendo y viniendo, manteniendo un vinculo vivo con la isla. Si hay unos puertorriqueños -treinta, cuarenta, cien- que

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están dando un testimonio de esa realidad en lengua inglesa porque la dominan mejor que la lengua española, ¿cuál es el problema? Yo no lo veo. Yo he estado varias veces en New York hablando con estos compatriotas ellos en inglés y yo en español- y nos entendernos muy bien. Somos puertorriqueños todos, estarnos cruzando por los mismos problemas.

Pregunta: ¿Qué opina del "spanglísh"?

José Luis González: ¿Cómo le llamarían los romanos al latín que se empezó a hablar en España allá por el siglo y? ¿No seria algo parecido a eso? La lengua la hace la gente, y los escritores y las escritoras la pulen.

Pregunta: De acuerdo a su planteamiento podríamos decir, entonces, que la obra poética que escribió Juan Ramón Jiménez en Puerto Rico es literatura puertorriqueña.

José Luis González: No, eso es otra cosa. Porque cuando Juan Ramón llegó aquí ya estaba hecho y rehecho. Cuando Alejo Carpentier va a Haití y escribe una novela sobre Haití, no es una novela haitiana; es una novela cubana. Y cuando Valle Inclán llega a México y escribe Tirano Banderas, no es una novela mexicana; es una novela española. No, el caso de estos muchachos es otro; es que son jóvenes. No es que estén viviendo aquí para hacer literatura puertorriqueña; es que la hacen allá, porque son puertorriqueños allá. Eso es otra cosa. Yo lo que no sé -y ahí está mi gran duda- es lo que va a pasar con los nietos de esos puertorriqueños; si van a integrarse a esa sociedad o a ésta; o si van a constituir algo nuevo, como chicanos, o quién sabe. A mí lo único que me quita el sueño es la posibilidad de una guerra nuclear; pero fuera de eso, nada me quita el sueño. Por "spanglish" yo entiendo dos cosas muy distintas. Pienso que hay dos "spanglishes": el "spanglish" creado en New York, por necesidad cultural, en el que ambos idiomas colaboran para que los que lo usan puedan expresar su visión de la realidad y del mundo; yo con ése no tengo pleito. Hay otro "spanglish" con el que si tengo pleito, y es el de acá. Ese si que no me gusta.

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Porque aquellos han tenido que forjar su propio instrumento de comunicación; pero, los de aquí, no han tenido que forjar nada, lo han hecho por vicio. Eso de que un puertorriqueño que siempre ha vivido aquí, después de cada cinco palabras en español le encaja a uno una en inglés. No, ése es el "spanglish" malo; es una falta de respeto al idioma nacional. Y no sólo palabras en inglés, sino, peor todavía, las transliteraciones. No es que traduzcan, es que transliteran. Ya aquí la gente no "supone" nada, sino, "asumen". "Asumir" es otra cosa. Luego, este es el país de la gente "envuelta". Aquí todos estarnos "envueltos" en algo: ¿estarán envueltos en papel de celofán, o en qué están envueltos? Dicen: "yo estoy envuelto en tal causa", "yo estoy envuelto con fulana''. ¡Señor, yo tengo una relación con fulana, yo estoy comprometido con tal causa! ¡Hay tantas palabras en español! Entonces, ¿por qué ese vicio de usar otras? Aquí todo el mundo "brega". Ahora ésa es palabra castellana de gran prosapia; está en los clásicos; bregar. En México la usa la gente pedante. El otro día iba yo por la Avenida González en Río Piedras. Veo un fulano ahí, parado en una esquina. Pasa una muchacha muy bonita y él se queda mirándola y le dice "¿Bregamos nena?" ... Alta metáfora, ¿verdad? Todo eso viene de "to dial with" o "to handle". Y fue Muñoz Marín el responsable; eso es de Luis Muñoz Marín, no porque me lo contaron, sino porque yo vi nacer esa palabra aquí (Imita la voz de Muñoz): "Vamos a bregar con la realidad de este pueblo". A bregar, y el hombre bregó y bregó y mira como nos dejó. Nos dejó y no quiero dejar la cosa ahí. Tampoco quiero despachar una figura histórica tan importante con una frase humorística. No. Muñoz dejó muchas cosas; muchas de ellas malas, pero no todas malas. Cuando estuve hace unos meses en el "campus" de la Universidad del Turabo pensé que ese "campus", en otro tiempo, fue el terreno donde se levantaron las construcciones de la "Easterns Sugar Company" y que las casas siguen ahí. Vi a aquellos estudiantes caminando por aquel campus". No pude dejar de pensar que muchos de esos muchachos son nietos de gente que cortaba caña descalza. También eso se le debe a Muñoz Marín.

