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RES EÑAS PERI ODI S MO
Buena información
Periodistas, violencias y censuras
Luis Carlos Adames
Universidad Central, Bogotá, 1999,
662 págs.
¿Qué puede pensar el lector ante un
título así? ¿Quizá que se trata de un
análisis sobre el porqué de la censu-
ra y la violencia contra los periodis-
tas? ¿O tal vez la obra gira en torno
a las dificultades que enfrenta el pe-
riodista en su trabajo cotidiano?...
Lo cierto es que ni lo uno, ni lo otro.
Este libro es ante todo una colección
de cuarenta y tres biografías de pe-
riodistas que se destacaron hacia
mediados del siglo XX, a los que co-
noció el autor cuando se desempe-
ñó como linotipista en varios perió-
dicos de Bogotá. Sus hechos más
notables ocurren en el período com-
prendido entre la muerte de Jorge
Eliécer Gaitán y el fin de la dictadu-
ra de Rojas Pinilla.
No hay en esta obra de Luis Car-
los Adames una verdadera reflexión
sobre la censura, ni tampoco una
mirada que aporte una nueva inter-
pretación sobre el problema de la
violencia contra quienes trabajan en
el accidentado terreno de la noticia.
Lo que sí hay son seiscientas sesen-
ta y dos páginas de datos sobre la
vida y obra de periodistas, dueños
de medios y políticos vinculados a
la prensa. De hecho, la cantidad de
información es tanta que por ello,
además de su estructura horizontal,
este libro bien merecería el califica-
tivo de “Diccionario enciclopédico
de periodistas colombianos”.
Ahora bien: este título opcional
también podría resultar confuso, por
dos razones. La primera, porque las
cuarenta y tres biografías presentes
en el libro no constituyen sino una
pequeña muestra, más bien subjeti-
va, de algunos nombres que se des-
tacaron dentro de actividades rela-
cionadas con el periodismo; es decir,
que no están todos los que son, ni
son todos los que están. La segunda
razón es que el periodo que abarca
la obra es bastante limitado, pues
apenas si se menciona de pasada a
los periodistas nacidos a partir de
1940, por lo que se dejan por fuera
nombres tales como Alfredo Mo-
lano, Enrique Santos Calderón, An-
tonio Caballero, Silvia Galvis y
Germán Espinosa, así como a mu-
chos otros que se esfuerzan por re-
novar un periodismo que va de capa
caída, cada vez más herido por la
aridez y la superficialidad. Las más
afectadas son las mujeres periodis-
tas, pues, bajo el título “El inva-
luable aporte femenino”, Adames
menciona en un solo capítulo de
quince páginas a todas las mujeres
que han intervenido en la historia del
periodismo en Colombia, por lo que
cada una merece entre un párrafo y
página y media, lo que contrasta con
las veinte páginas en promedio que
ocupa la biografía de cada colega
masculino.
El marco temporal del libro es sin
duda su mayor problema, pues aun-
que encontramos pequeñas notas
referentes a algunos hechos poste-
riores a 1960 (como los asesinatos de
Álvaro Gómez Hurtado y de Raúl
Echavarría), la obra de Adames
pone énfasis de tal manera en la dic-
tadura de Rojas Pinilla que parece
restarle importancia a todo lo que
ha sucedido desde entonces. De he-
cho, como según el autor ésa fue
para la prensa colombiana “la épo-
ca más difícil que ha afrontado en
este siglo”, los datos mencionados
posteriores a la dictadura tienden a
limitarse a los cargos y honores a que
se hicieron acreedores los periodis-
tas estudiados. Y esto conduce al
lector a varias preguntas realmente
incómodas: ¿Acaso no ha existido
censura desde la creación del Fren-
te Nacional? ¿Qué pasa con todos
los periodistas exiliados por amena-
zas de los distintos bandos? ¿O se-
rán falsos los informes que afirman
que Colombia es hoy en día el país
más peligroso del mundo para ejer-
cer el periodismo?
El tono mismo del libro es pro-
blemático, pues en las biografías se
oscila entre el dato exacto y los co-
mentarios subjetivos del tipo “vir-
tuoso hasta la santidad” (pág. 193).
De hecho, la vida del autor se co-
menta a veces paralelamente a la de
los personajes, por lo que la tercera
persona se convierte en un “yo” o
un “nosotros”, a menudo sin que el
comentario tenga una importancia
real (“... cuando nos encontramos en
plan de compras en el Unicentro de
Bogotá, ejercía el cargo de coordi-
nadora general” pág. 542). Esta
interacción del autor con los perso-
najes que comenta lo lleva a veces a
introducir sus propios comentarios
junto a los ajenos (“Cuando en la al-
borada de la década de los sesenta,
los padres de familia colombianos
luchaban contra las afeminadas me-
lenas de los adolescentes —que aho-
ra orinan sentados y usan areticos—,
en un viaje que hizo a Buenos Aires
[Hernando Santos] contaba de la
vida en esa urbe: la moda masculina
consistía en ‘cabello largo y saco cor-
to’...” pág. 226). Todo esto nos lleva
a un segundo título opcional, que
bien podría ser el más exacto: “Los
periodistas que conocí”.
Hay, sin embargo, varios aspectos
muy bien logrados en este trabajo.
Ante todo, la información recopila-
da sobre los personajes es muy va-
riada; tan completa como podría es-
perarse por lo limitado del espacio
para cada biografía, aunque algún
investigador podría defraudarse por
esperar más análisis y menos currí-
culum. Además, el frecuente uso de
anécdotas permite mostrar el lado
más humano de los periodistas, po-
líticos y dueños de medios retrata-
dos en el libro. De hecho, resulta casi
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [62]
F I LOS OF Í A RES EÑAS
imposible sustraerse a la atmósfera
del tiempo al cual se refiere Adames:
una Bogotá con aroma a pueblo gran-
de, donde todo el mundo se conocía
y los acontecimientos que marcaban
la nación transcurrían en un espacio
no mayor de veinte cuadras.
De lo que busque el lector depen-
derá su opinión del libro. Si desea
conocer a los personajes descritos por
Adames, entonces Periodistas, vio-
lencias y censuras será una fuente
obligada, pues poco material existe
respecto a ellos, aunque abunden las
obras en torno a la dictadura de me-
diados del siglo pasado. Pero si lo que
desea no es leer biografías, sino en-
tender las razones de la violencia y
la censura en torno al trabajo perio-
dístico, es mejor que busque en otro
lugar. Probablemente tendrá que es-
perar un largo rato... Quién sabe, qui-
zá dentro de cincuenta años sea tiem-
po de mirar al presente.
AN D R É S GAR C Í A LO N D O Ñ O
Modernólogos
Modernidad y modernización
Cátedra Julio Enrique Blanco
Universidad del Atlántico, Editorial
Gente Nueva, Bogotá, 1999, 112 págs.
Como lo anuncia en la presentación,
el rector de la Universidad del Atlán-
tico, Julio Enrique Mesa, el propósi-
to de este libro es de recopilación y
tiene por objeto “contribuir a la con-
solidación del alma máter estimulan-
do la edición de los trabajos realiza-
dos por nuestros docentes”. Se trata,
entonces, de una serie de textos so-
bre el tema de la modernidad y la mo-
dernización enfocado desde diferen-
tes puntos de vista, desde el político
de Luis Villar Borda, hasta el históri-
co del iusfilósofo (subrayamos) Her-
nán Ortiz, quien ofrece un enfoque de
los derechos humanos que se remon-
ta a la antigüedad greco-romana. Los
dos únicos trabajos sobre el tema de
la modernidad y la modernización que
de alguna forma responden a un pro-
pósito de análisis científico o filosó-
fico pertenecen al filósofo Rubén
Jaramillo Vélez y al profesor Juan
Manuel Jaramillo, que sitúan su aná-
lisis desde la proyección matemáti-
ca en la ciencia moderna, opuesta to-
talmente a todo tipo de metodología
semántica o enfoque de tipo metafí-
sico, posición ésta, además, muy
acorde con el tradicional positivismo
científico.
Ante estas posiciones opone, por
el contrario, el profesor Jaramillo:
a) la proyección matemática; b) el
uso del razonamiento hipotéti-
co-deductivo, y c) el recurso de la
experimentación. De esta forma,
para Jaramillo el asunto de la mo-
dernidad en la ciencia queda redu-
cido a todo aquello que pueda ofre-
cer la mera experimentación, con
total exclusión de todo tipo de aná-
lisis desde un punto de vista meta-
físico, el cual sólo podría correspon-
der a una concepción premoderna
de la ciencia.
Desde una perspectiva históri-
co-política, Luis Villar Borda, en su
artículo “Ciudadanía y moderni-
dad”, y en el aparte titulado “La
Ilustración y el ciudadano”, ceñido
a la concepción de democracia pre-
conizada por el pensamiento libe-
ral, pone de manifiesto el profundo
alejamiento que existe entre esta
posición ideológica y los principios
fundamentales de la democracia se-
gún la concepción político-filosófica
de la Ilustración.
En el aparte titulado “La situa-
ción hoy”, Villar Borda hace más evi-
dente aún la diferencia existente en-
tre el concepto de democracia según
los principios de Rousseau y los
derroteros que sobre el mismo con-
cepto habría de fijar más tarde el li-
beralismo como ideología política.
Existe, pues, y el mismo Villar Bor-
da lo reconoce, un gran alejamiento
entre estos principios roussonianos y
los asumidos después por la burgue-
sía de la Revolución Francesa que se
identifican plenamente con el pensa-
miento liberal.
En su artículo titulado “Dere-
chos humanos en la Antigüedad”,
el profesor Hernán Ortiz Rivas tra-
ta de establecer el origen histórico
de los derechos humanos, y en re-
lación con ello afirma que éstos han
existido siempre, ligados a lo más
elemental: el derecho a la vida, a la
propiedad, etc., pero siempre como
una formulación del derecho natu-
ral. Los derechos humanos nacen
con la modernidad, tomada ésta
desde el fin de la Edad Media, y sólo
pueden ser considerados como ta-
les a partir del derecho positivo.
Este artículo es un extenso segui-
miento histórico de los derechos
humanos, que Ortiz Rivas hace re-
montar a los mismos filósofos
presocráticos. Concluye con la afir-
mación de que la historia de los de-
rechos humanos debe elaborarse a
partir de tres factores estrechamen-
te unidos: las luchas sociales, las
ideas filosóficas (subrayamos), mo-
rales y políticas de todos los tiem-
pos, así como la incorporación de
estas ideas al llamado derecho po-
sitivo de los Estados nacionales,
bajo la denominación de “derechos
fundamentales”.
El profesor Juan Manuel Jara-
millo Uribe, en su extenso artículo
titulado “La proyección matemáti-
ca en la ciencia moderna” parte de
un análisis de lo moderno desde un
punto de vista histórico que coinci-
de con el nacimiento de la ciencia
en Occidente, a partir del cual pue-
de hablarse con propiedad de una
época moderna. Es, pues, la apari-
ción de la ciencia lo que la caracte-
riza: “La promoción de la ciencia y,
de manera particular, de la física ma-
temática al rango de ciencia, tal y
como hoy en día entendemos este
término, estuvo acompañada, como
acertadamente lo señala R. Blanché,
‘de una transformación profunda en
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [63]
RES EÑAS S OCI OLOGÍ A
la manera de mirar e interrogar la
naturaleza’ que, como filósofos, nos
obliga a preguntarnos por el tipo de
concepción de lo existente que, como
fundamento metafísico, hizo posible
la ciencia y, de este modo, poder ac-
ceder a un conocimiento cabal de
aquello que originalmente nombra-
mos como ‘Época moderna’”.
En su muy extenso artículo, titu-
lado “Moralidad y modernidad en
Colombia”, el profesor Rubén Jara-
millo Vélez destaca el hecho central
según el cual el concepto de ‘moder-
nidad’ se encuentra estrechamente
ligado a una “ética laica secular”,
situación ésta que se tipifica de for-
ma evidente en Inglaterra bajo el rei-
nado de Enrique VIII, tras su rup-
tura con el papado. Así, entonces,
“se había consolidado un arquetipo
de ethos secular particularmente efi-
caz en relación con el ascenso de la
modernidad”. Destaca Jaramillo
Vélez la ausencia de esta ética secu-
lar entre nosotros y que había teni-
do su plena realización en la Ingla-
terra del siglo XVI. La Reforma
protestante, la Ilustración y la Re-
volución Francesa constituyen para
Hegel “los tres momentos a través
de los cuales se implanta el princi-
pio de modernidad, la subjetividad”.
Es muy ilustrativo el análisis que
hace el profesor Jaramillo respecto
de lo que él llama “nuestra moder-
nidad postergada” y que tiene raí-
ces muy profundas, las cuales, según
el seguimiento histórico emprendi-
do por el autor, pueden encontrarse
en la misma España feudal. Duran-
te la larga guerra de reconquista li-
brada con los árabes, el guerrero
español fue teniendo un “paulatino
acceso a la tierra” que, con el tiem-
po, habría de conformar un hecho
muy significativo y que en sí mismo
constituye la esencia de la llamada
modernidad: el surgimiento de la
burguesía, algo que no se dio en la
España feudal, lo cual es, a su vez,
el producto de la carencia de acceso
de los burgueses a la posesión de la
tierra, lo que habría de conducirlos,
como sucedió en el resto de Euro-
pa, a otras actividades económicas
propias de la burguesía, como son el
comercio, las actividades industria-
les y la banca. Todo ello habría de
forzar a la España de entonces a per-
petuarse en un eterno sueño feudal
ajeno al desarrollo burgués con el
cual los demás países europeos con-
quistarían la modernidad.
“Modernidad y modernización” es
el título elegido por el profesor
Dumas Armando Gil para hacer un
recuento casi minucioso sobre el
tema de la modernidad, aunque vis-
to sólo como concepto en sí mismo,
como definición: “Se argumenta que
una sociedad es moderna cuando el
poder absoluto es el resultado de un
contrato de hombres libres e iguales
entre sí [...]. “La modernidad se ca-
racteriza por el valor positivo otor-
gado al cambio, pero también por las
relaciones de incertidumbre que éste
induce en su realización y difusión”.
Cita a Marshall Bermann, el cual
“nos dice que ser un hombre moder-
no es vivir una vida de paradojas y
contradicciones”. Después el profe-
sor Gil se extiende sobre el tema de
la modernidad contemplado en dife-
rentes apartes, tal como “Moderni-
zación y humanidades”, en el cual
relaciona el tema con nuestro entor-
no histórico: “La modernización en
nuestro país, que ha ocupado la dis-
cusión intelectual y política durante
los últimos años, constituye un pro-
blema aún no resuelto”. Explica a
continuación que tal situación no sólo
se debe a nuestras particulares con-
diciones de desarrollo sino también
al hecho por el cual “la moderniza-
ción es un problema culturalmente no
resuelto”. En el aparte titulado “La
naturaleza ritual de la sociedad”, Gil
destaca la incapacidad de nuestros
intelectuales para comprender “la
naturaleza ritual de la sociedad en
que vivimos, porque la interpretamos
por esquemas y modelos ideológicos
que no tienen arraigo en la manera
de razonar y en la manera de pensar
que tiene la sociedad”. En el aparte
titulado “Jibarización intelectual”
dice Gil que “la sociedad colombia-
na no puede entenderse a partir de
un pacto de individuos privados, [...]
porque la diferencia entre naturale-
za y cultura no está sujeta a pacto”.
Con este tipo de aproximaciones, Gil
va redondeando una crítica general
a nuestra carencia de una auténtica
modernidad, y a través de todos los
apartes es evidente su propósito de
hacer ver cómo no son las condicio-
nes puramente materiales o econó-
micas las que determinan una crisis
de la conciencia en Colombia que nos
aleja hoy en día de la modernidad.
“Eterno retorno, nihilismo y de-
venir” es el ensayo con el que Ra-
món Pérez Mantilla contribuye al
presente trabajo expositivo, pues,
aparte del carácter analítico ofreci-
do por los profesores Jaramillo
Vélez y Jaramillo Uribe, Moderni-
dad y modernización es apenas un
muestrario de criterios sobre el tema
propuesto: la modernidad.
EL K I N GÓ ME Z
Urabá,
el paraíso esquivo
Imaginación y poder.
El encuentro del interior con la costa
en Urabá, 1900-1960
Claudia Steiner
Universidad de Antioquia, Colección
Clío, Medellín, 2000, 159 págs.
En el transcurso del siglo XX Urabá
muda su rostro, pasando de “fron-
tera indómita” en sus inicios, a ser
“zona de guerra” a mediados del si-
glo, para terminar, en la década de
los ochenta, como “zona de conflic-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [64]
S OCI OLOGÍ A RES EÑAS
to”. El trabajo de Steiner ahonda en
la historia de la primera mitad del
siglo XX, antes de la instalación de
la moderna agroindustria bananera
en la región, centrándose en el dis-
curso legitimador sobre la presencia
antioqueña en Urabá durante ese
período. Guiada por la noción de
“encuentro colonial” propia de los
estudios poscoloniales (Comaroff y
Comaroff, 1991; Chaterjee, 1996), la
autora narra, en un estilo poco con-
vencional, los encuentros ocurridos
y las diversas interpretaciones que
éstos suscitaron en los participantes.
Los documentos de archivo, prensa,
correspondencia y publicaciones de
la época, se cotejan con testimonios
producto de entrevistas, desembo-
cando en un cuadro de personajes
cuyas tramas vitales se anudan y des-
anudan en función de los diversos in-
tereses que se jugaron en la región,
una vez que la decisión de vincular-
la a Antioquia redirecciona el rum-
bo de Urabá.
La introducción sitúa las coorde-
nadas históricas del área estudiada,
define las especificidades de la colo-
nización de Urabá en el marco de
“colonización antioqueña” y deba-
te el propósito del texto dentro de
la historia regional. Seguidamente,
se abordan los distintos escenarios,
personajes y procesos en cuatro ca-
pítulos relativamente abiertos, en
que la narrativa fluye al vaivén de
los hechos. Esas divisiones de la obra
semejan el itinerario de un territo-
rio, con una definida adscripción cul-
tural, política y comercial a la costa
caribe y a Cartagena, forzadamente
incorporado a Antioquia; o sea, al
interior del país. Los grupos negros,
indígenas y costeños, por sí mismos
y en ocasiones tutelados por gamo-
nales, reaccionaron en los decenios
siguientes ante las imposiciones de
diversa índole vehiculadas por los
antioqueños.
Con el sugestivo título de “¡A
Occidente, antioqueños, a Occiden-
te!”, el primer capítulo caracteriza
la anexión de la banda oriental del
golfo de Urabá en 1905, como el
gran reto de Antioquia en la ocupa-
ción de la frontera selvática. Ade-
más de su oferta en recursos natura-
les, la región era clave para conectar
el interior montañoso con el mar
Caribe, un propósito esquivo a los
esfuerzos del pasado colonial y re-
publicano. La autora presenta con
minucia los personajes del común;
por ejemplo, al campesinado boli-
varense huido de la devastación de
la guerra de los Mil Días en busca
de la mítica “costa abajo”, las tierras
de Urabá. Aborda el proyecto de la
carretera al mar, símbolo de la colo-
nización hacia occidente, y núcleo
del entusiasmo de los antioqueños,
pero también de los sinsabores oca-
sionados por la falta de apoyo del
gobierno nacional, responsable en
gran parte de la dilación en la aper-
tura de la carretera. El lado humano
del proyecto lo constituían los “qui-
jotes”, llamados así por el arduo co-
metido que se proponían: establecer
conexiones viales, por ferrocarril o
carretera, entre el interior y la costa.
Se muestra a lo largo del capítulo
cómo, durante los primeros decenios,
la anexión de Urabá fue más del or-
den de la retórica que de la acción: la
convocatoria de la clase dirigente a
colonizar la región no tuvo mayor res-
puesta entre el campesinado antio-
queño, diferenciándose de la coloni-
zación hacia el sur y hacia el oriente,
donde la migración campesina sí fue
representativa.
En el segundo capítulo se anali-
zan los intereses de la compañía ale-
mana Albingia, que llega a Urabá
atraída por el banano, un producto
de la agricultura de exportación dis-
tintivo de la época. La iniciativa
capitalista promovida por los alema-
nes se valoró como factor de “civili-
zación” en el discurso antioqueño,
en contraste con las actividades de
recolección y comercio de la tagua,
trabajadas también en detalle en el
mismo capítulo. Pese al corto perío-
do de implantación de los cultivos
bananeros en la región, el caso del
consorcio alemán repercutió tanto
en el plano internacional como en
el interno, evidenciando las dificul-
tades de integración de una zona de
frontera, que persistirían hasta fines
de la década de los sesenta.
Ahora bien: mientras el proyec-
to de integración económica avan-
zaba con lentitud, se desarrollaba
una forma de colonización más su-
til, orientada hacia las conciencias.
El tercer capítulo del libro se con-
sagra a la pugna de los antioqueños
por transformar —sobre el supues-
to de la superioridad moral— a una
sociedad “bárbara y caótica”. Las
autoridades fiscalizan el concubina-
to y se inmiscuyen en las costumbres
de la población, imponiendo una vi-
sión intensificada de la moralidad
antioqueña a maestros, funcionarios
públicos, mujeres y hombres de
Urabá. El encuentro colonial favo-
reció una proyección unificada de
los valores de “sociedad católica,
tradicional y blanca”, que diluyó las
diferencias de clase existentes en-
tre los actores antioqueños. Esto,
al marcar la diferencia con respec-
to a la gente del lugar, produjo lo
que Steiner llama una “identidad
excesivamente asumida”. Median-
te esta construcción hegemónica,
Antioquia
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [65]
RES EÑAS S OCI OLOGÍ A
… vio su imagen reflejada como en
un espejo: las costumbres “rela-
jadas” de los negros, así como su
“inmoralidad”, le representaron
sus propios miedos y deseos. El
tradicionalismo y catolicismo de
“la montaña” se vieron entonces
enfrentados a la amplitud de la
frontera, y la fascinación y el de-
seo que ésta generaba amenaza-
ron la propia identidad antio-
queña [pág. 79]
puntualiza la autora. En el mismo ca-
pítulo se analiza el aparato religio-
so, definitivo en empresas de “colo-
nización de la conciencia”. Era
cuestión de vigilar los intercambios
resultantes de los encuentros, que,
al pasar por el mestizaje, redefinen
de múltiples maneras la sociedad de
las regiones en proceso de apertura.
Mirada la obra desde una pers-
pectiva de conjunto, los capítulos
primero al tercero exponen los es-
fuerzos del interior —y de sus alia-
dos extranjeros— por obtener el
mayor provecho económico y encau-
zar moralmente al indómito Urabá,
mientras que el último capítulo ofre-
ce el reverso de las fuerzas sociales
arraigadas en el territorio, en tensión
con los controles provenientes del
interior. Si, en la lógica de los inte-
reses antioqueños, Urabá era un
territorio destinado a la exacción
económica y a la trasformación de
las conciencias, en la práctica, un
grupo de actores polarizados con el
proyecto de antioqueñización lo asu-
mió como refugio de su acción. En
este sentido, la obra da entrada al
“cojo” Gómez y al “ronco” Ja-
ramillo, con sus cuadrillas de contra-
bandistas de los años treinta, a Cam-
pillo, el “rey de la tagua”, un negro
cartagenero cabal representante de
los poderes locales, y a los capitanes
de la guerrilla liberal de mediados
de siglo. La filiación liberal de sus
habitantes, las definiciones regiona-
listas heredadas de las guerras civi-
les que orientaban la región hacia
Cartagena, el ejercicio del contra-
bando, favorecido por la proximidad
del golfo con Panamá, las creencias
religiosas e ideas políticas divergen-
tes del catolicismo y del conser-
vatismo del interior, las prácticas de
la sexualidad e incluso las formas de
trabajo conexas con la explotación
de la tagua, calificadas por los antio-
queños como “esclavistas”, constitu-
yeron campos de expresión de la re-
sistencia local.
La implantación de la Violencia
en Urabá estuvo ligada a la predo-
minante vocación liberal de muchos
de sus municipios, que justificó la
persecución a la población. Asimis-
mo, por la inaccesibilidad geográfi-
ca de la zona, Urabá se había con-
vertido en albergue de los núcleos
guerrilleros y de liberales provenien-
tes del interior del departamento. A
la etiqueta de “bárbaros” impuesta
a la población a principios de siglo,
se sucedía la de “guerrilleros” y
“auxiliadores de la guerrilla”, viabi-
lizando el duro tratamiento del go-
bierno conservador y del ejército
contra la insurgencia liberal.
Conviene destacar, en el análisis,
el cambio de significado que revis-
tió la carretera al mar, cuando, en la
mentalidad antioqueña de los años
cincuenta, la carretera, considerada
como entrada del progreso y la civi-
lización, pasa a ser “una vía para la
represión y la violencia”. Recurrien-
do al procedimiento habitual en su
texto, la autora saca a flote noticias
de prensa, fragmentos de entrevis-
tas y citas bibliográficas, que com-
ponen la multivocalidad de los he-
chos acaecidos en ese período.
En mi opinión, gran parte de la
contribución de Steiner radica en el
original desarrollo metodológico
desde la historia y la antropología,
aplicado a la interpretación del en-
cuentro colonial que hubo entre los
antioqueños y las gentes de Urabá.
En función de mis intereses acadé-
micos, resulta particularmente lla-
mativo el tercer capítulo, “La impo-
sición de las buenas costumbres”,
dedicado a la invasión del mundo
privado de los lugareños por unos
actores convencidos de su poder y
de su moralidad. Cabe llamar la
atención, sin embargo, sobre el tra-
tamiento de un par de problemas
que deben considerarse con algún
detenimiento para una mejor com-
prensión de los procesos seguidos
por la región.
En primer lugar, la opción estatal
vigente en la primera mitad del si-
glo XX —constatable, por lo demás,
en otras naciones latinoamerica-
nas— se materializa en la integra-
ción de la frontera, por delegación
hecha a las misiones católicas extran-
jeras (García y Sala i Vila, 1998). Si
bien la llegada de la misión españo-
la carmelita al país obedeció al en-
cargo formal de civilizar indios, su
acción se volcó también —como lo
atestigua la portada del libro— ha-
cia los restantes grupos humanos de
la región, incluidos los pocos colo-
nos antioqueños. Con la supresión
de la prefectura apostólica de Urabá
y la consecuente salida de los misio-
neros carmelitas en la década de los
cuarenta, las responsabilidades de
administración religiosa de la región
viraron hacia la diócesis de Santa Fe
de Antioquia, con un clero dotado
de una visión localista sobre la pro-
blemática de la región. El cambio de
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S OCI OLOGÍ A RES EÑAS
actor religioso, no obstante, se halla
insuficientemente trabajado en el
texto, como quiera que existieron
diferencias en la orientación, los
métodos de acción y los recursos de
la misión española respecto a los de
la diócesis, hasta hoy recordadas por
los pobladores de Urabá. El trata-
miento de este aspecto hubiese com-
plementado el análisis sobre los
vínculos entre religión y política du-
rante la Violencia de mediados de
siglo, o el fortalecimiento del pro-
testantismo, cuya expansión hacia el
golfo —según noticias de 1956 cita-
das por la autora— aparece realizán-
dose pese a los esfuerzos de los
carmelitas. De hecho, para ese mo-
mento, éstos completaban más de un
decenio de ausencia de la región.
En segundo lugar, frente a la in-
terpretación del componente indíge-
na en la dinámica de los encuentros,
Steiner acude a la noción de “aisla-
miento”, lugar común para registrar
al actor indígena en la investigación
social sobre Urabá. La temática del
libro ameritaba un trabajo más inci-
sivo sobre las representaciones de los
indígenas emberas y cunas en la men-
talidad antioqueña, en la que figuran
como talanquera a la colonización,
indisociables de la selvática frontera
que ocupaban (cursos medio y bajo
del río Atrato, estribaciones selváti-
cas de la cordillera Occidental). Re-
cuérdese cómo el discurso misionero
cultiva las imágenes de salvajismo y
amoralidad, que apuntalaron la ex-
pansión antioqueña, sin aludir a las
respuestas legales y de facto genera-
das por los indígenas ante el avance
colonizador.
Los desencuentros del presente
en la región, potenciados con la de-
claratoria de Urabá como sede de la
explotación bananera en el año 1959,
indudablemente se esclarecen gra-
cias a la agudeza analítica de Claudia
Steiner, en una obra que bien mere-
ce su lectura, no sólo por la impor-
tancia del período abordado, sino
también por la envolvente escritura
alrededor de una sociedad signada
por el conflicto.
AÍ DA GÁ LV E Z A.
Profesora,
Universidad de Antioquia
Campo de batalla
Imaginación y poder.
El encuentro del interior con la costa
en Urabá, 1900-1960
Claudia Steiner
Universidad de Antioquia, Colección
Clío, Medellín, 2000, 159 págs.
Este documento es de gran interés
no sólo para las personas estudiosas
de los orígenes de fenómenos socia-
les que se han desarrollado en
Urabá, al noroccidente colombiano,
sino también es un gran aporte para
todas aquellas personas ligadas a en-
tidades responsables de opinión e
incidencia en la vida de ese territo-
rio, en la paz que en público se de-
sea desde todos los programas
gubernamentales, “no guberna-
mentales”, nacionales e internacio-
nales vinculados a la solución de la
compleja problemática de “violen-
cias” que, existentes desde cerca de
quinientos años, hacen hoy crisis
sobre Urabá y sobre toda Colombia.
Es un documento de información
básico para investigadoras e inves-
tigadores y demás interesadas/os en
conocer el proceso de superposición
de sucesivas culturas extrañas para
usufructo de la región nortecho-
coana, la imposición de codicias aje-
nas, las formas de enfrentamiento e
interrelación entre “esclavistas”
costeros, administradores provincia-
les antioqueños “progresistas” y
compañías extranjeras depreda-
doras de aquella región que, a prin-
cipios de siglo, se manifestaba con-
traria a la “codicia yanqui” resalta-
da por la prensa chocoana (1906-
1907) tras la “traición panameña”,
para luego, como provincia antio-
queña, caer en manos de la United
Fruit a través de la Frutera de Sevi-
lla, a comienzo de la segunda mitad
del mismo siglo.
“Urabá: un cruce de caminos”,
siendo el título del documento final
(pág. XIII) de una investigación de
Naciones Unidas-Dane sobre “Po-
breza absoluta [sic] en Urabá”, es
sólo la sugerencia de las consecuen-
cias del cruce de intereses no sos-
tenibles, aventureros y ajenos, sobre
los recursos de aquel territorio, sus
riquezas naturales, su importante
abundancia de expresiones de vida
(biodiversidad, ahora con muchas
especies en peligro de extinción o
desaparecidas de grandes áreas; por
ejemplo, el “puerco de monte”,
Tayassu pecari), su localización
geográfica —“golfo de agua dulce”,
como lo reconocían los españoles
(por la desembocadura del gran río
Atrato)—, su total desprotección
ante depredadores de toda clase de
“justificaciones” y que han dejado lo
que develaba el estudio antes men-
cionado: “miseria absoluta”, a la que
debemos agregar erosión genética
(pérdida de especies vivas), choque
intercultural (esclavistas cartage-
neros, antioqueños habladores,
antioqueños emprendedores, con-
trabandistas extranjeros —no sólo
“turcos”—), y ahora “cualificación”
de la violencia de más de cincuenta
años a “guerra de baja intensidad”,
también por intereses y decisiones
ajenas, aunque sea desarrollada por
mercenarios nacionales.
En este libro, la profesora Stei-
ner nos relata los primeros sesenta
años del siglo pasado desde las di-
ferentes formas de controversias e
intereses de explotación del terri-
torio que a partir de 1905, por gra-
cia del gobierno del general Rafael
Reyes, se convirtió en provincia del
Urabá Antioqueño, potenciado por
el sueño de “la salida al mar”, la
construcción de Ciudad Reyes y
otros discursos que prosiguieron
por muchos años, como llevar la
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RES EÑAS S OCI OLOGÍ A
“hegemonía moral, [...] buenas cos-
tumbres, [...] orden, [...] mejora-
miento de la raza” (pág. XIX) sin
mayores resistencias chocoanas y
contra los intereses de mercaderes
cartageneros, preestablecidos, so-
breexplotadores de gentes y selvas
para beneficio de pocas personas con
pocos escrúpulos, gananciosas tam-
bién del desgreño administrativo, el
abandono gubernamental de territo-
rios “de frontera” (ejemplo, el des-
prendido istmo de Panamá), la
desprotección de hombres y muje-
res nativos “cristianizados” y la exu-
berante riqueza natural, que no fue
defendida por la razón, menos por
la ignorancia y la avaricia, figuran-
do hasta en intereses geopolítico-
militares extranjeros con más “cla-
ridad” que la atención de nuestros
ministerios de Ambiente, Interior,
Desarrollo, Cultura y Educación.
Se develan los diversos orígenes
de procesos “económicos” de des-
trucción de las armonías naturales
que a principio del siglo XX, además
de la pérdida de la riqueza aurífera,
regalaron sus recursos forestales
que, al ser explotados intensa y tor-
pemente, arrasaron con el refugio
natural que, otrora, formaba parte
de una unidad ambiental que ya des-
de el último cuarto del siglo pasado
reconoce la humanidad como de
máximo interés científico, alta bio-
diversidad y patrimonio vital de la
mayor importancia y de compromi-
so universal de conservación: el Cho-
có biogeográfico.
La violencia que allí se expresa no
ha sido sólo contra seres humanos,
siendo el genocidio la continuación
de la conducta de asalto del “más
fuerte” contra todo lo nativo. Ma-
deras, tagua, ipecacuana, caucho,
resinas y bálsamos (algarrobo y
canime), carey, dividivi, pieles, ani-
males vivos “exóticos”, provocaron
el fácil despertar de apetitos vora-
ces que “justificaron” a su vez la
“conquista” por similares intereses
de depredación pero desde otras
“razones” culturales, raciales, reli-
giosas... y, claro está, sobre todo aho-
ra, multinacionales.
Se relata cómo, a comienzos del
siglo XX, Antioquia miraba la re-
gión no sólo como la salida al mar
sino también para imponer allí “una
verdadera hegemonía moral de
Antioquia” (pág. XIII), con el
favorecimiento resaltado de la ima-
gen publicitada de la anterior epo-
peya paisa sobre los territorios del
sur, que blandía como gesta racial la
colonización que se llevó a cabo so-
bre el sur de Antioquia (“viejo Cal-
das”, norte del Valle y norte de
Tolima), representada por el hacha
sobre el tronco del árbol talado,
como símbolo de “esfuerzo y tesón”
de “los fundadores”. Sólo que, en el
caso del expansionismo sobre el
Urabá, la referencia antioqueña de
“familias blancas y religiosas” civi-
lizando selvas no se aplicó sobre
aquella provincia, a la que en casi
cincuenta años de apoderamiento
sólo malgobernó, como autoridad
impuesta, sin recursos y en perma-
nente conflicto con colonos y comer-
ciantes, por más de treinta años de
lenta construcción de la carretera al
mar, que se terminó después de es-
tablecer don Gonzalo Mejía la co-
municación aérea entre Medellín y
el golfo de Urabá, respaldado por la
Ford Motor Co., la General Motors
y la Casa Curtiss (!) (pág. 28), reali-
zándose el primer vuelo en el año
1932, casi a la par que ese mismo año
don Gonzalo informaba del traspa-
so de la concesión a la Panamerican
Airways.
El mismo don Gonzalo Mejía, con
sus “conexiones” internacionales
abocó la construcción de la carrete-
ra a Urabá, vía que no se terminó
hasta 1956 (!) (pág. 30), cuando
Medellín ya se había desarrollado
sin necesidad del Urabá y sin el en-
tusiasmo de la “clase dirigente”
paisa, que no colaboró tanto como
se esperaba con los discursos de co-
mienzo de siglo sobre esa posibili-
dad de la “salida al mar”, al recono-
cimiento de “la tierra de promisión”
que se exponía en la magnitud de las
riquezas que desde siglos anteriores
ya escapaba de sus nativos y pobla-
dores cimarrones. Los prefectos y
alcaldes de la administración antio-
queña fueron sólo presencia que-
jumbrosa en medio de una población
“conflictiva”, personajes señalado-
res de los “desafueros y malos ejem-
plos” de quienes “malvivían” en Tur-
bo, bajo el “cacicazgo secular” de
gamonales como Nazir Yabur y
Eusebio Campillo (pág. 36), ejem-
plo de “miserables que tan cínica-
mente trafican con la esclavitud en
la tierra del maíz y el oro y la dura
cerviz” (pág. 37. Cita de una carta
del alcalde de Turbo Marco A. Po-
sada al gobernador en Medellín).
Muchos colonos de comienzos del
siglo XX fueron la mano de obra ab-
sorbida por aquellos favorecidos con
concesiones de baldíos o por quie-
nes tuvieron capital o fuerza para
imponer su dominio de explotación
y comercialización de los recursos
chocoanos. Aquellos colonos fueron
mayoritariamente campesinos libe-
rales que se refugiaron allí con es-
peranzas de sobrevivir tras la guerra
de los Mil Días, de rehacer sus vidas
y futuro, pero en la mayoría de los
latifundios otorgados, aunque no se
cumplían los compromisos asumidos
al recibirlos en concesión (sin cum-
plimiento de la reforestación, por
ejemplo) (pág. 42), en la práctica in-
cluían la mano de obra a someti-
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S OCI OLOGÍ A RES EÑAS
miento libre por parte de los comer-
ciantes contra los colonos (pág. 43).
Luego vinieron también coloniza-
ciones de personas desplazadas por
la violencia “político-partidaria” de
los años cuarenta y cincuenta. Un
pueblo que huye de la violencia
pero que, sin soluciones serias ni
siquiera regionales, generaron una
guerrilla (el EPL) que se desmo-
vilizó en 1991, cediendo espacio a
nuevas formas de genocidio: terro-
rismo contra la población desarma-
da: el método paramilitar.
La historia relatada en este libro
nos trae otros nombres que son hitos
históricos en ese ejemplo de las
“gestas del desarrollo” en Urabá,
proceso que ha dejado hoy resulta-
dos como los que conocemos, en me-
dio del conflicto de intereses y aun
con ocultos manipuladores de “argu-
mentos civilizadores”, igual que a
comienzo de siglo, contra el “atraso
y la barbarie”: desde “estudiosos”
alemanes como Hermann Mayen-
berger, racista que expresaba que “los
negros de todas estas zonas de Urabá
son perezosos y cobardes”, hasta per-
sonajes como Henry Granger, norte-
americano “mezcla selecta de las ra-
zas latina y sajona” (!) (pág. 14), que
había llegado al país en 1890 tras
nuestro oro en el alto Andágueda y
otros depósitos auríferos en ríos del
Urabá, quien fue contratado por el
gobierno colombiano (en 1905) para
la construcción del ferrocarril a
Urabá, idea que se descartó después
de más de diez años de cruce de opi-
niones e inversiones inútiles... para
Colombia.
El regionalismo del que mutua-
mente se acusaban las dos principa-
les culturas rivales nacionales sobre
el Urabá de comienzos de siglo, tie-
ne ejemplos en documentos de ar-
chivos oficiales, citados en el libro,
entre “los hijos de la Heroica” y el
expansionismo antioqueño hacia los
poderes centrales. Y es, a su vez,
muestra también del desprecio de las
opiniones e intereses del pueblo
chocoano, al que no le valió asumir
la función de “frontera” con “el ve-
cino traidor” que se había separado
de Colombia en 1903, “sucumbien-
do a la codicia yanqui” (pág. 3).
El banano comercial en el Urabá
aparece tempranamente en el siglo
XX (1909), con adjudicación de 4.945
hectáreas, por parte de los lejanos
poderes centrales, a la bananera ale-
mana Hamburg Columbien Bananen
Gesellschaft, con derecho a construir
su ferrocarril y muelle de embarque,
con cincuenta años de garantía de ex-
clusividad de uso y no competencia
en “tres leguas a cada lado del mue-
lle del Consorcio Albingia [nombre
de la bananera Alemana en Colom-
bia]”, además de diez años sin im-
puestos a los vapores de esa compa-
ñía y libertad de importación de todos
los materiales que ella necesitara para
sus construcciones. Maña vieja, que
sirve de “lamido de buey” a las po-
cas conciencias arrepentidas de la eta-
pa “yuppi” privatizadora, de que no
es sólo expresión del sometimiento
“posmoderno” a las órdenes de los
globalizadores de sus economías y
conveniencias, encubiertas en la “ne-
cesaria atracción de capitales”.
La empresa bananera alemana
fue afectada económicamente con la
primera guerra mundial. Cuarenta
años de prevenciones contra el
“odioso monopolio” bastaron para
que los intereses de la norteameri-
cana United Fruit sobre aquel exce-
lente territorio que brindaba todas
las facilidades para la producción,
transporte y embarque, comenzan-
do la segunda mitad del siglo XX,
lograran que ésta terminara por es-
tablecerse, como Frutera de Sevilla,
en Urabá, para control de la comer-
cialización, favorecida por su nece-
sidad de trasladarse a nuevos suelos
y una condición climática más favo-
rable que los huracanes que afecta-
ron la producción de plátano en el
departamento de Magdalena a me-
diados de siglo pero, sobre todo, lo
que más importaba era evadir las
condiciones conquistadas por los tra-
bajadores en las antiguas plantacio-
nes y emigrar del escenario de la
culpa histórica por las masacres
fratricidas a su servicio (también
maña vieja).
Desde el año 1980 la comer-
cialización de banano está asumida
toda por compañías colombianas,
primando la presencia paisa en man-
dos medios y administración, aun-
que tienen presencia en todos los
niveles de trabajo, distinto a la po-
blación afrocolombiana, que es re-
legada a trabajos en condiciones
climáticas extremas y de niveles ba-
jos de la producción.
Ese hecho de la renovación de po-
sibilidades de trabajo, aunado a la
llegada de la carretera al mar, cum-
plió por fin, tras medio siglo, el ob-
jetivo del usufructo antioqueño, al
que, aprovechando la ventaja de su
experiencia comercial, se le presen-
taron las condiciones propicias para
apropiarse de la industria bananera,
la cual, al igual que a principio de
siglo, cuando se montó la bananera
alemana, reactivó la inmigración a
la región, lo que aumentó en un
204% la población entre 1951 y 1964
(de 49.160 habitantes a 149.850)
(pág. 60).
Desde Cartagena, las opiniones
de los gamonales no eran favorables
a las compañías extranjeras, que
afectaran su poder abusivo sobre la
mano de obra en Urabá, con acusa-
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RES EÑAS S OCI OLOGÍ A
ciones por “daño a la riqueza natu-
ral de nuestros bosques” (pág. 53),
siendo la explotación de la tagua la
más depredadora de las actividades
contra los territorios arrasados. Sin
embargo, fue Cartagena desde don-
de la empresa bananera alemana
exportó el banano, constituyéndo-
se en el centro de sus operaciones
comerciales.
Se aprecia la similitud de conduc-
ta descrita contra los comerciantes
costeros sobre territorios ajenos, con
el caso de igual explotación irracio-
nal que también acabó con produc-
tos como la “raicilla” (ipecacuana)
del sur de Bolívar, territorio demos-
trativo de la incoherencia insti-
tucional que aún no define una ley
orgánica de ordenamiento territorial
que supere el poder de quienes man-
tienen esos territorios que desde la
Colonia fueron sometidos por la eli-
te política (corrupta) de Cartagena,
con iguales resultados de violencia
contra las mujeres y hombres habi-
tantes de esas regiones y la miseria
absoluta que fue generada contra las
poblaciones locales (Chocó y Sur de
Bolívar), siendo tan extremadamen-
te ricos (y por eso) en recursos no sólo
mineros, pero coincidencialmente au-
ríferos, forestales, hídricos y petrole-
ros. Sobra también resaltar la infor-
mación de que, a la vez que se
exportaba la tagua, Colombia impor-
taba los botones hechos en el exte-
rior con nuestra materia prima (pág.
34), pero como “botones de hueso”,
también vieja costumbre de someti-
miento que hoy nos obliga a desven-
tajas globalizadas ante intereses
ventajistas, contra nuestros renglones
primarios como el petróleo, el car-
bón, nuestra seguridad alimentaria
desestimulada para favorecimiento
de producciones necesarias al país
más vicioso, narcorreexportador y
violento.
Como parte de la problemática
que padece Colombia, los hechos de
la historia que han aflorado en las
expresiones de polarización de inte-
reses, con la llamada violencia, que
no ha sido claramente explicada a la
atónita masa urbana de lectores, ra-
dioescuchas y telespectadores co-
lombianos y extranjeros, con publi-
cidad y direccionamiento favorable
a los poseedores del poder, favora-
bles a los intereses de quienes han
tenido el poder armado, el poder
político, el poder de los “contactos”
con las fuentes de financiación de la
corrupción criolla, siempre agrade-
cida y retributiva con los recursos de
todos los colombianos.
La aplicación coherente de decla-
ración e inversión internacional de re-
serva natural, con población definida
y comprometida en armonizar con el
medio, son medidas a las que las co-
munidades nativas y los colonos de
varias generaciones de asentamien-
to están dispuestos a convenir, como
única forma de la comunidad cientí-
fica, y Colombia salvar lo que queda
de ese santuario natural, antes que lo
conviertan en otro campo de entre-
namiento norteamericano para “in-
terrogatorios especiales”, como el
Fuerte Howard en Panamá, o en zona
militar norteamericana cubriendo el
“puente triple” que ya desde Virgilio
Barco, quien no sólo pensaba en in-
glés, fueron acordados sin ningún res-
peto por lo que perdería la humani-
dad, si permitimos que nos sigan
inventando guerras sobre esos terri-
torios, que no son contra las guerri-
llas de hoy, sino contra la oportuni-
dad de la vida planetaria en el
próximo mañana.
LE O N A R D O MO N T E N E G R O
Empresariólogos
Innovación y cultura
de las organizaciones en tres regiones
de Colombia
Fernando Urrea Giraldo, Luz Gabriela
Arango Gaviria, Carlos Dávila L. de
Guevara, Carlos Alberto Mejía
Sanabria, Jairo Parada Corrales,
Campo Elías Bernal Poveda
Colciencias-Corporación Calidad,
Tercer Mundo, Bogotá, 2000, 308 págs.
Al pensamiento de la “multicultura
nacional”, por obra y gracia de la
globalización se le ha adherido la
teoría de las culturas empresariales.
Si en la primera el esfuerzo del Es-
tado se dirige a la busca de afirmar
su presencia directa y simultánea en
las diversas regiones, en la segunda
se intenta afianzar los precarios ci-
mientos de la competitividad, a par-
tir de reconocer “valores, actitudes,
formas de actuar”, principios valo-
rativos de las elites económicas, téc-
nicas y culturales de las diferentes
regiones del país. Mientras que para
los enfoques gerenciales la “cultura
empresarial” es un campo de inter-
vención de la gerencia, o espacio del
gerenciamiento
1
, para la investiga-
ción social aparecería, en la perspec-
tiva de los autores de la compilación,
como un inagotable catálogo de ele-
mentos: múltiples dimensiones de la
acción de la firma y del empresario,
inentendibles aisladamente de las re-
laciones sociales y económicas den-
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S OCI OLOGÍ A RES EÑAS
tro de las cuales los empresarios se
desempeñan como agentes sociales;
formas de interrelación entre las em-
presas, modalidades de asumir la
competencia, dinámicas entre em-
presas y consumidores, capacidad
del empresariado para adoptar nue-
vos modelos organizacionales, ya sea
en la esfera de la producción, la ges-
tión de la mano de obra o el conjun-
to de la organización empresarial.
Este análisis social de la actividad
empresarial, afortunadamente, es
planteado en una perspectiva histó-
rica. Ésta implica periodizar el ethos
de los dirigentes de empresa en las
principales regiones de Colombia en
etapas sobre cuya comparabilidad
subsiste el interrogante de lo gene-
racional frente a los desarrollos evo-
lutivos. Matizando el análisis respec-
to a los “grupos empresariales”, se
plantean las etapas de: 1. Surgimien-
to y consolidación entre finales del
siglo XIX y comienzos del XX; 2.
Conformación de empresas provi-
dencia en el marco del modelo pro-
teccionista, después de la segunda
guerra mundial, para finalizar en 3.
La crisis de este tipo de empresas
—pero no de los grupos empresaria-
les— moderada con las políticas de
reestructuración industrial y flexi-
bilización laboral en el contexto de
la apertura económica insinuadas en
los años ochenta y concretadas en el
último decenio. Sin embargo, la
comparabilidad no logra ser resuel-
ta por causa de la variación en los
recursos bibliográficos de los cuales
dispusieron los autores de los estu-
dios regionales. Relativos en An-
tioquia —no considerada— y Valle,
pero en Bogotá y la región caribe ni
abundantes ni específicos.
Como “estado del arte”, el libro
revela los siguientes problemas:
1. Comparabilidad de los conceptos
y las prácticas:
Arango y Urrea distinguen la
“cultura empresarial”, definida
como los valores y prácticas cul-
turales de las elites empresaria-
les y sus cuadros de dirección,
con todas sus implicaciones so-
bre los procesos de trabajo y las
formas de gestión y control de la
población trabajadora, de la “cul-
tura organizacional”, que definen
como las formas organizativas de
los procesos de trabajo y de los
elementos constitutivos de la ges-
tión empresarial pero con énfa-
sis en la unidad y homogeneidad
de las prácticas y comportamien-
tos de todos los miembros de una
organización, independiente-
mente de su nivel jerárquico. De
allí derivan una consecuencia ló-
gica, haciendo de la cultura
organizacional un subconjunto
de la cultura empresarial, conno-
tando un discurso gerencial, pro-
moviendo prácticas voluntaristas
de los dirigentes.
