La gesta del Alto de los Leones

LA GESTA DEL ALTO DE LOS LEONES

TEMAS ESPAÑOLES N. 9

LA GESTA DEL ALTO DE LOS LEONES
por VALENTÍN FERNÁNDEZ CUEVAS PUBLICACIONES ESPAÑOLAS MONTESQUINZA, 6.-MADRID 1952

LA GESTA DEL ALTO DE LOS LEONES El marxismo internacional había clavado sus garras sobre Madrid y quería extender su zarpa sanguinaria sobre toda la tierra española. Pero Castilla, siempre en el primer puesto, prefería morir peleando antes que doblegarse a la infamia del comunismo. Y se lanzó a la pelea con la mirada puesta hacia el Madrid esclavizado por el oprobio, el incendio y los asesinatos en masa, a fin de iniciar el cerco atenazador que sirviera para liberar a la ciudad y exterminar al enemigo. Con este fin, en la capital vallisoletana se dió el aldabonazo patriótico que sirvió para aunar a gentes de todas las edades y clases sociales. Las escuadras de falangistas se apoderaron de los centros de comunicaciones, y desde los micrófonos de la radio, en los que hasta ese momento sólo se escuchaban ofensas a la Patria, calumnia'§ contra las personas de orden y mentiras sobre triunfos del marxismo, tras unos ruidos raros que duraron varios segundos, se hizo un silencio y se oyó después, con voz potente, la siguiente frase: "La Junta Ofensiva Nacional-Sindicalista al habla. ¡Arrollaremos al marxismo! ¡Arriba España!" Aquello vino a ser como el clarín de llamada. De las casas particulares, de las oficinas, de los comercios, de los hoteles, de las fábricas, salían hombres y mujeres enfervorizados de patriotismo y dispuestos al triunfo. Se ocupan los centros oficiales con rapidez y se exterioriza el alborozo para aplastar al marxismo en la ciudad castellana. De madrugada se libera a los presos nacionalistas que sufrían injusta reclusión. Se les había apartado de su vida libre como obstáculo para el movimiento revolucionario que el comunismo había preparado para el día 29, según se comprueba por documentos encontrados en los centros oficiales. De madrugada llegan también las primeras - noticias de Salamanca, Burgos, Palencia y Pamplona, que anuncian haberse incorporado al Movimiento Nacional. El general Saliquet, llegado de Madrid, se pone al frente del Ejército, encontrándose con los cuadros desorganizados y con la mayoría de sus oficiales de permiso. Sus primeras medidas son para pacificar la ciudad. Al día siguiente, entre himnos falangistas y oleadas de entusiasmo, llega de Avila Onésimo Redondo, jefe de la Falange castellana, acompañado de otros presos liberados en aquella ciudad. Onésimo, ante el micrófono, lanza a los cuatro vientos la arenga de guerra a muerte contra el marxismo y comienza a organizar la primera columna falangista para fortalecer y acompañar a las fuerzas del Ejército en esta Gloriosa Cruzada. ORDEN DE OCUPAR EL ALTO DEL LEON Hay que cumplir con rapidez órdenes supremas militares que señalan a las fuerzas de Valladolid la ocupación del Alto del León, como punto importantísimo de paso a Madrid y antes de que el marxismo se instale en la cumbre del Guadarrama. Son muchos los kilómetros que hay que recorrer y pocas las fuerzas de que se dispone. Saliquet procede a la reorganización del Ejército con la colaboración entusiasta de jóvenes de Falange, de tradicionalistas, de Renovación Española, de Acción Popular y otros más sin filiación política,
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a los que se les da trajes de soldado y pertrechos de guerra. Con grandes esfuerzos se logra formar una columna motorizada, a la que se le señala la misión de salir al encuentro de las fuerzas rojas que están dispuestas también a ocupar el Alto del León, como punto estratégico para las comunicaciones entre el Norte y la capital española. La columna vallisoletana estaba formada así: Un batallón del regimiento de Infantería de San Quintín, organizado por tres compañías de fusiles, una ametralladora y sección de Transmisiones, al mando del comandante don Lázaro Gutiérrez. Un escuadrón de Caballería del segundo de Lanceros de Farnesio, formado por dos secciones de sables y una de armas automáticas a caballo, mandada por el capitán don Francisco Perelétegui Gallego. Un grupo del 14 regimiento Ligero, compuesto por las segunda y tercera baterías con material y ganado, bajo el mando del comandante don Gabriel Moyano. Fuerzas del 7.° Grupo Divisionario de Intendencia con sus elementos correspondientes. Y tercer Grupo de la 1.° Comandancia de Sanidad con sus respectivos elementos. Una estación de radio y dos ópticas. A última hora se presenta el capitán Artieda, que se incorpora también a la columna. Y, por último, la centuria constituída por noventa y cuatro falangistas, a cuyo mando iba el jefe de milicias José Antonio Girón. Como jefe de todas estas fuerzas, el coronel Serrador. DESFILE AL AMANECER Al asomar los primeros rayos de luz del día 20, entre músicas marciales y canciones patrióticas, desfilan las fuerzas vallisoletanas en sesenta y cinco camiones, con ametralladoras, caballos y dos baterías. El público despide con gran entusiasmo a los patriotas. Y al amanecer, junto a los soldados, desfila la centuria de la Falange entonando con fe el himno de las antiguas J. O. N. S. de Valladolid:
Amanece para mí el día de gloria, de justicia y paz, bajo la bandera roja y negra, iré a luchar y a vencer, a morir sin llorar

