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LIF

Revista digital para la difusión del librepensamiento AÑO I nº 4 marzo 2007

La financiación de la Iglesia
Federico Moreno Izquierdo Estos días pasados un hecho, de gran interés ciudadano, la modificación de la forma de financiación de la Iglesia Católica en España, ha pasado casi desapercibido envuelto en la polvareda mediática originada por el desesperanzador atentado de ETA. Pero es de gran importancia. Por primera vez en mucho tiempo la Iglesia Católica deja de ser financiada directamente por el estado y a la vez se pone en pie de igualdad con el resto de ciudadanos y entidades en el pago de impuestos del IVA en concreto. No es lo ideal , es decir no es lo que debiera ser, lo normal vamos, ya que ninguna entidad española utiliza los servicios del estado, léase las Delegaciones de Hacienda, para cobrar a sus socios, aunque muchas pagarían por disponer de este servicio, pero es un paso en la buena dirección. El concepto laico de nuestra sociedad es la base de la igualdad de trato para todas las confesiones religiosas, al reservar a la religión y su practica al ámbito privado garantiza que todo ciudadano pueda practicar la que desee y asociarse para llevar a cabo la construcción de sus centros de culto, y de llevar este adelante. Cualquier injerencia del estado en esta cuestión, desequilibra la frágil coexistencia entre las diversas confesiones religiosas, dando lugar a confrontaciones sociales, que posteriormente tienen una derivada política, demagógica e irracional . Es por ello que se debe avanzar hacia la total independencia y asepsia del estado frente a cualquier confesión religiosa, Y ello incluye desde luego la financiación a la que antes nos referíamos, el estado no puede ser el recaudador de nadie que no sea el mismo y desde luego no es quien para concertar con una entidad privada que porcentaje será recaudado a su favor utilizando los medios coercitivos del mismo. Parece posible en este escenario que al evasor de impuestos además de ser conducirlo a los tribunales , lo seria a lomos de un burro y ataviado con el sambenito De la educación hablaremos otro día.

LA CALLE
Federico Moreno izquierdo

El entorno urbano, ha sido durante un tiempo de la historia el lugar donde se dirimía la política nacional, tanto aquí como en el resto de Europa. Desde la barricadas del Paris de Luis Felipe, a la toma del Palacio de invierno, la calle ha sido el campo de batalla en los años prerrevolucionarios. Donde el Gobierno ante el reto de mantener el orden publico, caía o emergía como un gobierno fuerte, lo actualmente consideraríamos una dictablanda. Napoleón afianzo su credibilidad política, en sus inicios, a base de instalar los cañones en los boulevards parisinos. Con el paso del tiempo, tanto el fascio como el nacional–socialismo, incluyeron entre sus prioridades el control del la calle, hasta entonces dominada por los marxistas y movimientos obreros, cuyas huelgas revolucionarios tenían principio o fin en ellas. La conquistas de las mismas, desde un principio se entendió como violenta y tanto su defensa marxista como su ataque fascista, tiño sus adoquines de rojo sangre. Son tristemente famosos los enfrenamientos entre los “Aguiluchos” de la FAI y las escuadra Falangistas de Arrese en la calles de Madrid. No olvidemos el efecto desencadenador del la Guerra Civil que tuvo el asesinato por pistoleros de derecha del teniente Castillo en 1936. Actualmente, tan solo los movimientos nacionalistas y antisistema, utilizan la calle con la finalidad de provocar fuertes disturbios públicos, con el animo de propiciar la caída de un gobierno, como consecuencia de su descrédito por ser incapaz de garantizar el orden publico. El gran “avance” en el material antidisturbios, que limita la proclamación de “Martires” y el hecho incuestionable de la legitimidad de un gobierno, resultado de una verdaderas elecciones democráticas, hace imposible su caída, por motivo de orden publico. ¿Qué queda, entonces del dominio de la calle en la actualidad? Pues el uso habitual de la misma, como un derecho ciudadano, reconocido por las leyes. De la “ La calle es mía “ . de Fraga en la transición, a la calle es de cualquiera que en forma y manera la solicite. Es el lugar donde parte de la población hace patente y publica una postura política o laboral a favor o en contra, de otros hechos a veces con origen gubernamental y en otras ocasiones no.