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Pregunta: ¿Cómo se puede explicar este fenómeno del Puerto Rico de los ochenta en que, parejo al desarrollo de una visión tecnológica del mundo, hecho de profesionales y técnicos, encontramos también una enorme efervescencia cultural en el campo del teatro, la poesía, las artes plásticas, entre otras?

José Luis González: Los griegos inventaron una palabra para eso: dialéctica. Hay un diálogo entre lo positivo y lo negativo: tesis, antítesis y síntesis. Y eso es lo que sucede en todas partes cuando se está viviendo un momento de transición histórica. Eso es perfectamente normal. Lo que me aterraría a mí es que aquí todo estuviera paralizado. Eso sí daría miedo, porque es lo que pasa con las ciudades muertas o anestesiadas, y aquí no hay eso. Aquí hay una sociedad vivísima. ¿Que los jóvenes andan sólo pendientes de cosas frívolas? Sí muchos jóvenes están así. También en México y, agárrense, más sucede en Checoslovaquia, que es un país socialista. Así que no se asusten de eso... El otro día llegó a la casa donde estoy viviendo, un grupo de nueve o diez muchachos del Programa de Honor del Recinto de Río Piedras, que me pidieron reunirse conmigo, no en el aula, sino donde yo estoy viviendo, porque ellos quieran ver a la gente fuera del aula y yo encantado. Ahí estuvieron más de tres horas esos muchachos mostrando unas preocupaciones de una sensatez y de una precisión...

¿Cuántos estudiantes hay aquí? Veinte mil, me dijeron. ¿Cuántos dirían ustedes que son como ustedes? Se miraron unos a otros y dice uno: "Con estas preocupaciones e inquietudes, diríamos que unos cuatro mil". Digo, ¿uno de cada cinco? ¡Eso es sensacional! Cuando estudié eran como cinco mil y era una universidad de élite: universidad de los blanquitos. Aquello era la flor y nata de la sociedad puertorriqueña, y todos éramos niños sabios; visitábamos a Ortega y a Platón. Y como todos somos adultos y no le tengo miedo a la gramática parda, les voy a contar textualmente lo que oí en la rampa del Edificio de Estudios Generales del Recinto de Río Piedras hace apenas una semana. Yo iba hacia el anfiteatro a dar una conferencia y van bajando dos muchachas como de 18 años más o menos. Al pasar junto a mí oigo que una le dice a la otra: "esto

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de la plusvalía relativa y la plusvalía absoluta está cabrón". Yo a esa edad todavía no sabía lo que era la plusvalía relativa. No, esto se está moviendo aquí. Puerto Rico está en el mundo más que antes.

Pregunta: A mi me preocupa la dirección contraria. Usted ha dicho que las cosas tienen que cambiar para que sigan iguales y le preocupa mucho que se pudiera asignar El país de cuatro pisos...

José Luis González: No, a mí no me preocupa que asignen El país de cuatro pisos...

Continúa el participante:

Pero hay una corriente de pensamiento hoy día que está hablando de que las sociedades modernas tienen una gran capacidad para tragarse a la oposición y la crítica, y a mi me preocupa que esté ocurriendo eso: que, en vez de una dialéctica, sea todo lo contrario. Esto es, se permite leer El país de cuatro pisos en la escuela pública, pero no ocurre nada más, es decir, la síntesis no se produce.