POR EL CAMINO DEL DUERO En la silenciosa planicie castellana retumba el estrépito de los motores de los camiones, que avanzan con velocidad hacia la Sierra del Guadarrama. Los hombres que los ocupan se muestran insensibles a la fatiga y animados por la emoción bélica que les guía. Atrás van dejando los montones de trigo en la era, que es pan seguro de la retaguardia. Se sigue el camino del Duero, y, aunque queda gran distancia hasta llegar a la meta señalada, los prácticos se apresuran ya a enseñar el manejo de las armas a los que sólo poseen grandes dotes de entusiasmo patriótico. Dejan el pueblo de Olmedo a un lado y penetran ya en tierra segoviana, de cuya ciudad, lo mismo que de Avila, salen otras fuerzas con órdenes terminantes de conquistar la Sierra para el Ejército Nacional. Por los pueblos que pasan renace el optimismo, ya que en todas partes había un miedo insuperable a que el marxismo se apoderara de toda Castilla la Vieja. Se tienen ya noticias de que hacia Villacastín marcha un Grupo de ametralladoras de Avila, y desde Segovia se envía otra columna hacia El Espinar, ambas para enlazarlas con las fuerzas vallisoletanas.
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LOS ROJOS SE ANTICIPAN A OCUPAR EL ALTO DEL LEON La distancia entre Valladolid y el Alto del León es larga. En cambio, Madrid está cerca del Guadarrama. Es natural que las milicias salidas de la capital lleguen antes que la columna vallisoletana. A las órdenes del coronel Enrique Castillo Miquel van dos compañías del regimiento de Ferrocarriles con cuatrocientos cincuenta hombres, fuerzas de Seguridad y varios cientos de milicianos. En la llanura que se extiende hacia El Escorial y líneas ferroviarias de Villalba se encuentran, además, otros miles de milicianos, ocho baterías, carros blindados, ametralladoras y carros de asalto, para ser lanzados a la conquista de la Sierra. En la madrugada del día 22 llegan estas fuerzas al pueblo de Guadarrama. Y cuando iban a desayunar reciben la noticia de que fuerzas vallisoletanas avanzan hacia San Rafael, por lo cual dejan el desayuno y apresuran la marcha para coronar el Alto del León. Hacia media mañana llega la 1ª compañía, completamente extenuada por la precipitación del viaje. Las restantes fuerzas milicianas siguen su marcha normal, y a ellas se unirán otras columnas de ejército que Madrid les anuncia. CONTACTO DE LAS OTRAS COLUMNAS NACIONALES De Segovia habían salido ya fuerzas para ocupar los puertos fronterizos de Navacerrada y Guadarrama, de gran importancia estratégica y amenazados ya por el ejército rojo. Para Navacerrada sale una batería del 13 Ligero, que se incorpora en La Granja a la compañía de Transmisiones bajo las órdenes del capitán Olivé. De jefe de columna actúa el comandante de Artillería Gallardo. A su paso por Balsaín, entre los pinares, surge el primer tiroteo con los milicianos que rnerodean esos contornos, los cuales huyen a la desbandada. El destacamento que mandaba el capitán Guiloche, enviado de la guarnición de Segovia, había pernoctado en Otero de Herreros, donde recibió aviso de continuar la marcha hasta el cruce del camino de El Espinar, por donde debería pasar la columna vallisoletana mandada por el coronel Serrador y a la cual tenía que incorporarse. Guiloche ocupó las alturas inmediatas a El Espinar a las tres de la mañana del día 22 y mandó arreglar la carretera que estaba cortada. Dos horas después llegaba el coronel José Sánchez Gutiérrez, revistaba las tropas y las arengaba antes de despuntar el día. LAS COLUMNAS NACIONALES SE DISPUTAN EL HONOR DE IR EN CABEZA Ya son las diez de la mañana cuando una "moto" anuncia la llegada de la columna vallisoletana, a la que se ha unido el Grupo de Ametralladoras de Plasencia, enviada desde Avila. Algunos soldados van de uniforme, otros solamente con el pantalón de caqui, algunos con traje de paisano, otros visten la camisa azul. El saludo de jefes y oficiales va seguido de un grito enfervorizado de los soldados: "¡A Madrid! ¡A Madrid!", dicen todos. Hay verdadero pugilato entre los grupos por ir en vanguardia, y solicita tal honor, insistentemente, el capitán Guiloche, a lo que el coronel Serrador accede. Comienza el ascenso al Guadarrama abriendo marcha las ametralladoras, los cañones del 13 Ligero, para seguir los coches de Transmisiones, la Guardia Civil y la columna de falangistas vallisoletanos. Al llegar a San Rafael, Serrador se encuentra con la grata sorpresa de ver allí una compañía de Ingenieros del regimiento de Transmisiones, que con decisión pudo salir de El Pardo a las pocas horas de iniciarse el Movimiento, y pasarse por la Sierra a las líneas nacionales. Había que coronar la Sierra y cuanto antes mejor. Son seis kilómetros justos de distancia lo que les queda. A las tres de la tarde, el cornetín lanza al espacio los toques de marcha. La población civil presencia en silencio emocionado este instante, y algunos se incorporan con
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entusiasmo a la columna, entre ellos varios jovenzuelos, sin otra arma que la sangre joven que en ellos salta de emoción. Cuando ascienden hacia el puerto, se ve llegar un motorista de vigilancia-Panizo-, que anuncia presuroso: "El Alto del León está ya ocupado por los rojos enviados de Madrid. Con fuerte tiroteo me han obligado a retroceder." Serrador se siente contrariado por la noticia; pero, más decidido que nunca, ordena: "¡Adelante con todos los camiones, muchachos, que hay que tomar con rapidez el Alto! Hoy vamos a tener un día movido y emocionante" LA CUMBRE DEL GUADARRAMA En lo más alto de la Sierra se encuentra el león de piedra que separa a las dos Castillas. La cumbre tiene una altura de 1.511 metros sobre el nivel del mar. Dicho puerto forma una pequeña meseta entre la carretera de Madrid y la que se desliza hacia Valladolid en suave rampa, pasando por San Rafael y El Espinar, con espeso bosque sobre extensa cadena de montes. Las milicias rojas se habían parapetado entre los peñascos y los pinos, con fusiles y ametralladoras. Y la aviación enviada de Madrid iniciaba sus primeros bombardeos. DISTRIRUCION DE LAS FUERZAS NACIONALES Serrador, al enfrentarse con efectivos militares muy superiores, prescindió de toda maniobra de flanco para atacar por la vía frontal, aunque ello costara un mayor sacrificio. Era imprescindible ganar esta batalla antes de que nuevos refuerzos rojos hicieran posible la conquista del puerto. La artillería se sitúa junto a los chalets para batir la hospedería y la explanada del Alto del León. Los soldados, formando tres columnas, se preparan al asalto. Una columna compuesta de dos compañías de fusiles y una compañía de ametralladoras del regimiento de San Quintín, y cerca del centenar de falangistas que manda el capitán de Caballería Gonzalo Ortiz y el jefe de las milicias fosé Antonio Girón, dispuestos a desplegarse por los pinares hacia la derecha para envolver el Alto. Manda esta fuerza el comandante de San Quintín don Lázaro González. Otro grupo lo componen una compañía del regimiento de San Quintín, mandada por el capitán de este regimiento César Pardal, y una parte del escuadrón de Farnesio al mando del teniente Marcos. Se les asigna la misión de bajar por el barranco del lado izquierdo, desde donde ascenderán después por una pendiente pedregosa para dominar el flanco izquierdo de la meseta. Otro núcleo de fuerzas lo forman la compañía de Transmisiones y los guardias civiles, al mando del capitán Guiloche, situados en la carretera central. Y en una casa medio destruida, que hay al lado del camino, se sitúa el coronel Serrador con su Puesto de Mando, SE INICIA EL FUEGO Al eco de los primeros cañonazos de la artillería que dirige el comandante Moyano comienza el avance de las tropas. Son tan certeros los disparos, que comienzan por desconcertar a las tropas rojas de Ferrocarriles que hay en el Alto. Entre los milicianos que habían llegado para reforzar las posiciones cunde el pánico. Les habían dicho en Madrid que sólo encontrarían unos trescientos hombres, sin otro armamento que fusiles, y además moralmente derrotados. Pero al oír los cañonazos creen que las fuerzas nacionales son gigantescas. -¡Tienen cañones, tienen cañones! -gritan asombrados- ¡Nos aplastarán!..
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Y la oficialidad del ejército de Madrid tiene que hacer grandes esfuerzos para evitar la desbandada. Siguen los cañonazos certeros de la artillería nacional. El coronel Castillo reclama con urgencia a Madrid fuerzas para poder sostener la posición. Le contestan que opongan resistencia hasta morir, y que con rapidez se le envían cañones, tanques y aviación. Castillo observa con sus gemelos desde la estatua del león para vislumbrar la llegada de los aviones, dando ánimos a las milicias. AVANZAN LAS COLUMNAS NACIONALES Por la carretera central, entre lluvias de proyectiles enemigos, avanza lentamente la columna de Guiloche. El bautismo de fuego comienza para los soldados nacionales. Caen los primeros heridos por la metralla. v ello sirve para enardecer más el ansia de coronar la montaña. La columna que manda el capitán Gonzalo Ortiz y en la que marcha también como jefe de la centuria vallisoletana fosé Antonio Girón, se bate entre los pinares con verdadero heroísmo. A los disparos de fusil sigue la lucha cuerpo a cuerpo con bayoneta calada, ya que del bosque van surgiendo las milicias rojas embriagadas de odio y fanatismo. La columna del capitán Pardal deja atrás los heridos y continúa ascendiendo en su maniobra envolvente, entre el estallido de la metralla que cruza de una y otra parte del Alto, con ventajosa situación del enemigo. De la táctica y la disciplina en el cometido de todos depende el fracaso o el triunfo de la empresa CON UNA ROSA EN LOS LABIOS Por entre los peñascales salta un muchacho moreno y espigado, como de dieciséis años, vistiendo pantalón gris y camisa azul, que venía siguiendo a las tropas, sabe Dios desde dónde, con ánimo de incorporarse a ellas. -Todavía eres un chiquillo, Pistolo-, le gritaba una vieja en San Rafael, al observar que el muchacho intentaba conseguir la escopeta de un cazador, con lo que se conformaba para la lucha. -Tengo buena puntería y corazón me sobra-replicaba el mozo, embriagado de espíritu guerrero Y siguió tras de las tropas cuando éstas se encontraban ya en el umbral del drama, cuyo desarrollo y final nadie podía predecir, aunque todos estuvieran animados de los mejores deseos para alcanzar el triunfo. .El mozuelo, sin arma, pero con mucho arrojo, se encontró de lleno entre los toques de clarín, los estallidos de cañón y los gritos animosos de avance. Y, contagiado del entusiasmo guerrero de los demás, forma ya parte de la avalancha que avanza para la conquista del Alto. Aparece sobre el espacio un "katiuska" enviado desde Madrid, que lanza oleadas de borrabas sobre las columnas nacionales. Pistolo salta como un gamo velozmente entre los peñascos, guareciéndose en lo posible del peligro en que se encuentra. Uno de los falangistas cae mortalmente herido atravesado por la metralla. Y va a parar a sus brazos, recibiendo la impresión más fuerte de su vida. Con la mano izquierda procura sujetar al herido que sangra a borbotones, y sobre el brazo derecho se inclina el fusil, recogiéndolo con presteza. Un momento de preocupación le 'domina, pero no hay que pensarlo más. Deja al herido agonizante en el suelo, le mira con gesto de compasión y exterioriza a la vez otro de coraje. Sujeta bien el fusil, comprueba que está cargado, maniobra el cerrojo y, sin dejar la rosa que lleva en sus labios, se lanza bosque arriba siguiendo la ruta de los demás compañeros que se aproximan ya a la meta señalada, los pocos que quedan, porque la columna se va diezmando con demasiada rapidez.
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UN CHARCO DE SANGRE Sigue el ascenso al Guadarrama entre oleadas de fuego que abrasan los pinos y el olor a pólvora que asfixia tanto como el sol de estas horas de la tarde. Ahora es un "rata" de la aviación roja el que aparece, y dos "katiuskas" que le siguen después, llegados de Madrid para salvar la posición del Guadarrama, mientras el Gobierno rojo envía más cantidad de tanques, cañones y ametralladoras. Una de las bombas lanzadas por un "katiuska" cae al lado de la casucha donde el coronel Serrador tiene su Puesto de Mando. Varios soldados y guardias civiles que allí se encontraban caen retorcidos en un charco de sangre, abrasados por la metralla. El comandante Juan Martín Montalvo, jefe del Estado Mayor de la columna, es mortalmente herido. Por todos pasa un momento de indecisión. ¿,Se podría resistir sin aviación y con tan escaso número de armamento? La aviación roja continúa sembrando la tragedia sobre el Guadarrama y sus alrededores. La sangre generosa de los soldados nacionales riega el tomillo y la sanjuanera, los pinos y los zarzales, tiñe de rojo los peñascos y colorea el agua de los arroyos. Pero había que morir antes que doblegarse a las iniquidades del marxismo, y los que quedan en pie avanzan entre charcos de sangre, para cumplir la orden terminante y necesaria de coronar el Alto de la Sierra. BAJO UN SOL DE FUEGO La columna del capitán Ortiz, en la que van los falangistas con José Antonio Girón, aprieta la marcha y busca el cuerpo a cuerpo de las milicias rojas, abriéndose paso con heroísmo, aunque deja tras sí un camino de muertos y heridos como rúbrica del coste de esta batalla. Son las cinco de la tarde y el sol de la Sierra es abrasador, quema tanto como el fuego mortífero que lanzan los aviones. Las gargantas sedientas ya casi no pueden gritar arengas, pero todos los que se mantienen en pie están de acuerdo en coronar la montaña. Sólo tienen una misión que cumplir: la de seguir avanzando y eliminar el estorbo, con fusil o bayoneta. Ha de coronarse el Alto antes de que llegue la noche. Esta es la orden de Serrador. La columna central de Guiloche avanza con dificultades por la carretera, debido a los destrozos que en ella ha causado la aviación. Hay necesidad de arreglar el camino para que pasen los camiones. A todo esto, el grupo de Pardal asciende por el flanco izquierdo para llegar a la cumbre y envolver a las tropas rojas. La única ventaja de los nacionales era su artillería. Los disparos se hacen con precisión, y ahora con más coraje para vengar la muerte de su comandante y demás compañeros inmolados. EL ASALTO FINAL Decae la tarde. El sol va hundiéndose hacia el ocaso, notándose ya un aire suave y confortable en las alturas. La columna del capitán Pardal se encuentra a medio kilómetro de la meseta. Serrador va reforzando las columnas con los pocos elementos de que dispone. Y envía el resto del escuadrón de Farnesio con los capitanes Perelétegui y Souto. La columna de Guiloche, que tiene la compañía de Transmisiones, necesita refuerzos urgentes. Serrador le envía a los guardias civiles de que dispone y con la orden terminante de que avance por la carretera todo lo posible. Se procede con rapidez a cambiar de emplazamiento los cañones del 7,5, la única fuerza efectiva que se tiene para distancia, puesto que ni un avión hay a sus órdenes. En cambio, la aviación roja continúa martilleando a los nacionales, causándoles numerosas víctimas que son retiradas a retaguardia. Van ya casi tres horas de combate y los voluntarios bisoños se han convertido en poco tiempo en verdaderos veteranos de la guerra. Hay tal decisión en ellos que nadie les podrá contener.
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Están dispuestos a morir matando y a seguir su avance pese a todos los obstáculos, mientras puedan mover sus pies y manejar sus brazos. Serrador da la orden terminante: "¡Arriba! ¡Al asalto! ¡A conquistar la gloria y la victoria!" Y todos a una, sincronizando la obediencia, el entusiasmo, el patriotismo, las ganas de pelea y las ansias de triunfo, se lanzan a coronar el Alto sin miedo a la muerte. Los falangistas de la columna de Ortiz y Girón se baten con heroicidad en el lado derecho y coronan la loma del Guadarrama. Al mismo tiempo, sobre el borde de los barrancos del lado izquierdo, asoman las banderas y los fusiles de la columna Pardal, que cae sobre la cúspide. Y, a la vez, la columna Guiloclie, anticipándose, como era su deseo, pone pie en la posición disputada para comenzar el barrido del enemigo. OCUPACION DEL ALTO DEL LEON Faltan unos minutos para las seis de la tarde. Las milicias rojas ceden el paso a los bravos soldados nacionales. Al verse envueltos por varios flancos, los milicianos inician una desbandada en retroceso hacia sus líneas de retaguardia, donde tienen defensas de contención y esperan grandes refuerzos que ya se hallan en El Escorial, Tablada, pueblo de Guadarrama, Peguerinos y Santa María de la Alamenda. En este último es donde se concentran las tropas de Madrid para enviarlas a las líneas avanzadas. Los únicos que se mantienen con mayor disciplina son los soldados de Ferrocarriles, que retroceden peleando. Dieciséis de ellos se quedan junto a la estatua del león, pero son envueltos por las tropas de Guiloche, que son las primeras en acercarse. Entre sangre, pólvora, montones de heridos y los últimos cañonazos protectores del avance suenan los gritos emocionantes de ¡Arriba España! y ¡Viva España!, pronunciados por falangistas y soldados, a la vez que se clavan sobre el monumento las banderas de España y de la Falange. Entre vítores emocionados llega por la carretera al Alto el coronel Serrador, cubierto de polvo, ennegrecido su rostro, sereno y airoso, acompañado de los pocos supervivientes de su Estado Mayor y unos guardias civiles de escolta. Entre los soldados y falangistas se ve avanzar a un muchacho, a pecho descubierto, sangrando por un brazo. Lleva en sus labios, bien sujeta, una hermosa rosa que parece reflejar en él su juventud y su optimismo, Se trata de Pistolo, ya héroe, y con su bautismo de sangre, que se encarama sobre el monumento donde ondea la bandera de España, y, después de acercar los pliegues de ésta a sus labios, deposita amorosamente la rosa en la misma boca del león de piedra, donde queda como símbolo poético de la hazaña para perfumar el viento puro del atardecer. "¡A MADRID!, ¡A MADRID!", GRITAN LOS NACIONALES El triunfo de los soldados de Serrador quiere extenderse hacia zonas más amplias. Desde la cumbre del Guadarrama surge el impulso heroico de lanzarse sobre la capital aprisionada. Los soldados y falangistas, llenos de entusiasmo, gritan decididos: "¡A Madrid! ¡A Madrid! ¡A liberar la ciudad y sus cautivos!" El coronel Serrador siente también esos ímpetus, pero reconoce que con tan escasas fuerzas sería una locura lanzarse monte abajo, donde las fuerzas del Gobierno de la República son numerosas. -Si tuviéramos fuerzas de refresco -dice el coronel-, ya estaría iniciado el empujón Pero era necesario contener el arrojo de los soldados y de la Falange, y cortar a tiempo la aventura. Por otra parte, la fatiga de las tropas era grande y la prudencia aconsejaba mantenerlas en la meseta para fortificarse en ella todo lo posible, ya que eran de esperar sucesivos contraataques de fuerzas importantes. Todavía suenan algunos tiros. Las piezas de artillería de Valladolid y de Segovia se instalan en la cumbre con la orden de disparar a cada instante para proteger a las fuerzas que se van desplegando, a fin de ocupar las lomas de la derecha del Alto. Mientras tanto,
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desde el mismo monumento del león, Serrador redacta a lápiz el parte de guerra que entrega al capitán de Artillería don Eloy de la Pisa, para que sea retransmitido por telégrafo desde San Rafael, y que dice así "En estos momentos, seis tarde, ha sido ocupado el Alto del León. ¡Viva España!" Al mismo tiempo que se realiza una ligera fortificación, antes del anochecer se repasa la lista de bajas en el combate. Como distinguidos en el parte de Serrador figuran: Comandante de Estado Mayor, don Juan Martín Montalvo, muerto; comandante de Artillería, Moyano, muerto; comandante de Estado Mayor, Maristany, herido. Comandantes: de Infantería, González; de Ingenieros, Rubio. Capitanes: de Estado Mayor, Artiega; de Infantería, Pardal; de Ingenieros, Guiloche; de Artillería, Soler y García Garnges; de Caballería, Ortiz, y teniente de Caballería, Marcos. Se procedió con rapidez a recoger heridos y a efectuar en ellos las primeras curas. NOCHE EN LA CUMBRE Después del traslado de los heridos y de realizar la organización defensiva del Alto, se iniciaba el descanso de las tropas en la histórica explanada. Pero, ¿quién duerme? El cansancio no es suficiente para hacer entornar los ojos. Los picachos de la cumbre se levantan entre las sombras como fantasmas, y nadie sabe si tras de ellos se oculta la traición. Hay que vigilar mucho para evitar sorpresas. Cualquier contraataque imprevisto debía ser rechazado con energía, y hay sitios en que a doscientos metros sólo se extiende la oscuridad. Serrador, desde el hotel en que se ha establecido con otros jefes, da las órdenes oportunas para distribuir la vigilancia. Al lado derecho, entre los pinares, se extienden las fuerzas de la compañía de San Quintín. En el centro se instala la artillería, cuyos cañones enfocan hacia las avenidas del Guadarrama. Y el grupo de falangistas, con José Antonio Girón, Francisco Sabugo y José Saiz de Miera, vigilan desde un alto de piedra en el lado izquierdo del camino. Como un resplandor rojizo, que no se sabe si es realidad o presagio, los soldados parecen vislumbrar el reflejo de las luces de Madrid. Y mucho más cerca, allá en el fondo, en Los Molinos, Villalba y otros trozos de las faldas de la Sierra, surgen de vez en cuando y desaparecen focos deslumbradores, que van y vienen de un lado a otro. Son, sin duda, los faros de coches que llegan de Madrid y retornan a la capital, en su constante ir y venir para traer refuerzos con destino a la reconquista de la posición perdida. Hay que estar vigilante y dispuesto a rechazar con decisión cualquier nuevo ataque. En esta noche clara del 22 de julio la calma ha resurgido en el Alto del León. Hay una cena fría para recuperar fuerzas, pero sin dejar el fusil de la mano. Se habla al oído, casi por señas, porque a doce metros de distancia, en la oscuridad, puede haber enemigos dispuestos a la sorpresa. No se puede fumar ni encender ninguna clase de fuego que pudiera servir de orientación al adversario. A los pies del monumento del león, el joven Pistolo, vendado uno de sus brazos, duerme a pierna suelta. Sobre su frente rebota un chorro de luz plateada que la luna le envía en esta noche de paz después de la victoria. "¡ ALTO, ALTO! " A las dos de la madrugada, unos motores rompen el silencio del Guadarrama. Son ocho camiones que se acercan a la posición. La guardia lanza un "¡alto!" decisivo y enfoca las ametralladoras y fusiles, a la vez que las bombas de mano se levantan entre picachos de los sitios estratégicos, para ser lanzadas al menor instante. -"Queremos entregarnos. ¡Arriba España!"-contestan desde los camiones.
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El oficial duda unos momentos si será o no cierto lo que dicen. Y con rapidez piensa que, si se trata de una traición y los camiones logran infiltrarse en el Alto, donde las fuerzas están casi desfallecidas, dispuestas al sueño, las consecuencias podrían ser catastróficas. Y manda disparar sin contemplación a los camiones para cortarles el paso. Se lanzan bombas de mano, estalla el fuego de fusilería, disparan los cañones y la cumbre del Guadarrama retumba de nuevo. Los coches echan marcha atrás, con peligro de despeñarse en las pronunciadas curvas. Uno de ellos vuelca sobre la cuneta. Los demás desaparecen. Se creyó que, en vez de tropas de deserción, eran fuerzas dispuestas a la sorpresa por medio del engaño. A partir de ese momento la tranquilidad fué absoluta en la cumbre, y hasta algunos soldados pudieron entornar los ojos confiando en la vigilancia de otros compañeros. LOS MILICIANOS ROJOS ASESINAN A SU CORONEL La desbandada del ejército rojo fué grande. Al llegar los primeros huídos al pueblo de Guadarrama expresan a los cabecillas del Frente Popular que preside el alcalde, Diosdado Martínez, que la culpa del fracaso es de los jefes militares. De esa forma cubren los milicianos su fracaso. Y señalan como principal traidor al coronel Castillo. Uno de los milicianos, barbudo, con rostro de fiera, se presta a traer al reo para que el pueblo le sentencie. Al poco tiempo, el coronel Castillo, empujado a culatazos por la chusma, es llevado hasta el paredón para ser fusilado. -¡Traedme también al hijo, que es otro cobarde y traidor!-dice otro miliciano, refiriéndose al capitán de Ferrocarriles don Enrique Castillo, que mandaba esas fuerzas en el Alto del León. Y al poco tiempo un par de docenas de fusiles y escopetas segaban las vidas de los dos militares, que así pagaban el fracaso y la cobardía de sus gentes. SE PREPARA LA RECONQUISTA DEL ALTO DEL LEON Poco después llegaban a Guadarrama nuevos refuerzos de Madrid, sin jefes ni oficiales, porque la mayoría habían sido detenidos o fusilados, con lo cual cada grupo maniobraba por su cuenta sin atender a un plan de conjunto con disciplina y mando. Se preparaba un asalto enérgico al Alto del León, por lo cual fueron congregadas fuerzas de diversas clases, aunque faltaba el jefe técnico para la maniobra. En medio de aquel caos se presenta el coronel de Artillería don Gaspar Morales Carrasco, que el Gobierno de Madrid ha designado para sustituir al coronel Castillo. La primera orden que da Morales, desde el mismo Ayuntamiento de Guadarrama, es la de que se ocupen posiciones cerca del Alto del León para conquistar esa plaza. Antes del amanecer se inician los preparativos para el ascenso hacia la cumbre. Por el lado izquierdo marcha la infantería. Un grupo de unos trescientos guardias civiles, procedentes de Villalba, se dirige también a Tablada para reforzar a los ingenieros. A continuación, un grupo de auto-ametralladoras-cañones de la división de Caballería procedente de Aranjuez, mandados por el comandante Gil Tejerizo, inicia su avance por la carretera, con la orden de no parar hasta que establezca contacto con el enemigo. Y, como complemento, la aviación roja inicia desde la madrugada una amplia inspección sobre el Alto del León y sus alrededores, a fin de informar ampliamente al Puesto de Mando. La artillería roja, desde las ocho y media de la mañana, realiza un intenso bombardeo para cubrir el avance de sus guerrillas atacantes. El coronel Morales procede con táctica militar bien estudiada, pero se encuentra ante una algarabía populachera que le sirve de contrariedad. Las calles del pueblo de Guadarrama están aglomeradas de camiones y coches ligeros. El populacho no hace otra cosa que gritar y entorpecer el movimiento de las tropas. Los conductores, con sus insignias de la F. A. I. o del partido comunista, no sólo no atienden las órdenes de la oficialidad, sino que a veces responden con el asesinato del que les manda.