La calle, podemos decir que en la actualidad es un “lobby” que intenta influir en la política que se proyecta o se lleva a cabo, pero con en el común acuerdo de la sociedad, de que su efecto no será la salida de un gobierno que solo tendrá lugar bajo el peso de los votos, sino la simple moderación del efecto contra el que se protesta. El abuso de su utilización, lleva al cansancio social y a la amortiguación de sus efectos. Esperemos que nuestra oposición actual sea consciente de ello.

LAS NUEVAS ERINIAS
Eladio de pablo
Un alegato en favor de la democracia y en contra de la barbarie

En la Grecia de hace 2.500 años, cuando aún no existían ni el derecho escrito ni los tribunales de justicia, se creía en la existencia de unas diosas ancestrales, las Erinias, o Furias, de cara de perro y cabellos de serpiente, que eran las encargadas de que ningún crimen de sangre quedase impune, de que la sangre derramada se compensara con un tributo igual de sangre. Cada crimen cometido convocaba de inmediato a la caterva de Erinias, que empujaban inclementes al familiar del asesinado a la venganza mediante la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Es decir, sangre por sangre. La Erinias o Furias son personajes centrales en la monumental trilogía de Esquilo, «La Orestiada» (siglo V antes de Cristo), cuyo tema central es precisamente el de la justicia. Los héroes que desfilan por «La Orestiada» (Agamenón, Clitemnestra, Orestes, Electra) no son responsables exclusivos de sus actos, puesto que se ven impelidos por el influjo que ejercen sobre ellos las Erinias, que les conducen al crimen. Los griegos, a este influjo, lo llamaban Ate, que significa ceguera u obcecación. Obcecación la de Agamenón, que sacrificó a su hija Ifigenia; obcecación de Clitemnestra, que vengó ese crimen asesinando a Agamenón; obcecación de Orestes, que, a su vez, vengó a su padre asesinando a su madre Clitemnestra. ¿A cuál de ellos asistía la razón? Según la mentalidad de los griegos de hace más de 2.500 años, a todos y cada uno. Los estudiosos han acuñado el concepto de «justicia migratoria» para explicar el fenómeno. En efecto, tanto Agamenón, como Clitemnestra, como Orestes obraron en justicia, asistidos por sus correspondientes coros de Erinias. ¿Cómo tronchar entonces esta cadena de crímenes sin fin, ese río inagotable de sangre derramada a través de los siglos? Esquilo da en «La Orestiada» una respuesta, que es la respuesta de la Atenas democrática a la ley de la jungla: la institución del tribunal del Areópago, presidido por Atenea, que en adelante juzgará los crímenes de sangre e impartirá justicia, una justicia imparcial y objetiva, una justicia que por primera vez podrá llamarse una. Una justicia impartida por la ciudad, no por cada individuo guiado por su obcecación. Las Erinias, las Furias vengadoras serán transformadas en Euménides o Benefactoras de la ciudad. Esta metamorfosis significa el paso de una sociedad predemocrática a otra democrática. En «La Orestiada», como en toda la tragedia griega antigua, se ilustra este proceso a través de las peripecias del héroe trágico. Se equivoca quien piense que la tragedia ensalza al héroe como modelo de conducta para el ciudadano ateniense; al contrario, la tragedia presenta al héroe como

