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GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando. Los mitos de la Historia de España. Ed.

Planeta, Barcelona, 2003.
Fragmentos del capítulo 8, “Los odios que me habitan” (sobre la guerra civil).


La guerra, en ella, viene a adquirir realidad mucho antes de 1936, cuando ni siquiera existe la
Segunda República, cuando aún el sueño de Azaña es un gesto de la mano o una mirada que se
posa en la ventana. La guerra, en el relato trágico, comienza a adquirir realidad en el siglo XIX, con
las luchas carlistas; en 1917, con la huelga socialista en la calle y el grito anarquista conmocionando
los campos de Andalucía y Extremadura; en 1923, con el pronunciamiento de Primo de Rivera; en
1931, con la marcha de Alfonso XIII...

El remolino, llevado por las voces del coro, se acelera de vivo en vivo, y cuando se proclama la
Segunda República y arde la primavera, y con ella las primeras iglesias, ya es demasiado tarde para
escapar a la tragedia: una presunción agobiante parece acotar la vida de los españoles. Todos los
hechos, el pronunciamiento de Sanjurjo, las agitaciones campesinas, la revolución de Octubre, la
represión del gobierno, la violencia callejera, los editoriales de la prensa, la ceniza de los conventos...
toman, retrospectivamente, un aire de presagio, adquieren un significado mayor del que representan
en el puro presente en el que habían sucedido, como de ríos que van a morir inevitablemente a la
guerra, como de corrientes que empujan a los españoles hasta el fondo del abismo.

La guerra civil fue la consecuencia del fracaso de una sociedad, pero no fue inevitable ni su
latido de sangre puede explicarse en términos de tragedia. Ocurrió, pero pudo no haber ocurrido. La
crisis de 1917; la incapacidad del sistema político de la Restauración para encauzar el torrente de
masas que trajo el siglo xx; la revolución de octubre y su secuela de mitos, las derechas gritando que
la República estaba traicionando a España, retirándose ante el marxismo masónico internacional, y la
izquierda más radical comparando la revolución de Asturias con la sublevación de Espartaco, la
Comuna de París o la resistencia de los obreros vieneses a Dollfuss; el vendaval de huelgas, la
multiplicación de luchas callejeras y atentados, las venas abiertas de la España campesina,
hambrienta de tierras y utopías; la radicalización del discurso de Largo Caballero, convaleciente de un
izquierdismo ridículo e infantil, y las amenazas de Calvo Sotelo; el murmullo enfermizo de una Europa
crecientemente hechizada por el auge de los fascismos y el frentepopulismo... todo aquel magma de
fracasos y amenazas explican la erupción de la guerra, pero no la determinan.

El 19 de febrero, salido vencedor el Frente Popular en las urnas, después de ser despertado a
las seis de la mañana con el rumor de que había estallado el tan temido golpe militar y comprobar
que ni había golpe ni había estallado nada, Azaña anotaba en su diario:

«Estas alarmas no vencían mi incredulidad. Desde hace dos años vivimos así... Pasar de
la murmuración y de las fantasías a la acción no es tan fácil. Hace poco, el ministro de
Agricultura, Alvárez Mendizábal, que es muy basto, ha soltado unas declaraciones respecto a
las probabilidades de acción por parte de los militares, que son una imprudencia y una pifia en
boca de un ministro, pero que expresan la pura verdad. No creo que haya ninguno resuelto a
jugarse nada en serio.»

Tiempo después, ya como presidente de la República, Azaña aseguraba tanto a políticos como
a periodistas que la presente efervescencia pasaría rápidamente y se dejaba ver en conciertos y
exposiciones de arte, imperturbable y digno. Las palabras y la actitud de Azaña no responden a un
comportamiento frívolo o a la ceguera de un político que no ve más allá de su mundo. En 1936, aún
los sucesos de 1934 en carne viva, la brecha entre izquierdas y derechas era honda, corrían rumores
de rebeliones que barrían el viento, pero pocos españoles, o ninguno, ni siquiera aquellos que tejían
las redes de la rebelión, pensaban en la posibilidad de una guerra civil. A primeros de julio, miles de
esposas se llevaron a sus niños a sus casas de veraneo, mientras sus maridos se que daban en la
ciudad, trabajando. Miles de familias enviaron a sus hijos a los campamentos de vacaciones abiertos
por la UGT, los sindicatos católicos o la Iglesia. Miles de españoles pensaban que el mundo que les
rodeaba era tan inmutable, permanente y real como el de una fotografía. A primeros de julio, Manuel
Machado, y como él muchos otros, se despidió de su hermano sin saber que detrás de aquellas
palabras inocentes -«adiós, Antonio»- no había un hasta luego sino un sombrío hasta nunca.