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Los cañones nacionales instalados en el Alto del León inician el contraataque y destrozan la columna roja que había iniciado su avance hacia el cerro. Comienza la desbandada de nuevo de los milicianos y retroceden los guardias civiles, a los que Morales afea por su conducta. Nuevos auxilios pedidos a Navacerrada sirven para que Morales inicie un nuevo combate por el lado derecho, a fin de lograr que la presión del centro disminuya todo lo posible. A mediodía envía fuerzas de Navacerrada hacia Villalba para que participen en las tomas de San Rafael y el Alto del León. Y otras fuerzas son lanzadas en ataque envolvente por Balsaín y La Granja. Pero el coronel Serrador, a pesar cíe sus escasos efectivos, mantiene con firmeza las posiciones, y hasta extiende a varias de sus fuerzas por pinares y lomas para enfrentarlas con las avanzadillas rojas. Cerca de Tablada emplaza uno de los cañones segovianos del 7,5, y a cuyo mando se encuentra el teniente Gómez Gordo, que hace continuados disparos hacia todas las direcciones. Después acompañan el fuego intenso las baterías del 10,5 de Valladolid y otra del 13 Ligero, que se encuentra en la explanada del Alto para batir las concentraciones enemigas y la llegada de carruajes con tropas. Por último, la compañía de Ametralladoras de Plasencia prepara una de sus secciones para la defensa contra la aviación. Un nuevo refuerzo se presenta a las tres de la tarde: la compañía de Transmisiones del capitán Olivé, procedente de La Granja y Segovia. La artillería nacional lanza su fuego mortífero sobre el pueblo de Guadarrama, cuyas casas van quedando reducidas a escombros. El griterío de los milicianos, que antes era de forzar a sus jefes a la conquista del León, es ahora la de disputarse los coches, con pistola en mano, para huir hacia Madrid. La única forma que tiene el coronel Morales para cortar la desbandada es atravesar en el camino un pesado camión, con el fin de que ningún coche pueda retroceder, increpando a la vez a todos los que intentaban la huida. NUEVOS REFUERZOS ROJOS Madrid ha solicitado con urgencia fuerzas militares de Valencia y Badajoz para reforzar el centro y conquistar el Guadarrama. Llegan a la Sierra nuevos envíos motorizados, camiones llenos de voluntarios comunistas y sindicalistas, así como guardias de Asalto seleccionados, todos adictos al Frente Popular. Les acompañan mujeres vestidas de "mono" con su pistola al cinto. Se concentran en Villalba y Collado Mediano más de cuatro mil hombres al mando del teniente coronel retirado José Puig García, muy experimentado en las luchas africanas, en donde había mandado la quinta bandera del Tercio. Era una de las figuras militares adictas al Gobierno de Madrid, que en dicho momento desempeñaba algunos cargos políticos. Los milicianos le aclaman al ponerse al frente de las tropas, porque trae cierta aureola guerrera y política bien jaleada por la prensa del Frente Popular. El primer choque que tiene Puig es de carácter personal con el coronel Morales, al que no reconoce su jefatura. Los dos jefes discuten en plena calle y el diálogo es cortado por un certero cañonazo lanzado desde el Alto de los Leones. Puig recapacita unos momentos, abraza a Morales y le dice: -Bueno, acepto el cargo que me designes, aunque sea de ranchero, pues veo que eres un gran republicano. Y no acaba de decir esto cuando otro cañonazo del Alto del León hace caer a ambos a tierra y buscar después guarida protectora. Ya las cosas así, Morales nombra a Puig jefe de las fuerzas de vanguardia, y le encarga que, como era su deseo, marche con toda rapidez a la conquista del Alto del León. MOMENTOS CRITICOS PARA LOS NACIONALES La aviación roja inicia un bombardeo sobre las posiciones de Serrador. Cuatro aparatos primero y seis después cruzan sobre las posiciones nacionales y dejan caer su fuego mortífero, principalmente en los sitios donde está emplazada la artillería, lo que hace que una de estas explosiones levante a una pieza del 7,5 y la deslice hacia un barranco, resultando
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herido el teniente Gómez Gordo. Otras explosiones hieren a un sargento, un cabo y dos artilleros. Poco después de mediodía se hace un repuesto de municiones que lleva el teniente don Angel López Escobar, acompañado de un brigada y diez artilleros. Al ver que está casi en cuadro la sección de su cuerpo y que un cañón que queda útil no tiene dotación, en vez de regresar al cuartel, como era su misión, decide quedarse allí con sus acompañantes, y aquella tarde lanzan más de seiscientos disparos, a pesar del fuego continuo de las ametralladoras y de la aviación enemiga. El momento es muy crítico. Los esfuerzos no son suficientes para contener la avalancha enemiga que de todas direcciones se va concentrando para la conquista de la explanada con la ayuda eficaz de la aviación. Durante el bombardeo hubo que sacar del Preventorio Antituberculoso a cientos de niños.para ser trasladados en camiones a Segovia. La lucha adquiere momentos de verdadera fiereza. La zona de Tablada se va llenando de heridos en los dos bandos. Parte de la columna roja se extiende hacia el lado izquierdo, amenazando cortar las comunicaciones con San Rafael, lo que constituía un peligro gravísimo. Y, por si era poco, Serrador recibe noticias de que otra fuerte columna marcha hacia Villacastín, atravesando las sierras abulenses para envolver a los que se encuentran en el Alto del León y Navacerrada. Hay un poco de desconcierto y mucha contrariedad. Uno de los que se encuentran junto al coronel Serrador le hace observar si sería conveniente organizar un repliegue, esperando que la contestación sería afirmativa, y le dice: -¿Hacia dónde nos retiramos? -¡Al cementerio !-contesta con coraje el coronel Serrador, dando a entender que allí no cabe más que luchar y morir peleando. LLEGAN DOS NUEVAS CENTURIAS Providencialmente, en estas horas trágicas de la tarde, se presentan dos centurias de la Falange de Valladolid, que había organizado Onésimo Redondo y que manda Luis González Vicent. Como jefes de cada una van Clarencio Sanz y Mariano Greciet, y de escuadra César Sanz, Leopoldo Castro, Santiago Vázquez, Felipe Martín, Eduardo Sanz, Carlos Salamanca y Cándido Sáez. Nada más llegar al Alto del León, entraron en combate frente al Preventorio infantil, sufriendo varias bajas por la aviación enemiga. Habían llegado en el mismo momento en que el teniente coronel Puig avanzaba con rapidez arrasándolo todo y sembrando el suelo de cadáveres para ocupar el Sanatorio de Tablada, llegando después hasta unos quinientos metros del Alto de León. Sólo le faltaba un esfuerzo rápido y decisivo para alcanzar la victoria, cosa que ya se habían anticipado a divulgar los periódicos madrileños. Serrador, decidido a evitarlo, dió la orden a las centurias para que se metieran en fuego. Una de ellas se encaminó a los pinares de la derecha y también una falange; en total, 115 hombres. A la loma de la izquierda envió dos falanges más, y otra a la retaguardia. OTRA GRAN BATALLA Los componentes de las dos centurias recién llegadas de Valladolid se lanzan briosamente a la lucha, lo mismo que el resto de las demás fuerzas, bien escasas, de que Serrador disponía anteriormente. El fuego era intenso entre los dos bandos. En el lado nacional se mantenía con firmeza la orden de rechazar la ofensiva a toda costa. La aviación roja por un lado, la artillería, el fuego de fusil y la avalancha de milicianos por otro, no fueron suficientes para amilanar al grupo de militares y falangistas que tenían la orden de resistir mientras les quedara un aliento de vida. Y no fué sólo el mantener la posición, sino que, lanzando bombas de mano y haciendo tabletear las ametralladoras,
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iniciaron avances sobre el ejército rojo hasta producir en éstos reacciones extraordinarias, entre ellas la de la deserción. Un camión abarrotado de milicianos levantó bandera blanca y se lanzó con rapidez hacia los nacionales. Iban en él un capitán, dos tenientes, catorce soldados del Grupo auto-ametralladoras de Aranjuez, un soldado de Ferrocarriles y un guardia civil, quienes se presentaron a Serrador y anunciaron que otros muchos elementos de sus unidades estaban dispuestos a pasarse a las filas nacionales. Muchos de los que lo intentaron cayeron sin poder realizar sus deseos. Las balas de los milicianos truncaron así las vidas de los tenientes Gómez Calleja y Casademut. El teniente Alvarez Romero recibió otro balazo al intentar también pasarse cerca de la Fuente de la Teja, llevándosele después los milicianos a Madrid como detenido. Y al comandante Gil Tejerizo se lo llevaron a Cercedilla, donde los milicianos le fusilaron sin interrogatorio alguno. A las siete y media de la tarde de ese día, entre olor a pólvora y riego de sangre en la montaña, resurge la esperanza de nuevo en las filas nacionales. La derrota del ejército rojo se acentúa por instantes y la conquista del Alto del León se reafirma otra vez más para el ejército de Serrador. Las bajas de esta batalla han sido sesenta, y entre ellas figuran el teniente de Infantería don Bernardo Pascual, -muerto. Y heridos el teniente coronel de Ingenieros don Anselmo Arenas, los tenientes de Caballería don Lorenzo A. de Toledo y de Artillería don Eustaquio Ayarra y don Bernardo Souto, más ocho suboficiales y cuarenta y seis soldados y falangistas. Doce horas duró este gran combate, en el que resaltaron verdaderos gestos de heroicidad. En la relación de distinguidos figuran el teniente coronel de Ingenieros don Anselmo Arenas, herido; el capitán de Infantería don Ildefonso Ruiz Tapiador; los tenientes de Infantería don Mariano Ordóñez y don Saturnino Ayuso; tenientes de Caballería don Lorenzo A. de Toledo, herido, y don Mariano Merino; capitán de Artillería don Esteban Gracia, y tenientes don Eustaquio Ayarra, herido; don Venancio Souto y don José Pastor de Riva. LA CONQUISTA DEL GUADARRAMA PREOCUPA AL GOBIERNO DE MADRID El nuevo fracaso de la ofensiva roja ha enardecido a los políticos del Frente Popular, y el día 23 por la noche se presentan en el pueblo de Guadarrama el ministro Casares Quiroga, La Pasionaria, otros políticos rojos y el capitán Benito Sánchez, quienes se reúnen con Morales y Puig para ver la forma de salvar la situación desesperada en que se encuentra el ejército rojo, a pesar de los constantes refuerzos que recibe. Dolores Ibarruri, La Pasionaria, con su tipo hombruno, de minero asturiano, y completamente desmelenada, subida en un camión, arenga melodramáticamente a los fugitivos. Pero su palabra no consigue animar a los que la escuchan. Ni tampoco convence la actitud de Casares Quiroga, que vestía "mono", calzaba alpargatas y portaba ridículamente un fusil que abandonó en cuanto vió caer a su lado a un miliciano herido, lo que le hizo pensar única y exclusivamente en un pronto regreso a la capital. En la reunión celebrada en el pueblo de Guadarrama se encontraban entre los jefes calificados del ejército rojo el capitán Benito Sánchez y el capitán González Gil, con su lugarteniente Fernando de la Rosa, que habían llegado de Guadarrama a solicitar de ellos refuerzos con urgencia. El teniente coronel Puig, que había bajado de Tablada para asistir a esta reunión, mostró su contrariedad y desaliento, temiendo que los milicianos, sin su presencia, abandonaran durante la noche los puestos de las avanzadas. González Gil, por otra parte, expresaba la desconfianza que tenía de la Guardia Civil hacia el régimen republicano. A pesar de ello se acepta el proyecto de reanudar el ataque al amanecer, con la colaboración de unos cientos de guardias civiles y una batería emplazada por la noche en la Fuente de la Teja, cerca del Alto del León. Pero todos acuerdan con Morales, como jefe superior de las fuerzas, que este ataque frontal no ha de ser único, sino que debe ir acompañado de otros por el lado izquierdo, y señalan los picachos de Cuelgamuros, entre Peguerinos y Guadarrama, a unos cinco kilómetros del Alto del León. Lo importante-dicen en la reunión-es que las fuerzas caigan por sorpresa durante la noche para coronar el flanco derecho de Serrador, y seguidamente las tropas de Puig avanzarían por el
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centro hasta escalar la cumbre. Pero para todo ello era necesario tropas de confianza, pues de lo contrario se expondrían a un nuevo descalabro. Benito Sánchez hace saber que las tropas que manda poseen un verdadero espíritu republicano, y responde con su cabeza de que sabrán comportarse en la lucha. Aprobado el plan militar, se busca al alcalde para que prepare un guía muy práctico que ha de acompañar a las tropas durante la noche. El alcalde de Guadarrama-Diosdado Martínez-tarda en encontrar un vecino que se decida a realizar tal misión. Y también se retrasan los preparativos para municionarse suficientemente y recibir la cena fría que alimente un poco a las tropas, cosas que disgustan al coronel Morales, quien empieza a dudar de que pueda aprovecharse la obscuridad para alcanzar la cumbre por sorpresa. El capitán Benito Sánchez responde con orgullo al coronel diciéndole: -Mis hombres han venido de Madrid para avanzar por encima de todo, y conquistarán el Alto lo mismo de noche que de día. ¿No es verdad, soldados?-pregunta Benito Sánchez al grupo de milicianos que se halla junto a la casa donde se habían reunido. La contestación fué el consabido "U. H. P.", repetido varias veces como expresión de total conformidad, y un "viva" a su bravo capitán. Benito Sánchez vuelve orgulloso su rostro hacia el grupo de jefes reunidos y le dice a Puig: -Ya lo ve usted, mi teniente coronel. Estos hombres no retrocederán ante nada. En estos momentos se presenta el alcalde de Guadarrama con un hombre que ha conseguido para servir de guía en la marcha entre la oscuridad. Al preguntarle Benito Sánchez si tendrán tiempo de llegar al Alto del León antes de que amanezca, contesta: -De los mozos depende. Si andan ligeros y no frenan El capitán puso fin al diálogo con una arenga de espíritu guerrero, y con ello se inicia la salida del pueblo. A LA LUZ DE LOS LUCEROS Donde comienza el monte empinado, la formación se deshace para ir en fila india, sostenidos unos a otros por los fusiles para realizar el ascenso. Van en cabeza el capitán Benito y el guía. Cuando éste se detiene para mirar a las estrellas como pidiendo consejo, los milicianos hacen alto y respiran con satisfacción. Al llegar a Cuelgamuros todavía les cubre la sombra de la noche. Hay un momento de descanso para que el capitán se oriente con el guía en el reborde de la montaña. El improvisado guía señala al oído del capitán que al otro lado del barranco hay dos lomas, pudiéndose alcanzar la primera en quince minutos, pero con mucha precaución porque el enemigo está allí parapetado. La columna de Benito Sánchez avanza silenciosamente y en la oscuridad. Hay momentos en que descienden por el barranco, arrastrándose para no ser descubiertos. Y así llegan hasta los centinelas, que son sorprendidos y derribados a culatazos. Se trataba de jóvenes ingenuos, bisoños, que acababan de llegar de Valladolid, y los manda el muchacho de dieciocho años, estudiante de Derecho, César Sanz. Los que no estaban de centinela no tuvieron ni tiempo de ponerse en pie, porque fueron exterminados en breve lucha por el batallón de milicianos. En esta emboscada nocturna cayeron treinta y ocho falangistas y dos guardias civiles. Entre los primeros se encontraban estudiantes de bachillerato que no tenían más de diecisiete años, y uno de ellos, Eusebio Lobo Gómez Posada, que sólo contaba quince. Al no quedar supervivientes de este grupo no hubo medio de tener referencia directa de lo ocurrido. Pues la información la contradice el parte que el jefe de Falange de Valladolid
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elevó a la Séptima División Militar diciendo "que se encontraron estos cadáveres junto a la dotación de cartuchos disparada, lo que hace suponer que estos camaradas se hicieron fuertes hasta morir". Pero el caso es que el sacrificio de estos muchachos fué completo en la loma "del Copo", que se encuentra a la izquierda del Alto del León yendo de Madrid (derecha en el sector de las tropas de Serrador). La segunda loma que el guía de los milicianos había señalado estaba guarnecida por otro grupo de Falange, compuesto de treinta voluntarios al mando de Luis González Vicent, quienes, al oír los tiros en la loma vecina se lanzaron impetuosamente hacia ella para reconquistarla, a la vez que daban aviso de lo ocurrido a los jefes de las columnas. Y a la luz de los luceros se inició un fiero combate, con bombas de mano y lucha cuerpo a cuerpo hasta reconquistar la loma perdida. En la lucha cayeron heridos de muerte el jefe de centuria Clarencio Sanz y el de Falange Carlos Salamanca, pero se logró rechazar totalmente al enemigo, el cual dejó abandonados muchos muertos y heridos y dos ametralladoras. También se les hizo tres prisioneros. Con los primeros rayos de luz del día 24, al amanecer, se inicia la piadosa tarea de recoger los cuarenta cadáveres que se extendían sobre la tierra, casi en fila, en la loma primera. Y en ese mismo momento comenzaban a retumbar los cañones por todos los contornos y hacia todas direcciones, para rechazar al enemigo que intentaba la conquista del Alto. BATALLA AL AMANECER Lo ocurrido en la loma "del Copo" sirvió para impedir que por sorpresa se realizara el asalto total al Alto del León. La compañía de Transmisiones de Guiloche se apresuró a ir en defensa de los grupos falangistas, quedando una de sus secciones, al mando del teniente José Vegas Latapié, completamente cercada. La resistencia duró varias horas, aguantando el fuego mortífero que sobre la sección lanzaban la infantería miliciana, la artillería roja y la aviación llegada de Madrid, que desde muy de mañana bombardeaba las posiciones nacionales. Los hombres del teniente Vegas Latapié fueron cayendo poco a poco, y llegó el momento en que sólo se encontraba él con cinco soldados y una ametralladora. Al darse cuenta de que era totalmente imposible continuar la resistencia, el teniente Vegas Latapié ordenó la retirada de la ametralladora mientras él cubría el repliegue y caía mortalmente herido en la refriega. Las fuerzas de Puig y del capitán González Gil, al oír el tiroteo, iniciaron el ascenso desde Tablada hacia el Alto del León. Y a la vez el capitán Grande, desde la Fuente de la Teja, iniciaba el bombardeo artillero continuamente. La batalla se ha extendido hasta la misma Granja, donde Morales intenta una nueva diversión, ya que aquel sector se ha reforzado con la cuarta compañía de Madrid, mandada por el capitán Demetrio Fontán, destacado izquierdista desde el primer momento, a las órdenes del Gobierno del Frente Popular. En las carreteras se notaba una gran afluencia de autobuses, camionetas y autos ligeros, con refuerzos que llegaban de Madrid, así como varias camionetas con guardias de asalto y ametralladoras. Los ataques rojos son continuados por todos los sectores, pero siempre rechazados con energía. La aviación sigue arrojando bombas en sus desplazamientos por la montaña, haciendo constantes retornos hacia las bases para abastecerse. Pero por primera vez en el campo de batalla aparecen dos aviones nacionales, que, aunque de escasa eficacia, sirven para elevar el espíritu de las tropas. Llega, además, a la posición una pieza de artillería mandada por el teniente Juan Torres Chacón, con un sargento y ocho artilleros, y después, ya al mediodía, sube al Alto la cuarta batería del regimiento segoviano, mandada por el capitán don Gregorio Vázquez Goldara y los tenientes Alfonso Martínez Aguilar, Javier Bustamante Espeleta y Mariano Mate Herrero, a más de cuatro sargentos, ocho cabos y cuatro artilleros. Se consigue con ello abrir fuego eficaz desde el mismo monumento del León, que es adonde llegan los refuerzos de Madrid.

