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La mujer bajó la vista y se miró los zapatos de tacón. Unos largos y finos tacones, acordes con sus largas y estilizadas piernas enfundadas en medias oscuras. Luego subió la mirada hacia su acompañante y, tras detener la vista en él durante unos instantes, sonrió bajando nuevamente la mirada, algo avergonzada. El hombre era aún más alto que ella, de espalda ancha y cuello recio, sonrisa encantadora y unos ojos de un marrón profundo en la que se había perdido varias veces durante el transcurso de la cena y que después, en el baile de la gala de la empresa, los había visto frecuentar el escote de su vestido de satén. Su mirada la volvía loca y la excitaba la libido a niveles impensables. El viaje en automóvil había sido rápido por las calles de São Paulo, en busca de su piso en un barrio periférico. La mujer conducía sin respetar las señales de tráfico ni el resto de vehículos. Quería demostrarle que no solo era unos pechos turgentes y un trasero redondo. Él le había recordado que no tenían prisa, que no fuera tan rápido. Ella le hice caso durante dos manzanas para luego, mordiéndose el labio inferior de placer al notar sus ojos marrones clavados en sus pechos, volver a acelerar más tarde, cruzando las calles de la ciudad a ciento setenta por hora, convirtiéndose las farolas y los semáforos de la noche en fugaces ráfagas luminosas que se abrían a su paso. —Você pressa, mulher? —preguntó el hombre sujetándose al salpicadero del coche. Pues claro que tenía prisa. ¿Quién no la tendría si tu acompañante cobrase doscientos reales por hora? Además, aún le quedaban tres horas en su compañía y pensaba disfrutarlas íntegramente en la intimidad de su casa, con la mínima ropa posible; a ser posible, ninguna. Entraron como una exhalación en el garaje y las ruedas chirriaron al frenar el coche en la plaza de aparcamiento con una maestría digna de un piloto profesional. Sus tacones repiqueteando por el suelo levantaron ecos en el espacio cerrado y los dos se dirigieron hacia la puerta del garaje que conducía al edificio.

2

—Nós quase foi morto. Você está louca. —sonrió el gigoló detrás de ella, hipnotizado por la cadencia de compases que marcaban las nalgas de la mujer al andar. Dos glúteos perfectos, respingones. Solo la fugaz sombra de un tanga ceñido bajo el estrecho vestido les separaba uno de otro. La mujer volvió ligeramente la mirada hacia el hombre mientras pulsaba el botón de llamada del ascensor. La encantaba sentirse deseada por aquel profesional. No solo deseada, sino estudiada su anatomía al detalle. Se estremecía al pensar cuánto juego podría darle aquella mirada lasciva en la cama. Notó su entrepierna húmeda, igual que su boca. Subieron hasta la última planta y la mujer introdujo una tarjeta electrónica en una ranura y abrió la puerta de uno de los dos áticos exclusivos del edificio. Pocos áticos había en aquel barrio. Lula da Silva había contenido la furia urbanística pero ella había sido más rápida que los demás mortales al apropiarse de aquella estupenda vivienda antes de que la desmedida expansión inmobiliaria fuese frenada. Tenía dinero de sobra, un buen trabajo y un buen cuerpo. ¿Qué más se podía pedir? Un buen polvo. En cuanto la mujer cerró la puerta de la casa con un golpe de cadera, se abalanzó sobre el gigoló, y le hundió la lengua en aquella boca tan apetitosa y que había estado deseando con tanto ahínco durante toda la noche. La reacción del hombre no se hizo esperar y fue consecuente: un largo y profundo beso varonil dio paso a un hábil juego de manos para abrir la cremallera del vestido de ella, situada en la cintura, bajo la espalda desnuda, para luego dejar caer al suelo el vestido. Después, con algún esfuerzo, hizo separar a la mujer de él para contemplar mejor su cuerpo. Hombros redondeados, suaves, seguidos de unos pechos henchidos, jóvenes y lozanos, coronados con oscuros pezones desafiantes.

La mujer se desnudó y quedó de pie. ella era la que pagaba. presa de una excitación que pocas veces había sentido. convencida en su interior de que era ella la que debía exigir. Debía ser ella. El gigoló cogió de la mano a la mujer y la llevó con paso ligero hasta el dormitorio donde la lanzó sobre la cama. Y la mujer.3 La mujer se llevó las manos a la espalda y agachó la cabeza algo avergonzada al sentir la mirada valorativa del gigoló. quedando ella abierta de piernas. la que mandase. encantada. Tragó saliva. Su vientre terso pero algo tembloroso. delante del hombre. la manifiesta hinchazón. No osó levantar la vista hacia el gigoló. Nn miembro de enormes proporciones se intuía bajo el pantalón. por supuesto. un objeto divinizado. . —Calcinha e meia-calça. Y esa respiración agitada se convirtió en furioso inspirar cuando levantó la vista hacia la entrepierna del hombre y descubrió. La mujer respiraba rápido y esa respiración se convirtió en furia descontrolada al ir viendo como el hombre se desnudaba en la penumbra de la habitación. Le palpitaba las sienes sudorosas. la excitaba demasiado como para poder resistirse. transmitía la excitación que su sexo brillante y afeitado desbordaba e iba seguido de unas piernas delgadas. Pero sentirse como un objeto. ¿Por qué se sonrojaba tanto? Al fin y al cabo. no tenía derecho a valorar su cuerpo con esa mirada como si solo fuese un par de tetas jóvenes y un coño sediento. La mujer se retorcía los dedos a su espalda. idolatrado. obedeció sin rechistar. reverenciado. pero sin poder resistirse. de esbeltas curvas que terminaban en los zapatos de alto tacón que el hombre había omitido en su orden. las humedades de su sexo empapaban la cara interna de sus muslos morenos y sus pezones tiznados estaban tan erectos que notaba su misma respiración arañarlos. El cuerpo femenino parecía rogar por acoger cualquier estímulo que la diese placer. eu quero ver você nu. los pechos se hinchaban al tomar aire con desesperación. vadia — demandó el hombre.

con una fuerza nacida de la desesperación por conseguir el mayor placer posible. precisos. poseía un cuerpo esculpido y firme de pectorales marcados y abdominales perfectos. imparable. Una explosión en su vientre la hizo notar su hendidura aún más húmeda. evitando posar sus labios y lengua sobre el sexo palpitante que parecía burbujear fluidos como una falla volcánica. la mujer gimió ansiosa y. pronto. hundió sus uñas en el duro trasero del hombre. ahí llegaba. lo presentía. El hombre. sin mostrar ninguna debilidad. Todo su cuerpo estaba expectante ante la inminente llegada del placer. Aquel hombre la follaba sin darla tregua. a sentir el aliento encendido de aquella boca. Atenazó con sus piernas el trasero del hombre para permitir un internamiento más hondo en su vagina. La mujer gritó extasiada. un internamiento que la desgarrase y la partiese en dos.4 Los ojos de la mujer se abrieron descomunales al ver el tamaño del miembro erecto del hombre. sin mermar las fuerzas. arrollador. La extrema lubricación de la vagina facilitó la velocidad y. convirtiéndose en chillidos. Su corazón latía a mil por hora. aún más desesperada. el cuerpo de la mujer comenzó a agitarse al son de unos gritos que iban aumentando de volumen. Sus tripas se revolvieron y su vientre se tensó como como la piel de un tambor. Cuando. por fin. La cópula se desarrolló en movimientos rápidos. El hombre la cubrió de besos y caricias todo el cuerpo. Estaba tan excitada que creyó que la vista le fallaba cuando un destello rojizo surgió de los ojos del gigoló al posarse sobre ella en la cama. comenzó a hundir su miembro en la hendidura. . Aquel orgasmo iba a ser glorioso. además de un espléndido pene. obligándole a ensartar su interior. La mujer sonrió lasciva. sintiendo como la saliva que anegaba el interior de su boca fluía por las comisuras. Sí. ya venía. a enterrar muy hondo aquel miembro divino en su interior. preludio certero del orgasmo. Los gemidos dieron paso a los gritos sin pasar por los jadeos. La mujer cerró los ojos con fuerza y exhaló un gemido gutural al sentir las contracciones del vientre.

Era real. pero no extrajo ningún tipo de emoción. que esto no era un sueño. Ahora solo sentía dolor. Y ahora sí que gritó fuerte. con gesto impasible. Notaba su sexo amoldarse al pene. de aquel acto. Aquel ser de mirada cegadora que seguía follándola no era real. no podían ser humanos. ya no de rabia sino de miedo. Los ojos del hombre. cálido y húmedo. Un estallido de esperma bañó el interior de su vagina. Su orgasmo se había esfumado. La mujer mantuvo el grito pero ya no reflejaba placer sino desencanto. se convenció. pero no le importó descender a la categoría de mero objeto donde enterrar un pene. Más que un grito fue un chillido de rabia. . No hubo orgasmo. Aún sentía el descomunal miembro en su interior. todo terminó. El hombre de mirada inhumana retiró el miembro reluciente del interior de la vagina y volvió a hundirlo haciendo que el semen desbordase la entrada. Y la mujer.5 Y. no hubo explosiones de colores bajo sus párpados. que la contemplaban sonriente. como si jamás hubiese existido. entre la furia y la desilusión. con una certeza absoluta. Su cuerpo ahora sí era un simple receptáculo. de repente. para acoger la inmensa polla. Ni una pesadilla. llameaban con un fulgor rojizo que teñía de carmesí toda la piel circundante. mientras seguía chillando. ni positiva ni negativa. La mujer abrió los ojos entre la confusión y el decepción. Eran unos ojos que no eran humanos. La mujer estaba paralizada. era imposible que fuesen humanos.

abrió la puerta y se marchó. ¿Me ha violado?. Y sus pupilas llameaban ahora como brasas cegadoras—. No hizo falta un segundo intento. El fortísimo sonido sacudió la noche de aquel barrio de São Paulo y solo algunos vecinos de las viviendas inferiores del edificio protestaron por aquel alboroto. Al cabo de media hora.6 El hombre se corrió una segunda vez bajo la mirada indiferente de la mujer. pensó la mujer para sí. Los discos de la tráquea tenían bien sujeto el cubierto. más potente. sin pensarlo. Un chorro de sangre manchó el suelo de la cocina y la mujer se derrumbó sobre la encimera. como si fuera ebria. más categórico. El resto de la ciudad siguió con su vida nocturna. El hombre se levantó y se vistió. Você pode ter a sua casa. La mujer no concedía ninguna importancia ya a aquel crimen. Seguía viva. mas eu vou tomarão sua alma. Se intentó sacar el tenedor. Sacó un tenedor y. El tono de voz era más grave. la mujer se levantó de la cama. La mujer acogió aquella confesión como si la contaran la muerte de una hormiga. seu dinheiro e sua vida. Hizo fuerza y notó un desgarro en su cuello. . Recogió el dinero que había encima del aparador del pasillo. La mujer sólo se mordió el labio inferior cuando sintió una segunda descarga de semen en su interior. arrastrando tras de sí un aparato de radio que se encendió al máximo volumen. Sus pechos se revolvían sin vida. vadia —dijo el gigoló al salir fuera de ella y limpiarse el miembro con las sábanas. —Sua alma é mina. Pero no le importaba. se lo clavó en la garganta. caminó con andares temblorosos. pero fue debido al dolor de la fricción del pene dentro de su vagina seca. con hastío. Así sería si me importase. su cuerpo se agitaba por inercia. Los ojos rojizos del hombre vibraron satisfechosS. se dijo. y abrió el cajón de los cubiertos.

era signo inequívoco de que no había acudido a aquella iglesia por los mismos motivos que el resto de la gente. su mirada se paseaba por los innumerables asistentes y una media sonrisa. mientras los asistentes estrechaban la mano de aquel sacerdote tan entregado. el pueblo entero se había reunido en la pequeña iglesia y. aunque luego el sacerdote viajaría a otras localidades próximas. e hizo repiquetear sus tacones al andar en dirección al párroco. Cuando pocos feligreses quedaban ya en el templo. Media hora más tarde. casi invisible entre los cientos de feligreses. no prestaba atención alguna a las palabras del sacerdote.7 —¡Regocijaos. en los pasillos y junto a las paredes del pequeño templo contemplaba con mirada arrebolada al sacerdote. se acercó a él. Ni un solo murmullo se oía y solo la respiración entrecortada de los más devotos feligreses era el único ruido que acompañaba a las palabras del sacerdote. hermanos míos! —clamó el sacerdote desde el púlpito de la iglesia abarrotada— ¡Regocijaos porque la venida del señor está próxima y vuestros pecados. respirando sus arengas. . serán perdonados! La multitud apiñada en los bancos de la iglesia. a juego con su vestido de escotes y transparencias de pasarela. de palabras tan inspiradas. Aquel domingo. Detrás de sus gafas de sol. acabada la misa. Solo una mujer. todos ellos. bebiendo sus palabras. muchos eran los vecinos de los otros pueblos que también habían acudido a la misa con tal de sublimar en sus cuerpos una parte de la ceremonia. la mujer se quitó las gafas de sol y las guardó en su bolso de Prada. obscena en aquel sagrado lugar.

fuera del confesionario. ya no obedezco sus órdenes. La mujer sonrió. Pero sólo si le sirves una última vez. cuando solo quedaron ellos dos.8 El sacerdote. demudó su cara hacia la sorpresa y luego hacia la indiferencia. El sacerdote. —¿Qué diablos haces aquí. sentado en el pequeño asiento de madera. De sus pupilas surgía un fulgor rojizo llameante. recadera? —preguntó el sacerdote con voz aguda. Y él tampoco me ha hecho caso desde entonces. —Dile que ya no le sirvo. . Requiere de tu servicio. Los dos somos más felices ahora. perdóneme porque he pecado —susurró la mujer sin poder contener una risa nasal. si así lo ves. —De diablos va el asunto. se refugió en el confesionario alojado en una esquina del templo. encantada con la fragilidad de la voz con que el sacerdote respondía. —Él no. sin mirarla. —¿Qué quiere de mí? Ya le repudié hace mucho tiempo. ciertamente —rió la mujer. el mismo que también se adueñaba de las pupilas de la mujer. se revolvió inquieto. eliminando cualquier rastro de sorna de su voz. —Te ofrece la mortalidad. La mujer esperó la respuesta del sacerdote durante unos segundos y se sobresaltó al verle aparecer a su lado. —Me envía nuestro Señor —dijo la mujer con gravedad. el sacerdote. La mujer emitió una débil carcajada seguida de un bufido para después caminar hasta el confesionario y arrodillarse sobre el escabel mullido. en cuanto vio a la mujer con su vestido obsceno en aquel santo lugar. la mundana mortalidad o tu ansiada redención. La mujer permitió que la iglesia se vaciase y. —Padre.

Tú respetas al Señor. además. Ninguna prenda podía ocultar de su mirada la superficie de una envoltura mortal y se maravilló de lo bien que le sentaban los años a aquel cuerpo humano. El sacerdote enarcó una ceja. se aprovechan de su condición de recolectores de almas mortales para apropiarse de ellas sin enviarlas al Tártaro. —Lo ignoramos. La mujer subió la mirada hasta el rostro del sacerdote. —¿Qué han hecho para que hayan sido condenados? —Repudiar a nuestro Señor. —No. Ellos le ridiculizan y. Un cabello corto. —¿Qué hacen con ellas? —preguntó con curiosidad el sacerdote. Hay que eliminarlos. —Obtienen el alma mortal yaciendo con mortales y apropiándose de su comunión orgásmica. Pómulos marcados y cejas espesas. El Señor supone que son demonios jóvenes.9 —Tenemos tres descarriados —continuó la mujer poniéndose de pie—. —Igual que yo. enmarcaba un rostro de duros vértices. que se follan al mortal y les roban la corrida. No respetan la jerarquía ni los más básicos preceptos. —O sea. pero eso no es lo más grave de su conducta. La mujer bajó la mirada y estudió el estupendo cuerpo mortal que exhibía el sacerdote bajo la sotana. igual que tú no. No sabemos quiénes son ni dónde están. inmaduros y alocados. No le obedeces. pero no te burlas de él. . entonces —murmuró el sacerdote cruzándose de brazos. La mujer frunció el ceño y arrugó los labios divertida al oír esas palabras de labios de un ministro de Dios. nariz aguileña y unos labios finos que iban seguidos de un mentón cuadrado coronado con un profundo hoyuelo. inquiriendo más información. plateado en las sienes. sacerdote.

ya lo sabes. —¿Y las almas robadas? —Deberán ser reintegradas a sus propietarios mortales. Les roban sin avisar. Cuando los mortales alcanzan el orgasmo dejan abierta una puerta directa a su alma. Sin contrato. Pero no sabría dónde encontrarla porque no estaría en el Tártaro. de apropiarse del alma humana. Te conoce tan bien como un padre conoce a su hijo. También condonará tus ofensas. —La necesitaré. Dos ascuas candentes iluminaron la iglesia como si fuesen relámpagos —Sigue viva. Para disfrutarla en compañía de esa mujer. No lo había oído desde hacía mucho tiempo. —Eliminar a esos tres renegados y encontrar las almas. Ya lo sabes bien. —Él sabe que es lo que más ansías. los mortales podrían reclamar el alma ante Dios. No hay contrato alguno. . ¿verdad? La mujer sonrió. dices —dijo el sacerdote. Han descubierto una nueva forma. La mujer continuó: —Les roban el alma. —A cambio de tu mortalidad. —Viva y esperándote en ese puto convento. Dio un paso hacia la mujer y el fulgor de sus pupilas se convirtió en destello abrasador. —Mi mortalidad. más rápida e indigna.1 0 —No solo la corrida. ¿verdad? El sacerdote vibró incapaz de contener un arrebato de furia al oír mencionar el nombre. reintegrársela. Y Satán debería. Era un asunto muy feo. sin excusa alguna. El sacerdote asintió comprendiendo la gravedad del asunto. cosa que jamás había hecho en miles de años. Sexteus —el sacerdote se estremeció al escuchar su nombre. Siempre y cuando apareciese alguna vez. por supuesto. repitiendo las palabras de la recadera. Milagros creo que se llama. sin mover un solo músculo de su cuerpo ante el avasallamiento del sacerdote.

Tragarse uno de ellos suponía la muerte absoluta. recadera. pensó. cuidando que el lugar destinado a la firma coincidiese con uno de sus pezones. Luego sacó del bolso tres amuletos dorados del tamaño de una moneda. La mujer se colocó el papel sobre sus pechos. Desplegó el papel y le tendió el bolígrafo a Sexteus. La mujer dobló el papel y lo metió en el bolso junto con el bolígrafo que le tendió el sacerdote. —Dile que acepto. Miró a la recadera y asintió. Milagros era lo único que le separaba de la absoluta locura. Ve con Dios —dijo con sorna la mujer las últimas palabras. sacó de su bolso de Prada un papel arrugado en blanco y un bolígrafo común. El sacerdote le sostuvo la mirada unos instantes para luego dirigirse hacia la sacristía de la iglesia. Claro que no. demonio Sexteus. La mujer asintió y. dorados y con gravados por sus dos caras. ¿Dejarla en manos de ellos para que la usasen como pago si no tenía éxito en su misión? Jamás. —El trato está hecho.1 1 —¿No prefieres mejor que te acompañe uno de los nuestros? El sacerdote negó con la cabeza. El sacerdote contempló como el papel se iba llenando de letras abigarradas mientras ella lo desplegaba y leyó con calma las condiciones del contrato. —Necesitarás esto para hacerles volver —dijo dándole a Sexteus los amuletos— ¿Debo entender que aún recuerdas cómo utilizarlos? Sexteus contempló los amuletos y se sintió estremecer. Cuando Sexteus depositó su firma. . sin dejar de sonreír. sintió la punta del bolígrafo arañar el pedazo de carne y su cuerpo mortal se estremeció placentero.

Maldita recadera de Satán. . no le extrañó no encontrar ya a la mujer junto al confesionario y solo un débil aroma a azufre dulzón en su lugar le recordaba que aquello no había sido un sueño. —¿Azufre? —se preguntó en voz alta con el rostro reflejando el asco que aquel olor le recordaba—.1 2 Cuando abrió la puerta.

Mierda. Caminó hasta la entrada secundaria del patio sin levantar el más ligero ruido con sus zapatillas deportivas y se detuvo ante la cerradura antigua. ni una sola sospecha que pudiese alertar a las monjas del convento. Entrar. No conseguía ver gran cosa a la luz de una luna velada por nubes densas. Caminó por los pasillos del patio a la intemperie en busca de un ventanuco o una puerta de acceso entornada o. Sin testigos.1 3 Soplaba un viento ululante que arrastraba el frío de las últimas noches de abril. Solo eso. convencer a Milagros y salir. Las ramas escuálidas y cuajadas de brotes de los árboles del patio interior del convento se combaban y parecían querer atrapar al intruso que había violado su acceso. por un resquicio en el cuello de su cazadora. Ni un solo ruido. El sacerdote había supuesto que en aquel convento habrían cambiado las cerraduras antiguas por otras más modernas y mucho más fáciles de forzar. Y. aunque podría arreglárselas para abrir ésta. sin contemplaciones. Sexteus se estremeció al notar como. más accesible en su apertura. pero no encontró nada. Oteó en la débil penumbra de la noche alrededor del patio en busca de otra entrada. pensó. seguramente estaría demasiado oxidada por dentro como para hacerlo en completo silencio. el frío le lamió con devorador afán su calor corporal. . sin gritos. Y el silencio era algo que ahora debía atesorar. al menos. Presionó ligeramente con una mano enguantada sobre la puerta de madera áspera pero la encontró cerrada.

fue fácil de acometer. cuando dejó atrás al muro exterior del antiguo edificio situado a las afueras de un barrio de la ciudad de Sevilla. Las ramas ascendían y se doblaban y se entremezclaban entre sí. La escalada del muro. Y ahora se encontraba con que debía ensuciar aquel lugar santo con un conjuro demoníaco de apertura. se combaban hacia abajo. Y había aterrizado sobre una pequeña huerta de tierra recién removida que amortiguó su caída con precisión. tras mirarlo unos instantes con repulsión. estaba casi sin aliento. incapaces de soportar el peso de las más pequeñas que nacían de ellas. Algunas ramas. . Consultó su reloj de pulsera y la pantalla fosforescente marcó casi las dos de la madrugada. Caminó hasta el jardín que ocupaba el centro del patio donde los árboles de ramas jóvenes se mecían con el viento helado y se sentó sobre un banco de piedra. Aún le palpitaba el corazón del esfuerzo realizado. no por sencilla. Como la vida de los mortales. Ahora solo quería descansar un poco. que estaba teniendo demasiada suerte. convencer a Milagros de que le acompañase y luego salir de allí? No lo sabía. Sacó de un bolsillo de la chaqueta un cigarrillo y. Pero todo parecía indicar que hasta aquí había llegado su buena suerte. Notó con rapidez la frialdad de la piedra atravesar sus pantalones y calzoncillos y congelarle el culo.1 4 El interior del convento estaba cerrado a cal y canto. Dentro de tres horas se despertarían las primeras monjas madrugadoras. Sexteus pensó. Cruzó los brazos y las piernas temblorosas y su vista se perdió entre las ramas retorcidas del roble que tenía enfrente. Tomó aire varias veces. Tantos como años habían transcurrido desde su acto de repudia. El muro tenía buenas hendiduras donde poder encaramarse y ascender. lo encendió y comenzó a fumar. No le importó. ¿Era suficiente tiempo para encontrar una forma de entrar. Hacía años que no fumaba.

cualquier tipo de droga. lo cual a medida que acababa la semana. demasiado alejado de la ciudad. cuando era una chiquilla que hacía poco que había adquirido la mayoría de edad. Y sin haber sido detenida por la policía. durante una fiesta en la que acabó tan borracha. Sus compañeras de piso y facultad la habían echado de casa. sus padres no sospechaban su abandono desde el pueblo natal. Un poco de alcohol y se descontrolaba por completo. drogas y carreras— y cuando quisiese más. pero muy alocada. incluso. que gustaba enseñar cuando bebía más de la cuenta. Supuso que sería una mujer que firmaría rápido. se desnudó por completo y tuvo sexo con tantos hombres y mujeres que todo su cuerpo hedía a semen y su boca contenía más saliva ajena que propia. que gustaba de robar coches y hacer carreras ilegales por el barrio de Triana por las noches. Le ofrecería una vida entera de situaciones límite. curvilíneo. menguaba hasta casi desparecer. Acaba de empezar la universidad y las juergas nocturnas de la capital sevillana habían desplazado con rapidez inusitada su interés por la educación. allí estaría él para proporcionarla el contrato.1 5 Había conocido a Milagros hacía casi trece años. Fumaba como una posesa y se metía. Y. Alcohol. Y ya está. droga y carreras. Otra alma descarriada. Milagros había perdido su empleo a jornada partida poco antes de conocerla. claro. una polla dentro— que parecía milagroso que siguiese viva. Le llamó la atención su cuerpo. Era guapa de cara. incandescente. siempre que hubiese bebida de por medio. . Una noche. Quizá su nombre la confería una especie de protección divina. Tenía otras debilidades que fue conociendo a medida que la sometía a una concienzuda labor de espionaje. Pero también su carácter bravucón pero dulce cuando estaba sobria. con tal cogorza encima —y. igual que de cuerpo. claro. Y también dinero. además. rotundo. le intrigó. alguna vez. Una belleza inusual en una joven tan alocada como ella. Solo era cuestión de proporcionarla aquella que más quería —alcohol. Conseguía dormir a base de ofrecer su coño a cualquier pardillo que se fijara en su bonito cuerpo y su rostro angelical. hacía carreras por las calles de Triana a casi ciento cincuenta por hora.

a orillas del Guadalquivir. drogadicta. Pero también era la joven que ahora se afanaba por arrimarse a él en el banco. aún no sabe por qué. No tendría mejor oportunidad para presentarse. por increíble que pareciese. en la noche de Sevilla. si la confiaba que disponía de un lugar para dormir. No. confiando que memoria desgarrada por los excesos no le delatase. Ella se incorporó y él se presentó como un buen amigo. Y. sintiendo sus brazos rodeándole la cintura. Ella no aceptaría porque ni siquiera él se lo propondría.1 6 Esa noche. Y. en vez de despertarla de nuevo y ofrecerle unas migajas más de su desgraciada existencia a cambio de su alma. Ladrona. Ella parpadeó unos instantes e intentó enfocar su mirada hacia él. Y luego la joven se volvió a dormir. criminal. Se había tumbado en un banco cercano al Guadalquivir. La tocó en un hombro y la hizo desperezarse y eliminar con un conjuro una gran parte de las toxinas que invadían su cuerpo. Estaba tan escuálida que sus costillas presionaron sobre su pecho como si fuesen alambres. Farfulló algo de que tenía mucho frío y se arrimó a él. Fue entonces cuando empezó a dudar si Milagros aceptaría. Sus tetas eran como balones a medio hinchar que se acomodaron a su pecho. nadie quiso follar con ella para poder dormir bajo techo. Se sentó aquella noche junto a ella en el banco. permaneció ahí sentado. . Había bebido mucho hasta que la echaron de una fiesta de su antigua facultad. puta. Incluso previó que. Y Milagros respiraba a gusto. Él lo notaba. le intentaría convencer con una felación o algún arrumaco para poder dormir esa noche en una cama. Y luego Milagros le sonrió. Todo eso era Milagros. apoyando su cabeza sobre su hombro. borracha. Milagros no tenía donde dormir. sintiendo el calor exiguo de la joven junto al suyo.