José Luis González: Yo no creo que esas cosas puedan pasar sin que haya consecuencias. Por lo pronto, no re cuerdo ningún país en este inundo donde esas cosas hayan pasado sin que hayan habido consecuencias a corto o a mediano plazo. Con eso no se juega. Dudo mucho que el Departamento de Instrucción Pública vaya a poner El país de cuatro pisos como lectura por jugar con eso. Pienso que ellos saben lo que van a poner a leer, y que lo han discutido, y que esas decisiones no las torna un funcionario solito. No. Yo sé lo bastante de política para saber cómo se hacen esas cosas. No puedo creer, sobre todo, que mi cuasi paisano Cantinflas haya venido a Puerto Rico hace unos días y les haya dicho a los puertorriqueños: "¡defiendan lo suyo!" ¿Eso, salir de la cabecita de Cantinflas? Hace exactamente un año, lo mismo dijo el Papa. ¿Es una coincidencia?

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Déjenme explicarles lo que pienso que se está cocinando y por qué, ya que llegamos al meollo. Yo pienso que todo esto viene de los Estados Unidos. Lo que ha cambiado, lo que está cambiando, es la política de los Estados Unidos en el Caribe, en América Latina y en el Tercer Mundo. Ya se han llevado varios trancazos y no quieren seguir llevándose más. Se lo llevaron en Cuba, en Nicaragua. Ellos necesitan organizar el Caribe para sus propios fines, claro; no para los míos. Y se dan cuenta de que a ellos les hace falta en el Caribe un intermediario. Ellos no pueden manejar el Caribe directamente, desde Washington, porque ya eso no se puede hacer en este mundo. Ya pasó la época de los imperialismos así, en bruto. De que desde Washington, yo digo; desde París, yo digo; de que desde Londres, yo digo. No, no, ya se hila mucho más fino. Les hace falta un intermediario eficaz, aceptable para el Caribe y no sólo para ellos. Y este país, lógicamente, es excelente. Ahora, ¿puede Puerto Rico ser un intermediario eficaz siendo colonia? No puede, porque ningún gobierno soberano del Caribe va a estar de acuerdo en que llegue un funcionario colonial de Puerto Rico a supervisarlo y a intermediario. No. Hágalo soberano y hágalo aceptable, por necesidad. Ahora bien, como decía Hegel, ocurre algo que él llamaba "las astucias de la providencia". (Yo le llamo las astucias de la historia). Da la casualidad de que en este momento el gobierno de los Estados Unidos y yo coincidimos en lo que hay que hacer para Puerto Rico (Y, que yo sepa, no he hablado con ningún agente de la CIA). Lo que sucede es que ellos tienen su propósito y yo tengo el mío. Eso depende... Yo creo que lo que no debernos ni podernos hacer en Puerto Rico es decir: ¡Ah, si viene de allá no hay que rneterse en eso! ¿Y entonces qué? ¿quedarme en la colonia a esperar que un día el pueblo puertorriqueño decida levantarse en armas contra Estados Unidos? Llegamos al siglo XXII, y estarnos en las mismas. Hace mucho tiempo ya que aprendí que los hechos históricos no se esperan sentados. Hay que remangarse las mangas y meter las manos en la cosa esa que no le gusta a nadie. Hay un viejo dicho popular caribeño que dice: "el que quiera comer pescao que se moje el culo". Y si se trata de mojárselo en las tibias aguas del Caribe, yo encantado de mojármelo. Eso de sentarnos a mantenernos puros: ¿cómo voy a estar metido en un proyecto que, yo sé, viene de Washington? ¿Y a mí qué me importa de dónde venga si estoy convencido que para mi proyecto eso es bueno? Entonces yo también le entro, y la historia dirá quién se sale con la suya. Pregunta: ¿No caerá también dentro de esa "astucia de la providencia" que decía Hegel, el proceso migra torio que se está dando en estos momentos? Hubo una emigración en la que se fue parte de la base de

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nuestro pueblo; ahora es al revés. Ahora esa base está regresando; pero, a la vez, se nos está yendo el profesional y el técnico, que es tal vez el más sensible a la enajenación. O sea, que estamos limpiando, estamos llenando otra vez la base de la fuerza de cultura de nuestro pueblo y limpiando los obstáculos, o lo que pudiera ser una rémora a este proceso.