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Los dos aviones nacionales colaboran eficazmente en la tarea de desmoralizar al ejército rojo, bombardeando fuertemente las concentraciones enemigas. En el pueblo de Guadarrama se presenta el general Riquelme acompañado del comandante de Estado Mayor don Fernando Arniches, al que Morales nombra jefe de Estado Mayor de la columna de operaciones. Tanto Riquelme como Arniches conntnican al Gobierno de Madrid la seguridad de que no llegaría la noche sin la caída del Alto de los Leones. Tan avanzadas estaban sus guerrillas, que tuvieron que suspender los disparos de artillería para que no cayeran sobre ellas. Hay momentos de verdadero peligro en la cumbre del Guadarrama. Cae herido mortalmente el teniente artillero don Antonio Esteban Gracia. Su hermano don Esteban, capitán de Artillería, se entera de la desgracia, pero se mantiene firme regulando el fuego de las baterías. Al final de la tarde, el capitán cae herido también. Pero con la satisfacción de ver la desbandada de los milicianos, de nuevo hacia la retaguardia, dejando numerosos muertos y heridos. La derrota del ejército rojo es aplastante. Entre los muertos se encuentran el comandante Escudero y el capitán González Gil; herido el capitán Fernando de la Rosa, y diezmado por completo el batallón del capitán Benito Sánchez, el cual, avergonzado de su derrota, no se atrevía ni a presentarse a los jefes superiores. En las filas nacionales hay también bajas, como es natural. Pero no se sufre el dolor de la derrota, como en el campo contrario. El coronel Serrador hace su relación de bajas, que suman en total noventa y dos, de ellas un teniente, cuatro cabos y ocho cíe tropa, muertos. Y un comandante, cuatro capitanes, cinco oficiales, trece suboficiales y cincuenta de tropa, heridos. En el parte de distinguidos se señalan los siguientes: Comandante de Infantería don Lázaro González, herido. Capitanes de Infantería don Ildefonso Ruiz Tapiador y don Rodolfo Chacel, heridos; cadete de Infantería don M. Bustamante; capitán de Caballería don Benjamín Martín Duque; teniente don Mariano Alonso, herido; capitán de Artillería don Esteban Gracia, herido; teniente don Crescencio Gómez, herido; capitán de Ingenieros don Enrique Guiloche; tenientes don José Vegas Latapié, muerto, y don Antonio Gordejuela, herido. PROCLAMA DE ONESIMO REDONDO A LOS PUEBLOS DE CASTILLA Y LEON En esta zona de guerra había estado, horas antes de la batalla, el jefe de la Falange castellana, Onésimo Redondo. Y regresaba con rapidez después de alistar nuevos contingentes, al enterarse de lo que ocurría en el frente. El mismo día 24 Onésimo Redondo trazaba unas líneas corno proclama a las juventudes de Castilla y León. He aquí su texto: 24 de julio de 1936. La Patria resucita como siempre se crearon los Imperios: entre el ruido victorioso de las armas. Castilla asiste con júbilo frenético a esta explosión de grandeza y de justicia. Sentimos que el ser de la España envejecida se renueva con su mejor estilo. España se hizo combatiendo y pisando la barbarie, con Castilla como región capitana. Esos puertos del Guadarrama que se estremecen con el avance duro de los infantes y artilleros castellanos lanzan sobre Madrid el aviso histórico de que su perversión y sus errores van terminando. Libraremos a Madrid de sus enemigos de dentro y a nuestra tierra de una pesadilla antigua. Ya no será Madrid la ciudad incomprensiva y alejada de los intereses de Castilla. Labradores castellanos: En estos días se ventila y se asegura vuestro porvenir. El Ejército y la Falange luchan por vosotros. Asistidnos con vuestro tesón y vuestra fe. ¡Arriba España! J. O. N. S. de Valladolid.
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Onésimo Redondo habla por la Radio Vallisoletana, para inyectar de espíritu bélico y patriótico a las masas. Y seguidamente sale en coche con dirección al Alto del León para participar en la dura batalla que se estaba desarrollando. Le advierten del peligro que habría de encontrar en la carretera por diversos pueblos cerca de la Sierra, donde hay guerrillas de milicianos. -¡No importa!--contesta decidido. Y sale para el frente, acompañándole su hermano Andrés, sus amigos Jesús Salcedo y Eduardo Martín Alonso, éste como conductor del coche, y el labriego del pueblo de Mojados Agustín Sastre, como escolta. El automóvil pasa velozmente por pueblos y aldeas de la llanura -vallisoletana, sin que Onésimo pronuncie palabra, él, que tan acostumbrado estaba a los discursos y a los diálogos violentos. Su anhelo es llegar cuanto antes al Guadarrama para participar en la batalla cruenta que en esos momentos se estaba desarrollando. El coche de Onésimo y sus acompañantes pasa por Olmedo, cruza la tierra vallisoletana para adentrarse en los pueblos abulenses, San Cristóbal de la Vega, Montebuena, Martín Muñoz, Sanchidrián, a los que solamente dirige una mirada rápida, reafirmándose en su opinión de que viven abandonados y por cuyo porvenir hablaba a los labriegos horas antes en patriótica proclama. Al llegar al pueblo de Labajos, perteneciente a la provincia de Segovia y en el límite con la de Avila, un camión lleno de milicianos se interpone a su paso en la plaza Mayor. Todos los ocupantes del camión llevan pañuelo rojinegro al cuello, y también en el baquet del coche resalta un banderín con los mismos colores. Onésimo y sus compañeros de viaje sufren una confusión y creen que se trata de falangistas, principalmente por ver un teniente del Ejército junto a ellos. No se podría concebir que por allí hubiese ningún destacamento adversario, puesto que Serrador dominaba todo el Guadarrama y demás posiciones hacia Valladolid. Delante del camión, dos milicianos, fusil en mano, ordenaron la parada para identificar a los viajeros. Las prisas con que viajaban no les dió tiempo a recapacitar que el rojinegro que lucían en el pañuelo y en el banderín era de forma diagonal, como lo usaba la F. A. l., y no de dos franjas negras en los lados y rojo en el centro, en forma horizontal, como es el de la Falange. El hermano de Onésimo fué el primero en echar pie a tierra y, dirigiéndose a los dos centinelas, dijo: -Camaradas, ¡Arriba España! Con nosotros viene el jefe de la Falange de Valladolid. Llevamos mucha prisa para llegar a la Sierra. En ese espacio de segundos la veintena de milicianos han saltado del camión, y el teniente, pistola en mano, les dice: -¡Fuego con ellos! ¡Son fascistas! Y, antes de que el conductor del coche de Onésimo lograra poner el automóvil en marcha, una descarga cayó sobre ellos. Una de las balas hirió a Onésimo en una rodilla, en el momento en que salía del vehículo para poner pie en el estribo. El jefe falangista cayó a tierra herido, a la vez que otra nueva descarga segaba la vida en flor de esta gran figura castellana. junto a Onésimo cayó también el labriego que llevaba de escolta, Agustín Sastre. Los otros tres acompañantes, el hermano de Onésimo y sus amigos Salcedo y Calero, lograron desasirse de los guerrilleros de la F. A. l., desapareciendo a campo traviesa y aprovechando los momentos de confusión que los disparos habían creado. Los milicianos pensaron después que si este alto jefe, a quien confundieron con un comandante del Ejército, había llegado hasta allí, es porque otras fuerzas del Ejército estarían cerca. Y decidieron abandonar con rapidez la localidad. Habían llegado allí como parte de una columna del teniente coronel julio Mangada, que por la mañana había conquistado Villacastín, centro importante de comunicaciones para Serrador. El Gobierno de la República, ante la imposibilidad de la conquista del Alto del León, había ordenado a Mangada que, con cuatro mil hombres seleccionados en los centros revolucionarios, y con material abundante y modernísimo, atacara flanqueando la cadena de montañas al norte de

