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“¿De verdad?

Hace unos años descubrí que en ocasiones cuento cosas que me han sucedido y la gente
se queda con la boca abierta. Eso en el mejor de los casos, porque otras muchas veces
me escuchan con una sonrisita incrédula... hasta un poco escéptica, diría yo. Creo que
muchos de mis amigos, familiares y compañeros de trabajo piensan que tengo un gran
poder de fabulación y que exagero o invento la mayor parte de las anécdotas que cuento.

Un 14 de febrero fui a uno de los numerosos puestos de flores de las Ramblas con la
intención de comprar un ramo para mi amiga Gemma, que estudiaba la carrera conmigo
y que cumplía años ese día. En el puesto de flores elegido, un hombre, de espaldas a mí,
hablaba alegremente con la florista. Se estaba decidiendo entre claveles o rosas para
encargar un ramo para su chica en el día de los enamorados. Se notaba que no tenía ni
idea de flores, claro. Cuál fue mi sorpresa cuando el hombre se gira hacia mí y me
pregunta con una naturalidad pasmosa: “¿Y tú que prefieres, rosas o claveles?”. “Rosas,
sin dudarlo”, le dije yo con una media sonrisa y con una vergüenza impresionante. Por
aquel entonces era un actor no muy conocido en televisión pero célebre en el ámbito
teatral. Yo era muy aficionada al teatro y no había estreno en Barcelona que me
perdiera. Inmediatamente se dio cuenta de que lo había reconocido: se trataba de uno de
los principales actores de la conocida compañía teatral Dagoll Dagom. Años después
ganó gran popularidad al salir en distintas series de televisión y rodar varios
largometrajes de gran éxito. El actor compró un ramo de rosas pequeño pero
impresionante y se despidió dándome las gracias por el consejo. Yo compré unos
claveles preciosos para Gemma (mi economía no daba para rosas) y me fui paseando
por las Ramblas dando saltitos de alegría. Uno de mis grandes ídolos me había pedido
consejo y no sólo eso... lo había seguido.

Éste no había sido mi primer “encuentro” con un personaje conocido. Un par de años
antes, el 4 de julio del 86 me encontraba en Nueva York. Se trataba de un viaje de fin de
curso, a modo de despedida después de haber estado estudiando en Estados Unidos
durante todo el año. Estaba en la ciudad con un grupo de estudiantes de intercambio
españoles de la asociación internacional “American Field Service” (AFS), entre los que
se encontraba Gemma. Ahí nos habíamos conocido y hecho amigas. AFS había nacido
durante la Primera Guerra Mundial como una asociación voluntarios que conducían
ambulancias y recogían a los heridos en los campos de batalla. Al finalizar la Segunda
Guerra Mundial la asociación se transformó en la primera precursora de los
intercambios de estudiantes, promoviendo el primero a principios de los años 50, entre
estudiantes norteamericanos y alemanes. Ese 4 de julio se celebraba el segundo
centenario de la estatua de la Libertad. Era un gran día en Nueva York. Grandes desfiles,
fuegos artificiales, parecía que esa gran celebración era un homenaje y una despedida
para nosotros, que regresábamos a España un par de días más tarde. La alegría se
respiraba en las calles y en todos nosotros una mezcla de melancolía y excitación. A
pesar del gran momento, yo me encontraba mal y necesitaba comprar unos analgésicos
con urgencia. Me separé del grupo momentáneamente, di varias vueltas y por fin
encontré una farmacia. Entré en ella, compré las pastillas y, a la salida de la farmacia,
me tropecé con Keith Richards, guitarrista de los Rolling Stones. Por supuesto ni él ni
yo nos dijimos nada, aunque nos cedimos el paso mutuamente con una sonrisa. Por
aquel entonces, los Rolling Stones eran sin duda mi grupo musical favorito y creo que

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lo siguen siendo. En todas sus giras (se supone que siempre se trata de su última gira)
siempre me digo: “ésta vez no me la pierdo que seguro que es la última”, pero por unas
cosas u otras, nunca he podido ir a ninguno de sus conciertos. Si alguno de ellos se
muere o si dejan los escenarios sin haberlos ido a ver, creo que no me lo perdonaré.