problema, no como modelo, pues que actúa siempre movido por la soberbia y la desmesura (hybris) y por la obcecación (Ate). El héroe y sus excesos pertenecen a un pasado primitivo clausurado y es incompatible con la vida democrática; el héroe es el espejo que se muestra al ciudadano ateniense para que no sucumba a los mismos impulsos atávicos, para que no cometa los mismos excesos. «Moderación» resulta ser la palabra más repetida por el coro de todas las tragedias. «Moderación», principal virtud ciudadana, de la que los héroes carecen. Hoy, tras esos 2.500 años de civilización, en España asistimos a la resurrección de las oscuras e implacables Erinias. Las vemos azuzando a las víctimas del terrorismo para que exijan sangre por sangre, las vemos reclamar una justicia al margen de las leyes y de los dictados de jueces y tribunales; las vemos, incluso, tratar de manipular, pervertir y chantajear a jueces y tribunales para ponerlos al servicio de su atávico concepto de justicia, de su obcecada sed de venganza, atizando los más bajos instintos que laten en lo profundo del ser humano, los que lo emparentan con sus antepasados de los tiempos sin ley. Ahí tenemos de nuevo a las Erinias o Furias de antaño, con sus gruñidos feroces, erizadas de serpientes amenazadoras: Aznar, Rajoy, Acebes, Zaplana, Rouco Varela y su séquito de negros obispos, sus cómplices mediáticos e intelectuales, reclamando la regresión a la jungla, al ojo por ojo, buscando una involución a un pasado predemocrático sin más ley ni justicia que la suya, la que les interese en cada momento. Cuando ellos excarcelaban etarras a manos llenas, y sus acólitos religiosos, intelectuales y mediáticos pasaban de puntillas sobre el hecho, sin escandalizarse lo más mínimo, no tenían enfrente ningún coro de Erinias, porque los demás partidos parlamentarios jugaban de verdad a la democracia y cerraban filas con la política antiterrorista del Gobierno de Aznar (que, insistamos, perdonó, excarceló, negoció, prometió al «Movimiento Vasco de Liberación», como gustó de llamarlo Aznar). Pero ahí están las nuevas Erinias haciendo un uso obsceno del dolor de las víctimas, buscando una involución hacia la barbarie. Ahí está esa foto emblemática del caluroso apretón de manos que se dieron José Alcaraz, presidente de la AVT y Ricardo Sáenz de Inestrillas, conocido ultraderechista, en la penúltima manifestación contra el Gobierno. Ahí está de nuevo la España negra, de alma a cuatro patas, la que «ora y embiste cuando se digna usar de la cabeza». Empieza a ser temible. Empieza a ser urgente frenar este intento de involución hacia el pasado más negro de nuestra historia. Con las armas de la razón y de las urnas, no con el golpismo que, sin el menor disimulo ya, propugnan las insaciables Erinias.

LA CULTURA DE LA PAZ
Carmen Rodríguez Díaz
"Necesitamos uno nuevo paradigma que nos permita movernos de una cultura dominada por la violencia, a una cultura de pacificación, creatividad y paz: eso es el paradigma de democracia para la tierra." Shiva Vandana

Ante todo debería primero matizar algunos conceptos que muchas veces estan confundidos como consecuencia de nuestra cultura y de la influencia que en ella tienen los medios de comunicación causantes de la información (o desinformación ) de los ciudadanos. Paz: paz no es lo contrario de la guerra sino la ausencia de violencia estructural, la armonía del ser humano consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. La paz no es una meta utópica, es un proceso. No supone un rechazo del conflicto, al contrario. Los conflictos hay que aprender a afrontarlos y a resolverlos de forma pacífica y justa. Paz negativa es la concepción predominante en occidente, pone el énfasis en la ausencia de guerra, de violencia directa (agresión física). La paz sería simplemente la "no-guerra", consistiría en evitar los conflictos armados. Paz positiva supone un nivel reducido de violencia directa y un nivel elevado de justicia. Se persigue la armonía social, la igualdad, la justicia y, por tanto, el cambio radical de la sociedad. Violencia estructural alude a las formas de violencia y desigualdad generadas por las estructuras sociales; es decir, a las desigualdades entre individuos, grupos y sociedades que impiden a las personas satisfacer sus necesidades fundamentales, materiales y espirituales. En la actualidad las culturas occidentales están muy preocupadas por algunos aspectos de la violencia directa, en especial aquellos que amenzan sus formas de vida economica y culturalmente (terrorismos, guerra, etc), pero poco o nada dicen de la violencia estructural que provoca el sometimiento de millones de seres humanos a la injusticia, el hambre, o la dominación de las estructuras economicas, sociales, religiosas o políticas, olvidando (creo que no inocentemente) que como dice Galtung "la violencia directa sirve de indicador del nivel de violencia estructural y cultura y que la violencia estructural, es a menudo violencia directa del pasado, de conquistas o represiones que han permanecido hasta nuestros días" Es prácticamente imposible erradicar la violencia directa, sino se han eliminado antes todas las formas de violencia estructural, pues la violencia tiene su origen en la estructura social y se manifiesta como un poder desigual, y por lo tanto como opotunidades de vida diferentes. Los recusos económicos del planeta están desigualmente repartidos,y sobre todo, está tambien desigualmente repartido el poder de decisión que atañe a la