Las vidas de muchas de aquellas familias que a primeros de julio se despedían con la rutina de
un sencillo adiós se vieron separadas por el tajo geográfico de la guerra civil. Si se hubiera anticipado
una guerra, si la guerra hubiera sido ese gigantesco laberinto en el que estaban encerrados
inevitablemente los españoles de la República, si la guerra hubiera sido la única salida posible a los
viejos problemas de España, Azaña no hubiera hecho aquella anotación en su diario, las esposas no
se hubieran separado de sus maridos, los padres no habrían enviado a sus hijos a los campamentos
de verano, los oficiales de caballería no habrían ido a Berlín ni Largo Caballero habría asistido a una
conferencia de la Segunda Internacional en Londres.

La barbarie desatada en el verano de 1936 ha ocultado el hecho de que, en la primera semana
de julio, la mayoría de los españoles llevaba una vida normal, sin sospechar siquiera que un día el
paisaje llano y firme que tenían ante los ojos sería ocupado y arrasado por las primeras tempestades
de la guerra. Las fotografías de la época, que recogen el temblor de todos aquellos presentes
simultáneos aún no desfigurados por la memoria, no convertidos en arqueología, muestran el instante
de cientos, miles de personas, que en el momento mismo en que estaban sucediéndose las
conversaciones de Mola con otros jefes militares intentaban pasárselo bien y olvidarse de dramas,
tensiones políticas y luchas sociales. Hoy miramos esas fotografías y podemos vaticinar lo que va a
suceder, lo que la historia reserva a aquellas gentes más allá del presente en el que pasean, respiran
y sonríen.

La guerra de 1936 estalló, pero podía no haber estallado: hubiera bastado con que los
conspiradores militares se hubiesen mantenido fieles al juramento de lealtad a la República que pro-
nunciaron un día. Hay un desencadenante, una mecha fulminante que revienta y extiende la guerra
por los campos de España: la rebelión militar del 18 de julio. En 1936 la República, tras el
nombramiento de Azaña como presidente, no tenía el pulso de 1931, pero tampoco estaba destruida
ni representaba la imagen de un anciano cuya muerte, cercana, le podía llegar por cualquier
resfriado. Fue el tajo abierto por los militares sublevados lo que rompió definitivamente las estructuras
de convivencia.

La guerra de 1936 estalló, pero podía no haber estallado: hubiera bastado con que un buen
número de españoles no hubiese olvidado, como escribió Azaña: «lo que nunca debió ser
desconocido por los que lo desconocieron, que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del
mismo arroyo»; hubiera bastado con que un buen número de españoles no hubiese decidido resolver
sus decepciones a cañonazos o revoluciones; hubiese bastado con que un buen número de
españoles no hubiera considerado indigno convivir en la misma República y compartir el mismo país.
El16 de junio de 1936, tras escuchar el discurso pronunciado por Gil Robles en el Congreso de los
diputados, un discurso en el que se daba cuenta de los atentados, la violencia callejera, las huelgas
inútiles, la quema de iglesias y conventos; tras escuchar al jefe de la CEDA decir: «condeno la
violencia, de la que ningún bien me prometo, y deploro que amigos muy queridos y numerosos se
acojan a esa esperanza como única solución...», Indalecio Prieto le confesaba al también socialista
Julián de Zugazagoitia: «Una sola cosa está clara: que vamos a merecer, por estúpidos, la
catástrofe.»

Tiempo después, a finales de 1938, el ministro socialista escribía: «Data muchísimo tiempo la
afirmación de que en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria a cuento de los
manuscritos que José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no
hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que
quizá fuesen fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar
si éstas valían la pena ventilarlas en el campo de batalla.»

La guerra de 1936 pudo no haber estallado, pudo haberse evitado, pero no fue así, estalló, unos
militares dieron un golpe de Estado y una República se vino abajo, y tan absurdo resulta que nos
concentremos en tratar las cosas que no llegaron a ser, las ocasiones que se perdieron o que ni
siquiera existieron, como en perpetuar en el papel la representación de un destino funesto, profundo y
trágico, que aprisiona a los españoles en el purgatorio de la República y los arrastra, quizá sin
saberlo, hasta las puertas del infierno. La guerra civil no fue una necesidad histórica ni un designio
divino. Ocurrió, y el silencio roto de las armas, el resoplar de los odios, la sombra de los muertos
colándose, como hilos de viento, por las mirillas de las puertas, por las ventanas, por las calles...
petrificaron el porvenir de aquellos españoles del verano de 1936, todos ellos perdedores de algo: la
vida, la decencia, la libertad, la ilusión, la infancia, la inocencia...