Le tomó la mano y la posó sobre sus pechos para dar a entender. tratando de dominar el repentino e irritante temblor que sentía en su cuerpo. Y él sabía que Milagros haría lo que fuese por cualquiera de las dos cosas. Milagros pronunció esas palabras mientras varias lágrimas brotaban de sus ojos de color miel. No sabía porque seguía tras ella. no lo comprendía. Se miraron durante unos segundos y ella acudió a él. Milagros se le echó encima y le abrazó con fuerza. Ella parpadeó confusa al no notar el rudo y natural sobeteo de sus tetas. No era una sonrisa como la de dos semanas atrás. —Te marchaste antes de despertarme y no tuve ocasión de darte las gracias —musitó ella enterrando su cara en su pecho. sácame de aquí. ¿verdad? —sonrió zalamera. —¿No quieres alcohol. . Entrecerró los ojos y un brillo en ellos le hizo recordar aquella noche a la orilla del río.1 7 Dos semanas más tarde se presentó de nuevo ante ella en otra fiesta. Aún no lo entendía. Él la miró sin decir nada. sin equívocos. Milagros? —preguntó él. A Sexteus ni siquiera le dio tiempo a decirle nada. por favor. Por favor. —No te conozco pero. tirando el vaso de cerveza que el demonio sostenía para ella. —Yo te conozco. Era una sonrisa que le indicaba a Sexteus que ella estaría dispuesta a lo que fuese por su preciado alcohol. jamás había visto en otro ser humano. Andaba desesperada por echarse algo de alcohol a la boca y una raya de coca a la nariz. Una que. Ella despegó su cara de su pecho y alzó la mirada hacia el rostro de él. Era finales de octubre y la manutención que le enviaban sus padres ya se había acabado hacía días. aparte de dos semanas atrás. Y luego sonrió al demonio con aquella sonrisa de gratitud eterna. a lo que iba.

.1 8 Una semana más tarde la internó en aquel convento. Él no podía. ¿Por qué ahora no quería? ¿Por qué Milagros solo quería estar junto a él. ¿O quizá lo hizo para devolverle la integridad y la razón para vivir que había perdido? Ahora. abrazarle y besarle? ¿Por qué él ansiaba lo mismo? Y el demonio. aunque le ofreció varias veces una vida repleta de todo lo que en ese momento ansiaba. Ya no servía para eso. Pero tampoco recolectaría más almas. por qué? Sexteus no oyó la puerta abrirse ni se percató de la mujer vestida con un camisón grisáceo y raído acercarse a él. fumando un cigarrillo hacía rato consumido. Solo dio un respingo en el banco al advertir como Milagros se sentaba junto a él. repudió a su Señor y entró en un seminario para adquirir un fervor religioso que una mísera y desgraciada jovencita de le había impulsado a obtener. Pero aquello no tenía razón de ser. Maldita sea. ¿Por qué Milagros le había elegido. Los siete días que había vivido con ella le habían demostrado que su alcoholismo y drogadicción eran fuertes. el demonio sentado en el banco de piedra. Y unos días más tarde. decidió alejarla de su presencia lo más posible. ¡Habría sido tan fácil aprovecharse de ella! Usar su cuerpo cuantas veces quisiera y proporcionarla el alcohol suficiente para que firmase sin dudarlo. Se miraron unos instantes en la oscuridad de la noche y se contemplaron tras casi trece años de separación. Pero. El mismo día que Milagros entró en el convento supo por qué él lo había hecho. ella negó otras tantas veces. Lo más posible. sin argumentos lógicos y humanos para poder indicarla que jamás podrían estar juntos. contemplaba las ramas mecerse con el viento frío y no contuvo un temblor acusado en sus brazos y piernas. Y él lo intentó. Solo quería alejarse de ella.

Prefieren la noche. por supuesto. Milagros. ¿sabes? —murmuró ella. salvo el lógico paso de los años en su rostro. seguía conservando aquellos ojos color miel. ¿y si hubiese venido de día? —Los demonios no campan a sus anchas por el día. —Así es como lo imaginé durante todos estos años. igual de rotundas que cuando la vio por última vez. Sexteus. lucían bajo el camisón.1 9 Tenía el cabello sucio pero tan largo y abundante que la llegaba hasta el final de la espalda. Su voz había perdido la ronquera del alcohol y poseía un tono casi musical. a las tres y treinta y tres. Cada noche. —¿Imaginar el qué. Varias arrugas nacían de las comisuras de sus ojos y su frente. . Pero aunque sea esa la hora. Las curvas de su cuerpo maduro. unos senos henchidos y bamboleantes y unas caderas robustas. Presentaba unos hombros anchos y rectos. —Bonito número para la hora. Pero. abría los postigos del ventanuco de mi celda y miraba el patio en busca de tu figura. Sexteus se revolvió inquieto al oír pronunciar su condición de labios de su amada. —¿Cómo sabes…? —No seas tonto. Milagros? —La noche en la que volverías a buscarme. aquella sonrisa gratificante que embellecía su rostro ya de por sí excelso. ¿te crees que trece años reviviendo una y otra vez la semana que pasamos juntos no son suficientes para averiguarlo? —Hoy nadie cree en ángeles ni demonios. mucho más vivaces que entonces y. Debería tener unos treinta años. más o menos.

—Como ambas —confesó el demonio.2 0 —Yo sí —respondió Milagros tomándole de una mano aterida. Los demonios lo sabían. llenando su pecho. Milagros retiró la mano de la de Sexteus y se puso en pie. Tras unos segundos. la besó ligeramente en los labios pero. Yo sí creo. Respiraba hondo. Jamás le había confesado su amor. de dedos finos y largos. El demonio la imitó y luego. Milagros sonrió para sí al notar el embarazo de él al amoldar su vientre y sus caderas. aunque no debía. ascendiendo sus senos. pero empezaban a perder el calor acumulado de las sábanas—. Sexteus no pudo contener un estremecimiento en su sexo al notar las insinuantes formas de la mujer ceñirse a su torso. le abrazó y luego le sujetó la cabeza para besarle profundamente. —Sexteus no es nombre de persona —susurró ella— ¿Cómo te haces llamar? . Ella le miró eliminando su sonrisa y frunció el ceño. Si aquel ser pudiese siquiera adivinar cuán feliz se sentía solo con sentir su cuerpo sobre el suyo… Pero luego se reprendió a sí misma. —Tengo un trabajo y te necesito. se apartó. maldita sea. Milagros le miró fijamente. Y éste más aún porque tenía la certeza absoluta de que aquel demonio dentro de aquel cuerpo humano masculino sabía de todo el amor que ella depositaba sobre él. Sexteus apretó los dedos asiendo con firmeza la mano de la mujer. Las de la mujer eran cálidas. Claro que él lo sabía. —¿Me necesitas como compañera o como la mujer de la que estás enamorado? Sexteus la miró fijamente. al ver que ella no le correspondía. no debía. suspicaz. Se había prometido que nunca lo haría. pegando su cuerpo ya exento de calor al suyo.

Libertad para amar a quien yo quiera. Hasta hace tres días que me encargaron un último trabajo. —¿Así. el demonio se explicó: —Soy el párroco de unos cuántos pueblos de un valle de León. sin más. Me han prometido lo que más quiero en este mundo. —¿Y qué es. un idiota por no haberlo entendido antes — dijo Sixto abrazándola—. sino a quién mi corazón eligió hace años. No a quién quiera. —¿Párroco? —Me cansé de lo mío. Sixto? —Libertad. —¿A quién quieras? —preguntó ella acercándose a sus labios. sácame antes de aquí —sonrió Milagros mientras posaba suaves besos en toda la cara de él. Milagros entreabrió la boca sorprendida. Ante la confusión reflejada en el rostro de ella. sin más? —Así. mi amor. —Cuéntame más detalles. Pero.2 1 —Sixto. —Soy un iluso. por favor. Soy el padre Sixto. .

moviendo la lengua alrededor de sus dientes y el paladar y encontró pequeños grumos que reunió con hábiles movimientos de su lengua y luego los tragó. más allá de la ventana. A su lado oía sonoros ronquidos de su compañero de cama. Luego se detuvo a escuchar. los dos pendientes del labio inferior. aún con los ojos cerrados y tumbada en la cama. aunque dentro de casa. La chica se rascó la anilla que le perforaba la ceja izquierda. Bien. en su sitio. en una habitación a la que sólo ella tenía acceso. escuchaba los ruidos de la obra cerca de la torre Eiffel —su enésima labor de mantenimiento—. Estaban todos. los alfileres de sus pezones. en un ritual que tenía varios años de antigüedad. por último. escuchaba el zumbido de varios ordenadores trabajando. Sus pequeñines. fue rascándose la anilla de la ceja derecha. la pareja de anillas que adornaban sus labios internos vaginales. Cerca. los sonidos que la envolvían.2 2 La chica se despertó con un sabor extraño en la boca. Saboreó unos instantes. el cascabel del ombligo. la herradura de la nariz. el alfiler del clítoris y. . Luego. las diversos abalorios que pendían de sus orejas. Más lejos.

hubiera preferido que aquel policía hubiese pegado la paliza a cualquier otro antes que a ella. se giró en la puerta del dormitorio y echó un vistazo al cuerpo tendido en la cama. e de alrededor del ano y. Recordó que. El tabique nasal seguía torcido. hasta hacía cuatro horas escasas. No había estado mal. Además. el cual se volvía de un rosado encendido en las mejillas y de un oscuro siniestro alrededor de las cuencas oculares. Cisco_45 y Destructeur_007 decían que le sentaba bien. después de todo. Mientras se calzaba las babuchas y caminaba desnuda hasta el cuarto de baño. Decidió con una mirada traviesa que había que incluir a este tipo en su agenda de gente VIP. La podía sacar de un apuro con impecable solvencia. Pero no solo el picor de la nalga derecha le molestaba. Una azotaina que complementaba la incesante cópula que se había desarrollado por espacio de casi tantas horas como llevaba dormida.2 3 Se levantó de la cama y se rascó la nalga derecha donde un picor insidioso se había manifestado desde que se despertó. había estado recibiendo una azotaina brutal en su culo por parte del desconocido que dormía todavía en la cama. Algunos tortazos que recibió aún tenían su reflejo en sus mejillas. Creía que aquel tipo no aguantaría dos polvos seguidos. Estaba de acuerdo. el de los pechos. al final. Bueno. . donde su compañero sexual había encontrado un pedazo de carne perfecto para morder y hacerla gritar sin parar. Tenía el cabello negro revuelto y encrespado. Encendió la luz del espejo y se miró la cara después de abrir el grifo de la ducha. no importa. sobre todo. pero ya había aprendido a convivir con aquel inconveniente que a veces le molestaba al respirar. pero eso era porque no habían visto los ochenta y siete tatuajes que impregnaban cada rincón de su piel. Comprobó que seguían igual de blancos que su cutis. Abrió la boca y enseñó los dientes al espejo. algo tumefactos al tacto. De todas formas. También el de la vagina. Y. la dotaba de más personalidad. Y sus labios estaban gordos. se repitió con resignación. riesgos del oficio. había sido ella quién suplicó que terminase cuando el coño la escocía de tanta fricción y el culo le ardía en carne viva. La chica sonrió.

Abrió ligeramente sus piernas e introdujo varios dedos en su interior. El agua caliente la excitaba. envuelta en la lluvia caliente de la ducha. cerrando los ojos. La chica chilló extasiada y tuvo que apoyarse en la pared de azulejos para no caer al suelo. sus dedos reptaron por sus pechos en dirección descendente hasta su hendidura sin que ella pudiese impedirlo. El vapor envolvía completamente el cubículo y. pero aquella sensación aceitosa que encontraba siempre que se internaban en su vagina sus revoltosos dedos o el nabo de algún desconocido o sus múltiples consoladores era de agradecer. siempre alerta. Claro que lo era. Tenía que ser rápida. Provendría de aquel tipo unido a aquel fantástico rabo que la había hecho enloquecer. Sus masturbaciones eran rápidas. había mucho trabajo que hacer. Un pene magnífico. Si no había placer. Necesitaba el sexo como el aire. Dejó escapar un gemido que fue ahogado por el ensordecedor repicar del agua sobre su cuerpo. . Ya estaba húmeda. Las piernas le temblaban y su cuerpo se agitaba presa de una sensación liberadora. se preguntó como otras tantas miles de veces? Seguro que sí. Envuelta en el ruido del agua. eso era matemático. se transportó mentalmente a una cascada tropical rodeada de lujuriosa vegetación.2 4 Se metió en la ducha y cerró la mampara tras de sí. con aquellas anillas perforando el glande y que la habían arrancado varios orgasmos seguidos. ¿Hacker_666 era una ninfómana. sí. se preguntó mientras comenzaba a estimular su sexo. La presión de sus dedos en su interior inició una serie de movimientos en sus vísceras que preludiaban el orgasmo. No entendía por qué. Sentía su vejiga repleta y no dudó en dejar escapar un profuso chorro amarillento mientras los embates del orgasmo la revolvían las tripas. En realidad. Siempre dispuesta. Un denso vapor la envolvió y empañó con rapidez los cristales que la encerraban. Y ahora. siempre estaba húmeda. ¿para qué vivir esta mierda de vida?. creyó oír un ruido que parecía provenir de la habitación.

—Elle est mon amour —respondió dirigiéndose luego hacia la mujer en español—. La chica sintió que comenzaba a excitarse de nuevo. Cuando abrió la mampara se encontró. frente a frente. Su rostro reflejaba una serenidad y una placidez que la chica no había visto nunca antes y su mirada le produjo una relajación casi inmediata. mon fille —saludó el hombre. con el hombre y la mujer. Tenía el cabello largo y lujurioso. No conocía a la mujer pero no cabía duda de que era demasiado guapa para contentarse con solo mirarla. Milagros.2 5 Cuando el placer se fue diluyendo igual que la orina lo hacía en el agua en sus pies. aquella blusa de nacarado satén junto con la falda oscura y ceñida que vestían. —Merde. Además. sin importar que la mujer estudiase uno a uno los tatuajes que cubrían su piel. Los tres se miraron fijamente durante unos segundos. se enjabonó todo el cuerpo —sobre todo el castigado orificio del ano— y luego hizo lo propio con su cabello. La mujer que tenía al lado captó de inmediato la atención de la chica. prêtre Sixto. mitigando el enfado que sentía al haber sido violada su vivienda. ella es Suzzane Ventroit. —¿Et elle? —preguntó mientras se secaba con una toalla el cabello. procedió a inspirar varias veces lentamente. Milagros sonrió a modo de saludo. ne jamais utiliser le courrier électronique? El hombre sonrió y negó con la cabeza. —Bonjour. de un castaño natural con tintes oscuros. Luego. Viva hasta la médula. con ayuda de una esponja. más conocida en internet como Hacker_666. rió para sí. acentuaban sus profusas curvas. aquietando su corazón revolucionado. . Daba gusto sentirse viva.

. —Vous les aimez? Milagros se mordió el labio inferior y luego sonrió. ya podía irse despidiendo de aquel estupendo rabo. —Vale. Evocó aquellos besos preñados de tintineos que provocaba el pendiente metálico en los dientes ajenos. prêtre Sisto. Suzzane la miró entrecerrando los ojos. No hacía falta saber francés para adivinar la pregunta acompañada de la sonrisa lasciva de la chica. Claro que le gustaban sus piercings. vale. Suzzane. —Ya se ha marchado. —Suzzane. al notar la mirada de la mujer pasearse por sus pezones rosados coronados por los alfileres. —¿Puedo vestirme y desayunar algo o tenéis prisa? —Tenemos prisa —respondió Milagros—. Hizo tintinear el cascabel de su ombligo y usó la toalla para limpiarse con meticulosidad su sexo y el ano. señalando con la cabeza hacia el dormitorio.2 6 —Elle pas parler français? —preguntó mientras se peinaba el cabello lacio hacia atrás. divertida. s'il vous plaît… —dijo Sisto con voz grave tomando de la mano a Milagros. —No —respondió Sisto—. —Tengo compañía —respondió en español. La chica chasqueó la lengua con fastidio. Si lo habían asustado. Le recordaban a aquella anilla que se colocó en la lengua hacía muchos años. solo español. pero no tanta como para que no te puedas poner algo de ropa. necesitamos que encuentres a unas personas.

Suzzane se sentó en una silla de respaldo abatible situada en el centro cruzando las piernas y alcanzó un teclado inalámbrico que colocó sobre sus muslos. De repente. todas las pantallas se encendieron a la vez y una miríada de imágenes y consolas de texto inundaron el espacio. estaba tapiada con ladrillos de obra.2 7 La pareja siguió a la chica hasta el dormitorio donde se vistió con una braga de colores chillones y una camiseta negra de tirantes. . En su lugar. el cual luego dibujó varias formas en la pantalla táctil a una velocidad endiablada. couple amoureux. —Vosotros diréis. Al pulsar una combinación de teclas. la única ventana que había. una pequeña placa metálica con una pantalla oscura en el centro acogió el dedo índice de la chica. El ambiente en aquella estancia era mucho más frío y. Luego se dirigieron hacia una puerta cerrada y desprovista de pomo. la pequeña habitación se había reducido aún más hasta parecer minúscula. Se escuchó después un chasquido de la puerta al abrirse y los tres entraron en una pequeña habitación en penumbra donde varias docenas de enormes pantallas apagadas colgaban de las paredes y cuyos cables colgantes convergían en varias estanterías metálicas repletas de unidades de procesamiento que emitían un zumbido apagado y monocorde.

Luego volvió con la bandeja bajo el brazo hacia la cocina. Esquivó de refilón a un joven que buscaba los aseos con urgencia. Parpadeó un instante al contemplar la belleza serena de la mujer de larga melena y notó como el pulso se le aceleraba cuando la mujer se giró hacia él y le sonrió agradeciéndole el servicio. —¿Cómo la conociste? —preguntó revolviendo los brotes para luego levantar la vista hacia Sixto— ¿O es también un demonio? El sacerdote sonrió mientras partía el pan en pequeñas porciones que fue depositando sobre un platito. Revisó la pantalla del teléfono móvil pero no encontró ningún mensaje nuevo. Luego deambuló por el pasillo flanqueado por comensales que lo miraban con expresión siniestra. . ya por último. Milagros contempló su plato de ensalada y luego comenzó a verter ligeras cantidades de aliño. apoyando los codos en la mesa y esperando sus platos. Más platos necesitaban ser depositados ante sus comensales con presteza. inició un giro de noventa grados para aproximarse a la primera mesa y tuvo que detenerse unos instantes para dejar pasar a una pareja que casi corría hacia la mesa libre del fondo del comedor. Seis porciones. dos de redondo de ternera con hongos a la pimienta. se acercó a la mesa seis y dejó las dos ensaladas de brotes tiernos. Masculló una imprecación que fue ahogada por el murmullo del gentío y depositó los platos de pasta con salsa de gorgonzola en la primera mesa.2 8 El camarero salió de la cocina portando la bandeja con cuatro platos sobre ella y otros dos colocados sobre su antebrazo. Dejó los platos y. Mesa ocho.

sin ilusiones por vivir. —¿Los encontrará. supongo —comentó Milagros con un tono que atacaba también a la femineidad de la mujer.2 9 —Nada de eso —respondió—. Un día. entonces? —Espero que sí. por aquel entonces. hará cosa de dos años. sintiendo que algo que antes no consideraban valioso. Las víctimas de esos tres renegados se sentirán poco menos que cadáveres andantes. Suzzane es una buena amiga. No pienses mal. cariño. Y es muy buena en lo suyo. solo eso. ante un conjuro. No me fue difícil encontrar el origen utilizando un conjuro de búsqueda. —¿Por qué no utilizas un conjuro para encontrar a esos tres? Sería más rápido. no. ella sería una chiquilla que ni siquiera sabría qué es lo que quería en la vida. me di cuenta que alguien trataba de entrar en el ordenador de la casa. . Es solo que. Ni siquiera traté de corromperla. después les parecería esencial. sí. —Oh. sin metas que alcanzar. de verdad. Pero los objetivos del conjuro serían demonios y olfatearían la magia al instante. Los conjuros de búsqueda nos alertan como si una sirena de policía sonase a plena potencia en la nuca. ninguna piedra en este mundo es suficientemente grande para esconderte debajo de ella. Espero que no se suiciden pero su destino les avoca a ello. no es mi tipo ni busco corromperla. ¿no? —Rápido y efectivo. dejé aquello hace trece años y. Se dio cuenta que había dejado translucir un brote de celos infundado y se sonrojó arrepentida: —Siento haber dicho eso. cariño. Hay que ser muy discretos. —No será muy buena hacker. Estarían sobre aviso.

—En realidad. Deben ser exorcizados. Un demonio no puede morir.3 0 Los dos callaron y siguieron comiendo rodeados por las personas yendo de un lado para otro. Solo sé que. Las decenas de conversaciones ajenas producían efectos perturbadores en la mente de Sixto. Es curioso. Sixto? —preguntó ella sonriendo—. el cual no perdía el hilo de ninguna de ellas. quieres decir —puntualizó ella. qué han hecho? —preguntó de pronto Milagros. —¿Por qué tienen que morir. El dorado que lo cubría se había desprendido en algunas rendijas del grabado que llevaban por una cara —. Milagros. pensaba. deberás aceptar la existencia de un ser superior al cual pertenece y un lugar de donde procede y a donde se dirige una vez el cuerpo muere. Si aceptas la existencia de un alma. al fondo del restaurante. Ese era mi trabajo y no me cuestionaba si debía rendir cuentas a alguien o si lo que hacía era lo correcto o no. —Tu Señor. durante casi cinco milenios mi cometido fue el de corromper. una pareja de españoles discutían acerca de qué partido de la liga francesa de fútbol ganaría este año la final. no podría negarlo. poner precio y comprar el alma de los humanos. Estos amuletos ayudan a ello. a presencia del Señor. Sobre todo se hablaba en francés. alzando la voz como siempre. —Morir no —sonrió el sacerdote sacando uno de los tres amuletos que llevaba en el bolsillo de la chaqueta y tendiéndoselo. Yo no tengo constancia de que exista ni un Dios ni un Diablo. pero trece años después seguía teniendo el mismo oído para escuchar y registrar mentalmente cada una de las palabras que oía. ni siquiera sé si hay un Señor. Milagros no vio nada extraño en el objeto redondeado y tosco. pero también había algo de italiano y. despojados de la envoltura corporal que los oculta. . Si me acusaras de inmoral. —¿Dices corromper el alma. Deben ser llevados de vuelta al Tártaro.

—Eso es —murmuró el sacerdote removiendo con el tenedor los últimos brotes de remolacha y cebada de su plato. en las películas y los cuentos. —¿Y Suzzane los encontrará? —A esos tres no. Menos mal que cada postre tiene al lado una imagen para saber qué es.3 1 —El infierno existe. al cabo de unos minutos. —Se reduce a fe. pero no sé nada de él aparte de lo que se cuenta en la Biblia. Su mera existencia ya no tiene ningún sentido. realizan algo abominable. pero que haya alguien que reine sobre ellos es algo que no lo sé. al igual que el Cielo. Existen porque yo procedo del primero. no entiendo nada —rió ella—. La pareja terminó de comer y. Tártaro y Paraíso los llamamos. Creo que no me explicado bien. —Está todo escrito en francés. Milagros. Lo normal es que acaben quitándose la vida porque ya no la consideran algo valioso. Pero a las víctimas sí. entonces. la toman para sí y dejan al humano sin una razón para vivir. Desposeen a los mortales de sus almas sin haberles ofrecido nada a cambio. Milagros. el único momento en el que el alma humana es accesible. El humano se siente vacío y sin fuerzas para seguir tirando de la vida. A través de ellos encontraremos a los demonios renegados. el camarero se acercó a recoger los platos y ofrecerles las cartas de los postres. Seguro que tratarán de averiguar por qué se sienten tan desdichados y accederán a internet como medio de búsqueda. Y respecto al Paraíso… lo siento. —¿Y esos tres? —Esos tres. . Por medio del orgasmo. sin aspiraciones para seguir existiendo.

