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Síntomas histéricos a partir de las experiencias sexuales infantiles Freud parte del descubrimiento de Breuer de que los síntomas

histéricos derivan de ciertas vivencias de eficacia traumática, como símbolos mnémicos que son reproducidas en la vida psíquica. Freud aclara que la reconducción de un síntoma histérico a una escena traumática debe satisfacer dos condiciones: 1. Idoneidad determinadora 2. Fuerza traumática Se da cuenta que la mayoría de las veces la escena que llega al análisis no cumple los dos requisitos. Entonces, considera que tras una escena traumática se esconde una segunda que cumplirá las dos exigencias y cuya reproducción desplegara mayor efecto terapéutico. La cadena asociativa siempre consta de dos eslabones, las escenas traumáticas forman nexos ramificados como un árbol genealógico. No importa el caso o el síntoma, se termina por llegar al vivenciar sexual. Él indica que en 18 casos de histeria corrobora esto. El fundamento para la neurosis sería establecido en la infancia y por adultos. No interesa que muchos seres humanos vivencien escenas sexuales infantiles sin volverse histéricos, con tal de que todos los que se hayan vuelto histéricos haya vivenciado esas escenas. Los recuerdos de las vivencias sexuales infantiles deben permanecer inconscientes. Sólo en la medida en que son inconscientes pueden producir y sustentar síntomas histéricos. Las escenas sexuales infantiles son enojosas propuestas para el sentimiento del ser humano, contiene todos los excesos entre libertinos e impotentes. En las raras condiciones bajo las cuales la desigual pareja lleva adelante su relación amorosa; el niño librado en su desvalimiento a esa voluntad arbitraria, es despertado prematuramente a toda clase de sensibilidades y desengaños que traen grandes consecuencias. Suele suceder que la fuerza determinadora de las escenas infantiles se esconde tanto que inevitablemente se la descuide en un análisis superficial. Por lo tanto estas escenas son las que cumplen las dos condiciones para producir un síntoma. Suele suceder que uno cree haber encontrado la explicación de cierto síntoma en el contenido de las escenas posteriores; y luego en la trayectoria del trabajo, choca con el mismo contenido en una de las escenas infantiles, y la escena posterior debe su fuerza determinante de síntomas a su concordancia con las escenas tempranas. No es la última mortificación, la que produce el llanto, el estallido de desesperación, el suicidio sino que esa pequeña mortificación actual ha despertado y otorgado vigencia a los recuerdos de muchas otras mortificaciones, tras los cuales se esconde la mortificación más grave, que se recibió en la niñez.