distribución de dichos recursos. Así pues la desigualdad es el transfondo que nutre la violencia estructural. Cuando algunos individuos o pueblos no pueden realizarse como tales, debido a su sometimiento a la violencia estructural, pueden ser inducidos por esta condición a formar parte de un grupo que genera un tipo de violencia directa que impedirá la realización de otros individuos, desencadenandose así una cadena de violencia tanto entre iguales, como entre dominadores y oprimidos (un ejemplo claro sería el que vemos diariamente en la sufrida población palestina). Como diría alguien "ojo por ojo y el mundo quedará ciego". Cuando los seres humanos están limitados y no pueden desarrollarse o no de forma plena tanto en los que respecta a sus condiciones fisicas como a las psíquicas, debemos considerar que existe violencia estructural. Su efecto es terrible, hasta el punto de superar de largo a la violencia directa que tiene un agente identificable al que se puede castigar, cosa que no ocurre con la violencia estructural, cuyos causantes o no pueden identificarse, o aunque se puediran no se pueden castigar, pues son los detentores del poder. Cuando las sociedades actúan sobre los ciudadanos de forma violenta, impiden a estos el acceso a recursos básicos como la educación, la alimentación, la vivienda, la sanidad, el poder político, la libertad, etc. Sus efectos son posiblemente más perniciosos en términos globales que los efectos de la violencia directa. El resultado más evidente es la formación de una sociedad dual en la que sólo unos pocos disfrutan de los bienes sociales y recursos básicos, hasta el despilfarro, mientras que la mayoría se contenta con sobrevivir en el mejor de los casos (nuestra civilización se ha acostumbrado a la cifra de 30 o 49 millones de muertes anuales por hambre). Esto mismo que ocurre a nivel interno de una sociedad, ocurre de igual forma con las relaciones entre los países ricos y los demás. Posiblemente en esta situación encontraríamos las respuestas para muchas de las cosas que están ocurriendo ahora mismo en el mundo. Y es que la mejor guerra preventiva es la que distribuye los bienes sociales con equidad y justicia. Mientras no exista una reparto justo y equitativo de los recursos del planeta, la violencia tanto directa como estructural no desaparecerán de su faz. Tanto la violencia como la paz pueden ser por tanto ser de carácter directo, estructural y cultural, estando todos estos factores interrelacionados entre sí. La violencia estructural es sobre todo relevante en los campos de la economía y la política, y esta confomada por estructuras de discriminación contra individuos o grupos ( religiosos, étnicos, políticos, ecónomicos, sexuales, ..). Esto (en una sociedad utópica) deberia ser analizado por quienes gestionan los gobiernos de tal forma que no se volcaran solo en el castigo de los generadores de violencia directa, sino que sobre todo

profundizaran en aquellos aspectos de la violencia estructural que son la causa última de las conductas sociales violentas. Así pues deberiamos tener presente que lo opuesto a la paz no es la guerra, sino la cultura de la violencia, de la cual la guerra es tan solo una de sus manifestaciones. Por poner un ejemplo cercano y sangrante, muchos son los muertos entre la población civil irakí, tras la pasada guerra del golfo, pero ¿no es mucho mayor aún la cantidad de seres humanos que mueren de hambre y enfermedades ocasionados por una violencia estructural impuesta por las economías de los paises dominanates? La respuesta a la cultura de la violencia, sería pues una creciente cultura de la paz. Para ello será necesario un cambio en los valores y estructuras mentales, culturales y políticas que deberían traducirse en una transformación absoluta de nuestras acciones en el mundo, desenmascarando todos los mecanismos de dominación de unos individuos sobre otros, unos pueblos sobre otros, unas etnias sobre otras, unas ideologías sobre otras, ......... . Deberíamos trabajar también en la recuperación de la dignidad de las personas, y transformar las viejas políticas basadas en el armamentismo y la fuerza militar, por otras fudamentadas en la cooperación, el diálogo, la solidaridad y la justicia social. Enumerare aquí las cuatro D que conforman la cultura de la paz: Los Derechos humanos, la Democracia auténtica, el Desarrollo sostenible y el Desarme. LIBERTAD, IGUALDAD , FRATERNIDAD, un lema antiguo que aún dista mucho de ser realidad, y que pasa tanto por un cambio radical en las sociedades, como por un cambio no menos drástico dentro de nosotros mismos, pues solo aquel que posee estos valores puede transmitirlos y hacerlos realidad.