Todo su cuerpo vibraba al tenerla tan cerca y el oír su risa era un catalizador que aumentaba exponencialmente su turbación. La pregunta desbarató aquel instante glorioso y lo redujo a una mera ilusión. —¿Y en mi caso? —murmuró casi en silencio Milagros. Ofrecemos aquello que el ser humano ansía desde que el mundo se creó. mi ángel. Sixto negó con la cabeza. Solo ratificamos o conmutamos su castigo. Milagros sonrió y bajó la cabeza ruborizándose y al demonio le pareció que su rostro resplandeciente parecía despedir un fulgor y una calidez doradas que iluminaban y reconfortaban todo a su alrededor. —Vosotros solo rematáis al caído. Milagros. que hayan sido golpeados por aquello que creen inmerecido. Asió con fuerza la mano de ella. el gentío se detuvo y solo el contacto de sus manos era el único motivo de celebración entre todo aquel establecimiento. —Están ya condenados cuando les ofrecemos lo que tanto ansían. Podríamos definirnos como el veneno que acelera su muerte. sean cuales sean. Una aura de tranquilidad. El rostro del demonio se ensombreció y sus labios se curvaron en un arco convexo. —Tú conmutaste la mía. . Me dotaste de algo que jamás pensé que tendría: remordimientos. Por un instante sus miradas convergieron y el ambiente ruidoso del restaurante se silenció. —¿Cómo corrompéis el alma? —preguntó ella. Ilusión. Tomó de la mano a Milagros y fijó su mirada en la suya. —Buscamos seres humanos frágiles.3 2 Sixto levantó la vista de la carta y miró a la mujer. que se afanan en encontrar sin buscar y que no soportan el verse privados de sus tesoros.

3 3 De pronto. sin abrirla. El camarero le miró confuso y dio un respingo cuando advirtió varios billetes sobresaliendo de la carpetilla. Pero solo una nos interesa. querida. vibró el móvil y luego sonó un tono musical. en Brasil. conozco todos los idiomas. . —São Paulo. —Merci beaucoup. Se levantaron de la mesa y recogieron sus abrigos. —Suzzane ha encontrado una serie de pistas —dijo al cabo de unos minutos mientras aún leía el mensaje—. —¿Está lejos? Sixto la miró sonriente. ¿Sabes hablar portugués? Milagros rió y negó con la cabeza. Sixto la tomó y. pero apuesto a que tú sí. —No. El camarero surgió con rapidez de entre la multitud que se abalanzaba sobre la mesa libre y tendió una carpetilla de cuero con la cuenta. la devolvió al camarero con una sonrisa. Sixto desasió de mala gana la mano de Milagros y leyó el correo electrónico recibido. —Soy un demonio.

¿Acaso una simple alma humana merecía tantas molestias? . y se permitió una última sonrisa mientras se atusaba los bucles del cabello. Mientras iba subiendo los escalones. Marcelo refunfuñó y se dijo que la próxima mujer no valdría tanto la pena. Estuvo haciendo gestos durante unos minutos hasta que oyó la voz femenina llamarle desde la terraza de la azotea. donde estaría esperándole la mujer. Miró hacia arriba. Luego subió con pasos lentos hasta la azotea a través de la pequeña escalera que conectaba con el último piso de la mansión. notó como la tira del tanga se ceñía con insoportable incomodidad entre las nalgas y le apretaba los testículos sobre el pene.3 4 Marcelo sonrió para sí mientras se miraba al espejo y arrugó la frente para divertirse con la mueca de genuina satisfacción que dibujaba en su rostro.

Sus ojos de un verde intenso no habían perdido el brillo de una adolescencia que podría muy bien haber terminado hacía poco. —Eres demasiado guapa para tener que contentarte con un gigoló. le miraba acercarse mientras agitaba con sus piernas la superficie del agua. —Y tú cuestas demasiado para ser un gigoló que solo me sirve para follar. Aquella tarde sería una de las más calurosas de mayo en São Paulo.3 5 Llegó a la azotea y el sol del mediodía le inundó con abrasadora y cegadora magnitud. —Pero no puedes evitar sentirte excitada por pagar a alguien sólo para follar. aferrados al borde de la piscina. pero curvilíneo. Echó una mirada profunda y apreciativa al minúsculo bikini blanco de la mujer. Carmelo notó que los dedos de mujer. los objetos parecían mecerse en el aire en ondas acuáticas. Se colocó las gafas de sol. Un rostro aniñado donde una nariz respingona y unos labios largos y gruesos excitaron su lúbrica imaginación. se tensaron al sentarse junto a ella. Sentada junto al bordillo. ¿verdad? Qué derroche más frívolo en época de crisis. ante sus ojos. deslizó los pies en las chanclas que tenía al lado y caminó hasta la pequeña piscina situada en un extremo de la azotea. También ella llevaba gafas de sol que se llevó hasta la coronilla a modo de diadema y le sonrió al verle acercarse. una mujer de tez bronceada y cabello largo y cobrizo. el cual era más pequeño que el que usaba antes —las marcas de bronceado así lo indicaban—. y luego levantó la cabeza para mirar el rostro de la mujer. suaves y finos. ¿Qué diría tu millonario papá? . Notaba en las plantas de los pies el césped artificial al rojo vivo y. de la mujer rivalizó con la que experimentó al introducir los pies en el agua fría de la piscina. Raica. La satisfacción que le producía contemplar el cuerpo delgado. Marcelo sonrió y suspiró extasiado al notar como los pezones de Raica se erizaban debajo de los pequeños triángulos de tela blanca del busto.

no lo dudes. Deslizó con los dedos la tira de licra a un lado para exponer los pliegues afeitados de la vulva y. se metió dentro de la pequeña piscina. recuerda que te pago por matarme de gusto. no seré yo quien te quite la idea de la cabeza. con un impulso de los brazos. entre los senos protuberantes. hazme un favor: si durante la comida dudas entre la ternura y el salvajismo. Llevó sus brazos alrededor de las caderas de la mujer y acercó la pelvis hasta el borde de la piscina.3 6 La mujer sonrió de nuevo componiendo en sus hermosos labios una mueca sarcástica. ven aquí a hacer tu trabajo. —No te pago por hablar. —Marcelo —susurró la mujer con voz ronca—. Abrió la boca y deslizó su lengua por encima del tejido de licra para luego levantar la vista y contemplar. El gigoló asintió con la cabeza enarcando una sonrisa de disfrute para luego volver a concentrarse en el sexo que tenía delante. Vamos —dijo mientras detenía el chapoteo de sus piernas sobre el agua y las separaba— . Si quieres que haga mi trabajo. Un estallido de fluidos convergió en aquel pequeño retazo de la anatomía de la joven. Luego caminó dentro de la bendita agua en dirección hacia la el lugar donde convergían las piernas abiertas de la mujer. La banda vertical de tela blanca ocultaba a duras penas el sexo inflamado y el contraste de sentir su cuerpo sumergido en la fría agua y en su cara soportar el candente abrazo del sexo femenino le hizo inspirar extasiado. la cara de Raica que lo miraba con expresión lasciva. . Marcelo. pensó Marcelo mientras se situaba entre los muslos de la mujer. El gigoló soltó una carcajada al oír el tono despreciativo de la mujer y. atrapó entre sus dientes la mayor cantidad posible de carne. abriendo bien la boca. Sé salvaje.

nada. Raica inició un salvaje grito que quiso acompañar al orgasmo que intuía inminente. Un ardor repentino surgió del interior de su vientre y se expandió por sus vísceras hacia arriba y por sus muslos hacia abajo. duro como un pedrusco.3 7 El aullido de placer de Raica recorrió toda la azotea y el cuerpo de la mujer se revolvió como una culebra. luego. Sus dedos se aferraban a las hebras de césped arrancando puñados con cada espasmo de placer. dejando que las garras de Marcelo reptasen por su vientre hasta llegar a sus senos donde apartó con desdén la parte superior del bikini y pellizcó con rudeza la carne maleable y los pezones endurecidos. Y. Un estallido de goce se condensó en el interior de su vagina y se focalizó en el clítoris oculto entre los labios de Marcelo. hundiendo los dientes en la carne sabrosa. Raica se tumbó sobre la hierba de plástico y estiró los brazos en cruz. se acomodaba en cada bocado entre el labio superior y la encía de Marcelo y el roce suponía roncos resoplidos por parte de la mujer. sintiendo el jugo anegar su boca. Los gritos de la mujer resonaban en el aire como latigazos y su espalda se combaba como un arco a punto de descargar la flecha. El clítoris de la mujer. incapaz de controlarlo ante la dolorosa y lúbrica sensación de los dientes mordisqueando su delicado sexo y la lengua internándose en su interior. Las vértebras de la espalda de Raica crujieron y su vientre comenzó a convulsionar iniciando un orgasmo que la mujer intuía como uno de los mejores de toda su vida. Comenzaron sus brazos a vibrar y de sus labios escapaban borbotones de saliva que su lengua se afanaba en lamer. Marcelo hundió sus uñas en los muslos de la mujer mientras continuaba desarrollando el internamiento de su apéndice bucal dentro de la vagina. . Morder aquella vulva se asemejaba a pegar un bocado a una papaya.

Raica? —preguntó con sorna el gigoló. De pronto sintió un lacerante y horrible dolor en su entrepierna. —¿Qué… qué coño ha pasado? —murmuró la mujer asustada. Y la socarronería del gigoló parecía dar a entender que sabía qué había ocurrido. salió. . pero su contacto le producía ahora asco. La niña rica no se ha corrido. Marcelo rió más fuerte y se acercó hasta el borde de la piscina de donde. La mujer negó con la cabeza con expresión desoladora y el rastro malevolente que la mirada de Marcelo posaba sobre ella la hizo temblar de miedo. apoyándose sobre los talones y cubriéndose con sus brazos sus pechos lastimados. Luego se dirigió hacia las escaleras que daban acceso al piso superior de la mansión. —¿No te has corrido. La lengua de Marcelo continuaba chapoteando entre los fluidos de su sexo. asco no. qué me has hecho? —chilló con voz trémula Raica mientras de sus ojos brotaban unas lágrimas cuyo motivo. desgana. Su mirada reflejaba la de un ladrón que ha cometido el robo perfecto y su sonrisa burlona parecía jactarse de ello.3 8 El grito de Raica se apagó y dejó caer su cuerpo tensado y sudoroso sobre la hierba. La expresión de Marcelo. La joven se irguió para contemplar su sexo en busca del orgasmo que nunca había llegado. de sus maltratados pezones. de repente. la hizo estremecerse. —¿Qué has hecho. ¡qué lástima! La joven no entendía qué había sucedido pero notó como algo dentro de ella había desaparecido. No. con un salto. Sacó las piernas del agua y se arrodilló sobre el césped. Raica gruñó de fastidio alejando al gigoló lejos de ella. bastardo. flotando sobre el agua y alejándose de ella. —Es una pena —rió el gigoló—. Los dedos de Marcelo se alejaron de sus magullados pechos. Y luego estaba aquel reflejo rojizo en sus pupilas. quizá. ignoraba.

Luego bajó la vista hacia la calle. se dio cuenta que no tenía ganas de hacerlo. Ninguna de las personas que encontró con la vista despertó sus sospechas. contemplando el paisaje de tejados y torres de la ciudad de São Paolo y se sintió desprotegida. ¿para qué levantarse? Carmelo se vistió despacio. tenía la inconfundible certeza de que su susceptibilidad tenía un fundamento. Fijó su mirada penetrante en cada ventana.3 9 —Gracias por haber contratado mis servicios. cuando intentó levantarse para ponerse algo de ropa encima. Era una sensación extraña por cuanto jamás la había sentido. suponía. Pero. Raica. súbitamente. de repente. Pero aquella sensación. Barrió con los ojos los edificios que tenía enfrente. más crecía en él el indicio de que algo raro estaba sucediendo. Comenzó a tiritar y. sin embargo. Se detuvo unos instantes mientras se abrochaba la camisa y. ¿Para qué?. Miró a los lados. . y al parque que había enfrente. a medida que Marcelo se iba convenciendo de que nadie lo estaba observando. cada reflejo que se vislumbraba. la rua Deputado Martinho Rodrigues. aquel pálpito que le indicaba que estaba siendo observado fue creciendo en su interior. cada sombra que se desplazaba. Me temo. que será la última vez. Tampoco en los coches aparcados había motivos para recelar. tomó conciencia de un vacío interior que parecía nacer dentro de su pecho. Se acercó a la ventana y se asomó furtivamente por el hueco entre las dos cortinas. Y aunque no descubriese a nadie. Tenía frío y le dolían horriblemente sus pechos y su sexo aunque el sentir su cuerpo dañado tampoco le hizo sentirse mejor ni peor. Las dos cortinas estaban echadas y. se dijo. giró la cabeza hacia el amplio ventanal que dominaba el dormitorio. no estaba siendo espiado por nadie de los edificios de alrededor. Adiós. Su respiración se tornó incesante y la angustia de sentir algo perdido la comenzó a dominar. Raica contempló como se alejaba el gigoló y.

al cabo de treinta segundos. nadie detenía su mirada en la suya durante más de un segundo. uno tras otro y. uno tras otro. No habían perdido detalle del nerviosismo del hombre y de llamada que hizo a través del teléfono móvil. Luego presionó la tecla y se llevó el aparato a la oreja. Marcelo escuchó el pitido y luego habló en alemán al contestador: —Creo que tenemos compañía. —Dies ist der Anrufbeantworter von Ulva Patitz. chasqueó la lengua de fastidio y se inclinó para abrir la guantera y sacar un teléfono móvil. Nadie parecía prestarle atención. Se detuvo ante un Fiat Palio de azul celeste metalizado. Luego colgó. le contestó una voz metálica. Estate sobre aviso. Buscó en la agenda del aparato y encontró el contacto que buscaba. Sixto y Milagros dejaron de besarse y volvieron la vista hacia el Fiat que se alejaba. Sentados en un banco de la acera de enfrente. . Sie können sprechen. Salió de la casa y caminó hacia su vehículo con mirada cabizbaja pero soslayando todo a su alrededor. Su dedo pulgar se posó sobre la tecla de llamada pero no la presionó. Marcelo tamborileó varias veces sobre el volante mientras miraba al frente y luego a los lados para luego terminar su mirada de posarse sobre el espejo retrovisor.4 0 Terminó de vestirse con rapidez y recogió de la colcha de la cama su cartera. nachdem hören die Pfeife. los diez billetes de 100 reales de su trabajo. Encendió el motor y conectó el aire acondicionado para regular en el interior del vehículo el sofocante bochorno que lo agobiaba. El árbol bajo cuya sombra había aparcado había dejado caer algunas hojas y unos cuantos pájaros habían manchado con excrementos la luna delantera. Por fin. Abrió la puerta y se sentó al volante. Volvió a meter el teléfono móvil en la guantera y arrancó el automóvil. Oyó como los tonos iban sonando. Ulva. Marcelo dudó durante casi cinco minutos. y las llaves de su casa y del coche.

al igual que varios transeúntes. El sacerdote se iba a limitar a asentir con la cabeza cuando escucharon un golpe sordo enfrente de ellos y que fue seguido de una infinidad de chasquidos de cristal. Dieron un respingo en el banco y se acercaron. hacia el cadáver desnudo de una mujer que yacía boca arriba sobre el techo destrozado de un coche aparcado junto a la acera. Comenzaron a escucharse los primeros chillidos de pánico en la rua Deputado Martinho Rodrigues. El largo cabello cobrizo de la mujer se desparramaba por un lateral del vehículo y comenzó a absorber la abundante sangre que procedía de la cabeza abierta y que iba goteando en el asfalto. Los dos corrieron hacia el coche alquilado que tenían aparcado cerca. .4 1 —¿Es uno de ellos? —preguntó la mujer.

varias velas de cumpleaños con sus correspondientes peanas y un encendedor de cocina. Los minutos fueron pasando y Marcelo iba dibujando los caracteres arcanos con una creciente lentitud. Caminó despacio por la calle y se detuvo enfrente de los escaparates de varias tiendas. al final de la rua Santo Amaro. Con cada trazo escrito sentía como el ambiente en la habitación se iba enrareciendo cada vez más. fue escribiendo los siete nombres innombrables de los ángeles caídos. con cada sonido pronunciado. Al final. Trancó la puerta y dejó las llaves puestas en la cerradura. . oteando con el rabillo del ojo cualquier persona que despertase sus sospechas. Se arrodilló sobre el espacio de tarima y fue dibujando con minuciosidad varias líneas en la madera con la tiza mientras iba murmurando la letanía de un conjuro. Sudaba por todo el cuerpo. Tenía la camisa empapada y se enjugaba el sudor de la frente y la cara con el brazo. El zumbido del aire acondicionado se tornó en ronroneo para contrarrestar el aumento de calor para luego rugir. Se desabotonó la camisa y conectó el aparato de aire acondicionado del salón. Calculó que era suficiente. Sacó del cajón de una mesita una cajita de madera negra de cuyo interior extrajo una tiza. su tono de voz se iba volviendo más gutural. abrió la puerta del portal y subió las escaleras hasta el segundo piso donde abrió la puerta de su casa.4 2 Marcelo aparcó el coche a dos manzanas de su casa. Cuando el pentáculo quedó cerrado. El zumbido del aparato vino acompañado de una brisa templada que mitigaba a duras penas el opresivo y tórrido ambiente del salón. mucho espacio. Enrolló la alfombra de pelo largo y miró el espacio que había despejado en la tarima. Bajó la persiana del ventanal de la terraza hasta dejar en penumbra el salón y luego movió la amplia mesa del centro de la habitación a una esquina donde fue colocando sobre ella las sillas boca arriba. Sabía que las prisas producirían efectos indeseables si cometía el más mínimo fallo. Seguía murmurando el conjuro y. Necesitaba espacio.

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Algunas líneas comenzaron a despedir un tenue resplandor que se asemejaba a un reguero de diminutas llamas. Antes de escribir el último nombre fue encajando las velas sobre sus peanas y las fue colocando sobre cada uno de los vértices del pentáculo. Por último, después de encender las cinco velas, se desnudó y se colocó en el centro del entramado de líneas dibujadas. Se agachó para completar el último trazo que componía el nombre de Semyazza. Un resplandor rojizo y fosforescente iluminó cada una de las líneas trazadas al instante y la voz de Marcelo se detuvo. Las llamas de la velas titilaron y, una a una, se fueron apagando como si fuesen bombillas desconectándose. Cuando la última vela quedó sin llama, una poderosa vibración sacudió las paredes del salón e hizo caer unas cuantas copas del estante de una pared. Algunos cuadros comenzaron a bailar y la persiana se revolvió como presa de los embates de un huracán. —Deseo completar una búsqueda —manifestó en voz alta Marcelo. —¿Qué quieres encontrar, Marcelus? —rugió una voz que parecía el producto de miles de profundas voces que surgían de todas partes. Marcelo se estremeció al oír la voz. Procedía de todas partes y en todas partes resonaba. Compuesta de miles de lamentos, de millones de gritos angustiosos, la voz le hizo temblar las rodillas. La lámpara del techo comenzó a oscilar como un péndulo y alrededor del pentáculo, en el entarimado, las tablas empezaron a agrietarse. —Quiere conocer la identidad de aquel o aquellos que me quieren encontrar —solicitó Marcelo. Grandes regueros de sudor recorrían su cuerpo y sentía como su cabello apelmazado chorreaba. Su cuerpo humano requería agua de inmediato o se consumiría en poco tiempo. —¿Deseas una respuesta a cambio de un alma humana?

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—Tengo el alma humana que reclamas —contestó el demonio levantado el brazo en alto y sosteniendo en la palma horizontal de la mano un pedazo de fulgor divino. La fulgurante chispa se apagó al instante—. Acepto el trato. —Sea pues, trato hecho. Date la vuelta, Marcelus. Marcelo parpadeó confuso y luego, cuidando que ninguna parte de su cuerpo humano saliese del interior del pentáculo, se giró hasta darse la vuelta. En ese preciso momento, cuando Marcelo comenzaba a preguntarse por el significado de la respuesta proporcionada, la puerta de su casa se abrió con un fuerte golpe y un hombre alto y de nariz aguileña y una mujer de cabello ondeante y formas rotundas se perfilaron en el marco de la puerta. Sixto y Milagros se quedaron congelados ante el despliegue de luces cegadoras que procedían del centro del salón y en cuyo interior el cuerpo de un hombre les contemplaba a su vez. Un grito de rabia surgió de la boca de Marcelo al comprender la condición de Sixto e imaginar su cometido. De las pupilas del gigoló surgió un estallido de llamas incandescentes al mismo tiempo que las luces cegadoras del pentáculo desparecían al instante, una vez terminado el objeto del contrato. —¡Sexteus, proditor stultum! —rugió Marcelo abalanzándose sobre el sacerdote. Milagros se apartó de la trayectoria de colisión del enfurecido demonio y Sixto recibió de lleno el golpe. Rodaron por el suelo y se enzarzaron en una sucesión de puñetazos y patadas. Marcelo llevaba las de ganar. Había tumbado en el suelo a Sixto junto a la puerta abierta y se había arrodillado sobre su vientre, inmovilizándole los brazos con uno de los suyos y el otro con una rodilla.. Inexplicablemente, sin embargo, el sacerdote sujeto mantenía un gesto de superioridad en su cara que a Marcelo le producía una mezcla de estupor y furia.

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No importa, se dijo el gigoló desnudo, haciendo fulgurar sus pupilas de un rojo sanguíneo. Alzó el brazo libre y cerró su mano en un puño para descargarlo sobre la cara del sacerdote. Y, entonces, notó como el cañón de una pistola se posaba sobre su nuca. —Sé que me entiendes, bestia inmunda —susurró Milagros presionando el arma sobre el demonio—. Suéltale ahora. Marcelo mantuvo el puño en alto, haciéndolo temblar de rabia. Un toque en la cabeza con el cañón le conminó a obedecer. El demonio gritó impotente e iracundo. Y entonces se dio cuenta que si querían matarle, pensó, la mujer ya lo habría hecho. Estos dos querían saber algo. No querían matarle por ahora. Querrían sonsacarle el paradero de sus dos hermanos. Miró de reojo a la mujer y luego a Sexteus. El sacerdote tardó unas preciosas décimas de segundo en intuir las intenciones del demonio. —¡Cuidado! —gritó a Milagros. Era tarde. Marcelo ya se había echado a un lado, hacia la mujer, con una rapidez increíble y golpeó con su espalda a las piernas de Milagros que cayó desequilibrada al suelo, disparando al techo. El gigoló se levantó a la vez que rodaba, apañó unas llaves que colgaban de un gancho junto a la puerta y corrió como una centella saltando sobre el cuerpo de Sixto, el cual estaba más preocupado del bienestar de la mujer que de permitir la huida del demonio. Marcelo atravesó la puerta y corrió desnudo por el pasillo de la planta, escapando. —¿Estás bien? —preguntó alarmado Sixto al notar la ceja abierta de Milagros que había recibido el golpe de su cabeza contra el suelo. Milagros guiñó el ojo donde se acumulaba un fino reguero de sangre y frunció el ceño.

seguramente golpeada por Marcelo en su carrera o. Los dos corrieron esquivando viandantes boquiabiertos. Milagros obedeció y echó a correr en dirección contraria mientras Sixto lo hacía en la dirección que marcaban las miradas estupefactas de los transeúntes. no es nada. Los dos corrieron hacia las escaleras y bajaron los peldaños de dos en dos. Milagros! —gritó Sixto deteniéndose tras una manzana de distancia—. —¿Onde está o homem nu. Se agachó para coger la pistola tirada en el suelo y la enfundó a su espalda. Miraron hacia ambos lados. No tenían tiempo. una anciana trataba de ponerse en pie. Pero luego se dio cuenta que esas mismas miradas ahora se posaban sobre él y que ya no le marcaban ninguna dirección. un Fiat azul celeste. —¡Ajude-me! —gimió con voz plañidera. Sixto corrió hacia él pero el vehículo arrancó antes de que llegase y se incorporó a la carretera con un rechinar de ruedas. você tem vi? —preguntó casi sin resuello a un grupo de chicas riendo entre sí. Salieron a la calle. Conecta el transmisor —dijo mientras sacaba del bolsillo de la camisa una cajita de la cual extraía un diminuto transmisor que se colocó dentro de la oreja. Se oyeron varios pitidos de los coches que tuvieron que detenerse detrás para no colisionar. espatarrada como estaba sobre los escalones. entre sus nalgas y la falda. —¡A por el coche. mujeres sonriendo divertidas. Las jóvenes señalaron hacia un automóvil aparcado a unos veinte metros.4 6 —No es nada. hombres asombrados. No veían al demonio. quizá impresionada al ver a un hombre desnudo. . En el tramo del primer piso. pero solo tuvieron que seguir la mirada de los transeúntes para saber en qué dirección había huido. Sixto miró a Milagros y negó con la cabeza. mierda —luego giró la cabeza para darse cuenta que el demonio había escapado— ¡Vamos! —gritó poniéndose en pie.

se escapa en coche. joder! —chilló extasiada la mujer. Chispas y pintura saltando en esquirlas acompañaban su frenética carrera. Ochenta. abriendo la puerta del copiloto. noventa. —¡Sube.4 7 —¡Joder. —Milagros. a la izquierda! —gritó Sixto señalando la maniobra suicida del Fiat para torcer por la avenida Brasil. . —¡Me encanta correr de nuevo. La puerta de Sixto no hizo falta cerrarla: otro coche que salió de un cruce golpeó con una esquina del parachoques la puerta y se cerró con un fuerte estruendo. Se iban acercando al Fiat a costa de realizar temerarias maniobras para esquivar los autobuses que se encontraban al paso. —¡Ha girado por allí! —señaló Sixto al Fiat azul celeste. ¿dónde estás? Un chirriar de ruedas a su lado le hizo volver la cabeza y Milagros le gritó desde el interior del vehículo. casi libre de circulación. El cristal de la ventanilla se agrietó y se convirtió en una maraña de pedacitos. Iban dejando regueros de coches derrapando y abolladuras de chapa. invadiendo el carril derecho y obligando a los demás conductores a esquivarles con duros volantazos. Milagros se colocó en el carril del autobús urbano y. Milagros metió tercera al coche y un horrible crujido de neumáticos acompañó al inicio de la persecución. cien kilómetros por hora. —¡A la izquierda. va en coche. Milagros torció y se incorporó peligrosamente a la avenida Nove de Julho entre rugidos de claxon y frenazos inesperados. Sixto giró la cabeza hacia ella con un gesto de miedo absoluto en su rostro lívido. metió cuarta y luego quinta. joder! —gritó Sixto al ver alejarse el automóvil. vamos! No bien se había sentado Sixto. Se llevó el dedo a la oreja y gritó enfurecido.