El mito congeló la lectura trágica de la guerra civil, de modo que la realidad fratricida y brutal
que había envuelto a los españoles durante tres años, y cuyo recuerdo no dejó de atenazar al país
hasta la muerte de Franco, se contempló como una consecuencia inevitable de la anómala
constitución del ser de España, una consecuencia inevitable de su enigma histórico. Miradas de
muerte habían recorrido la espina dorsal de aquellas dos Españas atávicas de las que hablaba la
Historia, y los siglos, podridos de odio, habían reventado en los campos, en las ciudades, en las
calles, en los periódicos, en los corazones... haciendo brotar la sombra más sombría.

La guerra civil, sin embargo, no fue una guerra en la que se enfrentaron dos Españas, no fue
una guerra entre fanáticos de izquierda y de derecha. La guerra civil no fue una, sino muchas guerras
que se solaparon entre sí, exacerbando las amarguras y los desgarros individuales. El mito de dos
Españas extremistas devorándose mutuamente proyecta al mundo la imagen de una lucha de
fascistas contra comunistas, de católicos contra ateos, de separatistas contra centralistas, de
campesinos hambrientos contra terratenientes rapaces... pero tritura el matiz humano, el matiz que
nos dice que los hombres y mujeres de las fotografías de aquellos años inciviles tienen nombres y
apellidos, no son tipos ni ejemplos, ni siquiera habitantes perdidos de ese reino imaginario, la
memoria. Traspasado de herrumbrosas lanzas y en traje de cañón, el mito de las dos Españas borra
la singularidad absoluta de los seres humanos, y al borrar ese matiz distorsiona la realidad profunda
de la guerra, la sepulta.

España, en el fondo, eran más Españas. Hubo muchísimas personas, se podría decir la mayoría
de la población, que vieron la guerra con horror, rebasados por el extremismo de quienes necesitaban
el fusil y la venganza para construir el sueño del mundo en que vivían. Hubo muchísimas personas,
políticos, periodistas, jueces, abogados... que sufrieron a manos tanto de la izquierda como de la
derecha sencillamente por ser moderados. Los que no pensaban que los ideales opuestos se debían
resolver por la sangre y tenían el dinero o los títulos profesionales para poder vivir en el extranjero y
no se vieron brutalmente atrapados en el remolino de detenciones, juicios sumarísimos y paseos del
verano del 36, se fueron al exilio. El resto, la gran mayoría, se vio atropellada por la guerra:
pasivamente, como víctimas de bombardeos o de represalias, o activamente, como reclutas, bien
porque creían que aquélla era la manera de cumplir con sus responsabilidades, bien por hacer lo que
fuera necesario para sobrevivir.



GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando. Los mitos de la Historia de España. Ed.
Planeta, Barcelona, 2003.
Fragmentos del capítulo 9, “Volverán banderas victoriosas” (sobre el
franquismo).


Eran aquellos primeros años cuarenta, años de retórica fascista en España. Un impulso
formidable recibía entonces el totalitarismo falangista: sus modelos italiano y alemán, levantados en
armas, amenazaban con dominar Europa y suscitaban oleadas de entusiasmo y vehemencia entre
sus imitadores españoles. En los homenajes a los caídos y en los actos oficiales se imponía el saludo
romano, la exaltación del héroe armado y la épica imperial, el uniforme azul, el yugo y las flechas.
Obispos orondos, obreros desleídos, falangistas de corto y de largo, amas de casa y niños de la
guerra y el hambre fueron sorprendidos con el ritual del saludo fascista que en espectáculos como el
fútbol o los toros resultaba todavía más disparatado. En los quioscos de periódicos se anunciaban
libros como Mi lucha, de Adolfo Hitler, y los niños hablaban de Stukas y otros aviones alemanes como
si estuvieran pilotándolos todos los días. Serrano Suñer, ideólogo de Falange y ministro de Asuntos
Exteriores, se desvivía en elogios hacia el régimen de Hitler, cuya ascensión constante, «obra del
mejor espíritu del pueblo alemán», había transformado la Alemania vencida de 1932 en la Gran Ale-
mania del cuarenta, y Franco, que no quería perderse aquella página de la historia, se alineaba
política, ideológica y culturalmente con el Eje. Mientras tanto la prensa competía con ditirambos
políticos y militares en su zalamería y adulación a Franco equiparando éste a los héroes de la historia
de España y los emperadores romanos hasta llegar a proclamado Caudillo de Occidente, alIado del
cual, Churchill o Roosevelt no eran más que insignificantes enanos.