¿QUÉ ESPAÑA QUEREMOS?
Francisco Ubierna Este país tiene silicosis por la alta contaminación política en su atmósfera convivencial. Responsables políticos y agentes mediáticos generan en su quehacer cotidiano demasiada manipulación y agresividad, y así el hábitat social se degrada. Y todos lo percibimos y lo padecemos. ¿Por y para qué revolver y enfangar las aguas? Franco murió en su cama con la dictadura en pie, en una España en la que su economía requería ya mercados más amplios y en la que las fuerzas sindicales y políticas perseguidas reclamaban en la calle, con amplios apoyos, aunque no mayoritarios, libertad y derechos sociales, y en la que, por todo ello, los dirigentes y organizaciones más influyentes y con mayor visión de futuro asumieron como objetivo prioritario, a medio plazo, el ingreso de España en la Europa del Mercado Común, que en su hoja de ruta establecía como paso previo y primero: democracia. Dar ese paso conllevó, necesariamente, conciliar intereses políticos, sociales e institucionales, en ciertos casos sólo de presencia y, por lo tanto, de supervivencia, entre los reformistas del franquismo y sus opositores, entre sus instituciones, principalmente el Movimiento Nacional, el Ejército y la Corona, y la llamada Platajunta -mesa de los partidos políticos democráticos pero no legales- y entre fuerzas sociales acomodadas en la dictadura -Iglesia y empresarios- y las marginadas y represaliadas por ella organizaciones de trabajadores singularmente-. El resultado, con el aval del consenso, fue la Transición Democrática y su primera plasmación la vigente Constitución de 1978. Puede especularse que aún con esos mismos contendientes el balón pudiera haberse jugado por los partidos democráticos de distinta manera para obtener, para su causa, un tanteo mejor. Gol arriba o gol abajo, en portería propia o en la contraria, ahí quedó el marcador. Con la perspectiva de casi treinta años pasados, cabe concluir que el objetivo se logró: España se incorporó a la Europa comunitaria y ello ha reportado un importante desarrollo económico en nuestro país; y también puede afirmarse que de aquellas circunstancias en el arranque democrático se han derivado condicionantes limitativos, como: excesiva partitocracia, interdependencia de los distintos poderes del Estado e inconsecuente memoria política. ¿Se imaginan en Alemania una calle, colegio de primaria u hospital estatal con el nombre de Hitler o Rudolf Hess? Pues en ciudades importantes españolas podrán encontrarlos dedicados a Franco y sus generales golpistas, con el agravio de que las víctimas de la dictadura franquista no se han visto reconocidas plena y públicamente ¿Tiene alguna lógica democrática y legal que ahora se abra un procedimiento judicial a Ibarretxe por

entrevistarse con HB y no se haya hecho antes con quienes -González, Aznar, Rovira y Zapatero- se han reunido con ETA, por sí o por medio de sus delegados? ¿En la Unión Europea, conseguiría otra cosa que no fuera la condena cívica y democrática un partido político que, a modo del PP en España, utilizara un tema cardinal de Estado, como lo es el terrorismo, para erosionar en la calle al Gobierno de su país, y con la bandera nacional de pancarta? Aunque los españoles nos hemos dado prisa en el camino democrático todavía hay distancias respecto a la vieja Europa. Distancias a acortar y problemas estructurales y de convivencia política a resolver representan hoy nuestro reto. De los diversos problemas, dos son nucleares: a) La Constitución, que al establecer la elección de los poderes ejecutivo y judicial, en buena medida, por el legislativo, y éste por listas cerradas partidarias, condiciona la independencia de los distintos poderes y minoriza el valor de la participación electoral de los ciudadanos, y que, por otra parte, al discriminar en positivo a las Comunidades Autónomas, en función de sus mayores competencias atribuidas, crea un estímulo añadido para ampliar cada vez más las mismas en detrimento de las del Estado y con riesgo lógico de potenciar así las reivindicaciones secesionistas; b) violencia en Euskadi y, en menor medida, en Navarra. Han transcurrido treinta años desde el inicio de la Transición, y la sociedad española, y el mundo, ha cambiado más que durante los cien años anteriores. Una nueva generación llega a la dirección política y de los negocios. Hemos pasado de emigrar en gran número a acoger, por necesidades de nuestra economía, a cuatro millones de inmigrantes. ¿Quién puede dudar de que son convenientes cambios para resolver serios conflictos, adaptarnos a la nueva situación social y ganar en participación democrática y eficiencia gestora en los asuntos públicos? ¿Y quién puede sustraer a las nuevas generaciones el que se pregunten y respondan sobre qué España queremos? Nos hemos ganado no tener ya que hablar y negociar sobre el Estado con voz contenida y ánimo encogido entre ruidos de sables. Sabemos que no conviene dejar sólo a los partidos el debatir y resolver sobre lo fundamental del Estado y su organización. A todos los ciudadanos nos competen, y mucho, tales cuestiones. La Constitución no es una reliquia inmaculada, sino la Ley más importante para el buen gobierno y por ello susceptible de tantas modificaciones como sean precisas para tal fin. Y hay que debatir serenamente todos y de todo ello. De un Estado federal o confederal, que unos proponen, de una limitación del Estado autonómico, que desean otros, o de un Estado solidario, descentralizado y cooperativo que nos gustaría a algunos. De la separación efectiva de poderes. De la potenciación de las funciones de control y fiscalización para responder a la creciente corrupción. De la discriminación en el acceso a la Jefatura del Estado. De un Senado caro y poco útil. Hay que dialogar para convencer y decidir democráticamente. De eso se trata. Y el hacerlo no es más riesgo que el