El Fiat. se subió a la acera y atravesó el césped del monumento. se situó justo detrás del Fiat. producido por el golpe de un monovolumen. Llegaron a la rotonda del Monumento ás Bandeiras y Milagros. Marcelo se arrastraba sobre el barro. con el control totalmente perdido. derrapó subiéndose a la acera. Al volver a la carretera. Sixto no entendió por qué Milagros se metió en el agua en busca del Fiat que se iba hundiendo. Sixto le detuvo y lo volvió boca arriba. Milagros hacia el coche y Sixto hacia el cuerpo de Marcelo. —¡Golpéalo! —gritó Sixto sujetándose al salpicadero. Un violento topetazo en una esquina del coche. La parte inferior de su cuerpo estaba horriblemente desfigurada y cubierta de sangre y suciedad. incapaz de dominar el vehículo. inició una serie de atroces vueltas de campana y el cuerpo de Marcelo salió despedido de la ventanilla. Pero tenía asuntos más importantes que atender. . Milagros detuvo el coche y los dos salieron corriendo. viendo los tres carriles congestionados. cayendo sobre la ribera de la laguna. les dio el impulso necesario para terminar el giro de noventa grados. Se llevó por delante una papelera que golpeó la luna delantera rajándola de parte a parte. El demonio sonrió e inició una risa cruel que tuvo que interrumpir para toser la sangre que se le acumulaba en la boca.4 8 —¡Mierda! —masculló Milagros cambiando a tercera a casi ciento veinte por hora y pisando el freno mientras giraba el volante hacia la izquierda con furiosos movimientos. —¿Dónde están los otros dos? —gritó inmovilizando con una rodilla el pecho de Marcelo. Milagros arremetió ferozmente contra el Fiat y Marcelo. atravesando el seto y cerniéndose sobre la laguna del parque Ibiripuera. Volvió a poner cuarta y luego quinta. Milagros soltó un juramento mientras y pisó el acelerador al máximo.

se consumieron. Se abrieron paso entre el gentío que iba abarrotando el lugar del accidente. cariño. Los dos demonios se giraron hacia la mujer y Marcelo chilló enloquecido al comprender que en la memoria del teléfono móvil estaba el número de teléfono de Ulva Tamitz. —¡Animae meae sunt! —gritó agónico Marcelo. El demonio le miró confuso y jadeante y luego se fijó en las decenas de curiosos asomados al seto que delimitaba la laguna y que habían presenciado el exorcismo. —No te molestes —dijo sonriente Milagros. Sixto retuvo la mano en la boca del cadáver. De sus pupilas surgieron fogonazos rojizos que duraron un instante y luego. Milagros se acercó a él para separarlo y ayudarle a levantarse. —Vámonos. tenemos el teléfono móvil. montaron en el coche y se alejaron mientras comenzaban a escucharse las primeras sirenas de policía y bomberos a lo lejos. vámonos de aquí.4 9 —¡Habla. —Sí —murmuró el sacerdote—. se abrieron de par en par y se revolvió impotente. Sixto sacó un amuleto del bolsillo y lo introdujo en la boca abierta del demonio. tapándola luego con una mano. Viene la policía. haciendo girar con una mano el teléfono móvil mojado que había extraído de la guantera del Fiat—. Sixto. de repente. El cuerpo de Marcelo quedó inmóvil. maldito! —rugió desesperado Sixto al ver como el cuerpo se iba tornando lívido ante sus ojos. ni falta que hace. . Los ojos de éste. —Hay que marchar.

Era su mirada. el resto del tiempo. Y. con esa mirada. asomarse al interior de sus más recónditos pensamientos. la mirada de aquella mujer. Sin embargo. Herr Adolf —musitó la mujer mientras se colocaba una chaqueta azul de talle ceñido sobre su blusa nacarada y se estiraba las arrugas de las caderas de su estrecha falda de tafetán. —Fraulein Ulva. metió el smartphone en su bolso y recogió de la mesa una carpeta llena de varios cuadernillos y apuntes.5 0 Ulva Patitz escuchó de nuevo el mensaje en su contestador telefónico. haben Sie nicht in die 21 Klasse zu unterrichten? —preguntó Herman. La alta profesora de larga cabellera pajiza y mirada ahora límpida se levantó de la silla del aula de profesores sin dejar de mirar al director. Era la duodécima vez que lo hacía durante la última hora. una razón aparente. . es que aquella mirada amenazadora surgía sin previo aviso y sin. Ulva Patiz sonrió y asintió. al parecer. Solo en contadas ocasiones el rechoncho director había conocido en Ulva aquella mirada que translucía una furia latente. Parecía. la bella mujer solo era la profesora de latín más reputada y mejor valorada de toda Alemania. —Sie haben Recht. una furia que parecía reflejarse en un aparente destello rojizo en las pupilas azuladas de la joven profesora. La profesora levantó la vista de la pantalla del teléfono móvil y miró al anciano director del Staatliches Luitpold-Gymnasium München por espacio de unos segundos que se tornaron casi angustiosos para el septuagenario. lo más inquietante de todo ello.

decía entre lágrimas. Confiábamos su padre y yo. incluso. sin repetir. sin duda. . Miró con detenimiento a Gilbert y Hastings. No habla con nadie. Cinco minutos de retraso eran cinco minutos menos de recolección. Y todo por aquel idiota paranoico de Marcelus. Ahora sabemos que Floy lo conseguirá. los cuales cuchicheaban entre sí en su mesa. Entró en el aula y cerró la puerta tras ella. nuestra hija parece ida. siempre fue atendido por el buzón de voz de su teléfono móvil. así era Floy este último año. Dejó su bolso y su carpeta en la amplia mesa situada en una esquina del aula y se giró hacia sus alumnos. El chico se levantó de la mesa y caminó por entre sus compañeros hacia la profesora. Tan vital. tan alegre. dormir y nada más. en que Floy consiguiese acceder al Abitur a la primera. sentados en la segunda fila. pero su vida consiste en ir a clase. Aunque lo cierto es que de las dos veces que lo había llamado esa mañana. Consultó su reloj de pulsera y suspiró desolada al advertir que llegaría con casi cinco minutos de retraso a la clase. Ni siquiera sus padres sabían el motivo por el que seguían asistiendo a las clases. ni con nosotros. ¿lo entiende. A ello se sumaba el incomprensible hecho de que no parecía importarle demasiado a la muchacha el tener un coeficiente intelectual tan elevado. Ayer tuvo que hablar con sus padres sobre el probable motivo del vertiginoso ascenso del rendimiento académico de la segunda chica. enferma. bitte —llamó Ulva al chico. Gilbert dirigió una mirada conmiserativa a su compañero y el semblante de Hastings pareció ensombrecerse. el platillo de la sabiduría hacía tambalearse el de la sociabilidad.5 1 Ulva caminó despacio por los pasillos del ala norte del edificio hacia el aula 21. Galiada y Floy estaban hoy más taciturnas de lo habitual. fraulein Patiz? No sabemos qué pensar. hierher zu kommen. Pero. Se detuvo junto a ella y miró a la mujer con expresión casi plañidera. murmuraba la madre. —Hastings. sus padres. ya que poseía los conocimientos necesarios para aprobar con sobresaliente. como si de una balanza se tratase.

es que algo malo podría ocurrir. ni siquiera parpadear. con la mirada horrorizada y expresión taciturna. por supuesto. fueron cerrando los ojos. pero era incapaz de hacer nada por huir. a la vez. La clase entera enmudeció y. el director la miraba con respeto. Su rostro inexpresivo contrastaba con sus ojos zumbando alrededor de las cuencas oculares. como él hubiese querido. Pero existía un riesgo. como dos estrellas fugaces. . Ulva caminó con parsimonia hacia los amplios ventanales donde fue desenrollando los estores para sumir el aula en una penumbra solo iluminada por la malsana fosforescencia que manaba del pentáculo dibujado en la pizarra. acallando todas las murmuraciones que surgían por parte de los alumnos y alumnas. pero todos coincidían en que si la profesora Ulva te hacía levantar de la silla. Luego se dirigió hacia la puerta y la cerró con una llave que extrajo de un bolsillo de la chaqueta. La volvió a meter en el bolsillo y se dirigió hacia un Hastings que miraba al frente. Una débil luminosidad surgió de los trazos una vez compuso el nombre del diablo y. Los profesores la reverenciaban. cada uno más absurdo que el anterior. Ninguno de ellos sabía la razón. uno a uno. cayendo en un letargo que se transmitió por toda la clase.5 2 El chico había oído rumores. musitó: —Animus patet. No podía mover un músculo. La profesora Ulva era muy buena enseñando latín. Hastings no estaba dormido. La profesora se giró hacia la pizarra y comenzó a dibujar un pentáculo en cuyos vértices escribió el nombre de Mefistófeles.

Bajó la bragueta del pantalón y extrajo el miembro inerme del muchacho así como los testículos.5 3 Ulva se desabotonó la chaqueta y la colocó sobre el respaldo de la silla junto a su mesa y luego se sacó el bajo de su blusa nacarada de la falda. Se llevó los dedos de su sexo a los labios y los fue lamiendo uno a uno. Agarró el miembro con la mano libre que tenía y. —Hastings… —gimió Ulva mientras se frotaba su propio sexo. El pene iba adquiriendo verticalidad. Asió con ambas manos el trasero del chico y comenzó a lamer el pene llevándoselo a la boca. Mientras seguía dando vueltas alrededor del chico. La mujer atrapó uno de los testículos entre sus labios y sorbió con delectación mientras sentía en su frente apoyarse el tallo recio de la verga. Desabotonó con lentitud los pequeños botones que ceñían la prenda a su torso mientras daba vueltas alrededor de Hastings fijando una mirada lasciva hacia la entrepierna del pantalón y su trasero. Sonrió al empezar a notar como la sangre se acumulaba en el interior del miembro y éste empezaba a adquirir vigor y rigidez. La profesora se quitó la blusa y luego se arremangó la falda hasta la cintura para bajarse las bragas. mientras con la otra frotaba con mayor rudeza y rapidez los órganos externos de su vulva. Luego se detuvo frente al chico y se acuclilló para dejar su cara frente a la bragueta del pantalón de Hastings. comenzó a imprimir un movimiento ascendente y descendente. las cuales depositó sobre la mesa junto a la carpeta que contenía sus cuadernillos y apuntes. el demonio se frotó la vulva y constató que su sexo ya disponía de una abundante lubricidad. .

Pronto el semen del muchacho saldría borboteante del glande. Ella se apartaría para sentir el fluido cálido ensuciar sus ojos. . se llevó el glande a la boca y continuó estimulando la verga pringosa. Su alma. su mentón. Su rastro viscoso mancharía su cabello rubio en gruesos trallazos y luego se desparramaría mentón abajo. El muchacho se correría en su cara. El sonido de succión se unió a los chasquidos producidos por la mano de la profesora embadurnados de saliva. sus mejillas. a cambio. Y ella.5 4 Cuando notó como las caderas del chico se estremecían anunciando la corrida. hostigando la polla sin cesar. sus labios. solicitaría un altísimo precio.

—¿Por mi forma de perseguir en coche a aquel demonio por las calles de São Paolo? —preguntó inclinándose hacia el sacerdote y presionando sus pechos sobre el costado del hombre. Suzzane me ha indicado por SMS que me acaba de enviar por correo electrónico toda la información sobre el contacto de la última llamada realizada. Depositó un beso otro beso en sus mejillas. Sixto la prodigó un abrazo y luego un beso. . lo encendió y lo colocó sobre sus piernas. Se inclinó hacia la mujer y la miró unos instantes.5 5 En cuanto pudieron conseguir un par de butacas solapadas y libres en el amplio vestíbulo de espera de la terminal del MUC. Tenía los ojos cerrados y el agotamiento era visible en su rostro. —Gracias por todo. Luego sacó un ordenador portátil de su mochila. Nueve horas. Mucho cansancio. el aeropuerto de Munich. —Virgen santísima —murmuró Milagros estirando las piernas y colocando los pies sobre su bolsa de equipaje—. Se conectó a la red wi-fi del aeropuerto y descargó el correo en un instante. Milagros le miró sonriente. El sacerdote se giró hacia la pantalla del ordenador donde Ubuntu ya había terminado hace rato de estar operativo. Sixto y Milagros acarrearon sus bolsas de viaje y se sentaron en las butacas con un suspiro que denotaba cansancio. —También por la gran idea de coger el teléfono móvil de la guantera del coche de Marcelo. Y lo estaba consiguiendo. Sixto contuvo el aliento durante unos segundos. Milagros. apreciando la presión de las redondeces sobre su cuerpo e imaginando ya el día en que su mortalidad fuese tan real como la admirable mujer que se proponía excitarle. sin lugar a dudas.

Algo me dice que la conozco. A estas horas estará dando clase. —Es muy guapa —comentó con tono despreciativo al notar como Sixto mantenía aún la mirada fija sobre la foto. casi aniñado de no ser por el mentón saliente y las cejas perfiladas. Pero es su mirada la que me intriga. Un largo cabello rubio enmarcaba la cara y caía sobre la frente en un flequillo que reflejaba el instante en que la cámara accionaba el flash. Pero una búsqueda por Google nos dará esa información. el Abendzeitung Munich. parece que en un reportaje que realizó un periódico. Le sorprendió lo guapa que era la mujer. entonces —dijo Milagros levantándose y conminando al demonio que era su compañero a hacer lo mismo—. —No. . Aquí aparece una foto de ella. —¿Aparece la dirección del instituto donde trabaja? — preguntó con tono ya hosco la mujer al sacerdote. Profesora de latín en un instituto de la ciudad. Tenía un rostro redondeado. retirando la presión de sus pechos sobre el costado de Sixto. ¿no? Será fácil atraparla y eliminarla. para fijarla en esa tal Ulva. Aparece la dirección de su domicilio y la del centro donde imparte clases. —Pues vamos. Milagros desvió su mirada del rostro de su amado. Poseía un cuello fino casi oculto por el cabello caído en cascada y vestía un vestido floreado de falda corta que hacía resaltar su largo cuerpo y sus curvas contenidas. querida —corroboró un Sixto aún con la mirada fija en Ulva— El cuerpo humano dentro del cual se halla el demonio es bello. con ocasión de un certamen académico. pero no la presión de su cuerpo sobre el suyo.5 6 —Ulva Patitz. —Sí.

Había sentido un estremecimiento al contemplarlos e. intuía que aquel demonio habitando el cuerpo de aquella mujer. —Buenas tardes. no conseguía asociarlo a ningún recuerdo. comisarios de la Interpol. Tenemos fundadas sospechas de que esta mujer posee información sobre un atentado que han planeado y que creemos que pueda ocurrir en el Reichstag de Berlín.5 7 Sixto cerró de mala gana la pantalla del ordenador. Solo cuando le mostraron sus identificaciones falsas. no iba a proporcionar ni una sola oportunidad favorable. El rechoncho director tomó la mano que tendía el sacerdote para saludarle y luego la de la mujer. . Pero necesitamos asegurarnos que su detención no pone sobre aviso a varias células durmientes. los dos atravesaban las puertas del Staatliches Luitpold-Gymnasium München y. estaba seguro. señor Hesse —dijo Sixto en alemán al entrar en el despacho y esperar a que la secretaria cerrase la puerta—. Aquellos ojos le resultaban familiares. Casi una hora más tarde. pero pulcramente imitadas. —La señorita Ulva Patitz es una conocida terrorista perteneciente a una rama oculta de un grupo activista francés. de algún modo. la expresión del tal Hesse se aquietó y el recelo se tornó en preocupación. guardó el aparato en su mochila y siguió a su compañera hacia las decenas de stands de alquiler de coches que había en el vestíbulo. Milagros no entendía nada de alemán pero tampoco hacía falta al ver el rostro cargado de recelo del anciano director. incomprensiblemente. Yo soy Sixto Paleciaga y ella es mi compañera Milagros Avellaneda. una secretaria les acompañó con presteza hacia el despacho del director Adolf Hesse. Pero. Gracias por su cooperación.

—De eso se trata. Alegó motivos familiares. . La señorita Patitz posee un currículum intachable y su erudición en la lengua latina es imposible de falsear. herr Hesse. El director sonrió algo avergonzado. No sé más. me deja anonadado. respecto a su forma de dar clases. pero también tengo que agregar que el rendimiento académico de sus alumnos ha subido exponencialmente desde que ella da clases. —Bueno. Sixto se giró hacia Milagros. herr Paleciaga. lamento no poder ayudarles. Fraulein Patitz me llamó hoy por la mañana indicándome que debía ausentarse durante un día. sin embargo. —¿Quieren que les facilite la dirección de su domicilio? — dijo el director dirigiéndose hacia el ordenador que tenía sobre su mesa. la verdad. Ya sé que suena raro. Ya lo tenemos. Sostenía con una mano una carpeta amarilla llena de folios en blanco. la cual permanecía impasible.5 8 —Lo que me está contando. —No es necesario. desde el momento en que la contraté. Sí que nos interesaría. herr Hesse. La señorita Patitz es muy buena en eso. la verdad. que sus clases se impartían a puerta cerrada y que ninguna intromisión sería bien recibida. la verdad. Toda la información y detalles que pueda proporcionarnos. no? —La verdad es que no. ¿Está ahora dando clases. De no levantar sospechas. que nos describiese su forma ser aquí. La señorita Patitz insistió. en el instituto. No me la imagino planeando un atentado contra el edificio del parlamento. Su ignorancia de la lengua alemana no le permitía entender más que nombres y poco más. gracias. eso nos sería de gran ayuda. representando su papel de comisaria hosca y poco habladora. por supuesto —agradeció Sixto señalando con la cabeza hacia la carpeta que sostenía Milagros—.

Ulva se lamió los labios fijando la vista de sus binoculares hacia el cuerpo visible de la mujer a la que el falso comisario llamaba Milagros. —En cuanto a su comportamiento con el profesorado y conmigo puedo ayudarles un poco más. Su rostro aparentemente impasible contrastaba con un débil temblor en sus hombros que denotaba un nerviosismo que el apolillado director del instituto no tenía en cuenta. Queremos saberlo todo. A través de las lentes de unos potentes binoculares. por suerte. Veo que te has buscado una compañera humana… No puedo por menos que felicitarte por tu buen gusto. Cuando herr Hesse se sentó en su sillón tras la mesa del escritorio y se colocó de espaldas al ventanal. Casi no parpadeaba y sus labios se fruncían a menudo para luego repetir en silencio las palabras que procedían del director y del hombre que tenía enfrente de él. . perdió la posibilidad de ver el movimiento de sus labios. Sexteus y la mujer mortal. Pero. herr Hesse —dijo Sixto acercando una silla para Milagros y otra para él—. La comodidad y privacidad se la proporcionaban el interior de su coche situado en el aparcamiento del instituto. traduciendo gran parte de la conversación. —Sexteus —murmuró la profesora—. Ulva Patitz seguía con detenimiento la conversación del director. ¿Qué es lo que quieren saber sobre ella? —Todo. se giraba de vez en cuando hacia la mujer que tenía al lado para hablarla en español.5 9 —Entiendo —comentó Sixto. que se había identificado como comisario de la Interpol. comprendiendo el verdadero motivo de Ulva para tan extraño comportamiento. Sexteus.

En cuanto a Sexteus. Maldito cochambroso y anciano director. pensó mientras fijaba su vista sobre el demonio. Y ahora en su interior coexistía. cuando ella había ocupado recientemente el cuerpo de una jovencita preadolescente y él ya estaba habituado al de un joven desaparecido en las costas de lo que luego sería Iberia. aunque hubiesen transcurrido tantos y tantos miles de años desde la última vez que se vieron. maldijo. rió para sí Ulva. Ella fue su mentora. . le conocía bien. Coincidieron hace unos cuatro mil años en un pueblo cerca de luego sería Londres. Qué desagradecido. Aunque quizá el recuerdo no fuese mutuo.6 0 Pero ella sí. será la debilidad que te hará caer. ella le enseñó los rudimentos de la hechicería cuando a los demonios se les permitía campar por el mundo con su verdadero cuerpo. pensó sonriendo. pensó el demonio volviendo la dirección de sus binoculares hacia la mujer. la furia de saberse traicionada. ¿así es como me pagas a mí y a mis dos compañeros mis desvelos para que aprendieses la magia negra? Ella es la clave. pensó Ulva. Ella sufrirá por ti. sucio traidor. unas placas falsas y la amenaza de un hipotético atentado habían bastado para que comenzase a hablar sin parar. Más que una compañera donde apoyarte. Sexteus parece tener un especial vínculo con la humana y podría aprovecharse de ello. junto con la excitación de contemplar a una mujer bella.

cubría una cara de ellas. se perforó el dedo índice con la punta de la pequeña navaja y presionó la yema del dedo hasta que afloró una gota de sangre que comenzó a rodar por la superficie de la piel hacia abajo. Trazó un arco y. Suponiendo que alguien entrase al pequeño aparcamiento del instituto en ese momento. Abrió la libreta y pasó las páginas hasta encontrar una blanco. una tras otra. una tras otra. Casi parecía que su rápido emborronar se reducía a ir arrancando hojas de la libreta. En la siguiente hoja trazó otro segmento de arco junto con lo que parecían varios puntos dispersos al azar. tratando de expulsar el nerviosismo y la tensión que invadía su cuerpo a través del frenético movimiento de sus dedos o de la expresión grave que impregnaba su rostro. Arrancó la hoja de la libreta y la depositó en el asiento adyacente. sentada al volante de un Toyota Prius negro. una vez depositadas en el montón formado en el asiento de al lado. la mitad de lo que parecía el número ocho. Luego sacó de la guantera una pequeña libreta y una navaja cuyo diminuto tamaño producía ternura y quizá risa en vez de respeto o miedo. luego. La profesora sacó de su bolso un teléfono móvil e invirtió unos minutos en escribir un correo electrónico que envió al instante. Dominika ya está avisada. en la esquina inferior derecha. El constante movimiento de sus labios. Siguió dibujando formas en las siguientes hojas mientras iniciaba el musitar de un conjuro. y solo se advertía. en lo que dura un suspiro.6 1 Ulva tamborileó con los dedos de las dos manos sobre el volante por espacio de varios minutos. solo vería a una bella mujer rubia. . que un rastro sanguíneo. Seguidamente. húmedo y brillante. contrastaba con el rápido y furioso garabateo que ocurría en la libreta. lento y metódico. Arrancó también la hoja y la depositó junto a la anterior. pensó. Pero solo la verían durante un breve espacio de tiempo porque luego. los cristales del vehículo se volvieron opacos impidiendo conocer qué se seguía desarrollando en el interior del vehículo. Y comenzó a escribir en la hoja. sola.

Ulva se llevó su dedo amoratado a los labios y lo chupó largamente mientras miraba con ojo crítico el resultado de su conjuro. . Cuando la libreta quedó casi vacía. las últimas hojas fueron disponiéndose en un lugar concreto. cuya disposición al azar por separado. sosteniéndose a una altura aproximada a la de la cabeza de Ulva. A su lado. Pero luego entreabrió los labios y dejó que su lengua corretease fuera de ellos para atravesar el papel con su saliva. el cual simulaba el esbozo de un ser humano. Luego otra y otra fueran adquiriendo vida propia y colocándose en un lugar. las arrancadas empezaron a cobrar un lento pero vibrante movimiento. cubierto de hojitas de papel. situándose a la altura del pecho de la mujer. besó el papel primero con delicadeza. Los garabatos sin sentido que adornaba cada una de ellas adquirieron en conjunto una especie de revelador dibujo. Una de ellas adquirió verticalidad y ascendió en el aire. conformaban en conjunto la forma de una figura humana del mismo tamaño que la mujer sentada a su lado. un muñeco de tamaño similar al suyo. Tiró la libreta al asiento posterior y se inclinó sobre el muñeco de papel. Exactamente igual que el aspecto del conjunto de hojas. adyacentes a las demás. en algunos casos solapándose.6 2 Llegó un momento que la actividad de Ulva se convirtió en frenética y la pila de hojas manchadas de trazos rojizos se acumulaban en el asiento sin orden ni concierto. pero mientras la libreta iba siendo desprovista de hojas. Se acercó a la cabeza de la figura y. aparentemente al azar. cuya jadeante respiración y su dedo amoratado no impedían que mirase con fascinación morbosa el remedo de ser humano creado en el asiento adyacente. Ulva terminó la letanía del conjuro siseando la palabra final. allí donde estarían los labios dibujados con dos rayas rojizas de aquella amorfa figura. Luego otra hoja arrancada la siguió en su ascenso. Ulva sonreía satisfecha. paralelas al cuerpo de la mujer en el asiento adyacente. en el aire.