Uno de los mitos más perseverantes del franquismo fue el de la entrevista de Hitler y Franco en
Hendaya, que convirtió al dictador español en un político valiente y hábil, que frenó al alemán y
ahorró a España las penalidades de otra guerra. El engaño se llenó de imágenes y relatos, y millones
de españoles lo creyeron. La verdad, sin embargo, iba por otro camino. Franco había deseado en
todo momento entrar en guerra y compartir el festín que anunciaban los tanques alemanes con su
fulminante paseo por Europa. Tras la invasión de Polonia y el estallido de la contienda, el general
proclamó una neutralidad engañosa que buscaba dejarse seducir por el Eje e inició la danza de
viajes, presiones y entrevistas que miles de españoles se aburrieron de ver en los pases sucesivos de
los cines de barrio. En Hendaya, Franco estaba dispuesto a participar en la guerra y reclamó como
botín las posesiones francesas del norte de África, así C0mo ayuda militar y regalos económicos,
pero el Führer, más interesado en la Francia colaboracionista de Pétain, pensó que era un precio de-
masiado alto por el concurso bélico de un país extenuado y dijo que no. Hitler no llegó en ningún
momento a lanzar ultimátum alguno a Franco, sino que hizo lo que más le convino y si España se
mantuvo al margen de la segunda guerra mundial fue debido a la situación catastrófica que
atravesaba el país y a la parsimonia con que el general tomaba sus decisiones.

Hitler esperó en Hendaya unos minutos, descortesía venial que la lisonja convirtió en una hora y
en cálculo magistral de un Franco retorcido y exigente. Para realzar la figura del generalísimo
español, exitoso negociador, que pasa revista, sonriente y seguro, a una unidad de tropas alemanas
en la estación francesa, la Agencia EFE difundió, entre otras, una fotografía trucada. Las figuras de
Franco -con la medalla militar individual y no con la cruz del Águila alemana exhibida en la entrevista-
y Hitler fueron tomadas de otro acto anterior y pegadas sobre el original de Hendaya. También son
«de pega» los dos militares que aparecen detrás de Hitler.

A pesar de su negativa, Franco no rebajó su adhesión sentimental hacia el Eje ni cesó de repetir
ante Mussolini o Hitler su salmodia de debilidad y sus deseos de participar en la guerra, previa
recepción de las posesiones africanas y la ayuda alemana. El ataque alemán a Rusia le dio una
nueva oportUnidad para perderse en el vapor de los discursos, en ese quiero y no puedo que
marcaría la política exterior del régimen hasta que Europa comenzara a vislumbrar el crepúsculo de
los dioses nazis. El 23 de junio de 1941, un día después de que Alemania abriera el frente contra la
Unión Soviética, riadas de falangistas se arremolinaban en la madrileña calle de Alcalá, ante la
Secretaría General del Movimiento, para gritar «¡Muera la Rusia Soviética!», cantar el Cara al Sol y
dar el saludo «¡José Antonio! ¡¡Presente!! ¡¡Arriba España!!»... Fue entonces cuando Serrano Suñer,
llevado por el delirio bélico de aquel océano de brazos en alto, desenvolvió el mito de la guerra y puso
en el paredón de la palabra al enemigo eterno... ¡Rusia era culpable!...

«Camaradas: no es hora de discursos. Pero sí de que la Falange dicte en estos momentos
su sentencia condenatoria: ¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable de la
muerte de José Antonio, nuestro fundador. Y de la muerte de tantos camaradas y tantos
soldados caídos en aquella guerra por la opresión del comunismo ruso. El exterminio de Rusia
es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa. ¡Arriba España! y ¡Viva Franco!»




El desengaño azul

Los reveses de las potencias del Eje harían cambiar la liturgia a Franco y orientar el régimen
hacia otra dirección. En el verano de 1942, cuando aún Hitler conservaba la iniciativa en todos los
frentes, el dictador español hacía salir del gobierno a Serrano Suñer porque la Falange andaba muy
crecida y su cuñado comenzaba a ser un peligro, por su camisa azul y su germanofilia, ante la crecida
de las democracias liberales. En 1943, tras el desembarco de los aliados en Sicilia, Franco decidía
retirar la División Azul. Hubo voluntarios que no desertaron del frío y quisieron continuar alIado de los
nazis hasta el descalabro de Stalingrado y la derrota final. Hubo voluntarios que murieron
defendiendo hasta el último suspiro el régimen nazi y voluntarios que fueron capturados por las tropas
soviéticas y vivieron en sus carnes los rigores del Gulag, el universo de los campos de concentración
creado por Lenin y engrasado hasta el delirio depurador por Stalin. Hubo voluntarios, la gran mayoría,
que regresaron a España y hallaron un recibimiento desangelado y triste.