obviarlo. Pero la violencia no puede tener la palabra ni con ella puede hablarse. Los vascos deben superar añoranzas de carlistadas de boina y fusil, con el rechazo pleno del terrorismo. Si HB quiere palabra y silla democráticas tiene que decir no a ETA o ésta a toda violencia. Y convencer previamente de que no hay trampa. Lo que les va a ser harto difícil por lo muy desacreditados que están al respecto por meritos propios y trágicos. Con la palabra y la democracia todo puede ser posible excepto irse de casa y querer llevarse la habitación sin permiso de los padres, de la comunidad, en este caso toda España, que, por cierto, no es una propiedad de los patrioteros, sino territorio y organización social, cultural, económica y política del Estado democrático de todos los españoles, que lo será más cuando la violencia y la discriminación no tengan justificación, cobertura o amparo legal o real alguno.

LOS TRILEROS DE LA POLÍTICA
Pedro-José Vila Santos La situación que vivimos en España en estos momentos resulta preocupante por muchos motivos de los cuales no es el menor el desprecio con que cierta derecha española agrupada entorno al Partido Popular siente por el Estado de Derecho. El síndrome del poder perdido tras los errores cometidos por quienes gobernaban en el momento del mayor atentado sufrido por España en toda su historia, está dejando paso a una escalada de violencia verbal en la que cada día se ven con más nitidez las formas de una extrema derecha que ya dábamos por desaparecida. A la vista del espectáculo no queda otra opción que convenir en que esta derecha no cree en el Estado de Derecho, se ha convertido en algo extraño a lo que tradicionalmente ha venido defendiendo la derecha:la Ley y el Orden, ambos por encima de cualquier otra consideración mientras que en la actualidad lo que propicia es el desorden que de alguna manera nos recuerda a los meses anteriores al golpe de estado del general Pinochet en Chile. Todo el día movilizaciones contra el gobierno por cualquier causa, cierta o falsa. La cuestión del cambio de grado penitenciario con cumplimiento de la pena en un hospital donostiarra del asesino De Juana Chaos ha movilizado a toda la derecha extrema clamando contra algo que se supone aman por encima de todo: LA LEY, la ley aunque no sea justa, la ley aunque sea dura y esté en clara contraposición con la demanda social. En este caso la aplicación de esa ley no les gusta, no porque un asesino salga a la calle sino porque quien le ha puesto en la calle, aplicando la legislación, han sido otros. No hay más que repasar las listas de beneficiarios de reducción de condena y excarcelaciones en los tiempos de los gobiernos del Sr.Aznar para darse cuenta de cuan débil es la memoria de quien ahora clama con furia contra una medida que aplicaron con amplísima generosidad hasta dejar en la calle al asesino del concejal socialista Priede. ¿Tanta amnesia sufrimos los españoles?¿Somos tan estúpidos como para dejarnos engañar por un grupo de charlatanes de feria, de simples trileros de la política? Hay una cuestión fundamental en democracia y es el respeto absoluto a la legalidad vigente, nos guste o no en cuyo caso deberemos utilizar las reglas que el propio sistema democrático nos brinda para cambiar esas leyes. El derecho a la libre manifestación de opiniones no puede ser utilizado de manera torticera con el fin de conseguir réditos políticos. No quisiera terminar este breve artículo sin hacer una pequeña mención a esa otra derecha que, no dudo, existe en España. Gente conservadora, moderada que puede estar en el lado opuesto de quien gobierna en estos momentos pero que jamás saldrá a la calle a gritar como energúmenos los