Los capítulos escritos por estos
autores, “Culturas empresariales
en Colombia”, “Innovación y
cultura de las organizaciones en
el Valle del Cauca” e “Innova-
ción y cultura de las organizacio-
nes en la región Andina”, se cen-
tran en la caracterización de las
relaciones entre la cultura em-
presarial y las innovaciones tec-
nológicas, con algunas referen-
cias al significado de la cultura
regional.
2. El aporte del concepto de ‘empre-
sa providencia’, para denominar
a las empresas de carácter fami-
liar que contaron —o cuentan—
con una estrategia de administra-
ción tradicional; es decir, un fuer-
te paternalismo y responsabilidad
de los patrones frente a los em-
pleados. En el análisis histórico
empresarial se distinguirían dos
situaciones de conversión de una
empresa en empresa providencia.
La primera depende de la edad
de la firma, de acuerdo con la
antigüedad de su creación y eje-
cución de los desempeños de
contratación significativa, y esta-
bilidad en la relación empresa-
entorno —aunque no probable-
mente coincidiendo— y en ella
se orientaría el trabajo social em-
presarial hacia la conversión en
empresa del tipo providencia, ex-
presando este concepto sobre
todo la figura real de la respon-
sabilidad social. Que la edad de
la firma afecta la condición de
empresa providencia consiste en
verificar cómo, después de ago-
tar —por “política” de la empre-
sa, o por difíciles condiciones
externas (de recesión, por ejem-
plo)—, la justificación a la funcio-
nalidad de esta imagen, las em-
presas se evaden, o dejan de ser
providencia. La segunda tiene
que ver con la época y con las
principales influencias episte-
mológicas del discurso gerencial,
y cómo estas se proyectan en las
acciones ético-sociales de los em-
presarios con independencia de
la edad que tenga la empresa. Así
las cosas, la estimación de una
empresa como providencia no
obedece exclusivamente a una
tendencia de coyuntura, en tanto
se presente otro conjunto de fac-
tores orientándola a esa práctica.
En síntesis, ¿cuántas posibles vi-
siones de la cultura empresarial
local existen? Según una reseña,
“el ethos de las elites económi-
cas, tecnológicas y culturales en
las regiones es el medio para
identificar y caracterizar no sólo
una sino varias culturas empre-
sariales colombianas”
2
.
3. Parada Corrales defiende tam-
bién la hipótesis de la especifici-
dad de la cultura caribeña (el
complejo litoral) de fuerte mes-
tizaje, pero con el mosaico de
influencias hispano-católicas, an-
glo-puritanas, y “turco”-islámica
que se traducirán en prácticas y
visiones de empresa radicalmen-
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [71]
RES EÑAS S OCI OLOGÍ A
te diferenciadas y que, mediadas
por los empresarios inmigrantes,
darían lugar a actitudes y prácti-
cas de negocios distintas de las
demás regiones.
Sin embargo, la conclusión res-
pecto a la adaptación de la cul-
tura regional a los desafíos de la
nueva configuración productiva
es pesimista, acusando que ape-
nas a finales de los años noventa
se inició “un proceso de transi-
ción hacia la innovación empre-
sarial en Barranquilla pero débil
y necesitado de reforzarse”.
¿No es eso bastante tardío?¿Cómo
justificar teóricamente un arran-
que del empresariado moderno de
una región, cuando se asiste a la
erosión del modelo de sociedad in-
dustrial que podría haber servido
de telón de fondo a una elite re-
gional modernizante? El ensayo
no lo resuelve, ni tampoco apa-
rece en el catálogo de perspecti-
vas de investigación que sugiere
Carlos Dávila a partir de los es-
tudios reconocidos en su “esta-
do del arte”. Pero no deja de ser
válido interrogarse sobre la es-
tructura valorativa que daría al
empresariado innovador capaci-
dad de extender un proceso de
acumulación y a partir de allí pro-
yectar la consolidación política.
4. La imposibilidad de entender la
cultura empresarial regional
como un todo homogéneo habría
conducido —según Valero
3
— a
aproximaciones al empresariado
vallecaucano desde la perspecti-
va teórica de Bourdieu. En tal
perspectiva, Urrea y Mejía tratan
de acomodarles a aquéllos los
conceptos de capital cultural,
consumo de elite sofisticado y
estilo de vida, que habrían reem-
plazado en la ética regional el
modelo weberiano del empresa-
rio austero.
Sin embargo, se nota que resul-
ta forzada la pretensión de juz-
gar a los “magnates” vallecau-
canos según el concepto de
‘distinción’, sobre todo en au-
sencia de una fundamentación
seria de datos esenciales y ob-
servaciones reveladoras.
Los nuevos cuadros inventan (¿?)
o importan [de los Estados Uni-
dos] el nuevo modo de domina-
ción, fundado en la manera sua-
ve y en un estilo de vida relajado
manifiesto en formas de vestir, dis-
tancia social, abandono estudia-
do de la rigidez aristocrática y
ventripotente del patrono antiguo,
por un estilo de llevar el cuerpo.
Mejor si es bronceado, esbelto y
relajado en su aspecto y en sus
maneras, que se manifiesta en una
suerte de relajación en la tensión,
y en el gusto por la información
económica que se consulta prefe-
rentemente en inglés o en traduc-
ciones y en las revistas locales de
management empresarial. [cita 2,
pág. 84]
El informe de investigaciones que
dio origen al libro consta de cinco
capítulos con un notorio desequili-
brio en favor del capítulo (informe)
correspondiente al Valle del Cauca.
Son 118 de las 308 páginas (38,3%)
en comparación con el tratamiento
otorgado a la cultura empresarial en
la región caribe (8,1%) y a la de la
región andina (20,8%).
El capítulo dedicado al Valle del
Cauca se extiende por varias razo-
nes: la principal, porque la documen-
tación analizada permite reconstruir
tres etapas en el proceso de innova-
ción regional: 1. Surgimiento y con-
solidación de elites empresariales
que, a su vez, se subdividen en las eta-
pas de mineros, comerciantes y terra-
tenientes en el siglo XVIII, a gran
hacienda en el XIX y a agroindustria
en el XX, que es punto de partida de
los grandes ingenios. 2. Conforma-
ción de empresas providencia en un
contexto proteccionista, y finalmen-
te crisis de la empresa providencia,
reestructuración industrial y desre-
gulación laboral en un contexto de
internacionalización de la economía.
En consecuencia, el lector podría
preguntarse, si “la innovación en es-
trategias gerenciales y tecnológicas
se venían presentando en el Valle del
Cauca desde la década de los ochen-
ta”, …¿qué explica, entonces, la es-
casa capacidad regional de adapta-
ción a las condiciones de la apertura
económica?
En la sección subtitulada “Patro-
nes de reestructuración empresarial
en la región en la década del noven-
ta”, se proponen algunas hipótesis:
destacan la de la profundización de
las desigualdades en los sectores em-
presariales de la región, que daría pie
—a juicio de los autores— para ha-
blar de una reindustrialización regio-
nal antes que de desindustrialización
y/o tercerización de la economía re-
gional (pág. 153).
En la perspectiva comparativa,
quien no conociera el país y leyera el
libro podría formarse la idea de que
el Valle del Cauca es la región indus-
trial dinámica y competitiva por ex-
celencia de Colombia. Desde ese
punto de vista, es injusto el exagera-
do detalle en la presentación de los
estereotipos empresariales regiona-
les: empresas multiproducto, la de
alianzas estratégicas y uso de sub-
contratación, las de tecnología de
punta y artesanado calificado, o la
transnacional de investigación y de-
sarrollo (págs. 169-179), con notas de
pie de página de tres cuartos de pági-
na, y trascripción de las noticias em-
presariales tomadas de las páginas
web de las empresas, recargan el tra-
bajo haciendo tediosa su lectura para
personas distintos de los autores.
Finalmente se proponen nuevos
y útiles temas de investigación:
1. Las expresiones, símbolos e ima-
ginarios construidos en la vida de
las empresas en torno al venta-
jismo típico del colombiano.
2. La incidencia de la violencia,
corrupción y pobreza en las cul-
turas empresariales.
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [72]
S OCI OLOGÍ A RES EÑAS
3. Las políticas de personal orien-
tadas a evitar los compromisos
con la mano de obra por medio
de la temporalidad y la inestabi-
lidad del empleo.
J O S É ER N E S T O RA MÍ R E Z
1. Entendido como “toda acción delibe-
rada y planificada que busca crear, cam-
biar, fortalecer o integrar la cultura de
una organización” (cita pág. 20).
2. Eduardo Ocampo Ferrer, Innovación y
cultura de las organizaciones en tres re-
giones de Colombia, Fernando Urrea
Giraldo, Luz Gabriela Arango Gaviria,
Carlos Dávila Ladrón de Guevara, Car-
los Alberto Mejía Sanabria, Jairo Pa-
rada Corrales, Campo Elías Bernal
Poveda, Colciencias-Corporación Cali-
dad, 308 págs., en Innovar: revista de
ciencias administrativas y sociales, Bo-
gotá, núm. 16, julio-diciembre de 2000,
págs. 215-217.
3. Edgar Valero, Fernando Urrea, Luz
Gabriela Arango, Carlos Dávila, Car-
los Mejía, Jairo Parada, Campo Bernal,
“Innovación y cultura de las organiza-
ciones en tres regiones de Colombia”,
Colciencias-Corporación Calidad, 2000,
308 págs., en Revista Colombiana de
Sociología, Bogotá, vol. V, núm. 2, 2000,
págs. 73-78.
El cementerio
como metáfora
El Cementerio Central.
Bogotá, la vida urbana y la muerte
Óscar Iván Calvo Isaza
Tercer Mundo Editores, Observatorio
de Cultura Urbana, Bogotá, 1998,
154 págs., il.
El tema de la muerte comienza a ser
investigado en nuestro medio desde
distintas perspectivas teóricas y
metodológicas. Y no podía ser de
otra forma, si tenemos en cuenta que
la vida colombiana —institucional,
cotidiana, familiar, escolar, política,
etc.— está atravesada por la muer-
te, sobre todo por la muerte violen-
ta. Es posible decir, desde luego, que
la muerte es una expresión normal,
natural, de cualquier sociedad, pero
lo que es diferente, debido a sus par-
ticularidades históricas y culturales,
es la percepción que una determina-
da sociedad tiene sobre la muerte.
Pues bien, a partir de este elemen-
tal presupuesto es lógico suponer
que la muerte sea un tema de inte-
rés en un medio como el colombia-
no, en donde la muerte se ha hecho
tan normal que sus cada día más
aterradoras expresiones no parecen
impactarnos.
El joven historiador Óscar Iván
Calvo asume el estudio de un tema
relacionado con la muerte, como lo
es el del Cementerio Central. Sobre
tal tema, perfectamente localizado
en el espacio, de carácter microscó-
pico, este investigador efectúa un
detallado estudio en el que se ras-
trean distintos aspectos históricos y
sociológicos.
En una primera parte se ocupa de
la ubicación y forma del cementerio.
Aquí realiza un rastreo histórico des-
de los orígenes del cementerio, a fi-
nes de la colonia, resaltando la im-
portancia del cementerio en los
tiempos posindependentistas. De-
sarrolla la sugestiva tesis de que el
cementerio ocupa un lugar central
en la conformación del mito funda-
dor de la república, considerando el
papel que los monumentos desem-
peñan en la construcción de la “na-
ción imaginada”, para usar la expre-
sión de Benedict Anderson en su
Comunidades imaginadas, un libro
que, entre paréntesis, el autor no
parece conocer pero al que se apro-
xima en su análisis sobre la función
legitimadora de los monumentos en
los inicios de una nación. Y el cemen-
terio es importante en la constitución
de ese mito fundador, en la medida
en que pretende “simbolizar y con-
tener los símbolos de identidad”, tan-
to de la ciudad como de la sociedad,
condensando “la memoria en los mo-
numentos de las más prestantes fa-
milias criollas, sus héroes y sus
guerras. Identidad que remite a una
génesis imaginada en que reposa la
estructura de la sociedad” (pág. 15).
Ahora bien: en el cementerio no
sólo reposan los héroes fundadores,
sino que todos los días se depositan
cadáveres, y esos cadáveres han te-
nido en vida diversas posiciones
sociales; es decir, corresponden a
una sociedad escindida en diversos
y antagónicos intereses sociales, eco-
nómicos y políticos. Esta diferencia-
ción se va a expresar en los monu-
mentos, pues los mismos reflejan una
desigual e injusta distribución en la
apropiación del espacio y de la his-
toria. Esta idea es desarrollada en
una forma muy convincente por
Óscar Iván Calvo, al constatar con
diversos procedimientos que en el
interior del cementerio se presenta
una desigual conservación y cuida-
do de sus monumentos. Si se hace
referencia al siglo XIX, se nota a
primera vista la ausencia de huellas
de los sectores populares, como si és-
tos no hubieran pasado por el ce-
menterio, pues el dominio abruma-
dor de la presencia de los sectores
de la elite dominante es palpable.
Éstos últimos, por el poder econó-
mico de sus familias y legatarios, son
depositados en mausoleos pompo-
sos, construidos con materiales du-
raderos y sólidos. Además, se privi-
legia la ostentación o para los
hombres distinguidos o para los
hombres que han “servido a la pa-
tria”; es decir, los políticos y estadis-
tas. En otras palabras, en los monu-
mentos también se puede apreciar
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [73]
RES EÑAS S OCI OLOGÍ A
una lucha tanto simbólica como
material entre los distintos grupos
sociales. Precisamente, por esta ra-
zón se explica que sólo hasta la dé-
cada de 1920 fueran dispuestos terre-
nos para los sectores obreros y
populares, lo que también puede
considerarse como una expresión de
las luchas sociales de ese período,
que mediante sus acciones lograron
“penetrar” en los terrenos casi ve-
dados del Cementerio Central, aun-
que eso implicara superar cantidad
de escollos. Al respecto, el autor nos
recuerda cómo Gaitán logró que el
concejo de Bogotá aprobara en 1929
la construcción de un monumento en
homenaje a los obreros asesinados
en las Bananeras. Esta decisión fue
objetada por el gobernador de Cun-
dinamarca, quien argumentó que
“el Consejo solamente podía tomar
decisiones que sirvieran al bien pú-
blico” (pág. 24). Como quien dice:
los obreros y sectores humildes no
se consideran parte de la nación,
pues sus acciones no sirven al bien
público.
Las mismas desigualdades se
aprecian en lo relativo a los ritos fu-
nerarios. Se destaca en este sentido
la instauración del discurso fúnebre
como una de las formas predilectas
de la conmemoración de los héroes,
desde los tiempos del general San-
tander. Pero en este terreno también
se presenta una lucha simbólica,
pues cuando los sectores populares
penetran al cementerio se pretende
negar su presencia activa o se impi-
de que allí sean enterrados algunos
de sus mártires —como sucedió con
Gaitán, caso que está muy bien des-
crito en este libro—. Y, de la misma
manera, la militarización del cemen-
terio en momentos en que se reali-
zan las exequias fúnebres de líderes
populares traduce el miedo del ré-
gimen y de las elites frente a las
movilizaciones populares.
En el último parágrafo de esta
parte, se hacen unas interesantes
consideraciones sobre las razones
que explican la transformación del
cementerio después de 1950. Esto se
encuentra asociado al crecimiento
de la ciudad, al desplazamiento de
los barrios de las elites a sectores
cada vez más distantes de la ciudad
y también al crecimiento de los sec-
tores populares y de sus espacios de
sociabilidad. En ese momento el Ce-
menterio Central sufre una notable
transformación, que se expresa en su
abandono por parte de la elite, en
su deterioro arquitectónico y en su
popularización, o sea en el creci-
miento del cementerio popular en
desmedro relativo del cementerio de
los sectores dominantes, o en el he-
cho de que las elites hayan decidido
enterrar sus muertos en parques ce-
menterios y jardines distantes del
centro de la ciudad. Esta parte del
análisis es bastante llamativa, ya que
el autor no cae en la tentación, pro-
pia de cierta tendencia de la historia
de las mentalidades, de desconectar
lo mental y lo simbólico del mundo
material y social. Bien al contrario,
enfatiza esa estrecha relación entre
lo simbólico y lo material, precisan-
do que las transformaciones de la
ciudad, de la sociedad que allí “ha-
bita”, suponen cambios no sólo en
las percepciones y rituales sobre la
muerte sino también segregación
espacial de los lugares destinados a
depositar a los muertos, por lo que
es legítimo señalar que las transfor-
maciones en la sociedad trasladan
los “cadáveres ilustres” a los extra-
muros, como una expresión más de
lo que pasa en el mundo de los vi-
vos, donde las elites dominantes
tienden a distanciarse y alejarse más
de las antiguas zonas centrales o re-
sidenciales, ahora abandonadas a los
sectores populares.
La segunda parte se ocupa en estu-
diar, precisamente, las transformacio-
nes experimentadas por el Cemente-
rio Central tras su “apropiación” por
los sectores populares en los últimos
decenios del siglo XX, lo que modifi-
có la dinámica que había caracteriza-
do al cementerio desde el siglo XIX.
El autor estudia con bastante cuida-
do las características del cementerio
popular, los rituales funerarios, la
función de los migrantes y peregri-
nos que deambulan por el cemente-
rio, la hibridación religiosa, etc. El
autor sustenta en forma convincen-
te la tesis de que la historia reciente
del Cementerio Central está deter-
minada por la resignificación de los
sectores populares, que son sus prin-
cipales protagonistas de los últimos
años, lo que también expresa nue-
vos conflictos sociales y simbólicos
(pág. 80).
En esta misma parte del trabajo
describe y analiza con detalle algu-
nos de los rituales que se desarro-
llan en el Cementerio Central, tales
como el culto a ciertos personajes,
el “arte” de hacer maleficios o de
pedir milagros, la presencia activa de
“curas populares”, la función que
desempeñan los diversos lugares del
cementerio. Se describe la manera
como transcurre un día “típico” en
el Cementerio Central, y la manera
como a partir de esa cotidianidad de
la muerte actúan todos aquellos que
directa o indirectamente están liga-
dos al “mercado” y al “consumo” de
la muerte.
Para elaborar el libro, su autor
recurrió a una diversidad de fuentes
teóricas y primarias, así como a tes-
timonios orales de personas cuya
vida y trabajo discurre en torno al
cementerio. Aunque el trabajo está
teórica y empíricamente bien elabo-
rado, se aprecian dos imprecisiones
cronológicas: una, la fecha del en-
tierro de Pardo Leal, que fue en 1987
y no en 1988, como dice el autor
(pág. 29), la otra, la fecha de la muer-
te de Pablo Escobar, que fue en di-
ciembre de 1993 y no en 1994 (pág.
70). Aparte de estas imprecisiones,
el ensayo es muy riguroso y cohe-
rente y presenta múltiples fotogra-
fías que complementan en forma
adecuada el texto.
Es de esperar que a partir de tra-
bajos como el aquí comentado, se
desarrollen en el futuro inmediato
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [74]
EDUCACI ÓN RES EÑAS
investigaciones similares que, a tra-
vés del estudio de la muerte, nos
ayuden a clarificar la manera como
funciona una sociedad, porque en
este aspecto el libro de Óscar Iván
Calvo ha dado un paso importante.
RE N Á N VE G A CA N T OR
Determinismo
económico
en la actividad
científica
Políticas públicas y universidad.
Estudio sobre las políticas públicas
para la capacidad científica
de la educación superior colombiana
Miryam Henao W.
Iepri-Universidad Nacional, Bogotá,
1999, 282 págs.
Antes de entrar a analizar los acier-
tos de una obra tan técnica como la
presente, me llama la atención el
hecho de que la autora dé por sen-
tado el “valor social de la ciencia”,
en el sentido de creer que la ciencia
tiene una justificación (social) en sí
misma e independientemente de
cualquier aplicación que el hombre
pueda hacer de la misma: me refie-
ro, por ejemplo, a los usos no pacífi-
cos de la energía atómica.
La actividad científica es por de-
finición una “actividad racional”, en
el sentido de adecuar unos medios a
un fin: dado el fin, que es la búsque-
da de conocimiento, el mayor pro-
blema consiste en encontrar el me-
dio más adecuado para tal fin. Y, por
otra parte, como el medio social e
institucionalizado más adecuado
para alcanzar cualquier clase de fin
(incluyendo fines culturales) es el di-
nero, entonces concluimos que sin
recursos económicos no sólo no se
puede adelantar actividad científica
sino cualquier otra clase de “acción
social”. Tal parece ser el paradigma
fundamental que emplea aquí la au-
tora. El cual, a su vez, es inobjetable,
dado el carácter “capitalista” de la
sociedad en que vivimos.
Y si a este esquema economicista
le agregamos un elemento más so-
ciológico, como es la intervención
del Estado, con su gran poder para
movilizar grandes recursos económi-
cos, provenientes de fuentes socia-
les (impuestos), entonces tendremos
una visión más completa del punto
de vista de la autora.
Este esquema de análisis de lo so-
cial que combina elementos econó-
micos, políticos e institucionales,
también se encuentra en obras an-
teriores de la autora (véase “Orga-
nización institucional de la ciencia y
la tecnología en Colombia”, en Es-
tructura científica, desarrollo tecno-
lógico y entorno social, Misión de
Ciencia y Tecnología, vol. 2, t. I,
U.N., 1990.
No creemos haber agotado así la
perspectiva teórica de la investigado-
ra Miryam Henao, pero sin duda su
enfoque gira básicamente alrededor
de estas dos variables: primero, que
no se puede hacer investigación
científica a gran escala sin contar con
recursos económicos suficientes para
financiar tal actividad, e interpretan-
do la asignación de tales recursos
como aprobación social de la ciencia;
y segundo, que el Estado es la orga-
nización con más “competencia”
para asignar legalmente estos recur-
sos a las comunidades científicas. Las
“políticas públicas” y/o gubernamen-
tales no son otra cosa que normas o
leyes que rigen esta estructura buro-
crática en relación con la ciencia y la
educación superior del país.
Tal normatividad jurídica da lu-
gar a tres períodos en el desarrollo
de la reglamentación sobre educa-
ción superior: primero, el de anomia,
identificado con el decreto 0277 de
1958; luego, el de heteromia, relacio-
nado con el decreto-ley 80 de 1980,
y finalmente, el de autonomía, con
la expedición de la ley 30 de 1992.
El sentido progresivo o evolutivo de
tal periodización es evidente.
Específicamente en relación con la
educación superior, este estudio en-
cuentra que no hay una clara “ins-
titucionalización de la ciencia en Co-
lombia”, porque es relativamente
escaso el apoyo que se presta a la in-
vestigación en el medio universitario,
comparado con otros países del área,
que parecen destinar más recursos a
la ciencia y a la tecnología.
En nuestra historia republicana
encontramos que en la segunda mi-
tad del siglo pasado hay una marca-
da “orientación profesional de la
educación superior”, la cual se juz-
ga como un “resultado de la adapta-
ción del modelo francés” (pág. 67).
Allí predominaba el “ideal de lo
práctico” (Safford). Las clases diri-
gentes de este país, las más educa-
das, actuaban a través del Estado y
sus organizaciones políticas, sugi-
riendo a Francia como el modelo de
educación superior que se debía se-
guir, tal como lo hacen hoy respecto
a las instituciones estadounidenses.
El valor que está aquí presente es el
de la “modernización” de nuestros
centros de enseñanza superior.
El análisis de Franco (1978) en-
cuentra que “la introducción de es-
tudios generales se propuso comba-
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [75]
RES EÑAS ARTE
tir el excesivo profesionalismo y pro-
porcionar al futuro graduando una
formación equilibrada. Sin embargo
—agrega—, en la mayoría de los ca-
sos, se ha renunciado a inducir otras
actividades que son más universales
y fundamentales, para el conoci-
miento y la estructuración del pen-
samiento y la acción como son las
relacionadas con la investigación”
(pág. 83).
Es indudable que durante los años
(4 ó 5 normalmente) que demanda
la educación de pregrado no es acon-
sejable pretender hacer de cada es-
tudiante un investigador o “especia-
lista”. Y que antes de ofrecer una
educación profesional, la universidad
debe brindar una “formación gene-
ral”, más equilibrada, sin menosca-
bo de dar al estudiante la oportuni-
dad de una futura especialización.
Las universidades, como se ve, son
semilleros, donde se forman los fu-
turos investigadores, pero también
cumplen otras funciones, como la
“socialización de los estudiantes”.
Esta última función de la universidad
no es quizá la más importante, pero
no encontramos otra agencia social
más especializada en formar en la
juventud los valores que se corres-
ponden con nuestra sociedad (ni la
Iglesia, con todo su prestigio social,
ni los partidos políticos, son estruc-
turas sociales adecuadas para tal fin).
“En este período —nos dice la
autora— la matrícula universitaria
pierde su exclusividad al descender
de 93,7% a 74,5% en 1990, para dar
lugar a una creciente participación
de las modalidades técnica profesio-
nal, tecnológica y de posgrado. […]
La Educación Nocturna, por otra
parte, ya en 1981 cubre el 37,3% del
total de matriculados” (pág. 101).
Estos datos pueden ser interpre-
tados como una mayor democratiza-
ción del acceso a la educación supe-
rior, pues, por un lado, la modalidad
universitaria no parece haber perdi-
do aún su carácter elitista, y, por otra
parte, la educación diurna parece es-
tar limitada a aquellos sectores socia-
les que pueden permitirse el “lujo”
de enviar a sus hijos a las universida-
des antes que a una directa “lucha por
la vida” en el mercado laboral.
Y anota más adelante la autora,
para el problema que le interesa:
“Los programas de pregrado de las
Universidades Colombianas tienen
las condiciones básicas para formar
profesionales; pero registran insufi-
ciencias que se revelan fundamen-
talmente en el atraso de su plan de
estudio…”.
No es, pues, en la estructura de
pregrado donde hay que buscar la
formación de los futuros investiga-
dores y científicos colombianos,
sino entre los estudiantes y egre-
sados de las maestrías y demás pro-
gramas de posgrado, donde se
encontrará el desarrollo de la capa-
cidad de investigación de las univer-
sidades colombianas.
Vale la pena recoger algunas de
las recomendaciones que hizo la
Misión para la Modernización de la
Universidad Pública en 1994: “Faci-
litar el ingreso a las maestrías. Ofre-
cer alternativas para estudiantes de
pregrado que se hayan destacado en
investigación, donde el trabajo de
‘tesis’ sea una de ellas. Otra vía: asig-
naturas al final de la carrera de
pregrado con énfasis en la realiza-
ción de un ejercicio guiado de inves-
tigación, cuyo resultado sirva como
requisito de grado y, si sobrepasa
cierta calidad, como requisito de in-
greso a la maestría.
“Dinamizar la investigación:
crear la categoría de investigador
asistente para estudiantes; tiene
como objeto involucrar estudiantes
desde el comienzo de su carrera en
actividades remuneradas de investi-
gación”. Y crear un “sistema de in-
formación sobre trabajos de grado
de los estudiantes”.
No es necesario ser un experto en
el tema para reconocer la “raciona-
lidad” implícita en estas medidas, y
por lo tanto es lícito esperar su
implementación por parte de las
agencias estatales y demás institucio-
nes encargadas de desarrollar una
política o unas políticas de ciencia y
tecnología para nuestro país.
Es verdad que, como país tercer-
mundista o “en vías de desarrollo”,
nos encontramos en dependencia
económica, política y cultural de
otros países, pero esto no significa
que nuestra colectividad carezca de
una capacidad endógena para acce-
der a “bienes culturales”, como lo
son la ciencia y la tecnología. Los tra-
bajos del profesor M. E. Patarroyo
y su equipo no son los únicos pero
quizá sí de los más representativos
de las posibilidades reales que tene-
mos los colombianos de contribuir
al bienestar de la comunidad inter-
nacional por medio de la aplicación
del método científico a aquellos pro-
blemas que pueden ser resueltos de
esta manera.
Es deseable que en el campo de
las ciencias sociales tengamos de-
sarrollos parecidos a los que exhiben
los investigadores en “ciencias natu-
rales” en nuestro medio. Quizá éste
último dependa más del “carisma”
del investigador social, asociado a las
pautas organizativas que han mos-
trado su efectividad en otros cam-
pos de la actividad científica.
FE R N A N D O MO R A L E S
MO R C O T E
Rastros de restos:
arte mural
recuperado
Imágenes bajo cal & pañete
Rodolfo Vallín Magaña
(con la colaboración
de Clemencia Arango)
Editorial El Sello, Museo de Arte
Moderno de Bogotá, Bogotá, 1998,
199 págs., il.
En buena hora aparece publicada
una significativa selección de pintu-
ra mural colombiana, en cuyo res-
cate y restauración ha desempeña-
do un papel clave durante los dos
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [76]
ARTE RES EÑAS
últimos decenios el experto mexica-
no Rodolfo Vallín. El contenido de
la publicación está estructurado a
partir de una contextualización de la
pintura mural en Hispanoamérica.
El texto se fundamenta en la biblio-
grafía clásica sobre el tema (Acuña,
Sebastián, Soria, Dorta y otros), y
presenta de manera temática una
ubicación histórica, una descripción
general de las obras y, cuando es
pertinente, una lectura del simbo-
lismo de las imágenes, como en el
caso de los interesantes programas
iconográficos de algunas casonas
tunjanas.
Antecedida por una tradición
prehispánica de decoraciones pictó-
ricas que se desarrolló principalmen-
te en los Andes y Mesoamérica, la
pintura mural de la Colonia, que
encontró en esta tradición terreno
fértil, estuvo fundamentalmente al
servicio de la nueva fe, tanto en los
templos como en algunas residencias
particulares. México posee notorios
ejemplos de arte mural colonial, al
igual que Perú, donde, según Vallín,
este arte alcanzó “monumental be-
lleza, riqueza y calidad técnica [...]
que se expandió por toda la región
del altiplano y abarcó áreas centra-
les de la sierra peruana hasta alcan-
zar lejanos territorios como el
Collao, el alto Perú y el noroeste
argentino” (pág. 33).
Las manifestaciones más antiguas
de pintura mural en Colombia pro-
vienen del siglo XVI, cuando la ac-
ción evangelizadora y la fundación
de poblaciones cobraron mayor
auge; como señala el autor, “la igle-
sia no sólo controlaba la vida fami-
liar y social, sino que buscaba el ex-
terminio de las creencias y los ritos
aborígenes” (pág. 41). Párrocos, con-
gregaciones de fieles y personas aco-
modadas fueron los principales de-
mandantes de la producción de arte
mural. Los temas más recurrentes
fueron las escenas de la historia sa-
grada —ajustadas a las normas del
Concilio de Trento—; los ángeles, los
motivos florales y zoológicos, en los
que se cuelan distintas facetas de la
naturaleza regional; así como los
patrones ornamentales (grutescos,
orlas, cenefas, composiciones geo-
métricas) tomados de grabados eu-
ropeos. Fueron precisamente tales
grabados, que ilustraban libros ecle-
siásticos, filosóficos y morales, las
fuentes principales de la pintura co-
lonial americana, que recibió así la
influencia temática y estilística del
Renacimiento, el manierismo y la
Contrarreforma.
La técnica empleada en Colombia
con más frecuencia fue el temple, a
veces también llamado fresco seco,
que consiste en pintar con pigmentos
disueltos en cola o en otro aglutinan-
te, sobre superficies como madera y
muros encalados. Esta técnica, a di-
ferencia del fresco tradicional, era
más rápida, económica y fácil de prac-
ticar, tanto por pintores extranjeros
que, como Angelino Medoro y fray
Pedro Bedón, trabajaron en ciudades
principales como Tunja, como por
anónimos pintores criollos.
Vallín esclarece con acierto las
funciones del arte mural, así como
la relación entre éste y la arquitec-
tura: difunde el mensaje evangeliza-
dor; cubre los muros, reemplazando
en muchos casos, mediante la imita-
ción, obras más costosas y elabora-
das, como los retablos de madera
tallados y dorados, nichos y venta-
nas; hace parte del diseño interior de
la escenografía para el culto; e im-
presiona los sentidos de las almas
que se han de conquistar.
Es frecuente encontrar capas su-
perpuestas de pinturas, que corres-
ponden a épocas distintas en la his-
toria de la edificación, lo cual crea
una suerte de palimpsesto, que sin
duda plantea difíciles decisiones al
restaurador. De acuerdo con el au-
tor, se pueden distinguir cuatro eta-
pas: imágenes pintadas en blanco y
negro (grisalla); pintura realista
policromada; predominio de la pin-
tura azul en muros y techos, típica
del siglo XVII, y, por último, un pe-
ríodo donde cobró auge la pintura
roja con elementos dorados.
Los templos doctrineros estudia-
dos son los de Turmequé, Sutatausa,
Oicatá y Monguí, entre cuyas imá-
genes cabe destacar las escenas bí-
blicas de Turmequé; la llamada
“cacica de Sutatausa”, que represen-
ta a la esposa del caudillo vestida con
túnica y un rosario entre las manos,
que hasta ahora es “la única imagen
de este tipo que aparece con vesti-
menta indígena en toda Latinoa-
mérica” (pág. 83); y las ricas deco-
raciones florales de Monguí.
En Tunja, fundada en 1539 y be-
neficiada con productivas encomien-
das, existen ejemplos excepcionales
de arte mural en las casas de don
Juan de Vargas, Gonzalo Suárez
Rendón, Juan de Castellanos, y en
los llamados Aposentos Márquez.
Particularmente en el caso de las tres
primeras, se encuentran techumbres
decoradas con programas icono-
gráficos complejos, basados en la
emblemática clásica, que han llama-
do la atención de especialistas emi-
nentes, como Santiago Sebastián,
Erwin Walter Palm y Martín Soria,
quienes han buscado desentrañar el
mensaje místico que contienen, cifra-
do de manera simbólica mediante la
utilización de animales y plantas. Las
excelentes fotografías permiten una
visualización clara tanto de las obras
en su conjunto como de ciertos deta-
lles de especial interés.
La decoración de la arquitectura
religiosa de Tunja y Villa de Leiva
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [77]
RES EÑAS MÚS I CA
queda representada con el templo de
Santo Domingo, en el que sobresale
el friso en grisalla del coro, los frag-
mentos de una escena del Juicio Fi-
nal y las figuras de los santos y már-
tires dominicos; con la catedral, que
posee los únicos murales conocidos
de Angelino Medoro; con el conven-
to de San Agustín, una de las piezas
más sobresalientes de la arquitectu-
ra conventual de la Colonia, conser-
va algunos interesantes fragmentos
murales; con el templo de Santa Cla-
ra la Real, decorado ricamente en
talla dorada y pintura roja, mantie-
ne ejemplos de decoración mural en
el coro; con el claustro de Santa Cla-
ra, donde vivió sor Francisca Josefa
del Castillo y Guevara, célebre por
sus escritos místicos; y con la iglesia
de Santa Bárbara, decorada profu-
samente con motivos florales ejecu-
tados en pintura mural y talla. Por
último, se mencionan algunas cons-
trucciones de Villa de Leiva, en las
que se encuentran ejemplos de de-
coraciones murales, algunas todavía
en proceso de rescate.
La pintura mural de Santafé de
Bogotá se estudia en las evidencias
que tiene el templo de Santa Clara,
dueño de un riquísimo trabajo de de-
coración con flores y frutas; la igle-
sia de la Concepción, que constitu-
ye “una de las más deslumbrantes
manifestaciones coloniales de San-
tafé” (pág. 157), está dotada de exu-
berantes decoraciones en las bóve-
das y techumbres. Completan este
capítulo, profusamente ilustrado, la
iglesia de Santa Bárbara, el templo
de San Agustín y menciones a otros
templos bogotanos.
De menor extensión, y proporcio-
nal a su relativa importancia, se re-
señan algunas decoraciones domés-
ticas santafereñas, entre las que se
destacan las de la Casa del Marqués
de San Jorge. Otras manifestaciones
pictóricas se encuentran en Popayán,
Valle del Cauca, Mariquita, Pam-
plona, Antioquia, Honda, Mompox
y Cartagena. Sin duda, una de las ma-
yores sorpresas que ofrece el libro es
la llamada Casa de los Barcos, en esta
última ciudad, en cuyos muros se des-
cubrieron dibujos de embarcaciones
de variadas características, uno de los
cuales está fechado y firmado en 1708
por un tal Miguel de Epamonte. En
total son 36 dibujos de distintos ti-
pos de navíos; según Vallín, “los hay
navegando, anclados o disparando
sus cañones, y están acompañados
por figuras humanas, caracoles, ani-
males y corazones. Algunos son pe-
queños, ingenuos en el trazo, y otros,
son más sofisticados, dibujados en
perspectiva y con más detalles” (pág.
189). Todo ello ha llevado a supo-
ner que la vivienda habría servido
de alojamiento a gente del mar.
Completan el libro una lista de
monumentos con pintura mural de
la Colonia en Colombia, un conve-
niente glosario de términos y la
correspondiente bibliografía. Mag-
níficamente ilustrada con fotografías
de brillante colorido y excelente im-
presión, la obra no sólo compendia
el arte mural de la Colonia, sino que
logra replantear y subrayar su impor-
tancia dentro de la historia del arte
colombiano, pues la última publica-
ción que había tratado con deteni-
miento el tema fue la Historia Salvat
del arte colombiano, hace un cuarto
de siglo. Por todo ello cabe citar las
palabras de Ramón Gutiérrez en el
prólogo: “...la historiografía del arte
y la arquitectura colonial america-
na deben mucho a la tarea de resca-
te de Vallín y a sus diversos escritos
sobre el tema. Le deben a sus múlti-
ples descubrimientos, a la consolida-
ción y puesta en valor de los mismos,
a ayudarnos en una relectura que
vuelve a datar obras, a entender de
otra manera los espacios, a acentuar
ese carácter tan peculiar y propio que
tiene nuestra arquitectura y a enfati-
zar el significado popular de una cul-
tura que ya era tiempo que se viese a
partir de sí misma” (pág. 17).
S A N T I AG O L O N D O Ñ O
VÉ L E Z
La víspera de año
nuevo estando
la noche serena
Guillermo Buitrago, cantor del pueblo
para todos los tiempos
Edgar Caballero Elías
Discos Fuentes, Medellín, 1999,
276 págs.
“Oiga, padre, déjese de tanto bole-
ro y toque la Pollera colorá”, excla-
mó un adolescente borracho en la
Ciénaga de otros tiempos, molesto
porque el carillón de la misa de ga-
llo sólo entonaban notas litúrgicas,
solemnes, lentas y aburridas. Quien
tanto insistía era Edgar Caballero
Elías, el Chichi, anticipando desde
entonces una exigencia musical que
con el tiempo se iba a volver libro.
Nació en una familia cienaguera mar-
cada por la música: su madre, Elisa
Elías, tocaba piano y era prima del
gran Ramón Ropaín, de lo mejorcito
que ha tenido este país en lo que a
música popular se refiere; y por el
lado de su padre, Carlos Caballero
Palacio, puede encontrarse a su abue-
lo Carlos Caballero d’Andreis, violi-
nista, así como a varios exponentes
importantes de la desconocida histo-
ria de la música en el Magdalena. Y
sus hermanos, sobre todo Raúl y Jor-
ge, protagonistas de otro proceso
igualmente rico y desconocido: la
trova cienaguera, que durante todo
el siglo XX sembró de belleza y gui-
tarra las noches surrealistas del pue-
blo. Hasta sus hermanas y su desapa-
recido hermano Carlos Caballero
Elías (“Pachín” para los ciena-
gueros), el serio de la familia, cuan-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [78]
MÚS I CA RES EÑAS
do se terminaban los bailes en la es-
pectacular pista del Club Campestre
seguían la fiesta sin mayor problema
hasta la madrugada y el atardecer y
más allá.
La experiencia escolar de Chichi
fue intensa y variada: desde sus pri-
meras letras con las Hermanas de la
Presentación, en el viejo edificio que
deja entrever la pasada grandeza de
Ciénaga, hasta el legendario profe-
sor Víctor Manuel Gallardo, sabio
bondadoso y astuto que hacía la sies-
ta en clase con el ojo de vidrio abier-
to para que nadie se enterara y to-
dos siguieran en sus puestos, y la
academia militar estadounidense a
donde sus padres lo mandaron con
la esperanza de convertirlo en admi-
nistrativo y mesurado. Chichi volvió
de allá ni administrativo ni mesura-
do pero sí destapando botellas con
los dientes, resabio de marinero que
toda la vida he admirado incondicio-
nalmente. Siguiendo el ejemplo de
sus mayores, se convirtió en agricul-
tor en aquella Ciénaga de los años
sesenta, cuando se podía dormir im-
punemente en descampado y, entre
bares con traganíqueles y música po-
pular de la buena (Lety, Venus,
Mélida, Happyland), en la zona de
tolerancia reinaba sin discusión
Rosita, llamada “La Mangano” por
su parecido con la estrella italiana.
Chichi también vivió aquella otra
escuela de música y mundología, el
yumeca Humberto Daza “Chám-
ber”, director de la banda del cole-
gio, quien fascinaba a sus discípulos
adolescentes no sólo con una sapien-
cia musical fuera de serie sino con
sus consejos prácticos e invencibles:
“Fumen, fumen, carajo, para que se
vuelvan hombres”. Se hizo célebre,
y temible, por sus borracheras de
chanzas pesadas y su tambora indes-
tructible de varios días de maicena
y travesura. Muchos años y tamboras
después, nació la idea de escribir un
libro sobre la música típica de su
tierra, y nació de una manera que en-
vidiará usted, mi estimado lector,
que no conoció a Ciénaga en aque-
llos tiempos: mediodía de carnaval
y Chichi borracho y empolvado con
un conjunto de gaitas en carro de
mula por las calles; la felicidad com-
pleta, no hay duda. Una insinuación
en medio del sopor le hizo caer en
cuenta de una injusticia histórica ma-
yúscula: Guillermo Buitrago, el gran
juglar cienaguero, su obra descono-
cida y su persona maltratada por los
dogmas de la vallenatología oficial
pero también, y sobre todo, por la
amnesia y los aluviones de su pro-
pio pueblo.
Ahí comenzó el proceso de inves-
tigación que desembocó, años des-
pués, en el libro Guillermo Buitrago,
cantor del pueblo para todos los tiem-
pos, donde se muestra convincente-
mente que el Chichi hubiera podido
ser un buen antropólogo. Tratándo-
se de alguien que ni siquiera se defi-
nía como intelectual, el solo hecho
de haber logrado un libro merece fe-
licitaciones; por otra parte, fragmen-
tado, desordenado a veces, sorpren-
dente, nostálgico, temperamental
como su autor, este libro tiene un
valor inmenso como fuente de his-
toria local; sobre todo, de historia de
la música popular cienaguera, cuya
lectura es recomendable —más aún,
imprescindible—, para acceder a
una visión más profunda y dinámica
de la costa caribe. Con un juicio in-
sospechado en él, se dedicó no sólo
a organizar la información disponi-
ble sobre Buitrago, que no iba más
allá de unas pocas notas periodísti-
cas, sino a desenterrar nuevos datos
para rescatar la memoria del juglar
cienaguero. Sus métodos de traba-
jo, tenaces, artesanales, ligados a una
simpatía arrolladora, permitieron
recoger mucha información disper-
sa en los pueblos costeños del sec-
tor rural. También consultó fuentes
documentales y bibliográficas rela-
cionadas con historia local y música
regional, recogió fotografías valiosí-
simas y repasó una y otra vez, tam-
bora en mano seguramente, la
discografía de Buitrago.
En este libro, los elementos bio-
gráficos permiten asomarse tanto a
la historia local como a la de la mú-
sica popular. Comienza con el tema
de la fundación de Ciénaga, tema
aún lleno de incertidumbres, pero
aporta un dato crucial para com-
prender el proceso en su conjunto:
el actual Pueblo Nuevo de la Ciéna-
ga (Ciénaga), de mediados del siglo
XVIII, fue poblado por familias
puebloviejeras de “músicos en su
inmensa mayoría, guitarristas y
gaiteros” (pág. 20); por supuesto,
eran pescadores de oficio, como lo
era todo el mundo en el Pueblo Vie-
jo de la Ciénaga (Puebloviejo). Para
comprender el fenómeno de la músi-
ca popular en el entorno se necesita
formular una hipótesis que no apare-
ce en el libro: Ciénaga es un “pueblo
nuevo” (Darcy Ribeiro) muy espe-
cial, con mestizaje y cultura moder-
na, donde al asentamiento indígena
original se agregaron negros, cuba-
nos, yumecas, gitanos, europeos di-
versos, gringos, mexicanos, y hasta
cachacos, y todos contribuyeron den-
tro de un entorno excepcionalmente
libre. Guillermo Buitrago, el mayor
entre los guitarristas cienagueros, te-
nía referentes bien modernos. En su
nacimiento incidió Ciénaga como re-
ceptor de importantes flujos migra-
torios en los tiempos dorados del
banano: su padre, Roberto, paisa
que llegó a trabajar con Agapito
Clavería, un comerciante español
que con el tiempo dejó su huella en
la historia empresarial costeña; y su
madre, Teresa Mercedes Henríquez,
descendiente de judíos sefardíes de
Curazao que hicieron cabotaje du-
rante buena parte del siglo XIX, le
aportó el reconocido talento musi-
cal de su familia. En este punto el
autor se queda corto: bisabuelo,
abuelo y tío (todos llamados Jacobo
Henríquez) fueron pianistas y orga-
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [79]
RES EÑAS POES Í A
nistas destacados; tuvo antepasadas
de bel canto en el siglo XIX samario,
y su prima Digna Cabas Henríquez,
descendiente de esclava marti-
niqueña, fue la gran bailadora de rit-
mos negros durante todo el siglo XX
cienaguero. Y todavía hay más para
el viajero que se aventure por estos
mares.
El autor muestra que, en conso-
nancia con sus antecedentes y al con-
trario de los músicos campesinos,
Buitrago tuvo alguna escolaridad
(hasta tercero de bachillerato) y,
aunque careció de educación formal
en música, mostró desde niño su sen-
sibilidad musical tocando cajas y
cantando; aprovechando que una de
sus hermanas tenía novio músico, el
pequeño Guillermo aprendió a to-
car guitarra observando la digitación
del cuñado en la sala de la casa. Tam-
bién al contrario de los músicos cam-
pesinos, y apoyado en un medio so-
cial propicio por su efervescencia
económica, Buitrago complementó
su vocación musical con una impor-
tante labor cultural: teatro, locución,
jingles y publicidad cantada (pione-
ro en esto), incluso llegó a editar
cancioneros y revistas musicales con
textos suyos. Pudo consolidar el ofi-
cio musical en su natal Ciénaga, pri-
mera economía de enclave que tuvo
el país, con su prosperidad bananera
en permanente demanda de fiestas,
con su trova bohemia y guitarrera y
sus emisoras con radioteatro.
En 1946 viajó a Barranquilla para
tocar en el radioteatro de la Emiso-
ra Atlántico y en el Barrio Chino en
sus días de gloria, “una especie de
ciudadela con enormes cabarets,
pero cabarets de lujo [...] donde ha-
bía buen decorado, donde había or-
questa de planta, pasillos alfombra-
dos, jardines interiores y exteriores”
(pág. 180); se inició así una me-
teórica carrera que lo convirtió en
el primer ídolo de masas que tuvo la
industria fonográfica colombiana.
Grabó algunas canciones que no
eran suyas y alrededor de las cuales
se ha magnificado la supuesta inten-
ción de robo: las susceptibilidades en
torno a este tema, leídas casi cin-
cuenta años después, se muestran
exageradas, cuando no parroquia-
nas. En cambio, es más importante
decir que valorizó la música del
Magdalena Grande como nadie an-
tes y que, aunque esto no lo toca el
libro, Buitrago sedujo a este país
como nadie antes ni después: un cos-
teño considerado cundiboyacense,
antioqueño, valluno, no solo admi-
rado sino asimilado e imitado, tan-
tas canciones y corrientes musicales
interioranas calcadas en su gracia, el
tejido nacional ensayado con núme-
ros inmortales como Compae Helio-
doro y La piña madura, tanto músi-
co que hizo fama y fortuna apoyado
en su estilo, tanto pastuso que anda
por ahí soñando con la reencarna-
ción de Buitrago. En sus páginas
desfilan algunos de sus anteceden-
tes (Eulalio Meléndez y Andrés Paz
Barros) y sus compañeros de bohe-
mia, muchos datos ligados al origen
de sus canciones y los grandes de la
música cienaguera de otros tiempos
(Chámber, por supuesto, el Niño
Postán, Bovea, Ángel Fontanilla, el
puebloviejero Esteban Montaño,
Dámaso Hernández, la Ritmo Cos-
teño Jazz Band, donde tocaba ma-
racas y cantaba Carlos Julio Martí-
nez Almarales, el inmortal “Rosita”
de los cocos, y muchos más).
Vinculado primero al sello Odeón,
de Argentina, y luego a Discos Fuen-
tes, Buitrago conectó el folclor
subregional al mercado con un estilo
telúrico y moderno al mismo tiempo,
donde la riqueza de la propuesta era
definitiva para abrirle el espacio a la
poco conocida música del Magdale-
na Grande: se necesitaba ese “algo
especial” contenido en su guitarra y
su talento impresionante para captu-
rar la imaginación de todo el país.
Buitrago abrió las puertas por donde
entraron Escalona, Pacho Rada y
hasta García Márquez. Este país está
en mora de agradecerle, no el haber
compuesto o no, sino el haber im-
puesto el canto del nuevo país, de la
Colombia moderna que surgió y ha
venido surgiendo: La víspera de año
nuevo, La varita de caña o ese em-
brujador Toño Miranda en el Valle
que todavía hace cosquillas en la piel
sesenta años después.