Ulva —Hola. —Hola. Los de la cabeza fueron perfilando los rasgos faciales. Ulva la miró a los ojos y asintió con la cabeza. el último papelito agujerado y baboseado que ocultaba los labios de la mujer fue retirado por los dedos de ella misma y Ulva contempló con un suspiro de satisfacción el advenimiento a este mundo de otro ser vivo.6 3 Los papelitos emborronados. fueron arrugándose sobre sí. . los labios alargados. Poco a poco el cuerpo de una mujer desnuda fue apareciendo tras los papeles que iban cayendo alrededor del asiento y detrás de él. Ella misma. los del sexo recreando una vulva apetitosa. Porque la mujer que veía Ulva era un fiel reflejo de su propio cuerpo. los hombros redondeados… —¿Estoy hecha a tu gusto? —murmuró el clon con una sonrisa que denotaba sorna y satisfacción a partes iguales. poco a poco. el cabello pajizo y largo. Los papelitos fueron cayendo uno a uno descubriendo una piel tersa y vibrante de vida. Cuando Ulva se separó del ser vivo. Ulva —contestó el clon. los del pecho creando dos senos henchidos y coronados por pezones erizados. Ulva encendió las luces interiores del vehículo para iluminar el espacio oscurecido por las lunas tintadas y miró con detenimiento los detalles de la anatomía de su clon y no dudó en inclinarse para contemplar de cerca el color de los ojos. Otra Ulva Patitz. La figura cubierta de papelitos alzó un brazo y tomó la nuca de Ulva para imprimir una mayor presión sobre el profundo y húmedo beso. igual de sonriente. los de las piernas creando dos extremidades largas y de muslos carnosos. amoldándose a un cuerpo interior. la nariz fina. los del cuello amoldándose a una garganta. los del vientre dibujando un abdomen estilizado.

Suspiraron jadeantes y se besaron con ternura. Las dos mujeres terminaron por arquear sus espaldas y fueron presas de sendos orgasmos que hicieron que el vehículo entero se meciese con suaves contoneos. tras asir con sus manos sus pechos. Un lugar el cual hizo que Ulva gimiese extasiada. El clon reclinó su asiento hasta el máximo para facilitar el que Ulva se situase encima de ella y comenzase a lamer su cara para luego ir dejando rastros de saliva por su garganta estirada. las manos del clon atendían con suaves y conocedores movimientos la hendidura del demonio. Mientras los pezones castigados eran objeto de las devotas atenciones de Ulva. El clon desabrochó con movimientos ansiosos el sujetador de Ulva y la propia Ulva se arremangó la falda para permitir que la sinuosa mano de su reflejo se posase en su sexo y lo acariciase al igual que lo hacía ella. Las dos mujeres gimieron y jadearon. presionando un punto exacto de la espalda del demonio.6 4 —Hasta el más mínimo detalle —confirmó acercándose a ella y volviéndola a besar. proporcionando caricias viscosas. . —Ya sabes lo que tienes que hacer. El clon se acercó a ella y desabotonó con lentitud la blusa de tonos pastel de Ulva para luego introducir la mano derecha entre la prenda y la espalda. internando con rápidos compases los dedos en la vagina y el ano. los estrujó para que los pezones inflamados fuesen objeto de los labios succionadores y los dientes castigadores de la profesora de instituto. querida Ulva —dijo la propia Ulva. sin dejar de verter regueros de saliva en la boca ajena. La mano izquierda de Ulva se posó entre los muslos de su clon y la otra mujer entreabrió las piernas para permitir el descenso de aquellos dedos sobre su vulva repleta de humedades. Después. separándose mutuamente los flequillos empapados de sudor de sus frentes.

sé que lo estaré. —Lo sé —rió suavemente el demonio—.6 5 —Estarás orgullosa de ti misma. . mi amor —susurró el clon depositando suaves besos sobre la cara del demonio.

Olemos los hechizos a distancia. Tras varios minutos de tensa espera y maniobras sutiles de las ganzúas.6 6 Sixto y Milagros bajaron del coche y caminaron por la acera de la calle Landwehrstraße en dirección al portal número 8. Subieron hasta el piso segundo y caminaron despacio hasta situarse frente a la última puerta del pasillo derecho. Perderíamos el factor sorpresa. . cuando ambos actuaron por su cuenta. Respiraron hondo varios segundos y luego entraron en el interior del edificio aprovechando la puerta abierta que había dejado un vecino al salir. Sixto chasqueó la lengua. —Ya te lo dije. exceptuando un ligero ruido producido por un gato negro que apareció tras una puerta y se los quedó mirando durante unos segundos para luego desaparecer con movimientos tranquilos por otra puerta. no lo tenían todo planeado. cerrando la puerta tras de sí en silencio. no sucedería lo mismo que con Marcelo. —¿No puedes abrir la puerta con algún conjuro? —murmuró Milagros mientras se daba la vuelta y oteaba el pasillo. por favor —pidió en voz baja el sacerdote mientras sacaba un juego de ganzúas del interior de su chaqueta. la puerta se abrió con un ligero chasquido y los dos entraron al interior de la vivienda de Ulva Patitz. Se detuvieron al llegar y se miraron unos instantes para luego asentirse mutuamente con la cabeza. El piso parecía vacío y en silencio. —Vigila. Cada uno sabía qué hacer. —Por las escaleras —indicó Sixto al ver detenerse a la mujer frente al ascensor.

al ver que el demonio no respondía a su pregunta. Al cabo de unos minutos. Sus ojos ambarinos parecían fijos en Milagros. Sixto resopló en silencio. el cuarto? ¿Sería él el último eslabón que habría que eliminar? También los demás habían repudiado a su Señor y aunque Sixto no había traicionado su esencia. —No está —dijo Milagros cuando revisaron el salón. asomándose con movimientos rápidos en cada puerta. —Vendrá —comentó Sixto—. “El tercer demonio”. Sixto respondió: . Milagros le miró durante unos segundos.6 7 Sixto se llevó la mano derecha al bolsillo para agarrar entre sus dedos el amuleto que le permitiría exorcizar al demonio que habitaba el cuerpo de Ulva Patitz. frustrado. qué era. La tenía bloqueada. ¿Y él. Con la otra mano indicó a Milagros que comenzase la búsqueda por un lado del pasillo y que se mantuviese en silencio. revolviendo el contenido y tirándolo cuando. Sixto. ¿no podía considerarse como tal su trabajo actual de sacerdote? —Dime algo. los miraba con una atención que compartía con su cola. ¿cuánto hace que no recolectas almas para Él? Sixto pareció no haber oído la pregunta y siguió buscando con ahínco cualquier pista del paradero del tercer demonio. Cada uno sacó una pistola. pensó. Por ahora tenemos que buscar cualquier pista o indicio de dónde puede estar el tercer demonio. Fueron recorriendo con lentitud todas las habitaciones. un ejemplar de raza siamesa y de pelaje negro lustroso. Sixto se dirigió hacia el mueble alto y de aspecto antiguo del salón y comenzó a abrir los cajones con rapidez. cuando Milagros. Ulva no está. Y la estaremos esperando. la última estancia—. desdeñando al sacerdote. Sixto se giró hacia una esquina del sofá donde el gato. Milagros le señaló con un gesto de mirada el seguro del arma de Sixto. no encontraba nada de valor.

Milagros. —Y Él. el felino lanzó un estridente bufido y dirigió sus uñas afiladas hacia su cara. Una vida mortal que solo quiere vivirla contigo. mirando al gato. Si algo define al Diablo es la paciencia. Amo a los seres humanos. Sixto soltó un bufido evitando responder y se volvió de nuevo hacia el mueble del salón y la infinidad de cajones que lo poblaban. —Y no la vas a completar. Milagros le miró y luego se sentó en el sofá. ¿qué hizo Él cuando se enteró de tu desobediencia? Sixto sonrió de una forma bastante sarcástica. Milagros dibujó una media sonrisa que se reflejó en suaves caricias hacia el gato que ronroneaba a gusto. Me convenciste de que. El gato se subió rápidamente a su regazo y solicitó caricias al restregar su cabeza y orejas contra el cuerpo de la mujer. Si le sirvo bien en esta misión. Tú fuiste el último ser humano con quien lo intenté. Sixto se volvió hacia ella y la miró con expresión grave. —Y te juro que jamás lo harás. Pero un pensamiento oscuro le hizo perder la sonrisa rápido. en la personalidad. puede haber un cambio.6 8 —Tú fuiste la última. —Pero yo no perdí mi alma —contestó con un hilo de voz. —Esperar. el contrato que he firmado me exime de mis faltas y me otorgará una deseada mortalidad. Sixto se volvió hacia la mujer y Milagros se asustó cuando. Un cambio en la conducta. en la moral. Milagros. si se quiere. maldito traidor —siseó Ulva en español. de repente. . Me di cuenta no tenía ningún derecho a despojaros del libre albedrío que os define. No hubo ninguna otra alma. plantada en la puerta del salón. —¿Y si no completas la misión? —preguntó en voz baja.

No escuchaba ningún ruido de pisadas ascendiendo por las escaleras. . Pero se dio cuenta que había otro motivo aún más terrible por el que preocuparse. Estoy bien. Ulva dibujó una sonrisa pérfida al verse proteger la cara a Milagros de los ataques de su mascota y salió corriendo de la casa perseguido por Sixto. en vez de bajar por las escaleras. en vez de salir a la calle.6 9 El sacerdote corrió hasta Milagros pero ella agarró del pescuezo al furioso animal tapándose la cara con la otra mano. subió por el tramo de éstas que llevaba hasta el piso superior. Solo sus jadeos incontenidos llenaban el espacio de las escaleras y el rellano. Comenzaba a marearse y sintió unas nauseas que tardó en reprimir. Sixto llegó hasta el rellano. quizá. Se llevó la mano al bolsillo derecho de la chaqueta y empuñó el talismán del exorcismo. En su cabeza solo bullía el sentimiento de estupidez que le había hecho no darse cuenta de la aparición de Ulva. había preferido escapar escaleras arriba. no solo había perdido a Ulva. Sentía las rodillas crujir mientras seguía subiendo escalones de dos en dos a una velocidad frenética. —¡Corre a por ella! —chilló Milagros—. Jadeaba casi sin resuello y la cabeza le daba vueltas del tremendo esfuerzo realizado en tan poco tiempo. Se encontraba en el piso sexto cuando se detuvo en seco. tratando de acortar la distancia que le separaba. Subió los escalones de dos en dos. La profesora corrió por el pasillo y. Y Sixto se dio cuenta de que. En este estado no creía posible una victoria si tenía que pelear con Ulva. Ignoraba a dónde se dirigiría el demonio ni porqué. Oyó el ruido de los pies de Ulva al subir las escaleras. Ni tampoco el ruido del único ascensor funcionando.

cayó al suelo de rodillas y vomitó.7 0 Bajó como una exhalación las escaleras ignorando las violentas sacudidas que su estómago le propinaba. golpeándose el hombro contra la pared para mantener el equilibrio. . un paquete de pañuelos. Cruzó el pasillo y se dirigió hacia el sofá vacío del salón. se iba apoderando de él. poco a poco. con la angustia de aquel funesto pensamiento que. Sixto se inclinó sobre el sofá y tocó la mancha húmeda. —¡Milagros! —gritó con voz ronca. —¡Milagros! Notó que el salón estaba más desordenado de lo que lo había dejado él al revolver el contenido de los cajones del mueble. Cuando podía. produciéndole unas arcadas incontenibles. Sixto tuvo que hacerse a la desagradable idea que ahora le invadía y que le obligaba a respirar rápido y confusamente: había perdido a Milagros. Se apoyó en el respaldo del sofá y. el lugar donde había visto por última vez a la mujer. Llegó hasta el piso segundo y cruzó la puerta abierta del piso de Ulva. El cerco oscuro se iba dilatando en el respaldo. con todo su contenido esparcido por el suelo. aterrizaba en los rellanos de un salto. Una mesa baja aledaña había sido desplazada y el raspón que dejaron sus patas en el suelo de parqué no estaba antes. sintiendo la bilis ascender por su garganta. una pequeña cajita con vendas y tijeras y un botecito de alcohol y unos cuantos tampones. Tampoco había rastro del gato negro que había atacado a Milagros. sin poder resistirlo por más tiempo. El teléfono móvil. Unas grandes manchas de sangre impregnaban en el respaldo la tapicería del mueble. Se miró las yemas de los dedos pintadas de sangre y gritó de nuevo el nombre de la única mujer que amaba. invadiendo también una esquina del cojín. Nadie le respondió. Bajaba con el temor. un peine. Encontró el bolso de Milagros tirado detrás del sofá.

Gritos de mujeres y guitarras eléctricas estridentes. Sacó el teléfono móvil de un bolsillo interior de la chaqueta y llamó a Suzzane. —No te oigo bien. Sixto se mordió el labio inferior conteniendo un grito de rabia ante la indiferencia de la joven.7 1 Unos minutos más tarde. Ulva la ha secuestrado. espera que salgo afuera. La cerró y se sentó en una silla de la cocina. —Que no sé dónde está Milagros. . Quizá una discoteca. la rubia alemana esa de la que querías su número de teléfono. —¿Ulva. —Mierda. Quizá las dos cosas. mierda —mascullaba mientras volvía a la cocina y se sentaba en la misma silla. Cerca de ella se oían gritos y música electrónica a todo volumen. —¿Qué decías? —preguntó de nuevo Suzzane. —He perdido a Milagros —dijo Sixto tras unos segundos de espera. Confiaba en ver a Milagros o a Ulva por la calle. Pero no había rastro de ellas. Se oyeron más ruidos y más jadeos. dices? Ah. sí. una vez que se lavó la cara en el cuarto de baño. —No tengo más pistas. —Ayudarme a encontrarla. Sixto se dio cuenta de que la puerta del piso de Ulva seguía abierta. Se levantó de inmediato y corrió hacia la terraza donde se asomó por la barandilla. —¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó la hacker. quizá una orgía. si eso lo que buscas —contestó la joven.

Suzanne calló durante unos segundos. cuándo caga. Todo. Los gritos que antes acompañaban a la música ahora eran gemidos y jadeos. Llámala al teléfono móvil. —Eso llevará tiempo. Suzzane! —gritó exasperado Sixto. donde trabajaba antes. —Pregunto si más información sobre esa Ulva no-se-qué ayudará a encontrar a Milagros. Pero es lo único que creo que puede servir. Cayó al suelo de rodillas y se llevó una mano a la nuca—. —Llevará tiempo. estoy perdido. —Date prisa. te digo el paradero de Bin Laden. padre. cuándo menstrua. todo. Ahora estoy desnuda y tengo que llamar a un taxi. Solo se oían los bajos estridentes de la música lejana. cuándo folla. qué come.7 2 —Claro. —¿Es importante? —preguntó Suzzane al cabo de unos segundos. familiares. Sixto se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta y luego contestó. Sin ella. —No lo sé. Llegaré a mi puta casa en unos quince minutos. conocidos. —¿Qué quieres que haga? —Dame más información sobre esa mujer. de paso. Y. padre Sixto. Quiero todo. por favor —contestó Sixto con voz desgarrada por un llanto que empezaba a aparecer. joder. Donde estudió. por favor. no te jode. Y ahora no estoy en casa. Ulva Tamitz. —¡Pues vete cagando leches a tu puta casa y búscame todo sobre la jodida Ulva! —vociferó Sixto fuera de sí. . que estoy generosa. —¡Te estoy diciendo que la han raptado. —Estamos hablando de Milagros. un dos por uno. por ejemplo.

Fotocopias de los títulos. —Tenemos que encontrar a Ulva Tamitz de inmediato. Herr Hesse se sentó despacio en su butaca situada tras el escritorio y pulsó el interfono de su secretaria. —Fraulein Smicht. tráigame el expediente de Fraulein Tamitz. certificaciones académicas. Pero todos ellos indicaban como único domicilio el que Milagros y él habían visitado. El director Adolf Hesse le recibió al instante y le preguntó el motivo por el que su rostro reflejaba esa tensión. Puede estar en peligro y necesito tener acceso a toda la información que posea sobre su profesora. Sixto se acercó para coger la carpeta rápidamente ignorando la insolencia que ello suponía. —Es muy importante —masculló a modo de disculpa mientras ojeaba con rapidez todas las hojas del interior de la carpeta. . se sentó al volante y condujo de vuelta hacia el Staatliches LuitpoldGymnasium München. varios currículums. Mi compañera ha sido raptada. Salió del apartamento y bajó por las escaleras hacia la calle. fotocopia del documento nacional de identidad. por favor. La secretaria entró en el despacho con una carpeta que quiso entregar al director. Caminó hasta el lugar donde habían aparcado el coche. evaluaciones psicológicas. —¿A qué se refiere? —preguntó el director extrañado.7 3 Suzzane colgó y Sixto miró la pantalla del teléfono móvil durante unos segundos antes de darse cuenta que tenía que moverse. Transcurrieron varios minutos de tensa espera en las que el director no osó interrumpir los pensamientos de Sixto que caminaba de un lado a otro como un gato encerrado. —¿No constan más domicilios? —preguntó Sixto tirando la carpeta a la mesa.

amuletos. El conjuro de Doppeltgänger. Cuando la humanidad aún era joven. el doble andante. Ante sus ojos desfilaron imágenes de antaño y las que más se repetían eran aquellas en las que una muchachita pelirroja se afanaba en explicar a un preadolescente los rudimentos de la hechicería. Demonios jóvenes. en alguna escapada. La secretaria también reflejaba en su rostro una mezcla de estupefacción y miedo. tuvo otros mentores. un casa. hechizos. Por fin había recordado de qué conocía a Ulva Tamitz. maldiciones. Ocurrió cuando eran jóvenes. en el cruce de Isarvorstadt. cualquier cosa? En vacaciones. El director. le enseñó a conjurar. Ulvius. Conjuros. El sacerdote tenía la mirada fija al frente.7 4 —¿No indicó alguna vez otro lugar que frecuentase. intimidado. negó con la cabeza. empuñando el volante y sintiendo los músculos del cuello agarrotándose poco a poco. Demonios que le inculcaron todo lo que sabía. Y Sixto supo con una certeza absoluta qué había sucedido. . A lo largo de los siglos que había vivido. Cuando todo era joven. Corrió hacia el coche y condujo de vuelta hacia el piso de Ulva. Aquel demonio. otro piso alquilado o comprado. Fue a medio camino. pócimas. Sus pensamientos fueron interrumpidos con el sonar del teléfono móvil. yo que sé—preguntó Sixto apoyando con soberbia las manos sobre la mesa. Era Suzzane. cuando Sixto redujo la velocidad del automóvil hasta detenerlo junto al semáforo. Pero ninguno le mostró jamás el conjuro que Ulvius le mostró aquella noche de luna llena. —Gracias y perdonen la brusquedad —se despidió saliendo con grandes zancadas del despacho. Sixto suspiró y negó con la cabeza intentando asumir que en aquel lugar no obtendría nada de provecho.

de esos que tanto le gustaban a su maestra. un apartamento en las afueras de la ciudad. Había olvidado que se encontraba detenido ante su semáforo. padre. era el causante. y aparcó cerca del río. .7 5 —Tengo dos posibles pistas —dijo la joven francesa cuando Sixto descolgó—. la encontrarás allí. Pero Sixto ya sabía qué hacer. La señorita Tamitz hace dos meses que adquirió con su tarjeta de crédito una compra por internet y solicitó que fuese enviada a una dirección distinta de la de su domicilio. Suzzane! —urgió Sixto. —Ya te habrá llegado por mensaje de texto. un medio de comunicación al que pareces reacio… Sixto colgó la llamada sin escuchar la monserga y consultó la dirección que había en el mensaje de texto. Giró a la derecha. por Comeliusbrücke. —¡Esa es! —gritó eufórico Sixto. sino dos. Detrás de él numerosos coches hacían sonar sus bocinas y le insultaba por haberse detenido frente al semáforo abierto. —Hay más. He pinchado el teléfono fijo del domicilio habitual de esa mujer. Ahora sabía que Ulva Tamitz no era un solo individuo. Creo que si vas al piso de Ulva. en una de mis islas favoritas. Un conjuro de creación. Tenía que ser preciso. El resto irá por correo electrónico. Se acaba de realizar una llamada desde allí hasta un destino situado en Grecia. —¡Dame la dirección del piso franco.

entre la penumbra. Pero luego no recordaba nada más. Solo consiguió que sus caderas crujiesen doloridas y sus muñecas y tobillos. —¡Sixto! —gritó la mujer sintiendo como el pánico comenzaba a hacerla bombear sangre. Completamente desnuda y a merced de aquel odioso demonio de cabello rubio. aunque abiertas e inmovilizadas en los costados de la silla. acorde con el latir de su corazón. con las manos llevadas al respaldo y amarradas por cinchas finas y que se hundían en su piel. También tenía las piernas sujetas. haciéndola estremecer. acusasen la mordedura de las cinchas. Un agudo dolor la invadió el ojo y recordó el zarpazo que el gato le había lanzado a traición en la apartamento de Ulva. Era un dolor lacerante y pulsátil. . Luego tomó conciencia de que estaba sentada en una silla. Notó la lengua algo hinchada y los labios cubiertos de una costra que supuso que era sangre proveniente de la herida de la mejilla. a su derecha. y se dio cuenta que estaba desnuda. que se encontraba en una habitación vacía donde. Sin éxito. Entreabrió los ojos y notó que el párpado izquierdo parecía remiso a abrirse. había una persiana cuya rendija superior proporcionaba aquella débil luminosidad. Y quizá del ojo insevible. Sintió una corriente de aire recorrerla el cuerpo entero.7 6 Milagros suspiró y lo primero que notó al despertar fue un intenso dolor en la mejilla que ascendía por la comisura de ojo izquierdo hasta su ceja. La adrenalina le hizo bombear sangre con rapidez y se revolvió sobre la silla intentado zafarse de las ligaduras. Intentó moverse y se notó sujeta. Abrió el otro ojo y solo pudo distinguir. los lugares donde estaba sujeta.

—Quizá pierdas el ojo. Lo tenías entrenado. —Me atacó sin motivo. Tenías una mirada muy sensual. zorra —comentó el demonio en perfecto español—. Oyó a alguien entrar en la habitación y acercarse a ella. Es una pena. consiguió habituarlo al cambio de luz y cuando consiguió enfocar. Tuve que tirar los trozos al cubo de la basura. Alguien se detuvo y Milagros descubrió una ranura de luz en el suelo que correspondía al bajo de una puerta. Una llave se introduje en una cerradura y el ruido al abrirse la puerta la hizo contener la respiración. —¿Ese traidor. Ulva sujetó a Milagros por el cuello y la hizo volver la cabeza hacia ella para estudiar el alcance de la herida de la cara. Entornando el ojo derecho. . En la fina raya había dos sombras correspondientes a los pies de alguien. —¿Dónde está Sixto? —murmuró la mujer intentando mover la cabeza para que Ulva dejase de tocarla. ¿qué ha ocurrido? —¡Sixto! —gimió intentando con menos esfuerzo desembarazarse de las cinchas. cegándola y obligándola a cerrar el ojo derecho. dices? —sonrió Ulva dejando libre la cabeza de Milagros—. Calló de repente al oír un ruido de pisadas.7 7 Dios mío. No lo sé. La cabeza le palpitaba dolorida y el ojo guiñado le producía un ardor infinito en el interior de la cabeza. —Te despachaste bien con mi gato. la verdad. La puerta se abrió y una luminosidad brotó de repente. Gimió asustada. Su solo contacto le producía nauseas. se lamentó Milagros sintiéndose embargada por una sensación de agotamiento e impotencia. Ulva sonrió confirmando las palabras de Milagros. levantó la cabeza y miró a Ulva Tamitz cara a cara.

—Asco. Ulva hizo surgir una risa nasal de su garganta y continuó deslizando sus dedos por los muslos separados de Milagros. mientras lo averiguo. —Me das asco —escupió Milagros. ¿eh? —repitió Ulva arremangándose la falda hasta la cintura para poder acuclillarse frente Milagros.7 8 —¿Qué quieres de mí. porque no sé dónde está Sexteus y. Ulva supo de todo ello. —¡Para! —vociferó Milagros cada vez más alterada. tú eres mi rehén. con el comprensible retardo inherente al enlace místico. Milagros reprimió un escalofrío al sentir los ojos del demonio recorrer todo su cuerpo. dirigiéndose después hacia la cocina para beber un refresco. reflejando la profunda repulsión que sentía. Ulva posó sus dedos sobre los temblorosos muslos de Milagros y ésta se revolvió en la silla al sentir el contacto. querida mujer. Luego. —Es posible —asintió Ulva con una sonrisa. por qué me retienes? —Por eso mismo. Hace unos minutos su clon acababa de entrar a su apartamento y se despojaba del abrigo dejándolo sobre el respaldo de una silla del salón. maldito demonio. mientras contemplaba con aire de suficiencia el rostro de Milagros. . la mirada de la profesora de instituto descendió hacia el cuerpo desnudo de la mujer. dibujando meandros y curvas que convergían en el vello denso de la entrepierna. Me encontrará y te matará. Intentó cerrar las piernas pero las cinchas se le clavaron aún más en la piel —¡No me toques! —chilló Milagros. Un boscoso acumulamiento de vello oscuro ocultaba el sexo de Milagros. —Sixto me encontrará.