que, por desgracia, tenemos que oir en las manifestaciones de los últimos días. Esa misma derecha que salio a la calle a gritar en contra de la guerra de Irak, esa misma derecha que dialoga, que tolera al contrario y que no se siente en absoluto tocada por el dedo de dios para gobernar los destinos de una España que "no es una unidad de destino universal" sino y muy al contrario un conjunto de pueblos y regiones (llamémosles si queremos naciones, en algunos países del continente americano incluso son Estados y nadie piensa en que se vaya a romper la unidad de la Nación). Esa derecha que no está en la calle y que se siente horrorizada por el camino por el que intentan conducirla un grupo de "hooligans" más preocupados por "sostenella y no enmendalla" que por reconocer los errores cometidos (mentir al pueblo español en momentos gravísimos), pedir disculpas por el desliz y pensar en el futuro si es que son capaces de olvidar un pasado que duró cuarenta años y que algunos se empeñan en que vuelva.

LA PISTOLA
Carlos Trenor Medina Como todo los días, a las ocho de la tarde, llegué a casa. Nada, excepto la ausencia de Lola y las niñas, era diferente a cualquier otro día. La casa envuelta en el silencio de la ausencia de las niñas invitaba a disfrutar de un momento de paz y tranquilidad: cuando las pequeñas estaban en la casa, aquellas cuatro paredes se convertían en una algarabía tal, que a veces era imposible mantener la calma. A pesar del silencio y de la tranquilidad no rompí mi rutina: dejé mi bolsa junto al perchero, me lavé las manos y tomé la medicina para la tensión. Cuando mis rutinarias acciones habían finalizado decidí darme una ducha y, así, aprovechar la ocasión de tener el cuarto de baño para mí solo y no aguantar las entradas y salidas de las crías y el constante descorrer de las cortinas de la ducha. Dispuesto y decidido a darme esa gloriosa ducha me dirigí a mi cuarto y me desnudé: dejé las gafas sobre la mesa de noche y, repitiendo otra rutina, guarde la pistola en la última balda del armario. Completamente desnudo, de puntillas, con la pistola en la mano derecha y con la izquierda levantando un pantalón para esconder el arma, un escalofrío recorrió mi espalda. ¿ Para qué la pistola?, para qué esa absurda y mecánica acción de esconder la pistola todos los días al llegar a casa? Acaso no era un acto de absurda resignación ante todo, ante todos, aceptar como medio de ganarse la vida el mero hecho de llevar una pistola. No, no podía ser. Durante los últimos años mi vida se había escurrido entre mis manos sin apenas haber disfrutado de unos cuantos momentos de felicidad; había estado, mejor dicho estaba inmerso en una implacable y monótona rutina que impedía apreciar el lado bueno de las cosas. Dejé el arma bajo el pantalón y me senté a los pies de la cama. Dejando pasar el tiempo me fui infiltrando en el silencio y, poco a poco, el silencio se iba adueñando de mi espíritu y comencé a sentir una agradable sensación de bienestar. Ante mí aparecían momentos de mi vida, vivencias mas o menos importantes pero que tenían en común su directa relación con mi trabajo. No aparecían momentos familiares, ni encuentros con amigos. Solamente el mundo del trabajo, mi sucio mundo del trabajo.