En 1943, ante la bajamar de sus amigos alemanes e italianos, Franco busca ya maquillar el
régimen alejándolo de las camisas negras y coloreándolo con mayores dosis de catolicismo. La Igle-
sia española podía respirar tranquila, pues estaba a punto de ganar la batalla ideológica por la
dominación y el control de la capacidad adoctrinadora del Estado. Los primeros tiempos de la
posguerra, sin embargo, no habían sido fáciles. Tras el último parte de la guerra, había llegado el
momento de repartirse el botín de la victoria entre las diversas familias del bloque triunfador: el
tradicionalismo, la Falange, los grupos monárquicos y el catolicismo más conservador, con la
jerarquía a la cabeza. A la hora de plasmar el discurso ideológico de la guerra, la superioridad del
pensamiento católico había quedado de manifiesto por su capacidad de reducir la pluralidad de
razones posibles del enfrentamiento a una sola, excluyente y totalizadora. No obstante, con el término
de la contienda, la hegemonía eclesial comenzó a ser puesta en cuestión por el ascenso y vertiginoso
crecimiento de Falange, cuyos militantes se lanzaban a la conquista del poder. Por entonces los
falangistas recibían el impulso de la marea totalitaria que cubría Europa y en sus programas
doctrinales no faltaban, al lado de rotundas declaraciones sobre la identificación del catolicismo con el
ser de España, serias reticencias respecto del lugar que debía ocupar la Iglesia en la construcción del
régimen.

Hasta 1942, siempre con la segunda guerra mundial al fondo, Falange e Iglesia disputaron su
liderazgo ideológico en tres años de hostigación mutua, saldados con serias fricciones entre la
jerarquía y el poder político. El cardenal Gomá moría desilusionado del régimen, que no le había
ahorrado el mal trago de la censura de una carta pastoral con llamadas a la reconciliación entre los
españoles, en la que se quiso ver exceso de indulgencia para con los opositores al gobierno. Una
orden ministerial conminaba a los obispos a que pusieran fin a las homilías en catalán y vascuence.
La confederación de estudiantes católicos era absorbida por el sindicato universitario falangista, el
SEU, Y la misma suerte corría el movimiento obrero católico, dirigido por el sindicalismo vertical. En
Sevilla, mientras la diplomacia franquista luchaba en Roma por arrancar al papa el derecho de
presentación de obispos, el cardenal Segura incordiaba a los falangistas prohibiendo esculpir las
flechas joseantonianas en la fachada de la catedral, como el gobierno había ordenado que se hiciera
en todos los templos del país. Se le acusaba de fomentar las diatribas de su clero contra el
totalitarismo falangista. En un sermón, el combativo cardenal se había atrevido a declarar que el título
de Caudillo se aplicaba en la literatura clásica al jefe de una banda de forajidos. A pesar de los
desplantes del mitrado, Franco no consiguió que Pío XII le sacara de Sevilla, si bien luego, firmado el
Concordato, le envió un obispo con derecho a sucesión y a la policía para que lo mantuviera a raya.

Al mismo tiempo, otro cardenal español, Vidal i Barraquer, refugiado en Italia, pedía
insistentemente volver a su sede tarraconense, apremiando a la Santa Sede para que consiguiera un
perdón imposible del gobierno franquista. Su muerte en Suiza resolvería en 1943 un problema que
venía enconando las relaciones entre ambas potestades desde el final de la guerra.

Todo cambiaría con el ocaso de los totalitarismos en Europa. El rumbo de la segunda guerra
mundial y el atisbo de la derrota alemana empujó a Franco a domesticar definitivamente la Falange y
a buscar la cobertura internacional de la Iglesia para asegurar la supervivencia propia y la de su
régimen. La caída de Serrano Suñer anticipaba un cambio de vía, ratificado más tarde con la
depuración de los falangistas duros y con el nombramiento de Alberto Martín Artajo, presidente de
Acción Católica, como ministro de Asuntos Exteriores. Franco y la Iglesia se utilizarían mutuamente.
El general aspiraba a dirigir la vida por entero de los españoles y a instaurar un régimen en el que
todo estuviera reglamentado; los obispos iban a explotar su oportunidad única de hacer de España,
por fin, verdaderamente católica. Tenía razón Azaña cuando en 1937, en medio de la guerra civil,
escribía:

«Haya puede haber en España todos los fascistas que se quiera. Pero un régimen fascista
no lo habrá. Si triunfara un movimiento de fuerza en España, recaeríamos en una dictadura
militar y eclesiástica de tipo tradicional. Por muchas consignas que se traduzcan y muchos
motes que se pongan. Sables, casullas, desfiles militares y homenajes a la Virgen del Pilar. Por
ese lado, el país no da otra cosa...»