A partir de libros como éste, se
hace posible escribir la biografía de
uno de los músicos más importantes
y queridos del país. Para terminar
una nota negativa: el libro no se con-
sigue en librerías, y queda demostra-
do que una cosa es una disquera y
otra es una editorial. Pero tiene la
fuerza de una tambora a mediano-
che en la orilla del mar, en esas pla-
yas mágicas de Ciénaga.
AD O L F O GO N Z Á L E Z
HE N R Í Q U E Z
Departamento de Sociología,
Universidad del Atlántico
En las guaridas
del lenguaje
No es más que la vida
Piedad Bonnett
Arango Editores, Bogotá, 1998,
120 págs.
En el prefacio de esta antología de
su obra, Piedad Bonnett señala algo
que, en apariencia redundante, apun-
ta a zonas oscuras de la palabra:
he escogido una organización re-
gida por lo temático, la misma
que ha impuesto una organiza-
ción tripartita a casi todos mis li-
bros. Pienso que de esta manera
se logra una articulación con ma-
yor sentido, y más reveladora de
las imposiciones secretas que han
dictado estos versos. [pág. 7]
Así, pues, resulta tremendamente
motivadora esta distribución de poe-
mas (no se indican las fuentes, lo que
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [80]
POES Í A RES EÑAS
la vuelve más enigmática), porque
los poemas empiezan a comportar-
se de otra manera, los sentidos se
multiplican en direcciones no previs-
tas en la ubicación original (en cada
uno de los cuatro libros de la auto-
ra). Y, claro está, el volumen que lee-
mos adquiere su propia repercusión
y ofrece sus minucias, algunas nove-
dosas y otras ya detectadas o intuidas
en los libros independientes. Esta
antología funciona, entonces, como
las cajas chinas o las muñecas rusas.
Digamos, además, que la poeta bien
pudo haberle puesto de título No es
más que la muerte, pues hasta tal
extremo están unidos ambos con-
ceptos en el libro. Y esto demuestra
cómo el placer estético puede ir más
allá de aquello que proclama el mis-
mo texto, como ocurría a fines de los
años setenta cuando medio mundo
en Latinoamérica bailaba al son de
Pedro Navaja, la canción de Willie
Colón y Rubén Blades del disco
Siembra. Uno bailaba, sí, pero la his-
toria que se narraba no era como
para bailar, ni mucho menos. Pero
la vida (o la muerte) en el caso del
arte no es más que cuestión de in-
tensidad de una forma en un rincón
del tiempo (pongámonos salseros,
pues). Una frase puede arruinar un
poema, lo mismo que un punto muy
inocente pero igual a un bicho aplas-
tado en la página.
El problema central que este li-
bro se plantea es la comunicación,
o su rostro más severo: la imposi-
bilidad de lograr una fluidez entre
los seres. De hecho no estamos
ante una poética que le carga, ni
mucho menos, las tintas al optimis-
mo. Los mediadores, que podrían
ser Dios o las cartas del Tarot, con-
ducen a un callejón sin salida. El
primero “me ha dado solícito mis
gafas y mi pluma” para en seguida
“soñar mi muerte” (pág. 49); el se-
gundo ayuda a cerciorarnos de la
tarea implacable de la muerte:
“Pero somos oscuros / somos som-
bras, / y la vida es apenas un puña-
do de gestos (Tarot, pág. 59). La
medida de esta situación la da el
poema Del reino de este mundo
(pág. 55), tan desesperanzador
como una copita de cianuro:
Hablo
de la muchacha que tiene el
[rostro desfigurado por el fuego
y los senos erguidos y dulces
[como dos ventanas con luz,
del niño ciego al que su madre
[describe un color
inventando palabras,
del beso leporino jamás dado,
de las manos que no llegaron a
[saber que la llovizna
es tibia como el cuello de
[un pájaro,
del idiota que mira el ataúd
[donde será enterrado su padre.
Hablo de Dios, perfecto como
[un círculo, y todopoderoso
y justo y sabio.
La vida está a la vuelta de hoja, como
se dice. Pero se trata de un diálogo
de formas vacías, simulación de es-
plendores. En verdad, “caminamos
sombríos / sabiendo que el mesero
escupe en nuestro plato, / que el pro-
fesor calumnia a su colega / y la en-
fermera / maldice al desahuciado y
le sonríe” (Ocurre, pág. 53). La co-
municación, si existe, es parcial o
fragmentaria, como en el caso del cie-
go que toca la superficie de las cosas,
pero no puede mirar el cielo, que “a
otros les pertenece” (Guía de ciegos,
pág. 75). De pronto los olores consti-
tuyen una forma de relación con ese
mundo que a fuerza de opresivo se
vuelve cotidiano
1
. Los olores lo trans-
forman en un recuerdo tolerable:
busco un olor de axila, un olor a
[piel húmeda,
un olor extraviado que perviva.
[Casa vacía, pág. 17]
En el aire hay olor a col hervida
y detrás de la ropa que aporrea
[la piedra
un canto de mujer abre la noche.
[Soledades, pág. 41]
... cielo que tendré que aprender
[de memoria
para llevarlo conmigo a donde
[sea.
Mi muerte con su olor y sin tu
[mano.
[Canción para mañana, pág. 49]
Tenía techo el mundo entonces
y un olor a humo de leña.
Íbamos recibiendo la vida a
[cucharadas,
amorosa sopa de letras donde
[íbamos leyendo
la secreta consigna de los días.
[pág. 103]
Huele a la piel rayada de los
[tigres,
a orquídea que se abre,
al humus que comienza a
[oscurecer la lluvia.
[Señales, pág. 111]
En este mundo de incomunicaciones
constantes, ni siquiera la muerte pa-
recería una liberación sino una sor-
presa, una condena, un accidente
moral. El yo-tú de la lírica es una in-
vención, una cómoda argucia para
provocar al lenguaje. Y eso que en
la poesía de Bonnett es de un liris-
mo absoluto. Pero opera allí donde
el lirismo y la irritación personal se
juntan por condena o destino natu-
ral. Y lo que en otros poetas produ-
ciría una efusión de reclamos políti-
cos y sociales, en Piedad Bonnett la
palabra se transforma en una suge-
rente acusación, sin el índice en alto.
Esta poesía del lirismo absoluto ase-
vera que uno puede seguir per secula
seculorum en el yo-tú, y el proble-
ma no sería nunca temático sino de
intención formal.
Otro elemento de esta poética es
su cualidad nocturna: la noche a ve-
ces como protección o escondite, a
veces como peligro o soledad, quizá
inspiradora en alguna ocasión. Ri-
gor de muerte, inconfundible: la se-
gunda sección, por ejemplo, que da
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [81]
RES EÑAS POES Í A
título al libro, es un monumento a la
muerte, siempre “agazapada” (pág.
47) en la noche y sus variantes
2
. Es
la paciente compañera del deseo y
el lenguaje:
Mi noche de blasfemias y de
[lágrimas.
[Asedio, pág. 11]
En mi hogar devastado se hizo
[trizas el día,
pero en mi eterna noche aún
[arde el fuego.
[Saqueo, pág. 13]
La noche, oscura loba, golpea
[las ventanas
con una lluvia airada.
[...]
Noche inmensa.
Noche sin bordes como un mar
[eterno.
[Nocturno, pág. 15]
En noches de aluminio turbios
[sueños me
engañan, mi piel nace en
[incendios...
[Casa vacía, pág. 17]
... y me arrullo
en las noches y me canto
[canciones para espantar el
[miedo...
[Ahora que ya no soy más
joven, pág. 33]
mientras como una red sin
[agujeros
nos envuelve la noche por los
[cuatro costados.
[Soledades, pág. 41]
Sin una sola luz ni un solo ruido
un barco cruza el agua nocturna
[de mi infancia...
[Ración diaria, pág. 79]
Estas noches conducen a dos ritos
de iniciación. El primero correspon-
de al de la niña que “oye” tras una
puerta los ruidos de un encuentro
sexual (sea o no la escena primaria
de la que hablaba Freud):
Frente a la enorme puerta te
[detenías.
La noche te apretaba los riñones
y un agua clara y tibia corría
[hacia tus pies.
Había luz en las rendijas, voces
apagadas, secretas; torpes ruidos
que no debías oír. Quizá ese
[pedregoso
suspirar fuera llanto. Quédate
[allí en cuclillas,
silenciosa. No tiembles.
Pronto pasarás esta puerta. Para
[siempre.
[pág. 99]
El otro poema, por obra de un espe-
jo, nos conduce a la carne sufriente
que revive la angustia del erotismo:
la pasión como imagen de la marca
anticipada de la muerte. Terrible
condición la humana, insoportables
las ansias del cuerpo. Y no hay un
término medio tampoco cuando el
final está dentro de uno:
Empotrado en la noche de la
[alcoba,
el espejo
tiene la lucidez de los oráculos.
Sobre la superficie de su luna
la muchacha desnuda
va escribiendo los signos del
[deseo.
Abre a sus aguas duras los
[muslos, y en la sombra
del reflejo se busca, sorprendida.
Sobre el seno, como un pequeño
[oprobio,
brilla una cicatriz. Y pareciera
que en su mórbida carne
[adolescente
la muerte hubiera dado su
[primer dentellada.
[La cicatriz en el espejo, pág.
107]
En los cuatro libros de Bonnett ha-
llamos varias de estas presencias,
aunque otras se reclamen con mayor
importancia, como en el caso del sue-
ño (que no se deja percibir tanto en
No es más que la vida) y la luminosi-
dad, a despecho de la poética noctur-
na que acabamos de establecer.
En De círculo y ceniza (1989) el
olor cumple una función dominan-
te, pero también el sol y la luz, la piel
y el espejo, el color azul
3
. Nadie en
casa (1994), por su lado, aumenta la
cantidad de color azul; y la luz y el
sol gravitan enormemente, así como
la piel, los olores y Dios
4
. El hilo de
los días (1995) deja de lado la piel,
pero en cambio se mantienen la luz
y el sol (disminuye casi a cero el
azul), y el miedo se asoma más que
en los dos libros precedentes
5
. Final-
mente, Ese animal triste (1996) mul-
tiplica las referencias a piel, luz y sol;
vuelve el azul (unido quizá al viole-
ta), y el miedo reina
6
. Todo esto para
extender lo que la poeta postula en
la presentación respecto de su anto-
logía (espejo de una asumida exis-
tencia de palabras). En los cuatro li-
bros se cruzan muchas procedencias
y asoman, por ejemplo, insospecha-
das obsesiones que en No es más que
la vida ceden terreno a una distribu-
ción racional que muestra en el fon-
do un subterráneo simbolismo: el
triángulo cristiano con Dios padre en
la arista superior y los dos subalter-
nos —sabiduría y cuerpo escarneci-
do— en las puntas de la base. No es
más que la vida, ciertamente. No es
más que la dura efusión de la lengua
que la nombra en su llaga. Y la se-
guirá nombrando, hasta que de
pronto se cuele una dicha inespera-
da que la arrebate.
ED G A R O’ HA R A
Universidad de Washington
(Seattle)
1. Me refiero específicamente a la “domes-
ticidad” asumida: “nubes domésticas”
(pág. 27), “muerte doméstica” (pág. 59),
“doméstico afán” (pág. 93), “domésti-
co cielo” (pág. 103).
2. Oscuridad y sombras: “¿Qué poderoso
cataclismo, / qué oscura y sistemática
tarea / nos dejó a la intemperie sufrien-
do viento y lluvia?” (pág. 103); “inven-
tando postigos, puertas, nombres, / cons-
truí una verdad hecha de sombras” (pág.
83); “cruzando el mar de sombras y de
miedo” (pág. 91); “milagro que hacían
las manos en la sombra” (pág. 95); “Por
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [82]
POES Í A RES EÑAS
las habitaciones frescas de sombra / erró
con una furia ebria...” (pág. 97); “Pero
tu voz subía, / como una lluvia inversa
tu voz subía a buscarme / hasta mi os-
curo centro aún sin nombre, / hasta el
umbral de sombra donde era luz mi
madre” (pág. 110).
3. Cito por De círculo y ceniza (Bogotá,
2.
a
ed., 1996). Cf. las apariciones de olor
(págs. 5, 11, 18, 20, 34, 35, 37, 42, 45, 46,
48, 52, 53). Véanse también las de Dios
y sucedáneos (iglesia, catedrales, blas-
femias y curas) en las págs. 1, 10, 14, 17,
22, 25, 31, 36, 42, 44 y 47.
4. Véase en Nadie en casa (Bogotá,
Guberek, 1994) la función ampliada de
los olores (págs. 8, 14, 19, 30, 38, 45, 48,
51, 54, 62, 63, 70) y de Dios (págs. 8-9,
16, 18, 19, 23, 25, 27, 32, 37, 41, 45, 47,
81, más los epígrafes en 22 y 23).
5. Véase en El hilo de los días (Bogotá, Ter-
cer Mundo Editores, 1995) cómo decre-
cen el olor (págs. 21, 27, 35, 39, 49) y
también Dios (págs. 17, 19, 21, 77, 83).
6. Véase en Ese animal triste (Bogotá, Nor-
ma, 1996) la disminución tajante de olo-
res (págs. 53, 77) aunque Dios mantie-
ne intacto su ascendiente gracias a los
ángeles, una cruz, sacerdotes y oración
(págs. 15, 19, 21, 41, 69, 72, 77, 79).
A pedido del público
Poetas en su tinta
Andrea Bulla, Yirama Castaño,
Gustavo Adolfo Garcés, Fernando
Herrera Gómez, Fernando Linero.
Ilustraciones de Darío Villegas.
Presentación de Jaime García Maffla
Organización de Estados
Iberoamericanos, Bogotá, 1999, s. p.
La vanguardia del siglo XX (¡cómo
nos resulta ahora incómodo referir-
nos al siglo anterior!) estableció unas
nuevas pautas de acercamiento al
poema, en muchos casos separando
al texto de los lectores, apoyándolo
en la ilogicidad y el absurdo con una
voluntad de ocultamiento. En otros
casos, como el de Huidobro y su
creacionismo, la visión poética no
debía impedir la traducción y por eso
la imagen creacionista (en verdad el
único poeta de este ismo fue su pa-
dre, cultor y practicante) puede ser
“vaciada” o trasladada a otras len-
guas sin problema. Así lo quiso el
poeta de El espejo de agua. Como
bien sabemos, poco a poco las van-
guardias empezaron a mostrarse tan
retóricas como cualesquiera “coli-
bríes decadentes”, al decir de José
Asunción. Y a la larga todo termina
siendo absorbido por el sistema, que
en este caso se llamaría comprensión
de lo que está sucediendo: la asimi-
lación de los significados... Las pirue-
tas de esos iracundos rebeldes de la
palabra de las primeras décadas del
siglo que pasó terminaron siendo
también piezas del gran museo de la
tradición.
A mediados del siglo XIX, en una
desafiante actitud contra las nocio-
nes de ‘progreso’ y ‘ciencia’ ins-
tauradas por el positivismo europeo,
los prerrafaelistas ingleses decidie-
ron volver a los talleres de artesanía,
a la impresión manual de libros
(ejemplares únicos), para oponerse
a la masificación que estaba ya vi-
niendo a todo vapor. Pues bien: en
los últimos suspiros del siglo XX
hemos visto unas prácticas similares
en algún sentido a los happenings de
las décadas de los cincuenta y de los
sesenta; pero esta vez no se hallan
emparentadas con las artes plásticas,
sino con la expresión poética. Es un
intento, pues, de acercar las palabras
al público, a los oyentes; volver, en
última instancia, a la ilusión de par-
ticipar en una comunidad. Todo esto,
por supuesto, no se explicaría sin el
despliegue fabuloso del sistema de
computadoras y su adyacencia. En
Seattle, para dar un ejemplo al cal-
ce, tres muchachas se reúnen en un
café (el locus amenus puede variar)
para crear poemas in situ, y esto
significa ahí mismo, en máquinas de
escribir “antiguas”: una Remington
Rand de 1948, una Underwood, una
Brother Opus. En esto consiste el
pasatiempo verbal: sentir el olor
fresco de la nueva cinta en la máqui-
na, la punzante realidad de las vie-
jas teclas a punto de quebrarse, la
campanita invisible que indica el
abismo del margen o la sensación de
cambiar el papel y tal vez cortarse
la yema del dedo en ese trajín de
mundo precomputacional. Y es que
estas muchachas del grupo llamado
“The Typing Explosion” (“el tipeo
explosivo”, digámoslo con variante
metafórica) van más allá: se disfra-
zan de secretarias de esos años, ro-
deándose además de bocinas de bi-
cicleta, silbatos y lápices. El cliente
debe proveer el tema en una tarjeta
(de las antiguas fichas bibliográficas)
y seguir con atención el “desenvol-
vimiento” del poema: una de las es-
critoras lo empieza y después del
verso inicial o de varios, o quizá una
estrofa completa, hace sonar su bo-
cina y la hoja pasa a la siguiente es-
critora, y así. Para casos de falta de
inspiración temática, las muchachas
ofrecen una suma de trescientos tí-
tulos de poemas posibles (“Tú nun-
ca fuiste mi favorito”, “La colcha
rosada y brillante”, “Tres personas
besándose”, “Por qué los niños co-
men tierra”, que suena a personaje
de García Márquez). En resumidas
cuentas, es un cadáver exquisito pero
sin mucho surrealismo de por me-
dio. Pero mientras la tercera está
entrando en acción, la primera ya
recibió la siguiente solicitud —una
elegía, una oda humorística, en fin—
y el proceso es simultáneo. Este cau-
ce verbal o “lenguaje mecanografia-
do” implica que el público ha de par-
ticipar de una manera precisa y
cumpliendo el reglamento: no pue-
de intervenir ni dar consejos, ni acer-
carse demasiado a las mecanógrafas
ni, osadía completa, llegar a tocar
una de las máquinas. A la vez, y
mientras las trabajadoras piensan
sus versos o escogen mentalmente
sus palabras, ocurre que otras ideas
pueden aparecer. Entonces entre
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [83]
RES EÑAS POES Í A
ellas se intercambian “memos” con
esta fórmula: “Querida Diana”
(para mantener el anonimato), ha-
ciendo comentarios sobre el públi-
co en particular, o sobre la falta de
inspiración, o tal vez sobre el exce-
so de transpiración... En fin, éste es
uno de tantos ejemplos de cómo
nuestro presente añora un pasado,
sin necesariamente entonar un can-
to fúnebre a lo Jorge Manrique...
A este ámbito (o principio, tam-
bién; aunque veremos que hay una
diferencia radical) pertenecen los
poemas de Poetas en su tinta. Jaime
García Maffla señala con acierto que
no es de ayer esta relación entre lec-
tores que solicitan un poema y artis-
tas que complacen en la medida de
lo posible. Ya en la Edad Media eu-
ropea o en nuestras colonias hispa-
noamericanas los temas caían del
cielo cortesano (virreyes o virreynas
soltaban su pañuelo y a él acudían,
como moscas, los que a dicha som-
bra existieron). Pero en el caso de-
mocrático de este libro, la tecnolo-
gía se halla al servicio de la fluidez
de la musa, aunque los resultados no
siempre estén tocados con la Gracia
del allá: la poesía. García Maffla ex-
plica el “mecanismo”:
...desde los puntos más disímiles
se dictaban los temas, y los poe-
tas escribían los poemas. Pero
hago énfasis en el término diálo-
go, en el ir y venir de las voces del
sueño, y el E-mail como el nuevo
correo de los ángeles, o, al con-
trario, como el correo de los nue-
vos ángeles.
He aquí una diferencia que ha de
tenerse en cuenta. Y es más que sa-
bido que estos nuevos medios de
comunicación, de tanta utilidad,
devinieron milagros de la presteza
(para bien o para mal). Una carta a
la vieja usanza, por más que se es-
criba a máquina (de las antiguas, de
las que acarician las muchachitas de
“The Typing Explosion”), impone
un ritmo peculiar que dista de ser el
que la celeridad y el ansia nos impo-
nen en el caso del correo electróni-
co. Supongo que estos poetas colom-
bianos no respondieron al llamado
de la inspiración por esa vía alterna-
tiva y paralela a la tranquilidad que
demanda un poema.
Una segunda reflexión se impo-
ne. Jaime García Maffla indica que
estos cinco escritores “se despojaron
del signo de su obra para ir hacia una
palabra común”. Dicho de otra ma-
nera, ellos aceptaron escribir estos
poemas de ocasión en una supuesta
lengua neutra. No hay tal, en verdad.
Y para demostrarlo diría que los
poemas que están mejor parados son
aquellos que llevan la marca de su
autor(a). Quiérase que no, los tex-
tos de Fernando Herrera Gómez son
aquellos en los que la palabra se
presta al juego sin vender su alma al
diablo (que en este trance vino dis-
frazado de posibilidad de vaciar cier-
tos contenidos en vocablos al alcan-
ce de los consumidores). Y es que,
sospecho, Herrera Gómez es el poe-
ta (su libro En la posada del mundo
es memorable) que sí podía, de he-
cho, despojarse del “signo de su
obra”; pero felizmente no lo hizo.
Los demás acompañantes cumplen
de manera cabal el cometido, que de
eso mismo se trata: facilitarle al pú-
blico lo que el público piensa que ha
de ser un poema. Y si esas son las
reglas del partido y todo el mundo
las cumple, la dicha sea. Lo que el
público ha solicitado, ¿quién puede
juzgarlo con objetividad?
Pero si además se trata de ganarle
unos minutos al gran enemigo, al aus-
tero, al Tiempo, entonces diré que los
poemas de Fernando Herrera Gó-
mez lo consiguen. En El viento, amén
de hablar del tema establecido, en-
tramos en el lenguaje del poeta, en
su íntimo quehacer: “No los grandes
ciclones / Llevando casas y ganados /
En las extensas planicies / No el tor-
bellino enloquecido / Que sorbe las
aguas / Y hace que lluevan los peces
[...] Ése no / Ése no / El mínimo / El
tibio / El tenue / El leve viento / Que
nace de tu boca / Y que es la palabra
/ Por la que sé / Que estoy vivo”.
De una situación más general el
escritor nos invita a su escondite; y
esta buhardilla no puede ser otra que
su voz personal dentro del gran len-
guaje de la tradición. Fernando
Linero y Andrea Bulla Castellanos
escriben Vientos y Viento, respecti-
vamente
1
. Pero si bien cumplen el
cometido temático, en el otro plano
el lector (al menos el que pergeña
estas líneas) se queda con la sospe-
cha de que pesa más, en ambos tex-
tos, la imposición. Y esto se puede
observar en la inducción que hemos
de practicar para acceder a los te-
mas o al rango equivalente, ya que
algunos títulos así nos lo permiten.
Por supuesto que Perro al amanecer
(Linero), Gato (Bulla) y Mosca
muerta (Garcés) se acomodan, ob-
viamente, en el bestiario. Y otra vez
Herrera Gómez da una pauta distin-
ta, pues De la inocencia tiene poco
que ver con el relato “interno”: una
paloma muerta ha sido hallada en el
tanque de agua de un edificio de
apartamentos. El protagonista com-
parte la angustia del animal encerra-
do: “Cayendo en la alberca oscura /
Mientras buscaba hacer su nido /
Debajo de las tejas que la cubren /
En el aleteo empapado e inútil / De
sus alas agonizantes”.
Otro tema sería la naturaleza (en
clave ecológica): La madera (Herre-
ra G.), El silencio de los bosques
(Castaño) y El mar (Linero). Un ter-
cer tema vendría a ser el descubri-
miento del cuerpo o del lugar: La
silla del parque (Castaño), Cuando
no estás (Garcés), Incompleta y un
poema que no lleva título y empieza
con los versos “La otra noche / cuan-
do jugábamos a ser niños / sus ma-
nos rozaron mis encajes...” (ambos
de Bulla).
Finalmente estamos en el mundo
de las excepciones, el territorio má-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [84]
POES Í A RES EÑAS
gico: El país de las maravillas (Cas-
taño), La leyenda de X, Fábula y
Don José Donoso (Garcés). Este úl-
timo poema se evade, para provecho
propio, del tema y su restricción.
Detengámonos en él: “Vuelvo con
frecuencia / a ese pasaje de su libro /
en donde se mueven / las hojas de
los árboles // no hay allí prisa // casi
que ni hecho alguno // pero algo me
atrae y me obliga / con su leve man-
damiento”. Bello poema, sin duda.
Desde la única noche, el narrador
chileno ha de estarle agradecido por
el homenaje. Y esto me lleva a una
consideración sobre el largo alcan-
ce que puede tener un poema por su
exclusivo valor enigmático. No se
trata de que alguien busque la pági-
na correspondiente de Donoso para
gozar de estas palabras reunidas, o
de su “causa” (para decirlo ahora en
clave de Ezra Pound y para cuatro
personas). No es necesaria la pesqui-
sa. Quedémonos en el enigma, que
vale por sí mismo
2
.
No puedo dejar de mencionar la
contribución de Darío Villegas, que
carga en los hombros —o en los
carboncillos, o en la tinta— lo más
difícil. Quizá los dibujos que no in-
tentan representar ni “ilustrar” nin-
gún poema sean los que provocan
una sensación de complicidad con
esos puntos desparramados con
maestría en la hoja en blanco. Son
los mejores, a ojos cerrados. Los
demás (siendo mayoría) soportan la
exigencia del espacio y —redun-
demos— la imposición del proyec-
to. Así son las cosas que la poesía
no decidió voluntariamente, sino de
las que fue informada a posteriori.
ED G A R O’ HA R A
Universidad de Washington
(Seattle)
1. Podríamos también incluir aquí, de ca-
rambola, a Viajero, el poema de Yirama
Castaño que empieza con estos versos:
“El viento silba su nombre. / Y no es de
noche. / Sólo es un día igual a otro...”.
2. Coincidencia de las coincidencias...
Mientras estaba escribiendo esta nota,
me dio por abrir la reunión antológica
de Jorge Teillier titulada Los dominios
perdidos, y en la sección de un libro de
fines de los años setenta me topo con la
maravilla: “Estas palabras quieren ser /
un puñado de cerezas, / un susurro
—¿para quién?— / entre una y otra os-
curidad. // Sí, un puñado de cerezas, /
un susurro —¿para quién?— / entre una
y otra oscuridad” (Estas palabras). So-
bra toda explicación...
Caminos
de la nostalgia
Botella papel
Ramón Cote Baraibar
Editorial Norma, Bogotá, 1999,
83 págs.
Todos los caminos conducen a
Roma, reza el dicho. Y todos los te-
mas sirven a la poesía. La nostalgia
es a menudo un camino emprendi-
do por los poetas. El regreso al pa-
sado, a la niñez, al lugar de las pri-
meras experiencias, la evocación de
ciertos olores, las primeras palabras
que marcaron una ruta de amor o
de odio, el sabor de una fruta, la pri-
mera casa donde todavía hacen ron-
da los fantasmas, la primera mirada
que también fue el primer signo del
deseo. En fin, el regreso calidos-
cópico de una diversidad de imáge-
nes que, en apariencia, constituye la
materia definitiva de la poesía.
Pero qué difícil y qué frágil es la
poesía. Cuánto se equivocan a me-
nudo quienes no valoran de verdad
la importancia del arte literario e
incurren sin rubor (léase: sin auto-
crítica) en el desperdicio, en la in-
substancialidad de lenguajes que no
crean, que no reviven ni de lejos esos
mundos de verdad hermosos donde
residen nuestros mejores sueños. Al
amparo de que no hay tema malo.
Este preámbulo, que ya se extra-
vía un poco, está buscando aterriza-
je en un librito de pastas rojas
ilustradas con tres fragmentos de
pinturas policromas, bellas y evoca-
doras, de un patio, de una fachada,
de un muro, donde la vida, en apa-
riencia detenida, en realidad se mue-
ve airosa por la luz, por el musgo que
sin dudas está creciendo, por el si-
lencio que aguarda una señal para
volverse palabrero.
Un librito que tiene por título un
grito, dos palabras que resuenan en
la calle desierta de las dos de la tar-
de: Botella papel. Y adentro: los ofi-
cios, las herramientas, los vehículos
que transportaron el anhelo de los
artesanos de una vida quizás opaca,
quizás apaciguada en las inofensivas
aguas de rutinas callejeras, en el con-
tacto cotidiano de quienes nunca tu-
vieron la dimensión de un mundo
que ambiciona una perfección absur-
da, una felicidad de afiche y de co-
mercial, en la terquedad de la rapi-
dez y de la aplastante disculpa del
progreso.
Este libro, de Ramón Cote Barai-
bar, es un libro singular en la recien-
te poesía colombiana, porque es un
libro hermoso que, echando mano de
ese argumento tan huidizo, tan res-
baloso, tan sin fondo, que es la nos-
talgia, o, digamos, la evocación de
una vida (y de unas vidas) que ya no
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [85]
RES EÑAS POES Í A
se ve, que han extinguido el tiempo y
los nuevos espacios de las nuevas ciu-
dades, no recae en la falacia de pa-
raísos destruidos, ni en los lamentos
de protagonistas venidos a menos, ni
en la “ejemplaridad” de conciencias
ecuánimes y altruistas. Este libro nos
trae las voces sin imposturas de los
protagonistas de un mundo que to-
davía vive, porque existen vivas en
estos poemas. Porque no son esas
voces un lamento, porque no se va-
len de ninguna disculpa para que el
lector les crea su condición de des-
terradas, o de marginadas del mun-
do de lo posible, o de extraviadas en
un paraíso incomprendido. Con la
sola fortuna de sus vidas, estas voces
nos van diciendo cuán hermoso fue
el momento que les tocó vivir, cuán-
ta derrota también les tocó afrontar,
y cuánta belleza había en ese cambio
de la algarabía y las fiestas de la calle,
a la soledad irremediable del decli-
ve, de la penumbra, del acabose: “Un
pavorreal anda suelto por las calles.
El jardinero lo sabe y al amanecer
ordena en la parte posterior de su
bicicleta la aceitada máquina de cor-
tar el pasto que bifurca hacia la altu-
ra su manubrio de madera. Paralela
pone a su lado la escoba al revés, por
agüero, para que su penacho de paja
salude como se debe al sol del me-
diodía. [...]
A esas alturas de la mañana el
desconcierto del jardín es general,
pues consideran a la podadora como
el más descomunal aspirante a gri-
llo. No hay otra música que iguale
su trabajo, nada comparable a su risa
viciosa de fumador, nada sobre la
tierra que supere su sonido sonám-
bulo” (Jardinero, pág. 29).
Y al final: “Quedan pocos con tus
herramientas. Son contados tus tra-
bajos y cada vez más esporádicas tus
apariciones. La velocidad te arreba-
tó tu paraíso y tu pavorreal. No po-
demos olvidarte. Y para hacerte
justicia, en un acto tan valiente como
inútil, unimos con una línea imagi-
naria varias estrellas en el cielo para
que seas nuestro signo en el Zodia-
co. Y así permanezcas” (Oración por
el jardinero, pág. 32).
Es, pues, la poesía, el lenguaje sin
manierismos, la que restituye a la
realidad su cota de sueño, de crea-
ción, de activa imaginación. Botella
papel es ante todo un lúcido ejerci-
cio de lenguaje. Sin rebuscamientos
ni grandes propósitos, rescata del
olvido lo que, justamente, está lleno
de lenguaje, lo que está inmerso en
la memoria resistiéndose a morir.
Nada tiene que ver esta poesía
con aquella escritura maniquea que
ha hecho carrera a lo largo de mu-
chos años entre nosotros, especie de
gimoteo encubierto de “mensajes”
políticamente correctos y que ha
pretendido, de la mano de un Bene-
detti, por ejemplo, glosar las nocio-
nes de progreso, civilización, moder-
nismo, etc. Palabras revestidas de
tanto edulcoramiento y de tanta
intencionalidad, que terminan di-
ciendo nada. Huera poesía que, sin
lugar a dudas, temprano el siglo XX,
motivó estas líneas de Alberto
Caeiro, heterónimo de Fernando
Pessoa: “Hablas de civilización, y de
que no debe ser, / o de que no debe
ser así. / Dices que todos sufren, o la
mayoría de todos, / con las cosas
humanas por estar tal como están. /
Dices que si fueran diferentes sufri-
rían menos. / Dices que si fueran
como tú quieres sería mejor. / Te es-
cucho sin oír. / ¿Para qué habría de
querer oír? Por oírte a ti nada sabría.
/ Si las cosas fuesen diferentes, se-
rían diferentes: eso es todo / Si las
cosas fuesen como tú quieres, serían
sólo como tú quieres. / ¡Ay de ti y de
todos los que pasan la vida / querien-
do inventar la máquina de hacer fe-
licidad!” (Fernando Pessoa, Poesía
[traducción: José Antonio Llardent],
Madrid, Alianza Editorial, 1983.
Botella papel no es una queja, no
es vana nostalgia, no es una requisi-
toria: es una fiesta de la palabra. Es
un canto a los oficios (tampoco a la
manera casta, pura y raizal de un
Castro Saavedra), tomando de ellos
la bella y alta dignidad que generan
en su propia intimidad, en la lucha
jubilosa por sobrevivir. En su imagi-
nación simple y cotidiana: “Como un
general ante el paredón, el fotógrafo
de los parques alzó su mano firme en
señal de detenimiento. Su orden re-
sonó como una detonación entre los
transeúntes. Y una mancha de palo-
mas. Lo suyo son los domingos. Los
domingos soleados y sin escapatoria.
Ese día sobresale en medio del par-
que una flor alta y paralítica que se
apoya con decisión sobre sus largas
muletas de la guerra de los mil días.
En su cúspide se aprieta una semilla
negra, rectangular y milagrosa, que
mueve sus pétalos metálicos a peti-
ción de los amantes” (Fotógrafo de
los parques, pág. 23).
Es una voz madura la de Cote
Baraibar. Una voz firme que desde
su primer libro, en 1985, Poemas
para una fosa común, hasta éste, su
cuarto título, ha tendido un hilo de
fina poesía sin facilismos ni arti-
lugios. Una poesía que insiste en los
pequeños temas, en la ironía de la
vida cotidiana, en el amor, en el re-
cuerdo. Una poesía que, aun regis-
trando algunos ecos mutisianos, ha
ganado sin ninguna duda un lugar
importante en el panorama actual de
nuestra literatura. De manera silen-
ciosa Cote Baraibar ha ido soltando
sus libros en una actitud de perma-
nencia, de insistencia en la escritu-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [86]
POES Í A RES EÑAS
ra. Y, sobre todo, de evolución, de
asentamiento en una poesía decidi-
damente importante, lúcida, llena de
vigor y de lenguaje.
Dos poemas de sus libros anterio-
res nos conectan con éste de ahora,
y los traigo aquí a manera de ejerci-
cio de rastreo, y por el gusto tam-
bién de releer dos hermosos textos
tal vez olvidados: “Por ese puente
comenzaba un río / a despojarse de
sus nombres. / Sobre las piedras si-
glos de agua: / baldosa antigua que
resbala hacia la muerte. / La noche
pasa pidiendo un árbol y sólo la hos-
pedan sus despojos” (Pasado, de
Poemas para una fosa común, 1985).
“¿Hasta cuándo seguirá siendo /
necesario / ver pasar una pareja
corriendo / por la calle / cogida de la
mano, tan poco / ágil, / ajena al lati-
do de los semáforos, / para seguir
creyendo, creyendo, / creyendo en
el amor?” (Atribuible a Jacques
Prévert, de El confuso trazado de las
fundaciones, 1991).
En la claridad de estos poemas,
en la singular transparencia de su
lenguaje, en la expresiva poesía que
alcanzan las palabras cuando van su-
jetas a las invisibles riendas del arte,
se puede corroborar, a ojo de buen
cubero, que un libro como Botella
papel no es más que un tramo del
placentero viaje que su autor ha em-
prendido hace tiempos y, casi sin dar-
se cuenta, y sin detenerse, lo entre-
ga al lector. Al afortunado lector.
LU I S GE R MÁ N S I E R R A J.
Sobre la Bogotá
demolida
Botella papel
Ramón Cote Baraibar
Editorial Norma, Bogotá, 1999,
83 págs.
Botella papel, el último libro de Ra-
món Cote Baraibar (Cúcuta, 1963),
publicado por Editorial Norma,
muestra tres de las constantes más
notorias de su poesía, como son su
carácter narrativo, el empleo del ver-
so largo, salmódico, que poetas como
Álvaro Mutis y Jorge Zalamea han
trabajado dentro de la tradición co-
lombiana, y el motivo de la infancia
como eje focalizador de su reflexión
poética. Se trata de un libro cerebral
de poemas en prosa con una fuerte
arquitectura temática y estructural
cercana a la intención épica.
El motivo central de este poe-
mario es la Bogotá demolida, la Bo-
gotá de las casonas que han ido desa-
pareciendo junto con sus personajes
memorables de la vida cotidiana y sus
oficios, convertidos en ejercicios su-
perfluos de vida que el poeta herma-
na a la condición del quehacer de la
poesía. Pero más allá de la temática
y de la intención, el mérito de la pro-
puesta de este libro se encuentra en
la estructura misma, que refleja un
sentimiento épico, fundacional.
Como en los mejores poemas clá-
sicos, la arquitectura de Botella pa-
pel está concebida para llevar de la
mano al lector por entre las ruinas
del infierno urbano, por una ciudad
cuyo semblante se ha desmoronado
con la aparición de nuevos conglo-
merados multifamiliares. En un in-
tento por inmortalizar la memoria
de la ciudad, el poeta ha ordenado
con precisión la línea argumental del
texto. El libro está dividido en tres
secciones temáticas que tratan de los
hombres, de los objetos y de los fe-
nómenos atmosféricos que definie-
ron la Bogotá desaparecida y que,
gracias a sus vestigios, siguen defi-
niendo en parte esa ciudad circuns-
crita a la vida de barrio del norte re-
sidencial. A su vez, estas secciones
están subdivididas en dos tipos de
poemas: el primero, retrata tanto la
figura arquetípica como los escena-
rios de esa Bogotá añorada, y luego,
un poema gemelo, especie de oda en
prosa que celebra lo retratado en el
poema que le antecede.
Al comienzo de cada bloque te-
mático, un poema preanuncia el ci-
clo poético que se va a recorrer en
cada uno de ellos. Tales poemas ha-
cen las veces de preludio, intermezzo
y epílogo, e introducen al lector en
un ambiente y en una línea de re-
flexión específica que traza el mapa
de la ciudad rememorada. Una es-
tructura inteligente que, después de
llevar al lector a alturas líricas, in-
terrumpe a buen tiempo el canto,
cerrando con dos poemas irónicos
para desmitificar el tono melancóli-
co de las primeras partes.
El libro se abre con el poema De-
moliciones, que funciona a manera
de preludio tanto de la primera lí-
nea temática como del libro entero.
En este poema, Ramón Cote se vale
de la infancia para dar un carácter
ritual a la destrucción de la ciudad.
Es gracias a la mirada del asombro
infantil que las ruinas de las viejas
casas adquieren un valor ancestral,
casi atávico:
Sólo los niños comprenden que
las casas demolidas son el lugar
indicado para inventar sus
ceremonias y convierten los
lavaderos sin pedir permiso y
con los ojos abiertos hasta la
tiniebla, en improvisados altares
de sacrificio. Reúnen ladrillos
como si participaran de algún
rito iniciático y se sientan al
rededor de los escombros con la
seriedad exigida en los templos.
Y le asignan a la escalera
desolada, a su aturdido caracol
de madera, el poder de un
observatorio. [pág. 17]
Oficios varios, la primera de las tres
subdivisiones temáticas, retrata per-
sonajes que la ciudad contemporá-
nea ya no contempla. Por entre es-
tos versos desfilan el repartidor de
carbón, el fotógrafo de los parques,
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [87]
RES EÑAS POES Í A
el zapatero, el jardinero a domicilio,
el vendedor de corbatas, el afilador
de cuchillos de cocina y el caldere-
ro, quienes dejan su propia huella
humana en un oficio que constituía
el alma, el ethos de la cuadra.
En los catorce poemas que con-
forman los Oficios varios, Cote ofre-
ce lo mejor de la mirada poética de
su libro al entender el quehacer poé-
tico como uno más de los oficios
obsoletos, al igual que el de carbo-
nero o de afilador. En la oda que
acompaña cada figura evocada, el
poeta se pregunta a dónde se han
marchado estos hacedores de la vida
diaria con su oficio antediluviano,
ahora cuando “las leyes de la infan-
cia no se cumplen, ahora que la com-
probación de la inocencia es dolo-
rosa” (pág. 28).
Presencias inadvertidas, la segun-
da vertiente temática del poemario,
retrata y anima los escenarios anó-
nimos de esa Bogotá imaginaria. En
esta galería, el autor hace un inven-
tario de las subestaciones eléctricas
(que él mismo denomina Casas de
electricidad), de los viejos buses ana-
ranjados, del hidrante, de las bicicle-
tas de carnicería, del desaparecido
Pasaje del Almirante (ubicado en la
calle 85 con carrera 15), del muro de
la sesenta y siete, de los viejos taxis
negros de aletas enormes de murcié-
lago y de las camionetas de lavan-
dería. Al igual que en la primera sec-
ción temática, a los escenarios
retratados siguen los poemas de ala-
banza que auguran inmortalidad a
esas presencias urbanas cada vez
más raras y obsoletas.
A pesar de la preocupación líri-
ca, esta segunda parte no logra su co-
metido. Los retratos que hace de al-
gunos escenarios se reducen a frases
que no concretan una ciudad viva.
Las casas de electricidad, las bicicle-
tas de carnicería y el hidrante son re-
tratos que decepcionan, dadas las ge-
neralidades y frases infladas que
distraen en parte el objetivo. Pero si
bien es cierto que esta segunda par-
te no fija la figura tratada, compen-
sa su vaguedad con la denuncia. En
bastantes pasajes de estos diecisiete
poemas, el autor muestra el aspecto
indolente de la historia urbana re-
ciente. Una historia amnésica que no
respeta la identidad de los barrios re-
sidenciales, imponiendo sobre las
ruinas, como un conquistador que
borra la memoria aborigen, enormes
edificios de mirada anónima que
cancelan toda sombra de barrio.
En Fenómenos meteorológicos, la
tercera sección temática, el autor tra-
ta de llevar hasta la poesía, con hu-
mor y algo de ironía, dos de los
fenómenos atmosféricos que acom-
pañarán por siempre la vida de Bo-
gotá, únicas referencias constantes
y ordenadoras del caos ciudadano:
los truenos y las lluvias: “Aquí llue-
ve por cuadras, por patios, por centí-
metro cuadrado. Aquí la pluvio-
metría es un penoso oficio. Esto es lo
que la distingue de otras ciudades: su
trabajo laborioso, su cerrada furia, su
entonación calculada” (pág. 78).
Si bien en esta última sección Ra-
món Cote rompe en parte el tono lí-
rico del conjunto, logra aligerar el
sentimiento apesadumbrado de nos-
talgia que asoma en las otras dos sec-
ciones. En el poema Lluvias, cuyo
epígrafe es una frase célebre de al-
gún taxista ocurrente, convencido de
que “Aquí llueve por cuadras”, el
autor intenta una metafísica de la
meteorología bogotana que explica
el comportamiento y los fenómenos
que gobiernan esta capital lluviosa
y desordenada:
Se ha dado el caso extremo de
que en el mismo salón de un
colegio los alumnos situados
hasta la cuarta fila entiendan la
explicación de la teoría de los
conjuntos, y los restantes
sucumban al estruendo del
granizo. (Pocos padres atienden
este justo motivo de sus hijos al
momento de las evaluaciones).
[pág. 79]
Botella papel es un libro en el que
Cote ofrece las líneas características
de su poética. Los periodos largos de
sus poemas en prosa y la recurrencia
al poder de la infancia como arsenal
de su poesía, logran mantener la ten-
sión temática en vilo a lo largo del
poemario.
No obstante las cualidades seña-
ladas de sus poemas en prosa, que-
da una sospecha incómoda que no
se puede silenciar. La mirada de
Cote adolece de parroquialismo: sus
poemas hablan de una Bogotá mi-
noritaria que riñe con las ínfulas épi-
cas que se propone. Así, cuando
Cote se refiere a unas pocas cuadras
de la ciudad o a ciertos oficios, el lec-
tor queda ante el desconcierto, pues
se trata, a veces, como en el caso del
vendedor de corbatas de barrio o de
la bicicleta de carnicería, de oficios
desconocidos y circunscritos a cier-
tas coordenadas reservadas de la ciu-
dad.
Resta sólo anotar que Botella pa-
pel logra ofrecer una mirada com-
pacta sobre la ciudad residencial del
poeta. Aunque el lector no esté fa-
miliarizado con las figuras y los es-
cenarios que se presentan, la lectu-
ra del libro es una invitación a
compartir con el autor su barrio de
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [88]
POES Í A RES EÑAS
infancia, origen de su poesía reflexi-
va que mira hacia la ciudad que lo
vio crecer.
J UAN P A B L O ROA
DE L G A D O
El Tuerto
para muchachas
solteronas
de provincia
El Tuerto López
al alcance de cualquier bachiller
Policarpo Bustillo Sierra y Jaime
Gómez O’Byrne (ilustraciones de
Javier Covo Torres)
Fundación Policarpo Bustillo Sierra,
Bogotá, 1996, 277 págs., il.
Nos preguntamos a las pocas pági-
nas de lectura qué idea tenían en
mente los “autores” de este libro
cuando decidieron, supongo que
bajo expeditas condiciones de ma-
nejo de los derechos de autor de su
coterráneo, publicar una edición de
las poesías del Tuerto López. La in-
tención no había quedado clara en
una suerte de “Prólogo” firmado por
Policarpo Bustillo Sierra, en donde
leemos:
...poemas que a veces sentía yo y
en otras no, porque no figuraban
unas palabrejas en mi léxico de
muchacho que sólo le había dado
quince vueltas al sol, tales como:
barragana, grey, intonso, anodi-
na, roñosa, vencejo, etc. ... Estas
palabrejas me motivaron a bus-
car sus equivalencias idiomáticas,
que de mi puño y letra registraba
al lado de ellas, mediante consul-
ta apropiada. Esto me llevó a la
idea de facilitar la comprensión
del poeta a cualquier bachiller,
porque entendí que ser bachiller
es apenas el mínimo de conoci-
mientos necesarios para ser ciu-
dadano. [pág. 10]
Esta declaración personal dejaba en-
trever que el propósito era ante todo
lexicológico, aunque no desarrolla-
ba la otra suscitación: la de la rela-
ción del conocimiento lexicológico
con el ser ciudadano. Y a todas és-
tas, ni una cosa ni la otra se relacio-
naban con la poesía de Luis Carlos
López, salvo por el aspecto trivial,
anodino, del significado de algunas
palabras (escogidas al azar, ¿bajo
qué criterios?) que el Tuerto usó en
sus poemas.
El objeto de este libro no es, pues,
el mundo poético del poeta carta-
genero sino el catálogo de significa-
dos convencionales de unas palabras
que anecdóticamente aparecen en
sus poemas. Para eso no era necesa-
rio —ni respetuoso ni didáctico—
reproducir —atrozmente— la casi
totalidad de los poemas del Tuerto.
Porque ni siquiera como obra poé-
tica del Tuerto este libro tendría
justificación: los poemas han sido or-
denados alfabéticamente por títulos
(es decir, arbitrariamente), por tan-
to separados de sus libros origina-
les, sin el mínimo comentario acer-
ca de su pertenencia a este o aquel
poemario, sin la menor acotación
acerca de las circunstancias de su
creación, sin ningún tipo de interés
antológico o siquiera bachillerís-
ticamente analítico.
Descontando la chambona edi-
ción, también suficientemente irres-
petuosa con un presunto lector como
para hacernos pensar que la idea de
“bachiller” que subyace en la men-
te de los autores es la de un ser
goliárdicamente amante de lo espon-
táneo e improvisado pero antigoliár-
dicamente estúpido, podríamos asu-
mir el libro de Bustillo y Gómez
O’Byrne como un reguero de poe-
mas de Luis Carlos López, anotados
desmañadamente a pie de página,
con notas que son en su 95% lexico-
gráficas y sólo en un mínimo porcen-
taje informaciones históricas o
geográficas. Estas últimas, pensan-
do en “cualquier bachiller”, hubie-
sen sido muchísimo más útiles apun-
taladas al contexto de los poemas del
Tuerto, justamente por su valor
contextual y porque de dos autores
cartageneros no esperaríamos me-
nos, al menos, que la descripción
detallada del contexto urbano-social
de la Cartagena de la primera mitad
del siglo XX. Pero nada de eso
ocurre en el libro que comentamos.
Y las mentadas notas lexicográficas,
que al menos podrían explicarse por
un afán de allanar caminos y selec-
cionar materiales de diccionarios di-
versos, son tan torpes y erradas que
sin duda cualquier profesor de se-
cundaria recomendará a sus “bachi-
lleres” que lean los poemas y bus-
quen directamente en diccionarios
en vez de caer en las empobre-
cedoras, imprecisas y a veces ridícu-
lamente obvias definiciones que
ofrecen las notas de pie de página.
Salvan el libro de la pira las mucho
más ilustrativas y contextualizadoras
acuarelas de Javier Covo Torres, en
las que el mundo provinciano, hu-
morístico y atediado del Tuerto sal-
ta a la vista, con la figura misma del
poeta en primer plano, ni más ni
menos que como luce en sus poemas.