El dorso de sus dedos apreció el intenso calor que surgía del sexo de la mujer. Lo que Sixto te haya hecho te parecerá poco. —Estás caliente. mujer –siseó Ulva caminando hasta su espalda—. reprimiendo un insulto. —De verdad te lo digo. —Qué romántico… —¡Sixto vendrá. como si estuviese peinando una cabellera fosca. Cómo se estaba divirtiendo con aquella ilusa. de arriba hacia abajo. Los dedos del demonio presionaron sobre el mullido colchón oscuro y dejó que la vellosidad fuese pasando a través de sus dedos. maldito demonio! —chilló Milagros fuera de sí— ¡Sixto te hará pagar…! . El demonio rió mientras se levantaba y se limpiaba la cara con un pañuelo negro. Al no responder. ¿O será que no te quiere tanto cómo dice? —Se llama Sixto —dijo Milagros mascando las palabras—. el que Sexteus aún no se te haya siquiera insinuado me parece muy raro. Milagros inspiró fuerte. Creo que voy a divertirme un poco más. mujer. Nos amamos.7 9 El demonio enarcó una sonrisa aún más satisfecha por cuanto comprendía que la mujer se enfurecía más y mása medida que iba acercándose a la hendidura. —¡No me puedo creer que nunca hayáis follado! Milagros se mordió la lengua. Ulva la miró desde arriba y Milagros le lanzó una mirada asesina que fue seguida de un escupitajo. El vientre de Milagros se revolvió a medida que la respiración de Ulva se iba haciendo más ruidosa. Eso es algo que tú jamás comprenderás. Pellizcó con los dedos varios mechones de vello rizado y tiró de él con suavidad. Ulva sonrió enseñando los dientes y asomando la punta de la lengua entre ellos. Ulva se imaginó el motivo y rió con ganas.

deteniéndose en el lóbulo. —¿Sabes qué es el ónfalo. llevó la cabeza de Milagros hacia atrás. Lamió con leves punteos la tráquea dibujada bajo la fina piel y. tirando de los pezones hasta dejarlos inflamados. provocando en la mujer el inicio de una fuerte respiración. Luego bajó su mano hacia el vientre tembloroso. exponiendo toda su garganta.8 0 Ulva cortó el grito de Milagros amordazándola con el pañuelo negro. Luego se inclinó detrás de ella y. Milagros tragó saliva con dificultad. . cuando habitaba el cuerpo de un hombre. llegó al vello espeso y circunvaló con suaves caricias la depresión. Se representaba con una piedra sagrada. con una mano. Atrapó entre los dientes el pedazo de carne y sintió como aumentaba de temperatura entre sus labios. pasó su lengua húmeda por el contorno de la oreja izquierda de la mujer. ¿Te he contado alguna vez que hace muchos miles de años. Milagros parpadeó y luego entornó los ojos al sentir las punzadas de las uñas de Ulva clavándose en la piel de su pecho. hacía de ese emplazamiento un lugar consagrado. su otra mano fue descendiendo por su pecho. deteniéndose un momento en calibrar la dureza de la carne de los senos. Milagros? —murmuró Ulva alejándose del sexo de la mujer y empuñando con fuerza uno de los pechos. Luego. Aunque Milagros no quisiese aceptarlo. Milagros. vi uno? Era precioso. La sangre se le acumulaba en la cabeza y su cara se iba amoratando. —Los antiguos griegos así llamaban al centro del mundo. situada en un lugar. El objeto más precioso que jamás haya visto. la cual. como si no se decidiese a acariciar el nicho candente. mientras miraba fijamente a los ojos de Milagros. sujetándola la cabeza. La mano de Ulva amasó la carne del pecho y luego hizo lo propio con el otro seno. su cuerpo manifestó su agrado endureciéndose los pezones.

Descendieron hasta el orificio del ano y recorrieron las nervaduras del esfínter provocando nuevos chillidos en Milagros. Y yo les entendía porque también pensaba que el ónfalo era el objeto más bello y sagrado que jamás había visto.8 1 —La piedra tenía forma de dedal y era de mármol blanco y pulido. Los dedos de Ulva se internaron en el coño y encontraron a su paso un camino despejado. Ulva acompañó sus palabras con un descenso de sus dedos hacia el mullido vello oscuro del sexo de la mujer. Milagros se revolvió en la silla. Las patas crujieron al tratar de desembarazarse de las ligaduras. La mujer sentía los dedos del demonio violando su sexo y las cinchas le mordían salvajemente sus muñecas y tobillos con cada sacudida. Milagros emitió un chillido que la mordaza convirtió en gemido. Las uñas juguetearon con los mechones de vello humedecidos. Los sacerdotes de aquel templo griego tenían un gran apego a aquella modesta piedra. encontrando la hendidura húmeda e inflamada. mujeres y hombres. —Nadie podía acercarse al ónfalo a menos de diez pies. . Tres sacerdotes velaban por la piedra día y noche y todo el mundo. pero al menos había buenas historias sobre ellos. igual de ridículos que los que tenemos ahora. El templo estaba consagrado a uno de esos ridículos dioses del Olimpo. amigos y enemigos. rendían culto al ónfalo. cubierto de cordones entrelazados en cuyos nudos había piedras preciosas. Su vientre se retorció y sus piernas vibraron cuando los dedos de Ulva entreabrieron los pliegues de su hendidura y esparcieron la viscosidad que nacía de su interior.

. Los relámpagos envolvían el aire de electricidad y las olas inmensas llevaban el aroma del salitre a todas partes. Los tres sacerdotes que guardaban el ónfalo estaban temerosos y solos. La mujer no pudo más. Fue una noche que jamás olvidaré. lo desgajé en lascas hasta convertirlo en un montón de pedruscos de mármol. rabiosos. los sacerdotes del templo corrieron a la playa para ofrecer a los suyos una ayuda que ya era inútil. Milagros gritó con fuerza reprimiendo las ansias de un orgasmo que pugnaba por brotar de su sexo. Los braseros fueron los únicos testigos de mis actos. Su alma. al borde de la asfixia y Ulva dejó libre su cabeza para permitirla respirar. El dedo meñique se posó sobre la entrada del ano y presionó provocando que el esfínter se endureciera. Una noche. Ulva miró con deleite el nacimiento del orgasmo de Milagros y atrapó entre sus dedos aquella cegadora chispa que contenía la esencia de la mujer. Milagros arqueó la espalda hasta sentir como sus vértebras crujían. Milagros boqueó unos instantes. Me acerqué al ónfalo y. El acumulamiento de deseo desbordaba cualquier intento por controlar sus emociones. Zeus y Poseidón estaban furiosos. Milagros.8 2 —No llores Milagros. Eché los cordones entrelazados a las brasas y salí del templo riéndome de Zeus y Poseidón. que mi historia acaba pronto. Caminó alrededor de ella para situarse delante de la mujer y le quitó el pañuelo hinchado de saliva. Una explosión de placer nació de su interior y la hizo tensar todos sus músculos a la vez. Los dedos de Ulva apresaron la carnosidad pulsátil del clítoris y lo masajearon. —Los degollé uno por uno y los tres murieron entre mis brazos. con el auxilio de una gran tormenta que hizo zozobrar varios barcos del puerto cercano. con la ayuda de un martillo.

Pero quizá fuese mejor así. la gente de aquella polis se volvió loca. Milagros emitió sordos quejidos y alzó una mirada carente de expresión hacia Ulva. muchos años después. Y. Milagros. Y la guerra arrasó todo rastro de vida en la polis. —Ruinas asoladas y decadentes —repitió el demonio—. de poco serviría ya. no. Solo quedaban unas ruinas decadentes. a la que acusaron de haber sido la causante del sacrilegio. No. ¿Qué se puede esperar de una relación entre un demonio inmortal y una mujer sin alma y tuerta? El dolor de cabeza regresó de inmediato así como el lacerante y horrible sufrimiento del ojo.8 3 —Cuando se enteraron de la destrucción de su ónfalo. . Un comerciante. Milagros apoyó el mentón en el pecho y. Así estás tú ahora. Sixto no la encontraría. se dijo. La violación del templo y la destrucción del ónfalo provocaron la guerra con la polis vecina. si la encontraba. pensó que Sixto jamás la encontraría. Su amor le había fallado. El demonio salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. me comentó que acaba de pasar por las ruinas de la ciudad. por primera vez.

Comprobó que la puerta estaba cerrada al empujarla ligeramente. Oyó los pasos de unas pantuflas acercarse a la puerta y abrirla. El sacerdote dio un paso adelante para clavar la boca del cañón en la frente de Ulva. por favor —dijo Ulva apartándose de la puerta sin dejar de apuntar con el arma a Sixto. Eres un demonio. pensó Sixto. —Es normal que no lo comprendas. Llamó al timbre. Una vecina. que sacaba a su perro en ese momento.8 4 Sixto bajó del coche y entró al portal del edificio donde se encontraba la casa de Ulva Tamitz. —Vaya. Lo que aún me sigue intrigando es el motivo por el que quieres recuperar a un ser humano. Ulva parpadeó y luego dibujó una sonrisa que ocultó la taza de café al llevarla a los labios. El hombre subió por el ascensor hasta el piso segundo y caminó hasta la puerta del apartamento de Ulva. provocando que su propia frente también se encontrase con boca del arma que empuñaba la mujer. . emitió un grito al ver la pistola que empuñaba el sacerdote con la mano derecha. Ulvius. Las sirenas de la policía se oyeron lejanas. —¿Sabes una cosa. —¿Dónde está Milagros? —preguntó el sacerdote. Un miserable ser humano. Sexteus? —comentó con voz tranquila Ulva—. La anciana con la que me crucé habrá llamado a la policía. Con la cantidad de ellos que pululan por ahí. ya creía que no vendrías nunca —comentó Ulva mientras daba un sorbo al café. —No. Ulva Tamitz sostenía una taza de café humeante en una mano y con la otra empuñaba otra pistola que dirigió a la cabeza del sacerdote a la vez que éste también dirigía la suya hacia la mujer. —Pasa adentro. Devuélveme a Milagros y te dejaré vivir.

Me enseñaste el arte de los conjuros. Te debo dar las gracias. Podría haberte matado si prestase más atención a estos cacharros. Ulva tardó una décima de segundo en comprender el significado de las palabras de Sixto. Sexteus? —Claro que me acuerdo —dijo él—. —Pero comprenderás que necesito recuperar a Milagros — dijo Sexteus quitando el seguro a la pistola con el dedo pulgar. Ulva sonrió.8 5 —¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos. —Ya lo sé —contestó Sixto apretando el gatillo. pero tú. siempre fuiste el mejor. Ulvius. . Un descuido que se repetía. —Llegados a este punto. Fue hace mucho tiempo. debo confesarte que no soy la única Ulva que existe. He tenido más maestros. —De nada. El impacto de ambos disparos provocó que sus cabezas acusasen un extremo golpe frontal. Ambos sabían que ninguno de los dos iba a doblegarse ante el otro. sin vida. Ulva y Sixto parpadearon al unísono. Lástima que sea tan descuidada. Se había dado cuenta en ese momento. —Qué pena —dijo—. Los coches de policía llegaron al portal con las sirenas ululando desaforadas. ante todo. Para entonces. rompiendo las vértebras del cuello a su paso y lanzando sus cuerpos en direcciones opuestas como dos imanes que acercan sus mismos polos. también ella había apretado el gatillo. Quedaron tendidos en el suelo. cuando el mundo aún era joven.

Abrió la puerta y encendió la luz. le llegó de repente las últimas palabras de Sexteus antes de caer abatido. los primeros agentes llegaron a la escena del tiroteo. Milagros? —gritó riendo para que pudiese oírla—. . A decenas de kilómetros de allí. se preguntó temerosa. —Sie sind tot. Creo que voy a matarte ahora mismo. —¡Verdammt! —murmuró un compañero. se acabaron las tonterías. sentada en el sofá mientras miraba la televisión. Ulva Tamitz. Pobre Sexteus. “Ya lo sé”. unos segundos más tarde. Ulva se levantó del sofá y caminó hasta la habitación donde retenía a lo que quedaba de Milagros. La sangre que salpicó el suelo del apartamento y las paredes del pasillo hablaba de una forma muy elocuente sobre el desarrollo de los acontecimientos. el clon de Ulva Tamitz. Sixto estaba agachado y terminando de cortar las cinchas que sujetaban los brazos de Milagros. Se encontró con la puerta entornada y su sonrisa murió al instante. Había llegado tarde. pensaba mientras oía la conversación entre el sacerdote y su clon. Abrió los ojos y entreabrió los labios con asombro. Se levantó rápido y sacó una pistola de detrás de su cintura con la que disparó hacia las rodillas de Ulva. mira que actuar así por una simple mujer. apartaron las armas aún empuñadas por ambos y tuvieron que pegarse a la pared para no pisar los charcos de sangre que bañaban el pasillo de la planta y del apartamento. ¿Cómo que sabía que había más de una Ulva?.8 6 Cuando. —¿Sabes qué. dibujó con sus labios una sonrisa que se convirtió en carcajadas al empezar a llegarle las imágenes de su clon. Un agente tomó el pulso de ambos y negó con la cabeza hacia sus compañeros.

No espero que lo entiendas. quiero a Milagros. . Las extremidades se agitaron espasmódicamente mientras los ojos de Ulva despedían un fugaz destello rojizo. Sexteus! —chilló Ulva Tamitz con las pupilas fulgurando de un rojo fosforescente. Terminó de desatarla los pies. Se lo llevó a la espalda. —Pues que te aprovecha lo que queda de ella. De una mortal. cuando el demonio fue eliminado. Luego. Sixto se arrodilló junto a ella y sacó del bolsillo de su chaqueta el amuleto de exorcización. de una mujer. —Sí que lo hiciste bien. Por cierto. tiró la pistola al suelo y volvió con Milagros. Se llevó las manos a sus rodillas y siguió aullando de dolor. La cabeza de Ulva rebotó en el suelo y un fino hilo de humo salió del agujero cuando Sixto retiró el arma. cubriéndola la cara. Le extrañó que ella misma no lo hubiese hecho porque tenía las manos libres. sí —murmuró Sixto introduciéndole a la fuerza en la boca el amuleto—. —¡Bene didicistis. Sexteus apoyó el cañón de la pistola en la frente de Ulva y apretó el gatillo. Ulva le miró unos instantes con el amuleto en la boca. Estoy enamorado de ella.8 7 El demonio chilló embargada por un dolor que rivalizaba con su estupefacción mientras caía al suelo. Tenía el cabello revuelto. Se lo llevó a un carrillo y dibujó una sonrisa en sus labios.

Milagros buscó con su ojo sano el rostro de Sixto. Alzó el rostro de Milagros y calibró el alcance de la herida del ojo. No dijo nada pero el demonio no necesitó más. Los arañazos que tenía por la mejilla. Estaba infectado. amor mío? —le preguntó. a juzgar por el tono violáceo. frente y sien también eran importantes y. No se atrevió a separar los párpados cubiertos de una gruesa costra de sangre. Quizá uno de los ojos de Ulva… Sus pensamientos se detuvieron al darse cuenta de que Milagros aún no había dicho ninguna palabra. —No estoy bien. tampoco tenían buena pinta. ojo. . Siento que me falta algo además del El demonio cayó al suelo de rodillas. No pensó que vería el cuerpo desnudo de su amada por primera vez en estas circunstancias. El tono velado de su mirada y la expresión cenicienta que mostraba su cara lo decían todo. Sixto. —¿Te encuentras bien.8 8 Sixto resopló disgustado. Tenía que repasar mentalmente la lista de conjuros de curación que conocía. Las lágrimas brotarían de sus ojos en unos instantes. El resto de su cuerpo también presentaba varios moratones.

en dirección a Deggendorf. —Me viste desnuda —susurró ella al acordarse de cómo ayer Sixto la hizo levantarse del sofá donde se sentó después de ser liberada—. —Más que nunca —respondió él sin dudarlo. —¿Me quieres. Tenía hinchada la mejilla. Se rascaba con frecuencia el vendaje que le cubría parte de la cara y el ojo izquierdo. una falda tableada y unas sandalias. como la corteza chamuscada de un árbol quemado. Incluso su piel ha cambiado.8 9 Sixto conducía en silencio en dirección al aeropuerto por la autovía A-9. a unos trescientos metros. Parecía quebradiza. las únicas prendas en aquel apartamento oculto de Ulva Tamitz que le valían. Milagros intentó sonreír pero aunque forzó sus labios para que expresaran el sentimiento. Un poco más adelante. A su lado. mirando con total indiferencia a los demás automóviles desde su ventanilla. . —¿Qué me pasa. Sixto? —preguntó de pronto Milagros al cabo de unos minutos de silencio. Iba vestida con poca ropa: una blusa. aunque no tanto como el día anterior. Y luego me hiciste algo que no recuerdo. Milagros tenía la cabeza ladeada. una chaqueta. el GPS le indicó que debía coger el desvío hacia la A-92. no se movieron ni un milímetro. El sacerdote apartó la vista de la carretera y miró fijamente a la mujer. Solo sé el qué pero me duele mucho el ojo y que me cuesta hablar. pensó él volviendo la atención hacia el frente. —No creo que sea una gran pérdida —contestó en voz baja la mujer. Sixto? —murmuró haciendo un enorme esfuerzo para girar la cabeza hacia él— ¿Por qué me siento así? —No tienes alma. Acarició el perfil de su mandíbula y se detuvo entre el mentón y su labio inferior.

—Ya lo he hecho. Pero pronto seré humano como tú. entenderás lo que te pido. Ahora todo te provoca indiferencia. al cabo de unos segundos. Solo me has besado. Pero la recuperarás. En cuanto a lo del ojo. por favor. y tú una mujer. si no lo haces. en Grecia.9 0 —Ya te he visto desnuda otras veces —comentó él mientras cogía la desviación hacia el aeropuerto—. estaba inutilizado. Y. Milagros miraba a Sixto fijamente. —¿No lo juras? —Jurar es prometer poniendo de testigo a Dios o a alguien o a algo. Sixto miró de soslayo a Milagros. Prométemelo. recuperaremos tu alma. Tuvo que aminorar la velocidad porque el acceso al aeropuerto estaba congestionado. —Ya lo sé. —Prométemelo. Mi sola palabra basta. Si tanto deseas ser un humano. Milagros. —Mucho. Te curé lo mejor que pude y eché mano de algunos conjuros. Tú y yo. un ser humano. Yo solo prometo. —A mí me da igual —musitó Milagros casi hablando para sí. antes de eso. Sexteus —Nos vamos a la isla de Creta. Pero te lo prometo de nuevo. —Soy un demonio. Allí se encuentra nuestro último destino. Milagros. —Pero nunca me has hecho el amor. Te han robado aquello que te hace ser un ser humano. . no impedirás mi suicidio. —Prométeme que recuperarás mi alma. Yo no necesito testigos. sí —respondió Sixto algo incómodo. Milagros. la antigua Cnosos. Y podremos hacer lo que tú quieras. te lo prometo. —Y. —¿Te gusta mi cuerpo? —preguntó de pronto. No se debe hacer.

Dejó que aquel ojo de color castaño rodeado de un párpado ceniciento invadieran todo su autocontrol. amor. por favor —rogó Milagros—. Te juro ante Dios mismo que recuperaré tu alma. Pero era la mirada de Milagros.9 1 Milagros. Cerró los ojos y luego. Yo no quiero vivir así. . sea como sea. tras unos segundos. ilusiones. Y al final. cuando tuvo que detener el automóvil a la entrada del aparcamiento atestado. Él sentía aquella mirada carente de vida. aspiraciones. Sixto tragó saliva y miró a Milagros. mantuvo la mirada fija en Sixto durante varios minutos de silencio. terminó por negar con la cabeza. no tuvo más remedio que devolverle la mirada. —Jamás. —Prométemelo.

una pareja de turistas intentaban comunicarse con él en inglés para saber cuál era el lugar más famoso de la isla. Por suerte. Se rascó el vendaje que le cubría el ojo izquierdo hasta que Sixto tuvo que sujetarla la mano. Aunque más allá estuviesen los rápidos que darían bandazos a su cuerpo como si fuese un pelele. —Tenemos que marchar. Sixto negó con la cabeza y agradeció al guardia la preocupación. Milagros solo quería dejarse llevar por la corriente. —Θέλετε να καλέςετε αςθενοφόρο. Se acercó a una hilera de bancos y se sentó como si sufriese un profundo cansancio. Un guardia de seguridad se acercó a los dos al ver el intenso agotamiento que reflejaba la cara de ella. —preguntó el guardia. No tenía ningún interés por vivir. Y luego la fatal cascada. No tengo ganas de ir a ningún sitio —manifestó Milagros dejando caer la mochila que contenía la poca ropa que habían comprado en las tiendas del aeropuerto. Sólo soy un estorbo. —¿Qué te ha preguntado? —Se ha preocupado al ver cómo te dejabas caer sobre el asiento. sin ofrecer resistencia. .9 2 —No me encuentro bien. Ήταν ένα μακρύ ταξίδι. por favor —gimió ella tapándose la cara con las manos. se volvió hacia ella. pero le aseguró que solo era cansancio. Llamas la atención con el vendaje de la cara. —Entonces déjame aquí. Milagros suspiró con gesto abatido—. Sixto comprendía a Milagros. Milagros —susurró Sixto inclinándose hacia ella. Sixto se detuvo. estoy muy cansada. Miró de reojo al guardia de seguridad. recogió la mochila y se acercó a ella. —Είναι πολύ κουραςμένοσ —tranquilizó Sixto al guardia—.

O ser simples piedras. dependiendo del ángulo con que se las mirase. La marcha era lenta y. —¿El tercer demonio vive en un palacio? . —¿Dónde vamos? —murmuró con desgana Milagros. Los conductores estaban todos reunidos. Las carreteras eran estrechas y el asfalto estaba desconchado. podían tratarse de una sección de columna o los restos de una pared milenaria. estaban estacionados junto a la parada. había que arrimarse a la cuneta derecha para permitir que otro vehículo pudiese cruzar la carretera en sentido contrario. —Θέλουμε να πάμε ςτο παλάτι του Knossos του —dijo Sixto al grupo. él. sin ningún color característico.9 3 Sixto cogió a Milagros del brazo y la obligó a levantarse. El interior del vehículo estaba cubierto de una fina pátina de polvo y una acumulación de sudor rancio y excrementos parecía provenir de la tapicería de los asientos. pero tenemos que irnos —Haz lo que tengas que hacer —musitó dejándose llevar por Los dos salieron del Heraklion Nikos Kazantzakis y se dirigieron hasta la parada de taxis más cercana. a veces. —Lo siento si te hago daño. Salieron de la ciudad y atravesaron varios parajes desiertos. Grandes piedras cubiertas de musgo amarillo y seco surgían de vez en cuando y. Uno de los taxistas se adelantó y les señaló su vehículo. ya. Solo el distintivo en el techo con la palabra “taxi” indicaba su función. se pusieron en marcha. —Al palacio de Cnosos —repitió Sixto. Sixto ayudó a Milagros a entrar dentro del taxi y. fumando y mirando de soslayo a los turistas que salían del aeropuerto. cariño. Una mezcla heterogénea de vehículos. tras meter las mochilas en el maletero.

—preguntó el conductor. unos cinco kilómetros después de dejar Heraklion. quiso añadir. abalorios. El taxista agitó el billete en el aire y rió sin entender nada. Sixto le respondió sin mirarle. Marchó dejando una densa nube de polvo que envolvió a Sixto y Milagros. ropa. Había montados docenas de tenderetes portátiles a los lados del sendero donde se vendían artículos para los turistas. Sixto hizo aparecer un billete de 50 euros que hizo sonreír de manera exagerada al conductor.9 4 —No lo creo. su automóvil no se mancharía. Milagros experimentó un escalofrío que la hizo cruzarse de brazos y comenzar a tiritar. inviértalo en limpiar el taxi. —El resto. Δεν θέλω βρώμικο αυτοκίνητο. Perfumes. —Η γυναίκα είναι άρρωςτοσ. Al oír el nombre de Ulva. Pero Suzzane me indicó que la llamada que realizó Ulva desde su piso se recibió en el palacio. incluso comida y bebida. buen hombre. . cámaras de fotos. estatuillas. que falta le hace —sonrió Sixto en español. Aquello parecía un mercadillo de antaño. La entrada al palacio seguía un sendero señalizado con carteles en varios idiomas. El taxista la miró a través del espejo retrovisor. Allí solo están las ruinas del centro de poder de una antigua civilización. pero feliz de haber amortizado el día. se bajaron del taxi. la minoica. No más de lo que estaba. Cuando llegaron a las ruinas. indicándole que Milagros no estaba enferma y que no se preocupase.

italianos. esperando a que los guardias permitiesen la entrada de nuevos grupos una vez saliesen otros. fue lo que despertó una fuerte suspicacia en Sixto.9 5 Los viajeros provenían de varios países. polvo y mucho calor. Ya te comenté que Suzzane me dijo que la llamada se recibió aquí. No lo entiendo. No tanta la sorpresa de la presencia del hombre como el que les hablase en perfecto español. turistas. Sixto? —se quejó Milagros. cada uno con su correspondiente guía. Aquí no hay más que ruinas. La algarabía de lenguas que surgían de los puestos era abrumadora y la de los turistas completaba un sinfonía de ruidos y gritos ensordecedora. Entrar en las ruinas a aquellas horas suponía un derroche de sudor y cansancio que. unidos a una nariz pronunciada. Además. Sixto le quitó la chaqueta y la guardó en su mochila. Unas gafas de sol de cristales tintados de marrón casi ocultaban unos ojos diminutos. —No lo sé —murmuró poniéndose la palma de la mano en la frente a modo de visera—. no disuadían a los grupos de turistas que aguardaban a la entrada. Sixto se volvió de repente y se encontró cara a cara con un hombre de porte muy delgado. unos labios finos y un mentón casi inexistente. —¿Qué hacemos aquí. las piedras de las ruinas habían tenido tiempo de calentarse durante toda la mañana. con camisa blanca y mangas cortas y unas bermudas de color caqui. sin embargo. el sol parecía resarcirse de alguna nube que antes lo había ocultado. sobre todo americanos. Sixto se acercó a uno de los puestos para comprar varias botellas de agua que guardó en la mochila. españoles y turcos. —Sé a quién estás buscando —continuó el hombre dirigiéndose hacia Sixto. . —Quizá yo pueda ayudarlos —surgió una voz detrás de ellos. Grandes chorretones de sudor bajaban por sus sienes y su cuello y cercos oscuros nacían de sus axilas y su pecho. Un sombrero de fieltro completaba el atuendo del extraño. El calor era tortuoso.

con la otra mantenía el amuleto bien sujeto en el bolsillo. acabará matándose —dijo terminando la frase con una risa nasal. Sixto y Milagros se sentaron en el asiento trasero y Caronte ocupó el del conductor. El hombre delgado se alejó caminando entre los grupos de turistas que continuaban llegando sin girar la cabeza para comprobar que Sixto y Milagros le iban seguían. Lo hizo con una mano. Pero. para —dijo con voz grave Sixto. El hombre delgado advirtió el gesto de Sixto al meterse la mano en el bolsillo y sonrió ligeramente. Sixto entornó los ojos al oír el nombre.9 6 Sixto dejó caer su mochila al suelo y se llevó la mano al bolsillo del pantalón para coger entre sus dedos el amuleto de exorcización. Sixto sintió que la sangre le bullía en la cabeza y reprimió el impulso de abalanzarse sobre el hombre. —Milagros. Mi nombre es Caronte. —Venid conmigo —ofreció el hombre—. —Yo no soy yo a quién buscas y tampoco la encontrarás a ella aquí. Parecía saber de sobra que así era. Sixto la miró de soslayo y tuvo que abotonar dos botones para recuperar algo de recato. —¿Ella? —preguntó Milagros desabotonándose la blusa hasta dejar que el escote permitiese ver más de lo recomendado en público. Antes de arrancar. Luego se dirigió hacia el hombre— ¿Qué sabes tú? —Lo suficiente para saber que si la dejas sola. Caronte les llevó hasta un ostentoso BMW de color negro con las lunas tintadas aparcado entre dos autobuses cuyos conductores miraban con envidia las soberbias formas del vehículo. Caronte se volvió hacia ellos desde su asiento. . si quieres. te puedo llevar hasta Dominika.