Después de estudiar, estuve unos años trabajando para la organización de los juegos
olímpicos de Barcelona de 1992. Aquélla fue una época de mucho glamour para la
ciudad y tuve la gran suerte de vivir esos acontecimientos tan emocionantes desde
dentro. Allí tuve la ocasión de conocer a gente muy destacada y a un gran número de
deportistas muy renombrados por aquellas fechas. Una de las cosas que más me gustaba
de mi trabajo era que nuestra empresa tenía un convenio con la TV3 para que
pudiéramos ir a comer al comedor de la televisión catalana, que se encontraba a cinco
minutos de donde estábamos ubicados. Por supuesto, para mí ir a comer allí, sobretodo
al principio, era un gran acontecimiento. Allí era fácil coincidir en la misma mesa con
los de La Trinca (el flaco, el guapo y el gordo, aunque ahora el gordo es el más flaco de
todos), con los actores de la compañía teatral La Cubana, con el Màgic Andreu, los
presentadores de los telediarios, etc. Una día el Màgic Andreu se sentó a mi lado e hizo
desaparecer un plátano de la bandeja de mi almuerzo ante mis propias narices (se trataba
de mi postre y sospecho que al final se lo comió él).

Allí coincidíamos muchísimo con Jordi Llompart, el presentador de las noticias del
mediodía quien, hablando claro, me tenía coladita, aunque nunca llegamos a mediar
palabra. Una vez me contaron que para el acto de inauguración de Cataluña Radio,
donde trabajaba Jordi en su juventud, sus superiores le pidieron que se cortara las
melenas que por entonces llevaba, ya que estaba prevista la visita del President Jordi
Pujol. Llompart decidió conservar intacta su melena y por ello le tuvieron un par de
horas encerrado en un almacén de cintas, mientras el President visitaba las instalaciones
de la radio. Al conocer esta anécdota, mi admiración por Jordi creció incluso más. Mi
debilidad por él era tal que ni siquiera me molestaba en ocultarla ante mis compañeros
de trabajo quienes, queriendo darme una gran sorpresa, le pidieron que me dedicara una
tarjeta de felicitación que me entregaron el día en que cumplí veintitrés años. En el
sobre pusieron una pequeña foto de él, como si de un sello se tratara. Qué vergüenza.
Todavía me río cuando me acuerdo.

Terminados los juegos olímpicos, me trasladé a vivir a Valencia. Durante esa época me
di cuenta de que, muchas veces, viendo la televisión con mi compañero Daniel,
reconocía a amigos o conocidos trabajando como actores en la televisión. “Mira Daniel:
esta chica que sale ahora en la tele es Irene, muy amiga de mi hermana”. “Mira Daniel:
este que hace de Barman en este culebrón es Miguel, el hermano de mi amiga Gemma,
que es actor”. “Escucha Daniel, Joel Joan, el actor y guionista de “Plats Bruts” es el hijo
de mi profesora Enriqueta, la que me enseñó a leer. Me acuerdo de cuando Joel era más
pequeño que yo”. Daniel me miraba siempre como diciendo: “¿Cómo es posible que
conozcas a toda esa cantidad de personajes?”, pero claro, nunca lo manifestaba
abiertamente, me decía: “Sí, sí, claro”.

Daniel se ha movido en otros ambientes, más científicos y menos artísticos diría yo.
Daniel en ocasiones reconoce a amigos suyos por la televisión, compañeros de su
promoción, cuando entrevistan a científicos o a expertos en esta u esta otra enfermedad.
Yo me eduqué en una escuela que hace 35 años era muy “progre”. Creo que incluso
ahora mismo sería difícil encontrar una escuela como aquélla. Allí se fomentaba la
creatividad de los niños y nunca nos explicaron quien era Jesús ni nada de todo eso.

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Tampoco se nos enseñaba a competir sino a cooperar y a compartir. A los más listos se
los sentaba con los que iban un poco más retrasados, para que los ayudaran. Hacíamos
teatro, música, expresión corporal, plástica, etc. No es de extrañar que algunos de esos
niños se dedicaran en el futuro a profesiones artísticas. Por ello, de vez en cuando
reconozco el rostro de algún niño con el que compartí juegos de infancia en la cara de
algún actor, músico, pintor, escultor, guionista, director de teatro o cine que
ocasionalmente veo por la televisión o en los periódicos.

Ante la cantidad de anécdotas que le contaba a Daniel, un día le pedí en que él me


contara alguna a mí. “Seguro que alguna vez te tiene que haber pasado alguna cosa
extraordinaria. No puede ser que estas cosas solamente me pasen a mí”. Ante mi
insistencia Daniel me confesó que una vez se había presentado a unas pruebas de la
Agencia Espacial Europea para seleccionar a un astronauta. Ahí si que me dejó perpleja.
Me explicó que había superado varias fases de la selección y que en la última lo habían
descartado por un defecto de la vista. Quedaban muy pocos candidatos ya, entre ellos
Pedro Duque. Pero ni siquiera operándose de la vista le hubieran finalmente
seleccionado. Comentándome esta anécdota, un brillo especial le iluminaba la cara. No
podía ocultar todo lo que le pasaba por la cabeza: se imaginaría volando en un cohete
espacial, pisando la Luna, quién sabe.