Las notas lexicográficas en gene-
ral procuran ofrecer una definición
de diccionario, nunca relacionada
con el contexto del poema, pero
otras veces se aventuran a “interpre-
tar” sus significados a través de sen-
tidos figurados o de la revelación de
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [89]
RES EÑAS POES Í A
un proceso simple de metafori-
zación. En ninguno de los casos, las
definiciones permiten enriquecer la
lectura del poema (es decir, a través
de la contextualización de las pala-
bras en él), pero está claro que ése
no es propósito del libro, si bien
cumpliría con una verdadera inten-
ción de guía, a la manera de las es-
tudiantiles lecturas guiadas de tex-
tos literarios, por limitadas que sean.
Por supuesto, y a pesar de las defini-
ciones del Drae y de María Moliner
que los autores ofrecen en el pórti-
co del libro, la mayor parte de las
notas proceden de definiciones “ca-
seras” que rayan entre el lugar co-
mún, la metáfora popular y vacua y
el significado convencional menos
pertinente al contexto del poema.
Veamos algunos ejemplos: lírico:
“poeta inspirado” (pág. 31); ado-
quín: “piedra labrada para empedra-
do” (en el verso: “tú no pasaste nun-
ca de ser un adoquín”, pág. 44); Al
margen: “fuera” (pág. 48); Satán:
“príncipe de los demonios” (pág.
41); prosa: “lenguaje llano en la poe-
sía” (pág. 222) (en el verso “mien-
tras la vieja va zurciendo prosa”!).
Por supuesto, varias de estas pala-
bras ofrecen una gama de definicio-
nes indiscriminadas o repetidas con
inconsistencias al ser tomadas de di-
ferentes poemas. Por otro lado, mu-
chas definiciones no guardan concor-
dancia con la función gramatical de
la palabra definida: la palabra pre-
meditación, por ejemplo, es defini-
da la primera vez como “pensar re-
flexivamente una cosa antes de
hacerla. (Agravante penal)” (pág.
106); la definición entre paréntesis,
que sí alude al sustantivo premedi-
tación pero en una definición bien
extendida o consecuencial, es la que
se presenta más adelante, en el poe-
ma Después del atentado, esta vez
detallada criminalísticamente, pro-
bablemente por el abogado Gómez
O’Byrne, sin que se explique ese én-
fasis de lo delictivo en la simple y
llana humorada “me han coronado
/ con premeditación y alevosía…”
(pág. 132). Otros ejemplos de inade-
cuación funcional en las definiciones:
fragilidad: “quebradizo, que se rom-
pe con facilidad” (pág. 105); mudez:
“sin habla” (pág. 133); moceriles:
“época de la juventud de una perso-
na” (pág. 183); tañe: “tocar” (pág.
48); remotamente: “retirado, aparta-
do, distante” (en el verso “Nadie re-
motamente se imagina”, pág. 277),
y mil etcéteras más. Por lo demás,
cuando deseamos una explicación al
verso extraño o a la combinación in-
sólita de un sustantivo y un adjetivo
o a la imagen pintoresca que supo-
ne una observación familiar (como
en el célebre “caterva de vencejos”),
no encontraremos nunca la mínima
referencia al significado metafórico.
Comedidos traductores de expresio-
nes foráneas, los autores definen así
el Goddam! de A un amigo: “Inter-
jección ofensiva (inglesa) que vá [sic]
más allá de la traducción literal”
(pág. 42). Y si se trata de informar
sobre ciertos nombres propios pre-
suntamente desconocidos para el
bachiller lector, las entradas no sue-
len ser más afortunadas: por supues-
to que todos desconocemos quién es
el padre Garcerant; milagrosamen-
te, esta vez, en el poema Al padre
Garcerant, los autores sí nos ofrecen
un dato (cosa que no sucede con la
gran mayoría de los personajes nom-
brados por el Tuerto): la infor-
mación no puede ser más inane:
“Respetable sacerdote de la vieja
guardia” (?!) (pág. 50). Cuando no
se trata del personaje ampliamente
conocido como el José Asunción Sil-
va explicado a pie de página como
“poeta colombiano” (pág. 31).
En cuanto a la presentación de
los poemas del Tuerto, sobra decir
que no hay en ella ningún trabajo
de edición crítica, dado que nunca
se especifica ni la fuente de que pro-
ceden los textos. Algunos poemas
han sido transcritos miserablemen-
te, con erratas de puntuación, orto-
grafía y versificación; por ejemplo,
suprimiendo o reemplazando capri-
chosamente las preposiciones e ig-
norando bastardillas y suspensivos.
Pero lo peor son las constantes ma-
las particiones de los versos y la eli-
minación de algunos de ellos. ¿Qué
poemas del Tuerto López, uno de
nuestros más grandes poetas, están
leyendo los presuntos lectores ba-
chilleres de este libro? Por apren-
der dos o tres significados de “pa-
labrejas” (probablemente más
cotidianas de lo que los autores pre-
tenden) habrán aprendido a desco-
nocer al poeta y los valores poéti-
cos que tienen enfrente. Así que en
el célebre De sobremesa el poeta
“bailó un rigodón”; mientras que en
el ilustrado Versos para ti “gemió
una puerta”; y el “Mas hoy, por un
prodigio”, que adversa el pasado
con el presente en A un condis-
cípulo, deviene divertido “Más
hoy…”, también entre un montón de
etcéteras.
No existe aquí una siquiera mo-
desta biobibliografía del autor y el
“Índice de poesías” incluye los tex-
tos preliminares de Bustillo y Gó-
mez, que son mal redactados autoe-
logios, especialmente, como escribe
don Policarpo, por “mi trabajo au-
daz de poner El Tuerto [sic] al al-
cance de cualquiera” (pág. 10). Co-
frade del bachiller François Villon,
y poeta de su estirpe, probablemen-
te el Tuerto López siga guiñando su
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [90]
POES Í A RES EÑAS
verso satírico y su ojo bizco en los
bodegones a cualquier bachiller sin
diccionario y que trafica con pala-
bras de la vida.
ÓS C A R TO R R E S DU Q UE
El poema camina
por tierra movediza
Desolación de la lluvia
(2.ª edición recortada)
Antonio Correa Losada
Universidad Nacional, Departamento
de Literatura, Bogotá, 1999, 37 págs.
Los veintisiete poemas que integran
la plaquette Desolación de la lluvia,
publicada por el Departamento de
Literatura de la Universidad Nacio-
nal (en su colección Viernes de Poe-
sía) son una muestra concisa del li-
bro del mismo nombre, publicado
bajo el sello de la Cooperativa Edi-
torial Magisterio (en su colección
Piedra de Sol).
Del autor, el poeta Antonio
Correa Losada (Pitalito [Huila],
1950) ya conocíamos su primer libro,
El vuelo del cormorán, en la Colec-
ción Taller de la Sociedad Ecuato-
riana de Escritores (Ecuador, 1989),
así como Húmedo umbral, primero
en la Colección Embalaje, del Mu-
seo Rayo (Roldanillo [Valle], 1990)
y después en Letra Capital, de la
Cooperativa Editorial Magisterio
(Bogotá, 1992).
De ese período, que va del 89 al
99, sin duda Antonio Correa no hizo
otra cosa, consciente o inconsciente-
mente, distinta de: por un lado, de-
purar su propuesta plástica (aunque
Antonio no sea un creador de mayo-
res riesgos y experimentaciones, en
sus primeros poemas, tal vez por
acompañar el aliento de algunas den-
sas imágenes surrealistas, la forma
peleaba con la respiración, chocaba
con el ritmo que exigía el sentido:
“Jóvenes de cabeza rapada / ilumi-
nan como semáforos la calle / con una
fina lengua de metal / parecen engu-
llir y solamente lanzan / del pozo des-
dentado de la boca / el escándalo
amarillo y enorme / del petróleo que
vuela...” (de La fiebre de septiembre,
en Húmedo umbral); y por otro lado,
a no perder el norte, a mantener el
sentido del discurso, su coherencia
(en algunos poemas de El vuelo del
cormorán, el poeta pareciera querer
hacer volar el pájaro más de lo que
por natura le está concedido, y cae,
como un Ícaro embriagado, en el lim-
bo: “De mi casa solamente soga y
paleta de remar / Me levanto y soy
aro corredizo / viga que necesita su
soga / por eso no he olvidado mi remo
/ ni salir en busca que me ahogue /
cualquier ola / Navegando el tiempo
no es mejor / la jaula es carga...” (de
¿Te acuerdas, Ulises?)
Hoy, en estos poemas selecciona-
dos de Desolación de la lluvia, de la
forma (que todavía le quita el sue-
ño; de hecho buena parte de los tex-
tos, sin restarles ni una sola coma,
son otra versión formal) es claro que
el proceso le ha beneficiado, aunque,
hay que decirlo, el minimalismo del
poeta es tal, que se basta con alar-
gar o cortar, escalonando líneas,
como lo hizo con estos versos de Un
delfín en el río: Antes: “Las miasmas
/ los troncos continúan su voraz nau-
fragio”. Después: “Las miasmas los
troncos / continúan su voraz naufra-
gio”. ¿Fueron modificados?
En cuanto al sentido, no hay duda
de que esta muestra y el libro del que
forma parte representan un ascenso
en la curva de aciertos del poeta. Si
bien no es innegable la calidad y
emotividad de buena parte de la
poesía que se escribe con espíritu de
acróbata, eso de desafiar la gravedad
en nuestra época se torna más en un
suicidio (cuando el poeta tiene ta-
lento) o en una inocente irrespon-
sabilidad (cuando el poeta apenas
pretende divertirse). Y aunque la
opción de volar bajo pareciera care-
cer de mayor interés, en poesía de
lo que se trata es de llegar al grano.
Correa lo logra.
En efecto, Desolación de la lluvia
nos conduce por el tramo más corto
al corazón del Amazonas, tema cen-
tral de la obra, y lo hace desde los
presupuestos que le dan universali-
dad, la poderosa fuerza del paisaje
intacto (¿?) y la reflexión humana
que implícita como explícitamente
implica: la desolación. Todo ello des-
de dos metáforas reinantes: la lluvia
como una presencia invasora, que
explica lo numeroso, lo que irrumpe,
inmoviliza o encierra: “En las noches
/ una lluvia de insectos / mortifica mis
pies” (de La cárcel, pág. 17), “...la
lluvia / rumia afirma / y alimenta la
tierra / Cae y deambula / sobre las
secas manos / del viajero”. Y el cuer-
po humano, a veces planta, a veces
animal, pero siempre erótico: “Miro
/ la espléndida estela / que despiden
sus muslos / o sus hojas” (de La
Mandrágora, pág. 21).
Del paisaje, las turbulencias que le
son características: la fauna dispues-
ta con todas sus fauces (desde el in-
saciable gusano que devora el grano,
hasta el feroz jaguar: “Alegres ani-
males que no temen / la pradera y su
asfixia”); la vegetación que crece,
decrece, crece y otra vez crece con
asombro (“La selva tropieza / en mi
cabeza”); el clima (“La vital hume-
dad” o “El penetrante moho”); y por
supuesto el aturdido habitante —al
menos en la experiencia del poeta
Antonio Correa— tal vez pasmado
por el agobiante rumor del paraíso
(“Alguien puede escapar / Del in-
quietante y monótono paisaje de la
selva” “Pero ¿quién escapa/ de la cár-
cel del llanto?).
Poeta de oficio, Antonio Correa
Losada, aborda también como una
sana recurrencia un recurso carac-
terístico del poeta contemporáneo,
el ars poética:
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [91]
RES EÑAS POES Í A
Poética
El poema camina
por tierra movediza
Avanza
por el sendero
de las obsesiones
infestado
por un chorro de luz
que lo sacude
A pasos locos
humedece la danza
sobre tablas que crujen.
GU I L L E R MO L I N E R O
MO N T E S
Un tono afectado
Filo de ausencias
Jaime Fernández Molano
Ministerio de Cultura, Fondo Editorial
Entreletras, Villavicencio, 1999,
79 págs.
Mirada I
En el primer texto que me detuvo
del libro Filo de ausencias del escri-
tor Jaime Fernández Molano, Laza-
rillo —que, a propósito, tiene un
tono afectado que le resta esponta-
neidad—, llama la atención que el
poeta retome la metafísica popular
al escribir “la piel de tu mirada”.
Porque más que metafísica es impre-
cisa. La imagen, la metáfora, los sím-
bolos poéticos, etc. deben y tienen
que ser fieles a su naturaleza espon-
tánea y no a las evidentemente ce-
rebrales. De la misma manera debe
tratarse a los poemas si quisiéramos
evitar lo que ocurre en poemas como
Ajeno, Preludio, Potranco, Piraña,
Luciérnaga, entre otros, donde bri-
lla más el ingenio que el genio: al
igual que no debe ser sobreevidente
la música en un poema (que trabaja
con la palabra), ni su forma (a me-
nos que ésta sea la de un poema vi-
sual) ni tampoco debe notarse el
molde cognitivo sobre el cual expre-
samos nuestro pensamiento. No
debe verse la sabiduría.
Sucede igual en el poema Cose-
cha cuando dice “bajo la piel del fir-
mamento”: aquí la palabra piel no
es más que una gratuita intención
poética. Y las intenciones, o mejor
las premeditaciones, por lo general
terminan en fórmulas que se repiten.
En los poemas Hilón, Sin tiempo,
Otros tiempos, Punto de partida,
Oficio, Tiempos, y quizá en otros
más, el tema no sólo parece ser el
mismo, sino que lo es también la fi-
gura —plástica o retórica— que los
distingue: la descripción o exposi-
ción de una realidad para luego
asombrar con su opuesta inmedia-
ta: “Hilón / De este lado / del filo de
la navaja / estoy yo. / Del otro / yace
mi cuerpo”.
Una de las evidencias de lo cere-
bral es el hecho de que las dos pun-
tas de la cuerda —nunca el tramo que
las une y separa— den a casi todos
los textos del libro la sensación de que
quizá lo importante sea el ingenio y
no el genio: hay que decir también el
nudo, y así permitir que el discurso,
por breve o gestual que sea, encuen-
tre su natural desenvolvimiento.
Ahora en cuanto a la precisión
con la palabra, saltan a la vista algu-
nas fallidas correspondencias. Por
ejemplo, en Primates, el juego que
hace a partir de la copa de árbol y la
copa de brindar no es muy acerta-
do. En el poema Soga 1, el desacier-
to ocurre en la correspondencia vue-
lo-estrecha. De la misma manera,
para no dejar la cuerda incompleta,
llama la atención, en el poema Soga
2, eso de “asfixias la idea de Dios que
llevo dentro”. Pienso que no se es
más poético por “llevar dentro” las
emociones, no, puesto que ni lo hon-
do, ni el corazón, ni el alma hacen
falta para decir lo hondo, el corazón
o el alma.
El poema Corriente del Sur me
hizo pensar que tal vez valdría la
pena, si no trascendiera como tema
central la distancia, que puede apa-
recer como un ingenuo mal del co-
razón, característico de los y las ado-
lescentes. Como a ningún otro tema,
al del amor hay que tratarlo con los
pies en la tierra, pues tiende siem-
pre a apartar el poema de su funcio-
nalidad humana. Igual es sugerible,
hablando también de distancias, no
echar tanta mano de recursos ele-
mentales de la expresión artística:
“el otro lado de los sueños”, la “geo-
grafía imaginaria”....
El texto Policrom sería un buen
poema de no ser por las dos últimas
líneas, donde se torna aburrida-
mente infantil:
Policrom
Sus detractores dicen que a la
[cebra se la
inventaron los extremistas, para
[quienes
no existen tonos, matices, ni
[medias tin-
tas.
Otros la defienden:
Fue el arco iris antes de que se
[inventaran
los colores.
[pág. 23]
Mirada II
La delgadez y liviandad de los poe-
mas de Filo de ausencias dan noticia
de lo que ya repetidas veces se ha
considerado una de las característi-
cas dominantes del lenguaje del arte
del siglo XXI, y que necesariamen-
te no se refiere a la economía del len-
guaje ni a la condensación de la idea
poética sino más bien a una especie
de sofisticación de las maneras de
decir el poema. En este sentido la
búsqueda de resquicios, la construc-
ción de atajos, el lenguaje estiliza-
do, las frases limadas, que abundan
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [92]
POES Í A RES EÑAS
en el poemario que nos ocupa, le
dan, si no un perfil de vanguardia, sí
uno de distanciamiento de aquellas
formas y expresiones que ya son re-
currentes y que desgastan sensibili-
dades. De la palabra sólida (fosili-
zada, que rueda de boca en boca) se
ha pasado a la palabra líquida
(trasparente, de ritmos cambiantes,
entre la calma y la marea). Por ello,
quizá, también surjan imaginaciones
que se apartan de la realidad inme-
diata y nos erigen otras, tal vez
virtuales, que parecen estructurarse
más por la fuerza del deseo que por
el crudo e inevitable enfrentamien-
to con la realidad. Hay así, en Filo
de ausencias, un amaneramiento que
se sostiene sobre pensamientos que
elogian los opuestos.
La vida
(Llevaré hasta el final / estas
taras, / estos frutos / que se
pudren / tal vez a fuego lento, /
pero con la dicha / de haber
vivido.)
La muerte
(Caen sobre ti / los primeros
granizos / de mi muerte.)
La distancia
(Cada día / crece la distancia / /
que hay / entre mi cuerpo / y tu
imagen.)
Las aproximaciones
(vienes cada tarde con el mundo
adherido a la piel...)
La soledad
(Al balcón / llega sólo la brisa)
El amor
(la boa / ama demasiado / entre
sus brazos.).
Contrarios entre los que Jaime
Fernández Molano tiende puentes,
hilos invisibles que resaltan las dos
orillas para hacernos olvidar el río.
GU I L L E R MO LI N E R O
MO N T E S
Los poemas
no pueden mentir
contra el tiempo
La cicatriz del nacimiento
Gloria Posada
Editorial El Propio Bolsillo, Medellín,
2000, 63 págs.
Gloria Posada nació en Medellín en
1967 y combina el trabajo de artista
plástica con la escritura de poesía. Su
primer libro, Vosotras (Medellín,
Autores Antioqueños, vol. 81, 1993,
88 págs.), partía de epígrafes canóni-
cos —Safo y Robert Graves: donce-
lla, mujer y bruja— para iniciarse en
el rito poético con una larga secuen-
cia de breves retratos de mujeres.
Desde las heroínas del teatro grie-
go hasta las divas del santoral con-
temporáneo: Frida Kahlo, Alejandra
Pizarnik. Era un libro adolescente
donde primaba más la intención que
el logro y donde, sin embargo, la
voluntad de construir un espacio a
la vez colectivo y propio mostraba
coherencia y despojo. Intentaba
compenetrarse con ellas, aun cuan-
do muchas veces incurriese en los
previsibles tópicos: Santa Teresa
como cáliz de carne o Salomé como
peticionaria de la última joya: la ca-
beza del profeta.
Hablaba de sí misma, obvio, pero
lo hacía tomando en cuenta las su-
cesivas máscaras. Eran, por supues-
to, desafíos demasiado grandes y ya
connotados por tradiciones milena-
rias y, al restituir sangre, odio y beli-
gerancia a los en muchos casos ya
congelados retratos, no alcanzaba a
infundirles esa suerte de revaluación
feminista a una tradición silenciada,
de pecadora a santa. Pero era con-
movedor su anhelo de añadir algo
nuevo a Medea o a Ofelia. Obtenía,
sin embargo, por brevísimos instan-
tes, atisbos luminosos de humor y gra-
cia como cuando, en su risueño ho-
menaje a la musa florentina, decía:
Beatriz
Ella
Podrá conducirte
Hasta el Infierno
Mostrarte
El Purgatorio
Y llevarte al cielo
¡A ti poeta
Aunque
No seas
Dante!
[pág. 52]
En todo caso las tensiones de la bús-
queda —“Soy Ovillo / Furor / Ofren-
da”— ya mostraban el sentido
sacrificial que su poesía iba a explo-
rar en su segundo libro: Oficio divi-
no (Bogotá, Colcultura, 1992, 69
págs.), premiado por un jurado que
integraban Giovanni Quessep, Jai-
me García Maffla y Juan Manuel
Roca.
Se trata de un libro menos orgá-
nico, abierto en varias direcciones,
y que carece de un estricto control.
Apuntes, pinceladas, la experiencia
mancha la pureza de esta aparente
vestal dirigiéndose al altar de la ce-
remonia poética. La ofrenda era su
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [93]
RES EÑAS TEATRO
cuerpo pero, como ella misma lo
dice, “El templo ha sido profanado
/ Jamás podré levitar / Sobre mi le-
cho” (pág. 19).
La inmolada constata cómo ya no
la ven, y se mira a sí misma, en la dis-
tancia del fracaso: “A esa edad / en
la que aún no hay límites / por el amor
conocemos la derrota” (pág. 59).
El juego recurrente con la sed y
el agua no alcanza a dibujar esa
acezante cacería en pos del fantas-
ma de la palabra. Algo se pierde y
se evade, antes de concretar el tex-
to. La derrota no es la del amor: es,
tan sólo, la de la palabra que no al-
canza a circundar esa nada.
Varios de los temas de los dos
anteriores libros vuelven a modu-
larse ahora, en su tercer volumen,
ocho años después. Están la entrega
visceral y la desconfianza instalándo-
se en el centro del encuentro. Está
el ímpetu ascensional y la caída, ho-
radando con un cuchillo sus entra-
ñas. Está la imposibilidad de trans-
mutar en alquimia perdurable el
delicado velo de la ensoñación. Y
sabe, por cierto, que
Solo es leal a su enemigo
—único e irrepetible—
con quien enlazada
se destruirá
[pág. 52]
Pero ese otro que la habita, amado
rival, resulta un tanto abstracto ante
el punzante realismo con que deja
atrás sus talares vestiduras de poeta
y se enfrenta, concreta, precisa, des-
garrada, a quien lejano, sólo le ofre-
ce una porción mínima de sus días,
vividos con otra:
Ella comparte los días
y las noches
de la mitad de su vida
Lo tiene a él
En sus cartas
Yo tengo sus palabras
[pág. 57]
El remoto cielo de una poesía
sacralizada, de un ritual inmodi-
ficable, ha caído, con dolor, a tierra.
Por ello en este nuevo libro su texto
nos ha enriquecido en forma sensi-
ble. Al revelarse no se ha tornado
autobiográfica. Simplemente ha en-
contrado las metáforas que nos en-
lazan a su canto. Está mucho más
cerca de lo que Harold Bloom en La
cábala y la crítica (1978) ha dicho:
Los poemas no pueden restituir
y, sin embargo, pueden hacer los
gestos de la restitución. No pue-
den revertir el tiempo y, sin em-
bargo, pueden mentir contra el
tiempo. [pág. 77]
J UAN GU S TAVO CO B O
BO R DA
Libro pionero
El texto dramático caldense
y su puesta en escena
Gilberto Leyton y Luis Wilfredo
Garcés O.
Universidad de Caldas, Manizales,
1999, 207 págs.
Esta investigación regional se reali-
zó bajo los auspicios del Instituto
Colombiano de Cultura —hoy Mi-
nisterio de Cultura—, el Fondo Mix-
to para la Promoción de la Cultura
y las Artes de Caldas, gracias al pro-
grama de becas de investigación en
artes escénicas. La asesoría meto-
dológica estuvo a cargo del profesor
Gonzalo Escobar Téllez; la edición
de los resultados es de la Universi-
dad de Caldas.
Los dos autores han recibido for-
mación en artes escénicas y tienen
experiencia en la práctica teatral,
como se deriva de sus respectivas
noticias biográficas. Gilberto Leyton
(Pácora [Caldas], 1955) ha dirigido
varias obras y se ha desempeñado
como director escénico de la ópera
de Bellas Artes, del Festival Depar-
tamental de Teatro; ha sido presiden-
te del Consejo Caldense de Teatro,
jurado en varios festivales y profesor
en la facultad de bellas artes, depar-
tamento de artes escénicas. Luis
Wilfredo Garcés (Manizales, 1965)
ha escrito obras de teatro que han
sido llevadas a la escena por grupos
regionales, y ha sido jurado de even-
tos y profesor de talleres teatrales.
El proyecto de Leyton y Garcés
era documentar la existencia, la his-
toria, la importancia zonal y nacio-
nal y las tendencias de la literatura
teatral de Caldas. Como lo expresa
el profesor Gonzalo Escobar, asesor
de la investigación, el valor de este
estudio radica en el inventario serio
de autores, textos y montajes en el
departamento. Para lograr lo ante-
rior los autores recurrieron “a indi-
cios, a las pistas, a los cabos sueltos,
a los detalles sin aparente importan-
cia” (pág. 9) para poder hablar del
texto dramático caldense. Así mis-
mo, consultaron bibliotecas naciona-
les y de la región, libros, publicacio-
nes periódicas, y realizaron trabajo
de campo.
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [94]
TEATRO RES EÑAS
Por motivos metodológicos, el
departamento fue dividido en zo-
nas: centro (Manizales, Chinchiná,
Palestina y Villamaría); occidente
(Marmato, Supía, Anserma, Riosu-
cio, Belalcázar, Risaralda y Viter-
bo); norte (Neira, Filadelfia, Aran-
zazu, Salamina, La Merced, Pácora,
Aguadas y Marulanda); oriente
(Manzanares, Pensilvania, Victoria,
Marquetalia, Samaná, La Dorada).
La recopilación de la información, los
resultados estadísticos y los cuadros
ilustrativos mantienen esta división.
El presente libro se compone de
las siguientes partes: marco teórico,
historia del teatro del departamen-
to, dividida en dos segmentos, un
recuento —hecho a trancos— des-
de 1874 con la llegada de la compa-
ñía española Zafrané, hasta los fes-
tivales internacionales de 1968. A
partir de este año la historia se cen-
tra, por regiones, en los montajes, la
arquitectura teatral y los espacios de
representación.
Con relación a la “historia del tex-
to caldense” se hace un inventario
de autores y obras, desde Maxi-
miliano Grillo, dramaturgo nacido
en Marmato, quien publicó Raza
vencida, en 1905.
Otra parte del libro da cuenta de
las tendencias de la literatura teatral
de Caldas, por medio de cuadros es-
tadísticos. Para formalizar la informa-
ción, los autores establecieron cate-
gorías, a través de palabras claves o
títulos, en donde incluir la informa-
ción, que en este caso es numérica.
Cada pieza teatral está desglosada en
su estructura: en actos, cuadros, es-
cenas; división genérica, número y
género de los personajes, temas; ele-
mentos del espectáculo: utilería, es-
pacio, luces, y otros ítemes más, que
pudieran ser sometidos a cuanti-
ficación. De esta manera el lector
puede consultar, por ejemplo, cuán-
tas comedias o dramas se escribieron,
duración temporal de las piezas (el
espectáculo), los elementos de uti-
lería más usados, los espacios en don-
de ocurre la acción dramática, entre
otros. En la última parte del libro se
encuentra un pequeño diccionario
biográfico de “algunos autores dra-
máticos caldenses” (pág. 161).
El libro tiene la importancia pro-
pia de ser pionero en la información
recopilada, ser regional en un país
centrista con bibliografías centristas,
considerar parámetros sencillos y,
obviamente, la de su pragmatismo.
Así mismo, puede considerarse
como libro de referencia, herramien-
ta para futuras elaboraciones teóri-
cas o estudios, por la forma como se
consolidó y como se presentaron los
resultados. Catalogado así, como
material de referencia, adquiere ma-
yor importancia por la inexistencia
de sistematización en la información
primaria del teatro colombiano. Por-
que analizado como acercamiento
teórico al teatro caldense, como defi-
nición de un género teatral que se
ajusta a una división político-geo-
gráfica y no cultural, sus cualidades
se convierten en defectos. Más aún:
por el tipo de mediciones y los pará-
metros utilizados, son bastante dis-
cutibles, obsoletos y desconcertan-
tes en ocasiones, en especial para los
teóricos o investigadores que exami-
nan los productos artísticos bajo
premisas teóricas posteriores al
estructuralismo.
La recopilación de información so-
bre teatristas, agrupaciones y compa-
ñías y el diccionario biobibliográfico
siguen esta misma línea de ser herra-
mienta de primera mano, que permi-
te colaborar en una investigación. Es
posible que en esta primera recopi-
lación falten varios nombres, en es-
pecial los que estén inéditos y vivan
fuera del departamento y, por tanto,
no accesible la información a los au-
tores. Pero es un primer acercamien-
to que facilita otros. A partir de este
libro se tendrá información seria, do-
cumentada, para no volver a empe-
zar a partir de indicios, pistas o cabos
sueltos, como lo expresa el profesor
Escobar.
La investigación adolece de algu-
nas fallas metodológicas porque, en
especial en los montajes de los gru-
pos, se hace una enumeración abi-
garrada, sin fechas, la mayoría de los
casos, sin indicación de autores ni
datos editoriales, si el material ha
sido editado.
MA R I NA L A MU S OB R E G Ó N
Excelente trabajo
pionero
Teatro en Colombia: 1831-1886.
Práctica teatral y sociedad
Marina Lamus Obregón
Ariel Historia, Bogotá, 1998, 400 págs.
El libro está dividido en seis partes,
y los temas tratados se complemen-
tan con anexos, bibliografía e índice
onomástico. En la primera parte se
hace un recuento de los inicios del
teatro en el Nuevo Mundo, cuya
intención era educar al pueblo. El
teatro artístico vino de España y se
apoderó de la riqueza cultural de
América, pero el religioso tuvo una
finalidad didáctica y sus representa-
ciones masivas rompían las divisio-
nes existentes entre actores y espec-
tadores. Tenía como objetivo la
divulgación de la doctrina cristiana
entre los indígenas y cumplió una
misión evangelizadora. En la Nue-
va Granada estuvo muy unido, du-
rante la Colonia, a las celebraciones
de tipo político, triunfos del ejército
español y coronación de los reyes, y
en lo religioso a las fiestas patrona-
les. Las plazas públicas, los solares y
las casas de armas eran lo sitios de
representación, y los espectadores se
acomodaban en el mismo orden je-
rárquico que ocupaban dentro de la
sociedad.
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [95]
RES EÑAS TEATRO
El gobierno consideraba que, por
medio del teatro, la sociedad neogra-
nadina aprendería normas de urba-
nidad, mejoraría su lenguaje y ob-
tendría una sana diversión. En
cuanto al repertorio teatral, consi-
deraba que lo mejor eran las come-
dias españolas y francesas, los
sainetes y los bailes. Ya concluida la
etapa colonial, entre 1831 y 1839 se
destaca la compañía dramática na-
cional del bogotano Juan Granados,
que dio gran importancia a la drama-
turgia colombiana y latinoamerica-
na. A partir de 1845 se crearon va-
rias compañías, y desde 1855 los
teatristas entraron a formar parte de
la vida cultural y política del país.
Los temas de las obras reflejaban
las inquietudes del momento: la li-
bertad, la necesidad de cambios so-
ciales, la religión, etc. Durante los
años sesenta, los liberales y los con-
servadores encontraron en el teatro
un escenario para la política, pero la
Iglesia colombiana del siglo XIX
también desempeñó un papel impor-
tante, pues consideraba que las ar-
tes escénicas eran un enemigo peli-
groso. Sin embargo, en 1871 se creó
la primera sociedad dramática, que
comenzó temporada ese mismo año.
En la segunda parte se describe
la construcción de teatros en la
América española, iniciada en el si-
glo XVI; el primero en Ciudad de
México; pero fue el siglo XVIII el
que favoreció estas construcciones,
gracias al espíritu de la Ilustración.
Entre 1833 y 1840 se construye-
ron los primeros coliseos de la épo-
ca republicana, y los más importan-
tes de esta etapa en Colombia fueron
los de Medellín y Popayán. En los
últimos decenios del siglo XIX se
comenzó a sentir, en las ciudades
más importantes, la necesidad de
tener edificios para teatro, que a la
vez fueran instituciones culturales
representativas de todo el país. En-
tonces, se construyeron en Bogotá
el Teatro Nacional y el Teatro Cris-
tóbal Colón, como recintos para la
aristocracia, y el Teatro Municipal,
para el pueblo. Éste último fue un
importante centro cultural, y allí se
presentó por primera vez una fun-
ción de cine. El Teatro de Lleras
(1848) se convirtió en un importan-
te escenario para obras de autores
nacionales y extranjeros. El Teatro
de Variedades se acondicionó en
1858 para presentaciones de diver-
sos tipos y se convirtió en un espa-
cio alternativo para el teatro.
En otras ciudades se destacaron
el Teatro Emiliano, posteriormente
Teatro Municipal de Barranquilla
(1895); en Bucaramanga, el Coliseo
Peralta, el único coliseo que aún se
conserva (1893); en Cali, el Teatro
Borrero, uno de los más cómodos y
mejor dotados de la ciudad; y en
Cartagena de Indias se construyó,
alrededor de 1775, el primer edificio
teatral del Nuevo Reino de Grana-
da. En Medellín estaban el Coliseo
o Teatro Principal y el Teatro de la
Sociedad de Artesanos, y en Popa-
yán el Coliseo y el Teatro Munici-
pal, que fue inaugurado en 1927.
Los decorados del escenario del
siglo XIX eran básicamente telones
pintados. El pintor bogotano Ramón
Torres Méndez (1809-1885) realizó
varios decorados, entre los cuales es
posible que haya pintado la decora-
ción completa del coliseo, en 1849,
por petición de la Sociedad Protec-
tora del Teatro en la capital.
La tercera parte trata el tema del
“respetable público”, cuya confor-
mación social estaba profundamen-
te estratificada. Cuando las compa-
ñías llegaban a una ciudad, antes de
empezar la función un actor pedía
benevolencia e indulgencia por par-
te del público. Éste intervenía en las
representaciones y, por medio de
protestas, podía pedir que se repi-
tiera una escena o se modificara el
libreto de la obra. La prensa colom-
biana del siglo XIX sentaba posicio-
nes respecto del teatro y, por supues-
to, del comportamiento del público.
A comienzos de siglo, la mujer,
fue al parecer un público pasivo;
pero los estudiantes y el gremio de
artesanos desempeñaron un papel
activo: organizaron varias tempora-
das de teatro, tuvieron sus propios
grupos teatrales y fueron protagonis-
tas de discordias en cuanto al reper-
torio de las obras que iban a presen-
tar las compañías.
En la cuarta parte se habla acer-
ca de los cómicos que tuvieron que
enfrentar múltiples críticas y pasar
muchas dificultades en cuanto al
cumplimiento de su trabajo y a su
calidad de vida, pues la profesión
actoral no fue bien vista dentro de
la sociedad colombiana.
En cuanto a las técnicas de actua-
ción, en 1846 llegó a Colombia el
maestro Mateo Fournier, quien con-
tribuyó de manera determinante a
la formación de actores nacionales.
En la segunda mitad del siglo se pu-
blicaron varios libros de técnica
actoral, entre los que se destaca Es-
tudios prácticos sobre arte dramáti-
co, del español Manuel Osorio.
A comienzos de la Colonia, las
actrices eran vistas con recelo y es-
taban excluidas del teatro religioso.
Después de la Independencia des-
aparecieron de la escena las actrices
profesionales y los hombres ocupa-
ron su lugar en el desempeño de los
papeles femeninos; su regreso al es-
cenario se dio casi un siglo después,
cuando en 1887 la carrera de actriz
fue aprobada dentro del Código Ci-
vil colombiano. Esta parte del libro
termina con reseñas breves acerca de
los actores y actrices más importan-
tes de la época.
En la quinta parte, la autora trata
el tema de la industria teatral, que
en Colombia fue muy similar a las
de las compañías españolas, aunque
aquí fue más común la asociación de
varios actores, y las compañías de afi-
cionados tardaban mucho tiempo en
lograr que se las considerara profe-
sionales. Los comerciantes confor-
maban el grupo económico más
vinculado al teatro, pero fueron los
mismos actores quienes aprendieron
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [96]
TEATRO RES EÑAS
el manejo económico. Las rutas de
las “compañías andantes” eran bá-
sicamente los caminos regionales y
las vías fluviales cuya principal arte-
ria fue el río Magdalena que unió al
país y le dio una salida al exterior.
Así, los años de 1831 a 1839 fueron
considerados como el período de
“regeneración y nacimiento del tea-
tro nacional”.
Finalmente, en la sexta parte se
hace una reseña de los más destaca-
dos poetas dramáticos, de las tertu-
lias literarias y de los centros de au-
tores que pretendían promover la
dramaturgia nacional.
Este excelente libro termina con
un completísimo resumen crono-
lógico, que comprende los más im-
portantes hechos teatrales y algunos
acontecimientos históricos y cultu-
rales del país, que sirven como mar-
co de referencia y completan el pa-
norama del nacimiento y desarrollo
de la actividad dramática, entre 1831
y 1886.
XI ME N A LO N D O Ñ O
I R I A RT E
Complemento
de un trabajo pionero
Bibliografía del teatro colombiano.
Siglo XIX. Índice analítico
de publicaciones periódicas
Marina Lamus Obregón
Instituto Caro y Cuervo, Serie
Bibliográfica, Bogotá, 1998, 343 págs.
El libro ofrece una completa biblio-
grafía del teatro colombiano del si-
glo XIX, que en cierta forma com-
plementa la obra de la misma autora,
Teatro en Colombia: 1831-1886.
Práctica teatral y sociedad, publica-
da en 1998. Este índice analítico de
publicaciones periódicas es una ayu-
da indispensable para todo investi-
gador de la historia del teatro en Co-
lombia, porque facilita la consulta de
artículos de prensa de la época, da
referencias concretas acerca de to-
dos los eventos teatrales a nivel na-
cional y además presenta un breve
resumen de los artículos y comenta-
rios del catálogo.
A través de estas referencias, el es-
pecialista o el lector común pueden
formarse una idea bastante exacta del
estado en que se encontraba el que-
hacer teatral en el siglo XIX en Co-
lombia y tener una visión de la vida
política, social y económica de la so-
ciedad de la Nueva Granada.
En el siglo XIX la vida cotidiana
era rutinaria, y los hábitos sencillos y
austeros de la gente apenas eran al-
terados por las fiestas religiosas o por
unas pocas celebraciones profanas,
entre las cuales se contaba el teatro.
La historia de la práctica teatral que-
dó registrada en la prensa nacional
de la época, como un testimonio de
esos eventos. Estas publicaciones
periódicas inicialmente se concentra-
ban en los aspectos científicos, lite-
rarios, históricos y políticos de actua-
lidad, pero también intercalaban
información acerca de las actividades
teatrales realizadas por las compañías
extranjeras que venían al país o por
grupos de aficionados locales.
La bibliografía resalta otro aspec-
to de gran importancia en la prensa
del siglo XIX: las polémicas y los
debates de tipo político y social que
en ella se generaban y que le dieron
un carácter muy particular a la so-
ciedad colombiana de la época.
Además, la prensa fue un medio
de comunicación y un vehículo para
dar a conocer los acontecimientos
nacionales e internacionales en re-
giones que se encontraban totalmen-
te aisladas debido a las característi-
cas geográficas del país y a la falta
de vías de comunicación.
La bibliografía también registra
las características y actividades de
algunas asociaciones de carácter
político o comunitario a las cuales
pertenecieron muchos de los acto-
res de la época. El lector puede, in-
cluso, tener una idea bastante clara
de la influencia que las compañías
extranjeras tuvieron en el medio del
teatro local, no sólo en el aspecto ar-
tístico, sino en cuanto al conocimien-
to y a la difusión de algunos autores
que no se conocían en el medio.
Algunos resúmenes de los artícu-
los dan noticia de las fricciones que
se presentaban entre el público y los
actores o directores de teatro, las
circunstancias en las cuales se pro-
dujeron las obras dramáticas y el
medio político y social en el que vi-
vieron estos autores.
Al iniciarse el romanticismo, que
coincide con el nacimiento de la li-
teratura nacional, el teatro comen-
zó a evolucionar en el país, aumen-
tó el número de actores y surgió la
preocupación por la decoración de
los escenarios. Lo estético y lo polí-
tico se unieron entonces para edu-
car y para “civilizar” al pueblo, a tra-
vés del teatro.
La prensa también dejó ver cómo
algunos teatristas colombianos escri-
bieron, dirigieron y actuaron, e in-
cluso formaron compañías teatrales
basadas en el modelo español.
En general, la prensa proporcio-
naba información acerca de la vida
de los actores, de los papeles que
realizaban, de las obras que se re-
presentaban y de sus aportes al tea-
tro nacional; criticaba el comporta-
miento del público en los coliseos y
teatros y reseñaba obras teatrales de
autores nacionales y extranjeros.
Con el tiempo, la prensa cedió espa-
cios a traducciones de piezas tea-
trales o a obras de dramaturgos
colombianos que eran sólo un diver-
timento o algunas veces contenían
una dura crítica al gobierno de tur-
no. Con estas publicaciones perió-
dicas se llenó un vacío, puesto que
en el país no se editaban textos es-
pecializados en el tema.
Los periódicos que la autora ana-
liza en esta bibliografía se encuen-
tran en su mayoría en los fondos
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [97]
RES EÑAS TEATRO
hemerográficos de la Biblioteca Luis
Ángel Arango, en el Archivo Gene-
ral de la Nación y en la Biblioteca
Nacional de Colombia. Los encabe-
zamientos de materia utilizados en el
catálogo son algunos de carácter ge-
neral y otros específicos; en algunos
casos tienen subdivisiones. Los térmi-
nos generales se asignaron teniendo
como guía la Lista de encabezamien-
tos de materia para biblioteca, Icfes,
OEA, 2.
a
edición, Bogotá, Procul-
tura, 1985 y la Lista de encabezamien-
tos de materia para bibliotecas públi-
cas, Dirección General del Libro y
Bibliotecas, Madrid, Ministerio de
Cultura, 1986. Los términos de carác-
ter específico fueron creados con base
en el material analizado.
La primera parte del libro consta
de una descripción bibliográfica que
incluye los siguientes datos: autor,
seudónimo —si lo hay—, nombre
del periódico, número, lugar y fecha
de la publicación y página (s) y fi-
nalmente un resumen de la cita bi-
bliográfica. En esta sección se con-
servó la ortografía decimonónica.
La segunda parte consta de un
índice temático: “Se trata de epígra-
fes organizados alfabéticamente;
cada número remite a la cita bi-
bliográfica en donde se encuentra el
tema”.
Un índice de autor: “En éste se
registran, en orden alfabético, por
apellido o seudónimo, aquellos
artículos firmados”.
Un índice de periódicos: “En or-
den alfabético, seguido por la ciu-
dad en donde se publicó, aparecen
los periódicos en donde se registró
alguna noticia, artículo, reseña, etc.,
que se analizó para la presente bi-
bliografía. La indicación ‘Hojas
sueltas o comunicados’ se refiere a
información no contenida en una
publicación periódica; como su
nombre lo indica, se trata de una
hoja sin periodicidad o material
similar a éste, que se agrupó bajo
dicho epígrafe para poder recupe-
rarlo también bajo el índice de
periódicos”.
Un índice de ilustraciones: “Se
refiere a cualquier figura que, even-
tualmente, ilustra algún artículo.
Debido a aspectos tecnológicos, son
muy pocas las que aparecen en la
prensa decimonónica, por esto mis-
mo las existentes se vuelven aún más
valiosas”.
A continuación se citarán algunos
de los artículos de la bibliografía,
que dan una idea más completa del
carácter informativo que tenía la
prensa nacional de la época y de los
diferentes aspectos del mundo del
teatro en los que intervenía como
factor de crítica, de entretenimien-
to y de culturización de la sociedad
colombiana del siglo XIX.
De la importancia social del teatro:
0007 Teatros. Gaceta de Colom-
bia, Bogotá, núm. 195, 10 de julio de
1824, pág. 4.
Resumen: El periódico aprovecha
para referirse al teatro como escue-
la de costumbres y de oratoria; que
a su vez educa a la juventud y es
manifestación de civilización.
De la calidad de la obra reseñada
y de los actores:
0008 Teatro. El Día, Bogotá, núm.
333, 18 de enero de 1846, pág. [1].
Resumen: Crítica a las actuacio-
nes de algunos miembros del elenco
de la compañía de Auza y Martínez,
durante la última función.
0204 Teatro. La Jeringa, Bogotá,
núm. 4, 16 de diciembre de 1849,
págs. 30-31.
Resumen: Fuerte crítica al teatro
que se presenta en Bogotá y comen-
tarios sobre las actuaciones de los
miembros de la Compañía Belaval.
De los arreglos hechos a teatros
y coliseos:
0148 Crónica. Teatro. El Neogra-
nadino, Bogotá, 9 de diciembre de
1848, pág. 146.
Resumen: El periódico insiste en
dar comienzo a los arreglos del coli-
seo bogotano.
De las ediciones de piezas dra-
máticas:
0229 Repertorio teatral del cole-
gio del Espíritu Santo. El Pasatiem-
po, Bogotá, núm. 11, 1.° de noviem-
bre de 1851, pág. 88.
Resumen: Aviso en el cual se in-
forma de la venta de publicaciones
teatrales del colegio del Espíritu
Santo, con traducciones de Lorenzo
María Lleras y Santiago Pérez.
De los aspectos morales de las
obras y de su puesta en escena:
0043 La función lírica. La Bande-
ra Nacional, Bogotá, núm. 65, 5 de
enero de 1839, pág. 60.
Resumen: Protesta del periódico
por una prenda “inmoral” del ves-
tuario de danza de la actriz, señora
Requejo.
Del comportamiento del público:
0075 Teatro. El Tiempo, Carta-
gena, núm. 15, 26 de abril de 1840,
pág. 96.
Resumen: El articulista comenta
la “incivilidad” del público durante
una función y la falta de autoridad
dentro del teatro.
Del teatro en la vida cotidiana de
Bogotá:
0272 La vida en Bogotá. El Cons-
titucional, Bogotá, núm. 4, 4 de ju-
lio de 1853, pág. 4.
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [98]
CUENTO RES EÑAS
Resumen: Crónica sobre varios
aspectos políticos, económicos y de
la vida cotidiana de Bogotá. Se inclu-
ye un jocoso comentario sobre la
“inexistencia” de teatro en la capital.
XI ME N A LO N D O Ñ O
I R I A RT E
Toda felicidad
se hace pagar
Pandora
R. H. Moreno Durán
Editorial Alfaguara, Bogotá, 2000,
210 págs., il.
Se ha dicho alguna vez de R. H.
Moreno Durán que pertenece a esa
clase de escritores que se mueven
con igual libertad y eficacia en los
géneros aparentemente disímiles de
la ficción y el ensayo, lo cual es cier-
to. Esto explicaría de paso sus co-
nocidas preferencias por autores con
iguales características, como Octavio
Paz, por ejemplo, considerado por
algunos como un maestro en los gé-
neros mencionados, si es que cabe
incluir la poesía dentro de la estric-
ta ficción. En el libro Pandora, Mo-
reno Durán parece haber encontra-
do el punto de equilibrio entre su
capacidad fabuladora y su visión de
crítico, y para ello eligió un camino
intermedio que se acomoda a la per-
fección a este doble propósito, cual
es el de abordar las ficciones ajenas
con ojo de crítico y, al mismo tiem-
po, recrear estas mismas ficciones
con la destreza de novelista que le
es propia. Re-crear es, entonces, el
término exacto que define este nue-
vo libro de Moreno Durán y con el
cual busca recuperar sus propias vi-
vencias, aquellas que le suscitaran las
obras de otros escritores. Este come-
tido, además de novedoso, resulta
afortunado en manos de Moreno
Durán. Esta propuesta suya, que se
enmarca además en lo que podría
llamarse “textos para lectores de no-
velas”, sin que se quiera decir con
ello que aquellos que no estén fami-
liarizados con dicho género deban
sentirse excluidos de su lectura, pues
el tema elegido, la mujer, ha de sus-
citar el interés de más de un lector,
tanto del sexo masculino como del
femenino. Los que conocen a fondo
la obra de Moreno Durán saben bien
de la importancia que confiere en
ella a la mujer y cómo en sus mejo-
res novelas, las Féminas, el centro de
sus ficciones, aparecen bajo un halo
particular que en ocasiones las re-
viste de unas características que las
hacen memorables.
En este libro Moreno Durán pone
los ojos sobre las mujeres ajenas; val-
ga decir, sobre las que otros escrito-
res plasmaron sus novelas, dramas
o relatos, y que él se ha propuesto
recrear bajo el doble aspecto de sus
reflexiones y obsesiones. Las trein-
ta y siete mujeres que eligió (inclui-
da —o mejor, incluido— Orlando, el
problemático personaje de natura-
leza dual que da nombre a la novela
de Virginia Woolf), pertenecen en su
totalidad a la producción literaria
más representativa del siglo XX, tan-
to en sus muestras más grandes,
como en otras de tono menor. Su li-
bro constituye una propuesta inte-
resante por su forma de narrar lo ya
narrado y que bajo su mirada ad-
quiere una nueva luz. Pandora es, sin
duda, un libro que logrará satisfacer
las expectativas de un círculo amplio
de lectores que incluye a los cono-
cedores más exigentes, como tam-
bién a aquellos que lo son menos y
en los cuales podría actuar como
acicate para un acercamiento a las
obras a las que pertenecen las muje-
res elegidas por el autor. En su do-
ble papel de lector y de escritor,
Moreno Durán aborda con agudeza
la tarea de esbozar algunas de las
protagonistas que dejaron su huella
imborrable en la mente de los lecto-
res que pudieron conocerlas a tra-
vés de las obras a las que pertene-
cen. Con su estilo sutilmente mor-
daz en ocasiones, con humor, y
también con dolor, va esbozando los
rasgos de cada una de las féminas
que, salidas originalmente de las
mentes de escritores geniales como
Proust o Kafka, entre otros, son tra-
tadas por él con la eficacia del nove-
lista y la penetración del ensayista
que logra mantener la debida distan-
cia entre su propia subjetividad y la
de las obras de donde proceden. Las
mujeres que desfilan en Pandora no
lo hacen propiamente en la pasare-
la; de ahí que algunas de ellas po-
drían desconcertar, o aun, decepcio-
nar a alguno de los lectores, bien sea
porque a su juicio la semblanza ofre-
cida no corresponde a sus expecta-
tivas o, también, porque esperaba
algo más de lo ofrecido en ésta. Lo
cierto es que se trata de un libro,
desde todo punto de vista, novedo-
so, en el que un escritor con oficio
pone a prueba su capacidad de in-
terpretación ante las creaciones aje-
nas desde la óptica doble de lector y
de crítico, y de esta forma lograr una
recreación (con toda la exactitud del
término) enriquecida por su propia
visión. Es así como Moreno Durán
aporta enfoques inéditos sobre unas
mujeres singulares, con esa misma
singularidad que sus autores les im-
primieron al crearlas.
