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LIMA, 3 DE ENERO DE 2014

No Hay Tabú Que no Caiga

Por Rafo León

Todo se le puede perdonar al hombre, hasta compartir con la fossa (Cryptoprocta ferox, mamífero que habita solo en Madagascar) el curioso privilegio de ser los únicos seres vivos que matan por placer, todo se le puede condonar cuando es capaz de sacar a relucir una de sus virtudes, si no la única, la mejor diferenciada de la hipocresía teologal religiosa. Me refiero a su capacidad de terminar siempre tumbando al tabú que por siglos lo aterró, guio su conducta, ordenó su sociedad y construyó lo intocable. No hay mal que dure cien años, aunque hay tabúes que han tomado más tiempo, antes de caer y ponerse en evidencia como creaciones destinadas a ejercer el poder sin recorte alguno gracias al misterio que las rodea: el arcano. Pero siempre terminan cayendo. El año que acaba de finalizar ha sido áspero y antipático en muchas cosas para el peruano. Pero se ha mostrado estupendo en eso de desvelar supersticiones que por décadas y por siglos, nos paralizaban. “No te metas con El Comercio, si te agarran ojeriza, te decretarán la muerte civil y desaparecerás de la realidad y tú sabes que si para El Comercio no existes, de verdad, no existes”. Crecí escuchando esa advertencia entre parientes, políticos, empresarios y creadores. A Haya de la Torre, El Comercio lo obliteró de la realidad por más de cinco años, hasta que un día decidió hacerlo renacer cuando el Cóndor Latinoamericano

empezó a mostrar los signos de la madurez política que pintaban bonito a ojos de El Decano. Para un creador enemistarse con El Comercio era esfumarse de la vida cultural oficial del país. Nunca más una reseña a tu libro, una mención a tu muestra de pintura, un comentario a tu ensayo. El Perú seguía viviendo sin ti gracias a que alguna vez saludaste con poco homenaje a un Miró Quesada, o te permitiste decir algo sobre las huachaferías de alguna dama de la familia, que le llegó como chisme a alguno de los cientos de tukuy rikuy que pueblan los locales del grupo, hoy monopólico, de información. Y de pronto, ya con anuncio desde años atrás, en 2013 el tabú cayó como una estatua de Stalin en San Petersburgo. Hoy la familia está ante la opinión pública humanizada hasta la exageración, en eso de anhelar el poder para mantener la fantasía de que se puede manejar a un país entero, aún en una época de libérrima circulación de información y de verdades descarnadas. El otro gran tabú que pagó pato este año –para muchos más bien un tótem, según la distinción freudiana– ha sido Juan Luis Cipriani. No la Iglesia Católica, ojo: en las encuestas esta sigue siendo la institución más confiable entre las existentes (en mi humilde opinión, algo más difícil de entender que los ectoplasmas de madame Blavatsky, más es así). Pero si la Iglesia se mantiene poderosa, y quizás vaya a recuperar espacio perdido, gracias a las sonrisas de pan de ayer de Papapancho, Juan Luis Cipriani sí termina el año como aserrín de cantina. Es que nadie ha hecho en la historia tanto mérito para conseguir el rechazo de una comunidad, y después reclamarle por haberle perdido respeto. ¡Quién de mi generación habría de pensar que se podía hablar abiertamente de las mentiras, intrigas, tramas con el poder y maquinaciones diabólicas de un Cardenal! Ni siquiera resultaba posible lucubrar a solas sobre ello, porque eran –o siguen siendo– pecados los malos pensamientos. Este año, en cambio, a raíz de comportamientos de Cipriani como los ataques a Susana Villarán, el apoyo explícito al fujimorismo en tantas ocasiones, su sacra homofobia, que lo ha llevado a trastabillar de furia verbal en púlpitos y cabinas de radio; su santa misoginia, próxima ya a la ginefobia y su blindada defensa de todo lo que sea represión y silencio cómplice, sobre todo ante casos probados de pedofilia clerical, han hecho de

esa sombra fatua, grande, fumadora y mal encarada, un hombre común y corriente, un santón en mal momento. Solo por eso, felicito al peruano del 2013. (Escribe: Rafo León)