Caronte se los quedó mirando unos segundos. —Solo miraba con atención a aquellos que han conseguido eliminar a Marcelo y a Ulva. Caronte. Y tú eres un pobre desgraciado que ahora tienes que cargar con la piltrafa. —Lo mismo le ocurrirá a tu jefa —comentó Sixto apuntándole con la pistola a la nuca—. dos monedas? —musitó Sixto. No lo somos. No sé como habéis podido eliminarlos. una piltrafa. Puso en marchar el vehículo y se alejaron de aquel paraje. Caronte compuso un gesto de desdén y se volvió hacia el volante.9 7 —¿No sois muy confiados al entrar en el vehículo sin sospechar ninguna trampa? —No —dijo Sixto enseñando una pistola que sacó de su mochila—. Ella está tuerta y sin alma. —Ya veo —silbó sonriente el hombre al ver el arma. El hombre soltó una carcajada y mostró unos dientes desparejos y ennegrecidos. Arranca ya. —¿Qué quieres. . alternando la mirada entre Sixto y Milagros. Y tú mucho antes si continúas así.

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Las dos mujeres se abrazaron y juntaron sus piernas bajo el agua del enorme jacuzzi. Sus labios buscaron los ajenos y sus dedos se deslizaron por la superficie de sus espaldas. El agua estaba cálida y en la terraza donde se encontraban el bochorno era pesado. El agua invitaba a expandir las sensaciones placenteras que el roce provocaba. La mujer más mayor, de cabello negro, corto y lacio, pegado al cráneo al sumergirlo en el agua, acorraló a la otra mujer, una jovencita de larga y negra cabellera que habría alcanzado la veintena hacía pocos años, cuyo cuerpo ya rebosaba de curvas propias de féminas más maduras. Continuaron besándose mientras se despojaban de la parte superior de sus bikinis y permitían que sus pechos se amoldasen entre sí. Ayudada por el bajo peso del cuerpo dentro del agua, la veinteañera bajó sus manos hasta las nalgas de la otra mujer y la impulsó hacia arriba para conseguir que las piernas se cruzasen detrás de su espalda, apoyándo la otra mujer las manos en el borde del jacuzzi, permitiendo que sus pechos maduros ascendiesen hasta quedar a la altura de la lengua joven. La lengua lamió la piel húmeda concentrándose en los oscuros y erectos pezones. Los jadeos y gemidos eran acompañados por abrasadores lametones y perversos mordiscos de la mujer joven, los cuales iban dirigidos hacia la carne de los pechos y, sin poder remediarlo, convergían en los pezones inflamados. Las manos de la joven reptaron por la espalda bajo la única prenda que contenían las nalgas de la mujer madura y se deslizaron por la depresión llegando hasta el ano dilatado por la postura y la vulva entreabierta. Una risa de sorpresa fue seguida de un aullido de placer cuando varios dedos se internaron por las distintas aberturas, auxiliados por la lubricación del agua. La mujer joven inició un movimiento de vaivén vertical que quería resultar un remedo de una doble penetración masculina.

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La mujer madura resopló y gimió extasiada, embargada por la multitud de sensaciones que sus pechos, vulva y ano recibían a la vez y no acertaba a encontrar una posición que favoreciera una mayor penetración en sus orificios. Conseguía mantener la verticalidad por puro azar ya que el borde del jacuzzi estaba recubierto de una goma azul protectora muy resbaladiza y su amante, casi ahogada entre sus pechos, movía su cabeza y sus hombros para crear ese vaivén glorioso, haciendo difícil también apoyarse en ella. Consiguió, sin embargo, mantener algo de equilibrio al empuñar los largos mechones de cabello negro de la joven que se esparcían en la superficie del agua burbujeante y el borde de la piscina. La mujer madura, al borde de un orgasmo que no sabía si era producto de las atenciones prodigadas hacia sus pechos, vulva o ano, vio incrementado la viveza de las sensaciones al agarrarse del cabello de la joven. Era seguro que aquello provocaría dolor, el cual era reflejado en la furia con que ahora la veinteañera mordisqueaba sin compasión la carne de los pezones y ahondaba sin delicadeza en el interior de sus tripas. —¡Dominika! —chilló presa de la emoción la mujer madura. Cuando empezaba a sentir los embates de un potente orgasmo, las manos de Dominika se detuvieron y sus dientes liberaron la carne atormentada. Apartó un poco a la mujer madura y, apoyándose en el borde de la piscina, se aupó hasta quedarse sentada en precario equilibrio. La mujer madura protestó con un insulto al verse privada de su éxtasis pero no tuvo más remedio que sonreír y admirar el cuerpo de la mujer que tenía enfrente.

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Aunque fuese tan joven, la piel oscura de Dominika resultaba irresistible ya de por sí. Si a ello sumábamos unos muslos henchidos de piel tersa que convergían en un diminuto tanga azul que no alcanzaba a ocultar una frondosa mata de vello oscuro y brillante, obteníamos un espectáculo al que la mujer no pudo resistirse. Abrió las piernas de Dominika y se las arregló para despojar a la joven de la prenda que ocultaba su sexo. Con los dedos despejó la maraña de vello púbico para descubrir los pliegues sonrosados del sexo y retraer la piel que cubría el clítoris. Acercó la lengua hacia el botón rojizo y alzó la vista hacia el rostro de la joven a la vez que atrapaba entre sus labios el órgano erecto. Los ojos de Dominika, de un color caoba intenso, refulgían de placer mientras se amasaba sus grandes pechos, hundiendo las uñas en la maleable carne tostada, pellizcando los gruesos pezones. Sus labios carnosos se entreabrieron para dejar escapar un gemido hondo de placer y dejó que la mujer madura se ocupara de su clítoris con sus labios y dientes a la vez que dos traviesos dedos trazaban estelas circulares alrededor de la entrada de la vulva. Unas débiles gotas de orina escaparon del interior de Dominika pero al ver que la mujer avivaba sus movimientos lúbricos y que había destinado una mano para satisfacerse a ella misma bajo el agua, dejó escapar un grueso chorro de orina que fluyó por el rostro de la mujer y se mezcló con el agua. La boca de la mujer formó una ventosa alrededor de la vulva de Dominika y fue receptora de la orina expulsada, llenándose los carrillos. Luego, alzando la cabeza, escupió el líquido amarillento por el vientre, los pechos y la cara de Dominika, cubriéndola de su propia meada. Dominika gritó extasiada tirando de sus pezones. A las dos mujeres no pareció importarles que el olor del orín impregnase su piel ni su cabello. Solo los gritos y jadeos de Dominika rasgaban la terraza al aire libre. El sonido del burbujeo de los inyectores de agua dentro del jacuzzi eran los únicos que acompañaban a los gemidos de Dominika, además de los ruidos de succión y lametazos de la mujer madura.

aún más. Esta mujer conservará su alma. Supuso que era debido a que Caronte la protegería bien o a que ella tenía una baza con la que negociar su vida. Le extrañaba que el demonio que habitaba aquel cuerpo voluptuoso y recién sacado de la pubertad se retorciese en el suelo sin manifestar ningún temor por su reacción. aún ajena a las visitas. Una puerta se abrió y la joven escuchó varias pisadas acercándose. qué gozada! —exclamó con gusto el demonio. a su lado. —¡Joder. Pero dudaba que Caronte pudiese permitírselo y. Se dejó caer sobre el suelo y arqueó la espalda levantando las caderas para que la lengua de la mujer. tendría al dejarla sola durante la pelea.1 0 1 Fue en aquel momento cuando otros ruidos acompañaron a los de las dos mujeres. Dominika se volvió hacia los intrusos y tuvo que apoyar las manos con desgana sobre el borde de la piscina dejando sus pechos desatendidos para no caer. Sixto empuñó con más fuerza el amuleto de exorcización que tenía en el bolsillo y estaba preparado para lanzarse sobre Dominika y hacérselo tragar. profundizase en su interior. Milagros contempló la escena con una indiferencia manifiesta y Sixto alternó su mirada entre las dos mujeres desnudas y Caronte. Sexteus —dijo Dominika en español con voz dulce pero carente de humanidad—. Un destello llameante iluminó por una fracción de segundo las pupilas de la joven. Solo quiero… Dominika se interrumpió de improviso al notar las fuertes contracciones en su vientre producto de un violento orgasmo que la paralizó el rostro y la hizo estremecer las caderas. . Una sonrisa infantil se dibujó en sus labios aunque sus ojos entornados y ceño fruncido acusaban el enorme placer que la mujer madura le provocaba. —No te preocupes. la cual parecía no haber advertido la presencia de los extraños. temía por la reacción que Milagros.

La lluvia de la ducha que caía sobre ella acusó un cambio de temperatura instantáneo y densas volutas de vapor ascendieron por encima de su cabeza. Luego desvió la mirada hacia Milagros. no sé quién interesará. Apuntó primero a Caronte y luego a Dominika. ordenó a la mujer madura que se cubriese con ella y saliese del jacuzzi. impropio de su género. la otra mujer advirtió que no estaban solas y ahogó un grito a la vez que recuperaba su bikini y se ocultaba bajo el agua hasta el mentón. —¿Lo ves? —dijo Dominika dirigiéndose hacia Sixto y caminando hacia una ducha instalada en un extremo de la terraza—. pero no incitó más que un ligero avivar rojizo en las pupilas de Dominika. Era guapa pero. . De repente había recuperado el pudor. Dominika le miró con una sonrisa mientras se restregaba todo el cuerpo con las manos emburnadas de jabón. —Mira cómo han dejado a tu preciosa muercita. Con un gesto de la cabeza. Se cubrió con la toalla empapada y se alejó con rapidez del grupo hacia la puerta. se llevó la mano a la espalda y sacó la pistola. Sixto colocó a Milagros detrás de él. —Dime por qué no habría de pegaros un tiro a ambos y luego hacerte tragar este amuleto —masculló Sixto sacándolo del bolsillo. La he dejado marchar con su alma. Yo no soy como esos idiotas de Marcelo y Ulva. La visión del objeto provocó un chillido de pánico en Caronte. con un ojo y un alma de menos. ahora. Se le podría sacar más provecho a un cadáver.1 0 2 Solo cuando Dominika recuperó la respiración y se recogió el largo y sinuoso cabello esparcido por el suelo a un hombro. Caronte cogió una enorme toalla de un pila de ellas y la lanzó hacia el agua. Sixto bufó asqueado. La mujer agarró la toalla y nadó hasta una pequeña escalerilla para salir del agua.

desgraciado —rió Caronte—.Y deja de apuntarme con esa pistola. Sixto dudó unos instantes. Acaba de descubrir cuál era la baza de la que disponía Dominika. —Ya le has oído.1 0 3 —Retira ese amuleto de mi vista ahora mismo. jamás. Sexteus — ordenó Dominika con voz grave—. Guárdalo o jamás sabrás del paradero de las almas que hemos recolectado. . El sacerdote chasqueó la lengua y bajó el arma a la vez que se guardaba el amuleto en el bolsillo.

como si recitase mecánicamente un guión de teatro. Tú te vienes con nosotros. Sixto cerró los ojos y la abrazó más fuerte. Y tenía la convicción de que. faenaban a pocas millas. de parecido calado al yate. Había llegado a tiempo. de una forma rápida y eficaz. —Sí que te lo pondrás. El traje de neopreno le apretaba por todas las articulaciones y hacía difícil incluso el simple caminar. Ya la tenía bien sujeta. Milagros acabaría con su vida. Abrazó por la cintura a Milagros justo en el momento en que una ola arremetía contra babor y hacía tambalear el casco de la nave. —Déjame saltar. Ya no había posibilidad de que salte. por favor —musitó ella. te llevo al camarote para que puedas cambiarte. —Quizá sea mejor que ella se quede a bordo —comentó Dominika acercándose. hazme caso. Milagros. —No quiero ponerme eso —dijo señalando el traje de neopreno que traía Sixto. . —Ni hablar. Sixto se acercó a ella despacio. —No. intentando no resbalar por la cubierta tapizada de madera de haya. no quiero —insistió ella sin convicción. Ven. Milagros le miró sin mostrar su rostro emoción alguna y el sacerdote leyó en su ojo descubierto la intención frustrada de tirarse al mar para acabar con su vida. No sabía por cuánto tiempo más podría impedir que Milagros sellase su destino. No siempre podría estar a su lado. Un transatlántico cruzaba el horizonte a la lo lejos y varias embarcaciones de pesca. cuando no lo estubiese.1 0 4 Milagros se asomó a la barandilla de la amura de estribor del yate para contemplar las aguas revueltas del mar Egeo.

refulgían sin necesidad de mostrar la chispa rojiza característica de su condición demoníaca. —Muy bien. —¿Inmersión? —preguntó Milagros sin saber si quería saber la respuesta— ¿Dónde vamos. en realidad a una ciudad que quedó sumergida bajo las aguas por una erupción volcánica. Paseó su mirada por el cuerpo de la joven y reconoció que el traje de neopreno la sentaba mucho mejor a ella que a él. Dominika se había recogido el cabello oscuro en una larga trenza que colgaba a su espalda y sus ojos. Sixto? El sacerdote la acompañó hasta la entrada a los camarotes. —A la Atlántida. Las curvas de sus pechos y caderas y nalgas estaban realzadas y exageradas al reflejar el brillo del sol de mediodía. Inspiró a Solón. enmarcados por esas cejas espesas y afiladas. —Ella se viene con nosotros —respondió Sixto con tono inflexible. en media hora hacemos la inmersión. el mito de la Atlántida. pasando al lado de Caronte que charlaba animadamente con el personal del yate. Una banda azul recorría el tejido negro del traje por los dos costados y terminaba de perfilar una figura sumamente erótica a la vista. ¿Tú ya has buceado antes. —Vale —contestó Milagros pareciéndole igual de emocionante que bajar al quiosco a comprar el periódico—. ¿Y por qué vamos allí? . un griego de hace mucho tiempo.1 0 5 Sixto se volvió hacia el demonio. querida Milagros —responde Sixto—. Bueno. no? Coméntala las normas básicas y estaos preparados.

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Sixto la llevó hasta un camarote donde cerró la puerta tras de sí. Comprobó que la pistola estuviese siempre a su alcance de la mano. Luego desnudó a Milagros y la hizo sentarse sobre la litera inferior. Se mordió el labio inferior al contemplar el cuerpo desnudo de la mujer que amaba y sintió impulsos de retrasar la inmersión mientras perdía la mirada en cada detalle de la anatomía de Milagros. Pero reprimió las ganas diciéndose para sí que lo que veía no era a la verdadera Milagros, sino a un cascarón vacío y desprovisto de alma. Un autómata sin motivo alguno para seguir existiendo. Fue embutiendo en sus piernas el traje con extrema delicadeza. —Tenemos que ir allí abajo porque es donde están retenidas las almas robadas. —Y Dominika, ¿qué harás con ella? —Hemos hecho un trato, cariño —dijo Sixto tras poner en pie a Milagros y subir el traje para ajustárselo a su ingle. Contuvo la respiración mientras acomodaba el vello púbico a la entrepierna del traje—. Ella vive mientras yo consiga las almas robadas. —¿Y cuándo las tengas? Sixto se incorporó de su posición en cuclillas y la hizo pasar los brazos por las mangas y luego le colocó con mimo los pechos para luego subir la cremallera frontal del traje que iba del ombligo al cuello. Tiró de las solapas para eliminar las arrugas más pronunciadas y se permitió, una vez terminada la tarea de vestir a Milagros, contemplar su espléndida figura, igual de cuajada de curvas como la de Dominika. No tenía nada que envidiar a la figura del demonio. —¿Que qué ocurrirá cuándo libere las almas robadas y tú recuperes la tuya? ¿Preguntas qué haré? —musitó Sixto para luego echar un vistazo a la pistola—. Pues que se acabó el trato.

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Eran ya las tres de la tarde cuando la cabeza de un buceador emergió de la fría agua del mar Egeo junto al casco del yate. El buceador se quitó la mascarilla integral de la cara y, tras respirar varias veces el aire puro, se desprendió de las bombonas de oxígeno dejando que se hundieran en el mar junto con la mascarilla, los tubos y demás accesorios. Nadó hasta la escalerilla que varios marineros desplegaron en el costado de babor y ascendió hasta la cubierta del yate. Caronte se adelantó hacia el buceador. —¿Ya está? —preguntó. —Sí, ya está —contestó Dominika exprimiéndo la trenza de su cabello para escurrirla y luego destrenzarla, dejando la larga melena suelta. Luego se bajó la cremallera del traje y se fue desenroscando la prenda de su cuerpo sin importarla que la tripulación se quedase mirando su cuerpo desnudo—. La verdad, fue más fácil de lo que pensaba. —¿Están muertos? —preguntó el secuaz ayudándola a sostenerse en pie para quitarse la parte del traje de las piernas. —Como si lo estuvieran. Dile al capitán que nos vamos de aquí. Si pregunta dónde están los otros dos, dile que ascendieron hace rato y que se han ido en otra embarcación. Yo me encargaré de falsificar los registros de embarque. El hombrecillo asintió conforme y marchó hacia el castillo de popa. La joven se terminó de desenredar el cabello chorreante con los dedos y se asomó a la barandilla para contemplar las aguas revueltas del mar Egeo. —Que disfrutéis mucho en vuestra tumba, parejita. Os lo habéis ganado.

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Dominika reprimió un escalofrío que hizo estremecer todo su cuerpo y se quedó mirado las aguas oscuras durante unos minutos más. Luego chasqueó la lengua, escupió al agua y caminó en dirección hacia los camarotes. Los marineros al verla caminar desnuda intentaron aparentar indiferencia. Pero aquella forma de andar donde cada pie seguía la estela del otro, donde los brazos se mecían indolentes, era poco menos que hipnótica. El bamboleo de nalgas y senos iba acompañado del vaivén de los largos mechones ondulados a la espalda. Quiźa solo fuese un cuerpo que infundía deseos carnales pero, al fijarse en la mirada de Dominika, los marineros iban apartando la mirada uno a uno de aquel rostro a medida que la joven recorría la cubierta hacia los camarotes. Su sonrisa autosuficiente y sus pupilas de bronce bruñido parecían conminar a bajar la cabeza a su paso. Solo uno mantuvo su mirada firme en el voluptuoso cuerpo de Dominika y, por ello, recibió el gesto imperativo de la joven para que le acompañase al camarote. La sonrisa del afortunado marinero no fue rival para la que se formó en los carnosos labios de Dominika. Un destello rojizo fulguró en las pupilas de la joven cuando miró de soslayo hacia el marinero que la seguía. —Tú serás la primera de muchas almas —murmuró al dejarle entrar en el lujoso camarote de proa. El marinero no comprendió el significado de sus palabras. Pero tampoco podía atender demasiado a sus pensamientos cuando Dominika se agachó y, después de bajar sus pantalones y calzoncillos, empuñó su verga semierecta y se la llevó a la boca. Los dientes recorrieron las nervadoras del miembro y arrancaron gemidos contenidos al marinero. —Putilla —masculló el marinero tirando de los largos cabellos de Dominika.

Cuando la lengua comenzó a trazar circunvalaciones en torno al glande. Las gónadas se avivaron al calor al ser objeto de tantas atenciones bucales. apretando con una fuerza impropia de una jovencieta. eso no. El espectáculo distrajo lo suficiente al marinero para que Dominika terminase de hundir su largo y fino dedo y luego lo doblase para presionar sobre la próstata del marinero. Al cabo de unos pocos meneos. Un aullido de placer salió de los labios del marinero.. Dominika sostuvo las piernas del marinero y le hizo tumbar sobre la cama empotrada del camarote. exhibiendo una sonrisa locuaz. Empuñó la verga y fue aplicando intensos lametones al tallo mientras otro dedo se abría paso entre las nalgas del marinero hasta llegar a la entrada del ano. . Jamás llegaría. El marinero creyó sentirse en la gloria absoluta. —Oye. el marinero notó como un fantástico orgasmo nacía de su pelvis. Dominika le asestó una bofetada a la cara y luego enarcó una sonrisa lúbrica ante el asombro del marinero.1 0 9 La boca se dirigió hacia los testículos y comenzó a sorberlos llevándoselos a la boca.. Mientras el dedo estimulaba con suavidad el órgano oculto. la espalda del afortunado hombre se agarrotó y sus muslos se endurecieron. Dominika apaciguó al incómodo marinero arreándose golpecitos con la verga en las mejilas. Un solo empujón bastó para que la mitad del dedo entrase en el intestino del hombre. Se abrió paso entre las piernas del marinero desnudándole previamente. untándose la cara con la saliva que lubricaba el miembro. —protestó el recio marinero al notar el dedo ejercer presión sobre el esfínter. puta. la otra mano de Dominika agitaba la verga con rapidez inusitada.

una divinidad marina pagana. Se cerró cuando marchó. —No llevo reloj —fue la seca respuesta de Milagros—.1 1 0 Sixto recuperó la consciencia de repente. se quedó sentado en el suelo. —Estamos a muchos metros bajo el mar. . Cuando se dio cuenta que seguía vivo y respirando aire. en un templo que dijiste que pertenecía a Poseidón. incorporándose del suelo y agitando los brazos. —Estás vivo —dijo sin emoción alguna Milagros a su lado. Sus gritos resonaron varias veces en el cubículo estanco donde se encontraba. de unos tres metros de alto por cuatro de largo y ancho. Milagros le recordó el lugar donde se encontraban. —¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó Sixto poniéndose en pie. Sixto se giró hacia ella y la miró extrañado. varios charcos de agua mezclada con varias algas y algo de arena le hicieron recordar qué había sucedido. de donde nacía aquel profundo dolor de cabeza. Se llevó la mano a la cabeza para palparse el palpitante bulto en la base del cráneo. —Dominika se ha ido —anunció Milagros poniéndose en pie y señalando un espacio de una pared de la estancia donde se dibujaba una fina hendidura rectangular—. En el suelo. Aquí había una puerta. ¿Veinte minutos. Luego paseó su mirada por la espesa penumbra que dominaba el cubículo. treinta? No sé. Sixto calculó que el lugar donde se encontraban. no contendría demasiado aire.

pero empezaba a notarlo enrarecido. con la superficie pulida y cubierta de gruesos cordones de color plateado que se entrecruzaban entre sí. Varias joyas brillantes como rubíes y lapislázulis parecían engarzadas en las intersecciones de los cordones que rodeaban el dedal. una especie de piedra. quizá más. —Milagros. agrietadas o deshechas. Se dirigió hacia Milagros y se arrodilló frente a ella para llamar su atención. el demonio se vio asaltado por infinidad de sugerentes frescos que representaban escenas eróticas de bacanales y de caballos y de olas marinas. conservando los colores originales. Sixto se frotó la cabeza en el lugar del golpe y notó como el aire se volvía cada vez más denso. Varias estatuas de mármol que representaban a Poseidón en diversas posturas y acompañado de ninfas de cuerpos voluptuosos y sugerentes aparecían dispersas por la estancia. Lo primero que le intrigó fue la fuente de luz que proporcionaba al lugar la penumbra fantasmogórica. morir en el olvido. A ella no le importaba saberse impotente.1 1 1 Sixto chasqueó la lengua y olisqueó el aire. sobre un montículo de piedra desbastada de manera burda en la base y de la que nacía una columna achatada. Al contemplar las paredes. La columna tendría una altura de medio metro y. haciendo más cansado el simple respirar. apoyando las manos sobre el mentón y mirando al suelo. Algunas estaban intactas. Quizá menos. Sixto caminó por la estancia. sobre ella. pero la mayoria estaba mutiladas. Quizá una hora. ¿qué ocurrió cuando Dominika me golpeó. de la envergadura de una cabeza. cómo escapó? . Procedía de un objeto situado en el centro de la sala. El propio objeto despedía una especie de fosforescencia que era el origen de la tenue luz. sufrir la lenta agonía de la asfixia. Aún no estaba demasiado viciado. Milagros le miró durante unos segundos y luego se sentó sobre un banco de bronce descolorido. de forma similar a un dedal gigante. Quizá fuese la razón por la que no se había suicidado durante la incosciencia de Sixto. ancha y finamente tallada.

robaba el alma. —Salió fuera de esta habitación y movió una palanca que había a la entrada. Lo hizo por pura diversión. sin posibilidad de una escapatoria. —Es el ónfalo —musitó. Sixto se levantó y empujó sobre la sección de la pared donde estaba la puerta. —El centro del mundo… —repitió Sixto poniéndose en pie con dificultad y acercándose a la columna.. No se movió ni un milímetro.. . Dijo que representaba el centro del mundo. se fue adueñando de su mente. —Ulva Tamitz me relató una historia mientras me. Lo único que consiguió fue que respirase más profusamente y que el ambiente se recargara aún más. Milagros le observó y luego desvió su mirada hacia el objeto situado en el pedestal. Milagros se levantó de su asiento y se acercó hacia el objeto. Sombras retorcidas se adueñaron de la estancia al ocultar la fosforescencia con sus manos. La idea de que estaban atrapados. Sixto entornó los ojos con atención ante el discurso de Milagros. sin ningún motivo.1 1 2 La mujer levantó la vista hacia él y se arrascó un hombro por encima del traje de neopreno. pero no nos ayudará a escapar de aquí. Se apoyó de espaldas en la puerta y resbaló por ella hasta quedar sentado en el suelo. Ella destruyó uno de estos objetos en un templo griego hace muchos miles de años. —Muy bonito —comentó Sixto—. —Lo hizo añicos —continuó Milagros—. Apartó varios cordones y posó las palmas de sus manos sobre la superficie de mármol. Solo para ver desolada la ciudad que había puesto su fe en el ónfalo. Una losa cayó del dintel de la puerta y luego algo presionó sobre ella para sellarla a la pared.