Terribles como Yerma, la prota-
gonista del drama de García Lorca,
o dolorosamente conmovedoras
como la Maga, el personaje femeni-
no de fondo en la novela Rayuela de
Cortázar, las mujeres elegidas por
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [99]
RES EÑAS CUENTO
Moreno Durán son sometidas a una
disección implacable que parece tu-
viera como objeto la búsqueda de un
nexo secreto común a todas ellas, y
el cual, en última instancia, podría
aportar la clave para desentrañar el
alma femenina, pese a las diferen-
cias abisales entre unas y otras; qui-
zá fuera aquello que se conoce como
el eterno femenino, pero esto, ade-
más de ser sólo una frase, sería asi-
mismo una explicación fácil, pues lo
que suele definirse como tal resulta
casi siempre insuficiente ante las di-
ferencias existentes entre una y otra
mujer. Entonces, ¿qué es, en qué
consiste el vínculo misterioso que las
une a todas en sus diferencias? Es
cierto que el cometido de Moreno
Durán no es propiamente el de acla-
rar este interrogante, al menos de un
modo explícito, mas, aunque no fue-
ra así, de todas formas (y tal vez sin
proponérselo), éste queda plantea-
do tácitamente ante cada una de sus
recreaciones femeninas. Por último,
podría pensarse que bajo el título
elegido para su libro se encuentra,
si no la esencia del alma femenina,
representada en las mujeres que lo
impulsaron a escribirlo, al menos sí
el arquetipo que las representa.
Pandora, según el mito de Hesíodo
en su Teogonía, fue creada por
Hefesto y Atenea con la ayuda de
todos los dioses, y por voluntad de
Zeus, como la primera mujer. Reci-
bió de cada dios una cualidad: la be-
lleza y la gracia (en primer término),
la habilidad manual y el don de la
persuasión. Pero, junto con estas y
otras “virtudes”, Hermes puso en su
corazón la mentira y la falacia.
Hefesto, su creador, la había mode-
lado a imagen y semejanza de los
dioses, pero Zeus la tenía destinada
como castigo a la raza humana.
Pandora fue así el “regalo” que hi-
cieron los dioses a los hombres. A
su llegada a la Tierra, y fiel a su con-
dición femenina, la hermosa Pan-
dora no pudo resistir la curiosidad
de conocer el contenido de la miste-
riosa vasija que había recibido de los
dioses, y el resto de la historia es ya
sabido. Todos los males y calamida-
des que azotan desde entonces al
género humano se esparcieron en el
mundo por mano de esta primera
fémina, aunque debe reconocerse en
su favor que, al percatarse de su
error, trató de remediarlo, pero era
demasiado tarde: en el fondo de la
vasija sólo quedaba la esperanza
cuando Pandora logró cerrarla…
Otras versiones del mito afirman que
no eran los males lo que contenía di-
cha vasija, sino, por el contrario, los
bienes. Esto también podría anotar-
se en favor de ella y, por extensión,
de todas sus hijas, las mujeres… Esta
referencia al mito no es gratuita, pues
quienes estén familiarizados con éste
no podrán dejar de reconocer ciertas
“coincidencias” entre esta criatura
extraterrenal y sus iguales terrenales,
las mismas que Moreno Durán cre-
yó captar en las criaturas salidas de
la pluma de los escritores que les die-
ron vida eterna para bien y solaz de
él mismo y de todos sus lectores.
Y, ¿cómo son estas mujeres hijas
de la ficción, cómo las vio el autor
de Pandora? Como eran, o como son
en realidad, pues en las semblanzas
que hace de cada una de ellas apa-
recen marcadas con el sino trágico
que les impone su destino, en ma-
yor o menor medida en unas y otras.
Quizá logran escapar a la tragedia
(a la suya propia) unas cuantas de
estas heroínas. En primer lugar,
Rosa Fröhlich, la fémina inefable
que da vida a la novela de Heinrich
Mann El Ángel Azul. La seguirían
luego La Niña Chole, nacida de las
páginas de Sonata de estío, la novela
inolvidable de Valle-Inclán, y en un
orden semejante (sin dejar de adver-
tir que estas primeras, así como las
que siguen, logran escapar ellas mis-
mas a la tragedia, mas son causa de
la que se cierne sobre los hombres
que las amaron), estaría Molly
Bloom, del Ulises de James Joyce,
entre otras, sin dejar de mencionar
a Dolly Schiller, la deliciosa Lolita
que se hizo pagar con creces las de-
licias que al trágico Humbert le pro-
porcionara la protagonista de la no-
vela del mismo nombre del genial
Nabokov. En cuanto a aquellas que
hicieron de su vida una tragedia, o
son en sí mismas la propia tragedia
y a la que no pueden escapar aque-
llos que las amaron, conforman la
mayoría. El encanto y la fascinación,
tanto de las trágicas, como de las
menos, es lo que logra transmitir
Moreno Durán en la recreación que
de ellas hace en Pandora.
El amor de las mujeres contiene,
como la caja de Pandora, todos
los dolores de la vida, pero están
envueltos en hojas doradas y es-
tán llenos de aromas y colores que
uno nunca debe quejarse de ha-
ber abierto la caja. Los aromas
mantienen alejada la vejez y con-
servan hasta sus últimos momen-
tos su fuerza original. Toda feli-
cidad se hace pagar, y yo muero
un poco por estos dulces y deli-
cados aromas que se elevan en la
maligna caja, y a pesar de ello, mi
mano, a la que la vejez hace tem-
blar, encuentra aún la fuerza para
girar llaves prohibidas…
Con este fragmento de un texto
de Félicien Rops hace la introduc-
ción de su libro R. H. Moreno
Durán. Es como si con estas pala-
bras, tomadas a su vez de otro escri-
tor, buscara resaltar el sentido ocul-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [100]
NARRATI VA RES EÑAS
to que lo indujo a escribirlo. Hay,
pues, en el amor por la mujer, y siem-
pre en iguales proporciones, mucho
de dolor, pero igualmente, mucho de
gloria. Sin embargo, y como trágica
ironía de la vida, el amor, y su obje-
to glorioso, la mujer, sólo empiezan
a ser comprendidos por la mente y
el corazón cuando ya el cuerpo em-
pieza alejarse de su maravillosa per-
cepción. Ésta es la enseñanza que tal
vez quiere transmitirnos el autor de
Pandora a través de las palabras de
Félicien Rops.
EL K I N GÓ ME Z
La felicidad sólo está
en los estadios, ¡y no
todos los domingos!
De tripas corazón.
Una novela berracamente espiritual
Daniel Samper Pizano & Jorge
Maronna
Bogotá, El Áncora Editores, 1999,
183 págs.
Así como dos grandes escritores,
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy
Casares, pudieron escribir a cuatro
manos libros infames e inventar por
lo menos a dos escritores execrables,
Isidro Parodi y Bustos Domecq, asi-
mismo dos execrables escritores,
Daniel Samper Pizano y Jorge
Maronna, han podido escribir a cua-
tro manos tres libros, y el resultado
se parece mucho a algo de Borges o,
cuando menos, de Bioy Casares, o,
en el peor de los casos, de Fonta-
narrosa, aunque en avanzado esta-
do de ebriedad. Y es que se trata de
dos escritores tan malos, que el me-
jor consejo que un crítico puede dar-
les es que se metan de humoristas,
donde con el sentido del ridículo que
poseen podrían tal vez triunfar.
Pero, bromas aparte, no he para-
do de reír en buena parte de este
—por lo menos hasta la mitad— de-
licioso libro, y eso que el malhumor
reina por estos días en mis prejui-
cios y aproximaciones a la mayor
parte de las novedades literarias que
me caen entre manos, vengan de
donde vinieren... Pero este libro,
esencia de ingenio americano, como
dirían Rodó o Vasconcelos, tiene
que ponerlo a uno de humor, pues,
como escribió Germán Arciniegas,
“nosotros somos tan grandes humo-
ristas como los ingleses, o como los
escandinavos. La única diferencia es
que mientras en el norte hay buen
humor, aquí, por debajo del Trópico
de Cáncer, hay mal humor”.
Y es que Argentina y Colombia
han hecho siempre buenas migas en
este aspecto de no tomarse la vida
demasiado en serio. Recuerdo que
en alguna de sus numerosas entre-
vistas Jorge Luis Borges dijo a su
entrevistador:
—¿Quiere usted saber lo que en
verdad es el humor? Vaya a Colom-
bia. Allá sí que saben lo que es eso.
Y era perceptivo el argentino, así
como, un siglo atrás, don Miguel
Cané. Y es que el humor bogotano
tiene una extraña simbiosis con el
argentino, un amplio sentido del ri-
dículo, una no ocultable estirpe de
fino repentismo inglés (recuérdese
que los argentinos fueron los ingle-
ses de América hasta la guerra de
las Malvinas).
De tal manera que en este libro
no se sabe a ciencia cierta quién es-
cribió tal o cual página. Lo único
evidente es que el berracamente
debe ser de Maronna y que el espi-
ritual debe ser de Samper. Dos bur-
las sutiles y ocultas de cada uno a la
nacionalidad del otro.
Y si de hablar de influencias se tra-
te, tal vez De tripas corazón parodia
el famoso best seller de Gaarder, El
mundo de Sofía, y el estilo recuerda
demasiado las novelas de Fonta-
narrosa, porque, aunque no se sepa
en Colombia, también las hay, y trae
a la memoria igualmente, pero con
otro tema, las Lecciones de histeria
de Colombia del propio Samper, así
como los innumerables apuntes en-
tre cultos e ingeniosos de los no me-
nos célebres Luthiers. Para la mues-
tra un botón: “... ora a babor, ora a
estribor, ora pro nobis”, que recuer-
da el famoso pubis pro nobis de un
viejo disco luthierano de 1973 (tal vez
soy ya indiscreto con las fechas, así
como con la edad de las mujeres).
Y es que los autores son de clara
estirpe y religión luthierana (por
Maronna) y calvinista (por Samper),
de los pies a la calvicie. De modo que
ambos resultan protestantes, por lo
cual sería adecuado enviarles la fuer-
za pública para disolver de algún
modo sus presuntas manifestaciones
literarias.
Y como buenos protestantes que
son los autores, el libro puede ser
mirado, entre otras innumerables
cosas, como una reflexión contra la
intolerancia religiosa:
“Todos perseguían la felicidad,
pero, para alcanzarla, se perseguían
sin cuartel los unos a los otros”, dice
por ahí. O bien, aquellos “conforma-
ban un pueblo religioso pero muy
violento, lo cual suele ocurrir con
frecuencia”.
Eso me recuerda, aunque poco
tenga que ver con el tema, pero no
importa, que en estos días he estado
leyendo a Jeffery Jay Lowder, de
quien no he podido saber si es un
humorista que reflexiona sobre pro-
blemas teológicos o un teólogo que
tiene sentido del humor. Y he encon-
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [101]
RES EÑAS NARRATI VA
trado en él reflexiones preocupantes:
“Si los fundamentalistas están en lo
cierto, ¡entonces todos los no faná-
ticos están en el Infierno!” O esto,
no menos inquietante: “Si Jesús es
la respuesta, ¿entonces cuál era la
pregunta?”.
Es cierto que el libro empieza a
trompicones en la Obertura, pero ya
hacia la página 20 estamos muertos
de la risa. Y allí viene la mejor parte.
El libro es mucho mejor al principio.
Tristemente, al igual que muchos par-
tidos de fútbol, se irá deteriorando en
el segundo tiempo, cuando los auto-
res se dedican a guardar el resultado.
Pero De tripas corazón es muy bue-
no... por lo menos hasta la mitad.
El recorrido por el mundo de los
filósofos es de una hilarante perfec-
ción. Creo que vale la pena sumer-
girse en él junto con El Viajero que
busca la perfección espiritual y la
Respuesta definitiva. Allí conoce-
remos a “un tal Tales, matemático
y astrónomo, que era uno de los Sie-
te Sabios de Grecia, probablemen-
te el quinto o el sexto, pero que
poco a poco mejoraba su posición
en la tabla” y viviremos momentos
dignos de reventar de risa cuando
Pitágoras enseñe el Pi a El Viajero.
Tendremos un encuentro con los
presocráticos, a quienes los íntimos
amigos llamaban cariñosamente
“los presos”. “Los presocráticos se
distinguían —dicen los autores—
porque, a pesar de ser unos tipos
muy agudos, casi todos tenían nom-
bre esdrújulo, hecho que no les pa-
recía nada grave”. Pasearemos por
Atenas con los perripatéticos, lla-
mados así porque paseaban a sus
perros mientras discutían. De aque-
llos, los que perdían en las discusio-
nes eran llamados simplemente los
patéticos.
Hay momentos notables, como
cuando Mahoma parte de Hégira y
El ingenuo Viajero pregunta que si
se fue “de gira”. Encontraremos un
corolario a la famosa sentencia de
Heráclito, nadie se baña dos veces
en el mismo río: “Es más: en Grecia
nadie se baña dos veces en el mismo
mes”.
Visitaremos a Empédocles, “de
quien se decía que era mago, que
hacía milagros con las estrellas y que
controlaba los vientos. El Viajero se
preguntó que si esto último era ver-
dad, entonces por qué lo llamaban
Empédocles”. Sabremos algo impor-
tante de Tomás de Aquino: “Aun-
que era noble, rico, muy gordo y
napolitano, lo cual le habría garan-
tizado un empleo como tenor, Tomás
de Aquino había escogido estudiar
a Dios”.
Y leeremos, entre otras muchas, la
presentación de un filósofo alemán:
—Hello, I Kant.
—I’m sorry, you can’t —lamentó
El Viajero.
Sabremos además que el descu-
brimiento de América fue hecho,
mucho antes de Colón, por Leif
Erikson, y que lo que sucedió es que
su descubrimiento no fue homolo-
gado “porque Leif olvidó llenar al-
gunos formularios y someterse a la
prueba antidopaje”.
Luego aparecerá Aleco, el niño
de la Patagonia, que pronto será
universalmente conocido como
aleco@patagonet.ar. “Dura es la ta-
rea del sabio, dirá más adelante el
niño, cuando tiene buzón en Inter-
net”. En adelante el libro trascurre
en la Patagonia, y se convierte en
una reflexión acerca del Tonto Emo-
cional y de la Inteligencia Estoma-
cal (que, a propósito, profesa valo-
res éticos rigurosos, presidida por El
Recto).
El único problema es que a par-
tir de algún momento, no he podi-
do dilucidarlo bien, Aleco, el niño
santo y El Viajero y Fátima (los tres
personajes principales) se mueren,
se quedan sin vida, denunciando
una vez más que los autores no son
novelistas sino humoristas, lo cual
evidentemente no es lo mismo, por-
que el novelista es capaz de soste-
ner su obra en mundos menos ri-
sueños pero igualmente poderosos,
el de la tristeza, el del diálogo, el
de la aventura, el del monólogo in-
terior, y nada de eso aparece aquí.
Samper y Maronna escribieron lo
que tenían que escribir, dijeron lo
que tenían que decir y después se
dedicaron a tomarse el pelo en me-
dio de unos e-mails agónicos que
se notan demasiado y que permi-
ten —maravillas de la tecnología y
desgracias de la literatura— la es-
critura a cuatro manos “desde cual-
quier lugar del mundo” y que in-
tentan rescatar a los murientes
personajes que se van desmoronan-
do como un castillo de naipes en la
mitad de la Patagonia, tan fríos
como ella misma.
Claro que hay aquí y allá rasgos
admirables de buen humor, apuntes
certeros, chistes repentinos de factu-
ra impecable y efectiva, como la
parrafada acerca del perro de Pavlov,
en la página 119 o la defensa del ñan-
dú como mamífero en la pág. 148 o
la presencia del contradictor: “Mi
defecto, que en el fondo es una vir-
tud, es que permanentemente me
contradigo a veces. Por fortuna ten-
go la desgracia de que sólo me des-
miento en temas muy importantes, de
demostrada superficialidad”. Pero
estos rasgos son aislados. El conjun-
to, como las selecciones de fútbol
cuando se les pierde la brújula, se va
a pique, y queda un desteñido equi-
po que intenta a todo trance llegar al
final de los noventa minutos botan-
do la pelota para cualquier lado, evi-
tando la goleada, con lo cual se pier-
de hasta el sentido del humor, de tal
manera que pareciera que la redac-
ción de las últimas páginas hubiera
sido encargada a Benedetti o a
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [102]
NARRATI VA RES EÑAS
Galeano o a cualquier otro escritor
uruguayo.
Por fortuna, aquí está el fútbol,
que todo lo redime. Este es un mun-
do en el que reina el fútbol, en el que
el catorce es un número mágico,
pues era el de Johann Cruyff, y no
parece que escribiera Maronna sino
Maradona, ni Samper, sino el Tino
Asprilla.
La edición es cuidada, al princi-
pio. Porque ella también evolucio-
na —o involuciona— y si al final a
los autores se les estaba acabando
el humor, por lo menos en mi ejem-
plar parece que a los editores tam-
bién la tinta.
Para finalizar, es preciso resaltar
algo muy importante. De tripas co-
razón es el primer libro de filosofía
en el cual se encuentra una respues-
ta al sentido de la vida. Lo cierto es
que los autores encontraron sin que-
rerlo la Respuesta, la Clave, el Meo-
llo, la Revelación, el supremo senti-
do de la vida que andaban buscando
desde el principio del libro, en reali-
dad desde el principio de “todos” los
libros, pero, como a veces sucede, no
se dieron cuenta y siguieron dere-
cho. Está por ahí, escondida, en la
página 159: “La Felicidad sólo se en-
cuentra en los estadios, y no todos
los domingos”.
LU I S H. AR I S T I Z Á B AL
Tocando la miseria
de los héroes
El insondable
Álvaro Pineda Botero
Planeta, Bogotá, 1997, 459 págs.
Me resulta muy difícil encuadrar
esta novela de Álvaro Pineda Botero
en el marco de las obras literarias de-
dicadas al Libertador. Me parece
que los acercamientos literarios a
Bolívar han gozado, en términos ge-
nerales, de poca fortuna. Y es expli-
cable que así sea. La grandeza de los
héroes será siempre tema “litera-
rio”. Así, del panegírico al himno,
todos los Aurelios Martínez Mutis
que andan por ahí desperdigados, los
discursos sempiternos de las acade-
mias, las arengas populacheras del
congresista, del candidato a la pre-
sidencia de la república o del gue-
rrillero. Tocar la miseria de los hé-
roes resulta blasfematorio, más si
tenemos en cuenta la pacatería de
medios intelectuales dominados por
medievales anacronismos y por la
casi completa carencia de un apara-
to crítico de calidad. Apenas si se le
permite el acercamiento al mito a
otro héroe reconocido entre los idola
forum —a un García Márquez por
ejemplo—, sumergirse en esos pan-
tanos en busca del hombre perdido
que nadie quiere hallar en el fondo,
no vaya a ser que se desvele que el
que se supone es el más grande de
todos nosotros nos haga empeque-
ñecer aún más dentro del concierto
de las naciones mediocres.
Y si a ello vamos, es notable ob-
servar de qué manera el tema Bolí-
var cambia de algún modo a los es-
critores. Con el Bolívar de El general
en su laberinto (1989) se alcanzó, a
mi parecer, el punto más bajo en
toda la obra de García Márquez, así
como con El último rostro (1978),
uno de los buenos momentos de
Mutis, aunque tampoco está mal lo
de Germán Espinosa alrededor de
Bolívar, esa Sinfonía desde el nuevo
mundo escrita para convertirse en
frustrada serie de televisión y en la
cual acaso quiso Espinosa parodiar
a sus aborrecidos “escritores comer-
ciales” (léase de nuevo García
Márquez, Mutis...) y nos dio un agra-
dable episodio conradiano luego del
sopor in-sopor-table de obras como
El signo del pez.
La ceniza del Libertador (1987)
fue el intento de Fernando Cruz
Kronfly de darnos a otro Bolívar
novelesco. Cruz Kronfly es un escri-
tor que merece más atención de la
que se le ha prestado. Culto y refi-
nado, ha dejado una obra coherente
y por momentos de gran calidad li-
teraria, aunque no creo que sea tal
el caso en su acercamiento a Bolí-
var, que, en mi opinión, resulta farra-
goso y confuso.
Andrés Hoyos ha sido el primero
que haya conseguido dar una atmós-
fera diferente y desempolvada a la
época bolivariana en Conviene a los
felices permanecer en casa (1992),
aunque no se trate, en estricto sen-
tido, de un libro bolivariano. Pero sí
es un estilo que merecería la litera-
tura sobre el Libertador.
Pero el libro que hay que acercar
más a éste de Pineda —por el tema
si no por el estilo— es, necesaria-
mente, el de Uslar Pietri, La isla de
Robinson, tan elogiado precisamen-
te por García Márquez y, acaso tam-
bién, el del venezolano Denzil Ro-
mero, que encuentro más pobre y
lejano.
Después de tantos libros recien-
tes acerca de Bolívar, cabe pregun-
tarse si es válido seguir ahondando
en el tema cuando el propio Liber-
tador confiesa en estas páginas que
no ha escrito sus memorias porque
ya existen demasiados textos sobre
él y sobre su obra. Aun así, Pineda
ha dedicado seis años de trabajo en
Bogotá, Viena y Londres, a este li-
bro curioso y extraño... Porque el de
Pineda es un libro curioso y extraño
en varios sentidos. No es que sea ex-
perimental o muy posmoderno ni que
se extravíe en los meandros de la
linealidad del relato. No; de hecho,
es bastante lineal en el fondo. Y como
no quiero hablar de metacontenidos
ni en jerga posmodernista, diré sim-
plemente que es una interesante no-
vela, sí, pero que también es una in-
teresante biografía, acaso un poco
libre, pero muy ceñida a los hechos.
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [103]
RES EÑAS NARRATI VA
Donde los historiadores se detie-
nen, sin saber qué agregar, aparecen
los poetas y adivinan, escribió
Barbey d’Aurevilly. Pineda se limi-
ta a rellenar con su imaginación los
espacios vacíos del conocimiento
histórico y nos entrega episodios por
completo novedosos en la vida de
Bolívar, así como innumerables re-
flexiones propias. ¿Provienen todos
estos hechos de la imaginación del
novelista? Difícil decirlo, puesto que
están afectados de verosimilitud, lo
cual, si es fruto de la imaginación,
es una virtud del relato. La informa-
ción de contracarátula sugiere que
un famoso baúl de cuero del coro-
nel Anselmo Pineda —supongo que
un antepasado del autor— cargado
“con los documentos más sorpren-
dentes de la historia de América” no
solamente existe sino que ha sido
aprovechado por el autor para ahon-
dar en la historia con datos del todo
inéditos, de modo que si se trata de
poner al alcance público papeles tan
importantes, es una manera bien
original de hacerlo y estimo que lo-
grará todo lo contrario de lo que se
propuso originalmente: esto es, ser
tomados en serio.
Pero lo de los papeles, desde lue-
go, podría no ser cierto. Si lo fuera,
se trataría de toda una “bomba” en
la bibliografía bolivariana. Pero si no
lo es, recomiendo a los biógrafos y
eruditos darse una pasadita por es-
tas páginas; sin duda saldrán ilumi-
nados, cuando no de verdad sorpren-
didos. Lo cierto es que Pineda
Botero nos regala detalles que me
parecen mucho más fundados que
los que trae, por ejemplo, la biogra-
fía, esa sí eminentemente mentiro-
sa, de don Salvador de Madariaga.
* * *
La obra de Pineda me interesa. De-
bo repetir una vez más que el nove-
lista en Colombia ha llegado a un
grado de madurez notable y que se
empiezan a ver los efectos de la edu-
cación literaria que ha dejado no
sólo el estudio a nivel profesional,
sino el oficio pedagógico y la lectura
de buenos libros en nuestros escri-
tores. El novelista de hoy tiene co-
nocimientos, no es ya el analfabeto
que todavía podía “meter cuento”
hace unos veinte años, sino un pro-
fesional, cuando no un científico de
las letras.
Pero examinemos un poco El in-
sondable. A mis ojos se trata de un
libro ambivalente. La verdad es que
las primeras páginas pueden despe-
dir hasta al lector más abierto... Lo
que le pasa, me atrevo a conjeturar
y aquí vuelvo a lo ya dicho, es que,
como en casi todo lo que se escribe
sobre Bolívar, los autores están suje-
tos por una pesada barrera: la ausen-
cia de un verdadero plot novelístico
acerca de hechos demasiado cono-
cidos, repetidos y, por si fuera poco,
ambientados en una época aburrida.
Hitchcock bostezaría durante todos
los libros bolivarianos, y es que los
lectores de ficción estamos esperan-
do siempre emociones fuertes. No
obstante, es mejor no salir corrien-
do, porque la novela va abriendo sus
pétalos a medida que empieza a ha-
blar el autor, desatado de los nudos
impuestos por la circunscripción al
tema. Algún lector no se podrá re-
cuperar y dirá, en una explicación
simplista, que Pineda Botero podrá
ser un gran crítico y teórico, pero que
le falta alma de novelista. Ésta sería
una disculpa fácil, menos para el no-
velista que para el crítico. Pero el lec-
tor que se detenga un poco y analice
descubrirá que la grandeza de este
libro está en el fondo del cuadro,
como en la Gioconda. El espléndi-
do relato de esa época de la juven-
tud del héroe es brillante como po-
cas veces lo he visto. Lástima es que
Pineda no se hubiera quedado allí,
recreándonos esos tiempos sin ata-
dura ninguna hacia la figura central
que terminará echando a perder, ine-
vitablemente, la magia. No otra cosa
le sucedió a García Márquez cuan-
do Bolívar, el hombre de carne y
hueso, se le atravesó en medio de su
Macondo, el único que sabe narrar,
para aparecer del otro lado del ce-
dazo más maltrecho todavía delan-
te de nuestras miradas de lo que ya
estaba.
¿Dónde está, entonces, la falla?
La novela utiliza el sistema de los di-
versos narradores: José, Simón, El
autor, que se me antoja desafortu-
nado en este caso. Lo primero que
me viene a la mente es el procedi-
miento de Virginia Woolf en Las
olas y el de Molly Bloom en el des-
dichado Ulises de Joyce, la que para
mí es la más grande impostura lite-
raria del siglo XX. Monólogos enfa-
dosos, cuando no entrevistas imagi-
narias como en Marcel Schwob o en
Savage Landor, hacen los primeros
capítulos un poco aburridos. De he-
cho, para no abundar en ejemplos,
Carreño en la realidad estaba lejos
de ser tan culto como lo presenta la
novela y Bolívar sin duda no habla-
ba como aquí lo escuchamos:
“El saber y el pensar allí muchos
lo reputan como delito”, dice el hé-
roe por ahí. “Yo estaba fundando,
más que un país, un discurso, una
nueva manera de expresar la reali-
dad”, dice en otra parte. Es un Bolí-
var retórico, que a veces prorrumpe
en frases inquietantemente misterio-
sas: “No hay fundación sin pala-
bras”, dice en la página 61. O ahora
es un Bolívar dedicado al arte, “¡esa
forma magnífica de mentir!”. Por
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [104]
NARRATI VA RES EÑAS
desgracia para la comprensión del
relato, creo que el autor se apresura
a inventarnos a Bolívar como ente
de ficción. “Bolívar”, como dirá lue-
go, es sólo una expresión, sin mayor
contenido real, referencia erudita y
manipulable, sí, pero también un
soporte a toda esa retórica banal
sobre la cual tratamos de hacer pie.
Si se trata de un personaje insonda-
ble, la novela apenas podrá consta-
tar esa impermeabilidad y dar un par
de vueltas sobre ella. Y eso, desde
luego, no está prohibido y puede ser
incluso un apreciable ejercicio inte-
lectual. Pero por mucho esfuerzo
que haga el narrador, el héroe se le
morirá, tísico y derrotado, una no-
che de trópico de 1830.
Una vez desvelada la intención
del autor, el relato adquiere sentido.
Si lo tomamos entonces como una
reflexión sobre nuestra herencia,
poco importa en el fondo quién ha-
ble dentro de la novela si lo que dice
es válido o por lo menos sugerente.
Y Pineda empieza a poner dedos en
las llagas demasiado a menudo,
como cuando dice el héroe que an-
tes que leer y escribir nuestra iden-
tidad se han copiado siempre textos
extranjeros. Lo que me temo es que
esa “copiada” es y ha sido siempre
nuestra única identidad, y que en
suma no haya otra.
“La adhesión ciega a la escolásti-
ca en países como España, Italia y
las colonias de América del Sur, ha
significado el mayor golpe para el
desarrollo de la ciencia entre noso-
tros”, dice otro de los personajes
(pág. 48). No importa que se trate
de un cuento viejo. Eso lo sabemos
hace mucho tiempo. Lo concreto es
que eso sólo lo manejamos aquellos
a quienes nos califican de intelectua-
les, y no todos los intelectuales. Lo
cierto, lo aberrantemente cierto, es
que la postura oficial no ha recono-
cido jamás ese handicap adicional.
¿Cómo cambiar, pues, si ni siquiera
tenemos la capacidad de reconocer
el propio defecto?
Y es en este sentido que el perso-
naje más interesante podría ser el
propio José, o acaso Azpeitia, o aca-
so Uriarte (cuyo retrato es sencilla-
mente magistral) o el a veces miste-
rioso y omnisciente entrevistador de
Bolívar que cumple por momentos
función de coro griego o de glosa-
dor medieval. Y en estas glosas de
Pineda, en el paisaje del fondo, en
sus anotaciones marginales, está la
gracia profunda del relato como
cuando a la frase más narcisamente
majadera del Libertador, esa de que
“los tres más grandes majaderos del
mundo hemos sido Jesucristo, Don
Quijote y yo”, su interlocutor mis-
terioso le responde debidamente:
“—Los dos primeros son entes de
ficción”.
Desigual, el de Pineda se me an-
toja libro de zonas diversas, pleno de
rincones hermosos. Las páginas so-
bre la infancia de Bolívar, las dedi-
cadas a las logias, a la estancia en la
corte de Carlos IV, ese rey “manso y
afeminado” cuya ocupación preferi-
da era “aspirar el perfume de las flo-
res” y, para mi gusto, las dedicadas
a la estancia vienesa de los héroes,
son espléndidas... Como elemento
curioso quiero destacar la narración
del encuentro con Beethoven, con
ecos de verosimilitud. Es acaso la
primera vez que los protagonistas de
una novela histórica no terminan
siendo íntimos amigos de los gran-
des hombres de su tiempo. El en-
cuentro con el músico es como debió
haber sido: dos desconocidos obser-
van al gran hombre desde lejos, pero
todo el relato está iluminado por esos
fantasmas, presencias vitales como la
de Giulietta Guicciardi, la célebre
hacedora de cornudos, o la de Fanny
de Villars, cuya pupila derecha dife-
ría en color de la izquierda. Añado
que otro protagonista en esta estam-
pa magistral es Maelzel, amigo de
Beethoven e inventor del metróno-
mo, de quien Pineda nos cuenta al-
guna sabrosa anécdota. Debo añadir
que Maelzel fue también el inven-
tor del famoso autómata jugador de
ajedrez que se enfrentó al propio
Napoleón y que mereció un ensayo
nada más ni nada menos que de
Edgar Allan Poe, para desentrañar
su funcionamiento. Lo más sorpren-
dente —lo he encontrado en viejos
documentos—, es que Maelzel y su
autómata hicieron una extensa gira
mundial y pasaron por la costa atlán-
tica colombiana hacia 1848, hacia la
época en la cual Poe se devanaba los
sesos imaginando cómo una máqui-
na pudiera jugar tan bien al ajedrez.
Todo era, añado para el lector inte-
resado, una patraña basada en un
ingenioso juego de espejos.
* * *
De lo anterior se desprende que esta
novela requiere, para su disfrute ple-
no, de una cultura previa. Personal-
mente, la he disfrutado, pero me atre-
vo a sospechar que no ocurrirá lo
mismo con el lector inadvertido. El
de Pineda Botero no es libro para las
grandes masas de lectores. Y bueno,
hoy por hoy, casi ninguno lo es. A mí
me gustó. No estoy seguro, por el
contrario, de si guste a los historia-
dores, a los críticos de ficción, —cada
grupo lo encasillará en el otro— y,
sobre todo, a los bolivaristas, como
siempre sucede cuando se les toca al
héroe fosilizado bajo sus pelucas
dieciochescas...
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [105]
RES EÑAS LI TERATURA
Para resumir, quiero terminar ci-
tando el pasaje que considero clave
de la novela:
—A mí me desgastó la espera: ya
no existiré como Libertador, ni
como autor, ni como realidad. Me
extingo y pronto pasaré a la
ficción...
—Sí, qué extraña condición: vi-
virás únicamente para ser leído.
Tu lector, hombre o mujer, será tu
creador.
LU I S H. AR I S T I Z Á BAL
Mutis por el foro:
dime qué lees
y te diré cómo escribes
Contextos para Maqroll
Álvaro Mutis
(introducción de Ricardo Cano
Gaviria)
Montblanc (Tarragona), Igitur/Mito,
Ministerio de Cultura de Colombia,
1997, 172 págs.
De lecturas y algo del mundo
Álvaro Mutis
(Santiago Mutis D., comp.)
Seix Barral (Planeta), Los Tres
Mundos, Bogotá, 2000, 287 págs.
Dos antologías, de pareja pero en
el fondo diversa intención, apare-
cen ahora en el mercado nacional.
Ambas suscitan interesantes re-
flexiones acerca de uno de los más
elusivos mundos que animan la
obra de un escritor: el de su expe-
riencia de lecturas.
Acaso todavía no seamos del todo
conscientes de un fenómeno porque
aún no hemos despertado de él: que
lo que hemos leído, en todo el mun-
do, durante los últimos treinta o
cuarenta años del siglo XX ha esta-
do iluminado, pero —y esto es lo in-
teresante— a la vez peligrosamente
limitado, por la muy sapiente opinión
de Jorge Luis Borges. Este curioso
fenómeno ya ha sido anotado a nivel
más bien local por lúcidos lectores
como Raimundo Lida o Tomás Eloy
Martínez; éste último ha deplorado
todo el lastre que dejó Borges sobre
los jóvenes escritores argentinos. Las
lecturas de Borges, aunque él nunca
lo habría admitido, eran de un
maniqueísmo exacerbado y sus opi-
niones, escudadas en la barrera de lo
muy personal, aunque en extremo in-
geniosas e iluminadoras, eran profun-
damente dogmáticas. Desde muy
temprano escogió sus ídolos, sus
iconos, que manejó con maestría, y
estableció una lista, que en principio
no quería ser más que personal y que
la fama elevó a universal, de los que
se salvaban y de los que se precipita-
ban a lo más profundo de los infier-
nos. Borges estableció o reestableció
referencias excelentes: el retorno a
una literatura fantástica que estaba
de capa caída, y a la novela policial
inteligente; el alejamiento de la muy
sartreana “literatura comprometida”,
así como de los best sellers (a propó-
sito de éstos Álvaro Mutis ha afirma-
do alguna vez que los best sellers, aun-
que son libros muy malos, a veces
están muy bien escritos). Revivieron
así y comenzaron a florecer algunas
maravillas, desde luego: De Quincey,
Wilkie Collins, Buzzatti, Chesterton,
buena parte de un Stevenson que se
estaba olvidando... Gracias a ese res-
cate se volvieron a leer autores como
Kipling, así buena parte de su obra
sea un pesado ladrillo difícil de dige-
rir, o el irregular Marcel Schwob, para
citar sólo dos ejemplos notables. Pero
lo malo está en los autores que se de-
jaron de leer: todos los “realistas” o
“naturalistas”, en bloque, así como
los grandes franceses: Balzac, Hugo,
Flaubert, Zola, Proust, o los grandes
novelistas de lengua alemana: Tho-
mas Mann, Musil, Döblin, Broch...,
todos enviados al limbo simplemen-
te porque a Borges no le gustaban o
porque se decía incapaz de soportar
libros de cierta extensión. Del mis-
mo modo ignoró o fingió ignorar casi
toda la literatura de la segunda parte
del siglo XX, acudiendo a boutades
como ésa de declarar que, aunque le
había agradado, apenas había alcan-
zado a leer los primeros cincuenta de
los Cien años de soledad. Despreció
por completo la ciencia ficción y otros
géneros a los que probablemente ya
llegará en un futuro su tiempo.
Quizá nunca sabremos cuánto le
debe la literatura inglesa del siglo
XIX a Borges, en tanto redujo la
francesa a nombres como los de
Schwob o León Bloy, lo cual es cuan-
do menos una excentricidad de
quien está acostumbrado a emitir
opiniones originales.
En ese mundo del mercado edi-
torial es aún hoy demasiado eviden-
te ese borgiano maniqueísmo. Y
muy pocos, poquísimos, han sabido
apartarse de las comunes opiniones
asnales de quienes consumen libros,
incluso dentro de la esfera de los lec-
tores cultos. Y uno de esos origina-
les que se atreven a mostrar la
insularidad de sus ideas y también
una vocación deslumbrante de no
tragar entero, uno de esos capaces
de pensar por sí mismos, ha sido jus-
tamente Álvaro Mutis. Y lo ha he-
cho sin caer tampoco en el extremo
de la oposición, en el mundo de esos
anti-Borges a los que gusta el Ulises
de Joyce sólo porque a Borges no
mucho, sino de una manera también
hedónica y muy personal y, lo que
acaso sea más interesante, como sim-
ple lector más que como autor, sin
ambiciones de emular a nadie ni de
nutrirse con destino a madurar una
obra de ficción que en Mutis apenas
vendrá a aparecer, como en Daniel
Defoe o en Gesualdo Buffalino, al
filo de la madurez.
Mutis lee como leen los buenos
lectores, atendiendo a las recomen-
daciones de sus escritores preferidos,
para arribar a esa meta de todo lec-
tor, a esa “sabiduría y nobleza del
corazón conseguidas, no sin un ar-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [106]
LI TERATURA RES EÑAS
duo trabajo de años de meditación
y diálogo con los clásicos”. Hay quie-
nes creemos firmemente que uno
debería leer lo que les gusta a los es-
critores que a uno le gustan; son re-
comendaciones de primera mano,
afinidades electivas. Quiero decir
que casi todo lo que le gusta a Mutis
debería gustarle a quien le guste leer
a Mutis, y así con cualquier otro es-
critor. Así, por poner un ejemplo,
quien disfruta a Proust o a Oscar
Wilde seguramente irá a parar, y con
fruición, a John Ruskin, de quien
tomaron aquellos gran parte de su
delicioso esteticismo. Y así, de au-
tor en autor, se va construyendo un
mundo de referencias que no es vá-
lido más que para uno, pero del cual
el lector honesto consigo mismo está
siempre en acecho. Muchos somos
los que devoramos cuanta opinión
acerca de la literatura esbozan nues-
tros autores favoritos y así vamos
armando una colección de modo
que, como dice el propio Mutis en
una de estas páginas, “no creo que
exista manera más fiel y directa de
conocer a una persona que visitar su
biblioteca. Los libros que han acom-
pañado toda una vida son los testi-
gos elocuentes de los más secretos
rincones de un alma. No hay retrato
igual”.
Ese retrato es el que se descubre
en estos dos libros. Esos rincones del
alma salen a relucir aquí. Y es cuan-
do advertimos que en Álvaro Mutis
hay una vocación, un temperamen-
to si se quiere, una elegancia de aris-
tócrata y de cortesano.
Si los títulos de los libros dan una
clave de algo, entonces el de Cano
Gaviria es un libro escrito más para
España que para América Latina. Y
al mismo tiempo no se pretende
puerta de entrada a Mutis sino que
se dirige al lector que ha devorado
quizás una o varias de las novelas del
autor colombiano y se encuentra an-
sioso por sumergirse en el fondo del
personaje de Maqroll el Gaviero, en
las claves de esta prosa seductora y
un tanto extraña para el lector pe-
ninsular, mas no encuentra informa-
ción en parte alguna, puesto que
—y esto ya es explicación nuestra—
los textos ya publicados por las di-
funtas Colcultura y Procultura son,
desde luego, inaccesibles fuera del
país a los lectores de habla hispana
que pueden incluir entre sus favori-
tos a este colombiano universal.
El libro, pues, presupone la ante-
rior lectura de buena parte del ciclo
novelístico de Maqroll el Gaviero;
me refiero al que se inicia en 1986
con La nieve del almirante. Y es que,
para empezar a ubicarnos, conviene
no olvidar que hasta 1986 Mutis no
era sino un poeta, un buen poeta, un
gran poeta acaso, pero no un reco-
nocido autor de ficción, a pesar de
sus furtivos cuentos, que algunos
eruditos conocían.
Dos palabras acerca de la presen-
tación de este volumen. Cano Gavi-
ria se sitúa en dos niveles de referen-
cias: la que llama autorreferencial (y
perdón por la tautología), que “se teje
dentro de los límites de su propia
obra”, y la que podríamos llamar
intertextual “sólo calificable de ‘qui-
jotesco’ en la medida en que lo es
toda acción real o ficticia que tenga
origen en la lectura, nivel que se arti-
cula en la figura del autor que se re-
conoce como lector (y deudor) de la
obra de otros autores”. A este nivel
pertenecen básicamente los textos
de las dos primeras partes de este
libro, que resulta ser un recuento de
las lecturas de Mutis. Se trata, pues,
ya del Mutis lector, y nos sumerge en
el apasionante juego de las referen-
cias literarias, que remiten, por su-
puesto, también al propio Maqroll
lector, ése que lleva bajo el brazo, en
la selva tropical, un anacrónico volu-
men de las memorias del príncipe de
Ligne; de este cortesano apenas se
sabe que dio cobijo en sus últimos
días a Casanova, quien escribió en su
palacio sus célebres Memorias y que
murió en pleno Congreso de Viena
en 1815, por lo que su funeral fue uno
de los más vistosos y mejor asistidos
por monarcas y embajadores en toda
la historia.
Si en este volumen se trataba de
explorar las fuentes de Maqroll, lo
primero que destacamos son las au-
sencias. Poco acerca de la influen-
cia concreta para Maqroll en la fi-
gura misma de Joseph Conrad,
desde luego, con sus marinos erran-
tes y atormentados; eso es Maqroll,
un Almayer elegante, un Willems,
un lord Jim sin el arrepentimiento,
aunque Maqroll no tiene los conflic-
tos del alma eslava que acusan los
personajes de Conrad. Su drama es
de otro tenor; es el drama de la di-
solución, del descubrimiento aterra-
dor del germen de la podredumbre
que todos llevamos dentro, la voca-
ción para la tumba, si se quiere, de
la podredumbre que avanza, pero
mirado con algo de buen humor y
sin la filosofía del echarse a morir.
Si se quería ser exhaustivos, lo
cual era posible, pues el material no
es muy abundante, no está aquí todo
aquello en lo que aparecen las refe-
rencias primigenias a Maqroll apar-
te de las novelas. En primer lugar,
falta la poesía. Pero, como fuente
espiritual profunda, el que mayor-
mente se echa de menos aquí es el
que para mí es el texto capital de
Mutis, porque refleja con meridiana
claridad su pensamiento, sus ilusio-
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [107]
RES EÑAS LI TERATURA
nes y sus rechazos y fija una posición
del hombre y del escritor frente al
mundo. Se trata de la todavía un
poco desconocida conferencia sobre
La desesperanza (1965). Así, por
ejemplo, sí aparece el texto compa-
ñero, Quién es Barnabooth, una re-
seña cuyo valor está más en las ver-
siones de Mutis de los poemas de
Larbaud que en el fondo filosófico
de La desesperanza, basado en lec-
turas de Drieu la Rochelle, de
Cavafis y de Pessoa. A propósito de
Pessoa, el heterónimo de Mutis,
Alvar de Mattos, puede rastrearse
hacia el Juan de Mairena de Macha-
do o los Álvaro de Campos y Ricar-
do Reis del poeta portugués. El he-
cho de ser portugués de Mattos, lo
emparienta más de la cuenta a los
seres de Pessoa casi tanto como al
de Machado.
El otro texto clave, y éste sí se
echa de menos para configurar el
personaje concreto de Maqroll el
Gaviero, es “El cañón de Aracu-
riare”, que se encuentra en el volu-
men Los emisarios. Y si vamos aún
más lejos, también se echa de me-
nos el trozo de La nieve del almirante
que se encuentra en Caravansary, en
el cual el Gaviero aparece como due-
ño de una tienda en el páramo so-
bre la carretera entre Armenia e
Ibagué y se descubre hijo literario
de Long John Silver, el pirata de
Stevenson, así como algún texto de
ese libro tan borgiano que es Los
trabajos perdidos, en el que están los
mejores poemas de Mutis. ¿Y por
qué no mencionar a personajes de
carne y hueso que llevaron la im-
pronta de Maqroll como Alejandro
Obregón, así como otra influencia
muy notable y menos reseñada que
ha pasado casi ignorada: la del maes-
tro León de Greiff? Así, en La muer-
te de Matías Aldecoa
Ni cuestor en Queronea,
ni lector en Bolonia,
ni coracero en Valmy,
ni infante en Ayacucho...
no son muchos los que saben que
Matías Aldecoa es creación greiffiana.
En cambio, en la antología de
Cano Gaviria aparecen, sin mayor
justificación, los Intermedios, esos
textos breves que podrían ser llama-
dos “muertes imaginarias”, como
esos breves cuentos de Pedro Gó-
mez Valderrama... No se compren-
de la presencia de los Intermedios
en el libro, como no sea por la inspi-
ración que para Maqroll hayan po-
dido resultar los protagonistas de
estos breves apuntes: Maximiliano
de Austria, Constantino Paleólogo,
Napoleón, Garcilaso de la Vega,
Haendel, Joseph Conrad (único de
ellos más o menos evidente)...
Santiago Mutis explica en el pró-
logo del otro volumen que se trata
de recoger la muy dispersa obra pe-
riodística de su padre. “Hay aquí
muchos textos que hasta hoy no se
habían reunido en libro, y que su
autor estaba dispuesto a dejar per-
der, pero nosotros no”. Personal-
mente, les debo a estos artículos el
descubrimiento de muchos y muy
entrañables escritores. De lecturas y
algo del mundo pretende recoger es-
tos textos, aunque dista mucho de
ser una recopilación completa y
comprensiva. “Es necesario adver-
tir —para celebrar— que los prime-
rísimos artículos aquí reunidos fue-
ron escritos cuando Álvaro Mutis
era un joven de diecinueve años, que
tal vez no sabía que iba a ser escri-
tor, o que estaba comenzando a
serlo”. Y la prevención resulta aca-
so necesaria porque, puestas en fila,
estas notas pueden parecer algo
repetitivas. El elogio de Mutis casi
siempre resulta tan francote y espon-
táneo que termina diciendo que el
libro reseñado es “esencial” y su
autor “una de las voces más impor-
tantes del siglo” o algo semejante.
Pero lo que ocurre es que casi inva-
riablemente es verdad. Mutis no es
parco en los elogios, pero sí en el
número de elogiados. Simplemente
cuenta de su admiración y de su
asombro ante obras que lo maravi-
llan, que no son tantas...
Bueno, pero, a todas éstas, nos
preguntamos: ¿cuáles son esas lec-
turas favoritas de Álvaro Mutis que
campean en estos dos libros?
En primer término está Cer-
vantes. En uno de los artículos de De
lecturas y algo de mundo se trata de
explicar “por qué el Quijote ha sido
mi libro favorito”. Después del Qui-
jote, quizá tengamos que hablar de
Marcel Proust, de una frecuentación
permanente unida a una admiración
sin reservas que se repite a menudo:
“no se agota nunca Proust, no lo
agotamos jamás”. Ahora bien: estoy
de acuerdo con Mutis: la gran obra
literaria del siglo XX es En busca del
tiempo perdido, mucho más que el
tan cacareado y absurdo Ulysses de
Joyce. Me sigue pareciendo increí-
ble que existiendo obras tan consis-
tentes como la de Proust o la de
Musil e incluso La conciencia de
Zeno del italiano Italo Svevo (tan in-
justamente considerado discípulo de
Joyce), los asnales lectores se incli-
nen por Joyce. Moraleja: la gente
ama lo que no entiende.
“No hay más que este género de
lectura que valga: las Corresponden-
cias, las Memorias, los Diarios, las
Confesiones, las Autobiografías, las
Biografías, de un género o de otro”,
escribía el agudísimo Paul Léautaud.
Mutis no ha sido indiferente a este
dictamen. En estos volúmenes se
descubre como un impenitente lec-
tor de libros históricos, diarios, me-
morias y biografías, desde obras de
tan improbable consecución como
las Memorias del príncipe de Ligne
o las del cardenal de Retz (nota: és-
tas últimas, gracias al prodigio de la
internet, ya están “en línea”, al al-
cance de los lectores interesados).