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El Escorial para caer en la retaguardia, llegar hasta las capitales de Avila y Segovia y envolver así totalmente al ejército de Serrador. En la batalla de aquella tarde desarrollada en el Alto del León no pudo estar Onésimo, porque su cuerpo, acribillado a balazos, era trasladado en esos momentos, silenciosamente, a Valladolid. Pero en los luceros había montado guardia uno más de la Falange, dando fortaleza con su luz a los camaradas que se reafirmaban en la cumbre de la montaña. EL GENERAL RIQUELME, JEFE DEL EJERCITO ROJO EN LA SIERRA El desastre militar del ejército rojo trae como consecuencia el envío de Ri-quelme a la Sierra. Este, refiriéndose al coronel Morales, se expresa así: "Morales será un buen artillero, pero no tiene dotes de mando ni capacidad para expulsar a los falangistas del Alto del León." El día 24 por la noche Riquelme se encuentra ya en la Sierra y sostiene un diálogo violento con Morales, discutiendo quién es el que tiene el mando superior. Madrid lo decide en favor del primero, y Riquelme señala a Morales como jefe de artillería de la columna. Madrid ofrece el envío de nuevos e importantes refuerzos. Llegan cañones del 15,5, y en la mañana del día 25 rompen el fuego sobre el Alto del León. La artillería de Serrador contesta con los suyos, lanzando proyectiles sobre el pueblo de Guadarrama, donde se encuentran los mandos rojos y la distribución de fuerzas. A las ocho de la mañana del día 25 cesa el cañoneo, para proceder a un nuevo asalto a la cumbre del Guadarrama, lanzando para ello a una columna constituida por el regimiento de Wad-Ras, Guardia Civil y Guardia de Asalto. A pesar de todos los esfuerzos se limitan a llegar a Tablada, lo mismo que en otras ocasiones. El ataque ha costado al ejército rojo muchas víctimas sin resultado alguno. Los milicianos reclaman otra táctica a sus jefes, pero éstos se encuentran con que el ardor bélico de la capital desaparece al llegar a la Sierra, donde los camiones cargados de milicianos retroceden con facilidad a su procedencia. No obstante, se intensifica el ataque de artillería para intentar, con otra avalancha de milicianos, el coronar la cresta de la Sierra. Pero las fuerzas de Serrador, aunque escasas, continúan haciéndoles retroceder, causándoles muchos muertos y heridos. En esta jornada del 25 las bajas nacionales fueron de cien, entre ellas un capitán, tres tenientes, dos suboficiales y diez de tropa, muertos. Y.trece capitanes, siete oficiales, ocho suboficiales y sesenta y seis de tropa, heridos. En el parte de distinguidos se señalan el teniente coronel de Artillería Manuel Zabaleta, comandante de Infantería Carlos Letamendia, capitán César Pardal, teniente Gilberto Villar, herido; alféreces: Laureano Nieto, herido; Félix Romero, herido; Cristóbal Montes, herido; Pedro Negueruela, herido, y Eustaquio Antón, herido. Teniente de Infantería Domingo Rodríguez Barraojos, muerto; capitán de Artillería Gonzalo Ortiz, herido; teniente de Caballería Antonio Pinilla, muerto; capitán de Caballería Federico García Ganges, capitanes de Artillería Luis Pérez Herce, herido; Gregorio Vázquez, herido; Eloy de la P.isa, muerto; teniente de Artillería Alfonso Martínez Aguilar, capitán de Ingenieros Antonio Olivé y teniente ele Ingenieros Luis Díaz Alegría. El día 26 continúan los ataques de la artillería enemiga y la aviación sobre las tropas del Alto, que tienen que guarecerse sobre las piedras para esquivar el peligro de la metralla. No hay posibilidad de descansar ni de dormir, y en los ratos de menos intensidad bélica es necesario recoger heridos y muertos para trasladarlos a San Rafael o para enterrarlos en El Espinar, viéndose a la vez por momentos que las columnas nacionales disminuyen y que los ataques del ejército rojo se intensifican. LLEGA EL GENERAL PONTE