José Luis González: Lo felicito a usted por su perspicacia. Eso mismo pienso yo. Están limpiando al país de la posible oposición. Aquí hay gente que se va a oponer a ese proceso porque quieren seguir viviendo en el "American way of life", como ciudadanos americanos. Nadie se lo impide: la estadidad está más cerca que nunca, está a noventa minutos. ¿Usted quiere seguir viviendo en el "American way of life"?... váyase para la Florida, Georgia, Texas, no hay problemas. Váyase si le gusta aquello. Sino, vuelva; no hay problemas. Le están dando salidas cómodas; están creando las condiciones para que salga la cosa en la página 15 de "El Nuevo Día" y no se asuste nadie. A milo que me duele es lo que muchos puertorriqueños les hacen a estos muchachos que vuelven: los están tratando mal. Hay una hostilidad contra esos muchachos y a mí eso me parece mal, poco generoso. ¿Qué traen otras costumbres? ¡Pero si este país se ha hecho de gente que ha traído otras costumbres a lo largo de cuatro siglos, por Dios!. Existe temor, sobre todo de parte de los independentistas, a la asimilación y yo soy independentista. Existe el cuco de que nos asimilan, nos asimilan. Ya Pedreira estaba en contra de eso: que nos coge el holandés. Bueno, hace falta conocer mal la historia de este país para tenerle miedo a la asimilación de este pueblo por alguien, cuando este país ha sido el país asimilador por excelencia. Este país ha asimilado españoles, africanos, ingleses, holandeses, daneses, norteamericanos, corsos, mallorquines. ¡Si los expertos en asimilación somos nosotros! ¿Quién ha asimilado a quién aquí durante cuatro siglos? Asimilamos nosotros. Yo fui niño cuando aquí se enseñaba en las escuelas en inglés: eso que ustedes cono cen como historia pasada y como una lucha épica del pueblo puertorriqueño y de los independentistas para salvar el idioma. Yo leo esas cosas y me sonrío, porque yo las viví. Miren, trajeron a principios de siglo un número indeterminado de maestros y maestras jóvenes de Estados Unidos a que le enseñaran inglés a los puertorriqueños. Yo tuve maestros y maestras de inglés en mi escuela

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primaria. Me acuerdo muy bien de todos ellos. En clase nos hablaban en inglés. Para ir al baño había que levantar la mano y decir: "may 1?". Pero, ¿qué pasaba? Aquel maestro o aquella maestra, tan pronto salía del aula, en los pasillos de la escuela, en la plaza, sólo hablaba español, un español macarrónico, terrible. Me acuerdo que, una vez, una vieja maestra se encuentra con mi madre en la calle y le dice: "Señora González, la felicito; usted tener un hijo muy agusao"... ¡Ellos se puertorriqueñizaron! Se casaron, además, puertorriqueños y norteamericanos. Eso es lo que Orvil Miller ve como el quinto piso. Vino de ahí, de la asimilación de aquellos americanos y americanas por los puertorriqueños. ¿Por qué Orvil Miller no es yanki? Es puertorriqueño de Santurce, cangrejero; y Roy Brown también. Nosotros somos los que asimilamos. Todos estos cubanos que han venido, contrarrevolucionarios, conservadores, que dicen que nos van a echar para atrás en la historia como nos echaran para atrás los que vinieron huyendo de las guerras de independencia de América del Sur en el siglo pasado.. - ¡Mentira! Aquella gente nos echó pa'lante. Yo lo vengo sosteniendo hace va rios años, y me han llovido palos por decirlo. Leo la Historia General de Puerto Rico que acaba de publicar Fernando Picó y me encuentro con gran gusto que Picó dice lo mismo. Aquella gente vino de allá huyendo de una situación de guerra, y eran los escribanos, y los comerciantes, y tal y cual. No vinieron para acá por razones ideo lógicas: vinieron por razones económicas, personales; y los descendientes de aquellos conservadores, fueron los próceres del liberalismo puertorriqueño. Salvador Brau era hijo de una emigrante venezolana y de un emigrante catalán, autonomista puertorriqueño. Los nietos de estos cubanos van a hacer lo mismo; hay que darles tiempo. Ya muchos de sus hijos son puertorriqueños, pues a los nietos los asimilamos tranquilamente, nos los comemos y qué bueno... ¿Quién es "puertorriqueño viejo" en detalle? En el libro de Fernando Picó hay una oración, una sola oración corta, que explica toda la historia de Puerto Rico en los siglos XIX y XX, y es ésta: "En la mayoría de los pueblos de la isla las familias consideradas antiguas eran las que en el 1867 estaban en su primera generación." Esta oración vale por todo El país de cuatro pisos. Eso quiere decir que once años antes de que los americanos llegaran aquí no había una clase