Los grandes apoyos que Franco tuvo a su lado fueron los militares, la Iglesia, la burocracia del
Estado y el gran empresariado agrícola, industrial y financiero. Mientras en Italia y Alemania el jefe
del partido se había apoderado del Estado, en España, el jefe del Estado se apoderaba del partido.
Franco, el militar que desdeñaba la política, se convirtió en hombre de partido y jefe de Falange con
el propósito de controlar los resortes de la vida española. El general reprimió el obrerismo de algunos
dirigentes, convirtió a otros al franquismo con puestos y prebendas, manipuló sentimientos y desterró
y encarceló cuando fue preciso para sentarse en el cómodo trono de un partido de funcionarios,
arribistas, desengañados y aduladores, un partido destinado a labores secundarias y a cargar con
muchos de los errores de su

El sol sale por el Oeste

El sueño, de todos modos, fue efímero. Franco no se arredró en ningún momento y tuvo la
habilidad de convertir la ofensiva exterior contra su régimen en días de gloria doméstica. Las ape-
laciones a la dignidad nacional frente a la injerencia extranjera jugaron a favor del Caudillo; que se
daba baños de multitudes por todo el país, como el de la plaza de Oriente, y conseguía capitalizar en
forma de adhesión personal el nacionalismo herido. Hacia finales de 1947 el general se sabía ya
ganador de la batalla por la supervivencia. La paciencia y la obstinación de Franco obtenían por fin su
recompensa. Todos los acontecimientos internacionales, desde las desavenencias en el seno de la
ONU, la doctrina Trumman, el golpe de Praga o el colofón bélico de Corea, sirvieron para que el
dictador español, con su currículum vitae anticomunista bajo el brazo, consiguiera ser admitido como
amigo de Estados Unidos y sus aliados. ¿Qué había pasado? Los mitómanos de la dictadura dirían
que el tiempo había dado la razón a España. El Caudillo se había adelantado a la historia, y Estados
Unidos, y detrás aquella Europa que había castigado al régimen por su escasa afición a la
democracia, habían reconocido por fin al centinela de Occidente. La verdad, sin embargo, era menos
poética y el celebrado centinela de Occidente tan sólo una pequeña pieza secundaria en el intrincado
mapa de la guerra fría.

La verdad era que Estados U nidos y la guerra fría vinieron en ayuda de Franco y no al revés.
La verdad era que el dictador no podía haberse anticipado de ninguna manera en la guerra contra el
demonio comunista por el simple hecho de que jamás había combatido contra el comunismo, por el
simple hecho de que en España, hasta el desmoronamiento de la República, e incluso después, el
número de comunistas era bien escaso. Prueba de ello es que en 1936 sólo había en las Cortes
diecisiete diputados comunistas, muchos de los cuales debían su escaño a votos republicanos y
socialistas. Ramón J. Sender llegó a decir, con el paso de los años y el exilio, que Franco había traído
los tanques rusos a España, y Stalin, con su juego de espías, había terminado trayendo los tanques
de Franco a Madrid.

Si bien resulta exagerado hacer recaer la culpa de la derrota republicana en las conspiraciones
de los enviados de Moscú, no lo es pensar que sin Franco y sin los mitos de la tribu, el fantasma del
comunismo jamás habría recorrido las calcinadas tierras de España con tanto eco como lo hizo en los
años de la dictadura. Franco halló en el grito «¡Rusia es culpable!» la justificación de una guerra civil
y en el mito de que el país se encontraba amenazado por el comunismo y la masonería la manera
más efectiva de reducir los márgenes estrechos de la oposición a la tierra abstracta de la anti-
España. El general no dejó ni un solo día de anticipar nuevos combates contra el espíritu del mal,
denominación teológica con que liquidaba la voz temblorosa de los opositores domésticos y la errante
conjura exterior, puesta de largo en el «contubernio» de Munich de 1962 con el venenoso efluvio del
«oro de Moscú». Un centenar de delegados procedentes de la Península se reunieron en la ciudad
alemana para denunciar la naturaleza autoritaria del régimen, en un momento en el que España
pretendía colarse en el Mercado Común sin asumir el peaje de las libertades políticas. Franco estaba
bien enterado de los nombres de los conspiradores pero la presencia de Gil-Robles lo sublevó. «¡Qué
pronto se ha olvidado éste -comentó furioso- de que una de las víctimas señaladas después del
asesinato de Calvo Sotelo iba a ser él, que se libró de milagro!»