En Amirbar, Maqroll dice que las
Memorias del Cardenal de Retz son
el libro más inteligente que se haya
escrito jamás. No lejos están las ex-
quisitas Memorias de ultratumba de
Chateaubriand, con esa prosa ondu-
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LI TERATURA RES EÑAS
lante y regia del vizconde, así como
la obra de Émile Gabory sobre las
guerras de la Vendée... Es éste un
mundo que apasiona a Mutis y en el
que, debo confesarlo, sólo podemos
entrar los que conocemos algo de la
lengua francesa y tenemos acceso a
las viejas y costosas ediciones de La
Pléyade, que es el de las memorias,
diarios y cartas de autores franceses,
tan lleno de maravillas como desco-
nocido, y que pasa por figuras tan
disímiles y encantadoras como los
Goncourt, el maravilloso diario de
Jules Renard, la no menos impresio-
nante correspondencia de Flaubert,
los Epílogos de Remy de Gourmont,
los diarios de Paul Valéry o de Alain,
el de André Gide, “ese Gide que lle-
nó nuestra adolescencia de inquieta
y febril esperanza en una vida ple-
na, en donde los sentidos iban a en-
sanchar sus posibilidades hasta ho-
rizontes insospechados”, los carnés
de Albert Camus, en fin...
Tal vez el secreto de Mutis resida
en esas anacrónicas lecturas. Cuan-
do uno tiene a Chateaubriand, a
Anatole France, a André Gide, a
Giraudoux sólo para sí mismo, en
tanto la turba no lee sino al boom y
los eruditos se regodean en la moda
del fangal alemán que nunca tuvo li-
teratura sino filosofía mal escrita,
como decía Nietzsche, y un país que
es como el patio trasero de Francia
y que levanta cada cincuenta años
una polvareda de proporciones uni-
versales con el fin de ir a cenar có-
modamente en París... Alemania, lo
afirma Drieu la Rochelle en uno de
los texto de Alvar de Mattos, no ha
existido jamás, así como la filosofía,
al decir de Roger Nimier, es como
Rusia: llena de pantanos y a menu-
do invadida por los alemanes...
La literatura francesa, pues, resul-
ta una fuente inapreciable para Mu-
tis; su educación en Bélgica es sin
duda en parte responsable de ello.
De ahí ciertas preferencias, por de-
más curiosas: El ilustre Gaudissart
o La Rabouilleuse de Balzac, la obra
amarga de Céline, las novelas de
Simenon: “es el mejor novelista en
lengua francesa después de Balzac”,
proclama Maqroll en Amirbar.
“Céline es el mejor escritor de Fran-
cia después de Chateaubriand; pero
el mejor novelista es Simenon”. Otro
de esos iconos extraños es Valery
Larbaud. El mismo Larbaud que no
sólo hizo colombiana a su heroína
Fermina Márquez sino que propuso
para el premio Nobel nada menos
que a Fernando González, ese mis-
mo Valery Larbaud al que la histo-
ria ha hecho famoso más por una fra-
se que por un libro. Siempre me he
preguntado cómo pudo alguien ha-
blar de “ese vicio impune, la lectu-
ra”, ¡cuando la lectura es el vicio
mejor castigado que existe sobre la
tierra! Los lectores, los buenos lec-
tores digo, los que devoran libros, es-
criban o no escriban luego, están
siempre perdiendo dinero, amigos,
poder y todo lo que se pueda per-
der, y ganando sólo experiencia es-
piritual como para poder soportar
las penurias espirituales que se les
vendrán encima por haberse atrevi-
do a destrozar las leyes de la socie-
dad; porque son seres que resultan
invariablemente improductivos...
Muy variados son los autores pre-
feridos por Álvaro Mutis. Veamos
apartes de su propio catálogo: “... acu-
den de inmediato los nombres de
Proust, L. F. Céline, Charles Dickens,
Valéry Larbaud, Montaigne, Gogol,
Blaise Cendrars, Racine, Rimbaud,
Joseph Conrad y algunas otras som-
bras tutelares”. O, por otro lado, los
más grandes maestros de la prosa
“que siguen alimentando mi voraci-
dad de lector con intacto poder de
encantamiento: Montherlant, Valery
Larbaud, Mauriac, Cyril Connolly,
Virginia Woolf”.
Y novelas, muchas novelas, géne-
ro exclusivo del siglo XIX al decir
de nuestro autor. Muchas novelas
que comprenden el mundo entero de
Dickens, de quien es un verdadero
erudito, así como el de Balzac y el
de Zola, tanto como el Kim, de
Rudyard Kipling, admiración com-
partida por Borges. “¿Habrá, me
pregunto, libro más hermoso sobre
país alguno y que nos deje una ima-
gen tan imperecedera y tan fiel de
sus más secretas esencias? Lo dudo.
Siempre que abro esta obra de
Kipling para recorrer alguna de sus
páginas, termino leyéndola por en-
tero”. ¿Y qué decir de George
Eliot?: Middlemarch le parece a
Mutis ser la mejor novela jamás es-
crita. O bien, “cae de pronto en mis
manos la hermosa novela de George
Eliot, El molino junto al Floss, uno
de los libros favoritos de Marcel
Proust y, a mi sentir, el modelo más
perfecto de la tradición narrativa in-
glesa, la más sólida y rica de todos
los tiempos, sin lugar a dudas”.
Otra vena extraordinaria en estas
lecturas es la de los escritores olvi-
dados por el tiempo. Ubi sunt tan-
tos autores? “¿Y quién lee hoy a
Norman Douglas, a Aldous Huxley,
a Knut Hamsun, a Panait Istrati, a
Charles Morgan, a John Dos Passos,
a tantos otros que deslumbraron
nuestra adolescencia y nuestra ju-
ventud?” O a Henry Miller. Como a
Mutis, tampoco me han seducido los
dos Trópicos, pero sí otras cosas, y
confieso que gracias a Mutis encon-
tré un Miller completamente distin-
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RES EÑAS LI TERATURA
to, en el caso del extraordinario Viaje
a Nauplia. ¿Y a Malaparte? Mutis
presagiaba ya en 1950 la muerte de
Malaparte hacia el futuro. ¿Dónde
está hoy La piel, dónde Kaputt, dón-
de esos admirables cuentos, como
Sodoma y Gomorra, cuyo personaje
central es Voltaire y que dice que en-
tre Sodoma y Gomorra prefiere dor-
mir en Sodoma porque al menos sabe
cuáles son sus costumbres? Y todas
esas admirables novelas de la guerra
que habrían podido prevenir los de-
sastres de Sarajevo o de Kosovo. Où
sont les neiges d’antan? ¿Dónde es-
tán? ¿Qué se ficieron Mijaíl Shólojov,
el autor de El Don apacible y de la
admirable Lucharon por la patria?
¿Y dónde La hora veinticinco de
Constant-Virgil Gheorghiu? Sería
muy interesante elaborar una selec-
ción de novelas y cuentos sobre la
guerra, en especial sobre la primera
guerra mundial, donde estuvieran
Barbusse, Malaparte, Remarque, y
muchos otros que ahora no se me
ocurren y tantos otros nombres man-
tenidos en las enciclopedias acaso
para mantener la ilusión de un cono-
cimiento colectivo.
En Mutis hay igualmente un amor
por alguna, poca, es cierto, literatura
española, tan rebajada por Borges, y
no me atrevo a decir que del todo sin
razón. Mutis se duele de “una Espa-
ña que ha tenido que soportar la más
necia colección de tópicos y de ideas
comunes de una falsedad alarmante”.
Después del Quijote y de la poesía
del siglo de oro, habría que rescatar
la obra de Galdós. ¡Pero cuántos des-
pachan a Pérez Galdós sin haberlo
apenas leído! O a Azorín; antes del
bostezo habría que leer siquiera una
página de Azorín o de Gabriel Miró,
que por cierto sí sabían escribir. Y
posteriormente autores como Álvaro
Cunqueiro, que “se ha convertido en
el último de mis clásicos secretos”.
Escribió Nicolás Gómez Dávila
que el libro mediocre es más medio-
cre en español que en otros idiomas.
El más grave pecado de España no
ha sido darnos mala literatura du-
rante cuatro siglos, sino algo peor,
pésimas traducciones de la buena li-
teratura del resto del mundo. De
modo que llevamos cuatro siglos
leyendo lo que obtusos profesores
catalanes tienen por literatura y en
las más vergonzosas y personales
aproximaciones. En otros tiempos
nada que hacer porque no había
dónde comparar. El instinto del pla-
gio me dice que esto ya lo dijo algu-
na vez Hernando Valencia Goelkel.
Esto para señalar una honrosa excep-
ción que confirma la regla, dándole
una cachetada: el Tácito de la traduc-
ción de don Carlos Coloma, en el si-
glo XVII. “El castellano de Coloma
logra casi el milagro de recrear esa
‘concisión al rojo fuego’ que admira-
ba Hugo en el historiador latino”.
Así, la hoy del todo olvidada traduc-
ción de don Miguel Antonio Caro de
la Eneida de Virgilio, de la cual pudo
decir Borges que parecía obra origi-
nal. Pero para Mutis Tácito es un ca-
lumniador que “... sigue el sospecho-
so cronista enlodando la memoria de
pobres dementes como Calígula o
Nerón y mujeres admirables como
Livia, Antonia y Agripina, hijas, ma-
dres y esposas de emperadores, mo-
delos acabados de las grandes fami-
lias romanas, virtudes en las que des-
cansó y se afirmó, a través de cinco
siglos, una de las más grandes y fe-
cundas civilizaciones del orbe”.
La mayor parte de las lecturas de
Mutis son relecturas. Algunas de sus
notas tienen el interés de mostrar de
qué manera el lector cambia a tra-
vés de los años. Mutis se refiere no
sólo al deleite sino al “alivio” cada
vez que llega a una relectura prove-
chosa. En el arriba mencionado ar-
tículo sobre Proust, resalta que es
obvio que “cada lectura tiene un
ámbito, una relación, un juego de
preguntas y respuestas, por entero
diferente de la anterior. Porque a
medida que la vida nos va forman-
do y deformando, también los libros
nos van abriendo distintas perspec-
tivas y más amplios horizontes o nos
van cerrando puertas que antes nos
conducían a paraísos o a infiernos
que ya nos son vedados o aún no
están listos para nuestra frecuenta-
ción”. Es lo que le ocurre a él mis-
mo frente a Thomas Mann, por
ejemplo, en una de las notas aquí in-
cluidas, en la que elogia un par de
obras y ataca otras: “Su estilo pom-
poso solía caer con frecuencia en un
soso y profesoral cubileteo de ideas,
a menudo manidas y, en algunos ca-
sos, prestadas artificiosamente a los
grandes autores de la literatura y el
pensamiento germanos”. Se ve que
no había llegado aún a la lectura, que
luego será una especie de revelación,
de Los Buddenbrooks. Años des-
pués, en texto no incluido en este li-
bro, y que debería ponerse junto a
estas dos antologías, como es el li-
bro de conversaciones literarias de
Mutis con Eduardo García Aguilar
publicado por Norma, Mutis confe-
sará su deslumbramiento tras esa
novedosa lectura. Así, algo pareci-
do le ocurre con Faulkner. En los
años cuarenta comenta: “Muy poca
atención se le ha prestado entre no-
sotros a William Faulkner, sin duda
alguna el novelista más original con
que cuentan actualmente los Esta-
dos Unidos...” De Las palmeras sal-
vajes dice que es “imposible de leer-
se, ya que el traductor J. L. Borges
se propuso, con pésima suerte, crear
un pastiche del estilo de Faulkner”.
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LI TERATURA RES EÑAS
Años más tarde, en el libro de
García Aguilar, confesará que ya no
le entusiasma tanto Faulkner y que
libros como El sonido y la furia le
resultan un poco datés, rancios,
como dicen los franceses. Personal-
mente encuentro que hay más de un
Faulkner, con libros mucho mejores
que otros. Y mientras Sartoris o Luz
de agosto me resultan legibles y has-
ta deleitables, no entiendo cómo a
alguien le pueda gustar Mientras
agonizo. Dijo Faulkner, en una cé-
lebre entrevista para la Paris Review
de 1956, que es mejor que toda su
obra escrita, que la composición de
Mientras agonizo le llevó “sólo unas
seis semanas en el tiempo libre que
me dejaba un empleo de doce horas
al día haciendo trabajo manual”.
¿Eso la alcanzará a disculpar?
Álvaro Mutis es, antes que todo,
un lector de poesía. En la compila-
ción de Santiago Mutis aparecen
muchos de los poetas, como el
Neruda del Canto general: “Al lado
de mezquinos rencores de café al-
deano, saltan de pronto en esas pá-
ginas poemas enteros [...] Aun en sus
poemarios más lamentablemente
comprometidos con un marxis-
mo-leninismo tan primario que no
resiste el menor examen, aun allí nos
encontramos, de repente, con versos
luminosos, con momentos de una
plenitud absoluta”. También hay
unas páginas sobre el extraordinario
Gonzalo Rojas, Neruda de nuestros
tiempos. Pero lo más interesante se
advierte en algunos descubrimientos
o redescubrimientos notables, como
el de Carlos Martínez Rivas, ese poe-
ta sin nombre de poeta, a cuyo des-
lumbramiento hemos llegado algu-
nos precisamente a través de Mutis,
un señor poeta, cultísimo, ebrio y
noctámbulo, que, a propósito, mu-
rió en 1998, quizá después de estar
ya en imprenta el libro compilado
por Santiago Mutis, por lo que no lo
reseña en las breves y buenas notas
acompañantes.
Otro amor constante de Mutis es
la poesía de algunos mexicanos:
López Velarde, Octavio Paz... En
tanto en México vivía el mejor de los
poetas colombianos, en Colombia
acaso sucedía al contrario, en un
hombre sencillo, oscuro, que se lla-
maba Gilberto Owen. Del mismo
modo Mutis “descubrió” a Aurelio
Arturo muchísimo tiempo antes de
que su nombre fuese elogiado quizá
como el del más grande poeta co-
lombiano, o igualmente la obra
aforística de Nicolás Gómez Dávila,
de la cual vaticinó su destino de “li-
bro inmenso”.
Pero ninguna de estas dos edicio-
nes nos regala los textos literarios
dedicados a Colombia. Santiago Mu-
tis dice haberlos dejado para otra edi-
ción, aunque varios ya estaban en el
tomo de prosas de la Obra literaria,
publicada en 1985. Y es lástima, por-
que son muy iluminadores. Aquí sólo
se deslizan algunos comentarios pa-
ralelos, como alguno sobre “la ima-
gen y el más cierto sentido de nues-
tra condición de criollos, de ‘hombres
de dos mundos’, con todo lo que
significan de esterilidad, desconcier-
to, ambigua identidad e inevitable sig-
no de prematuro deterioro”, así como
alguna referencia a “ese tropical flo-
recimiento de nuestras letras que los
lelos dieron en llamar el boom”.
¿Qué tienen en común todos es-
tos autores de las preferencias de
Mutis? Una primera y acaso atolon-
drada conclusión que nos tienta es
la de decir que, con poquísimas ex-
cepciones, casi “todos” los autores
de Mutis son autores de derechas o
por lo menos apolíticos. ¿Cómo
ocultar las simpatías nada ocultas
por el conservatismo a ultranza en
alguien que escribió columnas con
nombres tan concretos como Bitá-
cora del reaccionario?, se pregunta
el lector.
Pero de inmediato aparecen las
excepciones, que resultan ser tantas,
empezando por García Márquez,
que nos obligan a revisar el criterio
porque, como diría Sartre, si bien es
cierto que Valery era un intelectual
pequeñoburgués, no todos los inte-
lectuales pequeñoburgueses eran
Valéry.
Me alcanzo a preguntar si los bue-
nos autores habrán sido hombres de
derechas, de lo cual podría hacerse
un estudio interesante, aunque ima-
gino que el resultado sería estéril.
Y es que la cosa no es por ahí.
Quizá sea cierto que la mayor parte
de amores de Mutis sean de “dere-
chas”, pero no es ése precisamente
el criterio distintivo y esencial, y es
el propio Mutis quien nos ayuda, en
uno de los artículos aquí presenta-
dos, al apresurarse a condenar esa
división maniquea entre “izquier-
das” y “derechas”, esas que Ortega
llamara “dos formas de hemiplejía
moral”. ¿Era Erasmo de derechas o
de izquierdas?, nos pregunta Mutis.
No. El criterio fundamental que in-
forma las pasiones literarias de nues-
tro autor es otro, y creo poder afir-
mar que es el de la elegancia. Una
elegancia que se da en todo tiempo
y en todo lugar y dentro de cualquier
tendencia política.
Descubrimos entonces que las
simpatías y antipatías de Mutis no
dependen de los credos políticos sino
de comunes valores estéticos, como
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RES EÑAS LI TERATURA
con García Márquez: una amistad en-
trañable entre el que para algunos es
el más ortodoxo de los marxistas
castristas y el que para otros es el más
retrógrado de los reaccionarios.
Todo, pues, es posible, y nos ayu-
da a resaltar la falsedad de ideas muy
extendidas: la elegancia de Mutis
permite lecturas ambiguas y equívo-
cas. Algunos, por ejemplo, atribu-
yen, entre otras cosas, ese presunto
reaccionismo y amor por la elegan-
cia a un origen bogotano de Mutis.
Suelen ser la misma gente que igno-
ra que “cachacos” elegantes y refi-
nados como José Asunción Silva y
Álvaro Mutis eran hijos de Antio-
quia, de mujeres antioqueñas de raca
mandaca.
Otra cosa es que las lecturas de
Mutis, compartamos o no sus prefe-
rencias políticas, nos hablen en si-
lencio del fenómeno de la esterili-
zación de los autores “oficiales”,
cosa muy de recibo en regímenes de
“izquierda”, así como de la pobreza
de los áulicos de los tiranos de turno
que se aferran al poder y a las pre-
bendas, o de la miseria que resultó
del régimen soviético del siglo XX
para la creación intelectual... En
medios así difícilmente florecen los
elegantes. Tal vez no sea casualidad
que se necesite un ambiente propi-
cio para que un Proust pueda pro-
ducir su aristocrática obra, o lo mis-
mo un Henry James, o un Nicolás
Gómez Dávila o un Alberto Ángel
Montoya entre nosotros.
La aristocracia inherente o inna-
ta, nos queda claro después de estas
páginas, se lleva en la sangre. Se pue-
de ser un buen escritor y regodearse
en lo sórdido, como el Vargas Llosa
de La ciudad y los perros, pero tam-
bién se puede habitar un mundo en
el que no haya más cortesanos que
los voluntarios, como Mutis en la
corte de Felipe II, “todo de negro
hasta los pies vestido”, un mundo
donde no caben los falsarios, los far-
santes ni los impostores, ni de nada
vale adular al monarca. Y ese talan-
te, a su vez, ha tratado de incorpo-
rarlo el escritor —si es que no lo lle-
vó siempre consigo— a su vida
diaria, a sus maneras, a su “algo del
mundo...”, a su estilo elegante de tra-
tar a quienes cree que merecen sus
afectos. Y por demás ha sacado par-
tido de ello. Yo sospecho que las afa-
bles y llenas de simpatía maneras de
Mutis, que su facilidad para acercar-
se a los círculos privilegiados han
contado no poco en la aceptación de
su literatura y en el dificultoso esta-
blecimiento de una fama que luego
se ha sostenido, eso sí, basada en su
evidente calidad; sus vínculos han
sido casi tan excelsos como sus libros
y ha gozado del aprecio de estadis-
tas, príncipes, toda clase de artistas
y, por supuesto, de los más sensibles
y delicados escritores. Y acaso todo
ello sea un síntoma de lo mismo; que
se trata de vivir como se escribe y,
sobre todo, que se escribe como se
lee. Dime qué lees y te diré cómo
escribes.
Comprendemos ahora algo que
pocos han advertido, y es que no es
ninguna bravuconada eso que Mu-
tis ha declarado en múltiples ocasio-
nes de haber querido vivir en la cor-
te de Felipe II y cortejado a la
infanta Catalina Micaela, o que el
gran error de estas repúblicas sura-
mericanas fuera haberse separado
de España, o que el último hecho
histórico verdaderamente interesan-
te fuera la toma de Constantinopla
por los turcos en 1453, declaracio-
nes que han sido tomadas por los
medios equivocadamente, como
siempre, como rasgos de fino humor,
cuando son simplemente verdades
que se articulan con toda una mane-
ra de pensar muy lúcida y coheren-
te, así pocos la compartan. “Soy
gibelino, monárquico y legitimista”.
Tan chistoso Mutis, ¿no?, que decla-
ra que si es católico es más por moti-
vos estéticos que por convicción, así
como Oscar Wilde. Quizá sea una
exageración, pero en sentido inver-
so al que se cree. No es cierto que a
Mutis lo último que le interese sea
la toma de Constantinopla, aunque
la frase ciertamente destaca una
tendencia; lo cierto es que también
le interesan Felipe II, Napoleón,
Chateaubriand, Murat, el Congre-
so de Viena... A veces nos recubre
con nostalgias de los Habsburgos y
podría decir, con Charles Lamb, “yo,
señor, escribo para la Antigüedad”.
Pero también le interesan los disiden-
tes rusos, pues aunque Mutis jamás
haya escrito literatura comprometi-
da, sí lo es que ha leído con gusto a
algunos de los escritores llamados
“comprometidos” y perseguidos por
gobiernos totalitarios, que con lamen-
table frecuencia resultan ser gobier-
nos de izquierdas.
Pero la mayor lección que se des-
prende de estas páginas, a mi enten-
der, es una de desesperanza y escep-
ticismo hacia el sórdido mundo
contemporáneo y su progresivo de-
terioro (“un mundo que se deslíe en-
tre un charco de sangre y codicia des-
enfrenada y que se mece entre el
supermercado y el gulag [...] este
mundo de marketing en el que nos
vamos hundiendo con una incons-
ciencia cada día más alarmante”) y
de esperanza y promesa de belleza
y fuente de placeres inagotables en
el refugio de la torre de marfil de los
buenos libros. Y esta idea tan sim-
ple ya es hoy por hoy una propuesta
sorprendente. En el mundo de la lec-
tura, no así en la vida real, parece
decirnos Álvaro Mutis, usted puede
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [112]
ENS AYO RES EÑAS
ubicarse en el rango, en la clase so-
cial que desee y alternar con plebe-
yos, si lo desea, pero también con
nobles, si su espíritu combina con
aquéllos. Como en el mundo de los
cielos en el Bernard Shaw de Man
and Superman, el lector es libre de
elegir a su antojo el cielo o el infier-
no, según su temperamento, sus in-
clinaciones, sus aficiones. Esta idea,
a propósito, creo que ya había sido
esbozada por Ruskin en Sesame and
Lilies. Y allí, en ese mundo paralelo
pero en una esfera superior, una de
cuyas claves está en un artículo so-
bre Proust, “para el lector nato la
lectura es como una segunda vida,
una existencia paralela que corre al
lado de la cotidiana sólo en aparien-
cia más real que aquélla”, Mutis se
ha creado toda una aristocracia pro-
pia en la que conviven nobles de car-
ne y hueso junto a pícaros de elegan-
tes maneras con almas ennoblecidas,
como Maqroll o Abdul Bashur, que
cantan a los cuatro vientos ese “más
firme amor por la libertad” que, se-
gún el vizconde de Chateaubriand,
otro de los maestros de Mutis en la
prosa así como en sus ideas monár-
quicas, “es propio sólo de la más
acendrada aristocracia”. A Álvaro
Mutis le encantan todos los nobles
que escriben, o los escritores que
además son nobles. Su gusto por lo
elegante jamás se disfraza; le gusta
hablar, y de ello están plenas estas
páginas, de buenos licores, buenos
cigarros, buenos hoteles, hermosas
ciudades, así como de buenos libros.
Esa elegancia explica uno de los
mayores méritos de Mutis; y es que
nadie ha señalado que Maqroll resul-
ta ser el único comerciante interesan-
te de toda la historia de la literatura.
Sus sórdidas empresas comerciales,
no sé cómo, con su elegancia, se con-
vierten en gestas dignas de Homero;
y a la vez su gusto por las empresas
sórdidas sólo se compagina con su
gusto por todo lo subterráneo e ile-
gal, porque los negocios del Gaviero
se parecen sospechosamente a los
que hacen los empleados públicos y
su ambigüedad moral es la misma
que ha llevado su creador consigo
toda su vida. Una de las delicias de
Maqroll es que no es propiamente
un profesor de moral, en un mundo
dedicado a escribir sólo tratados
edificantes con moraleja.
En fin, leamos a Mutis que, como
afirma Marta Senn, es siempre una
especie de bálsamo para el alma. Me
agradaría poder decir escuetamen-
te como el poeta Ramón Cote cuan-
do se le pregunta qué lee: “Mutis,
Mutis y Mutis”. Y agregar a ello las
lecturas de Mutis.
LU I S H. AR I S T I Z Á B AL
Ospina opina
El surgimiento del globo
(edición bilingüe en español
y portugués [trad.: Marisa Mas])
William Ospina
Secretaría de Cooperación
Iberoamericana y Pre-Textos,
Valencia, 2000, 99 págs.
“A diferencia del tratado, el en-
sayo ensaya. Su autor abre caminos
con su reflexión, se detiene, duda,
vuelve a intentar. Mientras que al-
gunos sólo buscan certezas, la tarea
del ensayista es sembrar la perpleji-
dad, enseñar a preguntarse y no dar
nunca una respuesta por cerrada”
(Luz del Amo —Editora—
1
).
Qué difícil escribir cuando se tie-
ne que hacer sobre alguien como el
talentoso autor de los dos ensayos
que componen este libro: “El surgi-
miento del globo” y “El arado y la
estrella”, el maestro William Ospina.
El primero de los dos textos fue
leído en la sesión inaugural del En-
cuentro de Comisarios Iberoameri-
canos de la Exposición Universal
Hannover 2000, en Cartagena de
Indias, el 18 de febrero de 2000, y el
segundo durante la ceremonia de
clausura del V Encuentro Iberoame-
ricano del Tercer Sector. Lo Públi-
co: una pregunta desde la sociedad
civil, realizado en la misma ciudad
el 3 de junio de 2000. Es una edición
bonita, bien hecha, como las que
acostumbra a realizar Pre-Textos,
apenas para un escrito hermoso,
como a los que también ya nos tiene
acostumbradas, a las personas aman-
tes del ensayo y la literatura en ge-
neral, el poeta Ospina, evidencian-
do su preocupación por Colombia,
por el mundo y por nuestro futuro.
Nos dice William Ospina que des-
de el siglo XVI asistimos al “surgi-
miento del globo”, y nos cuenta
cómo desde allí esta idea se ha con-
vertido en una de las mayores obse-
siones de la especie, relatando de
esta forma cómo, con este surgi-
miento, nos encontramos también
con el mercado mundial, en el cual
nuestros países latinoamericanos
fueron protagonistas y aportaron
considerablemente en muchos cam-
pos a lo que conocemos hoy en día
como la Edad Moderna.
Nos llama la atención el escritor
sobre la necesidad de valorar nues-
tros aportes, de entrever también lo
que significó para el mundo la con-
tribución y empuje europeo, pero
también nos llama a no olvidar la
depredación y el saqueo producido
por una sociedad ambiciosa, que nos
lleva a caminos sin salida, cuando
pensamos en que los recursos de que
se ha dispuesto tan tranquilamente
son perecederos, “que sus tesoros
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RES EÑAS ENS AYO
bien podrían no ser para siempre”
(pág. 22).
Reflexiona Ospina sobre la nece-
sidad que deben sentir nuestros paí-
ses de participar en los diálogos que
se establecen en torno a las pregun-
tas por la humanidad, la naturaleza
y la tecnología, los cuales se reflejan
en lo que ahora se conoce como “de-
sarrollo sostenible”, “diálogos de
culturas” y “globalización” (págs.
22-23), sobre lo cual no hay que par-
tir solamente de que tenemos una
gran biodiversidad, sino que es ne-
cesario implementar políticas razo-
nables y mecanismos sensatos para
su uso y protección.
Recalca el hecho de que nuestros
países, desde el momento del “des-
cubrimiento”, han estado enmar-
cados en una economía globalizada,
que no es algo nuevo, “propio” de
este momento del desarrollo de los
mercados internacionales; por el
contrario, lo que vivimos a diario es
producto del haber nacido como
nación en un mercado global que
comprendía —como ahora— la
“...especialización de nuestras eco-
nomías en cierto tipo de productos
—especialización que no siempre
correspondía a las necesidades inter-
nas de consumo, sino a menudo sólo
a los requerimientos de las metró-
polis—” (pág. 24). Añade que desde
hace cinco siglos somos el escenario
de algunos de los más “vigorosos diá-
logos de culturas que registre la his-
toria” (pág. 25).
Sin embargo, aquí debo aclarar
divergencias con William Ospina.
En verdad, muchos elementos de las
culturas americanas tomaron algún
lugar en Europa, así como alimen-
tos, mitos y recursos; es decir, que
tenemos un legado europeo que no
podemos ocultar; pero es necesario
señalar que, aunque existió un inter-
cambio de algún tipo, nunca ha exis-
tido un diálogo. ¿Diálogo? Esta pa-
labra significa una conversación, una
plática entre dos personas que
intercambian ideas, pensamientos,
que se escuchan mutuamente, que
rivalizan en ocasiones pero están
dispuestas a discutirlo con su opo-
nente y transformar su parecer; un
diálogo significa, además de comu-
nicación, un deseo de aprender. Esto
no es lo que ha existido en esta rela-
ción de cinco siglos entre América
—especialmente América Latina—
y Europa. Lo que ha existido son ya
más de quinientos años de explota-
ción, saqueo, ignominia, exterminio,
de imposición de una sociedad so-
bre otra, de la negación de millones
de seres y sus culturas. Es de esto
que somos producto, no de algún
diálogo. Plantear esto sólo permite
negar la realidad, aunque sea en los
discursos, como cuando todo el mun-
do se aprestó a “celebrar” en 1992
el “encuentro entre dos mundos”.
¿Encuentro? Confrontación tal vez,
pero encuentro, en el sentido en que
se pretendía esta rememoración del
12 de octubre de 1492, no.
Nos dice nuestro autor más ade-
lante que somos producto de este
fructífero diálogo: el mestizaje.
Estamos orgullosos de él y enten-
demos que nos da un perfil valio-
so para los retos inminentes de la
especie humana. Pero también es
importante decir que todo ese
mestizaje se lo debemos a Euro-
pa, porque fue su audacia lo que
nos hizo europeos, porque fue su
conciencia humanitaria y su espí-
ritu reflexivo lo que permitió que
conserváramos en parte nuestro
costado indígena americano [...]
Por fortuna, nuestros mayores
tomaron una decisión adecuada
a la época: no renunciaron a la
pluralidad de las lenguas nativas
y aceptaron plenamente el lega-
do de la antigüedad y de vigor de
estas lenguas hijas del latín y del
griego que enriquecieron de si-
glos, de debates y de creaciones
nuestra memoria mestiza. [págs.
26-27]
Declaro que las palabras de William
Ospina me causan estupor. ¿De qué
está hablando? Entiendo la idea de
que lo nuestro es un mestizaje pro-
ducto de esa relación —no dialogal—
entre Europa y América, ¿pero de-
cir que TODO ese mestizaje se lo
debemos a Europa, que es su con-
ciencia humanitaria y su espíritu re-
flexivo lo que permitió que conser-
váramos en parte nuestro costado
indígena? No sé si el maestro utiliza
aquí las palabras más adecuadas para
que formen una oración bien medi-
da, si piensa más en la belleza litera-
ria de lo que dice que en lo que está
significando eso que nos narra, pero
no siento más que incredulidad al leer
estas frases.
No podemos olvidar que el mesti-
zaje que se dio en nuestras tierras fue
producto primero que todo de la vio-
lación, del asesinato, de la necesidad,
en donde las dos sociedades inicia-
ron un tipo de diálogo que no es el
que nos cuenta Ospina: el de la vícti-
ma y el victimario, si a esto se le pue-
de llamar diálogo; posiblemente sí, el
lenguaje puede ser terriblemente
ambiguo en muchas ocasiones: los
interrogatorios policiales en muchas
de nuestras dictaduras se presenta-
ban ante el público internacional
como “diálogos” “civilizados” —es
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [114]
LI TERATURA I NFANTI L RES EÑAS
decir, europeos— entre el detenido
y su interrogador, casi uno se podría
imaginar dos personas tomando el té
con galletitas y todo, sólo que lamen-
tablemente el interrogado sufría al-
gún “accidente”: el té muy caliente,
las galletas muy dulces o secas, que
implicaban que, si sobrevivía, tuvie-
ra varias costillas rotas, los genitales
quemados, el cerebro hecho gelati-
na, pero, bueno, parece que hay diá-
logos de diálogos.
¿Conciencia humanitaria?, ¿es-
píritu reflexivo? Existen dos tipos
de indígenas que sobrevivieron a
este “diálogo” establecido hace qui-
nientos años: unos son los que,
reclutados como mano de obra en
las haciendas —los de las minas
murieron—, eran necesarios para la
producción; los otros son quienes o
estaban en lugares inaccesibles para
la codicia europea o resistieron a la
entrada del espíritu “civilizador”
del viejo continente en sus regiones.
Lo que sobrevive en lenguas y tra-
diciones de las personas que habi-
taban estas regiones antes del in-
fausto suceso de 1492, se debe a sus
luchas, a su oposición a morir, a su
negativa a desaparecer como pue-
blos. No fue gracias a ninguna con-
ciencia humanitaria, ni a ningún
espíritu reflexivo, no fue gracias,
como dice el poeta Ospina, a que
nuestros mayores no renunciaron a
la pluralidad de las lenguas nativas;
fue la lucha indígena durante siglos,
y que continúa hoy en día, la que
ha permitido que sus lenguas y so-
ciedades subsistan hoy. No fue gra-
cias a nuestros mayores ni a Euro-
pa; fue a pesar de ellos.
LE O NA R D O MO N T E N E G R O
1. Tomado de la presentación de esta edi-
ción.
A favor
del lector feliz
Espacios para la promoción
de la lectura
Sergio Andricaín
Colección Los Cuadernos del Taller
N.° 1, Taller de Talleres, Bogotá, 1999,
28 págs.
Literatura juvenil
Beatriz Helena Robledo
Colección Los Cuadernos del Taller
N.° 2, Taller de Talleres, Bogotá, 1999,
24 págs.
Formación de valores desde la
literatura infantil y juvenil
Antonio Orlando Rodríguez
Colección Los Cuadernos del Taller
N.° 3, Taller de Talleres, Bogotá, 1999,
24 págs.
Cuenta Alberto Manguel, en Una
historia de la lectura (Bogotá, Nor-
ma, 1999), que en la sociedad judía
medieval “el ritual de aprender a
leer se celebraba con solemnidad.
Durante la fiesta de Pentecostés, en
la que se conmemora la entrega a
Moisés de las tablas de la Ley en el
monte Sinaí, al niño que iba a ser
iniciado se le cubría con un chal de
oración y su padre lo llevaba al
maestro. Éste sentaba al niño en su
regazo y le enseñaba una pizarra en
la que estaban escritos el alfabeto
hebreo, un pasaje de las Escrituras
y las palabras ‘¡Ojalá sea la Torá tu
ocupación!’. El maestro leía en voz
alta todas las palabras y el niño las
repetía. Luego se untaba con miel la
pizarra y el niño la lamía, asimilando
así corporalmente las palabras sagra-
das” (pág. 101). Esta escena del niño
lamiendo la pizarra untada con miel
resultará asombrosa, sobre todo para
quienes hayan desarrollado alguna
sensibilidad con respecto a la expe-
riencia de la lectura. Entendida como
una metáfora, dos detalles se desta-
can significativamente: el carácter
sagrado de las palabras y el efecto de
“asimilación corpórea” de estas pa-
labras dispuestas como un alimento.
Sumamente simbólica, la imagen de
un niño seducido por la miel repre-
senta a un aprendiz de lector.
Por otra parte, Ítalo Calvino, en
el primer capítulo de Si una noche
de invierno un viajero (Madrid,
Siruela, 1997), escribe: “Antaño se
leía de pie, ante un atril. Se estaba
acostumbrado a permanecer de pie.
Se descansaba así cuando se estaba
cansado de montar a caballo. A ca-
ballo a nadie se le ocurría nunca leer;
y sin embargo ahora la idea de leer
en el arzón, el libro colocado sobre
las crines del caballo, acaso colgado
de las orejas del caballo mediante
una guarnición especial, te parece
atractiva. Con los pies en los estri-
bos se debería de estar muy cómo-
do para leer; tener los pies en alto es
la primera condición para disfrutar
de la lectura” (pág. 12). Así comien-
za esta maravillosa novela que
fabula sobre la lectura, una novela
que se va construyendo con una per-
sistente interpelación al lector.
Manguel y Calvino, el primero
desde la perspectiva histórica, el se-
gundo desde la literaria, nos presen-
tan al lector en un centro en torno
al cual giran la figura del maestro y
el propósito escritor del novelista. Y
es que en los últimos decenios no
solamente los pedagogos se han
dado a la tarea de indagar, compren-
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [115]
RES EÑAS LI TERATURA I NFANTI L
der o seducir a ese complejo y mu-
chas veces esquivo destinatario de
los procesos escriturales.
Con un propósito semejante lle-
gan a nuestras manos los tres prime-
ros títulos de la colección Los Cua-
dernos del Taller, proyecto a cargo
de un equipo interdisciplinario com-
puesto por Sergio Andricaín (soció-
logo cubano), Beatriz Helena Ro-
bledo (colombiana, diplomada en
literatura) y Antonio Orlando Ro-
dríguez (periodista cubano). Según
reza en cada una de las contra-
portadas de estos cuadernillos, que
no exceden las treinta páginas, la
colección estará “dedicada a difun-
dir textos breves, de carácter infor-
mativo o reflexivo, relacionados con
la formación de lectores, la promo-
ción de la lectura, la literatura infan-
til y juvenil y otras temáticas afines”.
La brevedad es, pues, uno de los ras-
gos que distinguirá a esta colección;
otro, es el tema que se va a tratar: la
lectura.
El cuadernillo número 1, titulado
Espacios para la promoción de la lec-
tura, presenta el texto de una confe-
rencia preparada por Andricaín, so-
cio-fundador de Taller de Talleres,
para el seminario “La conceptuali-
zación de promoción de lectura”, lle-
vado a cabo en Cali en 1996. Desde
una perspectiva sociológica, el autor
redefine el significado de promoción
de la lectura como “la ejecución de
un conjunto de acciones sucesivas y
sistemáticas, de diversa naturaleza,
encaminadas todas a despertar o for-
talecer el interés por los materiales
de lectura y su utilización cotidiana,
no sólo como instrumentos informa-
tivos o educacionales, sino como
fuentes de entretenimiento y placer”
(pág. 4). A partir de esta redefinición,
Andricaín distingue las acciones que
evidencian una efectiva promoción
de la lectura. Dichas acciones van
desde una dimensión universal, de-
mocrática, del sistema educativo (re-
ducir o erradicar el analfabetismo y
la deserción escolar; acceder a la re-
creación, al conocimiento y al goce
estético; cultivar el gusto por la lec-
tura; fomentar la creación y la edi-
ción; comprometer a los medios ma-
sivos de comunicación) hasta la
enunciación de las tareas específicas
que les corresponden al hogar, la es-
cuela y la biblioteca, esenciales espa-
cios para la promoción de la lectura.
Acerca del hogar concluye An-
dricaín que su influencia determina
el comportamiento lector de cual-
quier individuo: “el hogar constitu-
ye el punto de partida, la estación
cero” (pág. 10). Quedan, entonces,
erradicadas de allí las prácticas de
lectura como castigo o tortura. Ya
lo había anotado bellamente Daniel
Pennac: “El verbo leer no tolera el
imperativo” (Como una novela, Bo-
gotá, Norma, 1993, pág. 11).
Acerca de la escuela manifiesta el
autor: “Pero, ¡vaya paradoja!, hablar
de promover la lectura en la escuela
es, hoy en día, casi un sinsentido”
(pág. 12). Entre las varias causas de
este mal se arguye, fundamental-
mente, el equivocado sentido de la
enseñanza de la lectura como mera
descodificación, sin contemplar la
posibilidad de la ‘construcción de
significados’ a partir de experiencias
próximas a los lectores. Porque to-
davía muchos maestros ignoran que
el lector —como el autor— es una
pieza clave de lo que Eco ha deno-
minado una estrategia textual, esto
es, un proceso a través del cual el
Lector es evocado o conjurado por
el Autor a partir de diversas pistas
textuales que activan su perfil inte-
lectual —aunque no solamente
éste—. Esto es posible gracias a la
capacidad interpretativa del ser hu-
mano: reconocer similitudes, esta-
blecer contrastes, plantear inferen-
cias, construir hipótesis, hacer
anticipaciones, abstraer estructuras,
etc. En suma, este Lector —que Eco
ha calificado como Modelo o Ideal—
es definido como “un conjunto de
condiciones de felicidad, estableci-
das textualmente, que deben satis-
facerse para que el contenido poten-
cial de un texto quede plenamente
actualizado” (Lector in fábula, Ma-
drid, Lumen, 1993, pág. 89); es de-
cir, descifrado, comprendido, dota-
do de sentido. Con ello se está
afirmando que la significación de un
texto no está depositada totalmente
en el texto mismo sino que es re-
construida por el Lector, esa otra voz
que dialoga con el Autor.
Por último, plantea Andricaín
que, de la mano con la función exi-
gida a los padres en el hogar y a los
maestros en la escuela, los bibliote-
carios “tienen el derecho y el deber
de reivindicar la lectura voluntaria
y gratificante” (pág. 22). La gratui-
dad es, pues, la llave maestra. Se
quiere a la biblioteca como “un es-
pacio esencialmente social y afecti-
vo” (pág. 23), un espacio para el
asombro y el descubrimiento, para
la formación de buenos lectores. En
este sentido, escuchemos el testimo-
nio de un lector (y escritor) iniciado
en las bibliotecas: “Con los años, y
como ha sucedido con todos los ni-
ños, los libros de verdad me cautiva-
ron con sus estampas de colores y
los enormes caracteres con que es-
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [116]
taban escritas sus historias. Después
vinieron los estudios y en medio del
rigor de algunas asignaturas que de
inmediato me resultaron antipáticas,
adquirí una profunda adicción a las
tres horas del martes por la tarde
que, en el lenguaje del pénsum es-
colar, figuraban bajo el rótulo ‘Bi-
blioteca y Humanidades’. Comencé
a refugiarme con impaciencia en los
libros y pronto descubrí mundos iné-
ditos para mí, elegidos sin indicación
alguna, por mi cuenta y riesgo. Des-
cubrí, o intuí, que en los anaqueles
de la biblioteca comenzaba a cobrar
forma el sentido de la libertad” (Ra-
fael Humberto Moreno-Durán, Bi-
blioteca: el escrutinio de la memo-
ria, Universidad de Antioquia,
1992).
El cuadernillo número 2 se inti-
tula Literatura juvenil, o una mane-
ra joven de leer literatura y fue escri-
to por Beatriz Helena Robledo,
directora general de Taller de Talle-
res. Esta vez se focaliza el problema
de la lectura desde las frustrantes ex-
periencias de los jóvenes con la lite-
ratura. La autora señala como el ori-
gen de dicha frustración el que aún
muchos maestros no logran distin-
guir la diferencia entre el acto de leer
y una verdadera experiencia lecto-
ra. En primer lugar porque, miran-
do retrospectivamente, tampoco es-
tos maestros han sido “lectores
felices” y, en segundo lugar, porque
el sistema pedagógico del que pro-
vienen les enseñó solamente a “res-
ponder preguntas ajenas” (pág. 9).
El cuadernillo termina con “Un
menú de lecturas para jóvenes”, cu-
yos criterios de selección son: temas
apropiados para niños y adolescen-
tes (rock, misterio, aventura, escue-
la, fantasía, ficción, familia, amistad,
otras culturas), personajes atractivos
y tratamientos formales que no ofre-
cen mayores dificultades. Platos ju-
gosos para paladares exigentes: Ma-
ría Gripe, Michael Ende, Katherine
Paterson, Christine Nöstlinger,
Roald Dahl, entre otros.
El cuadernillo número 3, bajo la
pluma de Antonio Orlando Rodrí-
guez, director académico del equi-
po, pisa el resbaloso terreno de la
Formación de valores desde la lite-
ratura infantil y juvenil. Resbaloso
por lo discutible que esto puede re-
sultar para los que consideran la li-
teratura en su esencia puramente es-
tética, formal. Sin embargo, pese a
los puristas, hoy en día sabemos que
la literatura no solamente posee un
valor estético sino —sobre todo para
el lector que nos ocupa— un valor
semántico. Entendido que el fin úl-
timo de la literatura es comunicar
experiencias, Antonio Orlando
Rodríguez propone entonces una
lectura ética, esto es, una lectura
desde un particular orden del cono-
cimiento (otros órdenes darían pie
a lecturas ideológicas, teológicas,
psicoanalíticas, etc.). El criterio de
comprensión lectora estaría deter-
minado, así, por los valores que “se
edifican en el ir y venir por la vida
[...] resultado de encuentros y encon-
tronazos con otras personas y con
nosotros mismos, con instituciones,
filosofías, modelos sociales...” (pág.
4). Sin embargo, con suficiente luci-
dez, el autor deja en claro que los
valores y la literatura no chocan en
su propuesta, pues se trata de que el
lector acceda a la reflexión a partir
de textos escogidos no sólo por su
contenido significativo sino por su
calidad estética: “Los valores no sue-
len aparecer explicitados en la obra
y, si lo están, lo más probable es que
la obra no sea literatura de mérito”
(pág. 9).
El enfoque formativo de Rodrí-
guez contribuye, en este tríptico, a
perfilar una postura disidente fren-
te a las tradicionales formas de lec-
tura, una postura en favor del lector
feliz que halla en los libros una oca-
sión para el goce. La figura de aquel
pequeño aprendiz de lector que
lame la pizarra untada con miel o
que lee colgado de las orejas del ca-
ballo, se perfila como un principio
rector para estos Cuadernos del Ta-
ller. Un principio que se ajusta muy
bien a aquella idea expuesta por
Gabriel Zaid: “No hay receta posi-
ble. Cada lector es un mundo, cada
lectura diferente. Nuevas aguas
corren tras las aguas, dijo Heráclito;
nadie embarca dos veces en el mis-
mo río. Pero leer es otra forma de
embarcarse: lo que pasa y corre es
nuestra vida, sobre un texto inmó-
vil. El pasajero que desembarca es
otro: ya no vuelve a leer con los mis-
mos ojos” (Leer poesía, México,
Cuadernos de Joaquín Mortiz, 1972,
pág. 7).
PAT R I C I A VA L E N Z U E L A R.
Narración lineal
De la mula al camión.
Apuntes para una historia
del transporte en Colombia
Jaime Salazar Montoya
Tercer Mundo Editores, Bogotá, 2000,
169 págs., ilustraciones y mapas
El trabajo De la mula al camión.
Apuntes para una historia del trans-
porte en Colombia hace méritos en
cuanto a la pretensión de ser apun-
tes para... Este libro, evidentemen-
te, está estructurado en tres bloques
que, por los presupuestos e hipóte-
sis presentados, parecen escritos por
manos distintas o en momentos di-
ferentes. La primera parte se refiere
a los antecedentes en el siglo XIX y,
con ello, se intenta dar salida al pri-
mer objetivo propuesto: “mostrar la
relación entre los procesos de po-
blamiento, la conformación de las
vías, el surgimiento del intercambio
comercial y los servicios de transpor-
te ofrecidos”. En la segunda parte,
que responde al objetivo de “situar
históricamente el nacimiento del
transporte como negocio” en los al-
bores del siglo XX, el texto da cuen-
HI S TORI A RES EÑAS
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [117]
ta de la transición a un mundo em-
presarial y sitúa la arriería y la na-
vegación a vapor como los predece-
sores de la empresa de transporte
terrestre. Finalmente, la tercera par-
te pone énfasis en cómo la introduc-
ción del camión, como medio de
transporte, dio origen a la consoli-
dación de las empresas de transpor-
te locales y a su proceso de integra-
ción con otras regiones de América.
El libro está sustentado en dos
viejas explicaciones historiográficas
(retengamos la afirmación de Guy
Lardreau de que el discurso de la his-
toria se construye, se inventa en fun-
ción de unos intereses). Una de ellas,
que podríamos denominar la histo-
riografía del progreso, en la cual los
procesos históricos se enfocan, se
piensan y analizan de una manera
lineal, es una interpretación de la
historia según la cual los hombres
avanzan a mayor o menor velocidad,
pero más bien lentamente, en una di-
rección determinada y deseable que
implica la felicidad como objetivo.
Como lo dice Le Goff, desde la Edad
Media es común y recurrente la idea
de una época de decadencia que es
superada por una edad de oro. Otra
visión, emparentada con la anterior,
es aquella que ve en los aconteci-
mientos del pasado los precursores
necesarios del estado actual de la si-
tuación que se desea configurar. De
este modo se quiere dar cuenta de
un progreso que viene en camino,
como si siempre se estuviese en ca-
mino de...; luego se construirán his-
torias totalmente lógicas en las que
las hipótesis y los encadenamientos
de los acontecimientos aparecerán
claros y luminosos, como si existie-
se un camino real por el que transi-
tan los acontecimientos en un orden
estructurado. Más bien es la línea de
los anhelos del historiador, quien ve
los acontecimientos de forma lineal.
