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Epístola a los Hebreos

Vicente Eliamar Vega Carrales.

El capítulo nueve de la carta a los Hebreos nos ofrece una descripción del interior de la Tienda del Encuentro, símbolo de la morada celestial. Se detallan sus dos espacios, el primero, conocido como lugar santo, se encontraba entre el primero y el segundo velo, ahí se ofrecían los panes y la luz del candelabro, y sacrificios animales cotidianamente; más allá del segundo velo se encontraba el Santo de los Santos, o lugar Santísimo donde se encontraba el arca de la alianza, que era el objeto más sagrado sobre la tierra pues ahí moraba la presencia de Dios, y el altar de oro para el incienso. En el lugar Santo, insisto, se ofrecía el culto día a día, pero el lugar Santísimo era prácticamente inaccesible, sólo entraba el sumo sacerdote y una vez al año, ofreciendo sangre de animales por sus propias culpas y por las del pueblo. El Santo de los Santos era un símbolo del corazón de Dios, con el cual no era posible entraren comunión a causa de los pecados. Por más que se quisiera todo acto de culto resultaba insuficiente, pues se tenía que repetir perpetuamente. Lo ejemplifico con lo siguiente: si yo usara cierta pintura para restaurar mi casa, y ciertamente al final de la jornada luce pura y reluciente, pero al amanecer el día siguiente gran parte de la pintura se ha caído y la casa luce más bien ridícula por las variaciones de tonalidades, y tuviera que pintar nuevamente la casa, y repetir esto cada día, ¿tal pintura sirve? Claro que no. Se necesita de otro producto que sí me brinde la garantía de los efectos que se esperan. Ese es el único modo de que tenga sentido lo que se ha hecho. Algo análogo sucede con el sacrificio de la primera alianza, no podemos negar que los sacrificios hechos en ella tengan cierto efecto, pues capacitaban para el culto; sin embrago, aquello debía ser sólo símbolo de algo mayor que pudiera tener el efecto esperado. Eso mayor, perfecto, llegó con Jesucristo. Él es el sumo sacerdote

necesario, el que nos convenía. Él penetra en el Santísimo, pero no es necesario que ofrezca algo por sí mismo, él no tiene pecado. No ofreció algo simbólico, sino la más alta realidad salvífica: la infinitud de un amor divino que

Epístola a los Hebreos Vicente Eliamar Vega Carrales. Este sacrificio perfecto. . Los indios están Lo que era imposible para el hombre por la separación que suponía el velo. de todo tiempo. tanto así que bastaba una gota para redimir toda la humanidad. se derrama en sangre. ha sido posible por Cristo. escapa a su esclavitud inundando la eternidad. su sangre preciosísima es capaz de saldar toda deuda de pecado. sucediendo en el tiempo. Pero en adelante. dota de perfección a lo que de imperfecto quedaba en la antigüedad. otorga a todos los hombres de la posibilidad de entrar en comunión con el corazón de Dios por el único sacrificio de Cristo. Tan alta ofrenda se entrega que la Cruz es la primera realidad que. El velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo para evidenciar que se trató de una iniciativa divina. El sacrificio ofrecido por Jesús es el más perfecto.