Frente a mí, el espejo del armario reflejaba la desnudez de un hombre que se adentraba en la madurez. Mi cuerpo era un cuerpo ajeno y lejano que mostraba en su pequeña magnitud una inmensa cantidad de vacío y soledad. La piel mostraba fríamente la mas completa inutilidad de lo hecho hasta ahora. Comenzaban a aparecer esos pequeños, mínimos, detalles que van inexorablemente asociados al paso de los días: ya no era un cuerpo joven. Pero ese cuerpo debía revelarse a sí mismo y hacer su propia revolución a costa de cualquier precio: el precio de vivir y sentir la vida. Se hacía ahora más necesario que nunca, imprescindible, el cambio radical una vida dedicada por entero al trabajo y que había pasado de puntillas, con mucho cuidado de no hacer ruido, por su existencia familiar Ese cuerpo que iniciaba su ocaso exigía a su dueño un poco de afecto, de respeto y consideración. Desde el frío reflejo del espejo le reprochaba en silencio, le calificaba... El reflejo le reprochaba con su mutismo la insoportable dualidad del ser, del vivir. Uno es por el mero hecho de vivir, pero no vive por el mero hecho de ser. La vida es algo m<s que una concatenación de factores bioquímicos y de relaciones contractuales. Para vivir hay que saber cuál es nuestro límite, dónde está nuestro principio y a dónde queremos llegar. Arriba o abajo, cerca o lejos, aquí o allá. Pero siempre acompañados de nuestro ser básico y fundamental y de nuestro vivir esencial. Nada deberíamos hacer sin el asentimiento de nuestra voluntad aislada del conjunto social: para vivir es imprescindible desarrollar un grado de egoísmo que nos permita concebir las ideas para, más tarde, desarrollarlas con la íntima convicción de que obramos correctamente. Es imprescindible anteponer el yo más íntimo y voluble al yo racional y práctico, erradicar los lastres que nos atan y dejar que nuestros sentimientos y nuestros sentidos fluyan en libertad. Así, de este modo, además de vomitar nuestras frustraciones, lograremos un equilibrio entre el ser y el vivir y alcanzaremos nuestro destino desarrollando nuestra propia paz interior y ayudando a quienes nos rodean a hacer más llevadero su propio sentido de la existencia. Nada, absolutamente nada, tiene sentido si de una u otra forma se nos impone. El trabajo, por ejemplo, puede llegar a tal extremo de opresión que coarte todas y cada una de las acciones de cualquier persona. No puede vivir el médico en un constante diagnóstico, el policía vigilando, el relojero midiendo la exactitud del tiempo o el matarife matando.

Si uno no puede abstraerse, si no es capaz de alejarse, de disociar el conocimiento que necesitamos para vivir, el mero hecho de la vida es un infierno y llegaremos a su término con tal grado de frustración que nada habremos logrado y el resto de los mortales dirá: Era un buen hombre, era un buen trabajador. Pero si somos capaces de llegar a vivir la vida, cuando la acabemos muy pocos dirán cosas buenas, pues la sonrisa que nos llevaremos a la tumba ofenderá a nuestros semejantes y les dejará sumidos en su mísero papel de comparsas ante un guión diseñado por otros. A veces, cuando el tiempo nos escucha y las horas son cómplices de nuestras silenciosas conversaciones con el ser y el vivir, la realidad se reduce a una carencia absoluta. De esa ausencia de todo vivimos, estamos y seguimos. Apreciamos la soledad porque somos conscientes de la inmensa compañía que nos aporta el aislamiento minúsculo y momentáneo que debemos practicar de vez en cuando. Reflexiones todas que se evaporaron cuando el rumor de Lola y las niñas asomó por la puerta. Se rompió el silencio, se acabó la calma. Me tapé con el albornoz y salí a recibirlas. Besos cortos, escuetos, intercambio de babas. Ya estábamos los cuatro, ya se había reiniciado la monótona línea familiar. Volví a mi cuarto y cogí la pistola del armario. La monté y le quité el seguro, abrí la puerta y llamé a Lola. Lola entró en la habitación y sus ojos no se apartaban del arma. El disparo asustó a las niñas, que llorando se escondieron tras la estantería del pasillo. El casquillo brillaba sobre el edredón de la cama y mi mano derecha perdía rápidamente toda su fuerza: la pistola apuntaba hacia el suelo y el olor a pólvora envolvía toda la habitación. Dejé el arma sobre la cama y miré a Lola que, inmóvil, estaba en el suelo, junto a los pies de la cama. Me acerqué a la mesilla de noche y descolgué el teléfono: “Soy Colmenares, dígale a Melero que venga inmediatamente a mi domicilio, ha ocurrido un accidente.” Cuando Melero apareció por la puerta le dije: “La pistola está averiada, llévesela. Ah, tome también la guía. Y dígale al jefe que no volveré nunca más. Desde entonces escribo mi vida: ningún arma ni ningún jefe hipotecan mi vida.

Mis hijas ya han volado, pero a Lola, ¡hay que Lola esta!, no me deja comer las cosas que me apetecen: de nada le sirvió el susto con la pistola.