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En vista de la grave situación del Guadarrama, el general Mola dispone, desde el Norte, el envío de fuerzas de requetés, voluntarios de Navarra principalmente, y también un general para que dirija las tropas. El día 26 se presenta en el Alto del León, con tan importante misión, el general Ponte. En esos momentos las fuerzas falangistas contienen briosamente a los carros de combate que tratan de llegar a la cumbre en una oleada de fuego, envolviéndoles a la vez sus flancos. Llega providencial mente entonces el segundo batallón del regimiento de la Victoria, al mando del comandante don Juan Toribio de Dios, procedente de Salamanca, y entran rápidamente en fuego para relevar a la compañía de San Quintín, al lado izquierdo de la loma. Los soldados recién llegados sirven para reforzar la posición, que se encuentra en verdadero peligro. En la lucha muere atravesado por las balas el comandante don Juan Toribio de Dios. Le sustituye en el mando el comandante don Víctor Asensi, que lanza sus tropas por tres veces consecutivas contra el enemigo. La situación es verdaderamente grave para los nacionales. Serrador, con el teniente coronel Zabaleta y el capitán Artieda, tienen que hacerse cargo personalmente de dos ametralladoras abandonadas por soldados heridos. Y de esta forma siguen funcionando. El capitán Artieda tiene que lanzarse después al asalto, con dieciocho hombres, para hacer retroceder a las avanzadillas rojas, y allí muere gloriosamente. La artillería enemiga y la aviación funcionan intensamente en esta batalla, la más duradera hasta entonces, puesto que se inició a la salida del sol y continuó hasta finalizar la tarde. Un proyectil de artillería enemiga cayó cerca de donde se encontraba Serrador, con su jefe de Estado Mayor, el coronel Zabaleta, y el capitán Perelétegui. Los tres ruedan violentamente barridos por la metralla. Serrador es recogido, apreciándole fuerte conmoción, agravado por una dolencia crónica del corazón. Zabaleta, herido leve, y Perelétegui, herido grave. Aunque Serrador se niega a ser retirado, el general Ponte logra convencerle de que lo haga. La batalla se alarga, se hace interminable. Llega la noche, y las fuerzas de Puig, atrincheradas en Tablada, logran avanzar (lacia el Alto del León y llegan, entre las sombras, casi hasta el sitio donde está emplazada la artillería. Entre los dos bandos se entabla una lucha a muerte. Se disparan fusiles, bombas de mano y hasta pistolas, porque hay momentos en que ya se lucha cuerpo a cuerpo y se lanzan las bombas tan cerca que al explotar resultan heridos o mueren los mismos que las arrojan. El humo, las detonaciones, la sangre y el fuego forman ¡in verdadero infierno en la cumbre del Guadarrama. Mueren en la lucha el ayudante del general Ponte, capitán de Infantería Manuel Manso de Zúñiza; el ayudante de Serrador, capitán de Caballería Federico García Ganges; el capitán Enrique Soler, el teniente Alfonso Martínez Aguilar y gran número de soldados. El mismo general Ponte resultó también herido, aunque leve, y sigue al frente de las tropas, ya que Serrador hubo de ser retirado a San Rafael, bastante enfermo. Se piden con urgencia refuerzos a Segovia y otras plazas donde se disponga de tropas. Los artilleros de Segovia son los primeros en llegar para reforzar la posición del Alto del León, que se encuentra en peligro de caer en manos del enemigo. Pero a fuerza de heroísmo, y antes de que lleguen estos refuerzos, los soldados nacionales logran rechazar definitivamente al ejército rojo en, una durísima batalla que ha durado, justas, quince horas. En el parte de guerra figuran doscientas quince bajas, entre ellas un comandante, cinco capitanes, once oficiales, once suboficiales, un cadete y ciento cincuenta y seis clases y soldados. En el parte de distinguidos se señalan el teniente coronel de Artillería don Manuel Zabaleta, comandante don Juan Toribio de Dios, muerto; comandante de Infantería Víctor Asensi; capitanes: Manuel Manso de Zúñiza, muerto; Castor Manzanera, José Barros y José García Tejera, heridos; César Pardal; tenientes de Infantería: Antonio Bermejo, Ricardo Moñita y Luis Montero Sierra, heridos; alférez José Sánchez, herido; cadetes: Francisco Garzón y Jaime Lluch, este último herido.