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dirigente nacional. Era una nación que estaba haciéndose, y esto no es para que le dé vergüenza a nadie. Los norteamericanos llegaron a una sociedad que todavía estaba haciéndose, y si todavía no somos país independiente, no se debe a la maldad de nadie; se debe a que los pueblos luchan por su independencia sólo cuando la independencia le es necesaria a un sector importante de su población y si no, no. Y aquí no ha sido el caso. Los colombianos no hicieron su independencia porque un señor se trepara en una tribuna o en un caballo y dijera: ¡hay que salvar la patria! No; es que no aguantaban ya al gobierno español; estaban hartos. Está bien que los ideólogos y los poetas hablen de la patria; pero la gente pelea por la vida. ¿Qué es lo que quiere alguna gente en este país? ¿Que el pueblo puertorriqueño se levante en armas contra los cupones de alimento? Mire, eso no ha pasado nunca en ninguna parte del mundo. Y si eso pasara, yo pensaría que es un caso de demencia colectiva. La gente tiene derecho a comer: consumismo es otra cosa. Eso de que en un país de este tamaño pululen los "volvos" y los "mercedes" por sus calles, es demencial. La gente debe comer bien; pero aquí no hacen falta ni los "volvos" ni los "mercedes". Aquí hay que fijar un nivel de vida decoroso, de vida de cierta abundancia, y no volvernos locos comprando porquerías. José Luis González: Sí, porque en ese caso de la justificación, del embellecimiento de las razones para luchar por la independencia, ambos colaboran. Y no estoy en contra de ello; también hace falta. Pero lo que no acepto es la idea de que los pueblos se levantan en armas porque los convenzan con palabras. Aquí se ha hecho eso ... palabras es lo que no ha faltado nunca, y no se ha hecho. Entonces, cuando no les hacen caso a las palabras, empiezan a salir cosas como "el puertorriqueño dócil". Eso es una calumnia, una calumnia sin mala fe, porque René Marqués no era hombre de mala fe. Eramos amigos, Yo le dije: "René, tú oyes campanas, pero no sabes dónde suenan". Lo que le pasaba a René era que estaba muy enojado con su propia clase que no había sido capaz de luchar por la independencia: Purificación en la calle del Cristo, Los soles truncos... René lo que decía era que los puertorriqueños estaban obligados a liberar a Puerto Rico. Pero, para empezar, no eran puertorriqueños, ni el abuelo de René lo era. Era mallorquín. Entonces, ¿qué es lo que están pidiendo?: ¿milagros?...

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Comentario: Creo que en el libro Conversación con José Luis González, usted plantea que en Puerto Rico se confunde ficción con historia.