Jadeaba por el esfuerzo y cada vez le costaba más imprimir la fuerza necesaria. El aire que respiraba por la nariz le resultaba ínfimo y. había una pequeña figura de piedra compacta representando a un caballo. exhalando un grito. Pero Sixto solo notó una ligera melladura en la superficie. Era la primera vez que Milagros sonreía desde que le fue arrebatada su alma. Al menos. Milagros se sentó en el suelo sobre un charco de agua y también empezó a respirar por la boca. El aire estaba ya demasiado viciado. Sixto retiró los cordones que rodeaban el ónfalo y apoyó la figura sobre el centro superior del objeto. la figura de piedra del caballo seguía intacta. Su mirada apagada indicaba que no temía a la muerte. cariño —dijo haciendo retroceder a Milagros. inútil. Descargó un segundo golpe y luego un tercero y luego varios más. Incluso el vendaje alrededor de una parte de la cara parecía brillar. sobre todo.1 1 3 —Me siento bien al tocar el ónfalo —dijo en voz baja Milagros. El sonido reverberó en la estancia multiplicando los sonidos del golpe. al lado. del tamaño de un brazo. . —Aparta. esbozando una ligera sonrisa. Alzó la figura y. Tiró el bastón y recogió la figura pétrea del suelo. Lo recogió pero comprobó que era de cobre. Sixto miró a su alrededor y vio un bastón de metal apoyado en la pared. Era un metal demasiado blando. En su lugar. Todos los músculos de su cuerpo se quejaban con espasmos que le hacían temblar entero. descargó un golpe en el centro del ónfalo. Sixto contempló el rostro de la mujer y advirtió en sus labios el ligero matiz de alegría que dibujaban sus labios. No sabía si dispondría de fuerzas suficientes.

1 1 4 Sixto la miró durante unos segundos y notó como unas pocas fuerzas volvían a su cuerpo. Cumpliste tu palabra. —Mi amor. La piedra se hizo añicos que se desperdigaron por el aire y Sixto cerró los ojos en un acto reflejo. Una muesca en la superficie marmórea era el único resultado de sus esfuerzos. Apoyó la piedra en la muesca e hizo girar la figura sobre la pequeña mella. La otra aún vibraba por el golpe. Sixto inició una risa que solo interrumpió unos instantes para emitir un ligero soplo sobre los luceros. mi tesoro. cientos de luceros de fulgurante resplandor inundaban la estancia con su luz divina. . parpadeó y sonrió exhausto. Milagros lanzó un grito de alegría que aún resonó por las paredes al levantarse y abalanzarse sobre Sixto para abrazarle y llenarlo de besos por toda su cara. Alzó la piedra e inspiró varias veces profundamente. mi cielo —musitaba mientras depositaba besos sobre la frente. los labios. El ónfalo se había abierto como un melón en dos partes y una de ellas había caído al suelo. los pómulos. Al abrirlos. En el interior del ónfalo. El caballo había perdido su cabeza y parte de su cuerpo y se había convertido en una piedra deforme. el mentón—. Y el consuelo de tener a su lado a la mujer amada no serviría de nada. Otros tantos quedaron inmóviles y uno de ellos se dirigió hacia Milagros. Junto con el golpe desgarrador se oyó un aullido procedente de la desesperación del demonio. penetró en su pecho e hizo que el cuerpo entero de la mujer adquiriese un aura de colores brillantes que luego fue absorbida por la propia piel. Varios de ellos ascendieron impulsados por el soplo de Sixto. la nariz. —Las almas perdidas —musitó. Sabía que pronto no tendría fuerzas ni para sostener la figura de piedra cuyo peso cada vez parecía mayor. atravesando las paredes de la estancia. los párpados. Apretó los dientes con decisión y se fijó en el ónfalo.

La mujer obedeció sin preguntar y se deshizo de su traje de neopreno a la vez que Sixto terminaba de dibujar un pentáculo en la pared. —¿Y eso? —preguntó Milagros acercándose a Sixto. Una fosforescencia incandescente surgió de cada línea trazada en la pared. se volvió y contempló el cuerpo desnudo de Milagros a la luz de los luceros y la fosforescencia rojiza que provenía de la pared. Sixto miró a su alrededor y recogió el bastón de cobre que antes había desdeñado por ser demasiado blando. Milagros parpadeó y giró el ojo acompañada de la sonrisa desbordante de sus labios. Un sacrificio al Señor. También él se desnudó y luego se acercó hacia la mujer de su vida. Milagros. Ningún cuerpo vivo las reclama. —Son las almas pertenecientes a aquellos que ya han muerto —explicó Sixto—. . La quitó con delicadeza el vendaje del rostro y permitió que el ojo de diferente color se habituase a la luz. Desnúdate.1 1 5 Sixto agradeció con lágrimas los besos pero apartó la cara de Milagros. Sixto arrojó el bastón a un lado. La saliva siseó burbujeante. —¿Qué vas a hacer con ellas? —Usarlas para vivir. —Un sacrificio —contestó con voz grave—. nos queda muy poco tiempo antes de que nos quedemos sin aire respirable. —Ayúdame. El demonio entonó un cántico breve y luego terminó con un escupitajo sobre el pentáculo. cariño. Milagros le miró sin comprender y luego siguió con su mirada la de Sixto en dirección al cúmulo de luceros brillantes que aún quedaban flotando en el aire sobre el pedestal. Se dirigió hacia una pared y comenzó a trazar con la punta del bastón una figura.

Te veo y te deseo.1 1 6 —Te veo —susurró—. . —Perfecto. querida. En los labios de Sixto se dibujó una sonrisa maligna. mi amor. Porque has de morir.

Tendré que buscar nuevos compañeros. Probablemente no volvería a ver el atardecer griego en mucho tiempo. Pulsó el botón para bajar la ventanilla de su puerta hasta abajo para que la brisa del mar entrase en el interior del vehículo. era argumento suficiente para que los curiosos girasen la cabeza en busca de un breve vistazo hacia el interior del asiento trasero. Pero las lunas tintadas impedían asomarse a ese grado de intimidad y aquellos que intentaban mirar hacia el interior del BMW se topaban con ese obstáculo debiendo conformarse con elucubraciones. imaginando la identidad de sus pasajeros.1 1 7 Un BMW recorría la carretera Leoforos Nearchou de Creta con relativa facilidad. acaparando miradas y murmullos. Mira. A esa hora de la tarde. —Habrá otras —dijo con tono desprecupado—. eso sí. —Perdió todas las almas que los tres habían recolectado — musitó para sí. el tráfico era poco menos que testimonial. si se obviaba su color negro brillante y su exterior inmaculado. recorrió la calle y se detuvo ante el semáforo del cruce que daba acceso hacia la ronda de la autopista E-75. ya me hice con tres. solo en el barco. en el asiento trasero. Caronte miró con parsimonia las luces del semáforo mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante. La respuesta de Dominika. El formidable automóvil. Quizá uno de los odiados magnates que habían dejado el país en la ruina económica y a la cola de la Unión Europea. de esta forma. . por inesperada. Quizá un actor famoso o un político viajasen en el vehículo. giró a la derecha por Leoforos Steliou Kazantzidi. En el interior del vehículo. La categoría del vehículo. le hizo dar un respingo. aunque no se dio cuenta que lo había dicho en voz alta.

Cualquier hombre quiere follar conmigo. Pobre diablo. Además. ¿se puede saber qué…? —preguntó Dominika inclinándose hacia el conductor. Más bien estaba fija en el infinito. sujeto por el cinturón de seguridad. El cuerpo de Caronte se ladeó y luego comenzó a caer de costado hacia el asiento aledaño quedándose a media altura. —Caronte. te acabo de decir… La joven se dio cuenta que la mirada del conductor seguía fija en el espejo retrovisor y que ni siquiera parpadeaba. Y. volverá al Tártaro. —¿Qué cojones…? —musitó una Dominika estupefacta. El Señor no le dejará volver solo para desquitarse… ¿no está ya verde el semáforo. no creo que lo tenga tan fácil para volver a este mundo. —Que sean demonios es algo que ya me importa poco. —Sexteus fue fácil de dominar. La miró a través del espejo retrovisor mientras se retocaba el maquillaje delante de un espejito de mano. quizá. . —Oye. Pero la mirada no se dirigía hacia ella en concreto. —¿Y Sexteus? —preguntó Caronte mirando con extrañeza a un utilitario que se detenía a su lado—. Pero necesito una red de colaboradores que me proporcionen víctimas y la necesaria intimidad. Caronte? El lacayo no contestó. Cuando muera. Lo normal es que hablase poco de su condición y menos de sus planes. me es bastante fácil extraer almas. Solo tenía ojos para encontrar el alma de su zorrilla tuerta. Le agarró del hombro y le zarandeó. luego a este mundo. Dominika desvió la vista de su espejito y miró hacia el espejo retrovisor.1 1 8 —Compañeros demonios… —sugirió el conductor sorprendido por la aparente facilidad con que su señora se mostraba locuaz con él. No me preocupa. Caronte.

Dominika no tenía palabras. no. A la vez. . Un conjuro de transporte. Llevaba la mano derecha oculta bajo una chaqueta y al cerrar la puerta tras de sí. acompañada de varias bocinas de los automóviles que esperaban irritados a que el BMW se pusiera en marcha. La sorpresa que mostraba su rostro boquiabierto era un fiel reflejo de su estupor. Se sentó frente al volante y cerró la puerta abrochándose el cinturón. —El ónfalo —dijo en voz baja. la puerta del conductor también se abrió y Milagros desabrochó primero el cinturón de seguridad que mantenía suspendido a Caronte en el aire. Lo quitó con un movimiento de pulgar acompañado de un resoplido de disgusto. —No te lo creas. no.1 1 9 La puerta junto a Dominika se abrió sin previo aviso y Sixto entró con dificultad. Vosotros no podéis estar aquí. Antes de que el semáforo tornase al ámbar. dejando que el cuerpo cayese inerte sobre el asiento del acompañante. El movimiento caótico de sus ojos daba fe de ello. —Pero… pero… ¿Cómo? ¿Quién? —Un contrato con nuestro Señor —explicó Sixto—. —No puede ser —farfulló la joven notando que le faltaba el aire—. Dominika fue alternando la mirada entre ellos dos. apartando a la joven con las piernas para que le dejase sitio en el asiento. su cabeza pensaba con rapidez. para ser más exactos. Lo empujó hasta dejar libre el asiento del conductor. Me niego a creerlo. la sacó para mostrar la pistola con silenciador que empuñaba. Nuestra alma a cambio de salir de allí. Dominika no se dio cuenta del gesto. —El ónfalo —confirmó Milagros. entonces —respondió Sixto dándose cuenta de que aún tenía puesto el seguro de la pistola. Milagros puso tercera y un chirriar de neumático resbalando por el asfalto fue seguido de una fulgurante incorporación en la ronda.

Dominika no varió su expresión al ver el amuleto pero un relampagueo rojizo brilló en sus pupilas. Le temblaba todo el cuerpo. bueno. . Sabes que habrá otros. ¿piensas matarlos a todos? Sixto negó con la cabeza y apuntó con el arma hacia la frente de la joven. Caronte no iba a ayudarla. Y. de todas formas. al girarse hacia el cuerpo de su sirviente lo encontró desmadejado y doblado sobre sí en el asiento del acompañante y descubrió un diminuto agujero de bala en su frente por el que manaba un hilillo de sangre. que yo te lo puedo dar. qué. —¿Qué ganas tú con esto? —quiso saber Dominika— ¿Dinero. había suficientes sin dueño.1 2 0 —¡Tú no tienes alma! —chilló Dominika histérica para luego dirigirse hacia Milagros— ¡Ni tu puta mujer tampoco! —Recuperó la suya cuando abrimos el ónfalo. maldita sea? Lo que quieras. poder. Dominika dejó caer el espejo de mano sobre el suelo del vehículo. Sixto se llevó la mano izquierda al bolsillo del pantalón y sacó el amuleto de exorcización. empujando con el dedo índice el objeto hacia el interior de la boca. Algo que tú jamás comprenderías. Tú pide. —Mortalidad —dijo regodeándose en la sorpresa que su respuesta causó en el rostro de Dominika—. —Eso será tarea para otros. Más pronto o más tarde llegarán otros que también darán la espalda al Señor. Y respecto a las almas que estipulaba el contrato del conjuro de transporte…. Esperando cualquier ayuda por parte de Caronte. vosotros tres daréis ejemplo: con Él no se juega. Le temblaban los dedos. Sixto sonrió y metió sin obstáculos el amuleto entre los labios de Dominika. —¿Así va a terminar todo? —musitó la joven con voz temblorosa—.

Milagros ladeó la cabeza para facilitar el beso sin apartar la mirada de la autopista. —Al aeropuerto. Vámonos a casa. . Se inclinó sobre Milagros para besarla en los labios. Estoy agotado. Pero fue ella la que preguntó.1 2 1 Luego apretó el gatillo. el peso de la vida. cariño. Sixto contempló el cuerpo de la joven vibrar y consumirse y luego se dirigió hacia Milagros. —¿A dónde vamos ahora? Sixto suspiró y notó como algo crecía dentro de su pecho. Sintió los latidos de su corazón.

contemplaba su cuerpo desnudo. cerró los ojos y exhaló un suspiro de placer. Estaba desnudo y su sexo estaba hinchado y atraía su mirada. a través del agua teñida de azul por las sales. Metió un mano en la espuma y comprobó con satisfacción que la temperatura era la idónea. notando como el agua caliente provocaba que su piel se erizase. Tenía apoyado sobre la cisterna del inodoro un cenicero sobre el que iba depositando la ceniza. Milagros notó que había ya varias colillas y el ambiente del cuarto de baño estaba cargado de humo.1 2 2 Milagros cerró el grifo de la bañera del hotel y esparció por el agua un puñado de sales. Se giró hacia Sixto que se sentó en la tapa del inodoro junto a la bañera. Milagros pidió un cigarrillo y Sixto le encendió uno y sostuvo el cenicero con la mano izquierda para ponerlo a la altura de Milagros. se quitó la bata y se metió en el interior de la bañera despacio. No supo por cuánto tiempo se quedó adormilada. Sixto no respondió. —Me quedé dormida —sonrió ella a modo de disculpa. . Se había sentado nada más dormirse ella. Pero cuando el ruido de un carraspeo le devolvió al mundo real. Algunos cristales quedaron suspendidos sobre el denso colchón de espuma que ocultaba el agua pero terminaron por hundirse. metió los brazos en el agua hasta que la espuma cubrió sus hombros. Apoyó la cabeza sobre el borde de la bañera donde había colocado una toalla doblada y luego. —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —No mucho —mintió él. obligándose a mirarle a la cara . hacía unas dos horas. Se descalzó de las pantuflas. abrió los ojos despertándose y vio que la espuma había desparecido y. Sintió como el agua lamía todos los recovecos de su cuerpo. tras acomodar la nuca a la improvisada almohada.

Con el otro pie. Notó el agua fría y las piernas de Milagros calientes. —Ni tampoco puedes escuchar qué dicen los demás a metros de distancia. estiró las piernas para apoyarlas en los hombros del sacerdote. —No —dijo Sixto descendiendo sus manos por la superficie de las piernas de Milagros. La bañera del hotel no era demasiado amplia para dos. —No. Sixto tomó uno de los pies y lo acercó hasta su cara para besar el empeine y luego los dedos uno a uno. Milagros le acariciaba la mejilla. El calor aumentaba a cada caricia. Milagros recogió sus piernas para facilitar a Sixto un hueco donde poder sentarse frente a ella. —¿Y ahora qué? —preguntó ella después de apagar la colilla. Sixto dejó el cenicero sobre la cisterna y. —Y tus ojos ya no reflejarán las llamas del infierno. Cada roce de labios imprimía un escalofrío en el cuerpo de la mujer y le hacía más consciente de la calidez del cuerpo de Sixto. Las ondas del agua hacían el miembro cambiar de tamaño. Las manos descendieron por los muslos. Milagros miró a través del agua hacia la entrepierna de Sixto encontrando su sexo plenamente erecto. con cuidado se metió en la bañera. El pene de Sixto seguía en semierección. Cuando Sixto se hubo acomodado. dotándolo de una envergadura inmensa o tornándolo diminuto. Solo fumando. —De modo que ya no puedes hacer aparecer un montón de dinero de la nada. .1 2 3 Permanecieron varios minutos en silencio sin hablar. —Ya soy mortal —dijo él sin mirarla directamente—. El contrato se ha consumado. Milagros soltó un gemido cuando los dedos se detuvieron sobre el vello púbico.

Sixto utilizó la lengua para recorrer la cara de Milagros y descender por su cuello demorándose en la garganta. La mujer tomó con sus manos los hombros de Sixto y acercó su cara para poder culminar el beso. La toallita enrollada que Milagros utilizó como almohada se resbaló y cayó al agua. Se miraron a los ojos y en ambos se reflejaba un brillo de deseo. Sixto se inclinó para continuar el ascenso por el torso de Milagros. —Me haces cosquillas —rió ella al notar los labios de él descender y sorber sus pezones endurecidos. —Soy como tú —sonrió Sixto acercando sus labios entreabiertos a los de Milagros. Las manos retuvieron los pechos coronados por los oscuros pezones erectos y la mujer se mordió el labio inferior. Milagros lanzó un hondo gemido al notar las manos del hombre descender por su cintura hasta sus caderas para luego aprisionar los globos de sus nalgas.1 2 4 —No. la pareja dejó que el agua se revolviese dentro de la bañera. Sixto se arrodilló en la bañera para seguir ascendiendo hasta los hombros y luego hacia el cuello para terminar por emerger del agua y tomar entre sus dedos la cara de Milagros. Entre besos y cosquillas. Los labios dejaron paso a las lenguas que danzaron en el interior de sus bocas. Los dos rieron durante unos segundos y volvieron a besarse con movimientos más ansiosos. . Sixto apoyó su torso sobre el de Milagros y la mujer se separó un instante para reír al notar el cosquilleo del pene sobre su vientre. Sixto se levantó y ayudó a Milagros a levantarse también mientras mantenían sus labios unidos. El agua salpicó alrededor de la bañera empapando la alfombrilla que había junto a ella. haciendo arquear el cuello de la mujer.

Se mordió el labio inferior con saña mientras gemía. habría resbalado sin remedio fuera de la bañera. Sixto había encontrado la abertura de su entrada y lamía su vulva con movimientos lentos que la arrancaban espasmos enloquecedores. Sixto continuó con sus lametones desoyendo las palabras de ella. La mujer no pudo resistirse por más tiempo. Apretó las nalgas de ella sobre sí para sentir el fuerte calor que emanaba del lugar donde convergían las piernas de ella. Cerró los ojos y vio miles de lucecitas brillar bajo los párpados a medida que los temblores la sacudían entera. Milagros se apoyó en la cabeza de Sixto para no perder el equilibrio mientras jadeaba al notar el aliento de él muy cerca de la entrada de su sexo. Cuando pudo volver en sí. Presintió que sus caderas pronto no podrían sostenerla. que la sujetaba con firmeza.1 2 5 Sixto sonrió mientras se agachaba más y descendía por el vientre tembloroso de Milagros. Un orgasmo abrasador la recorrió el vientre y la hizo chillar de emoción. Dejó de sentir las piernas y solo se concentró en la maravillosa sensación de placer que la embargaba. —Como sigas… así —farfulló Milagros—. Milagros se sentó en el borde de la bañera y agarró el pene para obligar a Sixto a acercarse a ella —Ahora vas a ver —dijo con mirada traviesa. Separó las piernas y permitió que la lengua del hombre se internara entre la maraña de vello oscuro en busca de los pliegues cálidos de su sexo. hundiendo la nariz en el ombligo y besando su vientre. voy a terminar cayéndome. . Su lengua dejaba rastros de saliva que se mezclaban con el agua y los fluidos de Milagros. Las piernas le temblaron y si no llega a ser por Sixto. Se acuclilló y bajó aún más su cara para hundirla en el vello púbico.

Cada olor. —¿Qué quieres ahora. —Mejor en la cama. Ella era la dueña de aquella verga. Apresó con los dientes el glande y aplicó una ventosa con sus labios. No debo pleitesía ni obediencia a nadie —dijo Sixto abrazando a Milagros por la cintura sin importarle que ella mantuviese su miembro empuñado—. —Ahora soy mortal. Solo a ella. Con gran pesar. Se pararon en seco al ver a una mujer de larga melena rubia y lacia de pie. Recorrió con sus mejillas el tallo del miembro. recadera? —preguntó Sixto. Se llevó los testículos a la boca y succionó con fuerza. Cuando escupió las gónadas. Pero. con los brazos cruzados y mirándoles con expresión condescendiente pero grave. Milagros empuñaba el miembro erecto de Sixto. sorbiendo la humedad que lo bañaba. cada sonido que provocaba su cara al restregarse contra la verga le hacían exhalar gemidos de satisfacción que se reflejaban en los roncos resoplidos que emitía Sixto. cada roce. hacía de su cuerpo un saco de patatas difícil de sostener en pie. Milagros dio un paso atrás para juntar su cuerpo con el de Sixto. cariño.1 2 6 Desplegó el prepucio para hacer surgir el glande morado. . Sus manos rodearon las caderas del sacerdote y se aposentaron sobre las nalgas endurecidas. Sixto mugía y ahora eran sus piernas las que luchaban por mantenerlo erguido. Se ladeó y tuvo que apoyarse en la cabeza de Milagros. sobre todo. Ayudó a salir a Milagros y fueron hacia el dormitorio. Aquella sensación le estaba volviendo loco. la piel laxa estaba cubierta de un a baba pringosa. apartó a Milagros de su verga y salió de la bañera con las piernas temblando como gelatinas. Los dedos de ella se internaban entre sus nalgas y las uñas acariciaban la entrada del ano. sintiendo el vello húmedo del escroto hacerle cosquillas en el paladar.

Milagros se giró hacia Sixto esbozando una sonrisa. El sacerdote no lo cogió. . Que se busque a cualquier otro. La mujer sacó de su bolso un papel doblado en blanco que tendió a Sixto. Un contrato de letras minúsculas fue apareciendo a medida que lo iba leyendo. Pero te quiere a ti.1 2 7 —Tenemos un trabajo para ti —dijo la recadera barriendo con la mirada el cuerpo desnudo de Milagros—. —La respuesta sigue siendo no. —Estoy autorizada a ofreceros la inmortalidad. Luego alzó la vista hacia la recadera que. con una sonrisa. le confirmó el texto del contrato. El papel se desdobló solo. —Eso mismo le dije yo —contestó—. —Sin favores. Y para ella. El Señor está satisfecho con el resultado de tu misión. Le gustas. Quiere un favor. ¿quieres que sea tuya por siempre jamás? Sixto miró a Milagros y luego el contrato. Aún tenía con una mano sujeto el pene de Sixto. Milagros terminó de leer el contrato. La miró con expresión grave durante unos segundos pero luego comenzó a sonreír. La mujer sonrió y se llevó un largo mechón dorado que caía por su mejilla hasta detrás de la oreja. No le debo nada. —Cariño. Fue Milagros la que tomó el papel y lo miró con curiosidad.