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Capitanes de Caballería: Federico García Ganges, muerto; Francisco Perelétegui; tenientes: Santiago de Coca y Antonio Michel, heridos. Comandante de Artillería Augusto Lecanda, herido; capitanes: José Arbat, muerto; José Artieda, muerto; Carlos Rey y José María Brusis, heridos; tenientes: Alfonso Martínez Aguilar, muerto; Juan Torres y Esteban Sáez, heridos; alférez Venancio Aguado, herido. Teniente de Ingenieros Enrique Molina, herido. LOS REQUETES AL HABLA Los días 27 y 28 se intensifican los ataques de las fuerzas de Riquelrne contra el Alto de León. Las milicias se lanzan furiosamente sobre la cumbre con toda clase de armamento y elementos motorizados, ayudados por la artillería y la aviación. A veces atacan al descubierto, lo que hace que en sus filas haya una gran mortandad. Los camiones regresan cargados de heridos, pero nuevos refuerzos se lanzan contra las fuerzas nacionales, que en lo alto del cerro no tienen tiempo para comer ni para dormir. La artillería se inutiliza y queda sólo una pieza disponible, pero el heroísmo suple a las graves circunstancias. Los bravos requetés, que han tenido ttn rápido bautismo de fuego, no se amilanan por nada, animados del mejor espíritu de lucha. El sol hace brillar sus boinas rojas y de sus labios salen canciones patrióticas para lanzarse en ataque incontenible contra el enemigo.
Por Dios, por la Patria y el Rey, lucharon nuestros padres. Por Dios, por la 'Patria y el Rey, lucharemos nosotros también. .. Cueste lo que cueste se ha de conseguir que las boinas rojas entren en Madrid

El tableteo de una ametralladora enemiga, cerca del Alto del León, interrumpe la canción de los requetés. Pero surge el diálogo de la metralla, que es el mejor poema de la guerra. -¡A luchar!-dice una voz de mando-. ¡Hacedles comer tierra a los marxistas ! Y como torrente impetuoso, difícil de contener por nada ni por nadie, se lanzan monte abajo sobre las avanzadillas milicianas con bombas de mano, ametralladoras, fusiles y pistolas, que todo es útil si no tiemblan las manos que las manejan. -¡Por Dios y por España!-es el grito unánime de los requetés, que van sembrando el pánico de los marxistas. Un jovenzuelo que no aparenta más de diecisiete años se adelanta al grupo y, con la vista fija en un peñasco de donde salían insistentes disparos de fusil, se lanza decidido con varias bombas de mano. -¡Cuidado, pamplonica!-grita uno de sus compañeros-. ¡Procura cubrirte sobre esos peñascos, que te acribillarán a balazos! -Descuida. Si muero así, lo hago con gusto. Voy a traeros el fusil y el "mono" de ese anarquista que veo allí parapetado tras de una peña, y que nos está molestando. Y con un arrojo inconmensurable y un desprecio grande a la muerte saltó como un león, mientras los demás fórtnaban ala envolvente hacia el sitio de donde salían las balas. El choque fué durísimo en toda la línea de batalla. La desbandada roja se inició al momento, no sin que algunos intentaran continuar con firmeza en sus posiciones. Las carnes se desgarran por las pendientes del cerro, unas veces al choque de las piedras y otras por
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los rasguños de las zarzas, cuando no por el corte de alguna bayoneta o el roce de la metralla. Hay charcos de sangre que riegan el espliego oloroso, como contraste del olor a pólvora que domina el ambiente. Las posiciones rojas han sido tomadas y renace de nuevo la calma. Al anochecer, en el recuento de fuerzas se nota la falta de muchos camaradas de la Falange y de los requetés. Se busca con emoción a los heridos y se recoge a los muertos. junto a un chaparro, en las avanzadas rojas, se halla el héroe pamplonica. En una mano porta un fusil y en otra lleva una envoltura toda ensangrentada. Le ayudan a subir a la explanada del cerro. Cojea y a la vez sangra por un costado, pero sonríe gozoso por haber conseguido algo que grandemente anhelaba. Cuando llega al .alto, responde a las preguntas que los camaradas le hacen: -No, nada. Es que he dado un tropezón. Me lancé sobre el miliciano con tanta violencia, que yo mismo me clavé la bayoneta de su fusil en una pierna y cojeo un poco. Pero aquí tenéis su arma y su "mono", como os lo había prometido. Ya no os molestará más desde su encrucijada Y, dicho esto, el muchacho se desplomó a tierra para entornar sus ojos sin hacer desaparecer de sus labios la sonrisa. Además de la herida de bayoneta en una pierna, una bala le había atravesado el costado izquierdo y la herida era mortal. ¡Pero con cuánta sencillez, conformidad y satisfacción entornó el pamplonica sus ojos en el comienzo de la noche estrellada! El día 29 nuevas masas de requetés suben animosos hasta el cerro. Sus boinas rojas reflejan con el sol y animan mucho a los héroes del Alto. Las fuerzas ya son más considerables. Hay ya tres compañías de fusiles de los requetés de Navarra y Rioja, que forman el "Tercio de Requetés de Abárzuza", y todos poseen un gran espíritu combativo. Los días 30 y 31 de julio y 1.° de agosto continúan los intentos de coronar el Alto por las tropas rojas con toda clase de elementos mecanizados. Pero este último día y el primero de agosto las fuerzas de Serrador se lanzan briosamente sobre el adversario, no sólo para mantener sus posiciones con firmeza, sino para lanzar al enemigo a otras más lejanas, causando a las fuerzas de Riquelme un verdadero desastre. La medalla militar es otorgada al "Tercio de Requetés de Abárzuza". lo mismo que a la bandera Girón de la Falange vallisoletana y a las demás secciones que forman las fuerzas militares del Guadarrama. Se premiaba con ello la heroicidad desplegada y mantenida día tras día, ante los continuados ataques del ejército rojo. EL EJERCITO MARXISTA, DESMORONADO Con las batallas de estos días se considera desmoronado totalmente al ejército marxista, que abandona las avanzadillas y retrocede hacia posiciones más lejanas. Las fuerzas del general Ponte conquistan Tablada y otros sectores del Guadarrama que se consideran muy útiles para tina mejor defensa del Alto del León, pero no hay necesidad de avanzar hacia la capital, porque otras fuerzas tienen ya señalada esa misión, realizando una táctica envolvente, en forma de tenaza, que se irá cerrando en su día para ahogar al marxismo en Madrid y liberar a la ciudad como al resto de España. En el frente rojo, las contrariedades se presentan ahora con gran rapidez. Muere el teniente coronel Puig en un combate. A continuación, el coronel Morales pide la "baja por enfermo". Al mismo tiempo el Gobierno de Madrid destituye al general Riquelme. El fracaso ha sido de todos, pero se quiere disimular dejando a salvo a soldados y milicias, para lo cual ponen al frente de las fuerzas al coronel Mangada, ídolo de los revolucionarios. Pero es igual. Este se limita a unos ataques de flanco que los nacionales rechazan con energía, y con ello se rubrica la impotencia de la conquista por los rojos del Alto del León, donde flamea día y noche la bandera de España junto a la de la Falange y la de los requetés.

