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TRES DÍAS DE ILUMINACIÓN

Óscar Arias Sánchez


Presidente de la República
Día de la Independencia
Monumento Nacional, San José
15 de septiembre de 2009

Amigas y amigos:

Hace 188 años, un grupo de hombres congregados en el Palacio Nacional de


Guatemala, firmaron el certificado de nacimiento de las naciones de Centroamérica. Los
signatarios de aquella acta histórica, no sólo proclamaron la separación de nuestros
territorios de la corona española, sino que en el mismo texto ordenaron al Ayuntamiento
de Guatemala la acuñación de una medalla, en memoria del 15 de septiembre, la
celebración de una misa solemne en acción de gracias, y la detonación de los cañones
militares, haciendo salvas de artillería en las distintas divisiones de las fuerzas armadas.
Nuestra Acta de Independencia concluye ordenando que se decreten “tres días de
iluminación” en la ciudad guatemalteca, como símbolo de la razón que habría de alumbrar
el destino de los pueblos centroamericanos, a partir del momento de su Independencia.
Casi dos siglos después, hoy nos sentimos impulsados a emitir el mismo decreto.
Nos sentimos impulsados a pedir, de nuevo, tres días de iluminación sobre las realidades
del istmo centroamericano, y del resto del “Continente de la Libertad”. Porque estamos
otra vez sumidos en la confusión sobre nuestro destino. Estamos otra vez caminando
entre las sombras de la ambigüedad.
Latinoamérica camina entre las sombras cuando insiste en fortalecer a sus ejércitos,
en lugar de alimentar a sus niños. Cuando insiste en defenderse contra enemigos
extranjeros imaginarios o magnificados, en lugar de combatir a sus enemigos internos
reales y concretos: al hambre y a la ignorancia, a la desigualdad y a la enfermedad, a la
violencia y a la inseguridad. Nadie ha logrado jamás matar a tiros a la pobreza. No existe
registro de que el analfabetismo haya sido erradicado con la inauguración de un nuevo
programa de defensa área militar. Y sin embargo, los 200 millones de latinoamericanos
que viven con menos de dos dólares diarios, son condenados a soportar su infierno
mientras se destinan, este año, casi 60 mil millones de dólares al gasto militar.
Latinoamérica camina entre las sombras cuando insiste en propiciar la
confrontación en lugar de la cooperación. Cuando insiste en cosechar enemistades en lugar
de forjar alianzas en beneficio del desarrollo. Una región que, unida, podría ser una de las
más fuertes del mundo, avanza desperdigada por las sendas de la historia, dilapidando
todos los días la oportunidad de progresar lado a lado.
Latinoamérica camina entre las sombras cuando insiste en ignorar las debilidades
institucionales que, una y otra vez, hacen posible la conculcación de las libertades en la
región. Cuando insiste en fortalecer a sus soldados y no a sus instituciones. Muchas de las
naciones del continente, le apuestan a la fuerza y no a la razón; a las armas y no a las leyes.
Esto pone en peligro la supervivencia de nuestros sistemas políticos, y constituye una
traición abierta a los ideales que inspiraron nuestra Independencia.
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Le decía Sancho al Quijote que poco importa si da el cántaro en la piedra o la piedra en


el cántaro: mal para el cántaro. Desde cualquier punto de vista, más fuerza para los ejércitos
latinoamericanos es una mala noticia para las democracias latinoamericanas. Porque las
democracias, como decía Jorge Debravo en un poema, también se quiebran como cántaros.
Eso, precisamente, ha pasado en Centroamérica durante los últimos meses. Una de
las cinco mujeres que vemos representadas en este Monumento Nacional, sufrió la terrible
experiencia de un golpe de Estado. Algunas de las otras mujeres que integran la alegoría,
aunque en menor proporción, han sufrido también los embates de una era en que las
reglas se vulneran con demasiada facilidad, una era en que el discurso antidemocrático
parece ganar nuevos adeptos, y en donde existen todavía quienes confunden el
patriotismo con el irrespeto y el afán de llamar a la violencia, para defender ideas
gastadas.
Éste es mi último discurso ante el Monumento Nacional, las últimas palabras que
pronuncio frente a uno de nuestros mayores símbolos de lucha. Y no puedo evitar pensar
que ahora, como antes, es importante saber escoger nuestras batallas. Es importante
reflexionar un poco sobre qué es lo que defendemos, y en qué contexto lo hacemos. Porque
en nuestro país, y en nuestra región, hay gente que no se da cuenta que está peleando por
un orden de cosas prescrito. Hay gente que no se percata de que en el mes de noviembre
de 1989, el mundo cambió para siempre, cuando los primeros hombres y mujeres cruzaron
de Alemania Oriental hacia Alemania Occidental.
El tiempo de luchar por ciertas ideologías pasó, y en Latinoamérica no nos dimos
cuenta. Lo dije en la Cumbre de las Américas y lo repito ahora: mientras nosotros
seguimos discutiendo sobre todo los ismos –comunismo, capitalismo, socialismo,
socialcristianismo, liberalismo, neoliberalismo- otras naciones encontraron un ismo mejor:
el pragmatismo. Yo no sé si algún asiático habrá llamado “vendepatrias” a Deng Xiapoing,
el líder chino, por haber abierto las puertas de su país al comercio exterior y la inversión
extranjera. A estas alturas, poco importa. Porque su decisión permitió que China fuera la
nación más pujante de las últimas décadas, y la que más éxito ha tenido en la reducción de
la pobreza.
Y aquí muchos insisten en ignorarlo, insisten en repetir las mismas consignas de
hace treinta o cuarenta años. En lugar de ser como el Cid, que peleaba en su muerte por
causas vivas; ellos emplean su vida en pelear por causas muertas.
Yo no voy a disculparme porque mi Gobierno haya sabido leer los signos de
nuestro tiempo. No voy a disculparme por haber puesto a Costa Rica a tono con los
cambios del mundo. No voy a disculparme por haber abandonado prejuicios, paradigmas
y modelos del siglo XX. Porque nuestro país está caminando de nuevo. Nuestro país ha
recuperado el rumbo, aunque eso implicara polémicas y debates fuertes. Nuestro país ha
vuelto a encender la luz y no está más confundido sobre la dirección que deben seguir sus
pasos. Ése es el principal logro de esta Administración, y así lo reconocen la gran mayoría
de costarricenses. Vengo ante este monumento con la cabeza en alto. Puedo ver a los ojos a
la mujer que en él representa a Costa Rica. Porque, junto con mi equipo de Gobierno, he
servido a este país en las luchas de hoy, y no en las de ayer.

Amigas y amigos:

Tenemos todavía muchos desafíos pendientes. Los próximos gobiernos han de


asegurarse de que Costa Rica no pierda el norte, de que no se confunda en las sombras que
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oscurecen los pasos de otras naciones, sino que sea ella misma luz y candil para los
pueblos del continente. Que sea, ahora y siempre, el mejor símbolo de lo que debe hacer
un país que ha ganado la inmensa responsabilidad de ser libre.
Tres días de iluminación pedían los signatarios de nuestra Independencia. Nos toca
hoy asegurar tres años, tres décadas, tres siglos de claridad. Debemos garantizar que Costa
Rica no sacrificará jamás su democracia, su libertad o su paz. Debemos prometer que no
renunciará a adaptarse y mejorar, y que seguirá siempre llevando, como en este
monumento, la bandera ondeante de un mejor futuro para los pueblos de nuestra
América.
Muchas gracias.