Los publicistas del régimen enterraron los cánticos de la Alemania nazi con alabanzas a los
nuevos campeones de Occidente, y éstos, a la pesca de aliados por toda Europa, interesados en
cambiar bases militares por préstamos, dejaron que el dictador se creyera aquello de ser el gran
Centinela. Los perdedores del trato, de aquel tráfico de mitos y dólares, fueron los de siempre, la
España peregrina, pues tras el abrazo yanqui la oposición se redujo a un patético ir y venir de
promesas rotas, diluyéndose su voz como lágrimas en la lluvia... Historias de exilios y derrotas,
historias subterráneas que, a veces, después de cenar, se contaban en voz baja. Historias como las
que pueblan los relatos de Juan Marsé, historias como las de aquellos maquis que al despedirse
hablarían... «... de armas que nunca llegaron y de oscuros desalientos, de aquel desamparo y aquella
obstinada soledad del escondido tejiendo laberintos en la memoria, de amigos torturados y baleados
hasta los huesos; hablarían de la noble causa que acabaría sepultada bajo un sucio código de
atracadores y estafadores, de un hermoso ideal cuyo origen ya casi no podían precisar, de una ilusión
que los años corrompieron. Evocarían hombres como torres que se fueron desmoronando, compañe-
ros que no regresarían nunca de sus sueños, y que no quedaría de ellos ni el recuerdo, ni una
imagen: ni la postura en que cayeron acribillados, quedaría...

«Hombres de hierro, forjados en tantas batallas, soñando como niños"




Horas de comisaría

Pero el régimen de Franco tampoco fue sólo represión y fórmulas excluyentes. Una vez que el
amigo yanqui le metió en su equipo de barras y estrellas, y gracias a su alianza férrea con las clases
poseedoras, el franquismo se encontró con las ondas benefactoras del desarrollo. El general seguía
haciendo morder el polvo de la derrota a los vencidos, pero las imágenes de pobreza, los niños
indigentes, la cartilla de racionamiento y el luto, color nacional, iban desapareciendo del paisaje
cotidiano y poco a poco, con el lento fluir de los años, emergió una clase media cómoda y adaptada.

El modelo autárquico se hizo insostenible a finales de los cincuenta y en el despacho de El
Pardo se abrieron nuevas posibilidades de vincular España a la evolución normal de las economías
occidentales. Los años sesenta, con los responsables del desarrollismo al frente, conocieron un
progreso material sin precedentes, con la definitiva industrialización del país, la reducción de la
España campesina, el aumento del poder adquisitivo de los trabajadores y la creación de una clase
media consumidora. Luego, al desarrollo económico de aquellos años, dada la raíz religiosa del país,
se le aplicaría la categoría de milagro, que llevaba implícita la condición de imposibilidad manifiesta
de pasar de la ruina casi absoluta al bienestar y adelanto modernos. Hay, no obstante, distintos
grados de realización milagrosa. Si bien alemanes, italianos y japoneses curaron pronto las heridas
de la posguerra y superaron con rapidez la reválida del progreso, el ejemplo español requirió un
expediente largo y de penosa tramitación en que lo peor corrió a cargo de los propios españoles. Al
esperpéntico autismo económico de Franco y a la época de la cartilla de racionamiento siguieron casi
tres lustros de semiapertura comercial, veranos de turistas que cambiaban divisas por sol y sangría, y
lágrimas de emigrantes en busca del arca europea, en busca de un trabajo y un salario digno con el
que seguir adelante.

Con el milagro económico en marcha, los problemas políticos, la democracia, las libertades y los
recuerdos de los vencidos pasaron a un segundo plano: el objetivo nacional era el desarrollo, la renta
per capita, el televisor y el frigorífico. Seguía la militarización del orden y la arbitrariedad; el general
seguía conservando todos los poderes en la mano; seguía la censura; muchas palabras -libertad,
piedad, perdón- seguían pudriéndose en la boca, haciéndose cicatriz en un pasado remoto e
inexistente; debajo del oropel del turismo, los veinte años de paz y la modernización corría todavía,
aunque ya mucho menos caudaloso, un río amargo de penas, cárcel y exilios; seguía el Santo Oficio
del dictador -Tribunal de Orden Público-, los autos de fe, los herejes y las persecuciones... El régimen
se había entregado a liberalizar la economía sin aflojar la tenaza del Estado, pero lo cierto es que a
pocos españoles parecía preocuparles la falta de libertades políticas, lo cierto es que no eran
demasiados los que las echaban de menos. La creencia actual en un abrumador antifranquismo no
se compagina con la real tolerancia con que la mayoría de la población soportó el rigor de los
cuarenta años de dictadura.