José Luis González: ¡Ah, bueno! Yo acabo de leer un ensayito sobre el Grito de Lares, de una historiadora muy conocida, donde se dice que en el 1838 hubo en Puerto Rico una conspiración en la que toda la guarnición en la isla, fuerzas regulares e irregulares, estaba comprometida. Pero que, entonces, hubo un fulano llamado Juan Almanza que fue, sopló y delató y entonces el gobernador, arrestó a unos, ahorcó a no sé cuántos, fusiló a otros tantos, a no sé cuántos deportó, y Puerto Rico perdió la oportunidad de ser país independiente en el 1838. Lo que es un magnifico ejemplo de lo que puede llamarse en Puerto Rico la historio grafía del chivatazo. Así que es un chota el que nos impide ser independientes. Lo mismo en Lares: uno fue y sopló, y ya no pudimos ser independientes. Todas las grandes conspiraciones que han habido en este mundo han sido delatadas. Todas. La conspiración por la independencia de México del Padre Hidalgo, fue delatada. La revolución por la independencia de Cuba, fue delatada. La conspiración bolchevique en Rusia, fue delatada: pero se hicieron. Es que no es por eso. Nos da vergüenza el hecho de que Puerto Rico todavía no sea independiente. A mi no me da ninguna vergüenza. Yo sé por qué no es independiente, y no es para que le dé vergüenza a nadie. Entonces se apela a la mitología. ¿Recuerdan a Seva? Bueno, eso es toda una experiencia. Yo, en México, casi bailaba sólo de gusto, y le dije a Luis López Nieves. "Chico, te felicito, qué trabajo de desmitificación has hecho"! Luis publica eso y se produce un alud de llamadas tele fónicas a "Claridad": "les ganarnos una batalla a los yankis, ya ven que si podemos". Si, le ganarnos: lo que pasa es que después los americanos borraron a Seva del mapa. Muy buen cuento aquél; pero, ¡cuánta gente lo creyó! Si un amigo mío fue a ver al Gobernador Romero Barceló a exigirle que hiciera algo para reencontrar al profesor aquel que estaba desaparecido, y Romero también se lo creyó, y llamó a la policía, y busquen a ese hombre. Romero, claro, es al fin y al cabo, nieto de Don Antonio Barceló. Será muy anexionista; pero la sangre pesa más que el agua. El se lo creyó.

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Tenernos que aprender a conocernos para bregar con nosotros mismos bien, sin angustias ni complejos de inferioridad. No somos ni inferiores ni superiores a nadie. Somos un pueblo como otro cualquiera con una historia particular. Si uno quiere marchar, reencauzar la historia, lo que hay que hacer es caminar con ella. Si la historia va por aquí, y yo digo que va mal, que lo bueno es por acá, y por acá yo voy solo... mire, esto sigue. Y usted podrá sentirse muy satisfecho con su conciencia y podrá sentirse usted héroe, y hasta mártir; pero usted no hará más que meterse en un "ghetto"; el "ghetto" patriótico. Y a mí los "ghettos" no me han gustado nunca. Yo, aquí, en este viaje, he pasado horas conversando con la hija del Dr. Barbosa, la Dra. Pilar Barbosa. Barbosa es una figura a quien yo respeto mucho. Barbosa era un gran amigo de Antonio Maceo y lo ayudaba en todo lo que podía. Cuando matan a Maceo en Cuba, el Ayuntamiento de San Juan hace una fiesta, y en esa fiesta participa José De Diego. Entonces, ¿cómo se brega con eso? ¿Barbosa traidor? ¿Traidor a qué? ¿Quién asume la defensa de la puertorriqueñidad en el momento de la Asamblea Autonomista del 97? Cuando Muñoz Rivera regresa de Madrid con la fusión del Partido Autonomista Puertorriqueño con el Partido Liberal Monárquico, ¿quién dice: ¡NO!, porque este partido es puertorriqueño y republicano, y no monárquico, y yo no acepto fusión, y me voy? Ese fue Barbosa. ¿No fue Barbosa entonces, en ese momento, el más puertorriqueño? ¿Y eso lo vamos a borrar? De Exégesis, revista de la Universidad de Puerto Rico.