El libro muestra de manera lineal
el proceso que se da con la consolida-
ción del transporte terrestre; una de
sus hipótesis, que se podría deducir
de la distribución de los capítulos, es
la de que, partiendo de un mundo de
atraso y postración, la sociedad pasa
a uno de progreso y movimiento.
La primera parte del libro, “Los
orígenes del transporte en Colom-
bia”, presenta un universo de letar-
go económico, de aislamiento espa-
cial y de fragmentación social de la
vida colonial, aspecto que también
aparece en autores como Gabriel
Poveda Ramos y Jorge Orlando
Melo, entre otros. El discurso narra-
tivo sobre los caminos está en
contravía con la compleja malla vial
evidente en la cartografía (mapa de
caminos de herradura —occidente y
noroeste colombianos— siglo XIX).
¿Cómo describir una sociedad atra-
sada cuando la cartografía presenta
lo contrario? En contraposición a la
imagen de atraso que va quedando
en el lector, el autor, en algunas de
sus anotaciones, afirma que “para el
año de 1900, los caminos de herra-
dura, las trochas, algunos tramos
sueltos de líneas ferroviarias, los ríos
y las ciénagas unían los poblados de
las distintas regiones con el mar y las
fronteras. Caminos firmes y transi-
tados o breves y solitarios, en un
territorio que apenas se empezaba
a dibujar”. Entonces, ¿de qué atra-
so y de qué progreso se habla?
Lo que parece olvidar el autor de
este libro es que, por los silenciosos
caminos de los que en algunos casos
queda una huella material, los
chasquis, las cartas y las correspon-
dencias privadas y oficiales hacían su
viaje desde las lejanas ciudades de
la península para llegar a ojos y a oí-
dos de los sencillos poblados de la
geografía del reino. El límite de las
gobernaciones quedaba roto cuan-
do las sugestivas cartas de amor tras-
pasaban la jurisdicción de Medellín
y llegaban a los apartados reales de
minas del Chocó. Contrariamente a
lo que han planteado algunos inves-
tigadores sobre que la preocupación
del Estado por los caminos sería un
acontecimiento del siglo XIX, lo que
evidencia la consulta de los archivos
y de las demás fuentes de la época
es que no sólo la corona legisló per-
manentemente sobre los caminos
coloniales, sino que los cabildos his-
panoamericanos hicieron lo propio
al intentar poner en práctica los pre-
ceptos de la corona. Entonces:
¿cómo se explica que los funciona-
rios de la corona lamentaran cons-
tantemente la falta de caminos y vías
de comunicación? Además, ¿por
qué los investigadores, antropólogos
e historiadores asumen “el embote-
llamiento vial de Antioquia” sin re-
visar la información que reposa en
los archivos y contrastarla con la
evidencia material de muchos de los
tramos de los caminos que aún se
encuentran en buen estado?
El hecho de que las comunicacio-
nes hayan pasado de la mula al ca-
mión obedece a un proceso técnico.
La desvalorización y devaluación de
la mula y de los artificios, el despre-
cio de materias y materiales, de téc-
nicas y tecnologías encuentra un pre-
cedente peculiar en la oposición
entre naturaleza y cultura. Normal-
mente aceptamos, aunque con cier-
ta resistencia, la herramienta que
prolonga nuestro cuerpo, pero con-
tra la máquina nos levantamos al til-
darla de operador de barbarie y de
devastación. Encontramos en esta
tendencia parte de los fundamentos
actitudinales y teóricos de una tra-
RES EÑAS HI S TORI A
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dición historiográfica que ha fomen-
tado y perpetuado esta actitud de
aversión y resistencia. Que los cami-
nos fueran aptos para el tránsito de
mulas y que la gente se desplazara
por estos medios durante algo más
de tres siglos, no es un indicador para
medir el atraso. Lo que revolucionó
las comunicaciones a finales del si-
glo XIX y principios del XX fue la
irrupción del motor transformador
de calor en energía mecánica. Ade-
más de que era imposible desplazar
grandes masas de población a lomo
de mula. Entonces, más que hablar
de una transición técnica de la mula
al camión, lo que se dio fue una ve-
loz transición de la mula al avión.
Habría que agrupar las técnicas y
las tecnologías, como modos y vías
de acción sobre la materia y los ma-
teriales, sobre el eje fabricación-ad-
quisición-consumo —es decir, en el
sentido de su acción común—, para
poder abordar la información refe-
rente a las técnicas y tecnologías uti-
lizadas por los diferentes pueblos,
evidentemente dispersa en la docu-
mentación oficial, y además agrupar
las categorías por las variables con-
tenidas, buscando los patrones de
recurrencia y dispersión, para obte-
ner conjuntos técnicos regidos por
conocimientos mecánicos.
Quizá parezca inútil estudiar ras-
gos tan elementales como sujetar o
golpear, pero ¿hay algún producto,
ya se trate de una tela, de una casa,
de un hacha, de un carro, de una ins-
titución, que no haya experimenta-
do la acción de una herramienta?
Ciertos hechos parecen ser tan na-
turales que suelen pasar inadver-
tidos; sin embargo “su trivialidad es
digna de ser considerada”. Caminos,
vallados, chambas, puentes, técnicas
jurídicas y políticas, entre otros, son
algunos de los elementos dispersos
en el paisaje documental. La herra-
mienta es, pues, el producto de la
relación entre los medios elementa-
les (agua, fuego, aire) y la materia.
Aunque dispersas, son continuas
las referencias en la documentación
a la existencia de un conjunto de téc-
nicas y tecnologías que moldeaban las
materias y materiales ofrecidos por
el medio: metal, piedra, barro, limo,
maderas, animales, entre otros. La
minería, objeto bien evidente, ya que
es la oferta de minerales el motor in-
móvil de muchos procesos; la extrac-
ción del mineral, el lavado de las are-
nas y la fundición a baja temperatura
(método catalán) implican por sí so-
las el manejo de técnicas de fabrica-
ción y de acción sobre materiales
semiplásticos (cuerpos que pueden
ser deformados). Fuelles, sierras, cin-
celes y qué decir de sus familiares, las
armas; todos implican tendencias, gra-
dos y hechos técnicos que es necesa-
rio profundizar. El anterior ejemplo
se refiere a una de las técnicas de fa-
bricación. Citemos otro elemento
esencial y característico en nuestra
historia: los transportes: el llevar en-
cima y el arrastre (para no ingresar
en el campo de la rueda). El porteo
humano, característica casi universal.
El porteo animal: para Vidal de la
Blache, exponente del determinismo
geográfico, quien examina los tipos
de “ruta” que se han sucedido en la
historia (camino de mulas, carretera,
ruta construida, ruta moderna y
ferrocarril), dado que la naturaleza
del relieve decide los modos de trans-
porte, en las regiones accidentadas
triunfará la mula, muy superior a sus
rivales: caballo, buey, camello o yak.
La mula hará aparecer el camino
mulero, escarpado, estrecho, roca-
lloso; el porteo animal sugiere, pues,
acciones técnicas elementales pero
complejas, como la domesticación.
Albardas y sillas, amarres y nudos,
estribos y colleras, anuncian una com-
plejidad instrumental de dispositivos
y técnicas, y un conocimiento y des-
pliegue técnicos.
Por tanto, la relación entre la falta
de caminos, la postración económica
y el aislamiento con el desarrollo agrí-
cola, ganadero y comercial de la re-
gión antioqueña y la apertura de nue-
vos territorios, no es coherente. Se
hace necesario, pues, mirar con más
detenimiento estos contrastes.
El lector tiene en sus manos un li-
bro que ofrece un panorama diferen-
te cuando se ocupa de lo que podría-
mos anunciar como la presencia de
una cultura tecnológica, asociada a un
grupo de acontecimientos técnicos:
embarcadores, comisionistas y agen-
tes, al igual que alarifes y maestros
entendidos, se encargaban de mane-
ra práctica de la concepción y ejecu-
ción de las obras civiles. Desde las
casas de lo profano hasta las profun-
didades de los lugares de lo sagrado
eran marcadas por las huellas de es-
tos hombres. En este orden de ideas,
la tecnología de la construcción como
la de transporte tiene un efecto trans-
formador de la estructura de los ca-
minos. Por otro lado, la información
cartográfica es sugestiva.
F E L I P E GU T I É R R E Z
“Un autor
de quien
todos hablan
y pocos han leído”
Elegías de varones ilustres de Indias
Juan de Castellanos
Edición definitiva al cuidado
de Gerardo Rivas Moreno. Índices
temáticos: Onomástico, toponímico
y de nombres indígenas por Cristóbal
Acosta Torres. Prólogo de Javier
Ocampo López
Gerardo Rivas Moreno editor, Bogotá,
1997, 1594 págs.
Encuentro esta sentencia de José
Martí en Nuestra América:
Estos tiempos no son para acos-
tarse con el pañuelo en la cabeza,
sino con las armas en la almoha-
HI S TORI A RES EÑAS
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da, como los varones de Juan de
Castellanos: las armas del juicio,
que vencen a las otras. Trinche-
ras de ideas valen más que trin-
cheras de piedra.
Hace unos años, para elaborar un
artículo destinado a este mismo Bo-
letín Cultural y Bibliográfico, y que
no versaba propiamente sobre Cas-
tellanos sino sobre la ciudad de
Tunja en la cual vivió aquel hidalgo
sacerdote, poeta y escritor, hacíamos
una apología literaria de la obra in-
mensa y tan olvidada de don Juan
de Castellanos. En ese entonces tuve
que leer buena parte de la obra de
Castellanos en la única edición
conseguible por entonces en el país,
que era la de la Presidencia de la Re-
pública, de 1955, dirigida por Jorge
Luis Arango, en cuatro pesados to-
mos y que estaba bastante lejos del
alcance del público interesado, de
manera que tuve que hacer maromas
casi incomprensibles para obtener
un ejemplar en préstamo. El prólo-
go era de don Miguel Antonio Caro
y hablaba en él de la famosa edición
de Rivadeneira, de 1847, de letra
menudísima, que sólo conozco por
aquella y otras no menos famosas
referencias. Recuerdo bien que con
mucha gracia se refería Caro a ella
diciendo que era “más apropiada
para hacer ciegos que sabios”.
Juan de Castellanos es un autor de
quien todos hablan y pocos han leí-
do, comienza diciendo el admirable
editor de este tomo no menos admi-
rable y único que ahora aparece al
alcance del público en edición que
podría calificarse de bolsillo, o cuan-
do menos de bolsillo de elefante. No
olvidemos que se trata del poema
más largo de la lengua española
(113.000 versos exactamente, ha dic-
taminado esta vez el computador), y
del libro menos conocido de muchos
de los clásicos españoles, y con me-
nos ediciones que cualquiera.
Pero de improviso aparece, como
surgido de la nada y por un empeño
absolutamente individual, un quijo-
te que se atreve a emprender tamaña
empresa, “un atormentado sueño de
mi cotidianidad”, como dice en el
prólogo. ¡Y vaya sueño cumplido!
Creo que el autor tiene todo el de-
recho para sentirse orgulloso de su
logro.
Es preciso, según mi entender,
contar entre el número de los más
grandes descubrimientos hechos
muy recientemente por la razón
humana el arte de juzgar los li-
bros sin haberlos leído.
Tendré que hacer uso vergonzoso de
esta sentencia de Lichtenberg, de tan
usual práctica en nuestros tiempos.
No pretendo haber leído las mil seis-
cientas apretadas páginas, pero toda
la evidencia de las muestras sugiere
que este libro puede resultar para
muchos, basta que no se asusten de-
lante del volumen, una inagotable
fuente de satisfacciones, tanto lite-
rarias como históricas.
La casualidad ha hecho que Cas-
tellanos se ponga de moda. Y es que
esta edición feliz coincide asombro-
samente con la aparición del mejor
ensayo crítico y presentación ante el
gran público de las Elegías. De esta
lectura surge una referencia obliga-
da, naturalmente: toda lectura de las
Elegías debe encuadrarse ahora, ine-
vitablemente, bajo la lupa del libro
de William Ospina, Las auroras de
sangre.
El libro de Ospina es admirable
en muchos sentidos y adquiere espe-
cial relevancia ahora como acompa-
ñante del texto completo de Caste-
llanos. No obstante, la presentación
histórica que de las Elegías hace Ja-
vier Ocampo López tiene méritos
propios como para resistir una com-
paración. Escrito presumiblemente
sin conocer lo de Ospina, desde el
punto de vista histórico se advierte
que Ocampo López domina más el
tema y regala al lector curioso múl-
tiples datos que apenas si interesa-
ron al poeta y ensayista tolimense, y
nos da una visión más acorde con la
historia y con el derecho indiano,
que acaso no le parecieron litera-
riamente valiosos al autor de Las au-
roras de sangre, aunque sí resalta lo
que más conmovió la visión de
Ospina: ese aire misterioso, fantás-
tico, asombroso, que permea todas
las páginas de las Elegías y que an-
taño, antes del realismo mágico, fue-
ra pasado por alto. Pero por otra
parte, desde el punto de vista estric-
tamente literario, el prólogo sí resul-
ta bastante inferior. Y no es que el
prologuista, Javier Ocampo López
sea mal escritor. Lo que sucede, sim-
plemente, es que es un historiador
que escribe como historiador, lejos
de la espléndida prosa poética de
Ospina, con quien desde el punto de
vista estrictamente literario estamos
hablando ya, hoy por hoy, de pala-
bras mayores.
Quiero destacar la delicia de re-
correr estas páginas al azar. Y es que
no es sino abrir el libro y poner el
dedo, por cualquier parte, o a partir
de los índices, como se quiera, para
advertir la exquisita aventura inte-
lectual y estética que se desprende
de la lectura de las Elegías. Si hay
una palabra que califique este libro,
es riqueza, un caudal de recursos sin
fin. Y aquí es donde tiene razón
Ospina. ¡Qué riqueza! Aquí hay
materia para investigar durante toda
la vida, si se desea, tanto como his-
toriador que como literato.
Y como apenas hay espacio para
reseñar tanta riqueza, aprovecharé
para resaltar sólo un par de curio-
RES EÑAS HI S TORI A
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sidades, de diverso tipo, que he en-
contrado al azar de esta provecho-
sa lectura.
Poco es lo que se sabe del benefi-
ciado de Tunja, don Juan de Caste-
llanos, fuera de lo que él mismo nos
cuenta. Sabemos que presenció el
maremoto que destruyó a Nueva
Cádiz, en la actual Venezuela, que
fue ordenado sacerdote en Carta-
gena y que después fue, durante dos
años, párroco de Riohacha: curiosa
destinación que nos pone a pensar,
para uno de los hombres más cultos
de las Indias. Quizá algo tuvo que ver
con el proceso inquisitorial que se le
siguió dos años después, y del cual fue
absuelto, por quebrantar el sigilo
sacramental y un proposición heré-
tica, que nunca se especificaron en el
proceso. Pero tras leer las Elegías se
comprende que un hombre de pala-
bra tan fácil y que tenía tanto que con-
tar dejara escapar ocasionalmente al-
gún secretillo de confesión.
De las Elegías sabemos, por su
primer prologuista, Agustín de
Zárate, que la obra existió alguna
vez en prosa. Pero con el tiempo
—y no sabemos si por fortuna pues-
to que desconocemos el original, que
entre otras cosas es posible que exis-
ta en algún archivo empolvado y
cualquier día aparezca si la incuria y
el olvido lo permiten—, el propio au-
tor se propuso la tarea de pasarla a
octavas reales, u octava rima, estro-
fa de ocho versos endecasílabos de
estilo italiano que poco a poco fue
variando para terminar con multitud
de versos sueltos, carentes de rima,
en el mejor estilo de algunos poetas
del siglo XX, escribiendo diez mil
versos por año, y que lo logró. Poco
más sabemos de él, como que tuvo
mucho dinero y quizás una sólida
amistad con don Andrés Díaz Vene-
ro de Leyva, así como la primera
gran tertulia literaria en el Nuevo
Reino, y que su nieta fue monja
clarisa en Tunja.
Una de las tantas evidencias inte-
resantes que se han pasado por alto
y que siempre me ha sorprendido
que jamás haya sido utilizada, es la
relación que tuvo Castellanos con las
personas que conocieron a Colón.
No conozco uno solo de los biógra-
fos del Descubridor que haya acu-
dido como fuente primaria a Caste-
llanos, por lo demás una de las
poquísimas que existen. Y todo ello
porque simplemente no lo conocen
y los que lo conocen lo consideran
poco fiable, acaso porque no es uni-
versalmente conocido y porque no
saben de la cercanía del cronista
poeta con el Descubridor.
Ahora bien, me sorprenden varias
cosas, como que Gómez Restrepo
mencione en su historia de la litera-
tura colombiana un verso en el cual
Castellanos declara a Colón no so-
lamente genovés, sino concretamen-
te natural de Nervi, poblado anexo
a Génova.
De Nervi natural, lugar honesto,
que dicen descender de
[Normandía...
He buscado inútilmente el verso en
esta edición, así como lo habrán bus-
cado los autores de los índices, que
tampoco, al parecer, lo han encontra-
do. Me pregunto si es que hay varias
ediciones diferentes de las Elegías y
cuál de ellas se habrá utilizado aquí,
pues de ello no hay una sola palabra
como referencia en este libro.
En cambio, sí nos cuenta el cura
de Tunja la historia del piloto caste-
llano que sugirió al almirante la em-
presa del descubrimiento, y que es
muy interesante (pág. 19), así como
la leyenda de un antiguo descubri-
miento hecho por los cartagineses,
vinculado quizá con la leyenda de la
Atlántida (pág. 44).
Igualmente en la simple lectura
de las Elegías resulta de una clari-
dad palmaria que tras el primer via-
je de Colón todo el mundo sabía que
lo descubierto se trataba de otro con-
tinente que no tenía nada que ver
con el Lejano Oriente, bien conoci-
do ya de antaño —desde tiempos de
Plan de Carpin y de Marco Polo—
por los mercaderes europeos, y que
la ingenua versión de un Colón con-
vencido de que había llegado a
Cipango no tiene ninguna validez
más que, si es que es cierta, como
prueba de la enfermedad mental del
Descubridor, empecinado en demos-
trar lo indemostrable.
Valdría la pena señalar algunas
otras curiosidades de tipo histórico.
Según Castellanos (pág. 350) el nom-
bre de Venezuela no fue puesto por
don Alonso de Ojeda sino por un ale-
mán de la casa Welzer, quizás Am-
brosio Alfinger. Es famoso que quien
lo hizo lo haría en recuerdo de
Venecia. Lo único cierto es que sea
quien sea el que lo haya puesto, no
conocía Venecia más que de oídas.
Advierto en esta lectura que hay
en las Elegías una presencia que
poco ha sido resaltada, la del Or-
lando furioso de Ariosto y, lo que
es más interesante, aplicada a la
realidad, como si América fuera
precisamente la encarnación de ese
mundo mítico de las leyendas de
Oriente. Porque aquí podemos en-
contrar a cada paso relaciones y
cosas tan propios de reinos inexis-
tentes, como el nombramiento de
Pedro de Ursúa como gobernador
y capitán general de la región de El
Dorado, “por si se llegase a descu-
brir”. Pero Castellanos lo hace en
una mezcla exuberante de metáfo-
ras barrocas (el marinero es, por
ejemplo, “vivienda de peligros mal
HI S TORI A RES EÑAS
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segura”), prosa cervantina, versifi-
cación de Garcilaso o de Boscán, y
léxico propiamente americano que
culminan a veces en híbridos de
mestizaje poético que trae a la men-
te cosas tan aparentemente lejanas
como la poesía de León de Greiff,
y algo más que lo que ya descubrió
William Ospina, la complacencia en
las enumeraciones y “ese gozo con
las cosas comunes”, sino un estilo
en el que aparecen algunos moder-
nismos o versos que podría firmar
sin vergüenza el viejo bardo antio-
queño escandinavo, “el cual atrás
signifiqué ser jeque / De la provin-
cia de Tamalameque”:
Cuando clara progenie de Latona
Tenía por la eclíptica carrera,
Aquel primero signo de la zona
Oblica, que ciñendo va la esfera;
Cuando quinceno ciento se
[pregona
Con mas treinta y seis años de la
[era,
Tal día con frescor de la mañana
Salió Sedeño de Maracapana.
Quizá la mejor parte del libro es la
dedicada a Quesada, cuando llega al
mundo de los moscas, que son “gen-
te furiosa, suelta y atrevida”, como
los energúmenos bogotanos de siem-
pre. La narración que hace Castella-
nos del baño de oro del zipa en
Guatavita, ese “ungido todo bien de
Trementina...”, se ha convertido en
la versión por excelencia de dicha
historia.
Castellanos trae a colación no so-
lamente gran parte del nuevo voca-
bulario americano sino muchos de
los mitos americanos, así como vie-
jas leyendas; la del apóstol Tomás en
América, o la del fuego de san
Telmo:
Pues yo vi cierta noche de
[aguaceros
Llena la mar de alta
[destemplanza,
Hincarse de rodillas marineros
A San Telmo según común
[usanza;
Y vimos claramente
[compañeros
Reverenciar el hierro de una
[lanza,
Que en popa del navío se traía,
Y con la escuridad resplandecía.
Del mismo modo aparece el episo-
dio de la leche convertida en sangre,
que recuerda la leyenda de san Luis
Beltrán, quien habría exclamado al
exprimir sangre de una arepa en la
mesa de un encomendero (y que aca-
so sea una versión diferente del mis-
mo episodio):
Esta es sangre de los indios:
¿qué provecho podrá hacer a
vuestras almas?
Asistimos luego maravillados a la
lucha de Diego de Altamonte con el
diablo (pág. 552) o a esa escena ex-
traordinaria en el mejor estilo del
realismo mágico en la cual una ba-
raja de naipes persigue por los aires
a una embarcación a punto de zozo-
brar en medio de los agitados vien-
tos de un remolino (pág. 578).
Y no faltan, tampoco, los episo-
dios picantes, al estilo de Aretino,
desde la presencia de Anacaona, “la
libidinosa”, hasta el muy célebre de
las maniriguas o amazonas, pasan-
do por algunos desconocidos, como
aquel que dice:
... Porque todos corremos con
[deseos
De fajar con Angélica la bella
Y metelle las manos por los
[senos
Do se suelen hallar joyeles
[buenos.
O bien el de aquel hombre que mue-
re de muerte plena,
Gozando de mujer, dama
[lozana,
Una siesta cubierta de sudores,
Por asiento tomó cierta
[ventana
Para tomar del aire los
[frescores,
Donde septentrión o
[tramontana
Hacía más templados los
[calores,
Y luego, como aquel rey
[Adebunto,
O como Nicanor, cayó
[difunto.
Y junto con los episodios picantes,
otro de los tonos de este libro y que
se verá medio siglo después en El
carnero de Rodríguez Freyle y que
ilustra un estado mental de la épo-
ca, es el de la misoginia. Aporto un
breve ejemplo:
Ningún animal hay de su
[cosecha
Tan cruel, tan protervo ni tan
[fiero,
Cuanto flaca mujer si se
[pertrecha
(Para vengarse) de furor
[severo...
[pág. 908].
No otra cosa son los pasajes del
Carnero:
Dios nos libre, señores, cuando
una mujer se determina y pierde la
vergüenza y el temor a Dios, por-
que no habrá maldad que no co-
meta, ni crueldad, que no ejecute.
O bien,
con razón llamaron a la hermosu-
ra ‘callado engaño’, porque mu-
chos hablando engañan, y ella,
aunque calle, ciega, ceba y engaña.
RES EÑAS HI S TORI A
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Pero las afinidades con El carnero,
que fue escrito exactamente un si-
glo después de fundada la capital, no
paran allí, y constituirían un estudio
muy interesante acerca de la men-
talidad del conquistador que se va
convirtiendo en colonizador. Véase
esta, con la cual pone punto final a
un capítulo (pág. 636):
... Mas por agora yo me siento
De los pesados lloros cuasi
[ciego,
Querría hacer pausa de presente
Y descansar primero que lo
[cuente.
El procedimiento es parejo al de
Rodríguez Freyle:
Ponga aquí el dedo el lector y es-
péreme más adelante, porque
quiero acabar esta guerra.
O bien:
Y pues la noche dio lugar a esta
retirada y excusó tantas muertes,
excúseme a mí por un rato este
trabajo hasta el día, que pues to-
dos los animales descansan, des-
cansaré yo.
Muy semejante al Carnero es tam-
bién el uso de máximas y proverbios
al comenzar capítulo, como para
adelantar la moraleja y edificar al
lector con la enseñanza moral que
traerá la historia, quizá non sancta,
que se va a relatar.
Mil y mil curiosidades surcan esta
lectura infinita como el mar.
En fin, esta reseña quiere ser ape-
nas un abrebocas para quien se in-
terese en una lectura que, aseguro a
quien llamen la atención estas no-
tas, no dejará de serle grata.
De la edición diré que es acepta-
ble, así sea por el solo hecho de exis-
tir, aunque se nota cierto descuido,
repeticiones inútiles e incluso algu-
na contradicción. Los subtítulos son
confusos, no obedecen a un plan coor-
dinado y están mal numerados, y el
libro está lleno de errores tipográfi-
cos diversos que no son propiamen-
te de Castellanos: aspirati6n por as-
piración..., Benefiao por Beneficiado,
etc., cantidad de tildes mal puestas
sobre las íes. Pero al cabo uno se pre-
gunta, ¿cómo pedir mayor cuidado,
ante semejante tarea titánica, pan-
tagruélica? La ayuda del computador,
quizá sea de gran importancia en una
edición como ésta.
Pero la gloria de este libro es su
documentación, amplísima, que
comprende más de doscientas pági-
nas de índices, a cargo de Cristóbal
Acosta Torres, “quien con escrupu-
losa pasión de relojero armó el mun-
do trágico de las Elegías”. Tanto es
así, que el índice de nombres indí-
genas no es propiamente un índice
sino algo más amplio, un dicciona-
rio, pero es sin duda lo mejor de esta
edición. Acertadas son, por lo de-
más, las muchas ilustraciones que
quitan un poco de monotonía visual
a tantas páginas de endecasílabos en
doble columna.
Acaso si se echen de menos bre-
ves resúmenes previos de cada capí-
tulo para orientar un poco más al
lector, pero no todo podía ser per-
fecto. Quizá no se trate de “la edi-
ción definitiva” como lo pretende el
editor; lo de “edición definitiva”
siempre ha sonado pretencioso y
sugiere próximas señales del Apo-
calipsis. La fecha de la edición
—además— es mentirosa, por cuan-
to, a pesar de haber sido publicado
el libro en 1997 no vino a estar al al-
cance del público sino en 1999.
En suma, esta, la primera edición
de las Elegías de varones ilustres de
Indias, en un solo tomo, es un esfuer-
zo muy notable y dignísimo de
aplauso. Los amigos de las buenas
letras, en todo caso, lo agradecemos
y le damos la bienvenida.
LU I S H. AR I S T I Z Á B AL
Veintiséis mil
treinta y dos
coroneles no tienen
quien les escriba
La guerra de los Mil Días.
Testimonios de sus protagonistas
Aída Martínez Carreño
Editorial Planeta, Bogotá, 1999,
232 págs.
El libro de Aída Martínez Carreño,
miembro de número de la Academia
Colombiana de Historia, es un re-
cuento testimonial de uno de los epi-
sodios más cruentos y polémicos de
aquello que se conoció después
como la guerra de los Mil Días. Tes-
timonial, ya que la autora recurre a
las fuentes vivas a través de los pro-
tagonistas, tanto directos como in-
directos, en un conflicto que a lo lar-
go de tres años produjo ríos de
sangre en una parte del territorio
colombiano, el cual, al mismo tiem-
po, habría de enmarcar luego y has-
ta nuestros días gran parte de las
circunstancias históricas que hoy vi-
vimos. La guerra de los Mil Días es
el libro de una santandereana, de
una bumanguesa que recogió con fi-
delidad en diversas fuentes el com-
pleto material que lo conforma. El
caudal propiamente documental fue
rescatado en el Archivo General de
la Nación, en donde la autora ex-
tractó la información contenida en
HI S TORI A RES EÑAS
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los expedientes de veteranos del Mi-
nisterio de Defensa, los cuales re-
únen alrededor de 26.032 hojas de
vida de los combatientes que espe-
raban ser escalafonados tras su par-
ticipación en el conflicto. Buena par-
te de estos documentos fueron
estudiados por la autora, la cual de-
bió obviar en ocasiones la confusión
o inexactitud de las narraciones con-
signadas. La otra parte de su apoyo
documental la integran testimonios
más próximos, como son los relatos
orales de algunos de los descendien-
tes de los protagonistas, y otros me-
nos directos, como son los apareci-
dos en la prensa de la época. Pero
los testimonios más valiosos en or-
den de importancia los conforman
—parte de la abundante bibliogra-
fía existente y de la cual se hace re-
ferencia en el libro— los documen-
tos íntimos o personales de algunos
de los participantes, tanto directos
como indirectos, tales como diarios
o cartas. Una parte de este material
(en especial el diario personal de
Bartolomé Rugeles López) permite
seguir con gran vividez la naturale-
za del conflicto, centrado en parti-
cular en Bucaramanga, escenario
principal de la guerra, ciudad en la
cual fue escrito el diario de Rugeles,
infortunadamente incompleto. Apa-
recen en el libro transcripciones de
las memorias de Fernando García
Burbano, publicadas por el nieto con
el título de Diario de papá Fernan-
do. Aparecen, asimismo, cartas ínti-
mas, como las de doña María Anto-
nia Mutis de Harker, escritas a su
esposo, un jefe conservador. Como
complemento de todas estas visiones
personales de los acontecimientos de
entonces, consigna el libro apuntes
del Diario personal del abogado con-
servador Manuel Enrique Puyana.
La autora tuvo acceso, además, al
abundante material documental
perteneciente al general Próspero
Pinzón, jefe de las fuerzas gobier-
nistas, compuesto por innumerables
mensajes, órdenes y telegramas, así
como también por cartas persona-
les, tarjetas, discursos y proclamas;
de todo este material que pertene-
ció al militar que condujo las fuer-
zas gobiernistas hasta la victoria fi-
nal, se destaca el material en que
aparece consignada información so-
bre la participación de algunos
miembros del clero en el conflicto:
los “curas espías”, como los llama
la autora, y a los que dedica una
porción de su libro.
Tras la muerte del presidente
Rafael Núñez, en 1894, asume la pre-
sidencia Miguel Antonio Caro y se
inicia así uno de los periodos más
críticos para la Colombia de enton-
ces. La intransigencia de Caro ter-
minó por encender los ánimos del
ala radical del partido liberal, lo cual,
sumado al caos económico en que
se encontraba sumida la nación, de-
terminó finalmente la oposición
abierta del liberalismo, representa-
do en el Congreso por dos de sus
miembros: Luis E. Robles y Rafael
Uribe Uribe. En los sufragios presi-
denciales de 1898, y ante la imposi-
bilidad de ser reelegido, pues por
mandato constitucional estaba impe-
dido, Miguel Antonio Caro decide
seguir gobernando el país a través
de Manuel A. Sanclemente, como
presidente, y de Manuel María
Marroquín, como vicepresidente.
Viejo y enfermo, Sanclemente es ele-
gido, a pesar de la oposición de la
Cámara de Representantes y del
mismo partido conservador, al cual
pertenecía. El 3 de noviembre de
1898, Sanclemente fue posesionado
por la Corte Suprema de Justicia y,
como su estado de salud le impedía
residir en Bogotá, debió ejercer su
gobierno desde las poblaciones de
Anapoima, Tena y Villeta, alejado
por completo del centro del poder.
Su ausencia de Bogotá, así como sus
roces con la fronda burocrática que
imperaba entonces en el país, dificul-
taban cada vez más su gobierno y lo
fueron alejando del poder. Sancle-
mente comprendía que la división
del partido conservador ponía al país
al borde de la revolución. Su políti-
ca de “Paz, concordia y tolerancia”
no era tenida en cuenta.
La baja en el exterior de los pre-
cios del café (uno de cuyos mayores
productores y exportadores era
Santander), el mal manejo de las fi-
nanzas públicas y el déficit fiscal, fue-
ron los factores que habrían de ace-
lerar el proceso revolucionario que
iniciaría el liberalismo apoyado por
una facción del conservatismo cono-
cida como los “históricos”. En
Santander, futuro escenario de la
guerra, la situación de crisis econó-
mica se sentía con mayor intensidad
y agudizaba aún más la situación
política. En el gobierno del vicepre-
sidente Marroquín la crisis se ahon-
daba, pese a que quiso gobernar con
autonomía ante Caro. La gravedad
de la situación política y económica
tuvo su detonante en el decreto de
julio de 1899, en que se declaraba
turbado el orden público en Cundi-
namarca, Boyacá y Santander. Se des-
atan las persecuciones políticas en
otras regiones del país mientras el li-
beralismo reclamaba el reconoci-
miento de sus derechos políticos, la
participación en los cargos de elec-
ción y garantías para sufragar. El li-
beralismo de Santander, que en 1884
se había levantado ante los malos
manejos en el proceso electoral,
como también lo había hecho en
1895, fue derrotado en ambas ocasio-
nes, por lo cual imperaba dentro del
partido un sentimiento revanchista
que luego sería explotado por los je-
fes de la revolución.
En la reunión liberal de Zipaquirá
en 1898, comienzan a perfilarse dos
de las figuras más importantes de la
revolución: Rafael Uribe Uribe y
Foción Soto. En 1899, en Buca-
ramanga, se da el paso definitivo en
favor de la guerra, con la participa-
ción de Uribe Uribe y los más im-
RES EÑAS HI S TORI A
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portantes jefes liberales del depar-
tamento. Allí se destaca el liderazgo
de Uribe Uribe y surge el compro-
miso de hacer la revolución, a la que
los comprometidos dedicarían “to-
dos sus esfuerzos económicos y el
trabajo que ello demandara”, y para
dar inicio a la misma se estableció
una fecha tentativa (20 de octubre
de 1899), en la cual se haría la decla-
ración formal de guerra y la consi-
guiente toma de Bucaramanga.
Aquileo Parra, que era en ese enton-
ces el director del partido, no esta-
ba de acuerdo con esta decisión, que
consideraba apresurada, y por ello
renuncia. En su lugar fue elegido en
Santander Paulo Emilio Villar, un
liberal belicista, y se da así comien-
zo al proceso agitacional a través de
las “juntas” creadas para revitalizar
el partido. La guerra se inicia antes
de la fecha fijada, débilmente orga-
nizada y mal dirigida, lo cual era sa-
bido por los miembros del directo-
rio liberal que se oponían a la misma.
Días después de iniciadas las hosti-
lidades (27 de octubre de 1899), se
conoció una carta, enviada por uno
de los jefes revolucionarios, apresa-
do por las fuerzas del gobierno, en
la que se afirmaba que la revolución
sólo se llevaba a cabo en Santander
y no en el resto del país. El 5 de no-
viembre de 1900, Uribe Uribe llega
a la Mesa de los Santos con el pro-
pósito de detener la guerra, pero fi-
nalmente allí acepta dirigir las accio-
nes. El día 14 del mismo mes, luego
del fracaso de las fuerzas revolucio-
narias en la toma de Bucaramanga,
Uribe Uribe se presenta en Piede-
cuesta para evadir su responsabili-
dad en la acción fracasada, pues, se-
gún él, no había dado la orden de
iniciar el ataque. Por ello, al ver per-
dida la situación, se retira a Tona. A
raíz de esto, muchos de los revolu-
cionarios perdieron la confianza en
Uribe Uribe a pesar de sus descar-
gos. Hubo entonces una dispersión
de las fuerzas, ya que varios de los
combatientes se negaban a seguir al
“antioqueño”, habían dejado de
creer en el “maicero”. En el pueblo
de San Andrés un grupo de boya-
censes al mando del general Tomás
Ballesteros se rebeló con gritos de
“muera y abajo el general Uribe
Uribe”. El 21 de noviembre de 1900
queda plenamente confirmada la
noticia según la cual sólo en San-
tander se daban los levantamientos
mientras que en el resto del país rei-
naba la paz. Tras el fracaso de la re-
volución en Santander, arreció la
represión sobre los liberales en el
resto del país por parte del gobier-
no, la cual se centró en primer tér-
mino en Cundinamarca y en el
Tolima. Como saldo a favor de las
fuerzas revolucionarias liberales en
la guerra, sólo queda la victoria de
éstas en la batalla de Peralonso. A
comienzos del año 1900 la guerra
arreciaba en Cundinamarca y en el
Tolima al mismo tiempo que el go-
bierno de Sanclemente era cada vez
más débil y opaco. Ante esto anota
la autora: “Un gobierno débil buscan-
do sostenerse con decretos inti-
midatorios, un presidente manipula-
do por sus inmediatos, una situación
económica desastrosa, cubierta con
emisiones de billetes sin ningún res-
paldo, frentes de batalla en diversos
puntos del país y un general [Pinzón]
asaltado por dudas e inseguridades,
fueron las ventajas que la revolución
liberal dejó escapar perdiendo una de
sus mejores oportunidades”. Sobre el
discurso triunfalista pronunciado
por Uribe Uribe en Ocaña tras la
derrota sufrida en Palonegro, anota
la autora (que trata de rescatar la
imagen del general derrotado):
“Aún tuvo Uribe Uribe, ya abierta-
mente distanciado de los otros jefes
liberales, el coraje [subrayamos] de
pronunciar un nuevo discurso en la
plaza de Ocaña que es muestra de
su tosudez [subrayamos], de su va-
lor, de su resistencia a la adversidad
[...] y hasta su empeño de ocultar la
tragedia más allá de lo posible [sub-
rayamos]”. El discurso de Uribe
Uribe termina así: “Cuando más po-
drá decirse que fue una batalla inde-
cisa” (a pesar de la aplastante victo-
ria de las fuerzas gobiernistas en ella,
agregamos). Y añade la señora
Martínez, al comentar los esfuerzos
de los jefes liberales para resarcirse
de la derrota: “emisión de billetes
toscamente impresos, puros papeles
sin ningún valor...”. De los cinco ejér-
citos anteriores, el Supremo Direc-
tor de la Guerra sólo logró confor-
mar luego tres y se procedió a una
contraofensiva sobre Rionegro, pro-
vistas las fuerzas de sólo 40.000 car-
tuchos. Agrega finalmente la autora:
“No se entiende por qué regresaron
en busca del enemigo sobre una re-
gión ya desolada, cuando estaba des-
pejado el camino hacia la Costa en
donde había elementos de toda clase
y el general Justo L. Durán tenía un
ejército deseoso de pelear. Lo que
vino de allí en adelante, finales de
junio hasta agosto de 1900, fue una
sucesión de encuentros y derrotas,
decepciones y amarguras”.
Durante los meses de julio y agos-
to de ese mismo año los “ejércitos”
liberales dieron doce batallas en
tierras santandereanas y las perdie-
ron todas. Con la batalla de Palo-
negro en esta región se cierra el pri-
mer capítulo de lo que se conocería
después como la guerra de los Mil
Días, en la cual se combatió sin in-
terrupción del 11 al 25 de mayo del
mismo año; pero vendría después un
segundo capítulo, más largo y san-
griento aún, que marcaría hasta el
presente la historia de Colombia.
Esta vez el país entero debió sopor-
tar en todo su territorio una absur-
da guerra partidista que ensangren-
tó el territorio durante tres años y
por la cual debimos pagar después
todos los colombianos un precio de-
masiado alto, no sólo en sangre
derramada, sino también en atraso
económico y social. Y como si ello
no hubiera sido suficiente, mientras
los colombianos de aquella época se
mataban entre sí azuzados por con-
HI S TORI A RES EÑAS
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signas banderistas, los gringos nos
cercenaban a Panamá. Al final de
aquella pesadilla, en tanto que en
países hermanos se fortalecían las
instituciones, se afirmaban las bases
de la convivencia nacional y se crea-
ba riqueza, en Colombia empezába-
mos a despertar apenas de aquel mal
sueño a partir de 1903, el año en el
que el presidente Rafael Reyes lo-
graría imponer la paz e iniciar así un
lento y fatigoso recorrido durante el
cual no hemos logrado aún sacudir-
nos el viejo saldo rojo de injusticia,
violencia y atraso. Son los coletazos
del pasado.
EL K I N GÓ ME Z
Ícaros criollos
Otro cóndor sobre los Andes.
Historia de la navegación aérea
en Colombia
Gustavo Arias de Greiff
Colección Especial Bancafé, Litografía
Arco, Bogotá, 1999, 224 págs.
En el año 1994 se inicia la publica-
ción de la Colección Especial Ban-
café y de la cual el presente volumen
es el sexto publicado. El propósito
central de esta colección fue ofrecer
una visión amplia y completa sobre
el desarrollo de la actividad del
transporte en nuestro país, y para
ello el autor eligió con acierto el me-
dio más indicado: un libro que ofre-
ciera a los lectores, además de un ex-
celente recuento histórico sobre
cada una de las modalidades de esta
actividad a través de su desarrollo,
el rico legado gráfico existente, tan-
to en archivos como en colecciones
particulares. Conformado por nu-
merosas fotografías, todas ellas son
el mejor documento que permite fi-
jar en el tiempo la auténtica odisea
que constituyó la actividad del trans-
porte en Colombia a partir de la le-
gendaria mula y, posteriormente, del
tren. Como pasos siguientes ven-
drían la navegación en barcos de
vapor y otros más modestos, pero
originales y pintorescos como la
“chiva” y el cable aéreo. Otro cón-
dor sobre los Andes, libro del doc-
tor Gustavo Arias de Greiff, viene a
completar, junto con los anteriores,
la hermosa colección sobre la histo-
ria del transporte en Colombia, con
el salto más grande y prodigioso
dado por esta actividad, cual es el de
la aviación, y que nos permitió pa-
sar, como dice la frase nunca desgas-
tada, “de la mula al avión”. El libro,
de gran formato, presenta un exten-
so índice bibliográfico al final, con
citas y notas correspondientes a cada
uno de los capítulos, y en el cual apa-
recen los nombres de los autores y
las obras consultadas. La calidad edi-
torial del libro, así como la completa
información contenida, integran, jun-
to con la excelente muestra fotográ-
fica, un verdadero documento sobre
la historia y evolución de la aviación
en nuestro medio.
En el año 2000 se cumplieron 81
años del nacimiento de la aviación
en Colombia, tanto de la civil como
de la militar. Esta nueva actividad en
el mundo había dado ya sus prime-
ros pasos a finales del siglo XIX, sin
tener en cuenta, claro está, los inten-
tos iniciales durante el siglo XVIII,
que permitieron al hombre elevarse
sobre el suelo en un globo aeros-
tático. En el siglo pasado, y a partir
de la primera guerra mundial, los
adelantos técnicos logrados permiti-
rían muy pronto que los frágiles avio-
nes de madera y tela del comienzo,
provistos sólo de un pequeño motor,
adquirieran la fuerza y la autonomía
de vuelo necesarias para elevarse so-
bre el suelo de los países en donde la
aviación tuvo sus orígenes, y cruzar
sus fronteras para llegar a países tan
lejanos como el nuestro, aunque pri-
mero debieron hacerlo en las bode-
gas de los barcos, finalmente en tren
y en ocasiones a lomo de mula, antes
de que pudieran remontar los aires
de nuestra Colombia. Una vez arma-
dos en tierra los aviones, llegaron
también sus aviadores, como fueron
llamados durante algún tiempo los
inolvidables aventureros que vola-
ron aquellas primeras máquinas.
Quizá sea esta etapa inicial la más
romántica de la aviación y de la que
habrían de escribirse luego historias
y relatos de ficción memorables y a
los cuales se refiere Arias de Greiff
con justificada nostalgia. Dice con
toda razón que entre los años veinte
y cuarenta el influjo de la magia de
la aviación fue mayor que el que
habrían de ejercer más tarde los via-
jes al espacio, los satélites, el viaje a
la luna. Las películas que vendrían
luego, como 2001: una odisea del es-
pacio, y las demás del mismo géne-
ro, logran impactar más por el
impresionante despliegue de tecno-
logía cinematográfica, por la espec-
tacularidad de sus imágenes, más
cerca de las tiras cómicas y alejadas
por completo de la fascinación ro-
mántica que ejerció la aviación en
sus primeros años y que produjo a
su vez su propia literatura. Un pe-
queño biplano de madera y tela que
surge lentamente del fondo de un
ocaso esplendoroso y aterriza dan-
do saltos en una llanura solitaria.
Esta imagen en la mente del re-
señista pudo haber surgido de la
pantalla de un cine olvidado o tal vez
sea un reflejo de lecturas lejanas de
adolescencia, el recuerdo de aque-
llos aviadores legendarios, tanto los
reales como los imaginarios: Jean
Mermoz, Antoine de Saint-Exupéry,
Alcock Brown, Lucky Lindy, Wiley
Post y muchos otros que cita Arias
de Greiff, y se refiere igualmente a
uno de los héroes más grandes de la
ficción aérea: el gran Bill Barnes, in-
vencible en el aire.
Pero si la literatura, y aun el cine,
tuvieron en aquella época sus hé-
RES EÑAS HI S TORI A
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roes, estaban también los de carne y
hueso, los aviadores europeos y nor-
teamericanos, algunos de los cuales
vendrían a Colombia y entre los que
se destacan los alemanes como fun-
dadores de empresas. Vendrían lue-
go sus émulos en nuestro país, los
primeros aviadores colombianos:
Camilo Daza, Méndez Rey, José Ig-
nacio Forero, Concha Venegas...
Después de las que podrían lla-
marse las “grandes travesías”, em-
piezan a surgir las primeras compa-
ñías de transporte aéreo en el
mundo, y entre los años 1918 y 1919
nacieron algunas que fueron el ori-
gen de muchas de las actuales. En
1919 surgen en Colombia las com-
pañías CCNA y Scadta. Sin embar-
go, debe considerarse como el pri-
mer vuelo efectuado en Colombia el
realizado por el canadiense John
Smith, en diciembre de 1912. El 26
de enero del año siguiente repitió la
hazaña en Medellín. Antes de estos
vuelos todas las demás tentativas no
habían sido más que ensayos preli-
minares. Sobre las incidencias de
estos dos vuelos de Smith, el doctor
Arias de Greiff anota algunos he-
chos curiosos. A comienzos de sep-
tiembre de 1920 el antioqueño Fran-
cisco González, sin ninguna ayuda
oficial, hizo varios vuelos en Mede-
llín en un avión Caudron G-III, el
cual fue bautizado con el nombre de
Antioquia. El 12 de febrero de 1921
realizó otros vuelos en Medellín,
Manizales y Cartago; finalmente su
avión sufrió daños graves a finales
de agosto. Agrega el autor que
González tuvo siempre dificultades
para finalizar sus vuelos, por lo cual
se decía entonces que “Pacho vola
pero no aterra”. Hasta que, en uno
de aquellos desafortunados “aterri-
zajes”, González perdió una pierna
y debió abandonar sus vuelos. En-
tre el nutrido desfile de pilotos que
desempeñaron un papel importan-
te, se destaca en especial el gringo
William Knox Martin, que parece es-
capado de uno de aquellos relatos
de personajes y hazañas aéreas men-
cionados antes. Bebedor, pendencie-
ro y pintoresco desde donde se le
mire, Martin alternaba sus vuelos
por el país con grandes francachelas
y trifulcas que lo hicieron famoso.
Un día los empresarios para los cua-
les trabajaba decidieron despedirlo,
por “la costumbre de empinar el
codo más de lo mandado”. Martin
regresó a los Estados Unidos, y se
supo más tarde que el tempestuoso
personaje murió al estrellarse en su
automóvil en una carretera de Nue-
va York, al término de una fiesta de
“varios días”. Con él perecieron sus
“compañeros de orgía”. Pero el caso
del piloto francés que lo reemplazó
no es menos curioso. El aviador fran-
cés Ferdinand Michaux inició sus
vuelos en el país en un avión Stan-
dard J-1, pero su contrato fue can-
celado por el propietario de la nave,
pues según sus propias razones, el
francés “necesita muchas cosas para
volar. Necesita muy buen tiempo.
Una alimentación apropiada. Brúju-
la. Aparatos de toda clase. Es muy
precavido. Cualquier brisita, aun la
más ínfima, es suficiente para que se
cancele el vuelo. Y el señor Clopa-
tofsky [propietario del avión] ha per-
dido mucho dinero por esta razón.
El piloto del avión ‘Bolívar’ será en
lo sucesivo Camilo Daza [...] Mi-
chaux tendrá que irse. No es avia-
dor para el trópico”. Esta anécdota,
además de curiosa, es también sig-
nificativa, pues con el retiro del exi-
gente piloto francés entra en escena
uno de los grandes pioneros de la
aviación colombiana, como fue Ca-
milo Daza.
Entre anécdotas y apuntes pinto-
rescos, el doctor Arias de Greiff va
dando cuenta a través de su libro, y
de forma muy completa, de todo el
proceso histórico de la actividad aé-
rea en Colombia. Sobre las inciden-
cias que acompañaron la fundación
de las primeras empresas en el país
aporta la más completa información
y muestra con toda claridad el papel
desempeñado por algunas compa-
ñías norteamericanas con el fin de
asumir la primacía (o el monopolio)
de la navegación aérea, tanto den-
tro del país como en el exterior. Ya
con los vuelos de Martin empiezan
a nacer las primeras empresas de la
aviación comercial, y la pionera de
ellas fue la Compañía Colombiana
de Navegación Aérea (CCNA), fun-
dada el 16 de septiembre de 1919 en
Medellín por algunos empresarios
antioqueños, contagiados por el en-
tusiasmo que sentía por los aviones
don Guillermo Echavarría Misas.