La niebla de la transición, sin embargo, permitió a muchos entrar en el terreno de la literatura
fantástica y poblar las habitaciones del mito. Hay ocasiones en que el tiempo inventa pasados.
Después de 1975 muchos empezaron a decir: yo estuve en tal sitio y tal sitio, yo milité aquí y allá, yo
firmé aquel manifiesto, yo, como Bias de Otero, escribía un día sí y otro no pidiendo la paz y la
palabra, yo pasé unas horas en una comisaría, a mí una mañana me registraron la casa a la caza de
unos papeles, poca cosa, letra muerta, a mí casi me detienen los grises en una manifestación, yo
conozco a uno que era de la secreta y llegaba a casa borracho, siempre de noche, ¿sabes que la
luna es el sol de los agentes que andan dando palizas a los presos?, llegaba el tío con la camisa
manchada de sangre... El que más el que menos, si se da crédito a su memoria, era un fervoroso
partidario de la democracia, era republicano o monárquico o socialista o comunista, era, sin duda
alguna, un furibundo adversario de Franco.

Hay ocasiones en que lo necesario es borrar un rastro, marcar distancia, dar pruebas de una
hostilidad hacia un dictador y unos colaboradores que no se mostró cuando el dictador vivía y los
colaboradores mandaban. De alguna forma, tras la muerte de Franco, en España ha ocurrido lo
mismo que sucedió en Francia cuando se liberó París. Todos los franceses habían estado en la
resistencia y todos habían cantado en alguna ocasión delante de algún alemán la Marsellesa, porque
todos los franceses estaban convencidos de que aquella escena de Casablanca, aquella escena en el
bar de Rick de Casablanca cantando la Marsellesa, la habían protagonizado ellos mismos. Los miles
de franceses que habían agitado banderitas al paso de los carros alemanes o que habían guardado
silencio mientras los gendarmes detenían a los judíos o a los maquis de la resistencia y los enviaban
a los campos de concentración, habían desaparecido el mismo día de la liberación.

Las cosas, sin embargo, no son como se sueñan. Franco tuvo a su lado a los militares, a la
Iglesia, la burocracia del Estado, la clientela del Movimiento, al gran empresariado y a las burguesías
enriquecidas de Cataluña y el País Vasco, pero el general no hubiera podido sobrevivir a las crisis,
las presiones exteriores, la voz rota del exilio y la soledad del mando sin la existencia de una gran
mayoría ausente, dominada por la apatía política y encerrada en el ámbito de su vida privada.
Cuarenta años son muchos años para mantenerse sentado sobre las bayonetas. Es verdad que el
bienestar de los sesenta se hizo subversivo. Hubo cierta agitación, ciertas conspiraciones ingrávidas,
ciertos juegos de salón y ciertos puños crispados en voz alta, pero siempre se trató de una minoría
que nunca inquietó realmente al régimen.

La historia de la oposición doméstica, por mucho que se la quiera rodear de canciones, es una
historia más bien triste. Los más viejos, los intelectuales del insilio, se refugiaban en la ironía o en el
ingenuo comentario «de este año no pasa», dando por supuesto que la caída de Franco tenía ya una
fecha. Los más jóvenes, los que llegaban a la política con toda la propensión romántica de la
adolescencia, esperaban algo definitivo y general, soñaban con la revolución violenta y más que
correr delante de los grises para traer una democracia corrían para traer otra dictadura, la del
proletariado: los regímenes de Rusia, China o Cuba, según los gustos.

La historia del antifranquismo de ayer es una historia de la que en vida del dictador no llegó a
enterarse casi nadie. Luego, con el general en el Valle de los Caídos, el coro de silencios se haría
grito, pero la realidad es que la resistencia fue siempre minoritaria. La realidad es que tras el rugido
del seiscientos había surgido una sociedad discreta, tímida, convencional y acomodada que se había
acostumbrado a pasar por la vida sin ningún argumento colectivo; una sociedad que gozaba de una
holgura económica que nunca antes había tenido y que había entrado en un guardado silencio
mientras los gendarmes detenían a los judíos o a los maquis de la resistencia y los enviaban a los
campos de concentración, habían desaparecido el mismo día de la liberación.

Si en los años cuarenta y cincuenta de lo que se había tratado era de sobrevivir, en los sesenta
lo que se había buscado era prosperar aunque fuera a mínima escala. El verdugo, de Luis García
Berlanga, refleja con su pasado en blanco y negro, con su crónica triste de pobres amantes que
empiezan a vivir y están dispuestos a todo con tal de cumplir las ilusiones más prudentes, con tal de
tener algo suyo -un piso confortable-la intrahistoria de aquella sociedad española del milagro
económico... «No lo haré más, entiende, no lo haré más», dice el joven verdugo de la película
después de haber agarrotado por primera vez a un condenado a muerte, pero no es verdad y él sabe,
con la melancolía de las ilusiones perdidas, que cuando le llamen otra vez y le den la orden desde la
Administración de nuevo todo volverá a comenzar y él volverá a coger el siniestro maletín donde viaja
la muerte para poder seguir teniendo un piso y una mujer y un niño y un trabajo bien pagado y una
vida mezquina y sórdida, pero cómoda y segura, después de todo.