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GUARDIA PERMANENTE EN LA SIERRA El frente del Guadarrama sé estabiliza. Ya hay tiempo para el descanso, la comida y hasta para la broma. Llegan nuevos refuerzos de requetés, y de vez en cuando algún que otro avión nacional, cómo contestación a las incursiones de la aviación roja que todavía da señales de vida por estos sectores, a fin de animar un poco a las fuerzas de Mangada en su ilusión de poder avanzar por otros sectores hacia Avila o hacia Segovia, y envolver luego la posición del Alto del León que tanto anhelaban. Mas todo es inútil, porque por días se va estrechando el cerco de Madrid y ya tienen más que suficiente con poder escapar por el único sitio que les va quedando libre hacia Levante. Un avión nacional cruza airoso el Guadarrama. Desde el Alto del León se le saluda con júbilo. Sus alas gigantescas se extienden por el espacio, enfilando su vuelo hacia Madrid. El espíritu de los soldados del Alto del León se recrece por momentos. La mirada de todos sigue la senda del aparato, que lleva una misión muy concreta para el Gobierno marxista. La de lanzar algunas bombas de cuatrocientos kilos sobre determinados edificios donde estaban reunidos el Gobierno marxista y su Alto Estado Mayor, objetivos que se procuró cumplir. Media hora después retornaba el águila gigante, cruzando las nubes con los colores nacionales, sirviendo de satisfacción y alegría a las tropas del Alto del Guadarrama. La entrada del otoño hace descender la temperatura, y las horas de paz permiten a los soldados construir refugios, que han de ser muy útiles durante el invierno, si la campaña se alarga. Las prendas de abrigo comienzan a llegar desde los distintos centros de Intendencia. Pero una mañana las tropas nacionales tuvieron una grata sorpresa. Mangada se había surtido de toda clase de prendas de abrigo para su ejército de la Sierra. Y no precisamente capotes militares, sino gabanes de buena hechura, requisados en los comercios y almacenes de la capital. Un tren blindado había salido de Madrid llevando tan hermosa mercancía hasta la Sierra. Al llegar a Navalperal de Pinares esos montones de ropas de abrigo fueron desembarcados, y en camiones se llevaron al frente. Una "columna fantasma" de Mangada se adentró en las avanzadas con su táctica acostumbrada, para apoderarse por sorpresa del pueblo de La Cañada y de la posición de "El Mapa", a fin de proteger después un posible avance dei frente de Navalperal y Las Navas. Pero las tropas del general Ponte están vigilantes, se dan cuenta de la maniobra y salen al frente con fuerzas de caballería, realizando un ataque envolvente que los copa en parte, aunque algunos, con rápido retroceso, logran ocupar el tren blindado y retornar al sitio de partida. Pero los magníficos abrigos de lana y otras prendas de vestir allí quedaron como botín de guerra, que para el tiempo frío que llegaba sería excelente. Vino a ser una especie de donativo rojo muy celebrado por falangistas y requetés en las noches frías del Guadarrama. La furia de Mangada al conocer lo ocurrido fué incontenible y ordenó que salieran fuerzas de Navalperal para detener a los que retrocedían derrotados y sin abrigos. Los concentró en la plaza del pueblo de Navalperal y, encarándose sanguinariamente con ellos, les dijo: -¡Sois unos cobardes y unos traidores y os voy a fusilar a todos! Pero el primero en huir había sido el propio comandante rojo que mandaba la columna, y que se anticipó a llegar al pueblo para contar a Mangada lo ocurrido y culpar a las milicias esta derrota. Mangada mandó enfrentar las ametralladoras hacia ellos a la vez que les dice: -Haceos una "ensalada". Daba a entender con ello que rompieran la formación y se apiñaran, porque las balas iban a caer sobre el montón de carne humana y cada uno debía buscar su resguardo con el otro. Y a continuación añadió: -Id preparando vuestro último mensaje y dejad lo que queráis para la familia
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El momento fué de verdadera emoción. Pero también velaba por allí la Providencia, y dos capitanes, con lágrimas en los ojos, pidieron a Mangada que diera a todos la oportunidad de demostrar que no eran cobardes ni traidores. El jefe rojo resolvió perdonarlos enviándoles a la primera línea de fuego, llevando tras ellos amenazadoras ametralladoras dispuestas a realizar la misión de castigo si no cumplían la palabra que acababan de dar. Y en un nuevo intento de ataque unos murieron de frente, al intentar avanzar, y otros de espalda, al retroceder. Pero lo curioso del caso es que el que hubo de retroceder de verdad fué el propio Mangada, al ver avanzar con rapidez a los nacionales desde todos los frentes de la Sierra, hasta El Escorial. Con ello se inicia un descalabro total del ejército rojo, y se lleva a efecto la huída del Gobierno de Madrid por el único sitio que tenía de salida: la carretera de Valencia. EL "ALTO DE LOS LEONES" Con rapidez se van rindiendo luego los últimos focos de resistencia roja hacia los puertos marítimos, en su aleteo agónico y con vistas a la huída, ante el avance arrollador del Ejército de Franco. La cumbre del Guadarrama, con el león de piedra, fué escenario de una de las gestas más sublimes de nuestra guerra liberadora. Y en memoria de los héroes que allí se batieron y murieron se denomina ahora "Alto de los Leones de Castilla", porque castellanos fueron los que desde el primer momento, como leones, defendieron la posición, en cuya patriótica tarea sucumbieron también las juventudes navarras influídas del mismo heroísmo y fervor patriótico que aquéllos. La gesta del "Alto de los Leones", con motivo de nuestra guerra liberadora, ha añadido una nueva y gloriosa página a la historia de España.

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INDICE Orden de ocupar el Alto del León...................................................................................... 1 Desfile al amanecer........................................................................................................... 2 Por el camino del Duero .................................................................................................... 2 Los rojos se anticipan a ocupar el Alto del León ............................................................... 3 Contacto de las otras columnas nacionales ...................................................................... 3 Las columnas nacionales se disputan el honor de ir en cabeza ....................................... 3 La cumbre del Guadarrama............................................................................................... 4 Distribución de las fuerzas nacionales .............................................................................. 4 Se inicia el fuego ............................................................................................................... 4 Avanzan las columnas nacionales .................................................................................... 5 Con una rosa en los labios ................................................................................................ 5 Un charco de sangre ......................................................................................................... 6 Bajo un sol de fuego.......................................................................................................... 6 El asalto final ..................................................................................................................... 6 Ocupación del Alto del León.............................................................................................. 7 "iA Madrid!; la Madrid!", gritan los nacionales ................................................................... 7 Noche en la cumbre .......................................................................................................... 8 “¡Alto, alto!” ........................................................................................................................ 8 Los milicianos rojos asesinan a su coronel ....................................................................... 9 Se prepara la reconquista del Alto del León...................................................................... 9 Nuevos refuerzos rojos.................................................................................................... 10 Momentos críticos para los nacionales ........................................................................... 10 Llegan dos nuevas centurias........................................................................................... 11 Otra gran batalla.............................................................................................................. 11 La conquista del Guadarrama preocupa al Gobierno de Madrid..................................... 12 A la luz de los luceros...................................................................................................... 13 Batalla al amanecer......................................................................................................... 14 Proclama de Onésimo Redondo a los pueblos de Castilla y León.................................. 15 El general Riquelme, jefe del ejército rojo en la Sierra.................................................... 17 Llega el general Ponle..................................................................................................... 17 Los requetés al habla ...................................................................................................... 19 El ejército marxista, desmoronado .................................................................................. 20 Guardia permanente en la Sierra .................................................................................... 21 El "Alto de los Leones" .................................................................................................... 22

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Fotos La_gesta_del_alto_de_los_leones

FOTOS LA GESTA DEL ALTO DE LOS LEONES

Valladolid vivió, en aquellos días finales de julio de 1936, pendiente de la batalla del Alto de los Leones. Cada día, nuevas promociones de voluntarios salían camino del frente, con el ánimo bien dispuestos para la lección heroica que les esperaba.

Los soldados de Infantería del Regimiento de San Quintín, sumados, desde el primer momento al Alzamiento, salen para el frente...

La contribución heroica de los falangistas vallisoletanosde las J, 0. N. S., de Onésimo Redondo-, fué decisiva en aquellas horas inciertas del 18 de julio de 1936. En la foto aparece Onésimo Redondo, con un grupo de escuadristas, momentos antes de salir para el frente. El ejemplar jefe falangista moriría, pocos días después, en Labajos (Segovia).

La tumba de Onésimo Redondo, en el cementerio de Valladolid. Ofrendas de coronas y flores se suceden ante el mármol funerario que guarda sus restos.

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Fotos La_gesta_del_alto_de_los_leones

El general Serrador-coronel en 1936-que mandaba las tropas que subieron al Alto de los Leones de Castilla y aguantaron allí los desesperados contraataques rojos.

En el Alto de los Leones de Castilla, un sencillo monumento recuerda, hoy, el heroismo de los voluntarios falangistas que defendieron aquel paso. En la foto, un momento de la misa celebrada en el Alto, al conmemorarse la gesta, en julio de 1939

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