Nacería luego la segunda, la Socie-
dad Colombo-Alemana de transpor-
tes aéreos (Scadta), la cual, en 1940,
se transformó en la actual Avianca,
lo que hace de esta empresa colom-
biana una de las líneas aéreas más
antiguas del mundo, aunque no la
segunda después de la KLM, como
se ha afirmado a veces. Es de inte-
rés, igualmente, lo que anota el au-
tor sobre los inicios del correo aé-
reo en Colombia y aclara de paso
sobre el verdadero surgimiento de
esta actividad. El 22 de febrero de
1920 la compañía CCNA inició el
servicio regular de correos y al mis-
mo tiempo debió afrontar aquel
mismo año una racha de accidentes
que costó vidas de pilotos y pasaje-
ros. Entretanto, Scadta adquiría los
primeros aviones metálicos, Junkers
construidos para el transporte de
pasajeros; contaban con cuatro
asientos, cabina cerrada y otros
avances. Inicia entonces Scadta, con
mejor fortuna, sus servicios y cubre
sus rutas con dos Junkers F-13, mien-
tras que CCNA había perdido ya la
mitad de sus aviones y pilotos. El
recuento de estos comienzos inclu-
ye otro tipo de incidencias que fue
necesario superar con derroche de
ingenio y valor. Las limitaciones,
tanto geográficas como de orden téc-
nico, de aquellos días obligó a pilo-
HI S TORI A RES EÑAS
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VARI A
tos y mecánicos a poner a prueba su
inventiva con adaptaciones mecáni-
cas, tales como un radiador de auto-
móvil adicional, de mayor tamaño
que el del avión. Las sorprendentes
peripecias que marcaron esos vue-
los, la inventiva de los técnicos y el
valor de los pilotos, hicieron posi-
ble que el país contara desde aque-
llos primeros años con una verda-
dera actividad aerotransportadora.
Los vuelos de itinerario de Scadta
entre Barranquilla y Girardot se ini-
ciaron oficialmente el 21 de septiem-
bre de 1921.
En el capítulo titulado “Los pre-
cursores”, el libro expone con deta-
lle el papel que habrían de desempe-
ñar los primeros pilotos colombianos,
tanto en nuestra aviación civil como
en la militar. Méndez Rey decide re-
petir la hazaña de Lindbergh de cru-
zar el Atlántico en un vuelo Nueva
York-Bogotá. En el capítulo titula-
do “El sueño de Von Bauer y
Hammer y la intromisión de Pan
American”, el autor hace un re-
cuento muy completo del papel que
habría de desempeñar el empresa-
rio austríaco Peter Paul von Bauer
en el desarrollo de la naciente
Scadta, a la que llevaría hacia 1930
a su mayor crecimiento, afianzada
ya como una empresa sólida que ex-
tendía sus rutas a otros países.
Cuando la poderosa Pan American
logró imponer sus condiciones, Von
Bauer había abierto ya agencias de
Scadta en varios países: Alemania,
Francia y en los mismos Estados
Unidos. Con la visión que lo carac-
terizó siempre, inició su plan de ha-
cer de esta empresa colombiana una
de las más sólidas en el mundo de
entonces. Von Bauer se rodeó de los
mejores hombres: Hammer, Behr, el
científico Herman Kuehl, integran-
te de la sección científica de Scadta
y el piloto Schülz. El recuento ofre-
cido por Arias de Greiff sobre el
proceso de formación de nuestras
primeras empresas aéreas, sobre los
hombres que participaron en él, la
información sobre las incidencias
que acompañaron el surgimiento de
algunas empresas norteamericanas
y las fusiones entre algunas de ellas,
es la más completa que pudiera es-
perarse. Los capítulos que integran
el resto del libro van conduciendo
al lector a través de una historia poco
conocida, como es la de la navega-
ción aérea en Colombia y en el mun-
do en general. El libro presenta un
logrado equilibrio entre la parte
anecdótica, interesante y significati-
va, y el contenido propiamente his-
tórico sobre la navegación aérea
como empresa comercial.
EL K I N GÓ ME Z
El ojo ajeno
Parecidos y diferencias
entre Colombia y la Argentina
En Bogotá abundan los mendigos.
En Buenos Aires también. En Bo-
gotá hay muchos que además son
locos, o lo parecen, por su discurso
incoherente, sus repeticiones, ade-
más del atuendo y el gesto. En Bue-
nos Aires también hay bastantes de
ésos.
Otra cosa es cuando el pedido tie-
ne un matiz, más o menos notorio,
de amenaza. Y siempre lo tiene, tan-
to en Bogotá como en Buenos Aires
—lo tiene hasta cuando el pedido es
sumiso y cortés; quizás entonces es
cuando más se siente la amenaza. De
hecho, la amenaza es la premisa de
todo el asunto. Los indigentes debe-
rían robarnos y matarnos, si tuvieran
la dignidad y el arrojo necesarios.
Esta mañana, en una esquina de
La Candelaria, una mendiga me
abordó ofreciéndome en venta algo
que tenía entre las dos manos, un
animal. Me detuve a mirar creyen-
do que era un perrito, pero era un
pájaro, un pájaro chico, como un
gorrión, en mal estado, con las plu-
mas despeinadas. Tenía el color de
los gorriones pero con el pico dema-
siado largo.
—Mire qué bonito.
Negué con un balbuceo y algo de
asco. Ella insistió:
—Déme una moneda y se lo doy.
Entonces, ya repuesto de la sor-
presa, respondí en forma más
articulada:
—No, muchas gracias; no tendría
dónde meterlo.
Entre paréntesis, después se me
ocurrió que podría haberlo adquiri-
do para soltarlo. En el momento,
tuve como un relámpago de pensa-
mientos agolpados con imágenes del
hotel, el aeropuerto, el avión, con-
migo ocultando el pájaro, etc., como
una pesadilla instantánea).
Seguí mi camino, pero la mujer se
puso a mi lado:
—Le agradezco que por lo menos
me haya respondido con amabilidad.
Otros se dan vuelta sin decir nada, o
dicen “¡Fuera, loca!” Yo también soy
un ser humano, sólo que he tenido
la desgracia de vivir toda la vida en
la calle.
Era una mujer joven, bastante
linda, y no demasiado mal vestida,
aunque era evidente que era habi-
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VARI A
tante de la calle y que estaba un
poco desequilibrada. La dentadura,
bastante bien, aunque le faltaban
algunas piezas.
—Y además, siguió, sufrí dos ope-
raciones, fíjese. —Empezó a buscar
la cintura del pantalón. A esa altu-
ra, yo había echado mano al bol-
sillito del jean donde llevo las mo-
nedas, pero ese bolsillo es tan
estrecho que tengo que meter un
solo dedo, empujar las monedas a un
costado y sacarlas a presión, lo que
me lleva bastante tiempo. Ella ya se
había bajado el pantalón y me esta-
ba mostrando una larga cicatriz ne-
gra en línea recta que iba desde el
ombligo hasta el sexo —de este últi-
mo tuve un involuntario atisbo.
Puse cara de “qué feo, qué des-
agradable”, pero ella no se lo tomó
a mal, seguramente porque lo inter-
pretó en el sentido que yo había que-
rido darle: qué feo que le pasen esas
cosas a la gente.
Qué rara es la mente; lo que me
puse a pensar en ese momento era
el colmo de la frivolidad, a saber
cómo podía ser que le hubieran he-
cho dos operaciones, y sólo tuviera
una cicatriz. O bien habían sido las
dos en el mismo lugar, o bien una
fue abajo o arriba de la otra, y sim-
plemente hubo que extender el cor-
te. En fin, la enfermedad es un argu-
mento bastante corriente en esta
clase de transacciones. Unos minu-
tos antes, al entrar a la catedral, un
mendigo con la mano extendida me
dijo: “No pido dinero. Tengo ham-
bre. Estuve en terapia”. Y me lo re-
pitió textualmente cuando salí.
Mientras tanto, le había dado to-
das las monedas que tenía a la mu-
jer, que para tomarlas volvió a su-
birse el pantalón. No me fijé qué
había hecho con el pájaro, que al
principio sostenía en el hueco entre
las dos manos; probablemente lo
seguía teniendo en la izquierda. Me
agradeció diciendo:
—Que Dios te bendiga, a ti y a
todos tus canas.
Esta última palabra, no sé si la oí
bien. “Canas” en el lunfardo de Bue-
nos Aires son los policías, pero no
podía referirse a eso; y en sentido
literal son las canas del cabello, de
las que tengo abundancia, pero en
ese sentido la palabra es femenina.
Decidí que se refería a mis hijos.
Aunque quizás no fuera así porque
repitió, amplificando:
—Que Dios te bendiga y te pro-
teja a ti y a toda tu familia... y a to-
dos tus canas.
Seguíamos caminando, por la ve-
reda estrecha, entre una muchedum-
bre de estudiantes. Yo, con ese re-
flejo pequeñoburgués típico de mí y
de todos los que son como yo, que-
ría despedirme y seguir solo.
—Muchas gracias, le agradezco
sinceramente el deseo.
—¡Pero tú no eres de aquí! —ex-
clamó ella al oírme, con un estallido
de alegría.
—No, no soy de aquí.
—Yo conocía a un hombre que
no era de aquí, era inglés, vivía jus-
tamente aquí a la vuelta. Yo lo que-
ría muchísimo. Todos los días le lle-
vaba flores, no rosas, flores como
ésas —y señaló las flores que lleva-
ba en la mano un joven corpulento
que en ese preciso instante nos cru-
zaba en dirección contraria, y que
nos echó una mirada inquisitiva—.
Yo lo quería mucho porque él fue
mi profesor.
“¿De qué?” habría querido pre-
guntarle, pero no lo hice por más
razones de las que podría enumerar.
Ella seguía:
—Se las llevaba no por la plata,
sino por cariño.
—¿Ah sí?
Esto último lo dije de un modo
que es muy peculiar en mí. Tengo el
don de hacerle creer a mi interlocu-
tor que me interesa sobremanera lo
que me está diciendo, aunque no me
interese en lo más mínimo. Es un
don del que me siento orgulloso,
sobre todo porque surte efecto aun
cuando lo que me estén diciendo sí
me interese.
—¿Y de dónde eres tú? ¿También
eres inglés?
—No. Soy argentino.
—¡Argentino! —exclamó con
otra explosión de alegría. Yo había
venido mirándola y había descubier-
to que era una mujer de verdad her-
mosa, de no más de treinta años.
—Yo tengo un amigo argentino, que
es escritor...
Mi curiosidad se despertó de un
salto portentoso. De pronto tuve la
seguridad de que yo a ese escritor lo
conocía, si no personalmente, de
nombre. Tenía que preguntarle. Si
la dejaba hablar sola, iba a decir todo
menos el nombre. Eso es algo que
pasa por igual entre locos y cuerdos:
nunca dicen lo que realmente nos
interesa.
Cuando iba a hacerlo, y ya tenía
la pregunta en los labios, sucedió
algo. Habíamos llegado a la otra es-
quina, y en el suelo, justo frente a
nosotros, había el charco de sangre
más grande que yo haya visto en mi
vida. Más que un charco era un mon-
tón de sangre coagulada, brillante y
roja. La loca me advirtió de su pre-
sencia, gracias a lo cual no lo pisé.
Dijo:
—Aquí mataron a uno.
Tomamos uno por cada lado del
charco, yo por la izquierda, ella por
la derecha, abriéndonos paso entre
la gente. Oí que ella le decía a al-
guien que miraba:
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [129]
VARI A
—Aquí mataron a ese viejo ano-
che.
Al tomar por la izquierda, bajé a
la calle y la crucé. Ella en cambio
había doblado, sin cruzar, y ya se
alejaba, con el perro. Porque me
había olvidado de decir que la
acompañaba un perro negro, ni chi-
co ni grande, de mirada muy expre-
siva como suelen tener los perros
de la calle, y todo el tiempo había
ido medio cuerpo adelantado a no-
sotros y volviendo la cabeza, como
si siguiera la conversación.
Ahora fui yo el que me volví a
mirarla, y ella también, y me saludó
agitando una mano, con una gran
sonrisa.
—¡Que Dios te bendiga, a ti y a
todos tus canas...!
CÉ S A R AI R A
30 de abril de 2002
De la BLAA
Nueva adquisición
de incunables colombianos
y fuentes históricas
de la Colonia
La Biblioteca Luis Ángel Arango
adquirió recientemente un grupo de
75 libros publicados durante el si-
glo XVIII y los comienzos del siglo
XIX y 16 manuscritos coloniales,
que formaban parte de la colección
particular de Álvaro Garzón, bi-
bliófilo dedicado a reconstruir la
historia del libro en Colombia, afi-
ción que lo condujo a ir compran-
do estos documentos para comple-
mentar sus investigaciones.
Toda esta adquisición se carac-
teriza por tener algún rasgo colom-
biano, bien sea el autor, el tema o
la imprenta de origen; son fuentes
importantes para el análisis histó-
rico de la Colonia. De acuerdo con
las características de la época, pre-
dominan los escritos religiosos: los
libros de oraciones —novenas,
octavarios, oncenarios, etc.—; los
métodos diseñados para orientar
ejercicios espirituales como algunos
ritos en días especiales; y los sermo-
nes. Estos últimos son documentos
de gran interés porque además de
reflejar la idiosincrasia y costum-
bres religiosas del momento, apor-
tan datos referentes a aconteci-
mientos públicos que eran festejados
con una misa y un sermón alusivo
al asunto, desde la condena de al-
gún delincuente hasta el recibi-
miento de algún personaje.
Entre los sermones se encuentra
uno celebrado el 24 de febrero de
1805, en la catedral de Bogotá, en
acción de gracias por la llegada de
la primera vacuna a la ciudad. Tam-
bién se incluyen varios sermones y
documentos en homenaje a la libe-
ración de España del yugo de los
ejércitos napoleónicos, en 1808. En
esos documentos se refleja un gran
sentimiento de apoyo y de lealtad a
las instituciones monárquicas y al rey
Fernando VII por parte de sectores
de la población en Santafé de Bogo-
tá, en general españoles, algunos
criollos influyentes y sus vasallos;
sentimiento opuesto a los ideales re-
publicanos y democráticos que se
fueron gestado desde finales del si-
glo XVIII hasta constituir los ci-
mientos de la independencia.
Otros libros curiosos son: el poe-
ma titulado El placer público de
Santafé para festejar la llegada del
virrey Antonio Amar y Borbón en
1804; un manual de gramática de
1784 titulado el Arte de construc-
ción; el diario crítico-náutico del
viaje realizado por el fraile Francis-
co de Soto y Marne desde Cádiz a
Cartagena de Indias, publicado en
1753; y el Kalendario manual y guía
de forasteros en Santafé de 1806.
Entre los manuscritos se destacan
varias cédulas reales; algunos libros
de cuentas de las salinas de Zipa-
quirá y de la Factoría de Tabacos
de Pie de Cuesta; y las Actas del
Cabildo de Pamplona. Todos ellos
son sin duda valiosas joyas docu-
mentales de la Colonia.
MART H A J E A N E T S I E R R A
Los siguientes son los títulos conte-
nidos en esta nueva adquisición,
para quienes estén interesados en
conocerlos con más detalle:
Actas del cabildo de la ciudad de
Pamplona en el Nuevo Reino de
Granada, manuscritos, 1560?-1574?,
MSS1745
Antonio de San José, Novena de la
milagrosísima imagen de Nuestra
Señora de la Popa, situada en el
Convento de Agustinos, extramuros
de Cartagena de Indias, Cartagena
de Indias, Convento de Agustinos,
1793, 23 págs., 248.143 A57n
Arellano, Félix de, Modo de practicar
la devoción de los trece viernes,
instituida por nuestro glorioso
patriarca San Francisco de Paula,
con las indulgencias que se ganan
por hacer tan Santa Devoción /
traducida del idioma italiano por el
P. Fr. Miguel de Morales, Santafé de
Bogotá, D. Antonio Espinosa de los
Monteros, 1781, 117 págs., 291.43
M63
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [130]
VARI A
Autos de las órdenes del M. Jacinto de
Alea a título de cuatro mil patacones
de patrimonio que le señalaron sus
padres, manuscritos, años 1695-
1821, 31 págs., MSS1749
Azero, Raymundo, fray, Premios de la
obediencia, castigos de la
inobediencia, platica doctrinal
exhortatoria dicha en la Plaza mayor
de esta Ciudad de Santafé, concluido
el Suplicio, que por Sentencia, de la
Real Audiencia de este Nuevo Reino
de Granada, se ejecutó en varios
delincuentes, el día I de febrero, de
este año de 1782, Santafé de Bogotá,
por D. Antonio Espinosa de los
Monteros, 1782, 54 págs., 234 A93p1
Barazorda Larrazabal, Nicolás Javier
de, Holocausto fúnebre, parentación
funesta, sacrificio luctuoso, que en
las sumptuosissimas, reales exequias,
executadas por la inopinada, quanto
deplorada muerte, del muy alto,
poderoso y magnánimo monarca el
Sr. D. Phelipe V, el animoso Rey de
las Españas y las Indias y
Emperador del Orbe todo
Americano, Puerto de Santa María,
Imprenta de Francisco Vicente
Muñoz, Impresor mayor de la
ciudad, 1753, 107 págs., 252 B17h
Carta de Fr. Fernando Portillo y Torres,
por la gracia de Dios y de la Santa
sede Apostólica, Primado de las
Indias, Arzobispo de Santafé de
Bogotá, del Concejo de S. Majestad
al cura de Saboya, manuscritos,
1803, 1 h., MSS1752
Castillo y Orozco, Eugenio del,
Vocabulario del idioma de los indios
de nación Paez, manuscritos,
Talaga, 1755, 170 págs., MSS1754
Caycedo y Flórez, Fernando, 1756-1832,
Oración fúnebre que en las solemnes
exequias funerales hechas por el
Monasterio de la Enseñanza, de
Bogotá, a su insigne Benefactor y
Padre, el Ilmo. señor arzobispo de
esta metropolitana D. Baltazar Jaime
Martínez Compañón de gloriosa,
memoria, Santafé de Bogotá,
Imprenta Patriótica, 1798, 48 págs.,
252.9 C14o
Cuéllar, Francisco Antonio de, Sermón
predicado en la fiesta que hizo la
villa de San Gerónimo del Monte,
gobernación de Antioquia del
Nuevo Reino de Granada de las
Indias, en desagravios del Santísimo
Sacramento del Altar por el agravio
y nefando delito que contra su
Majestad divina cometieron los
herejes en la ciudad de Tirlimon de
Flandes, Cádiz, Fernando Rey, 1640,
7 págs., 252 C83s
Descalzo, Carmen, Novena de Nuestro
Padre San Elías compuesta por un
devoto del Carmen Descalzo,
Cartagena de Indias, Imprenta de D.
Antonio Espinosa de los Monteros,
1774, 34 págs., 248.143 N69a15
Devoción para todos los días, y en
particular para el viernes, en
memoria de las siete palabras, que
dijo Jesucristo pendiente del Santo
Árbol de la Cruz dispuesto por un
devoto, quien la consagra al mismo
Señor Crucificado, Santafé de
Bogotá, Imprenta de D. Antonio
Espinosa de los Monteros, 1784, 15
págs., 248.143 D39e
Díaz de la Madrid, José, Carta
pastoral, Madrid, D. Joaquín Ibarra,
Impresor de Cámara de S. M., 1778,
94 págs., 262.14 D41c
Discurso pronunciado por un sacerdote
no identificado en 1808 o 1809 en
contra de Napoleón Bonaparte,
manuscritos, 1809?, 20 págs.,
MSS1747
Duquesne de Madrid, José Domingo,
Oración pronunciada de orden del
Exmo. Señor Virrey y Real Acuerdo
en la solemnidad de acción de gracias
celebrada en esta Santa Iglesia
Catedral Metropolitana de Santafé de
Bogotá el día 19 de enero de 1809 por
la instalación de la Suprema Junta
Central de Regencia, Santafé de
Bogota, D. Bruno Espinosa de los
Monteros, 1809,
27 págs., 296.4 D86o
Encalada, Juan Antonio de, Novena a
la seraphica Virgen Santa Clara,
para mayor gloria de Dios, honor de
la santa, y espiritual y temporal,
provecho de sus devotos, Santafé de
Bogotá, Imprenta Real de D.
Antonio Espinosa de los Monteros,
1783, 33 págs., 264.7 E52n
Escalante, Miguel Antonio, Novena a
Nuestro Señor Jesucristo,
crucificado y a María Dolorosísima
su santísima madre para conseguir,
por sus llagas y dolores alivio y
refrigerio a las benditas Animas de
los Pobres del Señor, y son las que
comúnmente se suelen llamar
Almas, del Campo Santo, Santafé,
Antonio Espinosa de los Monteros,
1798, 21 págs., 248.143 E72n6
Escalante, Miguel Antonio, fray,
Novena del glorioso y,
bienaventurado San Salvador de
Horta Prodigioso en virtudes y
milagros y admirable sanador de las
almas y cuerpos, dispuesta a
solicitud de don Pedro Guerra y
Villasana, Santafé de Bogotá,
Imprenta Patriótica, 1809, 30 págs.,
264.7 E72n
Esguerra Calvo de la Riba, Joaquín,
La eterna memoria del glorioso e
inclito martyr San Bonifacio, patrón
de la ciudad de Ibagué: venerada
con una novena devota, y el
compendio de su vida, y riguroso
martirio, para implorar el cristiano
pecador, por su intercesión la
enmienda de su vida, la forma de sus
costumbres y la salvación de su
alma, a imitación del Santo, Santafé
de Bogotá, Imprenta Real, 1782, 44
págs., 264.7 E74e
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [131]
VARI A
Fariols y Santamaría, Esteban,
Octavario devoto, y obsequioso
reconocimiento a la Purísima, e
Inmaculada Concepción de la
Santísima Virgen María por sus
prerrogativas y excelencias, Santafé,
D. Antonio Espinosa, 1784, 46
págs., 248.143 F17o
Fernández de Madrid, José, 1789-1830,
España salvada por la Junta Central,
ensayo poético que dedica al Ecxmo.
S. D. Antonio de Narváez y la Torre,
Mariscal de Campo de los Reales
Ejércitos, Diputado por el Nuevo
Reino de Granada, y Vocal en la
misma Suprema Junta, Cartagena
de Indias, Imprenta, 1809, 11 págs.,
Co861.4 F37e
Gadillo y Garnica, Pedro José, Novena
devotísima a la Santísima Virgen
María, Madre de Dios, y Señora
Nuestra en su destierro a Egipto,
Santafé de Bogotá, D. Espinosa de
los Monteros, 1789, 56 págs.,
248.143 N69c
Garcés y Maestre, Antonio,
Devocionario de las dos novenas,
dulcísimo nombre de Jesús /
compuesta por el R. P. F. Antonio
Garcés, lector de Sagrada Teología en
el Real Convento de Predicadores de
Zaragoza, Jesús Nazareno con la cruz
a cuestas, Santafé de Bogotá, Don
Bruno Espinosa de los Monteros,
1804, 80 págs., 264.7 G17d
García de la Guardia, Antonio José,
Kalendario manual y guía de
forasteros en Santafé de Bogotá
capital del Nuevo Reino de
Granada, para el año de 1806,
Santafé de Bogotá, Bruno Espinosa
de los Monteros, Imprenta Real,
1806, 254 págs., 529.3 G17k
Gazeta de Santafé de Bogotá, Capital del
Nuevo Reino de Granada, Bogota,
Imprenta de Don Antonio Espinosa
de los Monteros, 1785, 4 vols.
Herrera, Braulio de, Novena de la
milagrosa y devota imagen del Santo
Cristo de la Espiración, que se venera
en el Convento de Predicadores de la
Ciudad de Cartagena de Indias, s.l.,
s.n., 1758; 1764, 45 págs.; 61 págs.,
264.7 H37n1
Inocencio XI, Papa, 1611-1689,
Sumario de las indulgencias,
virtudes, y gracias concedidas por la
Santidad de Inocencio XI y otros
sumos pontífices a las coronas,
cruces, rosarios y demás reliquias,
como así mismo a los hermanos de
los santos lugares de Jerusalén y
Tierra Santa, Santafé de Bogotá,
Imprenta Patriótica, 1809, 16 págs.,
265.66 S85
Larrea, Fernando de Jesús, 1700-1773,
Novena del felicísimo Tránsito de
María Santísima Señora Nuestra,
Cartagena de Indias, Imprenta de
Antonio Espinosa de los Monteros,
1775?, 26 págs., 248.143 L17n1
Libro de cargo, y data de caudales de la
factoría de tabacos del pie de cuesta,
manuscritos, 1820, 67 h., MSS1742.
Libro de cargo, y data de sales,
manuscritos, 1819, 74 h., MSS1743
Libro mayor del cargo y data de
caudales del ramo de tabaco de oja,
y polvo de esta administración
principal de Santafé correspondiente
desde 11 de agosto hasta 13 de
noviembre de 1819, manuscritos,
1819, 19 h., MSS1744
López, Luis, Instrvctorivm conscientiae
duabus partibus, fratre Ludovico
Lopez in sacra Theologia Praesentato
Ordinis Praedicatorum, huius
prouinciae hispaniae autore, s.l.,
Salmaticae, 1585, 58 págs., 291.2 L66i
Masustegui, Pedro, Arte de
construcción, Santafé, D. Antonio
Espinosa, 1784, 192 págs., 465.2
M17a
Masustegui, Pedro, Oncenario del P. de
los predicadores Santo Domingo de
Guzmán, patrono del Nuevo Reino
de Granada, con los elogios
formados, Madrid, Joaquín Ibarra,
1768, 92 págs., 248.143 M17o
Mercado, Pedro de, 1618-1701, El
cristiano virtuoso con los actos de
todas las virtudes que hallan en la
santidad, Madrid, Joseph Fernández
de Buendía, 1673?, 6 págs., 200 M37c
Miranda, Fray Antonio de, Devota
novena para implorar las piedades
de Dios Nuestro Señor por medio de
la prodigiosa imagen de Cristo
Crucificado que se venera en el
pueblo de San Diego de Ubaté,
jurisdicción de la ciudad de Santafé
de Bogotá, en el Nuevo Reino de
Granada, Santafé de Bogotá,
Imprenta Real Antonio Espinosa
de los Monteros, 1779, 29 págs.,
264.7 M47d
Novena a Jesús señor nuestro
crucificado y a María santísima,
dolorosísima, su madre, para
conseguir por sus llagas y dolores el
alivio a las Santas Ánimas y luz a las
que están en pecado mortal, Santafé,
D. Antonio Espinosa de los
Monteros, 1689, 40 págs., 264.7
N69a2
Novena a San Félix de Cantalicio de la
Orden de Capuchinos de N. P. S.
Francisco, Santafé de Bogotá,
Imprenta Real de D. Antonio
Espinosa de los Monteros, 1779, 31
págs., 264.7 N69a4
Novena al Glorioso Apóstol San
Pedro, dispuesta por un devoto e
hijo, del Santo Apóstol, Santafé de
Bogotá, Imprenta Real de D.
Antonio Espinosa de los Monteros,
1783, 28 págs., 264.7 N69
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [132]
VARI A
Novena de la Inmaculada Concepción
de María Santísima, Patrona del
Reino de España y de toda la
Región Seráfica en el mismo
dulcísimo misterio. Compuesta
por un religioso de la misma religión
de nuestro seráfico padre San
Francisco, Santafé de Bogotá,
Don Antonio Espinosa de los
Monteros, 1785, 52 págs., 264.7
N69a3
Olmedo, Juan Manuel, Novena a la
Dulcísima Sangre de Nuestro Señor
Jesucristo y ejercicio de sus siete
principales derramamientos para
todos los Viernes del año,
nuevamente añadida, Santafé de
Bogotá, La Patriótica, 1808, 71
págs., 264.7 O55n
Ordenanza general de correos, postas,
caminos y demás ramos agregados a
la Superintendencia General,
manuscritos, 1781?, 201 págs.,
MSS1757
Ortiz Nieto, Juan, Sermón de la
natividad de Cristo N. S., Sevilla,
Francisco de Lyra, 1624, 11 h., 252
O77s
Osorio de las Peñas, Antonio,
Maravillas de Dios en sí mismo,
segunda parte, Santafé del Nuevo
Reino, Alcalá, María Fernández
Impresora de la Universidad, 1668,
385 págs., 252 O77m1
Panegeris oratioad laudem, sancti
protoparentis, manuscritos, 1801?,
304 págs., MSS1759
Paniagua y Fajardo, Antonio, Novena
del máximo doctor San Gerónimo,
Santafé, Imprenta Patriótica, 1797,
27 págs., 264.7 P15n
Peñaranda y Velasco, Juan Nicolás de,
Método y orden breve que, para la
mayor claridad e inteligencia de los
ejercicios que en los días diez y
nueve de cada mes, se celebra en
honor del feliz tránsito del Patriarca
mi señor San José, Cartagena de
Indias, Antonio Espinosa de los
Monteros, 1775, 46 págs., 248.143
P37m
Pérez, Juan Victoriano, Método fácil y
breve para rezar el jubileo general
del año santo, Cartagena de Indias,
Imprenta Real de Don Antonio
Espinosa de los Monteros, 1775?, 12
págs., 296.4 P37m
Pío VI, papa, 1717-1799, Explicación
del indulto de comer carne.
Explicación de la Bula de la Santa
Cruzada, que, para la mayor
comodidad de los Reverendos
Parrochos, en la instrucción de sus
Feligreses, acerca del uso de sus
Gracias y Privilegios y para utilidad
de todos los Fieles, Santafé de
Bogotá, Imprenta Real de D.
Antonio Espinosa de los Monteros,
1786, 177 págs., 262.8 E96a
Real cédula de 1 de enero de 1796 sobre
el Monte de Piedad, manuscritos,
1796, 97 págs., MSS1755
Real cédula de erección de la Catedral
de Santafé de Bogotá, manuscritos,
1547?, 131 págs., MSS1756
Real cédula expedida en el año de 1744
sobre el oficio de Guardamarina de
la ciudad de Santa Marta,
manuscritos, 1744, 15 págs.,
MSS1748
Real cédula fecha en Aranjuez a 5 de
mayo de 1804. Que previene que no
se deben concurrir al recibimiento de
los excelentísimos Señores Virreyes
al Pueblo de Fontibón, ni el Señor
Auditor de Guerra, ni el Diputado
de Comercio, manuscritos, 1804, 19
págs., MSS1753
Real cédula fecha en San Ildefonso a 19
de setiembre de 1800 en que Su
Majestad resuelve sobre la instancia
promovida por el Colegio de San
Bartolomé de esta capital en orden a
las elecciones de Rector y Vicerrector
de el, para se hagan lo mismo que se
verifican en el del Rosario de esta
dicha ciudad, manuscritos, 1800, 6
págs., MSS1751
Real cédula fecha en San Ildefonso a
diez y nueve de setiembre de 1800
para que se mande contribuir al
Colegio de San Bartolomé con el
3% señalado a los seminarios para
su subsistencia, de todas las rentas
eclesiásticas, manuscritos, 1800, 29
págs., MSS1750
Regularibus utriusque sexus qui ad
horas Canonicas tenentur in tota
Diocesi Archiepiscopatus Sanctae
fidei Novi..., Santafé, Typiis D.
Nicolai Calvo, 1797, 34 págs., 264.02
I45o1
Ribera, Marcos Antonio de, Novena al
glorioso Martín San Sebastián,
patrón contra la peste, Cartagena de
Indias, Joseph de Rioja, 1769?, 44
págs., 264.7 R41n
Ribera, Marcos Antonio de, Novena
de San Dimas, comúnmente
llamado, el buen ladrón, por cuyos
ruegos se solicita la verdadera
conversión, a Dios, y una buena
muerte, Quito, s. n., 1773, 52 págs.,
248.143 R41n2
Rodríguez Rondón, Juan, Sermón
panegírico: El silencio y el voto, al
misterio de la Concepción de María,
en la fiesta celebre que la muy noble
y leal Ciudad de Cartagena, su
nobilísimo cabildo celebra a ocho de
diciembre en la Iglesia Catedral,
Madrid, Julián de Paredes, 1679, 25
págs., 252 R63s
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [133]
VARI A
Rodríguez, Francisco Antonio, 1750-
1817, Trecenario que al culto del
admirable taumaturgo San Antonio
de Padua, consagra su devoto siervo
el Dr. Don Francisco Antonio
Rodríguez, quien lo dedica al M. R.
P., Guardián Fr. Francisco Custodio
de los Ángeles Delgado, Santafé de
Bogotá, Bruno Espinosa de de los
Monteros, Imprenta Real, 1806, 32
págs., 248.143 R63t
Romero, Francisco, Octava de el Santo
Ángel de la Guarda, sacada a luz a
devoción de el M. R. P. lector Fr.
Francisco Romero del Orden de
Predicadores, Director, y Padre de la
Escuela de Cristo, cita en el Convento
de la Ciudad de Santafé, de el nuevo
Reino de Granada de, las Indias,
Santafé, Zalamea Hermanos, 1764?,
14 págs., 264.7 R67o
Romero, Francisco, O. P., S. XVIII,
Avisos para el noviciado, Madrid,
por Juan Sanz, 1722, 28 págs., 6
págs., 248.894 R65a
Rosillo y Meruelo, Andrés María,
1758-1835, Sermón predicado en la
Iglesia Catedral de la ciudad de
Santafé de Bogotá el día 24 de
febrero de 1805, en la solemnidad de
acción de gracia que con asistencia
del Excmo. Sr. Virrey, de todos los
tribunales, y de los individuos de la
Expedición de la Vacuna, y su
Vicedirector don Joseph de Salvany,
fue celebrada para manifestar el
reconocimiento de este nuevo Reino
a Dios y al Rey por este beneficio,
Santafé, Imprenta de D. Bruno
Espinosa de los Monteros, 1805, 42
págs., 252 R67s
Ruiz de León, Francisco, s. XVIII,
Mirra dulce para aliento de
pecadores, recogida en los amargos
lirios del calvario, consideraciones
piadosas de los acerbos dolores de
María Santísima señora y Madre
Nuestra al pie de la cruz, Santafé de
Bogotá, D. Antonio Espinosa de los
Monteros, 1791, 113 págs., M861.4
R84m
Salazar, José María, 1785-1828, El
placer público de Santafé: poema,
Santafé de Bogotá, Imprenta Real,
1804, 47 págs., Co861.4 S15p2
Salgado, Gregorio Agustín, fray,
Novena del Gran Padre y Doctor de
la Iglesia San Agustín, Santafé, A.
Espinosa de los Monteros, 1790, 38
págs., 248.143 S15n
San Joseph, Antonio de, Novena de la
milagrosísima imagen de nuestra
señora de la Popa, Madrid, Oficina
de Joaquín Ibarra, 1755?, 27 págs.,
264.7 S15n1
San Pedro y Doocampo, Andrés de,
Sermón predicado en el Capítulo
General de Roma año 1608, Sevilla,
Alonso Rodríguez Gamarra, 1610,
40 h., 252 S15s
Santa María y Guirán, Francisco
Baltasar de, tr. Regla y estatutos de
la venerable Orden Tercera de
penitencia de nuestro seráfico padre
S. Francisco, Madrid, Imprenta de
Sancha, 1802, 133 págs., 255.3 R34
Sermón predicado en la solemne
función de Acción de Gracias por
las victorias que han comenzado a
obtener las armas españolas contra
el Emperador de la Francia, que con
asistencia del Exmo. Sr. Virrey del
Reino don Antonio Amar y de los
tribunales, comunidades religiosas,
nobleza y pueblo de esta capital de
Santafé celebró su cabildo
metropolitano el día 22 de
noviembre de este presente año de
1808, luego que por el correo de
Caracas llegado el 20 al medio día,
se recibieron las primeras noticias,
Bogota?, Imprenta Real, 1808, 60
págs., 252 S37
Solís y Valenzuela, Pedro de, 1624-1711,
Epítome breve de la vida y muerte del
ilustrísimo doctor don Bernardino de
Almansa, criollo de la ciudad de
Lima, tesorero de la ciudad de
Cartagena, Lima, Pedro de Cabrera,
1646, 72 págs., 922 A55s
Solís y Valenzuela, Pedro de, 1624-
1711, Panegírico sagrado en
alabanza de las soledades san Bruno
fundador, y patriarca de la sagrada
cartvxa, Madrid, Diego Dias de la
Carrera, 1647, 40 h., 808.5 S65p
Soto y Marne, Francisco, O. F. M.
s. XVIII, Copia de la relación y
diario critico-náutico, del viaje que
desde la ciudad de Cádiz a la de
Cartagena de Indias, Madrid,
Imprenta de Música de D. Eugenio
Bieco, 1753, 39 págs., 910 S67c
Stanyhurst, Guillermo, 1547-1618,
Historia de Cristo paciente, Santafé
de Bogotá, Imprenta Real de Don
Antonio Espinosa de los Monteros,
1787, 2 vols., 232.9 S71h
Toro Zapata, Juan de, Sermón en la
solemne fiesta que celebró el Colegio
Imperial de la Compañía de Jesús,
de esta Corte, a su Glorioso
Patriarca san Ignacio, Zaragoza, s.
n., 1644, 20 h., 252 T67s1
Torres y Peña, José Antonio de, 1767-
1820, Expresión de los sentimientos de
la religión, y el patriotismo que en la
Fiesta de Acción de Gracias por la
proclamación que hizo el Cabildo
Justicia y regimiento de la muy noble
y leal ciudad de Santafé de Bogotá,
capital del Nuevo Reino de Granada
por nuestro católico monarca el sr.
Fernando Séptimo, Rey de España e
Indias, Bogotá, Imprenta Patriótica,
1808, 32 págs., 200 T67e
b o l e t í n c u lt u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [134]
VARI A
Torres y Peña, José Antonio de, 1767-
1820, Oración que en la solemne
fiesta de acción de gracia a Dios
Nuestro Señor por las señaladas
victorias que por el patrocinio de
María Santísima Ntra. Sra.
consiguieron las armas españolas
contra los ejércitos del usurpador
Napoleón Bonaparte, celebró el cura
de la Parroquia de Nuestra Señora
de las Nieves de Santafé de Bogotá
capital del Nuevo Reino de
Granada, Santafé de Bogotá,
Imprenta Real, 1809, 40 págs., 296.4
T67o
Torres, Cristóbal de, arzobispo, 1573-
1654, Lengua Eucarística del
hombre bueno: tan abundante como
proporcionada con el quinto doctor
Ángel Santo Tomás de Aquino,
Madrid, Pablo de Val, 1665, 612
págs., 234.163 T67l
Torres, Cristóbal de, arzobispo, 1573-
1654, Sermón predicado el día del
angélico doctor de la iglesia Santo
Tomás de Aquino, (que cayó en el
sábado de la primera semana de
cuaresma) en el ilustre, noble y
religioso Convento de San Pablo de
esta Ciudad de Córdova, Córdova,
Francisco de Cea, 1615, 74 págs.,
252 T67s
Velasco, Martín de, Arte de sermones
para saber hacerlos, y predicarlos,
Cádiz, alférez Bartolomé Núñez de
Castro Impresor y Mercader de
Libros, 1677, 30 págs., 252 V35a
Vélez Ladrón de Guevara, Francisco
Antonio, 1721-1781, Octavario que
a la Inmaculada Concepción de la
Virgen María Nuestra Señora,
Cartagena de Indias, Antonio
Espinosa de los Monteros, 1774, 20
págs., 291.43 V35o
Vergara y Caycedo, Felipe, Pro
clarissimo Rosariadae virginis,
Collegii Majoris conditori,
illustrissimo, A. C. Reverendissimo
D. M. D. F. Christophoro de Torres
metropolitanae hujuscae ecclesiae
antistite, dignisimo, oratio
laudatoria, Bogotá, Typographia
Regia D., Antonio Espinosa de los
Monteros, 1790, 33 págs., 922.2
T67v
Vilelleschi, Mucio, Instrucción y
memoria de lo que se ha de leer,
cada seis meses en tiempo de
renovación, la cual se imprimió para
la provincia del Nuevo Reino y
Quito, Madrid, José Fernández de
Buendía, 1662, 100 h., 252 V47i
Young, La compasión, manuscritos,
1801?, 106 págs., MSS1758.
Concursos
Premio latinoamericano
de literatura infantil y juvenil
Norma-Fundalectura (2005)
para lectores de 6 a 12 años
Participantes
Podrán participar autores adultos,
ciudadanos de países latinoamerica-
nos residentes en cualquier país, con
obras inéditas, escritas en castella-
no que no tengan compromisos de
publicación ni hayan sido presenta-
das a otros certámenes. Los escrito-
res brasileños podrán enviar sus tra-
bajos en portugués.
Serán automáticamente descali-
ficadas las obras presentadas con an-
terioridad a cualquier editorial (in-
cluida Norma) para su publicación.
Tampoco se recibirán obras que ha-
yan participado en versiones ante-
riores del premio.
Premio
Se concederá un premio único e in-
divisible, dotado con US$ 8.000.
El importe del premio se compu-
tará como anticipo de las regalías
que se estipulen en el contrato edi-
torial.
El premio incluirá, además, la publi-
cación de la obra ganadora por par-
te del Grupo Editorial Norma.
Como parte del premio, el ganador
será invitado a participar, con gas-
tos pagados, en un congreso, semi-
nario o evento nacional o interna-
cional de interés para el área de la
literatura. Si la obra ganadora es re-
sultado de la creación de varios au-
tores, el premio en efectivo será dis-
tribuido entre ellos y la participación
en el congreso será para sólo uno de
los coautores.
Accésit
Si el jurado lo estima pertinente, se
entregará un accésit a la mejor obra
de autor inédito. Podrán recibir este
galardón autores con ediciones en
otros campos, pero que no hayan
publicado libros para niños y jóve-
nes. El accésit consistirá en la entre-
ga de US$ 2.000, anticipo de las re-
galías que se estipulen en el contrato
editorial, y la publicación de la obra.
Los concursantes que cumplan el
requisito para optar por el accésit
b o l e t í n c u l t u r a l y b i b l i o g r á f i c o , v o l . 3 9 , n ú m . 5 9 , 2 0 0 2 [135]
VARI A
deberán indicarlo en la portada de
su obra. El hecho de optar por este
galardón no les invalida para aspi-
rar al premio principal. En caso de
obtener el primer premio, no recibi-
rán el accésit.
Condiciones
Se concursará con una obra narrati-
va (colección de cuentos o novela),
de tema libre, dirigida a lectores en-
tre los 6 y los 12 años de edad, así:
• lectores de 6 a 8 años: mínimo
40 y máximo 60 páginas tama-
ño carta,
• lectores de 9 a 12 años: mínimo
60 y máximo 80 páginas tama-
ño carta.
Los trabajos se presentarán en tres
copias, escritos a máquina o en com-
putador con letra de 12 puntos, a
doble espacio y sin ilustraciones. Los
autores cubanos, residentes en la
isla, podrán participar con una sola
copia de su trabajo. Los autores bra-
sileños también podrán enviar una
sola copia de su trabajo en portu-
gués. En caso de que una obra de
autor brasileño sea preseleccionada
se procederá a su traducción al es-
pañol para ser presentada al jurado.
Las obras se firmarán con seudóni-
mo y, en sobre aparte, el autor indi-
cará sus datos e incluirá una hoja de
vida. Las obras que no cumplan los
requisitos no serán leídas. No con-
cursarán personas que trabajen con
el Grupo Editorial Norma o con
Fundalectura. No se recibirán obras
por correo electrónico.
Los ganadores cederán al Gru-
po Editorial Norma, por cinco años,
los derechos de publicación de su
obra en idioma español, en todo el
mundo. Los participantes no gana-
dores ni finalistas estarán exentos de
cualquier compromiso con la Edito-
rial. La participación en el Premio
latinoamericano de literatura infan-
til y juvenil Norma-Fundalectura im-
plica la conformidad de los concur-
santes con las presentes bases.
Jurado
El jurado tendrá carácter internacio-
nal y estará integrado por tres des-
tacados autores, investigadores o
críticos de literatura infantil, un re-
presentante del Grupo Editorial
Norma y un representante de Fun-
dalectura, de Colombia. Los nom-
bres de los integrantes del jurado
serán divulgados oportunamente a
través de los medios de comunica-
ción. El jurado podrá seleccionar las
obras finalistas que considere de ca-
lidad para recomendar su publica-
ción al Grupo Editorial Norma, sin
que esto constituya un compromiso
para su edición.
El jurado podrá tomar sus deci-
siones por mayoría simple y su fallo
será inapelable. Igualmente, estará
facultado para resolver cualquier
aspecto del concurso no contempla-
do en estas bases. El fallo del jurado
se dará a conocer un mes antes de la
premiación a través de los medios
masivos de comunicación y en revis-
tas especializadas.
Los originales no premiados no
se devolverán y, una vez divulgado
el fallo del jurado, se procederá a su
destrucción.
Se recibirán obras hasta el 29 de
febrero de 2004.
Las obras pueden remitirse, con
el encabezamiento Premio literario
Norma-Fundalectura, a: Funda-
lectura Avenida (calle) 40 N.
o
16-46,
teléfono (571) 320 1511, fax (571)
287 7071, Bogotá D. C., Colombia.
O a las empresas del Grupo Edi-
torial Norma en países de Ibero-
américa.
Premio internacional de
narrativa Siglo XXI-UNAM
Siglo XXI Editores, la Universidad
Nacional Autónoma de México y El
Colegio de Sinaloa convocan a to-
dos los escritores interesados en par-
ticipar en el Premio internacional de
narrativa Siglo XXI-UNAM.
Bases generales:
1. Podrán participar todos los es-
critores de habla hispana, con
independencia del país en que
residan.
2. Este año, los interesados po-
drán participar con una novela
inédita que deberá tener como
máximo una extensión de 250
cuartillas y como mínimo 150.
3. Los trabajos deberán en-
viarse impresos, a espacio y
medio, tamaño carta y por tri-
plicado. Asimismo, el archi-
vo electrónico.
4. Los trabajos deberán aparecer
suscritos bajo seudónimo, en-
viándose junto con ellos, en so-
bre aparte, una ficha que con-
tenga el nombre, la dirección,
el teléfono y el correo electró-
nico del autor. El sobre vendrá
rotulado con el seudónimo ele-
gido. Las plicas de identifica-
ción quedarán bajo custodia de
un notario público en la ciudad
de México.
5. Los trabajos podrán ser dirigi-
dos a cualquiera de las siguien-
tes direcciones:
Premio internacional de narra-
tiva Siglo XXI-UNAM
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018000-915525
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de Colombia
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ADP OS TAL
Siglo XXI Editores
Avenida Cerro del Agua 248
Col. Romero de Terreros, De-
legación Coyoacán
Apartado postal 20-626
México, D.F., C.P. 04310
Premio internacional de narra-
tiva Siglo XXI-UNAM
UNAM Dirección General de
Publicaciones y Fomento
Editorial, Avenida del Imán 5,
Ciudad Universitaria
Delegación Coyoacán, México,
D.F., C.P. 04510
6. La recepción de trabajos se
cierra el día 30 de noviembre
de 2003.
7. El ganador del concurso obten-
drá un premio por la cantidad
de US$ 20.000, la edición de la
obra bajo el sello de las tres ins-
tituciones convocantes en Siglo
XXI Editores a realizarse en el
curso del año 2004 y el diplo-
ma de reconocimiento.
8. El premio será único e indivisi-
ble; en caso de declararse de-
sierto no se otorgarán mencio-
nes honoríficas.
9. El jurado calificador estará in-
tegrado por tres connotados es-
critores de prestigio interna-
cional, cuyos nombres serán
dados a conocer después de
emitido el fallo.
10. El fallo del jurado será inape-
lable.
11. El nombre del ganador será
dado a conocer a los medios de
comunicación el día 30 de ene-
ro de 2004, y en las páginas de
internet de la Universidad Na-
cional Autónoma de México,
El Colegio de Sinaloa y Siglo
XXI Editores.
12. La entrega del premio se reali-
zará en el marco de la Feria in-
ternacional del libro de mine-
ría, en la ciudad de México,
presidida por las autoridades de
las instituciones convocantes.
13. Los gastos de traslado, hospe-
daje y alimentación del gana-
dor serán cubiertos por el co-
mité organizador del presente
certamen.
14. Los trabajos que no resulten
ganadores no serán devueltos.
15. Cualquier imprevisto relacio-
nado con la presente convoca-
toria será resuelto a criterio del
jurado calificador y el comité
organizador del certamen.
Mayores informes a los teléfonos:
UNAM (01 55) 5622 6189; Siglo XXI
(01 55) 5658 7999 y COLSIN (01
667) 716 10 46.
Juan Felipe Robledo
Nació en Medellín. Literato de la
Pontificia Universidad Javeriana.
Ha sido profesor de la carrera de
literatura en la misma universidad
y de la Escuela de Restauración de
Colcultura. Es especialista en lite-
ratura española del siglo de oro y
ha realizado varias antologías de la
obra poética de Quevedo, Góngora
y del romancero español. En 1999
ganó el Premio internacional de
poesía Jaime Sabines, concedido
por el Consejo Estatal para la Cul-
tura y las Artes de Chiapas en Méxi-
co, por el libro de poemas titulado
De mañana. En 2001 le fue otorga-
do el Premio nacional de poesía con
la obra La música de las horas. Ha
publicado reseñas literarias, cuen-
tos, poemas y artículos en diferen-
tes revistas y periódicos nacionales
e internacionales. Los poemas son
inéditos y su autor los ha cedido al
Boletín.

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