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José Luis González / Biografía
Nace en Santo Domingo, el 8 de marzo 1926. Su padre era puertorriqueño y su mamá, dominicana. Culturalmente, se forma en Puerto Rico. Estudia bachillerato en la Universidad de Puerto Rico. Recibe la Maestría y Doctorado en Filosofía y Letras, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha sido novelista y cuentista. Según sus críticos ha recibido influencias de Ernest Hemingway, Sartre, Kafka y William Faulkner. Su prosa es de profundo contenido, pero su discurso es sencillo, en el lenguaje que todos entienden. No abusa del adjetivo y a través de la reticencia sigue comunicando después de la palabra escrita. Ejemplo de esto es La carta, (en El hombre en la calle, 1948) donde en unos párrafos nos da un relato dentro de otro relato. El cuento, en la reticencia, nos ofrece un amargo motivo para la reflexión. Fue partidario de la independencia de Puerto Rico. Algunos de sus trabajos narrativos: En la sombra, (cuentos 1943); Cinco cuentos de sangre(1945), premiado ese año por el Instituto de Literatura Puertorriqueña; El hombre en la Calle(cuentos,1948); En este lado (1955): Paisa, (un relato de la emigración,1950), novela corta, de fondo socio-político. El estilo de esta novela es realista , en dos planos. Don Cesáreo Rosa Nieves ha señalado que "su tesis es la desesperación del hombre boricua en el clima punzante de Nueva York; sus miserias y luchas contra los prejuicios antipuertorriqueños del ambiente. Sus personajes son trágicos. Los temas en la obra de José Luis González son: el dolor del obrero en su lucha de justicia social, la tristeza agónica de los hogares humildes y la pelea por el derecho del proletario en desgracia económica frente a una sociedad capitalista" (Rosa-Neves, Colección Puertorriqueña, 276) En el cuento En el fondo del caño hay un negrito, relata el dolor de una familia que vive en la extrema pobreza, en el fango del manglar, y el negrito, hijo del matrimonio, quien busca su imagen en el espejo del agua. El oído de Dios es un cuento que expone las contradiciones del ser humano en sus códigos de valores. Mambrú se fue a la guerra (1972). El país de los cuatro pisos y otros ensayos(1980).Las caricias del tigre (1985); Nueva visita al cuarto piso (1986); La luna no es de queso (1988);

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Vivió en México desde 1953 y le otorgaron la ciudadanía de ese país en 1955. Fue corresponsal de prensa en Praga, Berlín, París y Varsovia. Trabajó como profesor en las universidades de Tolouse, Francia; Guanajuato, México; Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, Colegio de Cayey y Universidad Autónoma de México. Murió en México en 1997.
Obras:
Cuentos:
En la sombra. Prólogo de Carmen Alicia Cadilla. San Juan, Puerto Rico: Imp. Venezuela, 1943, 110 págs. Cinco cuentos de sangre. Prólogo de Francisco Matos Paoli. San Juan, Puerto Rico: Imp. Venezuela, 1945, 59 págs. El hombre en la calle. Santurce: Puerto Rico, Bohique, 1948, 75 págs. Paisa —un relato de la emigración—. Prólogo de Luis Enrique Délano. México: Fondo de Cultura Popular, 1950, 71 págs. En este lado. México: Los Presentes, 1954, 180 p. Hay otra edición: En este lado. Edición corregida. La Habana: Nuevo Mundo, 1961, 123 págs. La galería y otros cuentos, México: Era, 1972, 144 págs. Mambrú se fue a la guerra (y otros relatos). México: Joaquín Mortiz, 1972, 205 págs. Cuento de cuentos y once más. México: Extemporáneos, 1973, 125 págs. En Nueva York y otras desgracias. Prólogo de Ángel Rama. México: Siglo XXI, 1973, 140 p. Hay otra edición: En Nueva York y otras desgracias. Prólogo de Andrés O. Avellaneda. Río Piedras: Puerto Rico: Huracán, 1981, 168 p. Veinte cuentos y Paisa. Prólogo de Pedro Juan Soto. Río Piedras, Puerto Rico: Cultural, 1973, 203 p. El oído de Dios. Río Piedras, Puerto Rico: Cultural, 1984, 58 p. Las caricias del tigre. México, Joaquín Mortiz, 1984, 185 p. Antología personal. Río Piedras, Puerto Rico: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1990, 376 p. Todos los cuentos. México, U.N.A.M., 1992, 354 p.

Ensayos, memorias:
El país de cuatro pisos y otros ensayos. Río Piedras, Puerto Rico: Huracán, 1980, 119 págs. La luna no era de queso. Memorias de infancia. Río Piedras, Puerto Rico: Cultural, 1988, 297 págs. Literatura y sociedad de Puerto Rico. De los cronistas de Indias a la Generación del 98. México: Fondo de Cultura Económica, 1976, 246 págs. Nueva visita al cuarto piso. Madrid: Flamboyán, 1986, 218 págs.