La historia de la selección para astronauta me pareció un poco marciana, aunque por


supuesto yo no dudaba de que Daniel dijera la verdad, pero claro, eso de que casi le
eligieran a él, me parecía una exageración.

Creo que todas las cosas que suceden son parte de ciclos, que un día empiezan, se van
sucediendo fases y algún día se cierra el ciclo, aunque sea muchos años más tarde.

Hace unos días los Rolling Stones anunciaron el inicio de su “última” gira, que en unos
meses llegará a Europa. Creo que esta vez va en serio, lo de que ésta es la última. Lo
digo porque hace veinte años de mi “encuentro” con Keith Richards y ya entonces me
pareció un señor muy muy mayor. Aunque nunca se sabe, quizás es cierto eso de que los
viejos roqueros nunca mueren. Pero por si acaso, yo ya tengo mis entradas. Esta vez no
me voy a perder el concierto.

Jordi Llompart ha triunfado recientemente en todo el mundo con la filmación de un


documental en tres dimensiones sobre las Fuentes del Nilo. Se trata de la producción
cinematográfica española que más se ha proyectado en el extranjero en el último año.
Actualmente se proyecta en el Hemisfèric de Valencia. Mañana Daniel y yo iremos a
verlo, las críticas dicen que es espectacular. Quién sabe, igual el documental nos incita a
emprender algún viaje exótico con consecuencias inimaginables.

Hace unos meses Daniel me acompañó en un viaje de trabajo a una pequeña ciudad
Holandesa. Al regreso, teníamos que volar desde el Aeropuerto de Ámsterdam hasta
Madrid. Los aeropuertos suelen ser lugares donde no es extraño coincidir con
personajes famosos o conocidos. Caminando con Daniel por un pasillo abarrotado de
gente en el aeropuerto de Ámsterdam, vi a lo lejos una figura que me resultaba familiar.
Mucho más delgado y mucho más alto de lo que aparenta ser cuando sale en televisión,
a medida que nos acercábamos reconocí a Pedro Duque, el famoso astronauta español,
protagonista de numerosos y celebrados viajes espaciales de la Agencia Espacial
Europea. A medida que nos acercábamos a Pedro Duque empezaron los codazos entre
Daniel y yo. “Venga Daniel, a ver si es verdad que lo conoces, le podrías decir alguna

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cosa, salúdale y pregúntale qué tal el último viaje espacial, ja, ja.”. Daniel se puso rojo
como un tomate y dijo: “Venga no demos la nota, que seguro que ni se acuerda de mí y
además parece que tiene prisa”. “Ya, ya, si claro”, dije yo. Pasamos por su lado, yo le
miré con disimulo; no me gusta incordiar a la gente conocida con miradas indiscretas...
Pedro cruzó su mirada fugazmente con la mía y a continuación con la de Daniel. Pedro
tiene esa mirada rara del que ha estado en el espacio sideral y no se sabe muy bien si lo
que ha visto es maravilloso o si se ha encontrado con una verdad inconfesable. A veces
pienso que los astronautas pueden incluso haber estado hablando con extraterrestres
pero que les han prohibido contarlo. Y lo peor que se me pasa por la cabeza: que los
extraterrestres les hayan podido robar el cuerpo, qué espanto. Nos cruzamos totalmente
y seguimos caminando, cada uno en un sentido contrario. De repente oímos una voz
desde atrás: “Daniel, ¿eres tú Daniel?” Nos giramos y Pedro Duque tenía los brazos
abiertos con una gran sonrisa, dirigida a “mi Daniel”. Pedro y Daniel se acercaron y se
fundieron en un sincero abrazo. Intercambiaron varias frases de cortesía y Daniel me
presentó a Pedro. Tras unos minutos de charla y de ponerse al día, Pedro y Daniel se
intercambiaron tarjetas y quedaron en llamarse algún día. Todos llevábamos prisa para
coger nuestros respectivos aviones.

Ayer recibí en mi despacho la siguiente tarjeta de invitación:

El Rector y el Consejo de Gobierno de la Universidad Politécnica de Valencia

Tienen el honor de invitarle al solemne Acto de Apertura del Curso Académico 2005-
2006 y al Acto de Investidura como Doctor “Honoris Causa” del Excmo. Sr. D. Pedro
Duque.

11:00h
6 de octubre de 2005
Traje académico o traje oscuro

Por la noche se lo comenté con gran alegría a Daniel y decidimos que ambos iremos.

Justo antes de acostarnos sonó el teléfono. Era Pedro. Como viene a la ciudad y estará
un par de días por aquí, quería ver si podíamos quedar un rato para comer. “¡Por
supuesto que sí, Invitamos nosotros! ¿Te gusta la paella, verdad?”

En Valencia, a 23 se septiembre de 2005