Teología Novísima

Por Santiago Sevilla Teología es el estudio de Dios. Como Dios no aparece, el estudio de Dios no es científico. La teología no es una ciencia, sino un infundio. Mas, no por ser un invento de la fantasía, la teología deja de ser fascinante. Dios es un invento de la humanidad. Desde todo un siempre los hombres hemos creído en Dios. No obstante, la creencia por sí sola, no crea a Dios. Tan intrascendente es la fe en Dios, como su negación por el ateísmo. El intento de probar la existencia de Dios es vano, pues Dios es imperceptible. Ninguno de los cinco sentidos lo ha podido captar. La llamada revelación ha sido siempre fatua.

El universo, nosotros hemos querido que haya sido creado por Dios. Es Él, Dios, el productor de todas las cosas. Tiene que haber habido alguien que puso en marcha el Cosmos, pensamos: Alguien habrá hecho reventar el “Big Bang”, el “Urknall”, la explosión primigenia. Ese alguien no puede haber sido sino Dios. Él es anterior a todo, excepto a sí mismo. ¡La cadena de causa y efecto termina y comienza en Él! La pregunta es: ¿Porqué? O mejor dicho: ¿Cómo así? Tan probable es que el Universo sea eterno, como que haya sido creado. Y la pregunta a ultranza será siempre:

¿Quién creó a Dios? Y a su creador, a su vez, ¿quién lo creó?

Salta a la vista que Dios es un invento humano, una necesidad para responder la pregunta incansable hacia el origen del Universo. Pero esta concepción poética de la humanidad, llamada Dios, no tiene porqué tener fundamento real. Dios no existe porque lo necesitemos con nuestra mente afanosa de resolver el interrogante categórico del porqué del universo. Pero Dios ha sido instaurado solemnemente por la Teología. Los teólogos, han concebido la Teoría de Dios. Los teólogos de Egipto, de Grecia, de Israel, de China, de Japón, de México, de Perú, de Arabia, cada uno en su religión, han inventado a Dios.

Él ha sido siempre un rey con supremos poderes sobre vida y muerte, infinitamente sabio, bondadoso u totalmente severo y cruel, según el caso. Todo esto se ha aseverado sin la menor prueba. La Teología se convirtió siempre en un instrumento de poder para los sacerdotes teólogos, sabios en todo lo tocante a Dios. Una de las cosas más sorprendentes de la Teología, es su pretendido conocimiento del universo “post mortem”. Sobre lo que sucede después de la muerte se ha fantaseado sin fin, en todas las religiones. El antiguo Egipto creyó en la vida eterna, asimismo el Cristianismo, el Islam, y muchas otras variantes de la teología. Se consideró que el Juicio Final será un hecho inevitable. Peor aún, se inventó el alma, como una gran verdad. Pudo, en cambio, haber habido otra teología, en la que Dios no fuera un rey, ni un juez, ni que quisiera saber de nuestras acciones individuales o colectivas, ni que le importara si lo venerásemos o no, si fuésemos buenos o malos. Sería interesante una Teología en la que Dios sólo se ocupara de los vivos de todas la especies de seres, y no de los muertos, pues estos ya no son. Es sorprendente que la humanidad haya creído en que los muertos siguen vivos, a pesar de que es obvio lo contrario. El alma, o sea la energía vital, desaparece cuando la materia del cuerpo como organismo, deja de operar con vida y pasa a la descomposición y putrefacción.

El alma deja de ser, y es patente que este alma no pasa a convertirse en un fantasma o espectro errante en busca de paz. Estas ideas son fantásticas y fatuas, aunque todo el mundo crea en ellas. Si nos imaginamos una Teología sin las almas de los muertos tan numerosas, provenientes de centenas de miles de siglos de humanidad, la teoría de Dios aparece algo más verosímil. Si Dios inventó la muerte, no ha de ser para que las almas de los fenecidos pululen en pos de premio o castigo por sus actos. Si Dios inventó la vida, la reproducción de las especies humana y animal y vegetal, no habrá sido para ocuparse de los seres muertos, que ya no son. Una nueva teología, como suprema especulación, debería concebir alternativas para el rol o papel de Dios, en lugar de pintarlo con caracteres tiránicos de monarca vanidoso por su gloria y poder. Las grandes hecatombes y tragedias de la especie humana no se podrían imputarlas a Dios. En todo caso, cuando se cavila y medita sobre Dios, se descubre la locura inherente a la teología, que pretende saber lo imposible. Pero con algo de elemental argucia, es fácil constatar que la teología es una sutil manera de acomodar y presuponer en Dios una serie de atributos para que la clase sacerdotal, mediadora ante él, saque para sí, en connivencia con el poder político, el máximo provecho.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful